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Milán-San Remo. Guía de viaje

La pandemia del coronavirus se ha llevado por delante la edición 2020 de la clásica ciclista Milán-San Remo. El dichoso virus es el causante del aplazamiento (y en los eventos modestos el cancelamiento) de la totalidad de los eventos deportivos del mundo y ha dejado en el aire (y más que probable aplazamiento) la celebración de los Juegos Olímpicos de Tokio. Una pandemia que si bien no es virulenta en mortandad, podría llegar a afectar a más de la mitad de la población mundial si no se tomasen las medidas oportunas y que ha colapsado los sistemas sanitarios y las economías más potentes del mundo. 

La Milán-San Remo fue parida en 1907 sin saber siquiera si era posible completar los 300 kilómetros sin avituallamiento ni apoyo mecánico. La idea fue del rotativo ‘La Gazzetta dello Sport’ en una suerte de ensayo general antes de poner en marcha el Giro de Italia (otra prueba aplazada/cancelada). Los empresarios de San Remo, una ciudad que había crecido fulgurantemente gracias al turismo y al juego, apoyaron entusiasmados una carrera que diera prestigio a la ciudad en temporada baja. Se decidió que tuviese lugar al inicio de la primavera, como pistoletazo de salida del buen tiempo y del periodo vacacional.

Y tan sólo el coronavirus ha conseguido doblegarla. Incluso la guerra no fue tan dura para esta clásica como lo fue para los otros monumentos ciclistas. La Lombardía y la Liguria se mantuvieron alejadas de la primera línea de frente en las contiendas mundiales y tan sólo en 1916, 1944 y 1945 hubo que cancelar la ‘Classicissima’.

Hasta hoy. Sirva este post como homenaje a una prueba que tendría que celebrarse este 22 de marzo. Y sirva también, guste o no el ciclismo, como homenaje a una tierra hoy apestada, pero que pronto volverá a hacer las delicias de los mochileros y de los ‘bon vivant’ de medio mundo.

La guía de viaje de la Milán-San Remo es una delicia para los sentidos. Como la París-Niza o la Tirreno-Adriático, la ‘Classicissima’ es un canto a la primavera, al romanticismo y a la explosión de la naturaleza. La también llamada ‘carrera de las flores’ es de los cinco monumentos ciclistas el de mayor longitud rondando los 300 kilómetros de recorrido. En la Milán-San Remo no hay adoquines como en Flandes ni se cambia frecuentemente el recorrido como en el Giro de Lombardía. Si en Flandes o en Lombardía la prueba muda asiduamente de recorrido para beneficio y gloria de la región que le da su nombre, en la Milán-San Remo es sota, caballo y rey. Un clasicismo en la ‘Classicissima’, que lejos de restarle brillantez no hace más que resaltarla.

La Milán-San Remo es el más rectilíneo de todos los monumentos, por lo que las montañas apenas se asoman en su camino. Inalterable al paso del tiempo, desde 1946 se ha mantenido prácticamente inquebrantable. Es el vivo ejemplo de un deporte que en esa eterna pugna entre progresismo y conservadurismo siempre ha escogido la cautela a pesar de la fuerza de los vatios y de las analíticas.

Es la prueba de los velocistas contra las velocistas. Es un paseo brillante entre curvas cerradas, mares de plásticos con frondosas hortalizas, eléctricos acantilados y lustrosa vegetación. Es monótono, pero rezuma belleza por todos sus poros. Es una prueba para tipos rápidos, pero demanda la dureza y la concentración de un paseo sobre la bicicleta de más de 7 horas a lo largo de 300 kilómetros.

Quizás para el aficionado inexperto el pedaleo es tedioso, pero para el amante de la cultura, la naturaleza y la arquitectura, la ‘Classicissima’ es una amalgama de excitación para la percepción.

La carrera empieza en la maravillosa plaza que alberga el Duomo de Milán, una espectacular catedral gótica desde cuyos tejados se saluda a los Alpes. Una vez se abandona esta cuna del arte, los ciclistas toman dirección sur entre campos de labranza hasta alcanzar Pavía, famosa en Italia por su cultivo del arroz y célebre en España por la victoria de la tropas de Carlos I ante Francisco I de Francia en la batalla del mismo nombre. Tras superar Pavía se transita por diversas localidades hasta llegar al ‘Passo del Turchino’, una estribación montañosa que dice adiós a la Lombardía antes de iniciar el descenso hacia el mar y adentrarse en tierras genovesas. Hoy un túnel la ha humanizado, pero en tiempos de Coppi y Bartali era una incómoda ascensión en camino de tierra.

Llegamos pues a la Liguria. Tierra de banqueros, franja dorada disputada por franceses, aragoneses y milaneses, su caída en desgracia vino de la mano del fin del Imperio Español. Para los italianos los ligures son parte esencial de su mito fundacional, porque de allí eran Víctor Manuel y Giuseppe Garibaldi, padres de la reciente República Italiana.

La Liguria es una vorágine de color y calor para los sentidos. Una estrecha franja de tierra que inicia su recorrido en Génova y que rivaliza con la Costa Azul francesa en un canto al lujo y a la belleza. La ‘Riviera ligure di ponente’ saluda a los ciclistas y a los telespectadores a través de las fastuosas playas de Arenzano o de Varacce, los viñedos y olivos que rodean al balneario de Albissola, las ruinas romanas en Andora o las calles de cuento que rodean el castillo y la catedral de Noli, de donde Dante sacó su ingenio para escribir la Divina Comedia. Hay también tiempo de ver pueblos ficticios como Imperia, una localidad de pescadores y hoy ciudad de vacaciones diseñada en tiempos de Mussolini y puesta en marcha en plena vorágine democrática del turismo.

La Liguria es tierra de pequeños pueblos turísticos coronados por una pequeña ciudad de nombre Savona, lugar de nacimiento del sabón, o lo que es lo mismo, del jabón. Savona es el puerto del Piamonte, tierra de cerámicas, pero donde antes atracaban los barcos que abastecían la industria turinesa hoy es lugar de atraque para los cruceros de lujo que se adentran a descubrir la Liguria. En Savona, Ceriale o Albenga se puede conocer la historia de los papas Sixto IV y Julio II mecenas de Miguel Ángel e impulsores de la Capilla Sixtina.

En la ‘Riviera ligure di  ponente’ podemos saborear un excelente aceite de oliva, un atractivo vino vermentino y un buen chupito de grappa. Pero es sobre todo cuna de la focaccia, otra de esas delicias que el ingenio humano ha desarrollado a través de la harina de trigo. Y es también el lugar de nacimiento del pesto, una deliciosa salsa a base de albahaca, aceite, piñones, queso y ajo que acompaña a un buen plato de espaguetis.

Y tras todo ello queda la llegada a San Remo, la única aglomeración urbana de cierta importancia a excepción de Savona. Pero antes de arribar a San Remo los ciclistas deberán superar las legendarias ascensiones a Cipressa y Poggio di San Remo, dos tramos asequibles pero que se convierten en un verdadero drama tras más de 250 kilómetros de recorrido que hacen del final un auténtico enigma.

Antes hay unas pequeñas tachuelas como Capo Male o Capo Cervo, que se atacan al escapar de la costa para tomar aliento, para rápidamente caer de nuevo sobre el Mediterráneo. Después llegará la Cipressa. Se trata de una suave subida de 5,6 kilómetros al 4,1% de media con alguna trampa del 9%. Situada a 22 kilómetros de la meta, es el lugar en el que los que se saben más lentos hacen su apuesta y cabalgan hacia la victoria. Los más comedidos prefieren disfrutar un poco más de las vistas y esperar para ejecutar el hachazo final en al alto del Poggio.

Cada monumento tiene sus símbolos, y en una carrera tan plana como la Milán-San Remo su símbolo es el Poggio. La carretera que lleva al Poggio ha tenido momentos mejores. A pesar de lo benigno del clima, el invierno hace mella y continuos deslizamientos de tierra causan desgaste y daños en tan sinuosa carretera. En el Poggio es donde en 1946 Fausto Coppi dio brillo a una Italia oscura que aún se lamía de las heridas de la guerra. La Italia de hoy exhibe músculo de palabra, pero la realidad económica pasa factura y las imágenes actuales de la carretera suelen ser más pobres que las exhibidas hace apenas dos o tres décadas.

El alto del Poggio de San Remo es una escueta subida de apenas 3,7 kilómetros en la que la rampa más dura únicamente alcanza el 8%. Pero el Poggio es durísimo porque llega tras casi 300 kilómetros con la lengua de fuera. En una carrera de velocistas contra velocistas es el lugar donde separar el grano de la paja. Tras coronar toca vertiginoso y alarmante bajada suicida rumbo al glorioso final situado en la meta de la Vía Roma de San Remo.

Aunque durante unos cuantos años la ‘Classicissima’ finalizó en la avenida Italo Calvino, es en la vía Roma donde la tradición manda que acabe la carrera. La Vía Roma no es más que el culmen del glamour de una ciudad glamurosa. San Remo es una enorme cala protegida por montañas que hace del lugar un paraíso con un clima envidiable. Los ciclistas esprintan rodeados de celebridades, edificios modernistas y a escasos metros de los envidiables yates.

Aunque es el monumento más accesible para los más rápidos, el palmarés de vencedores de la ‘Classicissima’ cuenta tanto con velocistas como con clasicómanos. Entre los primeros destacan Erik Zabel (4) o el español Óscar Freire (3) y entre los segundos Roger de Vlaeminck (3). Pero la Milán-San Remo ha sido tradicionalmente coto italiano gracias a Girardengo (6), Bartali (4), Coppi (3) o a las más recientes victorias de los Moser, Bugno, Cipollini, Bettini o Nibali. Aunque el más laureado es el de siempre, el belga Eddy Merckx. El caníbal cuenta con 7 triunfos (1966, 1967, 1969, 1971, 1972, 1975 y 1976).

“Es la carrera más fácil de terminar y la más difícil de ganar”. Mark Cavendish, ganador de la Milán-San Remo en 2009.


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2 commentarios

  1. Lauri873

    on

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    Felicidades. Ciclismo y turismo en el mismo post

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