entrenadores

Villalonga

PSG vs Arsenal. Luis Enrique vs Mikel Arteta. Un club francés y otro inglés. Dos entrenadores españoles. Uno de ellos se convertirá en campeón europeo. Ambos representan estos tiempos. Aunque Luis Enrique triunfó en el FC Barcelona y dirigió a la selección española, su mili como técnico tuvo lugar en Roma y es Paris el lugar que lo ha coronado como uno de los mejores técnicos del último medio siglo. Arteta nació en Donostia y se crio como futbolista en Barcelona, pero pronto emigró a Gran Bretaña. Allí lleva un cuarto de siglo. Comenzó como segundo de Pep Guardiola y concluirá en este mes de mayo su octava temporada como técnico del Arsenal FC.

Si Luis Enrique resulta el vencedor sumará tres títulos (ganó en 2015 con el FC Barcelona y en 2025 con el PSG). Si lo hace Mikel Arteta será el séptimo entrenador hispano en lograr el éxito europeo. Y no son muchos. Seis (o siete) en 70 años de Copa de Europa. Seis (o siete) con 20 títulos logrados entre Madrid y Barça. Pep Guardiola tiene tres coronas (FC Barcelona en 2009 y 2011 y Manchester City en 2023) y Rafa Benítez consiguió un trofeo en 2005 con el Liverpool FC. A partir de ahí únicamente hay tres técnicos españoles a mayores. Y aquí lo curioso. De los 15 títulos logrados por el Real Madrid exclusivamente seis de ellos (menos de la mitad) llevaron la batuta de un técnico de la casa. Vicente del Bosque (2000 y 2002) salió victorioso en dos ocasiones, las mismas que Miguel Muñoz (1960 y 1966), quién antes había sumado otras tres como jugador. Arteta, Luis Enrique, Guardiola, Benítez y Del Bosque son de sobra conocidos por cualquier aficionado al fútbol. Incluso suenan campanas a lo lejos cuando se nombra a Miguel Muñoz, a pesar de que el interlocutor sea un miembro de la Generación Z.

Al que pocos conocen es a José Villalonga.

Nacido en Córdoba en el invierno de 1919, José Villalonga Llorente soñaba con ser portero de fútbol. De niño imitaba a Ricardo Zamora en las porterías del colegio de la Sagrada Familia próximo a la Basílica de San Pedro. Su primer club federado se llamará Once Rojo y con 16 años militará como segundo portero en el Racing de Córdoba (antecesor del Córdoba FC) ayudándolo a subir a Tercera. Corría el año 1936.

Estalla la Guerra Civil.

Villalonga lo tiene claro y se alista como voluntario. Se une a los sublevados. O a la Cruzada de Liberación Nacional. Y es que José Villalonga es militante falangista de primera hora. En mayo de 1937 participará en la batalla de Pozoblanco, una contraofensiva republicana que fue debidamente olvidada por la historiografía franquista. Villalonga es herido por una bala que le entra por la tibia y le sale por la bóveda plantar. Permanecerá hospitalizado hasta el final del verano. Recuperado, pasará a formarse como oficial en Marruecos y alcanzará el grado de alférez participando en la ofensiva de Mérida en la que el general Queipo de Llano y sus tropas, Villalonga incluido, barrerán el frente de Extremadura logrando el total control del sur de España y, de paso, vengar la derrota sufrida en Pozoblanco en la primavera anterior.

José Villalonga

Finalizada la Guerra Civil, el ya teniente Villalonga es enviado a la Academia Militar de Toledo. Es entonces cuando decide estudiar educación física. Obtendrá el título de profesor siendo el primero de su promoción. Dos años después adquiere el título nacional de entrenador de fútbol. Estamos en 1949. Dos años después, en 1951, el Real Madrid lo contrata para dirigir a su equipo juvenil. El éxito es absoluto y se le ofrece ser también el preparador físico del primer equipo. Villalonga acepta y solicita una excedencia en el Ejército Español.

¿Y por qué? ¿Por qué un desconocido como Villalonga?

El Madrid llevaba veinte años sin ganar una Liga. Acababa de estrenar el Nuevo Chamartín, la culminación de todo el esfuerzo de reconstrucción del club tras la catástrofe de la Guerra Civil fruto de la visión futurista de Santiago Bernabéu. Con estadio nuevo el equipo no arranca y Bernabéu decide darle el mando a Juan Ipiña, el futbolista que más veces había vestido de blanco. Lo primero que hizo Ipiña fue sugerir a Bernabéu que incorporara al organigrama del club a un erudito de la preparación física que conocía en Toledo. Villalonga pertenecía a la primera generación de especialistas españoles en el campo de la formación que habían salido de la escuela militar de Toledo, pionera en la enseñanza de un concepto nuevo de instrucción deportiva. No era cosa de Franco. Tampoco de la República. Fuera fundada en los años 20 convergiendo en ella los principios germanos de culto al cuerpo y pasión por la naturaleza con las nuevas tendencias del deporte como ocio urbano y negocio para la incipiente clase media.

Resultó que Ipiña, capitán durante la década de 1940, no funcionó bien como técnico y Bernabéu apostó por un ex entrenador del FC Barcelona. Se trataba del uruguayo Enrique Fernández. En su primera temporada, que también fue la primera de Di Stéfano, se ganará la Liga. En la segunda el asunto no funcionaba. El Madrid no arrancaba y a inicios de diciembre veía como Athletic y Barça se escapaban y a duras penas aguantaban la tercera posición en una lucha mano a mano con el Sevilla FC.

El 10 de diciembre de 1954 José Villalonga era nombrado entrenador del Real Madrid. Apenas contaba con 35 años.

Villalonga prioriza lo físico sabiendo que dispone de un potosí de virtuosismo en un plantel irrepetible; la ambición es controlar el juego gracias a Di Stéfano, quién abandona el área para buscar el balón en el centro del campo ejerciendo de mediocentro. A partir de ahí despliegue físico tanto en defensa como en ataque y que los artistas lleven la voz cantante.

Villalonga tenía fama de discreto, de prudente y de buen pastor de hombres. Como Del Bosque o como Zidane, se le puede catalogar como el primero de una raza de entrenadores con amplia mano izquierda. No siempre sale bien. A veces se pone a conducir un autobús a alguien con la L y el conductor (pongamos que se llama Arbeloa) acaba dejando el volante y saltando por la borda dejando que el bus se estampe. No obstante, el asunto al Real Madrid suele salirle bien. Técnicos que saben seducir a sus pupilos y que conectan con las estrellas dándoles manga ancha para expresar sus habilidades. De José Villalonga se decía que más allá de hacer correr a sus futbolistas, no tenía ni idea de dirigir a un equipo de fútbol.

Y también, como en el caso de Del Bosque o Zidane, José Villalonga llega al banquillo del Real Madrid como segundo plato. Como parche temporal. Para nada fue temporal. Estuvo dos años y medio en el banquillo del Real Madrid. 30 meses que cambiarían la historia de la entidad merengue para siempre. En únicamente 105 partidos oficiales logró 2 Ligas, 2 Copas Latinas y 2 Copas de Europa. A 17 partidos por trofeo. Conquistó en su primer año la Liga y la Copa Latina, por entonces una competición que reunía a los campeones de España, Italia, Francia y Portugal. En 1957 volvería a sumar ambos títulos, en la que sería la última edición de la citada Copa Latina.

Y fue la última dado que en la campaña 1955-56 se puso en marcha la primera edición de la Copa de Europa. A ella acudió el Real Madrid como vigente campeón liguero. Y saldría campeón al derrotar al Stade Reims en la final. En la siguiente temporada repetiría alirón al vencer a la Fiorentina por 2-0 en el Santiago Bernabéu. Aquel equipo es una máquina de jugar al fútbol gracias al virtuosismo de Di Stéfano. Ocurre que también lo es porque es capaz de mantener un ritmo alto de juego durante los 90 minutos, algo poco corriente en aquel entonces, debido a los métodos de entrenamiento físico de Villalonga.

Di Stéfano y Villalonga

Celebrado el triplete Liga, Copa Latina y Copa de Europa, el Real Madrid emprendió una lucrativa gira veraniega por Sudamérica. Entre partido y partido a José Villalonga le llegó la oferta de renovación de su contrato. Al volver ni siquiera se presentó en el despacho de Santiago Bernabéu. Decidió escribirle una carta exhibiendo su negativa por la oferta y su agradecimiento por la oportunidad dado un lustro antes.

El motivo de la desaprobación era económico. No podía ser de otra forma. Pero también era cuestión de poder. Villalonga pidió ser además de entrenador ser el director deportivo y ocuparse de los fichajes, y eso era una línea roja para Bernabéu. El puesto, por cierto, era entonces ocupado por Ipiña. Lo cierto es que, al igual que Florentino, Bernabéu consideraba que el entrenador era un actor irrelevante. Ocurre que a diferencia de Florentino que patinó cuando prescindió de Del Bosque, Zidane o Ancelotti, Bernabéu acertó con el argentino Luis Carniglia (otras dos Copas de Europa) y con Miguel Muñoz (otro par de trofeos europeos).

Oficial franquista, Villalonga era de armas tomar y decidió dejar plantado al Madrid en la cima de su éxito. Se fue a Zaragoza a obtener los galones de comandante de infantería y, una vez conseguidas las estrellas, pasó a ocuparse de las categorías inferiores de la selección española de fútbol. En esas estamos cuando al poco de iniciarse la campaña 1959-60 el Atlético de Madrid destituye a su entrenador y le ofrece el cargo a Villalonga. Acepta. Gana el primer partido en San Sebastián y en el segundo arranca un empate contra su ex Real Madrid. Ese año ganó la Copa del Generalísimo. La primera en la historia del Atlético de Madrid. Al año siguiente será la segunda. Dos temporadas y dos copas. Y las dos logradas ante…el Real Madrid.

Así que Villalonga en apenas cinco temporadas como entrenador suma 2 Ligas, 2 copas, 2 copas de Europa y 2 Copas Latinas. Casi nada al aparato. Es el verano de 1962 y le ofrecen ser seleccionador nacional.

España venía de fracasar en el Mundial de Chile 1962. El comandante Villalonga purgó al equipo que fue al Mundial entre grandes polémicas. Pasó la guadaña y la pieza más conocida fue Francisco Gento, capitán y leyenda blanca. Le llovieron palos. Pero Villalonga no se achantó. Clasificó a España para la fase final de la Eurocopa. Por entonces sólo la disputaban cuatro equipos. Semifinales y final. España como anfitriona. Santiago Bernabéu. En la final España vs Unión Soviética. Franco en el palco. Villalonga, camisa vieja de Falange y Medalla de la Vieja Guardia en el banquillo. Ganó España. No lo volverá a hacer hasta 2008. Ya como teniente coronel, Villalonga clasificó a España para el Mundial de Inglaterra de 1966 y pondría punto final a su carrera como seleccionador tras caer en la primera fase.

Pasó entonces a dirigir la Escuela Nacional de Entrenadores hasta que, en 1973, con apenas 53 años, murió de un infarto. Se fue un grande, aunque muy, muy, muy pocos lo recuerden. En apenas una década como entrenador logró ocho títulos, entre ellos 2 Copas de Europa con el Real Madrid y una Eurocopa con la selección española. Levantó un trofeo en todas y cada una de las temporadas en las que se sentó en un banquillo y cosechó éxitos con España, algo que tan sólo Luis Aragonés (longevo y con menos títulos), Luis De la Fuente (sin experiencia en clubes) y Del Bosque pueden presumir. Si nos atenemos a palmarés y a porcentaje de títulos por temporada entrenada, tan sólo Pep Guardiola y Vicente Del Bosque pueden hablarle de tú a tú a José Villalonga.

Ahí es nada.

España 1964

“En España somos grandes cuando somos 100; más, nos entrematamos”. Max Aub, escritor español de origen francoalemán.

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Suppenkasper (La venganza es un plato que se sirve frío)

Navidades de 1989. Llevaban más de tres años sin hablarse. El teléfono sonó en casa de los Stein. La esposa respondió a la llamada. “Es Franz”, le dijo a su marido. El cónyuge era Uli Stein, de profesión, portero de fútbol. Franz era Franz Beckenbauer, por entonces seleccionador nacional alemán y en el pasado mejor futbolista de la historia del fútbol teutón.

Beckenbauer: ¿Qué tal Uli? En 1986 dijiste que te retirabas de la selección. ¿Te gustaría volver?

Stein: Por supuesto. Representar a tu país es lo más grande que puedes hacer.

Beckenbauer: Bien. Me alegra saberlo. El año que viene seremos campeones del mundo y no puedo serlo sólo con Illgner y Köpke, te necesito a ti también.

Stein: Estaré preparado para lo que necesites.

Beckenbauer: Ahora me voy de vacaciones. En enero te volveré a llamar.

Uli Stein jamás recibió esa llamada.

Beckenbauer se convirtió en la primera y única persona en ser campeón del mundo como capitán en el campo y como seleccionador en el banquillo.

Lo hizo con Bodo Illgner como portero titular, Andreas Köpke como guardameta suplente…y Raimond Aumann como tercer portero.

La venganza es un plato que se sirve frío.

Beckenbauer y Stein

Tras fracasar en la Eurocopa de 1984, la Federación Alemana de Fútbol (DFB) decidió confiar el puesto de seleccionador a Franz Beckenbauer. Era una decisión arriesgada. Beckenbauer se había retirado apenas doce meses antes como una leyenda, pero no tenía experiencia alguna como seleccionador. Era un líder y se esperaba que transmitiese esa aura al vestuario. Ocurre que no era fácil. Al igual que Johan Cruyff, su íntima némesis, Beckenbauer se frustraba cuando ordenaba hacer algo a sus jugadores y observaba que eran incapaces de cumplir con su cometido. Franz pensaba que lo que para él era sencillo cuando calzaba botas de tacos también lo era para los demás. Nada más lejos de la realidad.

Alemania (República Federal Alemana u Alemania Occidental para ser más exactos) se presentó con solvencia para el Mundial de 1986 por delante de Portugal y Suecia en su grupo clasificatorio. Con todo había dudas. Se sufrió para ganar en Malta (2-3), se empató en casa ante Checoslovaquia (2-2) y se perdió en Stuttgart ante Portugal (0-1). Los críticos acusaban a Beckenbauer de actuar de manera impulsiva e intuitiva sin una estrategia clara de partido. Usaba un 5-3-2 apoyándose en el extraordinario físico y en la fortaleza defensiva de su selección perjudicando un juego técnico del que él era garante como futbolista. Preparaba durante altas horas de la madrugada sesiones de vídeo que luego era incapaz de trasladar a sus seleccionados, dado que él mismo las consideraba soporíferas.

Sucedía algo más. Beckenbauer no tenía pelos en la lengua. Decía lo que quería sabiendo que era voz autorizada y respetada. Antes del Mundial consideró que Alemania podría salir campeona, pero describió a sus chicos como “un conjunto sin talento” y consideró a la Bundesliga “un montón de basura” por ser incapaz de retener a futbolistas que marchaban a la Serie A italiana. Karl-Heinz Rummenigge, jugador del Internazionale y en el pasado compañero de Beckenbauer en el FC Bayern, exigió una reunión. Rummenigge era el capitán de Alemania y una voz tan autoritaria y respetada como la de Beckenbauer. Se limaron asperezas y el Káiser rebajó el tono de sus declaraciones al mismo tiempo que cuestionaba la indispensabilidad de Rummenigge en clara muestra de resentimiento al haberse sentido discutido.

Pero Rummenigge no era el único que alzó la voz en un vestuario donde los egos campaban a sus anchas. Si Rummenigge era la estrella, la voz cantante de aquel equipo era Toni Schumacher. En 1982 había golpeado al francés Battiston en una salida kamikaze que acabó con el galo hospitalizado y con el teutón mascando chicle con fría indiferencia. Sin embargo, en 1986 no estaba en su mejor momento y en el último amistoso antes del Mundial, frente a Países Bajos, Beckenbauer decidió darle la titularidad al habitual suplente Uli Stein, el cual realizó un excepcional partido.

Con todo este conglomerado de sensaciones la selección alemana viajó a México con semanas de antelación. En aquel Mundial todos los países tenían pánico a las condiciones extremas de los mexicas con partidos que se iban a disputar rozando los 40 grados centígrados y a más de 2.000 metros de altura. Con el objetivo de aclimatarse, las selecciones europeas se atrincheraron en hoteles haciendo tediosa y larguísima la espera. Coincidió, además, que todavía no estaba fracturada la tradicional relación entre prensa y deportistas (ni tampoco era tan ancha la diferencia salarial), por lo que era más que habitual que plumillas y futbolistas compartiesen hospedaje. Era, pues, cuestión de tiempo que todo estallase en el hotel de concentración alemán en la ciudad de Querétaro.

Alemania 86

Llegó el 4 de junio de 1986 y Alemania se dispuso a enfrentarse a Uruguay en el primer partido del grupo E del Mundial. No será hasta una hora antes del encuentro cuando Beckenbauer anuncie que Harald ‘Toni’ Schumacher será el portero titular y que Uli Stein será suplente. También será suplente Rummenigge, quién había llegado al Mundial con molestias en el tobillo. Entonces todo salta por los aires. Rummenigge acusa a Schumacher de sabotear su regreso a la titularidad para promover a Pierre Littbarski y a Klaus Allofs, sus compañeros en el FC Colonia. Rummenigge llamará mafioso a Schumacher y el asunto casi llega a las manos antes de que ambos amenacen con volverse a Alemania. Beckenbauer conseguirá sortear el conflicto, Schumacher será titular, Rummenigge entrará como suplente en el minuto 70 y Alemania empatará 1-1 ante Uruguay con gol de Allofs, uno de los mafiosos de Colonia. Ocurrió que, fiel a su estilo, Beckenbauer no se callará la boca y en la rueda de prensa posterior al choque soltará una perlita: “Una guardería no es nada comparable con el vestuario de esta selección”.

Al Káiser se le estaba yendo el asunto de las manos. Alemania venció a Escocia (2-1) pero sucumbió ante Dinamarca (0-2), por lo que se clasificó, pero únicamente como segunda de grupo. Se supo entonces que en las comidas de la plantilla había una mesa de disidentes integrada por los habituales suplentes Klaus Augenthaler, Dieter Hoeness, Ditmar Jakobs y Uli Stein donde las críticas a Beckenbauer eran implacables. Rummenigge seguía a su aire y Schumacher se hacía la víctima.

Fue entonces cuando la bomba explosionó. Días antes un periodista mexicano había publicado un artículo en el que contaba que varios jugadores alemanes escapaban de la concentración para dormir en casas particulares o en otros hoteles. Era obvio que había quien lo hacía por diversión, otros por sexo y otros, simplemente, porque no aguantaban estar encerrados. Beckenbauer cargó públicamente contra el periodista en términos racistas y se armó la marimorena. Y, peor aún fue cuando Beckenbauer quiso rectificar sus palabras y lo justificó como un comportamiento “sumamente alemán”. Quedaba claro que aquello se le iba de las manos.

Y así fue que la noche antes del partido ante Marruecos de octavos de final y, sabedores de que iban a ser suplentes, los cuatro jugadores de la mesa de frustrados decidieron irse de juerga. Augenthaler, Jakobs, Hoeness y Stein no volverían al hotel de concentración hasta pasadas las tres de la madrugada y lo harán gritando y bailando. Despertarán a toda la delegación, periodistas incluidos.

A la mañana siguiente Beckenbauer, exaltado y a grito pelado, llamó a los cuatro disidentes idiotas, pero Hoeness no se quedó atrás y replicó al Kaiser con igual fuerza. Beckenbauer decidió multar económicamente a los cuatro futbolistas siendo la multa más alta aplicada a Stein dado que se le consideraba la mente pensante de la fuga. La reacción de Stein fue furibunda anunciando que renunciaba a la selección y que se volvía para Alemania. Ante la sorpresa generalizada Augenthaler y Hoeness exigieron también sus billetes de vuelta para Europa y al órdago también se sumó un entonces adolescente de 20 años llamado Olaf Thon, quien le soltó otra bomba a Beckenbauer: “No voy a aprender nada aquí”.

Para desactivar la bomba la federación instó a Beckenbauer que retirase las multas, a lo que el Káiser hubo de aceptar no sin antes desafiar a los disidentes e incitarles a marchar ahora que habían sido perdonados. Nadie lo hizo, Beckenbauer quedó a los pies de los caballos, y en un partido horrible Alemania derrotó a Marruecos con un gol de Lotthar Matthäus en el último minuto.

Coach Beckenbauer

Alemania estaba en cuartos donde se enfrentaría a México. Pero las aguas estaban lejos de volver a su cauce. El run run era otro. ¿Por qué Beckenbauer había decidido que la multa a Stein fuese superior a la del resto de disidentes? No pasaron muchas horas antes de que se supiese la verdad.

El incidente de la sopa.

El payaso de la sopa.

Suppenkasper-Affäre (el caso del payaso de la sopa).

SK.

El día de autos, al mediodía, en la sobremesa, los futbolistas se inventaron un juego. Nombrar a las personas que estaban en el comedor, solo por unas iniciales. Cuando le tocó el turno al guardameta Uli Stein dijo SK. Todos se pusieron a pensar, a nadie se le ocurría quién podría ser. No había ningún jugador ni nadie del cuerpo técnico, ni siquiera los cocineros, con esas iniciales. Entonces, reveló de quién se trataba: “Suppenkasper, que está ahí sentado”. Todo el mundo se partió de risa menos Franz Beckenbauer.

Hay un cuento infantil alemán titulado Der Suppenkasper (el payaso de la sopa), de Heinrich Hoffmann, en 1845, que tiene como protagonista a un niño que se niega a comer sopa y se va poniendo enfermo progresivamente hasta que se muere. Es un cuento moralizante, bastante duro, y muy conocido en Alemania. Tanto que el término suppenkasper se ha quedado como insulto para alguien que tiene un comportamiento ñoño o infantil, también para alguien a quien no te puedes tomar en serio.

Y había algo más. En los 60, cuando Beckenbauer se destapaba como una estrella, protagonizó una campaña televisiva a favor de las sopas instantáneas Knorr. SK. Soup Knorr. Fuese gracioso o no lo fuese, la broma estaba bien tirada.

Llegados a este punto es necesario responder a la pregunta. ¿Quién era Uli Stein? Era especialmente bueno con los lanzamientos lejanos y también en el uno contra uno. Se posicionaba muy bien para cubrir los ángulos y era especialmente seguro atrapando centros laterales. No era de los que despejaba, sino de los que blocaba. No era tan espectacular ni era tan capaz de reflejos como Schumacher, pero era muy fiable. Para trasladarlo a términos españoles, Stein era Cañizares y Schumacher era Casillas. Uli Stein era un porterazo. Uli Stein era el portero del HSV Hamburgo con el que había sido campeón de la Bundesliga en 1982 y 1983 y campeón de la Copa de Europa ese mismo año.

Total, que el chiste de SK, el chiste de la sopa, circula de jugadores a periodistas y es replicado de inmediato por prensa y televisión de toda Alemania. Hoy diríamos que se convirtió en suceso viral y en carne de meme. Las burlas hacia Beckenbauer eran generalizadas y eso era mucho decir con una figura mitificada como era el Káiser.

Beckenbauer actuó con rapidez. Informó a Stein de que no lo incluiría en la convocatoria para el siguiente partido. Stein interpretó esto como una medida disciplinaria y pidió volver a Alemania. En este caso ningún compañero salió en su defensa (estaban a tres partidos de la final y los valientes se convirtieron en cobardes) y Stein cruzó el charco convirtiéndose en el único jugador alemán y en uno de los poquísimos en la historia que fue expulsado durante un Mundial por cuestiones disciplinarias. Al llegar al aeropuerto de Frankfurt, Uli Stein anunció a través de los medios de comunicación que se retiraba de la selección germana.

Uli Stein

Alemania superó con dificultades a México, vapuleó a Francia en semifinales y cayó en la final ante Argentina, en donde Rummenigge volvió a ser suplente y salió en la segunda parte para forzar una prórroga en una actuación prodigiosa. Aquel subcampeonato le dio una vida extra a Beckenbauer quien a partir de entonces se mostró más sereno y decidido. Pasó de ser un exjugador a un entrenador. Cayó en semifinales de la Eurocopa 1988 y resolvió darle el mando del equipo a Matthaüs, armar un equipo inquebrantable en defensa y apostar por el joven Klinsmann en la delantera en lugar del retirado Rummenigge. Alemania, ya unificada, lograría alzarse con el Mundial de Italia 90 con esta nueva configuración.

Uli Stein pasó a ser el chico malo del deporte germano. Desmantelado el HSV Hamburgo campeón tan sólo encontró acomodo en el Eintracht de Frankfurt. Pero, aunque fuese en un equipo menor, Stein siguió demostrando ser un portero de nivel. A la altura de la temporada 1989-90 la discusión estaba en si el mejor portero alemán era Illgner o si era Stein. Aumann, el portero del FC Bayern, era más que discutido y Köpke, entonces en el FC Nüremberg, era un proyecto aún verde.

Fue entonces cuando Franz Beckenbauer llamó por teléfono a Uli Stein.

Y fue entonces cuando ejecutó su venganza.

“La vengeance est un plat qui se mange froid (la venganza es un plato que se sirve frío)”. Expresión que tiene su origen en la novela Les liaisons dangereuses (Las amistades peligrosas) escrita por el francés Pierre Choderlos de Laclos en 1782.

Otras historias con Beckenbauer de protagonista

El partido del siglo (Alemania vs Italia 1970 en dos mitades)

Lutz Eigendorf (el Beckenbauer del Este)

El último partido de la RDA (antes de que Alemania se unificase para el Mundial 1990)

¿Por qué Alemania odia al Bayern? (el motivo de ser envidiado)

Panenka (la invención del penalti imposible en la Eurocopa 1976)

El puto amo (vida y obra de Franz Beckenbauer)

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Jack McKinney

En 1979 un químico que había amasado una inmensa fortuna en el mercado inmobiliario compró una franquicia de baloncesto de la NBA. El empresario se llamaba Jerry Buss y la franquicia eran Los Ángeles Lakers. Buss, por entonces un treintañero mujeriego empedernido, frecuentaba locales de la noche californiana. Su favorito era un club conocido como The Horn. El club atraía una exclusiva clientela hollywoodiense y contaba con la presencia de sensuales cuerpos femeninos danzando de forma pecaminosa. Las chicas salían a bailar al son de la música, siendo presentadas por un maestro de ceremonias que iniciaba el acto con un grito del que sobresalía una palabra.

It’s showtime.

Showtime. Tiempo de espectáculo.

En la década de 1980 Los Ángeles Lakers acumularon cinco títulos de campeón en ocho finales disputadas de la NBA. Ocurre que no fueron los títulos lo que llevaría a ese equipo al olimpo. Los Lakers de los 80 son conocidos como los Lakers del Showtime, un conjunto de juego dinámico, ofensivo y en cierto punto alocado que fue el pilar que usó la NBA para expandirse más allá de las fronteras de Estados Unidos. El equipo estaba liderado por Earvin Magic Johnson quien con su sempiterna sonrisa se convirtió en el yerno y en el novio que toda americana deseaba tener. Además de un baloncesto que primero miraba al ataque y luego a la defensa, el Showtime también eran las despampanantes cheerleaders de los Lakers, las fiestas postpartido, los actores de cine a pie de pista y las luces de colores en el pabellón.

Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar eran las caras visibles del equipo. No obstante, había una organización dentro de esa aparente desorganización. El hombre que ponía límites al desenfreno y coordinaba y combinaba jugadas de contraataque y velocidad era Pat Riley. De 1982 a 1990 Riley llevó a los Lakers a cuatro títulos de la NBA y, de paso, se convirtió en un hombre empoderado. Riley había sido un mediocre jugador de los Lakers en la década de 1970. Riley era un cachitas, un tipo desaliñado con bigote y patillas kilométricas. Ocurre que Riley era de esas personas que llenan una habitación con su sola presencia. Comprendió enseguida que Magic Johnson era la gallina de los huevos de oro y que Buss tenía una visión sobre los Lakers que iba más allá del baloncesto. Pat Riley accedió al cargo de entrenador e hizo algo más. Dejó los vaqueros, se compró carísimos trajes italianos y pasó a engominarse el cabello para atrás en todas y cada una de sus presencias públicas. Riley, guapo y alto, se convirtió en un icono. En la viva imagen del Showtime.

Tras los Lakers, Pat Riley llevó a los New York Knicks a la que hasta la fecha es su última final de la NBA para luego ganar otro título con los Miami Heat. Lo hizo con un estilo ultradefensivo que, no obstante, nunca puso en tela de juicio su labor como arquitecto del Showtime.

Con 80 años ya cumplidos, Pat Riley actualmente es el jefe de operaciones de los Miami Heat. El CEO. El que hace y deshace a su antojo. Como jefe ha ganado dos títulos más. Tiene la caballera repleta de canas y las entradas son ya considerables, mas sigue usando la misma capa de gomina de cuatro décadas atrás. Su imponente figura coronada por trajes carísimos de Armani sigue siendo más que respetada. No en vano, además de como arquitecto del Showtime, a Pat Riley se le considera el Godfather de la NBA.

Y así ha sido.

Pero así no tenía que haber sido.

Pat Riley tenía que haber sido Jack McKinney.

Pat Riley y compañía

Cuando Jerry Buss compra los Lakers se encuentra con un regalo. Se trata de Magic Johnson, escogido por los Lakers en primera posición del Draft de aquel año. Necesita entonces un entrenador. Dado que tanto él como Magic apuestan por el baloncesto ofensivo, necesitan a alguien que secunde sus ideas. Intenta contratar a Jerry Tarkanian, un técnico universitario de reputada fama. No lo consigue. Buss se decanta entonces por un tal Jack McKinney, quien había sido segundo entrenador en Portland y en Milwaukee, en donde había coincidido con Kareem Abdul-Jabbar. Éste tiene buenas palabras sobre McKinney. El apadrinamiento de Abdul-Jabbar es más que suficiente para ser contratado y que así tenga su primera experiencia cómo técnico jefe en la NBA.

Nada más llegar a los Lakers, Jack McKinney se da cuenta de que le tiene que dar el timón del equipo a Magic Johnson. Los Lakers tenían entonces a un excelente base llamado Norm Nixon y McKinney decide poner a los dos como titulares, a uno de base y al otro de escolta. La idea es simple. Correr, correr y correr. Y en caso de no poder correr, balón dentro de la zona para Abdul-Jabbar. Comentaba que la idea es sencilla, pero requiere de automatismos perfeccionados para funcionar en su plenitud. Funciona. Arrancan mal en las primeras dos semanas, pero durante el siguiente mes de competición los Lakers ganan y divierten creando una ola de admiración allí por donde pasan.

Jack McKinney

Jack casaba bien con el espectáculo angelino. Comprendía el potencial de Magic. Un día, en agosto de 1948, cuando Jack tenía nueve años, fue a ver una película. Esa tarde, Paul, inspector de policía en Pensilvania y padre de Jack, recogió a su hijo a la salida del colegio para llevarlo a un cine. Allí estaban echando una película biográfica sobre Babe Ruth. Ruth, el mejor jugador de béisbol de siempre, acababa de fallecer. Paul quería que su hijo supiese que clase de hombre era Babe.

Paul salió llorando del cine. Jack estaba impactado. Su padre era dios y estaba llorando. Para un niño de nueve años su padre siempre es dios. El caso es que a la mañana siguiente Paul cogió el coche, subió a su hijo a su lado y condujo durante dos horas y media para acercase a la Catedral de San Patricio de Nueva York. Allí iba a celebrarse la misa funeral en memoria de Babe Ruth.

Durante el viaje en coche el hijo preguntaba y el padre contestaba. Babe Ruth tuvo una complicada infancia de la que salió gracias al béisbol. Primero en los Red Sox y luego en los Yankees de Nueva York. Babe Ruth se convirtió en el mejor jugador en la historia de su deporte y en un mito que aún hoy en día es venerado. El padre de Jack era un enamorado de los deportes y frecuentaba partidos de béisbol, combates de boxeo o encuentros de fútbol americano. En la cima de todos esos mitos en pantalón corto estaba Babe Ruth. Si era un dios para el padre de Jack, también tendría que serlo para Jack.

El caso es que cuando llegaron a la catedral de San Patricio la marea humana era de dimensiones históricas. Filas y filas de chicos, chicas, blancos y negros aguardaban pacientemente el momento de darle un último adiós al cuerpo y al alma de Ruth. El padre de Jack tiró de placa para saltarse la cola y poder acercarse junto a su hijo a los pies de ese hombre por el que habían derramado un mar de lágrimas.

Jack McKinney nunca olvidó ese día. Los sonidos, la tristeza, la agitación y sobre todo la energía mágica de su padre. El poder emocionante y mítico del deporte. Lo cautivador y lo embriagador de formar parte de una misma idea, de una misma esperanza.

McKinney se dijo a sí mismo que se iba a dedicar a eso. Baloncesto y atletismo. Consigue una beca universitaria como saltador de altura y se gradúa en Historia. Lo intenta en el baloncesto, pero es mediocre. Sin embargo, es listo y aplicado, se saca el título de entrenador y comienza a dirigir a un equipo de un instituto. Accede luego como asistente a las ligas universitarias para más tarde dar el salto a la NBA como segundo entrenador. Llega entonces la oportunidad de los Lakers.

Jack McKinney había aprendido de niño que no sólo hay que ganar, también emocionar. Inmediatamente se dio cuenta de que Magic Johnson era Babe Ruth y diseñó un sistema pensado para vencer y enamorar al mismo tiempo. Para convertir a Magic en ganador y en mito al mismo tiempo.

Era el Showtime.

Apenas fueron cuatro semanas de enamoramiento.

McKinney (c) y Magic (dcha)

Era una mañana del 8 de noviembre de 1979. Los Lakers, tras una racha triunfante de buen juego, presentaban un balance de 14 victorias por 10 derrotas. Aquel 8 de noviembre los Lakers jugaban en casa, por lo que esa mañana tenían libre. McKinney había quedado para jugar un partido de tenis a las 10.00 de la mañana en unas pistas que había cerca de su casa. Su oponente sería Paul Westhead, amigo y segundo entrenador de los Lakers. Westhead llegó a las 10.00 en punto a la pista de juego. Pasó una hora y McKinney seguía sin aparecer. Por entonces no había teléfonos móviles y Westhead simplemente pensó que McKinney se habría olvidado de la cita o que quizás se hubiese entretenido en su despacho repasando el plan del partido. A eso de las 12.00 decidió plantarse en casa de McKinney y fue entonces cuando la esposa de éste le contestó que había salido en bicicleta en dirección a la cancha de tenis poco antes de las 10.00.

Se llama a la sede de los Lakers. Nada. Se llama luego a los hospitales de Los Ángeles.

Bingo.

Jack McKinney apretó los frenos para disminuir la velocidad en una pequeña bajada con tan mala suerte que la cadena se bloqueó al instante, la rueda delantera frenó en seco y McKinney salió disparado contra el asfalto. Se golpeó duramente el cráneo con el suelo durante varias veces fruto de la inercia del golpe. Tenía la cara destrozada, hematomas en todo el cuerpo y sangrados internos en el bazo.

Permanecería tres días en coma.

Durante el resto de la temporada Paul Westhead se haría cargo del equipo. McKinney era un tipo decente, fiable, resolutivo. Un buen tipo. Había criticado y matizado a Abdul-Jabbar y el pívot aceptó de buen grado que McKinney le diese las llaves del equipo a Magic Johnson. Todo el mundo se movía en ataque, incluido Kareem, y se jugaba a correr salvo en los momentos importantes en donde Kareem podía pedir el balón dentro de la zona.

Westhead no tocó nada del sistema a la espera de que McKinney volviese.

Los Lakers acabaron ganando el título tras derrotar a los Philadelphia 76rs con Paul Westhead en el banquillo.

McKinney jamás volvió.

En la temporada siguiente, la campaña 1980-81, Paul Westhead se convirtió en pleno derecho en entrenador jefe de los Lakers. Se segundo sería un comentarista televisivo que había sido un jugador residual de los Lakers.

Se trataba de Pat Riley.

La cosa fue mal. A Westhead le dio un ataque de entrenador. Decidió poner su sello en el equipo y cambiar de arriba a abajo lo que McKinney había creado. Cortó de raíz las transicciones y decidió parar el juego en beneficio de Kareem Abdul-Jabbar. A Magic Johnson no le gustó e inmediatamente subió al despacho de Jerry Buss para exigir la cabeza del técnico. Lo interesante del tema es que a Kareem tampoco le gustó. Abdul-Jabbar era el mejor y también era el antidivo. Estaba encantado con que fuese Magic el que se llevase todos los focos.

Paul Westhead no seguiría la siguiente temporada en los Lakers.

Pat Riley se convirtió en técnico de los Lakers. Riley retomó la idea del Showtime y la perfeccionó al dotarle de rigor defensivo y presión a media pista.

Pat Riley se convirtió en el padre del Showtime

…aunque no le era.

¿El padre del Showtime?

¿Qué fue de Jack McKinney? Recibió su despido de los Lakers con acritud. Se encontraba bien y lo consideró una puñalada por la espalda. Indiana Pacers le hizo una oferta aquel verano y pasó a dirigir al equipo de Indianápolis en la temporada 1980-81. Lo hizo bien. Muy bien. Era la primera vez en un lustro que los Pacers se clasificaban para los playoffs para el título. Lo hizo tan bien que fue galardonado con el premio al mejor entrenador de la temporada.

Todo era pura fachada. Al empezar la siguiente temporada Jack comenzó a tener serias lagunas mentales. Fueron a más. Acabó esa campaña poniendo pegatinas con el nombre de los jugadores en las camisetas de entrenamiento para saber quien eran y poder nombrarlos. El problema se agravaba durante los tiempos muertos de los partidos, donde McKinney alternaba cuestiones tácticas con silencios gigantescos en los que su segundo tenía que interceder mientras Jack intentaba retomar la conversación.

Aquello no tenía mucho más recorrido y hubo que abandonar los banquillos por prescripción médica. Tras visitas y más visitas a neurólogos volvería al ruedo meses más tarde. Sin embargo apenas pudo dirigir en nueve partidos a los New York Knicks antes de tener que abandonar de forma definitiva el baloncesto profesional.

Pat Riley es una leyenda de la NBA.

Jack McKinney es un completo desconocido.

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Los líos de faldas de Sven (2ª parte)

Cuando Sven-Göran Eriksson da la que sería su última rueda de prensa como seleccionador inglés lo hace con un alegato en defensa de Wayne Rooney. Era el año 2006. Rooney había cometido una imprudente entrada a destiempo contra Ricardo Carvalho y el dedo acusador de Cristiano Ronaldo (compañero de Rooney en el United) hizo que el colegiado expulsase al delantero inglés. Faltaba más de media hora para el fin del encuentro de cuartos de final del Mundial. Inglaterra aguantaría una hora en inferioridad numérica para morir en la tanda de penaltis y desperdiciar una vez más una oportunidad para asomarse al balcón del éxito planetario.

La prensa inglesa esperaba con el cuchillo entre los dientes. En 1998 había sido David Beckham el que se había ganado una tarjeta roja por una chiquillada ante Diego Pablo Simeone. Tardó varios años en recuperar el cariño y la credibilidad de público y prensa. Así que Eriksson, en su último acto como seleccionador inglés, lo tuvo claro: “No os ensañéis con Rooney. Es el chico de oro del fútbol inglés. Yo me voy, pero vosotros (por la prensa) necesitáis a Wayne para los próximos años. No lo destruyáis, os lo ruego, porque lo necesitáis”.

Y Sven-Göran Eriksson sabía muy bien de lo que hablaba.

Se suele decir que la prensa amarilla inglesa tiene tanto poder que te encumbra y te hunde cuándo y cómo quiere. A decir verdad, la prensa sensacionalista únicamente tiene una de esas capacidades. Te alza a los altares. Si lo deseas, serás famoso. La caída viene sola. O bien porque el famoso de turno es incapaz de mantener los estándares de perfección y éxito social que le hicieron ser encumbrado, o bien porque deja de ser noticioso y, enrabietado, busca una nueva forma de ponerse en el foco.

Y luego está Nancy.

2001. Inglaterra vence a España 3-0 en el primer partido de Eriksson. Todo es alegría en las tierras de Isabel II. La única pena es que Sven es aburrido. Contesta con monosílabos, no grita en el banquillo y no entra al trapo a ninguna polémica. Uno que no quiere salir en la prensa amarilla. Ocurre que es acabar la rueda de prensa, salir de los vestuarios y allí está Nancy en busca de un micrófono.

Aquella despampanante italiana, de la clase alta italiana, con suntuosos y coloridos vestidos, hace de contrapunto perfecto del buenazo de Eriksson. En septiembre toca visita a Múnich para partido de clasificación para el Mundial 2002. Hacía más de tres décadas que los ingleses no vencían a los teutones. Fue una paliza histórica. 1-5. Aquel día Michael Owen anotó tres tantos. Unos días después se realizaba la votación periodística para el Balón de Oro y aquel hat-trick hizo que el delantero del Liverpool FC adelantase en el sprint final al madridista Raúl. De repente una Svenmanía se propagó cual maremoto por toda Inglaterra. Todos los programas de radio y televisión hablaban de Eriksson, surgieron camisetas y llaveros, hubo hasta una canción que llegó al top5 de los éxitos de ese fin de año e Inglaterra, por descontado, pasaba a ser favorita para el Mundial de 2002.

Dado que Eriksson era hombre de perfil bajo, quien se prestaba a aparecer en público era Nancy. Pronto fue bautizada como Primera dama del fútbol inglés. Le encantó. Empezó a acudir a saraos luciendo su nuevo y ficticio cargo. Vivían en un palacete con vistas a Regent’s Park y si algún paparazzi acudía a esperarlos tras las vallas, Nancy no dudaba nunca en saludar y esbozar una sonrisa.

Total, que el tiempo pasa. Inglaterra se clasifica para el Mundial de forma milagrosa. Tiene que empatar en Wembley ante Grecia y a falta de un par de minutos para el final va perdiendo por 1-2. Un gol de falta de Beckham envía a los ingleses a Japón. Dado que Eriksson había heredado una situación complicada, y con el recuerdo del 1-5 todavía nítido, nadie tiene en cuenta el susto y se viaja a Oriente con la ilusión intacta. Todos confían en que el sueco devuelva la gloria perdida a Inglaterra. No obstante, sucederá lo de siempre e Inglaterra caerá en cuartos de final del Mundial de Corea y Japón.

Como el verdugo había sido el Brasil de Ronaldo, Ronaldinho o Rivaldo, se dio por aceptada la derrota. Sin embargo, la prensa sensacionalista tenía otros planes. Contaban con una noticia que habían guardado en el armario a la espera de que el Mundial terminase. Era el momento de sacarla a la luz. Sven-Göran Eriksson mantenía una relación sentimental con Ulrika Jonson, una modelo y presentadora televisiva británica de padres suecos que en su juventud había sido modelo. Un pibón. Otro más.

Nancy estalló en cólera. Y el News of the World se frotó las manos. Pero Nancy y Sven no estaban casados, por lo que los abogados de la italiana le recomiendan mantener un perfil bajo y perdonar la infidelidad. A Sven le preguntan, pero calla por respuesta. Y entonces surge un potro desbocado de 17 años que responde al nombre de Wayne Rooney. Un chico igual de bueno que de atolondrado. Un futbolista que era consciente de lo que sabía hacer, pero ignoraba lo que no podía hacer. Con Rooney en el foco, lo del trío amoroso de Eriksson queda a un lado. Toca Eurocopa en Portugal. Año 2004. Rooney y Owen en la delantera. Beckham, Gerrard y Lampard por detrás. Favoritísimos. En cuartos toca el anfitrión como rival. Rooney, quien era el mejor del torneo, se lesiona a los 25 minutos. Hay prórroga. Portugal se pone 2-1, pero Inglaterra empata a falta de cuatro minutos para el final de los 120 de juego. Penaltis. Falla David Beckham. Inglaterra otra vez eliminada en cuartos.

Ahora la paciencia con Eriksson ya se agota. Lo del sueco como seleccionador inglés ya gusta a pocos. Y el News of the World decide ir a por él. El problema, cómo ya comenté antes, es que uno no forma parte del mundo sensacionalista sino quiere. Y a Eriksson no había forma de hincarle el diente.

Pero a Nancy sí. Y a Ulrika también.

Ulrika da una entrevista. Más bien acomete un asesinato a base de palabras. “El sexo con Sven era como montar un mueble de Ikea, era tan ordenado y funcional que seguramente hubiese quedado más satisfecho montando un armario juntos. Es el hombre más débil que he conocido. Puede tener poder y dinero, pero tenía que hacerlo yo siempre todo”. La venganza de Ulrika es de tomo y lomo.

Cuando a Nancy le preguntan por Ulrika lo primero que sale de su boca es la palabra “prostituta”. Y mientras, la popularidad de Eriksson cae por los suelos. Si algo no gusta a la victoriana y rancia sociedad inglesa son los líos de faldas.

Ulrika

Pero como el hombre es el único ser vivo que tropieza siempre con la misma piedra, Sven volverá a caer en la trampa. A finales de 2004 se descubre que tiene un idilio con una joven secretaria de la Federación Inglesa llamada Faria Alam. El asunto tiene su aquel porque Alam mantiene una segunda relación de índole sexual con un directivo de la FA que está casado. El News of the World, en el apogeo de su asqueroso poder, publicará correos electrónicos subidos de tono entre ambos. El asunto se resolverá con la dimisión del directivo, la expulsión de Alam (quien aceptará 300.000 libras de indemnización y se marchará a vivir a Canadá) y el mantenimiento en el cargo de Sven-Göran Eriksson.

Eriksson mantiene el puesto por la intermediación de Beckham, Rooney y los demás pesos pesados de la selección inglesa. Pero es un muerto en vida. Nancy decide dejar la casa de Regent’s Park, poner rumbo a Roma y contar lo divino y lo humano en la televisión italiana mientras prepara una demanda millonaria contra Sven.

Y aún hay más.

En enero de 2006, meses antes de la disputa del Mundial, Eriksson recibe una invitación para ir a Dubái. En teoría le comunican que un jeque va a comprar un club inglés y le ofrecen el cargo de entrenador. Eriksson sabiendo que, pase lo que pase en el Mundial 2006, tiene los días contados, se muestra receptivo a la oferta. Resulta que lo único que en esa reunión se vendió fue humo y que la conversación pronto llegará a la prensa inglesa. El revuelo será de tal magnitud que la FA anunciará un mes antes de la disputa del Mundial que el inglés Steve McClaren se haría cargo de la selección al acabar el torneo y que acudirá como segundo entrenador de Eriksson a Alemania.

Fiel a su estilo Eriksson aceptará el desprecio sin mediar palabra, pero permitirá que las mujeres y novias de los jugadores convivan con los seleccionados en Alemania. Será mes y medio de andanzas junto a la prensa, dado que los juntaletras y las WAGs (wives and girlfriends) compartirán hotel. Fue un acto de venganza de Eriksson que dio carnaza gratuita a la prensa sensacionalista aun a coste de sus chicos únicamente para desprestigiar a los directivos de la FA.

Faria, Sven, Nancy y Ulrika

Como comenté al inicio de este artículo, Inglaterra volvió a caer, y nuevamente lo hizo en cuartos de final. Otra vez fue ante Portugal, y por tercera vez consecutiva Eriksson cayó ante Scolari, quien fue seleccionador brasileño en 2002 y portugués en 2004 y 2006.

Sven y sus líos de faldas marcharon a lo que pareció un exilio a México antes de volver a Inglaterra en 2009 para hacerse cargo del Notts County, por entonces último clasificado de la segunda categoría inglesa. Aquello no tenía sentido alguno. Pero es que Eriksson volvió a tropezar con la misma piedra. Nuevamente le habían dicho que un gran inversor de Oriente Próximo se haría cargo del club y a medio plazo se convertiría en un grande del país. Le dieron todo el poder, no únicamente en la parcela técnica, sino también en materia de organización y fichajes.

Era como una vuelta a Göteborg. Un reinicio. Y así fue durante un par de meses, hasta que se vio que no había dinero ni para pagar al jardinero y que inversores no había ni el primero. Desesperado, Eriksson hizo un estrambótico viaje a Corea del Norte, dado que un empresario de minerales inglés le había dicho que podrían firmar un acuerdo millonario con el entonces moribundo Kim Jong-il. Como era de esperar, lo que sucedió es que el empresario se ayudó de la fama de Eriksson para conseguir un buen trato para su empresa y ni el Notts County ni Eriksson recibieron nada a cambio.

Al volver de Corea del Norte, Eriksson renunció a su sueldo y dejó el club. Meses después el Notts County entraba en quiebra.

Picaflor

Sven-Göran Eriksson entrenaría en China y hasta dirigió a la selección de Filipinas. Nunca jamás volvió a recuperar el brillo y el poder que obtuvo al ser nombrado seleccionador inglés. Da igual. Pocos con tan poco llegaron tan lejos. Un desconocido sueco que tuvo el honor de ocupar el cargo más sagrado del fútbol mundial. Con razón, cuando su vida expiraba y hacía repaso de lo sucedido, en vez de afligirse por su futuro se enorgullecía de su pasado.

“Tuve una buena vida. Igual demasiado buena y tuve que pagar por ello. Espero que me recuerden como una persona positiva y qué hizo todo lo que pudo”. Sven-Göran Eriksson.

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Los líos de faldas de Sven (1ª parte)

Sven se despertó. Mareado. Espantosamente mareado. Hubo de pedir ayuda. Hubo que llevarlo al hospital. El diagnóstico fue terrorífico. Si el médico que te atiende empieza a llorar sólo cabe esperar que el mundo se te abra bajo tus pies. Sven acababa de sufrir cinco infartos cerebrales. No uno. Ni dos. Ni tres. Ni tan siquiera cuatro. Eran cinco los infartos cerebrales. Cinco. Una masa cancerígena habitaba en su cerebro. No sufría dolor. Ni lo iba a sufrir. Tampoco había operación posible. Le dieron doce meses de vida. Luego le recortaron el plazo a diez meses. El bicho también estaba en el páncreas. El tiempo de descuento del partido acabó siendo un alargue de 18 meses. Sven disfrutó de ese tiempo añadido. Nunca en su vida había pensado en el mañana y tampoco lo iba a hacer ahora. Contaba con 75 años. Le dio por dictar sus memorias.

Había tenido una buena vida.

Había disfrutado del fútbol. Del poder. Y de la erótica del poder.

Tenía apenas 30 años cuando se convirtió en el entrenador del Degerfors IF, un auténtico Don Nadie en la paupérrima segunda categoría del fútbol sueco. Era un trabajo en el que no percibía sueldo alguno, tan sólo primas por victoria. Era lo de menos. Sven era un fanático del fútbol. La semana que el Degerfors se jugaba el ascenso a la máxima categoría hubo de pedirle a la directora del colegio que le diese un par de días libres. Y es que Sven era profesor de educación física. El colegio aceptó el órdago y Sven logró al ascenso. Luego se sacó el carnet de entrenador profesional. Hubo de posponer su primera boda, dado que la fecha del examen coincidiría con el día que debía pasar por la vicaría.

No es de extrañar que Sven no estuviese presente en el nacimiento de su primer hijo. No es de extrañar que su mujer solicitase el divorcio.

Y no es de extrañar que Sven-Göran Eriksson se convirtiese en técnico del IFK Göteborg. Corría el año 1979.

Sven en 1979

Lo que hizo Sven-Göran Eriksson en el Göteborg es una proeza de valor incalculable. Sin experiencia alguna en la élite, Eriksson implantó un 4-4-2 con marcaje zonal y presión fuerte a la salida del balón. En el año inicial el equipo ganó la Liga por vez primera en su historia y en 1982 logró un histórico triplete (Liga, Copa y UEFA). Aquel equipo estaba formado por once obreros. Y no he usado una hipérbole. Su delantero centro, Torbjorn Nilsson, había jugado en el PSV, pero había vuelto a Suecia por una depresión y compaginaba los entrenamientos con un trabajo como cocinero. Aquellos proletarios del fútbol entrenaban siempre por la tarde justo después de que todos acabasen con sus trabajos (destacaban los fontaneros y los bomberos). Tan modesto era el Göteborg que para viajar a Valencia para disputar los cuartos de final de la UEFA hubieron de hacer una colecta entre sus aficionados. Lograron el pase, aunque la machada la habían dado en dieciseisavos al doblegar al Inter. En semis cayó el Kaiserlautern y en la final a doble partido se venció al HSV Hamburgo por 1-0 en la ida, antes de asaltar Alemania por un contundente 0-3.

Lo nunca visto.

A Eriksson le harían una estatua en su pueblo. Pequeño pueblo maderero del norte de Suecia. Sven tuvo una infancia humilde. La familia era larga y las estrecheces continuas. La madre era ama de casa y el progenitor camionero. Apenas se duchaban un día a la semana y Sven contaría que su madre tan solo salió una vez de su pueblo para ir a Estocolmo con motivo de celebrar su modesta luna de miel. Lo que había hecho Sven no estaba en los anales. Y un grande venido a menos llamó a su puerta. Era 1982.

Dice la leyenda que doce directivos del SL Benfica presentaron su dimisión al conocerse la contratación de Eriksson. No fue tal el asunto. Pero el asunto fue quijotesco. De eso no hay duda. Un frío y aburrido escandinavo a orillas del Río Tejo. Y es que Eriksson no era un desechado de virtudes. Era un tipo plomizo, de ojos azules diminutos, soberanas entradas en una calvicie que ni era ni dejaba de serlo y unos dientes de ratoncillo que asomaban entre dos líneas ásperas de labios. No saltaba en los banquillos. No gritaba. Y apenas mostraba alegría ni tristeza. Según decía, en una clara muestra de sus tiempos de profesor, él dictaba sentencia en el vestuario, pero en los partidos debía mostrarse sereno y dar ejemplo a sus pupilos.

El caso es que llevaron a Eriksson al viejo Estadio da Luz, le hicieron cruzar un pasillo y le enseñaron la sala de trofeos. Eriksson comprendió donde estaba y levantó el dedo. Seis meses. Dicen que fue lo que pidió. Así fue. A los seis meses si aquel sueco decía que el sol era verde todo lisboeta decía que el sol era verde. Fueron dos años y ganó dos Primeira Liga. Pero no pudo con la maldición de Bela Guttmann y cayó en la final de la Copa de la UEFA.

Eriksson en Lisboa

Un día, volviendo de entrenar, vio que un coche lo seguía. Intentó despistarlo sin suerte y acabó saliendo del vehículo para enfrentarse a su oponente. No había tal. Era un directivo de la AS Roma. Querían hablar con él en privado y ofrecerle un viaje de ensueño a la Serie A.

Un técnico sueco en la Serie A.

Entonces allí estaban todos. Maradona, Platini, Van Basten, Rijkaard, Falcao, Krol, Baggio, Maldini, Gullit, Klinsmann, Matthaüs, Baresi, Boniek, Zico…y luego Batistuta, Ronaldo, Nedved, Del Piero, Bergkamp, Weah, Vialli, Zamorano, Vieri…Pero los entrenadores no. Los entrenadores eran todos de casa. Eran italianos. Y en 1984 por allí iba a aparecer un sueco.

Entre 1984 y 1997 Eriksson dirigió a la AS Roma, AC Fiorentina y UC Sampdoria. Ganó títulos con romanos y genoveses y por el camino regresó a Lisboa para llevar al SL Benfica a la que hasta la fecha es su última final de Copa de Europa en la que cayó ante el AC Milan de Sacchi. Por entonces Eriksson se había ganado la fama de hombre tranquilo en circunstancias difíciles, intrépido, sin miedo al fracaso, pero seguía sin convencer a un grande para que le diese las llaves del castillo.

Así que en 1997 acepta la oferta del SS Lazio. Serían cuatro años de éxitos.

Los laziales no eran ni son un grande. Pero entonces tenían dinero. Mucho dinero. Y Eriksson se coronó. Ganó cuatro títulos y en el año 2000 logró el segundo Scudetto de la historia del club con un equipazo formado por Fernando Couto, Nesta, Mihajlovic, Nedved, Simeone o Marcelo Salas.

Ocurre que no sólo de fútbol vive el hombre. En esa época, el bueno de Sven comienza una relación sentimental con un pedazo de mujer. Se trata de Nancy Dell’Olio. En aquel instante Sven cuenta con 50 años y Nancy con 37. Nancy es una dama de alta alcurnia, con antepasados de la nobleza apuliana y de personalidad arrolladora. Es una Sofía Loren morena, de generosa delantera, gustosa del maquillaje, y con el tiempo de las operaciones estéticas, y con una frondosa y exuberante cabellera. Es también una tipa lista. Le encantan los micrófonos y las cámaras. Ejerce de abogada y sabe cómo, cuándo y qué decir.

A Sven se lo come con patatas.

¿Qué hace pedazo de mujer con Sven?

La erótica del poder lo llaman.

Lo que aquella despampanante italiana veía en aquel callado sueco era poder. Poder con la mirada. Sven hablaba poco y lo hacía entre silencio y silencio. Pero sabía de qué hablar. De fútbol. También de Confucio. Practicaba yoga y podía explicarle a quien quisiera escucharle cómo era el proceso de talado, empaquetado, creación y venta de una mesa de madera. Una caja de sorpresas de tema variopintos. Pero había que preguntarle. Y en el misterio, en esos silencios perpetuos, era donde Sven tenía su fuerte.

Y es que Sven era un picaflor. Quién lo diría.

A ojos de todos Nancy era la voz cantante. Aparecía en todos los partidos con trajes despampanantes y en los postpartidos se acercaba junto a Sven para posar y encandilar a todos con una sonrisa. Nancy anunciaba la boda. Pronto. Pronto. Sin embargo, las campanas no sonaban.

Sven tenía otro plan.

Y entonces su representante lo llamó por teléfono.

Sven y Nancy

Enero de 2001. A Eriksson lo quieren de la Football Association. De The Football Association. La Football Association. Los señores estirados que inventaron el fútbol en 1863 quieren que un sueco sea seleccionador nacional inglés. Eriksson no necesita ni pensarlo. Es un puesto de honor. Es un cargo al que ningún extranjero jamás pudo nunca haber ni imaginado conseguir. Sven pide comenzar en junio de 2001. Le dicen que ahora o nunca. Habla con el presidente de la SS Lazio, que le concede la libertad por los servicios prestados.

En aquel entonces la SS Lazio caminaba con 11 puntos de ventaja en busca de su segundo Scudetto consecutivo. Acabarán terceros a seis puntos del vencedor.

En febrero de 2001 aquel hijo de un camionero de un pueblo perdido del norte de Suecia se convierte en seleccionador nacional de Inglaterra. La primera rueda de prensa es un huracán disfrazado de preguntas. Le atosigan. Le dan palos. Le recuerdan que sólo ha dirigido a un jugador inglés en más de dos décadas como técnico. Le cuestionan por su lealtad. Le preguntan por un lateral izquierdo de un equipo de la segunda categoría que obviamente no conoce. “Es Inglaterra. ¿Cómo iba a rechazar semejante propuesta?”, contestará cuando las preguntas alcancen un tono hiriente. Tras la rueda de prensa tiene un breve encuentro con Tony Blair, primer ministro inglés, y ambos acabarán haciendo una apuesta en tono jocoso preguntándose cuál de los dos tiene más presión en el cargo y quién de los dos aguantará más tiempo en su puesto.

Con esos mimbres toca debut en Birmingham. Inglaterra vs España. Y gana la Pérfida Albión. 3-0. Eriksson le quita la presión a unos chicos que venían de fracasar en el Mundial 1998 y la Eurocopa 2000. Les quita la camisa de fuerza y contesta a las críticas con silencios y sonrisas.

Y llega el postpartido.

Y con el postpartido llega Nancy.

Continuará…

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La final de Netzer

Ni el Bayern ni el Borussia Mönchengladbach estuvieron presentes en la primera edición de la Bundesliga, allá por la temporada 1963-64. Ambos ascendieron y en los siguientes quince años se convirtieron en hegemónicos. Es cierto que Beckenbauer y compañía lograron un triplete en la Copa de Europa, sin embargo, sumaron tan solo tres ligas entre 1969 y 1977. Mientras, el Gladbach firmó cinco títulos domésticos amén de triunfos en la Copa de la UEFA. Aquel Gladbach se apagó a mediados de la década de 1980 dejando que el Bayern se convirtiese en amo y señor de Alemania, pero entonces, a inicios de 1970, el Gladbach era tan grande como el ogro de Baviera. Si el Bayern tenía a Maier el Gladbach contaba con Vogts. Si el Bayern tenía a Gerd Müller el Gladbach contaba con Heynckes. Y si el Bayern tenía a Beckenbauer…el Gladbach contaba con Netzer.

Günter Netzer había nacido en Mönchengladbach en 1944, en plena II Guerra Mundial. Sería pronto un niño prodigio que regateaba entre escombros y disparaba con fuerza contra muros a medio derrumbar. A los ocho años ya formaba parte del equipo de su ciudad y en 1963, con 19 primaveras, debuta en el primer equipo del Gladbach. No tardó mucho tiempo en adueñarse del número 10. Era un enganche clarividente, capaz de jugar con las dos piernas y que sumaba a su preciosa técnica un físico portentoso. Añadía una característica más este rubio de ojos azules de 180 centímetros de altura. Tenía un pie grande. Calzaba un 47 que lo agigantaba más cada vez que gobernaba el centro del campo.

Y con todo, con ser un centrocampista fuera de serie (Balón de Plata de 1972 tras exhibirse con Alemania en la Eurocopa de 1972, en la que quizás fue la única vez en la que los teutones ganaron un título a lomos de un juego preciosista), a Netzer le llovieron palos y más palos a lo largo de su carrera. Tenía una personalidad arrolladora que lucía con una larga y frondosa cabellera de valkiria. Aún hoy, rebasados los ochenta, Netzer sigue tirando de rubio y de sonrisa sin arrugas fruto de las varias operaciones de estética a las que se ha sometido. Su vida discurrió entre la excelencia sobre el césped y su amor por las mujeres y los coches deportivos más allá del rectángulo del juego. Acusado de solitario e individualista, esas fueron las críticas más leves que tendría que escuchar en su trayectoria.

Con todo, Mönchengladbach era su refugio. Ciudad modesta, de poco más de 200.000 habitantes, donde todos se imaginaban en que garito se ocultaba, pero nadie lo criticaba. Fueron diez años de éxitos luchando a cara de perro frente al Bayern y llevando el nombre de esa población renana por toda Europa. No obstante, tras ganar dos ligas consecutivas y campeonar con Alemania en 1972, Netzer estaba decidido a dar un nuevo paso en su vida. Iba camino de los 30 años y era consciente de que se merecía un gran contrato.

Günter Netzer

En España no se había permitido el fichaje de extranjeros en una década. Para 1973 se decide liberar el mercado. La niña de los ojos es Johan Cruyff. Ya hablamos en su día en este blog de que el Madrid llegó a tener un acuerdo con el Ajax, pero Johan a donde quería ir era a orillas del Mediterráneo. El caso es que el Barça apostará por los holandeses y el Madrid le echará el lazo a los teutones. Breitner, Stielike, Schüster, Illgner, Özil, Khedira o Kroos jugarán de blanco en el futuro. El primero de todos ellos sería el rubio de pelo largo. Günter Netzer.

A finales de la primavera de 1973 Netzer y el Real Madrid llegan a un pacto para firmar un contrato para las siguientes tres temporadas. La prensa se hará eco del acuerdo apenas tres días antes de la final de la Copa de Alemania que enfrenta al Gladbach frente al FC Colonia en Dusseldorf en la que, además de una final con título en juego, es un derbi regional. El derbi del Rin.

Netzer es suplente. Lesión en el tobillo, dice el parte oficial. Es mentira. Hennes Weisweiler, el arquitecto de aquellos jóvenes potros, el hombre que había cogido a Netzer y compañía siendo adolescentes hasta llevarlos a la gloria, se siente traicionado. Discute fuertemente con Günter y decide relegarlo a la suplencia en el que iba a ser su último partido. Su relación ya llevaba tiempo deteriorada y aquello había sido la gota que colmó el vaso.

Al parecer el hombre de los pases imposibles y el metódico técnico tuvieron una conversación en el paseo previo al inicio del encuentro. Saliendo del hotel, antes de ir a comer, Weisweiler le comunica que no jugará. Netzer responde airadamente y le dice que se lamentará de tomar tal decisión. Se dice que Weisweiler recula y echa la culpa a la directiva. Es cosa de ellos, no mía. A Netzer ya le da igual. Le importa un bledo de donde venga la orden. Se marcha cabreado de vuelta al hotel.

El partido se marchó al término de la primera parte con un 1-1 en el marcador. Primero se adelantó el Mönchengladbach con un gol de Wimmer y más tarde empató el FC Colonia gracias a Neumann. Curiosamente el Colonia contaba con otro maravilloso 10, Wolfgang Overath. Para el Mundial de 1974 el zurdo Overath, quien tenía excelente relación con el núcleo fuerte del Bayern, sería titular mientras el siempre protestón Netzer vería la final desde el banquillo. El caso es que con 1-1 Jupp Heynckes desperdicia un penalti en el minuto 58. El resultado no tiene variación alguna.

Habrá prórroga.

Netzer

“¡Netzer, Netzer, Netzer!”, bramaba la afición del Borussia Mönchengladbach en el estadio del Düsseldorf esa tarde soleada de 1973 en la que su equipo se medía en la final de la Copa alemana frente al Colonia. Estaban en la prórroga y nadie entendía que no jugara la estrella.

En ese momento se acercó el joven Christian Kulik quien había jugado todo el partido al límite de sus posibilidades y resoplaba como potro tras una carrera. Netzer le acercó una botella de agua. Kulik apenas podía tenerse en pie. Weisweiler ni se inmutó. Iba a comenzar la primera mitad del tiempo extra.

No habían pasado ni diez segundos cuando Netzer se levanta del banquillo y se quita la chaqueta del chándal. Hace un gesto con la mirada a Kulik y luego se gira para hablar con Weisweiler.

“Voy a jugar”, le suelta al técnico. Weisweiler no mueve ni una pestaña.

Acto seguido Netzer habla con el delegado de campo y solicita el cambio.

Netzer había decidido jugar esa prórroga y nadie se lo iba a impedir.

Tres minutos más tarde, Günter juega una pared con Bonhof, una de las tantas que en más de 200 partidos se le han visto a esa pareja. Y es entonces cuando Netzer se convierte en eterno. Un zurriagazo con la zurda se cuela por la escuadra tras avanzar como elefante en una cacharrería en medio de la defensa rival. Es el 2-1. El gol de la victoria. Un gol que entró como un cohete por toda la escuadra, en una de esas cosas que pasan una sola vez en la vida.

Netzer ha logrado la victoria. Él ha decidido cuándo y cómo jugar. Los años setenta son eternos por los rebeldes. Günter Netzer está en el trono del Olimpo de los rebeldes.

En el Real Madrid ganará dos ligas y dos copas y se convertirá en leyenda tanto por su futbol como por su ropa y sus peinados junto al también alemán y también rebelde Paul Breitner. Tras su suplencia en el Mundial de 1974, Netzer decidirá retirarse de la selección fiel a su indómito estilo y colgará las botas en 1977 antes de cumplir los 33.

Netzer ganó Mundial, Eurocopa, y ligas y copas tanto en Alemania como en España, pero no tuvo día de mayor gloria que en aquella prórroga jugada una tarde de junio de 1973 en Düsseldorf.

“Puedo ser impredecible y también rebelde, pero desafortunadamente no puedo ser sustituido”. Günter Netzer.

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Benito Floro

Por entonces el hombre de moda era Silvio Berlusconi. Il Cavaliere representaba todo lo que la opulencia del capitalismo podía ofrecer. La historia de un hombre hecho a sí mismo que había triunfado a base de kilos de trabajo, una cucharada de fortuna y una pizca de corrupción. Dinero y mujeres a espuerta, todo lo que se le podía pedir a la vida a finales de la década de 1980. El momento dorado del vale todo. Berlusconi añadió una muesca más a todo ello. Se compró el AC Milan al mismo tiempo que invertía en un canal de televisión. Era el amo. Luego se meterá en política. Y siempre triunfará. Siempre. En España estuvo Jesús Gil. En Francia Bernard Tapie. Ninguno de ellos le llegó ni a la punta de la punta del dedo meñique del pie izquierdo a Don Silvio.

El caso es que Berlusconi aterriza en Milán (no es una metáfora dado que descendió en helicóptero en el circulo central del tapete verde de San Siro) en 1986. Ocurre que los rossoneri llevan casi una década sin lograr un título. Por el camino habían tenido que pasar por la vergüenza de descender a la Serie B. La tarea que Berlusconi tiene es hercúlea y en su primera campaña como dirigente el AC Milan cae en una primera ronda de la copa italiana frente al Parma FC, por aquel entonces un modestísimo club de la tercera categoría italiana. Entrena a aquel equipo un joven técnico llamado Arrigo Sacchi, quien propone un achique de espacios al formar con una línea adelantada de cuatro defensores que buscan permanentemente el fuera de juego y con dos puntas que siempre apoyan al centro del campo acortando el campo de una forma nunca antes vista.

La temporada siguiente el AC Milan gana la Serie A y después suma dos Copas de Europa consecutivas. Es el equipo de moda. El Milán de los holandeses. El Milán de Sacchi.

Todo el mundo entonces pretende reconstruir el modelo que ha llevado al AC Milan a dominar el fútbol europeo. El Real Madrid es uno de esos equipos. Los blancos viven una época de éxitos. Ganan cinco ligas consecutivas a lomos de la Quinta del Buitre y lo hacen con un fútbol precioso y ofensivo que cautiva al aficionado.

Pero pinchan en Europa. Año tras año. Dos veces consecutivas ante el AC Milan. Una de ellas con un 5-0 de por medio. Y se acercan irremediablemente a las tres décadas sin conseguir una Copa de Europa. El estrés es incesante y las críticas elevan el tono.

Esos fracasos europeos le cuestan el puesto en el banquillo a Leo Beenhakker. Se contrata en su lugar a John Benjamin Toshack, quien repetirá éxito en España y fracaso más allá de los Pirineos. Se tira de remedio casero al llamar a filas a Alfredo Di Stéfano para luego contratar a Radomir Antic para ser despedido, sorprendentemente, cuando marchaba líder en Liga. Por entonces la situación había cambiado. Y había cambiado como calcetín dado la vuelta. Butragueño y compañía han iniciado lo que será un rápido y brusco declive y en Barcelona germina un equipo espectacular con sello propio que cambiará para siempre la historia del club. Es el llamado Dream Team que, dirigido por Johan Cruyff, llevará la primera Copa de Europa a la Ciudad Condal.

La Copa de Europa en color. El Madrid tiene seis. Pero las seis son en blanco y negro.

Toca hacer algo. Y toca hacerlo rápido.

AC Milan 5-0 Real Madrid 1989

Benito Floro había colgado las botas apenas rebasada la veintena. No pasa de futbolista de Tercera, al igual que Arrigo Sacchi. Comienza a entrenar a equipos de la zona levantina acumulando algún que otro ascenso en categoría regional hasta que en 1989 lo contrata el Albacete Balompié, que entonces ocupaba el tercer escalón del fútbol español conocido como Segunda División B.

Floro logrará dos ascensos consecutivos y en la temporada 1991/92 realizará una soberbia campaña con el Albacete que a punto estuvo de otorgar a los manchegos la oportunidad de jugar competición europea. Todo se torció por un mal final de temporada donde se perdieron seis de los últimos ocho encuentros. El juego de aquel equipo se asemejaba, con las limitaciones de los jugadores disponibles, con los de aquel AC Milan. No es de extrañar que saliesen aplaudidos en campos de tronío como San Mamés y de otros más modestos como Vallecas.

En aquella escuadra destacaba José Luis Zalazar, un mediocentro uruguayo con un desplazamiento de balón fabuloso y fortísimo disparo y Luis Conejo, un guardameta costarricense de los primeros que salía jugando al primer toque funcionando como un líbero. Pero lo más llamativo de aquel conjunto bautizado por la prensa como Queso Mecánico era su psicólogo. Benito Floro había decidido contratar a un profesional médico para que enseñara a aquellos chicos a gestionar la presión de ser futbolistas de élite.

Con esa carta de presentación el Real Madrid se interesa por Benito Floro. Lo hacen ya tiempo atrás cuando el técnico aun dirige al Albacete en Segunda División. Ramón Mendoza, presidente merengue, no llega a un acuerdo para firmar a Floro a mitad de temporada cuando Di Stéfano aparecerá como apagafuegos y, finalmente, se acabará apostando por Radomir Antic. Lo más curioso del caso es que Mendoza firmará al colombiano Pacho Maturana para el banquillo blanco, pero los buenos resultados de Antic harán que se cancele el contrato de Maturana y se le pague una indemnización. El caso es que Antic nunca fue santo de devoción de Mendoza (de ahí que fuese despedido siendo el Madrid líder) y en 1992 el presidente blanco podrá por fin fichar a Benito Floro. Para Mendoza esté tendrá que ser su Arrigo Sacchi.

Benito Floro

Lo primero que hace Benito Floro es recolocar a Fernando Hierro como centrocampista. Esa había sido la posición inicial del malagueño, aunque Antic lo había convertido en central. Volverá al centro del campo (allí jugará también el Mundial de 1994). Hierro no tenía agilidad para girar rápido, siempre según Floro. Ocurre que era el hombre ideal para funcionar como pistón, al estilo de Ruud Gullit, y hacer de box to box para tocar el balón y encimar al contrario al inicio de la presión. Floro se reúne con Mendoza y es claro y rotundo. No había competitividad suficiente. Había jugadores buenos individualmente, pero el grupo era inexistente. La Quinta del Buitre estaba de vuelta de todo y tanto Hugo Sánchez como Gordillo estaban en el ocaso de sus carreras. Para Floro tan sólo Lasa y Villarroya podían pegar un grito en ese vestuario, pero ambos eran jugadores con ascendencia irrisoria sobre los demás.

Venía el Madrid de perder una Liga en el último minuto en Tenerife, tras lo que vendría la conquista de la Copa de Europa azulgrana. Aquel equipo estaba tocado y hundido.

Y fue entonces cuando Benito Floro pidió contratar a un psicólogo.

Aquello no gustó.

El Real Madrid era un brontosaurio. Un gigante anclado en el pasado. Si ya era raro contar con un psicólogo, mucho más en Concha Espina. En el Real Madrid, el club de la furia, de la caballerosidad y donde todo buen jugador debe dejarse los cojones luchando, aquello era un sacrilegio. A los hinchas no les gustó y la prensa sacó el cuchillo. Tras la primera derrota ante el Barça Floro llamó a los jugadores a capilla. Les dio un papel a cada uno con un test para que marcaran respuestas con una cruz. No había que firmar ni escribir nada. Había varias cuestiones sobre distintos aspectos, pero en lo que a la presencia del psicólogo se refiere, salvo dos o tres futbolistas todos los demás estuvieron de acuerdo. De puertas para afuera se decía eso, otra cosa era lo qué sucedía dentro.

Y no sólo eso. Los entrenamientos entonces eran a puerta abierta y se permitía de tanto en tanto la presencia de los aficionados. La prensa tiene acceso, aunque parcial, a las sesiones. Floro ensaya jugadas de estrategia tras saque de banda. No se entiende. Esta veinte o treinta años adelantado a su tiempo. Fuera de toda onda. No pintaba nada bien.

Y es que hubo derrotas. Y unas cuantas. Y cabreos con la directiva. Floro pidió mantener a Gica Hagi. Hubo que venderlo por cuestiones económicas. Pidió a Klinsmann y le ficharon a Zamorano. Y solicitó a un central que jugase bien el balón desde atrás como Roberto Solozábal y en su lugar vino un centrocampista técnicamente buenísimo, pero de vida disoluta como Rafael Martín Vázquez.

Benito Floro tuvo un problema a mayores. El mundo del deporte vivía entonces una guerra mediática entre José Ramón de la Morena y José María García. Sí estabas con uno estabas contra el otro. Floro decidió no conceder entrevistas a ninguno como objetivo de mantenerse imparcial y lo que consiguió fue que desde las ondas le lloviesen palos a un lado y otro de las ondas hertzianas.

Con todo, el apodado Benito el Breve resucitó tras una derrota en Sevilla en la decimoquinta jornada. A partir de ahí el Madrid no vuelve a perder en Liga hasta que en la última jornada toca visitar Tenerife por segundo año consecutivo. Se vuelve a caer y el título viaja in extremis a Barcelona como había ocurrido la temporada anterior.

Si ya antes pocos creían en el psicólogo, ahora ya no hay quien defienda a Benito Floro…

El milagro ocurre al vencer una semana después al Real Zaragoza en la final de Copa del Rey. Floro consigue una bombona de oxígeno y podrá comenzar la siguiente campaña.

Temporada 1993/94.

Solicita a David Ginola, Cafú y a Roberto Carlos. Le traen a Petr Dubovsky y a un brasileño desconocido llamado Vitor.

No hay un duro. Luego se sabrá que entre finales de 1990 e inicios de 1992 la plantilla del Madrid estaría sin cobrar. La situación económica es tan mala que no hay presupuesto para cambiar el césped del Bernabéu. Habrá un 0-0 ante Osasuna a mediados de diciembre que se jugará en un patatal. Toca tirar del siempre lesionado Robert Prosinecki y de la vieja guardia.

Una vieja guardia que no hace mucho caso a lo que dice ese advenedizo que nunca llegó a ser futbolista profesional.

Los comienzos son malos y se agravan con una eliminatoria copera ante…el Tenerife. El Real Madrid queda eliminado y en el descanso del partido de ida Floro tiró de testiculina para alentar a sus jugadores. Dio un portazo…y nadie lo siguió.

La situación se había quebrado.

Ramón Mendoza

Por aquel entonces Canal Plus había cambiado para siempre la forma de entender el fútbol. Las retransmisiones dejaron de ser planas para ser filmadas desde ángulos diversos y se apostó por meter los micrófonos dentro de los vestuarios o incluso en las solapas de los árbitros. Ocurría que el periodista era visto como amigo y clubes y jugadores vieron una buena forma de hacer negocio antes de que las marcas se expandieran globalmente y las redes sociales minimizasen la labor del periodista como transmisor entre deportista e hincha.

Existía un programa semanal deportivo conocido como El Día Después. Era revolucionario. Si hasta entonces los programas de deportes se centraban en presentar los goles y los resúmenes de los partidos de la jornada, El Día Después hace mucho más que eso. Pone el foco en las gradas, da voz a los aficionados y se preocupa por asuntos que van mucho más allá de los goles o de las polémicas arbitrales. Importa lo que tal jugador dijo o si a fulanito le apretaban las botas o si a menganito le agarraban en cada saque de esquina.

El Madrid cae ante el Paris Saint Germain en casa en encuentro de Recopa de Europa y el fin de semana siguiente visita al recién ascendido y modestísimo UE Lleida con el que caerá por 2-1.

En el descanso, con el Madrid perdiendo, un micrófono de El Día Después, el programa de Canal Plus, recoge unas palabras que pasarán a la pequeña historia del fútbol español.

“¿Dónde están esos cojones y la calidad y las ganas de jugar? ¡He dicho, maricón el que la pierda! Poniéndolos, poniéndolos, y nada más. Y lo demás son tonterías. Un día uno, un día otro, un día el equipo, pero estoy viendo… ¡Qué lamentable! ¿Dónde está el equipo? A tomar por culo el balón y las cagaditas, el pelele y lo otro y lo otro y quiero hacer mucho, total… ¡Joder, que sois el Real Madrid, hijos! Un montón de almas, un montón de cariño, un montón de déficit en el club”.

Aquello fue un shock. Mendoza llamó a sus despacho a Floro. Le dijo que no podía hablarles así a futbolistas internacionales. García y De la Morena lo masacraron. El profesor, el hombre que entrena con un psicólogo, no es más que pura fachada. El individuo que mira a los demás por encima del hombro es más soez que el que despotrica de su equipo con seis cervezas en el gaznate sentado en un taburete de un tugurio de mala muerte.

El martes hubo reunión de la Junta Directiva blanca. Todos eran conscientes de las carencias del equipo, de que no había el dinero necesario para contratar a dos o tres buenos jugadores y que, a pesar de todo, faltando diez jornadas para el final estaban a dos puntos de un Barça que aún tenía que visitar el Bernabéu. En un cara a cara con Floro la Junta Directiva votó mantener a Benito Floro en el cargo.

Pero Mendoza fue tajante.

El despido era consecuencia de aquella frase. Benito Floro estaba en la calle.

A Floro lo sustituyó en el cargo Vicente del Bosque, en la que fue la primera experiencia del luego campeón del mundo como técnico blanco. No fue buena. Únicamente ganó cinco de los once encuentros que dirigió. Al año siguiente Jorge Valdano le daría al Madrid un título liguero un lustro más tarde del anterior tras hacer debutar a Raúl, colocar para siempre a Fernando Hierro como central y abrirles la puerta de salida a sus antiguos compañeros Michel y Butragueño.

Benito Floro retornó a Albacete donde no pudo reverdecer laureles. Se convirtió en un trotamundos al entrenar en México, Ecuador, Marruecos, Costa Rica y Canadá y tuvo un último conato de éxito en el Villarreal CF de Juan Román Riquelme.

Benito Floro nunca fue Arrigo Sacchi.

Hoy todos los equipos de fútbol profesional cuentan con al menos un psicólogo en nómina.

Y muchos entrenan los saques de banda.

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¿Usted que haría?

Fulvio Bernardini era un pedazo de futbolista. Nacido en Roma, había debutado con la SS Lazio con tan sólo 13 años, registro nunca superado. Lo hizo anecdóticamente como portero, aunque se posición en el campo era la de mediocentro. De exquisita técnica y fuerte carácter, fue capitán de la Lazio, luego pasó al Internazionale y más tarde fue también capitán de la AS Roma durante diez temporadas.

Con los años sería también un gran entrenador, siendo seleccionador nacional y convirtiéndose en el primer técnico en ganar el Scudetto con dos equipos diferentes, la AC Fiorentina (con la que también alcanzó una final de Copa de Europa que terminaría perdiendo ante el irresistible Real Madrid) y con el Bolonia FC, ninguno de los dos sospechosos de ser habituales logrando títulos. El gusanillo como técnico ya le venía de lejos. Cuando militaba en el Inter, allá por 1926, insistió al húngaro Arpad Weisz, técnico milanés, en que pusiese a un chaval de 16 años del filial llamado Giuseppe Meazza. Bernardini apostó tanto por Meazza que llegó a ofrecer su suplencia para que Meazza pudiese jugar como titular. Su desinteresada apuesta por aquel querubín dio al Inter el futbolista más influyente de su historia.

Bernardini (izq) y Meazza (dch)

Bernardini era una estrella. Zurdo, como todos los genios, lento, pero capaz de acariciar el balón sin aparente esfuerzo. Sus ojos de halcón le permitían enviar el balón allí donde quisiese y su mente le permitía predecir donde colocarse y suplir con ello su baja estatura. Fulvio Bernardini era un referente del fútbol de entreguerras.

El caso es que Fuffo, como era conocido, era un referente en la selección italiana. En 1932, cuando contaba con 26 años, sumaba el mismo número de internacionalidades. Puede parecer poca cosa a ojos de hoy, no obstante, si nos ponemos las gafas de la historia, la cifra es fascinante. Entonces no había cambios y las selecciones jugaban unos cuatro, cinco o seis partidos en todo el año. Ricardo Zamora, quien durante muchas décadas fue el plusmarquista español, necesitó 16 años para alcanzar 46 internacionalidades. Y eso que era guardameta.

Entrenaba entonces a la selección italiana Vittorio Pozzo. Había cogido el cargo de seleccionador en 1929 y no lo soltaría hasta dos décadas más tarde. Entremedias las victorias en el Mundial de 1934 y 1938 y el oro en los Juegos Olímpicos de 1936. Para lograr semejante cantidad de éxitos Pozzo tuvo que tirar de oriundos, estrellas del fútbol argentino con antepasados transalpinos que no dudaron en cambiarse de nacionalidad a golpe de talonario. Raimundo Orsi o el espectacular Luis Monti fueron campeones con Italia tras defender antes los colores de la albiceleste.

Pero Pozzo también hizo a Italia campeona por culpa de un excelso trabajo táctico. Por entonces la mayoría de los conjuntos formaban con la WM. Ideada en Inglaterra por Herbert Chapman distribuía a los futbolistas en un 3-2-2-3 (3-2-5 en ataque) que fomentaba el juego directo. Pozzo, al igual que otros técnicos de Centroeuropa, consideró que dos de los defensores podían abrir el campo y ejercer como protolaterales y que un jugador del centro del campo, un mediocentral como fue llamado, podía corregir esas marchas de los defensas a los laterales y al mismo tiempo servir como primer eslabón en la creación del juego ofensivo. En Sudamérica eso será un ‘4’, por ello tantos mediocentros llevan allí ese número, mientras en Europa es cifra reservada a los defensas centrales. El particular sistema de Pozzo fue rotulado como WW (2-3-2-3), donde la primera línea de 3 está conformada por los “dos laterales” y el mediocentro. En defensa, los dos laterales vuelven a su sitio y la táctica se convierte en 4-3-3. En contraposición a la WM, la WW era más lenta y requería futbolistas más capaces de aguantar la posesión del balón y replegarse con rapidez tras pérdida del esférico.

Para que una idea funcione hacen falta jugadores que la secunden. Y Pozzo sabía cuáles eran los jugadores que necesitaba. Bernardini no era uno de ellos. Toda Italia consideraba a Bernardini el mejor mediocentro del país. Y realmente lo era. Pero Bernardini no tenía la capacidad y el despliegue físico necesario para bascular su posición cada vez que los dos defensas se abrían para iniciar el juego desde los laterales. Para esa labor de pulmones estaba Luis Monti, conocido como Doble Ancho, por su increíble capacidad física que le hacía parecer dos hombres en vez de uno.

Pozzo intentó acompañar a Monti con Bernardini, pero ambos se solapaban y no congeniaban. En la AS Roma, Bernardini era dueño y señor dentro de la táctica de la WM. Su misión era aguantar la posición y dar perfectos pases de 30 o 40 metros para que los extremos corriesen al espacio. En el esquema de la selección italiana Bernardini debía bajar a recibir el balón y esforzase más en defensa. Pozzo encontró en el juventino Luigi Bertolini al hombre ideal para acompañar a Monti. Trabajador, comprometido y sin aires de grandeza.

El problema ahora era cargarse a Bernardini sin que prensa y afición lo tomasen con él.

Fue un amistoso en octubre de 1932. Praga. Checoslovaquia vs Italia. Se adelantan los centroeuropeos de penalti y empata Italia al inicio de la segunda mitad. Poco después anota Nejedly y Checoslovaquia gana por 2-1.

Bernardini es titular. Será su último partido como internacional. Vittorio Pozzo jamás volverá a convocarlo. Lo que sucedió tras el encuentro pasará a formar parte de la vasta historia del fútbol. Muchos años después Fulvio Bernardini nos hará partícipe de tan bella anécdota a través de su autobiografía.

Simplemente es deliciosa.

Vale la pena transcribir lo que técnico y jugador conversaron tras el fin del partido:

Pozzo: Ha sido un buen partido.

Bernardini: Pero hemos perdido.

Pozzo: Escuche Fulvio. No ha sido culpa suya, pero voy a tener que dejarle fuera del equipo. Lo dejo fuera porque usted es mucho mejor que el resto. Sus compañeros no alcanzan la concepción del juego que tiene usted. Es demasiado superior a todos los demás. Casi tendría que pedirle que jugase usted mal para estar al nivel del resto del equipo.

Bernardini: No entiendo míster.

Pozzo: No es una razón personal, es una razón táctica. Es usted demasiado bueno. No tengo elección. O prescindo de usted o tengo que prescindir de todo el equipo. ¿Usted que haría?

Cuenta Bernardini que sin abrir la boca comenzó a vestirse mientras asentía con la cabeza y Pozzo le daba un par de palmadas en la espalda.

Nunca más jugaría con la selección italiana.

Bernardini en su época como entrenador

Fulvio Bernardini, el mejor centrocampista italiano del momento, nunca jugó un partido de un Mundial. Ni siquiera fue convocado para los victoriosos triunfos en 1934 y 1938. No estuvo ni entre los elegidos.

La picardía y la ascendencia de Pozzo logró convencer a Bernardini de lo inconvencible. Años después, siendo ya entrenador de éxito, Bernardini decía comprender lo que Pozzo le requería. Los buenos jugadores no hacen un equipo, sino que es el equipo el que convierte a los jugadores en buenos.

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El tío Benito

Benito Diaz nació en 1898 cuando España perdía los retazos que le quedaban de su Imperio y cuando los Borbones aun veraneaban en San Sebastián. Y es que Benito Díaz nació en Donostia. En una familia bien. Sus padres quisieron que estudiara Bellas Artes. También le dio por cantar en el Orfeón Donostiarra. Pero a Benito le iba otra cosa. Una moda importada de Gran Bretaña y que por entonces estaba mal vista en la mayoría de círculos sociales.

El fútbol.

Benito gustaba de lanzar unos tiros en la playa de la Concha y juega partidos en el velódromo de Atocha. Pequeño, bullicioso y de energía infinita, juega en varios equipos de la ciudad hasta que ficha por la Real Sociedad. Corría el año 1917. A Benito pronto le pondrán de apodo ‘rata mecánica’ por su estilo de juego rápido y bregador.

Allí estuvo hasta 1927. No hay mucho que contar de su etapa como jugador. Lo relevante es que por entonces la Real Sociedad era entrenada por un técnico húngaro que respondía a las señas de Lippo Hertzka. En esa época la vanguardia del fútbol europeo se cocía en las entrañas del antiguo Imperio Austrohúngaro. Ocurría que Hertzka era un referente de máxima autoridad. Benito pronto descubrió que los entresijos del juego le gustaban tanto o más que el propio juego. Se convirtió en la voz en el campo de Hertzka y lo acompañó a Hungría para aprender diferentes metodologías de entrenamiento relacionadas con el balompié. Con estos mimbres no era de extrañar que, en 1927, cuando Hertzka abandone Guipúzcoa, Benito Díaz se convierta en nuevo técnico de la Real Sociedad. Ni siquiera ha cumplido 28 años, pero cuenta con el beneplácito de su mentor quien recomienda a los directivos donostiarras que apuesten por Benito a pesar de su juventud.

Benito Díaz recibe una copa

Su primer año fue glorioso. La Real Sociedad llegó a la final de Copa. Será una final heroica ante el Barça que se resolverá en tres partidos tras acabar en empate los dos primeros (entonces no existían ni la prórroga ni los lanzamientos de penaltis). La finalísima dio también para un duelo epistolar entre los poetas Gabriel Celaya y Rafael Alberti. Acabada la final, a Benito lo llaman desde la Federación Española para ser segundo entrenador en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. El torneo resultó un fiasco, pero parecía un pistoletazo de salida para una carrera legendaria.

No fue así. En 1929 una crisis bursátil dejó en bancarrota a negocios de medio mundo. Entre las empresas afectadas estaba Transportes Díaz. El negocio familiar. Así que en 1930 Benito hubo de dejar el fútbol y dedicarse a las exportaciones. Con ojo clínico vio un filón en la exportación de naranjas y demás cítricos a Francia y pronto el camino Valencia-Irún-Burdeos-Paris se hizo habitual en su vida. Tan habitual que cuando en 1936 estalla la Guerra Civil convertirá esa realidad temporal en permanente y se autoexiliará en Burdeos. Digo autoexilio porque, aunque Díaz simpatizaba con la causa republicana, no era militante. Decidió irse por sí mismo dado que económicamente se podía dar ese lujo. Eso facilitará que cuando quiera hacer el viaje de vuelta y cruzar la frontera y retornar a España en 1942 no tenga ningún tipo de problema para hacerlo.

Mas no adelantemos acontecimientos.

Dicen que un periodista francés lo reconoció y lo puso en contacto con la directiva del Girondins de Burdeos. Otros dicen que fue el propio Benito el que se dirigió a la sede del Girondins a buscar trabajo. Sea como fuese, el caso es que, tras ocho años alejado del fútbol, a Benito Díaz le ofrecieron el puesto de técnico del Girondins. Entonces el conjunto bordelés militaba en la tercera categoría del fútbol galo. Consiguió subir al equipo a Segunda en 1937 y dos años más tarde estaba en la Ligue 1. Díaz haría al conjunto bordelés campeón de Copa en 1941. Fue un campeonato sin brillo, dado que Francia era rehén de los nazis. Había una parte ocupada y una parte mal llamada libre, y los conjuntos del norte del país no compitieron. No obstante, el Girondins había pasado de ser un equipo amateur a establecerse como uno de los grandes de Francia. Pero la cosa iba de mal en peor, así que en 1942 Benito vuelve a San Sebastián, y no para exportar naranjas, sino para ser nuevo técnico de la Real Sociedad.

Benito inicia su segunda etapa en la Real con una innovación táctica debajo del brazo. Entonces la táctica común en todos los equipos era la WM creada por Herbert Chapman en la década de 1920. El 3-2-5 sobre el papel era en realidad un 3-2-2-3 en el que la importancia de los extremos era crucial y el balón largo en diagonal desde la defensa hasta el ataque un arma de primerísimo nivel. Pero en Francia había un técnico suizo llamado Karl Rappan que había diseñado un sistema que se conoció como cerrojo y que pasaría con notable éxito a Italia donde fue exprimido al máximo bajo el nombre de catenaccio. El sistema de Rappan sacaba a un pivote del centro del campo para colocarlo en la línea defensiva y ejercer la marca individual ante el delantero rival. El 3-2-5 se convierte en un 4-2-4 en fase ofensiva (dando lugar al nacimiento de los laterales) y al 4-4-2 en fase defensiva. Distintas evoluciones a lo largo de las décadas llevarían al catenaccio a acumular cinco defensores, pero, lo fundamental del asunto, es que a partir de entonces coexistirán dos formas de entender los partidos; la búsqueda del triunfo a través del ataque y del gol (la genuina) y otra a través de la defensa y el evitar encajar un gol (la nueva).

Estaba entonces la Real Sociedad en Segunda División y Benito Díaz decide apostar por el cerrojo como táctica innovadora. Le va bien. La Real sube a Primera, pero es tildado de técnico defensivo. A los jugadores no les importa. Están enamorados de sus métodos. Eduardo Chillida, entonces portero y después celebre escultor, se presentará a una prueba para entrar en la Real con traje y corbata por orden de Díaz. Tendrá que atajar varios disparos de semejante guisa ante el barro del área chica de Atocha. Una vez visto el poco interés de Chillida en mantenerse limpio y elegante, Benito Díaz dará su OK para incorporarlo a la disciplina de la Real.

La Real 2.0 llegó a otra final de Copa, aunque tocó volver a perder en el partido por el título nuevamente contra el FC Barcelona. Los éxitos de Benito Díaz no pasan por alto y vuelve a ser requerido por la Federación Española de Fútbol para ser entrenador nacional dos décadas después de su primera experiencia. Por entonces había dos cargos. Muñoz Calero, militar y presidente de la FEF, tenía la potestad de escoger un seleccionador y un entrenador. El primero decidía que jugadores iban al Mundial y concluía quienes eran los once elegidos en cada partido. Ese hombre, el seleccionador, era quien pasaría a la posteridad tanto en el triunfo como en la derrota. El entrenador era el que diseñaba la táctica y establecía las rutinas de entrenamiento. A ojos del gran público eran un Don Nadie.

El seleccionador nacional en 1948 escogido con la obligatoriedad de clasificar a España para el Mundial de Brasil en 1950 era Guillermo Eizaguirre. Además de exfutbolista (un excelente portero habitual suplente de Ricardo Zamora con la selección española), Eizaguirre era un voluntario de la Legión, hijo de juez y nieto de militar de alto rango. Contaba con heridas de guerra y portaba tres medallas ganadas durante la Guerra Civil. En Brasil sería el encargado de dar discurso, repartir elogios y salir bien guapo en las fotos con sus sombreros de ala ancha.

El entrenador era un vasco achaparradito que respondía al nombre de Benito Díaz. Siempre vestido de chándal y con txapela sobre la sien, Díaz obligó a que cada seleccionado se leyese un informe diario de 18 páginas sobre los rivales de España en el Mundial, prohibió el alcohol y la presencia de hermosas brasileñas en el hotel de concentración y fue el primero en obligar a que la ropa de entrenamiento fuera uniforme e igual para todos los futbolistas. El genio táctico de Díaz había llevado a España a las victorias en Paris ante Francia (1-5) y en Dublín ante Irlanda (1-4) en la fase clasificatoria.

En el Mundial la selección española alcanzó su cénit tras ganar a Inglaterra (0-1) con el famosísimo tanto de Telmo Zarra y obtener el cuarto puesto en el Mundial. En la foto de la victoria ante la pérfida Albión estaba Eizaguirre, pero no Díaz. Benito volvió de América sin el reconocimiento merecido y fichó por el Atlético de Madrid. La aventura por la capital de España concluyó en 1954 con un infarto que le obligó a dejar los banquillos por recomendación de su médico y obligación de su esposa.

España 1950

Tras unos años de reposo en 1960, con el beneplácito de la FEF, Benito Díaz puso en marcha la primera escuela de entrenadores del país. Donde antes un ex futbolista se sentaba en el banquillo para escoger a once futbolistas y animarlos en su búsqueda del triunfo, Díaz ofrecía unas clases de táctica, organización y entrenamiento que se tornaban en novedosas en España.

Desde su oficina madrileña Díaz fue el primer teórico reconocido de los banquillos españoles hasta que entrada la década de 1970 decidió dar un paso atrás y dejar que sabia nueva hiciese buenas sus enseñanzas. Entonces volvió a su querida San Sebastián y se convirtió en asiduo del palco del campo de Atocha donde disfrutó con la época dorada de su Real y sus títulos en los 80 gracias a Arconada, Satrústegui y compañía bajo la dirección técnica de Alberto Ormaetxea. Benito Díaz murió en 1990, a los 92 años de edad, y su legado permanece en la fenomenal escuela vasca de entrenadores que él inicio y que continuaron Maguregui, Ormaetxea, Clemente, Rojo, Azkargorta, Irureta, Mané, Lotina, Emery, Valverde, Imanol Alguacil, Arteta, Mendilibar, Arrasate, Arteta o Xabi Alonso.

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¡Scheiberlspiel! (el nacimiento del Wunderteam)

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¡Scheiberlspiel! (el nacimiento del Wunderteam)

En 1926 Matthias Sindelar debutó con la selección austriaca de fútbol. Contaba con 23 años. Era un atacante ligero, técnico, goleador y con una facilidad pasmosa para jugar al primer toque. Sus pases y su facilidad para escabullirse de pobladas defensas gracias a su regate pronto le valieron el sobrenombre de Der Papierene (El Hombre de Papel). Su fama entre sus contemporáneos fue inmensa, solo igualada en Europa por Giuseppe Meazza y Ricardo Zamora. Su legado y su leyenda es mucho más extraordinaria que la del delantero lombardo y el guardameta catalán. Sindelar se negó a jugar con la selección alemana cuando los nazis se anexionaron Austria en 1938. Su muerte, ocurrida meses después tras un escape de gas en su domicilio, lo convirtió en mito y aun no se sabe a ciencia cierta si aquello fue un suicidio o un asesinato.

El técnico que le dio la alternativa era Hugo Meisl. Se le podría llamar más bien director técnico. Entonces el seleccionador elegía a los jugadores y establecía la técnica de juego, pero nunca ejercían como preparadores físicos. Meisl es una figura esencial en la expansión del fútbol por Europa y compartía con Sindelar su credo en el judaísmo. A Meisl no le daría tiempo a experimentar con los horrores del nazismo porque moriría en 1937 víctima de un paro cardíaco a los 55 años.

Matthias Sindelar

Sindelar contribuyó con un gol a la victoria de Austria en su primer partido internacional. Volvería a hacer lo mismo en los siguientes encuentros y su buen hacer llamó la atención incluso del entonces indiscutible y sagrado fútbol inglés. El Arsenal llegó a ofrecer un contrato que Sindelar rechazó. Por aquel entonces irse a jugar al extranjero te imposibilitaba defender a tu selección nacional.

Pero el caso es que Sindelar fue desapareciendo de las alineaciones de Meisl cual Guadiana. El motivo era simple. Del mismo modo que Sindelar era un faro en el ambiente ofensivo también era un lastre en el aspecto defensivo. Ocurría que Austria acumulaba varios futbolistas de gran talento ofensivo y Meisl consideraba que necesitaba un equilibrio para evitar que el equipo se partiese en dos. Así Sindelar salía frecuentemente de la alineación en favor de Fritz Gschweidl, otro interior y mediapunta de enorme talento, pero mucho más trabajador. Si Sindelar acabaría su carrera con 43 internacionalidades y 27 goles, Gschweidl lo haría con 44 internacionalidades y 12 goles.

La idea de Meisl parecía acertada, sin embargo, el equipo no carburaba. Austria alternaba victorias con derrotas y lo peor para Sindelar es que las últimas eran más numerosas cuando estaba él en el once inicial. Y en esas estábamos cuando llegó el 6 de enero de 1929. Nüremberg. Alemania contra Austria. Era un amistoso, pero entonces los amigables no eran lo que soy hoy. Eran pura competición. Prácticamente no había torneos internacionales y el número de encuentros disputados al año eran simbólicos. Un duelo entre selecciones entonces era todo un acontecimiento. Hugo Meisl alineó el clásico 2-3-5 de la época usando como sus cinco hombres de ataque a Leopold Danis, Matthias Sindelar, Friedrich Gschweidl, Karl Schilling y Anton Pillwein. Era únicamente la segunda vez que Sindelar y Gschweidl coincidían en el once inicial. La otra vez había sido apenas dos meses antes con victoria austriaca en Viena ante Suiza (2-0).

El rival estaba formado únicamente por jugadores del sur de Alemania. En todo caso la mayoría de los futbolistas germanos de más clase procedían de Baviera. Hacía frío. Mucho frío. Los 20.000 espectadores que abarrotaban el estadio de Nüremberg asistieron a un partido en el que Alemania pasó por encima de Austria. El preciosista juego austriaco nada podía hacer en un césped totalmente helado. Los jugadores apenas podían correr y los resbalones eran continuos. Austria insistía en el juego de toque y Alemania decidió buscar el juego directo. Al descanso el marcador era 0-0. Ocurre que en el segundo tiempo los alemanes apretaron y su mayor fondo físico destrozó a los austriacos. En media hora, entre el minuto 60 y el final del encuentro, anotaron cinco goles. Alemania 5-0 Austria. Hoy puede parecer normal, entonces era una sorpresa morrocotuda. El fútbol austriaco estaba muy por encima del germano. Nunca antes y nunca después en sus cerca de dos décadas como seleccionador sufrió Meisl derrota semejante a los mandos de Austria.

Hugo Meisl

Las consecuencias de la catástrofe no se hicieron esperar. Había un largo viaje de vuelta en tren a Viena. Quince horas para afrontar 500 kilómetros. Hugo Meisl, furioso y herido, despotricó contra sus jugadores. Había claudicado. Había aceptado jugar con sus dos iconos ofensivos a sabiendas de que el equipo sestearía en sus funciones defensivas. Lo había confiado todo al Scheiberlspiel.

¿Qué es el Scheiberlspiel?

El Scheiberlspiel es ingenio, alegría, naturalidad y facilidad. Scheiberlspiel es Jogo bonito. Scheiberlspiel es Fútbol total. Scheiberlspiel es Tiki-taka. Scheiberlspiel no es más que una corriente futbolística que aboga por la posesión del balón y por el juego de ataque para ganar los partidos. Si hay que escoger entre defender o atacar para lograr la victoria se debe escoger siempre atacar sin tener en cuenta el rival ni el escenario.

Y Meisl no creía en el Scheiberlspiel. Al menos no en una versión tan radical. Más práctico que idealista, Meisl estaba dispuesto a abandonar el juego de pases y volver al juego directo típicamente inglés. Por entonces ya era tendencia el 3-2-5 de Herbert Chapman en el Arsenal. La modificación táctica defensiva imperante en el fútbol. Pase largo hacia el extremo, control al primer toque y carrera hasta la línea de fondo para el remate de cabeza al delantero centro. En aquel largo y tedioso viaje en tren Meisl seguía criticando el Scheiberlspiel, mientras los jugadores callaban y negaban con la cabeza. Alguno respondía a los argumentos de Meisl negando la mayor, a lo que el seleccionador volvía erre que erre. La discusión se alargó durante horas con la participación silenciosa de los periodistas que compartían vagón con la expedición.

Así pues, en cierto momento dado, tras horas de discusión, el siempre callado Matthias Sindelar se levantó de su asiento y se puso cara a cara con Meisl. Primero habló uno y luego replicó el otro. Ocurrió entonces que Sindelar explotó y soltó por su boca la frase que cambiaría el fútbol austriaco para siempre:

“¿Sabe usted por qué no hemos ganado hoy? ¡No hemos hecho suficiente Scheiberlspiel! ¡Deberíamos haber hecho más Scheiberlspiel!”

Aquella bomba, aquel obús lanzado por la estrella del equipo al seleccionador, silenció el resto del viaje. Si lo que antes había sido un cruce de ideas ahora era simple y llanamente un motín a bordo. Una taxativa negativa a todo lo que Meisl defendía. Sindelar cambiaba la apuesta. No había problemas defensivos, sino ofensivos. SIndelar pedía más juego de ataque. Y lo hacía delante del padre del fútbol austriaco.

Nunca más Sindelar volvería a jugar en la selección.

Austria. Años 30

Así entonces Friedrich Gschweidl se consolidó como referente austriaco mientras que Sindelar era enviado al ostracismo. El juego se hizo más precavido y monótono. Dicho proceso no hubiese sido un problema si los resultados acompañasen. Ocurrió que no fue el caso. En los siguientes dos años el balance de la selección austriaca fue más bien discreto, por lo que las críticas no hicieron más que arreciar. Todo explotó tras caer en Milán ante Italia y no pasar de un aburridísimo empate sin goles en casa ante Hungría.

Era mayo de 1931. Dos años y cinco meses después del incidente en el tren volviendo de Nüremberg. Por entonces Meisl y otros miembros de la Federación solían reunirse con varios periodistas alrededor de las mesas de mármol del espectacular Ring-Café, en el centro de Viena. Eran tiempos donde los prohombres del fútbol compartían ideas y discutían sobre el porvenir del nuevo deporte. Era una mesa redonda bien provista de café cargado, exquisita educación y dosis y dosis de críticas a base de retranca. Meisl era muy básico en lo táctico y aquello exasperaba a los periodistas que insistían una y otra vez con la vuelta de Sindelar.

Había que jugar contra Escocia en Viena el 16 de mayo, un auténtico honor. El simple hecho de que los escoceses hubiesen aceptado desplazarse hasta Austria era inaudito. Por entonces cualquier selección británica era considerada superior. La insistencia a Meisl para que hiciese cambios fue tal que un par de días antes del partido el seleccionador llegó tarde al Ring-Café a propósito. Hugo Meisl esperó a que todos los asistentes a la tertulia estuviesen sentados, abrió la puerta del recinto, se dirigió a la mesa y lanzó una hoja arrugada delante de uno de los periodistas.

“¡Aquí tenéis vuestro Scheiberlspiel!”.

Tras lo cual abandonó el Ring-Café y se marchó a su casa.

Aquel papel contenía la alineación del partido contra Escocia. Jugaría Sindelar. También Gschweidl. El once sería el siguiente: Hiden; Schramseis, Blum; Mock, Smistik, Gall; Zischek, Gschweidl, Sindelar, Schall y Horvath. Era el Wunderteam. El equipo maravilla. Uno de los equipos más legendarios de la historia del fútbol.

Por cierto. Aquella alineación nunca se filtró. Pasarían muchos años antes de que se desvelara lo que pasó en el Ring-Café. Otros tiempos. Otros códigos de honor. Otros periodistas. Y otros deportistas.

Aquel 16 de mayo en el estadio Howe Warte de Viena vio una rotunda y espectacular victoria de Austria ante Escocia por un clarísimo 5-0. Los pases cortos, las triangulaciones y el gusto por el espectáculo hicieron las delicias de los aficionados. Sindelar fue escogido el mejor jugador del partido y la prensa británica se deshizo en elogios al fútbol desplegado por Der Papierene.

En los siguientes 16 partidos internacionales (dos años) Austria desplegó el fútbol más atractivo del mundo. Venció a Alemania por 0-6 a domicilio, por 8-2 a Hungría en casa y también venció por 0-4 a Francia en París o a Suiza por 1-8. No solo eran las victorias, era el estilo de fútbol. Era el Wunderteam. Un equipo que llenó páginas y páginas de revistas y periódicos de medio mundo. La racha se cortó en 1933 en una honorable derrota en Inglaterra por 4-3. En todo caso Austria partía como favorita para ganar el Mundial de 1934. Sin embargo, Italia, que ejercía de anfitriona, venció por 1-0 a Austria en semifinales a pesar de que el dominio y el control del partido fue íntegramente austriaco.

Aquello fue el fin del Wunderteam, que aun daría unos cuantos coletazos brillantes antes de que en 1938 Alemania se anexionase Austria y la selección despareciese al integrarse con la de la Alemania nazi. El Scheiberlspiel había muerto, aunque su legado permanecería en el recuerdo. El Wunderteam fue el primer equipo perdedor que trascendió en la historia. La Hungría de Sebes y Puskás o la Holanda de Michels y Cruyff beben de las ideas y de las discusiones entre Meisl y Sindelar. Del precavido técnico y del fantástico mediapunta.

Wunderteam. Mundial 1934

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