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Frank Shorter; el hombre que hizo que el mundo corriera

Como todos los años desde 1970, el primer domingo del mes de las ánimas, o primer domingo del mes de Halloween, que dirán los ‘millennials’, o primer domingo del Samaín, que dirán los nuevos enxebres, se celebró una nueva edición del Maratón de Nueva York. Una prueba icónica para el deporte popular y para los ‘runners’ en particular que discurre por uno de los parajes urbanos más significativos jamás diseñados por el ser humano. Fluye por los cinco barrios emblemáticos de la llamada ‘Gran Manzana’. Inicia su aventura en Staten Island, alcanza el puente Verrazano, los barrios de Brooklyn y Queens, cruza Manhattan y asciende por el empinado Bronx antes de finalizar en Central Park.

Hoy es la cima de muchos deportistas amateurs y un icono del estilo de vida del siglo XXI; tecnología (dispositivo informático), deporte (correr) y comida sana (productos naturales). Hace medio siglo disputar una maratón por placer era la idea de unos hippies que querían destrozar el ‘American way of Life’; tecnología (coche), deporte (desde el sofá) y comida sana (cualquier cosa en cantidades industriales). Un hombre blanco, joven, de buena familia, un yanqui, un hijo de Nueva Inglaterra, ayudó a popularizar el ‘running’ a partes iguales entre corbatas y maletines caros por un lado y martillos, gafas de seguridad y camisas de cuadros por el otro.

Frank Shorter era un estadounidense que nació en Múnich. Lo hizo porque su padre era un médico militar que estuvo destinado en Alemania en los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial. La mezcla de disciplina castrense y germana contagió a Frank que se convirtió en un adicto de las pruebas de fondo de atletismo. Su valía le otorgó una beca deportiva, aunque la verdad es que no le hacía mucha falta, ya que por sus méritos académicos fue seleccionado para cursar psicología en Yale.

A inicios de la década de 1970 Shorter era el mejor atleta norteamericano en 5.000 y 10.000 metros. También se atrevió con algún maratón, aunque no era la prueba donde más destacaba. Su momento iba a llegar en su Münich natal donde se iban a celebrar los Juegos Olímpicos de 1972. Competiría en 10.000 metros y en el maratón. En la primera prueba su objetivo era la medalla. En la segunda quedar entre los 20 primeros.

Shorter no era un atleta típico. No sólo entrenaba para la competición. Corría porque le gustaba. De noche, de tarde o de mañana. Con vecinos y con amigos. Se saltaba todas las recomendaciones de los entrenadores. Era un hippy. Un Forrest Gump de la carretera. Su vida giraba en torno a correr y pronto su desgarbada imagen y su profunda sonrisa cautivaría a todo Norteamérica.

La carrera del diez mil fue vibrante. El finés Lasse Viren batió el récord del mundo a pesar de caerse a mitad de recorrido. El vallisoletano Mariano Haro, el mejor fondista hispano del momento, consiguió un cuarto puesto increíble en la España de aquel entonces. Justo detrás de él, aparecía un atleta blanco, de anchos hombros y esqueléticos brazos, sin patillas y con frondoso bigote. Era Frank Shorter que acababa en un decepcionante quinto lugar.

Sólo cuatro días después tocaba el maratón. Una prueba mítica para los africanos y la más respetable para la vieja Europa. No para Estados Unidos. Allí lo que prima es la velocidad y el espectáculo. Para correr 42 kilómetros y 195 metros tienen dos opciones; hacer el recorrido en un confortable Chevrolet o un siempre fiable Ford.

—El colesterol—

El descubrimiento del colesterol no es actual. Ya a finales del siglo XVIII los médicos franceses de la corte ya hablaban de una sustancia aceitosa que aparecía en la bilis de los cadáveres. Un siglo después ya se discutía abiertamente del colesterol, pero, claro, no entre la plebe. Con sopa de cebolla, patatas y alguna que otra manzana poco ibas a comer. Lo de fallecer de un infarto por zanpar a reventar era una muerte reservada para los afortunados.

Al finalizar la II Guerra Mundial, Occidente asistió a una explosión comercial sin precedentes sustentada por Estados Unidos. Había mucho que comprar, pero sobretodo había mucho que comer. Occidente nunca más pasaría hambre ni estaría pendiente de los rigores climatológicos para poner un plato en la mesa. El azúcar, las neveras y la publicidad se encargaron de llenar nuestros estómagos. Después de tantas privaciones los padres sólo querían que sus hijos engullesen. Y cuanto más, mucho mejor.

Sólo una década después, la Sociedad de Cardiología de Estados Unidos advirtió que el número de infartos se había elevado considerablemente. Para 1958 advierten que “la composición de la dieta desempeña un papel fundamental en el desarrollo de la adenomatosis en las arterias tanto grandes como pequeñas”. Toma ya. Se les estaba diciendo a unos padres que habían tenido privaciones que no dieran tanto de comer a sus hijos. ¡Qué se privaran voluntariamente! Pocos hicieron caso.

Pero algo estaba cambiando. Eran los 60. Aquellos niños de la posguerra vieron el mundo de otra forma. Sin guerras. Con drogas. Con muchas drogas. Con sexo. Con mucho sexo. Pero sobretodo se volvió a apreciar la unión del ser humano con la naturaleza. Lo artesanal frente a lo industrial. Los hippies. Haz la paz y no la guerra, decían. Haz deporte y come sano, añado yo.

Volvamos al maratón. Shorter iba a participar en Münich en el sexto maratón de su vida. A los 10 kilómetros iba en un grupo con los favoritos. A los 20 kilómetros ya iba sólo. Cruzó la meta con dos minutos de ventaja sobre el segundo. Oro. Era la primera vez que un estadounidense ganaba el maratón desde que John Hayes lo hiciese en 1908. La fiebre del ‘running’ iba a estallar.

El maratón de Nueva York necesitaba una figura y ya la tenía. Shorter aparece en la televisión, en la radio, da conferencias, desfila en carreras populares… Se desata la fiebre entre los urbanitas. Pero aún hay más.

Sólo un año antes de los Juegos Olímpicos muniqueses, los entrenadores de atletismo Phil Knight y Bill Bowerman fundan Nike, una empresa de calzado y ropa deportiva de Oregon que viene a cubrir una creciente demanda en la sociedad. Aun así, apenas venden zapatillas a universitarios y profesionales del atletismo, pero el fenómeno de Shorter se encarga de hacer el resto. Cuatro años después Nike ostenta el 50% de mercado en tenis deportivos. Luego vendría el ‘boom’ de Michael Jordan. Pero esa es otra historia.

Para los Juegos de 1976 Shorter se tuvo que conformar con la medalla de plata en el maratón. Pero su legado ya estaba en funcionamiento. Los estadounidenses siguieron comiendo mal, rematadamente mal. Pero empezaron a hacer deporte y lo siguen haciendo cada vez más. Porque al final los médicos puede que tengan razón, pero suele ser más sugerente lo que hace un chico con zapatillas Nike que lo que dice un chico vestido con bata blanca.


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