burocracia

Cuando Franco prohibió el atletismo en España (el extraño caso de Jordi Torremadé)

Los restos de los obuses y la metralla todavía impregnan las fachadas de los edificios de Madrid, Barcelona y otras grandes urbes. En el campo no hay dinero para fertilizantes y se siembra sin red de seguridad. La política autárquica dispara la inflación, provoca una bajada de los salarios y las insuficientes cartillas de racionamiento son complementadas con el mercado negro y el estraperlo. Miseria, muerte y pensamiento único, podría ser el resumen.

“Madrid era el fantasma de una ciudad, una desolación de perros y tranvías, con la Cibeles recién desvendada, como una momia, la Puerta de Alcalá como un pecho de piedra y de metralla, carteros muertos en las esquinas y la derrota comiendo de sí misma, en los solares, entre los gatos y los perros que desayunaban muerte y cenaban fusilado a media noche, bajo la luna grande del miedo”; así describía el escritor Francisco Umbral sobre el Madrid de 1941. “España, en la actualidad, está en peores condiciones que nunca antes en su historia. El gobierno es miserable, no hay comida, medio millón de personas están en la cárcel y un ejército enemigo se halla en la frontera. Esta situación obliga a la gente a pasar el tiempo en mórbidas reflexiones sobre sus infortunios y les impide tomar decisiones y actuar”, relatará el embajador británico Samuel Hoare en carta escrita a Winston Churchill en ese 1941.

En las cárceles la comida que se servía día sí y día también era caldo de nabos podridos. Inmunda, pero no mucho mejor que la de millones de hogares de la época que hacían maravillas con hierbas cocinadas con sal. En provincias como Córdoba hubo más muertos de hambre en ese 1941 que fusilados durante toda la Guerra Civil. Hay estudios que señalan que, en 1941, cuando los nazis estaban en su cénit, las calorías que los alemanes daban a sus presos eran superiores a las que consumía un español medio. Hambre, debilitamiento, desnutrición, enfermedad y muerte.

Una vista del Madrid de 1940

Ocurre que había otra España. Una parte de la sociedad que compraba zapatos, iba al cine, adquiría productos farmacéuticos, tomaba café con pastas e iban los fines de semana a un restaurante. Los había que tenían una villa con jardín en el barrio del Guinardó y un piso de techos altos, con ascensor de rejas y portero en la entrada en el ensanche barcelonés. Esa gente podía hacer cosas que se tornaban inimaginables para la época. Sucesos que entonces podrían ser concebidos como diabólicos. Sucesos que hoy nos parecen inconcebibles dado que jamás hubiésemos pensado que podrían haber sucedido en la oscuridad de la España de 1941.

Una operación de cambio de sexo.

El 9 de enero de 1923 nacía en el hospital de Sant Pau de Barcelona una niña a la que sus padres llamaron María Amparo Rita. Su apellido era Torremadé, un burgués de la época de familia bien. El caso es que la madre no las tenía todas consigo cuando expulsó a su retoño, por lo que preguntó a la comadrona por el sexo del recién nacido. Es una niña, parece que afirmó la comadrona. No tiene vulva, parece que le contestó la madre. Tampoco tiene pene, replicó la comadrona. Y así quedó el asunto. El caso es que María Amparo Rita, en adelante María, tenía una gran inflamación en sus partes delicadas. Según los médicos la inflamación se iría sola y al venir su primera regla todo volvería a la normalidad.

El caso es que la abnegada madre le ponía lazos a la niña y la vestía con preciosas faldas, pero el asunto no arrancaba. A María la tildaban de marimacho y era siempre la primera en ser escogida por los niños para jugar un partido de fútbol en la escuela mixta en la que estudiaba antes de que estallase la Guerra Civil. A María le gustaban las chicas y, a pesar de su aspecto hombruno, parece ser que ligaba. Tenía labia y contaba que era un espía soviético que estaba de incognito y tenía que ir disfrazado para que nadie lo reconociese. Llevaba consigo una foto de un guapo aviador y las convencía de que ese era su verdadero yo. En todo caso, el asunto no pasaba de cuatro o cinco besos dado que la inflamación, que era bulto, pero nunca palo largo, seguía escondida debajo de una falda.

Total, que María hubo de liberar testosterona y le dio por hacer deporte. Tuvo la fortuna de ser mujer para librarse de ir al frente, y lo que hizo fue dedicarse por activa y por pasiva a romper récords. Y es que María Torremadé llegó a poseer al mismo tiempo todas las plusmarcas del atletismo femenino. Campeona de España de 100, 200 y 800 metros lisos además de campeona en salto de altura y salto de longitud. También practicó baloncesto y hockey hierba y en los 60 metros lisos además de plusmarquista española también fue europea. Sus éxitos le hicieron ser recibida por el presidente Lluís Companys en el Palau de la Generalitat poco antes de que el molt honorable fuese fusilado.

María Torremadé

Poco después María Torremadé comenzó sus estudios universitarios (ya expliqué antes que era una chica de buena familia) y en un campamento del SEU (Sindicato Español Universitario) el bulto seguía sin ser palo al intentar ligar con una chica. Fue entonces cuando María sentó seriamente a sus padres a la mesa, les explicó que tenía 19 años y seguía sin saber lo que era una regla y que había que ir a un médico y cortar por lo sano. En caso de ser mujer aguantarse y seguir con un pendiente en cada oreja. En caso de ser hombre, coger bisturí y arreglar el asunto.

El padre de la criatura hubo de mover Roma con Santiago. No existía Irene Montero y la legislación no contemplaba de manera alguna un cambio de sexo. Hubo jaleo de papeles, visitas a los juzgados, desnudos públicos para cerciorarse de que el bulto era un bulto y no un palo, unos cuantos ceros menos en el banco y al final María Torremadé pasó por quirófano para convertirse en Jordi Torremadé. La cuestión técnica era calificada como Síndrome de Morris y consiste en una alteración genética ligada al cromosoma X donde las células son insensibles a los andrógenos, provocando que personas genéticamente masculinas se desarrollen físicamente como mujeres.

Aquello se silenció porque el papá de Torremadé tenía buenos contactos en la prensa. Pero, claro, María Torremadé era una atleta famosísima y parecía que se la había tragado la tierra. Hubo de ir a vivirse durante unos meses a casa de unos tíos. Allí estuvo entrenándose para ser hombre. Se movía con brusquedad, contestaba con palabrotas y aprendió a hacerse el nudo de la corbata. Un día, cuando se sintió seguro, decidió ir al encuentro de algún conocido y, al darse cuenta de no haber sido reconocido, convino que era el momento de empezar una nueva vida. A ello ayudó al carácter extrovertido de Torremadé, quién nunca sintió vergüenza por lo sucedido mientras que era su interlocutor el que saltaba del susto.

Lo primero que hizo fue ir junto a su padre y pedirle dinero. El progenitor le dio carta blanca durante un año finalizado el cual tendría que sentar la cabeza y ponerse a trabajar. Durante ese año lujurioso, Jordi Torremadé decidió recuperar el tiempo perdido a base de juergas, cabarets y sexo desenfrenado. Al final el bulto ya era palo.

Tarde o temprano el asunto tendría que estallar. Fue el diario Informaciones el que a inicios de 1942 daba cuenta del cambio de sexo de María Torremadé. No fue un escándalo, dado que desde la Sección de Prensa se decide acallar el griterío. Con todo, la bomba ya había sido lanzada.

Para las élites franquistas, el papel de la mujer había de ceñirse exclusivamente a las tareas del hogar. Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina de la Falange, escribía artículos donde afirmaba con rotundidad que “lo más importante es la educación de la mujer como madre”, formarles “una conciencia basada en la doctrina de Cristo y en nuestras normas Nacional-Sindicalistas para que sepan distinguir claramente en cada momento el bien del mal”. La escuela estaba empapada de clericalismo y todo se impartía en base al dogma católico.

¿Cómo compaginar esto con un cambio de sexo en el año 1941?

La Delegación Nacional de Deportes, bajo la presión de la Sección Femenina de Falange, decide a través de decreto ley prohibir la práctica deportiva del atletismo femenino. A Jordi Torremadé, por su parte, se le prohibirá practicar cualquier deporte como hombre durante un año. Todas las marcas de María Torremadé pasarán a desaparecer de los registros oficiales a perpetuidad.

Jordi Torremadé siguió con su vida. De hecho, llegó a ser campeón de Cataluña de 100 metros masculinos. En 1952 contrajo matrimonio con Catalina Pons Bofill tras haber sido desheredado por su padre, quien se negó al enlace. Emigró a Paris donde trabajó como comercial en una multinacional hasta su jubilación cuando volvió a Barcelona. Vivió felizmente casado hasta fallecer de un paro cardiaco camino de las ocho décadas de vida.

María y Jordi Torremadé

La vida no fue tan agradable para las mujeres que querían ser atletas. Fueron 20 años de prohibición. Desde 1943 a 1963 ninguna mujer pudo saltar una valla, correr 800 metros o lanzar un martillo en una pista de atletismo. Aquella España de 1963 ya era muy diferente de la de 1943 y el clamor social logró cambiar una ley con dos décadas de vida.

Los récords de Torremadé serán pulverizados por una chica nacida en 1955, ocho años antes del fin de la prohibición. Carmen Valero fue la primera mujer en representar a España en atletismo en unos Juegos Olímpicos amen de lograr dos oros en mundiales de campo a través. Pero antes de eso Carmen Valero tuvo que realizar un examen del Servicio Social de Falange para demostrar sus habilidades de costura. Sólo así pudo inscribirse como atleta a pesar de ser, según el presidente de la Federación Española de Atletismo de la época, culona y pechugona.

Justo como le gustaban al bueno de Torremadé.

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Cuando Jordan jugó en la ACB

En 1990 Michael Jordan aún no había ganado ningún anillo de la NBA. Había sido galardonado con el premio MVP al mejor jugador de la temporada, era el sempiterno máximo anotador e incluso había sido galardonado en un mismo año como el mejor defensor siendo también el máximo hacedor de canastas, algo nunca antes visto. Pero el campeonato se le atragantaba. Los Detroit Pistons eran la pesadilla de los Chicago Bulls y colocaron a Jordan una injusta etiqueta de gran jugador incapaz de liderar a un equipo. Sin embargo, las críticas del establishment eran diametralmente opuestas a la admiración que Jordan cosechaba de los aficionados. No existía entonces jugador más querido y admirado que Michael Jordan. Y ese era el arma que usaría Nike para llevar la mercadotecnia deportiva a un nivel jamás visto antes.

Apenas un par de décadas atrás Nike era una empresa de material deportivo de poca monta limitada al mundo del atletismo estadounidense. Nike decidió arriesgadamente apostar por Jordan en 1984 cuando aún era una estrella universitaria y supo a través de decisiones empresariales temerarias convertirlo en el icono deportivo del momento. Jordan, al igual que su tocayo Michael Jackson, será capaz de cautivar a blancos y a negros a partes iguales y aprovechará ser el abanderado de una televisión globalizada para ser el primer deportista capaz de penetrar en los cinco continentes. Aun hoy, más de dos décadas después de su retirada, sigue obteniendo millones de beneficios a través de su imagen. Y aun hoy, cuarenta años después de su acuerdo comercial, Nike sigue vendiendo miles de zapatillas Air Jordan por todo el orbe.

En 1990 Nike estaba en plena campaña de expansión comercial por el Viejo Continente. Se programó una minigira de Jordan a finales de agosto con paradas en Italia, Alemania y España. La excusa para viajar a España era que Nike acababa de inaugurar en Barcelona su filial en la Península Ibérica. En Italia o Alemania lo previsto era que Jordan hiciese una visita de cortesía en las instalaciones Nike de dichos países y luego repartiese autógrafos, fotografías y regalase material deportivo a aquellos elegidos que aguantasen horas y horas la llegada del gran ídolo.

En el caso español habría algo más. Un partido de exhibición junto a los mejores jugadores de la Liga ACB.

Eduardo Portela era entonces el mandamás de la ACB. Portela mantenía unas excelentes relaciones con David Stern, el jefazo de la NBA, y llegó a un acuerdo para que Jordan estuviese presente en el partido inaugural de la temporada ACB. Por supuesto Nike daba palmas con las orejas por la alianza, aunque hubo de sufragar 50.000 dólares por un seguro que cubriese una posible lesión de Jordan. Stern sabía que las normas de la NBA impedían que un jugador estableciese acuerdos deportivos por su cuenta y riesgo, por lo que se aseguró posibles problemas con la obligatoriedad del seguro. Además, Stern era consciente de que para la expansión de la NBA era indispensable abrirse al mercado europeo y más teniendo en cuenta que en 1992 Barcelona sería ciudad anfitriona de unos Juegos Olímpicos donde por vez primera los profesionales de la NBA tomarían parte.

La ACB decide tomarse el asunto con pompa y boato. Walter Szczerbiak, embajador de la ACB en Estados Unidos, será el maestro de ceremonias. Szczerbiak había sido una leyenda vistiendo la camiseta del Real Madrid y era conocido en los despachos del mundillo del baloncesto norteamericano. La misión de Szczerbiak era pegarse a Jordan durante todo su trayecto por Europa y agasajarlo en lo que hiciese falta. Así que Szczerbiak cogió un vuelo regular en primera clase rumbo a Estados Unidos para luego retornar a Europa con Jordan a su lado.

No fue así. Hubo de volver sólo y a toda prisa.

Cuando arribó en el aeropuerto JFK de Nueva York le advirtieron de que Jordan iba rumbo a Italia en un jet privado.

Así pues, Szczerbiak volvió a cruzar el charco con destino a Madrid. Tras su paso por Italia y Alemania la idea era que Jordan fuese hasta la capital de España donde en la agenda estaba previsto un encuentro con el Rey Juan Carlos y un par de actos publicitarios. Ese era el plan. Pero Michael Jordan tenía otros planes. Lo que deseaba era jugar al golf. Si el baloncesto era su vida, el golf era su evasión de esa misma vida. Se fue directamente a Barcelona y conmino a su representante una cita con Severiano Ballesteros con la intención de echar unos hoyos con él. Lamentablemente para Jordan el genio de Pedreña no se encontraba en España en esos días, por lo que el 23 de los Bulls tuvo que recorrer el campo del Real Club Golf El Prat con la única compañía de una caja de habanos.

Jordan, Portela y Szczerbiak

Tras pernoctar en el Hotel Reina Sofía, el día de autos, 30 de agosto de 1990, comenzaba con una visita de Jordan a la recientemente inaugurada nueva oficina de la ACB sita en el barrio de Bonanova, en la Barcelona bien. Allí Portela agasajó a Michael con una caja de 25 bolas de golf con el logo de todos los equipos de la Liga (por entonces eran 24 + el logo de la ACB). Luego Jordan hubo de visitar la sede de Nike y, en un primer momento, la intención era que se desplazase al Palau Sant Jordi para anotar la primera canasta en el pabellón construido para acoger diversas pruebas de los Juegos Olímpicos.

Esa era la idea inicial, pero jamás se cumplió. Jordan manifestó, nada más llegar a Barcelona, algo que ya había rumiado en otras ocasiones. No tenía intención alguna de acudir a la cita olímpica. Ya había conseguido el oro en Los Ángeles 84 y su objetivo único era alcanzar el título de la NBA. Tanto Nike como el Comité Organizador de Barcelona 92 obraron con presteza y cancelaron el evento. Semanas más tarde será Magic Johnson quien anote esa primera canasta en el Sant Jordi y será el propio Magic el que convenza a Jordan para viajar a Barcelona un par de veranos más tarde. Mas esa es otra historia. Por ahora Michael Jordan, tras visitar las oficinas de Nike, se desplazará a su hotel para comer y, luego, a descansar.

Como decía, el Sant Jordi aún estaba pendiente de inauguración, por lo que el partido se iba a celebrar en el Palacio de Deportes de Barcelona a los pies de Montjuïc. Hoy es un centro de artes escénicas, pero desde mediados del siglo XX era el principal recinto deportivo cubierto de la ciudad. 10.000 personas abarrotaban un pabellón que se vino abajo cuando Michael Jordan, con pantalón de chándal y camiseta de Nike, aparezca en el centro de la pista. Su primera misión fue la de ejercer de juez de un concurso de mates patrocinado por Nike en el que tomaron parte dos adolescentes que previamente habían ganado un reto. El vencedor fue un tinerfeño que se llevó a casa unas zapatillas Air Jordan como premio…que jamás se pudo poner dado que eran de la talla 50, la misma que calzaban los 198 centímetros del número 23.

A las 19:30 horas tendría lugar el partido de exhibición. Sería un encuentro de apenas media hora dividido en dos partes de quince minutos. Los jugadores se fraccionarían en dos equipos. Uno de color naranja y otro de color azul. Se pactó que Jordan jugase la primera parte con los naranjas y la segunda con los azules.

Entre los que serán compañeros y rivales a partes iguales estaban jugadores que marcaron el baloncesto español en su época dorada. José Miguel Antúnez, Chichi Creus, José Antonio Montero, Walter Berry, Ricky Winslow, Jordi Villacampa, Mike Smith, Corny Thompson o Audie Norris. Jordan charlaba amigablemente con sus compatriotas y cuando el público de Barcelona regaló a Norris, ídolo del Barça, una sonora ovación, Jordan se le acercó y le dijo a Audie que no estaba acostumbrado a que alguien tuviese más aplausos que él.

Jordan también tuvo un aparte con Antonio Martín. Apenas un año atrás Fernando Martín había fallecido en un accidente automovilístico. Jordan conocía a Fernando de su breve pero intensa etapa en la NBA y se acercó un momento a Antonio, hermano del fallecido, para hacerle una carantoña y echarle una mirada de complicidad antes del salto inicial. El último gesto lo tuvo con Epi, quizás el mejor escolta europeo de la década, quien estaba lesionado y siguió el partido desde la grada. Jordan sabía de la existencia de Epi al haber compartido pista en Los Ángeles 84 y también se dignó en mandarle un saludo desde el centro de la cancha.

Foto histórica

Tras una fotografía de grupo, el partido empezó con Michael repartiendo sonrisas y trotando por la pista. Pronto vio que aquello era de todos menos amigable. A Jordan lo defendía Jordi Villacampa. De su mismo año y de su misma altura, Villacampa estaba en el mejor momento de su carrera y se había asentado en la elite europea como buque insignia del CB Joventut. Villacampa metía el cuerpo y bajaba el culo. Había salido a la pista con la intención de comerse a Jordan. Michael falla un par de tiros bien punteado por su marcador, pierde el balón en un bloqueo y su siguiente jugada es un fallo en un alley oop tras un leve empujón. Es entonces cuando entorna las cejas y le echa una mirada a Villacampa como preguntándose qué está pasando aquí.

Michael Jordan lleva 0/3 en tiros, dos pérdidas de balón y apenas un par de tiros libres anotados en cinco minutos.

Comprende que esos chicos son unos ganadores. De hecho, forman parte de la elite entre los mejores jugadores de Europa. Percibe que para ellos jugar contra él es un honor y que están dispuestos a demostrarle de que pasta están hechos. Jordan entiende que no hay mejor forma de homenajear al público y mostrarle su respeto a aquellos jugadores que manifestar su amor por el baloncesto. Toca ser competitivo. Toca jugar al básket.

Jordan se pone el traje de faena. Anota un triple, luego un par de asistencias. Una canasta de dos tras salir de bloqueo, un par de mates con la lengua fuera. Pases sin mirar, bandeja tras rectificación en el aire, otro par de triples…Jordan anota 16 puntos en 15 minutos con los naranjas y sumará 21 puntos en 13 minutos con los azules. Será el máximo anotador en ambos equipos, a pesar de jugar tan sólo una mitad con cada uno de ellos.

Jordan no estará presente cuando suene la bocina que indique el final. Estaba apalabrado con la ACB para evitar un colapso y una invasión de campo al concluir el choque. A falta de dos minutos para el fin fue sustituido por Chichi Creus. La decisión fue tomada por Manel Comas, técnico ese día del equipo azul y entrenador a tiempo completo del CB Granollers, tras consensuarla con Creus. El base le había pedido a Comas que le permitiese ser él el último al que Jordan le diese el relevo. La verdad es que nadie pensaba que Jordan hubiese estado tanto tiempo en la pista ni que le hubiese prestado tanta dedicación al partido. Si bestial fue la ovación de inicio, no tuvo comparación alguna con la recibida al final.

La comitiva de Nike esperaba a Jordan al final del vestuario para llevar a Michael al Hotel Reina Sofía. Allí ya le estaba esperando Walter Szczerbiak. La idea era que una vez duchado y cambiado, Jordan acompañase a Szczerbiak a una cena de gala que la ACB había organizado en su honor en el Pabellón de Italia de la Fira de Barcelona.

Ese no era el plan de Jordan.

Durante el descanso del partido Jordan se había acercado a Audie Norris y al resto de estadounidenses para invitarlos al reservado de la discoteca Up & Down, emblemático local nocturno de dos plantas en la zona noble de Barcelona por donde pasaron personajes tan dispares como Julio Iglesias, Maradona, Kevin Costner o Ronaldinho.

Jordan invitó a Szczerbiak a su habitación y comenzaron una charla sobre baloncesto aderezada con un pica pica del servicio de habitaciones. Szczerbiak insistía a Jordan con finalizar la conversación para acudir a la cena de la ACB, pero Jordan se excusó en el cansancio para quedarse en su alcoba y agradecerle los servicios prestados. A primera hora de la mañana siguiente tenía una entrevista en el hall del hotel para RTVE antes de coger un vuelo que lo llevara de vuelta a Estados Unidos.

Despedido Szczerbiak, Jordan se escabulló camino de Up & Down.

Como el gran profesional que era Michael Jordan desplegó su carismática sonrisa frente a las cámaras de Televisión Española a la mañana siguiente. Su rostro no dejaba percibir registro alguno de que hasta las 04.30 de la madrugada anterior había estado bebiendo y bailando junto a Audie Norris, Mike Smith, Ricky Winslow y compañía en el reservado de Up & Down.

Volando en Barcelona

La ACB repitió experiencia la temporada siguiente con la presencia de Charles Barkley y Scottie Pippen. Un año después Barcelona 92 acogió unos Juegos Olímpicos fastuosos que significaron la globalización del baloncesto y la entrada de la NBA en los hogares de medio mundo. Michael Jordan finalmente volvió a Barcelona y se coronó como el rey de reyes en esos Juegos.

Desconocemos si en ese viaje conoció finalmente al Rey Juan Carlos. Lo que sí sabemos es que volvió a visitar el reservado de Up & Down y que finalmente cumplió su sueño de echar unos hoyos con el gran Severiano Ballesteros.

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A los 40 años de la tragedia de Heysel

Los algoritmos fomentan la indignación en lugar de la compasión. Ni siquiera los mayores críticos de Facebook, Tik-Tok o Youtube pueden sostener que los ingenieros o directivos de esas compañías sean propensos a la violencia. La verdad es más sencilla y a la vez más preocupante. El éxito de las redes sociales implica mayor número de clics y mayor tiempo de exposición. Al aumentar la implicación, aumenta la recopilación de datos, se venden más anuncios, se adquiere mayor proporción en el mercado de la información y como resultado final se gana más dinero. De acuerdo con ese modelo los ingenieros lo que hacen es programar el algoritmo para conseguir mayor implicación del usuario. Así, tras experimentar con millones de usuarios, la IA llega a la conclusión de que a los humanos nos gusta más la indignación en vez de la compasión. Un video de una caída, de un accidente, de una explosión, de un trio sexual, de un sacrilegio o de un asesinato tiene muchos más seguidores que uno de un sermón, de una conversación, de una buena acción, de un amor casto o de un suceso cotidiano.

Cuando uno teclea “Heysel” encontrará vídeos, fotos y artículos sobre muerte y tragedia. Todo extremadamente macabro. Es lo que el algoritmo ha diseñado para nosotros dado que es lo que nosotros queremos ver. Heysel es un precioso barrio verde de Bruselas. En Heysel está el Atomium. En Heysel hay un parque acuático y una exposición permanente de Europa. Nada de eso aparece en el algoritmo. En Heysel también ganó Alemania su primera Eurocopa ante la Unión Soviética o logró el Real Madrid su tercer título europeo al derrotar en la final al AC Milan o el sexto ante el Partizán. En Heysel también fue donde el Atlético perdió una final a doble partido ante el Bayern de Beckenbauer. Tampoco aparece nada de eso.

Si uno teclea “Copa de Europa de 1985” el algoritmo le hablará de la tragedia. Intercalará imágenes de celebración por la victoria con otras de muertos y avalanchas. El cielo y el infierno. Morbo. No es lo que el algoritmo escoge. O mejor dicho, es lo que el algoritmo escoge dado que es un ser inteligente y sabe cómo obtener más clics. Es un ser inorgánico, pero es capaz de aprender. El algoritmo sabe lo que queremos ver y el algoritmo nos lo ofrece. Un peligro que se retroalimenta. Y un poder que le hemos dado a la IA y que a buen seguro acabará con el ser humano como ejecutor de la realidad.

Por eso, cuarenta años después, todo aficionado al fútbol sabe que es la Tragedia de Heysel. Y pocos, muy pocos, saben quién ganó la Copa de Europa de ese año.

Heysel 1985

29/V/85. 16:00. La policía de Bruselas sabía que iba a ser un día muy largo cuando recibió la orden para evacuar la Grand Place. Miles de hooligans ingleses habían aterrorizado a las reservas de cerveza de la capital belga. Caballos armados guiaban los pasos de aquellos bebedores de cebada que iban a ser trasladados al estadio de Heysel callejeando por la zona vieja de Bruselas antes de afrontar el paso de amplias avenidas. Por el camino varios robos, algunos empujones, otros tantos agarrones y unas cuantas navajas confiscadas. Por el suelo restos y más restos de comida y una marea de latas de agua, malta, lúpulo y levadura.

11/V/85. Bradford. Inglaterra. Partido de Tercera División. Si el Bradford gana su partido ascenderá de categoría. Minutos antes del descanso se inicia un incendio en una de las gradas. Las llamas se extendieron por toda la hilera de la grada principal a un ritmo imparable. Se perdieron 53 vidas y más de 200 personas resultaron heridas. Días más tarde, las investigaciones determinaron que el fuego había sido ocasionado por una colilla mal apagada. El estadio estaba construido sobre bases de postes de madera y debajo de la estructura había basura que se acumulaba desde hacía varios años. La caída del cigarro en la mugre inició el fuego y la facilidad de los postes de madera para arder hizo el resto. Una tragedia que podría haberse evitado y que se sumaba a otras que permanecían en el recuerdo como la de Ibrox Park 1971 (66 fallecidos) y la del Luzhnikí de Moscú en 1982 (curiosamente también 66 fallecidos).

29/V/1985. 18:15. Un hincha de la Juventus se enfrenta a otro del Liverpool. El italiano acabará hospitalizado. Será el primero de la tarde. Acabarán siendo 375. Todo ocurre fuera del estadio. Dentro, ya se roza el lleno. Se está jugando la final juvenil como antesala de la gran final de la Copa de Europa. Son 60.000 espectadores. Las entradas se han repartido equitativamente entre ingleses e italianos dejando 10.000 para venta en taquilla. En el fondo oeste, a los pies y a la vez a la sombra de los focos del Atomium, la organización ha dispuesto que se coloquen los radicales del Liverpool. Enfrente, en el fondo este, se disponen los radicales de la Juve. Ocurre que las gradas del sector X, contiguo al Z, estaban pensadas para dar cobijo a aficionados belgas. Éstos vieron el negocio, por lo que revendieron los tickets a italianos llegados a última hora. El sector X, condenado a funcionar en teoría como un cordón sanitario espontáneo, acaba siendo lugar donde se instalan aficionados italianos, muchos de ellos padres con hijos. En pocos minutos, lo que la policía consideraba el único lugar donde la gente podía respirar, y por lo tanto estaba prácticamente sin vigilancia, desapareció. Los controles son escasos, casi inexistentes. Hay muchos policías, pero todos parecen ocupados inspeccionando las zonas alrededor del estadio.

1973. El hooliganismo existe desde que hay fútbol. Enfrentamientos entre pueblos a golpe de pedradas. Pero es en 1973 cuando el fenómeno se convierte en grupal, masivo y radical. La subida de los precios por culpa de la crisis del petróleo de ese año tuvo un impacto bestial en Europa. Italia fue el primer lugar donde jóvenes y no tan jóvenes formaron grupos paramilitares para, a base de alcohol y armas blancas, hacer de su equipo de fútbol el faro de una vida que de pronto estaba vacía. Ocurre que es en el Reino Unido donde el impacto de la crisis es mucho mayor dado que a ésta se le sumó una huelga de mineros en el invierno del 73-74 que dejó al Reino Unido sin calefacción durante meses, hizo subir el paro siete puntos y puso las bases para que Margaret Thatcher sacase la rebarbadora años más tarde. Es en Inglaterra donde el hooliganismo se convierte en una religión. Desde finales de los 70 e inicios de los 80 cualquier encuentro internacional en el que formen parte equipos británicos se convertirá en una pesadilla para las fuerzas del orden.

29/V/1985. 18:30. Los británicos cantan, beben, saltan y observan con avizor la tierra de nadie entre ellos y los transalpinos. Al poco ocurre el primer incidente de importancia. Un italiano saca del bolsillo una bandera fascista y ante la reprimenda del gendarme lo golpea violentamente. No se sabe ni el cómo ni el por qué, pero eso excita al respetable que comienza a lanzar latas de cerveza al aire. Empiezan los empujones y la tierra de nadie ya es directamente territorio inglés.

16/I/85. Supercopa de Europa. Juegan el Liverpool FC, vigente campeón de la Copa de Europa, frente a la Juventus FC, vigente campeón de la Recopa. Partido único. Ganan los italianos por 2-0 con un doblete de Boniek. Meses después la Juve buscará su primera Copa de Europa frente al Liverpool que defiende un título logrado el año anterior en Roma y que ya se había saldado con incidentes entre radicales en las gradas. Los ingleses son un equipo veterano y sólidamente armado en el que destacan el capitán Phil Neal (cuatro Copas de Europa con el Liverpool) y el delantero galés Ian Rush. La Juve cuenta con el citado Boniek y con Tardelli, Cabrini, Scirea o Rossi, todos ellos campeones del mundo con Italia tres años atrás. Pero la estrella de la Juve es el francés Michel Platini. Tras perder la final de la Copa de Europa en 1983 frente al HSV Hamburgo, la Juve decidió fichar al mejor jugador del planeta, con permiso de Maradona, para alzarse de una santa vez con el trofeo de los trofeos.

29/V/1985. 19:00. Un hombre de mediana edad se desploma. Es un visto y no visto. Es belga. Podría tratarse de un desmayo provocado por la basta cantidad de gente y el calor sofocante. No. No es eso. Al poco se descubre que tiene una herida de cuchillo en el estómago. Sangra y hay que evacuarlo. Los hooligans asaltan entonces el sector Z. Son todos jóvenes. Hay menores de edad. Van armados con cuchillos y hasta portan barras de hierro. En pocos instantes la valla de separación claudica ante el envite. Comienza la batalla. Parece el medievo. Ocurre que el enfrentamiento es desigual. Son hooligans ante chavales que no están armados. Los tifosi, los radicales de la Juve, están en la otra punta del estadio. Aquí, en el sector Z, la abrumadora mayoría es pacífica. Hay familias. Sólo piensan en escapar, mas no hay escapatoria. Los rojos están desatados, avanzan en oleadas, tiran piedras, tienen garrotes metálicos y trozos de botellas. Están excitados por la huida del enemigo. La policía no es consciente de la algarabía. Con el muro no se va nada y tardarán en reaccionar. Los juventinos buscan una escapatoria. Ilusos, no saben que están llamando a las puertas del infierno.

Las puertas del infierno

29/V/1985. 19:24. Hay unos 5.000 italianos. Están siendo empujados y espoleados en busca de una salida. Hay vallas. Por entonces hay vallas. Separan a los aficionados del césped con el fin de evitar incidentes y ocupaciones ilegales del césped. Detrás de las vallas hay un muro de dos metros de alto. Llegado el momento se buscará la llave de la valla. No aparece. Ley de Murphy. Cuando todo sale mal, siempre puede empeorar. Hay dos puertas. Ambas están cerradas. Supuestamente por razones de seguridad. De las puertas, del muro, hasta el terreno de juego, hay otra caída de otros dos metros de altura. De repente se derrumba. El muro se derrumba. La valla cae sobre los italianos. El alambre de púas cae sobre los italianos. Los espárragos de Rommel están listos para el combate.

29/V/1985. 19:32. Silencio. Más de un centenar de personas no dan señales de vida. Gritos. Lloros. Con el muro y la valla decenas han caído a plomo. Son 39. Treinta y nueve. Por entonces poco se sabe. Pero se intuye. Serán 39 muertos. La policía detiene a un innombrable que aprovecha la tragedia para buscar carteras en los bolsillos. El ser humano es depreciable. Los ingleses, borrachos, orinan. Mean sobre los cuerpos sin vida de los juventinos. Se llama a todo médico disponible en Bruselas y los taxis hacen de ambulancias improvisadas. Es un pandemónium.

29/V/1985. 19:40. En las gradas hay caos y confusión. Aquellos con un transistor lo encienden. Los periodistas dan cuentan de lo sucedido. Lo hacen gracias a un español. Se llama Alejandro Andreu y es el responsable de comunicación de Coca-Cola, principal patrocinador de la Copa de Europa. Va arriba y abajo. Del campo a la tribuna de prensa. Los periodistas de la RAI movilizan a todo plumilla disponible para ayudar a los servicios de emergencia y llevar camillas al terreno de juego.

1989. Únicamente catorce personas fueron condenadas. Todos fueron absueltos tras recuso al entenderse que el homicidio había sido involuntario. Ni la UEFA ni los propietarios de Heysel ni las autoridades belgas fueron inculpadas. Ni el estadio de Heysel (en la actualidad profundamente remodelado) ni ningún otro recinto belga volvió a acoger una competición internacional hasta 1995. No se permitió el acceso de ningún club inglés a una pugna europea hasta 1990 y al Liverpool hasta 1991. Se consideró que el comportamiento de los hooligans no era un hecho aislado, sino un patrón que había que corregir. A finales de la década de 1980 las familias huían de los campos de futbol por miedo a la violencia, lo que fue motivo, entre otros factores, a un importante aumento en seguidores y practicantes del baloncesto. Hoy, el fútbol sigue siendo el deporte rey y vuelve a ser un evento familiar en el que se han incorporado con éxito niñas y mujeres de cualquier edad.

29/V/1985. 20:33. Se discute. Se negocia. En ningún momento se habla de la opción de suspender el partido. La policía belga se niega en rotundo. Y da sus razones. Da sus motivos. El ejército va a decretar el estadio de sitio. Se cierran bares, cines y restaurantes. Todo bruselense va de cabeza a su casa. Argumentan que necesitan entre tres y cuatro horas para mover a las 60.000 almas que hay en Heysel. Si el partido se suspende, ¿a dónde va toda esa gente? Con toda seguridad habrá vendetta y los muertos podrían ascender a miles. Son las ocho de la tarde y hasta la 01.00 de la madrugada no salen ni los vuelos chárteres rumbo a Liverpool ni los autobuses que cogerán la autopista camino de Turín. Hay que jugar el partido y luego sacar a toda esa marabunta del campo y en orden. Los últimos serán los periodistas.

29/V/1985. 21:03. Hace algo más de una hora que tenía que haber empezado el partido. No lo ha hecho todavía. Los futbolistas saben lo que sucede. En la puerta de los vestuarios hay gente ensangrentada. Otros lloran en busca de sus familias. Antonio Cabrini, futbolista de la Juve, se une a ellos. Boniek, delantero polaco blanquinegro, solloza. Pero en ese momento los jugadores se preparan para que el simulacro dé comienzo. El jefe de la policía belga, capitán Johan Mahieu, y el alcalde de Bruselas, Hervé Brouhon, apelan a jugar el partido para evitar una guerra civil. La plantilla de la Juventus y su cuerpo técnico se niegan a disputar el choque.

29/V/1985. 21:15. El partido comenzará. Lo hará por razones de orden público. Lo hará con 75 minutos de retraso. Lo hará con cerca de 400 personas hospitalizadas. Lo hará con el ejército belga movilizado por lo que pudiese suceder. Gaetano Scirea y Phil Neal, capitanes de Juventus y Liverpool respectivamente, salen micrófono en mano para leer un comunicado en medio del campo de batalla y explicar a los allí presentes que el espectáculo debía continuar. Ni Scirea ni ningún miembro de la Juventus quería jugar el partido. Nadie comprendió lo que estaba a suceder.

29/V/2025. 22:29. Minuto 58 de partido. La primera parte había sido un truño. La segunda había comenzado con la misma sensación de parálisis. Pase en largo de Platini a la carrera de Boniek. Controla de cabeza y es derribado. Cae. Penalti. Alza los brazos. No lo es ni por asomo. Ha caído a un metro del área tras la zancadilla de Gary Gillespie. Nadie protesta. El locutor de la RAI no avista emoción alguna. Todos aceptan la decisión como hecho consumado. Michel Platini engaña a Bruce Grobelaar y adelanta a la Juve. Platini corre agitando el brazo derecho con el puño cerrado al frente del sector Z. Luego se arrepentirá de aquella celebración. El hedor de la muerte flotaba en el aire. Cuarenta años después sigue arrepintiéndose. Cuatro décadas más tarde Heysel sigue hediendo a cadáver. La final, como consecuencia del trágico suceso, se disputó en un clima enrarecido y con algunos cadáveres todavía visibles desde ciertas zonas del estadio.

29/V/1985. 23:30. La Juventus ha ganado su primera Copa de Europa. Hay vuelta de honor. Es un rodeo fugaz. Hay ira, tristeza y vacío. Unos 2.300 agentes conducen a la multitud por oscuros pasillos de camiones y los escoltan bajo vigilancia camino de numerosos autobuses. De ahí no se va ni dios a pie. De allí no se forma ningún grupito con ganas de venganza bajo ningún concepto. Bruselas está bajo control del ejército. No hay un alma en las calles. Sólo sirenas. Sirenas de policía. Sirenas de ambulancia. Ocurre que la tragedia calma los ánimos. Sólo hay ocho detenciones. Todas inglesas. Hay un silencio atónito.

30/V/1984. 06:30. Amanece. Los barcos han partido del puerto de Ostende para transportar a los ingleses a su isla. Los aeropuertos ya dieron buena cuenta de unos y otros a altas horas de la madrugada. El tráfico en las autopistas vuelve a su normalidad tras acotar varios carriles que llevaban a los italianos rumbo sur a Turín. En un hospital militar de Bruselas los médicos forenses dan cuenta de las primeras autopsias. Serán 39 fallecidos. Treinta y dos italianos, cuatro belgas, dos franceses y un inglés. Nadie llegaba a los 60 años. La mayoría están en la flor de la vida. Hay un niño de diez años. Iba con su padre.

30/V/2025. Hoy Heysel no existe. O sí. Existe. Pero es otro estadio. Cuenta con capacidad para 50.000 espectadores todos con localidades de asiento. Es un coliseo de máxima categoría UEFA en términos de accesibilidad y comodidad. Se rebautizó en 1995 con el nombre de Estadio Rey Balduino, en honor al que fue rey de Bélgica durante cuatro décadas. A las afueras hay un monumento iluminado con 39 luces en conmemoración a cada uno de los fallecidos. En la grada Z hay dos vallas, ambas abiertas, para recordar aquello que nunca tendría que haber sucedido.

29/V/1985

“El partido no debería haberse jugado. No podemos estar orgullosos de esa Copa de Europa. No repetiría el desfile de la victoria alrededor del campo. Esos 39 muertos merecen respeto”. Michel Platini, futbolista del Juventus FC.

“Solo quería acabar el partido y ver que mi familia estaba bien. Me daba igual el penalti en contra. Ganar o perder era secundario”. Ian Rush, futbolista del Liverpool FC.

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Cuando Heung-min Son se libró de hacer la mili

Contaba 16 años cuando Heung-min hizo las maletas y cruzó medio mundo para irse a vivir a Hamburgo. No fue casual la elección. Desde que tenía 12 años todo lo que veía a través de la televisión era en alemán. Sabía que la Bundesliga era la puerta tradicional de entrada de los futbolistas asiáticos a Europa y él lo que quería era ser futbolista profesional. No fue pues extraño que aquel coreano sobresaliese de inmediato. A pesar de estar a más de 8.000 kilómetros de casa y de proceder de una cultura tan diferente, con 18 años Heung-min ya tenía un puesto asegurado en todo un campeón europeo como el Hamburgo SV.

Heung-min Son era uno de los excelentes frutos cosechados en Corea del Sur por una apuesta decidida por el fútbol. En la década de los 90, una vez conocido que Corea sería sede del Mundial 2002, ingentes sumas de dinero invertidas en escuelas, campos de entrenamiento y técnicos extranjeros harán alumbrar una excelente cantera de jugadores. Son es uno de ellos. Tras fichar por el Bayer Leverkusen, en 2015 firma por el Tottenham Hotspur donde se ha convertido en un mito y donde incluso ha logrado ser el máximo goleador de la todopoderosa Premier League.

Y pudo no haber sido así.

Corea del Sur es un país en guerra. Entre 1950 y 1953 más de tres millones de personas perecieron en una guerra que se cerró en falso. Históricamente Corea sólo había conocido dos realidades; unida u ocupada. Lo de la ocupación principalmente fue cosa de los japoneses, quienes forzosamente hubieron de retirarse tras el fin de la II Guerra Mundial. La península coreana fue liberada por los comunistas en su mitad norte y por los estadounidenses en su mitad sur. La separación se daba en el paralelo 38. La guerra no resolvió el dilema y nadie quería usar armas nucleares (¿les suena Ucrania?). Así que se firmó un armisticio, nunca la paz.

Por eso Corea sigue en guerra. En el norte se encuentra el país más hermético del mundo, una paranoica dictadura comunista donde el Estado incluso controla el peinado que debe llevar la población. En el sur un país que se entregó al capitalismo sin escrúpulos con una dictadura conservadora hasta que en 1987 se permitieron elecciones libres. Desde entonces, ese capitalismo agresivo ha sido regulado (nunca controlado) y Corea del Sur se ha convertido en una democracia ejemplar (con jornadas laborales de 50 horas) y en la vanguardia tecnológica.

Pero Corea sigue en guerra. De vez en cuando hay escaramuzas en el paralelo 38. Un avión sobrevuela territorio enemigo o un barco nuclear hace maniobras sospechosas. Los jóvenes surcoreanos no quieren saber nada de ello. Se han entregado a los tiktokers, a los deportistas de élite, a los cantantes de K-Pop y a los actores de cine. Lo mismo que han hecho los del resto del mundo. En la otra Corea se supone que también quieren. El caso es que no les dejan.

Los chicos surcoreanos no sólo quieren imitar a sus ídolos por la fama o el dinero. No. Hay algo más. Una prebenda de ser famoso es poder evitar el servicio militar. En Corea del Sur es obligatorio realizar un servicio militar de 21 meses en todos aquellos mayores de edad. Por motivos de estudios o de trabajo se puede postergar hasta los 28 años. De no presentarse antes de esa fecha al objetor se le retira la nacionalidad y puede ser expulsado del país. Tan sólo las personas que acrediten que gracias a su trabajo “mejoren el estatus cultural del país o impulsen su economía” están exentas del servicio militar. Y aún en estos casos son mirados con suspicacia por sus compatriotas, por lo que es habitual que muchos de ellos accedan a cumplir con una mili reducida de unas semanas y adecuada a su fama para no sufrir represalias sociales. Incluso el cantante del grupo BTS, los cuales llegaron a ser número 1 en Estados Unidos, fue duramente criticado en Corea al no haber vestido ni un solo día el uniforme militar.

Heung-min Son

El fútbol siempre fue un deporte con enorme aceptación en Corea. Corea del Sur acudió en 1954 al Mundial tras derrotar a Japón. Los dos partidos clasificatorios se disputaron en suelo nipón dado que la junta militar coreana se negó a que la bandera japonesa penetrase en territorio coreano. En 1966 Corea del Norte llegó a cuartos del Mundial tras eliminar en fase de grupos a Italia. Hasta 1978 no se enfrentaron las dos Coreas y, por supuesto, en ciudad neutral. Por entonces el nivel era parejo, hasta que en 1984 Corea del Sur creó una liga profesional. Luego vinieron los 90 y el Mundial 2002 y el nivel de los surcoreanos se disparó por completo.

Dado que durante dos años los futbolistas debían cumplir, al igual que cualquier hijo de vecino, con el servicio militar, el gran problema de los clubes de fútbol era tener que pagarle la ficha a un deportista inhábil durante más de veinte meses. Se creó entonces el Sangmu FC. Traducido. Club Atlético de las Fuerzas Armadas Coreanas. Todo jugador en servicio militar jugaría cedido en el Sangmu FC (o en su segundo equipo si el futbolista en cuestión no daba el nivel) mientras fuesen reclutas a cambio de un modestísimo sueldo. Al ser un club de paso y poder contar únicamente con futbolistas cedidos, al Sangmu FC no se le permiten disputar competiciones internacionales independientemente de sus éxitos en clave nacional.

Los afortunados residen durante esos veinte meses en unas instalaciones deportivas. Y digo bien los afortunados, porque los que no tienen suficiente nivel futbolístico acabaran acuartelados limpiando letrinas. Aunque no es obligatorio, la tradición dictamina que aquel que meta un gol vistiendo los colores del Sangmu FC debe hacer el saludo militar. Así lo hizo Keun-ho Lee. Elegido mejor jugador de la Champions League asiática en 2013 no tenía el nivel suficiente para destacar en Europa, por lo que ante la perspectiva de un futuro incierto decidió quedarse en Corea y hacer el servicio militar jugando en el Sangmu FC. Cuando le marcó un gol a Rusia durante el Mundial 2014 lo celebró, como no podía ser de otra forma, con la mano derecha abierta hacia la sien.

La perspectiva no es mala. No obstante, es insuficiente para los grandes jugadores. El primero de ellos, Cha Bum-kun, hubo de pasar tres años de servicio militar. Eran finales de los 70. Para quien no sepa quién es hablamos del primer jugador coreano y asiático con carrera europea. Goleador de potente disparo, ganó la Copa de la UEFA con el Eintracht de Frankfurt en 1980 y con el Bayer Leverkusen en 1988 en una increíble final ante el RCD Espanyol. Eran otros tiempos. Park Ji-Sung pasó por PSV Eindhoven y Manchester United a inicio del siglo XXI. Ganó títulos y millones. Muchos títulos y muchos millones y por nada del mundo iba a volver a Corea a realizar el servicio militar. No hizo falta. En 2002 Corea del Sur alcanzó las semifinales del Mundial. Fue librado de sus obligaciones por “mejorar el estatus cultural del país”. Ni siquiera se dignó en acudir unas semanas al cuartel para cumplir con lo mínimo. Directamente decidió pasar de todo.

Y en esas estaba Son Heung-min. El mejor jugador coreano de todos los tiempos y quizás también de toda Asia, no en vano es el único triple ganador del Balón de Oro asiático. Con esas credenciales parece imposible que Son Heung-min no se pudiese librar del reclutamiento. Pues no fue así. Son enfilaba los 28 años sin perspectiva alguna de no tener que dejar su maravillosa vida en Londres y volver a Corea para jugar temporada y media con el equipo del ejército coreano.

Y es que Son nunca había ganado nada.

En 2011 Corea del Sur con un joven Son Heung-min obtuvo el tercer puesto en la Copa de Asia. Insuficiente. Para 2014 Son jugó su primer Mundial. Clasificarse para octavos podría significar un pasaporte para librarse del servicio militar. No lo consiguieron. Corea quedó eliminada en fase de grupos superada por Argelia o Rusia, algo que no entraba en los planes de los asiáticos. En 2015 Son lo volvió a intentar en la Copa de Asia, pero Corea perdió la final ante Australia.

Enfilaba Son Heung-min el Mundial 2018 como la última oportunidad para lograr un puesto meritorio con su selección y evitar el reclutamiento. Son hizo un Mundial extraordinario. Marcó dos goles en tres encuentros y guio a Corea en una histórica victoria ante Alemania. Fue en vano. Corea cayó ante Suecia y frente a México y quedo eliminada, nuevamente, en primera ronda. Estaba perdido. Y se agarró un clavo ardiendo.

En 2018 también se celebraban los Juegos Asiáticos. Una competición menor para una estrella como Son. Pero en 2014 los coreanos que ganaron la medalla de bronce en la competición futbolística fueron exentos de realizar el servicio militar. Son, quien no estaba convocado, pidió públicamente acudir a los Juegos. Si el Mundial había finalizado en julio los Juegos Asiáticos terminarían el primer día de septiembre. Una auténtica locura. Son pidió entre lágrimas a la Federación Coreana ser aceptado. Lo logró. Luego tuvo que convencer al Tottenham. Ahí lo tuvo fácil. Para el club inglés era mejor perder a Son durante un mes que estar sin él durante casi dos años.

Son jugó aquel torneo como le fuese la vida en ello. En la final Corea del Sur se enfrentó a Japón. El partido fue dominado por los nipones, pero se llegó a la prórroga sin ningún gol en el marcador. En la prórroga Corea logró dos goles, ambos gracias a asistencias de Son. Lograría Japón acortar distancias a falta de cinco minutos para el final, pero no se consumó la remontada y Corea del Sur consiguió la medalla de oro.

Heung-min Son lloraba de alegría. No tanto por el triunfo sino por librarse del reclutamiento.

Lágrimas de alegría

A inicios del 2020, aprovechando la pandemia del coronavirus, Son decidió realizar el servicio militar de cinco semanas reservado para aquellos que mejoran el estatus cultural del país. Son acabaría recibiendo una condecoración por su puntería, después de hacer el ejercicio práctico de disparo sin un solo fallo y siendo el mejor de su promoción. Al parecer su destreza con el balón era igual de digna que la que demostró con la bayoneta, el fusil o el combate individual.

Otras historias del fútbol asiático

Cuando Corea del Norte era noticia por el fútbol (la eliminación de Italia ante Corea en el Mundial de 1966)

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El inventor de los números (2ª parte)

La maravillosa creación de Herbert Chapman tuvo recorrido hasta 1993. Ese año la Football Association (FA) tuvo la ocurrencia de hacer permanentes los números de las camisetas. Así pues, un futbolista, independientemente de ser o no ser titular, conservaría la misma cifra toda la campaña. El portero ya no era el ‘1’ ni el extremo derecho el ‘7’. Ahora el ‘8’ podría no jugar en todo el año y el ‘17’ ser el jugador estrella del equipo. No fue casualidad que la FA escogiese un encuentro de copa entre el Arsenal FC y el Sheffield Wednesday como el primer partido con la nueva numeración. Se trataba del mismo encuentro disputado el 25 de agosto de 1928, sesenta y cinco años atrás, cuando la idea de Chapman de numerar a los futbolistas del 1 al 11 se hacía convertido en realidad.

En los siguientes cinco años las ligas de todo el mundo adoptaron el nuevo sistema a lo que inmediatamente se le añadió el nombre en la parte de atrás de la zamarra. Los 90 culminaron con el cambio anual en el diseño de la camiseta por parte del suministrador deportivo y la aparición de una segunda y hasta una tercera equipación donde los colores habituales del club pasaron a mejor vida. Los números y los colores ya no están pensados para el que va al campo. De hecho, hay combinaciones tan asquerosas que dañan la vista del más avispado. Los números hoy se diseñan para vender y para ser visibles por televisión. Lo vimos con el Covid o con el Mundial de Qatar. El respeto a las camisetas deja lugar al negocio. El aficionado que va al campo ha dejado lugar al forofo a distancia.

Aquel desastre del Athletic…

Volvamos atrás en el tiempo. Aunque en los 90 los números dejaron de ser sagrados desde 1954 ya habían dejado de serlo cada cuatro años. En el Mundial de Suiza 1954 la FIFA estableció que cada selección eligiese un número fijado entre el 1 y el 22 a cada uno de los seleccionados de forma inamovible. Por entonces no existía el marketing y las situaciones que la historia nos ha dejado pueden ser calificadas, al menos, como curiosas.

En 1958 la selección brasileña se olvidó de enviar la lista numerada de los jugadores a la FIFA en tiempo. Esto hizo que se escogiesen los números al azar desde la sede del máximo organismo. En la Brasil campeona en Suecia estaba el portero Gilmar ‘3’, Garrincha jugó con el ‘11’ en vez de con su clásico ‘7’ y Pelé fue el ‘10’ por una simple cuestión de azar, dado que, antes del Mundial, era un chico de 17 años muy conocido en Brasil, pero desconocido en el resto del mundo. No hay que olvidar que empezó el campeonato como suplente.

Más surrealista fue la decisión tomada por Argentina. En 1966 decidieron colocar sus tres primeros números a los porteros para luego seguir con el mismo orden con defensas, medios y delanteros. El arquero Hugo Gatti llevaba el ‘3’, el lateral zurdo Silvio Marzolini el ‘7’, el pivote defensivo Antonio Rattin el ‘10’ y el goleador Luis Artime el ‘19’. Si la decisión tomada en 1966 fue surrealista la escogida para las siguientes ediciones fue igual de racional que de rocambolesca. Desde 1974 a 1986, la época gloriosa de Argentina que incluyo dos victorias del Mundial, los jugadores fueron ordenados alfabéticamente. Los centrocampistas Beto Alonso y Osvaldo Ardiles fueron campeones mundiales en 1978 portando el ‘1’ y el ‘2’ respectivamente. El portero Ubaldo Fillol llevó el ‘5’ y el capitán y defensa central Daniel Passarella lució el ‘19’. Al igual que había sucedido con Pelé, quiso la casualidad que el delantero del Valencia CF y estrella de la selección Mario Alberto Kempes portase el número ‘10’.

La AFA (Asociación del Fútbol Argentino) no quiso volver a tentar a la suerte y aunque siguió usando el orden alfabético en los siguientes campeonatos mundiales decidió hacer una excepción. A Diego Armando Maradona se le dio el número ‘10’ por decreto. Eso suscitó envidias. A Daniel Passarella, el hombre que levantó la copa de 1978, se le permitió llevar su querido número ‘6’ y a Jorge Valdano, un futbolista menor, pero con gran ascendencia sobre el grupo, se le otorgó lucir el ‘11’. Aun así, en el Mundial victorioso de 1986 el delantero Sergio Almirón era el ‘1’, el mediapunta Ricardo Bochini el ‘3’, el lateral izquierdo José Cuciuffo el ‘9’ y el guardameta Nery Pumpido el ‘18’.

Retornando a 1978 se dio la curiosidad de que la final del Mundial fue la más estrafalaria en cuanto a numerología se refiere. Las manías argentinas derivan del fracaso de no clasificarse para el Mundial 1958. Tras eso, la AFA decidió dar un volantazo en su metodología que incluía lo de pasarse de rosca eligiendo los números. Lo de Países Bajos no tenía razón de ser. En 1974 jugaron su primer Mundial. Fuese por lo voluble de la época o por un afán de rebeldía se optó por numerar a los jugadores en función de un sorteo. El delantero Ruud Geels lució el ‘1’, el mediocentro Ari Haan fue el ‘2’, el centrocampista Van Hanegem el ‘3’, el portero Jan Jongbloed el ‘8’ o el delantero Johnny Rep el ‘16’. Por supuesto Johan Cruyff escogió el ‘14’ y punto. El caso es que en 1978 se descartó el estrambótico método, pero, dado que en 1974 los neerlandeses llegaron a la final, muchos jugadores decidieron repetir método para 1978. Así en la final entre Argentina y Países Bajos de 1978 además de Ardiles con el ‘2’ también estaban el mediocentro Arie Haan con el ‘9’, el delantero Rob Resenbrink con el ‘12’ o el volante Johan Neeskens con el ‘13’.

Para el Mundial de 1990 tuvo lugar la última estrafalaria ocurrencia de una selección. Italia, que ejercía de anfitriona, copió la idea de los argentinos en 1966 con la salvedad de darle el 1, 12 y 22 a los porteros. La FIFA ya andaba con la mosca detrás de la oreja y años después declararía obligatorio que el ‘1’ fuese designado obligatoriamente a un cancerbero. El caso es que hubo sus cositas. Los defensas Paolo Maldini y Pietro Vierchowod llevaron el ‘7’ y el ‘8’ respectivamente, el centrocampista Carlo Ancelotti el ‘9’, el mediapunta Roberto Baggio el ‘15’ y el delantero Gianluca Vialli el ‘21’. La gota que colma el vaso en ese Mundial es la de Escocia. Exceptuando al portero y número ‘1’ Jim Leighton, los escoceses decidieron ordenar a los futbolistas en función del número de veces que habían sido internacionales. La rareza salió más o menos bien porque quiso la casualidad que los tres futbolistas con más participaciones fuesen defensas y a los delanteros titulares les tocase el ‘7’ y el ‘9’. En todo caso el central del Liverpool FC Gary Gillespie portó el número ‘11’.

Maldini….empezó siendo el ‘7’.

En el futbol los números retirados escasean. En las selecciones directamente no existen. En 2001 la AFA quiso retirar el ‘10’ de Maradona. La FIFA prohibió tal medida y, aunque Argentina envió una lista de 23 jugadores del 1 al 24 omitiendo el número ‘23’ para el Mundial de 2002, la FIFA no hizo caso a la propuesta y exigió un cambio en la lista. Finalmente, Ariel Ortega luciría el ‘10’ y la prohibición de la FIFA permitirá que en 2022 Argentina vuelva a proclamarse vencedor mundial con Lionel Messi de capitán y luciendo el icónico número ‘10’.

Como vemos lo de llevar números superiores al ‘11’ es una costumbre en el Mundial desde hace tres cuartos de siglo. Sin embargo, hay una limitación más allá del ‘23’. No ocurre lo mismo en el fútbol de clubes. Desde que se dio carta libre a los futbolistas para abandonar la numerología tradicional se les autorizó llevar cualquier cifra entre el 1 al 99. Dicho número, por cierto, no puede ser cambiado a lo largo de una temporada con la salvedad de cambio de club por traspaso o cesión.

Uno de los más estrambóticos es el del lateral Alexander-Arnold. Luce el ‘66’ porque fue ese el número con el que debutó. En el Liverpool FC a los canteranos se les da números muy altos al debutar con el primer equipo para que tengan la motivación de progresar y conseguir un número mejor. No es el caso Alexander-Arnold feliz y titularísimo con su ‘66’. Anteriormente John Terry tuvo una carrera legendaria de dos décadas con el Chelsea FC con el ‘26’ por la misma razón. Los hay aún más curiosos. El chileno Iván Zamorano se encontró con la imposibilidad de llevar el ‘9’ al fichar por el Internazionale por lo que decidió lucir un ‘18’ al que añadió entre ambas cifras un +. Jamás se ha vuelto a ver algo parecido salvo en el caso del colombiano Freddy Rincón que usó un ‘35’ con un + en el Santos FC al no poder llevar su clásico ’8’.

Igual Zamorano tuvo esa idea porque en Chile la normativa es más laxa. Porteros como Vitor Baia o Gianluigi Donnarumma lucen el ‘99’, pero es que en Chile se puede ir más allá. Sergio Vargas llevó el ‘188’ y el delantero Marco Olea, al ver que el titular Marcelo Salas portaba el ‘11’, no se cortó y solicitó el ‘111’. También inusual es el ‘01’ que lució el portero brasileño Rogerio Ceni , el ‘3’ del cancerbero argentino Roberto Vilar o el ‘9’ del mexicano Jorge Campos.

Zamorano 1+8

Lo que es más común es lo de escoger como número tu fecha de nacimiento. Bixente Lizarazu (69) o Angelo Peruzzi (70) iniciaron la moda. En el AC Milan lo hicieron Andrei Shevchenko (76), Ronaldinho (80) o Flamini (84). Ronaldinho subió la apuesta al portar el ‘49’ en el Atlético Mineiro conmemorando el año de nacimiento de su madre. El también brasileño Ronaldo llevó el ‘99’ en sus años en Milán al no estar libre el ‘9’ y el italiano Antonio Cassano también lo lució en varios equipos en su caso porque 9+9 son 18 y el ’18’ era su número fetiche. También hay delanteros que han lucido el ‘2’. Unos cuantos en España. Gaizka Toquero, Aruna Koné o Borja Mayoral lo han portado. Diego Forlán fue el ‘5’ en el Villarreal FC. Falcao llevó el ‘3’ en el Rayo Vallecano en honor a su padre.

Cuando Mesut Özil decidió fichar por el Fenerbahce apostó por el ‘67’. ¿Motivo? Es el número que en Turquía se le asigna a la matrícula de los coches de donde son originarios sus padres. El ‘0’ fue portado por el marroquí Hicham Zerouali que militaba en el club escocés del Aberdeen. Fue el primero y el último en hacerlo porque la FIFA prohibió el uso de la cifra que por sí misma no es nada. Y por último nos quedamos con Gianluigi Buffon, candidato a mejor portero de todos los tiempos. Su longeva carrera está ligada al número ‘1’ pero también lució el ‘99’ con el que debutó en la Serie A. En cierta temporada quiso sorprender al público y optó por el ‘88’ pero se armó un fuerte revuelo dado que es el número simbólico del nazismo. La octava letra del alfabeto es la h. Y el 88 se asocia a HH (Heil Hitler). Visto el revuelo decidió sustituirlo por el ‘77’ que, según dijo, le recordaba a las piernas de una mujer.

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El inventor de los números (1ª parte)

Se supone que en las cavernas a alguien le dio por contar el número de lobos, osos, rinocerontes o hipopótamos. Usarían los dedos. Supongo. O conchas. O piedras. O palos de madera. Suponemos. Pero el caso es que fueron los babilonios los que dejaron registro en tablillas de arcilla de unos símbolos que podríamos llamar números. Casi al mismo tiempo un pueblo próspero y comerciante necesitaba algo más que eso para plasmar las grandes transacciones que realizaban. Eran los egipcios. Y necesitaban escribir millones. Agruparon sus símbolos en base a diez y permitieron hacer grandes operaciones.

El tema es que tanto los egipcios, como luego los chinos, los griegos y los romanos usaban símbolos. Habían conseguido agrupar grandes cantidades, pero el sistema era complejo y farragoso. El método romano, aún usado hoy, se mantuvo en primacía en el mundo occidental para la contabilidad de las empresas hasta el siglo XVIII. Era simple y efectivo para sumas y restas, pero inabarcable para grandes operaciones con multiplicaciones o divisiones. Todos estos sistemas mantenían, eso sí, un símbolo común; el 1. Todas las civilizaciones representaron el 1 con un palo, pictograma universal. Pero, como comentaba, el fallo radicaba en que era un sistema farragoso para grandes operaciones. Y de ahí derivaba otro problema. La inexistencia del 0. Sin este número no existirían las operaciones algebraicas. Y no era lo único. Al colocarse el 0 a la derecha de la cantidad aumenta su valor sin tener que aumentar los grafismos.

Lo del 0 fue cosa de los hindúes. Allá por el siglo VII a los matemáticos de aquellas tierras les dio por utilizar el cero no sólo como cantidad nula sino como sumando de números positivos y negativos. Los árabes adquirieron el conocimiento y gracias a la yihad lo expandieron por los tres continentes. De este modo cuando Al-Juarismi (Alghoritmi en latín) lo introdujo en Europa a través de Al-Andalus en el siglo IX, los números, tal y como los conocemos en la actualidad, pasarán a llamarse arábigos. No obstante, tal y como señalé antes, los romanos mantuvieron su hegemonía hasta tres siglos más tarde. Fue entonces cuando Gerardo de Cremona tradujo al latín el libro matemático de Al-Juarismi y los números arábigos adquieren notoriedad. Y aun con todo, habría que esperar hasta la invención de la imprenta para que los números romanos claudicasen.

¡A contar!

El fútbol reglamentado, cuya fecha de nacimiento data de 1863, sufrió en la década de 1920 el que seguramente haya sido su cambio más trascendental. La regla del fuera de juego fue modificada pasando de ser tres los futbolistas que tenían que estar entre el atacante y la línea de fondo para señalar el fuera de juego a ser únicamente dos. Al ser uno de esos dos el portero en la práctica dejaba en uno contra uno el pitar o no pitar la infracción. La regla fue modificada para contrarrestar un juego que se había vuelto tedioso al pitarse decenas de fueras de juego por partido. Tan sólo uno de los defensores tenía que adelantarse para que el delantero cayera en la infracción.

Con la nueva regla el defensor tenía que pensarse muy y mucho en anticiparse dado que, si fallase, aunque sólo fuera por una décima de segundo, el delantero rival quedaría en un mano a mano contra el portero. La idea inicial de la FA (Football Association) era impulsar el juego ofensivo. En un primer momento lo consiguió aumentándose el número de goles por encuentro. No obstante, la alegría ofensiva tuvo su reverso tenebroso. Ante el pánico de encajar goles, varios técnicos decidieron retrasar a un mediocampista a posiciones defensivas. Por vez primera en la historia del fútbol se pasaba de luchar por la victoria a luchar por no perder. El cambio en la regla del fuera de juego le dio al balompié años de fútbol ofensivo (de 1925 a 1955 se incrementaron año a año el número de goles por partido) pero por otra parte impulsó la creación de sistemas defensivos, líberos, carrileros donde antes había extremos y cerrojazos que ya nunca nos abandonarán como teoría táctica.

El primer gran teórico defensivo que el fútbol parió fue Herbert Chapman. Hasta entonces no existían entrenadores. Eran ex futbolistas que funcionaban como preparadores físicos y que se limitaban a dar la alineación. Los jugadores eran autosuficientes y su objetivo era marcar el mayor número de goles posibles. Herbert Chapman era uno de esos ex jugadores, pero su mentalidad era distinta. Tras el fin de la I Guerra Mundial se convirtió en técnico del Huddersfield Town y pronto llamó la atención por sus innovadoras ideas que entonces eran consideradas estrafalarias. Propuso la instalación de luz artificial en los campos, se mostró a favor de que la radio entrara en los estadios de fútbol, programó partidos amistosos contra equipos europeos superando el aislacionismo inglés, introdujo los masajes en los entrenamientos y obligó a que el segundo equipo jugase con el mismo sistema táctico que el primer equipo.

Y fue lo del sistema táctico lo que cambió todo lo antes establecido. Fue el primero que dotó al fútbol de musculatura estratégica. Chapman detecta el agujero creado por el cambio en la táctica del fuera de juego y retrasa a un centrocampista pasando del 2-3-5 universal usado por todos los equipos a un 3-2-5. El sistema pasará a ser conocido como WM y cambiará de forma radical la manera de entender el fútbol. Aunque en la práctica es ofensivo, el 3-2-5 se convierte en un 3-4-3 en juego posicional y hasta en un 5-2-3 en fase defensiva. El sistema se caracterizaba por la incrustación de un central en la defensa para detener al delantero contrario, ampliando el espacio de actuación de los laterales, que podrían contener a los extremos rivales. Chapman advirtió la importancia de los espacios libres a la espalda y ensayó con la ocupación de los laterales en el mediocampo en fase de ataque y con jugar con los extremos a pierna cambiada para aprovechar los lanzamientos desde fuera del área.

La WM era rompedora, pero a ojos actuales era profundamente estática. Cada jugador ocupaba una zona determinada del terreno de juego y no podía actuar libremente fuera de ella. Por tal motivo, en Sudamérica rechazarán a la WM para primar el juego de regates y filigranas. Por ello Alfredo DI Stefano cambiará con lo conocido en gran parte de Europa al salir de su posición de delantero centro a cualquier parte del campo haciendo estallar en mil pedazos a la WM. Antes lo habían hecho austriacos o húngaros, pero con el altavoz de la Copa de Europa, Di Stéfano lo hará universal y firmará el acta de defunción de la WM.

Chapman (al centro)

Chapman gana dos ligas con el modesto Huddersfield antes de ser contratado por una millonada por el Arsenal FC en 1925. En el club londinense perfecciona sus ideas y da pábulo a alguna otras. Impulsa la instalación de un marcador en el estadio de Highbury, la dotación de megafonía en el campo o la creación de las distintivas mangas blancas que luce el Arsenal en su camiseta. Chapman consideraba que la gran mayoría de clubes jugaba de rojo (lo cual es cierto), por lo que quiso dotar al Arsenal de algo característico que los diferenciase de todos sus rivales.

Y Chapman hizo algo más. Una genialidad. Solicitó por activa y por pasiva serigrafiar números en las camisetas de los jugadores. Chapman consideraba que poner números en el dorso de las zamarras era una manera práctica y sencilla de que el espectador que acudiese al campo distinguiese a los jugadores fácilmente. Chapman se basaba en la facilidad de su sistema (sistema que ya todos imitaban desde que firmara por el Arsenal) para colocar a los jugadores en el campo. Los defensores tenían los números del 2 al 4 (central derecho, central izquierdo y defensa central), los centrocampistas el 5 y el 6 (centrocampista defensivo derecho e izquierdo) y los delanteros del 7 al 11 (extremo derecho, interior derecho, delantero centro, interior izquierdo, extremo izquierdo). El portero, lógicamente, llevaba el 1.

La FA dio su brazo a torcer para la temporada 1928/29. El 25 de agosto de 1928 el Arsenal FC se enfrentó al Sheffield Wednesday con los números bordados en la parte trasera de sus camisetas. Esa misma jornada, también en Londres, el choque entre el Chelsea FC y el Swansea City también contó con la misma innovación. Fue un éxito tremebundo. «Me imagino que la idea ha llegado para quedarse. Todo lo que se requería era un pionero y Londres lo ha suministrado”, se podía leer en el Daily Mail. En la temporada siguiente todos los clubes de la liga inglesa contaban con números en sus camisetas.

En honor a la verdad hay que hablar de otros pioneros. La primera vez que se tiene constancia del uso de los números en las camisetas de fútbol fue en un partido jugado en 1914 en un encuentro amistoso entre English Wanderers contra el Corinthians londinense. Después hay referencias de otro uso de los números en la selección argentina en un amigable en 1923 y en encuentros de una liga de Estados Unidos en 1924.

Todos ellos fuegos de artificio, banco de pruebas. Pero la revolución iba a ocurrir de manos de Chapman. Para 1930 era obligatorio en toda Inglaterra, aunque aún tardaría varios años en imponerse en el resto del mundo. En diciembre de 1932 el seleccionador Hugo Meisl rechazó portar números en un amistoso que Austria iba a jugar frente a Inglaterra en Wembley. Aquello fue visto como una descortesía en la Gran Bretaña. La FIFA recomendó el uso de números, aunque no lo haría obligatorio hasta años después. En el Mundial 1954 instauró la obligatoriedad de llevar un número fijo durante todo el torneo a los 22 seleccionados por cada equipo.

El hombre de las mil ideas aun tendría otra idea más. Entonces no existían los ojeadores. Los encuentros ante rivales se hacían muchas veces a ciegas, especialmente cuando el rival era foráneo. La mejor manera de saber cómo se organizaba tu rival era fijarte en los números. El que portaba el número 11 tenía que ser un zurdo rápido y habilidoso y el que llevaba el 2 un defensa diestro fuerte y que iba bien de cabeza. Así que Chapman decide cambiar el orden de los números de cuando en cuando para despistar al rival. Le da el 5 a un central y el 4 a un centrocampista o el 6 a un interior y el 8 a un centrocampista defensivo. De inmediato otros clubes ingleses como Everton FC y Manchester City adoptaron dicha estrategia e incluso, y en más tardías fechas, se verá hacer lo mismo al primer gran Real Madrid o a la selección de Brasil.

Los vestigios del sistema permanecen hasta el día de hoy. La formación 4-4-2, que tras la WM es la más repetida en la historia del balompié, generalmente enumera a los jugadores siguiendo el sistema estándar de derecha a izquierda. Sin embargo, mientras que en países como España, Italia o Alemania el 4 y el 5 obedecen al central en Inglaterra el 6 sustituye al 5 en la posición de central, rastro de las ideas de Chapman. Del mismo modo el 10 suele ser para uno de los delanteros, mientras que en la mayor parte de Europa el 10 es centrocampista y el delantero es el número 11.  

A partir de esa base cada país tiene sus particularidades. En Brasil triunfó el sistema 4-2-4 que acabará evolucionando en 4-3-3. El 6 en Brasil tradicionalmente es usado por un lateral izquierdo y el 3 por un defensa central. En Argentina el 4 es el centrocampista organizador. Lo que fue común a cada país fue el dar el número 12 al primer sustituto y el 13 al segundo. Esta excepción se da en los países católicos donde se considera maldito (el número de Judas) y el 13 le toca al portero suplente. Ese pobrecillo que nunca salta al campo.

Ballack…un 13 protestante

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Cuando se cayó la portería del Bernabéu

Al Madrid sólo puedes darle por muerto cuando yace con el corazón atravesado por una estaca y cierras el ataúd con cien clavos de plata. Y ni así puedes darle por muerto. Eso es lo que todos pensamos. Pero no fue siempre así. Ahora semeja una nebulosa en el recuerdo, empero es notorio recordar que el Real Madrid estuvo treinta y dos largos años sin ganar la Copa de Europa. 32 años. Se dice pronto, mas es cansino en el pasar. Lo de la mística, el aura mágica, las remontadas y lo de que el Madrid siempre gana juegue bien o juegue mal no tiene tanto recorrido. Tras ganar la sexta en 1966 el Madrid se dio de bruces año tras año cuando disputaba la Copa de Europa. En esas tres décadas yermas el todopoderoso Real Madrid acumuló tan sólo siete decepcionantes semifinales y un doloroso subcampeonato. Cuando en el año 2000 la FIFA otorgó a los de Chamartín el título honorífico de mejor club del siglo XX mucho tuvo que ver la consecución de la Copa de Europa, la famosísima séptima, en 1998. Sin ese ansiado trofeo lo más probable es que no hubiese habido reconocimiento. Y sin ese título jamás se hubiese abierto la espita a la explosión obscena de trofeos que ha ganado el Real Madrid en los que llevamos de siglo XXI.

Así pues, cuando el Real Madrid avance a semifinales de la Copa de Europa de 1998 es de todo menos favorito. La camiseta blanca es venerada con respeto por su historia, pero ni infunde terror ni da superpoderes. Tras eliminar al Bayer Leverkusen, el Real Madrid tendrá que enfrentarse en semifinales al Borussia Dortmund. No es moco de pavo. Los germanos son los actuales campeones europeos y, en caso de lograr pasar, en la final tocará la Juventus de Turín, por entonces, y con diferencia, el mejor equipo del momento. Para añadir más dificultad al asunto, el factor campo estará en contra del Real Madrid ya que el partido de ida se jugará en el estadio Santiago Bernabéu.

Aquel 1 de abril de 1998 el Bernabéu vestía sus mejores galas para recibir al Dortmund. Lleno a reventar. Detrás de una portería, aquella a la izquierda en el tiro de cámara televisivo, los Ultra Sur. ¿Quiénes son los Ultra Sur? Se trata de unos fanáticos madridistas, con claras connotaciones fascistas, que progresaron con el beneplácito de la presidencia durante las dos últimas décadas del siglo pasado. Hoy la inmensa mayoría de estos grupos, comunes a todos los clubes, han ido perdiendo su beligerancia dado que se les han ido quitando diferentes prebendas como el pago de viajes o de entradas a la posibilidad de guardar sus enseres en los bajos del estadio. Entonces, en la primavera de 1998, los Ultra Sur eran una poderosa fuerza dentro de la familia madridista.

El caso es que mientras los últimos rezagados iban entrando al campo, los Ultra Sur ya llevaban cerca de una hora saltando y cantando detrás de una de las porterías del Bernabéu. Faltaban dos minutos para el inicio del choque, con los dos equipos formando en el círculo central preparados para escuchar el imponente himno de la Champions League, cuando la portería se vino abajo. Ambos postes cedieron por el peso y el zarandeo de un numeroso grupo de ultras que estaban subidos a la valla metálica que separaba el fondo del campo de las gradas. Por una extraña razón nunca explicada la valla soportaba el tensor de la red de portería.

Sí, han leído bien. Una de las porterías del Santiago Bernabéu se desplomó. No es ciencia ficción. Y sin dos porterías no hay partido.

Los veintidós jugadores y el trio arbitral formaban en fila en el círculo central cuando un ruido estruendoso hizo retumbar al Bernabéu. Lo primero que se vino a la cabeza fue un atentado terrorista, pero inmediatamente un giro de cabeza y unos ojos abiertos de incredulidad observan como una portería se había derrumbado ¡Menuda locura! ¿Cómo puede caerse una portería? Estaba a punto de iniciarse una película de hora y cuarto de duración que a punto estuvo de tirar el prestigio ganado durante años por el Real Madrid a la papelera de la historia.

El neerlandés Mario Van der Ende, colegiado del encuentro, caminó presto hasta el área damnificada. Se acercó a uno de los postes y vio que estaba completamente partido a una distancia próxima a los diez centímetros de la base. Todo el mundo había entrado en pánico. Utillero, jardinero, delegado…todos intentaban hablar con el colegiado para explicarle que no pasaba nada y que aquello tenía arreglo. Con rollos de cinta adhesiva se podía intentar pegar las dos partes. Van der Ende negaba con la cabeza. ¡Estaba roto! ¡Cómo se iba a arreglar! Tenía que acercarse a la banda y departir con un responsable de la UEFA para ver qué decisión tomar.

Mientras todo esto sucedía los jugadores se miraban perplejos a la vez que se preguntaban si tenían que volver o no al vestuario. Lorenzo Sanz, presidente del Real Madrid, no paraba de hablar por el móvil, presumiblemente buscando algún tipo de solución. Fernández Trigo, gerente blanco y quien hasta la llegada de Florentino Pérez fue durante décadas el hombre para todo del club, solicita a la UEFA tiempo para pensar e indica que lo mejor es que los jugadores se vayan para la caseta. Todos, españoles y alemanes, marchan a vestuarios, entre ellos Fernando Sanz, hijo del presidente y que aquella noche debutaba en partido de Copa de Europa, y quien confesaría, a posteriori, que estaba tan nervioso que ni se llegó a enterar de que se había caído la portería ni llegó a ser consciente del motivo de tener que volver a los vestuarios.

Van der Ende se tomó el asunto con humor y decidió en un aparte charlar con el madridista Manolo Sanchís y el teutón Stefan Reuter, capitanes de ambos equipos, para quitarle hierro a lo sucedido y pedirles un poco de paciencia. En esos momentos de pánico Van der Ende era el punto de información. Jugadores, directivos, periodistas…todos se acercaban a él para saber que iba a suceder. Van der Ende sonreía y pedía mesura. En unos minutos retirarían la portería rota y pondrían una nueva en su lugar. Le habían asegurado que la operación ya estaba en marcha.

Pero no. Nada estaba en marcha.

Fernández Trigo daba por hecho que alguna portería habría en el Bernabéu. Alguna de repuesto, alguna usada para algún entrenamiento.

Agustín Herrerín, delegado del Real Madrid, miró a Fernández Trigo con rictus serio.

No. No había nada.

Hubo que informar a la UEFA. Los mandamases europeos fruncían el ceño. ¡Era imposible! Por primera vez se habla de suspender el partido.

Mientras todo esto sucede en el vestuario del Real Madrid hay algo que preocupa tanto o más que saber si el partido finalmente se va a disputar. Por lo menos le preocupa a uno de sus jugadores. Clarence Seedorf cumplía ese día 22 años y había organizado una cena con compañeros y amigos en un restaurante al acabar el partido. Cada par de minutos Seedorf se acercaba a Van der Ende y le preguntaba si había alguna novedad. No la había. Y el pobre de Seedorf no sabía qué hacer. Hubo de llamar al restaurante donde, indudablemente, estaban al tanto de todo. Al final acabará habiendo cena…aunque a las tres de la mañana.

Pero esa es otra historia.

Entretanto en el seno del Borussia Dortmund se empieza a hablar de suspender el partido. Presentan una queja formal ante la UEFA y los jugadores deciden que si en cinco minutos no se arregla el problema se marchan y no juegan. Nevio Scala, entrenador del Dortmund, habla con su presidente y le dice algo así como que sus chicos ya no están enchufados y que si finalmente se juega el partido la derrota está asegurada. El Dortmund había viajado a Madrid con las bajas por lesión de Andy Möller y Jürgen Köhler, sus dos mejores hombres. Una retirada a tiempo era una victoria. Y el reglamento de la UEFA era muy claro. Si pasados 45 minutos el partido no se pone en marcha y uno de los dos equipos decide no jugarlo será derrota para el culpable por 0-3.

En román paladino. Si a las 21.45 no hay portería y el Dortmund decide marcharse del Bernabéu el Real Madrid será sancionado y perderá el partido por 0-3.

Bodo Illgner, portero alemán del Real Madrid, fue llamado al vestuario del Dortmund para ejercer de interprete. Van der Ende, en posición neutral, escuchaba atentamente y asentía con la cabeza. La posibilidad del 0-3 se tornaba una realidad.

Fue el presidente germano, Gerhard Niebaum, quien apagó el incendio. Bajó al vestuario junto a Lorenzo Sanz y no consintió que sus jugadores abandonasen el campo. Era algo que el reglamento permitía, pero no era cortés ni honrado. Lo de la portería no era una artimaña. Lo de la portería era una desgracia incontrolable. Niebaum consideraba que había que dejarle al Madrid la oportunidad de resolverlo. Así que no. No habría espantada ni 0-3. Tocaba esperar.

Al final la mística del Real Madrid siempre aparece cuando menos te lo esperas. El escudo infunde respeto. Aunque lleve 32 años sin levantar una Copa de Europa.

Mientras todos esto sucedía, Fernández Trigo puso en marcha una operación rescate. Dos empleados del club cogieron una moto mientras otros los seguían en un coche escoltados por un furgón de la Policía Nacional que les iba abriendo paso. Al frente del operativo el ex portero Miguel Ángel y Agustín Herrerín. El objetivo era llegar a la Ciudad Deportiva del Real Madrid y coger una de las porterías que allí había para luego trasladarla al Bernabéu.

El despropósito era tal que a nadie se le ocurrió como llevar la portería de marras al Bernabéu. La suerte estuvo en que por el camino vieron una camioneta que estaba descargando materiales en una tienda de telefonía. Allí fueron a solicitar ayuda a aquel camión marca Pegaso cuyo conductor imaginamos que, entre halagado y acojonado por la presencia de la policía, accedió a formar parte de la comitiva de rescate.

Aún habría que darle otra vuelta de tuerca al asunto. Hay camión y sabemos dónde hay portería. Pero cuando aquel grupo de intrépidos llega a la puerta de acceso de la Ciudad Deportiva…nadie tiene llaves….

Si. Nadie tiene llaves.

Tal cual una película de Berlanga.

Se piensa en llamar a los bomberos, pero no hay tiempo. Así que tocaba alunizaje. Marcha atrás al camión, acelerador a fondo y a golpear la puerta. Por suerte no hubo que tirarla abajo. Llegó con sacudir con fuerza la cerradura para que cediese el candado. Una vez dentro coger la portería fue relativamente sencillo, ya que contaba con ruedas. Luego hubo que quitarle la lona al camión, subir los cuatro hierros, y a toda pastilla hasta el Paseo de la Castellana.

Escoltados por los gendarmes, tardaron ocho minutos en completar un recorrido de siete kilómetros con un cuarto de portería fuera del camión. Se supone que quien más o quien menos estaba al tanto de todo gracias a la radio, pero la incredulidad de los conductores al ver saltarse semáforos en rojo y direcciones prohibidas a un camión con una portería (que ni siquiera llegaron a amarrar por culpa de las prisas) escoltada por la policía tuvo que ser harto interesante. En cada curva currada la portería amenazaba con quedarse dormitando en una acera de Madrid para desesperación de Herrerín y compañía.

Llegaron al Bernabéu entrando por la esquina donde antaño había un centro comercial porque era la única pueta por donde entraba la portería…o eso creían. El hueco era tan justo que hubo que poner en marcha a otros cuantos voluntarios más. Alguien escribiría después que las imágenes de la portería por el pasillo angosto del estadio recordaban a las de un torero, en brazos de su cuadrilla, dirigiéndose a la enfermería. Todo muy chusco. Un vodevil. Todo muy español. A las 21:45 horas, una hora después del horario previsto para el inicio del partido, la portería se manifestó sobre el césped.

¡Aleluya!

El Bernabéu la ovacionó como si de un galáctico se tratase.

No acabó ahí el asunto. Había que complicarlo aún más. Resulta que la portería de marras no tenía las medidas oficiales. Era un par de centímetros más baja de lo reglamentario. Los jugadores del Real Madrid asentían entre ellos. La habían reconocido. Entrenaban con ella todos los días y sabían que esa, justamente esa, era la portería de las medidas antirreglamentarias.

Afortunadamente para el Real Madrid Mario Van der Ende o bien no se dio cuenta o simplemente no quiso darse cuenta.

Tras un brevísimo estiramiento, a las 22:00 hora local, exactamente 75 minutos después del inicio previsto, el Real Madrid disputaba su novena semifinal de Copa de Europa en 32 años. Nevio Scala tenía razón. Sus jugadores estaban ausentes. Ante cualquier decisión arbitral, por clara que fuese, los jugadores del Dortmund saltaban en busca de Van der Ende fuera de sus casillas. Tras el partido llegarán a decir que avanzada la segunda parte a muchos les entraba el sueño. El caso es que el Madrid ganó claramente con un gol de Fernando Morientes y otro de Christian Karembeu, éste último el punterazo más famoso en la larga y frondosa historia merengue.

Tras ese partido la UEFA dictaminó que en todos los partidos de competición internacional sería obligatorio tener una portería de repuesto, obligatoriedad que aun hoy se mantiene en vigor. Cándido Gómez, el propietario y conductor del camión Pegaso que salvó la aciaga noche, recibió una gratificación de 470 euros de la época por parte del club. Días después fue llamado por Fernández Trigo a las oficinas madridistas donde le entregaron un chándal, un balón, una insignia y un joyero para su esposa. Gómez, socio del Real Madrid, quedó encantado por todo, aunque lamentaría que se le negaron las cuatro entradas que pidió para la final de Ámsterdam del 20 de mayo.

Y es que el Real Madrid salió vivo del Westfalenstadion (0-0) donde brillaron el advenedizo Fernando Sanz y la clase de Fernando Redondo. Se clasificó pues para la final de la Copa de Europa donde sorpresivamente derrotaron a la Juventus con un gol de Mijatovic que le dio la archifamosa séptima Copa de Europa al Real Madrid.

Buena parte de ello se lo deben a Gerhard Niebaum, aquel honrado presidente del Dortmund que impidió que su equipo hiciese una espantada en el Bernabéu.

El Real Madrid fue multado por la UEFA con un millón de euros y un partido de clausura del estadio en la primera ronda de la siguiente edición. A pesar de la victoria europea lo de la portería fue un dardo en la línea de la flotación blanca. Aquello fue el hazmerreír de todo el continente y Lorenzo Sanz jamás conseguirá recuperarse de ese bochorno. Sanz hubo de darle una vuelta al club para dejar de lado la estructura familiar de la entidad dando paso a una estructura profesional que después culminó Florentino Pérez con su llegada al poder. Fernández Trigo hubo de abandonar la casa blanca tras más de dos décadas y Florentino ganó las elecciones a la presidencia del verano del 2000 a pesar de que Lorenzo Sanz presumía en su gestión de la consecución de dos Copas de Europa (1998 y 2000).

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Una historia del ranking UEFA

A punto ya de finalizar el año 2023 es bueno recordar que es el último donde la Copa de Europa mantiene el formato tradicional que hasta ahora hemos conocido. Desde que en 1956 esta fascinante competición comenzase a andar mantuvo unas señas de identidad propias. Bien es cierto, me diréis, que cuando en 1992 pasó de ser Copa de Europa a Liga de Campeones se dio un tajo a su historia al introducir una fase de grupos antes de las eliminatorias. Viraje más fuerte se produjo en 1997 cuando se permitió el acceso a los subcampeones de las grandes ligas y, más aún, en 1999 cuando ese cupo se amplió a los cuatro primeros clasificados de las ligas top ampliando el número de participantes hasta un total de 32. Así ha sido desde entonces la Liga de Campeones hasta esta edición final vigente de la campaña 2023-24.

No obstante, la idea siempre ha sido la misma. Enfrentarse a los mejores en formato eliminatorio de todos contra todos sin ningún tipo de condicionante más allá del azar y de las vicisitudes geográficas. Todo cambiará en el verano de 2024 (Superliga mediante). Tras una ronda preliminar tendrá lugar una liga de ocho jornadas con 36 equipos, en la cual los enfrentamientos no serán los de todos contra todos. A través de un sorteo, condicionado por el coeficiente UEFA, se establecerán los enfrentamientos (ocho) de esta fase que clasificarán para jugar los octavos de final. Los 36 clubes se dividirán en cuatro bombos en función del coeficiente UEFA. Es lo que se da en llamar sistema suizo.

Para ampliar el número de participantes de los 32 habituales a los 36 del nuevo formato se tomaron varias decisiones. Se reservó una plaza para un campeón nacional de una liga menor y las tres restantes serán dadas en función del coeficiente UEFA de las ligas más potentes. Para ello se valora el rendimiento colectivo en Europa de los clubes de una determinada federación dividiendo los puntos obtenidos entre el número de clubes participantes.

Viene ahora la gran pregunta. ¿Qué es el ranking UEFA? ¿Cómo se calcula el coeficiente por federación?

El ranking de coeficientes de clubes por federación se basa en los resultados de los clubes de cada federación en las cinco ediciones anteriores de la UEFA Champions League y de la UEFA Europa League. El ranking determina el número de plazas asignadas a cada federación en las ediciones futuras de las competiciones de clubes de la UEFA.

Según la página de la Union des Associations Européennes de Football (UEFA) el sistema de puntos se determina de la siguiente manera:

4 pts – Bonus por participación en la fase de grupos (Liga de Campeones)

4 pts – Bonus por participación en los octavos de final (Liga de Campeones)

4 pts – Ganador de grupo (Liga de Campeones)

2 pts – Segundo de grupo (Liga de Campeones)

2 pts – Victorias de la fase de grupos (Liga de Campeones)

2 pts – Victorias a partir de octavos de final (Liga de Campeones)

1 pt – Empates a partir de octavos de final (Liga de Campeones)

4 pts – Campeón de la fase de grupos (Europa League)

2 pts – Subcampeón de la fase de grupos (Europa League)

2 pts – Victorias a partir de octavos de final (Europa League)

1 pt – Empates a partir de octavos de final (Europa League)

2 pts – Campeón de la fase de grupos (Conference League)

1 pt – Subcampeón de la fase de grupos (Conference League)

1 pt – Participación en semifinal y final (+1) (Conference League)

A grandes rasgos (hay algún punto más en liza por otros factores) es la forma que tiene la UEFA de clasificar a los clubes y la forma que tiene de condicionar el sorteo.

Este mismo sistema es el usado para las competiciones de selecciones nacionales y para formular sorteos también en el fútbol sala, dependiente del máximo organismo del fútbol continental. El sistema tiene ya un cuarto de siglo de vida cuando, ante la necesidad de favorecer a las ligas más potentes, se crea una fórmula que evite que los grandes transatlánticos se enfrenten entre sí y tengan el camino más despejado hacia las rondas finales favoreciendo al mismo tiempo al espectáculo y al negocio.

Las tres competiciones UEFA

Las cuatro grandes ligas europeas son Inglaterra, España, Italia y Alemania. Esto ha sido así desde que en 1995 se dictaminó que ningún jugador de la Unión Europea sería extracomunitario, propiciando de esta manera que los grandes mercados llenasen sus ligas de futbolistas extranjeros. El orden ha ido cambiando con los tiempos, siendo los 90 y el inicio del siglo XXI italianos, luego la balanza se inclinó del lado español y desde hace unos años la hegemonía es inglesa. Hay incluso quien considera que si Alemania es la cuarta grande lo es por economía, población e infraestructura, no así por el nivel de su fútbol de clubes. Francia o Portugal intentan acercarse a ese pódium en el que, hace ya muchas décadas, solían aparecer los Países Bajos.

Pero, ¿cuál era la liga más fuerte antes de que se crease el coeficiente UEFA? He decidido realizar un ejercicio introspectivo, echar la vista atrás y determinar cuál ha sido la liga más fuerte de Europa año tras año desde la temporada 1955/56. Fue esa la campaña en la que el Real Madrid se coronó por vez primera como campeón de Europa. Dos años más tarde se puso en marcha la Copa de Ferias (Copa de la UEFA) y en 1960 la Recopa de Europa.

Para simplificar mi labor he decidido eliminar el puntaje de la primera ronda y de las fases de grupos que no nacerían hasta finales del siglo pasado. El puntaje será el siguiente:

Campeón de la Copa de Europa: 10 puntos

Finalista de la Copa de Europa: 8 puntos

Semifinalista de la Copa de Europa: 6 puntos

Cuartofinalista de la Copa de Europa: 4 puntos

Octavofinalista de la Copa de Europa: 2 puntos

Campeón de la Copa de Ferias /UEFA/Europa League/Recopa: 7 puntos

Finalista de la Copa de Ferias /UEFA/Europa League/Recopa: 5 puntos

Semifinalista de la Copa de Ferias /UEFA/Europa League: 3 puntos

Cuartofinalista de la Copa de Ferias /UEFA/Europa League: 1 puntos

En caso de empate a puntos entre varias federaciones he considerado que la vencedora sea aquella cuyos clubes hayan ganado más títulos. Para el puntaje se ha igualado los puntos dados a la Copa de la UEFA con los de la Recopa de Europa, cuya última edición fue en 1999. Respecto a la muy reciente Conference League, únicamente se ha considerado dar 2 puntos al vencedor y 1 al finalista.

¿Y cuál era la mejor liga europea antes de 1956? La hegemonía inglesa es indiscutible hasta 1930. Si en las Islas Británicas el profesionalismo nace en 1888 en el resto del continente será una realidad que tardará mucho más en producirse. En España o Italia una liga profesional no comenzará a disputarse hasta 1929, en 1932 será el turno de Francia y en Alemania existió un sistema de ligas regionales con eliminatorias coperas para decidir al campeón nacional hasta la creación de la Bundesliga en 1963. Portugal no alumbró su Liga hasta 1934 y en los Países Bajos el fútbol no fue profesional hasta 1956.

Tras 1930 se produjo el primer cambio. Ese fue el año de la creación del primer Mundial de fútbol de selecciones. Tres años atrás, en 1927, se había creado la Copa Mitropa, una competición de clubes que juntaba a campeones y subcampeones ligueros de Hungría. Austria, Italia, Checoslovaquia y más adelante Yugoslavia, Suiza y Rumanía. Era más que evidente que el epicentro del fútbol europeo se había trasladado a Centroeuropa, al igual que tras la II Guerra Mundial se trasladó a la Europa sureña. De 1948 a 1957 se celebró la Copa Latina que enfrentaba a los campeones ligueros de Portugal, España, Francia e Italia. Son los italianos, por cuestiones geográficas, los clubes más adelantados al poder competir en ambos frentes.

Atendiendo a los resultados de estos campeonatos podemos considerar como modo introductorio:

Campeones de la Copa Mitropa (1927-1939):

Austria 4 (Austria Viena (2), Rapid Viena, y First Vienna)

Hungría 4 (Ferencvaros (2) y Ujpest (2)

Checoslovaquia 3 (Sparta Praga (2) y Slavia Praga)

Italia 2 (Bolonia FC)

Campeones de la Copa Latina (1949-1957):

España 4 (FC Barcelona (2) y Real Madrid (2)

Italia 2 (AC Milan (2)

Francia 1 (Stade de Reims)

Portugal 1 (SL Benfica)

Esto nos permite tener una referencia de cuáles eran las ligas más potentes de Europa antes de que las competiciones internacionales que abarquen todo el continente determinen una realidad más palpable.

Copa Latina

Vayamos pues con las mejores ligas de Europa año tras año. Entre paréntesis vendrá referenciado el club de ese campeonato que logró un título europeo (en caso de que lo lograse):

1955/56 España 10 (Real Madrid)

1956/57 España 14 (Real Madrid)

1957/58 España 21 (Real Madrid y FC Barcelona)

1958/59 España 16 (Real Madrid)

1959/60 España 25 (Real Madrid y FC Barcelona)

1960/61 Italia 17 (AS Roma y AF Fiorentina)

1961/62 España 28 (Atlético Madrid y Valencia CF)

1962/63 España 14 (Valencia CF)

1963/64 España 20 (Real Zaragoza)

1964/65 Italia 18 (Internazionale)

1965/66 España 24 (Real Madrid y FC Barcelona)

1966/67 Escocia 18 (Celtic Glasgow)

1967/68 Inglaterra 17 (Manchester United y Leeds United)

1968/69 Inglaterra 15 (Newcastle United)

1969/70 Inglaterra 21 (Manchester City y Arsenal FC)

1970/71 Inglaterra 25 (Chelsea FC y Leeds United)

1971/72 Inglaterra 17 (Tottenham Hotspur)

1972/73 Inglaterra 21 (Liverpool FC)

1973/74 Alemania 17 (FC Bayern)

1974/75 Alemania 23 (FC Bayern y Borussia Gladbach)

1975/76 Alemania 20 (FC Bayern)

1976/77 Alemania 19 (Hamburgo SV)

1977/78 Bélgica 18 (RSC Anderlecht)

1978/79 Alemania 22 (Borussia Gladbach)

1979/80 Alemania 27 (Eintracht Frankfurt)

1980/81 Inglaterra 18 (Liverpool FC e Ipswich Town)

1981/82 Inglaterra 17 (Aston Villa)

1982/83 España 13 (—)

1983/84 Inglaterra 23 (Liverpool FC y Tottenham Hotspur)

1984/85 Inglaterra 17 (Everton FC)

1985/86 España 20 (Real Madrid)

1986/87 Portugal 11 (FC Porto)

1987/88 Países Bajos 15 (PSV Eindhoven)

1988/89 Italia 23 (AC Milan y SS Nápoles)

1989/90 Italia 29 (AC Milan, Juventus FC, UC Sampdoria)

1990/91 Italia 22 (Internazionale)

1991/92 Italia 17 (—)

1992/93 Italia 23 (Juventus FC y Parma FC)

1993/94 Italia 25 (AC Milan e Internazionale)

1994/95 Italia 24 (Parma FC)

1995/96 Francia 18 (PSG)

1996/97 Alemania 17 (Borussia Dortmund y Schalke 04)

1997/98 Italia 23 (Internazionale)

La temporada 1998/99 es la última de la Recopa de Europa, nace la Liga de Campeones con cuatro equipos en las ligas más potentes y la UEFA establece su coeficiente por federaciones nacionales:

1998/99 Italia (SS Lazio y Parma FC)

1999/00 España (Real Madrid)

2000/01 España (—)

2001/02 España (Real Madrid)

2002/03 Italia (AC Milan)

2003/04 España (Valencia CF)

2004/05 Inglaterra (Liverpool FC)

2005/06 España (FC Barcelona y Sevilla FC)

2006/07 España (Sevilla FC)

2007/08 Inglaterra (Manchester United)

2008/09 Inglaterra (—)

2009/10 Alemania (—)

2010/11 Portugal (FC Porto)

2011/12 España (Atlético Madrid)

2012/13 Alemania (FC Bayern)

2013/14 España (Real Madrid y Sevilla FC)

2014/15 España (FC Barcelona y Sevilla FC)

2015/16 España (Real Madrid y Sevilla FC)

2016/17 España (Real Madrid)

2017/18 España (Real Madrid y Atlético Madrid)

2018/19 Inglaterra (Liverpool FC y Chelsea FC)

2019/20 España (Sevilla FC)

2020/21 Inglaterra (Chelsea FC)

2021/22 Inglaterra (—)

2022/23 Italia (—)

El resultado sería el siguiente (1956-2023):

1. España 21 ocasiones

2. Inglaterra 16 ocasiones

3. Italia 13 ocasiones

4. Alemania 9 ocasiones

5. Portugal 2 ocasiones

6. Francia 1 ocasión

6. Países Bajos 1 ocasión

6. Escocia 1 ocasión

6. Bélgica 1 ocasión

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Tito Margaride

“Siempre he creído, y lo sigo creyendo, que no hay en el mundo plaza más bella que la de Siena. La única que me ha hecho dudar es la de Santiago de Compostela, por su equilibrio y aire juvenil, que no permite pensar en su edad venerable, sino que parece construida el día anterior por alguien que hubiera perdido el sentido del tiempo”. Gabriel García Márquez.

En tan bella plaza cosechó Jesús González Margaride una de sus primeras victorias de renombre. Era la carrera pedestre de Santiago que desde 1978 se había convertido en referencia atlética del noroeste ibérico. Para Tito Margaride era una victoria especial que tuvo como colofón su primera convocatoria para defender los colores de la selección española en un torneo internacional. Sería en mayo de 1991 y lo haría disputando los 5.000 metros.

Margaride: sueño roto en Budapest – Vida Atlética de Galicia
Dorsal 1173

Tito Margaride se había aficionado al atletismo siendo un niño. Nacido y criado entre pastos, vacas y días plomizos, Tito se pasaba las tardes corriendo por carreiros de su Pontenova natal. Allí, entre minas abandonadas, hermosas iglesias y el nacimiento del más al norte aclamado río Eo, corría aquel niño que pronto llamó la atención del médico de la villa. Se trataba del pontevedrés Mariano Castiñeira, traumatólogo que recaló junto a su esposa en A Pontenova en 1978 cuando Margaride contaba con once años. Mariano había sido atleta en su juventud, entonces rondaba la cuarentena, y gustaba de estirar las piernas al acabar sus consultas. Pronto vería como a su espalda se situaba aquel imberbe al que era incapaz de dejar atrás hasta que cierto día le propuso cogerlo bajo sus alas y convertirse en su entrenador.

El primer día Tito apareció con botas y pantalón vaquero. Mariano arrancó la moto bordeando el Eo y hubo de ir frenando al aspirante hasta que, al cabo de una hora, Mariano dio por finalizada la sesión. Tito le hizo una reverencia, le dio las gracias, lo trato de usted y quedaron en el mismo lugar y a la misma hora para el día siguiente. Cuando en la siguiente tarde Mariano aparezca con un chándal a estrenar como regalo para el chaval, solo la timidez de Tito y el respeto a aquel desconocido harán que no se acabe ahogando en un mar de lágrimas.

Poco a poco Tito irá progresando y con el tiempo se trasladará a la capital lucense con el objetivo de hacerse profesional. Para entonces Mariano además de entrenador e íntimo amigo, será también el chófer que lo lleve de A Pontenova a Lugo las veces que haga falta. Tito sufría, pero disfrutaba, contenía esa sensación tan placentera que tienen todos los atletas de regocijarse con el dolor. Pronto se especializó en 5.000 y 10.000 metros convirtiéndose en uno de los atletas más prometedores de España y campeón gallego en dichas especialidades.

Para 1992 el objetivo de Margaride era clasificarse para los Juegos Olímpicos de Barcelona. Lo intentaría en los 5.000 metros. A inicios de año ocupaba el quinto lugar en el ránking nacional con 13’28’’57 a escasa distancia del plusmarquista español que era el soriano Abel Antón con 13’21’’86. Con el tiempo Antón sería bicampeón del mundo de maratón, mas entonces era corredor de pista. Tan sólo había tres plazas para los españoles, siempre y cuando consiguiesen la marca mínima, y a la altura del mes de junio Margaride veía que era incapaz de ascender en el ránking. Lo intentó en un mitin en Sevilla donde logró marca personal, pero le fue inútil. Antonio Serrano y Martín Fiz iban a ser los que acompañasen a Antón.

Como decía era junio. Faltaban menos de dos meses para el inicio de los Juegos Olímpicos y Margaride decidió jugárselo todo a una carta e intentar la mínima para participar en los 10.000 metros. En la distancia de los 10 kilómetros el nivel nacional era modesto, por lo que Margaride vio que tendría opciones. El problema es que ya eran escasas las pruebas donde podría intentar esa marca y ninguna de ellas tendría lugar en España. Mariano, su entrenador, le habló de una carrera en Budapest para el día 18. Tendría que ir por su cuenta y riesgo y pagarse el viaje y al alojamiento ya que la RFEA (Real Federación Española de Atletismo) no acudiría con ninguno de sus atletas. Margaride aceptó el reto y allí se fue él solo. Su mujer, embaraza de ocho meses, quedará en Galicia, al igual que Mariano, quien por asuntos laborales tampoco puede desplazarse de A Pontenova.

Una vez aterrizado en Hungría, Margaride se desplaza a su hotel. Al día siguiente tendrá lugar la carrera. Será a las 19.00 horas. Por la mañana Tito Margaride decide desayunar y dar una vuelta por la ciudad para desentumecer las piernas y prepararse para la batalla vespertina.

Una corriente se adueña del cuerpo de Tito. Desde los pies a la cabeza una explosión de dolor lo invade hasta que cae desplomado en medio de la calle.

Está consciente. La gente lo mira. Le gritan.

Tito quiere hablar.

No puede.

El tiempo se para.

Los recuerdos se desvanecen.

Cinco días más tarde Tito Margaride aterriza en el aeropuerto santiagués de Lavacolla. Lo hace en un avión ambulancia procedente de Budapest. Es noche cerrada. Allí está su mujer, su eterno Mariano y el secretario de deportes de la Xunta de Galicia. Al poco la ambulancia arranca rumbo al Hospital Provincial de Lugo.

Tito Margaride había sufrido una trombosis del tronco basilar.

Nunca más volverá a caminar.

Margaride: sueño roto en Budapest – Vida Atlética de Galicia
Margaride

Fueron unos días horribles. Solo, a miles de kilómetros de casa. Sin nadie que lo abrazase. Sin nadie que lo entendiese. Consciente de lo que ocurría, pero incapaz de comunicarse. Son tiempos sin mensajería instantánea. Pasaron 36 horas hasta que alguien del hospital de Budapest que sabía castellano consiguió contactar con la Embajada española para desde ahí poder avisar a la familia de Margaride.

Y luego vino la lucha. La lucha para repatriar al atleta lucense. La RFEA no quiso saber nada del asunto. Argumentaba que el viaje se había hecho por iniciativa personal del atleta y que no podían costear un avión medicalizado. Viendo que pinchaba en hueso, Mariano Castiñeira pretendió que la RFEA enviase un médico federativo a Budapest en compañía de un familiar, a lo que también se negó el organismo.

Visto que tiene el no por castigo, Mariano decide contratar por su cuenta y riesgo un avión, así como pagar de su bolsillo a un médico y un ATS húngaros para que viajen hasta Santiago acompañando a Margaride. Serán 14.000 euros de la época. Una pasta. La suerte para el bueno de Margaride es que Mariano Castiñeira es un hombre desahogado económicamente. Con el tiempo Mariano pleitearía para recuperar ese dinero, pero el fallo favoreció a la RFEA dado que se entendía que el accidente cardiovascular de Tito no había tenido lugar durante la celebración de un evento deportivo.

Comenzó entonces una lucha. Fueron miles de horas de rehabilitación en el Hospital de Lugo. Margaride no podía mover el lado derecho del cuerpo, por lo que lo primero fue aprender a escribir con la izquierda. Su entrega fue total. Por las mañanas tocaba sesión hospitalaria y por la tarde fisioterapia en casa. Por el camino el nacimiento de su hijo. Y los Juegos de Barcelona que, por desgracia, hubo que ver por televisión.

Pero Tito, que hasta entonces había sido un chico callado e introvertido cuya única felicidad era correr entre castiñeiros y carballos, de repente se convirtió en un simpático contertulio. Como un bebé que comienza a hablar, sus balbuceos pronto se convertían en risas. Donde todo el mundo esperaba ver tristeza y pena se encontraba ternura y felicidad.

No fue de extrañar que la Federación Gallega de Atletismo quisiese homenajear a Margaride con una fiesta atlética cuyos beneficios serían para Tito y su familia. Seria en la pista universitaria de atletismo de Santiago de Compostela. Allí acudieron todos los que tendrían que acudir. Sandra Myers, Alejandro Gómez, Andrés Díaz, Julia Vaquero o Isaac Viciosa. Y sobre todo Martin Fiz y Fermín Cacho, quien tras haber logrado el oro en 1.500 metros en Barcelona no dudó en dedicárselo al bueno de Margaride.

Quien no patrocinó ni acudió al evento fue la RFEA.

Margaride: sueño roto en Budapest – Vida Atlética de Galicia
Tito Margaride y Fermín Cacho

Era 1993. Apenas un año después del accidente cardiovascular. Tito disfrutó del espectáculo junto a su esposa y su hijo en la tribuna del estadio universitario. Y allí se dio la sorpresa. Margaride tomó el micrófono, agradeció el recibimiento y dijo encontrarse bastante bien y llevar una vida tranquila. Tan sólo que aquel hombre se pusiese en pie y dejase unas palabras ya era motivo de satisfacción generalizada.

Recuperado parcialmente de la trombosis solicitó una plaza para minusválidos en la Diputación de Lugo donde aún hoy sigue trabajando. Pero Tito no estaba conforme. Su sueño era acudir a unos Juegos Olímpicos. Y aquel ex campeón gallego de 5.000 metros no iba a cejar en su empeño.

Parcialmente paralizado de su pierna derecha y acompañado de su inseparable técnico, comenzó un entrenamiento intensivo que lo llevara a los Juegos Paralímpicos de Atlanta 1996. Lo que no había sido realidad en Barcelona se convertiría en un hecho en la capital de Georgia. En Estados Unidos consiguió un diploma olímpico al finalizar séptimo en los 5.000 metros para discapacitados físicos. En Sídney 2000 repitió diploma al ser octavo en los 800 metros y logró una medalla de bronce en los 1.500 metros.

Lo que el magnífico Abel Antón nunca consiguió fue logrado por Tito Margaride.

Una medalla olímpica.

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Kopa Brand

Queda en las nebulosas del olvido, pero Raymond fue el primero. Mbappé, Zidane, Platini y Kopa. Mismo talento, orden inverso. Raymond Kopa fue futbolista grande, imponente, de los de mando en plaza. El primer gran futbolista francés, un país de bicicletas y balones ovalados que sólo ha ido abrazando el fútbol rendido a la evidencia de lo inevitable.

Raymond Kopaszewski era hijo de emigrantes polacos que se instalaron en el norte de Francia buscando una mejor vida. Kopa perdió el dedo índice de su mano izquierda trabajando en una mina de carbón en tiempos de la II Guerra Mundial. Tenía 14 años cuando acabó la contienda y dos decenas cuando firmó como futbolista profesional con el Stade de Reims. Es Reims una ciudad magistral. Capital del champán, a una jornada de trayecto de Paris, destaca por sus cuidados viñedos, sus bodegas elitistas y por una majestuosa catedral gótica bautismal de los reyes de Francia. Bombardeaba por los alemanes durante la I Guerra Mundial, la catedral fue rápidamente reconstruida por los franceses quienes conforman el país más monárquico con corte republicana.

Raymond Kopa - Perfil del jugador | Transfermarkt
Raymond Kopa

Kopa era pequeño, hábil, fuerte y escurridizo al mismo tiempo. Su versatilidad le hacía destacar como mediapunta o incluso como delantero centro. Y ahí radicaba el problema. Aquel puesto estaba reservado en el Real Madrid a Alfredo Di Stéfano. Hubo de ubicarse como extremo derecho a regañadientes. Era habilidoso, aunque carente de velocidad. Antes había convertido al Stade de Reims en un gigante europeo y en el club de referencia en Francia. Formó equipo con Michel Hidalgo y aun le daría tiempo a compartir un año con Just Fontaine antes de que una lesión de rodilla acabase con la formidable trayectoria del goleador magrebí. Kopa era el buque insignia de un Stade de Reims que en 1956 perdió en Paris la primera final de la Copa de Europa ante el Real Madrid.

Al año siguiente era Kopa el que levantaba el trofeo portando la camiseta merengue. Será el primero de tres títulos consecutivos en los que Raymond se erige como pieza fundamental. Aun hoy sigue siendo el futbolista que más asistencias de gol ha dado en finales de Copa de Europa. Por el camino también hubo un Balón de Oro y unas semifinales de Mundial con Francia en 1958, un Everest para el balompié galo de entonces.

Kopa era feliz en el Madrid. Las reticencias iniciales por su posición en el campo pronto se acabaron y trabó franca amistad con Di Stéfano. “Jugar con él era como llevar paracaídas cuando viajas en avión”, diría sobre ‘La Saeta’. Kopa comprendió que por muy bueno que fuese, el ‘capo’ y el mejor sobre el campo era Di Stéfano.

Sin embargo, había un pequeño agujero en la vida de Kopa que día tras día se agrandaba hasta convertirse en un cráter. Se trataba de Christiane, la esposa de Raymond. No le gustaba Madrid y no se adaptaba a la vida en España. Aquella capital gris bajo los auspicios de una dictadura en poco se parecía a la tranquila y provinciana Reims. Su deseo era volver a casa junto a su familia y sus amistades. Si la balanza estaba igualada un hecho terrible la inclinó del lado de Christiane de forma definitiva. El matrimonio Kopa hubo de convivir esos años con la fatídica noticia del diagnóstico de un cáncer en uno de sus hijos. Por aquel entonces la enfermedad derivó en muerte sumiendo en un oscuro agujero negro al matrimonio y al resto de la familia.

Santiago Bernabéu dio el visto bueno y tras tres años de ensueño en lo deportivo Kopa decidió volver a casa. El problema es que el Stade de Reims no tenía forma de pagarle a Raymond lo que demandaba. Bastante tenían ya el conjunto francés con mantener a Fontaine en el equipo. Aunque tanto el Madrid como el jugador fuesen magnánimos, en ese trienio el caché de Kopa había subido tanto que su vuelta a Francia se tornaba en imposible. Italia era entonces la cuna de oro del fútbol mundial y el lugar al que el futuro de Kopa parecía predestinado.

Pero apareció entonces un empresario de Angers que le propuso darle su nombre a una bebida refrescante, agua con gas, de gran éxito en el país galo. Cuajó, pero fue la espita para algo más grande. Un empresario textil le propuso a Kopa venderse a sí mismo. Ejercer de hombre anuncio. Crear la marca ‘Kopa’. ‘Kopa Brand’. Camisetas ‘Kopa’. Botas ‘Kopa’. Era algo inaudito. Si, ya en 1934 el brasileño Leónidas había sido imagen para una marca de chocolates o más recientemente Di Stéfano había sido el icono de una casa de medias (sí, han leído bien), pero aquello era desconcertante. Una muestra radicalmente distinta.

Kopa no hacía anuncios. Kopa era su propio anuncio. Controlaba el mensaje. Era anuncio y anunciante al mismo tiempo. Aquello se llamaba derechos de imagen. Era un ‘brand’, una marca. Estaba controlando su propio destino.

Y la cosa no fue bien. El Stade de Reims volvió a ganar la liga con Kopa pero veía como la brecha con españoles, británicos, italianos y hasta portugueses se agrandaba. Y la gente, tan tradicional en lo que a fútbol se refiere, la tomó con el bueno de Raymond. En cada partido del Reims había sonido de viento cuando el crack francés se equivocaba en un pase o fallaba una ocasión clara de gol. Si es tan importante como para tener su propia marca, si está por encima de los demás, que lo demuestre en el campo, era el sentir general.

Así que Kopa se dijo a sí mismo que era más que suficiente y decidió dejar Reims con el beneplácito de su esposa. Pero no le era posible. Existía entonces el derecho de retención por el cual un jugador no podía abandonar un club si no había consentimiento previo. Los clubes eran los propietarios de la ficha del futbolista y tan sólo tenían la obligación de aumentar un 10 % el salario de un futbolista anualmente para mantenerlo en nómina per secula seculare aunque fuese en contra de su voluntad. Dado que el Reims no tenía intención de traspasarlo, y menos tras la prematura retirada de Fontaine por culpa de las lesiones, Kopa no podría salir de Francia por mucho que lo desease.

Así que, en 1963, a los 32 años, Kopa dio una entrevista a ‘France Dimanche’. Fue duro. Había sido minero en su juventud. Era un inmigrante hijo y nieto de mineros. Era un hombre de tiempos bravos. Y no se cortó ni un pelo. Habló de explotación laboral. Era 1963. Época de cambios sociales, pero quizás Kopa se adelantó un lustro o una década a lo que la sociedad demandaba. El caso es que tanto el Reims como la Federación Francesa de Fútbol reaccionaron furiosos y se sancionó a Kopa con seis meses sin jugar. Kopa intentó acudir a la justicia ordinaria, pero fue en vano, dado que entonces los trapos sucios del deporte se lavaban en la intimidad.

Kopa volvería a jugar, mas nada volvería a ser lo mismo. El Reims pagó cara esa ausencia de seis meses y bajó a Segunda. Ascendería de nuevo, pero Kopa era un bicho raro, una mosca cojonera en un panel de miel. Pleiteó con tesón, aunque tuvo que esperar para estar retirado para que la justicia le diese la razón. A él no le valdría de nada, pero trajo justicia a los que le sucedieron. Era 1968 y el mundo además de playa debajo de los adoquines convertía a los futbolistas en trabajadores con derechos sociales.

A partir de ahí vino todo lo demás. Pocos años después Cruyff firma un gran contrato con Puma. Resultó que la selección holandesa contrató con Adidas y suministró la ropa con las consabidas tres rayas en las mangas. Cruyff se negaba a ponérsela porque hacerlo contravenía su acuerdo con Puma. Tras un largo tira y afloja, se la puso, pero quitando una de las tres tiras. Aquella foto fue célebre. Y no paso nada. Los derechos de imagen eran una realidad. Con el tiempo se olvidó y Florentino Pérez usó esa estratagema para llenar el Madrid de galácticos, pero pronto los futbolistas (y sus representantes) se dieron cuenta de que ahí residía el negocio. A Kylian Mbappé le disuadieron en 2022 de fichar por el Real Madrid por 225 millones de euros a razón de tres temporadas…y 125 a mayores de compromisos publicitarios organizados por el Paris Saint Germain. Mbappe se ha negado más de una vez a cumplir con alguno de esos compromisos que estaban en conflicto con otros de la selección francesa más otros que el mismo ha adquirido a título personal.

Hoy Raymond Kopa es un mito del fútbol francés y europeo. Da nombre al trofeo del mejor jugador sub-21 del planeta y está considerado el pionero del sindicalismo y el hombre que permitió que los futbolistas fuesen los dueños de su propio destino. Pero antes de todo eso Kopa lo pasó mal. Gastó mucho dinero en abogados y tuvo que vender su Balón de Oro acusado por las deudas. Después se rehízo y su marca ‘Kopa’ diseñó la línea deportiva de Adidas que vistió a Uruguay, Chile, Suecia y Yugoslavia en el Mundial de 1974. Hoy ‘Kopa’ ya no existe, pero en 1998 unos chicos neerlandeses fundaron una marca de camisetas de fútbol vintage de preciosos diseños y de éxito mundial. No le pudieron poner ‘Kopa’ por derechos de imagen. Pero no dudaron en bautizarla como ‘Copa’.

SportMob – Raymond Kopa Biography
Kopa

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