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All Blacks; la psique de Nueva Zelanda

En aquellos tiempos que un hombre con el uniforme del servicio postal golpease la puerta de tu casa no era nada halagüeño. El telegrama procedía del War Office, el Ministerio de la Guerra. Ya imaginaba que le iban a decir. Era su hijo. Era octubre de 1915. Días antes una ofensiva lanzada por el general Haig en Loos, a las afueras de Lille, cerca de la frontera francobelga, se había saldado con cerca de 50.000 bajas británicas entre muertos, heridos y desaparecidos. Y justamente eso era lo que decía el telegrama. El hijo de Rudyard y Carrie Kipling había desaparecido en combate. No se le daba por muerto. Pero como si lo estuviese.

Rudyard Kipling era entonces uno de los escritores más famosos del mundo. Nacido en la India británica, el autor de ‘El libro de la selva’ o ‘El hombre que pudo ser rey’ consiguió a través de sus escritos darle dignidad a las colonias que entonces dominaba Gran Bretaña. Bien considerado, utilizó todos sus contactos y su inmensa fortuna en tratar de descubrir el paradero de su hijo. Peinó todos los hospitales y todas las cárceles en una lucha desesperada. Ya había perdido a su hija a los seis años por culpa de una neumonía y no estaba dispuesto a que la parca le hiciese lo mismo a su primogénito de 18 primaveras.

Fueron cuatro años de lucha rogando a todo a quien quisiese oírlo que no declarase muerto a su hijo, sino simplemente desaparecido. Al acabar la guerra viajó hasta Francia a rastrillar la zona en la que combatió su vástago buscando el cuerpo sin suerte. Hubo de aceptar lo inevitable y Jack Kipling fue declarado muerto oficialmente.

Frustrado y dolido, Kipling utilizó la poesía para dar rienda suelta a sus sentimientos. En ‘Epitafios de la guerra’ dejó unas perlas que aún resuenan en la actualidad; “Si alguien pregunta porque hemos muerto diles que fue porque nuestros padres mintieron”. Y en ‘Mi hijo Jack’ dejó una frase que fue pronto aceptada primero por Gran Bretaña y luego por el resto de los países para recordar a los desaparecidos en combate: ‘Known to God’ (Conocido solo por Dios). La inscripción adorna desde entonces la tumba de los soldados desconocidos y también la de Jack Kipling quien, finalmente, fue identificado en una fosa común en el norte de Francia en 1992, más de 75 años después de su muerte y más de medio siglo más tarde del fallecimiento de su padre.

Rudyard Kipling

Robert Stanley Black se convirtió en All Black un 18 de julio de 1914. Fue en Tasmania. Nueva Zelanda derrotó con claridad a Australia por 21-0. Hijo de inmigrantes británicos, no existía mayor honor para Robert que formar parte de la selección neozelandesa de rugby. Ser un All Black era una forma de aceptación en la comunidad. Apenas unos días más tarde Robert embarcó rumbo a Inglaterra junto a sus compañeros. Los rostros de la alegría y las palmadas de autoafirmación brotaban de proa a popa para unos chicos que emprendían la primera gira en la historia de los All Blacks. Aquellos jugadores iban a dar a conocer la existencia de Nueva Zelanda, un país de poco más de medio siglo de vida, por toda Gran Bretaña.

Tras tan largo viaje, a Robert le dio para jugar otro partido internacional nada más llegar a tierras británicas. Dos semanas más tarde el rey Jorge V anunciaba que el Imperio Británico estaba en guerra contra el Imperio Alemán y sus aliados. Las sonrisas se tornaron en mesura cuando Robert y parte de sus compañeros se alisten en el batallón de Canterbury. Poco le duró la gloria militar a Robert quien al poco, el 21 de septiembre, dejaba su vida en un lodazal de un pueblo belga.

En tres meses pasó de ser un chaval que cumplía el sueño de jugar un partido con su selección, a embarcarse en un difuso viaje camino de la entonces lejanísima Gran Bretaña, jugar ante los inventores del juego, calzarse un traje militar y empuñar un arma por vez primera en su vida y perderla en un extraño paraje a miles de kilómetros de su hogar.

Nueva Zelanda pagó un precio terrible por su participación en la Gran Guerra. En términos porcentuales encabezó la lista de muertos y heridos. Con una población entonces de poco más de un millón de personas envió a 110.000 hombres a batalla de los cuales 18.000 murieron y 55.000 quedaron heridos. En total un 66% de bajas. Galípoli, Somme, Messines Ridge o Passchendaele. Son los sitios donde se formó una nación orgullosa, valiente y decidida. Autosuficiente, animosa en espíritu y preparada para aceptar su diversidad.

Aunque ya explorada por españoles y luego ocupada por británicos, no fue hasta bien entrado el siglo XIX cuando los europeos pusieron sus ojos en Nueva Zelanda. Los colonizadores se asentaron en la isla norte, de más fácil acceso, pero afectada por peor clima. Con una vegetación espectacular, los británicos tuvieron que adentrarse tierra adentro luchando contra las inclemencias del tiempo. Solo los más fuertes consiguieron asentarse y echar raíces y pronto el conflicto con los maorís se hizo evidente. Pobladores originarios de las islas, los maorís eran grandes cazadores y pescadores y habían aprendido a domar la naturaleza a su antojo.

Las trifulcas y la violencia se hicieron comunes al día a día en Nueva Zelanda. El hombre blanco intentó acabar con el maorí, suceso que nunca ocurrió porque los maorís mantuvieron su raza y su cultura a salvo alejándose de los núcleos de población. Sin embargo, hubo un nexo de unión entre conquistados y conquistadores que pronto serviría para vertebrar el futuro del país.

El rugby.

En Nueva Zelanda el fútbol no caló entre la población. Hombres y mujeres, blancos y maorís, compartían fortaleza y destreza física. El rugby gustaba porque era una lucha cuerpo a cuerpo, una batalla de iguales en la que no había artificios. Solo dos cuerpos luchando entre sí. “Se juega como se trabaja”, gusta decir en Nueva Zelanda. Al rugby se podía jugar en la playa o en medio de la selva. Gustó. Y unió a las dos razas en un único objetivo. El rugby sería el objeto que daría identidad a la nueva nación.

Hasta trece miembros de los All Blacks fallecieron durante la I Guerra Mundial. El ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps) representa desde entonces lo que es ser australiano o neozelandés; gente de distintos orígenes y clases sociales que demostraron valor en el combate, honor bajo presión y siempre dándole una mano a un compañero. Esta esencia se le llama el espíritu del ANZAC: las cualidades de valor, sacrificio y compañerismo que son las hoy defendidas a través del deporte especialmente representadas por los All Blacks. Las heroicas acciones neozelandesas durante la I Guerra Mundial sirvieron también para que Gran Bretaña reconociese a Nueva Zelanda como país y no como un apéndice colonial.

Si uno rasca bajo las colosales odas que glosan sus hazañas y ese místico aura que recubre a estos semidioses maoríes, encontrará que en esencia los All Blacks son simple y llanamente el mejor equipo de la historia del deporte mundial. Su porcentaje de victorias supera el 70%, pero más que su registro es su forma de someter a sus adversarios lo que les ha convertido en un referente que trasciende a la disciplina del rugby e incluso a los límites del deporte. Una historia de superación, discriminación racial, honor, sabotajes, derrotas aleccionadoras y sobre todo victorias, cientos de triunfos. Una historia que comenzó una soleada tarde de agosto de 1903 y que únicamente se vio interrumpida por una guerra en la que sus componentes cambiaron el balón por el fusil con la misma determinación y valentía.

Valentía que demostró Dave Gallagher, otro de aquellos hombres que ayudó a construir la psique neozelandesa. Carnicero de profesión, formó parte de los primeros All Blacks, aquellos que debutaron en 1903. Retirado, en 1907 se convirtió en seleccionador nacional, pero, aunque exento de conscripción debido a su edad, en 1916 decidió dejar a un lado su vida acomodada para alistarse en el ejército. El sargento Dave Gallagher tuvo que ver como dos de sus hermanos caían en el campo de batalla hasta que él mismo fue herido en combate en octubre de 1917 por un trozo de metralla que atravesó su casco. Al día siguiente fallecía en un hospital de campaña a los 43 años de edad.

Enterrado en el cementerio británico de Poperinge, cerca de Ypres, al oeste de Bélgica, su lápida tiene grabado un helecho plateado, planta propia de Nueva Zelanda y emblema de la selección neozelandesa de rugby. Desde 1922, cuando los All Blacks se embarcan en una gira por Europa, sea para jugar un partido amistoso o una competición oficial, es de obligado cumplimiento que la expedición se acerque a Poperinge a mostrarle sus respetos a Gallagher y por ende a todos aquellos que a través del rugby ayudaron a construir la psique de la nación.

La costumbre, que cuenta con un siglo de vida, no ha sido alterada ni lo será, a pesar de los continuos problemas del saturado calendario profesional y de las presiones de los diferentes patrocinadores.

Poperinge. Dave Gallagher

P.D: Nueva Zelanda es en la actualidad el país del mundo con más practicantes de deportes extremos por habitante, lo que demuestra el carácter de agresividad, aventura y fortaleza física extrema de la nación.

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Los huevos de Shelford (cuando un loco rompió el escroto para ganar un partido)

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