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La conquista del Polo Sur

Nacido en 1872, hijo de un capitán de la marina, Roald Amundsen decidió que su futuro pasaría por ser explorador polar. En 1905 se convertiría en el primer ser humano en cruzar el gran paso del Noroeste que conecta el Océano Pacífico con el Océano Atlántico. Aquello no tenía entonces utilidad práctica, dado que la mayor parte del año aquella ingente masa de agua estaba bloqueada por el hielo. Era lo de menos. Se trataba de alcanzar la gloria y progresar en el conocimiento y en la manifestación simbólica de la capacidad humana de abarcar el mundo.

La historia había comenzado años antes, cuando el joven Amundsen leía sobre exploradores en la casa que sus padres habían construido al borde de un precipicio. Y es que Roald Amundsen era noruego y vivía en la entrada de uno de los muchos fiordos que embellecen la costa noruega. Aquella casa, por cierto, hubo de ser hipotecada cuando la Sociedad Noruega de Geografía hubiese de aceptar la loca expedición de Amundsen. Aquel intrépido explorador vendió sus pertenencias y solicitó donaciones populares para lograr su objetivo. Tuvo la suerte de que Noruega había obtenido su independencia en 1905 y la realeza noruega puso todo su empeño en que la aventura acabase en buen puerto como una forma de reconocimiento internacional del joven país. Noruega había aprobado el derecho al voto femenino y había creado un seguro sanitario. Era un país vanguardista, pero necesitaba un objetivo que revalorizara su nombre.

El objetivo era plantar la bandera noruega en el Polo Norte.

Pero no.

Había llegado la hora del deporte de masas. Empiezan a construirse estadios de futbol y velódromos en buena parte de Europa y se crean ligas profesionales de fútbol americano, hockey sobre hielo y beisbol en Estados Unidos. Al avanzar el último cuarto del siglo XIX, los periódicos dedican páginas a la información deportiva y promueven y patrocinan competiciones variopintas. Ese fervor de la prensa respondía a una lógica empresarial para vender el relato deportivo. Esto era esencial en el ciclismo, en donde ningún espectador podría contemplar una carrera en su totalidad. En ese contexto, el relato de una carrera de exploradores en competición para ser el primero en llegar a los polos era fascinante.

Y es que era una carrera. En 1904 un tal Adolf Nordenskjöld fue el primero en intentarlo. Naufragó. Pero su expedición tuvo un éxito enorme. Un periodista francés llamado Gaston Leroux, tuvo la feliz idea de ir a su encuentro al puerto español de Vigo a donde fueron remolcados Nordenskjöld y el resto de su tripulación. Fueron tres semanas de convivencia antes de que los aventureros llegasen a Noruega. Aquel relato fue vendido a un periódico francés por fascículos y se considera la primera exclusiva de la historia de la prensa deportiva.

Cuando Nordenskjöld llegó a Noruega ya no tenía nada nuevo que contar. Ya no era noticioso.

A partir de entonces hubo una carrera contrarreloj para llegar al punto abstracto donde la inclinación magnética terrestre es igual a 90º. Esa carrera fue ganada un 9 de abril de 1910 por un ingeniero de la marina estadounidense llamado Robert Peary, quien plantó la bandera de las barras y estrellas sobre el casquete polar. Sin embargo, a su regreso descubrió que otro estadounidense llamado Frederick Cook afirmaba haber llegado al Polo Norte meses antes. Aunque las pruebas de Peary parecían irrefutables e incluso el Congreso de Estados Unidos le había dado el reconocimiento de su hazaña, Cook era multimillonario y pagó a diversos periódicos para ser nombrado vencedor de la carrera. La polémica no cesaría durante varios años y es una de las primeras muestras del poder del sensacionalismo mediático.

Robert Peary

Fuese Peary o fuese Cook, lo que era irrefutable es que Noruega no podría llegar al Polo Norte, lugar que geográficamente le pertenecía. Amundsen pidió audiencia con el rey y lanzó un órdago. El objetivo sería el Polo Sur.

La Antártida.

Amundsen había comprado en Groenlandia cien perros de tiro que podrían servirle tanto como bestias de carga como de alimento. Junto a una veintena de tripulantes se embarcó en el Fram, nombre con el que había bautizado su barco, con el objetivo de llegar al centro geográfico del Polo Sur. Pero hizo algo más. Comprendiendo el valor de los medios de comunicación, hizo llevar a bordo a un camarógrafo profesional para realizar fotografías y grabar películas. El cine acababa de ser inventado y era la prueba más fehaciente de credibilidad.

Pero había que llegar a la Antártida.

La Antártida.

La Antártida es el último continente. Fue el último en bautizarse, el último en representarse y el último en conquistarse. Si en nuestros mapamundis aparece apretujado es solo porque lo vemos en una escala distinta con el sistema clásico de proyección. La realidad es que su tamaño es enorme y representa una décima parte de la masa terrestre del planeta. A principios del siglo XX era el único lugar de la Tierra que permanecía aislado de la voracidad de los Imperios.

Durante siglos lo que se conocía como Terra Incógnita se consideraba un continente utópico poblado por gentes felices. A partir del siglo XVIII se comprendió que lo que allí había eran ballenas y focas felices que pronto dejarían de serlo por las ballestas y barcos de hombres no tan felices.

La conquista del Polo Sur era una epopeya que pretendía rellenar el último espacio en blanco del mapa mundial. También era una expedición científica, pero, esencialmente, era una ambiciosa conclusión a la Era de los Descubrimientos que los europeos habían iniciado en el siglo XV poniendo las bases para el dominio de Occidente y que pretendían cerrar con la Antártida a inicios de siglo XX.

Noruega tenía un poderosísimo rival. El Reino Unido. Los británicos dominaban el mundo. Habían dedicado el siglo XIX a cubrir los espacios en blanco del mapamundi. Si lo que se conocía de África y hasta de ciertas partes de Asia, América y Oceanía eran las costas y tierras próximas, ahora tocaba adentrarse en el corazón de los continentes. A todos nos viene a la cabeza Stanley y Livingstone, pero no fue hasta tan tardía fecha como 1902 cuando una expedición angloamericana redescubriese el Machu Picchu, lugar de esplendorosa belleza al que no consiguieron llegar los españoles con el transcurrir de los siglos.

El Reino Unido estaba en su apogeo. Acaba de finalizar la Era Victoriana. La conquista del Polo Sur era el último refugio en la cultura de la exploración y cautivó al súbdito británico. Era una conquista sin dominación, sin exterminio, sin derramamiento de sangre. Era una conquista dotada de pureza y eso, para la rígida, monolítica y puritana sociedad británica, era música para sus oídos.

Además de británicos y noruegos, también japoneses y franceses se sumaron a la competición. Y eso gustaba. Gustaba a la gente y a los medios. En 1896 se habían puesto en marcha los Juegos Olímpicos y, aunque esa no había sido la idea inicial, pronto se vio que era escenario ideal para fomentar las rivalidades nacionales. Los anillos olímpicos representaban los cinco continentes y había un sexto que conquistar. En 1908 se habían celebrado en Londres. Para 1912 tendrían lugar en Estocolmo. Los países escandinavos y el Imperio Británico presumían de logros. Y la Antártida era lugar ideal para demostrarlo.

Cuando Amundsen se puso en marcha decidió escribir un diario de a bordo. Tanto las fotografías, como las películas, como el diario no tenían valor científico, pero le podrían hacer ganar el valor del relato. Amundsen traza recetas de pingüino con bechamel o de ragú de foca, describe amaneceres prodigiosos, pero se cuida mucho y bien de hablar de que los tripulantes del Fram que llegaron a comerse a sus propios perros. Escribía por y para la audiencia.

En el otro lado del ring estaba Robert Falcon Scott, oficial de la Royal Navy británica, naturalista y geofísico. Su expedición era meramente científica y había llegado a un acuerdo con Amundsen para apoyarse mutuamente. En teoría Amundsen iría primero al Polo Norte para coger unas muestras naturales que luego habría que comparar en el Polo Sur. Una vez hecho el trabajo, Amundsen y Scott irían codo con codo y ambos ostentarían el honor de ser los primeros en pisar el centro geográfico del Polo Sur. Se plantarían banderas de Reino Unido y Noruega tras un acuerdo apalabrado por las casas reales de Londres y Oslo.

Ese era el plan general.

No era el plan de Amundsen.

Amundsen nunca se planteó ir al Polo Norte y puso rumbo a la Antártida de inmediato. Su objetivo era llegar al Polo Sur antes que nadie. Y nadie tenía que saberlo. Ni siquiera Scott.

El 17 de enero de 1912 los hombres de la expedición de Scott llegaron al Polo Sur. Meses atrás les habían informado de la traición de Amundsen y se habían puesto manos a la obra en solitario. Con mucho sufrimiento habían cumplido con el objetivo. Extenuados por un viaje durísimo, no pudieron más que sollozar cuando vieron a lo lejos ondeando una bandera noruega. Roald Amundsen había llegado antes. Concretamente dos meses antes. El 14 de diciembre de 1911. En un alarde de crueldad, Amundsen les había dejado una carta al pie del mástil de la bandera en la que felicitaba a Scott por ser segundo y le pedía que comunicara a todos su hazaña, porque él había decidido tomarse la vuelta con calma y darse un largo paseo por la Antártida.

La conquista del Polo Sur

Scott nunca tendría tiempo a propinarle a Amundsen un puñetazo en la cara dado que tanto él, como todos los miembros de su expedición, perecerían víctimas del frío durante el camino de vuelta. Scott maldeciría haber escogido ponis de Mongolia en vez de perros de Groenlandia. Apostó por la velocidad, en lugar de por la durabilidad. Los caballos de Scott tenían que cargar sacos con avena para su alimentación, lo cual aumentaba su peso y sus posibilidades de hundirse en la nieve. Otra desventaja era que a los caballos el sudor se les congela en la piel, mientras que los perros son capaces de regular su temperatura corporal sin sudar.

Todo esto se sabrá muchos meses más tarde cuando se localice el cadáver congelado de Scott junto a varias fotografías y la carta de Amundsen. En 1913 se le hizo un funeral conmemorativo en la catedral de San Pablo de Londres y su trágica historia de héroe británico de los hielos pasaría a ser lectura escolar de carácter obligatorio.

¿Y Amundsen? 

Ante la falta de premura en las comunicaciones, el éxito de Amundsen no fue anunciado públicamente hasta marzo de 1912, cuando su expedición arribó en Australia. Todo su viaje sería narrado en un libro y semanas después sería recibido como un héroe en Noruega donde fue agasajado por el rey con esplendidos honores. En el Reino Unido, lo que en esos momentos cabía decir que era medio mundo, Amundsen fue tildado de sádico, pero su labor propagandística y el éxito de su libro hicieron que pronto se olvidase su egoísmo.

Amundsen vs Scott

Convertido en celebridad, Amundsen cambió el mar por el aire. Junto al ingeniero italiano Umberto Nobile se propuso sobrevolar en dirigible tanto el Polo Sur como el Polo Norte. Como no podía ser de otra forma pronto surgieron las desavenencias y la pareja separó sus caminos. Ambos se disputarían el honor de ser los primeros en haber surcado el Ártico en un Zeppelin hasta que Nobile desaparezca en el viaje de vuelta. Quién sabe si con remordimiento de conciencia por lo sucedido con Scott, el caso es que Amundsen formará parte del equipo de rescate que salió en un hidroavión en busca de Nobile y que el 18 de junio de 1928 se estrellará en una isla del mar de Barents. El cuerpo de Amundsen nunca será encontrado. No así el de Umberto Nobile, quien fue arrastrado por el mar a la costa noruega y que increíblemente se salvaría de la muerte.

Lo que está destinado para ti, tarde o temprano llega a tu vida.

Polo Sur

Fue en 1911. El fin. Fue cuando se rellenaron los últimos espacios en blanco del mapa. Desde entonces el mundo es finito. La conquista del Polo Sur fue un hito que coincidió en el tiempo con la invención de las prácticas deportivas reguladas y los relatos novelescos periodísticos. Coincidió al mismo tiempo con la invención del cinematógrafo y del avión. El mundo era distinto. Completamente distinto en el espacio-tiempo.

Al ser el mundo finito, se comenzó a mirar hacia las estrellas. La fe comenzó a perder adeptos a velocidad constante y el hombre pasó a ser el centro del universo. La vuelta al mundo (a vela, en coche, andando o hasta en avión) pasó a ser la nueva aventura. El ser humano se dispuso a conquistar el tercer polo, el polo en vertical, su punto más alto, y en 1953 se llegó al Everest. Dieciséis años más tarde el ser humano ponía el pie en la Luna. La conquista de los Polos fue el inicio del fin del mundo inexplorado. Inauguró una nueva era de conocimiento de la Tierra.

Fue la conquista del Polo Sur y la aceptación de que el mundo es finito y diminuto en comparación con la inmensidad del universo lo que ayudó a un cambio en el paradigma. Desde entonces se crearon los primeros parques naturales para conservación de la naturaleza y se crearon comunidades geopolíticas de ámbito global como la Sociedad de Naciones. Fue, en fin, cuando comenzaron a derretirse los casquetes polares y el ser humano comprendió que forma parte de una comunidad con un mismo destino y enfrentada a una misma amenaza, para lo cual es necesario una unidad de acción.

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La desconocida historia de Perico Escobal

La década de 1920 no fue excesivamente positiva para el Real Madrid. La Liga no se constituyó hasta 1928 y, por supuesto, no había comenzado el idilio merengue con una Copa de Europa que aún no estaba ni en la mente de ninguno de sus creadores. Así pues, no había nada más glorioso por aquel entonces que vitorear en la Copa del Rey. Lo más cerca que estuvo de ganarla el Real Madrid en aquellos años fue en 1924 cuando cayó en la final con el entonces poderoso Real Unión de Irún. Militaba en aquel equipo blanco uno de los que puso las neuronas a trabajar para crear la Copa de Europa décadas más tarde. Respondía al nombre de Santiago Bernabéu. Ocurre que aquel Bernabéu futbolista no mandaba. El que dirigía el cotarro era un central enorme de los que primero pegaba y luego pedía perdón. Era el capitán del Real Madrid y obedecía al nombre de Patricio Escobal.

Patricio Perico Escobal había nacido en Logroño en 1903. Era de familia bien y fue enviado a Madrid para estudiar primero en los Jesuitas y después sacarse la carrera de Ingeniería Industrial. Sus 190 centímetros, exageradamente largos para la época, llamaron la atención del Madrid que lo incorporó a su plantilla en 1921 cuando contaba con 18 años. Digo incorporar, ya que entonces no se fichaba debido a que el fútbol era amateur.

Escobal fue pronto conocido en Chamartín como Faquir, por su fama de galán, buen conversador y por una cultura muy superior a la que por entonces tenían los futbolistas. Perico sería el capitán del Real Madrid prácticamente desde su llegada y a pesar de su juventud, debido a la ascendencia que tenía sobre sus compañeros. Será el capitán el día que se inaugure el estadio de Chamartín dejando atrás el Velódromo de Ciudad Lineal. Décadas después de su retirada los aficionados del Real Madrid aun gritaban “viva Escobal” cada vez que un central despejaba un balón con un punterazo hacia las gradas en recuerdo del bueno de Perico. Todo lo fino que era fuera del campo lo era de rudo dentro del rectángulo de juego.

Escobal cogería una enfermedad infecciosa en 1927 teniendo que dejar el fútbol la temporada siguiente, justo a tiempo licenciarse. Aún le daría pie para intentarlo una temporada en el Real Madrid para acabar sus días como futbolista en su Logroño natal. Es 1934. Ese año obtenía su plaza como funcionario de ingeniero en el ayuntamiento de Logroño donde también hubo de recibir un homenaje dado que diez años antes, en 1924, había sido el primer deportista riojano en disputar unos Juegos Olímpicos.

Perico Escobal

Antes de que la II República se hiciese con el poder en 1931, Escobal ya había demostrado su compromiso político. En 1928 había sido nombrado el presidente de la recién creada Asociación Profesional de los Trabajadores del Fútbol. El resultado fue el veto para acudir a los Juegos Olímpicos que ese año se celebraron en Ámsterdam. Luego, se afiliaría a Izquierda Republicana, el partido político de Manuel Azaña, y con el carnet del partido logró su plaza en el ayuntamiento de Logroño. Cuatro meses más tarde de obtener la plaza es echado de su puesto por los conservadores de la CEDA. Tendrá que pleitear para que le devuelvan lo que en verdad le corresponde, pero por el camino hará las maletas y regresará a Madrid en busca de trabajo.

Llegamos pues en esta historia a febrero de 1936. El Frente Popular, una variopinta coalición de izquierdas, gana las elecciones legislativas en España. Perico Escobal vuelve a su plaza en el ayuntamiento de Logroño no sin antes pasar un par de semanas en el calabozo por insurrecto. Es indemnizado por despido procedente y parece que podrá retomar su vida con total normalidad. Así sucederá hasta que llega el 19 de julio del citado año. El bando golpista, llamado también nacional, toma el control de Logroño y tres días más tarde el Gobierno Civil de Logroño lo va a buscar a su casa acusado de ser contrario al “Glorioso Movimiento Nacional”. Le abrieron un expediente para incautarse de sus bienes, le fue revocada una vez más su plaza de funcionario e inmediatamente fue puesto bajo arresto.

Sin comida, sin posibilidad de asearse y con las ratas deambulando por las celdas, a Perico le sería diagnosticada una tuberculosis que le acarrearía de por vida problemas de espalda. Y es que Perico (ojo viene spoiler) sobrevivió. Sobrevivió a las penurias de la cárcel. Y serían hasta tres presidios distintos con noches en vela a la espera de ser llamado por un pelotón de fusilamiento.

¿Por qué no fusilaron a Perico Escobal? La respuesta es la que todos los que ahora están leyendo esto se imaginan. Porque Perico Escobal había sido capitán del Real Madrid. El responsable de las ejecuciones en la Rioja Alta era Domingo Gómez-Acedo, un ex futbolista del Athletic quien formó parte de la primera selección española de fútbol, aquella que logró una histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes. “Insincero y fanfarrón, pero un gran jugador con el balón en los pies”, dejaría escrito Escobal sobre Gómez-Acedo.

Aquel primer golpe de suerte tendría continuidad. A los pocos meses recalaría en Logroño el general Gastone Gambara, quien procedente de la Italia fascista pasaría a ser alojado en un caserío propiedad de los suegros de Escobal. Al parecer Gambara habló con el también general y jefe de Propaganda Millán Astray en persona para conmutar la pena de cárcel de Escobal por un arresto domiciliario que le permitía a Gambara hablar de fútbol  con el ex capitán blanco cuando no estaba ocupado de mandar sus tropas italianas en ayuda de Franco y sus correligionarios.

Escobal estaría casi dos años recluido en su casa vigilado siempre por una pareja de guardia civiles. En 1939 terminó la Guerra Civil y a Gambara lo premiaron con el puesto de embajador de Italia en España. Pronto presionó para anular la condena de Escobal de cadena perpetua y tramitó la documentación para que Perico y su familia pudiesen poner rumbo al exilio.

Con bastón y un corsé para su maltrecha espalda, con la moral por los suelos y sin saber papa de inglés, Escobal acabó en Cleveland tras hacer escala en Cuba. Era 1940. Allí estaría un par de meses viviendo en la casa de un hermano de su mujer hasta que se asentó en Nueva York, donde comenzó a trabajar en una tienda de electrodomésticos.

Hubo de esperar década y media para conseguir convalidar su licenciatura en Ingeniería hasta que en 1957 empezó a trabajar en la oficina de Gas y Electricidad del Ayuntamiento de Nueva York. Será condecorado por su labor en la remodelación del alumbrado del barrio de Queens. Su hijo, reputado matemático, formará parte del equipo de la NASA que llevó al ser humano a la Luna. Perico volverá únicamente un par de veces a España. Una durante el Franquismo, cuando le permitieron un viaje con billete de vuelta para asistir al sepelio de su madre, y otra, ya en 1982, cuando viajó a Logroño y de paso acudió al Bernabéu para ver un partido del Mundial de 1982. Nunca más volverá a España y fallecerá en Nueva York en 2002, a los 99 años de edad. Un condenado a muerte que murió de viejo.

Escobal en sus últimos años

Y con todo, lo más relevante de la vida de este sufrido capitán del Real Madrid ocurrió sin que nadie en España fuese consciente de ello. En 1968 Perico Escobal publicó Death Row: Spain 1936 (El corredor de la muerte: España 1936). Escobal había empezado a escribir sus memorias durante su estancia en prisión, pero hubo de tirar sus notas por un retrete cuando vio que un soldado pesquisaba sus propiedades dentro de la celda. Al poco de llegar a Estados Unidos decidió retomar la escritura de un libro que causó un tremendo impacto en tierras americanas. Escobal hablaba con detalle de las condiciones inhumanas de las celdas y da nombre y apellidos de opresores y oprimidos. Lo desgarrador del relato y la notable calidad del texto hicieron del libro un superventas en Estados Unidos en un momento donde se cuestionaba muy y mucho la existencia de la dictadura franquista. El libro no sería traducido al español hasta 1981, seis años después del fallecimiento de Franco, pero pasará sin pena ni gloria por las librerías de un país que en aquel momento lo único que deseaba era olvidar y pasar página.

“Te sacaban al patio. El aire fresco de la noche entraba en tus pulmones abiertos. Oías voces y risotadas. Los ojos apagados. Salva amarga con hiel llena la boca. Mascaba la muerte. La resignación hace su aparición. De pronto un ruido. Un empujón. Uno de los guardias me empujó con violencia al suelo diciendo entre las risas de sus compañeros que hoy no tocaba, que mañana será otro día”. Perico Escobal describiendo una noche cualquiera en la que era sacado de la cárcel camino del pelotón de fusilamiento.

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Especial Año Nuevo: Entrevista a Ernst Hemingway

Segundo hijo de un ginecólogo y de una artista, Ernst Hemingway me recibe en un paraje inhóspito más propio del averno que del paraíso. Ha adornado su despacho de la otra vida con un rifle y la piel de un leopardo que sucumbió a sus disparos y con una fotografía suya rodeada de amigos y botellas de vino en pleno San Fermín. De sonrisa difícil, fuertes convicciones, agrio carácter y cautivadora mirada, Hemingway fue periodista, activista y notable escritor de estilo minimalista. Maravilloso narrador y de asombroso caudal de conocimientos, su pluma está presente tanto en la I como en la II Guerra Mundial. Hemingway hizo de España un lugar de culto literario tras realizar una exhaustiva crónica de la Guerra Civil. El autor de ¿Por quién doblan las campanas? y El viejo y el mar, ganador de Nobel de Literatura, nos recibe para hablar mucho de nada y un poco de todo.

Ernst Hemingway

Míster Dato (P): ¡Feliz Año Nuevo!

Ernst Hemingway (R): ¡Bebo por ello!

P: No es usted un amante de estas fechas.

Hemingway (R): Como usted comprenderá no existe Navidad si no existe infancia. ¿Qué fue la infancia para mí? Un cúmulo de tragedias. Desde un padre que se suicida consumido por un cáncer a una madre que pasaba las tardes libres poniéndome coletas y vestidos como si fuese una niña. Mi único objetivo cuando era pequeño era crecer para poder escabullirme de aquel infierno.

P: ¿Está usted borracho?

Hemingway (R): Llevo borracho desde 1915. Tengo miedo a la resaca. Guardo cien kilos de tomate en conserva para el enorme zumo que me tendré que tomar para superar el dolor de cabeza. Le daré un consejo. Siempre haz sobrio lo que dijiste que ibas a hacer borracho. Eso te enseñará a mantener la boca cerrada.

P: Al final acabó como su padre. Era un fanático de la caza como usted. Su madre creo que era tremendamente ambiciosa, igualmente como usted. Me cuentan que su padre acabó también alcoholizado y que le obligaba a estar presente en los partos…acabasen como acabasen.

Hemingway (R): Si nuestros padres son la vara con la que nos medimos, vivir a la sombra de un padre suicida equivale a viajar por una carretera llena de baches en un camión cargado de nitroglicerina. Yo sobreviví al ántrax, a la malaria, a la neumonía, a la disentería, al cáncer de piel, a la hepatitis, a la anemia, a la diabetes y a la presión arterial alta. Tuve también un riñón dañado, una rotura del bazo, un hígado dañado, una vértebra aplastada, una fractura de cráneo, heridas de metralla de mortero, tres accidentes automovilísticos y quemaduras en incendios forestales. Hasta que un día, me puse la bata que más me gustaba a la que yo llamaba la túnica del emperador y me pegué un tiro con mi escopeta.

P: Caray.

Hemingway (R): La vida de cada hombre termina de la misma manera. Son solo los detalles de cómo vivió y cómo murió lo que distingue a un hombre de otro.

P: En ese caso su vida es excelsa. Pocos la han tenido tan intensa e interesante. A los 18 años se alista como voluntario en la Cruz Roja para conducir ambulancias durante la I Guerra Mundial. En una de sus novelas describe aquel primer día como horrible. «Me acuerdo que, después de haber buscado los cuerpos completos, se recogieron los pedazos». Y con todo, ya no volverá a casa.

Hemingway (R): Toda mi vida ha sido una aventura, una gran aventura. Por eso creí siempre que en ella encontraría la mejor base para una novela. Con todo sí que volví. Sucedió que conocí a una mujer. Todas las catástrofes de la historia de la humanidad han sucedido por culpa de las mujeres. Me hirieron, y me enamoré de una enfermera que era siete años mayor que yo. Al recuperarme volví a Estados Unidos con la intención de despedirme de mi madre y volver de por vida a Italia. Resultó que la enfermera se había comprometido en matrimonio con un militar italiano. Desde aquel día decidí que mis parejas fuesen más jóvenes que yo y que serían abandonadas en cuanto tuviese la primera oportunidad.

P: Se asentó en Paris. Allí compartió copas y cuentos con Scott Fitzgerald o Pablo Picasso. Habría mucho de lo que hablar y de lo que preguntar, pero mi cometido es hablar de deporte. Cuéntennos que sucedió con Morley Callaghan.

Hemingway (R): ¿Por qué? Hablemos de literatura. ¿Quiere una copa?

P: No, gracias. Venga, no se haga de rogar. José Luis Borges era amigo de Menotti y siempre se extrañó de que le gustase el fútbol. Decía que era imposible que a alguien inteligente le gustase algo que él consideraba estúpido y desagradable. Por lo general los intelectuales desprecian el fútbol, aunque la mayoría de ellos aprecian al boxeo. Solo dos hombres, frente a frente, en una pelea tan brutal como noble.

Hemingway (R): Mi literatura no es nada y mi boxeo lo es todo. Me encanta el deporte de las doce cuerdas. Yo desafié a cualquiera que se atreviese a golpearme en tasca o cervecería de medio mundo. Nadie podía conmigo.

P: No es cierto. Célebre es el KO que recibió de Morley Callaghan, escritor canadiense.

Hemingway (R): ¡Estaba borracho! No tiene validez.

P: Siempre está borracho

Hemingway (R): ¡Joder! ¡Vale! Callaghan estaba mirándole el escote a Martha, mi tercera esposa. Fue en Paris. Creo que en 1929. Estábamos hablando de boxeo junto a Scott Fitzgerald, el autor de El Gran Gatsby. Fitzgerald haría de árbitro, por cierto. El caso es que Morley escribía crónicas pugilísticas y le dije que no tenía ni puta idea. Le desafié a cruzar los puños. Morley no quería iniciar la pelea y pensé que era un flojo. Al final se calentó y me tumbó de dos sopapos. ¡El cabrón sabía boxear! ¡Pero la culpa fue de Fitzgerald! Alargó el asalto más de lo necesario, sino hubiese aguantado.

P: Si usted lo dice.

Hemingway (R): El hijo de puta de Callaghan contó la historia en una mierda de novela que escribió para asegurarse de que todo el mundo lo supiese. Le pedí la revancha durante años y nunca me la concedió. Fitzgerald me pedía que lo dejase estar una y otra vez. Me cansé de las tonterías de ambos y nunca más volvimos a quedar.

P: Sé que escribió un relato corto sobre boxeo, pero si uno rasca un poco en sus novelas siempre ve referencia al deporte. En una de ellas hay incluso un compendio de técnicas y hábitos de esquiadores de los que únicamente siendo un notable experto se puede hacer referencia tan detallada.

Hemingway (R): Desde joven he practicado y he tenido interés por el boxeo, el esquí, los caballos, la natación, el montañismo o la caza. Pero todo son mero juegos. Los únicos deportes que existen son los toros, el automovilismo y el montañismo.

P: La caza o los toros no son un deporte.

Hemingway (R): ¡Cómo que no!

P: ¿Sigue borracho?

Hemingway (R): ¡Por supuesto!

P: Pues no pienso agotarme en una conversación que no tendría fin. Su padre le obligó a tocar el violonchelo y su madre se empeñó en que hiciese medicina. Usted lo dejó todo para ser periodista y viajar por el mundo. Ocurre que donde realmente destacó de joven, sin querer quitarle importancia a sus méritos como juntaletras, es en el deporte. Gran boxeador y decente jugador de fútbol americano. Pero no existe nada en el mundo que le cautivase tanto como los toros. ¿Cómo ocurrió?

Hemingway (R): Aun soy mejor cazador que boxeador. En 1929 estaba entonces casado con mi segunda mujer. Iba ir a África, lugar donde casi muero de disentería…no, no. Fue en 1923… con otra esposa, creo. Bueno. Eso es lo de menos. Quedé fascinado por las fiestas de San Fermín. Luego escribí Fiesta que fue mi primer gran éxito. ¡Adoro Pamplona!

P: Y estalla la Guerra Civil Española.

Hemingway (R): ¡España! La primera cura para una nación mal administrada es la inflación de la moneda; la segunda es la guerra. Ambas aportan una riqueza temporal; las dos traen una ruina permanente. Pero ambas son el refugio de políticos y económicos oportunistas. Vine a España como corresponsal de guerra. Lo hice junto a una amiga periodista, Martha Gellhorn. Ya se imagina. Me volví a divorciar y me casé con Martha. El caso es que fue ella la que me dio la idea para escribir Por quién doblan las campanas.

P: Novela que no iba a escribir hasta que se enfadó con el que era su amigo y también escritor John Dos Passos. Él dijo que no tenía ninguna sensibilidad humana. Que era un ser autodestructivo y narcisista.

Hemingway (R): Bueno. Seguramente es lo de poco de lo que me arrepiento en esta vida. Al poco de iniciarse la guerra en España unos agentes de Stalin ordenaron asesinar a José Robles. ¿Era gallego, sabe? Un convencido republicano, una mente brillante, profesor universitario en Estados Unidos. Simpatizaba con el comunismo, pero jamás quiso ponerse un uniforme ni tener carnet alguno. Lo purgaron. Dos Passos movió cielo y tierra para que le diesen una explicación y, desencantado, se volvió a Estados Unidos y no quiso saber nada más sobre la Guerra Civil. Yo lo llamé cobarde tanto en público como en privado. Yo me quedé en España y le voy a contar una cosa. Antes de escribir Por quién doblan las campanas, que es una historia de ficción, me propuse contar con pelos y señales la historia de José Robles y su muerte. Llevaba escritas unas cien páginas y acabé por tirarlas a la basura. En la oficina de un escritor la papelera es el mejor mueble. Premié la causa general por encima de una bella amistad. Quizás fue un error. Se precisan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.

P: Estuvo también en el Día D.

Hemingway (R): R: Después de ver los horrores de la Guerra Civil me fui a China como corresponsal y más tarde acabé en Normandía. Antes hice una colaboración con la KGB, pero pronto me di cuenta que los soviéticos hacía tiempo que habían abandonado el sueño de la libertad. Luego ya me fui a descansar entre Florida y Cuba. A Pamplona volví en 1953 cuando ya Franco no me iba a molestar y una última vez en 1959. Recuerdo que por aquel entonces me entrevistó el diario ABC. Hablé de Joselito y de Juan Belmonte, me preguntaron si Muerte en la tarde estaba basado en Cayetano Ordóñez y también reconocí que nunca había visto torear en directo a Manolete. Fue un coloquio exquisito, muy agradable, pero luego, al ver el periódico a la jornada siguiente, observé que el periodista había escrito que le extrañaba que un hombre sano, inteligente y correcto como yo hubiese apoyado a la II República. ¿Sabe que le contesté?

P: Dígame.

Hemingway (R): Le envié un libro dedicado de mi novela. Le puse; “con admiración para un español por quién NO doblaron las campanas”.

P: ¿Pamplona o París?

Hemingway (R): Si tienes la suerte de haber vivido en París de joven, entonces donde sea que vayas por el resto de tu vida, se queda contigo, ya que París es una fiesta movible. Le contestaría; Paris todo el año excepto por las fiestas de San Fermín.

P: ¿Se siente orgulloso de que gracias a usted gente de todo el mundo viaje a Pamplona para participar en los Sanfermines?

Hemingway (R): Me encanta que conozcan España, sus tierras, su comida, su bebida y sus gentes. También tengo que decirle que me apena que cada vez los toros tengan menos importancia en los festejos y que se considere que todo consiste en emborracharse. Lo interesante está en el peligro. Ya le dije que hay tres deportes; toros, automovilismo y boxeo. Todos están relacionados con el peligro y la muerte. ¿De qué sirve emborracharse si luego no hay corrida de toros? Le diré una cosa más a todos aquellos que invocan mi nombre cuando hablan de Pamplona. No estaría del todo mal que leyesen alguna de mis novelas de vez en cuando.

P: Se lo compro. Me cuentan también que es un fanático de la pelota vasca.

Hemingway (R): Creo recordar que vi a Edorza en un viaje a San Sebastián a finales de la década de 1920. Me fascinó por completo. La pelota vasca es el deporte más rápido y violento que conozco. Me emociona enormemente y es uno de mis entretenimientos favoritos. Conozco todas las modalidades, pero mi preferida es la cesta-punta. Aunque supongo que la razón es que es la modalidad que yo practico.

P: Hizo amistad con algún pelotari. ¿Se queda con alguno?

Hemingway (R): Sin lugar a dudas con Atano III (Mariano Juaristi). Hablamos de un pelotari que se mantuvo en el reinado durante dos décadas seguidas. Para mí es el mejor que ha existido. Si se refiere a afinidad, conocí en el exilio mexicano a Txiquito de Gallarta y trabamos una gran amistad. Le digo una cosa. ¡Si los pelotaris vascos se comportasen en la cancha cómo se comportan en la mesa todos los partidos finalizarían 29 a 29!

P: Me cuentan que una vez tuvo que acudir en México en socorro de uno de ellos.

Hemingway (R): No fue así exactamente. Ibarluces. Fue en el frontón de La Habana. Ibarluces sufrió un golpe en la cabeza. Cayó a plomo. El sonido era glacial. Corrí a la enfermería con tal estado de excitación que cualquiera hubiera creído que era yo el accidentado. Cuando llegué allí me quedé pasmado con la entereza con la que fui recibido. Si nadie lo hubiese sabido hubiesen pensado que el del grave accidente había sido yo.

P: En Cuba trabó amistad con el boxeador Kid Tunero.

Hemingway (R): Era un gran amigo y el mejor boxeador que ha habido. Nunca ganó un título mundial, pero me da igual. Un hombre, recto, lacónico, sencillo y la mejor persona que ha producido Cuba. Era integro y humilde, todo lo contrario a lo que soy yo. Luego fue entrenador de José Legrá, que se exiliaría en España y se haría un gran campeón en Europa.

P: Vamos a ir terminando señor Hemingway. Creo que sería interesante, y un honor, que nos diese unos consejos sobre el arte de la escritura.

Hemingway (R): Observar. Si un escritor deja de observar está muerto. ¿El proceso? Uno escribe hasta llegar a un lugar en el que todavía le queda jugo y sabe lo que ocurrirá a continuación, y allí se interrumpe y trata de vivir hasta el día siguiente para volver a seguir con eso. Y le diré algo más. En la escritura no hay sentimiento de grupo. Cuánto más lejos va uno con la escritura, tanto más solo está.

P: Me despido señor Hemingway. Viajó mucho. ¿Cómo se lleva estar en el averno para la eternidad?

Hemingway (R): Tengo alcohol por doquier. No me quejo. Ir a otro país no hace ninguna diferencia. He intentado todo eso. No puedes alejarte de ti mismo moviéndote de un lugar a otro. No es posible. Además, duermo mucho. Mi vida tiene la tendencia a derrumbarse cuando estoy despierto.

P: Pues duerma…y beba.

Hemingway (R): Un placer haberle conocido. Son dos cosas distintas conocer a un hombre y saber qué tiene en la cabeza.

¡Viva San Fermín!

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Al siglo de la primera San Silvestre

Fue en el año 313. La historia se mezcla con la leyenda. Aún hoy se debate cuánto había de decisión política y cuánto de fe religiosa. Al parecer en el año anterior, durante la batalla de Puente Milvio, el emperador Constantino tuvo una visión y vio aparecer una cruz en el horizonte. Cautivado, Constantino ordenó pintar una cruz en el escudo de sus soldados y aquella batalla fue ganada por quien había de dirigir al Imperio Romano en el que sería su último momento de esplendor. Un año después de la batalla, en el citado 313, Constantino promulgó el Edicto de Milán donde permitía la libertad de culto y consideraba al cristianismo la religión oficial del Imperio. Hizo entonces Constantino su acto de conversión y pasó a bautizarse. Para ello llamó al Papa, cuyo pontificado respondía al nombre de Silvestre.

Silvestre I fue el primer dirigente de la Iglesia que no hubo de esconderse. Hasta entonces los cristianos oraban en sus casas, en las catacumbas o en el bosque. Ahora ya no. Durante dos décadas (314-335) Silvestre I inició las obras de algunos de los templos más representativos del cristianismo. Se proyectó la iglesia de San Pablo Extramuros y la primigenia iglesia de San Pedro en el mismo lugar donde se levanta la Basílica del Vaticano. Constantino también le regaló a Silvestre una tiara, una especie de sombrero con triple corona que en la actualidad se usa para la ceremonia de coronación del papado.

Silvestre I no fue un santo mártir y es difícil calificarlo de santo confesor. Silvestre fue el primer papa oficial, dejando atrás la clandestinidad. Y si hoy es recordado como San Silvestre lo es quizás por su componente político. Y es que lo más relevante de su pontificado es haber logrado por parte del emperador Constantino un documento en el que le da a la Iglesia Católica la propiedad de unos terrenos que pasarían a ser conocidos como Estados Pontificios. Aunque hoy los historiadores consideran el documento como apócrifo, otorgó al Papa el control sobre la región del Lazio y en su máximo apogeo, durante la Edad Media, el control de ciudades como Roma, Ancona, Perugia, Parma, Módena, Rávena, Ferrara y hasta la francesa Avignon. Hoy, el minúsculo y anacrónico Estado del Vaticano, sólo puede ser comprendido en su totalidad conociendo la historia de aquel documento supuestamente sellado entre Constantino y Silvestre I.

La construcción de la Iglesia de San Pedro

El caso es que Silvestre falleció el 31 de diciembre de 335. Una vez ascendido a los Cielos y convertido en San Silvestre quiso ese ser el último día del santoral anual. Lo es así para la Iglesia Cristiana dado que se rige por el calendario gregoriano. Para los ortodoxos, en gran medida el este de Europa, San Silvestre se celebra el 2 de enero, ya iniciado el siguiente año.

Esto último tiene relevancia para la historia que voy a contar. No podía haber ocurrido en país que no fuese católico. Y así tuvo lugar. Ocurrió un 31 de diciembre de 1925, hace ahora cien años. Ocurrió en Brasil, país con profundas raíces católicas y que apenas un siglo antes se había independizado del aún más católico Portugal.

Tal y como había sucedido y sucederá con multitud de pruebas deportivas, la idea surgió del cerebro de un periodista. El plumilla obedecía al nombre de Casper Líbero, quien además era abogado y, por lo que a nosotros nos afecta, era director y propietario de A Gazeta de Sâo Paulo, un rotativo vespertino. Líbero había adquirido el periódico en 1918 y lo había modernizado endeudándose para comprar una nueva rotativa y modernizándolo hasta el punto de crear un suplemento deportivo independiente del diario original.

Así fue que para conmemorar el lanzamiento del nuevo suplemento deportivo tuvo la idea de crear una carrera por Sâo Paulo con el gallo de la celebración del Fin de Año. Es por ello que la carrera fue conocida como la San Silvestre, en correspondencia con el santoral cristiano. Aquella primera carrera constó de poco más de seis kilómetros y, en realidad, año a año fue cambiando de distancia dado que no había nada establecido. La única premisa de Líbero era disputar una carrera por el centro de Sâo Paulo sin considerar distancia ni recorrido. Su idea primigenia era que la carrera finalizase exactamente a las 00.00 horas del día de Año Nuevo y para eso calculaba la hora de salida en función de los kilómetros a recorrer.

Durante sus tres primeras décadas de vida la San Silvestre de Sâo Paulo osciló entre los 5.000 y los 8.000 metros de longitud. Será en 1945, cuando por primera vez se permita la inscripción de extranjeros, cuando se establezcan los 7.000 metros como distancia oficial. A partir de entonces, lustro a lustro, la distancia fue aumentando progresivamente hasta los 9 y los 12 kilómetros para, finalmente, en 1991 hacer oficiales los 15.000 metros como recorrido definitivo. Leyendas del atletismo como Emil Zátopek, Frank Shorter o Paul Tergat han salido victoriosos en el recorrido paulista.

San Silvestre 1925

A decir verdad, Líbero había sido un imitador. El día de Año Nuevo de 1925 Casper Líbero estaba en Paris. Allí contempló una carrera en la que los participantes llevaban antorchas para iluminar sus pasos en la noche parisina. De ahí cogió la idea Líbero para la celebración de la San Silvestre y la promoción de su periódico. Se trata pues de una carrera distinta. Festiva. Los corredores llevan atuendos navideños y antes o después de la prueba se toma una copa y se engullen dulces navideños. Eso siempre ha sido así, aunque en los últimos años la tendencia se ha agudizado y junto a los atletas profesionales también hay los corredores de domingo que aparecen en la línea de salida ataviados cual carnaval y llegan a la línea de meta tras hacer decenas o centenas de eses por el camino.

En aquella primera prueba de 1925 participaron 600 atletas. Hoy la cifra se acerca a los 20.000 inscritos. La liturgia corredora de fin de año se extendió paso a paso por el resto del mundo. En un primer lugar fueron diferentes ciudades de Brasil para luego cruzar el charco y que la tradición se asentase en Portugal. Luego la plaga se extendió por diferentes países católicos. Después se cambió de fe y lugares como Londres, Tokio o Estambul pasaron a tener Su San Silvestre. En todo caso la usanza festivo religiosa hace que, además de la San Silvestre de Sâo Paulo, el pódium las más famosas sean las de Oporto o Funchal (Portugal), Bolzano (Italia), Barranquilla (Colombia) y, especialmente, la de Madrid en España.

La primera San Silvestre realizada en España tuvo lugar en Galdácano, en el Gran Bilbao, en el año 1961. Tres años después en el barrio madrileño de Vallecas comenzó a celebrarse la San Silvestre por excelencia. Fue concebida por Antonio Sabugueiro, un orensano emigrado a Madrid que practicaba atletismo con asiduidad en la pista del antiguo estadio de Vallecas. La idea era celebrarla al caer la noche, pero antes de la cena, en contraposición a la brasileña que se disputaba camino de la madrugada. En aquella primera prueba los hombres corrieron 2.700 metros y las mujeres 400 metros. Al vencedor masculino le dieron 15.000 pesetas y a la femenina una cubertería y un picardía de color rojo para celebrar la Nochevieja. En la actualidad la prueba consta de 10.000 metros y 40.000 inscritos entre varones y hembras, que compiten en igualdad de dificultad y de premios. Con todo, en la San Silvestre de Sâo Paulo hubo que esperar hasta 1975 para que se permitiese la presencia de la mujer como motivo de ser ese el Año Internacional de la Mujer.

En la actualidad, sólo en España, hay más de dos centenares de carreras de San Silvestre a celebrar el 31 de diciembre. Ya no se regalan cuberterías ni se montan fiestas con regalos tras la carrera, dado que la propia carrera es una fiesta. En la primera edición de la Vallecana el vencedor fue el madrileño Jesús Hurtado, plusmarquista español de 10.000 metros, pero un completo desconocido en el panorama internacional. El último vencedor fue el etíope Berihu Aregawi, medallista olímpico en Paris 2024.

Los tiempos cambian, la tradición se mantiene.

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La mantita de Franco

Antes de que chinos, estadounidenses y árabes abrieran mercados igual de golosos que irrechazables para los codiciosos clubes europeos, las pretemporadas tenían lugar sin lujosos vuelos privados ni actos promocionales de dimensiones colosales. Se jugaban unos cuantos partidos amistosos en varios centenares de kilómetros a la redonda y de vez en cuando se traspasaban fronteras para disputar un encuentro internacional. Célebres eran los duelos entre conjuntos latinoamericanos frente a europeos, choques que llamaban la atención por su exotismo y que a menudo servían para que algún jugador iberoamericano firmase un suculento contrato y se quedase a jugar en Europa.

El súmmum del futbol veraniego tenía lugar en España. Concretamente en dos ciudades que distan 1.000 kilómetros de distancia pero que se asemejan tanto en su fisionomía ligada al mar y al viento, sus profundas raíces liberales y hasta en su defensa contra el invasor inglés. Donde Coruña y Cádiz no se asemejan es en el clima, lluvioso en la villa gallega y soleado en la urbe andaluza. El caso es que en el mes de agosto ambas ciudades hospedaban durante un par de días a alguno de los mejores clubes del mundo bajo el auspicio del Trofeo Teresa Herrera en el caso de los primeros y del Trofeo Ramón de Carranza en el caso de los segundos.

La sana rivalidad entre ambos siempre existió. El Teresa Herrera se vanagloriaba de ser el decano. El trofeo Teresa Herrera fue creado en 1946 bajo el amparo del ayuntamiento de la ciudad para recaudar dinero en beneficencia para los hospitales herculinos. Su nombre proviene de una coruñesa del siglo XVIII que al fallecer donó todos sus bienes y patrimonio para construir el primer hospital moderno de Coruña. No será hasta la mitad de la década de 1980 cuando con el asentamiento y profundización del Sistema Nacional de Salud el trofeo deje de cumplir con esta labor.

Si el Teresa Herrera era la tradición, el Ramón de Carranza era la innovación. Su creación es menos loable. Simplemente fue fundado para obtener ingresos extras ante la construcción de un nuevo estadio en la ciudad gaditana. El Carranza (alcalde de Cádiz en época franquista y curiosamente nacido cerca de Coruña) fue creado en 1955 y pronto destacó por sus innovaciones. Si el Teresa Herrera era un duelo entre dos, el Carranza era cuadrangular. Si el Teresa Herrera se jugaba por la tarde, el Carranza se alargaba hasta la noche gracias a la luz artificial. Y si en el Teresa Herrera había prórroga, en el Carranza se lanzaban penaltis. Fueron los lanzamientos desde los once metros lo que hicieron del Carranza un icono universal. En 1962 el periodista Rafael Ballester introdujo una rompedora propuesta que en menos de una década ya formaba parte del librillo de normas de la FIFA.

En ese momento el Carranza estaba por encima del Teresa Herrera. Luego ya no. En Coruña el cartel solía ser más prestigioso. Por allí pasarían hasta quince diferentes ganadores del Balón de Oro, desde Eusebio o Luis Suárez hasta Cristiano Ronaldo o Kaká pasando por Beckenbauer, Cruyff y otras estrellas que no lo fueron caso de Kubala, Bergkamp o Roberto Rivelino. También, obvio, los Amancio, Bebeto o Mauro Silva con la camiseta del RC Deportivo. Ocurre que lo más excepcional fue el Teresa Herrera de 1959 que enfrentó al Botafogo contra el Santos. Hasta siete campeones del mundo sobre el campo (seis de ellos titulares en el Brasil campeón de 1958) liderados por Garrincha en caso del Botafogo y de Pelé en las filas del Santos. O Rei metió un gol y agasajó con varias asistencias en la victoria de los paulistas por 4-1. El encuentro fue un acontecimiento con eco por media Europa y se dice que hasta 46.000 coruñeses se apiñaron en un estadio donde apenas cabían 35.000 almas.

Pelé y compañía en Coruña

Y aun así, con todo, el Carranza insuflaba una modernidad de la que carecía el Teresa Herrera. Así que el Comité Organizador herculino le da una vuelta de tuerca al torneo. El formato se convierte en cuadrangular de forma definitiva permitiendo tres partidos a lo largo de un fin de semana. Dichos encuentros pasan a jugarse al anochecer y se traslada a inicios de agosto, coincidiendo con las fiestas de María Pita, los actos futboleros. Esta decisión es trascendental dado que hasta entonces el Teresa Herrera solía celebrarse el 29 de junio, día de San Pedro. Al llevarlo a la primera semana de agosto se asegura que los grandes equipos que están en pretemporada puedan acudir, se le da un apoyo extra a una climatología siempre dificultosa en la ventosa y lluviosa Coruña y se asegura la presencia de veraneantes. La gran mayoría de ellos son madrileños, hecho que hará que en los 70 y los 80 a Riazor se le conozca como el Pequeño Bernabéu. Por último, y no por ello menos importante, se establece como trofeo oficial una espectacular Torre de Hércules hecha completamente de plata que sustituye a la copa que se daba cuando el torneo se puso en marcha en 1946.

Para 1973 toma las riendas de la organización del torneo un nuevo equipo liderado por el concejal Manuel Gila y por Felipe Poncet, responsable de las instalaciones deportivas de la ciudad. La primera decisión que toman es vender abonos para el torneo buscando una recompensa económica y dejando a un lado el carácter benéfico del torneo. El caso es que para ese primer año de la nueva era se contrata al Atlético de Madrid y al Ajax de Johan Cruyff, que en la anterior primavera se había proclamado campeón europeo por tercer año consecutivo. En palabras de Gila hubo entonces que buscar a dos equipos “barateiros”, dado que los holandeses se habían llevado por delante más de la mitad del presupuesto. Se optó por dos equipos del Telón de Acero; el Spartak Trnava, campeón checoslovaco, y el Ujpest Dozsa, campeón húngaro. El Atlético se enfrentaría al Ujpest y el Ajax al Spartak Trnava, a la espera de una esperada final entre españoles y tulipanes.

El caso es que a diez minutos del inicio del torneo Manuel Gila recibe una llamada procedente de la Federación Española de Fútbol. Se le comunica que no pueden participar dos clubes comunistas en el torneo, por lo que el Teresa Herrera queda cancelado. Gila colgó el teléfono y sopesó las posibilidades. Tanto Athletic como Barça tenían esas fechas ocupadas. El Real Madrid saldría demasiado caro y el RC Celta no sería aceptado por el público herculino. La opción lógica sería el RC Deportivo, pero los blanquiazules acababan de descender a Tercera División. Sería infumable. Fue entonces cuando Gila se acordó de que un concejal del ayuntamiento, de apellido Guimaraens, jugaba al golf con el Generalísimo.

El Generalísimo Franco. El hombre del que ahora se cumple medio siglo de su fallecimiento.

Francisco Franco veraneaba en Meirás, a escasos kilómetros de A Coruña. Así que Guimaraens departió con el dictador entre hoyo y hoyo hasta que el Generalísimo dio su brazo a torcer. No sólo eso, consiguió el compromiso de Franco a acudir a presenciar la final del Teresa Herrera de 1973. Cabe señalar que a Francisco Franco nunca le gustó el fútbol, a pesar de que la leyenda siempre lo ha vinculado a los éxitos en blanco y negro del Madrid. Y cumple indicar, para los neonatos en historia contemporánea, que Francisco Franco era entonces un anciano de 81 años aquejado de párkinson, con fallos renales crónicos y que apenas un par de meses antes había dado plenos poderes al Almirante Carrero Blanco para continuar con una obra que él ya no era capaz de supervisar ni física ni psicológicamente. Así pues, parece fácil comprender que no le costase demasiado a Guimaraens el convencer a Franco.

Carmen Polo y Franco en Meirás

Total, que nos vamos al 3 de agosto y el Atlético de Madrid hace buenos los pronósticos y derrota al Ujpest por 4-2. Luego tendrá lugar la que es considerada la mejor semifinal en la historia del Teresa Herrera. En el minuto 60 el Ajax vence con suficiencia por 3-0 al Spartak Trnava con dos tantos de Johan Cruyff. En ese momento los tulipanes desconectaron totalmente del partido. A base de fuerza física e incursiones de sus extremos, los checoslovacos anotaron un repóker de goles en media hora para llevarse el triunfo en un sorprendente 3-5. El triunfo fue celebrado en las calles de la pequeña ciudad eslovaca de Trnava como si de un título se tratase. Cruyff, sustituido antes del final, ya estaba cuando se consumó la derrota duchado y camino del Hotel Atlántico. Estaba a otras cosas. Aquel fin de semana coruñés el reservado del Hotel Atlántico fue el testigo silencioso del acuerdo entre el señor Carabén y el señor Van Praag para cerrar el traspaso de El Flaco al FC Barcelona.

Pero esa es otra historia.

Para el 5 de agosto el Atlético de Madrid recibe al Spartak Trnava en la final del XXVIII Teresa Herrera. Francisco Franco y su mujer Carmen Polo presiden el palco de autoridades. Es una tarde de verano fresca en Coruña en la que vagamente se alcanzan los veinte grados. Carmen Polo acude de blanco y Francisco Franco con traje y corbata. El público va de manga corta en su mayoría, aunque todos llevan chaqueta a sabiendas que hará falta con el trascurrir del tiempo. El primer contratiempo tiene lugar antes de que se inicie el encuentro. Nadie contaba con que el Trnava jugase la final, así que no hay partitura del himno checoslovaco. Al director de la orquesta municipal coruñesa se le ocurre pedirle a parte de los jugadores del Spartka que tarareen el himno a capela. El avispado director de orquesta, de nombre Rogelio Groba, toma unos apuntes a mano de las notas y gracias a ello el himno checoslovaco puede sonar tras el español en honor al Atlético de Madrid.

Teresa Herrera 1973

Comenzó luego el partido. La primera parte finalizó sin goles, pero justo tras el descanso Javier Irureta, décadas más tarde entrenador victorioso con el RC Deportivo, adelantaba a los colchoneros. Poco después el Spartak empata el choque que finalizaría así tras 90 minutos. Habría entonces prórroga, dado que los penaltis seguían sin implantarse en el Teresa Herrera. Tras otra media hora de disputa, y 120 minutos en total, tocaba nueva prórroga. El reglamento de la competición establecía que tras la tercera prórroga el equipo que anotase un tanto se proclamaría campeón…una vez se disputasen todas las prórrogas que hiciesen falta.

Por entonces en Riazor hacía frío. Bastante frío. La niebla veraniega hacía su efecto. Es habitual que tras un día soleado la brisa marina haga su entrada por la bahía coruñesa a golpe de nubes bajas y un pequeño orballo. La de aquel día era espesa. Y Franco tenía frío.

El Generalísimo quería coger el coche y marcharse a su casa de Meirás.

Carmen Polo solicitó una mantIta para tapar las piernas de su marido.

No había manta.

Todos los presentes en el palco de autoridades preguntaban por una mantita. No la había. Una de las pocas mujeres presentes en el palco se mostró solicita para prestarle su chal al Generalísimo. Casi la matan con la mirada. Era Carmen Polo la que había pedido la mantita. Franco no podía mostrar ese momento de debilidad.

Como para aceptar un chal procedente de una mujer….

José Pérez Ardá, alcalde de A Coruña, propuso a un policía salir del estadio, cruzar la calle y llamar puerta por puerta hasta que alguien les dejase una manta en condiciones para cubrir las piernas del Caudillo. Pero no iba a dar tiempo. Carmen Polo, temida por todas las joyerías de España por asaltar sus mostradores a coste gratuito, arqueó las cejas y levantó la mano para comentarle algo al secretario personal del Generalísimo. Éste asintió con la cabeza y se acercó a hablar con Manuel Gila.

Había que acabar inmediatamente con el partido. Que se tiren unos penaltis y que Franco pueda marcharse cuanto antes.

Cuando Manuel Gila se levantaba de su asiento para acatar las órdenes, José Eulogio Gárate se adentró en el área checoslovaca y anotaba el tanto de la victoria atlética pasado el minuto 135 de encuentro.

Luis Aragonés, capitán colchonero, recibió con ayuda la gigantesca Torre de Hércules de 40 kilos de oro y plata de manos de un Francisco Franco que necesitó manos y manos de ayuda (normal, por otra parte) para dársela.

Y ya pudo entonces meterse en el coche oficial y volver a su palacio veraniego de Meirás.

Donde suponemos que dormiría arropado por un cálida y preciosa mantita.

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Los líos de faldas de Sven (2ª parte)

Cuando Sven-Göran Eriksson da la que sería su última rueda de prensa como seleccionador inglés lo hace con un alegato en defensa de Wayne Rooney. Era el año 2006. Rooney había cometido una imprudente entrada a destiempo contra Ricardo Carvalho y el dedo acusador de Cristiano Ronaldo (compañero de Rooney en el United) hizo que el colegiado expulsase al delantero inglés. Faltaba más de media hora para el fin del encuentro de cuartos de final del Mundial. Inglaterra aguantaría una hora en inferioridad numérica para morir en la tanda de penaltis y desperdiciar una vez más una oportunidad para asomarse al balcón del éxito planetario.

La prensa inglesa esperaba con el cuchillo entre los dientes. En 1998 había sido David Beckham el que se había ganado una tarjeta roja por una chiquillada ante Diego Pablo Simeone. Tardó varios años en recuperar el cariño y la credibilidad de público y prensa. Así que Eriksson, en su último acto como seleccionador inglés, lo tuvo claro: “No os ensañéis con Rooney. Es el chico de oro del fútbol inglés. Yo me voy, pero vosotros (por la prensa) necesitáis a Wayne para los próximos años. No lo destruyáis, os lo ruego, porque lo necesitáis”.

Y Sven-Göran Eriksson sabía muy bien de lo que hablaba.

Se suele decir que la prensa amarilla inglesa tiene tanto poder que te encumbra y te hunde cuándo y cómo quiere. A decir verdad, la prensa sensacionalista únicamente tiene una de esas capacidades. Te alza a los altares. Si lo deseas, serás famoso. La caída viene sola. O bien porque el famoso de turno es incapaz de mantener los estándares de perfección y éxito social que le hicieron ser encumbrado, o bien porque deja de ser noticioso y, enrabietado, busca una nueva forma de ponerse en el foco.

Y luego está Nancy.

2001. Inglaterra vence a España 3-0 en el primer partido de Eriksson. Todo es alegría en las tierras de Isabel II. La única pena es que Sven es aburrido. Contesta con monosílabos, no grita en el banquillo y no entra al trapo a ninguna polémica. Uno que no quiere salir en la prensa amarilla. Ocurre que es acabar la rueda de prensa, salir de los vestuarios y allí está Nancy en busca de un micrófono.

Aquella despampanante italiana, de la clase alta italiana, con suntuosos y coloridos vestidos, hace de contrapunto perfecto del buenazo de Eriksson. En septiembre toca visita a Múnich para partido de clasificación para el Mundial 2002. Hacía más de tres décadas que los ingleses no vencían a los teutones. Fue una paliza histórica. 1-5. Aquel día Michael Owen anotó tres tantos. Unos días después se realizaba la votación periodística para el Balón de Oro y aquel hat-trick hizo que el delantero del Liverpool FC adelantase en el sprint final al madridista Raúl. De repente una Svenmanía se propagó cual maremoto por toda Inglaterra. Todos los programas de radio y televisión hablaban de Eriksson, surgieron camisetas y llaveros, hubo hasta una canción que llegó al top5 de los éxitos de ese fin de año e Inglaterra, por descontado, pasaba a ser favorita para el Mundial de 2002.

Dado que Eriksson era hombre de perfil bajo, quien se prestaba a aparecer en público era Nancy. Pronto fue bautizada como Primera dama del fútbol inglés. Le encantó. Empezó a acudir a saraos luciendo su nuevo y ficticio cargo. Vivían en un palacete con vistas a Regent’s Park y si algún paparazzi acudía a esperarlos tras las vallas, Nancy no dudaba nunca en saludar y esbozar una sonrisa.

Total, que el tiempo pasa. Inglaterra se clasifica para el Mundial de forma milagrosa. Tiene que empatar en Wembley ante Grecia y a falta de un par de minutos para el final va perdiendo por 1-2. Un gol de falta de Beckham envía a los ingleses a Japón. Dado que Eriksson había heredado una situación complicada, y con el recuerdo del 1-5 todavía nítido, nadie tiene en cuenta el susto y se viaja a Oriente con la ilusión intacta. Todos confían en que el sueco devuelva la gloria perdida a Inglaterra. No obstante, sucederá lo de siempre e Inglaterra caerá en cuartos de final del Mundial de Corea y Japón.

Como el verdugo había sido el Brasil de Ronaldo, Ronaldinho o Rivaldo, se dio por aceptada la derrota. Sin embargo, la prensa sensacionalista tenía otros planes. Contaban con una noticia que habían guardado en el armario a la espera de que el Mundial terminase. Era el momento de sacarla a la luz. Sven-Göran Eriksson mantenía una relación sentimental con Ulrika Jonson, una modelo y presentadora televisiva británica de padres suecos que en su juventud había sido modelo. Un pibón. Otro más.

Nancy estalló en cólera. Y el News of the World se frotó las manos. Pero Nancy y Sven no estaban casados, por lo que los abogados de la italiana le recomiendan mantener un perfil bajo y perdonar la infidelidad. A Sven le preguntan, pero calla por respuesta. Y entonces surge un potro desbocado de 17 años que responde al nombre de Wayne Rooney. Un chico igual de bueno que de atolondrado. Un futbolista que era consciente de lo que sabía hacer, pero ignoraba lo que no podía hacer. Con Rooney en el foco, lo del trío amoroso de Eriksson queda a un lado. Toca Eurocopa en Portugal. Año 2004. Rooney y Owen en la delantera. Beckham, Gerrard y Lampard por detrás. Favoritísimos. En cuartos toca el anfitrión como rival. Rooney, quien era el mejor del torneo, se lesiona a los 25 minutos. Hay prórroga. Portugal se pone 2-1, pero Inglaterra empata a falta de cuatro minutos para el final de los 120 de juego. Penaltis. Falla David Beckham. Inglaterra otra vez eliminada en cuartos.

Ahora la paciencia con Eriksson ya se agota. Lo del sueco como seleccionador inglés ya gusta a pocos. Y el News of the World decide ir a por él. El problema, cómo ya comenté antes, es que uno no forma parte del mundo sensacionalista sino quiere. Y a Eriksson no había forma de hincarle el diente.

Pero a Nancy sí. Y a Ulrika también.

Ulrika da una entrevista. Más bien acomete un asesinato a base de palabras. “El sexo con Sven era como montar un mueble de Ikea, era tan ordenado y funcional que seguramente hubiese quedado más satisfecho montando un armario juntos. Es el hombre más débil que he conocido. Puede tener poder y dinero, pero tenía que hacerlo yo siempre todo”. La venganza de Ulrika es de tomo y lomo.

Cuando a Nancy le preguntan por Ulrika lo primero que sale de su boca es la palabra “prostituta”. Y mientras, la popularidad de Eriksson cae por los suelos. Si algo no gusta a la victoriana y rancia sociedad inglesa son los líos de faldas.

Ulrika

Pero como el hombre es el único ser vivo que tropieza siempre con la misma piedra, Sven volverá a caer en la trampa. A finales de 2004 se descubre que tiene un idilio con una joven secretaria de la Federación Inglesa llamada Faria Alam. El asunto tiene su aquel porque Alam mantiene una segunda relación de índole sexual con un directivo de la FA que está casado. El News of the World, en el apogeo de su asqueroso poder, publicará correos electrónicos subidos de tono entre ambos. El asunto se resolverá con la dimisión del directivo, la expulsión de Alam (quien aceptará 300.000 libras de indemnización y se marchará a vivir a Canadá) y el mantenimiento en el cargo de Sven-Göran Eriksson.

Eriksson mantiene el puesto por la intermediación de Beckham, Rooney y los demás pesos pesados de la selección inglesa. Pero es un muerto en vida. Nancy decide dejar la casa de Regent’s Park, poner rumbo a Roma y contar lo divino y lo humano en la televisión italiana mientras prepara una demanda millonaria contra Sven.

Y aún hay más.

En enero de 2006, meses antes de la disputa del Mundial, Eriksson recibe una invitación para ir a Dubái. En teoría le comunican que un jeque va a comprar un club inglés y le ofrecen el cargo de entrenador. Eriksson sabiendo que, pase lo que pase en el Mundial 2006, tiene los días contados, se muestra receptivo a la oferta. Resulta que lo único que en esa reunión se vendió fue humo y que la conversación pronto llegará a la prensa inglesa. El revuelo será de tal magnitud que la FA anunciará un mes antes de la disputa del Mundial que el inglés Steve McClaren se haría cargo de la selección al acabar el torneo y que acudirá como segundo entrenador de Eriksson a Alemania.

Fiel a su estilo Eriksson aceptará el desprecio sin mediar palabra, pero permitirá que las mujeres y novias de los jugadores convivan con los seleccionados en Alemania. Será mes y medio de andanzas junto a la prensa, dado que los juntaletras y las WAGs (wives and girlfriends) compartirán hotel. Fue un acto de venganza de Eriksson que dio carnaza gratuita a la prensa sensacionalista aun a coste de sus chicos únicamente para desprestigiar a los directivos de la FA.

Faria, Sven, Nancy y Ulrika

Como comenté al inicio de este artículo, Inglaterra volvió a caer, y nuevamente lo hizo en cuartos de final. Otra vez fue ante Portugal, y por tercera vez consecutiva Eriksson cayó ante Scolari, quien fue seleccionador brasileño en 2002 y portugués en 2004 y 2006.

Sven y sus líos de faldas marcharon a lo que pareció un exilio a México antes de volver a Inglaterra en 2009 para hacerse cargo del Notts County, por entonces último clasificado de la segunda categoría inglesa. Aquello no tenía sentido alguno. Pero es que Eriksson volvió a tropezar con la misma piedra. Nuevamente le habían dicho que un gran inversor de Oriente Próximo se haría cargo del club y a medio plazo se convertiría en un grande del país. Le dieron todo el poder, no únicamente en la parcela técnica, sino también en materia de organización y fichajes.

Era como una vuelta a Göteborg. Un reinicio. Y así fue durante un par de meses, hasta que se vio que no había dinero ni para pagar al jardinero y que inversores no había ni el primero. Desesperado, Eriksson hizo un estrambótico viaje a Corea del Norte, dado que un empresario de minerales inglés le había dicho que podrían firmar un acuerdo millonario con el entonces moribundo Kim Jong-il. Como era de esperar, lo que sucedió es que el empresario se ayudó de la fama de Eriksson para conseguir un buen trato para su empresa y ni el Notts County ni Eriksson recibieron nada a cambio.

Al volver de Corea del Norte, Eriksson renunció a su sueldo y dejó el club. Meses después el Notts County entraba en quiebra.

Picaflor

Sven-Göran Eriksson entrenaría en China y hasta dirigió a la selección de Filipinas. Nunca jamás volvió a recuperar el brillo y el poder que obtuvo al ser nombrado seleccionador inglés. Da igual. Pocos con tan poco llegaron tan lejos. Un desconocido sueco que tuvo el honor de ocupar el cargo más sagrado del fútbol mundial. Con razón, cuando su vida expiraba y hacía repaso de lo sucedido, en vez de afligirse por su futuro se enorgullecía de su pasado.

“Tuve una buena vida. Igual demasiado buena y tuve que pagar por ello. Espero que me recuerden como una persona positiva y qué hizo todo lo que pudo”. Sven-Göran Eriksson.

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Los líos de faldas de Sven (1ª parte)

Sven se despertó. Mareado. Espantosamente mareado. Hubo de pedir ayuda. Hubo que llevarlo al hospital. El diagnóstico fue terrorífico. Si el médico que te atiende empieza a llorar sólo cabe esperar que el mundo se te abra bajo tus pies. Sven acababa de sufrir cinco infartos cerebrales. No uno. Ni dos. Ni tres. Ni tan siquiera cuatro. Eran cinco los infartos cerebrales. Cinco. Una masa cancerígena habitaba en su cerebro. No sufría dolor. Ni lo iba a sufrir. Tampoco había operación posible. Le dieron doce meses de vida. Luego le recortaron el plazo a diez meses. El bicho también estaba en el páncreas. El tiempo de descuento del partido acabó siendo un alargue de 18 meses. Sven disfrutó de ese tiempo añadido. Nunca en su vida había pensado en el mañana y tampoco lo iba a hacer ahora. Contaba con 75 años. Le dio por dictar sus memorias.

Había tenido una buena vida.

Había disfrutado del fútbol. Del poder. Y de la erótica del poder.

Tenía apenas 30 años cuando se convirtió en el entrenador del Degerfors IF, un auténtico Don Nadie en la paupérrima segunda categoría del fútbol sueco. Era un trabajo en el que no percibía sueldo alguno, tan sólo primas por victoria. Era lo de menos. Sven era un fanático del fútbol. La semana que el Degerfors se jugaba el ascenso a la máxima categoría hubo de pedirle a la directora del colegio que le diese un par de días libres. Y es que Sven era profesor de educación física. El colegio aceptó el órdago y Sven logró al ascenso. Luego se sacó el carnet de entrenador profesional. Hubo de posponer su primera boda, dado que la fecha del examen coincidiría con el día que debía pasar por la vicaría.

No es de extrañar que Sven no estuviese presente en el nacimiento de su primer hijo. No es de extrañar que su mujer solicitase el divorcio.

Y no es de extrañar que Sven-Göran Eriksson se convirtiese en técnico del IFK Göteborg. Corría el año 1979.

Sven en 1979

Lo que hizo Sven-Göran Eriksson en el Göteborg es una proeza de valor incalculable. Sin experiencia alguna en la élite, Eriksson implantó un 4-4-2 con marcaje zonal y presión fuerte a la salida del balón. En el año inicial el equipo ganó la Liga por vez primera en su historia y en 1982 logró un histórico triplete (Liga, Copa y UEFA). Aquel equipo estaba formado por once obreros. Y no he usado una hipérbole. Su delantero centro, Torbjorn Nilsson, había jugado en el PSV, pero había vuelto a Suecia por una depresión y compaginaba los entrenamientos con un trabajo como cocinero. Aquellos proletarios del fútbol entrenaban siempre por la tarde justo después de que todos acabasen con sus trabajos (destacaban los fontaneros y los bomberos). Tan modesto era el Göteborg que para viajar a Valencia para disputar los cuartos de final de la UEFA hubieron de hacer una colecta entre sus aficionados. Lograron el pase, aunque la machada la habían dado en dieciseisavos al doblegar al Inter. En semis cayó el Kaiserlautern y en la final a doble partido se venció al HSV Hamburgo por 1-0 en la ida, antes de asaltar Alemania por un contundente 0-3.

Lo nunca visto.

A Eriksson le harían una estatua en su pueblo. Pequeño pueblo maderero del norte de Suecia. Sven tuvo una infancia humilde. La familia era larga y las estrecheces continuas. La madre era ama de casa y el progenitor camionero. Apenas se duchaban un día a la semana y Sven contaría que su madre tan solo salió una vez de su pueblo para ir a Estocolmo con motivo de celebrar su modesta luna de miel. Lo que había hecho Sven no estaba en los anales. Y un grande venido a menos llamó a su puerta. Era 1982.

Dice la leyenda que doce directivos del SL Benfica presentaron su dimisión al conocerse la contratación de Eriksson. No fue tal el asunto. Pero el asunto fue quijotesco. De eso no hay duda. Un frío y aburrido escandinavo a orillas del Río Tejo. Y es que Eriksson no era un desechado de virtudes. Era un tipo plomizo, de ojos azules diminutos, soberanas entradas en una calvicie que ni era ni dejaba de serlo y unos dientes de ratoncillo que asomaban entre dos líneas ásperas de labios. No saltaba en los banquillos. No gritaba. Y apenas mostraba alegría ni tristeza. Según decía, en una clara muestra de sus tiempos de profesor, él dictaba sentencia en el vestuario, pero en los partidos debía mostrarse sereno y dar ejemplo a sus pupilos.

El caso es que llevaron a Eriksson al viejo Estadio da Luz, le hicieron cruzar un pasillo y le enseñaron la sala de trofeos. Eriksson comprendió donde estaba y levantó el dedo. Seis meses. Dicen que fue lo que pidió. Así fue. A los seis meses si aquel sueco decía que el sol era verde todo lisboeta decía que el sol era verde. Fueron dos años y ganó dos Primeira Liga. Pero no pudo con la maldición de Bela Guttmann y cayó en la final de la Copa de la UEFA.

Eriksson en Lisboa

Un día, volviendo de entrenar, vio que un coche lo seguía. Intentó despistarlo sin suerte y acabó saliendo del vehículo para enfrentarse a su oponente. No había tal. Era un directivo de la AS Roma. Querían hablar con él en privado y ofrecerle un viaje de ensueño a la Serie A.

Un técnico sueco en la Serie A.

Entonces allí estaban todos. Maradona, Platini, Van Basten, Rijkaard, Falcao, Krol, Baggio, Maldini, Gullit, Klinsmann, Matthaüs, Baresi, Boniek, Zico…y luego Batistuta, Ronaldo, Nedved, Del Piero, Bergkamp, Weah, Vialli, Zamorano, Vieri…Pero los entrenadores no. Los entrenadores eran todos de casa. Eran italianos. Y en 1984 por allí iba a aparecer un sueco.

Entre 1984 y 1997 Eriksson dirigió a la AS Roma, AC Fiorentina y UC Sampdoria. Ganó títulos con romanos y genoveses y por el camino regresó a Lisboa para llevar al SL Benfica a la que hasta la fecha es su última final de Copa de Europa en la que cayó ante el AC Milan de Sacchi. Por entonces Eriksson se había ganado la fama de hombre tranquilo en circunstancias difíciles, intrépido, sin miedo al fracaso, pero seguía sin convencer a un grande para que le diese las llaves del castillo.

Así que en 1997 acepta la oferta del SS Lazio. Serían cuatro años de éxitos.

Los laziales no eran ni son un grande. Pero entonces tenían dinero. Mucho dinero. Y Eriksson se coronó. Ganó cuatro títulos y en el año 2000 logró el segundo Scudetto de la historia del club con un equipazo formado por Fernando Couto, Nesta, Mihajlovic, Nedved, Simeone o Marcelo Salas.

Ocurre que no sólo de fútbol vive el hombre. En esa época, el bueno de Sven comienza una relación sentimental con un pedazo de mujer. Se trata de Nancy Dell’Olio. En aquel instante Sven cuenta con 50 años y Nancy con 37. Nancy es una dama de alta alcurnia, con antepasados de la nobleza apuliana y de personalidad arrolladora. Es una Sofía Loren morena, de generosa delantera, gustosa del maquillaje, y con el tiempo de las operaciones estéticas, y con una frondosa y exuberante cabellera. Es también una tipa lista. Le encantan los micrófonos y las cámaras. Ejerce de abogada y sabe cómo, cuándo y qué decir.

A Sven se lo come con patatas.

¿Qué hace pedazo de mujer con Sven?

La erótica del poder lo llaman.

Lo que aquella despampanante italiana veía en aquel callado sueco era poder. Poder con la mirada. Sven hablaba poco y lo hacía entre silencio y silencio. Pero sabía de qué hablar. De fútbol. También de Confucio. Practicaba yoga y podía explicarle a quien quisiera escucharle cómo era el proceso de talado, empaquetado, creación y venta de una mesa de madera. Una caja de sorpresas de tema variopintos. Pero había que preguntarle. Y en el misterio, en esos silencios perpetuos, era donde Sven tenía su fuerte.

Y es que Sven era un picaflor. Quién lo diría.

A ojos de todos Nancy era la voz cantante. Aparecía en todos los partidos con trajes despampanantes y en los postpartidos se acercaba junto a Sven para posar y encandilar a todos con una sonrisa. Nancy anunciaba la boda. Pronto. Pronto. Sin embargo, las campanas no sonaban.

Sven tenía otro plan.

Y entonces su representante lo llamó por teléfono.

Sven y Nancy

Enero de 2001. A Eriksson lo quieren de la Football Association. De The Football Association. La Football Association. Los señores estirados que inventaron el fútbol en 1863 quieren que un sueco sea seleccionador nacional inglés. Eriksson no necesita ni pensarlo. Es un puesto de honor. Es un cargo al que ningún extranjero jamás pudo nunca haber ni imaginado conseguir. Sven pide comenzar en junio de 2001. Le dicen que ahora o nunca. Habla con el presidente de la SS Lazio, que le concede la libertad por los servicios prestados.

En aquel entonces la SS Lazio caminaba con 11 puntos de ventaja en busca de su segundo Scudetto consecutivo. Acabarán terceros a seis puntos del vencedor.

En febrero de 2001 aquel hijo de un camionero de un pueblo perdido del norte de Suecia se convierte en seleccionador nacional de Inglaterra. La primera rueda de prensa es un huracán disfrazado de preguntas. Le atosigan. Le dan palos. Le recuerdan que sólo ha dirigido a un jugador inglés en más de dos décadas como técnico. Le cuestionan por su lealtad. Le preguntan por un lateral izquierdo de un equipo de la segunda categoría que obviamente no conoce. “Es Inglaterra. ¿Cómo iba a rechazar semejante propuesta?”, contestará cuando las preguntas alcancen un tono hiriente. Tras la rueda de prensa tiene un breve encuentro con Tony Blair, primer ministro inglés, y ambos acabarán haciendo una apuesta en tono jocoso preguntándose cuál de los dos tiene más presión en el cargo y quién de los dos aguantará más tiempo en su puesto.

Con esos mimbres toca debut en Birmingham. Inglaterra vs España. Y gana la Pérfida Albión. 3-0. Eriksson le quita la presión a unos chicos que venían de fracasar en el Mundial 1998 y la Eurocopa 2000. Les quita la camisa de fuerza y contesta a las críticas con silencios y sonrisas.

Y llega el postpartido.

Y con el postpartido llega Nancy.

Continuará…

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¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Amos Klausner nació en Europa. Con los años emigró a Jerusalén y cambió su apellido por el de Oz, que significa coraje. Vivió en un kibutz, las comunas agrícolas israelís, y participó como soldado en la Guerra de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kippur (1973). Novelista, profesor universitario y escritor, ganó diversos premios literarios en Israel y medio mundo. Francia le otorgó la Legión de Honor, España le concedió el Príncipe de Asturias y estuvo varios años nominado al Nobel de Literatura. Amos Oz era uno de los israelitas más sobresalientes, respetados y conocidos del mundo. Un faro para cualquier judío. Una muestra de cómo desde la miseria se puede llegar a la excelencia.

Hasta que en 2015 Amos Oz dijo lo siguiente: “La supervivencia del Estado de Israel requiere la creación de un Estado Palestino independiente. No hay otra solución porque los palestinos no se van a ir, no tienen adónde. Los judíos israelíes tampoco nos vamos a ningún lugar, no tenemos adónde. No podemos ser una gran y alegre familia porque no somos una familia. Somos dos familias muy infelices. Debemos dividir la casa en dos apartamentos más pequeños. No hay otra opción”.

Inmediatamente Amos Oz fue tildado de traidor. De pacifista izquierdista y de vendedor de la Patria. Cuando falleció en 2018 gran parte de los que le habían admirado no quisieron llorar su pérdida. Su editor le dijo una vez a Amos que sus libros tenían unas ventas grandiosas en Israel porque los sionistas compraban sus libros no para leerlos, sino para quemarlos.

Los palestinos luchan dos guerras al mismo tiempo. Una para lograr su libertad, y es justa. La otra no lo es porque luchan para expulsar a los israelís de su tierra. Los israelitas luchan dos guerras al mismo tiempo. Una justa para defenderse del terrorismo alentado por Hamás y Hezbolá los cuales son financiados por Irán con el objetivo de doblegar a Israel y convertirse en la fuerza hegemónica en Oriente Medio. La otra no es justa y busca la expulsión y el exterminio de los palestinos en la llamada Franja de Gaza.

¿Quién tiró la primera piedra? No es asunto de estas líneas. Las bases de este desastre las pusieron británicos y franceses en 1917 y nunca verán solución adecuada. Hablamos de convivencia pacífica desde Occidente. De diálogo y de consenso. Hablamos y hablamos, sin embargo, sabemos que es imposible. Son dos pueblos que se odian, que no tienen el mismo concepto de Derechos Humanos aceptado por nosotros, y que ocupan el mismo territorio. Poco se puede hacer.

Amos Oz

El motivo de este artículo es otro. La pregunta es otra. ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El pasado 14 de septiembre el Gobierno de España tenía un trabajo qué hacer y era garantizar que pudiese desarrollarse la última etapa de la Vuelta Ciclista a España. El delegado del Gobierno en Madrid, y por lo tanto el Gobierno, fracasó en esa tarea, dado que la Vuelta no pudo finalizar (el pódium de vencedores se hizo en un garaje subiendo al triunfador a una nevera portátil). El Gobierno fue incapaz de asegurar la integridad de los ciclistas y de despejar las calles del recorrido. Se movilizaron 3.000 policías, cifra superior a la cumbre de la OTAN según explicaron.

Pues no fueron suficientes.

El trabajo del Gobierno también era asegurarse de que quien quisiese manifestarse a favor de la causa palestina o por la desaparición del Estado de Israel pudiese hacerlo con normalidad. También era asegurarse de que la Vuelta llegase a la meta con normalidad. Consiguió lo primero y fracasó en lo segundo con la duda que ha quedado, y es responsabilidad del Gobierno por sus declaraciones que haya esa duda, respecto de la voluntad real de que el Gobierno pudiese completar ese cometido. Esa misma mañana, el presidente de España había mitineado a favor de la causa palestina usando el viejo truco de decir que respetas a los deportistas, pero, sobre todo, diciendo que admiras a los que al manifestarse no van a dejar a trabajar a los deportistas.

La duda sobre la voluntad del Gobierno es muy legitima dado que llevan un mes quitándole hierro a los incidentes y exigiendo la expulsión de un equipo ciclista patrocinado por un israelí de las competiciones internacionales. Y la duda es legítima, debido a la satisfacción de varios ministros al celebrar el fracaso del dispositivo de seguridad de la carrera. El Gobierno usó interesadamente la manifestación pacifica para diluir su responsabilidad y los desórdenes públicos que acabaron provocando que la carrera fuera abortada. Y es que no fue el clamor del pueblo de Madrid lo que abortó la carrera, sino la incompetencia de la Delegación del Gobierno de Madrid.

Camuflar un fracaso proclamando con enorme sobreactuación una evidencia.

También la oposición debería abstenerse de hablar en nombre del pueblo madrileño. En Madrid no hubo violencia ni tampoco hubo un Sarajevo (Ayuso dixit). La sobreactuación llega a todos los extremos de la política.

Días después de los incidentes en el fin de la Vuelta a España se reunieron en Madrid el canciller de Alemania Friedrich Merz, conservador, con el presidente de España Pedro Sánchez, progresista. Sánchez habla de genocidio. Merz no. Sánchez considera necesario reconocer el Estado Palestino. Merz no. Sánchez no quiere competiciones deportivas si participa Israel. Merz no se ha pronunciado al respecto. Sánchez entiende que Netanyahu viola los Derechos Humanos. Merz está de acuerdo. Sánchez anunció el embargo de armas a Israel hace meses, pero hasta hace tres días no lo hizo efectivo. Merz ya tiene el embargo en vigor desde hace muchos meses. Sabiendo en qué coinciden y en qué discrepan, ambos comparecieron en ambiente de concordia y en sintonía subrayando como están de acuerdo en lo esencial. Ninguno acusó al otro de ser cómplice de Netanyahu ni cómplice de Hamás.

Una muestra más de que lo que ocurrió aquel 14 de septiembre en una carrera ciclista en la capital de España no fue más que una escena sobreactuada con la única idea de embarullar y confrontar. Lo que polariza la vida española no es lo que ocurre en Gaza, sino que es el afán de polarizarlo todo lo que contamina cualquier situación tanto interna como externa de nuestro día a día.

Madrid 14/IX/25

Una vez que el suflé ha finalizado, las preguntas que el presidente del Gobierno debería responder serían; ¿Con qué otras medidas de protesta celebraría él que el pueblo español protestase ante Netanyahu? Si mañana alguien propone boicotear cualquier empresa, cualquier marca, señalar un producto en un supermercado (¿con una estrella de David?) de Israel, ¿lo celebrará el presidente del Gobierno? Si alguien propone sitiar la Embajada de Israel en Madrid, ¿el Gobierno de España aplaudirá también y dirá que está orgulloso de su pueblo? ¿Propondría y jalearía el Gobierno que la selección masculina de fútbol no participase en el Mundial de 2026 en el caso de que Israel se clasificase? Si alguien boicotea las relaciones diplomáticas del Estado español con el Estado israelí, ¿también le producirá admiración al presidente del Gobierno? Decir lo siento por la Vuelta, pero lo siento más por los palestinos masacrados vale para cualquier situación demagógica. Consiste en sustituir la Vuelta por lo que ustedes consideren (por ejemplo, por un estudio científico contra el cáncer cofinanciado por universidades israelitas).

¿Quién fija la línea entre lo que es Israel y lo que es el Gobierno de Israel? ¿Al Partido Laborista de Israel que está en contra de la guerra y de Netanyahu hay que echarlo de la Internacional Socialista sólo por el hecho de ser israelí? ¿La prensa libre israelita que es crítica con Netanyahu también es censurable? Coincidiendo con la Vuelta se celebró el equivalente a los Premios Goya del cine en Israel. Las banderas palestinas y los gritos de no a la guerra inundaron una sala donde el premio al actor protagonista se le dio a un musulmán. ¿También son censurables todos esos críticos con Netanyahu?

Lo que diferencia a Israel de Rusia es que mientras la primera es una democracia la segunda es una dictadura. El equipo ciclista Gazprom-RusVelo fue expulsado de la Unión Ciclista Internacional (UCI) semanas después de la invasión rusa de Ucrania. El Israel Premier Tech lleva dos años circulando sin censura. Es obvio que la fortaleza económica y tecnológica de Israel lo hacen un socio primordial para Occidente y que cuenta con el paraguas de Estados Unidos para cada uno y todos sus actos de barbarie. Rusia no. Rusia es el ogro. Pero no está mal recordar que en el pasado (1973 y 2001 significativamente) Israel hubo de retroceder ante sus propios pasos por exigencia de Occidente.

Rusia no es una democracia. En Rusia no hay libertad de prensa, no hay elecciones libres ni hay división de poderes, no hay derecho de reunión ni de asociación (desde 2015 las leyes nacionales tienen autoridad sobre los tratados internacionales). Vladimir Putin es un dictador, aunque no lo ponga en los papeles oficiales. En Israel sí. Israel es una democracia. Antes de Netanyahu gobernaron en Israel conocidos lideres como Simon Peres o Amir Peretz, quienes abogaban por el pacifismo y la coexistencia con Palestina. Benjamín Netanyahu es primer ministro de Israel desde diciembre de 2022. Veremos si en 2026 sigue siéndolo. Tocan elecciones. Una fuerte oposición le acecha. Y no viene de Irán, ni de Egipto, ni de Francia ni de España. Viene de dentro del propio Israel.

Hay más. Rusia cerca a Europa. A Europa Occidental. Para estonios, letonios, lituanos, fineses, suecos, polacos, ucranianos, checos, eslovacos, austriacos, húngaros, rumanos, croatas, búlgaros, griegos y alemanes, Rusia es el enemigo. Para Estados Unidos también. Y para defenderse de ese enemigo, Israel es pieza imprescindible. Plásticos, instrumentos médicos y ópticos y productos farmacéuticos químicos y militares obtenidos a precio justo. Rusia aporta a Occidente combustible. Un combustible demonizado por sus efectos para el medio ambiente y en el que Europa cada vez está menos interesado en comprar y Rusia ansía que así sea para poder vendérselo en mejores condiciones a India y a China.

Rusia tiene un colchón detrás de origen chino que le permite desafiar a Occidente. Europa cuenta con un colchón que se llama Estados Unidos. Y no existe colchón si Israel no forma parte de la misma cama.

Israel Premier Tech

Así entonces; ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El Comité Olímpico Internacional (COI) expone sus razones, la cuales, gusten o no, están fundamentadas. Es cierto que los principios olímpicos son muy generales y maleables, como también lo es cierto que las decisiones son tomadas de forma democrática por los comités deportivos nacionales (que no por los Estados). En su artículo 28 la Carta Olímpica dice que “la jurisdicción territorial de un Comité Nacional ha de coincidir con los límites del país donde ha establecido su sede”. Ese es el motivo argumentado para expulsar a Rusia, que desde el momento de la invasión ha vulnerado y ocupado territorio del Comité Olímpico Ucraniano.

Rusos y bielorrusos (aliados en la invasión) llevan desde entonces sin participar en los grandes eventos deportivos y sus deportistas a título individual que sí lo hacen compiten sin himno ni bandera (a los JJ. OO de Paris 2024 únicamente fueron 15 deportistas rusos considerados limpios de la influencia de Putin). Si bien es cierto que la decisión fue relativamente fácil por la presión de Estados Unidos y de Europa, también lo es que se ajusta al derecho olímpico.

¿Ha invadido Israel territorio de Palestina? Cierto es. Pero el deporte juega con ventaja. Palestina no ha sido reconocido como Estado de forma masiva hasta hace apenas unos meses. Cuando reclamó su independencia en 1988 los apoyos provinieron de África y de países musulmanes fundamentalmente. Es ahora cuando se debate esa realidad en entes poderosos de todo el planeta (no es cuestión de la Unión Europea, importantes países como Suiza o Japón no se lo plantean y otros como Canadá o Australia han reconocido a Palestina hace una semana cuando cuatro semanas atrás lo rechazaban). En el deporte esa realidad es mucho más sólida y antigua. La ONU reconoce que en el planeta hay 195 países. El COI reconoce a 206 Comités Olímpicos Nacionales. Palestina es uno de ellos. Participa en los Juegos Olímpicos desde 1996 con el apoyo de todos los miembros y sus deportistas han compartido espacios en la Villa Olímpica con los deportistas israelís en varias ocasiones.

Deporte y política están estrechamente unidos. Separar ambas cosas son pamplinas. Ocurre que en el mundo hay en estos momentos más de medio centenar de conflictos armados activos. Se calcula en unos 70.000 los fallecidos oficiales en Gaza. Sólo en guerras que se hayan iniciado en 2023, mismo año en el que se inició el conflicto en Palestina, comenzaron conflagraciones en Birmania (20.000 muertos), en el Sahel (35.000), Sudán (30.000), Etiopía (15.000) o hasta en el eterno conflicto por el narcotráfico en México que suma en dos años cerca de 10.000 fallecidos. En Ucrania superan los 100.000 fallecidos sólo entre los agredidos. El deporte internacional tiene que hilar muy fino para sobrevivir en un mundo global.

Gaza

Al que escribe, la situación le recuerda al 11-S. Entonces los ataques a las Torres Gemelas provocaron una reacción furibunda de Estados Unidos. Salvo los activistas de extrema izquierda, el conjunto de la sociedad mundial (países árabes incluidos) apoyaron o aceptaron que Estados Unidos iniciara una operación de ocupación en Afganistán. Dos años más tarde, con la falsa excusa de la existencia de armas químicas en Irak, Estados Unidos inició una nueva operación de conquista que fue rechazada por la inmensa mayoría de la población mundial, con la única excepción de grupos de extrema derecha.

Cuando Hamás inició una masacre el 7 de octubre de 2023 que acabó con la muerte de cerca de 800 civiles israelís, nadie puso en duda la necesidad de Israel de defenderse e iniciar una operación contra el terrorismo (países árabes incluidos). Así como nadie dudó de excluir a Rusia de todo evento internacional haciendo gala del poder blando, no hubo nadie que pretendiese hacer lo mismo con Israel, país identificado, claramente, como víctima.

Dos años más tarde muy pocos podrían justificar la guerra liderada por Netanyahu como una cuestión de operación antiterrorista. Genocidio o no, lo que es indudable es que es una masacre que busca la total ocupación de la Franja de Gaza sin la intención alguna de volver a las fronteras anteriores al 7 de octubre de 2023, aunque supuestamente se consiguiese desmantelar a Hamás. Poco a poco el mundo le da la espalda a Israel, como en su día se hizo con Estados Unidos.

¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Por ahora no.

Por ahora.

“Somos el único país del mundo al cual se le exige garantizar la seguridad de su ocupante mientras Israel es el único país que pretende defenderse de sus víctimas. No necesitas ser árabe para apoyar a Palestina, tan sólo necesitas ser humano”. Hanan Ashrawi, diputada palestina.

“Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No podemos perdonarlos por obligarlos a matar a nuestros hijos. La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Golda Meir, primer ministro de Israel.

«Cuando hablamos al pueblo de Israel estamos hablando a un pueblo de hermanos. Un pueblo que cuando regresa a España, regresa a su casa. Por eso nos duele tanto, nos cuesta tanto comprender lo que el Gobierno de Israel está haciendo en la Franja de Gaza. Por eso clamamos, imploramos y exigimos que detengan ya esta masacre». Discurso de Felipe VI de España en la ONU el 24/IX/25 con un perfecto y diplomático uso de las palabras.

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La locomotora humana

1922. Grandes orejas y raquítico esqueleto. Todo unido por el cuello a su cabeza hacia que Emil pareciese un chupa chups. Ni tenía un cuerpo destacable ni tampoco era especialmente aplicado con los libros. Era anodino. Uno entre tantos. Un niño nacido en la Europa de entreguerras, en un lugar llamado Koprivnice, en el año 1922. Aquel pueblo estaba situado en Checoslovaquia, una entelequia de país que apenas contaba con tres años de existencia. Aquel niño, hijo de carpintero, se llamaba Emil. Emil Zátopek. No había evidencia alguna de que ese niño se pudiese convertir en un gran deportista. Era enérgico y gustaba de ir corriendo de la escuela a casa en competición con otros niños. Poco más. Jugaba al fútbol por convención social, pero no le resultaba especialmente interesante. No había talento alguno que desarrollar porque no había talento alguno que descubrir.

1936. Parece ser que con motivo de las fiestas del pueblo el preadolescente Emil se apuntó a una carrera alrededor de la villa. Según se cuenta el recorrido era circular y contaba con aproximadamente un kilómetro de longitud. Resultaba vencedor aquel que lograse completar más vueltas antes de retirarse. Era pues una prueba de resistencia y no de velocidad. Niños y no tan niños comenzaron a trotar. Alguno corrió dos o tres vueltas, unos cuantos seis o siete y hubo uno que llegó a las diez. Sólo quedaba Emil. Ya había ganado. Pero siguió corriendo. La tarde iba transcurriendo mientras vecinos y más vecinos hacían su aparición para aplaudir vuelta tras vuelta al pequeño Zátopek. Cuando contaba con 13 giros lo mandaron parar. Lo hizo a regañadientes. Al día siguiente hizo el mismo recorrido por su cuenta. Sus hermanos mayores afirmarían que llegaría a dar 30 vueltas.

1938. Checoslovaquia fue dada en bandeja de plata a Hitler meses antes del inicio de la II Guerra Mundial. Tenía Emil 16 años. Hubo de ponerse a trabajar en una fábrica de zapatos que pronto cambiará los tacones y las zapatillas por las botas militares al servicio del ejército alemán. Emil se salva de un reclutamiento forzoso por su condición de atleta. Es llevado de un lado a otro en carreras de exhibición para el beneplácito de los mandamases. Lo hace sin entrenar. Ni le dejan en la fábrica ni tampoco su padre, quien le pide que se centre en trabajar y en obedecer a sus superiores. Lo de dedicarse al atletismo se convierte en una entelequia.

1945. Todo cambia en 1945. Checoslovaquia vuelve a ser un país. Emil cuenta con 23 primaveras. Goza de buena salud. Su país no. Ya no es la Checoslovaquia de antes de la guerra. La democracia ha sido sustituida por la dictadura del proletariado. Las autoridades comunistas apuestan por el deporte como forma de convencer al mundo de las bondades del sistema. A Emil lo sacan de la fábrica y le obligan a entrar en el ejército. Lo inscriben en el Dukla Praga, el conjunto de los militares. Tendrá consideración de suboficial a cambio de dedicarse en cuerpo y alma al atletismo. En contraprestación debe dar triunfos y gloria a la Checoslovaquia comunista. O todo o nada.

1948. A Emil Zátopek lo mandan a los Juegos Olímpicos de Londres. Es el actual plusmarquista checo en 10.000 metros. Pero no es favorito. Es un completo desconocido. A mitad de carrera va instalado en el grupo. Entonces acelera la marcha y empieza a adelantar rivales a los que va dejando atrás uno a uno, cual locomotora desengancha sus vagones. La locomotora humana gana la medalla de oro logrando un nuevo récord olímpico y aventajando al segundo clasificado en más de 50 segundos. En la carrera de 5.000 metros Zátopek logra la medalla de plata al perder el sprint final ante el belga Gaston Reiff. Aquel éxito lo convierte en una celebridad. Batirá el récord mundial de los 10.000 metros cuatro veces consecutivas en cuatro años seguidos. Zátopek tiene carta libre para dedicarse a los entrenamientos. Son años de cambios. Zátopek estaba en medio de la revolución del entrenamiento por intervalos que estaba modificando drásticamente el entrenamiento deportivo a mediados del siglo XX. Pero mientras que el adiestramiento por intervalos se centraba en mezclar series de carreras ligeras, medias y duras, Zátopek solo conocía una configuración; dura. En sus primeras excursiones por el bosque, Emil simplemente corría, explorando en lugar de entrenar de forma concentrada. Pronto se cansó de matar el tiempo sin un objetivo. Una sesión típica implicaba veinte series de 200 metros y otras veinte de 400 metros. Después de ello, sumaba otros 10.000 metros en carrera. Así todos los días. Zátopek no usaba cronómetro. Las unidades que le interesaban medir eran las del esfuerzo. Muhammad Ali comentó una vez que, cuando hacía abdominales, solo empezaba a contarlos cuando empezaban a doler porque era los únicos que contaban. Zátopek era de la misma opinión. “En el límite entre el dolor y el sufrimiento es donde se separan los hombres de los niños”, diría en cierta ocasión.

17 de julio de 1952. Dos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos, Emil Zátopek está en el aeropuerto de Praga junto a Dana, su esposa y lanzadora de jabalina, y el resto del equipo checoslovaco. El avión pone rumbo a Helsinki donde tendrán lugar los Juegos Olímpicos. Quien no está es Stanislav Jungwirth (apodado Jogurt). Al compañero de entrenamientos de Zátopek se le habían negado las credenciales para abandonar el país. Su padre estaba en prisión por oponerse al régimen comunista y, aunque le habían prometido a Zátopek que no habría consecuencias para su hijo, finalmente el gobierno checo decidió impedir el vuelo de Jogurt para evitar que desertase. Meses antes, de hecho, ya se había arrestado a varios integrantes del equipo de hockey sobre hielo (vigentes campeones mundiales) por miedo a más deserciones. Zátopek fue claro y rotundo; o Jogurt viajaba a Helsinki o Zátopek se quedaba en tierra. Cogió su chándal de entrenamiento, le pidió a Jogurt el suyo y entregó ambos a un alto funcionario del Ministerio de Deportes. Inmediatamente se fue a entrenar y dijo que no lo molestaran hasta que le devolviesen el pasaporte a Jogurt.

19 de julio de 1952. Ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Toda la prensa internacional pregunta por Emil Zátopek. Una inoportuna lesión le impide estar en Helsinki, pero se confía en que esté listo para el día que se celebre la carrera de 10.000 metros. Esa es la versión oficial. Lo cierto es que Emil está en rebeldía. A su esposa Dana la aíslan en una habitación y le prohíben mantener contacto con nadie. Finalmente, el Partido Comunista Checo acepta que tanto Zátopek como Jogurt viajen a Helsinki. Eso sí. Hay advertencia para Zátopek. Se le exige el oro tanto en 5.000 como en 10.000 metros, al ahora ascendido a capitán del ejército checoslovaco. O el todo o la nada. En el mismo ascenso estaba el riesgo. Podría volver convertido en héroe o acabar olvidado y aislado en una penitenciaria.

20 y 24 de julio de 1952. En un plazo de ocho días Emil Zátopek iba a realizar un desafío nunca antes intentado, nunca después pretendido y nunca jamás conseguido. Primero fueron los 10.000, en los que vence con suficiencia por delante del francés Alain Mimoun, quien también había sido plata cuatro años atrás. Cuatro días después tienen lugar los 5.000 metros. Cinco corredores llegan a la última vuelta con opciones de medalla. Reiff, vigente campeón, lanza una carga final que pronto es contestada por Zátopek, Mimoun y el alemán Shade. En ese momento Zátopek marcha cuarto con su zancada desgarbada, boca abierta y cabeza echada. Los otros, con un paso académico, marchan por delante. Pero la victoria aún estaba al alcance de la locomotora checa. Los demás se estaban cansando. Los demás no tenían esas 40.000 vueltas rápidas en sus piernas. Los demás podían ser derrotados. Al entrar en la curva final, había cerrado la brecha. A mitad de la misma Zátopek lanzó un nuevo ataque, pasando por delante de sus tres rivales en una agonizante confusión de brazos agitados y piernas golpeando. Mimoun y Schade respondieron, y durante una tentadora fracción de segundo, los tres estuvieron uno al lado del otro…hasta que Emil vuela hacia la meta, gana el oro y establece un nuevo récord olímpico.

27 de julio de 1952. Tras ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, Emil Zátopek se dispone a completar un maratón. La primera vez en su vida en la que correrá un maratón. Con el número 903 sobre el pecho, el checo pretende completar algo extraordinario. Son un total de 66 atletas representado a 32 países por un circuito al norte de Helsinki. En los primeros diez kilómetros un grupo de 9 escapados aventaja a un pelotón donde se mantiene impertérrito el bueno de Zátopek. A media maratón, Zátopek alcanza la tercera posición tras Jim Peters y Gustaf Jansson. Al rebasar el kilómetro 32 empieza a balancear su cabeza en su muestra de esfuerzo característica para colocarse líder y llegar diez kilómetros después ganando el maratón con dos minutos de ventaja sobre el argentino Reinaldo Gorno, segundo clasificado. 70.000 personas aclaman en pie a un Zátopek que acaba de ganar su tercera medalla de oro y quien recibe el abrazo de Dana nada más cruzar la línea de meta. Su esposa, por cierto, había ganado el oro en lanzamiento de jabalina horas antes.

Zátopek en cabeza

1956. Con 34 años Zátopek intentó defender su medalla de oro en maratón en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Había sido campeón de Europa de 10.000 nuevamente, pero su cuerpo ya no era capaz de competir en varias pruebas en un corto espacio de tiempo. La forma de correr de Zátopek con giros constantes de cabeza y balanceándose de lado a lado no era productiva a largo plazo. Se dice que, cuando le preguntaban por sus torturadas expresiones faciales, Zátopek respondía: «No es gimnasia ni patinaje artístico, ¿sabe?». Además, se entrenaba con cualquier tiempo, incluida la nieve, y a menudo lo hacía con pesadas botas de trabajo en lugar de zapatillas especiales para correr. Esa brutalidad le llevó a tener una lesión en la ingle que lo mantuvo hospitalizado seis semanas. En 1956, acabaría sexto en el maratón. Con todo, seguía siendo el gran Emil Zátopek y tuvo honores en su retirada al regresar a Praga. El Partido Comunista no le tuvo en cuenta sus manifestaciones públicas a favor de una apertura democrática con motivo de la revuelta húngara de ese mismo año. Aun entonces el coronel (nuevo ascenso) Zátopek era intocable, pero no sería así para siempre…

1968. Zátopek seguía siendo una personalidad aun habiéndose retirado en la década anterior. Mantenía fuerte contacto con Alexander Dubcek, presidente checo, que, aunque miembro del Partido Comunista, apostaba por la apertura de prensa, la concesión de libertades y el comercio con Occidente. Aquel arriesgado juego acabó con los tanques soviéticos entrando en Praga en agosto de 1968. Miles de checos se habían congregado en los alrededores de la sede de la radio pública nacional (que desde esa primavera emitía sin censura). Fue una notable muestra de unidad popular y desafío. Y el símbolo más visible de ese desafío fue un hombre calvo de mediana edad con una chaqueta arrugada, de pie sobre un pedestal junto a la estatua de San Wenceslao. Era Emil Zátopek. En un momento dado, Zátopek se precipitó hacia un grupo de soldados soviéticos, anunció su nombre y sus títulos deportivos y luego fue de un tanque a otro hablando en ruso con los soldados pidiéndoles que bajasen las armas.

Defendiendo la libertad

1972. Tras el fin de la llamada Primavera de Praga más de 16.000 personas fueron detenidas y se ejecutaron a una centena de ellas. Debido a su estatus de leyenda, a Emil Zátopek ni lo enviaron a un campo de trabajo ni estuvo delante de un pelotón de fusilamiento. Sin embargo, se le destituyó de su cargo honorífico del ejército y se le quitó su vivienda y pensión. Peor aún. Su nombre fue borrado de los libros de la historia. En ningún texto checo o del área soviética podía aparecer récord o logro alguno de Zátopek. A Emil lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Meses después le permitieron volver a su pueblo, a la que había sido su casa familiar, donde sobrevivía plantando verduras y hortalizas y donde los lugareños se acercaban a hacerle agasajos a escondidas en forma de costillas de cerdo o filetes de ternera. Durante cuatro años ese fue el día a día de Zátopek, hasta que el Comité Olímpico Internacional exigió su presencia como invitado para los Juegos de Múnich de 1972. El gobierno checo se negó a otorgarle un pasaporte. Ocurrió que las protestas arreciaron y, al cabo de varias semanas de negociaciones, se permitió que Zátopek viajase a Alemania para recibir un sentido homenaje. Después, vuelta a casa, y nuevamente a pasar desapercibido entre patatas, zanahorias y cebollas.

1983. Ese año tiene lugar el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Se celebra en Helsinki. Allí, cuatro décadas antes, Zátopek lograra el triplete 5.000, 10.000 y Maratón en los Juegos Olímpicos. Su presencia es obligada. Esta vez se le permite ir. Es un anciano y no se le considera peligroso. Tras volver de Múnich, a Zátopek le acabarían dando un trabajo en el servicio de basuras. Se cuenta que, al ser reconocido, la gente vaciaba los contenedores en su lugar y tiraban ellos mismo las bolsas en los camiones. Aquello era inaceptable por el régimen y fue despedido. Por entonces llevaba años apartado de su mujer. El padre de Dana había sido alto cargo del ejército y en 1968 movió hilos para separar al matrimonio. Al fallecer el padre, los Zátopek retomaron su vida de casados. A Emil le permitieron volver a reunirse con Dana en Praga a cambio de aceptar un trabajo como censor de periódicos deportivos durante 14 horas diarias. Era humillante. Terriblemente humillante. Una entre tantas. Pero el poder estar con su querida Dana inclinó la balanza a favor de la aceptación de lo inaceptable. Así que cuando llegó a Helsinki y miles y miles de personas lo aclamaron, Zátopek debió sentirse en la Luna. Ni siquiera cuando el comunismo cayó y su nombre y sus registros fueron rehabilitados el sentimiento popular fue el mismo. Tampoco cuando falleció en 2000. Al fin y al cabo, los homenajes cuando uno está muerto no son precisamente disfrutables. Pero las dos semanas de Helsinki de 1983 que Zátopek se pasó entre apretones de brazos, aplausos y cálidas sonrisas debieron compensar, al menos en parte, todos los sufrimientos de esos largos, duros y penosos últimos años.

Emil Zátopek, el hombre que ganó 5.000, 10.000 y maratón en unos Juegos Olímpicos. Hazaña que nunca jamás será igualada.

La locomotora humana

“Correr lento; ¿para qué? No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno”. Emil Zatopek, contestando a un periodista que le preguntaba porque siempre se ponía en cabeza para tirar desde un principio en vez de esperar al tramo final.

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Clásica de San Sebastián. Guía de viaje

Para conquistar Sevilla hubo que crear por vez primera una Marina Real. Era entonces Fernando III Rey de Castilla y ordenó tan magna tarea al burgalés Ramón de Bonifaz. La flota castellana fue hasta Sanlúcar de Barrameda, donde hubo de enfrentarse al ejército moro procedente de Ceuta. Allí, Bonifaz logró la victoria antes de remontar el Guadalquivir y unirse a las tropas terrestres de Fernando III en San Juan de Aznalfarache. Entonces los musulmanes de Sevilla quedaban aislados y sólo podían percibir suministros por el Puente de Barcas (hoy Puente de Triana) a los pies de la Torre de Oro. Fernando III mandó tomar dos naves a las que se les instaló una cruz en el mástil más alto. Las dos naves, armadas de cientos de incautos y valientes, fueron lanzadas contra el puente, que quebró, dejando a los musulmanes aislados y dándole la victoria a los cristianos tras una cruenta batalla. Corría el año 1248.

Aquellos marineros kamikazes procedían de dos lugares. Uno de los barcos era cántabro y estaba repleto de marineros de Laredo. El otro también era cántabro, pero los marineros procedían de San Sebastián, un joven puerto de mar fundado el siglo anterior por el rey de Navarra. Tanto Laredo como San Sebastián lograron el afecto de la Corona. Desde entonces se permitió a los barcos de ambos puertos navegar y pescar en cualquier lugar de las aguas marítimas de Castilla (en esos momentos toda la fachada atlántica de la Península) sin pagar impuestos.

Había comenzado entonces el idilio de San Sebastián con la Corona que alcanzó su esplendor cuando a finales del siglo XIX la reina María Cristina sea nombrada alcaldesa honoraria al hacer de la Bella Easo su ciudad anual de veraneo. Es entonces cuando se crea el Casino, Correos, la Catedral del Buen Pastor, el Palacio de Miramar, el Teatro Victoria Eugenia o el Hotel María Cristina. Y, esencialmente, es a partir de entonces cuando se construye un paseo en la Bahía de la Concha con un marcado acento francés que hará de San Sebastián un pequeño París y que convertirá a Donostia (que es San Sebastián en euskera) en la ciudad de provincias más señorial y rimbombante de España.

Parece mentira.

Y parece mentira porque el País Vasco, y concretamente Guipúzcoa, tiene virtudes y adjetivos cariñosos para ser calificado, pero ni señorial ni rimbombante son los más adecuados. Guipúzcoa es agreste, dura, de montañas interminables y costas perpetuas. Transitar de un pueblo a otro de Guipúzcoa es un ejercicio de paciencia que se torna en hercúleo cuando la lluvia hace aparición día sí y día también una vez finaliza el verano. En ciertas zonas no sería aconsejable que nadie oliese a español, suceso que espantaría a la antaño venerada María Cristina. Tierra ideal para visitar, de playas esplendorosas, caseríos grandilocuentes y sierras y valles apoteósicos, al forastero se le mira con inquietud y temor a la espera de que nadie sea capaz de desentrañar un misterio que aúna tranquilidad y naturaleza con fortaleza económica e industrial con la misma eficacia.

Guipúzcoa es transgresión y cambio. Única, mágica y mística. Con gente de siempre y de ahora. Con los de siempre y los de nunca. Con los que están, ya no están, y siempre estarán. De Guipúzcoa no sabes qué opinar ni qué decir. Cuál es la vida y cuál es la muerte. Donde está la verdad y quién cuenta la verdad. Ocurre que con sus múltiples defectos es una tierra maravillosa, balsámica y taquicárdica a partes iguales.

Bahía de la Concha

La Clásica de San Sebastián es joven. Sus andanzas se iniciaron en 1981 siempre el último sábado de julio o bien el primero de agosto. Sin embargo, se ha convertido en un éxito mayúsculo en el exigente calendario internacional. Su triunfo está ligado a la idiosincrasia de un pueblo que no admite réplicas. Con apenas el 4’5% de la población española y el 1’5% de su territorio, la preponderancia del ciclismo español del País Vasco es total. Una geografía quebrada, un paisaje fabuloso y el uso de la bicicleta como medio de locomoción para ir de pueblo en pueblo y de fábrica en fábrica hicieron del ciclismo deporte nacional en la tierra de la ikurriña. Euskadi es junto a Flandes el país ciclista por excelencia. No existe prueba donde un paisano no se desgañite corriendo a la par del pelotón con bandera en mano. Puertos abarrotados, voces que aligeran pendientes, y, sobre todo, respeto sepulcral por los corredores. Eso es el ciclismo vasco.

La Clásica parte de San Sebastián para, tras un rodeo de unos 230 kilómetros, volver a la Bella Easo. Dejando a la espalda la Bahía de la Concha el pelotón toma rumbo sur dirigiéndonos al interior de Guipúzcoa. Toca remontar el río Urumea, curso de agua que baña a la ciudad más lluviosa de España en dramática pugna con Santiago de Compostela. Lo primero con lo que el ciclista topa es Hernani, pueblo noticioso en los años de plomo y que junto a la contigua Lasarte une fábricas de electrónica o de neumáticos con brutales paisajes verdes en perfecta sintonía.

Dejando Lasarte abandonamos también el restaurante de Martín Berasategui, padre de la revolución de la cocina moderna española, poseedor de doce estrellas Michelin. Sea un local de estrella Michelin o una simple y modesta cocina de un caserío, no faltará para meterse en la buchaca un buen cocido de berzas, una sopita de puerros (la archifamosa purrusalda), un buen bacalao al pil-pil o unas anguilas a la donostiarra si arribamos a puerto de mar. De postre no hay más nada tradicional que un bizcocho de huevos duros muy habitual en las reposterías de Irún o Fuenterrabía.

En Andoaín toca seguir el curso del río Oria y contemplar la iglesia de San Martín de Tours, obra barroca del siglo XVIII de inmensas bóvedas. Es entonces cuando toca subir el puerto de Andazarrate (5,9 km al 5’7%) para luego descender y tomar camino al Mar Cantábrico dejando atrás angostos valles para contemplar el brillo del mar. La caravana ciclista se encuentra enfrente con la playa más larga de todo Euskadi. Hablamos de Zarautz. Hoy es uno de esos pueblos plagados de turistas que cada mes de agosto dobla sus habitantes, mas hace no tanto era un poderoso puerto de mar de donde partían los marineros en busca de ballenas. Aquí se construyó la nao Victoria, la embarcación pilotada por Juan Sebastián Elcano tras el fallecimiento del portugués Magallanes cuando dio la primera vuelta al globo terráqueo hace medio milenio. Es ésta zona de balleneros en busca del oro graso del gran cetáceo indispensable para encender farolas o para engrasar todo tipo de artilugios. Zarautz y su vecina Guetaria cambiaron las ballenas por la reina Isabel II y su palacio de Narros y por Jackie Kennedy y los diseños de Balenciaga.

Zarautz

Al seguir el curso de la costa se sigue también el Camino de Santiago. En este caso es el Camino del Norte. Quizás el más bello, por ser el único que cambia los trigales por los acantilados. En Zumaia los esforzados de la ruta podrán ver la iglesia de San Pedro y en Deba la de Santa María, una estructura gótica que adorna una imponente playa en donde los británicos desembarcaron en su lucha contra el ejército napoleónico durante la Guerra de la Independencia.

Luego toca pasar por otro de esos núcleos euskaldunes cimentados a base de aluminio y automoción y que apuestan su futuro a la biotecnología. Eso es Elgoibar. Pero antes, mucho antes de eso, Elgoibar fue uno de esos pueblos fundados por reyes castellanos en tiempos de la Reconquista. Elgoibar comparte núcleo urbano con Éibar, palabras mayores en el mundo de la bicicleta. En Éibar nació en 1840 Orbea, una empresa que fabricaba revólveres, escopetas de caza y más adelante explosivos. Tras la Guerra Civil se convertirá en una potente marca de bicicletas que tocó el cielo en los Juegos Olímpicos de 2008 donde dos de sus bicicletas lograron el oro. Orbea dejó Éibar en los 80 y es una fábrica vizcaína, como GAC es alavesa y como también lo es BH, aunque sus orígenes son guipuzcoanos. Beistegui Hermanos (BH) también nació en Éibar, en este caso a inicios del siglo XX. BH también fábrica pistolas, pero apuesta por las bicicletas ya en 1923. De BH fueron Álvaro Pino, Laudelino Cubino o Fabio Parra. En su máximo apogeo llegó a producir 200.000 bicicletas anuales.

BH

Tras visitar el complejo religioso y la casa natal de San Ignacio de Loyola en Azpeitia, toca subir el puerto de Urraki (8’6 km al 6’9 %) en donde los primeros espadas sin complejos pueden intentar la machada. Tras el descenso toca tomar rumbo al norte en busca del mar. Cruce de caminos es Tolosa, donde las famosas alubias y donde un famoso postre de pasta seca bañado de almendras y yema que responde al nombre de Tejas. Sin tiempo a hacer la digestión, toca subir el puerto de Alkiza (4’4 km al 6’2%) para tomar rumbo a San Sebastián y entrar en los últimos cuarenta kilómetros de etapa.

A partir de entonces la Clásica de San Sebastián contiene diferentes variantes. En todas ellas toca bordear Irún y adentrarse en Fuenterrabía (Hondarribia). Si el primero es industrioso nudo ferroviario y fronterizo bañado por el río Bidasoa, el segundo es un monumental pueblo de pescadores coronado por una imponente fortaleza medieval. Dentro de sus callejuelas se encuentra el Parador de Turismo, lugar donde en su día se hospedaron Juana la Loca y Felipe el Hermoso durante su viaje de Flandes a Castilla.

La separación entre mar y montaña es entonces formidable. Se puede optar por ir por Oiartzun y subir Arkale (2’8 km al 6’1%). Ocurre que las grandes hazañas se escriben con momentos memorables y los momentos memorables en la Clásica de San Sebastián tienen lugar en Jaizkibel. Se puede subir desde Pasajes o desde Fuenterrabía, ladera más peliaguda de 9’1 km al 5’7% con picos del 14%. Es en este punto donde se suele decidir el vencedor antes de un descenso vertiginoso hasta Donostia. En mitad de la subida o en mitad de la bajada, como la organización guste, se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe edificado en el siglo XVI.

Con todo, la llegada de San Sebastián no se reduce a un paseo por la bahía de la Concha. En ocasiones se sube a Miracruz y en otras al monte Igueldo (1’8 km al 11’3%), todo con la intención, la mayor de las veces conseguida, de que la fiesta no la empañe una victoria al sprint, sino el esfuerzo de un loco de las montañas tan al gusto de un pueblo que considera el ciclismo religión y que cree en el cicloturismo como una prioridad de sus jornadas de ocio.

La Clásica de San Sebastián cuenta con ganadores ilustres como los campeones del mundo Paolo Bettini, Julian Alaphilippe, Gianni Bugno o Alejandro Valverde. También lograron el triunfo leyendas como Laurent Jalabert o Claudio Chiappucci y quíntuplos ganadores del Tour caso de Miguel Induráin o Lance Armstrong, quien puede presumir de la victoria en tierras vascas dado que ocurrió en 1995 antes de que se le quitasen casi todos sus demás laureles al haber admitido su dopaje sistemático. Sin embargo, los más laureados en la clásica guipuzcoana son el belga Remco Evenepoel (2019, 2022 y 2023), quien tiene toda una vida por delante para aumentar su palmarés, y el vasco Marino Lejarreta (1981, 1982 y 1987), sino el mejor ciclista vasco de siempre, seguramente el que más gente hizo levantar de sus asientos.

Evenepoel. Triple campeón

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