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Al siglo de la primera San Silvestre

Fue en el año 313. La historia se mezcla con la leyenda. Aún hoy se debate cuánto había de decisión política y cuánto de fe religiosa. Al parecer en el año anterior, durante la batalla de Puente Milvio, el emperador Constantino tuvo una visión y vio aparecer una cruz en el horizonte. Cautivado, Constantino ordenó pintar una cruz en el escudo de sus soldados y aquella batalla fue ganada por quien había de dirigir al Imperio Romano en el que sería su último momento de esplendor. Un año después de la batalla, en el citado 313, Constantino promulgó el Edicto de Milán donde permitía la libertad de culto y consideraba al cristianismo la religión oficial del Imperio. Hizo entonces Constantino su acto de conversión y pasó a bautizarse. Para ello llamó al Papa, cuyo pontificado respondía al nombre de Silvestre.

Silvestre I fue el primer dirigente de la Iglesia que no hubo de esconderse. Hasta entonces los cristianos oraban en sus casas, en las catacumbas o en el bosque. Ahora ya no. Durante dos décadas (314-335) Silvestre I inició las obras de algunos de los templos más representativos del cristianismo. Se proyectó la iglesia de San Pablo Extramuros y la primigenia iglesia de San Pedro en el mismo lugar donde se levanta la Basílica del Vaticano. Constantino también le regaló a Silvestre una tiara, una especie de sombrero con triple corona que en la actualidad se usa para la ceremonia de coronación del papado.

Silvestre I no fue un santo mártir y es difícil calificarlo de santo confesor. Silvestre fue el primer papa oficial, dejando atrás la clandestinidad. Y si hoy es recordado como San Silvestre lo es quizás por su componente político. Y es que lo más relevante de su pontificado es haber logrado por parte del emperador Constantino un documento en el que le da a la Iglesia Católica la propiedad de unos terrenos que pasarían a ser conocidos como Estados Pontificios. Aunque hoy los historiadores consideran el documento como apócrifo, otorgó al Papa el control sobre la región del Lazio y en su máximo apogeo, durante la Edad Media, el control de ciudades como Roma, Ancona, Perugia, Parma, Módena, Rávena, Ferrara y hasta la francesa Avignon. Hoy, el minúsculo y anacrónico Estado del Vaticano, sólo puede ser comprendido en su totalidad conociendo la historia de aquel documento supuestamente sellado entre Constantino y Silvestre I.

La construcción de la Iglesia de San Pedro

El caso es que Silvestre falleció el 31 de diciembre de 335. Una vez ascendido a los Cielos y convertido en San Silvestre quiso ese ser el último día del santoral anual. Lo es así para la Iglesia Cristiana dado que se rige por el calendario gregoriano. Para los ortodoxos, en gran medida el este de Europa, San Silvestre se celebra el 2 de enero, ya iniciado el siguiente año.

Esto último tiene relevancia para la historia que voy a contar. No podía haber ocurrido en país que no fuese católico. Y así tuvo lugar. Ocurrió un 31 de diciembre de 1925, hace ahora cien años. Ocurrió en Brasil, país con profundas raíces católicas y que apenas un siglo antes se había independizado del aún más católico Portugal.

Tal y como había sucedido y sucederá con multitud de pruebas deportivas, la idea surgió del cerebro de un periodista. El plumilla obedecía al nombre de Casper Líbero, quien además era abogado y, por lo que a nosotros nos afecta, era director y propietario de A Gazeta de Sâo Paulo, un rotativo vespertino. Líbero había adquirido el periódico en 1918 y lo había modernizado endeudándose para comprar una nueva rotativa y modernizándolo hasta el punto de crear un suplemento deportivo independiente del diario original.

Así fue que para conmemorar el lanzamiento del nuevo suplemento deportivo tuvo la idea de crear una carrera por Sâo Paulo con el gallo de la celebración del Fin de Año. Es por ello que la carrera fue conocida como la San Silvestre, en correspondencia con el santoral cristiano. Aquella primera carrera constó de poco más de seis kilómetros y, en realidad, año a año fue cambiando de distancia dado que no había nada establecido. La única premisa de Líbero era disputar una carrera por el centro de Sâo Paulo sin considerar distancia ni recorrido. Su idea primigenia era que la carrera finalizase exactamente a las 00.00 horas del día de Año Nuevo y para eso calculaba la hora de salida en función de los kilómetros a recorrer.

Durante sus tres primeras décadas de vida la San Silvestre de Sâo Paulo osciló entre los 5.000 y los 8.000 metros de longitud. Será en 1945, cuando por primera vez se permita la inscripción de extranjeros, cuando se establezcan los 7.000 metros como distancia oficial. A partir de entonces, lustro a lustro, la distancia fue aumentando progresivamente hasta los 9 y los 12 kilómetros para, finalmente, en 1991 hacer oficiales los 15.000 metros como recorrido definitivo. Leyendas del atletismo como Emil Zátopek, Frank Shorter o Paul Tergat han salido victoriosos en el recorrido paulista.

San Silvestre 1925

A decir verdad, Líbero había sido un imitador. El día de Año Nuevo de 1925 Casper Líbero estaba en Paris. Allí contempló una carrera en la que los participantes llevaban antorchas para iluminar sus pasos en la noche parisina. De ahí cogió la idea Líbero para la celebración de la San Silvestre y la promoción de su periódico. Se trata pues de una carrera distinta. Festiva. Los corredores llevan atuendos navideños y antes o después de la prueba se toma una copa y se engullen dulces navideños. Eso siempre ha sido así, aunque en los últimos años la tendencia se ha agudizado y junto a los atletas profesionales también hay los corredores de domingo que aparecen en la línea de salida ataviados cual carnaval y llegan a la línea de meta tras hacer decenas o centenas de eses por el camino.

En aquella primera prueba de 1925 participaron 600 atletas. Hoy la cifra se acerca a los 20.000 inscritos. La liturgia corredora de fin de año se extendió paso a paso por el resto del mundo. En un primer lugar fueron diferentes ciudades de Brasil para luego cruzar el charco y que la tradición se asentase en Portugal. Luego la plaga se extendió por diferentes países católicos. Después se cambió de fe y lugares como Londres, Tokio o Estambul pasaron a tener Su San Silvestre. En todo caso la usanza festivo religiosa hace que, además de la San Silvestre de Sâo Paulo, el pódium las más famosas sean las de Oporto o Funchal (Portugal), Bolzano (Italia), Barranquilla (Colombia) y, especialmente, la de Madrid en España.

La primera San Silvestre realizada en España tuvo lugar en Galdácano, en el Gran Bilbao, en el año 1961. Tres años después en el barrio madrileño de Vallecas comenzó a celebrarse la San Silvestre por excelencia. Fue concebida por Antonio Sabugueiro, un orensano emigrado a Madrid que practicaba atletismo con asiduidad en la pista del antiguo estadio de Vallecas. La idea era celebrarla al caer la noche, pero antes de la cena, en contraposición a la brasileña que se disputaba camino de la madrugada. En aquella primera prueba los hombres corrieron 2.700 metros y las mujeres 400 metros. Al vencedor masculino le dieron 15.000 pesetas y a la femenina una cubertería y un picardía de color rojo para celebrar la Nochevieja. En la actualidad la prueba consta de 10.000 metros y 40.000 inscritos entre varones y hembras, que compiten en igualdad de dificultad y de premios. Con todo, en la San Silvestre de Sâo Paulo hubo que esperar hasta 1975 para que se permitiese la presencia de la mujer como motivo de ser ese el Año Internacional de la Mujer.

En la actualidad, sólo en España, hay más de dos centenares de carreras de San Silvestre a celebrar el 31 de diciembre. Ya no se regalan cuberterías ni se montan fiestas con regalos tras la carrera, dado que la propia carrera es una fiesta. En la primera edición de la Vallecana el vencedor fue el madrileño Jesús Hurtado, plusmarquista español de 10.000 metros, pero un completo desconocido en el panorama internacional. El último vencedor fue el etíope Berihu Aregawi, medallista olímpico en Paris 2024.

Los tiempos cambian, la tradición se mantiene.

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Cuando en 1896 se ponen en marcha los Juegos Olímpicos lo hacen con una prueba de nuevo cuño. De viejo cuño eran cinco. Tiro, esgrima, lucha, gimnasia y atletismo. Tal y como habían sido concebidos los Juegos en la Antigua Grecia. Dentro de la disciplina del atletismo, a los nuevos griegos se les ocurrió crear una prueba que tenía un cóctel que empezaba por lo mitológico, se barnizaba de histórico y contaba con tintes nacionalistas. Se trató de una carrera de 42 kilómetros bautizada con el nombre de Maratón, en honor a la batalla de dicho nombre en la que una coalición de fuerzas helenas venció a los invasores persas en el año 490 a.C.

Su origen se basa en la historia sobre el soldado griego Filípides, quien murió de un infarto provocado por la fatiga de haber corrido los aproximadamente 42 kilómetros desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa. En realidad, Filípides recorrió el camino hasta Atenas, donde descansó, y luego retomó la marcha hasta Esparta para pedir refuerzos, sumando otros 200 kilómetros al asunto. Dicha carrera, de un total de 246 kilómetros, también se realiza anualmente bajo el nombre de Spartathlon, aunque afortunadamente nadie ha tenido la osadía de incorporarla al programa olímpico.

El caso es que nunca antes se habían corrido 42 kilómetros en una prueba cronometrada. La primera vez tendría lugar en los aclamados Juegos de 1896. El coronel Papadiamantopoulos, cual Filípides a caballo, dio la noticia de que un griego iba en cabeza. Se trataba de Spiridon Louis, quien se proclamó el primer campeón olímpico de maratón tras casi tres horas de carrera, un tercio más de lo que lleva en la actualidad. De profesión aguador, en una Atenas que entonces no contaba con agua corriente, Spiridon Louis recibió como regalo por parte del rey de Grecia una mula y un carro para poder facilitar su trabajo. Con el tiempo, Louis conseguiría una plaza como policía y se le regalarán servicios como peluquería o zapatos gratis de por vida en mérito a lo conseguido.

Spiridon. El primer maratoniano

Y es que Spiridon Louis se convirtió en leyenda. Inmediatamente fue percibido que el espectador se embobaba a partes iguales por saber quién era el campeón de los 100 metros lisos y el vencedor en el maratón. El más rápido sobre la faz de la tierra y también el más resistente.

Para el año 1900 se clasificaron 19 valientes de cinco países distintos para disputar la maratón de los Juegos de París. El recorrido partía del Palacio de Versalles para finalizar en la antigua Lutecia, en un trayecto que más tarde repetirá varias veces el Tour de Francia para su contrarreloj final. Sucedió que como hacía un calor infernal se cambió el trazado el día anterior para recorrer en varias vueltas el Bois de Boulogne. Aquello no gustó. Hubo que descalificar a un francés que conocía el parque e hizo trampas saltándose varios tramos. A un estadounidense lo atropelló una bicicleta de un transeúnte, dado que la organización se había olvidado de acotar el bosque y avisar a la gendarmería para evitar la entrada de los lugareños. El ganador fue un tal Newton, también norteamericano, quien siguió corriendo una vez llegó a meta, dado que nadie le comunicó que había sido vencedor hasta minutos más tarde.

Pierre de Coubertin estaba apenado. Lo que fuera un éxito en Atenas se había tornado en fracaso en París. Tenían lugar ahora los Juegos Olímpicos de 1904 en Saint Louis, en el corazón de Estados Unidos. Volverán a ser descafeinados y, de hecho, sino llega a ser por el éxito de Londres 1908 es más que probable que el invento olímpico hubiese finalizado para siempre con el estallido de la I Guerra Mundial. Comentaba pues, que los Juegos de 1904 fueron un desastre organizativo y de público, a excepción hecha del maratón, cuya celebración empezaba a tener condición de leyenda por su condición de desafío descomunal para la condición humana.

El 30 de agosto de 1904 participan 32 valientes, de los cuales 19 son estadounidenses y 9 de ellos griegos. Es un duro trazado con subida a diferentes colinas y que tras cinco vueltas finaliza en el estadio olímpico. Todo el recorrido estará abarrotado de público. Única vez que ocurre en estos Juegos Olímpicos de Saint Louis.

En el kilómetro 15 un tal Fred Lorz decide retirarse y se sube a un coche de la organización. El vehículo se dirige al estadio para que Lorz pueda ducharse y recoger su ropa de paisano. No obstante, en un punto del recorrido, exactamente a siete kilómetros del final, revienta una rueda del coche, el cual queda varado en una cuneta. Lorz, ya descansado, comienza a caminar y más tarde a trotar. Los jueces son conscientes de lo que está a suceder, pero Lorz replica que únicamente va al estadio a recoger su ropa y que llegará antes trotando que si espera a un nuevo coche escoba.

Fred Lorz. El impostor

¿Qué sucedió? Lo que todos imaginamos. Lorz llegó al estadio, la gente comenzó a vitorearlo, y él alzó las manos proclamándose vencedor. No había información al instante. No había televisión y tampoco contábamos con la radio. Alice Roosevelt, hija del presidente Theodore Roosevelt, bajó del palco para felicitar al campeón.

El caso es que la voz de la conciencia surge en un momento dado y entre foto y foto Lorz se escapa al vestuario con la excusa de ir al baño. Allí se ducha, se viste y se escapa por una puerta de emergencia mientras el resto de deportistas empiezan a entrar en el estadio olímpico.

Quince minutos después llega Thomas Hicks, el verdadero vencedor, cual piltrafa y apunto de desmallarse. El público y la señorita Roosevelt no entienden nada. Mientras los jueces corren en dirección a los vestuarios para dar un escarmiento a Lorz quien por entonces ya ha tomado las de Villadiego. Al mismo tiempo, Hicks cruza la línea de meta y cae inconsciente.

Tardará tres horas en recuperarse.

La argucia de Lorz le causará una sanción a perpetuidad. Semanas después, ante el Comité Olímpico, se desguazará en excusas, soltará miles de lágrimas, pedirá indulgencia…y al año siguiente correrá y ganará el maratón de Boston.

Entre el desastre de 1900 en el Bois de Boulogne y la argucia de Lorz parecía que el maratón olímpico estaba herido de muerte… pero contábamos con Hicks, el héroe que había logrado el oro para luego caer inconsciente en la línea de meta.

¿Quién era Thomas Hicks? Nacido en 1876 en Inglaterra, había emigrado de niño a Estados Unidos donde ejercía como trabajador febril y payaso de circo a partes iguales. Conseguirá una beca deportiva en la YMCA de Cambridge debido a su infatigable labor como atleta.

En la maratón de Sant Louis, Hicks va en cabeza desde la tercera de las siete vueltas al circuito. El sol aprieta y los caminos sin asfaltar hacen que el polvo se introduzca en los ojos y en las bocas de los atletas provocando una molesta sequedad. A la altura del kilómetro 24, Hicks nota que sus piernas comienzan a flaquear. Su entrenador, desde el coche de la YMCA, le da un vaso con una clara de huevo. No es suficiente. Tiene que parar. En ese momento se acerca al vehículo y una jeringuilla asoma tras la puerta del bólido. Le inyectan un gramo de estricnina, sustancia que estimula el sistema nervioso.

Sigue.

Llega el kilómetro 29. Nueva crisis. Dos claras de huevo con agua extraída del radiador del coche. Nada. Lo remolcan en una pendiente tirándole de los brazos mientras su entrenador saca una mano por la ventanilla agarrándole de la muñeca.

Tampoco.

En el kilómetro 34 Hicks se para. No puede más. Va a abandonar. Le inyectan otro gramo de estricnina y le animan a continuar dado que va en cabeza. Tiene un amago de desmayo y pone las manos en el suelo, pero lo levantan y continuará corriendo hacia la meta.

Llegará a meta entre empujones y ánimos y como moribundo, pero se proclamará campeón olímpico con un tiempo notablemente superior a los registrados por los hasta entonces únicos dos vencedores olímpicos del maratón.

Como comenté líneas atrás, se tardaron tres horas en reanimar a Thomas Hicks. El médico que lo atendió advirtió de que una tercera dosis de estricnina le hubiese causado la muerte.

La estricnina es un estimulante.

También es la base química para elaborar los raticidas.

Aquel fue el primer caso de ayuda química registrado en el deporte.

El primer campeón olímpico dopado.

A partir de su caso se establecieron las primeras, aunque muy ligeras, medidas contra las sustancias químicas en el deporte.

Thomas Hicks. Remolcado.

P.D: Cuarto clasificado finalizó un cubano llamado Félix Carvajal. Pobre, de apenas 155 centímetros de altura, mendigó en su La Habana natal para costearse un pasaje a Estados Unidos. Llegó a Sant Louis como polizón en vagones de ganado, robando fruta para comer y ayudado por buenas gentes. Corrió con un pantalón de trabajo y sin camiseta. Se convirtió en un héroe y Coubertin pagó de su bolsillo el pasaje de vuelta a Cuba en donde fue recibido con vítores y ejerció de cartero hasta su fallecimiento.

El Comité Olímpico Internacional explotó en los años siguientes la historia de Félix Carvajal hasta la saciedad y ocultó lo máximo posible el nombre de Thomas Hicks como campeón olímpico.

Hicks fue el primer dopado y también el primer proscrito.

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Steve Prefontaine y el origen de las zapatillas Nike

El 30 de mayo de 1975 Steve Prefontaine acudió a una fiesta universitaria. El día anterior había competido en una carrera y, como en él era costumbre, la había resuelto con una victoria. Cuando llegó al festejo era el amo del cotarro. Repartió unos cuantos abrazos, saludó a algunos amigos, departió con unos cuantos desconocidos y coqueteó con alguna chica. Pero estaba cansado y decidió retirarse pronto. Subió a su coche con el objetivo de volver a casa. A la mañana siguiente tocaba entrenamiento. Aquel día había chispeado, y entre eso y el calor primaveral, la noche se presentaba húmeda. La niebla baja afectaba a un camino sombrío dominado por la vegetación. Se sucedieron un par de malas curvas y en una de ellas un coche se cruzó en su camino. Prefontaine dio un volantazo para evitarlo y acabó estrellándose contra un abeto. Un par de días después se celebró en Hayward Field, el estadio de la Universidad de Oregón, su funeral. Bill Bowerman leyó un conmovedor panegírico alabando al chico que nunca se rendía, instantes antes de que el coche fúnebre diese la vuelta al estadio a la velocidad a la que Prefontaine solía acabar sus carreras. El público caminó esos últimos 400 metros en un profundo silencio.

Fue la única vez que Steve Prefontaine corrió en ese estadio sin el rugido de sus aficionados.

Tenía 24 años.

En los años 70 Estados Unidos estaba sumido en una profunda depresión. A la revolución por los derechos civiles de la minoría negra y al levantamiento juvenil que había aflorado en la década anterior, se le añadía la confirmación del desastre estadounidense en la guerra de Vietnam. Estados Unidos cambió de la noche a la mañana. Y entre esa nueva forma de entender la vida estaba el correr por correr. En las grandes metrópolis los yupis empezaron a hacer footing y el aficionado norteamericano comenzó a considerar suyos a los atletas de medio fondo.

Steve Prefontaine era el abanderado de su tiempo. Llegó a poseer al mismo tiempo todos los récords nacionales desde 1.500 a 10.000 metros. Era un icono de la juventud. Un icono de los 70. Ayudaba su imagen, sus piernas, su carisma y su aspecto desaliñado. “La gente compite para ver quién es más rápido, yo para ver quien tiene más agallas”, exclamaba con firmeza. Era diferente por su forma de pensar y de actuar. La gente le adoraba y en la Universidad de Oregón empezaron a circular por todo el campus sudaderas y camisetas con su nombre en lugar de con el nombre del centro. La gente cursaba sus estudios en la de universidad Steve Prefontaine.

Prefontaine había ingresado en la Universidad de Oregón en 1970. Situado en la región más lluviosa de Estados Unidos, el Estado de Oregón es uno de los que más fervientes aficionados al atletismo tiene en todo el país. El responsable del reclutamiento era Bill Bowerman, quien estaba convencido de que Prefontaine se iba a convertir en el mejor atleta del mundo. Bowerman era un ex militar que descubrió a Prefontaine en un campeonato infantil. Era un técnico estudioso, detallista y metódico. Un gurú. Tenía una máxima que rezaba; “Dios determina lo rápido que vas a correr. Yo me ocupo de la mecánica”. Adelantado a su época, diseñaba sus propias zapatillas en el garaje de su casa con la ayuda de su mujer. Estaba obsesionado con mejorar el rendimiento de sus discípulos, aunque para ello tuviese que adentrarse en terrenos insospechados.

Pero mientras seguía innovando con sus zapatillas caseras, Bowerman se dedicó a preparar a Prefontaine. Steve asombró en las clasificatorias estadounidenses y con sólo 21 años se veía favorito para los Juegos de Múnich. Aunque tenía varias marcas válidas en diferentes distancias, se decantó por correr los 5.000 metros. Empezó la final fiel a su estilo, a ritmo de mitin y con continuos cambios de cadencia que levantaban al público de sus asientos. Pero, como era de esperar, le acabó traicionando su carácter explosivo y su inconformismo. Fundido, acabó cuarto y sin tocar metal, en una prueba que concluyó ganando el finés Larse Viren.

Bowerman ya le había advertido de que sería necesario que se guardase fuerzas para el final, pero Prefontaine no le hizo caso. No se puede domar a un caballo salvaje. Cogía la cuerda de la pista y ya no la soltaba hasta el final. O eso, o moría en el intento. Se había convertido en una celebridad corriendo así y así lo seguiría siendo siempre.

Y a la gente le encantaba. Era todo corazón. Era puro arte.

A pesar del apoyo de la gente, a Prefontaine le costó superar aquel fracaso. Por entonces los atletas eran amateurs y a Steve le ofrecieron millones por disputar mítines en ciudades de medio mundo. Estuvo tentando a aceptarlo, pero finalmente no lo hizo. Con ayuda de Bowerman se propuso lograr el oro en los Juegos Olímpicos de 1976. Y para ello iba a tener el auxilio de unas zapatillas revolucionarias.

Por entonces la firma predominante en el tartán era Adidas. Las zapatillas alemanas eran el referente mundial y sus éxitos en los Juegos Olímpicos las convirtieron en la primera opción para cualquier deportista. De hecho, aunque Prefontaine usó alguna vez zapatillas Puma, en su victoria más celebrada en los clasificatorios estadounidenses para los Juegos de 1972 calzaba unas Adidas. En aquella celebre carrera en la que estableció un nuevo récord del mundo de los 5.000 metros acabó dando una vuelta de honor con una icónica camiseta que ponía ‘Stop Pre’, y que pronto se convirtió en prenda de culto en la cultura hippie.

Concretamente las zapatillas de Prefontaine eran unas ‘Adidas Tokyo’ que, como es fácil de deducir, fueron arrojadas al mercado en los Juegos Olímpicos de dicha ciudad. Como por entonces no se lanzaban nuevos modelos cada dos por tres, ese revolucionario diseño estuvo en vigencia desde 1964 hasta 1972. Eran unas zapatillas, hoy legendarias, con una lengüeta blanca y una X en el talón. Con alguna variación, es el modelo habitual de las barrigas cerveceras que sudan una vez por semana en las pistas de fútbol sala.

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Adidas Tokyo. Un clásico

Pero en 1973 Prefontaine iba a calzar por vez primera unas nuevas zapatillas. Se trataban de unas ‘Nike Pre Montreal’, pensadas y diseñadas para él, de ahí que llevaran el sufijo de ‘Pre’. Se trataba de unas zapatillas de una sola pieza y sin costuras que combinaban el verde y el amarillo, los colores de la Universidad de Oregón.

Por entonces las zapatillas eran un peso muerto contra el que los atletas tenían que luchar. No solo era el viento y los rivales, también había que pelear contra una enorme carga aerodinámica que se convertía en lastre para cualquier atleta. El objetivo era aligerar la zancada al golpear el pie con el suelo. El objetivo era buscar el dopaje tecnológico.

Para diseñar sus zapas revolucionarias, Bowerman había determinado que si conseguía quitar 28 gramos a la suela de una zapatilla los corredores se ahorrarían el esfuerzo de levantar 50 kilos de peso por cada milla recorrida. La pregunta era cómo hacerlo y fue su mujer quien le sugirió la idea una mañana mientras preparaba unos gofres. Bowerman esparció caucho líquido por la plancha de los gofres y el resultado fue una suela con forma de rejilla, más ligera y capaz de amortiguar las pisadas.

Bowerman tenía sus zapatillas y tenía claro quién iba a ser el primero que las probara. Steve Prefontaine las vio y frunció el ceño, pero tras dar una vuelta a la pista lo tuvo claro. Esas eran las zapatillas. Bowerman le diseñó unas exclusivas y adaptadas a sus pies que apenas pensaban 85 gramos cada una.

Mientras Bowerman le daba a la materia gris, un ex atleta suyo llamado Phil Knight se convirtió en representante de Estados Unidos de la, por entonces, modestísima marca japonesa de zapatillas Asics. Knight le pidió a Bowerman que le vendiera unos cuantos modelos a sus alumnos, pero la respuesta de Bowerman fue otra. Convenció a Knight para que se convirtiera en su socio y a través de la base de Asics crear una marca nueva y modificarla. Dicho y hecho, hicieron un primer pedido a Japón de 500 pares y tras introducir varias modificaciones con los diseños de Bowerman crearon la marca Onitsuka Cortez.

Era de esperar que Asics comenzara un litigio por los derechos de las nuevas zapatillas. Y así fue. Por lo que en 1972 los dos empresarios estadounidenses fundaron Nike. Escogieron el nombre en honor a la diosa griega de la victoria, capaz de volar y de correr a gran velocidad y cuya efigie aparece en el anverso de muchas de las medallas olímpicas.

Fue así como Prefontaine se convirtió en icono y en primer deportista patrocinado por Nike. Las zapatillas que Prefontaine popularizó llevaron el nombre de Oregon Waffle (gofre en inglés) y en los Juegos Olímpicos de 1976 ya eran mayoría entre los atletas estadounidenses. Quien no las pudo calzar fue el propio Prefontaine, que falleció en el referido accidente de coche que sesgó su vida con apenas 24 años mientras se preparaba para los que iban a ser sus Juegos. “Se ha muerto el alma de Nike”, sentenció Bowerman.

1974 Original Nike "Waffle Trainers" Sneakers.... Miscellaneous ...
Las primeras Nike. Todo a base de gofres.

Cuando la década de 1980 esbozaba sus inicios, las zapatillas deportivas pasaron de ser un objeto de deportistas a integrarse en la cultura urbana. Por entonces Nike seguía viviendo de la fama de Steve Prefontaine, pero sus competidores habían desarrollado sus propios modelos y se encontraban en una posición mucho mejor para afrontar el nuevo mundo de patrocinio y ventas que se les avecinaba.

Todo cambiaría cuando en 1984 Michael Jordan firme un contrato astronómico con Nike.

Pero esa es otra historia.

“Para mí el mejor ritmo es un ritmo suicida. Cualquier día de carrera es un gran día para morir.”, Steve Prefontaine.

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El atletismo se asoma al abismo

El pasado 6 de octubre el etíope Lesisa Desisa entraba triunfal en el estadio Khalifa de Doha y se proclamaba campeón del mundo de maratón. Apenas 5.000 espectadores presenciaron su victoria y menos aún la entrega de medallas. Dicho triunfo le reportó a Desisa, además de la honra y la gloria, una ganancia de 50.000 dólares. Una semana más tarde el keniata Eliud Kipchoge, quien había renunciado a competir en el Mundial, corría en un circuito diseñado ex proceso para su lucimiento en Viena ante 30.000 enfervorizados transeúntes batiendo el récord mundial de maratón. Millones de personas siguieron a través de la televisión y de las redes sociales la hazaña de Kipchoge. Muchas de esas personas lo hicieron sentados en el sofá de sus casas de Doha, cuando una semana antes ninguno de ellos pudo haber visto la victoria de Desisa ya que ninguna televisión qatarí emitió en directo el Mundial de atletismo que su propio país organizaba. Patrocinado por Ineos y por Nike, Kipchoge recibió 1.000.000 de dólares por bajar de las dos horas en el maratón. ¿Qué está pasando? ¿Por qué el atletismo se asoma al abismo?   

El atletismo está en un proceso irremediable de autodestrucción. Como entretenimiento y consumo para los jóvenes está en estado de putrefacción. Escondido de la parrilla televisiva por el desinterés de los millennials. El abandono del atletismo viene de lejos. Desde que a finales de los 80 los héroes de los niños acabaron con los ojos rojos, las manos esposadas y rodeados de periodistas que en vez de preguntar por marcas hacían un doctorado en farmacología. Lo curioso es que mientras el atletismo profesional se hunde el amateur crece sin descanso. Gente de todas las edades corre entre adoquines y senderos y las zapatillas y las sudaderas han sustituido a los zapatos y a la chaqueta como prenda de uso cotidiano.

El atletismo está anquilosado en el pasado. Disciplinas como el lanzamiento de martillo, el decatlón o incluso los 10.000 metros no entran dentro de los gustos de los jóvenes urbanitas. Acostumbrados a la imagen desde el nacimiento y a conseguir todo de forma instantánea, disciplinas como el surf, el básquet 3×3 o el skate combinan la sencillez, la adrenalina, el dinamismo y el movimiento con soberana sencillez.

Los jerarcas del atletismo no han sido capaces de cambiar esta tendencia. Parecía que Sir Sebastian Coe lo iba a lograr, pero una vez retirado Usain Bolt nada ha cambiado. Varios miembros de la IAAF están acusados de corrupción, han perdido la preponderancia en la gestión de los ingresos televisivos en los Juegos Olímpicos y no han sabido tratar ni con respeto ni con coherencia el caso Semenya. Desde su estreno en 1983, los campeonatos mundiales de atletismo han sido degradados en prestigio y en popularidad hasta llegar a su punto más bajo en los recientes celebrados en Qatar. Mal ubicado en el calendario y en un estadio vacío de espectadores, el Mundial de Doha evidencia el declive del más puro de los deportes.

Toda la tecnología y los petrodólares del fastuoso estadio Khalifa no impidieron la desgracia fuera del tartán. En la maratón femenina la mitad de las participantes abandonó bajó una humedad insoportable y con temperaturas superiores a los 30 grados a la 01:00 de la mañana. En el estadio las buenas marcas pasaron inadvertidas. Casi no había espectadores. El gobierno qatarí pagó de su bolsillo las entradas de los inmigrantes africanos que ayudan a levantar los imponentes rascacielos del país. En la final de los 100 metros, la prueba más espectacular y esperada del atletismo, había poco más de 8.000 espectadores en las gradas. La finalista en salto de longitud Ana Peleteiro describió que el silencio y la sensación de calor le recordaban a cuando uno estaba solo en casa cocinando y abre de forma repentina el horno.

Fue un campeonato al aire libre que enjuiciaba a la pista cubierta. El ambiente artificial del estadio, climatizado a 23 grados y en el que no hubo lugar ni para una mísera brisa, ha sido bueno para las marcas dentro del estadio. Si la humedad y el viento están controlados es obvio que las marcas tienen que ser excelentes. Por eso Sebastian Coe sostuvo con orgullo que no recordaba ningún campeonato con tanta calidad en tantas disciplinas. Pero Coe se encarga de obviar lo obvio. Todo fue artificial. Fue un mundial de incógnito.

Siendo el medioambiente la causa de lucha de gran parte de la juventud universal, el Mundial de atletismo de este año se celebró en Qatar, un pequeño país de poco más de 2 millones de habitantes pero que es el quinto mayor emisor de dióxido de carbono del mundo. El estadio Khalifa costó 81 millones de euros y sabe Dios el coste energético y de emisiones de mantener durante 10 días un estadio abierto al sol a 22 grados cuando en el ambiente se superan los 40.

Nuestros hijos van a vivir en un mundo dominado por Asia. El mapa eurocéntrico se ha quedado viejo y en el nuevo mapa mundial Asia está en el centro. El dinero, y con el dinero el futuro, está en Asia. Esto no sólo ocurre en el atletismo. España ha ganado el Mundial de baloncesto en China, con cientos de sillas vacías en las gradas y con chinos vestidos de rojo animando sin ton ni son a jugadores que ni conocen ni quieren conocer. El Mundial de natación se celebró en Corea del Sur, dentro de dos años se celebrará en Japón, en 2023 en Qatar y en 2025 viajará a Rusia, el menos europeo de los países europeos. En Rusia se celebró el de fútbol de 2018 y a Qatar nos iremos en 2022. Para que los países con tradición puedan aspirar a organizar un evento deben unir fuerzas, promover candidaturas conjuntas, como pretenden Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile para el 2030. Deportes muy enraizados en la psique como el tenis o el ciclismo han abierto sus fronteras a Asia donde los premios económicos soliviantan el prestigio. Desde Atenas 2004 los Juegos Olímpicos sólo han ido a megalópolis y tan sólo los de invierno, mucho más modestos, aún pueden ser reclamados por urbes manejables.

Pero justo el fin de semana después de que el Mundial se clausurara en la más absoluta clandestinidad mediática, las televisiones de medio mundo abrían sus informativos con la hazaña de Eliud Kipchoge. Sus 1:59:40 lo convirtieron en el primer ser humano que baja de las 2 horas en un maratón. Es una proeza sideral. Significa romper con lo establecido. Significa correr durante 2 horas a 21 km/h.

https://www.youtube.com/watch?v=0q43l_i89y0

La gesta de Kipchoge no es oficial. Una furgoneta marcaba el ritmo ayudándose de una luz verde y cinco atletas en forma de v se encargaron de formar una cuña que evitaba la aparición de una molesta brisa en la pisada. Las liebres de Kipchoge entraron y salieron continuamente para mantener un ritmo brutal cual martillo pilón. Llevaba unas zapatillas Nike con un muelle en la suela que permiten un ligero brinco que aumenta la velocidad realizando un menor gasto energético. Le acompañaron también cuatro asistentes en bicicleta provistos de ordenadores que se encargaron de darle agua y suministrarle cumplida información de su hazaña.

¿Y a alguien le importa que no sea un récord oficial? A nadie. A NADIE le importa que el récord nunca vaya a ser oficial y que haya violado las reglas básicas del atletismo internacional. Kipchoge ha pisado la Luna y ha vuelto para contarlo. A nadie le importa porque las estrellas del atletismo han querido estar con él. Lagat, Barega, Centrowitz o los hermanos Ingebrigtsen, los nuevos niños estrella del atletismo mundial, han querido ser liebres de Kipchoge a pesar de saber que el récord es de mentira.

El reglamento de la IAAF es muy claro y establece en su artículo 143 que “unas zapatillas no deben estar construidas de tal modo que proporcionen a un atleta una ventaja o una ayuda injusta.” Pero el debate es mucho más complejo. La tecnología está reñida con la pasión. Siempre ha habido avances en zapatillas y en camisetas. Hemos pasado de la ceniza al tartán y del bambú a la fibra de carbono. El debate está en si correr es algo natural o si es un desfile militar.

Hace una década se batían día sí y día también récords del mundo de natación con los famosos bañadores de poliuretano. Hubo que retirar el plástico para no matar a la natación. Hoy la natación se ha reconciliado consigo misma. Como en la natación, en el atletismo hay partidarios y detractores en la barra libre de tecnología o de dopaje. Los primeros apuestan por el libre mercado, los segundos consideran que no todos tienen la misma capacidad económica por lo que se debe regular o prohibir los avances.

El problema del atletismo es la ausencia clara de regulación. El atletismo debe encontrar el equilibrio entre tecnología y tradición, pero siempre recordando que el factor humano debe seguir siendo la clave si no se quiere convertir al atletismo en la Fórmula 1. Y lo más importante, debe conseguir que los millennials que van al gimnasio, hacen senderismo y se preocupan por su cuerpo y por el medioambiente, sientan la misma fascinación por aquellos que hacen lo mismo que ellos pero de forma profesional.

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Apuntes sobre el maratón

Existen diversas barreras fisiológicas que los deportistas de élite han roto para así desmontar los tratados de la medicina y de la biología médica. Se ha bajado de los 4 minutos en la milla, de los 10 segundos en los 100 metros lisos y parece que más pronto que tarde también se ultrajarán las 2 horas en la prueba del maratón. Aprovechando la buena climatología y la planísima orografía de la ciudad de Berlín, el keniano Eliud Kipchoge batió el pasado 16 de septiembre de 2018 el récord del mundo de maratón (42 kilómetros y 195 metros), estableciéndolo en 2h 1m 39s, siendo el primer ser humano que baja de las 2h 2m.

La disciplina del maratón es la prueba más simbólica del atletismo. La carrera de la resistencia. Bebe de la leyenda de Filípides, quien en el año 490 a.C. recorrió los aproximadamente 42 kilómetros entre Maratón y Atenas para comunicar a los atenienses que la coalición de ciudades-Estado griegas habían derrotado al ejército persa. Una vez acabado el encargo se dice que Filípides cayó al suelo víctima de un paro cardíaco.

La hazaña es lustrosa, pero es ficción. Aunque lo interesante es que, haciendo válido el dicho, la realidad supera a la ficción. Y con creces.

Según el historiador Herodoto, los vigías de Atenas observaron en un amanecer como la armada persa se dirigía a desembarcar en el puerto de Maratón. Los atenienses encargaron a un joven llamado Filípides que se desplazara a la ciudad aliada de Esparta para pedir refuerzos. En total eran algo más de 200 kilómetros. Parece ser que Filípides pernoctó a mitad de camino, y efectivamente, al llegar a Esparta y dar el mensaje se desplomó en el suelo y falleció en el acto.

Así pues, si a alguien le parece poco un maratón siempre puede emular a Filípides y disputar un sparthalón, la salvajada de carrera entre Atenas y Esparta que se celebra anualmente el último fin de semana de septiembre y que es 6 veces más larga que un maratón.

Cuando en 1896 se disputaron en Atenas los primeros Juegos Olímpicos modernos, el maratón iba a ser la prueba estrella. Se fijó en 42 kilómetros la distancia, en parte por la errónea leyenda de Filípides y en parte porque ya se consideraba de por sí una distancia sobrehumana. Era un trayecto que no formaba parte del concepto moderno del atletismo y que no era practicado en ningún instituto o universidad tanto europea como estadounidense. Sin embargo, Pierre de Coubertin, presidente del Comité Olímpico Internacional, decidió crear esa prueba como homenaje a los orígenes helenos del olimpismo.

Para orgullo del joven nacionalismo griego, el primer vencedor olímpico de maratón fue Spiridon Louis, un vendedor de agua de 24 años que como preparación estuvo un par de días antes del evento sin comer ni beber. Como regalo por su triunfo recibió un carro y un caballo con los que poder ejercer su costoso trabajo por las calles de Atenas sin cargar con pesados barriles de madera llenos del preciado líquido. En Grecia, la expresión ´égine Louis´ (haz como Louis) es sinónimo de hacer algo con mucha celeridad.

Doce años después los Juegos Olímpicos tuvieron lugar en Londres. Se dice que fue la edición que salvó al olimpismo. Por primera vez se construyó un estadio olímpico, se concentró el calendario en dos semanas (salvo un par de deportes) y lo más importante, para el tema que nos ocupa, se estableció la distancia definitiva del maratón, 42 kilómetros y 195 metros.

En plena época imperial, la metrópolis de Londres convirtió el maratón en un homenaje a la realeza británica. La prueba saldría del castillo de Windsor para finalizar en el estadio olímpico, justo delante de la tribuna real, presidida por el rey Jorge V. El problema es que aunque el rey iba a estar en el estadio, el resto de la familia real se quedaría en el castillo. Era un día lluvioso y no se contemplaba que la reina y el Príncipe de Gales bajasen al jardín a mezclarse con la plebe, por lo que hubo que pintar la línea de salida justo debajo del balcón de la puerta Este del castillo. Ese ligero cambio implicó la añadidura de 195 metros a los 42 kilómetros de la prueba, quedando para la posteridad el establecimiento de tan curiosa distancia y dotando de más literatura a la leyenda del maratón.

En aquella edición de 1908 salió victorioso el estadounidense John Hayes, si bien el vencedor moral de la prueba fue el italiano Dorando Pietri. Totalmente deshidratado, Pietri entró en el estadio olímpico en un destacado primer lugar pero desorientado y a un tris del derrumbe. Empezó a dar la vuelta final en sentido contrario, por lo que los jueces tuvieron que ayudarle a girar 180 grados ante los vítores de una multitud compungida. Pietri llegó a caerse al suelo hasta en cinco ocasiones antes de cruzar la línea de llegada, y en todas ellas tanto jueces como aficionados (entre ellos el escritor Arthur Conan Doyle) se ocuparon de levantarlo y redirigirlo hacia la meta. Más mal que bien llegó el primero, pero minutos después fue justamente descalificado por haber recibido ayuda externa. Hayes se llevó el oro olímpico, aunque Pietri se convirtió en una celebridad en la época y hasta recibió un trofeo de plata de manos de la reina Alejandra.

Lo cierto es que el ser humano está programado para recorrer grandes distancias. Según biólogos y antropólogos todo se debe a que, a diferencia de otros mamíferos, tenemos capacidad para disipar el sudor mientras corremos. De ahí que el ser humano pudiese sobrevivir pacientemente en la sabana africana corriendo detrás de sus presas e incluso a la espera de que estas falleciesen a causa de un golpe de calor. Esta misma teoría evolutiva explica porque hemos desarrollado nuestra capacidad de aguante y en contra no hemos hecho lo mismo con la explosividad muscular tan típica de otros mamíferos depredadores.

Está estimado que para correr un maratón en menos de 2 horas hay que mantener una media de 21 km/h, similar, por ejemplo, a la de un ciclista subiendo un puerto con una pendiente media del 10% y con el hándicap de llevar el peso de un utensilio de 7 kilos de peso. En algo más de un siglo se ha rebajado en casi 1 hora el tiempo de Spiridon Louis de 1896.

No sabemos si el hombre que pasará a la historia será Kipchoge o algún otro, pero, se puede asegurar que procederá de África, y rizando el rizo, hasta podríamos ajustar y decir que surgirá de África Oriental. Un estilo de vida donde no existe el transporte a motor y donde la múltiple actividad física realizada desde niño se expone a más de 2.000 metros de altura, concede a keniatas, ugandeses o etíopes una considerable ventaja. Si a esto añadimos que por una cuestión social correr es la única forma de salir de un modo de vida primitivo, tenemos el caldo de cultivo para presenciar un nuevo hito en la evolución de la especie humana.

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Carros de fuego

Verano. Tiempo de los Campeonatos de Europa de Atletismo. Turno de deporte en la calle. Época de correr. Calzarse las zapatillas y disfrutar de jardines, ríos, valles o de la brisa del mar. Insertamos los cascos en los oídos y ponemos nuestra lista de Spotify. Alguno prefiere techno, otros rock duro y los demás chill out o instrumental. Pero entre las canciones más memorables a la hora de quemar el asfalto ninguna como los sintetizadores y los teclados de Vangelis y su ‘Chariots of Fire’.

La banda sonora de la película ‘Carros de fuego’ (1981) ha pasado al imaginario colectivo como la canción por antonomasia para una carrera o para un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.

De hecho, el filme no es fácil de digerir. Al contrario de lo que pueda parecer por la temática a tratar, es una película lenta, incidiendo, especialmente en la primera parte, en la formación de los dos jóvenes protagonistas, sus miedos, sus vivencias y sus inquietudes personales. En la segunda parte, la trama se centra más en el aspecto deportivo, pero lo que llevó a la película a la gloria fue el uso y la combinación de la cámara superlenta con la banda sonora y una perfecta ambientación, documentación (las escenas fueron rodadas en la pista del estadio olímpico de Colombes y coinciden las calles y los dorsales de todos los atletas) y vestuario de los años 20, cuando se desarrolla la trama. ‘Carros de fuego’, a semejanza de otras películas deportivas como ‘Rocky’ o ‘Evasión o victoria’, alcanzaron la aceptación de público y crítica porque son historias humanas de superación, amistad y compromiso en las que el deporte sólo aparece como instrumento secundario para convertir en éxito el drama social.

‘Carros de fuego’ cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Lidell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Lidell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Lidell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de porqué tan singular título para una película de atletismo, y es que ‘Carros de fuego’ hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.

—Los JJ.OO—

Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford y pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados.

Eric Lidell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Lidell tenía 6 años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le llevaría a licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar 2 torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.

Abrahams ya había participado en los JJ.OO de 1920 pero esperaba alcanzar la gloria en 1924. Lidell abandonó el rugby y decidió prepararse en exclusiva para la cita parisina. Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.

Pero Lidell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Lidell era un predicador protestante y cuando obtenía una victoria siempre exclamaba; “el Señor guía mis pasos”. Así, meses antes de los JJ.OO, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Lidell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.

Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Lidell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y era un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad.

En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un “religioso radical” a los JJ.OO. Otros, deslegitimaron a Lidell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Lidell estuvo en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra.

A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Lidell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.

Quedaba la final de los 400 metros.

Cuentan que antes de la final de los 400, Lidell recibió una nota anónima en su habitación que rezaba “aquel que me honra será honrado por mí”, cita del Libro de Samuel. Quien sabe que si con ayuda divina o no, pero Lidell, por la calle siete, sin referencias de sus rivales, corrió como nunca había hecho. Con un estilo poco académico, con la cabeza inclinada y la boca abierta, alcanzó la victoria logrando la medalla de oro y destrozando el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.

Después de Paris, Lidell siguió los pasos de sus padres y se marchó a China a seguir con su labor evangelizadora. De hecho, Lidell es el gran protagonista de ‘Carros de fuego’ y su vida, antes y después de los JJ.OO, no necesita de Abrahams para ser digna de elogio (Abrahams se convirtió al catolicismo y hasta su muerte siguió ligado al mundo del atletismo como escritor, comentarista y directivo). En China, Lidell combinará los ejercicios espirituales con los atléticos, ya que también ejercerá de entrenador. Se casó con una canadiense y tuvo 3 hijos, pero su vida cambió radicalmente con el estallido de la II Guerra Mundial y la ocupación de China por tropas japonesas. Su familia emigró a Canadá pero Lidell decidió quedarse por lo que fue capturado y llevado a un campo de concentración. Allí era llamado por todos ‘el tío Eric’ porque estaba siempre levantando la moral de los presos y preparando pruebas deportivas que entretuvieran a los recluidos. Tuvo ocasión de lograr la libertad tras un acuerdo de intercambio de prisioneros entre Japón y el Reino Unido, pero decidió ceder su plaza a una mujer embarazada y afrontar lo que le quedase de vida como cautivo. Allí fallecería en 1945, al parecer por culpa de un tumor cerebral, aunque su salud ya estaba quebrada a causa de las insalubres condiciones del campo.

“¡Ganemos! Pero luzcamos una corona de modestia.”

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La milla de Bannister

La semana pasada el mundo del deporte en España se sobresaltaba por el fallecimiento de Enrique Castro ‘Quini’, excepcional delantero que labró su carrera en el Sporting de Gijón añadiendo un par de brillantes temporadas en el FC Barcelona. Confieso que la imagen que tenía del ariete asturiano era la de un tosco cazagoles, pero visionando alguno de sus mejores tantos que estos días han circulado por la red, me ha sorprendido con un repertorio de recursos técnicos con los que no contaba. El caso es que en esa misma semana, y coincidiendo con la celebración del Campeonato Mundial de Atletismo en Pista Cubierta, también fallecía Roger Bannister, un personaje capital en el deporte internacional. El hombre que derrotó a la milla. El neurólogo del atletismo.

El récord de la milla llevaba anclado en 4´02’’ desde la época de la II Guerra Mundial. El objetivo era bajar de los 4 minutos. 240 segundos. Hoy el récord del mundo está en 3’43’13’’ (Hicham El Guerrouj) pero hace seis décadas reducir la marca por debajo de los 4 minutos se consideraba un límite inexplorado para la humanidad. Era una cifra icónica.

Una milla es algo tan inglés como una taza de té. Corresponde a 1609,34 metros, y a pesar de que es una medida en desuso y de que no es una distancia que forme parte de las disciplinas olímpicas, forma parte de la mitología del atletismo. El deporte moderno había nacido en Inglaterra, y el mundo, hasta 1939, era británico. En 1954 el sistema métrico decimal ya era el que regía los pesos y medidas universales, pero la milla seguía siendo una distancia sagrada para los atletas.

La crónica explica que en una mañana lluviosa del 6 de mayo de 1954, Bannister acabó su trabajo de prácticas en el Hospital de Sant Mary de Londres (en el mismo laboratorio donde Fleming descubrió la penicilina) y al mediodía tomó el tren camino de Oxford. Una vez allí, se quitó el pantalón y la gabardina, se calzó las zapatillas deportivas y se dispuso a acometer la hazaña de batir el récord del mundo. Dos compañeros, Chris Baxter y Cristopher Chataway, hicieron de liebres durante el primer kilómetro.

Todavía estamos en la época de la heroica y de la épica. De la lucha del ser humano contra desafíos naturales y de episodios románticos dignos de elogio. Para Gran Bretaña, tocada y hundida como potencia tras la II Guerra Mundial, se iniciaba un doloroso proceso de descolonización y de pérdida de supremacía global. Hazañas como las de Edmund Hillary, que sólo un año antes había alcanzado la cima del Everest, servían para recuperar el orgullo herido. Bajar de los cuatro minutos en la milla era una de esas gestas herculinas.

Entonces el atletismo era completamente amateur. La pista de ceniza de la Universidad de Oxford sirvió como lugar para cumplir el objetivo ante la atenta mirada de cientos de estudiantes, algún periodista y un par de miembros de la IAAF para corroborar el récord, en caso de que lo hubiese. También había una cámara de la BBC, y, por ello, contamos con unas preciosas imágenes que atestiguan la proeza.

A falta de 440 yardas (unos 400 metros) se consideraba que el récord era imposible. Bannister tenía que recorrer la última vuelta en 59 segundos, en una pista de ceniza encharcada de barro y agua, y con el viento de cara y sin el apoyo de sus liebres. Alto, y de fuerte zancada, Bannister apretó los dientes y se dispuso a dejar un registro para la historia.

No eran tiempos de marcadores electrónicos y el público esperaba ansioso a que el encargado de la megafonía diese a conocer el tiempo cronometrado por los jueces. Cuentan las crónicas que el encargado de tan solemne momento lo hizo con toda la parafernalia que se le presupone a un caballero inglés, tirando de galantería, flema y compostura. Después de dar las gracias a los asistentes por acudir a la carrera, de nombrar la procedencia y el nombre de los corredores presentes y de agradecer a la Universidad de Oxford la cesión de sus instalaciones, afirmó que Bannister había conseguido un nuevo récord británico, récord europeo y mundial. Y sólo entonces, cuando la expectación del respetable era colosal, sólo entonces, lo dijo… 3’59’4’’.

New York Times tituló: “Roger Bannister alcanza uno de los objetivos inalcanzables hasta ahora por el hombre”. Lo curioso es que el récord sólo duró 49 días, momento en el que fue batido por el australiano John Landy. Mes y medio después, Bannister lo volvió a superar. En poco más de un trimestre se consiguió hasta en tres veces lo que nunca antes se había hecho.

Y a partir de ahí nada más. A finales de aquel año Bannister abandonó el atletismo y empezó su carrera como neurólogo. Nunca ganó una medalla olímpica. En 1952 había sido cuarto en los 1.500 metros. Por aquel entonces nadie se ganaba la vida corriendo. De hecho, Bannister fue un afamado neurólogo y en la Facultad de Medicina de Oxford hay una sala de investigación que lleva su nombre. Y no. Contrariamente a lo que se pueda suponer, su nombre está gravado en el alto de la puerta por sus méritos en el campo de la ciencia y no por lo hecho en una pista de atletismo.

En sus memorias, Bannister comentaba que había aprendido a correr como una liebre “bajo la lluvia de bombas de los bombarderos”. En ese mismo libro disertaba: “Es extraño que una acción intrínsecamente simple y sin importancia como poner un pie delante de otro durante 1760 yardas (una milla) lo más rápido posible se haya convertido en un logro deportivo tan importante. Creo que su atractivo reside en su simplicidad; no exige dinero ni equipamiento ni un físico especial, ni sabiduría, ni educación. En un mundo de creciente complejidad tecnológica destaca como una declaración ingenua de la naturaleza humana. Usando simplemente sus dos pies, una persona puede superar tremendas dificultades para alcanzar una cumbre desde la que puede proclamar que nadie había hecho eso antes”.

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Frank Shorter; el hombre que hizo que el mundo corriera

Como todos los años desde 1970, el primer domingo del mes de las ánimas, o primer domingo del mes de Halloween, que dirán los ‘millennials’, o primer domingo del Samaín, que dirán los nuevos enxebres, se celebró una nueva edición del Maratón de Nueva York. Una prueba icónica para el deporte popular y para los ‘runners’ en particular que discurre por uno de los parajes urbanos más significativos jamás diseñados por el ser humano. Fluye por los cinco barrios emblemáticos de la llamada ‘Gran Manzana’. Inicia su aventura en Staten Island, alcanza el puente Verrazano, los barrios de Brooklyn y Queens, cruza Manhattan y asciende por el empinado Bronx antes de finalizar en Central Park.

Hoy es la cima de muchos deportistas amateurs y un icono del estilo de vida del siglo XXI; tecnología (dispositivo informático), deporte (correr) y comida sana (productos naturales). Hace medio siglo disputar una maratón por placer era la idea de unos hippies que querían destrozar el ‘American way of Life’; tecnología (coche), deporte (desde el sofá) y comida sana (cualquier cosa en cantidades industriales). Un hombre blanco, joven, de buena familia, un yanqui, un hijo de Nueva Inglaterra, ayudó a popularizar el ‘running’ a partes iguales entre corbatas y maletines caros por un lado y martillos, gafas de seguridad y camisas de cuadros por el otro.

Frank Shorter era un estadounidense que nació en Múnich. Lo hizo porque su padre era un médico militar que estuvo destinado en Alemania en los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial. La mezcla de disciplina castrense y germana contagió a Frank que se convirtió en un adicto de las pruebas de fondo de atletismo. Su valía le otorgó una beca deportiva, aunque la verdad es que no le hacía mucha falta, ya que por sus méritos académicos fue seleccionado para cursar psicología en Yale.

A inicios de la década de 1970 Shorter era el mejor atleta norteamericano en 5.000 y 10.000 metros. También se atrevió con algún maratón, aunque no era la prueba donde más destacaba. Su momento iba a llegar en su Münich natal donde se iban a celebrar los Juegos Olímpicos de 1972. Competiría en 10.000 metros y en el maratón. En la primera prueba su objetivo era la medalla. En la segunda quedar entre los 20 primeros.

Shorter no era un atleta típico. No sólo entrenaba para la competición. Corría porque le gustaba. De noche, de tarde o de mañana. Con vecinos y con amigos. Se saltaba todas las recomendaciones de los entrenadores. Era un hippy. Un Forrest Gump de la carretera. Su vida giraba en torno a correr y pronto su desgarbada imagen y su profunda sonrisa cautivaría a todo Norteamérica.

La carrera del diez mil fue vibrante. El finés Lasse Viren batió el récord del mundo a pesar de caerse a mitad de recorrido. El vallisoletano Mariano Haro, el mejor fondista hispano del momento, consiguió un cuarto puesto increíble en la España de aquel entonces. Justo detrás de él, aparecía un atleta blanco, de anchos hombros y esqueléticos brazos, sin patillas y con frondoso bigote. Era Frank Shorter que acababa en un decepcionante quinto lugar.

Sólo cuatro días después tocaba el maratón. Una prueba mítica para los africanos y la más respetable para la vieja Europa. No para Estados Unidos. Allí lo que prima es la velocidad y el espectáculo. Para correr 42 kilómetros y 195 metros tienen dos opciones; hacer el recorrido en un confortable Chevrolet o un siempre fiable Ford.

—El colesterol—

El descubrimiento del colesterol no es actual. Ya a finales del siglo XVIII los médicos franceses de la corte ya hablaban de una sustancia aceitosa que aparecía en la bilis de los cadáveres. Un siglo después ya se discutía abiertamente del colesterol, pero, claro, no entre la plebe. Con sopa de cebolla, patatas y alguna que otra manzana poco ibas a comer. Lo de fallecer de un infarto por zanpar a reventar era una muerte reservada para los afortunados.

Al finalizar la II Guerra Mundial, Occidente asistió a una explosión comercial sin precedentes sustentada por Estados Unidos. Había mucho que comprar, pero sobretodo había mucho que comer. Occidente nunca más pasaría hambre ni estaría pendiente de los rigores climatológicos para poner un plato en la mesa. El azúcar, las neveras y la publicidad se encargaron de llenar nuestros estómagos. Después de tantas privaciones los padres sólo querían que sus hijos engullesen. Y cuanto más, mucho mejor.

Sólo una década después, la Sociedad de Cardiología de Estados Unidos advirtió que el número de infartos se había elevado considerablemente. Para 1958 advierten que “la composición de la dieta desempeña un papel fundamental en el desarrollo de la adenomatosis en las arterias tanto grandes como pequeñas”. Toma ya. Se les estaba diciendo a unos padres que habían tenido privaciones que no dieran tanto de comer a sus hijos. ¡Qué se privaran voluntariamente! Pocos hicieron caso.

Pero algo estaba cambiando. Eran los 60. Aquellos niños de la posguerra vieron el mundo de otra forma. Sin guerras. Con drogas. Con muchas drogas. Con sexo. Con mucho sexo. Pero sobretodo se volvió a apreciar la unión del ser humano con la naturaleza. Lo artesanal frente a lo industrial. Los hippies. Haz la paz y no la guerra, decían. Haz deporte y come sano, añado yo.

Volvamos al maratón. Shorter iba a participar en Münich en el sexto maratón de su vida. A los 10 kilómetros iba en un grupo con los favoritos. A los 20 kilómetros ya iba sólo. Cruzó la meta con dos minutos de ventaja sobre el segundo. Oro. Era la primera vez que un estadounidense ganaba el maratón desde que John Hayes lo hiciese en 1908. La fiebre del ‘running’ iba a estallar.

El maratón de Nueva York necesitaba una figura y ya la tenía. Shorter aparece en la televisión, en la radio, da conferencias, desfila en carreras populares… Se desata la fiebre entre los urbanitas. Pero aún hay más.

Sólo un año antes de los Juegos Olímpicos muniqueses, los entrenadores de atletismo Phil Knight y Bill Bowerman fundan Nike, una empresa de calzado y ropa deportiva de Oregon que viene a cubrir una creciente demanda en la sociedad. Aun así, apenas venden zapatillas a universitarios y profesionales del atletismo, pero el fenómeno de Shorter se encarga de hacer el resto. Cuatro años después Nike ostenta el 50% de mercado en tenis deportivos. Luego vendría el ‘boom’ de Michael Jordan. Pero esa es otra historia.

Para los Juegos de 1976 Shorter se tuvo que conformar con la medalla de plata en el maratón. Pero su legado ya estaba en funcionamiento. Los estadounidenses siguieron comiendo mal, rematadamente mal. Pero empezaron a hacer deporte y lo siguen haciendo cada vez más. Porque al final los médicos puede que tengan razón, pero suele ser más sugerente lo que hace un chico con zapatillas Nike que lo que dice un chico vestido con bata blanca.

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