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Zamora; ¿Rojo o facha?

La Avenida de Sarriá forma parte de la zona noble de Barcelona. Comunica la Diagonal, la arteria que separa el mar de la montaña, con el barrio que da nombre a la Avenida. Cerca de su fin, subiendo a mano derecha, hay una plaza en la que abunda el cemento y escasea la naturaleza. Al otro lado de la calle hay un bar llamado ‘Mundial 82’, el cual recuerda que en aquel solar, en lo que en el presente es plaza, se levantaba el estadio de Sarriá. Hoy, forman una coqueta urbanización de viviendas de clase media-alta y uno de los que residen en ese bloque de edificios es Thomas N’Kono, legendario portero camerunés del Espanyol.

La plaza fue bautizada con el nombre de otro guardameta perico; Ricardo Zamora Martínez.

Ricardo Zamora forma parte de la mitología del fútbol internacional. El fútbol aficionado y el incipiente balompié profesional del primer tercio del siglo XX permanecen en la memoria gracias a artículos periodísticos y a recuerdos orales que de generación en generación han convertido a aquellos primeros deportistas en símbolos icónicos. Zamora es uno de ellos. El portero por excelencia en el fútbol español y, según todos los especialistas, uno de los dos o tres mejores antes de 1950, cuando con el Mundial de Brasil y la creación de la Copa de Europa tuvo su inicio el ‘fútbol moderno’.

De corazón espanyolista, el portero barcelonés militó tanto en el Real Madrid como en el FC Barcelona. Hoy, lejos en el tiempo y lejos los tiempos de la confrontación política, Zamora es una figura reconocida. Durante el Franquismo fue especialmente controvertida. Tildado de rojo por unos y de fascista por otros.

Dos días después del inicio de la Guerra Civil, el 20 de julio de 1936, el ABC (periódico monárquico) informaba de que Zamora había aparecido en una cuneta en el barrio madrileño de La Moncloa al haber sido asesinado por milicianos comunistas. En Francia, donde Zamora también era un ídolo, la prensa gala se hizo eco de la información, y, de hecho, una semana después con motivo de un congreso de la FIFA, Jules Rimet, presidente del organismo, decretaba un minuto de silencio en todos los partidos internacionales por la muerte del cancerbero catalán.

Todo era falso. Simples rumores. ‘Fake news’ en un mundo analógico.

Pero, ¿quién era Zamora? Era un futbolista, y como cualquier futbolista antes, ahora y después se preocupaba, y muy mucho, de no hacer manifestaciones políticas. Pertenecía a la burguesía catalana, tenía cierto poder y disfrutaba de la fama. Era liberal y se podía presuponer que sus ideas serían las de un republicano conservador. Podría bailar a dos aguas. No tendría motivo por el que sentirse a disgusto con un Franquismo de cuello blanco y, así mismo, tampoco en una República que no girase a posiciones próximas al comunismo. En un momento de polarización, Zamora era reaccionario para unos y libertino para otros.

Dos sucesos servían para acusarlo tanto de pertenecer a uno como a otro bando. En 1934 le fue otorgada las Orden de la República en una recepción presidida por el presidente Alcalá Zamora (años más tarde Franco le agasajó con la Gran Cruz de la Orden de Cisneros y mucho antes, en 1920, el rey Alfonso XIII se desató en elogios por su contribución a la defensa de la Patria durante los Juegos Olímpicos de Amberes). Para más inri, en febrero de 1936, en un amistoso entre España y Alemania celebrado en Barcelona, Zamora decide levantar el puño mientras suena el himno hispano, en respuesta al saludo nazi con el brazo en alto de los germanos.

Parecía clara su afiliación a la República, pero, tan sólo un mes antes del inicio de la Guerra Civil, y poco después del encuentro internacional antes citado, el Real Madrid vence al FC Barcelona en la final de la Copa del Rey, encuentro que pasará a la historia por la célebre parada con el hombro de Zamora (la zamorana). Durante la cena, en plena celebración en un restaurante valenciano (fue a orillas del Turia donde se celebró el partido), Zamora dio un discurso que cerró con un viva Valencia, el Real Madrid y España. Inmediatamente un periodista replicó ¡y la República! ante lo que el guardameta enmudeció y pasó a sentarse.

Se supone que ese fue el motivo de su detención por parte del bando republicano. Porque Zamora no fue fusilado, pero sí que fue detenido.

En septiembre de 1936, Ricardo Zamora era el preso más famoso de la hoy desaparecida cárcel Modelo de Madrid. Zamora gozaba de un trato excepcional. Todos los milicianos querían conocerle, y por el mero hecho de charlar un rato con el gran portero, Zamora recibía una ración extra de comida o algún que otro cigarrillo.

Estuvo varios meses encarcelado y las muestras de apoyo le llegaron del extranjero, y, lo que es mucho más sorprendente, desde dentro del bando republicano. El 18 de octubre de 1936 se disputó un partido entre Cataluña y Valencia en el estadio de Les Corts. La recaudación estaba destinada para conseguir fondos para ‘el desarrollo de la lucha contra los fascistas’. En el descanso del mismo, el capitán del combinado catalán, Martín Vantolrá, se dirigió a Lluis Companys, presidente de la Generalitat, pidiendo la liberación de Zamora “que se halla detenido en Madrid y nos consta que no es fascista y es uno de los deportistas que más ha hecho por el fútbol nacional”.

Se sucedieron los meses hasta que su esposa consiguió que lo soltaran gracias a la intervención de la embajada de Argentina. El plan era salir en coche rumbo a Valencia y una vez allí embarcarse rumbo a Niza. Salió de la embajada camuflado con barba, bigote y unas gafas oscuras, para sortear los pocos metros que separaban la embajada del coche oficial que lo iba a trasladar a Alicante. Al parecer, y a pesar de las medidas tomadas, un miliciano lo reconoció, pero embobado por quien acababa de ver, se abstuvo de avisar a su superior.

Tras desembarcar se trasladó a Marsella, pero falto de forma y con 36 años, no quisieron contar con sus servicios. Se fue a Niza, a un club menor, y durante su primera temporada coincidiría con otra leyenda del fútbol español, el también catalán Pepe Samitier. Aún ejercería una campaña más como futbolista compaginando la labor con el cargo de entrenador. Mientras, en España se libraba una feroz y cruenta guerra en la que poco a poco se veía que iba a salir victorioso el mal llamado ‘Bando Nacional’.

Antes del inicio de las hostilidades, Zamora había colaborado como articulista en el diario católico ‘Ya’ y contaba con amplias simpatías en las filas franquistas. Cabe recordar que Zamora era una leyenda y que había sido encarcelado por los republicanos. Pero para la plana mayor de Franco, Ricardo Zamora era un proscrito. Otras personas públicas habían marchado al exilio de forma temporal pero habían vuelto en medio de la contienda para ponerse a las órdenes del Movimiento. Zamora no se dio prisa por volver y además, y aquí lo contradictorio, no le dejaban volver porque se le consideraba republicano. Al no haber manifestado nunca su apoyo a Franco no se confiaba plenamente en él. En abril de 1937, en un viaje a Paris declaró: “No soy un fascista y mi único deseo es regresar a España y trabajar por mi Patria. Jamás iré a Burgos”.

Burgos, hasta la toma de Madrid, era la capital de la España sublevada. El lugar donde tenía su cuartel general Franco.

Pero volvió.

Volvió a España el 7 de diciembre de 1938 para jugar un partido amistoso en San Sebastián en beneficio del bando franquista. El público lo aclamó ávido de ver a su héroe. Se instaló en Barcelona, y no se supo nada más de él hasta el verano de 1939 (con la guerra concluida) cuando disputaría otros partidos benéficos en Barcelona con viejas glorias del club azulgrana en beneficio de las Juventudes de las FET y las JONS.

Zamora viviría en España hasta su fallecimiento en 1978, aunque se reconciliación nunca fue plena con el bando franquista. En 1939 fue obligado a ser el entrenador del Atlético Aviación, equipo cuya directiva estaba formada por altos cargos militares (de hecho, el Atlético de Madrid era el verdadero equipo del Régimen). Consiguió dos títulos ligueros consecutivos y luego incluso llegaría a dirigir a la selección nacional.

Fue un brillante portero, con actuaciones de leyenda dignas de ser contadas, pero sobre todo fue un superviviente. Sí, es cierto, a todos nos gustan los héroes. Las cosas fáciles. Blanco y negro. Pero la vida es más difícil. Zamora jugó con dos barajas, y el que juega con dos barajas suele ganar. Fue conservador, luego rojo, fue encarcelado por fascista, se exilió sin que nadie se lo pidiese y volvió a la España franquista a pesar de haber simpatizado con la República.

¿Quién de nosotros no jugaría con las cartas marcadas si pudiese?


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