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El rey descalzo

Cuando uno entra en www.misterdato.es lo primero con lo que se encuentra es con una imagen en la que el primer plano es para un atleta que porta una camiseta con el número once. Permanece impertérrita al paso del tiempo, ya que es la misma instantánea que decora el blog en cuanto cada viernes desde mayo de 2017 me puse a esbozar unas historias deportivas. El caso es que el protagonista de la fotografía aparece con aire pensativo, mano izquierda sobre mentón y rictus de esfuerzo. Detrás de él un atleta esculpido sin gramo de grasa, gesto serio, grandes orejas y corte de pelo tradicional.

El que sigue a nuestro protagonista es soviético, lo que ya da una primera pista de la época en la que nos adentramos. Otra la dan los aficionados. Gente de mediana edad, quizás más jóvenes de lo que son, pero vestidos con seriedad y elegancia. No hay atisbo de juventud ni de hedonismo. Un chico vestido de marinero, una señora de negro absoluto y una preciosidad de pulcro blanco, ambas las dos, con el pelo tapado en señal de respeto religioso. Escasea la luz, es de noche. Y hace calor. Al fondo se observan pantalones cortos, de niño, seguro, porque nadie en edad adulta lleva entonces calzón corto.

Lo que la fotografía no nos deja ver son los pies de nuestro protagonista. Pero si ampliásemos el foco y viésemos la totalidad de la instantánea descubriremos el porqué de la importancia de la misma. El motivo por el que yo escogí una imagen de Roma fechada el 10 de septiembre de 1960 como la icónica para este humilde blog. El atleta que porta el número once en el frontal de su camiseta, el atleta que acabará ganando el maratón olímpico, va descalzo.

Se convertirá en el primer campeón olímpico africano de la historia, batirá el récord del mundo vigente y lo hará bajo el inconmensurable marco de la Ciudad Eterna.

Y todo lo hará descalzo.

Repito. Descalzo.

Bikila (11)

Abebe Bikila nació en un pueblo de la montaña etíope en 1932. Sus padres eran pastores, por lo que su vida no se vio especialmente dañada por la ocupación italiana. Tenía cuatro años cuando Mussolini hizo ocupar Etiopía y la convirtió en Abisinia. La vida de Abebe y su hermano Albalongo era correr por las praderas para ver quien era el que se cansaba antes. A oídos de ambos llegó la noticia de que la guardia de élite del emperador daba hogar y abundante comida a quien conseguía plaza en ella. Para aquellos niños desnutridos esa información era gasolina para su cuerpo. Abebe Bikila consiguió salir de la miseria a los 21 años, en 1953, cuando sus condiciones físicas le permitieron ingresar en la Guardia Imperial de Haile Selassie. Aquello le reportaba un futuro sin preocupaciones, con salario fijo y la posibilidad de acceder a comodidades que solo la vida urbana es capaz de ofrecer.

Por entonces los escandinavos eran los tótems del atletismo. En 1956 Etiopia compitió por vez primera en los Juegos Olímpicos. No logró medalla alguna, pero sentó las bases futuras con la contratación de un entrenador y militar sueco llamado Onne Niskanen. Para 1959 Niskanen diseña una maratón por Adís Abeba cuyo ganador será el elegido para competir en Roma el verano siguiente. Una lesión jugando un partido de fútbol impide participar a Wami Biratu, el protegido de Niskanen, pero es entonces cuando el emperador Selassie habla con el sueco y le dice que invite a la prueba al joven Bikila. Le comenta que el tal Bikila gana con márgenes escandalosos a sus compañeros de la Guardia Imperial en todas las pruebas atléticas que organizan los militares.

Así que Abebe Bikila corre cierto día de 1959 el primer maratón de su vida. Lo hace descalzo, por supuesto. Porque no tiene zapatillas y porque siempre ha corrido así. Con el roce de la palma de sus pies y el bamboleo del suelo. Gana el maratón. Y lo hace con un registro 2h 21’23’’. En 1951, tan sólo ocho años atrás, hubiese sido récord del mundo. Niskanen no se cree lo que acaba de ver.

Niskanen apenas tenía unos meses de entrenamiento para moldear a un medallista olímpico. Un diamante en bruto que el mundo no conocía. Y no lo tendría fácil. Su primer mandamiento fue que Bikila se calzase unas zapatillas Adidas que el sueco le había encargado. Abebe se negó. Iba a correr descalzo. Como siempre lo había hecho. Como se corre por la sabana africana.

El rey descalzo

El maratón era la última prueba del programa olímpico. Se disputaría con unos calurosos pero agradables 23 grados y, a su finalización, lo harían también los Juegos Olímpicos. El favorito indiscutible para lograr la medalla de oro era el soviético Sergei Popov, vigente campeón mundial. Muy por detrás estaba el francés Alain Mimoun, vigente campeón olímpico, y el argentino Osvaldo Suárez. El trazado era de una preciosidad insultante. Se salía de la plaza del Campidoglio diseñada por Miguel Ángel en la colina Capitolina y adornada por la agraciada estatua de Marco Aurelio. Después un recorrido con subes y bajas por la capital italiana hasta llegar a los últimos once kilómetros, en los que los atletas pisarían los adoquines con más de dos milenios de vida de la Via Appia Antica. Caída la noche, un grupo de militares portando antorchas darían luz a los fondistas que consiguiesen llegar al Coliseo para poner punto final a los más de 42 kilómetros de la prueba a pies del Arco de Constantino.

Los primeros diez kilómetros fueron gobernados por el británico Kelly y el belga Van Dendriessche seguidos de cerca por otros dos atletas, quienes a partir del kilómetro 20 tomaron el mando de la prueba. Uno era el marroquí Rhadi Ben-Abdesselam, con quien nadie contaba, ya que apenas dos días antes había competido, y sin éxito, en los 10.000 metros. El otro era un etíope de nombre Abebe Bikila que corría en primera posición…y lo hacía descalzo.

Los miles, centenares de miles, de personas que animaban desde las aceras a los atletas no comprendían nada. Los afortunados que por vez primera veían en directo unos Juegos Olímpicos por televisión tampoco. Era un fondista negro. Africano. Lo nunca visto. ¡E iba descalzo! Aquello no tenía sentido ninguno. El boca a boca se expandió con celeridad y el número de romanos que salían a la calle iba en aumento. En el kilómetro 30 la ventaja de los dos fugados era de un minuto sobre el soviético Popov (recordemos que hasta entonces era el gran favorito) y el neozelandés Barry Magee.

El dúo cabecero se adentró en la Via Appia. Hace ya bastantes años quien escribe recorrió ese tramo. Andando. Y lo hizo descalzo. Y duele. Como para hacerlo corriendo. Como para hacerlo corriendo a ritmo de récord del mundo. Son guijarros enormes. Cantos rodados mezclados con arenas. La Via Appia era la reina de las grandes calzadas romanas. Unía la ciudad imperial con el importante puerto de Brindisi al sureste de la Península Itálica. Allí había sido crucificado Espartaco. Y allí pretendía coronarse rey Bikila. Coronarse como rey descalzo.

Bikila recorrió la vía Appia en primera posición, siempre con el marroquí detrás de él. Sus piernas, largas y hermosas, se veían si cabe más estilizadas con aquellas zancadas desprovistas de calzado. Pero Bikila no atacó allí. El momento del asalto tendría lugar en paraje de una simbología apabullante.

Finalizada la Via Appia, superadas las descomunales Termas de Caracalla, se llega a la Piazza di Porta Capena. Allí la plaza ejerce de guardia de tráfico y el transeúnte debe decidir entre continuar en dirección al Circo Máximo y al Tíber o girar hacia la calle de San Gregorio y encarar el encuentro con el Coliseo. Pues allí, en dicha plaza, un impresionante monumento de granito de 150 toneladas preciosamente decorado gobernaba el paisaje. Erigido en el siglo IV, el obelisco de Axum es una pieza funeraria levantada en honor al primer rey cristiano de Etiopía.

No intenten dar con el obelisco en su próxima visita a Roma. El obelisco está en su ubicación original. No lo estuvo entre 1937 y 2008, año en el que fue devuelto a Etiopía por Italia tras más de medio siglo de litigios. Como ya comentáramos párrafos atrás, en 1936 tropas transalpinas habían depuesto al rey etíope y habían ocupado Etiopía rebautizándola como Abisinia. Mussolini decidió llevarse el obelisco a Roma como botín de guerra (en su descargo hay que decir que estaba destrozado y que en Italia fue reparado). Finalizada la II Guerra Mundial, el emperador Halie Selassie fue devuelto al trono con el beneplácito inglés y Etiopía recobró su independencia. Sin embargo, y a pesar de una resolución favorable de Naciones Unidas, Italia hacía oídos sordos a la devolución del obelisco de Axum.

Fue en ese mismo punto, justo al rodear el obelisco de Axum, cuando el etíope Abebe Bikila inició el cambio de ritmo que debía llevarle a la victoria. Ben-Abdesselam fue incapaz de seguir ese ritmo endemoniado y Bikila afrontó en solitario los últimos 1.500 metros de la prueba. Luego de bordear el Coliseo romano llegó a la meta bajo el Arco de Constantino tras dos horas quince minutos y dieciséis segundos de esfuerzo. Era campeón olímpico y había batido el récord del mundo de Popov por apenas un segundo de diferencia. “Quería que el mundo supiera que mi país siempre ha ganado con determinación y heroísmo”, afirmó al llegar a meta. Los cuatro primeros bajaron de las dos horas y veinte minutos, registros que hoy no son gran cosa, pero entonces eran excepcionales, ya que nunca antes en unos JJ. OO se había bajado de ese tiempo. En Roma lo habían hecho cuatro atletas.

Bikila llegó a la meta sin perder resuello. No se detuvo en la llegada, lo tuvieron que agarrar para que se parase. Los servicios médicos no se lo podrían creer. Marcaba un pulso de 88 en pleno esfuerzo, no mostraba signos de agotamiento…y sus pies no tenían ampollas. El médico le preguntó si se veía con fuerzas para ir andando hasta la Villa Olímpica y Bikila le dice que está para hacer otros quince kilómetros corriendo.

Al día siguiente la prensa italiana es unánime. Mussolini necesitó un ejército para conquistar Etiopía, Selassie tan sólo necesito un soldado para conquistar Italia. El emperador regalará un Wolkswagen descapotable a Bikila al ser recibido con honores en Adís Abeba. También lo agasajaron con dinero, pero rechazó la oferta. Lo ganado lo destinó en crear una escuela en su aldea natal.

La hazaña de Bikila pronto recorrió el mundo. Su récord mundial descalzó eclipsó la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos. Y aún había más. Un detalle que pasó desapercibido. Al bordear el obelisco de Axum, durante apenas un par de segundos que se notaron imperceptibles en un mundo que aún no estaba inundado por cámaras, Bikila aflojó la zancada, agachó la cabeza y mostró respeto por los caídos en la guerra italoetíope. Sin esa fugaz parada, el récord de Abebe Bikila hubiese sido aún más mayúsculo.

Axum en Roma

—AUGE Y CAÍDA—

Convertido en icono mundial Abebe Bikila se propuso ser el primer atleta en lograr el doblete en un maratón olímpico. Lo hizo a su ritmo. Con calma. Sólo correría quince maratones a lo largo de su carrera, obteniendo la victoria en doce de ellos. NIskanen estuvo a su lado durante cuatro años y, ahora sí, las zapatillas formarían parte del atuendo del etíope. Adidas no iba a dar su brazo a torcer y en Tokio 1964 Bikila no podría correr descalzo.

El problema vendría por otro lado. A apenas seis semanas de iniciarse los Juegos Olímpicos Bikila es golpeado por una apendicitis. Hay tiempo para recuperarse, pero extremadamente delgado y débil es un contratiempo definitivo para una prueba tan exigente como el maratón. Niskanen le dice a Bikila que se olvide y que ya habrá tiempo para pensar en México 1968, pero un miembro de la Guardia Imperial no se va a rendir tan fácilmente.

El 21 de octubre de 1964, Abebe Bikila entraba en solitario en el Estadio Nacional de Tokio bajo una atronadora ovación para lograr su segundo oro olímpico y marcar un nuevo récord del mundo con un registro de 2h 12’11’’, una marca más de tres minutos mejor que la lograda en Italia. Al cruzar la línea de meta Bikila inició una tabla de gimnasia para estirar los músculos. Cuando llegó el segundo, cinco minutos más tarde, Abebe Bikila estaba duchándose.

Tokio 64

Para México 1968 Bikila buscaba un imposible. Contaba con 36 años y la altura de la capital azteca iba en su contra. Afectado de una lesión crónica de rodilla tuvo que abandonar cuando el maratón encaraba el kilómetro 17. Su semilla, sin embargo, había brotado. Su compatriota Mamo Wolde acabaría logrando la victoria. Al año siguiente, mientras Bikila conducía su descapotable, aquel que el emperador le había regalado, un grupo de manifestantes se presentó en su camino. Hubo de girar con fuerza el volante para esquivarlos, y su coche salió despedido.

Sufrió una paraplejia de la cual no se recuperó jamás.

No volvería a caminar.

“Los hombres de éxito conocen la tragedia. Fue la voluntad de Dios que ganase en los Juegos Olímpicos y fue la voluntad de Dios que tuviera mi accidente. Acepto esas victorias y acepto esta tragedia. Tengo que aceptar ambas circunstancias como hechos de la vida y vivir feliz”, dijo entonces. Al año siguiente acudió en Londres a una competición que podríamos llamar precursora de los Juegos Paralímpicos. Competiría en tiro con arco y tenis de mesa. Después, en 1972, tuvo una sentida despedida durante la ceremonia de apertura de los JJ. OO de Múnich, donde fue ovacionado mientras saludaba desde el césped desde su silla de ruedas.

Las complicaciones por las cirugías fueron acabando con su vida que puso fin el 25 de octubre de 1973, hace ahora medio siglo. Contaba con apenas 41 años. Lo que ha cambiado el atletismo mundial y el africano en particular en estos cincuenta años se tornaba en inimaginable entonces. Bikila logró la primera medalla de oro africana en unos Juegos Olímpicos. Pocos sospechaban lo que aquella victoria de aquel desconocido descalzo iba a significar. Se iniciaba una era donde etíopes y después keniatas pasarían a ser los reyes del fondo y el medio fondo. Desde entonces ha habido trece victorias africanas en el maratón olímpico y desde Atenas 2004 un atleta blanco no sabe lo que es ganar el oro en el maratón masculino (2008 en el femenino) y desde Los Ángeles 1984 en los 10.000 metros (1996 en el femenino). Si en 1983, en el primer Mundial de Atletismo de la historia, Etiopía lograba una medalla de plata, en el último, celebrado hace unos meses en Budapest, sumaba ocho metales.

Bikila en Múnich 72

Abebe Bikila fue enterrado con honores militares y su sepelio se convirtió en un funeral de Estado. Asistieron cerca de 70.000 personas, incluido, como no podía ser de otra forma, el emperador Haile Selassie.

“Bikila hizo que nosotros, los africanos, pensáramos que si él puede hacerlo los demás también podemos hacerlo”. Haile Gebrselassie, atleta etíope dos veces campeón olímpico de los 10.000 metros.

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