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Clásica de San Sebastián. Guía de viaje

Para conquistar Sevilla hubo que crear por vez primera una Marina Real. Era entonces Fernando III Rey de Castilla y ordenó tan magna tarea al burgalés Ramón de Bonifaz. La flota castellana fue hasta Sanlúcar de Barrameda, donde hubo de enfrentarse al ejército moro procedente de Ceuta. Allí, Bonifaz logró la victoria antes de remontar el Guadalquivir y unirse a las tropas terrestres de Fernando III en San Juan de Aznalfarache. Entonces los musulmanes de Sevilla quedaban aislados y sólo podían percibir suministros por el Puente de Barcas (hoy Puente de Triana) a los pies de la Torre de Oro. Fernando III mandó tomar dos naves a las que se les instaló una cruz en el mástil más alto. Las dos naves, armadas de cientos de incautos y valientes, fueron lanzadas contra el puente, que quebró, dejando a los musulmanes aislados y dándole la victoria a los cristianos tras una cruenta batalla. Corría el año 1248.

Aquellos marineros kamikazes procedían de dos lugares. Uno de los barcos era cántabro y estaba repleto de marineros de Laredo. El otro también era cántabro, pero los marineros procedían de San Sebastián, un joven puerto de mar fundado el siglo anterior por el rey de Navarra. Tanto Laredo como San Sebastián lograron el afecto de la Corona. Desde entonces se permitió a los barcos de ambos puertos navegar y pescar en cualquier lugar de las aguas marítimas de Castilla (en esos momentos toda la fachada atlántica de la Península) sin pagar impuestos.

Había comenzado entonces el idilio de San Sebastián con la Corona que alcanzó su esplendor cuando a finales del siglo XIX la reina María Cristina sea nombrada alcaldesa honoraria al hacer de la Bella Easo su ciudad anual de veraneo. Es entonces cuando se crea el Casino, Correos, la Catedral del Buen Pastor, el Palacio de Miramar, el Teatro Victoria Eugenia o el Hotel María Cristina. Y, esencialmente, es a partir de entonces cuando se construye un paseo en la Bahía de la Concha con un marcado acento francés que hará de San Sebastián un pequeño París y que convertirá a Donostia (que es San Sebastián en euskera) en la ciudad de provincias más señorial y rimbombante de España.

Parece mentira.

Y parece mentira porque el País Vasco, y concretamente Guipúzcoa, tiene virtudes y adjetivos cariñosos para ser calificado, pero ni señorial ni rimbombante son los más adecuados. Guipúzcoa es agreste, dura, de montañas interminables y costas perpetuas. Transitar de un pueblo a otro de Guipúzcoa es un ejercicio de paciencia que se torna en hercúleo cuando la lluvia hace aparición día sí y día también una vez finaliza el verano. En ciertas zonas no sería aconsejable que nadie oliese a español, suceso que espantaría a la antaño venerada María Cristina. Tierra ideal para visitar, de playas esplendorosas, caseríos grandilocuentes y sierras y valles apoteósicos, al forastero se le mira con inquietud y temor a la espera de que nadie sea capaz de desentrañar un misterio que aúna tranquilidad y naturaleza con fortaleza económica e industrial con la misma eficacia.

Guipúzcoa es transgresión y cambio. Única, mágica y mística. Con gente de siempre y de ahora. Con los de siempre y los de nunca. Con los que están, ya no están, y siempre estarán. De Guipúzcoa no sabes qué opinar ni qué decir. Cuál es la vida y cuál es la muerte. Donde está la verdad y quién cuenta la verdad. Ocurre que con sus múltiples defectos es una tierra maravillosa, balsámica y taquicárdica a partes iguales.

Bahía de la Concha

La Clásica de San Sebastián es joven. Sus andanzas se iniciaron en 1981 siempre el último sábado de julio o bien el primero de agosto. Sin embargo, se ha convertido en un éxito mayúsculo en el exigente calendario internacional. Su triunfo está ligado a la idiosincrasia de un pueblo que no admite réplicas. Con apenas el 4’5% de la población española y el 1’5% de su territorio, la preponderancia del ciclismo español del País Vasco es total. Una geografía quebrada, un paisaje fabuloso y el uso de la bicicleta como medio de locomoción para ir de pueblo en pueblo y de fábrica en fábrica hicieron del ciclismo deporte nacional en la tierra de la ikurriña. Euskadi es junto a Flandes el país ciclista por excelencia. No existe prueba donde un paisano no se desgañite corriendo a la par del pelotón con bandera en mano. Puertos abarrotados, voces que aligeran pendientes, y, sobre todo, respeto sepulcral por los corredores. Eso es el ciclismo vasco.

La Clásica parte de San Sebastián para, tras un rodeo de unos 230 kilómetros, volver a la Bella Easo. Dejando a la espalda la Bahía de la Concha el pelotón toma rumbo sur dirigiéndonos al interior de Guipúzcoa. Toca remontar el río Urumea, curso de agua que baña a la ciudad más lluviosa de España en dramática pugna con Santiago de Compostela. Lo primero con lo que el ciclista topa es Hernani, pueblo noticioso en los años de plomo y que junto a la contigua Lasarte une fábricas de electrónica o de neumáticos con brutales paisajes verdes en perfecta sintonía.

Dejando Lasarte abandonamos también el restaurante de Martín Berasategui, padre de la revolución de la cocina moderna española, poseedor de doce estrellas Michelin. Sea un local de estrella Michelin o una simple y modesta cocina de un caserío, no faltará para meterse en la buchaca un buen cocido de berzas, una sopita de puerros (la archifamosa purrusalda), un buen bacalao al pil-pil o unas anguilas a la donostiarra si arribamos a puerto de mar. De postre no hay más nada tradicional que un bizcocho de huevos duros muy habitual en las reposterías de Irún o Fuenterrabía.

En Andoaín toca seguir el curso del río Oria y contemplar la iglesia de San Martín de Tours, obra barroca del siglo XVIII de inmensas bóvedas. Es entonces cuando toca subir el puerto de Andazarrate (5,9 km al 5’7%) para luego descender y tomar camino al Mar Cantábrico dejando atrás angostos valles para contemplar el brillo del mar. La caravana ciclista se encuentra enfrente con la playa más larga de todo Euskadi. Hablamos de Zarautz. Hoy es uno de esos pueblos plagados de turistas que cada mes de agosto dobla sus habitantes, mas hace no tanto era un poderoso puerto de mar de donde partían los marineros en busca de ballenas. Aquí se construyó la nao Victoria, la embarcación pilotada por Juan Sebastián Elcano tras el fallecimiento del portugués Magallanes cuando dio la primera vuelta al globo terráqueo hace medio milenio. Es ésta zona de balleneros en busca del oro graso del gran cetáceo indispensable para encender farolas o para engrasar todo tipo de artilugios. Zarautz y su vecina Guetaria cambiaron las ballenas por la reina Isabel II y su palacio de Narros y por Jackie Kennedy y los diseños de Balenciaga.

Zarautz

Al seguir el curso de la costa se sigue también el Camino de Santiago. En este caso es el Camino del Norte. Quizás el más bello, por ser el único que cambia los trigales por los acantilados. En Zumaia los esforzados de la ruta podrán ver la iglesia de San Pedro y en Deba la de Santa María, una estructura gótica que adorna una imponente playa en donde los británicos desembarcaron en su lucha contra el ejército napoleónico durante la Guerra de la Independencia.

Luego toca pasar por otro de esos núcleos euskaldunes cimentados a base de aluminio y automoción y que apuestan su futuro a la biotecnología. Eso es Elgoibar. Pero antes, mucho antes de eso, Elgoibar fue uno de esos pueblos fundados por reyes castellanos en tiempos de la Reconquista. Elgoibar comparte núcleo urbano con Éibar, palabras mayores en el mundo de la bicicleta. En Éibar nació en 1840 Orbea, una empresa que fabricaba revólveres, escopetas de caza y más adelante explosivos. Tras la Guerra Civil se convertirá en una potente marca de bicicletas que tocó el cielo en los Juegos Olímpicos de 2008 donde dos de sus bicicletas lograron el oro. Orbea dejó Éibar en los 80 y es una fábrica vizcaína, como GAC es alavesa y como también lo es BH, aunque sus orígenes son guipuzcoanos. Beistegui Hermanos (BH) también nació en Éibar, en este caso a inicios del siglo XX. BH también fábrica pistolas, pero apuesta por las bicicletas ya en 1923. De BH fueron Álvaro Pino, Laudelino Cubino o Fabio Parra. En su máximo apogeo llegó a producir 200.000 bicicletas anuales.

BH

Tras visitar el complejo religioso y la casa natal de San Ignacio de Loyola en Azpeitia, toca subir el puerto de Urraki (8’6 km al 6’9 %) en donde los primeros espadas sin complejos pueden intentar la machada. Tras el descenso toca tomar rumbo al norte en busca del mar. Cruce de caminos es Tolosa, donde las famosas alubias y donde un famoso postre de pasta seca bañado de almendras y yema que responde al nombre de Tejas. Sin tiempo a hacer la digestión, toca subir el puerto de Alkiza (4’4 km al 6’2%) para tomar rumbo a San Sebastián y entrar en los últimos cuarenta kilómetros de etapa.

A partir de entonces la Clásica de San Sebastián contiene diferentes variantes. En todas ellas toca bordear Irún y adentrarse en Fuenterrabía (Hondarribia). Si el primero es industrioso nudo ferroviario y fronterizo bañado por el río Bidasoa, el segundo es un monumental pueblo de pescadores coronado por una imponente fortaleza medieval. Dentro de sus callejuelas se encuentra el Parador de Turismo, lugar donde en su día se hospedaron Juana la Loca y Felipe el Hermoso durante su viaje de Flandes a Castilla.

La separación entre mar y montaña es entonces formidable. Se puede optar por ir por Oiartzun y subir Arkale (2’8 km al 6’1%). Ocurre que las grandes hazañas se escriben con momentos memorables y los momentos memorables en la Clásica de San Sebastián tienen lugar en Jaizkibel. Se puede subir desde Pasajes o desde Fuenterrabía, ladera más peliaguda de 9’1 km al 5’7% con picos del 14%. Es en este punto donde se suele decidir el vencedor antes de un descenso vertiginoso hasta Donostia. En mitad de la subida o en mitad de la bajada, como la organización guste, se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe edificado en el siglo XVI.

Con todo, la llegada de San Sebastián no se reduce a un paseo por la bahía de la Concha. En ocasiones se sube a Miracruz y en otras al monte Igueldo (1’8 km al 11’3%), todo con la intención, la mayor de las veces conseguida, de que la fiesta no la empañe una victoria al sprint, sino el esfuerzo de un loco de las montañas tan al gusto de un pueblo que considera el ciclismo religión y que cree en el cicloturismo como una prioridad de sus jornadas de ocio.

La Clásica de San Sebastián cuenta con ganadores ilustres como los campeones del mundo Paolo Bettini, Julian Alaphilippe, Gianni Bugno o Alejandro Valverde. También lograron el triunfo leyendas como Laurent Jalabert o Claudio Chiappucci y quíntuplos ganadores del Tour caso de Miguel Induráin o Lance Armstrong, quien puede presumir de la victoria en tierras vascas dado que ocurrió en 1995 antes de que se le quitasen casi todos sus demás laureles al haber admitido su dopaje sistemático. Sin embargo, los más laureados en la clásica guipuzcoana son el belga Remco Evenepoel (2019, 2022 y 2023), quien tiene toda una vida por delante para aumentar su palmarés, y el vasco Marino Lejarreta (1981, 1982 y 1987), sino el mejor ciclista vasco de siempre, seguramente el que más gente hizo levantar de sus asientos.

Evenepoel. Triple campeón

Otras guías de viaje ciclistas

Gran Premio de Montreal (de paseo por tierras de Jacques Cartier)

Gran Premio de Estella (una vuelta por tierras navarras)

Propuesta de un Tour por Europa (una vuelta de norte a sur por el Viejo Continente a lomos de una bicicleta)

Milán-Turín (un viaje remontando el río Po camino de la esplendorosa Turín)

Amstel Gold-Race (descubriendo el corazón de Europa a golpe de cerveza)

Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en La Classicissima)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)

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Boris Becker

1985. Boris le pega tan fuerte a la bola que siempre parece que va a salir por fuera de la pista. Tiene 17 años. Su saque es pura potencia. Su volea es perfecta. Un potro salvaje que parece a punto de despeñarse. Rubio. Guapo. Con cara de no haber roto nunca un plato. El futuro es suyo. Se le otorga el apodo de ‘Boom boom Boris’, dado que sólo necesita dos derechazos para noquear a su oponente.

1978. Leimen. Alemania Occidental. Boris es campeón nacional. Cuenta con once años. Lo hace todo a lo grande. Con las victorias se muestra eufórico hasta rozar la demencia. Con las derrotas se llena de rabia y se vuelve impredecible. Para Boris no hay término medio. O el todo o la nada.

1985. Wimbledon. John McEnroe, el gran favorito, queda eliminado en cuartos de final. A la final llega el sudafricano Kevin Curren, cabeza de serie número 8. Su rival es un chico de 17 años y 7 meses que responde al nombre de Boris Becker. Toda Alemania se pega a la televisión. Boris es una fuerza imparable al subir a la red. Su celebración cerrando los puños y dando pasitos con los pies hacia adelante causa sensación. Visceral, en su tenis no hay respeto alguno por su cuerpo. Se tira al suelo por la bola como muñeco de trapo. Pide aplausos al público por doquier. Es tribunero hasta la saciedad. Y gana. Es histórico. El jugador más joven en vencer en Wimbledon. El primer alemán que gana en la casa del tenis británico. Becker es un héroe nacional y es recibido como tal a su vuelta a Alemania. En las siguientes semanas recibirá más de 50.000 cartas de admiradoras con peticiones entre románticas y de sexo explícito. No es tiempo de redes sociales.

2005. Boris Becker reside en Miami. Conoce allí a Lilly. Boris es halagador, carismático, guapo y tiene mucho dinero. Muchísimo dinero.

1986. Boris es captado por Ion Tiriac, un exjugador ahora convertido en agente. Tiriac decide hacer millonario a Becker y de paso hacerse millonario él mismo. Boris se instala en Londres y vende exclusivas sobre su vida cada dos por tres. El alemán Bild se harta de sacar fotos de Boris y sus amigas. Todo forma parte de un acuerdo. No son robadas. Son pactadas. Él mismo perdió la oportunidad de hacer una vida normal. Por ahora le va bien. Gana Wimbledon por segundo año consecutivo. Becker es sinónimo de éxito. También es una superestrella sin valores.

Boris Becker

1987. Se muda de nuevo. Ahora vive en Montecarlo. La idea es no pagar impuestos. Pero la mina de oro gripa al entrar en una pista de tenis. Cae a las primeras de cambio en Australia. Su entrenador, aquel que lo conoce desde niño, decide renunciar ante los aires de divo de su antaño protegido.

2008. Zúrich. Boris lleva unos meses saliendo con una chica de la nobleza alemana mucho más joven que él. Llama por teléfono a Bild y anuncia que se va a casar. Lilly, su novia desde hace tres años, se entera por la prensa. Se entera de que Boris va a contraer matrimonio…con otra.

1989. Boris vuelve. Gana su tercer Wimbledon ante Stefan Edberg y logra el triunfo en el US Open. En el mes de enero de 1990 vence en el Open de Australia y obtiene el número 1 mundial. Recibirá honores ante los fotógrafos acompañado de su nueva conquista.

1992. Open de Australia. Boris aparece con su nueva novia. Se llama Bárbara. Es negra. Y es la buena. Un año después contraen matrimonio. El noviazgo marca un hito en tierras teutonas. Es la primera pareja interracial de renombre que se recuerda en Alemania. Su boda es televisada. Boris se convierte en papá y su rendimiento cae en picado. Parece otro y deja de un lado el tenis.

1996. Boris es la sexta raqueta en el ránking mundial. Es el número uno en el ránking de los mejores pagados. 125 millones de dólares en nueve años. Tiene propiedades en Londres, Múnich, Miami y Montecarlo. Todas son casas de lujo. El fisco alemán le reclama. Nunca ha pagado impuestos. Comenzará un largo juicio y Boris renegará de los alemanes. Envidia me tienen, dice. Cae de los 100 primeros del mundo y en 1998 se retira. Apenas cuenta con 29 años.

1999. Boris va a ser padre por segunda vez y decide volver a las pistas acuciado por sus problemas fiscales. Entrena como nunca. Pero su vuelta es terrible. Cae en primera ronda de Wimbledon por tres sets a cero ante Patrick Rafter. Lo deja definitivamente. Está destrozado. Se siente viejo e inútil. Esa noche deja a su mujer embarazada en casa y se va a cenar y a bailar a un local de lujo en el barrio de Mayfair londinense. Acabará acostándose con una empleada del restaurante.

2000. Annus horribilis. El Bild publica fotos de un recién nacido que es idéntico a Boris. Es su hijo ilegítimo. Nacido de aquella noche en Mayfair. Boris otorga una entrevista donde cuenta la surrealista historia de que aquella mujer le había drogado para luego hacerle una felación y quitarle el esperma con la intención de inseminarse. Sin embargo, eso no fue lo peor. La condena del fisco alemán es firme y Boris no puede enfrentarse a ello. Por un lado, toca pagarle al Estado alemán y por otro pagarle un multimillonario divorcio a su hasta entonces esposa.

2003. Boris está en Nueva York. Había sido condenado a dos años de cárcel de los que se libró. Hubo de pagar más de dos millones al fisco.

2008. Boris comunica a Bild que no se casa. Apenas ha pasado un mes desde que anunció que pasaría por la vicaría en segunda ocasión. Vuelve con Lilly y al poco ambos aparecen en un programa de máxima audiencia de la televisión alemana para anunciar su compromiso. En 2009 son matrimonio. Es el segundo de ‘boom boom’. Y otra vez es televisado. La boda es televisada. Para Becker la fama es una droga. Sino conseguía ser famoso por algo que hacía bien, lo iba a seguir siendo por hacer el ridículo. Aparece en shows televisivos bailando, cocinando, cantando o, simplemente, riéndose de sí mismo. Invierte en negocios de diferente calado y todos caen en desgracia. Pone dinero en la construcción de pozos petrolíferos en Nigeria que no van para arriba y en torres en Dubái que no se levantan.

2017. Arbuthof Bank, el banco que había financiado con intereses escandalosos la lujosa vida de Boris, reclama a su cliente 4.000.000 de dólares. Becker redobla sus exclusivas, sus ridículos y sus apariciones en fiestas privadas. Está perdido.

2013. Djokovic confía en Becker para ser su entrenador. Boris encarga su biografía. Le va bien. Compra una finca en Mallorca y encomienda una casa cuyo coste asciende a 15 millones de dólares. No les paga a los trabajadores y acumula una deuda de medio millón de euros con el constructor. Es demandado y recibe una visita de la justicia española. Le ordenan subastar la propiedad. El día del peritaje mete dos caballos purasangres en el dormitorio principal para que el perito no los encuentre. Necesita dinero rápido y lo consigue con un particular que le da 1.200.000 dólares al 25%. El particular se cubre las espaldas con una entidad bancaria llamada Arbuthof Bank.

2018. A Becker le piden el divorcio. El segundo. Otra vez una infidelidad. Y otra vez se publica en Bild. Y sigue sin ser el principal problema. El fisco está al acecho. Ahora la cárcel sí que es una realidad. De la primera se salvó por no tener antecedentes. Ahora no tiene salvavidas. Le paga a un alto funcionario de la República Centroafricana un pastizal para conseguir el cargo de agregado de deportes y así lograr la inmunidad diplomática. Es una estafa. Es todo falso. Está acabado. Le quitan sus propiedades en Estados Unidos y en Inglaterra y tras un largo litigio es condenado a tres años de cárcel en 2022.

2022. En diciembre, tras ocho meses en una prisión londinense, Becker sale de la cárcel por buen comportamiento y bajo la premisa de no volver a pisar nunca más el Reino Unido. Un helicóptero lo espera en la puerta del presidio y de allí lo lleva a su casa de Múnich. Al día siguiente da una entrevista en exclusiva en la televisión alemana por la que se lleva 250.000 euros.

Tres meses después presenta un documental sobre su vida y es cazado por los fotógrafos con su nueva y jovencísima novia mientras sigue aferrándose a la fama con la misma fiereza con la que golpeaba pelotas cuando apenas contaba con diecisiete años.

Becker saliendo de la cárcel

Otras historias sobre tenis de esa época

Las lágrimas de Martina Navratilova (la victoria fuera de las pistas de Martina)

La marcha de los campeones (cuando McEnroe decidió dar un paso al frente)

Cuando Michael Chang lanzó globos para ganar Roland Garros (la inesperada victoria de un chino estadounidense)

Cuando un loco apuñaló a Mónica Seles (el fin de una carrera exitosa por culpa de un fanático)

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A los 40 años de la tragedia de Heysel

Los algoritmos fomentan la indignación en lugar de la compasión. Ni siquiera los mayores críticos de Facebook, Tik-Tok o Youtube pueden sostener que los ingenieros o directivos de esas compañías sean propensos a la violencia. La verdad es más sencilla y a la vez más preocupante. El éxito de las redes sociales implica mayor número de clics y mayor tiempo de exposición. Al aumentar la implicación, aumenta la recopilación de datos, se venden más anuncios, se adquiere mayor proporción en el mercado de la información y como resultado final se gana más dinero. De acuerdo con ese modelo los ingenieros lo que hacen es programar el algoritmo para conseguir mayor implicación del usuario. Así, tras experimentar con millones de usuarios, la IA llega a la conclusión de que a los humanos nos gusta más la indignación en vez de la compasión. Un video de una caída, de un accidente, de una explosión, de un trio sexual, de un sacrilegio o de un asesinato tiene muchos más seguidores que uno de un sermón, de una conversación, de una buena acción, de un amor casto o de un suceso cotidiano.

Cuando uno teclea “Heysel” encontrará vídeos, fotos y artículos sobre muerte y tragedia. Todo extremadamente macabro. Es lo que el algoritmo ha diseñado para nosotros dado que es lo que nosotros queremos ver. Heysel es un precioso barrio verde de Bruselas. En Heysel está el Atomium. En Heysel hay un parque acuático y una exposición permanente de Europa. Nada de eso aparece en el algoritmo. En Heysel también ganó Alemania su primera Eurocopa ante la Unión Soviética o logró el Real Madrid su tercer título europeo al derrotar en la final al AC Milan o el sexto ante el Partizán. En Heysel también fue donde el Atlético perdió una final a doble partido ante el Bayern de Beckenbauer. Tampoco aparece nada de eso.

Si uno teclea “Copa de Europa de 1985” el algoritmo le hablará de la tragedia. Intercalará imágenes de celebración por la victoria con otras de muertos y avalanchas. El cielo y el infierno. Morbo. No es lo que el algoritmo escoge. O mejor dicho, es lo que el algoritmo escoge dado que es un ser inteligente y sabe cómo obtener más clics. Es un ser inorgánico, pero es capaz de aprender. El algoritmo sabe lo que queremos ver y el algoritmo nos lo ofrece. Un peligro que se retroalimenta. Y un poder que le hemos dado a la IA y que a buen seguro acabará con el ser humano como ejecutor de la realidad.

Por eso, cuarenta años después, todo aficionado al fútbol sabe que es la Tragedia de Heysel. Y pocos, muy pocos, saben quién ganó la Copa de Europa de ese año.

Heysel 1985

29/V/85. 16:00. La policía de Bruselas sabía que iba a ser un día muy largo cuando recibió la orden para evacuar la Grand Place. Miles de hooligans ingleses habían aterrorizado a las reservas de cerveza de la capital belga. Caballos armados guiaban los pasos de aquellos bebedores de cebada que iban a ser trasladados al estadio de Heysel callejeando por la zona vieja de Bruselas antes de afrontar el paso de amplias avenidas. Por el camino varios robos, algunos empujones, otros tantos agarrones y unas cuantas navajas confiscadas. Por el suelo restos y más restos de comida y una marea de latas de agua, malta, lúpulo y levadura.

11/V/85. Bradford. Inglaterra. Partido de Tercera División. Si el Bradford gana su partido ascenderá de categoría. Minutos antes del descanso se inicia un incendio en una de las gradas. Las llamas se extendieron por toda la hilera de la grada principal a un ritmo imparable. Se perdieron 53 vidas y más de 200 personas resultaron heridas. Días más tarde, las investigaciones determinaron que el fuego había sido ocasionado por una colilla mal apagada. El estadio estaba construido sobre bases de postes de madera y debajo de la estructura había basura que se acumulaba desde hacía varios años. La caída del cigarro en la mugre inició el fuego y la facilidad de los postes de madera para arder hizo el resto. Una tragedia que podría haberse evitado y que se sumaba a otras que permanecían en el recuerdo como la de Ibrox Park 1971 (66 fallecidos) y la del Luzhnikí de Moscú en 1982 (curiosamente también 66 fallecidos).

29/V/1985. 18:15. Un hincha de la Juventus se enfrenta a otro del Liverpool. El italiano acabará hospitalizado. Será el primero de la tarde. Acabarán siendo 375. Todo ocurre fuera del estadio. Dentro, ya se roza el lleno. Se está jugando la final juvenil como antesala de la gran final de la Copa de Europa. Son 60.000 espectadores. Las entradas se han repartido equitativamente entre ingleses e italianos dejando 10.000 para venta en taquilla. En el fondo oeste, a los pies y a la vez a la sombra de los focos del Atomium, la organización ha dispuesto que se coloquen los radicales del Liverpool. Enfrente, en el fondo este, se disponen los radicales de la Juve. Ocurre que las gradas del sector X, contiguo al Z, estaban pensadas para dar cobijo a aficionados belgas. Éstos vieron el negocio, por lo que revendieron los tickets a italianos llegados a última hora. El sector X, condenado a funcionar en teoría como un cordón sanitario espontáneo, acaba siendo lugar donde se instalan aficionados italianos, muchos de ellos padres con hijos. En pocos minutos, lo que la policía consideraba el único lugar donde la gente podía respirar, y por lo tanto estaba prácticamente sin vigilancia, desapareció. Los controles son escasos, casi inexistentes. Hay muchos policías, pero todos parecen ocupados inspeccionando las zonas alrededor del estadio.

1973. El hooliganismo existe desde que hay fútbol. Enfrentamientos entre pueblos a golpe de pedradas. Pero es en 1973 cuando el fenómeno se convierte en grupal, masivo y radical. La subida de los precios por culpa de la crisis del petróleo de ese año tuvo un impacto bestial en Europa. Italia fue el primer lugar donde jóvenes y no tan jóvenes formaron grupos paramilitares para, a base de alcohol y armas blancas, hacer de su equipo de fútbol el faro de una vida que de pronto estaba vacía. Ocurre que es en el Reino Unido donde el impacto de la crisis es mucho mayor dado que a ésta se le sumó una huelga de mineros en el invierno del 73-74 que dejó al Reino Unido sin calefacción durante meses, hizo subir el paro siete puntos y puso las bases para que Margaret Thatcher sacase la rebarbadora años más tarde. Es en Inglaterra donde el hooliganismo se convierte en una religión. Desde finales de los 70 e inicios de los 80 cualquier encuentro internacional en el que formen parte equipos británicos se convertirá en una pesadilla para las fuerzas del orden.

29/V/1985. 18:30. Los británicos cantan, beben, saltan y observan con avizor la tierra de nadie entre ellos y los transalpinos. Al poco ocurre el primer incidente de importancia. Un italiano saca del bolsillo una bandera fascista y ante la reprimenda del gendarme lo golpea violentamente. No se sabe ni el cómo ni el por qué, pero eso excita al respetable que comienza a lanzar latas de cerveza al aire. Empiezan los empujones y la tierra de nadie ya es directamente territorio inglés.

16/I/85. Supercopa de Europa. Juegan el Liverpool FC, vigente campeón de la Copa de Europa, frente a la Juventus FC, vigente campeón de la Recopa. Partido único. Ganan los italianos por 2-0 con un doblete de Boniek. Meses después la Juve buscará su primera Copa de Europa frente al Liverpool que defiende un título logrado el año anterior en Roma y que ya se había saldado con incidentes entre radicales en las gradas. Los ingleses son un equipo veterano y sólidamente armado en el que destacan el capitán Phil Neal (cuatro Copas de Europa con el Liverpool) y el delantero galés Ian Rush. La Juve cuenta con el citado Boniek y con Tardelli, Cabrini, Scirea o Rossi, todos ellos campeones del mundo con Italia tres años atrás. Pero la estrella de la Juve es el francés Michel Platini. Tras perder la final de la Copa de Europa en 1983 frente al HSV Hamburgo, la Juve decidió fichar al mejor jugador del planeta, con permiso de Maradona, para alzarse de una santa vez con el trofeo de los trofeos.

29/V/1985. 19:00. Un hombre de mediana edad se desploma. Es un visto y no visto. Es belga. Podría tratarse de un desmayo provocado por la basta cantidad de gente y el calor sofocante. No. No es eso. Al poco se descubre que tiene una herida de cuchillo en el estómago. Sangra y hay que evacuarlo. Los hooligans asaltan entonces el sector Z. Son todos jóvenes. Hay menores de edad. Van armados con cuchillos y hasta portan barras de hierro. En pocos instantes la valla de separación claudica ante el envite. Comienza la batalla. Parece el medievo. Ocurre que el enfrentamiento es desigual. Son hooligans ante chavales que no están armados. Los tifosi, los radicales de la Juve, están en la otra punta del estadio. Aquí, en el sector Z, la abrumadora mayoría es pacífica. Hay familias. Sólo piensan en escapar, mas no hay escapatoria. Los rojos están desatados, avanzan en oleadas, tiran piedras, tienen garrotes metálicos y trozos de botellas. Están excitados por la huida del enemigo. La policía no es consciente de la algarabía. Con el muro no se va nada y tardarán en reaccionar. Los juventinos buscan una escapatoria. Ilusos, no saben que están llamando a las puertas del infierno.

Las puertas del infierno

29/V/1985. 19:24. Hay unos 5.000 italianos. Están siendo empujados y espoleados en busca de una salida. Hay vallas. Por entonces hay vallas. Separan a los aficionados del césped con el fin de evitar incidentes y ocupaciones ilegales del césped. Detrás de las vallas hay un muro de dos metros de alto. Llegado el momento se buscará la llave de la valla. No aparece. Ley de Murphy. Cuando todo sale mal, siempre puede empeorar. Hay dos puertas. Ambas están cerradas. Supuestamente por razones de seguridad. De las puertas, del muro, hasta el terreno de juego, hay otra caída de otros dos metros de altura. De repente se derrumba. El muro se derrumba. La valla cae sobre los italianos. El alambre de púas cae sobre los italianos. Los espárragos de Rommel están listos para el combate.

29/V/1985. 19:32. Silencio. Más de un centenar de personas no dan señales de vida. Gritos. Lloros. Con el muro y la valla decenas han caído a plomo. Son 39. Treinta y nueve. Por entonces poco se sabe. Pero se intuye. Serán 39 muertos. La policía detiene a un innombrable que aprovecha la tragedia para buscar carteras en los bolsillos. El ser humano es depreciable. Los ingleses, borrachos, orinan. Mean sobre los cuerpos sin vida de los juventinos. Se llama a todo médico disponible en Bruselas y los taxis hacen de ambulancias improvisadas. Es un pandemónium.

29/V/1985. 19:40. En las gradas hay caos y confusión. Aquellos con un transistor lo encienden. Los periodistas dan cuentan de lo sucedido. Lo hacen gracias a un español. Se llama Alejandro Andreu y es el responsable de comunicación de Coca-Cola, principal patrocinador de la Copa de Europa. Va arriba y abajo. Del campo a la tribuna de prensa. Los periodistas de la RAI movilizan a todo plumilla disponible para ayudar a los servicios de emergencia y llevar camillas al terreno de juego.

1989. Únicamente catorce personas fueron condenadas. Todos fueron absueltos tras recuso al entenderse que el homicidio había sido involuntario. Ni la UEFA ni los propietarios de Heysel ni las autoridades belgas fueron inculpadas. Ni el estadio de Heysel (en la actualidad profundamente remodelado) ni ningún otro recinto belga volvió a acoger una competición internacional hasta 1995. No se permitió el acceso de ningún club inglés a una pugna europea hasta 1990 y al Liverpool hasta 1991. Se consideró que el comportamiento de los hooligans no era un hecho aislado, sino un patrón que había que corregir. A finales de la década de 1980 las familias huían de los campos de futbol por miedo a la violencia, lo que fue motivo, entre otros factores, a un importante aumento en seguidores y practicantes del baloncesto. Hoy, el fútbol sigue siendo el deporte rey y vuelve a ser un evento familiar en el que se han incorporado con éxito niñas y mujeres de cualquier edad.

29/V/1985. 20:33. Se discute. Se negocia. En ningún momento se habla de la opción de suspender el partido. La policía belga se niega en rotundo. Y da sus razones. Da sus motivos. El ejército va a decretar el estadio de sitio. Se cierran bares, cines y restaurantes. Todo bruselense va de cabeza a su casa. Argumentan que necesitan entre tres y cuatro horas para mover a las 60.000 almas que hay en Heysel. Si el partido se suspende, ¿a dónde va toda esa gente? Con toda seguridad habrá vendetta y los muertos podrían ascender a miles. Son las ocho de la tarde y hasta la 01.00 de la madrugada no salen ni los vuelos chárteres rumbo a Liverpool ni los autobuses que cogerán la autopista camino de Turín. Hay que jugar el partido y luego sacar a toda esa marabunta del campo y en orden. Los últimos serán los periodistas.

29/V/1985. 21:03. Hace algo más de una hora que tenía que haber empezado el partido. No lo ha hecho todavía. Los futbolistas saben lo que sucede. En la puerta de los vestuarios hay gente ensangrentada. Otros lloran en busca de sus familias. Antonio Cabrini, futbolista de la Juve, se une a ellos. Boniek, delantero polaco blanquinegro, solloza. Pero en ese momento los jugadores se preparan para que el simulacro dé comienzo. El jefe de la policía belga, capitán Johan Mahieu, y el alcalde de Bruselas, Hervé Brouhon, apelan a jugar el partido para evitar una guerra civil. La plantilla de la Juventus y su cuerpo técnico se niegan a disputar el choque.

29/V/1985. 21:15. El partido comenzará. Lo hará por razones de orden público. Lo hará con 75 minutos de retraso. Lo hará con cerca de 400 personas hospitalizadas. Lo hará con el ejército belga movilizado por lo que pudiese suceder. Gaetano Scirea y Phil Neal, capitanes de Juventus y Liverpool respectivamente, salen micrófono en mano para leer un comunicado en medio del campo de batalla y explicar a los allí presentes que el espectáculo debía continuar. Ni Scirea ni ningún miembro de la Juventus quería jugar el partido. Nadie comprendió lo que estaba a suceder.

29/V/2025. 22:29. Minuto 58 de partido. La primera parte había sido un truño. La segunda había comenzado con la misma sensación de parálisis. Pase en largo de Platini a la carrera de Boniek. Controla de cabeza y es derribado. Cae. Penalti. Alza los brazos. No lo es ni por asomo. Ha caído a un metro del área tras la zancadilla de Gary Gillespie. Nadie protesta. El locutor de la RAI no avista emoción alguna. Todos aceptan la decisión como hecho consumado. Michel Platini engaña a Bruce Grobelaar y adelanta a la Juve. Platini corre agitando el brazo derecho con el puño cerrado al frente del sector Z. Luego se arrepentirá de aquella celebración. El hedor de la muerte flotaba en el aire. Cuarenta años después sigue arrepintiéndose. Cuatro décadas más tarde Heysel sigue hediendo a cadáver. La final, como consecuencia del trágico suceso, se disputó en un clima enrarecido y con algunos cadáveres todavía visibles desde ciertas zonas del estadio.

29/V/1985. 23:30. La Juventus ha ganado su primera Copa de Europa. Hay vuelta de honor. Es un rodeo fugaz. Hay ira, tristeza y vacío. Unos 2.300 agentes conducen a la multitud por oscuros pasillos de camiones y los escoltan bajo vigilancia camino de numerosos autobuses. De ahí no se va ni dios a pie. De allí no se forma ningún grupito con ganas de venganza bajo ningún concepto. Bruselas está bajo control del ejército. No hay un alma en las calles. Sólo sirenas. Sirenas de policía. Sirenas de ambulancia. Ocurre que la tragedia calma los ánimos. Sólo hay ocho detenciones. Todas inglesas. Hay un silencio atónito.

30/V/1984. 06:30. Amanece. Los barcos han partido del puerto de Ostende para transportar a los ingleses a su isla. Los aeropuertos ya dieron buena cuenta de unos y otros a altas horas de la madrugada. El tráfico en las autopistas vuelve a su normalidad tras acotar varios carriles que llevaban a los italianos rumbo sur a Turín. En un hospital militar de Bruselas los médicos forenses dan cuenta de las primeras autopsias. Serán 39 fallecidos. Treinta y dos italianos, cuatro belgas, dos franceses y un inglés. Nadie llegaba a los 60 años. La mayoría están en la flor de la vida. Hay un niño de diez años. Iba con su padre.

30/V/2025. Hoy Heysel no existe. O sí. Existe. Pero es otro estadio. Cuenta con capacidad para 50.000 espectadores todos con localidades de asiento. Es un coliseo de máxima categoría UEFA en términos de accesibilidad y comodidad. Se rebautizó en 1995 con el nombre de Estadio Rey Balduino, en honor al que fue rey de Bélgica durante cuatro décadas. A las afueras hay un monumento iluminado con 39 luces en conmemoración a cada uno de los fallecidos. En la grada Z hay dos vallas, ambas abiertas, para recordar aquello que nunca tendría que haber sucedido.

29/V/1985

“El partido no debería haberse jugado. No podemos estar orgullosos de esa Copa de Europa. No repetiría el desfile de la victoria alrededor del campo. Esos 39 muertos merecen respeto”. Michel Platini, futbolista del Juventus FC.

“Solo quería acabar el partido y ver que mi familia estaba bien. Me daba igual el penalti en contra. Ganar o perder era secundario”. Ian Rush, futbolista del Liverpool FC.

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El cumpleaños de Hitler (2ª parte)

Goebbels y Hitler subieron al Mercedes 280S blindado camino del Estadio Olímpico Adolf Hitler. Según el plan trazado por el ministro de Propaganda, una vez finalizase la ceremonia de inauguración invitarían a subir al auto a Himmler con la excusa de tratar pormenorizadamente el dispositivo antiterrorista de los JJ.OO. Ocurre que, iniciado el camino de vuelta, a la altura de la Avenida de la Victoria (antiguamente Charlottenburger Chaussee) un artefacto explosivo estallaría en los bajos del Mercedes llevándose la vida de los tres jerarcas nazis. Se cumpliría así el deseo del Führer quien, consumido por el alzhéimer, había decidido inmolarse y dejar la dirección del III Reich a Albert Speer.

Para Hitler Berlín era una ciudad decadente. Allí el NSDAP había cosechado históricamente sus peores resultados cuando los nazis aun aceptaban el juego democrático. Como austriaco, consideraba la capital prusiana un lugar alicaído y simple y su objetivo siempre fue convertir a Berlín en un nuevo París, en una Roma imperial, o en una nueva Babilonia.

Los 81 países en los que se dividía el mundo entonces participaron en los Juegos Olímpicos. Se esperaba que el medallero lo liderase el III Reich. A la altura de 1972 Alemania ocupaba la mayor parte del territorio de Europa central y oriental, desde Bruselas al oeste hasta Kiev en el este y desde Tallin al norte hasta Creta al sur. Estados Unidos era el único país capaz de hacerle frente, aunque tanto Gran Bretaña, como Francia e Italia contaban con enormes deportistas con talentos procedentes de sus colonias africanas. Francia poseía la mitad de territorio continental que antaño, pero se le había permitido explotar una vasta zona africana. Se esperaba también gran actuación de las pujantes democracias sudamericanas, de los comunistas chinos y de la India, socio comercial preferente de Estados Unidos y la única democracia exitosa en Asia.

Speer había diseñado el Prachtallee (paseo de los esplendores) que recorría la ciudad de norte a sur. Con Berlín como eje, dicha avenida se tornaba en autopista de más de 3.500 kilómetros de largo conectando Nordstorn, una nueva ciudad creada en el Círculo Polar Ártico, con la Roma regida por Humberto II al paso de numerosos monumentos que recordaban a los caídos en la guerra.

En todo caso, recordemos que la ambición de Hitler era crear un nuevo Berlín a través del tradicional eje este-oeste. Para ello, al oeste de la puerta de Brandemburgo, y para continuar con los bulevares de Under den Linden, se atendió a crear una amplísima y rectilínea avenida que desde la citada puerta atravesase el Tiegarden, bordease la columna de la victoria prusiana y cruzase por un puente el último meandro del río Spree, camino de una zona residencial que culminaría con la explanada del aeropuerto de Tempelhof. Hitler había dado carta blanca a Speer para no escatimar en gastos y usar a terroristas y disidentes como mano de obra esclava. El proyecto había finalizado años atrás, pero se seguían derribando viejos edificios y reinstalando a ciudadanos, dando siempre la sensación de que Berlín era una ciudad en continua transformación que superaba ampliamente los diez millones de habitantes.

Cuando Hitler y Goebbels subieron al Mercedes camino del Estadio Olímpico, el Führer echó la mirada atrás y contempló lo que su mente había trazado y Speer había ejecutado. Abandonó el edificio de la segunda cancillería, su palacio residencial. Allí, había almorzado horas antes junto a los miembros más destacados del equipo olímpico alemán. El refrigerio había tenido lugar en el salón Federico Barbarroja, una descomunal estancia que doblaba en tamaño el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.

El Versalles nazi

Había hasta tres cancillerías presentes a lo largo de la llamada Avenida Hermann Göring, nombre con el que fue rebautizada ese mismo año la Avenida de la Victoria en honor a la memoria del orondo jefe supremo de la Luftwaffe. Hitler iba a realizar el corto viaje hasta el estadio ante la aclamación de miles de berlineses. Esto era así porque en los desfiles y en las grandes ocasiones el tráfico rodado tenía lugar en el exterior. En el día a día, tan sólo los servicios públicos y los vehículos oficiales compartían trayecto con los transeúntes. El resto del tráfico rodado compartía subsuelo con el metro gracias a un descomunal túnel que seguía el eje de la avenida de forma subterránea.

Al poco de salir de la cancillería y acceder a la Avenida Hermann Goring, en su extremo norte, se ubicaba un gran foro abierto conocido como Grober Platz, con una superficie de alrededor de 350 000 m². El conocido comúnmente como Palacio de los Foros Populares tenía capacidad para albergar a 150.000 personas y era el lugar donde se celebraban los grandes actos del Partido Nazi. La idea era superar al Panteón romano construido 2.000 años atrás y mantenerlo en funcionamiento al menos un par de siglos. En la parte sur de la gran plaza se ubicaba el nuevo edificio de la Wehrmacht. La antes majestuosa Puerta de Brandenburgo palidecía ante la magnitud de los edificios que ahora le hacían sombra. Al sur estaba en construcción la nueva terminal de la estación central de Berlín, con un movimiento de tierras de proporciones gigantescas.

Avanzando hacia el este, ante un estruendoso clamor popular, la comitiva del Führer se dispuso a atravesar el Arco del Triunfo. En total había dos en Berlín y muchos más por todo el III Reich. El más pequeño se situaba al este, dirección Moscú. Tenía tres veces más altura que el parisino y tenía grabado el nombre de todos los caídos en el frente oriental durante la guerra. Estaba situado a las afueras de Varsovia para dar la bienvenida a todos aquellos eslavos que osasen penetrar en Alemania. A partir de ahí, y hasta llegar a Berlín, la autopista estaba adornada con enormes monolitos acabados con la esvástica nazi. Cuando la autopista se convertía en avenida al llegar a los arrabales de Berlín, amplísimos bulevares adornados con artillería soviética capturada durante la guerra recordaban lo sangriento del camino entre Moscú y Berlín.

Pero aquel era el camino a la oscuridad. El camino de la luz, el que de Berlín salía dirección oeste rumbo a París, se iniciaba con un descomunal Arco del Triunfo que superaba en hasta diez veces al diseñado por Napoleón. Hubo de hacerse numerosas pruebas de construcción para ver si el terreno era suficientemente sólido para soportar los pilotes de hormigón. Con sus 500 metros de alto en su interior estaban grabados todos los caídos en el frente occidental tanto durante la I como durante la II Guerra Mundial.

Traspasado el Arco del Triunfo, es turno del Volkschalle, otro edificio granítico diseñado para soportar el peso en terrenos pantanosos. El Volkschalle de 200 metros de altura y con una cúpula diez veces más grande que la basílica de San Pedro, es la sede de una inoperante Comunidad Europea. La inmensidad de su cúpula y la condensación provocada por los allí reunidos provocaban la aparición de una neblina artificial. Allí se reúnen los catorce países que conforman una Unión Europea que funciona bajo los designios del Reich alemán. Las banderas de todos los países se presentan ante la fachada principal, coronada por una enorme esvástica, la más grande del planeta, que en días ventosos es vista prácticamente en cualquier rincón de Berlín.

Avanzada ya la avenida, la comitiva presidida por el Führer, se adentra en el estadio que lleva su nombre. Creado ex proceso para los JJ. OO venía a sustituir al estadio olímpico de 1936. Se trataba de un edificio construido en un tiempo récord de apenas doce meses por más de 4.000 obreros que trabajaban día y noche para acelerar la finalización del edificio. Como reflejan las cifras el esfuerzo en mano de obra era mayúsculo, así como las energías y recursos de sus ingenieros. El granito era el material preferido para todas esas nuevas edificaciones, pero se encontró el problema de que no había suficiente en el Reich como para satisfacer los diferentes proyectos arquitectónicos. Ante la posibilidad de quedarse sin abastecimiento de ladrillos (su materia prima principal) Speer mandó crear una fábrica en el Campo de Concentración de Sachsenhausen, donde los prisioneros trabajaban como esclavos día y noche.

Se trataba de una montaña de granito y acero con capacidad para 400.000 personas. Hubo que cotejar procedimientos matemáticos y usar la tecnología que años atrás había permitido que una bandera nazi ondease en la Luna en un hito jamás antes alcanzado por la humanidad. El estadio se sostenía con cables de acero con ornamentación de mármol y hasta ribetes de oro en el palco, desechando por completo materiales baratos como el PVC, salvo para detalles insignificantes. Los materiales de construcción fueron suministrados de la propia Alemania, los equipos eléctricos de los Países Bajos y la madera de roble para los asientos de los espectadores fueron traídos desde Ucrania. El vidrio se trajo de Bohemia y de los cables de acero se encargó Polonia. Las impresionantes columnas sostenían un espacio de 227.000 m², que tras el evento vería reducida su capacidad a 300.000 asientos. El Estadio Olímpico Adolf Hitler tenía ocho pisos y 60 metros por encima las azoteas del estadio. Contaba también con un pabellón anexo de 60 metros de largo, suficiente para cubrir la sección de los soportes.

Aquello era digno de dioses.

Olympiastadion

Iba a comenzar la ceremonia de inauguración.

Más de 70.000 jóvenes de la Juventudes Hitlerianas proporcionarían un espectáculo imaginativo, armónico y deslumbrante. La música, la danza, la gimnasia y la acrobacia facilitarían dos horas de entretenimiento presencial y televisivo inaudito.

81 países tomaron parte en la sesión inaugural de los Juegos. La salida de los participantes, como es tradicional, se inició con la presencia, en primer lugar, de Grecia. Por orden alfabético fueron desfilando los deportistas. A los comunistas siberianos de la URSS se les permitió desfilar sin bandera como protesta al régimen nazi. El público, aleccionado por la propaganda, reaccionó con un gélido silencio que asustó hasta al más valiente de los rebeldes. Mientras, Estados Unidos y algunas de las democracias sudamericanas decidieron salir con bandera al viento y sonrisa de oreja a oreja, pero torciendo el gesto al pasar por delante del palco presidido por el Führer. Lo cierto es que dio igual. La espectacularidad de la ceremonia fue tal que los gestos reivindicativos y de protesta sonaron ridículos ante la majestuosidad de lo allí preparado por los nazis. Alemania, que cerró el desfile, pasó triunfante dando la vuelta olímpica al estadio con los acordes del himno nacional y una inmensa esvástica.

Por vez primera desfiló el equipo olímpico de Irlanda, compuesto por una docena de deportistas. Tras décadas de conflictos sociales y muertes violentas, los irlandeses lograran el año anterior su independencia bajo el beneplácito de Berlín. Para Londres fue una humillación más a cambio de poder mantener su ya decadente Imperio colonial.

Los 400.000 espectadores del estadio Adolf Hitler respondieron con gran calor ante la presencia de los equipos de los países amigos, y en una graduación de ovaciones podría afirmarse que Italia ganó la medalla de oro. Humberto II, monarca transalpino, aplaudía con júbilo, aunque entre bambalinas se mostró contrariado dado que tuvo que dejar su asiento a la izquierda del Führer a Richard Nixon, presidente de Estados Unidos. En la tribuna de personalidades también estaba Francisco Franco, general español, Emilio Médici, dictador brasileño y firme opositor a las democracias sudamericanas y Yaroslav Hunka, un neonazi que había vencido en las elecciones de Canadá bajo financiación alemana, quienes con ese golpe de efecto pretendían desestabilizar a Estados Unidos.

Pero el gran acontecimiento fue la presencia de Hirohito, emperador de Japón, considerado un semidios y al que sus súbditos sólo le conocieron la voz el día que por radio decretó la victoria japonesa en la II Guerra Mundial. Hirohito, de 70 años, iba por vez primera salir de su país para rendir visita a sus amigos nazis. La presencia de miles de hombres del Kenpeitai japonés en colaboración con la Gestapo alemana consiguieron un milagro que entusiasmó y sorprendió a espectadores de todo el mundo.

Estaba también Pierre Laval, presidente de Francia, y por Gran Bretaña Eduardo IX, el joven rey de Inglaterra. Era un secreto a voces que aquel jovenzuelo era el primer bebe probeta de la historia. Hitler había obligado a Eduardo VIII a divorciarse de Wallis Simpson ante la imposibilidad de la estadounidense a tener hijos. Obligado a casarse con la condesa alemana Irene de Solms, pronto se vio que lo de concebir no era problema femenino, sino masculino. La rubia alemana pudo haber yacido con otro hombre, pero los nazis querían dotar de sangre teutona al futuro rey de Inglaterra. Eduardo IX era joven, guapo, probeta y ferviente admirador del autoritarismo alemán.

Unas filas más abajo se encontraba su prima Isabel II, reina de Canadá y heredera legal del trono británico. Las antiguas colonias africanas británicas se mantenían bajo el control de Londres con el beneplácito de Berlín. No así las asiáticas, controladas desde 1945 por el Imperio Japonés del ya citado Hirohito. Australia se dividía en dos. La parte oriental, la rica, estaba bajo control nazi, mientras que, al occidente, traspasado un desierto infinito, se mantenía un gobierno independiente con el apoyo económico y la simpatía de Estados Unidos y Canadá. El presidente de Australia declinó acudir a la ceremonia de apertura.

Por supuesto estaba Ante Pavelic, dictador croata, el único al que alemanes e italianos permitían gobernar con libertad en Europa. De hecho, Hitler tenía cierto pánico a Pavelic, ya anciano, pero quien bajo sus dominios seguía ordenando gasear a desafectos, medida que los nazis habían ido aparcando con el paso de los años. Especial recibimiento tuvo la formación de Cuba, aclamados con su peculiar paso de oca, aunque menos marcial que el de los relevos de la Adolf Hitler Leibstandarte, la formación más legendaria de las SS. Los suizos portaron ramitos de flores, los mexicanos destacaron por su sobriedad y los húngaros fueron los más elegantes.

Hirohito (1901-1989)

El acto se inició en completa oscuridad con la llegada de una réplica del módulo espacial que tres años antes había llevado a los astronautas alemanes a la Luna. La realización televisiva enfocó en ese momento la mueca de repulsa de Breznev y la sonrisa falsa de Nixon. Millones de violines y trompetas de las SS salieron de las cuatro esquinas del estadio para iluminar el palco cuando en ese momento apareció tras una puerta gigantesca Adolf Hitler. Tras el himno nazi, la orquesta, situada en los bajos del graderío olímpico, anunció, con música de Wagner dirigida por el italiano Ennio Morricone, el comienzo de la segunda parte de la ceremonia. En la pista de atletismo hicieron su aparición grupos ataviados a la manera de la Grecia antigua. Los varones portaron los cinco anillos simbólicos y las hembras rosas de distintos colores. Diez cuadrigas ambientaron este prólogo.

De Grecia a Roma, de Roma a Barbarroja y los nazis salvando al mundo. Para dulcificar el momento y para dar un aire juvenil hubo una actuación de The Beatles, un grupo de popnazi inglés, y una oda al veganismo. Aquello despertó una tímida sonrisa de Hitler, quien hacía años había abrazado la corriente vegana y quien había dado su nombre a una fundación que buscaba el más allá en la comunión con la tierra y la naturaleza, aunque sin demasiado éxito. A pesar de que los nazis habían cortado cualquier financiación a las distintas religiones de su vasto imperio los creyentes de medio mundo seguían yendo a escondidas a sus respectivos lugares de culto. Para los nazis lo más preocupante tenía lugar en Oriente Medio, donde sus grandes reservas petrolíferas se veían siempre amenazadas por musulmanes fundamentalistas.

The Beatles

Tras los actos tocó discurso. Arno Breitmeyer, Reichführer de la Federación Nacionalsocialista para la Educación Física, dirigió unas palabras para luego presentar a Avery Brundage, presidente del COI. Aunque Brundage era estadounidense, era un títere de los nazis. Racista empedernido, había conseguido bloquear que los negros recibiesen cualquier tipo de remuneración por el patrocinio deportivo, coto dedicado en exclusiva al deportista blanco. Un henchido Brundage alabó a la organización nazi antes de invitar a Hitler a inaugurar los Juegos. Visiblemente aquejado de párkinson, Adolf hizo un tosco gesto con la mano para evitar ayuda y consiguió ponerse en pie por sí mismo. Con el brazo en alto Hitler dio por inaugurados los Juegos antes de que las trompetas pusieran música a notas de Beethoven y la multitud comenzase a entonar el ¡Heil Hitler! a viva voz.

Tras ese extasiado momento, y ya con una fresca noche primaveral presente en el estadio, un complejo de luces pasó a iluminar la puerta principal del estadio en donde uno a uno fueron pasando 18 mitos del deporte alemán en representación del número de la suerte de los nazis (1 + 8; la posición en el alfabeto de las letras A y H de Adolf Hitler). Ulrike Meyfarth, Renate Stecher, Armin Hary, Jozef Schmidt y Christoph Höhne (atletismo), Roland Matthes (natación) Hilde Krahwinkel y Gottfried von Cramm (tenis). A la llegada de este último hubo división de opiniones. Tras haber sido encarcelado por homosexual, el régimen nazi le había dado la libertad a von Cramm por sus triunfos en Roland Garros. El peaje para el ya senil von Cramm había sido considerarse culpable y rehabilitado de su enfermedad. Luego aparecieron Herma Bauma (balonmano), Reiner Klimke (hípica), Rudi Altig (ciclismo) y Vera Caslavska (gimnasia), la cual, aunque nacida en Praga, era alemana a todos los efectos. La traca final la pusieron los triples medallistas en gimnasia en 1936 Konrad Frey Max Schmeling y Alfred Schwarzmann, los campeones del mundo de fútbol en 1954 Fritz Walter y Helmut Rahn y el actual capitán de la selección de fútbol Franz Beckenbauer. El sueño nazi era contar con Emil Zatopek, el campeón olímpico de 5.000, 10.000 y maratón en los Juegos de 1952, pero había logrado escapar a América y conseguir la nacionalidad estadounidense, donde hacía fuerte propaganda por la independencia de Checoslovaquia.

El último en salir fue Max Schmeling, el antiguo campeón del mundo de los pesos pesados que también había sido un notable paracaidista durante la Batalla de Creta. Los 400.000 presentes hicieron ondear las bengalas que la organización había dispuesto mientras una enorme esvástica nazi engullía a una gigantesca bandera olímpica. El izado se hizo por fornidos veinteañeros, todos ellos, huérfanos de guerra.

Max Schmeling

El pebetero era totalmente diferente al de 1936. El nuevo estaba localizado encima del palco de autoridades, justo en la vertical del asiento dorado que ocupaba el Führer. Se diseñó un sistema semiautomático que se abriese y elevase desde el centro del estadio la llama olímpica continuando con el tema recurrente del módulo lunar. El cohete que portaba el fuego olímpico, con forma de esvástica, se posó al lado del pebetero, momento en el cual Schmeling se hizo a un lado y en un instante nunca antes visto en la historia del olimpismo cedió los bártulos a Hitler para que encendiese el fuego. Fue una sorpresa. Era Beckenbauer quien tendría que haber encendido el pebetero, pero en el aparte de la reunión matinal en la Cancillería le habían desvelado en secreto el cambio de planes. Todo había sido idea de Goebbels. quien se había empeñado en que ese fuese el último recuerdo que la humanidad tuviese del Führer. Hitler había declinado el ofrecimiento en repetidas ocasiones, pero al final aceptó el capricho de su fiel acólito y se dispuso a encender la llama olímpica. En ese momento un contingente de 20.000 soldados de la Wehrmacht hizo su aparición mientras la Orquesta Filarmónica de Berlín entonaba el himno alemán.

La ceremonia había finalizado.

¡Sieg heil!

Todo había rozado la perfección. La sincronización fue absoluta. Hubo momentos repletos de entradas y salidas trepidantes. El espectáculo se salió de todos los moldes. En la vieja tradición olímpica nunca se había visto algo similar. Los nazis demostraron que a nivel de organización eran insuperables. La anécdota de la tarde la protagonizó un joven norteamericano, quien lució en el graderío una pequeña bandera de su país mientras que con un mechero intentaba quemar un banderín nazi. El acto propagandístico se sabría después, porque no llegó a televisarse. Tan sólo los allí presentes, en los cuatro espectaculares tableros electrónicos del estadio, pudieron apreciar el acto de locura de aquel idealista.

Acabada la ceremonia Hitler saludó a Eduardo IX con sinceridad y le preguntó por la salud de su familia. Se entristeció al ver a Franco tan viejo, y se acordó de todos aquellos que ya no estaban, caso del siempre simpático Mussolini, y que de una forma u otra le habían acompañado en aquellos años macabros de la II Guerra Mundial. Hasta asomó un ápice de angustia en su rostro al recordar el cadáver de Churchill cuando decidió suicidarse con una cápsula de cianuro mientras esperaba sentencia en los Juicios de Nuremberg. El caso es que, al haberle dado la mano flácida e inerte a Franco, se felicitó al haber tomado la decisión de dejar este mundo. Él no iba a acabar así.

Había una cena oficial a la que el Führer declinó acudir tal y como había pactado con Goebbels. Himmler iba a hacerlo en su lugar, pero fue Speer el que ocuparía el asiento en el opíparo banquete. A Himmler le extrañó el cambio de planificación a última hora. Él tendría que haberlo sabido. Mucho más le extrañó que Breznev no acudiese a la cena y enfilase la avenida dirección oeste rumbo a Tempelhof. Aquello no tenía sentido. La ausencia del dirigente comunista era una ofensa en toda regla y ni a Hitler ni a Goebbels les preocupaba lo más mínimo.

Himmler decidió que en cuanto llegase a su despacho haría un par de llamadas para averiguar que estaba a suceder. Mientras tanto se subió al Mercedes blindado y acompañó a Hitler en la parte de atrás. Joseph Goebbels enfilaba el asiento de copiloto. El vehículo tomaba rumbo este en dirección a la Cancillería.

–  La ceremonia ha sido fantástica – dijo Goebbels mientras Hitler asentía con la cabeza -. Creo que superior a la de 1936.

– ¿Sabe? – replicó el Führer -, me gustaría que mis cuadros fuesen expuestos en una galería de arte en Linz, cerca de la casa donde nací.

Himmler alzó la cabeza y miró con extrañeza a Goebbels.

– Ha sido un honor mi Führer. Hubiese matado a mi madre por usted si me lo hubiese pedido sentenció Goebbels -.

Cuando Himmler se dio cuenta de lo que iba a suceder el coche saltó por los aires al poco de traspasar la Puerta de Branderburgo.

Adolf Hitler había muerto.

¡Sieg Heil!

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El cumpleaños de Hitler (1ª parte)

20 de abril de 1972. El día amanecía plomizo, pero las colosales vidrieras de la habitación provocaban que la claridad del amanecer se abalanzase sobre la estancia. Eran las seis de la mañana y Adolf experimentó una fugaz pero brusca sensación de enfado cuando acudieron a despertarle. Se incorporó lentamente y pidió ayuda para salir de la cama. Con parsimonia irguió los brazos y una joven pizpireta le quitó su pijama de lino lavado bordado con sus iniciales. Aquel día Adolf Hitler cumplía 83 años.

No era un cumpleaños cualquiera. Aquejado desde la cincuentena de párkinson y con un alzhéimer galopante, ese día iba a ser el último del Führer presidiendo un acto público. Había gastado millones de reichmarks en buscar inútilmente una cura, fracaso que le había costado la vida a unos cuantos científicos. No obstante, cuando la lucidez se lo permitía, seguía siendo tan implacable como de costumbre. Consumido su cuerpo y abandonada su mente, no tenía intención alguna de ser un estorbo para Alemania. En sus planes no estaba pasar sus últimos días en una institución psiquiátrica. Hitler era un hombre de principios. De escabrosos, deleznables, ruines y asquerosos principios. Pero de principios.

Ordenó a Goebbels que lo asesinarán.

El también enfermo y cojo ministro de Propaganda trazó un plan. Hacía años que Alemania se desangraba en la marca del Este, en las cuencas petrolíferas del Cáucaso y las llanuras ucranianas, donde convivían a partes iguales las casas de veraneo nazis con los campos de trabajo y los fantasmas de sus homólogos de exterminio. La guerra había terminado en 1944 tras la fastuosa victoria en Stalingrado el invierno anterior y la toma de Moscú por parte de la Wehrmacht aquel verano. Una vez caído el frente, Stalin se había suicidado. Regida por Breznev, la URSS seguía existiendo formando un vasto, pero irrelevante territorio, en Siberia, de nulo interés para los nazis.

Pero a inicios de la década de 1960 las colonias orientales comenzaron una guerra de guerrillas alentada por una nueva generación de comunistas. A pesar de los denodados intentos de Goebbels la opinión pública alemana estaba cansada de tanta guerra. La censura no podía parar la ingente llegada de imágenes de niños bombardeados por napalm y de inocentes perseguidos por helicópteros. La gente se defendía casa por casa y granja por granja mientras los ataúdes se acumulaban en el aeropuerto de Tempelhof.

Así pues, Goebbels trazó un plan con el beneplácito del Führer. Hitler acudiría a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Una vez terminado el acto una bomba colocada debajo de su Mercedes 280S blindado acabaría con su vida. Goebbels orquestaría todo para culpar a la URSS y de paso involucrar también a los estadounidenses, los cuales llevaban décadas apoyando económicamente a la resistencia del oriente europeo. De este modo, la previsible rabia de la opinión pública permitiría aumentar el número de soldados enviados al frente.

Tan sólo había un pero; ¿Quién sucedería a Hitler? Joseph Goebbels se había auto descartado. Había decidido inmolarse junto a su Führer. Su mujer, lejos de escandalizarse, asumió con gusto la idea y decidió sumarse a la macabra fiesta. Hermann Göring, el durante décadas poderosísimo número dos, había fallecido en 1956 víctima de un ataque cardíaco. Lo mismo le ocurrió a Martin Bormann cuatro años después. A Adolf Eichmann se lo llevó por delante un cáncer en 1962. Generales victoriosos como von Brauchitsch, Paulus o Nimitz habían ocupado cargos ministeriales en el pasado, pero su presencia era anacrónica en 1972. No hablemos ya de Guderian o de Rommel, este último ya fallecido y convertido en traidor al Reich tras su fuga a Estados Unidos en 1944.

El sucesor natural de Hitler parecía Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, pero su ambición le había traicionado. Llevaba años maniobrando para suceder a Hitler y sus cartas estaban sobre la mesa. Además, Heydrich, su fiel mano derecha, había fallecido víctima de un ataque terrorista en Polonia meses atrás. No. Hitler lo descartó por completo. Himmler recordaba a un pasado que los nazis pretendían ocultar. Para Hitler sólo había un posible sucesor. Y ese hombre era Albert Speer, su arquitecto de cabecera.

Para evitar el desacato de las SS y una posible insurrección, Hitler ordenó a Goebbels asesinar también a Himmler. El hombre que creó un sistema centralizado de campos de exterminio también viajaría en aquel Mercedes con rumbo al averno.

Aquel 20 de abril, Himmler, Goebbels y Hitler saltarían por los aires.

¿Quién era Speer? Albert Speer era el arquitecto jefe de Hitler. Durante la guerra había sido el responsable de la distribución de armamentos y producción industrial. Tras la guerra ejerció de ministro de transportes y fomento hasta que fue sustituido por su hijo. Había sido el responsable de diseñar una fastuosa autopista de tres carriles que conectaba las regiones bálticas con el sur de España para goce del turismo alemán. Al borde de los 70, Speer seguía siendo un hombre cautivador, un conversador excepcional y una persona con grandes dotas comunicativas. Speer no era militar ni tampoco un SS. Era un civil. Y eso es lo que buscaba Hitler. Speer era el nazi bueno.

Y sobre todo Speer había hecho realidad el último gran sueño de Hitler. La construcción de Germania. La construcción de un nuevo Berlín. Un nuevo y gigantesco Berlín que el mundo iba a conocer en estos Juegos Olímpicos.

Germania

Ni era la primera vez que Berlín albergaba unos Juegos Olímpicos ni tampoco era la primera ocasión en la que los alemanes ejercían de anfitriones. Pero dado que los nazis solo admitieron a sus aliados en los JJ. OO de Núremberg 1948, hubo que esperar a Roma 1960 para ver en acción a Estados Unidos y a la totalidad de democracias latinoamericanas del bloque occidental. Desde entonces los Juegos Olímpicos se convirtieron en un campo de combate a mayores entre la guerra fría que Estados Unidos y el Imperio nazi estaban librando. Ocurre que los Juegos de Berlín 1972 tenían algo aún más especial. Por vez primera se admitía la presencia de los comunistas siberianos de la URSS y de la China popular. A cambio, Estados Unidos reconocía como país independiente a Taiwán y al régimen nazi cubano que, liderado por Fidel Castro, amenazaba con sus misiles las costas norteamericanas a escasos 40 kilómetros de distancia.

La ceremonia tendría lugar a media tarde. Parecía que, aunque nublado, la lluvia no haría aparición. Lo habitual era competir en verano, pero fue idea de Goebbels hacer coincidir los Juegos con el cumpleaños de Hitler. Aun así, la agenda de Hitler estaba repleta aquella mañana. Hacía años que utilizaba traje y corbata en el día a día, pero continuaba usando el uniforme pardo del partido nazi para los actos oficiales. Con el brazalete en el brazo izquierdo y con la cruz de hierro de la I Guerra Mundial y la medalla como creador de la Gran Alemania de 1944 en el pecho.

Hitler desayunó con Arno Breker, quien había diseñado la primera mascota de la historia de los Juegos Olímpicos. Se trataba de un pastor alemán con un collarín que tenía dibujados los aros olímpicos. La idea de Breker era usar como mascota a un perro salchicha, el más común del país, pero a Hitler le aterraba la idea. Más tarde tuvo una reunión con la cineasta Leni Reifenstahl, que ya se había encargado de la dirección cinematográfica en 1936 y en Núremberg 1948. En esta ocasión le acompañaba un joven de veintitantos llamado Rainer Fassbinder, quien, a pesar de tener un talento descollante, estaba siendo vigilado por la Gestapo por ser un posible elemento disidente.

Para el almuerzo Hitler se reuniría con una representación de los deportistas alemanes llamados a conquistar el oro olímpico. Destacaban Roland Matthes en natación y Renate Stecher y Ulrike Meyfarth en atletismo. Todos lograrían medallas ante sospechas de un dopaje de Estado que los nazis llevaban años practicando en mayor o menor medida. No podrían evitar que el estadounidense Mark Spitz, el finés Lasse Viren, la soviética Olga Korbut o el británico Kipchoge Keino se convirtiesen en reyes de los Juegos. Por suerte, el velocista ucraniano Valeri Borzov competía bajo bandera nazi.

También eran nazis los polacos Lato y Deyna, futbolistas del Schalke 04. Por vez primera los futbolistas profesionales competirían en los Juegos. Era una medalla de oro segura. El FC Bayern era el actual campeón europeo, liderado por Franz Beckenbauer, el cual se afanaba por agradar a Hitler en la mesa siempre encantado de entablar relaciones con las altas esferas. El Bayern había sucedido al Schalke 04 como primer campeón alemán europeo, una fantástica idea promovida por la revista Kicker a mediados de los 50. Era tan superior el nivel de la selección germana que futbolistas del nivel de Ivo Viktor o Oleg Blokhin eran suplentes, mientras que otros como Allan Simonsen alternaban el banquillo con la titularidad.

Finalizado el almuerzo, Hitler deseó suerte a todos los deportistas y tuvo un aparte con Beckenbauer, quien sería el encargado de abanderar a la delegación germana.

Cansado por el trajín de los acontecimientos, médico y enfermera atendieron en privado al Führer. Durante la comida se mostró ausente por momentos, pero sus acólitos se encargaron de ocultar sus defectos. Luego dormiría una breve siesta. Media hora después, una vez examinado y aseado, Hitler exigió la presencia de Goebbels antes de abandonar la Cancillería. El ministro de Propaganda comentó que todavía había tiempo a dar marcha atrás. Hitler, pensativo ante la gran bola del mundo de su despacho, giró la cabeza, contuvo la mirada y exclamó:

¡Sieg Heil!

Goebbels se cuadró, devolvió el saludo y ordenó que el chófer se plantase delante de la Cancillería.

Hitler en 1972

Otras historias de nazis

El nazi bueno (el soldado nazi que conquistó la liga inglesa en dos artículos)

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La montaña mágica de Cañardo

Cataluña es Barcelona. Barcelona es Cataluña. Situada en un punto privilegiado del globo terráqueo, enclaustrada entre en el mar y la montaña, cerca de todo por tierra y por mar y bendecida con un clima benigno, Barcelona ha sido siempre vanguardia comercial, industrial y cultural. También deportiva. Ciudad olímpica. Hay y ha habido campeonatos mundiales en disciplinas tan diversas como el atletismo, la natación, el patinaje o el polo y otras como el fútbol, el baloncesto o el balonmano cuentan con seguimiento internacional semanal.

El pistoletazo de salida de Barcelona como icono vanguardista deportivo tuvo lugar el día de Reyes de 1911. Narcís Masferrer, director de El Mundo Deportivo, ponía en marcha la Volta a Catalunya, la que hoy es la tercera, tras Tour y Giro, carrera ciclista por etapas más antigua del mundo. La primera edición salió de la barcelonesa plaza de Sarriá para, tras tres jornadas, arribar a escasos metros del anfiteatro romano de Tarragona. La prueba, hoy centenaria, recorre los cuatro puntos cardinales de Cataluña beneficiándose de los hercúleos puertos montañosos de los Pirineos y de las turísticas estampas costeras que van desde la Costa Brava a la Dourada pasando por las tierras del Maresme y del Garraf.

Ocurre que antes de que la Volta fuese un evento internacional, antes de que el Barça fuese mès que un club y mucho antes de que Barcelona quedase siempre ligada a Michael Jordan y a su Dream Team, estaba Montjuic. La montaña mágica de Barcelona.

Dejar la llanura barcelonesa para encaramarse a los 170 metros de altura de Montjuic fue siempre a la vez reto y a la vez hechizo para el paseante. El ciclismo convertirá esos dos mil metros de ascensión en míticos y los vehículos a motor desnudarán su dificultad. Ocurre que antes de esos progresos, Montjuic era un reto. Era una quimera. Un ideal que las bicicletas convirtieron en deporte.

Al fondo…Montjuic

Al costado de Barcino se levantaba el Monte Júpiter. Así lo llamaban los romanos. En el medievo comenzó a conocerse como Monte de los Judíos y de ahí la derivación del topónimo a Montjuic. Ocurre que allí, en lo alto, y con mirada franca al mar, el homo sapiens encontró un lugar ideal para asentarse. Entre el Besós y el Llobregat, aquel promontorio era idóneo para repeler amenazas externas y controlar el llano en caso de revueltas. Con el tiempo sus imponentes cañones apuntarán amenazantes al corazón de la Barcino medieval.

De la montaña de Montjuic se extrajo la piedra del gres, un tesoro autóctono con el que se construyeron los principales edificios barceloneses, la muralla romana o la catedral. De esos talleres salió la piedra que edificó la impresionante Basílica de Santa María del Mar, construida por los ciudadanos de lo que hoy es conocida como la Barceloneta y la Ciudadela.

La magia de Montjuic radica en que está tan cerca como lejos. No queda a pie de paseo como El Retiro y celebrar una tarde bajo su falda requiere dedicación exclusiva. No solicita prisa, más tampoco permite pausas. Y no solo eso. Montjuic imponía. Durante siglos su castillo funcionaba como cazador de espíritus y sus paredes y muros como enclaustradores de ideas. Tras los Juegos Olímpicos de 1992 la ética de la montaña se transformó para siempre en un gran parque temático que se ha rendido al deporte y a la cultura con una oferta museística tanto arqueológica como ilustradora.

Eso es Montjuic. Es también una ascensión de 2,6 kilómetros al 6’5% con picos del 13% de desnivel. Una montaña que siempre estuvo en la psique de los barceloneses y que el ciclismo convirtió en mágica a inicios del siglo XX. Pocos años después de inaugurarse la Volta a Catalunya, allá por 1929, se construyó al pie de la montaña y enfrente del Museo Nacional la fuente de Montjuic. La joya de la corona de una explanada que muere en la Plaza de España y que marcará el pistoletazo de una subida que alcanzaría dimensiones de leyenda una tarde de septiembre de 1939.

— LA SEPTIMA DE MARIANO CAÑARDO —

Terminada la Guerra Civil el 1 de abril de 1939, el deporte pasaba a convertirse en un fundamental instrumento de propaganda del Franquismo. Atraída por su prestigio y su antigüedad, la Volta a Catalunya era pieza clave para fomentar la vuelta a la normalidad. Conviene recordar que si la prueba catalana llevaba en funcionamiento desde 1911 la Vuelta a España hubo de esperar más de dos décadas para ponerse en marcha. La Vuelta había tenido su primera edición en 1935 antes de que las balas y las bombas le pusiesen un pronto final.

Como es de imaginar el estado de las carreteras era paupérrimo. Sólo en Cataluña se contabilizaban la destrucción de más de cien puentes de los que menos de la mitad habían sido reconstruidos al llegar el verano de 1939. Fue el alcalde de Hospitalet y presidente de la Unión Deportiva de Sants, Wenceslao Marín, el que se puso manos a la obra. Consiguió que en septiembre se pusiese en marcha una carrera marcada por la austeridad, aunque su alegría duró apenas unos meses. Poco después fue destituido de la alcaldía acusado de fraude en la venta de material de obra para la reconstrucción del ayuntamiento. Fallecería en la cárcel, lugar que ya había ocupado en tiempos de guerra acusado de colaboracionista por los republicanos. Marín, además de reinventor de la Volta, pasará a la historia por besar barrotes acusado por rojos y también por nacionales.

El caso es que en septiembre de 1939 se pondría en marcha una Volta a Catalunya dulcificada con etapas de un máximo de 170 kilómetros en una época donde la distancia diaria se acercaba habitualmente a los 300, sin grandes puertos de montaña, al evitar los Pirineos, y con apenas cuarenta participantes, todos ellos de nacionalidad española. El claro favorito para llevarse la victoria en una de las más prestigiosas vueltas de una semana del calendario internacional era Mariano Cañardo.

¿Y quién era Mariano Cañardo?

Mariano Cañardo era catalán. Un catalán nacido en Olite. Pasó su infancia entre Navarra y Huesca jugando a fútbol y pelota vasca y dando vueltas a los patios de los Salesianos castigado por los curas. Quiso el destino que a los siete años quedase huérfano de padre y seis años después de madre. Al fallecer el pater familias tuvo que ponerse a pastorear cabras hasta que con 13 años hubo de trasladarse a Barcelona para vivir a cargo de su hermana mayor. Sus pertenencias cabían en una caja de zapatos.

Se instala en el barrio de San Andrés de Palomar (hoy Sant Andreu), sito al noreste de Barcelona e importante centro febril del momento. Cañardo descubre el oficio de carpintero, aunque su sueño es ser conductor de locomotoras. Sin embargo, para 1926, apenas con la veintena cumplida, se compra una bicicleta que debe pagar a plazos. Se enamora. Se apunta a una carrera a la que llegará en calzoncillos y alpargatas dado que no tiene ropa deportiva. Le obligan a ponerse su pantalón de pana y tendrá un accidente al meter la rueda trasera en las vías del tranvía a la altura de Vía Laietana. Dio igual. Quedó entre los quince primeros y nunca más dejaría la burra. Poco después ganó una carrera en Cantabria y acabará tercero en su primera participación en la Volta a Catalunya.

Pronto se convertirá en el primer profesional de la bicicleta. Será segundo en la primera Vuelta a España de la historia, alcanzará por dos veces el séptimo puesto en el Mundial de ciclismo cuando ningún ciclista al sur de los Pirineos se atrevía siquiera a participar, fue el primer español que corrió el Giro de Italia y fue vencedor de etapa en el Tour (únicamente otros dos ciclistas lo habían logrado antes que él) además de amasar un sexto puesto en agosto a finales de julio de 1936, cuando ya la Guerra Civil había estallado. Con el paso del tiempo se convertirá en director deportivo y tendrá cargos en la administración, tanto catalana como española, relacionados con el ciclismo. Su fama como gestor igualará a la de su carácter volcánico. Sirva como anécdota que, en 1946, cuando era director de la Volta a Catalunya, se acercó con su coche a la altura de Miguel Poblet quien, con la pierna llena de sangre tras una caída, estaba a punto de abandonar. Cañardo lo llamó maricón de mierda y se lio con Poblet a puñetazos ofendido por no querer volver subirse a la burra.

Pese a una segunda posición en una Vuelta a España, sus grandes gestas llegaron en su Volta, que ganó en siete ocasiones, aunque Cañardo siempre defendió que lo dejaron sin una octava corona por una sanción injusta, cuando le sorprendieron tomando cerveza un día en que el calor era insoportable. Entonces los ciclistas se detuvieron en plena etapa para tomar algo, en bares en los que era normal encontrar una fotografía de Cañardo, el único deportista capaz de rivalizar con los futbolistas Zamora o Samitier en fervor popular. Hijo del hambre, su salida del anonimato había tenido lugar en 1928, cuando disputó su primer Tour de Francia. Tuvo la oportunidad de competir por la baja de un compañero el día antes del inicio de la prueba. Cañardo se pasó la primera semana sin siquiera salir en las clasificaciones oficiales y en la penúltima etapa se le rompió el cuadro de la bici y tuvo que acabar la etapa con una de paseo que un aficionado tuvo bien en prestarle. Sin comer y sin lavarse, el director de su equipo le hizo dar marcha atrás e ir en busca de la montura destrozada. De esta guisa se presentó en la línea de salida del último día convertido ya en leyenda en toda España y especialmente en Cataluña. Llegó a Paris a base de sidras, medio borracho, y esa noche de gloria acabará quedándose dormido en el ascensor de su hotel.

Mariano Cañardo

Para 1939 Cañardo es, pues, una leyenda próxima al retiro al que la Guerra Civil le ha privado de alguno de los mejores años de su carrera. Son ya más de dos años sin competir en los que Mariano Cañardo ha hecho equilibrismo para pasar de ser un simpatizante republicano a un franquista convencido. Al igual que Ricardo Zamora, Mariano Cañardo vivirá toda su vida con el sambenito de cambia chaquetas. A fin de cuentas, eso era lo de menos. Todo se olvidaría con una nueva victoria.

Las dos primeras etapas de la Volta 1939 fueron muy similares y fueron ganadas al sprint por Cañardo liderando un grupo de primeros espadas. La primera, entre Barcelona y Valls. La segunda entre Valls e Igualada. La tercera etapa empezó a dar forma a la general, aunque Cañardo ya era líder sin sorpresas. Su grupo, de unos quince corredores, estaba al frente al salir de Igualada. Pero al paso por Manresa tomaron un camino incorrecto y recorrieron hasta nueve kilómetros por donde no tocaba. Al darse cuenta, se vieron obligados a dar media vuelta, con un Cañardo malhumorado por la equivocación y que, incluso, hubo de ser convencido para que no abandonara. El de Olite fue quien tomó la iniciativa en la persecución llevando un ritmo altísimo. Por delante, Santiago Ezquerra marchaba de líder virtual, hasta que en el descenso del Alto de Sant Hilari (a 1.000 metros de altura entre el Montseny y Savassona) se va al suelo, rompe la clavícula y debe de abandonar. Eliminado Ezquerra, y a pesar de que Cañardo flaquea en la contrarreloj de San Feliu de Guixols en otra etapa pasada por agua y donde abundan las caídas, Mariano se planta como líder indiscutible con seis minutos de ventaja sobre Diego Cháfer y sobre Fermín Trueba.

El séptimo y último día el pelotón llegaba a Barcelona vía Manresa, tras pasar por Molins del Rei. Era 24 de septiembre y Barcelona celebraba las fiestas de la Mercé. Los corredores dieron ocho vueltas por el circuito de Montjuic en una exhibición de Cañardo que ganaba cuatro etapas y se alzaba a sus 33 años con su séptima Volta a Catalunya, récord aun no superado. En el pódium recibió su jersey de líder, el cual ese año lucía de color azul marino en homenaje a Falange. Luego, en presencia de los generales Luis Orgaz y José Moscardó en calidad de Capitán General de Cataluña y Delegado Nacional de Deportes respectivamente, los 50.000 presentes escucharon el himno nacional y Cañardo depositó un ramo de flores por los caídos en la guerra por la gloria de Dios y de España.

Un trienio atrás en el calendario, en 1936, Mariano Cañardo había logrado su victoria más estruendosa. Competían el belga Frans Bonduel, un grande de la época, y Federico Ezquerra, más joven que Cañardo y considerado su sucesor. En la segunda etapa, camino de Girona, Cañardo perderá 16 minutos por culpa de una avería. Ambos, Ezquerra y Cañardo, competían por el mismo equipo y lo que ocurrió a partir de entonces fue una guerra en toda regla. Al día siguiente Cañardo atacó a Ezquerra contraviniendo las órdenes de equipo y ambos acabaron a mamporros al finalizar la jornada. Luego, en un día de lluvia de 250 kilómetros entre Figueras y Manresa, atacaría en el descenso de Santigosa jugándose la vida en una etapa donde hubo decenas de caídas y abandonos. Al llegar a la meta, con Esquerra perdiendo más de veinte minutos, Cañardo llamó a los periodistas y les reclamó a gritos su trono como mejor ciclista español del momento. Con todo hubo que esperar a la etapa final con subida al circuito de Montjuic para ver si Cañardo o Bonduel se llevaban el triunfo, dado que apenas un puñado de segundos separaban a ambos competidores. Unos 60.000 barceloneses se amontonaron en las faldas de Montjuic para presenciar siete vueltas a la montaña mágica subiendo por la cascada del Font del Gat (en unos meses volvería a ser Fuente del Gato) hasta el estadio y bajando por el Poble Espanyol. En las primeras vueltas, Cañardo tomó las riendas del grupo forzando el ritmo y provocando una selección de un grupo con ocho corredores, entre los que no estaba Bonduel. En el sprint final Esquerra levantaría las manos, pero la gloria sería nuevamente para Cañardo. Lluís Companys, presidente de la Generalitat, otorgaba el trofeo a Cañardo mientras los presentes entonaban con orgullo Els Segadors, el himno catalán cuya letra evoca un levantamiento de campesinos catalanes contra la política expansionista del rey Felipe IV en 1640.

De 1936 a 1939 habían cambiado muchas cosas, pero Montjuic seguía juzgando en silencio a todos aquellos que osaban ponerle un pie encima.

Una vista de BCN desde Montjuic

“Si contemplas la ciudad desde las colinas, ves su lógica, la ciudad cerrada de las antiguas murallas, la ciudad racionalista de la burguesía. Para mí es un modelo de ciudad inexplicable en cualquier lugar que no sea el Mediterráneo (…) En un día de sol, las colinas enfrentadas del Tibidabo y Montjuic aparecen respaldadas por un Mediterráneo que prolonga la sangre de los ribereños hasta los límites de los cuatro puntos cardinales más propicios del mundo. Una fe mediterránea en la vida se apoderó de sus músculos cansados y al llegar a la salida del cinturón de Ronda a la Travesera de las Corts equivocó voluntariamente la ruta de casa para buscar la de la Diagonal (…) Desde el monte Carmel, los inmigrados han podido ver una ciudad con historia, a manera de mancha concentrada alrededor del puerto, a la sombra del castillo de Montjuic que les vigilaba a ellos de forma especial, y una ciudad amable y confiada, la de la mesocracia liberal e individualista que se fue apoderando de todos los ensanches extramuros, subiendo progresivamente hacia las laderas de Collserola y el Tibidabo dominante”. Manuel Vázquez Montalbán.

Otras historias del ciclismo de esa época

El infierno en vida (el brutal Tour de Francia de 1926)

100 años del maillot amarillo (de cuando se ideó la túnica sagrada del Tour de Francia)

El secreto de Gino Bartali (el Schindler de las bicicletas)

Delio Rodríguez (el campeón olvidado)

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Negros en la selección española

No era racismo. O si era. Vete tú a saber. El caso es que era un entrenamiento. Y había cámaras. Y se vio todo. Era el año 2004. Luis Aragonés era el seleccionador. José Antonio Reyes el niño bonito. El de Hortaleza llamó a un aparte al de Utrera y le dijo aquello de al negro de mierda dígale que usted es mejor que él. La arenga iba dirigida contra Thierry Henry, estrella del Arsenal y compañero en la delantera de José Antonio Reyes.

Se lió parda. Racismo, inquisición y todo el rollo de las colonias. En Inglaterra nos pusieron a parir. No los hay más papistas que el papa. ¿Era racismo? No. No era racismo. Era una expresión racista. Son cosas distintas. La primera es repugnante. Yo a la segunda le pondría el calificativo de triste. El racismo está intrínseco a la condición humana. Lo estuvo, lo está y lo estará. Las expresiones racistas se corrigen con educación y valores cívicos. Hay menos de las que hubo y hay más de las que habrá. Las expresiones homófobas, racistas o machistas afortunadamente irán feneciendo generación tras generación. La homofobia, el racismo y el machismo siempre formaran parte de la humanidad. Thomas Jefferson escribió aquello de que todos los hombres han sido criados iguales con derecho a la vida, a la libertad y a la felicidad, pero luego tenía 4.000 hectáreas en propiedad y 135 esclavos a los que les negó la liberación. Al menos no los azotaba como hacía George Washington.

El caso es que en España no abundaban los negros. Luis Aragonés conoció a unos cuantos, pero Luis fue un futbolista de élite que compartió duchas y vestuarios con trancas de color azabache. Para el común de los mortales ver un negro era un asunto paranormal. Mi padre, niño del rural gallego de los 60, siempre cuenta que la primera vez que vio a un negro fue en las fiestas de su pueblo. Era un feriante que acoplaba una atracción. Ningún niño se montó en aquellos caballitos. Todos pasaron la tarde detrás de una pared, ocultos, mirando a aquel joven de tez oscura que parecía un extraterrestre a ojos de aquellos zagales.

Suponemos que en Madrid o Barcelona el relato causará cierta gracia, pero tampoco es que en las grandes ciudades los negros fueran algo común. En 1980 había 200.000 extranjeros en España (0,5 % de la población) y la mayoría eran blancos sudamericanos. En 2020 eran 5.400.000 (11,5 % de los residentes) los extranjeros censados. En 2024, únicamente tres años más tarde, ya eran 6.300.000 (13,1% de los habitantes). La diferencia en cuarenta años ha sido demencial.

Ruta esclavista

La condena de la esclavitud es un hecho históricamente reciente. Todas las sociedades, sin excepción relevante, han contado con esclavos, desde los egipcios a los ingleses pasando, por supuesto, por los españoles. Lo singular del caso hispano es que de todas las potencias esclavistas europeas que ha habido la española ha sido, con diferencia, la más indulgente.

Como tengo dichas en otras ocasiones conviene ponerse las gafas de la historia. En términos morales la esclavitud es algo infame. En términos históricos la esclavitud es una institución económica. Hasta la propagación de la mecanización, el sistema de producción necesitaba de abundante mano de obra. Así nacieron sectores enteros de población cuya naturaleza era esa; la esclavitud. Era esta una vida sin dignidad humana, que no pobre, ya que, principalmente en tiempos antiguos, en la mayoría de las ocasiones vivía mejor el esclavo que el pobre.

La esclavitud pasó a ser un negocio multimillonario a partir del siglo XVI. A través de ese oficio lucrativo, aunque asqueroso, colonizarían bastos territorios de América con un número muy limitado de militares y civiles portugueses, españoles, ingleses, franceses o neerlandeses (también había esclavos blancos pululando los puertos del Mar Negro y de Oriente Medio, ya que rubios eslavos y morenos ibéricos abundaron en las cortes de sultanes otomanos). Los portugueses fueron los que le pusieron el cascabel al gato (el 40% de los esclavos africanos acabaron en Brasil) a lo que siguieron luego los españoles, pero de una manera mucho más residual, a pesar de lo que la Leyenda Negra nos ha hecho creer.

Mujer del Renacimiento y ferviente católica, Isabel patrocinó el viaje de Colón a las Indias no con afanes aventureros ni económicos, sino con la idea de instaurar una monarquía cristiana. La esclavitud era incompatible con su ideal político y religioso. Su misión era evangelizar a todos los nativos. Y ningún cristiano podía ser esclavo. La culminación de este planteamiento es el testamento leído tras la muerte de Isabel la Católica en 1504. Con la mentalidad de la época era algo extravagante e inaudito, pues nunca antes una potencia vencedora había decidido no esclavizar al vencido.

Se establecieron entonces las encomiendas, en las que se concedía a un español un número determinado de indígenas como mano de obra. Eran los líderes indígenas los encargados de movilizar el tributo y la mano de obra asignada. A su vez, los encomenderos debían asegurarse de que los nativos de la encomienda recibieran instrucción en la fe cristiana y en la lengua española y protegerlos de agresiones externas. Hubo problemas. Claro. A 7.000 kilómetros de distancia las órdenes y las sanciones llegaban con meses de retraso, por lo que muchas de esas encomiendas pasaban a ser esclavitudes encubiertas.

Hasta que en 1530 Carlos I reconociese el derecho a la libertad, a la propiedad privada y al cristianismo de todo nativo. Los conquistados en la Pampa, en México o en el Perú nunca serían esclavos. Éste último punto se antoja trascendental y es radicalmente moderno para la época.

Dado que los nativos americanos ya no podían ser esclavos, es entonces cuando se mira al mercado esclavista africano. Por entonces Lisboa era el centro negrero mundial por excelencia. Los portugueses llevaban años cambiando manufacturas y cereales por el oro y los seres humanos que los jefes tribales africanos y los árabes del Magreb les proporcionaban. A ese mercado se sumaron rápidamente los españoles porque, en términos legales, los negros ya eran “esclavos por naturaleza”.

Se calcula que sólo en el siglo XVII llegaron 250.000 esclavos negros a América. Pero eso era sólo el inicio. En 1714, tras el Tratado de Utrecht que puso fin a la hegemonía hispana, Londres ocupó el lugar de Lisboa como puerto mercantil de la esclavitud. Para el siglo XVIII ya eran siete los millones de esclavos africanos enviados a América.

Pero seguimos sin contestar a la pregunta; ¿por qué hay tan pocos negros en las antiguas colonias españolas? La respuesta está en la doctrina católica. Aun siendo esclavos, a todo aquel negro que se convertía al catolicismo se le integraba en la sociedad. Es más, en la América española el esclavo podía comprar su libertad. En las colonias inglesas o neerlandesas, esclava era toda la familia. En las españolas los hijos de un esclavo dejaban de serlo (al menos en la teoría). De ahí que exista abundante documentación de la existencia de cientos de negros que escapasen del dominio inglés para buscar cobijo en la Florida española.

Cuando hace ahora dos siglos llegó el momento de las guerras de independencia en América, la mayor parte de los nativos se alineó con la Corona española. Veían en la metrópolis una institución capaz de garantizar sus libertades y sus costumbres. Los criollos, los hijos del mestizaje (fruto de las revolucionarias ideas de Isabel la Católica el mestizaje diferenció la colonización hispana de todas las demás potencias europeas), eran los que querían acabar con las costumbres indígenas. Cuando Simón Bolívar llegue al sur de Colombia en 1820 escribirá, entre horrorizado y sorprendido, que sus enemigos más encarnizados eran indios nativos.

Perdidas las colonias norteamericanas, desde el Imperio Británico se presiona para abolir la esclavitud, lo cual se hará efectivo en 1833. No es un acto de fe, dado que seguirán esclavizando de facto a los africanos durante el siglo XIX, más los esclavos dejarán de existir como mano de obra en las Islas y se perseguirá y juzgará a aquellos que trafiquen con personas por todo el Atlántico. Presionados por los británicos, el resto de naciones europeas y las nuevas naciones sudamericanas aceptarán la nueva realidad con celeridad.

No será ese el caso de Estados Unidos, que no abolirá la esclavitud hasta 1865 tras una cruenta guerra civil, o de Brasil, que no lo hizo hasta 1888, tras más de medio siglo de independencia. España no acabó con la esclavitud hasta 1880, manteniendo viva esa sucia realidad en Puerto Rico y Cuba para gloria de las compañías negreras de Bilbao, Cádiz o Barcelona. Y con todo habrá que esperar al siglo XX para ver al mayor negrero de la historia, el industrial alemán Alfred Krupp. Cierto día, en una reunión con Hitler, le comentó que antes de gasear, asesinar o encarcelar a elementos desafectos, siempre era mejor hacerlos trabajar hasta la muerte para aumentar la producción bélica. Se estima que en las fábricas Krupp trabajaron unos doce millones de esclavos. Alfred tuvo bajo sus órdenes directas a unos 200.000.

Volvamos al siglo XIX. Es entre 1820 y 1880 cuando la esclavitud financiada por España se torne en real. Se estima que llegaron el doble de esclavos al caribe español en esos sesenta años que en los dos siglos anteriores. Y coincidió en el tiempo cuando desde el Imperio Británico se prohibía y se luchaba contra la esclavitud. De ahí la mala, y en cierto modo injusta, fama española. El malagueño Pedro Blanco, uno de los mayores negreros de la historia, había hecho su fortuna traficando entre Sierra Leona y La Habana hasta que en 1850 sus barcos fueron arrasados por la marina británica. Ese hecho incendió a la opinión pública inglesa en el momento en el que la alfabetización se había generalizado y el periódico era devorado por las masas. Fue así como, a pesar de ser la potencia europea más restrictiva con la esclavitud, la Leyenda Negra y el derrumbe hispano en el siglo XIX hizo que a ojos de la sociedad ilustrada España quedase como un país rancio y anquilosado.

La leyenda negra….

— NEGROS EN LA SELECCIÓN ESPAÑOLA —

El primer partido de la selección española tuvo lugar en 1920 en Amberes. Fue llegar y besar el santo porque España logró la medalla de plata en aquellos Juegos Olímpicos. No estaba allí presente Paulino Alcántara, el hombre con el récord de goles anotados en la historia del FC Barcelona hasta que Leo Messi lo pulverizó en 2014. Paulino debutó con La Roja en 1921 a los 25 años. Antes había sido internacional con Filipinas. Pero la primera gran figura del fútbol español no era negro, sino blanco con ligera tez morena. Hijo de militar español y de una joven filipina había nacido dos años antes de que España perdiese sus colonias en Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Cubano era Chus Alonso (3 veces internacional), centrocampista del Real Madrid de la posguerra y autor del primer gol en Liga en el Santiago Bernabéu. Alonso había nacido en una Cuba ya independiente, pero sus padres eran asturianos. Para entonces nadie emigraba a España, sino que eran los españoles los que emigraban al extranjero debido a la carestía y la falta de libertades del Franquismo. Y aun así había quien soñaba con vivir bajo el paraguas del Caudillo. Es el caso de Laszlo Kubala (19 partidos) y Ferenc Puskás (4 partidos). Ambos húngaros de nacimiento y ambos acabarían siendo figuras en España e internacionales con su país de adopción. Junto a ellos, a caballo entre los 50 y los 60, estará Alfredo di Stéfano (31 partidos). En todo caso todos ellos eran nacionalizados y todos eran blancos. Caso de los argentinos Rubén Cano (12 internacionalidades) y Juan Antonio Pizzi (22 partidos), el paraguayo Eulogio Martínez (8 internacionalidades) o el brasileño Diego Costa (24 encuentros).

Dado que España durante el Franquismo pasó a ser país de emigrantes también contamos con casos de futbolistas que son hijos de padres que hicieron la maleta buscando un futuro mejor. Es el caso de José Eulogio Gárate (18 internacionalidades) que nació en Argentina, aunque a los pocos meses ya estaba de vuelta en España. Algo más, concretamente ocho años, fue lo que tardó Roberto López Ufarte (15 partidos) en dejar Marruecos y volver a Irún. Cuatro años eran los que tenía Álvaro Cervera (1 encuentro con España) cuando llegó a Tenerife procedente de Guinea Ecuatorial donde trabajaba su padre.

Con los años la diáspora española se europeizó hasta que la llegada de la democracia hizo que esos emigrantes se convirtiesen en retornados. Así muchos niños nacidos en los 60 y 70 pasaron a ser futbolistas españoles de pleno derecho entre la última década del pasado siglo y la primera del presente. Nos referimos al suizo Luis Cembranos (1 partido), al francés Armando Álvarez (2 partidos), al danés Thomas Christiansen (2 partidos) o al nacido en Alemania Curro Torres (5 internacionalidades).

Todos ellos son blancos.

Pizzi (22 veces internacional)

El primer negro de la selección tendría que haber sido Miguel Jones. Jones sí que era negro. Su padre era un destacado político en la entonces colonia española de Guinea, pero al poco se trasladó a vivir a Bilbao. Miguel era hincha del Athletic, pero nunca pudo jugar con el club de sus amores ante la estricta política de fichajes que entonces tenían los leones. De aquella no valía con formarse en Euskalherria, también había que haber nacido en territorio vasco. El caso es que Jones acabaría haciendo carrera en el Atlético de Madrid. Jones llegó a estar convocado para un partido de la selección española ante Rumanía, pero no pasó de hacer ejercicios de calentamiento en la banda y se perdió una oportunidad histórica.

Hubo que dar un salto en el tiempo.

El primer negro que jugó con España fue Vicente Engonga Maté. Debutó un 23 de septiembre de 1998 en Granada en un encuentro amistoso ante Rusia. El seleccionador era José Antonio Camacho que contó con su presencia en 14 partidos y lo convocó para formar parte de la plantilla de España en la Eurocopa 2000. Sus padres eran guineanos y, aunque había nacido en Barcelona, pasó su infancia en Torrelavega. Engonga, y sus tres hermanos, pudieron ser internacionales con Guinea Ecuatorial, pero la federación africana no tenía forma de costear los futuribles viajes de España a África. El tiempo pasó y Vicente, el mejor de ellos, debuta en Primera con el Real Valladolid a los 26 años. Era una edad tardía, pero acababan de comenzar los 90, años de doble pivotes, medios de contención y robar antes que pasar. Engonga era duro y trabajador, un Makelelé a la española. Hizo carrera en el RC Celta antes de formar parte de alguno de los mejores años de la historia del RCD Mallorca.

Engonga. El primer negro

Antes, concretamente cuatro años antes, había debutado Donato Gama da Silva. Negro, negrísimo. Pero no era un negro español. Donato (12 internacionalidades) era brasileño y se había nacionalizado español tras su exitoso paso por Atlético de Madrid y RC Deportivo. También negros nacionalizados eran los brasileños Catanha (3 internacionalidades) o Marcos Senna (28 partidos) el negro más victorioso, ya que llegó a proclamarse campeón de la Eurocopa 2008.

Los nuevos tiempos han hecho que ya no sea extraño ver a un negro vistiendo la camiseta de la selección. Muy recientes son los casos de los mestizos Thiago Alcántara (46 internacionalidades) o Rodrigo Moreno (28 partidos). España es hoy país receptor de emigrantes y se ve en la composición de estos nuevos futbolistas. Adama Traoré (8 partidos) nació en Hospitalet, pero es hijo de padres malienses que se instalaron en Barcelona a finales de los 80. A España también emigraron a inicios de los 90 los Williams, cuyo primer hijo Iñaki (1 partido) nació en Bilbao y el segundo Nico (25 internacionalidades de momento) lo hizo en Pamplona.

Es obvio que cuando se introduzcan en la elite todos aquellos futbolistas nacidos en el nuevo siglo el número de negros en la selección se asemejará a lo que ocurre en otros países europeos del entorno, incluyendo a la hasta no hace mucho aria Alemania. Es cierto que el peso de la emigración latinoamericana mitigará este efecto y España se parecerá más en sus alineaciones a Italia que a Francia o a Portugal, pero es innegable que los tiempos cambiarán y lo que antes era una rareza ahora será una certeza. Se pensaba que el líder de esa generación sería Ansu Fati (10 internacionalidades), un africano que a los seis años vivía en Sevilla junto a su familia y que tres años más tarde entraba en las categorías inferiores del FC Barcelona. No fue así. Lo será el ya campeón de la Eurocopa y también producto de Can Barça Lamine Yamal (17 internacionalidades a los 17 años) de padre marroquí y madre ecuatoguineana criado en Mataró. Quién sabe si será la estrella del Mundial 2026 formando una delantera negra y campeona junto al ya citado Nico Williams y al delantero melillense Samu Omorodion (1 vez internacional de momento). Quizás. Y quizás uno de esos tres marque el gol de la victoria mundialista tras pase de Alejandro Balde (7 internacionalidades), lateral negro barcelonés de madre dominicano y padre bisauguineano.

Lamine. El NEGRO de España

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Swing low, sweet chariot

Rugby. Deporte de bárbaros jugado por caballeros. Quizás no exista deporte tan decimonónico como el rugby. No fue hasta finales del siglo XX cuando se profesionalizó y aun hoy no hay jugador que ose discutir a un árbitro decisión alguna por muy errónea que fuese. La tecnología y el rugby siguen sin casar y, a pesar de los tímidos intentos por globalizar el deporte del balón ovalado, las competiciones tradicionales siguen siendo coto cerrado de las naciones con más pedigrí. Todo este coctel se retroalimenta con un calendario exiguo para lo que el mundo televisivo exige. No es viable jugar más de un partido de rugby a la semana dado el brutal desgaste físico de los jugadores.

El santo sactorum del rugby es el Six Nations Championship, antiguo torneo de cinco naciones y mucho antes torneo de cuatro naciones. En el Seis Naciones compiten Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda (unidas bajo una misma bandera en uno de esos milagros que el deporte realiza de cuando en cuando), Francia y la advenediza Italia. Durante mes y medio estas seis orgullosas naciones compiten entre sí para ser consideradas como la mejor selección del hemisferio norte. Todo lo que rodea a estos partidos está plagado de tradiciones y rituales los cuales son tan o más importantes que lo que ocurre en el rectángulo de juego.

Seis Naciones

Inglaterra es la plusmarquista del torneo en dura competencia con Gales. Los ingleses siempre han tratado a los galeses con condescendencia. Escocia es a Inglaterra como Cataluña es al resto de España, mientras que Irlanda es a Inglaterra como Euskadi es a España. Gales es Galicia. Un territorio diferente a la vez que sumiso, que los ingleses siempre han tratado con migajas al considerarlos inofensivos. Es en el rugby donde Gales luce orgulloso su dragón celta sabedores de que al menos son tan superiores como los crecidos ingleses.

Es pues normal que los galeses entonen un himno patriótico cuando el Millennium Stadium de Cardiff se viste de gala para recibir a su orgullosa selección de rugby. El cántico (Hyd) exalta la supervivencia de la lengua y la nación galesa “pese a todo y pese a todos, todavía estamos aquí” tal y como reza el estribillo. El resto de la canción hace referencia a Magno Máximo, emperador romano del siglo IV que nació en tierras galesas.

El caso es que Inglaterra no contaba con una canción oficial que lucir para sus partidos de Twickenham más allá del himno nacional. Ocurrió que en 1988 Inglaterra perdía por 3-11 en casa ante Gales, la cual se encaminaba a lograr un nuevo trofeo. Nada extraño dado que en los veinte años anteriores Inglaterra sólo sumaba dos títulos. La sangría era aún peor debido a que Irlanda, tradicionalmente inferior a los ingleses, sumaba 15 triunfos en los últimos 23 encuentros contra los ingleses. Nunca fueron peores los tiempos para el rugby inglés. Así pues, tras aquel desastre contra Gales tocaba cerrar el torneo de 1988, ya sin nada en juego, en Twickenham, al suroeste de Londres, frente a Irlanda.

Los ingleses llevaban tres partidos sin anotar siquiera un ensayo. Era el 19 de marzo de 1988. Al descanso Irlanda vencía por 0-3. Tras el interludio Inglaterra lograba un ensayo. ¡Un milagro! Había sido anotado por Chris Oti, el primer jugador negro de la selección en 80 años. Fue entonces cuando un grupo de universitarios comenzaron a cantar Swing Low, Sweet Chariot para animar a Oti. Y Oti marcó su segundo ensayo y entonces muchos otros espectadores sentados cerca de aquellos chicos se unieron a la canción. Para cuando Oti anotó su tercer ensayo de aquella tarde, todo Twickenham cantaba Swing Low, Sweet Chariot. Inglaterra había aplastado a Irlanda por 35-3 y aquella canción se convertía en himno oficioso del XV de la Rosa.

¿De dónde había salido esa canción? Hubo que retraerse hasta 1849. Sweet Chariot (Linda Calesa) era la canción que solían entonar los esclavos afroamericanos de Estados Unidos y que pronto se propagó entre los que aun atravesaban el Atlántico con grilletes en los tobillos desde África. La canción tiene una curiosa historia. Cuenta la vida Harriet Tubman, una esclava que vivía en Maryland con sus diez hijos y que una noche de 1849 escapó en su carreta guiándose por la Estrella Polar para buscar el Norte, es decir la libertad, a pesar de atravesar peligrosos caminos repletos de cazarrecompensas en busca de esclavos en fuga. Pero no contenta con ello, regresó en quince ocasiones al Sur en busca de esclavos a los que salvar en su carroza camino de la liberación. La cabeza de Harriet Tubman llegó a valer 40.000 dólares de la época.

La melodía y su letra fue compuesta años después por Wallace Willis, un esclavo negro, que, una vez liberado, consiguió trabajo en una parroquia bajo órdenes de un reverendo al que le encantaba la música coral. A inicios del siglo XX aquel himno de libertad afroamericano era un éxito de ventas y en la década de 1960 se convertirá en referente en la lucha por los Derechos Civiles. Luego alcanzará el estatus de mito al sonar en el festival de Woodstock de 1969 gracias a las cuerdas vocales de Joan Báez.

Swing Low, Sweet Chariot se trata de un cántico simple, apenas un estribillo, que sonaba indefectiblemente durante la puesta de sol en los enormes campos de algodón de Estados Unidos. Mécete suave, dulce carruaje/ que vienes a por mí para llevarme a casa. Apenas eso, un par de versos que se repiten. La letra original es algo más larga y refuerza el contenido religioso con alusiones al río Jordán y a los ángeles. Elvis, Johnny Cash, Eric Clapton o Beyoncé la incluyeron a su repertorio. También Mocedades, un grupo famosísimo en la España de la década de 1970.

El caso es que, sin un motivo razonable, aquella canción de esclavos se convirtió en el himno oficioso de Inglaterra. Una curiosa ironía, dado que todas las demás naciones de Gran Bretaña consideran de un modo u otro a los ingleses como sus opresores. Fuese como fuese, el éxito de Sweet Chariot fue vertiginoso hasta instalarse en la tradición colectiva del rugby. Incluso se hizo una versión para la Copa del Mundo de Rugby de 1991, y a esa siguieron más versiones para otras ediciones del Mundial grabadas por el grupo UB40 o el cantante británico Russell Watson.

Hoy, Swing Low, Sweet Chariot está en tela de juicio. En 2013 se inició una investigación por parte de World Rugby, la federación internacional, para dictaminar si el uso de la canción debería ser prohibido por sus connotaciones racistas. La presión popular evitó el fin de la melodía. Pero lo cierto es que hay amplios sectores ajenos al rugby que consideran que la canción no debería ser entonada, dado que es una melodía triste que recuerda el sufrimiento y las penurias de los esclavos en busca de la libertad. Mientras, la comunidad negra no se muestra especialmente cómoda al ver entonar uno de sus himnos por un público, el del rugby, cuya inmensa mayoría es blanca.

Por de pronto, a la altura de 2025, el XV de la Rosa y sus fieles seguidores seguirán entonando el Swing Low, Sweet Chariot cada vez que el equipo juegue un partido del Seis Naciones.

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Especial Navidad: Entrevista a Schwarzenegger

Fue campeón de culturismo, héroe de acción, gobernador de California y camino de los 80 años se ha convertido en activista contra el cambio climático. A Arnold Alois Schwarzenegger le acaban de poner un marcapasos tras someterse a tres cirugías de corazón abierto. Porque es humano. Arnold es humano. El tipo que encarnó a Conan a El último gran héroe y quien fue Depredador y Terminator es humano. No lo parece al contemplar sus 188 centímetros de altura y sus 110 kilos de músculo. Solo con estrechar su mano con la tuya convierte tu autoestima en un valor que oscila entre el cero y la nada. Pero después Arnold tira de sonrisa y te desarma con la mirada. Así nos recibe en su despacho de su mansión a las afueras de Los Ángeles.

Arnold

Mister Dato (P): ¡Felices Fiestas!

Arnold Schwarzenegger (R): ¡Igualmente para ti y todos tus lectores!

P: Me siento sobrecogido. Temo que si le hago alguna pregunta incómoda me pegue un guantazo que me obligue a pasar las fiestas con mi dentista.

Schwarzenegger (R): (Ríe). No te preocupes. De hecho, es una pregunta que me molesta, pero no pienso matarte a hostias. Puedes quedarte tranquilo.

P: ¿Por qué le molesta?

Schwarzenegger (R): Es que no soy un tipo duro. Soy un tipo fuerte. ¿Recuerdas mis películas? ¿Cuándo hago de malo?

P: En Terminator…pero luego Terminator es bueno.

Schwarzenegger (R): Exacto. Fui Hércules, Conan o Terminator. Bestias físicas de noble corazón. ¿Y Mentiras arriesgadas? Un marido abnegado. Y seguro que recuerdas cuando hacía comedias tronchantes con Danny De Vito. Soy fuerte, pero no soy malo. Hice una de Navidad en la que tenía que ir hasta el Polo Norte a buscarle un regalo a mi hijo.

P: Oído cocina. ¿Sabe qué? Es la primera persona que entrevisto en estos especiales navideños que está viva. Siempre me voy al otro mundo para buscar al entrevistado, pero con usted he hecho una excepción.

Schwarzenegger (R): ¡Poco ha faltado! He sobrevivido a tres cirugías a corazón abierto. En todo caso lo que me acabas de decir no sé si tomarlo como un honor. Te diré algo. La muerte no me intimida. Lo que apesta definitivamente es la vejez. Y creo que, tal vez, estoy sufriendo por eso más que nadie, porque me miro en el espejo y recuerdo que fui alguien que hacía flexiones de banca con 500 kilos de peso sobre mis hombros.

P: ¡Si está usted hecho un chaval! ¡Con el dedo meñique podría tumbarme a mí al suelo y me dobla en la edad!

Schwarzenegger (R): Es muy sencillo, si se sacude, es grasa. Y a ti se te sacude.

P: ¡Hombre, gracias!

Schwarzenegger (R): Es la verdad. Yo estoy viejo y tú eres joven y no estás en forma. Lo cierto es que de repente llegas a una edad en la que ves que tu cuerpo ya no tiene esa forma, aunque tal vez esté mejor que otras personas de mí misma edad. ¿Y qué? Eso me afecta aún más porque sabía lo que podía hacer antes. Todos los días entreno aferrándome a eso, pero también sé que cuando se produce menos testosterona en el cuerpo masculino se engendra menos músculo y, por lo tanto, se necesita mucho más esfuerzo y te lesionas con facilidad. Cuando envejeces, de repente, tienes pequeños problemas de salud y mi vulnerabilidad siempre ha sido el corazón. Lo tengo que vigilar con mucho cuidado. Sin embargo, me siento afortunado de estar en forma y de poder hacer ejercicio todos los días. Me encanta montar en bicicleta todas las mañanas.

P: ¿Por qué sigue machacándose en el gimnasio? Entiendo que quiera estar en forma, pero los tiempos de Míster Olympia ya pasaron. Además, su última operación de corazón ha sido hace apenas unos meses.

Schwarzenegger (R): ¿Por qué he desayunando hoy? Desayuné hoy, desayuné hace diez años, ¿por qué sigo desayunando? ¿Por qué sigo durmiendo? Dormí hace veinte años, dormí hace diez años. Todavía duermo todos los días y todas las noches. El entrenamiento es una parte muy importante de mi vida. Es así de simple. Nada cambiará hasta que muera.

P: ¿No tiene debilidades?

Schwarzenegger (R): Todos los días escucho a alguien decir que está gordo pero que no es capaz de adelgazar. Me odiaría a mí mismo si yo tuviera ese tipo de actitud, si yo fuese tan débil. Sólo se triunfa en la vida con constante esfuerzo.

P: Me han dicho que fuma un puro al día. Eso es una debilidad.

Schwarzenegger (R): No lo considero una debilidad. Será malo para mi salud, nunca para mis músculos. Me gusta el dulce, pero tampoco lo considero una debilidad. ¡Soy austríaco! Helado, strudel de manzana, galletas, chocolate negro con nueces crujientes… Si viene alguien de visita y me trae dulces, estoy en el cielo (ríe).

P: Nacido en Austria, pero asentado en Estados Unidos. No se puede ni imaginar la de veces que he tenido que rectificar al escribir su apellido.

Schwarzenegger (R): Nací en un pueblecito austriaco. Fui un niño pobre. Mi padre era policía, pero durante la guerra había servido a los nazis. Tenía problemas mentales. Supongo que una mezcla de lo que le hicieron pasar y lo que él le hizo pasar a otros. El favorito era mi hermano mayor porque además siempre hubo dudas de si yo era hijo legítimo. El caso es que tanto mi padre como mi hermano eran alcohólicos enfermizos y ambos murieron jóvenes. No teníamos nada. Recuerdo la alegría de mi madre cuando compramos nuestro primer frigorífico. Yo tuve claro mi destino desde siempre. Quería una vida diferente. Tenía ambición y no quería respirar ese ambiente nocivo el resto de mi vida. ¡Quería ser rico! Y para eso hay que ir a Estados Unidos.

P: Sin embargo, fue su exigente padre el que le convino a hacer deporte. Deseaba que siguiera sus pasos y se formase para militar o policía.

Schwarzenegger (R): Mi madre quería que estudiase, pero seguí el consejo de mi padre. El ejercicio se convirtió en una obsesión, al punto de sentir que me enfermaría si me perdía un entrenamiento. Pero no te engañes. Mi padre quería que jugara al fútbol. Cuando vio lo de las pesas frunció el ceño. Pensaba que era asunto de homosexuales.

P: ¿Iba para futbolista?

Schwarzenegger (R): Soy austriaco. A mí no me hables de fútbol americano o de béisbol. Nunca he acabado de entender cómo funciona el fútbol americano. De joven practiqué curling y fútbol. No se me daba mal, pero cuando contaba con quince años mi entrenador me dijo que tenía las condiciones idóneas para fortalecerme en el gimnasio. Fue entrar y descubrir las pesas y sentí que ese era el camino que me iba a llevar a América. Había entonces culturistas que triunfaban en Hollywood haciendo películas de romanos y de aventuras. Mi objetivo era convertirme en el hombre más fuerte del mundo y así poder llegar a ese mundo.

P: Debutó en el cine haciendo de Hércules y fue Míster Olympia siete veces seguidas en los años 70. Hizo que el fisiculturismo fuese reconocido y hoy el Arnold Classic que usted promociona es un evento planetario. ¿Cómo le explicaría a un mundano que es eso del culturismo?

Schwarzenegger (R): El culturismo es como cualquier otro deporte. Para tener éxito, debes dedicarte cien por cien al entrenamiento físico, mental y a la dieta. Las últimas tres o cuatro repeticiones son las que hacen que el músculo crezca. Esa área del dolor divide el campeón de alguien que no es un campeón. Eso es lo que la mayoría de las personas no tienen, las agallas para seguir adelante y decir que van a pasar por el dolor sin importar lo que pase.

P: Y la fortaleza mental.

Schwarzenegger (R): Claro. Tu mente es el límite. Mientras que la mente puede imaginar el hecho de que puedes hacer algo, lo puedes hacer, siempre y cuando realmente lo creas. La fuerza no viene de ganar. Cuando pasas por dificultades y decides no rendirte, eso es la fuerza. Lo peor que puedo ser es lo mismo que los demás. Lo odio.

P: Parece usted un manual de autoayuda. Aprovechando esto último que me acaba de decir me viene al pelo para hablar de su carrera política. Es usted un ferviente liberal y un luchador implacable contra el socialismo y, sin embargo, es abierto en cuestiones sociales y un activista contra el cambio climático.

Schwarzenegger (R): Fui gobernador de California y sólo el haber nacido en Austria me ha impedido ser presidente estadounidense. Antes, la gente se burlaba de mi acento y ahora es mi marca registrada; no tienen que verme para saber que soy yo quien habla. Pero recuerdo mis inicios en los que todo el mundo se burlaba de mí por ser austriaco. ¡Y fíjese ahora! Tengo una fortuna de 450 millones de dólares ¡Eso sólo se consigue en Estados Unidos! ¡Adoro este país! Me gustaría asegurarme de que un niño negro que vive en Atlanta o un latino de Baltimore pueda tener las mismas oportunidades que yo tuve cuando vine a este país. Yo disfruté de un gran sistema educativo, pude obtener un préstamo, comprar un apartamento y echar raíces.

P: No parece el discurso del líder de su partido, el señor Donald Trump.

Schwarzenegger (R): Soy un hombre hecho a mí mismo y eso es un cumplido. Pero a la vez quiero dejar claro que ser un hombre hecho a sí mismo no quiere decir que nadie me ayudase. Mis padres me ayudaron. Mis maestros me ayudaron. Mis entrenadores me ayudaron. Cuando llegué a Estados Unidos me dejaron dinero y un piso, también me ayudaron los agentes y los productores con los que me introduje en el mundo del cine y también me ayudaron los casi seis millones de votantes que me convirtieron en Gobernador de California. ¿Cómo podría decir que me hice Gobernador yo solo? Esto no es una dictadura.

P: Reitero. Parece usted demócrata y no republicano.

Schwarzenegger (R): Lo más importante del liderazgo es tener una visión muy clara de hacia dónde quieres llegar. Esto lo experimenté de primera mano en el fisiculturismo; siempre tuve una visión muy clara de la competencia, los premios y como aumentar el respeto por los culturistas. Y lo mismo se aplica en la política. La clave es dejarle claro a la gente lo que sientes y lo que te apasiona. Trump es sólo una persona. El Partido Republicano tiene un problema de liderazgo. Si yo me pudiese presentar mi liderazgo sería claro. Liberalismo económico a ultranza, respeto a las minorías y luchar contra el cambio climático.

P: Usted es aficionado al Sturm Graz, un modesto club austriaco. Rebautizaron el estadio con su nombre en 1997, pero apenas nueve años más tarde le retiraron el honor. Creo que la política tuvo algo que ver con ello.

Schwarzenegger (R): Las ideas socialistas tan comunes en Europa. Eso fue lo que pasó. El asunto es que en California tenemos pena de muerte y en 2005 tuvimos que ejecutar a un preso. Me tildaron de bárbaro en una campaña contra mi persona liderada por los comunistas. Ellos lo quisieron así. Cuanto más inteligentes nos volvemos, más tontos nos sentimos. Hay algunas personas que se quejan de la privacidad cuando se vuelven famosas, pero yo nunca me he sentido incómodo. Mucha gente se muere de ganas por tener atención. Yo estoy recibiendo toda la atención del mundo sin necesidad de ir al psiquiatra para ello.

P: Siguiendo con el tema fútbol. Me han dicho que simpatiza con el Barça, pero que su jugador favorito es Cristiano Ronaldo.

Schwarzenegger (R): Jugué a fútbol hasta los 15 años, de portero, de centrocampista y de defensa. No sé hasta dónde habría llegado, pero por muy bueno que sea un futbolista necesita apuntalar los músculos de su espalda o de sus piernas. Cristiano Ronaldo es el Terminator del fútbol. Tiene un cuerpo perfecto y una musculación que le permitiría practicar cualquier deporte. Pero sí, amo a la ciudad de Barcelona, sus playas y el Camp Nou.

P: Lo suyo no es el baloncesto, pero en Conan compartió escenas con Wilt Chamberlain, el afamado ex jugador de la NBA. Tengo entendido que nunca antes se había sentido tan pequeño.

Schwarzenegger (R): ¡Ya lo creo! Era 1984. Chamberlain medía más de 2’10. Era un hombre de gimnasio. No me podía creer que tuviera casi 50 años. Tenía tanta fuerza que jugueteaba con la espada como quien juega con un cuchillo.

P: ¿Cómo era su entrenamiento entonces? Ya sé que ahora sigue yendo al gimnasio, pero como era el día a día de Arnold Schwarzenegger cuando tenía 30 años y era el hombre más fuerte del mundo.

Schwarzenegger (R): Cinco horas de entrenamiento diario, practicar las poses y aprender sobre nutrición. Creo que la fuerza física no me viene a la mente cuando pienso en mí. Es más bien un producto secundario de haber sido levantador de pesas y fisiculturista. Pienso que todo lo que he logrado se debe al poder de mi voluntad y a mi capacidad de visualizar los objetivos con mucha claridad y luego ir tras ellos sin descanso. Ahora es distinto. No tengo que seguir una rutina inamovible. La única ventaja de envejecer es que te vuelves más amable y menos egoísta. Cuando uno es joven siempre piensa en su propio mundo y luego, de repente, empieza a pensar en los demás. Te aseguras de que otras personas también puedan mejorar sus vidas.

P: La nutrición es ahora un mantra. Cuando usted comenzó no era así.

Schwarzenegger (R): Para nada. En mi época todo consistía en comer filetes y huevos. Buscar una ingente cantidad de proteínas. Yo lo cambié todo. Quemaba miles y miles de calorías por lo que no importaba tanto si comía comida basura. Luego descubrí que era crucial. Estuve una vez en una granja de cocodrilos en Louisiana y me dijeron que les daban comida de calidad porque así los animales eran más mansos, no se peleaban entre ellos y no se rascaban la piel. Fue entonces cuando descubrí que lo que comemos tiene un impacto tremendo en nuestra vida.

P: Una última antes de despedirnos. Algo de lo que arrepentirse ahora que estamos en época de perdón y buenas voluntades.

Schwarzenegger (R): Sí. En primer lugar, serle infiel a mi mujer. En segundo haber tomado esteroides. En mi época de culturista no estaban prohibidos. Conozco a compañeros que fallecieron por culpa de ellos. Yo siempre lo hice bajo supervisión médica, pero me alegra que ahora se considere dopaje y animo a todos los que hagan deporte a que nunca usen las drogas. Es el camino fácil.

P: Sayonara, baby.

Schwarzenegger (R): Hasta la vista, baby.

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Gerardo Coque y las 200.000 pesetas de Lola Flores

Los cronistas de nuestro tiempo han sido los grupos musicales. Los jóvenes de los 60 se rebelaron ante un destino que los obligaba a llevar botas y fusil en una mano o mandilón y espátula en caso de cambiar el par de huevos por el de ovarios. Cine, deporte y música. Eso cambió el mundo y dio a los jóvenes un poder que jamás habían tenido en la historia. Hasta entonces se había valorado más la experiencia y la sabiduría de la vejez. De esos ítems la música era el más transgresor de los tres. Creadores de una banda sonora de ágil pavoneo e insolencia sexual interpretada por los riffs de las guitarras, primero el pop y luego el rock, aquellos acordes rompieron con todo lo establecido. Esas canciones personificaban la rebelión, el cinismo y las promesas de toda una generación. The Beatles y The Rolling Stones fueron los buques insignia de una realidad que explotó y vino para quedarse, al menos en Occidente. Músicos de talento, de orígenes oscuros, que se enriquecían con la venta de millones de discos y tocaban en estadios llenos. Volaban por todo el globo en aviones adaptados a sus caprichos y acompañados de séquitos propios de amantes, cortesanas y con tráfico de drogas. Desde entonces han avanzado en la cumbre del prestigio social compartiéndola con las estrellas de cine y los deportistas. Donde antes los ricos eran gordos y fumaban puros ahora visten vaqueros y comen quinoa. En la era del consumo de masas occidental son cantantes, actores y deportistas los que tiene un prestigio comparable al que antes tenían príncipes, papas y cortesanos.

Y en España.

En España teníamos a Lola Flores.

La posguerra es oscurísima en España. Para salir del tedio y del hambre hay folklóricas. No es nada que haya inventado Franco. Las estrellas del canto en la afamada II República también eran folklóricas. Entre ellas estaba Lola Flores. Una fuerza de la naturaleza. Una artista de la que decían que ni cantaba ni bailaba, pero que cantaba y bailaba de una forma nunca antes conocida. No es sólo su arte. Es su personalidad. Dirige su propia compañía, negocia sus contratos, se niega a casarse, habla abiertamente de tener sexo con hombres casados mientras se declara una escrupulosa ama de casa, triunfa en Broadway, rechaza Hollywood para quedarse en España, viste provocativamente y se casa con un gitano siendo ella paya.

Reinaba en el escenario y en su vida. Por eso era La Faraona. Lola Flores era el Mick Jagger español. Cuando la Transición ya cogió a Lola en el declive de su vida, época donde las folklóricas pasarían a ser rancias, le dio exactamente igual. Conquistó a una nueva generación a través del brillo de sus ojos. Habló de drogas, de alcohol, de malos tratos, del aborto, del dinero y hasta de cáncer cuando era más tabú que todo lo anterior citado. Se convirtió en icono femenino y LGTBI. Una estampa cultural indomable. La Lola de España.

La Faraona

Novios enamorados, amantes por necesidad o flechazos cargados de sexo. De los tres tipos tuvo Lola. Las páginas de papel cuché hablan de ellos. En lo que a nosotros nos afecta consideramos dos.

A la vuelta de una gira por América Lola Flores le echó un ojo a un futbolista del FC Barcelona. Se trataba de Gustavo Biosca y no era un cualquiera. Titular en el centro del zaga durante una década, Biosca forma parte del llamado Barça de las Cinco Copas junto a Ramallets, Kubala, César o Basora. Se dice incluso que Santiago Bernabéu lo había convencido para firmar por el Real Madrid, pero el padre de Biosca, acérrimo culé, amenazó con no volver a dirigirle la palabra si dejaba Barcelona.

El caso es que Biosca tenía novia formal. Pero La Faraona era mucha faraona. Comienzan una relación secreta en la que se ven a escondidas en restaurantes y quedan para fornicar en hoteles. Si Lola tiene un brillo especial en los ojos, los profundos ojillos verdes de Biosca no dejan indiferente a nadie. Lo pasan bien, hasta tal punto que Lola adapta el calendario de sus giras para adecuarse a los compromisos de Biosca tanto en el Barça como con la selección española. Fue célebre una noche en la concentración de la selección, en la que Biosca recibió la visita de Lola e invitó a dos compañeros a espiar desde el balcón de la estancia a través de la persiana entrecerrada. Biosca les había dicho que la Lola le bailaba desnuda y ellos no le creían.

El sexo continúa durante unos meses, pero Gustavo tiene remordimientos. No puede dejar de pensar en su novia de siempre. Además, la vida de tablaos, juerga y alcohol que le impone Lola le está afectando a su carrera profesional y decide parar la relación con la folklórica. Lola Flores monta en cólera y decide pasar al ataque.

Biosca

Antes de dar su brazo a torcer y aceptar lo inevitable, Lola decide darle celos a Biosca con otro futbolista. Lo que en un principio es una simple canita al aire se convertirá en toda una relación. Una relación que escandalizará a media España y que acabará con la carrera de Gerardo Coque.

Y es que Gerardo Coque es el nombre del segundo amor futbolero de La Faraona.

Interior derecho, Gerardo Coque logro ascender con el Real Valladolid de Tercera a Primera en dos años y disputar una final de Copa ante el Athletic de Zarra y Gainza. Aunque perdió, Coque marcó en la final. Aquel Valladolid llegó a contar con siete internacionales en sus filas. No era de extrañar pues que en 1953 Gerardo Coque fichase por el Atlético de Madrid a cambio de 6.000 euros, la cifra más alta pagada hasta el momento por un futbolista de nacionalidad española (el pase de Di Stéfano al Madrid en esa misma temporada costó en torno a 8.300 euros al cambio). El Atlético firmaba a un interior de ida y vuelta, de buena técnica y muy bueno en el juego aéreo.

En la temporada 1953-54 Coque tiene un buen desempeño con el Atlético. Son 24 partidos de Liga (se jugaban 30) y anota siete goles. En la siguiente campaña son siete encuentros y la temporada 1955-56 la pasa en blanco. ¿Qué había pasado?

El huracán Lola es lo que había pasado.

Coque fue presa fácil. Estaba prometido con su novia de Valladolid (hermana del también jugador vallisoletano y luego ganador de cinco Copas de Europa con el Real Madrid Rafael Lesmes), pero retrasó la boda y entró en el torbellino de la vida de Lola Flores. No se recataban. Se les veía de noche en los cabarets de moda y más tarde en las ventas de los alrededores, donde apuraban la noche entre humo, finitos, jamón y zapateados. Coque tenía 25 años, pero no hay juventud que pueda hacer compatible esa vida con la del deportista de alto nivel.

La prensa entonces no hablaba abiertamente del tema y la cosa parece que se enfrió. Lola se fue a hacer una gira a América y regresó con un novio panameño. Biosca ya era parte del pasado y Coque pasó por la vicaría para vivir con su sufrida novia, quien fue capaz de perdonar su infidelidad. Todo iba bien, hasta que, a finales de 1954, Lola manda al negro de vuelta a Panamá y le pega un telefonazo a Gerardo. Coque no es capaz de resistir el tracatrá de Lola y reanuda el carrusel de juergas. Su mujer, antes sufrida novia, decide volver a Valladolid con sus padres y dejarlo sólo en Madrid.

Comenzó a faltar a los entrenamientos y el asunto tomó carácter público cuando el Atlético comience a expedientarlo por sus constantes ausencias. La prensa, con el recato que la época marcaba, comienza a hacerse eco del escándalo y los compañeros de Coque se movían entre los que le pedían que volviese con su mujer y los que se ponían los dientes largos escuchando las hazañas sexuales de la Lola.

Todo reventó el 26 de diciembre de 1954. Ese día se estrenaba nueva película de Lola Flores y el Atlético jugaba en casa contra la UD Las Palmas. Hubo empate a dos tantos y Coque marcó uno de ellos, pero ni así acalló las críticas. En la segunda mitad Coque apenas pudo enganchar un par de carreras y cada dos por tres ponía brazos en jarra buscando algo de oxígeno. La pitada del Metropolitano fue de las de época.

Fue la última vez que se le vio.

Lola Flores se fue a su enésima gira. A América. Allí estaría también Coque. Para justificarlo se convirtió en productor ficticio y como tal aparecía en las fotos junto a Lola Flores. El Atlético le denunció ante la Federación Española y el juzgado por incumplimiento de contrato. Cuando lo supo, Lola Flores envió de su pecunio al Atlético 50.000 pesetas, como pago de una parte de la ficha.

No era suficiente. Coque no volvería a pisar un rectángulo de juego en el siguiente año. Se enfrentaba también a una denuncia de su mujer por abandono del hogar. Una noche la policía fue a buscarle a casa de Lola, y allí le encontró escondido. La cosa no fue a mayores porque entonces no era lo mismo una denuncia de una esposa cornuda que la de un esposo cornudo.

Fue tal el encaprichamiento de Lola que preguntó a Coque cuál era su sueldo en el Atlético de Madrid. El montante sumaba 200.000 pesetas (1.300 euros anuales). Para hacernos una idea volvamos a la comparación con Di Stéfano. El as blanco ganaba entonces 4.000 euros al año, aunque al final de su carrera rondará los 25.000 (unos 200 salarios mínimos de entonces, mientras que los Mbappé de la actualidad cobran unos 15 millones de salarios mínimos). Así pues, la Lola, que nadaba en millones, se plantó en las oficinas del Atlético de Madrid con 200.000 pesetas en un sobre cerrado.

“Les compro el contrato de Coque. El Coque sólo tiene que meter goles aquí”.

Dejamos que el lector saque sus propias conclusiones sobre donde es el aquí.

El aquí de Lola.

Gerardo Coque

Pasan los meses y caminamos rumbo a 1957. Entre idas y venidas, celos y broncas, Lola se enamora perdidamente de un guitarrista gitano de nombre Antonio González y apodado El Pescadilla. Con el tiempo será el marido de Lola y padre de sus tres hijos. Así que Coque pasa a ser agua pasada. Con el rabo entre las piernas vuelve a casa y recibe el increíble perdón de su mujer (qué tiempos aquellos). Pero para obtener el perdón del fútbol es ya muy tarde. Da entrevistas en los medios esgrimiendo lesiones inexistentes para explicar sus ausencias en los campos de fútbol.

Tiene 29 años y es tarde. Muy tarde. Vuelve al Real Valladolid en Segunda y luego ficha por el Racing de Santander. Su rendimiento varía entre aceptable y mediocre. Mientras recuperaba la forma, le había alcanzado el tiempo. Remató su carrera en 1962 en la Cultural Leonesa. Sólo fue una vez internacional y apenas disputó un manojo de partidos de calidad con el Atlético, aunque dejó cientos y miles de anécdotas picantes que contar en los vestuarios y en los campos de media España.

Lola Flores escribió sus memorias. De poco se arrepintió La Faraona. Pero entre lo poco estaba Gerardo Coque. Confesó que lo había usado y que nunca había estado enamorado de él, aunque era consciente de que Coque sí que lo estaba.

“¿Sabes por qué yo siempre estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera.” Lola Flores.

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