checoslovaquia

La locomotora humana

1922. Grandes orejas y raquítico esqueleto. Todo unido por el cuello a su cabeza hacia que Emil pareciese un chupa chups. Ni tenía un cuerpo destacable ni tampoco era especialmente aplicado con los libros. Era anodino. Uno entre tantos. Un niño nacido en la Europa de entreguerras, en un lugar llamado Koprivnice, en el año 1922. Aquel pueblo estaba situado en Checoslovaquia, una entelequia de país que apenas contaba con tres años de existencia. Aquel niño, hijo de carpintero, se llamaba Emil. Emil Zátopek. No había evidencia alguna de que ese niño se pudiese convertir en un gran deportista. Era enérgico y gustaba de ir corriendo de la escuela a casa en competición con otros niños. Poco más. Jugaba al fútbol por convención social, pero no le resultaba especialmente interesante. No había talento alguno que desarrollar porque no había talento alguno que descubrir.

1936. Parece ser que con motivo de las fiestas del pueblo el preadolescente Emil se apuntó a una carrera alrededor de la villa. Según se cuenta el recorrido era circular y contaba con aproximadamente un kilómetro de longitud. Resultaba vencedor aquel que lograse completar más vueltas antes de retirarse. Era pues una prueba de resistencia y no de velocidad. Niños y no tan niños comenzaron a trotar. Alguno corrió dos o tres vueltas, unos cuantos seis o siete y hubo uno que llegó a las diez. Sólo quedaba Emil. Ya había ganado. Pero siguió corriendo. La tarde iba transcurriendo mientras vecinos y más vecinos hacían su aparición para aplaudir vuelta tras vuelta al pequeño Zátopek. Cuando contaba con 13 giros lo mandaron parar. Lo hizo a regañadientes. Al día siguiente hizo el mismo recorrido por su cuenta. Sus hermanos mayores afirmarían que llegaría a dar 30 vueltas.

1938. Checoslovaquia fue dada en bandeja de plata a Hitler meses antes del inicio de la II Guerra Mundial. Tenía Emil 16 años. Hubo de ponerse a trabajar en una fábrica de zapatos que pronto cambiará los tacones y las zapatillas por las botas militares al servicio del ejército alemán. Emil se salva de un reclutamiento forzoso por su condición de atleta. Es llevado de un lado a otro en carreras de exhibición para el beneplácito de los mandamases. Lo hace sin entrenar. Ni le dejan en la fábrica ni tampoco su padre, quien le pide que se centre en trabajar y en obedecer a sus superiores. Lo de dedicarse al atletismo se convierte en una entelequia.

1945. Todo cambia en 1945. Checoslovaquia vuelve a ser un país. Emil cuenta con 23 primaveras. Goza de buena salud. Su país no. Ya no es la Checoslovaquia de antes de la guerra. La democracia ha sido sustituida por la dictadura del proletariado. Las autoridades comunistas apuestan por el deporte como forma de convencer al mundo de las bondades del sistema. A Emil lo sacan de la fábrica y le obligan a entrar en el ejército. Lo inscriben en el Dukla Praga, el conjunto de los militares. Tendrá consideración de suboficial a cambio de dedicarse en cuerpo y alma al atletismo. En contraprestación debe dar triunfos y gloria a la Checoslovaquia comunista. O todo o nada.

1948. A Emil Zátopek lo mandan a los Juegos Olímpicos de Londres. Es el actual plusmarquista checo en 10.000 metros. Pero no es favorito. Es un completo desconocido. A mitad de carrera va instalado en el grupo. Entonces acelera la marcha y empieza a adelantar rivales a los que va dejando atrás uno a uno, cual locomotora desengancha sus vagones. La locomotora humana gana la medalla de oro logrando un nuevo récord olímpico y aventajando al segundo clasificado en más de 50 segundos. En la carrera de 5.000 metros Zátopek logra la medalla de plata al perder el sprint final ante el belga Gaston Reiff. Aquel éxito lo convierte en una celebridad. Batirá el récord mundial de los 10.000 metros cuatro veces consecutivas en cuatro años seguidos. Zátopek tiene carta libre para dedicarse a los entrenamientos. Son años de cambios. Zátopek estaba en medio de la revolución del entrenamiento por intervalos que estaba modificando drásticamente el entrenamiento deportivo a mediados del siglo XX. Pero mientras que el adiestramiento por intervalos se centraba en mezclar series de carreras ligeras, medias y duras, Zátopek solo conocía una configuración; dura. En sus primeras excursiones por el bosque, Emil simplemente corría, explorando en lugar de entrenar de forma concentrada. Pronto se cansó de matar el tiempo sin un objetivo. Una sesión típica implicaba veinte series de 200 metros y otras veinte de 400 metros. Después de ello, sumaba otros 10.000 metros en carrera. Así todos los días. Zátopek no usaba cronómetro. Las unidades que le interesaban medir eran las del esfuerzo. Muhammad Ali comentó una vez que, cuando hacía abdominales, solo empezaba a contarlos cuando empezaban a doler porque era los únicos que contaban. Zátopek era de la misma opinión. “En el límite entre el dolor y el sufrimiento es donde se separan los hombres de los niños”, diría en cierta ocasión.

17 de julio de 1952. Dos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos, Emil Zátopek está en el aeropuerto de Praga junto a Dana, su esposa y lanzadora de jabalina, y el resto del equipo checoslovaco. El avión pone rumbo a Helsinki donde tendrán lugar los Juegos Olímpicos. Quien no está es Stanislav Jungwirth (apodado Jogurt). Al compañero de entrenamientos de Zátopek se le habían negado las credenciales para abandonar el país. Su padre estaba en prisión por oponerse al régimen comunista y, aunque le habían prometido a Zátopek que no habría consecuencias para su hijo, finalmente el gobierno checo decidió impedir el vuelo de Jogurt para evitar que desertase. Meses antes, de hecho, ya se había arrestado a varios integrantes del equipo de hockey sobre hielo (vigentes campeones mundiales) por miedo a más deserciones. Zátopek fue claro y rotundo; o Jogurt viajaba a Helsinki o Zátopek se quedaba en tierra. Cogió su chándal de entrenamiento, le pidió a Jogurt el suyo y entregó ambos a un alto funcionario del Ministerio de Deportes. Inmediatamente se fue a entrenar y dijo que no lo molestaran hasta que le devolviesen el pasaporte a Jogurt.

19 de julio de 1952. Ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Toda la prensa internacional pregunta por Emil Zátopek. Una inoportuna lesión le impide estar en Helsinki, pero se confía en que esté listo para el día que se celebre la carrera de 10.000 metros. Esa es la versión oficial. Lo cierto es que Emil está en rebeldía. A su esposa Dana la aíslan en una habitación y le prohíben mantener contacto con nadie. Finalmente, el Partido Comunista Checo acepta que tanto Zátopek como Jogurt viajen a Helsinki. Eso sí. Hay advertencia para Zátopek. Se le exige el oro tanto en 5.000 como en 10.000 metros, al ahora ascendido a capitán del ejército checoslovaco. O el todo o la nada. En el mismo ascenso estaba el riesgo. Podría volver convertido en héroe o acabar olvidado y aislado en una penitenciaria.

20 y 24 de julio de 1952. En un plazo de ocho días Emil Zátopek iba a realizar un desafío nunca antes intentado, nunca después pretendido y nunca jamás conseguido. Primero fueron los 10.000, en los que vence con suficiencia por delante del francés Alain Mimoun, quien también había sido plata cuatro años atrás. Cuatro días después tienen lugar los 5.000 metros. Cinco corredores llegan a la última vuelta con opciones de medalla. Reiff, vigente campeón, lanza una carga final que pronto es contestada por Zátopek, Mimoun y el alemán Shade. En ese momento Zátopek marcha cuarto con su zancada desgarbada, boca abierta y cabeza echada. Los otros, con un paso académico, marchan por delante. Pero la victoria aún estaba al alcance de la locomotora checa. Los demás se estaban cansando. Los demás no tenían esas 40.000 vueltas rápidas en sus piernas. Los demás podían ser derrotados. Al entrar en la curva final, había cerrado la brecha. A mitad de la misma Zátopek lanzó un nuevo ataque, pasando por delante de sus tres rivales en una agonizante confusión de brazos agitados y piernas golpeando. Mimoun y Schade respondieron, y durante una tentadora fracción de segundo, los tres estuvieron uno al lado del otro…hasta que Emil vuela hacia la meta, gana el oro y establece un nuevo récord olímpico.

27 de julio de 1952. Tras ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, Emil Zátopek se dispone a completar un maratón. La primera vez en su vida en la que correrá un maratón. Con el número 903 sobre el pecho, el checo pretende completar algo extraordinario. Son un total de 66 atletas representado a 32 países por un circuito al norte de Helsinki. En los primeros diez kilómetros un grupo de 9 escapados aventaja a un pelotón donde se mantiene impertérrito el bueno de Zátopek. A media maratón, Zátopek alcanza la tercera posición tras Jim Peters y Gustaf Jansson. Al rebasar el kilómetro 32 empieza a balancear su cabeza en su muestra de esfuerzo característica para colocarse líder y llegar diez kilómetros después ganando el maratón con dos minutos de ventaja sobre el argentino Reinaldo Gorno, segundo clasificado. 70.000 personas aclaman en pie a un Zátopek que acaba de ganar su tercera medalla de oro y quien recibe el abrazo de Dana nada más cruzar la línea de meta. Su esposa, por cierto, había ganado el oro en lanzamiento de jabalina horas antes.

Zátopek en cabeza

1956. Con 34 años Zátopek intentó defender su medalla de oro en maratón en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Había sido campeón de Europa de 10.000 nuevamente, pero su cuerpo ya no era capaz de competir en varias pruebas en un corto espacio de tiempo. La forma de correr de Zátopek con giros constantes de cabeza y balanceándose de lado a lado no era productiva a largo plazo. Se dice que, cuando le preguntaban por sus torturadas expresiones faciales, Zátopek respondía: «No es gimnasia ni patinaje artístico, ¿sabe?». Además, se entrenaba con cualquier tiempo, incluida la nieve, y a menudo lo hacía con pesadas botas de trabajo en lugar de zapatillas especiales para correr. Esa brutalidad le llevó a tener una lesión en la ingle que lo mantuvo hospitalizado seis semanas. En 1956, acabaría sexto en el maratón. Con todo, seguía siendo el gran Emil Zátopek y tuvo honores en su retirada al regresar a Praga. El Partido Comunista no le tuvo en cuenta sus manifestaciones públicas a favor de una apertura democrática con motivo de la revuelta húngara de ese mismo año. Aun entonces el coronel (nuevo ascenso) Zátopek era intocable, pero no sería así para siempre…

1968. Zátopek seguía siendo una personalidad aun habiéndose retirado en la década anterior. Mantenía fuerte contacto con Alexander Dubcek, presidente checo, que, aunque miembro del Partido Comunista, apostaba por la apertura de prensa, la concesión de libertades y el comercio con Occidente. Aquel arriesgado juego acabó con los tanques soviéticos entrando en Praga en agosto de 1968. Miles de checos se habían congregado en los alrededores de la sede de la radio pública nacional (que desde esa primavera emitía sin censura). Fue una notable muestra de unidad popular y desafío. Y el símbolo más visible de ese desafío fue un hombre calvo de mediana edad con una chaqueta arrugada, de pie sobre un pedestal junto a la estatua de San Wenceslao. Era Emil Zátopek. En un momento dado, Zátopek se precipitó hacia un grupo de soldados soviéticos, anunció su nombre y sus títulos deportivos y luego fue de un tanque a otro hablando en ruso con los soldados pidiéndoles que bajasen las armas.

Defendiendo la libertad

1972. Tras el fin de la llamada Primavera de Praga más de 16.000 personas fueron detenidas y se ejecutaron a una centena de ellas. Debido a su estatus de leyenda, a Emil Zátopek ni lo enviaron a un campo de trabajo ni estuvo delante de un pelotón de fusilamiento. Sin embargo, se le destituyó de su cargo honorífico del ejército y se le quitó su vivienda y pensión. Peor aún. Su nombre fue borrado de los libros de la historia. En ningún texto checo o del área soviética podía aparecer récord o logro alguno de Zátopek. A Emil lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Meses después le permitieron volver a su pueblo, a la que había sido su casa familiar, donde sobrevivía plantando verduras y hortalizas y donde los lugareños se acercaban a hacerle agasajos a escondidas en forma de costillas de cerdo o filetes de ternera. Durante cuatro años ese fue el día a día de Zátopek, hasta que el Comité Olímpico Internacional exigió su presencia como invitado para los Juegos de Múnich de 1972. El gobierno checo se negó a otorgarle un pasaporte. Ocurrió que las protestas arreciaron y, al cabo de varias semanas de negociaciones, se permitió que Zátopek viajase a Alemania para recibir un sentido homenaje. Después, vuelta a casa, y nuevamente a pasar desapercibido entre patatas, zanahorias y cebollas.

1983. Ese año tiene lugar el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Se celebra en Helsinki. Allí, cuatro décadas antes, Zátopek lograra el triplete 5.000, 10.000 y Maratón en los Juegos Olímpicos. Su presencia es obligada. Esta vez se le permite ir. Es un anciano y no se le considera peligroso. Tras volver de Múnich, a Zátopek le acabarían dando un trabajo en el servicio de basuras. Se cuenta que, al ser reconocido, la gente vaciaba los contenedores en su lugar y tiraban ellos mismo las bolsas en los camiones. Aquello era inaceptable por el régimen y fue despedido. Por entonces llevaba años apartado de su mujer. El padre de Dana había sido alto cargo del ejército y en 1968 movió hilos para separar al matrimonio. Al fallecer el padre, los Zátopek retomaron su vida de casados. A Emil le permitieron volver a reunirse con Dana en Praga a cambio de aceptar un trabajo como censor de periódicos deportivos durante 14 horas diarias. Era humillante. Terriblemente humillante. Una entre tantas. Pero el poder estar con su querida Dana inclinó la balanza a favor de la aceptación de lo inaceptable. Así que cuando llegó a Helsinki y miles y miles de personas lo aclamaron, Zátopek debió sentirse en la Luna. Ni siquiera cuando el comunismo cayó y su nombre y sus registros fueron rehabilitados el sentimiento popular fue el mismo. Tampoco cuando falleció en 2000. Al fin y al cabo, los homenajes cuando uno está muerto no son precisamente disfrutables. Pero las dos semanas de Helsinki de 1983 que Zátopek se pasó entre apretones de brazos, aplausos y cálidas sonrisas debieron compensar, al menos en parte, todos los sufrimientos de esos largos, duros y penosos últimos años.

Emil Zátopek, el hombre que ganó 5.000, 10.000 y maratón en unos Juegos Olímpicos. Hazaña que nunca jamás será igualada.

La locomotora humana

“Correr lento; ¿para qué? No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno”. Emil Zatopek, contestando a un periodista que le preguntaba porque siempre se ponía en cabeza para tirar desde un principio en vez de esperar al tramo final.

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Las lágrimas de Martina Navratilova

A finales de los 70 había dos fuerzas extraordinarias en el circuito femenino. Una era Chris Evert. Tenista brillante por su juego de pies desde el fondo de la pista con un potente golpeo en carrera que le permitió ser la reina de la tierra batida. La otra era Martina Navratilova. Jugadora de ataque con un revés a una mano infalible que le permitió dominar el circuito durante una década. Cuando Navratilova restaba al fondo contaba con un revés liftado precioso y si subía a la red utilizaba el revés cortado para cambiar el ritmo de juego. Eran tan antagonistas en el juego como en su vida. Evert era guapísima. Sonrisa perenne, cuerpo perfecto, rubia de bote. Casada con otro tenista de cuerpo escultural. La novia de América. Navratilova no era mal parecida, pero no se ayudaba. De largas piernas, pero de rictus serio, desaliñada y corte de pelo desfavorecedor. Navratilova era checoslovaca. Del otro lado del Telón de Acero.

Sus grandes batallas tendrían lugar entrados los años 80. Antes de eso ya se habían visto las caras en incontables ocasiones. Fueron hasta cuatro finales de Grand Slam con un balance de tres victorias para Martina y una para Chris (al final de sus carreras serán 14 finales con diez triunfos para Navratilova y cuatro para Evert). El tema es que cuando Chris ganaba eran todo elogios y aplausos y cuando perdía también recibía la misma recompensa. Navratilova era la mala de la película. Pero no por mala, sino por fría. Aún por encima el guaperas de marido del novio de Evert le puso los cuernos y el público, que ya adoraba a la novia de América, pasó a amarla.

Navratilova (i) y Evert (d)

El caso es que, tras unos excelentes resultados en los años anteriores, la temporada de 1980 fue mala para Martina. No se le ve disfrutar en la pista y su actitud se torna agria en las ruedas de prensa. Se filtra que su mal juego y su mal humor se deben a las presiones del régimen comunista checo que le impiden conseguir la nacionalidad estadounidense. Martina había nacido como Subertova en 1956. Tres años después sus padres se divorciaron y en 1962 su madre se volvió a casar. Martina adoptó el apellido Navratilova del que sería su padrastro, quien también se convirtió en su primer entrenador de tenis. Miroslav, como se llamaba el interfecto, era un gran entrenador y también un acérrimo comunista. Cuando en 1975 Martina viaje por vez primera a Estados Unidos para disputar un torneo decidirá coger un avión sin billete de vuelta. Decide solicitar asilo político y dejar atrás a su madre y al resto de su familia.

Martina llevaba entonces cinco años pinchando en hueso. Debería ser más fácil conseguir la nacionalidad y más para una deportista reconocida como ella, pero desde Checoslovaquia no se lo iban a facilitar. Así que su carácter agrio y sus malos resultados parecían tener causa concreta.

Pero había algo más.

Algo más trascendental.

Martina iba camino de los 25 y no se le conocía pareja alguna. Ni oficial ni extraoficial. Era un ciborg diseñado por los soviets que únicamente se dedicaba al tenis. Hasta que estalló la bomba.

Y menuda bomba.

A inicios de 1981 Martina consiguió finalmente la nacionalidad estadounidense. Para celebrarlo le concedió una entrevista al New York Daily News donde confesó que era lesbiana y que tenía una relación con una mujer. Sin embargo, Martina acordó con el periodista no publicar el artículo hasta que hablase con su pareja y hasta que acabase la gira europea. Entonces, Martina estaba enfrascada en la disputa de Roland Garros y Wimbledon y su idea era que la entrevista saliese a la luz en agosto, antes de la disputa del Open USA.

Fuese por el motivo que fuese el periodista no respetó los tiempos y el mundo descubrió que Martina Navratilova era lesbiana mientras se celebraba el torneo de Wimbledon de 1981.

Fue un shock.

Recordemos que la homosexualidad estuvo penada en Gran Bretaña hasta 1967. Apenas catorce años atrás.

En España se despenalizó en 1978. Tres años antes.

En Estados Unidos hubo que esperar a una ley federal aprobada en 2003.

Faltaban casi veinte años.

En su autobiografía Martina confiesa que de joven sentía atracción por ambos sexos pero que fue al cumplir los 18 años cuando mantuvo su primera relación íntima con una mujer descubriendo que su orientación sexual era lésbica. Confesaría también que había decidido mantenerlo en secreto, ya que pensaba que de saberse eso le habría imposibilitado obtener la nacionalidad estadounidense. De ahí que decidiese salir del armario una vez conseguido el pasaporte.

Inmediatamente hubo reacciones desde Checoslovaquia. Sus padres se sintieron perturbados al descubrir la orientación sexual de su hija. Su padre (padrastro) lo calificó de enfermedad y sostuvo que hubiese preferido que Martina hubiese sido prostituta. Visiblemente afectada, Martina respondió a esas palabras comentando que en Checoslovaquia a los gais se les enviaba a manicomios y a las lesbianas ni se les daba esa posibilidad, porque ninguna lesbiana sería capaz de confesar públicamente sus sentimientos. Se descubría también que la huida de Martina de Checoslovaquia se debía más a temas personales que a políticos.

Así, una tocada Martina se clasifica para las semifinales de Wimbledon. En la final ya espera Chris Evert, quien ha apabullado a todas sus rivales en las rondas previas. Ironías de la vida, Martina se enfrenta en semifinales ante la checa Hana Mandalikova. Pierde el primer set por 5-7 y gana el segundo por 6-4. Comienza el tercero y definitivo y Martina pierde su servicio. Desde ese momento su juego se torna en errático con fallos groseros en cada resto. Su rostro compungido nunca antes había sido mostrado. Otro error le da la victoria a Mandalikova por 1-6.

Es entonces cuando Martina Navratilova se echa a llorar. Lo nunca visto.

Todos los presentes en el All England Club de Wimbledon su pusieron a aplaudir mientras vitoreaban a Martina. Nadie hacia el menor caso a la vencedora. La protagonista era aquella hermética chica. Había asumido el papel de mala ante Chris Evert a pesar de sus numerosos triunfos y ahora una derrota la convertía en querida y amada por el público. Los vítores poco tenían que ver con el tenis. Eran aplausos de aceptación, de respeto, incluso de cariño. Martina nunca había sentido algo así en su vida. Le estaban animando como persona, no como tenista. Nunca se había sentido tan querida.

Las lágrimas de Martina

Semanas más tarde Martina llegó a la final del Open de Estados Unidos. Perdería contra la local Tracy Austin y las escenas de Londres se repitieron en Nueva York. El público ni prestó atención a las dobles faltas de saque que cometió Navratilova durante el choque. No estaban animando a Martina la tenista, ni a la perdedora, ni a la checa, ni a la desertora. Animaban a la persona, a la valiente, a aquella que había decidido abandonar sus miedos y abrirse al mundo. Otra vez hubo lloros y, nuevamente, los aplausos y los vítores a la perdedora superaron con creces a los de la vencedora cuando tuvo lugar la entrega de trofeos.

En los siguientes seis años, de 1982 a 1987, Martina Navratilova ganó un total de 14 Grand Slams de 20 posibles. Sumó 6/6 en Wimbledon, 4/6 en el Open USA y 2/6 y 2/6 en el Open de Australia y en Roland Garros. Se convirtió en la favorita del público tanto dentro como fuera de la pista. Tanto en Estados Unidos como en su Checoslovaquia natal, a donde volvió por vez primera en 1990 tras la caída del comunismo y el restablecimiento de la democracia. Lo hizo como heroína deportiva e icono lésbico.

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Panenka

Hay una abundante literatura y articulista deportiva acerca del penalti de Panenka. No creo necesario explicar que es un penalti a lo Panenka. Hasta mi esposa, que escapa del fútbol como el sol de la noche, sabe que es un disparo un tanto ridículo que de cuando en cuando hace Sergio Ramos. Es tan famoso ese retazo de detonación que su fama incluso ha llegado al mundo del coaching motivacional. Existe un libro aclamado de marketing y comunicación personal que se titula El penalti de Panenka, y utiliza aquel gol calificado por Pelé como “la obra de alguien que solo puede ser un genio o estar loco” para dar las claves a la hora de triunfar en los negocios.

El libro considera a Antonín Panenka un ejemplo de creatividad aplicada con éxito en su negocio. Grosso modo saca cinco conclusiones válidas para cualquier profesión:

1. Hay que trabajar: Panenka llevaba meses practicando el lanzamiento en los entrenamientos y se preparó para ejecutarlo en el momento adecuado. Demostró frialdad y precisión para ridiculizar a Sepp Maier, el mejor portero del momento.

2. Cuestionemos siempre las cosas: Lo más fácil es seguir igual. Siempre hay que estar alerta y desconfiar de lo que nos dicen. Nadie hubiese considerado inteligente lanzar un penalti con un toque suave, elevado, por el centro de la portería.

3. Debemos estar preparados para las críticas: Panenka ensayaba en los entrenamientos frente a Ivo Viktor, guardameta de la selección checoslovaca. Como entretenimiento estaba muy bien, pero Viktor le había amenazado con retirarle la palabra si se atrevía a lanzar una pena máxima como lo hacía durante el adiestramiento.

4. La creatividad es rentable: Fue un gol que, como tantos otros, dio un triunfo en una tanda de penaltis, pero no era un lanzamiento a vida o muerte. Checoslovaquia ganaba 4-3 en la tanda por lo que de fallar aun habría opción de victoria para los bohemios. Pero ese disparo cautivó al mundo y pasó a la posteridad con mucha más relevancia que la victoria. La fama de Panenka es eterna.

5. Surgirán imitadores: Si tienes éxito y eres creativo crearás una marca que será imitada. Desde entonces cientos de futbolistas ejecutan las penas máximas al estilo Panenka.

Panenka

Antonín Panenka no era rápido ni agresivo, era creativo. Hizo algo irreverente e insólito. Aquel centrocampista que jugaba en el Bohemians de Praga hizo honor al nombre del club en el que pasó la mayor parte de su carrera obligado por un régimen comunista que le impidió aceptar las ofertas que le llegaron de Occidente. Panenka es un penalti. Lo es por su gracia y también a su pesar. “Me siento muy orgulloso de ser inventor de algo, pero también me siento preso por ese penalti”, dijo en cierta ocasión Panenka para una revista homónima.

A decir verdad, lo de Panenka no fue nada sorprendente. Llevaba un par de años apostando cervezas y tabletas de chocolate con Zdenek Hruska, arquero y compañero de equipo en el Bohemians, tras los entrenamientos. De las apuestas se pasó a los amistosos y de los amigables a los encuentros de la liga checoslovaca. Panenka calcula que lanzaría unos 30 penaltis con su peculiar estilo y que tan sólo una vez el portero logró adivinar sus intenciones. Pero eran tiempos de agendas y bolígrafos no de redes sociales y plataformas televisivas. La locura de Panenka no tenía un altavoz que lo hiciese universal.

La oportunidad le llegó en 1976 a los 27 años. Checoslovaquia se había clasificado meritoriamente para una fase final de la Eurocopa que por entonces estaba reservada para tan sólo cuatro equipos. Aquella Eurocopa estaba destinada a un postrero duelo entre Cruyff y Beckenbauer. Sería la última oportunidad del genio neerlandés y de muchos de su grupo de locos melenudos de convertir en un título su fastuoso fútbol total. Para la RFA, con sus mitos superando la treintena, era el fin de fiesta a un ciclo que los había coronado como campeones mundiales un par de años antes. Los teutones pasaron con trompicones a la final tras deshacerse de Yugoslavia. Los naranjas contaban con hacer lo mismo, pero cayeron en la prórroga ante Checoslovaquia. La sorpresa fue mayúscula. Los centroeuropeos contaban con Viktor, Ondrus, Nehoda, y especialmente con un fino estilista desconocido en Occidente. Un trescuartista llamado Antonín Panenka.

Si tocaba lanzar un penalti Panenka tenía decidido que esa Eurocopa sería el lugar indicado para hacerlo. Confesaría que estaba deseando llegar a los penaltis contra Países Bajos para poner en práctica su método revolucionario, por lo que a pesar de la victoria el desenlace tuvo un punto de decepción para el bigotudo centrocampista. Quiso el destino que la final tuviese un guion parecido al de la semifinal. Checoslovaquia se adelantó pronto y, aunque Alemania recortó al descanso, los checos vencían por 2-1. Como de costumbre los teutones iban a trompicones y como siempre pusieron el rodillo a funcionar doblegando a Viktor tras innumerables intentos gracias a un gol en el minuto 89 del marrullero Hölzenbein. Como en la semifinal tocaba prórroga.

En esta ocasión Panenka vio cumplido su deseo y tras otra media hora de dominio alemán el partido se iba a decidir en la tanda de penaltis. Panenka inmediatamente pidió lanzar el quinto de la tanda convencido de que su lugar estaba en el Olimpo.

El método del punto fatídico sustituía al mucho más cruel del lanzamiento de moneda que aún estuvo vigente en las competiciones internacionales hasta 1969. Checoslovaquia comenzó lanzando y acertando. Las transformaciones irían dándose hasta que en el cuarto intento le toque al alemán Uli Hoeness. No quería tirarlo. Mandó el balón al cielo de Belgrado. Panenka pondría en marcha su idea con red de seguridad sabiendo que de fallar el quinto y definitivo penalti Checoslovaquia aun seguiría por delante.

El silbato suena. Pequeña carrerilla. Antonín avanza. Maier dobla las rodillas hacía su izquierda. Panenka acaricia el balón. Su bota atrapa el esférico como cuchara en plato de sopa. En lugar de sacar un cañonazo de sus botas Panenka orientó su cuerpo hacia la derecha y lanzó un balón bombeado por el centro de la portería. Con un ligero toque el esférico realizó una parábola que se dirigía lentamente al centro de la portería. Maier, tirado en el césped, observaba incrédulo lo fácil que habría sido pararla. El balón no había llegado a la red cuando Antonín levantó los brazos. Sabía que sería gol. Lo sabía mucho antes de haber lanzado. Había pasado a la historia.

Fue un gol de truhan. Un gol de poeta. No es solo la caricia del golpeo. Es el golpe de cadera. La ojeada al firmamento. El espasmo, el gesto, la mirada que engaña al portero. Si Panenka hubiese fallado ese penalti hubiese sido tildado de tonto en Occidente. De traidor a la patria más allá del Telón de Acero. Sí, Pelé tenía razón, pero por partida doble. Panenka era igual de genio que de loco.

Media Europa trató de llevarse a aquel equipo por la vertiente capitalista de la vida, pero no hubo manera. A Panenka le dejaron marchar a los 32 años en la cuesta abajo de su carrera. Jugó cuatro años en el Rapid de Viena donde pudo ganar dinero y hasta un par de títulos, así como alcanzar una más que meritoria final de la Recopa de Europa.

Panenka sólo volvió a tirar un penalti suave con parábola una vez más. Fue tres años más tarde del archifamoso y también lo fue vistiendo la camiseta de Checoslovaquia. El rival era Francia y el partido clasificatorio para la Eurocopa de 1980. Panenka usó otra vez el guante de terciopelo para engatusar a Dominique Dropsy, meta francés.

Son tan sólo once metros. Once metros de responsabilidad donde el lanzador no tiene nada que ganar. Para el portero es todo vencer. Si no lo para no es su culpa. Si lo para es un héroe. Tan sólo el guardameta sale perdiendo cuando el gol es una afrenta. Cuando el lanzamiento es una afrenta. Cuentan que Maier no esquivaba la pregunta, pero si tu intención era tener una entrevista con el legendario portero alemán y no obtener monosílabos como respuestas mejor no nombrar a Antonin Panenka.

Sepp Maier (la víctima)

“Siempre que en una entrevista le preguntaban por mi gol, se lo tomaba un poco mal. Creo que yo soy una espina para él. Después vi que esta reacción era por culpa de lo que decían los periodistas occidentales. Decían que, Panenka, un don nadie, le había dejado en evidencia. Yo no le ridiculicé.» Antonin Panenka sobre Sepp Maier.

“La inspiración está muy bien, pero tiene que llegar trabajando”. Pablo Picasso.

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Un soviético, un alemán y un francés en la Carrera de la Paz

Una vez ganó un francés. Se llamaba Jean-Pierre Danguillaume. Era 1969. Cuando volvió a Paris sólo lo entrevistó un periodista del rotativo L’Humanité. Allí narra que la organización lo había tratado de forma excelente. Contaba con dos intérpretes, los llevaban a visitar fábricas entre etapa y etapa y en los hoteles, austeros, pero limpísimos, no había filetes, pero si salchichas y carne hervida. Danguillaume cuenta también que al final de cada etapa un niño se encargaba de darte ropa limpia, mantas y folletos que contaban con propaganda comunista, la misma que se encuentran pueblo tras pueblo y jornada tras jornada.

Y es que en 1969 Danguillaume ganó la Course de la Paix (Carrera de la Paz) una carrera ciclista creada en 1948 en el Bloque Soviético para competir con el capitalista Tour de Francia y que circulaba por Checoslovaquia, Alemania Oriental y Polonia, entonces todos países comunistas. Si ese era el caso no es de extrañar entonces que el único medio que se interesase por Danguillaume fuese L’Humanité, el órgano del partido comunista francés. La carrera se disputó por vez última en 2006, muchos años después de la Caída del Muro de Berlín.

El caso es que Danguillaume se vistió de amarillo y subió al pódium como vencedor en Berlín. En el llamado Berlín democrático. En el lado comunista. En el estadio olímpico se juntan más de 80.000 personas que escuchan en respetuoso silencio La Marsellesa. Era 1969. Esa gente, o sus antepasados para ser más exactos, habían invadido Francia tres veces en el último siglo. Esa tarde a Danguillaume le comentan que durante la cena de celebración le sentaran junto a una chica y luego su acento francés se tendrá que encargar de engatusarla. Jean-Pierre sueña con una modelo o una azafata, pero no habrá nada de eso. Será una trabajadora de una factoría quien le acompañe en la cena de gala. Una estajanovista con la que charlará de la lucha de clases y poco o nada sabrá de Chanel o de Dior.

Carrera de la Paz 1954

Puede parecer fácil pero la obra fue colosal. El nombre de la prueba ya era toda una declaración de intenciones. Checoslovaquia, Polonia y Alemania Oriental podían ser países comunistas, pero apenas tres años antes los alemanes aún se estaban cepillando a checos y polacos con la esvástica bordada en sus chaquetas militares. La idea inicial era la de una carrera que partiese de Praga rumbo a Varsovia. Fueron los soviéticos los que obligaron a incluir a los teutones para dar normalidad al asunto. Costó. Y aún costó más cuando los soviets pasen a enviar ciclistas a la Carrera de la Paz mejor alimentados, más entrenados y con la consigna clara de ganar a toda costa. Pero funcionó. La Carrera de la Paz fue un éxito más allá del Telón de Acero y unió a través del ciclismo a países que años antes estaban en guerra. Al final polacos, checos y alemanes acabarían encontrando en los soviéticos un enemigo común.

Aunque algún valiente como Danguillaume se atrevió con la prueba, la presencia estaba reservada para ciclistas del bloque soviético o para corredores del otro lado capitalista que fuesen amateurs y con filiación comunista. Así que con semejantes limitaciones el tema se redujo en una pugna germanosoviética. Eso sí, el plusmarquista fue un polaco que obedece al nombre de Ryszard Szurkowski del que aquí no sabemos nada pero que en Polonia es venerado como si de Juan Pablo II se tratase. El caso es que en esa burbuja de ideal proletario no se sabía si esos ciclistas podrían destacar en el competitivo y lucrativo ciclismo occidental. Si serían capaces de ganar el Tour. Para ser claros. Hubo dos ellos que, según los entendidos, al menos hubiesen tenido una oportunidad.

Rubio, melena al viento, disciplina militar y cuerpo robotizado. Así era Sergei Soukhoroutchenkov. Un ídolo de los ochenta. Gana todo lo ganable, en el mundo que era el otro mundo. Cuba, Rumanía, Yugoslavia. Pero como es amateur también compite al otro lado del Muro. Van a comenzar los 80. Hay cierta relajación. Las fronteras se abren con limitaciones. Y Sergei lo hace bien. Gana una carrera en Italia tras un ataque demoledor, pero el problema es que al ganar lo hace traicionando a un compañero de equipo. Eso no gusta en el Kremlin. Se acabó lo de viajar al paraíso capitalista. Se centra en los Juegos Olímpicos de Moscú donde se lleva el oro en solitario metiéndole una minutada al pelotón. Entre los derrotados hay un futuro ganador del Tour como Stephen Roche.

Por supuesto gana la Carrera de la Paz. En cuatro ocasiones. También ganó dos veces el Tour del Porvenir y otras dos quedaría segundo. Le ofrecen varios contratos. Uno de un millón de dólares anuales. No le dejan. Cuando le dan libertad es 1986. Apenas tiene 30 años, pero ha sido exprimido a kilómetros hasta la saciedad. Es el método soviético. Si no les impresionas en juniors, nadie se va a volver a interesar por ti. Tienen demasiado material humano a su disposición. Soukhoroutchenkov estaba quemado. Le dejan competir en la Vuelta a España formando parte de una selección soviética, pero Sergei no carbura. Vuelve a Moscú y firma su primer contrato profesional en 1989 con una escuadra italiana. Tiene 33 años. Apenas aguanta un par como profesional. Allí se acabó la carrera del que fue el Bernard Hinault de la Unión Soviética

Soukhoroutchenkov

El otro ídolo de masas era de la RDA. La Alemania Oriental era el ejemplo vivo del éxito del comunismo. No había colas de hambre. Había excedentes. Y se exportaban. No sólo a Polonia o a Hungría. También a Francia o a Italia. En los rankings económicos la RDA siempre estaba a la vanguardia mundial y su número de universitarios por habitante era el mejor del planeta. Y luego estaba el deporte. Luego supimos que era el dopaje de Estado, pero entonces era flipante. En los Juegos de Seúl de 1988 la RDA y sus 16 millones de habitantes superaron en medallas a los caudalosos Estados Unidos y sus 300 millones de almas.

En Seúl será medalla de plata Olaf Ludwig. Ocho años antes, con apenas veinte castañas, ya había sido oro en contrarreloj por equipos. Antes de Seúl había ganado la Carrera de la Paz (dos veces) y también el Tour del Porvenir. Moreno, miope, con abundantes entradas, Ludwig se niega a viajar a Ucrania para una carrera. Era la primavera de 1986. Decían que algo había pasado en la central nuclear de Chernóbil. Puede que en la RDA las cosas fueran bien, pero la libertad no era una de esas cosas.

A Ludwig le asaltan los periodistas. Es un deportista famoso. Y él contesta. Habla de ciclismo. También de otros temas. Lo censuran. El pueblo no sabrá lo que dijo. Pero los que mandan si lo saben. Al igual que le habían hecho a Soukhoroutchenkov a Ludwig también le hacen el vacío. Lo meten en el congelador. Pero el invento comunista se está acabando. Finaliza en el otoño de 1989. Olaf se convierte en profesional al año siguiente. Equipo Panasonic. Destaca. Vuelta a Andalucía. Debut. Tres etapas. Tres victorias. Etapas en el Tour de Francia, Gran Premio de Frankfurt, Amstel Gold Race y maillot de la regularidad en el Tour. Todo a partir de la treintena. ¿Qué hubiese sucedido antes? Vete tú a saber. En 1993 fue tercero y medalla de bronce en el Mundial de ciclismo. Por delante de él quedaron Lance Armstrong y Miguel Induráin.

Ludwig (drch)

De 1948 a 2006 fueron más de 700 etapas. Más de 100.000 kilómetros. Un maillot amarillo con el símbolo de la paloma de la paz y estadios llenos, cunetas atestadas y una carrera olvidada de un lado del mundo y añorada al otro lado del planeta.

“Si los alemanes bajan sus armas, los soviéticos, de acuerdo con el arreglo al que han llegado Roosevelt, Churchill y Stalin, ocuparán todo el este y el sudeste de Europa, así como gran parte del Reich. Una cortina de hierro caerá sobre este enorme territorio controlado por la Unión Soviética, detrás de la cual las naciones serán degolladas. La prensa judía en Londres y Nueva York seguirá aplaudiendo probablemente”. Joseph Goebbels, ministro del III Reich en febrero de 1945.

“Por cuanto he visto de nuestros amigos los rusos durante la guerra, estoy convencido de que nada admiran más que la fuerza y respetan menos que la debilidad. Es preciso que los pueblos de lengua inglesa se unan con urgencia para impedir a los rusos toda tentativa de codicia o aventura. Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre Europa un telón de acero”. Winston Churchill, ex Primer ministro británico en marzo de 1946.

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