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El escándalo de los oriundos

A inicios de la década de 1970 el Real Madrid estaba tieso. Los tiempos de Di Stéfano, Puskás o Kopa habían pasado a mejor vida. Por su parte, el Atlético lucia flamante nuevo estadio y el Barça amortizaba su gigantesco Camp Nou. En el extranjero italianos, alemanes, holandeses e ingleses invertían cantidades prohibitivas en Madrid. Tocaba hacer algo y ese algo era Johan Cruyff.

Johan Cruyff está loco por la música. Con Pelé negociando su jubilación camino de Estados Unidos, el astro neerlandés es el mejor futbolista del momento. Un jugador perezoso, pero con diez toques diferentes en cada pie. Pero no sólo eso. Cruyff es el primus inter pares tanto dentro como fuera del rectángulo de juego. Es el primero negociando. La primera estrella internacional que tiene en cuenta su valor más allá del césped. Sabe lo que vale y va a exigir que se le pague lo que le corresponda. Tiene un contrato de larga duración en el Ajax, donde es el futbolista mejor pagado. Pero no es suficiente. Cruyff sabe que para ganar dinero tiene que irse a un país donde el fútbol sea eje de la economía. El Ajax gana tres Copas de Europa con un estadio con capacidad para 25.000 espectadores y unos 10.000 socios. En 1970 viaja con su esposa a Barcelona a pasar unas vacaciones. Alucina con el Camp Nou, sus 100.000 localidades y sus más de 70.000 socios.

El caso es que Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid, querrá ir a por Cruyff. Lo hará en firme en Coruña. En un mes de agosto de 1973. En un Teresa Herrera que reúne en el Hotel Atlántico de A Coruña a la expedición del Ajax y a Raimundo Saporta, vicepresidente blanco. El precio es un millón de dólares de la época. Pero el precio sube y el Madrid tiene que parar. No hay más cera que la que arde. El Madrid necesita cash y no lo tiene.

Necesita vender el Santiago Bernabéu. No a la persona. Que se me entienda bien. Necesita vender el estadio. Indudablemente.

El FC Barcelona contaba con el Camp Nou desde 1957. No mucho más lejos estaba el antiguo estadio de Les Corts al que las malas hierbas iban poblando. Empero, tras diversos trámites, en 1966 se recalificó el terreno, se construyó una zona verde privada y se edificaron unas viviendas de altas calidades las cuales, en muchos casos, fueron compradas por jugadores y ex jugadores del Barça.

El Barça tenía pasta gansa.

Pero no tenía en que gastarla.

Recalificando Les Corts

Tras el fracaso de España en el Mundial de 1962 la Federación Española del Fútbol decretó el cierre de fronteras y la prohibición del fichaje de futbolistas extranjeros. Se decía que el bajo nivel de la selección nacional era por culpa de esos foráneos que impedían que despuntasen jóvenes promesas. Di Stéfano, Puskás y Santamaría (argentino, húngaro y uruguayo) habían acudido a Chile 62 y su desempeño fue lamentable (Di Stéfano ni jugó al lesionarse en la preparación). Cuando el Real Madrid gane la Copa de Europa de 1966 con un once totalmente nacional se hablará de éxito del sistema. Lo cierto es que no fue así. Eso fue un oasis en un desierto. El nivel de los clubes españoles decayó y España fracasó en el Mundial de 1966 y no consiguió clasificarse para la edición de 1970 ni para la de 1974.

Hay quien dijo que la medida era propia de una dictadura. No fue tal. España, caso de los planes industriales y los métodos turísticos de desarrollo, hizo lo mismo que Italia, igual de católica y apostólica, pero asentada en una democracia. Italia también había cerrado fronteras en el pasado y lo volvería a hacer en 1966 al caer ante Corea del Norte en el Mundial de Inglaterra. Entre 1966 y 1980 Italia cerro las puertas al de fuera. A la Nazionale no le fue tan mal como a España. Ganó la Eurocopa de 1968, jugó la final del Mundial de 1970 y por el camino el AC Milan también ganó una Copa de Europa.

Total, que a inicios de los 70 es vox populi que el veto a los extranjeros tiene fecha de caducidad. En los mentideros del fútbol español se habla de permitir que cada equipo cuente con dos futbolistas foráneos y los directivos van preparando el terreno y haciendo acopio de capitales para acometer transacciones de campanillas. El Real Madrid es uno de ellos. Y toca mover ficha.

Corría el año 1972. Un grupo inversor con una mezcla de capital español y estadounidense ofreció al Real Madrid 4.000 millones de las antiguas pesetas por los terrenos del estadio para construir un rascacielos de 70 pisos, oportunamente llamado La Torre Blanca. La mudanza estaba planeada para un paraje a las afueras de Madrid, a orillas de la Nacional I en dirección Burgos, para un estadio de 120.000 espectadores (la mitad sentados) y con una cubierta similar a la del Olímpico de Múnich. Sería un fastuoso coliseo y tendría como prima donna a Johan Cruyff. Sólo había que solventar un asunto. Los terrenos del Bernabéu eran zona verde y deportiva. Tocaba meter mano y recalificar adecuadamente ese suelo para convertirlo en suelo edificable.

Exactamente lo mismo que había pasado en los terrenos de Les Corts de Barcelona en 1966.

Se daba tan por hecho el asunto, que el proyecto se presentó con una gigantesca maqueta en una gran exposición ante la prensa sin tener el visto bueno oficial. Y fue entonces cuando Carlos Arias Navarro, entonces alcalde de Madrid, dejo para la posteridad una perla: “La recalificación del Bernabéu está tan prohibida como el asesinato”.

Coño. ¿El Madrid no era el equipo del Régimen?

Cuentan que Bernabéu llamó a Raimundo Saporta, su fiel segundo, cargaron la maqueta del nuevo estadio en una furgoneta y se fueron a El Pardo para ver a Francisco Franco. Según su costumbre, el Generalísimo estudió el asunto y escuchó las explicaciones sin dar opinión alguna y con el rictus impertérrito. No habría estadio. Santiago Bernabéu, con 78 años y de vuelta de todo, explotó ante la prensa: “De haber hoy guerra de nuevo volvería mi mosquetón contra éstos”.

Tenía que haber algo más.

Y había algo más.

El Bernabéu que nunca fue

Cabe recordar que líneas atrás comenté que a Cruyff le había impresionado el gigantismo del Camp Nou. Fue en 1970. Había viajado a Barcelona a pasar unas vacaciones junto a su esposa. Trabó pronta amistad con Armand Carabés, gerente azulgrana, cuya esposa era neerlandesa. Johan Cruyff llegó a posar en el Camp Nou con una camiseta del Barça y conoció a Charly Rexach, el niño bien del barcelonismo, que se encargó se enseñar a Johan los sitios de moda en la Ciudad Condal. El matrimonio Cruyff y el matrimonio Carabés se harían inseparables y éstos últimos ayudarían a Cruyff a comprar casa en Barcelona, en un principio como residencia de verano, pero con la posibilidad de hacerse en domicilio fijo en caso de que España abriese fronteras y el Barça decidiese ir a por Cruyff.

El Barça podría aportar sol, playa y dinero. En Madrid, a la espera de la operación de recalificación del Bernabéu, había cemento, un frio tremendo en invierno y un calor asfixiante en verano. Pero, deportivamente, el Madrid era un transatlántico y el Barça un sidecar. Los blancos eran hexacampeones europeos y sumaban 13 ligas en los últimos 20 años. En ese período de tiempo el Barça tan sólo presumía de dos títulos ligueros. En esos años, en la década de 1960, la diferencia entre Madrid y Barça era abismal. Son los últimos años del Franquismo y las críticas comienzan a ser permitidas. El fútbol es lugar propicio para entrar en política con el beneplácito del Régimen. Es entonces cuando desde la prensa, con la venia de las altas esferas, se va cimentado la idea de que los éxitos del Madrid y los fracasos del Barça se deben a una mano negra que desde la capital ayuda a los blancos económica, deportiva, arbitral y hasta judicialmente.

La mayoría de aquellas críticas no eran más que autocomplacencia. Pero algunas otras eran ciertas.

Y el de los oriundos fue un escándalo tremendo. Un escándalo que mostró la corrupción del fútbol español y que dio al Barça munición para culpar al Madrid y a sus tentáculos de todos sus males.

Años de polémicas

Volvamos atrás en el tiempo. A la temporada 1964-65. La primera con cierre de fronteras. Tocaba echarle ingenio al asunto. Dado que sólo iba a permitirse que jugaran españoles la respuesta encontrada fue simple; se buscarían españoles donde fuera.

No era cosa nueva ¡ojo! La normativa de fichajes extranjeros en el fútbol español es rica en decisiones inverosímiles. En 1956 se habían aceptado dos extranjeros por equipo teniendo que ser uno de ellos iberoamericano o filipino por aquello del Imperio y tal. Como ya se comentó líneas atrás España llegó a ir al Mundial de Chile con cuatro futbolistas que ya habían sido internacionales con otros países (Puskás, Santamaría, Di Stéfano y Eulogio Martínez). La FIFA dijo basta.

Y españoles fuera de España había a patadas. Huyendo de la Guerra Civil o del hambre en Hispanoamérica había españoles en cantidad. Sólo entre 1860 y 1960 se estima que 600.000 gallegos recalaron en Argentina. Buenos Aires pronto se ganó el apodo de quinta provincia gallega y, aún hoy, sigue siendo la tercera ciudad con más gallegos tras Vigo y A Coruña. No en vano el término gallego es el acuñado para referirse a cualquier español que hiciese las maletas.

Así pues, los clubes deciden poner sus ojos más allá del Atlántico. No se podría fichar a ningún jugador que fuese internacional, pero sí a aquellos que no hubiesen debutado con su selección…y que tuviesen ancestros españoles. Fuesen reales…o inventados. Hecha la ley, hecha la trampa. La falsificación era fácil. Consistía en argumentar que fulanito o menganito no tenían papeles dado que su padre había sido republicano y se los habían quitado o, quizás, porque su abuela o su abuelo eran analfabetos y no contaban con documento alguno. En Argentina o Uruguay el proceso era harto laborioso, pero con una buena suma económica se llegaba a buen puerto. En países como Perú o Paraguay era más simple. Consistía en abrir la cartera y una retahíla de futbolistas se postraban a tus pies. Había oriundos (como fueron llamados) que únicamente valían 1.000 dólares a los que había que sumar otros 1.000 para que el cónsul español diese su OK con firma y sello.

Lo que era un secreto a voces se tornó en certeza gracias a dos iluminados a los que nadie les dijo que se callasen la boca.

Aguirre Suárez era un expeditivo defensa argentino que había triunfado en Estudiantes. Firmó por el Granada FC en 1971 y pronto se convirtió en el carnicero por antonomasia. Destrozó la carrera de Amancio y, su fama será tal, que el día que Cruyff juegue su primer partido en España, precisamente ante el Granada FC, una comitiva de jugadores y directivos rivales bajarán al vestuario para pedirle a Aguirre Suárez que por favor no cosiese a patadas al Flaco. El caso es que aterrizado en España se le preguntó a Aguirre por sus ancestros navarros. Ni corto ni perezoso contestó que no eran navarros sino de Pamplona. Aquello aún se podía edulcorar, pero ese mismo año el Valencia CF firmó al también argentino Miguel Ángel Adorno. Éste lo tuvo claro cuando le preguntaron de donde eran sus abuelos. “Son de Celta, en la provincia de Vigo”.

Blanco y en botella.

Aguirre Suárez

La gran potencia futbolística del asunto era Paraguay donde era increíblemente fácil conseguir la documentación falsificada. La cantidad de hijos o nietos de emigrantes que se habían convertido en futbolistas de élite era asombrosa. Era tan fácil romper con las reglas en Paraguay que una gran cantidad de futbolistas paraguayos de ancestros españoles eran en realidad argentinos. Primero se convertían en paraguayos a los nacidos en Buenos Aires y luego se les buscaba una madre de Salamanca o un abuelo de Pontevedra. El negocio era perfecto porque todo el mundo hacia la vista gorda. En realidad, nadie quería el cierre de fronteras. Era todo tan grotesco que hasta había futbolistas que llegaron a compartir padre postizo. El afortunado era un tal Antonio Martínez Rubalcaba quien, según los papeles, era padre al mismo tiempo de Carlos Martínez Diarte, jugador de Real Zaragoza, Martínez Cabrera, goleador del Elche CF y también de Óscar Martínez del Real Valladolid.

Todo iba como la seda hasta que Adorno y Aguirre Suárez echaron la lengua a pacer. Mas antes, concretamente un par de años antes, el asunto tuvo su primera grieta. 1969. El FC Barcelona le echó el ojo a Severiano Irala, un delantero paraguayo apodado Taladro por su facilidad para perforar porterías rivales. El tema es que Irala había debutado con la selección paraguaya por lo que, según las reglas, no podría fichar por un club español. Ya se había hecho la vista gorda por dicho asunto con algún que otro jugador siempre y cuando los encuentros hubiesen sido amistosos. Ese era el caso de Irala, pero esta vez no pasó el corte. Lo primero que dijo al llegar a España es que era internacional e inmediatamente la Federación Española de Fútbol vetó su fichaje.

En Barcelona el asunto se tomó muy mal. Y con razón. Irala volvió a Paraguay junto a su representante que no era otro que Eulogio Martínez, extremo paraguayo del Barça de finales de los 50 que había sido internacional con Paraguay y con España. El caso es que, de vuelta en Asunción, Irala, por indicación de Martínez, dio una rueda de prensa donde argumentó que nunca llegara a debutar con la selección porque una vez convocado había caído lesionado. Puede parecer escusa peregrina, pero entonces no había el nivel de información ni de datos de la actualidad y muchos partidos internacionales pasaban desapercibidos en buena parte del planeta. Irala vuelve a España dispuesto a jugar con el Barça, pero un periódico argentino publica en primera plana que aquello es mentira con foto de Irala como seleccionado paraguayo en un partido en el que incluso anotaría un tanto.

Días después de todo este guirigay el Real Madrid y el Barcelona juegan en Chamartín. Empatan 3-3. Bustillo, delantero azulgrana de 23 años, marca dos goles. En una jugada desborda al madridista De Felipe y éste le caza. La entrada es salvaje y Bustillo acaba con rotura del ligamento cruzado. Ortiz de Mendibil, colegiado del choque, no le saca ni tarjeta amarilla. Después el Madrid empata gracias a dos tantos de Sebastián Fleitas, un paraguayo hijo de españoles. Es decir, un oriundo.

La gota que colmó el vaso. Y el recipiente se desbordó.

En Barcelona hay una revolución. Es año de elecciones. Gana Agustí Montal. Un regionalista. Un nacionalista. Como ustedes gusten. Fuese lo que fuese es el primer presidente que no comulga con el Régimen. Acuñará el lema mès que un club y poblará el Camp Nou de senyeras desafiando pacíficamente lo permitido. La nueva directiva es clara. La de Bustillo fue la última.

Y la última tiene lugar en 1971. El FC Barcelona ficha a Bernardo Cos y a Juan Carlos Heredia. Ambos eran argentinos, pero ambos tenían pasaporte falso procedente de Paraguay. Los papeles eran exactamente los mismos, pero mientras la FEF aceptaba a Cos como oriundo rechazaba la inscripción de Heredia. La documentación, que se filtró rápidamente a la prensa, era idéntica; los mismos sellos, la misma firma. No se entiende nada. Luego se sabrá que la mordida que Exteriores había cobrado por Heredia no se ajustaba a lo solicitado.

Total, que Montal y Carabén montaron en cólera. Se propusieron investigar la situación y solicitaron a un grupo de abogados la elaboración de un informe. Entre los abogados se encontraba un tal Miguel Roca Junyent, quien pocos años después sería uno de los padres de la Constitución. Roca viaja a América Latina con la obligación de certificar con documentos y por escrito que aquellos oriundos de españoles tenían más bien nada. A la causa contribuyen con un par de detectives privados tanto el Athletic como la Real Sociedad, los dos únicos clubes de la Liga que no contaban con extranjero alguno. El llamado Informe Roca se las trae. El escándalo es tan mayúsculo que entre los mentirosos cuentan Óscar Valdez (Valencia CF) y Roberto Martínez (Real Madrid), quienes son internacionales con la selección española. Ambos, por supuesto, no tenían ningún ancestro nacido en la piel de toro. La lista es interminable. Roca comprobó que de los sesenta jugadores oriundos admitidos en el fútbol español cuarenta y seis habían falsificado la documentación. Adorno, Valdez, Anzarda, Touriño, Roberto Martínez, Vilanova, Acosta, Viberti, Ovejero…

El problema era de aúpa. Tan de aúpa que la FIFA podría invalidar los partidos internacionales jugados por la selección española. Y tan de aúpa, que, de cumplir con lo marcado por la ley, habría que declarar tal cantidad de alineaciones indebidas que habría que dar por anulados e inválidos al menos los cinco campeonatos de Liga anteriores (ninguno ganado por el FC Barcelona). Roca sabía lo que se traía entre manos y recomendó al Barça negociar. De hacerse público el informe las consecuencias serían irreparables. Así que Agustí Montal decidió sentarse a parlamentar.

Pero antes hizo una llamada telefónica a Ámsterdam.

Miguel Roca (centro)

Agustí Montal, a través de Carabés, contactó con Johan Cruyff. Quería su visto bueno. No sabemos si entonces había servilleta con un sí, pero El Flaco dio su palabra. Montal tenía atado al mejor jugador del momento. Y una vez atado, tocó negociar con la Federación Española de Fútbol y con su presidente Pablo Porta.

El informe se puso sobre la mesa. En la Federación se llevaron las manos a la cabeza. Hubo miedo. Mucho miedo. Se arregló de manera diplomática. Roberto Martínez y Valdez fueron abandonados discretamente de las convocatorias de España mientras la FIFA hacía la vista gorda. A los oriundos que llevaban dos años en España se les dio la nacionalidad española por decreto. El resto serían considerados extranjeros y cada club sólo podría contar con un par de ellos. Y lo más relevante para el Barça. A cambio de callar la boca, el Barça consiguió que a partir de la temporada 1973/74 se levantase el veto y se permitiese la presencia de jugadores foráneos en la Liga.

Fue así, una vez que se anunció que el veto se levantaba, que Santiago Bernabéu fue en busca de la estrella que devolviese el brillo al Real Madrid. Pinchó en hueso. El Barça jugaba con las cartas marcadas. Tuvieron los azulgranas, eso sí, que pagarle tres millones de dólares al Ajax (récord de la época) para que Cruyff fuese hombre libre. El Ajax tenía un acuerdo con el Madrid por un tercio de ese dinero, pero estaba dispuesto a aceptarlo para llevarle la contraria a Cruyff. Johan llegó a negarse a entrenar y se declaró en rebeldía (algo nunca visto hasta entonces). Cruyff llegaría a España en octubre de 1973, con la Liga más que empezada. El Barça marchaba octavo, pero con Cruyff inició una racha de partidos ganados (incluyendo un 0-5 en el Bernabéu) que le llevó a ganar la Liga catorce años después. Al año siguiente llegaría a semifinales de la Copa de Europa, en lo que sería el tope de un Cruyff que fue incapaz de repetir en Barcelona los éxitos de Ámsterdam. Daba igual. Johan devolvió el orgullo a Cataluña. Como dijo el New York Times: “Johan Cruyff hizo más por el nacionalismo catalán que años y años de política clandestina”.

¿Y qué pasó con aquellos funcionarios y altos funcionarios que firmaban y ponían sellos a papeles falsos? Todos los involucrados, desde los futbolistas a los representantes tramposos pasando por los directivos de clubes sin escrúpulos o los codiciosos funcionarios de Exteriores, fueron absueltos de todas sus penas por la Ley de Amnistía de 1977 aprobada con la llegada de la democracia a España.

C’est la vie.

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Los restos de los obuses y la metralla todavía impregnan las fachadas de los edificios de Madrid, Barcelona y otras grandes urbes. En el campo no hay dinero para fertilizantes y se siembra sin red de seguridad. La política autárquica dispara la inflación, provoca una bajada de los salarios y las insuficientes cartillas de racionamiento son complementadas con el mercado negro y el estraperlo. Miseria, muerte y pensamiento único, podría ser el resumen.

“Madrid era el fantasma de una ciudad, una desolación de perros y tranvías, con la Cibeles recién desvendada, como una momia, la Puerta de Alcalá como un pecho de piedra y de metralla, carteros muertos en las esquinas y la derrota comiendo de sí misma, en los solares, entre los gatos y los perros que desayunaban muerte y cenaban fusilado a media noche, bajo la luna grande del miedo”; así describía el escritor Francisco Umbral sobre el Madrid de 1941. “España, en la actualidad, está en peores condiciones que nunca antes en su historia. El gobierno es miserable, no hay comida, medio millón de personas están en la cárcel y un ejército enemigo se halla en la frontera. Esta situación obliga a la gente a pasar el tiempo en mórbidas reflexiones sobre sus infortunios y les impide tomar decisiones y actuar”, relatará el embajador británico Samuel Hoare en carta escrita a Winston Churchill en ese 1941.

En las cárceles la comida que se servía día sí y día también era caldo de nabos podridos. Inmunda, pero no mucho mejor que la de millones de hogares de la época que hacían maravillas con hierbas cocinadas con sal. En provincias como Córdoba hubo más muertos de hambre en ese 1941 que fusilados durante toda la Guerra Civil. Hay estudios que señalan que, en 1941, cuando los nazis estaban en su cénit, las calorías que los alemanes daban a sus presos eran superiores a las que consumía un español medio. Hambre, debilitamiento, desnutrición, enfermedad y muerte.

Una vista del Madrid de 1940

Ocurre que había otra España. Una parte de la sociedad que compraba zapatos, iba al cine, adquiría productos farmacéuticos, tomaba café con pastas e iban los fines de semana a un restaurante. Los había que tenían una villa con jardín en el barrio del Guinardó y un piso de techos altos, con ascensor de rejas y portero en la entrada en el ensanche barcelonés. Esa gente podía hacer cosas que se tornaban inimaginables para la época. Sucesos que entonces podrían ser concebidos como diabólicos. Sucesos que hoy nos parecen inconcebibles dado que jamás hubiésemos pensado que podrían haber sucedido en la oscuridad de la España de 1941.

Una operación de cambio de sexo.

El 9 de enero de 1923 nacía en el hospital de Sant Pau de Barcelona una niña a la que sus padres llamaron María Amparo Rita. Su apellido era Torremadé, un burgués de la época de familia bien. El caso es que la madre no las tenía todas consigo cuando expulsó a su retoño, por lo que preguntó a la comadrona por el sexo del recién nacido. Es una niña, parece que afirmó la comadrona. No tiene vulva, parece que le contestó la madre. Tampoco tiene pene, replicó la comadrona. Y así quedó el asunto. El caso es que María Amparo Rita, en adelante María, tenía una gran inflamación en sus partes delicadas. Según los médicos la inflamación se iría sola y al venir su primera regla todo volvería a la normalidad.

El caso es que la abnegada madre le ponía lazos a la niña y la vestía con preciosas faldas, pero el asunto no arrancaba. A María la tildaban de marimacho y era siempre la primera en ser escogida por los niños para jugar un partido de fútbol en la escuela mixta en la que estudiaba antes de que estallase la Guerra Civil. A María le gustaban las chicas y, a pesar de su aspecto hombruno, parece ser que ligaba. Tenía labia y contaba que era un espía soviético que estaba de incognito y tenía que ir disfrazado para que nadie lo reconociese. Llevaba consigo una foto de un guapo aviador y las convencía de que ese era su verdadero yo. En todo caso, el asunto no pasaba de cuatro o cinco besos dado que la inflamación, que era bulto, pero nunca palo largo, seguía escondida debajo de una falda.

Total, que María hubo de liberar testosterona y le dio por hacer deporte. Tuvo la fortuna de ser mujer para librarse de ir al frente, y lo que hizo fue dedicarse por activa y por pasiva a romper récords. Y es que María Torremadé llegó a poseer al mismo tiempo todas las plusmarcas del atletismo femenino. Campeona de España de 100, 200 y 800 metros lisos además de campeona en salto de altura y salto de longitud. También practicó baloncesto y hockey hierba y en los 60 metros lisos además de plusmarquista española también fue europea. Sus éxitos le hicieron ser recibida por el presidente Lluís Companys en el Palau de la Generalitat poco antes de que el molt honorable fuese fusilado.

María Torremadé

Poco después María Torremadé comenzó sus estudios universitarios (ya expliqué antes que era una chica de buena familia) y en un campamento del SEU (Sindicato Español Universitario) el bulto seguía sin ser palo al intentar ligar con una chica. Fue entonces cuando María sentó seriamente a sus padres a la mesa, les explicó que tenía 19 años y seguía sin saber lo que era una regla y que había que ir a un médico y cortar por lo sano. En caso de ser mujer aguantarse y seguir con un pendiente en cada oreja. En caso de ser hombre, coger bisturí y arreglar el asunto.

El padre de la criatura hubo de mover Roma con Santiago. No existía Irene Montero y la legislación no contemplaba de manera alguna un cambio de sexo. Hubo jaleo de papeles, visitas a los juzgados, desnudos públicos para cerciorarse de que el bulto era un bulto y no un palo, unos cuantos ceros menos en el banco y al final María Torremadé pasó por quirófano para convertirse en Jordi Torremadé. La cuestión técnica era calificada como Síndrome de Morris y consiste en una alteración genética ligada al cromosoma X donde las células son insensibles a los andrógenos, provocando que personas genéticamente masculinas se desarrollen físicamente como mujeres.

Aquello se silenció porque el papá de Torremadé tenía buenos contactos en la prensa. Pero, claro, María Torremadé era una atleta famosísima y parecía que se la había tragado la tierra. Hubo de ir a vivirse durante unos meses a casa de unos tíos. Allí estuvo entrenándose para ser hombre. Se movía con brusquedad, contestaba con palabrotas y aprendió a hacerse el nudo de la corbata. Un día, cuando se sintió seguro, decidió ir al encuentro de algún conocido y, al darse cuenta de no haber sido reconocido, convino que era el momento de empezar una nueva vida. A ello ayudó al carácter extrovertido de Torremadé, quién nunca sintió vergüenza por lo sucedido mientras que era su interlocutor el que saltaba del susto.

Lo primero que hizo fue ir junto a su padre y pedirle dinero. El progenitor le dio carta blanca durante un año finalizado el cual tendría que sentar la cabeza y ponerse a trabajar. Durante ese año lujurioso, Jordi Torremadé decidió recuperar el tiempo perdido a base de juergas, cabarets y sexo desenfrenado. Al final el bulto ya era palo.

Tarde o temprano el asunto tendría que estallar. Fue el diario Informaciones el que a inicios de 1942 daba cuenta del cambio de sexo de María Torremadé. No fue un escándalo, dado que desde la Sección de Prensa se decide acallar el griterío. Con todo, la bomba ya había sido lanzada.

Para las élites franquistas, el papel de la mujer había de ceñirse exclusivamente a las tareas del hogar. Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina de la Falange, escribía artículos donde afirmaba con rotundidad que “lo más importante es la educación de la mujer como madre”, formarles “una conciencia basada en la doctrina de Cristo y en nuestras normas Nacional-Sindicalistas para que sepan distinguir claramente en cada momento el bien del mal”. La escuela estaba empapada de clericalismo y todo se impartía en base al dogma católico.

¿Cómo compaginar esto con un cambio de sexo en el año 1941?

La Delegación Nacional de Deportes, bajo la presión de la Sección Femenina de Falange, decide a través de decreto ley prohibir la práctica deportiva del atletismo femenino. A Jordi Torremadé, por su parte, se le prohibirá practicar cualquier deporte como hombre durante un año. Todas las marcas de María Torremadé pasarán a desaparecer de los registros oficiales a perpetuidad.

Jordi Torremadé siguió con su vida. De hecho, llegó a ser campeón de Cataluña de 100 metros masculinos. En 1952 contrajo matrimonio con Catalina Pons Bofill tras haber sido desheredado por su padre, quien se negó al enlace. Emigró a Paris donde trabajó como comercial en una multinacional hasta su jubilación cuando volvió a Barcelona. Vivió felizmente casado hasta fallecer de un paro cardiaco camino de las ocho décadas de vida.

María y Jordi Torremadé

La vida no fue tan agradable para las mujeres que querían ser atletas. Fueron 20 años de prohibición. Desde 1943 a 1963 ninguna mujer pudo saltar una valla, correr 800 metros o lanzar un martillo en una pista de atletismo. Aquella España de 1963 ya era muy diferente de la de 1943 y el clamor social logró cambiar una ley con dos décadas de vida.

Los récords de Torremadé serán pulverizados por una chica nacida en 1955, ocho años antes del fin de la prohibición. Carmen Valero fue la primera mujer en representar a España en atletismo en unos Juegos Olímpicos amen de lograr dos oros en mundiales de campo a través. Pero antes de eso Carmen Valero tuvo que realizar un examen del Servicio Social de Falange para demostrar sus habilidades de costura. Sólo así pudo inscribirse como atleta a pesar de ser, según el presidente de la Federación Española de Atletismo de la época, culona y pechugona.

Justo como le gustaban al bueno de Torremadé.

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La desconocida historia de Perico Escobal

La década de 1920 no fue excesivamente positiva para el Real Madrid. La Liga no se constituyó hasta 1928 y, por supuesto, no había comenzado el idilio merengue con una Copa de Europa que aún no estaba ni en la mente de ninguno de sus creadores. Así pues, no había nada más glorioso por aquel entonces que vitorear en la Copa del Rey. Lo más cerca que estuvo de ganarla el Real Madrid en aquellos años fue en 1924 cuando cayó en la final con el entonces poderoso Real Unión de Irún. Militaba en aquel equipo blanco uno de los que puso las neuronas a trabajar para crear la Copa de Europa décadas más tarde. Respondía al nombre de Santiago Bernabéu. Ocurre que aquel Bernabéu futbolista no mandaba. El que dirigía el cotarro era un central enorme de los que primero pegaba y luego pedía perdón. Era el capitán del Real Madrid y obedecía al nombre de Patricio Escobal.

Patricio Perico Escobal había nacido en Logroño en 1903. Era de familia bien y fue enviado a Madrid para estudiar primero en los Jesuitas y después sacarse la carrera de Ingeniería Industrial. Sus 190 centímetros, exageradamente largos para la época, llamaron la atención del Madrid que lo incorporó a su plantilla en 1921 cuando contaba con 18 años. Digo incorporar, ya que entonces no se fichaba debido a que el fútbol era amateur.

Escobal fue pronto conocido en Chamartín como Faquir, por su fama de galán, buen conversador y por una cultura muy superior a la que por entonces tenían los futbolistas. Perico sería el capitán del Real Madrid prácticamente desde su llegada y a pesar de su juventud, debido a la ascendencia que tenía sobre sus compañeros. Será el capitán el día que se inaugure el estadio de Chamartín dejando atrás el Velódromo de Ciudad Lineal. Décadas después de su retirada los aficionados del Real Madrid aun gritaban “viva Escobal” cada vez que un central despejaba un balón con un punterazo hacia las gradas en recuerdo del bueno de Perico. Todo lo fino que era fuera del campo lo era de rudo dentro del rectángulo de juego.

Escobal cogería una enfermedad infecciosa en 1927 teniendo que dejar el fútbol la temporada siguiente, justo a tiempo licenciarse. Aún le daría pie para intentarlo una temporada en el Real Madrid para acabar sus días como futbolista en su Logroño natal. Es 1934. Ese año obtenía su plaza como funcionario de ingeniero en el ayuntamiento de Logroño donde también hubo de recibir un homenaje dado que diez años antes, en 1924, había sido el primer deportista riojano en disputar unos Juegos Olímpicos.

Perico Escobal

Antes de que la II República se hiciese con el poder en 1931, Escobal ya había demostrado su compromiso político. En 1928 había sido nombrado el presidente de la recién creada Asociación Profesional de los Trabajadores del Fútbol. El resultado fue el veto para acudir a los Juegos Olímpicos que ese año se celebraron en Ámsterdam. Luego, se afiliaría a Izquierda Republicana, el partido político de Manuel Azaña, y con el carnet del partido logró su plaza en el ayuntamiento de Logroño. Cuatro meses más tarde de obtener la plaza es echado de su puesto por los conservadores de la CEDA. Tendrá que pleitear para que le devuelvan lo que en verdad le corresponde, pero por el camino hará las maletas y regresará a Madrid en busca de trabajo.

Llegamos pues en esta historia a febrero de 1936. El Frente Popular, una variopinta coalición de izquierdas, gana las elecciones legislativas en España. Perico Escobal vuelve a su plaza en el ayuntamiento de Logroño no sin antes pasar un par de semanas en el calabozo por insurrecto. Es indemnizado por despido procedente y parece que podrá retomar su vida con total normalidad. Así sucederá hasta que llega el 19 de julio del citado año. El bando golpista, llamado también nacional, toma el control de Logroño y tres días más tarde el Gobierno Civil de Logroño lo va a buscar a su casa acusado de ser contrario al “Glorioso Movimiento Nacional”. Le abrieron un expediente para incautarse de sus bienes, le fue revocada una vez más su plaza de funcionario e inmediatamente fue puesto bajo arresto.

Sin comida, sin posibilidad de asearse y con las ratas deambulando por las celdas, a Perico le sería diagnosticada una tuberculosis que le acarrearía de por vida problemas de espalda. Y es que Perico (ojo viene spoiler) sobrevivió. Sobrevivió a las penurias de la cárcel. Y serían hasta tres presidios distintos con noches en vela a la espera de ser llamado por un pelotón de fusilamiento.

¿Por qué no fusilaron a Perico Escobal? La respuesta es la que todos los que ahora están leyendo esto se imaginan. Porque Perico Escobal había sido capitán del Real Madrid. El responsable de las ejecuciones en la Rioja Alta era Domingo Gómez-Acedo, un ex futbolista del Athletic quien formó parte de la primera selección española de fútbol, aquella que logró una histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes. “Insincero y fanfarrón, pero un gran jugador con el balón en los pies”, dejaría escrito Escobal sobre Gómez-Acedo.

Aquel primer golpe de suerte tendría continuidad. A los pocos meses recalaría en Logroño el general Gastone Gambara, quien procedente de la Italia fascista pasaría a ser alojado en un caserío propiedad de los suegros de Escobal. Al parecer Gambara habló con el también general y jefe de Propaganda Millán Astray en persona para conmutar la pena de cárcel de Escobal por un arresto domiciliario que le permitía a Gambara hablar de fútbol  con el ex capitán blanco cuando no estaba ocupado de mandar sus tropas italianas en ayuda de Franco y sus correligionarios.

Escobal estaría casi dos años recluido en su casa vigilado siempre por una pareja de guardia civiles. En 1939 terminó la Guerra Civil y a Gambara lo premiaron con el puesto de embajador de Italia en España. Pronto presionó para anular la condena de Escobal de cadena perpetua y tramitó la documentación para que Perico y su familia pudiesen poner rumbo al exilio.

Con bastón y un corsé para su maltrecha espalda, con la moral por los suelos y sin saber papa de inglés, Escobal acabó en Cleveland tras hacer escala en Cuba. Era 1940. Allí estaría un par de meses viviendo en la casa de un hermano de su mujer hasta que se asentó en Nueva York, donde comenzó a trabajar en una tienda de electrodomésticos.

Hubo de esperar década y media para conseguir convalidar su licenciatura en Ingeniería hasta que en 1957 empezó a trabajar en la oficina de Gas y Electricidad del Ayuntamiento de Nueva York. Será condecorado por su labor en la remodelación del alumbrado del barrio de Queens. Su hijo, reputado matemático, formará parte del equipo de la NASA que llevó al ser humano a la Luna. Perico volverá únicamente un par de veces a España. Una durante el Franquismo, cuando le permitieron un viaje con billete de vuelta para asistir al sepelio de su madre, y otra, ya en 1982, cuando viajó a Logroño y de paso acudió al Bernabéu para ver un partido del Mundial de 1982. Nunca más volverá a España y fallecerá en Nueva York en 2002, a los 99 años de edad. Un condenado a muerte que murió de viejo.

Escobal en sus últimos años

Y con todo, lo más relevante de la vida de este sufrido capitán del Real Madrid ocurrió sin que nadie en España fuese consciente de ello. En 1968 Perico Escobal publicó Death Row: Spain 1936 (El corredor de la muerte: España 1936). Escobal había empezado a escribir sus memorias durante su estancia en prisión, pero hubo de tirar sus notas por un retrete cuando vio que un soldado pesquisaba sus propiedades dentro de la celda. Al poco de llegar a Estados Unidos decidió retomar la escritura de un libro que causó un tremendo impacto en tierras americanas. Escobal hablaba con detalle de las condiciones inhumanas de las celdas y da nombre y apellidos de opresores y oprimidos. Lo desgarrador del relato y la notable calidad del texto hicieron del libro un superventas en Estados Unidos en un momento donde se cuestionaba muy y mucho la existencia de la dictadura franquista. El libro no sería traducido al español hasta 1981, seis años después del fallecimiento de Franco, pero pasará sin pena ni gloria por las librerías de un país que en aquel momento lo único que deseaba era olvidar y pasar página.

“Te sacaban al patio. El aire fresco de la noche entraba en tus pulmones abiertos. Oías voces y risotadas. Los ojos apagados. Salva amarga con hiel llena la boca. Mascaba la muerte. La resignación hace su aparición. De pronto un ruido. Un empujón. Uno de los guardias me empujó con violencia al suelo diciendo entre las risas de sus compañeros que hoy no tocaba, que mañana será otro día”. Perico Escobal describiendo una noche cualquiera en la que era sacado de la cárcel camino del pelotón de fusilamiento.

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Antes de que chinos, estadounidenses y árabes abrieran mercados igual de golosos que irrechazables para los codiciosos clubes europeos, las pretemporadas tenían lugar sin lujosos vuelos privados ni actos promocionales de dimensiones colosales. Se jugaban unos cuantos partidos amistosos en varios centenares de kilómetros a la redonda y de vez en cuando se traspasaban fronteras para disputar un encuentro internacional. Célebres eran los duelos entre conjuntos latinoamericanos frente a europeos, choques que llamaban la atención por su exotismo y que a menudo servían para que algún jugador iberoamericano firmase un suculento contrato y se quedase a jugar en Europa.

El súmmum del futbol veraniego tenía lugar en España. Concretamente en dos ciudades que distan 1.000 kilómetros de distancia pero que se asemejan tanto en su fisionomía ligada al mar y al viento, sus profundas raíces liberales y hasta en su defensa contra el invasor inglés. Donde Coruña y Cádiz no se asemejan es en el clima, lluvioso en la villa gallega y soleado en la urbe andaluza. El caso es que en el mes de agosto ambas ciudades hospedaban durante un par de días a alguno de los mejores clubes del mundo bajo el auspicio del Trofeo Teresa Herrera en el caso de los primeros y del Trofeo Ramón de Carranza en el caso de los segundos.

La sana rivalidad entre ambos siempre existió. El Teresa Herrera se vanagloriaba de ser el decano. El trofeo Teresa Herrera fue creado en 1946 bajo el amparo del ayuntamiento de la ciudad para recaudar dinero en beneficencia para los hospitales herculinos. Su nombre proviene de una coruñesa del siglo XVIII que al fallecer donó todos sus bienes y patrimonio para construir el primer hospital moderno de Coruña. No será hasta la mitad de la década de 1980 cuando con el asentamiento y profundización del Sistema Nacional de Salud el trofeo deje de cumplir con esta labor.

Si el Teresa Herrera era la tradición, el Ramón de Carranza era la innovación. Su creación es menos loable. Simplemente fue fundado para obtener ingresos extras ante la construcción de un nuevo estadio en la ciudad gaditana. El Carranza (alcalde de Cádiz en época franquista y curiosamente nacido cerca de Coruña) fue creado en 1955 y pronto destacó por sus innovaciones. Si el Teresa Herrera era un duelo entre dos, el Carranza era cuadrangular. Si el Teresa Herrera se jugaba por la tarde, el Carranza se alargaba hasta la noche gracias a la luz artificial. Y si en el Teresa Herrera había prórroga, en el Carranza se lanzaban penaltis. Fueron los lanzamientos desde los once metros lo que hicieron del Carranza un icono universal. En 1962 el periodista Rafael Ballester introdujo una rompedora propuesta que en menos de una década ya formaba parte del librillo de normas de la FIFA.

En ese momento el Carranza estaba por encima del Teresa Herrera. Luego ya no. En Coruña el cartel solía ser más prestigioso. Por allí pasarían hasta quince diferentes ganadores del Balón de Oro, desde Eusebio o Luis Suárez hasta Cristiano Ronaldo o Kaká pasando por Beckenbauer, Cruyff y otras estrellas que no lo fueron caso de Kubala, Bergkamp o Roberto Rivelino. También, obvio, los Amancio, Bebeto o Mauro Silva con la camiseta del RC Deportivo. Ocurre que lo más excepcional fue el Teresa Herrera de 1959 que enfrentó al Botafogo contra el Santos. Hasta siete campeones del mundo sobre el campo (seis de ellos titulares en el Brasil campeón de 1958) liderados por Garrincha en caso del Botafogo y de Pelé en las filas del Santos. O Rei metió un gol y agasajó con varias asistencias en la victoria de los paulistas por 4-1. El encuentro fue un acontecimiento con eco por media Europa y se dice que hasta 46.000 coruñeses se apiñaron en un estadio donde apenas cabían 35.000 almas.

Pelé y compañía en Coruña

Y aun así, con todo, el Carranza insuflaba una modernidad de la que carecía el Teresa Herrera. Así que el Comité Organizador herculino le da una vuelta de tuerca al torneo. El formato se convierte en cuadrangular de forma definitiva permitiendo tres partidos a lo largo de un fin de semana. Dichos encuentros pasan a jugarse al anochecer y se traslada a inicios de agosto, coincidiendo con las fiestas de María Pita, los actos futboleros. Esta decisión es trascendental dado que hasta entonces el Teresa Herrera solía celebrarse el 29 de junio, día de San Pedro. Al llevarlo a la primera semana de agosto se asegura que los grandes equipos que están en pretemporada puedan acudir, se le da un apoyo extra a una climatología siempre dificultosa en la ventosa y lluviosa Coruña y se asegura la presencia de veraneantes. La gran mayoría de ellos son madrileños, hecho que hará que en los 70 y los 80 a Riazor se le conozca como el Pequeño Bernabéu. Por último, y no por ello menos importante, se establece como trofeo oficial una espectacular Torre de Hércules hecha completamente de plata que sustituye a la copa que se daba cuando el torneo se puso en marcha en 1946.

Para 1973 toma las riendas de la organización del torneo un nuevo equipo liderado por el concejal Manuel Gila y por Felipe Poncet, responsable de las instalaciones deportivas de la ciudad. La primera decisión que toman es vender abonos para el torneo buscando una recompensa económica y dejando a un lado el carácter benéfico del torneo. El caso es que para ese primer año de la nueva era se contrata al Atlético de Madrid y al Ajax de Johan Cruyff, que en la anterior primavera se había proclamado campeón europeo por tercer año consecutivo. En palabras de Gila hubo entonces que buscar a dos equipos “barateiros”, dado que los holandeses se habían llevado por delante más de la mitad del presupuesto. Se optó por dos equipos del Telón de Acero; el Spartak Trnava, campeón checoslovaco, y el Ujpest Dozsa, campeón húngaro. El Atlético se enfrentaría al Ujpest y el Ajax al Spartak Trnava, a la espera de una esperada final entre españoles y tulipanes.

El caso es que a diez minutos del inicio del torneo Manuel Gila recibe una llamada procedente de la Federación Española de Fútbol. Se le comunica que no pueden participar dos clubes comunistas en el torneo, por lo que el Teresa Herrera queda cancelado. Gila colgó el teléfono y sopesó las posibilidades. Tanto Athletic como Barça tenían esas fechas ocupadas. El Real Madrid saldría demasiado caro y el RC Celta no sería aceptado por el público herculino. La opción lógica sería el RC Deportivo, pero los blanquiazules acababan de descender a Tercera División. Sería infumable. Fue entonces cuando Gila se acordó de que un concejal del ayuntamiento, de apellido Guimaraens, jugaba al golf con el Generalísimo.

El Generalísimo Franco. El hombre del que ahora se cumple medio siglo de su fallecimiento.

Francisco Franco veraneaba en Meirás, a escasos kilómetros de A Coruña. Así que Guimaraens departió con el dictador entre hoyo y hoyo hasta que el Generalísimo dio su brazo a torcer. No sólo eso, consiguió el compromiso de Franco a acudir a presenciar la final del Teresa Herrera de 1973. Cabe señalar que a Francisco Franco nunca le gustó el fútbol, a pesar de que la leyenda siempre lo ha vinculado a los éxitos en blanco y negro del Madrid. Y cumple indicar, para los neonatos en historia contemporánea, que Francisco Franco era entonces un anciano de 81 años aquejado de párkinson, con fallos renales crónicos y que apenas un par de meses antes había dado plenos poderes al Almirante Carrero Blanco para continuar con una obra que él ya no era capaz de supervisar ni física ni psicológicamente. Así pues, parece fácil comprender que no le costase demasiado a Guimaraens el convencer a Franco.

Carmen Polo y Franco en Meirás

Total, que nos vamos al 3 de agosto y el Atlético de Madrid hace buenos los pronósticos y derrota al Ujpest por 4-2. Luego tendrá lugar la que es considerada la mejor semifinal en la historia del Teresa Herrera. En el minuto 60 el Ajax vence con suficiencia por 3-0 al Spartak Trnava con dos tantos de Johan Cruyff. En ese momento los tulipanes desconectaron totalmente del partido. A base de fuerza física e incursiones de sus extremos, los checoslovacos anotaron un repóker de goles en media hora para llevarse el triunfo en un sorprendente 3-5. El triunfo fue celebrado en las calles de la pequeña ciudad eslovaca de Trnava como si de un título se tratase. Cruyff, sustituido antes del final, ya estaba cuando se consumó la derrota duchado y camino del Hotel Atlántico. Estaba a otras cosas. Aquel fin de semana coruñés el reservado del Hotel Atlántico fue el testigo silencioso del acuerdo entre el señor Carabén y el señor Van Praag para cerrar el traspaso de El Flaco al FC Barcelona.

Pero esa es otra historia.

Para el 5 de agosto el Atlético de Madrid recibe al Spartak Trnava en la final del XXVIII Teresa Herrera. Francisco Franco y su mujer Carmen Polo presiden el palco de autoridades. Es una tarde de verano fresca en Coruña en la que vagamente se alcanzan los veinte grados. Carmen Polo acude de blanco y Francisco Franco con traje y corbata. El público va de manga corta en su mayoría, aunque todos llevan chaqueta a sabiendas que hará falta con el trascurrir del tiempo. El primer contratiempo tiene lugar antes de que se inicie el encuentro. Nadie contaba con que el Trnava jugase la final, así que no hay partitura del himno checoslovaco. Al director de la orquesta municipal coruñesa se le ocurre pedirle a parte de los jugadores del Spartka que tarareen el himno a capela. El avispado director de orquesta, de nombre Rogelio Groba, toma unos apuntes a mano de las notas y gracias a ello el himno checoslovaco puede sonar tras el español en honor al Atlético de Madrid.

Teresa Herrera 1973

Comenzó luego el partido. La primera parte finalizó sin goles, pero justo tras el descanso Javier Irureta, décadas más tarde entrenador victorioso con el RC Deportivo, adelantaba a los colchoneros. Poco después el Spartak empata el choque que finalizaría así tras 90 minutos. Habría entonces prórroga, dado que los penaltis seguían sin implantarse en el Teresa Herrera. Tras otra media hora de disputa, y 120 minutos en total, tocaba nueva prórroga. El reglamento de la competición establecía que tras la tercera prórroga el equipo que anotase un tanto se proclamaría campeón…una vez se disputasen todas las prórrogas que hiciesen falta.

Por entonces en Riazor hacía frío. Bastante frío. La niebla veraniega hacía su efecto. Es habitual que tras un día soleado la brisa marina haga su entrada por la bahía coruñesa a golpe de nubes bajas y un pequeño orballo. La de aquel día era espesa. Y Franco tenía frío.

El Generalísimo quería coger el coche y marcharse a su casa de Meirás.

Carmen Polo solicitó una mantIta para tapar las piernas de su marido.

No había manta.

Todos los presentes en el palco de autoridades preguntaban por una mantita. No la había. Una de las pocas mujeres presentes en el palco se mostró solicita para prestarle su chal al Generalísimo. Casi la matan con la mirada. Era Carmen Polo la que había pedido la mantita. Franco no podía mostrar ese momento de debilidad.

Como para aceptar un chal procedente de una mujer….

José Pérez Ardá, alcalde de A Coruña, propuso a un policía salir del estadio, cruzar la calle y llamar puerta por puerta hasta que alguien les dejase una manta en condiciones para cubrir las piernas del Caudillo. Pero no iba a dar tiempo. Carmen Polo, temida por todas las joyerías de España por asaltar sus mostradores a coste gratuito, arqueó las cejas y levantó la mano para comentarle algo al secretario personal del Generalísimo. Éste asintió con la cabeza y se acercó a hablar con Manuel Gila.

Había que acabar inmediatamente con el partido. Que se tiren unos penaltis y que Franco pueda marcharse cuanto antes.

Cuando Manuel Gila se levantaba de su asiento para acatar las órdenes, José Eulogio Gárate se adentró en el área checoslovaca y anotaba el tanto de la victoria atlética pasado el minuto 135 de encuentro.

Luis Aragonés, capitán colchonero, recibió con ayuda la gigantesca Torre de Hércules de 40 kilos de oro y plata de manos de un Francisco Franco que necesitó manos y manos de ayuda (normal, por otra parte) para dársela.

Y ya pudo entonces meterse en el coche oficial y volver a su palacio veraniego de Meirás.

Donde suponemos que dormiría arropado por un cálida y preciosa mantita.

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La montaña mágica de Cañardo

Cataluña es Barcelona. Barcelona es Cataluña. Situada en un punto privilegiado del globo terráqueo, enclaustrada entre en el mar y la montaña, cerca de todo por tierra y por mar y bendecida con un clima benigno, Barcelona ha sido siempre vanguardia comercial, industrial y cultural. También deportiva. Ciudad olímpica. Hay y ha habido campeonatos mundiales en disciplinas tan diversas como el atletismo, la natación, el patinaje o el polo y otras como el fútbol, el baloncesto o el balonmano cuentan con seguimiento internacional semanal.

El pistoletazo de salida de Barcelona como icono vanguardista deportivo tuvo lugar el día de Reyes de 1911. Narcís Masferrer, director de El Mundo Deportivo, ponía en marcha la Volta a Catalunya, la que hoy es la tercera, tras Tour y Giro, carrera ciclista por etapas más antigua del mundo. La primera edición salió de la barcelonesa plaza de Sarriá para, tras tres jornadas, arribar a escasos metros del anfiteatro romano de Tarragona. La prueba, hoy centenaria, recorre los cuatro puntos cardinales de Cataluña beneficiándose de los hercúleos puertos montañosos de los Pirineos y de las turísticas estampas costeras que van desde la Costa Brava a la Dourada pasando por las tierras del Maresme y del Garraf.

Ocurre que antes de que la Volta fuese un evento internacional, antes de que el Barça fuese mès que un club y mucho antes de que Barcelona quedase siempre ligada a Michael Jordan y a su Dream Team, estaba Montjuic. La montaña mágica de Barcelona.

Dejar la llanura barcelonesa para encaramarse a los 170 metros de altura de Montjuic fue siempre a la vez reto y a la vez hechizo para el paseante. El ciclismo convertirá esos dos mil metros de ascensión en míticos y los vehículos a motor desnudarán su dificultad. Ocurre que antes de esos progresos, Montjuic era un reto. Era una quimera. Un ideal que las bicicletas convirtieron en deporte.

Al fondo…Montjuic

Al costado de Barcino se levantaba el Monte Júpiter. Así lo llamaban los romanos. En el medievo comenzó a conocerse como Monte de los Judíos y de ahí la derivación del topónimo a Montjuic. Ocurre que allí, en lo alto, y con mirada franca al mar, el homo sapiens encontró un lugar ideal para asentarse. Entre el Besós y el Llobregat, aquel promontorio era idóneo para repeler amenazas externas y controlar el llano en caso de revueltas. Con el tiempo sus imponentes cañones apuntarán amenazantes al corazón de la Barcino medieval.

De la montaña de Montjuic se extrajo la piedra del gres, un tesoro autóctono con el que se construyeron los principales edificios barceloneses, la muralla romana o la catedral. De esos talleres salió la piedra que edificó la impresionante Basílica de Santa María del Mar, construida por los ciudadanos de lo que hoy es conocida como la Barceloneta y la Ciudadela.

La magia de Montjuic radica en que está tan cerca como lejos. No queda a pie de paseo como El Retiro y celebrar una tarde bajo su falda requiere dedicación exclusiva. No solicita prisa, más tampoco permite pausas. Y no solo eso. Montjuic imponía. Durante siglos su castillo funcionaba como cazador de espíritus y sus paredes y muros como enclaustradores de ideas. Tras los Juegos Olímpicos de 1992 la ética de la montaña se transformó para siempre en un gran parque temático que se ha rendido al deporte y a la cultura con una oferta museística tanto arqueológica como ilustradora.

Eso es Montjuic. Es también una ascensión de 2,6 kilómetros al 6’5% con picos del 13% de desnivel. Una montaña que siempre estuvo en la psique de los barceloneses y que el ciclismo convirtió en mágica a inicios del siglo XX. Pocos años después de inaugurarse la Volta a Catalunya, allá por 1929, se construyó al pie de la montaña y enfrente del Museo Nacional la fuente de Montjuic. La joya de la corona de una explanada que muere en la Plaza de España y que marcará el pistoletazo de una subida que alcanzaría dimensiones de leyenda una tarde de septiembre de 1939.

— LA SEPTIMA DE MARIANO CAÑARDO —

Terminada la Guerra Civil el 1 de abril de 1939, el deporte pasaba a convertirse en un fundamental instrumento de propaganda del Franquismo. Atraída por su prestigio y su antigüedad, la Volta a Catalunya era pieza clave para fomentar la vuelta a la normalidad. Conviene recordar que si la prueba catalana llevaba en funcionamiento desde 1911 la Vuelta a España hubo de esperar más de dos décadas para ponerse en marcha. La Vuelta había tenido su primera edición en 1935 antes de que las balas y las bombas le pusiesen un pronto final.

Como es de imaginar el estado de las carreteras era paupérrimo. Sólo en Cataluña se contabilizaban la destrucción de más de cien puentes de los que menos de la mitad habían sido reconstruidos al llegar el verano de 1939. Fue el alcalde de Hospitalet y presidente de la Unión Deportiva de Sants, Wenceslao Marín, el que se puso manos a la obra. Consiguió que en septiembre se pusiese en marcha una carrera marcada por la austeridad, aunque su alegría duró apenas unos meses. Poco después fue destituido de la alcaldía acusado de fraude en la venta de material de obra para la reconstrucción del ayuntamiento. Fallecería en la cárcel, lugar que ya había ocupado en tiempos de guerra acusado de colaboracionista por los republicanos. Marín, además de reinventor de la Volta, pasará a la historia por besar barrotes acusado por rojos y también por nacionales.

El caso es que en septiembre de 1939 se pondría en marcha una Volta a Catalunya dulcificada con etapas de un máximo de 170 kilómetros en una época donde la distancia diaria se acercaba habitualmente a los 300, sin grandes puertos de montaña, al evitar los Pirineos, y con apenas cuarenta participantes, todos ellos de nacionalidad española. El claro favorito para llevarse la victoria en una de las más prestigiosas vueltas de una semana del calendario internacional era Mariano Cañardo.

¿Y quién era Mariano Cañardo?

Mariano Cañardo era catalán. Un catalán nacido en Olite. Pasó su infancia entre Navarra y Huesca jugando a fútbol y pelota vasca y dando vueltas a los patios de los Salesianos castigado por los curas. Quiso el destino que a los siete años quedase huérfano de padre y seis años después de madre. Al fallecer el pater familias tuvo que ponerse a pastorear cabras hasta que con 13 años hubo de trasladarse a Barcelona para vivir a cargo de su hermana mayor. Sus pertenencias cabían en una caja de zapatos.

Se instala en el barrio de San Andrés de Palomar (hoy Sant Andreu), sito al noreste de Barcelona e importante centro febril del momento. Cañardo descubre el oficio de carpintero, aunque su sueño es ser conductor de locomotoras. Sin embargo, para 1926, apenas con la veintena cumplida, se compra una bicicleta que debe pagar a plazos. Se enamora. Se apunta a una carrera a la que llegará en calzoncillos y alpargatas dado que no tiene ropa deportiva. Le obligan a ponerse su pantalón de pana y tendrá un accidente al meter la rueda trasera en las vías del tranvía a la altura de Vía Laietana. Dio igual. Quedó entre los quince primeros y nunca más dejaría la burra. Poco después ganó una carrera en Cantabria y acabará tercero en su primera participación en la Volta a Catalunya.

Pronto se convertirá en el primer profesional de la bicicleta. Será segundo en la primera Vuelta a España de la historia, alcanzará por dos veces el séptimo puesto en el Mundial de ciclismo cuando ningún ciclista al sur de los Pirineos se atrevía siquiera a participar, fue el primer español que corrió el Giro de Italia y fue vencedor de etapa en el Tour (únicamente otros dos ciclistas lo habían logrado antes que él) además de amasar un sexto puesto en agosto a finales de julio de 1936, cuando ya la Guerra Civil había estallado. Con el paso del tiempo se convertirá en director deportivo y tendrá cargos en la administración, tanto catalana como española, relacionados con el ciclismo. Su fama como gestor igualará a la de su carácter volcánico. Sirva como anécdota que, en 1946, cuando era director de la Volta a Catalunya, se acercó con su coche a la altura de Miguel Poblet quien, con la pierna llena de sangre tras una caída, estaba a punto de abandonar. Cañardo lo llamó maricón de mierda y se lio con Poblet a puñetazos ofendido por no querer volver subirse a la burra.

Pese a una segunda posición en una Vuelta a España, sus grandes gestas llegaron en su Volta, que ganó en siete ocasiones, aunque Cañardo siempre defendió que lo dejaron sin una octava corona por una sanción injusta, cuando le sorprendieron tomando cerveza un día en que el calor era insoportable. Entonces los ciclistas se detuvieron en plena etapa para tomar algo, en bares en los que era normal encontrar una fotografía de Cañardo, el único deportista capaz de rivalizar con los futbolistas Zamora o Samitier en fervor popular. Hijo del hambre, su salida del anonimato había tenido lugar en 1928, cuando disputó su primer Tour de Francia. Tuvo la oportunidad de competir por la baja de un compañero el día antes del inicio de la prueba. Cañardo se pasó la primera semana sin siquiera salir en las clasificaciones oficiales y en la penúltima etapa se le rompió el cuadro de la bici y tuvo que acabar la etapa con una de paseo que un aficionado tuvo bien en prestarle. Sin comer y sin lavarse, el director de su equipo le hizo dar marcha atrás e ir en busca de la montura destrozada. De esta guisa se presentó en la línea de salida del último día convertido ya en leyenda en toda España y especialmente en Cataluña. Llegó a Paris a base de sidras, medio borracho, y esa noche de gloria acabará quedándose dormido en el ascensor de su hotel.

Mariano Cañardo

Para 1939 Cañardo es, pues, una leyenda próxima al retiro al que la Guerra Civil le ha privado de alguno de los mejores años de su carrera. Son ya más de dos años sin competir en los que Mariano Cañardo ha hecho equilibrismo para pasar de ser un simpatizante republicano a un franquista convencido. Al igual que Ricardo Zamora, Mariano Cañardo vivirá toda su vida con el sambenito de cambia chaquetas. A fin de cuentas, eso era lo de menos. Todo se olvidaría con una nueva victoria.

Las dos primeras etapas de la Volta 1939 fueron muy similares y fueron ganadas al sprint por Cañardo liderando un grupo de primeros espadas. La primera, entre Barcelona y Valls. La segunda entre Valls e Igualada. La tercera etapa empezó a dar forma a la general, aunque Cañardo ya era líder sin sorpresas. Su grupo, de unos quince corredores, estaba al frente al salir de Igualada. Pero al paso por Manresa tomaron un camino incorrecto y recorrieron hasta nueve kilómetros por donde no tocaba. Al darse cuenta, se vieron obligados a dar media vuelta, con un Cañardo malhumorado por la equivocación y que, incluso, hubo de ser convencido para que no abandonara. El de Olite fue quien tomó la iniciativa en la persecución llevando un ritmo altísimo. Por delante, Santiago Ezquerra marchaba de líder virtual, hasta que en el descenso del Alto de Sant Hilari (a 1.000 metros de altura entre el Montseny y Savassona) se va al suelo, rompe la clavícula y debe de abandonar. Eliminado Ezquerra, y a pesar de que Cañardo flaquea en la contrarreloj de San Feliu de Guixols en otra etapa pasada por agua y donde abundan las caídas, Mariano se planta como líder indiscutible con seis minutos de ventaja sobre Diego Cháfer y sobre Fermín Trueba.

El séptimo y último día el pelotón llegaba a Barcelona vía Manresa, tras pasar por Molins del Rei. Era 24 de septiembre y Barcelona celebraba las fiestas de la Mercé. Los corredores dieron ocho vueltas por el circuito de Montjuic en una exhibición de Cañardo que ganaba cuatro etapas y se alzaba a sus 33 años con su séptima Volta a Catalunya, récord aun no superado. En el pódium recibió su jersey de líder, el cual ese año lucía de color azul marino en homenaje a Falange. Luego, en presencia de los generales Luis Orgaz y José Moscardó en calidad de Capitán General de Cataluña y Delegado Nacional de Deportes respectivamente, los 50.000 presentes escucharon el himno nacional y Cañardo depositó un ramo de flores por los caídos en la guerra por la gloria de Dios y de España.

Un trienio atrás en el calendario, en 1936, Mariano Cañardo había logrado su victoria más estruendosa. Competían el belga Frans Bonduel, un grande de la época, y Federico Ezquerra, más joven que Cañardo y considerado su sucesor. En la segunda etapa, camino de Girona, Cañardo perderá 16 minutos por culpa de una avería. Ambos, Ezquerra y Cañardo, competían por el mismo equipo y lo que ocurrió a partir de entonces fue una guerra en toda regla. Al día siguiente Cañardo atacó a Ezquerra contraviniendo las órdenes de equipo y ambos acabaron a mamporros al finalizar la jornada. Luego, en un día de lluvia de 250 kilómetros entre Figueras y Manresa, atacaría en el descenso de Santigosa jugándose la vida en una etapa donde hubo decenas de caídas y abandonos. Al llegar a la meta, con Esquerra perdiendo más de veinte minutos, Cañardo llamó a los periodistas y les reclamó a gritos su trono como mejor ciclista español del momento. Con todo hubo que esperar a la etapa final con subida al circuito de Montjuic para ver si Cañardo o Bonduel se llevaban el triunfo, dado que apenas un puñado de segundos separaban a ambos competidores. Unos 60.000 barceloneses se amontonaron en las faldas de Montjuic para presenciar siete vueltas a la montaña mágica subiendo por la cascada del Font del Gat (en unos meses volvería a ser Fuente del Gato) hasta el estadio y bajando por el Poble Espanyol. En las primeras vueltas, Cañardo tomó las riendas del grupo forzando el ritmo y provocando una selección de un grupo con ocho corredores, entre los que no estaba Bonduel. En el sprint final Esquerra levantaría las manos, pero la gloria sería nuevamente para Cañardo. Lluís Companys, presidente de la Generalitat, otorgaba el trofeo a Cañardo mientras los presentes entonaban con orgullo Els Segadors, el himno catalán cuya letra evoca un levantamiento de campesinos catalanes contra la política expansionista del rey Felipe IV en 1640.

De 1936 a 1939 habían cambiado muchas cosas, pero Montjuic seguía juzgando en silencio a todos aquellos que osaban ponerle un pie encima.

Una vista de BCN desde Montjuic

“Si contemplas la ciudad desde las colinas, ves su lógica, la ciudad cerrada de las antiguas murallas, la ciudad racionalista de la burguesía. Para mí es un modelo de ciudad inexplicable en cualquier lugar que no sea el Mediterráneo (…) En un día de sol, las colinas enfrentadas del Tibidabo y Montjuic aparecen respaldadas por un Mediterráneo que prolonga la sangre de los ribereños hasta los límites de los cuatro puntos cardinales más propicios del mundo. Una fe mediterránea en la vida se apoderó de sus músculos cansados y al llegar a la salida del cinturón de Ronda a la Travesera de las Corts equivocó voluntariamente la ruta de casa para buscar la de la Diagonal (…) Desde el monte Carmel, los inmigrados han podido ver una ciudad con historia, a manera de mancha concentrada alrededor del puerto, a la sombra del castillo de Montjuic que les vigilaba a ellos de forma especial, y una ciudad amable y confiada, la de la mesocracia liberal e individualista que se fue apoderando de todos los ensanches extramuros, subiendo progresivamente hacia las laderas de Collserola y el Tibidabo dominante”. Manuel Vázquez Montalbán.

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El tío Benito

Benito Diaz nació en 1898 cuando España perdía los retazos que le quedaban de su Imperio y cuando los Borbones aun veraneaban en San Sebastián. Y es que Benito Díaz nació en Donostia. En una familia bien. Sus padres quisieron que estudiara Bellas Artes. También le dio por cantar en el Orfeón Donostiarra. Pero a Benito le iba otra cosa. Una moda importada de Gran Bretaña y que por entonces estaba mal vista en la mayoría de círculos sociales.

El fútbol.

Benito gustaba de lanzar unos tiros en la playa de la Concha y juega partidos en el velódromo de Atocha. Pequeño, bullicioso y de energía infinita, juega en varios equipos de la ciudad hasta que ficha por la Real Sociedad. Corría el año 1917. A Benito pronto le pondrán de apodo ‘rata mecánica’ por su estilo de juego rápido y bregador.

Allí estuvo hasta 1927. No hay mucho que contar de su etapa como jugador. Lo relevante es que por entonces la Real Sociedad era entrenada por un técnico húngaro que respondía a las señas de Lippo Hertzka. En esa época la vanguardia del fútbol europeo se cocía en las entrañas del antiguo Imperio Austrohúngaro. Ocurría que Hertzka era un referente de máxima autoridad. Benito pronto descubrió que los entresijos del juego le gustaban tanto o más que el propio juego. Se convirtió en la voz en el campo de Hertzka y lo acompañó a Hungría para aprender diferentes metodologías de entrenamiento relacionadas con el balompié. Con estos mimbres no era de extrañar que, en 1927, cuando Hertzka abandone Guipúzcoa, Benito Díaz se convierta en nuevo técnico de la Real Sociedad. Ni siquiera ha cumplido 28 años, pero cuenta con el beneplácito de su mentor quien recomienda a los directivos donostiarras que apuesten por Benito a pesar de su juventud.

Benito Díaz recibe una copa

Su primer año fue glorioso. La Real Sociedad llegó a la final de Copa. Será una final heroica ante el Barça que se resolverá en tres partidos tras acabar en empate los dos primeros (entonces no existían ni la prórroga ni los lanzamientos de penaltis). La finalísima dio también para un duelo epistolar entre los poetas Gabriel Celaya y Rafael Alberti. Acabada la final, a Benito lo llaman desde la Federación Española para ser segundo entrenador en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. El torneo resultó un fiasco, pero parecía un pistoletazo de salida para una carrera legendaria.

No fue así. En 1929 una crisis bursátil dejó en bancarrota a negocios de medio mundo. Entre las empresas afectadas estaba Transportes Díaz. El negocio familiar. Así que en 1930 Benito hubo de dejar el fútbol y dedicarse a las exportaciones. Con ojo clínico vio un filón en la exportación de naranjas y demás cítricos a Francia y pronto el camino Valencia-Irún-Burdeos-Paris se hizo habitual en su vida. Tan habitual que cuando en 1936 estalla la Guerra Civil convertirá esa realidad temporal en permanente y se autoexiliará en Burdeos. Digo autoexilio porque, aunque Díaz simpatizaba con la causa republicana, no era militante. Decidió irse por sí mismo dado que económicamente se podía dar ese lujo. Eso facilitará que cuando quiera hacer el viaje de vuelta y cruzar la frontera y retornar a España en 1942 no tenga ningún tipo de problema para hacerlo.

Mas no adelantemos acontecimientos.

Dicen que un periodista francés lo reconoció y lo puso en contacto con la directiva del Girondins de Burdeos. Otros dicen que fue el propio Benito el que se dirigió a la sede del Girondins a buscar trabajo. Sea como fuese, el caso es que, tras ocho años alejado del fútbol, a Benito Díaz le ofrecieron el puesto de técnico del Girondins. Entonces el conjunto bordelés militaba en la tercera categoría del fútbol galo. Consiguió subir al equipo a Segunda en 1937 y dos años más tarde estaba en la Ligue 1. Díaz haría al conjunto bordelés campeón de Copa en 1941. Fue un campeonato sin brillo, dado que Francia era rehén de los nazis. Había una parte ocupada y una parte mal llamada libre, y los conjuntos del norte del país no compitieron. No obstante, el Girondins había pasado de ser un equipo amateur a establecerse como uno de los grandes de Francia. Pero la cosa iba de mal en peor, así que en 1942 Benito vuelve a San Sebastián, y no para exportar naranjas, sino para ser nuevo técnico de la Real Sociedad.

Benito inicia su segunda etapa en la Real con una innovación táctica debajo del brazo. Entonces la táctica común en todos los equipos era la WM creada por Herbert Chapman en la década de 1920. El 3-2-5 sobre el papel era en realidad un 3-2-2-3 en el que la importancia de los extremos era crucial y el balón largo en diagonal desde la defensa hasta el ataque un arma de primerísimo nivel. Pero en Francia había un técnico suizo llamado Karl Rappan que había diseñado un sistema que se conoció como cerrojo y que pasaría con notable éxito a Italia donde fue exprimido al máximo bajo el nombre de catenaccio. El sistema de Rappan sacaba a un pivote del centro del campo para colocarlo en la línea defensiva y ejercer la marca individual ante el delantero rival. El 3-2-5 se convierte en un 4-2-4 en fase ofensiva (dando lugar al nacimiento de los laterales) y al 4-4-2 en fase defensiva. Distintas evoluciones a lo largo de las décadas llevarían al catenaccio a acumular cinco defensores, pero, lo fundamental del asunto, es que a partir de entonces coexistirán dos formas de entender los partidos; la búsqueda del triunfo a través del ataque y del gol (la genuina) y otra a través de la defensa y el evitar encajar un gol (la nueva).

Estaba entonces la Real Sociedad en Segunda División y Benito Díaz decide apostar por el cerrojo como táctica innovadora. Le va bien. La Real sube a Primera, pero es tildado de técnico defensivo. A los jugadores no les importa. Están enamorados de sus métodos. Eduardo Chillida, entonces portero y después celebre escultor, se presentará a una prueba para entrar en la Real con traje y corbata por orden de Díaz. Tendrá que atajar varios disparos de semejante guisa ante el barro del área chica de Atocha. Una vez visto el poco interés de Chillida en mantenerse limpio y elegante, Benito Díaz dará su OK para incorporarlo a la disciplina de la Real.

La Real 2.0 llegó a otra final de Copa, aunque tocó volver a perder en el partido por el título nuevamente contra el FC Barcelona. Los éxitos de Benito Díaz no pasan por alto y vuelve a ser requerido por la Federación Española de Fútbol para ser entrenador nacional dos décadas después de su primera experiencia. Por entonces había dos cargos. Muñoz Calero, militar y presidente de la FEF, tenía la potestad de escoger un seleccionador y un entrenador. El primero decidía que jugadores iban al Mundial y concluía quienes eran los once elegidos en cada partido. Ese hombre, el seleccionador, era quien pasaría a la posteridad tanto en el triunfo como en la derrota. El entrenador era el que diseñaba la táctica y establecía las rutinas de entrenamiento. A ojos del gran público eran un Don Nadie.

El seleccionador nacional en 1948 escogido con la obligatoriedad de clasificar a España para el Mundial de Brasil en 1950 era Guillermo Eizaguirre. Además de exfutbolista (un excelente portero habitual suplente de Ricardo Zamora con la selección española), Eizaguirre era un voluntario de la Legión, hijo de juez y nieto de militar de alto rango. Contaba con heridas de guerra y portaba tres medallas ganadas durante la Guerra Civil. En Brasil sería el encargado de dar discurso, repartir elogios y salir bien guapo en las fotos con sus sombreros de ala ancha.

El entrenador era un vasco achaparradito que respondía al nombre de Benito Díaz. Siempre vestido de chándal y con txapela sobre la sien, Díaz obligó a que cada seleccionado se leyese un informe diario de 18 páginas sobre los rivales de España en el Mundial, prohibió el alcohol y la presencia de hermosas brasileñas en el hotel de concentración y fue el primero en obligar a que la ropa de entrenamiento fuera uniforme e igual para todos los futbolistas. El genio táctico de Díaz había llevado a España a las victorias en Paris ante Francia (1-5) y en Dublín ante Irlanda (1-4) en la fase clasificatoria.

En el Mundial la selección española alcanzó su cénit tras ganar a Inglaterra (0-1) con el famosísimo tanto de Telmo Zarra y obtener el cuarto puesto en el Mundial. En la foto de la victoria ante la pérfida Albión estaba Eizaguirre, pero no Díaz. Benito volvió de América sin el reconocimiento merecido y fichó por el Atlético de Madrid. La aventura por la capital de España concluyó en 1954 con un infarto que le obligó a dejar los banquillos por recomendación de su médico y obligación de su esposa.

España 1950

Tras unos años de reposo en 1960, con el beneplácito de la FEF, Benito Díaz puso en marcha la primera escuela de entrenadores del país. Donde antes un ex futbolista se sentaba en el banquillo para escoger a once futbolistas y animarlos en su búsqueda del triunfo, Díaz ofrecía unas clases de táctica, organización y entrenamiento que se tornaban en novedosas en España.

Desde su oficina madrileña Díaz fue el primer teórico reconocido de los banquillos españoles hasta que entrada la década de 1970 decidió dar un paso atrás y dejar que sabia nueva hiciese buenas sus enseñanzas. Entonces volvió a su querida San Sebastián y se convirtió en asiduo del palco del campo de Atocha donde disfrutó con la época dorada de su Real y sus títulos en los 80 gracias a Arconada, Satrústegui y compañía bajo la dirección técnica de Alberto Ormaetxea. Benito Díaz murió en 1990, a los 92 años de edad, y su legado permanece en la fenomenal escuela vasca de entrenadores que él inicio y que continuaron Maguregui, Ormaetxea, Clemente, Rojo, Azkargorta, Irureta, Mané, Lotina, Emery, Valverde, Imanol Alguacil, Arteta, Mendilibar, Arrasate, Arteta o Xabi Alonso.

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Gerardo Coque y las 200.000 pesetas de Lola Flores

Los cronistas de nuestro tiempo han sido los grupos musicales. Los jóvenes de los 60 se rebelaron ante un destino que los obligaba a llevar botas y fusil en una mano o mandilón y espátula en caso de cambiar el par de huevos por el de ovarios. Cine, deporte y música. Eso cambió el mundo y dio a los jóvenes un poder que jamás habían tenido en la historia. Hasta entonces se había valorado más la experiencia y la sabiduría de la vejez. De esos ítems la música era el más transgresor de los tres. Creadores de una banda sonora de ágil pavoneo e insolencia sexual interpretada por los riffs de las guitarras, primero el pop y luego el rock, aquellos acordes rompieron con todo lo establecido. Esas canciones personificaban la rebelión, el cinismo y las promesas de toda una generación. The Beatles y The Rolling Stones fueron los buques insignia de una realidad que explotó y vino para quedarse, al menos en Occidente. Músicos de talento, de orígenes oscuros, que se enriquecían con la venta de millones de discos y tocaban en estadios llenos. Volaban por todo el globo en aviones adaptados a sus caprichos y acompañados de séquitos propios de amantes, cortesanas y con tráfico de drogas. Desde entonces han avanzado en la cumbre del prestigio social compartiéndola con las estrellas de cine y los deportistas. Donde antes los ricos eran gordos y fumaban puros ahora visten vaqueros y comen quinoa. En la era del consumo de masas occidental son cantantes, actores y deportistas los que tiene un prestigio comparable al que antes tenían príncipes, papas y cortesanos.

Y en España.

En España teníamos a Lola Flores.

La posguerra es oscurísima en España. Para salir del tedio y del hambre hay folklóricas. No es nada que haya inventado Franco. Las estrellas del canto en la afamada II República también eran folklóricas. Entre ellas estaba Lola Flores. Una fuerza de la naturaleza. Una artista de la que decían que ni cantaba ni bailaba, pero que cantaba y bailaba de una forma nunca antes conocida. No es sólo su arte. Es su personalidad. Dirige su propia compañía, negocia sus contratos, se niega a casarse, habla abiertamente de tener sexo con hombres casados mientras se declara una escrupulosa ama de casa, triunfa en Broadway, rechaza Hollywood para quedarse en España, viste provocativamente y se casa con un gitano siendo ella paya.

Reinaba en el escenario y en su vida. Por eso era La Faraona. Lola Flores era el Mick Jagger español. Cuando la Transición ya cogió a Lola en el declive de su vida, época donde las folklóricas pasarían a ser rancias, le dio exactamente igual. Conquistó a una nueva generación a través del brillo de sus ojos. Habló de drogas, de alcohol, de malos tratos, del aborto, del dinero y hasta de cáncer cuando era más tabú que todo lo anterior citado. Se convirtió en icono femenino y LGTBI. Una estampa cultural indomable. La Lola de España.

La Faraona

Novios enamorados, amantes por necesidad o flechazos cargados de sexo. De los tres tipos tuvo Lola. Las páginas de papel cuché hablan de ellos. En lo que a nosotros nos afecta consideramos dos.

A la vuelta de una gira por América Lola Flores le echó un ojo a un futbolista del FC Barcelona. Se trataba de Gustavo Biosca y no era un cualquiera. Titular en el centro del zaga durante una década, Biosca forma parte del llamado Barça de las Cinco Copas junto a Ramallets, Kubala, César o Basora. Se dice incluso que Santiago Bernabéu lo había convencido para firmar por el Real Madrid, pero el padre de Biosca, acérrimo culé, amenazó con no volver a dirigirle la palabra si dejaba Barcelona.

El caso es que Biosca tenía novia formal. Pero La Faraona era mucha faraona. Comienzan una relación secreta en la que se ven a escondidas en restaurantes y quedan para fornicar en hoteles. Si Lola tiene un brillo especial en los ojos, los profundos ojillos verdes de Biosca no dejan indiferente a nadie. Lo pasan bien, hasta tal punto que Lola adapta el calendario de sus giras para adecuarse a los compromisos de Biosca tanto en el Barça como con la selección española. Fue célebre una noche en la concentración de la selección, en la que Biosca recibió la visita de Lola e invitó a dos compañeros a espiar desde el balcón de la estancia a través de la persiana entrecerrada. Biosca les había dicho que la Lola le bailaba desnuda y ellos no le creían.

El sexo continúa durante unos meses, pero Gustavo tiene remordimientos. No puede dejar de pensar en su novia de siempre. Además, la vida de tablaos, juerga y alcohol que le impone Lola le está afectando a su carrera profesional y decide parar la relación con la folklórica. Lola Flores monta en cólera y decide pasar al ataque.

Biosca

Antes de dar su brazo a torcer y aceptar lo inevitable, Lola decide darle celos a Biosca con otro futbolista. Lo que en un principio es una simple canita al aire se convertirá en toda una relación. Una relación que escandalizará a media España y que acabará con la carrera de Gerardo Coque.

Y es que Gerardo Coque es el nombre del segundo amor futbolero de La Faraona.

Interior derecho, Gerardo Coque logro ascender con el Real Valladolid de Tercera a Primera en dos años y disputar una final de Copa ante el Athletic de Zarra y Gainza. Aunque perdió, Coque marcó en la final. Aquel Valladolid llegó a contar con siete internacionales en sus filas. No era de extrañar pues que en 1953 Gerardo Coque fichase por el Atlético de Madrid a cambio de 6.000 euros, la cifra más alta pagada hasta el momento por un futbolista de nacionalidad española (el pase de Di Stéfano al Madrid en esa misma temporada costó en torno a 8.300 euros al cambio). El Atlético firmaba a un interior de ida y vuelta, de buena técnica y muy bueno en el juego aéreo.

En la temporada 1953-54 Coque tiene un buen desempeño con el Atlético. Son 24 partidos de Liga (se jugaban 30) y anota siete goles. En la siguiente campaña son siete encuentros y la temporada 1955-56 la pasa en blanco. ¿Qué había pasado?

El huracán Lola es lo que había pasado.

Coque fue presa fácil. Estaba prometido con su novia de Valladolid (hermana del también jugador vallisoletano y luego ganador de cinco Copas de Europa con el Real Madrid Rafael Lesmes), pero retrasó la boda y entró en el torbellino de la vida de Lola Flores. No se recataban. Se les veía de noche en los cabarets de moda y más tarde en las ventas de los alrededores, donde apuraban la noche entre humo, finitos, jamón y zapateados. Coque tenía 25 años, pero no hay juventud que pueda hacer compatible esa vida con la del deportista de alto nivel.

La prensa entonces no hablaba abiertamente del tema y la cosa parece que se enfrió. Lola se fue a hacer una gira a América y regresó con un novio panameño. Biosca ya era parte del pasado y Coque pasó por la vicaría para vivir con su sufrida novia, quien fue capaz de perdonar su infidelidad. Todo iba bien, hasta que, a finales de 1954, Lola manda al negro de vuelta a Panamá y le pega un telefonazo a Gerardo. Coque no es capaz de resistir el tracatrá de Lola y reanuda el carrusel de juergas. Su mujer, antes sufrida novia, decide volver a Valladolid con sus padres y dejarlo sólo en Madrid.

Comenzó a faltar a los entrenamientos y el asunto tomó carácter público cuando el Atlético comience a expedientarlo por sus constantes ausencias. La prensa, con el recato que la época marcaba, comienza a hacerse eco del escándalo y los compañeros de Coque se movían entre los que le pedían que volviese con su mujer y los que se ponían los dientes largos escuchando las hazañas sexuales de la Lola.

Todo reventó el 26 de diciembre de 1954. Ese día se estrenaba nueva película de Lola Flores y el Atlético jugaba en casa contra la UD Las Palmas. Hubo empate a dos tantos y Coque marcó uno de ellos, pero ni así acalló las críticas. En la segunda mitad Coque apenas pudo enganchar un par de carreras y cada dos por tres ponía brazos en jarra buscando algo de oxígeno. La pitada del Metropolitano fue de las de época.

Fue la última vez que se le vio.

Lola Flores se fue a su enésima gira. A América. Allí estaría también Coque. Para justificarlo se convirtió en productor ficticio y como tal aparecía en las fotos junto a Lola Flores. El Atlético le denunció ante la Federación Española y el juzgado por incumplimiento de contrato. Cuando lo supo, Lola Flores envió de su pecunio al Atlético 50.000 pesetas, como pago de una parte de la ficha.

No era suficiente. Coque no volvería a pisar un rectángulo de juego en el siguiente año. Se enfrentaba también a una denuncia de su mujer por abandono del hogar. Una noche la policía fue a buscarle a casa de Lola, y allí le encontró escondido. La cosa no fue a mayores porque entonces no era lo mismo una denuncia de una esposa cornuda que la de un esposo cornudo.

Fue tal el encaprichamiento de Lola que preguntó a Coque cuál era su sueldo en el Atlético de Madrid. El montante sumaba 200.000 pesetas (1.300 euros anuales). Para hacernos una idea volvamos a la comparación con Di Stéfano. El as blanco ganaba entonces 4.000 euros al año, aunque al final de su carrera rondará los 25.000 (unos 200 salarios mínimos de entonces, mientras que los Mbappé de la actualidad cobran unos 15 millones de salarios mínimos). Así pues, la Lola, que nadaba en millones, se plantó en las oficinas del Atlético de Madrid con 200.000 pesetas en un sobre cerrado.

“Les compro el contrato de Coque. El Coque sólo tiene que meter goles aquí”.

Dejamos que el lector saque sus propias conclusiones sobre donde es el aquí.

El aquí de Lola.

Gerardo Coque

Pasan los meses y caminamos rumbo a 1957. Entre idas y venidas, celos y broncas, Lola se enamora perdidamente de un guitarrista gitano de nombre Antonio González y apodado El Pescadilla. Con el tiempo será el marido de Lola y padre de sus tres hijos. Así que Coque pasa a ser agua pasada. Con el rabo entre las piernas vuelve a casa y recibe el increíble perdón de su mujer (qué tiempos aquellos). Pero para obtener el perdón del fútbol es ya muy tarde. Da entrevistas en los medios esgrimiendo lesiones inexistentes para explicar sus ausencias en los campos de fútbol.

Tiene 29 años y es tarde. Muy tarde. Vuelve al Real Valladolid en Segunda y luego ficha por el Racing de Santander. Su rendimiento varía entre aceptable y mediocre. Mientras recuperaba la forma, le había alcanzado el tiempo. Remató su carrera en 1962 en la Cultural Leonesa. Sólo fue una vez internacional y apenas disputó un manojo de partidos de calidad con el Atlético, aunque dejó cientos y miles de anécdotas picantes que contar en los vestuarios y en los campos de media España.

Lola Flores escribió sus memorias. De poco se arrepintió La Faraona. Pero entre lo poco estaba Gerardo Coque. Confesó que lo había usado y que nunca había estado enamorado de él, aunque era consciente de que Coque sí que lo estaba.

“¿Sabes por qué yo siempre estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera.” Lola Flores.

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Franco ha muerto

Eso fue un jueves. Lo de Franco ha muerto. Ya saben a las 04:20 de la madrugada. Realmente llevaba agonizando un par de semanas, pero se había intentado alargar al máximo la fecha para que los más recalcitrantes franquistas (bautizados como ‘El bunker’) pudiesen atar un presidente de las Cortes afín a sus ideas para final de mes. Fue imposible. El Caudillo no dio para más. Era un 20 de noviembre. El jueves 20 de noviembre de 1975. A las 06:00 de la mañana Radio Nacional emitía la noticia y a las 10:00 a.m. el entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, prorrumpía su famoso lacrimógeno comunicado por televisión: “Españoles, Franco ha muerto”.

Decía que eso fue un jueves. Antes vino el domingo. Concretamente el domingo 16. Aquel fin de semana no había Liga. Hubo parón de selecciones. Fase de clasificación para la Eurocopa de 1976. España jugaba en Bucarest. Los rumanos llevaban ocho años sin perder en su capital. A España le valía el empate para clasificarse. Los ‘Kubala-Boys’ no habían logrado disputar el Mundial de dos años atrás y constituían un conjunto rocoso pero escaso de calidad. El equipo que formó en Rumanía estaría representado por Miguel Ángel; Sol, Migueli, Goyo Benito, Camacho; Villar, Pirri, Del Bosque; Quini, Santillana y Chechu Rojo. La selección se adelantó por 0-2 con goles de Ángel María Villar y Carlos Santillana, pero acabaría agonizando y empatando milagrosamente el partido (2-2). El objetivo se había cumplido y España estaría en los cuartos de final de la Eurocopa.

A ojos de hoy puede parecer poca cosa, pero entonces era un éxito absoluto. Por entonces a la fase final de la Eurocopa solo acudían cuatro equipos y tras las rondas clasificatorias había que jugar unos terribles cuartos de final. Ahí, entre los ocho mejores de Europa, estaría España tras derrotar a Rumanía, Escocia y Dinamarca. Ahí, en los cuartos de final, ni siquiera estarían Italia o Inglaterra. Y ahí, en los cuartos de final, le tocaría a España enfrentarse a Alemania a ida y vuelta. Acabaría perdiendo con claridad, pero eso sería en abril del año siguiente.

Clasificación Euro 1976 | Grupo 4 | España se clasificó por delante de  rumanos y escoceses - AS.com
Victoria en Rumanía (a la izq Juan Cruz Sol)

Volvamos al domingo 16 de noviembre de 1975. El mejor del partido había sido el madridista Pirri. Del Real Madrid, en este caso de baloncesto, también era Walter Szczerbiak, quien con 45 puntos había liderado la victoria madridista ante el entonces llamado Vasconia en la entonces llamada Liga Nacional de Baloncesto. El líder era el FC Barcelona que derrotó por la mínima al entonces llamado Juventud de Badalona. Digo sorprendente porque los blancos sumaban 15 de las anteriores 16 ediciones del campeonato, aunque aquel Barça de Zeravica daría que hablar. El yugoslavo hizo debutar a Solozábal, De la Cruz y a Herminio San Epifanio, el hermano mayor del legendario Epi, quien puso como condición para fichar por el Barça que también se firmase a su entonces hermano de 16 años, el cual en pocos años convertiría al Barça en referencia indiscutible del básket europeo.

Llegó después el miércoles. El miércoles 19. Ese día hubo noticia grande. El congreso de la FIFA designaba a Argentina como sede del Mundial de 1978. Faltaban menos de 24 meses, pero el general Jorge Videla había prometido un campeonato de campanillas. Según las casas de apuestas el favorito era Brasil (6/1), seguido de Alemania y Países Bajos (7/1), vigentes campeones y subcampeones respectivamente, Argentina (10/1) y la Unión Soviética (14/1). La victoria de España se pagaba 59 a 1. Aunque primero habría que clasificarse, lo cual, por entonces no se vislumbraba. Ese día alemanes y yugoslavos certificaron su pase a los cuartos de final de la Eurocopa en jornada de entre semana y el quince veces campeón de motociclismo Giacomo Agostini anunciaba que cambiaba Yamaha para volver a la italiana MV Agusta.

Esos días sin fútbol liguero lo que ocupaba la portada de los periódicos deportivos era el caso Caselzy. El delantero chileno, entonces estrella del RCD Español, se había negado a darle la mano al dictador Pinochet en una recepción oficial. Carlos Caselzy siempre se había mostrado beligerante con la dictadura y aprovechaba cualquier ocasión para reclamar la vuelta de la democracia a su país. Se había convertido en jugador de renombre en Europa, pero se le había prohibido volver a vestir la camiseta de la selección chilena. Aquello era un escándalo en Sudamérica y no le dejarían regresar a su país hasta 1979.

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Carlos Caselzy

Y llegamos al jueves 20. El día de la muerte del Caudillo. Algunos lloran, otros ríen. La mayoría calla. En el deporte la duda es simple. ¿Habrá jornada de Liga? La Delegación Nacional de Deportes lanza un comunicado a media tarde.

“Nunca un español ha unido a tantos españoles en un común sentimiento; nunca esta unida, noble y entrañablemente querida España nuestra sintió, como una oleada estremecida, un dolor tan firmemente compartido. Ha muerto Francisco Franco y el deporte español quiere expresar su sentimiento, quiere decir que lo siente en su propia carne, en los corazones de millones de jóvenes y maduros deportistas (…) esos hombres saben que el Caudillo de España nos ha legado un ejemplo permanente (..) un alto sentido de la convivencia y solidaridad, inasequible a todos los desalientos, que hoy es, en nuestro estremecido dolor, el espíritu del deporte español”.

El comunicado acababa diciendo que como el luto oficial de tres días finalizaba el domingo día 23 a las 15:00 horas. La totalidad de la jornada deportiva se podría desplazar al domingo por la tarde.

Un gran alivio.

Así que habría fútbol. Pero eso sería el domingo. Antes vino el sábado. En la India estaba Manuel Orantes. El tenista, quien apenas un par de meses antes había salido triunfador en el Open de Estados Unidos, se clasificaba para la final del torneo de Calcuta. Lo hace tras jugar con brazalete negro en honor al Caudillo. Negro se vía el futuro del FC Bayern que caía humillado en Frankfurt ante el Eintracht por 6-0 en un lamentable partido. Mientras, en Inglaterra el Derby County de Brian Clough se mantenía firme en el liderato perseguido de cerca por el Manchester United.

Ese sábado Eddy Merckx anunciaba que en 1976 acometería el asalto a su sexto Giro y a su sexto Tour tras el fracaso que supuso la temporada de 1975 en la que había claudicado ante Bernard Thevenet. Pero la noticia del día en España no era ni Orantes ni Merckx. La noticia del día era el nombramiento de Juan Carlos I como jefe del Estado. El Borbón, apodado por sus enemigos como Juan Carlos ‘El Breve’, sorprendería por su calculada ambivalencia y pasará de ser títere de Franco a garante de la Constitución en un abrir y cerrar de ojos.

Juan Carlos I, el hombre que supo reinar
Juan Carlos I ‘El Breve’

Y llegó así el domingo 23 de noviembre. La jornada se disputaría a las 16:30 horas. Antes, por la mañana, había sido el entierro de Franco en el Valle de los Caídos. La cobertura televisiva será exhaustiva, de ahí que el partido televisado se retrase hasta las 20:00 horas. Dicho encuentro enfrentará al Real Oviedo contra el Atlético de Madrid. Ganarán por 0-2 los colchoneros que se encaramarán a la tercera posición dejando a los carballones como colistas.

En Oviedo, como en todas las ciudades de España, se guardará un minuto de silencio en nombre del Caudillo, de manera que se portarán brazaletes negros. También en Segunda División, donde destaca el duelo entre el Coruña (así se llamaba entonces el Dépor) y el Celta que acaba con victoria local por 2-0. En la categoría de plata el líder es el CD Tenerife y el segundo el sorprendente Calvo Sotelo, que no era otro que el CD Puertollano que entonces pertenecía a la Empresa Nacional Calvo Sotelo de Combustibles Líquidos y Lubricantes. Vamos, un antecesor del antecesor de Repsol situado en la refinería castellanomanchega. También por Segunda andaba el CD Ensidesa, club asturiano perteneciente a la industria siderúrgica nacional. En 1983 desapareció y se fusionó con el Real Avilés.

Decía que en el Carlos Tartiere se guardó un minuto de silencio. Hubo actuaciones más sentidas. En Mestalla (Valencia CF 0-0 Sporting de Gijón) el capitán Mestres rezó un responso en honor al Caudillo. En Sarriá (RCD Español 2-0 Elche CF) fue el presidente Manuel Meler el que se animó con un Padre Nuestro en honor al Generalísimo. En el resto sentido silencio y sonoro aplauso. El aplauso se extendería de forma extrema en Alicante donde el Hércules con su victoria ante el Granada CF por 2-0 se colocaba como segundo clasificado del campeonato. El equipo dirigido por Arsenio Iglesias opositaba a revelación de la temporada.

Aquel domingo en el que el COI anunciaba que Montreal acumulaba cinco semanas de retraso en la construcción del estadio olímpico, el Real Madrid se refrendaba en el liderato al vencer por 3-2 al Real Zaragoza en el Bernabéu tras un gol agónico de Roberto Martínez. Mientras el Barça, sin el lesionado Cruyff, se hundía en la clasificación tras perder en el Villamarín ante el Real Betis por culpa de un gol de Cardeñosa. El técnico alemán Weisweiler había apostado por dos adolescentes de la cantera en la delantera; Francisco Fortes y Miquel Mir. Ninguno triunfará en el Camp Nou.

Cuando llegue mayo de 1976 el Real Madrid se proclamará campeón de Liga, mientras que Barça, Atlético y Español se clasificarían junto a los blancos para disputar competición europea. A Segunda bajarán el Granada y los dos equipos asturianos. El Sporting lo hará a pesar de los 21 goles de Quini que lo harán vencedor en el trofeo Pichichi. El guardameta gallego del Real Madrid Miguel Ángel ganará el trofeo Zamora. Para entonces, apenas seis meses después de la muerte del Caudillo, Francisco Franco comenzaba a ser una nebulosa dada la pasmosa facilidad con la que la sociedad española quiso dar carpetazo y patada adelante a una etapa que comenzó un 18 de julio de 1936 y que finalizó la madrugada del 20 de noviembre de 1975.

Quini "El Brujo" del gol - Odio Eterno Al Futbol Moderno
Enrique Castro ‘Quini’

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Delio Rodríguez

Era el verano de 1986. Los vecinos de Ponteareas nunca habían visto nada semejante. El vendaval no procedía de los vientos del ‘Nordés’ ni de las lluvias del Atlántico. Esa ventolera estaba siendo provocada por las aspas de un helicóptero. Cuando la unidad móvil de Antena 3 Radio pilotada por el comandante Lucas tocó tierra, dos hombres de modesta talla bajaron del aparato. Uno era el periodista José María García. El otro era el ciclista Álvaro Pino, flamante vencedor de la Vuelta a España 1986.

Álvaro Pino se convertía en una celebridad nacional a la altura de Marino Lejarreta y sólo superado por Pedro Delgado. Su victoria, la de un gallego de Ponteareas, sirvió para sacar del olvido a otro gallego, y también de Ponteareas, que años atrás había ganado la Vuelta a España. Un hombre que vivía en el anonimato regentando una tienda de material deportivo en la cercana ciudad de Vigo. Ese hombre, poseedor de alguno de los récords más fastuosos de la Vuelta a España, era un tal Delio Rodríguez.

Fue en 1935 cuando Delio se hizo notar por vez primera. Tenía entonces 21 años. Formó parte de los contendientes en la Vuelta al País Vasco junto a figuras del momento como Gino Bartali o Mariano Cañardo. Luego, al año siguiente, pudo competir en la Vuelta a España quedando antepenúltimo de 26 participantes. Puede parecer causa menor, pero el simple hecho de conseguir participar en una gran carrera era digno de consideración. Es una época donde el número de plazas disponibles era limitado y era el propio deportista el que debía asumir el coste del desplazamiento sin saber si obtendría triunfos que le reportaran beneficios por el sacrificio.

Como le ocurrió a tantos otros, el año 1936 fue crucial para cortar una carrera deportiva que se antojaba prometedora. Delio debe cumplir con el servicio militar y quedará asignado al llamado bando nacional dado que Galicia pronto caerá a favor de las directrices de Franco. Son casi tres años de guerra de los que se librará el resto del clan Rodríguez. Emilio, Manolo, Pepe y Pastor nacerán en la década de 1920, por lo que conseguirán mantenerse en casa alejados de las balas. Todos ellos, con mayor o menor fortuna, acabarán siendo ciclistas. Incluso Eurita, la única mujer de la familia, llegará a ganar una carrera en 1943. Pero nos estamos adelantando a los acontecimientos.

Delio Rodríguez Barros retomará su carrera y será en el año 1940 cuando gane sus dos primeras pruebas, la Vuelta a Álava y la Madrid-Salamanca-Madrid, iniciando así una concatenación de triunfos que le llevará a sumar un total de 139 victorias totales o parciales hasta su retirada en 1950. 39 de esas 139 victorias serán logradas en únicamente seis ediciones de la Vuelta a España, un récord que se antoja inigualable.

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Delio Rodríguez

Su primera gran actuación tiene lugar en junio de 1941. Tan sólo 32 participantes se animan a competir en la primera Vuelta a España tras el fin de la Guerra Civil. Con medio mundo en armas, por supuesto no hay presencia foránea. Es una Vuelta pobre, de carreteras agrietadas, parajes secos y escasez de víveres en cada pueblo. Se canta el ‘Cara el Sol’ al inicio de cada etapa y no existen los patrocinios. La carrera es capicúa; se inicia en Madrid, da la vuelta al país y finaliza en la capital de España. Los ciclistas compiten como independientes, sin ordenes de equipo, ni más ayuda que la de sus escuálidas piernas.

El vencedor, tanto en 1941 como en 1942, es Julián Berrendero. En 1941 lo hace apenas tres meses después de salir de la cárcel, acusado de no afecto al Régimen. El escalador madrileño había ganado el premio de la montaña en el Tour en 1936 y había aprovechado para instalarse en Francia al iniciarse la Guerra Civil. Con el inicio de la II Guerra Mundial decidió volver a España y, aunque su fama le llevaría a la libertad, hubo de pasar unos meses entre cuatro paredes. Pero si Berrendero es el vencedor, Delio es la sensación. Gana 20 etapas (12 en 1941 y 8 en 1942) y logra vestir el maillot blanco de líder en muchas de ellas. En el 42 competirá defendiendo los colores del RC Deportivo, club de fútbol que junto a otros como el FC Barcelona o el RCD Español, deciden formar agrupaciones ciclistas ante el tirón del deporte de las dos ruedas.

El récord de doce triunfos de Delio en 1941 se mantuvo en pie durante 36 años hasta que fue superado por el belga Freddy Maertens. Se trataba Delio de un fantástico rodador, un tipo de ciclista poco común en España, capaz de ganar carreras tanto al sprint como en las pruebas contra el crono y capacitado para superar la media montaña (de hecho en su palmarés hay dos triunfos en la subida al Naranco). Su carrera se vio cercenada por coincidir en el tiempo con la etapa más aislacionista del Franquismo, pero no cabe duda que sería un gran opositor a competir en carreras de un día de ámbito internacional.

Con los años más duros de la II Guerra Mundial y con una España que se moría de hambre, la Vuelta no volvió a ponerse a rodar hasta 1945. Fueron tres años de sequía, pero de los que Delio se resarcirá con su triunfo más lustroso.

La Vuelta a España de 1945 comenzó el 10 de mayo, escasamente 48 horas después del fin de la guerra en Europa. En sentido contrario a las agujas del reloj se salía de Madrid para volver a la capital. Fueron 51 los participantes. 43 de la casa y ocho portugueses, el único país capaz, tanto por ideología como por logística, de enviar corredores a España. En la primera etapa Julián Berrendero se hace con el liderato al atacar en el Alto de los Leones, al poco de salir de Madrid, y sumar más de seis minutos de ventaja. No era situación ideal para el periódico católico ‘Ya’ el cual se había encargado de preparar y sufragar los gastos de organización. El favorito ya era líder destacado tras poco más de 200 kilómetros de los cerca de 4.000 que había que recorrer.

Y la situación inconcebible se refrendó en la segunda etapa. Camino de Cáceres, la lluvia arrecia con fuerza y hace barro unas carreteras en las que el asfalto escasea y los agujeros abundan. Delio Rodríguez se marcha fugado junto a otros corredores y con su potencia y su costumbre a rodar bajo esas condiciones se queda sólo en el Alto de Béjar. Ayudado por la diosa fortuna que se ceba con los demás favoritos a base de caídas y pinchazos, Delio vuela en el llano que le lleva a Cáceres y se viste de líder con cerca de media hora sobre el segundo clasificado.

A partir de ahí Delio se dedicará a ganar las etapas al sprint y a mantener a raya a los escaladores en las etapas de montaña. Podría parecer un triunfo menor, pero nada más lejos de la realidad. Delio mantiene la ventaja y gana la general con 29’58’’ de diferencia sobre Berrendero, quien fue incapaz de recortarle minuto alguno a Delio en toda la Vuelta. Aun hoy sigue siendo la mayor diferencia entre primero y segundo que se ha dado en la Vuelta a España. Y todo parece indicar que el registro se mantendrá inalterable con el paso del tiempo.

Loor de multitudes

Al año siguiente Delio no podrá repetir triunfo y se tendrá que conformar con un quinto puesto, aunque la familia Rodríguez Barros podrá celebrar el triunfo en el premio de la montaña de Emilio. Es Emilio muy distinto a Delio, en el sentido de que su fuerza está en las ascensiones y su debilidad se vislumbra a la hora de rodar con potencia. Ambos hermanos coexistirán durante unos cuantos años, de tal forma que en 1947 Delio acabe tercero en la general y sumando ocho etapas y Emilio finalice cuarto a un paso del pódium logrado por su hermano. Aquella Vuelta comenzó como Delio de líder hasta que en el Alto de Arrate fue incapaz de mantenerse con los mejores y se vio penalizado con diez minutos de sanción por agarrarse a un coche a un paso de coronar la cima del monte guipuzcoano.

Ese fue el fin deportivo de Delio (1916), el más grande del clan Rodríguez Barros. Su hermano Pastor (1922) consiguió meterse entre los quince primeros de la Vuelta en dos ocasiones. Manuel (1926) fue segundo en la Vuelta a España de 1950, la cual fue ganada por Emilio (1923), quien también sumó otro triunfo en el Gran Premio de la Montaña. Es Emilio, con esa victoria en la Vuelta y un total de seis etapas parciales, el hermano más laureado por detrás del gran Delio.

Parlamento Ciclista - Se cumplen 100 años del nacimiento de Delio Rodríguez  - El Baúl de los Recuerdos
Delio, Emilio, Manuel y Pastor

Pero tanto Emilio como Manuel puedan presumir de algo con lo que Delio nunca pudo soñar. En aquellos años de hambre y miseria en los que los corredores deambulaban por España en busca de vino para sus bidones porque el agua escaseaba, era impensable cruzar los Pirineos para cruzar el Tour. Cuando Francia vuelva al ruedo en 1946 a nadie se le ocurriría invitar a un equipo español para competir en el Tour. Los patrocinadores como Galindo o Pirelli se limitaban a dar material a sus ciclistas y poco más. Y la Federación Española de Ciclismo tenía vetada su presencia en Europa, al igual que cualquier otro organismo controlado por el aparato franquista.

Así que cuando en 1949 Jacques Goddet decida abrir la mano e invitar a un equipo español al Tour de Francia recordando a aquellos locos de la montaña que en la década de 1930 habían encandilado al público galo, será motivo de celebración en toda España. La Federación prometerá un saco de 75 kilos de azúcar para cada participante. Oro blanco para la España famélica de entonces. Ninguno de aquellos valientes recibirá compensación alguna. Ni en forma de monedas ni en forma de azúcar. El oro blanco se perdió en el mercado negro mientras los ciclistas surcaban las carreteras francesas. El caso es que Emilio fue uno de aquellos seleccionados (acabó corriendo el Tour tres veces y únicamente finalizando la prueba en una ocasión). Manuel lo haría en dos ocasiones a inicios de los años 50 (su mejor posición fue un 44º puesto). Mientras que Delio, ya al borde de la retirada, tuvo que dejar el ciclismo sin disputar nunca la prueba fetiche por excelencia.

Lo cierto es que fue tan nefasta la actuación española en el Tour de 1949 que al año siguiente la Federación decidió no enviar a ciclista alguno allende los Pirineos. Tocado el prestigio del ciclismo nacional, el diario ‘Ya’ decidió a finales de 1950 dejar de financiar y organizar la Vuelta a España. No volvió a haber prueba ciclista de tres semanas hasta 1955 cuando Alejandro Echevarría, director de ‘El Correo Español-El Pueblo Vasco’ asumió el control de la Vuelta y la dotó de modernidad. Instauró el maillot amarillo, buscó nuevas llegadas, asumió los patrones de exigencia del Tour, llevó la Vuelta a zonas turísticas y sacó el inicio y el fin de Madrid para llevar el fin de fiesta al País Vasco. Desde entonces, desde ese 1955, la Vuelta se ha celebrado de forma anual e ininterrumpida.

Nace así la edad de oro del ciclismo español. Con Bernardo Ruiz, Loroño, Bahamontes y más tarde Pérez Francés, Julio Jiménez, Fuente o Ocaña. Todo lo ocurrido antes de 1955 queda en el olvido. Delio decidió retirarse en 1950 y cuando en 1955 Emilio tenga su primera oportunidad de defender su título logrado un lustro atrás ya será un ciclista alejado de sus grandes años.

Cheste acoge la llegada de la carrera CIFESA – Bandú – Cheste
Recuerdos

Delio Rodríguez falleció en Vigo víctima de un cáncer de próstata en el año 1994. En 2019, para conmemorar el 25 aniversario de su fallecimiento, se organizó una marcha cicloturista desde Madrid a Valencia en recuerdo de una carrera que se disputó a inicios de los años 40 y que Delio logró ganar en tres ediciones consecutivas. Es el único recuerdo existente para el ciclista que más etapas ha ganado en la historia de la Vuelta a España y del que los organizadores actuales poco o nada quieren saber. Un ciclista de Ponteareas, localidad que con Delio (1945), Emilio (1950) y Álvaro Pino (1986) es la población española con más vencedores distintos de la Vuelta a España. Algo descomunal para un ayuntamiento de apenas 20.000 habitantes.

Palmarés Vuelta a España de Delio Rodríguez (cabe tener en cuenta que de 1936 a 1954 sólo se pudieron organizar ocho ediciones de la Vuelta)

Vuelta 1936 (24º) 0 etapas

Vuelta 1941 (4º) 12 etapas y 2 días como líder

Vuelta 1942 (7º) 8 etapas

Vuelta 1945 (1º) 6 etapas y 18 días como líder

Vuelta 1946 (5º) 5 etapas y 1 día como líder

Vuelta 1947 (3º) 8 etapas y 11 días como líder

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El último partido de la República

Camiseta roja, pantalón azul oscuro y medias sombrías. Con esa indumentaria dijo adiós España al Mundial de Italia 1934 tras caer en un partido de desempate ante los anfitriones y posteriores campeones. Aquel fue uno de los dieciséis partidos que la selección española de fútbol jugó durante la II República. No era más que el sujeto político de la nación que esos futbolistas representaban. Pero España es la España republicana. También en términos futbolísticos.

Del morado en aquella España solo se le conocen los ribetes de las medias. Por lo demás el rojo era el color nacional. El escudo republicano elimina la flor de lis borbónica y la corona real con crucifijo por una muralla almenada que simboliza el poder civil. España nunca jugó de morado. Por si alguien lo pensaba. Si lo hizo en un par de partidos de blanco y en otros de azul celeste, color que se recuperó efímeramente como segunda equipación para le Eurocopa de 2012.

Y fue de azul celeste y pantalón negro como España se enfrentó a Suiza en el estadio Neufeld de Berna el 3 de mayo de 1936. Coqueto estadio de coquetos bancos de madera y que aún hoy mantiene una preciosa pista de atletismo.

Aquel sería el último partido de la selección española de fútbol en época republicana. Habrían de pasar cinco largos años hasta que España vuelva a jugar un partido de fútbol internacional. De los presentes aquella tarde en tierras helvéticas tan sólo Guillermo Gorostiza volverá a enfundarse ’La Roja’.

Aquella mañana, flanqueando las ocho calles de ceniza para atletas y rodeado de vallas publicitarias que hacían de los relojes el producto nacional suizo, la selección española de fútbol formó con Blasco; Zabalo, Aedo, Zubieta; Muguerza, Roberto Arruti; Vantolrá, Luis Regueiro, Lángara, Lecue y Gorostiza. En la segunda parte entraría Vega en lugar de Muguerza por lesión de este último. Quien no disputaría el encuentro sería Guillermo Eizaguirre, guardameta suplente. España se llevaría la victoria por 0-2, tantos anotados en la segunda parte por el fantástico Isidro Lángara y por Simón Lecue con apenas un par de minutos de diferencia.

SELECCIÓN DE ESPAÑA contra Suiza 13/05/1936
El último partido de la República

En aquel equipo no estaba Gaspar Rubio, el delantero que firmó la primera derrota inglesa fuera de las Islas allá por 1929. Tampoco formaban parte del once Jacinto Quincoces y Ciriaco Errasti, la fabulosa pareja de defensores que había deslumbrado en el Mundial de Italia pero que, ya veteranos, no habían sido convocados para este amistoso. Quincoces había formado parte del once ideal de aquel Mundial en el que también brilló Ricardo Zamora, el mejor portero de su tiempo y que apenas unas semanas más tarde iba a jugar su último partido como profesional defendiendo la portería del Real Madrid ante el FC Barcelona. Disputada en Valencia será la última Copa del Presidente de la República, para ser luego del Generalísimo y ahora de Su Majestad El Rey.

En Berna tampoco estuvieron José Samitier, el hombre que había hecho grande al Barça, o el deportivista Chacho, el único futbolista capaz de meter seis goles en un partido con la camiseta nacional. Tampoco Campanal, máximo goleador de la historia del Sevilla FC y artífice de la única Liga que posee el club andaluz. Sirva estos apuntes para calibrar la enjundia futbolística de España, que era una de las candidatas a ganar el siguiente Mundial. Junto a Italia, Austria, y a la espera de saber si los uruguayos cruzarían el Atlántico, muchos apostaban por una victoria hispana en Francia 38.

El caso es que aquel 3 de mayo de 1936 la selección de fútbol jugaría su último partido bajo el escudo republicano. Apenas dos meses más tarde amplia parte del ejército se sublevaría y daría paso a una cruenta guerra que no finalizaría hasta cerca de tres años más tarde con la victoria del autoproclamado bando nacional.

Antes, en 1937, cuando el resultado de la guerra aún era incierto, José Antonio Aguirre organizó una selección para recaudar fondos para la contienda y de paso dar a conocer la situación política de Euskadi en el resto del mundo. Aguirre era entonces Lehendakari y en su juventud había sido jugador del Athletic Club de Bilbao. Aquel equipo se estrenó en Paris y viajó por buena parte de Europa hasta integrarse en la liga mexicana en la temporada 1938-39 bajo el nombre Club Deportivo Euskadi, para luego disolverse con el fin de la Guerra Civil.

La estrella de aquel equipo era Isidro Lángara, un fastuoso goleador del que ya hablamos en artículos anteriores. Lángara es el único delantero que ha conseguido encadenar tres ‘hat-tricks’ consecutivos en la Liga y fue pichichi tanto en España como en México y en Argentina. En América se labró una fama de leyenda y es recordado con devoción. Volvió a España en su vejez, olvidado y exiliado del recuerdo ante la falta de grabaciones que atestigüen su grandeza.

Junto a Lángara otros seis jugadores de Berna formaron parte de la selección de Euskadi. Gregorio Blasco, Serafín Aedo, Ángel Zubieta, Roberto Arruti, José Muguerza y Luis Regueiro. Todos lo hicieron por supervivencia más que por compromiso político. Serafín Aedo era un aldeano que abandonó por vez primera Barakaldo para enrolarse en el Betis al que lideró desde el centro de la defensa a su único título de Liga en 1935. Había firmado una millonada con el Barça para el verano de 1936, pero su ropa y sus enseres quedaron para siempre en una pensión sevillana. Aedo echó raíces en México donde falleció a los 80 años.

Idéntico viaje hizo Gregorio Blasco, tres veces portero menos goleado de la Liga con el Athletic. Como Lángara o Aedo, Blasco triunfó en el Real Club España mexicano donde fallecería también a una larga edad. Casi calcadas se podrían considerar las biografías de José Muguerza (Athletic) o Luis Regueiro (Real Unión de Irún y Real Madrid). Todos fallecerían en la capital federal mexicana en el marco temporal de una década.

No fue esta una decisión política. Fue una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. O si se prefiere fue simple y pura supervivencia. Aquellos chicos llevaban ocho meses sin jugar al fútbol y el gobierno vasco les daba la posibilidad de escapar del horror de la guerra. Cuando la guerra avance y la victoria franquista sea más que evidente, bien fuese por miedo, por honor o por convicción, la posibilidad de regresar a España se había evaporado. Todos dejaron atrás a alguien. Padres, novias, hermanos. Y todos sabiendo que no era un hasta luego, sino un irremediable adiós.

De aquellos que integraron la selección vasca tan solo Roberto Arruti decidió volver. Una vez las tropas franquistas ocupen el País Vasco se expondrá una oferta de amnistía para que todos aquellos exiliados sin delitos de sangre vuelvan a través de Irún a territorio español. Solo Arruti y Gorostiza (del que hablaremos después) decidirán regresar a España. Arruti pasará a usar entonces su otro apellido, dejará el fútbol y vivirá una vida tranquila y anónima siendo conocido como Roberto Echevarría.

Pero volvamos a México. También allí echará raíces Martín Ventolrá, un fabuloso extremo catalán de fuertes convicciones nacionalistas e izquierdistas. Ventolrá también formó parte de una gira futbolística con fines recaudatorios y propagandísticos, en este caso la que el FC Barcelona hizo por América en 1937. Decidió quedarse en México donde, aparte de hartarse a marcar goles, hizo campaña a favor de la República, a lo que ayudó su matrimonio con una sobrina del presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Uno de los hijos de Ventolrá jugará el Mundial de 1970 defendiendo los colores mexicanos. José Ventolrá fue 30 veces internacional azteca.

En aquella última selección de España en tiempos de la II República había también un andaluz y un gallego. Guillermo Eizaguirre era un portero sevillano que llegó a ser seleccionador español en el histórico cuarto puesto del Mundial de Brasil de 1950. Para Eizaguirre el fútbol se acabó al estallar la guerra al igual que para el gallego José Vega (Real Club Celta) que también decidió colgar las botas tras los primeros tiros. También se retiró Ramón Zabalo (nacido en Inglaterra, pero catalán de adopción) aunque este primero escapó a Francia para luego aprovechar la amnistía e instalarse en Viladecans.

Otro que volvió es Ángel Zubieta, pero en el caso de este descomunal centrocampista lo hizo para luego volver a marchar. Su historia es similar a la de Lángara, extranjero en España y español en el extranjero.

Con 17 años Zubieta era el más joven de aquella selección. De hecho, solo fue dos veces internacional con España, aquel día en Suiza y apenas dos meses antes en otro amistoso contra Checoslovaquia. Su récord de precocidad se mantuvo inalterable hasta que el barcelonista Gavi lo batió en 2021. Apenas 21 partidos había jugado Zubieta con el Athletic hasta el estallido de la guerra. Acabó en Argentina y será leyenda de San Lorenzo de Almagro, donde aún hoy es el tercer jugador con más partidos disputados. Celebérrima fue se gira con ‘el ciclón’ por España en 1946 aprovechando los fastos entre Perón y Franco. La gente redescubrió a aquel chaval que era la batuta de un equipo legendario. Zubieta regresó a España con 34 años para jugar cuatro temporadas en el RC Deportivo y luego entrenar a varios equipos con escaso éxito, hasta que decidió volver a Argentina donde falleció en 1985 como icono del balón.

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Ángel Zubieta (izq)

El otro prodigio de aquella selección que contaba entre las favoritas para el Mundial 1938 era Simón Lecue, el autor del último gol en tiempos republicanos. ‘El niño de oro’ era el Iniesta de la década de los 30. Estaba llamado a liderar a la selección en el Mundial. Tras ganar la Liga con el Betis firmó por el Real Madrid donde se esperaba que llevase a los blancos a la gloria. Cuando estalla la guerra Lecue pasaba el verano en su Arrigorriaga natal. Un directivo del Madrid lo trasladó en coche a la capital tras un rocambolesco viaje vía Barcelona, donde se le ocultó como buenamente se pudo. Allí jugó varios partidos benéficos y al acabar la guerra fue sancionado por seis años por “jugar donde no debía”. La pena pronto se rebajó a seis meses y Lecue recuperó su estatus de estrella futbolística en la depauperada España de los 40 tanto en el Real Madrid como en el Valencia CF. Falleció en Madrid en 1984 con tres ligas y una copa en su palmarés.

El único de estos 13 futbolistas que se mostró abiertamente franquista fue Guillermo Gorostiza. Irónicamente apodado ‘Bala Roja’, Gorostiza fue un extremo izquierdo profundo y goleador que formó parte de una delantera histórica del Athletic que lograría ganar tres de los primeros torneos ligueros que se disputaron. Gorostiza se unirá a la selección de Euskadi en 1937 pero, al poco tiempo y sin decirle nada a sus compañeros, resuelve abandonarlos y regresar a España. Es recibido por loor de multitudes por los gerifaltes del bando franquista y Gorostiza pronto se alistará en el requeté carlista. El que había sido dos veces Pichichi de la Liga poco hará más que posar con el fusil con fines propagandísticos, pero su compromiso con el llamado bando nacional era claro.

Al acabar la Guerra Civil volvió al Athletic, pero en la temporada 1940/41 fue traspasado al Valencia CF. Formó la llamada delantera eléctrica junto a Mundo o Epi, y con el apoyo del mencionado Lecue en el centro del campo, aquel conjunto che logró dos ligas y un título copero. Se marchó de Valencia con 37 años, pero estiró su carrera hasta pasados los 40. Acostumbraba a desaparecer durante días y regresaba borracho a los entrenamientos. No supo gestionar su fama y su dinero y acabaría sus días con graves problemas de alcohol. Murió antes de los 60, solo, en una clínica bilbaína, sin el apoyo y el agradecimiento de aquellos que en 1937 lo recibieron con el brazo en alto.

Gorostiza fue el único superviviente futbolístico de aquella tarde primaveral de 1936. Cuando el 12 de enero de 1941 España juegue un amistoso en Portugal (el único país con el que era viable jugar en medio de la II Guerra Mundial) Gorostiza formará en el ala izquierda del ataque español. Lo hizo con el Águila de San Juan en el pecho, incorporada al escudo por los Reyes Católicos y recuperada por el Generalísimo Franco. Lo hizo también sustituyendo los ribetes republicanos de las medias por las rojigualdas y lo hizo con una camiseta azul oscura sobre el torso. Porque al igual que Gorostiza dejo de ser una bala roja tras la Guerra Civil, España pasaría a vestir de azul falangista hasta 1947.

Guillermo Gorostiza of Athletic de Bilbao in 1935. | Athletic, Athletic  club de bilbao, Fútbol
Gorostiza: ‘Bala roja’

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