juegos olímpicos

A los 50 años de la perfección

Fue un 18 de julio de 1976. Hace ahora medio siglo. Fueron 17 segundos de espera. Fue un momento de inspiración y coraje que ha trascendido los tiempos. Aquel día veraniego de 1976 una niña rumana alcanzó la inmortalidad. Tras un perfecto ejercicio de barras asimétricas y tras 17 largos segundos de suspense, el marcador electrónico de la marca Omega emitió un 1,00. Aquel aparato no estaba preparado para la perpetuidad.

10

Nadia nació en Onesti, en el interior de Rumanía. A los seis años ya practicaba gimnasia y con ocho años logró ser campeona nacional junior. Luego, con tan sólo 12 años, comenzó a entrenar con el prestigioso Bela Karoly en sesiones de ocho horas a razón de seis días semanales.

Eran otros tiempos. Rumanía era un país comunista dirigido por el ególatra Nicolae Ceauçescu. Como en cualquier otra nación al otro lado del Muro de Berlín, la gimnasia era objeto de respeto. Con la excepción de Japón en 1964 y de Estados Unidos en 1984, en todas las competiciones olímpicas desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la caída del comunismo el ejercicio de gimnasia artística de los Juegos Olímpicos será ganado por la Unión Soviética.

Atletas húngaras, rumanas o checas rivalizaban con las soviéticas. Para Moscú era una afrenta que un país satélite pudiese superarlas. La más grande de siempre era Larisa Latynina. Sumó 18 medallas olímpicas (nueve de oro) en tres Juegos Olímpicos diferentes, siendo la mujer más laureada en la historia del olimpismo. Latynina era la cara visible de un engranaje perfecto, pero en las distancias cortas era inferior a la checa Vera Caslavska (11 medallas, siete de ellas de oro).

Caslavska ostenta el récord de títulos individuales olímpicos y también es la única gimnasta del mundo que ha ganado el oro en todas las pruebas individuales; prueba general, barra de equilibrio, salto de potro, barras asimétricas y suelo. La hazaña de ganar en todas las pruebas no se ha logrado aún en la rama masculina. Aquello fue entre 1964 y 1968 y escoció en Moscú. Más aún porque Caslavska firmó un manifiesto a favor de la democracia. Eso le obligó a entrenarse en bosques usando ramas de árboles como si fueran barras de gimnasia, ya que le fue prohibida toda ayuda gubernamental para acudir a los Juegos de México 1968. Dio igual, Ganó y la URSS se conjuró para que no surgiera nunca más otra Caslvaska.

Así que la Unión Soviética, aun pensado siempre en el poder de la colectividad, diseñó a una joven estrella a la que le dejaron sonreír e incluso aprendió a llorar. Se llamaba Olga Korbut. Logró el éxito en 1972 e invirtió los cánones en la gimnasia artística. Korbut era insultantemente joven ya que apenas contaba con 17 años y pobremente medía 152 centímetros. Hoy parece normal, pero hasta entonces las atletas tenían más cuerpo y la puntuación se otorgaba en función de la elegancia. Korbut era una niña sonriente, ligera y dio importancia a las acrobacias por delante de la elegancia. Olga se convirtió en leyenda porque alguno de sus ejercicios acabarán siendo prohibidos por su peligrosidad. Lo que antes tenía que ver con el ballet, con la elegancia, ahora se iba al terreno de la técnica y el riesgo. Fue un soplo de aire fresco y hasta en Moscú decidieron abrir mínimamente la mano y permitirle hacer un par de anuncios publicitarios. Ocurrió que Olga cogió el brazo donde estaba la mano y llegaría a decir que el estadounidense Richard Nixon era una persona muy agradable.

Error.

Y entonces, cuando la revolución parecía haber finalizado, llegó ella.

Contaba con 14 años y 160 centímetros. Pero no era soviética. Era rumana. Se llamaba Nadia Comaneci. Había ganado el oro en los europeos del año anterior, pero la favorita era la rusa Ludmila Tourischeva. Hija de un mecánico, en su primera competición con apenas ocho años tuvo un error. Karoly, su recto entrenador, le echó un rapapolvo descomunal para que aprendiera a entender el fracaso. Hundida, desde ese instante aprendió a odiar los fallos hasta el punto de considerar corriente la perfección de sus ejercicios. Tal sería el grado de perfeccionismo que, tiempo después, cuando le pregunten por el famoso 10, llegará a confesar que jamás llegó a sentir nada especial, dado que entendía que simplemente había hecho bien su trabajo.

Creciendo con carencias alimenticias y basando su dieta diaria en botellas de agua y dientes de ajo, bajo unos entrenamientos draconianos y con insultos y vejaciones que antes se tenían por cotidianos y que en la actualidad serían denunciables, Nadia Comaneci se presentó en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976 como alternativa al dominio soviético. Se contaba con que ese momento tuviese lugar en 1980, sin embargo, la bomba iba a estallar en tierras canadienses. Competiría en las cuatro pruebas individuales; barras asimétricas, barras de equilibrio, suelo y concurso individual. También, por supuesto, en la competición por equipos junto a sus compañeras de la escuadra rumana. Consiguió una medalla de bronce en suelo y una de plata por equipos por detrás de las intratables soviéticas.

También consiguió tres oros. Uno en barra de equilibro y otro en el ejercicio individual.

Un tercero en asimétricas.

En la barra asimétrica, Comaneci combinaba técnica y precisión. Era diferente a todo lo visto anteriormente. Su concentración y sus movimientos eran tan coordinados que no se le movía ni el pelo del flequillo. El ejercicio incluye danza, gimnasia y acrobacia. Debe contener diez elementos diferenciados y un tope de cuatro seguidos en un plazo máximo de 90 segundos. Son dos barras flexibles situadas a diferentes alturas separadas por metro y medio y con apenas cinco centímetros de ancho. Nadia era perfecta en la barra. Toda precisión de sus movimientos desprendía balance y simetría en cada ejecución.

Nadia era estética, contaba con elegancia y una fuerza en los brazos que no era proporcionada ni a su edad ni a su altura, cambiando los cánones de la gimnasia para siempre. Aquel día deleitó al respetable con sus grandes giros. En su vuelo de salida su cuerpo está en tan perfecta sincronía que esa imagen sigue siendo una de las más bellas de la historia olímpica.

Comaneci ya había logrado un 10 el año anterior, pero en un torneo de exhibición. La nota se achacaba más como un cariño hacía una niña que otra cosa. Ocurrió que Nadia no tiró la puerta, sino que arrasó con ella. Aquel 10 volvió loco al sistema de computadores, pero también a la Federación Internacional de Gimnasia.  Hubieron de publicar una secuencia oficial movimiento por movimiento. Su histórico 10 consistió de, precisamente, 10 fases: salto de entrada al apoyo en la barra baja, balanceo y transición a la barra alta, molino gigante en la barra alta (muy novedoso por aquel entonces), pirueta sobre la barra alta, cambio de barra, serie de balanceos en la barra baja, nueva transición a la barra alta, balanceos de gran amplitud, preparación para la salida y salida mortal hacia atrás, con un aterrizaje simplemente perfecto. Sin errores, con unas líneas corporales perfectas, con las piernas y pies completamente estirados, un ritmo continuo, una gran amplitud en los balanceos y un aterrizaje clavado. A los jueces, basándose en el Código de Puntuación de la época, no les quedó otra que rendirse a Nadia Comaneci.

“El 10 me puso en el foco, pero creo que la palabra perfección es algo que sigue evolucionando. Es una escalera que nunca dejas de subir para llegar a tu mejor versión»; declararía la niña prodigio. El gobierno rumano debió pensar algo parecido. Aquel ejercicio gimnástico perfecto supuso un éxito de política exterior. Una fuente de legitimidad. Nadia era una heroína idónea para el consumo interno. Tanto fue así que, caído Ceauçescu, tanto tiempo después, la sociedad rumana todavía sigue lidiando con los problemas de conciencia de aquella pasión nacional por la gimnasia. Con el comunismo se forzó a las chicas hasta el límite hasta el punto de que en los años 80 se les llegaría a negar la comida durante días buscando la delgadez extrema. Nadia sufrió la fama. En lo personal sus padres acabarían divorciándose y su entrenador exiliándose a Estados Unidos. De cara al público se convirtió en un objeto de feria introvertido que apenas podía articular palabra cuando era exhibido como ganado por escuelas, fábricas y medios de comunicación de la órbita soviética.

En esos años Nadia Comaneci decidió saltarse todas las normas y se puso a comer. Tuvo un declive profesional, pero se rehízo para lograr dos oros más en los Juegos de Moscú de 1980. Contaba con 18 años. Para volver a ser competitiva tuvo que pasar por una tortura que le impedía andar tras cada sesión de entrenamiento. Meses más tarde decidía retirarse al llegar a la veintena.

Nadia 1976

En 1989, con 27 primaveras, resolvió escapar de Rumanía. Se le había relacionado sentimentalmente con el hijo de Ceauçescu. La realidad es que el acercamiento sexual había tenido lugar sin el consentimiento de la gimnasta. Pero el caso es que ese no fue el motivo de la marcha de Nadia. Ceauçescu padre, decidido a aumentar la tasa de natalidad de las rumanas, decidió confiscar para el Estado parte del sueldo de las mujeres que no tenían hijos. Nadia Comaneci, la niña 10, la heroína del pueblo rumano, no tenía dinero para pagar la calefacción. Junto a unos amigos caminó durante toda la noche hasta llegar a la frontera con Hungría. Una pareja de policías la reconoció y decidieron hacer la vista gorda. Una vez en Hungría tardaron unos días en acercarse a Austria en donde pidieron asilo político en la embajada de Estados Unidos.

Nadia Comaneci se nacionalizó estadounidense. Se casó, ejerció de entrenadora y ganó millones de dólares gracias a contratos publicitarios. Hoy es un miembro activo del Comité Olímpico Internacional. Y hoy, ayer y mañana, seguirá siendo la niña perfecta de la gimnasia.

El 10 eterno.

Nadia 2026

“En 1976 era demasiado joven para comprender aquel 10. La perfección no es algo permanente, tan sólo duro un instante (…) Podría haberlo hecho mejor, Pero, en esa época, lo que hice era mucho mejor que lo que hacía el resto y realicé algunos elementos que nadie había hecho antes”. Nadia Comaneci.

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El caso Tamara Crow

Tamara Crow Declerq nació en 1977. Profesora de Educación Física y licenciada en Comunicación y Sociología, mientras estudiaba se ganaba la vida como socorrista. Era en Berkeley, California. Era también buena deportista y lo intentó con éxito en distancias cortas. Ocurría que apenas pesaba 40 kilos, era menuda, y con su escasa musculatura no podía competir al alto nivel. Alguien le dijo de cambiar a la natación sincronizada y lo hizo con éxito. La selección de Estados Unidos, con Tamara en sus filas, quedó cuarta en el Mundial de 2001 y optaba a medalla para los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.

Resultó que la vida de Tamara cambiaría un 16 de febrero de 2003. En algún momento perdió el control del Nissan Pathfinder que conducía. Llevaba en el asiento de copiloto a su novio Cody Tatto y en la parte de atrás a un niño de doce años llamado Brett Slinger, al que Cody daba clases particulares y que en aquel momento estaba a su cargo. Viajaban de regreso a su vivienda de Walnet Grove en Minnesota procedentes de la estación de esquí de Sierra Nevada, sita en California. Nevaba con fuerza, Tamara perdió el control del vehículo, derrapó y se estampó contra un árbol. Tamara se rompió un brazo y se dañó la espalda, lesiones de las que se recuperó sin consecuencias.

Tanto Cody como Brett fallecieron en el acto. Cody, quien iba en la parte de atrás sin cinturón de seguridad, atravesó una ventanilla e impactó de lleno contra un árbol. Brett, quien iba como copiloto, golpeó su cabeza contra el volante antes de que una rama le atravesara el cuerpo.

Tamara y Cody

La investigación policial subsiguiente desveló que Tamara y su novio habían estado bailando y bebiendo toda la noche, para luego despertar a Brett a primera hora de la mañana, coger el coche y poner rumbo a Walnet Grove. Al parecer Cody era el que iba a conducir, pero había bebido tanto que le pidió a su novia que se pusiese al volante. Cody iba de reenganche, mientras que Tamara apenas había echado una cabezada de un par de horas antes de ponerse al volante a eso de las 5 de la mañana.

Tamara dio negativo en el control de alcoholemia. Según indicó sintió una fuerza que empujaba el coche con potencia en el momento del accidente. y argumentó en su descargo que, debido a la fuerte nevada, apenas sobrepasaba los 60 km/h. Sin embargo, un empleado de una gasolinera aseguró haberlos visto pasar minutos antes del accidente a mucha más velocidad. La policía forense certificaría también que el vehículo iba a una velocidad excesiva en el momento del impacto.

Mas de 1.000 personas acudieron al sepelio de Brett, preadolescente fallecido. Se renombró a su instituto como Brett Slinger y se retiró el número 11 que lucía en su camiseta de beisbol.

El juicio se celebró en enero del año olímpico. A escasos 200 días del inicio de los Juegos Olímpicos. Tamara Crow fue acusada de dos homicidios involuntarios y condenada a 90 días de cárcel, más tres de libertad vigilada y a indemnizar a los padres del niño con una cantidad ligeramente superior a los 30.000 dólares.

Las medallistas de 2003

La realidad es que Tamara no tenía que haberse puesto al volante al alba. La realidad es que ni siquiera tenía que haberse subido a ese coche. Había tenido una dura semana de entrenamiento y al llegar el fin de semana su novio se acercó junto al pequeño para recogerla, hacerle una visita y, de paso, disfrutar del sábado. No sólo ella salió de fiesta, también parte del equipo de sincronizada y hasta el entrenador se animó a tomarse una noche de desconexión. Brett, el pequeño de esta historia, y alumno de Cody en el instituto, se había animado al largo viaje con la promesa de pasar el fin de semana practicando snowboard.

El caso es que a instancias del Comité Olímpico de Estados Unidos y gracias a la influencia de la familia Crow (sus antepasados habían sido cargos de relevancia en el ejército), el juez aceptó aplazar el cumplimiento de la sanción hasta finalizar los Juegos Olímpicos. “El Comité Olímpico de Estados Unidos y la natación sincronizada tienen un código de conducta que no ha sido quebrantado. Un delito menor no constituye ninguna violación de dicho código. No ha ocurrido nada que impida a Tamara participar”.

Delito menor. Si. Homicidio involuntario. ¿Consecuencia? Dos fallecidos.

Se montó un pollo.

El padre del niño fallecido recorrió platós televisivos y cubrió páginas de periódico con declaraciones incendiarias en contra de la decisión. Estados Unidos se dividió en dos. Los que se apenaban por Tamara y los que clamaban por la injusticia de que pudiese disfrutar de la fiesta olímpica. “Con esta decisión la señorita Crow no paga suficiente por lo que ha sucedido. Ella no interrumpe su sueño olímpico, pero el de mi hijo, que jugaba al béisbol en Stanford y soñaba con llegar a las grandes ligas, sí”, declaró el afectado progenitor.

El juez decidió mantener su benevolente sentencia y dispuso que Tamara entrase en prisión en octubre, una vez regresase de Grecia. Así fue que Crow, junto al resto de sus compañeras y al son de la música de El Señor de los Anillos, ganó la medalla de bronce en Atenas justó por delante de la delegación española que finalizó en cuarta posición. “Durante estos meses lo único que he hecho es estar en la piscina tanto de día como de noche. No era por ganar una medalla en los Juegos, era porque es la única forma que tenía de sobrevivir. De lo contrario, simplemente me metería en la cama y lloraría”, declararía Tamara a los medios con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa.

Cumplida su pena, con una placa de metal en el brazo de por vida, Tamara Crow hubo de dejar la natación sincronizada. Fue al psicólogo, practicó buceo y abrazó a Jesucristo. Ha pedido perdón, pero nunca se declaró culpable, algo que ha hecho que la opinión pública estadounidense siga dividida en torno a aquella polémica sentencia.

Actualmente ejerce de entrenadora de sincronizada y vive una vida en completo anonimato.

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Los Juegos de la GANEFO

Se han celebrado los Juegos del Mediterráneo en la bella ciudad italiana de Tarento. Si usted no se ha enterado, no tiene de qué preocuparse. Entra dentro de lo razonable. Los JJ. OO del Mediterráneo se pusieron en marcha en 1951 bajo el auspicio del Comité Olímpico de Grecia y el beneplácito del Comité Olímpico Internacional (COI). La idea era celebrar una fiesta deportiva bajo la unión histórica, comercial, ideológica y cultural de todos los países bañados por el Mediterráneo.

Aquello tiene repercusión según el país. Si para Libia o para Albania un éxito en los Juegos del Mediterráneo es fiesta nacional, para otros como Francia o como Turquía es una nota a pie de página en el año deportivo. Lo cierto es que para países como España los Juegos del Mediterráneo eran una bombona de oxígeno en tiempos oscuros. Hoy, la representación hispana está plagada de meritorios, universitarios y segundos espadas. Con todo, siguen siendo una fiesta y permite que ciudades de tamaño manejable caso de Tarragona, Almería o la citada Tarento puedan llevar la fiesta y la parafernalia olímpica a un mayor número de ciudadanos.

Mediterráneo 2026

Los Juegos del Mediterráneo, como los Asiáticos o los Panamericanos, son aceptados e impulsados por el COI. No sucedió lo mismo cuando a finales de la década de 1960 se pongan en marcha los Games of de New Emerging Forces. Los Juegos de la GANEFO.

La cosa resultó que en Tokio 1964 compitió Alemania como un único país. A partir de entonces la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA) lo harían por separado. Tras la II Guerra Mundial el territorio teutón había sido dividido en una parte occidental, regida por un sistema democrático capitalista, y una oriental, controlada por una dictadura comunista. Sin embargo, esa separación era inexistente en el deporte. A partir de México 1968 la Guerra Fría también haría su aparición con la división de los alemanes.

Por entonces tampoco acudía China a la festividad olímpica. No era una novedad. Así había sido desde que Mao alcanzase el poder en 1949. China, por cierto, no se sumó a la rueda del olimpismo hasta 1984 en Los Ángeles rechazando acudir a la cita de 1980 en Moscú, apostando claramente como alternativa a la URSS y nunca como aliada. Tampoco acudía por entonces a los Juegos Olímpicos Taiwán, protestando por el hecho de que China no la reconociese como un ente independiente. Había pues, corrientes subterráneas que al calor de la Guerra Fría amenazaban con boicotear los Juegos. En 1962 el mundo estuvo por vez primera en situación de DEFCON 2, el nivel inmediatamente inferior al máximo del desastre nuclear.

La cosa estaba calentita.

En ese 1962 Indonesia había sido la sede de los Juegos Asiáticos y había desafiado al COI al excluir a Israel de los mismos, lo que hizo que los hebreos solicitasen su presencia en las instituciones deportivas europeas obviando que geográficamente están en Asia. Aquello fue una vulneración estrepitosa de la Carta Olímpica. India terció en el tema, ya que su embajador en Yakarta era miembro del Comité Olímpico, pero todo acabó con la precipitada huida del embajador cuando una turba rodee a la comitiva diplomática. La respuesta del COI fue suspender por perpetuidad a Indonesia, decisión sin precedentes.

Fue entonces cuando Indonesia dobló la apuesta. Convocó para 1963 la primera edición de los Juegos de la GANEFO. Entonces dirigía el país con mano de hierro Kusno Sukarno. No fue una broma. Concurrieron más de 2.000 atletas de un total de 51 naciones distintas, la mayoría de ellos con regímenes comunistas y muchos de los cuales habían alcanzado recientemente la independencia durante el proceso de descolonización. Contaron con el evidente apoyo económico de la República Popular de China. En su reto al COI, con su declarado antiimperialismo, el líder indonesio Sukarno convenció incluso a las selecciones universitarias de fútbol de Argentina, Chile y Uruguay y reclutó a deportistas de Angola, que por entonces aún era un ente colonial perteneciente a Portugal.

Inaugurados el 10 de noviembre de 1963, la duración de los Juegos de la GANEFO fue de doce días. Su desarrollo fue bastante confuso y anárquico por la falta de una carta que reglamentara y regulara el sistema de competición. Por ejemplo, el fútbol se resolvió con un cara o cruz tras la trifulca, publico incluido, en que acabó la final entre Arabia Saudí y Corea del Norte. China, que había sido la gran auspiciadora de estos Juegos que sustentó con una gran aportación de recursos y material, fue la gran dominadora con 66 medallas, doblando a los soviéticos, quienes habían enviado una delegación de segundo nivel para no indisponerse con el COI, que había amenazado con sancionar a los deportistas que participasen en ellos. Países capitalistas como Finlandia, Francia, Bélgica, Países Bajos o Italia también se sumaron a la iniciativa y decidieron enviar una delegación de deportistas, usando la misma táctica de enviar atletas de segunda fila ante la amenaza del COI de suspensión a perpetuidad.

El caso es que las amenazas no se cumplieron y todos los países participantes de los Juegos de la GANEFO también participaron en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. La única excepción fue Corea del Norte que decidió no acudir en muestra de solidaridad con Indonesia. No hubo más deserciones salvo la de Sudáfrica, país que no acudió al no querer enviar a una delegación multirracial como le sugería el COI.

GANEFO 1963

Los Juegos de la GANEFO nunca tuvieron continuación. Se proyectó una segunda edición para Egipto en 1967 y una tercera en Corea del Norte para 1970 pero nunca llegaron a celebrarse. El COI, bajo la presidencia de Avery Brundage, fue firme en su determinación de acabar con la deserción. Ayudó que el COI se abriera a repartir el pastel olímpico con las nuevas naciones y que éstas fuesen conscientes de que los Juegos Olímpicos eran la mejor forma de darse a conocer y de lograr reconocimiento social. También el Politburó de la Unión Soviética, por entonces superando ya a Estados Unidos en el medallero, comprendió que el deporte era la mejor arma para ganar la batalla de la Guerra Fría.

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Juanito Mühlegg

Resulta que el país más montañoso de Europa es Andorra. Dado que Andorra es un microestado con menos habitantes que la ciudad de Lugo, vayamos al siguiente de la lista. El país más montañoso de Europa es Armenia (1.792 metros de altitud media) y el siguiente es Georgia (1.432 metros). Como habrá quien diga que estos dos estados son europeos con calzador y lo mismo se dirá de Turquía (1.132 metros), diremos que la clasificación está liderada por Suiza (1.350 metros), seguida de Montenegro, Austria, Albania y España (660 metros).

Obsérvese que no hay ningún país escandinavo entre los más montañosos. Si que están entre los más ricos. Exceptuando casos similares al andorrano, véase Mónaco o Luxemburgo, el país con mayor renta per cápita de Europa es Suiza. Le siguen, por este orden, Noruega, Dinamarca, Países Bajos, Islandia y Suecia. España se encuentra en el 15º lugar de la tabla con Lituania pisándole los talones.

España es un país situado al suroeste de Europa, lo que le otorga una posición estratégica protegida por tres fronteras naturales que son el Océano Atlántico, los Pirineos y el Mar Mediterráneo. A pesar de ello posee un talón de Aquiles en el estrecho de Gibraltar, hito geográfico que ha sido paso de distintas civilizaciones con el transcurrir de los siglos. Sin embargo, el mayor desafío geográfico de España se encuentra en su interior. Hay extensas mesetas y sierras que abarcan gran parte del país. La mayor contrariedad es el Sistema Ibérico, región de las menos pobladas de Europa debido a su terrible complejidad geográfica. Esto ha llevado a que el 70% de la población hispana viva cerca de la costa aislada de Madrid (la capital). Coincide que el Sistema Ibérico, con forma de cuña y cercado por los Pirineos, es el que contribuye a separar a Madrid de dos de las puntas del triángulo influyendo al aislamiento cultural de unos territorios semiautónomos que son, como es fácil de adivinar, Cataluña y el País Vasco.

El caso es que es que el entramado montañoso de España adolece de dos condiciones; falta de nieve al ser un país sureño (dentro del hemisferio norte) y sin poderío económico (en comparación con el norte de Europa). Tan sólo las zonas pirenaicas catalanas pueden combinar ambos factores. No obstante, no son más que una pequeña muestra de la diversidad geográfica española. España suma únicamente 32 pistas de esquí. Suiza cuenta con 275 pistas. Austria presume de 392 estaciones de esquí.

Es fácil entender que en más de un siglo de existencia de los Juegos Olímpicos de Invierno la delegación española únicamente haya sumado dos medallas de oro. Fue el esquiador Paco Fernández Ochoa quien logró el éxito en Sapporo 1972. Ahora, en 2026, recién salida del horno, es la presea dorada en esquí de montaña de Oriol Cardona. Dos décadas más tarde que Paco Fernández Ochoa, sería su hermana Blanca quien se colgase una medalla de bronce en el cuello. Contamos también con una plata en snowboard de Queralt Castellet (2022) y un bronce en la misma disciplina de Regino Fernández (2018). Por último, una medalla de bronce más en 2018 gracias a Javier Fernández en patinaje artístico y otra también en 2026 de Ana Alonso en esquí de montaña.

Son siete medallas por las 197 que se han conseguido en los Juegos Olímpicos de Verano.

Es de entender que al inicio de este siglo el Comité Olímpico Español buscase un milagro.

La España blanca

En 1970 nacía en Suabia, una región alemana al pie de los Alpes, un niño al que pusieron de nombre Johann Mühlegg. El muchacho comenzó a practicar esquí de fondo desde muy joven con tal éxito que se proclamó campeón del mundo juvenil en la prueba de los 30 kilómetros. Participaría en los Juegos de 1992, en los de 1994 (fue cuando el COI decidió escalonar bianualmente los invernales de los veraniegos) y en los de 1998 logrando diploma olímpico en todos ellos en la disciplina de los 50 kilómetros de esquí de fondo.

Frustrado por rozar la medalla en hasta tres ocasiones, al parecer Mühlegg comenzó a tener desavenencias con la federación alemana de esquí. La cosa fue in crescendo hasta que a finales de 1998 Mühlegg decidió denunciar a su entrenador por daños morales. Hoy calificaríamos aquello de mobbing. Expulsado del equipo germano, Johann decidió buscar alternativas.

Como cualquier alemán con posibles, Mühlegg veraneaba en la costa mediterránea y no se sabe bien como recibió la visita del presidente de la federación territorial de deportes de invierno de Murcia….si….de Murcia. El caso es que a finales de 1999 la Real Federación Española de Deportes de Invierno hacía los trámites correspondientes para dotar a Mühlegg de la nacionalidad española. Automáticamente España contaba con una opción real de medalla para los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City de 2002.

Mühlegg

Capital del estado mormón de Utah y ciudad que debe su nombre a un gigantesco lago salado, Salt Lake siempre fue pertinaz candidata a los Juegos Olímpicos. La elección de una ciudad estadounidense parecía un hecho consumado, dado que las anteriores citas habían sido en Asia (Japón) y Europa (Francia y Noruega). Y sin embargo el escándalo estalló cuando se supo que los organizadores habían pagado estudios en universidades norteamericanas a hijos e hijas de federativos africanos para influir positivamente en el voto. Como suele ocurrir en estos casos, se cogió la escoba y se guardó todo debajo de la alfombra.

Acudieron más de 2.000 deportistas y el pebetero fue encendido por los integrantes de la selección estadounidense de hockey sobre hielo que en 1980 derrotaron a la Unión Soviética en un partido legendario que fue llevado a la gran pantalla bajo el nombre de ‘Milagro sobre el hielo’. En los 1.000 metros de patinaje de velocidad los cuatro primeros chocaron entre sí al borde de la línea de meta, lo que le dio la medalla de oro al australiano Steven Bradbury, quién en ese momento marchaba quinto. El biatleta noruego Ole Einar Bjorndalen ganó cuatro oros que sumará a los cuatro ganados en ediciones anteriores y que ganará en ediciones posteriores. Por último, la croata Janica Kostelic conseguirá tres oros y una plata en esquí alpino.

¿Y España? España acudirá a Salt Lake City con únicamente siete deportistas. Se espera que la esquiadora María José Rienda consiga un buen puesto, aunque únicamente una carambola le podría hacer subirse al pódium. Pero el as bajo la manga es Johann Mühlegg. Tras su nacionalización exprés había logrado el oro en 50 kilómetros y la plata en los 20 kilómetros en el Mundial de Esquí de 2001. Fue entonces cuando Johann pasó a ser conocido por prensa y aficionados como Juanito y ser adoptado como uno de los nuestros.

Para otros muchos no lo era. Su nacionalización fue duramente criticada por Paco Fernández Ochoa, el oro y mito del esquí español. A su juicio, la tarea de la Federación Española era fomentar el esquí en España y no el nacionalizar a posibles medallistas del extranjero. Los defensores argumentaban que precisamente las medallas ayudarían a impulsar los deportes de invierno en el territorio español. El caso es que no era extraño el asunto. En los Juegos Olímpicos de Verano de Sídney 2000 un total de 17 deportistas nacionalizados compitieron bajo bandera española. Así que Juanito era uno más en una tendencia imparable.

Por lo tanto, Juanito creó entusiasmo. Logró de forma consecutiva el oro en 30 kilómetros de esquí de fondo libre, 20 kilómetros persecución y los 50 kilómetros en estilo libre. ¡3 medallas de oro! La cara de Juanito con la baba congelada rodando por una montaña llena de nieve inundó las televisiones españolas en el invierno de 2002. Su sonrisa, su pelo rubio y su español macarrónico hacían las delicias de los periodistas. España era un clamor.

Juanito era uno de los nuestros. Juanito era un regalo caído del cielo.

¡Juanito!

Los entendidos avisaban entre líneas. Nunca había tenido resultados tan elevados y contaba con 32 años. No era un chaval que a base de entrenamientos hubiese mejorado su rendimiento. Era un deportista que ya tendría que haber llegado al cénit y que debía iniciar la cuesta abajo en su carrera. Su entorno era raro. Nunca convivió con otros miembros de la Federación ni residió en España. Vivía con su hermano y con una novia portuguesa en una cabaña en el interior de Brasil donde no había nieve ni se le aguardaba. Luego viajaba a Austria para entrenar, previo paso por Portugal, para luego desaparecer en semanas. Era todo muy extraño, pero se le consentía. Los resultados acompañaban y era lo único que importaba.

Y entonces saltó el escándalo. Menos de 24 horas después de lograr la tercera presea Juanito Mühlegg daba positivo por dopaje. Luego se sabría que Alemania lo había expulsado años atrás porque Mühlegg se había negado a ser controlado medicamente. Lo del mobbing era todo mentira. Lo cierto es que Juanito dio positivo por un alto nivel de darbepoetina, se le retiraron sus tres medallas de oro y fue suspendido dos años de la alta competición por dopaje.

La imagen de España en el concierto internacional fue vergonzosa. Por entonces el país ya tenía fama de encubrir el dopaje y aquello fue la gota que colmó el vaso. Juanito pasó a ser conocido para siempre como Johann y se le culpó de todo como si los federativos no tuviesen su parte de responsabilidad por dejarle hacer y permitir que Mühhlegg viviese fuera de España ajeno a controles médicos y entrenamientos.

¡Ay! ¡Juanito!

Pasados los dos años de sanción pretendió ser seleccionado para los Juegos de Turín 2006. Sus marcas, obviamente inferiores a sus mejores años, seguían siendo infinitamente superiores a las de cualquier otro fondista español, por lo que prontamente fue seleccionado. La Federación, increíblemente, aceptó el órdago, pero serían los propios deportistas españoles, ayudados por el altavoz de la prensa, los que abortaron lo que hubiese sido otro colosal error. Así que, con el rabo entre las piernas, Johann volvió a Alemania, dejó los esquís y años más tarde se instaló en Brasil. A orillas del Atlántico cambió los esquís por las tablas de surf y creó una inmobiliaria que construye casas turísticas en la costa brasileña para europeos que, como él, quieren dejar atrás su pasado.

“A caballo regalado… no se le miran los dientes”. Refranero español.

“El que no está contento con lo que tiene, no merece lo que desea”. Refranero español.

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Cuando Messi fue a los Juegos Olímpicos

El Real Madrid había ganado la Liga con holgura. Fueron 18 puntos de ventaja sobre un Barça que acabaría tercero. En Europa las cosas no le fueron bien a ninguno de los dos. El caso es que los azulgranas llevaban dos años sin hincarle el diente a trofeo alguno. Ese año el Madrid les había metido un 4-1 en el Bernabéu y luego, tras un empate sin goles en el Camp Nou ante el Getafe FC y una derrota ante el Madrid también en casa, hubo un levantamiento de los socios que proclamaron una moción de censura ante Joan Laporta.

Hubo más noes que síes ante Laporta, pero para descabalgar al presidente del caballo había que lograr 2/3 de los votos. No fue así. El 61% de los socios votó a favor de la moción de censura, números importantes pero insuficientes. Laporta recibió una bombona de oxígeno y decidió apelar a los sentimientos. Tenía cerrada la contratación de José Mourinho, antiguo ayudante azulgrana y por entonces sin equipo tras su exitoso paso por Porto y Chelsea. Cambió de idea como quien cambia de chaqueta. Tenía a buena parte de la masa social encima y decidió hacer de tribunero.

José Mourinho acabaría marchándose a vivir a Milán y Joan Laporta decidió ascender del filial a Pep Guardiola y convertirlo en entrenador del FC Barcelona. No creía en él, sin embargo, decidió seguir el consejo de Johan Cruyff, quien fue el que le convenció de dar el arriesgado paso. Laporta, fiel cruyffista (para Joan ni Guardiola ni Messi estarán nunca a la altura de Cruyff), decidió apostar por alguien que le haría ganarse al público…siempre y cuando hubiera resultados.

Guardiola entró en el vestuario con la guadaña preparada. No necesitó más que un par de días para darse cuenta de que la piedra angular para su proyecto era Lionel Messi. Exigió la marcha de Ronaldinho, Deco y Eto’o, los tres bicharracos que le habían dado la segunda Copa de Europa al Barça apenas dos temporadas antes. Laporta, atado de pies y manos, hubo de claudicar. Los dos primeros se marcharon por la puerta de atrás y Eto’o conseguiría hacer cambiar de opinión a Guardiola a base de sudor en los entrenamientos.

Entonces surgió un problema. Leo Messi fue convocado por la selección argentina para disputar el torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos de Pekín. Verano del 2008. Messi está loco por la música. Tiene veinte primaveras y sabe que es la única y la última ocasión de su vida para ir a unos Juegos. El Barça no tenía intención alguna de cederlo dado que se trataba de una competición del COI (Comité Olímpico Internacional) al margen de la FIFA. En estos casos los clubes ceden a jugadores sub-21 que o bien son promesas o bien no son trascendentales para el primer equipo. Ese no era el caso de Messi. Aquel verano le habían dado las llaves del castillo y su obligación era defender el escudo azulgrana contra viento y marea.

Messi se enfurruñó. Se empeñó en ir a Pekín. Estaba insoportable y no le dirigía la palabra a Guardiola. El asunto acabaría en los tribunales deportivos (TAS) con el silencio cómplice de la prensa barcelonesa. El TAS fue claro en su veredicto y le dio la razón al FC Barcelona, poseedor de los derechos sobre el jugador.

Aquello se enquistó de tal manera que Guardiola decidió reunirse con Laporta. Mejor un Messi feliz durante nueve meses que uno infeliz durante once mensualidades. Sería la primera vez de muchas en las que los deseos de Messi se excedan sobre lo deseado por el club.

Valdría la pena.

Messi viajó a China con la selección argentina. Eso sí, lo haría con un acompañante a tiempo completo del staff técnico del FC Barcelona. Se trataba de Pepe Costa cuya misión, primordialmente, fue la de vigilar la alimentación de Messi. Por entonces, Leo abusaba de las pizzas y de los asados, lo que le provocaba frecuentes problemas musculares. Si algo buscaba Guardiola era que Messi ascendiese tan a lo alto como Ronaldinho pero que no sufriese se brusca caída. Uno de sus primeros objetivos es que Messi pasase a controlar sus comidas. Leo recibió el OK apenas una semana antes del inicio de los Juegos. Voló a Barcelona desde Italia, donde el club había jugado un amistoso, para obtener el visado y puso rumbo a China previó acuerdo entre Argentina y el FC Barcelona de un seguro millonario que cubriese una posible lesión del astro sudamericano durante el torneo.

El oro de Lionel Messi

Argentina, vigente campeona olímpica, presentó un equipo extraordinario. Además de Messi estaban Lavezzi, Gago, Agüero, Di María y los mayores de 23 años Riquelme y Mascherano. Entrenaba Marcelo Bielsa. Messi anotó ante Costa Rica en el partido inaugural, para luego ganar a Costa de Marfil, Australia y Serbia. En cuartos eliminaron a Holanda y en semifinales tocó duelo ante Brasil. Ganaron los argentinos por 3-0 con dos de Agüero y un gol de Riquelme.

La final fue ante Nigeria. En 1996 los africanos habían tumbado sorprendentemente a Argentina en la que hasta la fecha es el gran triunfo del fútbol africano. En 2008 la victoria fue para los sudamericanos por 1-0 con tanto de Ángel Di María a pase de Leo Messi. Con el oro bajo el cuello, Messi fue a ver un partido de la selección estadounidense de baloncesto, le pidió un autógrafo a Kobe Bryant y cogió un vuelo a Barcelona con una sonrisa de oreja a oreja.

En Barcelona lo esperaban con los brazos abiertos. El Barça de Guardiola había perdido el primer partido de Liga ante el Numancia. Tardaría mes y medio en encaramarse a puestos de Liga de Campeones y no será hasta la novena jornada cuando alcance el primer puesto. A partir de entonces el éxtasis. El Barça ganó del tirón Liga, Copa, Copa de Europa, Supercopa española y europea y Mundial de Clubes. A esa hazaña se le dio en llamar el Sextete. Y la gesta tuvo a Lionel Messi como estrella. Se perdió el inicio de la competición y no obstante le bastaría para anotar 38 goles y dar 17 asistencias en 51 partidos de azulgrana entre Liga, Copa y Copa de Europa.

Al finalizar la temporada 2008/09 ganará el Balón de Oro con el mayor margen logrado frente al segundo clasificado.

Acabará sumando ocho.

Ya lo había dicho Guardiola; mejor nueve meses de un Messi feliz que once meses de un Messi enfadado.

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Cuando el primer caso de dopaje conocido

Cuando en 1896 se ponen en marcha los Juegos Olímpicos lo hacen con una prueba de nuevo cuño. De viejo cuño eran cinco. Tiro, esgrima, lucha, gimnasia y atletismo. Tal y como habían sido concebidos los Juegos en la Antigua Grecia. Dentro de la disciplina del atletismo, a los nuevos griegos se les ocurrió crear una prueba que tenía un cóctel que empezaba por lo mitológico, se barnizaba de histórico y contaba con tintes nacionalistas. Se trató de una carrera de 42 kilómetros bautizada con el nombre de Maratón, en honor a la batalla de dicho nombre en la que una coalición de fuerzas helenas venció a los invasores persas en el año 490 a.C.

Su origen se basa en la historia sobre el soldado griego Filípides, quien murió de un infarto provocado por la fatiga de haber corrido los aproximadamente 42 kilómetros desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa. En realidad, Filípides recorrió el camino hasta Atenas, donde descansó, y luego retomó la marcha hasta Esparta para pedir refuerzos, sumando otros 200 kilómetros al asunto. Dicha carrera, de un total de 246 kilómetros, también se realiza anualmente bajo el nombre de Spartathlon, aunque afortunadamente nadie ha tenido la osadía de incorporarla al programa olímpico.

El caso es que nunca antes se habían corrido 42 kilómetros en una prueba cronometrada. La primera vez tendría lugar en los aclamados Juegos de 1896. El coronel Papadiamantopoulos, cual Filípides a caballo, dio la noticia de que un griego iba en cabeza. Se trataba de Spiridon Louis, quien se proclamó el primer campeón olímpico de maratón tras casi tres horas de carrera, un tercio más de lo que lleva en la actualidad. De profesión aguador, en una Atenas que entonces no contaba con agua corriente, Spiridon Louis recibió como regalo por parte del rey de Grecia una mula y un carro para poder facilitar su trabajo. Con el tiempo, Louis conseguiría una plaza como policía y se le regalarán servicios como peluquería o zapatos gratis de por vida en mérito a lo conseguido.

Spiridon. El primer maratoniano

Y es que Spiridon Louis se convirtió en leyenda. Inmediatamente fue percibido que el espectador se embobaba a partes iguales por saber quién era el campeón de los 100 metros lisos y el vencedor en el maratón. El más rápido sobre la faz de la tierra y también el más resistente.

Para el año 1900 se clasificaron 19 valientes de cinco países distintos para disputar la maratón de los Juegos de París. El recorrido partía del Palacio de Versalles para finalizar en la antigua Lutecia, en un trayecto que más tarde repetirá varias veces el Tour de Francia para su contrarreloj final. Sucedió que como hacía un calor infernal se cambió el trazado el día anterior para recorrer en varias vueltas el Bois de Boulogne. Aquello no gustó. Hubo que descalificar a un francés que conocía el parque e hizo trampas saltándose varios tramos. A un estadounidense lo atropelló una bicicleta de un transeúnte, dado que la organización se había olvidado de acotar el bosque y avisar a la gendarmería para evitar la entrada de los lugareños. El ganador fue un tal Newton, también norteamericano, quien siguió corriendo una vez llegó a meta, dado que nadie le comunicó que había sido vencedor hasta minutos más tarde.

Pierre de Coubertin estaba apenado. Lo que fuera un éxito en Atenas se había tornado en fracaso en París. Tenían lugar ahora los Juegos Olímpicos de 1904 en Saint Louis, en el corazón de Estados Unidos. Volverán a ser descafeinados y, de hecho, sino llega a ser por el éxito de Londres 1908 es más que probable que el invento olímpico hubiese finalizado para siempre con el estallido de la I Guerra Mundial. Comentaba pues, que los Juegos de 1904 fueron un desastre organizativo y de público, a excepción hecha del maratón, cuya celebración empezaba a tener condición de leyenda por su condición de desafío descomunal para la condición humana.

El 30 de agosto de 1904 participan 32 valientes, de los cuales 19 son estadounidenses y 9 de ellos griegos. Es un duro trazado con subida a diferentes colinas y que tras cinco vueltas finaliza en el estadio olímpico. Todo el recorrido estará abarrotado de público. Única vez que ocurre en estos Juegos Olímpicos de Saint Louis.

En el kilómetro 15 un tal Fred Lorz decide retirarse y se sube a un coche de la organización. El vehículo se dirige al estadio para que Lorz pueda ducharse y recoger su ropa de paisano. No obstante, en un punto del recorrido, exactamente a siete kilómetros del final, revienta una rueda del coche, el cual queda varado en una cuneta. Lorz, ya descansado, comienza a caminar y más tarde a trotar. Los jueces son conscientes de lo que está a suceder, pero Lorz replica que únicamente va al estadio a recoger su ropa y que llegará antes trotando que si espera a un nuevo coche escoba.

Fred Lorz. El impostor

¿Qué sucedió? Lo que todos imaginamos. Lorz llegó al estadio, la gente comenzó a vitorearlo, y él alzó las manos proclamándose vencedor. No había información al instante. No había televisión y tampoco contábamos con la radio. Alice Roosevelt, hija del presidente Theodore Roosevelt, bajó del palco para felicitar al campeón.

El caso es que la voz de la conciencia surge en un momento dado y entre foto y foto Lorz se escapa al vestuario con la excusa de ir al baño. Allí se ducha, se viste y se escapa por una puerta de emergencia mientras el resto de deportistas empiezan a entrar en el estadio olímpico.

Quince minutos después llega Thomas Hicks, el verdadero vencedor, cual piltrafa y apunto de desmallarse. El público y la señorita Roosevelt no entienden nada. Mientras los jueces corren en dirección a los vestuarios para dar un escarmiento a Lorz quien por entonces ya ha tomado las de Villadiego. Al mismo tiempo, Hicks cruza la línea de meta y cae inconsciente.

Tardará tres horas en recuperarse.

La argucia de Lorz le causará una sanción a perpetuidad. Semanas después, ante el Comité Olímpico, se desguazará en excusas, soltará miles de lágrimas, pedirá indulgencia…y al año siguiente correrá y ganará el maratón de Boston.

Entre el desastre de 1900 en el Bois de Boulogne y la argucia de Lorz parecía que el maratón olímpico estaba herido de muerte… pero contábamos con Hicks, el héroe que había logrado el oro para luego caer inconsciente en la línea de meta.

¿Quién era Thomas Hicks? Nacido en 1876 en Inglaterra, había emigrado de niño a Estados Unidos donde ejercía como trabajador febril y payaso de circo a partes iguales. Conseguirá una beca deportiva en la YMCA de Cambridge debido a su infatigable labor como atleta.

En la maratón de Sant Louis, Hicks va en cabeza desde la tercera de las siete vueltas al circuito. El sol aprieta y los caminos sin asfaltar hacen que el polvo se introduzca en los ojos y en las bocas de los atletas provocando una molesta sequedad. A la altura del kilómetro 24, Hicks nota que sus piernas comienzan a flaquear. Su entrenador, desde el coche de la YMCA, le da un vaso con una clara de huevo. No es suficiente. Tiene que parar. En ese momento se acerca al vehículo y una jeringuilla asoma tras la puerta del bólido. Le inyectan un gramo de estricnina, sustancia que estimula el sistema nervioso.

Sigue.

Llega el kilómetro 29. Nueva crisis. Dos claras de huevo con agua extraída del radiador del coche. Nada. Lo remolcan en una pendiente tirándole de los brazos mientras su entrenador saca una mano por la ventanilla agarrándole de la muñeca.

Tampoco.

En el kilómetro 34 Hicks se para. No puede más. Va a abandonar. Le inyectan otro gramo de estricnina y le animan a continuar dado que va en cabeza. Tiene un amago de desmayo y pone las manos en el suelo, pero lo levantan y continuará corriendo hacia la meta.

Llegará a meta entre empujones y ánimos y como moribundo, pero se proclamará campeón olímpico con un tiempo notablemente superior a los registrados por los hasta entonces únicos dos vencedores olímpicos del maratón.

Como comenté líneas atrás, se tardaron tres horas en reanimar a Thomas Hicks. El médico que lo atendió advirtió de que una tercera dosis de estricnina le hubiese causado la muerte.

La estricnina es un estimulante.

También es la base química para elaborar los raticidas.

Aquel fue el primer caso de ayuda química registrado en el deporte.

El primer campeón olímpico dopado.

A partir de su caso se establecieron las primeras, aunque muy ligeras, medidas contra las sustancias químicas en el deporte.

Thomas Hicks. Remolcado.

P.D: Cuarto clasificado finalizó un cubano llamado Félix Carvajal. Pobre, de apenas 155 centímetros de altura, mendigó en su La Habana natal para costearse un pasaje a Estados Unidos. Llegó a Sant Louis como polizón en vagones de ganado, robando fruta para comer y ayudado por buenas gentes. Corrió con un pantalón de trabajo y sin camiseta. Se convirtió en un héroe y Coubertin pagó de su bolsillo el pasaje de vuelta a Cuba en donde fue recibido con vítores y ejerció de cartero hasta su fallecimiento.

El Comité Olímpico Internacional explotó en los años siguientes la historia de Félix Carvajal hasta la saciedad y ocultó lo máximo posible el nombre de Thomas Hicks como campeón olímpico.

Hicks fue el primer dopado y también el primer proscrito.

Otras historias del maratón

Apuntes sobre el maratón (datos y curiosidades de la prueba de resistencia por excelencia)

El rey descalzo (la increíble historia de Abebe Bikila)

La locomotora humana (Emil Zátopek y su increíble triplete en Helsinki 1952)

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El ciego que le daba al centro de la diana

El poder, para reafirmarse, contaba con elementales redes de comunicación y reducidos comandos militares centralizados. El soberano, cuando deseaba mostrarse como rey, asignaba tierras muy alejadas de su corte a sus mejores guerreros exigiendo lealtad y protección militar cuando fuese necesario. Esa fue la base del feudalismo. Con esos mimbres derivó la idea de que para ser soldado se debía pertenecer a la alta sociedad.

Ser un caballero medieval.

El caballero era una persona lo bastante acaudalada como para construir un castillo para él y su familia, comprar y mantener caballos para su personal auxiliar y poseer tierras que alquilar a campesinos a los que poder reclutar en nombre de Dios y del Rey. La iconografía clásica de las batallas medievales se reduce a contingentes minúsculos formados por caballeros bien pertrechados y donde la armadura y las armas son mejores en cuanto más fluye el dinero. Así fue durante lo que damos en conocer la Edad Media. Si en la Edad Antigua las grandes formaciones de infantería camparon a sus anchas, es el medievo el tiempo de la caballería.

Ocurre que a partir del siglo XIII en Europa se fueron formando pequeñas ciudades por motivos que aquí no vienen al caso. En ellas surgen profesiones liberales. Son burgueses. Con el tiempo ciudadanos. Gentes que no son adineradas, pero que tienen cierta libertad. Gentes que ven al rey como máxima autoridad, lo que es utilizado por el monarca para no depender de los nobles y conseguir de este modo el poder absoluto. El problema para el rey es que si prescinde de los caballeros, debe volver a optar por la infantería. Y a la infantería hay que armarla.

Un caballero necesitaba un equipo completo y dos monturas, dado que una de ellas hacía de animal de carga y acompañaba a sus sirvientes. La parte más pesada e incómoda era el yelmo del que había que desprenderse en el combate cuerpo a cuerpo para optar a mayor movilidad. Con el tiempo, lo que era un escudo y una espada, se convirtieron en unos treinta kilos de peso dispuestos al combate.

Será entonces cuando resurgen del olvido las ballestas o los arcos y se crean las alabardas. Son débiles, pero los caballeros se han armado tanto y han perfeccionado tanto su armadura que son pesados. Muy pesados. Y los caballos no pueden con tanto peso. Poco a poco, de forma casi imperceptible con el paso de los años, se han vuelto inexpugnables, pero también lentos. Lentísimos.

Y llegamos así a 1415.

El arco no había sido modificado en miles de años de historia. Era un instrumento pobre y fácil de producir en comparación a una espada. No obstante, los ingleses, en algún momento del siglo XIII, crearon un arco largo de dimensiones superiores a la altura del arquero. Era un arco menos potente, que requería cuidados cuando no estaba en uso, pero que, como ventaja, permitía la carga y el disparo de flechas a mayor velocidad. Los arcos largos eran capaces de atravesar una cota de malla a 200 metros de distancia.

En 1415 los ingleses desembarcaron en Francia. Comenzaba el momento decisivo en la larguísima contienda entre ingleses y franceses que se dio en conocer como Guerra de los Cien Años. Antes de llegar a Calais, se encontraron con un cuello de botella en un aldea ubicada entre dos frondosos bosques llamada Azincourt, donde se encontraba el grueso del ejército francés. El 25 de octubre de 1415 lo mejor del ejército francés recibiría a los invasores. Los franceses cuadriplicaban en número a los bretones. No sólo eso. Francia había dispuesto a 12.000 caballeros y los ingleses no contaban ni con un millar. Por el contrario, había unos 5.000 arqueros ingleses sobre el terreno, mientras que los franceses habían prescindido completamente de ellos.

La formación inglesa se puso en movimiento al alba, se situaron a unos 250 metros del enemigo, plantaron una estaca en el suelo con la punta afilada para protegerse del cuerpo a cuerpo e iniciaron una lluvia de flechas hacia el cielo para que los proyectiles describiesen un arco infinito. Los franceses intentaron contestar cargando con la caballería, pero las estacas, el suelo embarrado y la lentitud frente a la lluvia de flechas, impidieron un contraataque efectivo.

Morirían más de 10.000 franceses frente a apenas 1.500 ingleses. Carlos VI de Francia hubo de ceder el trono de Francia a Enrique V de Inglaterra. Comenzó entonces una guerra civil que aún se alargaría un par de décadas más.

Pero ya por entonces la caballería había dado un paso al lado. Azincourt fue el fin del medievo militar. Los arqueros eran ahora los admirados y se iniciaba una nueva era comandada por la infantería.

Azincourt. 1415

Y así se nos ha contado la Historia. Al menos a este lado del planeta. En Oriente la Historia es otra. En Oriente el arco nunca perdió su importancia. Es cierto que las hordas esteparias tenían en la caballería su razón de existencia, no obstante, poderosos imperios se mantuvieron en pie gracias a los arqueros. Ese es el caso de Corea. Los coreanos crearon murallas y torres vigías en la que instalaron a arqueros profesionales para defenderse de los mongoles. Lo hicieron con éxito. No sólo eso. Sus nobles sustituyeron el yelmo y la coraza por el arco y las flechas y se convirtieron en expertos arqueros a caballo. Así se defendieron desde que hay registros y a finales del siglo XIV, antes de Azincourt, Taejo de Joseon, un tirador de élite de tiro con arco, se convertía en rey de Corea.

Luego los japoneses invadieron Corea. De una forma u otra gobernaron Corea en los siguientes siglos hasta el fin de la II Guerra Mundial. Los japoneses lograron la hegemonía a través de su superioridad naval y numérica y con el uso maestro de la espada. De esta forma, el arco con flechas, símbolo coreano, quedó arrinconado y luego olvidado con la proliferación de la pólvora.

— IM DONG-HYUN — 

Pero el tiro con arco volvió. Y volvió con los Juegos Olímpicos. Su primera aparición tuvo lugar en 1900 coincidiendo en el tiempo con los incipientes movimientos independentistas en Corea. Estuvo en vigor en las siguientes tres ediciones para volver definitivamente en 1972. Desde entonces Corea (del Sur para ser más exactos) es la completa dominadora de la disciplina. Cuando se nombre a Seúl como sede olímpica de 1988 se preparará un programa de captación infantil con jornadas de 14 horas diarias de entrenamiento para lograr la excelencia entre la excelencia. No es de extrañar pues que Corea del Sur lidere el medallero histórico olimpico en tiro con arco doblando en metales a Estados Unidos y sextuplicando a rivales asiáticos como China o sus odiados vecinos japoneses. Entre sus leyendas está Kim Woo-Jin ganador de cinco medallas de oro entre los Juegos de 2016 y 2024 y que espera ampliar palmarés en 2028.

No es de extrañar que las pruebas clasificatorias para los Juegos Olímpicos sean al menos tan duras como la propia competición olímpica. Al igual que ocurre con los velocistas jamaicanos o estadounidenses, los arqueros coreanos deben pasar por unas rondas clasificatorias durísimas en las que corren el riesgo de quedarse sin sueño olímpico. Es normal, dado que igual hay cinco o seis arqueros entre los diez mejores del mundo, pero únicamente tres de ellos pueden acudir a los Juegos dado que hay cupo limitado por nacionalidades.

Y entre todos estos fenómenos tenemos a Im Dong-Hyun.

Nacido en 1986, apenas un par de años antes de los Juegos Olímpicos de Seúl, empezó a practicar tiro con arco a los diez años de edad. Su progresión fue meteórica y con 18 años ya era olímpico y lograba una medalla de oro por equipos. Era Atenas 2004. Después, en Pekín 2008, logaría otro oro y en Londres 2012 se retiraba de la competición olímpica con un bronce. Por el camino se proclamó campeón mundial en 2007 y en 2017 justo antes de abandonar el deporte profesional.

Un palmarés extraordinario. Y mucho más cuando consideramos que Im Dong-Hyun es prácticamente ciego. Concretamente cuenta con el 10% de visión en su ojo izquierdo y el 20% en su ojo derecho. Comenzó a perder la vista de niño por culpa de una enfermedad rara y a los 15 fue declarado oficialmente ciego.

Im Dong-Hyun es incapaz de leer a media distancia, no distingue las letras del ordenador salvo que clave los ojos en el teclado y no se le está permitido sacar el carnet de conducir. Im Dong-Hyun debería competir en los Juegos Paralímpicos y sin embargo fue campeón olímpico ante la incredulidad general.

En la competición de tiro con arco la diana está situada a unos 70 metros del arquero. Para hacernos una idea representa unas tres cuartas partes de un campo de futbol, algo así como desde tu portería hasta el inicio del área rival. La diana tiene un diámetro de 122 centímetros y el centro, el círculo donde se obtiene una puntuación máxima si se acierta de pleno, cuenta con un diámetro de 12’2 centímetros. Volvamos al símil del campo del fútbol. Es como si en el vértice del área grande del campo rival colocamos una diana e intentamos impactar en el centro que tiene el mismo diámetro que un plato de postre. Es decir, darle con una flecha a un plato de postre situado a 70 metros de distancia.

Im Dong-Hyun no usa la vista. Usa el instinto. Y el pulso. El pulso lo tiene intacto. No distingue los números y mucho menos los números que separan la diana. Percibe colores “como una masa diluida en el agua”, según sus propias palabras. Ocurre que esencialmente distingue el amarillo, el cual resulta ser el color del centro de la diana, el color de la puntuación máxima. Dong-Hyun hace del defecto una virtud, y enfoca su escasa visión al único color que es capaz de distinguir, buscando siempre el amarillo y con ello yendo siempre en busca de la matrícula de honor.

En su día los federativos le ofrecieron un perro lazarillo. Se negó en rotundo. Luego intentó competir con unas gafas de dioptrías exorbitadas. Lo intentó, pero le resultaban incómodas. Acabó aceptando usarlas de cuando en cuando para su vida diaria, pero jamás para competir.

Cuando a Im Dong-Hyun le preguntan como lo hace recuerda a su padre. Y recuerda las palabras que su progenitor le dedicó el mismo día que un papel gubernamental lo declaró ciego en plena adolescencia:

“Llevas practicando desde los diez años. Has sido arquero durante cinco años y eso es mucho tiempo en la vida de una persona como para abandonarlo todo ahora. Intenta recordar lo que sentiste la primera vez que disparaste una flecha con un arco y vuelve a disfrutar. El tiempo es demasiado valioso como para darse por vencido.”

Im Dong-Hyun

Kim Woo-Jin, el ídolo nacional de los cinco oros olímpicos antes citado, tiene el récord del mundo en el mundial de tiro en lanzamiento de 72 flechas con 700 puntos sobre 720 posibles. Le quitó el récord a Im Dong-Hyun quien contaba con 699 puntos, o lo que es lo mismo, un 97% de eficacia en el lanzamiento.

En el reino de los ciegos, el arquero fue el rey.

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La locomotora humana

1922. Grandes orejas y raquítico esqueleto. Todo unido por el cuello a su cabeza hacia que Emil pareciese un chupa chups. Ni tenía un cuerpo destacable ni tampoco era especialmente aplicado con los libros. Era anodino. Uno entre tantos. Un niño nacido en la Europa de entreguerras, en un lugar llamado Koprivnice, en el año 1922. Aquel pueblo estaba situado en Checoslovaquia, una entelequia de país que apenas contaba con tres años de existencia. Aquel niño, hijo de carpintero, se llamaba Emil. Emil Zátopek. No había evidencia alguna de que ese niño se pudiese convertir en un gran deportista. Era enérgico y gustaba de ir corriendo de la escuela a casa en competición con otros niños. Poco más. Jugaba al fútbol por convención social, pero no le resultaba especialmente interesante. No había talento alguno que desarrollar porque no había talento alguno que descubrir.

1936. Parece ser que con motivo de las fiestas del pueblo el preadolescente Emil se apuntó a una carrera alrededor de la villa. Según se cuenta el recorrido era circular y contaba con aproximadamente un kilómetro de longitud. Resultaba vencedor aquel que lograse completar más vueltas antes de retirarse. Era pues una prueba de resistencia y no de velocidad. Niños y no tan niños comenzaron a trotar. Alguno corrió dos o tres vueltas, unos cuantos seis o siete y hubo uno que llegó a las diez. Sólo quedaba Emil. Ya había ganado. Pero siguió corriendo. La tarde iba transcurriendo mientras vecinos y más vecinos hacían su aparición para aplaudir vuelta tras vuelta al pequeño Zátopek. Cuando contaba con 13 giros lo mandaron parar. Lo hizo a regañadientes. Al día siguiente hizo el mismo recorrido por su cuenta. Sus hermanos mayores afirmarían que llegaría a dar 30 vueltas.

1938. Checoslovaquia fue dada en bandeja de plata a Hitler meses antes del inicio de la II Guerra Mundial. Tenía Emil 16 años. Hubo de ponerse a trabajar en una fábrica de zapatos que pronto cambiará los tacones y las zapatillas por las botas militares al servicio del ejército alemán. Emil se salva de un reclutamiento forzoso por su condición de atleta. Es llevado de un lado a otro en carreras de exhibición para el beneplácito de los mandamases. Lo hace sin entrenar. Ni le dejan en la fábrica ni tampoco su padre, quien le pide que se centre en trabajar y en obedecer a sus superiores. Lo de dedicarse al atletismo se convierte en una entelequia.

1945. Todo cambia en 1945. Checoslovaquia vuelve a ser un país. Emil cuenta con 23 primaveras. Goza de buena salud. Su país no. Ya no es la Checoslovaquia de antes de la guerra. La democracia ha sido sustituida por la dictadura del proletariado. Las autoridades comunistas apuestan por el deporte como forma de convencer al mundo de las bondades del sistema. A Emil lo sacan de la fábrica y le obligan a entrar en el ejército. Lo inscriben en el Dukla Praga, el conjunto de los militares. Tendrá consideración de suboficial a cambio de dedicarse en cuerpo y alma al atletismo. En contraprestación debe dar triunfos y gloria a la Checoslovaquia comunista. O todo o nada.

1948. A Emil Zátopek lo mandan a los Juegos Olímpicos de Londres. Es el actual plusmarquista checo en 10.000 metros. Pero no es favorito. Es un completo desconocido. A mitad de carrera va instalado en el grupo. Entonces acelera la marcha y empieza a adelantar rivales a los que va dejando atrás uno a uno, cual locomotora desengancha sus vagones. La locomotora humana gana la medalla de oro logrando un nuevo récord olímpico y aventajando al segundo clasificado en más de 50 segundos. En la carrera de 5.000 metros Zátopek logra la medalla de plata al perder el sprint final ante el belga Gaston Reiff. Aquel éxito lo convierte en una celebridad. Batirá el récord mundial de los 10.000 metros cuatro veces consecutivas en cuatro años seguidos. Zátopek tiene carta libre para dedicarse a los entrenamientos. Son años de cambios. Zátopek estaba en medio de la revolución del entrenamiento por intervalos que estaba modificando drásticamente el entrenamiento deportivo a mediados del siglo XX. Pero mientras que el adiestramiento por intervalos se centraba en mezclar series de carreras ligeras, medias y duras, Zátopek solo conocía una configuración; dura. En sus primeras excursiones por el bosque, Emil simplemente corría, explorando en lugar de entrenar de forma concentrada. Pronto se cansó de matar el tiempo sin un objetivo. Una sesión típica implicaba veinte series de 200 metros y otras veinte de 400 metros. Después de ello, sumaba otros 10.000 metros en carrera. Así todos los días. Zátopek no usaba cronómetro. Las unidades que le interesaban medir eran las del esfuerzo. Muhammad Ali comentó una vez que, cuando hacía abdominales, solo empezaba a contarlos cuando empezaban a doler porque era los únicos que contaban. Zátopek era de la misma opinión. “En el límite entre el dolor y el sufrimiento es donde se separan los hombres de los niños”, diría en cierta ocasión.

17 de julio de 1952. Dos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos, Emil Zátopek está en el aeropuerto de Praga junto a Dana, su esposa y lanzadora de jabalina, y el resto del equipo checoslovaco. El avión pone rumbo a Helsinki donde tendrán lugar los Juegos Olímpicos. Quien no está es Stanislav Jungwirth (apodado Jogurt). Al compañero de entrenamientos de Zátopek se le habían negado las credenciales para abandonar el país. Su padre estaba en prisión por oponerse al régimen comunista y, aunque le habían prometido a Zátopek que no habría consecuencias para su hijo, finalmente el gobierno checo decidió impedir el vuelo de Jogurt para evitar que desertase. Meses antes, de hecho, ya se había arrestado a varios integrantes del equipo de hockey sobre hielo (vigentes campeones mundiales) por miedo a más deserciones. Zátopek fue claro y rotundo; o Jogurt viajaba a Helsinki o Zátopek se quedaba en tierra. Cogió su chándal de entrenamiento, le pidió a Jogurt el suyo y entregó ambos a un alto funcionario del Ministerio de Deportes. Inmediatamente se fue a entrenar y dijo que no lo molestaran hasta que le devolviesen el pasaporte a Jogurt.

19 de julio de 1952. Ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Toda la prensa internacional pregunta por Emil Zátopek. Una inoportuna lesión le impide estar en Helsinki, pero se confía en que esté listo para el día que se celebre la carrera de 10.000 metros. Esa es la versión oficial. Lo cierto es que Emil está en rebeldía. A su esposa Dana la aíslan en una habitación y le prohíben mantener contacto con nadie. Finalmente, el Partido Comunista Checo acepta que tanto Zátopek como Jogurt viajen a Helsinki. Eso sí. Hay advertencia para Zátopek. Se le exige el oro tanto en 5.000 como en 10.000 metros, al ahora ascendido a capitán del ejército checoslovaco. O el todo o la nada. En el mismo ascenso estaba el riesgo. Podría volver convertido en héroe o acabar olvidado y aislado en una penitenciaria.

20 y 24 de julio de 1952. En un plazo de ocho días Emil Zátopek iba a realizar un desafío nunca antes intentado, nunca después pretendido y nunca jamás conseguido. Primero fueron los 10.000, en los que vence con suficiencia por delante del francés Alain Mimoun, quien también había sido plata cuatro años atrás. Cuatro días después tienen lugar los 5.000 metros. Cinco corredores llegan a la última vuelta con opciones de medalla. Reiff, vigente campeón, lanza una carga final que pronto es contestada por Zátopek, Mimoun y el alemán Shade. En ese momento Zátopek marcha cuarto con su zancada desgarbada, boca abierta y cabeza echada. Los otros, con un paso académico, marchan por delante. Pero la victoria aún estaba al alcance de la locomotora checa. Los demás se estaban cansando. Los demás no tenían esas 40.000 vueltas rápidas en sus piernas. Los demás podían ser derrotados. Al entrar en la curva final, había cerrado la brecha. A mitad de la misma Zátopek lanzó un nuevo ataque, pasando por delante de sus tres rivales en una agonizante confusión de brazos agitados y piernas golpeando. Mimoun y Schade respondieron, y durante una tentadora fracción de segundo, los tres estuvieron uno al lado del otro…hasta que Emil vuela hacia la meta, gana el oro y establece un nuevo récord olímpico.

27 de julio de 1952. Tras ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, Emil Zátopek se dispone a completar un maratón. La primera vez en su vida en la que correrá un maratón. Con el número 903 sobre el pecho, el checo pretende completar algo extraordinario. Son un total de 66 atletas representado a 32 países por un circuito al norte de Helsinki. En los primeros diez kilómetros un grupo de 9 escapados aventaja a un pelotón donde se mantiene impertérrito el bueno de Zátopek. A media maratón, Zátopek alcanza la tercera posición tras Jim Peters y Gustaf Jansson. Al rebasar el kilómetro 32 empieza a balancear su cabeza en su muestra de esfuerzo característica para colocarse líder y llegar diez kilómetros después ganando el maratón con dos minutos de ventaja sobre el argentino Reinaldo Gorno, segundo clasificado. 70.000 personas aclaman en pie a un Zátopek que acaba de ganar su tercera medalla de oro y quien recibe el abrazo de Dana nada más cruzar la línea de meta. Su esposa, por cierto, había ganado el oro en lanzamiento de jabalina horas antes.

Zátopek en cabeza

1956. Con 34 años Zátopek intentó defender su medalla de oro en maratón en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Había sido campeón de Europa de 10.000 nuevamente, pero su cuerpo ya no era capaz de competir en varias pruebas en un corto espacio de tiempo. La forma de correr de Zátopek con giros constantes de cabeza y balanceándose de lado a lado no era productiva a largo plazo. Se dice que, cuando le preguntaban por sus torturadas expresiones faciales, Zátopek respondía: «No es gimnasia ni patinaje artístico, ¿sabe?». Además, se entrenaba con cualquier tiempo, incluida la nieve, y a menudo lo hacía con pesadas botas de trabajo en lugar de zapatillas especiales para correr. Esa brutalidad le llevó a tener una lesión en la ingle que lo mantuvo hospitalizado seis semanas. En 1956, acabaría sexto en el maratón. Con todo, seguía siendo el gran Emil Zátopek y tuvo honores en su retirada al regresar a Praga. El Partido Comunista no le tuvo en cuenta sus manifestaciones públicas a favor de una apertura democrática con motivo de la revuelta húngara de ese mismo año. Aun entonces el coronel (nuevo ascenso) Zátopek era intocable, pero no sería así para siempre…

1968. Zátopek seguía siendo una personalidad aun habiéndose retirado en la década anterior. Mantenía fuerte contacto con Alexander Dubcek, presidente checo, que, aunque miembro del Partido Comunista, apostaba por la apertura de prensa, la concesión de libertades y el comercio con Occidente. Aquel arriesgado juego acabó con los tanques soviéticos entrando en Praga en agosto de 1968. Miles de checos se habían congregado en los alrededores de la sede de la radio pública nacional (que desde esa primavera emitía sin censura). Fue una notable muestra de unidad popular y desafío. Y el símbolo más visible de ese desafío fue un hombre calvo de mediana edad con una chaqueta arrugada, de pie sobre un pedestal junto a la estatua de San Wenceslao. Era Emil Zátopek. En un momento dado, Zátopek se precipitó hacia un grupo de soldados soviéticos, anunció su nombre y sus títulos deportivos y luego fue de un tanque a otro hablando en ruso con los soldados pidiéndoles que bajasen las armas.

Defendiendo la libertad

1972. Tras el fin de la llamada Primavera de Praga más de 16.000 personas fueron detenidas y se ejecutaron a una centena de ellas. Debido a su estatus de leyenda, a Emil Zátopek ni lo enviaron a un campo de trabajo ni estuvo delante de un pelotón de fusilamiento. Sin embargo, se le destituyó de su cargo honorífico del ejército y se le quitó su vivienda y pensión. Peor aún. Su nombre fue borrado de los libros de la historia. En ningún texto checo o del área soviética podía aparecer récord o logro alguno de Zátopek. A Emil lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Meses después le permitieron volver a su pueblo, a la que había sido su casa familiar, donde sobrevivía plantando verduras y hortalizas y donde los lugareños se acercaban a hacerle agasajos a escondidas en forma de costillas de cerdo o filetes de ternera. Durante cuatro años ese fue el día a día de Zátopek, hasta que el Comité Olímpico Internacional exigió su presencia como invitado para los Juegos de Múnich de 1972. El gobierno checo se negó a otorgarle un pasaporte. Ocurrió que las protestas arreciaron y, al cabo de varias semanas de negociaciones, se permitió que Zátopek viajase a Alemania para recibir un sentido homenaje. Después, vuelta a casa, y nuevamente a pasar desapercibido entre patatas, zanahorias y cebollas.

1983. Ese año tiene lugar el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Se celebra en Helsinki. Allí, cuatro décadas antes, Zátopek lograra el triplete 5.000, 10.000 y Maratón en los Juegos Olímpicos. Su presencia es obligada. Esta vez se le permite ir. Es un anciano y no se le considera peligroso. Tras volver de Múnich, a Zátopek le acabarían dando un trabajo en el servicio de basuras. Se cuenta que, al ser reconocido, la gente vaciaba los contenedores en su lugar y tiraban ellos mismo las bolsas en los camiones. Aquello era inaceptable por el régimen y fue despedido. Por entonces llevaba años apartado de su mujer. El padre de Dana había sido alto cargo del ejército y en 1968 movió hilos para separar al matrimonio. Al fallecer el padre, los Zátopek retomaron su vida de casados. A Emil le permitieron volver a reunirse con Dana en Praga a cambio de aceptar un trabajo como censor de periódicos deportivos durante 14 horas diarias. Era humillante. Terriblemente humillante. Una entre tantas. Pero el poder estar con su querida Dana inclinó la balanza a favor de la aceptación de lo inaceptable. Así que cuando llegó a Helsinki y miles y miles de personas lo aclamaron, Zátopek debió sentirse en la Luna. Ni siquiera cuando el comunismo cayó y su nombre y sus registros fueron rehabilitados el sentimiento popular fue el mismo. Tampoco cuando falleció en 2000. Al fin y al cabo, los homenajes cuando uno está muerto no son precisamente disfrutables. Pero las dos semanas de Helsinki de 1983 que Zátopek se pasó entre apretones de brazos, aplausos y cálidas sonrisas debieron compensar, al menos en parte, todos los sufrimientos de esos largos, duros y penosos últimos años.

Emil Zátopek, el hombre que ganó 5.000, 10.000 y maratón en unos Juegos Olímpicos. Hazaña que nunca jamás será igualada.

La locomotora humana

“Correr lento; ¿para qué? No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno”. Emil Zatopek, contestando a un periodista que le preguntaba porque siempre se ponía en cabeza para tirar desde un principio en vez de esperar al tramo final.

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Jean Boiteux (oro a cambio de boda)

Era primavera. Burdeos. Aquitania. Francia. El día amaneció despejado. Tras desayunar el matrimonio se dispersó. No hizo falta ni preguntar. Eran muchos años. Más de medio siglo de convivencia. Monique empezaría con sus quehaceres domésticos antes de preparar el almuerzo. Para Jean tocaba ir al jardín. Le había dicho a su mujer que tenía que podar un par de árboles que adornaban la modesta parcela que rodeaba la casa. Uno de ellos tenía una rama que atentaba con adentrarse en terreno del vecino.

La escalera falló. Jean cayó y allí pereció. Contaba con 76 años de vida. Cuando Monique llegó a su auxilio era demasiado tarde. Lloró a lágrima viva. Habían sido 57 largos y felices años de matrimonio. Un matrimonio que se gestó una gloriosa tarde del verano de 1952.

Un matrimonio que se gestó gracias a una medalla de oro.

Jean había nacido en 1933 en un pueblo marinero cercano a Marsella. Su padre obedecía al nombre de Gastón y su madre al de Bibienne. El padre había sido nadador y la madre no sólo había sido nadadora, sino que había llegado a representar a Francia en los Juegos Olímpicos de 1924 y en los de 1928. Y aún había más. Un tío de Jean también había llegado a ser olímpico. No es pues extraño que en la granja familiar perteneciente a la familia Boiteux se instalase en una de las naves una piscina improvisada donde los cuatro hijos de la familia (Jean incluido) practicasen natación de forma cotidiana.

De los cuatro retoños fue Jean el que manifestó excelentes aptitudes para la práctica profesional. Representaba el arquetipo de nadador moderno con anchas espaldas, cintura de avispa y pies grandes. Con 14 años se unió a su primer club de natación y a los 16 se convirtió en campeón nacional de 400 metros. El cielo era su techo, pero entonces tuvo un accidente de esquí lo que le obligó en los meses subsiguientes a nadar únicamente usando la parte superior del cuerpo. La ironía es que tal esfuerzo hizo que aumentase considerablemente su masa muscular y así, en 1951, con apenas 18 años, batía el récord europeo de 200 y 400 metros y ganaba la medalla de oro en 400 y 1.500 metros en los Juegos del Mediterráneo.

Al año siguiente tocaban Juegos Olímpicos de Helsinki.

Pero entonces apareció Monique.

Monique era preciosa. Sus piernas eran interminables y su sonrisa hacía palidecer a la luz del sol. Monique era de Argel, por entonces colonia francesa, y combinaba la palidez gabacha con la luminosidad africana. Así lo sentía Jean quien quedó perdidamente enamorado. La vida no era sólo entrenar, también era pasear con Monique, tomar un helado con Monique, ir a ver una película con Monique o darle unos cuantos besos furtivos a Monique a la espera de que la Santa Madre Iglesia diese la autorización para conocer cada uno de los recovecos de su fastuoso cuerpo.

Y eso era algo que Gastón no iba a permitir.

El padre de Jean comprobaba que su hijo podría conseguir el sueño familiar en Helsinki. Una medalla olímpica. Y no estaba dispuesto a que su hijo tirase por la borda tantos años de entrenamiento. Estamos en 1952. La autorización paterna para una boda no se torna en indispensable, pero si en muy necesaria.

Así que Gastón es tajante.

O hay medalla de oro o no hay boda.

Jean Boiteux

Antes de jugarse el amor de Monique en menos de cinco minutos, Jean formo parte del cuarteto francés en el relevo 4×200. Salió en la última posta cuando el equipo francés iba en la cuarta posición y logró adelantar al sueco Johansson en los últimos metros para que Francia lograrse la medalla de bronce.

Días después tocaba la final de los 400 metros libres. 30 de julio. El favorito indiscutible es el recordman estadounidense nacido en Hawai Ford Konno. Como segundo espada está el sueco Östrand. Durante la primera mitad de carrera los dos citados marchan en cabeza con Boiteux en un segundo plano. Sin embargo, en el quinto largo de piscina Boiteux pone una marcha más y se sitúa en cabeza. Konno intenta seguirlo en vano mientras Östrand pierde comba con rapidez.

Jean Boiteux logra la victoria estableciendo un nuevo récord olímpico. Consigue el triunfo con 19 años siendo el primer francés en lograr el oro en natación en la historia del olimpismo, hazaña que no volverá a repetirse hasta los Juegos de Pekín más de medio siglo después.

Apenas tocó el muro cuando su padre Gastón, con camisa, corbata y boina, saltó al agua para felicitar con alegría a su hijo, produciendo una imagen icónica que fue capturada por los fotógrafos y circuló por todo el planeta. La imagen pasó a ser portada en periódicos de medio mundo y Coca-Cola pagó por los derechos de la misma para hacer un anuncio televisivo con ella. Lo cierto es que no fue del todo improvisada, dado que Gastón había apostado diez dólares con un fotógrafo a que se tiraba a la piscina vestido si su hijo ganaba la medalla de oro. Fuese como fuese, el momento ha pasado a la historia colectiva del olimpismo.

Al día siguiente Boiteux disputó las series del 1.500 y ni siquiera consiguió clasificarse para la final. Daba igual. Confesaría que no le importaba en demasía. Había ido con un objetivo claro. Un objetivo que iba a mucho más allá de una medalla de oro.

Padre e hijo

Jean Boiteux se retiraría como nadador en 1961, casi una década después de su éxito dorado en Helsinki. Logró medallas de oro en los Juegos Mediterráneos, pero jamás logró vencer en un campeonato europeo. En los Juegos Olímpicos volvería a repetir experiencia en 1956, no obstante, apenas pudo alcanzar un sexto puesto. Con 19 años había logrado la cima. Había logrado ser campeón olímpico. Jamás pudo igualar ese éxito.

Normal. Jamás volvió a tener motivación igual.

Dos semanas más tarde Jean y Monique pasaban por la vicaría. Decidieron instalarse en Argel hasta que el estallido de la Guerra de Argelia hizo que dejasen la antigua colonia francesa para establecerse en Burdeos donde, una vez retirado, Jean se convirtió en el presidente del club de natación de la ciudad atlántica hasta su fallecimiento. Antes había sido nombrado oficial de la Legión de Honor. En 1990, con 57 años, firmó en un torneo de natación en Burdeos 1’11’’ en los 100 metros libres.

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La asquerosamente maravillosa vida de un perfecto desconocido

El culo. Dícese trasero porque lleva sirvientes a todos los miembros del cuerpo delante de sí y tiene sobre ellos particular señorío. Francisco Quevedo decía que el culo se provee a sí mismo y que el ojo del culo es más provechoso que los dos de la cara. Desafiante, crítico y con un uso y abuso del léxico desmesurado, Quevedo escribió un total de diecisiete desgracias del ojo del culo en honor a una tal Doña Juana a la que calificaba de montón de carne por arrobas. Podemos vivir sin los dos ojos de la cara, ¿pero podríamos vivir sin el ojo del culo?, se preguntaba un genio de las letras que en los tiempos que corren viviría amortajado por culpa de su lengua viperina.

Quevedo escandalizó a propios y extraños ya que nada hay más indigno que el ojo del culo. Montón de basura, feo y asqueroso, es improcedente hablar de él. Y sin embargo se habla. Al mundo venimos en paños menores y del mundo nos vamos en esos mismos paños. En Francia a los recién nacidos se les rodeaba la cuna de medallas de la Virgen, de ahí que aún se mantenga la expresión avoir le cul bordé de médailles (tener el culo rodeado de medallas) para referirse a la buena suerte. Che culo Della Madonna! (¡Qué culo de la Virgen!) exclaman los italianos ante un golpe de fortuna. Schwein gehabt (tener cerdo) comentan los alemanes, refiriéndose a lo gordas y grasosas que son nuestras posaderas. ¡Pero, qué culo!, gritan en Argentina. En tierras españolas era costumbre plantar alguna flor hermosa en medio de los huertos para tener suerte con la cosecha. Como no podía ser de otro modo, el abono era estiércol y el estiércol, mis queridos lectores urbanitas, es mierda. Así pues; ¿Qué hay más opuesto a la mierda? Una bella flor. De ahí que tener una flor en el culo sea sinónimo de buena suerte.

Quevedo. Mr. Culo

Ganar un anillo de la NBA es tremendamente complicado. Compiten treinta equipos a razón de un mínimo de 82 partidos y un máximo de 110 para lograr el triunfo. A diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta aquí no hay premios menores a razón de copas nacionales o torneos internacionales secundarios. En la NBA o eres un ganador o eres un perdedor. Karl Malone, Charles Barkley, Elgin Baylor, John Stockton, Chris Paul, Steve Nash, Pat Ewing, Allen Iverson, James Harden, Reggie Miller o Russell Westbrook pertenecen a la categoría de superestrellas que no lograron un campeonato. Steve Nash, elegido en dos ocasiones MVP de la temporada, ni siquiera llego a disputar una final de la NBA.

Son carreras legendarias, pero nunca formarán parte del Olimpo porque falta el culmen de sus sueños. El ansiado anillo de campeón.

Y luego están los tipos que tienen una flor en el culo.

Joe Kleine es uno de esos.

Kleine nació en Colorado Springs un día invernal de 1962. Bonito lugar para crecer. Cerca de las Montañas Rocosas, de esplendorosa naturaleza y ciudad puntera en tecnología por ser sede de la Academia de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Kleine es un bigardo de dimensiones considerables. Mide 2’11 metros y es un tío guapo. No es un guaperas. Es guapo. Facciones marcadas y pelo con raya al lado. Si midiese treinta centímetros menos sería un excelente ejecutivo. Con 211 centímetros tocaba jugar al baloncesto. Y Kleine lo hace aceptablemente bien. Juega para la Universidad de Arkansas donde destaca especialmente en un partido contra la Universidad de Carolina del Norte consiguiendo 20 puntos y 10 rebotes. En Carolina del Norte jugaba un tal Michael Jordan. Es un buen día, pero no es la norma. La Universidad de Arkansas es menor y Kleine patina cuando se enfrenta contra los mejores. En esos años destaca otro joven pívot llamado Hakeem Olajuwon a quien pronto se le apoda como The Dream (El Sueño) por su excelso juego de piernas.

A Joe Kleine los periodistas lo apodaron The Nightmare (La Pesadilla).

Pero era alto. Y era blanco. Y en el baloncesto estadounidense es una combinación muy apreciada porque la demanda permanece inalterable mientras que la oferta desciende de forma alarmante. Así que Joe Kleine fue convocado para disputar el Mundial de baloncesto de 1982. Era una escuadra norteamericana de segunda fila, pero aun así lograron el subcampeonato tras perder la final ante la Unión Soviética. Joe Kleine no llegó a vestirse de corto en la final. Ocurre que, recibió una medalla de plata igualmente.

De más enjundia fue su segunda y última convocatoria para defender la camiseta nacional. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Ahí iban a estar todas las estrellas universitarias del momento. Patrick Ewing, Chris Mullin, Sam Perkins, Alvin Robertson…y Michael Jordan. Estados Unidos pasó por encima de todos sus rivales y se llevó la medalla de oro, incluido un Joe Kleine que ponía bloqueos y cogía rebotes como pocos. No fue titular y apenas amasó tres puntitos por partido, pero estuvo en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Con esas credenciales a Joe lo escogieron los Sacramento Kings en la sexta posición del draft de la NBA de 1985. Palabras mayores. Aunque tiene truco. Fue el sexto en la lista, pero el cuarto si sólo consideramos pívots. Dicho de otro modo. Lo seleccionaron porque era alto. Sin más. Si Kleine capturaba rebotes y ayudaba a sus compañeros a base de codazos en ataque cuando aún era un universitario, esas peculiares cualidades se tornaron en inútiles tras su salto a la NBA. Incapaz de anotar bajo oposición, incapaz de saltar con potencia e irremediablemente lento, Kleine pasó de ser una promesa a un jugador de banquillo. Los Kings eran un equipo menor, ideal para que Kleine se foguease y se hiciese un nombre en la NBA y sin embargo acabo siendo el suplente de un tal Lasalle Thompson, un completo desconocido sin oficio ni beneficio.

Así pues, Joe Kleine finalizó su contrato de tres temporadas y debía pelear por conseguir un modesto lugar en alguna plantilla de la NBA. O eso, o hacer las maletas rumbo a Europa.

Y entonces a Joe Kleine le volvió a salir una flor en el culo.

Joe Kleine

Los Boston Celtics se fijaron en Kleine para ejercer de pívot suplente del veterano Robert Parish. Era 1988. Era un sueño. Los Celtics de Bird habían iniciado su declive, pero seguían formando parte de la aristocracia de la canasta. Kleine se las arregló para aguantar cinco temporadas en Boston donde saltaba a la pista para disputar un puñado de minutos, capturar tres o cuatro rebotes y, con suerte, anotar un par de canastas y cometer unas cuentas faltas. Su labor era residual, pero siempre necesaria en cualquier equipo. Tras el obligado retiro de Bird por sus problemas lumbares tocó hacer tabla rasa y Joe Kleine fue traspasado a Phoenix en 1993. Habían sido cinco temporadas en la franquicia más laureada de la historia de la NBA.

Phoenix no era tampoco mal destino. Los Suns acababan de perder la final de la NBA ante los Bulls. Eran un candidato al anillo y Kleine volvió a hacer lo que le pedían. Ser fuerte en los entrenamientos, poner bloqueos, hacer unas cuantas faltas y coger unos cuantos rebotes al saltar a la pista. Es lo que siempre había hecho, pero con el inconveniente de que la edad hacia sus efectos. Son tres añitos en Arizona. Al ser traspasado a los Lakers en 1996 pasará prácticamente la temporada en blanco. Tiene 35 años cuando a mitad de esa misma campaña vuelve a hacer las maletas desde Los Ángeles rumbo a Nueva Jersey.

Y entonces otro golpe de suerte. Otra flor en el culo.

Vuelve a ser agente libre y sopesa la retirada. Pero recibe una llamada de última hora para completar el fondo del banquillo de los Chicago Bulls. Será el suplente del pívot suplente de los Bulls. Luc Longley es el titular, Bill Wennington el suplente…y luego está Joe Kleine. Pero son los Bulls. ¡Los Chicago Bulls de Michael Jordan! Kleine promedia ocho minutos por partido en un total de 46 partidos sobre 82 posibles. Básicamente juega los minutos de la basura. Y en playoffs ni siquiera llega a vestirse de corto. Es lo mismo. Los Chicago Bulls ganan la NBA. Joe Kleine gana la NBA. Las cámaras lo captarán llorando a moco tendido celebrando el triunfo. En un momento dado, Michael Jordan se acerca a él y le recriminará sus lágrimas.

“¿Por qué lloras? Yo gané este campeonato por ti”, le espetará His Airness.

El anillo de campeón lo recibirá en Phoenix a donde volvió la temporada siguiente, antes de acabar su carrera con 38 años en las filas de Portland Trail Blazers promediando unos míseros 4’8 puntos y 4’1 rebotes en sus dieciséis temporadas en la NBA.

Una larga carrera en la que ganó la medalla de oro olímpica en Los Ángeles 84 y el anillo de la NBA con los Chicago Bulls en 1998.

Kleine y Jordan

Bien, ¿no?

Indaguemos un poco más en el currículo.

No existe mayor honor para un jugador (también entrenador, árbitro o directivo) que incluyan tu nombre en el Naismith Basketball Hall of Fame (Salón de la Fama del Baloncesto). Es tal la dificultad de formar parte de ese club que valga como ejemplo que tan solo hay tres españoles contenidos camino del siglo de historia; los entrenadores Pedro Ferrándiz y Antonio Díaz-Miguel y el jugador Pau Gasol. Indudablemente Joe Kleine nunca formará parte de este selecto club. Pero Joe Kleine tiene otro título.

Joe Kleine es el jugador que ha compartido su carrera con mayor número de Hall of Famers.

Nadie puede presumir de haber compartido vestuario con más superestrellas.

Comencemos con el verano olímpico de 1984. Kleine saltaba a la pista junto a Pat Ewing, Michael Jordan, Chris Mullin y Alvin Robertson, éste último más desconocido por culpa de sus problemas extradeportivos, pero entonces un jugador de renombre en el concierto internacional. Una vez convertido en profesional, y tras un discreto paso por Sacramento, Joe Kleine compartirá aventuras en Boston junto a Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson y Danny Ainge, el mítico quinteto ganador de los Celtics en los 80. Ya veterano firma por Phoenix Suns donde jugó junto a Charles Barkley, del que se hará íntimo amigo, Kevin Johnson y A.C. Green.

Tal y como señalé anteriormente en ese momento Joe Kleine estuvo al borde de la retirada, pero disfrutará de un breve paso en Los Ángeles Lakers junto a Nick Van Exel, Eddie Jones, Robert Horry, Byron Scott, Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. Luego logró el título de la NBA con los Bulls. En Chicago compartiría duchas con Toni Kukoc, Ron Harper, Steve Kerr, Dennis Rodman, Scottie Pippen y Michael Jordan. Y aún le daría para volver a Phoenix junto a Steve Nash y Jason Kidd y retirarse en Portland con Detlef Schrempf, Damon Stoudamire, Rasheed Wallace o Arvydas Sabonis.

Como quien se acerque a este blog no tiene por qué ser ducho en baloncesto y mucho menos conocer a estos jugadores de antaño, vamos a poner en consideración la afirmación de que Joe Kleine es el jugador de la NBA con la flor en el culo más grande que jamás ha existido.

Además de decenas de buenos jugadores, Joe Kleine compartió vestuario con un total de 16 Hall of Fame de la NBA en el siguiente orden cronológico:

1. Pat Ewing: 11 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

2. Chris Mullin: 5 veces All-Star y un oro olímpico.

3. Larry Bird: 3 veces elegido MVP de la NBA, 3 veces campeón de la NBA, 12 veces All-Star y un oro olímpico.

4. Kevin McHale: 3 veces campeón de la NBA y 7 veces All-Star.

5. Robert Parish: 4 veces campeón de la NBA, 9 veces All-Star y jugador que más partidos ha disputado en la historia de la NBA.

6. Dennis Johnson: 3 veces campeón de la NBA y 5 veces All-Star.

7. Charles Barkley: 1 vez elegido MVP de la NBA, 11 veces All-Star y oro olímpico.

8. Steve Nash: 2 veces elegido MVP de la NBA y 8 veces All-Star.

9. Jason Kidd: 1 vez campeón de la NBA, 10 veces All-Star y oro olímpico.

10.Kobe Bryant: 1 vez elegido MVP de la NBA, 5 veces campeón de la NBA, 18 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

11. Shaquille O’Neal: 1 vez elegido MVP de la NBA, 4 veces campeón de la NBA, 15 veces All-Star y oro olímpico.

12. Michael Jordan: 5 veces elegido MVP de la NBA, 6 veces campeón de la NBA, 14 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

13. Scottie Pippen: 6 veces campeón de la NBA, 7 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

14. Dennis Rodman: 5 veces campeón de la NBA, una vez elegido Mejor Defensor y 2 veces All-Star.

15. Toni Kukoc: 3 veces campeón de la NBA, 3 veces campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y dos veces campeón europeo de selecciones.

16. Arvydas Sabonis: Un oro olímpico, una vez campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y una vez campeón europeo de selecciones.

Patrick Ewing, Chris Mullin, Charles Barkley, Steve Nash y Arvydas Sabonis nunca ganaron un anillo de la NBA.

Joe Kleine sí.

Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson, Steve Nash, Dennis Rodman y Toni Kukoc no tienen un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Steve Nash no tiene ni un anillo de campeón ni un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Charles Barkley y Joe Kleine en 2025

“La buena suerte es como el humo; no puedes atraparla con las manos, pero puede rodearte”. Anónimo.

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