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Los huevos de Shelford

Cuando la mitad del invierno ya se ha ido, y la otra mitad aún queda por pasar, es tiempo de rugby en el hemisferio norte. Se inicia el Torneo de las 6 naciones. Competición anual de un mes de duración que es religión en Gran Bretaña y en la que para los puristas se juega el mejor rugby del planeta.

Durante décadas se intuía que en los antiguos territorios coloniales de Gran Bretaña el nivel del juego era más elevado, pero la ausencia de un campeonato mundial impedía saber si la Vieja Europa había sido superada por el hemisferio sur. El Seis Naciones (por aquel entonces Cinco Naciones) seguía siendo el torneo por excelencia, hasta que en 1987 se puso en marcha la Copa del Mundo de Rugby en la que los ‘All Blacks’ de Nueva Zelanda pasaron por encima del resto de naciones.

Los favoritos al título eran los franceses. Unos meses antes de que se disputase el campeonato, en el estadio de La Beaujoire de Nantes, galos y neozelandeses disputaron un encuentro de preparación. Digo de preparación y no amistoso, porque de amigable tenía poco. En el anterior partido entre ambas selecciones disputado en suelo francés, Nueva Zelanda había masacrado por 19-7 a los gales y el público local había despedido con una sonora pitada a sus jugadores. Los franceses clamaban venganza.

Siendo como es y siempre ha sido un deporte de contacto, en la década de 1980 el rugby se aproximaba a la violencia. Técnicas como aplastar dedos, retorcer testículos o golpear cabezas formaban parte del juego de forma tan cotidiana como un despeje o una melé. La selección francesa era considerada por todos como el equipo con más garra del planeta, o siendo más profanos, con más huevos del planeta.

En aquel partido debutó como internacional Wayne ‘Buck’ Shelford. Era un aborigen neozelandés miembro de la tribu maorí. Shelford era un jugador prácticamente desconocido en el rugby europeo. Era considerado demasiado pequeño para la posición que ocupaba en el campo, aunque era enérgico en sus formas y en el uso de la palabra.
En cierto momento del partido, Shelford recibió una patada en la cara que le costó escupir tres dientes. Una vez escupidos, sacudió la cabeza, pidió un poco de agua y continuó como si nada hubiese sucedido. Más tarde, estaría cerca de dos minutos inconsciente tras recibir un golpe en la cabeza tras un placaje. Nuevamente se levantó y continuó como si nada.

Después del descanso, Daniel Dubroca, capitán del equipo francés, cayó con el balón en el suelo. Shelford se lo arrebató tras una dura pugna, Dubroca se giró bruscamente y sacó la pierna a pasear. Shelford recibió una impresionante patada en los testículos. Se retorció en el suelo, pidió una botella de agua y nuevamente se levantó y continuó como si nada.

Francia ganó el partido por 16-3. Shelford no recuerda nada de lo que sucedió. Cuando ve el partido en vídeo no es capaz de evocar ningún suceso de aquel día.

Al acabar el partido, los ‘All Blacks’ se dirigieron al vestuario para ducharse. Shelford se quitó el uniforme y se bajó los calzoncillos y varios de sus compañeros empezaron a gritar asustados.

No le habían dado una patada en los testículos, le habían clavado los tacos en uno de ellos. Uno de los huevos sangraba profusamente y tenía trozos de piel esparcidos por la pierna. De hecho, le habían desgarrado el escroto y uno de los testículos colgaba cerca de la rodilla. Inmediatamente fue llevado a un quirófano, donde le tuvieron que dar 16 puntos y hubieron de volver a meter el huevo en su nido.

La historia convirtió a Shelford en un mito mundial, y a los ‘All Blacks’ en unos superhombres. Shelford se ganó el respeto del rugby neozelandés y fue él quien impulsó la práctica de la ‘haka’, la danza tribal maorí que todas las selecciones de Nueva Zelanda interpretan antes de sus encuentros internacionales. Las tradiciones británicas y blancas eran las comunes en el rugby de aquel entonces, y los aborígenes, como Shelford, eran minoría en la selección y en la sociedad.

Aquella historia del escroto sirvió para dignificar a un jugador y a un pueblo. Coincidió en el tiempo con la recuperación de las tradiciones indígenas y con el respeto de los mismos dentro del deporte. Shelford fue pieza trascendental para ganar el Mundial y sólo un año después fue elegido capitán por unanimidad por todos sus compañeros.


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