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The Boat Race (Oxford vs Cambridge)

Charles Merivale y Charles Wordsworth eran muy buenos amigos. Ambos pertenecían a la élite inglesa del momento y ambos eran unos entusiastas de los deportes que se estaban desarrollando en las universidades británicas en la primera mitad del siglo XIX. Merivale declinó una prometedora carrera como alto funcionario en la India para acabar sus estudios de historia y teología en Cambridge y acabar siendo el capellán de la Cámara de los Comunes en el Parlamento británico. Wordsworth terminó sus estudios en Oxford antes de tomar el mando como obispo de la Iglesia de Escocia, cuestión que ya venía predeterminada por su familia, dado que su padre había sido un afamado sacerdote y erudito.

El caso es que Merivale y Wordsworth se habían hecho amigos en la infancia cuando estudiaban en Harrow, un internado londinense de los más pomposos del momento. Allí, en la adolescencia, ambos participaron en los primeros partidos de cricket de la historia que enfrentaron al citado colegio con los también elitistas Eton o Winchester. En Harrow uno y otro se convirtieron también en entusiastas atletas y organizadores de continuas carreras contra el cronómetro.

Si bien los dos amigos tenían pensado estudiar en Cambridge, Wordsworth se decantó por Oxford porque contaba con un centro exclusivo dedicado a la teología cristiana. Así, esta pareja de colegas entusiastas del deporte dejaron de verse a diario, por lo que maquinaron una forma de mantener su sana rivalidad deportiva.

En 1829 Wordsworth le propuso a Merivale organizar una competición de remo de ocho miembros entre las dos universidades. Merivale se mostró entusiasmado y aceptó el reto. Ambos colectivos comenzaron un duro entrenamiento y una dieta que hoy consideraríamos estrambótica. Durante las semanas previas al duelo los remeros ingirieron día tras día filetes de ternera o de cerdo a tutiplén. Se descartó la ingesta de verduras al considerar que éstas no aportarían energía.

El 10 de junio de 1829 cientos de estudiantes se agolparon en la ribera del río Támesis, a unos 35 kilómetros de Oxford, para ver la primera regata de la historia entre las universidades de Oxford y de Cambridge. La victoria fue para los primeros y con relativa facilidad ya que además de Merivale, la Universidad de Oxford contaba con varios remeros experimentados. En aquella primera prueba los de Oxford remaron vestidos de azul oscuro y los de Cambridge de blanco con una banda rosa. Para la siguiente edición sustituyeron el blanco y el rosa por el azul esmeralda que mantienen hasta la fecha.

When Was the First Oxford and Cambridge Boat Race? | History Hit
Merivale (I) y Wordsworth (D)

A pesar del éxito hubo que esperar a 1836 para que se celebrase una nueva regata y a 1839 para que se disputase de forma anual sin interrupciones hasta nuestros días (guerras mundiales y coronavirus mediante). El motivo de ese trienio de parálisis estribaba en el lugar de celebración de la regata.

El río Támesis, el más importante de Gran Bretaña, recorre el sur de Inglaterra de oeste a este pasando por Londres antes de desembocar en el Mar del Norte. En su tránsito discurre a través de un canal por Oxford, pero no así por Cambridge, que se sitúa unos 150 kilómetros al noreste. Cambridge recoge su nombre del río Cam (‘Cambridge’ significa ‘puente del Cam’) que es afluente del río Ouse, el otro gran curso fluvial de Inglaterra.

Total, que los de Cambridge querían alternar el Támesis con el Cam y los de Oxford se negaban.  Los de Oxford argumentaban que eran la institución universitaria más antigua (1096) y que eran los que había tenido la idea de hacer la regata. Los de Cambridge, institución que fue fundada en 1209 por antiguos estudiantes de Oxford, argumentaban que eran la más prestigiosa (aunque ambas son fijas entre las 5 o 10 mejores del mundo, Cambridge siempre supera a Oxford) y que para que hubiese una carrera justa tendría que haber paridad.

Para evitar problemas se dispuso que la regata se celebrase en Londres. Concretamente entre Putney y Mortlake, dos barrios del sur londinense por donde fluye el Támesis. Decisión salomónica, dado que tanto Oxford como Cambridge están a un par de horas en coche de la capital. La prueba consta de 6 kilómetros y 800 metros río arriba, y aunque antaño discurría entre prados y campos de labranza. Hoy lo hace entre adoquines y edificaciones de varios pisos de altura. Un total de nueve hombres o mujeres (desde 1927) ocupan las embarcaciones a razón de ocho remeros y un timonel. Antes del inicio se lanza una moneda al aire y el ganador escoge por cual lado del río va a remar. No es decisión baladí, y no sólo por como sople el viento, sino porque quien escoja el lado norte tendrá ventaja en la primera y última curva, mientras que el del lado sur tendrá ventaja en la curva más larga del recorrido.

Regata Oxford-Cambridge - Wikipedia, la enciclopedia libre
La carrera

A fecha de este artículo, Cambridge cuenta con 84 victorias y Oxford con 80 triunfos. Tan sólo se ha registrado un empate. En la prueba de 1877 el juez dictaminó paridad entre los dos contendientes. Aún no había cronómetros y John Phelps, que así se llamaba el árbitro, no fue capaz de decidir qué universidad había ganado. La mayoría de la gente presente aquella mañana pensaba que había vencido Oxford, pero Phelps, de 70 años y ciego de un ojo, no se atrevió a afirmarlo.

Ha habido también hundimientos, como cuando en 1912, y debido a un terrible temporal, tanto la embarcación de Cambridge como la de Oxford acabaron en el fondo del Támesis. En 1978 volvió a suceder lo mismo, aunque en esta ocasión mientras que Cambridge pasaba a mejor vida, Oxford se recomponía y se alzaba con la victoria.

El punto crítico de la carrera tiene lugar en la curva de mitad de recorrido (la gran curva del lado sur de la que hablamos antes). Es entonces cuando ambas embarcaciones suelen tocarse y rozan cuchilla con cuchilla buscando las mejores corrientes del Támesis. Se dice que quien sale de primero en dicha curva llegará vencedor al final.

Una vez que los remeros desembarquen en Mortlake se entrega el trofeo, conocido con el nombre de ‘Boat Race Trophy’, a la universidad ganadora. Según la tradición es entonces cuando la escuadra vencedora tira su bote al río para celebrar el logro. Y luego, como toda buena tradición británica, hay una cena en la que a los vencidos les toca aguantar las bromas y la flema inglesa de los vencedores.

La regata Oxford-Cambridge no está en la agenda habitual de los consumidores del deporte fuera del Reino Unido, pero es sagrada en territorio británico. La BBC lleva retransmitiendo la carrera desde 1927 (primero a través de la radio y luego gracias a la televisión) y es seguida por cerca de 500 millones de espectadores tanto del Reino Unido como de los países que forman la Commonwealth. Es, y con diferencia, el evento deportivo amateur más seguido del planeta.

The Boat Race: La regata de Oxford vs Cambridge - Tour Londres
Duelo en el Támesis

Universidad de Oxford: Clement Atlee, Margaret Thatcher, Tony Blair, Indira Gandhi, Lawrence de Arabia, Rupert Murdoch, Lewis Carroll, Oscar Wilde, J.R. Tolkien, Adam Smith, John Locke, Thomas Hobbes, Albert Einstein o Tim Berners-Lee. Y celebridades como Rowan Atkinson (Mr. Bean), Hugh Grant o Rosamund Pike.

Universidad de Cambridge: Isaac Newton, Charles Darwin, Francis Bacon, James Watson, Alan Turing, William Talbot, Stephen Hawking, John Keynes, Lord Byron, Oliver Cromwell, Niall Ferguson o Bertrand Russell. Y celebridades como Hugh Laurie (Dr. House), Emma Thompson o Sacha Baron Cohen.

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El portero es negro, los centrales gabachos, la estrella es un moro y el que mete los goles es un sudaca ¡Pero daría la vida por mi equipo!

Somos egoístas y vagos. Esto no lo digo yo, lo dicen los antropólogos y los biólogos. Si hubiese que calificar al ser humano con un adjetivo éste sería el de perezoso. Somos perezosos porque hemos alcanzado la excelencia y hemos superado al resto de especies gracias a nuestro cerebro. Batiremos récords mejorando el físico, pero el físico debe ser ayudado por la mente. Pero es este un bucle pernicioso cuando escudriñamos el bien común. Si un vago coincide con un trabajador, el primero se aprovechará del segundo, sobrevivirá, obtendrá todos los beneficios y pasará sus genes a la generación siguiente. Al cabo de unos cuantos cientos y miles de años quedarían en liza sólo los más perezosos.

Pese a ello, en la naturaleza vemos que la cooperación reina en todas las especies. Desde los depredadores que pueblan las selvas hasta en las liliputienses colonias de hormigas. Y lo mismo sucede con los seres humanos. Somos perezosos y egoístas, pero si hemos evolucionado y progresado es gracias a la cooperación. ¿Cómo puede ser esto posible? La respuesta de la ciencia es simple: es una cuestión genética.

Si ayudas a tus sobrinos les irá mejor en la vida, y si les va mejor en la vida les irá mejor a tus genes. Esta idea fue desarrollada por el biólogo William Hamilton en una regla que él denominó rb>c (r es la probabilidad de que compartas genes con un individuo, multiplicado por b que es el beneficio que obtiene dicho individuo al ayudarlo, dividido entre c que es lo que a ti te cuesta ayudarlo). Según Hamilton si compartes con tu hijo 1/2 de genes y con tu sobrino 1/4 significa que debes pasar el doble de tiempo ayudando al primero que con el segundo.

Por eso tenemos descendencia. “Cuando un padre da algo a su hijo ambos ríen. Cuando un hijo da algo a su padre ambos lloran”, dejó escrito Shakespeare.

Como todas las teorías, la de Hamilton choca con la realidad. Igual es mejor pasar tiempo con el hermano de tu mejor amigo que con la sobrina con que la que apenas te ha dirigido la palabra en veinte años. Pero dicha teoría sí que sirve para explicar porque nos ayudamos los seres humanos cuando por definición somos unos perezosos.

Los antropólogos consideran que nuestros ancestros nómadas luchaban en grupos para conseguir alimentos. Esa cooperación entre tribus les permitía minimizar riesgos y ayudar a los jóvenes a prosperar. En esos grupos los lazos familiares podían existir o no, pero lo que si existía era un sentimiento de comunidad, de tribu, que fue base para la evolución de la especie. Cuando la agricultura y la industria, pero sobre todo el sistema de seguridad y sanidad de los Estados modernos sustituyeron a la tribu, los lazos grupales se fueron perdiendo en una tendencia que parece imparable.

Empero, el instinto a colaborar sigue presente a través de la solidaridad (que es un resultante de la traslación de la bondad religiosa) y a que la pertenencia a una misma tribu sigue codificada en nuestros genes en pleno siglo XXI.

De todos los vencedores de Copa de Europa que ha habido y que habrá, ninguno alcanzará el clímax de orgullo que obtuvo el Celtic de Glasgow de 1967. La totalidad de los miembros del equipo habían nacido en un radio inferior a 50 kilómetros de Glasgow. Todos y cada uno de ellos compartían aficiones, recuerdos, religión, acento, humor, valores y alguno hasta era novio de la prima de la tía de su madre. Es poco probable que el Celtic vuelva a ganar la Copa de Europa, pero, si lo hiciese, jamás volvería a hacerlo de una forma tan especial.

Celtic, historia de un campeón autóctono | Negre Sobre Blanc
11 colegas

Cuando el Manchester United salió victorioso en la Copa de Europa de 1999 con los ‘Fergie Boys’ (Butt, Giggs, Beckham, Neville, Scholes) o cuando el Barça arrasó como las huestes de Gengis Kan en 2009 con chicos de La Masía (Puyol, Iniesta, Xavi, Busquets, Valdés, Pedro, Messi) se celebró como una victoria de la cantera. Realmente era algo excepcional, pero ni siquiera esos chicos conformaban más de la mitad de la plantilla de sus equipos. Más aún. Muchos de ellos procedían de distintos puntos del país (o de otro continente como Messi) y sus raíces distaban mucho de ser parecidas.

Pero estos cambios en el mundo fútbol, acentuados desde la existencia de la Ley Bosman, no consiguen que nos volvamos menos forofos de nuestro equipo. Al contrario. En un mundo hiperconectado y en el que los referentes tradicionales se evaporan, un club de fútbol funciona como el eje vertebrador de la tribu. Quizás como el único eje que permite sostener a una comunidad. Son nuestros chicos. Jueguen tres partidos con nosotros, sean vendidos al cabo de una temporada o hayan militado en un odiado rival. Representan una identidad. Son chicos que debemos cuidar. Sea el portero negro, los centrales gabachos, la estrella un moro y el que mete los goles un sudaca. Defienden lo nuestro. Con genes o sin genes.

El Chelsea FC fue el primer equipo que en el año 1999 firmó una alineación sin ingleses (no ya sin canteranos londinenses). El RC Deportivo, en las catacumbas de la Segunda B, cuenta con más de 17.000 socios que ni siquiera pueden acercarse a Riazor y todo con únicamente seis canteranos de 22 fichas profesionales. A mediados del siglo XX los portugueses iban a Inglaterra a trabajar en las obras y en los hoteles, ahora van a jugar a los Wolves donde ya son mayoría. Y si Ramos no está, el brazalete de capitán del Real Madrid, santo y seña del fútbol español, lo llevan por este orden Marcelo, Benzema y Varane. Ah! Y aunque Ramos lleva una vida en la capital, conviene recordar que no es canterano.

Ni siquiera el inquebrantable y excesivamente orgulloso Athletic puede mantenerse fiel a sus  principios. Lo que antes eran vizcaínos, luego vascos y más tarde navarros pasan a ser ahora cualquier muchacho que en edad de formación grite ¡Aupa Athletic! Nunca fue tan real que los de Bilbao nacen donde quieren.

Resulta ciertamente sorprendente como hemos pasado de defender a un equipo de canteranos para luego ampliar el foco y buscar, salvaguardando nuestro compromiso, un nuevo requisito en la nacionalidad y así aceptar que un futbolista forme parte de nuestra tribu. Y aun así, si el equipo rinde, y sigue dando éxitos a la tribu, la procedencia y las raíces son indiferentes, y es entonces cuando nuestro compromiso pasa a ser multicultural.

Los seres humanos no podemos evitar establecer relaciones entre nosotros, sin tener en cuenta factores como la raza, la educación o la religión. Pero al ampliarse nuestras interacciones también lo han hecho los lazos sociales. Sigue existiendo, y existirá, el racismo y el egoísmo, pero quizás no existe mayor forma de implicación y de respeto al que no es parecido que incorporándolo a tu tribu.

Incorporándolo a tu club de fútbol.

Un día como hoy en 1999 el Chelsea jugó con 11 extranjeros e inauguró el  fútbol moderno | Deportes Premier League | TUDN Univision
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