Los líos de faldas de Sven (1ª parte)
Sven se despertó. Mareado. Espantosamente mareado. Hubo de pedir ayuda. Hubo que llevarlo al hospital. El diagnóstico fue terrorífico. Si el médico que te atiende empieza a llorar sólo cabe esperar que el mundo se te abra bajo tus pies. Sven acababa de sufrir cinco infartos cerebrales. No uno. Ni dos. Ni tres. Ni tan siquiera cuatro. Eran cinco los infartos cerebrales. Cinco. Una masa cancerígena habitaba en su cerebro. No sufría dolor. Ni lo iba a sufrir. Tampoco había operación posible. Le dieron doce meses de vida. Luego le recortaron el plazo a diez meses. El bicho también estaba en el páncreas. El tiempo de descuento del partido acabó siendo un alargue de 18 meses. Sven disfrutó de ese tiempo añadido. Nunca en su vida había pensado en el mañana y tampoco lo iba a hacer ahora. Contaba con 75 años. Le dio por dictar sus memorias.
Había tenido una buena vida.
Había disfrutado del fútbol. Del poder. Y de la erótica del poder.
Tenía apenas 30 años cuando se convirtió en el entrenador del Degerfors IF, un auténtico Don Nadie en la paupérrima segunda categoría del fútbol sueco. Era un trabajo en el que no percibía sueldo alguno, tan sólo primas por victoria. Era lo de menos. Sven era un fanático del fútbol. La semana que el Degerfors se jugaba el ascenso a la máxima categoría hubo de pedirle a la directora del colegio que le diese un par de días libres. Y es que Sven era profesor de educación física. El colegio aceptó el órdago y Sven logró al ascenso. Luego se sacó el carnet de entrenador profesional. Hubo de posponer su primera boda, dado que la fecha del examen coincidiría con el día que debía pasar por la vicaría.
No es de extrañar que Sven no estuviese presente en el nacimiento de su primer hijo. No es de extrañar que su mujer solicitase el divorcio.
Y no es de extrañar que Sven-Göran Eriksson se convirtiese en técnico del IFK Göteborg. Corría el año 1979.

Lo que hizo Sven-Göran Eriksson en el Göteborg es una proeza de valor incalculable. Sin experiencia alguna en la élite, Eriksson implantó un 4-4-2 con marcaje zonal y presión fuerte a la salida del balón. En el año inicial el equipo ganó la Liga por vez primera en su historia y en 1982 logró un histórico triplete (Liga, Copa y UEFA). Aquel equipo estaba formado por once obreros. Y no he usado una hipérbole. Su delantero centro, Torbjorn Nilsson, había jugado en el PSV, pero había vuelto a Suecia por una depresión y compaginaba los entrenamientos con un trabajo como cocinero. Aquellos proletarios del fútbol entrenaban siempre por la tarde justo después de que todos acabasen con sus trabajos (destacaban los fontaneros y los bomberos). Tan modesto era el Göteborg que para viajar a Valencia para disputar los cuartos de final de la UEFA hubieron de hacer una colecta entre sus aficionados. Lograron el pase, aunque la machada la habían dado en dieciseisavos al doblegar al Inter. En semis cayó el Kaiserlautern y en la final a doble partido se venció al HSV Hamburgo por 1-0 en la ida, antes de asaltar Alemania por un contundente 0-3.
Lo nunca visto.
A Eriksson le harían una estatua en su pueblo. Pequeño pueblo maderero del norte de Suecia. Sven tuvo una infancia humilde. La familia era larga y las estrecheces continuas. La madre era ama de casa y el progenitor camionero. Apenas se duchaban un día a la semana y Sven contaría que su madre tan solo salió una vez de su pueblo para ir a Estocolmo con motivo de celebrar su modesta luna de miel. Lo que había hecho Sven no estaba en los anales. Y un grande venido a menos llamó a su puerta. Era 1982.
Dice la leyenda que doce directivos del SL Benfica presentaron su dimisión al conocerse la contratación de Eriksson. No fue tal el asunto. Pero el asunto fue quijotesco. De eso no hay duda. Un frío y aburrido escandinavo a orillas del Río Tejo. Y es que Eriksson no era un desechado de virtudes. Era un tipo plomizo, de ojos azules diminutos, soberanas entradas en una calvicie que ni era ni dejaba de serlo y unos dientes de ratoncillo que asomaban entre dos líneas ásperas de labios. No saltaba en los banquillos. No gritaba. Y apenas mostraba alegría ni tristeza. Según decía, en una clara muestra de sus tiempos de profesor, él dictaba sentencia en el vestuario, pero en los partidos debía mostrarse sereno y dar ejemplo a sus pupilos.
El caso es que llevaron a Eriksson al viejo Estadio da Luz, le hicieron cruzar un pasillo y le enseñaron la sala de trofeos. Eriksson comprendió donde estaba y levantó el dedo. Seis meses. Dicen que fue lo que pidió. Así fue. A los seis meses si aquel sueco decía que el sol era verde todo lisboeta decía que el sol era verde. Fueron dos años y ganó dos Primeira Liga. Pero no pudo con la maldición de Bela Guttmann y cayó en la final de la Copa de la UEFA.

Un día, volviendo de entrenar, vio que un coche lo seguía. Intentó despistarlo sin suerte y acabó saliendo del vehículo para enfrentarse a su oponente. No había tal. Era un directivo de la AS Roma. Querían hablar con él en privado y ofrecerle un viaje de ensueño a la Serie A.
Un técnico sueco en la Serie A.
Entonces allí estaban todos. Maradona, Platini, Van Basten, Rijkaard, Falcao, Krol, Baggio, Maldini, Gullit, Klinsmann, Matthaüs, Baresi, Boniek, Zico…y luego Batistuta, Ronaldo, Nedved, Del Piero, Bergkamp, Weah, Vialli, Zamorano, Vieri…Pero los entrenadores no. Los entrenadores eran todos de casa. Eran italianos. Y en 1984 por allí iba a aparecer un sueco.
Entre 1984 y 1997 Eriksson dirigió a la AS Roma, AC Fiorentina y UC Sampdoria. Ganó títulos con romanos y genoveses y por el camino regresó a Lisboa para llevar al SL Benfica a la que hasta la fecha es su última final de Copa de Europa en la que cayó ante el AC Milan de Sacchi. Por entonces Eriksson se había ganado la fama de hombre tranquilo en circunstancias difíciles, intrépido, sin miedo al fracaso, pero seguía sin convencer a un grande para que le diese las llaves del castillo.
Así que en 1997 acepta la oferta del SS Lazio. Serían cuatro años de éxitos.
Los laziales no eran ni son un grande. Pero entonces tenían dinero. Mucho dinero. Y Eriksson se coronó. Ganó cuatro títulos y en el año 2000 logró el segundo Scudetto de la historia del club con un equipazo formado por Fernando Couto, Nesta, Mihajlovic, Nedved, Simeone o Marcelo Salas.
Ocurre que no sólo de fútbol vive el hombre. En esa época, el bueno de Sven comienza una relación sentimental con un pedazo de mujer. Se trata de Nancy Dell’Olio. En aquel instante Sven cuenta con 50 años y Nancy con 37. Nancy es una dama de alta alcurnia, con antepasados de la nobleza apuliana y de personalidad arrolladora. Es una Sofía Loren morena, de generosa delantera, gustosa del maquillaje, y con el tiempo de las operaciones estéticas, y con una frondosa y exuberante cabellera. Es también una tipa lista. Le encantan los micrófonos y las cámaras. Ejerce de abogada y sabe cómo, cuándo y qué decir.
A Sven se lo come con patatas.
¿Qué hace pedazo de mujer con Sven?
La erótica del poder lo llaman.
Lo que aquella despampanante italiana veía en aquel callado sueco era poder. Poder con la mirada. Sven hablaba poco y lo hacía entre silencio y silencio. Pero sabía de qué hablar. De fútbol. También de Confucio. Practicaba yoga y podía explicarle a quien quisiera escucharle cómo era el proceso de talado, empaquetado, creación y venta de una mesa de madera. Una caja de sorpresas de tema variopintos. Pero había que preguntarle. Y en el misterio, en esos silencios perpetuos, era donde Sven tenía su fuerte.
Y es que Sven era un picaflor. Quién lo diría.
A ojos de todos Nancy era la voz cantante. Aparecía en todos los partidos con trajes despampanantes y en los postpartidos se acercaba junto a Sven para posar y encandilar a todos con una sonrisa. Nancy anunciaba la boda. Pronto. Pronto. Sin embargo, las campanas no sonaban.
Sven tenía otro plan.
Y entonces su representante lo llamó por teléfono.

Enero de 2001. A Eriksson lo quieren de la Football Association. De The Football Association. La Football Association. Los señores estirados que inventaron el fútbol en 1863 quieren que un sueco sea seleccionador nacional inglés. Eriksson no necesita ni pensarlo. Es un puesto de honor. Es un cargo al que ningún extranjero jamás pudo nunca haber ni imaginado conseguir. Sven pide comenzar en junio de 2001. Le dicen que ahora o nunca. Habla con el presidente de la SS Lazio, que le concede la libertad por los servicios prestados.
En aquel entonces la SS Lazio caminaba con 11 puntos de ventaja en busca de su segundo Scudetto consecutivo. Acabarán terceros a seis puntos del vencedor.
En febrero de 2001 aquel hijo de un camionero de un pueblo perdido del norte de Suecia se convierte en seleccionador nacional de Inglaterra. La primera rueda de prensa es un huracán disfrazado de preguntas. Le atosigan. Le dan palos. Le recuerdan que sólo ha dirigido a un jugador inglés en más de dos décadas como técnico. Le cuestionan por su lealtad. Le preguntan por un lateral izquierdo de un equipo de la segunda categoría que obviamente no conoce. “Es Inglaterra. ¿Cómo iba a rechazar semejante propuesta?”, contestará cuando las preguntas alcancen un tono hiriente. Tras la rueda de prensa tiene un breve encuentro con Tony Blair, primer ministro inglés, y ambos acabarán haciendo una apuesta en tono jocoso preguntándose cuál de los dos tiene más presión en el cargo y quién de los dos aguantará más tiempo en su puesto.
Con esos mimbres toca debut en Birmingham. Inglaterra vs España. Y gana la Pérfida Albión. 3-0. Eriksson le quita la presión a unos chicos que venían de fracasar en el Mundial 1998 y la Eurocopa 2000. Les quita la camisa de fuerza y contesta a las críticas con silencios y sonrisas.
Y llega el postpartido.
Y con el postpartido llega Nancy.
Continuará…
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