Era primavera. Burdeos. Aquitania. Francia. El día amaneció despejado. Tras desayunar el matrimonio se dispersó. No hizo falta ni preguntar. Eran muchos años. Más de medio siglo de convivencia. Monique empezaría con sus quehaceres domésticos antes de preparar el almuerzo. Para Jean tocaba ir al jardín. Le había dicho a su mujer que tenía que podar un par de árboles que adornaban la modesta parcela que rodeaba la casa. Uno de ellos tenía una rama que atentaba con adentrarse en terreno del vecino.
La escalera falló. Jean cayó y allí pereció. Contaba con 76 años de vida. Cuando Monique llegó a su auxilio era demasiado tarde. Lloró a lágrima viva. Habían sido 57 largos y felices años de matrimonio. Un matrimonio que se gestó una gloriosa tarde del verano de 1952.
Un matrimonio que se gestó gracias a una medalla de oro.
Jean había nacido en 1933 en un pueblo marinero cercano a Marsella. Su padre obedecía al nombre de Gastón y su madre al de Bibienne. El padre había sido nadador y la madre no sólo había sido nadadora, sino que había llegado a representar a Francia en los Juegos Olímpicos de 1924 y en los de 1928. Y aún había más. Un tío de Jean también había llegado a ser olímpico. No es pues extraño que en la granja familiar perteneciente a la familia Boiteux se instalase en una de las naves una piscina improvisada donde los cuatro hijos de la familia (Jean incluido) practicasen natación de forma cotidiana.
De los cuatro retoños fue Jean el que manifestó excelentes aptitudes para la práctica profesional. Representaba el arquetipo de nadador moderno con anchas espaldas, cintura de avispa y pies grandes. Con 14 años se unió a su primer club de natación y a los 16 se convirtió en campeón nacional de 400 metros. El cielo era su techo, pero entonces tuvo un accidente de esquí lo que le obligó en los meses subsiguientes a nadar únicamente usando la parte superior del cuerpo. La ironía es que tal esfuerzo hizo que aumentase considerablemente su masa muscular y así, en 1951, con apenas 18 años, batía el récord europeo de 200 y 400 metros y ganaba la medalla de oro en 400 y 1.500 metros en los Juegos del Mediterráneo.
Al año siguiente tocaban Juegos Olímpicos de Helsinki.
Pero entonces apareció Monique.
Monique era preciosa. Sus piernas eran interminables y su sonrisa hacía palidecer a la luz del sol. Monique era de Argel, por entonces colonia francesa, y combinaba la palidez gabacha con la luminosidad africana. Así lo sentía Jean quien quedó perdidamente enamorado. La vida no era sólo entrenar, también era pasear con Monique, tomar un helado con Monique, ir a ver una película con Monique o darle unos cuantos besos furtivos a Monique a la espera de que la Santa Madre Iglesia diese la autorización para conocer cada uno de los recovecos de su fastuoso cuerpo.
Y eso era algo que Gastón no iba a permitir.
El padre de Jean comprobaba que su hijo podría conseguir el sueño familiar en Helsinki. Una medalla olímpica. Y no estaba dispuesto a que su hijo tirase por la borda tantos años de entrenamiento. Estamos en 1952. La autorización paterna para una boda no se torna en indispensable, pero si en muy necesaria.
Así que Gastón es tajante.
O hay medalla de oro o no hay boda.
Jean Boiteux
Antes de jugarse el amor de Monique en menos de cinco minutos, Jean formo parte del cuarteto francés en el relevo 4×200. Salió en la última posta cuando el equipo francés iba en la cuarta posición y logró adelantar al sueco Johansson en los últimos metros para que Francia lograrse la medalla de bronce.
Días después tocaba la final de los 400 metros libres. 30 de julio. El favorito indiscutible es el recordman estadounidense nacido en Hawai Ford Konno. Como segundo espada está el sueco Östrand. Durante la primera mitad de carrera los dos citados marchan en cabeza con Boiteux en un segundo plano. Sin embargo, en el quinto largo de piscina Boiteux pone una marcha más y se sitúa en cabeza. Konno intenta seguirlo en vano mientras Östrand pierde comba con rapidez.
Jean Boiteux logra la victoria estableciendo un nuevo récord olímpico. Consigue el triunfo con 19 años siendo el primer francés en lograr el oro en natación en la historia del olimpismo, hazaña que no volverá a repetirse hasta los Juegos de Pekín más de medio siglo después.
Apenas tocó el muro cuando su padre Gastón, con camisa, corbata y boina, saltó al agua para felicitar con alegría a su hijo, produciendo una imagen icónica que fue capturada por los fotógrafos y circuló por todo el planeta. La imagen pasó a ser portada en periódicos de medio mundo y Coca-Cola pagó por los derechos de la misma para hacer un anuncio televisivo con ella. Lo cierto es que no fue del todo improvisada, dado que Gastón había apostado diez dólares con un fotógrafo a que se tiraba a la piscina vestido si su hijo ganaba la medalla de oro. Fuese como fuese, el momento ha pasado a la historia colectiva del olimpismo.
Al día siguiente Boiteux disputó las series del 1.500 y ni siquiera consiguió clasificarse para la final. Daba igual. Confesaría que no le importaba en demasía. Había ido con un objetivo claro. Un objetivo que iba a mucho más allá de una medalla de oro.
Padre e hijo
Jean Boiteux se retiraría como nadador en 1961, casi una década después de su éxito dorado en Helsinki. Logró medallas de oro en los Juegos Mediterráneos, pero jamás logró vencer en un campeonato europeo. En los Juegos Olímpicos volvería a repetir experiencia en 1956, no obstante, apenas pudo alcanzar un sexto puesto. Con 19 años había logrado la cima. Había logrado ser campeón olímpico. Jamás pudo igualar ese éxito.
Normal. Jamás volvió a tener motivación igual.
Dos semanas más tarde Jean y Monique pasaban por la vicaría. Decidieron instalarse en Argel hasta que el estallido de la Guerra de Argelia hizo que dejasen la antigua colonia francesa para establecerse en Burdeos donde, una vez retirado, Jean se convirtió en el presidente del club de natación de la ciudad atlántica hasta su fallecimiento. Antes había sido nombrado oficial de la Legión de Honor. En 1990, con 57 años, firmó en un torneo de natación en Burdeos 1’11’’ en los 100 metros libres.
Bozidar Maljkovic era reacio a irse a Francia. Tras tocar el cielo con la Jugosplastika Split había fichado por el FC Barcelona de donde se había ido por la puerta de atrás. Su idea era pasar un año sabático en Estados Unidos perfeccionando su inglés y viendo técnicas de entrenamiento. Pero por el camino se topó con el ofrecimiento del CSP Limoges. Era un grande en Francia, sin embargo, eso en baloncesto era poca cosa. Limoges era, además, una ciudad provinciana. De apenas 140.000 habitantes, enclaustrada en el interior de Francia, sin vida más allá de la porcelana, Limoges no es que fuera demasiado atractiva. Para un joven Limoges era sinónimo de aburrimiento. Ocurre que allí había dinero. Los propietarios habían hecho una fuerte apuesta por el baloncesto y tiraron de avión privado para convencer a Bozidar Maljkovic de las bondades del proyecto.
Maljkovic aterrizó en enero de 1992 en Limoges, por lo que tuvo seis meses para empaparse de la ciudad, del baloncesto francés y de confeccionar altas y bajas. Solicitó el fichaje de Michael Young, un alero de dos metros que venía de hincharse a meter puntos en Italia. Luego pidió el fichaje del veterano base esloveno Jure Zdovc, quien fue fácil de conseguir dado que deseaba alejarse lo más posible de una Yugoslavia consumida en una cruenta guerra civil. El resto de la plantilla era producto nacional francés. Físico y comprometido. Doce guerreros que obedecían a Maljkovic y se tiraban al suelo si era necesario. El pívot titular era Jim Bilba, quien apenas llegaba a los dos metros de puntillas.
El factor extra era la tranquilidad de Limoges. No había nada que hacer. La ciudad, desconocida para toda Europa, estaba volcada con su club y su coqueto pabellón de apenas 5.000 espectadores. Los jugadores combatían el aburrimiento con largos entrenamientos, la mayoría de ellos por voluntad propia. No es época de Play Station y en Limoges llueve día si día también. En Limoges no hay nadie a las siete de la tarde de un sábado. Es una ciudad maravillosa para jubilarte.
El Limoges había ganado la liga francesa como tantas otras veces y veía como un suceso hercúleo la consecución de la Euroliga. Por eso habían fichado a Maljkovic. Pero no se esperaba mucho. El Limoges perdió sus primeros dos partidos de Euroliga y saltaron todas las alarmas. Maljkovic se dio cuenta de que contaba con dos aleros que eran excelentes cargando el rebote ofensivo. Se trataba de Michael Young y de Richard Dacoury. Tuvo una reunión con el equipo y les hizo ver una nueva forma de jugar al baloncesto.
Se estima que de cada diez posesiones se conseguirá anotar en cinco de ellas. Teniendo en cuenta la plantilla de jugadores atléticos y capaces al rebote, Maljkovic estimó que de los cinco errores previstos sus chicos serían capaces de hacerse con el rebote ofensivo de dos de esos tiros fallados. Son 7 tiros anotados de 10 intentos. Con esos números nadie te gana un partido.
Nacía el basket control.
Tras una década plagada de imaginario ofensivo encabezada por los Lakers en la NBA y por el baloncesto yugoslavo en Europa, el basket entraba en nueva fase donde el físico cobraba una importancia nunca antes vista. En Estados Unidos los Detroit Pistons pusieron el pistoletazo de salida a un baloncesto donde el reloj de posesión se agotaba al máximo y donde la búsqueda del error del rival era más importante que el acierto propio. La tendencia estaba ahí. Pero lo que iba a hacer el Limoges en la temporada 1992/93 marcaría un antes y un después.
Todo el quinteto del Limoges era extremadamente físico. Zdovc quedaba siempre el primero en las pruebas de resistencia en la selección de Yugoslavia. En el Limoges siempre finalizaba el cuarto o el quinto. Todos eran especialistas en el pick and roll, defendían a muerte y corrían y reboteaban cómo si les fuese la vida en ello. Y lo aceptaban. Lo aceptaban porque ansiaban ganar. Y Maljkovic sabía cómo ganar.
Michael Young
Tras pasar segundos de grupo (7-5) al Limoges le tocó enfrentarse a Olympiakos en cuartos de final. El primer partido en Atenas y los dos siguientes, en caso necesario, en Francia. Favoritos eran los helenos a pesar de no contar con ventaja de campo. En el primer choque gana Olympiakos con solvencia gracias a los 27 puntos de Zarko Paspalj. En la vuelta tocó asfixia a la francesa. 59-53 para el Limoges en un duelo durísimo en el que Young anotó 20 puntos con un paupérrimo 5/16 en tiros de campo. En el tercer partido Zdovc anotó un tiro ganador a falta de tres segundos y Paspalj falló el que hubiese sido la canasta de la victoria ateniense a falta de 0’8 segundos para el final. 60-58 fue el resultado final. El Olympiakos había metido 76 puntos por encuentro en la Euroliga y aquí había sumado dos partidos seguidos sin llegar siquiera a 60.
El Limoges se había clasificado para la Final Four y las críticas arreciaron. Tocaba semifinales contra el Real Madrid. Se criticaba ese baloncesto. La distancia entre atacante y defensor se acortó. La agresividad era brutal. Los jugadores del Limoges entraban al estómago del atacante con balón. La prioridad era desgastar al equipo rival y que fallase sus tiros, luego, apoyado por el físico de sus jugadores, intentar anotar una canasta que les diese ventaja y ponerle cloroformo al partido. Posesiones ofensivas en las que se avanzaba a campo contrario andando y no se lanzaba a canasta hasta que quedasen un par de segundos para el final de la posesión.
El Madrid de Sabonis sufrió lo indecible. Apenas anotó 52 puntos y firmó un triste 2/12 en triples. Sabonis acabó desquiciado por la docena de golpes bajos que recibió de M’Bahia y Bilba, pívots que median veinte centímetros menos que el lituano pero que eran un incordio para su cadera y sus tobillos. El Madrid fue incapaz de anotar un mísero punto en los últimos cuatro minutos y el Limoges venció por 62-52 con 20 puntos de Young y 14 de Dacoury.
El Real Madrid había promediado 83 puntos por encuentro en esa Euroliga. Se quedó en 52 en la semifinal de la Final Four.
La final fue contra la Benetton Treviso. Allí jugaba el mejor jugador de Europa. Se trataba del croata Toni Kukoc, quien al acabar esa temporada pondría rumbo a los Chicago Bulls de Michael Jordan. Y defender a Kukoc no era fácil. Nada fácil. El Limoges volvió al basket control, pero Kukoc doblaba el balón a compañeros liberados. A once minutos del final los italianos vencían por 34-43, pero el cansancio comenzó a hacer mella en la Benetton. Cuando quedan sesenta segundos para el fin el marcador es 55-55. Con 59-57 un Kukoc cansadísimo perdió el balón cuando intentaba levantarse para anotar un triple y en la jugada consecuente Zdovc anotaba dos tiros libres que ponían un 59-55 insalvable.
El Limoges era campeón de Europa. Pese a la derrota, Toni Kukoc fue elegido mejor jugador de la final, hecho sin precedentes. El triunfo del Limoges era el triunfo del colectivo. La Benetton anotó 55 puntos en la final. Había promediado 80 tantos en esa Euroliga.
Si consideramos los mejores momentos del deporte francés, y exceptuando las victoria futbolera en el Mundial de 1998 y 2018, el triunfo de Limoges está en el pódium de los mejores momentos galos junto al triunfo del Olympique de Marsella en fútbol y de Yannick Noah en Roland Garros de 1983. Que las victorias del Limoges y del Marsella ocurrieron en ese mismo año 1993 hacen de esa temporada inolvidable en el país del hexágono.
Al Limoges se le acusó de haber traicionado al juego, de llevar la defensa al límite, de apostar por los ataques largos y de destrozar el ritmo a base de faltas. Es cierto. Como también es cierto que Maljkovic había entrenado a Toni Kukoc cuando dirigía a la Jugoplastika y lo había hecho basándose en un primoroso baloncesto ofensivo.
Un equipo con escasos recursos ofensivos y limitado mercado económico había ganado la Copa de Europa. El Limoges dejó un legado de racanería, pero también de lucha, entrega e intensidad nunca antes visto. Dio esperanza a la victoria del pequeño ante el grande. Con la planificación adecuada y un fuerte desarrollo táctico y físico se podría lograr lo imposible.
CSP Limoges
Tuvieron que pasar seis años para que un equipo volviese a anotar 80 puntos en una final de la Euroliga. La aberración máxima tendría lugar en 1998 cuando Virtus Bolonia se proclamase vencedor al derrotar 58-44 al AEK Atenas. Ese mismo año los Chicago Bulls ganaban el segundo partido de las finales de la NBA dejando a los Utah Jazz en apenas 54 puntos en 48 minutos de juego. Se puede aventurar sin temor a equivocarse que tal registro negativo nunca será superado.
Afortunadamente para el aficionado aquellos tiempos pasaron. Ocurre que eso no es motivo para restarle mérito alguno al milagroso triunfo de un pequeño club del interior de Francia. Al CSP Limoges.
Benito Diaz nació en 1898 cuando España perdía los retazos que le quedaban de su Imperio y cuando los Borbones aun veraneaban en San Sebastián. Y es que Benito Díaz nació en Donostia. En una familia bien. Sus padres quisieron que estudiara Bellas Artes. También le dio por cantar en el Orfeón Donostiarra. Pero a Benito le iba otra cosa. Una moda importada de Gran Bretaña y que por entonces estaba mal vista en la mayoría de círculos sociales.
El fútbol.
Benito gustaba de lanzar unos tiros en la playa de la Concha y juega partidos en el velódromo de Atocha. Pequeño, bullicioso y de energía infinita, juega en varios equipos de la ciudad hasta que ficha por la Real Sociedad. Corría el año 1917. A Benito pronto le pondrán de apodo ‘rata mecánica’ por su estilo de juego rápido y bregador.
Allí estuvo hasta 1927. No hay mucho que contar de su etapa como jugador. Lo relevante es que por entonces la Real Sociedad era entrenada por un técnico húngaro que respondía a las señas de Lippo Hertzka. En esa época la vanguardia del fútbol europeo se cocía en las entrañas del antiguo Imperio Austrohúngaro. Ocurría que Hertzka era un referente de máxima autoridad. Benito pronto descubrió que los entresijos del juego le gustaban tanto o más que el propio juego. Se convirtió en la voz en el campo de Hertzka y lo acompañó a Hungría para aprender diferentes metodologías de entrenamiento relacionadas con el balompié. Con estos mimbres no era de extrañar que, en 1927, cuando Hertzka abandone Guipúzcoa, Benito Díaz se convierta en nuevo técnico de la Real Sociedad. Ni siquiera ha cumplido 28 años, pero cuenta con el beneplácito de su mentor quien recomienda a los directivos donostiarras que apuesten por Benito a pesar de su juventud.
Benito Díaz recibe una copa
Su primer año fue glorioso. La Real Sociedad llegó a la final de Copa. Será una final heroica ante el Barça que se resolverá en tres partidos tras acabar en empate los dos primeros (entonces no existían ni la prórroga ni los lanzamientos de penaltis). La finalísima dio también para un duelo epistolar entre los poetas Gabriel Celaya y Rafael Alberti. Acabada la final, a Benito lo llaman desde la Federación Española para ser segundo entrenador en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. El torneo resultó un fiasco, pero parecía un pistoletazo de salida para una carrera legendaria.
No fue así. En 1929 una crisis bursátil dejó en bancarrota a negocios de medio mundo. Entre las empresas afectadas estaba Transportes Díaz. El negocio familiar. Así que en 1930 Benito hubo de dejar el fútbol y dedicarse a las exportaciones. Con ojo clínico vio un filón en la exportación de naranjas y demás cítricos a Francia y pronto el camino Valencia-Irún-Burdeos-Paris se hizo habitual en su vida. Tan habitual que cuando en 1936 estalla la Guerra Civil convertirá esa realidad temporal en permanente y se autoexiliará en Burdeos. Digo autoexilio porque, aunque Díaz simpatizaba con la causa republicana, no era militante. Decidió irse por sí mismo dado que económicamente se podía dar ese lujo. Eso facilitará que cuando quiera hacer el viaje de vuelta y cruzar la frontera y retornar a España en 1942 no tenga ningún tipo de problema para hacerlo.
Mas no adelantemos acontecimientos.
Dicen que un periodista francés lo reconoció y lo puso en contacto con la directiva del Girondins de Burdeos. Otros dicen que fue el propio Benito el que se dirigió a la sede del Girondins a buscar trabajo. Sea como fuese, el caso es que, tras ocho años alejado del fútbol, a Benito Díaz le ofrecieron el puesto de técnico del Girondins. Entonces el conjunto bordelés militaba en la tercera categoría del fútbol galo. Consiguió subir al equipo a Segunda en 1937 y dos años más tarde estaba en la Ligue 1. Díaz haría al conjunto bordelés campeón de Copa en 1941. Fue un campeonato sin brillo, dado que Francia era rehén de los nazis. Había una parte ocupada y una parte mal llamada libre, y los conjuntos del norte del país no compitieron. No obstante, el Girondins había pasado de ser un equipo amateur a establecerse como uno de los grandes de Francia. Pero la cosa iba de mal en peor, así que en 1942 Benito vuelve a San Sebastián, y no para exportar naranjas, sino para ser nuevo técnico de la Real Sociedad.
Benito inicia su segunda etapa en la Real con una innovación táctica debajo del brazo. Entonces la táctica común en todos los equipos era la WM creada por Herbert Chapman en la década de 1920. El 3-2-5 sobre el papel era en realidad un 3-2-2-3 en el que la importancia de los extremos era crucial y el balón largo en diagonal desde la defensa hasta el ataque un arma de primerísimo nivel. Pero en Francia había un técnico suizo llamado Karl Rappan que había diseñado un sistema que se conoció como cerrojo y que pasaría con notable éxito a Italia donde fue exprimido al máximo bajo el nombre de catenaccio. El sistema de Rappan sacaba a un pivote del centro del campo para colocarlo en la línea defensiva y ejercer la marca individual ante el delantero rival. El 3-2-5 se convierte en un 4-2-4 en fase ofensiva (dando lugar al nacimiento de los laterales) y al 4-4-2 en fase defensiva. Distintas evoluciones a lo largo de las décadas llevarían al catenaccio a acumular cinco defensores, pero, lo fundamental del asunto, es que a partir de entonces coexistirán dos formas de entender los partidos; la búsqueda del triunfo a través del ataque y del gol (la genuina) y otra a través de la defensa y el evitar encajar un gol (la nueva).
Estaba entonces la Real Sociedad en Segunda División y Benito Díaz decide apostar por el cerrojo como táctica innovadora. Le va bien. La Real sube a Primera, pero es tildado de técnico defensivo. A los jugadores no les importa. Están enamorados de sus métodos. Eduardo Chillida, entonces portero y después celebre escultor, se presentará a una prueba para entrar en la Real con traje y corbata por orden de Díaz. Tendrá que atajar varios disparos de semejante guisa ante el barro del área chica de Atocha. Una vez visto el poco interés de Chillida en mantenerse limpio y elegante, Benito Díaz dará su OK para incorporarlo a la disciplina de la Real.
La Real 2.0 llegó a otra final de Copa, aunque tocó volver a perder en el partido por el título nuevamente contra el FC Barcelona. Los éxitos de Benito Díaz no pasan por alto y vuelve a ser requerido por la Federación Española de Fútbol para ser entrenador nacional dos décadas después de su primera experiencia. Por entonces había dos cargos. Muñoz Calero, militar y presidente de la FEF, tenía la potestad de escoger un seleccionador y un entrenador. El primero decidía que jugadores iban al Mundial y concluía quienes eran los once elegidos en cada partido. Ese hombre, el seleccionador, era quien pasaría a la posteridad tanto en el triunfo como en la derrota. El entrenador era el que diseñaba la táctica y establecía las rutinas de entrenamiento. A ojos del gran público eran un Don Nadie.
El seleccionador nacional en 1948 escogido con la obligatoriedad de clasificar a España para el Mundial de Brasil en 1950 era Guillermo Eizaguirre. Además de exfutbolista (un excelente portero habitual suplente de Ricardo Zamora con la selección española), Eizaguirre era un voluntario de la Legión, hijo de juez y nieto de militar de alto rango. Contaba con heridas de guerra y portaba tres medallas ganadas durante la Guerra Civil. En Brasil sería el encargado de dar discurso, repartir elogios y salir bien guapo en las fotos con sus sombreros de ala ancha.
El entrenador era un vasco achaparradito que respondía al nombre de Benito Díaz. Siempre vestido de chándal y con txapela sobre la sien, Díaz obligó a que cada seleccionado se leyese un informe diario de 18 páginas sobre los rivales de España en el Mundial, prohibió el alcohol y la presencia de hermosas brasileñas en el hotel de concentración y fue el primero en obligar a que la ropa de entrenamiento fuera uniforme e igual para todos los futbolistas. El genio táctico de Díaz había llevado a España a las victorias en Paris ante Francia (1-5) y en Dublín ante Irlanda (1-4) en la fase clasificatoria.
En el Mundial la selección española alcanzó su cénit tras ganar a Inglaterra (0-1) con el famosísimo tanto de Telmo Zarra y obtener el cuarto puesto en el Mundial. En la foto de la victoria ante la pérfida Albión estaba Eizaguirre, pero no Díaz. Benito volvió de América sin el reconocimiento merecido y fichó por el Atlético de Madrid. La aventura por la capital de España concluyó en 1954 con un infarto que le obligó a dejar los banquillos por recomendación de su médico y obligación de su esposa.
España 1950
Tras unos años de reposo en 1960, con el beneplácito de la FEF, Benito Díaz puso en marcha la primera escuela de entrenadores del país. Donde antes un ex futbolista se sentaba en el banquillo para escoger a once futbolistas y animarlos en su búsqueda del triunfo, Díaz ofrecía unas clases de táctica, organización y entrenamiento que se tornaban en novedosas en España.
Desde su oficina madrileña Díaz fue el primer teórico reconocido de los banquillos españoles hasta que entrada la década de 1970 decidió dar un paso atrás y dejar que sabia nueva hiciese buenas sus enseñanzas. Entonces volvió a su querida San Sebastián y se convirtió en asiduo del palco del campo de Atocha donde disfrutó con la época dorada de su Real y sus títulos en los 80 gracias a Arconada, Satrústegui y compañía bajo la dirección técnica de Alberto Ormaetxea. Benito Díaz murió en 1990, a los 92 años de edad, y su legado permanece en la fenomenal escuela vasca de entrenadores que él inicio y que continuaron Maguregui, Ormaetxea, Clemente, Rojo, Azkargorta, Irureta, Mané, Lotina, Emery, Valverde, Imanol Alguacil, Arteta, Mendilibar, Arrasate, Arteta o Xabi Alonso.
196 centímetros de imponente ser humano avanzan hacía mí. Mirada fría, ojos firmes y rictus serio. Un junco tieso se afana por estrecharme la mano desde esa atalaya vestida de general, ataviada de decenas de medallas y coronada por un sencillo y elegante kepi. Charles André Joseph Marie De Gaulle me recibe en su despacho adornado con una bandera de Francia y una gigantesca Cruz de Lorena. El hombre que lideró la resistencia francesa en la II Guerra Mundial y que fundó la Quinta República bajo la máxima de que Francia es De Gaulle y De Gaulle es Francia, me recibe para charlar sobre deporte. Realmente hablaremos de lo que a él le guste, ya que lo que es seguro es que De Gaulle no se dejará vencer.
De Gaulle
Míster Dato (P): ¡Feliz año nuevo Président!
De Gaulle (R):¡Magnifiqué!
P:Président, géneral… ¿Cómo prefiere?
De Gaulle (R):Président de la République Française o Géneral de la France Libre. Sí quiere decirlo, dígalo usted bien. Francia no puede ser Francia sin grandeza. Recuérdelo. Y si usted es un ignorante puede llamarme simplemente Francia. ¡Yo soy Francia! Pero entiendo que usted es un ignorante así que se lo serviré en bandeja. Mi esposa siempre me llamó Mon Géneral. Mis hijos suponen que me llamaba así hasta dentro de la alcoba. Como comprenderá eso lo dejo a su libre interpretación.
P: No es necesario. Géneral entonces. Su figura ha perdurado con el paso del tiempo a pesar de ser un hombre extremadamente frío. Tanto que hasta un ego inmenso como el de Churchill tuvo que humanizarle para que fuese comprendido por el común de los franceses. Frío hacia fuera, pero me dicen que cálido en la intimidad.
De Gaulle (R): Durante mi década como presidente de la V República nunca me ausenté de una cena en casa con mi mujer por mucho trabajo que tuviese. Si mis obligaciones me hacían viajar y pernoctar en un hotel allí estaría Yvonné para acompañarme en el dormitorio. Tres veces al año organizaba en el Elíseo una cena con toda mi descendencia y prohibía tajantemente a un hijo o nieto mío faltar a la cita. Si había que tirar de Concorde, se tiraba. Sé que he tenido fama de solitario, pero mi familia lo era todo para mí. Cuando mi hija falleció al poco de cumplir veinte años fueron muchas horas de lloros, pero todos en soledad y en la intimidad de mi habitación. ¡No sería digno con mis conciudadanos si me mostrase débil! Para mí fue el fin del mundo. ¡Para Francia el fallecimiento de mi hija no fue nada!
P: Su hija tenía síndrome de Down. Dicen que ni siquiera lloró en el entierro de su hija. Pero usted me confirma entonces sus lágrimas.
De Gaulle (R): Mis hijos sólo me han visto sin uniforme militar o sin traje y corbata en la playa. Siempre me ha parecido una desvergüenza que tus hijos te vean en pijama. Sólo lo consentí cuando me operaron de la próstata y porque mi mujer me lo pidió como un favor personal. ¡Imagínese que alguien me viese llorar! La dificultad atrae al hombre de carácter, porque es en la adversidad que el verdadero hombre se conoce a sí mismo.
P: Vamos a ver si entramos en materia. En este caso el deporte. Usted es un bigardo de casi dos metros. Supongo que un privilegiado desde niño en el aspecto deportivo.
De Gaulle (R): ¿Se ha dicho la última palabra? ¿La esperanza debe desaparecer? ¿La derrota es definitiva?
P: ¿Qué dice?
De Gaulle (R): Perdone mi diatriba, pero me resulta inevitable. He sido un hombre que vivió sumido en una crisis histórica. No he parado nunca de luchar por Francia y siempre me viene a la mente aquellas palabras de aliento con las que levanté la moral de los franceses desde los micrófonos de la BBC en mi exilio londinense.
P: Ya me advirtieron que preguntase lo que le preguntase usted me iba a comentar lo que le diera la real y santa gana.
De Gaulle (R): Churchill no me soportaba, ¿sabe? Decía que detrás de mis palabras no había ejército ¡Mon Dieu! Cuando tengo razón, me enojo. Churchill se enoja cuando se equivoca. ¡Estamos enojados el uno con el otro la mayor parte del tiempo! ¡A mí me dispararon en una pierna en la Gran Guerra! ¡Estuve dos años en una prisión alemana! ¿Y Roosevelt? ¡Ese inválido presuntuoso! Él enviaba telegramas mientras yo conducía tanques ante Rommel antes del desastre de 1940.
P: Se dice que nunca le dio las gracias a nadie. Dicen que es un maniaco depresivo. Otros sugieren que es un narcisista constructivo.
De Gaulle (R): ¿Con qué fin? El general Leclerc le dijo a su esposa que bajaba a comprar tabaco y regresó cinco años después a París con una división de negros francófonos, franceses libres y republicanos españoles. ¿Y tengo que darle las gracias? ¡Jamás! ¡Lo hizo por Francia y por eso nunca hay que dar las gracias! Si ser patriota es ser arrogante lo soy. Si construir una Francia atómica, si vetar a Inglaterra para entrar en la Unión Europea, si pactar con el general Masu para controlar África o si menospreciar a los estadounidenses es ser un narcisista, pues vale, lo soy. ¡Yo soy Francia! ¿Estadounidenses? Puede estar seguro de que los estadounidenses cometerán todas las estupideces que usted pueda imaginar, además de algunas que están más allá de la imaginación.
P: ¿Racista? ¿Nacionalista exacerbado?
De Gaulle (R): ¡Cómo se atreve! Yo soy un patriota. El patriotismo es cuando el amor a tu propia gente es lo primero. El nacionalismo es cuando el odio hacia personas distintas a las tuyas es lo primero. Defiendo Francia porque no existe nada mejor que Francia. ¿Bélgica? Un país inventado por los británicos para molestar a los franceses. ¿La Unión Europea? Ningún estadista europeo conseguirá unir a Europa. Serán los chinos quienes lo hagan.
P: Lo que es innegable es su capacidad de liderazgo. Quizás uno de los mejores ejemplos que podemos encontrar en la historia.
De Gaulle (R): Lo cierto es que mi francés es excepcional, con un vocabulario inabarcable.
P: Baja modesto, que sube De Gaulle.
De Gaulle (R): Yo no doy conferencias de prensa sino conferencias a la Prensa. ¡No es culpa mía! ¡Francia me adora! Y ustedes no se atreven a hacerme preguntas. Yo siempre estoy preparado para las respuestas a mis preguntas.
P: Querría hablar de una santa vez de deporte. Hacemos un trato si lo desea. Le dejo que me suelte alguna de sus soflamas y luego contesta a un par de preguntas sobre deporte. ¿Le parece bien?
De Gaulle (R): De acuerdo. Pero los tratados son como rosas y chicas jóvenes. Duran mientras duran. Así que apúrese.
P: Pues eso. Suelte un alegato final.
De Gaulle (R): Francia no tiene amigos, sólo intereses. Cuando me pregunto qué piensa Francia, me pregunto a mí mismo. Por eso llego a la conclusión de meterme en política. Es un asunto demasiado complejo y serio como para dejárselo a los políticos. Sentí la llamada de Francia y Francia necesitaba grandes hombres. Yo estaba decidido a serlo.
P: Venga. Ahora me toca a mí. En muchos aspectos usted es un pionero. No es un hombre cuyos hechos evoquen las páginas deportivas, pero en verdad usted ha contribuido a la grandeur del hecho deportivo. Explíquenos como fue aquello de recibir a los deportistas olímpicos.
De Gaulle (R): ¡Los deportistas representan la grandeur de un país! ¡La grandeur en tiempos de paz! Fue en los Juegos Olímpicos de 1964 cuando como Président de la République Française decidí condecorar a los héroes olímpicos franceses con la Orden Nacional del Mérito o con la Legión de Honor según la medalla obtenida.
P: Hecho que parece impropio de un géneral como usted.
De Gaulle (R): Los cementerios están llenos de hombres indispensables.
P: Usted también fue el primer político que se acercó a las cunetas para recibir a la caravana del Tour de Francia.
De Gaulle (R): El Tour es grandeur. Es tradición e historia. Es un elemento imprescindible de la cultura francesa que da a conocer a miles y miles de pueblos de nuestra amada tierra al resto del mundo. Mi deber como Président era estar allí y así decidí hacerlo.
P: Tengo entendido que fue fiel a su estilo. No se lo dijo a nadie y hubo que parar la carrera durante unos minutos para atenderlo.
De Gaulle (R): Fue en 1960. Creo que era la penúltima etapa. Yo estaba pasando unos días en Colombey-les-Deux-Églises donde tenía una propiedad familiar y sabía que el Tour iba a pasar por allí. Así que decidí ir al encuentro de los ciclistas. La verdad es que fue un año triste porque Anquetil no estaba y el resto de los franceses lo hicieron bastante mal. Creo que ganó un italiano sino recuerdo mal. Así que decide subir la moral de Francia con mi súbita presencia.
P: Gastone Nencini fue el vencedor.
De Gaulle (R): Nencini. Eso es. El caso es que me acerqué a una cuneta en el centro del pueblo para ver el paso del Tour. Entonces no había eso que ustedes llaman redes sociales. Faltaban unos veinte kilómetros para que pasase el pelotón cuando Jacques Goddet, que entonces era el patrón del Tour, recibe el aviso de que iba a aparecer. Y luego, en una demostración de júbilo por la presencia de su Président, el pelotón se paró y Goddet se acercó a saludarme. Yo recuerdo ir a darle un apretón de manos al señor Nencini. También vino a saludarme Darrigade, que entonces era campeón del mundo. Fue la primera vez que el Tour se paró para saludar a un espectador. Créame que la gente aplaudió más a su Président que al maillot amarillo.
P: Le crea o no lo crea, quien podría osar contradecirle. Lo cierto es que usted instauró una costumbre. Desde entonces año a año hay visita presidencial en un ritual que puede darse a pie de carretera o en un vehículo en pleno corazón de la carrera.
De Gaulle (R): Recuerdo que aquel día ganó un chico llamado Pierre Beuffeuil. Se había quedado cortado del pelotón por culpa de un pinchazo y aprovechó la parada para saludarme para regresar al pelotón. Luego, unos cuantos kilómetros más tarde, atacó y ganó la etapa en solitario en la meta de Troyes. ¡Dijo que siempre había votado por De Gaulle! Fuese cierto o no, sino llega a ser por mi aparición nunca hubiese ganado la etapa.
P: Creo que Pompidou se saltó la norma, pero luego Giscard d’Estaing fue el primero en entregar en persona el maillot amarillo al vencedor en el pódium de los Campos Elíseos.
De Gaulle (R): ¡Típico de d’Estaing! Siempre me tildaba a mí de monárquico y ¡mire! ¡Qué hay más monárquico que coronarse en los Campos Elíseos! Llegué a respetarlo, no como a Pompidou, pero tuve que acabar defenestrándolo por sus ideas europeístas. Siempre respeto a los que se me resisten, pero no puedo tolerarlos ¡La France c’est la France!
P: Tengo entendido que es buen aficionado al fútbol. Por supuesto jamás confesará sus inclinaciones. Usted es aficionado a todos los equipos de Francia. Ya me ahorro la respuesta. El caso es que usted también instauró la costumbre de acudir al palco en todas las finales de la Copa de Francia. Creo que en la final de 1967 se saltó el guion, algo impropio de usted.
De Gaulle (R): Cierto es. Y no se crea que estoy orgulloso de ello. Jugaban el Olympique de Lyon y el FC Sochaux. Ganaba el Lyon, se echaron atrás y despejaban como podían cualquier acometida del Sochaux. En uno de esos despejes el balón cayó en mi regazo. Lo recibí impasible, me puse en pie y desde mi asiento lo devolví al campo en una pose ortodoxa de saque de banda de jugador profesional. El público rompió en una ovación, reconociendo este gesto como un signo de respeto al fútbol. Mi foto lanzando el balón, con toda formalidad y seriedad, a dos manos, dio la vuelta al mundo. Mis asesores dijeron que aquello me humanizaba. Yo le diré que al día siguiente me mostré apesadumbrado por mi comportamiento.
P: Es usted más recto que la Cruz de Lorena.
De Gaulle (R): Hay que serlo. ¿Cómo puede alguien gobernar una nación que tiene doscientos cuarenta y seis tipos diferentes de queso? Le recomiendo que siempre elija la forma más difícil de hacer las cosas. En ella no encontrará oponentes. El carácter es la virtud de los tiempos difíciles.
P: Volvamos al fútbol. Una parte que no es muy recordada del mayo del 68 es que los futbolistas también se sublevaron. Hubo huelga revolucionaria secundada por centenares de futbolistas y por periodistas de la revista Miroir du football de tintes comunistas. Creo que ocuparon la sede de la Federación Francesa e intentaron montar una cooperativa.
De Gaulle (R): Se solventó con firmeza. Fue una semana. Tuve que hablar con Just Fontaine y también con Raymond Kopa para que apaciguasen los ánimos. Ya sabe usted que convoqué elecciones y desactivé el movimiento obrero y estudiantil. Luego gané las elecciones con claridad absoluta y Francia volvió a ser Francia. Le diré dos cosas para que las tenga en cuenta. La primera es que no hay arma más definitiva en el poder que el silencio. Que hablen y griten que luego yo tomaré las decisiones.
P: La segunda…
De Gaulle (R): Cuanto mejor conozco a los hombres, más me encantan los perros.
P: Vamos finalizando ya general. Tengo entendido que en sus últimos años entre los vivos se dedicó a recorrer España con la intención de escribir un libro sobre las campañas de Napoleón por la Península Ibérica. Me dicen que le encantó Galicia.
De Gaulle (R): Por mis venas corre sangre bretona y siempre había querido conocer la tierra celta de Galicia. Fui a presentarle mis respetos al Apóstol Santiago y recuerdo con gran cariño varias comidas donde el marisco era excepcional. Fui a ver a Franco también. Lo hice porque como militar le tenía profundo respeto por haber sabido mantener a España lejos de la II Guerra Mundial. Lo que me encontré fue un anciano decrépito que se aferraba en el poder. Fue decepcionante.
P: Ha sido un placer general.
De Gaulle (R): He de confesarle que para mí ha sido mejor de lo esperado. Hay que hacer tiempo hasta la tarde para ver qué espléndido fue el día. No se puede juzgar la vida hasta la muerte y no se habría podido juzgar esta entrevista hasta su final. ¡Vive la France!
Sallanches. Alta-Saboya. Unos veinte kilómetros al sureste están los 4.800 metros del Mont Blanc, el punto más alto de Europa. A un lado Francia. Al otro Italia. Sallanches espera en el lado francés. Coqueta, risueña. Último paso en el llano antes de escalar rumbo a las alturas. Camino de estaciones de esquí que se colapsan en épocas invernales. En verano es tiempo de bicicletas. Chamonix, Le Colombiere, Morzine, Joux-Plane, Le Grand Bornand. Nombres que evocan al Tour. Todos a escasos pasos de Sallanches.
En este caso no era el Tour. Era el Mundial de ciclismo. Año 1980. 31 de agosto de 1980. Mundial de Sallanches. En el corazón del esquí francés la Unión Ciclista Internacional (UCI) había preparado un exigente trazado de 13,4 kilómetros que conformaba un triángulo en la zona norte de la estación de Chamonix al que había que dar un total de veinte vueltas. Resultado final: 268,4 kilómetros de esfuerzo. La trama se localizaba en mitad del recorrido donde estaba la subida a Domancy (2,7 km al 10%). En total era un desnivel acumulado que bordaba los 4.600 metros. Para ponerse en contexto era como cubrir una etapa del Tour de Francia en la que se ascendiese el Tourmalet cuatro veces seguidas.
El favorito era Bernard Hinault. El tejón era un competidor descomunal que ya sumaba en su palmarés Giro, Tour y Vuelta, así como alguna de las clásicas más respetadas del mundillo y aún no había cumplido los 26. Acabará su carrera con cinco Tours y es, hasta la fecha y hasta que se retire Tadej Pogacar, el único al que se le permite comparación con Eddy Merckx. No tiene el palmarés tan esplendoroso del que presume el belga, pero contaba con la misma brutalidad clínica para acabar con sus rivales y lograr la victoria.
Pero el caso es que había dudas con Hinault. No había podido vitorear en su tercer Tour consecutivo. Con problemas recurrentes en las rodillas, fruto de una forma de competir tan cerril que se acabará agravando con el paso de los años, Hinault tuvo que decir basta. Marchaba líder en la decimotercera etapa del Tour, pero no tuvo otra opción. Justo antes de iniciar el asalto a los Pirineos decidió poner pie en tierra. Las críticas fueron atroces. Nadie entendía que no compitiese e intentase aguantar a pesar de sus terribles dolores en la rodilla, pero Bernard lo tenía claro. No iba a pedalear para perder una minutada en el primer puerto del día. Se iba cuando quería y como quería. O todo o nada. No concebía el término medio.
Se le pone a parir. Hinault siempre había presumido de ser un supermán y ahora una tendinitis se interponía en su camino. En el futuro su cuerpo tomará cumplida revancha de los esfuerzos y de la ferocidad del bretón. En el presente lo que tenía era sed de venganza. Primero activaría el modo desgaste y luego concluiría con el modo destrucción.
Así entonces es que le recomiendan a Bernard Hinault pasar por el quirófano. Decide posponerlo. La única gran victoria que le falta es la de campeón mundial. Y el Mundial de 1980 es en Francia. Es en casa. Ha pasado poco más de un mes desde el fin del Tour e Hinault no se encuentra al cien por cien. Pero es Hinault. El día antes de la carrera le recomiendan reposo, pero él decide pasar tres horas encima de la bicicleta subiendo y bajando montañas. Es un tejón que se esconde ante la adversidad y que salta al cuello del agresor en cuanto ve la primera oportunidad.
Hinault
El director de la selección francesa era el legendario Jacques Anquetil. El que por cronología fue el primer quíntuplo vencedor del Tour tenía una relación de amor-odio con Hinault. El bretón había competido por vez primera en el Mundial allá por 1976 cuando finalizó sexto. En su opinión podría haber ganado, pero tuvo que trabajar para otro compañero y al final la división de fuerzas había resultado devastadora para el equipo francés. Luego, a partir del 77, apuntaba al palo año tras año, ya como jefe de filas galo, pero sin obtener el triunfo. Para Hinault, todo genio y fuerza bruta, se entraba en un sitio con una ametralladora y se lograba el objetivo cayese quien cayese. Para Anquetil, fino y metódico, los esfuerzos eran medidos y las victorias se contaban por segundos.
Para aquella edición de 1980 Hinault estaba herido. Habían apaleado al tejón y, agazapado y con fuerzas recobradas, estaba dispuesto a poner el mundo a sus pies. Anquetil lo sabía y lo dejó claro antes de que los jueces diesen la salida: “Aquí van a acabar quince”.
Lo clavó.
La carrera fue durísima. No se llevaban quinientos metros de recorrido cuando Hinault mandó a sus compañeros de selección poner un ritmo elevado en la cabeza del pelotón. Llovía a mares y, cuando se afrontó la primera ascensión a Domancy, el escalador francés Mariano Martínez (como es obvio se trataba de un gabacho hijo de españoles exiliados) tiraba del grupo bajo un manto de agua. Al siguiente paso, Hinault consideró que ya era más que suficiente y se puso él mismo a comandar el grupo para escapar de la confusión. Tan sólo el fortísimo equipo belga consiguió seguir la maniobra. De Muynck, incluso, intentó demarrar y se puso brevemente en cabeza. Aquello no gustó en absoluto a Hinault que ya tenía entre ceja y ceja montar una escabechina de aúpa.
A mitad de recorrido tan sólo permanecía sobre la bicicleta la mitad del pelotón. A 80 kilómetros para el final a Hinault sólo le aguantaban Pollentier, Marcussen, Baronchelli y Robert Millar. Hinault no miraba atrás. No pedía relevo alguno. Apretaba los dientes y golpeaba con fiereza los pedales.
Modo destrucción
El índice definitivo para clasificar los mundiales según su dureza no existe, pues no vale tan sólo contar el desnivel o la velocidad o el número absoluto de corredores llegados en menos de un minuto, ni tan siquiera el porcentaje de abandonos. Para la UCI el Mundial más duro de la historia fue el de Nürburgring 1966 donde se sumaron 5.844 metros de desnivel. El siguiente sería el de Duitama 1995 donde Abraham Olano superó 5.460 metros de desnivel positivo para proclamarse campeón del mundo en los Andes colombianos. Pero no es una ciencia exacta. Puede ser un desnivel escalonado o no. Con mucho llano o con subidas enlazadas. Y depende también del kilometraje.
La respuesta, como siempre, está en la vara de medir. Es difícil dirimir esta cuestión porque la dureza dependerá del ritmo que quieran o puedan poner los corredores, de la climatología y de muchas otras circunstancias de carrera.
Lo que es cierto es que no ha habido nunca un Mundial con un mayor porcentaje de abandonos. Fue un 86%. Llegaron a meta 15 ciclistas de 106 posibles. Hinault tiraba y la gente subía a ritmo, sin acelerones, retorciéndose en cada pedalada. A cada vuelta se quedaban unos cuantos ciclistas. En la escala de dolor era un diez sobre diez. No era el desnivel. Tampoco era el aguacero. Era el mejor ciclista del mundo, uno de los mejores de todos los tiempos, pedaleando a su máximo nivel durante siete horas consecutivas. No había ser humano capaz de resistir semejante locura.
A cinco vueltas del final tan sólo aguantaba Baronchelli a rueda de Hinault. En la subida la gente se quedaba y en las bajadas, con el suelo encharcado a costa de la fuerte lluvia, las frenadas y las caídas abundaban. Todos caían como fruta madura, vuelta tras vuelta, incluidos Moser o Jan Raas, el entonces vigente campeón mundial.
Llegando a la última ascensión, con Baronchelli haciendo un ejercicio de macabra agonía jugueteando con los cambios, a Hinault le da por poner más ruido sobre el asfalto. Apretó los dientes y golpeó los pedales con pura brutalidad para sacarle en la cima 200 metros a su perseguidor. Quedaban ocho kilómetros de bajada hasta la meta. La diferencia final superó con facilidad el minuto. Una vez vio que la cuerda se rompía, las piernas de Gianbattista Baronchelli se quebraron y dejaron de pedalear. Tercero fue el granadino Juan Fernández a más de cuatro minutos. Fernández había suplicado al seleccionador español abandonar a falta de tres vueltas para el final, pero fue obligado a continuar tras ser el último hispano que se mantenía sobre la bicicleta.
Hacía dieciocho años que un francés no se proclamaba campeón del mundo. Fueron siete horas y media de sufrimiento para todos y de disfrute para Bernard. Aquello fue el culmen de la carrera de Hinault. Más de 200 kilómetros tirando como un loco, sin pedir un relevo ni tomarse un descanso. Ganó por puro desgaste. Nadie fue nunca capaz de igualar sus excesos. Contaba Baronchelli que las pocas veces que Hinault giraba la cabeza y miraba para atrás tenía los ojos inyectados en sangre como si quisiese asesinarlo. Juan Fernández diría que cuando tras la carrera tuvo que subir a un segundo piso para pasar un control antidopaje lo hizo agarrándose a la barandilla como un anciano, mientras Hinault subía los escalones de dos en dos a la vez que le daba una palmadita en la espalda. Aquella tarde de agosto en Sallanches Bernard Hinault demostró que un campeón no lo es por su palmarés, sino por el respeto y el terror que infunde en sus rivales.
Unas barras de hierro curvadas forman un hombre sobre una bicicleta clavado en una rotonda al comienzo de la cuesta de Domancy. Más adelante hay otra esculpida en piedra. Hinault bautizó esta exhibición como su triunfo más bello. Hoy la subida a Domancy es conocida como la cuesta de Hinault. La carrera de la muerte. Se trataba de un triunfo brutal. De una belleza sin piedad. Victoria que se puede clasificar al mismo nivel que la Lieja-Bastogne-Lieja que ganó ese mismo año bajo la nieve y al borde de la hipotermia. Así era él, como la frase con la que se definía a sí mismo: “Corro para ganar, no para complacer al personal”.
En Gaza continúa un conflicto (así lo llaman) entre judíos y musulmanes creado por la torpeza occidental hace ochenta años y que lleva doce guerras y otras tantas treguas y las que quedan por venir. En Ucrania siguen esperando a que las negras de los chinos o las blancas de los americanos se cansen de mandar armas y alguien decida firmar unas tablas en la partida de ajedrez. Mientras, Arabía Saudí, Egipto, Etiopía, Emiratos Unidos e Irán forman un G5 alternativo y ponen en alerta a Estados Unidos y a China a la vez que Europa se dedica a mirar para otro lado. Eso sí, la Unión Europea aprueba la Ley de Inteligencia Artificial, el primer marco legal y regulatorio integral del mundo futuro. Ya se sabe que Estados Unidos inventa, China copia y Europa legisla.
En Irlanda deciden clausurar los tiempos del IRA escogiendo como presidente a Simon Harris, un joven político de 36 años líder del Sinn Fein. En el estado estadounidense de Minnesota deciden retirar de su bandera a un indio cabalgando en una pradera por una insulsa pero políticamente correcta estrella de ocho puntas. En Rusia Vladimir Putin es reelegido con el 87% de los votos y lo llaman dictadura mientras que en El Salvador escogen a Nayib Bukele con el 84% de las papeletas y lo llaman democracia. Edmundo González es el tercer presidente electo de la República de Venezuela que viajará por medio mundo encantado de conocerse mientras Nicolás Maduro ejercerá por tercera vez la presidencia de Venezuela desde el Palacio de Miraflores. En el Viejo Continente la extrema derecha da zancadas camino del éxito mientras los mandamases de la Unión Europea siguen sin saber darle la vuelta a una decadencia que comenzó en 2008 y los europeos de a pie seguimos sin entender que se puede ser ateo y defender los valores del humanismo cristiano, a menos que queramos pegarnos un tiro en el pie a medio plazo.
Un streamer de 13 años que responde al nombre de Willis Gibson se convierte en la primera persona del mundo en vencer en el videojuego de Tetris al llegar al nivel 157 y hacer resetear la Nintendo. Un vuelo a Singapur acaba con 321 heridos y un fallecido por culpa de unas turbulencias y después de un siglo de revoloteos por los aires descubrimos el sentido de ponerse un cinto de seguridad a 40.000 pies de altura. Desde el aire cazas de Corea del Sur lanzan panfletos a favor de la democracia y Corea del Norte responde enviando una flota de 260 globos llenos de basura y estiércol para que caigan al sur del paralelo 38.
El Madrid gana la Champions por decimoquinta vez con un delantero gallego llamado José Luis, pero decide fichar a un parisino llamado Kylian Mbappé que no puede asegurar títulos, pero si cientos de millones de euros. Al Papa Francisco se le va la lengua y dice que hay demasiados homosexuales y en Cataluña el gobierno progresista, solidario, europeísta y vanguardista de la Generalitat decide negarse a acoger a 31 menores inmigrantes no tutelados para seguir haciéndole chantaje al superviviente de Pedro Sánchez, mientras que el molt honorable Carles Puigdemont se hace un Arsène Lupin con el beneplácito de La Moncloa.
Fallecen Donald Sutherland y también Paul Auster, conocido por todos y leído por ninguno. Se nos va Akira Toriyama, leído por muchos y visionado por muchísimos más. Toriyama era a Son Goku como Glynis Johns era a Mary Poppins. Personaje, pero de carne y hueso, era también Manuel Ruiz de Lopera quien nos dejó al igual que Mario Zagallo y el Káiser Franz Beckenbauer. En España cambiamos de Káiser dictatorial a uno democrático y aquella crónica de la Transición nos fue relatada por la también finada Victoria Prego.
No fallecieron, pero un atentado estuvo cerca de acabar con la vida del desconocido presidente de Eslovaquia y otro atentado estuvo a punto de acabar con la oreja del archiconocido ex presidente y posible nuevo presidente de Estados Unidos. Los yankees podrán escoger entre Donald Trump, condenado en firme por 34 cargos judiciales diferentes y que supera en tres años la esperanza media de hombres en Estados Unidos, y entre Kamala Harris, una negra rica hija de jamaicano e hindú que le hizo la cama a su mentor porque dentro de su partido se tenía miedo de que en caso de que Joe Biden fuese escogido presidente dentro de cuatro años no se hubiese acordado de haber sido escogido como tal.
Y sí, Carlos Felipe Arturo Jorge, dos años más joven que Trump y seis años más joven que Biden, ya es Carlos III rey de Inglaterra. Tan sólo le quedan 68 años de reinado para igualar a su madre.
¡Al fin!
En Paris tuvieron lugar entre el 26 de julio y el 11 de agosto los Juegos de la XXXIII Olimpiada. La mascota fueron unos gorros frigios, símbolo de la Revolución Francesa. Se vieron poco. Poco o nada. ¿Alguien se acuerda de la mascota? Fueron unos Juegos urbanos y jóvenes fiel imagen de un mundo que desdeña lo rural y desestima a los viejos. Unos Juegos donde convergieron las ideas de la posmodernidad. La ceremonia de inauguración fue una procesión náutica por el Sena. Atrás, como una idea envejecida, queda el estadio olímpico. La llama, espectacular, flotó en globo en los jardines de las Tullerias durante quince días en el mismo lugar en el que los hermanos Montgolfier elevaron artefacto similar en 1782. Un lugar, hermoso, mágico, pero lugar donde hubo paseantes, pero nunca deportistas. El atletismo ya hacía tiempo que había dejado de ser el pivote olímpico, pero en Paris fue sustituido con amargura por calles y monumentos.
Los Juegos fueron devueltos a la gente tras ser enjaulados por culpa de una pandemia. La ceremonia fue una exaltación de una ciudad que es la exaltación con mayúsculas. Fue una postal bellísima donde ni siquiera la lluvia fue capaz de restarle majestuosidad. Pero fue también una ceremonia excesiva donde los deportistas eran simple decorado y se diluyeron como bancos de peces en medio de una red gigantesca. Fue tal el protagonismo de Paris que lo de menos eran los Juegos. La complejidad pensada para el disfrute televisivo y para la excitación de la inclusión acabó con el enfado de millones de católicos y con el gasto de 1.400 millones de euros para que Ana Hidalgo se bañase en el Sena cual Fraga en Palomares y hubiera que suspender por dos veces las pruebas del triatlón por el mal estado de las aguas del maltrecho río parisino.
Durante dos semanas una Francia exhausta por fracturas políticas y años de atentados mandó un mensaje de universalidad, algo que lleva haciendo desde hace 250 años. Y con todo hubo tropezones. Y unos cuantos. 5.000 sin techo fueron enviados a Orleans, Marsella o Lyon en una operación que nada tiene que envidiar a cuando 600 gitanos fueron expulsados de Berlín camino de un campo de concentración en 1936. Sudan del Sur consiguió una histórica participación en baloncesto empañada porque la organización hizo sonar el himno de Sudán en su primer partido (con Corea del Sur y Corea del Norte pasaría lo mismo). Los récords escasearon en la natación porque las piscinas tenían 2’25 de profundidad, cuando el estándar olímpico es 2’95. Por vez primera hubo igualdad de atletas machos y hembras en la Villa Olímpica, la cual estaba provista de centro de estética y un lugar de rezo para siete religiones…pero no contaba con aire acondicionado y sus paredes de cartón impedían dormir a aquel al que no le apeteciese una noche de fiesta, una noche de sexo o ambos placeres combinados.
El judoca argelino Messaoud Dris se retiró de los Juegos para no combatir contra un atleta israelí. A la triple ganadora olímpica Charlotte Dujardin no le permitieron competir por un vídeo suyo en el que le pegaba 24 latigazos a un caballo. Por el contrario, un tal Van de Velde sí que pudo disfrutar de los Juegos por haberse finiquitado su pena por haber violado a una niña de 12 años tiempo atrás. La selección de fútbol de Argentina empata en el último instante su partido contra Marruecos y 196 minutos después, previa invasión de campo, el VAR invalida el tanto del empate. Tom Daley gana la plata en santos de trampolín tras dos años retirado y sin realizar entrenamiento alguno para liberar la mente como si de un libro de autoayuda se tratase.
Una velocista nigeriana no pudo competir en los 100 metros lisos porque su federación se olvidó de hacer la inscripción. El italiano Gianmarco Tamberi perdió su anillo de casado en el Sena y no dudó en pedirle a su esposa que tirase el suyo al agua parisina antes de suplicarle nuevamente matrimonio. La egipcia Nada Hafez llegó a octavos en esgrima embarazada de siete meses y a la brasileña Ana Vieira la expulsaron de los Juegos por visitar la Torre Eiffel en sus horas de entrenamiento. Rayssa Leal sumó dos medallas en skateboard con apenas 16 años y se lo agradece a Jesucristo con lenguaje de signos…Pero para Jesucristo el de Gabriel Medina caminando sobre las aguas en Tahití a más de 10.000 kilómetros de la Villa Olímpica. La imagen de los Juegos.
Jesucristo sobre las aguas
El archiconocido Rafa Nadal fue un ex atleta que brilló en la ceremonia de inauguración mientras que el desconocido Mijain López se convirtió en el único atleta individual de la historia en ganar cinco oros en cinco ediciones consecutivas de los Juegos al participar en lucha grecorromana. Sydney McLaughlin ganó el oro en 400 metros vallas tras batir el récord del mundo dos veces en apenas mes y medio. Sorprendente fue la victoria de un jamaicano en lanzamiento de peso o la del botswano Letsile Tobogo en 200 metros, siendo el primer africano en vencer en pruebas de velocidad. El futuro ya está aquí.
El belga Remco Evenepoel se convirtió en el primer ciclista capaz de ganar los oros en ciclismo en carretera y en ciclismo contrarreloj. Lo hizo en un circuito urbano hermoso donde sorprendió la ascensión a Montmartre. Paris estuvo incrustada hasta los huesos en la competición. Maratón camino de Versalles, baloncesto 3×3 en la Concordia, judo en el Campo de Marte. ¿Qué quieren que les diga? La magia de Europa. Barcelona, Atenas, Londres, Paris…no será lo mismo Los Ángeles y mucho menos Brisbane. Pero volvamos a Paris, que aún estamos con el balance. El baloncesto masculino ganó el oro con sufrimiento gracias al extraterrestre Stephen Curry. Pero el verdadero Dream Team es el femenino, que sufrió más de la cuenta, pero donde Diana Taurasi, su capitana, sumó su sexta medalla áurea.
Hubo quien contaba con el oro y se llevó la nada. Podría ser el caso de la delegación española que sumó casi tantas medallas de chocolate como medallas en total. Una de ellas fue firmada por Carolina Marín en la imagen más desgraciada y dolorosa que nos ha legado estos Juegos. Medalla de chocolate también firmó el noruego bicampeón mundial Jakob Ingebrigtsen, quien hizo de liebre en el 1.500 para que los tres primeros hiciesen la carrera de su vida. Quien no tuvo problema para ganar el oro fue el sueco Mondo Duplantis, el cual regaló a la Torre Eiffel su noveno récord del mundo. Con 1,81 de altura, registro modesto para un saltador de pértiga, Duplantis es un ovni de una fuerza descomunal que usa una pértiga más larga que los demás, entra a tabla más rápido que el resto y hace la batida más cerca que cualquiera. Es perfecto, y es el único ser humano capaz de subirse a un segundo piso con un palo y lanzarse sin red al vacío.
Mondo Duplantis
Hubo varias reinas en los Juegos y un único rey. Entre las damas Katie Ledecky se convirtió en la mujer con más oros de la historia (9) y en el tercer atleta con más metales (14). Ledecky destaca en la natación de fondo y es de lo poco a lo que se puede agarrar Estados Unidos que únicamente sumó 8 oros de 34 posibles en la piscina, su peor porcentaje de éxitos desde 1956. Pero Estados Unidos puede presumir de Simone Biles. Recuperada psicológicamente tras su espantada en Tokio, Biles volvió de los infiernos para ganar tres medallas de oro más después de las ganadas ocho años atrás (una longevidad sideral para una gimnasta) en Río de Janeiro. Biles también demostró que es humana al caerse de la viga de equilibro. Pero dio igual. Biles es el equilibrio del exceso. Sus imprecisiones al recepcionar se deben a la dificultad de controlar tanta potencia. La diferencia con las demás es que Biles vuela y la elevación a la hora de ejecutar los elementos es fascinante. Majestuosa es en suelo, donde ejecuta dos movimientos que llevan su nombre y que son de máxima dificultad. En atletismo Sifan Hassan tocó metal en 5.000, 10.000 y en la maratón. Entre la carrera de los 42.000 metros y la de los 10 kilómetros apenas habrían 33 horas de distancia. No consiguió los tres oros de Zatopek de 1952 pero sí sumó un oro y dos bronces. Una salvajada. Hassan fue etíope en su infancia hasta que se convirtió en neerlandesa a los 15 años. Una prueba más de un mundo donde las fronteras cada vez son más liquidas.
Sifan Hassan
El rey de los Juegos no estuvo en la pista de atletismo, tan secundaria en esta cita parisina. El rey hay que buscarlo en la piscina. El éxtasis francés hizo de todos los recintos magia y en todos La Marsellesa era un cántico que surgía de las gargantas del pueblo. Los parisinos, y los franceses, aparcaron los lamentos y se entregaron a los Juegos con tal pasión que la resaca puede ser fenomenal. Pues no hubo lugar más exaltado que la piscina olímpica. Allí Léon Marchand hizo lo nunca visto. Firmó cuatro oros y cuatro récords olímpicos. Sus rivales eran Spitz, Lochte, Thorpe o Phelps. Estaban en la historia, nunca en el presente. Marchand es un nadador bajo (1,85) sin un físico extraterrestre pero capaz de brillar en las cuatro especialidades de la natación. Ganó los 200 mariposa y los 200 braza en apenas dos horas de diferencia. Ningún nadador había ganado un par de pruebas en el mismo día y mucho menos en dos disciplinas tan diversas. 17.000 franceses enfervorizados (Macron en mangas de camisa a la cabeza) vieron como ganaba sobrado los 200 braza (piernas) y culminaba un milagro en 200 mariposa (brazos) remontando en el último 50 ayudado por una vuelta a la piscina perfecta donde vio pasar el tiempo buceando debajo del agua.
El medallero fue liderado por Estados Unidos con 40 medallas áureas, en una durísima pugna que se resolvió el último día a favor de los norteamericanos frente a los chinos. Ambos gigantes sumaron la misma cantidad de preseas de oro. La diferencia radicó en que Estados Unidos sumó un total de 126 y China se quedó en 91 entre oro, plata y bronce. Francia sumó 64 medallas, un éxito descomunal dado que ya habían batido su registro histórico con ocho días de competición por delante. España firmó 18 medallas y una vez más no pudo superar su marca histórica de Barcelona 92. Y no habrá otra ocasión igual. Hubo un país que cuatro años atrás firmara 71 preseas. En Paris 2024 únicamente llevó a 15 deportistas a la competición olímpica. Fueron 0 medallas. Cero. Ese país es Rusia. Se supone que dentro de cuatro años no habrá guerra en Ucrania (se supone) y esas 50, 60 o 70 medallas volverán al cauce original.
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Paris 1924 (una historia de los Juegos de 1924 a través de dos artículos)
Caminada por millones de pies y gastada por miles de ruedas surge tras un enjambre de edificios perfectamente alienados la única batalla donde la luna saca bandera blanca y se retira desconsolada. Lugar de bulevares tan sublimes como crédulos, de museos fastuosos y restaurantes obscenos, de bosques magníficos y museos aparatosos, de colinas bohemias y puentes dispendiosos, de actores presuntuosos y de enmascarados sublimes, de piedra bañada en perfume y poetas que guardan guillotinas, de monárquicos republicanos y de ciudadanos del mundo de divino chovinismo.
Allí, donde el poeta dijo que todos tendríamos que ser enterrados porque es fiesta, allí, donde Enrique IV consideró que bien valía una misa, allí, donde los ojos café de Bogard nos aseguraron que siempre nos quedará, allí, donde la playa brotaba debajo de los adoquines, allí, donde quien no la visita nunca podrá ser considerado elegante. Allí es Paris. Dicen del que nace en Viena qué lo hace para vivir en Paris. Hay quien osa decir que morir de hambre en una calle de Paris es un arte. Y los hay, al otro lado del Atlántico, quienes sostienen que un buen estadounidense resucitará de entre los muertos para vivir en Paris.
Añádele tres letras y tienes paraíso, dijo Jules Renard.
Paris 2024
Paris era un universo dentro de un país. Sin embargo, era hueco, sucio y esquivo. Napoleón lo dotó de sueños, derechos y universalidad. Su sobrino era tan liberal como romántico, tan socialista como tradicionalista y tan ambicioso como incapaz. Y lo que su sobrino Napoleón III era, sin ningún género de duda, peor emperador que su tío. En cambio, fue mejor alcalde. Apoyado en el urbanista George Haussmann dotó a Paris de edificios altos y perfectos, iglesias mágicas y grandes alamedas que acabaron con las angostas, sinuosas e inmutables calles medievales.
Todo fue abrazado por unas gentes volátiles y complacidas que disfrutaban de su recién estrenada libertad en las galerías, en los teatros y en los cafés dando luz al genio, a la filosofía, a la frivolidad, al arte y, ¿por qué no?, también a la santidad y a la guerra. Todo el mundo fuera de esta realidad se hundía en la oscuridad y quería acercarse a ella, porque todo Paris era bueno, era bello y era esencial.
Los árboles majestuosos se afeitaban y se acicalaban para proteger con sus ramas a unas calles en las que los desamparados y los descarriados guardaban sus esperanzas en las aguas ensangrentadas y sudorosas del Sena. En Paris la conciencia era igual de corazón que de razón. Era Paris el lugar elegido por Dios para bajar a la Tierra. “Sus libros, sus periódicos, su teatro, su industria, su arte, su ciencia, sus modas, lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Todo Paris agita a las naciones del mundo y las guía”, dirá Víctor Hugo cuando el plan urbanístico de la ville lumière termine en 1867 y escriba la que es considerada primera guía moderna de la ciudad.
Y fue entonces cuando apareció ella.
Para 1889 Paris iba a albergar la Exposición Universal y de paso celebrar el centenario de la Revolución Francesa. Hoy suceso menor, entonces se trataba de un acontecimiento extraordinario en el que se presentaban inventos, nuevos materiales y nuevas ideas desde un marco incomparable. En apenas unos kilómetros cuadrados se concentraban algunas de las mentes más brillantes del planeta en una época en la que los grandes desplazamientos seguían siendo una quimera.
En la Exposición de Paris 1889 más de 30 millones de visitantes en seis meses contemplaron maravillados los progresos en el campo de la electricidad y de las comunicaciones. También observaron con curiosidad la nueva cerveza de la casa neerlandesa Heineken, al temido Buffalo Bill convertido en una atracción de circo con indígenas, frutas exóticas como la piña y hasta música hawaiana, la cual cautivaría a un Claude Debussy quien semanas después compone Claro de Luna.
No obstante, la Expo de 1889 es la exposición del ferrocarril. Las locomotoras diseñadas en Gran Bretaña hacen las delicias de los visitantes, pero Francia guarda un as bajo la manga. Francia quiere demostrarle a los británicos que está preparada para rivalizar con ellos por el mando del mundo. Se crean galerías coronadas con cúpulas monumentales y pabellones dispersos por los jardines de todo Paris. La joya de la corona es la Galería de las Máquinas, con una extensión de 420 metros por 110 metros sin ningún punto de apoyo y que entonces es el edificio más grande del mundo.
Mas eso no era suficiente. El Gobierno francés quería algo majestuoso para conmemorar el centenario. En aquellos días los avances industriales y científicos son acelerados. Es lo que se dará en llamar la Segunda Revolución Industrial. Se desarrolla el capitalismo, se acepta el darwinismo, surgen los barcos de vapor, aparece la organización del tiempo del trabajo, los fertilizantes multiplican el rendimiento del campo y el acero y el aluminio cambiarán el sistema de producción. Semejantes avances hacen que el ser humano comience a cuestionar la existencia de un dios y pasa a creerse por sí mismo un dios propio. Y no hay mejor formar que conmemorar el progreso y mostrar tu divinidad que llegar a los cielos.
Y eso es lo que Francia se propone hacer para la Exposición de 1889.
No olvidemos que Julio Verne ya había ido a la Luna, recorrido 20.000 leguas en submarino y había dado la vuelta al mundo en 80 días. No había escritor más leído en el mundo en aquel momento y sus fantasías pseudocientíficas fascinaban de igual manera a los hombres que pisaban moqueta que a aquellos que pasaban hambre. Todos los países industrializados soñaban con construir un edificio de 1.000 pies, una frontera que se consideraba inabarcable para el ser humano. Esos 1.000 pies (300 metros) era el reto que Francia iba a presentar al mundo.
Se presentaron dos proyectos tan costosos como dificultosos. El primero era una torre de granito de 1.000 pies de forma circular y que en su cima tendría unos focos gigantescos que servirían para iluminar de noche buena parte de Paris a través de un sistema de espejos. Edison acaba de presentar un sistema de iluminación eléctrico que sustituía al gas y a las velas de las calles neoyorkinas. Era, pues, una idea con todos los visos de victoria. Era útil, arquitectónicamente perfecta, pero se tenían ciertas dudas sobre su viabilidad.
El otro proyecto consideraba una torre de hierro forjado de tres niveles con la posibilidad de crear dos terrazas a distintas alturas para que los visitantes pudiesen contemplar Paris a vista de pájaro. Para salvar la altura del segundo al tercer nivel se construirían un grupo de ascensores, invención presentada por Elisha Otis, y que permitía por vez primera hacer viable la construcción de rascacielos. Esta idea fue presentada por el ingeniero civil Gustave Eiffel y era de una perfección técnica envidiable. El problema es que era inútil y costosa.
Y fea.
El hierro era visto como un material de construcción. En las construcciones se usaba en vigas y se escondía para no dañar a la vista. Su uso ornamental era inexistente. Todos los intelectuales de Paris criticaban la construcción de una torre que haría minúsculo Notre Dame o el Arco del Triunfo y que destrozaba la estética clásica que Haussmann le había dado a Paris. Eiffel tiene todas las de perder, pero el Gobierno francés no quiere gastar miles de millones de francos en un proyecto del que no tiene la seguridad de que funcione, así que descarta la torre de granito y decide negociar con Eiffel.
La construcción
Eiffel recibirá un crédito que tendrá que devolver en un plazo de diez años. A cambio Gustave Eiffel tendrá el total control de los beneficios de explotación en los siguientes 25 años. No podrá construir la torre en el Campo de Marte para no dañar la estética parisina, por lo que tendrá que ensamblar las piezas en su taller de las afueras de Paris y trasladarlas de cuanto en cuanto a lo largo de dos años y gracias a la ayuda de 250 obreros. Un contratiempo que hará aumentar los costes. Por último, le imponen al arquitecto Charles Garnier, un firme opositor de la Torre Eiffel, para que ejerza de mano derecha y asesore a los ingenieros en términos de hermosura.
Con 330 metros la Torre Eiffel es inaugurada en marzo de 1889. Fue durante cuatro décadas el edificio más alto del mundo hasta que en 1930 se construyó el Edificio Chrysler de Nueva York. En tres años Gustave Eiffel recuperó el dinero invertido gracias al éxito obtenido. Un día se registraron más de 400.000 visitantes. Para entender la magnitud de la cifra basta recordar que en la actualidad el número medio de afluencia es de 25.000 por jornada.
La Torre Eiffel le permitió al hierro formar parte de la vida urbana, no sólo como material de construcción, sino también de ornamento. Mas no fue fácil. Poco antes de acabar la concesión se daba por hecho que se desmantelaría. Fue entonces cuando un alto mando del Ejército Francés se puso en contacto con Eiffel para instalar en lo alto un sistema de radio que permitiese salvar amplias distancias y poner en contacto inmediato a Paris con los cuarteles militares de la frontera francogermana. Eiffel aceptó de buen grado, corrió él con los gastos y la Torre siguió en pie. A partir de la década de 1960 recuperó el brillo de antaño resistiendo a los efectos de la corrosión y se convertirá en un éxito masivo y constante para el turismo además del símbolo universal de Francia tan bello como cualquiera de los bulevares y de los edificios diseñados por el Barón Housemann.
Ohh la lá!
El resplandor de Paris no necesita del deporte. Entonces tampoco necesita del fútbol. Por lo menos no lo ha necesitado hasta ahora.
Ha habido 23 equipos que han ganado la Copa de Europa de fútbol representando a un total de 21 ciudades diferentes (Milán y Mánchester tienen dos equipos campeones). Si nos detenemos a examinar a estas urbes observaremos tres tipos distintos de localidades. Ciudades provinciales con fuerte desarrollo industrial (Turín, Liverpool, Mánchester, Birmingham, Nottingham, Hamburgo, Dortmund, Rotterdam, Eindhoven y Marsella), ciudades provinciales que funcionan como segunda capital por motivos económicos, históricos o culturales (Milán, Glasgow, Barcelona, Ámsterdam, Múnich y Oporto) y capitales de países que necesitaron del deporte para reafirmarse durante una dictadura (Madrid, Lisboa, Bucarest y Belgrado).
La excepción a la regla es Londres (Chelsea FC) y no lo fue hasta 2012 por el empeño de un magnate ruso de los hidrocarburos llamado Roman Abramovich. Es decir, por causas externas. Exceptuando Londres (la segunda), las otras tres capitales más grandes de Europa no tienen representación en este listado. Moscú, Paris y Berlín. La quinta en la clasificación es Madrid, quince veces victoriosa. Pero la sexta, Roma, tampoco ha ganado nunca la Copa de Europa de fútbol. Y si seguimos bajando en la escala nos encontramos a Viena, otra ciudad huérfana de éxitos con el balompié. Ninguna de estas magníficas ciudades ha tenido la necesidad de enfatizar su relevancia a través de un club de fútbol. Todo lo que Víctor Hugo aplicaba a París puede ser aprovechado a todas ellas. Roma es igual al Coliseo; Moscú a la Plaza Roja; Berlín a la Puerta de Brandemburgo y Londres al Big Ben.
Dortmund es el Borussia, Eindhoven el PSV, Mánchester es (o era) el United y Turín es la Juventus.
Alguien exclamará, ¡pero el Chelsea ha ganado la Copa de Europa para Londres! ¡Y dos veces! Cierto. Ahí es a donde quería llegar. La victoria del Chelsea no es el esfuerzo de una ciudad, ni es fruto del desarrollo histórico de un club de fútbol. Ni siquiera el Chelsea es el gran equipo londinense, honor que ostenta el Arsenal o en su defecto el Tottenham. El triunfo del Chelsea es el reflejo de como el fútbol se ha convertido en el pasatiempo primordial de nuestro tiempo y en el principal motor económico de la cultura de ocio. El Chelsea es hoy una gran escuadra porque un acaudalado ruso decidió invertir una fortuna en comprar el equipo. En el siglo XIX, cuando Hausemann diseñaba buhardillas, apartamentos y palacetes, mandabas construir una piscina de oro en tu mansión, encargabas alfombras persas e invitabas a tus conocidos para regodearte. Hoy, si eres millonario, compras un club de fútbol y haces lo mismo que se hacía en los palacetes en el palco VIP de tu estadio.
Los parisinos nunca han tenido la necesidad de poseer un gran club de fútbol. Un parisino es ciudadano de la capital del mundo. Un parisino crea la Copa de Europa y observa como el resto del mundo lucha por conseguir el trofeo. Un parisino crea los Juegos Olímpicos para demostrar que la civilización griega y la francesa son el corazón y el alma del progreso. Un parisino organiza exposiciones universales porque su ciudad es el jardín de Occidente.
El Paris Saint Germain es un club relativamente joven. Fue creado en 1970 tras la fusión del Paris Football Club y el Stade Saint Germanois. Cuatro años después de su fusión alcanzaron la primera categoría del fútbol galo. En su escudo aparecen representados la Torre Eiffel y la flor de Lis de la monarquía borbónica, debido a que la corte de Luis XIV fue la que proporcionó notoriedad al arrabal parisino de Saint Germain. El club no ganó ningún título liguero hasta 1986 y no tuvo su primera época de esplendor hasta la década de 1990 cuando fue comprado por Canal +. La corporación mediática fue la primera en intuir que la globalización del fútbol iba a hacer de Paris un mercado muy apetecible e infinitamente superior al de ciudades de provincia como Burdeos, Nantes o Lille. Luego, con el PSG asentado como grande de Francia, vendrían Pauleta o Ronaldinho.
El gran cambio se producirá en 2011 tras la compra del club por parte de Qatar Investement Authority. Primero desbandarán a sus contrincantes franceses adquiriendo a las estrellas de otros equipos y luego asaltarán el mercado mundial a base de petrodólares. Pero no funciona. La máquina gripa. El PSG juega en el Parque de los Príncipes, una coqueta instalación insertada en el Bosque de Boulogne y cerca de las pistas de Roland Garros. Todo es très chic. No existe estadio que al ser imaginado evoque menos pasión y sudor. Todo lo contrario. Parece que vamos a acudir a ver una ópera o una obra de teatro y que bajando las escaleras del palco brotaran las pelucas, los tacones y los vestidos de vuelo. El Parque de los Príncipes. Es curioso. No hay nada más glamuroso y más monárquico que París, la capital de la democracia republicana.
El Paris Saint Germain va a ganar la Copa de Europa. ¿Cuándo? No se sabe. Igual que la ganó el Chelsea. E igual que la ganará la Roma o el Hertha de Berlín si algún magnate decide invertir su fortuna en el fútbol. Pero, por muchos trofeos que levante el PSG, para los parisinos y para el resto de los mortales (los turistas), Paris seguirá siendo la Torre Eiffel, Notre Dame, los Campos Elíseos y el Sena, pero nunca, nunca, nunca será un club de fútbol.
¿Quién quiere fútbol?
Por eso en Paris 2024 la Ceremonia de Inauguración no tuvo lugar en un estadio olímpico. No. Transcurrió en Paris. En sus calles. Bordeando el Sena. Paris no tiene que crear grandes instalaciones deportivas, ni rehabilitar barrios deprimidos ni engalanar sus aceras. No hace falta. Sólo tiene que decidir si hoy viste de Givenchy, mañana de Dior y el domingo de Chanel. Por eso el mejor escenario de los Juegos está en la calle.
Y no existe mejor lugar que a los pies de la Torre Eiffel.
El Campo de Marte es uno de los espacios verdes más reconocidos en todo el mundo. Encajonado entre la Escuela Militar al sur y la Torre Eiffel y el Sena al norte, esta explanada verde fue utilizada durante siglos como terrenos de entrenamiento y marcha por el ejército francés y hoy es lugar de sándwiches y refrescos para parisinos de diario y parisinos de vuelos baratos.
Todos los años se aprovecha el lugar para celebrar una competición de hípica, aunque curiosamente la vieja dama de hierro no vera caballos bajo sus pies. En el Campo de Marte se edificó un recinto temporal de 10.000 metros cuadrados que albergó las competiciones de judo y de lucha libre. Mientras, la arena cubrió el césped para darle a los competidores en vóley-playa las mejores vistas de todos los Juegos.
La playa de Paris
La Torre Eiffel gana a los lejos y pierde de cerca como una vieja dama bien arreglada. Lo que es inalterable al asombro humano es su fastuosa altura. Desde los orígenes ha sido escenario de múltiples hazañas deportivas. En 1905 tuvo lugar la primera competición que premiaba a aquel que subiese en menor tiempo los 674 peldaños de la Torre. Luego dejarán subir los 1665 completos. Los casi 1.000 de diferencia están cerrados al gran público y sólo se pueden salvar vía ascensores. Antes ya se había circundado la Torre Eiffel a base de dirigibles y motocicletas y después se hará con aviones y automóviles.
La Torre Eiffel también ha sido escenario de competiciones paracaidistas y de descensos y ascensos en bicicleta. En 1964, para celebrar su 75 aniversario, dos montañeros franceses treparon por sus remaches de hierro y años después se permitirán hazañas de equilibrismo desde la Vieja Dama. No pasará lo mismo con el puénting, que es penado por ley. Sin embargo, sí que se han organizado cursos de buceo en piscinas instaladas en la planta baja de la Torre o se han celebrado competiciones de patinaje en el mismo lugar.
En el año 2015 se da una vuelta de tuerca con la celebración de La Verticale, una carrera que se disputa subiendo a pie las escaleras de la torre hasta la cima. Fue un éxito y su crecimiento es exponencial año tras año. La Verticale invita a los aspirantes a subir los escalones del monumento hasta el tercer piso, donde se encuentra la línea de llegada, tras trepar 1665 escalones para llegar a su cima y sobrepasar los cerca de 300 metros de desnivel. Los candidatos al trofeo superan la centena y se enfrentan al reto por turnos siguiendo un orden establecido por la organización. La carrera se celebra en marzo y su salida se programa a las 20.00 horas cuando la noche ya le gana al día y termina más de dos horas después coronando al rey de la Torre Eiffel.
Otras historias parisinas
Paris 1924 (dos artículos sobre aquel primer Paris)
En cada edición de los Juegos Olímpicos hay una estrella. Un deportista que es la excelencia dentro de la excelencia. En ocasiones ese elegido entre los elegidos no es uno solo. Pueden ser dos o hasta tres. Un rey o una reina sobre el tartán, otr@ surcando las aguas y un tercero entre anillas, potros y colchonetas. Lo curioso de Paris no es que hubiese uno ni dos ni tres. Es que hubo uno en directo y otros dos en diferido.
Fue en 1981. Medio siglo más tarde. Chariots of fire (Carros de fuego) gana cuatro Oscars, entre ellos el Oscar a la mejor película. Entre los que pusieron la pasta, por cierto, estaba el hijo de un multimillonario egipcio llamado Dodi Al-Fayed. Años después fallecerá en un accidente de tráfico junto a Lady Di, princesa de Gales, que en ese mismo 1981 contraía nupcias con el hoy coronado Carlos III del Reino Unido. El caso es que Chariots of fire ha pasado al imaginario colectivo gracias a los sintetizadores y al teclado de Vangelis y su banda sonora, canción por antonomasia para una carrera o un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.
Carros de fuego cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Liddell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Liddell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Liddell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de por qué tan singular título para una película de atletismo. Y es que Carros de fuego hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.
Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford. Pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados. Eric Liddell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Liddell tenía seis años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le acarrearía licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar dos torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.
Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí, ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.
Liddell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Liddell era un predicador protestante. Así, meses antes de los Juegos, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Liddell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.
Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Liddell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad. En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un religioso radical a los Juegos. Otros, deslegitimaron a Liddell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Liddell se presente en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra. A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Liddell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.
Faltaban los 400 metros. Por la calle siete, sin referencias y con un estilo poco académico de boca abierta y cabeza inclinada, Eric Liddell lograba la medalla de oro y destrozaba el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente, a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.
SI Abrahams y Liddell fueron reyes de los Juegos en diferido, Paavo Nurmi se convirtió en el flamante campeón entre los campeones de Paris 1924. En el primus inter pares. Lo hizo de una forma irrepetible. Taciturno, arisco, serio, pesimista y sin amigos conocidos, Nurmi huía de los focos como de la peste. Una vez llegó a declarar que “la fama y la reputación son menos valiosos que un arándano podrido”. Nurmi ya había logrado cuatro medallas en Amberes 1920, pero lo de Paris estuvo a otro nivel.
Llegó a París para los Juegos Olímpicos de 1924 como el gran favorito y dispuesto a reventar todos los récords existentes. Y vaya si lo hizo. Fue un suceso sobrehumano. Obtuvo cinco medallas de oro olímpicas (fondo por equipos, 1.500 metros, 3.000 metros, 5.000 metros y cross campo a través -8.000 metros-) en seis días. Un programa de competición extenuante que jamás se ha vuelto a ver. Pero más allá de las preseas, lo que lo convirtió en un mito es cuando logró el doblete en 1.500 y 5.000 en poco menos de una hora.
Aquella semana de julio fue una de las más calurosas de la historia parisina con máximas que rondaron los 40 grados. Bajo ese sol acuciante Paavo Nurmi venció en la prueba de los 1.500 metros marcando un nuevo récord olímpico. Apenas una hora más tarde, exactamente 55 minutos después, tenía lugar la final de los 5.000 metros cuando el termómetro se acercaba peligrosamente a los 43 grados. Los rivales de Nurmi asumieron que estaría exhausto y corrieron a ritmo de récord del mundo desde el inicio para acabar con el finés. Viendo que sus competidores se distanciaban, Nurmi tiró su cronómetro al suelo (siempre llevaba uno en mano en una época en la que nadie controlaba el tiempo durante la carrera), se dejó de pamplinas y protagonizó una remontada que lo llevaría a ganar el oro sumando un nuevo récord olímpico.
Pero es que al día siguiente el termómetro en París se fue hasta los 45 grados, que en una metrópolis y con alta humedad daba una sensación térmica cerca de cinco grados a mayores. Era la jornada en la que tendría lugar la prueba de campo a través. De los 38 participantes tan sólo 15 consiguieron finalizar la prueba. Las crónicas dicen que hubo un atleta que, aunque logró terminar, cayó al suelo desmayado. La cantidad de colapsos que hubo entre espectadores y atletas hizo que el COI suspendiese por perpetuidad la prueba de campo a través del programa olímpico. Jamás se ha vuelto a disputar. Pero Paavo Nurmi ni se inmutó. Logró la victoria con una ventaja de más de un minuto sobre el segundo clasificado. Lejos del cansancio, clamaría más tarde que la eliminación de la disciplina era una injusticia inclasificable.
Su velocidad le hizo poseedor del apodo de Finlandés volador, pero su esquiva personalidad también le granjeó el seudónimo de Finlandés fantasma y El gran silencioso. Por entonces los atletas escandinavos eran los favoritos en las pruebas atléticas de los Juegos Olímpicos. El pionero fue Hannes Kolehmainen y Nurmi decidió seguir sus pasos. Comenzó a realizar una serie de entrenamientos espartanos. Añadía pesos a sus botas para dificultar la zancada o se agarraba al parachoques trasero de los trenes obligándose a correr a su mismo ritmo. Su estoicidad llegó al extremo de desfilar con una mochila llena de piedras a la espalda por voluntad propia mientras ejercía el servicio militar. Empezó a entrenarse por intervalos utilizando para ello los postes telefónicos que encontraba en los caminos, combinando intensidad larga y series explosivas. En una época donde las máquinas eran la modernidad, Paavo Nurmi era reflejo de su tiempo.
Nurmi convirtió esa zancada harmoniosa y regular en el arquetipo del corredor de medio fondo que desde entonces ha llegado a nuestros días. Pero corría siempre solo y, en caso de que alguien fuera lo suficientemente atrevido para acompañarle, aumentaba su ritmo y rápidamente lo agotaba. Sus propios compañeros de la selección finesa admitieron que tenían poco más que espiarlo para aprender algo de él. Y entre esos compañeros había auténticas leyendas. Ville Ritola ganó la carrera de 10.000 metros y de 3000 obstáculos y Finlandia se mantuvo en la elite del atletismo hasta que en los 60 el África negra cambió las tornas del juego.
Nurmi. El finlandés volador
Hubo otros deportistas más que destacables. William Delhart Hubbard se convirtió en el primer afroamericano en ganar una medalla de oro en salto de longitud. Lo curioso es que Robert LeGrende logró el récord del mundo en salto de longitud, pero dentro de la prueba del pentatlón, por lo que su hazaña solo le valió una medalla de bronce en su categoría. Harold Osborn logró el récord del mundo en salto de altura y Mariechen Wehselau el de 100 metros en natación de estilo libre. Se batieron hasta nueve récords del mundo y diez olímpicos.
La esgrima femenina hizo su debut en estos Juegos Olímpicos y la danesa Ellen Osiier obtuvo el título con una victoria rotunda sin perder ni un solo punto con sus rivales. Francia venció en waterpolo, rompiendo la hegemonía que había mantenido Gran Bretaña, que había vencido en los cuatro Juegos Olímpicos donde se había celebrado. Mientras, Gertrude Ederle venció en 200 metros en natación y dos años después se convirtió en la primera mujer en cruzar a nado el Canal de la Mancha. Por último, el sueco Oscar Swahn se convirtió en el olímpico de más edad al participar en tiro con 72 años. Cuando contaba 60 ya había conseguido tres medallas olímpicas y acabaría su carrera con seis preseas.
En fútbol Uruguay maravilló al mundo a través de continuas exhibiciones en el estadio de Colombes. Todos los participantes eran europeos salvo Estados Unidos y los charrúas quienes se embarcaron en un largo viaje en barco con destino al puerto de Vigo. Una vez en España disputaron un total de nueve amistosos que se saldaron con nueve triunfos. Uruguay practicaba un juego que era denostado en el Viejo Continente al usar y abusar del regate y al mover la habitual línea estática de cinco delanteros para buscar superioridades en el centro del campo. El juego de toque charrúa se llevó el oro tras vencer sucesivamente a Estados Unidos, Francia, Países Bajos y Suiza. Repetirán triunfo en Ámsterdam 1928 y obligarán a la FIFA a crear el Mundial en 1930. Para tan magno acontecimiento Uruguay será elegida sede de ese primer campeonato del mundo. Se construirá el estadio Centenario, llamado así porque en 1930 se celebraban los 100 años de la primera Constitución uruguaya. Los cuatro sectores del estadio serán bautizados como Tribuna América, Tribuna Olímpica, Tribuna Ámsterdam y Tribuna Colombes.
Y una cosa más. Meses después de la victoria uruguaya en los Juegos Olímpicos de Paris se disputó en Buenos Aires un partido amistoso entre Argentina y Uruguay. Vencieron los primeros por 2-1 gracias a un tanto de Cesáreo Onzari, quien lanzó un saque de esquina que entró sin tocar en ningún jugador en la portería defendida por el guardameta uruguayo. Aquello fue digno de mención y se aprovechó de una reciente reforma del reglamento ya que antes no se permitían los goles directos de lanzamiento de córner. El tanto pasaría al relato popular como el gol que Onzari le marcó a los olímpicos. Y, de este modo, con el tiempo el gol anotado directamente desde el saque de esquina será conocido como gol olímpico.
Vuelta olímpica uruguaya
La participación española fue un completo desastre. Lo habitual hasta Barcelona 1992. España contó con una delegación compuesta por 111 atletas, entre los cuales por primera vez se incluyeron dos mujeres, que fueron las tenistas Lili Álvarez y Rosa Torras, de las que la primera alcanzó los cuartos de final en tenis femenino. Álvarez había sido dos veces subcampeona en Wimbledon. No hubo medallas. El mejor puesto fue el obtenido por el aristocrático equipo de polo, que se quedó a las puertas del podio. También en cuarto lugar quedó Santiago Amat en la clase finn de vela.
Fueron unos Juegos en los que el cine y el deporte estuvieron estrechamente relacionados. Los noticieros ya se encargaban de informar de las hazañas de los deportistas y, aunque el sonido aun no estaba presente, en lo audiovisual la radio daba voz a los héroes y hacia omnipresentes a los periodistas. La relación entre el séptimo arte y los Juegos Olímpicos fue tal que no sólo Abrahams y Liddell tendrán su epílogo en forma de celuloide. Habrá un deportista con seis medallas olímpicas (cinco de oro) y un total de 67 récords mundiales al que los focos de los Juegos se le harán pequeños y acabará convirtiéndose en leyenda en los platós de Hollywood.
Nacido en Timisoara (hoy Rumanía entonces Imperio Austrohúngaro y de padres alemanes) Peter Johan Weismüller logró en Paris 1924 tres medallas de oro en natación y una de bronce en waterpolo. De joven había emigrado con sus padres a Chicago donde pasó a ser conocido como Johnny. Comenzó a destacar en la adolescencia con una técnica de estilo libre revolucionaria en la que giraba la cabeza para respirar y avanzaba con una patada oscilante. Eso le permitió batir varias veces todos los récords del mundo en estilo libre desde los 50 a los 800 metros. Su récord en los 100 metros libres se mantuvo en pie durante 17 años. Tras los Juegos de 1928 se retiraría sin haber perdido ni una final del campeonato estadounidense de natación ni de los Juegos Olímpicos.
De anchas espaldas, bien parecido y de 191 centímetros de altura, en 1932 la Metro-Goldwyn-Mayer le ofrece a Weismüller encarnar el papel de Tarzán, un gigante de enormes facultades físicas que tras perder a sus padres de niño es criado en la selva por una manada de simios. Weismüller hará un total de doce películas de la saga Tarzán en las siguientes dos décadas sin obtener el fervor de la crítica, pero convirtiéndose en uno de los actores más queridos por niños y mayores entre la década de 1930 y la de 1950.
Tarzán en la piscina
Weismüller contribuyó con sus cuatro medallas en Paris a que Estados Unidos liderase el medallero olímpico. Lo hizo con una superioridad aplastante al lograr un total de 99 preseas de las cuales 45 fueron de oro. En segunda posición quedó Finlandia, comandada por Nurmi y su excelente cosecha de atletas, quienes sumaron 14 medallas áureas para un total de 37 metales. El tercer lugar del pódium sería para la anfitriona Francia con 13 medallas de oro y un acumulado de 38 medallas.
“Creo que Dios me creó con un propósito. Si dejara de correr lo estaría despreciando”. Eric Liddell, campeón de los 400 metros lisos.
“Cuanto mayor sea el nivel de vida de un país, peores serán los resultados en los eventos que piden trabajo y problemas. Me gustaría advertir a esta generación, a los países con mayor bienestar, que no dejen que esta vida cómoda los haga perezosos. No dejen que los nuevos medios de transporte maten sus instintos de ejercicio físico”. Paavo Nurmi, a finales de la década de 1960, cuando le preguntaron porque Finlandia pasó de obtener 37 medallas en Paris 1924 a cuatro metales en México 1968.
Todo había comenzado apenas dos décadas más atrás. Paris ya había sido sede de los Juegos Olímpicos de 1900. La idea inicial era que Atenas fuese sede permanente de los Juegos, pero Coubertin se empeñó en hacerlos globales. Así que tras Grecia en 1896 tocaba Francia en el año 1900. Hubo unanimidad. SI los primeros tenían que ser en Atenas como homenaje a Platón, Sócrates y compañía los segundos tendrían que ser en Paris para contentar a Pierre Fredy de Coubertin, el aristócrata galo que había resucitado los Juegos Olímpicos.
Fueron un desastre. Se celebraron a lo largo de siete meses entre mayo y octubre de 1900. Se trataba de un calendario extensísimo que se adaptaba a la Exposición Universal de Paris de ese año. Y es que, a pesar de los esfuerzos de Coubertin, los Juegos estuvieron supeditados a la Exposición. No hubo ni ceremonia de inauguración ni de clausura ni se construyó estadio olímpico alguno. El grueso de pruebas se disputó en el Bosque de Vincennes, al sureste de Paris, porque allí tenían los stands los países participantes de la Exposición Universal y porque hasta allí llegaba la primera línea de metro parisina. Fueron un fracaso absoluto. Heridos de muerte, hubo voces para que volviesen a Grecia de forma perpetua y hubo miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) que pelearon por su cancelación definitiva. Paris 1900 estuvo a punto de cargarse los Juegos.
Coubertin nunca fue capaz de digerir ese fracaso en su villa natal. Así que cuando en el congreso del COI de 1921 anuncie su renuncia al cargo tras los Juegos de 1924 solicitará a los allí presentes que Paris sea sede de sus últimos Juegos como presidente. Poco se le podía negar al hombre que había resucitado los Juegos de la Antigüedad y los había dotado de modernidad. Además de Paris había otras seis ciudades candidatas. Las europeas Ámsterdam, Praga, Lyon, Barcelona y Roma y la americana Los Ángeles. Alguna inmediatamente (Ámsterdam en 1928) y otras tras una larga espera (Barcelona 1992) han conseguido celebrar el sueño olímpico, exceptuando a la capital de Chequia y a la provinciana Lyon. De todas, la elección ilógica era la de Paris, pero resultó ser la ganadora con soberana facilidad. Fue el empeño de Pierre de Coubertin lo que le dio a la Ciudad de la Luz su segunda olimpiada en un lapso de tiempo a todas luces irrisorio.
Lo que no consiguió fue la presencia de Alemania a pesar de que Coubertin insistió en invitar a los germanos para cerrar las heridas de la guerra y que el deporte primara sobre la política. El COI se negó a dar pábulo deportivo a los considerados inductores de la I Guerra Mundial. En todo caso los oficialmente conocidos como los Juegos de la VIII Olimpiada fueron un éxito con 44 naciones presentes frente a las 29 de la edición anterior. Se celebraron entre el 5 y el 27 de julio de 1924 (aunque algunas pruebas comenzaron el 4 de mayo). La sede acogió a 3089 atletas; 2956 hombres y 136 mujeres en 126 pruebas diferentes. Aún quedaba mucho que hacer por la paridad. Paris se convirtió en capital mundial, aunque dejó migajas para Reims y para Le Havre, ésta última donde se celebrarían las pruebas marítimas.
Paris 1924
En un principio la organización no fue eficiente. Retrasos y desidias en las obras hicieron que Coubertin amenazase con llevarse los Juegos a Los Ángeles. Sonó a bravuconada. Meses después repitió amenaza y propuso Lyon. Era más factible esta decisión ya que contaba con la financiación del Estado francés. De pronto, el Ayuntamiento de Paris aceleró las obras para alegría de Coubertin. Los parisinos se enmendaron y Lutecia construyó un nuevo estadio para los Juegos Olímpicos; Colombes. Situado en el Gran Paris, al noreste de la capital, contaba con capacidad para 60.000 espectadores, un enorme marcador de 30×15 y un sistema de megafonía sin hilos que permitió por vez primera a los espectadores escuchar discursos, avisos y seguir con mayor facilidad todo lo que ocurría dentro de la vorágine competitiva. En Colombes ganará Uruguay el oro en fútbol tras pasar por encima de todos sus rivales y demostrar que el juego asociativo sudamericano superaba con creces al europeo basado en la fuerza. El éxito charrúa llevará a la FIFA a crear el Mundial de fútbol años más tarde y en 1938 Colombes será la sede de la final de la edición celebrada en Francia. Allí también habrá un Pelé-Eusebio que conmocionará al mundo. Colombes traspasará las fronteras futboleras al ser durante varias décadas el lugar donde se celebre el fin de fiesta en el Tour de Francia y del estadio de Colombes será de donde Pelé, Stallone y compañía escapen en la icónica Evasión o Victoria, la mejor película futbolera que jamás se ha hecho.
La idea era inicial era construir un coloso de 100.000 plazas, pero la falta de fondos imposibilitó llevar a cabo la obra. No sería obra nueva, sino una gigantesca ampliación del Parque de los Príncipes, un estadio municipal situado en los límites del Bosque de Boulogne, donde se encuentran las pistas de Roland Garros y no excesivamente alejado de la Torre Eiffel. Finalmente, el cicatero Ayuntamiento de Paris rehusó hacerse cargo de las obras y fue la Comuna del Gran Paris la que decidió financiar la mitad de las obras que se harían en Colombes, allá donde el Sena surca en meandros y abandona Paris. El otro 50% de las obras corrió a cargo del Racing Club, quien sería el beneficiario una vez finalicen los Juegos. El Racing era y es un afamado club de rugby y en aquella época el gran club de fútbol del Gran Paris. En 1928 el estadio fue rebautizado con el nombre de Yves de Manoir, un fantástico jugador de rugby que falleció a los 24 años tras un accidente aéreo. Una vez finiquitados los Juegos el estadio se acomodó en unas 45.000 plazas que hoy se reducen únicamente en 14.000. La creación del Paris Saint Germain y la reforma integral del Parque de los Príncipes en 1972 y, en segundo lugar, la construcción del Stade de France en 1998, hirieron de muerte a Colombes, que en Paris 2024 únicamente albergará la competición de hockey sobre hierba.
Colombes 1924
En las pistas de ceniza de Colombes se citarán cientos de atletas. Es el atletismo el deporte rey de los Juegos y merece un escenario de tronío. También la reina. Y la reina de los Juegos es la natación. Y un palacio se le fue construido. Para la competición de natación se edificó un complejo de piscinas en Tourelles, al sureste de Paris, cerca de la Bastilla, en la otra punta de Lutecia. La espectacular estructura contaba con una piscina de 50 metros en la que por vez primera los finalistas estaban divididos en ocho calles delimitadas por cuerdas coronadas por boyas de colores. Las piscinas siguen hoy en pie, impertérritas al paso del tiempo, y forman parte del paisaje de Paris como el Palacio de Versalles, el Hipódromo de Longchamp, el Campo de Marte, la Plaza de la Concordia o la esplanada a los pies de los Inválidos, lugares que sirvieron de atrezo para los Juegos de 1924 como también lo fueron para los de 1900 y lo son para los de 2024.
Entre las novedades también estuvo la construcción de un palacio de deportes y de un velódromo nacional. Más reseñable fue la asunción del eslogan CItius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte) que fue serigrafiado en el anverso de las medallas olímpicas, así como en los carteles y sellos conmemorativos. Se usó también un logo que se compone de un escudo monocromo que contiene una galera con las velas desplegadas que reinterpreta el escudo medieval de la ciudad parisina. El cartel oficial presentaba unos jóvenes deportistas con el torso desnudo mientras levantaban la mano para hacer el saludo romano. Cuando se diseñó aun no tenía la connotación fascista que el brazo en alto asumirá en la siguiente década. También se obligó a que los atletas vistiesen de gala en la Ceremonia de Inauguración en vez de portar ropa deportiva, mientras en la Ceremonia de Clausura se izaron por vez primera un total de tres banderas; la del COI, la del país de anfitrión y la del próximo país organizador.
Villa olímpica 1924
Más de mil periodistas acudieron a París para informar al mundo sobre la cita olímpica. Todos ellos juntos sumaban tantos seres humanos como un tercio de los deportistas allí citados. La radio haría acto de presencia como gran novedad. Fue la primera vez que Irlanda participó como país independiente tras una guerra civil que acabó con la hegemonía inglesa y la partición de la isla en dos mitades. También fue la primera vez de Australia y Nueva Zelanda como entes diferenciados. Sudáfrica fue la representante de África en el medallero y Haití logró una histórica medalla de bronce.
Fue la primera vez que se habilitó una Villa Olímpica como residencia de los deportistas. Se construyó cerca del estadio de Colombes al igual que en 2024 (con el triple de atletas, eso sí). Se edificó a cinco minutos del lugar que en el presente ocupa el estadio de Saint Denis. La villa olímpica de Colombes fue un avance, pero era un adelanto lamentable. Constituían barracones con frecuentes problemas en el suministro de agua caliente. Allí se hospedaban los hombres mientras a que a las mujeres las instalaron en pensiones para evitar tentaciones relacionadas con otro tipo de destreza que también merecería el calificativo de olímpico. Los acomodados estadounidenses, quejosos de las malas condiciones de los barracones, declinaron el ofrecimiento y se instalaron en hoteles de la capital francesa. Más o menos lo que hoy siguen haciendo las estrellas de la NBA.
Fueron también, y por expreso deseo de Coubertin, los Juegos donde el arte formo parte del movimiento olímpico. Arquitectura, literatura, música, pintura y escultura estuvieron presentes en Paris. Coubertin, bajo pseudónimo, había ganado una medalla de oro en 1912 en la competición de literatura con una oda al deporte. Sólo dos personas han logrado medalla como atletas y como artistas. El otro fue el húngaro Alfred Hajós (el cual ya conocemos por este blog), quien ganó dos oros en natación en 1896 y la medalla de plata en arquitectura en 1924 con un diseño de un estadio olímpico.
Hubo deportes de exhibición. Hasta cinco contaron en Paris 1924. Voleibol, piragüismo, pelota vasca, boxeo francés (una especie de kick boxing) y pesca deportiva. Solo los dos primeros se convertirán en disciplinas olímpicas con el transcurrir de los años. Desaparecieron el hockey sobre hierba, el tiro con arco y el tiro a la cuerda. Tan solo éste último se perdería para siempre. También hubo tenis y rugby por última vez. El tenis no volvió al programa olímpico acusado de profesionalismo hasta 1988 y el rugby a siete no lo hará hasta 2016. Para Paris 2024 habrá break-dance, algo difícil de explicar incluso para Josephine Baker y para el resto de presentes en el Follies-Bergère de 1924.
En 1924 las competiciones de vela se celebraron en Normandía, Le Havre y en Meulan-en-Yvelines, a orillas del Sena. En 2024, será en Marsella, a orillas del Mediterráneo. El surf, otras de esas cosas que en 1924 no se entenderían, tendrá lugar en Tahití, en la Polinesia francesa, a 15.000 kilómetros de Paris. En 2024 la esgrima se disputará en el Grand Palais, un precioso palacio con entrada por los Campos Elíseos. En cambio, en París 1924, se celebró en el Velódromo de Invierno, un velódromo cubierto de la calle Nélaton, que durante la Segunda Guerra Mundial sería el escenario de un trágico arresto a 15.000 judíos que luego fueron enviados a Auschwitz. En 1959 fue destruido.
Vélodrome d’hiver
Paris 1924 fue un éxito. Una despedida fabulosa para Coubertin y la consolidación definitiva de los Juegos Olímpicos. Tras el impase forzoso de la I Guerra Mundial y los austeros Juegos de Amberes en 1920, el movimiento olímpico se aprovechó del brillo de Paris para afianzarse como el espectáculo de masas definitivo. La radio y el cine los hicieron vivos y marcaron el pistoletazo de salida para un crecimiento inimaginable.
Continuará…
“En el mundo moderno, lleno de poderosas posibilidades, que amenazan al mismo tiempo poderosas decadencias, el Olimpismo debe ser el vehículo capaz de mantener el equilibrio a través de sus cultores. El porvenir depende de los Juegos Olímpicos.” Pierre de Coubertin en la Ceremonia de Inauguración de Paris 1924.
Leí no hace mucho un texto sobre la victoria. Decía que lo mejor de la victoria no es lograrla, sino exhibirla. Tras un triunfo uno se ve obligado a hacerlo público, a darle valor, como el primate que se golpea furibundo el pecho en señal de victoria. La monstruosidad del triunfo militar está en el desfile de la victoria. El éxito del jefe reside en la invitación a una buena cena a aquellos que tiene como subordinados. La conquista entre familiares y amigos es la exhibición pública de fotografías y videos que demuestren unas vacaciones de alto copete. Lo peor que hizo Christophe Fauviau no fue drogar a adolescentes con somníferos y ansiolíticos para lograr la victoria en unos partidos de tenis, sino invitar a sus allegados a que admirasen su impresionante colección de trofeos, sabedor de que todos ellos fueron fruto de una farsa.
Incluso lo peor de Christophe Fauviau no es lo que hizo a esos adolescentes envenenados; es lo que les hizo a sus propios hijos. Destrozarle sus vidas. Quebrar sus sueños. Y es que Christophe no era tenista. Eran sus dos hijos. Christophe Fauviau era un militar retirado que residía cerca de Mont-de-Marsan, capital de Las Landas, una región del sur de Francia a apenas hora y media de la frontera con España. En Mont-de-Marsan es donde Luis Ocaña jugueteaba con sus viñas hasta que su cabeza dijo basta y un disparo intencionado acabó con su vida. El caso es que Christophe quería convertir a sus retoños en gigantes del tenis y lo hizo con la misma determinación con la que pilotaba helicópteros de combate. Tenía el varón (Maxime) y la fémina (Valentine), contrató entrenadores personales y llevó a sus hijos a las mejores academias de la contorna.
Pero no funcionaba. Sus hijos eran buenos, pero no lo suficiente como para destacar en una piscina llena de tiburones como es el tenis profesional. Mucho más en el competitivo mercado francés. La más destacada era Valentine, pero apenas estaba entre las 20 mejores tenistas alevines del país, hecho reseñable, pero insuficiente para llegar a la grandeza. Christophe no se perdía ninguno de los partidos de sus hijos y desde las gradas daba raquetazos imaginarios víctima de su impotencia. Ésta aumentará exponencialmente cuando ambos retoños empiecen a competir en torneos fuera de Francia y se den cuenta de que su nivel no es suficiente para competir con las mejores raquetas de Europa.
Valentine
Es entonces cuando Fauviau decide tomar cartas en el asunto. Serán 27 las víctimas antes de que la tragedia haga explotar todo por los aires. Christophe decide echar somníferos y ansiolíticos en botellas de agua que sigilosamente coloca en el banco donde se van a sentar los rivales de sus hijos. Hablamos de tenis amateur, sin medidas de seguridad y donde, quien más y quien menos, se conoce. Nadie sospecha de Christophe y a nadie se le ocurre llevar sus propias botellas de agua.
La dedicación del papá se había convertido en algo siniestro. Su medicamento de cabecera es Lorazepam, indicado para alcohólicos en abstinencia, como es su caso, por lo que le es sencillo conseguir pastillas y pastillas. La farsa surtió efecto durante un par de años y el efecto fue inmediato para Maxime y Valentine. La chica llegó a colocarse como la mejor raqueta del país sub-15 y aspirar a la cima mundial para orgullo de Christophe, que veía un futuro esplendoroso para la pequeña de la saga. El chico, tres años mayor, no llega tan alto, pero se consolida como un buen tenista dentro del mercado francés.
Todo se torció una mañana de julio de 2003. El padre de un chico, abogado de profesión, había presentado una denuncia en los juzgados acusando a Christophe Fauviau de intento de envenenamiento al manipular la botella de su hijo en un torneo de tenis. El chaval en cuestión, alertado por su padre, no había bebido aquella agua misteriosa y, de hecho, venció a Maxime Fauviau, por lo que el caso parecía no tener mayor recorrido. Pero quiso el destino que un par de días más tarde un tal Alexandre Lagardere muriese en un accidente de tráfico al quedarse dormido al volante. Se podía pensar que había sido la inexperiencia de un novato, pero la autopsia reveló que Lagardere tenía un alto contenido de Lorazepam en sangre.
Y Lagardere acababa de jugar un partido de tenis contra Maxime Fauviau.
Dado que Valentine había subido en el ranking cada vez le era más difícil a su padre seguir con su treta. A más ranking, más público, más medios y más seguridad. Christophe decidió centrarse más en ayudar a Maxime, pero se topó con la otra cara del problema. Maxime ya no era un niño. Ya era mayor de edad. Su independencia frenaba el ímpetu de su padre de merodear la pista y también dificultaba mucho que Christophe se pudiese acercar a los rivales de su hijo. No es lo mismo echar droga en la botella de agua de un niño de 13 años que en la de un hombre de 19. No son los mismos arrestos.
El caso es que aquel abogado había conservado la botella sospechosa y la mandó a analizar. Como no podía ser de otro modo allí había una alta concentración de Lorazepam. Cuando se descubrió lo que había en la sangre de Lagardere todo encajó. La absorción del Lorazepam es rápida, de ahí que fuese usada por Fauviau, pero sus efectos pueden durar hasta 12 horas, con lo que el riesgo fuera de las pistas se mantenía. Era lo que le había pasado a Lagardere quien, tras el partido, no se encontraba bien y decidió echarse en el sofá de un amigo que vivía cerca de las pistas antes de coger el coche. Una hora después se puso al volante sin saber que el Lorazepam seguía haciéndole efecto hasta que se empotró con un muro y falleció en el acto.
La tragedia permitió a la policía francesa llegar a cabo una investigación que pronto reveló la verdad. Christophe Fauviau fue declarado culpable de al menos 27 envenenamientos (6 contra los oponentes de su hijo y 21 contra los de su hija) y fue condenado a veinte años de prisión. La noche que fue llevado a prisión terminaba de regresar de Egipto donde su hija Valentine acababa de caer en las semifinales del torneo de El Cairo.
El escándalo en Francia fue de aúpa. Nadie lo entendía y, entre aquellos que le buscaban un razonamiento (si es que lo hubiese), decían comprenderlo en caso de Valentine, pero no en caso de Maxime. En aquel torneo en el que Lagardere se dejó la vida el premio para el vencedor era de 200 euros. ¿Eso es lo que vale una vida? Titulaba un periódico en aquellos días.
Maxime Fauviau no volvió a jugar al tenis. A Valentine le animaron a seguir jugando con el apoyo de un psicólogo. Lo intentó, pero pronto decidió renunciar ante el escarnio del público. Ellos son dos víctimas. Dos mártires para mayor gloria del César. Su padre. Hoy, en Francia, no existen los ránquines nacionales de tenis hasta los 13 años. Hasta entonces se dan insignias de colores a los niños en función de su pericia a semejanza de los cinturones que tienen los judokas. Pero no existe ni el número 1, ni el 50 ni el 500. Todo para que los niños vuelvan a ser niños y los padres vuelvan a ser padres y no parásitos con dos patas.
Christophe Fauviau
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