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Los Juegos de la GANEFO

Se han celebrado los Juegos del Mediterráneo en la bella ciudad italiana de Tarento. Si usted no se ha enterado, no tiene de qué preocuparse. Entra dentro de lo razonable. Los JJ. OO del Mediterráneo se pusieron en marcha en 1951 bajo el auspicio del Comité Olímpico de Grecia y el beneplácito del Comité Olímpico Internacional (COI). La idea era celebrar una fiesta deportiva bajo la unión histórica, comercial, ideológica y cultural de todos los países bañados por el Mediterráneo.

Aquello tiene repercusión según el país. Si para Libia o para Albania un éxito en los Juegos del Mediterráneo es fiesta nacional, para otros como Francia o como Turquía es una nota a pie de página en el año deportivo. Lo cierto es que para países como España los Juegos del Mediterráneo eran una bombona de oxígeno en tiempos oscuros. Hoy, la representación hispana está plagada de meritorios, universitarios y segundos espadas. Con todo, siguen siendo una fiesta y permite que ciudades de tamaño manejable caso de Tarragona, Almería o la citada Tarento puedan llevar la fiesta y la parafernalia olímpica a un mayor número de ciudadanos.

Mediterráneo 2026

Los Juegos del Mediterráneo, como los Asiáticos o los Panamericanos, son aceptados e impulsados por el COI. No sucedió lo mismo cuando a finales de la década de 1960 se pongan en marcha los Games of de New Emerging Forces. Los Juegos de la GANEFO.

La cosa resultó que en Tokio 1964 compitió Alemania como un único país. A partir de entonces la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA) lo harían por separado. Tras la II Guerra Mundial el territorio teutón había sido dividido en una parte occidental, regida por un sistema democrático capitalista, y una oriental, controlada por una dictadura comunista. Sin embargo, esa separación era inexistente en el deporte. A partir de México 1968 la Guerra Fría también haría su aparición con la división de los alemanes.

Por entonces tampoco acudía China a la festividad olímpica. No era una novedad. Así había sido desde que Mao alcanzase el poder en 1949. China, por cierto, no se sumó a la rueda del olimpismo hasta 1984 en Los Ángeles rechazando acudir a la cita de 1980 en Moscú, apostando claramente como alternativa a la URSS y nunca como aliada. Tampoco acudía por entonces a los Juegos Olímpicos Taiwán, protestando por el hecho de que China no la reconociese como un ente independiente. Había pues, corrientes subterráneas que al calor de la Guerra Fría amenazaban con boicotear los Juegos. En 1962 el mundo estuvo por vez primera en situación de DEFCON 2, el nivel inmediatamente inferior al máximo del desastre nuclear.

La cosa estaba calentita.

En ese 1962 Indonesia había sido la sede de los Juegos Asiáticos y había desafiado al COI al excluir a Israel de los mismos, lo que hizo que los hebreos solicitasen su presencia en las instituciones deportivas europeas obviando que geográficamente están en Asia. Aquello fue una vulneración estrepitosa de la Carta Olímpica. India terció en el tema, ya que su embajador en Yakarta era miembro del Comité Olímpico, pero todo acabó con la precipitada huida del embajador cuando una turba rodee a la comitiva diplomática. La respuesta del COI fue suspender por perpetuidad a Indonesia, decisión sin precedentes.

Fue entonces cuando Indonesia dobló la apuesta. Convocó para 1963 la primera edición de los Juegos de la GANEFO. Entonces dirigía el país con mano de hierro Kusno Sukarno. No fue una broma. Concurrieron más de 2.000 atletas de un total de 51 naciones distintas, la mayoría de ellos con regímenes comunistas y muchos de los cuales habían alcanzado recientemente la independencia durante el proceso de descolonización. Contaron con el evidente apoyo económico de la República Popular de China. En su reto al COI, con su declarado antiimperialismo, el líder indonesio Sukarno convenció incluso a las selecciones universitarias de fútbol de Argentina, Chile y Uruguay y reclutó a deportistas de Angola, que por entonces aún era un ente colonial perteneciente a Portugal.

Inaugurados el 10 de noviembre de 1963, la duración de los Juegos de la GANEFO fue de doce días. Su desarrollo fue bastante confuso y anárquico por la falta de una carta que reglamentara y regulara el sistema de competición. Por ejemplo, el fútbol se resolvió con un cara o cruz tras la trifulca, publico incluido, en que acabó la final entre Arabia Saudí y Corea del Norte. China, que había sido la gran auspiciadora de estos Juegos que sustentó con una gran aportación de recursos y material, fue la gran dominadora con 66 medallas, doblando a los soviéticos, quienes habían enviado una delegación de segundo nivel para no indisponerse con el COI, que había amenazado con sancionar a los deportistas que participasen en ellos. Países capitalistas como Finlandia, Francia, Bélgica, Países Bajos o Italia también se sumaron a la iniciativa y decidieron enviar una delegación de deportistas, usando la misma táctica de enviar atletas de segunda fila ante la amenaza del COI de suspensión a perpetuidad.

El caso es que las amenazas no se cumplieron y todos los países participantes de los Juegos de la GANEFO también participaron en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. La única excepción fue Corea del Norte que decidió no acudir en muestra de solidaridad con Indonesia. No hubo más deserciones salvo la de Sudáfrica, país que no acudió al no querer enviar a una delegación multirracial como le sugería el COI.

GANEFO 1963

Los Juegos de la GANEFO nunca tuvieron continuación. Se proyectó una segunda edición para Egipto en 1967 y una tercera en Corea del Norte para 1970 pero nunca llegaron a celebrarse. El COI, bajo la presidencia de Avery Brundage, fue firme en su determinación de acabar con la deserción. Ayudó que el COI se abriera a repartir el pastel olímpico con las nuevas naciones y que éstas fuesen conscientes de que los Juegos Olímpicos eran la mejor forma de darse a conocer y de lograr reconocimiento social. También el Politburó de la Unión Soviética, por entonces superando ya a Estados Unidos en el medallero, comprendió que el deporte era la mejor arma para ganar la batalla de la Guerra Fría.

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El escándalo de los oriundos

A inicios de la década de 1970 el Real Madrid estaba tieso. Los tiempos de Di Stéfano, Puskás o Kopa habían pasado a mejor vida. Por su parte, el Atlético lucia flamante nuevo estadio y el Barça amortizaba su gigantesco Camp Nou. En el extranjero italianos, alemanes, holandeses e ingleses invertían cantidades prohibitivas en Madrid. Tocaba hacer algo y ese algo era Johan Cruyff.

Johan Cruyff está loco por la música. Con Pelé negociando su jubilación camino de Estados Unidos, el astro neerlandés es el mejor futbolista del momento. Un jugador perezoso, pero con diez toques diferentes en cada pie. Pero no sólo eso. Cruyff es el primus inter pares tanto dentro como fuera del rectángulo de juego. Es el primero negociando. La primera estrella internacional que tiene en cuenta su valor más allá del césped. Sabe lo que vale y va a exigir que se le pague lo que le corresponda. Tiene un contrato de larga duración en el Ajax, donde es el futbolista mejor pagado. Pero no es suficiente. Cruyff sabe que para ganar dinero tiene que irse a un país donde el fútbol sea eje de la economía. El Ajax gana tres Copas de Europa con un estadio con capacidad para 25.000 espectadores y unos 10.000 socios. En 1970 viaja con su esposa a Barcelona a pasar unas vacaciones. Alucina con el Camp Nou, sus 100.000 localidades y sus más de 70.000 socios.

El caso es que Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid, querrá ir a por Cruyff. Lo hará en firme en Coruña. En un mes de agosto de 1973. En un Teresa Herrera que reúne en el Hotel Atlántico de A Coruña a la expedición del Ajax y a Raimundo Saporta, vicepresidente blanco. El precio es un millón de dólares de la época. Pero el precio sube y el Madrid tiene que parar. No hay más cera que la que arde. El Madrid necesita cash y no lo tiene.

Necesita vender el Santiago Bernabéu. No a la persona. Que se me entienda bien. Necesita vender el estadio. Indudablemente.

El FC Barcelona contaba con el Camp Nou desde 1957. No mucho más lejos estaba el antiguo estadio de Les Corts al que las malas hierbas iban poblando. Empero, tras diversos trámites, en 1966 se recalificó el terreno, se construyó una zona verde privada y se edificaron unas viviendas de altas calidades las cuales, en muchos casos, fueron compradas por jugadores y ex jugadores del Barça.

El Barça tenía pasta gansa.

Pero no tenía en que gastarla.

Recalificando Les Corts

Tras el fracaso de España en el Mundial de 1962 la Federación Española del Fútbol decretó el cierre de fronteras y la prohibición del fichaje de futbolistas extranjeros. Se decía que el bajo nivel de la selección nacional era por culpa de esos foráneos que impedían que despuntasen jóvenes promesas. Di Stéfano, Puskás y Santamaría (argentino, húngaro y uruguayo) habían acudido a Chile 62 y su desempeño fue lamentable (Di Stéfano ni jugó al lesionarse en la preparación). Cuando el Real Madrid gane la Copa de Europa de 1966 con un once totalmente nacional se hablará de éxito del sistema. Lo cierto es que no fue así. Eso fue un oasis en un desierto. El nivel de los clubes españoles decayó y España fracasó en el Mundial de 1966 y no consiguió clasificarse para la edición de 1970 ni para la de 1974.

Hay quien dijo que la medida era propia de una dictadura. No fue tal. España, caso de los planes industriales y los métodos turísticos de desarrollo, hizo lo mismo que Italia, igual de católica y apostólica, pero asentada en una democracia. Italia también había cerrado fronteras en el pasado y lo volvería a hacer en 1966 al caer ante Corea del Norte en el Mundial de Inglaterra. Entre 1966 y 1980 Italia cerro las puertas al de fuera. A la Nazionale no le fue tan mal como a España. Ganó la Eurocopa de 1968, jugó la final del Mundial de 1970 y por el camino el AC Milan también ganó una Copa de Europa.

Total, que a inicios de los 70 es vox populi que el veto a los extranjeros tiene fecha de caducidad. En los mentideros del fútbol español se habla de permitir que cada equipo cuente con dos futbolistas foráneos y los directivos van preparando el terreno y haciendo acopio de capitales para acometer transacciones de campanillas. El Real Madrid es uno de ellos. Y toca mover ficha.

Corría el año 1972. Un grupo inversor con una mezcla de capital español y estadounidense ofreció al Real Madrid 4.000 millones de las antiguas pesetas por los terrenos del estadio para construir un rascacielos de 70 pisos, oportunamente llamado La Torre Blanca. La mudanza estaba planeada para un paraje a las afueras de Madrid, a orillas de la Nacional I en dirección Burgos, para un estadio de 120.000 espectadores (la mitad sentados) y con una cubierta similar a la del Olímpico de Múnich. Sería un fastuoso coliseo y tendría como prima donna a Johan Cruyff. Sólo había que solventar un asunto. Los terrenos del Bernabéu eran zona verde y deportiva. Tocaba meter mano y recalificar adecuadamente ese suelo para convertirlo en suelo edificable.

Exactamente lo mismo que había pasado en los terrenos de Les Corts de Barcelona en 1966.

Se daba tan por hecho el asunto, que el proyecto se presentó con una gigantesca maqueta en una gran exposición ante la prensa sin tener el visto bueno oficial. Y fue entonces cuando Carlos Arias Navarro, entonces alcalde de Madrid, dejo para la posteridad una perla: “La recalificación del Bernabéu está tan prohibida como el asesinato”.

Coño. ¿El Madrid no era el equipo del Régimen?

Cuentan que Bernabéu llamó a Raimundo Saporta, su fiel segundo, cargaron la maqueta del nuevo estadio en una furgoneta y se fueron a El Pardo para ver a Francisco Franco. Según su costumbre, el Generalísimo estudió el asunto y escuchó las explicaciones sin dar opinión alguna y con el rictus impertérrito. No habría estadio. Santiago Bernabéu, con 78 años y de vuelta de todo, explotó ante la prensa: “De haber hoy guerra de nuevo volvería mi mosquetón contra éstos”.

Tenía que haber algo más.

Y había algo más.

El Bernabéu que nunca fue

Cabe recordar que líneas atrás comenté que a Cruyff le había impresionado el gigantismo del Camp Nou. Fue en 1970. Había viajado a Barcelona a pasar unas vacaciones junto a su esposa. Trabó pronta amistad con Armand Carabés, gerente azulgrana, cuya esposa era neerlandesa. Johan Cruyff llegó a posar en el Camp Nou con una camiseta del Barça y conoció a Charly Rexach, el niño bien del barcelonismo, que se encargó se enseñar a Johan los sitios de moda en la Ciudad Condal. El matrimonio Cruyff y el matrimonio Carabés se harían inseparables y éstos últimos ayudarían a Cruyff a comprar casa en Barcelona, en un principio como residencia de verano, pero con la posibilidad de hacerse en domicilio fijo en caso de que España abriese fronteras y el Barça decidiese ir a por Cruyff.

El Barça podría aportar sol, playa y dinero. En Madrid, a la espera de la operación de recalificación del Bernabéu, había cemento, un frio tremendo en invierno y un calor asfixiante en verano. Pero, deportivamente, el Madrid era un transatlántico y el Barça un sidecar. Los blancos eran hexacampeones europeos y sumaban 13 ligas en los últimos 20 años. En ese período de tiempo el Barça tan sólo presumía de dos títulos ligueros. En esos años, en la década de 1960, la diferencia entre Madrid y Barça era abismal. Son los últimos años del Franquismo y las críticas comienzan a ser permitidas. El fútbol es lugar propicio para entrar en política con el beneplácito del Régimen. Es entonces cuando desde la prensa, con la venia de las altas esferas, se va cimentado la idea de que los éxitos del Madrid y los fracasos del Barça se deben a una mano negra que desde la capital ayuda a los blancos económica, deportiva, arbitral y hasta judicialmente.

La mayoría de aquellas críticas no eran más que autocomplacencia. Pero algunas otras eran ciertas.

Y el de los oriundos fue un escándalo tremendo. Un escándalo que mostró la corrupción del fútbol español y que dio al Barça munición para culpar al Madrid y a sus tentáculos de todos sus males.

Años de polémicas

Volvamos atrás en el tiempo. A la temporada 1964-65. La primera con cierre de fronteras. Tocaba echarle ingenio al asunto. Dado que sólo iba a permitirse que jugaran españoles la respuesta encontrada fue simple; se buscarían españoles donde fuera.

No era cosa nueva ¡ojo! La normativa de fichajes extranjeros en el fútbol español es rica en decisiones inverosímiles. En 1956 se habían aceptado dos extranjeros por equipo teniendo que ser uno de ellos iberoamericano o filipino por aquello del Imperio y tal. Como ya se comentó líneas atrás España llegó a ir al Mundial de Chile con cuatro futbolistas que ya habían sido internacionales con otros países (Puskás, Santamaría, Di Stéfano y Eulogio Martínez). La FIFA dijo basta.

Y españoles fuera de España había a patadas. Huyendo de la Guerra Civil o del hambre en Hispanoamérica había españoles en cantidad. Sólo entre 1860 y 1960 se estima que 600.000 gallegos recalaron en Argentina. Buenos Aires pronto se ganó el apodo de quinta provincia gallega y, aún hoy, sigue siendo la tercera ciudad con más gallegos tras Vigo y A Coruña. No en vano el término gallego es el acuñado para referirse a cualquier español que hiciese las maletas.

Así pues, los clubes deciden poner sus ojos más allá del Atlántico. No se podría fichar a ningún jugador que fuese internacional, pero sí a aquellos que no hubiesen debutado con su selección…y que tuviesen ancestros españoles. Fuesen reales…o inventados. Hecha la ley, hecha la trampa. La falsificación era fácil. Consistía en argumentar que fulanito o menganito no tenían papeles dado que su padre había sido republicano y se los habían quitado o, quizás, porque su abuela o su abuelo eran analfabetos y no contaban con documento alguno. En Argentina o Uruguay el proceso era harto laborioso, pero con una buena suma económica se llegaba a buen puerto. En países como Perú o Paraguay era más simple. Consistía en abrir la cartera y una retahíla de futbolistas se postraban a tus pies. Había oriundos (como fueron llamados) que únicamente valían 1.000 dólares a los que había que sumar otros 1.000 para que el cónsul español diese su OK con firma y sello.

Lo que era un secreto a voces se tornó en certeza gracias a dos iluminados a los que nadie les dijo que se callasen la boca.

Aguirre Suárez era un expeditivo defensa argentino que había triunfado en Estudiantes. Firmó por el Granada FC en 1971 y pronto se convirtió en el carnicero por antonomasia. Destrozó la carrera de Amancio y, su fama será tal, que el día que Cruyff juegue su primer partido en España, precisamente ante el Granada FC, una comitiva de jugadores y directivos rivales bajarán al vestuario para pedirle a Aguirre Suárez que por favor no cosiese a patadas al Flaco. El caso es que aterrizado en España se le preguntó a Aguirre por sus ancestros navarros. Ni corto ni perezoso contestó que no eran navarros sino de Pamplona. Aquello aún se podía edulcorar, pero ese mismo año el Valencia CF firmó al también argentino Miguel Ángel Adorno. Éste lo tuvo claro cuando le preguntaron de donde eran sus abuelos. “Son de Celta, en la provincia de Vigo”.

Blanco y en botella.

Aguirre Suárez

La gran potencia futbolística del asunto era Paraguay donde era increíblemente fácil conseguir la documentación falsificada. La cantidad de hijos o nietos de emigrantes que se habían convertido en futbolistas de élite era asombrosa. Era tan fácil romper con las reglas en Paraguay que una gran cantidad de futbolistas paraguayos de ancestros españoles eran en realidad argentinos. Primero se convertían en paraguayos a los nacidos en Buenos Aires y luego se les buscaba una madre de Salamanca o un abuelo de Pontevedra. El negocio era perfecto porque todo el mundo hacia la vista gorda. En realidad, nadie quería el cierre de fronteras. Era todo tan grotesco que hasta había futbolistas que llegaron a compartir padre postizo. El afortunado era un tal Antonio Martínez Rubalcaba quien, según los papeles, era padre al mismo tiempo de Carlos Martínez Diarte, jugador de Real Zaragoza, Martínez Cabrera, goleador del Elche CF y también de Óscar Martínez del Real Valladolid.

Todo iba como la seda hasta que Adorno y Aguirre Suárez echaron la lengua a pacer. Mas antes, concretamente un par de años antes, el asunto tuvo su primera grieta. 1969. El FC Barcelona le echó el ojo a Severiano Irala, un delantero paraguayo apodado Taladro por su facilidad para perforar porterías rivales. El tema es que Irala había debutado con la selección paraguaya por lo que, según las reglas, no podría fichar por un club español. Ya se había hecho la vista gorda por dicho asunto con algún que otro jugador siempre y cuando los encuentros hubiesen sido amistosos. Ese era el caso de Irala, pero esta vez no pasó el corte. Lo primero que dijo al llegar a España es que era internacional e inmediatamente la Federación Española de Fútbol vetó su fichaje.

En Barcelona el asunto se tomó muy mal. Y con razón. Irala volvió a Paraguay junto a su representante que no era otro que Eulogio Martínez, extremo paraguayo del Barça de finales de los 50 que había sido internacional con Paraguay y con España. El caso es que, de vuelta en Asunción, Irala, por indicación de Martínez, dio una rueda de prensa donde argumentó que nunca llegara a debutar con la selección porque una vez convocado había caído lesionado. Puede parecer escusa peregrina, pero entonces no había el nivel de información ni de datos de la actualidad y muchos partidos internacionales pasaban desapercibidos en buena parte del planeta. Irala vuelve a España dispuesto a jugar con el Barça, pero un periódico argentino publica en primera plana que aquello es mentira con foto de Irala como seleccionado paraguayo en un partido en el que incluso anotaría un tanto.

Días después de todo este guirigay el Real Madrid y el Barcelona juegan en Chamartín. Empatan 3-3. Bustillo, delantero azulgrana de 23 años, marca dos goles. En una jugada desborda al madridista De Felipe y éste le caza. La entrada es salvaje y Bustillo acaba con rotura del ligamento cruzado. Ortiz de Mendibil, colegiado del choque, no le saca ni tarjeta amarilla. Después el Madrid empata gracias a dos tantos de Sebastián Fleitas, un paraguayo hijo de españoles. Es decir, un oriundo.

La gota que colmó el vaso. Y el recipiente se desbordó.

En Barcelona hay una revolución. Es año de elecciones. Gana Agustí Montal. Un regionalista. Un nacionalista. Como ustedes gusten. Fuese lo que fuese es el primer presidente que no comulga con el Régimen. Acuñará el lema mès que un club y poblará el Camp Nou de senyeras desafiando pacíficamente lo permitido. La nueva directiva es clara. La de Bustillo fue la última.

Y la última tiene lugar en 1971. El FC Barcelona ficha a Bernardo Cos y a Juan Carlos Heredia. Ambos eran argentinos, pero ambos tenían pasaporte falso procedente de Paraguay. Los papeles eran exactamente los mismos, pero mientras la FEF aceptaba a Cos como oriundo rechazaba la inscripción de Heredia. La documentación, que se filtró rápidamente a la prensa, era idéntica; los mismos sellos, la misma firma. No se entiende nada. Luego se sabrá que la mordida que Exteriores había cobrado por Heredia no se ajustaba a lo solicitado.

Total, que Montal y Carabén montaron en cólera. Se propusieron investigar la situación y solicitaron a un grupo de abogados la elaboración de un informe. Entre los abogados se encontraba un tal Miguel Roca Junyent, quien pocos años después sería uno de los padres de la Constitución. Roca viaja a América Latina con la obligación de certificar con documentos y por escrito que aquellos oriundos de españoles tenían más bien nada. A la causa contribuyen con un par de detectives privados tanto el Athletic como la Real Sociedad, los dos únicos clubes de la Liga que no contaban con extranjero alguno. El llamado Informe Roca se las trae. El escándalo es tan mayúsculo que entre los mentirosos cuentan Óscar Valdez (Valencia CF) y Roberto Martínez (Real Madrid), quienes son internacionales con la selección española. Ambos, por supuesto, no tenían ningún ancestro nacido en la piel de toro. La lista es interminable. Roca comprobó que de los sesenta jugadores oriundos admitidos en el fútbol español cuarenta y seis habían falsificado la documentación. Adorno, Valdez, Anzarda, Touriño, Roberto Martínez, Vilanova, Acosta, Viberti, Ovejero…

El problema era de aúpa. Tan de aúpa que la FIFA podría invalidar los partidos internacionales jugados por la selección española. Y tan de aúpa, que, de cumplir con lo marcado por la ley, habría que declarar tal cantidad de alineaciones indebidas que habría que dar por anulados e inválidos al menos los cinco campeonatos de Liga anteriores (ninguno ganado por el FC Barcelona). Roca sabía lo que se traía entre manos y recomendó al Barça negociar. De hacerse público el informe las consecuencias serían irreparables. Así que Agustí Montal decidió sentarse a parlamentar.

Pero antes hizo una llamada telefónica a Ámsterdam.

Miguel Roca (centro)

Agustí Montal, a través de Carabés, contactó con Johan Cruyff. Quería su visto bueno. No sabemos si entonces había servilleta con un sí, pero El Flaco dio su palabra. Montal tenía atado al mejor jugador del momento. Y una vez atado, tocó negociar con la Federación Española de Fútbol y con su presidente Pablo Porta.

El informe se puso sobre la mesa. En la Federación se llevaron las manos a la cabeza. Hubo miedo. Mucho miedo. Se arregló de manera diplomática. Roberto Martínez y Valdez fueron abandonados discretamente de las convocatorias de España mientras la FIFA hacía la vista gorda. A los oriundos que llevaban dos años en España se les dio la nacionalidad española por decreto. El resto serían considerados extranjeros y cada club sólo podría contar con un par de ellos. Y lo más relevante para el Barça. A cambio de callar la boca, el Barça consiguió que a partir de la temporada 1973/74 se levantase el veto y se permitiese la presencia de jugadores foráneos en la Liga.

Fue así, una vez que se anunció que el veto se levantaba, que Santiago Bernabéu fue en busca de la estrella que devolviese el brillo al Real Madrid. Pinchó en hueso. El Barça jugaba con las cartas marcadas. Tuvieron los azulgranas, eso sí, que pagarle tres millones de dólares al Ajax (récord de la época) para que Cruyff fuese hombre libre. El Ajax tenía un acuerdo con el Madrid por un tercio de ese dinero, pero estaba dispuesto a aceptarlo para llevarle la contraria a Cruyff. Johan llegó a negarse a entrenar y se declaró en rebeldía (algo nunca visto hasta entonces). Cruyff llegaría a España en octubre de 1973, con la Liga más que empezada. El Barça marchaba octavo, pero con Cruyff inició una racha de partidos ganados (incluyendo un 0-5 en el Bernabéu) que le llevó a ganar la Liga catorce años después. Al año siguiente llegaría a semifinales de la Copa de Europa, en lo que sería el tope de un Cruyff que fue incapaz de repetir en Barcelona los éxitos de Ámsterdam. Daba igual. Johan devolvió el orgullo a Cataluña. Como dijo el New York Times: “Johan Cruyff hizo más por el nacionalismo catalán que años y años de política clandestina”.

¿Y qué pasó con aquellos funcionarios y altos funcionarios que firmaban y ponían sellos a papeles falsos? Todos los involucrados, desde los futbolistas a los representantes tramposos pasando por los directivos de clubes sin escrúpulos o los codiciosos funcionarios de Exteriores, fueron absueltos de todas sus penas por la Ley de Amnistía de 1977 aprobada con la llegada de la democracia a España.

C’est la vie.

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Cuando fútbol y eclipse de sol fueron de la mano

Para todos aquellos que tienen un mínimo de interés en el fútbol la historia es más o menos conocida. En el siglo XIX los alumnos de los colegios privados de Inglaterra dedicaban su tiempo de asueto en jugar al fútbol. Cada institución académica tenía sus propias reglas y eran tan variadas que en algunas academias se podían usar las manos (Rugby o Marlborough) y en otras únicamente los pies (Winchester, Eton o Cambridge). A mediados de siglo, y gracias al desarrollo de la red de ferrocarril, comenzaron a disputarse competiciones entre las distintas universidades, por lo que se hizo necesario establecer unas reglas comunes. En octubre de 1863 se constituyeron las reglas básicas del fútbol y, años después, los disidentes harían lo propio implantando las reglas básicas del rugby.

El fútbol es más antiguo que la bombilla, el cine o el automóvil.

A partir de ahí el fútbol se extenderá con rapidez por todo el planeta. Soldados, marineros, funcionarios de las colonias, hombres de negocios, ingenieros y maestros ejercerán de apósteles. El balompié se convertirá en el deporte hegemónico por antonomasia. El rugby quedará anclado en las Islas Británicas y sólo tendrá aceptación en las colonias del Imperio y, de forma sorpresiva, en Francia.

Los triunfantes ingleses siempre se han orgullecido de ser los inventores del fútbol. Fue un invento de la Inglaterra Victoriana para escapar de los aburrimientos de los domingos y llenar de ocupación el nuevo tiempo de ocio de la sociedad contemporánea. Y es cierto. Pero hay matices. Muchos matices.

¿Quiénes son los responsables de hacer del fútbol un deporte divertido y sugerente para buena parte de la humanidad? ¿Quiénes lograron que se convirtiese en el ariete primordial entre todos los deportes? No. No fueron los ingleses. Fueron los escoceses.

El primer partido

En 1707 Escocia pasó a formar parte del Reino de Gran Bretaña. A partir de entonces (y de forma errónea) los escoceses pasaron a ser para el resto de la humanidad ingleses. Sucede que cuando el Imperio Británico conquiste los cinco continentes a través de su armada y de su ejército o cuando una empresa británica vacíe una mina de carbón, cree una industria textil o explote un pozo de petróleo, a ojos de la humanidad será un hito de la comunidad inglesa. Para el nativo el británico era sinónimo de inglés. Ni existía el escocés, ni el galés ni el irlandés.

La realidad es que un alto porcentaje de los militares y de los comerciantes británicos eran escoceses. Por un lado, las durísimas condiciones climatológicas y un terreno verde, pero pedregoso y de paupérrimo nivel de cultivo, hacían del escocés un pueblo proclive a la emigración. En la otra vertiente, las diferencias religiosas y la pérdida de propiedades y estatus tras la absorción de los ingleses del Reino de Escocia hicieron que las familias de renombre, o bien marchasen a Londres a probar fortuna, o por la contra se convirtieran en ricos comerciantes y en ávidos empresarios bajo el mandato de la Corona inglesa.

Así pues, fueron los comerciantes y los trabajadores escoceses los que llevaron el fútbol a través del mar más allá de las Islas Británicas.

¿Cómo se convirtió el fútbol en el deporte ganador? ¿Por qué lo que triunfó fue el fútbol y no el rugby? ¿Por qué en Escocia el balón redondo le ganó la partida al balón ovalado?

Los escoceses eran conocidos por ofrecer un buen trato con el balón, dar muchos pases y hacer un gran juego colectivo. Los ingleses preferían encarar por bandas y el ‘up and under’ (el patadón), un tipo de fútbol más individualista y que tenía su razón de ser en el rugby. El fútbol de ‘passing game’ y ‘dribbling’ escocés triunfaría. El juego propuesto por los escoceses, tan atractivo para el público, fue lo que hizo que el fútbol le ganara la batalla al rugby o al cricket por la supremacía mundial y que fuese aceptado y asimilado rápidamente en todos los puntos del globo.

Escoceses eran la gran mayoría de británicos que comerciaron en España en el siglo XIX, los cuales introdujeron el fútbol en nuestro país. La familia católica y escocesa Gordon montó un imperio bodeguero en Jerez y el también escocés Hugh Matheson consiguió la concesión para explotar las minas del Río Tinto cerca de la ciudad de Huelva. Fueron los trabajadores de las minas quienes fundaron el Huelva Recreation Club (Recreativo de Huelva) en 1889, cuyo primer presidente fue el también escocés Charles Adams, quien dirigía una empresa de gas en la capital onubense. Los escoceses (en las crónicas siempre confundidos por ingleses) fundaron los primeros clubes en Sevilla, Bilbao o Barcelona, ciudades con fuerte presencia de capital extranjero.

En los arrabales de Barcelona se crea una gran industria textil que atrae a numerosos escoceses y que contribuirá a que lugares como Sabadell o Terrasa pasen de ser pueblos a ciudades. En Barcelona, un día de 1898, el suizo Hans Gamper se acercó a las instalaciones del Gimnasio Tolosa para integrarse en su club de fútbol. El club estaba formado por escoceses y le denegaron el acceso, pero no por motivo de su nacionalidad, sino por culpa de sus creencias, ya que Gamper era protestante y el club estaba integrado por escoceses católicos. A finales de ese año Gamper decide crear su propio club de fútbol, en el que, además de a suizos, también permitirá la presencia a ingleses y a escoceses protestantes. Es el FC Barcelona.

En otra punta de España, en Galicia, una zona aislada pero perfectamente conectada por mar con Gran Bretaña, tuviera lugar años atrás el primer partido de fútbol documentado en territorio español. Es en agosto de 1873 cuando atraca en Vilagarcía de Arousa el barco militar británico de nombre Go-Go. Según relatan las crónicas, los marineros aprovecharon los días de descanso para comer, bailar, ligar y, al parecer, jugar un partido de fútbol en un descampado situado en la parte trasera de la capilla de San Roque. El primer equipo de esta ciudad fue el Real Alfonso XII creado en 1901 y cuyo presidente era Cameron Walker, nacido en Trípoli, pero de madre escocesa.

Fútbol en Vilagarcía

Como hemos visto son los lugares con acceso al mar los primeros en recibir la buena nueva futbolística. La potente Bilbao y su industria pesada, la periférica, pero con excelente fachada marítima, Galicia y la parte atlántica de Andalucía, próxima a Gibraltar y nudo de comunicaciones por mar. Barcelona, ciudad en expansión y conectada a Europa, también adelantó a Madrid en el asunto deportivo. ¿Y qué pasó en el Mediterráneo?

Importante mar comercial pero desorientado en relación a Gran Bretaña, el fútbol tardó unos cuantos años más en llegar a Levante. Lo curioso es que en este caso sabemos con certeza y exactitud el lugar y momento de la aparición del balompié. Fue un 28 de mayo de 1900 en la playa ilicitana de Tamarit.

¿Cómo ello es posible?

Aquel 28 de mayo fondeó en Elche una expedición de la British Astronomical Association, a bordo del buque de guerra HMS Theseus. Al mando el almirantazgo británico, pero también dos astrónomos, quiénes más tarde documentarían para la posteridad los asuntos del viaje. Alquilaron un bar con azotea en lo que calificaron como “una pintoresca localidad morisca” para instalar cámaras fotográficas y telescopios.

Y es que tocaba afinar cálculos y lentes dado que aquel 28 mayo se iba a producir un eclipse solar y la costa levantina era el lugar más privilegiado de Europa para disfrutarlo.

Sucedió que, mientras los científicos afinaban las matemáticas, los marineros del HMS Theseus encontraron otra forma de pasar el tiempo. En la arena de la playa de Tamarit, improvisaron porterías, formaron dos equipos y comenzaron a correr tras una pelota. No sabían que estaban haciendo historia. Jóvenes curiosos se acercaban a mirar, intentando comprender aquel juego rápido, físico, y lleno de reglas desconocidas.

El diario alicantino El Liberal, en su edición de esos días, describía el espectáculo como “un violento ejercicio que realizan con una pelota de goma, valiéndose de la cabeza y los pies, con prohibición absoluta de las manos y los brazos”.

El eclipse solar del 28 de mayo de 1900 fue uno de los tres primeros eclipses totales de sol del siglo XX, conocidos internacionalmente como los eclipses españoles, dado que España fue lugar privilegiado para su observación. La sombra de la Luna atravesó la Península Ibérica de noroeste a sureste, comenzando por el sur de Oporto (Portugal), pasando por Ciudad Real y saliendo aproximadamente por Alicante. Eso hizo que durante 80 segundos lugares como la cacereña Navalmoral de la Mata o la alicantina Elche fuesen centro del planeta.

Elche, una ciudad en aquellos momentos de apenas 30.000 habitantes, recibió unos 25.000 visitantes, duplicando temporalmente su población. Llegaron desde Inglaterra, Escocia, Francia, de diferentes puntos de España y de muchos otros países. Con ello trajeron consigo no solo instrumentos científicos sino también curiosidad, cultura y una presencia internacional inédita desconocida en aquellos lares. Aquel eclipse fue el primero en la historia en ser filmado en movimiento gracias a una cámara. Así que, aquel 28 de mayo de 1900, hubo en Elche un eclipse de sol, por vez primera se vio una cámara de cine y, por supuesto, se jugó el primer partido de fútbol conocido a orillas del Levante español.

Eclipse 1900

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Una historia de Estados Unidos (Jack Johnson)

“Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas; que todos los hombres son creados iguales”, concluyó Thomas Jefferson aquel 4 de julio de 1776 en Philadelphia. ¡Dónde mora la libertad, allí está mi patria!, exclamó Benjamin Franklin entre vítores. Thomas Jefferson era descendiente de la aristocracia inglesa. Ben Franklin, considerado The First American, era hijo de inglés, lo que no le impidió ser considerado el definidor del espíritu estadounidense en base al trabajo duro y a los valores del libre progreso científico promovido por el Estado. George Washington, comandante en jefe del Ejército Continental que desde ese 4 de julio luchará frente a Inglaterra en loor de la independencia, será nombrado en 1789 primer presidente de Estados Unidos. No importó que su abuelo fuese inglés, que él de joven hubiese servido para el ejército británico y que con 11 años hubiese heredado diez esclavos negros.

A la hora de su muerte George Washington tenía 317 esclavos.

Al menos en su testamento liberó a todos ellos de sus obligaciones.

Fue el único padre fundador que lo hizo.

James Madison falleció dejando a 100 personas esclavizadas de por vida. 25 de los 55 primeros delegados en el Congreso de Estados Unidos tuvieron esclavos. 8 de los primeros 12 presidentes de Estados Unidos contaron con esclavos. Thomas Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia y quién sería proclamado tercer presidente de la nación, se iría de este mundo con más de 600 esclavos a su cargo.

Durante toda su vida política Thomas Jefferson se mostró como contrario a la esclavitud.

James Monroe, quinto presidente de Estados Unidos, fue el ideólogo de la creación de Liberia en la costa de África como lugar de convivencia y prosperidad para los negros libres que deseasen volver a sus orígenes. Liberia, un país próspero para los cánones africanos, admira a Monroe y no en vano le dio el nombre de Monrovia a su capital.

Ocurre que James Monroe contaba con más de 50 esclavos. No los liberó en su testamento y los legó a sus hijos.

Eso también forma parte de la historia de Estados Unidos.

Es su reverso tenebroso.

250 años de la Independencia de Estados Unidos (1776-2026)

Hubo que esperar a la 13ª Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos el 18 de diciembre de 1865 para prohibir la esclavitud. Se redactó tras una cruenta guerra civil tras la cual los negros (de las mujeres negras no hablamos) obtuvieron la libertad. La viva prueba de que fue una decisión tomada a regañadientes es que incluso Andrew Johnson, vicepresidente de Lincoln y elevado al cargo presidencial tras el asesinato de éste, contaba con un total de ocho esclavos que cuidaban de sus propiedades y que hubo que liberar por imperativo legal y nunca por convicciones morales ni ideológicas.

Era pues, de suponer, que la libertad legal no trajese igualdad real. Durante la Reconstrucción (1865-1877), los afroamericanos votaron, ocuparon cargos públicos y fundaron escuelas, pero el avance fue aplastado por la supremacía blanca y las leyes Jim Crow que fueron aprobadas en 1877. Se mantendrían en vigencia hasta 1965, cuando el Movimiento por los Derechos Civiles liderado por Martin Luther King consiguió una igualdad real ante la ley (no socialmente) entre blancos y negros. No sucedía así mientras estuvieron en vigor las leyes Jim Crow. Aplicadas en el sur de Estados Unidos con más vehemencia, consideraban a negros y a blancos “separados pero iguales”. Segregación en lugares privados y públicos (escuelas, trenes, restaurantes o lavabos separados).

Black & White

Ese era el mundo de Jack Johnson. Nacido en Texas, sin educación escolar y siendo el tercer hijo de una familia de esclavos, lograría hacerse un sitio en la vida gracias al boxeo. El estilo de Johnson al boxear era muy característico. Mantenía la distancia con sus rivales en vez de realizar una aproximación constante. Peleaba defensivamente a la espera de cualquier error. Y cuando ese error se producía, él lo aprovechaba. La prensa lo machacaba. Lo consideraba un cobarde. Lo curioso es que Jim Corbett, quién había sido campeón mundial una década antes, boxeaba de la misma manera y pronto fue considerado como el hombre más inteligente en la historia del boxeo.

La diferencia radicaba en que Johnson era negro y Corbett era blanco.

Jack Johnson tenía hambre. No llegó a comerse los cordones de los zapatos, dado que al ser tan finos no le habrían alimentado. En varias ocasiones intentaron apuñalarlo y se defendió con unos brazos que también le servían como almohada cuando dormía al raso. A base de mamporros logró salir de la miseria y, el caso, es que Arthur John ‘Jack’ Johnson se proclamó por vez primera campeón del mundo en 1903…Campeón del mundo de color. Por entonces blancos y negros podían pelear entre sí, pero nunca luchando por el título mundial. James ‘Jimmy’ Jackson Jeffries, campeón mundial blanco, se negó en repetidas ocasiones a luchar contra Johnson. El caso es que Jack Johnson consiguió noquear al subcampeón del mundo blanco en dos asaltos y el run run no hizo más que aumentar. Al final, tras mucho insistir, perseguir y hasta amenazar, Jack Johnson consiguió que en 1908 se unificase a blancos y negros en la lucha por el campeonato mundial de los pesados. Johnson venció al canadiense Tommy Burns por K.O. técnico y se coronó como el hombre más fuerte del mundo.

Aquello no gustó nada de nada.

Comenzó entonces una campaña de desprestigio en prensa. Los plumillas buscaban a la Gran Esperanza Blanca. Jack London, gran aficionado al boxeo y escritor conocido por obras como Colmillo Blanco o La llamada de la selva, caricaturizaba a Johnson como un simio y exigía la llegada de un boxeador blanco que lo mandase de vuelta a África. El problema, para los blancos, es que no había nadie capaz de competir contra Jack Johnson…salvo Jimmy Jeffries. Campeón invicto entre 1899 y 1905, ya estaba retirado, pero se le ofrecieron ingentes sumas de dinero para pelear contra Johnson. “Ese Jack Johnson es un buen boxeador, pero es negro, y por ese motivo nunca pelearé contra él. Si yo no fuese el campeón me enfrentaría a él como a cualquier otro… pero lo soy, y el título no irá a manos de un negro mientras yo pueda evitarlo”, declaró ante la prensa. Jeffries, enorme boxeador y enorme racista, se negó repetidamente a disputar ese combate sabiendo que tenía mucho más que perder que ganar. Ocurrió que fue presionado políticamente y hasta recibiría la visita de Johnson en su casa pidiéndole encarecidamente un combate para dirimir quien era el mejor.

Habría combate.

Y sería un 4 de julio.

4 de julio de 1910.

Johnson vs Jeffries

Antes de hacerlo por dinero los hombres ya peleaban a puñetazos por mujeres, por comida, por un hogar o simplemente por orgullo. El boxeo es el único deporte donde ganar significa aniquilar. El triunfo por knockout escenifica una muerte simbólica. Como en una tragedia griega, el héroe levanta el brazo triunfal. El boxeo es teatral. Es un drama sin palabras, único y condensado en apenas unos minutos. Si por el camino no sucede nada, el drama se vuelve psicológico. Los boxeadores están para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser. El boxeo es íntimo. Es salirse de la conciencia de la cordura para entrar en un ente diferente. Es arriesgarse y alcanzar la agonía de la cual somos raíz.

El combate tendrá lugar en Reno, ciudad del pecado, donde prostituirse o apostar está permitido. Johnson, por cierto, coleccionaba novias y amantes de pago. Siempre eran blancas. Fue acusado de violador y algunas de sus conquistas fueron linchadas. No existía mayor repugnancia para un blanco sureño que el coito entre negro y blanca. De ahí la fascinación de Johnson para realizar lo prohibido. Resulta que el combate tiene lugar en Reno donde es tan fácil y barato divorciarse como tomarse un whisky. Llegarán quince trenes y centenas de diligencias tiradas por caballos desde los cuatro puntos cardinales. 20.000 espectadores abarrotarán un estadio construido por aserradores y carpinteros en apenas tres semanas. Muchos miles de almas más deambularan por las calles de la ciudad. Habrá que hacer redadas para requisar armas tal era el grado de tensión en el ambiente.

Presentemos pues a los contendientes.

James ‘Jimmy’ Jeffries era una esperanza blanca de 1’86 cm de altura y 103 kilos de músculos. Estaba retirado y lo había hecho invicto con un balance de victorias-derrotas de 19-0. Todos los aficionados lo admiraban y todos los rivales temían su tremendo golpe de izquierda, su fiera combatividad y su capacidad de resistencia frente a los ataques del adversario. Era un tipo duro. Un Chuck Norris. Se decía que él mismo se había curado una neumonía al beberse una caja entera de whisky en un par de días. Había crecido en una granja, hasta que de adolescente se puso a trabajar en una fábrica de calderas de acero. De ahí su apodo: The Boilermaker (El calderero). Era un individuo imponente, dotado además de una técnica y combatividad que lo separaban claramente del resto. Un púgil de primerísima magnitud cuya popularidad lo llevó a hacer giras por Europa. Incluso su fama le permitió aparecer en algunas de las más primitivas producciones cinematográficas. Jim Jeffries era una leyenda viva. Había defendido nueve veces su título mundial con éxito antes de retirarse sin siquiera haber besado nunca la lona (sólo Rocky Marciano podrá decir lo mismo). Era rico, querido y famoso.

“El blanco no es un color. Es la ausencia del color”, espetó John ‘Jack’ Johnson al subir al ring. Negro, de 184 centímetros y 94 kilos, contaba con tres años menos que Jeffries y estaba en su cénit físico. Había empezado a trabajar de niño como limpiabotas, para luego destripar tripas de pescado antes de convertirse en estibador en el puerto de Chicago, lugar al que había llegado como polizón en un tren buscando mayor libertad racial. Al igual que en las novelas de Shakespeare se cuenta como se encadenaba a los osos en plazas de Londres para pelear contra perros, Jack Johnson comenzó boxeando en peleas ilegales donde les vendaban los ojos a los negros, se les daba vueltas como quien da cuerda a un motor para que se mareasen, antes de soltarlos ante otra jauría de negros. El último en pie sería el único que recibiría un plato de comida. Johnson ganaba siempre y pronto pasaron a atarle una mano a la espalda. Seguía ganando y consiguió salir de sótanos húmedos para boxear en gimnasios repletos de gente. Rápido de pies y con un golpe de derecha asfixiante, Johnson cansaba a su rival a base de movimientos fugaces y lenguaje soez, para luego soltar un gancho definitivo.

Como es de suponer, la inmensa mayoría del público era blanca. Incluso se temía por la vida de Jack Johnson en caso de salir victorioso del combate. Había un cartel gigante que representaba la lucha de un tigre contra un simio. “¡Vuelve a África!”, le gritaban a aquel negro de Texas. Johnson, siempre cuestionado sentimental, emocional y humanitariamente, tenía en su esquina a Etta Duryer, una espectacular rubia, quién, para más inri, era de buena familia y gustaba de competir en carreras de coches.

De lo malo, lo peor.

El combate comenzó a medio gas. Durante los tres primeros asaltos hubo una guerra psicológica en la que sorprendentemente Johnson se hizo ganador. Tanto Jeffries como el público buscaban una victoria rápida y fácil y lo único que se vio fueron bailes, algún crochet e infinidad de abrazos, tras los cuales Johnson aprovechaba para llamarle viejo y fracasado a Jeffries. Llegó entonces el cuarto asalto y Johnson logró impactar en la cara de Jeffries, algo que repetiría con suficiencia en el quinto, provocando el silencio sepulcral del respetable.

Johnson vs Jeffries

La normativa para el boxeo fue escrita en Londres por el galés John Graham Chambers en 1865. Este código de reglas reemplazó a las originales de 1743, escritas por Jack Broughton. Esta versión convenció a los boxeadores de que no deben luchar simplemente por ganar, sino que deben ganar siguiendo las reglas. El considerado primer campeón mundial (anglosajón para ser exactos) fue John Sullivan, logro que firmó en 1892. Por esa época se podía agarrar por el cuello a un adversario, el árbitro era mucho más permisivo con los contactos, prácticamente nunca mandaba a alguien a la esquina y no había asaltos. El campeón no se decidía hasta que uno de los púgiles no cayese al suelo o bien hasta que ambos considerasen, al límite de sus fuerzas, que se había llegado al asalto final, momento en el que se decidía quién era el ganador por puntos.

Así que, sin límite de asaltos, la idea de Jack Johnson era alargar el máximo el combate para desprestigio de los blancos.

En el séptimo asalto el calderero ataca al gorila con un recto de izquierda al estómago. El público ruge, pero el gorila se mantiene en pie. La pelea sigue en stand-by, hasta que, a la altura del undécimo asalto, Jack Johnson decide pasar definitivamente al ataque. Un recto con la derecha a la mejilla, seguido de otro de izquierda que le cierra el ojo a Jeffries. Suena la campana. A la esquina. Hace calor en Reno. Sudan. En el duodécimo asalto a Jeffries solo le queda buscar las cuerdas mientras el público calla. Jeffries lanza ganchos frustrados y busca abrazos de perdón, mientras Johnson lo esquiva y se ríe en su cara. Johnson juega un asalto más hasta que en el decimotercero un brutal gancho de derecha impacta en el rostro de Jeffries que cae y rompe como un cascarón.

Jimmy Jeffries se levanta.

El campeón blanco tiene orgullo.

El asalto 14 pasa sin pena ni gloria. Jeffries tiene los labios tan hinchados que parece un negro. Apenas se puede mantener en pie. Johnson le da tregua. Por vez primera en el combate lo respeta. Pero llega el decimoquinto asalto y Jeffries es un árbol que se tambalea. Únicamente hay que empujarlo. Jack Johnson conecta otro derechazo y Jimmy jeffries cae a la lona.

K.O.

Jack Johnson es campeón del mundo de los pesados.

K.O.

En Nueva York una multitud de 30.000 personas (¡más de las que se reunieron en el recinto de la pelea!) se congregó en torno a un teletipo de la calle Broadway para ir conociendo el desarrollo del combate. Al finalizar la pelea un grupo de blancos degolló a un negro en Houston, asesinaron a un par de ellos en Little Rock, lincharon a otro en Virginia por llevar traje y coche…hubo al menos una veintena de muertos en las siguientes 24 horas. La filmación de la pelea, que empezó a exhibirse en salas de cine, fue la película más taquillera en la por entonces breve historia del cine estadounidense.

Querido y odiado a partes iguales, Jack Johnson sería fiel a su estilo. No iba a ser un humilde Tío Tom que necesita la ayuda de los blancos. Iba a ser un hombre libre de pensamiento y voluntad. Sus padres habían nacido en plantaciones de algodón y su hijo no iba a pedir permiso por nada. Encargaba las telas de sus trajes en Paris y llevaba una inimaginable cantidad de oro en dientes y anillos. Invitaba siempre a los periodistas a comer en los mejores restaurantes del país, más caros cuanto más blanco era el plumilla. “No se sí me odian más por mis éxitos que por el color de mi piel”, dirá en una ocasión.

Y no le faltaba razón.

En 1912 su mujer, aquella blanca de alta sociedad que estaba en la esquina en el combate ante Jeffries, se suicida. Etta había sido insultada y ridiculizada por su relación con Jack. Se suicidó debido a la presión social y al acoso racial tal y como dejo escrito en una carta de despedida, aunque su aristocrática e influyente familia filtraría que lo había hecho por culpa de palizas que Jack le propinaba. El caso, es que fuese lo que fuese, apenas unos meses después Jack Johnson fue visto en compañía de otra jovencita rubia camino de un hotel.

Aquello tampoco gustó.

En 1910 se había aprobado la Ley Mann. Su objetivo fue prohibir la esclavitud blanca, transformando en delito federal el transportar mujeres de un Estado a otro para propósitos inmorales. Básicamente intentaba restringir la prostitución de mujeres blancas, aunque su usó practico fuese penar con cárcel a aquellos hombres que tuviesen sexo con menores de edad.

Resultó que la familia de Etta le pagó a una chica menor de edad llamada Belle para que tuviese sexo con Johnson, quién por sus comentarios y su fama era una piedra en el zapato del establishment. Detenido por propósitos inmorales con una menor fue sentenciado con doce meses de cárcel y una multa de 1.000 dólares de la época. Su ex suegra, la madre de Etta, se ofreció a retirar la demanda y librarse de la cárcel a cambio de que Johnson le donase a ella todo su capital y sus propiedades.

Jack Johnson

Decidido a no entrar en la cárcel, Jack Johnson se autoexilió y emigró a Francia. Allí es libre y feliz y boxea a cambio de un dinero que le permite sobrevivir. Pero estalla la I Guerra Mundial, y en 1915 coge un avión hasta La Habana donde pelea contra Jess Willard en su defensa por el título mundial pasadísimo de peso. Willard noqueó a Johnson en el 26º asalto tras un pacto con el Departamento de Estado norteamericano para que le dejasen visitar a su padre en su lecho de muerte antes de ingresar en prisión. Lo hizo, vio a su padre, pero Johnson nuevamente escapó de las rejas y voló a España.

Allí se enamoró de Barcelona. Residía en la Calle Mallorca, cerca de la Sagrada Familia, y frecuentaba los bares de alterne en el Paralelo. Gustaba de ir a la Monumental a ver los toros, ya que consideraba a los toreros tan valientes como los boxeadores. Y boxeó. Boxeó mucho. Boxeó hasta en La Monumental bajo la presencia del rey Alfonso XIII. Sacaba dinero fácil en peleas en las que apenas tenía que sudar. Mandaba dinero a Lucille, su nueva (y blanca) esposa. Luego le pagó un billete de transatlántico para que viajase a Europa, donde se gastaba el dinero que tenía en hoteles de lujo y banquetes de siete platos. Hubo de vender coches y posesiones.

Con una Europa devastada por el fin de la guerra (nadie quiere asistir a un concurso de violencia cuando la misma vida que te rodea es violencia), en 1920 Jack decide volver a Estados Unidos. Vuela a México y cruza la frontera hasta que es detenido para cumplir su pena carcelaria. Prepara un plan de huida, pero tras dos horas deliberándolo, acaba fumando puros y bebiendo una botella de whisky que le habían pasado de contrabando. En prisión disputará varios combates y tendrá que hacerlo también al salir de entre rejas para poder subsistir. Se retirará oficialmente en 1938, con 60 años de edad, tras unos últimos años contando su vida en teatros a cambio de unos dólares y peleando en lugares clandestinos tan inhóspitos como aquellos donde, con los ojos vendados, había comenzado a ponerse los guantes.

Jack Johnson fue durante década y media el afroamericano más famoso y notorio del planeta. Luego se fue. Se evaporó. Estados Unidos no espera a nadie, y menos a un negro triunfador.

En un documental sobre su vida, Ken Burns dijo: «Durante más de trece años, Jack Johnson fue el afroamericano más conocido del mundo. Fallecería en 1946, a los 68 años, por culpa de las lesiones sufridas en el cráneo tras un accidente de coche. Hubo de esperar casi un siglo para que su condena y juicio fuese considerado ilegal gracias a una iniciativa del senador republicano John McCain. Luego, en 2018, el presidente Donald Trump en un acto en compañía del actor Sylvester Stallone (Rocky en la ficción) le concedieron el perdón póstumo a Jack Johnson bajo presencia de sus mestizos descendientes”.

Justicia…un siglo más tarde

“Hay negros que viven en mansiones y otros al pie de un árbol. Algunos dan la vuelta al mundo y otros no se alejan de sus casas. Otros van en coche y los demás sólo pueden caminar. Pero todos los negros compartimos el miedo a que haya un hombre blanco con esposas o con una pistola a la vuelta de la esquina”. Jack Johnson.

“No soy negro, soy una persona. Tengo un sueño, que mis cuatro hijos vivan un día en una nación en la que no sean juzgados por el color de su piel sino por la naturaleza de su carácter”. Martin Luther King.

“Me gusta ver a un hombre orgulloso del lugar en el que vive. Me gusta ver a un hombre vivir de tal manera que su lugar se enorgullezca de él”. Abraham Lincoln.

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El declive de La Quiniela

Las tardes de domingo las dedicaba Francisco Franco y su mujer, Carmen Polo, a ver películas en el salón del Palacio de El Pardo. Era una afición compartida. Pero, con el desembarco de la televisión en España, en 1956, el Caudillo ordenó instalar varios televisores en el complejo residencial para no perderse ninguno de sus programas favoritos. Los domingos por la tarde el cine poco a poco fue dando paso al fútbol.

Y el caso es que a Franco el fútbol ni fu ni fa. Al Generalísimo lo que le iba era la caza y la pesca. Luego, ya anciano, disfrutó del golf. Ocurría que Franco vibraba como un forofo más con el carrusel radiofónico que contaba las andanzas de todos y cada uno de los partidos de la jornada liguera. Entonces se jugaban en su totalidad a la misma hora. Tomó la costumbre de echar La Quiniela todos los fines de semana en compañía de Vicente Gil, su médico de cabecera. El general y el galeno rellenaban al alimón dos boletos; uno confeccionado conjuntamente y otro hecho por Franco bajo el seudónimo de Francisco Cofrán (las sílabas invertidas de Franco).

Sucedió que el último fin de semana de mayo de 1967 la selección española tenía un compromiso amistoso internacional. Al igual que sucede en la actualidad, La Quiniela no se interrumpió y en lugar de aventurarse con los resultados del Barça o el Madrid, el boleto se compuso con partidos de la liga italiana. Un total de 12 encuentros en lugar de los 14 habituales, debido a que varios fueron suspendidos por condiciones climatológicas adversas.

Diez personas en toda España hicieron pleno y fueron premiadas con casi un millón de pesetas (6.000 euros de la época). Franco y Gil se encontraban entre los afortunados. El boleto de seis columnas que habían sellado por 24 pesetas estaba firmado con el nombre y apellidos del Caudillo. “Comprobado el premio, lo cual causó al Caudillo la misma alegría que a un forofo, mandó a su ayudante Carmelo Moscardó a cobrarla. El boleto, como joya curiosa, lo conserva enmarcado el Patronato Nacional de Apuestas Mutuas», relata el historiador Paul Preston, quien añadió: “Resulta un poco difícil imaginarse a Hitler o a Mussolini haciendo una Quiniela. Pero si los atunes le eran puestos en el anzuelo, en el caso de La Quiniela no hubo ni trampa ni cartón”.

El pleno del Generalísimo

Seguramente ese fue el momento más memorable de una tradición que había nacido en 1946. Gestionada por Loterías y Apuestas del Estado y solo apta para mayores de edad, La Quiniela se convirtió con celeridad en un fenómeno de masas. Se calcula que se han recaudado más de 11.000 millones de euros desde su nacimiento repartidos en más de 2.600 jornadas ligueras. El 55% de la recaudación va destinada a unos premios que siempre dependen de los acertantes del Pleno al Quince y de los acertantes de 14, 13, 12, 11 e incluso 10 aciertos.

En 1923, Littlewoods estableció su base en Liverpool, y se convirtió en la primera casa de apuestas en permitir pronósticos combinados. Menos de una década después nacía William Hill, la casa de apuestas más popular del mundo que gestó su imperio de forma semiilegal al no blindar por ley las apuestas de bajo importe lo que, al mismo tiempo, permitía que todo tipo de público accediese al mundo del juego. En España todo ocurrió en el patio trasero de un bar de una ciudad de provincias. En Casa Sota, un bar de Santander regentado por un tal Manuel González Lavín, se celebraban peleas de gallos, combates de boxeo clandestinos y, en 1929, coincidiendo con el inicio de La Liga, se hacían apuestas futbolísticas.

Entre vinos y cigarrillos, a un grupo de fieles a aquel garito de pescadores se le ocurrió intentar adivinar el resultado de los diez partidos de la jornada y poner en marcha una recaudación que se le entregaría al que acertase 10/10. La apuesta era de una peseta y con el tiempo se llegarían a repartir premios de hasta 2.000 duros. El propietario del local también preparó el primer boleto de esa protoquiniela. El boleto era una hoja de papel que se rellenaba con los resultados y se depositaba en una urna en el bar, donde quedaba custodiada. Después, celebrados los partidos, una comisión encabezada por varios elegidos clasificaba los aciertos de las apuestas. Era una operación que duraba unas cuantas horas porque el sistema era complicado; además de acertar quién ganaba el partido, había que acertar también el número de goles de cada equipo.

Lo curioso es que el bar no percibía ningún dinero: todas las pesetas que se apostaban se repartían íntegramente en los premios. Al bar le llegaba con servir copas y más copas ante la increíble afluencia de público. La cosa pronto saltó a la prensa regional y más tarde a la nacional. La idea se extrapoló a Madrid, Barcelona, Bilbao y San Sebastián. Se aceptaban hasta apuestas de mujeres, aunque la mayoría se realizaban con carta, dado que era mal visto que las féminas entrasen a beber y beber en bar de mala fama. Por supuesto, Hacienda se hizo eco del asunto y pronto pasó a recibir el 10% de lo recaudado.

El nombre del citado asunto era Bolsa del fútbol y se replicará en mil lugares hasta el estallido de la Guerra Civil. Como la mayoría de esas bolsas de fútbol se hacían con únicamente cinco partidos, popularmente el boleto pasó a ser conocido como Quiniela (del latín quintus). Tras el fin de la contienda el Régimen prohibirá las apuestas deportivas, pero no podrá impedir que se sigan haciendo en negro y a baja escala. Toca entonces tomar medidas más expeditivas.

El 22 de septiembre de 1946 nacía La Quiniela bajó el auspicio de Loterías y Apuestas del Estado. Se jugaron más de 38.000 boletos y se tardaron cinco días en comprobarlos todos y detectar ganadores (proceso que en la actualidad lleva menos de cinco minutos). Hubo 62 boletos (los dos acertantes de máxima categoría ganaron 9.603 pesetas, que en el presente son 57 euros) premiados que obtendrían el 45% de la recaudación dado que el 55% restante, y aquí viene el quid de la cuestión, iría a parar a las arcas del Estado.

Las dos primeras temporadas La Quiniela se pronosticaba sobre los goles anotados por cada equipo. A partir de la temporada 1948-49 se implantó el sistema 1X2 así como los catorce partidos por boleto. Nació entonces el programa deportivo (carrusel) de los domingos por la tarde. El periodista de turno salía corriendo del estadio cada vez que había un gol para llamar desde una cabina de teléfono al estudio de radio e informar, así, a unos oyentes que soñaban con hacerse millonarios gracias a sus conocimientos futbolísticos.

El gran premio de La Quiniela fue dado en febrero de 1968 en Valbuena de Duero, pueblo vallisoletano. Un tal Gabino fue el único acertante de los 14 y se llevó 181.000 euros de la época, cifra estratosférica. El otro gran premio famoso tuvo lugar en 1980 cuando un paisano de Lugo ganaría 1.250.000 euros de aquel entonces. En todo caso, el premio más alto jamás dado en La Quiniela fue otorgado en 2006 a un tarraconense que se llevó más de nueve millones de euros.

En los años 60 se incorporarán los partidos reserva para solucionar los problemas en el boleto cuando un encuentro era suspendido. Actualmente, la apuesta se realiza sobre una lista de 15 partidos, normalmente nueve de Primera División y seis de Segunda División. Las semanas en las que existen compromisos internacionales de selecciones, se incluyen en el boleto cuatro partidos internacionales (el partido que dispute la selección española y los otros tres más destacados) y los once partidos de la jornada de Segunda División. El último gran cambio tuvo lugar en 2005, cuando se añadió el ‘Pleno al 15’ que desde el 2015 multiplicó su dificultad al tener que acertar el resultado exacto de ese decimoquinto encuentro.

La Quiniela

En la actualidad se estima que el mercado mundial de apuestas futbolísticas supera los 25.000 millones de dólares anuales. El problema es que el 70% se realiza de forma online. El siglo XX fue el siglo de gloria para La Quiniela. En el siglo XXI La Quiniela está herida de muerte. En 2010 facturaba más de 540 millones de euros. En la actualidad la cifra supera escasamente los 150 kilos. Este brutal descenso coincide en el tiempo con la liberación del mercado de apuestas deportivas decretado por el Gobierno de Zapatero en 2010 en medio de la crisis financiera. La entrada de operadores privados destrozó por completo a un juego que cumple 80 años de vida.

La Quiniela fue perdiendo el espacio que fue ganando el mundo de las apuestas deportivas, que podían realizarse tanto en casas de apuestas como desde el teléfono móvil a través de aplicaciones especializadas para ello. La llegada de la pandemia supuso otro batacazo que se vio expandido por la proliferación de los llamados juegos fantasy, plataformas en las que grupos de amigos crean sus propios equipos virtuales compitiendo en ligas ficticias en las que los jugadores obtienen puntuaciones en función a las notas de los periódicos deportivos, los goles anotados o las tarjetas recibidas. Construir el equipo de tus sueños y competir virtualmente desde el sofá de tu casa con tu pandilla de amigos a cambio del pago de una cena por parte del perdedor, pasa a ser mucho más atractivo que cubrir un boleto cada fin de semana.

La crisis de La Quiniela también tiene consecuencias directas sobre la financiación del deporte de élite español. Esto se debe a que la regulación fija que la recaudación del Impuesto sobre Actividades del Juego reparta un 45,5% que es distribuido tanto a la LFP como a la RFEF. Este montante es fundamental para el fútbol formativo y, especialmente, para el femenino, cuya supervivencia está ligada a las subvenciones.

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The Answer (2ª parte)

En los años 70 la NBA era una competición desconocida. Ni siquiera se transmitía por televisión y los encuentros de playoffs únicamente eran comprados para emitir en diferido. La cocaína era común a cualquier vestuario y el juego palidecía en comparación al de la época de los duelos entre los Lakers de Jerry West y los Celtics de Bill Russell. La población blanca le daba la espalda y los negros se sentían mucho más identificados con la extravagante ABA. Ocurrió que Lakers y Celtics retomaron su esplendor gracias a Magic Johnson y a Larry Bird y la NBA, que desde 1984 estaba dirigida por un judío as de los negocios llamado David Stern, explotó al máximo el filón negro vs blanco. Al mismo tiempo surgió Michael Jordan y la NBA se convirtió en una máquina de hacer dinero que a los pocos años afrontaría el salto internacional.

Así que a la altura de 1996 la NBA es una empresa afinadamente pulida donde todo el mundo viste de traje, da ruedas de prensa y se comporta de manera intachable fuera de la pista para vender un producto que tiene que ser universal, familiar y perfecto.

Hasta que llega Allen Iverson.

The Answer.

Iverson lleva rastas, cadenas de oro en el cuello y ropa excesivamente ancha. Allen Iverson era cool. Iverson hizo cool a Reebok, firma que se aprovecharía de su éxito para introducirse en el mundo del hip-hop. Allen Iverson era un matón de barrio. Un cachorrillo de dientes afilados. Iverson era un antisistema. El vivo reflejo del empoderamiento de la juventud que crecía en los barrios marginados de las inmensas metrópolis estadounidenses.

Iverson podría ser contracultural, pero era un obrero del baloncesto. Un tipo de los de antes. Un trabajador de cuello azul. Elegido como primera elección del draft de 1996 por los Sixers, caería de pie en Philadelphia. Ciudad industrial, Philadelphia bendijo a Iverson como uno de los suyos. Allen era una tormenta que encajó con la cultura del esfuerzo de Pensilvania. Era un artista con el corazón de un guerrero que no dudaba en tirarse al barro para ayudar al compañero.

Anotó 37 puntos en su estreno superando el récord de un novato en posesión del gigantesco Wilt Chamberlain. Su uno contra uno era absolutamente indefendible. Se trataba de un cambio de mano rapidísimo en el que el hombro sin balón descendía grotescamente hacia el suelo haciendo que el bote del balón fuera a ras de pista. La rapidez del movimiento y la escasa altura de Iverson, (183 centímetros es una cifra modestísima para un baloncestista profesional) hicieron de esa jugada impugnable, incluido para un Michael Jordan que tuvo que sufrirla en sus carnes al poco de iniciarse la temporada. Iverson no inventó la jugada, pero sí que la perfeccionó y la hizo tan universal que hoy su crossover es imitado por la inmensa mayoría de bases y escoltas tanto profesionales como aficionados.

No es de extrañar que Allen Iverson fuese escogido como novato del año ni tampoco que fuese carne de fotos y autógrafos durante el All-Star. Más allá del tótem Jordan, Iverson se convirtió de inmediato en el favorito del público. Fue una estrella en el fin de semana de las estrellas y semanas después se convertiría en el segundo jugador más joven en lograr 50 puntos en un partido de la NBA. Acabaría el año con 23’5 puntos y 7’5 asistencias por choque, cifras extraordinarias para un novato.

Con Jordan próximo a la retirada, parecía claro en quién iba a pivotar el futuro de la NBA. En Philadelphia brillaba Allen Iverson y en Los Ángeles despuntaba Kobe Bryant. Ocurre que mientras Bryant era un chico modelo, Iverson representaba el lado oscuro de la fuerza. En aquel All-Star no apareció de etiqueta tal y como mandaba el protocolo y se ganó las críticas, no sólo de directivos, sino de pesos pesados de las canchas como Charles Barkley o Karl Malone. Por entonces se contaba que Iverson tenía un sequito de cuarenta personas y que mantenía con su sueldo a cerca de un centenar de vecinos de su madre en el gueto.

Los resultados, además, no acompañaban. Brillaba en lo individual, pero el equipo no funcionaba. Para la campaña 1997-98 los 76rs contrataron como técnico a Larry Brown. Se trataba de un entrenador de método, organizado y de los que consideraban que el colectivo estaba por encima de las individualidades. Iverson y Brown eran como el agua y el aceite. Oían, pero no escuchaban. Aquello no funcionaba. Brown cambiaba a Iverson en el primer cuarto y lo mantenía en el banquillo durante muchos minutos para que espabilase. Iverson llegaba tarde a los entrenamientos o se iba antes de tiempo para demostrar que era él quien mandaba.

A mitad de temporada el asunto estalló. Iverson explotó en un entrenamiento y por poco no llegan a las manos. Ambos fueron a ver al presidente de los Sixers. O él o yo. El presidente llamó a los dos al orden y fue muy claro. Quería a los dos. Y era inflexible al respecto. A Brown le acusó de carcelero negro y a Iverson de niñato engreído. La reunión a tres bandas acabaría entre lágrimas y con técnico y pupilo abrazados.

Esa temporada ganarían nueve partidos más que en la anterior para luego sumar seis temporadas consecutivas luchando por el campeonato. Brown y Iverson discutieron cada día en cada una de esas temporadas. Pero se querían y se respetaban.

Iverson comprendió que aun siendo el mejor lo sería mucho más si conseguía involucrar a sus compañeros. Al hacerlos a ellos mejores, también se beneficiaría su propio juego. Por su parte, Brown decidió colocar a Iverson de escolta para darle más libertad en ataque y así liberarlo de las responsabilidades organizativas de un base. Ocurrió que Iverson metió una marcha más en ataque para convertirse en una máquina ofensiva perfecta (será cuatro veces máximo anotador de la temporada, cifra sólo superada por Michael Jordan y Wilt Chamberlain) mientras sus compañeros le permitían tomar una bocanada de aire cuando bajaba a defender.

Todo eclosionaría en la temporada 2000-01. Reforzados en la posición de pívot por Dikembe Mutombo, los Philadelphia 76rs dieron un salto de calidad que les permitió optar al título. Esa temporada Allen Iverson fue el líder de la NBA en anotación y robos de balón además de lograr el MVP de la temporada al amasar 31’1 puntos por partido y llevar a los Sixers al liderado de la Conferencia Este con un balance de 56 victorias y 26 derrotas. Aquel grupo era un mix pluscuamperfecto entre talento y sacrificio. Iverson comprendió el valor de cada pase y, mientras tanto, McKie, Snow o Ratliff protegían, defendían, reboteaban o se tiraban al suelo por el bien del colectivo.

En primera ronda toca jugar ante Indiana. Los Pacers acumulaban dos años consecutivos superando a los 76rs en playoffs. Los fantasmas harían su aparición cuando ganen en Philadelphia en el primer partido y roben el factor cancha. Sería un espejismo. Iverson anotará 45 puntos en el segundo partido y 32 y 33 en los dos siguientes para certificar el pase de los 76rs a la segunda ronda. El siguiente rival serían los Toronto Raptors de Vince Carter. Los de Canadá son más grandes, fuertes y atléticos y se llevarán también el primer partido. A partir de entonces hay un intercambio de golpes entre dos jugadores gigantescos. Iverson anota 54 puntos para que Philadelphia se lleve el segundo choque, en la que fue la mayor anotación de un jugador de los Sixers en un partido de playoff. En el tercer encuentro Carter firmará 50 puntos para dar la victoria a Toronto y firmando, por su parte, la mayor anotación de uno de Toronto en la postemporada. En el séptimo y decisivo, las dos estrellas cometerán error tras error, y el encuentro se decidirá en el último suspiro. Vince Carter fallará un tiro decisivo que permite que Philadelphia gane a Toronto por 88-87 y Allen Iverson pase de ronda.

The Answer

En la Final de la Conferencia Este Philadelphia se enfrentaba a Milwaukee. En esta ocasión los 76rs se llevaron el primer encuentro, pero nuevamente habría que llegar a un séptimo y definitivo choque. Esta vez no hubo emoción alguna dado que Philadelphia venció por 108-91 con 44 puntos y 7 asistencias de Iverson y 23 puntos y 19 rebotes de Dikembe Mutombo.

En la final tocaban Los Ángeles Lakers. Palabras mayores. Los Lakers habían vencido a Blazers, Kings y Spurs por paliza. Sumaban 11 victorias y ninguna derrota en playoffs. No competían ante los 76rs, sino ante la historia. Nunca antes un equipo había ganado el anillo sin perder partido alguno de playoffs. Shaquille O’Neal, Kobe Bryant y compañía no sólo eran los vigentes campeones y esperaban repetir título, sino que pretendían ser los mejores Lakers de todos los tiempos. Pretendían hacer algo que ni West, ni Chamberlain, ni Abdul-Jabbar ni Magic Johnson habían hecho antes.

Los Lakers tenían el factor cancha a su favor, una plantilla superior y habían gozado de una semana de descanso. Allen Iverson tenía un golpe en la cadera, un diente roto y su cuerpo de 183 centímetros y 72 kilos estaba en las últimas. Sería un milagro que Philadelphia plantase cara a los Lakers, pero Iverson fue tajante en la rueda de prensa antes del primer partido: “Nunca en mi vida me he sentido como David ante Goliat”.

Aquel primer partido seria igualadísimo y se resolvería en la prórroga. Fueron 53 minutos de baloncesto real. Allen Iverson apenas pasaría tres segundos en el banquillo. Los Sixers vencieron a domicilio a los Lakers por 101-107 con 48 puntos del pequeño escolta. No sólo eso. Repartió seis asistencias y robo cinco balones. Resultó indefendible a pesar de sufrir dobles defensas durante todo el partido. Para el recuerdo una canasta ante Tyronn Lue en la que éste acabará en el suelo con Iverson sorteándolo tras anotar para no acabar pisándolo.

La realidad haría acto de presencia y los Lakers ganarían los cuatro partidos siguientes para llevarse el título de la NBA. Lo hicieron con un portentoso balance de 15-1, pero sin poder presumir de obtener la perfección. Shaquille O’Neal fue elegido MVP con 30’4 puntos y 15’4 rebotes por partido, mientras que Kobe Bryant sumó 29’4 pts, 7’3 rebotes y 6’1 asistencias. Ocurre que el verdadero héroe fue Allen Iverson quien, con un equipo inferior, rozó la proeza con 32’9 puntos, 4’7 rebotes y 6’1 asistencias por noche. Cuando los Sixers fueron recibidos a su vuelta a Philadelphia fueron absorbidos como héroes. En 2001 se podía afirmar que Allen Iverson era la persona más querida y conocida de Pensilvania superando a Benjamin Franklin.

Aquel verano, antes del inicio de la siguiente temporada, una ola de raperos firmará contratos con Reebok. Iverson es un icono de la moda. Representa al chico marginado de barrio. Va de fiesta. Más de lo habitual. Al comenzar los entrenamientos decide montar un grupo de música junto a unos amigos. Las letras son ofensivas, estilo gansta. Muerte a la autoridad. Huele a podrido. Lo sancionan. Se defiende metiendo 58 puntos ante Houston. Está en la cima. Es intocable.

O eso piensa.

Su forma de vestir, su forma de hablar y hasta su peinado fueron vistos como una amenaza y un descenso a las calles más oscuras. Lo tildan de thug (pandillero). Sus trenzas, tatuajes y cadenas de oro eran tan visibles como sus penetraciones imposibles entre torres de carne. Representaba una autenticidad callejera que la NBA ni quería ni sabía gestionar en ese momento.

David Stern, el factótum de la NBA, lo sanciona. No le gusta como imagen de la NBA. Stern promociona a Kobe Bryant e intenta ningunear a Iverson. Presionada, Universal Records cancela el contrato musical con Iverson a menos que cambie las letras. Iverson no lo hará. Su popularidad no desciende. Al contrario. Se incrementa. Stern tendrá que acabar cediendo y el código de vestimenta se relaja. Los pantalones anchos, los collares de oro y las rastas empiezan a aparecer con calzador.

Todo estallaría semanas más tarde. La temporada 01-02 debía ser la de la consagración. Mutombo tenía 36 años y estaba en su último año de contrato. Era ahora o nunca. Sucedió que en un tiroteo fallecerá el mejor amigo de Iverson. Su mano derecha. La persona que, junto a su madre y a su esposa, siempre estuvo a su lado. Era una mala influencia, sí, pero también quién se encargaba de parar a otras malas influencias que se acercaban a Iverson. El juego de Allen cayó en picado. Tenía el talento y ese era el año para desarrollarlo y obtener el máximo potencial. No sería así. Allen Iverson sería el máximo anotador de la temporada, pero los 76rs cayeron en primera ronda de playoffs ante los Boston Celtics.

Fue durante esa eliminatoria por el título cuando todo reventó. La prensa de Philadelphia tenía un acuerdo no escrito con Iverson de no hablar de su vida privada mientras que el equipo funcionase. No era el caso entonces. Había entonces rumores de traspaso. Un periodista le preguntó a Iverson por haber faltado a un entrenamiento y la contestación del escolta pasa a formar parte de los momentos más extraordinarios jamás escuchados en una rueda de prensa. Se encaró con el plumilla mientras repetía indignado la palabra practice (entrenamiento) una y otra vez. Una y otra vez. “¿Soy el jugador franquicia de este equipo y quieres hablar de entrenamientos? ¿A quién le importan los entrenamientos?”.

Aquella rueda de prensa se convertiría en un fenómeno viral antes de que existiese el concepto. Será su meme, su lema y su condena.

¿A quién le importan los entrenamientos?

Iverson no volvería nunca más a ni siquiera acercarse a la posibilidad de ganar un título. Por entonces Michael Jordan anunciaba su segunda retirada y la NBA veía como sus audiencias bajaban más de un 30%. Stern entró en pánico. Volvió a introducir el código de vestimenta y excluyó la cultura hip-hop de la competición. Se llegó al punto de eliminar digitalmente los tatuajes de Iverson en las fotos oficiales de la NBA.

La fama entre los jóvenes de Iverson seguía intacta, pero su impacto en la cancha se resentía. Pasaba a ser un satélite externo dentro del universo NBA. Larry Brown dimitía como técnico de Philadelphia y se culpaba a Iverson de los malos resultados del equipo. Por el camino Iverson será acusado de malos tratos por su esposa y se verá involucrado en un tiroteo entre bandas. Aparecerán después las lesiones. The Answer llega a la treintena y los excesos empiezan a hacer presencia en un cuerpo que ha sido maltratado tanto dentro como fuera de la cancha en la durante la última década.

Fracasará junto al resto de componentes de la selección estadounidense en los Juegos de Atenas de 2004 y dos años después será traspasado a Denver. Jugará también en Memphis y en Detroit, así como cobrará una millonada por hacer una bomba de humo en Turquía antes de volver a Philadelphia, su casa, para retirarse. Por entonces es un highlight andante. Un jugador de apariciones fugaces que enamoran al público, pero que no aportan nada al colectivo.

Retirado en 2011 gastará su fortuna en casinos y en alcohol hasta que recibe el perdón de su esposa, aquella adolescente que se enamoró de él cuando aún era Bubba Chuck. Hoy se declara abstemio tras dejar el alcohol apoyado por una profunda creencia en Jesucristo. Actualmente trabaja junto a Shaquille O’Neal como imagen y consejero de Reebok y sus camisetas y zapatillas siguen entre las más vendidas no solo en el mundo del baloncesto, sino en el de cultura del hip-hop y de los subsuelos de las grandes ciudades, aquellos barrios olvidados a los que él contribuyó a darles visibilidad.

Catorce temporadas en la NBA y MVP del año 2001, Allen Iverson fue uno de los mejores bases de su tiempo, lo que ya anunciaba en 1996 cuando fue número uno del Draft seleccionado por los Philadelphia 76ers. Ocurre que también fue alguien que revolucionó la estética en el baloncesto rompiendo pautas que hasta entonces se consideraban inamovibles. Allen Iverson fue el primero en convertir su piel en un lienzo público, el primero en usar ropa ancha, cadenas de oro y abalorios varios y en taparse la cabeza con gorras en las ruedas de prensa. Abrió una puerta que estaba cerrada y que permitió que muchos jóvenes pudiesen ser auténticos.

“Iverson era veloz, tenía un manejo de balón perfecto y era todo voluntad. Su deseo de ganar y su valentía por atacar a cualquiera lo hacía especial…Todos fuimos afortunados de que no midiese 1’98 en vez de 1’83”. Kobe Bryant, cinco veces ganador de la NBA y rival de Allen Iverson.

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Un futbolista distinto (Karembeu)

Christian nació en Europa. Es europeo. Vino a este mundo un 3 de diciembre de 1970. Resulta que para un europeo Christian nació un 2 de diciembre. Y es que hay diez horas de diferencia entre Lifou y París. Christian nació en una de las islas que conforman Nueva Caledonia, un archipiélago localizado en el Océano Pacífico a más de 16.000 kilómetros de Lutecia. En Nueva Caledonia se usa el euro y se canta la marsellesa desde que en 1853 los franceses arrebataran estas paradisiacas tierras a los británicos (de ahí el nombre de Nueva Caledonia, dado que Caledonia es como los romanos se referían a Escocia en latín). Rica en níquel, Francia se ha aferrado a Nueva Caledonia con uñas y dientes, aunque desde 2018 se ha visto obligada a conceder un par de referéndums de independencia que, más tarde o más temprano, deberán acabar con la independencia de la isla.

Esos movimientos eran prácticamente inexistentes en 1970. Entonces el pueblo canaco, la comunidad aborigen caledónica, era humillado y apartado de las instituciones públicas. Hoy, el canaco defiende con orgullo su legado. No obstante, no era así en 1970. Mucho menos generaciones atrás. Uno de los bisabuelos de Christian había sido expuesto como caníbal en un zoo humano en el París de 1931. No hace ni cien años. Christian se enteró de la historia a los siete años cuando su abuelo se lo contó. Ese año hubo de caminar 20 kilómetros para ir a agitar una bandera francesa ante la visita del presidente Giscard d’Estaing.

Christian contaba con 17 hermanos. Era de familia muy humilde. Por eso no dudó cuando a los 17 años, en 1988, el Nantes FC decidió reclutarlo para su equipo filial. Al llegar allí descubrió que no había libertad, ni fraternidad, ni igualdad. El que menos lo miraba mal y el que más directamente lo insultaba. Si los senegaleses o los argelinos llevaban décadas ganándose con sudor un sitio en la multicultural sociedad francesa, a los caledonios poco más que se les consideraba monos con taparrabos. No sólo eso. Justo entonces se fundó un grupo terrorista independentista en Nueva Caledonia, por lo que el joven Karembeu pronto pasó a ser mono y asesino a partes iguales.

Christian Karembeu en 1990

Karembeu no veía entonces claro lo del fútbol. Quería estudiar medicina, pero cambió de idea al toparse con su nueva realidad. Decidió hacerse antropólogo para transmitir la historia canaca y que fuese comprendida por los franceses. Así pues, Karembeu comenzó a entrenar y a estudiar. No salía ni bebía. Sus aficiones eran muy diferentes a las de los chicos de su edad. Christian iba a pescar y lo hacía con las manos. Plantaba en su propio huerto y se iba al campo a recoger fruta. También cazaba, pero siempre con respeto a la naturaleza. Desde pequeño aprendió a adelantarse a los movimientos de la presa y a conocer las particularidades del terreno. Según afirmaba, eso le permitía ser mejor futbolista, integrarse en la sociedad y ser humilde y generoso con sus compañeros. Entrenaba descalzo, aunque acabarían obligándole a usar botas de tacos.

Christian Karembeu era un mono con taparrabos, un asesino y un bicho raro.

Un bicho rarísimo.

Ocurre que aquel bicho raro sabía jugar muy bien al fútbol. Tenía 20 años cuando debutó con el primer equipo del Nantes FC. Serían cuatro temporadas gloriosas gobernando el centro del campo del Nantes hasta conseguir un título liguero, el primero del equipo del Loira en más de una década. En aquella escuadra compartían sala de máquinas Karembeu y Makelelé, en la mediapunta estaba Pedrós y la delantera era para Patrice Loko. El primero de Nueva Caledonia, el segundo del Zaire, el tercero de madre portuguesa y el cuarto nacido en Orleans de padres congoleños.

Todos internacionales con Francia.

En 1995 Karembeu firma por la Sampdoria, entonces equipo de campanillas de la fortísima Serie A. Allí se establecería como uno de los mejores pivotes del planeta amén de competir en la banda derecha en un clásico 4-4-2. En esa posición firmaría una estupenda Eurocopa en 1996 y otra gran temporada en Italia que harán que en el verano de 1997 se convierta en pieza deseada para los dos grandes clubes españoles.

Y es que Lorenzo Sanz, presidente del Real Madrid, llamó directamente a Karembeu preguntándole si estaría interesado en firmar por el conjunto blanco. Christian accedió de inmediato a la petición y llevó la oferta madrileña a la sala de presidencia de la Sampdoria. El problema vino cuando días después el FC Barcelona hacía una oferta superior al club genovés. Los azulgranas tantearon entonces a Karembeu, quien desde un primer momento se mostró firme en su deseo de jugar en el Real Madrid, no por un amor a los colores, sino por una cuestión de honor. Le habían llamado primero y había dado su palabra. Jugaría para el Real Madrid.

El problema es que la Sampdoria sólo quería vender a Karembeu al FC Barcelona dado que la oferta era considerablemente superior. Presionado, Karembeu fue apartado del equipo durante seis meses en año previo al Mundial. Iba todos los días a la ciudad deportiva y se entrenaba en solitario en un campo anexo mientras observaba a sus compañeros. Era convocado a todos los desplazamientos y siempre era el descarte de última hora, por lo que se quedaba en el hotel de turno mientras el resto de la expedición se desplaza al estadio.

Con todo, en un tira y afloja el jugador suele obtener lo que desea, y en las navidades de 1997 Christian Karembeu firmó por el Real Madrid. Lo que sucedería en los siguientes seis meses iba a hacer olvidar, y con creces, lo sucedido en los anteriores 180 días. Únicamente marcará cuatro goles en su trayectoria en el Real Madrid, pero tres de ellos los anotará en esos seis gloriosos meses. En cuartos de final de la Copa de Europa registrará con un derechazo el gol del empate en el partido de vuelta ante el Bayer Leverkusen para luego volver a marcar en el partido de vuelta que acabaría con victoria merengue. Aún más importante fue el segundo gol que sentenciaba la semifinal ante el Borussia Dortmund. Luego, no anotaría, pero sería titular en la victoria ante la Juventus, en la que fue la séptima Copa de Europa del Real Madrid. La primera tras 32 años de sequía.

¡La Séptima!

Poco más de un mes después de tal hazaña, Christian Karembeu era campeón del mundo. Titular en la final de Paris en la que Francia venció a Brasil (3-0). Para Karembeu fue algo más que un partido. En su adolescencia había tenido el corazón dividido cuando Francia había vencido a Brasil en los cuartos de final de México 1986. Entonces Jean Tigana era el único negro en el equipo galo. Brasil era el sueño de cualquier adolescente de color. Ahora no. Thuram, Desailly, Vieira y el propio Karembeu representaban una nueva Francia. Karembeu organizó un viaje y fletó un autobús para medio centenar de amigos y familiares. Estuvieron en el Stade de Francia y se llevaron la camiseta, la medalla, los pantalones o las medias de Karembeu. Para aquel chaval isleño lo importante no eran los trofeos, sino el recorrido. Su madre ni siquiera vio el partido entero. Con 2-0 al descanso, y viendo a su hijo feliz en el campo, decidió levantarse e irse a una cafetería cercana a tomarse un té.

A partir de ahí todo se torció un poco para Karembeu. Nunca volvió a mostrar el excelso nivel de aquellos seis meses. Jugó dos temporadas más en el Real Madrid sin cumplir las expectativas depositadas en él. Ganó otra Copa de Europa con los blancos amén de una Eurocopa con Francia en el año 2000. En ambos casos como suplente. Contrajo matrimonio con la espectacular modelo Adriana Sklenarikova y se convirtió en carne de meme cuando aún no había memes. Era el hombre más afortunado del mundo. Lo había ganado todo como futbolista sin ser un futbolista extraordinario y tenía una esposa que era la envidia de cualquier hombre.

¿El hombre más afortunado del mundo?

Firmaría por el Middlesbrough y más adelante por el Olympiakos. Por entonces ya no iba convocado con la selección francesa. En su último partido con los galos fue sonoramente pitado. Se había manifestado públicamente en contra de las pruebas nucleares en Nueva Caledonia considerándolas colonialismo.

Karembeu se retiró en 2008. Contaba con 38 años. Lo primero que hizo fue convencer a la plantilla campeona del mundo de 1998 en ir a jugar un partido benéfico a favor de los niños necesitados de Nueva Caledonia. Era un motivo de vida. Se había marchado de allí a los 17 años y consideraba que sus vecinos debían sentir que eran campeones del mundo al igual que todos sus compatriotas de la metrópolis. Llevó a Dugarry y a Deschamps a pescar tiburones con una soga atada a un palo. Por la noche invitó a Zidane y a Lizarazu a comer mandioca y boniato.

Según sus propias palabras aquello fue mejor que haber ganado el Mundial.

«Yo nací en Nueva Caledonia. No soy francés. Yo no me lo considero y ellos tampoco me lo consideran. Mientras jugué en Francia descubrí que es un país racista. En Francia, un ciudadano de color no dispone de las mismas posibilidades que un ciudadano blanco. Estuve a punto de renunciar a la selección cuando se realizaron las pruebas nucleares en el atolón de Mururoa. No lo hice porque siendo internacional, mis reivindicaciones tienen más relevancia». Karembeu en 1996 al poco de fichar por la Sampdoria.

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Buenos Aires

Brown, Buchanan, Watson Hutton o Moore. Esos eran los nombres de los futbolistas rioplatenses a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Británicos que llegaron a Sudamérica para trabajar, cuyos hijos fueron a colegios ingleses y cuyos nietos acabarán siendo criollos. Por ende, sus bisnietos cien por cien rioplatenses. En el cauce suroeste del río fueron en busca de progreso italianos, húngaros y hasta brasileños, combinando una maraña de sangres e ideas. Los argentinos, quienes habitaban esa ribera del estuario de La Plata, mezclaron lo propio con lo foráneo e inauguraron un estilo criollo (elegante e improvisado) que combinaron con el británico (fuerza y disciplina). A este estilo le llamaron jugar a la argentina y ya en el siglo XXI el marketing hizo lo suyo y pasó a llamarse jugar a la nuestra.

El fútbol pronto se convirtió en el deporte nacional en Argentina. Al juego táctico se le unió el de potrero. Al británico fuerte y corpulento el criollo enjuto y habilidoso. Al tiro largo, el regate interminable. El Río de la Plata era una marmita de creatividad sin igual y en cada barrio de Buenos Aires iba a surgir un club. Cada equipo tiene su estadio, una peculiaridad que comparten con las escuadras ingleses evitando así su dependencia del poder público. Además, cada club tiene su sede social y deportiva. Las sedes sociales, en muchos casos con bibliotecas o salas de teatro, articularon la actividad cultural y recreativa de cada barrio durante gran parte del siglo XX. Bailes populares, bodas, bautizos y comuniones, carnavales o fiestas regionales de los distintos emigrados serán usados en los espacios de estos clubes deportivos.

Argentina es Buenos Aires. Y Buenos Aires es el Rio de la Plata. Tras zarpar de A Coruña, Diego García de Moguer descubrió para los europeos un inmenso estuario navegable donde años después se fundó la ciudad de Buenos Aires, asentada en torno a una plaza principal, hoy conocida como Plaza de Mayo. Los españoles le dieron vida, los italianos la reanimaron y los ingleses la capitalizaron. Sus hijos, los criollos que de allí surgieron, gobiernan una Ciudad-Estado, un ente independiente del resto del país, con su propia idiosincrasia y tenedor de las más grandes riquezas y de las más terribles de las pobrezas.

Donde el tango nació, de criollo corazón, suburbio que hoy reina en el mundo, cantaba Carlos Gardel. Hay tango, pero sobre todo hay fútbol. El Gran Buenos Aires, unos catorce millones de habitantes (la ciudad pasa de los tres) cuenta con 36 estadios con aforo superior a las 10.000 localidades. Madrid, con ciudad de tres millones y zona de influencia de más de seis, únicamente cuenta con cinco recintos y un sexto, Vallehermoso, en el que el fútbol es testimonial. Ciudad dual, el Paris de América, es Buenos Aires también la ciudad del mundo con más librerías por habitante. Dos corazones, el visceral del balón y el cerebral de la pluma. Británico y criollo. Dos mundos en uno.

Buenos Aires

De la Casa Rosada en la Plaza de Mayo hasta la Plaza Miserere, de la inmensidad de la Avenida 9 de julio a visitar boutiques, deambular por mercados y comer en un bochinche en Palermo o vagar por el bohemio barrio de San Telmo para seguir las huellas de Mafalda. Ese es el Buenos Aires del turista, del visitante. Luego hay otro. El Buenos Aires del bonaerense, el Buenos Aires puro.

Cada distrito, cada barrio, hasta cada calle, tiene su equipo de fútbol. Entre 1901 y 1912 se fundaron los clubes clásicos del fútbol argentino y rioplatense. River Plate, Boca Juniors, San Lorenzo de Almagro, Huracán, Vélez Sarfield, Racing, Argentinos Juniors, Chacarita, Atlanta, Independiente o Ferro Carril Oeste. A estos hay que añadir otros menores como Barracas, Defensores de Belgrano o San Telmo. Pero hay muchísimos más como Lanús, Defensa y Justicia, Banfield, Quilmes, Arsenal de Sarandí, Tigre, Nueva Chicago, Temperley…

El primer club que gobernó Buenos Aires y por ende Argentina fue el Alumni Athletic Club fundado en 1898. Club de estirpe inglesa, juego largo y balón a la olla. De 1901 a 1911 logró diez títulos ligueros consecutivos. Fundado por el escocés Alexander Watton Hutton, el Alumni tuvo su sede al norte de Buenos Aires, en el barrio de Belgrano, cuya distinción recuerda al prócer de la bandera albiceleste. Era y es Belgrano lugar residencial y de pasmosa elegancia, de casas palaciegas, colegios privados (Buenos Aires English High School fue el origen del Alumni), amplias avenidas, torres residenciales de buen vivir y, ya bien andado el siglo XX, incluso hogar del barrio chino bonaerense.

Desmantelado el Alumni con la llegada del profesionalismo, en el barrio de Belgrano surgió un nuevo equipo. Pronto recibirá el apodo de Los Millonarios y pasará a ser la envidia del resto de la ciudad. En Bajo Belgrano, en una zona de parques y adosados, se encuentra el estadio Vespucio Liberti, más conocido por todos como Monumental. La casa de Club Atlético River Plate, el rey de la zona norte de la ciudad. Mas lo cierto es que River es club rico por accidente. Los orígenes de River están mucho más al sur, en la desembocadura del Río Riachuelo, en el barrio portuario de La Boca, justo en el lugar donde se asentaron los primeros españoles para establecer una cabeza de puente que les permitiese avanzar tierra adentro.

La Boca. Barrio difícil y marginal. En la calle Caminito el colorido es inigualable. Artistas callejeros, casas de chapa y madera vertidas en mil colores, calles empedradas y brillo en los ojos. El Club Atlético Boca Juniors surgió en el barrio del mismo nombre. Boca y River compartieron orígenes italianos, pero mientras uno mudó en busca de la buena vida el otro se quedó a pie de puerto. El barrio y el río sirven de frontera entre el Buenos Aires ayuntamiento y el Gran Buenos Aires. Donde antes había miseria y estibadores ahora hay turismo, tango y arte, aunque los peligros siguen acechando al caer de la noche. Las famosas fachadas de colores dan vida a un barrio que tiene como colofón el azul y amarillo del Alberto Armando, más conocido como La Bombonera, la caja de bombones donde Diego Armando Maradona esparció su cátedra semana tras semana.

La Bombonera

Decíamos que el río, Matanza en su nacimiento y Riachuelo al fallecer, separa la ciudad de la provincia. Al otro lado del río está Avellaneda, antaño ciudad libre, hoy parte del Gran Buenos Aires. El Racing Club de Avellaneda fue el primer campeón argentino que ganó con once criollos en su escuadra inicial. Lo hicieron a través del juego corto, preciso, artístico e improvisado, de ahí que pronto fuesen conocidos como La Academia. Si la rivalidad entre River y Boca es enfermiza, no lo es menos la que hay entre Racing e Independiente. Lo más curioso es que El Rojo, el club que más veces ha ganado la Copa Libertadores, tiene su sede a escasos 400 metros de la su archirrival. Y es que Independiente y Racing pueden estar jugando como locales y escuchar los goles rivales sin molestarse en levantarse de su asiento.

Rivalidad a 400 metros de distancia

Regresando al corazón de Buenos Aires encontramos el barrio de Almagro, de origen italiano, agitada vida nocturna y que en estándares europeos denominaríamos como un barrio seguro. Allí se sitúa el quinto grande del fútbol argentino. El Ciclón gobierna una de las zonas más comerciales de Buenos Aires, pero sus orígenes fueron mucho más humildes. El Club Atlético San Lorenzo fue fundado por los salesianos con la idea de sacar de la calle a los niños del barrio de Boedo. El club tuvo sus orígenes en el proletario distrito del citado nombre a principios del siglo XX en el que luego surgirán los cafetines, el tango y los poetas. San Lorenzo fue el equipo de los españoles, de Isidro Lángara o de Ángel Zubieta, y luego lo fue del Papa Francisco.

San Lorenzo mantiene enconada rivalidad con sus rivales del sureste del barrio de Parque Patricios. Allí tiene su sede el Club Atlético Huracán, barrio donde se pastoreaba el ganado que llegaba del interior y en cuyos alrededores con el tiempo se abrió un gran parque en el momento que bloques de pisos sustituían a las antiguas industrias.

Volvemos a salir de los límites de la ciudad de Buenos Aires para viajar a la zona norte. Antes de adentrarse en los bajos del río Paraná, el Gran Buenos Aires dejará una sorpresa en dirección septentrional. Zona de marismas, clubes náuticos, barrios privados y centros tecnológicos. En la residencial Florida se asienta el Club Atlético Platense. En la más modesta y ligada al ferrocarril villa de Victoria está el Club Atlético Tigre. Ambos disputan el clásico del norte de Buenos Aires.

Ciudad del fútbol

Volviendo a las arterias principales de la ciudad de Buenos Aires nos encontramos con Chacarita Juniors. Nombre derivado de un colegio de la Compañía de Jesús y de la voz nativa chacra que significa granja. De la granja de los colegiales se pasó a Chacarita Juniors. Barrio de tradición militar y ferroviaria (como todo Buenos Aires) posee el mayor cementerio del país. Allí reposa Carlos Gardel, objeto de idolatría y símbolo cultural de Argentina tan solo igualado de Diego Armando Maradona.

Es curioso que tres de los cinco más grandes futbolistas de siempre sean argentinos. Más curioso aun es que ni Di Stefano ni Messi sean bonaerenses. El único que nació en la capital fue Diego Armando Maradona en la barriada de Villa Fiorito, como él mismo dijo barrio privado de agua y de luz. Si bien Maradona era de Villa Fiorito, sus primeros pasos los dio más al norte en el barrio de La Paternal defendiendo la camiseta de Argentinos Juniors. Barrio de origen obrero, hoy combina zonas comerciales y residenciales con otros inseguros y de construcción desenfrenada. Por último, y limitando con el barrio de La Paternal como con el de Chacarita, está Villa Crespo, barrio de moda, donde se ubica el Club Atlético Atlanta, el cual mantiene una fortísima rivalidad con Chacarita Juniors. Mientras los primeros son los bohemios, éstos últimos son los funerarios.

Ahora en el centro, antes en el oeste, el barrio de Caballito, barrio de cafés, conversaciones y restaurantes, destaca por el inmenso Parque del Centenario que conmemora la Independencia de Argentina. Hasta ahí llegaba el ferrocarril que salía cargado de reses desde el interior del país, la Pampa, para suministrar de carne a la capital y exportarla por todo el planeta. En 1904 los empleados ferroviarios fundaron el Club Ferro Carril Oeste, uno de los 18 clubes constituyentes de la primera liga de futbol y el club más laureado del país en materia de baloncesto. Con el paso de los años la industrialización hizo crecer la ciudad mucho más hacia el oeste y así sigue siendo hoy en día, ya que son los barrios donde se asientan migrantes internos y bolivianos, peruanos o venezolanos que buscan una vida mejor de la que tienen en sus lugares de origen. El Club Atlético Vélez Sarfield recogió la simpatía de muchos de ellos. Ambos conforman una encona rivalidad de la que Vélez es claro ganador. Al fin, de extracción social mucho más modesta es el Club Atlético Nueva Chicago del barrio de Mataderos, cuyo nombre ya evoca su origen criollo y rural. Las reses del ferrocarril del oeste eran procesadas en el barrio de Mataderos al que pronto se le comparó con la estadounidense Chicago por ser el centro de la industria de la carne norteamericana. Nueva Chicago mantiene también una bonita y enconada rivalidad con Club Almirante Brown.

Vélez Sarfield

Pero es en el sur de Buenos Aires donde se asientan los barrios de nivel socioeconómico más humilde. Más allá del Río Matanza se instalaron las industrias, los asentamientos irregulares y la violencia de los bajos fondos nacida del resquemor de los que trabajaban río abajo para pagar la vida de los que disfrutaban río arriba. Al sur de Avellaneda está el Arsenal de Sarandí (1957) que rivaliza por la hegemonía de la zona con el Quilmes Atlético Club (1887), el decano del fútbol argentino y que da nombre al barrio donde a finales del siglo XIX se ubicó la fábrica de cervezas más famosa de Latinoamérica.

Sarandí y Quilmes son dos ciudades satélites que nacieron y crecieron por la pujanza de Buenos Aires y al calor del mar y de la desembocadura del Río de la Plata. Cuando ambas crecieron se expandieron hacia el interior a donde estaban los entonces pueblos de Lanús y Banfield. Uno de esos grandes empresarios que hizo crecer Buenos Aires a golpe de explotar a sus conciudadanos fue el terrateniente Anacarsis Lanús, quien compró unos terrenos para crear una ciudad a su antojo. El Club Atlético Lanús nace al poco de consolidarse la ciudad al igual que el Club Atlético Banfield nace en la ciudad homónima. CA Banfield fue fundado en el siglo XIX por trabajadores ferroviarios de origen inglés y adquirió gran fama a mediados del siglo XX al ser el equipo del que era simpatizante Evita Perón.

Ya más al sur, en los límites del Gran Buenos Aires, está la ciudad de Florencio Varela, hasta no hace tanto zona rural y lugar de veraneo. Allí se fundó en 1935 el Club Social y Deportivo Defensa y Justicia, uno de los equipos con nombre más curioso que ha parido el mundo del fútbol. Defensa y Justicia es junto a Arsenal de Sarandí, Lanús, Argentinos Juniors (1 Copa Libertadores), San Lorenzo (1), Vélez Sarfield (1), Racing Club (1), River Plate (4), Boca Juniors (6) e Independiente de Avellaneda (7) los clubes bonaerenses con títulos internacionales.

Monumental (River Plate)

Y, por último, cumple señalar a Club Estudiantes y Club de Gimnasia y Esgrima, ambos de la ciudad de La Plata. No forman parte del Gran Buenos Aires, aunque si se sitúan dentro de la provincia de Buenos Aires. Los pincharratas de Estudiantes son otro de los grandes del fútbol sudamericano con sus cuatro Libertadores y la Copa Intercontinental de 1968.

“El fútbol inglés será más técnico y más efectivo, pero hay victorias sin pena ni gloria y existen derrotas que son amplios triunfos a puntos (…) solamente a los ingleses se les ocurre el fútbol con un pizarrón. Allá hay que ir a la escuela para hacer una rabona. Allá la técnica depurada, severa, concienzuda; aquí la gambeta, la gracia y la improvisación (…) mil veces los nuestros, aunque pierdan, porque dejaran un chachito de gracia en cada apilada, un granito de emoción en cada conquista”. Ricardo Borocotó, periodista deportivo argentino en 1928.

Otras historias del fútbol argentino

River Plate- Boca Juniors (una de las rivalidades más enconadas del fútbol mundial)

Y el Madrid lo ha vuelto a hacer (la final de la Copa Libertadores que se disputó en el Bernabéu)

Cuando la Intercontinental era una carnicería (años de plomo liderados por los pncharratas de Bilardo)

Antes de que Nápoles amase a Maradona (cuando ‘El Pelusa’ era discutido a los pies del Vesubio)

Maradona (ángel y demonio en dos partes)

El camino a casa de Isidro Lángara (el gran delantero español al que la Guerra Civil llevó a Argentina)

Apuntes sobre una final (Messi contra Mbappé en busca de la victoria en el Mundial de Qatar

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París-Niza. Guía de viaje

Conocida como Lutecia por los romanos, no tomaría el nombre de Paris hasta la caída de Rómulo Augusto, quién fue su último emperador a finales del siglo V. Lo de Paris era una referencia a un pueblo galo que vivía a orillas del Sena en tiempos prerromanos. El caso es que Paris era un sitio oscuro. No era Roma. Ni tampoco Niza. Más bien era Londres. Si en Roma hay unas 2.700 horas de sol al año en Paris apenas alcanzan las 1.700, únicamente un centenar más que en Londres. En Coruña, una esquina de la España atlántica donde la lluvia es eterna, se obtienen 2.200 horas, muchas más que en Paris. En Niza, 900 kilómetros al sur de Paris, superan las 2.800 horas.

Va a ser que lo de Paris: Ciudad de la Luz no tiene mucho que ver con el rey Sol. O sí. Pues fue Luis XIV, el Rey Sol, el que en 1667 decidió instalar farolas de aceite en las calles principales y obligar a colocar velas en las ventanas de los residentes para mejorar la iluminación y reducir la feroz delincuencia nocturna de Paris.

La antigua Lutecia sería la primera urbe del planeta en adoptar un sistema de alumbrado público, pero aún no era motivo para tener tan bello apodo. En el siglo siguiente la aparición de un movimiento filosófico, cultural e intelectual conocido como Ilustración tuvo a Paris como motor del cambio en un proceso que vio su culmen con la Revolución Francesa. Fue entonces cuando, faro de conocimiento y creatividad, Paris pasó a ser la Ciudad de la Luz.

Y aún hubo más. A mediados del siglo XIX, con Napoleón III en el poder, se decidió tirar abajo el antiguo Paris para rehacerlo a base de amplios y ajardinados bulevares y edificios majestuosos. Fue el Barón Haussmann el ejecutor de una colosal obra que coincidió en el tiempo con la sustitución del gas y del aceite por las bombillas eléctricas. Teatros, cafés y escaparates no relucieron mejor en ninguna otra ciudad del mundo que en la nueva, mejorada e iluminada capital parisina.

Concluimos entonces que Paris tiene luz. Lo que Paris no tiene es sol.

La París-Niza adelanta el verano de los franceses. Sucede que lo que en marzo es tránsito de bicicletas será cosa de los coches al llegar el mes de julio. Cientos de miles de franceses llenan el maletero y se arman de paciencia para incorporarse a la A6, hincharse a pagar peajes y dejar el cargado y nuboso ambiente parisino hasta la soleada y pecaminosa Riviera francesa. Es un viaje que recorre todo lo que da sentido a la idea de Francia. Desde Paris a la napoleónica Fontainebleau. De Fontainebleau a los viñedos borgoñones de Auxerre. De Auxerre al poderío, culinario, artístico y católico de Dijon. De Dijon a los restos romanos y al modernismo tecnológico de Lyon. De Lyon al mestizaje cultural y al señorío del puerto de Marsella. Y de Marsella al sol sempiterno de Niza.

La Course al Soleil (Carrera hacia el Sol) marca el pistoletazo de salida de la primavera. Los rentistas abandonan Paris para instalarse en sus casas de veraneo, los mortales de a pie rascan un fin de semana de asueto mientras planifican sus vacaciones de julio y el resto sigue trabajando con envidia esperando un sol que nunca llegará. La Paris-Niza es la carrera de la alegría. La carrera de la esperanza. Hay algo más allá del frío y la lluvia. La París-Niza reemplaza las velas por el sol y convierte las lágrimas en anhelo.

Cartel París-Niza

Fue en 1933. Fue un periodista, como de costumbre. Se llamaba Albert Lejeune y era propietario de un periódico en Paris y de otro en Niza. La distancia era excesiva para cubrir las dos ciudades en un día (unos 900 kilómetros) por lo que tuvo una idea innovadora. Crear una carrera de una semana en busca del sol. Por entonces había pruebas por etapas largas como el Tour o el Giro y cientos de pruebas de un día, pero no se contaba con carreras de una semana. Las autoridades de la Costa Azul se mostraron ilusionadas. Vislumbraron una oportunidad para promocionarse en primavera antes de la llegada del verano. Y así fue que un 13 de marzo de 1933 un total de 149 valientes salieron de la Plaza de Italia parisina rumbo a Niza pasando por Dijon, Lyon, Avignon, Marsella, Cannes y Niza previo paso por el Col de la Turbie. El vencedor, coronado en el Paseo de los Ingleses, lucía un hermoso maillot azul celeste y dorado evocando el azul del Mediterráneo y el dorado del sol nizardo.

De azul celeste iba Louison Bobet cuando en 1955 venció en la que fue la primera final contrarreloj de la carrera. La edición de 1971 también es legendaria, con Eddy Merckx ganando la carrera por más de nueve minutos y dominando en cada una de las etapas, incluida una brutal cronoescalada donde destrozó a Luis Ocaña. En los 80 Sean Kelly, plusmarquista de la prueba, vencía vestido de blanco celestial. Por entonces la carrera ya tenía el formato actual de ocho etapas, con una mezcla de terreno plano, colinas y alta montaña.

Antes, hubo que parar la prueba varios años por culpa de la II Guerra Mundial y en la década de 1960 habría que escapar de la inmensidad de Paris para acometer la salida en una de sus múltiples ciudades dormitorio, pero, en esencia, el recorrido sigue siendo el mismo. Desde 2002, cuando ASO, la empresa organizadora del Tour, tome las riendas del evento, el recorrido se volverá más exigente, se alejará completamente de Paris y se establecerá el amarillo como el color del campeón. Todo más uniforme, más globalizado, pero con la incesante búsqueda del sol como eje de la prueba.

Recorrido 2026

Alejada de Paris, la prueba da comienzo en una de las fabulosas ciudades que sirven de avanzadilla antes de alcanzar la vieja Lutecia. Poissy es una de ellas. Ciudad de la industria del motor, en el pasado fue lugar de nacimiento de la realeza francesa. En la cercana Saint-Germain-en-Laye nació Luis XIV y en su palacio instaló Napoleón la escuela de caballería francesa y se firmará la desmembración del Imperio Austrohúngaro de 1919. En todo caso, el lugar más esplendoroso para dar el pistoletazo de salida es Versalles, donde el Palacio con el impresionante Salón de los Espejos acongoja al visitante y da una pequeña muestra del colosal poder universal que llegó a tener el Reino de Francia.

A partir de entonces la carrera se aleja del bullicio para adentrarse en el corazón de Francia. Las primeras etapas se caracterizan por su inicio rectilíneo marcado por el paisaje bucólico impregnado de viñedos y donde el viento y la lluvia pueden alterar al viandante. La organización puede optar por remontar el imponente Loira y visitar la catedral de Orleans. Allí Francia recuperó su orgullo gracias a una joven llamada Juana de Arco a la que luego sus propios compatriotas mandaron a la hoguera. Después el pelotón puede zigzaguear por los viñedos y tomarse un tinto acompañado por una porción de queso de cabra antes de tomar un pastel berrichon, una masa de hojaldre rellena de carne de cerdo y huevos duros típica de la zona. Llegamos así a Bourges y a su descomedida catedral gótica y más tarde a Nevers, ya en el Franco Condado, donde hay una importante industria de la cerámica y lugar donde se ubica el circuito de Magny-Cours en cuyas curvas campeonaron Mansell, Prost, Schumacher, Raikonnen o Fernando Alonso, quien sigue manteniendo la vuelta rápida del circuito, ya que desde el 2008 la F1 no se asoma al interior del país del hexágono.

Son estas etapas donde la organización apuesta por instituir una contrarreloj individual o quizás una por equipos. Quizás opte por una salida natural y tradicional en dirección al sureste hacia tierras de la Borgoña. La buena comida y el buen beber son patrimonio de borgoñones, quienes en el pasado fueron aliados de los ingleses y rivales de los reyes franceses. Dijon está considerada la capital cultural de Francia, así como inventora de la mostaza. No muy lejos contamos con Cluny y su famosa abadía, centro de poder y sabiduría en la Europa cristiana. Auxerre, paso obligado de la prueba, enamora al visitante con sus casas de madera y su torre del reloj. Tal vez, se prefiera ir hacia el este y pasar por Moulins, cuna de la casa real de los borbones.

A partir de entonces la carrera se vuelve más exigente. El recorrido tradicional, el recorrido que los turistas parisinos siguen en verano, sigue el curso del Ródano, río que se abre paso entre los Alpes y el Macizo Central. Es un viaje llano, pero peligrosísimo debido a los fuertes vientos que azotan la zona. El sol hace aparición en Valence, un cruce de caminos que los romanos convirtieron en villa, y no deja al ciclista hasta llegar a los alrededores de Marsella, donde el Ródano esparce sus aguas a diestra y siniestra para dotar de color y vida a aquel litoral bendecido por luz solar. Por el camino el viajero tuvo antes que pasar por Avignon con su famosísimo puente a medio hacer y su Palacio Episcopal donde el Papa de Avignon rivalizaba con el Papa de Roma por el control de la cristiandad en el siglo XIV.

Ocurre que desde hace décadas la organización apuesta por adentrarse en el Macizo Central para dificultar la llegada de los ciclistas a la Costa Azul. Las trampas y los peligros acechan en una zona boscosa que, si bien no es de gran altitud, sí que tiene continuos cambios de desnivel que son terroríficos para los ciclistas. No sólo eso, apenas unos kilómetros más al sur el sol y las buenas temperaturas aguardan a los deportistas, pero adentrarse en el Macizo Central es hacerlo en una climatología extremadamente cambiante en donde el frío helador, la lluvia torrencial y el sol preveraniego pueden hacer su aparición en un mismo día.

Es aquí donde la Paris-Niza adquiere velocidad de crucero. Hay mucha tensión en el pelotón porque todo el mundo está fresco y busca obtener resultados. Ganar o acabar entre los primeros en la general quita mucha presión a un corredor para el resto del año y, tras pasarse el invierno entrenando, todas las piernas están frescas. Todos creen que pueden ganar en cada sprint, meterse en cada escapada y vitorear en cada etapa de montaña.

Hay tres ciudades a destacar. De norte a sur la primera es Vichy. Coqueta ciudad balneario, lugar decimonónico donde el tiempo parece haberse detenido. Allí llevo el General Petain a su gobierno en 1940 cuando pactó con Hitler una paz que se ha convertido en suplicio para su memoria. Al sur aparece Clemont-Ferrand y detrás el imponente Puy de Dôme. Lugar de volcanes dormidos y de una piedra negra, volcánica, que hace de su catedral una de las más características del mundo. Luego, al sureste, está Saint-Éttiene, la ciudad industriosa. Rivalizando siempre con la conocidísima y riquísima Lyon, Saint-Éttiene es una fría y dura ciudad industrial sin la cual no habrían brillado las que están a su alrededor. Con todo, siempre es interesante acercarse a su monumental museo de la minería, comer su famosísima carne de buey o su salchichón de cerdo acompañado de galletas de patatas. 

Para pasar de la gran llanura del Loira a la desembocadura del Ródano que baña a la Costa Azul hay que cruzar el Macizo Central. Es marzo, y la nieve y el hielo hacen su aparición en las montañas que rodean Saint-Éttiene. En 1959 los últimos kilómetros de etapa hubieron de ser recorridos en autobús y en el Col de la Batterie, en las Cevenas, ha habido que recortar kilometraje en varias ediciones. Célebre es la edición de 1962 en donde la contrarreloj de Saint-Éttiene se disputó con los corredores envueltos de nieve. En 1995 una fuerte tormenta mandará a los ciclistas de vuelta al hotel cerca de Clermont-Ferrand, suceso que también se ha repetido en varias ocasiones en el presente siglo. A veces toca acabar etapa en Uchon (8 kilómetros al 4’5%) y otras veces en Mendé (5,2 km al 6’4%) en donde Alberto Contador tocó a rebato camino de su triunfo en 2007 en el día que se dio a conocer al mundo.

Contador 2007

Es entonces cuando la carrera se adentra en los Alpes Marítimos, antesala de la llegada al mar. De la llegada a la Costa Azul. Aquí la organización puede tomar diferentes alternativas. En ocasiones se apuesta por poner rumbo al este y aventurarse a escalar el Mont Ventoux (21 kilómetros al 7’4%). Se trata de un coloso de paisaje lunar que desde 1975 forma parte de la prueba. Sus habituales rachas de viento y el hecho de que en sus últimos kilómetros esté totalmente desprotegido de superficie arbórea lo han hecho un icono tanto de la Paris-Niza como del Tour de Francia. Las frías y áridas tierras de esta región son el escenario perfecto para una carrera que se desarrolla en paisajes realmente hermosos y desolados, lo que añade un elemento de dureza y belleza al espectáculo ciclista.

En todo caso, lo habitual es que las dos últimas etapas sean un rompepiernas con constantes subidas y bajadas alrededor de los Alpes Marítimos. Al igual que ocurre en California o en el Levante español, la proximidad de altas montañas a la costa hace que las llanuras formen un sublime paisaje, un vergel paradisiaco regado de lluvias, donde el sol lo hace ideal para cultivar y, por tanto, para vivir. Como si de una paradoja se tratase, tras gestionar el esfuerzo y adaptarse a un clima plagado de contratiempos, el ciclista, ya sacudido el óxido del invierno, contempla la magnificencia del sol justo cuando la carretera presenta mayores dificultades. Toda una prueba de resistencia mental en apenas una semana.

Auron (7,3 kilómetros al 7’2%), Mont Faron (6 km al 7’3%), Col de la Porte (8,7 km al 7’2%), Col de Chateuneuef-Villevieille (6,6 km al 8’8%), Cote de Saint-André (2,8 km al 7’4%), La Madone d’Utelle (15,9 km al 5’6%) o el durísimo Col de la Coillole (16 km al 7’3%) suelen formar parte del recorrido. Tras esforzadas subidas toca descender hacia el mar en un recorrido enrevesado de curvas que hace las delicias de los presentes y de los televidentes. Las fastuosas playas de Antibes, los yates de Saint Tropez, el paseo marítimo de Cannes o los encantadores y coquetos pueblos como Cap Martin, Ramatuelle o Saint Paul de Vence, son envidia de medio planeta.  Seguro que las cámaras televisivas captan alguna terraza donde el puré de anchoas, la copa de pastis, la sopa au pistou y la bullabesa adornan alguna de sus mesas.

Con todo, el cogollo de la carrera, el momento donde se suele decidir el campeón, es el tramo de apenas 30 kilómetros en línea recta que separa Mónaco de Niza, seguramente el lugar más exclusivo de Europa. Obviamente los corredores no se dedican a dar un paseo bordeando la costa, sino que se adentran en las montañas para librar la batalla final.

Abandonando el casino de Montecarlo, se puede ascender el larguísimo Col de Turini (24,1 km al 5’2%) con sus curvas de herradura donde todos los meses de enero se celebra el Rally de Montecarlo. No es extraño que los más de 20 grados y el sol de Mónaco se conviertan en bajo cero y en aguanieve al llegar a la cima de la montaña. Más explosivo es el exigente y corto Acolle sur Lou (1,8 km al 10’5%) y algo más largo es La Turbie (8 km al 5’6%). Aquí Alberto Contador lo intentó por activa y por pasiva, pero acabaría perdiendo por dos segundos la edición de 2017 al ser incapaz de destronar al colombiano Sergio Henao.

Otro clásico es el Mont Brouilly (2,2 km al 8’7%), pero si hay una ascensión icónica de la Paris-Niza es la subida al Col d’Éze (1,7 km al 9’4%). Eze es la esencia misma de la Paris-Niza. Suele aparecer en una etapa última de corto kilometraje. Puede aparecer como cronoescalada final, como final de etapa o como tachuela antes de arribar a Niza tras un descenso vertiginoso. Eze es un coqueto pueblo rodeado de jardines botánicos y coches descapotables donde los ricos más ricos entre los ricos tienen sus chalets con prodigiosas vistas al Mediterráneo.

Col d’Éze

Después los ciclistas serpentean hacia Niza para finalizar en el Promenade des Anglades (Paseo de los Ingleses) un peligroso sendero rodeado de una playa de enormes guijarros que a mediados del siglo XIX fue convertido en una amplia y preciosa avenida y en el lugar de veraniego por excelencia de la nobleza y la burguesía británica. Por entonces Niza pertenecía al Reino de Saboya y no será francesa hasta 1860 cuando sea anexionada por Francia como pago por la ayuda militar contra Austria-Hungría en la guerra que permitió que Italia se constituyese como país con primera capital en Turín (lugar de residencia del saboyano Víctor Manuel, primer monarca italiano). Allí, a los pies del Hotel Negresco, se celebra la ceremonia del pódium en honor del vencedor.

Niza (Hotel Negresco)

El irlandés Sean Kelly es el plusmarquista de la prueba con siete triunfos logrados de forma consecutiva entre 1982 y 1988 cuando convirtió la Paris-Niza en su cortijo personal. Ciclista con guante de seda, se habituó a dar golpes demoledores en puntos exactos del recorrido para trastocar a sus rivales. Ganó 31 etapas parciales (incluyendo cinco cronoescaladas a Eze) y dejando ataques para el recuerdo ante ganadores del Tour como Zoetemelk, Hinault, Roche, Lemond o Fignon. El citado Joop Zoetemelk, Eddy Merckx y Laurent Jalabert cuentan con tres victorias y el francés Jacques Anquetil es el segundo ciclista más laureado con cinco triunfos. Célebre es su éxito en la edición de 1966 donde, tras perder ante Raymond Poulidor en la contrarreloj de dos días antes, en la última etapa ataca durante decenas de veces en La Tourette hasta que Poulidor cede y así poder alzar los brazos en el Promenade des Anglades.

Sean Kelly, rey de Niza

Otras guías de viaje ciclistas

Clásica de San Sebastián (un paseo por tierras donostiarras)

Gran Premio de Montreal (de paseo por tierras de Jacques Cartier)

Gran Premio de Estella (una vuelta por tierras navarras)

Propuesta de un Tour por Europa (una vuelta de norte a sur por el Viejo Continente a lomos de una bicicleta)

Milán-Turín (un viaje remontando el río Po camino de la esplendorosa Turín)

Amstel Gold-Race (descubriendo el corazón de Europa a golpe de cerveza)

Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en La Classicissima)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)

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Cuando Franco prohibió el atletismo en España (el extraño caso de Jordi Torremadé)

Los restos de los obuses y la metralla todavía impregnan las fachadas de los edificios de Madrid, Barcelona y otras grandes urbes. En el campo no hay dinero para fertilizantes y se siembra sin red de seguridad. La política autárquica dispara la inflación, provoca una bajada de los salarios y las insuficientes cartillas de racionamiento son complementadas con el mercado negro y el estraperlo. Miseria, muerte y pensamiento único, podría ser el resumen.

“Madrid era el fantasma de una ciudad, una desolación de perros y tranvías, con la Cibeles recién desvendada, como una momia, la Puerta de Alcalá como un pecho de piedra y de metralla, carteros muertos en las esquinas y la derrota comiendo de sí misma, en los solares, entre los gatos y los perros que desayunaban muerte y cenaban fusilado a media noche, bajo la luna grande del miedo”; así describía el escritor Francisco Umbral sobre el Madrid de 1941. “España, en la actualidad, está en peores condiciones que nunca antes en su historia. El gobierno es miserable, no hay comida, medio millón de personas están en la cárcel y un ejército enemigo se halla en la frontera. Esta situación obliga a la gente a pasar el tiempo en mórbidas reflexiones sobre sus infortunios y les impide tomar decisiones y actuar”, relatará el embajador británico Samuel Hoare en carta escrita a Winston Churchill en ese 1941.

En las cárceles la comida que se servía día sí y día también era caldo de nabos podridos. Inmunda, pero no mucho mejor que la de millones de hogares de la época que hacían maravillas con hierbas cocinadas con sal. En provincias como Córdoba hubo más muertos de hambre en ese 1941 que fusilados durante toda la Guerra Civil. Hay estudios que señalan que, en 1941, cuando los nazis estaban en su cénit, las calorías que los alemanes daban a sus presos eran superiores a las que consumía un español medio. Hambre, debilitamiento, desnutrición, enfermedad y muerte.

Una vista del Madrid de 1940

Ocurre que había otra España. Una parte de la sociedad que compraba zapatos, iba al cine, adquiría productos farmacéuticos, tomaba café con pastas e iban los fines de semana a un restaurante. Los había que tenían una villa con jardín en el barrio del Guinardó y un piso de techos altos, con ascensor de rejas y portero en la entrada en el ensanche barcelonés. Esa gente podía hacer cosas que se tornaban inimaginables para la época. Sucesos que entonces podrían ser concebidos como diabólicos. Sucesos que hoy nos parecen inconcebibles dado que jamás hubiésemos pensado que podrían haber sucedido en la oscuridad de la España de 1941.

Una operación de cambio de sexo.

El 9 de enero de 1923 nacía en el hospital de Sant Pau de Barcelona una niña a la que sus padres llamaron María Amparo Rita. Su apellido era Torremadé, un burgués de la época de familia bien. El caso es que la madre no las tenía todas consigo cuando expulsó a su retoño, por lo que preguntó a la comadrona por el sexo del recién nacido. Es una niña, parece que afirmó la comadrona. No tiene vulva, parece que le contestó la madre. Tampoco tiene pene, replicó la comadrona. Y así quedó el asunto. El caso es que María Amparo Rita, en adelante María, tenía una gran inflamación en sus partes delicadas. Según los médicos la inflamación se iría sola y al venir su primera regla todo volvería a la normalidad.

El caso es que la abnegada madre le ponía lazos a la niña y la vestía con preciosas faldas, pero el asunto no arrancaba. A María la tildaban de marimacho y era siempre la primera en ser escogida por los niños para jugar un partido de fútbol en la escuela mixta en la que estudiaba antes de que estallase la Guerra Civil. A María le gustaban las chicas y, a pesar de su aspecto hombruno, parece ser que ligaba. Tenía labia y contaba que era un espía soviético que estaba de incognito y tenía que ir disfrazado para que nadie lo reconociese. Llevaba consigo una foto de un guapo aviador y las convencía de que ese era su verdadero yo. En todo caso, el asunto no pasaba de cuatro o cinco besos dado que la inflamación, que era bulto, pero nunca palo largo, seguía escondida debajo de una falda.

Total, que María hubo de liberar testosterona y le dio por hacer deporte. Tuvo la fortuna de ser mujer para librarse de ir al frente, y lo que hizo fue dedicarse por activa y por pasiva a romper récords. Y es que María Torremadé llegó a poseer al mismo tiempo todas las plusmarcas del atletismo femenino. Campeona de España de 100, 200 y 800 metros lisos además de campeona en salto de altura y salto de longitud. También practicó baloncesto y hockey hierba y en los 60 metros lisos además de plusmarquista española también fue europea. Sus éxitos le hicieron ser recibida por el presidente Lluís Companys en el Palau de la Generalitat poco antes de que el molt honorable fuese fusilado.

María Torremadé

Poco después María Torremadé comenzó sus estudios universitarios (ya expliqué antes que era una chica de buena familia) y en un campamento del SEU (Sindicato Español Universitario) el bulto seguía sin ser palo al intentar ligar con una chica. Fue entonces cuando María sentó seriamente a sus padres a la mesa, les explicó que tenía 19 años y seguía sin saber lo que era una regla y que había que ir a un médico y cortar por lo sano. En caso de ser mujer aguantarse y seguir con un pendiente en cada oreja. En caso de ser hombre, coger bisturí y arreglar el asunto.

El padre de la criatura hubo de mover Roma con Santiago. No existía Irene Montero y la legislación no contemplaba de manera alguna un cambio de sexo. Hubo jaleo de papeles, visitas a los juzgados, desnudos públicos para cerciorarse de que el bulto era un bulto y no un palo, unos cuantos ceros menos en el banco y al final María Torremadé pasó por quirófano para convertirse en Jordi Torremadé. La cuestión técnica era calificada como Síndrome de Morris y consiste en una alteración genética ligada al cromosoma X donde las células son insensibles a los andrógenos, provocando que personas genéticamente masculinas se desarrollen físicamente como mujeres.

Aquello se silenció porque el papá de Torremadé tenía buenos contactos en la prensa. Pero, claro, María Torremadé era una atleta famosísima y parecía que se la había tragado la tierra. Hubo de ir a vivirse durante unos meses a casa de unos tíos. Allí estuvo entrenándose para ser hombre. Se movía con brusquedad, contestaba con palabrotas y aprendió a hacerse el nudo de la corbata. Un día, cuando se sintió seguro, decidió ir al encuentro de algún conocido y, al darse cuenta de no haber sido reconocido, convino que era el momento de empezar una nueva vida. A ello ayudó al carácter extrovertido de Torremadé, quién nunca sintió vergüenza por lo sucedido mientras que era su interlocutor el que saltaba del susto.

Lo primero que hizo fue ir junto a su padre y pedirle dinero. El progenitor le dio carta blanca durante un año finalizado el cual tendría que sentar la cabeza y ponerse a trabajar. Durante ese año lujurioso, Jordi Torremadé decidió recuperar el tiempo perdido a base de juergas, cabarets y sexo desenfrenado. Al final el bulto ya era palo.

Tarde o temprano el asunto tendría que estallar. Fue el diario Informaciones el que a inicios de 1942 daba cuenta del cambio de sexo de María Torremadé. No fue un escándalo, dado que desde la Sección de Prensa se decide acallar el griterío. Con todo, la bomba ya había sido lanzada.

Para las élites franquistas, el papel de la mujer había de ceñirse exclusivamente a las tareas del hogar. Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina de la Falange, escribía artículos donde afirmaba con rotundidad que “lo más importante es la educación de la mujer como madre”, formarles “una conciencia basada en la doctrina de Cristo y en nuestras normas Nacional-Sindicalistas para que sepan distinguir claramente en cada momento el bien del mal”. La escuela estaba empapada de clericalismo y todo se impartía en base al dogma católico.

¿Cómo compaginar esto con un cambio de sexo en el año 1941?

La Delegación Nacional de Deportes, bajo la presión de la Sección Femenina de Falange, decide a través de decreto ley prohibir la práctica deportiva del atletismo femenino. A Jordi Torremadé, por su parte, se le prohibirá practicar cualquier deporte como hombre durante un año. Todas las marcas de María Torremadé pasarán a desaparecer de los registros oficiales a perpetuidad.

Jordi Torremadé siguió con su vida. De hecho, llegó a ser campeón de Cataluña de 100 metros masculinos. En 1952 contrajo matrimonio con Catalina Pons Bofill tras haber sido desheredado por su padre, quien se negó al enlace. Emigró a Paris donde trabajó como comercial en una multinacional hasta su jubilación cuando volvió a Barcelona. Vivió felizmente casado hasta fallecer de un paro cardiaco camino de las ocho décadas de vida.

María y Jordi Torremadé

La vida no fue tan agradable para las mujeres que querían ser atletas. Fueron 20 años de prohibición. Desde 1943 a 1963 ninguna mujer pudo saltar una valla, correr 800 metros o lanzar un martillo en una pista de atletismo. Aquella España de 1963 ya era muy diferente de la de 1943 y el clamor social logró cambiar una ley con dos décadas de vida.

Los récords de Torremadé serán pulverizados por una chica nacida en 1955, ocho años antes del fin de la prohibición. Carmen Valero fue la primera mujer en representar a España en atletismo en unos Juegos Olímpicos amen de lograr dos oros en mundiales de campo a través. Pero antes de eso Carmen Valero tuvo que realizar un examen del Servicio Social de Falange para demostrar sus habilidades de costura. Sólo así pudo inscribirse como atleta a pesar de ser, según el presidente de la Federación Española de Atletismo de la época, culona y pechugona.

Justo como le gustaban al bueno de Torremadé.

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