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Lou Gherig, el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra

El 4 de julio de 1939, el día de la Independencia en Estados Unidos, y una vez confirmada su mortal enfermedad, Lou Gherig tuvo el honor de ser el primer deportista al que le retiraban su camiseta. Su zamarra con el número 4 jamás volvió a manchar una camiseta de los Yankees. Estuvieron presentes todos sus compañeros de equipo, tanto los recientes como los del pasado, y más de 70.000 espectadores. El alcalde de Nueva York y el presidente del club le entregaron sendas placas conmemorativas y, cuando el acto ya acababa, el siempre discreto Gherig cogió por sorpresa el micrófono ante los vítores del público y se dirigió a todos los presentes: “Amigos, las dos últimas semanas han estado leyendo sobre la mala suerte que tengo. Sin embargo, hoy me considero el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra. He jugado en estadios de béisbol durante 17 años y nunca he recibido más que bondad y ánimo (…) ¿Quién no consideraría un brillo de resplandor en su vida haberse puesto por un sólo día esta camiseta? Estoy seguro, soy un afortunado (…) Cuando los Yankees te quieren, eso es ser afortunado. Cuando los niños te recuerdan, eso es ser afortunado. Cuando tienes una suegra maravillosa, eso es ser afortunado. Cuando tienes un padre y una madre que trabajan toda tu vida para que puedas tener una educación, eso es ser afortunado. Cuando tienes una esposa que ha sido una torre de fuerza y ha demostrado más valor del que soñaba que existía, eso es ser afortunado (…) Así que termino diciendo que pude haber dado un mal paso, pero tengo un montón de cosas por las que vivir”.

El beisbol no es un deporte del que pueda presumir al hablar. De hecho, como la mayoría de los europeos, nunca he visto un partido de béisbol. Alguna jugada destacada en un resumen televisivo y fundamentalmente imágenes inconexas sacadas de películas y series de televisión norteamericanas. A pesar de todo, cualquiera que tenga unas nociones básicas sobre deporte o sobre la cultura del ocio contemporánea conocerá el logo o la camiseta a rayas de los New York Yankees y le sonará el nombre de Babe Ruth o de Joe DiMaggio.

Los Yankees adquirieron fama mundial en un mundo de alcohol, mafia y mujeres a caballo entre la I y la II Guerra Mundial y luego cimentaron su mito en los años 50. Son el equipo del Bronx, uno de los barrios duros de Nueva York, hogar de alemanes o italianos en aquel entonces y de latinos y negros en la actualidad. Entre 1923 y 1963 consiguieron 20 títulos de 40 disputados. Desde entonces, y hasta la actualidad, tan sólo han celebrado 7 campeonatos más. En los 8 primeros títulos (1923-1939) la gran figura del equipo fue Lou Gherig, un desconocido para el gran público europeo. En Estados Unidos es una leyenda. Fue elegido uno de los 10 mejores jugadores de beisbol de todos los tiempos y es, sobre todo, el hombre que hizo conocida una de las enfermedades más terroríficas de nuestra era. El hombre del discurso antes citado. El hombre más afortunado sobre la faz de la tierra.

Hijo de emigrantes alemanes, Gherig se integró en los Yankees en 1923. Era un chico de familia humilde que pronto cautivo a la afición neoyorkina gracias a su fama de incansable y a su intensidad sobre el campo. Jugaba como primera base, uno de los puestos de mayor trascendencia en el beisbol, consiguiendo altos porcentajes de bateo. Pero lo más extraordinario en él era su dureza, su arrojo y su voluntad. Estableció una marca de 2130 partidos seguidos jugados que no fue superada hasta más de medio siglo más tarde. Se ganó el apodo de ‘The iron horse’ (el caballo de hierro).

Durante su carrera compartió vestuario con Babe Ruth, un hombre totalmente opuesto a Gherig. Ambos se complementaban como bateadores, pero fuera del terreno de juego no tenían nada en común. De hecho, no se hablaban. Ruth era un hombre espectáculo y sus escarceos amorosos, sus devaneos con la política y su aparición como invitado en actos, congresos y medios de comunicación lo convirtieron en un personaje admirado y odiado a partes iguales. Gherig era el yerno perfecto. Educado, reservado y tremendamente enamorado de su esposa, lo daba todo con el bate en las manos, siempre tenía una sonrisa para los fans y era el jugador predilecto para los más entendidos.

Gherig fue el capitán silencioso y el sostén de una época gloriosa para los Yankees y sirvió de puente entre Ruth (8 años mayor que él) y DiMaggio (9 años más joven). DiMaggio poseía una personalidad tan arrolladora como la de Babe Ruth y amaba los focos tanto como él, pero quien siempre sostuvo al equipo con su juego y con su firmeza era el bueno de Gherig.

Tras ganar su segundo MVP como mejor jugador de la Liga en 1936, tan sólo 2 años después, y ya con 35 años a sus espaldas, Gherig empezó a bajar notablemente su rendimiento. Con esa edad, era una opción que entraba dentro de las posibilidades de esfuerzo y dedicación del deporte profesional. Sin embargo, Gherig se mostraba preocupado porque notaba que las piernas le fallaban incluso aunque no realizase un gran esfuerzo. Le fue diagnosticado un problema de vesícula y se pensaba que estaría en plena forma para la temporada de 1939.

No fue así.

Pronto, con tan sólo 8 encuentros jugados, los aficionados observaron como Gherig no estaba recuperado y jadeaba constantemente sobre la pista. Se sentía inseguro y despistado y su juego era a la vez lento y fallón. Su porcentaje de acierto en el bateo se redujo considerablemente. Se dice que el punto de inflexión llegó en una jugada sin relativa dificultad en la que sus compañeros corrieron a felicitarle efusivamente como si hubiese hecho un `home-run`. Fue demasiado humillante para él. Decidió parar y realizar un exhaustivo chequeo médico.

De este modo, el 2 de mayo de 1939, en un partido ante los Detroit Tigers, el locutor de los Yankees pronunció unas palabras que quedaron grabadas en la historia del deporte norteamericano: “Damas y caballeros, ésta es la primera vez en 2130 partidos consecutivos que el nombre de Lou Gehrig no aparecerá en la alineación”. La ovación del respetable duró un buen puñado de segundos.

Lo que nadie imaginaba es que esas palabras también pasarían a formar parte de la historia de la medicina.

Tras varias pruebas en la prestigiosa Clínica Mayo, el 19 de junio de 1939 se le diagnosticó una enfermedad degenerativa de tipo neuromuscular, que progresivamente disminuiría sus capacidades físicas y que en procesos más avanzados provocaba la muerte. Se tenía constancia de la existencia de algún caso, pero era la primera vez que se diagnosticaba a un personaje público. Hoy dicha enfermedad es conocida como ELA (esclerosis lateral amiotrófica). En Estados Unidos no. En Estados Unidos se le conoce como ‘síndrome Lou Gehrig’.

Falleció 2 años más tarde, no llegando siquiera a los 3 años de esperanza de vida que le habían otorgado en la clínica. Eleanor, su esposa, no volvió a casarse. No tuvieron hijos. Hasta su fallecimiento en 1984, Eleanor siguió yendo periódicamente al Yankee Stadium y luchó incasablemente por obtener fondos para la investigación del ELA. La historia de este precioso matrimonio ha sido objeto de varios libros y de alguna que otra película.

El día del famoso discurso. Aquel 4 de julio, tan sólo habían pasado 15 días desde que fuera confirmado el fatal diagnóstico. Era un homenaje, pero todo el mundo esperaba ver a un hombre alicaído, derrotado y hundido. La gente se había reunido no para dar su apoyo, sino para dar su compasión a un moribundo. Lo que hizo Gherig fue extraordinario. Aquella arenga, improvisada y llena de firmeza y ternura a partes iguales, desmanteló a todos los presentes. Fue él, el moribundo, el que acabó animando a todos y dándoles esperanzas donde no las había. Aquel discurso, conocido en Estados Unidos como el discurso del ‘lucky man’ (hombre afortunado) está considerado como uno de los hitos deportivos del país y ha servido y servirá como elemento motivacional en clases de ‘coaching’ y de liderazgo. La ovación, la tremenda ovación del respetable, hizo llorar a Babe Ruth que se acercó a Gherig y le dio un abrazo sincero poniendo fin a años de rencor entre ambos.

“No cambiaría 2 minutos de mi vida con Lou por 40 años con otro hombre”. Eleanor Twitchell Gehrig.


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