Guerra Fría

Los Juegos de la GANEFO

Se han celebrado los Juegos del Mediterráneo en la bella ciudad italiana de Tarento. Si usted no se ha enterado, no tiene de qué preocuparse. Entra dentro de lo razonable. Los JJ. OO del Mediterráneo se pusieron en marcha en 1951 bajo el auspicio del Comité Olímpico de Grecia y el beneplácito del Comité Olímpico Internacional (COI). La idea era celebrar una fiesta deportiva bajo la unión histórica, comercial, ideológica y cultural de todos los países bañados por el Mediterráneo.

Aquello tiene repercusión según el país. Si para Libia o para Albania un éxito en los Juegos del Mediterráneo es fiesta nacional, para otros como Francia o como Turquía es una nota a pie de página en el año deportivo. Lo cierto es que para países como España los Juegos del Mediterráneo eran una bombona de oxígeno en tiempos oscuros. Hoy, la representación hispana está plagada de meritorios, universitarios y segundos espadas. Con todo, siguen siendo una fiesta y permite que ciudades de tamaño manejable caso de Tarragona, Almería o la citada Tarento puedan llevar la fiesta y la parafernalia olímpica a un mayor número de ciudadanos.

Mediterráneo 2026

Los Juegos del Mediterráneo, como los Asiáticos o los Panamericanos, son aceptados e impulsados por el COI. No sucedió lo mismo cuando a finales de la década de 1960 se pongan en marcha los Games of de New Emerging Forces. Los Juegos de la GANEFO.

La cosa resultó que en Tokio 1964 compitió Alemania como un único país. A partir de entonces la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA) lo harían por separado. Tras la II Guerra Mundial el territorio teutón había sido dividido en una parte occidental, regida por un sistema democrático capitalista, y una oriental, controlada por una dictadura comunista. Sin embargo, esa separación era inexistente en el deporte. A partir de México 1968 la Guerra Fría también haría su aparición con la división de los alemanes.

Por entonces tampoco acudía China a la festividad olímpica. No era una novedad. Así había sido desde que Mao alcanzase el poder en 1949. China, por cierto, no se sumó a la rueda del olimpismo hasta 1984 en Los Ángeles rechazando acudir a la cita de 1980 en Moscú, apostando claramente como alternativa a la URSS y nunca como aliada. Tampoco acudía por entonces a los Juegos Olímpicos Taiwán, protestando por el hecho de que China no la reconociese como un ente independiente. Había pues, corrientes subterráneas que al calor de la Guerra Fría amenazaban con boicotear los Juegos. En 1962 el mundo estuvo por vez primera en situación de DEFCON 2, el nivel inmediatamente inferior al máximo del desastre nuclear.

La cosa estaba calentita.

En ese 1962 Indonesia había sido la sede de los Juegos Asiáticos y había desafiado al COI al excluir a Israel de los mismos, lo que hizo que los hebreos solicitasen su presencia en las instituciones deportivas europeas obviando que geográficamente están en Asia. Aquello fue una vulneración estrepitosa de la Carta Olímpica. India terció en el tema, ya que su embajador en Yakarta era miembro del Comité Olímpico, pero todo acabó con la precipitada huida del embajador cuando una turba rodee a la comitiva diplomática. La respuesta del COI fue suspender por perpetuidad a Indonesia, decisión sin precedentes.

Fue entonces cuando Indonesia dobló la apuesta. Convocó para 1963 la primera edición de los Juegos de la GANEFO. Entonces dirigía el país con mano de hierro Kusno Sukarno. No fue una broma. Concurrieron más de 2.000 atletas de un total de 51 naciones distintas, la mayoría de ellos con regímenes comunistas y muchos de los cuales habían alcanzado recientemente la independencia durante el proceso de descolonización. Contaron con el evidente apoyo económico de la República Popular de China. En su reto al COI, con su declarado antiimperialismo, el líder indonesio Sukarno convenció incluso a las selecciones universitarias de fútbol de Argentina, Chile y Uruguay y reclutó a deportistas de Angola, que por entonces aún era un ente colonial perteneciente a Portugal.

Inaugurados el 10 de noviembre de 1963, la duración de los Juegos de la GANEFO fue de doce días. Su desarrollo fue bastante confuso y anárquico por la falta de una carta que reglamentara y regulara el sistema de competición. Por ejemplo, el fútbol se resolvió con un cara o cruz tras la trifulca, publico incluido, en que acabó la final entre Arabia Saudí y Corea del Norte. China, que había sido la gran auspiciadora de estos Juegos que sustentó con una gran aportación de recursos y material, fue la gran dominadora con 66 medallas, doblando a los soviéticos, quienes habían enviado una delegación de segundo nivel para no indisponerse con el COI, que había amenazado con sancionar a los deportistas que participasen en ellos. Países capitalistas como Finlandia, Francia, Bélgica, Países Bajos o Italia también se sumaron a la iniciativa y decidieron enviar una delegación de deportistas, usando la misma táctica de enviar atletas de segunda fila ante la amenaza del COI de suspensión a perpetuidad.

El caso es que las amenazas no se cumplieron y todos los países participantes de los Juegos de la GANEFO también participaron en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. La única excepción fue Corea del Norte que decidió no acudir en muestra de solidaridad con Indonesia. No hubo más deserciones salvo la de Sudáfrica, país que no acudió al no querer enviar a una delegación multirracial como le sugería el COI.

GANEFO 1963

Los Juegos de la GANEFO nunca tuvieron continuación. Se proyectó una segunda edición para Egipto en 1967 y una tercera en Corea del Norte para 1970 pero nunca llegaron a celebrarse. El COI, bajo la presidencia de Avery Brundage, fue firme en su determinación de acabar con la deserción. Ayudó que el COI se abriera a repartir el pastel olímpico con las nuevas naciones y que éstas fuesen conscientes de que los Juegos Olímpicos eran la mejor forma de darse a conocer y de lograr reconocimiento social. También el Politburó de la Unión Soviética, por entonces superando ya a Estados Unidos en el medallero, comprendió que el deporte era la mejor arma para ganar la batalla de la Guerra Fría.

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La locomotora humana

1922. Grandes orejas y raquítico esqueleto. Todo unido por el cuello a su cabeza hacia que Emil pareciese un chupa chups. Ni tenía un cuerpo destacable ni tampoco era especialmente aplicado con los libros. Era anodino. Uno entre tantos. Un niño nacido en la Europa de entreguerras, en un lugar llamado Koprivnice, en el año 1922. Aquel pueblo estaba situado en Checoslovaquia, una entelequia de país que apenas contaba con tres años de existencia. Aquel niño, hijo de carpintero, se llamaba Emil. Emil Zátopek. No había evidencia alguna de que ese niño se pudiese convertir en un gran deportista. Era enérgico y gustaba de ir corriendo de la escuela a casa en competición con otros niños. Poco más. Jugaba al fútbol por convención social, pero no le resultaba especialmente interesante. No había talento alguno que desarrollar porque no había talento alguno que descubrir.

1936. Parece ser que con motivo de las fiestas del pueblo el preadolescente Emil se apuntó a una carrera alrededor de la villa. Según se cuenta el recorrido era circular y contaba con aproximadamente un kilómetro de longitud. Resultaba vencedor aquel que lograse completar más vueltas antes de retirarse. Era pues una prueba de resistencia y no de velocidad. Niños y no tan niños comenzaron a trotar. Alguno corrió dos o tres vueltas, unos cuantos seis o siete y hubo uno que llegó a las diez. Sólo quedaba Emil. Ya había ganado. Pero siguió corriendo. La tarde iba transcurriendo mientras vecinos y más vecinos hacían su aparición para aplaudir vuelta tras vuelta al pequeño Zátopek. Cuando contaba con 13 giros lo mandaron parar. Lo hizo a regañadientes. Al día siguiente hizo el mismo recorrido por su cuenta. Sus hermanos mayores afirmarían que llegaría a dar 30 vueltas.

1938. Checoslovaquia fue dada en bandeja de plata a Hitler meses antes del inicio de la II Guerra Mundial. Tenía Emil 16 años. Hubo de ponerse a trabajar en una fábrica de zapatos que pronto cambiará los tacones y las zapatillas por las botas militares al servicio del ejército alemán. Emil se salva de un reclutamiento forzoso por su condición de atleta. Es llevado de un lado a otro en carreras de exhibición para el beneplácito de los mandamases. Lo hace sin entrenar. Ni le dejan en la fábrica ni tampoco su padre, quien le pide que se centre en trabajar y en obedecer a sus superiores. Lo de dedicarse al atletismo se convierte en una entelequia.

1945. Todo cambia en 1945. Checoslovaquia vuelve a ser un país. Emil cuenta con 23 primaveras. Goza de buena salud. Su país no. Ya no es la Checoslovaquia de antes de la guerra. La democracia ha sido sustituida por la dictadura del proletariado. Las autoridades comunistas apuestan por el deporte como forma de convencer al mundo de las bondades del sistema. A Emil lo sacan de la fábrica y le obligan a entrar en el ejército. Lo inscriben en el Dukla Praga, el conjunto de los militares. Tendrá consideración de suboficial a cambio de dedicarse en cuerpo y alma al atletismo. En contraprestación debe dar triunfos y gloria a la Checoslovaquia comunista. O todo o nada.

1948. A Emil Zátopek lo mandan a los Juegos Olímpicos de Londres. Es el actual plusmarquista checo en 10.000 metros. Pero no es favorito. Es un completo desconocido. A mitad de carrera va instalado en el grupo. Entonces acelera la marcha y empieza a adelantar rivales a los que va dejando atrás uno a uno, cual locomotora desengancha sus vagones. La locomotora humana gana la medalla de oro logrando un nuevo récord olímpico y aventajando al segundo clasificado en más de 50 segundos. En la carrera de 5.000 metros Zátopek logra la medalla de plata al perder el sprint final ante el belga Gaston Reiff. Aquel éxito lo convierte en una celebridad. Batirá el récord mundial de los 10.000 metros cuatro veces consecutivas en cuatro años seguidos. Zátopek tiene carta libre para dedicarse a los entrenamientos. Son años de cambios. Zátopek estaba en medio de la revolución del entrenamiento por intervalos que estaba modificando drásticamente el entrenamiento deportivo a mediados del siglo XX. Pero mientras que el adiestramiento por intervalos se centraba en mezclar series de carreras ligeras, medias y duras, Zátopek solo conocía una configuración; dura. En sus primeras excursiones por el bosque, Emil simplemente corría, explorando en lugar de entrenar de forma concentrada. Pronto se cansó de matar el tiempo sin un objetivo. Una sesión típica implicaba veinte series de 200 metros y otras veinte de 400 metros. Después de ello, sumaba otros 10.000 metros en carrera. Así todos los días. Zátopek no usaba cronómetro. Las unidades que le interesaban medir eran las del esfuerzo. Muhammad Ali comentó una vez que, cuando hacía abdominales, solo empezaba a contarlos cuando empezaban a doler porque era los únicos que contaban. Zátopek era de la misma opinión. “En el límite entre el dolor y el sufrimiento es donde se separan los hombres de los niños”, diría en cierta ocasión.

17 de julio de 1952. Dos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos, Emil Zátopek está en el aeropuerto de Praga junto a Dana, su esposa y lanzadora de jabalina, y el resto del equipo checoslovaco. El avión pone rumbo a Helsinki donde tendrán lugar los Juegos Olímpicos. Quien no está es Stanislav Jungwirth (apodado Jogurt). Al compañero de entrenamientos de Zátopek se le habían negado las credenciales para abandonar el país. Su padre estaba en prisión por oponerse al régimen comunista y, aunque le habían prometido a Zátopek que no habría consecuencias para su hijo, finalmente el gobierno checo decidió impedir el vuelo de Jogurt para evitar que desertase. Meses antes, de hecho, ya se había arrestado a varios integrantes del equipo de hockey sobre hielo (vigentes campeones mundiales) por miedo a más deserciones. Zátopek fue claro y rotundo; o Jogurt viajaba a Helsinki o Zátopek se quedaba en tierra. Cogió su chándal de entrenamiento, le pidió a Jogurt el suyo y entregó ambos a un alto funcionario del Ministerio de Deportes. Inmediatamente se fue a entrenar y dijo que no lo molestaran hasta que le devolviesen el pasaporte a Jogurt.

19 de julio de 1952. Ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Toda la prensa internacional pregunta por Emil Zátopek. Una inoportuna lesión le impide estar en Helsinki, pero se confía en que esté listo para el día que se celebre la carrera de 10.000 metros. Esa es la versión oficial. Lo cierto es que Emil está en rebeldía. A su esposa Dana la aíslan en una habitación y le prohíben mantener contacto con nadie. Finalmente, el Partido Comunista Checo acepta que tanto Zátopek como Jogurt viajen a Helsinki. Eso sí. Hay advertencia para Zátopek. Se le exige el oro tanto en 5.000 como en 10.000 metros, al ahora ascendido a capitán del ejército checoslovaco. O el todo o la nada. En el mismo ascenso estaba el riesgo. Podría volver convertido en héroe o acabar olvidado y aislado en una penitenciaria.

20 y 24 de julio de 1952. En un plazo de ocho días Emil Zátopek iba a realizar un desafío nunca antes intentado, nunca después pretendido y nunca jamás conseguido. Primero fueron los 10.000, en los que vence con suficiencia por delante del francés Alain Mimoun, quien también había sido plata cuatro años atrás. Cuatro días después tienen lugar los 5.000 metros. Cinco corredores llegan a la última vuelta con opciones de medalla. Reiff, vigente campeón, lanza una carga final que pronto es contestada por Zátopek, Mimoun y el alemán Shade. En ese momento Zátopek marcha cuarto con su zancada desgarbada, boca abierta y cabeza echada. Los otros, con un paso académico, marchan por delante. Pero la victoria aún estaba al alcance de la locomotora checa. Los demás se estaban cansando. Los demás no tenían esas 40.000 vueltas rápidas en sus piernas. Los demás podían ser derrotados. Al entrar en la curva final, había cerrado la brecha. A mitad de la misma Zátopek lanzó un nuevo ataque, pasando por delante de sus tres rivales en una agonizante confusión de brazos agitados y piernas golpeando. Mimoun y Schade respondieron, y durante una tentadora fracción de segundo, los tres estuvieron uno al lado del otro…hasta que Emil vuela hacia la meta, gana el oro y establece un nuevo récord olímpico.

27 de julio de 1952. Tras ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, Emil Zátopek se dispone a completar un maratón. La primera vez en su vida en la que correrá un maratón. Con el número 903 sobre el pecho, el checo pretende completar algo extraordinario. Son un total de 66 atletas representado a 32 países por un circuito al norte de Helsinki. En los primeros diez kilómetros un grupo de 9 escapados aventaja a un pelotón donde se mantiene impertérrito el bueno de Zátopek. A media maratón, Zátopek alcanza la tercera posición tras Jim Peters y Gustaf Jansson. Al rebasar el kilómetro 32 empieza a balancear su cabeza en su muestra de esfuerzo característica para colocarse líder y llegar diez kilómetros después ganando el maratón con dos minutos de ventaja sobre el argentino Reinaldo Gorno, segundo clasificado. 70.000 personas aclaman en pie a un Zátopek que acaba de ganar su tercera medalla de oro y quien recibe el abrazo de Dana nada más cruzar la línea de meta. Su esposa, por cierto, había ganado el oro en lanzamiento de jabalina horas antes.

Zátopek en cabeza

1956. Con 34 años Zátopek intentó defender su medalla de oro en maratón en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Había sido campeón de Europa de 10.000 nuevamente, pero su cuerpo ya no era capaz de competir en varias pruebas en un corto espacio de tiempo. La forma de correr de Zátopek con giros constantes de cabeza y balanceándose de lado a lado no era productiva a largo plazo. Se dice que, cuando le preguntaban por sus torturadas expresiones faciales, Zátopek respondía: «No es gimnasia ni patinaje artístico, ¿sabe?». Además, se entrenaba con cualquier tiempo, incluida la nieve, y a menudo lo hacía con pesadas botas de trabajo en lugar de zapatillas especiales para correr. Esa brutalidad le llevó a tener una lesión en la ingle que lo mantuvo hospitalizado seis semanas. En 1956, acabaría sexto en el maratón. Con todo, seguía siendo el gran Emil Zátopek y tuvo honores en su retirada al regresar a Praga. El Partido Comunista no le tuvo en cuenta sus manifestaciones públicas a favor de una apertura democrática con motivo de la revuelta húngara de ese mismo año. Aun entonces el coronel (nuevo ascenso) Zátopek era intocable, pero no sería así para siempre…

1968. Zátopek seguía siendo una personalidad aun habiéndose retirado en la década anterior. Mantenía fuerte contacto con Alexander Dubcek, presidente checo, que, aunque miembro del Partido Comunista, apostaba por la apertura de prensa, la concesión de libertades y el comercio con Occidente. Aquel arriesgado juego acabó con los tanques soviéticos entrando en Praga en agosto de 1968. Miles de checos se habían congregado en los alrededores de la sede de la radio pública nacional (que desde esa primavera emitía sin censura). Fue una notable muestra de unidad popular y desafío. Y el símbolo más visible de ese desafío fue un hombre calvo de mediana edad con una chaqueta arrugada, de pie sobre un pedestal junto a la estatua de San Wenceslao. Era Emil Zátopek. En un momento dado, Zátopek se precipitó hacia un grupo de soldados soviéticos, anunció su nombre y sus títulos deportivos y luego fue de un tanque a otro hablando en ruso con los soldados pidiéndoles que bajasen las armas.

Defendiendo la libertad

1972. Tras el fin de la llamada Primavera de Praga más de 16.000 personas fueron detenidas y se ejecutaron a una centena de ellas. Debido a su estatus de leyenda, a Emil Zátopek ni lo enviaron a un campo de trabajo ni estuvo delante de un pelotón de fusilamiento. Sin embargo, se le destituyó de su cargo honorífico del ejército y se le quitó su vivienda y pensión. Peor aún. Su nombre fue borrado de los libros de la historia. En ningún texto checo o del área soviética podía aparecer récord o logro alguno de Zátopek. A Emil lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Meses después le permitieron volver a su pueblo, a la que había sido su casa familiar, donde sobrevivía plantando verduras y hortalizas y donde los lugareños se acercaban a hacerle agasajos a escondidas en forma de costillas de cerdo o filetes de ternera. Durante cuatro años ese fue el día a día de Zátopek, hasta que el Comité Olímpico Internacional exigió su presencia como invitado para los Juegos de Múnich de 1972. El gobierno checo se negó a otorgarle un pasaporte. Ocurrió que las protestas arreciaron y, al cabo de varias semanas de negociaciones, se permitió que Zátopek viajase a Alemania para recibir un sentido homenaje. Después, vuelta a casa, y nuevamente a pasar desapercibido entre patatas, zanahorias y cebollas.

1983. Ese año tiene lugar el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Se celebra en Helsinki. Allí, cuatro décadas antes, Zátopek lograra el triplete 5.000, 10.000 y Maratón en los Juegos Olímpicos. Su presencia es obligada. Esta vez se le permite ir. Es un anciano y no se le considera peligroso. Tras volver de Múnich, a Zátopek le acabarían dando un trabajo en el servicio de basuras. Se cuenta que, al ser reconocido, la gente vaciaba los contenedores en su lugar y tiraban ellos mismo las bolsas en los camiones. Aquello era inaceptable por el régimen y fue despedido. Por entonces llevaba años apartado de su mujer. El padre de Dana había sido alto cargo del ejército y en 1968 movió hilos para separar al matrimonio. Al fallecer el padre, los Zátopek retomaron su vida de casados. A Emil le permitieron volver a reunirse con Dana en Praga a cambio de aceptar un trabajo como censor de periódicos deportivos durante 14 horas diarias. Era humillante. Terriblemente humillante. Una entre tantas. Pero el poder estar con su querida Dana inclinó la balanza a favor de la aceptación de lo inaceptable. Así que cuando llegó a Helsinki y miles y miles de personas lo aclamaron, Zátopek debió sentirse en la Luna. Ni siquiera cuando el comunismo cayó y su nombre y sus registros fueron rehabilitados el sentimiento popular fue el mismo. Tampoco cuando falleció en 2000. Al fin y al cabo, los homenajes cuando uno está muerto no son precisamente disfrutables. Pero las dos semanas de Helsinki de 1983 que Zátopek se pasó entre apretones de brazos, aplausos y cálidas sonrisas debieron compensar, al menos en parte, todos los sufrimientos de esos largos, duros y penosos últimos años.

Emil Zátopek, el hombre que ganó 5.000, 10.000 y maratón en unos Juegos Olímpicos. Hazaña que nunca jamás será igualada.

La locomotora humana

“Correr lento; ¿para qué? No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno”. Emil Zatopek, contestando a un periodista que le preguntaba porque siempre se ponía en cabeza para tirar desde un principio en vez de esperar al tramo final.

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Cuando Heung-min Son se libró de hacer la mili

Contaba 16 años cuando Heung-min hizo las maletas y cruzó medio mundo para irse a vivir a Hamburgo. No fue casual la elección. Desde que tenía 12 años todo lo que veía a través de la televisión era en alemán. Sabía que la Bundesliga era la puerta tradicional de entrada de los futbolistas asiáticos a Europa y él lo que quería era ser futbolista profesional. No fue pues extraño que aquel coreano sobresaliese de inmediato. A pesar de estar a más de 8.000 kilómetros de casa y de proceder de una cultura tan diferente, con 18 años Heung-min ya tenía un puesto asegurado en todo un campeón europeo como el Hamburgo SV.

Heung-min Son era uno de los excelentes frutos cosechados en Corea del Sur por una apuesta decidida por el fútbol. En la década de los 90, una vez conocido que Corea sería sede del Mundial 2002, ingentes sumas de dinero invertidas en escuelas, campos de entrenamiento y técnicos extranjeros harán alumbrar una excelente cantera de jugadores. Son es uno de ellos. Tras fichar por el Bayer Leverkusen, en 2015 firma por el Tottenham Hotspur donde se ha convertido en un mito y donde incluso ha logrado ser el máximo goleador de la todopoderosa Premier League.

Y pudo no haber sido así.

Corea del Sur es un país en guerra. Entre 1950 y 1953 más de tres millones de personas perecieron en una guerra que se cerró en falso. Históricamente Corea sólo había conocido dos realidades; unida u ocupada. Lo de la ocupación principalmente fue cosa de los japoneses, quienes forzosamente hubieron de retirarse tras el fin de la II Guerra Mundial. La península coreana fue liberada por los comunistas en su mitad norte y por los estadounidenses en su mitad sur. La separación se daba en el paralelo 38. La guerra no resolvió el dilema y nadie quería usar armas nucleares (¿les suena Ucrania?). Así que se firmó un armisticio, nunca la paz.

Por eso Corea sigue en guerra. En el norte se encuentra el país más hermético del mundo, una paranoica dictadura comunista donde el Estado incluso controla el peinado que debe llevar la población. En el sur un país que se entregó al capitalismo sin escrúpulos con una dictadura conservadora hasta que en 1987 se permitieron elecciones libres. Desde entonces, ese capitalismo agresivo ha sido regulado (nunca controlado) y Corea del Sur se ha convertido en una democracia ejemplar (con jornadas laborales de 50 horas) y en la vanguardia tecnológica.

Pero Corea sigue en guerra. De vez en cuando hay escaramuzas en el paralelo 38. Un avión sobrevuela territorio enemigo o un barco nuclear hace maniobras sospechosas. Los jóvenes surcoreanos no quieren saber nada de ello. Se han entregado a los tiktokers, a los deportistas de élite, a los cantantes de K-Pop y a los actores de cine. Lo mismo que han hecho los del resto del mundo. En la otra Corea se supone que también quieren. El caso es que no les dejan.

Los chicos surcoreanos no sólo quieren imitar a sus ídolos por la fama o el dinero. No. Hay algo más. Una prebenda de ser famoso es poder evitar el servicio militar. En Corea del Sur es obligatorio realizar un servicio militar de 21 meses en todos aquellos mayores de edad. Por motivos de estudios o de trabajo se puede postergar hasta los 28 años. De no presentarse antes de esa fecha al objetor se le retira la nacionalidad y puede ser expulsado del país. Tan sólo las personas que acrediten que gracias a su trabajo “mejoren el estatus cultural del país o impulsen su economía” están exentas del servicio militar. Y aún en estos casos son mirados con suspicacia por sus compatriotas, por lo que es habitual que muchos de ellos accedan a cumplir con una mili reducida de unas semanas y adecuada a su fama para no sufrir represalias sociales. Incluso el cantante del grupo BTS, los cuales llegaron a ser número 1 en Estados Unidos, fue duramente criticado en Corea al no haber vestido ni un solo día el uniforme militar.

Heung-min Son

El fútbol siempre fue un deporte con enorme aceptación en Corea. Corea del Sur acudió en 1954 al Mundial tras derrotar a Japón. Los dos partidos clasificatorios se disputaron en suelo nipón dado que la junta militar coreana se negó a que la bandera japonesa penetrase en territorio coreano. En 1966 Corea del Norte llegó a cuartos del Mundial tras eliminar en fase de grupos a Italia. Hasta 1978 no se enfrentaron las dos Coreas y, por supuesto, en ciudad neutral. Por entonces el nivel era parejo, hasta que en 1984 Corea del Sur creó una liga profesional. Luego vinieron los 90 y el Mundial 2002 y el nivel de los surcoreanos se disparó por completo.

Dado que durante dos años los futbolistas debían cumplir, al igual que cualquier hijo de vecino, con el servicio militar, el gran problema de los clubes de fútbol era tener que pagarle la ficha a un deportista inhábil durante más de veinte meses. Se creó entonces el Sangmu FC. Traducido. Club Atlético de las Fuerzas Armadas Coreanas. Todo jugador en servicio militar jugaría cedido en el Sangmu FC (o en su segundo equipo si el futbolista en cuestión no daba el nivel) mientras fuesen reclutas a cambio de un modestísimo sueldo. Al ser un club de paso y poder contar únicamente con futbolistas cedidos, al Sangmu FC no se le permiten disputar competiciones internacionales independientemente de sus éxitos en clave nacional.

Los afortunados residen durante esos veinte meses en unas instalaciones deportivas. Y digo bien los afortunados, porque los que no tienen suficiente nivel futbolístico acabaran acuartelados limpiando letrinas. Aunque no es obligatorio, la tradición dictamina que aquel que meta un gol vistiendo los colores del Sangmu FC debe hacer el saludo militar. Así lo hizo Keun-ho Lee. Elegido mejor jugador de la Champions League asiática en 2013 no tenía el nivel suficiente para destacar en Europa, por lo que ante la perspectiva de un futuro incierto decidió quedarse en Corea y hacer el servicio militar jugando en el Sangmu FC. Cuando le marcó un gol a Rusia durante el Mundial 2014 lo celebró, como no podía ser de otra forma, con la mano derecha abierta hacia la sien.

La perspectiva no es mala. No obstante, es insuficiente para los grandes jugadores. El primero de ellos, Cha Bum-kun, hubo de pasar tres años de servicio militar. Eran finales de los 70. Para quien no sepa quién es hablamos del primer jugador coreano y asiático con carrera europea. Goleador de potente disparo, ganó la Copa de la UEFA con el Eintracht de Frankfurt en 1980 y con el Bayer Leverkusen en 1988 en una increíble final ante el RCD Espanyol. Eran otros tiempos. Park Ji-Sung pasó por PSV Eindhoven y Manchester United a inicio del siglo XXI. Ganó títulos y millones. Muchos títulos y muchos millones y por nada del mundo iba a volver a Corea a realizar el servicio militar. No hizo falta. En 2002 Corea del Sur alcanzó las semifinales del Mundial. Fue librado de sus obligaciones por “mejorar el estatus cultural del país”. Ni siquiera se dignó en acudir unas semanas al cuartel para cumplir con lo mínimo. Directamente decidió pasar de todo.

Y en esas estaba Son Heung-min. El mejor jugador coreano de todos los tiempos y quizás también de toda Asia, no en vano es el único triple ganador del Balón de Oro asiático. Con esas credenciales parece imposible que Son Heung-min no se pudiese librar del reclutamiento. Pues no fue así. Son enfilaba los 28 años sin perspectiva alguna de no tener que dejar su maravillosa vida en Londres y volver a Corea para jugar temporada y media con el equipo del ejército coreano.

Y es que Son nunca había ganado nada.

En 2011 Corea del Sur con un joven Son Heung-min obtuvo el tercer puesto en la Copa de Asia. Insuficiente. Para 2014 Son jugó su primer Mundial. Clasificarse para octavos podría significar un pasaporte para librarse del servicio militar. No lo consiguieron. Corea quedó eliminada en fase de grupos superada por Argelia o Rusia, algo que no entraba en los planes de los asiáticos. En 2015 Son lo volvió a intentar en la Copa de Asia, pero Corea perdió la final ante Australia.

Enfilaba Son Heung-min el Mundial 2018 como la última oportunidad para lograr un puesto meritorio con su selección y evitar el reclutamiento. Son hizo un Mundial extraordinario. Marcó dos goles en tres encuentros y guio a Corea en una histórica victoria ante Alemania. Fue en vano. Corea cayó ante Suecia y frente a México y quedo eliminada, nuevamente, en primera ronda. Estaba perdido. Y se agarró un clavo ardiendo.

En 2018 también se celebraban los Juegos Asiáticos. Una competición menor para una estrella como Son. Pero en 2014 los coreanos que ganaron la medalla de bronce en la competición futbolística fueron exentos de realizar el servicio militar. Son, quien no estaba convocado, pidió públicamente acudir a los Juegos. Si el Mundial había finalizado en julio los Juegos Asiáticos terminarían el primer día de septiembre. Una auténtica locura. Son pidió entre lágrimas a la Federación Coreana ser aceptado. Lo logró. Luego tuvo que convencer al Tottenham. Ahí lo tuvo fácil. Para el club inglés era mejor perder a Son durante un mes que estar sin él durante casi dos años.

Son jugó aquel torneo como le fuese la vida en ello. En la final Corea del Sur se enfrentó a Japón. El partido fue dominado por los nipones, pero se llegó a la prórroga sin ningún gol en el marcador. En la prórroga Corea logró dos goles, ambos gracias a asistencias de Son. Lograría Japón acortar distancias a falta de cinco minutos para el final, pero no se consumó la remontada y Corea del Sur consiguió la medalla de oro.

Heung-min Son lloraba de alegría. No tanto por el triunfo sino por librarse del reclutamiento.

Lágrimas de alegría

A inicios del 2020, aprovechando la pandemia del coronavirus, Son decidió realizar el servicio militar de cinco semanas reservado para aquellos que mejoran el estatus cultural del país. Son acabaría recibiendo una condecoración por su puntería, después de hacer el ejercicio práctico de disparo sin un solo fallo y siendo el mejor de su promoción. Al parecer su destreza con el balón era igual de digna que la que demostró con la bayoneta, el fusil o el combate individual.

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Un soviético, un alemán y un francés en la Carrera de la Paz

Una vez ganó un francés. Se llamaba Jean-Pierre Danguillaume. Era 1969. Cuando volvió a Paris sólo lo entrevistó un periodista del rotativo L’Humanité. Allí narra que la organización lo había tratado de forma excelente. Contaba con dos intérpretes, los llevaban a visitar fábricas entre etapa y etapa y en los hoteles, austeros, pero limpísimos, no había filetes, pero si salchichas y carne hervida. Danguillaume cuenta también que al final de cada etapa un niño se encargaba de darte ropa limpia, mantas y folletos que contaban con propaganda comunista, la misma que se encuentran pueblo tras pueblo y jornada tras jornada.

Y es que en 1969 Danguillaume ganó la Course de la Paix (Carrera de la Paz) una carrera ciclista creada en 1948 en el Bloque Soviético para competir con el capitalista Tour de Francia y que circulaba por Checoslovaquia, Alemania Oriental y Polonia, entonces todos países comunistas. Si ese era el caso no es de extrañar entonces que el único medio que se interesase por Danguillaume fuese L’Humanité, el órgano del partido comunista francés. La carrera se disputó por vez última en 2006, muchos años después de la Caída del Muro de Berlín.

El caso es que Danguillaume se vistió de amarillo y subió al pódium como vencedor en Berlín. En el llamado Berlín democrático. En el lado comunista. En el estadio olímpico se juntan más de 80.000 personas que escuchan en respetuoso silencio La Marsellesa. Era 1969. Esa gente, o sus antepasados para ser más exactos, habían invadido Francia tres veces en el último siglo. Esa tarde a Danguillaume le comentan que durante la cena de celebración le sentaran junto a una chica y luego su acento francés se tendrá que encargar de engatusarla. Jean-Pierre sueña con una modelo o una azafata, pero no habrá nada de eso. Será una trabajadora de una factoría quien le acompañe en la cena de gala. Una estajanovista con la que charlará de la lucha de clases y poco o nada sabrá de Chanel o de Dior.

Carrera de la Paz 1954

Puede parecer fácil pero la obra fue colosal. El nombre de la prueba ya era toda una declaración de intenciones. Checoslovaquia, Polonia y Alemania Oriental podían ser países comunistas, pero apenas tres años antes los alemanes aún se estaban cepillando a checos y polacos con la esvástica bordada en sus chaquetas militares. La idea inicial era la de una carrera que partiese de Praga rumbo a Varsovia. Fueron los soviéticos los que obligaron a incluir a los teutones para dar normalidad al asunto. Costó. Y aún costó más cuando los soviets pasen a enviar ciclistas a la Carrera de la Paz mejor alimentados, más entrenados y con la consigna clara de ganar a toda costa. Pero funcionó. La Carrera de la Paz fue un éxito más allá del Telón de Acero y unió a través del ciclismo a países que años antes estaban en guerra. Al final polacos, checos y alemanes acabarían encontrando en los soviéticos un enemigo común.

Aunque algún valiente como Danguillaume se atrevió con la prueba, la presencia estaba reservada para ciclistas del bloque soviético o para corredores del otro lado capitalista que fuesen amateurs y con filiación comunista. Así que con semejantes limitaciones el tema se redujo en una pugna germanosoviética. Eso sí, el plusmarquista fue un polaco que obedece al nombre de Ryszard Szurkowski del que aquí no sabemos nada pero que en Polonia es venerado como si de Juan Pablo II se tratase. El caso es que en esa burbuja de ideal proletario no se sabía si esos ciclistas podrían destacar en el competitivo y lucrativo ciclismo occidental. Si serían capaces de ganar el Tour. Para ser claros. Hubo dos ellos que, según los entendidos, al menos hubiesen tenido una oportunidad.

Rubio, melena al viento, disciplina militar y cuerpo robotizado. Así era Sergei Soukhoroutchenkov. Un ídolo de los ochenta. Gana todo lo ganable, en el mundo que era el otro mundo. Cuba, Rumanía, Yugoslavia. Pero como es amateur también compite al otro lado del Muro. Van a comenzar los 80. Hay cierta relajación. Las fronteras se abren con limitaciones. Y Sergei lo hace bien. Gana una carrera en Italia tras un ataque demoledor, pero el problema es que al ganar lo hace traicionando a un compañero de equipo. Eso no gusta en el Kremlin. Se acabó lo de viajar al paraíso capitalista. Se centra en los Juegos Olímpicos de Moscú donde se lleva el oro en solitario metiéndole una minutada al pelotón. Entre los derrotados hay un futuro ganador del Tour como Stephen Roche.

Por supuesto gana la Carrera de la Paz. En cuatro ocasiones. También ganó dos veces el Tour del Porvenir y otras dos quedaría segundo. Le ofrecen varios contratos. Uno de un millón de dólares anuales. No le dejan. Cuando le dan libertad es 1986. Apenas tiene 30 años, pero ha sido exprimido a kilómetros hasta la saciedad. Es el método soviético. Si no les impresionas en juniors, nadie se va a volver a interesar por ti. Tienen demasiado material humano a su disposición. Soukhoroutchenkov estaba quemado. Le dejan competir en la Vuelta a España formando parte de una selección soviética, pero Sergei no carbura. Vuelve a Moscú y firma su primer contrato profesional en 1989 con una escuadra italiana. Tiene 33 años. Apenas aguanta un par como profesional. Allí se acabó la carrera del que fue el Bernard Hinault de la Unión Soviética

Soukhoroutchenkov

El otro ídolo de masas era de la RDA. La Alemania Oriental era el ejemplo vivo del éxito del comunismo. No había colas de hambre. Había excedentes. Y se exportaban. No sólo a Polonia o a Hungría. También a Francia o a Italia. En los rankings económicos la RDA siempre estaba a la vanguardia mundial y su número de universitarios por habitante era el mejor del planeta. Y luego estaba el deporte. Luego supimos que era el dopaje de Estado, pero entonces era flipante. En los Juegos de Seúl de 1988 la RDA y sus 16 millones de habitantes superaron en medallas a los caudalosos Estados Unidos y sus 300 millones de almas.

En Seúl será medalla de plata Olaf Ludwig. Ocho años antes, con apenas veinte castañas, ya había sido oro en contrarreloj por equipos. Antes de Seúl había ganado la Carrera de la Paz (dos veces) y también el Tour del Porvenir. Moreno, miope, con abundantes entradas, Ludwig se niega a viajar a Ucrania para una carrera. Era la primavera de 1986. Decían que algo había pasado en la central nuclear de Chernóbil. Puede que en la RDA las cosas fueran bien, pero la libertad no era una de esas cosas.

A Ludwig le asaltan los periodistas. Es un deportista famoso. Y él contesta. Habla de ciclismo. También de otros temas. Lo censuran. El pueblo no sabrá lo que dijo. Pero los que mandan si lo saben. Al igual que le habían hecho a Soukhoroutchenkov a Ludwig también le hacen el vacío. Lo meten en el congelador. Pero el invento comunista se está acabando. Finaliza en el otoño de 1989. Olaf se convierte en profesional al año siguiente. Equipo Panasonic. Destaca. Vuelta a Andalucía. Debut. Tres etapas. Tres victorias. Etapas en el Tour de Francia, Gran Premio de Frankfurt, Amstel Gold Race y maillot de la regularidad en el Tour. Todo a partir de la treintena. ¿Qué hubiese sucedido antes? Vete tú a saber. En 1993 fue tercero y medalla de bronce en el Mundial de ciclismo. Por delante de él quedaron Lance Armstrong y Miguel Induráin.

Ludwig (drch)

De 1948 a 2006 fueron más de 700 etapas. Más de 100.000 kilómetros. Un maillot amarillo con el símbolo de la paloma de la paz y estadios llenos, cunetas atestadas y una carrera olvidada de un lado del mundo y añorada al otro lado del planeta.

“Si los alemanes bajan sus armas, los soviéticos, de acuerdo con el arreglo al que han llegado Roosevelt, Churchill y Stalin, ocuparán todo el este y el sudeste de Europa, así como gran parte del Reich. Una cortina de hierro caerá sobre este enorme territorio controlado por la Unión Soviética, detrás de la cual las naciones serán degolladas. La prensa judía en Londres y Nueva York seguirá aplaudiendo probablemente”. Joseph Goebbels, ministro del III Reich en febrero de 1945.

“Por cuanto he visto de nuestros amigos los rusos durante la guerra, estoy convencido de que nada admiran más que la fuerza y respetan menos que la debilidad. Es preciso que los pueblos de lengua inglesa se unan con urgencia para impedir a los rusos toda tentativa de codicia o aventura. Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre Europa un telón de acero”. Winston Churchill, ex Primer ministro británico en marzo de 1946.

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La más grande de todas las polémicas (USA vs URSS 50 aniversario) 2ª parte

En una caja fuerte de Lausana. En la sede del Comité Olímpico Internacional. En el anverso la diosa de la victoria con una palma en la mano izquierda y una corona de laurel en la derecha. En el reverso dos jóvenes desnudos, representando la pureza del cuerpo atlético. Son doce las medallas de plata que allí aguardan, en un frio recipiente chapado de acero de una ciudad suiza a la espera de ser recogidas. La larga espera suma 50 años y nadie le augura fin. Alguno de los doce componentes del equipo norteamericano de baloncesto ya ha dejado este mundo. Otros aun no lo han hecho. Pero tantos unos como otros han sido tajantes. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos, podrán nunca recoger esas medallas. Así lo atestiguan sus testamentos. Y sólo el acuerdo unánime de esos doce hombres o sus descendientes podrían sacar esas medallas del letargo en el que están asumidas.

Esas doce medallas son el amargo recuerdo de los tres segundos más corrosivos que el baloncesto ha parido. Del partido más controvertible jamás celebrado. De la más grande de todas las polémicas.

Una vez Doug Collins ha sido arrollado por Sakandelidze se dispone a lanzar dos tiros libres. Quedan tres segundos para el final. Antes hubo que levantarlo del suelo, porque el golpe fue terrible. Anota el primero ante el rugir del público. 49-49. Respira hondo, lanza con seguridad el segundo y vuelve a encestar. 50-49. Es la primera ventaja de Estados Unidos en todo el partido y el público y el banquillo norteamericano comienza a celebrar la victoria.

Why The 1972 U.S. Men's Basketball Team Refused Their Olympic Medals
Toda la presión para Collins

En el momento en el que el segundo tiro de Collins vuela hacia el aro suena una bocina. Es el indicativo que confirma que Kondrashin ha solicitado un tiempo muerto. En la retransmisión televisiva el sonido se escucha claramente, pero no así en el pabellón donde la algarabía enloquece a los presentes.

El árbitro brasileño Renato Righetto se gira hacia la mesa para ver qué ocurre, pero el búlgaro Artenik Arabadjan pone el balón en manos de Alzhan Zharmukhamedov. En ese momento se puede ver a Kondrashin y sus ayudantes haciendo con las manos el gesto de tiempo muerto totalmente desesperados. Zharmukhamedov saca rápido de fondo y envía el balón a Serguei Belov que intentará un lanzamiento a la desesperada desde el centro del campo. Justo cuando cruza la línea del medio los árbitros paran el partido. La solicitud de Kondrashin ha sido aceptada y habrá tiempo muerto. Queda un segundo para el final del choque.

Por entonces no se contabilizaban las centésimas, pero es evidente que desde que Collins lanzó los tiros libres han pasado un par de segundos, y no es lo mismo jugarte el partido con tres segundos de posesión que con tan sólo uno.

Jugadores y cuerpo técnico de ambas selecciones rodean a los colegiados y a la mesa de anotación buscando una solución satisfactoria a sus intereses. El caos es colosal. Es la locura. La prensa salta a la pista y los miembros de seguridad se afanan por devolver a todos a sus respectivos lugares.

Según las reglas de aquel momento, el tiempo muerto debía pedirse antes de que se lanzaran los tiros libres, y podía ser concedido o antes de los lanzamientos, o entre el primero y el segundo, nunca después del segundo.

¿Fue el tiempo muerto pedido correctamente? Kondrashin asegura que el tiempo muerto fue pedido antes de los lanzamientos, con la intención de hacerlo efectivo entre el primer y el segundo tiro libre. El hecho de que la mesa hiciera sonar la bocina cuando Collins ya tenía el balón en sus manos indica un intento de evitar que se produjera el segundo lanzamiento. En cambio, Hans Tenschert, responsable de la mesa de anotación, explica que en aquel torneo se había dado a los entrenadores un aparato electrónico para señalar a la mesa la intención de pedir tiempo muerto. Según Hans, los soviéticos no manejaron bien el aparato y acabaron pidiendo el tiempo muerto demasiado tarde. Mas tarde, cuando todo esto haya concluido, se acabará reconociendo que el error había sido de la mesa. Pero no adelantemos acontecimientos. Falta mucha tela que cortar.

El milagro olímpico de la URSS ante Estados Unidos en Múnich 72 | Antena 2
El VAR de 1972

De repente, y tras esos instantes de tensión, un hombre con una fina capa de pelo blanco, sempiternas gafas y una pajarita que daba un cierto aire cómico a su aspecto aristocrático, baja haciendo aspavientos desde la tribuna presidencial hasta la mesa arbitral. Se trataba de William Jones, presidente de la FIBA desde su fundación en 1932. Jones no tenía autoridad alguna para influir en los árbitros, pero al mismo tiempo tenía toda la autoridad para hacerlo. Era el hombre que había logrado que el baloncesto fuese olímpico y era mando respetado en todo el orbe. Así que cuando Jones levantó tres dedos al aire indicando que se otorgasen los tres segundos y se concediese el tiempo muerto la discusión finalizó con rotundidad.

Lo cierto es que más allá de la tropelía de Jones había una prueba que quitaba toda la razón a los norteamericanos. Al sonar la bocina tras el segundo lanzamiento de Collins se había encendido una luz en la mesa de los jueces. Quizás se podía argumentar que no se había oído la sirena, pero la luz encendida era una prueba irrefutable.

Total, que hay un nuevo saque de fondo y la jugada vuelve a ser la misma. Los protagonistas no. En el alboroto, Edeshko ha entrado por Zharmukhamedov para sacar de fondo y Paulauskas era el escogido para intentar el tiro a la desesperada en lugar de Serguei Belov. Los árbitros deciden reanudar el choque, mientras en la mesa gritan que paren, que todavía no están preparados. Defendido por el pívot McMillen, Edeshko se la pasa a Paulauskas, que lanza el balón hacia el aro. La bocina suena en el mismo momento que el jugador lituano recibe la pelota.

¿Fin del partido?

En ese momento el reloj sigue anclado en un segundo para el final porque alguien ha sido tan cenutrio como para volver a poner el partido en juego sin haberlo arreglado. En las centésimas que van desde que el balón sale de las manos de Edeshko hacia el infinito alguien se da cuenta del error y pone el cronómetro en 50 segundos. Entendemos que su intención era dejarlo en 3, pero con los nervios no se sabe que botón fue a tocar. El caso es que un miembro de la mesa se da cuenta del disparate y toca la bocina para invalidar todo lo que está sucediendo.

El balón surca el cielo y toca el aro estadounidense y la fiesta hace su aparición. Era la segunda vez que los norteamericanos alzan las manos y festejan la victoria y también la segunda vez que el público monta el jolgorio e intenta entrar en la pista.

Aquí el guirigay ya es de traca. Los yankees celebran con lujuria y el desenfreno es absoluto. Mientras varios hombres con traje intentan calmarlos alzando las manos con tres dedos al aire. ¡Faltan tres segundos! ¡Faltan tres segundos!

¿Faltan tres segundos?

Claro que faltaban tres segundos. Pero convencer al Team USA del error humano será imposible. Lo fue entonces y lo sigue siendo medio siglo después. Para los allí presentes todo aquello no era más que un complot. Entendían que esa jugada se repetiría las veces que hiciese falta hasta que los soviéticos lograsen la victoria. Para aquellos que lo vieron por televisión, la duda siempre permanecerá en el aire. Es cierto que la bocina sonó antes de tiempo, como también es cierto que el reloj marcaba erróneamente 50 segundos. Pero la realización televisiva nos obvió lo que pasaba en la pista mientras enfocaba el marcador electrónico. Tras una polémica primera repetición de la jugada, hubo quien quiso, y sigue queriendo ver, una segunda mano negra en esta segunda ocasión.

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¿Victoria norteamericana?

¿Cómo pudo haber semejante error? Se dijo que fue un error de comunicación. En la mesa de anotación se hablaba solo alemán, y los árbitros Righetto y Arabadjan no tenían una lengua común. Los relojes eran de la marca suiza Longines que se había llevado el acuerdo para esos Juegos y para los de cuatro años más tarde. Como curiosidad, había un miembro de Longines en esa mesa de anotación de infausto recuerdo. Era Joseph Blatter, quien años más tarde sería nombrado presidente de la FIFA. Fuese como fuese, estaba claro que la actuación de la mesa era indignante. Hubieron de pasar unos cuantos minutos hasta que las aguas volvieron a su cauce y se pudieron disputar por tercera y última vez los famosos tres segundos restantes.

En esta ocasión Edeshko decide obviar el pase corto y enviar un pase de fútbol americano al otro Belov, a Aleksander, que espera bajo la canasta estadounidense.

Esta vez sí, el cronómetro se sitúa en tres segundos y el partido se va a reanudar de nuevo. Arabadjan entrega el balón a Edeshko. Y aquí hay otra polémica. El árbitro búlgaro parece hacer un gesto a McMillen para que se aleje de Edeskho y le permita sacar de fondo sin oposición. Fuese por cansancio o por falta de concentración por todo lo ocurrido, en vez de dar un paso para atrás McMillen directamente se va de la escena y permite que Edeskho saque con total comodidad. El balón vuela y es recogido por Aleksander Belov debajo de la canasta estadounidense. Recoge el balón en carrera, le gana la partida a Forbes y a Jones que salen despedidos en una posible falta. Con los dos americanos fuera de juego, a Aleksander Belov aun le da tiempo a amagar con una finta en un acto reflejo antes de anotar una fácil bandeja a tabla. Había encestado prácticamente en el mismo sitio donde había fallado antes de que Collins anotase los dos tiros libres que iniciaron todo el galimatías.

Suena la bocina. Belov alza los brazos y su imagen corriendo patillas al aire la pista quedará grabada para la eternidad. La Unión Soviética vence por 50-51. Es la primera derrota estadounidense en baloncesto en la historia de los Juegos Olímpicos.

Si el ajedrez era estadounidense, ahora el baloncesto era soviético. La Guerra Fría volvía a las tablas.

Edeskho podría haber lanzado ese mismo pase otras diez veces y el resultado nunca sería el mismo. La fría delegación soviética saltaba y gritaba en el centro de la cancha como si de mediterráneos se tratasen. Los estadounidenses se frotaban los ojos y clamaban al cielo por la injusticia mientras se formaba un tumulto en el que a Hank Iba le robaban su cartera con 370 dólares de la época.

Por supuesto la historia no acabó aquí. El equipo norteamericano firma el acta con protesta, alegando que el tiempo total transcurrido en el partido es de 40 minutos y 3 segundos. La protesta se eleva al jurado de apelación. Se reúnen a las dos de la madrugada y la discusión se extiende hasta las diez de la mañana. Entre altísimas medidas de seguridad los cinco miembros del comité seleccionado por la FIBA comenzaron a revisar las imágenes para dictar sentencia. Mientras los dos bloques movían hilos entre bambalinas para influir en la decisión. Al final se reafirmó la victoria soviética por tres votos a favor y dos en contra. El escándalo en Estados Unidos fue incluso mayor que el producido por el resultado del partido. Votaron a favor del triunfo de la URSS los representantes de Cuba, Polonia y Hungría, todos países pertenecientes al bloque comunista. Votaron en contra Italia y Puerto Rico, todos países miembros de la órbita capitalista. “Nos la han metido doblada”, declaró Richard Nixon. “Ahora sé que Dios existe”, exclamó triunfante Leónidas Breznev.

Y con todo este panorama tendría lugar la ceremonia del pódium. Allí la imagen era impactante. Si en el tercer cajón estaban los doce héroes cubanos y en el más alto los doce exultantes soviéticos, en el segundo escalón el vacío hacía acto de presencia.

El Team USA no se presentó. No pensaban recoger una medalla que según ellos no les correspondía.

Munich 1972: Tres segundos que marcaron la historia (y II) - BasketMe
Ni rastro de la plata

La protesta americana se extiende al comité olímpico, pero en febrero de 1973 dicen que eso es una decisión que atañe a la FIBA, dando carpetazo definitivo el tema. Al menos de manera oficial. Medio siglo después los jugadores americanos siguen diciendo que les robaron la medalla de oro y que no aceptan la medalla de plata. Para recibir la medalla de plata todos los miembros del equipo (o sus descendientes) deberían estar de acuerdo. Y eso nunca sucederá.

El resto es historia. Alzhan Zharmukhamedov relata que todo el equipo se quedó hasta las tres de la mañana en los vestuarios del pabellón, con la incertidumbre de si su victoria sería invalidada o si el partido se tendría que repetir. Lo cierto es que habían dominado el marcador durante 39 minutos, y de hecho deberían haber cerrado el encuentro antes de que se llegara al final de infarto.

La concentración de errores humanos fue grandiosa, pero todo indica que la victoria soviética fue justa. Hubo quien dijo que todo había sido orquestado por William Jones para acabar con el dominio americano. Pero que Jones, un aristócrata británico, simpatizase con los comunistas era tan poco probable como el matrimonio entre un elefante y un grillo. Deportivamente hablando, los soviéticos se podían considerar justos vencedores, pero también era cierto que, a pesar de los avances del baloncesto internacional, el equipo americano era el más flojo de cuantos habían presentado a los Juegos Olímpicos. La baja de Bill Walton mermó sensiblemente el poderío interior y privó al equipo americano de su jugador más diferencial. Y, aun así, la URSS solo había conseguido una victoria por un punto en el último segundo con muchísima polémica.

El reinado americano seguía vigente y desde ese momento estuvieron con el cuchillo afilado esperando a la revancha que tendría lugar cuatro años más tarde. Pero al igual que Anatoly Karpov recuperó el trono del ajedrez para los soviéticos con la amarga sensación de no poder batir a un retirado Fischer, el equipo de baloncesto de Estados Unidos recuperó el trono sin ganarle a la URSS. En los Juegos de Montreal 76 Yugoslavia derrotó a la URSS en semifinales impidiendo una revancha y los boicots norteamericanos y soviéticos en Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 retrasaron el duelo por excelencia. Hubo que esperar a Seúl 1988 donde Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron en semifinales con clara victoria de la URSS (82-76) y esta vez sin discusión alguna.

Fue entonces cuando Estados Unidos decidió llevar a los Juegos Olímpicos a sus figuras de la NBA, lo que cambiaría totalmente el ‘status quo’ del baloncesto internacional. La victoria de Estados Unidos en Barcelona 92 fue de una rotundidad pasmosa. Por entonces la Unión Soviética ya no existía y el mundo pasaba de ser bipolar a unidireccional. Ya hacía bastante más tiempo que no estaba Aleksander Belov, el legendario héroe con aquella canasta imposible. Había fallecido al filo de los 27 años víctima de un galopante sarcoma. Tras Múnich siguió militando en el Spartak de Leningrado a las órdenes de Kondrashin a pesar de las presiones para que firmara por el CSKA.

101 Greats: Alexander "Sasha" Belov - KOS magazin
Aleksander Belov

Si la victoria de Barcelona 92 de Estados Unidos fue una exhibición de poder, la de la Unión Soviética en Múnich 72 cambió para siempre la historia del baloncesto. Aquel deporte creado en Norteamérica pasaba a ser global. Con discusión o sin discusión, esa victoria demostró que Estados Unidos era batible. No fue solo un partido de baloncesto, sino que fue la más grande de todas las polémicas.

“Los estadounidenses tienen que aprender a perder, aun cuando creen llevar la razón”. William Jones

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Allá por 2017 el Gran Teatro de Moscú vestía sus mejores galas para presentar en sociedad la película ‘Going Vertical’. El estreno se aguardaba con premura en Rusia y las entradas se agotaron en todos los cines del país en cuestión de horas. Con el paso de las semanas ‘Going Vertical’ se convertiría en la película más taquillera del cine ruso. Aquella noche, dos bigardos imponentes, ya quebrados por la edad, fueron aclamados por la multitud que aguardaba a las puertas del Gran Teatro. Uno, el más carismático, presentaba un canoso bigote, gran sonrisa y repartía saludos por doquier. Se trataba de Ivan Edeshko. El otro, callado y camastreado, quebrado como débil junco, respondía al complejo nombre de Alzhan Zharmukhamedov. Ambos, juntos a los ausentes Modestas Paulauskas, por enfermedad, y Anatoli Polivoda, éste último por motivos políticos, son los únicos supervivientes de la más grande de todas las polémicas que el deporte haya parido. Los cuatro, bielorruso, uzbeko, lituano y ucraniano, respectivamente, portaban la camiseta de la selección soviética de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, cuando tuvieron lugar los tres segundos más impactantes que se recuerden en el mundo de la canasta.

Hace ahora medio siglo, tal día como un 10 de septiembre de 1972, la selección de Estados Unidos de baloncesto perdía por vez primera un partido tras 63 victorias consecutivas en el torneo olímpico. Y no era un partido cualquiera. Era la final de los Juegos Olímpicos.

En España la película fue comercializada con el título de ‘Tres segundos’. Pueden encontrarla. Es complicado, pero factible. Dudo mucho que logren localizarla en Estados Unidos. Y no por falta de calidad del filme, sino por lo tabú de su contenido. En Estados Unidos aquella final es una humillación que cincuenta años después aún sigue carcomiendo los cimientos del único deporte de repercusión mundial que fue inventado en Norteamérica.

Desde que en 1936 el baloncesto hizo su aparición en los Juegos Olímpicos de Berlín no ha habido nación que haya logrado más oros que Estados Unidos. Su balance en 2022 es de 143-6 y 16 medallas de oro. Su dominio del deporte de la canasta es tal que durante décadas lo hizo usando a jugadores universitarios que apenas superaban los veinte años, mientras el resto del mundo presentaba a sus mejores baloncestistas. Son cerca de 90 años de rotundos triunfos sólo cortados por las catárticas derrotas de 1988 y 2004. Tras la primera de ellas, Estados Unidos decidió llevar a los Juegos a baloncestistas profesionales de la NBA. El resultado fue tan arrasador que las estrellas de la NBA declinaron participar en ediciones posteriores aburridos por la facilidad de las victorias. Hubo una nueva derrota en 2004, y desde entonces el nivel del ‘Team USA’ se ha mantenido en un montículo de excelencia que es intocable para el resto del mundo.

La derrota de 1972 no existe para los Estados Unidos.

Y es ahí donde reside el quid de la cuestión. ¿Qué pasó durante esos tres segundos? ¿Quién fue el vencedor moral de la final olímpica de baloncesto de 1972? Lo que para unos es blanco para otros es negro. Lo fue, lo es, y siempre lo será. Esos tres segundos cambiaron la historia del deporte de la canasta.

¿Por qué un simple partido de baloncesto forma parte de la psique de una nación? ¿Por qué es humillante e injusto para los estadounidenses? ¿Por qué es capaz de inflar el orgullo ruso medio siglo más tarde?

En 1972 Estados Unidos y la Unión Soviética mantenían una batalla política, ideológica y económica que se dio en llamar Guerra Fría. Afortunadamente los conflictos militares se dieron en escenarios secundarios y jamás hubo un enfrentamiento a campo abierto entre las dos superpotencias. Durante unos días de octubre de 1962, el mundo contuvo la respiración ante una inminente guerra nuclear que finalmente se solucionó diplomáticamente en la isla de Cuba. Ese fue el clímax de la Guerra Fría. Sabiendo que un enfrentamiento derivaría en el fin de la humanidad, a partir de entonces dio comienzo una época de conflicto y relajación a partes iguales en que cada potencia quiso vencer a la otra a base de logros en el ámbito civil. A la larga, los costes de la carrera armamentística, la mejor disposición americana a la creación de bienes de consumo y la burocratización y falta de libertad de la economía soviética, daría como rotundo vencedor al bloque capitalista. Pero en 1972 la partida se mostraba todavía muy igualada.

Tres años atrás Estados Unidos había conseguido enviar al ser humano a la Luna. Aquello había sido un golpe de efecto sideral. Los americanos estaban enfangados en una guerra cruenta y costosa en Vietnam y en la URSS había una calma chicha. Su líder, Leónidas Breznev, ni hacia ni dejaba hacer. Sus casi dos décadas en el poder fueron completamente anodinas y cimentaron el estancamiento soviético. Mientras, Nixon, aun a salvo del escándalo del Watergate, se erigía en vencedor. Era el presidente lunar, había suprimido el servicio militar obligatorio, viajó a China para jugar al ping pong con Mao y fue el mandatario del primer viaje oficial estadounidense a Moscú. En dicho viaje firmaría el tratado Salt-I, el primer acuerdo de reducción armamentística entre la URSS y Estados Unidos.

El deporte era la plaza predilecta para la propaganda en la Guerra Fría. Desde que en 1952 la Unión Soviética se incorporó al redil olímpico hubo una lucha fratricida para ocupar el primer lugar del medallero. Si Estados Unidos quedó primera en 1952, 1964 y 1968, la Unión Soviética lo había hecho en 1956 y 1960. Invariable era la presea dorada en baloncesto que de antemano ya era otorgada a los estadounidenses. El torneo de baloncesto solía ser una lucha entre las grandes potencias que era ganada con enorme suficiencia por los capitalistas. Incluso en 1968 Yugoslavia fue capaz de arrebatarle la plata a los soviéticos.

Pero apenas cuatro días antes del inicio de los Juegos Olímpicos iba a ocurrir algo que hasta entonces se consideraba imposible. Tras dos meses de reñidas partidas el estadounidense Bobby Fischer derrotaba a Boris Spasski y se convertía en el campeón mundial de ajedrez. Era el primer norteamericano en lograrlo y el único no soviético en cuarenta años. Aquello fue tremendo. Nunca antes y nunca después una partida de ajedrez tuvo tal cobertura mediática. Los libros de ajedrez y los tableros proliferaron por las escuelas y las casas occidentales y en la Unión Soviética se silenció todo lo que se pudo semejante humillación.

Cap. 13: Spassky-Fischer (1972) "El duelo del siglo" + las voces de los  alumnos de la Escuela Municipal de Rincón de la Victoria - Ajedrez Social  de Andalucía
Spasski vs Fischer

No es de extrañar que días después, justo antes de la ceremonia de inauguración de los Juegos de Múnich, un par de miembros de la KGB aborden a Vladimir Kondrashin, técnico soviético, con un mensaje claro. Hay que devolver el golpe. Se debe vencer a Estados Unidos y lograr la medalla de oro en baloncesto. No hay marcha atrás.

Era un imposible, pero Kondrashin llevaba dos años preparando lo imposible. Había sido nombrado seleccionador dos años atrás tras el fiasco en el Mundial de 1970 y había preparado una revolución destinada a vencer a los norteamericanos. La tradición mandaba hacer el equipo en función de la plantilla del CSKA, el venerado equipo del ejército rojo. Kondrashin, que había destacado fuera de Moscú entrenando al Spartak de Leningrado, declinó convocar a los jugadores en función de los dictámenes de la cúpula y preparó una estrategia basada en el contraataque a sabiendas de que era inferior a los estadounidenses. La rotunda victoria de Kondrashin en el Europeo de 1971 le dio carta blanca para su revolución. Pero había algo más. Kondrashin tenía un hijo en silla de ruedas y contaba con la promesa del Politburó de costear su operación si lograba el triunfo olímpico. No necesitaba que ningún trajeado del KGB lo intimidase con charlotadas sobre patriotismo y socialismo. Estaba más que motivado para lograr el oro.

El seleccionador soviético en 1970 era Alexander Gomelsky, quien era venerado por sus chicos porque era capaz de mantener alejados a los burócratas. Se encargaba de organizar excursiones en el extranjero cuando el equipo salía fuera de la URSS y conseguía unos cuantos dólares extra para sus chicos a través del contrabando. Gomelsky es el ‘Pope’ del baloncesto soviético y cerrará su carrera ganando el oro olímpico en 1988, pero tras el fracaso de 1970 fue cesado del cargo oficialmente por haberle encontrado pantalones vaqueros en la aduana. Fue entonces cuando accedió al cargo Kondrashin. Éste era mucho mejor técnico que Gomelsky. Era técnicamente genial, estudioso del baloncesto y un obseso del trabajo físico y defensivo. Todos los jugadores consideraban a Kondrashin un genio, aun a sabiendas de que la fiesta con él estaba descartada. 

Kondrashin contaba con una generación extraordinaria, un grupo nacido en 1944-45, y que tan sólo sería superado por el bloque soviético conformado a mediados de los 80. Los exteriores eran el lituano Modestas Paulauskas y el georgiano Zurab Sakandelidze, los aleros eran el ruso Ivan Edeshko y el georgiano Mijail Korkia y los pívots eran el ruso Aleksander Belov y el uzbeko Alzhan Zharmukhamedov. Esos seis jugadores formaban el heterogéneo bloque que Kondrashin logró unir para formar una familia. Pero en el compacto grupo sobresalía una rutilante estrella. Se trataba de Serguei Belov, un finísimo escolta con un impresionante lanzamiento de a cinco y seis metros y que por entonces era el mejor jugador del Viejo Continente. Aun hoy, Serguei (que nada tiene que ver con Aleksander) mantiene el récord de medallas mundialistas (cuatro) y europeas (siete), así como suma cuatro medallas olímpicas y dos Copas de Europa con el CSKA Moscú.

Baloncesto | Muere el ruso Serguéi Belov, leyenda del baloncesto - RTVE.es
Serguei Belov

Muy diferente era el ambiente en el USA Team. El seleccionador era Hank Iba, doble campeón olímpico (1964 y 1968) y con más de tres décadas a los mandos de la Universidad de Oklahoma State. Pero Iba llevaba dos años retirado y estaba de vuelta de todo. Era un hombre de 70 años enfrentado con el desenfadado juego moderno y que mantenía una disciplina espartana acorde con otros tiempos. La elección lógica hubiese sido la de John Wooden, técnico de UCLA, que consiguió encadenar siete títulos universitarios consecutivos. Por entonces reinaba gracias a Jamaal Wilkes y, sobre todo, Bill Walton, un pívot de 213 centímetros con movimientos de danzarín que era el mayor proyecto deportivo del mundo. Walton, vegetariano y pacifista, al ver que Wooden no era el técnico escogido rehusó ir a los Juegos Olímpicos como protesta por la invasión estadounidense de Vietnam.

Julius Erving, el otro gran proyecto norteamericano, había accedido a jugar en la ABA antes de dar el salto a la NBA, por lo que al haber abrazado el profesionalismo no podía acudir a los JJ.OO. Swen Nater, la otra estrella de UCLA, acabó marchándose de la concentración estadounidense hastiado de la dureza de los entrenamientos de Iba. Así, el USA Team era un equipo cuyos hombres más destacados eran el base Tom Henderson, el alero Bobby Jones, el ala-pívot Dwight Jones o el pívot y futuro congresista Tom McMillen. La estrella del equipo era el escolta y futuro número 1 del draft Doug Collins, quien, siendo un buen anotador, no pasó de una aceptable carrera en la NBA. Sabedor de estas limitaciones, Iba decidió que su equipo se dedicase a ganar los partidos en la defensa extasiando a unos jugadores a los que por un lado se les exigía la victoria como un proceso natural, pero por el que por otro lado se les tachaba de limitados frente a sus antecesores.

Avery County Native Tommy Burleson's 1972 United States Olympic Men's  Basketball Team Nominated for Naismith Basketball Hall of Fame - High  Country Press
USA Team 1972

Todo esto sería genial de comentar si se hubiese hecho a calzón quitado, pero días antes del inicio de los Juegos estos análisis eran del todo secundarios. Ya podía Estados Unidos presentar un equipo más flojo de lo normal que la victoria estaría igualmente asegurada. De hecho, había quien consideraba que la Yugoslavia liderada por Kresimir Cosic podría incluso quitarle la plata a los soviéticos. Otros candidatos a las medallas eran Brasil e Italia.

El torneo de baloncesto de los Juegos Olímpicos se disputó entre el 27 de agosto y el 10 de septiembre de 1972. Lo hizo en el Rudi-Sedlmayer-Halle, conocido en la actualidad por cuestiones de patrocinio como Audio Dome. La sala, entonces de 7.000 asientos, formaba parte del espectacular complejo deportivos del Olympiapark, cuya magnifica cúpula de metacrilato con forma de carpa costó el triple que la entera organización de los Juegos de Roma de 1960. Los alemanes querían demostrar que el nazismo era un amargo recuerdo.

La competición constaba de 16 equipos divididos en dos grupos de ocho escuadras. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para semifinales. En el grupo B pelearían por las dos plazas la URSS, Yugoslavia e Italia. En el A podrían acompañar a Estados Unidos en la clasificación a semifinales Brasil, Checoslovaquia y quizás España. Los españoles habían logrado entrar en los Juegos Olímpicos tras clasificarse en el preolímpico de Groningen a última hora. Conformaban un equipo limitado en altura y donde destacaba el sempiterno base Nino Buscató y los nacionalizados Wayne Brabender y Clifford Luyk.

España hizo un torneo mediocre. Ganó a Australia y cayó con estrépito ante Brasil o Cuba. Luego se supo que el ambiente en la selección era tóxico, que hubo intento de motín y que veteranos y jóvenes andaban a la gresca. Diaz-Miguel salvó el puesto con una honrosa derrota ante Estados Unidos (56-72), quienes lograron con suficiencia el primer puesto del grupo. Causó sensación la victoria estadounidense ante Checoslovaquia, a la que dejaron en sólo tres canastas en la primera mitad. Aun así, a pesar de que las victorias eran claras lo eran con muy pocos puntos. Hank Iba cerró los entrenamientos a público y prensa en una decisión que se antojaba exagerada. Lo cierto es que el equipo ganaba por exuberancia física, pero era limitado en ataque.

El segundo puesto del grupo fue logrado por Cuba tras una sorprendente victoria ante el Brasil de Ubitarán tras fallo carioca en el último segundo. Los cubanos nunca jamás repetirían actuación igual y se tendrían de enfrentar en semifinales a la URSS, que ganaron su grupo invictos y con mayor promedio de puntos que los estadounidenses. El segundo del grupo B fue la Italia de Meneghin, Bison o Marzoratti, quienes lograron meterse en la ronda final por ‘basket average’ al empatar en victorias en el segundo puesto con Yugoslavia y Puerto Rico.

Múnich 72: La medalla olímpica del baloncesto cubano
Los sorprendentes cubanos

Antes de las semifinales el comando terrorista Septiembre Negro asaltó la Villa Olímpica y tomó como rehenes a una decena de atletas israelís a modo de chantaje a favor de la causa palestina. La patética actuación de la policía alemana derivó en una catástrofe que acabó con 17 muertos y un shock de dimensiones mundiales. Los JJ. OO estuvieron a punto de cancelarse pero, tras más de 24 horas de deliberación, se reanudaron en una decisión no exenta de polémica.

Por entonces Mark Spitz ya había sumado sus siete medallas de oro en natación y Olga Korbut sus cuatro medallas áureas en gimnasia. No había muchas más ganas de Juegos. Faltaban apenas cuatro días para el fin de fiesta y tan sólo la posibilidad de que Laase Viren sumase otro oro en 5.000 al ya ganado en 10.000 se antojaba interesante para el espectador. El otro momento cumbre tendría que ser la final de baloncesto entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Mark Spitz en los JJOO de Munich 1972
Spitz. El Rey de Múnich

Antes tocaban las semifinales. Los norteamericanos cumplieron con creces. Pasaron por encima de Italia (68-38) y demostraron que estaban más que preparados para conseguir el oro. Los transalpinos fueron incapaces de superar la asfixiante defensa estadounidense y apenas sumaban 30 puntos a falta de dos minutos y medio para el final del encuentro. Estados Unidos llegaba a la final con una fascinante media de tan sólo 44 puntos encajados en el torneo. En la otra semifinal los cubanos llegaron a mandar hasta por siete puntos gracias a Ruperto Herrera y Pedro Chappé, pero finalmente la altura soviética se impuso por un ajustado 67-61. Como ya apuntamos, los cubanos nunca más volverían a tener un baloncesto de semejante nivel que coronaron con una sorprendente medalla olímpica al derrotar en el partido por el bronce a Italia tras un fallo transalpino en el último segundo.

El 9 de septiembre, un día antes de la celebración de la ceremonia de clausura, Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban en la final de baloncesto en un abarrotado pabellón que simpatizaba con los capitalistas. Sin embargo, en los anuarios quedó grabado que la final fue el día 10. Lo cierto es que el choque dio comienzo el día 9 a las 23.30 hora local para adecuarse al ‘prime time’ televisivo estadounidense, aunque su resolución tendría lugar en la madrugada del día 10. No era solo un enfrentamiento deportivo. Era mucho más que eso. Eran dos formas antagonistas de entender la vida.

Munich 1972: Tres segundos que marcaron la historia (y II) - BasketMe
Empieza la fiesta

Desde que la selección de Estados Unidos compitió por vez primera en los Juegos de Berlín de 1936 su balance era de 63 victorias y ninguna derrota. Los números hablaban por sí solos, pero pronto se vio que la URSS estaba dispuesta a vender cara su derrota. A través de un claro dominio del rebote y un mayor acierto a media distancia los soviéticos se pusieron por delante desde la primera canasta. Estados Unidos no logra estrenar su casillero hasta que van cuatro minutos de partido. El marcador es de 11-21 por los soviéticos gracias a diez tantos de Serguei Belov, pero tras un arreón estadounidense la ventaja se reduce a cinco puntos en el descanso (21-26).

La segunda parte fue durísima y plagada de errores. Los soviéticos fueron siempre por delante hasta que faltaban seis segundos para el final. Llegaron a tener otra ventaja cercana a los diez puntos, pero Iba pidió un tiempo muerto y los norteamericanos salieron a morder. Desde ese momento abundaron los golpes y las faltas. El soviético Korkia y el estadounidense Brewer fueron descalificados por los árbitros que, como no podía ser de otro modo, representaban a los dos bloques, uno procedente de Brasil y el otro de Bulgaria. Los puntos se suceden a cuentagotas. Cada canasta es un sacrificio. A falta de seis minutos el marcador era de 36-44 para la URSS que se mantenía firme gracias a Serguei Belov, quien acabaría el partido con 20 tantos, 2/5 partes de los de su equipo.

Los últimos seis minutos se antojan ridículos a ojos del espectador moderno. Aquellos chavales de patillas algarrobianas, pantalones fardahuevos, calcetines invernales y camisetas de todo a cien, acumulaban pérdidas de balón, lanzamientos a destiempo y faltas fragantes sin ton ni son. Si eses eran los mejores jugadores de baloncesto del mundo, que baje Dios y lo vea. Aun así, la tensión agarrotaba más a los comunistas que a los capitalistas que poco a poco sumaban capital para llevarse el bote gordo. La defensa americana es tan brutal que en varias jugadas los soviéticos tienen que retroceder a su propio campo para tomar aire (por entonces no había campo atrás). Seis puntos seguidos de Kevin Joyce, hasta entonces un meritorio del banquillo, ponía al Team USA a uno de distancia (46-47) a falta de 1’49’’ para el final.

A partir de ahí no se juega al baloncesto sino al ajedrez. Como si de Fisher y Spasski se tratase, el partido se va a decidir en el tablero ficticio de los tiros libres. Han de pasar 49 larguísimos segundos para que los soviéticos se pongan tres arriba (46-49) con dos lanzamientos tras falta personal.

En la siguiente jugada, y tras un saque de banda, Jim Forbes anota una preciosa suspensión sin oposición a cinco metros y coloca el 48-49 en el electrónico. Quedan entonces 39 segundos para el fin del encuentro. La URSS tiene tiempo de sobra para anotar una canasta que sentencie el partido. Cumple recordar que entonces no había línea de tres puntos. Serguei Belov sube el balón, que pronto pasará por todos sus compañeros de equipo ante la incapacidad de acercarse a canasta por la férrea defensa rival. Nadie se atreve a lanzar. Cuando la posesión se está consumando la pelota le llega a Aleksander Belov que está debajo del aro. Se levanta para anotar, pero recibe un tapón de McMillen. La bola vuelve a Belov que intenta un pase atrás interceptado por Collins.

Quedan menos de diez segundos cuando Doug Collins corre a la desesperada hacia el aro soviético. Si anota, la victoria será para Estados Unidos. Encara el aro por su vertiente izquierda y cuando se eleva para anotar una bandeja es arrollado por Sakandelidze.

Hoy hubiese sido una falta técnica. Por entonces era una personal sancionada con dos tiros libres.

Quedaban tres segundos para el final.

Lo que pasará a partir de entonces quedará en los anales de la historia.

“El ajedrez es una guerra sobre un tablero. El objetivo es aplastar la mente de tu adversario”. Bobby Fischer

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Múnich 72: Operación Ikrit

Era la madrugada del 5 al 6 de septiembre de 1972. Hace ahora cincuenta años. El verano daba sus últimos coletazos y el clima invitaba al paseo nocturno. Se acercaban las cinco de la mañana cuando unos cuantos componentes de la delegación estadounidense volvían a la Villa Olímpica. Habían estado explorando la noche muniquesa, disfrutando de la exuberancia de la juventud y de los galones que le permitían su estatus de deportistas olímpicos. Entre risas y un par de copas de más se toparon con otros ocho chicos. No hablaban inglés, pero portaban bolsas de deportes y vestían con chándales, por lo que estaba claro que eran deportistas. No dudaron en ayudarles a saltar la valla que separaba el complejo olímpico del resto de la ciudad para que pudiesen volver a sus habitaciones.

Una vez adentrados en los pasillos que conducían a los apartamentos, los ocho desconocidos se acercaron al lugar donde descansaban los miembros de la delegación israelí. Se trataba de una delegación minúscula que ni ganó medalla en Múnich ni la había ganado nunca, y que no ganaría su primera presea hasta Barcelona 92. El caso es que aquellos ocho jóvenes se quitaron los chándales, se pusieron una ropa un tanto estrafalaria y sacaron de las bolsas de deportes diferentes objetos.

Fusiles semiautomáticos, pistolas y unas cuantas granadas.

El primero en caer fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha del conjunto israelí. No fue solo el primero en caer, sino que se convirtió en héroe involuntario permitiendo que un total de 17 atletas lograsen escapar. Weinberg estaba despierto, preparando unas tostadas en la cocina. Al escuchar alboroto en el pasillo se acercó a la puerta y, cuando vio que alguien la abría, se abalanzó sobre la madera para impedir que la traspasasen. Poco podía hacer él sólo ante aquellos terroristas que usaban sus fusiles como palanca para acceder al interior del apartamento. Los gritos despertaron a Yossef Romano, quien consiguió arrebatar una pistola a uno de los asaltantes, pero resultó muerto de un disparo. A Weinberg también le pegaron un tiro, pero aun vivo fue obligado a conducir a los terroristas a los otros apartamentos. Weinberg los dirigió expresamente al recinto donde estaban los atletas de boxeo o de lucha, ya que pensó que al ser estos los más fuertes podrían reducir a la fuerza a los terroristas.

Fue en vano.

Todos estaban durmiendo. No opusieron resistencia. El único que lo hizo fue Weinberg, quien fue acribillado a balazos.

Hasta nueve atletas fueron tomados como rehenes. Pertrechados en el edificio, a las 6:00 de la mañana los asaltantes lanzaron por una ventana unos papeles con sus demandas. Si al cabo de tres horas no se cumplía con lo solicitado se acabaría con la vida de uno de los rehenes. Si pasasen otras tres horas más, se perpetraría la muerte de un segundo israelí. Y así hasta acabar con los nueve secuestrados. El comando solicitaba la liberación de 234 prisioneros palestinos alojados en cárceles israelíes, así como la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en tierras germanas como miembros fundadores del RAF (Fracción del Ejército Rojo).

Los asaltantes decían hablar en nombre de la organización terrorista palestina Septiembre Negro. La maniobra en cuestión fue bautizada como ‘Operación Ikrit’.

Desde mediados de la década de 1960 los grupos terroristas campan a sus anchas por buena parte de Occidente. En gran medida es una respuesta cultural a un mundo nuevo, totalmente distinto al conocido hasta entonces. Por vez primera en la historia los hombres no tienen que perder su juventud en campos de batalla y por vez primera las mujeres son quienes de decidir su futuro por sí mismas. La sociedad de consumo ensancha sus objetivos a las clases media y apuesta por la juventud como reclamo, en una tendencia que ha llegado a límites insospechados en la actualidad y en la que no se vislumbra fin. La adolescencia ya llega hasta los 50 años y la vejez ha sido denostada.

Esa juventud se rebela ante todo aquello que sus padres y los padres de los padres de sus padres conocían. La cultura popular, comandada por la música, el cine y el deporte desbanca con rapidez a la tradición, el orden o la religión. Los cambios son rápidos y por lo general pacíficos, teniendo como cénit el llamado ‘Mayo del 68’. No obstante, hay grupos de jóvenes que quieren cambiar la forma de entender el mundo y apuestan por la violencia para cumplir con sus objetivos. Para ellos el sistema vigente está muerto y sólo a través de las armas podrán purificarlo. La inmensa mayoría de estos grupos serán marxistas y beberán de la utopía comunista para justificar sus crímenes, aunque algún otro abrazará la extrema derecha para reivindicar el orden tradicional. Lo cierto es que izquierda y derecha no forman una línea, sino más bien un círculo en el que los extremos acaban tocándose.

Entre esos muchos grupos que aterrorizan el mundo occidental destacan el IRA (Irlanda), las Brigate Rosse (Italia), Rote Armee Fraktion (Alemania Federal) o ETA (España), que comenzó a matar antes de que España se convirtiese en una democracia. Todas ellas mantenían lazos con los diferentes grupos armados de Oriente Medio que veían (y ven) la creación del Estado de Israel como una imposición de Occidente de la que no fueron consultados.

Desde que buena parte de Palestina se convirtió en Israel en 1948 como un intento de las democracias occidentales para resolver el conflicto judío y de paso limpiar sus conciencias sobre el Holocausto, la zona se ha visto alterado por continuas guerras, atentados y diferentes escaramuzas. En 1967 los israelís conformaron una de las campañas militares más espectaculares de la era moderna al derrotar a una coalición liderada por Egipto en apenas seis días. Ocuparon Gaza, Cisjordanía, los Altos del Golán y buena parte de Jerusalén. Más de medio siglo después esos territorios siguen en disputa y sin acuerdo internacional satisfactorio para su resolución.

Es entonces cuando tienen el germen la mayor parte de los grupos terroristas de Oriente Medio. De hecho, esas masacres a objetivos civiles y su poder sobre el petróleo, que tendrá su primer golpe de efecto en la crisis de 1973, conseguirá que Occidente tenga que mediar y buscar un equilibrio entre judíos y árabes por su propio interés.

Uno de esos grupos terroristas palestinos es Septiembre Negro. Fundado en 1970, reivindica la existencia del Estado de Palestina y la expulsión de los judíos. Forma parte de los grupos controlados por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) una coalición política y paramilitar dirigida por Yasir Arafat que tiene como objetivo la destrucción de Israel. Tiene lazos con la RAF, también conocido como la Banda Baader-Meinhof, en honor a sus dos fundadores, un par de chicos que pretendían derrocar el capitalismo en Alemania a través de una guerra de guerrillas.

Conflicto israelí-palestino - Wikipedia, la enciclopedia libre
Israel & Palestina

Pero esta realidad no era más que un pequeño apéndice de un entorno sumido en la más absoluta felicidad. A la altura de 1972 Europa cabalgaba a gran velocidad por una era de gran prosperidad. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el Viejo Continente sumaba dos décadas de increíble crecimiento económico. La locomotora de Europa era la hasta hace nada demoniaca Alemania. Concretamente la RFA, la parte Occidental de un país que había sido amputado, pero que no expresaba la menor queja por esa mutilación. En 1966 el COI seleccionó a Múnich como sede de los Juegos Olímpicos de 1972 y el país se preparó a conciencia para demostrarle al mundo que el nazismo era agua pasada.

El lema de aquellos Juegos era la felicidad. Se creó el inmenso Oympiapark con su fascinante cubierta de metacrilato, se apostó por vez primera por el reciclaje y destacaron Mark Spitz, Laase Viren u Orga Korbut.

Sin duda uno de los momentos cumbres tuvo lugar en la ceremonia de inauguración cuando la delegación israelí dio la vuelta al estadio olímpico bajo el atronador aplauso de 80.000 alemanes. Había sido Múnich la cuna del nazismo, el lugar donde Hitler había dado un golpe de Estado fallido en 1923. Y no había atleta israelí allí presente que no tuviese un familiar que no hubiese perecido en un campo de exterminio construido con el beneplácito de muchos de los padres de los que hoy estaban allí aplaudiendo tranquilamente sentados.

No es de extrañar pues que el secuestro de aquellos atletas israelís y la toma de la Villa Olímpica por parte de los terroristas causaran un shock mundial. Era una bomba mediática de la que todo el planeta se hacía eco. Millones de personas contuvieron la respiración durante horas. Y que fuese en Alemania, y que las víctimas fuesen judías, lo convertirían en algo catártico para la opinión pública germana.

Juegos Tokyo 2020: Septiembre Negro: El ataque terrorista que eclipsó los  Juegos Olímpicos de Munich 1972 | Marca
Horror en la Villa Olímpica

Un terrorista, con la cara untada de betún y sombrero, se erigió en portavoz de los asaltantes. Se hizo llamar a si mismo Issa y se encargó de negociar con el ministro de interior alemán. Hans-Dietrich Genscher, que así se llamaba, prometió a Issa una suma de dinero e incluso intercambiar su vida por la de los secuestrados, pero todo intento fue en vano. De hecho, resultó contraproducente, porque a juicio de los palestinos era una muestra más de la simplista retórica capitalista para resolver los problemas. Lo único que se consiguió fue alargar el límite de la respuesta hasta las 12:00 a.m.

Mientras todo esto sucedía medio mundo desayunaba con las imágenes del asalto. Casi tres décadas después de la caída del nazismo, Alemania se presentaba ante el mundo como garante de la paz y como país ferozmente opuesto a los nacionalismos. Deliberadamente las medidas de seguridad en los Juegos eran laxas y relajadas y los símbolos nacionales se mostraban a cuenta gotas. La idea era que todo deportista, periodista y visitante no asociase bandera o uniforme con un pasado del que querían escapar.

Pronto se iba a demostrar que las decisiones tomadas habían sido erróneas.

Poco después de las 11.00 Golda Meir, por entonces primera ministra de Israel, declaró tajantemente que no negociaría con terroristas. Israel daba carta blanca a los alemanes para tratar de liberar a los rehenes con todos los medios a su alcance. El negociador y jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, consiguió alargar la hora límite hasta las 15.00 horas al anunciar a Issa que Baader y Meinhof, los cabecillas de la RAF, habían sido liberados y que se seguía negociando con el gobierno de Israel. Parcialmente satisfechos los asaltantes solicitaron comida para unas 20 personas.

Varios policías se disfrazan como cocineros y agachan armas en medio de la pitanza con la intención de subir a las habitaciones, pero Issa les exhorta a dejar la comida en el suelo y marcharse de allí bajo amenaza. El engaño no surte efecto y ahora los asaltantes saben que están siendo burlados. Uno de los policías es cosido a balazos. En ese momento todo está a punto de estallar, pero el repentino anunció del COI de cancelar los Juegos Olímpicos devuelve la calma a los terroristas. No hay televisión ni radio en el planeta que no hable de Septiembre Negro y de la causa palestina. Al menos uno de los objetivos se ha conseguido.

Alrededor de las 16:30 más de 70.000 personas rodeaban la Villa Olímpica mientras Issa y sus compadres hacían la señal de la victoria desde la azotea del edificio ocupado. Es entonces cuando Genscher ejecuta el mayor de los errores. Se decide acometer un asalto armado al edificio formado por un escuadrón de 38 miembros de la policía germana. Mal preparados e inexpertos, los policías visten ropa deportiva y se instalan en las azoteas de los edificios adyacentes. El ejército no puede participar en el asalto porque tiene prohibido operar en tiempos de paz debido a las sanciones derivadas de la II Guerra Mundial.

A nadie se le pasó por la cabeza romper esa estúpida restricción.

Total, que el asalto fue un rotundo fracaso. Entre la multitud agolpada, que con sus gritos anunciaban los pasos dados por la policía, y que todo estaba siendo retransmitido por televisión, con lo cual Issa y sus compinches seguían segundo a segundo los acontecimientos, la operación fue cancelada en el último instante. Los policías debieron bajar del edificio entre las risas de los terroristas.

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Genscher al teléfono

Si bien los alemanes daban palos de ciego, los terroristas también sabían que su suerte ya estaba echada. A escasos minutos del fin del plazo se llegó a una solución de compromiso. Los guerrilleros y los rehenes serían trasladados en helicóptero a una base área cercana a Múnich para luego viajar en avión a Egipto. Allí, en El Cairo, en territorio amigo, los terroristas se comprometían a liberar a los rehenes a cambio de que en el plazo de un mes fuesen liberados media centena de palestinos, supuestamente, injustamente encarcelados.

Previamente al traslado, Genscher exigió ver a los rehenes. Según dijo impresionaba la tranquilidad aparente de aquellos israelís de ojos perdidos que yacían sentados apoyados en un pared mientras el cadáver frío y la sangre seca de Weinberg regaba el suelo.

El plan consistía en atacar a los terroristas en el trayecto de unos 200 metros que los llevaría junto a los rehenes hasta los helicópteros. Issa exigió inspeccionar el camino y utilizó para ello a un par de rehenes como escudos humanos. Nervioso, uno de los policías que espera oculto detrás de un coche aparcado tropieza. El ruido alerta a los terroristas que vuelven sobre sus pasos para atrincherarse en los apartamentos.

En esos momentos la angustia se agigantaba mientras el mundo contenía la respiración a través del televisor. Los palestinos exigieron entonces un autobús para recorrer el escaso trayecto. Por entonces ya eran las 22.00 horas y por supuesto los terroristas demandaron que el vehículo estuviese vacío e inspeccionarlo antes de subirse a el y poner sus vidas en juego.

Hubo que pasar a un nuevo plan. En la base aérea esperaba un grupo de francotiradores dispuestos a matar a los terroristas en cuanto los dos helicópteros aterrizasen. Había un tercer helicóptero en el que viajaban los negociadores y varios policías que estarían esperando órdenes. Mientras, un Boeing 727, que pretendía viajar a El Cairo, estaba integrado por cinco policías armados que ejercían de improvisados miembros de Lufthansa.

El caso es que cuando los palestinos subieron a los helicópteros se pudo comprobar que los terroristas eran un total de ocho. Los francotiradores jamás llegaron a recibir esa información. Genscher había transmitido que no eran más de cuatro o cinco los que había visto al visitar a los rehenes. Para añadir un error más a la cadena de despropósitos, ninguno de los supuestos francotiradores era tal. Ninguno era militar por las restricciones a las que nos referimos párrafos atrás. Eran policías que habían sido seleccionados porque les gustaba practicar tiro los fines de semana. Tres se instalaron en el techo de la torre de control y otros dos se escondieron en tierra. Ninguno tenía equipo protector, radio, ni visor nocturno.

Y ya era noche cerrada. Las 22.30. Ya eran más de 18 horas de tensión acumulada.

Al momento de aterrizar los helicópteros, los miembros de Septiembre Negro tomaron como rehenes a los pilotos de los aparatos para acercarse con paso firme al Boeing. En ese momento los policías que hacían de tripulación del avión decidieron desdecirse de su juramento de honor y abandonaron el aparato. La incredulidad de la jefatura alemana era semejante a la de los palestinos que, al ver que el avión estaba vacío, pensaron que les habían engañado, por lo que corrieron de vuelta a los helicópteros.

Fue entonces cuando los francotiradores abrieron fuego. Y se desató el pandemónium. El cielo se ilumina de llamas y el humo recorre el horizonte. Trepidar de motores, sirenas y ráfagas de ametralladoras. En el intercambio de golpes, dos terroristas fallecieron así como un policía alemán. Los pilotos de los helicópteros consiguieron huir, pero no así ninguno de los rehenes israelís atados de pies y manos. Al cabo de unos minutos llegaron refuerzos por tierra e Issa, viendo que todo estaba perdido, fusiló a todos los rehenes. Después lanzó una granada en el interior del helicóptero y corrió por la pista de aterrizaje.

Fue masacrado.

Atentado a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972: un trauma aún por  asimilar | El Mundo | DW | 25.08.2022
Una carnicería

Once atletas (nueve en el aeropuerto), un policía alemán y cinco terroristas palestinos fallecieron ese día. Los otros tres miembros de Septiembre Negro fueron capturados vivos. Los tres pasaron a ingresar en una cárcel de máxima seguridad teutona y tan solo una semana después la RFA creaba el GSG9, la unidad antiterrorista alemana. Los cadáveres de los otros cinco palestinos fueron enviados a Libia donde recibieron un funeral de héroes. Apenas un par de meses después Septiembre Negro secuestró un vuelo comercial de Lufthansa y exigió la liberación de los tres terroristas encarcelados para evitar el siniestro del avión.

Los mandos alemanes accedieron a todas las peticiones de los terroristas sin consultar a las autoridades israelís.

Israel sigue clamando en la actualidad por la incompetencia alemana a la hora de resolver el conflicto. El Mossad (servicio de inteligencia israelí) fue advirtiendo a los alemanes de los diversos fallos cometidos en la operación y todos sus consejos fueron rechazados. Tanto el ministro Genscher como el jefe de policía muniquesa Schreiber habían sido miembros del partido nazi y habían combatido en la II Guerra Mundial. Ninguno fue cesado de su cargo tras el fiasco de la operación de rescate. Para los israelís los alemanes no hicieron lo suficiente para salvar la vida de aquellos once atletas judíos.

Así que decidieron hacer la justicia por su cuenta. Golda Meir ordenó al Mossad que pusiera en marcha la operación ‘Cólera de Dios’. Se buscó y asesinó a los tres supervivientes, así como a decenas de activos terroristas y miembros de la OLP. Se bombardearon objetivos civiles en Siria y Líbano argumentando que ocultaban bases militares propalestinas y todo concluyó con una breve guerra en octubre de 1973 cuyo resultado, más allá de los muertos, fue el que los países árabes descubrieron que a través del petróleo podían fagocitar a Occidente y a Israel a su antojo.

Pero volvamos a Múnich. Al 6 de septiembre de aquel año. Los Juegos Olímpicos estaban cancelados.

Pero solo momentáneamente.

Se realizó una ceremonia de conmemoración al día siguiente ante 80.000 espectadores y 3.000 atletas, pero nunca un funeral oficial. Los familiares de las víctimas llegarían a pedir la construcción de un monumento conmemorativo, pero el COI tendría siempre un no como respuesta. La única muestra del duelo del COI fue izar a media asta la bandera olímpica hasta el fin de los Juegos. El COI, como organización independiente, prefirió no significarse políticamente. “Los Juegos deben continuar”, fueron las polémicas palabras del estadounidense Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Fueron los últimos Juegos de Brundage, quien falleció tres años más tarde. Fue un feroz defensor del amateurismo, un racista empedernido al que desagradaba la proliferación de atletas de raza negra en su país y un defensor de la excelencia de los Juegos de Berlín de 1936 y la perfección organizativa de los nazis. Ese fue el hombre que dijo aquello de “los Juegos deben continuar”. El mismo hombre que meses más tarde se casó con una princesa alemana mucho más joven que él y que fallecería poco después en Garmish, una localidad no muy lejana de Múnich y su desgraciada Villa Olímpica, de la base aérea de Fürstenfeldbruck donde la sangre corrió a raudales una noche de septiembre, y tampoco no muy lejos de Berchtesgaden, donde Adolf Hitler tenia su búnker de verano, el fastuoso ‘Nido del Águila’.

 “La violencia engendra violencia”. Evangelio de San Mateo 26:52.

A 45 años del atentado de Munich 1972 en los Juegos Olimpicos
A media asta

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¿Por qué Lev Yashin es tan famoso?

Allá por diciembre de 2020, cuando el otoño fenecía y el invierno reclamaba su lugar, ‘France Football’ escogió el mejor once de la historia que haya parido el fútbol. Entre los elegidos estaban Beckenbauer, Messi, Maradona o Pelé. No hubo discusión. Si la hubo entre los que vieron con malos ojos que Matthaüs residiese en ese once, que Cruyff o Di Stéfano no lo estuviesen, o que Platini quedase relegado al tercer mejor equipo mientras Rijkaard ocupaba una posición de privilegio en el segundo. Para gustos colores. Todos, desde Garrincha a Cristiano Ronaldo, nos han dejado momentos para el recuerdo. Algunos más y otros menos, pero de todos hay testimonio audiovisual que atestigua sus logros.

El jurado de ‘France Football’ puso como punto de partida precisamente eso; el testimonio audiovisual. Un fútbol moderno que nació tras la II Guerra Mundial con el Mundial de Brasil y el inicio de la Copa de Europa. Quedaron en el camino Scarone, Andrade, Meazza, Sindelar o Josef Bican. Y, sin embargo, y aunque hay filmaciones que atestiguan su grandeza, resulta fascinante que uno de los 33 escogidos sea un completo desconocido para el gran público.

Ni siquiera es uno más entre los 33 escogidos. Forma parte del once ideal y, a pesar de la existencia de Buffon, Neuer, Casillas, Kahn, Banks, Zoff o Maier, su inclusión en ese equipo de leyenda fue prácticamente aceptada por unanimidad. Todos los componentes de estos tres onces históricos o bien han ganado el Mundial o bien la Copa de Europa. O mejor aún; ganaron ambos títulos. Tan sólo hay una excepción. Un futbolista que no pasó de un cuarto puesto en un Mundial. Un hombre que nunca disputó un partido de Copa de Europa. Un deportista que nunca jugó ni en una gran liga ni en un gran equipo. Un futbolista del que apenas se conservan partidos completos con su presencia, salvo los que disputó con su selección en cuatro Mundiales diferentes.

Y con todo, además de ser incluido en el ‘Ballon d’Or Dream Team’ por ‘France Football’, es considerado por la FIFA el mejor portero del siglo XX y es el único guardameta en la historia que ha sido galardonado con el Balón de Oro.

Es Lev Yashin. ‘La Araña Negra’.

Una leyenda.

Pero, ¿por qué es una leyenda? ¿Por qué Lev Yashin es tan famoso?

Como toda gran leyenda, Lev Yashin murió y resucitó en repetidas veces. En Chile, allá por 1962, Yashin acumuló pifia tras pifia. Acudía a aquel Mundial la Unión Soviética como gran ‘vedette’ tras haber salido victoriosa de la primera Eurocopa de la historia, pero la actuación de su gran portero fue más que modesta. En la primera fase un desconocido colombiano le clavó un gol olímpico. No fue lo peor. La URSS quedó eliminada en cuartos ante Chile con dos goles encajados desde fuera del área en los que dio la sensación de que Yashin pudiese haber hecho bastante más.

Los medios soviéticos culparon a Yashin de la debacle y pronto fue acusado de traición a la patria, una ligereza muy común dentro de las murallas del Kremlin. Las críticas traspasaban el Telón de Acero. ‘L’Equipé’ declaró que estaba acabado y en Inglaterra comentaban que la exageración de su fama era producto de la propaganda comunista. Presionado por las críticas, el camarada Yashin volvió de Chile decidido a retirarse. Se encontró con un grupo de aficionados que tiraban piedras contra su apartamento. Contaba con 32 años.

“Los goles sufridos acechan, siempre. Uno no recuerda los que salvó, sino los que le metieron. El guardameta que no tenga ese tormento interno, no tiene futuro”, diría Yashin en cierta ocasión.

Pasaron las semanas hasta que un día, aburrido en su casa de campo, se acercó el parque Petrovsky, al noroeste de Moscú, donde se encontraba el estadio del Dinamo. Saludó a sus compañeros, se puso los guantes y empezó el entrenamiento.

Al año siguiente Lev Yashin era elegido por ‘France Football’ el mejor futbolista del mundo por los mismos periodistas que el año anterior le habían dado por acabado. Ese mismo año ganó la Liga soviética, fue elegido mejor jugador de la URSS y, con el tiempo, los camaradas le harán entrega de la Orden de Lenin. Como colofón, fue seleccionado para formar parte del combinado mundial que se enfrentó a Inglaterra con motivo del centenario del nacimiento del fútbol.

Estaba muerto, pero resucitó. Aquella temporada disputó 37 partidos en los que únicamente encajó seis goles. ¡6 goles!

Fue esa la última ocasión en la que Yashin hubo de resucitar. Pero antes fueron muchas otras.

AS Historia on Twitter: "Lev Yashin, "La Araña Negra", es el único portero  agraciado con el Balón de Oro, fue en 1963. #FotografiAS  https://t.co/eZ9vWr599Z" / Twitter
Balón de Oro 1963

Yashin era ‘La Araña Negra’, un apodo que ejemplifica la sintonía que mantenía con el arco. Vestido de negro, de brazos infinitos, parecía un ser mitológico con seis extremidades superiores. Yashin era un personaje majestuoso que logró ser archivado en las memorias y en los libros como el primero, el mejor y el más singular e independiente. Lev Yashin no sólo paraba balones a ras de su portería, sino que definió biológicamente al portero ideal. Era grande, sobrio, sereno, ágil, potente y flexible. Un biotipo entonces poco común y que desde entonces es el canon del arquero perfecto.

Y además infundía respeto. Un gigante vestido de negro de manos enormes y elástico como un conejo que siempre tenía una sonrisa en la cara y felicitaba al atacante cuando le marcaba un fastuoso gol. Cuando el gran Eusebio, el delantero del momento, bata a Yashin en el Mundial de 1966, correrá presto a pedir disculpas al gigante soviético. Meterle un gol a Yashin será motivo de orgullo, pero también de dolor por mancillar la memoria de una leyenda. Gerd Müller, el cañonero de los 600 goles, nunca consiguió batir a Yashin. Lo decía con rabia, pero también con el alivio de no haber cometido un sacrilegio.

Durante una gira amistosa en el Cáucaso en 1950, sufrió un gol desgraciado del Traktor Volgogrado. Era su primer partido con el Dinamo Moscú después de destacar en la estructura juvenil. Tenía 21 años recién cumplidos. En una salida mal calibrada, colisionó con un defensa de su equipo, y la pelota le castigó al pasarle por un lado. Yashin soportó las bromas de sus compañeros Konstantin Beskov y Vasily Kartsev, los dos jerarcas de la plantilla. Pocas semanas después, debutó en partido oficial contra el Spartak Moscú y sufrió otra desdicha idéntica. Volvió a chocar con un compañero al salir a un centro, se tragó el balón y otro ridículo hizo su aparición. Después, un general de la NKVD, la policía secreta, entró en el vestuario y explotó: “Hay que borrar del equipo a este idiota”. Cuatro goles encajados en diez minutos en su siguiente partido, jugado a los tres meses, contra el Dinamo Tbilisi clavaron la daga definitiva en el alma de Yashin.

Yashin estaba muerto, pero se preparaba para su segunda resurrección.

Su actuación había sido tan lamentable que no es que lo mandasen al banquillo, es que directamente lo invitaron a dedicarse a otra cosa. Lev cambió los guantes por el stick y pasó a integrar la nómina del Dinamo en su modalidad de hockey sobre hielo. Pronto se labró una fama como excelente portero y tres años más tarde ganaba la liga soviética y era reclamado nuevamente para el equipo de fútbol. Lev obedeció y, de pronto, el Dinamo contaba con un portero de fútbol con una capacidad de reacción y de reflejos nunca antes vista. Habilidades motrices. Gracias al hockey agudizó la percepción del ojo, ganando una velocidad de reflejos que luego trasladó al fútbol. Con el hockey, pulió también su técnica, su cobertura de ángulos estrechos y se convirtió en un gigante de 190 centímetros de agilidad felina.

Lev Yashin, la leyenda de la "Araña Negra"
Una araña sobre el hielo

Pero la leyenda de Yashin no se basaba solo en unas condiciones físicas portentosas. Yashin comprendía y leía el juego. Ordenaba a sus compañeros donde y como colocarse en unos tiempos donde el portero era atrezo e incluso los entrenadores raramente salían del banquillo durante los partidos. Yashin añadió a sus condiciones innatas una reinterpretación de la labor del portero. Custodiaba los espacios, salía fuera del área y lanzaba contraataques antes de que ningún defensa pensase siquiera que existía esa posibilidad. Célebres eran sus despejes de cabeza fuera del área que primero aglutinaban murmullo del respetable y luego acalorados aplausos cuando Yashin se atusaba el pelo y se volvía a colocar la gorra.

Era un arquero diferente. Mientras la mayoría rechazaban los disparos, él fue pionero al empezar a atajar los balones cuando nadie lo hacía, cobijándolos entre sus brazos y denegando la opción al rebote. En aquella época los metas temían alejarse de su jaula y Yashin entendió que desligarse de aquellos tres postes reducía espacios y tiempo para pensar al delantero. Como también fue el primer valiente en atreverse a salir por alto a los balones aéreos y despejarlos con los puños, algo nada habitual por entonces. Y a todo eso, por si fuera poco, se le suma su condición de parapenaltis.

Hay autores que consideran que una figura como Yashin solo podría haberse dado en la Unión Soviética. El portero es alguien para el que lo más importante es la victoria del equipo. Es una figura anticapitalista que se sacrifica por los demás. Lo cierto es que todos los equipos soviéticos de cualquier deporte evitaban la búsqueda de estrellas y construían el juego en base a un orden milimétrico y automatizado que llevase a la victoria a través de la socialización de todos sus componentes. El portero es ese mito que siendo único e individual sólo tiene éxito si a través de su discreción es capaz de salvar al equipo. No es extraño que la URSS pariese grandes porteros (Yashin, Rudakov, Dassaev -todos ellos rusos-) y ningún gran ‘9’, el jugador egoísta por excelencia. Los grandes atacantes que hubo (Blokhin y Belanov) eran, y no casualmente, ucranianos.

En una sociedad tan uniforme, el portero era una de las escasas expresiones posibles y el objetivo era eliminarlo. Existía una canción, aun hoy cantada en muchos campos rusos, que decía: “Portero, prepárate para la batalla, detrás de ti esta nuestra frontera”. Es el último baluarte ante el extranjero. Como el as de la aviación o el astronauta, el portero es un ser individual al servicio de un todo. “La sensación de ver a Gagarin volar por el espacio solo es superada por parar un penalti”, diría Yashin en la cima de su éxito.

Porque ‘La Araña Negra’ es un hijo del comunismo. Nacido en 1929, huérfano de madre a los seis años, su infancia transcurrió entre las locuras sádicas de Stalin y la penumbra de la Gran Guerra Patriótica contra los nazis. Ahí Lev Ivanovich Yashin iba a experimentar su primera resurrección. Desde niño trabajó en una fábrica aeronáutica y sobrevivió a base de cigarrillos mostrándose como un adolescente trabajador y educado. Fumador empedernido lo será toda la vida (incluso en los descansos de los partidos) y defenderá el uso de la nicotina hasta su muerte, porque fue el tabaco lo que le salvó de morir de hambre cuando era pequeño. Aquellos diez cigarros diarios se complementaban con unos buenos vasos de vodka. Así se entiende que aquel niño acabase siendo un adulto con problemas de acidez que resolvía el bicarbonato y que falleciese con apenas 60 años por culpa de un cáncer de estómago.

Conoció el fútbol en la fábrica, jugando como delantero. Pero su imponente altura, sus largos brazos y su elasticidad en el salto sedujeron a los jefes de la planta y le impusieron la portería. En 1949, después del servicio militar, fue reclutado por el Dinamo Moscú. Nunca se quitaría esa camiseta, ni siquiera, en numerosas ocasiones, ni para jugar con la Unión Soviética, pues muchos partidos con la selección los disputó con la letra ‘D’ bordada en su imborrable jersey oscuro. Ese otoño, solo unos meses antes del salto a la escuadra principal, el nombre de Yashin se abrió hueco en el fútbol de la capital soviética cuando en su primera exhibición impulsó la victoria del juvenil sobre el primer equipo en las semifinales de la Copa Moscú.

Luego vino su caída y su exitoso paso por el hockey. Llegó a estar seleccionado para disputar el Mundial de la especialidad en 1954, pero renunció porque su intención era triunfar en el fútbol. Tenía cerca de los 25 años cuando a Yashin le permitieron volver a defender la portería del Dinamo en su versión 11 contra 11. Tardó solo unos meses en alcanzar la selección, en seducir a todo un país y en asimilarse como el rostro de una institución como el Dinamo Moscú. Jugó allí 22 temporadas; ganó las ligas de 1954, 1955, 1957, 1959 y 1963; levantó las copas de 1953, 1967 y 1970; fue internacional soviético 73 veces; ejerció de figura clave en el oro olímpico de Melbourne 1956 y en la Eurocopa de 1960; disputó los Mundiales de 1958, 1962, 1966 y con 41 años aún fue tercer portero de la URSS en el de 1970. Con el Dinamo dejó la portería a cero en el 48% de sus partidos. En más de 200 partidos. En total, una carrera de 813 encuentros (dos con la selección FIFA) y 150 penaltis parados.

Son sus portentosas actuaciones con la Unión Soviética lo que le convirtieron en un icono. Se dio a conocer al mundo en los Juegos de Melbourne de 1956 y dos años después ya era referencia en el Mundial de Suecia. Desde ese 1958 a 1961 Yashin vivió un trienio mágico coronado por la consecución de la Eurocopa de 1960 donde emergió como figura indiscutible de un equipo de orden mecánico. La final ante Yugoslavia junto al duelo de cuartos frente a Hungría en el Mundial 1966 perviven como sus dos mejores actuaciones internacionales. Por el camino su traspiés en 1962 y su tercera resurrección incluyendo un subcampeonato europeo en 1964. Por cierto, en aquella cruzada ideológica entre franquistas y comunistas de 1964 Lev Yashin saltó al campo con una sudadera que portaba el escudo de su tan querido Dinamo moscovita.

Lev Yashin, guantes para un Balón de Oro - Blogs - Fútbol Emotion
La Araña Negro a color

Para crear el mito Yashin ayudaron sus éxitos en la Eurocopa, pero en especial su gran actuación en el Mundial de 1966, el primero filmado a color. La URSS quizás no se dio cuenta de ello, pero Yashin era un subproducto capitalista tan potente como el Sputnik o los rifles Kalashnikov. En plena Guerra Fría Lev Yashin era conocido por la prensa occidental como “la cara sonriente del comunismo”.

Era “la cara sonriente del comunismo”, pero era, esencialmente, ‘La Araña Negra’. El negro galvanizó su postura y creó un estándar repetido hasta la saciedad, hasta que las marcas comerciales empezaron a introducir el color en la vestimenta del guardameta. Iribar o Zoff serían clones de Yashin, tanto por planta y elasticidad como por estética. La leyenda dice que jugó durante dos décadas de negro y que sólo usó un puñado de jerséis en su carrera. Lo cierto es que Yashin usaba los tonos oscuros porque consideraba que eran más efectivos ante los atacantes, pero no siempre eran negros. Uso el azul oscuro en múltiples ocasiones, pero tanto las fotos como las filmaciones en blanco y negro, se encargarían de oscurecer todos los recuerdos. Yashin es un uniforme oscuro invisible para el rival.

Quizá para que Occidente comprenda la grandeza de Yashin es necesario relatar una anécdota. Santiago Bernabéu quedó prendado de muchos de los futbolistas integrantes de la selección soviética, pero, sobre todo, del hombre encargado de evitar los goles rivales. En la celebración del título por la Eurocopa 1960, en un restaurante cercano a la Torre Eiffel, Bernabéu ofreció un cheque en blanco al gigante soviético. Para el pope merengue Lev Yashin no tenía precio. La oferta acabó en papel mojado, ya que en aquellos tiempos ver a un soviético traspasando el Telón de Acero para jugar en otro país era más complicado que llegar a la Luna.

Yashin era querido y amado. Todo lo que tenía de grande lo tenía de bonachón. Era accesible, desprovisto de arrogancia o altivez y no había niño al que no le firmase un autógrafo. Cuando le preguntaban si era el mejor siempre negaba con la cabeza y daba el nombre de Beara, guardameta de la selección yugoslava. También tenía palabras de cariño para Grosics o Sokolov, dos pioneros en las salidas fuera del área de los porteros (como Carrizo en Argentina). En sus días libres solía acercarse a charlar con los arqueros juveniles del Dinamo y les daba consejos siempre que le preguntaban.

Como decía falleció joven. Era 1990. Mas tarde vendrá su estatua de bronce, antes la Orden de Lenin o el bautizo con su nombre al estadio del Dinamo. Hasta será la imagen en los posters oficiales del Mundial de Rusia de 2018, fiel reflejo de la importancia del mito en el patrimonio de una nación. Contaba su viuda que cuando ganó el Balón de Oro un chef francés le obsequió con un balón de chocolate. Mandó conservarlo y allí se mantiene, sereno e imperecedero, como la leyenda del portero más famoso de todos los tiempos.

“El portero es un jugador, no un tercer poste”. Lev Yashin.

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The Rumble in the Jungle (1ª parte)

A inicios de 1967 Muhammad Alí era el indiscutible campeón mundial de los pesos pesados. Eran tiempos convulsos. Estados Unidos se había embarcado en la que iba a ser una larga y costosa guerra en Vietnam. Alí se negó a alistarse cuando fue llamado a filas y el Gobierno americano abrió un proceso público contra él que acabó con una multa de 100.000 dólares, su encarcelamiento y la desposesión de su título de campeón del mundo. Tenía 25 años y, de pronto, había perdido sus mejores años como boxeador.

No volvió a competir hasta finales de 1970.

Antes de eso Cassius Clay había sido un joven y lenguaraz boxeador que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma antes de dar el salto al profesionalismo. Combate a combate fue ganando respetabilidad, hasta que en 1964 tuvo la oportunidad de luchar por el título de campeón de los pesados ante Sonny Liston. Ganó. Pero lo relevante es como ganó. Clay recurrió a la provocación llamando vago, oso y feo a su oponente, un bigardo de ancha nariz y pobladas cejas. Escribió un poema en el que decía que lo tumbaría en el octavo asalto. Su conducta escapaba de todo control y fue multado por ello. Dejó también una frase que se convertiría en parte de su existencia: “Flotaré como una mariposa y picaré como una abeja”. Clay ganó y al día siguiente de su victoria decidió cambiar su nombre de esclavo y convertirse al islamismo.

Había nacido Muhammad Alí (El amado de Dios).

Alí se apodó a sí mismo como ‘The greatest’ no sólo por su genio en el cuadrilátero, sino por su ingenio al bajarse del ring. Vinculado a la cultura afroamericana, el ‘trash-talking’ es la utilización del lenguaje para minusvalorar al oponente, para destrozarlo psicológicamente, algo sensacional en una cultura ultra competitiva e individualista como la estadounidense. Alí supo usar sus declaraciones incendiarias para fundirse con la sociedad del momento. Su vida, con sus idas y venidas, explica que significa ser americano y ayuda a comprender como los desgarros sociales de los 60 llegaron a parir un presidente afroamericano en 2008.

Para el mundo eurocéntrico la audacia comunicativa de Alí tiene continuación en el baloncesto, un deporte mucho más popular. Curiosamente fue un blanco, Larry Bird, el más aplicado alumno del ‘trash-talking’ (algo así como lenguaje basura), una práctica hoy en desuso por la fiebre de lo políticamente correcto. Atenazados por el miedo a la ofensa de un chiste, una palabra o una idea, lo que antes era banal y divertido hoy será visto en el mejor de los casos como prepotente y despectivo y, en el peor, como racista o misógino.

Muhammad Alí era un genio en el uso de los adjetivos. Burlón, grosero en exceso, hiperbólico, estúpido, capaz. Arrogante, odioso y creativo, sus palabras brotaban para hacer crecer el interés de la audiencia, multiplicar el dinero, y. sobre todo, desestabilizar al oponente. Alí tenía la imperiosa necesidad de llevar a la lona al contrincante a golpe de diccionario. Era capaz de ganar un combate mediante la palabra, al tener la habilidad de introducirse en la cabeza de aquel al que tenía que sacudirle una hondonada de ostias.

Esa insolencia lo hacía igual de querido que de odiado. La indiferencia no era aplicable a Alí. Tuvo que pelear una segunda vez contra Liston para obtener el título de campeón de los pesados, porque la WBA (World Boxing Association) vio irregularidades en su pelea. La realidad era otra. Nadie quería como campeón a un seguidor de Malcolm X que escupía sapos y culebras por la boca. Dio igual. Alí noqueó a Liston en un segundo combate en apenas trece segundos. La instantánea de la victoria, es, quizás, la fotografía deportiva más conocida de todos los tiempos.

 

Muhammad Ali y la historia de una foto ícono del deporte - La Tercera
K.O. en trece segundos

Alí se convirtió en un icono atemporal. Un altavoz de los rupturistas y desenfadados años 60. Era atractivo para los medios de comunicación, alzaba la voz contra el sistema, defendía la lucha por los derechos sociales de los negros y se mostraba abiertamente hostil ante la tropelía bélica de Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Como comentaba, Muhammad Alí fue llamado a filas para combatir en Vietnam. Presentó sucesivos requerimientos para aplazar la llamada y, dado que era personaje público, si hubiese estado callado Alí hubiese pasado el servicio militar entrenando y tomando unas cervezas con algún teniente coronel. Pero el caso es que Alí alegó razones de conciencia y motivos religiosos para no incorporarse al ejército. “No tengo problemas con los vietcongs. Ellos nunca me llamaron negrata”, diría.

Alí se convirtió de facto en la persona más odiada, al menos, por la mitad del país. Le retiraron su título de campeón del mundo y le imposibilitaron volver a pelear. Jamás acudió a los requerimientos judiciales que lo citaron como Cassius Clay y dedicó su tiempo a dar charlas en universidades de todo Estados Unidos. Cuando las cosas se torcieron en Vietnam y la opinión pública se puso de espaldas ante la guerra, la figura de Alí fue reivindicada y la sanción revocada.

De pronto Muhammad Alí pasaba a ser algo más que un púgil soberbio y bocazas para convertirse en una figura capaz de enfrentarse al país más poderoso del mundo y poner frente al espejo a una sociedad profundamente racista.

Trump considera otorgar un perdón póstumo a Muhammad Ali
The greatest

El tiempo pasó. Era septiembre de 1970. Habían transcurrido cerca de cuatro años. Alí salió de la cárcel. Ya no era campeón del mundo, pero estaba dispuesto a recuperar lo que en verdad era suyo.

Durante esos cuarenta meses de obligada ausencia, Joe Frazier y George Foreman se disputaron el título de campeón del mundo. Ambos eran dos pegadores con una contundencia descomunal en cada golpe. Ambos eran, además, dos negros queridos por el ‘establishment’. Alí se distinguía por su agilidad, su juego de pies y un combate a distancia a la espera del momento oportuno para conectar un golpe preciso y contundente. Era un estilista. Y era un estilista con labia. Volvió con un discurso ideológico radicalizado. “Me echaron los políticos blancos”, decía. Alí pasó a ser un sujeto perturbador por lo que decía y por como lo decía. Ahora no solo los negros lo adoraban, sino multitud de blancos lo apoyaban. Pasó a ser un icono para los desfavorecidos. Pasó a ser un símbolo del pacifismo.

“Odié cada minuto de entrenamiento, pero no paraba de repetirme; no renuncies, sufre ahora y el resto de tu vida vivirás como un campeón”. Alí volvió más grande, más rápido, más borde, más prepotente y más irreverente que nunca. “Si alguna vez sueñas con vencerme, es mejor que despiertes y me pidas disculpas”, así le espetó a Joe Frazier cuando en 1971 se retaron por el título mundial. El combate fue durísimo y Frazier retuvo el título de los pesados tras los doce asaltos por decisión de los jueces. En este caso no hubo polémica alguna. Tan sólo eran dos mulas dándose estacazos. Por supuesto Alí no estaba de acuerdo con la decisión del jurado. Sacó la lengua a pacer y lo tuvo claro. El único campeón era él.

Tras el combate Alí tuvo que pasar 24 horas en observación en un hospital.

Frazier estaría más de dos semanas ingresado.

El estilista Alí y el fajador Frazier volvieron a enfrentarse a inicios de 1974. El veterano Alí se llevó la victoria tras otro terrible combate resuelto por los jueces tras los doce asaltos. Pero en este caso el premio no era la corona mundial, sino poder retar a George Foreman, por entonces dueño del cinturón de campeón del mundo. Siete años más joven, Foreman lucía un récord de 40-0, incluyendo una eléctrica victoria ante Frazier en tan sólo dos asaltos.

George Foreman era el indiscutible favorito. Muhammad Alí tendría que usar todas sus artimañas para obtener el título. El 30 de octubre de 1974 dos bestias dejarían el ring para pelearse en la selva…

“Imposible solo es una palabra que usan los hombres débiles para vivir fácilmente en el mundo que se les dio sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un reto. Imposible no es nada”. Muhammad Alí.

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Lutz Eigendorf: El Beckenbauer del Este

Una de las múltiples diferencias que había entre la Alemania del Este (RDA) y la Alemania Occidental (RFA) estaba en la posibilidad de adquirir un vehículo. En la RDA había un número limitado de modelos de fabricación propia a los que se podía acceder en función del estatus laboral y de la disposición familiar. Para alcanzar un coche de importación hacía falta un salvoconducto oficial, un muy probable soborno y una espera de meses o incluso años. En la RFA el acceso al vehículo obedecía a términos capitalistas. Si tienes dinero te lo compras. Si no lo tienes no te lo compras. Así que una de las primeras cosas que Lutz Eigendorf hizo al escapar a la RFA fue comprarse un deportivo, un Alfa Romeo GTV-6.

Mucho antes de realizar tal compra, Lutz Eigendorf era el ojito derecho de los jefazos de la RDA. En 1974 la RFA había ganado el Mundial de fútbol en el que habían ejercido como anfitriones, pero a la RDA le quedó la satisfacción de haber vencido a sus vecinos en la fase de grupos tras un gol de Sparwasser que se tornó en mítico. Aquello, unido a los éxitos internacionales del Magdeburgo, envalentonó a los dirigentes de la RDA en su pesquisa por lograr el éxito a través del deporte. Fueron los inicios del dopaje de Estado y también de la búsqueda del nuevo Franz Beckenbauer, el jugador alemán nacido al otro lado del muro que por entonces era una de las estrellas más rutilantes del planeta fútbol.

El elegido fue Lutz Eigendorf, un elegante futbolista que militaba en el Dinamo de Berlín. Tenía porte, buena presencia y una notable calidad técnica. Erich Mielke lo nombró capitán con apenas 22 años. Es preciso explicar que Mielke, además de máximo responsable del Dinamo de Berlín, era el director de la Stasi, la policía secreta de la RDA. Mucho antes, de jovenzuelo, combatiera en la Guerra Civil española enrolado en las Brigadas Internacionales. Cuando sus obligaciones de espionaje y de asesinatos se lo permitían, a Mielke le encantaba dirigir la Oberliga a su antojo y promover los amaños necesarios para que su Dinamo se proclamase campeón.

Eigendorf era un privilegiado. Era tratado en palmitas por el Partido Comunista. Se había casado con la chica más popular del instituto y era padre de una niña de dos años. Tenía una buena casa y acceso al mejor coche que la RDA le podía dar. Pronto fue apodado el Beckenbauer del Este y pasó a ser cara cotidiana en los medios como representación del éxito en la Alemania comunista.

Pero Eigendorf no era feliz. Desde que fuese reclutado como joven proyecto futbolista a los 14 años vivía bajo estricto control. Le decían lo que tenía que hacer, cuando y como hacerlo. Se ahogaba. Y tenía envidia. Tenía envidia del verdadero Beckenbauer y de todo lo que se estaba perdiendo. Así que, sin comunicárselo a su esposa, decidió emprender una nueva vida.

El Dinamo de Berlín jugaba un partido amistoso ante el FC Kaiserlautern a más de 600 kilómetros rumbo a la libertad. El encuentro se disputó sin mayor noticia y en el viaje de vuelta el autobús paró para repostar antes de entrar en la RDA. A pesar de la vigilancia, era en esas ocasiones cuando los futbolistas aprovechaban para hacer alguna compra e introducir objetos de contrabando en el país. Las autoridades solían hacer la vista gorda, para así mantener a sus estrellas contentas. Pero Eigendorf tenía otro plan en la cabeza. Se escabulló, subió a un taxi y le dijo al conductor que lo llevase de vuelta a Kaiserlautern, concretamente a las oficinas del club renano. Una vez bajó del vehículo, se reunió con el presidente, se ofreció como defensa central y firmó un papel en blanco.

Acababa de ser contratado por el FC Kaiserlautern. Acababa de desertar.

Dado que tenía mujer e hija, la Stasi jamás se podría haber imaginado que Eigendorf desertase. Mielke estalló en cólera y puso en marcha la llamada ‘Operación Rosa’ con el objetivo de hacerle la vida imposible a Eigendorf. Pusieron en nómina a un agente encubierto, un tal Peter Hommann, con el objetivo de seducir a la mujer de Eigendorf y ponerla en su contra.

Erich Mielke - Maestro del miedo | TV | DW | 06.02.2018
Mielke. Maestro del terror

Quién sabe lo que pensaría esa mujer de un marido que en su búsqueda de la libertad había convertido en infierno su vida y la de su hija, pero el caso es que Gabriele, así se llamaba la mujer, acabó pidiendo el divorcio y casándose con el tal Hommann. Es más, el agente, no se sabe si por celo amoroso o por celo laboral, acabaría también adoptando a la hija del desertor.

Quién sabe, también, lo que pensaría aquel joven en busca de la libertad. Eigendorf tenía larvada una insatisfacción. Se había casado muy pronto y había tenido una hija que no quería. Hay documentación al respecto. Como que cometió al menos un par de infidelidades al poco de casarse. Al igual que cualquier veinteañero estaba fascinado por la libertad. Habitaba en lo más profundo de su ser una frustración por no haber vivido al límite, por no haber tenido aventuras. Pesó mucho más la fascinación por cruzar el Muro que el pesar por dejar mujer e hija al otro lado.

Así que el plan de Mielke, la ‘Operación Rosa’, no había dado los frutos previstos. Mielke se subía por las paredes y su paciencia se agotó cuando Eigendorf dio una entrevista a una televisión occidental pegado al propio Muro y con un plano televisivo en el que al fondo se veían los focos del Friedrich-Ludwig-Jahn-Sportpatk, la casa del Dinamo. Aquello era intolerable. Por si su deserción fuese poca afrenta, Eigendorf aprovechaba toda ocasión para denunciar en público las condiciones de vida de la RDA y al régimen comunista.

En todas y cada una de las reuniones que Mielke mantenía en su despacho con sus subordinados de la Stasi recordaba que el objetivo número uno era Eigendorf. Ni disidentes políticos, ni espías occidentales. El diablo con patas era ese sucio futbolista. Mielke se sentía dolido, engañado y humillado, y no precisamente por ese orden.

Según los papeles desclasificados una vez que Alemania volvió a ser una, Lutz Eigendorf llegó a tener hasta 50 agentes diferentes de la Stasi ocupándose de su vigilancia. Todas las noches un par de espías de la Stasi hacían vigilancia en las puertas de su casa de Braunschweig donde volvió a casarse y tuvo un segundo hijo. Uno de esos agentes era un tal Klaus Schlosser que velozmente lo engatusó hasta convertirse en su mejor amigo.

Y es que Eigendorf pronto cambió el FC Kaiserlautern por el más modesto Eintracht Braunschweig. Ya fuese porque el nivel en la Oberliga era inferior a la Bundesliga (lo cual se certificó con la caída del Muro), o quizás mentalmente exhausto y deprimido al sentirse perseguido, Eigendorf bajó considerablemente su rendimiento. Fueron tres años mediocres en Renania antes de pasar a las filas del modesto conjunto cuya ciudad es más conocida por un licor de hierbas llamado Jägermeister que por su club de fútbol.

Y así llegamos a la noche del 6 de marzo de 1983. Como tantas otras veces Eigendorf salió a pasar el rato y como tantas otras veces cogió su Alfa Romeo GTV-6 para acercarse a su bar habitual. El caso es que cuando cerca de las once de la noche se dirigía a su casa perdió el control del vehículo y se estrelló contra un árbol falleciendo en el acto. La tasa de alcohol en sangre era de 2,2 por lo que la conclusión era obvia. Estaba borracho. Muy borracho. Muy, muy borracho.

El problema es que Eigendorf apenas bebía. Si acaso un par de cervezas. Se interrogó a los que estaban en el bar aquella noche y todos dijeron que apenas había consumido. Sus compañeros de equipo y amigos dijeron lo mismo. Era imposible que Eigendorf hubiese bebido tanto. Además, estaba haciendo un cursillo de piloto de avionetas y tenía clase al día siguiente. Conociendo lo importante que era aquello para él, todos descartaban por completo que se hubiese emborrachado.

Lutz Eigendorf... el día que un futbolista 'condenado a muerte' jugó en el  Bernabéu | Marca.com
El Alfa Romeo hizo pum

Hubo que esperar al año 2010 para que un antiguo colaborador de la Stasi presentase de forma anónima en unos juzgados unos documentos fechados en 1983 en la RDA en la que se contemplaban las órdenes para asesinar a Eigendorf. Al parecer dos agentes de la Stasi habrían secuestrado al futbolista obligándole a ingerir una alta cantidad de alcohol antes de dejarle volver a coger el coche para provocar su accidente.

Una vez que el escándalo salió a la luz, a las pesquisas policiales le siguieron las investigaciones históricas y los reportajes periodísticos. Se desveló un probable envenenamiento a través de la piel, y la existencia de un segundo vehículo (del que nada se supo en 1983) que deslumbró a Eigendorf desde un lateral de la carretera justo en el momento en el que perdió el control de su vehículo. Estas certezas echaron por tierra la teoría popular, comúnmente aceptada, de que la Stasi, simple y llanamente, lo que había hecho era cortarle los frenos del Alfa Romeo.

Se estima que sólo en la década de 1970 más de 500 deportistas desertaron de la RDA. Ninguno tan importante como Lutz Eigendorf. Su aventura apenas duró tres años antes de ser asesinado con 26 primaveras. De su primera mujer no se supo mucho más. De su segunda mujer se sabe que vivió con miedo y con antidepresivos hasta que el Muro cayó. Schlosser, su supuesto mejor amigo, recibió 500 marcos en forma de gratificación por parte de la Stasi y hoy disfruta de una apacible jubilación sin admitir preguntas. Tras la reunificación alemana de 1990, el Dinamo de Berlín deambula por categorías regionales y Mielke tuvo que pasar un par de años en prisión, aunque por su avanzada edad pudo fallecer plácidamente en su hogar a los 92 años de edad.

Un total de 66 años más de los que vivió Lutz Eigendorf.

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