Vuelta España

El día que Contador resucitó

Para la edición de la Vuelta de España en 2012 la organización decidió que la meta en Madrid fuese el punto más meridional del recorrido. Tocaba dar un paseo de 21 días por las montañas del norte de España, confirmando un regreso al País Vasco que se había certificado en el año anterior. La salida tendría lugar en Pamplona, a donde acudió Miguel Induráin. El mito comentó que con semejante recorrido no hubiese tenido opción alguna de lograr la victoria. Se trataba de una edición pensada por y para los escaladores.

En ese verano de 2012 España estaba sumida en una profunda depresión. Crisis económica insondable, tasas de paro astronómicas y una retahíla de casos de corrupción que salpicaban el día a día y enervaban a la gente que salía a la calle. Pueblo que salía a manifestarse ante la carga de medidas de austeridad que preparaba el gabinete ministerial.

El favorito al triunfo era el británico Chris Froome, vigente vencedor de la Vuelta y que en el mes de julio había acabado segundo en el Tour de Francia. Las alternativas eran los españoles Alejandro Valverde (vencedor en 2009) y Joaquim Purito Rodríguez (subcampeón del Giro de Italia de ese año). Una incógnita era lo que podría ofrecer Alberto Contador. Al madrileño lo habían desposeído de sus victorias en el Tour de 2010 y del Giro de 2011 por un positivo en clembuterol. Aquella sanción por dopaje se había confirmado por una ínfima tasa de 0,00000000005 gramos/ml por encima de la permitida. La Vuelta de 2012 era su primera carrera de tres semanas tras volver al ruedo y aspiraba a conseguir una corona que se había ceñido en 2008.

Ya en la tercera etapa, con subida al Alto de Arrate, el cuarteto demostró su superioridad con un acelerón final que le dio la victoria parcial y el liderato de la prueba a Valverde. Purito Rodríguez le robaría el maillot rojo en la siguiente etapa y distintos picotazos entre los gallos confirmarían su superioridad sobre el resto de corredores durante la primera semana de la prueba.

Tras la jornada de asueto tocaba contrarreloj de 40 kilómetros en Pontevedra. Purito Rodríguez había perdido el Giro de esa primavera por culpa de una contrarreloj en el último día. No iba a ser así en tierras gallegas. La inclusión de una tachuela de tercera categoría en mitad del recorrido permitió a Purito salvar los muebles y mantener el maillot rojo de líder por únicamente un segundo sobre Alberto Contador.

Purito Rodríguez

Encaró la Vuelta una segunda semana de aúpa con tres jornadas montañosas. Tres finales de etapa; desde el explosivo Mirador del Ézaro, al consistente Alto de los Ancares y para finalizar el mágico y místico final en los Lagos de Covadonga. Un Contador frustrado lo intentaba por activa y por pasiva, pero era incapaz de doblegar a Purito, quién incluso aumentaba la renta en un puñado de segundos gracias a las bonificaciones. Tan sólo el británico Chris Froome sería víctima de este encadenado montañoso al perder una buena renta en Covadonga, dejando la lucha por la general definitivamente entre Rodríguez, Contador y Valverde.

Tocó luego la etapa reina. San Lorenzo, Cobertoria y final en el Cuitu Negru, con rampas de hasta el 24%. Contador puso a su equipo a tirar a destajo. A falta de seis kilómetros para la cima soltó un poderoso ataque. Valverde se desfondó, pero Purito resistió como pudo e incluso atacó a falta de 200 metros para lograr la victoria de etapa. Tocaba el segundo día de descanso. Purito Rodríguez era sólido líder con 28 segundos sobre Contador, mientras que Valverde estaba a más de dos minutos y Froome andaba en los cuatro y medio de retraso.

Purito Rodríguez había gobernado la Vuelta a España de 2012 hasta bien entrada la tercera semana con insultante autoridad, con piernas de hierro. Tanto era así, que Purito incluso osó invadir el terreno de Alberto en la conquista de la ronda española, el de los puertos largos, coto que parecía exclusivamente reservado al madrileño.

A pesar de la corta ventaja se entendía que la Vuelta estaba resuelta. La última semana era descafeinada. Tan sólo inquietaba la penúltima jornada con subida a Navacerrada y a la llamada Bola del Mundo, una descomunal rampa final en la que el asfalto deja de existir. Era un final explosivo que le iba como anillo al dedo a Purito tal y como había demostrado en varias etapas de esa Vuelta. La visión de carrera del catalán era clara y aguda y sabía exactamente donde dar rienda suelta a su explosividad para superar a Contador en los metros finales.

La etapa siguiente al día de descanso tenía que ser la de una suave vuelta al trabajo. Se salía de Santander y tras 177 kilómetros se llegaba a un final en alto en Fuente Dé, a los pies de los Picos de Europa. No obstante, se trataba de un puerto cántabro de segunda categoría con apenas un 4% de desnivel, cifra insignificante para un ciclista profesional.

Ocurrió que, a 50 kilómetros de meta, en Collada de la Hoz, otro puerto de segunda categoría, Alberto Contador atacó.

Contador decidió organizar una revolución espontánea y olvidarse del ciclismo de pinganillos. Contaba con tres compañeros por delante fruto de una escapada y decidió jugarse el todo por el todo. Al paso por la cima de Collada de la Hoz había abierto un hueco de 18 segundos sobre el grupo principal donde marchaba el líder. Purito no supo muy bien cómo reaccionar. El catalán llegó a estar a 200 metros de distancia del madrileño antes de coronar la cima, pero su equipo decidió ser cauto y no arriesgarse a una caída en la peligrosa bajada del puerto. A fin de cuentas, quedaba un mundo para la línea de meta.

En el descenso Contador ya era el líder provisional de la carrera ayudado por sus compañeros de equipo a los que ya le había dado caza. En el valle sus gregarios pusieron un ritmo infernal y luego Paolo Tiralongo, ex compañero de Contador años atrás, simplemente hizo de amigo al recordar como en el pasado Contador le había regalado una victoria de etapa en el Giro de Italia.

A 13 kilómetros de meta Contador se quedó solo. La ventaja era de dos minutos. Purito Rodríguez, con un equipo mediocre, solicitaba ayuda a Valverde y al Movistar, escuadra donde militaba el murciano. Valverde se pegó a rueda de Purito y calló la boca. Él iba tercero. No tenía ningún liderato que defender. Purito jamás se lo perdonaría y eso le costará una medalla de oro a España en un Mundial de ciclismo.

Pero esa es otra historia.

Valverde atacó entonces a un Purito que era incapaz de pedalear entre cansado y frustrado. Agotado por la caminata también estaba Contador, quién al sobrepasar la pancarta del último kilómetro tan sólo mantenía 15 segundos de distancia sobre Valverde. Con todo, tuvo suficiente gas para lograr la victoria por únicamente seis segundos de ventaja. Cuando cruzó la meta no hizo su característico gesto de pistolero, sino que soltó un rugido ininteligible que condesaba los dos años de frustración que había acumulado por su sanción por dopaje.

Purito Rodríguez, mudo de cabeza y psicológicamente muerto, se dejaba más de dos minutos y perdía la Vuelta a España de 2012.

La clasificación general se mantuvo inalterable tras el paso por la Bola del Mundo. La victoria fue para Alberto Contador y aquella edición de la Vuelta a España fue un éxito. Triplicó en número de televidentes a la edición del anterior año y fue la más vista desde 2004. Hay quien considera que fue una de las mejores junto a la pelea en las cumbres de Fuente y Ocaña de 1974 y la de 1983, cuando Bernard Hinault se rebeló contra la inesperada resistencia española.

Aquel ataque a 50 kilómetros de final en un puerto de segunda categoría definiría como Contador sería recordado en el santoral del ciclismo. Hasta su sanción por dopaje, Alberto Contador era un ciclista frío y calculador que esperaba a los últimos metros de la ascensión final para asestar un golpe demoledor con una altísima cadencia de pedaleo. Así cimentó sus victorias en el Tour de Francia. Pero fue tras cumplir su sanción por clembuterol cuando Contador pasó a ser un ciclista ofensivo. Todo comenzó en Fuente Dé, pero luego vendría una cabalgada a pie del Mortirolo, un ataque loco en el Angliru, otro asalto imposible en Formigal y unas cuentas caídas en el Tour por arriesgar más de la cuenta. Ese, el Contador que ya no era dominante pero que era ofensivo, sería el ciclista que quedaría para el recuerdo por mucho que atesore un brillante palmarés. Corredor suicida que siempre lo intenta y que hace honor al mito del ciclismo romántico.

Contador campeón

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¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Amos Klausner nació en Europa. Con los años emigró a Jerusalén y cambió su apellido por el de Oz, que significa coraje. Vivió en un kibutz, las comunas agrícolas israelís, y participó como soldado en la Guerra de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kippur (1973). Novelista, profesor universitario y escritor, ganó diversos premios literarios en Israel y medio mundo. Francia le otorgó la Legión de Honor, España le concedió el Príncipe de Asturias y estuvo varios años nominado al Nobel de Literatura. Amos Oz era uno de los israelitas más sobresalientes, respetados y conocidos del mundo. Un faro para cualquier judío. Una muestra de cómo desde la miseria se puede llegar a la excelencia.

Hasta que en 2015 Amos Oz dijo lo siguiente: “La supervivencia del Estado de Israel requiere la creación de un Estado Palestino independiente. No hay otra solución porque los palestinos no se van a ir, no tienen adónde. Los judíos israelíes tampoco nos vamos a ningún lugar, no tenemos adónde. No podemos ser una gran y alegre familia porque no somos una familia. Somos dos familias muy infelices. Debemos dividir la casa en dos apartamentos más pequeños. No hay otra opción”.

Inmediatamente Amos Oz fue tildado de traidor. De pacifista izquierdista y de vendedor de la Patria. Cuando falleció en 2018 gran parte de los que le habían admirado no quisieron llorar su pérdida. Su editor le dijo una vez a Amos que sus libros tenían unas ventas grandiosas en Israel porque los sionistas compraban sus libros no para leerlos, sino para quemarlos.

Los palestinos luchan dos guerras al mismo tiempo. Una para lograr su libertad, y es justa. La otra no lo es porque luchan para expulsar a los israelís de su tierra. Los israelitas luchan dos guerras al mismo tiempo. Una justa para defenderse del terrorismo alentado por Hamás y Hezbolá los cuales son financiados por Irán con el objetivo de doblegar a Israel y convertirse en la fuerza hegemónica en Oriente Medio. La otra no es justa y busca la expulsión y el exterminio de los palestinos en la llamada Franja de Gaza.

¿Quién tiró la primera piedra? No es asunto de estas líneas. Las bases de este desastre las pusieron británicos y franceses en 1917 y nunca verán solución adecuada. Hablamos de convivencia pacífica desde Occidente. De diálogo y de consenso. Hablamos y hablamos, sin embargo, sabemos que es imposible. Son dos pueblos que se odian, que no tienen el mismo concepto de Derechos Humanos aceptado por nosotros, y que ocupan el mismo territorio. Poco se puede hacer.

Amos Oz

El motivo de este artículo es otro. La pregunta es otra. ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El pasado 14 de septiembre el Gobierno de España tenía un trabajo qué hacer y era garantizar que pudiese desarrollarse la última etapa de la Vuelta Ciclista a España. El delegado del Gobierno en Madrid, y por lo tanto el Gobierno, fracasó en esa tarea, dado que la Vuelta no pudo finalizar (el pódium de vencedores se hizo en un garaje subiendo al triunfador a una nevera portátil). El Gobierno fue incapaz de asegurar la integridad de los ciclistas y de despejar las calles del recorrido. Se movilizaron 3.000 policías, cifra superior a la cumbre de la OTAN según explicaron.

Pues no fueron suficientes.

El trabajo del Gobierno también era asegurarse de que quien quisiese manifestarse a favor de la causa palestina o por la desaparición del Estado de Israel pudiese hacerlo con normalidad. También era asegurarse de que la Vuelta llegase a la meta con normalidad. Consiguió lo primero y fracasó en lo segundo con la duda que ha quedado, y es responsabilidad del Gobierno por sus declaraciones que haya esa duda, respecto de la voluntad real de que el Gobierno pudiese completar ese cometido. Esa misma mañana, el presidente de España había mitineado a favor de la causa palestina usando el viejo truco de decir que respetas a los deportistas, pero, sobre todo, diciendo que admiras a los que al manifestarse no van a dejar a trabajar a los deportistas.

La duda sobre la voluntad del Gobierno es muy legitima dado que llevan un mes quitándole hierro a los incidentes y exigiendo la expulsión de un equipo ciclista patrocinado por un israelí de las competiciones internacionales. Y la duda es legítima, debido a la satisfacción de varios ministros al celebrar el fracaso del dispositivo de seguridad de la carrera. El Gobierno usó interesadamente la manifestación pacifica para diluir su responsabilidad y los desórdenes públicos que acabaron provocando que la carrera fuera abortada. Y es que no fue el clamor del pueblo de Madrid lo que abortó la carrera, sino la incompetencia de la Delegación del Gobierno de Madrid.

Camuflar un fracaso proclamando con enorme sobreactuación una evidencia.

También la oposición debería abstenerse de hablar en nombre del pueblo madrileño. En Madrid no hubo violencia ni tampoco hubo un Sarajevo (Ayuso dixit). La sobreactuación llega a todos los extremos de la política.

Días después de los incidentes en el fin de la Vuelta a España se reunieron en Madrid el canciller de Alemania Friedrich Merz, conservador, con el presidente de España Pedro Sánchez, progresista. Sánchez habla de genocidio. Merz no. Sánchez considera necesario reconocer el Estado Palestino. Merz no. Sánchez no quiere competiciones deportivas si participa Israel. Merz no se ha pronunciado al respecto. Sánchez entiende que Netanyahu viola los Derechos Humanos. Merz está de acuerdo. Sánchez anunció el embargo de armas a Israel hace meses, pero hasta hace tres días no lo hizo efectivo. Merz ya tiene el embargo en vigor desde hace muchos meses. Sabiendo en qué coinciden y en qué discrepan, ambos comparecieron en ambiente de concordia y en sintonía subrayando como están de acuerdo en lo esencial. Ninguno acusó al otro de ser cómplice de Netanyahu ni cómplice de Hamás.

Una muestra más de que lo que ocurrió aquel 14 de septiembre en una carrera ciclista en la capital de España no fue más que una escena sobreactuada con la única idea de embarullar y confrontar. Lo que polariza la vida española no es lo que ocurre en Gaza, sino que es el afán de polarizarlo todo lo que contamina cualquier situación tanto interna como externa de nuestro día a día.

Madrid 14/IX/25

Una vez que el suflé ha finalizado, las preguntas que el presidente del Gobierno debería responder serían; ¿Con qué otras medidas de protesta celebraría él que el pueblo español protestase ante Netanyahu? Si mañana alguien propone boicotear cualquier empresa, cualquier marca, señalar un producto en un supermercado (¿con una estrella de David?) de Israel, ¿lo celebrará el presidente del Gobierno? Si alguien propone sitiar la Embajada de Israel en Madrid, ¿el Gobierno de España aplaudirá también y dirá que está orgulloso de su pueblo? ¿Propondría y jalearía el Gobierno que la selección masculina de fútbol no participase en el Mundial de 2026 en el caso de que Israel se clasificase? Si alguien boicotea las relaciones diplomáticas del Estado español con el Estado israelí, ¿también le producirá admiración al presidente del Gobierno? Decir lo siento por la Vuelta, pero lo siento más por los palestinos masacrados vale para cualquier situación demagógica. Consiste en sustituir la Vuelta por lo que ustedes consideren (por ejemplo, por un estudio científico contra el cáncer cofinanciado por universidades israelitas).

¿Quién fija la línea entre lo que es Israel y lo que es el Gobierno de Israel? ¿Al Partido Laborista de Israel que está en contra de la guerra y de Netanyahu hay que echarlo de la Internacional Socialista sólo por el hecho de ser israelí? ¿La prensa libre israelita que es crítica con Netanyahu también es censurable? Coincidiendo con la Vuelta se celebró el equivalente a los Premios Goya del cine en Israel. Las banderas palestinas y los gritos de no a la guerra inundaron una sala donde el premio al actor protagonista se le dio a un musulmán. ¿También son censurables todos esos críticos con Netanyahu?

Lo que diferencia a Israel de Rusia es que mientras la primera es una democracia la segunda es una dictadura. El equipo ciclista Gazprom-RusVelo fue expulsado de la Unión Ciclista Internacional (UCI) semanas después de la invasión rusa de Ucrania. El Israel Premier Tech lleva dos años circulando sin censura. Es obvio que la fortaleza económica y tecnológica de Israel lo hacen un socio primordial para Occidente y que cuenta con el paraguas de Estados Unidos para cada uno y todos sus actos de barbarie. Rusia no. Rusia es el ogro. Pero no está mal recordar que en el pasado (1973 y 2001 significativamente) Israel hubo de retroceder ante sus propios pasos por exigencia de Occidente.

Rusia no es una democracia. En Rusia no hay libertad de prensa, no hay elecciones libres ni hay división de poderes, no hay derecho de reunión ni de asociación (desde 2015 las leyes nacionales tienen autoridad sobre los tratados internacionales). Vladimir Putin es un dictador, aunque no lo ponga en los papeles oficiales. En Israel sí. Israel es una democracia. Antes de Netanyahu gobernaron en Israel conocidos lideres como Simon Peres o Amir Peretz, quienes abogaban por el pacifismo y la coexistencia con Palestina. Benjamín Netanyahu es primer ministro de Israel desde diciembre de 2022. Veremos si en 2026 sigue siéndolo. Tocan elecciones. Una fuerte oposición le acecha. Y no viene de Irán, ni de Egipto, ni de Francia ni de España. Viene de dentro del propio Israel.

Hay más. Rusia cerca a Europa. A Europa Occidental. Para estonios, letonios, lituanos, fineses, suecos, polacos, ucranianos, checos, eslovacos, austriacos, húngaros, rumanos, croatas, búlgaros, griegos y alemanes, Rusia es el enemigo. Para Estados Unidos también. Y para defenderse de ese enemigo, Israel es pieza imprescindible. Plásticos, instrumentos médicos y ópticos y productos farmacéuticos químicos y militares obtenidos a precio justo. Rusia aporta a Occidente combustible. Un combustible demonizado por sus efectos para el medio ambiente y en el que Europa cada vez está menos interesado en comprar y Rusia ansía que así sea para poder vendérselo en mejores condiciones a India y a China.

Rusia tiene un colchón detrás de origen chino que le permite desafiar a Occidente. Europa cuenta con un colchón que se llama Estados Unidos. Y no existe colchón si Israel no forma parte de la misma cama.

Israel Premier Tech

Así entonces; ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El Comité Olímpico Internacional (COI) expone sus razones, la cuales, gusten o no, están fundamentadas. Es cierto que los principios olímpicos son muy generales y maleables, como también lo es cierto que las decisiones son tomadas de forma democrática por los comités deportivos nacionales (que no por los Estados). En su artículo 28 la Carta Olímpica dice que “la jurisdicción territorial de un Comité Nacional ha de coincidir con los límites del país donde ha establecido su sede”. Ese es el motivo argumentado para expulsar a Rusia, que desde el momento de la invasión ha vulnerado y ocupado territorio del Comité Olímpico Ucraniano.

Rusos y bielorrusos (aliados en la invasión) llevan desde entonces sin participar en los grandes eventos deportivos y sus deportistas a título individual que sí lo hacen compiten sin himno ni bandera (a los JJ. OO de Paris 2024 únicamente fueron 15 deportistas rusos considerados limpios de la influencia de Putin). Si bien es cierto que la decisión fue relativamente fácil por la presión de Estados Unidos y de Europa, también lo es que se ajusta al derecho olímpico.

¿Ha invadido Israel territorio de Palestina? Cierto es. Pero el deporte juega con ventaja. Palestina no ha sido reconocido como Estado de forma masiva hasta hace apenas unos meses. Cuando reclamó su independencia en 1988 los apoyos provinieron de África y de países musulmanes fundamentalmente. Es ahora cuando se debate esa realidad en entes poderosos de todo el planeta (no es cuestión de la Unión Europea, importantes países como Suiza o Japón no se lo plantean y otros como Canadá o Australia han reconocido a Palestina hace una semana cuando cuatro semanas atrás lo rechazaban). En el deporte esa realidad es mucho más sólida y antigua. La ONU reconoce que en el planeta hay 195 países. El COI reconoce a 206 Comités Olímpicos Nacionales. Palestina es uno de ellos. Participa en los Juegos Olímpicos desde 1996 con el apoyo de todos los miembros y sus deportistas han compartido espacios en la Villa Olímpica con los deportistas israelís en varias ocasiones.

Deporte y política están estrechamente unidos. Separar ambas cosas son pamplinas. Ocurre que en el mundo hay en estos momentos más de medio centenar de conflictos armados activos. Se calcula en unos 70.000 los fallecidos oficiales en Gaza. Sólo en guerras que se hayan iniciado en 2023, mismo año en el que se inició el conflicto en Palestina, comenzaron conflagraciones en Birmania (20.000 muertos), en el Sahel (35.000), Sudán (30.000), Etiopía (15.000) o hasta en el eterno conflicto por el narcotráfico en México que suma en dos años cerca de 10.000 fallecidos. En Ucrania superan los 100.000 fallecidos sólo entre los agredidos. El deporte internacional tiene que hilar muy fino para sobrevivir en un mundo global.

Gaza

Al que escribe, la situación le recuerda al 11-S. Entonces los ataques a las Torres Gemelas provocaron una reacción furibunda de Estados Unidos. Salvo los activistas de extrema izquierda, el conjunto de la sociedad mundial (países árabes incluidos) apoyaron o aceptaron que Estados Unidos iniciara una operación de ocupación en Afganistán. Dos años más tarde, con la falsa excusa de la existencia de armas químicas en Irak, Estados Unidos inició una nueva operación de conquista que fue rechazada por la inmensa mayoría de la población mundial, con la única excepción de grupos de extrema derecha.

Cuando Hamás inició una masacre el 7 de octubre de 2023 que acabó con la muerte de cerca de 800 civiles israelís, nadie puso en duda la necesidad de Israel de defenderse e iniciar una operación contra el terrorismo (países árabes incluidos). Así como nadie dudó de excluir a Rusia de todo evento internacional haciendo gala del poder blando, no hubo nadie que pretendiese hacer lo mismo con Israel, país identificado, claramente, como víctima.

Dos años más tarde muy pocos podrían justificar la guerra liderada por Netanyahu como una cuestión de operación antiterrorista. Genocidio o no, lo que es indudable es que es una masacre que busca la total ocupación de la Franja de Gaza sin la intención alguna de volver a las fronteras anteriores al 7 de octubre de 2023, aunque supuestamente se consiguiese desmantelar a Hamás. Poco a poco el mundo le da la espalda a Israel, como en su día se hizo con Estados Unidos.

¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Por ahora no.

Por ahora.

“Somos el único país del mundo al cual se le exige garantizar la seguridad de su ocupante mientras Israel es el único país que pretende defenderse de sus víctimas. No necesitas ser árabe para apoyar a Palestina, tan sólo necesitas ser humano”. Hanan Ashrawi, diputada palestina.

“Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No podemos perdonarlos por obligarlos a matar a nuestros hijos. La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Golda Meir, primer ministro de Israel.

«Cuando hablamos al pueblo de Israel estamos hablando a un pueblo de hermanos. Un pueblo que cuando regresa a España, regresa a su casa. Por eso nos duele tanto, nos cuesta tanto comprender lo que el Gobierno de Israel está haciendo en la Franja de Gaza. Por eso clamamos, imploramos y exigimos que detengan ya esta masacre». Discurso de Felipe VI de España en la ONU el 24/IX/25 con un perfecto y diplomático uso de las palabras.

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Yo era por entonces un niño paleto. Paleto de pueblo. O paleto de aldea. En Galicia hay aldeas, que no pueblos. Conviene aclarar que era paleto de aldea. También hay paleto de ciudad. La diferencia es que el paleto de aldea sabe que es paleto. El paleto de ciudad no es consciente de su tontuna. Por lo tanto, el paleto de ciudad es paleto entre paletos dado que es paleto por partida doble. Bien. Aclarado este punto, volvamos al inicio. Yo era un niño paleto de poco más de siete años. Apenas llevaba unos meses viviendo en la ciudad. Aquello acongojaba. Escaleras mecánicas en un centro comercial. Inteligencia artificial para mis sentidos. Yo, que corría y vagaba por descampados el verano anterior, pasé a encerrarme en casa con llave y a tener miedo hasta de bajar al portal a tirar la basura. El caso es que en abril de 1993 el vivir en la ciudad me permitió acceder a un evento deportivo de primer nivel.

La Vuelta Ciclista a España.

Aquel era Año Santo. Era el primer Año Santo. El primero con fanfarria, quiero decir. Manuel Fraga había patentado Benidorm, Paradores y el Spain is Different en tiempos de Franco. La cosa había salido bien. Ahora, patrón de la Xunta de Galicia, decidió convertir la tumba del Apóstol Santiago en evento turístico internacional. Albergues y flechas amarillas. Ray Charles, Julio Iglesias, Bruce Springsteen, Neil Young, Sting, Chuck Berry o Bob Dylan. Y la Vuelta a España. Aquel año la Vuelta partiría de Coruña para finalizar en Santiago de Compostela con una contrarreloj que finiquitaba en la Plaza del Obradoiro. Las cuatro primeras y las dos últimas etapas de aquella Vuelta serían por territorio gallego y con presencia en las cuatro provincias.

La primera etapa es un prólogo contrarreloj de diez kilómetros por Coruña. La capital herculina acaba de inaugurar un precioso paseo marítimo y toca enseñarlo al mundo. Por desgracia, llueve. Perdón. No llueve. Arrolla. Yo me instaló en la fuente de Cuatro Caminos. Voy agarrado a la mano izquierda de mi padre. En la derecha mi progenitor se aferra a un paraguas e intenta proteger a su hijo. Digo bien se aferra, dado que en Coruña no existe la lluvia vertical. La lluvia es oblicua, dañina y perversa para los sentidos. Te ataca desde la punta del cogote hasta la perpendicular del tobillo. Estamos a la altura de la calle Fernández Latorre próximos a la cafetería Remanso. A la izquierda el Bingo, algo más allá la Estrella Galicia y enfrente las oficinas de La Voz de Galicia. La esencia de Coruña. Los ciclistas tienen que bordear la Fuente de Cuatro Caminos para volver por sus pasos, tomar rumbo hacia el centro de la ciudad y dar la vuelta final por el Paseo Marítimo.

Allí, apostado con mi padre, entre culos y paraguas, intento ver a los esforzados de la ruta. Desde siempre me gustó el ciclismo, como siempre me gustaron los coches. Nunca me interesó la mecánica, ni al recibir la mayoría de edad me interesó comprar vehículo alguno o fardar de uno o de otro. Me la sopla tener un Ford Fiesta o un Mercedes Clase S. Presumir nunca ha sido lo mío. Lo que me gusta es la libertad. La independencia. El movimiento. La geografía. La cultura. La historia. El conocer. El abrir la mente a nuevos lugares. Eso es el ciclismo. Y tiene algo más. Algo que no tienen los coches. El esfuerzo. La épica. El honor. Las gestas. Y para cantar las gestas están los trovadores. Los periodistas. La radio. Y entonces estaba José María García, las unidades móviles, los helicópteros, los puntos de control y las entrevistas en directo bajando en moto a 80 km/h.

Para aquel niño paleto ir a ver una etapa de la Vuelta a España era como ir a Disneylandia.

Cosa que, por cierto, no creo que supiese entonces ni que existía.

Total. Que llueve. Y llueve mucho. Y el asfalto resbala. Es una carretera con líneas. Muchas líneas. El asfalto de ciudad es el más odiado por el ciclista. Es tocar una raya blanca y al suelo. Estoy instalado en la curva. Ohhhhh. Ayyyyyy. Se caen unos cuantos. Se levantan. Otros gritan. Y tardan más en levantarse. No abandonan, pero acaban tocados.

Llega entonces Álex Zülle. El chaval promete. Milita en la ONCE y viene como un tiro. Ha ganado la Vuelta a Asturias, la Vuelta a Burgos y la Escalada a Montjuic. En la contrarreloj es favorito. Va primero en los parciales, cuando toca dar el giro en la Fuente de Cuatro Caminos. Encara la curva a la izquierda, pisa el freno…

…y se cae. Cae poco más allá de mis pies. Los mecánicos de la ONCE saltan del coche, lo ponen en pie y tratan de subirlo a la burra. José María García enchufa el micrófono a grito pelado convirtiendo sus escasos 160 centímetros de altura en un gigante que podría rivalizar con el mismísimo Hércules. Zülle vuelve a rodar, toma impulso bajo el aguacero y enfila rumbo al Paseo Marítimo.

Álex Zülle gana la etapa a pesar de la caída. Pero no ganará la Vuelta a España de 1993. Volverá a caerse.

Y es que Álex Zülle siempre se cae.

Zülle en 1993

Álex Zülle era un suizo que hizo fortuna en España. Entre 1991 y 2000 militó en la ONCE y en el Banesto, los dos grandes equipos españoles del momento. En sus años de gloria conquistó la Vuelta a España (1996 y 1997) engrosando las filas del equipo de los ciegos. La paradoja era curiosa. Miguel Induráin militó durante su lustro glorioso en Francia en el Banesto. Año tras año la estructura del equipo se desmoronaba conforme el banco de crédito saltaba por los aires gracias a los tejemanejes de Mario Conde. Mientras, la ONCE aumentaba su caché temporada tras temporada y se convertía en el mejor equipo del mundo. Se da pues la singularidad de que Induráin tuvo en sus últimos años en la ONCE a su máximo oponente, siendo este un equipo liderado por Laurent Jalabert (francés) y Álex Zülle (suizo). Pero es que son tiempos donde el ciclismo español está supeditado a un único ciclista. En la Vuelta de 1996, la Vuelta en la que Induráin pone pie en tierra y abandona el ciclismo, Zülle logra el triunfo y hay que bucear hasta la décima posición para encontrar al primer ciclista español de la clasificación.

Zülle llegó tarde al ciclismo. No se puso en serio con la burra hasta los 18 años. Manolo Saiz, patrón de la ONCE, lo captó y el chico comenzó a funcionar como una moto. Y eso que en un principio no lo quería. Llevaba pendientes y aquello era tema tabú para Saiz. Ocurría que el chaval era un fuera de serie. Para la Vuelta del 93 venía como tapado, no obstante, se le consideraba un peligro para Tony Rominger, también suizo, y gran favorito. Zülle golpea en las contrarrelojes y se defiende más que bien en la montaña atacando sin miedo si es necesario. Y así se llega a la traca final con Rominger líder con 33 segundos de ventaja sobre Zülle. Falta la última etapa de montaña en Asturias antes de afrontar una contrarreloj de 44 kilómetros en Santiago de Compostela. Se espera la victoria de Zülle del que se cree capaz de aguantar en montaña y asestar un golpe definitorio en la lucha contra el crono.

Llueve. Como ha llovido durante una Vuelta a España donde el punto más meridional ha sido Valencia. La etapa es corta para la época. Poco más de 150 kilómetros. Su suben cinco puertos con final en el Naranco con Oviedo a lo lejos. Por el camino La Cobertoria, puerto duro y de peligrosísima bajada. Hay ataques, pero se saldan sin éxito. Diluvia. Y toca bajar aquella pista de patinaje estrecha y llena de baches. Y Álex Zúlle no entra bien en un giro. Y se va al suelo. Y se levanta. Y no encuentra la bici en las flogues, que es como él se refiere a las flores en su castellano macarrónico. Y le dan su bici. Y vuelve a arrancar.

Y allí pierde la Vuelta. Faltan 50 kilómetros para la meta, pero desesperado, con el culotte roto y embarrado hasta las cejas quedarán allí enterradas sus opciones de alzarse con la victoria. Zülle ganará la crono en Santiago con 48’’ de ventaja sobre Rominger, ocurre que será insuficiente. Oportunidad perdida.

Zülle perdió aquella Vuelta, pero se ganó la simpatía del público español que pronto le consideró unos de sus favoritos. Tipo simpático, siempre sonriente en la derrota y siempre modesto en la victoria, afable con prensa y compañeros y terriblemente educado, en aquella caída en La Cobertoria dejó una de las más hilarantes entrevistas deportivas que se recuerdan; “Agua en carretera, culo y bicicleta en flogues”, así explicó con sencillez lo que había sucedido.

El tema es que Zülle no veía tres en un burro (un cegato en la ONCE, otra paradoja). Contaba con cinco dioptrías en cada ojo. El chico usaba gafas y no hay peor asunto para un miope que la lluvia. Las lentes se empañan y las gotas se pegan al cristal. Hay que sacarlas y limpiarlas. Un auténtico coñazo. Y ni te cuento si vas subido a una bicicleta cuando a las gotas de lluvia hay que añadirle las ácidas gotas de sudor. En el mundillo ciclista se decía que Zülle era siempre favorito en cualquier prueba salvo con lluvia. En ese caso la apuesta era saber en cuál kilómetro se iría al suelo.

A Zülle le daba miedo el agua y era terrible descendiendo puertos. Rompetechos en bicicleta. No obstante, el pánico venía de tiempo atrás. De adolescente había coqueteado con hacerse esquiador profesional, pero una fuerte caída en un descenso le provocó una fractura que le hizo cambiar de deporte. Para mejorar la rehabilitación le recomendaron la bicicleta y, con ayuda de su padre, acabaría desplazándose a Holanda, donde pronto comenzó a llamar la atención por su desempeño en las contrarrelojes. 

No fue ni será el único ciclista propenso en irse al suelo. Pero lo de Zülle eran palabras mayores. Con esa cara de niño bueno y esas sempiternas gafas hay quien dijo de él que era el resultado de unir a un científico loco con un cachorrillo abrazable. Manolo Saiz lo azuzaba para llevarse mal con Indurain y él no paraba de darle palmadas en la espalda en carrera y rendirse ante él cada vez que un plumilla le preguntaba.

Amarillo con dioptrías

En 1996 Álex Zülle va al Tour henchido de moral. El año anterior había finalizado segundo en Francia tras Induráin y ese mismo año sumará triunfo en la Vuelta a España. Hay etapa en Les Arcs. Frío y lluvia. Es la etapa que todos recordamos como la del día donde Induráin dijo adiós a su sexto Tour ante Bjarne Riis. Pero antes de todo eso, el bueno de Zülle se caería hasta en dos ocasiones bajando el Col de Roselend, un complicado descenso donde hace falta técnica, paciencia…y vista. Tras la segunda caída unos fotógrafos hubieron de sacarlo de unos matorrales. En este caso no hubo declaraciones para la posteridad.

Al año siguiente se pegaría una hostia de padre y muy señor mío en la Dauphiné Liberé y dos semanas más tarde se fracturará la clavícula en otra bajada, en esta ocasión en la Vuelta a Suiza. Llegará cortísimo de forma al Tour, donde, como no, volverá a irse al suelo.

La traca final tiene lugar en 1999. Tour de Francia. Última oportunidad. No están ni Pantani ni Ullrich. Es favorito. En la segunda etapa la organización prepara una etapa en el Passage de Gois, una carretera que une tierra firme con una isla al sur de Nantes. Todo precioso. Todo turístico. Y todo tremendamente televisivo. Pero el caso es que en el Atlántico hay mareas y el passage sólo queda al descubierto durante unas horas determinadas del día. Y el caminito…pues tiene sus algas, es húmedo…digamos que no es lo que un ciclista desea para ir a 60 km/h.

No creo que resulte muy complicado saber lo que sucedió. Hubo una caída. Una señora hostia. Y una extraña hostia. Los ciclistas caían unos sobre otros o danzaban con los neumáticos hasta chocar con las rocas a una velocidad irrisoria. Y por supuesto, por si alguien tenía alguna duda, Álex Zülle se fue al suelo. El pelotón se deshace en pedazos y uno de los rezagados es nuestro querido Rompetechos a quien, con el golpe, se le han caído las gafas…y no las encuentra. Comienza una persecución kilométrica en la que Zülle perderá todas sus opciones de triunfo al dejarse 6’03’’ con el grupo de favoritos liderado por Lance Armstrong. Aquel Tour será el primero del norteamericano (el primero antes de que se le fuesen retirados todos por dopaje) en el que Álex Zülle finalizará segundo a 7’37’’. ¿Quién sabe si habría ganado ese Tour en caso de no haberse caído?

Subiendo el Naranco

Álex Zülle fue un superclase. Vencedor en dos Vuelta a España, segundo en dos ediciones del Tour de Francia y campeón del mundo contrarreloj. Pero para quienes lo vimos, ya fuese en carne y hueso o a través de la pequeña pantalla, Álex Zülle siempre será ese entrañable ciclista que se iba al suelo cuando llovía porque no veía tres en un burro.

P.D: Meses antes me había escapado de casa. Cuando aún era paleto de pueblo. Me había escapado en bici. Mis padres me castigaron todo el fin de semana en mi habitación sin juguetes. Me dejaron la radio. Y en la radio el fin de semana sólo hay deportes. Yo nunca fui futbolista frustrado que decidió ser juntaletras. Siempre quise ser juntaletras.

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El extraño caso Caritoux

Los 80 fueron los años del boom del ciclismo en España. Es bien cierto que desde Trueba o Berrendero, gracias a Bahamontes, Julio Jiménez u Ocaña, el ciclismo siempre había sido uno de los deportes nacionales. Durante el Franquismo la trilogía del deporte hispano se conformaba a través del fútbol el boxeo y el ciclismo, todos deportes de reglas simples y de coste paupérrimo. La cosa no daba para más. Pero, y así con todo, si a finales de los 70 había dos equipos profesionales a inicios del siguiente decenio la cosa iba por once escuadras. En 1983 Ángel Arroyo había subido al pódium en Paris tras una década de ausencia española. Y no era sólo Arroyo. También era Marino Lejarreta, Alberto Fernández, Julián Gorospe y, especialmente, Pedro Delgado. El segoviano, apodado el loco del Peyresourde por una estruendosa etapa pirenaica en el famoso Tour de 1983, era el abanderado del equipo ‘Reynolds’ conjunto navarro dirigido por José Manuel Echávarri, quien entre bambalinas pulía a un fuera de serie llamado Miguel Induráin.

El caso es que en 1984 la Vuelta a España debía ser ganada por un español. La edición anterior había sido gobernada por Bernard Hinault, quien de paso se dejó las rodillas en las carreteras emulando a los generales napoleónicos que combatían con las tropas lideradas por el Empecinado. En esos tiempos tanto Giro como Vuelta (el Tour a la fuerza se iba convirtiendo en marca global) eran carreras chauvinistas. Los patrocinadores y los organizadores no ocultaban el deseo de que ganase un paisano y se hacía todo lo legalmente posible para favorecer esas ideas. Solía haber acuerdo entre equipos hispanos para desarbolar a los extranjeros y, para más inri, la aparición del periodista José María García y su colosal puesta en escena del ciclismo (con unidades móviles en motocicletas y helicópteros incluidas) hizo de obligado cumplimiento la victoria de un ciclista español.

Así pues, Pedro Delgado era el favorito al triunfo final. Aún no había ganado nada de renombre, pero era evidente que era un talento generacional. Marino Lejarreta (campeón en 1982 y segundo en 1983) y Alberto Fernández (tercero en la Vuelta y en el Giro de 1983) eran los otros candidatos. Después Julián Gorospe, Vicente Belda, Álvaro Pino o José Luis Laguía. Como extranjeros, subrayaba la presencia de Francesco Moser, excepcional clasicómano, y de un joven alemán formado en España llamado Reimund Dietzen.

Y nadie más.

Eric Caritoux llegó a su hotel de Jerez de la Frontera, donde se iniciaba la Vuelta, sin zapatillas. Se había olvidado de meterlas en su maleta. Había sido llamado a última hora por el director del conjunto francés ‘Skil’ para completar la terna de nueve ciclistas que durante tres semanas transitarían por tierras españolas. Caritoux, quien habitualmente hacía de lugarteniente de Sean Kelly, su jefe de filas, acudía a la Vuelta a cumplir el expediente. Sin Kelly, el objetivo del equipo ‘Skil’ era consumar una participación decente, intentar colarse en algunas escapadas que diesen minutos de televisión al patrocinador y tentar a la suerte con una victoria parcial de etapa.

David Guénel on Twitter: "En remportant la Vuelta 1984 avec seulement 6  secondes d'avance sur Alberto Fernandez, Eric Caritoux est le vainqueur de  Grand Tour avec la plus petite marge de l'histoire.
Eric Caritoux

Las ceras que resbalaban abrasadas sobre los adoquines de las calles de Jerez de la Frontera impidieron que Moser exhibiera el poderío que había mostrado batiendo el récord de la hora semanas atrás. Era Semana Santa. Entonces la Vuelta era en abril. Aun así, a Moser le bastó para ponerse de líder tras la contrarreloj inicial manteniendo el maillot amarillo durante una primera semana bordeando el Mediterráneo hasta llegar a Cataluña.

Llegó entonces la primera etapa de montaña. 16 kilómetros de ascensión en Rasos de Peguera, en el interior de la provincia de Barcelona. Allí Pedro Delgado se puso de líder tras un mano a mano con Alberto Fernández. La sorpresa vino del ganador de etapa. Eric Caritoux, el desconocido del equipo ‘Skil’, había aguantado las embestidas de los jefazos de la carretera y luego había aprovechado que nadie reparaba en su presencia para saltar en busca de la victoria de etapa. Aquello era un exitazo para Caritoux y una conquista totalmente inesperada.

Perico Delgado asomaba su radiante y pícara sonrisa, aquella que le haría, y aun lo hace, uno de los favoritos del gran público. Sino el más exitoso, si el ciclista español más conocido. A sus 24 años se erigía por vez primera como líder de la Vuelta y caminaba hacia la leyenda. Mas su atractivo radicaba en su actitud despreocupada, en ese aire quijotesco que tan pronto alumbraba una victoria como una catástrofe desmesurada.

Delgado era líder. A 11 segundos estaba el desconocido Caritoux. Alberto Fernández marchaba quinto a 40 segundos.

Seis días después tocaba ascender los Lagos de Covadonga. Con seis corredores en menos de sesenta segundos de diferencia, la etapa tenía que marcar forzosamente un antes y un después en una Vuelta sin claro dominador, sin una estrella de rango internacional. Primero se quedaba Álvaro Pino, luego Marino Lejarreta y a nueve kilómetros de meta el mismísimo Perico Delgado, para decepción de los fans. La gloria de Delgado se convirtió en pájara. Alberto Fernández tomó su testigo y asumió el mando de la carrera, pero la victoria fue para el alemán Dietzen…y el liderato para Caritoux (siempre de pie, nunca sentado) quien aguantó la rueda de Fernández hasta escasos metros para el final. Ahora el francés era líder con 32 segundos de ventaja sobre ‘El Galleta’.

Porque a Alberto Fernández se le conocía como ‘El Galleta’. Criado en Aguilar de Campoo, Alberto Fernández no era Perico Delgado. Cántabro de orígenes castellanos, ‘El Galleta’ era un tipo duro, serio, recio, acostumbrado a ganar carreras de una semana y fuerte como un tronco para soportar las grandes vueltas. Conservador y amable, era un tipo respetado pero huidizo con los focos. A sus 29 años sabía que aquella era su gran oportunidad.

Tocaba entonces una cronoescalada al Naranco, a las afueras de Oviedo. Doce kilómetros de ascensión. Llovía a mares. El agua rebota en el asfalto, golpea las ruedas y se adentra en los pómulos de los corredores. Gana Gorospe. Delgado ya no cuenta. Caritoux aguanta escupitajos, insultos, lanzamientos de botellas con agua helada y hasta intentos de hacerle caer al suelo. Acaba a cinco segundos de Alberto Fernández. Son 37 de ventaja.

¿Quién es este tipo? Se pregunta la gente. Ni entre los franceses es conocido. Cuando gana la etapa de Rasos de Peguera, es anunciado por TVE como un corredor suizo. Hijo de la Provenza, de familia con una humilde bodega, entrena habitualmente por las carreteras que llevan al icónico Mont Ventoux. Meses antes había ganado en la cima ventosa durante la Paris-Niza. Ese era su palmarés. Ni más ni menos.

Quedan cinco etapas para el final y apenas dos con enjundia. El penúltimo día una contrarreloj de 33 kilómetros y el día inmediatamente anterior una etapa de unos brutales 258 kilómetros por la sierra madrileña. Delgado atacó bajando y llego a ponerse a 30 segundos del liderato. Caritoux no tenía nada que hacer ni equipo que le echase una mano, pero fue Alberto Fernández quien cortó la emboscada. Delgado jamás se lo perdonó ya que, además, Fernández fue incapaz de distanciarse de Caritoux a pesar de sus repetidos ataques.

Cuando Gorospe ganó en el Naranco y Fernández se quedó a 37 segundos del francés, Caritoux llegó a declarar: “Tengo la Vuelta perdida, sé que Alberto me va a ganar en la contrarreloj final”. Caritoux estaba obsesionado con una conspiración nacional y creía que no tendría nada que hacer en los 33 kilómetros de la crono con salida y llegada a Torrejón de Ardoz. Caritoux no iba bien en la disciplina de la soledad, pero la crono del último día siempre es más una cuestión de fuerza que de técnica. Un equipo de la TF1 francesa se desplaza a España para seguir las hazañas del joven francés ante la inaudita posibilidad de que se haga con la victoria.

Frente a frente en Torrejón, junto a la base estadounidense, los dos observaban cómo sus rivales iban cayendo al suelo en las distintas curvas resbaladizas. Llueve. Mucho. Muchísimo. Una cortina de agua constante que es abierta en canal por las gomas de las monturas. Pedro Delgado, Francesco Moser, Julián Gorospe, Pello Ruiz Cabestany…todos al suelo. El recorrido pedía precaución, cuando lo que Fernández necesitaba era épica. Arriesgó todo lo que pudo mientras Caritoux esquivaba paraguazos e incluso recibía un puñetazo nada más cruzar la meta. Vergonzoso. Ganó Gorospe a pesar de la caída. Fernández acabó en quinto lugar de la etapa y Caritoux fue noveno.

Alberto Fernández recortó 31 segundos. Insuficiente.

Eric Caritoux ganaba la Vuelta a España por la exigua ventaja de seis segundos. Sigue siendo la diferencia más pequeña entre vencedor y segundo clasificado.

Treinta años de la muerte de Alberto Fernández | Todas las noticias de  Palencia
Alberto Fernández

En diciembre de ese año, Alberto Fernández se desplazó a Madrid para recoger en una gala el trofeo que le acreditaba como mejor ciclista español del año. Aquella noche, de vuelta camino de Santander, él y su mujer fallecían en un accidente de tráfico. Un Citroën CX de matrícula francesa se chocó en su camino y lo mató casi en el acto. El hombre que lideró la España ciclista que hizo de puente entre Ocaña y Delgado fallecía antes de cumplir la treintena.

El futuro de Caritoux no fue trágico en lo humano, pero si en lo deportivo. Acabó sexto en la Vuelta del año siguiente y en 1988 fue campeón de Francia. Y nada más. Sería gregario el resto de su carrera hasta que se retiró en 1994. Incluso con su jersey amarillo de vencedor de la Vuelta seguiría siendo un Don Nadie. El tiempo acabaría haciéndole justicia. Willy Voet, masajista de distintos equipos durante tres décadas, declaró en una sufrida biografía que en todos sus años como profesional tan sólo había visto a dos ciclistas que jamás supieron lo que eran las anfetaminas, los corticoides y, por supuesto, la EPO o las drogas duras. Uno de esos dos santos fue Eric Caritoux.

Aunque sólo sea por eso, valoremos con justicia la inesperada y extraña victoria de Eric Caritoux en la Vuelta a España de 1984.

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Delio Rodríguez

Era el verano de 1986. Los vecinos de Ponteareas nunca habían visto nada semejante. El vendaval no procedía de los vientos del ‘Nordés’ ni de las lluvias del Atlántico. Esa ventolera estaba siendo provocada por las aspas de un helicóptero. Cuando la unidad móvil de Antena 3 Radio pilotada por el comandante Lucas tocó tierra, dos hombres de modesta talla bajaron del aparato. Uno era el periodista José María García. El otro era el ciclista Álvaro Pino, flamante vencedor de la Vuelta a España 1986.

Álvaro Pino se convertía en una celebridad nacional a la altura de Marino Lejarreta y sólo superado por Pedro Delgado. Su victoria, la de un gallego de Ponteareas, sirvió para sacar del olvido a otro gallego, y también de Ponteareas, que años atrás había ganado la Vuelta a España. Un hombre que vivía en el anonimato regentando una tienda de material deportivo en la cercana ciudad de Vigo. Ese hombre, poseedor de alguno de los récords más fastuosos de la Vuelta a España, era un tal Delio Rodríguez.

Fue en 1935 cuando Delio se hizo notar por vez primera. Tenía entonces 21 años. Formó parte de los contendientes en la Vuelta al País Vasco junto a figuras del momento como Gino Bartali o Mariano Cañardo. Luego, al año siguiente, pudo competir en la Vuelta a España quedando antepenúltimo de 26 participantes. Puede parecer causa menor, pero el simple hecho de conseguir participar en una gran carrera era digno de consideración. Es una época donde el número de plazas disponibles era limitado y era el propio deportista el que debía asumir el coste del desplazamiento sin saber si obtendría triunfos que le reportaran beneficios por el sacrificio.

Como le ocurrió a tantos otros, el año 1936 fue crucial para cortar una carrera deportiva que se antojaba prometedora. Delio debe cumplir con el servicio militar y quedará asignado al llamado bando nacional dado que Galicia pronto caerá a favor de las directrices de Franco. Son casi tres años de guerra de los que se librará el resto del clan Rodríguez. Emilio, Manolo, Pepe y Pastor nacerán en la década de 1920, por lo que conseguirán mantenerse en casa alejados de las balas. Todos ellos, con mayor o menor fortuna, acabarán siendo ciclistas. Incluso Eurita, la única mujer de la familia, llegará a ganar una carrera en 1943. Pero nos estamos adelantando a los acontecimientos.

Delio Rodríguez Barros retomará su carrera y será en el año 1940 cuando gane sus dos primeras pruebas, la Vuelta a Álava y la Madrid-Salamanca-Madrid, iniciando así una concatenación de triunfos que le llevará a sumar un total de 139 victorias totales o parciales hasta su retirada en 1950. 39 de esas 139 victorias serán logradas en únicamente seis ediciones de la Vuelta a España, un récord que se antoja inigualable.

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Delio Rodríguez

Su primera gran actuación tiene lugar en junio de 1941. Tan sólo 32 participantes se animan a competir en la primera Vuelta a España tras el fin de la Guerra Civil. Con medio mundo en armas, por supuesto no hay presencia foránea. Es una Vuelta pobre, de carreteras agrietadas, parajes secos y escasez de víveres en cada pueblo. Se canta el ‘Cara el Sol’ al inicio de cada etapa y no existen los patrocinios. La carrera es capicúa; se inicia en Madrid, da la vuelta al país y finaliza en la capital de España. Los ciclistas compiten como independientes, sin ordenes de equipo, ni más ayuda que la de sus escuálidas piernas.

El vencedor, tanto en 1941 como en 1942, es Julián Berrendero. En 1941 lo hace apenas tres meses después de salir de la cárcel, acusado de no afecto al Régimen. El escalador madrileño había ganado el premio de la montaña en el Tour en 1936 y había aprovechado para instalarse en Francia al iniciarse la Guerra Civil. Con el inicio de la II Guerra Mundial decidió volver a España y, aunque su fama le llevaría a la libertad, hubo de pasar unos meses entre cuatro paredes. Pero si Berrendero es el vencedor, Delio es la sensación. Gana 20 etapas (12 en 1941 y 8 en 1942) y logra vestir el maillot blanco de líder en muchas de ellas. En el 42 competirá defendiendo los colores del RC Deportivo, club de fútbol que junto a otros como el FC Barcelona o el RCD Español, deciden formar agrupaciones ciclistas ante el tirón del deporte de las dos ruedas.

El récord de doce triunfos de Delio en 1941 se mantuvo en pie durante 36 años hasta que fue superado por el belga Freddy Maertens. Se trataba Delio de un fantástico rodador, un tipo de ciclista poco común en España, capaz de ganar carreras tanto al sprint como en las pruebas contra el crono y capacitado para superar la media montaña (de hecho en su palmarés hay dos triunfos en la subida al Naranco). Su carrera se vio cercenada por coincidir en el tiempo con la etapa más aislacionista del Franquismo, pero no cabe duda que sería un gran opositor a competir en carreras de un día de ámbito internacional.

Con los años más duros de la II Guerra Mundial y con una España que se moría de hambre, la Vuelta no volvió a ponerse a rodar hasta 1945. Fueron tres años de sequía, pero de los que Delio se resarcirá con su triunfo más lustroso.

La Vuelta a España de 1945 comenzó el 10 de mayo, escasamente 48 horas después del fin de la guerra en Europa. En sentido contrario a las agujas del reloj se salía de Madrid para volver a la capital. Fueron 51 los participantes. 43 de la casa y ocho portugueses, el único país capaz, tanto por ideología como por logística, de enviar corredores a España. En la primera etapa Julián Berrendero se hace con el liderato al atacar en el Alto de los Leones, al poco de salir de Madrid, y sumar más de seis minutos de ventaja. No era situación ideal para el periódico católico ‘Ya’ el cual se había encargado de preparar y sufragar los gastos de organización. El favorito ya era líder destacado tras poco más de 200 kilómetros de los cerca de 4.000 que había que recorrer.

Y la situación inconcebible se refrendó en la segunda etapa. Camino de Cáceres, la lluvia arrecia con fuerza y hace barro unas carreteras en las que el asfalto escasea y los agujeros abundan. Delio Rodríguez se marcha fugado junto a otros corredores y con su potencia y su costumbre a rodar bajo esas condiciones se queda sólo en el Alto de Béjar. Ayudado por la diosa fortuna que se ceba con los demás favoritos a base de caídas y pinchazos, Delio vuela en el llano que le lleva a Cáceres y se viste de líder con cerca de media hora sobre el segundo clasificado.

A partir de ahí Delio se dedicará a ganar las etapas al sprint y a mantener a raya a los escaladores en las etapas de montaña. Podría parecer un triunfo menor, pero nada más lejos de la realidad. Delio mantiene la ventaja y gana la general con 29’58’’ de diferencia sobre Berrendero, quien fue incapaz de recortarle minuto alguno a Delio en toda la Vuelta. Aun hoy sigue siendo la mayor diferencia entre primero y segundo que se ha dado en la Vuelta a España. Y todo parece indicar que el registro se mantendrá inalterable con el paso del tiempo.

Loor de multitudes

Al año siguiente Delio no podrá repetir triunfo y se tendrá que conformar con un quinto puesto, aunque la familia Rodríguez Barros podrá celebrar el triunfo en el premio de la montaña de Emilio. Es Emilio muy distinto a Delio, en el sentido de que su fuerza está en las ascensiones y su debilidad se vislumbra a la hora de rodar con potencia. Ambos hermanos coexistirán durante unos cuantos años, de tal forma que en 1947 Delio acabe tercero en la general y sumando ocho etapas y Emilio finalice cuarto a un paso del pódium logrado por su hermano. Aquella Vuelta comenzó como Delio de líder hasta que en el Alto de Arrate fue incapaz de mantenerse con los mejores y se vio penalizado con diez minutos de sanción por agarrarse a un coche a un paso de coronar la cima del monte guipuzcoano.

Ese fue el fin deportivo de Delio (1916), el más grande del clan Rodríguez Barros. Su hermano Pastor (1922) consiguió meterse entre los quince primeros de la Vuelta en dos ocasiones. Manuel (1926) fue segundo en la Vuelta a España de 1950, la cual fue ganada por Emilio (1923), quien también sumó otro triunfo en el Gran Premio de la Montaña. Es Emilio, con esa victoria en la Vuelta y un total de seis etapas parciales, el hermano más laureado por detrás del gran Delio.

Parlamento Ciclista - Se cumplen 100 años del nacimiento de Delio Rodríguez  - El Baúl de los Recuerdos
Delio, Emilio, Manuel y Pastor

Pero tanto Emilio como Manuel puedan presumir de algo con lo que Delio nunca pudo soñar. En aquellos años de hambre y miseria en los que los corredores deambulaban por España en busca de vino para sus bidones porque el agua escaseaba, era impensable cruzar los Pirineos para cruzar el Tour. Cuando Francia vuelva al ruedo en 1946 a nadie se le ocurriría invitar a un equipo español para competir en el Tour. Los patrocinadores como Galindo o Pirelli se limitaban a dar material a sus ciclistas y poco más. Y la Federación Española de Ciclismo tenía vetada su presencia en Europa, al igual que cualquier otro organismo controlado por el aparato franquista.

Así que cuando en 1949 Jacques Goddet decida abrir la mano e invitar a un equipo español al Tour de Francia recordando a aquellos locos de la montaña que en la década de 1930 habían encandilado al público galo, será motivo de celebración en toda España. La Federación prometerá un saco de 75 kilos de azúcar para cada participante. Oro blanco para la España famélica de entonces. Ninguno de aquellos valientes recibirá compensación alguna. Ni en forma de monedas ni en forma de azúcar. El oro blanco se perdió en el mercado negro mientras los ciclistas surcaban las carreteras francesas. El caso es que Emilio fue uno de aquellos seleccionados (acabó corriendo el Tour tres veces y únicamente finalizando la prueba en una ocasión). Manuel lo haría en dos ocasiones a inicios de los años 50 (su mejor posición fue un 44º puesto). Mientras que Delio, ya al borde de la retirada, tuvo que dejar el ciclismo sin disputar nunca la prueba fetiche por excelencia.

Lo cierto es que fue tan nefasta la actuación española en el Tour de 1949 que al año siguiente la Federación decidió no enviar a ciclista alguno allende los Pirineos. Tocado el prestigio del ciclismo nacional, el diario ‘Ya’ decidió a finales de 1950 dejar de financiar y organizar la Vuelta a España. No volvió a haber prueba ciclista de tres semanas hasta 1955 cuando Alejandro Echevarría, director de ‘El Correo Español-El Pueblo Vasco’ asumió el control de la Vuelta y la dotó de modernidad. Instauró el maillot amarillo, buscó nuevas llegadas, asumió los patrones de exigencia del Tour, llevó la Vuelta a zonas turísticas y sacó el inicio y el fin de Madrid para llevar el fin de fiesta al País Vasco. Desde entonces, desde ese 1955, la Vuelta se ha celebrado de forma anual e ininterrumpida.

Nace así la edad de oro del ciclismo español. Con Bernardo Ruiz, Loroño, Bahamontes y más tarde Pérez Francés, Julio Jiménez, Fuente o Ocaña. Todo lo ocurrido antes de 1955 queda en el olvido. Delio decidió retirarse en 1950 y cuando en 1955 Emilio tenga su primera oportunidad de defender su título logrado un lustro atrás ya será un ciclista alejado de sus grandes años.

Cheste acoge la llegada de la carrera CIFESA – Bandú – Cheste
Recuerdos

Delio Rodríguez falleció en Vigo víctima de un cáncer de próstata en el año 1994. En 2019, para conmemorar el 25 aniversario de su fallecimiento, se organizó una marcha cicloturista desde Madrid a Valencia en recuerdo de una carrera que se disputó a inicios de los años 40 y que Delio logró ganar en tres ediciones consecutivas. Es el único recuerdo existente para el ciclista que más etapas ha ganado en la historia de la Vuelta a España y del que los organizadores actuales poco o nada quieren saber. Un ciclista de Ponteareas, localidad que con Delio (1945), Emilio (1950) y Álvaro Pino (1986) es la población española con más vencedores distintos de la Vuelta a España. Algo descomunal para un ayuntamiento de apenas 20.000 habitantes.

Palmarés Vuelta a España de Delio Rodríguez (cabe tener en cuenta que de 1936 a 1954 sólo se pudieron organizar ocho ediciones de la Vuelta)

Vuelta 1936 (24º) 0 etapas

Vuelta 1941 () 12 etapas y 2 días como líder

Vuelta 1942 () 8 etapas

Vuelta 1945 () 6 etapas y 18 días como líder

Vuelta 1946 () 5 etapas y 1 día como líder

Vuelta 1947 () 8 etapas y 11 días como líder

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El nacimiento del Angliru. Vuelta a España 1999

El Angliru no era más que un camino de montaña usado desde tiempos inmemoriales para conducir al ganado a tierras altas. Allá, en las cumbres asturianas, el pasto es abundante y pervive húmedo y denso a las inclemencias del tiempo. El Angliru está situado en la sierra del Aramo, un cordal concerniente a la parte central de la Cordillera Cantábrica asturiana, a poco más de 30 kilómetros de Oviedo. Así, sin más, no tiene nada de especial. Pero desde 1999 la Vuelta a España lo convertiría en su cima fetiche.

Desde el inicio de los tiempos el ser humano ha luchado por doblegar a la naturaleza. Egipcios y griegos usaron la arquitectura para domesticarla y buscaron los cielos para contemplarla. Fueron los romanos los que convirtieron las columnas, los arcos y los puentes en una forma de acercarnos a las cumbres, de convertirnos en dioses. Y los dioses siempre han estado en las cimas de las montañas.

El Angliru nació como respuesta a una ausencia de cumbres de tronío en la Vuelta a España. En Francia el Tour cuenta con las fabulosas cordilleras de los Pirineos y de los Alpes, y lo que es aún más importante, con legiones de fanáticos que se agolpan día sí y día también en las cunetas de los colosos de la naturaleza para animar o increpar a los ciclistas. En Italia, el Giro bebe de los Alpes, pero cuenta con los aún más terroríficos Dolomitas y sus cumbres bañadas de nieve cuando a mediados de mayo los ciclistas afrontan picos que superan con creces los 2.000 metros de altitud. El Tour tiene en el Tourmalet y en el Alpe d’Huez sus cimas fetiches. La primera tendida y monótona cuenta con el beneplácito de la historia. La segunda revirada y colorida cuenta con el amor de los ciclistas. El Giro tiene el Mortirolo. La montaña sin igual. La que combina con perfección dureza y longitud. La más temida y respetada por ciclistas de todas partes del orbe.

La Vuelta no tenía nada de eso. En los Pirineos, los franceses se quedaron con la cara más agreste y los españoles con la lozanía. Las cumbres hispanas de los Pirineos no poseen los desniveles salvajes del Tourmalet o del Aubisque, pero sobretodo no tienen el mismo colorido. Alejados de los núcleos de población y sin la tradición excursionista francesa, la Vuelta a España adolece de afición cuando la carrera pasa por los Pirineos. Más al sur, en la sierra madrileña o incluso en las cumbres andaluzas, o bien encontramos subidas amables para un profesional o bien subidas explosivas pero demasiado cortas como para causar fatiga. Es en el cantábrico donde debemos mirar si queremos encontrar a fanáticos del ciclismo. Vetado el paso de la Vuelta a España por el País Vasco en los años del plomo, es en Asturias donde se concentraba la afición ciclista. En 1983 la Vuelta diseño la subida a los Lagos de Enol. La cumbre tenía desnivel y afición y sobretodo bebía de las entrañas del aficionado televisivo, porque tras cruzar Cangas de Onís y justo a pie de puerto estaba la Basílica de Covadonga, lugar sagrado en la aventura de la idea de España.

Aun así los Lagos de Covadonga no se podían comparar con los mastodontes de Tour y Giro. El coloso asturiano únicamente se eleva 1.135 metros sobre el nivel del mar tras 14 kilómetros de ascensión al 6,8 % de desnivel. El Tourmalet es más alto y más prolongado (2.110 metros, 23 kilómetros al 6,4%), el Alpe D’Huez es más exigente y más alto (1.803 metros, 13 kilómetros al 8,1 %) y el Mortirolo aún lo es mucho más (1.851 metros, 12’4 kilómetros al 10,5%). El Tour siempre ha presumido de tener las etapas más duras y las ascensiones más largas. El Giro las pendientes más pronunciadas.

Hacía falta algo nuevo. Y mucho más desde que en 1995 la Vuelta abandonase la primavera para establecerse en el mes de septiembre ante fuertes críticas de público y prensa especializada.

Busca que te busca, Miguel Prieto, un asturiano que ejercía de director de comunicación de la ONCE, puso en conocimiento de Unipublic, la empresa organizadora de la Vuelta a España, de la existencia de una subida de pendientes inimaginables en el corazón de la montaña asturiana, pero tan cerca de Oviedo que sería posible llevar hasta allí a la caravana ciclista. Los técnicos de la Vuelta comprobaron que con una buena capa de alquitrán era posible establecer allí arriba un fin de fiesta, y con el compromiso del Principado de Asturias de asfaltar aquel camino de cabras la Vuelta de 1999 decidía viajar hasta el Angliru.

Dado que la Cordillera Cantábrica no se prodiga ni en altitud ni en la longitud de los puertos había que encontrar una cima que fuese tan dura como el Mortirolo y que fuese al menos tan larga de recorrido como los Lagos de Covadonga. A simple vista el Angliru (1.570 metros, 12’6 kilómetros al 10,1 %) no parece tan terrorífico, pero son los detalles los que marcan la diferencia. El Tourmalet no supera nunca el 13% de pendiente, mientras que el Mortirolo llega a un terrorífico 18%. El Angliru supera el 23% en varios tramos y durante algo más de un kilómetro mantiene una constante del 17,5%.

Los últimos 6 kilómetros son los más duros. Salvo los 400 metros de la meta que conforman una pequeña bajada, es en los 5’4 kilómetros finales donde la pendiente no baja del 13% de desnivel. El punto más duro de la ascensión es ‘la cueña les cabres’ una concatenación de curvas que abraza el 23,5% de desnivel.

—VUELTA A ESPAÑA 1999—

El estreno del Angliru en 1999 coincidió en el tiempo con el cambio en la Vuelta a España del maillot amarillo por el maillot oro. Por entonces la organización buscaba nuevas formas de diferenciación frente al Tour de Francia y se les ocurrió cambiar el amarillo por un ocre que asimilaron como oro. En 2010 a rebufo del triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol les dio por mudar el oro por el rojo.

La leyenda del Angliru comenzó mucho antes de aquel mes de septiembre de 1999. Antes de que la Vuelta a España pasara por Asturias las cámaras de televisión y los redactores de prensa se hincharon a hacer reportajes de la subida. Famosos de todo tipo salieron por televisión acometiendo la ascensión. Desde el todavía semidesconocido piloto de carreras Fernando Alonso hasta un camarero que se atrevió a ascender el coloso con una mano en el manillar y con la otra sujetando una bandeja con bebidas. Otros como Pedro Delgado, bicampeón de la Vuelta, declararían que era “el puerto más duro que he subido en mi vida”. Por aquel entonces, mientras el Tour buscaba la moderación para combatir los escándalos de dopaje, la Vuelta a España apostó por la montaña para aumentar el espectáculo y hacer olvidar al espectador las alharacas de la EPO.

La etapa fue programada para el domingo 12 de septiembre y tras salir de León y antes de llegar al Angliru se debía ascender los puertos de la Cobertoría y del Cordal. Para aumentar la epopeya, el 12 de septiembre fue un domingo plomizo y lluvioso como corresponde a las altas tierras asturianas donde la humedad y la frondosa vegetación hace de las bajadas tan peligrosas como las subidas. Como escribió la escritora Lucy Fallon, el interior de Asturias está formado “por pistas angostas y angustiosamente empinadas, bajo la mirada de hermosas y atléticas vacas que se mantienen en pie sobre pastos prácticamente verticales”.

La etapa fue trepidante. Leonardo Piepoli se fue al suelo hasta tres veces bajando la Cobertoria y Fernando Excartín tuvo que abandonar tras caer y chocar contra un guarda raíl. Abraham Olano, por entonces maillot oro, también se fue al suelo en el descenso pero consiguió ponerse en pie y comenzar la ascensión final al Angliru con el resto de favoritos. A inicio de la subida atacó el ruso Pavel Tonkov, que abrió rápidamente hueco y parecía que conseguiría la victoria. A 6 kilómetros de la cima, cuando las rampas pasaban del 18 %, se marcharon solos Roberto Heras y José María ‘Chava’ Jiménez, las dos jóvenes promesas del ciclismo español. En el grupo de favoritos Olano conseguía unos segundos de ventaja sobre el alemán Jan Ullrich.

El ritmo constante de Tonkov se frenó en seco al llegar al último kilómetro y sobrepasar las rampas más duras del 23%. La espesa niebla impedía ver nada a los telespectadores y cuando las cámaras de meta lograron captar la imagen de los ciclistas consiguieron ver al ‘Chava’ Jiménez, que en un esfuerzo sobrehumano lograba alzarse con la victoria para ser el primer ciclista en inscribir su nombre como vencedor en el Alto del Angliru.

La etapa del Angliru fue un soberano éxito. Miles de aficionados siguieron bajo la lluvia la etapa in situ y las audiencias televisivas fueron las mejores del año. El fenómeno traspasó fronteras y en Italia la etapa del Angliru fue más seguida que cualquiera de las del Giro de aquel año. Las imágenes de los aficionados empujando a los ciclistas más rezagados en las rampas más duras quedaron en la retina de todo aficionado al ciclismo.

Olano fue el vencedor moral de la etapa ya que consiguió aventajar en un minuto más a Ullrich y asegurarse el liderato. Gran contrarrelojista pero con problemas en la alta montaña, pocos apostaban por el guipuzcoano, que contaba con la reticencia de público y crítica. En el Angliru dio un paso al frente, pero horas después se sabría que la caída que había sufrido bajando la Cobertoría le había producido una fractura en una costilla. Olano acabaría abandonando días más tarde y Jan Ullrich terminaría ganando la Vuelta a España de 1999 por delante de Igor González de Galdeano y de Roberto Heras. El ‘Chava’ Jiménez, el héroe del Angliru, acabaría en el quinto lugar de la clasificación general.

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Cuando la Vuelta abandonó el País Vasco

A diferencia del Tour de Francia y del Giro de Italia, la tercera gran vuelta por etapas, la Vuelta Ciclista a España, no nació con un propósito comercial. Ni fueron los grandes diarios deportivos ni las fábricas de neumáticos o de bicicletas las que promovieron su nacimiento, sino intereses políticos. Fue el exciclista Clemente López Dóriga quien convenció a Juan Pujol, director del diario `Informaciones´ de Madrid, para que pusiese en marcha la Vuelta en 1935. Pujol, además de empresario, era diputado en Cortes por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y convenció al entonces presidente Lerroux de lo positivo de la carrera en medio de un ambiente prebélico. Tras la Guerra Civil, el régimen de Franco comprendió que volver a poner en marcha la Vuelta era una forma de darle normalidad a España y también de promocionar interna y externamente la imagen, la cultura y la relación entre las distintas regiones ibéricas.

A partir de 1955 la prueba pasó a ser organizada por el diario ‘El Correo Vasco-El Pueblo Español’. Rotativo bilbaíno hoy conocido con el más sencillo nombre de ‘El Correo’, es un diario conservador que navega a dos aguas entre ideales constitucionalistas y su velado compromiso con el PNV. Hace algo más de medio siglo era uno de los medios de cabecera del Franquismo. Por lo tanto, era de recibo que desde finales de 1960, ‘El Correo Vasco’ y la Vuelta a España pasaran a ser objetivos de la organización terrorista e independentista ETA.

Dado que la Vuelta a España era una carrera ´vasca´, la fiesta final no tenía lugar en Madrid, sino en Bilbao. Por norma general la prueba concluía en la capital de Vizcaya, y las etapas finales, las decisivas, se disputaban en territorio éuscaro. A esto ayudaba la enorme afición al ciclismo que había y hay en las tres provincias vascas y en Navarra, el paisaje quebrado, los excelentes puertos de montaña y un nivel de corredores y de equipos sin parangón en el resto de España, encabezados por el club vitoriano KAS. El equipo de la bebida refrescante contó durante tres décadas con figuras como Patxi Gabica, José Pérez Francés, Vicente López Carril, Francisco Galdós, Txomin Perurena, Joaquim Agostinho o Sean Kelly.

Mientras Franco estuvo presente, los incidentes fueron controlados en mayor o menor medida. En 1968 se llegó a cancelar una etapa tras recibir la organización una amenaza de bomba. Quizás, el suceso más llamativo tuviera lugar en la edición de 1972, ganada por José Manuel ‘Tarangu’ Fuente. Una bomba estalló en el puerto de Lizarraga, al norte de Navarra, originando un enorme cráter en la carretera que afortunadamente no causó daños personales.

Todo se agravaría tras la muerte del Dictador y con la incertidumbre social y política vivida en lo que pasó a ser conocida como ‘La Transición’.

Estamos a finales de abril de 1977. En unos meses tendrán lugar las primeras elecciones libres en España desde 1936. El 9 de abril, el presidente Adolfo Suárez, con la negativa de buena parte de su Gobierno y de las Fuerzas Armadas, había legalizado el Partido Comunista. El 28 de abril serían legalizados los sindicatos. Pero en el País Vasco no era suficiente. El PNV aceptó concurrir a las elecciones que se iban a celebrar el 15 de junio, pero la izquierda abertzale decidió desmarcarse de las mismas. Desde el 26 de abril al 15 de mayo de 1977, durante la celebración de la Vuelta, tuvo lugar una serie de mítines, manifestaciones y huelgas que pedían la amnistía de los presos políticos. Aquella Vuelta a España fue llamada la ´Vuelta de la ikurriña` porque también coincidió en el tiempo con la legalización de la bandera vasca.

Tras iniciarse en la Manga del Mar Menor y viajar hacia el norte, las cuatro últimas etapas iban a tener lugar en territorio vasco. El 12 de mayo, en Rentería, una manifestación acabó con varios muertos y la jornada ciclista del día siguiente que iba a finalizar en Bilbao se presentaba aciaga. Durante los primeros 50 kilómetros, policías, según las crónicas “escoltados hasta los dientes”, acompañaron al pelotón a través de unas carreteras donde las ikurriñas aparecían por doquier. La etapa acabó en un tranquilo sprint sin incidentes, pero Bergareche (director de La Vuelta) recibió amenazas telefónicas por parte de ETA y se decidió cancelar la contrarreloj final que se iba a celebrar dos días después en San Sebastián. Las pruebas contra el crono son más fáciles de controlar, pero, al mismo tiempo, son más fáciles de boicotear.

Antes quedaba una etapa. El 14 de mayo se salía de Bilbao para finalizar en el Alto del Urkiola. El pelotón tuvo que sortear barricadas, clavos y chinchetas. Nazábal ganó la etapa, pero en medio de la celebración del pódium, una avalancha de gente llenó la línea de meta de ikurriñas. La policía tuvo que intervenir y se escucharon varios disparos y una estampida generalizada en medio de un clima enrarecido.

Cancelada la contrarreloj, Bergareche improvisó una última etapa final con salida en Durango y final en Miranda de Ebro (provincia de Burgos). Los equipos extranjeros se negaban a correr. Las crónicas de la prensa foránea hablaban de una prueba tercermundista. El belga Freddy Maertens, el líder y virtual vencedor, en una decisión que le honra fue el que convenció a su equipo de que se tomase la salida, ya que no quería ganar la Vuelta sin disputar todas las etapas. De hecho, se haría con la victoria en la etapa final tras un fuerte ataque logrando su decimotercer triunfo parcial, un récord aún no superado. Ese mismo día, mientras acababa la prueba, en Bilbao, a poco más de 80 kilómetros de Miranda, tuvo lugar un esperpéntico escenario de violentos enfrentamientos en el que las que manifestaciones cívicas coincidieron con corrillos de grupos paramilitares abertzales, las fuerzas de seguridad del Estado y hasta algún miembro de extrema derecha.

Cinco días después de finalizar la Vuelta, un comando de ETA secuestraba a Javier Ybarra propietario de ‘El Correo Vasco-El Pueblo Español’ y quien durante el Franquismo había sido alcalde de Bilbao. El 18 de junio su cadáver fue encontrado en las faldas del pico Gorbea, a caballo entre las provincias de Álava y de Vizcaya.

—1978—

Para 1978, con la Constitución en camino y los Estatutos de Autonomía en Cataluña y Euskadi en procesos de negociación, parecía que el ambiente iba a ser más tranquilo. Nada más lejos de la realidad.

Aquella edición la Vuelta acababa en San Sebastián, capital de Guipúzcoa, el bastión de la izquierda abertzale. ETA siguió intensificando los secuestros y los asesinatos por lo que el Gobierno seguía actuando. En aquel entonces, 1 de 4 efectivos de la Guardia Civil estaban destinados en Euskadi. La Vuelta al País Vasco era la carrera de casa y no había problemas, pero año a año, cada vez que la Vuelta a España circulaba por carreteras vascas con el despliegue habitual de la Guardia Civil, había múltiples incidentes.

Ese año se derramó la gota que colmó el vaso.

En 1978 la Vuelta a España languidecía. El premio al vencedor del Tour era 7 veces mayor que el de la ronda hispana, que teniendo en cuenta la inflación galopante, era el equivalente al de la primera edición de 1935. La esperanza de los organizadores procedía de la Bretaña francesa. Un semidesconocido ciclista llamado Bernard Hinault disputaba su primera carrera de tres semanas y venía con la intención de hacerse con el triunfo. Arrasó. Se llevó 6 etapas y la victoria general y se fue como futuro dominador del ciclismo mundial.

Como de costumbre las etapas decisivas se iban a disputar en tierras vascas. Hinault era líder destacado y la penúltima etapa entre Bilbao y San Sebastián era de transición a la espera de la contrarreloj del último día a celebrar en Donostia. Era 14 de mayo de 1978.

La mañana comenzó con amenaza de bomba, por lo que se llevó la salida hasta la localidad vizcaína de Amurrio. Dado que Hinault era líder destacado, varios equipos propusieron cancelar la etapa. Finalmente los ciclistas recorrieron en autobús los 50 kilómetros entre Bilbao y Amurrio por autopista (recién inaugurada) y la etapa comenzó. El pelotón, en clara protesta, no disputó la etapa y con ritmo de cicloturista se llegó a San Sebastián donde Perurena ganó al sprint.

Al día siguiente tuvo lugar el fin de fiesta. La etapa contaba con dos sectores. Por la mañana había una etapa en línea entre Durango y San Sebastián que tuvo que ser parada por el lanzamiento de troncos a los corredores. A 50 kilómetros de la salida, el pelotón se encontró la carretera cortada llena de clavos, tablones y más troncos. Era la época del apoyo activo y pasivo a ETA, cuando la banda armada contaba con mayor sostén ciudadano. Hubo que bajarse de la bici. Los corredores fueron llevados en autobús hasta Zarautz y sólo se disputaron los últimos 34 kilómetros hasta San Sebastián con fuertes medidas de seguridad.

Los ciclistas españoles estaban acostumbrados a estos incidentes en el País Vasco, pero los extranjeros protestaron enérgicamente y temieron por sus vidas. El escaso prestigio internacional de la Vuelta se disolvía cual azucarillo.

Por la tarde tendría lugar una contrarreloj de 31 kilómetros en un circuito alrededor de San Sebastián. Era un día lluvioso, pero aun así miles de vascos acudieron a presenciar la carrera. A diferencia del año anterior, esta vez Bergareche quiso continuar hasta el final y no hizo ademán de cancelar la etapa. Hinault reventó el cronómetro, pero hubo que invalidar los tiempos porque muchos ciclistas recibieron golpes, puñetazos o pincharon por culpa de lanzamientos de objetos de buena parte del público. Alguno incluso fue víctima de algún proyectil compuesto a base de tierra y de mierda.

A finales de año, un hundido Bergareche anunció que dejaba de organizar la Vuelta esgrimiendo razones económicas. La realidad es que la carrera no podía acercarse al País Vasco y mucho menos podía ser organizada por un periódico de aquella tierra.

Con este panorama pocos apostaban porque la Vuelta a España se celebrase en 1979. Luis Puig, presidente de la Federación Española de Ciclismo, consiguió el milagro de organizar la prueba con tan sólo tres meses de antelación. Consiguió convencer a la agencia de publicidad Unipublic para que se hiciese cargo de la Vuelta. Las mentes pensantes de Unipublic le dieron un nuevo impulso a la prueba sacándola del espectacular norte para llevarla al soleado sur y vender una España de playa y mar a medio mundo. Fue un éxito. Aparecieron nuevos puertos como Sierra Nevada y una aglomeración de medio millar de personas en Madrid se concentró para ver la última etapa con imágenes de TVE. Y todo ello a pesar de que el triunfo final no fue para un español, sino para el holandés Zoetemelk.

Unipublic relanzó la prueba, el KAS desapareció y el centro de gravedad del ciclismo español giró del País Vasco a la ´Navarra española` gracias al éxito del equipo Reynolds y de Miguel Induráin. La Vuelta no volvería a tierras vascas hasta 2011 y desde entonces lo ha hecho con asiduidad y normalidad a pesar de pequeños incidentes. Sin embargo los Orduña, Urkiola, Arrate o Sollube han sido sustituidos por los Sierra Nevada, Lagos de Covadonga, L’Angliru o La Covatilla y, quizás, los puertos míticos del País Vasco jamás volverán al imaginario colectivo de la Vuelta Ciclista a España.

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Vuelta a España 1995

Antes de contemplar extensos veranos abrasadores, campos asfixiantes de rojos secos, violentas llanuras ocres, ríos de regadío, mares de plásticos llenos de luces africanas y, en definitiva, observar como entre bicicletas cantaba la chicharra, la Vuelta a España estaba adornada de días fríos, montañas húmedas atestadas de índigo, campos encharcados y carreteras embarradas que discurrían entre tierras anegadas y cielos levantados.

Cuando Miguel Induráin se convirtió en el ‘señor Tour’, la Vuelta a España se las vio y deseó para que el bueno de Miguel se convirtiese en rey de España. El problema es que Induráin nunca quiso correr la Vuelta. Nunca tuvo buenas sensaciones compitiendo en España y prefería preparar la carrera francesa o bien a través de clásicas y pruebas de una semana o, en su defecto, compitiendo en el Giro de Italia, con menos presión y con un tipo de recorrido más encaminado a sus pretensiones.

Por todo ello, Unipublic (por entonces empresa organizadora de la prueba) decidió en 1995 trasladar la Vuelta a España a inicios de septiembre tras más de medio siglo organizándose a mediados de primavera. Con ello, la Vuelta pasaba a tener un sitio propio en la agenda ciclista evitando solaparse con el Giro de Italia. Se conseguía que los ases del ciclismo que habían competido en Italia o en Francia pudiesen engalanar o arreglar su temporada en España, y, por supuesto, estimulaba que Induráin no tuviese excusas para competir en la Vuelta.

A pesar de todo, y con el quinto Tour en el bolsillo, Induráin no acudió a aquella primera Vuelta a España posveraniega y decidió preparar en solitario su participación en el Mundial de ciclismo que tendría lugar en Colombia semanas más tarde. Enrique Franco, director de Unipublic, quien se había jugado mucho trasladando la Vuelta a España de 1995 al mes de septiembre, tiraría de sarcasmo para criticar al astro navarro: “En España cultivamos naranjas y las exportamos a Francia, mientras que aquí comemos mandarinas”.

Aun así, la decisión de llevar la Vuelta a septiembre fue un éxito. Eurosport compró los derechos para su emisión y en muchas partes del mundo, donde la Vuelta no era conocida, al cabo de un par de años pasó a formar parte de la trinidad del ciclismo junto a Tour y Giro. En 1995 figuras como Pantani, Ugrumov, Rijs o Virenque acudieron a la ronda española, junto a los habituales Abraham Olano y Álex Zülle, quien había quedado segundo en el Tour detrás de Induráin y partía como gran favorito. Zülle formaba parte del equipo ONCE, quizás el más fuerte del momento, y en el que también destacaban Laurent Jalabert y Johan Bruyneel. El gran ausente era Tony Rominger, tricampeón de la Vuelta, y que en 1995 decidió centrarse en el Giro (con victoria) y el Tour (fracasando).

La Vuelta comenzó con una contrarreloj en Zaragoza en la que salió vencedor Abraham Olano. La primera semana de la Vuelta recorría el norte de España, por lo que en la cuarta etapa se subió el siempre interesante Alto del Naranco asturiano. Fue entonces cuando Laurent Jalabert consiguió el liderato tras una exigente subida. Dos días después el francés obtendría la victoria al sprint.

Jalabert era un corredor completísimo que se inició en el ciclismo como velocista. Pronto se especializó en pruebas de un día y fue mejorando en la montaña de tal forma que al final de su carrera era un consumado escalador. Protagonizó una metamorfosis infrecuente en el deporte, pero a ojos de los expertos, insuficiente para creer que Jalabert pudiese ganar la Vuelta a España.

— El día del papel higiénico—

La sexta etapa salía desde Ourense rumbo a Zamora. Al parecer, la noche anterior más de 50 corredores tuvieron problemas estomacales atribuidos a una intoxicación alimentaria. Por delante quedaban 264 kilómetros que se convirtieron en una diarrea colectiva. El pelotón se partió en dos y Jalabert consiguió más de 5 minutos de ventaja sobre sus rivales, entre ellos su jefe de filas, Álex Zülle, quien virtualmente perdió la carrera. El llamado `día del papel higiénico´ se llevó por delante a Pantani, Rijs (que aguantó hasta la contrarreloj) o a Ugrumov, y dejaba la carrera al poco de empezar en un mano a mano entre el francés y Abraham Olano.

Olano recortó tiempo en la contrarreloj colocándose a 6 segundos del francés de la ONCE, pero en una preciosa etapa por la sierra madrileña con final en la amurallada y adoquinada ciudad de Ávila, Jalabert atacó con saña y tras 60 kilómetros de escapada le endosó más de 4 minutos a un Olano que tuvo que cabalgar en el llano en solitario ante la endeblez de sus compañeros de equipo del Mapei.

Jalabert daría una exhibición día tras día hasta el pódium de Madrid. Sumó cinco victorias parciales, añadiendo a las citadas una de alto tronío en Luz Ardiden y otra al sprint en Barcelona. Aquella primera Vuelta a España de septiembre sería la Vuelta de Jalabert, quien logró el maillot de líder, el maillot de la montaña y el maillot de la regularidad. Completaron el pódium Abraham Olano y Johan Bruyneel, compañero de Jalabert en la ONCE. La única estrella invitada que estuvo a la altura fue Richard Virenque, el cual acabó en un digno quinto lugar.

A pesar de la victoria de un ciclista extranjero y de la ausencia de Induráin, el traslado de la Vuelta a España a septiembre se consideró un éxito. La UCI estaba encantada con el cambio y los datos de audiencia televisiva indicaban que el seguimiento había sido mucho mayor que el de años anteriores. El problema radicaba en aquellos que se acercaban a las cunetas a ver las etapas, ya que el número era mucho más reducido, lo cual se hacía más conflictivo en el sur de la península, donde la menor tradición ciclista, los duros paisajes secos del verano y la ausencia de público, no contribuían a mejorar el espectáculo.

Tras casi 25 años, el cambio se ha notado, y para bien, en la nómina de ciclistas extranjeros. Antes de 1995 las grandes vedettes del ciclismo declinaban la invitación de la Vuelta para acudir al Giro de Italia. Ahora, asisten a España a conseguir sus primeros éxitos futuras estrellas del pelotón (Zülle, Nibali), corredores que meses antes fracasan en el Tour (Ullrich, Quintana) o ciclistas que quieren completar la gran hazaña de ganar las tres grandes (Froome, Contador).

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Contador; un ciclismo sin vatios

En la película Sully, Clint Eastwood cuenta la historia real de Chesley Sullenberger (Sully) un canoso piloto de aviación que tras un fallo en los dos motores de un Airbus salvó la vida de todo el pasaje al realizar una maniobra arriesgada planeando sobre el río Hudson. Con ese estilo lento, artesanal, antiguo, alejado de la rapidez y el sin sentido de la vida y del cine actual, Eastwood esgrime su magia de dinosaurio tras la cámara para a través de largos silencios, puesta en escena clásica y diálogos interesantes, ponernos en la piel del experimentado piloto estadounidense.

A pesar de lo increíble de su hazaña, Sully tiene que presentarse ante un tribunal que juzgará si debe ser inhabilitado y sancionado por realizar una maniobra imprudente y temeraria. Todos los simuladores electrónicos sugieren que tenía tiempo para buscar una pista de aterrizaje alternativa y que se arriesgó a realizar la maniobra sobre el río por orgulloso y por incompetente. Dicho de otra forma, un loco en busca de gloria. Sully argüirá que los ordenadores no son humanos por lo que son incapaces de tener en cuenta emociones, cansancio, despistes o cualquier otro inconveniente surgido en el momento. Argumenta que desde el momento en el que descubre que los motores están parados hasta que la mente humana se pone a reaccionar y decide que hacer a golpe de nervios corren decenas de segundos. Eso es algo que ningún ordenador tiene previsto.

La comisión acepta retrasar la respuesta informática medio minuto y, ¡voilá!, accidente asegurado. En todas las simulaciones los 155 pasajeros acaban calcinados. Sully los salvó a todos. “Sólo hice mi trabajo”, dice al salir de los juzgados ante el tumulto formado por periodistas y curiosos.

Es el factor humano. A veces nos olvidamos que somos nosotros los que creamos los ordenadores.

Los vatios son una medida de potencia que refleja la fuerza que aplica el ciclista para mover su bicicleta. Dicha medida es variable. En una carretera llana el peso prácticamente no influye, por lo que los corredores más pesados van más rápido por tener más fuerza y mover más vatios. Por el contrario, en una subida influye la fuerza de la gravedad, por lo que cuanto menos peso menos vatios tienes que mover a la misma velocidad.

Los medidores de vatios llegaron al pelotón al mismo tiempo que otras tecnologías como el GPS a finales de los años 90, aunque su uso no se hizo habitual hasta el lustro 2005-2010 con el surgimiento del equipo británico Sky. El equipo patrocinado por Rupert Murdoch y dirigido por Dave Brailsford se vanagloria de informatizar el deporte del sacrificio por antonomasia.

La década de 1990 fue la época de la barra libre del dopaje en el ciclismo. Nuevas sustancias indetectables, una profesionalización y globalización del ciclismo galopante y la aspiración de llevar el cuerpo humano al límite fueron las principales causas. Destapada la trama y sancionada por el aficionado, desde hace una década se fomenta un ciclismo limpio en el que la tecnología cada vez tiene mayor peso e intenta extender la capacidad humana al infinito. Ahí entra en juego el Sky y su paraíso de los vatios, las cámaras hiperbáricas y los geles de astronautas.

Alberto Contador no se rige por vatios. No es aburrido. Su ciclismo no se basa en datos. Se base en sensaciones. Cuenta con la audacia. Con la valentía. Con la imaginación. Con la experiencia. Con el griterío del público. Con la climatología. Para Contador cuenta el factor humano.

Se ha cansado de repetir que no le importan los triunfos, que a él lo que le gusta es que la gente se acuerde de sus grandes gestas en etapas de montaña. No nos engañemos. Si no hubiese ganado siete grandes vueltas, nadie se acordaría de Contador dentro de 30 años. Ganar en el deporte es importante. Muy importante. Pero el legado se deja en cómo se gana. De Contador nos acordaremos porque ganó, porque ganó atacando. De Indurain nos acordamos porqué ganó, pero no tenemos ninguna etapa en la retina. Esa es la gran diferencia. De Indurain nos enamoramos el día que sufrió en Les Arcs y no pudo ganar su sexto Tour. El factor humano. Descubrimos que no sólo eran vatios. Que no era un robot. Que sudaba y relinchaba.

De Contador llevamos enamorados desde que puso la bici a saltar hace casi 15 años. De Froome admiramos sus victorias, pero nos preguntamos porque no ataca, porque no mira hacia arriba, porque no pide ayuda a sus compañeros, porque no se levanta de la bicicleta, porque no suda, porque no ríe, porque no se deja llevar por sensaciones como todo ser humano. Porque no siente lo mismo que nosotros. Porque no siente lo mismo que Contador.

No hay nada más humano y menos matemático que “querer es poder”. Contador quiso en Mende, en Fuente Dé, en el Mortirolo o en el Anglirú. Quiso, y por eso nos enamoró. Y pudo, y por eso será recordado.

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Bahamontes vs Loroño

Ahora que discurre por las carreteras españolas la serpiente multicolor, preciosa metáfora creada por José María García, es un buen momento, como cualquier otro, para recordar la afamada rivalidad entre Federico Martín Bahamontes y Jesús Loroño. En un país hambriento y atrasado, las hazañas ciclistas de estos corredores, humildes y pobres, llenaban kilómetros de cunetas (sí, cunetas, no había arcenes) e inhóspitos caminos de montaña. La lucha entre dos hombres antagónicos, que siempre se odiaron con fiereza, tuvo su apogeo en la Vuelta a España de 1956 y en la de 1957.

Loroño era el querido por el aficionado y por sus compañeros. Vizcaíno de nacimiento, tenía un carácter cálido y amable. Bahamontes, parido en Toledo, era solitario y tacaño, lo cual en el ciclismo, un deporte en el que no se gana si no tienes una buena guardia pretoriana, es pecado mortal. El problema es que libra por libra Bahamontes era mejor. Hablamos del as en el panorama nacional y el único capaz de vencer en el Tour de Francia.

Por aquel entonces en las carreras los ciclistas competían encuadrados en bloques nacionales y no por compromisos comerciales como ocurre en la actualidad. Así que Loroño y Bahamontes compartían equipo en una carrera hecha a medida del vizcaíno ya que comenzaba y terminaba en Bilbao. Loroño lo tenía todo para ganar. Transitó segundo durante gran parte de la prueba, pero el italiano Conterno, líder hasta entonces, enfermó en la etapa clave. El espectáculo fue bochornoso. Loroño atacó en el puerto de Sollubre sin piedad, pero por detrás Bahamontes tiraba de Conterno y en ocasiones hasta lo empujaba para que no perdiera mucho tiempo. Loroño perderá la Vuelta por 13 segundos y ni él ni el resto de sus compañeros de equipo se lo perdonarán jamás a Bahamontes.

En 1957 el “Águila de Toledo” corre sólo. Todos los compañeros le hacen el vacío desde el primer día y manifiestan en público que esperan que Loroño sea el vencedor final. En la segunda etapa Jesús ataca y le saca dos minutos a Federico al que ninguno de sus camaradas de equipo quiere ayudar. Pero Bahamontes, creído e insoportable, sigue siendo el ciclista con más calidad de su generación. En Pajares da un golpe de efecto a la carrera y en una escapada épica en solitario y bajo un temporal dantesco se pone líder en la general. La Vuelta está en su mano.

Luis Puig, seleccionador nacional, no quiere que gane Bahamontes y prepara una gran emboscada. En Tortosa, en una etapa insulsa, ordena atacar a Loroño en compañía de su amigo Bernardo Ruiz. Bahamontes arranca tras ellos, pero Puig coloca el coche entre ambos y frena en seco para que el de Toledo no pueda continuar. Es algo insólito. Los jueces no pueden sancionar a Puig porque es el director del equipo. ¡Está parando a su corredor! ¡A uno de sus pupilos! Las crónicas cuentan que hasta algún compañero agarra el sillín de la bici de Bahamontes y coaccionan con tirarlo al suelo si decide dar pedales.

En la línea de meta Bahamontes aparece llorando mientras grita que le han robado la carrera. En ese momento, Loroño, hombre del norte de los pies a la cabeza, lo coge de la pechera y amenaza con partirle la cara si no calla. El toledano corre a su habitación ante las mofas de todos, pero al día siguiente vuelve a atacar con rabia aunque Loroño no se deja sorprender. Días después el vizcaíno conseguirá el triunfo en la Vuelta.

Bahamontes nunca consiguió ganar la ronda española, pero alcanzó la fama eterna un par de años después al llegar victorioso a París. Nunca se quitó la fama de egoísta y de niñato creído y siempre aprovecha, aún hoy anciano pero vital, para enaltecer sus gestas y culpar a los demás de sus fracasos. Se pondrá en duda su elegancia como persona pero jamás como ciclista. Pocos hubo con él y pocos llegará a haber. Sus hazañas enloquecieron al país y darán para escribir unos cuantos artículos.

Lamentablemente no hay imágenes de aquellas dos vueltas. Pero si del Tour de 1953, donde Loroño ganó el Premio de la Montaña y una etapa en los Pirineos.

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