NBA

The Answer (2ª parte)

En los años 70 la NBA era una competición desconocida. Ni siquiera se transmitía por televisión y los encuentros de playoffs únicamente eran comprados para emitir en diferido. La cocaína era común a cualquier vestuario y el juego palidecía en comparación al de la época de los duelos entre los Lakers de Jerry West y los Celtics de Bill Russell. La población blanca le daba la espalda y los negros se sentían mucho más identificados con la extravagante ABA. Ocurrió que Lakers y Celtics retomaron su esplendor gracias a Magic Johnson y a Larry Bird y la NBA, que desde 1984 estaba dirigida por un judío as de los negocios llamado David Stern, explotó al máximo el filón negro vs blanco. Al mismo tiempo surgió Michael Jordan y la NBA se convirtió en una máquina de hacer dinero que a los pocos años afrontaría el salto internacional.

Así que a la altura de 1996 la NBA es una empresa afinadamente pulida donde todo el mundo viste de traje, da ruedas de prensa y se comporta de manera intachable fuera de la pista para vender un producto que tiene que ser universal, familiar y perfecto.

Hasta que llega Allen Iverson.

The Answer.

Iverson lleva rastas, cadenas de oro en el cuello y ropa excesivamente ancha. Allen Iverson era cool. Iverson hizo cool a Reebok, firma que se aprovecharía de su éxito para introducirse en el mundo del hip-hop. Allen Iverson era un matón de barrio. Un cachorrillo de dientes afilados. Iverson era un antisistema. El vivo reflejo del empoderamiento de la juventud que crecía en los barrios marginados de las inmensas metrópolis estadounidenses.

Iverson podría ser contracultural, pero era un obrero del baloncesto. Un tipo de los de antes. Un trabajador de cuello azul. Elegido como primera elección del draft de 1996 por los Sixers, caería de pie en Philadelphia. Ciudad industrial, Philadelphia bendijo a Iverson como uno de los suyos. Allen era una tormenta que encajó con la cultura del esfuerzo de Pensilvania. Era un artista con el corazón de un guerrero que no dudaba en tirarse al barro para ayudar al compañero.

Anotó 37 puntos en su estreno superando el récord de un novato en posesión del gigantesco Wilt Chamberlain. Su uno contra uno era absolutamente indefendible. Se trataba de un cambio de mano rapidísimo en el que el hombro sin balón descendía grotescamente hacia el suelo haciendo que el bote del balón fuera a ras de pista. La rapidez del movimiento y la escasa altura de Iverson, (183 centímetros es una cifra modestísima para un baloncestista profesional) hicieron de esa jugada impugnable, incluido para un Michael Jordan que tuvo que sufrirla en sus carnes al poco de iniciarse la temporada. Iverson no inventó la jugada, pero sí que la perfeccionó y la hizo tan universal que hoy su crossover es imitado por la inmensa mayoría de bases y escoltas tanto profesionales como aficionados.

No es de extrañar que Allen Iverson fuese escogido como novato del año ni tampoco que fuese carne de fotos y autógrafos durante el All-Star. Más allá del tótem Jordan, Iverson se convirtió de inmediato en el favorito del público. Fue una estrella en el fin de semana de las estrellas y semanas después se convertiría en el segundo jugador más joven en lograr 50 puntos en un partido de la NBA. Acabaría el año con 23’5 puntos y 7’5 asistencias por choque, cifras extraordinarias para un novato.

Con Jordan próximo a la retirada, parecía claro en quién iba a pivotar el futuro de la NBA. En Philadelphia brillaba Allen Iverson y en Los Ángeles despuntaba Kobe Bryant. Ocurre que mientras Bryant era un chico modelo, Iverson representaba el lado oscuro de la fuerza. En aquel All-Star no apareció de etiqueta tal y como mandaba el protocolo y se ganó las críticas, no sólo de directivos, sino de pesos pesados de las canchas como Charles Barkley o Karl Malone. Por entonces se contaba que Iverson tenía un sequito de cuarenta personas y que mantenía con su sueldo a cerca de un centenar de vecinos de su madre en el gueto.

Los resultados, además, no acompañaban. Brillaba en lo individual, pero el equipo no funcionaba. Para la campaña 1997-98 los 76rs contrataron como técnico a Larry Brown. Se trataba de un entrenador de método, organizado y de los que consideraban que el colectivo estaba por encima de las individualidades. Iverson y Brown eran como el agua y el aceite. Oían, pero no escuchaban. Aquello no funcionaba. Brown cambiaba a Iverson en el primer cuarto y lo mantenía en el banquillo durante muchos minutos para que espabilase. Iverson llegaba tarde a los entrenamientos o se iba antes de tiempo para demostrar que era él quien mandaba.

A mitad de temporada el asunto estalló. Iverson explotó en un entrenamiento y por poco no llegan a las manos. Ambos fueron a ver al presidente de los Sixers. O él o yo. El presidente llamó a los dos al orden y fue muy claro. Quería a los dos. Y era inflexible al respecto. A Brown le acusó de carcelero negro y a Iverson de niñato engreído. La reunión a tres bandas acabaría entre lágrimas y con técnico y pupilo abrazados.

Esa temporada ganarían nueve partidos más que en la anterior para luego sumar seis temporadas consecutivas luchando por el campeonato. Brown y Iverson discutieron cada día en cada una de esas temporadas. Pero se querían y se respetaban.

Iverson comprendió que aun siendo el mejor lo sería mucho más si conseguía involucrar a sus compañeros. Al hacerlos a ellos mejores, también se beneficiaría su propio juego. Por su parte, Brown decidió colocar a Iverson de escolta para darle más libertad en ataque y así liberarlo de las responsabilidades organizativas de un base. Ocurrió que Iverson metió una marcha más en ataque para convertirse en una máquina ofensiva perfecta (será cuatro veces máximo anotador de la temporada, cifra sólo superada por Michael Jordan y Wilt Chamberlain) mientras sus compañeros le permitían tomar una bocanada de aire cuando bajaba a defender.

Todo eclosionaría en la temporada 2000-01. Reforzados en la posición de pívot por Dikembe Mutombo, los Philadelphia 76rs dieron un salto de calidad que les permitió optar al título. Esa temporada Allen Iverson fue el líder de la NBA en anotación y robos de balón además de lograr el MVP de la temporada al amasar 31’1 puntos por partido y llevar a los Sixers al liderado de la Conferencia Este con un balance de 56 victorias y 26 derrotas. Aquel grupo era un mix pluscuamperfecto entre talento y sacrificio. Iverson comprendió el valor de cada pase y, mientras tanto, McKie, Snow o Ratliff protegían, defendían, reboteaban o se tiraban al suelo por el bien del colectivo.

En primera ronda toca jugar ante Indiana. Los Pacers acumulaban dos años consecutivos superando a los 76rs en playoffs. Los fantasmas harían su aparición cuando ganen en Philadelphia en el primer partido y roben el factor cancha. Sería un espejismo. Iverson anotará 45 puntos en el segundo partido y 32 y 33 en los dos siguientes para certificar el pase de los 76rs a la segunda ronda. El siguiente rival serían los Toronto Raptors de Vince Carter. Los de Canadá son más grandes, fuertes y atléticos y se llevarán también el primer partido. A partir de entonces hay un intercambio de golpes entre dos jugadores gigantescos. Iverson anota 54 puntos para que Philadelphia se lleve el segundo choque, en la que fue la mayor anotación de un jugador de los Sixers en un partido de playoff. En el tercer encuentro Carter firmará 50 puntos para dar la victoria a Toronto y firmando, por su parte, la mayor anotación de uno de Toronto en la postemporada. En el séptimo y decisivo, las dos estrellas cometerán error tras error, y el encuentro se decidirá en el último suspiro. Vince Carter fallará un tiro decisivo que permite que Philadelphia gane a Toronto por 88-87 y Allen Iverson pase de ronda.

The Answer

En la Final de la Conferencia Este Philadelphia se enfrentaba a Milwaukee. En esta ocasión los 76rs se llevaron el primer encuentro, pero nuevamente habría que llegar a un séptimo y definitivo choque. Esta vez no hubo emoción alguna dado que Philadelphia venció por 108-91 con 44 puntos y 7 asistencias de Iverson y 23 puntos y 19 rebotes de Dikembe Mutombo.

En la final tocaban Los Ángeles Lakers. Palabras mayores. Los Lakers habían vencido a Blazers, Kings y Spurs por paliza. Sumaban 11 victorias y ninguna derrota en playoffs. No competían ante los 76rs, sino ante la historia. Nunca antes un equipo había ganado el anillo sin perder partido alguno de playoffs. Shaquille O’Neal, Kobe Bryant y compañía no sólo eran los vigentes campeones y esperaban repetir título, sino que pretendían ser los mejores Lakers de todos los tiempos. Pretendían hacer algo que ni West, ni Chamberlain, ni Abdul-Jabbar ni Magic Johnson habían hecho antes.

Los Lakers tenían el factor cancha a su favor, una plantilla superior y habían gozado de una semana de descanso. Allen Iverson tenía un golpe en la cadera, un diente roto y su cuerpo de 183 centímetros y 72 kilos estaba en las últimas. Sería un milagro que Philadelphia plantase cara a los Lakers, pero Iverson fue tajante en la rueda de prensa antes del primer partido: “Nunca en mi vida me he sentido como David ante Goliat”.

Aquel primer partido seria igualadísimo y se resolvería en la prórroga. Fueron 53 minutos de baloncesto real. Allen Iverson apenas pasaría tres segundos en el banquillo. Los Sixers vencieron a domicilio a los Lakers por 101-107 con 48 puntos del pequeño escolta. No sólo eso. Repartió seis asistencias y robo cinco balones. Resultó indefendible a pesar de sufrir dobles defensas durante todo el partido. Para el recuerdo una canasta ante Tyronn Lue en la que éste acabará en el suelo con Iverson sorteándolo tras anotar para no acabar pisándolo.

La realidad haría acto de presencia y los Lakers ganarían los cuatro partidos siguientes para llevarse el título de la NBA. Lo hicieron con un portentoso balance de 15-1, pero sin poder presumir de obtener la perfección. Shaquille O’Neal fue elegido MVP con 30’4 puntos y 15’4 rebotes por partido, mientras que Kobe Bryant sumó 29’4 pts, 7’3 rebotes y 6’1 asistencias. Ocurre que el verdadero héroe fue Allen Iverson quien, con un equipo inferior, rozó la proeza con 32’9 puntos, 4’7 rebotes y 6’1 asistencias por noche. Cuando los Sixers fueron recibidos a su vuelta a Philadelphia fueron absorbidos como héroes. En 2001 se podía afirmar que Allen Iverson era la persona más querida y conocida de Pensilvania superando a Benjamin Franklin.

Aquel verano, antes del inicio de la siguiente temporada, una ola de raperos firmará contratos con Reebok. Iverson es un icono de la moda. Representa al chico marginado de barrio. Va de fiesta. Más de lo habitual. Al comenzar los entrenamientos decide montar un grupo de música junto a unos amigos. Las letras son ofensivas, estilo gansta. Muerte a la autoridad. Huele a podrido. Lo sancionan. Se defiende metiendo 58 puntos ante Houston. Está en la cima. Es intocable.

O eso piensa.

Su forma de vestir, su forma de hablar y hasta su peinado fueron vistos como una amenaza y un descenso a las calles más oscuras. Lo tildan de thug (pandillero). Sus trenzas, tatuajes y cadenas de oro eran tan visibles como sus penetraciones imposibles entre torres de carne. Representaba una autenticidad callejera que la NBA ni quería ni sabía gestionar en ese momento.

David Stern, el factótum de la NBA, lo sanciona. No le gusta como imagen de la NBA. Stern promociona a Kobe Bryant e intenta ningunear a Iverson. Presionada, Universal Records cancela el contrato musical con Iverson a menos que cambie las letras. Iverson no lo hará. Su popularidad no desciende. Al contrario. Se incrementa. Stern tendrá que acabar cediendo y el código de vestimenta se relaja. Los pantalones anchos, los collares de oro y las rastas empiezan a aparecer con calzador.

Todo estallaría semanas más tarde. La temporada 01-02 debía ser la de la consagración. Mutombo tenía 36 años y estaba en su último año de contrato. Era ahora o nunca. Sucedió que en un tiroteo fallecerá el mejor amigo de Iverson. Su mano derecha. La persona que, junto a su madre y a su esposa, siempre estuvo a su lado. Era una mala influencia, sí, pero también quién se encargaba de parar a otras malas influencias que se acercaban a Iverson. El juego de Allen cayó en picado. Tenía el talento y ese era el año para desarrollarlo y obtener el máximo potencial. No sería así. Allen Iverson sería el máximo anotador de la temporada, pero los 76rs cayeron en primera ronda de playoffs ante los Boston Celtics.

Fue durante esa eliminatoria por el título cuando todo reventó. La prensa de Philadelphia tenía un acuerdo no escrito con Iverson de no hablar de su vida privada mientras que el equipo funcionase. No era el caso entonces. Había entonces rumores de traspaso. Un periodista le preguntó a Iverson por haber faltado a un entrenamiento y la contestación del escolta pasa a formar parte de los momentos más extraordinarios jamás escuchados en una rueda de prensa. Se encaró con el plumilla mientras repetía indignado la palabra practice (entrenamiento) una y otra vez. Una y otra vez. “¿Soy el jugador franquicia de este equipo y quieres hablar de entrenamientos? ¿A quién le importan los entrenamientos?”.

Aquella rueda de prensa se convertiría en un fenómeno viral antes de que existiese el concepto. Será su meme, su lema y su condena.

¿A quién le importan los entrenamientos?

Iverson no volvería nunca más a ni siquiera acercarse a la posibilidad de ganar un título. Por entonces Michael Jordan anunciaba su segunda retirada y la NBA veía como sus audiencias bajaban más de un 30%. Stern entró en pánico. Volvió a introducir el código de vestimenta y excluyó la cultura hip-hop de la competición. Se llegó al punto de eliminar digitalmente los tatuajes de Iverson en las fotos oficiales de la NBA.

La fama entre los jóvenes de Iverson seguía intacta, pero su impacto en la cancha se resentía. Pasaba a ser un satélite externo dentro del universo NBA. Larry Brown dimitía como técnico de Philadelphia y se culpaba a Iverson de los malos resultados del equipo. Por el camino Iverson será acusado de malos tratos por su esposa y se verá involucrado en un tiroteo entre bandas. Aparecerán después las lesiones. The Answer llega a la treintena y los excesos empiezan a hacer presencia en un cuerpo que ha sido maltratado tanto dentro como fuera de la cancha en la durante la última década.

Fracasará junto al resto de componentes de la selección estadounidense en los Juegos de Atenas de 2004 y dos años después será traspasado a Denver. Jugará también en Memphis y en Detroit, así como cobrará una millonada por hacer una bomba de humo en Turquía antes de volver a Philadelphia, su casa, para retirarse. Por entonces es un highlight andante. Un jugador de apariciones fugaces que enamoran al público, pero que no aportan nada al colectivo.

Retirado en 2011 gastará su fortuna en casinos y en alcohol hasta que recibe el perdón de su esposa, aquella adolescente que se enamoró de él cuando aún era Bubba Chuck. Hoy se declara abstemio tras dejar el alcohol apoyado por una profunda creencia en Jesucristo. Actualmente trabaja junto a Shaquille O’Neal como imagen y consejero de Reebok y sus camisetas y zapatillas siguen entre las más vendidas no solo en el mundo del baloncesto, sino en el de cultura del hip-hop y de los subsuelos de las grandes ciudades, aquellos barrios olvidados a los que él contribuyó a darles visibilidad.

Catorce temporadas en la NBA y MVP del año 2001, Allen Iverson fue uno de los mejores bases de su tiempo, lo que ya anunciaba en 1996 cuando fue número uno del Draft seleccionado por los Philadelphia 76ers. Ocurre que también fue alguien que revolucionó la estética en el baloncesto rompiendo pautas que hasta entonces se consideraban inamovibles. Allen Iverson fue el primero en convertir su piel en un lienzo público, el primero en usar ropa ancha, cadenas de oro y abalorios varios y en taparse la cabeza con gorras en las ruedas de prensa. Abrió una puerta que estaba cerrada y que permitió que muchos jóvenes pudiesen ser auténticos.

“Iverson era veloz, tenía un manejo de balón perfecto y era todo voluntad. Su deseo de ganar y su valentía por atacar a cualquiera lo hacía especial…Todos fuimos afortunados de que no midiese 1’98 en vez de 1’83”. Kobe Bryant, cinco veces ganador de la NBA y rival de Allen Iverson.

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The Answer (1ª parte)

No lo tuvo nada fácil Ann. Nada fácil. A los 15 años tuvo a su primer hijo. Era madre soltera. El otro culpable puso pies en polvorosa al enterarse de que allí había un bombo. Ann vivía de lo que podía. Se apoyaba en su madre. Sobrevivía a base de contratos esporádicos. Robaba joyas y luego las revendía. Vivía en una vivienda de protección social. En un barrio complicado. Cuchillos, pistolas y cocaína. Vivía en el gueto. Vivía en Hampton, una ciudad de la bahía de Chesapeake, en el estado de Virginia, en el corazón del Estados Unidos confederado.

A su hijo le puso de nombre Allen, aunque todo el mundo lo conocía como Bubba Chuck. Con dificultades, Ann comenzó a trabajar en los astilleros y allí conoció a Michael Freeman. Se enamoraron. Y Michael aceptó hacerse cargo del paquete entero. Se convertiría en padre de Allen a tiempo completo. Un día, cuando Allen tenía diez años y su hermana menor contaba con siete, padre y padrastro se pegaron delante de los niños. El padre biológico perdió la pelea y nunca más volvió por Hampton.

Allen era un niño ultra competitivo. Sus tíos jugaban al baloncesto y allí aparecía aquel canijo para retarlos. Sus tíos jugaban al fútbol americano y allí aparecía él para desafiarlos. Allen se juntaba con malas compañías y su madre, desesperada, le obligaba a que practicase deporte. Y progresaba. Progresaba con celeridad. Tenía un deseo incasable por lograr la victoria y retorcía las normas a su favor para proclamarse vencedor. Era hábil y veloz y sentía que su mejora era constante. No sólo eso. Su palabra era palabra de Dios. Si decía que iba a hacer una cosa, no cesaba en el empeño hasta que la cumplía.

Era un niño flaco, no excesivamente alto, pero fuerte y con un torbellino por piernas. Se proclamaría campeón estatal tanto en fútbol americano como en baloncesto. Compaginaba ambos deportes y apenas dormía. Al principio no quería dedicarse al básquet dado que lo consideraba un deporte de blandos, pero todo cambió cuando alguien le dijo que al ser tan bajo nunca podría dedicarse al baloncesto. Allen, 183 centímetros de adulto, decidió que le daría en las narices a aquel bocachanclas.

Aquel David con mentalidad de Goliat había conocido a su novia durante el instituto. Se llamaba Tawanna y se convertiría en su pareja de por vida. Al baile de graduación Allen tuvo que llevar unos zapatos de su padre de la talla 42 a pesar de calzar un 44 dado que no tenía dinero para comprarse unos nuevos. En aquel momento la situación era extremadamente difícil, dado que su hermana pequeña necesitaba ayuda médica. Con todo, el futuro de Allen era esplendoroso. Elegido mejor jugador de instituto de Estados Unidos, tanto en baloncesto como en fútbol americano, tenía la posibilidad de obtener una beca deportiva en cualquier universidad del país.

Era la primavera de 1993.

El futuro de Allen Iverson era esplendoroso.

Meses antes del acto de graduación, Allen Iverson y varios colegas salieron a jugar a los bolos. Era el 14 de febrero de 1993. En un momento de la noche el alcohol y las drogas hicieron su aparición y se inició una pelea que enfrentó a una banda de negros con otra de blancos. Allen escapó a casa, pero por el camino detuvieron a tres de sus amigos. Rápidamente Allen, conocido por todos, fue incriminado por tenencia ilegal de armas, posesión de estupefacientes y agresión. Imputado, la noticia estalló justo antes de que se iniciase el verano.

El caso saltó a los noticiarios estatales. El jugador adolescente más famoso de todo Estados Unidos estaba imputado. Desde el comienzo dio la sensación de que el asunto tenía una connotación racista. Una grabación demostraría que Iverson fue de los primeros en escapar de la bolera. Dio igual. La fiscalía quería dar un escarmiento y la figura de Iverson era esencial para lograr su objetivo. Esperaron ocho meses para que cumpliese la mayoría de edad y poder juzgarlo como un adulto.

Le cayeron cinco años de cárcel y diez de inhabilitación deportiva.

Allen Iverson había tirado su futuro por el retrete y luego había tirado de la cadena.

Allen Iverson

Ann Iverson movilizó Roma con Santiago para defender a su hijo. Organizó boicots y manifestaciones y pidió entrevistas por tierra, mar y aire. A fin de cuentas, madre e hijo habían crecido juntos. Habían sido insultantemente jóvenes para todo. Hubo amenazas de muerte, cartas de odio y hasta acoso carcelario. Iverson trabajaba en la cocina y en la lavandería de la prisión, además de recibir continuos regalos de admiradores desde el exterior, lo que provocaba continuos celos y chantajes de otros presos para obtener prevendas.

Por el camino quedaba el futuro deportivo de Allen Iverson. Aun entonces podía decidir si optar por una beca universitaria de fútbol o por otra de baloncesto. La decisión fue fácil. Una vez se conoció la sentencia, ningún equipo de fútbol americano decidió apostar por Iverson. En baloncesto pasó más de lo mismo.

Salvo por un valiente.

El entrenador John Thompson.

John Thompson era desde 1975 el entrenador de la Universidad de Georgetown. Sumará un total de 24 presencias consecutivas en los playoffs por el título, récord aún vigente. Ocurre que Thompson era mucho más que eso. Era un negro de 208 centímetros con una disciplina que rozaba lo militar. No existía el éxito en el baloncesto sino existía el éxito en los estudios y no existía el éxito en los estudios sino existía el éxito como ser humano. Donde todos se echaron para atrás, John Thompson dio un paso hacia adelante. Thompson se reunió con Ann Iverson y le lanzó un salvavidas. Thompson confiaba en la inocencia de su hijo y le prometió a Ann que lo esperaría. Eso sí. Sería inflexible. A la mínima ruptura del código de honor, a la mínima torpeza, a la mínima salida de tono, sería expulsado de Georgetown y las puertas del baloncesto estarían cerradas para Allen Iverson de por vida.

Ann Iverson cogió a John Thompson del brazo, echó unas lágrimas y gritó:

¡Edúquelo!

John Thompson

Seis meses después de entrar en prisión llegaría el indulto. Después, ya iniciado 1995, la Corte de Apelación del Estado de Virginia revocaría la condena al demostrarse que Iverson no estaba en la bolera cuando la pelea se fue de madre. Sucedía que Iverson no había completado sus exámenes finales. Al entrar en prisión no había obtenido el título de bachillerato. Tuvo que ponerse a estudiar y lo hizo de la mano de una profesora que se prestó voluntaria a ayudarlo.

El asunto empezó mal. Muy mal. El primer día no se presentó a las clases particulares. Iverson se había ido con su pandilla a recuperar el tiempo perdido. El segundo día sucedió más de lo mismo. La profesora contactó con Ann y ambas se fueron en busca de Allen. Lo encontraron fumando marihuana y bebiendo cerveza. Ann se acercó a su hijo de 18 años y le propinó un par de puñetazos delante de todos sus amigos.

Al día siguiente Allen Iverson fue al instituto. Al acabar las clases se marchó a casa en virtud al toque de queda decretado por el juez a la espera de revocar su condena.

Acabaría graduándose con una media de notable alto.

Allen y Ann Iverson

Con un año de retraso Allen Iverson iniciaba su periplo en la Universidad de Georgetown. En su primer partido el público le gritaba jailbird (delicuente) cada vez que botaba el balón. Dio igual. El primer paso de Iverson era increíble casi tanto como su velocidad y su ansia por lograr la victoria. En su primer encuentro sumaría 40 puntos, el récord de siempre en un debut universitario. No fue ninguna sorpresa que fuese elegido el mejor novato de la temporada. Al año siguiente fue escogido como mejor defensor y MVP del campeonato. Sólo necesitó dos campañas para ser el máximo anotador de la historia de Georgetown.

Era el mejor tanto técnica como mentalmente. Jugaba con tobillos vendados, golpes en las costillas o heridas que a otros les habrían supuesto semanas de baja. Estaba siempre disponible, siempre liderando. Con el tiempo su cuerpo se tomaría cumplida venganza, mientras tanto el orgullo podía con todas las crudezas que apareciesen en su vida.

Por entonces nadie trabajaba en casa y la hermana de Allen estaba gravemente enferma. Iverson contaba con una oferta de patrocinio de Reebok si daba el salto a la NBA y su familia necesitaba imperiosamente el dinero. Pero Allen había dado su palabra al entrenador Thompson. Y su palabra era sagrada. Nunca antes ningún jugador había abandonado el ciclo universitario para irse a la NBA con John Thompson como entrenador. Iverson era consciente de ello y por mucho que su familia estuviese sufriendo sabía que no podía pedirle eso a su mentor.

No haría falta. Fue John Thompson el que organizó la rueda de prensa para que Allen Iverson marchase a la NBA a triunfar como jugador y a ganar el dinero que su familia necesitaba.

Allen Iverson fue elegido como número 1 del draft de la NBA por los Philadelphia 76rs. Por detrás de Iverson serían seleccionados Marcus Camby, Stephon Marbury, Ray Allen, Kobe Bryant, Peja Stojakovic o Jermaine O’Neal.

Con 183 centímetros de altura Allen Iverson era el jugador más bajo en la historia de la NBA en ser seleccionado en primera posición del draft. De pronto las dudas surgieron. ¿Sería capaz de mantener en la NBA el nivel mostrado en Georgetown? ¿Conseguiría el pequeño Iverson imponerse en el juego ultra físico de la NBA de finales de los 90?

Reebok, una empresa de ropa deportiva inglesa con no excesiva influencia en América, decidió apostar por Iverson. Fue presentado en una campaña publicitaria como pájaro que sale de una jaula.

¿Sería capaz Iverson de triunfar en la NBA?

Lo sería. Sería Iverson el encargado de responder a la pregunta.

Iverson sería la respuesta.

La Respuesta.

The Answer.

Ese será su apodo como jugador. El apodo con el que hará fortuna.

Continuará…

1º del Draft 1996

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Jack McKinney

En 1979 un químico que había amasado una inmensa fortuna en el mercado inmobiliario compró una franquicia de baloncesto de la NBA. El empresario se llamaba Jerry Buss y la franquicia eran Los Ángeles Lakers. Buss, por entonces un treintañero mujeriego empedernido, frecuentaba locales de la noche californiana. Su favorito era un club conocido como The Horn. El club atraía una exclusiva clientela hollywoodiense y contaba con la presencia de sensuales cuerpos femeninos danzando de forma pecaminosa. Las chicas salían a bailar al son de la música, siendo presentadas por un maestro de ceremonias que iniciaba el acto con un grito del que sobresalía una palabra.

It’s showtime.

Showtime. Tiempo de espectáculo.

En la década de 1980 Los Ángeles Lakers acumularon cinco títulos de campeón en ocho finales disputadas de la NBA. Ocurre que no fueron los títulos lo que llevaría a ese equipo al olimpo. Los Lakers de los 80 son conocidos como los Lakers del Showtime, un conjunto de juego dinámico, ofensivo y en cierto punto alocado que fue el pilar que usó la NBA para expandirse más allá de las fronteras de Estados Unidos. El equipo estaba liderado por Earvin Magic Johnson quien con su sempiterna sonrisa se convirtió en el yerno y en el novio que toda americana deseaba tener. Además de un baloncesto que primero miraba al ataque y luego a la defensa, el Showtime también eran las despampanantes cheerleaders de los Lakers, las fiestas postpartido, los actores de cine a pie de pista y las luces de colores en el pabellón.

Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar eran las caras visibles del equipo. No obstante, había una organización dentro de esa aparente desorganización. El hombre que ponía límites al desenfreno y coordinaba y combinaba jugadas de contraataque y velocidad era Pat Riley. De 1982 a 1990 Riley llevó a los Lakers a cuatro títulos de la NBA y, de paso, se convirtió en un hombre empoderado. Riley había sido un mediocre jugador de los Lakers en la década de 1970. Riley era un cachitas, un tipo desaliñado con bigote y patillas kilométricas. Ocurre que Riley era de esas personas que llenan una habitación con su sola presencia. Comprendió enseguida que Magic Johnson era la gallina de los huevos de oro y que Buss tenía una visión sobre los Lakers que iba más allá del baloncesto. Pat Riley accedió al cargo de entrenador e hizo algo más. Dejó los vaqueros, se compró carísimos trajes italianos y pasó a engominarse el cabello para atrás en todas y cada una de sus presencias públicas. Riley, guapo y alto, se convirtió en un icono. En la viva imagen del Showtime.

Tras los Lakers, Pat Riley llevó a los New York Knicks a la que hasta la fecha es su última final de la NBA para luego ganar otro título con los Miami Heat. Lo hizo con un estilo ultradefensivo que, no obstante, nunca puso en tela de juicio su labor como arquitecto del Showtime.

Con 80 años ya cumplidos, Pat Riley actualmente es el jefe de operaciones de los Miami Heat. El CEO. El que hace y deshace a su antojo. Como jefe ha ganado dos títulos más. Tiene la caballera repleta de canas y las entradas son ya considerables, mas sigue usando la misma capa de gomina de cuatro décadas atrás. Su imponente figura coronada por trajes carísimos de Armani sigue siendo más que respetada. No en vano, además de como arquitecto del Showtime, a Pat Riley se le considera el Godfather de la NBA.

Y así ha sido.

Pero así no tenía que haber sido.

Pat Riley tenía que haber sido Jack McKinney.

Pat Riley y compañía

Cuando Jerry Buss compra los Lakers se encuentra con un regalo. Se trata de Magic Johnson, escogido por los Lakers en primera posición del Draft de aquel año. Necesita entonces un entrenador. Dado que tanto él como Magic apuestan por el baloncesto ofensivo, necesitan a alguien que secunde sus ideas. Intenta contratar a Jerry Tarkanian, un técnico universitario de reputada fama. No lo consigue. Buss se decanta entonces por un tal Jack McKinney, quien había sido segundo entrenador en Portland y en Milwaukee, en donde había coincidido con Kareem Abdul-Jabbar. Éste tiene buenas palabras sobre McKinney. El apadrinamiento de Abdul-Jabbar es más que suficiente para ser contratado y que así tenga su primera experiencia cómo técnico jefe en la NBA.

Nada más llegar a los Lakers, Jack McKinney se da cuenta de que le tiene que dar el timón del equipo a Magic Johnson. Los Lakers tenían entonces a un excelente base llamado Norm Nixon y McKinney decide poner a los dos como titulares, a uno de base y al otro de escolta. La idea es simple. Correr, correr y correr. Y en caso de no poder correr, balón dentro de la zona para Abdul-Jabbar. Comentaba que la idea es sencilla, pero requiere de automatismos perfeccionados para funcionar en su plenitud. Funciona. Arrancan mal en las primeras dos semanas, pero durante el siguiente mes de competición los Lakers ganan y divierten creando una ola de admiración allí por donde pasan.

Jack McKinney

Jack casaba bien con el espectáculo angelino. Comprendía el potencial de Magic. Un día, en agosto de 1948, cuando Jack tenía nueve años, fue a ver una película. Esa tarde, Paul, inspector de policía en Pensilvania y padre de Jack, recogió a su hijo a la salida del colegio para llevarlo a un cine. Allí estaban echando una película biográfica sobre Babe Ruth. Ruth, el mejor jugador de béisbol de siempre, acababa de fallecer. Paul quería que su hijo supiese que clase de hombre era Babe.

Paul salió llorando del cine. Jack estaba impactado. Su padre era dios y estaba llorando. Para un niño de nueve años su padre siempre es dios. El caso es que a la mañana siguiente Paul cogió el coche, subió a su hijo a su lado y condujo durante dos horas y media para acercase a la Catedral de San Patricio de Nueva York. Allí iba a celebrarse la misa funeral en memoria de Babe Ruth.

Durante el viaje en coche el hijo preguntaba y el padre contestaba. Babe Ruth tuvo una complicada infancia de la que salió gracias al béisbol. Primero en los Red Sox y luego en los Yankees de Nueva York. Babe Ruth se convirtió en el mejor jugador en la historia de su deporte y en un mito que aún hoy en día es venerado. El padre de Jack era un enamorado de los deportes y frecuentaba partidos de béisbol, combates de boxeo o encuentros de fútbol americano. En la cima de todos esos mitos en pantalón corto estaba Babe Ruth. Si era un dios para el padre de Jack, también tendría que serlo para Jack.

El caso es que cuando llegaron a la catedral de San Patricio la marea humana era de dimensiones históricas. Filas y filas de chicos, chicas, blancos y negros aguardaban pacientemente el momento de darle un último adiós al cuerpo y al alma de Ruth. El padre de Jack tiró de placa para saltarse la cola y poder acercarse junto a su hijo a los pies de ese hombre por el que habían derramado un mar de lágrimas.

Jack McKinney nunca olvidó ese día. Los sonidos, la tristeza, la agitación y sobre todo la energía mágica de su padre. El poder emocionante y mítico del deporte. Lo cautivador y lo embriagador de formar parte de una misma idea, de una misma esperanza.

McKinney se dijo a sí mismo que se iba a dedicar a eso. Baloncesto y atletismo. Consigue una beca universitaria como saltador de altura y se gradúa en Historia. Lo intenta en el baloncesto, pero es mediocre. Sin embargo, es listo y aplicado, se saca el título de entrenador y comienza a dirigir a un equipo de un instituto. Accede luego como asistente a las ligas universitarias para más tarde dar el salto a la NBA como segundo entrenador. Llega entonces la oportunidad de los Lakers.

Jack McKinney había aprendido de niño que no sólo hay que ganar, también emocionar. Inmediatamente se dio cuenta de que Magic Johnson era Babe Ruth y diseñó un sistema pensado para vencer y enamorar al mismo tiempo. Para convertir a Magic en ganador y en mito al mismo tiempo.

Era el Showtime.

Apenas fueron cuatro semanas de enamoramiento.

McKinney (c) y Magic (dcha)

Era una mañana del 8 de noviembre de 1979. Los Lakers, tras una racha triunfante de buen juego, presentaban un balance de 14 victorias por 10 derrotas. Aquel 8 de noviembre los Lakers jugaban en casa, por lo que esa mañana tenían libre. McKinney había quedado para jugar un partido de tenis a las 10.00 de la mañana en unas pistas que había cerca de su casa. Su oponente sería Paul Westhead, amigo y segundo entrenador de los Lakers. Westhead llegó a las 10.00 en punto a la pista de juego. Pasó una hora y McKinney seguía sin aparecer. Por entonces no había teléfonos móviles y Westhead simplemente pensó que McKinney se habría olvidado de la cita o que quizás se hubiese entretenido en su despacho repasando el plan del partido. A eso de las 12.00 decidió plantarse en casa de McKinney y fue entonces cuando la esposa de éste le contestó que había salido en bicicleta en dirección a la cancha de tenis poco antes de las 10.00.

Se llama a la sede de los Lakers. Nada. Se llama luego a los hospitales de Los Ángeles.

Bingo.

Jack McKinney apretó los frenos para disminuir la velocidad en una pequeña bajada con tan mala suerte que la cadena se bloqueó al instante, la rueda delantera frenó en seco y McKinney salió disparado contra el asfalto. Se golpeó duramente el cráneo con el suelo durante varias veces fruto de la inercia del golpe. Tenía la cara destrozada, hematomas en todo el cuerpo y sangrados internos en el bazo.

Permanecería tres días en coma.

Durante el resto de la temporada Paul Westhead se haría cargo del equipo. McKinney era un tipo decente, fiable, resolutivo. Un buen tipo. Había criticado y matizado a Abdul-Jabbar y el pívot aceptó de buen grado que McKinney le diese las llaves del equipo a Magic Johnson. Todo el mundo se movía en ataque, incluido Kareem, y se jugaba a correr salvo en los momentos importantes en donde Kareem podía pedir el balón dentro de la zona.

Westhead no tocó nada del sistema a la espera de que McKinney volviese.

Los Lakers acabaron ganando el título tras derrotar a los Philadelphia 76rs con Paul Westhead en el banquillo.

McKinney jamás volvió.

En la temporada siguiente, la campaña 1980-81, Paul Westhead se convirtió en pleno derecho en entrenador jefe de los Lakers. Se segundo sería un comentarista televisivo que había sido un jugador residual de los Lakers.

Se trataba de Pat Riley.

La cosa fue mal. A Westhead le dio un ataque de entrenador. Decidió poner su sello en el equipo y cambiar de arriba a abajo lo que McKinney había creado. Cortó de raíz las transicciones y decidió parar el juego en beneficio de Kareem Abdul-Jabbar. A Magic Johnson no le gustó e inmediatamente subió al despacho de Jerry Buss para exigir la cabeza del técnico. Lo interesante del tema es que a Kareem tampoco le gustó. Abdul-Jabbar era el mejor y también era el antidivo. Estaba encantado con que fuese Magic el que se llevase todos los focos.

Paul Westhead no seguiría la siguiente temporada en los Lakers.

Pat Riley se convirtió en técnico de los Lakers. Riley retomó la idea del Showtime y la perfeccionó al dotarle de rigor defensivo y presión a media pista.

Pat Riley se convirtió en el padre del Showtime…

…aunque no le era.

¿El padre del Showtime?

¿Qué fue de Jack McKinney? Recibió su despido de los Lakers con acritud. Se encontraba bien y lo consideró una puñalada por la espalda. Indiana Pacers le hizo una oferta aquel verano y pasó a dirigir al equipo de Indianápolis en la temporada 1980-81. Lo hizo bien. Muy bien. Era la primera vez en un lustro que los Pacers se clasificaban para los playoffs para el título. Lo hizo tan bien que fue galardonado con el premio al mejor entrenador de la temporada.

Todo era pura fachada. Al empezar la siguiente temporada Jack comenzó a tener serias lagunas mentales. Fueron a más. Acabó esa campaña poniendo pegatinas con el nombre de los jugadores en las camisetas de entrenamiento para saber quien eran y poder nombrarlos. El problema se agravaba durante los tiempos muertos de los partidos, donde McKinney alternaba cuestiones tácticas con silencios gigantescos en los que su segundo tenía que interceder mientras Jack intentaba retomar la conversación.

Aquello no tenía mucho más recorrido y hubo que abandonar los banquillos por prescripción médica. Tras visitas y más visitas a neurólogos volvería al ruedo meses más tarde. Sin embargo apenas pudo dirigir en nueve partidos a los New York Knicks antes de tener que abandonar de forma definitiva el baloncesto profesional.

Pat Riley es una leyenda de la NBA.

Jack McKinney es un completo desconocido.

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¿Quién es el mejor jugador de baloncesto que nunca ha estado en la NBA?

En 1992 Aleksandar Djordjevic recorrió la pista de oeste a este para encestar un triple imposible y dar al Partizan de Belgrado su primera y única Euroliga. Tres años después sumó 41 puntos con un excelso 9/12 en triples para vitorear ante Lituania en el Eurobasket en la que una Yugoslavia en descomposición (Serbia en la práctica) celebró un nuevo título. Durante una década Sasha Djordjevic fue el mejor base de Europa. Pero Djordjevic fracasó. Lo hizo cuando en 1996 se marchó a Oregón para engrosar las filas de los Portland Trail Blazers. En la NBA apenas disputó ocho partidos para regresar a Europa y seguir siendo cabeza de ratón en lugar de cola de león.

¿Cuál es el mejor jugador de baloncesto originario de Europa? Es tal el peso de la NBA que parece obvia que la respuesta tiene que venir de más allá del Atlántico. A la espera de lo que la carrera de Luka Doncic nos vaya a ofrecer, la respuesta más consensuada es Dirk Nowitzki. Ocurre que Nowitzki no llegó a jugar baloncesto profesional en Europa. Lo mismo puede decirse de Giannis Antetokoumpo y prácticamente similar es el caso de Tony Parker. La tendencia irá a mayores con el discurrir del tiempo ante la atracción mediática, deportiva y económica de la NBA e incluso de la universitaria NCAA, con fabulosas propuestas académicas que sustentan un futuro fuera de las pistas en caso de no alcanzar el objetivo inicial.

Nowitzki destacó en torneos FIBA con la selección alemana, pero, aunque europeo de nacimiento y formación, su estatus como leyenda radica en Estados Unidos. Al contrario, Djordjevic y otros mitos europeos como Fernando Martín, Paspalj, Jasikevicius, Spanoulis, Navarro, Rudy Fernández, Teodosic, Micic o incluso, en menor medida, Arvydas Sabonis, no llegaron a triunfar en la NBA. Exceptuando el caso excepcional de Sabonis debido a las lesiones y los problemas burocráticos de la Unión Soviética, todos volvieron de Estados Unidos dejando la sensación de que eran excelentes jugadores, pero sin ese plus diferenciador para adaptarse a un baloncesto diferente y destacar de la misma manera que lo habían hecho en Europa.

Así, hay firmes defensores de que Aleksander Djordjevic era mejor base que Tony Parker. Hay argumentos a favor y en contra, pero la NBA suele ser el peso que inclina la balanza. Otros consideran que Drazen Petrovic, Vlade Divac, Manu Ginobili, Pau Gasol o Toni Kukoc son los elegidos, dado que tienen sólidas carreras tanto en el baloncesto NBA como en el mundo FIBA.

No obstante, la pregunta que yo planteo es distinta; ¿Quién es el mejor jugador de baloncesto que nunca ha estado en la NBA?

He seleccionado a quince baloncestistas, en una clasificación que, como todas, es subjetiva. Con todo he tenido en cuenta tanto el impacto en el juego como el palmarés de todos lo elegidos tanto a nivel individual como con sus clubes y sus selecciones. Los hay de todo tipo y condición. Hasta que la NBA se abrió al mundo a finales de la década de 1980 ir a jugar a Estados Unidos era una quimera. Implicaba renunciar a jugar torneos internacionales con tu país de por vida y a firmar un contrato que raras veces excedía de doce meses. Los hay también que fueron elegidos en el Draft, les garantizaron un contrato, pero no se decidieron a dar el salto, bien por temor al fracaso o bien porque decidieron que eran queridos y valorados en la Vieja Europa. Finalmente, también hay los que simplemente decidieron no jugar en la NBA dado que consideraban que no les aportaba ningún valor añadido y prefirieron continuar cerca de su entorno familiar.

Obviamente cuanto mayor es el paso del tiempo mayor es el impacto de este jugador en la clasificación seleccionada. Serguei Belov no tuvo opción de jugar en una NBA donde había 18 franquicias a razón de 216 jugadores en plantilla. Sergio Llull pudo haber jugado en una NBA donde hay 30 franquicias a razón de 450 baloncestistas. Es por ello, que, inevitablemente, el excelente escolta ruso tiene que estar por encima del fabuloso escolta español. Las opciones de ir a Estados Unidos en 1970 eran insignificantes. Las de ir en 2020 son prácticamente irrechazables.

Así pues, vamos con los que, a mi juicio, son los 15 mejores jugadores europeos que nunca pisaron una cancha de la NBA:

15. Epi: No elegible 1981: Tirador letal, Juan Antonio San Epifanio tuvo ofertas de Indiana y Kentucky para cursar allí sus estudios universitarios. Otros tiempos. Estados Unidos estaba muy lejos y no había WhatsApp. Luego, tras liderar a España a la consecución de la plata olímpica en 1984, varias franquicias de la NBA llamaron a su puerta. Epi volvió a negarse. En España Epi cambió la historia del baloncesto. Antes de su llegada el FC Barcelona apenas había ganado un título de Liga. En las siguientes quince temporadas los catalanes sumaron siete entorchados convirtiéndose en sólida alternativa al sempiterno Real Madrid. Mentalmente, Epi iba tres o cuatro pasos por delante de los demás. No pudo lograr la gloria europea hasta perder en tres ocasiones la final de la Copa de Europa a pesar de que, en una de esas derrotas, la de 1984, fue el mejor jugador y el máximo anotador de la competición. L’Equipé lo consideró el mejor jugador de baloncesto europeo de la década de 1980.

SuperEpi

14. Kostas Sloukas: No seleccionado 2012: Base zurdo, fantástico en el uno contra uno entrando a canasta, ha llevado a los dos grandes equipos griegos a la gloria europea. En su carrera, aún no finalizada al escribir estas líneas, ha disputado ocho finales de Euroliga siendo campeón en cuatro ocasiones. En 2024 logró además el título de MVP tras destacar en el lanzamiento de tres puntos, un arma que ha ido puliendo con el paso de los años. Tras lograr la gloria con el Olympiakos y el Fenerbahçe turco, recaló en el Panathinaikos ante la negativa del otro gran conjunto griego en hacerle un último gran contrato al acercarse a los 35 años. Es uno de los pocos jugadores que en una temporada de Euroliga ha firmado un 50-40-90 (50% en tiros de dos, 40% en tiros de tres y 90% en tiros libres). Tan sólo la gloria con la selección griega le ha sido esquiva (a menos que cambie en el Eurobasket que se estaba disputando a la hora de redactar este artículo).

Sloukas

13. Theo Papaloukas: No seleccionado 1999: Demasiado lento para jugar en Estados Unidos, pero con una inteligencia para el juego fuera de lo normal. De cocción lenta, Papaloukas no fue un adolescente prodigio. Ni siquiera puede ser considerado un titular indiscutible. A través de su atalaya de 200 centímetros de altura, Papaloukas se acostumbró a empezar los partidos desde el banquillo para, con su salida a la cancha, revolucionar el encuentro desde el puesto de base. Maestro del bloqueo y continuación, Papaloukas era capaz de parar o acelerar el ritmo del juego a su antojo. Campeón del Eurobasket con Grecia en 2005, al año siguiente fue elegido mejor jugador de la Euroliga tras alcanzar el título con el CSKA Moscú, logro que repetiría en 2008. En esos años no llegaba ni a jugar 20 minutos por partido. Ni falta le hacía.

Clase desde el banquillo

12. Miki Berkowitz: No seleccionado 1976: Escogido como mejor deportista de la historia de Israel, Berkowitz pasó un año en la Universidad de Las Vegas antes de volver a tierras hebreas y firmar por el Maccabi Tel Aviv. Con los macabeos logró lo impensable al coronarse como ganador de la Copa de Europa en 1977 y 1981, ambas veces con canastas decisivas del menudo escolta de 193 centímetros. Berkowitz llegó a firmar un contrato con los Atlanta Hawks, pero las autoridades hebreas impidieron su marcha a Estados Unidos. No en vano lideró a su selección al subcampeonato del Eurobasket 1979 tras derrotar a Yugoslavia en semifinales en una de las sorpresas baloncestísticas más grandes de todos los tiempos. A pesar de caer ante la URSS en la final, Berkowitz fue galardonado con el MVP del torneo. Anotador letal, polemista histriónico amado por las masas, Miki era de esos jugadores capaces de pasarse todo el partido sin anotar para luego firmar los diez últimos puntos de su equipo incluyendo una canasta decisiva sobre la bocina.

Berkowitz con el balón

11. Clifford Luyk: 27º Draft NBA 1962: Luyk es estadounidense. Nació en Nueva York. Pero acabada su etapa universitaria, Pedro Ferrándiz lo captó para el Real Madrid. La idea era que pasara un año en Europa antes de enrolarse en las filas de los New York Knicks. Doce meses después estaba casado con Paquita Torres, miss España, y contaba con la nacionalidad española. 60 años después sigue en Madrid. Con los merengues Luyk logró 14 ligas y 6 Copas de Europa en 16 temporadas. Clifford Luyk era un ala pívot con un excepcional lanzamiento de cuatro metros a tablero y con una gran capacidad de anotación cerca del aro a través del gancho. Luyk lideró a España a la consecución del subcampeonato en el Eurobasket de 1973, el pistoletazo de salida para una era dorada en el baloncesto hispano.

Un español americano

10. Sergio Llull: 34º Draft NBA 2009: “Mi sueño no era jugar en la NBA, sino en el Real Madrid” Llull ha dicho no a los Rockets en más de una ocasión. Y no le ha ido mal. Tres Euroligas con el Real Madrid (elegido mejor jugador en 2017 y ejecutor de la canasta decisiva en 2023) amén de tres títulos europeos y un entorchado mundial con España. El único baloncestista en el universo FIBA capaz de firmar triples imposibles desde cualquier punto de la pista. Las mandarinas de Llull son tan famosas a este lado del Atlántico como los triples del extraterrestre Stephen Curry. Escolta explosivo, de piernas rápidas y sangre fría en los momentos decisivos, una lesión de rodilla estuvo a punto de finalizar con su carrera. Supo reconvertirse a ejecutor de rivales a tiempo parcial con una precisión quirúrgica.

Mandarinas Llull

9. Dimitris Diamantidis: No seleccionado 2002: Conocido como Pulpo por unos y como 3D por otros, Diamantidis es el único jugador en la historia de la Euroliga en ser elegido mejor jugador y mejor defensor en el mismo año. Fue en 2011 cuando llevó al Panathinaikos a lograr un título que ya había cosechado en 2007 cuando también fue escogido como mejor jugador de la final. Seleccionado seis veces como mejor defensor de Europa, también lideró al continente en robos o asistencias. Versátil, completo, de brazos interminables, capaz de defender a jugadores mucho más altos que rebasasen su 1’96. Dimitris Diamantidis dejó el fútbol cuando tenía siete años y vio a Galis liderar a Grecia en el Eurobasket de 1987. En 2005 lograría repetir gloria con los helenos, algo que colmó las expectativas de un chico hogareño y familiar que nunca pretendió probar suerte en la NBA.

3D

8. Dino Meneghin: 82º Draft NBA 1970: El Gran Dino es con siete el baloncestista con más Copas de Europa de todos los tiempos. En total fueron 12 finales, diez de ellas consecutivas, vitoreando cinco veces con Varese y dos con Olimpia Milán. Pívot defensivo de 206 centímetros, competidor como pocos, no estaba exento de talento ofensivo. Meneghin debutó con 16 años con el Varese y estiró su carrera hasta los 45 años para compartir cancha con su hijo. Su longevidad provenía de un físico hercúleo que paralizaba a sus rivales debajo de los aros. Con Italia fue elegido mejor jugador de la final del Eurobasket que los transalpinos ganaron en 1983. Antes había sido plata olímpica en Moscú 1980. Físico e intimidador, de barbilla habsburgiana, promedió 6’3 rebotes en su carrera, un dato más que destacable teniendo en cuenta los parámetros del baloncesto FIBA y su extensa longevidad. En sus años en Varese superaba con creces los 9 rechaces por encuentro.

Il Grande Dino

7. Óscar Schmidt: 131º Draft NBA 1984: Vale. Óscar Schmidt no es europeo. Es brasileño. Pero es un delito no meterlo en la lista. Libra por libra el mayor talento de esta clasificación. Para la inmensa mayoría el mejor tirador de la historia. Para todos, ya que así lo dicen los números, el mejor anotador de todos los tiempos. Fueron 49.737 puntos en una carrera que duró hasta los 45 años. Mano Santa no ganó grandes títulos, dado que siempre jugó en equipos modestos. Lo suyo era amasar el balón durante minutos y minutos algo insoportable para los entrenadores, pero delicioso para los aficionados. Sus orgías anotadoras eran insostenibles para los rivales. En 1994 fue máximo anotador en la ACB con 33’2 puntos por partido y 36 años a la espalda. Años atrás le había metido a España 55 puntos con la camiseta de Brasil. Con la canarinha le ganó unos Juegos Panamericanos a Estados Unidos a base de triples (35’6 puntos por choque). Fue tres veces máximo anotador de los Juegos Olímpicos y promedió 26’1 puntos por encuentro en sus apariciones en el Mundial. Memorable aquella final europea ante el Madrid de Petrovic en la que el croata metió 62 puntos y Óscar firmó 44 con el modestísimo Caserta. En 1984 los New Jersey Nets le ofrecieron un contrato, pero Schmidt lo rechazó para seguir defendiendo la camiseta brasileña. “En la NBA hubiese sido uno de los diez mejores de todos los tiempos”, llegó a afirmar.

Oscar

6. Radivoj Korac: No elegible 1960: En Korac se junta la realidad y el mito. El mito dice que su fallecimiento en un accidente de tráfico a los 30 años lo elevó a los altares y la FIBA bautizó con su nombre a la que entonces era la segunda competición de clubes de Europa. La realidad dice que este espigado saltador de altura cambió las pistas de atletismo por el baloncesto para convertirse en el pionero del básket yugoslavo. En un partido de la Copa de Europa de la campaña 1964-65 batió el récord histórico con 99 puntos y no alcanzó los 100 porque nadie reparó en la cifra y pasó los últimos minutos en el banquillo. Aquel curso promedió en Europa casi 55 tantos, récord de siempre. El Wilt Chamberlein europeo era un ala pívot de dos metros que popularizó el mate en el Viejo Continente y tiraba los tiros libres a cuchara. Campeón y máximo anotador del Eurobasket 1963 con Yugoslavia, fue también máximo encestador en cualquier competición en disputa incluyendo las ligas yugoslava, belga e italiana.

Korac

5. Kresemir Cosic: 184º Draft NBA 1973: Antes de Sabonis, Kukoc, Nowitzki y, por supuesto Antetokoumpo, existía en Europa un tipo de siete pies al que le gustaba subir el balón y lanzar tiros de 6 ó 7 metros. Esa atalaya de 211 centímetros y menos de 100 kilos era un croata llamado Kresemir Cosic. Si Korac fue el pionero, Cosic fue el que convirtió a la escuela yugoslava en referente del entrenamiento técnico. Móvil, veloz y con fantásticos fundamentos, alma de base y una creatividad especial, un interior distinto a todos. En los Juegos de México 68 se colgó la plata (luego vendrían tres Eurobasket, dos Mundiales y el oro olímpico en 1980) y llamó la atención de Estados Unidos. Estuvo cuatro años en la Universidad mormona de Brigham Young (18’9 puntos y 11’8 rebotes por encuentro), en Utah, donde fue un ídolo y le retiraron la camiseta, además de convertirse en misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Los Lakers le eligieron en el draft de 1973, pero no quería renunciar a la selección nacional y dijo no a la NBA. No en vano tiene con 303 el récord de partidos jugados con una selección.

Cosic

4. Dejan Bodiroga: 251º Draft NBA 1995: Un base de 205 centímetros. Jugador extremadamente lento, sin ningún condicionante físico a destacar, pero con un manejo del balón y del tiempo de partido asombroso. Su lanzamiento a pies juntos era infalible. Bodiroga es uno de los pocos jugadores que ha ganado las tres ligas históricas (española, italiana y griega) amén de la Euroliga con el FC Barcelona y el Panathinaikos, siendo elegido en ambas ocasiones como MVP de la Final Four. También fue tres veces campeón europeo con Serbia y en dos ocasiones campeón mundial. En el Mundial de 1998 fue designado mejor jugador del torneo. En todos estos éxitos Bodiroga asumía el balón en los últimos minutos para, tras un uno contra uno, avanzar a la canasta contraria realizar un cambio de ritmo y anotar un tiro a dos metros que rebotaba en la tabla. Tan sencillo, tan esperado, y a la vez tan efectivo.

Lento…pero letal

3. Nikos Galis: 68º Draft NBA 1979: Nikolaos Georgialis nació en Nueva Jersey y pronto se cambió el nombre a Nikos Galis para disimular sus orígenes griegos. Las palizas recibidas en la infancia le hicieron buscar el refugio en el boxeo, aunque finalmente los deseos de su madre hicieron que aquel cuerpo de estibador buscase acomodo en el baloncesto. En la década de 1980 Nikos Galis se convirtió en una máquina de anotar con apenas 185 centímetros de altura. Llevó tres años seguidos al modestísimo Aris Salónica a la Final Four de la Euroliga y fue cuatro veces máximo anotador del Eurobasket promediando 37 puntos por partido y siendo elegido MVP del torneo de 1987. Grecia venció en la final a la Unión Soviética y Galis convirtió el baloncesto en el deporte nacional en la tierra de Aristóteles. Nikos Galis jugó 753 partidos en su carrera promediando 32’8 puntos, una monstruosidad en el baloncesto FIBA. En la campaña 1980/81 llegó a firmar 44 puntos por encuentro y sin la existencia de la línea de tres puntos.

El mito griego

2. Serguei Belov: No elegible 1966: Escogido como mejor escolta de Europa en el siglo XX, Belov tuvo el honor de ser la persona encargada de encender el pebetero en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. En 1991 fue elegido por la FIBA como el mejor jugador de su historia y al año siguiente fue el primer jugador internacional en ser elegido en el Hall of Fame de Estados Unidos. De carácter explosivo y errático en su comportamiento, poseía un lanzamiento de seis metros absolutamente indefendible. Belov gano cuatro Eurobasket y dos Mundiales con la URSS, pero, fundamentalmente, logró la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1972 siendo la primera vez que los norteamericanos no subían a lo más alto del podio. Aquel día la URSS venció por 51-50 a Estados Unidos y Serguei Belov anotó 20 de los 51 tantos de los soviéticos. También logró dos Copas de Europa con el CSKA Moscú (1969 y 1971) aunque perdería la final de 1973 ante Varese a pesar de anotar 36 tantos (de los 66 de su equipo), siendo la segunda mejor anotación en una final de todos los tiempos.

Belov

1. Drazen Dalipagic: No elegible 1973: Conocido como Praja, Dalipagic era un tirador finísimo que promedió durante los 70 más de 30 puntos por partido en una época donde no existía la línea de tres puntos. Convirtió a Yugoslavia en la mejor selección del baloncesto FIBA destronando del trono a la todopoderosa Unión Soviética. Fue oro en los Juegos de 1980, campeón mundial en 1978 y en hasta tres ocasiones campeón europeo (1973, 1975 y 1977). Por supuesto fue máximo anotador en toda competición que disputó, superando a otro genio como su compañero Dragan Kikanovic. Promedió 27’1 puntos con el Partizan de Belgrado cuando la liga yugoslava era de las mejores de Europa y, cuando le permitieron salir a Italia, rebasada la treintena, le dio por anotar 37’7 puntos por encuentro en 1988 con 37 años en su carnet de identidad. En 1976 estuvo entrenándose con los Celtics y convenció a Red Auerbach. El jefazo de los Celtics le prometió la titularidad. Dalipagic tuvo una oferta en firme…y decidió volver a Belgrado. No hablaba inglés, tenía un hijo recién nacido y en aquel momento jugar en la NBA obligaba a dejar para siempre a la selección nacional. Dalipagic decidió seguir ganando medallas con Yugoslavia y los Celtics perdieron para siempre una línea de aleros formada por Drazen Dalipagic y Larry Bird.

El que más cerca estuvo…

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Cuando Jordan jugó en la ACB

En 1990 Michael Jordan aún no había ganado ningún anillo de la NBA. Había sido galardonado con el premio MVP al mejor jugador de la temporada, era el sempiterno máximo anotador e incluso había sido galardonado en un mismo año como el mejor defensor siendo también el máximo hacedor de canastas, algo nunca antes visto. Pero el campeonato se le atragantaba. Los Detroit Pistons eran la pesadilla de los Chicago Bulls y colocaron a Jordan una injusta etiqueta de gran jugador incapaz de liderar a un equipo. Sin embargo, las críticas del establishment eran diametralmente opuestas a la admiración que Jordan cosechaba de los aficionados. No existía entonces jugador más querido y admirado que Michael Jordan. Y ese era el arma que usaría Nike para llevar la mercadotecnia deportiva a un nivel jamás visto antes.

Apenas un par de décadas atrás Nike era una empresa de material deportivo de poca monta limitada al mundo del atletismo estadounidense. Nike decidió arriesgadamente apostar por Jordan en 1984 cuando aún era una estrella universitaria y supo a través de decisiones empresariales temerarias convertirlo en el icono deportivo del momento. Jordan, al igual que su tocayo Michael Jackson, será capaz de cautivar a blancos y a negros a partes iguales y aprovechará ser el abanderado de una televisión globalizada para ser el primer deportista capaz de penetrar en los cinco continentes. Aun hoy, más de dos décadas después de su retirada, sigue obteniendo millones de beneficios a través de su imagen. Y aun hoy, cuarenta años después de su acuerdo comercial, Nike sigue vendiendo miles de zapatillas Air Jordan por todo el orbe.

En 1990 Nike estaba en plena campaña de expansión comercial por el Viejo Continente. Se programó una minigira de Jordan a finales de agosto con paradas en Italia, Alemania y España. La excusa para viajar a España era que Nike acababa de inaugurar en Barcelona su filial en la Península Ibérica. En Italia o Alemania lo previsto era que Jordan hiciese una visita de cortesía en las instalaciones Nike de dichos países y luego repartiese autógrafos, fotografías y regalase material deportivo a aquellos elegidos que aguantasen horas y horas la llegada del gran ídolo.

En el caso español habría algo más. Un partido de exhibición junto a los mejores jugadores de la Liga ACB.

Eduardo Portela era entonces el mandamás de la ACB. Portela mantenía unas excelentes relaciones con David Stern, el jefazo de la NBA, y llegó a un acuerdo para que Jordan estuviese presente en el partido inaugural de la temporada ACB. Por supuesto Nike daba palmas con las orejas por la alianza, aunque hubo de sufragar 50.000 dólares por un seguro que cubriese una posible lesión de Jordan. Stern sabía que las normas de la NBA impedían que un jugador estableciese acuerdos deportivos por su cuenta y riesgo, por lo que se aseguró posibles problemas con la obligatoriedad del seguro. Además, Stern era consciente de que para la expansión de la NBA era indispensable abrirse al mercado europeo y más teniendo en cuenta que en 1992 Barcelona sería ciudad anfitriona de unos Juegos Olímpicos donde por vez primera los profesionales de la NBA tomarían parte.

La ACB decide tomarse el asunto con pompa y boato. Walter Szczerbiak, embajador de la ACB en Estados Unidos, será el maestro de ceremonias. Szczerbiak había sido una leyenda vistiendo la camiseta del Real Madrid y era conocido en los despachos del mundillo del baloncesto norteamericano. La misión de Szczerbiak era pegarse a Jordan durante todo su trayecto por Europa y agasajarlo en lo que hiciese falta. Así que Szczerbiak cogió un vuelo regular en primera clase rumbo a Estados Unidos para luego retornar a Europa con Jordan a su lado.

No fue así. Hubo de volver sólo y a toda prisa.

Cuando arribó en el aeropuerto JFK de Nueva York le advirtieron de que Jordan iba rumbo a Italia en un jet privado.

Así pues, Szczerbiak volvió a cruzar el charco con destino a Madrid. Tras su paso por Italia y Alemania la idea era que Jordan fuese hasta la capital de España donde en la agenda estaba previsto un encuentro con el Rey Juan Carlos y un par de actos publicitarios. Ese era el plan. Pero Michael Jordan tenía otros planes. Lo que deseaba era jugar al golf. Si el baloncesto era su vida, el golf era su evasión de esa misma vida. Se fue directamente a Barcelona y conmino a su representante una cita con Severiano Ballesteros con la intención de echar unos hoyos con él. Lamentablemente para Jordan el genio de Pedreña no se encontraba en España en esos días, por lo que el 23 de los Bulls tuvo que recorrer el campo del Real Club Golf El Prat con la única compañía de una caja de habanos.

Jordan, Portela y Szczerbiak

Tras pernoctar en el Hotel Reina Sofía, el día de autos, 30 de agosto de 1990, comenzaba con una visita de Jordan a la recientemente inaugurada nueva oficina de la ACB sita en el barrio de Bonanova, en la Barcelona bien. Allí Portela agasajó a Michael con una caja de 25 bolas de golf con el logo de todos los equipos de la Liga (por entonces eran 24 + el logo de la ACB). Luego Jordan hubo de visitar la sede de Nike y, en un primer momento, la intención era que se desplazase al Palau Sant Jordi para anotar la primera canasta en el pabellón construido para acoger diversas pruebas de los Juegos Olímpicos.

Esa era la idea inicial, pero jamás se cumplió. Jordan manifestó, nada más llegar a Barcelona, algo que ya había rumiado en otras ocasiones. No tenía intención alguna de acudir a la cita olímpica. Ya había conseguido el oro en Los Ángeles 84 y su objetivo único era alcanzar el título de la NBA. Tanto Nike como el Comité Organizador de Barcelona 92 obraron con presteza y cancelaron el evento. Semanas más tarde será Magic Johnson quien anote esa primera canasta en el Sant Jordi y será el propio Magic el que convenza a Jordan para viajar a Barcelona un par de veranos más tarde. Mas esa es otra historia. Por ahora Michael Jordan, tras visitar las oficinas de Nike, se desplazará a su hotel para comer y, luego, a descansar.

Como decía, el Sant Jordi aún estaba pendiente de inauguración, por lo que el partido se iba a celebrar en el Palacio de Deportes de Barcelona a los pies de Montjuïc. Hoy es un centro de artes escénicas, pero desde mediados del siglo XX era el principal recinto deportivo cubierto de la ciudad. 10.000 personas abarrotaban un pabellón que se vino abajo cuando Michael Jordan, con pantalón de chándal y camiseta de Nike, aparezca en el centro de la pista. Su primera misión fue la de ejercer de juez de un concurso de mates patrocinado por Nike en el que tomaron parte dos adolescentes que previamente habían ganado un reto. El vencedor fue un tinerfeño que se llevó a casa unas zapatillas Air Jordan como premio…que jamás se pudo poner dado que eran de la talla 50, la misma que calzaban los 198 centímetros del número 23.

A las 19:30 horas tendría lugar el partido de exhibición. Sería un encuentro de apenas media hora dividido en dos partes de quince minutos. Los jugadores se fraccionarían en dos equipos. Uno de color naranja y otro de color azul. Se pactó que Jordan jugase la primera parte con los naranjas y la segunda con los azules.

Entre los que serán compañeros y rivales a partes iguales estaban jugadores que marcaron el baloncesto español en su época dorada. José Miguel Antúnez, Chichi Creus, José Antonio Montero, Walter Berry, Ricky Winslow, Jordi Villacampa, Mike Smith, Corny Thompson o Audie Norris. Jordan charlaba amigablemente con sus compatriotas y cuando el público de Barcelona regaló a Norris, ídolo del Barça, una sonora ovación, Jordan se le acercó y le dijo a Audie que no estaba acostumbrado a que alguien tuviese más aplausos que él.

Jordan también tuvo un aparte con Antonio Martín. Apenas un año atrás Fernando Martín había fallecido en un accidente automovilístico. Jordan conocía a Fernando de su breve pero intensa etapa en la NBA y se acercó un momento a Antonio, hermano del fallecido, para hacerle una carantoña y echarle una mirada de complicidad antes del salto inicial. El último gesto lo tuvo con Epi, quizás el mejor escolta europeo de la década, quien estaba lesionado y siguió el partido desde la grada. Jordan sabía de la existencia de Epi al haber compartido pista en Los Ángeles 84 y también se dignó en mandarle un saludo desde el centro de la cancha.

Foto histórica

Tras una fotografía de grupo, el partido empezó con Michael repartiendo sonrisas y trotando por la pista. Pronto vio que aquello era de todos menos amigable. A Jordan lo defendía Jordi Villacampa. De su mismo año y de su misma altura, Villacampa estaba en el mejor momento de su carrera y se había asentado en la elite europea como buque insignia del CB Joventut. Villacampa metía el cuerpo y bajaba el culo. Había salido a la pista con la intención de comerse a Jordan. Michael falla un par de tiros bien punteado por su marcador, pierde el balón en un bloqueo y su siguiente jugada es un fallo en un alley oop tras un leve empujón. Es entonces cuando entorna las cejas y le echa una mirada a Villacampa como preguntándose qué está pasando aquí.

Michael Jordan lleva 0/3 en tiros, dos pérdidas de balón y apenas un par de tiros libres anotados en cinco minutos.

Comprende que esos chicos son unos ganadores. De hecho, forman parte de la elite entre los mejores jugadores de Europa. Percibe que para ellos jugar contra él es un honor y que están dispuestos a demostrarle de que pasta están hechos. Jordan entiende que no hay mejor forma de homenajear al público y mostrarle su respeto a aquellos jugadores que manifestar su amor por el baloncesto. Toca ser competitivo. Toca jugar al básket.

Jordan se pone el traje de faena. Anota un triple, luego un par de asistencias. Una canasta de dos tras salir de bloqueo, un par de mates con la lengua fuera. Pases sin mirar, bandeja tras rectificación en el aire, otro par de triples…Jordan anota 16 puntos en 15 minutos con los naranjas y sumará 21 puntos en 13 minutos con los azules. Será el máximo anotador en ambos equipos, a pesar de jugar tan sólo una mitad con cada uno de ellos.

Jordan no estará presente cuando suene la bocina que indique el final. Estaba apalabrado con la ACB para evitar un colapso y una invasión de campo al concluir el choque. A falta de dos minutos para el fin fue sustituido por Chichi Creus. La decisión fue tomada por Manel Comas, técnico ese día del equipo azul y entrenador a tiempo completo del CB Granollers, tras consensuarla con Creus. El base le había pedido a Comas que le permitiese ser él el último al que Jordan le diese el relevo. La verdad es que nadie pensaba que Jordan hubiese estado tanto tiempo en la pista ni que le hubiese prestado tanta dedicación al partido. Si bestial fue la ovación de inicio, no tuvo comparación alguna con la recibida al final.

La comitiva de Nike esperaba a Jordan al final del vestuario para llevar a Michael al Hotel Reina Sofía. Allí ya le estaba esperando Walter Szczerbiak. La idea era que una vez duchado y cambiado, Jordan acompañase a Szczerbiak a una cena de gala que la ACB había organizado en su honor en el Pabellón de Italia de la Fira de Barcelona.

Ese no era el plan de Jordan.

Durante el descanso del partido Jordan se había acercado a Audie Norris y al resto de estadounidenses para invitarlos al reservado de la discoteca Up & Down, emblemático local nocturno de dos plantas en la zona noble de Barcelona por donde pasaron personajes tan dispares como Julio Iglesias, Maradona, Kevin Costner o Ronaldinho.

Jordan invitó a Szczerbiak a su habitación y comenzaron una charla sobre baloncesto aderezada con un pica pica del servicio de habitaciones. Szczerbiak insistía a Jordan con finalizar la conversación para acudir a la cena de la ACB, pero Jordan se excusó en el cansancio para quedarse en su alcoba y agradecerle los servicios prestados. A primera hora de la mañana siguiente tenía una entrevista en el hall del hotel para RTVE antes de coger un vuelo que lo llevara de vuelta a Estados Unidos.

Despedido Szczerbiak, Jordan se escabulló camino de Up & Down.

Como el gran profesional que era Michael Jordan desplegó su carismática sonrisa frente a las cámaras de Televisión Española a la mañana siguiente. Su rostro no dejaba percibir registro alguno de que hasta las 04.30 de la madrugada anterior había estado bebiendo y bailando junto a Audie Norris, Mike Smith, Ricky Winslow y compañía en el reservado de Up & Down.

Volando en Barcelona

La ACB repitió experiencia la temporada siguiente con la presencia de Charles Barkley y Scottie Pippen. Un año después Barcelona 92 acogió unos Juegos Olímpicos fastuosos que significaron la globalización del baloncesto y la entrada de la NBA en los hogares de medio mundo. Michael Jordan finalmente volvió a Barcelona y se coronó como el rey de reyes en esos Juegos.

Desconocemos si en ese viaje conoció finalmente al Rey Juan Carlos. Lo que sí sabemos es que volvió a visitar el reservado de Up & Down y que finalmente cumplió su sueño de echar unos hoyos con el gran Severiano Ballesteros.

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La asquerosamente maravillosa vida de un perfecto desconocido

El culo. Dícese trasero porque lleva sirvientes a todos los miembros del cuerpo delante de sí y tiene sobre ellos particular señorío. Francisco Quevedo decía que el culo se provee a sí mismo y que el ojo del culo es más provechoso que los dos de la cara. Desafiante, crítico y con un uso y abuso del léxico desmesurado, Quevedo escribió un total de diecisiete desgracias del ojo del culo en honor a una tal Doña Juana a la que calificaba de montón de carne por arrobas. Podemos vivir sin los dos ojos de la cara, ¿pero podríamos vivir sin el ojo del culo?, se preguntaba un genio de las letras que en los tiempos que corren viviría amortajado por culpa de su lengua viperina.

Quevedo escandalizó a propios y extraños ya que nada hay más indigno que el ojo del culo. Montón de basura, feo y asqueroso, es improcedente hablar de él. Y sin embargo se habla. Al mundo venimos en paños menores y del mundo nos vamos en esos mismos paños. En Francia a los recién nacidos se les rodeaba la cuna de medallas de la Virgen, de ahí que aún se mantenga la expresión avoir le cul bordé de médailles (tener el culo rodeado de medallas) para referirse a la buena suerte. Che culo Della Madonna! (¡Qué culo de la Virgen!) exclaman los italianos ante un golpe de fortuna. Schwein gehabt (tener cerdo) comentan los alemanes, refiriéndose a lo gordas y grasosas que son nuestras posaderas. ¡Pero, qué culo!, gritan en Argentina. En tierras españolas era costumbre plantar alguna flor hermosa en medio de los huertos para tener suerte con la cosecha. Como no podía ser de otro modo, el abono era estiércol y el estiércol, mis queridos lectores urbanitas, es mierda. Así pues; ¿Qué hay más opuesto a la mierda? Una bella flor. De ahí que tener una flor en el culo sea sinónimo de buena suerte.

Quevedo. Mr. Culo

Ganar un anillo de la NBA es tremendamente complicado. Compiten treinta equipos a razón de un mínimo de 82 partidos y un máximo de 110 para lograr el triunfo. A diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta aquí no hay premios menores a razón de copas nacionales o torneos internacionales secundarios. En la NBA o eres un ganador o eres un perdedor. Karl Malone, Charles Barkley, Elgin Baylor, John Stockton, Chris Paul, Steve Nash, Pat Ewing, Allen Iverson, James Harden, Reggie Miller o Russell Westbrook pertenecen a la categoría de superestrellas que no lograron un campeonato. Steve Nash, elegido en dos ocasiones MVP de la temporada, ni siquiera llego a disputar una final de la NBA.

Son carreras legendarias, pero nunca formarán parte del Olimpo porque falta el culmen de sus sueños. El ansiado anillo de campeón.

Y luego están los tipos que tienen una flor en el culo.

Joe Kleine es uno de esos.

Kleine nació en Colorado Springs un día invernal de 1962. Bonito lugar para crecer. Cerca de las Montañas Rocosas, de esplendorosa naturaleza y ciudad puntera en tecnología por ser sede de la Academia de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Kleine es un bigardo de dimensiones considerables. Mide 2’11 metros y es un tío guapo. No es un guaperas. Es guapo. Facciones marcadas y pelo con raya al lado. Si midiese treinta centímetros menos sería un excelente ejecutivo. Con 211 centímetros tocaba jugar al baloncesto. Y Kleine lo hace aceptablemente bien. Juega para la Universidad de Arkansas donde destaca especialmente en un partido contra la Universidad de Carolina del Norte consiguiendo 20 puntos y 10 rebotes. En Carolina del Norte jugaba un tal Michael Jordan. Es un buen día, pero no es la norma. La Universidad de Arkansas es menor y Kleine patina cuando se enfrenta contra los mejores. En esos años destaca otro joven pívot llamado Hakeem Olajuwon a quien pronto se le apoda como The Dream (El Sueño) por su excelso juego de piernas.

A Joe Kleine los periodistas lo apodaron The Nightmare (La Pesadilla).

Pero era alto. Y era blanco. Y en el baloncesto estadounidense es una combinación muy apreciada porque la demanda permanece inalterable mientras que la oferta desciende de forma alarmante. Así que Joe Kleine fue convocado para disputar el Mundial de baloncesto de 1982. Era una escuadra norteamericana de segunda fila, pero aun así lograron el subcampeonato tras perder la final ante la Unión Soviética. Joe Kleine no llegó a vestirse de corto en la final. Ocurre que, recibió una medalla de plata igualmente.

De más enjundia fue su segunda y última convocatoria para defender la camiseta nacional. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Ahí iban a estar todas las estrellas universitarias del momento. Patrick Ewing, Chris Mullin, Sam Perkins, Alvin Robertson…y Michael Jordan. Estados Unidos pasó por encima de todos sus rivales y se llevó la medalla de oro, incluido un Joe Kleine que ponía bloqueos y cogía rebotes como pocos. No fue titular y apenas amasó tres puntitos por partido, pero estuvo en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Con esas credenciales a Joe lo escogieron los Sacramento Kings en la sexta posición del draft de la NBA de 1985. Palabras mayores. Aunque tiene truco. Fue el sexto en la lista, pero el cuarto si sólo consideramos pívots. Dicho de otro modo. Lo seleccionaron porque era alto. Sin más. Si Kleine capturaba rebotes y ayudaba a sus compañeros a base de codazos en ataque cuando aún era un universitario, esas peculiares cualidades se tornaron en inútiles tras su salto a la NBA. Incapaz de anotar bajo oposición, incapaz de saltar con potencia e irremediablemente lento, Kleine pasó de ser una promesa a un jugador de banquillo. Los Kings eran un equipo menor, ideal para que Kleine se foguease y se hiciese un nombre en la NBA y sin embargo acabo siendo el suplente de un tal Lasalle Thompson, un completo desconocido sin oficio ni beneficio.

Así pues, Joe Kleine finalizó su contrato de tres temporadas y debía pelear por conseguir un modesto lugar en alguna plantilla de la NBA. O eso, o hacer las maletas rumbo a Europa.

Y entonces a Joe Kleine le volvió a salir una flor en el culo.

Joe Kleine

Los Boston Celtics se fijaron en Kleine para ejercer de pívot suplente del veterano Robert Parish. Era 1988. Era un sueño. Los Celtics de Bird habían iniciado su declive, pero seguían formando parte de la aristocracia de la canasta. Kleine se las arregló para aguantar cinco temporadas en Boston donde saltaba a la pista para disputar un puñado de minutos, capturar tres o cuatro rebotes y, con suerte, anotar un par de canastas y cometer unas cuentas faltas. Su labor era residual, pero siempre necesaria en cualquier equipo. Tras el obligado retiro de Bird por sus problemas lumbares tocó hacer tabla rasa y Joe Kleine fue traspasado a Phoenix en 1993. Habían sido cinco temporadas en la franquicia más laureada de la historia de la NBA.

Phoenix no era tampoco mal destino. Los Suns acababan de perder la final de la NBA ante los Bulls. Eran un candidato al anillo y Kleine volvió a hacer lo que le pedían. Ser fuerte en los entrenamientos, poner bloqueos, hacer unas cuantas faltas y coger unos cuantos rebotes al saltar a la pista. Es lo que siempre había hecho, pero con el inconveniente de que la edad hacia sus efectos. Son tres añitos en Arizona. Al ser traspasado a los Lakers en 1996 pasará prácticamente la temporada en blanco. Tiene 35 años cuando a mitad de esa misma campaña vuelve a hacer las maletas desde Los Ángeles rumbo a Nueva Jersey.

Y entonces otro golpe de suerte. Otra flor en el culo.

Vuelve a ser agente libre y sopesa la retirada. Pero recibe una llamada de última hora para completar el fondo del banquillo de los Chicago Bulls. Será el suplente del pívot suplente de los Bulls. Luc Longley es el titular, Bill Wennington el suplente…y luego está Joe Kleine. Pero son los Bulls. ¡Los Chicago Bulls de Michael Jordan! Kleine promedia ocho minutos por partido en un total de 46 partidos sobre 82 posibles. Básicamente juega los minutos de la basura. Y en playoffs ni siquiera llega a vestirse de corto. Es lo mismo. Los Chicago Bulls ganan la NBA. Joe Kleine gana la NBA. Las cámaras lo captarán llorando a moco tendido celebrando el triunfo. En un momento dado, Michael Jordan se acerca a él y le recriminará sus lágrimas.

“¿Por qué lloras? Yo gané este campeonato por ti”, le espetará His Airness.

El anillo de campeón lo recibirá en Phoenix a donde volvió la temporada siguiente, antes de acabar su carrera con 38 años en las filas de Portland Trail Blazers promediando unos míseros 4’8 puntos y 4’1 rebotes en sus dieciséis temporadas en la NBA.

Una larga carrera en la que ganó la medalla de oro olímpica en Los Ángeles 84 y el anillo de la NBA con los Chicago Bulls en 1998.

Kleine y Jordan

Bien, ¿no?

Indaguemos un poco más en el currículo.

No existe mayor honor para un jugador (también entrenador, árbitro o directivo) que incluyan tu nombre en el Naismith Basketball Hall of Fame (Salón de la Fama del Baloncesto). Es tal la dificultad de formar parte de ese club que valga como ejemplo que tan solo hay tres españoles contenidos camino del siglo de historia; los entrenadores Pedro Ferrándiz y Antonio Díaz-Miguel y el jugador Pau Gasol. Indudablemente Joe Kleine nunca formará parte de este selecto club. Pero Joe Kleine tiene otro título.

Joe Kleine es el jugador que ha compartido su carrera con mayor número de Hall of Famers.

Nadie puede presumir de haber compartido vestuario con más superestrellas.

Comencemos con el verano olímpico de 1984. Kleine saltaba a la pista junto a Pat Ewing, Michael Jordan, Chris Mullin y Alvin Robertson, éste último más desconocido por culpa de sus problemas extradeportivos, pero entonces un jugador de renombre en el concierto internacional. Una vez convertido en profesional, y tras un discreto paso por Sacramento, Joe Kleine compartirá aventuras en Boston junto a Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson y Danny Ainge, el mítico quinteto ganador de los Celtics en los 80. Ya veterano firma por Phoenix Suns donde jugó junto a Charles Barkley, del que se hará íntimo amigo, Kevin Johnson y A.C. Green.

Tal y como señalé anteriormente en ese momento Joe Kleine estuvo al borde de la retirada, pero disfrutará de un breve paso en Los Ángeles Lakers junto a Nick Van Exel, Eddie Jones, Robert Horry, Byron Scott, Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. Luego logró el título de la NBA con los Bulls. En Chicago compartiría duchas con Toni Kukoc, Ron Harper, Steve Kerr, Dennis Rodman, Scottie Pippen y Michael Jordan. Y aún le daría para volver a Phoenix junto a Steve Nash y Jason Kidd y retirarse en Portland con Detlef Schrempf, Damon Stoudamire, Rasheed Wallace o Arvydas Sabonis.

Como quien se acerque a este blog no tiene por qué ser ducho en baloncesto y mucho menos conocer a estos jugadores de antaño, vamos a poner en consideración la afirmación de que Joe Kleine es el jugador de la NBA con la flor en el culo más grande que jamás ha existido.

Además de decenas de buenos jugadores, Joe Kleine compartió vestuario con un total de 16 Hall of Fame de la NBA en el siguiente orden cronológico:

1. Pat Ewing: 11 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

2. Chris Mullin: 5 veces All-Star y un oro olímpico.

3. Larry Bird: 3 veces elegido MVP de la NBA, 3 veces campeón de la NBA, 12 veces All-Star y un oro olímpico.

4. Kevin McHale: 3 veces campeón de la NBA y 7 veces All-Star.

5. Robert Parish: 4 veces campeón de la NBA, 9 veces All-Star y jugador que más partidos ha disputado en la historia de la NBA.

6. Dennis Johnson: 3 veces campeón de la NBA y 5 veces All-Star.

7. Charles Barkley: 1 vez elegido MVP de la NBA, 11 veces All-Star y oro olímpico.

8. Steve Nash: 2 veces elegido MVP de la NBA y 8 veces All-Star.

9. Jason Kidd: 1 vez campeón de la NBA, 10 veces All-Star y oro olímpico.

10.Kobe Bryant: 1 vez elegido MVP de la NBA, 5 veces campeón de la NBA, 18 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

11. Shaquille O’Neal: 1 vez elegido MVP de la NBA, 4 veces campeón de la NBA, 15 veces All-Star y oro olímpico.

12. Michael Jordan: 5 veces elegido MVP de la NBA, 6 veces campeón de la NBA, 14 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

13. Scottie Pippen: 6 veces campeón de la NBA, 7 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

14. Dennis Rodman: 5 veces campeón de la NBA, una vez elegido Mejor Defensor y 2 veces All-Star.

15. Toni Kukoc: 3 veces campeón de la NBA, 3 veces campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y dos veces campeón europeo de selecciones.

16. Arvydas Sabonis: Un oro olímpico, una vez campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y una vez campeón europeo de selecciones.

Patrick Ewing, Chris Mullin, Charles Barkley, Steve Nash y Arvydas Sabonis nunca ganaron un anillo de la NBA.

Joe Kleine sí.

Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson, Steve Nash, Dennis Rodman y Toni Kukoc no tienen un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Steve Nash no tiene ni un anillo de campeón ni un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Charles Barkley y Joe Kleine en 2025

“La buena suerte es como el humo; no puedes atraparla con las manos, pero puede rodearte”. Anónimo.

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El jefe de su tribu (2ª parte)

Manute Bol era una celebridad. El personaje le llevaba varios cuerpos de ventaja al deportista. Evidentemente había deportistas mucho más famosos, pero para Manute era imposible salir a la calle sin recibir, o bien una mirada furtiva o bien una de asombro. Sus 231 centímetros no pasaban desapercibidos allá donde fuese.

Su fama se extendía en Estados Unidos, pero abarcaba toda África. En Sudán alcanzó categoría de deidad. La historia más reciente de este gigantesco país está marcada por la ocupación anglo egipcia liderada por Lord Kitchener (el bigotón del your country needs you) hasta que en 1956 el país logra la independencia de forma pacífica. Poco dura. Inmediatamente comienza una guerra civil. El meollo de la cuestión es que el 70% de la población es musulmana (incluida la capital Jartum) y el 30% instalado en el sur es cristiana. No sólo eso. El norte es desarrollado y el sur es eminentemente rural. Los conflictos fueron continuos, hasta que en 1983 estalló una larga guerra. Fue entonces cuando Estados Unidos instaló bases militares en el país y aportó millones en créditos para el desarrollo que Jartum desplegó en su totalidad en el norte. Cuando al año siguiente una brutal sequía convierta en hambruna el día a día de los sudaneses del sur la guerra se torna en inevitable.

Como ya contamos, Manute se hizo cargo de la situación en 1991, cuando la guerra dejaba ya dos millones de fallecidos. Costeó de su bolsillo alimentos para más de 30.000 niños y se encargó de llevar a unos 2.500 a estudiar a Estados Unidos. Dejó a un lado al baloncesto para acudir a conferencias y conceder miles de entrevistas a medios de comunicación internacionales para dar a conocer la realidad de Sudán. Serán 90 los millones de dólares que se estima que Manute acabará recaudando para la causa sudanesa a lo largo de su vida.

Avanzados los 90 el conflicto se recrudeció ante la llegada de un personaje entonces desconocido. Se trataba de Osama Bin Laden. El estado musulmán sudanés aceptó su ayuda en la guerra, aunque al acabo de un año acabaron expulsándolo del país al ser considerado un radical. El caso es que fue entonces cuando Manute Bol fue invitado a Jartum como representante de los sudaneses del sur para alcanzar un acuerdo de paz. Le dijeron que no fuera, que era una trampa. No hizo caso. Al llegar a la capital le pusieron como primera condición convertirse al islam para dar ejemplo a sus compatriotas. Manute se niega y lo meten en una celda. Es acusado de espía estadounidense y en una rocambolesca vuelta del destino lo acusan de pasarle información privilegiada a Bin Laden y a los yihadistas. Pasa dos años en una casa de Jartum en arresto domiciliario hasta que la presión internacional obliga a liberarlo.

Sudán y Sudán del Sur

De vuelta a Estados Unidos pide una reunión con el Pentágono para advertir del peligro de Bin Laden. Nadie le hace ni caso. Manute entonces está arruinado y empieza a tener problemas de salud. Acepta ir a múltiples saraos donde es usado como atracción de circo para recaudar dinero. No lo quiere para él. Lo usa para construir escuelas. Y no sólo en Sudán del Sur, sino a lo largo y ancho del país, sin distinguir entre musulmanes y católicos. En 2003 estallará el conflicto de Darfur donde los sudaneses del norte usarán a sudaneses del sur esclavizados para matar a sus compatriotas. Ni aun así dejará Manute de apoyar una reconciliación de ambos bandos. Como Nelson Mandela, Manute sólo creía en una paz duradera si el odio dejaba de existir.

Por entonces Manute ya había vendido sus propiedades en Estados Unidos. La otra parte se le había quedado su mujer norteamericana tras un divorcio. Se instaló como jefe de la tribu dinka oficiando bodas, mediando en conflictos de la tribu y aconsejando a los más jóvenes. De cuando en cuando acudía a algún evento en su incasable afán de recaudar dinero. Así, en 2004, en uno de esos viajes por Estados Unidos tuvo un grave accidente de tráfico mientras se desplazaba en un taxi.

Nunca volvió a ser el mismo.

Manute Bol pasa varios días en coma tras romper el bazo, el cuello y un brazo. No gastará salud a partir de entonces. Sus antiguos compañeros organizarán un partido benéfico en su nombre para costear los costes de las diferentes operaciones.

Y mientras todo esto sucedía la larga guerra toca a su fin. En 2007 la ONU decide enviar a 30.000 soldados a Darfur para poner carpetazo a la barbarie. Al final se decide celebrar un referéndum con fecha 9 de enero de 2011 en Sudán del Sur que determinará si una nueva nación alumbra la luz.

La noticia coge a Manute recuperándose en Estados Unidos y decide viajar inmediatamente a Yuba, la ciudad más importante de Sudán del Sur, para hacer campaña por la independencia. Sin saberlo, la medicación que le habían pautado le estaba haciendo daño. Cuando vuelve a Estados Unidos le indican que su salud se ha deteriorado sobremanera y que debe quedarse en Norteamérica en busca de una solución. Es inútil. Es demasiado tarde. Sus riñones se consumen.

Dejaron de funcionar un 19 de junio de 2010. Tenía 47 años oficiales. Sus restos fueron trasladados a Sudán. Luego a Sudán del Sur donde le ofrecieron honores en un funeral de jefe de Estado. Miles y miles de personas esperaron su llegada en cada pueblo y se acercaron al ataúd para dar gracias a aquel gigante bueno.

El 9 de enero de 2011 un 99% de los sudaneses del sur votaron a favor de su independencia. El legado de Manute sigue vivo con la ONG Sudan Sunrise que sigue abriendo escuelas tanto en Sudán del Sur…como en Sudán.

El jefe de su tribu

Un millón de personas acudieron a su funeral, incluido uno de sus hijos, Bol Bol, jugador de la NBA de 220 centímetros de altura. Otro de los que acudió al funeral fue Luol Deng, otro baloncestista de la NBA nacido en Sudán del Sur, en su caso con 2’06 metros de altura. “En Sudán, al hablar de Manute, pensamos inmediatamente en todo lo que hizo para ayudar a su gente, sólo después en sus éxitos deportivos. Hizo cosas que no necesitaba hacer, pero hoy sabemos que no hubiese sido feliz si no ayudaba a su pueblo. Su amor por todos fue enorme y es la razón por la cual yo estoy aquí”, dijo Deng en el sepelio.

¿Quién es Luol Deng? Nacido en 1985 Luol escapó de Sudán con su padre, miembro dinka del parlamento sudanés, rumbo a Egipto. Allí su padre conoció a Manute quien, viendo las extraordinarias cualidades del niño, decidió patrocinar su carrera baloncestística. Los Deng, familia pudiente, consiguieron visado para residir en Inglaterra tras tocar algunas puertas. Luol consiguió la nacionalidad inglesa y empezó a practicar fútbol. Llegó a ser internacional sub-15 y todo parecía indicar que sería futbolista, dada la escasa tradición baloncestística de las Islas Británicas. Pero Luol se negó. Había dado su palabra a Manute. Y no sólo como deportista. También lo hará como persona.

Deng tardaría más de veinte años en volver a su país. Por el camino se convertirá en un reputado alero con una sólida carrera en la NBA (dos veces All-Star) y compitió bajo bandera británica en los Juegos Olímpicos de 2012. Ese año, con Manute fallecido y Sudán del Sur recientemente independizado, Luol Deng decidió crear la Federación de Baloncesto de Sudán del Sur como tabla de salvación de la juventud y para dar a conocer a su país al resto del mundo.

Deng fundó, presidió y entrenó a la selección nacional. También ha sido él quien la ha financiado. En sus primeros años tuvieron que jugar sus partidos como locales fuera de Sudán del Sur al no contar con un pabellón reglamentario. Entrenaban en unas pistas al aire libre muchas veces encharcadas de agua. Y aun así el país con peor Índice de Desarrollo Humano del planeta superó a Egipto, Senegal o Túnez para clasificarse para el Mundial de Baloncesto de 2023 de Filipinas. Allí viajaron por obra y gracia de Luol Deng quien costeó tanto el viaje como la estancia. Y allí volvió a suceder el milagro, dado que los sudaneses vencieron a Angola para lograr el billete africano que da una plaza en los Juegos Olímpicos de Paris. 10.000 personas los recibieron llorando en el aeropuerto de Yuba.

Luol Deng

El país que sobrevive con 1,9 euros al día estuvo en Paris. Y no fueron de paseo. Se dieron el gusto de derrotar a Puerto Rico y perdieron de forma honrosa ante Serbia y Estados Unidos, futuros medalla de bronce y de oro respectivamente de los Juegos Olímpicos.

Y todo gracias al jefe de la tribu. Un hombre que entregó a mucha gente lo que jamás podrán devolverle.

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El jefe de su tribu (1ª parte)

La etnia dinka es las más alta del mundo. Estos seres humanos de altura colosal habitan en ambas riberas del curso alto del Nilo, mayormente en el territorio que actualmente conforma Sudán del Sur. Reúnen a cerca de cinco millones de personas y su excelencia es tal que se calcula que su estatura media es de 183 centímetros. Puede no parecer excepcional, más teniendo en cuenta el déficit generalizado en medicación y nutrición infantil el número es extraordinario. Con los cuidados occidentales es seguro que se rebasaría con suficiencia los 190 centímetros.

En el siglo XIX nació allí un hombre que llegó a medir 239 centímetros. Lo sabemos porque era jefe de su tribu. Y también lo sabemos porque su magna altura merecía ser registrada en una época en la que no había registros. Aquel gigante contaba con 150 esposas. Uno de sus nietos llegó a medir 221 centímetros y decidió casarse. Una de esas esposas sumaba 206 centímetros. El hijo de ambos, el bisnieto del jefe de la tribu, fue llamado a este mundo con el nombre de Manute. Manute Bol iba a medir 231 centímetros. 2’31 metros.

Manute pasó los primeros quince años de su vida haciendo lo mismo que habían hecho todos sus ancestros. Su vida discurría pastoreando vacas, a veces peleando contra leones y otras recorriendo decenas de kilómetros bajo un sol abrasador en busca de un humedal. Su vida era simple. No contaba con agua corriente y no tenía acceso a la electricidad. Bebía leche de vaca recién ordeñada y cantaba canciones para ligar. A mejor voz, mejores candidatas llamaban a tu puerta para copular. Con cinco años a un dinka le arrancan los dientes de leche para dejar de ser un bebé. A los once años les marcan la cabeza cual ganado en un ritual que establece el paso de niño a hombre.

Bendición especial. Ese es el significado de Manute. Y esta tenía que ser su vida. Ser el jefe de la tribu. Miembro de la nobleza dinka, el fututo de Manute pasaba por convertirse en cabeza de su clan y mantener a unas 200 personas.

No sería así.

No todo era trabajar. Había tiempo para divertirse. Jugaba al fútbol. Lo dejó pronto. Era demasiado alto. Un primo le dijo de jugar al baloncesto. La primera vez que cogió un balón se acercó al aro para machacar y se dio de bruces contra el hierro. Se partió seis dientes. Cuatro de abajo y dos de arriba. Años más tarde su primer sueldo en Estados Unidos sería invertido en una ortodoncia.

Y es que Manute acabó en Estados Unidos. Fue en 1982. Entonces Manute tenía 20 años oficiales. Hay quien dice que andaría cerca de los treinta. El caso es que un entrenador de poca monta que obedecía al nombre de Don Feeley viajó a Sudán para enseñar conceptos básicos a la selección nacional del país. Cuando Feeley vio a Manute Bol creyó encontrar El Dorado. Se lo llevó a Cleveland con la idea de hacerlo profesional.

La intención era inscribirlo en la universidad de Cleveland State pero resultó imposible. Por mucha vista gorda que se hiciese no había forma humana de convertir a Manute en universitario. No sabía lo que era un aspirador, comía pollos enteros con las manos, desconocía lo que era conducir y era prácticamente analfabeto. En su primer año saludaba a la gente con un A jugar palabra usada fuera de contexto que aprendió viendo en la televisión el concurso ‘El precio justo’. Manute malvive con ayuda de Feeney quien busca un comprador para su joya. Consigue que Los Ángeles Clippers lo seleccionen en el draft de la NBA (puesto 97) sin haber jugado ni un partido. Los Clippers se sorprenden al ver que en su pasaporte la altura de Manute es de 1,58. Bol les contesta que el militar sudanés que le hizo el pasaporte lo había medido sentado.

Manute

El caso es que la estrambótica elección de Manute Bol es invalidada y debe buscar otra alternativa. Finalmente, en 1984, consiguen matricularlo en la minúscula universidad de Bridgeport en Connecticut con un programa de inglés para estudiantes extranjeros. Manute Bol promedia 22 puntos y 7 tapones por encuentro. Su longitud de brazos alcanzaba los 2’60 metros. El equipo, que solía reunir unos 500 espectadores, consigue lleno tras lleno semana tras semana reuniendo a 2.000 almas para ver al increíble dinka.

Apenas pasa un año como universitario. Finalmente, los Washington Bullets lo seleccionan en el puesto 31 del draft de la NBA de 1985. Sigue siendo una elección arriesgada. Manute es una máquina de hacer tapones, pero es extremadamente frágil. Mide 2’31 y pesa poco más de 80 kilos. Le hacen beber cerveza, comer hamburguesas y lo ponen a realizar interminables series de pesas. Apenas engorda nueve kilos. Pero es un show. Ágil, coordinado y veloz. Una estrella internacional en los años dorados del baloncesto. En el momento en el que la NBA se abre al mundo. Estaban Jordan, Magic o Bird. Y también Manute. Nunca fue tomado en serio como jugador. Pero era parte del show. Era el epicentro del show. Puro espectáculo. Negocio redondo para la NBA.

En su primera temporada promedió cinco tapones por partido, incluyendo un partido con 12 tapones. Para entender la dimensión de esos números basta con señalar que en los últimos treinta años ningún jugador de la NBA ha llegado a promediar cuatro tapones por partido en una temporada. Manute llegó a los cinco. También sigue siendo el jugador de la NBA que ha logrado diez o más tapones en un partido en hasta 18 ocasiones. En otro memorable momento llegará a poner cuatro tapones consecutivos en un plazo inferior a los diez segundos en un choque ante Orlando Magic.

En aquella primera temporada los campeones de la NBA serán los Boston Celtics. Larry Bird y compañía deciden apostar 600 dólares que serán dados al que consiga hacer un mate en la cara de Manute. Nadie lo consigue y Bol suma 9 tapones ante los Celtics. Al año siguiente los Bullets fichan a Muggsy Bogues, el jugador más bajo que jamás ha competido en la NBA con sus 160 centímetros de altura. Bol y Bogues pasan a ser una atracción de circo que llena estadios y hace ganar dinero a mansalva a sus propietarios.

Nunca tantos minutos jugará Manute como en su primera temporada. El show se traslada a la otra punta del país cuando en 1988 Bol es traspasado a los Golden State Warriors. Allí coincide con Don Nelson, entrenador fanático del ataque, que le incita a lanzar triples (20/91 en su carrera) ya que nadie lo marcará cuando esté situado más allá de los siete metros. Definitivamente nadie se toma en serio a ese gigante. Jamás entrenador alguno le enseñó a defender, ni a posicionarse, ni a moverse como un cisne bajo el aro. Simplemente era un dinka coordinado que parecía una creación de Disney. Había niños que se acercaban a Manute y le preguntaban si era de verdad, a lo que Bol respondía tocándoles la frente con un dedo como si de E.T. se tratase. Jamás fue tratado en serio como un jugador de baloncesto.

En 1993 tuvo su última buena temporada en Philadelphia antes de que la artritis comenzase a destrozarle las articulaciones. En 1995 se retiró a los 32 años (oficiales). Lo dejó con un promedio de un tapón cada cinco minutos de juego. Y es que Manute jugó muy poco. Apenas 18 minutos por partido. Si su cuerpo hubiese aguantado el doble hablaríamos de siete tapones por encuentro en su carrera. Una salvajada. Su físico de cisne le dificultaba mantener una posición bajo el aro ante pívots voluminosos. También sufría de un desgarro en su mano derecha que afectaba a su manejo del balón. Para compensar esta deformidad heredada en su mano derecha, Bol aprendió a driblar, bloquear tiros y rebotear con la izquierda. Promedio más tapones (3,3) en su carrera que puntos (2,6) por partido, algo totalmente inconcebible.

Sin saltar

Con su gran altura y sus larguísimas extremidades Bol se convirtió en la antonomasia de la presencia defensiva. Pero es su vida fuera de las pistas la que da majestuosidad a la grandeza del personaje. Dicen quienes lo trataron que Manute era un reputado bromista, pero que su sempiterna sonrisa se quebró a partir de 1991. Por entonces mantenía a su extensa familia con el dinero que ganaba en la NBA, pero eso no era suficiente para Bol. Sudán llevaba años enfrascado en una terrible guerra civil que se agudizó en esos años. De 1983 a 1991 se estima que hubo más de dos millones de muertos y cuatro millones de desplazados.

Entre esos refugiados estaban un grupo de niños. Decir grupo es un eufemismo. Hablamos de 30.000 menores que marcharon a pie desde el sur de Sudán a Etiopía en busca de libertad. Marcharon cinco meses descalzos comiendo fruta podrida que caía de los árboles y bebiendo agua de los ríos que se encontraban a su paso. Manute se enteró de aquel horror y cogió un avión rumbo a Adis Abeba. Dos días después de su llegada esos niños tenían un plato de comida caliente delante de ellos. Con el tiempo, cientos de esos chavales estudiarán una carrera en Estados Unidos financiada por Manute Bol.

Nunca se hubo de olvidar de sus orígenes, pero desde aquel crucial viaje supo cuál era su misión. Se estima que a lo largo de su vida donó 90 millones de dólares para construir escuelas, carreteras y hospitales en Sudán.

Tan sólo ganó una octava parte de esa cantidad en su carrera en la NBA.

Acabaría enfermo y arruinado. Pero acabará feliz.

El jefe de la tribu completará su misión.

Continuará…

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La vida alternativa de David Rivers

Verano de 1986. Antes de su tercer año universitario David Rivers encontró trabajo en Portapit Barbacue, una empresa de catering de Indiana. Una noche, después de acabar su turno, estaba sentado en el asiento del copiloto de una furgoneta conducida por un amigo y también jugador universitario de Notre Dame. Iban por la Ruta 30 cuando un coche en dirección contraria invadió su carril. Kenny Barlow, así se llamaba su compañero, giró bruscamente el volante hacia la derecha para impedir el impacto y el coche cayó rodando por un terraplén, dio varias vueltas de campana por el aire y acabó destrozado a treinta metros de la calzada. Rivers, quien no llevaba puesto el cinturón de seguridad, salió volando por el parabrisas y aterrizó a más de seis metros, en medio de un campo de maíz.

Tenía una herida de cuarenta centímetros en el estómago.

Se le salían las entrañas.

Barlow puso una camisa encima del estómago de su amigo para intentar controlar el flujo de sangre. Mientras Barlow apenas tenía un par de cortes en las piernas, RIvers era un moribundo con el torso ensangrentado. Lo llamativo es que hablaba y razonaba con normalidad y apenas tenía dolor. Cogió con las dos manos sus órganos y se dispuso a aguantarlos mientras se debatía entre la vida y la muerte.

Y fue mucho tiempo de espera.

Era un paraje desierto. No había teléfonos móviles y la circulación era escasa a esas horas de la madrugada. Barlow tardó quince minutos en encontrar ayuda y la ambulancia aún tardaría diez minutos más en llegar a la escena del accidente.

Trasladado al hospital, a David Rivers le dijeron que había sobrevivido por siete centímetros. Esa era la distancia que separaba al corte que tenía en el estómago de su corazón. Perdió un litro de sangre y, cuando tras la operación le preguntó al cirujano cuantos puntos le habían dado, éste ni se dignó en contestarle.

Pasó ocho días en el Hospital de Elkhart antes de empezar una durísima rehabilitación. Sus días de jugador de baloncesto parecían finiquitados, pero en una mezcla de determinación y cabezonería volvió con fuerza a Notre Dame promediando 15 puntos a su vuelta y 22 en su último curso.

Fue escogido en el puesto número 25 del draft de la NBA de 1988 por Los Ángeles Lakers. Pasaba de ser un moribundo a formar parte del mejor equipo de baloncesto del planeta.

Rivers en la Universidad

David Rivers era un jugador en peligro de extinción. En sus años de instituto fue elegido como uno de los mejores bases de Estados Unidos. Su futuro era prometedor. Era un base rapidísimo, con un excepcional manejo del balón y con un fantástico lanzamiento exterior. Pero era un jugador de apenas 183 centímetros y 77 kilos de peso. Eso no fue motivo para no destacar en la universidad. Su endiablada velocidad le seguía haciendo prácticamente infranqueable para cualquier defensor, pero aquel accidente de circulación pondría todo patas arriba. Rivers perdió rapidez, por lo que decidió suplirlo con fuerza y con una mayor eficacia en el lanzamiento. Aquello le valió para reinventarse y seguir progresando en la universidad. Sin embargo, fue su carta de defunción cuando dio el salto a la NBA.

Rivers botaba la pelota tan baja que no había manera de seguirlo cuando cambiaba de ritmo, pero la faltaba intensidad, instinto defensivo y la estatura necesaria para defender a bases rivales. Rivers había llegado a la NBA en un momento donde los jugadores de su estatura ya comenzaban a ser una excepción. Su gran valor radicaba en su increíble velocidad, pero al perder ese punch inicial su suerte estaba echada. David Rivers era un pequeño diablo que podía anotar cualquier tiro en suspensión…

…dependiendo quien lo defendiera.

En su primer año entre profesionales, en la temporada 1988/89, David Rivers fue base suplente de Magic Johnson. Normal, dado que el genio de los Lakers era el mejor jugador de la NBA en esos momentos. Rivers apenas jugó nueve minutos por partido. Los Lakers llegaron a la final de la NBA y se enfrentaron a los Detroit Pistons. Quiso el destino que Magic sufriese una lesión en el muslo en la disputa del segundo partido de la serie lo que limitó sus minutos en el tercer choque e imposibilitó su presencia en el cuarto duelo. David Rivers sería el base titular de los Lakers en ese cuarto partido. La cima para cualquier jugador. Titular en los Lakers en la final de la NBA. Era la oportunidad de su vida. Enfrente tendría a Isiah Thomas, el base de los Detroit Pistons. Si Johnson medía 206 centímetros, Thomas era un base de los de antes de apenas 185 centímetros. Los 183 de Rivers frente a los 185 de Thomas. El duelo era igualado. Pero sólo lo fue sobre el papel. Rivers apenas pudo anotar una canasta y los Lakers perdieron el partido para ser barridos por 0-4 ante los Pistons.

Aquel verano los Lakers decidieron prescindir de Rivers quien encontró acomodo en el otro equipo de la ciudad. Sus minutos en los Clippers, un equipo de menor entidad, fueron tan limitados como en los Lakers, por lo que en el verano de 1990 se encontró sin equipo con apenas 25 años de edad. Ficharía por un par de conjuntos de ligas semiprofesionales de Estados Unidos antes de disputar un puñado de encuentros más con los Clippers cubriendo un par de bajas por lesión. No había mucho más que rascar. Tocaba vestirse de civil y buscar trabajo.

Y entonces su agente le hizo una llamada.

Le ofrecía un contrato de una temporada en Francia. El sueldo no era nada del otro mundo, pero le permitía continuar jugando al baloncesto. Además, el Olympique Antibes, que era el club interesado, correría con los gastos de alojamiento y le ponía un coche a su disposición. Rivers se negó en primera instancia. Ir a Europa era dar carpetazo a su sueño de volver a la NBA. Él había jugado en los Lakers. Había sido el suplente de Magic Johnson ¡Por el amor de Dios! Su agente fue claro. Con sus limitaciones físicas nunca conseguiría ser un jugador triunfante en la NBA. En Europa tenía la oportunidad de ser alguien. De labrarse una carrera. Y por si los motivos baloncestísticos no fueran suficiente, su agente le habló de Antibes, de la Costa Azul, del sol perpetuo, de las botellas de vino y de las chicas francesas. Tocaba pues, subirse al avión, y empezar una vida alternativa.

Rivers en Europa

Todas las limitaciones de Rivers en la NBA quedaron ocultas en su desembarco europeo. El motivo estructural era la altura. Los 183 centímetros de Rivers aún no eran rara avis en el Viejo Continente. Aquel año el Limoges ganó la final de la Euroliga ante el Benetton Treviso. En los italianos el base titular era Chris Corchiani de 1’85 de altura. Al año siguiente ganaría la Euroliga el Joventut de Badalona con los hermanos Rafael y Tomás Jofresa de bases, ambos de 183 centímetros sobre el suelo. Y en la temporada posterior sería el turno del Real Madrid con José Miguel Antúnez (1’83) ante el Olympiakos de Milan Tomic (1’90). El motivo coyuntural era el tipo de baloncesto que se practicó en la década de los 90. Posesiones largas, juego interior y ultradefensivo. Un baloncesto lentísimo, donde Rivers iba a destacar por su rapidez. Y un baloncesto donde toda la suerte en ataque se destinaba a los hombres altos, por lo que cualquier jugador exterior con buena mano iba a destacar sobremanera.

Así pues, David Rivers promedia 22 puntos y cerca de 6 asistencias en el Antibes, números antológicos en un baloncesto donde los equipos rondan los 60 puntos al final del partido. El primer año queda subcampeón de Liga y al siguiente consigue el título francés, algo inimaginable para el pequeño equipo de la Costa Azul. Es entonces cuando le llueve un contrato millonario y es fichado por el Olympiakos.

El gigante griego quiere ganar su primera Euroliga y convertirse así en el primer conjunto heleno en conseguir la corona continental. Rivers se convierte en el faro sobre la cancha de Olympiakos y los guía en la consecución de Liga y Copa, pero fracasa en Europa al perder en cuartos de final ante el Real Madrid. Para más inri es el Panathinaikos, su odiado rival, quien logra el entorchado europeo. Para la temporada siguiente el Olympiakos dobla la apuesta con un quinteto formado por Rivers, Tomic, Sigalas, Fassoulas y Tarlac donde el norteamericano es la estrella y el jugador mejor pagado. Tras deshacerse del Olimpia Ljubliana en semifinales de la Final Four toca partido por el título ante el FC Barcelona dirigido por Aleksandar Djordjevic (188 centímetros).

El Olympiakos pasó por encima del Barça en esa final y Rivers hizo lo propio ante Djordjevic, el mejor base europeo de su generación. Rivers anotó 26 puntos, cogió seis rebotes y robó tres balones para liderar a su equipo a una victoria por quince tantos de diferencia (73-58) la más amplia en 35 años y lograr la Euroliga 1997. Rivers fue elegido MVP de la Final Four llevando a su antojo el ritmo del partido en el tramo final del choque ante la impotencia azulgrana.

David Rivers había alcanzado la gloria. No era la gloria que se imaginaba cuando jugaba en las calles de Nueva Jersey. Tampoco era la gloria que esperaba cuando era elegido uno de los mejores jugadores de instituto de Estados Unidos. Y por supuesto no era la gloria que estaba en su mente cuando compartía vestuario con Magic Johnson y el resto de leyendas vivas de Los Ángeles Lakers. Pero era la gloria al fin y al cabo lo que había encontrado. Mucho más que lo que el destino parecía haberle reservado cuando sus entrañas peleaban por no escurrirse entre sus ensangrentados dedos.

Endiosado, David Rivers aceptó una mareante oferta de la Fortitudo Bolonia que lo juntó contiguo a Dominique Wilkins, Gregor Fucka y Carlton Myers. El proyecto fracasó y Rivers se marchó a continuar con su carrera a Turquía antes de volver con 35 años a ser un jugador residual en su querido Olympiakos. Por entonces Ken Barlow, aquel amigo que hizo girar el volante camino del averno en una aciaga madrugada, ya había colgado las botas. También había sido elegido por los Lakers en el draft, aunque en su caso no pasó de un par de entrenamientos a inicios del verano. Barlow también ganó la Euroliga (en Milán) y tuvo una consistente y larga carrera deambulando por numerosos equipos italianos dejando su mejor recuerdo de rendimiento y fidelidad en el Maccabi israelita.

A diferencia de su amigo, David Rivers no manejaba la opción de volver a Estados Unidos. Había quedado enamorado del sol y del buen comer de la Costa Azul y allí es a donde se destinarían sus pasos. Regreso a Antibes, un paraíso de tranquilidad tan diferente a su Nueva Jersey natal. Entonces el Antibes Basket estaba en la segunda categoría del modesto baloncesto francés. Era lo de menos. Rivers jugó hasta los 39 años y aun le daría tiempo a coger ocho rebotes en un partido y firmar marca personal camino de la cuarentena con sus 183 centímetros de altura.

Elegido mejor jugador europeo de 1997, siendo el primer estadounidense en recibir dicha mención, Rivers se instaló en Europa para ejercer como entrenador en categorías inferiores en diferentes equipos. Mantiene también un campus veraniego donde hace especial hincapié a aquellos niños cuyas excelencias con el balón no sean acordes con los centímetros con los que fueron agasajados por la madre naturaleza.

“No tengo quejas. Todo fue a pedir de boca” David Rivers

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La camiseta número 12 de Michael Jordan

La de su última victoria con aquel tiro en suspensión ante los Utah Jazz fue vendida por más de diez millones de dólares marcando un récord aun no superado. En 2020, cerca de dos décadas después de su segunda y última retirada, la réplica de su camiseta roja de los Chicago Bulls seguía siendo el producto de la NBA más vendido por Amazon. No existe ni existirá deportista más relacionado con una elástica que Michael Jordan. El 23 de los Bulls. Su número 23. Conocido por aficionados y por profanos del baloncesto.

Lo curioso es que a Jordan no le gustaba el número 23. Su número favorito era el 45, dígito que portaba su hermano Larry. Un año mayor que Michael, Larry destacaba en el equipo de baloncesto del instituto de Wilmington. Cuando Michael se unió al equipo en su primer año de college Michael decide que, ya que no puede lucir el 45 en honor a su compañero de equipo e idolatrado hermano, partirá la cifra por la mitad. El resultado de 22’5 será irrealizable por lo que redondeará al alza y se quedará con el 23.

Ese 23 lo llevará a la eternidad. La feroz competencia con su hermano acabará diluyéndose cuando el mayor de los Jordan no consiga pasar de los 172 centímetros y tenga que conformarse con un futuro como administrativo y el pequeño ascienda hasta los 198 y se convierta en el deportista más famoso de todos los tiempos.

Michael Jordan es un icono entre otras razones porque fue el primero en hacer decenas de cosas. Entre ellas en portar el número 23. Bill Russell y Julius Erving eran el 6, Wilt Chamberlain el 13, Magic Johnson el 32, Abdul-Jabbar y Larry Bird el 33 y Jerry West el 44. David Thompson, la estrella de la Universidad de Carolina del Norte de la que era fanático Jordan, lucía el número 33. Michael Jordan inauguró el mito del 23 que continúa en la actualidad Lebron James.

El número 23

Sin embargo, a pesar de que el 23 es el número mítico del mito, Michael Jordan ha lucido varios números más. Con la selección norteamericana portó el 9 que le dio el oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y en los de Barcelona 1992. También lució su tan querido 45. Fue tras su primera retirada. Era 1993. Aquel verano su padre fue asesinado tras una trifulca por culpa de un robo. Destrozado, Jordan decidió dejar las pistas de baloncesto e intentarlo como jugador de béisbol, el deporte favorito de su progenitor. Aquellos meses de asueto demostraron que Jordan era un ser humano de carne y hueso portando el 45 de los Birmingham Barons y de paso nos dejaron un tete à tete con Bugs Bunny en Space Jam.

Michael Jordan regresa a las pistas de la NBA ya muy avanzada la temporada 1994-95, veinte meses después de su último partido. No lo puede hacer con el número 23 ya que la camiseta había sido elevada a los altares del United Center, la casa de los Chicago Bulls. Decide hacerlo con el 45 en la espalda en una temporada que acabará en fracaso al caer en las eliminatorias por el título. Para el inicio de la siguiente campaña Michael Jordan retornará su icónico 23 con el que ganará tres títulos consecutivos incluyendo el último en 1998 tras una victoria conseguida con una canasta suya en los últimos segundos antes del fin del partido ante los Utah Jazz.

El partido de la camiseta de los 10,1 millones de dólares.

Lo que es de desconocimiento público es lo ocurrió un 14 de febrero de 1990. Aquel día los Chicago Bulls viajaban a Florida para jugar un partido ante los Orlando Magic. Los Bulls contaban con un balance de 29 victorias y 19 derrotas. Jordan iba camino de su cuarto título consecutivo de máximo anotador, pero aún no había conseguido elevar a los Bulls a los altares. Ese año los Detroit Pistons acabarían con Jordan y compañía en las finales de la Conferencia Este. Por su parte los Magic malvivían en el fondo de la clasificación con un raquítico balance de 14-33.

El caso es que la expedición de los Bulls se instaló en el pabellón con sus pertenencias. Llegaron al vestuario, se quitaron la ropa de calle, se pusieron la ropa deportiva y se dispusieron a hacer breves ejercicios de tiro en la cancha de juego. Tras unos minutos desentumeciendo los músculos los miembros de los Bulls regresaron al vestuario. Jordan abrió su bolsa de deportes, se acercó a la parte del banco que le había sido asignada por su utillero y se dispuso a ponerse su camiseta de juego.

Pero no.

La camiseta no aparecía por ningún lado.

El 23 no estaba. Había sido robada. Los gritos pronto sustituyeron al asombro. Los compañeros de Jordan volvieron a la pista para el inicio del partido mientras Michael esperaba sentado en el vestuario con el torso desnudo. De repente comenzó una búsqueda del tesoro a cámara rápida. El servicio de seguridad se dedicó a interrogar a todos los empleados del pabellón mientras el circuito cerrado de televisión hacía un escrutinio asiento por asiento buscando a algún aficionado que portase el 23 de los Bulls que pudiese prestarle al ídolo. Lo cierto es que había unos cuantos miembros del Orlando Arena que portaban el 23 de los Bulls, pero ninguno que cupiese en un cuerpo moldeado a base de músculos de 198 centímetros.

Los minutos pasaban y el partido iba a comenzar. Michael tuvo que saltar a la pista para el momento de presentación de los equipos. El speaker del Orlando Arena comenzó a desgranar el quinteto titular de los Chicago Bulls. Con el 10 BJ Armstrong, con el 24 Bill Cartwright, con el 54 Horace Grant, con el 33 Scottie Pippen y con el 12… Michael Jordan.

La incredulidad en el pabellón tan sólo fue igualada por la incredulidad de todos aquellos que veían el partido por televisión desde el sofá de sus casas. No se dio ninguna explicación. Simple y llanamente no la había. El utillero de los Bulls había encontrado una camiseta con el 12 en el fondo de una bolsa. Por supuesto no estaba serigrafiada. Sencillamente era una zamarra de los Bulls en la que cabía Jordan.

Orlando venció a Chicago por 135-129 tras una prórroga. Jordan estuvo en pista 47 minutos de los 52 posibles y anotó 49 puntos. Hizo un excelso partido, pero su malestar fue visible tanto dentro de la pista como al finalizar el encuentro. La derrota tuvo mucho que ver, pero el cabreo se había visto triplicado por culpa del desconocido número 12. Maniático hasta lo enfermizo, aquel cambio de planes no había gustado nada a Air Jordan.

Y con el 12….Michael Jordan

A día de hoy sigue sin saberse nada de aquella camiseta 23 de los Chicago Bulls que fue sustraída de los vestuarios del Orlando Arena un 14 de febrero de 1990. ¿Cuál sería su valor si apareciese? Incalculable. La única certeza es que la camiseta fue sustraída en algún momento del día del partido entre la sesión de tiro y el salto inicial. Un rumor sostiene que fue escondida en el falso techo del vestuario rival y que, una vez cerrado el pabellón, el ladrón la cogió y se llevó el tesoro consigo. Lo único cierto es que nunca nadie la ha devuelto y seguimos sin conocer el misterio de una camiseta con muchos ceros detrás de ella.

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