ciclismo

El día que Contador resucitó

Para la edición de la Vuelta de España en 2012 la organización decidió que la meta en Madrid fuese el punto más meridional del recorrido. Tocaba dar un paseo de 21 días por las montañas del norte de España, confirmando un regreso al País Vasco que se había certificado en el año anterior. La salida tendría lugar en Pamplona, a donde acudió Miguel Induráin. El mito comentó que con semejante recorrido no hubiese tenido opción alguna de lograr la victoria. Se trataba de una edición pensada por y para los escaladores.

En ese verano de 2012 España estaba sumida en una profunda depresión. Crisis económica insondable, tasas de paro astronómicas y una retahíla de casos de corrupción que salpicaban el día a día y enervaban a la gente que salía a la calle. Pueblo que salía a manifestarse ante la carga de medidas de austeridad que preparaba el gabinete ministerial.

El favorito al triunfo era el británico Chris Froome, vigente vencedor de la Vuelta y que en el mes de julio había acabado segundo en el Tour de Francia. Las alternativas eran los españoles Alejandro Valverde (vencedor en 2009) y Joaquim Purito Rodríguez (subcampeón del Giro de Italia de ese año). Una incógnita era lo que podría ofrecer Alberto Contador. Al madrileño lo habían desposeído de sus victorias en el Tour de 2010 y del Giro de 2011 por un positivo en clembuterol. Aquella sanción por dopaje se había confirmado por una ínfima tasa de 0,00000000005 gramos/ml por encima de la permitida. La Vuelta de 2012 era su primera carrera de tres semanas tras volver al ruedo y aspiraba a conseguir una corona que se había ceñido en 2008.

Ya en la tercera etapa, con subida al Alto de Arrate, el cuarteto demostró su superioridad con un acelerón final que le dio la victoria parcial y el liderato de la prueba a Valverde. Purito Rodríguez le robaría el maillot rojo en la siguiente etapa y distintos picotazos entre los gallos confirmarían su superioridad sobre el resto de corredores durante la primera semana de la prueba.

Tras la jornada de asueto tocaba contrarreloj de 40 kilómetros en Pontevedra. Purito Rodríguez había perdido el Giro de esa primavera por culpa de una contrarreloj en el último día. No iba a ser así en tierras gallegas. La inclusión de una tachuela de tercera categoría en mitad del recorrido permitió a Purito salvar los muebles y mantener el maillot rojo de líder por únicamente un segundo sobre Alberto Contador.

Purito Rodríguez

Encaró la Vuelta una segunda semana de aúpa con tres jornadas montañosas. Tres finales de etapa; desde el explosivo Mirador del Ézaro, al consistente Alto de los Ancares y para finalizar el mágico y místico final en los Lagos de Covadonga. Un Contador frustrado lo intentaba por activa y por pasiva, pero era incapaz de doblegar a Purito, quién incluso aumentaba la renta en un puñado de segundos gracias a las bonificaciones. Tan sólo el británico Chris Froome sería víctima de este encadenado montañoso al perder una buena renta en Covadonga, dejando la lucha por la general definitivamente entre Rodríguez, Contador y Valverde.

Tocó luego la etapa reina. San Lorenzo, Cobertoria y final en el Cuitu Negru, con rampas de hasta el 24%. Contador puso a su equipo a tirar a destajo. A falta de seis kilómetros para la cima soltó un poderoso ataque. Valverde se desfondó, pero Purito resistió como pudo e incluso atacó a falta de 200 metros para lograr la victoria de etapa. Tocaba el segundo día de descanso. Purito Rodríguez era sólido líder con 28 segundos sobre Contador, mientras que Valverde estaba a más de dos minutos y Froome andaba en los cuatro y medio de retraso.

Purito Rodríguez había gobernado la Vuelta a España de 2012 hasta bien entrada la tercera semana con insultante autoridad, con piernas de hierro. Tanto era así, que Purito incluso osó invadir el terreno de Alberto en la conquista de la ronda española, el de los puertos largos, coto que parecía exclusivamente reservado al madrileño.

A pesar de la corta ventaja se entendía que la Vuelta estaba resuelta. La última semana era descafeinada. Tan sólo inquietaba la penúltima jornada con subida a Navacerrada y a la llamada Bola del Mundo, una descomunal rampa final en la que el asfalto deja de existir. Era un final explosivo que le iba como anillo al dedo a Purito tal y como había demostrado en varias etapas de esa Vuelta. La visión de carrera del catalán era clara y aguda y sabía exactamente donde dar rienda suelta a su explosividad para superar a Contador en los metros finales.

La etapa siguiente al día de descanso tenía que ser la de una suave vuelta al trabajo. Se salía de Santander y tras 177 kilómetros se llegaba a un final en alto en Fuente Dé, a los pies de los Picos de Europa. No obstante, se trataba de un puerto cántabro de segunda categoría con apenas un 4% de desnivel, cifra insignificante para un ciclista profesional.

Ocurrió que, a 50 kilómetros de meta, en Collada de la Hoz, otro puerto de segunda categoría, Alberto Contador atacó.

Contador decidió organizar una revolución espontánea y olvidarse del ciclismo de pinganillos. Contaba con tres compañeros por delante fruto de una escapada y decidió jugarse el todo por el todo. Al paso por la cima de Collada de la Hoz había abierto un hueco de 18 segundos sobre el grupo principal donde marchaba el líder. Purito no supo muy bien cómo reaccionar. El catalán llegó a estar a 200 metros de distancia del madrileño antes de coronar la cima, pero su equipo decidió ser cauto y no arriesgarse a una caída en la peligrosa bajada del puerto. A fin de cuentas, quedaba un mundo para la línea de meta.

En el descenso Contador ya era el líder provisional de la carrera ayudado por sus compañeros de equipo a los que ya le había dado caza. En el valle sus gregarios pusieron un ritmo infernal y luego Paolo Tiralongo, ex compañero de Contador años atrás, simplemente hizo de amigo al recordar como en el pasado Contador le había regalado una victoria de etapa en el Giro de Italia.

A 13 kilómetros de meta Contador se quedó solo. La ventaja era de dos minutos. Purito Rodríguez, con un equipo mediocre, solicitaba ayuda a Valverde y al Movistar, escuadra donde militaba el murciano. Valverde se pegó a rueda de Purito y calló la boca. Él iba tercero. No tenía ningún liderato que defender. Purito jamás se lo perdonaría y eso le costará una medalla de oro a España en un Mundial de ciclismo.

Pero esa es otra historia.

Valverde atacó entonces a un Purito que era incapaz de pedalear entre cansado y frustrado. Agotado por la caminata también estaba Contador, quién al sobrepasar la pancarta del último kilómetro tan sólo mantenía 15 segundos de distancia sobre Valverde. Con todo, tuvo suficiente gas para lograr la victoria por únicamente seis segundos de ventaja. Cuando cruzó la meta no hizo su característico gesto de pistolero, sino que soltó un rugido ininteligible que condesaba los dos años de frustración que había acumulado por su sanción por dopaje.

Purito Rodríguez, mudo de cabeza y psicológicamente muerto, se dejaba más de dos minutos y perdía la Vuelta a España de 2012.

La clasificación general se mantuvo inalterable tras el paso por la Bola del Mundo. La victoria fue para Alberto Contador y aquella edición de la Vuelta a España fue un éxito. Triplicó en número de televidentes a la edición del anterior año y fue la más vista desde 2004. Hay quien considera que fue una de las mejores junto a la pelea en las cumbres de Fuente y Ocaña de 1974 y la de 1983, cuando Bernard Hinault se rebeló contra la inesperada resistencia española.

Aquel ataque a 50 kilómetros de final en un puerto de segunda categoría definiría como Contador sería recordado en el santoral del ciclismo. Hasta su sanción por dopaje, Alberto Contador era un ciclista frío y calculador que esperaba a los últimos metros de la ascensión final para asestar un golpe demoledor con una altísima cadencia de pedaleo. Así cimentó sus victorias en el Tour de Francia. Pero fue tras cumplir su sanción por clembuterol cuando Contador pasó a ser un ciclista ofensivo. Todo comenzó en Fuente Dé, pero luego vendría una cabalgada a pie del Mortirolo, un ataque loco en el Angliru, otro asalto imposible en Formigal y unas cuentas caídas en el Tour por arriesgar más de la cuenta. Ese, el Contador que ya no era dominante pero que era ofensivo, sería el ciclista que quedaría para el recuerdo por mucho que atesore un brillante palmarés. Corredor suicida que siempre lo intenta y que hace honor al mito del ciclismo romántico.

Contador campeón

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Clásica de Bretaña. Guía de viaje

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor. Así reza la introducción del primer cómic de Astérix publicado allá por el año 1959. Pero, ¿dónde está esa aldea? Sabemos que se ubica en Armórica y que está rodeada por cuatro destacamentos romanos, siendo el más celebre el de Petibonvm. También, al acercar la vista con la lupa, comprobamos que es un enclave costero con acceso al mar. Está al noroeste, entre Bretaña y Normandía, aunque las pistas nos indican que orbita más hacia el finisterrae que hacía el este. La pista nos la da un cómic donde Astérix y Obélix desembarcan en Gesocribate (Brest) y comentan que están cerca de su poblado. Por lo tanto, viven en Bretaña.

Aunque Albert Uderzo, creador del cómic, siempre afirmó que la aldea es fruto de su imaginación, los historiadores consideran que se ubica en la costa de Armórica en un lugar llamado Erguy. El motivo es que hay tres islotes frente a la playa, un accidente paisajístico que también aparece en los cómics. Aunque Erguy promociona turísticamente el filón, hay centenas de pueblos que hacen lo propio. Lo fidedigno es que Astérix y Obélix son bretones. Cualquiera que haya leído alguna vez en su vida un cómic de Uderzo conocerá paisajes y costumbres de esta preciosa región francesa.

La irreductible aldea gala…

Bretaña evoca a infancia. A tradición. A andar en bicicleta. Después de cada guerra el Tour de Francia siempre se ha refugiado en Bretaña. Es el norte, la frontera con Bélgica y Alemania la cuna del ciclismo. También es tierra de obuses y trincheras. En Bretaña hay paz y tranquilidad. Paisajes bucólicos y paseos inolvidables. Una quinta parte de los ganadores galos en el Tour nacieron en Bretaña, incluido Bernard Hinault, quíntuple vencedor. En una tierra donde apenas hay inmigrantes porque siempre llueve. En los años dorados del ciclismo, allá por la década de 1960, se organizaban carreras en cada uno de los municipios de la región.

Es Bretaña, como Gales, como Irlanda y como Galicia, tierra celta. Y no sólo ese pasado es común. También el verde y las carreteras. Falsos llanos, terrenos quebradizos, sin grandes ascensiones, pero con continuos subes y bajas que destrozan las piernas y forman a auténticos luchadores. En Bretaña se habla diferente y también se pelea diferente, siendo leal a Paris, pero reivindicando con fuerza que Francia no es sólo Paris.

La Clásica de Bretaña es una prueba reconocida y exigente que se disputa siempre el último domingo de agosto. Ensombrecida por la disputa en las mismas fechas de la Vuelta a España, tiene dificultad para atraer estrellas, pero su fama es prodigiosa tanto en Francia como en el norte de Europa. La carrera tiene su salida y su llegada en Plouay, corazón del ciclismo francés. Es apenas un pueblo de 5.000 habitantes, pero entre sus calles se llegó a disputar el Mundial de ciclismo del año 2000 y desde 1931, camino ya del siglo de vida, tiene lugar una de las clásicas más reconocidas del ciclismo.

La costa de Bretaña (Morbihan)

Son 260 sinuosos kilómetros, perfectos para cambios de ritmo y movimientos desestabilizadores, con un recorrido variable que se adentra en el Morbinhan y en Finisterre. Se suele salir hacia el noreste para, en sentido contrario a las agujas del reloj, retornar al punto de partida. Tras la primera parte de la carrera se puede llegar a las estribaciones del Menez-Hom (la Montaña Negra), uno de los puntos más altos de Bretaña con apenas 330 metros. Lugar de parapentistas, es un enclave natural con soberbias vistas sobre la ensenada de Brest. Montaña sagrada de Armórica, lugar de druidas y menhires, se dice que el rey de Cornualles descansa sobre esta ladera por culpa de una maldición de amor que le hizo crecer unas orejas y una cola de caballo.

Descendiendo, y no muy lejos, encontramos castillos descomunales. Uno de ellos es el de Trévarez, prototipo de mansión bretona y primer lugar en toda Bretaña en contar con ascensor. Luego la carrera sigue en dirección sur entre bocage, vacas, manzanos, hortensias y más vacas. Los esforzados de la ruta tomarán sus barritas energéticas y sus bebidas isotónicas como avituallamiento. Los aplaudidores de las cunetas podrán optar por delicatessen más interesantes. Mar y montaña.

Para los primeros langostinos y bogavantes del Finisterre bretón, pero también centollas, vieiras o mejillones. También caballas, sardinas, merluzas o lenguados. En todo caso no hay nada más típico como la tortilla francesa de mejillones. En Bretaña los mejillones se cultivan en vertical usando estacas de roble clavadas en la arena. También destaca la ostra morlaisienne y la plana de Bélon, con sabor a avellana. Si el visitante quiere carne cuenta con estupendo ganado vacuno, no obstante, no hay nada más típico que una crépe (trigo blanco) o una galette (trigo negro) rellena al gusto. También son válidas para el postre, aunque en Bretaña, como en todo el norte de Francia, un postre sin mantequilla no es un postre. Indispensable probar un kouign amann, cuya traducción no deja lugar a dudas de lo que tratamos; pastel de mantequilla. Eso sí, la mantequilla en Bretaña (a diferencia de Paris) lleva cristales de sal.

Con el estómago lleno el pelotón llega a Lorient, la ciudad más poblada de la región. Ciudad creada en el siglo XVI como astillero para los barcos franceses que navegaban alrededor del mundo, en el siglo XX fue base de submarinos de la Alemania nazi. Una vez avanzado Lorient ya la carrera se adentra en el golfo de Morbihan, que en bretón significa mar pequeño. Allí nos encontramos con Concarneau, un excepcional conjunto de callejas intramuros. Su célebre Ville Close, es un amurallado islote medieval unido a tierra firme por dos puentes desde el que se observa un agitado puerto pesquero.

Luego toca Quimper, una de las más bellas y luminosas ciudades de Bretaña. Antigua capital del reino de Cornualles, cuenta con una espectacular catedral gótica. Preciosa ciudad medieval con entramados de madera, es el lugar ideal para tomarse una sidra elaborada con uno de los 200 tipos de manzanas diferentes con los que cuenta Bretaña. El barrio más celebrado de Quimper es el de los ceramistas, con numerosos teatros, creperías y con una preciosa iglesia románica del siglo XII. Si el tiempo acompaña, y debería hacerlo dado que estamos a finales de agosto, también seducen sus buenas playas, largas y recogidas del siempre frío viento del norte.

Volviendo ya hacia el noroeste, toca visitar Vannes. Levantada sobre restos galorromanos, se trata del centro urbano más importante del golfo de Morbihan. Rodeado de murallas, su casco histórico es simplemente espectacular. En Vannes arribó Benjamin Franklin cuando, como ministro de exteriores, viajó a Francia para pedir ayuda económica y militar en la lucha que las colonias americanas mantenían contra Gran Bretaña para lograr la independencia. Fue de Bretaña de donde salió la idea de las barras y estrellas para la bandera de Estados Unidos, de ahí su gran parecido con la de Bretaña. Muy cerquita, en Auray, había tenido lugar la famosa batalla que en la que los bretones lograron en 1364 una independencia que duraría siglo y medio hasta que finalmente pasaron a formar parte del Reino de Francia.

Antes de acercarnos a Plouay, la ruta abandona definitivamente el Atlántico en la Costa Sauvage. Desde allí se puede ir en barco a la isla de Moines, de exuberantes vegetación, hermosos senderos y numerosas calas. Justo enfrente está la isla de Arz, conocida por su rica vida aviar. En la Costa Sauvage cada rincón es una lengua de granito que se adentra en el mar proporcionando un regalo para los sentidos y un paraíso de luces cambiantes para los fotógrafos.

Por entonces la carrera ya suma 200 kilómetros de recorrido. Antes de que los ciclistas busquen la victoria toca pasar cerca de Carnac. Más desconocido que Stonehenge, Carnac deslumbra por la vertiginosa extensión de sus campos de menhires de tres metros de altura y más de 5.000 años de antigüedad.

Los menhires de Carnac

Aunque el terreno es siempre quebradizo, la carrera suele dictar sentencia en el circuito de menos de 15 kilómetros que rodea a la villa de Plouay. Allí se afrontan tres tachuelas, todas cortas y todas exigentes, y mucho más tras seis horas de esfuerzo continuado. Si algún favorito consigue romper el grupo tiene la victoria a su alcance. Quizás un grupo reducido se la juegue en el sprint final. El circuito comienza y termina en el Boulevard des Championnats du Monde, a las afueras de la localidad. En un primer momento se interna en Plouay, para inmediatamente dirigirse hacia al norte afrontando la primera dificultad montañosa, la Cote du Lezot, que consta de unos 600 metros a una pendiente media cercana al 7 %. Luego hay otro accidente montañoso tras rodear un frondoso bosque. Se trata de Chapelle Saint Anne des Bois (1,2 km al 5 %). Tras este rodeo se vuelve al punto donde se separan los dos circuitos para afrontar, desde el oeste y en dirección de nuevo a Plouay, la cota más dura del día, Ty-Marrec (700 metros al 75). De ahí, quedan 4.000 metros hasta la línea de meta.

Saint Anne des Bois

La Clásica de Plouay se creó en 1931 y se ha disputado ininterrumpidamente hasta la actualidad excepto durante la Guerra Mundial. En 1989 adoptó el nombre oficial de Clásica de Bretaña. El palmarés de la prueba fue completamente dominado por corredores franceses hasta inicios de los 80, cuando la prueba fue internacionalizándose. Hasta un total de ocho ciclistas han levantado los brazos como vencedores en Plouay en dos ocasiones, sin que exista, pues, un triunfador hegemónico. Corredores de la fama de Wout van Aert, Vicenzo Nibali o Sean Kelly han logrado la victoria en el gran premio bretón.

Van Aert

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Cabeza de chorlito

Si hay algún boomer que se pase por estas páginas reconocerá, conocerá y, quizás, usará la expresión cabeza de chorlito. Los que, como yo, somos de la generación millenial la reconocemos, aunque no la usamos. A los de la generación Z lo de cabeza de chorlito les sonará a chino (aunque la generación Z no usa expresiones políticamente incorrectas y con sesgo racista como la que acabo de emplear).

En francés se dice tète de linotte. Y digo lo del francés, porque chorlitos en España no hay muchos. Entiéndaseme bien. Cazurros en España los hay a patadas, pero el chorlito es un ave. De ahí viene la expresión. En Europa, se crían en alta montaña, en los Alpes o en los Pirineos, por lo que es más fácil que hable en francés a que lo haga en castellano. Eso sí, en época de migración, como buen espécimen de la Europa rica, gusta de buscar humedales y zonas costeras de la Península Ibérica.

Al parecer el chorlito, un ave de bonito plumaje, es un calzonazos. Se dedica a cuidar de la progenie y atender al nido mientras se incuban los huevos. La hembra, mientras, se aparea con otros machos. El chorlito, pues, es manso y confiado. Tan tontiño es que muchas veces colocan sus nidos en el suelo, sin protección, lo que unido a su tosco andar y a su pequeña cabeza, hicieron triunfar a la expresión cabeza de chorlito como sinónimo de persona despreocupada, tonta y de pocas luces.

Chorlito (pluvialis dominica)

Resulta que finalizada la II Guerra Mundial despunta un pequeño ciclista francés. Es bajito, apenas roza el 1’60 de estatura, y no es muy agraciado a la vista. De piernas largas, amplia frente, pequeños ojos y gran cabeza, a todo ello suma que no es el más listo de su clase. Alguno diría que la falta una primavera, otros, viendo la descomunal circunferencia que asoma por su cuello y la cantidad de serrín que hay dentro de ese cerebro, decide llamarle cabeza de chorlito.

Aquel pequeño bretón tuvo un costalazo de cuidado en una tarde veraniega de 1945. Tropezó con los raíles de un tranvía, cayó, se rehízo y concluyó la etapa. Al día siguiente, al examinar las radiografías, el médico comprobó con asombró que cabeza de chorlito se había fracturado el cráneo. Cabeza de chorlito decidió entonces ponerse un casco de cuero de por vida en una época donde ningún ciclista llevaba protección en la cabeza. Las risas no se hicieron esperar y el apodo de cabeza de cuero complementó para siempre al de cabeza de chorlito.

Jean Robic, nombre de nuestro cabeza de cuero o de chorlito, se presentó a la edición del Tour de Francia de 1947 con aires de grandeza. Se había casado dos días antes diciéndole a su mujer que no tenía nada que ofrecerle, pero que en tres semanas tendría dinero y sería famoso. El Tour volvía a ponerse en marcha siete años después, tras haber estado parado por culpa de la II Guerra Mundial. Era una Francia devastada, con grandes socavones en las carreteras y en la que, aun por encima, iba a coincidir un mes de julio terriblemente lluvioso. Muchos corredores estaban desnutridos y acabarán llorando al pie de las montañas.

Desaparecido el periódico L’Autó se fundará en 1946 el diario L’Equipé que cogerá el relevo como organizador del Tour. La prueba emprenderá en Paris y contará únicamente con 79 ciclistas que durante 22 etapas recorrerán Francia en el sentido de las agujas del reloj. Se compite por selecciones nacionales (Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Suiza e Italia), mientras que los franceses compiten con un equipo nacional y varios regionales. Entre los favoritos está el escalador italiano Pierre Brambilla y el francés René Vietto, quien había sido segundo en el último Tour antes de que la guerra partiese en dos partes su carrera profesional. Jean Robic formaba parte de uno de los equipos regionales y no estaba entre los favoritos.

Vietto se pondrá líder en los Alpes y mantendrá una dura lucha con Brambilla en los Pirineos, pero el italiano le arrebatará el liderato a falta de dos jornadas para el final en una larguísima contrarreloj de ¡139! Kilómetros. Fueron casi cuatro horas sobre la burra con diferencias de quince minutos entre los favoritos. Otros tiempos. Por el camino, Jean Robic se encuentra en la tercera posición de la general con tres victorias de etapa en parciales.

Se llega pues a la última etapa. 257 kilómetros desde Caen hasta Paris. Tradicionalmente un paseo, en antaño la llegada a Paris era una etapa abierta como cualquier otra. Pasa el pelotón por la tachuela de Bonsecours (2 km al 6%) y ataca Jean Robic. A su rueda va Brambilla y más atrás un tal Edouard Fachleitner. Los dos gallos paran, el pelotón parece que se reagrupa…y Fachleitner vuelve a tirar hacia adelante seguido por Jean Robic. Se van los dos. Italiano y francés. Quedan cien kilómetros de llano. No van a ningún lado.

Pero hay acuerdo. Robic le ofrece a Fachleitner 100.000 francos (dos años de sueldo tipo de entonces) a cambio de que le de relevos. Si cabeza de chorlito gana el Tour, habrá acuerdo. Fachleitner acepta. Por detrás un caos. Los italianos le quieren dejar la tostada a los franceses de Vietto y no tiran. Los gabachos no saben si apostar por Vietto (francés de primera) o por Robic (francés de segunda). El caso es que nadie tira en el pelotón y cuando la parejita llega a meta lo hace con catorce minutos de ventaja. Vietto queda fuera de un pódium copado por Fachleitner, Brambilla y por Jean Robic en primer lugar.

Aquella locura de etapa está considerada la mejor etapa llana de la historia del Tour de Francia. Camino de los 125 años, sólo en cuatro ocasiones ha habido cambio de líder en el día final. Jean Robic se vistió de amarillo aquella tarde en Paris. Ganó el Tour el único día en toda su carrera en que lucio la túnica sagrada.

Jean Robic

Jean Robic era como una señora mayor con gafas y pañuelo, pero era el hombre más famoso de toda Francia. Vencedor del Tour de 1947. Ganaría seis etapas más en años venideros, pero nunca más conseguirá subirse al pódium. En 1950 se proclamó campeón del mundo de ciclocrós en la que fue se primera edición. Sigue siendo el único ciclista que ha logrado tan dispar doblete.

Con todo, lo mejor de Robic era aquello que salía de aquella cabecita llena de serrín cuando se bajaba de la burra. En el Tour de 1949 (acabó cuarto) le preguntaron si se veía inferior a Fausto Coppi en la montaña. Su respuesta es legendaria. “Soy mejor que él. Si engancho un remolque a mi bicicleta y subo a mi suegra seguro que llegó a la cima antes que Coppi”. En esa edición ganó una etapa tras bajar el Tourmalet con un bidón lleno de plomo de diez kilos para descender más rápido y mantener su centro de gravedad bajo. En una París-Roubaix se rieron de él por correr con el casco de tiras de cuero. Enfadado, Robic pidió un martillo a un paisano y se golpeó la cabeza con fuerza para demostrar que aquel casco salvaba vidas. “¿Lo veis? Nunca se rompe”, le dijo a sus compañeros, mientras caía desplomado al suelo bajo un reguero de sangre sobre su cara.

¡Guapo!

Socarrón e ignorante a partes iguales llegó a decir que tenía mejores piernas que Gino Bartali y que Fausto Coppi juntos y sería capaz de retar a Poulidor y a Anquetil cuando ya contaba con cerca de 50 primaveras. Los dos monstruos aceptaron el reto en bici de ciclocrós y obviamente Robic perdió la apuesta. Lo achacó a que estaba resfriado. En el Tour de 1969, con casi 60 tacos, llegó a presentarse en la salida de una etapa para provocar a Eddy Merckx quién, con fortuna, decidió tomarse el asunto como una broma.

A Robic le costó adaptarse a una vida normal cuando terminó su carrera. Dirigió el café familiar, pero fracasó, al igual que lo hizo su matrimonio. Cayó en una depresión. Quedó sin trabajo. Probó suerte haciendo acrobacias. También fue árbitro de combates de lucha libre profesional, donde su baja estatura animaba a los luchadores a echarlo del ring. “Si alguien nos hubiera dicho que aquel chico flacucho, con orejas lo suficientemente grandes como para ayudarnos con el viento a favor, era un futuro ganador del Tour de Francia, nos habríamos reído”, diría de él Jacques Goddet, patrón del Tour y director de L’Equipé.

Dicen que, retirado, Robic entraba en los restaurantes y esperaba a que lo mirasen y lo reconociesen, antes de acercarse a las mesas a firmar autógrafos sin que nadie se lo solicitase. Tras una cena con exciclistas, cogió la bicicleta para volver a casa. Iba borracho, era de noche e iba zigzagueando por la carretera. Un conductor acabó con su vida. Jean Robic contaba con 59 años.

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El sucesor de Induráin

En 1994 España no había ganado un Mundial de fútbol. Tampoco uno de baloncesto ni de balonmano. En 1994 Rafael Nadal tenía ocho años y Fernando Alonso trece. Marc Márquez llevaba pañal. En 1994 España vivía de éxitos esporádicos y pasados en tenis, motociclismo, boxeo y ciclismo. Cierto que había brotes verdes nacidos de la gloria de los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero la realidad es que éramos unos parias en relación a nuestros semejantes europeos. Había una excepción y se llamaba Miguel Induráin. Vencedor del Tour de Francia, que es algo así como el Mundial de ciclismo, en 1991, 1992, 1993 y 1994, si lograba la victoria en el verano siguiente (spoiler: lo consiguió) podría ser catalogado como el mejor ciclista de la historia.

Un español como el mejor del planeta.

En 1994 toda España era del Team Induráin.

Y entonces nos llega una noticia. Resulta que en Ecuador se disputa el Mundial de ciclismo junior reservado para deportistas de 17 y 18 años. El campeonato empezó a diputarse en 1975 y entre los vencedores los hay ilustres de las dos ruedas como Roberto Visentini, Greg Lemond o Pavel Tonkov. Sucedía que en dos décadas de prueba ningún español había quedado si quiera entre los tres primeros clasificados. Y resultó que en 1994 se proclamó campeón del mundo un tal Miguel Morrás.

Nunca antes ni nunca después un español volverá a ser campeón del mundo juvenil.

Había nacido el nuevo Induráin. Las comparaciones surgieron y lo hicieron con fuerza. Morrás era navarro como Miguel. Había nacido en Sesma, a unos 50 kilómetros de Villava, lugar de nacimiento del entonces Miguel más conocido de la Península Ibérica. Luego Morrás emigró a Francia con sus padres. Allí practicó atletismo, judo y natación, pero lo que le de verdad le gustaba era el fútbol. Al volver a España se enroló en las filas del Izarra, uno de los múltiples equipos que están en la órbita del Athletic. Se le daba bien el balón, era extremo izquierdo, y de hecho llegó a enfrentarse a futuras estrellas como Guti o Iván de la Peña en campeonatos nacionales. Ocurrió que en plena edad de oro de Induráin lo convencieron para enrolarse en el Club Ciclista de Estella. Fue una aparición. Una centella. Sumó 32 victorias en 64 carreras en 1994, todas ellas por aplastamiento, amén de proclamarse subcampeón de España para luego vitorear a nivel mundial en Ecuador. Lo hizo tras escaparse en solitario a falta de 40 kilómetros para la línea de meta. Una portentosa exhibición.

Miguel Morrás

Miles de personas se concentraron en su pueblo para recibirle con honores. En los balcones, pancartas con su rostro. Todos querían felicitar a un campeón que, poco tiempo después, recibiría un Premio Marca y el reconocimiento a Mejor Deportista del Año en Navarra. Banesto se frotaba las manos. Las comparaciones con Induráin, que hasta entonces se comentaban en pequeños círculos, adquirieron una nueva dimensión. Era el elegido. Volaba. Iba sobrado y, lo mejor, tenía un margen de progresión inimaginable.

Era ágil de piernas, tenía motor, un gran ataque y además era buen compañero. Únicamente entrenaba hora y media al día y le era más que suficiente. Tenía un don. Físicamente superdotado para su edad, no tiene rival entre los chicos de su edad. Es así, que, al inicio de 1996, poco antes de cumplir los 20 años, pasa a categoría profesional. Hoy puede considerarse algo rutinario, por entonces era impensable. Nadie saltaba a profesionales hasta los 23 o 24 años. Hacerlo nada más llegar a la veintena era una auténtica locura. En 1996 Miguel Morrás era el ciclista profesional más joven del pelotón internacional.

Lo hace en las filas de la ONCE, el rival del Banesto. Morrás había crecido viendo a Perico Delgado ganar el Tour de Francia y admirando a Miguel Induráin tocayo y paisano. Ocurrió que la ONCE estaba dirigida por Manolo Saiz. Licenciado en INEF, Manolo Saiz había revolucionado el ciclismo español al introducirlo en un mundo científico. En la ONCE se trabajaba la aerodinámica, la planificación de entrenamientos, la nutrición o los ejercicios de compensación para la espalda. Aquello cautivó a Morrás, un tipo que tenía algo más en la cabeza que las dos ruedas.

La extrema calidad de su musculatura, la facilidad para dominar cualquier terreno y su voraz apetito de triunfos lo hacían candidato a todo en un equipo plagado de vedettes como Álex Zülle, Laurent Jalabert o Melchor Mauri. Pero pronto Manolo Saiz detectó un problema. Miguel Morrás era muy listo. Era demasiado listo para ser ciclista.

Manolo Saiz

El primer año Miguel Morrás disputó dos docenas de carreras. Únicamente corrió una vuelta por etapas. Salía y entraba del pelotón cada dos por tres. Sobrecargas musculares, problemas en los tobillos, dolores en los gemelos y finalmente una lesión de rodilla. Se segunda temporada acabó prácticamente en blanco. Manolo Saiz puso todo su empeño y la ONCE no escatimó en medios. Fue atendido por el doctor Guillén, una eminencia deportiva, y más tarde por Müller-Wohlfarth, galeno de la selección alemana de fútbol. La conclusión era clara; el problema de Miguel Morrás era únicamente psicológico.

Antes de comenzar una carrera Morrás se aquejaba de ciertos dolores. En las pruebas médicas no se detectaba nada, pero se le hacía caso al paciente. Luego, comenzaba la rutina de los entrenamientos y nuevamente comenzaban los dolores. Así una y otra vez. Una y otra vez. Mientras, Morrás se sacaba a distancia la carrera de económicas. Los meses pasaban, los estudios continuaban y las pruebas médicas seguían sin ser concluyentes. Se dijo que la postura de la bicicleta le descompensaba la musculatura, que sus piernas arqueadas aplican una presión excesiva sobre la parte externa de la rodilla. Hasta se le buscó una bici a medida dado que tenía una pierna unos milímetros más larga que la otra. Nada funcionaba. Miguel se sentía inútil y no avanzaba. Todo lo contrario que en los estudios, donde progresaba con celeridad y excelentes cualificaciones.

Iba tan bien el asunto que decidió cursar unos estudios de posgrado en Londres. Fue entonces cuando Manolo Saiz quiso tener una seria charla con él. O ciclismo o estudios. O sacrificio sentado en el sillón o dejamos la burra. Por entonces iban tres años en los que la ONCE le había pagado religiosamente su contrato y la escuadra de los ciegos veía como Morrás se alejaba irremediablemente del deporte profesional.

No habría vuelta atrás.

Miguel Morrás no sería el nuevo Induráin.

“El primer año, todo el mundo te dice que estés tranquilo, El segundo, todavía eres joven. El tercero: bueno, a ver… Y, para el cuarto, en mi mente ya había otros retos profesionales. No sé si hubiese ganado una gran vuelta, pero sí que hubiese sido un gran contrarrelojista”, diría Morrás cuando anunció su retirada como ciclista con apenas 23 años. La ONCE le pagó los cuatro años de contrato y Manolo Saiz nunca pudo entender que es lo que había sucedido. Aquel chico tenía todas las cualidades para ser una superestrella, pero una vez llegado a la elite su mente se bloqueó de tal manera que su calvario se tradujo en lesiones más cercanas a la ficción que a la realidad.

Miguel Morrás acabó sus estudios en Londres y acabó siendo contratado por el banco suizo UBS. En la actualidad vive en Singapur donde compra y vende activos financieros en mercados online a corto plazo para diversos bancos japoneses. Lleva cerca de dos décadas ejerciendo una labor donde cuenta con una cartera de activos que ronda los 750 millones de dólares. Tras más de una década sin saberse nada de él, hace un par de años apareció como aficionado VIP en una Paris-Roubaix en la que pidió conocer a Enric Mas, el jefe de filas del Movistar, patrocinador principal de la antigua estructura de Banesto.

Cuando a Mas le dijeron que estaba delante de un campeón del mundo de ciclismo pensó que le estaban tomando el pelo.

El Induráin que se convirtió en broker

Otras historias del ciclismo español de los 90

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El nacimiento del Angliru (Vuelta a España 1999)

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París-Niza. Guía de viaje

Conocida como Lutecia por los romanos, no tomaría el nombre de Paris hasta la caída de Rómulo Augusto, quién fue su último emperador a finales del siglo V. Lo de Paris era una referencia a un pueblo galo que vivía a orillas del Sena en tiempos prerromanos. El caso es que Paris era un sitio oscuro. No era Roma. Ni tampoco Niza. Más bien era Londres. Si en Roma hay unas 2.700 horas de sol al año en Paris apenas alcanzan las 1.700, únicamente un centenar más que en Londres. En Coruña, una esquina de la España atlántica donde la lluvia es eterna, se obtienen 2.200 horas, muchas más que en Paris. En Niza, 900 kilómetros al sur de Paris, superan las 2.800 horas.

Va a ser que lo de Paris: Ciudad de la Luz no tiene mucho que ver con el rey Sol. O sí. Pues fue Luis XIV, el Rey Sol, el que en 1667 decidió instalar farolas de aceite en las calles principales y obligar a colocar velas en las ventanas de los residentes para mejorar la iluminación y reducir la feroz delincuencia nocturna de Paris.

La antigua Lutecia sería la primera urbe del planeta en adoptar un sistema de alumbrado público, pero aún no era motivo para tener tan bello apodo. En el siglo siguiente la aparición de un movimiento filosófico, cultural e intelectual conocido como Ilustración tuvo a Paris como motor del cambio en un proceso que vio su culmen con la Revolución Francesa. Fue entonces cuando, faro de conocimiento y creatividad, Paris pasó a ser la Ciudad de la Luz.

Y aún hubo más. A mediados del siglo XIX, con Napoleón III en el poder, se decidió tirar abajo el antiguo Paris para rehacerlo a base de amplios y ajardinados bulevares y edificios majestuosos. Fue el Barón Haussmann el ejecutor de una colosal obra que coincidió en el tiempo con la sustitución del gas y del aceite por las bombillas eléctricas. Teatros, cafés y escaparates no relucieron mejor en ninguna otra ciudad del mundo que en la nueva, mejorada e iluminada capital parisina.

Concluimos entonces que Paris tiene luz. Lo que Paris no tiene es sol.

La París-Niza adelanta el verano de los franceses. Sucede que lo que en marzo es tránsito de bicicletas será cosa de los coches al llegar el mes de julio. Cientos de miles de franceses llenan el maletero y se arman de paciencia para incorporarse a la A6, hincharse a pagar peajes y dejar el cargado y nuboso ambiente parisino hasta la soleada y pecaminosa Riviera francesa. Es un viaje que recorre todo lo que da sentido a la idea de Francia. Desde Paris a la napoleónica Fontainebleau. De Fontainebleau a los viñedos borgoñones de Auxerre. De Auxerre al poderío, culinario, artístico y católico de Dijon. De Dijon a los restos romanos y al modernismo tecnológico de Lyon. De Lyon al mestizaje cultural y al señorío del puerto de Marsella. Y de Marsella al sol sempiterno de Niza.

La Course al Soleil (Carrera hacia el Sol) marca el pistoletazo de salida de la primavera. Los rentistas abandonan Paris para instalarse en sus casas de veraneo, los mortales de a pie rascan un fin de semana de asueto mientras planifican sus vacaciones de julio y el resto sigue trabajando con envidia esperando un sol que nunca llegará. La Paris-Niza es la carrera de la alegría. La carrera de la esperanza. Hay algo más allá del frío y la lluvia. La París-Niza reemplaza las velas por el sol y convierte las lágrimas en anhelo.

Cartel París-Niza

Fue en 1933. Fue un periodista, como de costumbre. Se llamaba Albert Lejeune y era propietario de un periódico en Paris y de otro en Niza. La distancia era excesiva para cubrir las dos ciudades en un día (unos 900 kilómetros) por lo que tuvo una idea innovadora. Crear una carrera de una semana en busca del sol. Por entonces había pruebas por etapas largas como el Tour o el Giro y cientos de pruebas de un día, pero no se contaba con carreras de una semana. Las autoridades de la Costa Azul se mostraron ilusionadas. Vislumbraron una oportunidad para promocionarse en primavera antes de la llegada del verano. Y así fue que un 13 de marzo de 1933 un total de 149 valientes salieron de la Plaza de Italia parisina rumbo a Niza pasando por Dijon, Lyon, Avignon, Marsella, Cannes y Niza previo paso por el Col de la Turbie. El vencedor, coronado en el Paseo de los Ingleses, lucía un hermoso maillot azul celeste y dorado evocando el azul del Mediterráneo y el dorado del sol nizardo.

De azul celeste iba Louison Bobet cuando en 1955 venció en la que fue la primera final contrarreloj de la carrera. La edición de 1971 también es legendaria, con Eddy Merckx ganando la carrera por más de nueve minutos y dominando en cada una de las etapas, incluida una brutal cronoescalada donde destrozó a Luis Ocaña. En los 80 Sean Kelly, plusmarquista de la prueba, vencía vestido de blanco celestial. Por entonces la carrera ya tenía el formato actual de ocho etapas, con una mezcla de terreno plano, colinas y alta montaña.

Antes, hubo que parar la prueba varios años por culpa de la II Guerra Mundial y en la década de 1960 habría que escapar de la inmensidad de Paris para acometer la salida en una de sus múltiples ciudades dormitorio, pero, en esencia, el recorrido sigue siendo el mismo. Desde 2002, cuando ASO, la empresa organizadora del Tour, tome las riendas del evento, el recorrido se volverá más exigente, se alejará completamente de Paris y se establecerá el amarillo como el color del campeón. Todo más uniforme, más globalizado, pero con la incesante búsqueda del sol como eje de la prueba.

Recorrido 2026

Alejada de Paris, la prueba da comienzo en una de las fabulosas ciudades que sirven de avanzadilla antes de alcanzar la vieja Lutecia. Poissy es una de ellas. Ciudad de la industria del motor, en el pasado fue lugar de nacimiento de la realeza francesa. En la cercana Saint-Germain-en-Laye nació Luis XIV y en su palacio instaló Napoleón la escuela de caballería francesa y se firmará la desmembración del Imperio Austrohúngaro de 1919. En todo caso, el lugar más esplendoroso para dar el pistoletazo de salida es Versalles, donde el Palacio con el impresionante Salón de los Espejos acongoja al visitante y da una pequeña muestra del colosal poder universal que llegó a tener el Reino de Francia.

A partir de entonces la carrera se aleja del bullicio para adentrarse en el corazón de Francia. Las primeras etapas se caracterizan por su inicio rectilíneo marcado por el paisaje bucólico impregnado de viñedos y donde el viento y la lluvia pueden alterar al viandante. La organización puede optar por remontar el imponente Loira y visitar la catedral de Orleans. Allí Francia recuperó su orgullo gracias a una joven llamada Juana de Arco a la que luego sus propios compatriotas mandaron a la hoguera. Después el pelotón puede zigzaguear por los viñedos y tomarse un tinto acompañado por una porción de queso de cabra antes de tomar un pastel berrichon, una masa de hojaldre rellena de carne de cerdo y huevos duros típica de la zona. Llegamos así a Bourges y a su descomedida catedral gótica y más tarde a Nevers, ya en el Franco Condado, donde hay una importante industria de la cerámica y lugar donde se ubica el circuito de Magny-Cours en cuyas curvas campeonaron Mansell, Prost, Schumacher, Raikonnen o Fernando Alonso, quien sigue manteniendo la vuelta rápida del circuito, ya que desde el 2008 la F1 no se asoma al interior del país del hexágono.

Son estas etapas donde la organización apuesta por instituir una contrarreloj individual o quizás una por equipos. Quizás opte por una salida natural y tradicional en dirección al sureste hacia tierras de la Borgoña. La buena comida y el buen beber son patrimonio de borgoñones, quienes en el pasado fueron aliados de los ingleses y rivales de los reyes franceses. Dijon está considerada la capital cultural de Francia, así como inventora de la mostaza. No muy lejos contamos con Cluny y su famosa abadía, centro de poder y sabiduría en la Europa cristiana. Auxerre, paso obligado de la prueba, enamora al visitante con sus casas de madera y su torre del reloj. Tal vez, se prefiera ir hacia el este y pasar por Moulins, cuna de la casa real de los borbones.

A partir de entonces la carrera se vuelve más exigente. El recorrido tradicional, el recorrido que los turistas parisinos siguen en verano, sigue el curso del Ródano, río que se abre paso entre los Alpes y el Macizo Central. Es un viaje llano, pero peligrosísimo debido a los fuertes vientos que azotan la zona. El sol hace aparición en Valence, un cruce de caminos que los romanos convirtieron en villa, y no deja al ciclista hasta llegar a los alrededores de Marsella, donde el Ródano esparce sus aguas a diestra y siniestra para dotar de color y vida a aquel litoral bendecido por luz solar. Por el camino el viajero tuvo antes que pasar por Avignon con su famosísimo puente a medio hacer y su Palacio Episcopal donde el Papa de Avignon rivalizaba con el Papa de Roma por el control de la cristiandad en el siglo XIV.

Ocurre que desde hace décadas la organización apuesta por adentrarse en el Macizo Central para dificultar la llegada de los ciclistas a la Costa Azul. Las trampas y los peligros acechan en una zona boscosa que, si bien no es de gran altitud, sí que tiene continuos cambios de desnivel que son terroríficos para los ciclistas. No sólo eso, apenas unos kilómetros más al sur el sol y las buenas temperaturas aguardan a los deportistas, pero adentrarse en el Macizo Central es hacerlo en una climatología extremadamente cambiante en donde el frío helador, la lluvia torrencial y el sol preveraniego pueden hacer su aparición en un mismo día.

Es aquí donde la Paris-Niza adquiere velocidad de crucero. Hay mucha tensión en el pelotón porque todo el mundo está fresco y busca obtener resultados. Ganar o acabar entre los primeros en la general quita mucha presión a un corredor para el resto del año y, tras pasarse el invierno entrenando, todas las piernas están frescas. Todos creen que pueden ganar en cada sprint, meterse en cada escapada y vitorear en cada etapa de montaña.

Hay tres ciudades a destacar. De norte a sur la primera es Vichy. Coqueta ciudad balneario, lugar decimonónico donde el tiempo parece haberse detenido. Allí llevo el General Petain a su gobierno en 1940 cuando pactó con Hitler una paz que se ha convertido en suplicio para su memoria. Al sur aparece Clemont-Ferrand y detrás el imponente Puy de Dôme. Lugar de volcanes dormidos y de una piedra negra, volcánica, que hace de su catedral una de las más características del mundo. Luego, al sureste, está Saint-Éttiene, la ciudad industriosa. Rivalizando siempre con la conocidísima y riquísima Lyon, Saint-Éttiene es una fría y dura ciudad industrial sin la cual no habrían brillado las que están a su alrededor. Con todo, siempre es interesante acercarse a su monumental museo de la minería, comer su famosísima carne de buey o su salchichón de cerdo acompañado de galletas de patatas. 

Para pasar de la gran llanura del Loira a la desembocadura del Ródano que baña a la Costa Azul hay que cruzar el Macizo Central. Es marzo, y la nieve y el hielo hacen su aparición en las montañas que rodean Saint-Éttiene. En 1959 los últimos kilómetros de etapa hubieron de ser recorridos en autobús y en el Col de la Batterie, en las Cevenas, ha habido que recortar kilometraje en varias ediciones. Célebre es la edición de 1962 en donde la contrarreloj de Saint-Éttiene se disputó con los corredores envueltos de nieve. En 1995 una fuerte tormenta mandará a los ciclistas de vuelta al hotel cerca de Clermont-Ferrand, suceso que también se ha repetido en varias ocasiones en el presente siglo. A veces toca acabar etapa en Uchon (8 kilómetros al 4’5%) y otras veces en Mendé (5,2 km al 6’4%) en donde Alberto Contador tocó a rebato camino de su triunfo en 2007 en el día que se dio a conocer al mundo.

Contador 2007

Es entonces cuando la carrera se adentra en los Alpes Marítimos, antesala de la llegada al mar. De la llegada a la Costa Azul. Aquí la organización puede tomar diferentes alternativas. En ocasiones se apuesta por poner rumbo al este y aventurarse a escalar el Mont Ventoux (21 kilómetros al 7’4%). Se trata de un coloso de paisaje lunar que desde 1975 forma parte de la prueba. Sus habituales rachas de viento y el hecho de que en sus últimos kilómetros esté totalmente desprotegido de superficie arbórea lo han hecho un icono tanto de la Paris-Niza como del Tour de Francia. Las frías y áridas tierras de esta región son el escenario perfecto para una carrera que se desarrolla en paisajes realmente hermosos y desolados, lo que añade un elemento de dureza y belleza al espectáculo ciclista.

En todo caso, lo habitual es que las dos últimas etapas sean un rompepiernas con constantes subidas y bajadas alrededor de los Alpes Marítimos. Al igual que ocurre en California o en el Levante español, la proximidad de altas montañas a la costa hace que las llanuras formen un sublime paisaje, un vergel paradisiaco regado de lluvias, donde el sol lo hace ideal para cultivar y, por tanto, para vivir. Como si de una paradoja se tratase, tras gestionar el esfuerzo y adaptarse a un clima plagado de contratiempos, el ciclista, ya sacudido el óxido del invierno, contempla la magnificencia del sol justo cuando la carretera presenta mayores dificultades. Toda una prueba de resistencia mental en apenas una semana.

Auron (7,3 kilómetros al 7’2%), Mont Faron (6 km al 7’3%), Col de la Porte (8,7 km al 7’2%), Col de Chateuneuef-Villevieille (6,6 km al 8’8%), Cote de Saint-André (2,8 km al 7’4%), La Madone d’Utelle (15,9 km al 5’6%) o el durísimo Col de la Coillole (16 km al 7’3%) suelen formar parte del recorrido. Tras esforzadas subidas toca descender hacia el mar en un recorrido enrevesado de curvas que hace las delicias de los presentes y de los televidentes. Las fastuosas playas de Antibes, los yates de Saint Tropez, el paseo marítimo de Cannes o los encantadores y coquetos pueblos como Cap Martin, Ramatuelle o Saint Paul de Vence, son envidia de medio planeta.  Seguro que las cámaras televisivas captan alguna terraza donde el puré de anchoas, la copa de pastis, la sopa au pistou y la bullabesa adornan alguna de sus mesas.

Con todo, el cogollo de la carrera, el momento donde se suele decidir el campeón, es el tramo de apenas 30 kilómetros en línea recta que separa Mónaco de Niza, seguramente el lugar más exclusivo de Europa. Obviamente los corredores no se dedican a dar un paseo bordeando la costa, sino que se adentran en las montañas para librar la batalla final.

Abandonando el casino de Montecarlo, se puede ascender el larguísimo Col de Turini (24,1 km al 5’2%) con sus curvas de herradura donde todos los meses de enero se celebra el Rally de Montecarlo. No es extraño que los más de 20 grados y el sol de Mónaco se conviertan en bajo cero y en aguanieve al llegar a la cima de la montaña. Más explosivo es el exigente y corto Acolle sur Lou (1,8 km al 10’5%) y algo más largo es La Turbie (8 km al 5’6%). Aquí Alberto Contador lo intentó por activa y por pasiva, pero acabaría perdiendo por dos segundos la edición de 2017 al ser incapaz de destronar al colombiano Sergio Henao.

Otro clásico es el Mont Brouilly (2,2 km al 8’7%), pero si hay una ascensión icónica de la Paris-Niza es la subida al Col d’Éze (1,7 km al 9’4%). Eze es la esencia misma de la Paris-Niza. Suele aparecer en una etapa última de corto kilometraje. Puede aparecer como cronoescalada final, como final de etapa o como tachuela antes de arribar a Niza tras un descenso vertiginoso. Eze es un coqueto pueblo rodeado de jardines botánicos y coches descapotables donde los ricos más ricos entre los ricos tienen sus chalets con prodigiosas vistas al Mediterráneo.

Col d’Éze

Después los ciclistas serpentean hacia Niza para finalizar en el Promenade des Anglades (Paseo de los Ingleses) un peligroso sendero rodeado de una playa de enormes guijarros que a mediados del siglo XIX fue convertido en una amplia y preciosa avenida y en el lugar de veraniego por excelencia de la nobleza y la burguesía británica. Por entonces Niza pertenecía al Reino de Saboya y no será francesa hasta 1860 cuando sea anexionada por Francia como pago por la ayuda militar contra Austria-Hungría en la guerra que permitió que Italia se constituyese como país con primera capital en Turín (lugar de residencia del saboyano Víctor Manuel, primer monarca italiano). Allí, a los pies del Hotel Negresco, se celebra la ceremonia del pódium en honor del vencedor.

Niza (Hotel Negresco)

El irlandés Sean Kelly es el plusmarquista de la prueba con siete triunfos logrados de forma consecutiva entre 1982 y 1988 cuando convirtió la Paris-Niza en su cortijo personal. Ciclista con guante de seda, se habituó a dar golpes demoledores en puntos exactos del recorrido para trastocar a sus rivales. Ganó 31 etapas parciales (incluyendo cinco cronoescaladas a Eze) y dejando ataques para el recuerdo ante ganadores del Tour como Zoetemelk, Hinault, Roche, Lemond o Fignon. El citado Joop Zoetemelk, Eddy Merckx y Laurent Jalabert cuentan con tres victorias y el francés Jacques Anquetil es el segundo ciclista más laureado con cinco triunfos. Célebre es su éxito en la edición de 1966 donde, tras perder ante Raymond Poulidor en la contrarreloj de dos días antes, en la última etapa ataca durante decenas de veces en La Tourette hasta que Poulidor cede y así poder alzar los brazos en el Promenade des Anglades.

Sean Kelly, rey de Niza

Otras guías de viaje ciclistas

Clásica de San Sebastián (un paseo por tierras donostiarras)

Gran Premio de Montreal (de paseo por tierras de Jacques Cartier)

Gran Premio de Estella (una vuelta por tierras navarras)

Propuesta de un Tour por Europa (una vuelta de norte a sur por el Viejo Continente a lomos de una bicicleta)

Milán-Turín (un viaje remontando el río Po camino de la esplendorosa Turín)

Amstel Gold-Race (descubriendo el corazón de Europa a golpe de cerveza)

Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en La Classicissima)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)

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¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Amos Klausner nació en Europa. Con los años emigró a Jerusalén y cambió su apellido por el de Oz, que significa coraje. Vivió en un kibutz, las comunas agrícolas israelís, y participó como soldado en la Guerra de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kippur (1973). Novelista, profesor universitario y escritor, ganó diversos premios literarios en Israel y medio mundo. Francia le otorgó la Legión de Honor, España le concedió el Príncipe de Asturias y estuvo varios años nominado al Nobel de Literatura. Amos Oz era uno de los israelitas más sobresalientes, respetados y conocidos del mundo. Un faro para cualquier judío. Una muestra de cómo desde la miseria se puede llegar a la excelencia.

Hasta que en 2015 Amos Oz dijo lo siguiente: “La supervivencia del Estado de Israel requiere la creación de un Estado Palestino independiente. No hay otra solución porque los palestinos no se van a ir, no tienen adónde. Los judíos israelíes tampoco nos vamos a ningún lugar, no tenemos adónde. No podemos ser una gran y alegre familia porque no somos una familia. Somos dos familias muy infelices. Debemos dividir la casa en dos apartamentos más pequeños. No hay otra opción”.

Inmediatamente Amos Oz fue tildado de traidor. De pacifista izquierdista y de vendedor de la Patria. Cuando falleció en 2018 gran parte de los que le habían admirado no quisieron llorar su pérdida. Su editor le dijo una vez a Amos que sus libros tenían unas ventas grandiosas en Israel porque los sionistas compraban sus libros no para leerlos, sino para quemarlos.

Los palestinos luchan dos guerras al mismo tiempo. Una para lograr su libertad, y es justa. La otra no lo es porque luchan para expulsar a los israelís de su tierra. Los israelitas luchan dos guerras al mismo tiempo. Una justa para defenderse del terrorismo alentado por Hamás y Hezbolá los cuales son financiados por Irán con el objetivo de doblegar a Israel y convertirse en la fuerza hegemónica en Oriente Medio. La otra no es justa y busca la expulsión y el exterminio de los palestinos en la llamada Franja de Gaza.

¿Quién tiró la primera piedra? No es asunto de estas líneas. Las bases de este desastre las pusieron británicos y franceses en 1917 y nunca verán solución adecuada. Hablamos de convivencia pacífica desde Occidente. De diálogo y de consenso. Hablamos y hablamos, sin embargo, sabemos que es imposible. Son dos pueblos que se odian, que no tienen el mismo concepto de Derechos Humanos aceptado por nosotros, y que ocupan el mismo territorio. Poco se puede hacer.

Amos Oz

El motivo de este artículo es otro. La pregunta es otra. ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El pasado 14 de septiembre el Gobierno de España tenía un trabajo qué hacer y era garantizar que pudiese desarrollarse la última etapa de la Vuelta Ciclista a España. El delegado del Gobierno en Madrid, y por lo tanto el Gobierno, fracasó en esa tarea, dado que la Vuelta no pudo finalizar (el pódium de vencedores se hizo en un garaje subiendo al triunfador a una nevera portátil). El Gobierno fue incapaz de asegurar la integridad de los ciclistas y de despejar las calles del recorrido. Se movilizaron 3.000 policías, cifra superior a la cumbre de la OTAN según explicaron.

Pues no fueron suficientes.

El trabajo del Gobierno también era asegurarse de que quien quisiese manifestarse a favor de la causa palestina o por la desaparición del Estado de Israel pudiese hacerlo con normalidad. También era asegurarse de que la Vuelta llegase a la meta con normalidad. Consiguió lo primero y fracasó en lo segundo con la duda que ha quedado, y es responsabilidad del Gobierno por sus declaraciones que haya esa duda, respecto de la voluntad real de que el Gobierno pudiese completar ese cometido. Esa misma mañana, el presidente de España había mitineado a favor de la causa palestina usando el viejo truco de decir que respetas a los deportistas, pero, sobre todo, diciendo que admiras a los que al manifestarse no van a dejar a trabajar a los deportistas.

La duda sobre la voluntad del Gobierno es muy legitima dado que llevan un mes quitándole hierro a los incidentes y exigiendo la expulsión de un equipo ciclista patrocinado por un israelí de las competiciones internacionales. Y la duda es legítima, debido a la satisfacción de varios ministros al celebrar el fracaso del dispositivo de seguridad de la carrera. El Gobierno usó interesadamente la manifestación pacifica para diluir su responsabilidad y los desórdenes públicos que acabaron provocando que la carrera fuera abortada. Y es que no fue el clamor del pueblo de Madrid lo que abortó la carrera, sino la incompetencia de la Delegación del Gobierno de Madrid.

Camuflar un fracaso proclamando con enorme sobreactuación una evidencia.

También la oposición debería abstenerse de hablar en nombre del pueblo madrileño. En Madrid no hubo violencia ni tampoco hubo un Sarajevo (Ayuso dixit). La sobreactuación llega a todos los extremos de la política.

Días después de los incidentes en el fin de la Vuelta a España se reunieron en Madrid el canciller de Alemania Friedrich Merz, conservador, con el presidente de España Pedro Sánchez, progresista. Sánchez habla de genocidio. Merz no. Sánchez considera necesario reconocer el Estado Palestino. Merz no. Sánchez no quiere competiciones deportivas si participa Israel. Merz no se ha pronunciado al respecto. Sánchez entiende que Netanyahu viola los Derechos Humanos. Merz está de acuerdo. Sánchez anunció el embargo de armas a Israel hace meses, pero hasta hace tres días no lo hizo efectivo. Merz ya tiene el embargo en vigor desde hace muchos meses. Sabiendo en qué coinciden y en qué discrepan, ambos comparecieron en ambiente de concordia y en sintonía subrayando como están de acuerdo en lo esencial. Ninguno acusó al otro de ser cómplice de Netanyahu ni cómplice de Hamás.

Una muestra más de que lo que ocurrió aquel 14 de septiembre en una carrera ciclista en la capital de España no fue más que una escena sobreactuada con la única idea de embarullar y confrontar. Lo que polariza la vida española no es lo que ocurre en Gaza, sino que es el afán de polarizarlo todo lo que contamina cualquier situación tanto interna como externa de nuestro día a día.

Madrid 14/IX/25

Una vez que el suflé ha finalizado, las preguntas que el presidente del Gobierno debería responder serían; ¿Con qué otras medidas de protesta celebraría él que el pueblo español protestase ante Netanyahu? Si mañana alguien propone boicotear cualquier empresa, cualquier marca, señalar un producto en un supermercado (¿con una estrella de David?) de Israel, ¿lo celebrará el presidente del Gobierno? Si alguien propone sitiar la Embajada de Israel en Madrid, ¿el Gobierno de España aplaudirá también y dirá que está orgulloso de su pueblo? ¿Propondría y jalearía el Gobierno que la selección masculina de fútbol no participase en el Mundial de 2026 en el caso de que Israel se clasificase? Si alguien boicotea las relaciones diplomáticas del Estado español con el Estado israelí, ¿también le producirá admiración al presidente del Gobierno? Decir lo siento por la Vuelta, pero lo siento más por los palestinos masacrados vale para cualquier situación demagógica. Consiste en sustituir la Vuelta por lo que ustedes consideren (por ejemplo, por un estudio científico contra el cáncer cofinanciado por universidades israelitas).

¿Quién fija la línea entre lo que es Israel y lo que es el Gobierno de Israel? ¿Al Partido Laborista de Israel que está en contra de la guerra y de Netanyahu hay que echarlo de la Internacional Socialista sólo por el hecho de ser israelí? ¿La prensa libre israelita que es crítica con Netanyahu también es censurable? Coincidiendo con la Vuelta se celebró el equivalente a los Premios Goya del cine en Israel. Las banderas palestinas y los gritos de no a la guerra inundaron una sala donde el premio al actor protagonista se le dio a un musulmán. ¿También son censurables todos esos críticos con Netanyahu?

Lo que diferencia a Israel de Rusia es que mientras la primera es una democracia la segunda es una dictadura. El equipo ciclista Gazprom-RusVelo fue expulsado de la Unión Ciclista Internacional (UCI) semanas después de la invasión rusa de Ucrania. El Israel Premier Tech lleva dos años circulando sin censura. Es obvio que la fortaleza económica y tecnológica de Israel lo hacen un socio primordial para Occidente y que cuenta con el paraguas de Estados Unidos para cada uno y todos sus actos de barbarie. Rusia no. Rusia es el ogro. Pero no está mal recordar que en el pasado (1973 y 2001 significativamente) Israel hubo de retroceder ante sus propios pasos por exigencia de Occidente.

Rusia no es una democracia. En Rusia no hay libertad de prensa, no hay elecciones libres ni hay división de poderes, no hay derecho de reunión ni de asociación (desde 2015 las leyes nacionales tienen autoridad sobre los tratados internacionales). Vladimir Putin es un dictador, aunque no lo ponga en los papeles oficiales. En Israel sí. Israel es una democracia. Antes de Netanyahu gobernaron en Israel conocidos lideres como Simon Peres o Amir Peretz, quienes abogaban por el pacifismo y la coexistencia con Palestina. Benjamín Netanyahu es primer ministro de Israel desde diciembre de 2022. Veremos si en 2026 sigue siéndolo. Tocan elecciones. Una fuerte oposición le acecha. Y no viene de Irán, ni de Egipto, ni de Francia ni de España. Viene de dentro del propio Israel.

Hay más. Rusia cerca a Europa. A Europa Occidental. Para estonios, letonios, lituanos, fineses, suecos, polacos, ucranianos, checos, eslovacos, austriacos, húngaros, rumanos, croatas, búlgaros, griegos y alemanes, Rusia es el enemigo. Para Estados Unidos también. Y para defenderse de ese enemigo, Israel es pieza imprescindible. Plásticos, instrumentos médicos y ópticos y productos farmacéuticos químicos y militares obtenidos a precio justo. Rusia aporta a Occidente combustible. Un combustible demonizado por sus efectos para el medio ambiente y en el que Europa cada vez está menos interesado en comprar y Rusia ansía que así sea para poder vendérselo en mejores condiciones a India y a China.

Rusia tiene un colchón detrás de origen chino que le permite desafiar a Occidente. Europa cuenta con un colchón que se llama Estados Unidos. Y no existe colchón si Israel no forma parte de la misma cama.

Israel Premier Tech

Así entonces; ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El Comité Olímpico Internacional (COI) expone sus razones, la cuales, gusten o no, están fundamentadas. Es cierto que los principios olímpicos son muy generales y maleables, como también lo es cierto que las decisiones son tomadas de forma democrática por los comités deportivos nacionales (que no por los Estados). En su artículo 28 la Carta Olímpica dice que “la jurisdicción territorial de un Comité Nacional ha de coincidir con los límites del país donde ha establecido su sede”. Ese es el motivo argumentado para expulsar a Rusia, que desde el momento de la invasión ha vulnerado y ocupado territorio del Comité Olímpico Ucraniano.

Rusos y bielorrusos (aliados en la invasión) llevan desde entonces sin participar en los grandes eventos deportivos y sus deportistas a título individual que sí lo hacen compiten sin himno ni bandera (a los JJ. OO de Paris 2024 únicamente fueron 15 deportistas rusos considerados limpios de la influencia de Putin). Si bien es cierto que la decisión fue relativamente fácil por la presión de Estados Unidos y de Europa, también lo es que se ajusta al derecho olímpico.

¿Ha invadido Israel territorio de Palestina? Cierto es. Pero el deporte juega con ventaja. Palestina no ha sido reconocido como Estado de forma masiva hasta hace apenas unos meses. Cuando reclamó su independencia en 1988 los apoyos provinieron de África y de países musulmanes fundamentalmente. Es ahora cuando se debate esa realidad en entes poderosos de todo el planeta (no es cuestión de la Unión Europea, importantes países como Suiza o Japón no se lo plantean y otros como Canadá o Australia han reconocido a Palestina hace una semana cuando cuatro semanas atrás lo rechazaban). En el deporte esa realidad es mucho más sólida y antigua. La ONU reconoce que en el planeta hay 195 países. El COI reconoce a 206 Comités Olímpicos Nacionales. Palestina es uno de ellos. Participa en los Juegos Olímpicos desde 1996 con el apoyo de todos los miembros y sus deportistas han compartido espacios en la Villa Olímpica con los deportistas israelís en varias ocasiones.

Deporte y política están estrechamente unidos. Separar ambas cosas son pamplinas. Ocurre que en el mundo hay en estos momentos más de medio centenar de conflictos armados activos. Se calcula en unos 70.000 los fallecidos oficiales en Gaza. Sólo en guerras que se hayan iniciado en 2023, mismo año en el que se inició el conflicto en Palestina, comenzaron conflagraciones en Birmania (20.000 muertos), en el Sahel (35.000), Sudán (30.000), Etiopía (15.000) o hasta en el eterno conflicto por el narcotráfico en México que suma en dos años cerca de 10.000 fallecidos. En Ucrania superan los 100.000 fallecidos sólo entre los agredidos. El deporte internacional tiene que hilar muy fino para sobrevivir en un mundo global.

Gaza

Al que escribe, la situación le recuerda al 11-S. Entonces los ataques a las Torres Gemelas provocaron una reacción furibunda de Estados Unidos. Salvo los activistas de extrema izquierda, el conjunto de la sociedad mundial (países árabes incluidos) apoyaron o aceptaron que Estados Unidos iniciara una operación de ocupación en Afganistán. Dos años más tarde, con la falsa excusa de la existencia de armas químicas en Irak, Estados Unidos inició una nueva operación de conquista que fue rechazada por la inmensa mayoría de la población mundial, con la única excepción de grupos de extrema derecha.

Cuando Hamás inició una masacre el 7 de octubre de 2023 que acabó con la muerte de cerca de 800 civiles israelís, nadie puso en duda la necesidad de Israel de defenderse e iniciar una operación contra el terrorismo (países árabes incluidos). Así como nadie dudó de excluir a Rusia de todo evento internacional haciendo gala del poder blando, no hubo nadie que pretendiese hacer lo mismo con Israel, país identificado, claramente, como víctima.

Dos años más tarde muy pocos podrían justificar la guerra liderada por Netanyahu como una cuestión de operación antiterrorista. Genocidio o no, lo que es indudable es que es una masacre que busca la total ocupación de la Franja de Gaza sin la intención alguna de volver a las fronteras anteriores al 7 de octubre de 2023, aunque supuestamente se consiguiese desmantelar a Hamás. Poco a poco el mundo le da la espalda a Israel, como en su día se hizo con Estados Unidos.

¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Por ahora no.

Por ahora.

“Somos el único país del mundo al cual se le exige garantizar la seguridad de su ocupante mientras Israel es el único país que pretende defenderse de sus víctimas. No necesitas ser árabe para apoyar a Palestina, tan sólo necesitas ser humano”. Hanan Ashrawi, diputada palestina.

“Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No podemos perdonarlos por obligarlos a matar a nuestros hijos. La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Golda Meir, primer ministro de Israel.

«Cuando hablamos al pueblo de Israel estamos hablando a un pueblo de hermanos. Un pueblo que cuando regresa a España, regresa a su casa. Por eso nos duele tanto, nos cuesta tanto comprender lo que el Gobierno de Israel está haciendo en la Franja de Gaza. Por eso clamamos, imploramos y exigimos que detengan ya esta masacre». Discurso de Felipe VI de España en la ONU el 24/IX/25 con un perfecto y diplomático uso de las palabras.

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Rompetechos en bicicleta (la historia de Álex Zülle)

Yo era por entonces un niño paleto. Paleto de pueblo. O paleto de aldea. En Galicia hay aldeas, que no pueblos. Conviene aclarar que era paleto de aldea. También hay paleto de ciudad. La diferencia es que el paleto de aldea sabe que es paleto. El paleto de ciudad no es consciente de su tontuna. Por lo tanto, el paleto de ciudad es paleto entre paletos dado que es paleto por partida doble. Bien. Aclarado este punto, volvamos al inicio. Yo era un niño paleto de poco más de siete años. Apenas llevaba unos meses viviendo en la ciudad. Aquello acongojaba. Escaleras mecánicas en un centro comercial. Inteligencia artificial para mis sentidos. Yo, que corría y vagaba por descampados el verano anterior, pasé a encerrarme en casa con llave y a tener miedo hasta de bajar al portal a tirar la basura. El caso es que en abril de 1993 el vivir en la ciudad me permitió acceder a un evento deportivo de primer nivel.

La Vuelta Ciclista a España.

Aquel era Año Santo. Era el primer Año Santo. El primero con fanfarria, quiero decir. Manuel Fraga había patentado Benidorm, Paradores y el Spain is Different en tiempos de Franco. La cosa había salido bien. Ahora, patrón de la Xunta de Galicia, decidió convertir la tumba del Apóstol Santiago en evento turístico internacional. Albergues y flechas amarillas. Ray Charles, Julio Iglesias, Bruce Springsteen, Neil Young, Sting, Chuck Berry o Bob Dylan. Y la Vuelta a España. Aquel año la Vuelta partiría de Coruña para finalizar en Santiago de Compostela con una contrarreloj que finiquitaba en la Plaza del Obradoiro. Las cuatro primeras y las dos últimas etapas de aquella Vuelta serían por territorio gallego y con presencia en las cuatro provincias.

La primera etapa es un prólogo contrarreloj de diez kilómetros por Coruña. La capital herculina acaba de inaugurar un precioso paseo marítimo y toca enseñarlo al mundo. Por desgracia, llueve. Perdón. No llueve. Arrolla. Yo me instaló en la fuente de Cuatro Caminos. Voy agarrado a la mano izquierda de mi padre. En la derecha mi progenitor se aferra a un paraguas e intenta proteger a su hijo. Digo bien se aferra, dado que en Coruña no existe la lluvia vertical. La lluvia es oblicua, dañina y perversa para los sentidos. Te ataca desde la punta del cogote hasta la perpendicular del tobillo. Estamos a la altura de la calle Fernández Latorre próximos a la cafetería Remanso. A la izquierda el Bingo, algo más allá la Estrella Galicia y enfrente las oficinas de La Voz de Galicia. La esencia de Coruña. Los ciclistas tienen que bordear la Fuente de Cuatro Caminos para volver por sus pasos, tomar rumbo hacia el centro de la ciudad y dar la vuelta final por el Paseo Marítimo.

Allí, apostado con mi padre, entre culos y paraguas, intento ver a los esforzados de la ruta. Desde siempre me gustó el ciclismo, como siempre me gustaron los coches. Nunca me interesó la mecánica, ni al recibir la mayoría de edad me interesó comprar vehículo alguno o fardar de uno o de otro. Me la sopla tener un Ford Fiesta o un Mercedes Clase S. Presumir nunca ha sido lo mío. Lo que me gusta es la libertad. La independencia. El movimiento. La geografía. La cultura. La historia. El conocer. El abrir la mente a nuevos lugares. Eso es el ciclismo. Y tiene algo más. Algo que no tienen los coches. El esfuerzo. La épica. El honor. Las gestas. Y para cantar las gestas están los trovadores. Los periodistas. La radio. Y entonces estaba José María García, las unidades móviles, los helicópteros, los puntos de control y las entrevistas en directo bajando en moto a 80 km/h.

Para aquel niño paleto ir a ver una etapa de la Vuelta a España era como ir a Disneylandia.

Cosa que, por cierto, no creo que supiese entonces ni que existía.

Total. Que llueve. Y llueve mucho. Y el asfalto resbala. Es una carretera con líneas. Muchas líneas. El asfalto de ciudad es el más odiado por el ciclista. Es tocar una raya blanca y al suelo. Estoy instalado en la curva. Ohhhhh. Ayyyyyy. Se caen unos cuantos. Se levantan. Otros gritan. Y tardan más en levantarse. No abandonan, pero acaban tocados.

Llega entonces Álex Zülle. El chaval promete. Milita en la ONCE y viene como un tiro. Ha ganado la Vuelta a Asturias, la Vuelta a Burgos y la Escalada a Montjuic. En la contrarreloj es favorito. Va primero en los parciales, cuando toca dar el giro en la Fuente de Cuatro Caminos. Encara la curva a la izquierda, pisa el freno…

…y se cae. Cae poco más allá de mis pies. Los mecánicos de la ONCE saltan del coche, lo ponen en pie y tratan de subirlo a la burra. José María García enchufa el micrófono a grito pelado convirtiendo sus escasos 160 centímetros de altura en un gigante que podría rivalizar con el mismísimo Hércules. Zülle vuelve a rodar, toma impulso bajo el aguacero y enfila rumbo al Paseo Marítimo.

Álex Zülle gana la etapa a pesar de la caída. Pero no ganará la Vuelta a España de 1993. Volverá a caerse.

Y es que Álex Zülle siempre se cae.

Zülle en 1993

Álex Zülle era un suizo que hizo fortuna en España. Entre 1991 y 2000 militó en la ONCE y en el Banesto, los dos grandes equipos españoles del momento. En sus años de gloria conquistó la Vuelta a España (1996 y 1997) engrosando las filas del equipo de los ciegos. La paradoja era curiosa. Miguel Induráin militó durante su lustro glorioso en Francia en el Banesto. Año tras año la estructura del equipo se desmoronaba conforme el banco de crédito saltaba por los aires gracias a los tejemanejes de Mario Conde. Mientras, la ONCE aumentaba su caché temporada tras temporada y se convertía en el mejor equipo del mundo. Se da pues la singularidad de que Induráin tuvo en sus últimos años en la ONCE a su máximo oponente, siendo este un equipo liderado por Laurent Jalabert (francés) y Álex Zülle (suizo). Pero es que son tiempos donde el ciclismo español está supeditado a un único ciclista. En la Vuelta de 1996, la Vuelta en la que Induráin pone pie en tierra y abandona el ciclismo, Zülle logra el triunfo y hay que bucear hasta la décima posición para encontrar al primer ciclista español de la clasificación.

Zülle llegó tarde al ciclismo. No se puso en serio con la burra hasta los 18 años. Manolo Saiz, patrón de la ONCE, lo captó y el chico comenzó a funcionar como una moto. Y eso que en un principio no lo quería. Llevaba pendientes y aquello era tema tabú para Saiz. Ocurría que el chaval era un fuera de serie. Para la Vuelta del 93 venía como tapado, no obstante, se le consideraba un peligro para Tony Rominger, también suizo, y gran favorito. Zülle golpea en las contrarrelojes y se defiende más que bien en la montaña atacando sin miedo si es necesario. Y así se llega a la traca final con Rominger líder con 33 segundos de ventaja sobre Zülle. Falta la última etapa de montaña en Asturias antes de afrontar una contrarreloj de 44 kilómetros en Santiago de Compostela. Se espera la victoria de Zülle del que se cree capaz de aguantar en montaña y asestar un golpe definitorio en la lucha contra el crono.

Llueve. Como ha llovido durante una Vuelta a España donde el punto más meridional ha sido Valencia. La etapa es corta para la época. Poco más de 150 kilómetros. Su suben cinco puertos con final en el Naranco con Oviedo a lo lejos. Por el camino La Cobertoria, puerto duro y de peligrosísima bajada. Hay ataques, pero se saldan sin éxito. Diluvia. Y toca bajar aquella pista de patinaje estrecha y llena de baches. Y Álex Zúlle no entra bien en un giro. Y se va al suelo. Y se levanta. Y no encuentra la bici en las flogues, que es como él se refiere a las flores en su castellano macarrónico. Y le dan su bici. Y vuelve a arrancar.

Y allí pierde la Vuelta. Faltan 50 kilómetros para la meta, pero desesperado, con el culotte roto y embarrado hasta las cejas quedarán allí enterradas sus opciones de alzarse con la victoria. Zülle ganará la crono en Santiago con 48’’ de ventaja sobre Rominger, ocurre que será insuficiente. Oportunidad perdida.

Zülle perdió aquella Vuelta, pero se ganó la simpatía del público español que pronto le consideró unos de sus favoritos. Tipo simpático, siempre sonriente en la derrota y siempre modesto en la victoria, afable con prensa y compañeros y terriblemente educado, en aquella caída en La Cobertoria dejó una de las más hilarantes entrevistas deportivas que se recuerdan; “Agua en carretera, culo y bicicleta en flogues”, así explicó con sencillez lo que había sucedido.

El tema es que Zülle no veía tres en un burro (un cegato en la ONCE, otra paradoja). Contaba con cinco dioptrías en cada ojo. El chico usaba gafas y no hay peor asunto para un miope que la lluvia. Las lentes se empañan y las gotas se pegan al cristal. Hay que sacarlas y limpiarlas. Un auténtico coñazo. Y ni te cuento si vas subido a una bicicleta cuando a las gotas de lluvia hay que añadirle las ácidas gotas de sudor. En el mundillo ciclista se decía que Zülle era siempre favorito en cualquier prueba salvo con lluvia. En ese caso la apuesta era saber en cuál kilómetro se iría al suelo.

A Zülle le daba miedo el agua y era terrible descendiendo puertos. Rompetechos en bicicleta. No obstante, el pánico venía de tiempo atrás. De adolescente había coqueteado con hacerse esquiador profesional, pero una fuerte caída en un descenso le provocó una fractura que le hizo cambiar de deporte. Para mejorar la rehabilitación le recomendaron la bicicleta y, con ayuda de su padre, acabaría desplazándose a Holanda, donde pronto comenzó a llamar la atención por su desempeño en las contrarrelojes. 

No fue ni será el único ciclista propenso en irse al suelo. Pero lo de Zülle eran palabras mayores. Con esa cara de niño bueno y esas sempiternas gafas hay quien dijo de él que era el resultado de unir a un científico loco con un cachorrillo abrazable. Manolo Saiz lo azuzaba para llevarse mal con Indurain y él no paraba de darle palmadas en la espalda en carrera y rendirse ante él cada vez que un plumilla le preguntaba.

Amarillo con dioptrías

En 1996 Álex Zülle va al Tour henchido de moral. El año anterior había finalizado segundo en Francia tras Induráin y ese mismo año sumará triunfo en la Vuelta a España. Hay etapa en Les Arcs. Frío y lluvia. Es la etapa que todos recordamos como la del día donde Induráin dijo adiós a su sexto Tour ante Bjarne Riis. Pero antes de todo eso, el bueno de Zülle se caería hasta en dos ocasiones bajando el Col de Roselend, un complicado descenso donde hace falta técnica, paciencia…y vista. Tras la segunda caída unos fotógrafos hubieron de sacarlo de unos matorrales. En este caso no hubo declaraciones para la posteridad.

Al año siguiente se pegaría una hostia de padre y muy señor mío en la Dauphiné Liberé y dos semanas más tarde se fracturará la clavícula en otra bajada, en esta ocasión en la Vuelta a Suiza. Llegará cortísimo de forma al Tour, donde, como no, volverá a irse al suelo.

La traca final tiene lugar en 1999. Tour de Francia. Última oportunidad. No están ni Pantani ni Ullrich. Es favorito. En la segunda etapa la organización prepara una etapa en el Passage de Gois, una carretera que une tierra firme con una isla al sur de Nantes. Todo precioso. Todo turístico. Y todo tremendamente televisivo. Pero el caso es que en el Atlántico hay mareas y el passage sólo queda al descubierto durante unas horas determinadas del día. Y el caminito…pues tiene sus algas, es húmedo…digamos que no es lo que un ciclista desea para ir a 60 km/h.

No creo que resulte muy complicado saber lo que sucedió. Hubo una caída. Una señora hostia. Y una extraña hostia. Los ciclistas caían unos sobre otros o danzaban con los neumáticos hasta chocar con las rocas a una velocidad irrisoria. Y por supuesto, por si alguien tenía alguna duda, Álex Zülle se fue al suelo. El pelotón se deshace en pedazos y uno de los rezagados es nuestro querido Rompetechos a quien, con el golpe, se le han caído las gafas…y no las encuentra. Comienza una persecución kilométrica en la que Zülle perderá todas sus opciones de triunfo al dejarse 6’03’’ con el grupo de favoritos liderado por Lance Armstrong. Aquel Tour será el primero del norteamericano (el primero antes de que se le fuesen retirados todos por dopaje) en el que Álex Zülle finalizará segundo a 7’37’’. ¿Quién sabe si habría ganado ese Tour en caso de no haberse caído?

Subiendo el Naranco

Álex Zülle fue un superclase. Vencedor en dos Vuelta a España, segundo en dos ediciones del Tour de Francia y campeón del mundo contrarreloj. Pero para quienes lo vimos, ya fuese en carne y hueso o a través de la pequeña pantalla, Álex Zülle siempre será ese entrañable ciclista que se iba al suelo cuando llovía porque no veía tres en un burro.

P.D: Meses antes me había escapado de casa. Cuando aún era paleto de pueblo. Me había escapado en bici. Mis padres me castigaron todo el fin de semana en mi habitación sin juguetes. Me dejaron la radio. Y en la radio el fin de semana sólo hay deportes. Yo nunca fui futbolista frustrado que decidió ser juntaletras. Siempre quise ser juntaletras.

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Clásica de San Sebastián. Guía de viaje

Para conquistar Sevilla hubo que crear por vez primera una Marina Real. Era entonces Fernando III Rey de Castilla y ordenó tan magna tarea al burgalés Ramón de Bonifaz. La flota castellana fue hasta Sanlúcar de Barrameda, donde hubo de enfrentarse al ejército moro procedente de Ceuta. Allí, Bonifaz logró la victoria antes de remontar el Guadalquivir y unirse a las tropas terrestres de Fernando III en San Juan de Aznalfarache. Entonces los musulmanes de Sevilla quedaban aislados y sólo podían percibir suministros por el Puente de Barcas (hoy Puente de Triana) a los pies de la Torre de Oro. Fernando III mandó tomar dos naves a las que se les instaló una cruz en el mástil más alto. Las dos naves, armadas de cientos de incautos y valientes, fueron lanzadas contra el puente, que quebró, dejando a los musulmanes aislados y dándole la victoria a los cristianos tras una cruenta batalla. Corría el año 1248.

Aquellos marineros kamikazes procedían de dos lugares. Uno de los barcos era cántabro y estaba repleto de marineros de Laredo. El otro también era cántabro, pero los marineros procedían de San Sebastián, un joven puerto de mar fundado el siglo anterior por el rey de Navarra. Tanto Laredo como San Sebastián lograron el afecto de la Corona. Desde entonces se permitió a los barcos de ambos puertos navegar y pescar en cualquier lugar de las aguas marítimas de Castilla (en esos momentos toda la fachada atlántica de la Península) sin pagar impuestos.

Había comenzado entonces el idilio de San Sebastián con la Corona que alcanzó su esplendor cuando a finales del siglo XIX la reina María Cristina sea nombrada alcaldesa honoraria al hacer de la Bella Easo su ciudad anual de veraneo. Es entonces cuando se crea el Casino, Correos, la Catedral del Buen Pastor, el Palacio de Miramar, el Teatro Victoria Eugenia o el Hotel María Cristina. Y, esencialmente, es a partir de entonces cuando se construye un paseo en la Bahía de la Concha con un marcado acento francés que hará de San Sebastián un pequeño París y que convertirá a Donostia (que es San Sebastián en euskera) en la ciudad de provincias más señorial y rimbombante de España.

Parece mentira.

Y parece mentira porque el País Vasco, y concretamente Guipúzcoa, tiene virtudes y adjetivos cariñosos para ser calificado, pero ni señorial ni rimbombante son los más adecuados. Guipúzcoa es agreste, dura, de montañas interminables y costas perpetuas. Transitar de un pueblo a otro de Guipúzcoa es un ejercicio de paciencia que se torna en hercúleo cuando la lluvia hace aparición día sí y día también una vez finaliza el verano. En ciertas zonas no sería aconsejable que nadie oliese a español, suceso que espantaría a la antaño venerada María Cristina. Tierra ideal para visitar, de playas esplendorosas, caseríos grandilocuentes y sierras y valles apoteósicos, al forastero se le mira con inquietud y temor a la espera de que nadie sea capaz de desentrañar un misterio que aúna tranquilidad y naturaleza con fortaleza económica e industrial con la misma eficacia.

Guipúzcoa es transgresión y cambio. Única, mágica y mística. Con gente de siempre y de ahora. Con los de siempre y los de nunca. Con los que están, ya no están, y siempre estarán. De Guipúzcoa no sabes qué opinar ni qué decir. Cuál es la vida y cuál es la muerte. Donde está la verdad y quién cuenta la verdad. Ocurre que con sus múltiples defectos es una tierra maravillosa, balsámica y taquicárdica a partes iguales.

Bahía de la Concha

La Clásica de San Sebastián es joven. Sus andanzas se iniciaron en 1981 siempre el último sábado de julio o bien el primero de agosto. Sin embargo, se ha convertido en un éxito mayúsculo en el exigente calendario internacional. Su triunfo está ligado a la idiosincrasia de un pueblo que no admite réplicas. Con apenas el 4’5% de la población española y el 1’5% de su territorio, la preponderancia del ciclismo español del País Vasco es total. Una geografía quebrada, un paisaje fabuloso y el uso de la bicicleta como medio de locomoción para ir de pueblo en pueblo y de fábrica en fábrica hicieron del ciclismo deporte nacional en la tierra de la ikurriña. Euskadi es junto a Flandes el país ciclista por excelencia. No existe prueba donde un paisano no se desgañite corriendo a la par del pelotón con bandera en mano. Puertos abarrotados, voces que aligeran pendientes, y, sobre todo, respeto sepulcral por los corredores. Eso es el ciclismo vasco.

La Clásica parte de San Sebastián para, tras un rodeo de unos 230 kilómetros, volver a la Bella Easo. Dejando a la espalda la Bahía de la Concha el pelotón toma rumbo sur dirigiéndonos al interior de Guipúzcoa. Toca remontar el río Urumea, curso de agua que baña a la ciudad más lluviosa de España en dramática pugna con Santiago de Compostela. Lo primero con lo que el ciclista topa es Hernani, pueblo noticioso en los años de plomo y que junto a la contigua Lasarte une fábricas de electrónica o de neumáticos con brutales paisajes verdes en perfecta sintonía.

Dejando Lasarte abandonamos también el restaurante de Martín Berasategui, padre de la revolución de la cocina moderna española, poseedor de doce estrellas Michelin. Sea un local de estrella Michelin o una simple y modesta cocina de un caserío, no faltará para meterse en la buchaca un buen cocido de berzas, una sopita de puerros (la archifamosa purrusalda), un buen bacalao al pil-pil o unas anguilas a la donostiarra si arribamos a puerto de mar. De postre no hay más nada tradicional que un bizcocho de huevos duros muy habitual en las reposterías de Irún o Fuenterrabía.

En Andoaín toca seguir el curso del río Oria y contemplar la iglesia de San Martín de Tours, obra barroca del siglo XVIII de inmensas bóvedas. Es entonces cuando toca subir el puerto de Andazarrate (5,9 km al 5’7%) para luego descender y tomar camino al Mar Cantábrico dejando atrás angostos valles para contemplar el brillo del mar. La caravana ciclista se encuentra enfrente con la playa más larga de todo Euskadi. Hablamos de Zarautz. Hoy es uno de esos pueblos plagados de turistas que cada mes de agosto dobla sus habitantes, mas hace no tanto era un poderoso puerto de mar de donde partían los marineros en busca de ballenas. Aquí se construyó la nao Victoria, la embarcación pilotada por Juan Sebastián Elcano tras el fallecimiento del portugués Magallanes cuando dio la primera vuelta al globo terráqueo hace medio milenio. Es ésta zona de balleneros en busca del oro graso del gran cetáceo indispensable para encender farolas o para engrasar todo tipo de artilugios. Zarautz y su vecina Guetaria cambiaron las ballenas por la reina Isabel II y su palacio de Narros y por Jackie Kennedy y los diseños de Balenciaga.

Zarautz

Al seguir el curso de la costa se sigue también el Camino de Santiago. En este caso es el Camino del Norte. Quizás el más bello, por ser el único que cambia los trigales por los acantilados. En Zumaia los esforzados de la ruta podrán ver la iglesia de San Pedro y en Deba la de Santa María, una estructura gótica que adorna una imponente playa en donde los británicos desembarcaron en su lucha contra el ejército napoleónico durante la Guerra de la Independencia.

Luego toca pasar por otro de esos núcleos euskaldunes cimentados a base de aluminio y automoción y que apuestan su futuro a la biotecnología. Eso es Elgoibar. Pero antes, mucho antes de eso, Elgoibar fue uno de esos pueblos fundados por reyes castellanos en tiempos de la Reconquista. Elgoibar comparte núcleo urbano con Éibar, palabras mayores en el mundo de la bicicleta. En Éibar nació en 1840 Orbea, una empresa que fabricaba revólveres, escopetas de caza y más adelante explosivos. Tras la Guerra Civil se convertirá en una potente marca de bicicletas que tocó el cielo en los Juegos Olímpicos de 2008 donde dos de sus bicicletas lograron el oro. Orbea dejó Éibar en los 80 y es una fábrica vizcaína, como GAC es alavesa y como también lo es BH, aunque sus orígenes son guipuzcoanos. Beistegui Hermanos (BH) también nació en Éibar, en este caso a inicios del siglo XX. BH también fábrica pistolas, pero apuesta por las bicicletas ya en 1923. De BH fueron Álvaro Pino, Laudelino Cubino o Fabio Parra. En su máximo apogeo llegó a producir 200.000 bicicletas anuales.

BH

Tras visitar el complejo religioso y la casa natal de San Ignacio de Loyola en Azpeitia, toca subir el puerto de Urraki (8’6 km al 6’9 %) en donde los primeros espadas sin complejos pueden intentar la machada. Tras el descenso toca tomar rumbo al norte en busca del mar. Cruce de caminos es Tolosa, donde las famosas alubias y donde un famoso postre de pasta seca bañado de almendras y yema que responde al nombre de Tejas. Sin tiempo a hacer la digestión, toca subir el puerto de Alkiza (4’4 km al 6’2%) para tomar rumbo a San Sebastián y entrar en los últimos cuarenta kilómetros de etapa.

A partir de entonces la Clásica de San Sebastián contiene diferentes variantes. En todas ellas toca bordear Irún y adentrarse en Fuenterrabía (Hondarribia). Si el primero es industrioso nudo ferroviario y fronterizo bañado por el río Bidasoa, el segundo es un monumental pueblo de pescadores coronado por una imponente fortaleza medieval. Dentro de sus callejuelas se encuentra el Parador de Turismo, lugar donde en su día se hospedaron Juana la Loca y Felipe el Hermoso durante su viaje de Flandes a Castilla.

La separación entre mar y montaña es entonces formidable. Se puede optar por ir por Oiartzun y subir Arkale (2’8 km al 6’1%). Ocurre que las grandes hazañas se escriben con momentos memorables y los momentos memorables en la Clásica de San Sebastián tienen lugar en Jaizkibel. Se puede subir desde Pasajes o desde Fuenterrabía, ladera más peliaguda de 9’1 km al 5’7% con picos del 14%. Es en este punto donde se suele decidir el vencedor antes de un descenso vertiginoso hasta Donostia. En mitad de la subida o en mitad de la bajada, como la organización guste, se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe edificado en el siglo XVI.

Con todo, la llegada de San Sebastián no se reduce a un paseo por la bahía de la Concha. En ocasiones se sube a Miracruz y en otras al monte Igueldo (1’8 km al 11’3%), todo con la intención, la mayor de las veces conseguida, de que la fiesta no la empañe una victoria al sprint, sino el esfuerzo de un loco de las montañas tan al gusto de un pueblo que considera el ciclismo religión y que cree en el cicloturismo como una prioridad de sus jornadas de ocio.

La Clásica de San Sebastián cuenta con ganadores ilustres como los campeones del mundo Paolo Bettini, Julian Alaphilippe, Gianni Bugno o Alejandro Valverde. También lograron el triunfo leyendas como Laurent Jalabert o Claudio Chiappucci y quíntuplos ganadores del Tour caso de Miguel Induráin o Lance Armstrong, quien puede presumir de la victoria en tierras vascas dado que ocurrió en 1995 antes de que se le quitasen casi todos sus demás laureles al haber admitido su dopaje sistemático. Sin embargo, los más laureados en la clásica guipuzcoana son el belga Remco Evenepoel (2019, 2022 y 2023), quien tiene toda una vida por delante para aumentar su palmarés, y el vasco Marino Lejarreta (1981, 1982 y 1987), sino el mejor ciclista vasco de siempre, seguramente el que más gente hizo levantar de sus asientos.

Evenepoel. Triple campeón

Otras guías de viaje ciclistas

Gran Premio de Montreal (de paseo por tierras de Jacques Cartier)

Gran Premio de Estella (una vuelta por tierras navarras)

Propuesta de un Tour por Europa (una vuelta de norte a sur por el Viejo Continente a lomos de una bicicleta)

Milán-Turín (un viaje remontando el río Po camino de la esplendorosa Turín)

Amstel Gold-Race (descubriendo el corazón de Europa a golpe de cerveza)

Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en La Classicissima)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)

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La caída de Eddy Merckx (A los 50 años del Tour de Thévenet) 2ª parte

En el primer día pirenaico del Tour de 1975 toca llegada a Saint Lary Soulan tras previo paso por Aspin y Tourmalet. Eddy Merckx era el maillot amarillo. En la jornada del día anterior había ganado la etapa contrarreloj. Tenía a Gimondi y a Thévenet con unos dos minutos de ventaja. Al resto de los favoritos los había aniquilado. Según había manifestado meses antes su mentalidad había cambiado. Con treinta primaveras y tras años de destrucción de rivales y del cuerpo propio a partes iguales, tocaba tomarse las carreras con más calma.

Ni de coña.

Al poco de iniciarse el Tourmalet manda a su tropa del Molteni poner un ritmo infernal. Tan brutal es el ritmo que Merckx se queda sin compañeros. Un sin sentido. Uno de tantos en la vida del Caníbal. A unos kilómetros de coronar la ascensión, Merckx, con el maillot amarillo, tira de un grupeto de favoritos. Entonces Zoetemelk ataca. Ataca para ganar la etapa, dado que en la general se encuentra a una minutada. Pero Merckx responde. Es incapaz de evitarlo. Su voracidad no conoce límites. Y es entonces cuando se le ven las costuras. Cuando por vez primera flojea. Zoetemelk aprieta y a Merckx le cuesta. No las ve todas consigo.

Entonces aparece Bernard Thévenet.

Se levanta de la bici y pasa por delante del Caníbal. Y Merckx no va. Thévenet vuela. Vuela hacia la meta y se lleva a Zoetemelk. Para el neerlandés la etapa y para Thévenet la gloria. Se coloca a 1’31’’ segundos de Merckx. Gimondi pierde más de cinco minutos. Zoetemelk, Van Impe y Ocaña se van más allá de los cinco minutos en la general.

Merckx sigue líder, pero hay partido. Y vaya si lo hay. Merckx vs Thévenet.

Tres días más tarde toca subir el Puy de Dôme. Ya no está Ocaña, quien ha abandonado. La lucha entre Merckx, Thévenet, Van Impe y Zoetemelk es excelsa. A cuatro kilómetros de la llegada ataca Thévenet, quien se lleva a su rueda a Van Impe. Merckx y Zoetemelk no les pueden seguir. A falta de mil metros para coronar, Van Impe deja a Thévenet y se hace con la etapa. El francés llega a 15”. Lo que no saben es que, a 150 metros de la meta, Eddy Merckx sufre una agresión provocada por un aficionado. Un desalmado le propina un fuerte puñetazo, duro, seco y preciso, en el hígado que le hace caer al suelo. No sólo eso. Unos metros después una mujer le habrá propinado otro guantazo al Caníbal que le hizo bambalearse sobre la burra (del que hay imágenes). Tras tambalearse, Merckx se recompuso como pudo para alcanzar la meta entre intentos de vómito. Con todo, solo fue medio minuto de pérdida, por lo que mantiene el amarillo con 58 segundos de ventaja sobre Bernard Thévenet.

Al día siguiente toca día de descanso en Niza. Merckx no podrá pegar ojo víctima del dolor.

Decimoquinta etapa. 14 julio. Fiesta nacional en Francia. Niza-Pra Loup. 217 kilómetros. Cima inédita en el Tour. Pra Loup no es un coloso (6’3 kilómetros al 6’7%) pero hasta llegar a la cima hay que superar 5.800 metros de desnivel positivo en una de las jornadas más duras en la historia del Tour.

Merckx tiene en Pra Loup su Waterloo. Su derrota. Nunca su rendición suprema. Vestido de amarillo y escapado delante de todos. Imperial. Después de atacar a diestro y siniestro. Si hay que morir se muere atacando. En el antepenúltimo puerto, el Col du Champs (2.200 metros de altitud) pide un calmante, siendo obvio que no está del todo recuperado del puñetazo. Thévenet intenta agitar el árbol, pero obtiene un no por respuesta. Luego toca el Col de Allos (2.250 metros de altitud). Calma tensa. Al coronar Eddy Merckx ataca.

Ataca de amarillo. Sin necesidad alguna de hacerlo. A lo Eddy Merckx. A lo Caníbal. La bajada es terrorífica. Se caen varios ciclistas y un coche del Bianchi derrapa dando vueltas de campana bajo un sol abrasador que convierte el asfalto en brea. Merckx es cabeza de carrera destacada cuando el llano aparece. Tiene algo más de un minuto de ventaja sobre el resto de favoritos. Solamente toca subir Pra Loup. Un puerto de segunda categoría para asestar el golpe definitivo al Tour de Francia 1975.

A su sexto Tour de Francia.

A cinco kilómetros del final sus hombros empiezan a moverse más, su pecho se acerca al manillar de la bicicleta, sus rodillas se abren imperceptiblemente. Y el Caníbal se ciega, los ojos muertos de quien lleva matándose poco a poco durante años y entiende, en una fracción de segundo, que al fin la muerte lo alcanzó. Sus rivales lo van pasando, lentamente, quizá temerosos ante la figura que arrastra su corpachón agotado por esas pendientes de los Alpes. El primero es Gimondi. El segundo es Thévenet.

Bernard observa entre incrédulo y cauto. Su director se desgañita para que apriete. Y entonces Bernard vuela. Mirada al frente. A la carretera. Al infinito. Devora los kilómetros que le quedan por delante. Y el público francés se lo lleva en volandas. Bernard Thévenet gana la etapa y se pone líder del Tour de Francia. Cuenta con 58 segundos sobre Eddy Merckx.

Merckx perderá el maillot amarillo esa tarde y nunca más volverá a recuperarlo.

Thevénet es el nuevo el dorado

Aquel puñetazo de unos días atrás le había provocado un hematoma en la zona dorsal lo que provocó la expulsión de bilis en forma de vómito. No era la primera vez que sufría una agresión en carrera. Como cualquier coloso, sus continuas victorias provocaban rabia y admiración a partes iguales. Pero Merckx era Merckx y jamás buscaba excusas. A Pra Loup llegó roto. Encorvado y resignado.

Solo tuvo palabras de felicitación para Thévenet.

Al día siguiente tocaba una etapa corta camino de Serre Chevalier. Bajando el Col de Vars el Caníbal vuelve a atacar. Se lleva a su rueda a Zoetemelk, al español Galdós y al francés Mariano Martínez, hijo de republicano español exiliado. Tienen casi un minuto de ventaja sobre Thévenet, pero nadie quiere colaborar. Todos se ponen a rueda de Merckx esperando la caída del gigante. Y el gigante caerá. Al poco de iniciar el ascenso del Izoard, el grupo de favoritos conecta con los escapados y Thévenet suelta el látigo para dejar definitivamente hundido a Merckx. Son dos minutos más de ventaja para un total de 3’20’’ en la general.

C’est fini.

Tocaba entonces otra burrada de etapa. 225 kilómetros con el Galibier, Madelaine y el Telegraphé. Al poco de iniciarse la jornada Merckx sufre un enganchón con Ole Ritter, un ciclista danés, se va al suelo y se fractura la mandíbula, a lo que añade una hemorragia nasal. No puede masticar ni abrir la boca. En la siguiente semana apenas comerá más que papillas de arroz. Por entonces nadie lo sabe. No dice nada y hay quien piensa que todo es cuento. El caso es que no ataca. Está a cola de pelotón, pero aún le da para un sprint final con el que le quita dos irrisorios segundos a un Thévenet que se sube por las paredes.

Quedaban cinco etapas. Una cronoescalada de 40 kilómetros, dos etapas llanas y una de media montaña. No había terreno alguno para darle la vuelta al resultado. Así pues, se tornaba lógico que los doctores implorasen a Eddy que abandonase. Tenía una infección de garganta, sólo podía ingerir líquidos por culpa de la mandíbula destrozada, respiraba con dificultad por la nariz y seguía con el hematoma en la zona dorsal del estómago. ¿Para qué quería Eddy Merckx acabar segundo?

Para honrar a Bernard Thévenet. Esa fue su contestación. Sabía que Ocaña (enemigos en un principio y amigos con el tiempo) jamás le perdonó que no acudiese al Tour de 1971 donde el conquense se coronó. No pensaba hacerle lo mismo a Thévenet. Quería que su victoria fuese sin asteriscos.

Se llegaba a la última crono de aquel Tour de Francia, pero como habíamos apuntado al inicio de esta crónica, se había añadido una cota en medio del recorrido. Eso hizo que Van Impe, gran escalador, se llevase la etapa. Merckx solo pudo recortar quince segundos sobre Thévenet. El pódium quedaba definido con el francés como campeón y Merckx y Van Impe ocupando el resto de las plazas del cajón.

Aquel fue el peor día como ciclista de Merckx. Tuvo que usar un maillot de algodón durante la contrarreloj dado que su maillot de seda le había sido robado de su habitación del hotel. Acabaría tan agotado tras el esfuerzo que se tiró en una cama, inconsciente y en posición fetal. En palabras de los allí presentes parecía un muerto en vida. Necesitaría más de una hora para sacar fuerzas, levantarse y poder darse una ducha.

La caída del mito

La ventaja final de Bernard Thévenet fue de 2’47’’, y es que Merckx aun daría un par de picotazos camino de Paris buscando un imposible. Aquel fue el primer Tour donde los Campos Elíseos ejercieron como telón de fondo. Lo harán certificando el crepúsculo de un dios y la coronación de un nuevo rey de sangre francesa. “Jamás despertó tantas simpatías en Francia como cuando fue vencido por vez primera”, escribirá L’Equipé sobre Merckx hace ahora medio siglo.

Eddy Merckx correría el Giro de 1976 aquejado de unos forúnculos que le impedían apoyar el culo correctamente en el sillín. Debería haber abandonado, pero, fiel a su estilo, no lo hizo. Aquella decisión le impidió disputar el Tour de Francia de ese año. Cuando lo vuelva a intentar por última vez en 1977 apenas podrá acabar sexto antes de concluir su excelsa carrera. Luego, años después, se lamentó de no haberse retirado en 1975 y ahorrarse aquellas dos agónicas temporadas.

Bernard Thévenet llegó corto de forma a la defensa del Tour de 1976 y acabaría abandonando. Aquel año siguiente, en 1977, en el que fue el último de Merckx, volvía a vestirse de amarillo y pasaba a formar parte del selecto grupo de elegidos capaz de vencer al menos dos veces en el Tour de Francia. Fue su última gran victoria. Se retiraría cuatro años después sin sumar ningún otro triunfo de relevancia en su palmarés.

Fue un gran ciclista. Ocurre que únicamente será recordado como la persona que hizo caer al gran Eddy Merckx.

Lo cual no es moco de pavo.

“No hay excusas. Lo intenté todo y no funcionó. Siempre gana el más fuerte, y el más fuerte ha sido Thévenet”. Eddy Merckx.

“¿Quién quedó segundo? Pues ya sabes cuál es el valor de mi victoria”. Bernard Thévenet.

El fin de una era. 1975.

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No ha existido jamás tal dictadura. Al menos en un deporte generalista. Venció en todos los lugares. Venció en todas las condiciones. Venció y arrasó. Venció y convenció. Todos sus triunfos están agarrados a la épica. Pura tiranía. Ni Alí, ni Nadal, ni Messi, ni Babe Ruth ni nadie que se le venga a uno a la cabeza. No ha existido jamás tal opresión deportiva como la establecida por Édouard Louis Joseph Merckx. Eddy Merckx.

Una anécdota recogida por Guillaume Michiels, masajista personal de Merckx, describe perfectamente la mentalidad del campeón. Navidad de 1973. Merckx lo ha ganado todo ese año. Lieja-Bastogne-Lieja, Amstel Gold Race, Paris-Roubaix, Vuelta a España (y seis etapas) y Giro de Italia (y seis etapas). El Tour no lo ganó porque no quiso participar. Hizo el doblete Vuelta-Giro con ¡cinco días! de descanso entre ambas y el cuerpo le pidió parar al llegar julio. El caso es que está tranquilamente en el salón de su casa y lee en un periódico, en una de esas noticias que sirven de resumen anual, que Roger de Vlaeminck supera a Merckx como el ciclista con más victorias del año por un único triunfo. De repente las venas del coloso se hinchan. Coge el teléfono para llamar a su representante. Le exige que le encuentre una carrera a la que pueda inscribirse esa misma tarde. El otro balbucea que eso es imposible, a lo que Merckx contesta con un berrido y le da media hora para resolver el problema.

“La carrera del pavo”, le dice el manager. Se trata de una carrera festiva para aficionados en un pueblo belga, país, importante el apunte, donde el ciclismo es deporte nacional. Una vez conocida la ubicación Merckx cuelga el teléfono, monta su bici en el coche y coje su maillot de ciclista mientras le dice a su esposa que en un par de horas estará de regreso en casa. La gente, entre borracha de champán o empachada de mejillones con patatas fritas de la noche anterior, no da crédito a lo que ve. Eddy Merckx gana sin apenas sudar una carrera que no podríamos ni tildar de competición.

Pero ya era el ciclista con más victorias de 1973.

La vida en amarillo

De 1968 a 1974 fueron siete años de dominación absoluta. Lo ganó todo. Grandes vueltas, carreras de una semana y clásicas de un día. Todos los terrenos. Montaña, llano y contrarreloj. El caníbal se le dio en llamar. Su voracidad era tal que, en la Vuelta a España de 1973, la única en la que participó, llegó a esprintar bajo una pancarta del entonces clandestino Partido Comunista dado que pensaba que era una Meta Volante. Y con todo ello lo que hace de Merckx aún más grande es que fue extraterrestre y humano al mismo tiempo. Venció como tirano y también sufrió como perro. Contra Ocaña en el Tour, contra Fuente en el Giro o contra De Vlaeminck en las clásicas. Todos someterán a Merckx en algún momento determinado.

Merckx tenía tanto de ganador como de frágil. A diferencia de los héroes ciclistas de entonces, Merckx ni fue un niño de campo ni vivió rallando la miseria. Fue un chico de ciudad que escogió la bicicleta porque quiso. La ironía es que por ello tuvo que hacer más. Al no necesitar del sacrificio para salir adelante en la vida tuvo que sudar el doble encima de la bicicleta para ser querido y respetado por aquellos que lo veían como un intruso en un club cerrado.

Merckx ganaba con claridad, pero sufriendo. Sin órdenes de equipo, con pájaras, con esfuerzo y con dolor. El ABC de una prueba de tres semanas es minimizar los riesgos y aprovechar las debilidades del rival. Merckx no ganó ninguna de sus más de 500 carreras de ese modo. Siempre iba a tumba abierta. Podías ver la rabia y el esfuerzo en su cara. Por eso es el más grande.

Todos querían ser como Merckx. Y aceptaron el reto. Eran machos alfas y todos engrandecieron las victorias de Merckx, dado que no admitieron la derrota como norma. Los más sádicos, los más irreverentes; los españoles. Ocaña y Fuente. Merckx llegará a llamar a Fuente loco. Caníbal y loco frente a frente.

El Loco y el Caníbal

Este no era el caso de Bernard Thévenet. Apodado Nanar, se trataba de un ciclista sencillo, con modos y maneras muy apreciadas tanto dentro como fuera del pelotón. Educado, humilde hijo de granjeros de un pueblecito de la Borgoña, en 1971, en su segunda participación en el Tour, había hecho un cuarto puesto y en 1973 firmará un segundo lugar tras Luis Ocaña y un tercero en la Vuelta tras Merckx y el propio Ocaña. Gran escalador, en 1974 no participó en el Tour por una enfermedad vírica y contaba con volver a pisar cajón en la edición de 1975.

Antes, en 1974, Eddy Merckx había ganado el quinto Tour. Se había ausentado voluntariamente para correr la Vuelta a España del año anterior y había quien pensaba que para el 74 el asunto sería nuevamente para Ocaña. Nada más lejos de la realidad. Ocaña volvió a echar las cartas y como de costumbre tocó fatalidad y desventura. Merckx se puso líder el primer día, ganó ocho etapas y le metió una minutada a Poulidor, segundo en la general a sus 38 años.

Y había comenzado su decadencia.

Y es que sí. Ganó Giro, Tour y se proclamó campeón del mundo. ¿Decadencia? Hombre, no lo parece. Pero hay que rascar un poco más. Fue el primer año en el que no ganó una clásica y decidió no correr muchas pruebas para poder descansar. Por vez primera el Caníbal dejaba de sacar colmillo y decidía seleccionar objetivos. ¿Decadencia? No. Pero con la perspectiva del tiempo se ve que algo estaba cambiando en ese cuerpo de superhombre.

Llegó 1975 y Merckx decidió volver a ser un caníbal. Su primavera fue arrolladora. San Remo, Flandes, Amstel Gold Race y Lieja. En Roubaix fue segundo tras pinchar un millón de veces. Nunca se había visto a un Merckx tan abusador en la primera parte de la temporada. Al igual que el Miguel Induráin de 1996 nunca antes había llegado el capo de la carrera con más vitola de favorito de la salida al Tour como en esta ocasión. Si en 1974 a Merckx hubo quien le vio las costuras, para 1975 no había lugar alguno a la duda de que la victoria sería nuevamente suya.

Y sin embargo algo había cambiado. Aquel año Merckx participó en la Paris-Niza, y con todo por vez primera se le vio no exprimirse al máximo. Acabó segundo por inercia y fue claro al ser preguntado por los periodistas. “No voy a atacar por atacar. Estoy harto de llevar el peso de la carrera y que los demás me ataquen cuando estoy agotado. He cambiado”. Aquello era inconcebible para la mentalidad del Caníbal.

No obstante, Merckx se presentó a la salida del Tour de Francia de 1975 como el único e indiscutible favorito. Lo hizo sin estar en plenitud de condiciones en la salida por culpa de una amigdalitis, pero nada que le impidiese volver a vestir de amarillo. La única duda venía de semanas atrás cuando Thévenet lo había aniquilado en los Alpes marítimos en la Dauphiné Liberé. A pesar de ello, con un Merckx que públicamente había manifestado su voluntad de tomarse las cosas con más calma, la situación no se tornaba preocupante.

Era Thévenet el outsider de aquel Tour. La gran esperanza francesa. Al igual que Poulidor, la humildad y el perfil bajo de Thévenet lo hacían ser amado por cualquier aficionado con ojos neutrales. “Sólo con estar cerca de Merckx ya te llenabas de orgullo. Era como estar al lado de una estrella de cine. La primera vez que lo vi ni tan siquiera me atreví a hablarle. Sólo con rodar a su rueda era feliz”, declararía Thévenet en una entrevista muchos años después de su retiro. Nanar no era elegante, ni tenía estilo ni era un loco. Era lento en las bajadas y no especialmente rápido. Pero Thévenet era duro como una roca, y era igual de decidido y pertinaz en el pedaleo que Merckx. Tres años más joven, también era un escalador efectivo con un ritmo inaguantable e inquebrantable al desaliento. Y, quizás, era el único capaz de seguirle el juego psicológico a Merckx. Ocaña también podría competir mentalmente con Merckx, ocurría que su volatilidad era tan grande que tan pronto ascendía al cielo como descendía a los infiernos.

Thévenet y Merckx

Nadie había ganado a Eddy Merckx en una gran vuelta desde el Giro de 1967 y Jacques Goddet, patrón del Tour, diseñó un recorrido infernal para que Merckx no ganase su sexto Tour. Cinco finales en alto y una cronoescalada final. Merckx era bueno en todos los terrenos, pero a estas alturas de su vida (30 años) se mostraba más cómodo en las cronos que en la alta montaña. La organización decidió también eliminar las bonificaciones por victoria de etapa para torpedear más si cabe el buen hacer de Merckx. Thévenet tenía como objetivo llegar a los Pirineos (once etapas después) con menos de tres minutos perdidos sobre Merckx para intentar lograr la machada en las etapas de montaña. Tras Merckx se contaba que lucharan por el pódium el citado Thévenet, el holandés Joop Zoetemelk, el español Luis Ocaña, el italiano Felice Gimondi y el veteranísimo Raymond Poulidor.

Merckx hizo segundo en el prólogo celebrado en Bélgica tras Francesco Moser. Al día siguiente, en una insulsa etapa llana, Merckx volvió a hacer de Merckx. Lo de tomarse las cosas con calma, dijese lo que dijese, no iba con él. Con un ataque a golpe de riñones deshizo el pelotón en mil pedazos y descartó a Poulidor para la victoria final. También le metió una minutada a Zoetemelk. En la sexta etapa se puso líder tras meterle a Thévenet 52 segundos de diferencia en una contrarreloj de apenas 16 kilómetros.

Cuatro días después Eddy Merckx vuelve a ganar una nueva contrarreloj, en este caso de 52 kilómetros, a pesar de sufrir un pinchazo que le impediría marcar grandes diferencias. La general estaba encabezada por el belga seguido de Gimondi y con Thévenet a 2’35’’ de Merckx. No había más candidatos al triunfo final.

Nadie lo sabía entonces. Aquel triunfo contrarreloj fue la última victoria de etapa de Eddy Merckx en el Tour de Francia.

Al día siguiente tocaban Pirineos.

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