Se han celebrado los Juegos del Mediterráneo en la bella ciudad italiana de Tarento. Si usted no se ha enterado, no tiene de qué preocuparse. Entra dentro de lo razonable. Los JJ. OO del Mediterráneo se pusieron en marcha en 1951 bajo el auspicio del Comité Olímpico de Grecia y el beneplácito del Comité Olímpico Internacional (COI). La idea era celebrar una fiesta deportiva bajo la unión histórica, comercial, ideológica y cultural de todos los países bañados por el Mediterráneo.
Aquello tiene repercusión según el país. Si para Libia o para Albania un éxito en los Juegos del Mediterráneo es fiesta nacional, para otros como Francia o como Turquía es una nota a pie de página en el año deportivo. Lo cierto es que para países como España los Juegos del Mediterráneo eran una bombona de oxígeno en tiempos oscuros. Hoy, la representación hispana está plagada de meritorios, universitarios y segundos espadas. Con todo, siguen siendo una fiesta y permite que ciudades de tamaño manejable caso de Tarragona, Almería o la citada Tarento puedan llevar la fiesta y la parafernalia olímpica a un mayor número de ciudadanos.
Mediterráneo 2026
Los Juegos del Mediterráneo, como los Asiáticos o los Panamericanos, son aceptados e impulsados por el COI. No sucedió lo mismo cuando a finales de la década de 1960 se pongan en marcha los Games of de New Emerging Forces. Los Juegos de la GANEFO.
La cosa resultó que en Tokio 1964 compitió Alemania como un único país. A partir de entonces la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA) lo harían por separado. Tras la II Guerra Mundial el territorio teutón había sido dividido en una parte occidental, regida por un sistema democrático capitalista, y una oriental, controlada por una dictadura comunista. Sin embargo, esa separación era inexistente en el deporte. A partir de México 1968 la Guerra Fría también haría su aparición con la división de los alemanes.
Por entonces tampoco acudía China a la festividad olímpica. No era una novedad. Así había sido desde que Mao alcanzase el poder en 1949. China, por cierto, no se sumó a la rueda del olimpismo hasta 1984 en Los Ángeles rechazando acudir a la cita de 1980 en Moscú, apostando claramente como alternativa a la URSS y nunca como aliada. Tampoco acudía por entonces a los Juegos Olímpicos Taiwán, protestando por el hecho de que China no la reconociese como un ente independiente. Había pues, corrientes subterráneas que al calor de la Guerra Fría amenazaban con boicotear los Juegos. En 1962 el mundo estuvo por vez primera en situación de DEFCON 2, el nivel inmediatamente inferior al máximo del desastre nuclear.
La cosa estaba calentita.
En ese 1962 Indonesia había sido la sede de los Juegos Asiáticos y había desafiado al COI al excluir a Israel de los mismos, lo que hizo que los hebreos solicitasen su presencia en las instituciones deportivas europeas obviando que geográficamente están en Asia. Aquello fue una vulneración estrepitosa de la Carta Olímpica. India terció en el tema, ya que su embajador en Yakarta era miembro del Comité Olímpico, pero todo acabó con la precipitada huida del embajador cuando una turba rodee a la comitiva diplomática. La respuesta del COI fue suspender por perpetuidad a Indonesia, decisión sin precedentes.
Fue entonces cuando Indonesia dobló la apuesta. Convocó para 1963 la primera edición de los Juegos de la GANEFO. Entonces dirigía el país con mano de hierro Kusno Sukarno. No fue una broma. Concurrieron más de 2.000 atletas de un total de 51 naciones distintas, la mayoría de ellos con regímenes comunistas y muchos de los cuales habían alcanzado recientemente la independencia durante el proceso de descolonización. Contaron con el evidente apoyo económico de la República Popular de China. En su reto al COI, con su declarado antiimperialismo, el líder indonesio Sukarno convenció incluso a las selecciones universitarias de fútbol de Argentina, Chile y Uruguay y reclutó a deportistas de Angola, que por entonces aún era un ente colonial perteneciente a Portugal.
Inaugurados el 10 de noviembre de 1963, la duración de los Juegos de la GANEFO fue de doce días. Su desarrollo fue bastante confuso y anárquico por la falta de una carta que reglamentara y regulara el sistema de competición. Por ejemplo, el fútbol se resolvió con un cara o cruz tras la trifulca, publico incluido, en que acabó la final entre Arabia Saudí y Corea del Norte. China, que había sido la gran auspiciadora de estos Juegos que sustentó con una gran aportación de recursos y material, fue la gran dominadora con 66 medallas, doblando a los soviéticos, quienes habían enviado una delegación de segundo nivel para no indisponerse con el COI, que había amenazado con sancionar a los deportistas que participasen en ellos. Países capitalistas como Finlandia, Francia, Bélgica, Países Bajos o Italia también se sumaron a la iniciativa y decidieron enviar una delegación de deportistas, usando la misma táctica de enviar atletas de segunda fila ante la amenaza del COI de suspensión a perpetuidad.
El caso es que las amenazas no se cumplieron y todos los países participantes de los Juegos de la GANEFO también participaron en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. La única excepción fue Corea del Norte que decidió no acudir en muestra de solidaridad con Indonesia. No hubo más deserciones salvo la de Sudáfrica, país que no acudió al no querer enviar a una delegación multirracial como le sugería el COI.
GANEFO 1963
Los Juegos de la GANEFO nunca tuvieron continuación. Se proyectó una segunda edición para Egipto en 1967 y una tercera en Corea del Norte para 1970 pero nunca llegaron a celebrarse. El COI, bajo la presidencia de Avery Brundage, fue firme en su determinación de acabar con la deserción. Ayudó que el COI se abriera a repartir el pastel olímpico con las nuevas naciones y que éstas fuesen conscientes de que los Juegos Olímpicos eran la mejor forma de darse a conocer y de lograr reconocimiento social. También el Politburó de la Unión Soviética, por entonces superando ya a Estados Unidos en el medallero, comprendió que el deporte era la mejor arma para ganar la batalla de la Guerra Fría.
Antes de que Donald Trump decidiese pasarse el derecho internacional y las convenciones sociales por el forro de los huevos (pediría perdón por la expresión, pero todos sabemos que es muy del gusto del personaje) y volver al status quo de la ley del más fuerte aplicada hasta 1945, de Groenlandía sabíamos entre poco, nada o absolutamente nada. Por allí anduvieron Erik el Rojo y los vikingos, en aquel lugar habitaba en coqueto iglú Nanuk el esquimal y por esos lares buceaban ballenas que daban un aceite maravilloso para iluminar farolas y una carne estupenda para cocinar una buena sopa.
En términos deportivos quizás a algún lector le suene Jesper Gronkjaer. A inicios del presente siglo este polivalente centrocampista tuvo una sólida carrera que lo llevó a jugar en Ajax y Chelsea además de tener un efímero paso por el Atlético de Madrid. Fijo en la selección de Dinamarca, representó a su país en 80 ocasiones amen de disputar dos Copas del Mundo. Gronkjaer nació en Nuuk, capital de Groenlandia, pero, obviamente, nunca fue internacional groenlandés. En primer lugar, porque Groenlandia no es un estado y no tiene selección de fútbol oficial y en segundo lugar porque, de tenerla, Gronkjaer jamás hubiese sacrificado la opción de jugar con Dinamarca para hacerlo con Groenlandia.
Jugar al fútbol en Groenlandia es más que complejo. Tiene la liga nacional más corta del mundo. Se disputa concentrada en el mes de agosto, la única época del año donde está garantizado que la nieve o el hielo no cubran campos que en su mayoría son de césped artificial. Si uno bucea por internet y encuentra fotos del campeonato observa cómo son comunes las camisetas de manga larga o las rodilleras y calentadores térmicos debajo de la equipación futbolística. Los porteros, en pleno mes de agosto, suelen llevar pantalón y zamarra que les tapan todo el cuerpo.
No hay mucho más que rascar en un territorio que cuadriplica los kilómetros cuadrados de España, en el que apenas una quinta parte de sus tierras están libres de hielo y que únicamente cuenta con unos 60.000 habitantes. En 1991 registraron la temperatura más baja vista en el planeta con unos espeluznantes -70º. En Nuuk, la capital localizada al sur, se oscila entre una media de -6º y 8º en todo el año. En su estadio nacional, de poco más de 2.000 habitantes, se recibe a selecciones sin estado como Kosovo, Gibraltar, Man, Tíbet, Islas Feroe, Gagaucia, Zanzíbar o Santa Elena. Desde hace un par de décadas pelean para ser integradas en la UEFA, pero se han encontrado con la reiterada negativa del máximo organismo del fútbol europeo. La federación groenlandesa decidió en 2022 darle una vuelta de tuerca al asunto y pedir el ingreso en la Concacaf. Habría mucho que recorrer. 6.000 kilómetros hasta México DF, Kingston o La Habana.
Gronkjaer
En tiempos del año 1.000 d.C. navegantes vikingos (de lo que hoy sería Noruega) comenzaron a colonizar un inhóspito territorio donde apenas había pequeños grupos de esquimales. Las inclemencias del tiempo hicieron que esos asentamientos fuesen o viniesen con el tiempo, pero lo cierto es que desde el siglo XIII ese territorio pasó a estar formalmente integrado en la corona de Noruega, que por aquel entonces integraba también al territorio de Dinamarca.
Luego, en 1721, se inicia una segunda etapa de colonización en la que además de balleneros, también hay juristas, comerciantes y misioneros cristianos. A partir de entonces se construye la capital Nuuk y pasa a haber un flujo comercial constante entre Europa y Groenlandia. Prácticamente un siglo más tarde, con el fin de las guerras napoleónicas, Noruega pasa a integrarse en Suecia (no volverá ser independiente hasta el siglo XX) y Dinamarca pasa a heredar, en formato de colonia, las tierras de Groenlandia.
Habrá que esperar a 1953 para que Groenlandia se constituya de manera formal como provincia danesa con voz y voto en el parlamento danés. Antes, se había permitido la ocupación provisional del territorio (provisional significa que tiene inicio y fin, conviene puntualizárselo al señor Trump) de Estados Unidos con motivo de la II Guerra Mundial. En 1979 se dará un paso más al otorgar un estatuto de autonomía a Groenlandia para intentar paliar los 3.500 kilómetros de distancia que hay entre Nuuk y Copenhague. Para 2009 se produjo una amplia extensión de esa autonomía, al permitir un control de inmensas carteras exceptuando defensa y política exterior que siguen en mando de Dinamarca.
En la actualidad los groenlandeses se debaten entre la independencia o el seguir perteneciendo a Dinamarca. Esa dicotomía también se refleja en una disyuntiva capital en su territorio. Cuentan con una basta base de recursos naturales como zinc, plomo, molibdeno, oro, platino o uranio. Podrían ser independientes y acceder a ellos, pero necesitarían capital y mano de obra extranjera para explotarlos amen de destrozar un ecosistema tremendamente frágil. Seguir perteneciendo a Dinamarca garantiza un respeto medioambiental y un nivel de vida admisible, siempre a costa de un progreso extraordinario que el capitalismo, representado por Estados Unidos, vende como única forma de satisfacción vital.
¿América o Europa?
Si bien el fútbol es un deporte complejo de practicar y disfrutar en tierras tan septentrionales, el balonmano tiene enorme aceptación popular. Se trata de un proceso natural dado que en Dinamarca y en el resto de países escandinavos el balonmano es una suerte de religión nacional. Cuando en 1979 Groenlandia adquiera un estatus semiindependiente respecto a los daneses, la federación groelandesa de balonmano dará sus primeros pasos para poder competir internacionalmente.
El proceso fue rechazado por IHF (International Handball Federation) constantemente bajo la presión de los países europeos. Dinamarca jamás iba a aceptar ese drástico paso y para ello contaba con el apoyo del balonmano europeo, lo cual es lo mismo que decir con el apoyo del balonmano mundial. Desde que en 1938 se celebrase el primer Mundial de balonmano todos los campeones han sido del Viejo Continente. Es más, salvo el segundo puesto obtenido por Catar en 2015 con un equipo formado por nacionalizados, nunca un país no europeo ha conseguido ser segundo o tercero en un Mundial. Salvó el norte de África, Corea y Japón, el balonmano es un deporte netamente europeo con más éxito en aquellas regiones donde el frío invernal obliga a buscar refugio en un polideportivo.
Sucedía que la IHF acepta que selecciones que no representan a sus estados soberanos tengan oficialidad siempre y cuando tengan una buena estructura deportiva y una liga propia. Quizás no ocurra en el fútbol, pero en balonmano la nota groenlandesa se acerca al sobresaliente. Así que como en 1985 por culpa de un conflicto relacionado con la pesca Groenlandia abandonó el marco pesquero de la UE, la federación de balonmano tiró de dicho argumento para solicitar entrar en la PATHF (Federación Panamericana de Balonmano).
Si uno mira con detenimiento un mapa observará que geográficamente Groenlandia está destinada a competir en los torneos continentales de América. Así que, dado que el nivel del balonmano en América es paupérrimo y la presencia de Groenlandia era vista como aliento y no como intrusismo, la IHF dio su brazo a torcer y en 1998 aceptó que los groenlandeses pudiesen competir internacionalmente.
Sólo tres años después de celebrar su oficialidad como selección, el balonmano de Groenlandia vivió algo que no ha vuelto a experimentar. En 2001 Groenlandia logró clasificarse para el Mundial femenino y para el masculino. En el caso de las mujeres serían dos torneos mundiales sin conocer la victoria. Para los hombres ese primer torneo se saldó con una humillante derrota ante Alemania (8-39), honrosas ante Croacia (15-25) o España (16-31) y con una histórica y contundente victoria ante Estados Unidos (26-18). Luego se repetiría presencia mundialista en otras dos ocasiones (2203 y 2007) pero sin obtener triunfo alguno. En esos tres mundiales jugaron los hermanos Jakob Larsen y Rasmus Larsen, considerados los mejores jugadores de siempre de Groenlandia. Rasmus jugó en Francia y Jakob jugó en España en las filas del BM Zaragoza.
Un país de balonmano
Pero es en América en donde Groenlandia se ha convertido en una superpotencia. En 2002 y 2006 logró el bronce en el campeonato americano y en 2018 fue país organizador. Ese año se decidió dividir América en dos federaciones distintas y Groenlandia pasó a competir en lo que se ha dado en llamar Campeonato Norteamericano y Caribeño. Aquí la fortaleza de Groenlandia es tremenda al sumar un oro, una plata y un bronce en cuatro ediciones disputadas. En el último torneo Groenlandia con sus 60.000 habitantes venció a Canadá (41 millones), Puerto Rico (3 millones), México (132 millones) y Estados Unidos (340 millones).
En el medallero histórico del torneo Groenlandia supera a Estados Unidos.
En 2027 se disputará en Alemania el Mundial de balonmano. Tan sólo un país norteamericano o caribeño obtendrá plaza para la fase final.
Groenlandia tiene muchas opciones de clasificarse.
Lo normal es que Estados Unidos no se clasifique.
Otras historias del balonmano
Gheorge Gruia (el mejor jugador desconocido del balonmano)
Llegado el inicio de la década de 1950 no existía equipo más poderoso en el fútbol que la selección de Hungría. El Aranycsapat (equipo de oro) comandado por Ferenc Puskás fue el mejor del planeta durante un lustro magnifico. Su juego combinativo y de ataque con un 4-2-4 en continuo movimiento fue admirado por Brasil y fue antecesor de lo que años más tarde se pondría en marcha en los Países Bajos. Todo buen aficionado al fútbol sabe que una brumosa tarde de 1953 Hungría derrotó a Inglaterra en Wembley por 3-6 en el llamado Partido del Siglo acabando de una vez por todas con el mito de la superioridad inglesa. Los británicos exigieron una revancha que hubo de jugarse en Budapest y que refrendó lo ya conocido de Londres. Hungría humilló a Inglaterra por 7-1 y autorizó su cetro mundial.
Aquellos jugadores, nacidos en la década de 1920, eran fruto de una elaborada escuela futbolística que había puesto sus cimientos en tiempos de la I Guerra Mundial. Puskás, Czibor, Kocsis, Hidegkuti o Bozsik eran la evolución final de un trabajo iniciado décadas atrás. La dirección técnica de Gusztav Sebes y su juego de asociación eran la culminación de la perfección táctica de cientos de entrenadores. Aquel bloque se mantuvo invicto durante 32 partidos consecutivos y acumuló una única derrota en 50 partidos (42 victorias) internacionales jugados entre 1950 y 1956. Lástima que la derrota aconteció en la final del Mundial de 1954 cuando Alemania sorprendió contra pronóstico a Hungría al ganar por 3-2 tras remontar un 0-2 al descanso. Fue el llamado Milagro de Berna.
El Equipo de Oro
Como decía, el arquitecto de aquel equipo fue Gusztáv Sebes, futbolista que emigró a Francia mientras trabajaba como obrero en una fábrica de Renault y que en 1927 inició su carrera como entrenador. Sebes ejerció como técnico del MTK Budapest hasta que en 1949 dio el salto a la selección húngara. Ferviente comunista, Sebes no consiguió convencer a Kubala, quien se autoexilió y escapó de Hungría en 1949, pero si al resto de estrellas húngaras con las que formó un equipo invencible.
Aquello finalizó en 1956. Revolución Húngara. Un grupo de intelectuales y estudiantes se manifestaron, con el apoyo de parte de la población, para pedir libertades democráticas. La policía abrió fuego y provocó decenas de muertos. La revuelta se extendió por todo el país y Moscú movilizó sus recursos para sofocar a los exaltados. El 4 de noviembre los tanques soviéticos desfilaron por Budapest y dejaron casi 3.000 muertos en la capital húngara. Hubo una purga, y quien pudo escapó del país. Puskás, Kócsis y Czibor aprovecharon un partido de Copa de Europa del Honved en Bilbao para quedarse en España. Fueron los más famosos, pero hubo unos cuantos más que pedirían asilo político en el extranjero. Liderados por el magnífico Florien Albert, los húngaros mantuvieron la competitividad en la década siguiente, pero desde entonces su fútbol se apagaría para siempre.
Puskás, Kócsis y Czibor
¿Cómo surgió todo esto? Con Jimmy Hogan del que ya he hablado en alguna que otra ocasión. Pionero del fútbol, a inicios del siglo XX Hogan comenzó a entrenar a equipos de Centroeuropa convirtiéndose en padre del balompié continental. Lo hizo cultivando un juego técnico y ofensivo que no gustaba en su Inglaterra natal y, a cambio, enamoró en los países a los que viajó. La llamada Escuela Danubiana revolucionó el fútbol desde Checoslovaquia a Austria pasando por Hungría. En Budapest, Hogan entrenará al MTK, enseñanzas que retumbarán en el futuro. Cuando los húngaros hagan claudicar a los ingleses en Wembley (3-6) en el partido del siglo, Gusztáv Sebes declarará: «Jugamos al fútbol como nos enseñó Jimmy Hogan. Cuando se cuenta nuestra historia futbolística, su nombre debe escribirse con letras doradas».
Nadie trazó previamente un plan, pero es evidente que todos aportaron su máximo talento para alimentar la marmita creativa. Hogan puso en marcha la Escuela Danubiana que culminaría Sebes, pero por el camino hubo un montón de técnicos y jugadores que funcionaron como apóstoles para llevar la buena nueva por el planeta fútbol.
Tras la I Guerra Mundial el Imperio Austrohúngaro fue desmembrado. La fragmentación y discriminación de los ciudadanos húngaros de los nuevos territorios de Yugoslavia, Rumania y Checoslovaquia supuso el éxodo forzoso de más de tres millones de habitantes. La nueva Hungría, con un tamaño seis veces inferior, era a la altura de 1919 un país pobre. Es poco conocido, pero al igual que millones de italianos emigraron a Estados Unidos también lo hicieron los húngaros. Solo España e Italia superan a Hungría en tasa de emigrantes por mil habitantes en el primer tercio del siglo XX. A la guerra mundial le siguió una revolución republicana, luego un golpe de estado comunista y más tarde una guerra civil que llevó al poder a una dictadura militar de derechas. Todo en el plazo que va de 1918 a 1920. La estampida fue descomunal.
Así pues, la marcha de jugadores y entrenadores de fútbol durante toda la década de 1920 fue en continuo crecimiento. En 1929 tuvo lugar la primera edición de la Serie A italiana. Por entonces se contaban 27 entrenadores húngaros en toda Italia. 7 de los 18 equipos que configuraron aquella primera temporada en la máxima categoría contaban con técnico húngaro y en la campaña 1930/31 eran diez. La influencia húngara en el fútbol italiano hizo que rápidamente se convirtiese en la liga más potente de Europa. Hasta 1945 se contabilizan más de sesenta técnicos magiares en el Calcio y cerca de ochenta futbolistas, a pesar de que durante tiempos de Mussolini se limitó el número de extranjeros en la Serie A y la Serie B.
Su influencia fue masiva. Lajos Czeizler llegaría a ser seleccionador nacional italiano en el Mundial de 1954 justo después de triunfar con el AC Milan. Egri Ebstein fue el técnico del Grande Torino, el mejor club de fútbol de Europa a finales de los 40. Gyula Feldmann dirigió a Juve e Inter y Jozsef Viola a Milan y Juve. Por último, señalar a Imre Schoffer, quien no dirigió a grandes escuadras, pero durante décadas impartió su doctrina en plantillas juveniles de toda Italia.
Equipos como el Internazionale llegaron a tener durante una década a técnicos húngaros. Ninguno superó a Arpad Weisz, sin lugar a dudas el más destacado de todos ellos. Figura desconocida fuera de las fronteras italianas, Weisz fue un excelente jugador que como técnico llevó a la gloria al Inter y al Bolonia FC. A los boloñeses los hizo campeones de la Copa Mitropa, una de las antecesores de la Copa de Europa. Weisz acabaría gaseado en Auschwitz en 1944.
La estatua de Weisz en el estadio del Bolonia FC
Italia no fue el único país que recibió ingentes cantidades de talento húngaro. Austria era por proximidad geográfica y cultural un destino predilecto, pero Portugal, Alemania o Estados Unidos también fueron lugares escogidos por estos ases del balón. Alfred Schaffer acabó recibiendo el apodo de rey del fútbol alemán tras triunfar en Eintracht, Hamburgo o Bayern y Lippo Hertzka triunfó como técnico del FC Porto y el SL Benfica. Rudolf Jeny dirigió a Atlético de Madrid y al Sporting lisboeta.
El más celebre de todos ellos es Bela Guttmann, quien se marchó a Estados Unidos para jugar al fútbol en la década de 1920. Luego se convertiría en uno de los técnicos más afamados de siempre en una larguísima carrera en la que dirigió a la selección austriaca y a la portuguesa y acabaría ganando ligas con el Ujpest (Hungría), Sao Paulo (Brasil), CA Peñarol (Uruguay) y SL Benfica (Portugal), club con el que logró dos Copas de Europa y donde, tras ser despedido, dejó una de las sentencias más famosas del fútbol al declarar que nunca jamás el Benfica volvería a ganar un título europeo. Así fue. Y así es conocida la sentencia como la maldición de Bela Guttmann.
Guttmann triunfó en Brasil. Y no fue el único. La influencia húngara en el jogo bonito brasileño es pasmosa. El 4-2-4 del Brasil de 1958 bebe de lo aprendido gracias a las enseñanzas de los técnicos centroeuropeos en las décadas anteriores. Fue un húngaro, Izidor Kürschner, el que implantó la WM en Brasil dirigiendo al CR Flamengo. Antes de emigrar a Sudamérica, Kürschner había sido segundo entrenador de Hogan. Otro de sus segundos, György Orth, fue seleccionador nacional de Chile, Perú y México. Imre Szigeti fue el entrenador del gran Nacional de Montevideo de los años 30 y Jeno (rebautizado como Eugenio) Medgyessi dirigió a River Plate, San Lorenzo o Sao Paulo entre otros.
Junto a Guttmann, quizás el más influyente de todos ellos fue Imre (rebautizado como Emérico) Hirschl. Fue el técnico que hizo debutar a Adolfo Pedernera y a José Manuel Moreno en River Plate dando inició a La Máquina, el legendario equipo de River que enamoró a toda una generación (entre ellos a Alfredo Di Stéfano) a golpe de regates y goles. Luego Hirschl llevaría sus ideas rompedoras a Uruguay cosechando innumerables éxitos con CA Peñarol.
Toda aquel éxodo y la cruel respuesta soviética a la revolución de 1956 acabó para siempre con la preponderancia del fútbol húngaro en el fútbol. Plattko, Kubala, Czibor, Puskás o Kocsis dejaron huella en España. Pero lo hicieron sobre el campo. La influencia en el desarrollo y expansión del fútbol mundial gracias a los entrenadores húngaros es tan notoria como desconocida. Países hoy hegemónicos como Italia, Brasil o Argentina o punteros como Uruguay o Portugal deben gran parte de su éxito a aquel interminable goteo de talento húngaro proveniente del gran éxodo de la primera mitad del siglo XX.
Amos Klausner nació en Europa. Con los años emigró a Jerusalén y cambió su apellido por el de Oz, que significa coraje. Vivió en un kibutz, las comunas agrícolas israelís, y participó como soldado en la Guerra de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kippur (1973). Novelista, profesor universitario y escritor, ganó diversos premios literarios en Israel y medio mundo. Francia le otorgó la Legión de Honor, España le concedió el Príncipe de Asturias y estuvo varios años nominado al Nobel de Literatura. Amos Oz era uno de los israelitas más sobresalientes, respetados y conocidos del mundo. Un faro para cualquier judío. Una muestra de cómo desde la miseria se puede llegar a la excelencia.
Hasta que en 2015 Amos Oz dijo lo siguiente: “La supervivencia del Estado de Israel requiere la creación de un Estado Palestino independiente. No hay otra solución porque los palestinos no se van a ir, no tienen adónde. Los judíos israelíes tampoco nos vamos a ningún lugar, no tenemos adónde. No podemos ser una gran y alegre familia porque no somos una familia. Somos dos familias muy infelices. Debemos dividir la casa en dos apartamentos más pequeños. No hay otra opción”.
Inmediatamente Amos Oz fue tildado de traidor. De pacifista izquierdista y de vendedor de la Patria. Cuando falleció en 2018 gran parte de los que le habían admirado no quisieron llorar su pérdida. Su editor le dijo una vez a Amos que sus libros tenían unas ventas grandiosas en Israel porque los sionistas compraban sus libros no para leerlos, sino para quemarlos.
Los palestinos luchan dos guerras al mismo tiempo. Una para lograr su libertad, y es justa. La otra no lo es porque luchan para expulsar a los israelís de su tierra. Los israelitas luchan dos guerras al mismo tiempo. Una justa para defenderse del terrorismo alentado por Hamás y Hezbolá los cuales son financiados por Irán con el objetivo de doblegar a Israel y convertirse en la fuerza hegemónica en Oriente Medio. La otra no es justa y busca la expulsión y el exterminio de los palestinos en la llamada Franja de Gaza.
¿Quién tiró la primera piedra? No es asunto de estas líneas. Las bases de este desastre las pusieron británicos y franceses en 1917 y nunca verán solución adecuada. Hablamos de convivencia pacífica desde Occidente. De diálogo y de consenso. Hablamos y hablamos, sin embargo, sabemos que es imposible. Son dos pueblos que se odian, que no tienen el mismo concepto de Derechos Humanos aceptado por nosotros, y que ocupan el mismo territorio. Poco se puede hacer.
Amos Oz
El motivo de este artículo es otro. La pregunta es otra. ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?
El pasado 14 de septiembre el Gobierno de España tenía un trabajo qué hacer y era garantizar que pudiese desarrollarse la última etapa de la Vuelta Ciclista a España. El delegado del Gobierno en Madrid, y por lo tanto el Gobierno, fracasó en esa tarea, dado que la Vuelta no pudo finalizar (el pódium de vencedores se hizo en un garaje subiendo al triunfador a una nevera portátil). El Gobierno fue incapaz de asegurar la integridad de los ciclistas y de despejar las calles del recorrido. Se movilizaron 3.000 policías, cifra superior a la cumbre de la OTAN según explicaron.
Pues no fueron suficientes.
El trabajo del Gobierno también era asegurarse de que quien quisiese manifestarse a favor de la causa palestina o por la desaparición del Estado de Israel pudiese hacerlo con normalidad. También era asegurarse de que la Vuelta llegase a la meta con normalidad. Consiguió lo primero y fracasó en lo segundo con la duda que ha quedado, y es responsabilidad del Gobierno por sus declaraciones que haya esa duda, respecto de la voluntad real de que el Gobierno pudiese completar ese cometido. Esa misma mañana, el presidente de España había mitineado a favor de la causa palestina usando el viejo truco de decir que respetas a los deportistas, pero, sobre todo, diciendo que admiras a los que al manifestarse no van a dejar a trabajar a los deportistas.
La duda sobre la voluntad del Gobierno es muy legitima dado que llevan un mes quitándole hierro a los incidentes y exigiendo la expulsión de un equipo ciclista patrocinado por un israelí de las competiciones internacionales. Y la duda es legítima, debido a la satisfacción de varios ministros al celebrar el fracaso del dispositivo de seguridad de la carrera. El Gobierno usó interesadamente la manifestación pacifica para diluir su responsabilidad y los desórdenes públicos que acabaron provocando que la carrera fuera abortada. Y es que no fue el clamor del pueblo de Madrid lo que abortó la carrera, sino la incompetencia de la Delegación del Gobierno de Madrid.
Camuflar un fracaso proclamando con enorme sobreactuación una evidencia.
También la oposición debería abstenerse de hablar en nombre del pueblo madrileño. En Madrid no hubo violencia ni tampoco hubo un Sarajevo (Ayuso dixit). La sobreactuación llega a todos los extremos de la política.
Días después de los incidentes en el fin de la Vuelta a España se reunieron en Madrid el canciller de Alemania Friedrich Merz, conservador, con el presidente de España Pedro Sánchez, progresista. Sánchez habla de genocidio. Merz no. Sánchez considera necesario reconocer el Estado Palestino. Merz no. Sánchez no quiere competiciones deportivas si participa Israel. Merz no se ha pronunciado al respecto. Sánchez entiende que Netanyahu viola los Derechos Humanos. Merz está de acuerdo. Sánchez anunció el embargo de armas a Israel hace meses, pero hasta hace tres días no lo hizo efectivo. Merz ya tiene el embargo en vigor desde hace muchos meses. Sabiendo en qué coinciden y en qué discrepan, ambos comparecieron en ambiente de concordia y en sintonía subrayando como están de acuerdo en lo esencial. Ninguno acusó al otro de ser cómplice de Netanyahu ni cómplice de Hamás.
Una muestra más de que lo que ocurrió aquel 14 de septiembre en una carrera ciclista en la capital de España no fue más que una escena sobreactuada con la única idea de embarullar y confrontar. Lo que polariza la vida española no es lo que ocurre en Gaza, sino que es el afán de polarizarlo todo lo que contamina cualquier situación tanto interna como externa de nuestro día a día.
Madrid 14/IX/25
Una vez que el suflé ha finalizado, las preguntas que el presidente del Gobierno debería responder serían; ¿Con qué otras medidas de protesta celebraría él que el pueblo español protestase ante Netanyahu? Si mañana alguien propone boicotear cualquier empresa, cualquier marca, señalar un producto en un supermercado (¿con una estrella de David?) de Israel, ¿lo celebrará el presidente del Gobierno? Si alguien propone sitiar la Embajada de Israel en Madrid, ¿el Gobierno de España aplaudirá también y dirá que está orgulloso de su pueblo? ¿Propondría y jalearía el Gobierno que la selección masculina de fútbol no participase en el Mundial de 2026 en el caso de que Israel se clasificase? Si alguien boicotea las relaciones diplomáticas del Estado español con el Estado israelí, ¿también le producirá admiración al presidente del Gobierno? Decir lo siento por la Vuelta, pero lo siento más por los palestinos masacrados vale para cualquier situación demagógica. Consiste en sustituir la Vuelta por lo que ustedes consideren (por ejemplo, por un estudio científico contra el cáncer cofinanciado por universidades israelitas).
¿Quién fija la línea entre lo que es Israel y lo que es el Gobierno de Israel? ¿Al Partido Laborista de Israel que está en contra de la guerra y de Netanyahu hay que echarlo de la Internacional Socialista sólo por el hecho de ser israelí? ¿La prensa libre israelita que es crítica con Netanyahu también es censurable? Coincidiendo con la Vuelta se celebró el equivalente a los Premios Goya del cine en Israel. Las banderas palestinas y los gritos de no a la guerra inundaron una sala donde el premio al actor protagonista se le dio a un musulmán. ¿También son censurables todos esos críticos con Netanyahu?
Lo que diferencia a Israel de Rusia es que mientras la primera es una democracia la segunda es una dictadura. El equipo ciclista Gazprom-RusVelo fue expulsado de la Unión Ciclista Internacional (UCI) semanas después de la invasión rusa de Ucrania. El Israel Premier Tech lleva dos años circulando sin censura. Es obvio que la fortaleza económica y tecnológica de Israel lo hacen un socio primordial para Occidente y que cuenta con el paraguas de Estados Unidos para cada uno y todos sus actos de barbarie. Rusia no. Rusia es el ogro. Pero no está mal recordar que en el pasado (1973 y 2001 significativamente) Israel hubo de retroceder ante sus propios pasos por exigencia de Occidente.
Rusia no es una democracia. En Rusia no hay libertad de prensa, no hay elecciones libres ni hay división de poderes, no hay derecho de reunión ni de asociación (desde 2015 las leyes nacionales tienen autoridad sobre los tratados internacionales). Vladimir Putin es un dictador, aunque no lo ponga en los papeles oficiales. En Israel sí. Israel es una democracia. Antes de Netanyahu gobernaron en Israel conocidos lideres como Simon Peres o Amir Peretz, quienes abogaban por el pacifismo y la coexistencia con Palestina. Benjamín Netanyahu es primer ministro de Israel desde diciembre de 2022. Veremos si en 2026 sigue siéndolo. Tocan elecciones. Una fuerte oposición le acecha. Y no viene de Irán, ni de Egipto, ni de Francia ni de España. Viene de dentro del propio Israel.
Hay más. Rusia cerca a Europa. A Europa Occidental. Para estonios, letonios, lituanos, fineses, suecos, polacos, ucranianos, checos, eslovacos, austriacos, húngaros, rumanos, croatas, búlgaros, griegos y alemanes, Rusia es el enemigo. Para Estados Unidos también. Y para defenderse de ese enemigo, Israel es pieza imprescindible. Plásticos, instrumentos médicos y ópticos y productos farmacéuticos químicos y militares obtenidos a precio justo. Rusia aporta a Occidente combustible. Un combustible demonizado por sus efectos para el medio ambiente y en el que Europa cada vez está menos interesado en comprar y Rusia ansía que así sea para poder vendérselo en mejores condiciones a India y a China.
Rusia tiene un colchón detrás de origen chino que le permite desafiar a Occidente. Europa cuenta con un colchón que se llama Estados Unidos. Y no existe colchón si Israel no forma parte de la misma cama.
Israel Premier Tech
Así entonces; ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?
El Comité Olímpico Internacional (COI) expone sus razones, la cuales, gusten o no, están fundamentadas. Es cierto que los principios olímpicos son muy generales y maleables, como también lo es cierto que las decisiones son tomadas de forma democrática por los comités deportivos nacionales (que no por los Estados). En su artículo 28 la Carta Olímpica dice que “la jurisdicción territorial de un Comité Nacional ha de coincidir con los límites del país donde ha establecido su sede”. Ese es el motivo argumentado para expulsar a Rusia, que desde el momento de la invasión ha vulnerado y ocupado territorio del Comité Olímpico Ucraniano.
Rusos y bielorrusos (aliados en la invasión) llevan desde entonces sin participar en los grandes eventos deportivos y sus deportistas a título individual que sí lo hacen compiten sin himno ni bandera (a los JJ. OO de Paris 2024 únicamente fueron 15 deportistas rusos considerados limpios de la influencia de Putin). Si bien es cierto que la decisión fue relativamente fácil por la presión de Estados Unidos y de Europa, también lo es que se ajusta al derecho olímpico.
¿Ha invadido Israel territorio de Palestina? Cierto es. Pero el deporte juega con ventaja. Palestina no ha sido reconocido como Estado de forma masiva hasta hace apenas unos meses. Cuando reclamó su independencia en 1988 los apoyos provinieron de África y de países musulmanes fundamentalmente. Es ahora cuando se debate esa realidad en entes poderosos de todo el planeta (no es cuestión de la Unión Europea, importantes países como Suiza o Japón no se lo plantean y otros como Canadá o Australia han reconocido a Palestina hace una semana cuando cuatro semanas atrás lo rechazaban). En el deporte esa realidad es mucho más sólida y antigua. La ONU reconoce que en el planeta hay 195 países. El COI reconoce a 206 Comités Olímpicos Nacionales. Palestina es uno de ellos. Participa en los Juegos Olímpicos desde 1996 con el apoyo de todos los miembros y sus deportistas han compartido espacios en la Villa Olímpica con los deportistas israelís en varias ocasiones.
Deporte y política están estrechamente unidos. Separar ambas cosas son pamplinas. Ocurre que en el mundo hay en estos momentos más de medio centenar de conflictos armados activos. Se calcula en unos 70.000 los fallecidos oficiales en Gaza. Sólo en guerras que se hayan iniciado en 2023, mismo año en el que se inició el conflicto en Palestina, comenzaron conflagraciones en Birmania (20.000 muertos), en el Sahel (35.000), Sudán (30.000), Etiopía (15.000) o hasta en el eterno conflicto por el narcotráfico en México que suma en dos años cerca de 10.000 fallecidos. En Ucrania superan los 100.000 fallecidos sólo entre los agredidos. El deporte internacional tiene que hilar muy fino para sobrevivir en un mundo global.
Gaza
Al que escribe, la situación le recuerda al 11-S. Entonces los ataques a las Torres Gemelas provocaron una reacción furibunda de Estados Unidos. Salvo los activistas de extrema izquierda, el conjunto de la sociedad mundial (países árabes incluidos) apoyaron o aceptaron que Estados Unidos iniciara una operación de ocupación en Afganistán. Dos años más tarde, con la falsa excusa de la existencia de armas químicas en Irak, Estados Unidos inició una nueva operación de conquista que fue rechazada por la inmensa mayoría de la población mundial, con la única excepción de grupos de extrema derecha.
Cuando Hamás inició una masacre el 7 de octubre de 2023 que acabó con la muerte de cerca de 800 civiles israelís, nadie puso en duda la necesidad de Israel de defenderse e iniciar una operación contra el terrorismo (países árabes incluidos). Así como nadie dudó de excluir a Rusia de todo evento internacional haciendo gala del poder blando, no hubo nadie que pretendiese hacer lo mismo con Israel, país identificado, claramente, como víctima.
Dos años más tarde muy pocos podrían justificar la guerra liderada por Netanyahu como una cuestión de operación antiterrorista. Genocidio o no, lo que es indudable es que es una masacre que busca la total ocupación de la Franja de Gaza sin la intención alguna de volver a las fronteras anteriores al 7 de octubre de 2023, aunque supuestamente se consiguiese desmantelar a Hamás. Poco a poco el mundo le da la espalda a Israel, como en su día se hizo con Estados Unidos.
¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?
Por ahora no.
Por ahora.
“Somos el único país del mundo al cual se le exige garantizar la seguridad de su ocupante mientras Israel es el único país que pretende defenderse de sus víctimas. No necesitas ser árabe para apoyar a Palestina, tan sólo necesitas ser humano”. Hanan Ashrawi, diputada palestina.
“Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No podemos perdonarlos por obligarlos a matar a nuestros hijos. La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Golda Meir, primer ministro de Israel.
«Cuando hablamos al pueblo de Israel estamos hablando a un pueblo de hermanos. Un pueblo que cuando regresa a España, regresa a su casa. Por eso nos duele tanto, nos cuesta tanto comprender lo que el Gobierno de Israel está haciendo en la Franja de Gaza. Por eso clamamos, imploramos y exigimos que detengan ya esta masacre». Discurso de Felipe VI de España en la ONU el 24/IX/25 con un perfecto y diplomático uso de las palabras.
Goebbels y Hitler subieron al Mercedes 280S blindado camino del Estadio Olímpico Adolf Hitler. Según el plan trazado por el ministro de Propaganda, una vez finalizase la ceremonia de inauguración invitarían a subir al auto a Himmler con la excusa de tratar pormenorizadamente el dispositivo antiterrorista de los JJ.OO. Ocurre que, iniciado el camino de vuelta, a la altura de la Avenida de la Victoria (antiguamente Charlottenburger Chaussee) un artefacto explosivo estallaría en los bajos del Mercedes llevándose la vida de los tres jerarcas nazis. Se cumpliría así el deseo del Führer quien, consumido por el alzhéimer, había decidido inmolarse y dejar la dirección del III Reich a Albert Speer.
Para Hitler Berlín era una ciudad decadente. Allí el NSDAP había cosechado históricamente sus peores resultados cuando los nazis aun aceptaban el juego democrático. Como austriaco, consideraba la capital prusiana un lugar alicaído y simple y su objetivo siempre fue convertir a Berlín en un nuevo París, en una Roma imperial, o en una nueva Babilonia.
Los 81 países en los que se dividía el mundo entonces participaron en los Juegos Olímpicos. Se esperaba que el medallero lo liderase el III Reich. A la altura de 1972 Alemania ocupaba la mayor parte del territorio de Europa central y oriental, desde Bruselas al oeste hasta Kiev en el este y desde Tallin al norte hasta Creta al sur. Estados Unidos era el único país capaz de hacerle frente, aunque tanto Gran Bretaña, como Francia e Italia contaban con enormes deportistas con talentos procedentes de sus colonias africanas. Francia poseía la mitad de territorio continental que antaño, pero se le había permitido explotar una vasta zona africana. Se esperaba también gran actuación de las pujantes democracias sudamericanas, de los comunistas chinos y de la India, socio comercial preferente de Estados Unidos y la única democracia exitosa en Asia.
Speer había diseñado el Prachtallee (paseo de los esplendores) que recorría la ciudad de norte a sur. Con Berlín como eje, dicha avenida se tornaba en autopista de más de 3.500 kilómetros de largo conectando Nordstorn, una nueva ciudad creada en el Círculo Polar Ártico, con la Roma regida por Humberto II al paso de numerosos monumentos que recordaban a los caídos en la guerra.
En todo caso, recordemos que la ambición de Hitler era crear un nuevo Berlín a través del tradicional eje este-oeste. Para ello, al oeste de la puerta de Brandemburgo, y para continuar con los bulevares de Under den Linden, se atendió a crear una amplísima y rectilínea avenida que desde la citada puerta atravesase el Tiegarden, bordease la columna de la victoria prusiana y cruzase por un puente el último meandro del río Spree, camino de una zona residencial que culminaría con la explanada del aeropuerto de Tempelhof. Hitler había dado carta blanca a Speer para no escatimar en gastos y usar a terroristas y disidentes como mano de obra esclava. El proyecto había finalizado años atrás, pero se seguían derribando viejos edificios y reinstalando a ciudadanos, dando siempre la sensación de que Berlín era una ciudad en continua transformación que superaba ampliamente los diez millones de habitantes.
Cuando Hitler y Goebbels subieron al Mercedes camino del Estadio Olímpico, el Führer echó la mirada atrás y contempló lo que su mente había trazado y Speer había ejecutado. Abandonó el edificio de la segunda cancillería, su palacio residencial. Allí, había almorzado horas antes junto a los miembros más destacados del equipo olímpico alemán. El refrigerio había tenido lugar en el salón Federico Barbarroja, una descomunal estancia que doblaba en tamaño el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.
El Versalles nazi
Había hasta tres cancillerías presentes a lo largo de la llamada Avenida Hermann Göring, nombre con el que fue rebautizada ese mismo año la Avenida de la Victoria en honor a la memoria del orondo jefe supremo de la Luftwaffe. Hitler iba a realizar el corto viaje hasta el estadio ante la aclamación de miles de berlineses. Esto era así porque en los desfiles y en las grandes ocasiones el tráfico rodado tenía lugar en el exterior. En el día a día, tan sólo los servicios públicos y los vehículos oficiales compartían trayecto con los transeúntes. El resto del tráfico rodado compartía subsuelo con el metro gracias a un descomunal túnel que seguía el eje de la avenida de forma subterránea.
Al poco de salir de la cancillería y acceder a la Avenida Hermann Goring, en su extremo norte, se ubicaba un gran foro abierto conocido como Grober Platz, con una superficie de alrededor de 350 000 m². El conocido comúnmente como Palacio de los Foros Populares tenía capacidad para albergar a 150.000 personas y era el lugar donde se celebraban los grandes actos del Partido Nazi. La idea era superar al Panteón romano construido 2.000 años atrás y mantenerlo en funcionamiento al menos un par de siglos. En la parte sur de la gran plaza se ubicaba el nuevo edificio de la Wehrmacht. La antes majestuosa Puerta de Brandenburgo palidecía ante la magnitud de los edificios que ahora le hacían sombra. Al sur estaba en construcción la nueva terminal de la estación central de Berlín, con un movimiento de tierras de proporciones gigantescas.
Avanzando hacia el este, ante un estruendoso clamor popular, la comitiva del Führer se dispuso a atravesar el Arco del Triunfo. En total había dos en Berlín y muchos más por todo el III Reich. El más pequeño se situaba al este, dirección Moscú. Tenía tres veces más altura que el parisino y tenía grabado el nombre de todos los caídos en el frente oriental durante la guerra. Estaba situado a las afueras de Varsovia para dar la bienvenida a todos aquellos eslavos que osasen penetrar en Alemania. A partir de ahí, y hasta llegar a Berlín, la autopista estaba adornada con enormes monolitos acabados con la esvástica nazi. Cuando la autopista se convertía en avenida al llegar a los arrabales de Berlín, amplísimos bulevares adornados con artillería soviética capturada durante la guerra recordaban lo sangriento del camino entre Moscú y Berlín.
Pero aquel era el camino a la oscuridad. El camino de la luz, el que de Berlín salía dirección oeste rumbo a París, se iniciaba con un descomunal Arco del Triunfo que superaba en hasta diez veces al diseñado por Napoleón. Hubo de hacerse numerosas pruebas de construcción para ver si el terreno era suficientemente sólido para soportar los pilotes de hormigón. Con sus 500 metros de alto en su interior estaban grabados todos los caídos en el frente occidental tanto durante la I como durante la II Guerra Mundial.
Traspasado el Arco del Triunfo, es turno del Volkschalle, otro edificio granítico diseñado para soportar el peso en terrenos pantanosos. El Volkschalle de 200 metros de altura y con una cúpula diez veces más grande que la basílica de San Pedro, es la sede de una inoperante Comunidad Europea. La inmensidad de su cúpula y la condensación provocada por los allí reunidos provocaban la aparición de una neblina artificial. Allí se reúnen los catorce países que conforman una Unión Europea que funciona bajo los designios del Reich alemán. Las banderas de todos los países se presentan ante la fachada principal, coronada por una enorme esvástica, la más grande del planeta, que en días ventosos es vista prácticamente en cualquier rincón de Berlín.
Avanzada ya la avenida, la comitiva presidida por el Führer, se adentra en el estadio que lleva su nombre. Creado ex proceso para los JJ. OO venía a sustituir al estadio olímpico de 1936. Se trataba de un edificio construido en un tiempo récord de apenas doce meses por más de 4.000 obreros que trabajaban día y noche para acelerar la finalización del edificio. Como reflejan las cifras el esfuerzo en mano de obra era mayúsculo, así como las energías y recursos de sus ingenieros. El granito era el material preferido para todas esas nuevas edificaciones, pero se encontró el problema de que no había suficiente en el Reich como para satisfacer los diferentes proyectos arquitectónicos. Ante la posibilidad de quedarse sin abastecimiento de ladrillos (su materia prima principal) Speer mandó crear una fábrica en el Campo de Concentración de Sachsenhausen, donde los prisioneros trabajaban como esclavos día y noche.
Se trataba de una montaña de granito y acero con capacidad para 400.000 personas. Hubo que cotejar procedimientos matemáticos y usar la tecnología que años atrás había permitido que una bandera nazi ondease en la Luna en un hito jamás antes alcanzado por la humanidad. El estadio se sostenía con cables de acero con ornamentación de mármol y hasta ribetes de oro en el palco, desechando por completo materiales baratos como el PVC, salvo para detalles insignificantes. Los materiales de construcción fueron suministrados de la propia Alemania, los equipos eléctricos de los Países Bajos y la madera de roble para los asientos de los espectadores fueron traídos desde Ucrania. El vidrio se trajo de Bohemia y de los cables de acero se encargó Polonia. Las impresionantes columnas sostenían un espacio de 227.000 m², que tras el evento vería reducida su capacidad a 300.000 asientos. El Estadio Olímpico Adolf Hitler tenía ocho pisos y 60 metros por encima las azoteas del estadio. Contaba también con un pabellón anexo de 60 metros de largo, suficiente para cubrir la sección de los soportes.
Aquello era digno de dioses.
Olympiastadion
Iba a comenzar la ceremonia de inauguración.
Más de 70.000 jóvenes de la Juventudes Hitlerianas proporcionarían un espectáculo imaginativo, armónico y deslumbrante. La música, la danza, la gimnasia y la acrobacia facilitarían dos horas de entretenimiento presencial y televisivo inaudito.
81 países tomaron parte en la sesión inaugural de los Juegos. La salida de los participantes, como es tradicional, se inició con la presencia, en primer lugar, de Grecia. Por orden alfabético fueron desfilando los deportistas. A los comunistas siberianos de la URSS se les permitió desfilar sin bandera como protesta al régimen nazi. El público, aleccionado por la propaganda, reaccionó con un gélido silencio que asustó hasta al más valiente de los rebeldes. Mientras, Estados Unidos y algunas de las democracias sudamericanas decidieron salir con bandera al viento y sonrisa de oreja a oreja, pero torciendo el gesto al pasar por delante del palco presidido por el Führer. Lo cierto es que dio igual. La espectacularidad de la ceremonia fue tal que los gestos reivindicativos y de protesta sonaron ridículos ante la majestuosidad de lo allí preparado por los nazis. Alemania, que cerró el desfile, pasó triunfante dando la vuelta olímpica al estadio con los acordes del himno nacional y una inmensa esvástica.
Por vez primera desfiló el equipo olímpico de Irlanda, compuesto por una docena de deportistas. Tras décadas de conflictos sociales y muertes violentas, los irlandeses lograran el año anterior su independencia bajo el beneplácito de Berlín. Para Londres fue una humillación más a cambio de poder mantener su ya decadente Imperio colonial.
Los 400.000 espectadores del estadio Adolf Hitler respondieron con gran calor ante la presencia de los equipos de los países amigos, y en una graduación de ovaciones podría afirmarse que Italia ganó la medalla de oro. Humberto II, monarca transalpino, aplaudía con júbilo, aunque entre bambalinas se mostró contrariado dado que tuvo que dejar su asiento a la izquierda del Führer a Richard Nixon, presidente de Estados Unidos. En la tribuna de personalidades también estaba Francisco Franco, general español, Emilio Médici, dictador brasileño y firme opositor a las democracias sudamericanas y Yaroslav Hunka, un neonazi que había vencido en las elecciones de Canadá bajo financiación alemana, quienes con ese golpe de efecto pretendían desestabilizar a Estados Unidos.
Pero el gran acontecimiento fue la presencia de Hirohito, emperador de Japón, considerado un semidios y al que sus súbditos sólo le conocieron la voz el día que por radio decretó la victoria japonesa en la II Guerra Mundial. Hirohito, de 70 años, iba por vez primera salir de su país para rendir visita a sus amigos nazis. La presencia de miles de hombres del Kenpeitai japonés en colaboración con la Gestapo alemana consiguieron un milagro que entusiasmó y sorprendió a espectadores de todo el mundo.
Estaba también Pierre Laval, presidente de Francia, y por Gran Bretaña Eduardo IX, el joven rey de Inglaterra. Era un secreto a voces que aquel jovenzuelo era el primer bebe probeta de la historia. Hitler había obligado a Eduardo VIII a divorciarse de Wallis Simpson ante la imposibilidad de la estadounidense a tener hijos. Obligado a casarse con la condesa alemana Irene de Solms, pronto se vio que lo de concebir no era problema femenino, sino masculino. La rubia alemana pudo haber yacido con otro hombre, pero los nazis querían dotar de sangre teutona al futuro rey de Inglaterra. Eduardo IX era joven, guapo, probeta y ferviente admirador del autoritarismo alemán.
Unas filas más abajo se encontraba su prima Isabel II, reina de Canadá y heredera legal del trono británico. Las antiguas colonias africanas británicas se mantenían bajo el control de Londres con el beneplácito de Berlín. No así las asiáticas, controladas desde 1945 por el Imperio Japonés del ya citado Hirohito. Australia se dividía en dos. La parte oriental, la rica, estaba bajo control nazi, mientras que, al occidente, traspasado un desierto infinito, se mantenía un gobierno independiente con el apoyo económico y la simpatía de Estados Unidos y Canadá. El presidente de Australia declinó acudir a la ceremonia de apertura.
Por supuesto estaba Ante Pavelic, dictador croata, el único al que alemanes e italianos permitían gobernar con libertad en Europa. De hecho, Hitler tenía cierto pánico a Pavelic, ya anciano, pero quien bajo sus dominios seguía ordenando gasear a desafectos, medida que los nazis habían ido aparcando con el paso de los años. Especial recibimiento tuvo la formación de Cuba, aclamados con su peculiar paso de oca, aunque menos marcial que el de los relevos de la Adolf Hitler Leibstandarte, la formación más legendaria de las SS. Los suizos portaron ramitos de flores, los mexicanos destacaron por su sobriedad y los húngaros fueron los más elegantes.
Hirohito (1901-1989)
El acto se inició en completa oscuridad con la llegada de una réplica del módulo espacial que tres años antes había llevado a los astronautas alemanes a la Luna. La realización televisiva enfocó en ese momento la mueca de repulsa de Breznev y la sonrisa falsa de Nixon. Millones de violines y trompetas de las SS salieron de las cuatro esquinas del estadio para iluminar el palco cuando en ese momento apareció tras una puerta gigantesca Adolf Hitler. Tras el himno nazi, la orquesta, situada en los bajos del graderío olímpico, anunció, con música de Wagner dirigida por el italiano Ennio Morricone, el comienzo de la segunda parte de la ceremonia. En la pista de atletismo hicieron su aparición grupos ataviados a la manera de la Grecia antigua. Los varones portaron los cinco anillos simbólicos y las hembras rosas de distintos colores. Diez cuadrigas ambientaron este prólogo.
De Grecia a Roma, de Roma a Barbarroja y los nazis salvando al mundo. Para dulcificar el momento y para dar un aire juvenil hubo una actuación de The Beatles, un grupo de popnazi inglés, y una oda al veganismo. Aquello despertó una tímida sonrisa de Hitler, quien hacía años había abrazado la corriente vegana y quien había dado su nombre a una fundación que buscaba el más allá en la comunión con la tierra y la naturaleza, aunque sin demasiado éxito. A pesar de que los nazis habían cortado cualquier financiación a las distintas religiones de su vasto imperio los creyentes de medio mundo seguían yendo a escondidas a sus respectivos lugares de culto. Para los nazis lo más preocupante tenía lugar en Oriente Medio, donde sus grandes reservas petrolíferas se veían siempre amenazadas por musulmanes fundamentalistas.
The Beatles
Tras los actos tocó discurso. Arno Breitmeyer, Reichführer de la Federación Nacionalsocialista para la Educación Física, dirigió unas palabras para luego presentar a Avery Brundage, presidente del COI. Aunque Brundage era estadounidense, era un títere de los nazis. Racista empedernido, había conseguido bloquear que los negros recibiesen cualquier tipo de remuneración por el patrocinio deportivo, coto dedicado en exclusiva al deportista blanco. Un henchido Brundage alabó a la organización nazi antes de invitar a Hitler a inaugurar los Juegos. Visiblemente aquejado de párkinson, Adolf hizo un tosco gesto con la mano para evitar ayuda y consiguió ponerse en pie por sí mismo. Con el brazo en alto Hitler dio por inaugurados los Juegos antes de que las trompetas pusieran música a notas de Beethoven y la multitud comenzase a entonar el ¡Heil Hitler! a viva voz.
Tras ese extasiado momento, y ya con una fresca noche primaveral presente en el estadio, un complejo de luces pasó a iluminar la puerta principal del estadio en donde uno a uno fueron pasando 18 mitos del deporte alemán en representación del número de la suerte de los nazis (1 + 8; la posición en el alfabeto de las letras A y H de Adolf Hitler). Ulrike Meyfarth, Renate Stecher, Armin Hary, Jozef Schmidt y Christoph Höhne (atletismo), Roland Matthes (natación) Hilde Krahwinkel y Gottfried von Cramm (tenis). A la llegada de este último hubo división de opiniones. Tras haber sido encarcelado por homosexual, el régimen nazi le había dado la libertad a von Cramm por sus triunfos en Roland Garros. El peaje para el ya senil von Cramm había sido considerarse culpable y rehabilitado de su enfermedad. Luego aparecieron Herma Bauma (balonmano), Reiner Klimke (hípica), Rudi Altig (ciclismo) y Vera Caslavska (gimnasia), la cual, aunque nacida en Praga, era alemana a todos los efectos. La traca final la pusieron los triples medallistas en gimnasia en 1936 Konrad Frey Max Schmeling y Alfred Schwarzmann, los campeones del mundo de fútbol en 1954 Fritz Walter y Helmut Rahn y el actual capitán de la selección de fútbol Franz Beckenbauer. El sueño nazi era contar con Emil Zatopek, el campeón olímpico de 5.000, 10.000 y maratón en los Juegos de 1952, pero había logrado escapar a América y conseguir la nacionalidad estadounidense, donde hacía fuerte propaganda por la independencia de Checoslovaquia.
El último en salir fue Max Schmeling, el antiguo campeón del mundo de los pesos pesados que también había sido un notable paracaidista durante la Batalla de Creta. Los 400.000 presentes hicieron ondear las bengalas que la organización había dispuesto mientras una enorme esvástica nazi engullía a una gigantesca bandera olímpica. El izado se hizo por fornidos veinteañeros, todos ellos, huérfanos de guerra.
Max Schmeling
El pebetero era totalmente diferente al de 1936. El nuevo estaba localizado encima del palco de autoridades, justo en la vertical del asiento dorado que ocupaba el Führer. Se diseñó un sistema semiautomático que se abriese y elevase desde el centro del estadio la llama olímpica continuando con el tema recurrente del módulo lunar. El cohete que portaba el fuego olímpico, con forma de esvástica, se posó al lado del pebetero, momento en el cual Schmeling se hizo a un lado y en un instante nunca antes visto en la historia del olimpismo cedió los bártulos a Hitler para que encendiese el fuego. Fue una sorpresa. Era Beckenbauer quien tendría que haber encendido el pebetero, pero en el aparte de la reunión matinal en la Cancillería le habían desvelado en secreto el cambio de planes. Todo había sido idea de Goebbels. quien se había empeñado en que ese fuese el último recuerdo que la humanidad tuviese del Führer. Hitler había declinado el ofrecimiento en repetidas ocasiones, pero al final aceptó el capricho de su fiel acólito y se dispuso a encender la llama olímpica. En ese momento un contingente de 20.000 soldados de la Wehrmacht hizo su aparición mientras la Orquesta Filarmónica de Berlín entonaba el himno alemán.
La ceremonia había finalizado.
¡Sieg heil!
Todo había rozado la perfección. La sincronización fue absoluta. Hubo momentos repletos de entradas y salidas trepidantes. El espectáculo se salió de todos los moldes. En la vieja tradición olímpica nunca se había visto algo similar. Los nazis demostraron que a nivel de organización eran insuperables. La anécdota de la tarde la protagonizó un joven norteamericano, quien lució en el graderío una pequeña bandera de su país mientras que con un mechero intentaba quemar un banderín nazi. El acto propagandístico se sabría después, porque no llegó a televisarse. Tan sólo los allí presentes, en los cuatro espectaculares tableros electrónicos del estadio, pudieron apreciar el acto de locura de aquel idealista.
Acabada la ceremonia Hitler saludó a Eduardo IX con sinceridad y le preguntó por la salud de su familia. Se entristeció al ver a Franco tan viejo, y se acordó de todos aquellos que ya no estaban, caso del siempre simpático Mussolini, y que de una forma u otra le habían acompañado en aquellos años macabros de la II Guerra Mundial. Hasta asomó un ápice de angustia en su rostro al recordar el cadáver de Churchill cuando decidió suicidarse con una cápsula de cianuro mientras esperaba sentencia en los Juicios de Nuremberg. El caso es que, al haberle dado la mano flácida e inerte a Franco, se felicitó al haber tomado la decisión de dejar este mundo. Él no iba a acabar así.
Había una cena oficial a la que el Führer declinó acudir tal y como había pactado con Goebbels. Himmler iba a hacerlo en su lugar, pero fue Speer el que ocuparía el asiento en el opíparo banquete. A Himmler le extrañó el cambio de planificación a última hora. Él tendría que haberlo sabido. Mucho más le extrañó que Breznev no acudiese a la cena y enfilase la avenida dirección oeste rumbo a Tempelhof. Aquello no tenía sentido. La ausencia del dirigente comunista era una ofensa en toda regla y ni a Hitler ni a Goebbels les preocupaba lo más mínimo.
Himmler decidió que en cuanto llegase a su despacho haría un par de llamadas para averiguar que estaba a suceder. Mientras tanto se subió al Mercedes blindado y acompañó a Hitler en la parte de atrás. Joseph Goebbels enfilaba el asiento de copiloto. El vehículo tomaba rumbo este en dirección a la Cancillería.
– La ceremonia ha sido fantástica – dijo Goebbels mientras Hitler asentía con la cabeza -. Creo que superior a la de 1936.
– ¿Sabe? – replicó el Führer -, me gustaría que mis cuadros fuesen expuestos en una galería de arte en Linz, cerca de la casa donde nací.
Himmler alzó la cabeza y miró con extrañeza a Goebbels.
– Ha sido un honor mi Führer. Hubiese matado a mi madre por usted si me lo hubiese pedido sentenció Goebbels -.
Cuando Himmler se dio cuenta de lo que iba a suceder el coche saltó por los aires al poco de traspasar la Puerta de Branderburgo.
20 de abril de 1972. El día amanecía plomizo, pero las colosales vidrieras de la habitación provocaban que la claridad del amanecer se abalanzase sobre la estancia. Eran las seis de la mañana y Adolf experimentó una fugaz pero brusca sensación de enfado cuando acudieron a despertarle. Se incorporó lentamente y pidió ayuda para salir de la cama. Con parsimonia irguió los brazos y una joven pizpireta le quitó su pijama de lino lavado bordado con sus iniciales. Aquel día Adolf Hitler cumplía 83 años.
No era un cumpleaños cualquiera. Aquejado desde la cincuentena de párkinson y con un alzhéimer galopante, ese día iba a ser el último del Führer presidiendo un acto público. Había gastado millones de reichmarks en buscar inútilmente una cura, fracaso que le había costado la vida a unos cuantos científicos. No obstante, cuando la lucidez se lo permitía, seguía siendo tan implacable como de costumbre. Consumido su cuerpo y abandonada su mente, no tenía intención alguna de ser un estorbo para Alemania. En sus planes no estaba pasar sus últimos días en una institución psiquiátrica. Hitler era un hombre de principios. De escabrosos, deleznables, ruines y asquerosos principios. Pero de principios.
Ordenó a Goebbels que lo asesinarán.
El también enfermo y cojo ministro de Propaganda trazó un plan. Hacía años que Alemania se desangraba en la marca del Este, en las cuencas petrolíferas del Cáucaso y las llanuras ucranianas, donde convivían a partes iguales las casas de veraneo nazis con los campos de trabajo y los fantasmas de sus homólogos de exterminio. La guerra había terminado en 1944 tras la fastuosa victoria en Stalingrado el invierno anterior y la toma de Moscú por parte de la Wehrmacht aquel verano. Una vez caído el frente, Stalin se había suicidado. Regida por Breznev, la URSS seguía existiendo formando un vasto, pero irrelevante territorio, en Siberia, de nulo interés para los nazis.
Pero a inicios de la década de 1960 las colonias orientales comenzaron una guerra de guerrillas alentada por una nueva generación de comunistas. A pesar de los denodados intentos de Goebbels la opinión pública alemana estaba cansada de tanta guerra. La censura no podía parar la ingente llegada de imágenes de niños bombardeados por napalm y de inocentes perseguidos por helicópteros. La gente se defendía casa por casa y granja por granja mientras los ataúdes se acumulaban en el aeropuerto de Tempelhof.
Así pues, Goebbels trazó un plan con el beneplácito del Führer. Hitler acudiría a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Una vez terminado el acto una bomba colocada debajo de su Mercedes 280S blindado acabaría con su vida. Goebbels orquestaría todo para culpar a la URSS y de paso involucrar también a los estadounidenses, los cuales llevaban décadas apoyando económicamente a la resistencia del oriente europeo. De este modo, la previsible rabia de la opinión pública permitiría aumentar el número de soldados enviados al frente.
Tan sólo había un pero; ¿Quién sucedería a Hitler? Joseph Goebbels se había auto descartado. Había decidido inmolarse junto a su Führer. Su mujer, lejos de escandalizarse, asumió con gusto la idea y decidió sumarse a la macabra fiesta. Hermann Göring, el durante décadas poderosísimo número dos, había fallecido en 1956 víctima de un ataque cardíaco. Lo mismo le ocurrió a Martin Bormann cuatro años después. A Adolf Eichmann se lo llevó por delante un cáncer en 1962. Generales victoriosos como von Brauchitsch, Paulus o Nimitz habían ocupado cargos ministeriales en el pasado, pero su presencia era anacrónica en 1972. No hablemos ya de Guderian o de Rommel, este último ya fallecido y convertido en traidor al Reich tras su fuga a Estados Unidos en 1944.
El sucesor natural de Hitler parecía Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, pero su ambición le había traicionado. Llevaba años maniobrando para suceder a Hitler y sus cartas estaban sobre la mesa. Además, Heydrich, su fiel mano derecha, había fallecido víctima de un ataque terrorista en Polonia meses atrás. No. Hitler lo descartó por completo. Himmler recordaba a un pasado que los nazis pretendían ocultar. Para Hitler sólo había un posible sucesor. Y ese hombre era Albert Speer, su arquitecto de cabecera.
Para evitar el desacato de las SS y una posible insurrección, Hitler ordenó a Goebbels asesinar también a Himmler. El hombre que creó un sistema centralizado de campos de exterminio también viajaría en aquel Mercedes con rumbo al averno.
Aquel 20 de abril, Himmler, Goebbels y Hitler saltarían por los aires.
¿Quién era Speer? Albert Speer era el arquitecto jefe de Hitler. Durante la guerra había sido el responsable de la distribución de armamentos y producción industrial. Tras la guerra ejerció de ministro de transportes y fomento hasta que fue sustituido por su hijo. Había sido el responsable de diseñar una fastuosa autopista de tres carriles que conectaba las regiones bálticas con el sur de España para goce del turismo alemán. Al borde de los 70, Speer seguía siendo un hombre cautivador, un conversador excepcional y una persona con grandes dotas comunicativas. Speer no era militar ni tampoco un SS. Era un civil. Y eso es lo que buscaba Hitler. Speer era el nazi bueno.
Y sobre todo Speer había hecho realidad el último gran sueño de Hitler. La construcción de Germania. La construcción de un nuevo Berlín. Un nuevo y gigantesco Berlín que el mundo iba a conocer en estos Juegos Olímpicos.
Germania
Ni era la primera vez que Berlín albergaba unos Juegos Olímpicos ni tampoco era la primera ocasión en la que los alemanes ejercían de anfitriones. Pero dado que los nazis solo admitieron a sus aliados en los JJ. OO de Núremberg 1948, hubo que esperar a Roma 1960 para ver en acción a Estados Unidos y a la totalidad de democracias latinoamericanas del bloque occidental. Desde entonces los Juegos Olímpicos se convirtieron en un campo de combate a mayores entre la guerra fría que Estados Unidos y el Imperio nazi estaban librando. Ocurre que los Juegos de Berlín 1972 tenían algo aún más especial. Por vez primera se admitía la presencia de los comunistas siberianos de la URSS y de la China popular. A cambio, Estados Unidos reconocía como país independiente a Taiwán y al régimen nazi cubano que, liderado por Fidel Castro, amenazaba con sus misiles las costas norteamericanas a escasos 40 kilómetros de distancia.
La ceremonia tendría lugar a media tarde. Parecía que, aunque nublado, la lluvia no haría aparición. Lo habitual era competir en verano, pero fue idea de Goebbels hacer coincidir los Juegos con el cumpleaños de Hitler. Aun así, la agenda de Hitler estaba repleta aquella mañana. Hacía años que utilizaba traje y corbata en el día a día, pero continuaba usando el uniforme pardo del partido nazi para los actos oficiales. Con el brazalete en el brazo izquierdo y con la cruz de hierro de la I Guerra Mundial y la medalla como creador de la Gran Alemania de 1944 en el pecho.
Hitler desayunó con Arno Breker, quien había diseñado la primera mascota de la historia de los Juegos Olímpicos. Se trataba de un pastor alemán con un collarín que tenía dibujados los aros olímpicos. La idea de Breker era usar como mascota a un perro salchicha, el más común del país, pero a Hitler le aterraba la idea. Más tarde tuvo una reunión con la cineasta Leni Reifenstahl, que ya se había encargado de la dirección cinematográfica en 1936 y en Núremberg 1948. En esta ocasión le acompañaba un joven de veintitantos llamado Rainer Fassbinder, quien, a pesar de tener un talento descollante, estaba siendo vigilado por la Gestapo por ser un posible elemento disidente.
Para el almuerzo Hitler se reuniría con una representación de los deportistas alemanes llamados a conquistar el oro olímpico. Destacaban Roland Matthes en natación y Renate Stecher y Ulrike Meyfarth en atletismo. Todos lograrían medallas ante sospechas de un dopaje de Estado que los nazis llevaban años practicando en mayor o menor medida. No podrían evitar que el estadounidense Mark Spitz, el finés Lasse Viren, la soviética Olga Korbut o el británico Kipchoge Keino se convirtiesen en reyes de los Juegos. Por suerte, el velocista ucraniano Valeri Borzov competía bajo bandera nazi.
También eran nazis los polacos Lato y Deyna, futbolistas del Schalke 04. Por vez primera los futbolistas profesionales competirían en los Juegos. Era una medalla de oro segura. El FC Bayern era el actual campeón europeo, liderado por Franz Beckenbauer, el cual se afanaba por agradar a Hitler en la mesa siempre encantado de entablar relaciones con las altas esferas. El Bayern había sucedido al Schalke 04 como primer campeón alemán europeo, una fantástica idea promovida por la revista Kicker a mediados de los 50. Era tan superior el nivel de la selección germana que futbolistas del nivel de Ivo Viktor o Oleg Blokhin eran suplentes, mientras que otros como Allan Simonsen alternaban el banquillo con la titularidad.
Finalizado el almuerzo, Hitler deseó suerte a todos los deportistas y tuvo un aparte con Beckenbauer, quien sería el encargado de abanderar a la delegación germana.
Cansado por el trajín de los acontecimientos, médico y enfermera atendieron en privado al Führer. Durante la comida se mostró ausente por momentos, pero sus acólitos se encargaron de ocultar sus defectos. Luego dormiría una breve siesta. Media hora después, una vez examinado y aseado, Hitler exigió la presencia de Goebbels antes de abandonar la Cancillería. El ministro de Propaganda comentó que todavía había tiempo a dar marcha atrás. Hitler, pensativo ante la gran bola del mundo de su despacho, giró la cabeza, contuvo la mirada y exclamó:
¡Sieg Heil!
Goebbels se cuadró, devolvió el saludo y ordenó que el chófer se plantase delante de la Cancillería.
Hitler en 1972
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El nazi bueno (el soldado nazi que conquistó la liga inglesa en dos artículos)
Leonarda Kazimiera Konopacka-Matuszewska-Szczerbińska nació en 1900 en una pequeña villa del interior de Polonia. Era de familia bien. De ahí su retahíla de apellidos. Eso le permitió que, aun siendo mujer, practicase hípica, natación, patinaje y tenis. Halina, como era conocida, era alta, medía 180 centímetros y tenía la piel morena y los ojos marrones, dado que su padre era tártaro. No era una valkiria polaca, sino que asemejaba ser de otras latitudes. Sorteada la I Guerra Mundial sin mayores problemas para su familia, al acabar la contienda inició sus estudios universitarios en Varsovia donde se aficionó al atletismo, especializándose en lanzamiento de disco. En 1927 estableció el récord del mundo de la especialidad. Con todo practicó distintas disciplinas sumando en su carrera 27 récords nacionales diferentes.
Con esa carta de presentación Halina Konopacka acudió a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928 donde lograría la medalla de oro con un nuevo récord del mundo. Lo mantendría durante cuatro años y nunca jamás sería batida en una competición de disco. Competía siempre con una boina roja muy llamativa y su mezcla de rasgos fasciales, que la hacían sumamente atractiva, le acabaron de dar el apodo de Miss Olimpia. Fue recibida con honores en Polonia, donde fue la primera campeona olímpica del país, antes de retirarse para dedicarse a su marido y a su familia tal y como establecía la sociedad de la época.
Contrajo matrimonio como Ignacy Matuszewski, diplomático, coronel del ejército y ministro de Hacienda en hasta cinco gobiernos polacos diferentes. Con todo, Halina era de todo menos una ama de casa al uso. Y ni su marido pretendía que lo fuese ni lo hubiese conseguido de haberlo deseado. Halina Konopacka siguió practicando deporte. Esquí y tenis, además de escribir artículos deportivos en prensa. Fue invitada de honor en los Juegos Olímpicos de 1936, tanto en su versión invernal como en la veraniega, y en 1938 pasó a formar parte del Comité Olímpico Polaco.
Konopacka hablaba cuatro idiomas diferentes y escribía como los ángeles. Se licenció en filosofía y publicó varios poemarios, especializándose en temas amorosos y en la relación entre iguales del hombre y la mujer.
Halina
Con esto bastaría para una interesante biografía. Bella, erudita, culta y todo en un cuerpo de 1’80 que se movía con gracilidad.
Pero aún hay más.
Cuando Hitler ocupó Praga en marzo de 1939 Ignacy Matuszewski ideó un plan. Consciente que más pronto que tarde los nazis invadirían Polonia, consideró oportuno trasladar las reservas de oro polacas al extranjero. Para llevar a cabo su plan Matuszewski contó con su mujer. Ambos harían viajes en coche aparentando desplazamientos de ocio en pareja para no levantar sospechas. Así movieron el dinero en dirección a Rumanía. Ocurre que la escalada bélica aumentaba por momentos y no estaba claro que el plan pudiese finalizarse antes de que la II Guerra Mundial estallase. Fue entonces cuando Halina dio un paso más y decidió hacerse conductora de autobuses para poder mover una cantidad elevada de lingotes de un lugar a otro.
Llegó septiembre. Y comenzó la contienda.
En cuarenta días el ejército alemán habrá conquistado Polonia. Fueron cuarenta días de viajes interminables. Halina condujo autobuses sin descanso que pilotaba por la noche para evitar los ataques aéreos de la Luftwaffe. De día se ocultaba en bosques o granjas a la espera de un momento de calma. Los alemanes eran conocedores de la salida de las reservas de oro del país y la perseguían, pero Halina y otros valientes compatriotas polacos fueron capaces de llegar a Ucrania a través de Rumanía, descargar allí unas 75 toneladas de oro y transferirlas desde aguas del Mar Negro a barcos británicos. No habían acabado en esa travesía los peligros, pues se encontraban en sus aguas submarinos alemanes que tuvieron que esquivar. Así, llegaron a Estambul, de allí hasta Beirut, donde descargarían el oro en barcos franceses que arribaron al puerto de Marsella.
Ese oro serviría para aportar recursos al gobierno polaco en el exilio. Cuando Francia fue a su vez invadida por los alemanes, el oro se trasladaría a Gran Bretaña.
¿A qué espera Netflix o Amazon para hacer una serie?
Tras lograr el objetivo, y con media Europa ocupada por las fuerzas alemanas, Halina Konopacka y su marido tuvieron que marchar rumbo al exilio. Con un patrimonio considerable y una vasta red de contactos pudieron sobornar a unos cuantos nazis, lo que les permitió librarse del cadalso. Y con todo no fue fácil salir de Polonia. Viajaron por tren y carretera escondidos cruzando Francia hasta llegar a España. Una vez en Madrid lograron esquivar a varios espías nazis antes de establecerse en Lisboa, en donde cogieron un barco rumbo a Brasil. Ya más tranquilos, el matrimonio puso rumbo a Nueva York donde Halina quedaría viuda al poco de llegar debido a un infarto que segó la vida de su marido.
Konopacka y Matuszewski (p,plano)
Era 1946. La II Guerra Mundial había finalizado. Polonia mantenía su independencia, pero bajo un gobierno comunista títere de la Unión Soviética. Halina volvió a casarse, en este caso con un ex tenista, pero de nuevo enviudó. Como no podía ser de otro modo, Halina no quiso quedarse en casa a llorar sus penas.
Abrió una tienda de ropa y se lanzó como diseñadora. Se mudó a Florida y decidió estudiar Bellas Artes con 60 años. Se especializó en cuadros con motivos florales. Aprendió a tocar el piano y la guitarra y comenzó a pilotar coches de rallye. Alguien dijo de ella que era una mujer del Renacimiento. Y lo era. De verdad que lo era.
Únicamente volvió a Polonia en tres ocasiones. Todas bajo el régimen comunista. Falleció en enero de 1989, apenas un año antes de que la democracia volviese a su país. Sus cenizas serían trasladadas a Varsovia y se le daría la Cruz de Plata al Mérito de forma póstuma.
“Polonia es como un tablero de ajedrez en el que unos juegan al ajedrez y otros a las damas. Nadie puede ganar, pero sí todos decir; he ganado”. Lech Walesa, presidente de Polonia (1990-1995).
A ver. Lo de las bicicletas es una cosa de wokes, ecologistas y comunistas-sandías, ya saben, peludos verdes por fuera y rojos por dentro. En América, en el país más poderoso del mundo, se va en coche. Y en coche grande. Por supuesto. Así que lo del ciclismo y el Tour de Francia y todas esas chorradas, pues va a ser que no. El caso es que sólo en la populosa y soleada California gusta aquello de las bicicletas. Por aquello de darse un paseo cerca de la playa y tal. Para 1984 la ciudad de Los Ángeles acogerá los Juegos Olímpicos por segunda vez en su historia. Si existe lugar ligado al deporte en Estados Unidos es el antiguo pueblo lleno de polvo fundado por misioneros españoles.
Desde los orígenes de los Juegos Olímpicos, allá por 1896, nunca jamás un ciclista estadounidense hubo ganado medalla olímpica ninguna. Ni oro, ni plata, ni bronce. Y eso para el país más poderoso del planeta era una afrenta. Así pues, en 1981, tres años antes de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, se crea un equipo ciclista bajo el patrocinio de 7-eleven, un conocido hipermercado. Su ciclista más destacado es Eric Heiden. ¿Quién es Heiden? Una leyenda. Patinador olímpico que en los Juegos de Invierno de 1980 logra cinco medallas de oro con cinco récords olímpicos. Tras ser considerado el patinador más completo de la historia le da por cambiarse al ciclismo. Se convertirá en campeón estadounidense en 1985 y en 1986 correrá con el 7-eleven el Tour de Francia. aunque deberá abandonar a falta de tres etapas para el final. Ese año se retirará de toda práctica deportiva profesional y terminará sus estudios de medicina para ejercer de cirujano ortopédico y más tarde acceder al cargo de los servicios médicos de los Sacramento Kings de la NBA. Todo un personaje.
Volvamos al asunto. El mejor ciclista de Estados Unidos es un antiguo campeón de patinaje, lo que da una idea del nivel de la iniciativa. Pero el caso es que se producirá el milagro y un integrante del equipo, de nombre Alexi Grewal, conseguirá vencer en la prueba en ruta y colgarse la medalla de oro. Al año siguiente el 7-eleven será un equipo profesional y participará en carreras por toda Europa. En 1986 se convertirá en el primer equipo estadounidense en disputar el Tour de Francia.
La estructura del 7-eleven permanecerá viva cuando el hipermercado abandone el ciclismo y en 1990 el equipo pase a estar financiado por Motorola. Luego se convertirá en US Postal y más adelante en Discovery Channel. Con esa base y esa estructura se formará y triunfará Lance Armstrong, siete veces ganador del Tour de Francia, al que luego le retiraron todos sus triunfos al haber confesado que se había dopado en todas y cada una de sus participaciones.
Pero esa es otra historia ya contada.
Volvamos a 1985.
Es el año en el que el 7-eleven disputa por vez primera el Giro de Italia. Sin que nadie lo espere ganan una etapa y lo hacen con un tal Andrew Hampsten. Al año siguiente compiten en el Tour y el tal Hampsten firmará una muy notable cuarta posición. Ese año gana el Tour el también estadounidense Greg Lemond, quien presumirá de ser el primer norteamericano en vencer en la mayor prueba ciclista por etapas. Lemond se había criado deportivamente en Europa, pero seguía siendo un extraño. La aparición del 7-eleven y sus éxitos hicieron que el deporte de las dos ruedas a pedales se convirtiese en éxito al otro lado del Atlántico. Ese año, 1986, el Tour de Francia se televisó en directo por vez primera en Estados Unidos a cargo de la NBC.
Y fue la NBC la que tuvo la idea. ¿Por qué no llevar el Tour de Francia a Estados Unidos?
La idea era aprovechar el tirón de Greg Lemond, sin embargo, quiso el destino que en una partida de caza su cuñado le endosase unos perdigonazos en la boca del estómago. Lemond se pasó año y medio en blanco y no volvió a la competición hasta finales de 1988. Ese año Andrew Hampsten gana el Giro de Italia con el equipo Motorola. Es el momento indicado para ponerse en marcha.
La NBC necesita una empresa que apueste por el ciclismo. Se busca y se encuentra. La idea nació del periodista de la NBC John Tesh, quien le presentó el proyecto de organizar una gran carrera en Estados Unidos al empresario de baloncesto Billy Packer. Éste último movió la idea entre sus contactos del empresariado de Nueva York.
Y lo encontró.
Es un empresario neoyorkino hijo de escocesa y nieto de alemanes. No le gusta el ciclismo, pero sí que conoce de que va ese deporte y es consciente de la oportunidad de negocio. Acaba de rebasar la cuarentena y cuenta con una trayectoria empresarial sólida tras heredar la empresa familiar que agenciaba su padre. Es especialista en construir, renovar y gestionar torres de oficinas, hoteles, casinos y campos de golf. Es un millonario. Es un yuppie. Un empresario de éxito. La viva imagen del capitalismo.
Su nombre es Donald John Trump.
Trump ochentero
A inicios de 1989 Trump tiene su primer gran revés empresarial. El año anterior había adquirido una serie de casinos en una decisión que se tornó en fatal. Para poder acometer su pago emitió bonos basura y pronto sus contables le advirtieron que tendría que afrontar una suspensión de pagos. Ante la amenaza de caer en la bancarrota, Donald Trump decidió apostar por el deporte. Y como empresario de éxito, vio en el ciclismo una oportunidad sin explotar. Una vía de ingresos infinita que en Estados Unidos aún era desconocida.
Así que, melena en viento y corbata roja bajo el traje, a Donald Trump se le encarga financiar y diseñar una carrera ciclista que rivalizase con el mismísimo Tour de Francia. Sería una carrera épica, a lo grande, donde obligatoriamente tendrían que estar Lemond y Hampsten y donde esperaba contar con la presencia de alguna que otra estrella extranjera.
Trump invirtió diez millones de dólares en el asunto, cifra considerable en la época, y montó una promoción del evento que entonces fue vista como estrafalaria en Europa. Todo un espectáculo con fuegos de artificio, animadoras y buena comida al estilo Las Vegas. Se disputaría entre el 5 y el 14 de mayo (10 etapas y 1347 kilómetros) de 1989 en plenas fechas de la Vuelta a España y justo antes del inicio del Giro de Italia. Como reclamo para sacar a las vedettes de Europa y llevarlas a Estados Unidos habría una recompensa económica de 250.000 dólares en premios y 50.000 para el ganador, cifra sólo entonces superada por el vencedor en los Campos Elíseos de París.
La primera etapa salió de Albany (Nueva York) y la última fue en Atlantic City (Nueva Jersey) donde Trump contaba con varios casinos. La idea era atravesar las trece colonias originales de Estados Unidos, lugares donde se concentraba la mayoría de población con ascendentes europeos, los únicos con cierta cultura ciclista. Era ese el objetivo primigenio. A medio plazo se contaba con recorrer Norteamérica de una punta a otra. Las banderas, pancartas y demás patrocinios eran minoría frente a los carteles ‘Trump’ con los que se jalonaba todo el recorrido. Los corredores dormían siempre en hoteles de cuatro o cinco estrellas, algo inimaginable en el Viejo Continente. Entre los equipos había primeras espadas caso de Lotto, PDM o Panasonic y también modestos como el Saunas Diana, equipo patrocinado por la mayor cadena de burdeles de Países Bajos.
¿Por qué Tour de Trump? Sobre ello hay dos versiones contrapuestas. La primera es que fueron John Tesh y Billy Parker los que sugirieron a Trump que la prueba llevase su apellido porque eso le daría más publicidad. Se cuenta que Trump se niega y que considera que aquello será llevado en su contra por la prensa, que lo tildará de ególatra y narcisista. Al final, ante la insistencia de los dos colegas, Donald Trump acabará cediendo.
La segunda versión es la preferida por todos. Más que nada, porque conociendo al personaje, es la más creíble. La conversación, entre Billy Parker y Donald Trump sucedió de la siguiente manera, según contaron después varios periodistas.
Parker: La llamaremos Tour de Jersey y luego, al expandirnos, será Tour de Estados Unidos.
Trump: ¿Tour de Jersey? ¿Queremos que acabe siendo la mejor carrera del mundo?
Parker: Sí.
Trump: Entonces no puede llamarse de otra forma que Trump. Podríamos llamarla de otra forma, pero tendríamos menos éxito.
Juzguen ustedes mismos.
Donald Trump proclamó que el maillot amarillo de su carrera no tardaría en ser más importante que el del Tour de Francia. La prensa de la época, que entonces tenía a Trump en el pedestal del éxito capitalista, no dudaba en afirmar con admiración que si al que le gusta el ciclismo se compra una bicicleta, Trump directamente se compra una carrera.
Tour de Trump 1989
La organización fue un caos. En una de las etapas se olvidaron de cortar el tráfico, por lo que los ciclistas se encontraron con infinidad de vehículos a su paso. Aun con todo, la carrera fue un éxito y el noruego Dag-Otto Lauritzen (ganador de etapa en el Tour y en la Vuelta) se llevó el triunfo y los 50.000 dólares de la época. Por cierto, Trump presentó una querella a una modesta prueba ciclista de Colorado llamada Tour de Rump. Era una prueba humilde, prácticamente una reunión de amigos, pero Trump exigió un cambio de nombre por lo que él consideraba plagio. Su demanda fue desestimada.
Una anécdota mucho más deliciosa tuvo lugar en la etapa contrarreloj. Greg Lemond fue doblado por un desconocido ciclista que llevaba un manillar de triatleta. Lemond quedó impresionado por las prestaciones de ese ciclista y comenzó a interesarse y a hacer preguntas. Apenas dos meses más tarde Greg Lemond le arrebataría el Tour de Francia a Laurent Fignon por únicamente ocho segundos al vencerle en la contrarreloj final de Paris montando un aerodinámico manillar de triatleta en su bicicleta contrarreloj.
Algo nunca antes visto…en Europa.
El manillar de Lemond
Al año siguiente el Tour de Trump finalizaría en Boston y, aunque el glamour seguía presente, el dinero comenzaba a escasear. Donald Trump ya estaba oficialmente en crisis y el presupuesto de la carrera se vio altamente reducido. El mexicano Raúl Alcalá ganó esta edición y Trump le entregó un cheque de 15.000 dólares, cifra ostensiblemente menor que la del año anterior, pero lo compensó agraciando al vencedor con un coche y una motocicleta. Todo era pura fachada. No tardaron muchos meses antes de que Trump se declarase oficialmente en bancarrota y se largase antes de que el barco se hundiera.
Fue entonces cuando salió al paso la multinacional química DuPont que se haría cargo del evento desde 1991 renombrándola Tour de DuPont. La carrera funcionaria explotando el éxito de Lemond y la aparición de jóvenes figuras como Lance Armstrong. Hasta 1996 los dos ya citados ganadores del Tour, así como el neerlandés Erik Breukink (subcampeón del Giro y tercero en el Tour) y el ruso Vlatcheslav Ekimov (dos oros olímpicos) vitorearon en el Tour de Dupont. Hasta ahí duró la fiesta. En ese año 1996 John DuPont, el dueño de la empresa, disparaba y mataba a un hombre tras un ataque psicótico. Fin de la partida.
Lance Armstrong, por cierto, además de sus dos triunfos suma diez victorias parciales de etapa, récord de la prueba. Estas victorias en el Tour DuPont son de las pocas que figuran en el palmarés de Armstrong después de que se le anulasen todos sus resultados desde el año 1999, incluidos sus siete Tour de Francia, tras su confesión pública de dopaje.
Los tiempos de Lemond, Hampsten y Armstrong pasaron para nunca volver. Hoy en día el ciclismo estadounidense ya no organiza ninguna gran carrera. Se canceló en 2019 el Tour de California y anteriormente ya habían sido cerrados el Tour de Colorado o la Clásica de Philadelphia. Quien ha vuelto, y hasta en dos ocasiones, es Donald John Trump, cuadragésimo quinto y cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos.
“Cuando sea presidente pararé el programa de Irán para fabricar armas nucleares, y no lo haré usando a un hombre como John Kerry. Además de negociar mal, se arriesga a montar en bici con 72 años, se cae y se rompe una pierna. Prometo que yo nunca iré en bici ni pondré en peligro a mi país”. Donald Trump en un mitin antes de las elecciones de 2016 refiriéndose a John Kerry, vicepresidente de Estados Unidos con Barack Obama.
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196 centímetros de imponente ser humano avanzan hacía mí. Mirada fría, ojos firmes y rictus serio. Un junco tieso se afana por estrecharme la mano desde esa atalaya vestida de general, ataviada de decenas de medallas y coronada por un sencillo y elegante kepi. Charles André Joseph Marie De Gaulle me recibe en su despacho adornado con una bandera de Francia y una gigantesca Cruz de Lorena. El hombre que lideró la resistencia francesa en la II Guerra Mundial y que fundó la Quinta República bajo la máxima de que Francia es De Gaulle y De Gaulle es Francia, me recibe para charlar sobre deporte. Realmente hablaremos de lo que a él le guste, ya que lo que es seguro es que De Gaulle no se dejará vencer.
De Gaulle
Míster Dato (P): ¡Feliz año nuevo Président!
De Gaulle (R):¡Magnifiqué!
P:Président, géneral… ¿Cómo prefiere?
De Gaulle (R):Président de la République Française o Géneral de la France Libre. Sí quiere decirlo, dígalo usted bien. Francia no puede ser Francia sin grandeza. Recuérdelo. Y si usted es un ignorante puede llamarme simplemente Francia. ¡Yo soy Francia! Pero entiendo que usted es un ignorante así que se lo serviré en bandeja. Mi esposa siempre me llamó Mon Géneral. Mis hijos suponen que me llamaba así hasta dentro de la alcoba. Como comprenderá eso lo dejo a su libre interpretación.
P: No es necesario. Géneral entonces. Su figura ha perdurado con el paso del tiempo a pesar de ser un hombre extremadamente frío. Tanto que hasta un ego inmenso como el de Churchill tuvo que humanizarle para que fuese comprendido por el común de los franceses. Frío hacia fuera, pero me dicen que cálido en la intimidad.
De Gaulle (R): Durante mi década como presidente de la V República nunca me ausenté de una cena en casa con mi mujer por mucho trabajo que tuviese. Si mis obligaciones me hacían viajar y pernoctar en un hotel allí estaría Yvonné para acompañarme en el dormitorio. Tres veces al año organizaba en el Elíseo una cena con toda mi descendencia y prohibía tajantemente a un hijo o nieto mío faltar a la cita. Si había que tirar de Concorde, se tiraba. Sé que he tenido fama de solitario, pero mi familia lo era todo para mí. Cuando mi hija falleció al poco de cumplir veinte años fueron muchas horas de lloros, pero todos en soledad y en la intimidad de mi habitación. ¡No sería digno con mis conciudadanos si me mostrase débil! Para mí fue el fin del mundo. ¡Para Francia el fallecimiento de mi hija no fue nada!
P: Su hija tenía síndrome de Down. Dicen que ni siquiera lloró en el entierro de su hija. Pero usted me confirma entonces sus lágrimas.
De Gaulle (R): Mis hijos sólo me han visto sin uniforme militar o sin traje y corbata en la playa. Siempre me ha parecido una desvergüenza que tus hijos te vean en pijama. Sólo lo consentí cuando me operaron de la próstata y porque mi mujer me lo pidió como un favor personal. ¡Imagínese que alguien me viese llorar! La dificultad atrae al hombre de carácter, porque es en la adversidad que el verdadero hombre se conoce a sí mismo.
P: Vamos a ver si entramos en materia. En este caso el deporte. Usted es un bigardo de casi dos metros. Supongo que un privilegiado desde niño en el aspecto deportivo.
De Gaulle (R): ¿Se ha dicho la última palabra? ¿La esperanza debe desaparecer? ¿La derrota es definitiva?
P: ¿Qué dice?
De Gaulle (R): Perdone mi diatriba, pero me resulta inevitable. He sido un hombre que vivió sumido en una crisis histórica. No he parado nunca de luchar por Francia y siempre me viene a la mente aquellas palabras de aliento con las que levanté la moral de los franceses desde los micrófonos de la BBC en mi exilio londinense.
P: Ya me advirtieron que preguntase lo que le preguntase usted me iba a comentar lo que le diera la real y santa gana.
De Gaulle (R): Churchill no me soportaba, ¿sabe? Decía que detrás de mis palabras no había ejército ¡Mon Dieu! Cuando tengo razón, me enojo. Churchill se enoja cuando se equivoca. ¡Estamos enojados el uno con el otro la mayor parte del tiempo! ¡A mí me dispararon en una pierna en la Gran Guerra! ¡Estuve dos años en una prisión alemana! ¿Y Roosevelt? ¡Ese inválido presuntuoso! Él enviaba telegramas mientras yo conducía tanques ante Rommel antes del desastre de 1940.
P: Se dice que nunca le dio las gracias a nadie. Dicen que es un maniaco depresivo. Otros sugieren que es un narcisista constructivo.
De Gaulle (R): ¿Con qué fin? El general Leclerc le dijo a su esposa que bajaba a comprar tabaco y regresó cinco años después a París con una división de negros francófonos, franceses libres y republicanos españoles. ¿Y tengo que darle las gracias? ¡Jamás! ¡Lo hizo por Francia y por eso nunca hay que dar las gracias! Si ser patriota es ser arrogante lo soy. Si construir una Francia atómica, si vetar a Inglaterra para entrar en la Unión Europea, si pactar con el general Masu para controlar África o si menospreciar a los estadounidenses es ser un narcisista, pues vale, lo soy. ¡Yo soy Francia! ¿Estadounidenses? Puede estar seguro de que los estadounidenses cometerán todas las estupideces que usted pueda imaginar, además de algunas que están más allá de la imaginación.
P: ¿Racista? ¿Nacionalista exacerbado?
De Gaulle (R): ¡Cómo se atreve! Yo soy un patriota. El patriotismo es cuando el amor a tu propia gente es lo primero. El nacionalismo es cuando el odio hacia personas distintas a las tuyas es lo primero. Defiendo Francia porque no existe nada mejor que Francia. ¿Bélgica? Un país inventado por los británicos para molestar a los franceses. ¿La Unión Europea? Ningún estadista europeo conseguirá unir a Europa. Serán los chinos quienes lo hagan.
P: Lo que es innegable es su capacidad de liderazgo. Quizás uno de los mejores ejemplos que podemos encontrar en la historia.
De Gaulle (R): Lo cierto es que mi francés es excepcional, con un vocabulario inabarcable.
P: Baja modesto, que sube De Gaulle.
De Gaulle (R): Yo no doy conferencias de prensa sino conferencias a la Prensa. ¡No es culpa mía! ¡Francia me adora! Y ustedes no se atreven a hacerme preguntas. Yo siempre estoy preparado para las respuestas a mis preguntas.
P: Querría hablar de una santa vez de deporte. Hacemos un trato si lo desea. Le dejo que me suelte alguna de sus soflamas y luego contesta a un par de preguntas sobre deporte. ¿Le parece bien?
De Gaulle (R): De acuerdo. Pero los tratados son como rosas y chicas jóvenes. Duran mientras duran. Así que apúrese.
P: Pues eso. Suelte un alegato final.
De Gaulle (R): Francia no tiene amigos, sólo intereses. Cuando me pregunto qué piensa Francia, me pregunto a mí mismo. Por eso llego a la conclusión de meterme en política. Es un asunto demasiado complejo y serio como para dejárselo a los políticos. Sentí la llamada de Francia y Francia necesitaba grandes hombres. Yo estaba decidido a serlo.
P: Venga. Ahora me toca a mí. En muchos aspectos usted es un pionero. No es un hombre cuyos hechos evoquen las páginas deportivas, pero en verdad usted ha contribuido a la grandeur del hecho deportivo. Explíquenos como fue aquello de recibir a los deportistas olímpicos.
De Gaulle (R): ¡Los deportistas representan la grandeur de un país! ¡La grandeur en tiempos de paz! Fue en los Juegos Olímpicos de 1964 cuando como Président de la République Française decidí condecorar a los héroes olímpicos franceses con la Orden Nacional del Mérito o con la Legión de Honor según la medalla obtenida.
P: Hecho que parece impropio de un géneral como usted.
De Gaulle (R): Los cementerios están llenos de hombres indispensables.
P: Usted también fue el primer político que se acercó a las cunetas para recibir a la caravana del Tour de Francia.
De Gaulle (R): El Tour es grandeur. Es tradición e historia. Es un elemento imprescindible de la cultura francesa que da a conocer a miles y miles de pueblos de nuestra amada tierra al resto del mundo. Mi deber como Président era estar allí y así decidí hacerlo.
P: Tengo entendido que fue fiel a su estilo. No se lo dijo a nadie y hubo que parar la carrera durante unos minutos para atenderlo.
De Gaulle (R): Fue en 1960. Creo que era la penúltima etapa. Yo estaba pasando unos días en Colombey-les-Deux-Églises donde tenía una propiedad familiar y sabía que el Tour iba a pasar por allí. Así que decidí ir al encuentro de los ciclistas. La verdad es que fue un año triste porque Anquetil no estaba y el resto de los franceses lo hicieron bastante mal. Creo que ganó un italiano sino recuerdo mal. Así que decide subir la moral de Francia con mi súbita presencia.
P: Gastone Nencini fue el vencedor.
De Gaulle (R): Nencini. Eso es. El caso es que me acerqué a una cuneta en el centro del pueblo para ver el paso del Tour. Entonces no había eso que ustedes llaman redes sociales. Faltaban unos veinte kilómetros para que pasase el pelotón cuando Jacques Goddet, que entonces era el patrón del Tour, recibe el aviso de que iba a aparecer. Y luego, en una demostración de júbilo por la presencia de su Président, el pelotón se paró y Goddet se acercó a saludarme. Yo recuerdo ir a darle un apretón de manos al señor Nencini. También vino a saludarme Darrigade, que entonces era campeón del mundo. Fue la primera vez que el Tour se paró para saludar a un espectador. Créame que la gente aplaudió más a su Président que al maillot amarillo.
P: Le crea o no lo crea, quien podría osar contradecirle. Lo cierto es que usted instauró una costumbre. Desde entonces año a año hay visita presidencial en un ritual que puede darse a pie de carretera o en un vehículo en pleno corazón de la carrera.
De Gaulle (R): Recuerdo que aquel día ganó un chico llamado Pierre Beuffeuil. Se había quedado cortado del pelotón por culpa de un pinchazo y aprovechó la parada para saludarme para regresar al pelotón. Luego, unos cuantos kilómetros más tarde, atacó y ganó la etapa en solitario en la meta de Troyes. ¡Dijo que siempre había votado por De Gaulle! Fuese cierto o no, sino llega a ser por mi aparición nunca hubiese ganado la etapa.
P: Creo que Pompidou se saltó la norma, pero luego Giscard d’Estaing fue el primero en entregar en persona el maillot amarillo al vencedor en el pódium de los Campos Elíseos.
De Gaulle (R): ¡Típico de d’Estaing! Siempre me tildaba a mí de monárquico y ¡mire! ¡Qué hay más monárquico que coronarse en los Campos Elíseos! Llegué a respetarlo, no como a Pompidou, pero tuve que acabar defenestrándolo por sus ideas europeístas. Siempre respeto a los que se me resisten, pero no puedo tolerarlos ¡La France c’est la France!
P: Tengo entendido que es buen aficionado al fútbol. Por supuesto jamás confesará sus inclinaciones. Usted es aficionado a todos los equipos de Francia. Ya me ahorro la respuesta. El caso es que usted también instauró la costumbre de acudir al palco en todas las finales de la Copa de Francia. Creo que en la final de 1967 se saltó el guion, algo impropio de usted.
De Gaulle (R): Cierto es. Y no se crea que estoy orgulloso de ello. Jugaban el Olympique de Lyon y el FC Sochaux. Ganaba el Lyon, se echaron atrás y despejaban como podían cualquier acometida del Sochaux. En uno de esos despejes el balón cayó en mi regazo. Lo recibí impasible, me puse en pie y desde mi asiento lo devolví al campo en una pose ortodoxa de saque de banda de jugador profesional. El público rompió en una ovación, reconociendo este gesto como un signo de respeto al fútbol. Mi foto lanzando el balón, con toda formalidad y seriedad, a dos manos, dio la vuelta al mundo. Mis asesores dijeron que aquello me humanizaba. Yo le diré que al día siguiente me mostré apesadumbrado por mi comportamiento.
P: Es usted más recto que la Cruz de Lorena.
De Gaulle (R): Hay que serlo. ¿Cómo puede alguien gobernar una nación que tiene doscientos cuarenta y seis tipos diferentes de queso? Le recomiendo que siempre elija la forma más difícil de hacer las cosas. En ella no encontrará oponentes. El carácter es la virtud de los tiempos difíciles.
P: Volvamos al fútbol. Una parte que no es muy recordada del mayo del 68 es que los futbolistas también se sublevaron. Hubo huelga revolucionaria secundada por centenares de futbolistas y por periodistas de la revista Miroir du football de tintes comunistas. Creo que ocuparon la sede de la Federación Francesa e intentaron montar una cooperativa.
De Gaulle (R): Se solventó con firmeza. Fue una semana. Tuve que hablar con Just Fontaine y también con Raymond Kopa para que apaciguasen los ánimos. Ya sabe usted que convoqué elecciones y desactivé el movimiento obrero y estudiantil. Luego gané las elecciones con claridad absoluta y Francia volvió a ser Francia. Le diré dos cosas para que las tenga en cuenta. La primera es que no hay arma más definitiva en el poder que el silencio. Que hablen y griten que luego yo tomaré las decisiones.
P: La segunda…
De Gaulle (R): Cuanto mejor conozco a los hombres, más me encantan los perros.
P: Vamos finalizando ya general. Tengo entendido que en sus últimos años entre los vivos se dedicó a recorrer España con la intención de escribir un libro sobre las campañas de Napoleón por la Península Ibérica. Me dicen que le encantó Galicia.
De Gaulle (R): Por mis venas corre sangre bretona y siempre había querido conocer la tierra celta de Galicia. Fui a presentarle mis respetos al Apóstol Santiago y recuerdo con gran cariño varias comidas donde el marisco era excepcional. Fui a ver a Franco también. Lo hice porque como militar le tenía profundo respeto por haber sabido mantener a España lejos de la II Guerra Mundial. Lo que me encontré fue un anciano decrépito que se aferraba en el poder. Fue decepcionante.
P: Ha sido un placer general.
De Gaulle (R): He de confesarle que para mí ha sido mejor de lo esperado. Hay que hacer tiempo hasta la tarde para ver qué espléndido fue el día. No se puede juzgar la vida hasta la muerte y no se habría podido juzgar esta entrevista hasta su final. ¡Vive la France!
Fue campeón de culturismo, héroe de acción, gobernador de California y camino de los 80 años se ha convertido en activista contra el cambio climático. A Arnold Alois Schwarzenegger le acaban de poner un marcapasos tras someterse a tres cirugías de corazón abierto. Porque es humano. Arnold es humano. El tipo que encarnó a Conan a El último gran héroe y quien fue Depredador y Terminator es humano. No lo parece al contemplar sus 188 centímetros de altura y sus 110 kilos de músculo. Solo con estrechar su mano con la tuya convierte tu autoestima en un valor que oscila entre el cero y la nada. Pero después Arnold tira de sonrisa y te desarma con la mirada. Así nos recibe en su despacho de su mansión a las afueras de Los Ángeles.
Arnold
Mister Dato (P): ¡Felices Fiestas!
Arnold Schwarzenegger (R): ¡Igualmente para ti y todos tus lectores!
P: Me siento sobrecogido. Temo que si le hago alguna pregunta incómoda me pegue un guantazo que me obligue a pasar las fiestas con mi dentista.
Schwarzenegger (R): (Ríe). No te preocupes. De hecho, es una pregunta que me molesta, pero no pienso matarte a hostias. Puedes quedarte tranquilo.
P: ¿Por qué le molesta?
Schwarzenegger (R): Es que no soy un tipo duro. Soy un tipo fuerte. ¿Recuerdas mis películas? ¿Cuándo hago de malo?
P: En Terminator…pero luego Terminator es bueno.
Schwarzenegger (R): Exacto. Fui Hércules,Conan o Terminator. Bestias físicas de noble corazón. ¿Y Mentiras arriesgadas? Un marido abnegado. Y seguro que recuerdas cuando hacía comedias tronchantes con Danny De Vito. Soy fuerte, pero no soy malo. Hice una de Navidad en la que tenía que ir hasta el Polo Norte a buscarle un regalo a mi hijo.
P: Oído cocina. ¿Sabe qué? Es la primera persona que entrevisto en estos especiales navideños que está viva. Siempre me voy al otro mundo para buscar al entrevistado, pero con usted he hecho una excepción.
Schwarzenegger (R): ¡Poco ha faltado! He sobrevivido a tres cirugías a corazón abierto. En todo caso lo que me acabas de decir no sé si tomarlo como un honor. Te diré algo. La muerte no me intimida. Lo que apesta definitivamente es la vejez. Y creo que, tal vez, estoy sufriendo por eso más que nadie, porque me miro en el espejo y recuerdo que fui alguien que hacía flexiones de banca con 500 kilos de peso sobre mis hombros.
P: ¡Si está usted hecho un chaval! ¡Con el dedo meñique podría tumbarme a mí al suelo y me dobla en la edad!
Schwarzenegger (R): Es muy sencillo, si se sacude, es grasa. Y a ti se te sacude.
P: ¡Hombre, gracias!
Schwarzenegger (R):Es la verdad. Yo estoy viejo y tú eres joven y no estás en forma. Lo cierto es que de repente llegas a una edad en la que ves que tu cuerpo ya no tiene esa forma, aunque tal vez esté mejor que otras personas de mí misma edad. ¿Y qué? Eso me afecta aún más porque sabía lo que podía hacer antes. Todos los días entreno aferrándome a eso, pero también sé que cuando se produce menos testosterona en el cuerpo masculino se engendra menos músculo y, por lo tanto, se necesita mucho más esfuerzo y te lesionas con facilidad. Cuando envejeces, de repente, tienes pequeños problemas de salud y mi vulnerabilidad siempre ha sido el corazón. Lo tengo que vigilar con mucho cuidado. Sin embargo, me siento afortunado de estar en forma y de poder hacer ejercicio todos los días. Me encanta montar en bicicleta todas las mañanas.
P: ¿Por qué sigue machacándose en el gimnasio? Entiendo que quiera estar en forma, pero los tiempos de Míster Olympia ya pasaron. Además, su última operación de corazón ha sido hace apenas unos meses.
Schwarzenegger (R): ¿Por qué he desayunando hoy? Desayuné hoy, desayuné hace diez años, ¿por qué sigo desayunando? ¿Por qué sigo durmiendo? Dormí hace veinte años, dormí hace diez años. Todavía duermo todos los días y todas las noches. El entrenamiento es una parte muy importante de mi vida. Es así de simple. Nada cambiará hasta que muera.
P: ¿No tiene debilidades?
Schwarzenegger (R):Todos los días escucho a alguien decir que está gordo pero que no es capaz de adelgazar. Me odiaría a mí mismo si yo tuviera ese tipo de actitud, si yo fuese tan débil. Sólo se triunfa en la vida con constante esfuerzo.
P: Me han dicho que fuma un puro al día. Eso es una debilidad.
Schwarzenegger (R): No lo considero una debilidad. Será malo para mi salud, nunca para mis músculos. Me gusta el dulce, pero tampoco lo considero una debilidad. ¡Soy austríaco! Helado, strudel de manzana, galletas, chocolate negro con nueces crujientes… Si viene alguien de visita y me trae dulces, estoy en el cielo (ríe).
P: Nacido en Austria, pero asentado en Estados Unidos. No se puede ni imaginar la de veces que he tenido que rectificar al escribir su apellido.
Schwarzenegger (R): Nací en un pueblecito austriaco. Fui un niño pobre. Mi padre era policía, pero durante la guerra había servido a los nazis. Tenía problemas mentales. Supongo que una mezcla de lo que le hicieron pasar y lo que él le hizo pasar a otros. El favorito era mi hermano mayor porque además siempre hubo dudas de si yo era hijo legítimo. El caso es que tanto mi padre como mi hermano eran alcohólicos enfermizos y ambos murieron jóvenes. No teníamos nada. Recuerdo la alegría de mi madre cuando compramos nuestro primer frigorífico. Yo tuve claro mi destino desde siempre. Quería una vida diferente. Tenía ambición y no quería respirar ese ambiente nocivo el resto de mi vida. ¡Quería ser rico! Y para eso hay que ir a Estados Unidos.
P: Sin embargo, fue su exigente padre el que le convino a hacer deporte. Deseaba que siguiera sus pasos y se formase para militar o policía.
Schwarzenegger (R):Mi madre quería que estudiase, pero seguí el consejo de mi padre. El ejercicio se convirtió en una obsesión, al punto de sentir que me enfermaría si me perdía un entrenamiento. Pero no te engañes. Mi padre quería que jugara al fútbol. Cuando vio lo de las pesas frunció el ceño. Pensaba que era asunto de homosexuales.
P: ¿Iba para futbolista?
Schwarzenegger (R): Soy austriaco. A mí no me hables de fútbol americano o de béisbol. Nunca he acabado de entender cómo funciona el fútbol americano. De joven practiqué curling y fútbol. No se me daba mal, pero cuando contaba con quince años mi entrenador me dijo que tenía las condiciones idóneas para fortalecerme en el gimnasio. Fue entrar y descubrir las pesas y sentí que ese era el camino que me iba a llevar a América. Había entonces culturistas que triunfaban en Hollywood haciendo películas de romanos y de aventuras. Mi objetivo era convertirme en el hombre más fuerte del mundo y así poder llegar a ese mundo.
P: Debutó en el cine haciendo de Hércules y fue Míster Olympia siete veces seguidas en los años 70. Hizo que el fisiculturismo fuese reconocido y hoy el Arnold Classic que usted promociona es un evento planetario. ¿Cómo le explicaría a un mundano que es eso del culturismo?
Schwarzenegger (R): El culturismo es como cualquier otro deporte. Para tener éxito, debes dedicarte cien por cien al entrenamiento físico, mental y a la dieta. Las últimas tres o cuatro repeticiones son las que hacen que el músculo crezca. Esa área del dolor divide el campeón de alguien que no es un campeón. Eso es lo que la mayoría de las personas no tienen, las agallas para seguir adelante y decir que van a pasar por el dolor sin importar lo que pase.
P: Y la fortaleza mental.
Schwarzenegger (R): Claro. Tu mente es el límite. Mientras que la mente puede imaginar el hecho de que puedes hacer algo, lo puedes hacer, siempre y cuando realmente lo creas. La fuerza no viene de ganar. Cuando pasas por dificultades y decides no rendirte, eso es la fuerza. Lo peor que puedo ser es lo mismo que los demás. Lo odio.
P: Parece usted un manual de autoayuda. Aprovechando esto último que me acaba de decir me viene al pelo para hablar de su carrera política. Es usted un ferviente liberal y un luchador implacable contra el socialismo y, sin embargo, es abierto en cuestiones sociales y un activista contra el cambio climático.
Schwarzenegger (R): Fui gobernador de California y sólo el haber nacido en Austria me ha impedido ser presidente estadounidense. Antes, la gente se burlaba de mi acento y ahora es mi marca registrada; no tienen que verme para saber que soy yo quien habla. Pero recuerdo mis inicios en los que todo el mundo se burlaba de mí por ser austriaco. ¡Y fíjese ahora! Tengo una fortuna de 450 millones de dólares ¡Eso sólo se consigue en Estados Unidos! ¡Adoro este país! Me gustaría asegurarme de que un niño negro que vive en Atlanta o un latino de Baltimore pueda tener las mismas oportunidades que yo tuve cuando vine a este país. Yo disfruté de un gran sistema educativo, pude obtener un préstamo, comprar un apartamento y echar raíces.
P: No parece el discurso del líder de su partido, el señor Donald Trump.
Schwarzenegger (R): Soy un hombre hecho a mí mismo y eso es un cumplido. Pero a la vez quiero dejar claro que ser un hombre hecho a sí mismo no quiere decir que nadie me ayudase. Mis padres me ayudaron. Mis maestros me ayudaron. Mis entrenadores me ayudaron. Cuando llegué a Estados Unidos me dejaron dinero y un piso, también me ayudaron los agentes y los productores con los que me introduje en el mundo del cine y también me ayudaron los casi seis millones de votantes que me convirtieron en Gobernador de California. ¿Cómo podría decir que me hice Gobernador yo solo? Esto no es una dictadura.
P: Reitero. Parece usted demócrata y no republicano.
Schwarzenegger (R): Lo más importante del liderazgo es tener una visión muy clara de hacia dónde quieres llegar. Esto lo experimenté de primera mano en el fisiculturismo; siempre tuve una visión muy clara de la competencia, los premios y como aumentar el respeto por los culturistas. Y lo mismo se aplica en la política. La clave es dejarle claro a la gente lo que sientes y lo que te apasiona. Trump es sólo una persona. El Partido Republicano tiene un problema de liderazgo. Si yo me pudiese presentar mi liderazgo sería claro. Liberalismo económico a ultranza, respeto a las minorías y luchar contra el cambio climático.
P: Usted es aficionado al Sturm Graz, un modesto club austriaco. Rebautizaron el estadio con su nombre en 1997, pero apenas nueve años más tarde le retiraron el honor. Creo que la política tuvo algo que ver con ello.
Schwarzenegger (R): Las ideas socialistas tan comunes en Europa. Eso fue lo que pasó. El asunto es que en California tenemos pena de muerte y en 2005 tuvimos que ejecutar a un preso. Me tildaron de bárbaro en una campaña contra mi persona liderada por los comunistas. Ellos lo quisieron así. Cuanto más inteligentes nos volvemos, más tontos nos sentimos. Hay algunas personas que se quejan de la privacidad cuando se vuelven famosas, pero yo nunca me he sentido incómodo. Mucha gente se muere de ganas por tener atención. Yo estoy recibiendo toda la atención del mundo sin necesidad de ir al psiquiatra para ello.
P: Siguiendo con el tema fútbol. Me han dicho que simpatiza con el Barça, pero que su jugador favorito es Cristiano Ronaldo.
Schwarzenegger (R):Jugué a fútbol hasta los 15 años, de portero, de centrocampista y de defensa. No sé hasta dónde habría llegado, pero por muy bueno que sea un futbolista necesita apuntalar los músculos de su espalda o de sus piernas. Cristiano Ronaldo es el Terminator del fútbol. Tiene un cuerpo perfecto y una musculación que le permitiría practicar cualquier deporte. Pero sí, amo a la ciudad de Barcelona, sus playas y el Camp Nou.
P: Lo suyo no es el baloncesto, pero en Conan compartió escenas con Wilt Chamberlain, el afamado ex jugador de la NBA. Tengo entendido que nunca antes se había sentido tan pequeño.
Schwarzenegger (R): ¡Ya lo creo! Era 1984. Chamberlain medía más de 2’10. Era un hombre de gimnasio. No me podía creer que tuviera casi 50 años. Tenía tanta fuerza que jugueteaba con la espada como quien juega con un cuchillo.
P: ¿Cómo era su entrenamiento entonces? Ya sé que ahora sigue yendo al gimnasio, pero como era el día a día de Arnold Schwarzenegger cuando tenía 30 años y era el hombre más fuerte del mundo.
Schwarzenegger (R): Cinco horas de entrenamiento diario, practicar las poses y aprender sobre nutrición. Creo que la fuerza física no me viene a la mente cuando pienso en mí. Es más bien un producto secundario de haber sido levantador de pesas y fisiculturista. Pienso que todo lo que he logrado se debe al poder de mi voluntad y a mi capacidad de visualizar los objetivos con mucha claridad y luego ir tras ellos sin descanso. Ahora es distinto. No tengo que seguir una rutina inamovible. La única ventaja de envejecer es que te vuelves más amable y menos egoísta. Cuando uno es joven siempre piensa en su propio mundo y luego, de repente, empieza a pensar en los demás. Te aseguras de que otras personas también puedan mejorar sus vidas.
P: La nutrición es ahora un mantra. Cuando usted comenzó no era así.
Schwarzenegger (R): Para nada. En mi época todo consistía en comer filetes y huevos. Buscar una ingente cantidad de proteínas. Yo lo cambié todo. Quemaba miles y miles de calorías por lo que no importaba tanto si comía comida basura. Luego descubrí que era crucial. Estuve una vez en una granja de cocodrilos en Louisiana y me dijeron que les daban comida de calidad porque así los animales eran más mansos, no se peleaban entre ellos y no se rascaban la piel. Fue entonces cuando descubrí que lo que comemos tiene un impacto tremendo en nuestra vida.
P: Una última antes de despedirnos. Algo de lo que arrepentirse ahora que estamos en época de perdón y buenas voluntades.
Schwarzenegger (R): Sí. En primer lugar, serle infiel a mi mujer. En segundo haber tomado esteroides. En mi época de culturista no estaban prohibidos. Conozco a compañeros que fallecieron por culpa de ellos. Yo siempre lo hice bajo supervisión médica, pero me alegra que ahora se considere dopaje y animo a todos los que hagan deporte a que nunca usen las drogas. Es el camino fácil.