El declive de La Quiniela
Las tardes de domingo las dedicaba Francisco Franco y su mujer, Carmen Polo, a ver películas en el salón del Palacio de El Pardo. Era una afición compartida. Pero, con el desembarco de la televisión en España, en 1956, el Caudillo ordenó instalar varios televisores en el complejo residencial para no perderse ninguno de sus programas favoritos. Los domingos por la tarde el cine poco a poco fue dando paso al fútbol.
Y el caso es que a Franco el fútbol ni fu ni fa. Al Generalísimo lo que le iba era la caza y la pesca. Luego, ya anciano, disfrutó del golf. Ocurría que Franco vibraba como un forofo más con el carrusel radiofónico que contaba las andanzas de todos y cada uno de los partidos de la jornada liguera. Entonces se jugaban en su totalidad a la misma hora. Tomó la costumbre de echar La Quiniela todos los fines de semana en compañía de Vicente Gil, su médico de cabecera. El general y el galeno rellenaban al alimón dos boletos; uno confeccionado conjuntamente y otro hecho por Franco bajo el seudónimo de Francisco Cofrán (las sílabas invertidas de Franco).
Sucedió que el último fin de semana de mayo de 1967 la selección española tenía un compromiso amistoso internacional. Al igual que sucede en la actualidad, La Quiniela no se interrumpió y en lugar de aventurarse con los resultados del Barça o el Madrid, el boleto se compuso con partidos de la liga italiana. Un total de 12 encuentros en lugar de los 14 habituales, debido a que varios fueron suspendidos por condiciones climatológicas adversas.
Diez personas en toda España hicieron pleno y fueron premiadas con casi un millón de pesetas (6.000 euros de la época). Franco y Gil se encontraban entre los afortunados. El boleto de seis columnas que habían sellado por 24 pesetas estaba firmado con el nombre y apellidos del Caudillo. “Comprobado el premio, lo cual causó al Caudillo la misma alegría que a un forofo, mandó a su ayudante Carmelo Moscardó a cobrarla. El boleto, como joya curiosa, lo conserva enmarcado el Patronato Nacional de Apuestas Mutuas», relata el historiador Paul Preston, quien añadió: “Resulta un poco difícil imaginarse a Hitler o a Mussolini haciendo una Quiniela. Pero si los atunes le eran puestos en el anzuelo, en el caso de La Quiniela no hubo ni trampa ni cartón”.

Seguramente ese fue el momento más memorable de una tradición que había nacido en 1946. Gestionada por Loterías y Apuestas del Estado y solo apta para mayores de edad, La Quiniela se convirtió con celeridad en un fenómeno de masas. Se calcula que se han recaudado más de 11.000 millones de euros desde su nacimiento repartidos en más de 2.600 jornadas ligueras. El 55% de la recaudación va destinada a unos premios que siempre dependen de los acertantes del Pleno al Quince y de los acertantes de 14, 13, 12, 11 e incluso 10 aciertos.
En 1923, Littlewoods estableció su base en Liverpool, y se convirtió en la primera casa de apuestas en permitir pronósticos combinados. Menos de una década después nacía William Hill, la casa de apuestas más popular del mundo que gestó su imperio de forma semiilegal al no blindar por ley las apuestas de bajo importe lo que, al mismo tiempo, permitía que todo tipo de público accediese al mundo del juego. En España todo ocurrió en el patio trasero de un bar de una ciudad de provincias. En Casa Sota, un bar de Santander regentado por un tal Manuel González Lavín, se celebraban peleas de gallos, combates de boxeo clandestinos y, en 1929, coincidiendo con el inicio de La Liga, se hacían apuestas futbolísticas.
Entre vinos y cigarrillos, a un grupo de fieles a aquel garito de pescadores se le ocurrió intentar adivinar el resultado de los diez partidos de la jornada y poner en marcha una recaudación que se le entregaría al que acertase 10/10. La apuesta era de una peseta y con el tiempo se llegarían a repartir premios de hasta 2.000 duros. El propietario del local también preparó el primer boleto de esa protoquiniela. El boleto era una hoja de papel que se rellenaba con los resultados y se depositaba en una urna en el bar, donde quedaba custodiada. Después, celebrados los partidos, una comisión encabezada por varios elegidos clasificaba los aciertos de las apuestas. Era una operación que duraba unas cuantas horas porque el sistema era complicado; además de acertar quién ganaba el partido, había que acertar también el número de goles de cada equipo.
Lo curioso es que el bar no percibía ningún dinero: todas las pesetas que se apostaban se repartían íntegramente en los premios. Al bar le llegaba con servir copas y más copas ante la increíble afluencia de público. La cosa pronto saltó a la prensa regional y más tarde a la nacional. La idea se extrapoló a Madrid, Barcelona, Bilbao y San Sebastián. Se aceptaban hasta apuestas de mujeres, aunque la mayoría se realizaban con carta, dado que era mal visto que las féminas entrasen a beber y beber en bar de mala fama. Por supuesto, Hacienda se hizo eco del asunto y pronto pasó a recibir el 10% de lo recaudado.
El nombre del citado asunto era Bolsa del fútbol y se replicará en mil lugares hasta el estallido de la Guerra Civil. Como la mayoría de esas bolsas de fútbol se hacían con únicamente cinco partidos, popularmente el boleto pasó a ser conocido como Quiniela (del latín quintus). Tras el fin de la contienda el Régimen prohibirá las apuestas deportivas, pero no podrá impedir que se sigan haciendo en negro y a baja escala. Toca entonces tomar medidas más expeditivas.
El 22 de septiembre de 1946 nacía La Quiniela bajó el auspicio de Loterías y Apuestas del Estado. Se jugaron más de 38.000 boletos y se tardaron cinco días en comprobarlos todos y detectar ganadores (proceso que en la actualidad lleva menos de cinco minutos). Hubo 62 boletos (los dos acertantes de máxima categoría ganaron 9.603 pesetas, que en el presente son 57 euros) premiados que obtendrían el 45% de la recaudación dado que el 55% restante, y aquí viene el quid de la cuestión, iría a parar a las arcas del Estado.
Las dos primeras temporadas La Quiniela se pronosticaba sobre los goles anotados por cada equipo. A partir de la temporada 1948-49 se implantó el sistema 1X2 así como los catorce partidos por boleto. Nació entonces el programa deportivo (carrusel) de los domingos por la tarde. El periodista de turno salía corriendo del estadio cada vez que había un gol para llamar desde una cabina de teléfono al estudio de radio e informar, así, a unos oyentes que soñaban con hacerse millonarios gracias a sus conocimientos futbolísticos.
El gran premio de La Quiniela fue dado en febrero de 1968 en Valbuena de Duero, pueblo vallisoletano. Un tal Gabino fue el único acertante de los 14 y se llevó 181.000 euros de la época, cifra estratosférica. El otro gran premio famoso tuvo lugar en 1980 cuando un paisano de Lugo ganaría 1.250.000 euros de aquel entonces. En todo caso, el premio más alto jamás dado en La Quiniela fue otorgado en 2006 a un tarraconense que se llevó más de nueve millones de euros.
En los años 60 se incorporarán los partidos reserva para solucionar los problemas en el boleto cuando un encuentro era suspendido. Actualmente, la apuesta se realiza sobre una lista de 15 partidos, normalmente nueve de Primera División y seis de Segunda División. Las semanas en las que existen compromisos internacionales de selecciones, se incluyen en el boleto cuatro partidos internacionales (el partido que dispute la selección española y los otros tres más destacados) y los once partidos de la jornada de Segunda División. El último gran cambio tuvo lugar en 2005, cuando se añadió el ‘Pleno al 15’ que desde el 2015 multiplicó su dificultad al tener que acertar el resultado exacto de ese decimoquinto encuentro.

En la actualidad se estima que el mercado mundial de apuestas futbolísticas supera los 25.000 millones de dólares anuales. El problema es que el 70% se realiza de forma online. El siglo XX fue el siglo de gloria para La Quiniela. En el siglo XXI La Quiniela está herida de muerte. En 2010 facturaba más de 540 millones de euros. En la actualidad la cifra supera escasamente los 150 kilos. Este brutal descenso coincide en el tiempo con la liberación del mercado de apuestas deportivas decretado por el Gobierno de Zapatero en 2010 en medio de la crisis financiera. La entrada de operadores privados destrozó por completo a un juego que cumple 80 años de vida.
La Quiniela fue perdiendo el espacio que fue ganando el mundo de las apuestas deportivas, que podían realizarse tanto en casas de apuestas como desde el teléfono móvil a través de aplicaciones especializadas para ello. La llegada de la pandemia supuso otro batacazo que se vio expandido por la proliferación de los llamados juegos fantasy, plataformas en las que grupos de amigos crean sus propios equipos virtuales compitiendo en ligas ficticias en las que los jugadores obtienen puntuaciones en función a las notas de los periódicos deportivos, los goles anotados o las tarjetas recibidas. Construir el equipo de tus sueños y competir virtualmente desde el sofá de tu casa con tu pandilla de amigos a cambio del pago de una cena por parte del perdedor, pasa a ser mucho más atractivo que cubrir un boleto cada fin de semana.
La crisis de La Quiniela también tiene consecuencias directas sobre la financiación del deporte de élite español. Esto se debe a que la regulación fija que la recaudación del Impuesto sobre Actividades del Juego reparta un 45,5% que es distribuido tanto a la LFP como a la RFEF. Este montante es fundamental para el fútbol formativo y, especialmente, para el femenino, cuya supervivencia está ligada a las subvenciones.
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