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El infierno en vida. Tour de Francia 1926

Desde un primer momento el Tour de Francia se planteó como una prueba de resistencia, un sacrificio y una hazaña hercúlea. No sólo las etapas doblaban o triplicaban las distancias actuales sino que discurrían en su mayoría por caminos sin asfaltar, máxime en las grandes cumbres donde el alquitrán era rara avis. Las velocidades alcanzadas distaban mucho de las actuales, pero también es cierto que aquellos pesados velocípedos de hierro contaban con solo dos o cuatro piñones que hacían saltar la cadena si se abusaba al juguetear con ellos. Pinchazos, patinazos y roturas de radio eran de dolor frecuente esencialmente cuando se descendía un puerto a tumba abierta y la grava y el barro hacían su aparición.

Cuando uno lee las burradas que se perpetraban en los inicios del más duro de los deportes no puede uno más que asombrarse y admirarse. Era un mundo distinto y un deporte diferente. En la actualidad los ciclistas completan etapas que rara vez superan los 200 kilómetros y que incluso sobresalen por poco los 100. Tras 21 etapas los deportistas suelen completar entre 3.000 y 3.500 kilómetros sobre el sillín. Durante las primeras décadas del siglo XX los ciclistas superaban los 5.000 kilómetros acumulados con etapas que raramente bajaban de los 300 kilómetros concentradas en una media de 15 jornadas. Pero en el Tour de 1926 tendría lugar el no va más. 5.745 kilómetros en 17 etapas. La plusmarca de etapa más larga había tenido lugar años atrás cuando en 1920 se completaron 482 kilómetros en una salvaje jornada cercana a las 20 horas de pedaladas. Pero el Tour de Francia de 1926 no sólo pasó a la historia por su bestial kilometraje. Según todos los expertos, el Tour de 1926 está considerado el Tour de Francia más duro de la historia.

El Tour de 1926 constó de 17 etapas con una media de 338 kilómetros por jornada. Comenzó en Evian, una preciosa ciudad balneario situada en la frontera con Suiza, para bordear la totalidad del hexágono francés en sentido contrario a las agujas del reloj. Tras completar el círculo y pasar entre otros lugares por Metz, Dunkerque, Brest, Burdeos, Perpignan o Niza, con los imprescindibles pasos por los Pirineos y los Alpes, la carrera volvía a Evian para después enfilar el camino a los Campos Elíseos de Paris.

Era un ciclismo kilométrico y ausente de profesionalidad. Había paradas para comer, para beber, para mear o para cambiar una rueda, ya que estaba prohibida la asistencia. Si las etapas duraban más de 12 horas (lo habitual) se daba a los ciclistas un día de descanso antes de reanudar la competición. Lo que no ha variado es la necesidad imperiosa del organismo para superar tan dantesca proeza. Los ciclistas usaban productos que aumentaban su rendimiento y, sobre todo, mitigaran su dolor y su fatiga. En 1926 no existía el ciclista que prescindiese del cloroformo para las encías, analgésicos de todo tipo, coca para los ojos o linimento para las rodillas. Cerveza, vino, brandy y whisky por doquier. Y algunos, los menos, tiraban de anfetaminas, la EPO de los locos años veinte.

Fue la primera vez que el Tour de Francia no salió desde Paris. El favorito a la victoria era el italiano Ottavio Bottecchia, ganador de las últimas dos ediciones y que aspiraba a ser el primer ciclista en sumar tres victorias consecutivas. El otro distinguido en las apuestas era el belga Lucien Buysse, subcampeón del año anterior. Ambos compartían los colores blanco y azul oscuro del conjunto italiano Automoto que contaba con un total de seis miembros. La prensa francesa confiaba en la victoria del joven Adelin Benoit, que aunque nacido en Bélgica residía en Francia. Los más atrevidos apostaban por el luxemburgués Nicolas Frantz, líder del equipo francés del Alcyon, que al igual que el Automoto representaba a una casa de bicicletas y motocicletas.

Ottavio Bottecchia acaparaba las portadas de la prensa no sólo por ser el favorito sino porque su historia de superación encantaba al gran público. Ottavio era hijo de la pobreza y contaba que aprendió a leer ya de adulto. Cuando empezó a ganar carreras se aficionó a comprar ‘La Gazzetta dello Sport’ y se obligó a sí mismo a aprender a leer para saber lo que los periódicos decían sobre él. Bottecchia sirvió de correo en la I Guerra Mundial llevando noticias de un lado al otro del frente gracias a su bicicleta. Hasta los 28 años no compitió con los profesionales y lo hizo arrasando. Era, sin dudas, el mejor ciclista Tour de su época.

Los corredores estaban citados en Lyon. Los esforzados de la ruta llegaron a la bella ciudad portando sus maillots y sus bicicletas y fueron hacinados en un tren rumbo a Evian. Saldrían 130 corredores y tan sólo 41 de ellos conseguirían llegar a Paris.

Al igual que Bottecchia, Lucien Buysse también había combatido en la guerra. Lucien contaba con otros dos hermanos ciclistas, y fue el pequeño de ellos, de nombre Jules, el que se alzaría con la primer maillot amarillo de líder tras una larga escapada en la primera etapa rumbo a Mulhouse. Tras abandonar Alsacia y dirigirse en dirección a las playas del Mar del Norte, la carrera vivió un par de llegadas al sprint hasta que Gustaaf van Slembrouck se convirtió en el primer líder sólido de la carrera. Lo fue tras recorrer los ¡433! Kilómetros de distancia que unen las localidades de Metz y Dunkerque, en la que fue la etapa más larga de aquel Tour de proporciones hercúleas.

Ese mismo día, el día que Slembrouck se vistió de amarillo en la meta de Dunkerque, Lucien Buysse recibió la trágica noticia de que su hija había fallecido por culpa de una enfermedad respiratoria. Escalador de tronío, perseverante y tenaz, ‘bulldog’ como nombre de guerra, pero ya con 34 años a sus espaldas, a Lucien se le presenta la disyuntiva del que hacer. Es su mujer la que le anima a seguir adelante y afrontar el reto del Tour como una forma de homenajear a su hija. Con el tiempo sus otros tres hijos, todos varones, se harían también ciclistas.

En las siguientes seis etapas no hubo cambios significativos. Todas ellas acabaron al sprint. Pero hay que ponerse las gafas de la historia y contemplar aquellas seis etapas llanas con la perspectiva de 1926. Fueron media docena de jornadas cercanas a los 400 kilómetros por día con más de 14 horas sobre la bicicleta. Y por si fuera poco, aquel verano fue prodigioso en lluvias en Francia y a la gravilla y al esfuerzo hubo que sumar el adherente y pegajoso barro que se enganchaba a los neumáticos de la bicicleta.

—LA DÉCIMA ETAPA. LA ETAPA MÁS DURA DEL TOUR MÁS DURO—

Llegamos así a la décima etapa. 326 kilómetros entre Bayona, capital del País Vasco francés, y la villa pirenaica de Luchon. Se ascendería el Aubisque, Litor, Soulor, Tourmalet, Aspin y Peyresourde. En total más de 6.000 metros de ascensión bajo un temporal de viento y lluvia que azotaba al suroeste de Francia aquel martes 6 de julio de 1926.

Van Slembrouck era el líder. El primero de los favoritos era Lucien Buysse a más de 22 minutos de distancia. Iba a dar comienzo la que es calificada como la etapa más dura en la historia del Tour de Francia.

Y eso es mucho decir.

La etapa comenzó a las 02.00 de la madrugada con fuertes vientos, frío helador y un aguacero tremebundo que golpeaba desde el Atlántico. Aún era noche cerrada cuando los ciclistas se acercaron a las faldas del Aubisque, la primera estribación de la jornada. Lucien Buysse, a unos ¡200 kilómetros! para el final aceleró la marcha y se llevó tras de sí a otros dos ciclistas. Bottecchia trató de enlazar y, aunque en primera instancia pareció quedarse, finalmente se soldó a la rueda de los tres escapados. El que no puede seguir la juerga de los fugados es el otro favorito, Benoit, que con un fuerte constipado pone pie a tierra y decide abandonar el Tour.

Cuando los escapados se apresuran a coronar el Aubisque, la aguanieve arreció con ímpetu y a los ciclistas no les quedó más remedio que bajarse de la bicicleta. El camino es infernal y las ruedas de las motos y los coches de la organización han contribuido a hacerlo aún más diabólico. Pie a tierra tuvieron que empujar los toscos aparatos de hierro mientras la goma del neumático se ahogaba por culpa del barro. A Bottecchia, sentado en la cuneta, se le escapan unas cuantas lágrimas. En internet podemos encontrar sobrecogedoras fotografías de la ascensión. Más que imágenes parecen cuadros impresionistas de trazos gruesos en las que a lo lejos se vislumbran las formas inexactas y gruesas de los titanes de la carrera.

Tras el Aubisque llegaron los turnos de Litor y de Soulor que se solventaron sin excesivos cambios en la clasificación provisional. Pero después llegó el Tourmalet. Ya en 1926 el Tourmalet (cuyo significado es ‘camino del mal retorno’) formaba parte de la mitología del Tour de Francia desde que en 1910 se subiera por vez primera tras una de las mentiras más famosas del deporte. Un ayudante de Henri Desgrange, impulsor y patrón del Tour, viajó hasta el Tourmalet desde Paris, descubrió que el camino que llevaba a la cima era impracticable e imposible de subir en bicicleta pero decidió obviar la realidad para complacer a su jefe.

A los pies del coloso pirenaico de 2.100 metros de altitud la temperatura no llegaba a los cero grados centígrados y el viento no cesaba. En la cima los aficionados esperaban a los ciclistas acampados alrededor de fogatas. Buysse aceleró y se quedó sólo en cabeza mientras que por detrás se formaba un grupo de seis ciclistas entre los que destacaban los italianos Bottecchia y Aimo. Una lluvia insoportable y una ventisca gélida hurgaban sobre los ciclistas que trataban de avanzar sobre un lodazal impracticable, tratando de no resbalar entre una niebla de escarcha. Empapados y ateridos, muchos se refugiaron en albergues. Otra de las estampas icónicas que los fotógrafos cincelaron para la posteridad es la de Buysse, sólo, en un melancólico blanco y negro, de pie, arrastrando su bicicleta en la inmensidad de las montañas. Para la generación actual, a la que se le está diciendo que hay que aprender jugando, es difícil de comprender el valor de la voluntad. La fotografía da sentido a la palabra voluntad. El rostro de Buysse está ausente de vida. La fatiga brota como aguja afilada. Con los molestos e inquietos tubulares colgados del cuello y la mirada buscando con desesperación el fin del sufrimiento, Buysse aparece sólo, completamente sólo y pequeño en la inmensidad de los Pirineos.

E iba el primero.

Cómo irían los demás.

Abatido por el esfuerzo Buysse redujo el ritmo en el descenso y se bajó de la bici durante un par de minutos para comer algo. En el interludio fue superado por Tailleu, pero víctima de un cólico éste tiene que abandonar al llegar al llano. Es en el llano, justo antes de comenzar el ascenso al Aspin, cuando Buysse está a punto de ser cazado por el resto de perseguidores pero el belga volvió a aumentar el ritmo y como un John Wayne en bicicleta comenzó a cabalgar de nuevo. Ahora sí, abrió una brecha definitiva. Otra vez tenemos que tirar de fotografías para ver el cielo encapotado y los relámpagos salpicando las cunetas. Una tormenta descomunal precedió a una tromba de agua de proporciones bíblicas. El camino pasó de barrizal a ciénaga.

A la altura del Peyresourde, el último coloso de la jornada, Bottecchia, el favorito y actual bicampeón, que se encontraba ya a más de 20 minutos de la cabeza de carrera, se bajó de la bici y se juró a sí mismo que jamás volvería a tan inhumana prueba. Se pasaría las siguientes cinco semanas luchando en la cama de un hospital contra una neumonía. Otros seguirán en carrera pero a costa de mear sobre sus manos para hacer funcionar el cambio de la bicicleta al tener los dedos congelados por culpa del frío.

Buysse llegó en solitario a la meta de Luchon a las 19:17 horas, o lo que es lo mismo, 17 horas, 12 minutos y 4 segundos después de subirse a la burra la madrugada anterior en Bayona. Aimo llegó en segunda posición a casi 25 minutos de distancia del belga y Van Slembrouck, el líder provisional, lo hizo a casi 2 horas del vencedor. El último en llegar fue un tal Fernand Besnier cerca de la 01:00 de la madrugada, es decir, estuvo casi 24 horas encima de la bicicleta.

De los 76 ciclistas que comenzaron la etapa tan sólo llegaron a meta 54. La organización tuvo que eliminar el fuera de control para no quedarse sin corredores ya que sólo 31 lo hicieron dentro del horario previsto. Aún de madrugada miembros de la organización recorrían las cunetas y los caminos buscando a ciclistas que habían abandonado. La improvisación fue tal que Desgrange se olvidó de pagarle al conductor del autobús que hacía de coche escoba y éste amenazó con marcharse a casa y dejar a los ciclistas abandonados en plenos Pirineos. Lo más extraordinario es que tras 326 kilómetros, la subida de seis puertos de primera categoría, la lluvia, el viento, el barro, el miedo y el frio, Buysse finalizó la etapa a una media de 18’9 km/h, una velocidad que aún hoy, con carreteras asfaltadas, un precioso día primaveral, una bicicleta de carbono y una dieta rica en carbohidratos, está al alcance de muy pocos.

Con una sonrisa bordada de fango, Lucien Buysse se vistió de amarillo. Era la primera y hasta la fecha la única vez que dos hermanos portarían el maillot amarillo en el mismo Tour. Lucien ya no soltaría la prenda dorada hasta su llegada a Paris.

La siguiente etapa completaba la locura pirenaica de aquella dantesca edición. 323 kilómetros con cinco ascensiones de primera categoría entre ellas el Col de Aspet y el Col de la Perche antes de una rápida bajada en dirección a Perpignan. Fue en las rampas del Aspet donde Lucien Buysse atacó, esta vez acompañado de su hermano Jules. Aunque la lluvia seguía siendo abundante, a medida que los ciclistas dejaban atrás el Atlántico y se aproximaban al Mediterráneo la temperatura aumentaba y la etapa se hacía más llevadera. Jules tiró de su hermano con todas sus entrañas hasta que en el último puerto se abrió, miró atrás y dejó paso a Lucien que llegó en solitario a la meta de Perpignan con más de 7 minutos de ventaja sobre su hermano tras más de 12 horas subido a su bicicleta.

El Tour estaba acabado y sentenciado. No así el sufrimiento.

Faltaban los Alpes.

A falta de cuatro jornadas para el final los ciclistas afrontaron otra tremenda paliza entre Niza, a orillas del Mediterráneo, y la villa alpina de Briançon, pasando por el temible Izoard a más de 2.300 metros de altitud. El sol lucía y picaba con nervio, pero las fuerzas eran reducidas. Hubo múltiples ataques mientras Buysse dejaba hacer sabedor de su amplísima ventaja. Aimo ganó la etapa y se colocó tercero de la general a escasos segundos del luxemburgués Frantz tras el enésimo abandono masivo, esta vez de 10 ciclistas.

La siguiente etapa iba a discurrir entre Briançon y Evian. Era el escenario perfecto para la épica. Había que decidir los puestos del pódium y se esperaba una hombrada para buscar la victoria final. Se trataba de 303 kilómetros con la presencia de Galibier, Telegraphe y Aravis, puertos por encima de los 2.000 metros de altitud y con senderos de cabras como sucedáneos de carretera. Nuevamente la previsión climatológica no acompañaba y para más inri la organización tenía previsto suprimir las 24 horas de descanso, por lo que los ciclistas tendrían que enlazar con la siguiente etapa sin apenas dormir.

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Los supervivientes se pusieron de acuerdo para no disputar la etapa. Decidieron viajar todos juntos y dar por buena la clasificación general. Completaron con parsimonia los 303 kilómetros y sólo al final decidieron resolver la victoria al sprint. Henri Desgrange fumaba en pipa y amenazó con descalificar a todos los corredores. Obviamente no cumplió con las amenazas y dos días después los ciclistas llegaron a Paris sin cambios en la general.

Lucien Buysse ganó su primer y único Tour de Francia invirtiendo más de 238 horas sobre la bicicleta, unas tres veces más que en la actualidad. El luxemburgués Nicolás Frantz fue segundo a 1hora, 22 minutos y 25 segundos y, lo curioso, es que el italiano Bartolomeo Aimo, tercero en discordia, quedó a tan sólo 26 segundos de distancia de Frantz en un Tour de dimensiones extraordinarias. André Drobecq, el último de los 41 infelices que consiguió llegar a Paris, lo hizo con más de 24 horas de retraso sobre el tiempo marcado por Buysse.

Al día siguiente Lucien Buysse viajó a Bélgica y fue recibido en Bruselas como un héroe nacional. Satisfecho por lo logrado, aparcó la bicicleta y no volvería al Tour de Francia hasta 1929 cuando dio una exhibición escalando el Aubisque, pulverizando el récord de la ascensión y abandonando sorpresivamente el Tour al coronar. Hombre hogareño y perfeccionista se retiró definitivamente en 1931.

Ottavio Bottecchia había jurado y perjurado que nunca volvería a correr el Tour. Y lamentablemente no lo hizo. La vida del italiano se cortó en 1927, a los 31 años de edad. Un paisano encontró su cadáver en una cuneta acompañado de su bicicleta. Se dijo que había tenido un accidente entrenando, pero los rumores apuntaban a un asesinato político. A Bottecchia no se le permitía correr el Giro de Italia porque era un firme opositor al régimen fascista de Mussolini. La realidad fue mucho más prosaica. Veinte años después un campesino, en su lecho de muerte, confesó a un sacerdote que había golpeado con una piedra en la cabeza a un ciclista porque estaba comiendo uvas cogidas de sus viñas. Cuando se dio cuenta de que lo había matado, dejó el cuerpo abandonado.

Para Henri Desgrange aquel Tour significó la derrota de Francia. En su opinión el ciclista francés se había acomodado y no era capaz de sufrir como hacían los belgas o los italianos. Pero a pesar de que estaba dolido por la sentada del pelotón, Desgrange sabía que tenía que hacer más humano el Tour. Aunque no se redujeron los kilómetros, al año siguiente dividió el recorrido en etapas más cortas formando un total de 24 e implantando, para la posteridad, la longitud de tres semanas para la disputa del Tour de Francia. Por otra parte, y para evitar las llegadas al sprint, concibió las pruebas contrarreloj. Y lo hizo a lo bestia. En el Tour de Francia de 1927 tan solo la última etapa rumbo a Paris fue llana. Hubo un total de 16 contrarrelojes y 7 etapas de montaña. Pero a pesar de tantos cambios, Desgrange aún tendría que esperar hasta 1930 para ver a un francés reinando en el Tour.

P.D: Lamentablemente no hay videos de aquel tremendo Tour. Os dejo con un documental sobre la historia del Tour y los Pirineos.


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