Estados Unidos

El caso Tamara Crow

Tamara Crow Declerq nació en 1977. Profesora de Educación Física y licenciada en Comunicación y Sociología, mientras estudiaba se ganaba la vida como socorrista. Era en Berkeley, California. Era también buena deportista y lo intentó con éxito en distancias cortas. Ocurría que apenas pesaba 40 kilos, era menuda, y con su escasa musculatura no podía competir al alto nivel. Alguien le dijo de cambiar a la natación sincronizada y lo hizo con éxito. La selección de Estados Unidos, con Tamara en sus filas, quedó cuarta en el Mundial de 2001 y optaba a medalla para los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.

Resultó que la vida de Tamara cambiaría un 16 de febrero de 2003. En algún momento perdió el control del Nissan Pathfinder que conducía. Llevaba en el asiento de copiloto a su novio Cody Tatto y en la parte de atrás a un niño de doce años llamado Brett Slinger, al que Cody daba clases particulares y que en aquel momento estaba a su cargo. Viajaban de regreso a su vivienda de Walnet Grove en Minnesota procedentes de la estación de esquí de Sierra Nevada, sita en California. Nevaba con fuerza, Tamara perdió el control del vehículo, derrapó y se estampó contra un árbol. Tamara se rompió un brazo y se dañó la espalda, lesiones de las que se recuperó sin consecuencias.

Tanto Cody como Brett fallecieron en el acto. Cody, quien iba en la parte de atrás sin cinturón de seguridad, atravesó una ventanilla e impactó de lleno contra un árbol. Brett, quien iba como copiloto, golpeó su cabeza contra el volante antes de que una rama le atravesara el cuerpo.

Tamara y Cody

La investigación policial subsiguiente desveló que Tamara y su novio habían estado bailando y bebiendo toda la noche, para luego despertar a Brett a primera hora de la mañana, coger el coche y poner rumbo a Walnet Grove. Al parecer Cody era el que iba a conducir, pero había bebido tanto que le pidió a su novia que se pusiese al volante. Cody iba de reenganche, mientras que Tamara apenas había echado una cabezada de un par de horas antes de ponerse al volante a eso de las 5 de la mañana.

Tamara dio negativo en el control de alcoholemia. Según indicó sintió una fuerza que empujaba el coche con potencia en el momento del accidente. y argumentó en su descargo que, debido a la fuerte nevada, apenas sobrepasaba los 60 km/h. Sin embargo, un empleado de una gasolinera aseguró haberlos visto pasar minutos antes del accidente a mucha más velocidad. La policía forense certificaría también que el vehículo iba a una velocidad excesiva en el momento del impacto.

Mas de 1.000 personas acudieron al sepelio de Brett, preadolescente fallecido. Se renombró a su instituto como Brett Slinger y se retiró el número 11 que lucía en su camiseta de beisbol.

El juicio se celebró en enero del año olímpico. A escasos 200 días del inicio de los Juegos Olímpicos. Tamara Crow fue acusada de dos homicidios involuntarios y condenada a 90 días de cárcel, más tres de libertad vigilada y a indemnizar a los padres del niño con una cantidad ligeramente superior a los 30.000 dólares.

Las medallistas de 2003

La realidad es que Tamara no tenía que haberse puesto al volante al alba. La realidad es que ni siquiera tenía que haberse subido a ese coche. Había tenido una dura semana de entrenamiento y al llegar el fin de semana su novio se acercó junto al pequeño para recogerla, hacerle una visita y, de paso, disfrutar del sábado. No sólo ella salió de fiesta, también parte del equipo de sincronizada y hasta el entrenador se animó a tomarse una noche de desconexión. Brett, el pequeño de esta historia, y alumno de Cody en el instituto, se había animado al largo viaje con la promesa de pasar el fin de semana practicando snowboard.

El caso es que a instancias del Comité Olímpico de Estados Unidos y gracias a la influencia de la familia Crow (sus antepasados habían sido cargos de relevancia en el ejército), el juez aceptó aplazar el cumplimiento de la sanción hasta finalizar los Juegos Olímpicos. “El Comité Olímpico de Estados Unidos y la natación sincronizada tienen un código de conducta que no ha sido quebrantado. Un delito menor no constituye ninguna violación de dicho código. No ha ocurrido nada que impida a Tamara participar”.

Delito menor. Si. Homicidio involuntario. ¿Consecuencia? Dos fallecidos.

Se montó un pollo.

El padre del niño fallecido recorrió platós televisivos y cubrió páginas de periódico con declaraciones incendiarias en contra de la decisión. Estados Unidos se dividió en dos. Los que se apenaban por Tamara y los que clamaban por la injusticia de que pudiese disfrutar de la fiesta olímpica. “Con esta decisión la señorita Crow no paga suficiente por lo que ha sucedido. Ella no interrumpe su sueño olímpico, pero el de mi hijo, que jugaba al béisbol en Stanford y soñaba con llegar a las grandes ligas, sí”, declaró el afectado progenitor.

El juez decidió mantener su benevolente sentencia y dispuso que Tamara entrase en prisión en octubre, una vez regresase de Grecia. Así fue que Crow, junto al resto de sus compañeras y al son de la música de El Señor de los Anillos, ganó la medalla de bronce en Atenas justó por delante de la delegación española que finalizó en cuarta posición. “Durante estos meses lo único que he hecho es estar en la piscina tanto de día como de noche. No era por ganar una medalla en los Juegos, era porque es la única forma que tenía de sobrevivir. De lo contrario, simplemente me metería en la cama y lloraría”, declararía Tamara a los medios con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa.

Cumplida su pena, con una placa de metal en el brazo de por vida, Tamara Crow hubo de dejar la natación sincronizada. Fue al psicólogo, practicó buceo y abrazó a Jesucristo. Ha pedido perdón, pero nunca se declaró culpable, algo que ha hecho que la opinión pública estadounidense siga dividida en torno a aquella polémica sentencia.

Actualmente ejerce de entrenadora de sincronizada y vive una vida en completo anonimato.

Otras historias en la piscina

Jean Boiteux (un oro a cambio de una boda)

Alfred Hajos (el nadador que no sabía nadar)

Cuando Mark Spitz ganó siete oros (una hazaña inolvidable en Münich 1972)

Una historia de agua y sangre (pelea en la piscina en plena Guerra Fría)

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Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

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Una historia de Estados Unidos (Jack Johnson)

“Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas; que todos los hombres son creados iguales”, concluyó Thomas Jefferson aquel 4 de julio de 1776 en Philadelphia. ¡Dónde mora la libertad, allí está mi patria!, exclamó Benjamin Franklin entre vítores. Thomas Jefferson era descendiente de la aristocracia inglesa. Ben Franklin, considerado The First American, era hijo de inglés, lo que no le impidió ser considerado el definidor del espíritu estadounidense en base al trabajo duro y a los valores del libre progreso científico promovido por el Estado. George Washington, comandante en jefe del Ejército Continental que desde ese 4 de julio luchará frente a Inglaterra en loor de la independencia, será nombrado en 1789 primer presidente de Estados Unidos. No importó que su abuelo fuese inglés, que él de joven hubiese servido para el ejército británico y que con 11 años hubiese heredado diez esclavos negros.

A la hora de su muerte George Washington tenía 317 esclavos.

Al menos en su testamento liberó a todos ellos de sus obligaciones.

Fue el único padre fundador que lo hizo.

James Madison falleció dejando a 100 personas esclavizadas de por vida. 25 de los 55 primeros delegados en el Congreso de Estados Unidos tuvieron esclavos. 8 de los primeros 12 presidentes de Estados Unidos contaron con esclavos. Thomas Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia y quién sería proclamado tercer presidente de la nación, se iría de este mundo con más de 600 esclavos a su cargo.

Durante toda su vida política Thomas Jefferson se mostró como contrario a la esclavitud.

…

James Monroe, quinto presidente de Estados Unidos, fue el ideólogo de la creación de Liberia en la costa de África como lugar de convivencia y prosperidad para los negros libres que deseasen volver a sus orígenes. Liberia, un país próspero para los cánones africanos, admira a Monroe y no en vano le dio el nombre de Monrovia a su capital.

Ocurre que James Monroe contaba con más de 50 esclavos. No los liberó en su testamento y los legó a sus hijos.

Eso también forma parte de la historia de Estados Unidos.

Es su reverso tenebroso.

250 años de la Independencia de Estados Unidos (1776-2026)

Hubo que esperar a la 13ª Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos el 18 de diciembre de 1865 para prohibir la esclavitud. Se redactó tras una cruenta guerra civil tras la cual los negros (de las mujeres negras no hablamos) obtuvieron la libertad. La viva prueba de que fue una decisión tomada a regañadientes es que incluso Andrew Johnson, vicepresidente de Lincoln y elevado al cargo presidencial tras el asesinato de éste, contaba con un total de ocho esclavos que cuidaban de sus propiedades y que hubo que liberar por imperativo legal y nunca por convicciones morales ni ideológicas.

Era pues, de suponer, que la libertad legal no trajese igualdad real. Durante la Reconstrucción (1865-1877), los afroamericanos votaron, ocuparon cargos públicos y fundaron escuelas, pero el avance fue aplastado por la supremacía blanca y las leyes Jim Crow que fueron aprobadas en 1877. Se mantendrían en vigencia hasta 1965, cuando el Movimiento por los Derechos Civiles liderado por Martin Luther King consiguió una igualdad real ante la ley (no socialmente) entre blancos y negros. No sucedía así mientras estuvieron en vigor las leyes Jim Crow. Aplicadas en el sur de Estados Unidos con más vehemencia, consideraban a negros y a blancos “separados pero iguales”. Segregación en lugares privados y públicos (escuelas, trenes, restaurantes o lavabos separados).

Black & White

Ese era el mundo de Jack Johnson. Nacido en Texas, sin educación escolar y siendo el tercer hijo de una familia de esclavos, lograría hacerse un sitio en la vida gracias al boxeo. El estilo de Johnson al boxear era muy característico. Mantenía la distancia con sus rivales en vez de realizar una aproximación constante. Peleaba defensivamente a la espera de cualquier error. Y cuando ese error se producía, él lo aprovechaba. La prensa lo machacaba. Lo consideraba un cobarde. Lo curioso es que Jim Corbett, quién había sido campeón mundial una década antes, boxeaba de la misma manera y pronto fue considerado como el hombre más inteligente en la historia del boxeo.

La diferencia radicaba en que Johnson era negro y Corbett era blanco.

Jack Johnson tenía hambre. No llegó a comerse los cordones de los zapatos, dado que al ser tan finos no le habrían alimentado. En varias ocasiones intentaron apuñalarlo y se defendió con unos brazos que también le servían como almohada cuando dormía al raso. A base de mamporros logró salir de la miseria y, el caso, es que Arthur John ‘Jack’ Johnson se proclamó por vez primera campeón del mundo en 1903…Campeón del mundo de color. Por entonces blancos y negros podían pelear entre sí, pero nunca luchando por el título mundial. James ‘Jimmy’ Jackson Jeffries, campeón mundial blanco, se negó en repetidas ocasiones a luchar contra Johnson. El caso es que Jack Johnson consiguió noquear al subcampeón del mundo blanco en dos asaltos y el run run no hizo más que aumentar. Al final, tras mucho insistir, perseguir y hasta amenazar, Jack Johnson consiguió que en 1908 se unificase a blancos y negros en la lucha por el campeonato mundial de los pesados. Johnson venció al canadiense Tommy Burns por K.O. técnico y se coronó como el hombre más fuerte del mundo.

Aquello no gustó nada de nada.

Comenzó entonces una campaña de desprestigio en prensa. Los plumillas buscaban a la Gran Esperanza Blanca. Jack London, gran aficionado al boxeo y escritor conocido por obras como Colmillo Blanco o La llamada de la selva, caricaturizaba a Johnson como un simio y exigía la llegada de un boxeador blanco que lo mandase de vuelta a África. El problema, para los blancos, es que no había nadie capaz de competir contra Jack Johnson…salvo Jimmy Jeffries. Campeón invicto entre 1899 y 1905, ya estaba retirado, pero se le ofrecieron ingentes sumas de dinero para pelear contra Johnson. “Ese Jack Johnson es un buen boxeador, pero es negro, y por ese motivo nunca pelearé contra él. Si yo no fuese el campeón me enfrentaría a él como a cualquier otro… pero lo soy, y el título no irá a manos de un negro mientras yo pueda evitarlo”, declaró ante la prensa. Jeffries, enorme boxeador y enorme racista, se negó repetidamente a disputar ese combate sabiendo que tenía mucho más que perder que ganar. Ocurrió que fue presionado políticamente y hasta recibiría la visita de Johnson en su casa pidiéndole encarecidamente un combate para dirimir quien era el mejor.

Habría combate.

Y sería un 4 de julio.

4 de julio de 1910.

Johnson vs Jeffries

Antes de hacerlo por dinero los hombres ya peleaban a puñetazos por mujeres, por comida, por un hogar o simplemente por orgullo. El boxeo es el único deporte donde ganar significa aniquilar. El triunfo por knockout escenifica una muerte simbólica. Como en una tragedia griega, el héroe levanta el brazo triunfal. El boxeo es teatral. Es un drama sin palabras, único y condensado en apenas unos minutos. Si por el camino no sucede nada, el drama se vuelve psicológico. Los boxeadores están para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser. El boxeo es íntimo. Es salirse de la conciencia de la cordura para entrar en un ente diferente. Es arriesgarse y alcanzar la agonía de la cual somos raíz.

El combate tendrá lugar en Reno, ciudad del pecado, donde prostituirse o apostar está permitido. Johnson, por cierto, coleccionaba novias y amantes de pago. Siempre eran blancas. Fue acusado de violador y algunas de sus conquistas fueron linchadas. No existía mayor repugnancia para un blanco sureño que el coito entre negro y blanca. De ahí la fascinación de Johnson para realizar lo prohibido. Resulta que el combate tiene lugar en Reno donde es tan fácil y barato divorciarse como tomarse un whisky. Llegarán quince trenes y centenas de diligencias tiradas por caballos desde los cuatro puntos cardinales. 20.000 espectadores abarrotarán un estadio construido por aserradores y carpinteros en apenas tres semanas. Muchos miles de almas más deambularan por las calles de la ciudad. Habrá que hacer redadas para requisar armas tal era el grado de tensión en el ambiente.

Presentemos pues a los contendientes.

James ‘Jimmy’ Jeffries era una esperanza blanca de 1’86 cm de altura y 103 kilos de músculos. Estaba retirado y lo había hecho invicto con un balance de victorias-derrotas de 19-0. Todos los aficionados lo admiraban y todos los rivales temían su tremendo golpe de izquierda, su fiera combatividad y su capacidad de resistencia frente a los ataques del adversario. Era un tipo duro. Un Chuck Norris. Se decía que él mismo se había curado una neumonía al beberse una caja entera de whisky en un par de días. Había crecido en una granja, hasta que de adolescente se puso a trabajar en una fábrica de calderas de acero. De ahí su apodo: The Boilermaker (El calderero). Era un individuo imponente, dotado además de una técnica y combatividad que lo separaban claramente del resto. Un púgil de primerísima magnitud cuya popularidad lo llevó a hacer giras por Europa. Incluso su fama le permitió aparecer en algunas de las más primitivas producciones cinematográficas. Jim Jeffries era una leyenda viva. Había defendido nueve veces su título mundial con éxito antes de retirarse sin siquiera haber besado nunca la lona (sólo Rocky Marciano podrá decir lo mismo). Era rico, querido y famoso.

“El blanco no es un color. Es la ausencia del color”, espetó John ‘Jack’ Johnson al subir al ring. Negro, de 184 centímetros y 94 kilos, contaba con tres años menos que Jeffries y estaba en su cénit físico. Había empezado a trabajar de niño como limpiabotas, para luego destripar tripas de pescado antes de convertirse en estibador en el puerto de Chicago, lugar al que había llegado como polizón en un tren buscando mayor libertad racial. Al igual que en las novelas de Shakespeare se cuenta como se encadenaba a los osos en plazas de Londres para pelear contra perros, Jack Johnson comenzó boxeando en peleas ilegales donde les vendaban los ojos a los negros, se les daba vueltas como quien da cuerda a un motor para que se mareasen, antes de soltarlos ante otra jauría de negros. El último en pie sería el único que recibiría un plato de comida. Johnson ganaba siempre y pronto pasaron a atarle una mano a la espalda. Seguía ganando y consiguió salir de sótanos húmedos para boxear en gimnasios repletos de gente. Rápido de pies y con un golpe de derecha asfixiante, Johnson cansaba a su rival a base de movimientos fugaces y lenguaje soez, para luego soltar un gancho definitivo.

Como es de suponer, la inmensa mayoría del público era blanca. Incluso se temía por la vida de Jack Johnson en caso de salir victorioso del combate. Había un cartel gigante que representaba la lucha de un tigre contra un simio. “¡Vuelve a África!”, le gritaban a aquel negro de Texas. Johnson, siempre cuestionado sentimental, emocional y humanitariamente, tenía en su esquina a Etta Duryer, una espectacular rubia, quién, para más inri, era de buena familia y gustaba de competir en carreras de coches.

De lo malo, lo peor.

El combate comenzó a medio gas. Durante los tres primeros asaltos hubo una guerra psicológica en la que sorprendentemente Johnson se hizo ganador. Tanto Jeffries como el público buscaban una victoria rápida y fácil y lo único que se vio fueron bailes, algún crochet e infinidad de abrazos, tras los cuales Johnson aprovechaba para llamarle viejo y fracasado a Jeffries. Llegó entonces el cuarto asalto y Johnson logró impactar en la cara de Jeffries, algo que repetiría con suficiencia en el quinto, provocando el silencio sepulcral del respetable.

Johnson vs Jeffries

La normativa para el boxeo fue escrita en Londres por el galés John Graham Chambers en 1865. Este código de reglas reemplazó a las originales de 1743, escritas por Jack Broughton. Esta versión convenció a los boxeadores de que no deben luchar simplemente por ganar, sino que deben ganar siguiendo las reglas. El considerado primer campeón mundial (anglosajón para ser exactos) fue John Sullivan, logro que firmó en 1892. Por esa época se podía agarrar por el cuello a un adversario, el árbitro era mucho más permisivo con los contactos, prácticamente nunca mandaba a alguien a la esquina y no había asaltos. El campeón no se decidía hasta que uno de los púgiles no cayese al suelo o bien hasta que ambos considerasen, al límite de sus fuerzas, que se había llegado al asalto final, momento en el que se decidía quién era el ganador por puntos.

Así que, sin límite de asaltos, la idea de Jack Johnson era alargar el máximo el combate para desprestigio de los blancos.

En el séptimo asalto el calderero ataca al gorila con un recto de izquierda al estómago. El público ruge, pero el gorila se mantiene en pie. La pelea sigue en stand-by, hasta que, a la altura del undécimo asalto, Jack Johnson decide pasar definitivamente al ataque. Un recto con la derecha a la mejilla, seguido de otro de izquierda que le cierra el ojo a Jeffries. Suena la campana. A la esquina. Hace calor en Reno. Sudan. En el duodécimo asalto a Jeffries solo le queda buscar las cuerdas mientras el público calla. Jeffries lanza ganchos frustrados y busca abrazos de perdón, mientras Johnson lo esquiva y se ríe en su cara. Johnson juega un asalto más hasta que en el decimotercero un brutal gancho de derecha impacta en el rostro de Jeffries que cae y rompe como un cascarón.

Jimmy Jeffries se levanta.

El campeón blanco tiene orgullo.

El asalto 14 pasa sin pena ni gloria. Jeffries tiene los labios tan hinchados que parece un negro. Apenas se puede mantener en pie. Johnson le da tregua. Por vez primera en el combate lo respeta. Pero llega el decimoquinto asalto y Jeffries es un árbol que se tambalea. Únicamente hay que empujarlo. Jack Johnson conecta otro derechazo y Jimmy jeffries cae a la lona.

K.O.

Jack Johnson es campeón del mundo de los pesados.

K.O.

En Nueva York una multitud de 30.000 personas (¡más de las que se reunieron en el recinto de la pelea!) se congregó en torno a un teletipo de la calle Broadway para ir conociendo el desarrollo del combate. Al finalizar la pelea un grupo de blancos degolló a un negro en Houston, asesinaron a un par de ellos en Little Rock, lincharon a otro en Virginia por llevar traje y coche…hubo al menos una veintena de muertos en las siguientes 24 horas. La filmación de la pelea, que empezó a exhibirse en salas de cine, fue la película más taquillera en la por entonces breve historia del cine estadounidense.

Querido y odiado a partes iguales, Jack Johnson sería fiel a su estilo. No iba a ser un humilde Tío Tom que necesita la ayuda de los blancos. Iba a ser un hombre libre de pensamiento y voluntad. Sus padres habían nacido en plantaciones de algodón y su hijo no iba a pedir permiso por nada. Encargaba las telas de sus trajes en Paris y llevaba una inimaginable cantidad de oro en dientes y anillos. Invitaba siempre a los periodistas a comer en los mejores restaurantes del país, más caros cuanto más blanco era el plumilla. “No se sí me odian más por mis éxitos que por el color de mi piel”, dirá en una ocasión.

Y no le faltaba razón.

En 1912 su mujer, aquella blanca de alta sociedad que estaba en la esquina en el combate ante Jeffries, se suicida. Etta había sido insultada y ridiculizada por su relación con Jack. Se suicidó debido a la presión social y al acoso racial tal y como dejo escrito en una carta de despedida, aunque su aristocrática e influyente familia filtraría que lo había hecho por culpa de palizas que Jack le propinaba. El caso, es que fuese lo que fuese, apenas unos meses después Jack Johnson fue visto en compañía de otra jovencita rubia camino de un hotel.

Aquello tampoco gustó.

En 1910 se había aprobado la Ley Mann. Su objetivo fue prohibir la esclavitud blanca, transformando en delito federal el transportar mujeres de un Estado a otro para propósitos inmorales. Básicamente intentaba restringir la prostitución de mujeres blancas, aunque su usó practico fuese penar con cárcel a aquellos hombres que tuviesen sexo con menores de edad.

Resultó que la familia de Etta le pagó a una chica menor de edad llamada Belle para que tuviese sexo con Johnson, quién por sus comentarios y su fama era una piedra en el zapato del establishment. Detenido por propósitos inmorales con una menor fue sentenciado con doce meses de cárcel y una multa de 1.000 dólares de la época. Su ex suegra, la madre de Etta, se ofreció a retirar la demanda y librarse de la cárcel a cambio de que Johnson le donase a ella todo su capital y sus propiedades.

Jack Johnson

Decidido a no entrar en la cárcel, Jack Johnson se autoexilió y emigró a Francia. Allí es libre y feliz y boxea a cambio de un dinero que le permite sobrevivir. Pero estalla la I Guerra Mundial, y en 1915 coge un avión hasta La Habana donde pelea contra Jess Willard en su defensa por el título mundial pasadísimo de peso. Willard noqueó a Johnson en el 26º asalto tras un pacto con el Departamento de Estado norteamericano para que le dejasen visitar a su padre en su lecho de muerte antes de ingresar en prisión. Lo hizo, vio a su padre, pero Johnson nuevamente escapó de las rejas y voló a España.

Allí se enamoró de Barcelona. Residía en la Calle Mallorca, cerca de la Sagrada Familia, y frecuentaba los bares de alterne en el Paralelo. Gustaba de ir a la Monumental a ver los toros, ya que consideraba a los toreros tan valientes como los boxeadores. Y boxeó. Boxeó mucho. Boxeó hasta en La Monumental bajo la presencia del rey Alfonso XIII. Sacaba dinero fácil en peleas en las que apenas tenía que sudar. Mandaba dinero a Lucille, su nueva (y blanca) esposa. Luego le pagó un billete de transatlántico para que viajase a Europa, donde se gastaba el dinero que tenía en hoteles de lujo y banquetes de siete platos. Hubo de vender coches y posesiones.

Con una Europa devastada por el fin de la guerra (nadie quiere asistir a un concurso de violencia cuando la misma vida que te rodea es violencia), en 1920 Jack decide volver a Estados Unidos. Vuela a México y cruza la frontera hasta que es detenido para cumplir su pena carcelaria. Prepara un plan de huida, pero tras dos horas deliberándolo, acaba fumando puros y bebiendo una botella de whisky que le habían pasado de contrabando. En prisión disputará varios combates y tendrá que hacerlo también al salir de entre rejas para poder subsistir. Se retirará oficialmente en 1938, con 60 años de edad, tras unos últimos años contando su vida en teatros a cambio de unos dólares y peleando en lugares clandestinos tan inhóspitos como aquellos donde, con los ojos vendados, había comenzado a ponerse los guantes.

Jack Johnson fue durante década y media el afroamericano más famoso y notorio del planeta. Luego se fue. Se evaporó. Estados Unidos no espera a nadie, y menos a un negro triunfador.

En un documental sobre su vida, Ken Burns dijo: «Durante más de trece años, Jack Johnson fue el afroamericano más conocido del mundo. Fallecería en 1946, a los 68 años, por culpa de las lesiones sufridas en el cráneo tras un accidente de coche. Hubo de esperar casi un siglo para que su condena y juicio fuese considerado ilegal gracias a una iniciativa del senador republicano John McCain. Luego, en 2018, el presidente Donald Trump en un acto en compañía del actor Sylvester Stallone (Rocky en la ficción) le concedieron el perdón póstumo a Jack Johnson bajo presencia de sus mestizos descendientes”.

Justicia…un siglo más tarde

“Hay negros que viven en mansiones y otros al pie de un árbol. Algunos dan la vuelta al mundo y otros no se alejan de sus casas. Otros van en coche y los demás sólo pueden caminar. Pero todos los negros compartimos el miedo a que haya un hombre blanco con esposas o con una pistola a la vuelta de la esquina”. Jack Johnson.

“No soy negro, soy una persona. Tengo un sueño, que mis cuatro hijos vivan un día en una nación en la que no sean juzgados por el color de su piel sino por la naturaleza de su carácter”. Martin Luther King.

“Me gusta ver a un hombre orgulloso del lugar en el que vive. Me gusta ver a un hombre vivir de tal manera que su lugar se enorgullezca de él”. Abraham Lincoln.

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Estados Unidos 1994 (2ª parte)

Cuando el 17 de junio de 1994 la vigente campeona Alemania venza a la advenediza Bolivia por 1-0 en el primer partido del Mundial, los teutones no harán otra cosa más que reforzar su favoritismo. Vencedores en 1990 y unificados como una sola nación tras el fin de la Guerra Fría ese mismo año, se cernía una época de gloria y dominio germano. No obstante, y como de costumbre, Alemania comenzó al tantarantán y únicamente los cuatro goles de Jürgen Klinsmann en tres partidos le hicieron pasar primera en un grupo donde el segundo fue España. ¡Y menuda España! Dirigida por el polémico Javier Clemente, éste se había cargado a la Quinta del Buitre enemistándose con medio país. Jugaba con un 5-4-1 (3-4-2-1 en ofensiva) donde los centrales Hierro y Nadal eran mediocentros, el lateral Sergi jugaba como extremo y el polivalente Luis Enrique era a menudo la referencia ofensiva. España era ultradefensiva, pero era un bloque granítico y Clemente había creado una unión con sus jugadores que había disparado la ilusión en todo el país.

España se había calificado para el Mundial sufriendo ante Irlanda y venciendo agónicamente a Dinamarca en un partido donde jugó 80 minutos con un hombre menos por expulsión de Zubizarreta, lo cual permitió el debut internacional de Santi Cañizares. Sufrió, pero se clasificó. No así Inglaterra que perdió ante Holanda y certificó su fracaso al caer en Oslo frente a Noruega. Aún más dura fue la caída de la Francia de Cantona, Deschamps y Ginola. A falta de dos partidos lo tenía hecho. Vencía por 2-0 a Israel, pero en un plazo de siete minutos los macabeos remontaron el duelo. En el último partido, a jugar en Paris, Francia y Bulgaria se enfrentaban por una plaza mundialista. A los galos les valía el empate. 1-1 y córner a favor de Francia. Minuto 90. Despeja la defensa búlgara y en el contraataque siguiente Kostadinov lograba el 1-2 y el histórico pase. Hristo Stoichkov y aquel resto de anárquicos jugadores harían las Américas.

Con todo, lo que tenía en ascuas al mundo era sí Maradona resurgiría de sus cenizas cocainómanas para liderar a Argentina. Sin el Pelusa, la albiceleste cayó por 0-5 en Buenos Aires ante una maravillosa Colombia liderada por Valderrama, Asprilla y Rincón. Argentina tuvo que vencer en la repesca a Australia y Maradona acudió con 34 años y prácticamente sin haber jugado al fútbol en el último bienio al que iba a ser su último Mundial.

Y Maradona volvió contra Australia

Aunque parezca mentira Colombia era clara favorita a dar la campanada. Fracasaron. Perdieron contra la Rumanía de Gica Hagi para luego jugarse el pase contra los anfitriones. Nadie esperaba que un gol en propia puerta resultase tan trágico. Andrés Escobar, lateral cafetero, anotó un autogol que clasificaba a Estados Unidos y mandaba a la lona a Colombia. Días después era asesinado cuando salía de tomar algo con unos amigos en un bar de Medellín. Su asesinato fue achacado al narcotráfico. Se habían movido millones de dólares en apuestas al pase de Colombia a octavos y aquello no entraba dentro de los planes.

El Mundial, por cierto, siguió como si nada.

A quien daba como favorito las casas de apuestas era a Brasil. Contaban con una dupla de ataque pantagruélica con los fabulosos Romario y Bebeto y con ellos como finalizadores se había formado un bloque compacto y sólido que, si bien no enamoraba como los de antaño, era más que fiable. Romario marcó tres goles en tres partidos y sólo cedió un empate ante la Suecia de Dhalin y Larsson. Quedaron fuera el Camerún de Roger Milla, quién anotó con 42 años su último tanto mundialista, y Rusia, aunque el delantero del Logroñés Oleg Salenko llegó a firmar cinco chicharros en un encuentro, hazaña jamás antes realizada.

El otro candidato al título era Alemania. En el ambiente flotaba la sensación de que por vez primera una selección europea sería capaz de conquistar América. Esa era Alemania, siempre favorita y que desde la unificación era considerada invencible. Como ya se comentó líneas atrás, comenzó a medio gas, pero le fue suficiente para clasificarse por delante de una España que opositaba a underdog mundialista. Como tercer aspirante quedaba Italia que mantenía el bloque de 1990 con Arrigo Sacchi a los mandos y un Roberto Baggio en el mejor momento de su carrera. Y si Alemania había empezado sin fuerza, no lo sería menos Italia. Cayeron ante Irlanda en un nefasto partido para luego vencer con la soga al cuello a Noruega. Luego empataron ante México y pasaron a octavos como uno de los mejores terceros gracias a la diferencia de goles. No pintaba bien la cosa…pero muchos recordaban la edición de 1982 donde Italia había ganado el título sin vencer durante la primera fase.

Pero la gran historia de esa primera fase tuvo lugar en el grupo de Argentina. En el primer choque los rioplatenses doblegaron a Grecia en Boston por 4-0. Batistuta metió dos y Maradona pegó un zapatazo que se coló por la escuadra. Cuatro días después Argentina vencía a Nigeria y se clasificaba para octavos. Maradona se marchaba a vestuarios sonriente acompañado de dos bellas enfermeras. El ‘10’ volvió a caer en su propia trampa. El contranálisis confirmó su positivo por cinco sustancias diferentes. “Me cortaron las piernas”, clamaría Maradona al saber la sentencia. Tocada y huérfana de su líder y guía espiritual, Argentina cayó en el último partido del grupo ante Bulgaria, lo que posibilitó la clasificación de Hristo Stoichkov y sus compañeros. Eran los búlgaros un equipo precioso de ver. Anárquico, combinaba fases de buen juego con desconexiones clamorosas. Sus jugadores pasaban más tiempo bebiendo cervezas en la piscina del hotel de concentración que entrenando. Muchos de ellos confesarían que jugaron varios partidos de ese Mundial con una resaca de campeonato.

Hristo Stoichkov

Bajo lo que podríamos llamar síndrome Maradona, Argentina cayó en octavos ante Rumanía. Apagados, adormecidos y desconectados, los rumanos aprovecharon el bajón argentino para colarse en unos cuartos donde les esperaba Suecia. El duelo más aguardado de los octavos enfrentó a Brasil con Estados Unidos. Jamás un encuentro de fútbol había tenido tal repercusión en Yankeelandia. Bebeto acabó con un sueño americano que concurría a convertirse en leyenda.

En Brasil aparecían Romario y Bebeto. Hubo que esperar al minuto 89 de octavos de final para que apareciese en Italia Roberto Baggio. Hasta entonces los transalpinos caían ante la Nigeria de Oliseh, Finidi, Okocha o Amunike. Nigeria le jugó de tú a tú a Italia hasta que Baggio empató el partido para luego resolverlo en la prórroga. En cuartos les tocaría una España agigantada que había vencido a Suiza por 3-0 jugando con un 5-4-1 que masacró a los helvéticos al contraataque.

Y en cuartos sucedió lo que tenía que suceder. España se merendó a Italia llevando la manija del partido y con un fútbol primoroso. Puestos a jugar al contraataque, nadie puede mejorar a los italianos. A tres minutos del final Julio Salinas tuvo una clarísima que pegó en los pies de Pagliuca. Acto seguido un mano a mano de Roberto Baggio acababa con Zubizarreta acostado a su derecha y con Il Divino Codino anotando el gol del triunfo. Luego, en el descuento, Tassotti le pegaba un codazo en la nariz a Luis Enrique (jóvenes lectores, no existía el VAR) y la imagen de Lucho chorreando sangre pasará a los anales de las desgracias hispanas como el hundimiento de la Armada Invencible o la pérdida de Cuba.

El codazo a Lucho

Si trágico, aunque esperado fue lo de España, lo que ocurrió el 10 de julio de 1994 en Nueva York fue una hecatombe inesperada. La Bulgaria de Hristo Stoichkov eliminaba a Alemania en cuartos de final. Aquello fue una bomba que sería desactivada por Italia al conseguir superar a los búlgaros en semifinales con dos golazos de Baggio tras sendas jugadas personales. Pero volvamos a los cuartos. Se adelantó Alemania de penalti, pero a quince minutos del final Stoichkov empataba el duelo. Después, el alopécico Letchkov anotaba de cabeza ante la incredulidad general. En la otra semifinal se presentó otro país inesperado. Suecia echó por penaltis a Rumania y se metió entre los cuatro mejores donde cayó ante Brasil gracias a una diana de cabeza de Romario. Brasil, por cierto, había vencido en un precioso choque de cuartos de final a Holanda (quien se había clasificado con un calendario favorable). El partido fue bello, dignificando el primer y último esfuerzo de Dennis Bergkamp de coger un avión para disputar un Mundial. Vencieron por 3-2 los brasileños el día que Bebeto patentó la celebración acunando a un bebé imaginario para conmemorar el nacimiento de su hijo.

Gol de Bebeto (c)

El once ideal de aquel Mundial fue el formado por Preud’homme (Bélgica); Jorginho (Brasil), Maldini (Italia), Marcio Santos (Brasil); Dunga (Brasil), Hagi (Rumanía), Balakov (Bulgaria), Brolin (Suecia); Romario (Brasil), Stoichkov (Bulgaria) y Roberto Baggio (Italia). Los máximos goleadores fueron el ruso Salenko y Romario empatados a seis dianas.

¿Y el mejor jugador?

La final enfrentó a Brasil y a Italia en busca de ser el primer país en sumar cuatro títulos mundialistas. Fue la primera final de la historia que acabó sin goles, lo que irremediablemente llevó el partido a los penaltis. Bajo el cielo de California, la final no tuvo momentos de buen fútbol, pero le sobró emoción y dramatismo. Romario tuvo una que repelió el palo, madera que se llevó un beso de agradecimiento de Gianluca Pagliuca. Las hadas, sin embargo, acabarían abandonando al guardameta italiano. En los penaltis, Franco Baresi, imperial durante todo el partido, falló su lanzamiento y Roberto Baggio mandó el suyo a las nubes para felicidad de un Brasil que ganó el Mundial siendo menos brasileño de lo que nunca antes había sido.

El mejor jugador sería Romario.

Brasil ganó su cuarto Mundial apelando al sacrificio. La parte táctica adquirió una importancia predominante. El seleccionador Parreira arrinconó a los jugadores creativos como Raí para apostar por un trivote de hormigón armado formado por Mazinho, Dunga y Mauro Silva. La velocidad de Jorginho y Branco dotaban de balones a dos delanteros de tronío como Romario y Bebeto. Por cierto, en el banquillo, un niño de 17 años se proclamaba campeón mundial sin jugar ni un solo minuto. Se llamaba Ronaldo Nazario.

Antes del Mundial muy pocos en Estados Unidos lo conocían.

Después del Mundial muchos en Estados Unidos se iban a interesar por aquella extraordinaria carrera que estaba a punto de arrancar.

Y es que el Mundial fue un exitazo. El fútbol había vuelto a Estados Unidos tras el fracaso de la NASL en los años 70.

Esta vez lo hacía para quedarse.

El soccer había encontrado su hueco.

Brasil 94

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La cosa resultó de tal forma. Desde que en 1930 la FIFA decidiese poner en marcha el primer Mundial todas y cada una de las ediciones tuvieron lugar en un país de fuerte tradición futbolera. Quizás Suiza fuese la decisión más rechinante entre el conglomerado de países. Sucedió que en la Europa de 1954 aun había países hechos girones tras la II Guerra Mundial. El caso es que Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y España habían organizado el Mundial, al igual que Argentina y Brasil. Incluso lo habían hecho países como Uruguay, Chile o Suecia, que hoy no tienen estadios, ni hoteles, ni infraestructura suficiente para albergar un bicharraco de 48 países, decenas de miles de aficionados y cientos de medios de comunicación, pero que por entonces podían ser dignos y capaces anfitriones de un evento de manejable tamaño.

Resultó que en los años 80 el fútbol empezaba a ser global. La televisión a color estaba implantada por todo el orbe, las fronteras cada vez eran más permeables y el dinero inundaba todos y cada uno de los poros de tan bello deporte. Resultó que había un jugoso mercado de más de 300 millones de personas que estaba sin explotar. Y no era un mercado cualquiera. Era el mercado más esplendoroso del planeta. En Estados Unidos nadie se interesaba por el soccer. Y es que allí el fútbol era, y es, el fútbol americano. El soccer (abreviatura de association football) era un deporte europeo y sudamericano que apenas era seguido y practicado en crepúsculos aislados de las grandes ciudades. En 1968 se había puesto en marcha la primera liga profesional del país (NASL) en la que se invirtieron millones de dólares. Empresas como Warner Bros o AG y multimillonarios del incipiente Silicon Valley o de la tradicional industria del petróleo crearon equipos de la nada que apenas consiguieron atraer público a los estadios. Y eso que se apostó fuerte. Johan Neeskens, Eusebio, Carlos Alberto, Hugo Sánchez, Bobby Moore, Gerd Müller, Teófilo Cubillas, Trevor Francis, Elías Figueroa, Gordon Banks, Johan Cruyff o Franz Beckenbauer jugaron en la NASL. Y por supuesto Pelé. Únicamente O Rei movilizaba multitudes con su NY Cosmos, lo que hizo que el equipo neoyorkino fuese de los pocos en ser rentables. Al final el inventó feneció en 1984 cuando los inversores pusieron pies en polvorosa antes de quedar totalmente arruinados.

“Aquí el fútbol es el deporte del futuro y siempre lo será”, sentenciará en un famoso editorial el Washington Post. Pero la semilla estaba plantada y la FIFA estaba decidida a echar el resto. La idea era llevar el Mundial de fútbol al país más rico del mundo y así se estableció en el Congreso de la FIFA de 1986. Aquello no gustó demasiado. Ni gustó en Sudamérica ni en Europa. A los primeros no les gustó dado que consideraban que la edición de 1994 tendría que tener lugar en tierra del hemisferio sur. En 1986 el Mundial había ido a México y en 1990 tocaba Italia. Se apostaba por Chile, el país más rico de Sudamérica, como candidatura de 1994. A la UEFA (Europa) simplemente no le gustaba el asunto porque todo lo que rompa con la tradición nunca es bien visto en primera instancia por el establishment del Viejo Continente.

Sucedió que Chile se retiró de la carrera meses antes de la meta, en medio de un referéndum por una nueva constitución que puso el primer clavo a la dictadura de Augusto Pinochet. A contrapié y a destiempo entró en la carrera Brasil, con el hándicap de que apenas tres décadas antes ya había organizado el Mundial. Con Brasil fuera de juego, el duelo estaba definido entre Estados Unidos y Marruecos. Los magrebís ofertaban buenas instalaciones, la posibilidad de ser el primer estado africano en organizar un Mundial e intentaron ganarse a los europeos apelando a la proximidad (hecho clave para los derechos televisivos, dado que los partidos se jugarían en horario de máxima audiencia de Europa Occidental).

La votación tendría lugar en diciembre de 1988. Brasil sumó dos votos, Marruecos siete votos y Estados Unidos logró diez papeletas. Finalmente se apostó por la seguridad económica y empresarial de los americanos. El fútbol caminaba hacia lo desconocido.

Fútbol y dinero se darían un abrazo que nunca jamás se rompería.

And the winner is…

Había miedo. Mucho miedo. ¿Quién irá a los estadios? Y, antes de nada; ¿Habría estadios? Y es que no había estadios. Había instalaciones de fútbol americano. Y no eran estatales. Eran de franquicias. De empresas. ¿Querrían cederlos para adecuarlos al soccer y ser sede del Mundial? Hubo que poner dinero. Hubo que invertir. Millones y millones en publicidad. Cuando comenzó el Mundial menos del 25% de los estadounidenses sabían que se iba a celebrar en su país. La FIFA lanzó un órdago. En caso de salir bien habría millones para todos. En caso de salir mal, tocaba la ruina absoluta.

Aconteció que todo encajó a su debido tiempo. Dos años después, en 1996, tendrían que celebrarse los Juegos Olímpicos. Eran los del centenario tras la reaparición de la fiesta del olimpismo en 1896. Atenas los pidió y se afanó por conseguirlos. No obstante, dado que en 1992 se habían celebrado en Barcelona, no parecía muy probable que los griegos venciesen debido a la norma no escrita de la rotación de continentes. Hubo cinco votaciones y en las tres primeras Atenas iba en primera posición, pero, finalmente, la estadounidense Atlanta logró la victoria absoluta en el quinto intento. Tras México (1968 y 1970) y Alemania (1972 y 1974), era la tercera ocasión en la que un país albergaba en un plazo de 24 meses los dos eventos deportivos más importantes del planeta.

Dada la magnitud del territorio estadounidense sería la primera vez en la que todos los desplazamientos de las diferentes selecciones se realizarían por vía aérea. Se llegó a un acuerdo con las instituciones para desplazar a los jugadores en vuelos regulares, demostrando la infinita capacidad aérea de un país que no vio necesario reclutar vuelos chárteres. Hubo nueve sedes tan dispares como lo es el conjunto de los Estados Unidos. Desde la frescura oceánica de Boston al clima mediterráneo de San Francisco. Pero, sobre todo, hubo calor y humedad. En Nueva York o en Washington se jugaba a las 12.30 del mediodía para que los europeos se sentaran delante del televisor a media tarde. Aquello fue duro, pero lo sería mucho más cuando toque jugar debajo de una niebla de contaminación en Los Ángeles, bajo el tórrido sol de Dallas o en la tropical Orlando. En la megalópolis de Chicago se alcanzarán los 41º grados con fútbol a las tres de la tarde hora local.

Fue la última Copa Mundial que contó con 24 selecciones participantes, lo que permitía la clasificación para octavos de final de los cuatro mejores terceros de la fase de grupos. Se llegó a un frutífero acuerdo con las franquicias de la NFL y las nueve sedes lucieron espectaculares. La FIFA tiró el precio de las entradas y los hijos y nietos de europeos y la numerosísima comunidad latina acudió en masa a los estadios. Los estadios no tendrían vallas ni fosos y todos los asistentes lo harían sentados en su asiento, algo nunca visto antes. La media de espectadores por encuentro rozó las 70.000 almas, cifra que tiene pinta de no ser superada, dado que no hay lugar en el planeta con tal cantidad de coliseos de tan magna cantidad como Estados Unidos.

Se reservó el Soldier Field de Chicago para los partidos de Alemania en la primera fase debido a la numerosa colonia de origen germano que hay en Illinois. Situado en un parque de Chicago a escasa distancia del Lago Michigan, el Soldier Field es un hermoso estadio para 61.500 espectadores inaugurado en 1922. El estadio honraba a los caídos en la I Guerra Mundial (campo del soldado) y no tenía un uso definido hasta que en los años 70 se convirtió en el hogar de los Chicago Bears campeones de la NFL en nueve ocasiones. El recinto tiene una característica forma ovalada que recuerda a una bala y durante muchos años contó con hierba sintética en una época donde se pensaba que aquello era progreso y futuro. Lo más característico del Soldier Field era su fachada, una conjunción de columnas grecorromanas que se elevaban por encima de las gradas. Esto hizo que con el tiempo el estadio fuese declarado patrimonio nacional, pero una profunda reforma acometida en 2003 hizo que se le fuese retirado el título.

Justo lo contrario ocurre con el Sanford Stadium de San Francisco. Cuando se levantó, allá por 1927, el arquitecto hizo firmar un documento por el que si en el futuro se realizaban remodelaciones en el recinto sería de obligado cumplimiento mantener la estructura original. Y así ha sido. En el espacio de un siglo se han puesto luces, se han levantado nuevas gradas, se han creado palcos de prensa y se añadieron tribunas de lujo hasta dejar el aforo actual en 92.000 almas. Y todo manteniendo la característica estructura original con un fondo abierto a la ciudad y al famoso Silicon Valley. Se reservó para los partidos iniciales de Brasil.

Sin duda el más llamativo de los nueve recintos fue el Silverdome de Detroit. Fue el primer estadio en albergar bajo cubierta un partido del Mundial. Hubo que cambiar el césped artificial por el natural para que la FIFA diese el visto bueno. Antes de albergar el Mundial, en sus 75.000 asientos se había disfrutado del último gran concierto de Elvis Pressley o de un partido de la NBA entre los Boston Celtics y los Detroit Pistons que sigue marcando el récord de espectadores en la competición.

Pero las joyas de la corona estaban en otras latitudes. En Nueva York el Giants Stadium albergaría una de las semifinales. Integrado dentro de un complejo deportivo hoy ya demolido, se trataba de un estadio muy abierto, donde el público no se apilaba y las gradas eran sumamente verticales. 80.000 personas podían entonces acudir a ver los partidos de la NFL, como antes lo habían hecho para ver al NY Cosmos de Pelé.

La final se jugaría en la otra punta del país. En el Rose Bowl de Pasadena, en las afueras de Los Ángeles. Siglos atrás Pasadena era uno de esos lugares donde los misioneros españoles levantaron templos para cultivar la fe católica. Hoy Pasadena ha sido engullida como ciudad satélite de la gigantesca Los Ángeles. Pues allí, un medio de un parque, se proyectó el Rose Bowl con la finalidad de celebrar anualmente un partido que enfrentase a los lideres de fútbol americano del este y el oeste del país para determinar al campeón nacional. El estadio, y así mismo el torneo, pasó a llamarse coloquialmente como Bowl (tazón), dado que el recinto tenía dicha forma. De ahí que todos los torneos finales de fútbol americano desde entonces se llamen ‘Bowl’, incluido el hoy archiconocido torneo final de la Superbowl de la NFL. El Rose Bowl no solo alberga partidos de fútbol americano, sino que ha sido sede de las pruebas de ciclismo en pista en los JJ. OO de 1932 o del torneo de fútbol en los JJ. OO de 1984.

Fue proyectado en 1922 para 40.000 espectadores y con forma de herradura, pero pronto se hizo pequeño y en 1928 fue cerrado para darle su luego icónica forma de tazón. Actualmente son 88.000 almas las que pueden presenciar los partidos de los Bruins de la Universidad de UCLA, aunque para la final del Mundial pudieron acudir 95.000 espectadores. Hoy el camino de entrada está rodeado de rosas de diversos colores que alegran la llegada de los aficionados. Pero el problema es que el camino puede ser odioso, dado que el Rose Bowl solo tiene una carretera de acceso, por lo que se pueden llegar a tardar más de dos horas en cubrir el escaso kilómetro que hay desde la salida de la autopista de Los Ángeles hasta la entrada del estadio.

Rose Bowl

La maquinaría económica de Estados Unidos decidió convertir 1994 en un éxito como prólogo a los Juegos de 1996. Los estudios de animación de Warner Bros crearon una mascota futbolera a la que vistieron con la bandera de las barras y estrellas. Se trataba de un perro al que llamaron Striker (delantero). Fue un pelotazo en todo el país. Adidas creó el balón Questra envuelto en espuma de poliestireno que lo hacía mucho más ligero. Fue un pelotazo en medio mundo. Televisivamente aquello fue un desmadre. Cámaras superlentas, planos desde helicópteros y la novedosa cámara escorpio la cual, montada sobre un brazo hidráulico, podría moverse bajo cualquier dirección bajo control remoto. Por vez primera los árbitros dejaban de ser funerarios y vistieron de colores. A rayas blancas y negras o rojas o amarillas, al más puro estilo americano. Las entradas por detrás serían sancionadas con tarjeta roja y se prohibió que el portero cogiese el balón con las manos tras cesión para agilizar el espectáculo. La FIFA dio una indicación a los trencillas que se tornó en trascendental. En caso de duda no señalar fuera de juego y en caso de contacto dentro del área, por pequeño que fuese, señalar penalti. “Es necesario que haya más goles”, declaró Joseph Blatter, secretario general de la FIFA.

Hubo de crearse una nueva liga. Y es que Estados Unidos organizó un Mundial sin contar con una liga profesional. Se firmó un acuerdo para que en la campaña 1994/95 se celebrase la primera temporada de la MLS (Major League Soccer). En esa nueva liga habría tres cambios por equipo y tres puntos por victoria. Los jugadores llevarían número fijo y nombre detrás de la espalda, todos los futbolistas lesionados tendrían que salir del campo en una camilla motorizada y todos los estadios contarían con videomarcadores para ver la repetición de los goles. Todas esas innovaciones de la MLS tuvieron su primera implantación en el Mundial de Estados Unidos.

Árbitros de colores

Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debe a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte es eje trascendental.

Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.

Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Alemania derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.

Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.

Diana Ross

Luego, en el mismo grupo, Corea del Sur daba el primer pelotazo del Mundial al arañar un empate (2-2) ante la España de Javier Clemente. Nadie en Estados Unidos hizo caso de tal asunto. OJ Simpson, un famoso jugador de fútbol americano, protagonizaba una persecución policial retransmitida minuto a minuto en televisión tras ser acusado del asesinato de su ex esposa.

La cosa pintaba mal. Pero al día siguiente debutaba Estados Unidos. Empató ante Suiza frente a 70.000 espectadores. Nadie contaba con ello. Luego jugó y convenció Brasil y más tarde Maradona resucitaba de entre los muertos en una exhibición de Argentina. Y cuatro días después Estados Unidos sorprendía a la Colombia de Valderrama, Rincón y Asprilla y sumaba un inesperado triunfo por 2-1 que hizo que el soccer se colase en las casas de todos los estadounidenses.

Pues sí. Aquella arriesgada apuesta se iba a convertir en un pelotazo.

Continuará.

“El fútbol es un juego que los estadounidenses enseñamos a nuestros niños hasta que son suficientemente mayores para hacer algo interesante”. Dicho popular estadounidense.

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Cuando Estados Unidos ganó a Inglaterra

El asunto fue que la selección de Estados Unidos de fútbol se constituyó hace ahora 100 años. Formaron parte de los Juegos Olímpicos de 1924 y de 1928, no por su nivel futbolístico, sino por la fuerza de un país capacitado de llevar deportistas de cualquier disciplina hasta los confines del mundo. En 1928, como muestra que sirva de ejemplo de sus escasas facultades futbolísticas, cayeron por 11-2 en la primera ronda del torneo olímpico ante Argentina.

Resultó que en 1930 se celebró el primer Mundial de fútbol. La organización recayó en Uruguay, vigente campeón olímpico. Hubo espantada europea dado que por entonces había que acudir a América en un largo viaje en barco y la mayoría de los futbolistas compaginaban el balón con otro trabajo. Así que Estados Unidos acudió a ese primer Mundial por falta de alternativas. Venció por 3-0 a Paraguay con triplete de Bert Patenaude, quién se convirtió en el primer (y olvidado) futbolista en anotar un hat-trick en un Mundial. Patenaude, por cierto, era estadounidense de padres europeos, como lo eran todos los componentes del once titular (alguno incluso había nacido directamente en Escocia o en Irlanda). Luego, Estados Unidos venció a una Bélgica recién bajada de cubierta tras 40 días de viaje. Así el milagro estadounidense se clasificó para semifinales donde caería masacrado por Argentina (1-6). Pero la cosa no acabó ahí. Forrados de dólares, los Estados Unidos fueron de los pocos países no europeos que se presentaron en Italia para disputar el Mundial de 1934. El asunto no resultó tan poético entonces. Cayeron en la primera ronda eliminatoria ante Italia por 1-7. El gol americano fue anotado por Aldo Donelli, quién, como es fácil de adivinar, era hijo de italianos.

Pateunade. Primer hat-trick mundialista

Luego vino la II Guerra Mundial y el Mundial no volvería a celebrarse hasta 1950 cuando Brasil coja el relevo de Francia, país que le había dado carpetazo al asunto en 1938. Se intentó que esa edición de 1950 fuese la primera global. Eran 16 participantes. 8 europeos, 5 sudamericanos, 2 norteamericanos y un asiático. México arrasó en su grupo clasificatorio y Estados Unidos obtuvo su plaza al lograr una victoria en el encuentro decisivo ante Cuba.

Era el tercer Mundial para Estados Unidos.

Iba a ser el primero para Inglaterra.

Los ingleses inventaron las reglas del fútbol en 1863 y lo extendieron por el mundo al tiempo que sus ferrocarriles, pero cuando en 1904 se creó la FIFA no quisieron tratos con advenedizos. Cambiaron de idea en 1908, dado que Londres iba a celebrar los Juegos Olímpicos. La FIFA se bajó los pantalones de tal modo que expulsaron con celeridad al presidente en vigor para darle la presidencia al inglés Daniel Woolfall. Como no podía ser de otro modo vencieron en 1908 y en 1912 (compitiendo como Gran Bretaña) antes de que estallase la I Guerra Mundial. Al finalizar el conflicto, los ingleses exigieron que los países perdedores de la guerra fuesen expulsados de la FIFA, pero perdieron la votación. Así que decidieron salirse de la FIFA nuevamente.

Con el francés Jules Rimet en la presidencia se cuajó la celebración de un Mundial de fútbol cada cuatro años a partir de 1930. Los ingleses amagaron con volver, pero le echaron la culpa al profesionalismo encubierto. Ya entonces se sabía que la flema inglesa era en realidad temor. Era evidente que había alumnos que estaban al mismo nivel que los maestros. Inglaterra no sabía aun lo que era perder en casa ante equipos continentales, pero ya había caído en amistosos como visitante en España (1929), Francia (1931), Hungría (1934), Checoslovaquia (1934), Austria (1936) o Bélgica (1936). Cuando en 1938 caiga en Zúrich ante Suiza ya pocos creerán en la superioridad inglesa. Los ingleses habían estado a punto de perder ante Italia (doble campeona mundial) en Londres unos años antes y desde entonces se cuidaban muy y mucho de invitar a otro país a pisar el terreno de su inexpugnable isla.

Finalizada la II Guerra Mundial, esta vez sí la FIFA decidió vetar la presencia en el Mundial de 1950 de Alemania y de Japón, las dos grandes agresoras. Italia se salvó por su respetado presidente de la FIGC (Federación Italiana de Fútbol) Ottorino Barassi, quién, como vigente campeón, custodiaba la Copa Jules Rimet y logró mantenerla a salvo escondiéndola de los nazis. Así, Inglaterra, y esta vez de forma definitiva, decidía formar parte de la familia del fútbol y afiliarse a la FIFA.

Como raritos que eran, Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda decidieron formar un grupo propio clasificatorio. Inglaterra arrasó y se clasificó para el Mundial. El entrenador y preparador físico era Walter Winterbottom. Y digo bien entrenador porque no era seleccionador. Eso era tarea de un comité técnico que decidía que jugadores acudirían a Brasil. El galimatías aun le duraría a los flemáticos ingleses una década más. El caso es que Inglaterra venció en su último amistoso antes del Mundial a Italia en Turín por 0-4. Era un equipazo. Matthews, Mortensen, Lawton, Mannion y Finney formaban un ataque temible. El extremo diestro Stanley Matthews, por entonces ya con 35 años, era considerado el mejor driblador del planeta.

Tras día y medio de viaje en avión con sus correspondientes escalas, la expedición llegó a Rio de Janeiro donde fueron recibido como semidioses. El sorteo les colocó como cabezas de grupo en un cuadro junto a España, Chile y Estados Unidos. Únicamente el primero se clasificaría para semifinales.

Inglaterra 1950

Inglaterra debutó venciendo a Chile por 2-0 en Maracaná en un día donde llovió a chuzos. Antes España había vencido a Estados Unidos por 3-1. Zarra y compañía repetirán triunfo ante Chile mientras que ingleses y estadounidenses se enfrentarán en la segunda jornada. Se da por hecho un claro triunfo británico y un duelo definitivo en la última fecha entre España e Inglaterra para dilucidar que país logra el pase a semifinales.

Sólo acudieron 10.000 personas al estadio de Belo Horizonte. Winterbottom decidió dar descanso a Matthews pensando en el partido decisivo ante España. Estados Unidos no tenía tirón alguno ni en Brasil ni en el país de las barras y estrellas. Únicamente un periodista de Saint Louis acudió a seguir al equipo y lo hizo pagándose el viaje de su propio bolsillo.

Y sucedió lo imposible.

Inglaterra salió arrollando. En los primeros diez minutos tuvo seis ocasiones de gol incluyendo dos disparos a la madera. A partir de ahí, se hizo la noche. Estados Unidos se revolvió y salió a jugar de tú a tú a Inglaterra. Hasta que, superada la mitad de la primera parte, lograron adelantarse en el marcador. A partir de entonces pusieron el autobús. Inglaterra repetía ataques y más ataques sin un mínimo de fantasía y las paradas milagrosas de un tal Borghi obraron el milagro. Frank Borghi (otro de padre italiano) era jugador de beisbol antes de meterse a portero de fútbol. Había acudido a Brasil tras una bronca con su madre por desantender sus obligaciones en la funeraria, empresa que era el sustento familiar. Su heroicidad se completó cuando a ocho minutos para el final una caída de Stan Mortensen (máximo goleador de la liga inglesa) dentro del área acabó en penalti. Alf Ramsey, entonces lateral derecho y con el tiempo el seleccionador inglés campeón del mundo, ejecutó el lanzamiento y Borghi adivinó sus intenciones.

Si Borghi fue el héroe defensivo, el líder ofensivo había sido Joe Gaetjens. En el minuto 38 el portero inglés se confió en un centro bombeado que parecía ofensivo y un remate en plancha de Gaetjens acabaría siendo el tanto de la noche. ¿Quién era Gaetjens? Era haitiano. De muy buena familia. Había sido enviado a Estados Unidos a estudiar a una carrera y por entonces se encontraba trabajando de lavaplatos en un restaurante para pagarse sus gastos. Jugaba en un club patrocinado por dicho restaurante y había sido captado tras meterle un gol a Borghi en un partido de un torneo organizado por la federación estadounidense antes del Mundial.

Y es que aquellos jugadores no es que fuesen modestos, eran modestísimos. Joe Maca era belga, Ed McIlvenny era escocés y tanto Charlie Colombo como Gino Paniani eran italoamericanos. Todos jugaban al fútbol en sus ratos libres. También lo era Frank Valicenti, quién se cambió el apellido por Wallace cuando decidió alistarse en el ejército para combatir a los fascistas en Italia. John Souza, elegido en el once ideal del campeonato, era un sudamericano nacionalizado que ni siquiera pertenecía a equipo alguno en el momento de la disputa del Mundial. Entre los citados había funerarios, carteros, encofradores o fontaneros. Walter Bahr, considerado el mejor jugador de la historia de Estados Unidos hasta la aparición en el siglo XXI de Landon Donovan, era profesor de educación física en un instituto.

Si aquello no fue la mayor sorpresa de todos los tiempos, anda muy cerca.

Borghi. Portero. 1950

En la previa del partido las casas de apuestas pagaban 500 a 1 ante la opción de triunfo estadounidense. Cuando la agencia de noticias Reuters mande el cable telegráfico a Europa con el resultado final (1-0), toda la prensa de la Vieja Europa pensó que se trataba de un error en la transmisión de los cables y que el resultado real era de 10-1 a favor de los ingleses. De hecho, varios periódicos británicos se resistieron a publicar el resultado en sus primeras ediciones exigiendo una rectificación a Reuters.

“Lo arreglaremos ante España”, anunció el capitán Billy Wright. No fue así. Inglaterra jugó muy bien, pero España lo hizo excelentemente. El famosísimo gol de Zarra les daba el triunfo a los hispanos y con ello la clasificación para semifinales. Estados Unidos, a pesar de su histórica victoria, acabaría como última de grupo al caer por 2-5 ante Chile.

El Daily Herald publicó una espectacular portada con una esquela que rezaba lo siguiente: “Nuestro afectuoso recuerdo al fútbol inglés, que falleció en Río de Janeiro el 2 de julio de 1950. Un numeroso círculo de amigos lamenta su dolorosa pérdida. R.I.P. Nota: El cadáver será incinerado y sus cenizas trasladadas a España”. “Los viejos maestros deben volver a la escuela”, declararía, en un acto que lo honra, Walter Winterbottom.

El fin del mito de la superioridad inglesa fenecería definitivamente en 1953 cuando Ferenc Puskás y el resto de magiares mágicos dobleguen por vez primera a los ingleses en Londres al vencer por 3-6 en una morrocotuda exhibición vespertina en Wembley. Cinco meses más tarde será en Budapest donde Hungría ponga los clavos de la lápida al vencer por 7-1. Cuando Uruguay eche a Inglaterra en cuartos de final del Mundial de 1954 se considerará un resultado esperado y luego, ya en 1958, los ingleses caerán en la primera fase del Mundial al ser incapaces de vencer ni al Brasil de Pelé ni a la Unión Soviética de Yashin. Nadie lo considerará sorpresa alguna.

Y Puskás acabó con el mito inglés

Estados Unidos no volvería a disputar un Mundial hasta 1990, cuatro décadas después de la hazaña de Belo Horizonte. Desde entonces ha organizado un Mundial (1994) y lo va a hacer de nuevo con el segundo (2026). Ayudado por la ampliación de participantes, se ha convertido en un fijo en los mundiales y en 2002 alcanzó su techo moderno al conseguir colarse en los cuartos de final.

A Joe Gaetjens, el autor del gol, aquello lo convirtió en una celebridad. Breve, pero intensa. Había disputado el Mundial sin tener nacionalidad estadounidense y únicamente firmando un documento donde se comprometía a solicitarla. Jamás lo hizo. Volvió a Haití y montó una empresa de lavanderías automáticas. A los pocos meses fue fichado por el Racing de París. Apenas aguantó año y medio en Francia antes de volver a su país, darle un par de patadas más al balón y colgar las botas. Su vida acabaría trágicamente. Gaetjens estaba involucrado en la política y cuando en 1964 Louis Déjoie se convierta en presidente vitalicio y dictador de facto de Haití, se encargará de ajustar cuentas contra los disidentes políticos. La familia de Gaetjens escapará del país pero él se quedará pensando que al ser una celebridad nadie podría hacer nada en su contra.

Nunca más se supo de él.

Joe Gaetjens a hombros

“Han pasado 60 años. En lo que a mí respecta, he tratado de olvidarlo con todas mis fuerzas». Bert Williams, guardameta de Inglaterra en 1950 en una entrevista concedida en 2010.

“No es normal aguantar tanto tiempo frente a un rival que es tan superior. Sobre todo, después de haber marcado un gol relativamente pronto. Nos habríamos ido contentos con perder por dos goles de diferencia. Ni en nuestros mejores sueños imaginábamos que podríamos ganar”. Walter Bahr, defensa de Estados Unidos en 1950.

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The Answer (2ª parte)

En los años 70 la NBA era una competición desconocida. Ni siquiera se transmitía por televisión y los encuentros de playoffs únicamente eran comprados para emitir en diferido. La cocaína era común a cualquier vestuario y el juego palidecía en comparación al de la época de los duelos entre los Lakers de Jerry West y los Celtics de Bill Russell. La población blanca le daba la espalda y los negros se sentían mucho más identificados con la extravagante ABA. Ocurrió que Lakers y Celtics retomaron su esplendor gracias a Magic Johnson y a Larry Bird y la NBA, que desde 1984 estaba dirigida por un judío as de los negocios llamado David Stern, explotó al máximo el filón negro vs blanco. Al mismo tiempo surgió Michael Jordan y la NBA se convirtió en una máquina de hacer dinero que a los pocos años afrontaría el salto internacional.

Así que a la altura de 1996 la NBA es una empresa afinadamente pulida donde todo el mundo viste de traje, da ruedas de prensa y se comporta de manera intachable fuera de la pista para vender un producto que tiene que ser universal, familiar y perfecto.

Hasta que llega Allen Iverson.

The Answer.

Iverson lleva rastas, cadenas de oro en el cuello y ropa excesivamente ancha. Allen Iverson era cool. Iverson hizo cool a Reebok, firma que se aprovecharía de su éxito para introducirse en el mundo del hip-hop. Allen Iverson era un matón de barrio. Un cachorrillo de dientes afilados. Iverson era un antisistema. El vivo reflejo del empoderamiento de la juventud que crecía en los barrios marginados de las inmensas metrópolis estadounidenses.

Iverson podría ser contracultural, pero era un obrero del baloncesto. Un tipo de los de antes. Un trabajador de cuello azul. Elegido como primera elección del draft de 1996 por los Sixers, caería de pie en Philadelphia. Ciudad industrial, Philadelphia bendijo a Iverson como uno de los suyos. Allen era una tormenta que encajó con la cultura del esfuerzo de Pensilvania. Era un artista con el corazón de un guerrero que no dudaba en tirarse al barro para ayudar al compañero.

Anotó 37 puntos en su estreno superando el récord de un novato en posesión del gigantesco Wilt Chamberlain. Su uno contra uno era absolutamente indefendible. Se trataba de un cambio de mano rapidísimo en el que el hombro sin balón descendía grotescamente hacia el suelo haciendo que el bote del balón fuera a ras de pista. La rapidez del movimiento y la escasa altura de Iverson, (183 centímetros es una cifra modestísima para un baloncestista profesional) hicieron de esa jugada impugnable, incluido para un Michael Jordan que tuvo que sufrirla en sus carnes al poco de iniciarse la temporada. Iverson no inventó la jugada, pero sí que la perfeccionó y la hizo tan universal que hoy su crossover es imitado por la inmensa mayoría de bases y escoltas tanto profesionales como aficionados.

No es de extrañar que Allen Iverson fuese escogido como novato del año ni tampoco que fuese carne de fotos y autógrafos durante el All-Star. Más allá del tótem Jordan, Iverson se convirtió de inmediato en el favorito del público. Fue una estrella en el fin de semana de las estrellas y semanas después se convertiría en el segundo jugador más joven en lograr 50 puntos en un partido de la NBA. Acabaría el año con 23’5 puntos y 7’5 asistencias por choque, cifras extraordinarias para un novato.

Con Jordan próximo a la retirada, parecía claro en quién iba a pivotar el futuro de la NBA. En Philadelphia brillaba Allen Iverson y en Los Ángeles despuntaba Kobe Bryant. Ocurre que mientras Bryant era un chico modelo, Iverson representaba el lado oscuro de la fuerza. En aquel All-Star no apareció de etiqueta tal y como mandaba el protocolo y se ganó las críticas, no sólo de directivos, sino de pesos pesados de las canchas como Charles Barkley o Karl Malone. Por entonces se contaba que Iverson tenía un sequito de cuarenta personas y que mantenía con su sueldo a cerca de un centenar de vecinos de su madre en el gueto.

Los resultados, además, no acompañaban. Brillaba en lo individual, pero el equipo no funcionaba. Para la campaña 1997-98 los 76rs contrataron como técnico a Larry Brown. Se trataba de un entrenador de método, organizado y de los que consideraban que el colectivo estaba por encima de las individualidades. Iverson y Brown eran como el agua y el aceite. Oían, pero no escuchaban. Aquello no funcionaba. Brown cambiaba a Iverson en el primer cuarto y lo mantenía en el banquillo durante muchos minutos para que espabilase. Iverson llegaba tarde a los entrenamientos o se iba antes de tiempo para demostrar que era él quien mandaba.

A mitad de temporada el asunto estalló. Iverson explotó en un entrenamiento y por poco no llegan a las manos. Ambos fueron a ver al presidente de los Sixers. O él o yo. El presidente llamó a los dos al orden y fue muy claro. Quería a los dos. Y era inflexible al respecto. A Brown le acusó de carcelero negro y a Iverson de niñato engreído. La reunión a tres bandas acabaría entre lágrimas y con técnico y pupilo abrazados.

Esa temporada ganarían nueve partidos más que en la anterior para luego sumar seis temporadas consecutivas luchando por el campeonato. Brown y Iverson discutieron cada día en cada una de esas temporadas. Pero se querían y se respetaban.

Iverson comprendió que aun siendo el mejor lo sería mucho más si conseguía involucrar a sus compañeros. Al hacerlos a ellos mejores, también se beneficiaría su propio juego. Por su parte, Brown decidió colocar a Iverson de escolta para darle más libertad en ataque y así liberarlo de las responsabilidades organizativas de un base. Ocurrió que Iverson metió una marcha más en ataque para convertirse en una máquina ofensiva perfecta (será cuatro veces máximo anotador de la temporada, cifra sólo superada por Michael Jordan y Wilt Chamberlain) mientras sus compañeros le permitían tomar una bocanada de aire cuando bajaba a defender.

Todo eclosionaría en la temporada 2000-01. Reforzados en la posición de pívot por Dikembe Mutombo, los Philadelphia 76rs dieron un salto de calidad que les permitió optar al título. Esa temporada Allen Iverson fue el líder de la NBA en anotación y robos de balón además de lograr el MVP de la temporada al amasar 31’1 puntos por partido y llevar a los Sixers al liderado de la Conferencia Este con un balance de 56 victorias y 26 derrotas. Aquel grupo era un mix pluscuamperfecto entre talento y sacrificio. Iverson comprendió el valor de cada pase y, mientras tanto, McKie, Snow o Ratliff protegían, defendían, reboteaban o se tiraban al suelo por el bien del colectivo.

En primera ronda toca jugar ante Indiana. Los Pacers acumulaban dos años consecutivos superando a los 76rs en playoffs. Los fantasmas harían su aparición cuando ganen en Philadelphia en el primer partido y roben el factor cancha. Sería un espejismo. Iverson anotará 45 puntos en el segundo partido y 32 y 33 en los dos siguientes para certificar el pase de los 76rs a la segunda ronda. El siguiente rival serían los Toronto Raptors de Vince Carter. Los de Canadá son más grandes, fuertes y atléticos y se llevarán también el primer partido. A partir de entonces hay un intercambio de golpes entre dos jugadores gigantescos. Iverson anota 54 puntos para que Philadelphia se lleve el segundo choque, en la que fue la mayor anotación de un jugador de los Sixers en un partido de playoff. En el tercer encuentro Carter firmará 50 puntos para dar la victoria a Toronto y firmando, por su parte, la mayor anotación de uno de Toronto en la postemporada. En el séptimo y decisivo, las dos estrellas cometerán error tras error, y el encuentro se decidirá en el último suspiro. Vince Carter fallará un tiro decisivo que permite que Philadelphia gane a Toronto por 88-87 y Allen Iverson pase de ronda.

The Answer

En la Final de la Conferencia Este Philadelphia se enfrentaba a Milwaukee. En esta ocasión los 76rs se llevaron el primer encuentro, pero nuevamente habría que llegar a un séptimo y definitivo choque. Esta vez no hubo emoción alguna dado que Philadelphia venció por 108-91 con 44 puntos y 7 asistencias de Iverson y 23 puntos y 19 rebotes de Dikembe Mutombo.

En la final tocaban Los Ángeles Lakers. Palabras mayores. Los Lakers habían vencido a Blazers, Kings y Spurs por paliza. Sumaban 11 victorias y ninguna derrota en playoffs. No competían ante los 76rs, sino ante la historia. Nunca antes un equipo había ganado el anillo sin perder partido alguno de playoffs. Shaquille O’Neal, Kobe Bryant y compañía no sólo eran los vigentes campeones y esperaban repetir título, sino que pretendían ser los mejores Lakers de todos los tiempos. Pretendían hacer algo que ni West, ni Chamberlain, ni Abdul-Jabbar ni Magic Johnson habían hecho antes.

Los Lakers tenían el factor cancha a su favor, una plantilla superior y habían gozado de una semana de descanso. Allen Iverson tenía un golpe en la cadera, un diente roto y su cuerpo de 183 centímetros y 72 kilos estaba en las últimas. Sería un milagro que Philadelphia plantase cara a los Lakers, pero Iverson fue tajante en la rueda de prensa antes del primer partido: “Nunca en mi vida me he sentido como David ante Goliat”.

Aquel primer partido seria igualadísimo y se resolvería en la prórroga. Fueron 53 minutos de baloncesto real. Allen Iverson apenas pasaría tres segundos en el banquillo. Los Sixers vencieron a domicilio a los Lakers por 101-107 con 48 puntos del pequeño escolta. No sólo eso. Repartió seis asistencias y robo cinco balones. Resultó indefendible a pesar de sufrir dobles defensas durante todo el partido. Para el recuerdo una canasta ante Tyronn Lue en la que éste acabará en el suelo con Iverson sorteándolo tras anotar para no acabar pisándolo.

La realidad haría acto de presencia y los Lakers ganarían los cuatro partidos siguientes para llevarse el título de la NBA. Lo hicieron con un portentoso balance de 15-1, pero sin poder presumir de obtener la perfección. Shaquille O’Neal fue elegido MVP con 30’4 puntos y 15’4 rebotes por partido, mientras que Kobe Bryant sumó 29’4 pts, 7’3 rebotes y 6’1 asistencias. Ocurre que el verdadero héroe fue Allen Iverson quien, con un equipo inferior, rozó la proeza con 32’9 puntos, 4’7 rebotes y 6’1 asistencias por noche. Cuando los Sixers fueron recibidos a su vuelta a Philadelphia fueron absorbidos como héroes. En 2001 se podía afirmar que Allen Iverson era la persona más querida y conocida de Pensilvania superando a Benjamin Franklin.

Aquel verano, antes del inicio de la siguiente temporada, una ola de raperos firmará contratos con Reebok. Iverson es un icono de la moda. Representa al chico marginado de barrio. Va de fiesta. Más de lo habitual. Al comenzar los entrenamientos decide montar un grupo de música junto a unos amigos. Las letras son ofensivas, estilo gansta. Muerte a la autoridad. Huele a podrido. Lo sancionan. Se defiende metiendo 58 puntos ante Houston. Está en la cima. Es intocable.

O eso piensa.

Su forma de vestir, su forma de hablar y hasta su peinado fueron vistos como una amenaza y un descenso a las calles más oscuras. Lo tildan de thug (pandillero). Sus trenzas, tatuajes y cadenas de oro eran tan visibles como sus penetraciones imposibles entre torres de carne. Representaba una autenticidad callejera que la NBA ni quería ni sabía gestionar en ese momento.

David Stern, el factótum de la NBA, lo sanciona. No le gusta como imagen de la NBA. Stern promociona a Kobe Bryant e intenta ningunear a Iverson. Presionada, Universal Records cancela el contrato musical con Iverson a menos que cambie las letras. Iverson no lo hará. Su popularidad no desciende. Al contrario. Se incrementa. Stern tendrá que acabar cediendo y el código de vestimenta se relaja. Los pantalones anchos, los collares de oro y las rastas empiezan a aparecer con calzador.

Todo estallaría semanas más tarde. La temporada 01-02 debía ser la de la consagración. Mutombo tenía 36 años y estaba en su último año de contrato. Era ahora o nunca. Sucedió que en un tiroteo fallecerá el mejor amigo de Iverson. Su mano derecha. La persona que, junto a su madre y a su esposa, siempre estuvo a su lado. Era una mala influencia, sí, pero también quién se encargaba de parar a otras malas influencias que se acercaban a Iverson. El juego de Allen cayó en picado. Tenía el talento y ese era el año para desarrollarlo y obtener el máximo potencial. No sería así. Allen Iverson sería el máximo anotador de la temporada, pero los 76rs cayeron en primera ronda de playoffs ante los Boston Celtics.

Fue durante esa eliminatoria por el título cuando todo reventó. La prensa de Philadelphia tenía un acuerdo no escrito con Iverson de no hablar de su vida privada mientras que el equipo funcionase. No era el caso entonces. Había entonces rumores de traspaso. Un periodista le preguntó a Iverson por haber faltado a un entrenamiento y la contestación del escolta pasa a formar parte de los momentos más extraordinarios jamás escuchados en una rueda de prensa. Se encaró con el plumilla mientras repetía indignado la palabra practice (entrenamiento) una y otra vez. Una y otra vez. “¿Soy el jugador franquicia de este equipo y quieres hablar de entrenamientos? ¿A quién le importan los entrenamientos?”.

Aquella rueda de prensa se convertiría en un fenómeno viral antes de que existiese el concepto. Será su meme, su lema y su condena.

¿A quién le importan los entrenamientos?

Iverson no volvería nunca más a ni siquiera acercarse a la posibilidad de ganar un título. Por entonces Michael Jordan anunciaba su segunda retirada y la NBA veía como sus audiencias bajaban más de un 30%. Stern entró en pánico. Volvió a introducir el código de vestimenta y excluyó la cultura hip-hop de la competición. Se llegó al punto de eliminar digitalmente los tatuajes de Iverson en las fotos oficiales de la NBA.

La fama entre los jóvenes de Iverson seguía intacta, pero su impacto en la cancha se resentía. Pasaba a ser un satélite externo dentro del universo NBA. Larry Brown dimitía como técnico de Philadelphia y se culpaba a Iverson de los malos resultados del equipo. Por el camino Iverson será acusado de malos tratos por su esposa y se verá involucrado en un tiroteo entre bandas. Aparecerán después las lesiones. The Answer llega a la treintena y los excesos empiezan a hacer presencia en un cuerpo que ha sido maltratado tanto dentro como fuera de la cancha en la durante la última década.

Fracasará junto al resto de componentes de la selección estadounidense en los Juegos de Atenas de 2004 y dos años después será traspasado a Denver. Jugará también en Memphis y en Detroit, así como cobrará una millonada por hacer una bomba de humo en Turquía antes de volver a Philadelphia, su casa, para retirarse. Por entonces es un highlight andante. Un jugador de apariciones fugaces que enamoran al público, pero que no aportan nada al colectivo.

Retirado en 2011 gastará su fortuna en casinos y en alcohol hasta que recibe el perdón de su esposa, aquella adolescente que se enamoró de él cuando aún era Bubba Chuck. Hoy se declara abstemio tras dejar el alcohol apoyado por una profunda creencia en Jesucristo. Actualmente trabaja junto a Shaquille O’Neal como imagen y consejero de Reebok y sus camisetas y zapatillas siguen entre las más vendidas no solo en el mundo del baloncesto, sino en el de cultura del hip-hop y de los subsuelos de las grandes ciudades, aquellos barrios olvidados a los que él contribuyó a darles visibilidad.

Catorce temporadas en la NBA y MVP del año 2001, Allen Iverson fue uno de los mejores bases de su tiempo, lo que ya anunciaba en 1996 cuando fue número uno del Draft seleccionado por los Philadelphia 76ers. Ocurre que también fue alguien que revolucionó la estética en el baloncesto rompiendo pautas que hasta entonces se consideraban inamovibles. Allen Iverson fue el primero en convertir su piel en un lienzo público, el primero en usar ropa ancha, cadenas de oro y abalorios varios y en taparse la cabeza con gorras en las ruedas de prensa. Abrió una puerta que estaba cerrada y que permitió que muchos jóvenes pudiesen ser auténticos.

“Iverson era veloz, tenía un manejo de balón perfecto y era todo voluntad. Su deseo de ganar y su valentía por atacar a cualquiera lo hacía especial…Todos fuimos afortunados de que no midiese 1’98 en vez de 1’83”. Kobe Bryant, cinco veces ganador de la NBA y rival de Allen Iverson.

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Origen, evolución y explosión del lanzamiento exterior (el éxito del triple en dos artículos)

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The Answer (1ª parte)

No lo tuvo nada fácil Ann. Nada fácil. A los 15 años tuvo a su primer hijo. Era madre soltera. El otro culpable puso pies en polvorosa al enterarse de que allí había un bombo. Ann vivía de lo que podía. Se apoyaba en su madre. Sobrevivía a base de contratos esporádicos. Robaba joyas y luego las revendía. Vivía en una vivienda de protección social. En un barrio complicado. Cuchillos, pistolas y cocaína. Vivía en el gueto. Vivía en Hampton, una ciudad de la bahía de Chesapeake, en el estado de Virginia, en el corazón del Estados Unidos confederado.

A su hijo le puso de nombre Allen, aunque todo el mundo lo conocía como Bubba Chuck. Con dificultades, Ann comenzó a trabajar en los astilleros y allí conoció a Michael Freeman. Se enamoraron. Y Michael aceptó hacerse cargo del paquete entero. Se convertiría en padre de Allen a tiempo completo. Un día, cuando Allen tenía diez años y su hermana menor contaba con siete, padre y padrastro se pegaron delante de los niños. El padre biológico perdió la pelea y nunca más volvió por Hampton.

Allen era un niño ultra competitivo. Sus tíos jugaban al baloncesto y allí aparecía aquel canijo para retarlos. Sus tíos jugaban al fútbol americano y allí aparecía él para desafiarlos. Allen se juntaba con malas compañías y su madre, desesperada, le obligaba a que practicase deporte. Y progresaba. Progresaba con celeridad. Tenía un deseo incasable por lograr la victoria y retorcía las normas a su favor para proclamarse vencedor. Era hábil y veloz y sentía que su mejora era constante. No sólo eso. Su palabra era palabra de Dios. Si decía que iba a hacer una cosa, no cesaba en el empeño hasta que la cumplía.

Era un niño flaco, no excesivamente alto, pero fuerte y con un torbellino por piernas. Se proclamaría campeón estatal tanto en fútbol americano como en baloncesto. Compaginaba ambos deportes y apenas dormía. Al principio no quería dedicarse al básquet dado que lo consideraba un deporte de blandos, pero todo cambió cuando alguien le dijo que al ser tan bajo nunca podría dedicarse al baloncesto. Allen, 183 centímetros de adulto, decidió que le daría en las narices a aquel bocachanclas.

Aquel David con mentalidad de Goliat había conocido a su novia durante el instituto. Se llamaba Tawanna y se convertiría en su pareja de por vida. Al baile de graduación Allen tuvo que llevar unos zapatos de su padre de la talla 42 a pesar de calzar un 44 dado que no tenía dinero para comprarse unos nuevos. En aquel momento la situación era extremadamente difícil, dado que su hermana pequeña necesitaba ayuda médica. Con todo, el futuro de Allen era esplendoroso. Elegido mejor jugador de instituto de Estados Unidos, tanto en baloncesto como en fútbol americano, tenía la posibilidad de obtener una beca deportiva en cualquier universidad del país.

Era la primavera de 1993.

El futuro de Allen Iverson era esplendoroso.

Meses antes del acto de graduación, Allen Iverson y varios colegas salieron a jugar a los bolos. Era el 14 de febrero de 1993. En un momento de la noche el alcohol y las drogas hicieron su aparición y se inició una pelea que enfrentó a una banda de negros con otra de blancos. Allen escapó a casa, pero por el camino detuvieron a tres de sus amigos. Rápidamente Allen, conocido por todos, fue incriminado por tenencia ilegal de armas, posesión de estupefacientes y agresión. Imputado, la noticia estalló justo antes de que se iniciase el verano.

El caso saltó a los noticiarios estatales. El jugador adolescente más famoso de todo Estados Unidos estaba imputado. Desde el comienzo dio la sensación de que el asunto tenía una connotación racista. Una grabación demostraría que Iverson fue de los primeros en escapar de la bolera. Dio igual. La fiscalía quería dar un escarmiento y la figura de Iverson era esencial para lograr su objetivo. Esperaron ocho meses para que cumpliese la mayoría de edad y poder juzgarlo como un adulto.

Le cayeron cinco años de cárcel y diez de inhabilitación deportiva.

Allen Iverson había tirado su futuro por el retrete y luego había tirado de la cadena.

Allen Iverson

Ann Iverson movilizó Roma con Santiago para defender a su hijo. Organizó boicots y manifestaciones y pidió entrevistas por tierra, mar y aire. A fin de cuentas, madre e hijo habían crecido juntos. Habían sido insultantemente jóvenes para todo. Hubo amenazas de muerte, cartas de odio y hasta acoso carcelario. Iverson trabajaba en la cocina y en la lavandería de la prisión, además de recibir continuos regalos de admiradores desde el exterior, lo que provocaba continuos celos y chantajes de otros presos para obtener prevendas.

Por el camino quedaba el futuro deportivo de Allen Iverson. Aun entonces podía decidir si optar por una beca universitaria de fútbol o por otra de baloncesto. La decisión fue fácil. Una vez se conoció la sentencia, ningún equipo de fútbol americano decidió apostar por Iverson. En baloncesto pasó más de lo mismo.

Salvo por un valiente.

El entrenador John Thompson.

John Thompson era desde 1975 el entrenador de la Universidad de Georgetown. Sumará un total de 24 presencias consecutivas en los playoffs por el título, récord aún vigente. Ocurre que Thompson era mucho más que eso. Era un negro de 208 centímetros con una disciplina que rozaba lo militar. No existía el éxito en el baloncesto sino existía el éxito en los estudios y no existía el éxito en los estudios sino existía el éxito como ser humano. Donde todos se echaron para atrás, John Thompson dio un paso hacia adelante. Thompson se reunió con Ann Iverson y le lanzó un salvavidas. Thompson confiaba en la inocencia de su hijo y le prometió a Ann que lo esperaría. Eso sí. Sería inflexible. A la mínima ruptura del código de honor, a la mínima torpeza, a la mínima salida de tono, sería expulsado de Georgetown y las puertas del baloncesto estarían cerradas para Allen Iverson de por vida.

Ann Iverson cogió a John Thompson del brazo, echó unas lágrimas y gritó:

¡Edúquelo!

John Thompson

Seis meses después de entrar en prisión llegaría el indulto. Después, ya iniciado 1995, la Corte de Apelación del Estado de Virginia revocaría la condena al demostrarse que Iverson no estaba en la bolera cuando la pelea se fue de madre. Sucedía que Iverson no había completado sus exámenes finales. Al entrar en prisión no había obtenido el título de bachillerato. Tuvo que ponerse a estudiar y lo hizo de la mano de una profesora que se prestó voluntaria a ayudarlo.

El asunto empezó mal. Muy mal. El primer día no se presentó a las clases particulares. Iverson se había ido con su pandilla a recuperar el tiempo perdido. El segundo día sucedió más de lo mismo. La profesora contactó con Ann y ambas se fueron en busca de Allen. Lo encontraron fumando marihuana y bebiendo cerveza. Ann se acercó a su hijo de 18 años y le propinó un par de puñetazos delante de todos sus amigos.

Al día siguiente Allen Iverson fue al instituto. Al acabar las clases se marchó a casa en virtud al toque de queda decretado por el juez a la espera de revocar su condena.

Acabaría graduándose con una media de notable alto.

Allen y Ann Iverson

Con un año de retraso Allen Iverson iniciaba su periplo en la Universidad de Georgetown. En su primer partido el público le gritaba jailbird (delicuente) cada vez que botaba el balón. Dio igual. El primer paso de Iverson era increíble casi tanto como su velocidad y su ansia por lograr la victoria. En su primer encuentro sumaría 40 puntos, el récord de siempre en un debut universitario. No fue ninguna sorpresa que fuese elegido el mejor novato de la temporada. Al año siguiente fue escogido como mejor defensor y MVP del campeonato. Sólo necesitó dos campañas para ser el máximo anotador de la historia de Georgetown.

Era el mejor tanto técnica como mentalmente. Jugaba con tobillos vendados, golpes en las costillas o heridas que a otros les habrían supuesto semanas de baja. Estaba siempre disponible, siempre liderando. Con el tiempo su cuerpo se tomaría cumplida venganza, mientras tanto el orgullo podía con todas las crudezas que apareciesen en su vida.

Por entonces nadie trabajaba en casa y la hermana de Allen estaba gravemente enferma. Iverson contaba con una oferta de patrocinio de Reebok si daba el salto a la NBA y su familia necesitaba imperiosamente el dinero. Pero Allen había dado su palabra al entrenador Thompson. Y su palabra era sagrada. Nunca antes ningún jugador había abandonado el ciclo universitario para irse a la NBA con John Thompson como entrenador. Iverson era consciente de ello y por mucho que su familia estuviese sufriendo sabía que no podía pedirle eso a su mentor.

No haría falta. Fue John Thompson el que organizó la rueda de prensa para que Allen Iverson marchase a la NBA a triunfar como jugador y a ganar el dinero que su familia necesitaba.

Allen Iverson fue elegido como número 1 del draft de la NBA por los Philadelphia 76rs. Por detrás de Iverson serían seleccionados Marcus Camby, Stephon Marbury, Ray Allen, Kobe Bryant, Peja Stojakovic o Jermaine O’Neal.

Con 183 centímetros de altura Allen Iverson era el jugador más bajo en la historia de la NBA en ser seleccionado en primera posición del draft. De pronto las dudas surgieron. ¿Sería capaz de mantener en la NBA el nivel mostrado en Georgetown? ¿Conseguiría el pequeño Iverson imponerse en el juego ultra físico de la NBA de finales de los 90?

Reebok, una empresa de ropa deportiva inglesa con no excesiva influencia en América, decidió apostar por Iverson. Fue presentado en una campaña publicitaria como pájaro que sale de una jaula.

¿Sería capaz Iverson de triunfar en la NBA?

Lo sería. Sería Iverson el encargado de responder a la pregunta.

Iverson sería la respuesta.

La Respuesta.

The Answer.

Ese será su apodo como jugador. El apodo con el que hará fortuna.

Continuará…

1º del Draft 1996

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Cuando Groenlandia le ganó a Estados Unidos

Antes de que Donald Trump decidiese pasarse el derecho internacional y las convenciones sociales por el forro de los huevos (pediría perdón por la expresión, pero todos sabemos que es muy del gusto del personaje) y volver al status quo de la ley del más fuerte aplicada hasta 1945, de Groenlandía sabíamos entre poco, nada o absolutamente nada. Por allí anduvieron Erik el Rojo y los vikingos, en aquel lugar habitaba en coqueto iglú Nanuk el esquimal y por esos lares buceaban ballenas que daban un aceite maravilloso para iluminar farolas y una carne estupenda para cocinar una buena sopa.

En términos deportivos quizás a algún lector le suene Jesper Gronkjaer. A inicios del presente siglo este polivalente centrocampista tuvo una sólida carrera que lo llevó a jugar en Ajax y Chelsea además de tener un efímero paso por el Atlético de Madrid. Fijo en la selección de Dinamarca, representó a su país en 80 ocasiones amen de disputar dos Copas del Mundo. Gronkjaer nació en Nuuk, capital de Groenlandia, pero, obviamente, nunca fue internacional groenlandés. En primer lugar, porque Groenlandia no es un estado y no tiene selección de fútbol oficial y en segundo lugar porque, de tenerla, Gronkjaer jamás hubiese sacrificado la opción de jugar con Dinamarca para hacerlo con Groenlandia.

Jugar al fútbol en Groenlandia es más que complejo. Tiene la liga nacional más corta del mundo. Se disputa concentrada en el mes de agosto, la única época del año donde está garantizado que la nieve o el hielo no cubran campos que en su mayoría son de césped artificial. Si uno bucea por internet y encuentra fotos del campeonato observa cómo son comunes las camisetas de manga larga o las rodilleras y calentadores térmicos debajo de la equipación futbolística. Los porteros, en pleno mes de agosto, suelen llevar pantalón y zamarra que les tapan todo el cuerpo.

No hay mucho más que rascar en un territorio que cuadriplica los kilómetros cuadrados de España, en el que apenas una quinta parte de sus tierras están libres de hielo y que únicamente cuenta con unos 60.000 habitantes. En 1991 registraron la temperatura más baja vista en el planeta con unos espeluznantes -70º. En Nuuk, la capital localizada al sur, se oscila entre una media de -6º y 8º en todo el año. En su estadio nacional, de poco más de 2.000 habitantes, se recibe a selecciones sin estado como Kosovo, Gibraltar, Man, Tíbet, Islas Feroe, Gagaucia, Zanzíbar o Santa Elena. Desde hace un par de décadas pelean para ser integradas en la UEFA, pero se han encontrado con la reiterada negativa del máximo organismo del fútbol europeo. La federación groenlandesa decidió en 2022 darle una vuelta de tuerca al asunto y pedir el ingreso en la Concacaf. Habría mucho que recorrer. 6.000 kilómetros hasta México DF, Kingston o La Habana.

Gronkjaer

En tiempos del año 1.000 d.C. navegantes vikingos (de lo que hoy sería Noruega) comenzaron a colonizar un inhóspito territorio donde apenas había pequeños grupos de esquimales. Las inclemencias del tiempo hicieron que esos asentamientos fuesen o viniesen con el tiempo, pero lo cierto es que desde el siglo XIII ese territorio pasó a estar formalmente integrado en la corona de Noruega, que por aquel entonces integraba también al territorio de Dinamarca.

Luego, en 1721, se inicia una segunda etapa de colonización en la que además de balleneros, también hay juristas, comerciantes y misioneros cristianos. A partir de entonces se construye la capital Nuuk y pasa a haber un flujo comercial constante entre Europa y Groenlandia. Prácticamente un siglo más tarde, con el fin de las guerras napoleónicas, Noruega pasa a integrarse en Suecia (no volverá ser independiente hasta el siglo XX) y Dinamarca pasa a heredar, en formato de colonia, las tierras de Groenlandia.

Habrá que esperar a 1953 para que Groenlandia se constituya de manera formal como provincia danesa con voz y voto en el parlamento danés. Antes, se había permitido la ocupación provisional del territorio (provisional significa que tiene inicio y fin, conviene puntualizárselo al señor Trump) de Estados Unidos con motivo de la II Guerra Mundial. En 1979 se dará un paso más al otorgar un estatuto de autonomía a Groenlandia para intentar paliar los 3.500 kilómetros de distancia que hay entre Nuuk y Copenhague. Para 2009 se produjo una amplia extensión de esa autonomía, al permitir un control de inmensas carteras exceptuando defensa y política exterior que siguen en mando de Dinamarca.

En la actualidad los groenlandeses se debaten entre la independencia o el seguir perteneciendo a Dinamarca. Esa dicotomía también se refleja en una disyuntiva capital en su territorio. Cuentan con una basta base de recursos naturales como zinc, plomo, molibdeno, oro, platino o uranio. Podrían ser independientes y acceder a ellos, pero necesitarían capital y mano de obra extranjera para explotarlos amen de destrozar un ecosistema tremendamente frágil. Seguir perteneciendo a Dinamarca garantiza un respeto medioambiental y un nivel de vida admisible, siempre a costa de un progreso extraordinario que el capitalismo, representado por Estados Unidos, vende como única forma de satisfacción vital.

¿América o Europa?

Si bien el fútbol es un deporte complejo de practicar y disfrutar en tierras tan septentrionales, el balonmano tiene enorme aceptación popular. Se trata de un proceso natural dado que en Dinamarca y en el resto de países escandinavos el balonmano es una suerte de religión nacional. Cuando en 1979 Groenlandia adquiera un estatus semiindependiente respecto a los daneses, la federación groelandesa de balonmano dará sus primeros pasos para poder competir internacionalmente.

El proceso fue rechazado por IHF (International Handball Federation) constantemente bajo la presión de los países europeos. Dinamarca jamás iba a aceptar ese drástico paso y para ello contaba con el apoyo del balonmano europeo, lo cual es lo mismo que decir con el apoyo del balonmano mundial. Desde que en 1938 se celebrase el primer Mundial de balonmano todos los campeones han sido del Viejo Continente. Es más, salvo el segundo puesto obtenido por Catar en 2015 con un equipo formado por nacionalizados, nunca un país no europeo ha conseguido ser segundo o tercero en un Mundial. Salvó el norte de África, Corea y Japón, el balonmano es un deporte netamente europeo con más éxito en aquellas regiones donde el frío invernal obliga a buscar refugio en un polideportivo.

Sucedía que la IHF acepta que selecciones que no representan a sus estados soberanos tengan oficialidad siempre y cuando tengan una buena estructura deportiva y una liga propia. Quizás no ocurra en el fútbol, pero en balonmano la nota groenlandesa se acerca al sobresaliente. Así que como en 1985 por culpa de un conflicto relacionado con la pesca Groenlandia abandonó el marco pesquero de la UE, la federación de balonmano tiró de dicho argumento para solicitar entrar en la PATHF (Federación Panamericana de Balonmano).

Si uno mira con detenimiento un mapa observará que geográficamente Groenlandia está destinada a competir en los torneos continentales de América. Así que, dado que el nivel del balonmano en América es paupérrimo y la presencia de Groenlandia era vista como aliento y no como intrusismo, la IHF dio su brazo a torcer y en 1998 aceptó que los groenlandeses pudiesen competir internacionalmente.

Sólo tres años después de celebrar su oficialidad como selección, el balonmano de Groenlandia vivió algo que no ha vuelto a experimentar. En 2001 Groenlandia logró clasificarse para el Mundial femenino y para el masculino. En el caso de las mujeres serían dos torneos mundiales sin conocer la victoria. Para los hombres ese primer torneo se saldó con una humillante derrota ante Alemania (8-39), honrosas ante Croacia (15-25) o España (16-31) y con una histórica y contundente victoria ante Estados Unidos (26-18). Luego se repetiría presencia mundialista en otras dos ocasiones (2203 y 2007) pero sin obtener triunfo alguno. En esos tres mundiales jugaron los hermanos Jakob Larsen y Rasmus Larsen, considerados los mejores jugadores de siempre de Groenlandia. Rasmus jugó en Francia y Jakob jugó en España en las filas del BM Zaragoza.

Un país de balonmano

Pero es en América en donde Groenlandia se ha convertido en una superpotencia. En 2002 y 2006 logró el bronce en el campeonato americano y en 2018 fue país organizador. Ese año se decidió dividir América en dos federaciones distintas y Groenlandia pasó a competir en lo que se ha dado en llamar Campeonato Norteamericano y Caribeño. Aquí la fortaleza de Groenlandia es tremenda al sumar un oro, una plata y un bronce en cuatro ediciones disputadas. En el último torneo Groenlandia con sus 60.000 habitantes venció a Canadá (41 millones), Puerto Rico (3 millones), México (132 millones) y Estados Unidos (340 millones).

En el medallero histórico del torneo Groenlandia supera a Estados Unidos.

En 2027 se disputará en Alemania el Mundial de balonmano. Tan sólo un país norteamericano o caribeño obtendrá plaza para la fase final.

Groenlandia tiene muchas opciones de clasificarse.

Lo normal es que Estados Unidos no se clasifique.

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Jack McKinney

En 1979 un químico que había amasado una inmensa fortuna en el mercado inmobiliario compró una franquicia de baloncesto de la NBA. El empresario se llamaba Jerry Buss y la franquicia eran Los Ángeles Lakers. Buss, por entonces un treintañero mujeriego empedernido, frecuentaba locales de la noche californiana. Su favorito era un club conocido como The Horn. El club atraía una exclusiva clientela hollywoodiense y contaba con la presencia de sensuales cuerpos femeninos danzando de forma pecaminosa. Las chicas salían a bailar al son de la música, siendo presentadas por un maestro de ceremonias que iniciaba el acto con un grito del que sobresalía una palabra.

It’s showtime.

Showtime. Tiempo de espectáculo.

En la década de 1980 Los Ángeles Lakers acumularon cinco títulos de campeón en ocho finales disputadas de la NBA. Ocurre que no fueron los títulos lo que llevaría a ese equipo al olimpo. Los Lakers de los 80 son conocidos como los Lakers del Showtime, un conjunto de juego dinámico, ofensivo y en cierto punto alocado que fue el pilar que usó la NBA para expandirse más allá de las fronteras de Estados Unidos. El equipo estaba liderado por Earvin Magic Johnson quien con su sempiterna sonrisa se convirtió en el yerno y en el novio que toda americana deseaba tener. Además de un baloncesto que primero miraba al ataque y luego a la defensa, el Showtime también eran las despampanantes cheerleaders de los Lakers, las fiestas postpartido, los actores de cine a pie de pista y las luces de colores en el pabellón.

Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar eran las caras visibles del equipo. No obstante, había una organización dentro de esa aparente desorganización. El hombre que ponía límites al desenfreno y coordinaba y combinaba jugadas de contraataque y velocidad era Pat Riley. De 1982 a 1990 Riley llevó a los Lakers a cuatro títulos de la NBA y, de paso, se convirtió en un hombre empoderado. Riley había sido un mediocre jugador de los Lakers en la década de 1970. Riley era un cachitas, un tipo desaliñado con bigote y patillas kilométricas. Ocurre que Riley era de esas personas que llenan una habitación con su sola presencia. Comprendió enseguida que Magic Johnson era la gallina de los huevos de oro y que Buss tenía una visión sobre los Lakers que iba más allá del baloncesto. Pat Riley accedió al cargo de entrenador e hizo algo más. Dejó los vaqueros, se compró carísimos trajes italianos y pasó a engominarse el cabello para atrás en todas y cada una de sus presencias públicas. Riley, guapo y alto, se convirtió en un icono. En la viva imagen del Showtime.

Tras los Lakers, Pat Riley llevó a los New York Knicks a la que hasta la fecha es su última final de la NBA para luego ganar otro título con los Miami Heat. Lo hizo con un estilo ultradefensivo que, no obstante, nunca puso en tela de juicio su labor como arquitecto del Showtime.

Con 80 años ya cumplidos, Pat Riley actualmente es el jefe de operaciones de los Miami Heat. El CEO. El que hace y deshace a su antojo. Como jefe ha ganado dos títulos más. Tiene la caballera repleta de canas y las entradas son ya considerables, mas sigue usando la misma capa de gomina de cuatro décadas atrás. Su imponente figura coronada por trajes carísimos de Armani sigue siendo más que respetada. No en vano, además de como arquitecto del Showtime, a Pat Riley se le considera el Godfather de la NBA.

Y así ha sido.

Pero así no tenía que haber sido.

Pat Riley tenía que haber sido Jack McKinney.

Pat Riley y compañía

Cuando Jerry Buss compra los Lakers se encuentra con un regalo. Se trata de Magic Johnson, escogido por los Lakers en primera posición del Draft de aquel año. Necesita entonces un entrenador. Dado que tanto él como Magic apuestan por el baloncesto ofensivo, necesitan a alguien que secunde sus ideas. Intenta contratar a Jerry Tarkanian, un técnico universitario de reputada fama. No lo consigue. Buss se decanta entonces por un tal Jack McKinney, quien había sido segundo entrenador en Portland y en Milwaukee, en donde había coincidido con Kareem Abdul-Jabbar. Éste tiene buenas palabras sobre McKinney. El apadrinamiento de Abdul-Jabbar es más que suficiente para ser contratado y que así tenga su primera experiencia cómo técnico jefe en la NBA.

Nada más llegar a los Lakers, Jack McKinney se da cuenta de que le tiene que dar el timón del equipo a Magic Johnson. Los Lakers tenían entonces a un excelente base llamado Norm Nixon y McKinney decide poner a los dos como titulares, a uno de base y al otro de escolta. La idea es simple. Correr, correr y correr. Y en caso de no poder correr, balón dentro de la zona para Abdul-Jabbar. Comentaba que la idea es sencilla, pero requiere de automatismos perfeccionados para funcionar en su plenitud. Funciona. Arrancan mal en las primeras dos semanas, pero durante el siguiente mes de competición los Lakers ganan y divierten creando una ola de admiración allí por donde pasan.

Jack McKinney

Jack casaba bien con el espectáculo angelino. Comprendía el potencial de Magic. Un día, en agosto de 1948, cuando Jack tenía nueve años, fue a ver una película. Esa tarde, Paul, inspector de policía en Pensilvania y padre de Jack, recogió a su hijo a la salida del colegio para llevarlo a un cine. Allí estaban echando una película biográfica sobre Babe Ruth. Ruth, el mejor jugador de béisbol de siempre, acababa de fallecer. Paul quería que su hijo supiese que clase de hombre era Babe.

Paul salió llorando del cine. Jack estaba impactado. Su padre era dios y estaba llorando. Para un niño de nueve años su padre siempre es dios. El caso es que a la mañana siguiente Paul cogió el coche, subió a su hijo a su lado y condujo durante dos horas y media para acercase a la Catedral de San Patricio de Nueva York. Allí iba a celebrarse la misa funeral en memoria de Babe Ruth.

Durante el viaje en coche el hijo preguntaba y el padre contestaba. Babe Ruth tuvo una complicada infancia de la que salió gracias al béisbol. Primero en los Red Sox y luego en los Yankees de Nueva York. Babe Ruth se convirtió en el mejor jugador en la historia de su deporte y en un mito que aún hoy en día es venerado. El padre de Jack era un enamorado de los deportes y frecuentaba partidos de béisbol, combates de boxeo o encuentros de fútbol americano. En la cima de todos esos mitos en pantalón corto estaba Babe Ruth. Si era un dios para el padre de Jack, también tendría que serlo para Jack.

El caso es que cuando llegaron a la catedral de San Patricio la marea humana era de dimensiones históricas. Filas y filas de chicos, chicas, blancos y negros aguardaban pacientemente el momento de darle un último adiós al cuerpo y al alma de Ruth. El padre de Jack tiró de placa para saltarse la cola y poder acercarse junto a su hijo a los pies de ese hombre por el que habían derramado un mar de lágrimas.

Jack McKinney nunca olvidó ese día. Los sonidos, la tristeza, la agitación y sobre todo la energía mágica de su padre. El poder emocionante y mítico del deporte. Lo cautivador y lo embriagador de formar parte de una misma idea, de una misma esperanza.

McKinney se dijo a sí mismo que se iba a dedicar a eso. Baloncesto y atletismo. Consigue una beca universitaria como saltador de altura y se gradúa en Historia. Lo intenta en el baloncesto, pero es mediocre. Sin embargo, es listo y aplicado, se saca el título de entrenador y comienza a dirigir a un equipo de un instituto. Accede luego como asistente a las ligas universitarias para más tarde dar el salto a la NBA como segundo entrenador. Llega entonces la oportunidad de los Lakers.

Jack McKinney había aprendido de niño que no sólo hay que ganar, también emocionar. Inmediatamente se dio cuenta de que Magic Johnson era Babe Ruth y diseñó un sistema pensado para vencer y enamorar al mismo tiempo. Para convertir a Magic en ganador y en mito al mismo tiempo.

Era el Showtime.

Apenas fueron cuatro semanas de enamoramiento.

McKinney (c) y Magic (dcha)

Era una mañana del 8 de noviembre de 1979. Los Lakers, tras una racha triunfante de buen juego, presentaban un balance de 14 victorias por 10 derrotas. Aquel 8 de noviembre los Lakers jugaban en casa, por lo que esa mañana tenían libre. McKinney había quedado para jugar un partido de tenis a las 10.00 de la mañana en unas pistas que había cerca de su casa. Su oponente sería Paul Westhead, amigo y segundo entrenador de los Lakers. Westhead llegó a las 10.00 en punto a la pista de juego. Pasó una hora y McKinney seguía sin aparecer. Por entonces no había teléfonos móviles y Westhead simplemente pensó que McKinney se habría olvidado de la cita o que quizás se hubiese entretenido en su despacho repasando el plan del partido. A eso de las 12.00 decidió plantarse en casa de McKinney y fue entonces cuando la esposa de éste le contestó que había salido en bicicleta en dirección a la cancha de tenis poco antes de las 10.00.

Se llama a la sede de los Lakers. Nada. Se llama luego a los hospitales de Los Ángeles.

Bingo.

Jack McKinney apretó los frenos para disminuir la velocidad en una pequeña bajada con tan mala suerte que la cadena se bloqueó al instante, la rueda delantera frenó en seco y McKinney salió disparado contra el asfalto. Se golpeó duramente el cráneo con el suelo durante varias veces fruto de la inercia del golpe. Tenía la cara destrozada, hematomas en todo el cuerpo y sangrados internos en el bazo.

Permanecería tres días en coma.

Durante el resto de la temporada Paul Westhead se haría cargo del equipo. McKinney era un tipo decente, fiable, resolutivo. Un buen tipo. Había criticado y matizado a Abdul-Jabbar y el pívot aceptó de buen grado que McKinney le diese las llaves del equipo a Magic Johnson. Todo el mundo se movía en ataque, incluido Kareem, y se jugaba a correr salvo en los momentos importantes en donde Kareem podía pedir el balón dentro de la zona.

Westhead no tocó nada del sistema a la espera de que McKinney volviese.

Los Lakers acabaron ganando el título tras derrotar a los Philadelphia 76rs con Paul Westhead en el banquillo.

McKinney jamás volvió.

En la temporada siguiente, la campaña 1980-81, Paul Westhead se convirtió en pleno derecho en entrenador jefe de los Lakers. Se segundo sería un comentarista televisivo que había sido un jugador residual de los Lakers.

Se trataba de Pat Riley.

La cosa fue mal. A Westhead le dio un ataque de entrenador. Decidió poner su sello en el equipo y cambiar de arriba a abajo lo que McKinney había creado. Cortó de raíz las transicciones y decidió parar el juego en beneficio de Kareem Abdul-Jabbar. A Magic Johnson no le gustó e inmediatamente subió al despacho de Jerry Buss para exigir la cabeza del técnico. Lo interesante del tema es que a Kareem tampoco le gustó. Abdul-Jabbar era el mejor y también era el antidivo. Estaba encantado con que fuese Magic el que se llevase todos los focos.

Paul Westhead no seguiría la siguiente temporada en los Lakers.

Pat Riley se convirtió en técnico de los Lakers. Riley retomó la idea del Showtime y la perfeccionó al dotarle de rigor defensivo y presión a media pista.

Pat Riley se convirtió en el padre del Showtime…

…aunque no le era.

¿El padre del Showtime?

¿Qué fue de Jack McKinney? Recibió su despido de los Lakers con acritud. Se encontraba bien y lo consideró una puñalada por la espalda. Indiana Pacers le hizo una oferta aquel verano y pasó a dirigir al equipo de Indianápolis en la temporada 1980-81. Lo hizo bien. Muy bien. Era la primera vez en un lustro que los Pacers se clasificaban para los playoffs para el título. Lo hizo tan bien que fue galardonado con el premio al mejor entrenador de la temporada.

Todo era pura fachada. Al empezar la siguiente temporada Jack comenzó a tener serias lagunas mentales. Fueron a más. Acabó esa campaña poniendo pegatinas con el nombre de los jugadores en las camisetas de entrenamiento para saber quien eran y poder nombrarlos. El problema se agravaba durante los tiempos muertos de los partidos, donde McKinney alternaba cuestiones tácticas con silencios gigantescos en los que su segundo tenía que interceder mientras Jack intentaba retomar la conversación.

Aquello no tenía mucho más recorrido y hubo que abandonar los banquillos por prescripción médica. Tras visitas y más visitas a neurólogos volvería al ruedo meses más tarde. Sin embargo apenas pudo dirigir en nueve partidos a los New York Knicks antes de tener que abandonar de forma definitiva el baloncesto profesional.

Pat Riley es una leyenda de la NBA.

Jack McKinney es un completo desconocido.

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