Francia

Apuntes sobre una final (Argentina vs Francia)

Para bien o para mal será el Mundial de Messi. Para saber si es o no es. Si el debate pasa a tener fin o se alarga ‘per saecula saeuculorum’. La vejez le ha tratado mejor que a Cristiano, con quien libró una batalla que acabó decantándose a su favor por el trono mundial. Fueron años de lucha, mas no son años, sino toda una vida, la que Leo lleva intentando ganarse el corazón de los argentinos para sustituir en el altar al d10s Maradona. Messi ha facturado dos temporadas de vacaciones, ahorrando físico, para reconciliarse con el fútbol y con su país en este último baile. Todos los jugadores que han estado en Qatar querían ganar el Mundial, pero sólo uno de ellos lo necesita.

Mientras Leo Messi exprime su fútbol porque no le sobra energía, Kylian Mbappé es todo exuberancia. Es una manada que baila sobre el césped. Le da tiempo a todo, incluso a cometer errores. Es arrogante, porque puede. Tiene más piernas que Messi, aunque menos fútbol en su cabeza. Si Messi abruma ambición atrapado por la necesidad de ser el más grande, Mbappé encara el triunfo de una forma mucho más lúdica. Lucha por ganar su segundo Mundial con apenas 23 años. Le quedan al menos otros dos y, salvo que una lesión destroce su carrera, la lógica dice que acabará siendo el máximo goleador de la historia de la Copa del Mundo. Por mucho que duela en Madrid podría retirarse sin ganar la Copa de Europa y no pasaría nada. Con dos Mundiales a sus espaldas Mbappé sería al mismo tiempo la Torre Eiffel, Juana de Arco y Charles de Gaulle.

Para Argentina será su sexta final de Mundial con, hasta el momento, un balance de 2/3. Cayó en 1930 ante Uruguay, en 1990 frente a Alemania y en 2014 de nuevo ante los germanos. Alcanzó el éxito en 1978 contra Países Bajos y en 1986 venciendo a Alemania. Argentina es la élite. Alemania ha jugado ocho (4 victorias y 4 derrotas), Brasil siete (5/2) e Italia seis (4/2) junto a los ya citados argentinos. Inmediatamente después en el escalafón estaría Francia, que con la de Qatar acumula cuatro finales en total. Salió victoriosa en 1998 contra Brasil y en 2018 frente a Croacia, mientras que perdió por penaltis ante Italia en 2006.

Será, pues, el tercer Mundial para cualquiera de las dos naciones. Lo será en el cuarto enfrentamiento mundialista entre estos dos países. La primera vez fue al inicio de esta mágica competición. Era 1930 y Argentina salió vencedora (1-0), ayudada por el hecho de que Francia jugó medio partido con un jugador menos al lesionarse uno de sus delanteros en una época en la que no existían cambios. Aquel triunfo permitió a los albicelestes clasificarse para semifinales. Volvería a ganar Argentina en 1978, en este caso para meterse en una segunda fase equivalente a los cuartos de final. Ganaron por 2-1 ante una Francia en la que emergía un joven Platini. La última vez fue en los octavos de final de Rusia 2018, donde la moneda cayó del lado francés al vencer por 4-3 en un impresionante partido que encumbró a Mbappé camino del triunfo en la Copa del Mundo.

Estaba Mbappé por aquel entonces, como también lo estaban Hugo Lloris, Steve Mandanda, Alphonse Areolá, Benjamin Pavard, Lucas Hernández, Antoine Griezmann, Ousman Dembelé y Oliver Giroud. Estos nueve jugadores pueden proclamarse bicampeones mundiales. Solo dos países han logrado repetir tal hazaña de forma consecutiva. Italia en 1934 y 1938 (cuatro italianos bicampeonaron, entre ellos Giuseppe Meazza) y Brasil en 1958 y 1962 (doce bicampeones entre los cuales estaban Garrincha o Djalma Santos). También son bicampeones Passarella (1978 y 1986) y Cafú y Ronaldo (1994 y 2002). Si bien es cierto que tanto Pasarella en el segundo como Ronaldo en el primero tuvieron una participación meramente testimonial. De igual modo tan sólo Lloris, Griezmann, Giroud, Mbappé y, en menor medida, Dembelé, podrían considerarse capitales en los dos posibles entorchados galos.

Por encima de todos ellos solo quedaría Pelé, el único ganador de tres Mundiales (1958, 1962 y 1970), siendo la figura más relevante tanto en el primero como en el último de ellos.

Decía que capital en los dos triunfos sería Oliver Giroud. El delantero que no tiró entre los tres palos en los siete partidos de Rusia 2018 y que en Qatar 2022 lucha por ser el máximo goleador de la competición. Su lugar tendría que haber sido ocupado por Benzema, jugador de tronío, que se retirará con al menos cinco entorchados continentales con el Real Madrid y con dos Mundiales ganados en su imaginación. ¿Hubiese sido el palmarés más extraordinario de un futbolista? Sin lugar a dudas. Pero eso, como mucho, es una historia contrafactual.

La realidad dice que el mejor es Messi. La corona ya la tiene. Ahora pretende colocarle el orbe. Son cinco mundiales. Son 16 años de espera. A Ronaldinho lo retiró, a Buffon lo humilló, a Xavi e Iniesta los eclipsó, con los alemanes no se presta la comparación y Mbappé aún está lejos en el retrovisor…siempre y cuando a Kylian no le dé por ganar su segunda estrella.

Comparativa entre Messi y Mbappé, las dos estrellas del Mundial de Qatar
Futuro, presente y pasado

Pero hay más que Mbappé y Messi. Es el Mundial de Antoine Griezmann. Un jugador principesco, con una carrera extraña, salpicada de toma de decisiones erróneas, pero que es faro y guía de su selección. Griezmann lleva una década manejando los hilos de Francia, con ingenio y con trabajo, sirviendo de continuidad a lo que antes hicieron Platini y Zidane. Nunca comerá en la mesa de los grandes y ni siquiera se le ha permitido llevar el ‘10’, pero su batuta es capital para entender el éxito francés de estos últimos años.

Capital también ha sido el trabajo de Lionel Scaloni. Si Deschamps lleva desde 2012 como seleccionador con un discurso que sólo los triunfos y el fondo de armario francés ha mantenido en pie, Scaloni es un advenedizo con el que nadie contaba. Su tranquilidad frente al histrionismo argentino al caer el primer día ante Arabía Saudí hizo saltar un clic en la opinión pública. Su gestión del vestuario, su apuesta por Enzo Fernández y Julián Álvarez y en especial el virtuosismo táctico que ha mostrado en las rondas eliminatorias, lo ha encumbrado como técnico con enjundia.

Es pues una final inédita, pero que confronta a dos elegidos. Al presente y al pasado. Al presente y al futuro. A Argentina y a Francia. Junto a los uruguayos, los argentinos fueron la vanguardia del fútbol en sus orígenes. A orillas del río de la Plata se cultivó una forma de jugar que combinaba la garra con la técnica. Así Argentina cayó ante Uruguay en 1930, en el primer Mundial de la historia. Hasta 1978 no volvería a una final, pero no por eso decayó el fútbol argentino. Pedernera, Moreno, Sívori, Carrizo, River, Boca, Racing, Independiente…todos forman parte del acervo cultural del fútbol. Tres de los llamados cinco grandes son argentinos y, con mayor o menor suerte, Argentina siempre es referente en cualquier competición a la que se presente.

Para Francia el pasado es borroso. Eclipsado por el ciclismo y el rugby, el fútbol no tuvo en sus inicios la preponderancia que tiene en el presente. Sin embargo, su evolución es sorprendente. Ganó su primera Eurocopa en 1984 con Platini de maestro de ceremonias y alcanzando dos semifinales mundiales. Era algo excelente. Pero desde 1998 Francia acumula dos trofeos y una final. Son cuatro finales de las últimas siete. Apabullante. Donde antes estaban Italia y Alemania ahora está Francia. No enamora y es terriblemente conservadora, pero es exitosa. Es el equipo más mestizo de Europa y sabe aprovecharse de eso. Son fuertes, rápidos y técnicamente prodigiosos. Los italianos daban pánico por su control del tempo del partido, virtud a la que los alemanes le añadían un poderoso despliegue físico. Francia hoy lo es todo. Ese equipo que puede hacer un partido horrible pero que igualmente se llevará el triunfo. Francia es hoy la nueva Alemania.

Francia-Argentina: La final inédita... y, sobre todo, la final de Messi -  Eurosport
¿Quién ganará?

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El escándalo Qatar

La FIFA decidió que, en diciembre de 2010, de una tacada, se eligiesen los países candidatos para el Mundial 2018 y el Mundial 2022. Para el primero se presentaron España y Portugal por un lado y Bélgica y Países Bajos por el otro en pretensiones conjuntas. De forma independiente también estaban Inglaterra y Rusia. Dado que se daba por hecho que el Mundial volvería a Europa y que la UEFA apoyaba abiertamente la candidatura anglosajona se contaba con que el Mundial tendría lugar en Inglaterra. Sorprendentemente el vencedor fue Rusia.

Para 2022 los elegidos eran Estados Unidos, que, con Clinton y Obama como embajadores, eran los archifavoritos, así como Australia, que jugaba la baza de llevar por vez primera el Mundial a Oceanía. No contaban las candidatas asiáticas las cuales eran Japón, Corea del Sur (ambas con escasas opciones porque en 2002 ya habían organizado un Mundial de forma conjunta) y Qatar.

Y ganó Qatar.

Si. Ganó Qatar.

La pregunta es; ¿cómo narices ganó Qatar?

Former FIFA president Sep Blatter says Qatar hosting the World Cup is a  'mistake' - ABC News
The winner is…

Para lograr ser país organizador de un Mundial debes convencer a una mayoría de miembros del comité ejecutivo de la FIFA. Dichos miembros son un total de 24. Son los 24 dioses del fútbol. Ni Pelé, ni Messi ni Zidane. Esos 24 son los verdaderos dioses. La familia de la FIFA es como la familia de ‘El Padrino’, pero con peores personas.

Uno de esos miembros del comité ejecutivo era Chuck Blazer. Neoyorkino, hombre de negocios, en 1989 accedió al cargo de presidente de la Concacaf (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de fútbol). Fue el impulsor y creador de la Copa de Oro de selecciones, así como de la Liga de Campeones de la Concacaf. Blazer también instaló las oficinas de la organización en una planta de la torre Trump de Nueva York, la decoró con mármol e hizo alquilar una habitación a la orden de 5.500 dólares al mes a cargo de la Concacaf para cobijo de sus dos gatos. Pronto se convirtió en uno de los brazos derechos del suizo Joseph Blatter, quien en 1998 fue designado como presidente de la FIFA.

En Zúrich, en una fastuosa sala de juntas situada dos pisos bajo tierra, en el edificio de la FIFA, al menos dos veces al año esos 24 hombres, quienes se alojaban en hoteles impecables y degustaban comidas extraordinarias, se debatía sobre como expandir el fútbol por todo el planeta para seguir lucrando el negocio. Blazer, que acabaría siendo confidente del FBI, declararía que cada uno de los allí presentes salía de esas reuniones con al menos 20.000 dólares de la caja fuerte de la FIFA en metálico.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Los 24 miembros de la FIFA tienen como cometido la obligación de viajar por el mundo adelante visitando los países candidatos a albergar el Mundial y debatir con los posibles organizadores el plan de actuación. Las dádivas y agasajos forman parte del ritual. Cuando la expedición futbolística arribe en Moscú reparará en que todos los ministros rusos harán un corrillo y colmen de aplausos al personal mientras Vladimir Putin espera al otro lado de la fastuosa sala con los brazos abiertos. En Inglaterra sería la reina Isabel II la que expanda sonrisas y abandone, en cierto modo, el estricto protocolo, dejando que aquellos hombres de negocios se lleven una taza de té del Palacio de Buckingham a modo de souvenir.  

En Qatar no había paseos por museos extraordinarios ni visitas a monumentos de cientos o miles de años. En Qatar lo que había era un calor insoportable que rondaba los 50 grados en verano, kilómetros y kilómetros de arena, ausencia total de estadios de fútbol y el único monumento digno de ver eran los pozos petrolíferos. No obstante, lo que si había era dinero. Mucho dinero. La candidatura de Qatar no tenía ningún tipo de límite monetario.

La persona encargada de manejar ese fondo ilimitado era Mohammed Bin Hammam. El presidente de la Federación de Futbol de Qatar ya había logrado convencer a los asiáticos de apoyar la candidatura de Blatter a la presidencia de la FIFA en 1998, pero eso era ‘pecata minuta’ en comparación con el ingenioso proyecto que ahora tenía en mente. A través de diez testaferros diferentes se encargó de dirigir diferentes pagos para asegurarse de que la candidatura de Qatar 2022 fuese la elegida.

Bin Hammam se resigna a que FIFA lo declare culpable
Bin Hammam

En primer lugar, viajó a Angola. Era enero de 2010. Faltaban once meses para la elección de la sede mundialista. Allí se celebraba el congreso de la CAF (Confederación Africana de Fútbol). Aquel año un benefactor había donado dos millones de dólares a la CAF. Era el emirato qatarí. Luego Bin Hammam dio órdenes a sus testaferros para que le diesen un millón de dólares en metálico a cada uno de los tres miembros de la CAF que formaban parte del comité ejecutivo de la FIFA. ¿Por qué un millón y no un millón y medio?, dicen que contestó uno de los dirigentes. Y así fue. Por 4,5 millones de dólares en total Qatar se aseguró los votos de los representantes africanos.

Luego viaje a Nueva Zelanda, a visitar al único representante del comité ejecutivo de la confederación más pequeña. Trato hecho. Y después más de los mismo con la Unión Caribeña de Fútbol. Aquí se contenta a los 25 miembros, que no tienen ni voz ni voto, pero que forman frente común en la Concacaf. El pago es irrisorio. 40.000 dólares en sobres individuales a cada uno y trabajo hecho.

Pero con esto no llegaba. Para decantar la balanza hacia falta el voto a favor de los representantes europeos, la delegación más numerosa. Y había un grave problema. Existía un acuerdo tácito de que los qatarís se encargarían de mover el voto a favor de Inglaterra en 2018 si los hijos de la Gran Bretaña hacían lo propio a favor de Qatar para 2022.

El problema es que por medio estaban los rusos. Y sí, ahora Vladimir Putin es el demonio con rabo y cuernos, pero entonces era íntimo de Angela Merkel y de las demás cancillerías europeas. Y los rusos también tienen dinero. Mucho dinero. Entre bambalinas Rusia hizo los deberes y se aseguró ser sede para 2018. Caída en desgracia Inglaterra, se daba por sentado que Estados Unidos sería el ganador para 2022.

Y allí se reunieron. En Zúrich. Un 2 de diciembre de 2010. Cada comité tenía quince minutos de presentación final ante una sala repleta de personalidades, desde miembros de familias reales a mandatarios y ex mandatarios como Bill Clinton o David Cameron. Luego habría una primera votación en la que el último en número de votos quedaría eliminado y así sucesivamente hasta que quedase un mano a mano del que saldría el vencedor.

Pero la decisión ya estaba tomada antes de que tuviesen lugar las presentaciones. Todo se había decidido una semana antes.

Por entonces el presidente de la UEFA era Michel Platini. Campeón de Europa con la Juventus y de la Eurocopa con Francia, tres veces Balón de Oro, había sido enormemente aplaudido al acceder al cargo. Se decía, y no sin razón, que era un soplo de aire fresco que un exjugador fuese directivo. Platini, además, era de la vieja escuela. Un hombre que había criticado duramente a la FIFA como jugador cuando se jugaba a casi 40 grados a los dos de la tarde durante el Mundial de México. Una de sus primeras medidas como dirigente de la UEFA había sido facilitar el acceso a las competiciones europeas de los países más modestos y posicionarse abiertamente contra el VAR.

Resultó que Platini recibió una llamada. Se trataba de Nicolas Sarkozy, entonces presidente de la República Francesa. Se le citaba a una cena en el Eliseo a la que también acudiría Hamad Al Thani, emir de Qatar. En la cena se habló de fútbol, pero esencialmente de economía. Se insinuó que si la UEFA apoyase la candidatura de Qatar quizás Francia se beneficiase en el futuro garantizándose suculentos contratos de infraestructuras en Oriente Próximo.

Platini, quien tenía idea de votar a Estados Unidos, se vio obligado a cambiar el sentido de su voto. Cuando el ídolo francés Zinedine Zidane forme parte de la delegación qatarí que se presentó en Zúrich aquel 2 de diciembre, la suerte estaba echada. Joseph Blatter abrió el sobre y los allí presentes quedaron en shock. Qatar, un país de apenas dos millones de habitantes y de casi 50 grados veraniegos, acogería el Mundial de 2022. Minutos más tarde Bill Clinton rompía de un puñetazo el espejo de su lujosa suite y exigía tener una conversación privada con Michel Platini.

El otrora astro francés declinó la invitación.

La caída del rey Platini se gestó en casa de Sarkozy junto al emir de Catar  | Vanity Fair
Sarkozy, Al Thani y Platini

Lo que después se supo es que Qatar compró Airbus fabricados en la ciudad francesa de Saint Nazaire a razón de 20.000 millones de euros. Luego hubo otros 50.000 millones invertidos en infraestructuras a cargo de empresas galas.

Quizás hoy, tras la bravuconada de Putin, no se entienda este cambio de aliados, pero es que hace apenas nada, hace simplemente un lustro, la política europea miraba con ojos golosos hacia el este. A Rusia al norte, Qatar al sureste y China a lo más lejos. Hoy parece un error colosal. Ayer era un acierto estratégico.

No solo eso. La familia real qatarí decidió invertir en el decaído fútbol francés, por entonces la sexta liga en importancia de Europa. Compraron una cadena de televisión, financiaron las ligas nacionales de baloncesto y balonmano y convirtieron al Paris Saint Germain en un gigante mundial. Fruto del acuerdo, Nasser Al-Khelaifi se convirtió en presidente del PSG y desde entonces el emirato qatarí ha invertido unos 2.000 millones de euros en el club parisino.

Todo esto fue consecuencia de aquello. Y es que aquello provocó un cirio. Pero esto se supo después. Antes hubo que tirar de la manta.

La garganta profunda fue Chris Eaton, jefe de seguridad de la FIFA durante apenas un par de años. Hombre recto, integro, presentó su dimisión en cuanto imaginó todo lo que allí se cocinaba. Se puso en contacto con el FBI estadounidense sin pruebas, pero si con fundamentos. Simplemente les dijo que siguieran el rastro del dinero y les sugirió quien de los 24 miembros del comité sería tan débil como para sucumbir a un par de preguntas.

Ese hombre débil era Chuck Blazer, aquel presidente de la Concacaf del que habíamos hablado. Nunca había pagado impuestos y se llevaba en crudo el 10% de todos los contratos que negociaba. El FBI lo tuvo muy fácil para sacarle un trato. Le colocaron un micrófono en un llavero, le dijeron que soltara el llavero en una de esas reuniones rodeadas de abundante comida y así tirase de la manta.

El lugar elegido fueron los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Allí estarían todos. Y lo harían en un ambiente distendido. En los JJ. OO hay fútbol, pero es un actor secundario del evento. No fue difícil que con unas cuantas copas de más unos cuantos se soltasen la lengua. Tuvieron que pasar tres años más para que en una redada del FBI en el Hotel Bar au Lac de Zúrich fuesen detenidos seis miembros del comité ejecutivo.

Acorralada, la FIFA contrató a un investigador interno. El Informe García (Michael García era el encargado de tan sucia tarea) admitía el fraude masivo en el seno de la entidad, aunque argumentaba que nunca se habían comprado votos, que todo eran regalos y que la FIFA había sido víctima de interferencias políticas. García sostenía que la FIFA había sido fundada por voluntarios que amaban y querían proteger el juego, mientras que en los últimos años su único objetivo había sido el de amasar dinero.

Cuando Blatter tuvo acceso al Informe García se negó a hacerlo público, pero, presionado por el Comité de Ética de la FIFA, se vio incitado a dimitir. Lo hizo en 2015. Y lo hizo tras ser reelegido. Se dio el gusto de ganar las elecciones internas para luego dimitir. Una muestra más de lo podrido del sistema.

Blatter vuelve a señalar a Sarkozy como responsable de que el Mundial se  dispute en Qatar
El tío Gilito

Joseph Blatter jamás entró en la cárcel, aunque sigue inhabilitado para ocupar cualquier cargo relacionado con la FIFA. Siempre ha negado la mayor y considera una tropelía injusta que el FBI llevase una operación anticorrupción en un país europeo como Suiza. Para Blatter todo se basa en una operación de envidia y venganza estadounidense por no haber sido elegida sede del Mundial 2022. Michel Platini tampoco piso la cárcel, pero tuvo que dejar la presidencia de la UEFA y también sigue inhabilitado para ocupar cargo alguno en el mundo del fútbol. En 2018 admitió que también hubo sobornos para designar a Francia sede del Mundial 1998.

A raíz de aquello el diario ‘Der Spiegel’ sacó a la luz que tanto en Alemania 2006 como en Sudáfrica 2010 los sobornos también formaron parte del pack mundialista.

La FIFA siempre había sido capaz de controlar su destino. Bin Hamman y la delegación de Qatar no inventaron nada. Fue la FIFA la que con sus corruptelas inventó la norma. Lo que hace la elección de Qatar diferente al resto es que las injerencias no se basaron únicamente en sobornos, sino en compromisos políticos de primer nivel.

A fin de cuentas, con o sin sobornos, Francia, Alemania o Rusia tienen capacidad y tradición para albergar un Mundial. Hasta Sudáfrica puede formar parte de este saco como una operación de justicia ante la olvidada y exprimida África. La corruptela por la elección de Qatar como sede mundialista salió a la luz porque es un sin sentido mayúsculo. Un país de apenas 11.000 km cuadrados (Asturias), con 2’5 millones de habitantes de los que únicamente el 15% son nativos, donde hubo que construir estadios de fútbol ex proceso y donde hasta el año 2008 no hubo una liga de fútbol profesional.

Y lo más sangrante. Un país que ha obligado a darle una vuelta al calendario del fútbol mundial para evitar el verano y competir en los agradables 25 o 30 grados del diciembre qatarí.

Y todo gracias a Nicolas Sarkozy. El único de los tres grandes personajes de esta historia que pisó la cárcel. Acusado de tráfico de influencias e intento de soborno a un juez. Fueron tres años de condena, aunque únicamente estuvo siete meses en la cárcel. Y lo fue por aceptar dinero libio para financiar su campaña política. No fue condenado por el ‘Qatargate’. A fin de cuentas, la FIFA sabe bien como proteger a los suyos.

“La corrupción es peor que la prostitución. La prostitución pone en duda la moral del individuo, mientras que la corrupción pone en peligro la moral de todo el país”. Karl Kraus, escritor checo.

“Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. Séneca, filósofo romano.

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Cuando Hinault ganó al sprint en los Campos Elíseos

Ambos con gorra calada en la cabeza. Ambos con visera en contra dirección. Uno con cuadro rosa y manillar en blanco, a juego con los colores del Ti-Raleigh. El otro con bicicleta azul, pantalón negro y ‘jaune’ resplandeciente, túnica sagrada al viento. Ambos, primero y segundo en la general, agotados por el esfuerzo, escudriñados por las miradas embobadas de cientos de conductores y motoristas, de miles de transeúntes y de algunos de los lugares más hermosos jamás concebidos por la mente y la capacidad técnica del ser humano.

Así rodaban, Campos Elíseos arriba y Campos Elíseos abajo, Bernard Hinault y Joop Zoetemelk, primero y segundo clasificado del Tour de Francia de 1979.

Tour de France : 5 arrivées de légende sur les Champs-Ely... - Télé Star
Zoetemelk e Hinault

Salvo que a los organizadores les dé por plantar una contrarreloj el último día (como en la memorable edición de 1989 en la que Lemond superó en ocho segundos a Fignon tras el famoso despiste de Perico en el prólogo) la etapa final del Tour consiste en un paseo turístico por el centro de París. La clasificación final ha quedado grabada en piedra la jornada anterior, por lo que ese día el Tour se convierte en una fiesta para cicloturistas. Una exhibición de héroes de las dos ruedas ante el caluroso publico galo.

En los primeros kilómetros de la etapa abundan las bromas. Hasta el champán corre entre los ciclistas mientras los unos y los otros posan para la posteridad. El más solicitado por los hacedores de retratos es el maillot amarillo, quien junto a sus compañeros de equipo lidera el pelotón en la primera de las muchas veces que el circuito pasa por la avenida más glamurosa sobre la faz de la Tierra. También hay sitio para los hombres del pódium, el maillot de topos rojos de la montaña o para el verde de la regularidad. Todos, en mayor o menor medida, reclaman su momento de gloria por ser alguno de los supervivientes que, tras tres semanas de agonía, son aclamados por la gente y sucumben ensimismados por la belleza de los Campos Elíseos.

No fue así en 1979. Lo de aquel 22 de julio de 1979 fue una locura. Una bendita locura.

El ganador de aquel Tour era Bernard Hinault. Por entonces era su segundo Tour. Con el tiempo vendrían tres más. A Hinault le apodaban ‘Le Blaireau’. En castellano, ‘El Tejón’. En nuestro mundo urbanita no somos capaces de apreciar el acento rural de tan acertado apodo antropomórfico. En los pueblos no se le tiene cariño alguno al tejón. Destroza los cultivos, entra en los gallineros y revienta los setos. Lo normal es juntarse con un grupo de lugareños y sus fieles perros y pasarse una mañana matando tejones.

Suceso inexplicable, sanguinario y horrendo para el ‘urban style’.

Pero el tejón, aún a regañadientes, es un animal respetado en el campo por su inmensa fuerza y tenacidad. Cuando le atacan vuelve a su madriguera, se recompone y vuelve a la carga. Y así era como competía Bernard Hinault, como un animal orgulloso e insoportable. A diferencia de Eddy Merckx (‘El Caníbal’) a Hinault (‘El Tejón’) había que azuzarlo para que fuese a por la victoria. Quizás Merckx sea el más grande, pero, en cuanto a fuerza bruta, en cuanto a competir por el simple hecho de competir para demostrar su valía, no ha habido nadie como Bernard Hinault.

El Tour de Francia a la potencia de 10 » Reporteros Asociados
El Tejón

El Tejón’ llegó a los Campos Elíseos tras tres semanas de dominio absoluto y siete victorias de etapa. El segundo, a más de diez minutos, era el holandés Gerardus ‘Joop’ Zoetemelk, un hombre que iba a sumar por quinta vez un segundo puesto en el Tour. Tras haber soportado la tiranía de Merckx durante un lustro ahora le tocaba aguantar el absolutismo del irreductible Hinault. El tercero y el cuarto, el portugués Joaquim Agostinho y el neerlandés Hennie Kuiper respectivamente, acabaron a unos 27 minutos del francés. Las distancias que marcaba Hinault con los demás eran siderales.

No obstante, la diferencia entre Agostinho y Kuiper por el tercer cajón del pódium era escasa. Aunque el guion establecía un ‘pax romana’ no era la primera vez que alguien intentaba lo imposible durante los primeros kilómetros de la etapa final. Así que Kuiper demarró en cuanto pudo y Agostinho se pegó a su rueda como gato siamés. La carrera discurría por el valle de Chevreuse, al sur de Versalles, a unos 100 kilómetros de los Campos Elíseos. Pronto Kuiper entendió que el intento era infructuoso y que había que enterrar el hacha de guerra.

No fue así para el patrón del Tour. Fuese por el simple hecho de competir o fuese porque el tejón se había visto atacado, Hinault decidió que aquel día no habría paseo por Paris. Arrancó la moto y se balanceó con la furia de una manada rumbo al infinito.

Solo Zoetemelk consiguió aguantar la embestida y pegarse a su rueda. Era algo inaudito. Eran dos aficionados, en el buen sentido de la palabra. Dos chicos que estaban pasándoselo bien.

Hinault nunca fue un hombre de mantener las formas. Y aquella era la prueba. Consiguió una ventaja de unos cientos de metros y luego de más de un minuto. Simplemente decidió no parar. Esperó deliberadamente a que llegara a su rueda Zoetemelk para que el paseo fuese más divertido. “Dos tipos diminutos paseando en bicicleta por una avenida vacía no es algo que se ve todos los días”, diría después.

Hinault y Zoetemelk se reían y se atacaban mutuamente mientras el pelotón se hacía trizas y marchaba con la lengua de fuera. Eran dos adolescentes que se ponían rueda con rueda y esprintaban retándose a ver quién aguantaba más. Cuando uno conseguía marcharse inmediatamente frenaba y esperaba por el otro. Cyrille Guimard, el espartano director de Hinault, se llevaba las manos a la cabeza con aquel espectáculo, mientras el tejón ignoraba sus consejos.

En la última vuelta por el circuito parisino, cuando tocaba la última entrada triunfal a los Campos Elíseos, Zoetemelk se dirigió a Hinault y le dijo algo así como déjame ganar la etapa que total tú vas a ganar el Tour. Los ojos ya de por sí pequeños de Hinault se empequeñecieron aún más. Esbozó su media sonrisa de Tejón y dio comienzo el sprint.

No hizo falta foto finish.

Bernard Hinault ganó con claridad la etapa. El pelotón llegó hecho trizas. Una treintena de corredores llegó a más de dos minutos. El siguiente grupo lo hizo en más de siete. Aquellos dos tarados habían convertido en migajas a más de una centena de ciclistas profesionales en una etapa completamente llana y relativamente cómoda.

Fue un espectáculo igual de precioso como de surrealista. Aquel era el primer Tour que fue retransmitido por una televisión estadounidense. Los comentaristas yankees iban de un lado a otro preguntando qué era lo que estaba sucediendo. No entendían nada. Les habían dicho que la última etapa era un paseo cuyo fin era mostrar Paris al mundo. Era normal su incredulidad. Aquello ni tenía precedente ni explicación.

Hinault hizo una exhibición de poderío gratuita. Simplemente porque podía y porque le dio la real gana. Nadie había visto nunca a un maillot amarillo hacer algo así y nadie volverá a vérselo hacer nunca jamás. Por eso lo hizo Hinault. Porque era un reto. Porque le apetecía. Porque le gustaba competir.

¿He dicho que la hazaña nunca volverá a repetirse?

Pues hubo una vez más.

Fue en 1982. Era el cuarto Tour del ‘Tejón’. Esta vez Hinault cumplió con la tradición. Se hizo las fotos de rigor, rodó con el resto de pelotón y se tomó las cosas con calma. Hasta que llegó la ‘flamme rouge’, el último kilómetro, cuando los velocistas mandan a sus pretorianos poner un ritmo infernal para luego llevar a su rueda a esos locos que se jugarán la victoria a 70 kilómetros por hora con no más protección que su piel y sus huesos.

A Hinault se le cruzó el cable y le dijo a Charly Berard, uno de sus gregarios, que lo llevara hasta los últimos 500 metros. Berard no entendía nada, pero por supuesto hizo lo que su amo y señor mandaba. Luego la fuerza bruta de Hinault hizo el resto. Se metió en medio de los sprinters, recibió un codazo de bienvenida en las costillas por obra y gracia de Sean Kelly y mantuvo la velocidad suficiente para volver a salir vencedor en los Campos Elíseos. Era su segunda victoria en las calles de Paris. Es, por supuesto, el último ganador del Tour en ganar en la etapa fin de fiesta. Y es, por supuesto, el único que lo ha hecho en dos ocasiones.

Ganadores de Tour de Francia ganando al sprint en la llegada del Tour a  París desde 1947 - Ciclismo sin filtros
Campos Elíseos 1982

“Si alguien golpea a un tejón con una pala en la cara el tejón comenzará a roer esa pala. Es el único animal capaz de hacer algo así. Me considero totalmente de acuerdo con esa visión de mí mismo”. Bernard Hinault.

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Lance Armstrong (el fraude de un campeón en dos mitades)

El divorcio de Fausto Coppi (vida y leyenda del mito de las montañas en dos artículos)

El nacimiento del Caníbal (a través de dos artículos como una derrota en el Giro convirtió a Merckx en un caníbal en el siguiente Tour)

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El show de Perico

El Tour de 1989 comenzaba con un gran favorito. No era otro que Pedro Delgado. El escalador segoviano era el vigente campeón del Tour y apenas un par de meses atrás había vitoreado en la Vuelta. Había progresado notablemente en las contrarrelojes y mantenía su mística relación con la alta montaña. De hecho, su triunfo en España se finiquitó en una clara victoria en la crono final de Medina del Campo. En la lista de notorios también estaban tres campeones del Tour; Laurent Fignon (1983 y 1984), Greg Lemond (1986) y Stephen Roche (1987), pero todos ellos parecían por detrás del español porque, ya fuese de una forma u otra, las lesiones habían cercenado sus carreras. Ya más lejos quedaban el francés Charly Mottet o el irregular escalador colombiano Lucho Herrera.

Aquel año el Tour realizaba un recorrido contrario a las agujas del reloj. Se salía de Luxemburgo para pasar las primeras etapas en tierras belgas. Luego traslado aéreo hasta Normandía para recorrer la costa atlántica dirección sur hasta tropezar con los Pirineos. Transición por la Provenza, los colosos de los Alpes y fin de fiesta en Paris. La salida tendría lugar el 1 de julio en Luxemburgo. Era la primera vez que la ‘Gran Depart’ se acometería en el Gran Ducado, un minúsculo país incrustado entre Alemania, Bélgica y Francia.

Se trataba de una etapa prólogo. Una contrarreloj de 7.800 metros de longitud con salida en una rampa con cabina acristalada colocada en la Plaza de Paris y meta en la amplía Avenida de la Libertad. El cielo es gris, pero es capaz de contener la lluvia. Como vigente ganador del Tour, Pedro Delgado saldrá el último. Lo hará con el número 1 a la espalda de su maillot. Su turno será a las 17.17 hora local.

Justo antes que Perico el corredor que tiene que salir es el irlandés Sean Kelly. Lo hace un minuto antes que Delgado. En ese momento lo normal es que el ciclista del Reynolds estuviese cercano a la rampa, en la escalerilla que da acceso al soporte desde donde dos jueces lo mantendrían en vertical antes de liberarlo.

Pero Pedro no está.

En la escena se ve a un hombre haciendo aspavientos. Se trata de Carlos Vidales, su mecánico de confianza, desesperado al no encontrar por ningún lado al vigente ganador del Tour. También exasperado, pero básicamente con un cabreo de tres pares de c… está José Miguel Echávarri, director del equipo, y que espera al volante del coche que va a seguir durante toda la etapa el recorrido del ciclista segoviano.

Los segundos pasan volando.

Y Perico sigue sin aparecer.

Son las 17.17 horas. Los jueces ponen el crono en marcha. Un señor de llamativa americana de color rojo encoge los hombros en señar de incredulidad. Detrás de él otro juez de corte marcial echa un vistazo a su reloj mientras dicta sentencia con su mirada. Echávarri sale del coche como pollo sin cabeza y pega gritos a los cuatro vientos. Vidales había desaparecido de la escena mientras proclamaba el nombre de ¡Perico! con la ayuda de las decenas de periodistas que salen tras él.

El caso es tremebundo. Aparece también en escena Arturo Romaní, vicepresidente del Banco Español de Crédito (Banesto), que estaba en el Tour para firmar el acuerdo por el que Reynolds, el equipo navarro del papel de aluminio, se iba a convertir en el gigante Banesto. Romaní no entiende nada. ¡Pero es que nadie entiende nada!

De pronto una estela amarilla ilumina el plomizo día luxemburgués. Con pelo ensortijado, cinta envolviendo la cabeza y bicicleta con rueda lenticular trasera, se abre paso Pedro Delgado. Atolondrado, se enfrenta a las cámaras de televisión y a los fotógrafos de la prensa. Hay codazos, insultos y kilos y kilos de tensión hasta que Perico aparece en la rampa.

Se baja de la bici y sube con ella a cuestas la escalerilla. Se sienta. Recibe el empujón del juez principal y comienza la etapa.

Lo hace a las 17.19 horas de la tarde y 26 segundos. O lo que es lo mismo. Con dos minutos y 26 segundos de retraso.

La bronca que le cayó a Vidales debió ser de aúpa. Lo cierto es que había sido Delgado el que le había dicho al mecánico que quería estar solo, por lo que Vidales se acercó a atender a William Palacio, colombiano del equipo Reynolds. Aunque peor debió de ser la diatriba que Romaní hubo de echarle a Echávarri preguntándose donde narices estaba invirtiendo su dinero.

El neerlandés Erik Breukink ganó el prólogo y se vistió con el maillot amarillo. Entre los favoritos los mejores situados fueron Greg Lemond y Laurent Fignon, ambos a seis segundos de Breukink. A la misma distancia también quedó Sean Kelly. Mottet llegó nueve segundos más tarde e Induráin lo hizo a 10 segundos del vencedor de la etapa. Con todo lo sucedido, los nervios, la rabia y la tensión, Pedro Delgado no hizo mala contrarreloj al acabar a 14 segundos de distancia del vencedor.

A 14 segundos si no se tiene en cuenta el retraso inicial.

Pedro Delgado, el vigente ganador del Tour, comenzaba el Tour de 1989 como farolillo rojo a 2’40’’ del maillot amarillo.

Una auténtica burrada tras menos de ocho kilómetros de Tour a sus espaldas.

Delgado cruza la línea de meta y una horda de periodistas acude a su encuentro. Se muestra sonriente, sereno. Podría ser una cara de póker, pero para aquellos que conocen a Perico no es más que su pose habitual. Simpático y cercano, su éxito lleva años fraguándose tanto dentro como fuera de las carreras. Lo que en otros podría parecer impostura, en Perico es naturalidad. Atiende a Televisión Española con una media sonrisa y explica que lo sucedido ha sido un despiste. Un estúpido despiste del que sólo él tiene culpa. Mas se muestra confiado y tranquilo a pesar del tiempo perdido y argumenta que por delante hay 21 etapas y más de 3.000 kilómetros de recorrido para darle la vuelta a la situación.

Pocos hubiesen tomado con tal naturalidad semejante error. Pero así era Delgado. Jocoso, simpático, despistado y alocado. ‘Le fou’. Ese fue el apodo que años atrás le pusieron en Francia tras un descenso a tumba abierta por los Pirineos a más de 90 km/h con la cabeza besando la rueda delantera. Perico era una celebridad por su forma de correr y por valorar con la misma naturalidad las victorias y las derrotas.

Pero tan sencilla explicación no era válida en un mundo racional. ¿Cómo narices va a llegar tarde a la salida el deportista principal del mayor espectáculo ciclista jamás realizado? Lo cierto es que entonces no existía una separación estricta entre deportistas, prensa y espectadores como ocurre en la actualidad. La delimitación con vallas era precaria. Además, el caos solía ser especial cuando las etapas salían o llegaban fuera de Francia, donde los países se veían superados por el volumen de gente y mercancías que mueve el Tour. Era la primera vez que el Tour salía de Luxemburgo y no existía ni el rigor ni la disciplina ni la meticulosidad necesaria para llevar todo a buen puerto.

No obstante, la culpa era de Perico. Tampoco había que darle más vueltas. En una contrarreloj en una Paris-Niza estuvo a punto de pasarle lo mismo. Entonces no existían los rodillos para hacer calentamiento, por lo que a Delgado le gustaba estirar las piernas y forzar el tiempo al máximo. Como había hecho su tocayo, estuvo jugando con el lobo hasta que acabó comiéndose a las ovejas.

Perdidos: cuando el ciclista no llega
Inexplicable

Durante esos primeros días la prensa se hizo eco de varias posibles causas del famoso despiste intentando dar explicación a lo inexplicable. Se dijo que Perico había llegado tarde porque estaba tomando un café. También se comentó que el retraso se debía a una amenaza de atentado por parte de ETA. Fuera de España se insinuó que la tardanza había sido pactada con la organización del Tour para compensar el cerrar de ojos por un positivo por dopaje en la edición del año anterior, donde Perico había salido victorioso. Otra parte de la prensa aceptó las explicaciones de Perico y sencillamente se dedicaron a llamar tonto al segoviano. Lo cual, por cierto, no era faltar a la verdad.

Con los años la versión oficial de que simple y llanamente había sido un despiste salió victoriosa. No obstante, hubo un ‘casus belli’ que permitió a Delgado salir del paso. El día anterior Romaní había traído un obsequio en nombre de Mario Conde, director de Banesto, para todos los componentes del equipo. Se trataba de un reloj con tres agujas en forma de B, una blanca, otra azul y la última roja, cumpliendo con los colores del nuevo patrocinador. Era original, pero no era demasiado práctico para conocer la hora. Ni a Delgado ni al resto del equipo les entusiasmaba el reloj, pero se vieron en la obligación de usarlo durante el prólogo como acto de buena fe. El caso es que Delgado intuyó en esas agujas que tenía diez minutos de margen…y el resultado es historia.

Sonriente y despreocupado Delgado dejó pasar la tarde esperando que el trascurrir del tiempo volviese poner todo a su sitio. Error. Llegó el ocaso y la tensión hizo estallar todo en mil pedazos. Jodido, no pegó ojo en toda la noche. Primero serio, después triste y finalmente lloroso, se dio cuenta de que la cagada había sido hercúlea. La culpa se hizo suya. Porque jamás culpó a nadie del estropicio. Siempre se culpó a sí mismo. Aquella larguísima noche de insomnio se vio entre la espada y la pared. Se le ofreció un somnífero, pero lo rechazó. Ya había probado la medicina de Morfeo cuando abandonó el Tour de 1986 tras el fallecimiento de su madre y tras la acusación de dopaje del Tour del año anterior, pero en este caso rechazó la pastilla. Tenía que mantener hacia el exterior la imagen de que estaba bien, de que no había ningún problema.

Sin pegar ojo, un Delgado con muy mala cara se presenta la mañana del 2 de julio para disputar la segunda etapa del Tour. Nadie cuenta con que vaya a ganar la carrera, pero sí en que se convierta en el agitador oficial, en el hombre que a base de espectáculo determine quién y cómo la ganará. La prensa acorrala al segoviano, pero esta vez sin éxito. No hay sonrisas ni contestaciones dicharacheras. Solo respuestas secas y rostro circunspecto.

La segunda etapa contaba con dos sectores. Práctica habitual en el Tour de hace décadas, consistía en una etapa en línea matutina y en una contrarreloj vespertina. En este caso era una vuelta por el Gran Ducado de unos 150 kilómetros y una crono por equipos por los alrededores de la ciudad de Luxemburgo de 46 kilómetros. Y será en la crono donde se le vean las costuras a Perico. La tensión y la falta de sueño harán que a diez kilómetros del final se quede. El Reynolds tiene que aflojar el ritmo e Induráin y Gorospe se ponen a su lado para protegerlo. La carretera tiende ligeramente a bajar y parece que el problema se soluciona, pero en el siguiente repecho Delgado vuelve a quedarse. Es el quinto ciclista el que marca el tiempo en la crono por equipos y existía la opción de abandonarlo a su suerte. Pero por entonces nadie se planteaba dar todos los galones a Induráin. A fin de cuentas, Delgado seguía siendo el vigente ganador del Tour.

Parlamento Ciclista - Pedro Delgado Robledo - El Baúl de los Recuerdos
Reynolds 1989

Total, que sus compañeros le esperan y traspasan la línea de meta con Delgado formando parte de los nueve ciclistas del Reynolds. El equipo navarro es el último en la contrarreloj. A 4’32’’ del Super-U de Laurent Fignon. El francés le sacaba ya a Perico 7’20’’ en la general. Era la segunda etapa y el Tour era una quimera.

Y aun hubo más. Antes de la jornada de descanso de tres días después, el Tour tenía que afrontar dos larguísimas etapas de 250 kilómetros por tierras belgas. Fignon se encargaría de colocarse en paralelo de Delgado para hacer ‘trash-talking’ y recordarle una y otra vez al español que había tirado el Tour por la borda. Todo aquello minaba la moral de un Delgado que malgastaba fuerzas en ataques sin sentido contra el pelotón buscando la heroica ante las risas del parisino.

Tras la jornada de descanso, Delgado realizó una descomunal contrarreloj en la que prácticamente igualó los tiempos de Lemond y Fignon, dos consumados especialistas. Después llegaron los Pirineos con exhibiciones día sí y día también de Delgado y con victoria de etapa de un Induráin que pedía paso. Luego Perico se consolida como el mejor en la subida al Alpe d’Huez, culminando una prodigiosa remontada desde el último puesto de la clasificación que lo lleva al tercer lugar de la clasificación general.

Greg Lemond gana el Tour de Francia de 1989 tras una emocionante contrarreloj final por tan solo ocho segundos de ventaja a Laurent Fignon. Pedro Delgado es tercero a 3’34’’ del estadounidense. Les ha quitado más de tres minutos a ambos si descontamos lo perdido en las dos primeras etapas.

Aquel Tour tenía que haber sido de Perico.

Perico más fuerte y Lemmond más listo. Fignon el pupas - La Grada Sports
Fignon, Lemond y Delgado

Cuando al año siguiente Pedro Delgado se presente en Poitiers, en el parque temático de Futuroscope, para acometer el prólogo del Tour de 1990 las preguntas son inevitables. Con esa actitud desenfadada, delgadiana, podríamos decir, ante la vida, comenta ante los medios que había pedido salir ese año a la organización del Tour con 2’40’’ de ventaja. Con el tiempo el propio Delgado fabricará sus propios memes en cada una de las entrevistas que le hagan. Una vez diría que le había detenido la policía por culpa de una infracción de tráfico. Otra vez que se había ido a calentar con una chica. En cierta ocasión dijo que había sido abducido por un OVNI. Daba igual si tenía gracia o no, pero Pedro Delgado siempre consiguió darle normalidad a un suceso del todo anormal.

“Nunca me sentí tan bien como aquel año, ni siquiera el año que gané el Tour. Fue mi ocasión perdida. Me encontraba tan bien físicamente que andaba con una pierna”. Pedro Delgado sobre el Tour de Francia de 1989.

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Especial Año Nuevo: Entrevista a Napoleón

General republicano, primer cónsul de la República, cónsul vitalicio, Emperador de Francia y dueño y señor de Europa durante algo más de una década, Napoleón Bonaparte está considerado, junto al cartaginés Aníbal, como el mayor genio militar de todos los tiempos. Dirigió más de cien batallas, la mayoría de ellas en inferioridad numérica, y apenas salió derrotado en tres. Caído en desgracia, pasó a ser tildado de déspota, tirano o usurpador, pero este enjuto corso, de cabeza grande, cabello pardo y de dientes amarillentos por culpa del tabaco, es el responsable de que Europa dejase de lado el feudalismo y, a trancas y barrancas, abrazase el Código Civil, crease diferentes constituciones y permitiese que cada ciudadano tuviese acceso gratuito a una formación escolar básica.

Misterdato (P): Encantado de conocerle emperador.

Napoleón Bonaparte (R): No me extraña.

P: Fiestas navideñas es sinónimo de fin de año. Y este ha sido especial para usted. Se ha cumplido el bicentenario de su fallecimiento. Y doscientos años después su embrujo sigue presente.

Napoleón: ¿Acaso se extraña? ¡No esperaba menos! ¿Sabía usted que cada vez que los ingleses me cortaban el pelo en mi cautiverio de Santa Elena guardaban mis mechones como reliquias? El mayor peligro ocurre en el momento de la victoria, pero cuando en la derrota tu enemigo te venera…sabes que el éxito se mantendrá cuando llegue la oscuridad.

P: Recuerdo haber leído en un libro que hay más de 4.000 reseñas sobre usted repartidas por Europa. Si pasó por un lugar, allí habrá una placa. Si libró una batalla, allí habrá un museo. Usted creó una marca. La marca ‘Napoleón’.

Napoleón (R): Nadie tiene la idea de lo que es grandioso, depende de mí mostrárselo al pueblo. Yo soy un líder, y un líder es un comerciante de la esperanza. Mi triunfo está en que a pesar de ser vencido por los ingleses la historia sigue contando conmigo. Y esa es una gran victoria. Recuerde que la historia está escrita por los ganadores.

P: Usted es el verdadero padre del liberalismo. Su legado es la meritocracia, la libertad religiosa, el sistema de impuestos progresivos o la implantación del código civil. Y sin embargo para muchos otros es un loco con aires de grandeza. Usted también fue el responsable de la, hasta entonces, guerra con más muertos de la historia.

Napoleón (R): ¡Yo quería unir Europa! ¡Quería unos Estados Unidos de Europa! Y déjeme que le diga una cosa. Nada es más difícil, y por lo tanto más precioso, que poder decidir. Yo me movía por el interés propio, pero es que el pueblo o tiene miedo o no sabe decidir.

P: Caray.

Napoleón (R): ¡Mon Dieu! ¿No se habrá escandalizado? La gente de su época tiene la piel muy fina. Mire. Por un lado, el pueblo tiene miedo. Por otro están las mujeres, que no son más que máquinas para producir niños. Después los sacerdotes que repiten incesantemente que su reino no es de este mundo y sin embargo ponen mano en todo lo que pueden obtener. Y por último los intelectuales. No se razona con los intelectuales; se les dispara.

P: Caray, repito. Igual somos blandos en mi época, pero si me lo permite le voy a traducir sus palabras. Usted viene a decir que defiende los principios modernos de la Revolución Francesa, pero sólo funcionan si yo mando y yo dirijo. ¿El fin justifica los medios?

Napoleón (R): Para comprender al hombre debes saber lo que estaba sucediendo en su mundo cuando tenía veinte años. Mi juventud fue la Revolución. Si no es por Bonaparte no habría modernidad. Y punto. El problema fue Waterloo y aquellas puñeteras almorranas que me impidieron montar a caballo. ¿Sabe usted? La victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana. Los ingleses se encargaron de difamarme a través de los periódicos.

P: Algo que usted inventó.

Napoleón (R): Eso es. Yo creé el Boletín del Estado que había que leer obligatoriamente en los pueblos, en las iglesias y en las escuelas para que todos conociesen las hazañas de mi ejército. ¡Y los ingleses me copiaron! Y me humillaron públicamente con mentiras tras mi derrota. ¡Dijeron que era un enano! Yo medía 1’69. En mis tiempos era una talla superior a la media, pero he quedado para la posteridad como un loco rechoncho.

P: Hablemos pues de su ejército. De la ‘Grand Armée’. Y es que, aunque no lo parezca, yo querría hablar con usted de deporte. Y algo que la mayoría de la gente no conoce es que entre otras muchas cosas usted fue impulsor del ejercicio gimnástico.

Napoleón (R): ¡Y de las latas de conserva! Se lo digo porque usted es gallego, ¿no?

P: Así es.

Napoleón (R): En mi ‘Grand Armée’ había soldados de toda Europa. En las oficinas de reclutamiento había interminables colas. Dese cuenta que estaban bien alimentados, bien vestidos, bien armados y mejor pagados que en cualquier otro ejército europeo. Como marchábamos a gran velocidad tuve que procurar la necesidad de no cargar con demasiados equipos y provisiones. Ideé un nuevo concepto en logística militar en el que las provisiones marchasen directamente con el soldado.

P: introdujo novedosas técnicas de desplazamiento y maniobra que permitieron a su ejército marchar rápidamente. ¿Fue por culpa de la velocidad por lo que fijó como obligatorio el ejercicio gimnástico?

Napoleón (R): Pauté los movimientos de mi infantería a 75 pasos por minuto y al desplegarnos aumentaba la velocidad a 120 pasos por minuto. Para eso utilizaba los tambores y por eso introduje a los músicos en el ejército y las marchas militares.

P: Anda.

Napoleón (R): Recorríamos diariamente 60 kilómetros, el doble de lo que hacían los demás. E imagínese el peso que cada soldado llevaba a sus espaldas. Había que entrenarlos. Fui el primer gobernante que introdujo la gimnasia en el sistema educativo. Mi idea era contribuir a la educación integral del niño para preparar al soldado ante la guerra. Quería darle sentido estético al cuerpo a través de un fortalecimiento corporal y de la corrección de los defectos físicos. Se introdujeron aparatos como la barra fija, las anillas, las escaleras oscilantes o la soga para trepar. Toda preparación tenía un marcado talante patriótico.

P: En esa concepción rompedora del ejercicio físico creo que tuvo un papel muy importante un español.

Napoleón (R): ¡Francisco Amorós! A Amorós lo puse yo al servicio de mi hermano José. Pepe Botella le llamaban ustedes. Cuando mi hermano cayó, los españoles echaron de Madrid a Amorós y tuve que acogerlo en Paris y darle la nacionalidad francesa. ¡Qué gran hombre! Allí fundó el ‘Gymnase normal militaire et civil’, la primera universidad gimnástica de Europa. Una pena que a mí me desterrarán a Santa Elena, pero Luis XVIII continuó con la labor…debe ser de lo poco que debemos agradecer a los Borbones.

P: Por cierto, ya que hablamos de España. Cuando usted era teniente hizo un informe en el que recomendaba no invadir nunca España por culpa de su débil red de carreteras, la extensión del territorio y una pobreza endémica que impediría conseguir suministros sobre el terreno. Década y media más tarde atravesó los Pirineos…se lo digo porque como usted nunca se equivoca…

Napoleón (R): La mejor manera de mantener la palabra es no darla.

P: Ya…Volvamos a su ‘Grand Armée’. ¿Cómo conseguía que sus hombres llegasen a desplazarse 60 kilómetros durante varios días y librar una batalla al llegar a destino? Sigue pareciendo un hecho tremendo digno de deportistas profesionales de la actualidad.

Napoleón (R): Mucho entrenamiento y autoexigencia. Le diré algo más. Los soldados se mueven por tres motivos; amor, dinero y honor. Yo conseguí que mis hombres me siguiesen por los tres motivos al mismo tiempo. De ahí mi éxito.

P: Supongo que hoy sería un gran entrenador en cualquier disciplina deportiva.

Napoleón (R): ¡Claro que sí! Además, la ‘grandeur’ de Francia sigue presente en la actualidad. Todas las grandes construcciones europeas, desde las deportivas hasta la Unión Europea, han sido capitaneadas por franceses. ¡Ese es mi legado! Vencer y convencer. No existe un único plan. Debes ser flexible y tener diferentes alternativas en tu cabeza. Todo soldado lleva en su mochila el bastón de mariscal. Fíjese que Soult y Ney, mis dos grandes mariscales, eran sargentos durante la Revolución. Recuerde siempre que si construyes un ejército de 100 leones y su líder es un perro, en cualquier pelea, los leones morirán como un perro. Pero si construyes un ejército de 100 perros y su líder es un león, todos los perros lucharán como un león.

P: La verdad es que me encantaría seguir hablando con usted, pero no tengo mucho más que preguntarle.

Napoleón (R): No hace falta. Yo le cuento. ¡Yo soy Francia! ¿Sabía usted que yo predije que China dominaría el mundo?

P: Pues no, la verdad.

Napoleón (R): Pues lo hice. También me autocoroné como emperador y le quité la corona al Papa de las manos. ¿Se acuerda? La religión es excelente para mantener a la gente en silencio. Alejandro, César, Carlomagno y yo hemos fundado imperios. Pero, ¿sobre qué descansamos las creaciones de nuestro genio? Sobre la fuerza. Jesucristo fundó su imperio sobre el amor y es más duradero. Cuando me coroné emperador creí haberlo superado.

P: El yo y el yo. Siempre el yo.

Napoleón (R): ¡Es que me lo merezco! ¿Sabe usted que también inventé el triaje? Le dije a Jean Larrey, mi cirujano jefe, que concibiese un sistema para evacuar a los heridos en combate. Creamos los hospitales de campaña, las ambulancias tiradas por caballos y un sistema de triaje donde clasificábamos a los soldados en función de sus heridas.

P: Sí ya sé que usted fue importante, pero habla y habla y habla, y se pasa de pedante. Pero ya se sabe. Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error…

Napoleón: (Risas) ¡Touché!

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París-Roubaix. Guía de viaje

En abril de 1919, cuando la guerra había terminado pero la paz aún no se había firmado, la París-Roubaix se puso en marcha como si nada hubiese pasado. Los ciclistas deambulaban por caminos de tierra llenos de cráteres y vías de tren partidas en dos. La tierra estaba sembrada de sangre y el olor a muerte se inhalaba en cada pedalada. Cuando aquellos locos llegaron al velódromo de Roubaix un periodista decidió cambiar para siempre el nombre de aquella carrera. Donde era conocida como ‘La Pascale’ (La Pascua), al celebrarse el Domingo de Resurrección, pasó a ser el ‘Enfer du nord’ (El infierno del norte).

El nombre triunfó, porque aunque los cráteres se aplanaron y los campos se sembraron, la París-Roubaix es terriblemente dura. Un verdadero infierno. ‘La clásica de las clásicas’ es distinta a los demás monumentos del ciclismo. Aunque su trazado es incluso más llano que el de la Milán San Remo, sus cerca de 60 kilómetros de adoquines sobre un recorrido de unos 260 kilómetros la hacen totalmente distinta a las demás clásicas. Es la única clásica primaveral que discurre totalmente en tierras francesas pero, en su espíritu, es la más flamenca de todas las pruebas belgas.

Aunque París está en el imaginario, lo cierto es que hace tiempo que la carrera no sale desde la vieja Lutecia. En 1896 la primera edición partió desde el Bois de Boulogne, antes coto de caza ahora pulmón verde de la megalópolis. Fue punto de inicio durante más de medio siglo hasta que los automóviles fagocitaron París y hubo que llevar la prueba más cerca de la naturaleza. En los 60 se mudó a Chantilly (la del castillo y la nata montada con vainilla) y en los 70 a la pequeña Compiégne, lugar donde sigue establecida.

Lo de salir de París fue una innovación. Donde siempre era llegar a la ciudad de la luz, pasó a ser punto de partida. Más radical fue convencer a la Iglesia de que cambiase el horario de los oficios. Los organizadores pronto descubrieron que la gente no acudía a las cunetas y si a la misa del Domingo de Resurrección. Hubo que programar misas excepcionales hasta que la secularización hizo efecto y las cunetas se llenaron sin la acción del fervor divino. Hoy la prueba se realiza el segundo domingo del mes de abril, diga lo que diga el calendario católico, y siempre y cuando la guerra, bélica o bacteriológica, no dicte lo contrario.

Decíamos que la carrera nace en Compiégne. Preciosa y coqueta villa con una plaza y un castillo fastuoso, está situada en las confluencias del Aisne y del Oise, dos ríos que dan agua al Sena y que la historia ha teñido de rojo en innumerables ocasiones. En Compiégne está el famoso vagón de la rendición. O mejor dicho, la reconstrucción de la petulancia francesa que Hitler se encargó de pisotear.

Como el Tour de Flandes, la París-Roubaix es una clásica que no recorre grandes núcleos de población sino que se adapta al terreno y lo hace suyo. Discurre por la vieja Artois, entre Picardia y Flandes. Hoy Artois es el Nord, tras una burocratización sin corazón de la République en plena ola de austeridad tras la crisis de 2008. Artois es el granero y el descanso de París, lugar de majestuosos campanarios y de melancólicas miradas. Artois es orgullo de Francia, pero también es traición. Fue borgoñona cuando la Guerra de los Cien Años y española cuando los Austrias campaban a sus anchas por medio mundo. Luis XIV la convirtió en su jardín, mas su vasta e indefendible campiña ha sido víctima de las desdichas del tiempo y de la muerte desde que Prusia giró al oeste y pasó a llamarse Alemania.

La París-Roubaix es una ruta por el corazón de la Revolución Industrial. Los campanarios y las granjas conviven en una enorme cuenca minera hoy adormecida pero antaño poderosa y gigantesca. No es verde ni azul. Gris es el color que nos acompañará durante nuestro viaje. El gris del carbón y el gris de las nubes, porque una París-Roubaix sin lluvia no es una París-Roubaix. Barro, polvo y lodazales. Esa es la Roubaix.

Es esta una región de paso para las borrascas. La humedad es constante y la condensación insoportable. Las temperaturas no son bajas, pero el frío húmedo cala en los huesos hasta dejarlos sin alma. Es más llana que la Milán San Remo y tan frugal como el Tour de Flandes, pero es la humedad lo que la hace tremebunda. La humedad, la lluvia y el pavés. El dichoso pavés.

10 imágenes que demuestran que la París-Roubaix es un verdadero infierno
Enfer du nord

Los adoquines se agarran a las piernas de los ciclistas y trepan por sus músculos disparando un estallido de dolor. Es un ejercicio de equilibrista donde se debe combinar la fuerza de la juventud con la maña de la veteranía. El pavés no es más que una calzada de adoquines. No es más, pero no es menos. Es una zona de vibración extrema donde cada pedalada descarga un trallazo en los brazos que se traslada por todo el cuerpo. La rueda no tiene donde agarrarse y el impulso de las pedaladas se diluye entre los ojuelos del pedrusco. El pavés seco genera una niebla de polvo que se inserta en los pulmones y acaba con el más fogoso de los incautos corredores. El pavés mojado convierte la estela de adoquines en una demoniaca pista de patinaje.

Y el pavés en la Roubaix es siempre mojado. Es espantosamente húmedo. La bici patina, las caídas son frecuentes. La hierba crece entre las molduras. Las carreteras no existen. Los caminos son autopistas para vacas. En la Roubaix las asociaciones de vecinos se afanan para conservar los caminos adoquinados intactos. Sin artificios, ni arreglos. La París-Roubaix es el heavy metal del ciclismo.

Son tres los puntos clave de la París-Roubaix. El primer gran muro de adoquines se encuentra a 90 kilómetros de meta. La trinchera de Arenberg es el nombre de este estallido de dolor de 2.400 metros de duración. Se encuentra en la villa minera de Wallers de donde era Jean Stablinski, campeón del mundo y de la Vuelta a España. A finales de los 60 la París-Roubaix estaba perdiendo su esencia ante el continuo asfaltado de las carreteras por la popularización del automóvil. Hubo que buscar nuevos caminos y Stablinski encontró una enorme recta a la que se entra en bajada, a todo gas, como toro en arena, para encontrarse un deforme camino de grava comprimida y adoquines desfigurados y mal colocados. Una verdadera autopista para vacas en medio de un bosque.

A 50 kilómetros de la llegada está ‘Mons en pavele’, otra trampa de 3.000 metros de longitud donde el barro se convierte en un accesorio de la cara. Es un tramo completamente llano que acaba con un giro de 90 grados a la izquierda en una inmensa explanada. Es el lugar preferido por los fanáticos de la París-Roubaix para acampar y hacer noche a la espera del gran día.

Tras dejar a un lado el precioso ayuntamiento de Valenciennes, en la única aproximación a una cuidad de toda la carrera, (Lille, motor económico de la región, quedará al oeste), el momento cumbre de la París-Roubaix está a 15 kilómetros de meta. El ‘Carrefour de L’Arbre’ es una recta de 2.000 metros a campo abierto adornada por un restaurante de estrella Michelin. A golpe de riñones y relinchar de dientes los supervivientes de la prueba encaran el acto decisivo antes de llegar a Roubaix.

Los 29 tramos claves y el recorrido de adoquín de la París-Roubaix 2019
Carrefour de L’Arbre

Es una llegada apoteósica al viejo velódromo de la ciudad. Antes de levantar los brazos hay que cumplir con la tradición y dar una vuelta y media al óvalo. Antigua ciudad textil, Roubaix hoy presume de sus edificios Art-Decó y de su gran plaza, pero es el velódromo lo que hace a esta ciudad internacional. Los valientes que completan los 260 kilómetros pasan después a las viejas duchas del estadio con cajones de granito decorados con el nombre de los ganadores de todas las ediciones.

Nunca un español ha ganado en el infierno del norte. Son los belgas, clasicómanos por definición, los grandes triunfadores de la París-Roubaix. Tom Boonen y Roger de Vlaeminck cuentan con cuatro títulos en su palmarés. Con tres hay varios ciclistas, entre ellos, como no, el más grande, Eddy Merckx. El segundo en discordia, el francés Bernard Hinault, sólo ganó una vez en el ‘Infierno del norte’ (1981). A pesar de su carácter indómito, odiaba la París-Roubaix. El primer año que la corrió se cayó en hasta siete ocasiones. Furioso por las críticas recibidas, volvió la temporada siguiente y se llevó la victoria. Tras recibir el trofeo en forma de adoquín que se le entrega al vencedor, anunció que jamás volvería a disputar la prueba. “La París-Roubaix es una mierda”, soltó el más grande de los ciclistas galos en la única clásica de primavera que nace y muere en territorio francés.

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¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta?

Camino del siglo del inicio del primer Mundial de fútbol, únicamente ocho naciones pueden presumir de ser campeonas mundiales. A la más reciente España (1), se le unen Inglaterra (1), Argentina (2), Francia (2), Alemania (4), Italia (4) y la plusmarquista Brasil (5). Falta uno en la lista; Uruguay. Tiene 2 Mundiales de fútbol (1930 y 1950) y sin embargo 4 estrellas están cosidas sobre el escudo que adorna su camiseta. Cualquier charrúa dirá que su país ha ganado 4 Copas del Mundo de fútbol. Y los más ‘frikis’ hasta argumentarán que tienen 5 títulos en su palmarés. De ser así, no habría nación más laureada en la historia del fútbol.

¿Cómo es que Uruguay tiene cuatro estrellas en su camiseta? Un viaje a la Wikipedia nos dará una rápida respuesta. Dos obedecen a sus títulos de la Copa del Mundo y las otras dos dan fe de sus triunfos en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Pero eso no es motivo suficiente. El fútbol fue por primera vez disciplina olímpica en 1908, repitió en 1912 (ambas con victoria de Gran Bretaña) y se refrendaría en Amberes 1920 con triunfo de la anfitriona Bélgica ante España. Así pues, ¿por qué se ha de reconocer las victorias de Uruguay en esos dos Juegos Olímpicos como victorias mundiales y no sucede lo mismo con las anteriores?

Debemos retroceder al año 1921. Por aquel entonces tuvo lugar el congreso de la FIFA en el que fue elegido presidente el francés Jules Rimet. Era Jules Rimet un hombre empecinado. Abogado de profesión y árbitro aficionado, nunca jugó al fútbol pero demostró unas dotes organizativas y políticas de primer nivel. Su deseo era crear una Copa del Mundo de fútbol. Pero era un deseo a medio plazo. Sabía que ante la negativa inglesa a participar y con un mundo en proceso de reconstrucción tras el fin de la I Guerra Mundial, debía esperar unos cuantos años. Apostó por una solución de compromiso. La decisión que tomó en aquel congreso de 1921 era que mientras ese momento llegara “la Federación Internacional reconocerá el Torneo Olímpico de Fútbol como un Campeonato del mundo amateur si éste es organizado conforme a los reglamentos”. Así entonces, la competición de fútbol de 1924 a celebrar en los JJ.OO de Paris iba a tener rango de Copa del Mundo.

En aquellos tiempos el fútbol sudamericano era un desconocido. Fueron escoceses los que llevaron el juego a los puertos de Montevideo y de Buenos Aires. Y este hecho es significativo, dado que a diferencia de los ingleses, los escoceses propugnaban un juego de pase y movimiento. Pronto los hijos de la inmigración italiana y española convertirían aquello en un fútbol dinámico donde la garra y el gambeteo iban de la mano.

La selección de fútbol de la República Oriental del Uruguay era la vigente campeona de América. Pero que un país del otro lado del charco viajase a Europa se antojaba harto complicado. Había que afrontar un largo y pesado viaje en barco y solicitar una ausencia de un par de meses en el puesto de trabajo para poder prepararse y competir. La competición sólo daba permiso a la participación de amateurs, aunque era por todos sabido que la mayoría de los futbolistas cobraban bajo cuerda.

Atilio Narancio, presidente de la federación charrúa, vio en los JJ.OO de 1924 la oportunidad de elevar el nombre de su país a los altares. Vendió varias de sus propiedades para sufragar una expedición que iba a convertir en el sueño de su vida. Convenció a los más escépticos con una serie de partidos amistosos para sacar cuartos y, esencialmente, prometió la gloria eterna a los jugadores que viajasen con él a Francia.

La selección uruguaya desembarcó en el puerto de Vigo el 6 de abril de 1924 con una calurosa bienvenida de los aficionados gallegos, la inmensa mayoría de ellos con familiares repartidos por el país sudamericano. Era la primera vez que una selección sudamericana de fútbol viajaba a Europa. Y causó sensación. Disputaron nueve partidos amistosos en España, para saldar el consabido balance de cuentas, y salieron victoriosos en todos ellos. Impresión causaron las contundentes victorias ante el Real Madrid y Athletic de Bilbao, los dos grandes equipos del momento. Habían viajado en tercera clase en un barco que tardó mes y medio en cruzar el Atlántico, pero ya se vislumbraba que volverían a casa con billete de primera.

Vigo, con la selección de Uruguay - Faro de Vigo
Vigo. 6-IV-24. Llegan los uruguayos

De Madrid a París serían unas 30 horas de tren y más de 3.000 espectadores (una cifra considerable en la época) verían la fácil victoria de los exóticos uruguayos ante Yugoslavia (7-0) en el primer partido del torneo. Después vencieron a Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Holanda (2-1) y a Suiza en la final (3-0). Uruguay había arrasado. El impacto fue tal que se estima en cerca del millón de mapamundis se vendieron en París y alrededores tras la victoria uruguaya, para poder así ubicar al pequeño país latinoamericano en el mundo. No era para menos, Paris contaba con más habitantes que la totalidad del Uruguay. En Montevideo se decretó fiesta nacional y se emitieron sellos conmemorativos. No era una victoria deportiva, era un éxito cultural y una prueba de que las jóvenes naciones sudamericanas podían competir con los viejos estados europeos.

Toda Europa, salvo los orgullosos y profesionales ingleses, celebró el triunfo uruguayo como un triunfo del refinamiento. Las imágenes de la época nos enseñan lo que hoy conocemos como estilo sudamericano. Pases al primer toque y decenas de gambetas. Con un ritmo y una velocidad notablemente inferior al fútbol del siglo XXI, pero muy alejado del prototipo inglés de fuerza, balón el aire y todos al área.

Fue tan extraordinaria la actuación de aquella selección charrúa, que al acabar la final el público parisino que abarrotaba el Estadio Olímpico de Colombes (ahora ya no eran 3.000 sino 45.000 almas) irrumpió con una sonora ovación. Pierre de Coubertin (presidente del COI) se dirigió al seleccionador uruguayo y le propuso dar una vuelta al campo para que los jugadores fuesen saludando al público. Había nacido la ‘vuelta olímpica’. No sólo eso. Un par de meses después, Uruguay disputó un partido amistoso ante Argentina para conmemorar el triunfo. Al cuarto de hora de partido, el delantero argentino Cesáreo Onzari anotaba un gol directo desde saque de esquina. Era el primer tanto que Uruguay encajaba tras ser proclamada campeona olímpica y aquel gol fue bautizado por la prensa como “el gol a los olímpicos”. De ahí nació la expresión ‘gol olímpico’ para referirse al tanto anotado directamente desde saque de esquina. Un término que surgió de la admiración por esa gran selección.

Juegos Olímpicos 1924 - AUF
«Campeones del mundo». 1924

Tal y como afirmé líneas atrás, los jugadores uruguayos eran amateurs, aunque por todos es sabido que los casos de profesionalismo encubierto eran evidentes en muchas disciplinas. Donde más en el fútbol, que había crecido de tal manera que hacía sombra a los propios JJ.OO. Esto fue notorio en Ámsterdam en 1928. Los uruguayos volvieron a lograr la presea de oro tras vencer sucesivamente a Holanda (2-0), Alemania (4-1), Italia (3-2) y a Argentina (2-1) en el encuentro por el título y tras un partido de desempate, en una antesala de la final de la Copa del Mundo de dos años después. Sin embargo, fue esta una victoria mucho más costosa, ya que los equipos europeos acudieron con los mejores jugadores de sus ligas, todos ellos falsos amateurs.

El COI, consciente de que era imposible controlar el amateurismo en el fútbol, prescindió de la disciplina balompédica en 1932. Recuperó el fútbol en 1936 bajo la estricta norma de prescindir de futbolistas profesionales la cual se mantendría vigente hasta 1988 imponiendo, eso sí, unas restricciones de edad, convirtiéndose el fútbol en los JJ.OO en una especie de Mundial sub-23. La FIFA se desmarcó de esa decisión, dejo de considerar los JJ.OO como competición mundial y pudo poner en marcha el proyecto que tenía en mente.

Fue entonces cuando Jules Rimet decide crear una competición propia a celebrar cada cuatro años, que se alternase con los JJ.OO y que llevaría el nombre de Copa del Mundo. La aprobación del primer Mundial tuvo lugar en un Congreso Extraordinario de la FIFA celebrado en el salón del Consejo del Ciento de Barcelona en 1929. Dado que Uruguay era la vigente campeona olímpica se dio por hecho que sería el país organizador, aunque Hungría e Italia también presentaron su candidatura. Al final el Mundial de 1930 se celebraría en el país sudamericano con tan sólo 13 países inscritos. Las naciones europeas (excepto Francia, Bélgica, Rumanía y Yugoslavia) se negaron a acudir esgrimiendo motivos económicos y de calendario.

El boicot no tuvo efecto. El Mundial de 1930 fue un éxito y detrás del primero vendrían todos los demás. La organización uruguaya fue ejemplar. Todas las fuerzas vivas de la nación y los cerca de 2 millones de habitantes que entonces tenía el pequeño país latinoamericano se volcaron en el Mundial y en la construcción del estadio Centenario, que fue bautizado con ese nombre porque en 1930 la competición futbolística iba a coincidir en el tiempo con los fastos por la celebración del centenario de la Independencia de Uruguay. Por cierto, las cuatro tribunas del estadio están bautizadas con los evocadores nombres de América, Colombes, Ámsterdam y Olímpica, un homenaje a los éxitos futbolísticos del país.

Uruguay ganó aquel Mundial de 1930 al igual que había vencido en los JJ.OO de 1924 y 1928. Pelé cuenta como el único jugador que ha ganado 3 Mundiales (1958, 1962 y 1970), pero es un dato no del todo cierto. Hasta 6 jugadores uruguayos fueron vencedores en las 2 ediciones de los JJ.OO y en el primer Mundial. El capitán del combinado era Jose Nasazzi, un fenomenal central apodado ‘El Mariscal’ y que era temido por los delanteros. La figura del equipo era Héctor Scarone, uno de los mejores puntas del mundo en la década de 1920 y que jugaría en Europa en el FC Barcelona y en el Inter de Milán. El acompañante de Scarone era Pedro Petrone, máximo goleador en los JJ.OO de Paris. El centro del campo era comandado por José Andrade, un mediocentro rocoso que está considerado por los historiadores como el primer gran jugador de raza negra. Y nos faltan dos extremos, ambos de origen español. Por un lado estaba Santos Urdinarán, apodado ‘Vasquito’. El otro extremo era Pedro Cea, uno de los jugadores más aclamados al desembarcar la expedición uruguaya en Vigo porque había nacido en el pueblo gallego de Redondela antes de emigrar con sus padres al país charrúa (también era nacido en Redondela Lorenzo Fernández, que fue campeón olímpico en 1928 y del mundo en 1930).

Pero aún hay más. Si el lector recuerda, en el primer párrafo de este artículo anunciaba que los más ‘frikis’ dan a Uruguay 5 títulos de la Copa del Mundo. Y éste último, además, vale doble.

Uruguay es el único país que cuenta con una Copa de Oro de Campeones Mundiales.

En diciembre de 1980, con motivo de los 50 años de la creación del primer Mundial, la FIFA organizó una competición a lo que solo podían acudir aquellos equipos que habían sido campeones mundiales (en aquel entonces eran Uruguay, Italia, Brasil, Alemania, Inglaterra y Argentina). Los ingleses, fieles a su legendaria flema, renunciaron a ir, por lo que la FIFA invitó a Holanda por haber sido subcampeona en 1974 y 1978. Se formaron dos grupos con tres equipos saliendo finalistas los vencedores de grupo. A la final se clasificaron Uruguay, que ejercía de país anfitrión, y Brasil. En la finalísima, disputada el 10 de enero de 1981, los uruguayos vencieron por 2-1 con goles de Barrios y Vitorino haciendo inútil el tanto del brasileño Sócrates.

He aquí el pentacampeonato uruguayo.

Según los estatutos de la FIFA en 2030 se debe celebrar una nueva Copa de Oro de Campeones Mundiales. El problema es que 2030 también es año de Mundial y el calendario internacional está mucho más saturado de lo que estaba en 1980. Veremos lo que Infantino y compañía inventan, pero mientras tanto, y a la espera de saber quién ganará el Mundial de Qatar, Uruguay puede seguir presumiendo de tener 4+1 Copa del Mundo de fútbol.

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (2ª parte)

Lance Armstrong es un gran campeón. De eso no hay duda. No se ganan siete Tour de Francia si no lo eres. Con EPO o sin EPO. Armstrong odiaba a todos y cada uno de sus rivales y tenía el colmillo asesino de los grandes egos. Dominaba a sus compañeros, controlaba el pelotón y era un genio de la táctica en carrera. Tan sólo mostraba respeto y temor por Jan Ullrich, el eterno segundo, la némesis necesaria que le permitía brillar.

Pero Lance Armstrong era sobre todo el adalid contra el cáncer. Tras ganar su primer Tour se convirtió en el hombre más famoso del mundo. En Estados Unidos, un país donde el ciclismo era residual, evocaba a un semidiós que se codeaba con políticos y estrellas de Hollywood. Armstrong consiguió que ser adolescente y tener cáncer pasase de ser vergonzante a convertirse en un reto motivacional.

Su lucha y su compromiso contra el cáncer ni estuvieron ni están puestos en duda, pero Lance supo usarlos como escudo contra aquellos que lo acusaban de doparse. Cuando la prensa, liderada por el irlandés David Walsh, comenzó a lanzar informaciones basadas en fuentes anónimas que aseguraban que Armstrong se dopaba, éste, con presteza, usó el cáncer en su beneficio. Lance salía a la palestra visiblemente indignado e invariablemente su discurso se parecía a un “vengo de una sentencia de muerte, ¿de verdad alguien puede creer que voy a doparme por algo tan insignificante como un deporte?”.

Se antojaba difícil luchar contra esa argumentación.

Pero se hizo. Los primeros en abandonar el barco fueron sus compañeros de equipo. Tras años cumpliendo el papel de gregarios, muchos de aquellos prometedores ciclistas estadounidenses que admiraban a Lance decidieron hacer camino por sí mismos. El primero de ellos fue Tyler Hamilton, que logró acabar a las puertas del pódium del Tour en 2003. Para la siguiente campaña contaba con alcanzar la victoria, no obstante el destino quiso que un par de meses antes de la cita francesa diese positivo. Hamilton estaba estupefacto. Y lo estaría mucho más cuando tiempo después averiguó que Armstrong alertó del fraude a Verbruggen, presidente de la UCI. Cuando el mandamás de la UCI preguntó a Lance que hacer, el texano fue tajante. Hamilton iría de cabeza al patíbulo.

Aquello rompió los cimientos del entramado. Dolidos y traicionados, sus compañeros no entendían porque Armstrong tenía barra libre mientras ellos tenían que acatar las normas.

Y es que antes de aquello, el citado Walsh había destapado el esqueleto del fraude de Armstrong gracias a la confesión de Emma O’Reilly, fisioterapeuta del US Postal, y el arrepentimiento de Frankie Andreu y Jonathan Vaughters, ex compañeros de equipo de Lance. Sin embargo, la falta de pruebas (palabra contra palabra), la aureola de santo de Armstrong (una mentira es verdad si la repites 1.000 veces) y, esencialmente, el apoyo sin fisuras de la UCI, hicieron que la causa no fuera a mayores.

David Walsh described Tom Humphries as 'a great, great man' after child sex  allegations
Walsh y el Sunday Times. Azote de Armstrong

En todo caso, y tras convertirse en el primer ciclista en superar la marca de Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin de cinco Tours, Armstrong comenzó a pensar en la retirada para salvaguardar su honor. Por el camino lograría el sexto en 2004, el mismo año que el doctor Ferrari tuvo que pasar por los tribunales, y en 2005 el último y séptimo maillot amarillo con un nuevo equipo, tras la renuncia de US Postal que se negó a pagarle varios pluses de su contrato ante la sospecha de su reiterado dopaje.

Con dudas, con incontables dudas, Lance lo había logrado. Todo eran rumores, no había certezas. El ciclismo parecía ya un deporte limpio y una vez que el Mesías estaba fuera de la circulación ya nada hacía temer que el castillo de naipes se derrumbase.

Sin Armstrong, el Tour de Francia de 2006 iba a ser al fin el Tour de Jan Ullrich (campeón en 1997 y subcampeón en cinco ocasiones). Pero semanas antes del inicio de la prueba, la Guardia Civil destapa un entramado de dopaje bajo el nombre de ‘Operación Puerto’ liderado por un médico que obedecía al nombre de Eufemiano Fuentes. Entre sus clientes había ‘prima donnas’ como Roberto Heras, Iván Basso o el citado Ullrich. Se inició una nueva cacería y, ya sin Armstrong, el ciclismo parecía ahora herido de muerte.

En estas que el Tour se inicia sin un claro favorito y se convierte en un carrusel de desfallecimientos y actuaciones heroicas que lo vuelven el más fascinante desde finales de los 80. Y es un espíritu libre, un joven norteamericano que nunca congeniara con Armstrong, el que se lleva la victoria. Floyd Landis gana el Tour de 2006 siendo el más humano de los ganadores y reavivando la esperanza de un ciclismo limpio.

Pero Landis estaba igual de manchado que los demás y al poco de acabar el Tour dará positivo por testosterona. Lo negará, mas Landis no sabe mentir y acabará sin Tour, sancionado y con una depresión de caballo que lo llevará a refugiarse en el alcohol. En el medio de la cacería decide pedir ayuda a Armstrong obteniendo el silencio por respuesta.

Landis es una bomba de relojería. Deprimido y traicionado principia a comprender que la vara de medir es distinta para unos y para otros y empieza a arremeter contra la UCI y contra Lance Armstrong. Una vez cumplida su sanción de dos años por dopaje solicita volver al pelotón internacional pero se encuentra con la negativa de todos los equipos y con una respuesta común que le llegará a lo más fondo del corazón: “Eres radioactivo”.

Mientras todo esto sucede, limpio, pero con la credibilidad bajo mínimos, Lance Armstrong decide volver de su retiro e intentar ganar su octavo Tour de Francia en 2009 camino de los 38 años. Para demostrar su inocencia anuncia que pasará controles antidopaje a diario. Es cierto. Pero también lo es que el doctor Ferrari viajará con él etapa tras etapa en un coche privado. Con Bruyneel como director, pero con otro gallo como Alberto Contador en el equipo, se tuvo que conformar con la tercera posición. Lance no estaba contento, pero, dopado o no, esa demostración de poderío y autoridad tras tres años retirado le volvió a granjear el amor del gran público.

Entretanto Armstrong se llevaba la gloria, Landis seguía aferrado a la botella de whisky. No comprendía que si en el ciclismo funcionaba la ‘omertá’ nadie le ayudase. La mafia era un club cerrado donde a cambio de tu silencio recibías ayuda. En el ciclismo no sucedía lo mismo. Landis estaba callado, pero en vez de ayuda recibía amenazas, lo llamaban loco y tenía que cargar con las culpas de toda una generación.

Asustado, resentido y frustrado, Landis decidió pasar a la acción.

Envió un correo electrónico a la AMA con fechas, horas y detalles de una red de más de una década de dopaje. Contó sus secretos, los de Armstrong y los de todos sus compañeros del US Postal. Eran palabras. Sólo palabras. Pero o ese hombre decía la verdad o bien tenía una imaginación desbordante.

Floyd Landis monta un equipo con el dinero del cannabis y de delatar a  Armstrong | Marca.com
Landis (d) quiso morir matando

Aun sin pruebas el juez vio indicios para sentar a Armstrong en el banquillo. Lance nunca había dado positivo y nuevamente se libró de la condena, pero por vez primera algo había cambiado. Verbruggen había dejado su lugar en la UCI a Pat Mcquaid y éste había decidido drenar la ciénaga y limpiar el ciclismo. Se reunió con ex compañeros de Armstrong y les prometió la redención si confesaban. Fue así como George Hincapié, compañero de equipo, de habitación y mejor amigo de Armstrong durante quince años, decidió romper la ley de la ‘omertá’.

Puede que nunca hubiese habido un positivo. Pero no hizo falta. El mundo de Armstrong se abrió bajo sus pies.

La UCI le quitó todos sus trofeos, sus siete Tour de Francia y la medalla olímpica de 2000. Todos sus ex compañeros declararon mediante juramento que en sus victorias hubo consumo de productos dopantes. Al no existir controles fuera de la competición programaba las inyecciones para estar óptimo en carrera. Armstrong lo siguió negando, pero todos sus patrocinadores cancelaron sus contratos. Se convirtió en un paria y hasta tuvo que malvender su mansión para obtener liquidez. Con todo, el poder de la mentira y de la terquedad de Lance era tal que siguió negando la verdad por activa y por pasiva.

Armstrong contaba con que la tempestad pasaría y su vida resurgiría. Pero cierto día recibió la llamada de un directivo de ‘Livestrong’ en el que se le anunciaba que había sido expulsado de su propia fundación. Aquello le hizo hundirse. Más allá del ciclismo, su legado era la lucha contra el cáncer. Lo consideró una traición, y, por vez primera, comprendió que tal vez tendría que confesar la verdad.

Así, a inicios de 2013, tras cerca de dos décadas sosteniendo una mentira, Lance Armstrong acudía al programa de Oprah, uno de los más seguidos de Estados Unidos, para decir la verdad. Fue una dura entrevista en la que Oprah tiró a degüello con cinco preguntas de respuesta cerrada (si o no) en las que Armstrong confesó lo inconfesable. Dijo la verdad, pero apenas expresó sus sentimientos. No mostró arrepentimiento y hasta se negaba a darle la razón a quien le acusaba: “Me dopé por arrogancia y por instinto insaciable de victoria”.

https://www.youtube.com/watch?v=9SV4K1nBIwA

Siempre seremos escépticos ante Lance Armstrong, pero es evidente que fue un deportista excepcional dotado de ese colmillo competitivo exclusivo de los grandes campeones. Ha sido amado y odiado y, hoy, simplemente, es un apestado. Ha sido un líder inapropiado y un hombre aborrecible y al mismo tiempo fue un ser que utilizó el deporte para dar esperanzas a millones de personas con cáncer. De su pasado ciclista sólo mantiene relación con Jan Ullrich, el único que consiguió motivarle, otro campeón apestado y la única persona por la que se le ha visto llorar en público. Pero mientras Ullrich ha tenido que acudir a un centro psiquiátrico para espiar sus pecados, Armstrong sigue disfrutando de la vida sin ningún remordimiento. Porque, dopado o no, para él nunca habrá un ciclista que sea capaz de superarlo.

Guste o no guste, Lance Armstrong ha dejado una impronta en el ciclismo y un legado de esperanza y superación en la lucha contra el cáncer. Y ahí surge la incómoda pregunta. ¿Se le puede perdonar por todo lo que ha hecho? Este es el quid de la cuestión y el verdadero fondo del problema.

En la mayor parte de Estados Unidos y en buena parte de Europa lo tienen claro. No hay nada que lo compense. Una sociedad que no exija responsabilidades es una sociedad condenada a marchitarse. Es el liberalismo puro y duro. Vive como quieras, pero asume los riesgos y las consecuencias. Para el sur de Europa y para América Latina esto no es así. Y no lo es por el influjo del catolicismo.

Para los protestantes todo cristiano es un sacerdote en potencia, por lo que encontrará su salvación a través de un ejercicio moral intachable consigo mismo y con la sociedad. En consecuencia, todo el mundo está interesado en que le vaya bien pero también que ocurra lo mismo en su comunidad. Para los católicos la salvación pasa por seguir los preceptos de la Iglesia y el error siempre puede ser subsanado en acto de contrición.

En un mundo secularizado la religión ha perdido importancia, pero la tradición pesa en las costumbres y el cristianismo forma parte de nuestra cultura. En las sociedades protestantes las faltas morales y las corruptelas siguen siendo terribles, mientras que en las católicas suelen ser perdonadas. Por eso Armstrong aún tiene gran aceptación entre la amplia comunidad católica de Texas y Nuevo México, pero es vilipendiado en el resto de Estados Unidos.

Maquiavelo dijo que el fin justifica los medios.

Pero es que Maquiavelo era católico.

“Duermo muy bien por las noches. No cambiaría nada de lo que hice. No me arrepiento de nada. Si mi hijo, que está jugando al fútbol (americano) en la universidad, me dice que se quiere dopar le diría que no lo hiciese. Si mi hijo llega a ser profesional y me lo pregunta entonces, le diría; cuéntame y hablamos”. Lance Armstrong, en una entrevista de 2019.

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En el año 2004 Lance Armstrong estaba en la cúspide de su existencia. Se preparaba para acudir en julio a Francia, darle una vuelta al hexágono galo y ser el primer ser humano en sumar seis Tours en su palmarés. La temporada siguiente remataría semejante hazaña logrando un séptimo y definitivo título para autoproclamarse el más grande de todos los tiempos. Pero antes, al inicio de aquel año, presentó en la sede de ‘Livestrong’, su fundación contra el cáncer, una pulsera amarilla de plástico que se pondría a la venta por 1 euro y cuya recaudación iría íntegramente al estudio e investigación de proyectos oncológicos.

‘Livestrong’ contaba con vender cinco millones de pulseras en todo el planeta. Se estima que fueron ochenta los millones de ellas que adornaron las muñecas de medio mundo, incluidas las de los más grandes deportistas durante los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.

Y es que Lance Armstrong era un héroe. Era el hombre que había vencido al cáncer. Fue en octubre de 1996, cuando apenas contaba con 25 años de edad. Aquel verano ya había renunciado a correr por una complicada bronquitis, aunque la realidad es que tenía molestias al sentarse en el sillín porque uno de sus testículos estaba hinchado sobremanera. Por vergüenza calló, hasta que pasados unos meses comenzó a esputar sangre. Era un cáncer testicular de estadio 4 con metástasis en los pulmones y en el cerebro. Al día siguiente del diagnóstico ya estaba tumbado en la mesa de operaciones con menos de un 20% de posibilidades de supervivencia según le expresó su urólogo.

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Pero pocos enemigos tan implacables iba a tener el cáncer como Lance Armstrong. Aquel joven texano, que no aceptaba las reglas y que siempre vivía al límite, se iba a defender con uñas y dientes. Como cuando falsificó su fecha de nacimiento para poder competir en su primer triatlón. O como cuando salpicaba a sus rivales en la piscina para lograr la victoria. Era el mismo chico que insultaba a sus compañeros de equipo cuando subía un puerto y los llamaba nenazas porque no eran capaces de seguir su diabólico ritmo.

Lance era un bocazas y un irresponsable, pero también una bestia parda que encontró en el triatlón una forma de desahogo y que vio en el ciclismo una manera de hacerse millonario. Con 18 años se pasó a las dos ruedas y decidió quedarse con el apellido Armstrong de un padre adoptivo al que detestaba, porque lo consideraba más comercial que el Gunderson de un progenitor biológico que le abandonó al poco de nacer. Desde niño aprendió a odiar y a afilar un colmillo competitivo que es santo y seña de los grandes campeones.

Por eso era evidente que si alguien podría formar parte de ese 20% de supervivencia tenía que ser Lance. Apenas dos meses después de operarse, y con los pulmones aún encharcados, se volvió a subir a la burra. A finales del año siguiente ya formaba parte de un nuevo equipo norteamericano de ciclismo, el US Postal, dirigido por un ex corredor belga llamado Johan Bruyneel. Pero Armstrong tuvo que empezar de cero. Todo el respeto que se había ganado como ciclista había sido sustituido por cautela y escepticismo.

El Lance Armstrong de antes de la operación había sido campeón del mundo en 1993 por delante del mismísimo Miguel Induráin. Armstrong era el macho alfa del equipo americano Motorola, un ‘rara avis’ en el ciclismo, un deporte eminentemente europeo. Y si bien los españoles suelen ser humildes, los belgas metódicos, los italianos astutos y los franceses arrogantes, a los estadounidenses ni se les conocía ni se les esperaba. Armstrong resultó ser lo que es. Un texano de pura cepa. Odioso, ilógico y sin pelos en la lengua. Podría ganar muchas carreras, pero Lance Armstrong nunca podría ganar un concurso de popularidad.

Armstrong no era una persona equilibrada. Ni antes ni después. Pero cuando uno está a punto de morir cambia de principios. Si no tiene algo, lo quiere. Y lo quiere rápido. Así que Armstrong no iba a aceptar ser un don nadie. Lance Armstrong quiso volver a ser grande.

Concretamente decidió que iba a ser el más grande.

Y no existía camino más rápido para lograrlo que a través del dopaje.

El dopaje. Ah, el dopaje. El doping es tan intrínseco al ciclismo como los Alpes o los Pirineos. Desde el comienzo de los tiempos, desde que a alguien se le ocurrió recorrer más de 4.000 kilómetros sobre una bicicleta subiendo y bajando montañas en apenas unos días, se hizo necesaria la ayuda externa para afrontarlo. Eso es lo conocido como dopaje legal. Al principio fueron chorros de alcohol, para, poco a poco, sofisticar el asunto. La burra cabalga a través de los analgésicos, las anfetaminas, la cortisona, y, sí, también, cocaína.

Antes del cáncer Armstrong ya se dopaba. Y como él todos. O casi todos. No vaya a ser que alguien se ofenda. Cortisona y anfetaminas estaban a la orden del día. Eso era lo permitido. Lo otro o pasó de moda (alcohol) o era rotundamente ilegal (cocaína). Pero he aquí que a finales de los 80 un médico italiano llamado Michele Ferrari empieza a experimentar con la eritropoyetina, más conocida como EPO. Se trata de una sustancia que aumenta la capacidad para transportar oxígeno amplificando la cantidad de glóbulos rojos en sangre. Esto implicaba que a través de una transfusión se podía minimizar la fatiga y aumentar el rendimiento en altitud. A mediados de los 90 era práctica común en el pelotón internacional. Todos lo intuían, pero, y aquí está el matiz, se trataba de dopaje ilegal. No estaba permitido.

Para 1998 la burbuja estalló cuando en un control rutinario de la policía durante el Tour se descubrieron en los tráileres de varios equipos sustancias dopantes a nivel industrial. El llamado ‘caso Festina’ fue algo semejante al salvaje oeste. Una carnicería deportiva, pero, y aquí está el quid de la cuestión, un escándalo con consecuencias legales y penales. Se creó la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y el ciclismo prometió limpieza. No obstante ya se sabe que tanto la justicia como la ciencia son lentas, por lo que aún tendría que pasar una década para que los vampiros fuesen por delante de los ciclistas.

Y mientras todo esto sucedía, mientras el ciclismo se asomaba al averno, Lance Armstrong se convertía en un icono de la lucha contra el cáncer y creaba su propia fundación para ayudar a los pacientes oncológicos testiculares. Así fue en un principio, pero su fulgurante éxito convirtió en pocos años a ‘Livestrong’ en un gigante de la investigación contra todo tipo de cáncer y de apoyo asistencial a pacientes en Estados Unidos.

Ah, pero mientras todo esto sucedía, mientras Lance Armstrong decidía volcar sus esfuerzos para luchar contra el cáncer, determinó dar el paso y viajar a orillas del Lago Como para visitar al doctor Ferrari. Era 1998, y entretanto el ciclismo mundial entraba en una espiral de autodestrucción, Lance Armstrong comenzaba a suministrarse con regularidad la famosa EPO.

Para 1999 Estados Unidos volvía al Tour de Francia a través del equipo US Postal. Era el Tour de la redención. Se redujeron los kilómetros y las etapas de montaña para minimizar los esfuerzos de los ciclistas. Pero la realidad es que la EPO seguía siendo indetectable. No había forma de averiguar su consumo en competición. El Tour de la redención, el Tour más humano, resulta que fue el Tour más rápido de la historia. Y fue el Tour de Lance Armstrong, que lideró la carrera con absoluta suficiencia.

Era el gran héroe americano. El hombre que había derrotado al cáncer ahora ganaba la prueba ciclista más dura del mundo. Era el mesías del ciclismo. Pero había fraude. Y se sabía. Y la gran diferencia es que mientras a mediados de los 90 se estaba al tanto de que los ciclistas de elite usaban EPO, igualándose mutuamente en términos de fuerza y estafa, después de 1998 había una clara línea que separaba a los que hacían trampa de los que no. El problema era averiguar quién era cada cual.

A punto se estuvo.

A mediados de aquel Tour la prensa francesa desvelaba que Lance Armstrong había dado positivo en cortisona en una prueba de orina. La cortisona, aceptada antes de 1998, pasaba ahora a ser prohibida salvo para dolores intramusculares justificados. Hein Verbruggen, presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), defendió públicamente a la gallina de los huevos de oro. Absolución total. El ciclismo tenía a su redentor, a la gran estrella del deporte mundial, y nada ni nadie iba a impedir que Lance Armstrong se coronase en los Campos Elíseos de Paris.

El problema es que Lance Armstrong también habría dado positivo en EPO si se hubiesen podido detectar las muestras de eritropoyetina por aquel entonces.

Dos años después la AMA ya estaba en condiciones de detectar la EPO en cada control. Para 2002 nadie podría inyectarse EPO sin ser detectado.

No habría más fraude. Los tramposos iban a ser cazados.

Y sin embargo Lance Armstrong ganó sus siete Tour de Francia sin dar jamás positivo. En 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004 y 2005.

Continuará…

Armstrong presume en una foto en su twitter de sus 7 Tours - AS.com
Y dos más que no salen en la foto

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Las cuatro primas de Jacques Anquetil

Al momento de publicar estas líneas quedan escasas horas para que Primoz Roglic se proclame ganador de la 107ª edición del Tour de Francia. Lo hará si consigue sostener la ventaja de 57 segundos sobre Tadej Pogacar que tiene que defender en la cronoescalada de 36 kilómetros a la Planche des Belles Filles. Gane quien gane será la victoria de un escalador, porque las contrarrelojes largas y llanas han pasado a mejor vida. Se antoja complicado que ciclistas como Jan Ullrich pudiesen ganar el Tour de 2020 y sería una quimera que Miguel Induráin o Jacques Anquetil sumasen cinco Tours con un perfil semejante al actual.

Cuando Induráin ganó el primero de sus cinco Tours en 1991 hubo cerca de 170 kilómetros contra el crono, incluida una epopeya de 73 kilómetros en la que Induráin aventajó a Gianni Bugno, segundo clasificado, en 3’36’’ (mayor diferencia que entre los ganadores del Tour 2020). En época de Anquetil, a caballo entre los 50 y los 60, el kilometraje era semejante. Y la palma se la lleva la edición de 1978 donde Bernard Hinault (otro de los peces gordos) se alzó con el triunfo tras unos 340 kilómetros contrarreloj, entre ellos una inhumana crono por equipos de ¡153! Kilómetros.

El caso es que a mediados del siglo XX las pruebas contrarreloj estaban a la orden del día. Había numerosas carreras de un día destinadas a los grandes rodadores. La más prestigiosa del momento era el Gran Premio de las Naciones, una especie de campeonato del mundo oficioso, que se disputó en los humedales del Mosa y el Mosela desde 1932 hasta 2004. En su apoteosis se llegaron a sumar hasta 140 kilómetros de pedaleo en solitario y, en hasta nueve ocasiones, Jacques Anquetil demostró que el autismo al manillar era su gasolina.

Otra de esas pruebas, hoy desaparecidas, era el Gran Premio de Lugano, lugar donde ocurrió la historia que nos ocupa.

Lugano es una de esas divinas ciudades que en las que el ser humano no ha logrado derrotar a la naturaleza. Se encuentra al sur de Suiza, en una lengua de tierra que se besa con Italia y con un cristalino lago con el mismo alias que compite en fama con el vecino de Como. El Gran Premio de Lugano es de nombre helvético, pero de corazón latino. En Lugano se habla, se piensa y se come en italiano. En los cerca de 90 kilómetros contra el crono del terreno bucólico y cadencioso GP de Lugano se pisaba suelo suizo. En las cunetas, los improperios y los gritos de ánimo eran de los tifosis azzurri.

En dichas pruebas la organización contrataba a las estrellas en función de su caché. Aunque el ciclismo es un deporte colectivo, en este tipo de disciplinas contrarreloj tan demandadas antaño no existían las escuadras comerciales ni los compañeros de equipo. El sistema era similar al que hoy obedece en el circuito tenístico o en el del golf. Había una prima fija sólo por participar y luego la bolsa aumentaba en función de la clasificación.

Para 1962 Jacques Anquetil ya acumulaba cuatro victorias consecutivas en el Gran Premio de Lugano. Conocido como ‘Monsieur Crono’ por su  escandaloso dominio de las contrarrelojes, también había ganado 2 Tours de Francia (acabaría con cinco en el zurrón) y era, sin discusión, la gran estrella del momento. Demasiado tardío para Louison Bobet y demasiado precoz para Eddy Merckx, Anquetil sólo mantuvo un duelo real durante su reinado con Raymond Poulidor, que alcanzaría su clímax en la legendaria subida codo con codo en el Puy de Dôme.

Los organizadores estaban maravillados con que el más grande corredor del momento hubiese decidido intentar lograr su quinto triunfo consecutivo en Lugano. Pero por otro lado estaban angustiados por la continua repetición del ganador. Pensaban, y con razón, que la competición carecía de interés si Jacques Anquetil se presentaba en la línea de salida.

Total, que las mentes pensantes decidieron que no se presentase en Lugano para favorecer la variedad y, a ser posible, buscar un vencedor que fuese italiano. Anquetil, francés de Normandía, fue receptivo al problema y solicitó la prima correspondiente por correr. Como le pagaron igualmente aceptó la decisión sin amargura.

Chained Revolution - Jacques Anquetil Hour Record (Bianchi) bike | Bike,  Bicycle track, Bicycle race
Monsieur Crono

Semanas después los organizadores comprendieron el error. Anquetil ganó su tercer Tour y seguía acumulando triunfos por doquier, multiplicaba sus proezas y parecía evidente que ganase las veces que ganase era más prestigiosa sus participación que su ausencia. Así que los mandamases tuvieron que dar marcha atrás, bajar las orejas e implorarle a Anquetil que se presentase en Lugano. ‘Monsieur Crono’ no lo dudó, pero afiló el colmillo y pidió la correspondiente prima por participar. Hombre no, ya la tienes, se supone que le dijo el trajeado de turno. Pero Anquetil, ofendido y despechado, sacó el ave de rapiña que llevaba dentro.

El trato se cerró por teléfono. Jacques Anquetil prometió estar en la línea de salida a cambio de recibir dos primas. Doble ganancia por una misma carrera.

El otoño daba sus primeros pasos desperezándose bajo un tímido sol, cuando el Gran Premio de Lugano de 1962 se afanaba con los preparativos. Aún faltaban un par de horas para el inicio de la prueba cuando tuvo lugar una rocambolesca conversación. El escritor francés Paul Fournel, por entonces un joven adolescente loco del ciclismo allí presente, reprodujo un diálogo que según su testimonio se asemejó bastante a lo siguiente:

GP Lugano: Estamos muy contentos por tenerle en la salida, querido Jacques, es un gran honor, pero ya conoce a los tifosi italianos, tienen la sangre caliente y sueñan con ver ganar a uno de ellos…

Anquetil: ¿Quiere que pierda una contrarreloj?

GP Lugano: Perder es mucho decir, quizás no desplegar la magnitud de su inmenso talento.

Anquetil: Perder.

GP Lugano: Ser derrotado por alguien igual de bueno no es realmente perder.

Anquetil: ¿Igual de bueno? ¿Cuánto?

GP Lugano: Por supuesto estaremos encantados de pagarle una prima suplementaria.

Anquetil: Me lo imagino. Lo único que les pido es que me paguen en la salida, porque quiero escabullirme al final para no tener que hablar con los periodistas. Quiero cuidar mi reputación.

Tercera prima. Anquetil acababa de triplicar sus ganancias y todavía no había dado una pedalada.

Jacques llama a Janine, su mujer, pero también su representante, para que guarde el sobre. Se coloca las gafas de sol y da un paseo relajado por el control de firmas atendiendo a curiosos y aficionados. El paisaje sobre la carretera que bordea el lago es precioso y por una vez podrá disfrutar del bronceado del sol sobre sus pantorrillas.

En un momento dado observa que Janine charla con Ercole Baldini. No es nada extraño porque el matrimonio Anquetil y el ciclista italiano son buenos amigos, compañeros de esporádicas cenas y frecuentes partidas de cartas. Ganador del Giro cuatro años atrás, Baldini es un gran contrarrelojista pero nunca llegará a la excelencia porque es incapaz de superar la alta montaña. Es el segundo en la terna de favoritos, pero sabe que con Anquetil en liza no tiene nada que hacer en el GP de Lugano.

Anquetil lo aprecia como contrarrelojista, pero sobretodo como persona, por lo que decide hacerle una oferta que sabe que no podrá rechazar.

Estoy harto de ganar, me aburro, así que si quieres la victoria es tuya. Así, como elefante en cacharrería entra Anquetil a escena. Baldini no se traga el cuento, pero Anquetil insiste y le dice que no tiene ganas de competir. Baldini recula y la incredulidad se transforma en curiosidad. ¿Dónde está el truco?

Dame tu prima por participar y la victoria es tuya.

Así es como Jacques Anquetil consigue su cuarta prima por participar en el Gran Premio de Lugano.

Sin responsabilidad sobre el sillín, y con la promesa de Baldini de que el acuerdo se mantendrá en secreto, Anquetil se dispone a disputar una de las carreras más plácidas de su vida y también una de las más lucrativas. Empezará fuerte, pero se dejará ir para no acabar ni entre los cinco primeros. Está bajo de forma, diría la prensa.

El triunfador fue el suizo Rolf Graf, pero era nativo del cantón de Argovia, limítrofe con Alemania y concretamente lugar de origen de la dinastía de los Habsburgo. Así que no está muy claro que ni los organizadores del GP de Lugano ni los tifosi quedasen muy contentos con el resultado.

A Ercole Baldini le faltaron cinco segundos. Cinco míseros segundos en una prueba de 77 kilómetros contra el crono de cerca de dos horas de duración.

Quedó segundo.

Mͨeͪrͬsͥˢcͭhͥᵃᶰ 🇪🇺🌍🇱🇺 en Twitter: "#Giro 1959: le luxembourgeois  Charly Gaul (leader en rose), Jacques Anquetil et Ercole Baldini (maillot  arc-en-ciel)… "
Baldini (izq) y Anquetil (centro)

“Si estás jugando una partida de póquer, miras a los demás jugadores y si no sabes quién es el pardillo entonces es que eres tú.” Paul Newman, en ‘El Golpe’.

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