Tamara Crow Declerq nació en 1977. Profesora de Educación Física y licenciada en Comunicación y Sociología, mientras estudiaba se ganaba la vida como socorrista. Era en Berkeley, California. Era también buena deportista y lo intentó con éxito en distancias cortas. Ocurría que apenas pesaba 40 kilos, era menuda, y con su escasa musculatura no podía competir al alto nivel. Alguien le dijo de cambiar a la natación sincronizada y lo hizo con éxito. La selección de Estados Unidos, con Tamara en sus filas, quedó cuarta en el Mundial de 2001 y optaba a medalla para los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.
Resultó que la vida de Tamara cambiaría un 16 de febrero de 2003. En algún momento perdió el control del Nissan Pathfinder que conducía. Llevaba en el asiento de copiloto a su novio Cody Tatto y en la parte de atrás a un niño de doce años llamado Brett Slinger, al que Cody daba clases particulares y que en aquel momento estaba a su cargo. Viajaban de regreso a su vivienda de Walnet Grove en Minnesota procedentes de la estación de esquí de Sierra Nevada, sita en California. Nevaba con fuerza, Tamara perdió el control del vehículo, derrapó y se estampó contra un árbol. Tamara se rompió un brazo y se dañó la espalda, lesiones de las que se recuperó sin consecuencias.
Tanto Cody como Brett fallecieron en el acto. Cody, quien iba en la parte de atrás sin cinturón de seguridad, atravesó una ventanilla e impactó de lleno contra un árbol. Brett, quien iba como copiloto, golpeó su cabeza contra el volante antes de que una rama le atravesara el cuerpo.
Tamara y Cody
La investigación policial subsiguiente desveló que Tamara y su novio habían estado bailando y bebiendo toda la noche, para luego despertar a Brett a primera hora de la mañana, coger el coche y poner rumbo a Walnet Grove. Al parecer Cody era el que iba a conducir, pero había bebido tanto que le pidió a su novia que se pusiese al volante. Cody iba de reenganche, mientras que Tamara apenas había echado una cabezada de un par de horas antes de ponerse al volante a eso de las 5 de la mañana.
Tamara dio negativo en el control de alcoholemia. Según indicó sintió una fuerza que empujaba el coche con potencia en el momento del accidente. y argumentó en su descargo que, debido a la fuerte nevada, apenas sobrepasaba los 60 km/h. Sin embargo, un empleado de una gasolinera aseguró haberlos visto pasar minutos antes del accidente a mucha más velocidad. La policía forense certificaría también que el vehículo iba a una velocidad excesiva en el momento del impacto.
Mas de 1.000 personas acudieron al sepelio de Brett, preadolescente fallecido. Se renombró a su instituto como Brett Slinger y se retiró el número 11 que lucía en su camiseta de beisbol.
El juicio se celebró en enero del año olímpico. A escasos 200 días del inicio de los Juegos Olímpicos. Tamara Crow fue acusada de dos homicidios involuntarios y condenada a 90 días de cárcel, más tres de libertad vigilada y a indemnizar a los padres del niño con una cantidad ligeramente superior a los 30.000 dólares.
Las medallistas de 2003
La realidad es que Tamara no tenía que haberse puesto al volante al alba. La realidad es que ni siquiera tenía que haberse subido a ese coche. Había tenido una dura semana de entrenamiento y al llegar el fin de semana su novio se acercó junto al pequeño para recogerla, hacerle una visita y, de paso, disfrutar del sábado. No sólo ella salió de fiesta, también parte del equipo de sincronizada y hasta el entrenador se animó a tomarse una noche de desconexión. Brett, el pequeño de esta historia, y alumno de Cody en el instituto, se había animado al largo viaje con la promesa de pasar el fin de semana practicando snowboard.
El caso es que a instancias del Comité Olímpico de Estados Unidos y gracias a la influencia de la familia Crow (sus antepasados habían sido cargos de relevancia en el ejército), el juez aceptó aplazar el cumplimiento de la sanción hasta finalizar los Juegos Olímpicos. “El Comité Olímpico de Estados Unidos y la natación sincronizada tienen un código de conducta que no ha sido quebrantado. Un delito menor no constituye ninguna violación de dicho código. No ha ocurrido nada que impida a Tamara participar”.
Delito menor. Si. Homicidio involuntario. ¿Consecuencia? Dos fallecidos.
Se montó un pollo.
El padre del niño fallecido recorrió platós televisivos y cubrió páginas de periódico con declaraciones incendiarias en contra de la decisión. Estados Unidos se dividió en dos. Los que se apenaban por Tamara y los que clamaban por la injusticia de que pudiese disfrutar de la fiesta olímpica. “Con esta decisión la señorita Crow no paga suficiente por lo que ha sucedido. Ella no interrumpe su sueño olímpico, pero el de mi hijo, que jugaba al béisbol en Stanford y soñaba con llegar a las grandes ligas, sí”, declaró el afectado progenitor.
El juez decidió mantener su benevolente sentencia y dispuso que Tamara entrase en prisión en octubre, una vez regresase de Grecia. Así fue que Crow, junto al resto de sus compañeras y al son de la música de El Señor de los Anillos, ganó la medalla de bronce en Atenas justó por delante de la delegación española que finalizó en cuarta posición. “Durante estos meses lo único que he hecho es estar en la piscina tanto de día como de noche. No era por ganar una medalla en los Juegos, era porque es la única forma que tenía de sobrevivir. De lo contrario, simplemente me metería en la cama y lloraría”, declararía Tamara a los medios con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa.
Cumplida su pena, con una placa de metal en el brazo de por vida, Tamara Crow hubo de dejar la natación sincronizada. Fue al psicólogo, practicó buceo y abrazó a Jesucristo. Ha pedido perdón, pero nunca se declaró culpable, algo que ha hecho que la opinión pública estadounidense siga dividida en torno a aquella polémica sentencia.
Actualmente ejerce de entrenadora de sincronizada y vive una vida en completo anonimato.
No lo tuvo nada fácil Ann. Nada fácil. A los 15 años tuvo a su primer hijo. Era madre soltera. El otro culpable puso pies en polvorosa al enterarse de que allí había un bombo. Ann vivía de lo que podía. Se apoyaba en su madre. Sobrevivía a base de contratos esporádicos. Robaba joyas y luego las revendía. Vivía en una vivienda de protección social. En un barrio complicado. Cuchillos, pistolas y cocaína. Vivía en el gueto. Vivía en Hampton, una ciudad de la bahía de Chesapeake, en el estado de Virginia, en el corazón del Estados Unidos confederado.
A su hijo le puso de nombre Allen, aunque todo el mundo lo conocía como Bubba Chuck. Con dificultades, Ann comenzó a trabajar en los astilleros y allí conoció a Michael Freeman. Se enamoraron. Y Michael aceptó hacerse cargo del paquete entero. Se convertiría en padre de Allen a tiempo completo. Un día, cuando Allen tenía diez años y su hermana menor contaba con siete, padre y padrastro se pegaron delante de los niños. El padre biológico perdió la pelea y nunca más volvió por Hampton.
Allen era un niño ultra competitivo. Sus tíos jugaban al baloncesto y allí aparecía aquel canijo para retarlos. Sus tíos jugaban al fútbol americano y allí aparecía él para desafiarlos. Allen se juntaba con malas compañías y su madre, desesperada, le obligaba a que practicase deporte. Y progresaba. Progresaba con celeridad. Tenía un deseo incasable por lograr la victoria y retorcía las normas a su favor para proclamarse vencedor. Era hábil y veloz y sentía que su mejora era constante. No sólo eso. Su palabra era palabra de Dios. Si decía que iba a hacer una cosa, no cesaba en el empeño hasta que la cumplía.
Era un niño flaco, no excesivamente alto, pero fuerte y con un torbellino por piernas. Se proclamaría campeón estatal tanto en fútbol americano como en baloncesto. Compaginaba ambos deportes y apenas dormía. Al principio no quería dedicarse al básquet dado que lo consideraba un deporte de blandos, pero todo cambió cuando alguien le dijo que al ser tan bajo nunca podría dedicarse al baloncesto. Allen, 183 centímetros de adulto, decidió que le daría en las narices a aquel bocachanclas.
Aquel David con mentalidad de Goliat había conocido a su novia durante el instituto. Se llamaba Tawanna y se convertiría en su pareja de por vida. Al baile de graduación Allen tuvo que llevar unos zapatos de su padre de la talla 42 a pesar de calzar un 44 dado que no tenía dinero para comprarse unos nuevos. En aquel momento la situación era extremadamente difícil, dado que su hermana pequeña necesitaba ayuda médica. Con todo, el futuro de Allen era esplendoroso. Elegido mejor jugador de instituto de Estados Unidos, tanto en baloncesto como en fútbol americano, tenía la posibilidad de obtener una beca deportiva en cualquier universidad del país.
Era la primavera de 1993.
El futuro de Allen Iverson era esplendoroso.
Meses antes del acto de graduación, Allen Iverson y varios colegas salieron a jugar a los bolos. Era el 14 de febrero de 1993. En un momento de la noche el alcohol y las drogas hicieron su aparición y se inició una pelea que enfrentó a una banda de negros con otra de blancos. Allen escapó a casa, pero por el camino detuvieron a tres de sus amigos. Rápidamente Allen, conocido por todos, fue incriminado por tenencia ilegal de armas, posesión de estupefacientes y agresión. Imputado, la noticia estalló justo antes de que se iniciase el verano.
El caso saltó a los noticiarios estatales. El jugador adolescente más famoso de todo Estados Unidos estaba imputado. Desde el comienzo dio la sensación de que el asunto tenía una connotación racista. Una grabación demostraría que Iverson fue de los primeros en escapar de la bolera. Dio igual. La fiscalía quería dar un escarmiento y la figura de Iverson era esencial para lograr su objetivo. Esperaron ocho meses para que cumpliese la mayoría de edad y poder juzgarlo como un adulto.
Le cayeron cinco años de cárcel y diez de inhabilitación deportiva.
Allen Iverson había tirado su futuro por el retrete y luego había tirado de la cadena.
Allen Iverson
Ann Iverson movilizó Roma con Santiago para defender a su hijo. Organizó boicots y manifestaciones y pidió entrevistas por tierra, mar y aire. A fin de cuentas, madre e hijo habían crecido juntos. Habían sido insultantemente jóvenes para todo. Hubo amenazas de muerte, cartas de odio y hasta acoso carcelario. Iverson trabajaba en la cocina y en la lavandería de la prisión, además de recibir continuos regalos de admiradores desde el exterior, lo que provocaba continuos celos y chantajes de otros presos para obtener prevendas.
Por el camino quedaba el futuro deportivo de Allen Iverson. Aun entonces podía decidir si optar por una beca universitaria de fútbol o por otra de baloncesto. La decisión fue fácil. Una vez se conoció la sentencia, ningún equipo de fútbol americano decidió apostar por Iverson. En baloncesto pasó más de lo mismo.
Salvo por un valiente.
El entrenador John Thompson.
John Thompson era desde 1975 el entrenador de la Universidad de Georgetown. Sumará un total de 24 presencias consecutivas en los playoffs por el título, récord aún vigente. Ocurre que Thompson era mucho más que eso. Era un negro de 208 centímetros con una disciplina que rozaba lo militar. No existía el éxito en el baloncesto sino existía el éxito en los estudios y no existía el éxito en los estudios sino existía el éxito como ser humano. Donde todos se echaron para atrás, John Thompson dio un paso hacia adelante. Thompson se reunió con Ann Iverson y le lanzó un salvavidas. Thompson confiaba en la inocencia de su hijo y le prometió a Ann que lo esperaría. Eso sí. Sería inflexible. A la mínima ruptura del código de honor, a la mínima torpeza, a la mínima salida de tono, sería expulsado de Georgetown y las puertas del baloncesto estarían cerradas para Allen Iverson de por vida.
Ann Iverson cogió a John Thompson del brazo, echó unas lágrimas y gritó:
¡Edúquelo!
John Thompson
Seis meses después de entrar en prisión llegaría el indulto. Después, ya iniciado 1995, la Corte de Apelación del Estado de Virginia revocaría la condena al demostrarse que Iverson no estaba en la bolera cuando la pelea se fue de madre. Sucedía que Iverson no había completado sus exámenes finales. Al entrar en prisión no había obtenido el título de bachillerato. Tuvo que ponerse a estudiar y lo hizo de la mano de una profesora que se prestó voluntaria a ayudarlo.
El asunto empezó mal. Muy mal. El primer día no se presentó a las clases particulares. Iverson se había ido con su pandilla a recuperar el tiempo perdido. El segundo día sucedió más de lo mismo. La profesora contactó con Ann y ambas se fueron en busca de Allen. Lo encontraron fumando marihuana y bebiendo cerveza. Ann se acercó a su hijo de 18 años y le propinó un par de puñetazos delante de todos sus amigos.
Al día siguiente Allen Iverson fue al instituto. Al acabar las clases se marchó a casa en virtud al toque de queda decretado por el juez a la espera de revocar su condena.
Acabaría graduándose con una media de notable alto.
Allen y Ann Iverson
Con un año de retraso Allen Iverson iniciaba su periplo en la Universidad de Georgetown. En su primer partido el público le gritaba jailbird (delicuente) cada vez que botaba el balón. Dio igual. El primer paso de Iverson era increíble casi tanto como su velocidad y su ansia por lograr la victoria. En su primer encuentro sumaría 40 puntos, el récord de siempre en un debut universitario. No fue ninguna sorpresa que fuese elegido el mejor novato de la temporada. Al año siguiente fue escogido como mejor defensor y MVP del campeonato. Sólo necesitó dos campañas para ser el máximo anotador de la historia de Georgetown.
Era el mejor tanto técnica como mentalmente. Jugaba con tobillos vendados, golpes en las costillas o heridas que a otros les habrían supuesto semanas de baja. Estaba siempre disponible, siempre liderando. Con el tiempo su cuerpo se tomaría cumplida venganza, mientras tanto el orgullo podía con todas las crudezas que apareciesen en su vida.
Por entonces nadie trabajaba en casa y la hermana de Allen estaba gravemente enferma. Iverson contaba con una oferta de patrocinio de Reebok si daba el salto a la NBA y su familia necesitaba imperiosamente el dinero. Pero Allen había dado su palabra al entrenador Thompson. Y su palabra era sagrada. Nunca antes ningún jugador había abandonado el ciclo universitario para irse a la NBA con John Thompson como entrenador. Iverson era consciente de ello y por mucho que su familia estuviese sufriendo sabía que no podía pedirle eso a su mentor.
No haría falta. Fue John Thompson el que organizó la rueda de prensa para que Allen Iverson marchase a la NBA a triunfar como jugador y a ganar el dinero que su familia necesitaba.
Allen Iverson fue elegido como número 1 del draft de la NBA por los Philadelphia 76rs. Por detrás de Iverson serían seleccionados Marcus Camby, Stephon Marbury, Ray Allen, Kobe Bryant, Peja Stojakovic o Jermaine O’Neal.
Con 183 centímetros de altura Allen Iverson era el jugador más bajo en la historia de la NBA en ser seleccionado en primera posición del draft. De pronto las dudas surgieron. ¿Sería capaz de mantener en la NBA el nivel mostrado en Georgetown? ¿Conseguiría el pequeño Iverson imponerse en el juego ultra físico de la NBA de finales de los 90?
Reebok, una empresa de ropa deportiva inglesa con no excesiva influencia en América, decidió apostar por Iverson. Fue presentado en una campaña publicitaria como pájaro que sale de una jaula.
¿Sería capaz Iverson de triunfar en la NBA?
Lo sería. Sería Iverson el encargado de responder a la pregunta.
Iverson sería la respuesta.
La Respuesta.
The Answer.
Ese será su apodo como jugador. El apodo con el que hará fortuna.
La década de 1920 no fue excesivamente positiva para el Real Madrid. La Liga no se constituyó hasta 1928 y, por supuesto, no había comenzado el idilio merengue con una Copa de Europa que aún no estaba ni en la mente de ninguno de sus creadores. Así pues, no había nada más glorioso por aquel entonces que vitorear en la Copa del Rey. Lo más cerca que estuvo de ganarla el Real Madrid en aquellos años fue en 1924 cuando cayó en la final con el entonces poderoso Real Unión de Irún. Militaba en aquel equipo blanco uno de los que puso las neuronas a trabajar para crear la Copa de Europa décadas más tarde. Respondía al nombre de Santiago Bernabéu. Ocurre que aquel Bernabéu futbolista no mandaba. El que dirigía el cotarro era un central enorme de los que primero pegaba y luego pedía perdón. Era el capitán del Real Madrid y obedecía al nombre de Patricio Escobal.
Patricio Perico Escobal había nacido en Logroño en 1903. Era de familia bien y fue enviado a Madrid para estudiar primero en los Jesuitas y después sacarse la carrera de Ingeniería Industrial. Sus 190 centímetros, exageradamente largos para la época, llamaron la atención del Madrid que lo incorporó a su plantilla en 1921 cuando contaba con 18 años. Digo incorporar, ya que entonces no se fichaba debido a que el fútbol era amateur.
Escobal fue pronto conocido en Chamartín como Faquir, por su fama de galán, buen conversador y por una cultura muy superior a la que por entonces tenían los futbolistas. Perico sería el capitán del Real Madrid prácticamente desde su llegada y a pesar de su juventud, debido a la ascendencia que tenía sobre sus compañeros. Será el capitán el día que se inaugure el estadio de Chamartín dejando atrás el Velódromo de Ciudad Lineal. Décadas después de su retirada los aficionados del Real Madrid aun gritaban “viva Escobal” cada vez que un central despejaba un balón con un punterazo hacia las gradas en recuerdo del bueno de Perico. Todo lo fino que era fuera del campo lo era de rudo dentro del rectángulo de juego.
Escobal cogería una enfermedad infecciosa en 1927 teniendo que dejar el fútbol la temporada siguiente, justo a tiempo licenciarse. Aún le daría pie para intentarlo una temporada en el Real Madrid para acabar sus días como futbolista en su Logroño natal. Es 1934. Ese año obtenía su plaza como funcionario de ingeniero en el ayuntamiento de Logroño donde también hubo de recibir un homenaje dado que diez años antes, en 1924, había sido el primer deportista riojano en disputar unos Juegos Olímpicos.
Perico Escobal
Antes de que la II República se hiciese con el poder en 1931, Escobal ya había demostrado su compromiso político. En 1928 había sido nombrado el presidente de la recién creada Asociación Profesional de los Trabajadores del Fútbol. El resultado fue el veto para acudir a los Juegos Olímpicos que ese año se celebraron en Ámsterdam. Luego, se afiliaría a Izquierda Republicana, el partido político de Manuel Azaña, y con el carnet del partido logró su plaza en el ayuntamiento de Logroño. Cuatro meses más tarde de obtener la plaza es echado de su puesto por los conservadores de la CEDA. Tendrá que pleitear para que le devuelvan lo que en verdad le corresponde, pero por el camino hará las maletas y regresará a Madrid en busca de trabajo.
Llegamos pues en esta historia a febrero de 1936. El Frente Popular, una variopinta coalición de izquierdas, gana las elecciones legislativas en España. Perico Escobal vuelve a su plaza en el ayuntamiento de Logroño no sin antes pasar un par de semanas en el calabozo por insurrecto. Es indemnizado por despido procedente y parece que podrá retomar su vida con total normalidad. Así sucederá hasta que llega el 19 de julio del citado año. El bando golpista, llamado también nacional, toma el control de Logroño y tres días más tarde el Gobierno Civil de Logroño lo va a buscar a su casa acusado de ser contrario al “Glorioso Movimiento Nacional”. Le abrieron un expediente para incautarse de sus bienes, le fue revocada una vez más su plaza de funcionario e inmediatamente fue puesto bajo arresto.
Sin comida, sin posibilidad de asearse y con las ratas deambulando por las celdas, a Perico le sería diagnosticada una tuberculosis que le acarrearía de por vida problemas de espalda. Y es que Perico (ojo viene spoiler) sobrevivió. Sobrevivió a las penurias de la cárcel. Y serían hasta tres presidios distintos con noches en vela a la espera de ser llamado por un pelotón de fusilamiento.
¿Por qué no fusilaron a Perico Escobal? La respuesta es la que todos los que ahora están leyendo esto se imaginan. Porque Perico Escobal había sido capitán del Real Madrid. El responsable de las ejecuciones en la Rioja Alta era Domingo Gómez-Acedo, un ex futbolista del Athletic quien formó parte de la primera selección española de fútbol, aquella que logró una histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes. “Insincero y fanfarrón, pero un gran jugador con el balón en los pies”, dejaría escrito Escobal sobre Gómez-Acedo.
Aquel primer golpe de suerte tendría continuidad. A los pocos meses recalaría en Logroño el general Gastone Gambara, quien procedente de la Italia fascista pasaría a ser alojado en un caserío propiedad de los suegros de Escobal. Al parecer Gambara habló con el también general y jefe de Propaganda Millán Astray en persona para conmutar la pena de cárcel de Escobal por un arresto domiciliario que le permitía a Gambara hablar de fútbol con el ex capitán blanco cuando no estaba ocupado de mandar sus tropas italianas en ayuda de Franco y sus correligionarios.
Escobal estaría casi dos años recluido en su casa vigilado siempre por una pareja de guardia civiles. En 1939 terminó la Guerra Civil y a Gambara lo premiaron con el puesto de embajador de Italia en España. Pronto presionó para anular la condena de Escobal de cadena perpetua y tramitó la documentación para que Perico y su familia pudiesen poner rumbo al exilio.
Con bastón y un corsé para su maltrecha espalda, con la moral por los suelos y sin saber papa de inglés, Escobal acabó en Cleveland tras hacer escala en Cuba. Era 1940. Allí estaría un par de meses viviendo en la casa de un hermano de su mujer hasta que se asentó en Nueva York, donde comenzó a trabajar en una tienda de electrodomésticos.
Hubo de esperar década y media para conseguir convalidar su licenciatura en Ingeniería hasta que en 1957 empezó a trabajar en la oficina de Gas y Electricidad del Ayuntamiento de Nueva York. Será condecorado por su labor en la remodelación del alumbrado del barrio de Queens. Su hijo, reputado matemático, formará parte del equipo de la NASA que llevó al ser humano a la Luna. Perico volverá únicamente un par de veces a España. Una durante el Franquismo, cuando le permitieron un viaje con billete de vuelta para asistir al sepelio de su madre, y otra, ya en 1982, cuando viajó a Logroño y de paso acudió al Bernabéu para ver un partido del Mundial de 1982. Nunca más volverá a España y fallecerá en Nueva York en 2002, a los 99 años de edad. Un condenado a muerte que murió de viejo.
Escobal en sus últimos años
Y con todo, lo más relevante de la vida de este sufrido capitán del Real Madrid ocurrió sin que nadie en España fuese consciente de ello. En 1968 Perico Escobal publicó Death Row: Spain 1936 (El corredor de la muerte: España 1936). Escobal había empezado a escribir sus memorias durante su estancia en prisión, pero hubo de tirar sus notas por un retrete cuando vio que un soldado pesquisaba sus propiedades dentro de la celda. Al poco de llegar a Estados Unidos decidió retomar la escritura de un libro que causó un tremendo impacto en tierras americanas. Escobal hablaba con detalle de las condiciones inhumanas de las celdas y da nombre y apellidos de opresores y oprimidos. Lo desgarrador del relato y la notable calidad del texto hicieron del libro un superventas en Estados Unidos en un momento donde se cuestionaba muy y mucho la existencia de la dictadura franquista. El libro no sería traducido al español hasta 1981, seis años después del fallecimiento de Franco, pero pasará sin pena ni gloria por las librerías de un país que en aquel momento lo único que deseaba era olvidar y pasar página.
“Te sacaban al patio. El aire fresco de la noche entraba en tus pulmones abiertos. Oías voces y risotadas. Los ojos apagados. Salva amarga con hiel llena la boca. Mascaba la muerte. La resignación hace su aparición. De pronto un ruido. Un empujón. Uno de los guardias me empujó con violencia al suelo diciendo entre las risas de sus compañeros que hoy no tocaba, que mañana será otro día”. Perico Escobal describiendo una noche cualquiera en la que era sacado de la cárcel camino del pelotón de fusilamiento.
Antes de que chinos, estadounidenses y árabes abrieran mercados igual de golosos que irrechazables para los codiciosos clubes europeos, las pretemporadas tenían lugar sin lujosos vuelos privados ni actos promocionales de dimensiones colosales. Se jugaban unos cuantos partidos amistosos en varios centenares de kilómetros a la redonda y de vez en cuando se traspasaban fronteras para disputar un encuentro internacional. Célebres eran los duelos entre conjuntos latinoamericanos frente a europeos, choques que llamaban la atención por su exotismo y que a menudo servían para que algún jugador iberoamericano firmase un suculento contrato y se quedase a jugar en Europa.
El súmmum del futbol veraniego tenía lugar en España. Concretamente en dos ciudades que distan 1.000 kilómetros de distancia pero que se asemejan tanto en su fisionomía ligada al mar y al viento, sus profundas raíces liberales y hasta en su defensa contra el invasor inglés. Donde Coruña y Cádiz no se asemejan es en el clima, lluvioso en la villa gallega y soleado en la urbe andaluza. El caso es que en el mes de agosto ambas ciudades hospedaban durante un par de días a alguno de los mejores clubes del mundo bajo el auspicio del Trofeo Teresa Herrera en el caso de los primeros y del Trofeo Ramón de Carranza en el caso de los segundos.
La sana rivalidad entre ambos siempre existió. El Teresa Herrera se vanagloriaba de ser el decano. El trofeo Teresa Herrera fue creado en 1946 bajo el amparo del ayuntamiento de la ciudad para recaudar dinero en beneficencia para los hospitales herculinos. Su nombre proviene de una coruñesa del siglo XVIII que al fallecer donó todos sus bienes y patrimonio para construir el primer hospital moderno de Coruña. No será hasta la mitad de la década de 1980 cuando con el asentamiento y profundización del Sistema Nacional de Salud el trofeo deje de cumplir con esta labor.
Si el Teresa Herrera era la tradición, el Ramón de Carranza era la innovación. Su creación es menos loable. Simplemente fue fundado para obtener ingresos extras ante la construcción de un nuevo estadio en la ciudad gaditana. El Carranza (alcalde de Cádiz en época franquista y curiosamente nacido cerca de Coruña) fue creado en 1955 y pronto destacó por sus innovaciones. Si el Teresa Herrera era un duelo entre dos, el Carranza era cuadrangular. Si el Teresa Herrera se jugaba por la tarde, el Carranza se alargaba hasta la noche gracias a la luz artificial. Y si en el Teresa Herrera había prórroga, en el Carranza se lanzaban penaltis. Fueron los lanzamientos desde los once metros lo que hicieron del Carranza un icono universal. En 1962 el periodista Rafael Ballester introdujo una rompedora propuesta que en menos de una década ya formaba parte del librillo de normas de la FIFA.
En ese momento el Carranza estaba por encima del Teresa Herrera. Luego ya no. En Coruña el cartel solía ser más prestigioso. Por allí pasarían hasta quince diferentes ganadores del Balón de Oro, desde Eusebio o Luis Suárez hasta Cristiano Ronaldo o Kaká pasando por Beckenbauer, Cruyff y otras estrellas que no lo fueron caso de Kubala, Bergkamp o Roberto Rivelino. También, obvio, los Amancio, Bebeto o Mauro Silva con la camiseta del RC Deportivo. Ocurre que lo más excepcional fue el Teresa Herrera de 1959 que enfrentó al Botafogo contra el Santos. Hasta siete campeones del mundo sobre el campo (seis de ellos titulares en el Brasil campeón de 1958) liderados por Garrincha en caso del Botafogo y de Pelé en las filas del Santos. O Rei metió un gol y agasajó con varias asistencias en la victoria de los paulistas por 4-1. El encuentro fue un acontecimiento con eco por media Europa y se dice que hasta 46.000 coruñeses se apiñaron en un estadio donde apenas cabían 35.000 almas.
Pelé y compañía en Coruña
Y aun así, con todo, el Carranza insuflaba una modernidad de la que carecía el Teresa Herrera. Así que el Comité Organizador herculino le da una vuelta de tuerca al torneo. El formato se convierte en cuadrangular de forma definitiva permitiendo tres partidos a lo largo de un fin de semana. Dichos encuentros pasan a jugarse al anochecer y se traslada a inicios de agosto, coincidiendo con las fiestas de María Pita, los actos futboleros. Esta decisión es trascendental dado que hasta entonces el Teresa Herrera solía celebrarse el 29 de junio, día de San Pedro. Al llevarlo a la primera semana de agosto se asegura que los grandes equipos que están en pretemporada puedan acudir, se le da un apoyo extra a una climatología siempre dificultosa en la ventosa y lluviosa Coruña y se asegura la presencia de veraneantes. La gran mayoría de ellos son madrileños, hecho que hará que en los 70 y los 80 a Riazor se le conozca como el Pequeño Bernabéu. Por último, y no por ello menos importante, se establece como trofeo oficial una espectacular Torre de Hércules hecha completamente de plata que sustituye a la copa que se daba cuando el torneo se puso en marcha en 1946.
Para 1973 toma las riendas de la organización del torneo un nuevo equipo liderado por el concejal Manuel Gila y por Felipe Poncet, responsable de las instalaciones deportivas de la ciudad. La primera decisión que toman es vender abonos para el torneo buscando una recompensa económica y dejando a un lado el carácter benéfico del torneo. El caso es que para ese primer año de la nueva era se contrata al Atlético de Madrid y al Ajax de Johan Cruyff, que en la anterior primavera se había proclamado campeón europeo por tercer año consecutivo. En palabras de Gila hubo entonces que buscar a dos equipos “barateiros”, dado que los holandeses se habían llevado por delante más de la mitad del presupuesto. Se optó por dos equipos del Telón de Acero; el Spartak Trnava, campeón checoslovaco, y el Ujpest Dozsa, campeón húngaro. El Atlético se enfrentaría al Ujpest y el Ajax al Spartak Trnava, a la espera de una esperada final entre españoles y tulipanes.
El caso es que a diez minutos del inicio del torneo Manuel Gila recibe una llamada procedente de la Federación Española de Fútbol. Se le comunica que no pueden participar dos clubes comunistas en el torneo, por lo que el Teresa Herrera queda cancelado. Gila colgó el teléfono y sopesó las posibilidades. Tanto Athletic como Barça tenían esas fechas ocupadas. El Real Madrid saldría demasiado caro y el RC Celta no sería aceptado por el público herculino. La opción lógica sería el RC Deportivo, pero los blanquiazules acababan de descender a Tercera División. Sería infumable. Fue entonces cuando Gila se acordó de que un concejal del ayuntamiento, de apellido Guimaraens, jugaba al golf con el Generalísimo.
El Generalísimo Franco. El hombre del que ahora se cumple medio siglo de su fallecimiento.
Francisco Franco veraneaba en Meirás, a escasos kilómetros de A Coruña. Así que Guimaraens departió con el dictador entre hoyo y hoyo hasta que el Generalísimo dio su brazo a torcer. No sólo eso, consiguió el compromiso de Franco a acudir a presenciar la final del Teresa Herrera de 1973. Cabe señalar que a Francisco Franco nunca le gustó el fútbol, a pesar de que la leyenda siempre lo ha vinculado a los éxitos en blanco y negro del Madrid. Y cumple indicar, para los neonatos en historia contemporánea, que Francisco Franco era entonces un anciano de 81 años aquejado de párkinson, con fallos renales crónicos y que apenas un par de meses antes había dado plenos poderes al Almirante Carrero Blanco para continuar con una obra que él ya no era capaz de supervisar ni física ni psicológicamente. Así pues, parece fácil comprender que no le costase demasiado a Guimaraens el convencer a Franco.
Carmen Polo y Franco en Meirás
Total, que nos vamos al 3 de agosto y el Atlético de Madrid hace buenos los pronósticos y derrota al Ujpest por 4-2. Luego tendrá lugar la que es considerada la mejor semifinal en la historia del Teresa Herrera. En el minuto 60 el Ajax vence con suficiencia por 3-0 al Spartak Trnava con dos tantos de Johan Cruyff. En ese momento los tulipanes desconectaron totalmente del partido. A base de fuerza física e incursiones de sus extremos, los checoslovacos anotaron un repóker de goles en media hora para llevarse el triunfo en un sorprendente 3-5. El triunfo fue celebrado en las calles de la pequeña ciudad eslovaca de Trnava como si de un título se tratase. Cruyff, sustituido antes del final, ya estaba cuando se consumó la derrota duchado y camino del Hotel Atlántico. Estaba a otras cosas. Aquel fin de semana coruñés el reservado del Hotel Atlántico fue el testigo silencioso del acuerdo entre el señor Carabén y el señor Van Praag para cerrar el traspaso de El Flaco al FC Barcelona.
Pero esa es otra historia.
Para el 5 de agosto el Atlético de Madrid recibe al Spartak Trnava en la final del XXVIII Teresa Herrera. Francisco Franco y su mujer Carmen Polo presiden el palco de autoridades. Es una tarde de verano fresca en Coruña en la que vagamente se alcanzan los veinte grados. Carmen Polo acude de blanco y Francisco Franco con traje y corbata. El público va de manga corta en su mayoría, aunque todos llevan chaqueta a sabiendas que hará falta con el trascurrir del tiempo. El primer contratiempo tiene lugar antes de que se inicie el encuentro. Nadie contaba con que el Trnava jugase la final, así que no hay partitura del himno checoslovaco. Al director de la orquesta municipal coruñesa se le ocurre pedirle a parte de los jugadores del Spartka que tarareen el himno a capela. El avispado director de orquesta, de nombre Rogelio Groba, toma unos apuntes a mano de las notas y gracias a ello el himno checoslovaco puede sonar tras el español en honor al Atlético de Madrid.
Teresa Herrera 1973
Comenzó luego el partido. La primera parte finalizó sin goles, pero justo tras el descanso Javier Irureta, décadas más tarde entrenador victorioso con el RC Deportivo, adelantaba a los colchoneros. Poco después el Spartak empata el choque que finalizaría así tras 90 minutos. Habría entonces prórroga, dado que los penaltis seguían sin implantarse en el Teresa Herrera. Tras otra media hora de disputa, y 120 minutos en total, tocaba nueva prórroga. El reglamento de la competición establecía que tras la tercera prórroga el equipo que anotase un tanto se proclamaría campeón…una vez se disputasen todas las prórrogas que hiciesen falta.
Por entonces en Riazor hacía frío. Bastante frío. La niebla veraniega hacía su efecto. Es habitual que tras un día soleado la brisa marina haga su entrada por la bahía coruñesa a golpe de nubes bajas y un pequeño orballo. La de aquel día era espesa. Y Franco tenía frío.
El Generalísimo quería coger el coche y marcharse a su casa de Meirás.
Carmen Polo solicitó una mantIta para tapar las piernas de su marido.
No había manta.
Todos los presentes en el palco de autoridades preguntaban por una mantita. No la había. Una de las pocas mujeres presentes en el palco se mostró solicita para prestarle su chal al Generalísimo. Casi la matan con la mirada. Era Carmen Polo la que había pedido la mantita. Franco no podía mostrar ese momento de debilidad.
Como para aceptar un chal procedente de una mujer….
José Pérez Ardá, alcalde de A Coruña, propuso a un policía salir del estadio, cruzar la calle y llamar puerta por puerta hasta que alguien les dejase una manta en condiciones para cubrir las piernas del Caudillo. Pero no iba a dar tiempo. Carmen Polo, temida por todas las joyerías de España por asaltar sus mostradores a coste gratuito, arqueó las cejas y levantó la mano para comentarle algo al secretario personal del Generalísimo. Éste asintió con la cabeza y se acercó a hablar con Manuel Gila.
Había que acabar inmediatamente con el partido. Que se tiren unos penaltis y que Franco pueda marcharse cuanto antes.
Cuando Manuel Gila se levantaba de su asiento para acatar las órdenes, José Eulogio Gárate se adentró en el área checoslovaca y anotaba el tanto de la victoria atlética pasado el minuto 135 de encuentro.
Luis Aragonés, capitán colchonero, recibió con ayuda la gigantesca Torre de Hércules de 40 kilos de oro y plata de manos de un Francisco Franco que necesitó manos y manos de ayuda (normal, por otra parte) para dársela.
Y ya pudo entonces meterse en el coche oficial y volver a su palacio veraniego de Meirás.
Donde suponemos que dormiría arropado por un cálida y preciosa mantita.
Cuando Sven-Göran Eriksson da la que sería su última rueda de prensa como seleccionador inglés lo hace con un alegato en defensa de Wayne Rooney. Era el año 2006. Rooney había cometido una imprudente entrada a destiempo contra Ricardo Carvalho y el dedo acusador de Cristiano Ronaldo (compañero de Rooney en el United) hizo que el colegiado expulsase al delantero inglés. Faltaba más de media hora para el fin del encuentro de cuartos de final del Mundial. Inglaterra aguantaría una hora en inferioridad numérica para morir en la tanda de penaltis y desperdiciar una vez más una oportunidad para asomarse al balcón del éxito planetario.
La prensa inglesa esperaba con el cuchillo entre los dientes. En 1998 había sido David Beckham el que se había ganado una tarjeta roja por una chiquillada ante Diego Pablo Simeone. Tardó varios años en recuperar el cariño y la credibilidad de público y prensa. Así que Eriksson, en su último acto como seleccionador inglés, lo tuvo claro: “No os ensañéis con Rooney. Es el chico de oro del fútbol inglés. Yo me voy, pero vosotros (por la prensa) necesitáis a Wayne para los próximos años. No lo destruyáis, os lo ruego, porque lo necesitáis”.
Y Sven-Göran Eriksson sabía muy bien de lo que hablaba.
Se suele decir que la prensa amarilla inglesa tiene tanto poder que te encumbra y te hunde cuándo y cómo quiere. A decir verdad, la prensa sensacionalista únicamente tiene una de esas capacidades. Te alza a los altares. Si lo deseas, serás famoso. La caída viene sola. O bien porque el famoso de turno es incapaz de mantener los estándares de perfección y éxito social que le hicieron ser encumbrado, o bien porque deja de ser noticioso y, enrabietado, busca una nueva forma de ponerse en el foco.
Y luego está Nancy.
2001. Inglaterra vence a España 3-0 en el primer partido de Eriksson. Todo es alegría en las tierras de Isabel II. La única pena es que Sven es aburrido. Contesta con monosílabos, no grita en el banquillo y no entra al trapo a ninguna polémica. Uno que no quiere salir en la prensa amarilla. Ocurre que es acabar la rueda de prensa, salir de los vestuarios y allí está Nancy en busca de un micrófono.
Aquella despampanante italiana, de la clase alta italiana, con suntuosos y coloridos vestidos, hace de contrapunto perfecto del buenazo de Eriksson. En septiembre toca visita a Múnich para partido de clasificación para el Mundial 2002. Hacía más de tres décadas que los ingleses no vencían a los teutones. Fue una paliza histórica. 1-5. Aquel día Michael Owen anotó tres tantos. Unos días después se realizaba la votación periodística para el Balón de Oro y aquel hat-trick hizo que el delantero del Liverpool FC adelantase en el sprint final al madridista Raúl. De repente una Svenmanía se propagó cual maremoto por toda Inglaterra. Todos los programas de radio y televisión hablaban de Eriksson, surgieron camisetas y llaveros, hubo hasta una canción que llegó al top5 de los éxitos de ese fin de año e Inglaterra, por descontado, pasaba a ser favorita para el Mundial de 2002.
Dado que Eriksson era hombre de perfil bajo, quien se prestaba a aparecer en público era Nancy. Pronto fue bautizada como Primera dama del fútbol inglés. Le encantó. Empezó a acudir a saraos luciendo su nuevo y ficticio cargo. Vivían en un palacete con vistas a Regent’s Park y si algún paparazzi acudía a esperarlos tras las vallas, Nancy no dudaba nunca en saludar y esbozar una sonrisa.
Total, que el tiempo pasa. Inglaterra se clasifica para el Mundial de forma milagrosa. Tiene que empatar en Wembley ante Grecia y a falta de un par de minutos para el final va perdiendo por 1-2. Un gol de falta de Beckham envía a los ingleses a Japón. Dado que Eriksson había heredado una situación complicada, y con el recuerdo del 1-5 todavía nítido, nadie tiene en cuenta el susto y se viaja a Oriente con la ilusión intacta. Todos confían en que el sueco devuelva la gloria perdida a Inglaterra. No obstante, sucederá lo de siempre e Inglaterra caerá en cuartos de final del Mundial de Corea y Japón.
Como el verdugo había sido el Brasil de Ronaldo, Ronaldinho o Rivaldo, se dio por aceptada la derrota. Sin embargo, la prensa sensacionalista tenía otros planes. Contaban con una noticia que habían guardado en el armario a la espera de que el Mundial terminase. Era el momento de sacarla a la luz. Sven-Göran Eriksson mantenía una relación sentimental con Ulrika Jonson, una modelo y presentadora televisiva británica de padres suecos que en su juventud había sido modelo. Un pibón. Otro más.
Nancy estalló en cólera. Y el News of the World se frotó las manos. Pero Nancy y Sven no estaban casados, por lo que los abogados de la italiana le recomiendan mantener un perfil bajo y perdonar la infidelidad. A Sven le preguntan, pero calla por respuesta. Y entonces surge un potro desbocado de 17 años que responde al nombre de Wayne Rooney. Un chico igual de bueno que de atolondrado. Un futbolista que era consciente de lo que sabía hacer, pero ignoraba lo que no podía hacer. Con Rooney en el foco, lo del trío amoroso de Eriksson queda a un lado. Toca Eurocopa en Portugal. Año 2004. Rooney y Owen en la delantera. Beckham, Gerrard y Lampard por detrás. Favoritísimos. En cuartos toca el anfitrión como rival. Rooney, quien era el mejor del torneo, se lesiona a los 25 minutos. Hay prórroga. Portugal se pone 2-1, pero Inglaterra empata a falta de cuatro minutos para el final de los 120 de juego. Penaltis. Falla David Beckham. Inglaterra otra vez eliminada en cuartos.
Ahora la paciencia con Eriksson ya se agota. Lo del sueco como seleccionador inglés ya gusta a pocos. Y el News of the World decide ir a por él. El problema, cómo ya comenté antes, es que uno no forma parte del mundo sensacionalista sino quiere. Y a Eriksson no había forma de hincarle el diente.
Pero a Nancy sí. Y a Ulrika también.
Ulrika da una entrevista. Más bien acomete un asesinato a base de palabras. “El sexo con Sven era como montar un mueble de Ikea, era tan ordenado y funcional que seguramente hubiese quedado más satisfecho montando un armario juntos. Es el hombre más débil que he conocido. Puede tener poder y dinero, pero tenía que hacerlo yo siempre todo”. La venganza de Ulrika es de tomo y lomo.
Cuando a Nancy le preguntan por Ulrika lo primero que sale de su boca es la palabra “prostituta”. Y mientras, la popularidad de Eriksson cae por los suelos. Si algo no gusta a la victoriana y rancia sociedad inglesa son los líos de faldas.
Ulrika
Pero como el hombre es el único ser vivo que tropieza siempre con la misma piedra, Sven volverá a caer en la trampa. A finales de 2004 se descubre que tiene un idilio con una joven secretaria de la Federación Inglesa llamada Faria Alam. El asunto tiene su aquel porque Alam mantiene una segunda relación de índole sexual con un directivo de la FA que está casado. El News of the World, en el apogeo de su asqueroso poder, publicará correos electrónicos subidos de tono entre ambos. El asunto se resolverá con la dimisión del directivo, la expulsión de Alam (quien aceptará 300.000 libras de indemnización y se marchará a vivir a Canadá) y el mantenimiento en el cargo de Sven-Göran Eriksson.
Eriksson mantiene el puesto por la intermediación de Beckham, Rooney y los demás pesos pesados de la selección inglesa. Pero es un muerto en vida. Nancy decide dejar la casa de Regent’s Park, poner rumbo a Roma y contar lo divino y lo humano en la televisión italiana mientras prepara una demanda millonaria contra Sven.
Y aún hay más.
En enero de 2006, meses antes de la disputa del Mundial, Eriksson recibe una invitación para ir a Dubái. En teoría le comunican que un jeque va a comprar un club inglés y le ofrecen el cargo de entrenador. Eriksson sabiendo que, pase lo que pase en el Mundial 2006, tiene los días contados, se muestra receptivo a la oferta. Resulta que lo único que en esa reunión se vendió fue humo y que la conversación pronto llegará a la prensa inglesa. El revuelo será de tal magnitud que la FA anunciará un mes antes de la disputa del Mundial que el inglés Steve McClaren se haría cargo de la selección al acabar el torneo y que acudirá como segundo entrenador de Eriksson a Alemania.
Fiel a su estilo Eriksson aceptará el desprecio sin mediar palabra, pero permitirá que las mujeres y novias de los jugadores convivan con los seleccionados en Alemania. Será mes y medio de andanzas junto a la prensa, dado que los juntaletras y las WAGs (wives and girlfriends) compartirán hotel. Fue un acto de venganza de Eriksson que dio carnaza gratuita a la prensa sensacionalista aun a coste de sus chicos únicamente para desprestigiar a los directivos de la FA.
Faria, Sven, Nancy y Ulrika
Como comenté al inicio de este artículo, Inglaterra volvió a caer, y nuevamente lo hizo en cuartos de final. Otra vez fue ante Portugal, y por tercera vez consecutiva Eriksson cayó ante Scolari, quien fue seleccionador brasileño en 2002 y portugués en 2004 y 2006.
Sven y sus líos de faldas marcharon a lo que pareció un exilio a México antes de volver a Inglaterra en 2009 para hacerse cargo del Notts County, por entonces último clasificado de la segunda categoría inglesa. Aquello no tenía sentido alguno. Pero es que Eriksson volvió a tropezar con la misma piedra. Nuevamente le habían dicho que un gran inversor de Oriente Próximo se haría cargo del club y a medio plazo se convertiría en un grande del país. Le dieron todo el poder, no únicamente en la parcela técnica, sino también en materia de organización y fichajes.
Era como una vuelta a Göteborg. Un reinicio. Y así fue durante un par de meses, hasta que se vio que no había dinero ni para pagar al jardinero y que inversores no había ni el primero. Desesperado, Eriksson hizo un estrambótico viaje a Corea del Norte, dado que un empresario de minerales inglés le había dicho que podrían firmar un acuerdo millonario con el entonces moribundo Kim Jong-il. Como era de esperar, lo que sucedió es que el empresario se ayudó de la fama de Eriksson para conseguir un buen trato para su empresa y ni el Notts County ni Eriksson recibieron nada a cambio.
Al volver de Corea del Norte, Eriksson renunció a su sueldo y dejó el club. Meses después el Notts County entraba en quiebra.
Picaflor
Sven-Göran Eriksson entrenaría en China y hasta dirigió a la selección de Filipinas. Nunca jamás volvió a recuperar el brillo y el poder que obtuvo al ser nombrado seleccionador inglés. Da igual. Pocos con tan poco llegaron tan lejos. Un desconocido sueco que tuvo el honor de ocupar el cargo más sagrado del fútbol mundial. Con razón, cuando su vida expiraba y hacía repaso de lo sucedido, en vez de afligirse por su futuro se enorgullecía de su pasado.
“Tuve una buena vida. Igual demasiado buena y tuve que pagar por ello. Espero que me recuerden como una persona positiva y qué hizo todo lo que pudo”. Sven-Göran Eriksson.
Sven se despertó. Mareado. Espantosamente mareado. Hubo de pedir ayuda. Hubo que llevarlo al hospital. El diagnóstico fue terrorífico. Si el médico que te atiende empieza a llorar sólo cabe esperar que el mundo se te abra bajo tus pies. Sven acababa de sufrir cinco infartos cerebrales. No uno. Ni dos. Ni tres. Ni tan siquiera cuatro. Eran cinco los infartos cerebrales. Cinco. Una masa cancerígena habitaba en su cerebro. No sufría dolor. Ni lo iba a sufrir. Tampoco había operación posible. Le dieron doce meses de vida. Luego le recortaron el plazo a diez meses. El bicho también estaba en el páncreas. El tiempo de descuento del partido acabó siendo un alargue de 18 meses. Sven disfrutó de ese tiempo añadido. Nunca en su vida había pensado en el mañana y tampoco lo iba a hacer ahora. Contaba con 75 años. Le dio por dictar sus memorias.
Había tenido una buena vida.
Había disfrutado del fútbol. Del poder. Y de la erótica del poder.
Tenía apenas 30 años cuando se convirtió en el entrenador del Degerfors IF, un auténtico Don Nadie en la paupérrima segunda categoría del fútbol sueco. Era un trabajo en el que no percibía sueldo alguno, tan sólo primas por victoria. Era lo de menos. Sven era un fanático del fútbol. La semana que el Degerfors se jugaba el ascenso a la máxima categoría hubo de pedirle a la directora del colegio que le diese un par de días libres. Y es que Sven era profesor de educación física. El colegio aceptó el órdago y Sven logró al ascenso. Luego se sacó el carnet de entrenador profesional. Hubo de posponer su primera boda, dado que la fecha del examen coincidiría con el día que debía pasar por la vicaría.
No es de extrañar que Sven no estuviese presente en el nacimiento de su primer hijo. No es de extrañar que su mujer solicitase el divorcio.
Y no es de extrañar que Sven-Göran Eriksson se convirtiese en técnico del IFK Göteborg. Corría el año 1979.
Sven en 1979
Lo que hizo Sven-Göran Eriksson en el Göteborg es una proeza de valor incalculable. Sin experiencia alguna en la élite, Eriksson implantó un 4-4-2 con marcaje zonal y presión fuerte a la salida del balón. En el año inicial el equipo ganó la Liga por vez primera en su historia y en 1982 logró un histórico triplete (Liga, Copa y UEFA). Aquel equipo estaba formado por once obreros. Y no he usado una hipérbole. Su delantero centro, Torbjorn Nilsson, había jugado en el PSV, pero había vuelto a Suecia por una depresión y compaginaba los entrenamientos con un trabajo como cocinero. Aquellos proletarios del fútbol entrenaban siempre por la tarde justo después de que todos acabasen con sus trabajos (destacaban los fontaneros y los bomberos). Tan modesto era el Göteborg que para viajar a Valencia para disputar los cuartos de final de la UEFA hubieron de hacer una colecta entre sus aficionados. Lograron el pase, aunque la machada la habían dado en dieciseisavos al doblegar al Inter. En semis cayó el Kaiserlautern y en la final a doble partido se venció al HSV Hamburgo por 1-0 en la ida, antes de asaltar Alemania por un contundente 0-3.
Lo nunca visto.
A Eriksson le harían una estatua en su pueblo. Pequeño pueblo maderero del norte de Suecia. Sven tuvo una infancia humilde. La familia era larga y las estrecheces continuas. La madre era ama de casa y el progenitor camionero. Apenas se duchaban un día a la semana y Sven contaría que su madre tan solo salió una vez de su pueblo para ir a Estocolmo con motivo de celebrar su modesta luna de miel. Lo que había hecho Sven no estaba en los anales. Y un grande venido a menos llamó a su puerta. Era 1982.
Dice la leyenda que doce directivos del SL Benfica presentaron su dimisión al conocerse la contratación de Eriksson. No fue tal el asunto. Pero el asunto fue quijotesco. De eso no hay duda. Un frío y aburrido escandinavo a orillas del Río Tejo. Y es que Eriksson no era un desechado de virtudes. Era un tipo plomizo, de ojos azules diminutos, soberanas entradas en una calvicie que ni era ni dejaba de serlo y unos dientes de ratoncillo que asomaban entre dos líneas ásperas de labios. No saltaba en los banquillos. No gritaba. Y apenas mostraba alegría ni tristeza. Según decía, en una clara muestra de sus tiempos de profesor, él dictaba sentencia en el vestuario, pero en los partidos debía mostrarse sereno y dar ejemplo a sus pupilos.
El caso es que llevaron a Eriksson al viejo Estadio da Luz, le hicieron cruzar un pasillo y le enseñaron la sala de trofeos. Eriksson comprendió donde estaba y levantó el dedo. Seis meses. Dicen que fue lo que pidió. Así fue. A los seis meses si aquel sueco decía que el sol era verde todo lisboeta decía que el sol era verde. Fueron dos años y ganó dos Primeira Liga. Pero no pudo con la maldición de Bela Guttmann y cayó en la final de la Copa de la UEFA.
Eriksson en Lisboa
Un día, volviendo de entrenar, vio que un coche lo seguía. Intentó despistarlo sin suerte y acabó saliendo del vehículo para enfrentarse a su oponente. No había tal. Era un directivo de la AS Roma. Querían hablar con él en privado y ofrecerle un viaje de ensueño a la Serie A.
Un técnico sueco en la Serie A.
Entonces allí estaban todos. Maradona, Platini, Van Basten, Rijkaard, Falcao, Krol, Baggio, Maldini, Gullit, Klinsmann, Matthaüs, Baresi, Boniek, Zico…y luego Batistuta, Ronaldo, Nedved, Del Piero, Bergkamp, Weah, Vialli, Zamorano, Vieri…Pero los entrenadores no. Los entrenadores eran todos de casa. Eran italianos. Y en 1984 por allí iba a aparecer un sueco.
Entre 1984 y 1997 Eriksson dirigió a la AS Roma, AC Fiorentina y UC Sampdoria. Ganó títulos con romanos y genoveses y por el camino regresó a Lisboa para llevar al SL Benfica a la que hasta la fecha es su última final de Copa de Europa en la que cayó ante el AC Milan de Sacchi. Por entonces Eriksson se había ganado la fama de hombre tranquilo en circunstancias difíciles, intrépido, sin miedo al fracaso, pero seguía sin convencer a un grande para que le diese las llaves del castillo.
Así que en 1997 acepta la oferta del SS Lazio. Serían cuatro años de éxitos.
Los laziales no eran ni son un grande. Pero entonces tenían dinero. Mucho dinero. Y Eriksson se coronó. Ganó cuatro títulos y en el año 2000 logró el segundo Scudetto de la historia del club con un equipazo formado por Fernando Couto, Nesta, Mihajlovic, Nedved, Simeone o Marcelo Salas.
Ocurre que no sólo de fútbol vive el hombre. En esa época, el bueno de Sven comienza una relación sentimental con un pedazo de mujer. Se trata de Nancy Dell’Olio. En aquel instante Sven cuenta con 50 años y Nancy con 37. Nancy es una dama de alta alcurnia, con antepasados de la nobleza apuliana y de personalidad arrolladora. Es una Sofía Loren morena, de generosa delantera, gustosa del maquillaje, y con el tiempo de las operaciones estéticas, y con una frondosa y exuberante cabellera. Es también una tipa lista. Le encantan los micrófonos y las cámaras. Ejerce de abogada y sabe cómo, cuándo y qué decir.
A Sven se lo come con patatas.
¿Qué hace pedazo de mujer con Sven?
La erótica del poder lo llaman.
Lo que aquella despampanante italiana veía en aquel callado sueco era poder. Poder con la mirada. Sven hablaba poco y lo hacía entre silencio y silencio. Pero sabía de qué hablar. De fútbol. También de Confucio. Practicaba yoga y podía explicarle a quien quisiera escucharle cómo era el proceso de talado, empaquetado, creación y venta de una mesa de madera. Una caja de sorpresas de tema variopintos. Pero había que preguntarle. Y en el misterio, en esos silencios perpetuos, era donde Sven tenía su fuerte.
Y es que Sven era un picaflor. Quién lo diría.
A ojos de todos Nancy era la voz cantante. Aparecía en todos los partidos con trajes despampanantes y en los postpartidos se acercaba junto a Sven para posar y encandilar a todos con una sonrisa. Nancy anunciaba la boda. Pronto. Pronto. Sin embargo, las campanas no sonaban.
Sven tenía otro plan.
Y entonces su representante lo llamó por teléfono.
Sven y Nancy
Enero de 2001. A Eriksson lo quieren de la Football Association. De The Football Association. La Football Association. Los señores estirados que inventaron el fútbol en 1863 quieren que un sueco sea seleccionador nacional inglés. Eriksson no necesita ni pensarlo. Es un puesto de honor. Es un cargo al que ningún extranjero jamás pudo nunca haber ni imaginado conseguir. Sven pide comenzar en junio de 2001. Le dicen que ahora o nunca. Habla con el presidente de la SS Lazio, que le concede la libertad por los servicios prestados.
En aquel entonces la SS Lazio caminaba con 11 puntos de ventaja en busca de su segundo Scudetto consecutivo. Acabarán terceros a seis puntos del vencedor.
En febrero de 2001 aquel hijo de un camionero de un pueblo perdido del norte de Suecia se convierte en seleccionador nacional de Inglaterra. La primera rueda de prensa es un huracán disfrazado de preguntas. Le atosigan. Le dan palos. Le recuerdan que sólo ha dirigido a un jugador inglés en más de dos décadas como técnico. Le cuestionan por su lealtad. Le preguntan por un lateral izquierdo de un equipo de la segunda categoría que obviamente no conoce. “Es Inglaterra. ¿Cómo iba a rechazar semejante propuesta?”, contestará cuando las preguntas alcancen un tono hiriente. Tras la rueda de prensa tiene un breve encuentro con Tony Blair, primer ministro inglés, y ambos acabarán haciendo una apuesta en tono jocoso preguntándose cuál de los dos tiene más presión en el cargo y quién de los dos aguantará más tiempo en su puesto.
Con esos mimbres toca debut en Birmingham. Inglaterra vs España. Y gana la Pérfida Albión. 3-0. Eriksson le quita la presión a unos chicos que venían de fracasar en el Mundial 1998 y la Eurocopa 2000. Les quita la camisa de fuerza y contesta a las críticas con silencios y sonrisas.
Yo era por entonces un niño paleto. Paleto de pueblo. O paleto de aldea. En Galicia hay aldeas, que no pueblos. Conviene aclarar que era paleto de aldea. También hay paleto de ciudad. La diferencia es que el paleto de aldea sabe que es paleto. El paleto de ciudad no es consciente de su tontuna. Por lo tanto, el paleto de ciudad es paleto entre paletos dado que es paleto por partida doble. Bien. Aclarado este punto, volvamos al inicio. Yo era un niño paleto de poco más de siete años. Apenas llevaba unos meses viviendo en la ciudad. Aquello acongojaba. Escaleras mecánicas en un centro comercial. Inteligencia artificial para mis sentidos. Yo, que corría y vagaba por descampados el verano anterior, pasé a encerrarme en casa con llave y a tener miedo hasta de bajar al portal a tirar la basura. El caso es que en abril de 1993 el vivir en la ciudad me permitió acceder a un evento deportivo de primer nivel.
La Vuelta Ciclista a España.
Aquel era Año Santo. Era el primer Año Santo. El primero con fanfarria, quiero decir. Manuel Fraga había patentado Benidorm, Paradores y el Spain is Different en tiempos de Franco. La cosa había salido bien. Ahora, patrón de la Xunta de Galicia, decidió convertir la tumba del Apóstol Santiago en evento turístico internacional. Albergues y flechas amarillas. Ray Charles, Julio Iglesias, Bruce Springsteen, Neil Young, Sting, Chuck Berry o Bob Dylan. Y la Vuelta a España. Aquel año la Vuelta partiría de Coruña para finalizar en Santiago de Compostela con una contrarreloj que finiquitaba en la Plaza del Obradoiro. Las cuatro primeras y las dos últimas etapas de aquella Vuelta serían por territorio gallego y con presencia en las cuatro provincias.
La primera etapa es un prólogo contrarreloj de diez kilómetros por Coruña. La capital herculina acaba de inaugurar un precioso paseo marítimo y toca enseñarlo al mundo. Por desgracia, llueve. Perdón. No llueve. Arrolla. Yo me instaló en la fuente de Cuatro Caminos. Voy agarrado a la mano izquierda de mi padre. En la derecha mi progenitor se aferra a un paraguas e intenta proteger a su hijo. Digo bien se aferra, dado que en Coruña no existe la lluvia vertical. La lluvia es oblicua, dañina y perversa para los sentidos. Te ataca desde la punta del cogote hasta la perpendicular del tobillo. Estamos a la altura de la calle Fernández Latorre próximos a la cafetería Remanso. A la izquierda el Bingo, algo más allá la Estrella Galicia y enfrente las oficinas de La Voz de Galicia. La esencia de Coruña. Los ciclistas tienen que bordear la Fuente de Cuatro Caminos para volver por sus pasos, tomar rumbo hacia el centro de la ciudad y dar la vuelta final por el Paseo Marítimo.
Allí, apostado con mi padre, entre culos y paraguas, intento ver a los esforzados de la ruta. Desde siempre me gustó el ciclismo, como siempre me gustaron los coches. Nunca me interesó la mecánica, ni al recibir la mayoría de edad me interesó comprar vehículo alguno o fardar de uno o de otro. Me la sopla tener un Ford Fiesta o un Mercedes Clase S. Presumir nunca ha sido lo mío. Lo que me gusta es la libertad. La independencia. El movimiento. La geografía. La cultura. La historia. El conocer. El abrir la mente a nuevos lugares. Eso es el ciclismo. Y tiene algo más. Algo que no tienen los coches. El esfuerzo. La épica. El honor. Las gestas. Y para cantar las gestas están los trovadores. Los periodistas. La radio. Y entonces estaba José María García, las unidades móviles, los helicópteros, los puntos de control y las entrevistas en directo bajando en moto a 80 km/h.
Para aquel niño paleto ir a ver una etapa de la Vuelta a España era como ir a Disneylandia.
Cosa que, por cierto, no creo que supiese entonces ni que existía.
Total. Que llueve. Y llueve mucho. Y el asfalto resbala. Es una carretera con líneas. Muchas líneas. El asfalto de ciudad es el más odiado por el ciclista. Es tocar una raya blanca y al suelo. Estoy instalado en la curva. Ohhhhh. Ayyyyyy. Se caen unos cuantos. Se levantan. Otros gritan. Y tardan más en levantarse. No abandonan, pero acaban tocados.
Llega entonces Álex Zülle. El chaval promete. Milita en la ONCE y viene como un tiro. Ha ganado la Vuelta a Asturias, la Vuelta a Burgos y la Escalada a Montjuic. En la contrarreloj es favorito. Va primero en los parciales, cuando toca dar el giro en la Fuente de Cuatro Caminos. Encara la curva a la izquierda, pisa el freno…
…y se cae. Cae poco más allá de mis pies. Los mecánicos de la ONCE saltan del coche, lo ponen en pie y tratan de subirlo a la burra. José María García enchufa el micrófono a grito pelado convirtiendo sus escasos 160 centímetros de altura en un gigante que podría rivalizar con el mismísimo Hércules. Zülle vuelve a rodar, toma impulso bajo el aguacero y enfila rumbo al Paseo Marítimo.
Álex Zülle gana la etapa a pesar de la caída. Pero no ganará la Vuelta a España de 1993. Volverá a caerse.
Y es que Álex Zülle siempre se cae.
Zülle en 1993
Álex Zülle era un suizo que hizo fortuna en España. Entre 1991 y 2000 militó en la ONCE y en el Banesto, los dos grandes equipos españoles del momento. En sus años de gloria conquistó la Vuelta a España (1996 y 1997) engrosando las filas del equipo de los ciegos. La paradoja era curiosa. Miguel Induráin militó durante su lustro glorioso en Francia en el Banesto. Año tras año la estructura del equipo se desmoronaba conforme el banco de crédito saltaba por los aires gracias a los tejemanejes de Mario Conde. Mientras, la ONCE aumentaba su caché temporada tras temporada y se convertía en el mejor equipo del mundo. Se da pues la singularidad de que Induráin tuvo en sus últimos años en la ONCE a su máximo oponente, siendo este un equipo liderado por Laurent Jalabert (francés) y Álex Zülle (suizo). Pero es que son tiempos donde el ciclismo español está supeditado a un único ciclista. En la Vuelta de 1996, la Vuelta en la que Induráin pone pie en tierra y abandona el ciclismo, Zülle logra el triunfo y hay que bucear hasta la décima posición para encontrar al primer ciclista español de la clasificación.
Zülle llegó tarde al ciclismo. No se puso en serio con la burra hasta los 18 años. Manolo Saiz, patrón de la ONCE, lo captó y el chico comenzó a funcionar como una moto. Y eso que en un principio no lo quería. Llevaba pendientes y aquello era tema tabú para Saiz. Ocurría que el chaval era un fuera de serie. Para la Vuelta del 93 venía como tapado, no obstante, se le consideraba un peligro para Tony Rominger, también suizo, y gran favorito. Zülle golpea en las contrarrelojes y se defiende más que bien en la montaña atacando sin miedo si es necesario. Y así se llega a la traca final con Rominger líder con 33 segundos de ventaja sobre Zülle. Falta la última etapa de montaña en Asturias antes de afrontar una contrarreloj de 44 kilómetros en Santiago de Compostela. Se espera la victoria de Zülle del que se cree capaz de aguantar en montaña y asestar un golpe definitorio en la lucha contra el crono.
Llueve. Como ha llovido durante una Vuelta a España donde el punto más meridional ha sido Valencia. La etapa es corta para la época. Poco más de 150 kilómetros. Su suben cinco puertos con final en el Naranco con Oviedo a lo lejos. Por el camino La Cobertoria, puerto duro y de peligrosísima bajada. Hay ataques, pero se saldan sin éxito. Diluvia. Y toca bajar aquella pista de patinaje estrecha y llena de baches. Y Álex Zúlle no entra bien en un giro. Y se va al suelo. Y se levanta. Y no encuentra la bici en las flogues, que es como él se refiere a las flores en su castellano macarrónico. Y le dan su bici. Y vuelve a arrancar.
Y allí pierde la Vuelta. Faltan 50 kilómetros para la meta, pero desesperado, con el culotte roto y embarrado hasta las cejas quedarán allí enterradas sus opciones de alzarse con la victoria. Zülle ganará la crono en Santiago con 48’’ de ventaja sobre Rominger, ocurre que será insuficiente. Oportunidad perdida.
Zülle perdió aquella Vuelta, pero se ganó la simpatía del público español que pronto le consideró unos de sus favoritos. Tipo simpático, siempre sonriente en la derrota y siempre modesto en la victoria, afable con prensa y compañeros y terriblemente educado, en aquella caída en La Cobertoria dejó una de las más hilarantes entrevistas deportivas que se recuerdan; “Agua en carretera, culo y bicicleta en flogues”, así explicó con sencillez lo que había sucedido.
El tema es que Zülle no veía tres en un burro (un cegato en la ONCE, otra paradoja). Contaba con cinco dioptrías en cada ojo. El chico usaba gafas y no hay peor asunto para un miope que la lluvia. Las lentes se empañan y las gotas se pegan al cristal. Hay que sacarlas y limpiarlas. Un auténtico coñazo. Y ni te cuento si vas subido a una bicicleta cuando a las gotas de lluvia hay que añadirle las ácidas gotas de sudor. En el mundillo ciclista se decía que Zülle era siempre favorito en cualquier prueba salvo con lluvia. En ese caso la apuesta era saber en cuál kilómetro se iría al suelo.
A Zülle le daba miedo el agua y era terrible descendiendo puertos. Rompetechos en bicicleta. No obstante, el pánico venía de tiempo atrás. De adolescente había coqueteado con hacerse esquiador profesional, pero una fuerte caída en un descenso le provocó una fractura que le hizo cambiar de deporte. Para mejorar la rehabilitación le recomendaron la bicicleta y, con ayuda de su padre, acabaría desplazándose a Holanda, donde pronto comenzó a llamar la atención por su desempeño en las contrarrelojes.
No fue ni será el único ciclista propenso en irse al suelo. Pero lo de Zülle eran palabras mayores. Con esa cara de niño bueno y esas sempiternas gafas hay quien dijo de él que era el resultado de unir a un científico loco con un cachorrillo abrazable. Manolo Saiz lo azuzaba para llevarse mal con Indurain y él no paraba de darle palmadas en la espalda en carrera y rendirse ante él cada vez que un plumilla le preguntaba.
Amarillo con dioptrías
En 1996 Álex Zülle va al Tour henchido de moral. El año anterior había finalizado segundo en Francia tras Induráin y ese mismo año sumará triunfo en la Vuelta a España. Hay etapa en Les Arcs. Frío y lluvia. Es la etapa que todos recordamos como la del día donde Induráin dijo adiós a su sexto Tour ante Bjarne Riis. Pero antes de todo eso, el bueno de Zülle se caería hasta en dos ocasiones bajando el Col de Roselend, un complicado descenso donde hace falta técnica, paciencia…y vista. Tras la segunda caída unos fotógrafos hubieron de sacarlo de unos matorrales. En este caso no hubo declaraciones para la posteridad.
Al año siguiente se pegaría una hostia de padre y muy señor mío en la Dauphiné Liberé y dos semanas más tarde se fracturará la clavícula en otra bajada, en esta ocasión en la Vuelta a Suiza. Llegará cortísimo de forma al Tour, donde, como no, volverá a irse al suelo.
La traca final tiene lugar en 1999. Tour de Francia. Última oportunidad. No están ni Pantani ni Ullrich. Es favorito. En la segunda etapa la organización prepara una etapa en el Passage de Gois, una carretera que une tierra firme con una isla al sur de Nantes. Todo precioso. Todo turístico. Y todo tremendamente televisivo. Pero el caso es que en el Atlántico hay mareas y el passage sólo queda al descubierto durante unas horas determinadas del día. Y el caminito…pues tiene sus algas, es húmedo…digamos que no es lo que un ciclista desea para ir a 60 km/h.
No creo que resulte muy complicado saber lo que sucedió. Hubo una caída. Una señora hostia. Y una extraña hostia. Los ciclistas caían unos sobre otros o danzaban con los neumáticos hasta chocar con las rocas a una velocidad irrisoria. Y por supuesto, por si alguien tenía alguna duda, Álex Zülle se fue al suelo. El pelotón se deshace en pedazos y uno de los rezagados es nuestro querido Rompetechos a quien, con el golpe, se le han caído las gafas…y no las encuentra. Comienza una persecución kilométrica en la que Zülle perderá todas sus opciones de triunfo al dejarse 6’03’’ con el grupo de favoritos liderado por Lance Armstrong. Aquel Tour será el primero del norteamericano (el primero antes de que se le fuesen retirados todos por dopaje) en el que Álex Zülle finalizará segundo a 7’37’’. ¿Quién sabe si habría ganado ese Tour en caso de no haberse caído?
Subiendo el Naranco
Álex Zülle fue un superclase. Vencedor en dos Vuelta a España, segundo en dos ediciones del Tour de Francia y campeón del mundo contrarreloj. Pero para quienes lo vimos, ya fuese en carne y hueso o a través de la pequeña pantalla, Álex Zülle siempre será ese entrañable ciclista que se iba al suelo cuando llovía porque no veía tres en un burro.
P.D: Meses antes me había escapado de casa. Cuando aún era paleto de pueblo. Me había escapado en bici. Mis padres me castigaron todo el fin de semana en mi habitación sin juguetes. Me dejaron la radio. Y en la radio el fin de semana sólo hay deportes. Yo nunca fui futbolista frustrado que decidió ser juntaletras. Siempre quise ser juntaletras.
Otras historias de la Vuelta a España
Delio Rodríguez (el olvidadísimo mejor campeón de la Vuelta a España)
Era primavera. Burdeos. Aquitania. Francia. El día amaneció despejado. Tras desayunar el matrimonio se dispersó. No hizo falta ni preguntar. Eran muchos años. Más de medio siglo de convivencia. Monique empezaría con sus quehaceres domésticos antes de preparar el almuerzo. Para Jean tocaba ir al jardín. Le había dicho a su mujer que tenía que podar un par de árboles que adornaban la modesta parcela que rodeaba la casa. Uno de ellos tenía una rama que atentaba con adentrarse en terreno del vecino.
La escalera falló. Jean cayó y allí pereció. Contaba con 76 años de vida. Cuando Monique llegó a su auxilio era demasiado tarde. Lloró a lágrima viva. Habían sido 57 largos y felices años de matrimonio. Un matrimonio que se gestó una gloriosa tarde del verano de 1952.
Un matrimonio que se gestó gracias a una medalla de oro.
Jean había nacido en 1933 en un pueblo marinero cercano a Marsella. Su padre obedecía al nombre de Gastón y su madre al de Bibienne. El padre había sido nadador y la madre no sólo había sido nadadora, sino que había llegado a representar a Francia en los Juegos Olímpicos de 1924 y en los de 1928. Y aún había más. Un tío de Jean también había llegado a ser olímpico. No es pues extraño que en la granja familiar perteneciente a la familia Boiteux se instalase en una de las naves una piscina improvisada donde los cuatro hijos de la familia (Jean incluido) practicasen natación de forma cotidiana.
De los cuatro retoños fue Jean el que manifestó excelentes aptitudes para la práctica profesional. Representaba el arquetipo de nadador moderno con anchas espaldas, cintura de avispa y pies grandes. Con 14 años se unió a su primer club de natación y a los 16 se convirtió en campeón nacional de 400 metros. El cielo era su techo, pero entonces tuvo un accidente de esquí lo que le obligó en los meses subsiguientes a nadar únicamente usando la parte superior del cuerpo. La ironía es que tal esfuerzo hizo que aumentase considerablemente su masa muscular y así, en 1951, con apenas 18 años, batía el récord europeo de 200 y 400 metros y ganaba la medalla de oro en 400 y 1.500 metros en los Juegos del Mediterráneo.
Al año siguiente tocaban Juegos Olímpicos de Helsinki.
Pero entonces apareció Monique.
Monique era preciosa. Sus piernas eran interminables y su sonrisa hacía palidecer a la luz del sol. Monique era de Argel, por entonces colonia francesa, y combinaba la palidez gabacha con la luminosidad africana. Así lo sentía Jean quien quedó perdidamente enamorado. La vida no era sólo entrenar, también era pasear con Monique, tomar un helado con Monique, ir a ver una película con Monique o darle unos cuantos besos furtivos a Monique a la espera de que la Santa Madre Iglesia diese la autorización para conocer cada uno de los recovecos de su fastuoso cuerpo.
Y eso era algo que Gastón no iba a permitir.
El padre de Jean comprobaba que su hijo podría conseguir el sueño familiar en Helsinki. Una medalla olímpica. Y no estaba dispuesto a que su hijo tirase por la borda tantos años de entrenamiento. Estamos en 1952. La autorización paterna para una boda no se torna en indispensable, pero si en muy necesaria.
Así que Gastón es tajante.
O hay medalla de oro o no hay boda.
Jean Boiteux
Antes de jugarse el amor de Monique en menos de cinco minutos, Jean formo parte del cuarteto francés en el relevo 4×200. Salió en la última posta cuando el equipo francés iba en la cuarta posición y logró adelantar al sueco Johansson en los últimos metros para que Francia lograrse la medalla de bronce.
Días después tocaba la final de los 400 metros libres. 30 de julio. El favorito indiscutible es el recordman estadounidense nacido en Hawai Ford Konno. Como segundo espada está el sueco Östrand. Durante la primera mitad de carrera los dos citados marchan en cabeza con Boiteux en un segundo plano. Sin embargo, en el quinto largo de piscina Boiteux pone una marcha más y se sitúa en cabeza. Konno intenta seguirlo en vano mientras Östrand pierde comba con rapidez.
Jean Boiteux logra la victoria estableciendo un nuevo récord olímpico. Consigue el triunfo con 19 años siendo el primer francés en lograr el oro en natación en la historia del olimpismo, hazaña que no volverá a repetirse hasta los Juegos de Pekín más de medio siglo después.
Apenas tocó el muro cuando su padre Gastón, con camisa, corbata y boina, saltó al agua para felicitar con alegría a su hijo, produciendo una imagen icónica que fue capturada por los fotógrafos y circuló por todo el planeta. La imagen pasó a ser portada en periódicos de medio mundo y Coca-Cola pagó por los derechos de la misma para hacer un anuncio televisivo con ella. Lo cierto es que no fue del todo improvisada, dado que Gastón había apostado diez dólares con un fotógrafo a que se tiraba a la piscina vestido si su hijo ganaba la medalla de oro. Fuese como fuese, el momento ha pasado a la historia colectiva del olimpismo.
Al día siguiente Boiteux disputó las series del 1.500 y ni siquiera consiguió clasificarse para la final. Daba igual. Confesaría que no le importaba en demasía. Había ido con un objetivo claro. Un objetivo que iba a mucho más allá de una medalla de oro.
Padre e hijo
Jean Boiteux se retiraría como nadador en 1961, casi una década después de su éxito dorado en Helsinki. Logró medallas de oro en los Juegos Mediterráneos, pero jamás logró vencer en un campeonato europeo. En los Juegos Olímpicos volvería a repetir experiencia en 1956, no obstante, apenas pudo alcanzar un sexto puesto. Con 19 años había logrado la cima. Había logrado ser campeón olímpico. Jamás pudo igualar ese éxito.
Normal. Jamás volvió a tener motivación igual.
Dos semanas más tarde Jean y Monique pasaban por la vicaría. Decidieron instalarse en Argel hasta que el estallido de la Guerra de Argelia hizo que dejasen la antigua colonia francesa para establecerse en Burdeos donde, una vez retirado, Jean se convirtió en el presidente del club de natación de la ciudad atlántica hasta su fallecimiento. Antes había sido nombrado oficial de la Legión de Honor. En 1990, con 57 años, firmó en un torneo de natación en Burdeos 1’11’’ en los 100 metros libres.
1985. Boris le pega tan fuerte a la bola que siempre parece que va a salir por fuera de la pista. Tiene 17 años. Su saque es pura potencia. Su volea es perfecta. Un potro salvaje que parece a punto de despeñarse. Rubio. Guapo. Con cara de no haber roto nunca un plato. El futuro es suyo. Se le otorga el apodo de ‘Boom boom Boris’, dado que sólo necesita dos derechazos para noquear a su oponente.
1978. Leimen. Alemania Occidental. Boris es campeón nacional. Cuenta con once años. Lo hace todo a lo grande. Con las victorias se muestra eufórico hasta rozar la demencia. Con las derrotas se llena de rabia y se vuelve impredecible. Para Boris no hay término medio. O el todo o la nada.
1985. Wimbledon. John McEnroe, el gran favorito, queda eliminado en cuartos de final. A la final llega el sudafricano Kevin Curren, cabeza de serie número 8. Su rival es un chico de 17 años y 7 meses que responde al nombre de Boris Becker. Toda Alemania se pega a la televisión. Boris es una fuerza imparable al subir a la red. Su celebración cerrando los puños y dando pasitos con los pies hacia adelante causa sensación. Visceral, en su tenis no hay respeto alguno por su cuerpo. Se tira al suelo por la bola como muñeco de trapo. Pide aplausos al público por doquier. Es tribunero hasta la saciedad. Y gana. Es histórico. El jugador más joven en vencer en Wimbledon. El primer alemán que gana en la casa del tenis británico. Becker es un héroe nacional y es recibido como tal a su vuelta a Alemania. En las siguientes semanas recibirá más de 50.000 cartas de admiradoras con peticiones entre románticas y de sexo explícito. No es tiempo de redes sociales.
2005. Boris Becker reside en Miami. Conoce allí a Lilly. Boris es halagador, carismático, guapo y tiene mucho dinero. Muchísimo dinero.
1986. Boris es captado por Ion Tiriac, un exjugador ahora convertido en agente. Tiriac decide hacer millonario a Becker y de paso hacerse millonario él mismo. Boris se instala en Londres y vende exclusivas sobre su vida cada dos por tres. El alemán Bild se harta de sacar fotos de Boris y sus amigas. Todo forma parte de un acuerdo. No son robadas. Son pactadas. Él mismo perdió la oportunidad de hacer una vida normal. Por ahora le va bien. Gana Wimbledon por segundo año consecutivo. Becker es sinónimo de éxito. También es una superestrella sin valores.
Boris Becker
1987. Se muda de nuevo. Ahora vive en Montecarlo. La idea es no pagar impuestos. Pero la mina de oro gripa al entrar en una pista de tenis. Cae a las primeras de cambio en Australia. Su entrenador, aquel que lo conoce desde niño, decide renunciar ante los aires de divo de su antaño protegido.
2008. Zúrich. Boris lleva unos meses saliendo con una chica de la nobleza alemana mucho más joven que él. Llama por teléfono a Bild y anuncia que se va a casar. Lilly, su novia desde hace tres años, se entera por la prensa. Se entera de que Boris va a contraer matrimonio…con otra.
1989. Boris vuelve. Gana su tercer Wimbledon ante Stefan Edberg y logra el triunfo en el US Open. En el mes de enero de 1990 vence en el Open de Australia y obtiene el número 1 mundial. Recibirá honores ante los fotógrafos acompañado de su nueva conquista.
1992. Open de Australia. Boris aparece con su nueva novia. Se llama Bárbara. Es negra. Y es la buena. Un año después contraen matrimonio. El noviazgo marca un hito en tierras teutonas. Es la primera pareja interracial de renombre que se recuerda en Alemania. Su boda es televisada. Boris se convierte en papá y su rendimiento cae en picado. Parece otro y deja de un lado el tenis.
1996. Boris es la sexta raqueta en el ránking mundial. Es el número uno en el ránking de los mejores pagados. 125 millones de dólares en nueve años. Tiene propiedades en Londres, Múnich, Miami y Montecarlo. Todas son casas de lujo. El fisco alemán le reclama. Nunca ha pagado impuestos. Comenzará un largo juicio y Boris renegará de los alemanes. Envidia me tienen, dice. Cae de los 100 primeros del mundo y en 1998 se retira. Apenas cuenta con 29 años.
1999. Boris va a ser padre por segunda vez y decide volver a las pistas acuciado por sus problemas fiscales. Entrena como nunca. Pero su vuelta es terrible. Cae en primera ronda de Wimbledon por tres sets a cero ante Patrick Rafter. Lo deja definitivamente. Está destrozado. Se siente viejo e inútil. Esa noche deja a su mujer embarazada en casa y se va a cenar y a bailar a un local de lujo en el barrio de Mayfair londinense. Acabará acostándose con una empleada del restaurante.
2000. Annus horribilis. El Bild publica fotos de un recién nacido que es idéntico a Boris. Es su hijo ilegítimo. Nacido de aquella noche en Mayfair. Boris otorga una entrevista donde cuenta la surrealista historia de que aquella mujer le había drogado para luego hacerle una felación y quitarle el esperma con la intención de inseminarse. Sin embargo, eso no fue lo peor. La condena del fisco alemán es firme y Boris no puede enfrentarse a ello. Por un lado, toca pagarle al Estado alemán y por otro pagarle un multimillonario divorcio a su hasta entonces esposa.
2003. Boris está en Nueva York. Había sido condenado a dos años de cárcel de los que se libró. Hubo de pagar más de dos millones al fisco.
2008. Boris comunica a Bild que no se casa. Apenas ha pasado un mes desde que anunció que pasaría por la vicaría en segunda ocasión. Vuelve con Lilly y al poco ambos aparecen en un programa de máxima audiencia de la televisión alemana para anunciar su compromiso. En 2009 son matrimonio. Es el segundo de ‘boom boom’. Y otra vez es televisado. La boda es televisada. Para Becker la fama es una droga. Sino conseguía ser famoso por algo que hacía bien, lo iba a seguir siendo por hacer el ridículo. Aparece en shows televisivos bailando, cocinando, cantando o, simplemente, riéndose de sí mismo. Invierte en negocios de diferente calado y todos caen en desgracia. Pone dinero en la construcción de pozos petrolíferos en Nigeria que no van para arriba y en torres en Dubái que no se levantan.
2017. Arbuthof Bank, el banco que había financiado con intereses escandalosos la lujosa vida de Boris, reclama a su cliente 4.000.000 de dólares. Becker redobla sus exclusivas, sus ridículos y sus apariciones en fiestas privadas. Está perdido.
2013. Djokovic confía en Becker para ser su entrenador. Boris encarga su biografía. Le va bien. Compra una finca en Mallorca y encomienda una casa cuyo coste asciende a 15 millones de dólares. No les paga a los trabajadores y acumula una deuda de medio millón de euros con el constructor. Es demandado y recibe una visita de la justicia española. Le ordenan subastar la propiedad. El día del peritaje mete dos caballos purasangres en el dormitorio principal para que el perito no los encuentre. Necesita dinero rápido y lo consigue con un particular que le da 1.200.000 dólares al 25%. El particular se cubre las espaldas con una entidad bancaria llamada Arbuthof Bank.
2018. A Becker le piden el divorcio. El segundo. Otra vez una infidelidad. Y otra vez se publica en Bild. Y sigue sin ser el principal problema. El fisco está al acecho. Ahora la cárcel sí que es una realidad. De la primera se salvó por no tener antecedentes. Ahora no tiene salvavidas. Le paga a un alto funcionario de la República Centroafricana un pastizal para conseguir el cargo de agregado de deportes y así lograr la inmunidad diplomática. Es una estafa. Es todo falso. Está acabado. Le quitan sus propiedades en Estados Unidos y en Inglaterra y tras un largo litigio es condenado a tres años de cárcel en 2022.
2022. En diciembre, tras ocho meses en una prisión londinense, Becker sale de la cárcel por buen comportamiento y bajo la premisa de no volver a pisar nunca más el Reino Unido. Un helicóptero lo espera en la puerta del presidio y de allí lo lleva a su casa de Múnich. Al día siguiente da una entrevista en exclusiva en la televisión alemana por la que se lleva 250.000 euros.
Tres meses después presenta un documental sobre su vida y es cazado por los fotógrafos con su nueva y jovencísima novia mientras sigue aferrándose a la fama con la misma fiereza con la que golpeaba pelotas cuando apenas contaba con diecisiete años.
El 10 de enero de 1962 fue miércoles. Un día como otro cualquiera. No para Dick. Ese mismo día nació Rick. Fue el mayor de tres hermanos. El primer hijo de Dick. El padre de todos ellos. El apellido era Hoyt. El caso es que el nacimiento de Rick Hoyt fue del todo menos fácil. Llegó al mundo con el cordón umbilical enrollado al cuello.
El oxígeno no pudo llegar al cerebro del pequeño.
Rick Hoyt nacía con una severa e irreversible lesión cerebral.
Viviría en estado vegetativo el resto de sus días.
Sus padres se negaron a aceptar lo inevitable y volcaron todo su amor, tiempo y dedicación en su hijo mayor. Fue duro. Durísimo. Con los años pudieron advertir que su hijo los seguía con la mirada. No era poco para un ser humano en estado vegetal. Y, por supuesto, ningún médico pensó que pudiese llegar a hacerlo.
Ningún médico animó ni apoyó a los padres de Rick.
Fueron considerados unos locos.
Con 11 años Rick Hoyt ya reaccionaba a las bromas con una mueca de satisfacción y, tras una larga lucha y una notable cantidad de dinero, lograron que unos ingenieros de la Universidad de Tufts (Massachusetts) crearan una especie de ordenador como el que luego haría famoso el celebérrimo Stephen Hawking. La primera palabra de Rick fue ‘¡Go Bruins!’, el grito de guerra de los Boston Bruins, el equipo de hockey de la capital de Massachusetts.
De esta forma Rick pudo comunicarse con el mundo y matricularse en la universidad con el paso de los años. Una vez licenciado se convirtió en un hombre de mediana edad que ejercía como profesor y que, aún con ayuda, vivía en casa propia.
Sólo esto que acabo de contar está al alcance de unos pocos seres humanos.
Unos poquísimos seres humanos.
Pero hay más.
Mucho más.
Rick (silla) y Dick (padre)
Cuando Rick contaba con quince años un compañero suyo de instituto sufrió un accidente que lo dejaría paralítico. Se celebró entonces una carrera benéfica para recaudar fondos en esa escuela y en otras de la contorna para ayudar al chico y a su familia. Rick sintió que era necesario que él también participase en la carrera para demostrar que la vida podía ser igual de satisfactoria aun viviéndola en una silla de ruedas.
Es entonces cuando Dick, el abnegado padre, entra en escena. A estas alturas es bueno apuntar que Dick era un teniente coronel del Ejército de Estados Unidos. Caminaba cerca de los 40 años, pero su condición física era extraordinaria. Así que no lo dudó ni un instante. Cogió a su hijo, lo subió a una silla de ruedas y juntos corrieron la carrera benéfica. Fueron ocho kilómetros en los que Dick no paró de sonreír y donde descubrió que paso a paso su deficiencia desaparecía.
Acaba de nacer el Team Hoyt.
Desde 1977 hasta 2005 el Team Hoyt participó en un total de 911 eventos, incluyendo 206 triatlones (6 de los cuales fueron competiciones Ironman) y 64 maratones, incluyendo 24 Maratones de Boston consecutivas. Dick ha empujado y tirado de su hijo por todo Estados Unidos, pasando por cientos de líneas de meta. Cuando Dick corre, Rick está en una silla de ruedas que Dick va empujando. Cuando Dick va en bicicleta, Rick está en un asiento especial sujeto al frente de la misma. Cuando Dick nada, Rick está en una pequeña balsa, estabilizada firmemente, que es empujada por Dick. En cierta ocasión, en 1992, el Team Hoyt corrió más de 4.000 kilómetros en bicicleta durante mes y medio.
Durante más de tres décadas, Dick, desde los cuarenta hasta pasados los setenta, empujó y tiró de su hijo por todo el país.
Y Dick no se había subido a una bicicleta desde que tenía seis años. Y Dick nadaba al estilo perrito. En su época no era obligatorio saber nadar para entrar en el Ejército de Tierra.
Empezó de cero. Empezó de la nada.
Al inicio los demás atletas le hacían el vacío al Team Hoyt. Con el tiempo no había corredor que no se acercase a hacerse una foto con los miembros del Team Hoyt. El gran cambio se dio cuando compitieron en 1981 en su primera maratón de Boston. Creada en 1897 y disputada siempre el tercer lunes de abril, los 42’195 kilómetros de Boston son la competición de larga distancia más antigua del planeta llegándose a correr ininterrumpidamente a pesar de la I Guerra y la II Guerra Mundial y sólo cancelada en 2020 por culpa del Covid. El caso es que a inicios de los 70 se había creado una carrera paralela para personas en silla de ruedas. En 1981 los Hoyt se negaron a participar en ella y exigieron competir en la abierta a todo tipo de personas. Todos los miraban, todos cuchicheaban, pero el Team Hoyt no sólo acabó la carrera, sino que quedó entre los 5.000 primeros en una prueba en la que se superan las 25.000 inscripciones.
Team Hoyt
Dick Hoyt falleció a los 80 años de edad en 2021. Su hijo Rick lo hizo dos años más tarde a los 61 años. El caso, es que, en 2005, cuando dejaron de competir, lo hicieron porque a Dick le había dado un infarto leve durante un maratón. Los médicos descubrieron que una de las arterías de Dick estaba completamente obstruida e inutilizada. Le comentaron a Dick que de no haber estado en tan buena forma probablemente hubiese fallecido una o dos décadas más atrás.
Así que se puede decir que el padre salvó al hijo.
Y también que el hijo salvó al padre.
“Cuando Rick tenía ocho meses, los doctores nos dijeron que deberíamos sacrificarlo, que estaría en estado vegetal toda su vida, ese tipo de cosas. Bueno, esos doctores ya no están vivos ahora, me gustaría que pudieran ver a Rick en este mismo momento”. Dick Hoyt en 2005 tras su última competición.