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El récord imposible de Marita Koch

En el antaño majestuoso boulevard ‘Unter den linden’ (bajo los tilos) está el corazón de Prusia y el lugar de confraternización y encuentro entre lo que hasta hace apenas tres décadas eran dos Alemanias. Esa amplia avenida berlinesa que comienza en la Puerta de Brandenburgo cuenta con varios edificios de interés. Alguno de ellos consiguió milagrosamente sobrevivir a la II Guerra Mundial. Es el caso del edificio del Arsenal de Artillería que desde 1987 alberga el Museo de Historia de Alemania. Una de las secciones del museo está dedicada a la República Democrática Alemana (RDA), la parte oriental de un país que estuvo casi medio siglo separado por la Guerra Fría. Llama la atención que en una de las vitrinas de la exposición hay una pequeña caja de esteroides. Se trata de unas pastillas conocidas como Oral Turinabol. A través de ese blíster de píldoras se puede trazar la historia del deporte en la RDA. De hecho hasta se puede esbozar la misma historia de la RDA. Una historia de dopaje de Estado.

El legado más perdurable del socialismo de laboratorio no está en obras sociales, ni en colosales construcciones públicas, ni en la calidad de la enseñanza. Está en legendarios registros deportivos. El dopaje de Estado en la RDA está demostrado, comprobado, analizado y reprobado. Algo que en menor medida se verificó en todos los países comunistas, pero que en ningún lugar fue tan descarado y premeditado que en Alemania Oriental. La RDA, un país de 17 millones de habitantes, llegó a ser segundo en la tabla de medallas durante los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 con 102 preseas. Alemania, unificada, con cerca de 80 millones de habitantes, ni se ha acercado a esas cifras, descendiendo de las 82 logradas en Barcelona´92 a las 42 de los Juegos Olímpicos de Río de 2016.

El dopaje de Estado comenzó en la RDA en 1974 y se estima que en década y media unos 15.000 deportistas pasaron por el laboratorio del dopaje. La obra maestra de esta locura pseudocientífica tuvo lugar el 6 de octubre de 1985 en Canberra y estuvo protagonizada por la atleta Marita Koch.

La prueba de los 400 metros lisos está considerada la más agónica del atletismo. Se requiere mantener durante una vuelta al estadio la explosividad de una carrera de velocidad y resistir al déficit de oxígeno y al aumento del ácido láctico con la mentalidad de un fondista. Marita Koch llevaba años siendo la reina de la distancia, pero aquella tarde no sólo ganó, sino que humilló a sus rivales. Pocas veces se ha visto superioridad tan apabullante entre seres supuestamente iguales. La exageración del enunciado adquiere significado al ver la grabación de la carrera. Aupada por un vigoroso tren inferior, Koch sacó una ventaja excesiva a sus rivales desde la curva para marcar un inaudito 47’60’’.

Koch pulverizó el récord mundial de 400 metros femeninos con una facilidad pasmosa. Corriendo por la calle número 2 su suficiencia fue tal que hasta se consideró que no había hecho lo máximo, con la intención de batir el récord en una carrera posterior. Para comprender la magnitud de la marca es necesario señalar que el récord sigue vigente más de 30 años después y que campeonas olímpicas como Marie Jose-Perec, Cathy Freeman o Sanya Richards ni se han acercado a los 48 segundos.

El récord de España de Sandra Myers está en 49’69’’. Comparar la marca de Koch con la de Myers es como comparar el jamón de cebo ibérico con la mortadela siciliana.

Koch nunca dio positivo en los arcaicos controles antidopajes de aquellos años. Hoy, superados los 60, sigue negando la mayor. De sobra es conocido y reconocido por muchos de sus compañeros que el Oral Turinabol, los esteroides que aceleraban el crecimiento muscular sostenido, tenían barra libre en los campus de entrenamiento. El Turinabol, un medicamento diseñado y comercializado en la RDA, es el causante de que muchas de aquellas chicas hoy parezcan hombres e incluso hayan tenido que cambiar de sexo.

El Oral Turinabol era consumido mayoritariamente por mujeres. Era un esteroide anabólico-androgénico que fue creado por Jenapharm, una compañía farmacéutica con sede en Jena, ciudad de renombre gracias a Napoleón. La multinacional sigue en activo gracias a sus progresos en el campo de la fertilidad, algo, cuanto menos chocante, cuando desde hace años se sabe que a las atletas de Alemania Oriental se les inseminaba artificialmente para que la producción de hormonas aumentase durante el embarazo y, una vez alcanzado el rendimiento óptimo para la competición, se les obligaba a abortar.

Koch, como la mayor parte de atletas del bloque comunista, evitaba las competiciones menores para así sortear los controles, participando sólo en las dos o tres pruebas importantes del año logrando victorias cual Sputniks. Una vez logrado el récord del mundo Koch no tenía nada más que demostrar y mucho que ocultar. Alegó problemas en el tendón de Aquiles y se retiró a los 29 años.

Hoy repudiada, lo cierto es que a mediados de los 80 Marita Koch era una figura legendaria. Para el emergente movimiento feminista era una heroína que estaba demostrando que podía romper las leyes biológicas y superar las marcas de los hombres. Además, para sorpresa de machistas y misóginos, Koch no era fea. Se casó con su entrenador (que también era su camello), tuvo una hija, se dejó el pelo largo y pasó de marimacho a mujer atractiva.

Tan solo otra mujer, la checa Jarmila Kratochvilova, consiguió bajar de 48 segundos en los 400 metros. Kratochvilova tiene el otro récord prohibido en el atletismo los 1’53’28’’ en los 800 metros desde 1983, que si bien son estratosféricos parecen más reales que los 400 de Koch. Aunque es ‘vox populi’ que Kratochvilova era producto del doping, su caso se adscribe más al de hombre que nació con el cuerpo de una mujer. De aspecto andrógino, musculada y fisiológicamente hombruna, nunca pareció una fémina. Al igual que le ocurre a la sudafricana Caster Semenya (que en 2018 ha ganado 25 de 28 carreras sin el beneplácito de la IAAF) la controversia radica en su sexo.

Al caer el Muro de Berlín y pasar a ser públicos los archivos de la policía secreta de la RDA se descubrió la existencia del ‘Plan Estatal 14.25’ un programa sistemático de dopaje al que ningún deportista se podía negar y que dio a la RDA más de 400 medallas de oro en competiciones de atletismo y natación durante 15 años. Fue tal la vergüenza que la IAAF intentó en el año 2001 borrar todos los récords existentes en atletismo y empezar de cero, aunque tan controvertida idea no logró materializarse.

Marita Koch sigue diciendo que la única razón por la que se dedicó al atletismo era porque era la única forma que le permitía escapar de la RDA y conocer otros países. Siempre cuenta, medio en broma y medio en serio, que si en su primera competición internacional en vez de disputarse en Atenas hubiese tenido lugar en un sitio menos atractivo como Polonia hubiese dejado el atletismo. Sigue afirmando que nunca se dopó y que no sabe que es el Oral Turinabol.

Siguen siendo curiosas afirmaciones para alguien que además de una atleta voraz y fanática del atletismo es también licenciada en medicina.

“Me siento confuso, y, sin embargo, al término de mi vida, tengo la certeza de que la RDA no fue fundada en vano. Dejó planteado el hecho de que el socialismo puede existir y ser mejor que el capitalismo. Fue un experimento que fracasó. Pero la humanidad no ha abandonado jamás la búsqueda de nuevas verdades y caminos a causa de un experimento fracasado”. Erich Honecker, presidente de la RDA (1976-1989).


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