rugby

Swing low, sweet chariot

Rugby. Deporte de bárbaros jugado por caballeros. Quizás no exista deporte tan decimonónico como el rugby. No fue hasta finales del siglo XX cuando se profesionalizó y aun hoy no hay jugador que ose discutir a un árbitro decisión alguna por muy errónea que fuese. La tecnología y el rugby siguen sin casar y, a pesar de los tímidos intentos por globalizar el deporte del balón ovalado, las competiciones tradicionales siguen siendo coto cerrado de las naciones con más pedigrí. Todo este coctel se retroalimenta con un calendario exiguo para lo que el mundo televisivo exige. No es viable jugar más de un partido de rugby a la semana dado el brutal desgaste físico de los jugadores.

El santo sactorum del rugby es el Six Nations Championship, antiguo torneo de cinco naciones y mucho antes torneo de cuatro naciones. En el Seis Naciones compiten Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda (unidas bajo una misma bandera en uno de esos milagros que el deporte realiza de cuando en cuando), Francia y la advenediza Italia. Durante mes y medio estas seis orgullosas naciones compiten entre sí para ser consideradas como la mejor selección del hemisferio norte. Todo lo que rodea a estos partidos está plagado de tradiciones y rituales los cuales son tan o más importantes que lo que ocurre en el rectángulo de juego.

Seis Naciones

Inglaterra es la plusmarquista del torneo en dura competencia con Gales. Los ingleses siempre han tratado a los galeses con condescendencia. Escocia es a Inglaterra como Cataluña es al resto de España, mientras que Irlanda es a Inglaterra como Euskadi es a España. Gales es Galicia. Un territorio diferente a la vez que sumiso, que los ingleses siempre han tratado con migajas al considerarlos inofensivos. Es en el rugby donde Gales luce orgulloso su dragón celta sabedores de que al menos son tan superiores como los crecidos ingleses.

Es pues normal que los galeses entonen un himno patriótico cuando el Millennium Stadium de Cardiff se viste de gala para recibir a su orgullosa selección de rugby. El cántico (Hyd) exalta la supervivencia de la lengua y la nación galesa “pese a todo y pese a todos, todavía estamos aquí” tal y como reza el estribillo. El resto de la canción hace referencia a Magno Máximo, emperador romano del siglo IV que nació en tierras galesas.

El caso es que Inglaterra no contaba con una canción oficial que lucir para sus partidos de Twickenham más allá del himno nacional. Ocurrió que en 1988 Inglaterra perdía por 3-11 en casa ante Gales, la cual se encaminaba a lograr un nuevo trofeo. Nada extraño dado que en los veinte años anteriores Inglaterra sólo sumaba dos títulos. La sangría era aún peor debido a que Irlanda, tradicionalmente inferior a los ingleses, sumaba 15 triunfos en los últimos 23 encuentros contra los ingleses. Nunca fueron peores los tiempos para el rugby inglés. Así pues, tras aquel desastre contra Gales tocaba cerrar el torneo de 1988, ya sin nada en juego, en Twickenham, al suroeste de Londres, frente a Irlanda.

Los ingleses llevaban tres partidos sin anotar siquiera un ensayo. Era el 19 de marzo de 1988. Al descanso Irlanda vencía por 0-3. Tras el interludio Inglaterra lograba un ensayo. ¡Un milagro! Había sido anotado por Chris Oti, el primer jugador negro de la selección en 80 años. Fue entonces cuando un grupo de universitarios comenzaron a cantar Swing Low, Sweet Chariot para animar a Oti. Y Oti marcó su segundo ensayo y entonces muchos otros espectadores sentados cerca de aquellos chicos se unieron a la canción. Para cuando Oti anotó su tercer ensayo de aquella tarde, todo Twickenham cantaba Swing Low, Sweet Chariot. Inglaterra había aplastado a Irlanda por 35-3 y aquella canción se convertía en himno oficioso del XV de la Rosa.

¿De dónde había salido esa canción? Hubo que retraerse hasta 1849. Sweet Chariot (Linda Calesa) era la canción que solían entonar los esclavos afroamericanos de Estados Unidos y que pronto se propagó entre los que aun atravesaban el Atlántico con grilletes en los tobillos desde África. La canción tiene una curiosa historia. Cuenta la vida Harriet Tubman, una esclava que vivía en Maryland con sus diez hijos y que una noche de 1849 escapó en su carreta guiándose por la Estrella Polar para buscar el Norte, es decir la libertad, a pesar de atravesar peligrosos caminos repletos de cazarrecompensas en busca de esclavos en fuga. Pero no contenta con ello, regresó en quince ocasiones al Sur en busca de esclavos a los que salvar en su carroza camino de la liberación. La cabeza de Harriet Tubman llegó a valer 40.000 dólares de la época.

La melodía y su letra fue compuesta años después por Wallace Willis, un esclavo negro, que, una vez liberado, consiguió trabajo en una parroquia bajo órdenes de un reverendo al que le encantaba la música coral. A inicios del siglo XX aquel himno de libertad afroamericano era un éxito de ventas y en la década de 1960 se convertirá en referente en la lucha por los Derechos Civiles. Luego alcanzará el estatus de mito al sonar en el festival de Woodstock de 1969 gracias a las cuerdas vocales de Joan Báez.

Swing Low, Sweet Chariot se trata de un cántico simple, apenas un estribillo, que sonaba indefectiblemente durante la puesta de sol en los enormes campos de algodón de Estados Unidos. Mécete suave, dulce carruaje/ que vienes a por mí para llevarme a casa. Apenas eso, un par de versos que se repiten. La letra original es algo más larga y refuerza el contenido religioso con alusiones al río Jordán y a los ángeles. Elvis, Johnny Cash, Eric Clapton o Beyoncé la incluyeron a su repertorio. También Mocedades, un grupo famosísimo en la España de la década de 1970.

El caso es que, sin un motivo razonable, aquella canción de esclavos se convirtió en el himno oficioso de Inglaterra. Una curiosa ironía, dado que todas las demás naciones de Gran Bretaña consideran de un modo u otro a los ingleses como sus opresores. Fuese como fuese, el éxito de Sweet Chariot fue vertiginoso hasta instalarse en la tradición colectiva del rugby. Incluso se hizo una versión para la Copa del Mundo de Rugby de 1991, y a esa siguieron más versiones para otras ediciones del Mundial grabadas por el grupo UB40 o el cantante británico Russell Watson.

Hoy, Swing Low, Sweet Chariot está en tela de juicio. En 2013 se inició una investigación por parte de World Rugby, la federación internacional, para dictaminar si el uso de la canción debería ser prohibido por sus connotaciones racistas. La presión popular evitó el fin de la melodía. Pero lo cierto es que hay amplios sectores ajenos al rugby que consideran que la canción no debería ser entonada, dado que es una melodía triste que recuerda el sufrimiento y las penurias de los esclavos en busca de la libertad. Mientras, la comunidad negra no se muestra especialmente cómoda al ver entonar uno de sus himnos por un público, el del rugby, cuya inmensa mayoría es blanca.

Por de pronto, a la altura de 2025, el XV de la Rosa y sus fieles seguidores seguirán entonando el Swing Low, Sweet Chariot cada vez que el equipo juegue un partido del Seis Naciones.

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Cuando la trampa del fuera de juego cambió el fútbol para siempre (2ª parte)

¡Cómo había cambiado el juego! Aquella carga ligera de caballería se estaba convirtiendo en un interesante juego colectivo. La brutalización daba paso a la sofisticación. Si antes el portero despejaba de puños porque si cogía el balón lo podían matar (literalmente), en 1912 el guardameta era intocable y sólo podía tocar el balón con las manos dentro de su propia área.

Con el 2-3-5 todo cambió, pero pronto hubo quien detectó que ese tercer mediocentro, con sus subidas y bajadas, iba dejando huecos en el centro del campo. Los más avispados, y los más avispados eran los futbolistas del Río de la Plata, comprendieron que moviendo posicionalmente a los cinco atacantes y acercando a alguno de ellos al centro del campo se originaba una superioridad que se tornaba en decisiva. El ataque en línea se convierte en ataque en abanico, donde los extremos retroceden o el delantero centro se cristaliza en mediapunta.

Es pues cuando los equipos, alarmados por ese agujero en el centro del campo, deciden reforzar su parcela defensiva. Para ello se valen de la táctica del fuera de juego. Recordemos que por entonces si tres defensores (dos zagueros y el portero) están por detrás del delantero rival ya hay fuera de juego. No era difícil que a alguien se le ocurriese levantar la mano para avisar al compañero, dar un paso al frente y usar el fuera de juego a su favor.

El inductor y referente del uso de la trampa de fuera de juego fue un norirlandés llamado Billy McCracken. Durante veinte años (1904-1924) fue el líder del Newcastle United y elemento estructural del centro de la zaga con sus más de 180 centímetros y sus 85 kilos de peso, medidas muy consideradas en la época.

Cuando observaba que el delantero rival iniciaba el desmarque, McCracken lanzaba un grito y corría en dirección al círculo central mientras su compañero en el centro de la defensa levantaba la mano para reclamar al árbitro (a imagen y semejanza de lo que muchas décadas después hará Baresi en el AC Milan) el fuera de juego. Dado que entonces los pases eran cortos y lentos y los jugadores no se podían mover de su zona asignada, no había profundidad, únicamente horizontalidad, por lo que no había forma de romper la trampa del fuera de juego. Cuando en un partido McCracken consiga que el árbitro sancione más de cuarenta fueras de juego en un mismo partido todo estallará. Al reanudarse las competiciones tras la I Guerra Mundial todos los clubes utilizarán la misma táctica, el número de goles se reducirá (2,95 por partido en 1908 a 2,43 en 1924), se culpará a McCracken de acabar con el fútbol y el número de aficionados en los estadios descenderá drásticamente.

Billy McCracken

El problema crecía como bola de nieve y no se atisbaba solución. El juego era monótono y los delanteros centros, grandes y lentos, caían sin remedio en la trampa. Y en Inglaterra entró el pánico. Y entraría mucho más cuando Uruguay gane los Juegos Olímpicos de 1924 arrasando a todos sus rivales (los británicos se autoexcluían de las competiciones internacionales). José Nasazzi, capitán uruguayo, observa que los europeos abusan del fuera de juego y decide instalarse en el centro del campo (2-4-4), descartando el juego directo y apostando por el pase para llegar a la portería rival. El fuera de juego de los rivales naufraga y Uruguay gana de forma bella con un estilo que se prolongará en el tiempo.

Así que la Football Association (FA) atisbó dos soluciones. La primera consistía en pintar una línea a 36 metros de la portería que marcase a partir de donde se establecía el fuera de juego (como en las categorías inferiores de la actualidad). La segunda consistía en limitar el fuera de juego a dos defensores (el portero más un zaguero) facilitándole así las cosas al delantero falto de calidad técnica. Se realizó una prueba en un partido en Highbury. Primera parte tirando la línea de 36 metros y segunda mitad reduciendo a dos el número de defensores para marcar el fuera de juego. Quizás fuese demasiado precipitado, pero la solución requería urgencia.

Gustará la segunda idea. A partir de entonces un futbolista estaría en posición de fuera de juego si está más cerca de la línea de meta contraria que el balón y el penúltimo adversario a menos que se encuentre dentro de su propio campo. Era abril de 1925.

El fútbol iba a cambiar para siempre.

Al cabo de una temporada el promedio de goles en la liga inglesa pasó de menos de 3 por partido a 4,5. La falta de profundidad de la línea de cinco quedaba descartada y los McCracken de turno, al no tener un compañero en defensa, se lo tendrían que pensar muy mucho antes de adelantarse y levantar la mano para reclamar el fuera de juego. Al ligero error dejaban a su portero vendido en un mano a mano frente al delantero rival.

Lo que en abril era una realidad en las Islas Británicas el 13 de junio de 1925 se cristalizó en cierto en el resto del mundo. La FIFA puso en marcha un tren que revolucionaría para siempre la forma de jugar y en la que, por vez primera, tendría más importancia la táctica que los jugadores.

Nacía la era de los entrenadores.

Y aunque nadie lo sabía entonces, nacía la parte defensiva del juego. Defender para ganar.

Y es que los árboles no dejaron ver el bosque. En las siguientes tres décadas el fútbol ofensivo campó a sus anchas por el orbe. Los goles aumentaron de forma radical. En el Mundial de 1954 se llegó a la cima de la excelencia ofensiva con 5,4 goles por partido, hasta que en los 60 arribó el boom defensivo que intentará ser contrarrestado con los cambios para oxigenar el centro del campo y las tarjetas para proteger a los delanteros. Pero el caso es que, sin que nadie se diese cuenta ni lo advirtiese, en ese 1925 estaba naciendo una forma de jugar que primaba lo defensivo antes que lo ofensivo.

Ante el pánico de dejar a un solo defensa ante el delantero rival, el pavor hace su aparición y hay una serie de entrenadores que deciden fortificar la defensa. Es importante resaltar que son entrenadores. Hasta entonces los equipos cuentan con un preparador físico, pero no existe la táctica. Las plantillas con cortas (a lo sumo 13 o 14 futbolistas) y las alineaciones son decididas por el capitán que las consensa con los compañeros. A partir de entonces los entrenadores (siempre ex jugadores) determinarán el estilo de juego y quienes deben saltar al campo. Uno de estos primeros gurús fue el inglés Herbert Chapman. Dirigiendo al Huddersfield Town decidió retrasar a uno de los medios para fortalecer la defensa. El 2-3-5 pasaba a ser 3-2-5. El sistema fue afiliado cuando en los años 30 Chapman pasó a dirigir con éxito al Arsenal FC. Era la WM de Chapman, el sistema imperante en el mundo desde entonces hasta finales de la década de 1950.

La WM permitía movilidad dentro de la limitación del juego zonal de entonces. Aunque sobre el papel el dibujo WM con los extremos super adelantados parezca ofensivo, la realidad es que se asemejaba más a un 3-4-3 o a un 5-2-3 en defensa. Los goles aumentaron, sí, pero porque aumentó el juego directo. Chapman hizo hincapié en el pase largo y el control del balón. Que un extremo controlase el balón de primeras tras un pase de treinta o cuarenta metros era un gol asegurado. Pero se hizo acosta de aumentar la precaución defensiva y el abandono del centro del campo. Ahora había dos trincheras. Una en defensa y otra en ataque. El centro del campo era yermo. Será tras la II Guerra Mundial cuando algún avispado acuñe la expresión zona ancha para referirse a ese centro del campo que quedaba desocupado.

La WM de Herbert Chapman

El concepto cambia. Hasta entonces el objetivo era marcar un gol más que tu rival, no obstante, ahora el objetivo era defender para no encajar goles, No es que antes no hubiese equipos defensivos. Sin echar la vista muy atrás en los ya citados JJ. OO de 1924 Uruguay solo tuvo dificultades en el partido de semifinales ante Países Bajos (2-1), Según las crónicas, viendo que sus opciones de vencer eran ficticias, los neerlandeses desplegaron un 5-5-0 sin intención alguna de ganar. La diferencia radicaba en que antes de la modificación de la regla del fuera de juego el acumular jugadores en defensa eran acciones coyunturales y tras la modificación de la regla se convertirán en estructurales.

Lo que era un estigma, una deshonra, un gesto de cobardía (recordemos que el fútbol nació como un deporte de caballeros) se convirtió en aceptable. Si en origen el fútbol funcionaba como carga ligera de caballería, ahora se aceptaba que los soldados cavasen una trinchera a la espera de una oportunidad. Un dato. Hasta 1925 el balance entre Escocia e Inglaterra en partidos internacionales era ligeramente favorable a los primeros. Tras la modificación de la regla del fuera de juego los escoceses abandonaron su tradicional juego de pases y aceptaron el juego directo y la WM masivamente. Desde entonces cayeron en picado ante los ingleses. Era la contrarrevolución.

Lo curioso es que fueron los ingleses victoriosos los que abrazaron con fuerza la modificación de la regla del fuera de juego y el establecimiento de la WM como patrón de juego. El resto del mundo exploró una vía alternativa, una que rompiese con el juego acartonado de usos y costumbres tan británico y que diese pábulo a las filigranas ofensivas para romper con el fuera de juego.

Así si la WM es la solución defensiva a la modificación de la regla del fuera de juego, la solución ofensiva pasará porqué los delanteros usen el cerebro. Si para contrarrestar la amenaza los clubes británicos transformaron un mediocentro en defensa con la instrucción de perseguir al delantero centro sustituyendo el marcaje zonal por el individual, en el resto del mundo hubo técnicos que decidieron mover a los atacantes. El italiano Vittorio Pozzo fue pionero al establecer cuatro líneas en el campo en vez de las tres tradicionales. En determinadas ocasiones usaba la figura del líbero (a semejanza de los uruguayos) para tener un defensor libre de cargas, pero fundamentalmente lo que hizo fue retrasar a los extremos obligándoles a regatear hacia dentro buscando el disparo en vez de pegarse siempre a la banda. Así los interiores, liberados de su función ofensiva, podían bajar al centro del campo para distribuir el balón. El 2-3-2-3 de Pozzo (3-4-2-1 sin balón) le dio a Italia dos Mundiales (1934 y 1938) desactivando por completo el problema del fuera de juego.

Los sudamericanos decidieron mejorar el juego al primer toque y el control con la idea de aumentar la velocidad del juego. Comprendieron que, si jugaban como siempre, pero a mayor ritmo, la lentitud de los defensas rivales sería impedimento total para que pudiesen poner en práctica la táctica del fuera de juego. Así, y al menos hasta finales de los 40, Uruguay, Argentina o la Escuela Danubiana (Checoslovaquia, Hungría o Austria eran los mejores países europeos hasta la II Guerra Mundial en parte gracias a las enseñanzas del inglés Jimmy Hogan – véase artículo escrito en este blog -) decidieron expresarse con el pase y el regate reforzando el centro del campo a costa de un delantero y siempre manteniendo los dos defensores. El 2-3-5 peleó por sobrevivir ante la WM importada desde las Islas Británicas.

La Italia bicampeona (34 y 38) de Pozzo

Tras la II Guerra Mundial la WM ya será el esquema habitual en todo el mundo. Para entonces el fútbol ya había cambiado para siempre. Había dejado de ser inglés. Los british eran todo piernas y pulmones y nada de cabeza. Cuando en 1950 caigan derrotados ante Estados Unidos el mito acabará por romperse. El resto del mundo, aun aceptando la WM, comprendió que la esencia del fútbol se basa en que la pelota corra y el rival tras ella.

Pero lo que había llegado para no marchar era la corriente defensiva del juego, quizás porque el fútbol hacía mucho que había dejado de ser un juego. Desde que en 1925 se modificó la regla del fuera juego el fútbol se dividió entre los que decidieron protegerse de la amenaza retrasando a un defensor y los que apostaron por potenciar el juego de pases para desde el mediocampo llegar hasta la portería rival.

Donde antes sólo había una forma de entender el fútbol, la ofensiva, ahora había dos. La ofensiva y la defensiva. Y todo había sido provocado por la modificación de la regla del fuera de juego.

¿Cómo ganar? Pocos pases a gran velocidad para llegar al arco contrario en el menor tiempo posible. El regate está en desuso. La pelota siempre viaja más rápido sin un jugador detrás de ella”. Helenio Herrera, factótum del Catenaccio.

“Al fútbol siempre ha de jugarse de manera atractiva y de manera ofensiva”. Johan Cruyff, factótum del Fútbol Total.

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Cuando la trampa del fuera de juego cambió el fútbol para siempre (1ª parte)

Yo estuve allí. Es una calle insulsa en el barrio de Covent Garden. No muy lejos del British Museum. Hoy mantiene la esencia. Poco iluminado, decoración cargante, amplia barra de bebidas y escasa oferta de comida. Pidiera sausage and mash. Es decir, salchichas con puré de patatas. Mi esposa pidiera fish and chips. Es decir, bacalao frito con patatas. Lo típico. Tampoco había mucho más para elegir. Pues allí, en The Freemason’s Tavern, una mañana de octubre de 1863 se reunieron representantes de los centros educativos más prestigiosos de Gran Bretaña para discernir sobre cuáles eran las reglas a seguir de manera uniforme en ese nuevo deporte de pelota que estaba desarrollándose y creciendo aceleradamente por todo el país. Los partidarios de jugar con pies y manos, liderados por los religiosos de la Rugby School, no fueron capaces de convencer a los allí presentes de las bondades de sus reglas. Así que un grupo de once disidentes, enderezados por Harrow School, firmaban, esa mañana en la The Freemason’s Tavern, un documento con trece reglas entre las que destacaba la prohibición del uso de las manos para trasladar el balón. Había nacido la Football Association. Había nacido la FA.

El fútbol pasaba a ser un ente propio y reglamentado.

Porque los ingleses no inventaron el fútbol (de hecho, tuvieron mucho más peso los escoceses, pero esa es otra historia ya contada en este blog). El fútbol surgió como hijo de la Revolución Industrial ante la necesidad de ocupar un tiempo de ocio instituido al sustituir el trabajo agrario de sol a sol por el mecanizado con horario de inicio y de fin. El fútbol triunfó por su sencillez y por su capacidad para aglutinar en torno al juego un compendio de identidades culturales y sociales que sirviesen de vía de escape a aquellos que se trasladaron del campo a la ciudad y vieron saltar por los aires todas sus convicciones tradicionales. Pero al fútbol se jugaba igual en Oxford, que, en el patio de una fábrica, en la cubierta de un barco o detrás de una iglesia. Lo que se hizo aquella mañana en la The Freemason’s Tavern fue reglamentar el juego, dotarlo de unas normas y un patrón común a todos sus practicantes. El reglamento del fútbol dice claramente como debe jugarse, cuáles son los códigos de actuación y cuáles las normas de conducta.

Toda norma condiciona. La Ley de Propiedad Horizontal determina que puedes y que no puedes hacer en tu vivienda, el Código de Circulación establece como conducir y la Constitución decreta que y que no puede hacer el partido político que está en el Gobierno de la Nación. El reglamento del fútbol, las trece reglas originales, condicionaron como se iba a jugar al fútbol desde entonces hasta el presente. Condicionó la orientación del juego (ofensiva, al ataque), limito el terreno de juego al 100 x 100 (hoy la horquilla va desde el 110 x 75 al 100 x 64) y estableció elementos fijos de finalización (porterías con medidas estandarizadas). Las reglas dictaminan que para ganar hay que meter gol, lo que sugiere que el juego se practica de medio campo hacia adelante. Con los años la táctica más extendida y con más durabilidad en el tiempo será el 2-3-5 que estimuló la ocupación del ancho del campo en la búsqueda de un eje vertical de actuación que lleve a la portería, auténtico referente del juego. Más adelante la portería será sustituida por un referente móvil (el balón) y mucho más tarde, en tiempos de Cruyff, el referente del juego serán los propios jugadores a través de su movimiento.

Durante un tiempo fútbol y rugby beberán de la misma agua. El caos en el juego, las melés, el patadón, lo más puro de la diversión, formarán parte del desconcierto inicial. El origen se parecerá y mucho al patio del colegio, a las vísceras del juego donde todos corríamos sin ton ni son en busca del balón. Esos inicios tienen que ver con las reglas, y las reglas las conforman unos individuos determinados por un lugar y un hábitat concreto. Hablamos del Imperio Británico. Del Britannia Rules. De la Inglaterra Victoriana. Lo que prima es el juego directo. El yo contra todos. El juego individual, pero también caballeroso. No hay centros, no hay pases. El que coge el balón vuela hacia el horizonte como la carga de la Brigada Ligera cabalgaba hacia el abismo en la batalla de Balaclava. Lo que importaba era el romanticismo, el héroe que luchaba ante todo y salía victorioso tanto en la victoria como en la derrota. El liderazgo y la proeza individual encarnaba todo lo que un futbolista tenía que ser. No es extraño que el primer gran equipo fuese el Old Etonians, de la prestigiosa y elitista Eton, donde, evidentemente, sus jugadores ni podían ni querrían ser profesionales.

Pasar el balón estaba mal visto. Era un acto de cobardes. Una dejación de funciones. Todo se basaba en el héroe, en el único responsable. Entre los primeros partidos de los que tenemos constancia hay muertos. Cuerdos y locos, valientes que cogían el balón y recibían la envestida de otros hombres a base de golpes. Fruto de todo aquello, de aquella locura pseudoheroica, en 1891, casi tres décadas después de la fundación del fútbol reglado, tiene lugar la primera modificación del reglamento. Se prohíbe golpear al portero (hasta entonces eso no era falta) y se crea el área pequeña, también llamada área de gol. Toda infracción dentro de ese rectángulo será sancionada con un golpeo directo sin barrera. Es el penalti. También conocido como disparo de la muerte.

El disparo de la muerte

Hasta entonces se podía hacer lo que te viniera en gana para derribar al portero. Desde entonces el arquero es intocable con la pelota en su poder. Mas también lo es el delantero que consigue ser tan audaz como para adentrarse en el área rival. La creación del penalti (1891), la modificación del fuera de juego (1925, lev motiv de este artículo), la introducción de los cambios (1967) y la aparición del VAR (2016), son los cuatro grandes cambalaches que han puesto patas arribas el fútbol en más de siglo y medio de vida.

¿Cómo era entonces el juego en sus inicios? La disposición táctica habitual era el 1-1-8. Era un juego simple, basado en el individualismo, el regate, la velocidad y el buen disparo desde lejos. Todo era un caos absoluto. Era un caos promovido por un reglamento que fomentaba patear, correr y driblar. Era el velocista con buen regate el jugador más demandado. Y no hay que caer en la simpleza. Uno piensa que con 1-1-8 los goles estaban asegurados. En realidad, había un defensa y un medio fijos. Los otros ocho delanteros lo que hacían era correr a por el balón. En el momento en el que uno de ellos lo controlaba, los otros siete se hacían a un lado para ver el espectáculo. Para ver como su compañero ejercía de loco y tocaba a corneta. Mientras, esperaban a que fuese abatido y así recuperar el balón.

El 1-1-8 era la táctica habitual en Inglaterra. No así en Escocia. Allí pronto se adoptó el 1-2-7, utilizando otro medio más a imagen y semejanza del tres cuartos del rugby. La idea básica seguía siendo el juego físico, de hombres fuertes y vigorosos camino a la portería rival. Sin embargo, desde Escocia ya se intuía otra sensibilidad. El juego era ofensivo, se practica de medio campo para adelante, pero tenía un freno. Y ese freno era la regla del fuera de juego.

La regla original del fuera de juego dictaminaba que un futbolista estaba en posición antirreglamentaria si tres oponentes se encontraban entre él y la portería rival. Esto hacía que el equipo defensor, al poner a dos defensores junto al portero, siempre estaría en posición de ventaja ante el rival. De este modo, aunque sobre el papel el 1-1-8 o el 1-2-7 pareciese un suicidio defensivo, la realidad era mucho más prosaica. De igual manera, dado que el fuera de juego quedaba desactivado si el pase procedía de la línea anterior al centro del campo, se promovía el kick and run y al delantero veloz capaz de cabalgar 40 o 50 metros detrás del balón.

Es en Escocia donde tiene lugar la primera gran revolución. Su psique es opuesta a la de los mandamases del Imperio. Los futbolistas ingleses son más grandes, están mejor alimentados. Cuando en 1872 Escocia e Inglaterra se enfrenten en el primer partido internacional de la historia, los ingleses tendrán doce kilos de peso medio más elevado que los escoceses. La necesidad hace que Escocia adapte un juego de equipo, un enfoque colectivo, un sistema de pases basado en la solidaridad y la colectividad. Si en Inglaterra el fútbol es un deporte de caballeros victorianos que sueñan con ser héroes, en Escocia el fútbol es lugar para obreros y gente de humilde condición. No es extraño, pues, que hasta 1888 las victorias de Escocia a Inglaterra se cuenten por goleadas. El primer gran club británico fue el Queen’s Park de Glasgow. El inglés Preston North End gana el primer doblete liga-copa en 1889 con siete escoceses en su once. El Liverpool FC contaba en 1892 con un once inicial entero de escoceses. Con el profesionalismo riadas de futbolistas de Escocia pasaron a jugar en la caudalosa Inglaterra, suponiendo el fin para el amateurismo de los elitistas colegios ingleses.

Fue ese el tipo de juego que llegó al Río de la Plata y a orillas del Danubio. El juego de pases importado por los escoceses. Rápidamente evolucionó en un 2-2-6, que fomentaba un juego de pases basado en triángulos y dejaba de lado la velocidad, la fuerza y el regate inglés. Ese segundo mediocentro inventado por los escoceses ejercía de enlace con los delanteros cuando tras una de esas alocadas cabalgadas el punta perdía el balón. Esa dicotomía marcará el futuro del fútbol desde ese momento en adelante. En España, por ejemplo, fueron los ingleses los que trajeron el balompié por los puertos del País Vasco. El fútbol español, representado por el Athletic Club, acogerá el kick and run, el juego directo inglés como propio (la furia española) desde entonces hasta inicios del siglo XXI.

Es entonces, rondando los últimos años de 1880, cuando el fútbol se exporta por buena parte del orbe por obra y gracia del Imperio Británico y cuando el establecimiento del profesionalismo y de una liga regular estandariza definitivamente lo que es el fútbol. Se produce entonces la última gran invención táctica, una, que, con matices, será patrón común durante cerca de medio siglo. Se trata del 2-3-5, la disposición táctica por excelencia que convirtió el fútbol en el deporte atractivo de masas que conocemos en la actualidad.

Fue el equipo de fútbol de la universidad de Cambridge el primer equipo de fútbol que apostó por el 2-3-5, de ahí que a esta disposición táctica se le conoce como La pirámide de Cambridge. Y así es. Una pirámide invertida donde por vez primera el juego está diseñado en su totalidad por triángulos y donde el pase es capaz de sustituir al kick and run a lo largo de los 100 metros de longitud del campo. El 2-3-5 fue el primer sistema universal, común a todos los equipos entre 1890 y 1930, posición en el tiempo que se alargó hasta el fin de la II Guerra Mundial en muchos más.

Pirámide de Cambridge (rojos)

La idea del 2-3-5 era la de juntar a dos defensores cerca del portero (para habilitar la trampa del fuera de juego) siempre defendiendo en zona y raramente en paralelo. Lo normal es que uno de los dos, generalmente el derecho, se quedase más cerca del guardameta. Los tres del centro del campo se dividían entre el mediocentro creativo y los dos interiores que ejercían de guardaespaldas, mientras que en paralelo cohabitaban los cinco atacantes. Era un fútbol de posiciones fijas, si bien es cierto que el 2-3-5 en realidad era un 2-5-3, dado que dos de los delanteros, el número 8 y el número 10, los dos que jugaban por dentro (de ahí lo del carril del 8, el carril del 10…) funcionaban como abanicos que subían y bajaban desde el centro del campo hasta el ataque. La función de todos ellos eran enviar el balón a los extremos (carril del 7 y carril del 11) para que, a través de un centro, el ariete (el 9) rematase de cabeza, ya que generalmente era el futbolista más grande y más fuerte del equipo.

Como vemos el juego, aun rudimentario para nuestra óptica, tenía todos los elementos clásicos y contemporáneos necesarios para hacerlo efectivo. La figura esencial de esta ruptura e innovación táctica era el mediocentro, el tercer centrocampista. Ejercía de policía, bajaba a defensa a recibir el balón si era necesario y tenía libertad de movimientos para avanzar con el esférico y acercarlo a la delantera. Ejercía de bisagra entre los dos mundos.

Era el punto fuerte del esquema y, sin embargo, al mismo tiempo, era el punto débil. El mediocentro no siempre llegaba a tiempo a las ayudas y, en una época donde la preparación física era escasa y no existían los cambios, su ausencia generaba un constante agujero y multitud de espacios. Ahí reside el motivo por el que entonces había tantos goles en los partidos y no por la impresión (falsa) de que se jugaba con cinco delanteros. Eran los interiores (el carril del 8 y el carril del 10) los verdaderos protagonistas del ataque dado que se aprovechaban de la ausencia del mediocentro rival para cabalgar en transiciones rápidas y dinamitar el juego en estático.

El primer gran mediocentro del que se tiene constancia es Ernest Needham, faro del Sheffield United entre 1891 y 1909 con 160 centímetros escasos de altura, inaugurando un perfil de jugador que nos lleva desde él hasta los Xavi Hernández del presente.

Como él hubo más, pero su hegemonía se iría diluyendo poco a poco.

Ernest Needham

A sabiendas de que ese agujero en el centro del campo debía de ser explotado, se empezó a desarrollar una nueva forma de distribución en el campo. Recordemos que entonces las posiciones son fijas, cada futbolista es encargado de ocupar una parcela del campo, ni una más y ni una menos, por lo que las ayudas o los desplazamientos son inexistentes. Lo que se propone es mover ligeramente a los cinco de arriba. En vez de estar en paralelo, los cinco delanteros pueden situarse en forma de abanico, se adelanta a los extremos o en algunos casos, como sucede en Uruguay, el delantero centro pasará a retrasarse y ocupar el centro del campo. Esa innovación, la del delantero falso (el falso ‘9’) hará que Uruguay domine el fútbol mundial (con permiso de los ingleses) en el primer cuarto del siglo XX.

Así pues, asustado, el mediocentro dejó de ser tan libre y de acercarse tanto al ataque para convertirse más en un elemento defensivo que ofensivo. De repente, cuando nos acercamos a 1920, el número de goles por partido baja drásticamente. Donde antes había dos defensores ahora hay dos y medio. Los medios piensan más en defender que en atacar, el centro del campo se va rompiendo y los delanteros quedan aislados. El kick and run vuelve a coger fuerza.

Y es entonces, viendo que el fútbol se adentra en el mundo de la oscuridad, cuando en 1925 aparezca la nueva regla del fuera de juego. La norma que lo cambiará todo.

Y sin embargo lo que no sabían los que la diseñaron es que aquello que se pensó hacer para favorecer al fútbol ofensivo, acabaría siendo el caldo de cultivo de una teorización defensiva que revolucionaría el futbol para siempre.

Continuará…

“Estoy orgulloso de que Inglaterra haya ideado estas leyes y que como resultado el fútbol se haya extendido por el fútbol como lo ha hecho. Las reglas no solo permiten jugar al fútbol, encarnan el espíritu y la herencia de nuestro juego”. Sir Bobby Charlton.

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All Blacks; la psique de Nueva Zelanda

En aquellos tiempos que un hombre con el uniforme del servicio postal golpease la puerta de tu casa no era nada halagüeño. El telegrama procedía del War Office, el Ministerio de la Guerra. Ya imaginaba que le iban a decir. Era su hijo. Era octubre de 1915. Días antes una ofensiva lanzada por el general Haig en Loos, a las afueras de Lille, cerca de la frontera francobelga, se había saldado con cerca de 50.000 bajas británicas entre muertos, heridos y desaparecidos. Y justamente eso era lo que decía el telegrama. El hijo de Rudyard y Carrie Kipling había desaparecido en combate. No se le daba por muerto. Pero como si lo estuviese.

Rudyard Kipling era entonces uno de los escritores más famosos del mundo. Nacido en la India británica, el autor de ‘El libro de la selva’ o ‘El hombre que pudo ser rey’ consiguió a través de sus escritos darle dignidad a las colonias que entonces dominaba Gran Bretaña. Bien considerado, utilizó todos sus contactos y su inmensa fortuna en tratar de descubrir el paradero de su hijo. Peinó todos los hospitales y todas las cárceles en una lucha desesperada. Ya había perdido a su hija a los seis años por culpa de una neumonía y no estaba dispuesto a que la parca le hiciese lo mismo a su primogénito de 18 primaveras.

Fueron cuatro años de lucha rogando a todo a quien quisiese oírlo que no declarase muerto a su hijo, sino simplemente desaparecido. Al acabar la guerra viajó hasta Francia a rastrillar la zona en la que combatió su vástago buscando el cuerpo sin suerte. Hubo de aceptar lo inevitable y Jack Kipling fue declarado muerto oficialmente.

Frustrado y dolido, Kipling utilizó la poesía para dar rienda suelta a sus sentimientos. En ‘Epitafios de la guerra’ dejó unas perlas que aún resuenan en la actualidad; “Si alguien pregunta porque hemos muerto diles que fue porque nuestros padres mintieron”. Y en ‘Mi hijo Jack’ dejó una frase que fue pronto aceptada primero por Gran Bretaña y luego por el resto de los países para recordar a los desaparecidos en combate: ‘Known to God’ (Conocido solo por Dios). La inscripción adorna desde entonces la tumba de los soldados desconocidos y también la de Jack Kipling quien, finalmente, fue identificado en una fosa común en el norte de Francia en 1992, más de 75 años después de su muerte y más de medio siglo más tarde del fallecimiento de su padre.

Rudyard Kipling

Robert Stanley Black se convirtió en All Black un 18 de julio de 1914. Fue en Tasmania. Nueva Zelanda derrotó con claridad a Australia por 21-0. Hijo de inmigrantes británicos, no existía mayor honor para Robert que formar parte de la selección neozelandesa de rugby. Ser un All Black era una forma de aceptación en la comunidad. Apenas unos días más tarde Robert embarcó rumbo a Inglaterra junto a sus compañeros. Los rostros de la alegría y las palmadas de autoafirmación brotaban de proa a popa para unos chicos que emprendían la primera gira en la historia de los All Blacks. Aquellos jugadores iban a dar a conocer la existencia de Nueva Zelanda, un país de poco más de medio siglo de vida, por toda Gran Bretaña.

Tras tan largo viaje, a Robert le dio para jugar otro partido internacional nada más llegar a tierras británicas. Dos semanas más tarde el rey Jorge V anunciaba que el Imperio Británico estaba en guerra contra el Imperio Alemán y sus aliados. Las sonrisas se tornaron en mesura cuando Robert y parte de sus compañeros se alisten en el batallón de Canterbury. Poco le duró la gloria militar a Robert quien al poco, el 21 de septiembre, dejaba su vida en un lodazal de un pueblo belga.

En tres meses pasó de ser un chaval que cumplía el sueño de jugar un partido con su selección, a embarcarse en un difuso viaje camino de la entonces lejanísima Gran Bretaña, jugar ante los inventores del juego, calzarse un traje militar y empuñar un arma por vez primera en su vida y perderla en un extraño paraje a miles de kilómetros de su hogar.

Nueva Zelanda pagó un precio terrible por su participación en la Gran Guerra. En términos porcentuales encabezó la lista de muertos y heridos. Con una población entonces de poco más de un millón de personas envió a 110.000 hombres a batalla de los cuales 18.000 murieron y 55.000 quedaron heridos. En total un 66% de bajas. Galípoli, Somme, Messines Ridge o Passchendaele. Son los sitios donde se formó una nación orgullosa, valiente y decidida. Autosuficiente, animosa en espíritu y preparada para aceptar su diversidad.

Aunque ya explorada por españoles y luego ocupada por británicos, no fue hasta bien entrado el siglo XIX cuando los europeos pusieron sus ojos en Nueva Zelanda. Los colonizadores se asentaron en la isla norte, de más fácil acceso, pero afectada por peor clima. Con una vegetación espectacular, los británicos tuvieron que adentrarse tierra adentro luchando contra las inclemencias del tiempo. Solo los más fuertes consiguieron asentarse y echar raíces y pronto el conflicto con los maorís se hizo evidente. Pobladores originarios de las islas, los maorís eran grandes cazadores y pescadores y habían aprendido a domar la naturaleza a su antojo.

Las trifulcas y la violencia se hicieron comunes al día a día en Nueva Zelanda. El hombre blanco intentó acabar con el maorí, suceso que nunca ocurrió porque los maorís mantuvieron su raza y su cultura a salvo alejándose de los núcleos de población. Sin embargo, hubo un nexo de unión entre conquistados y conquistadores que pronto serviría para vertebrar el futuro del país.

El rugby.

En Nueva Zelanda el fútbol no caló entre la población. Hombres y mujeres, blancos y maorís, compartían fortaleza y destreza física. El rugby gustaba porque era una lucha cuerpo a cuerpo, una batalla de iguales en la que no había artificios. Solo dos cuerpos luchando entre sí. “Se juega como se trabaja”, gusta decir en Nueva Zelanda. Al rugby se podía jugar en la playa o en medio de la selva. Gustó. Y unió a las dos razas en un único objetivo. El rugby sería el objeto que daría identidad a la nueva nación.

Hasta trece miembros de los All Blacks fallecieron durante la I Guerra Mundial. El ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps) representa desde entonces lo que es ser australiano o neozelandés; gente de distintos orígenes y clases sociales que demostraron valor en el combate, honor bajo presión y siempre dándole una mano a un compañero. Esta esencia se le llama el espíritu del ANZAC: las cualidades de valor, sacrificio y compañerismo que son las hoy defendidas a través del deporte especialmente representadas por los All Blacks. Las heroicas acciones neozelandesas durante la I Guerra Mundial sirvieron también para que Gran Bretaña reconociese a Nueva Zelanda como país y no como un apéndice colonial.

Si uno rasca bajo las colosales odas que glosan sus hazañas y ese místico aura que recubre a estos semidioses maoríes, encontrará que en esencia los All Blacks son simple y llanamente el mejor equipo de la historia del deporte mundial. Su porcentaje de victorias supera el 70%, pero más que su registro es su forma de someter a sus adversarios lo que les ha convertido en un referente que trasciende a la disciplina del rugby e incluso a los límites del deporte. Una historia de superación, discriminación racial, honor, sabotajes, derrotas aleccionadoras y sobre todo victorias, cientos de triunfos. Una historia que comenzó una soleada tarde de agosto de 1903 y que únicamente se vio interrumpida por una guerra en la que sus componentes cambiaron el balón por el fusil con la misma determinación y valentía.

Valentía que demostró Dave Gallagher, otro de aquellos hombres que ayudó a construir la psique neozelandesa. Carnicero de profesión, formó parte de los primeros All Blacks, aquellos que debutaron en 1903. Retirado, en 1907 se convirtió en seleccionador nacional, pero, aunque exento de conscripción debido a su edad, en 1916 decidió dejar a un lado su vida acomodada para alistarse en el ejército. El sargento Dave Gallagher tuvo que ver como dos de sus hermanos caían en el campo de batalla hasta que él mismo fue herido en combate en octubre de 1917 por un trozo de metralla que atravesó su casco. Al día siguiente fallecía en un hospital de campaña a los 43 años de edad.

Enterrado en el cementerio británico de Poperinge, cerca de Ypres, al oeste de Bélgica, su lápida tiene grabado un helecho plateado, planta propia de Nueva Zelanda y emblema de la selección neozelandesa de rugby. Desde 1922, cuando los All Blacks se embarcan en una gira por Europa, sea para jugar un partido amistoso o una competición oficial, es de obligado cumplimiento que la expedición se acerque a Poperinge a mostrarle sus respetos a Gallagher y por ende a todos aquellos que a través del rugby ayudaron a construir la psique de la nación.

La costumbre, que cuenta con un siglo de vida, no ha sido alterada ni lo será, a pesar de los continuos problemas del saturado calendario profesional y de las presiones de los diferentes patrocinadores.

Poperinge. Dave Gallagher

P.D: Nueva Zelanda es en la actualidad el país del mundo con más practicantes de deportes extremos por habitante, lo que demuestra el carácter de agresividad, aventura y fortaleza física extrema de la nación.

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¿Por qué el fútbol es el deporte rey? Porque es simple y democrático. Pueden jugar bajos y altos, pequeños y mayores, gordos y delgados, pobres y ricos. Es rural. Abierto. Se juega al horizonte. Dos piedras hacen de portería y algo que ruede ejerce de balón. Pero sobre todo el fútbol es el deporte rey porque fue el primero. Cuando el deporte moderno nace en el siglo XIX derivado a la cultura de ocio surgida tras la Revolución Industrial, el fútbol es el primero de los deportes. Su éxito radica en su sencillez y en su capacidad para crear identidades colectivas con las que se puedan identificar los alineados del campo. El fútbol es el instrumento necesario para dar tranquilidad a unos ciudadanos que pasan de tener cobijo en la familia y la vecindad a ser seres individuales controlados por el Estado.

Así el fútbol se expande con celeridad y se convierte, no sólo en un deporte, sino en símbolo de identidad para esa nueva generación de origen rural, pero de presente y futuro urbano. El fútbol triunfará por ese haz de sentimientos. Por esa capacidad de unión de espíritus. El ciclismo, el atletismo o el tenis son deportes individuales que no pueden competir a la hora de construir identidades. El baloncesto o el balonmano jamás poseerán esa capacidad porque son mucho más modernos. Cuando surjan ya el fútbol ocupará un lugar de privilegio en la psique de la sociedad. El fútbol golpeó primero y su victoria fue definitiva.

Pero el futbol no nació sólo. Gran Bretaña exportó tres grandes deportes colectivos a mediados del siglo XIX. Son el fútbol, el rugby y el criquet. En Estados Unidos se cogió esos ingredientes, pero se hizo una receta propia. Como vimos en el primer capítulo de este artículo el fútbol americano y el béisbol forman parte de la identidad estadounidense. El futbol, soccer como allí lo llaman, es irrelevante socialmente.

Pero falta el resto del mundo. Y a finales del siglo XIX una cuarta parte del orbe era inglés. Y existían otros dos deportes colectivos surgidos al unísono del fútbol y que estaban en disposición de arrebatarle el título de aglutinador de identidades colectivas. Eran el rugby y el criquet. Ambos palidecieron ante el fútbol por motivos diferentes. El rugby no pudo competir con el fútbol al ser una dictadura física. Mientras el fútbol es democrático y permite la participación de todo tipo de cuerpos, el rugby favorecía a aquellos que eran grandes y fuertes. Por su parte el criquet se quedó atrás en los gustos del pueblo por la complejidad aparente de sus reglas. El fútbol no requiere conocimientos genéricos previos y de ahí que nuevos aficionados se puedan sumar rápidamente a su aventura.

Pero aun así el rugby y el criquet se expandieron con celeridad en muchos de los territorios que Gran Bretaña controlaba. El criquet se convirtió en deporte nacional en el Caribe, en ciertos países africanos y esencialmente en el sureste asiático. En Afganistán, Pakistán o Bangladesh, los verdaderos ídolos del deporte son jugadores de criquet. Y por encima de todos estos países se encuentra India, donde sus casi 1.500 millones de habitantes tienen como deporte rey el juego de bate y pelota. A ojos europeos puede parecer poca cosa, pero estamos hablando de cerca de un 20% de la población mundial.

Allí donde el criquet no triunfó lo hizo el rugby. Lo hizo en las colonias oceánicas como Fiji, Samoa, Australia o Nueva Zelanda. Allí, en nuestras antípodas, se convirtió en la argamasa que unió a nativos y colonizadores. Pero el rugby además de triunfar en países africanos como Sudáfrica consiguió atrapar adeptos dentro de las Islas Británicas. El rugby es el deporte nacional de Gales y es capaz de unir a católicos y protestantes irlandeses cuando se pega una patada al balón oval.

Nos quedaría China. Pero el gigante asiático tiene una idiosincrasia propia. Son el tenis de mesa (de nacimiento británico) y el bádminton los deportes más seguidos. Es cierto que China es inmensa, no obstante, son deportes muy ligados al país. Es verdad que el bádminton tiene legión de seguidores en Asia, pero es un deporte individual y, al igual que el baloncesto, se juega en pabellones cerrados, por lo que no existe ningún estadio deportivo que podamos calificar como templo del deporte.

Es por ello que tras seleccionar diez templos del deporte estadounidense (fútbol americano y béisbol) me veo en la obligación de seleccionar ahora otros diez templos del deporte en el resto del orbe. Excluido el fútbol de esta clasificación, serán diez recintos donde se juegue al rugby o al criquet, los otros dos grandes deportes colectivos surgidos en el siglo XIX capaces de aglutinar identidades colectivas.

No están todos los que son, pero si los más trascendentales. De la ecuación se han excluido iconos como los australianos Docklands o el ANZ Stadium, donde se celebró los JJ. OO de Sídney porque son recintos multiusos también usados semana tras semana para la práctica de fútbol. Lo mismo ocurre con el Aviva Stadium de Dublín. Se verá también que no hay ningún estadio de fútbol africano. En África el fútbol es el deporte rey con mucha diferencia, pero como ya explicara en su día cuando cometiera la lista de templos del fútbol más relevantes, nuestra visión del juego es occidental y los recintos africanos no tienen enjundia histórica para ser aquí incluidos. Quizás en un futuro.

La inmensidad de Asia hace que me sea imposible hablar de todos sus estadios significativos. Quedan fuera de la lista el Kalinga de Bhubaneshwar o el Bujut Jalir de Kuala Lumpur. También el estadio nacional de Lahore en Pakistán donde se practica el hockey hierba, otro deporte muy popular en esas latitudes. Por supuesto son inabarcables muchos de los estadios de criquet de realengo que hay en la India.

Tampoco formaron parte de la ecuación el Athletic Park de Wellington, hogar de los All Blacks de Nueva Zelanda que fue derrumbado en 1999. También desaparecido es el Lansdowne Road de Dublín que durante 135 años (1872-2007) albergó partidos de rugby y de fútbol. El recinto tenía una estación de cercanías incorporada, ya que las vías del ferrocarril circulaban por debajo de una de las tribunas. También ha sido excluido el inquietante Suncorp (1914) de Brisbane que fue construido sobre un cementerio y el Newlands (1890) de Ciudad del Cabo, que puede presumir de ser el templo deportivo más antiguo de África.

Estadio Newlands - Wikipedia, la enciclopedia libre
Newlands (1890)

— TEMPLOS DEL DEPORTE DEL RESTO DEL MUNDO —

Vamos pues con los que he considerado los recintos deportivos más importantes del planeta excluyendo al fútbol y a Estados Unidos de nuestras posibilidades:

10. ESTADIO NARENDA MODI (India / criquet): Es reciente. Muy reciente. Pero tiene que estar aquí. Inaugurado en 2020 es el estadio más grande del mundo con 132.000 asientos. El estadio está situado en Ahmedabad, una ciudad histórica del occidente de la India desconocida para los europeos, pero que tiene cerca de seis millones de habitantes. Su inmensidad es tal que tiene una pasarela aérea por la que se pueden evacuar al mismo tiempo hasta a 60.000 personas. Cuenta con estación de metro propia en el subsuelo del recinto y el techo fue diseñado específicamente para soportar terremotos de gran escala. Se planificó con cuatro vestuarios y grandes espacios abiertos que permitirían hasta jugar dos partidos de criquet en el mismo recinto al mismo tiempo.

Ahmedabad's Narendra Modi Stadium Is Set To Be The World's Largest Spo
Narenda Modi

9. GADDAFI LAHORE (Pakistán / criquet): Con 27.000 asientos de capacidad es el estadio donde juega la selección de Pakistán sus partidos internacionales, aunque fue renombrado en honor al ex presidente de Libia cuando éste defendió en un discurso el derecho de los pakistanís a desarrollar armas nucleares. Construido en 1959, fue el primer estadio en autoabastecerse energéticamente. Su capacidad era el doble de la actual, pero se remodeló en 1996 cuando albergó la final del Mundial de criquet y se eliminaron las plazas de pie. En 2009 ocho jugadores de Sri Lanka resultaron heridos tras un ataque terrorista durante un partido Pakistán-Sri Lanka. Hubieron de pasar diez años hasta que el criquet de selecciones volvió al Gaddafi Lahore. La selección también juega en Karachi, la capital, en el llamado estadio nacional, inaugurado en 1955 y donde en lo que va de siglo XXI solo ha perdido dos de los 45 partidos que ha disputado.

Gaddafi Stadium: History, Capacity, Events & Significance
Gaddafi Lahore

8. MELBOURNE CRIQUET GROUND (Australia / criquet): Reinaugurado en 1956 con motivo de los Juegos Olímpicos de Melbourne, sus asientos para 100.000 almas lo hacen lugar sede para eventos multideporte. En el día a día es un estadio que acoge partidos de fútbol australiano y de criquet, donde ha sido sede del Mundial de 1992 y de 2015. En el recinto del actual estadio ya se había jugado el primer partido de criquet de la historia del país en 1877 en un duelo entre australianos e ingleses, pero el estadio había sido inaugurado mucho antes, concretamente en 1853. La tribuna de madera pasó a ser de ladrillo y ya en 1900 contaba con iluminación eléctrica. Será de hormigón cuando se convierta en olímpica y sea inaugurada en 1956 por el duque de Edimburgo, marido de la reina Isabel II. Volverá a ser demolida y ampliada techando todo el estadio en 2006 con motivo de los Juegos de la Commonwealth. El Melbourne Criquet Ground debería estar mucho más arriba en esta lista, pero dado que es el fútbol australiano el deporte más usado y hasta el fútbol ha hecho suya presencia habitual en los últimos años, he considerado etiquetarle un número (8) que por jerarquía, repercusión e historia no le corresponde.

Melbourne Cricket Ground (MCG): History, Capacity, Events & Significance
Melbourne Criquet Ground

7. WACA (Australia / criquet): Pero si de un recinto destinado únicamente y exclusivamente al mundo del criquet nos tenemos que referir en Oceanía entonces debemos nombrar a la Waca. Inaugurado en 1890 en Perth se considera la cancha más rápida y con más rebote del mundo, lo que unido a la brisa marina que lo rodea lo convierte en un recinto donde los marcadores suelen ser altos. El nombre del estadio reproduce las iniciales de sus propietarios (Asociación de Criquet de Australia Occidental, WACA en inglés). Aunque la selección suele jugar en la otra punta de la nación (Sidney está a 4.000 kilómetros), es en Perth donde el criquet es capaz de desbancar al rugby o al fútbol en los corazones de sus vecinos. Es tal la fuerza de la WACA que el desarrollo de vuelos comerciales en Australia comenzó con la intención de poder jugar partidos a uno y otro lado del país y poder llevar a la selección a la WACA.

WACA development to make Perth a two Test venue town | cricket.com.au
WACA

6. MURRAYFIELD (Escocia / rugby): Hogar de la SRU (Unión Escocesa de Fútbol) Murrayfield es la casa del rugby escocés. Inaugurado al oeste de Edimburgo con una única grada en 1925, fue creciendo en capacidad hasta llegar a los 100.000 espectadores, siendo reducido a 67.000 asientos en la actualidad. Murrayfield fue base área y de suministros durante la II Guerra Mundial y aún mantiene el récord de aficionados a un partido de rugby en Europa. Su grada más icónica es la West Stand, en cuyos bajos hay un museo del rugby escocés y bajo su techo unos asientos pintados con la bandera escocesa armonizan el conjunto de un estadio que hace más de dos décadas no ve ganar a su selección el Torneo de las Seis Naciones. Es en Murrayfield donde resuena más fuerte el himno escocés y donde se proclama la singularidad escocesa frente a sus vecinos ingleses.

Murrayfield Stadium
Murrayfield

5. MILLENIUM STADIUM (Gales / rugby): El rugby es Gales. Gales es el rugby. Y su templo está en Cardiff. A orillas del río Taff se levantaba el Cardiff Arms Park (1881-1999) hasta que se decidió tirarlo para alzar uno nuevo en la misma ubicación. Ese el Millenium Stadium que fue inaugurado en el Mundial de Rugby de 1999. Se trata de un estadio con tres anillos con capacidad para 75.000 almas y techo retráctil de acero, una innovación en la época. Se regeneró toda la zona industrial alrededor del río y se giró la orientación 90 grados, pero se mantuvo su icónica aproximación al río. El estadio es asimétrico salvo en la tribuna norte, donde hubo que dejar un hueco al no llegar a un acuerdo con el presidente del Cardiff RFC, club de rugby local que posee los terrenos adyacentes al estadio nacional. Dicho hueco es conocido popularmente como Glanmor’s Gap en honor al nombre del entonces presidente. Por fuera los mástiles (cables sostenidos) adornan el recinto cayendo sobre el río dando forma a un barco que surca el mar buscando la victoria de los heroicos ‘Dragones Rojos’.

The Millennium Stadium - Cardiff - YouTube
Millenium Stadium

4. ELLIS PARK (Sudáfrica / rugby): Fue en Ellis Park donde Nelson Mandela se puso la camiseta de los ‘Springboks’ y Sudáfrica ganó el Mundial de 1995. Aquella victoria unió a negros y blancos y cicatrizó las heridas que el ‘apartheid’ había dejado en la sociedad sudafricana. Desde entonces el rugby pasó a ser también el deporte de los negros al igual que tras 2010 el fútbol también pasará a ser el deporte de los blancos. Ya solo por eso Ellis Park merecería ocupar un lugar reverencial en esta clasificación. Pero hay más. Creado en 1928 en Johannesburgo, en el lugar ocupado por un vertedero, pronto se convirtió en referencia del rugby sudafricano. En los 80 fue puesto al día y en 2005 dio un nuevo paso en su historia al ser el primer estadio de rugby de África en ser propiedad de hombres de raza negra. Su nombre deriva del alcalde Ellis, el regidor de la ciudad cuando se construyó, pero, curiosamente, también es el nombre de la persona que inventó el rugby.

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Ellis Park

3. EDEN GARDENS (India / criquet): Ya lo dice el propio nombre. Hablamos del jardín del Edén del criquet. La meca del criquet de la India. Son 60.000 las personas que entran en Eden Gardens, aunque se dice que más de 120.000 abarrotaban el recinto cuando allí se disputó la final del Mundial de 1987. Fue inaugurado en 1864 en unos terrenos propiedad de un tal Babu Rajchandra que se los regaló a Lord Auckland por darle asistencia médica a una hija que estaba a punto de fallecer. El terreno, fértil, pronto fue bautizado como Eden, cuyo nombre también era el de la hermana de Lord Auckland. El estadio está situado en Calcuta y vio como en 1934 se enfrentaban por vez primera la selección de la India contra la de Inglaterra, cuando aún por entonces los primeros seguían siendo súbditos de los segundos.

El estadio se mantuvo prácticamente inalterable hasta 1987. La madera y las incomodidades eran las características de un lugar que aun así era delicioso para jugadores y aficionados. Fue entonces cuando se techó parte de las gradas y se creó una infraestructura que permitiese televisar los partidos. Con el tiempo se instaló una icónica fachada acristalada que se ha convertido en seña de identidad del estadio. El rugido y el ambiente de Eden Gardens es difícilmente igualado en cualquier otra parte del mundo. Todas sus gradas están renombradas en recuerdo a ex leyendas del criquet o a destacados miembros del ejército indio. No se debe olvidar que Calcuta fue antes joya del Imperio Británico y ahora es ciudad fronteriza con Bangladesh, país que mantiene litigios territoriales con la India desde hace medio siglo.

Santuarios del deporte. Eden Gardens: 'la casa del cricket' en India
Eden Gardens

2. TWICKENHAM (Inglaterra / rugby): La catedral del rugby. Eso es Twickenham. Un colosal estadio con capacidad para 82.000 personas situado en el suroeste de Londres y que fue inaugurado en 1909. Su diseño ovalado y simétrico con dos columnas a la entrada se asemeja al antiguo Wembley, pero, al contrario de lo que le sucedió a la catedral del fútbol, la del rugby se mantiene incólume al paso del tiempo. Además del World Rugby Museum, Twickenham puede presumir de haber albergado tres Mundiales de rugby (1991, 1999 y 2015) y varias finales de la Copa de Europa.

El recinto fue construido con daños estructurales en su grada sur. Desde el primer momento se descartó tirar la grada y siempre se optó por reformas varias. Así se hizo hasta en tres ocasiones durante el siglo XX, hasta que al llegar el siglo XXI lo inevitable parecía cerca. Sin embargo, la RFU (Rugby Football Union) se negó a tirar el estadio para construir uno nuevo. Lo que se hizo fue tirar la grada sur y hacer una totalmente nueva y de paso hacer lo propio con la norte para ampliar su capacidad. Era un lavado de cara, pero Twickenham se mantenía en pie como llevaba haciendo desde 1909. Desde que en ese campo de repollos Inglaterra y Gales jugasen su partido inaugural. Fue allí también, tras remontar un partido a Irlanda en 1988, cuando se adoptó el cántico ‘Swing low, sweet chariot’ himno oficioso inglés para combatir a los afamados cánticos patrióticos o independentistas del resto de las Islas Británicas.

Twickenham Stadium | Guías de deportes y eventos | DFDS
Twickenham

1. EDEN PARK (Nueva Zelanda / rugby): Pero si hay un recinto de rugby representativo por excelencia ese es Eden Park. Y lo es porque allí juegan los ‘All Blacks’, el equipo más venerado y respetado del rugby. El de más del 80% de victorias. El de un país de menos de cinco millones de habitantes que domina el deporte del balón ovalado. Construido en 1900 en Auckland y con un aforo actual de 45.000 almas, es un coqueto recinto con grada abierta que es venerado por cualquier jugador de rugby. Ha albergado citas mundialistas, pero debe compartir honores con otros estadios del país dado que la geografía de Nueva Zelanda, país conformado por dos grandes islas, hace que la selección se deba dividir entre una y otra para contentar a toda la nación.

En la isla sur es obligatorio jugar en el AMI Stadium de Christchurch, pero es en la isla norte donde se encuentra el grueso de la población. En Auckland está el progreso, el mejor puerto del país y su ciudad más poblada (1,6 millones de habitantes). Pero fue al sur de la isla norte, en un lugar mucho más propenso a las adversidades climatológicas, donde se asentaron los pioneros. Allí en la capital Wellington (250.000 habitantes) estaba el Athletic Park, creado en 1896 y considerado la casa original de los ‘All Blacks’. Lástima que fuese derrumbado en el año 2000 para crear el moderno Wellington Regional Stadium, que ha perdido parte de su encanto al ser elegido sede de la selección nacional de fútbol.

Eden Park (NZ) | Austadiums
Eden Park

BONUS: LORD’S CRIQUET GROUND (Inglaterra / criquet): Su importancia no deja de ser limitada porque el criquet, aunque con tradición y aficionados, nunca llegó a ser un deporte de masas en Inglaterra. Sin embargo, para cualquier niño de cualquier lugar del mundo que ame este deporte no existe mayor honor que jugar al criquet en Lord’s. Situado un poco más al norte del Madame Tussauds de Londres, se trata del recinto deportivo en pie más antiguo del mundo. Inaugurado en 1814 allí se mantiene imperecedero al paso del tiempo. Son innumerables los cambios en el campo a lo largo de dos siglos, pero lo más característico del recinto fundado por Thomas Lord es el pabellón y tribuna principal diseñada en 1889 y que se encuentra prácticamente igual. Actualmente consta con asientos para 31.000 almas, aunque llegó a acoger a más de 100.000 espectadores de pie.

Y al sur del Támesis, como máximo rival, está The Oval. Inaugurado en 1845 reunía a nobles, pero también a plebeyos, por lo que pronto rivalizaría con Lord’s por la hegemonía del criquet nacional. Y una cosa más. Para los aficionados al futbol The Oval es un lugar especial porque allí se disputó en 1872 el primer partido internacional de fútbol entre Inglaterra y Escocia, así como la primera final de la FA Cup, el torneo de balompié más antiguo del mundo.

LORD'S CRICKET GROUND (Londres) - 2023 Qué SABER antes de ir
Lord’s Criquet Ground

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The Six Nations; el torneo más decimonónico de los deportes decimonónicos

En ‘Astérix en Bretaña’ el valiente galo de bigote dorado y su fiel e inseparable Obélix desembarcan al otro lado del Canal de la Mancha para ayudar a los britanos en su lucha contra Julio César. Durante su aventura tendrán que hacer frente a la extrema educación de los nativos, lo que incluso los llevara a solicitar un alto en su lucha con los romanos para tomar el agua hervida a las cinco de la tarde. Vestirán prendas de tweed, viajarán en un barco pilotado por remeros de Cambridge, verán a unos bardos firmar autógrafos (los Beatles) o tendrán problemas para conducir su carro por la izquierda, entre otras maravillosas delicias anacrónicas.

En uno de esos pasajes, Astérix y Obélix acabarán en Camulodunum (Colchester) donde verán un partido de ‘Las Cinco Tribus’. Por supuesto el grandullón de Obélix acabará saltando al césped y pronto se convertirá en estrella del encuentro, pero antes, fascinado por lo que ve, le comenta a Astérix: “Es un juego inteligente, lo llevaremos a la Galia.”

Dos milenios después Francia es por pleno derecho miembro del torneo más prestigioso que ha parido el rugby. Cuando en 1966 Albert Uderzo publique ‘Astérix chez les Bretons’ los galos ya formaban parte de un torneo que empezó como Cuatro Naciones en 1883 (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda), pasó a ser Cinco Naciones en 1910 (con la inclusión de Francia) y desde el año 2000 es el Seis Naciones (Italia). La mayor rareza la protagonizan los irlandeses, que en estos 135 años ha pasado de ser provincia autónoma a Estado independiente, dejaron la monarquía por la república y renunciaron a ser un único país para dividirse en dos mitades. Sin embargo, en lo que a rugby se refiere, Irlanda compite desde los inicios con un único equipo formado en la actualidad por jugadores irlandeses y norirlandeses en total harmonía.

Fue Winston Churchill, un hombre poco sospechoso de ser deportista pero que hubiese sido campeón olímpico de verborrea, el que dio con la más aguda definición con la que ha contado el rugby. “Se trata de un deporte de hooligans jugado por caballeros”. El aserto viene como anillo al dedo porque, aunque a ojos del espectador inexperto el rugby es de una brutalidad pasmosa, cuenta con unas reglas y tácticas complejas y rígidas que son seguidas con total concordia y deportividad. Es el deporte decimonónico por excelencia. Creado hace dos siglos, se ha mantenido prácticamente inflexible en sus ideales hasta hace apenas unas décadas. Aunque la mercadotecnia y el estrellismo (Lomu, Wilkinson, O’Driscoll) ha hecho tambalear sus cimientos, es increíble observar cómo sigue conservando buena parte de su misticismo, su amateurismo y sus tradiciones.

Si bien la profesionalización y la creación del Mundial en 1987 llevaron al rugby a otra dimensión y si también es cierto que es en el hemisferio sur donde está la hegemonía del deporte del balón ovalado (hasta la fecha Inglaterra es el único país europeo que ha ganado un Mundial palideciendo ante Nueva Zelanda (3), Sudáfrica (3) y Australia (2)), no existe nada comparable al Seis Naciones en lo que a rugby se refiere.

En este todos contra todos, Inglaterra y Escocia dominaron las primeras ediciones, pero fue Gales quien en 1893 conquistó por vez primera la Triple Corona. Los galeses estuvieron invictos en casa entre 1900 y 1913, pero pronto los ingleses se mantuvieron como la selección a batir mejorando el registro y permaneciendo intocables entre 1910 y 1926. En esos años Inglaterra había conquistado el Grand Slam en cinco ocasiones, mientras que Escocia había sumado el primero en 1925.

¿Qué es el Grand Slam? Además del trofeo como vencedor del Seis Naciones, durante la competición hay múltiples batallas que deben ser libradas. El Grand Slam no es un trofeo, simplemente es un honor. Se otorga a aquel que gana el Seis Naciones venciendo en todos y cada uno de sus partidos. Son los ingleses los que hasta la fecha más veces lo han logrado (13 ocasiones de 29 títulos conseguidos). Gales (28 títulos y 12 Grand Slam), Francia (17/9), Escocia (15/3), Irlanda (14/3) e Italia (0/0) cierran la clasificación. La Triple Corona (Triple Crown) tampoco es un trofeo, sino una mención, y es para aquel país que logra vencer a los otros tres equipos de las Islas Británicas, es decir, una mini competición en la que no participan franceses ni italianos.

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Seis Naciones

Los franceses entraron en disputa en 1910 aunque fueron expulsados en 1931 acusados de ser demasiados violentos y de pagar bajo cuerda a sus jugadores. Los galos volvieron tras la II Guerra Mundial, donde fallecieron muchos deportistas, aunque no se llegó a la formidable cifra de 111 jugadores de rugby caídos entre 1914 y 1919 en las trincheras del norte de Europa. Los franceses hubieron de esperar a 1959 para lograr su primer título y en 1968 sumaron su primer Grand Slam.

Luego vino una edad de oro para el rugby galés que dominó con fiereza los 70 al igual que el rugby champagne francés los hizo en los 80. Antes, en 1973, se dio un quíntuple empate, caso enormemente curioso. Desde 1993 esto es imposible que vuelva a suceder, ya que los empates se dirimen por diferencia de tantos o por mayor número de ensayos conseguidos. Son cuatro puntos por triunfo, dos por empate y un cero en caso de derrota. En 2017 se inauguró una bonificación de un punto ofensivo por anotar al menos cuatro ensayos y otro punto, en este caso defensivo, si el que pierde lo hace por menos de siete puntos de diferencia. Lo que sigue siendo tabú, a pesar de la ayuda de la tecnología, es poner en duda una decisión arbitral. Está prohibido discutir las decisiones del trencilla y siempre hay que acercarse a parlamentar con él interpelándole como señor.

En el 2000 entra en liza Italia y nace el Seis Naciones. Los transalpinos lograron contra todo pronóstico la victoria en su debut ante Escocia, sorprendiendo a propios y extraños, aunque a partir de ahí encadenaron catorce derrotas consecutivas. Año tras año luchan por evitar la Cuchara de Madera, y aunque mejoran a pasos agigantados, más de dos décadas después sigue pareciendo ciencia ficción que se alcen con la victoria. Italia es incapaz de doblegar tanto a Francia como a Inglaterra, sea en el estadio Flaminio de Roma o sea a domicilio. Son cinco los partidos del Seis Naciones por lo que no existe la ida y la vuelta. Un sistema rotatorio determina a quien le toca ejercer como local en función del año en disputa.

¿Y qué es la Cuchara de madera? La Cuchara de madera (Wooden spoon) es un irónico trofeo que se entrega al equipo que pierde todos y cada uno de sus partidos. Hasta en doce ocasiones entre 2000 y 2022 semejante deshonor ha recaído en Italia, que lucha año tras año por escapar de esa aberración. A parte de la Wooden spoon en cada partido del Seis Naciones se entrega un trofeo en cada duelo particular. El Millennium Trophy, con su característica forma de vikingo, data de 1989 y se la da al vencedor del partido entre Irlanda e Inglaterra. De ese mismo año es el Centenary Quaich, disputado entre Irlanda y Escocia. Otros son el Trofeo Garibaldi (2007 Francia vs Italia), Auld Alliance (2018 Escocia vs Francia) y el Doddie Wier (2019 Escocia vs Gales). Sorprendentemente a nadie se le ha ocurrido todavía dotar de un trofeo el enfrentamiento entre franceses e ingleses.

Pero el origen de todos ellos es la Copa Calcuta. El inicio de todos estos ritos tuvo lugar el día de Navidad de 1872. Fue en Calcuta, hoy megalópolis de la India y por entonces prospera ciudad del Imperio Británico, donde se jugó un partido de rugby que enfrentó a Inglaterra frente a un combinado de jugadores de Escocia, Gales e Irlanda. Tal fue el éxito de la iniciativa que una semana más tarde se repitió el enfrentamiento y pronto todos los allí presentes fundaron el Calcutta Football Club.

El equipo se unió a la RFU (Rugby Football Union) pero, tras un año de grandes dificultades, comprendieron que era imposible competir regularmente con los equipos de rugby de las Islas Británicas situados a 8.000 kilómetros de distancia. Así pues, decidieron disolver el equipo y retirar los fondos del banco. Con ese dinero encargaron una copa de plata que donaron a la RFU con el compromiso de que a partir de 1878 se disputase un encuentro anual entre Inglaterra y Escocia, siendo un año anfitrión una selección y al siguiente la otra, cuyo vencedor sería el poseedor de una copa de manufactura india de 45 centímetros de alto.

Había nacido la Calcutta Cup. El origen del Seis Naciones.

What is the Calcutta Cup? - Rugby World magazine
Copa Calcuta 1872

— LA ARISTOCRACIA DEL RUGBY —

Toda nación que participa en el Seis Naciones tiene su apodo, su nombre de guerra. Hasta Italia tiene su propio alias. Los transalpinos fueron considerados durante años los sextos mejores de Europa en dura pugna con Rumania o la antigua Unión Soviética hasta que en 2000 entraron en el selecto club de los grandes. Son conocidos como los ‘azzurri’ debido al color azul cielo de sus camisetas que honra a la Casa de Saboya, reinante en Italia desde la independencia hasta 1945. Abolida la monarquía, la camiseta adoptó un escudo (scudetto) con la bandera tricolor con una corona de laurel dorada.

El ‘XV del gallo’ es motivo de mofa y de orgullo a partes iguales. Si bien es cierto que gallo deriva de la palabra galo, nombre con el que el Imperio Romano se refería a buena parte de lo que hoy es Francia, pronto los franceses adoptaron como emblema al gallo, el macho de la gallina. Sin ser un símbolo oficial representa el orgullo y la grandeza francesa y para el resto del mundo su suficiencia y su vanidad. Su chauvinismo. A Francia también se le conoce como ‘les bleus’ por el intenso azul de su camiseta de juego.

En Gales el rugby es el deporte nacional y en el ratio practicantes /habitantes incluso superan a Nueva Zelanda. Los galeses utilizan como símbolo a un dragón, en este caso un animal mitológico. El dragón proviene de la colonización romana, pues era un emblema que los ejércitos usaban en sus estandartes. Pero su uso en la idiosincrasia galesa viene de mucho más atrás. La leyenda cuenta que existía un dragón de color blanco que representaba el mal y un dragón de color rojo adalid del bien. El mago Berlín fue quien los liberó de su lucha y de esa pelea resultó vencedor el dragón rojo. Siglos más tarde el rey de Gales Uther Pendragon decidió tomar como emblema de Gales el dragón.

Los galeses también son conocidos como ‘el XV del puerro’ y por las tres plumas de un avestruz. El puerro data del siglo VI, cuando los galeses, junto a otros pueblos celtas, combatieron ante los sajones. Los aliados celtas decidieron colocar un puerro sobre sus cascos para distinguirse del enemigo resultando victoriosos de la contienda. Por su parte las plumas de avestruz datan del siglo XIV, cuando tras la batalla de Crecy (1346) una coalición de británicos y bohemios derrotó a los franceses. Fruto de esa unión el rey de Bohemia concedió al príncipe de Gales las tres plumas de avestruz para añadir a su escudo heráldico como símbolo de su honor.

El escudo de la selección inglesa de rugby se remonta al siglo XV. Por aquel entonces se produjo una guerra civil por el trono de Inglaterra entre la Casa de Lancaster y la Casa de York. Los primeros tenían como símbolo una rosa roja mientras que los segundos lucían como emblema una rosa blanca, por ello la disputa pasó a la posteridad con el nombre de la Guerra de las Dos Rosas. El conflicto terminó en 1485 con la victoria de Enrique Tudor de la Casa de Lancaster. Pero Enrique, sabiamente, decidió casarse con Elisabeth de York, uniendo las dos casas para siempre y creando la dinastía de los Tudor. Fue entonces cuando se estableció como emblema de los Tudor una rosa roja que en su interior porta una pequeña rosa blanca. A pesar de que hoy la familia real inglesa pertenece a la dinastía de los Windsor, la selección de rugby de Inglaterra sigue siendo conocida como el ‘XV de la rosa’.

Escocia es para todos el ‘XV del cardo’, nombre que proviene de una batalla contra los vikingos en el siglo XI. Los nórdicos desembarcaron en las inhóspitas tierras altas escocesas y la leyenda cuenta que los gritos de dolor de los vikingos al pisar encima de los cardos fue lo que alertó a los escoceses. El ejército se puso en marcha y pudieron detenerlos antes de que llegasen a los núcleos de población.

Irlanda es el ‘XV del trébol’ por cuestiones puramente religiosas. Se dice que en el siglo V San Patricio llegó a las costas irlandesas y recorrió la isla de cabo a rabo introduciendo el cristianismo en Irlanda. Para que los nativos comprendiesen la complejidad del misterio de la Santísima Trinidad arrancó un trébol del suelo. San Patricio les contó que al igual que las tres hojas del trébol conforman una única planta, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo representaban a una sola persona. Irlanda, al igual que Polonia, no se puede entender sin el cristianismo. Más allá de la espiritualidad, el catolicismo está intrínsecamente unido a la nación, y, por supuesto, a su selección de rugby. La complejidad es tal que mientras ‘el XV del trébol’ canta el himno nacional (A soldier’s song) cuando juegan en el Aviva Stadium en Dublín, cambian de cántico al jugar en territorio británico (Ireland call) para no herir susceptibilidades políticas con sus vecinos, y en el rugby compañeros, de Irlanda del Norte.

La Selección de Irlanda apodada "del Trébol" 🍀 -
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El mito de los All Blacks y la nomenclatura del rugby

Deporte de bárbaros jugado por caballeros, el rugby es el más victoriano de los deportes ideados por los británicos. Un deporte en el que pie y mano están en continuo desacuerdo y en el que el balón es un verso libre y caprichoso. Deporte noble e inteligente, el único en el que para avanzar hay que retroceder. Las entrañas del rugby están en los libros de historia, en el honor y en el respeto, y su ideario está ligado a la construcción del Estado-nación. La nomenclatura del rugby, sus códigos y su doctrina forman parte de la idiosincrasia de cada país.

No existe equipo más respetado y más temido en el planeta rugby que la selección de Nueva Zelanda. Una vez completada la colonización de la isla por los británicos en el último tercio del siglo XIX, el rugby fue introducido entre la población autóctona como fórmula de asimilación. Los maorís pronto demostraron una destreza innata para el deporte del balón almendrado y el equipo nacional de Nueva Zelanda se colmó de jugadores maorís que derrotaban con facilidad a irlandeses, ingleses o australianos.

El mito de la invencibilidad de los neozelandeses nació en 1905. Los 29 integrantes de la selección de rugby de Nueva Zelanda embarcaron en Wellington para iniciar una gira que les llevaría a Europa. Subieron a bordo del SS Rimutaka y doblaron el Cabo de Hornos hasta llegar a Uruguay donde disputaron un partido de exhibición. Semanas antes de atracar en Montevideo, los 29 integrantes, de las más variopintas razas y profesiones, se conjuraron para poner en práctica un tipo de rugby distinto. Entrenaban en la cubierta del barco con calabazas e idearon nuevas técnicas nunca vistas en las Islas Británicas como las fintas evasivas o la melé con sólo dos delanteros.

Un mes más tarde, y tras una corta parada para descansar en Tenerife, los neozelandeses atracaban en Plymouth, la ciudad desde la cual los barcos británicos habían conquistado el  mundo. En su primer partido derrotaron con suma facilidad a Devon (4-55). Los neozelandeses fueron vitoreados y aclamados por el público. Agradecidos por el trato recibido decidieron despedirse interpretando una haka. Danza tradicional maorí considerada hoy una herramienta poderosa de persuasión, la haka no es más que un ritual autóctono que personifica el orgullo, la unidad y la fuerza de la tribu antes de una batalla.

Ganaron un total de 34 partidos en la gira y sacaron al rugby de sus prácticas más puristas. Aún hoy se discute si el rugby es un deporte de contacto o de evasión. Sudáfrica, Inglaterra o Australia son los defensores del orden y la dureza, mientras que Francia o Gales son atacantes compulsivos. Nueva Zelanda creó una armonía coral que un siglo después, y gane o pierda, hace que sea considerada una suerte de Brasil del rugby. Derrotaron a Escocia (7-12) y humillaron a Irlanda (0-15) y a Inglaterra (0-15) ante más de 75.000 conmocionados espectadores citados en el Crystal Palace de Londres. Acabaron la gira con un balance de 34-1, ganando en Paris a Francia (0-12) y perdiendo únicamente y con polémica ante Gales (3-0). Después de cuatro meses volvieron a Oceanía tras una insultante superioridad y un juego fresco y ofensivo de gran riqueza táctica que convirtieron a los ‘All Blacks’ en leyenda para el imaginario colectivo europeo.

Al parecer un tal Bill Wallace informó en su crónica en un diario londinense que los neozelandeses jugaban todos como ‘all backs’ (todos como tres cuartos). Por culpa de un error tipográfico lo que era ‘all backs’ se transformó en ‘all blacks’ (todos negros), y dado que los neozelandeses vestían con polo de color negro el traspié tuvo rápida aceptación y acogida. De hecho, cuando el equipo llegó a casa un par de meses después fueron recibidos por las autoridades de Nueva Zelanda en un acto ya bautizado como ‘the return of the All Blacks’.

Había nacido la leyenda de los ‘All Blacks’.

Además de como ‘All Blacks’ o ‘kiwis’ (la fruta típica del país) a la selección de Nueva Zelanda también se le conoce como ‘el XV del helecho plateado’. Llevado con orgullo en la camiseta a la altura del corazón, es un tipo de helecho único tanto por su tamaño como por su color y que es originario de los Alpes del Sur, la cordillera que atraviesa de norte a sur el país. Otro uso más residual es el de ‘el XV de la nube blanca’ que hace honor a la perpetua niebla que asola a buena parte del archipiélago.

LA NOMENCLATURA DEL RUGBY

Al igual que a los ‘All blacks’ a los ‘Pumas’ argentinos también se les conoce así por culpa de un malentendido. Durante una gira por Sudáfrica en 1965 un semanario sudafricano les puso ese mote por el animal que lucían en la pechera de su camiseta. En realidad el animal era un jaguar. Al norte de Argentina, en los más inhóspito de las comarcas de Jujuy y la Salta habita el jaguar, pero para la posteridad ha quedado el sobrenombre de pumas para la escuadra albiceleste.

Australia también luce un animal en su polo de juego. En su caso se trata del canguro. La selección es conocida como los ‘Wallabies’, la raza de marsupial típica del país. De hecho, dato para los puristas, el wallaby es el más pequeño de la familia de los canguros. Otro nombre usado con asiduidad por los bicampeones del mundo es el de ‘aussies’, que no es más que el nombre con el que los nativos se referían a su isla antes de la llegada de los europeos.

A Sudáfrica se le conoce como los ‘Springboks’ en honor a la gacela habitual de las sabanas del África austral y que brilla en el escudo de la selección desde hace más de un siglo. Lo curioso es que incluyeron la gacela en sus camisetas en una gira que hicieron por Gran Bretaña en 1906, justo un año después de la de los ‘All Blacks’, y precisamente para que no hubiese confusión ni error de ningún tipo como les había ocurrido a los neozelandeses. En 1994 el gobierno presidido por Nelson Mandela se planteó eliminar la gacela de la camiseta, ya que el ‘Springbok’ era para la comunidad negra un símbolo de opresión racista. Al final se mantuvo el emblema de la gacela y se añadió una protea, la flor típica de la zona y que convive con la gacela como símbolo de la unión de los dos pueblos.

Países poco afortunados en el mundo del rugby también incorporan los animales para su identificación. Los portugueses adoptaron el lobo (común al norte del río Duero) y los estadounidenses las águilas, animal que también se repite en el distintivo de Namibia y de Tonga. Costa de Marfil adoptó el elefante por razones obvias, Paraguay el yacaré (una subespecie del jaguar), México la serpiente (animal precolombino símbolo de la divinidad), Zimbabue es ‘el XV del sable’ (un antílope de gran tamaño) y Rusia se apropió del oso (que ya fue la mascota de los JJ.OO de Moscú). Son todos animales identificativos de la nación, como es el caso de la paloma en el escudo de Tonga. La selección española es ‘el XV del león’. Aunque es común la identificación de España con el toro, lo cierto es que en la mitología de la nación el león es una alegoría de España desde la época de la Reconquista. Los leones del Congreso fueron bautizados como Daoíz y Velarde en honor a los héroes de la Guerra de la Independencia y cómo emblema de honor, respeto y fiereza.

País pequeño, pero muy respetado en el planeta rugby, es Fiyi. Al igual que los ‘All Blacks’, los fiyianos interpretan su propia haka antes de los partidos. Visten con camiseta blanca y en su pechera llevan una palmera. Los fiyianos suelen jugar al rugby en la playa y usan los cocos como balón. Selección en continuo crecimiento es Japón, habitualmente representado con el cerezo. Es un árbol muy común en el país y que en la época de florecimiento deja unas estampas impregnadas de rosa y blanco que hacen las delicias de nativos y visitantes.

Siguiendo con lo motivos florales, Canadá cuenta con la hoja de arce, que engalana su bandera nacional y que es común a lo largo y ancho del país. Rumanía adoptó como emblema el roble e Italia tiró de historia y apostó por la corona de laureles que lucían los generales romanos después de cada triunfo en el campo de batalla.

Existen símbolos más complejos como el de Samoa, un escudo con una palmera, una perla y la Cruz del Sur, la constelación que señala el Polo Sur. Georgia cuenta en su distintivo con un sol con siete alas. Pero lo más llamativo para los que usamos el castellano es su sobrenombre de ‘el XV de los lelos’, apodo despectivo por estos lares pero que hace referencia a un juego ancestral que se practicaba en las llanuras georgianas y que se asemejaba al rugby.

LA ARISTOCRACIA DEL RUGBY

El ‘XV del gallo’ es motivo de mofa y de orgullo a partes iguales. Si bien es cierto que gallo deriva de la palabra galo, nombre con el que el Imperio Romano se refería a buena parte de lo que hoy es Francia, pronto los franceses adoptaron como emblema al gallo. Sin ser un símbolo oficial representa el orgullo y la grandeza francesa y para el resto del mundo su suficiencia y su vanidad. Su chauvinismo. A Francia también se le conoce como ‘les bleus’ por el intenso azul de su camiseta de juego.

En Gales el rugby es el deporte nacional y en el ratio practicantes/habitantes incluso superan a Nueva Zelanda. Los galeses utilizan como símbolo a un dragón, en este caso un animal mitológico. El dragón proviene de la colonización romana, pues era un emblema que los ejércitos usaban en sus estandartes. Pero su uso en la idiosincrasia galesa viene de mucho más atrás. La leyenda cuenta que existía un dragón de color blanco que representaba el mal y un dragón de color rojo adalid del bien. El mago Berlín fue quien los liberó de su lucha y de esa pelea resultó vencedor el dragón rojo. Siglos más tarde el rey de Gales Uther Pendragon decidió tomar como emblema de Gales el dragón.

Los galeses también son conocidos como ‘el XV del puerro’ y por las tres plumas de un avestruz. El puerro data del siglo VI, cuando los galeses junto a otros pueblos celtas combatieron ante los sajones. Los aliados celtas decidieron colocar un puerro sobre sus cascos para distinguirse del enemigo resultando victoriosos de la contienda. Por su parte las plumas de avestruz datan del siglo XIV, cuando tras la batalla de Crecy (1346) una coalición de británicos y bohemios derrotó a los franceses. Fruto de esa unión el rey de Bohemia concedió al príncipe de Gales las tres plumas de avestruz para añadir a su escudo heráldico como símbolo de su honor.

El escudo de la selección inglesa de rugby se remonta al siglo XV. Por aquel entonces se produjo una guerra civil por el trono de Inglaterra entre la Casa de Lancaster y la Casa de York. Los primeros tenían como símbolo una rosa roja mientras que los segundos lucían como emblema una rosa blanca, por ello la disputa pasó a la posteridad con el nombre de la Guerra de las Dos Rosas. El conflicto terminó en 1485 con la victoria de Enrique Tudor de la Casa de Lancaster. Pero Enrique, sabiamente, decidió casarse con Elisabeth de York, uniendo las dos casas para siempre y creando la dinastía de los Tudor. Fue entonces cuando se estableció como emblema de los Tudor una rosa roja que en su interior porta una pequeña rosa blanca. A pesar de que hoy la familia real inglesa pertenece a la dinastía de los Windsor, la selección de rugby de Inglaterra sigue siendo conocida como el ‘XV de la rosa’.

Escocia es para todos el ‘XV del cardo’, nombre que proviene de una batalla contra los vikingos en el siglo XI. Los nórdicos desembarcaron en las inhóspitas tierras altas escocesas y la leyenda cuenta que los gritos de dolor de los vikingos al pisar encima de los cardos fue lo que alertó a los escoceses. El ejército se puso en marcha y pudieron detenerlos antes de que llegasen a los núcleos de población.

Irlanda es el ‘XV del trébol’ por cuestiones puramente religiosas. Se dice que en el siglo V San Patricio llegó a las costas irlandesas y recorrió la isla de cabo a rabo introduciendo el cristianismo en Irlanda. Para que los nativos comprendiesen la complejidad del misterio de la Santísima Trinidad arrancó un trébol del suelo. San Patricio les contó que al igual que las tres hojas del trébol conforman una única planta, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo representaban una sola persona. Irlanda, al igual que Polonia, no se puede entender sin el cristianismo. Más allá de la espiritualidad, el catolicismo está intrínsecamente unido a la nación, y, por supuesto, a su selección de rugby.

 “Mi tío jugaba al rugby y mi padre jugaba al fútbol americano. Solían discutir cuál de los dos deportes era el más rudo y todos coincidían en que era el rugby. Es un gran juego de equipo. No vale con tener un par de estrellas. Es un deporte en el que para tener éxito los quince jugadores deben jugar al mismo nivel”. Clint Eastwood, director de cine y aficionado al rugby.

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Cuando el rugby convirtió a Sudáfrica en un país

La bandera de Sudáfrica tiene una forma un tanto singular. Está constituida por dos anchas bandas horizontales, la superior de color rojo y la inferior de color azul, separadas ambas por una tira central verde que remata en forma de y. La y griega está plasmada en negro y la separación entre colores está representada con unas estrechas franjas amarillas y blancas. En total la bandera de Sudáfrica consta de seis colores. Esta rareza colorida, única en el mundo, data de tan temprana fecha como 1994 y simboliza la unión de dos pueblos. El afrikáner blanco de origen neerlandés (blanco, azul y rojo) y el zulú negro de origen nativo (negro, amarillo y verde).

En abril de 1994 Nelson Mandela arrasó en las primeras elecciones libres celebradas en Sudáfrica tras el fin del apartheid. Era la primera vez que el 80% de la población podía votar. La primera vez que los negros podían votar. Y Mandela, el líder de la ANC (Congreso Nacional Africano), logró una amplia mayoría. La ANC quería venganza y muchos contemplaron así el resultado de las elecciones. Pero Mandela no lo veía así. A pesar de transitar medía vida en una celda, ‘Madiba’ sabía que para que la paz triunfase debía buscar la reconciliación de los sudafricanos. Por eso escudriñó una nueva bandera. Una insignia que no destruyese y sí que integrase. Por eso solicitó un nuevo himno que conviviese con el antiguo. Mandela, de 76 años, quería ser el padre de la nueva nación.

El problema es que su política de apaciguamiento no contentaba a nadie. Los sudafricanos blancos seguían controlando el ejército y las fuerzas de inteligencia, y pronto surgieron grupos paramilitares que acometieron diversos atentados para soliviantar al nuevo gobierno. Mientras, la ANC clamaba contra Mandela por mantener en sus puestos a los funcionarios blancos y grupos armados promovían el fin de la supremacía blanca. Mandela sabía que su ascendencia sobre los negros podría con todo y que si él pedía paz, tendría paz. Lo que no sabía era como ganarse el cariño de los blancos, y, sobretodo, como conseguir que blancos y negros conviviesen juntos. Como comentó años más tarde; “tuve que apelar a los sentimientos y dejar de lado a la razón”.

Meses más tarde, en el verano de 1995, Sudáfrica iba a albergar la Copa del Mundo del rugby. Era un acontecimiento extraordinario…para la población blanca. Los afrikáners son unos fanáticos del rugby. El equipo, que viste una camiseta verde, es conocido como los ‘springboks’ apelativo que emana de la gacela dorada que adorna el pecho de los jugadores. Durante los años del apartheid los ’springboks’ fueron excluidos de los eventos internacionales por lo que no pudieron acudir ni a la Copa del Mundo de 1987 ni a la de 1991. Era la primera vez que Sudáfrica iba a participar en un Mundial y lo haría en casa.

Para la población negra el rugby representaba el dolor, la angustia y la represión. Para ellos el rugby no era más que tipos, altos, rubios, vestidos con camiseta verde y pantalón caqui que pasaban el tiempo bebiendo cerveza y humillando a los negros. A ningún nativo le interesaba el rugby, por lo que se celebraban con júbilo las derrotas del equipo nacional. Todo adolescente zulú o xhosa admiraba a los ‘All Blacks’ de Nueva Zelanda, un equipo formado por blancos, negros y mestizos, considerado una suerte de Brasil del rugby.

Un día a mediados de octubre de 1994 Nelson Mandela citó a François Pienaar a tomar un café al palacio presidencial. Aunque ambos eran hombres públicos no se conocían en persona. Pienaar era el capitán de la selección de rugby de Sudáfrica. Era un genuino representante afrikáner. Con 1’92 metros de altura llevaba sobre sus hombros con ligereza sus 120 kilos de peso. Rubio, de mirada seria y penetrante y parco en palabras, personificaba perfectamente al ideal del blanco sudafricano.

Pienaar no era más que un producto de su tiempo. Un niño de clase media que creció en la década de los 80 escuchando de boca de sus padres que el negro era el enemigo y que el afrikáner era franco, sencillo y trabajador en contraprestación a los ruines, zafios y vagos negros que pululaban el extrarradio. Pero Pienaar no era un afrikáner cualquiera. Al ser deportista profesional había visto más allá de las fronteras del Traansvaal. Era, además, licenciado en derecho y tenía más conversación que la que se le presupone a un deportista. Y mucha más que la que se le conjetura a un jugador de rugby afrikáner.

Pienaar acudió a la cita con ciertos nervios y tiempo después admitiría que cuando estrechó la mano del presidente sintió pánico. Esperaba encontrarse a un anciano de 76 años y se encontró un hombre más jovial que él mismo. Mandela se mantenía en gran forma. Había sido boxeador en su juventud y durante sus años de cautiverio no dejó de practicar deporte. Ya como presidente todos los días se levantaba a las 4 de la mañana para hacer carrera continua. Era, además, un bigardo de 1’85 que podía mirar de tú a tú a Pienaar.

Lo primero que le extraño a Pienaar es que los policías que custodiaban la estancia eran afrikáners. No vio a ningún negro a excepción de la secretaria de Mandela. Por supuesto los policías aprovecharon para charlar con la estrella, comentar las esperanzas que todos tenían en los ‘springboks’ y pedirle un par de autógrafos. Mandela sonreía agazapado y así continuó hasta que su secretaria dejó a Pienaar sentado en una sala contigua. ‘Madiva’ espero cinco minutos para entrar en la estancia mientras Pienaar empezaba a sudar su traje con continuas miradas a su reloj de pulsera.

Al cabo de esos cinco minutos Mandela ordenó a la secretaria que dejase a entrar a François a su despacho. Éste golpeó con los nudillos la puerta, pidió permiso y entró. ¡Ah, François, gracias por haber venido!, esbozó Mandela con una amplia sonrisa y al mismo tiempo estrechaba la mano de Pienaar con soberana fuerza, como si de un placaje se tratase. Luego ambos se sentaron de frente en unos cómodos sofás mientras el presidente servía un café con leche a su invitado.

Durante la siguiente media hora François Pienaar borró de su mente todos los prejuicios que su educación afrikáner tenía para con los negros. A través de sus anécdotas y de su eterna sonrisa, Mandela consiguió que aquel gigante de pies de barro se sintiera cómodo y seguro. La intimidad y la complicidad entre ambos surgió enseguida y Mandela consiguió lo que había hecho con tantos y tantos blancos y lo que pretendía hacer con todos los demás. Le habló de la importancia del deporte y de que lo necesitaba para conseguir la construcción y la reconciliación nacional.

A partir de ese momento siguieron seis meses frenéticos de paz y armonía en las que el rugby fue el motor que consiguió calmar revueltas, disturbios y profundos odios de tiempos inmemoriales. Como magistralmente relató John Carlín en el libro ‘El factor humano’ y perfectamente recreó en el cine Clint Eastwood en ‘Invictus’, los afrikáners aprendieron a respetar a los negros, y éstos a confiar en los blancos. Los ‘springboks’ viajaron a aldeas xhosas y zulús a enseñarle el juego a los niños, se adoptó un nuevo himno que se cantó no sólo en inglés sino en los diferentes idiomas nativos y se potenció la figura de Chester Williams, el único jugador de raza negra de la selección.

El resto de la historia es sobradamente conocida. Sudáfrica venció contra pronóstico a Nueva Zelanda por 15-12 y se proclamó campeona del mundo ante las más de 60.000 personas que abarrotaban el Ellis Park de Johannesburgo (en la película de Eastwood se omite deliberadamente ayudas arbitrales a Sudáfrica en la semifinal y una posible intoxicación de los neozelandeses antes de la final). El partido ya se había ganado mucho antes de empezar cuando Mandela asomó en el palco y saludó al público vestido con una gorra de los ‘springboks’ y una camiseta con el número 6, el número del capitán François Pienaar. Cuando la abrumadora mayoría blanca del estadio vio a Mandela portar la sagrada zamarra verde los gritos de ¡Nelson! ¡Nelson! atronaron en un recinto colmado de las banderas de seis colores de la nueva Sudáfrica.

Hoy el rugby es objeto de deseo para muchos niños negros, aunque el fútbol sigue siendo el deporte preferido de zulús y xhosas. Es cierto que el número de academias de rugby ha aumentado en los barrios de raza negra, pero la proporción de practicantes sigue siendo baja en un país donde los blancos sólo constituyen el 15% de la población. Si Chester Williams era el único negro de los 15 titulares del equipo campeón de 1995, hoy la cifra no es mucho mayor. Ciertamente un joven xhosa llamado Siya Kolosi es el capitán de los ‘springboks’, pero tan sólo 3 o 4 jugadores de raza negra son habituales en la línea de salida de la Copa del Mundo de 2019. Un total de 11 de los 35 jugadores seleccionados son de raza negra, aunque buena parte de culpa la tiene una tasa implantada el año pasado por el gobierno que obliga a seleccionar al menos a un 20% de jugadores negros o mestizos.

A pesar de todas las complicaciones en la Sudáfrica actual no hay atentados, ni disturbios ni asesinatos. Como dijo Mandela “el deporte tiene el poder de cambiar el mundo, de curar heridas y dar esperanza donde antes solo hubo desesperación.” Mas en 2019 sigue habiendo desigualdad de clases, corrupción y miedo entre razas, algo tan intrínseco a las entrañas del ser humano que erradicarlo es sinónimo de utópico. Pero lo cierto es que la Sudáfrica de hoy, la que Mandela creó a través de gente como Pienaar, es una Sudáfrica multicultural en la que blancos y negros han conseguido vivir juntos y aprender a respetarse.

“Si quieres hacer la paz con tu enemigo tienes que trabajar con él. Entonces se convierte en tu compañero.” Nelson Mandela.

“Nelson Mandela ha sido el ser humano más extraordinario e increíble que ha existido. Siempre será un ejemplo y le estaré profundamente agradecido por el papel personal que me dio en la unión del país.” François Pienaar, en el entierro de Nelson Mandela.

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De cuando se perdonó al rugby en Irlanda

Durante siglos Irlanda funcionó como un sucedáneo de colonia inglesa y aunque en 1801 pasó a integrarse en el Reino Unido, en la práctica seguía teniendo el mismo status. A lo largo del siglo XIX una serie de catastróficas cosechas hicieron que millones de irlandeses emigraran a Estados Unidos. Humillados, hastiados y cansados, el romanticismo y el nacionalismo que brotaba por aquel entonces calaron con rapidez en buena parte de la población, por lo que en 1916 los irlandeses declaraban unilateralmente la independencia el Lunes de Pascua. A partir de entonces, y durante los siguientes seis años, tendría lugar una serie de escaramuzas que se acabarían convirtiendo en una guerra contra la Corona Británica.

Como cualquier hijo de vecino, los irlandeses habían abrazado con efusividad la llegada tanto del fútbol como, especialmente, del rugby, dos deportes ingleses de enorme aceptación. Sin embargo, en Eire ya había dos deportes de enorme arraigo; el hurling y el fútbol gaélico. ‘Grosso modo’ representaban la idiosincrasia celta de la nación irlandesa y venían a ser dos sustitutos del criquet y del rugby respectivamente.

Las grandes competiciones de ambos deportes se celebraban en Croke Park, un recinto propiedad de la Asociación de Deportes Gaélicos (GAA en sus siglas originales). Se trataba de un coqueto estadio de madera de altos muros que impedía miradas ajenas. La GAA se consideraba una plataforma de salvaguardia de las costumbres y la historia irlandesa y, a medida que el conflicto se fue enquistando, se fueron endureciendo las normas para el acceso a la Asociación. Se decretó la prohibición de practicar deportes gaélicos a los miembros del funcionariado que fuesen de origen británico. Por otro lado, los socios de la GAA tenían terminante prohibido practicar deportes ingleses, es decir, ni fútbol ni rugby.

El deporte simbólico por excelencia era y es el hurling. Jugado con un palo de madera, cuando la Corona británica prohibió a los irlandeses portar armas éstos pasaron a usar dicho palo como arma arrojadiza. En los funerales, y como reivindicación nacional, el stick del hurling se elevaba a lo alto y se tapaba en señal de luto.

El 21 de noviembre de 1920, Michael Collins, Comandante del Ejército Republicano Irlandés (IRA en sus siglas originales), ordenó una matanza que acabó con la vida de 18 miembros del servicio secreto británico que tenían su base en Dublín. Esa misma tarde se disputaba en Croke Park un encuentro de fútbol gaélico entre el equipo de la capital dublinesa y el Tipperary. Los paramilitares británicos aprovecharon la ocasión para tomarse cumplida venganza. Treparon por los muros del estadio para atizar con saña a todo sujeto viviente y acabar con la vida a golpe de metrallazos de 14 personas. Fue el llamado ‘Bloody Sunday’ (no confundir con el ocurrido en 1972 e inmortalizado en forma de canción por los irlandeses U2). Se cuenta que los británicos se jugaron a cara o cruz si asaltar con violencia Croke Park o liarse a tiros por la calle más transitada de Dublín.

Así entonces, Croke Park se convirtió en un templo del nacionalismo y la GAA tomó la decisión de que nunca se celebrarían en ese recinto competiciones extranjeras, es decir, ni fútbol ni rugby. Aquel desaliñado estadio de madera se acabaría convirtiendo en un coloso de 82.000 espectadores, el tercero más grande de Europa. Hoy es visita obligada para turistas, tanto por cuestiones deportivas como por causas históricas y políticas.

—EL XV DEL TRÉBOL—

Total que, tras una cruenta guerra, en 1922 se constituye formalmente la República de Irlanda que conforma algo más de las ¾ partes de la isla del mismo nombre. En el noreste, en la llamada región del Ulster, los ciudadanos decidieron seguir fieles al Rey de Inglaterra y establecieron un nuevo país llamado Irlanda del Norte, que continúa bajo mandato monárquico integrando parte del Reino de Gran Bretaña.

Ese año, como era lógico, se instauraron dos federaciones distintas de fútbol, una para Irlanda y otra para Irlanda del Norte. Lo curioso es que había futbolistas que jugaban indistintamente para una y para la otra, hasta que en 1953 la FIFA tomó cartas en el asunto y prohibió esos intercambios, amén de reconocer a ambas federaciones nacionales.

Con todo, el rugby había arraigado con mayor fuerza en la isla del trébol, por lo que, a pesar de existir dos países, se tomó la decisión de seguir formando con un único equipo. No fue esta una decisión fácil. Ayudaba que la mayoría de los jugadores solían ser irlandeses así que a los norirlandeses les quedaba poco más que callar. Los partidos acostumbraban jugarse en Dublín, aunque de vez en cuando se viajaba a Belfast, la capital unionista del norte.

El juego de equilibrismos llegaba al paroxismo de cambiar de himno en función de donde se disputase el choque. En Dublín sonaba el ‘Amhrán na Bhfiann’ (la canción del soldado) himno gaélico de Irlanda. Si el encuentro se disputaba en Belfast se entonaba el ‘God save the queen’ (Dios salve a la reina), himno británico. Así fue hasta 1954, cuando los jugadores irlandeses se negaron a escuchar la canción inglesa y desde entonces nunca más se volvió a jugar un partido en Belfast. Mucho después, en 1995, se tomó la decisión de elaborar un nuevo himno para los encuentros internacionales que representase a las dos Irlandas. ‘Ireland’s call’ (La llamada de Irlanda) está escrita en inglés, sustituye al himno británico y su letra está llena de continuas referencias al trabajo en equipo y a la unión de todos los irlandeses.

Lo de las banderas también es de traca. Cuando el equipo juega en Dublín, junto a la bandera de la Irish Rugby Union ondea la naranja, blanca y verde de Eire. Cuando juega en Belfast o sale de la isla para jugar en el extranjero, se elimina la bandera de Eire y se cambia por un blasón que representa las cuatro regiones irlandesas; Connacht, Munster y Leinster -que conforman la tradicionalmente católica Irlanda- y Ulster -en los que 6 de sus 9 condados forman la tradicionalmente anglicana Irlanda del Norte-.

Con todo este batiburrillo de información viajamos a 2006. Ya sabemos que es tal la inquina de los tradicionalistas que en Croke Park no se puede jugar ni al fútbol ni al rugby. Así pues, la selección del balón ovalado disputa sus encuentros en Lansdwone Road, un recinto histórico levantado en 1872. Tras diversas modificaciones a lo largo de las décadas llegó a contar con unos 45.000 espectadores de aforo, una buena cifra, pero notablemente inferior a la de Croke Park.

Cómo es de recibo, Lansdwone Road sufrió pertinentes modificaciones hasta que en 2006 se tomó la decisión de una renovación integral que básicamente consistía en tirar el estadio y construir uno nuevo a través de los cimientos del antiguo. La selección de futbol se quedaba sin hogar, pero sobretodo, quien se quedaba sin hogar era la selección de rugby. El ‘XV del Trébol’ iba a disputar el 6 Naciones, y además era favorito, pero no tenía estadio donde disputar sus partidos como local. Existía la alternativa de jugar en Belfast, pero teniendo en cuenta que poco más del 5% de su plantilla era norirlandesa y que desde 1954 no se iba por esos lares, no se consideraba una opción viable.

Se podía jugar en Croke Park.

Violar suelo sagrado.

La Irish Rugby Union, con el apoyo del Gobierno, presionó a la GAA para que aceptase que como excepción se jugasen partidos de rugby en Croke Park. A regañadientes la GAA realizó una votación entre sus socios. El resultado fue de 227 votos a favor y 97 en contra, pero la claridad de los números no deja de ser engañosa. Fue una votación polémica y muy reñida porque por el medio hubo muchas dimisiones y protestas. Muchos exjugadores y familiares de exjugadores de hurling y de fútbol gaélico pidieron retirar sus recuerdos del museo del estadio.

Y así, el 11 de febrero de 2007, la selección irlandesa de rugby jugó y perdió ante Francia violando el sagrado suelo de Croke Park. No obstante, 15 días después tendría lugar el verdadero sacrilegio. Nuevamente en Croke Park, el rival iba a ser Inglaterra. Se tenía pavor ante la llamada a la violencia cuando sonase el himno inglés. Sorprendentemente el silencio y el respeto fueron memorables. Cuando los jugadores ingleses dejaron de entonar el himno hubo numerosos aplausos desde la grada. Segundos después el himno irlandés sonó por megafonía y miles de espectadores derramaron ríos de lágrimas. Horas después Irlanda vencía por 43-13 y la fiesta de la concordia se convirtió en fiesta deportiva.

Durante los siguientes tres años la selección irlandesa disputó sus partidos en Croke Park y volvió a jugar como local en Belfast tras más de medio siglo de voluntaria ausencia. En 2010 fue inaugurado el nuevo Lansdwone Road (llamado Aviva Road por motivos comerciales) y tanto el rugby como el fútbol volvieron a su lugar de origen.

Durante esos tres años en Croke Park se había enterrado para siempre una historia de sangre y odio entre hermanos que iba camino de la centuria de antigüedad.

Católicos y protestantes. Irlandeses libres e irlandeses unionistas. Fútbol gaélico y rugby.

El rugby irlandés había sido perdonado.

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¡No! Los ingleses no inventaron el fútbol

Para todos aquellos que tienen un mínimo de interés en el fútbol la historia es más o menos conocida. En el siglo XIX los alumnos de los colegios privados de Inglaterra dedicaban su tiempo de asueto en jugar al fútbol. Cada institución académica tenía sus propias reglas y eran tan variadas que en algunos sitios se podían usar las manos (Rugby o Marlborough) y en otras únicamente los pies (Winchester, Eton o Cambridge). A mediados de siglo y gracias al desarrollo de la red de ferrocarril comenzaron a disputarse competiciones entre las distintas universidades, por lo que se hizo necesario establecer unas reglas comunes. En octubre de 1863 se constituyeron las reglas básicas del fútbol y años después los disidentes harían lo propio implantando las reglas básicas del rugby.

El fútbol es más antiguo que la bombilla, el cine o el automóvil.

A partir de ahí el fútbol se extenderá con rapidez por todo el planeta y se convertirá en el deporte hegemónico por antonomasia. El rugby quedará anclado en las Islas Británicas y sólo tendrá aceptación en las colonias del Imperio y, de forma sorpresiva, en Francia.

Los triunfantes ingleses siempre se han orgullecido de ser los inventores del fútbol. Fue un invento de la Inglaterra Victoriana para escapar de los aburrimientos de los domingos y llenar de ocupación el nuevo tiempo de ocio de la sociedad contemporánea. Y es cierto. Pero hay matices. Muchos matices.

¿Quiénes son los responsables de hacer del fútbol un deporte divertido y sugerente para buena parte de la humanidad? ¿Quiénes lograron que se convirtiese en el ariete y primordial entre todos los deportes? No. No fueron los ingleses. Fueron los escoceses.

En 1707 Escocia pasó a formar parte del Reino de Gran Bretaña. A partir de entonces (y de forma errónea) los escoceses pasaron a ser para el resto de la humanidad ingleses. De tal forma que cuando el Imperio Británico conquistó los cinco continentes a través de su armada y de su ejército o cuando una empresa británica explotaba una mina de carbón, creaba una industria textil o explotaba un pozo de petróleo, a ojos de la humanidad era un hito de la comunidad inglesa. Para el nativo el británico era sinónimo de inglés. Ni existía el escocés, ni el galés ni el irlandés.

La realidad es que un alto porcentaje de los militares y de los comerciantes británicos eran escoceses. Por un lado, las durísimas condiciones climatológicas y un terreno verde pero de paupérrimo nivel de cultivo hacían del escocés un pueblo proclive a la emigración. Por el otro lado, las diferencias religiosas y la pérdida de propiedades y estatus tras la absorción de los ingleses del Reino de Escocia hizo que la familias de renombre o bien marchasen a Londres a probar fortuna o se convirtieran en ricos comerciantes y en ávidos empresarios bajo el mandato de la Corona inglesa.

Así pues, fueron los comerciantes y los trabajadores escoceses los que llevaron el fútbol a través del mar más allá de las Islas Británicas.

¿Cómo se convirtió el fútbol en el deporte ganador? ¿Por qué lo que triunfó fue el fútbol y no el rugby? ¿Por qué en Escocia el balón redondo le ganó la partida al balón ovalado?

Debemos viajar al 30 de noviembre de 1872. Tal día como hoy hace 146 años, y conmemorando la festividad de San Andrés, las selecciones de Escocia e Inglaterra disputaron en Glasgow el primer encuentro internacional de la historia.

La nada desdeñable cifra de 4.000 espectadores se reunieron en el estadio Hamilton Crescent de Glasgow (estadio, por cierto, que sigue en pie y que alberga encuentros de criquet) para presenciar un decepcionante empate sin goles. Fue algo extraño en una época en la que se jugaba con 6 o 7 delanteros y, de hecho, hasta 1970 ambas selecciones no volverían a empatar sin goles. Las mujeres pudieron entrar gratis al estadio y el partido comenzó con retraso porque los ingleses llegaron tarde. Los 11 integrantes del equipo escocés pertenecían al Queen’s Park (entonces el mejor equipo de Glasgow) y jugaron el choque con la indumentaria del club, camiseta azul, pantalón blanco y medias rojas, que aún hoy siguen siendo los colores oficiales de la selección escocesa.

Para muchos historiadores este fue el encuentro que marcó el nacimiento del fútbol. Antes del encuentro los dirigentes de ambas federaciones se reunieron para determinar con que reglas se iba a disputar el choque. Por aquel entonces en muchas partes de Inglaterra se seguía practicando un híbrido entre pies y manos, ente fútbol y rugby, mientras que los escoceses ya se habían decantado por un juego basado en los pies. Tras varias horas de reunión decidieron jugar únicamente con los pies, con las reglas de 1863, es decir, se decantaron por jugar al fútbol.

Los escoceses habían perfeccionado el juego. Eran conocidos por ofrecer un buen trato con el balón, dar muchos pases y hacer un gran juego colectivo. Los ingleses preferían encarar por bandas y el ‘up and under’ (el patadón), un tipo de fútbol más individualista y que tenía su razón de ser en el rugby. Aquel primer encuentro acabó en empate, pero más pronto que tarde el fútbol de ‘passing game’ y ‘dribbling’ escocés triunfaría. Hasta 1890 la estadística era humillante para los ingleses, que sólo ganaron 3 veces y encajaron 11 derrotas contra Escocia, incluido un 7-2 en Glasgow (1878) y dos palizas en casa 1-6 (1881) o 1-5 (1882).

El juego propuesto por los escoceses, tan atractivo para el público, fue lo que hizo que el fútbol le ganara la batalla al rugby o al cricket por la supremacía mundial y que fuese aceptado y asimilado rápidamente en todos los puntos del globo. Los escoceses Charles Miller (nacido en Brasil pero de padre escocés), Jock Hamilton y Archie McLean fueron los que introdujeron el juego de toque y combinación en Brasil en la ciudad de Sao Paulo, donde estaban las fábricas derivadas del ferrocarril. Otro escocés, el profesor del instituto británico de Buenos Aires, Alexander Hutton Watson, es reconocido como el padre del fútbol argentino e impulsor del primer campeonato en Buenos Aires a finales de la década de 1880.

Escoceses también eran la gran mayoría de británicos que comerciaron en España en el siglo XIX, los cuales introdujeron el fútbol en nuestro país. La familia católica y escocesa Gordon montó un imperio bodeguero en Jerez y el también escocés Hugh Matheson consiguió la concesión para explotar las minas del Río Tinto cerca de la ciudad de Huelva. Fueron los trabajadores de las minas quienes fundaron el Huelva Recreation Club (Recreativo de Huelva) en 1889 cuyo primer presidente es el también escocés Charles Adams quien dirigía una empresa de gas en la capital onubense. Los escoceses (en las crónicas siempre confundidos por ingleses) fundaron los primeros clubes en Sevilla, Bilbao o Barcelona, ciudades con fuerte presencia de capital extranjero.

En los arrabales de Barcelona se crea una gran industria textil que atrae a numerosos escoceses y que contribuirá a que lugares como Sabadell o Terrasa pasen de ser pueblos a ciudades. En Barcelona, un día de 1898, el suizo Hans Gamper se acercó a las instalaciones del Gimnasio Tolosa para integrarse en su club de fútbol. El club estaba formado por escoceses y le denegaron el acceso, pero no por motivo de su nacionalidad, sino por culpa de sus creencias, ya que Gamper era protestante y el club estaba integrado por escoceses católicos. A finales de ese año Gamper decide crear su propio club de fútbol, en el que además de a suizos también permitirá la presencia a ingleses y a escoceses protestantes. Es el FC Barcelona.

Pero no habría que cruzar el Canal de la Mancha para seguir el rastro a los escoceses. Cuando en 1888 la Liga inglesa se pone en marcha se produce una avalancha de fichajes de entrenadores y jugadores escoceses, la élite del momento. Durante la década de 1890 el Aston Villa (Birmingham) se convierte en el gran club inglés al conseguir 5 títulos de Liga bajo dirección de un entrenador escocés. El Liverpool, que tomó el relevo del Aston Villa en el cambio de siglo, era conocido como el equipo de los `Mac’s’ porque la mayoría de sus futbolistas eran escoceses, y el Preston North End, el primer campeón de la FA Cup, tenía a ocho escoceses en su alineación inicial.

“La tragedia es que después de extender el fútbol de pase a todos los rincones del mundo, perdimos nuestro estilo. Enseñamos al mundo a jugar, y olvidamos luego como hacerlo nosotros”. Richard McBreathy, historiador escocés.

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