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Nueve años, nueves meses y nueve días

Edwin era un portento deportivo de tal magnitud que no era de extrañar que le ofrecieran una beca deportiva para cursar sus estudios universitarios. Más raro fue su elección. Edwin decidió hacer un doble grado en física e ingeniería en la Universidad de Atlanta. Que un chico que aspira a ser atleta profesional decida cursar dos carreras al mismo tiempo era y es inaudito. Pero Edwin lo hará. Y lo hará con éxito.

Y es que la vida de Edwin Moses es física e ingeniería. Elasticidad + vallas. Su fórmula del éxito.

Edwin Moses había destacado desde pequeño en las pruebas cortas de velocidad, pero a los 20 años decidió cambiar de distancia y apostar por los 400 metros vallas. Pocos contaban con que lograra clasificarse para la citada distancia en los trials estadounidenses de 1976, pero lo consiguió logrando el mejor registro. Mayor fue la sorpresa cuando obtenga la medalla de oro ese verano en los Juegos Olímpicos de Montreal logrando una marca de 47’’64 que significaba un nuevo récord del mundo.

Era el verano de 1976. Edwin Moses había vapuleado a sus rivales. Su compatriota Mike Shine entró más de un segundo después para lograr la medalla de plata. A más de dos segundos logró el bronce el soviético Gavrilenko. Eran diferencias descomunales para tan transitoria distancia.

Aquella victoria convirtió a Moses en una estrella mundial. Fue la única medalla de oro que logró el atletismo estadounidense en dichos Juegos Olímpicos. Moses fue la luz en la época más oscura de la historia yanki. Los 70 son la década del desastre en Vietnam y del principio del fin del ideal de perfección del ‘American way of life’. Necesitado de héroes, Moses es uno radiante. Es joven, negro, estudiado y educado. La perfección hecha carne.

Empezó entonces una de las tiranías más longevas que ha parido el deporte. Pronto Moses batirá su propio récord del mundo haciéndolo en hasta cuatro veces para dejar el registro definitorio en 47’’02. Sería en 1983 y, aún hoy, cerca de cuarenta años más tarde, sigue siendo la sexta mejor marca de todos los tiempos.

Por el camino logró 122 victorias consecutivas en los 400 metros vallas, incluida lo lograda en el primer Mundial de atletismo de la historia celebrado en 1983. Desde que el 26 de agosto de 1977 perdió en Berlín ante el alemán Harald Schimdt ganó todo lo que se puede ganar salvo la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1980, donde no pudo participar debido al boicot estadounidense a Moscú con motivo de la invasión soviética de Afganistán.

Como acabo de comentar, por entonces no existía ni el Mundial de atletismo ni la Golden League y los atletas hacían carrera y dinero compitiendo en mítines. Uno de los más respetados de Europa era el que se celebraba en Madrid, concretamente en las instalaciones deportivas del barrio de Vallehermoso, limítrofe con el grueso de las facultades de la Universidad Complutense de Madrid.

La primera reunión atlética de Vallehermoso tuvo lugar en 1961, pero habría que esperar ocho años más para contar con presencia internacional al instalar la primera pista de material sintético (tartán) de España. Durante las décadas de 1970 y 1980 Vallehermoso se llenaba ‘sine die’ para ver a las estrellas nacionales e internacionales del momento. Celebres fueron los duelos en 1.500 entre José Luis González y José Manuel Abascal, las visitas de Linford Christie, Said Aouita, Sebastian Coe o Javier Sotomayor o los récords mundiales de Carl Lewis o Yelena Isinbayeva.

Pero si hay una carrera que está a conciencia en la memoria de Vallehermoso es la acontecida el 4 de junio de 1987. Aquella tarde a Carl Lewis se le había ocurrido correr los 200 metros en 19’’92, por entonces la mejor marca mundial conseguida en tierras europeas. Pocos pensaban que tan soberbio acontecimiento iba a quedar en el olvido por lo ocurrido en los 400 metros vallas.

Edwin Moses había aterrizado en Barajas apenas 48 horas antes del evento. Faltaban únicamente dos meses para el Mundial que tendría lugar en Roma. Concedió varias entrevistas a los medios, tanto de información general como a los deportivos, avidos de noticias ante la ausencia veraniega del fútbol. De entre los muchos titulares destacó uno perpetrado por ‘El País’ que rezaba un categórico “jamás me he planteado la posibilidad de que nadie me gane” en boca de Moses.

El outsider era Danny Harris. Estadounidense también, pero diez años más joven que Moses, había acabado detrás de él en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, posición que repetía si se encontraban en los mítines. Solía pedir más dinero si sabía que al evento acudiría Moses, asegurando que iba a vencerlo. Lo cierto es que era un interesante doble juego. Por un lado, si Harris no acudía al mitin de turno no habría posibilidad alguna de que Moses cayese derrotado. Por otro Harris sabía que iba a perder, así que se salvaguardaba de la enésima humillación incrementando sus ganancias.

La realidad es que Harris, ofendido, pocas veces aceptaba acudir. En Madrid iba a percibir 250.000 pesetas (1.500 euros) por los algo más de dos millones (12.000 euros) que percibiría Moses. Pero lo cierto es que, si bien Moses era el rey Sol, llevaba tres años sin mejorar su marca, mientras que el aspirante iba año a año limando las distancias.

Moses salió dos calles por delante de Harris. Al partir desde el anillo exterior no podía ver la progresión de su rival, por lo que en la teoría salía con desventaja. Las 12.000 almas que llenaban Vallehermoso comenzaron a palidecer cuando a mitad de carrera, en torno a la segunda curra, Harris había ganado la compensación al rey Sol. Moses tiró de arrestos para volver a recuperar la cabeza en la siguiente curva, por lo que a la falta de la recta final había un empate virtual entre los dos contendientes. Sería en la última valla cuando Moses, tantas veces un prodigio de la técnica, perdió unas centésimas al tropezar con el último obstáculo. Harris vio el cielo abierto y estableció su marca personal (47’’56) obteniendo la victoria con trece centésimas de ventaja sobre Moses.

Exultante, Harris declaraba a la televisión que era el día más feliz de su vida. Mas nadie le hacía caso. Con el rostro desencajado y los ojos luchando por no escupir lágrimas, Moses daba una vuelta de honor a la pista de Vallehermoso mientras el público coreaba su nombre.

Madrid lloraba por una derrota. Era el 4 de junio de 1987. Hacía nueve años, nueve meses y nueve días que Edwin Moses no perdía una carrera. 122 veces consecutivas que firmaban su fin.

Edwin Moses pierde 9 años después - MARCA.com
No había fútbol

Al final a Harris le pagaron el doble de lo acordado por haber logrado la victoria. Semanas más tarde lograría derrotar de nuevo a Moses en Paris, donde la lluvia que horas antes había caído en el tartán hace que Edwin tropiece con una valla y se vaya al suelo. Todo hace indicar que en el Mundial de Roma se oficiará el entierro de Moses, pero éste sacará el genio que lleva dentro y vencerá agonísticamente a Harris con dos centésimas de ventaja.

A partir de ahí todo estallará por los aires. Danny Harris se lesionará y no podrá acudir a los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 donde era el gran favorito. Entrará en depresión y acabará siendo un adicto a la cocaína. Mientras, Edwin Moses si estará en Seúl en la búsqueda de su tercera medalla de oro. Se tendrá que conformar con un bronce e inmediatamente anunciará su retirada con 33 años de edad.

Ya licenciado, Edwin comenzó a trabajar en ‘General Dynamics’ pero no pasa mucho tiempo hasta que decide volver a dedicarse al deporte. Le da por practicar bobsleigh y en apenas un par de años su talento le otorga una medalla de bronce mundialista. Y aún hay más. En 2003, con 48 años, anuncia su vuelta a los 400 metros vallas con el objetivo de disputar los Juegos Olímpicos de Atenas. No lo logrará, pero el simple hecho de haberlo intentado pondrá en solfa al mundo del atletismo ante el temor a otra tiranía de nueve años, nueve meses y nueve días.

Qué fue de Edwin Moses? - AS USA
Edwin Moses

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