Francia

PSG vs Bayern (reflexiones)

Desde que la familia real catarí adquirió el PSG en 2011 con el objetivo primordial de cimentar su prestigio a través de la victoria en la Copa de Europa, se ha esperado con ansia en París, y en buena parte de Francia, la cita que le medirá al Bayern este domingo en el estadio Da Luz de Lisboa. Con no poca razón, pensaron que a través de la chequera conseguirían su objetivo a la primera. Las estrellas llegaron a borbotones hasta el acabose de hace un par de veranos al pagar 180 millones por Mbappé y arrebatarle a Neymar al Barça por 222 kilos.

Por más que la colección de estrellas sea insultante, el PSG lleva años adoleciendo de un plan de juego. Una vez que Rabiot escapó de un vestuario lleno de egos, únicamente Verratti es capaz de darle un sentido a la circulación del balón. Cuando allá por marzo Emmanuel Macron soltaba aquello de “estamos en guerra sanitaria”, el cuerpo técnico del PSG perdió el contacto con todos sus jugadores sudamericanos hasta nuevo aviso. El único que tuvo a bien comunicarse con sus patrones fue Cavani, el cual acabó contrato el 30 de junio, decidió no alargar el compromiso y no estará presente en la primera final de la historia del PSG en la Copa de Europa.

Edinson Cavani se subió al transatlántico parisino en 2013 y es el máximo goleador de la historia del club. El club, que hace apenas una semana celebró su quincuagésimo aniversario, decidió ‘homenajear’ al delantero uruguayo excluyéndolo de un cuadro de honor con los mejores jugadores que han pasado por el Parque de los Príncipes.

Y es que el PSG puede convertirse en campeón de Europa, pero tiene harto complicado dejar un legado.

El Bayern representa a la aristocracia europea. A pesar de que su palmarés es notablemente inferior al del Real Madrid, es el único club al que le puede tutear en mística y pedigrí. Y a la par que el Madrid, es igual de amado que de odiado. Los bávaros son después de los madrileños el equipo con más participaciones en semifinales y finales de Copa de Europa, aunque su ratio de victorias es mucho menor. De lo que si puede presumir el Bayern es de ser el equipo más regular, ya que es el único conjunto que ha jugado al menos una final de Copa de Europa en todas las décadas desde 1970 (1974, 1975, 1976, 1982, 1987, 1999, 2001, 2010, 2012, 2013 y 2020), lo que demuestra una continuidad en proyectos y resultados.

El Bayern personifica el clasicismo. Un conjunto que creció a través de un grupo excepcional de canteranos, la construcción de un gran estadio y el reconocimiento social y económico de una ciudad y de un país. El PSG es un invento de una metrópolis que nunca necesitó del fútbol para brillar, pero que lo ha adoptado de manera virtual para irradiar modernidad en plena revolución tecnológica y global.

Algún lector podrá cuestionar esta afirmación. Uno se puede preguntar qué diferencia habrá entre el PSG y el Bayern si ambos conjuntos amasan fortunas y compran activos arrebatándoselos a equipos con menor músculo financiero. Para expresar esa diferencia entre los llamados ‘grandes’, los equipos que son conocidos por aquellos aficionados al fútbol y también por los que sólo se asoman al deporte rey de tanto en tanto, podríamos clasificarlos en cuatro tipos distintos:

1. Equipos que desde su fundación aglutinaron el gusto de la mayor parte de su comunidad, convirtiéndoles en hegemónicos en su ciudad y en su comarca. Con el transcurrir de los años, se convirtieron en clubes dominantes en su país y la globalización los convirtió en marca a nivel europeo o mundial. Ese proceso histórico está basado en la aparición de un elemento interno (jugadores/entrenadores/presidentes) que se cristianizan en la piedra filosofal de la idiosincrasia y de los valores del club.

2. Clubes de rango abolengo, con una gran masa social y con un pasado lleno de triunfos, pero que no han sabido ni adaptarse ni sobrevivir a las leyes de la globalización. A pesar de no mantener el nivel competitivo son capaces de aglutinar una ingente masa social y de penetrar en el acervo social de todo un país.

3. Escuadras de reciente aparición en la élite que gracias a la globalización se han abierto paso en un mercado complejo y prefijado. Hay dos subtipos. Equipos de grandes ciudades que han utilizado con inteligencia sus recursos financieros para dar un salto en sus posibilidades. Y por otro lado, equipos de suburbios o de ciudades pequeñas que a través de un buen programa de fútbol base y una cuidada selección de personal han conseguido instalarse en la élite.

4. Y por último los nuevos ricos. Escuadras con mayor o menor tradición, o incluso totalmente artificiales, que han sido comprados por un magnate para conseguir el éxito en el menor tiempo posible. La falta de masa crítica hace que sin éxitos y sin dinero su influencia se evapore.

Durante esta Copa de Europa exprés hemos visto a varios de esos nuevos ricos. A un RB Leipzig sin masa social y con apenas una década de vida, y al Manchester City, con fuerte implantación social pero de escaso valor añadido hasta que fue adquirido por un jeque casi al mismo tiempo que un empresario de bebidas austriaco hacía lo mismo con el Leipzig. El músculo financiero del City es mayor y su presencia en la élite más palpable, pero ambos conjuntos sustentan su crecimiento en una liga fuerte y una metrópolis moderna. Sólo el tiempo y el dinero dirán si su arraigo en la sociedad será permanente.

El PSG, del mismo modo que el City, tiene un pasado al que aferrarse, pero su crecimiento ha sido igual de artificial. La diferencia con el Olympique de Lyon, brillante semifinalista, es abismal. Cuando el PSG se fundaba en 1970 el gran equipo galo era el Saint Ettiene. Ésta era una ciudad orgullosa de sí misma, de extracción carbonífera y cuna de la industria armamentística francesa. El Saint Ettiene (‘el rayo verde’) llegó a jugar la final de la Copa de Europa de 1976 -precisamente ante el Bayern-, antes de iniciar su declive al mismo tiempo que se desmantelaba la industria pesada de la ciudad.

Fue entonces, a finales de los 80, cuando a 60 kilómetros de allí emergió la ciudad de Lyon. Con vestigios romanos, un gran legado cultural, importantes universidades y vaca sagrada de la gastronomía francesa, Lyon volvió por sus fueros y a inicios del siglo XXI es una ciudad luminosa que pisoteó el legado de su vecina Saint Ettiene. Una era sucia y oscura y la otra radiante y vigorosa. De igual modo el Olympique de Lyon ocupó esa sinergia y se convirtió en un poderoso club ocupando y mejorando el legado del Saint Ettiene. Así, el Olympique de Lyon es un claro ejemplo de equipo (3) y el Saint Ettiene es de tipo (2).

Pero volvamos a la final. PSG-Bayern. Francia contra Alemania. Ha sido una Copa de Europa extraña en tiempos extraños. A partido único, sin público y con una temporada alargada en el calendario hasta el infinito. Desde 1987 no había un ratio de campeones tan bajo entre los cuartofinalistas (2/8) y desde 1991 no se habían presenciado una semifinales sin escuadras italianas, inglesas o españolas. El Bayern puede lograr su sexto título, empatar con el Liverpool (6) y situarse por detrás de AC Milan (7) y Real Madrid (13). Si gana el PSG será un nuevo club al que añadir al palmarés desde que el también proyecto millonario del Chelsea se coronase en 2012 al vencer en los penaltis, precisamente -otra vez-, al Bayern.

Veremos cual equipo y cuales jugadores desencantan la balanza, pero los focos apuntan a tres. En Francia todos los ojos estarán puestos en el parisino Kylian Mbappé. Si Mbappé hace un doblete las mentes pensantes de ‘France Football’ se rasgaran las vestiduras, ya que hace apenas un par de semanas se pegaron un tiro en el pie al anunciar que este año se dejaría desierto el palmarés del Balón de Oro. Con la liga francesa parada desde marzo y sin Eurocopa en el horizonte, no contaban con ver a algún gabacho triunfar en Lisboa.

Lo cierto es que las excusas fueron peregrinas. Que si la Copa de Europa se completa a un solo partido, que si no hay Eurocopa y que si no sabemos aún si volverán las ligas cuando llegue septiembre. Pero el caso es que sigue habiendo fútbol, y si no es Mbappé quizás sea Neymar el que se quede sin balón dorado. Por hambre y ganas, no hay futbolista que más lo reclame en esta burbuja lisboeta que el brasileño. Su nivel de compromiso con la Champions es inversamente proporcional al que demuestra en la Ligue 1.

La lógica dice que tanto Neymar como Mbappé tendrán otra oportunidad de ganar el Balón de Oro. No será ese el caso de Robert Lewandowski.

Estrella de una selección menor sin opciones en Mundial o Eurocopa, Lewandowski ha completado la temporada de su vida. Con 31 años, el polaco es el heredero de Lato y Boniek, y tiene en esta final la opción de coronarse como el gran ‘9’ de la última década. Alto, fuerte y corpulento, es capaz de encimar a los centrales y crearse su propio espacio en el área. Ostenta un sublime juego de espaldas y posee el instinto depredador necesario para completar segundas opciones. Es un ‘rara avis’, un ‘9’ de los que no quedan, pero, y ahí su excelso nivel, sabe dejarse caer a la banda, dispara con las dos piernas, juega al primer toque, ha aprendido a jugar de falso ‘9’ y posee una estética y una flexibilidad sólo comparable con la de Ibrahimovic.

https://www.youtube.com/watch?v=IF29f_FuveI

El Bayern puede ser el primer equipo de siempre en proclamarse campeón ganando todos y cada uno de los partidos. Si lo hace lo hará fiel a su estilo. A la alemana. Como un pegador sin compasión. Monótono y molesto, a la espera de dar la estocada. El PSG buscará la gloria a la parisina. Con prisas, con ruido y con insolencia. Pero también con belleza, con arte y con harmonía. A lo parisino. A lo Neymar.

“Si mi teoría de la relatividad resulta exitosa, Alemania me reclamará como alemán y Francia declarará que soy ciudadano del mundo. Si mi teoría resulta equivocada, Francia dirá que yo soy alemán y Alemania declarará que soy judío”. Albert Einstein.

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La Liga del asterisco

Pues al final hay Liga. A la hora de escribir este artículo apenas faltarán seis días para que se inicie el primer partido de una de las once jornadas que se van a comprimir en apenas 40 días. Será la Liga del asterisco, porque, sea el que sea el campeón, siempre habrá un borrón en el historial. Al menos en el palmarés no habrá un vacío, suceso inaudito y mayoritario en buena parte de las competiciones deportivas, y que nos retrotraen a tiempos de guerra, miseria y hambre en los que el ser humano tenía que hacer lo indecible sólo para poder comer, dormir y vestirse.

La Liga del asterisco será la Liga de la nueva normalidad. Un fútbol distinto. Un fútbol para ciegos, donde el sonido recobra diversos matices. Los gritos de rabia, el golpeo de balón o el crujir de los postes. También las indicaciones de los técnicos. Se trata de un fútbol envuelto en papel de burbuja, frágil, pero agradable al tacto. Extraño, propio a estos tiempos extraños. Con los suplentes fuera del banco, expectantes en las trincheras, cubriéndose la cara con la mascarilla a la espera de que el capitán del batallón los mande al frente a lidiar en la guerra bacteriológica. La ausencia de los saludos chocando las manos o de los abrazos al celebrar un gol serán jueces de un fútbol con sabor a cloroformo.

Así es porque así tiene que ser. Después de todo simplemente es fútbol, lo más importante de lo menos importante. Y aun siendo extraño e insólito, seguirá habiendo pasión, disparos implacables, carreras meteóricas, goles imposibles, tensión en las áreas y pases milimétricos.

La Bundesliga nos ha dado varias pistas de cómo va a ser esta Liga tan distinta. El factor campo dejará de tener importancia. En Alemania sólo hubo tres victorias locales en las tres primeras jornadas tras el coronavirus. 3 triunfos caseros en 27 partidos. No existe ni el local ni el visitante. No existe el duodécimo hombre, ni el miedo escénico, ni los pitos ni los abucheos.

Tampoco los gritos racistas.

El fútbol fue el primer deporte que entendió que tener aficionados fieles era un filón deportivo y económico. Desde una posición salvaje a una acomodada, el número de seguidores ha ido creciendo de forma ininterrumpida durante siglo y medio. El factor campo hace décadas que dejó de ser trascendental, pero el templo aún conserva buena parte de su mística y de su importancia. En la Liga de la temporada pasada, FC Barcelona (59%) y Real Madrid (55%) sacaron más puntos al calor de su afición que en campo ajeno, y eso a pesar de que las dos transatlánticos del fútbol español hace mucho tiempo que vitorean con la misma eficacia en cualquier ruedo.

No era así cuando la Liga se puso en marcha en 1929. Había campos más anchos y otros más estrechos y había notable diferencia entre jugar entre el barro y las charcas del norte y los campos pelados y el polvo del sur. Aún en tan tardía fecha como 1960 los equipos de casa ganaban cerca del 70% de los partidos. Pero no sólo era el estado del césped. Por entonces los aficionados estaban encima de los límites del campo, saltaban a menudo al terreno de juego cuando había una jugada conflictiva y la masa se presentaba de pie y amenazante asustando a rivales y a colegiados. Y peor aún. Había que viajar. Hoy los traslados de ciudad en ciudad se han atenuado. A mediados del siglo pasado ir de Coruña a Barcelona o de Oviedo a Granada era una odisea de un par de días de suplicio, entre brinques de autocar, ausencia de entrenamiento y noches en vela en vagones de tren.

Ante la deserción del factor campo, es la hora de los campeones del mundo de los entrenamientos. Jugadores que hasta ahora nunca habían existido. Es el momento de genios desconocidos que no soportan la presión. La hora de jóvenes canteranos o imberbes fichajes que no acusaron gritos ni miradas de acoso.

En esta Liga del asterisco es de esperar que el sheriff gane y el forajido pierda. Los intangibles, la garra o la pillería desaparecen. En la Liga del asterisco la calidad marcará más que nunca las diferencias. Que un campo sea vertical y que haya poca distancia entre las gradas y el césped es irrelevante. Desaparecen los partidos importantes en los que cuando el cansancio llega toque el correr por vergüenza torera. No. No habrá excitación, solo silencio. La fuerza inspiradora que hace inmune al cansancio se sustituirá por la frustración.

La calidad brotará sin cortapisas. Amanecerá el futbolista vanidoso, el que no necesita valeriana para jugar sin estrés. Será difícil tomar conciencia de lo que se está jugando. Desaparecerán de la escena los futbolistas que apenas entrenan pero que salen al ruedo como toros, con la adrenalina hasta los topes al escuchar el rugido del público. Habrá más goles, más boquetes en el centro del campo fruto del cansancio y más errores defensivos al bajar la intensidad y la concentración. Será más divertido para los que hagamos ‘sillón-ball’.

Pero la ausencia de público no solo afectará a los jugadores. La nueva normalidad inquietará sobremanera a los árbitros. En la Bundesliga se ha comprobado que el número de infracciones se ha reducido notablemente. La ausencia de exaltación y la rebaja de revoluciones perturban por igual a los rugidos del público como a la intensidad de los futbolistas. El árbitro no saltará asustado por los truenos y aullidos del respetable. Y poco o nada podremos decir los periodistas sobre si tal o cual decisión ha estado influenciada por el ambiente.

En el momento de ponerme a escribir aún se estaba debatiendo si incorporar a los estadios aficionados virtuales o de si permitir el acceso a la carne y al hueso aunque con aforo limitado. Lo que si se ha aprobado es un plan de cánticos enlatados con una sesión ‘remember’ con los ánimos e ínfulas más entonados en cada estadio. Además de rellenar el silencio, el plan de gradas enlatadas permitirá remediar la ansiedad de los clubes ante la posibilidad de que el aficionado conozca los secretos de entrenadores y jugadores. Fue a mediados del siglo pasado cuando los productores televisivos idearon un conjunto de risas enlatadas para insertar en las series y así hacer más llevadera la soledad de quien ve la televisión en la penumbra de la noche o del invierno.

En definitiva, la Liga del asterisco será una Liga con menos disputas, menos ritmo, más creatividad, más estrategia y con una fuerte dosis de fortaleza mental. Será también un fútbol con cinco cambios. Para los que vimos un fútbol con límite de extranjeros, porteros amasando el balón para perder tiempo y rectángulos de juego de los que podrían salir unos cuantos kilos de patatas, se nos antojan demasiados. Pero para los que en vez de escudriñar el espejo para tapar las primeras canas se plantan delante del cristal recordando tiempos mejores, será el acabose. Pero es lo que hay en unos tiempos de miedo y precaución. Mucha precaución. Habrá que confiar que lo de los cinco cambios sea una de esas cosas de la nueva normalidad que dejen de existir cuando vuelva la normalidad.

¿Y por qué el fútbol sí y los demás no? La Liga mueve tal cantidad ingente de dinero, que la prosperidad del fútbol permite que de sus beneficios se detraigan cantidades significativas para el resto de federaciones. Pero es una respuesta políticamente incorrecta. La Liga tuvo que pagar un impuesto casi revolucionario al Consejo Superior de Deportes (CSD) y a la Federación Española de Fútbol (RFEF) para ponerse en marcha.

Pero la controversia es evidente. Un país como España envía a los Juegos Olímpicos unos 300 atletas y a eso habría que añadir unos 5.000 deportistas de élite nacional o internacional. No son muchos, y parecen aún menos, si tenemos en cuenta que entre Primera y Segunda División del fútbol hay alrededor de 1.000 futbolistas. O lo que es lo mismo. 1.000 tests diarios. Solo se ha salvado el baloncesto, con fuerte enraizamiento social en ciudades pequeñas, muchas de ellas sin fútbol de élite, y por el efecto arrastre de Real Madrid y FC Barcelona con sendos equipos en la ACB. Y por eso vuelve la Liga y la ACB y no así el voleibol, el hockey, el balonmano, o la Liga femenina, ésta última con fuerte crecimiento y patrocinio en el último lustro, pero sin arraigo social capaz de mover los cimientos de una comunidad.

Estos números refuerzan los clichés anti fútbol, los cuales tienen su verdad, pero muchos no son más que eso, clichés. Da la impresión de que el fútbol lo mueve todo, y a su rebufo esa suerte de hermano tonto y feo, el baloncesto. Pero urge intentar comprender la importancia de la Liga como fenómeno económico y social, como escape psicológico y como retorno a la normalidad.

Como ya tengo expresado en otras ocasiones, el fútbol fue (y a pesar de Gran Bretaña) una pata trascendental para la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Una Europa donde no había euro, ni becas Erasmus, ni vuelos de bajo coste ni permeabilidad de fronteras. Una Europa constreñida en la que había monarquías y repúblicas, democracias y dictaduras, capitalistas y comunistas y también católicos, protestantes, ortodoxos y musulmanes.

Digo esto para defender los efectos terapeutas del fútbol. Ahora que hay barra libre de test y de mascarillas (ya saben, antes no, ahora sí, antes de usar y tirar ahora reutilizables porque contaminan) la indignación se ha atenuado, pero hace tan sólo unas semanas era un clamor popular porque los dichosos futbolistas tenían acceso diario a los tests. Era inquietante, desde luego, pero también lo era que las grandes empresas españolas (Inditex, Seat, BBVA o Mercadona) los tuviesen, o que laboratorios privados hiciesen su agosto a cuenta del pánico general, pero, por ellos, nadie se rasga las vestiduras.

Sólo trasciende si hablamos de fútbol. Primero porque fue el primer deporte que se profesionalizó, generando la inquina de las otras disciplinas. Después, porque fue capaz de generar ingentes sumas de dinero. Y eso generó envidia. La envidia de ver como con algo tan primigenio y al alcance de cualquier persona unos pocos se hacen de oro. Y en segundo lugar, porque en la España cainita en la que vivimos aún perduran los rescoldos del Franquismo que eliminó de nuestro subconsciente la simbiosis entre deporte y cultura y convirtió al fútbol en el tonto útil de la dictadura.

Los anti fútbol ponen como ejemplo la racionalidad de Macron que ya hace semanas decidió cancelar la competición. Pero en Francia el fútbol es algo menor. En Europa hay cinco grandes Ligas de fútbol, en la que la quinta, y sin discusión, es la francesa. Las otras han bajado o subido posiciones en función de los designios del dinero y los acertijos de la historia, pero de los cinco grandes países es en Francia donde el fútbol es un pato cojo. Por eso Macron se bajó pronto del carro y dijo que en el país galo ya no habría más patadas a la pelota.

El fútbol en Francia es provinciano, banal, cosa de ciudades pequeñas o industriales. El fútbol pasa de largo por Paris por mucho que se empeñe el jeque, que heredó una idea nunca acertada de Canal + allá a inicios de los 90. Y no en todas las pequeñas urbes de provincias triunfa el fútbol, porque en muchas de ellas está arrinconado por el rugby. En Francia el deporte nacional es el ciclismo. El Tour es glamour, orgullo y la mejor guía turística existente. Es una cuestión de Estado, y por eso Macron se apresuró pronto en asegurarlo. El Tour se tiene que celebrar por lo civil o por lo criminal.

Al fútbol en Francia le ha sucedido lo mismo que al baloncesto a nivel europeo; que no es relevante. Si bien la ACB se retoma en España, no ha sucedido lo mismo con la Euroliga. Un sin sentido para algunos. Una lógica geopolítica aplastante para muchos. Ni en Inglaterra, ni en Alemania ni en Francia, el baloncesto es esencial. En Italia hace unos cuantos lustros que está sumido en un fuerte retroceso, por  lo que de los cinco grandes países occidentales tan sólo en España es ‘prima dona’. En el momento en el que Rusia (CSKA Moscú) expresó su temor por volver a la competición, los fanáticos, pero pequeños, países del Báltico y del Mediterráneo que luchaban por el retorno de la Euroliga, tuvieron que claudicar.

Así pues celebremos la vuelta del fútbol. Como dijo Winston Churchill tras la batalla de El Alamein, la primera en la que los británicos salieron victoriosos tras cerca de tres años de contienda, esto no es el fin, ni siquiera es el principio del fin, pero sí es el fin del principio.

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Neymar; diario de mi verano

He de confesar que un primer momento no estaba seguro de aquel movimiento. La temporada había acabado mal. Nos dejamos ir y perdimos la final de copa. Pero la cosa ya llevaba mucho tiempo atrancada. He vuelto a ganar la liga y he metido 34 goles en 37 partidos. Perdimos en la Copa de Europa, pero no fue culpa mía. Siento que todo el mundo tiene envidia de mí, tiene envidia de Neymar. Yo soy la estrella y no me dejan tirar los penaltis. Los franceses están con Mbappé, el vestuario con Cavani, y Tuchel no me respeta. Y aún encima el jeque ya no me apoya. Antes patrocinaba mis fiestas, me acompañaba en la noche parisina y ahora filtra mis excesos a los periodistas de mierda. Mi papá dice que sea feliz, que ganamos 37 millones de euros al año. Pero yo quiero que la gente me quiera, que me digan que soy el puto amo. Soy el puto Neymar. Quiero irme de París.

24 de mayo

Mi relación con Al-Khelaifi está rota. Le he dicho que a mí sólo me interesa la Champions. Que me da igual ganar la copa de Francia. El presi me ha dicho que aunque no pudiese jugar la final por culpa de mi sanción debería estar en el palco por el bien del PSG y por el de mis compañeros. Le he dicho que mi familia es Brasil y voy a coger mi jet para pasar unos días de descanso antes de empezar la Copa América. El presi y Leonardo siempre me habían consentido todo desde que fiche por el PSG, pero desde que Mbappé ganó el Mundial nada ha vuelto a ser lo mismo. Cuando le dije que iba a Brasil tuvimos una discusión muy dura y me dijo que disfrutara del verano que cuando volviese de la Copa América se acabarían los privilegios.

28 de mayo

Necesito ganar la Copa América. Necesito derrotar a Messi. Me fui del Barça para ganar el Balón de Oro. Mi papá me dijo que tenía que irme de allí, que al lado de Messi nunca sería el mejor del mundo. La gente no me toma en serio en Europa. Ahora ya no es sólo Messi y Cristiano. Es Mbappé, Griezmann, Salah y hasta ¡hablan más de los estúpidos niños del Ajax que de mí! Pero aquí todos me quieren. Soy el nuevo Pelé. Tengo que ganar la Copa América para que me vuelvan a respetar. Si ganamos y soy el máximo goleador, Al-Khelaifi volverá a hacerme caso. Le diré que venda a Mbappé al Madrid, que despida a Cavani y a Di María, y que con el dinero que le den que fiche a Coutinho a Firmino y a Allison y que renueve a Dani.

1 de junio

¡Tomar no cú! ¿Por qué coño me pasa a mí esto? ¡Filha da puta! Puta de mierda. Mentirosa. ¡Ahora dice que la he violado! ¡Ta brincando! ¡Con lo que le gustaba cuando me la follaba! Mierda de envidia. La gente es una envidiosa de mierda. Tengo dinero, soy guapo, ¿saben a cuantas mujeres me puedo follar cada noche si me da la gana? Soy Neymar. Soy el puto Neymar. Lo único que quiere esa zorra es mi dinero, es hundirme. Seguro que alguien del PSG la ha liado para hundirme. ¡Si iba más bébeda que yo! Y luego está el hijo de puta de Tite. Dice que me apoya pero me quita el brazalete de capitán para dárselo a Alves. ¡Filho de puta! Los voy a destruir a todos. Voy a acabar con esa panda de egoístas.

5 de junio

Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Cuando me pegaron la patada no pensé que fuera para tanto. Casi no me dolía. Ahora los médicos dicen que tengo una fractura en el tobillo derecho y que no podré jugar la Copa América. ¿Y ahora qué hago? Mis abogados me dicen que lo mejor que puedo hacer es no aparecer en público, pero mi papá dice que vaya a todos los partidos de Brasil para que vean que no tengo miedo. Para que vean que no soy un violador y que quiero que Brasil gane la Copa América. Le voy a hacer caso a mi papá pero la verdad es que espero que mi amigo Messi gane y perdamos en la final. Pensé que al volver a casa la gente me querría, pero veo que con esto de la violación mucha gente pasa de mí. He recibido la llamada del presidente Bolsonaro dándome su apoyo, pero no es suficiente. Necesito que la gente me vuelva a respetar y que la selección me necesite.

16 de junio

Me acaba de llamar mi papá. Dice que hay una entrevista en ‘L’Equipe’ en la que el presi ha dicho que Mbappé es el único jugador intocable de la plantilla. Es un traidor. Ahora me quiere echar. Pues no pienso perdonar ni un euro. ¿Cuántas Champions ha ganado el PSG? ¿Cuántos balones de oro tiene el PSG? Deberían besar el suelo por donde piso. Deberían dar gracias de que yo juegue allí. Tanta ciudad de mierda, tanto Paris. No se ve el sol en todo el año. ¿Y la mierda de liga esa? Tengo amigos en Copacabana que juegan mejor al fútbol que los tontos esos del Angers o del Montpellier.

7 de julio

Estoy de bajón. Ayer fuimos de fiesta. Tengo un resacón de la leche. Llevo cinco horas jugando al FIFA. Mi hermana ha fichado a Neymar para el Real Madrid. Yo jugué con el Barça y también me fiche a mí. Jugué con la delantera MSN, Messi, Suárez y Neymar, como en los viejos tiempos. Brasil ganó la Copa América y nadie habla de mí. Lo único bueno es que ganamos pero jugamos como el culo y el mejor jugador del torneo fue Dani. Menos mal. Dani es mi amigo, pero es un viejo. Tenía miedo de que Coutinho o Firmino jugasen bien y la gente se olvidara de mí, pero hicieron una final de mierda. Mañana tengo que volver a Paris para empezar la pretemporada, pero ya le dije a mi papá que no pienso ir. Tuchel sigue de entrenador y no han vendido a Cavani. Ya me echaran de menos.

14 de julio

Hoy una periodista que estaba buenísima me ha preguntado por mi mejor recuerdo en el mundo del fútbol. Le dije que cuando ganamos con el Barça al PSG 6-1 y remontamos en la Champions. Aquel día me salí, la gente no paraba de decir que era el sucesor de Messi. En Paris me han llamado traidor y Judas. Dicen que es una ofensa nacional. Que lo he hecho adrede. Que es 14 de julio, un día sagrado para ellos. Leonardo dice que me va a expedientar. Me da igual. Es la verdad. Quiero volver al Barça. Mi papá dice que para volver a Barcelona tenemos que devolver 40 millones de euros y que no puede ser. Le dije que me da igual, pero que yo no volveré a jugar con esos paletos del PSG.

26 de julio

Mi papá se ha reunido con José Ángel Sánchez. Me ha dicho que el Real Madrid quiere colocar a Bale y que les interesaría rebajar mi precio con ese intercambio. Dice que sólo hay dos equipos en el mundo que me pueden pagar 30 millones al año y dar al PSG los 200 millones que piden, sea abaratando con jugadores o sin ellos. A mí me encantaría jugar en el Madrid. Me dijeron que es muy frío en invierno y que no tiene mar, pero el Madrid es la leche. Además, ahora que ya no está Cristiano yo sería el puto amo. La gente adoraría a Neymar. Benzema, Hazard o Modric no me harán sombra. Y el Madrid siempre gana la Champions.

30 de julio

Zidane no me quiere. Que no se fían de mí. Que el Madrid es club señor y no sé qué mierdas. ¡Cómo si Ramos y Benzema se fueran a la cama a las 10! Que llevo dos años sin ser top y que no que van a pagar 200 millones por mí. Mi papá dice que si me pongo a tiro me fichan igual, aunque sólo sea por joder al Barça. Que tenga paciencia. Me da igual. Yo no pienso volver a jugar en Paris, así que tarde o temprano me venderán.

9 de agosto

Ya he vuelto a Paris. A mi casa. Estaba comiendo una pizza con mamá cuando llamó papá. Me dijo que un juez de Sao Paulo ha archivado la denuncia por violación por falta de pruebas. Me dijo que llamara a Bolsonaro para agradecerle su apoyo y que diera un comunicado en público dando las gracias porque todo se haya aclarado. Yo siempre lo dije, ella sólo quería dinero. Todas las noches cientos de chicas se me tiran al cuello para que me las lleve a mi casa y las folle. Lo mejor es que ahora que ya no hay denuncia por violación el Barça y el Madrid ya no van a tener problemas para hacerme una oferta. ¡Seguro que vuelvo a Barcelona! ¡Qué gosto!

10 de agosto

Hoy empezó la liga francesa. PSG-Nimes. Ganaron 3-0. Yo me quedé en casa. Dije que tenía problemas musculares, pero me la suda la mierda de liga esa. Yo sólo quiero ganar la Champions. Leonardo dijo al acabar el partido que mi venta está más cerca. Mejor. Ya están tardando. Papá dice que lo del Madrid está parado. Que el PSG no quiere a Bale y que hasta que lo coloquen no pueden hacer nada. Cobra 18 millones. No está mal para ser un don nadie. Me dice que si no dan vendido a Bale ni a James no ficharan, y que Zidane sólo quiere a Pogba o a Mbappé. No sé qué les ha dado todos con el niño ese, que lo único que sabe hacer es correr.

13 de agosto

Abidal y Leonardo se han reunido hoy en Paris. Lo he visto en twitter, pero papá me ha contado los detalles. Él les ha dicho que por Neymar no hay problema. Es verdad, si tengo que pedir perdón a la afición lo pediré y si tenemos que devolver el dinero a Bartomeu lo devolvemos. Le dije a papá que cuando ganemos la Champions le pedimos un aumento y ya lo recuperamos. Me dicen que el Barça ha ofrecido a Coutinho y a Semedo, pero que el PSG también quiere a Dembelé. A mí me parece normal que Leonardo pida más porque el único tío en el Barça que es tan bueno como yo es Messi. Papá dice que tenga paciencia. Que el mercado en España cierra el 2 de septiembre. Que siga entrenando en el gimnasio y qué esté listo para mediados de septiembre que es cuando empieza la Champions.

17 de agosto

Ayer estuve en mi yate viendo al Barça con mi hijo. No estaba Messi, jugaron mal y perdieron contra el Athletic. Lucca dice que le gustaría que volviera a jugar con Messi. Todos los que me critican por inmaduro no saben que tengo un hijo. ¡Y lo cuido yo! ¡Y a la madre la traje de Brasil a Barcelona para que estudiara fisioterapia! Pero eso a la gente le da igual. No le interesa. En fin. Le digo a Lucca que lo del Barça está más difícil, que han vendido a Coutinho al Bayern. Ahora el PSG va a pedir a Dembelé y no sé si lo soltarán. Y aún encima papá me dice que el PSG quiere a Vinicius, pero que el Madrid no lo suelta. ¡No me jodas! ¡Vinicius es un niño! ¿Cómo se puede comparar conmigo?

23 de agosto

Le he dicho a mi amigo Diogo que publicara una foto mía con la camiseta del Barça en instagram. Escogimos una de toda la pandilla con todos los títulos que en 2016 gane en Barcelona. Tuchel dice que me va a convocar para jugar el domingo ante el Toulouse. ¡Puta que pariu! ¡Vaise foder! No quiero jugar. Papá me dice que tengo que jugar, que lo del Barça está muy complicado. El jeque no quiere que juegue allí y el Barça no quiere poner la pasta. Hablan de una cesión. Papá dice que ha hablado con Nedved y que igual hay una opción de que juegue en la Juve, que Tuchel quiere a Dybala para el PSG. No sé, prefiero Barcelona. Turín me parece igual de frío y aburrido que París y Madrid.

30 de agosto

Leonardo le ha dicho a Tuchel que tampoco voy a jugar contra el Metz. Que están negociando con el Barça. Ofrecen 130 kilos a Rakitic y a Dembelé. Por mi pagaron 222. Me parece una oferta muy buena. El Dembelé es buen futbolista y es casi tan fiestas como yo. Al Khelaifi pide 170 y Dembelé no se quiere ir del Barcelona. Sé que Leo y Luis están peleando por mi vuelta, que se están enfrentando con Bartomeu. Está difícil, pero papá dice que lo vamos a conseguir. Sería genial. Volveré a las faldas de Leo, pero tanto él como Luis están viejos. En un par de años yo seré el jefe del Barça, el Messi del mañana y ganaré el Balon de Oro. El Madrid sigue ahí. Ahora van a vender a Keylor Navas.

2 de septiembre

Hoy he estado llorando toda la tarde. Me ha llamado Bartomeu y me ha dicho que no hay nada que hacer. Le dije que perdonaba 20 de los 40 millones que me deben, pero que nada. Que no se puede hacer. Estoy roto. Estoy triste y frustrado. Ni Barça ni Madrid. ¿Y ahora qué? Messi me ha  mandado un whatsapp y me ha dicho que tiene la sensación de que han jugado conmigo.

13 de septiembre

PSG-Estrasburgo. 14 de septiembre. Tocarán pitos y abucheos. Tendré que meter un gol, decir que todo ha sido un invento de la prensa, que soy feliz en Paris y que quiero ganar la Champions. Tocará entrenarse y ver como los compañeros me escupen con la mirada. Dicen que habrá pancartas en mi contra. Tocará jugar en Nimes, Guingamp, Estrasburgo y en Dijon. Tocará esperar al próximo verano y sonreír a las cámaras… Por lo menos siempre podré disfrutar de mis 37 millones por temporada.

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El infierno en vida. Tour de Francia 1926

Desde un primer momento el Tour de Francia se planteó como una prueba de resistencia, un sacrificio y una hazaña hercúlea. No sólo las etapas doblaban o triplicaban las distancias actuales sino que discurrían en su mayoría por caminos sin asfaltar, máxime en las grandes cumbres donde el alquitrán era rara avis. Las velocidades alcanzadas distaban mucho de las actuales, pero también es cierto que aquellos pesados velocípedos de hierro contaban con solo dos o cuatro piñones que hacían saltar la cadena si se abusaba al juguetear con ellos. Pinchazos, patinazos y roturas de radio eran de dolor frecuente esencialmente cuando se descendía un puerto a tumba abierta y la grava y el barro hacían su aparición.

Cuando uno lee las burradas que se perpetraban en los inicios del más duro de los deportes no puede uno más que asombrarse y admirarse. Era un mundo distinto y un deporte diferente. En la actualidad los ciclistas completan etapas que rara vez superan los 200 kilómetros y que incluso sobresalen por poco los 100. Tras 21 etapas los deportistas suelen completar entre 3.000 y 3.500 kilómetros sobre el sillín. Durante las primeras décadas del siglo XX los ciclistas superaban los 5.000 kilómetros acumulados con etapas que raramente bajaban de los 300 kilómetros concentradas en una media de 15 jornadas. Pero en el Tour de 1926 tendría lugar el no va más. 5.745 kilómetros en 17 etapas. La plusmarca de etapa más larga había tenido lugar años atrás cuando en 1920 se completaron 482 kilómetros en una salvaje jornada cercana a las 20 horas de pedaladas. Pero el Tour de Francia de 1926 no sólo pasó a la historia por su bestial kilometraje. Según todos los expertos, el Tour de 1926 está considerado el Tour de Francia más duro de la historia.

El Tour de 1926 constó de 17 etapas con una media de 338 kilómetros por jornada. Comenzó en Evian, una preciosa ciudad balneario situada en la frontera con Suiza, para bordear la totalidad del hexágono francés en sentido contrario a las agujas del reloj. Tras completar el círculo y pasar entre otros lugares por Metz, Dunkerque, Brest, Burdeos, Perpignan o Niza, con los imprescindibles pasos por los Pirineos y los Alpes, la carrera volvía a Evian para después enfilar el camino a los Campos Elíseos de Paris.

Era un ciclismo kilométrico y ausente de profesionalidad. Había paradas para comer, para beber, para mear o para cambiar una rueda, ya que estaba prohibida la asistencia. Si las etapas duraban más de 12 horas (lo habitual) se daba a los ciclistas un día de descanso antes de reanudar la competición. Lo que no ha variado es la necesidad imperiosa del organismo para superar tan dantesca proeza. Los ciclistas usaban productos que aumentaban su rendimiento y, sobre todo, mitigaran su dolor y su fatiga. En 1926 no existía el ciclista que prescindiese del cloroformo para las encías, analgésicos de todo tipo, coca para los ojos o linimento para las rodillas. Cerveza, vino, brandy y whisky por doquier. Y algunos, los menos, tiraban de anfetaminas, la EPO de los locos años veinte.

Fue la primera vez que el Tour de Francia no salió desde Paris. El favorito a la victoria era el italiano Ottavio Bottecchia, ganador de las últimas dos ediciones y que aspiraba a ser el primer ciclista en sumar tres victorias consecutivas. El otro distinguido en las apuestas era el belga Lucien Buysse, subcampeón del año anterior. Ambos compartían los colores blanco y azul oscuro del conjunto italiano Automoto que contaba con un total de seis miembros. La prensa francesa confiaba en la victoria del joven Adelin Benoit, que aunque nacido en Bélgica residía en Francia. Los más atrevidos apostaban por el luxemburgués Nicolas Frantz, líder del equipo francés del Alcyon, que al igual que el Automoto representaba a una casa de bicicletas y motocicletas.

Ottavio Bottecchia acaparaba las portadas de la prensa no sólo por ser el favorito sino porque su historia de superación encantaba al gran público. Ottavio era hijo de la pobreza y contaba que aprendió a leer ya de adulto. Cuando empezó a ganar carreras se aficionó a comprar ‘La Gazzetta dello Sport’ y se obligó a sí mismo a aprender a leer para saber lo que los periódicos decían sobre él. Bottecchia sirvió de correo en la I Guerra Mundial llevando noticias de un lado al otro del frente gracias a su bicicleta. Hasta los 28 años no compitió con los profesionales y lo hizo arrasando. Era, sin dudas, el mejor ciclista Tour de su época.

Los corredores estaban citados en Lyon. Los esforzados de la ruta llegaron a la bella ciudad portando sus maillots y sus bicicletas y fueron hacinados en un tren rumbo a Evian. Saldrían 130 corredores y tan sólo 41 de ellos conseguirían llegar a Paris.

Al igual que Bottecchia, Lucien Buysse también había combatido en la guerra. Lucien contaba con otros dos hermanos ciclistas, y fue el pequeño de ellos, de nombre Jules, el que se alzaría con el primer maillot amarillo de líder tras una larga escapada en la primera etapa rumbo a Mulhouse. Tras abandonar Alsacia y dirigirse en dirección a las playas del Mar del Norte, la carrera vivió un par de llegadas al sprint hasta que Gustaaf van Slembrouck se convirtió en el primer líder sólido de la carrera. Lo fue tras recorrer los ¡433! Kilómetros de distancia que unen las localidades de Metz y Dunkerque, en la que fue la etapa más larga de aquel Tour de proporciones hercúleas.

Ese mismo día, el día que Slembrouck se vistió de amarillo en la meta de Dunkerque, Lucien Buysse recibió la trágica noticia de que su hija había fallecido por culpa de una enfermedad respiratoria. Escalador de tronío, perseverante y tenaz, ‘bulldog’ como nombre de guerra, pero ya con 34 años a sus espaldas, a Lucien se le presenta la disyuntiva del que hacer. Es su mujer la que le anima a seguir adelante y afrontar el reto del Tour como una forma de homenajear a su hija. Con el tiempo sus otros tres hijos, todos varones, se harían también ciclistas.

En las siguientes seis etapas no hubo cambios significativos. Todas ellas acabaron al sprint. Pero hay que ponerse las gafas de la historia y contemplar aquellas seis etapas llanas con la perspectiva de 1926. Fueron media docena de jornadas cercanas a los 400 kilómetros por día con más de 14 horas sobre la bicicleta. Y por si fuera poco, aquel verano fue prodigioso en lluvias en Francia y a la gravilla y al esfuerzo hubo que sumar el adherente y pegajoso barro que se enganchaba a los neumáticos de la bicicleta.

—LA DÉCIMA ETAPA. LA ETAPA MÁS DURA DEL TOUR MÁS DURO—

Llegamos así a la décima etapa. 326 kilómetros entre Bayona, capital del País Vasco francés, y la villa pirenaica de Luchon. Se ascendería el Aubisque, Litor, Soulor, Tourmalet, Aspin y Peyresourde. En total más de 6.000 metros de ascensión bajo un temporal de viento y lluvia que azotaba al suroeste de Francia aquel martes 6 de julio de 1926.

Van Slembrouck era el líder. El primero de los favoritos era Lucien Buysse a más de 22 minutos de distancia. Iba a dar comienzo la que es calificada como la etapa más dura en la historia del Tour de Francia.

Y eso es mucho decir.

La etapa comenzó a las 02.00 de la madrugada con fuertes vientos, frío helador y un aguacero tremebundo que golpeaba desde el Atlántico. Aún era noche cerrada cuando los ciclistas se acercaron a las faldas del Aubisque, la primera estribación de la jornada. Lucien Buysse, a unos ¡200 kilómetros! para el final aceleró la marcha y se llevó tras de sí a otros dos ciclistas. Bottecchia trató de enlazar y, aunque en primera instancia pareció quedarse, finalmente se soldó a la rueda de los tres escapados. El que no puede seguir la juerga de los fugados es el otro favorito, Benoit, que con un fuerte constipado pone pie a tierra y decide abandonar el Tour.

Cuando los escapados se apresuran a coronar el Aubisque, la aguanieve arreció con ímpetu y a los ciclistas no les quedó más remedio que bajarse de la bicicleta. El camino es infernal y las ruedas de las motos y los coches de la organización han contribuido a hacerlo aún más diabólico. Pie a tierra tuvieron que empujar los toscos aparatos de hierro mientras la goma del neumático se ahogaba por culpa del barro. A Bottecchia, sentado en la cuneta, se le escapan unas cuantas lágrimas. En internet podemos encontrar sobrecogedoras fotografías de la ascensión. Más que imágenes parecen cuadros impresionistas de trazos gruesos en las que a lo lejos se vislumbran las formas inexactas y gruesas de los titanes de la carrera.

Tras el Aubisque llegaron los turnos de Litor y de Soulor que se solventaron sin excesivos cambios en la clasificación provisional. Pero después llegó el Tourmalet. Ya en 1926 el Tourmalet (cuyo significado es ‘camino del mal retorno’) formaba parte de la mitología del Tour de Francia desde que en 1910 se subiera por vez primera tras una de las mentiras más famosas del deporte. Un ayudante de Henri Desgrange, impulsor y patrón del Tour, viajó hasta el Tourmalet desde Paris, descubrió que el camino que llevaba a la cima era impracticable e imposible de subir en bicicleta pero decidió obviar la realidad para complacer a su jefe.

A los pies del coloso pirenaico de 2.100 metros de altitud la temperatura no llegaba a los cero grados centígrados y el viento no cesaba. En la cima los aficionados esperaban a los ciclistas acampados alrededor de fogatas. Buysse aceleró y se quedó sólo en cabeza mientras que por detrás se formaba un grupo de seis ciclistas entre los que destacaban los italianos Bottecchia y Aimo. Una lluvia insoportable y una ventisca gélida hurgaban sobre los ciclistas que trataban de avanzar sobre un lodazal impracticable, tratando de no resbalar entre una niebla de escarcha. Empapados y ateridos, muchos se refugiaron en albergues. Otra de las estampas icónicas que los fotógrafos cincelaron para la posteridad es la de Buysse, sólo, en un melancólico blanco y negro, de pie, arrastrando su bicicleta en la inmensidad de las montañas. Para la generación actual, a la que se le está diciendo que hay que aprender jugando, es difícil de comprender el valor de la voluntad. La fotografía da sentido a la palabra voluntad. El rostro de Buysse está ausente de vida. La fatiga brota como aguja afilada. Con los molestos e inquietos tubulares colgados del cuello y la mirada buscando con desesperación el fin del sufrimiento, Buysse aparece sólo, completamente sólo y pequeño en la inmensidad de los Pirineos.

E iba el primero.

Cómo irían los demás.

Abatido por el esfuerzo Buysse redujo el ritmo en el descenso y se bajó de la bici durante un par de minutos para comer algo. En el interludio fue superado por Tailleu, pero víctima de un cólico éste tiene que abandonar al llegar al llano. Es en el llano, justo antes de comenzar el ascenso al Aspin, cuando Buysse está a punto de ser cazado por el resto de perseguidores pero el belga volvió a aumentar el ritmo y como un John Wayne en bicicleta comenzó a cabalgar de nuevo. Ahora sí, abrió una brecha definitiva. Otra vez tenemos que tirar de fotografías para ver el cielo encapotado y los relámpagos salpicando las cunetas. Una tormenta descomunal precedió a una tromba de agua de proporciones bíblicas. El camino pasó de barrizal a ciénaga.

A la altura del Peyresourde, el último coloso de la jornada, Bottecchia, el favorito y actual bicampeón, que se encontraba ya a más de 20 minutos de la cabeza de carrera, se bajó de la bici y se juró a sí mismo que jamás volvería a tan inhumana prueba. Se pasaría las siguientes cinco semanas luchando en la cama de un hospital contra una neumonía. Otros seguirán en carrera pero a costa de mear sobre sus manos para hacer funcionar el cambio de la bicicleta al tener los dedos congelados por culpa del frío.

Buysse llegó en solitario a la meta de Luchon a las 19:17 horas, o lo que es lo mismo, 17 horas, 12 minutos y 4 segundos después de subirse a la burra la madrugada anterior en Bayona. Aimo llegó en segunda posición a casi 25 minutos de distancia del belga y Van Slembrouck, el líder provisional, lo hizo a casi 2 horas del vencedor. El último en llegar fue un tal Fernand Besnier cerca de la 01:00 de la madrugada, es decir, estuvo casi 24 horas encima de la bicicleta.

De los 76 ciclistas que comenzaron la etapa tan sólo llegaron a meta 54. La organización tuvo que eliminar el fuera de control para no quedarse sin corredores ya que sólo 31 lo hicieron dentro del horario previsto. Aún de madrugada miembros de la organización recorrían las cunetas y los caminos buscando a ciclistas que habían abandonado. La improvisación fue tal que Desgrange se olvidó de pagarle al conductor del autobús que hacía de coche escoba y éste amenazó con marcharse a casa y dejar a los ciclistas abandonados en plenos Pirineos. Lo más extraordinario es que tras 326 kilómetros, la subida de seis puertos de primera categoría, la lluvia, el viento, el barro, el miedo y el frio, Buysse finalizó la etapa a una media de 18’9 km/h, una velocidad que aún hoy, con carreteras asfaltadas, un precioso día primaveral, una bicicleta de carbono y una dieta rica en carbohidratos, está al alcance de muy pocos.

Con una sonrisa bordada de fango, Lucien Buysse se vistió de amarillo. Era la primera y hasta la fecha la única vez que dos hermanos portarían el maillot amarillo en el mismo Tour. Lucien ya no soltaría la prenda dorada hasta su llegada a Paris.

La siguiente etapa completaba la locura pirenaica de aquella dantesca edición. 323 kilómetros con cinco ascensiones de primera categoría entre ellas el Col de Aspet y el Col de la Perche antes de una rápida bajada en dirección a Perpignan. Fue en las rampas del Aspet donde Lucien Buysse atacó, esta vez acompañado de su hermano Jules. Aunque la lluvia seguía siendo abundante, a medida que los ciclistas dejaban atrás el Atlántico y se aproximaban al Mediterráneo la temperatura aumentaba y la etapa se hacía más llevadera. Jules tiró de su hermano con todas sus entrañas hasta que en el último puerto se abrió, miró atrás y dejó paso a Lucien que llegó en solitario a la meta de Perpignan con más de 7 minutos de ventaja sobre su hermano tras más de 12 horas subido a su bicicleta.

El Tour estaba acabado y sentenciado. No así el sufrimiento.

Faltaban los Alpes.

A falta de cuatro jornadas para el final los ciclistas afrontaron otra tremenda paliza entre Niza, a orillas del Mediterráneo, y la villa alpina de Briançon, pasando por el temible Izoard a más de 2.300 metros de altitud. El sol lucía y picaba con nervio, pero las fuerzas eran reducidas. Hubo múltiples ataques mientras Buysse dejaba hacer sabedor de su amplísima ventaja. Aimo ganó la etapa y se colocó tercero de la general a escasos segundos del luxemburgués Frantz tras el enésimo abandono masivo, esta vez de 10 ciclistas.

La siguiente etapa iba a discurrir entre Briançon y Evian. Era el escenario perfecto para la épica. Había que decidir los puestos del pódium y se esperaba una hombrada para buscar la victoria final. Se trataba de 303 kilómetros con la presencia de Galibier, Telegraphe y Aravis, puertos por encima de los 2.000 metros de altitud y con senderos de cabras como sucedáneos de carretera. Nuevamente la previsión climatológica no acompañaba y para más inri la organización tenía previsto suprimir las 24 horas de descanso, por lo que los ciclistas tendrían que enlazar con la siguiente etapa sin apenas dormir.

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Los supervivientes se pusieron de acuerdo para no disputar la etapa. Decidieron viajar todos juntos y dar por buena la clasificación general. Completaron con parsimonia los 303 kilómetros y sólo al final decidieron resolver la victoria al sprint. Henri Desgrange fumaba en pipa y amenazó con descalificar a todos los corredores. Obviamente no cumplió con las amenazas y dos días después los ciclistas llegaron a Paris sin cambios en la general.

Lucien Buysse ganó su primer y único Tour de Francia invirtiendo más de 238 horas sobre la bicicleta, unas tres veces más que en la actualidad. El luxemburgués Nicolás Frantz fue segundo a 1hora, 22 minutos y 25 segundos y, lo curioso, es que el italiano Bartolomeo Aimo, tercero en discordia, quedó a tan sólo 26 segundos de distancia de Frantz en un Tour de dimensiones extraordinarias. André Drobecq, el último de los 41 infelices que consiguió llegar a Paris, lo hizo con más de 24 horas de retraso sobre el tiempo marcado por Buysse.

Al día siguiente Lucien Buysse viajó a Bélgica y fue recibido en Bruselas como un héroe nacional. Satisfecho por lo logrado, aparcó la bicicleta y no volvería al Tour de Francia hasta 1929 cuando dio una exhibición escalando el Aubisque, pulverizando el récord de la ascensión y abandonando sorpresivamente el Tour al coronar. Hombre hogareño y perfeccionista se retiró definitivamente en 1931.

Ottavio Bottecchia había jurado y perjurado que nunca volvería a correr el Tour. Y lamentablemente no lo hizo. La vida del italiano se cortó en 1927, a los 31 años de edad. Un paisano encontró su cadáver en una cuneta acompañado de su bicicleta. Se dijo que había tenido un accidente entrenando, pero los rumores apuntaban a un asesinato político. A Bottecchia no se le permitía correr el Giro de Italia porque era un firme opositor al régimen fascista de Mussolini. La realidad fue mucho más prosaica. Veinte años después un campesino, en su lecho de muerte, confesó a un sacerdote que había golpeado con una piedra en la cabeza a un ciclista porque estaba comiendo uvas cogidas de sus viñas. Cuando se dio cuenta de que lo había matado, dejó el cuerpo abandonado.

Para Henri Desgrange aquel Tour significó la derrota de Francia. En su opinión el ciclista francés se había acomodado y no era capaz de sufrir como hacían los belgas o los italianos. Pero a pesar de que estaba dolido por la sentada del pelotón, Desgrange sabía que tenía que hacer más humano el Tour. Aunque no se redujeron los kilómetros, al año siguiente dividió el recorrido en etapas más cortas formando un total de 24 e implantando, para la posteridad, la longitud de tres semanas para la disputa del Tour de Francia. Por otra parte, y para evitar las llegadas al sprint, concibió las pruebas contrarreloj. Y lo hizo a lo bestia. En el Tour de Francia de 1927 tan solo la última etapa rumbo a Paris fue llana. Hubo un total de 16 contrarrelojes y 7 etapas de montaña. Pero a pesar de tantos cambios, Desgrange aún tendría que esperar hasta 1930 para ver a un francés reinando en el Tour.

P.D: Lamentablemente no hay videos de aquel tremendo Tour. Os dejo con un documental sobre la historia del Tour y los Pirineos.

https://www.youtube.com/watch?v=lLVOgRwXX4c

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100 años del maillot amarillo

El Tour de Francia de 2019 que en estos momentos se está dirimiendo conmemora dos efemérides. Partió de Bruselas como homenaje al quincuagésimo aniversario de la primera victoria en el Tour del belga Eddy Merckx, uno de los escasos deportistas que tienen el quórum de público y crítica de haber sido con plena certeza el mejor en su disciplina. El segundo motivo de celebración es el centenario del maillot amarillo, el grial del ciclismo, la sagrada prenda que porta el líder de uno de los más extraordinarios acontecimientos que nos brinda el deporte.

A pesar de que la primera edición del Tour tuvo lugar en 1903 no sería hasta la edición de 1919 cuando el maillot amarillo pasaría a ser la prenda alegórica del líder de la carrera. Por entonces los ciclistas llevaban un jersey de lana con una gama de colores que iba del negro al blanco, siendo el gris y el azul oscuro los colores predominantes. Como ocurre en el presente, los ciclistas estaban patrocinados por equipos, esencialmente fabricantes de bicicletas, neumáticos, coches o componentes del motor, pero no llevaban el jersey xerografiado, si acaso un par de pegatinas en el cuadro de la bicicleta.

El Tour, al igual que cualquier otra vuelta por etapas, presenta una enorme dificultad para aquel que se adentra a la carrera con ojos de novato. Dado que el ganador final lo hace por acumulación de tiempos, el cabeza de carrera o el vencedor de la etapa provisional no es el verdadero líder de la prueba. Esa complejidad unida a que el barro y la lluvia en el rostro y en el pecho de los ciclistas los hacían irreconocibles para los aficionados, hizo que se ideara la creación de un color nuevo, de un maillot amarillo, para el líder del Tour de Francia.

Se dice que fue el ex ciclista Alphonse Baugé el que le dio la idea a Henri Desgrange, patrón del Tour, de inmortalizar con un maillot amarillo al cabecilla del Tour. Maillot ha pasado a ser sinónimo de camiseta, aunque en sus inicios el maillot amarillo fuese un jersey de lana y en la actualidad una malla ajustada. Es maillot porque Maillot era el apellido del fabricante de bonetes parisino que en el siglo XVIII inventó la camiseta. El bonete, por cierto, es la gorra de terciopelo que usan los eclesiásticos y que evolucionó en el birrete de los universitarios. Amarillo lo fue y lo es porque el Tour era organizado por el periódico deportivo `L’Auto’ que se imprimía en hojas de color amarillo. Desgrange, director del rotativo, fue el que puso en marcha el Tour en 1903 con la idea de hacer patria y aumentar la venta de diarios. Lo consiguió con creces y tras la II Guerra Mundial, y muerto ya Desgrange, `L’Auto’ pasará a ser `L’Equipé’, jornal considerado la Biblia del periodismo deportivo.

Había un motivo más para que el maillot fuese amarillo. Tras cuatro años de infierno en Europa, de lamentos, lloros, hambre y muertos, Francia afrontaba su primer Tour tras el impase de la I Guerra Mundial. Para Henri Desgrange el amarillo, el dorado, representaba “el color de la esperanza, del sol que ilumina después de la Gran Guerra las ciudades destruidas y las carreteras infames”.

Hasta el inicio de la edición de 2019 en estos 100 años de maillot amarillo tan sólo 266 corredores han portado la sagrada prenda. Como no podía ser de otra forma Eddy Merckx es el plusmarquista absoluto con 96 días llevando la mágica zamarra. Realmente fueron 95 veces, aunque el palmarés está engalanado con 96 ocasiones. En 1971 Luis Ocaña sacaba más de 7 minutos de ventaja al ogro belga cuando el infortunio se cruzó en su camino descendiendo el Col de Menté. Al día siguiente, y en señal de respeto al que consideraba su gran rival, Eddy Merckx se negó a vestir de amarillo a pesar de ser el nuevo líder de la carrera.

El francés Eugene Christophe tuvo el honor de ser el primer portador del maillot amarillo en la undécima etapa del Tour de 1919 que unía Grenoble con Ginebra. El impoluto amarillo sólo se veía alterado por las iniciales HD, bordadas en lana, en honor al patrón del Tour y que sólo fueron eliminadas en 1984 para facilitar el patrocinio. En la última década se ha recuperado la tradición colocándolas discretamente en una de las mangas.

Christophe nunca ganó el Tour. Se hizo famoso cuando, siendo líder destacado, rompió la horquilla de su bicicleta en medio de una escapada, en plena ascensión al Tourmalet. Como, a diferencia de ahora, no había coches de asistencia tuvo que descender con la bici rota, buscar un herrero en un pueblo y reparar la avería. Indudablemente perdió el Tour. Indudablemente entró en la leyenda.

Aquel jersey de lana picante y tejido rasposo es hoy un maillot de corte anatómico que garantiza la ventilación del ciclista. La lana, el algodón o la lycra han dado paso al elastano flexible, que hace que los corredores en vez de ciclistas parezcan astronautas. El maillot no tiene costuras y el flujo de aire se crea con un panel de ventilación transpirable que se instala en la espalda regulando la temperatura del ciclista y limitando su gasto de energía. El poliuretano evita que se suelte y que cree llagas. Uno hasta se sorprende de que eso sea una camiseta y de que el amarillo sea un color.

El maillot, al igual que la bicicleta, puede valer cientos o miles de euros, pero sigue siendo lo mismo. Una prenda de ropa el uno, un cuadro, un sillín, dos ruedas y un manillar el otro.

El ciclista que porta el maillot amarillo es como un rey sobre su caballo. En el medievo se decía que sólo podía haber buenas palabras para hablar del trasero de un rey. Lo mismo le ocurre al líder del Tour de Francia. El maillot amarillo, es áureo y es pajizo, es místico y es emocionante.

Como señalaba unas líneas más arriba, Eddy Merckx tiene la plusmarca de túnicas sagradas con hasta 96 días brillando de amarillo. El extraterrestre Induráin lo vivió 60 veces y el proscrito Amstrong 81 fechas hasta que fue eliminado de los libros de historia. Tan sólo en dos ocasiones (1947 con Jean Robic y 1968 con Jan Janssen) el vencedor final no se vistió de amarillo hasta la última etapa y sólo en tres oportunidades el maillot amarillo lo fue desde la primera hasta la última etapa (1924 con Ottavio Bottecchia, 1928 con Nicolas Frantz y en 1935 con Romain Maes).

Después del maillot amarillo vinieron todos los demás. El maillot blanco distingue a la mejor promesa, al ciclista menor de 25 años que más destaca. Se entrega desde 1968. Más antiguo es el maillot verde (1953) y que premia la regularidad en cada una de las etapas, normalmente a los velocistas que mejor pasan la alta montaña. Pero el más querido por aficionados y ciclistas es el maillot blanco de lunares rojos que desde 1975 premia al mejor escalador. Aunque la prenda es de fecha tardía, desde 1933 ya se premiaba al ciclista que pasaba mejor clasificado en el mayor número de picos de montaña.

Cada uno de los 20 maillots amarillos que se entregan en esta edición del Tour son distintos y originales. `Le Coq sportif’, el fabricante, ha diseñado una serie de elementos representativos de la historia de la carrera, de sus héroes, sus montañas y sus ciudades. Desde la Catedral de Reims, el Coliseo de Nimes, el Arco del Triunfo parisino, el Galibier, el Tourmalet o los retratos de Christophe, Hinault, Anquetil, Indurain o Merckx en el frontal del maillot.

“No hay que tener miedo a perder, de hecho he perdido bastante más carreras de las que he ganado” Miguel Indurain, pentacampeón del Tour de Francia.

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La revolución feminista de Suzanne Lenglen

El llamado techo de cristal se está resquebrajando a pasos agigantados. En pocos sitios esa grieta es tan vasta como en el deporte. La importancia de las mujeres deportistas en unos Juegos Olímpicos no tiene nada que envidiar a la expresada hacia los hombres. Los patrocinadores advierten como invertir en competiciones femeninas es sinónimo de aceptación popular. Las ligas de fútbol, balonmano o baloncesto forman parte de la agenda de los medios con mayor asiduidad. Es un triunfo de la mujer.

Un arduo triunfo que tiene su base en las pioneras. La pionera no es la mejor, pero si la que debe ser recordada y reverenciada. Es aquella que fue la primera en sacar los codos y estirar el cuello. Es aquella que consiguió lograr lo prohibido. Revolución feminista. Pioneras hay muchas. En España surgen rápido en cualquier conversación nombres como los de Blanca Fernández Ochoa, Lydia Valentín o Carolina Marín. A nivel mundial son pioneras Annika Sorenstam (golf), Alice Coachman (atletismo) o Lucy Harris (baloncesto).

Si hay un deporte donde se le ha dado popularidad a la mujer desde hace décadas ese es el tenis. Pero no siempre fue así. Existe una mujer que se puede considerar pionera, pero no únicamente como pionera con la raqueta. Es la primera deportista que fue ídolo de masas, que superó en relevancia y notoriedad a los hombres, que fue un referente para niños y niñas de todo el mundo y que fue respetada por políticos, hombres de negocios y por la jet-set de su tiempo. Se trata de Suzanne Lenglen y su particular revolución feminista.

Lenglen vino al mundo cuando el siglo XIX estaba a punto de fenecer. Era una niña parisina acomodada. La empresa de transportes de la familia había sustituido los caballos por el coche a motor y se presagiaba un futuro esplendoroso. Sin embargo, Suzanne se pasaba las semanas en la cama aquejada de diversas dolencias de índole respiratorio. El padre de Suzanne, un hombre de mundo, decidió comprarle una raqueta a su hija alentándole de los beneficios del deporte y en contra de las recomendaciones de reposo de los médicos. Habilitó una pista en la mansión de la casa familiar y colocaba en la otra punta palos de madera a los que Suzanne tenía que acertar desde el otro lado de la cancha. Con 15 años recién cumplidos, Suzanne era una muchacha fuerte y sana que ganaba contra pronóstico Roland Garros.

Conquistó la final en tres sets y al mes siguiente estalló la I Guerra Mundial. En ese interludio bélico de cinco años Suzanne pasaría de ser una niña a una mujer.

Después de más de 20 millones de muertos el mundo que surgió tras el fin de la guerra no podía ser el mismo. Las mujeres estaban en lucha por la consecución del derecho al voto y, tras haber salido de la cocina de su hogar para mantener en pie la economía de sus países durante el conflicto, no estaban dispuestas a dar marcha atrás. Cuando en el verano de 1919 se vuelve a poner en marcha el torneo de Wimbledon nada es ya lo mismo.

Lenglen apareció en las pistas del ‘All England Club’ con una cinta en la cabeza, un vestido en el que dejaba los hombros al descubierto y las pantorrillas al aire. El escándalo fue inmenso. Hasta ese momento las tenistas jugaban con un vestido que les tapaba todo el cuerpo, a excepción de los tobillos, y la mayoría saltaban a la pista con sombrero. Los jueces se miraron incrédulos sin saber qué hacer. Las normas de Wimbledon tan sólo especificaban que las tenistas tenían que jugar de blanco impoluto. Suzanne cumplía con las norma, por lo que no les quedó más remedio que aceptar lo evidente.

La sorpresa se convirtió en estupor cuando, en un descanso para el cambio de set, Suzanne se sentó en el banco y sacó de su bolsa de deportes una botella de coñac, se pegó un par de lingotazos y volvió a la pista. Eso fue el terremoto total. La gente comenzó a cuchichear y la fama de Suzanne subió como la espuma.

Pero claro, nada de esto importaría si no fuese una buena tenista. Y lo era. Según las crónicas se movía en la pista cual mariposa. De pequeña además de tenis había practicado ballet y dado que era bajita parecía que jugueteaba flotando en el aire. Consiguió llegar a la final y derrotar a la británica Dorothea Douglass en la que durante muchos años fue considerada la gran final de todos los tiempos (10-8; 4-6; 9-7). A pesar de que su rival era inglesa, el público londinense dio una sonora ovación a Lenglen al término del choque. Fue la primera vez en su vida que jugaba un torneo sobre hierba. Su leyenda había comenzado.

A partir de entonces todos los torneos se desvivieron para tener a Suzanne en su cuadro de participantes. Los niños y las niñas esperaban al término de los partidos para pedirle un autógrafo, un recuerdo o simplemente para saludarla. Era un ídolo de masas en todo el mundo, pero especialmente en Francia. Los galos, masacrados por la guerra, necesitaban algo a lo que aferrarse y Suzanne era un cúmulo de alegrías constantes suscitando, por supuesto, la envidia de los deportistas masculinos.

Amiga del modisto Jean Patou, abanderó el llamado movimiento ‘flapper’ con el que las mujeres reivindicaban su independencia a través de una ruptura con el vestuario tradicional. Suzanne aparecía siempre con el pelo corto, blusas sin mangas y chaquetas de punto. Aflora en traje de baño en revistas de moda como Vogue. ‘Le divin’ (la divina), como fue bautizada por la prensa francesa, era un torbellino dentro y fuera de la pista. En la década de 1920 llegó a contar con una línea de zapatillas con su nombre y por supuesto era perseguida por la prensa rosa en busca de romances. Que los tenía. Y a pares. En los torneos menores exigía jugar sus partidos en horario vespertino y así poder salir a bailar y a beber hasta altas horas de la madrugada.

Suzanne ganó dos medallas de oro (individual y dobles mixtos) y una de bronce (dobles femeninos) en los Juegos Olímpicos de Amberes. Triunfó en Wimbledon cinco años seguidos (1919, 1920, 1921, 1922 y 1923) y durante tres años hizo doblete con Roland Garros (1921, 1922, 1923). Acumuló 181 partidos consecutivos sin perder. Era tan digna y competitiva que obligó a cambiar las reglas. Hasta 1920 la vigente campeona de Wimbledon pasaba directamente a la final. Lenglen se negó en rotundo y exigió disputar todas las rondas de aquella edición. A partir de entonces la regla fue abolida.

Nunca triunfó en Estados Unidos. En 1921 hizo un pesado viaje en barco hasta el otro lado del Atlántico para jugar una serie de partidos propagandísticos y recaudar fondos para la reconstrucción de Francia. Por el camino contrajo la tosferina y cuando le propusieron jugar el Open de Estados Unidos no le quedó más remedio que aceptar por imperativo de la Federación Francesa de Tenis. Se tuvo que retirar en segunda ronda con fuertes dolores. El público estadounidense la despidió con abucheos mientras la prensa norteamericana la llamaba “niña consentida”.

La salud de Suzanne, ya de por si débil (también padecía de migrañas crónicas), no llegó nunca a recuperarse del todo de aquel episodio. En 1924 no logra ningún Grand Slam, pero se rehace en 1925 para volver a lograr el doblete Roland Garros-Wimbledon. Al año siguiente vuelve a vencer en el torneo parisino y, como era menester, decide celebrarlo a lo grande.

Al mes siguiente, durante la celebración del torneo de Wimbledon, Suzanne no se encuentra bien. La vida nocturna y su mala salud no son buenas compañeras. Cuando iba a disputar un partido de tercera ronda se encontraba tan indispuesta que llegó una hora tarde a la pista. La mala suerte para ella es que en la tribuna estaba la reina María de Inglaterra deseosa de verla en acción. Al llegar al estadio Lenglen comunicó que no estaba en condiciones de jugar, se desmayó y se tuvo que retirar del torneo. Por primera vez fue abucheada en Londres y recibió sonoras críticas. Incluso el Gobierno de Francia le exigió que se disculpase públicamente. Así, entre rabiosa y avergonzada, Lenglen decidió retirarse y emigrar a Estados Unidos para disputar lucrativos partidos de exhibición. Tenía tan sólo 27 años.

A partir de entonces se le consideró una suerte de proscrita en Europa. Eso no haría más que aumentar su rebeldía. Y en Estados Unidos encontró el país ideal para sus propósitos. En 1928 disputó cerca de 40 partidos de exhibición con los que ganó 75.000 dólares, una cifra desorbitada para la época. Era la primera mujer que vivía, y se hacía inmensamente rica, gracias al deporte.

En Estados Unidos se carisma y su ‘glamour’ la convertirán en una asidua de los estudios hollywoodienses. Aparecerá en anuncios publicitarios y tendrá breves papeles en películas. Entabló profunda amistad con el matrimonio de Douglas Fairbank y Mary Pickford, el más famoso en el mundo del celuloide de la época.

A los 35 decide dejar la raqueta y vuelve a Paris para montar una escuela de tenis (que hoy es la residencia oficial de cientos de niños y niñas que sueñan con ser profesionales) y escribir varios libros de iniciación al tenis. Por desgracia, en junio de 1938 anuncia que padece de leucemia. De aquella no había trasplante de médula ni Fundación Carreras, por lo que al mes siguiente fallece en su casa a los 38 años de edad. Su funeral en Notre Dame fue apoteósico y su traslado al cementerio parisino de Saint Ouen estuvo seguido de miles de compatriotas.

Después de que Lenglen rompiese las convenciones, en la década de 1930 se dieron nuevos pasos revolucionarios para la mujer. En 1931 la española Lili Álvarez compitió en Roland Garros con una suerte de falda-pantalón y un par de años después Eileen Bennett se atrevió a llevar un pantalón de hombre en Wimbledon.

Hoy, como no podía ser de otro modo, una estatua de Suzanne con la falda al aire, la cinta en la cabeza y a punto de finiquitar un juego con su implacable revés irradia la entrada de la pista de Roland Garros bautizada con su nombre.

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