Francia

La vida alternativa de David Rivers

Verano de 1986. Antes de su tercer año universitario David Rivers encontró trabajo en Portapit Barbacue, una empresa de catering de Indiana. Una noche, después de acabar su turno, estaba sentado en el asiento del copiloto de una furgoneta conducida por un amigo y también jugador universitario de Notre Dame. Iban por la Ruta 30 cuando un coche en dirección contraria invadió su carril. Kenny Barlow, así se llamaba su compañero, giró bruscamente el volante hacia la derecha para impedir el impacto y el coche cayó rodando por un terraplén, dio varias vueltas de campana por el aire y acabó destrozado a treinta metros de la calzada. Rivers, quien no llevaba puesto el cinturón de seguridad, salió volando por el parabrisas y aterrizó a más de seis metros, en medio de un campo de maíz.

Tenía una herida de cuarenta centímetros en el estómago.

Se le salían las entrañas.

Barlow puso una camisa encima del estómago de su amigo para intentar controlar el flujo de sangre. Mientras Barlow apenas tenía un par de cortes en las piernas, RIvers era un moribundo con el torso ensangrentado. Lo llamativo es que hablaba y razonaba con normalidad y apenas tenía dolor. Cogió con las dos manos sus órganos y se dispuso a aguantarlos mientras se debatía entre la vida y la muerte.

Y fue mucho tiempo de espera.

Era un paraje desierto. No había teléfonos móviles y la circulación era escasa a esas horas de la madrugada. Barlow tardó quince minutos en encontrar ayuda y la ambulancia aún tardaría diez minutos más en llegar a la escena del accidente.

Trasladado al hospital, a David Rivers le dijeron que había sobrevivido por siete centímetros. Esa era la distancia que separaba al corte que tenía en el estómago de su corazón. Perdió un litro de sangre y, cuando tras la operación le preguntó al cirujano cuantos puntos le habían dado, éste ni se dignó en contestarle.

Pasó ocho días en el Hospital de Elkhart antes de empezar una durísima rehabilitación. Sus días de jugador de baloncesto parecían finiquitados, pero en una mezcla de determinación y cabezonería volvió con fuerza a Notre Dame promediando 15 puntos a su vuelta y 22 en su último curso.

Fue escogido en el puesto número 25 del draft de la NBA de 1988 por Los Ángeles Lakers. Pasaba de ser un moribundo a formar parte del mejor equipo de baloncesto del planeta.

Rivers en la Universidad

David Rivers era un jugador en peligro de extinción. En sus años de instituto fue elegido como uno de los mejores bases de Estados Unidos. Su futuro era prometedor. Era un base rapidísimo, con un excepcional manejo del balón y con un fantástico lanzamiento exterior. Pero era un jugador de apenas 183 centímetros y 77 kilos de peso. Eso no fue motivo para no destacar en la universidad. Su endiablada velocidad le seguía haciendo prácticamente infranqueable para cualquier defensor, pero aquel accidente de circulación pondría todo patas arriba. Rivers perdió rapidez, por lo que decidió suplirlo con fuerza y con una mayor eficacia en el lanzamiento. Aquello le valió para reinventarse y seguir progresando en la universidad. Sin embargo, fue su carta de defunción cuando dio el salto a la NBA.

Rivers botaba la pelota tan baja que no había manera de seguirlo cuando cambiaba de ritmo, pero la faltaba intensidad, instinto defensivo y la estatura necesaria para defender a bases rivales. Rivers había llegado a la NBA en un momento donde los jugadores de su estatura ya comenzaban a ser una excepción. Su gran valor radicaba en su increíble velocidad, pero al perder ese punch inicial su suerte estaba echada. David Rivers era un pequeño diablo que podía anotar cualquier tiro en suspensión…

…dependiendo quien lo defendiera.

En su primer año entre profesionales, en la temporada 1988/89, David Rivers fue base suplente de Magic Johnson. Normal, dado que el genio de los Lakers era el mejor jugador de la NBA en esos momentos. Rivers apenas jugó nueve minutos por partido. Los Lakers llegaron a la final de la NBA y se enfrentaron a los Detroit Pistons. Quiso el destino que Magic sufriese una lesión en el muslo en la disputa del segundo partido de la serie lo que limitó sus minutos en el tercer choque e imposibilitó su presencia en el cuarto duelo. David Rivers sería el base titular de los Lakers en ese cuarto partido. La cima para cualquier jugador. Titular en los Lakers en la final de la NBA. Era la oportunidad de su vida. Enfrente tendría a Isiah Thomas, el base de los Detroit Pistons. Si Johnson medía 206 centímetros, Thomas era un base de los de antes de apenas 185 centímetros. Los 183 de Rivers frente a los 185 de Thomas. El duelo era igualado. Pero sólo lo fue sobre el papel. Rivers apenas pudo anotar una canasta y los Lakers perdieron el partido para ser barridos por 0-4 ante los Pistons.

Aquel verano los Lakers decidieron prescindir de Rivers quien encontró acomodo en el otro equipo de la ciudad. Sus minutos en los Clippers, un equipo de menor entidad, fueron tan limitados como en los Lakers, por lo que en el verano de 1990 se encontró sin equipo con apenas 25 años de edad. Ficharía por un par de conjuntos de ligas semiprofesionales de Estados Unidos antes de disputar un puñado de encuentros más con los Clippers cubriendo un par de bajas por lesión. No había mucho más que rascar. Tocaba vestirse de civil y buscar trabajo.

Y entonces su agente le hizo una llamada.

Le ofrecía un contrato de una temporada en Francia. El sueldo no era nada del otro mundo, pero le permitía continuar jugando al baloncesto. Además, el Olympique Antibes, que era el club interesado, correría con los gastos de alojamiento y le ponía un coche a su disposición. Rivers se negó en primera instancia. Ir a Europa era dar carpetazo a su sueño de volver a la NBA. Él había jugado en los Lakers. Había sido el suplente de Magic Johnson ¡Por el amor de Dios! Su agente fue claro. Con sus limitaciones físicas nunca conseguiría ser un jugador triunfante en la NBA. En Europa tenía la oportunidad de ser alguien. De labrarse una carrera. Y por si los motivos baloncestísticos no fueran suficiente, su agente le habló de Antibes, de la Costa Azul, del sol perpetuo, de las botellas de vino y de las chicas francesas. Tocaba pues, subirse al avión, y empezar una vida alternativa.

Rivers en Europa

Todas las limitaciones de Rivers en la NBA quedaron ocultas en su desembarco europeo. El motivo estructural era la altura. Los 183 centímetros de Rivers aún no eran rara avis en el Viejo Continente. Aquel año el Limoges ganó la final de la Euroliga ante el Benetton Treviso. En los italianos el base titular era Chris Corchiani de 1’85 de altura. Al año siguiente ganaría la Euroliga el Joventut de Badalona con los hermanos Rafael y Tomás Jofresa de bases, ambos de 183 centímetros sobre el suelo. Y en la temporada posterior sería el turno del Real Madrid con José Miguel Antúnez (1’83) ante el Olympiakos de Milan Tomic (1’90). El motivo coyuntural era el tipo de baloncesto que se practicó en la década de los 90. Posesiones largas, juego interior y ultradefensivo. Un baloncesto lentísimo, donde Rivers iba a destacar por su rapidez. Y un baloncesto donde toda la suerte en ataque se destinaba a los hombres altos, por lo que cualquier jugador exterior con buena mano iba a destacar sobremanera.

Así pues, David Rivers promedia 22 puntos y cerca de 6 asistencias en el Antibes, números antológicos en un baloncesto donde los equipos rondan los 60 puntos al final del partido. El primer año queda subcampeón de Liga y al siguiente consigue el título francés, algo inimaginable para el pequeño equipo de la Costa Azul. Es entonces cuando le llueve un contrato millonario y es fichado por el Olympiakos.

El gigante griego quiere ganar su primera Euroliga y convertirse así en el primer conjunto heleno en conseguir la corona continental. Rivers se convierte en el faro sobre la cancha de Olympiakos y los guía en la consecución de Liga y Copa, pero fracasa en Europa al perder en cuartos de final ante el Real Madrid. Para más inri es el Panathinaikos, su odiado rival, quien logra el entorchado europeo. Para la temporada siguiente el Olympiakos dobla la apuesta con un quinteto formado por Rivers, Tomic, Sigalas, Fassoulas y Tarlac donde el norteamericano es la estrella y el jugador mejor pagado. Tras deshacerse del Olimpia Ljubliana en semifinales de la Final Four toca partido por el título ante el FC Barcelona dirigido por Aleksandar Djordjevic (188 centímetros).

El Olympiakos pasó por encima del Barça en esa final y Rivers hizo lo propio ante Djordjevic, el mejor base europeo de su generación. Rivers anotó 26 puntos, cogió seis rebotes y robó tres balones para liderar a su equipo a una victoria por quince tantos de diferencia (73-58) la más amplia en 35 años y lograr la Euroliga 1997. Rivers fue elegido MVP de la Final Four llevando a su antojo el ritmo del partido en el tramo final del choque ante la impotencia azulgrana.

David Rivers había alcanzado la gloria. No era la gloria que se imaginaba cuando jugaba en las calles de Nueva Jersey. Tampoco era la gloria que esperaba cuando era elegido uno de los mejores jugadores de instituto de Estados Unidos. Y por supuesto no era la gloria que estaba en su mente cuando compartía vestuario con Magic Johnson y el resto de leyendas vivas de Los Ángeles Lakers. Pero era la gloria al fin y al cabo lo que había encontrado. Mucho más que lo que el destino parecía haberle reservado cuando sus entrañas peleaban por no escurrirse entre sus ensangrentados dedos.

Endiosado, David Rivers aceptó una mareante oferta de la Fortitudo Bolonia que lo juntó contiguo a Dominique Wilkins, Gregor Fucka y Carlton Myers. El proyecto fracasó y Rivers se marchó a continuar con su carrera a Turquía antes de volver con 35 años a ser un jugador residual en su querido Olympiakos. Por entonces Ken Barlow, aquel amigo que hizo girar el volante camino del averno en una aciaga madrugada, ya había colgado las botas. También había sido elegido por los Lakers en el draft, aunque en su caso no pasó de un par de entrenamientos a inicios del verano. Barlow también ganó la Euroliga (en Milán) y tuvo una consistente y larga carrera deambulando por numerosos equipos italianos dejando su mejor recuerdo de rendimiento y fidelidad en el Maccabi israelita.

A diferencia de su amigo, David Rivers no manejaba la opción de volver a Estados Unidos. Había quedado enamorado del sol y del buen comer de la Costa Azul y allí es a donde se destinarían sus pasos. Regreso a Antibes, un paraíso de tranquilidad tan diferente a su Nueva Jersey natal. Entonces el Antibes Basket estaba en la segunda categoría del modesto baloncesto francés. Era lo de menos. Rivers jugó hasta los 39 años y aun le daría tiempo a coger ocho rebotes en un partido y firmar marca personal camino de la cuarentena con sus 183 centímetros de altura.

Elegido mejor jugador europeo de 1997, siendo el primer estadounidense en recibir dicha mención, Rivers se instaló en Europa para ejercer como entrenador en categorías inferiores en diferentes equipos. Mantiene también un campus veraniego donde hace especial hincapié a aquellos niños cuyas excelencias con el balón no sean acordes con los centímetros con los que fueron agasajados por la madre naturaleza.

“No tengo quejas. Todo fue a pedir de boca” David Rivers

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Un soviético, un alemán y un francés en la Carrera de la Paz

Una vez ganó un francés. Se llamaba Jean-Pierre Danguillaume. Era 1969. Cuando volvió a Paris sólo lo entrevistó un periodista del rotativo L’Humanité. Allí narra que la organización lo había tratado de forma excelente. Contaba con dos intérpretes, los llevaban a visitar fábricas entre etapa y etapa y en los hoteles, austeros, pero limpísimos, no había filetes, pero si salchichas y carne hervida. Danguillaume cuenta también que al final de cada etapa un niño se encargaba de darte ropa limpia, mantas y folletos que contaban con propaganda comunista, la misma que se encuentran pueblo tras pueblo y jornada tras jornada.

Y es que en 1969 Danguillaume ganó la Course de la Paix (Carrera de la Paz) una carrera ciclista creada en 1948 en el Bloque Soviético para competir con el capitalista Tour de Francia y que circulaba por Checoslovaquia, Alemania Oriental y Polonia, entonces todos países comunistas. Si ese era el caso no es de extrañar entonces que el único medio que se interesase por Danguillaume fuese L’Humanité, el órgano del partido comunista francés. La carrera se disputó por vez última en 2006, muchos años después de la Caída del Muro de Berlín.

El caso es que Danguillaume se vistió de amarillo y subió al pódium como vencedor en Berlín. En el llamado Berlín democrático. En el lado comunista. En el estadio olímpico se juntan más de 80.000 personas que escuchan en respetuoso silencio La Marsellesa. Era 1969. Esa gente, o sus antepasados para ser más exactos, habían invadido Francia tres veces en el último siglo. Esa tarde a Danguillaume le comentan que durante la cena de celebración le sentaran junto a una chica y luego su acento francés se tendrá que encargar de engatusarla. Jean-Pierre sueña con una modelo o una azafata, pero no habrá nada de eso. Será una trabajadora de una factoría quien le acompañe en la cena de gala. Una estajanovista con la que charlará de la lucha de clases y poco o nada sabrá de Chanel o de Dior.

Carrera de la Paz 1954

Puede parecer fácil pero la obra fue colosal. El nombre de la prueba ya era toda una declaración de intenciones. Checoslovaquia, Polonia y Alemania Oriental podían ser países comunistas, pero apenas tres años antes los alemanes aún se estaban cepillando a checos y polacos con la esvástica bordada en sus chaquetas militares. La idea inicial era la de una carrera que partiese de Praga rumbo a Varsovia. Fueron los soviéticos los que obligaron a incluir a los teutones para dar normalidad al asunto. Costó. Y aún costó más cuando los soviets pasen a enviar ciclistas a la Carrera de la Paz mejor alimentados, más entrenados y con la consigna clara de ganar a toda costa. Pero funcionó. La Carrera de la Paz fue un éxito más allá del Telón de Acero y unió a través del ciclismo a países que años antes estaban en guerra. Al final polacos, checos y alemanes acabarían encontrando en los soviéticos un enemigo común.

Aunque algún valiente como Danguillaume se atrevió con la prueba, la presencia estaba reservada para ciclistas del bloque soviético o para corredores del otro lado capitalista que fuesen amateurs y con filiación comunista. Así que con semejantes limitaciones el tema se redujo en una pugna germanosoviética. Eso sí, el plusmarquista fue un polaco que obedece al nombre de Ryszard Szurkowski del que aquí no sabemos nada pero que en Polonia es venerado como si de Juan Pablo II se tratase. El caso es que en esa burbuja de ideal proletario no se sabía si esos ciclistas podrían destacar en el competitivo y lucrativo ciclismo occidental. Si serían capaces de ganar el Tour. Para ser claros. Hubo dos ellos que, según los entendidos, al menos hubiesen tenido una oportunidad.

Rubio, melena al viento, disciplina militar y cuerpo robotizado. Así era Sergei Soukhoroutchenkov. Un ídolo de los ochenta. Gana todo lo ganable, en el mundo que era el otro mundo. Cuba, Rumanía, Yugoslavia. Pero como es amateur también compite al otro lado del Muro. Van a comenzar los 80. Hay cierta relajación. Las fronteras se abren con limitaciones. Y Sergei lo hace bien. Gana una carrera en Italia tras un ataque demoledor, pero el problema es que al ganar lo hace traicionando a un compañero de equipo. Eso no gusta en el Kremlin. Se acabó lo de viajar al paraíso capitalista. Se centra en los Juegos Olímpicos de Moscú donde se lleva el oro en solitario metiéndole una minutada al pelotón. Entre los derrotados hay un futuro ganador del Tour como Stephen Roche.

Por supuesto gana la Carrera de la Paz. En cuatro ocasiones. También ganó dos veces el Tour del Porvenir y otras dos quedaría segundo. Le ofrecen varios contratos. Uno de un millón de dólares anuales. No le dejan. Cuando le dan libertad es 1986. Apenas tiene 30 años, pero ha sido exprimido a kilómetros hasta la saciedad. Es el método soviético. Si no les impresionas en juniors, nadie se va a volver a interesar por ti. Tienen demasiado material humano a su disposición. Soukhoroutchenkov estaba quemado. Le dejan competir en la Vuelta a España formando parte de una selección soviética, pero Sergei no carbura. Vuelve a Moscú y firma su primer contrato profesional en 1989 con una escuadra italiana. Tiene 33 años. Apenas aguanta un par como profesional. Allí se acabó la carrera del que fue el Bernard Hinault de la Unión Soviética

Soukhoroutchenkov

El otro ídolo de masas era de la RDA. La Alemania Oriental era el ejemplo vivo del éxito del comunismo. No había colas de hambre. Había excedentes. Y se exportaban. No sólo a Polonia o a Hungría. También a Francia o a Italia. En los rankings económicos la RDA siempre estaba a la vanguardia mundial y su número de universitarios por habitante era el mejor del planeta. Y luego estaba el deporte. Luego supimos que era el dopaje de Estado, pero entonces era flipante. En los Juegos de Seúl de 1988 la RDA y sus 16 millones de habitantes superaron en medallas a los caudalosos Estados Unidos y sus 300 millones de almas.

En Seúl será medalla de plata Olaf Ludwig. Ocho años antes, con apenas veinte castañas, ya había sido oro en contrarreloj por equipos. Antes de Seúl había ganado la Carrera de la Paz (dos veces) y también el Tour del Porvenir. Moreno, miope, con abundantes entradas, Ludwig se niega a viajar a Ucrania para una carrera. Era la primavera de 1986. Decían que algo había pasado en la central nuclear de Chernóbil. Puede que en la RDA las cosas fueran bien, pero la libertad no era una de esas cosas.

A Ludwig le asaltan los periodistas. Es un deportista famoso. Y él contesta. Habla de ciclismo. También de otros temas. Lo censuran. El pueblo no sabrá lo que dijo. Pero los que mandan si lo saben. Al igual que le habían hecho a Soukhoroutchenkov a Ludwig también le hacen el vacío. Lo meten en el congelador. Pero el invento comunista se está acabando. Finaliza en el otoño de 1989. Olaf se convierte en profesional al año siguiente. Equipo Panasonic. Destaca. Vuelta a Andalucía. Debut. Tres etapas. Tres victorias. Etapas en el Tour de Francia, Gran Premio de Frankfurt, Amstel Gold Race y maillot de la regularidad en el Tour. Todo a partir de la treintena. ¿Qué hubiese sucedido antes? Vete tú a saber. En 1993 fue tercero y medalla de bronce en el Mundial de ciclismo. Por delante de él quedaron Lance Armstrong y Miguel Induráin.

Ludwig (drch)

De 1948 a 2006 fueron más de 700 etapas. Más de 100.000 kilómetros. Un maillot amarillo con el símbolo de la paloma de la paz y estadios llenos, cunetas atestadas y una carrera olvidada de un lado del mundo y añorada al otro lado del planeta.

“Si los alemanes bajan sus armas, los soviéticos, de acuerdo con el arreglo al que han llegado Roosevelt, Churchill y Stalin, ocuparán todo el este y el sudeste de Europa, así como gran parte del Reich. Una cortina de hierro caerá sobre este enorme territorio controlado por la Unión Soviética, detrás de la cual las naciones serán degolladas. La prensa judía en Londres y Nueva York seguirá aplaudiendo probablemente”. Joseph Goebbels, ministro del III Reich en febrero de 1945.

“Por cuanto he visto de nuestros amigos los rusos durante la guerra, estoy convencido de que nada admiran más que la fuerza y respetan menos que la debilidad. Es preciso que los pueblos de lengua inglesa se unan con urgencia para impedir a los rusos toda tentativa de codicia o aventura. Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre Europa un telón de acero”. Winston Churchill, ex Primer ministro británico en marzo de 1946.

Otras historias ciclistas desconocidas

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De patrocinadores y ciclistas (sobre encimeras, compañías telefónicas, bancos y otros mecenas de las dos ruedas)

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Ben Barek

Nació en 1914. O en 1915. O en 1916. O en 1917. No se sabe a ciencia cierta. El mito procede en parte de la nebulosa sobre sus orígenes. El caso es que nació en Francia. En Casablanca. Y es que Casablanca era entonces protectorado francés. Abd-al-Qadir Larbi Ben Barek jugaba descalzo en la calle, en campos de tierra. De la calle pasó al US Moracaine, donde ganó una liga, igualmente descalzo e igualmente en campos de tierra.

El paso natural era coger el barco y atracar en la metrópoli. Y no hay puerto más multicultural que el de Marsella. Hoy sólo uno de cada diez nacidos en las bocas del Ródano son hijos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero en tiempos de la romana Massilia ya era ciudad de namibios, egipcios, fenicios y gente de todo tipo y condición.

La perla negra acaba en el Velodróme. Juega una temporada en el Olympique de Marsella y estalla la II Guerra Mundial. Vuelve a casa. Al Wydad Casablanca, club fundado en ese instante. Allí echa seis años. Son oscuros, alejados de tono honor y toda gloria. Es Casablanca lugar de intrigas, miedos y espías. De Bogart y Bergman. La perla negra pierde los mejores años de su vida. Cuando tendría que estar sentando cátedra en los mejores estadios de Europa está jugando descalzo en campos de tierra lejos de los focos del fútbol mundial. Ben Barek es un falso autónomo. No tiene sueldo y tan sólo cobra por partido jugado y ganado. A tiempo parcial también trabaja en una gasolinera.

Durante la guerra jugó muchos partidos defendiendo los intereses de Marruecos. Y es que Ben Barek fue internacional marroquí, pero de aquella manera. Marruecos no era un Estado. Tan sólo se le permitían disputar partidos amigables. Uno de ellos tiene lugar en 1945, semanas antes de que concluya la guerra. El rival es un combinado de prisioneros italianos con pasado futbolístico.

Es entonces cuando Helenio aparece en escena. Argentino criado en Marruecos, futbolista de carrera en Francia, Helenio Herrera acaba de colgar las botas y su encuentra en Casablanca haciendo un curso de la FIFA para iniciar su carrera como entrenador. Pasado el verano irá a dirigir al Stade Français en su primer reto como técnico. Se trata de un reputado club parisino de rugby con una modesta sección futbolística que milita en la segunda categoría gala.

Herrera sabe de sobra quien es Ben Barek. Coincidió con él en los ásperos campos marroquís y es consciente de sus posibilidades. Sin dudar se lo lleva de vuelta a Francia. A la segunda categoría. El primer año ascienden y en el segundo se quedan a las puertas de ganar la Copa de Francia.

Herrera (izq) y Ben Barek (dch)

Por entonces Ben Barek tiene 34 años. O 33. O 32. O 31 años. El Stade Français juega un amistoso en el Metropolitano (en el de verdad, no en el Wanda-Civitas) y deslumbra. Técnicamente es un escándalo, le pega con las dos piernas y dispara fuerte, seco y duro desde fuera del área. Tira los penaltis como los ángeles. Le pega con el exterior del pie derecho hacia el lado izquierdo del portero mientras gira su cuerpo al lado contrario. “¡Al negro! ¡Al negro! ¡Hay que fichar al negro!”, berrea desde el palco Cesáreo Galíndez, presidente del Atlético de Madrid. Pagará 17 millones de francos por su fichaje. Una pasta en la época. Al poco firma también a Helenio Herrera para el banquillo colchonero.

Y el negro se quedó en el Atlético durante seis temporadas. Hasta los 40 años si nació en 1914. Hasta los 37 años si nació en 1917. Ganó dos ligas, jugó 114 partidos y marcó 58 goles. Junto a Perez Payá, Juncosa, Carlsson y Escudero formó la llamada Delantera de Seda bautizada así por lo delicado y transparente de su juego. En un fútbol de cinco delanteros se abarrotaban los estadios para verlos. A Ben Barek y a los otros cuatro. Por este orden.

Luego, a la edad que fuese, volvió a Marsella y lo hicieron internacional de nuevo. Aun hoy sigue siendo el hombre con mayor longevidad en la historia de la tricolor francesa. Pasaron 15 años y 10 meses desde su debut en 1938 hasta su último entorchado en 1954. En el 38 jugó en Nápoles. Italia vs Francia. Fascismo vs democracia. Preludio de la guerra. Hay dos negros sobre el campo. Ben Barek y el francés de origen senegalés Diagne. La pitada es monumental. Gana Italia 1-0, pero la imagen del partido es la de Ben Barek con las venas marcadas en el cuello entonando la Marsellesa.

Al tiempo Marruecos se independizó. Era 1956. Larbi Ben Barek vuelve a casa. Juega tres temporadas en el nuevo país y se convierte en el primer seleccionador marroquí. El primer partido fue una fabulosa victoria por 2-3 en Paris a una selección B francesa. Pero no tuvo éxito. Esas piernas de ébano no tuvieron continuidad detrás de una pizarra. Cuando vestía de corto le podía haber ido mucho mejor, pero se topó con la guerra. El resto de la vida le fue mal. Nació pobre y murió más pobre aún. Sus dos esposas y sus hijos se fueron todos antes que él. Murió sólo. Cuando se encontró su cadáver una mañana de 1992 olía a podre. Llevaba varios días fallecido. Nadie reparó en su ausencia. Los homenajes llegaron después. La FIFA le otorgó la Orden del Mérito a título póstumo y el remozado estadio de Casablanca lleva su nombre.

Ben Barek hoy no es nadie. En Marruecos no se le perdonan sus 19 partidos internacionales con Francia y esas venas marcadas entonando la Marsellesa. En Francia no se le perdona su compromiso por la independencia de Marruecos. Luego vino la guerra de Argelia y acabó de rematarlo todo. En Francia no toleraron su apoyo a los argelinos y en Marruecos fue igualmente visto como el demonio con patas. Sólo en Madrid, al menos en la parte rojiblanca de la ciudad, se ganó el cariño de la gente. Pero sus hazañas, privadas de imágenes, solo son defendibles con palabras. Y las palabras, como el honor y la sinceridad, cada vez tienen menos poder entre la gente.

https://www.youtube.com/watch?v=bee4HgLrpGQ

“Si yo soy el rey del fútbol, Ben Barek es el dios del fútbol”. Pelé.

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Alice Milliat

En 1896 no existía país alguno en el que las mujeres tuviesen derecho al voto. Tampoco había país del mundo en el que, una vez casadas, tuviesen potestad de gestionar alguna de las propiedades que poseían cuando estaban solteras sin el consentimiento de sus esposos. Era pues, lógico y evidente, que de los 241 atletas que participaron en los I Juegos Olímpicos de 1896 no hubiese presencia femenina. Para Pierre de Coubertin el mayor logro de una mujer sería alentar a sus hijos a ser distinguidos en el deporte y aplaudir el esfuerzo de los hombres. Y la opinión de Coubertin era la mayoritaria.

En realidad, hubo una intrépida que se saltó las reglas. Una mosca cojonera. Una griega de treinta años, de nombre Stamata Revithi, se plantó en la línea de salida en el pequeño pueblo de Maratón con la intención de cubrir los 42 kilómetros de la prueba. Oficialmente fue rechazada al no estar inscrita. Extraoficialmente un par de policías la invitaron amablemente a marcharse a su casa. Al día siguiente volvió al punto de inicio con la intención de correr el maratón por su cuenta. Consiguió que un juez firmase un documento atestiguando la hora y el lugar de salida y un cargo militar testificó la hora y el lugar de llegada a las puertas del Estadio Panathinaikó. Y digo a las puertas porque los organizadores no le dejaron entrar en el estadio olímpico. Tardó cinco horas y media, por las cerca de tres que necesitó Spiridon Louis, el campeón masculino. Habría que esperar treinta años (1926) para que dejasen a una mujer participar en un maratón cronometrado y a 1984 para que una mujer pudiese participar en un maratón olímpico.

Stamata Revithi

El caso de Stamata se perdió en el polvo de la historia, pero estuvo muy vivo y presente en el pensamiento de Alice Million. Francesa, nacida en Nantes, Alice contaba con doce años cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Atenas. Por entonces ella ya practicaba con fervor numerosos deportes como tenis, natación, vela, hípica o golf. Obviamente podía hacerlo al formar parte de una familia acomodada que le permitía privilegios vetados para muchos hombres y para muchísimas más mujeres. Casada en 1904 pasó a rebautizarse como Alice Milliat y se trasladó a Londres donde comenzó a ejercer como maestra.

Su desgracia fue que al poco de casarse enviudó. Cuatro años después de trasladarse a Inglaterra su marido falleció repentinamente. La suerte para Alice es que no tenía hijos por lo que pudo reponerse y empezar una nueva vida sin cargas ni perjuicios sociales a sus espaldas.

Y su nueva vida iba a ser el deporte. Retomó sus actividades, aunque exploró nuevas disciplinas como el hockey o el remo. Fue este último el deporte que más le enamoró y decidió dedicarse a él por completo. Pero claro, para ganarse la vida eso no era suficiente. El deporte no daba réditos económicos. Y el profesorado le impedía viajar a distintas competiciones. Así pues, decidió dejar la enseñanza y operar como traductora. Se instaló entre Estados Unidos e Inglaterra vendiendo sus servicios como traductora de francés y dedicando su vida al remo.

Poco después estalló la I Guerra Mundial. En plena contienda, en 1915, a Alice la eligen como presidenta de la Federación Francesa de Sociedades Deportivas. En esos años deja la practica activa del deporte y como tantas otras mujeres se dedica a la defensa activa del país ocupando puestos de trabajo que los hombres han dejado libres al acudir a primera línea de batalla. Es entonces, al acabar la contienda y comprobar que el esfuerzo bélico de las mujeres es olvidado y se les incita a volver a las cocinas de sus casas, cuando decide pelear con todas sus fuerzas para que las mujeres formen parte del movimiento olímpico.

Tras denodados esfuerzos consigue organizar varias reuniones con los representantes de la IAAF (Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo) para conseguir que el atletismo femenino tenga la misma representación que el masculino en la competiciones nacionales e internacionales. Su propuesta es rechazada. Consigue luego una reunión con Pierre de Coubertin con la intención de que el atletismo femenino forme parte del programa olímpico. Hay vagas promesas que pronto se diluyen en vaso de agua.

Así pues, en 1921, en la acomodada Montecarlo, Alice Milliat decide organizar un certamen atlético en el que forman parte mujeres de cinco países diferentes. La iniciativa es un éxito y en 1922 se celebran los primeros Juegos Olímpicos atléticos femeninos. Aquello es una revolución. Son los años 20. Los corsés dejan paso a las faldas por encima del tobillo. La mujer es objeto político y tiene conciencia por sí misma. Lo que era impensable apenas un lustro antes se torna ahora en esperanzador futuro. Tras la victoriosa edición de Montecarlo la edición de 1926 de los Juegos atléticos femeninos tendrá lugar en Gotemburgo.

El COI entra en pánico y se aviene a negociar.

Juegos atléticos 1922

Pierre de Coubertin acaba de dejar la presidencia. Su sucesor, el belga Baillet-Latour, es igual de aristocrático, pero es más pragmático que su antecesor. Le promete a Milliat que para los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928 habrá cinco pruebas atléticas femeninas a cambio de que desista de celebrar esos Juegos femeninos alternativos. Milliat acepta y firma la paz no sin reservas. Incluso el Papa Pio XI bramará en contra de la posibilidad de que las mujeres pongan en peligro sus cuerpos y eso les imposibilite ser madres en el futuro.

La competición atlética femenina queda reservada para salto de altura, lanzamiento de disco, 100 metros lisos, relevo 4 x 100 y 800 metros. En esta última prueba resultó vencedora la alemana Lina Radke y varias participantes cruzarían la línea de meta con visibles muestras de fatiga. Los cambios sociales y el retiro de Coubertin habían permitido que las mujeres cruzasen una nueva frontera dejando a un lado a la natación y al tenis, considerados deportes menos masculinos. Pero las fotografías de aquellas chicas llegando exhaustas al final de los 800 metros volvieron a cambiar el statu quo. Los miembros más conservadores del COI, auspiciados por periodistas afines, fomentaron la imagen de esas mujeres cansadas tras el esfuerzo por lo que Baillet-Latour es conminado a eliminar la prueba de 800 metros del programa olímpico de tal forma que no volverá a disputarse hasta Roma 1960.

Todo era fruto de una exageración. SI bien es cierto que hubo finalistas que llegaron al límite de sus fuerzas, también lo era que lo hicieron con la misma cara de esfuerzo con la que lo hacían sus homólogos masculinos tras sobrepasar los límites de su resistencia. Milliat estalla ante la actitud del COI y vuelve a poner en marcha los Juegos atléticos femeninos. En 1930 celebra una nueva edición en Praga. El COI y la IAAF contratacan considerando ilegales todas las marcas que se consigan en esos Juegos alternativos. A Milliat le da soberanamente igual. Habrá nueva edición en Londres 1934 y lo hará con récord de participantes. Visto el éxito, Milliat sube el órdago. Para 1938 no sólo habrá Juegos atléticos femeninos sino Juegos Olímpicos femeninos. Todas las mujeres deportistas son invitadas formalmente.

El terremoto es colosal. Alice Milliat y Baillet-Latour deben negociar. Finalmente, la activista francesa se sale con la suya. La edición de los Juegos atléticos femeninos de 1938, a celebrar en Viena, pasará a ser el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Será auspiciado por la IAAF y participarán en igual de condiciones hombres y mujeres. Además, para los JJ. OO de 1940 habrá nueve pruebas atléticas femeninas incluyendo los 200 metros, los 100 metros vallas o el lanzamiento de jabalina. Las pruebas de resistencia siguen vetadas, pero el avance es asombroso.

Por culpa de la II Guerra Mundial hubo que esperar a la edición de Londres 1948 para ver hechos realidad todos estos avances. Por entonces ya no estaba presente Alice Milliat. La IAAF y el COI aceptaron todos esos adelantos con una única condición; que Alice Milliat desapareciese de escena. Fue apartada de los focos y vivió en soledad sus últimas dos décadas de vida. Cuando murió en 1957 fue enterrada en el anonimato. En una lápida que ni siquiera tenía placa. Era mujer en el olvido. Hasta la década de 1980 no se volverá a ver a una mujer en un puesto de responsabilidad en un organismo deportivo y hasta que llegue el siglo XXI no existirá igualdad de participantes masculinos y femeninos en los Juegos Olímpicos.

En gran medida todo ello fue gracias al impulso de Alice Milliat, una mujer que se alejó de la fama para que muchas otras pudiesen optar a ella. Sólo en los últimos años su figura comienza a ser reivindicada en su Francia natal renombrando instalaciones deportivas o bautizando con su nombre becas deportivas destinadas para mujeres. Algo es, pero insuficiente para la mujer que más hizo por la paridad entre el deporte femenino y el masculino.

Alice Milliat

“Paris 2024 es una realidad gracias a dos personas. El señor Coubertin, padre fundador del olimpismo, y la señora Milliat, la gran embajadora del deporte femenino”. Dennis Masseglia, presidente del Comité Olímpico Francés, en 2021.

“La única misión de las mujeres en el deporte es coronar a los campeones con guirnaldas”. Pierre de Coubertin en 1900.

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A los 100 años de los Juegos Olímpicos de Invierno

Era 1896 cuando Atenas alumbró la primera edición de los Juegos Olímpicos modernos. En gran medida la iniciativa se debía a Pierre de Coubertin, un apasionado de las virtudes del ejercicio físico y de la cultura grecolatina. Fue en el siglo XIX cuando Grecia logró su independencia tras una guerra de liberación ante el Imperio Otomano. Para la victoria helena tuvo gran peso el apoyo francés y británico (sangre de Lord Byron incluida) quienes, junto a los alemanes, iniciaron desde entonces un proceso de excavación, redescubrimiento y expolio de la Grecia Clásica. La fiebre por la Antigua Grecia se trasladó al deporte y fue Pierre de Coubertin el ideólogo al combinar la mística, el espíritu y el honor de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad con las normas, las reglas y los beneficios higiénicos del deporte británico nacido en dicho siglo.

Ciclismo, tenis, tiro, gimnasia, esgrima, y, por supuesto, natación y atletismo formaron parte del programa deportivo de 1896. Pero claro, faltaban cosas. Muchas otras cosas. Desde un primer momento se discutió la inclusión del patinaje artístico, suceso que cristalizó en Londres 1908. Pero no era suficiente.

En aquel entonces Europa era dueña del mundo. Una quinta parte del orbe era de dominio británico. China aún era un gigante dormido y Estados Unidos un corpulento adolescente que aun respetaba a sus padres. Los Juegos fueron ideados, impulsados y cristalizados por europeos. Sus gustos se establecerían como universales. Pero no todos los europeos se veían representados en esos Juegos. Más allá del Báltico estaban Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca. Escandinavia. Un tal Viktor Balck, militar y representante sueco en el Comité Olímpico Internacional (COI), sugirió la posibilidad de introducir los deportes de invierno en el programa olímpico. La idea fue rechazada por peregrina ya que eran escasas las ciudades que dispusiesen de las infraestructuras necesarias para llevarla a cabo.

Así que Balck decide montar en 1901 los Juegos Nórdicos, competición invernal deportiva a celebrar cada cuatro años. Así mismo, el Club Alpino Francés, decide organizar desde 1907 una Semana Internacional de deportes de invierno. Ambas ideas convivieron durante un tiempo hasta que en 1921 el COI designó a Paris sede de los Juegos Olímpicos de 1924. Entonces Coubertin hace una proclama que finaliza con un categórico “los Juegos Olímpicos son los juegos de todos los deportes”. Con el apoyo de canadienses y suizos, los delegados franceses convencen a los escandinavos de abandonar la idea de unos Juegos Nórdicos y formar parte de la familia olímpica. A cambio se comprometen a organizar un evento independiente del principal y buscar una sede que reúna todas las condiciones materiales y técnicas necesarias para celebrar deportes invernales.

Iban a nacer los Juegos Olímpicos de Invierno.

Fueron tres las ciudades francesas que optaron por hacerse cargo de la primera edición. Geradmer, en la región de los Vosgos, Bagneres de Luchon, en el Alto Garona cerca del Tourmalet, y Chamonix, al pie del Mont Blanc. Cuatro años antes la comuna de Chamonix había construido un teleférico para unir al pueblo con el Mont Blanc, el pico más alto de Europa. Aquello fue el punto de inflexión para escoger en febrero de 1923 a Chamonix como sede olímpica.

La premura de la decisión y cierta improvisación dificultaron la tarea. En menos de un año todo tenía que estar listo. De este modo, y temiendo un sonoro fracaso, el COI decidió retirar parte de su apoyo. Lo que eran los Juegos Olímpicos pasarían a ser conocidos como Semana Internacional de Invierno Conferencia Deportiva Paris 1924. Luego, visto el éxito, y de forma retrospectiva, pasará a los anales de la historia como I Juegos Olímpicos de Invierno Chamonix 1924.

Chamonix 1924

Se construyó una pista de hielo, una pista de bobsleigh y una pista de salto de esquí en apenas ocho meses. La financiación procedió de empresas privadas y del Estado francés. La joya de la corona fue la construcción de un estadio olímpico para 10.000 espectadores. Podría parecer poca cosa, no obstante suponía un aforo tres veces superior a los habitantes censados en el pueblo. A orillas del río Arve, Chamonix contaba también con un polideportivo y una pista de hielo, la cual, por entonces, era la pista de hielo artificial más grande del mundo. La nieve, al pie del Mont Blanc, estaba más que asegurada.

El 25 de enero de 1924, hace ahora un siglo, tenía lugar la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Chamonix. El programa deportivo era corto. Contaba con 16 finales distribuidas en nueve deportes diferentes. Bobsleigh, patinaje artístico, patinaje de velocidad, hockey sobre hielo, esquí de fondo, salto de esquí, curling, combinado nórdico y patrulla militar. Este último deporte era una mezcla de esquí de fondo, montañismo y tiro al blanco mezclando pruebas tópicas de las tropas de montaña de los ejércitos europeos. Hoy su legado lo porta el biatlón.

Charles Jewtraw, de Estados Unidos, ganó la primera medalla de oro en la prueba de 500 metros de patinaje de velocidad. La competición tuvo lugar tras un desfile de inauguración que recorrió Chamonix y finalizó en el estadio olímpico. Son 16 los países participantes, siendo Austria el primero en desfilar por orden alfabético y Yugoslavia el último. Todos los países son europeos con excepción de Estados Unidos y Canadá. Los franceses (39) son los que presentan a más deportistas junto a Gran Bretaña (28), mientras que Letonia únicamente envía a dos atletas. La madrileña Lili Álvarez, quien en verano participaría en los Juegos de Paris en la competición de tenis, iba a representar a España en patinaje artístico pero una lesión le hizo renunciar a escasos días del inicio de la competición.

Quien compitió en patinaje artístico fue una niña noruega llamada Sonja Henie. A sus once años quedó ultima, pero lograría la medalla de oro en las siguientes tres ediciones de los Juegos Olímpicos. Canadá ganó en hockey venciendo a Suecia, Checoslovaquia y Suiza con un acumulado de 85 goles a favor por ninguno en contra. No obstante, la estrella de los Juegos fue el esquiador noruego Thorleif Haug quien logró tres medallas de oro en las pruebas de esquí de fondo de 18 kilómetros, esquí de fondo de 50 kilómetros y en combinado nórdico (salto de esquí + esquí de fondo). Sumaría también una medalla de bronce en salto de esquí, pero se le fue retirada póstumamente casi medio siglo después y relegado al cuarto lugar al observase un error en el cronometraje. El otro gran triunfador fue el finés Clase Thunberg con un total de cinco preseas en pruebas de patinaje a las que sumaría otras dos en los siguientes Juegos para acabar su carrera olímpica con cinco oros, una plata y un bronce.

La ceremonia de clausura tuvo lugar el 5 de febrero de 1924 bajo un agradable sol invernal, el mismo que lució durante los doce días de competición. Pierre de Coubertin, ausente en la ceremonia de inauguración, se sumó al carro para el cierre visto el éxito conseguido. Ese día se hizo entrega de las medallas a todos los deportistas. El despropósito organizativo hizo que la mayoría de los premiados ya hubiesen vuelto a sus lugares de residencia. Noruega (17) lideró el medallero, seguida de Finlandia (11) y Austria (3). Francia sumó tres medallas de bronce. Si en los Juegos Olímpicos de Verano el único país organizador con la vergüenza de quedarse sin medalla áurea es Canadá (1976), en su homólogo invernal unos cuantos igualaron a Francia (1924). Chamonix inauguró una infausta tradición que continuó Saint Moritz (1928 – Suiza), Sarajevo (1984 – Yugoslavia) y Calgary (1988 – Canadá).

Entrega de medallas

El éxito internacional fue total. Las pérdidas financieras inmediatas también. No obstante, al cabo de una década Chamonix era lugar de peregrinaje vacacional para gente de elevadas rentas. La década de 1930 ve como Francia decide invertir en decenas de estaciones de esquí y atraer a los grandes campeones escandinavos para promocionarlas. Hoy Chamonix es un centro internacional afamado de vacaciones y deportes de invierno. Para los Juegos Olímpicos de Cortinna d’Ampezzo de 2026 se esperan cerca de 3.000 atletas que competirán en más de 100 pruebas, hasta diez y seis veces respectivamente más de lo ocurrido en Chamonix 1924. Es tal el volumen de gente que mueven los Juegos Olímpicos de Invierno que, aunque las pistas de esquí de Cortina verán buena parte de las pruebas, la masa de deportistas se establecerá en Milán, a más de 400 kilómetros de la dolomítica Ampezzo.

Tras la II Guerra Mundial el COI decidió dejar de compatibilizar sedes veraniegas e invernales. Los británicos no tenían ningún tipo de interés en organizar unos Juegos de Invierno por lo que a Londres 1948 le iría a preceder la suiza Saint Moritz. El último gran cambio llegó en 1984. Aquel año el COI decidió que los de 1992 (Barcelona y Albertville) fuesen los últimos Juegos que compartiesen año. Para darle más brillo a las ediciones invernales se decidió intercalarlas entre las veraniegas. La noruega Lillehammer (1994) precedió a la veraniega Atlanta (1996) para que después la japonesa Nagano (1998) continuase un recorrido que llega hasta la actualidad.

Eso sí, tanto en 1924 como en 2026, se da por hecho que Noruega liderará el medallero. Hay cosas que nunca cambian.

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El extraño caso Caritoux

Los 80 fueron los años del boom del ciclismo en España. Es bien cierto que desde Trueba o Berrendero, gracias a Bahamontes, Julio Jiménez u Ocaña, el ciclismo siempre había sido uno de los deportes nacionales. Durante el Franquismo la trilogía del deporte hispano se conformaba a través del fútbol el boxeo y el ciclismo, todos deportes de reglas simples y de coste paupérrimo. La cosa no daba para más. Pero, y así con todo, si a finales de los 70 había dos equipos profesionales a inicios del siguiente decenio la cosa iba por once escuadras. En 1983 Ángel Arroyo había subido al pódium en Paris tras una década de ausencia española. Y no era sólo Arroyo. También era Marino Lejarreta, Alberto Fernández, Julián Gorospe y, especialmente, Pedro Delgado. El segoviano, apodado el loco del Peyresourde por una estruendosa etapa pirenaica en el famoso Tour de 1983, era el abanderado del equipo ‘Reynolds’ conjunto navarro dirigido por José Manuel Echávarri, quien entre bambalinas pulía a un fuera de serie llamado Miguel Induráin.

El caso es que en 1984 la Vuelta a España debía ser ganada por un español. La edición anterior había sido gobernada por Bernard Hinault, quien de paso se dejó las rodillas en las carreteras emulando a los generales napoleónicos que combatían con las tropas lideradas por el Empecinado. En esos tiempos tanto Giro como Vuelta (el Tour a la fuerza se iba convirtiendo en marca global) eran carreras chauvinistas. Los patrocinadores y los organizadores no ocultaban el deseo de que ganase un paisano y se hacía todo lo legalmente posible para favorecer esas ideas. Solía haber acuerdo entre equipos hispanos para desarbolar a los extranjeros y, para más inri, la aparición del periodista José María García y su colosal puesta en escena del ciclismo (con unidades móviles en motocicletas y helicópteros incluidas) hizo de obligado cumplimiento la victoria de un ciclista español.

Así pues, Pedro Delgado era el favorito al triunfo final. Aún no había ganado nada de renombre, pero era evidente que era un talento generacional. Marino Lejarreta (campeón en 1982 y segundo en 1983) y Alberto Fernández (tercero en la Vuelta y en el Giro de 1983) eran los otros candidatos. Después Julián Gorospe, Vicente Belda, Álvaro Pino o José Luis Laguía. Como extranjeros, subrayaba la presencia de Francesco Moser, excepcional clasicómano, y de un joven alemán formado en España llamado Reimund Dietzen.

Y nadie más.

Eric Caritoux llegó a su hotel de Jerez de la Frontera, donde se iniciaba la Vuelta, sin zapatillas. Se había olvidado de meterlas en su maleta. Había sido llamado a última hora por el director del conjunto francés ‘Skil’ para completar la terna de nueve ciclistas que durante tres semanas transitarían por tierras españolas. Caritoux, quien habitualmente hacía de lugarteniente de Sean Kelly, su jefe de filas, acudía a la Vuelta a cumplir el expediente. Sin Kelly, el objetivo del equipo ‘Skil’ era consumar una participación decente, intentar colarse en algunas escapadas que diesen minutos de televisión al patrocinador y tentar a la suerte con una victoria parcial de etapa.

David Guénel on Twitter: "En remportant la Vuelta 1984 avec seulement 6  secondes d'avance sur Alberto Fernandez, Eric Caritoux est le vainqueur de  Grand Tour avec la plus petite marge de l'histoire.
Eric Caritoux

Las ceras que resbalaban abrasadas sobre los adoquines de las calles de Jerez de la Frontera impidieron que Moser exhibiera el poderío que había mostrado batiendo el récord de la hora semanas atrás. Era Semana Santa. Entonces la Vuelta era en abril. Aun así, a Moser le bastó para ponerse de líder tras la contrarreloj inicial manteniendo el maillot amarillo durante una primera semana bordeando el Mediterráneo hasta llegar a Cataluña.

Llegó entonces la primera etapa de montaña. 16 kilómetros de ascensión en Rasos de Peguera, en el interior de la provincia de Barcelona. Allí Pedro Delgado se puso de líder tras un mano a mano con Alberto Fernández. La sorpresa vino del ganador de etapa. Eric Caritoux, el desconocido del equipo ‘Skil’, había aguantado las embestidas de los jefazos de la carretera y luego había aprovechado que nadie reparaba en su presencia para saltar en busca de la victoria de etapa. Aquello era un exitazo para Caritoux y una conquista totalmente inesperada.

Perico Delgado asomaba su radiante y pícara sonrisa, aquella que le haría, y aun lo hace, uno de los favoritos del gran público. Sino el más exitoso, si el ciclista español más conocido. A sus 24 años se erigía por vez primera como líder de la Vuelta y caminaba hacia la leyenda. Mas su atractivo radicaba en su actitud despreocupada, en ese aire quijotesco que tan pronto alumbraba una victoria como una catástrofe desmesurada.

Delgado era líder. A 11 segundos estaba el desconocido Caritoux. Alberto Fernández marchaba quinto a 40 segundos.

Seis días después tocaba ascender los Lagos de Covadonga. Con seis corredores en menos de sesenta segundos de diferencia, la etapa tenía que marcar forzosamente un antes y un después en una Vuelta sin claro dominador, sin una estrella de rango internacional. Primero se quedaba Álvaro Pino, luego Marino Lejarreta y a nueve kilómetros de meta el mismísimo Perico Delgado, para decepción de los fans. La gloria de Delgado se convirtió en pájara. Alberto Fernández tomó su testigo y asumió el mando de la carrera, pero la victoria fue para el alemán Dietzen…y el liderato para Caritoux (siempre de pie, nunca sentado) quien aguantó la rueda de Fernández hasta escasos metros para el final. Ahora el francés era líder con 32 segundos de ventaja sobre ‘El Galleta’.

Porque a Alberto Fernández se le conocía como ‘El Galleta’. Criado en Aguilar de Campoo, Alberto Fernández no era Perico Delgado. Cántabro de orígenes castellanos, ‘El Galleta’ era un tipo duro, serio, recio, acostumbrado a ganar carreras de una semana y fuerte como un tronco para soportar las grandes vueltas. Conservador y amable, era un tipo respetado pero huidizo con los focos. A sus 29 años sabía que aquella era su gran oportunidad.

Tocaba entonces una cronoescalada al Naranco, a las afueras de Oviedo. Doce kilómetros de ascensión. Llovía a mares. El agua rebota en el asfalto, golpea las ruedas y se adentra en los pómulos de los corredores. Gana Gorospe. Delgado ya no cuenta. Caritoux aguanta escupitajos, insultos, lanzamientos de botellas con agua helada y hasta intentos de hacerle caer al suelo. Acaba a cinco segundos de Alberto Fernández. Son 37 de ventaja.

¿Quién es este tipo? Se pregunta la gente. Ni entre los franceses es conocido. Cuando gana la etapa de Rasos de Peguera, es anunciado por TVE como un corredor suizo. Hijo de la Provenza, de familia con una humilde bodega, entrena habitualmente por las carreteras que llevan al icónico Mont Ventoux. Meses antes había ganado en la cima ventosa durante la Paris-Niza. Ese era su palmarés. Ni más ni menos.

Quedan cinco etapas para el final y apenas dos con enjundia. El penúltimo día una contrarreloj de 33 kilómetros y el día inmediatamente anterior una etapa de unos brutales 258 kilómetros por la sierra madrileña. Delgado atacó bajando y llego a ponerse a 30 segundos del liderato. Caritoux no tenía nada que hacer ni equipo que le echase una mano, pero fue Alberto Fernández quien cortó la emboscada. Delgado jamás se lo perdonó ya que, además, Fernández fue incapaz de distanciarse de Caritoux a pesar de sus repetidos ataques.

Cuando Gorospe ganó en el Naranco y Fernández se quedó a 37 segundos del francés, Caritoux llegó a declarar: “Tengo la Vuelta perdida, sé que Alberto me va a ganar en la contrarreloj final”. Caritoux estaba obsesionado con una conspiración nacional y creía que no tendría nada que hacer en los 33 kilómetros de la crono con salida y llegada a Torrejón de Ardoz. Caritoux no iba bien en la disciplina de la soledad, pero la crono del último día siempre es más una cuestión de fuerza que de técnica. Un equipo de la TF1 francesa se desplaza a España para seguir las hazañas del joven francés ante la inaudita posibilidad de que se haga con la victoria.

Frente a frente en Torrejón, junto a la base estadounidense, los dos observaban cómo sus rivales iban cayendo al suelo en las distintas curvas resbaladizas. Llueve. Mucho. Muchísimo. Una cortina de agua constante que es abierta en canal por las gomas de las monturas. Pedro Delgado, Francesco Moser, Julián Gorospe, Pello Ruiz Cabestany…todos al suelo. El recorrido pedía precaución, cuando lo que Fernández necesitaba era épica. Arriesgó todo lo que pudo mientras Caritoux esquivaba paraguazos e incluso recibía un puñetazo nada más cruzar la meta. Vergonzoso. Ganó Gorospe a pesar de la caída. Fernández acabó en quinto lugar de la etapa y Caritoux fue noveno.

Alberto Fernández recortó 31 segundos. Insuficiente.

Eric Caritoux ganaba la Vuelta a España por la exigua ventaja de seis segundos. Sigue siendo la diferencia más pequeña entre vencedor y segundo clasificado.

Treinta años de la muerte de Alberto Fernández | Todas las noticias de  Palencia
Alberto Fernández

En diciembre de ese año, Alberto Fernández se desplazó a Madrid para recoger en una gala el trofeo que le acreditaba como mejor ciclista español del año. Aquella noche, de vuelta camino de Santander, él y su mujer fallecían en un accidente de tráfico. Un Citroën CX de matrícula francesa se chocó en su camino y lo mató casi en el acto. El hombre que lideró la España ciclista que hizo de puente entre Ocaña y Delgado fallecía antes de cumplir la treintena.

El futuro de Caritoux no fue trágico en lo humano, pero si en lo deportivo. Acabó sexto en la Vuelta del año siguiente y en 1988 fue campeón de Francia. Y nada más. Sería gregario el resto de su carrera hasta que se retiró en 1994. Incluso con su jersey amarillo de vencedor de la Vuelta seguiría siendo un Don Nadie. El tiempo acabaría haciéndole justicia. Willy Voet, masajista de distintos equipos durante tres décadas, declaró en una sufrida biografía que en todos sus años como profesional tan sólo había visto a dos ciclistas que jamás supieron lo que eran las anfetaminas, los corticoides y, por supuesto, la EPO o las drogas duras. Uno de esos dos santos fue Eric Caritoux.

Aunque sólo sea por eso, valoremos con justicia la inesperada y extraña victoria de Eric Caritoux en la Vuelta a España de 1984.

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Kopa Brand

Queda en las nebulosas del olvido, pero Raymond fue el primero. Mbappé, Zidane, Platini y Kopa. Mismo talento, orden inverso. Raymond Kopa fue futbolista grande, imponente, de los de mando en plaza. El primer gran futbolista francés, un país de bicicletas y balones ovalados que sólo ha ido abrazando el fútbol rendido a la evidencia de lo inevitable.

Raymond Kopaszewski era hijo de emigrantes polacos que se instalaron en el norte de Francia buscando una mejor vida. Kopa perdió el dedo índice de su mano izquierda trabajando en una mina de carbón en tiempos de la II Guerra Mundial. Tenía 14 años cuando acabó la contienda y dos decenas cuando firmó como futbolista profesional con el Stade de Reims. Es Reims una ciudad magistral. Capital del champán, a una jornada de trayecto de Paris, destaca por sus cuidados viñedos, sus bodegas elitistas y por una majestuosa catedral gótica bautismal de los reyes de Francia. Bombardeaba por los alemanes durante la I Guerra Mundial, la catedral fue rápidamente reconstruida por los franceses quienes conforman el país más monárquico con corte republicana.

Raymond Kopa - Perfil del jugador | Transfermarkt
Raymond Kopa

Kopa era pequeño, hábil, fuerte y escurridizo al mismo tiempo. Su versatilidad le hacía destacar como mediapunta o incluso como delantero centro. Y ahí radicaba el problema. Aquel puesto estaba reservado en el Real Madrid a Alfredo Di Stéfano. Hubo de ubicarse como extremo derecho a regañadientes. Era habilidoso, aunque carente de velocidad. Antes había convertido al Stade de Reims en un gigante europeo y en el club de referencia en Francia. Formó equipo con Michel Hidalgo y aun le daría tiempo a compartir un año con Just Fontaine antes de que una lesión de rodilla acabase con la formidable trayectoria del goleador magrebí. Kopa era el buque insignia de un Stade de Reims que en 1956 perdió en Paris la primera final de la Copa de Europa ante el Real Madrid.

Al año siguiente era Kopa el que levantaba el trofeo portando la camiseta merengue. Será el primero de tres títulos consecutivos en los que Raymond se erige como pieza fundamental. Aun hoy sigue siendo el futbolista que más asistencias de gol ha dado en finales de Copa de Europa. Por el camino también hubo un Balón de Oro y unas semifinales de Mundial con Francia en 1958, un Everest para el balompié galo de entonces.

Kopa era feliz en el Madrid. Las reticencias iniciales por su posición en el campo pronto se acabaron y trabó franca amistad con Di Stéfano. “Jugar con él era como llevar paracaídas cuando viajas en avión”, diría sobre ‘La Saeta’. Kopa comprendió que por muy bueno que fuese, el ‘capo’ y el mejor sobre el campo era Di Stéfano.

Sin embargo, había un pequeño agujero en la vida de Kopa que día tras día se agrandaba hasta convertirse en un cráter. Se trataba de Christiane, la esposa de Raymond. No le gustaba Madrid y no se adaptaba a la vida en España. Aquella capital gris bajo los auspicios de una dictadura en poco se parecía a la tranquila y provinciana Reims. Su deseo era volver a casa junto a su familia y sus amistades. Si la balanza estaba igualada un hecho terrible la inclinó del lado de Christiane de forma definitiva. El matrimonio Kopa hubo de convivir esos años con la fatídica noticia del diagnóstico de un cáncer en uno de sus hijos. Por aquel entonces la enfermedad derivó en muerte sumiendo en un oscuro agujero negro al matrimonio y al resto de la familia.

Santiago Bernabéu dio el visto bueno y tras tres años de ensueño en lo deportivo Kopa decidió volver a casa. El problema es que el Stade de Reims no tenía forma de pagarle a Raymond lo que demandaba. Bastante tenían ya el conjunto francés con mantener a Fontaine en el equipo. Aunque tanto el Madrid como el jugador fuesen magnánimos, en ese trienio el caché de Kopa había subido tanto que su vuelta a Francia se tornaba en imposible. Italia era entonces la cuna de oro del fútbol mundial y el lugar al que el futuro de Kopa parecía predestinado.

Pero apareció entonces un empresario de Angers que le propuso darle su nombre a una bebida refrescante, agua con gas, de gran éxito en el país galo. Cuajó, pero fue la espita para algo más grande. Un empresario textil le propuso a Kopa venderse a sí mismo. Ejercer de hombre anuncio. Crear la marca ‘Kopa’. ‘Kopa Brand’. Camisetas ‘Kopa’. Botas ‘Kopa’. Era algo inaudito. Si, ya en 1934 el brasileño Leónidas había sido imagen para una marca de chocolates o más recientemente Di Stéfano había sido el icono de una casa de medias (sí, han leído bien), pero aquello era desconcertante. Una muestra radicalmente distinta.

Kopa no hacía anuncios. Kopa era su propio anuncio. Controlaba el mensaje. Era anuncio y anunciante al mismo tiempo. Aquello se llamaba derechos de imagen. Era un ‘brand’, una marca. Estaba controlando su propio destino.

Y la cosa no fue bien. El Stade de Reims volvió a ganar la liga con Kopa pero veía como la brecha con españoles, británicos, italianos y hasta portugueses se agrandaba. Y la gente, tan tradicional en lo que a fútbol se refiere, la tomó con el bueno de Raymond. En cada partido del Reims había sonido de viento cuando el crack francés se equivocaba en un pase o fallaba una ocasión clara de gol. Si es tan importante como para tener su propia marca, si está por encima de los demás, que lo demuestre en el campo, era el sentir general.

Así que Kopa se dijo a sí mismo que era más que suficiente y decidió dejar Reims con el beneplácito de su esposa. Pero no le era posible. Existía entonces el derecho de retención por el cual un jugador no podía abandonar un club si no había consentimiento previo. Los clubes eran los propietarios de la ficha del futbolista y tan sólo tenían la obligación de aumentar un 10 % el salario de un futbolista anualmente para mantenerlo en nómina per secula seculare aunque fuese en contra de su voluntad. Dado que el Reims no tenía intención de traspasarlo, y menos tras la prematura retirada de Fontaine por culpa de las lesiones, Kopa no podría salir de Francia por mucho que lo desease.

Así que, en 1963, a los 32 años, Kopa dio una entrevista a ‘France Dimanche’. Fue duro. Había sido minero en su juventud. Era un inmigrante hijo y nieto de mineros. Era un hombre de tiempos bravos. Y no se cortó ni un pelo. Habló de explotación laboral. Era 1963. Época de cambios sociales, pero quizás Kopa se adelantó un lustro o una década a lo que la sociedad demandaba. El caso es que tanto el Reims como la Federación Francesa de Fútbol reaccionaron furiosos y se sancionó a Kopa con seis meses sin jugar. Kopa intentó acudir a la justicia ordinaria, pero fue en vano, dado que entonces los trapos sucios del deporte se lavaban en la intimidad.

Kopa volvería a jugar, mas nada volvería a ser lo mismo. El Reims pagó cara esa ausencia de seis meses y bajó a Segunda. Ascendería de nuevo, pero Kopa era un bicho raro, una mosca cojonera en un panel de miel. Pleiteó con tesón, aunque tuvo que esperar para estar retirado para que la justicia le diese la razón. A él no le valdría de nada, pero trajo justicia a los que le sucedieron. Era 1968 y el mundo además de playa debajo de los adoquines convertía a los futbolistas en trabajadores con derechos sociales.

A partir de ahí vino todo lo demás. Pocos años después Cruyff firma un gran contrato con Puma. Resultó que la selección holandesa contrató con Adidas y suministró la ropa con las consabidas tres rayas en las mangas. Cruyff se negaba a ponérsela porque hacerlo contravenía su acuerdo con Puma. Tras un largo tira y afloja, se la puso, pero quitando una de las tres tiras. Aquella foto fue célebre. Y no paso nada. Los derechos de imagen eran una realidad. Con el tiempo se olvidó y Florentino Pérez usó esa estratagema para llenar el Madrid de galácticos, pero pronto los futbolistas (y sus representantes) se dieron cuenta de que ahí residía el negocio. A Kylian Mbappé le disuadieron en 2022 de fichar por el Real Madrid por 225 millones de euros a razón de tres temporadas…y 125 a mayores de compromisos publicitarios organizados por el Paris Saint Germain. Mbappe se ha negado más de una vez a cumplir con alguno de esos compromisos que estaban en conflicto con otros de la selección francesa más otros que el mismo ha adquirido a título personal.

Hoy Raymond Kopa es un mito del fútbol francés y europeo. Da nombre al trofeo del mejor jugador sub-21 del planeta y está considerado el pionero del sindicalismo y el hombre que permitió que los futbolistas fuesen los dueños de su propio destino. Pero antes de todo eso Kopa lo pasó mal. Gastó mucho dinero en abogados y tuvo que vender su Balón de Oro acusado por las deudas. Después se rehízo y su marca ‘Kopa’ diseñó la línea deportiva de Adidas que vistió a Uruguay, Chile, Suecia y Yugoslavia en el Mundial de 1974. Hoy ‘Kopa’ ya no existe, pero en 1998 unos chicos neerlandeses fundaron una marca de camisetas de fútbol vintage de preciosos diseños y de éxito mundial. No le pudieron poner ‘Kopa’ por derechos de imagen. Pero no dudaron en bautizarla como ‘Copa’.

SportMob – Raymond Kopa Biography
Kopa

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Los demonios de Ocaña (2ª parte)

Compró por entonces Luis Ocaña un pastor alemán. La vida le sonreía. Tenía casa propia. A la finca le había puesto de nombre Orcieres-Merlette en honor a aquella calurosa tarde de julio de 1971. Tenía un hogar, una familia y, ahora también, un perro como mascota. No lo dudó. Le puso de nombre Merckx. Lo tenía clarísimo. Le gritaba a todas horas. ¡Ven a mis pies! ¡Merckx soy tu dueño! ¡Merckx túmbate! Hoy diríamos que Ocaña tenía un TOC. Estaba obsesionado. Estaba trastornado. Estaba encantado. Podía mandar en Merckx y Merckx le obedecía.

Para 1973 Eddy Merckx decide no correr el Tour. Quiere ganar la Vuelta a España. Es la única de las tres grandes que no tiene, más que nada, porque nunca la ha corrido. Por entonces Giro y Vuelta se solapaban en primavera y el prestigio de la ronda italiana era infinitamente superior a la de la carrera hispana. Merckx decide correr (y ganar, porque Merckx no corre para ser segundo) la Vuelta y el Giro. Entre la finalización de una y el inicio de la otra hay tan sólo cinco días de diferencia. Una locura.

Para asegurarse la presencia de ‘El Caníbal’, la organización de la Vuelta decide hacer un recorrido amable y así Merckx se anime a acudir. La idea es que regule sus fuerzas y pueda asaltar el Giro en plenitud de facultades. Se introducen muchos sprints bonificables, donde la punta de velocidad de Merckx y el buen hacer del equipo Molteni le facilitaran las cosas. Ganará la Vuelta con 3’46’’ sobre Ocaña, siendo mucho más conservador que de costumbre. Fue la única vez en la historia de la Vuelta en la que ha habido tres ganadores del Tour en el pódium (Merckx, Ocaña y Thevénet).

Ocaña lanzó sapos y culebras por la boca. Si su exhibición en Orcieres-Merlette y su posterior caída en Menté le habían colocado en el santoral de los españoles, de repente tras esa Vuelta volverá a ser considerado francés. Ocaña. Español en Francia y francés en España. Despotrica contra la organización por apoyar con el trazado a Merckx y a los aficionados por animar al belga. “La carrera está preparada para Merckx. Sin cuestas y con bonificaciones. Solo falta que le pongan segundos a la puerta del hotel”. Eddy contesta. “Los sprints están para todos, sólo tiene que aprovecharlos”. En el pódium de San Sebastián (si, San Sebastián, entonces no se acababa en Madrid) la cara avinagrada de Ocaña es de las que quedan en el recuerdo. Años atrás en una Paris-Niza, Merckx pasa silbando al lado de Ocaña. “Silba, silba, que un día silbaré yo”, dicen que dijo por lo bajo el de Cuenca.

El caso es que, tras ganar la Vuelta, Eddy Merckx gana el Giro del 73 en otra hercúlea exhibición y, aunque recibe muchas presiones externas, decide tomarse el mes de julio como descanso. No correrá el Tour.

Es la oportunidad de Luis Ocaña.

En la primera etapa un perro se cruza delante del pelotón. Y Luis Ocaña se cae. Pero esta vez no. Esta vez no. Se viste de amarillo en la séptima etapa camino de los Alpes. No soltará la sagrada prensa. Su mujer lo acompaña día tras día preparándole tisanas para sus recurrentes problemas respiratorios. Pero es otro Ocaña. Sin Merckx, corre más relajado. Su pedaleo resulta hermoso, bello. Su victoria es exuberante. Gana seis etapas y deja a Bernard Thevénet, segundo clasificado, a más de quince minutos. Ocaña arrasa. Ocaña gana a lo Merckx.

Les Orres, Tour 1973: El gran choque de Ocaña y Fuente - Ciclo21
Fuente (i), Thevénet (c) y Ocaña (d)

En aquel Tour, en su Tour, ese del que ahora se cumple medio siglo, sólo se dio un capricho. Moutiers-Les Orres. 237 kilómetros. Telégraphe, Galibier, Izoard y Les Orres. Se van José Manuel Fuente ‘Tarangu’ y Ocaña. Si el conquense era terco, el asturiano era, si cabe, aún más tozudo. Ocaña le propone un acuerdo. La etapa para ti, la general para mí y si tu equipo me echa una mano en el llano yo os dejo ganar todas las etapas que queráis. El Tarangu dice que no. Al loco ni agua. Porque Fuente llamaba loco a Ocaña. El novelista Marcos Pereda dejó escrito que eso era tan irracional como que Miliki llamase payaso a Fofó. El caso es que los dos locos no se ponen de acuerdo. Quedan 150 para meta. Fuente ataca veintiuna veces. ¡21 veces! En todas respondió Ocaña. A la vigesimosegunda el niño del hambre, el niño de mirada taciturna, puso en marcha la burra. Luis Ocaña se fue sólo. Fuente llegó a un minuto, Thevénet a siete, Zoetemelk, sexto en la etapa, a más de 20 minutos. Es un exterminio. Ocaña acaba tan cansado que llega al hotel y se queda dormido con el maillot amarillo con el que es investido en el pódium.

Pero Ocaña no es feliz. Ocaña no está eufórico. Puede que haya ganado el Tour de 1973, pero su Tour era el de 1971. Meses después de su victoria, en julio del 73, tiene lugar el Campeonato del Mundo de Ciclismo en Barcelona. Ocaña es bronce. Irradia felicidad. Mas que en el Tour. Se gana la plaza en el pódium por delante de Merckx al que supera en el sprint y quien finaliza cuarto. El oro es para Gimondi. El italiano aprovechó mucho mejor sus oportunidades y su currículo brilla más que el español. No es así en el corazón de los aficionados. “Siempre salgo a ganar, no estoy satisfecho”, dice a la prensa. Pero sus palabras no acompañan a sus gestos. Es una derrota dulce.

La temporada acaba y toca correr un critérium en Bélgica. En el avión, camino de Bruselas, Merckx y Ocaña comparten asientos. Hablan. Hacen las paces. Nunca fueron íntimos, pero si enterraron el hacha de guerra. Al llegar a tierra se van de copas. Al día siguiente había carrera. Ganó Merckx, quien si no. Pero por la noche no. Por la noche ganó Ocaña. “Siempre me ganó en la carretera, pero nunca me ganó tomando copas”, diría una vez retirado Ocaña sobre Merckx. Y es que Luis Ocaña tuvo una inmensa suerte y una enorme desgracia. Eddy Merckx. Merckx le privó de la gloria, pero sin Merckx jamás hubiese exprimido su talento.

Aquellas peleas de Merckx y Ocaña: sobre Orduña, Torrelavega y la Vuelta de  1973
Ocaña ataca a Merckx. Vuelta 73

Llegamos así a 1974. El año de la verdad. Ocaña contra Merckx. Los dos últimos ganadores del Tour frente a frente. Pero no fue así. Ocaña corre la Vuelta con sus eternos problemas respiratorios. Tose. Hace frío. Va a peor. Debe abandonar. Pero no abandona. Queda cuarto. Y queda tocado. No corre ninguna carrera hasta que reaparece a escasas semanas del Tour. Y entonces se cae. Ocaña siempre se cae. No correrá el Tour. Merckx gana el quinto. Se puso líder el primer día y le metió una minutada a Raymond Poulidor, segundo en la general a sus 38 años.

Y ese fue el fin. El Bic prescindió de Ocaña cansado de pagarle a un corredor que siempre estaba enfermo o lesionado. Ocaña vuelve a España y firma por el modesto SuperSer. Le dio para hacer otro pódium en la Vuelta y fin de la historia. Abandonó en el Tour del 75 y en el 76 quedó decimocuarto. Ese año brilló por última vez. En una etapa de los Pirineos decide tirar de orgullo y hacerle decenas de kilómetros a Lucien Van Impe mientras el belga va camino de ganar el Tour. ¿Por qué? Porque así le hacía la puñeta al otro aspirante, a Joop Zoetemelk, aquel neerlandés chuparuedas que se había caído encima de Ocaña en aquella cerrada curva de izquierdas bajando el Col de Menté.

Genio y figura.

El ocaso de Ocaña es aceleradísimo. Con 32 años está retirado. Está jubilado y tiene toda la vida por delante. Compra unos terrenos en Caupanne. Son 60 hectáreas. Instala una piscina en la finca y levanta los azulejos con sus propias manos acabando con un corte atroz que lo lleva a urgencias. Le dicen que contrate a unos profesionales y se niega en redondo. ¿Qué pensaría su padre? Dicen los que lo conocen que es más feliz que un niño con zapatos nuevos. Es el triunfo de su vida. Tiene casa y tierras. Ha conseguido lo que siempre había soñado. Lo que nunca había logrado su padre. Pero todo es un paripé. Luis no es feliz. Luis nunca es feliz.

Decide dedicarse al armagnac. Todos le dicen que está loco. Que el tiempo del cognac y del armagnac ha pasado. Que son bebidas que no interesan a los jóvenes. No hace caso. Se mantiene rebelde. Como siempre había sido y como siempre será. Llama a Merckx. Le pide ayuda para importar armagnac gracias a su nombre en Bélgica. Eddy acepta. Pero ni Eddy puede levantar un imposible.

Un temporal arrasa con las viñas. Durante tres años no se podrá cultivar. Y no tiene seguro. Luis no había asegurado las viñas. ¿Luis Ocaña con un seguro? No, gracias. Debe volver. Lo hace como director deportivo. Fracaso absoluto. Lo hace como comentarista radiofónico. Clarividente, pero demasiado sincero. Despotrica sin ton ni son. Se gana enemigos en cada esquina. Habla de Franco y asegura que el futuro de Francia es Le Pen.

Y luego está Merckx. La sombra de Merckx. “Nunca te perdonaré que no corrieras el Tour del 73”, le suelta cada vez que coincide con él. “Le doy más valor a lo que hice en el 71 que a la victoria del 73”, dice, melancólico, micrófono en mano. Merckx. Merckx. Siempre Merckx.

Tristón, mustio y abatido, Luis se consume por dentro. Tiene un accidente de coche. Tiene que ser hospitalizado. No pasa de susto, pero durante el susto le hacen una transfusión de sangre. Problema. Hepatitis C. Ocaña se hunde. Su mujer no lo reconoce. Es incapaz de animarlo. Los ataques de ansiedad son constantes.

Una mañana uno de esos ataques zozobra su existencia. Su mujer tiene miedo. Viene su médico de cabecera y también un par de agentes. Porque es un intento de suicidio. Y si es suicidio tiene que acudir la gendarmería. Lo tranquilizan. Su mujer pide internarlo. El médico le dice que no ha sido nada.

Dos días después, la mañana del 19 de mayo de 1994, a Luis Ocaña le da otro ataque de ansiedad. “Yo no pienso pasar mis últimos días sufriendo como mi padre”, cuentan que le dijo a su mujer. Su padre y Merckx. Merckx y su padre. Los demonios de su vida. Su mujer consigue tranquilizarla. Su mujer aprovecha para llamar al médico, pero Luis ha cortado el cable del teléfono. No hay móvil. Estamos en 1994. Pero hay una línea fija inalámbrica. Josiane, que así se llamaba la esposa de Luis, convence a su marido para que se retire a descansar a su despacho. Mientras, corre en búsqueda del inalámbrico. Llama al médico, pero llega tarde. Todo ha sido una artimaña de Luis. Como aquella vez que atacó a Merckx cuando pinchó una rueda. Ocaña lo tenía todo preparado. Aprovechó la ausencia de su mujer para descerrajarse un tiro en la sien.

Luis Ocaña, el español de Mont de Marsan, se suicidaba en el despacho de su casa antes de llegar al medio siglo de vida.

Luis Ocaña fue español en Francia y francés en España. Fue un incomprendido. Un ciclista incontenible y una persona insatisfecha. Ocaña era un orgullo desmedido incapaz de aceptar sumisión alguna. Nunca quiso que lo reconocieran como vencedor, sino como luchador. Esa obsesión fue su grandeza, pero también su condena.

CapoVelo.com - Luis Ocaña
Puro ciclismo

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Los demonios de Ocaña (1ª parte)

1968 era el primer año como profesional de Luis. Aquel verano se dio a conocer logrando la victoria en el Campeonato de España. Obteniendo el jersey con la rojigualda, Luis volvió a cruzar los Pirineos y se encaminó a Mont de Marsan. Allí, equidistante de San Sebastián como de Burdeos, se consumía el señor Ocaña, el padre de Luis. Un cáncer lo absorbía, pero antes de hacerlo su hijo le puso en el regazo aquel maillot con la bandera española. Llorando, Luis recibió de su padre un simple gesto de afirmación con la cabeza. Era un gracias, un orgullo y una felicidad a partes iguales. Días después el padre de Luis Ocaña fallecía.

Luis Ocaña fue francés en España y español en Francia. Aquello le desquició de por vida. Había sido descubierto por Pierre Cescutti, un ex ciclista y un tipo con vida de novela. Cescutti formaba parte del batallón que entró en el Nido del Águila de Hitler escasos días antes del fin de la II Guerra Mundial. Cescutti no puso su vida en peligro, ni pegó un tiro, ni intentó quedarse para el recuerdo con algún enser del Führer. Cescutti se atrincheró en la bodega de la casita de Berchtesgaden y se pilló una cogorza de campeonato mientras los demás jugaban a ser héroes. El caso es que Cescutti habló con su amigo Antonin Magne, doble vencedor del Tour y entonces director del equipo Mercier, para meter en sus filas a Ocaña. Magne le dijo que vale, que sería gregario de Raymond Poulidor y que habría que nacionalizarlo francés. Ocaña dijo que naranjas de la china. Él no iba a ser el segundo de nadie y ni de coña se iba a nacionalizar francés. Sus otros tres hermanos acabarían haciéndolo con el tiempo. A Luis jamás se le pasó por la cabeza.

“Soy más español que Franco”, diría en cierta ocasión.

Luis Ocaña había nacido en Priego, un pueblecito del norte de Cuenca, en 1945. Tiempo de miseria y hambre. A los seis años a su padre le dan un trabajo en una central hidroeléctrica en el valle de Arán y allí se van los seis miembros de la familia. Era republicano. Y lo putearon todo lo que pudieron. Todos eran pobres, pero los Ocaña incluso eran un poco más pobres. Contaba Luis que no supo lo que era una merienda hasta que tuvo doce años, momento en el que sus padres decidieron cruzar la frontera por el puerto del Portillón y buscar una vida mejor. Luis lo cruzó con la cabeza gacha, tímida, y la mirada perdida en busca de las estrellas. Esa mirada acompañó a Luis Ocaña toda su vida. La mirada del desgraciado, del que avergonzado pide perdón allá por donde pasa. Morenísimo, su cuello era propenso a las collejas. Con los años aquella cara de lelo acabará siendo ocultada por unas soberanas patillas.

A los catorce Luis entra como aprendiz de ebanista en Mont de Marsan donde se instala la familia. Es entonces cuando dos días a la semana pasa a entrenar con una bicicleta que le compra Cescutti admirado por el talento del chaval de Priego. A Cescutti le cuesta horrores convencer a su padre para que le permita ser ciclista. Todo se definirá cuando Luis le tire un hacha a la cabeza al capataz de la carpintería al negarse a aceptar una orden. Severo, su padre jamás se lo perdonó. Ocaña nunca acató la autoridad. Ni la de sus jefes ni la de su padre. Con su progenitor nunca tuvo buena relación, aunque siempre lo admiró por su tenacidad. Lástima que el padre no viviese lo suficiente para ver que su hijo tenía el mismo par de huevos que su progenitor.

Porque Luis Ocaña no iba a aceptar la autoridad de nadie. Tampoco la de Eddy Merckx.

Tour de Francia: Victoria de Ocaña en Puy de Dome | RTVE Play
Ocaña (rojo) y Merckx (amarillo)

Luis Ocaña se hizo profesional con el equipo español Fagor. Lo hizo por razones sentimentales, pero también entendía que tenía más opciones de destacar y de progresar en el mercado hispano. En 1969 corrió su primer Tour, hecho que también haría Eddy Merckx. Como finalizó ese Tour marca lo que será una constante en la carrera de dos genios de la bicicleta. Ballon de Alsacia. Merckx ataca y se pone de líder. Primera de muchas. Ocaña se va al suelo durante el descenso, su barbilla choca contra el asfalto y su rostro sangra abundantemente. Es invitado por su director a abandonar. Se niega. Acaba haciendo unos cuantos kilómetros remolcado por sus compañeros. Inconsciente, cruza la línea de meta vomitando. Es entonces cuando cae maduro al suelo y es trasladado al hospital. Solo entonces Luis Ocaña decide abandonar. Merckx lo alaba ante la prensa. A Ocaña eso no le vale para nada.

Y Eddy sigue a lo suyo. Merckx lo que hace es ganar el Tour tal cual ganaba Atila sus batallas. Domina de principio a fin, vence en seis etapas y gana todas las clasificaciones complementarias de aquel 1969, algo que jamás se volverá a repetir. El ogro belga refrenda exhibición en 1970, donde Ocaña (que había firmado por el BIC francés) se desfonda en los Alpes y pierde sus opciones en la general, aunque logra ganar una etapa parcial en los Pirineos.

Eddy Merckx es el gran dictador del ciclismo. No es que gane, es que arrasa. Ya sean clásicas, carreras de una semana o grandes vueltas de veintiún días. Camina hacia su tercer Tour de Francia consecutivo y Luis Ocaña aparece otra vez como aspirante. El respeto hacia ‘El Caníbal’ es inmenso, pero el pelotón es consciente de que contra el crono Ocaña y Merckx son parejos, más en la montaña el español es ligeramente superior. La gran diferencia radicaba en que Eddy era un martillo pilón incasable al desaliento y Luis era al mismo tiempo genio como sumaba pájaras e infortunios de proporciones bíblicas.

Tour 1971. Tras unas etapas de fogueo por el norte de Francia se llega a la séptima jornada con Merckx de amarillo y 52’’ de ventaja sobre Ocaña. Ese día se sube el Puy de Dôme y el de Priego le saca 15’’ al bruselense tras un latigazo. Es exigua renta, pero es la primera vez en tres años que alguien logra aventajar a Merckx en una gran vuelta. Dos días después, rumbo a Grenoble, Merckx pincha, y en ese momento Ocaña aprovecha para atacar. Llegará a la meta junto a Thevenet y Zoetemelk, quien será el que se lleve el premio gordo del liderato, mientras que Merckx se dejará 1’40’’ en la meta.

Llegó entonces el 8 de julio. 134 kilómetros. Salida desde Grenoble y llegada a la estación alpina de Orcieres-Merlette.

“O yo entierro a Merckx o él me entierra a mí”, diría Ocaña.

Nadie cuenta con Zoetemelk que sale de líder. Luis Ocaña está a un segundo. Merckx es cuarto en la general a cerca de un minuto.

Era una etapa corta, cortísima para la época. Apenas dos puertos sin excesiva ostentación al poco de iniciar el día, antes de llegar a Orcieres. En la primera cota, alto de Laffrey, Ocaña ataca y se lleva con él a Van Impe, Agostinho y Zoetemelk. El que no está es Merckx. Ocaña huele la sangre y tira como un poseso. Nadie le da relevos. Tampoco los admite. En el col de Noyer se va solo. Irresistible. Camina o revienta. Quedan 60 para meta. 117 en total de escapada. Entonces no hay pinganillos, sino pizarras llevadas por motoristas que anuncian con tiza donde está el enemigo. Y el enemigo estaba lejos. Muy lejos. Merckx tiraba solo. Estaba sin equipo y nadie le ayudaba. Tanta tiranía tenía al fin cumplida venganza. Cuando la ventaja iba por los seis minutos el director de Ocaña le mandó contemporizar. “¿Por qué?”, cuentan que dijo Luis. “Si son seis, serán siete”, replicó.

Luis Ocaña dio una de las mayores exhibiciones jamás dadas en la larga y brillante historia del Tour de Francia. Con un sol abrasador, gana y se pone el maillot de líder con 8’43’’ sobre Zoetemelk. Merckx era cuarto a cerca de diez minutos. El Tour estaba sentenciado. “El más increíble alarde de poder visto. El emperador (Merckx) fusilado”, título ‘L’Equipé’. “Nos ha matado como El Cordobés mata a los toros”, diría Eddy sobre Luis. En Francia lo adoran. Es uno de los suyos.

Los seis días de Luis Ocaña, emperador del Tour de Francia
El Cordobés en bicicleta

Pero Merckx era Merckx. Y moriría matando. Al día siguiente 251 kilómetros aburridos rumbo a Marsella. Etapa llana. Ocaña firma autógrafos y atiende en la prensa a cola de pelotón, justo cuando se va a dar la salida. Se corta la cinta…y ataca Merckx. El Caníbal no olvida la afrenta de Ocaña cuando había pinchado. Fue una lucha sin cuartel en el llano y dos minutos recortados por el belga. El pelotón llego con horas de adelanto a Marsella. Fue tal el enfado que el alcalde juró que jamás volvería el Tour a tierras provenzanas. Hubo que esperar hasta 1989, justo un año después del fallecimiento del regidor marsellés. Luego viaje en avión rumbo a Albi para una contrarreloj. La organización coloca a Merckx y a Ocaña en asientos contiguos. No se hablan. Ni se miran. Merckx reduce en once lacónicos segundos la distancia.

Y se llega así al 12 de julio de 1971. Primera etapa de montaña de los Pirineos. Desde Revel a Luchon. Se sube el Aspet. Merckx ataca. El cielo es azul. Ocaña va a su estela. Se corona el puerto. Calma tensa. Toca ascender el Col de Menté. Merckx suelta otro latigazo. El cielo es gris. Ocaña se pega a su rueda. Le dicen que lo deje ir. Que queda mucho. Que la ventaja es amplia. Ocaña dice que no con la cabeza. Tiene una misión y no es el amarillo. Su misión es derrotar al hombre perfecto.

Al rebasar la cima del puerto el cielo gris se convierte en una fuerte tormenta de verano. El paraíso se torna en negro. Granizo, relámpagos y barro. Las carreteras no tienen buen asfalto. Cuando besan la cuneta pasan de pastizales a pistas de patinaje. Eddy baja jugándose la vida. Luis no iba a ser menos. Tumbados sobre la burra con los dedos pegados en las palancas de los frenos. Al poco una curva fortísima de izquierdas. Merckx pierde el equilibrio y aterriza sobre la hierba embarrada. Ocaña cae, pero lo hace sobre una piedra. Merckx se levanta y sigue la marcha. Ocaña lo intenta.

Pero entonces llega Joop Zoetemelk.

A Zoetemelk no le van los frenos y cae encima de Ocaña. Tras el neerlandés vienen en tropel Agostinho y después López Carril. Ocaña no puede mover el brazo derecho.

Saldrá del Tour en camilla y lo hará sobrevolando en helicóptero el alto del Portillón.

Precisamente el Col de Portillón.

Porque en aquella etapa camino de Luchon se subía el Portillón y se cruzaba a tierras españoles antes de volver a Francia para finalizar la jornada. Había cuarenta kilómetros de recorrido entre Menté y las primeras estribaciones del Portillón. Lo lógico era que Ocaña dejase marchar a Merckx y fuese precavido bajando por aquella pista de patinaje. Pero para Ocaña el maillot amarillo era lo secundario, lo importante era ganarle a Merckx. Demostrarle que era mejor que él.

Para Ocaña cruzar de amarillo el Portillón por delante de Merckx era enterrar sus recuerdos de la infancia. Demostrarle al Luis niño que su tormento había finalizado. Cruzar el Portillón y ser aclamado por cientos de españoles era indicarle a su padre que los tenía más grandes que él. “Merckx y yo habíamos decidido atacarnos en cada metro de la carrera. Sabíamos que uno de los dos no terminaría el Tour”, diría en la cama del hospital. Pero era mucho más que eso. Cruzar el Portillón en cabeza no era ciclismo. Era un exorcismo.

Era su vida.

Tour Look Back: Luis Ocaña - PezCycling News
C’est fini

José Manuel Fuente ‘El Tarangu’ ganó la etapa y Merckx dio un recital que le valió para recuperar el liderato. El belga recibió insultos y escupitajos subiendo el Portillón y al día siguiente decidió no vestir el maillot amarillo por respeto a Ocaña. “Yo no he ganado el Tour, lo ha perdido él”, diría a la prensa. “Yo quiero que se lo ponga”, contestará el conquense. Dos días después el Tour pasa por Mont de Marsan y Merckx es incitado por los medios para acercarse a casa de Ocaña y saludarlo. Se dan un apretón de manos y sonríen delante de los plumillas y los fotógrafos, pero ni se hablan. El odio mutuo es atroz.

Luis Ocaña fue un gran desafortunado. Como Sísifo empujaba la piedra cuesta arriba en la montaña para llegar a la cima y verla rodar hacia abajo. En 1972 da una exhibición en la Dauphiné Liberé, pero acaba enfermo. Se presenta en el Tour con una bronquitis, recuerdo de una infancia paupérrima en cuidados médicos. Aquel año llegaron primero los Pirineos antes de los Alpes. En el alto de Soulor Ocaña pincha y Merckx ataca. Recuerdos del pasado. Merckx jamás olvidaba los desagravios. Encorajinado, Ocaña inicia una feroz persecución y los riesgos hacen que en la bajada del Gran Cucheron su cuerpo se estampe contra el asfalto. Pierde dos minutos, tiene margen de mejora, pero en la primera etapa de los Alpes decide abandonar. Volverá a casa en coche conduciendo durante horas y tendrá que dar marcha atrás al darse cuenta de se ha dejado las llaves de su hogar en el hotel donde había dormido la noche anterior. Ocaña siempre genio y figura.

Porque Ocaña no se resigna a su rol secundario. Otros sí, otros limitan pérdidas, esperan que Merckx falle, aprovechan ausencias o descansos. Raymond Poulidor aguanta mecha, Bernard Thevénet tendrá el honor de tumbar al Caníbal en su ocaso y Felice Gimondi será el gran rival generacional de Merckx. Gimondi aprovechará las ausencias de Merckx para lograr un palmarés majestuoso, mucho más glorioso que el de Ocaña, pero menos brillante a la hora de juzgar con el corazón. Ocala lo intenta siempre. Siempre. Pase lo que pase.

Son cuatro Tours entre 1969 y 1972. Eddy Merckx los ha ganado todos. Luis Ocaña sólo ha logrado llegar a Paris en una ocasión de cuatro posibles.

Ocaña era un fatalista.

Y lo seguirá siendo también en la victoria.

Continuará.

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The Six Nations; el torneo más decimonónico de los deportes decimonónicos

En ‘Astérix en Bretaña’ el valiente galo de bigote dorado y su fiel e inseparable Obélix desembarcan al otro lado del Canal de la Mancha para ayudar a los britanos en su lucha contra Julio César. Durante su aventura tendrán que hacer frente a la extrema educación de los nativos, lo que incluso los llevara a solicitar un alto en su lucha con los romanos para tomar el agua hervida a las cinco de la tarde. Vestirán prendas de tweed, viajarán en un barco pilotado por remeros de Cambridge, verán a unos bardos firmar autógrafos (los Beatles) o tendrán problemas para conducir su carro por la izquierda, entre otras maravillosas delicias anacrónicas.

En uno de esos pasajes, Astérix y Obélix acabarán en Camulodunum (Colchester) donde verán un partido de ‘Las Cinco Tribus’. Por supuesto el grandullón de Obélix acabará saltando al césped y pronto se convertirá en estrella del encuentro, pero antes, fascinado por lo que ve, le comenta a Astérix: “Es un juego inteligente, lo llevaremos a la Galia.”

Dos milenios después Francia es por pleno derecho miembro del torneo más prestigioso que ha parido el rugby. Cuando en 1966 Albert Uderzo publique ‘Astérix chez les Bretons’ los galos ya formaban parte de un torneo que empezó como Cuatro Naciones en 1883 (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda), pasó a ser Cinco Naciones en 1910 (con la inclusión de Francia) y desde el año 2000 es el Seis Naciones (Italia). La mayor rareza la protagonizan los irlandeses, que en estos 135 años ha pasado de ser provincia autónoma a Estado independiente, dejaron la monarquía por la república y renunciaron a ser un único país para dividirse en dos mitades. Sin embargo, en lo que a rugby se refiere, Irlanda compite desde los inicios con un único equipo formado en la actualidad por jugadores irlandeses y norirlandeses en total harmonía.

Fue Winston Churchill, un hombre poco sospechoso de ser deportista pero que hubiese sido campeón olímpico de verborrea, el que dio con la más aguda definición con la que ha contado el rugby. “Se trata de un deporte de hooligans jugado por caballeros”. El aserto viene como anillo al dedo porque, aunque a ojos del espectador inexperto el rugby es de una brutalidad pasmosa, cuenta con unas reglas y tácticas complejas y rígidas que son seguidas con total concordia y deportividad. Es el deporte decimonónico por excelencia. Creado hace dos siglos, se ha mantenido prácticamente inflexible en sus ideales hasta hace apenas unas décadas. Aunque la mercadotecnia y el estrellismo (Lomu, Wilkinson, O’Driscoll) ha hecho tambalear sus cimientos, es increíble observar cómo sigue conservando buena parte de su misticismo, su amateurismo y sus tradiciones.

Si bien la profesionalización y la creación del Mundial en 1987 llevaron al rugby a otra dimensión y si también es cierto que es en el hemisferio sur donde está la hegemonía del deporte del balón ovalado (hasta la fecha Inglaterra es el único país europeo que ha ganado un Mundial palideciendo ante Nueva Zelanda (3), Sudáfrica (3) y Australia (2)), no existe nada comparable al Seis Naciones en lo que a rugby se refiere.

En este todos contra todos, Inglaterra y Escocia dominaron las primeras ediciones, pero fue Gales quien en 1893 conquistó por vez primera la Triple Corona. Los galeses estuvieron invictos en casa entre 1900 y 1913, pero pronto los ingleses se mantuvieron como la selección a batir mejorando el registro y permaneciendo intocables entre 1910 y 1926. En esos años Inglaterra había conquistado el Grand Slam en cinco ocasiones, mientras que Escocia había sumado el primero en 1925.

¿Qué es el Grand Slam? Además del trofeo como vencedor del Seis Naciones, durante la competición hay múltiples batallas que deben ser libradas. El Grand Slam no es un trofeo, simplemente es un honor. Se otorga a aquel que gana el Seis Naciones venciendo en todos y cada uno de sus partidos. Son los ingleses los que hasta la fecha más veces lo han logrado (13 ocasiones de 29 títulos conseguidos). Gales (28 títulos y 12 Grand Slam), Francia (17/9), Escocia (15/3), Irlanda (14/3) e Italia (0/0) cierran la clasificación. La Triple Corona (Triple Crown) tampoco es un trofeo, sino una mención, y es para aquel país que logra vencer a los otros tres equipos de las Islas Británicas, es decir, una mini competición en la que no participan franceses ni italianos.

6 Naciones 2023 | Rugby: El VI Naciones vuelve con Francia favorita y el  Mundial de fondo | Marca
Seis Naciones

Los franceses entraron en disputa en 1910 aunque fueron expulsados en 1931 acusados de ser demasiados violentos y de pagar bajo cuerda a sus jugadores. Los galos volvieron tras la II Guerra Mundial, donde fallecieron muchos deportistas, aunque no se llegó a la formidable cifra de 111 jugadores de rugby caídos entre 1914 y 1919 en las trincheras del norte de Europa. Los franceses hubieron de esperar a 1959 para lograr su primer título y en 1968 sumaron su primer Grand Slam.

Luego vino una edad de oro para el rugby galés que dominó con fiereza los 70 al igual que el rugby champagne francés los hizo en los 80. Antes, en 1973, se dio un quíntuple empate, caso enormemente curioso. Desde 1993 esto es imposible que vuelva a suceder, ya que los empates se dirimen por diferencia de tantos o por mayor número de ensayos conseguidos. Son cuatro puntos por triunfo, dos por empate y un cero en caso de derrota. En 2017 se inauguró una bonificación de un punto ofensivo por anotar al menos cuatro ensayos y otro punto, en este caso defensivo, si el que pierde lo hace por menos de siete puntos de diferencia. Lo que sigue siendo tabú, a pesar de la ayuda de la tecnología, es poner en duda una decisión arbitral. Está prohibido discutir las decisiones del trencilla y siempre hay que acercarse a parlamentar con él interpelándole como señor.

En el 2000 entra en liza Italia y nace el Seis Naciones. Los transalpinos lograron contra todo pronóstico la victoria en su debut ante Escocia, sorprendiendo a propios y extraños, aunque a partir de ahí encadenaron catorce derrotas consecutivas. Año tras año luchan por evitar la Cuchara de Madera, y aunque mejoran a pasos agigantados, más de dos décadas después sigue pareciendo ciencia ficción que se alcen con la victoria. Italia es incapaz de doblegar tanto a Francia como a Inglaterra, sea en el estadio Flaminio de Roma o sea a domicilio. Son cinco los partidos del Seis Naciones por lo que no existe la ida y la vuelta. Un sistema rotatorio determina a quien le toca ejercer como local en función del año en disputa.

¿Y qué es la Cuchara de madera? La Cuchara de madera (Wooden spoon) es un irónico trofeo que se entrega al equipo que pierde todos y cada uno de sus partidos. Hasta en doce ocasiones entre 2000 y 2022 semejante deshonor ha recaído en Italia, que lucha año tras año por escapar de esa aberración. A parte de la Wooden spoon en cada partido del Seis Naciones se entrega un trofeo en cada duelo particular. El Millennium Trophy, con su característica forma de vikingo, data de 1989 y se la da al vencedor del partido entre Irlanda e Inglaterra. De ese mismo año es el Centenary Quaich, disputado entre Irlanda y Escocia. Otros son el Trofeo Garibaldi (2007 Francia vs Italia), Auld Alliance (2018 Escocia vs Francia) y el Doddie Wier (2019 Escocia vs Gales). Sorprendentemente a nadie se le ha ocurrido todavía dotar de un trofeo el enfrentamiento entre franceses e ingleses.

Pero el origen de todos ellos es la Copa Calcuta. El inicio de todos estos ritos tuvo lugar el día de Navidad de 1872. Fue en Calcuta, hoy megalópolis de la India y por entonces prospera ciudad del Imperio Británico, donde se jugó un partido de rugby que enfrentó a Inglaterra frente a un combinado de jugadores de Escocia, Gales e Irlanda. Tal fue el éxito de la iniciativa que una semana más tarde se repitió el enfrentamiento y pronto todos los allí presentes fundaron el Calcutta Football Club.

El equipo se unió a la RFU (Rugby Football Union) pero, tras un año de grandes dificultades, comprendieron que era imposible competir regularmente con los equipos de rugby de las Islas Británicas situados a 8.000 kilómetros de distancia. Así pues, decidieron disolver el equipo y retirar los fondos del banco. Con ese dinero encargaron una copa de plata que donaron a la RFU con el compromiso de que a partir de 1878 se disputase un encuentro anual entre Inglaterra y Escocia, siendo un año anfitrión una selección y al siguiente la otra, cuyo vencedor sería el poseedor de una copa de manufactura india de 45 centímetros de alto.

Había nacido la Calcutta Cup. El origen del Seis Naciones.

What is the Calcutta Cup? - Rugby World magazine
Copa Calcuta 1872

— LA ARISTOCRACIA DEL RUGBY —

Toda nación que participa en el Seis Naciones tiene su apodo, su nombre de guerra. Hasta Italia tiene su propio alias. Los transalpinos fueron considerados durante años los sextos mejores de Europa en dura pugna con Rumania o la antigua Unión Soviética hasta que en 2000 entraron en el selecto club de los grandes. Son conocidos como los ‘azzurri’ debido al color azul cielo de sus camisetas que honra a la Casa de Saboya, reinante en Italia desde la independencia hasta 1945. Abolida la monarquía, la camiseta adoptó un escudo (scudetto) con la bandera tricolor con una corona de laurel dorada.

El ‘XV del gallo’ es motivo de mofa y de orgullo a partes iguales. Si bien es cierto que gallo deriva de la palabra galo, nombre con el que el Imperio Romano se refería a buena parte de lo que hoy es Francia, pronto los franceses adoptaron como emblema al gallo, el macho de la gallina. Sin ser un símbolo oficial representa el orgullo y la grandeza francesa y para el resto del mundo su suficiencia y su vanidad. Su chauvinismo. A Francia también se le conoce como ‘les bleus’ por el intenso azul de su camiseta de juego.

En Gales el rugby es el deporte nacional y en el ratio practicantes /habitantes incluso superan a Nueva Zelanda. Los galeses utilizan como símbolo a un dragón, en este caso un animal mitológico. El dragón proviene de la colonización romana, pues era un emblema que los ejércitos usaban en sus estandartes. Pero su uso en la idiosincrasia galesa viene de mucho más atrás. La leyenda cuenta que existía un dragón de color blanco que representaba el mal y un dragón de color rojo adalid del bien. El mago Berlín fue quien los liberó de su lucha y de esa pelea resultó vencedor el dragón rojo. Siglos más tarde el rey de Gales Uther Pendragon decidió tomar como emblema de Gales el dragón.

Los galeses también son conocidos como ‘el XV del puerro’ y por las tres plumas de un avestruz. El puerro data del siglo VI, cuando los galeses, junto a otros pueblos celtas, combatieron ante los sajones. Los aliados celtas decidieron colocar un puerro sobre sus cascos para distinguirse del enemigo resultando victoriosos de la contienda. Por su parte las plumas de avestruz datan del siglo XIV, cuando tras la batalla de Crecy (1346) una coalición de británicos y bohemios derrotó a los franceses. Fruto de esa unión el rey de Bohemia concedió al príncipe de Gales las tres plumas de avestruz para añadir a su escudo heráldico como símbolo de su honor.

El escudo de la selección inglesa de rugby se remonta al siglo XV. Por aquel entonces se produjo una guerra civil por el trono de Inglaterra entre la Casa de Lancaster y la Casa de York. Los primeros tenían como símbolo una rosa roja mientras que los segundos lucían como emblema una rosa blanca, por ello la disputa pasó a la posteridad con el nombre de la Guerra de las Dos Rosas. El conflicto terminó en 1485 con la victoria de Enrique Tudor de la Casa de Lancaster. Pero Enrique, sabiamente, decidió casarse con Elisabeth de York, uniendo las dos casas para siempre y creando la dinastía de los Tudor. Fue entonces cuando se estableció como emblema de los Tudor una rosa roja que en su interior porta una pequeña rosa blanca. A pesar de que hoy la familia real inglesa pertenece a la dinastía de los Windsor, la selección de rugby de Inglaterra sigue siendo conocida como el ‘XV de la rosa’.

Escocia es para todos el ‘XV del cardo’, nombre que proviene de una batalla contra los vikingos en el siglo XI. Los nórdicos desembarcaron en las inhóspitas tierras altas escocesas y la leyenda cuenta que los gritos de dolor de los vikingos al pisar encima de los cardos fue lo que alertó a los escoceses. El ejército se puso en marcha y pudieron detenerlos antes de que llegasen a los núcleos de población.

Irlanda es el ‘XV del trébol’ por cuestiones puramente religiosas. Se dice que en el siglo V San Patricio llegó a las costas irlandesas y recorrió la isla de cabo a rabo introduciendo el cristianismo en Irlanda. Para que los nativos comprendiesen la complejidad del misterio de la Santísima Trinidad arrancó un trébol del suelo. San Patricio les contó que al igual que las tres hojas del trébol conforman una única planta, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo representaban a una sola persona. Irlanda, al igual que Polonia, no se puede entender sin el cristianismo. Más allá de la espiritualidad, el catolicismo está intrínsecamente unido a la nación, y, por supuesto, a su selección de rugby. La complejidad es tal que mientras ‘el XV del trébol’ canta el himno nacional (A soldier’s song) cuando juegan en el Aviva Stadium en Dublín, cambian de cántico al jugar en territorio británico (Ireland call) para no herir susceptibilidades políticas con sus vecinos, y en el rugby compañeros, de Irlanda del Norte.

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