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Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

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The Answer (2ª parte)

En los años 70 la NBA era una competición desconocida. Ni siquiera se transmitía por televisión y los encuentros de playoffs únicamente eran comprados para emitir en diferido. La cocaína era común a cualquier vestuario y el juego palidecía en comparación al de la época de los duelos entre los Lakers de Jerry West y los Celtics de Bill Russell. La población blanca le daba la espalda y los negros se sentían mucho más identificados con la extravagante ABA. Ocurrió que Lakers y Celtics retomaron su esplendor gracias a Magic Johnson y a Larry Bird y la NBA, que desde 1984 estaba dirigida por un judío as de los negocios llamado David Stern, explotó al máximo el filón negro vs blanco. Al mismo tiempo surgió Michael Jordan y la NBA se convirtió en una máquina de hacer dinero que a los pocos años afrontaría el salto internacional.

Así que a la altura de 1996 la NBA es una empresa afinadamente pulida donde todo el mundo viste de traje, da ruedas de prensa y se comporta de manera intachable fuera de la pista para vender un producto que tiene que ser universal, familiar y perfecto.

Hasta que llega Allen Iverson.

The Answer.

Iverson lleva rastas, cadenas de oro en el cuello y ropa excesivamente ancha. Allen Iverson era cool. Iverson hizo cool a Reebok, firma que se aprovecharía de su éxito para introducirse en el mundo del hip-hop. Allen Iverson era un matón de barrio. Un cachorrillo de dientes afilados. Iverson era un antisistema. El vivo reflejo del empoderamiento de la juventud que crecía en los barrios marginados de las inmensas metrópolis estadounidenses.

Iverson podría ser contracultural, pero era un obrero del baloncesto. Un tipo de los de antes. Un trabajador de cuello azul. Elegido como primera elección del draft de 1996 por los Sixers, caería de pie en Philadelphia. Ciudad industrial, Philadelphia bendijo a Iverson como uno de los suyos. Allen era una tormenta que encajó con la cultura del esfuerzo de Pensilvania. Era un artista con el corazón de un guerrero que no dudaba en tirarse al barro para ayudar al compañero.

Anotó 37 puntos en su estreno superando el récord de un novato en posesión del gigantesco Wilt Chamberlain. Su uno contra uno era absolutamente indefendible. Se trataba de un cambio de mano rapidísimo en el que el hombro sin balón descendía grotescamente hacia el suelo haciendo que el bote del balón fuera a ras de pista. La rapidez del movimiento y la escasa altura de Iverson, (183 centímetros es una cifra modestísima para un baloncestista profesional) hicieron de esa jugada impugnable, incluido para un Michael Jordan que tuvo que sufrirla en sus carnes al poco de iniciarse la temporada. Iverson no inventó la jugada, pero sí que la perfeccionó y la hizo tan universal que hoy su crossover es imitado por la inmensa mayoría de bases y escoltas tanto profesionales como aficionados.

No es de extrañar que Allen Iverson fuese escogido como novato del año ni tampoco que fuese carne de fotos y autógrafos durante el All-Star. Más allá del tótem Jordan, Iverson se convirtió de inmediato en el favorito del público. Fue una estrella en el fin de semana de las estrellas y semanas después se convertiría en el segundo jugador más joven en lograr 50 puntos en un partido de la NBA. Acabaría el año con 23’5 puntos y 7’5 asistencias por choque, cifras extraordinarias para un novato.

Con Jordan próximo a la retirada, parecía claro en quién iba a pivotar el futuro de la NBA. En Philadelphia brillaba Allen Iverson y en Los Ángeles despuntaba Kobe Bryant. Ocurre que mientras Bryant era un chico modelo, Iverson representaba el lado oscuro de la fuerza. En aquel All-Star no apareció de etiqueta tal y como mandaba el protocolo y se ganó las críticas, no sólo de directivos, sino de pesos pesados de las canchas como Charles Barkley o Karl Malone. Por entonces se contaba que Iverson tenía un sequito de cuarenta personas y que mantenía con su sueldo a cerca de un centenar de vecinos de su madre en el gueto.

Los resultados, además, no acompañaban. Brillaba en lo individual, pero el equipo no funcionaba. Para la campaña 1997-98 los 76rs contrataron como técnico a Larry Brown. Se trataba de un entrenador de método, organizado y de los que consideraban que el colectivo estaba por encima de las individualidades. Iverson y Brown eran como el agua y el aceite. Oían, pero no escuchaban. Aquello no funcionaba. Brown cambiaba a Iverson en el primer cuarto y lo mantenía en el banquillo durante muchos minutos para que espabilase. Iverson llegaba tarde a los entrenamientos o se iba antes de tiempo para demostrar que era él quien mandaba.

A mitad de temporada el asunto estalló. Iverson explotó en un entrenamiento y por poco no llegan a las manos. Ambos fueron a ver al presidente de los Sixers. O él o yo. El presidente llamó a los dos al orden y fue muy claro. Quería a los dos. Y era inflexible al respecto. A Brown le acusó de carcelero negro y a Iverson de niñato engreído. La reunión a tres bandas acabaría entre lágrimas y con técnico y pupilo abrazados.

Esa temporada ganarían nueve partidos más que en la anterior para luego sumar seis temporadas consecutivas luchando por el campeonato. Brown y Iverson discutieron cada día en cada una de esas temporadas. Pero se querían y se respetaban.

Iverson comprendió que aun siendo el mejor lo sería mucho más si conseguía involucrar a sus compañeros. Al hacerlos a ellos mejores, también se beneficiaría su propio juego. Por su parte, Brown decidió colocar a Iverson de escolta para darle más libertad en ataque y así liberarlo de las responsabilidades organizativas de un base. Ocurrió que Iverson metió una marcha más en ataque para convertirse en una máquina ofensiva perfecta (será cuatro veces máximo anotador de la temporada, cifra sólo superada por Michael Jordan y Wilt Chamberlain) mientras sus compañeros le permitían tomar una bocanada de aire cuando bajaba a defender.

Todo eclosionaría en la temporada 2000-01. Reforzados en la posición de pívot por Dikembe Mutombo, los Philadelphia 76rs dieron un salto de calidad que les permitió optar al título. Esa temporada Allen Iverson fue el líder de la NBA en anotación y robos de balón además de lograr el MVP de la temporada al amasar 31’1 puntos por partido y llevar a los Sixers al liderado de la Conferencia Este con un balance de 56 victorias y 26 derrotas. Aquel grupo era un mix pluscuamperfecto entre talento y sacrificio. Iverson comprendió el valor de cada pase y, mientras tanto, McKie, Snow o Ratliff protegían, defendían, reboteaban o se tiraban al suelo por el bien del colectivo.

En primera ronda toca jugar ante Indiana. Los Pacers acumulaban dos años consecutivos superando a los 76rs en playoffs. Los fantasmas harían su aparición cuando ganen en Philadelphia en el primer partido y roben el factor cancha. Sería un espejismo. Iverson anotará 45 puntos en el segundo partido y 32 y 33 en los dos siguientes para certificar el pase de los 76rs a la segunda ronda. El siguiente rival serían los Toronto Raptors de Vince Carter. Los de Canadá son más grandes, fuertes y atléticos y se llevarán también el primer partido. A partir de entonces hay un intercambio de golpes entre dos jugadores gigantescos. Iverson anota 54 puntos para que Philadelphia se lleve el segundo choque, en la que fue la mayor anotación de un jugador de los Sixers en un partido de playoff. En el tercer encuentro Carter firmará 50 puntos para dar la victoria a Toronto y firmando, por su parte, la mayor anotación de uno de Toronto en la postemporada. En el séptimo y decisivo, las dos estrellas cometerán error tras error, y el encuentro se decidirá en el último suspiro. Vince Carter fallará un tiro decisivo que permite que Philadelphia gane a Toronto por 88-87 y Allen Iverson pase de ronda.

The Answer

En la Final de la Conferencia Este Philadelphia se enfrentaba a Milwaukee. En esta ocasión los 76rs se llevaron el primer encuentro, pero nuevamente habría que llegar a un séptimo y definitivo choque. Esta vez no hubo emoción alguna dado que Philadelphia venció por 108-91 con 44 puntos y 7 asistencias de Iverson y 23 puntos y 19 rebotes de Dikembe Mutombo.

En la final tocaban Los Ángeles Lakers. Palabras mayores. Los Lakers habían vencido a Blazers, Kings y Spurs por paliza. Sumaban 11 victorias y ninguna derrota en playoffs. No competían ante los 76rs, sino ante la historia. Nunca antes un equipo había ganado el anillo sin perder partido alguno de playoffs. Shaquille O’Neal, Kobe Bryant y compañía no sólo eran los vigentes campeones y esperaban repetir título, sino que pretendían ser los mejores Lakers de todos los tiempos. Pretendían hacer algo que ni West, ni Chamberlain, ni Abdul-Jabbar ni Magic Johnson habían hecho antes.

Los Lakers tenían el factor cancha a su favor, una plantilla superior y habían gozado de una semana de descanso. Allen Iverson tenía un golpe en la cadera, un diente roto y su cuerpo de 183 centímetros y 72 kilos estaba en las últimas. Sería un milagro que Philadelphia plantase cara a los Lakers, pero Iverson fue tajante en la rueda de prensa antes del primer partido: “Nunca en mi vida me he sentido como David ante Goliat”.

Aquel primer partido seria igualadísimo y se resolvería en la prórroga. Fueron 53 minutos de baloncesto real. Allen Iverson apenas pasaría tres segundos en el banquillo. Los Sixers vencieron a domicilio a los Lakers por 101-107 con 48 puntos del pequeño escolta. No sólo eso. Repartió seis asistencias y robo cinco balones. Resultó indefendible a pesar de sufrir dobles defensas durante todo el partido. Para el recuerdo una canasta ante Tyronn Lue en la que éste acabará en el suelo con Iverson sorteándolo tras anotar para no acabar pisándolo.

La realidad haría acto de presencia y los Lakers ganarían los cuatro partidos siguientes para llevarse el título de la NBA. Lo hicieron con un portentoso balance de 15-1, pero sin poder presumir de obtener la perfección. Shaquille O’Neal fue elegido MVP con 30’4 puntos y 15’4 rebotes por partido, mientras que Kobe Bryant sumó 29’4 pts, 7’3 rebotes y 6’1 asistencias. Ocurre que el verdadero héroe fue Allen Iverson quien, con un equipo inferior, rozó la proeza con 32’9 puntos, 4’7 rebotes y 6’1 asistencias por noche. Cuando los Sixers fueron recibidos a su vuelta a Philadelphia fueron absorbidos como héroes. En 2001 se podía afirmar que Allen Iverson era la persona más querida y conocida de Pensilvania superando a Benjamin Franklin.

Aquel verano, antes del inicio de la siguiente temporada, una ola de raperos firmará contratos con Reebok. Iverson es un icono de la moda. Representa al chico marginado de barrio. Va de fiesta. Más de lo habitual. Al comenzar los entrenamientos decide montar un grupo de música junto a unos amigos. Las letras son ofensivas, estilo gansta. Muerte a la autoridad. Huele a podrido. Lo sancionan. Se defiende metiendo 58 puntos ante Houston. Está en la cima. Es intocable.

O eso piensa.

Su forma de vestir, su forma de hablar y hasta su peinado fueron vistos como una amenaza y un descenso a las calles más oscuras. Lo tildan de thug (pandillero). Sus trenzas, tatuajes y cadenas de oro eran tan visibles como sus penetraciones imposibles entre torres de carne. Representaba una autenticidad callejera que la NBA ni quería ni sabía gestionar en ese momento.

David Stern, el factótum de la NBA, lo sanciona. No le gusta como imagen de la NBA. Stern promociona a Kobe Bryant e intenta ningunear a Iverson. Presionada, Universal Records cancela el contrato musical con Iverson a menos que cambie las letras. Iverson no lo hará. Su popularidad no desciende. Al contrario. Se incrementa. Stern tendrá que acabar cediendo y el código de vestimenta se relaja. Los pantalones anchos, los collares de oro y las rastas empiezan a aparecer con calzador.

Todo estallaría semanas más tarde. La temporada 01-02 debía ser la de la consagración. Mutombo tenía 36 años y estaba en su último año de contrato. Era ahora o nunca. Sucedió que en un tiroteo fallecerá el mejor amigo de Iverson. Su mano derecha. La persona que, junto a su madre y a su esposa, siempre estuvo a su lado. Era una mala influencia, sí, pero también quién se encargaba de parar a otras malas influencias que se acercaban a Iverson. El juego de Allen cayó en picado. Tenía el talento y ese era el año para desarrollarlo y obtener el máximo potencial. No sería así. Allen Iverson sería el máximo anotador de la temporada, pero los 76rs cayeron en primera ronda de playoffs ante los Boston Celtics.

Fue durante esa eliminatoria por el título cuando todo reventó. La prensa de Philadelphia tenía un acuerdo no escrito con Iverson de no hablar de su vida privada mientras que el equipo funcionase. No era el caso entonces. Había entonces rumores de traspaso. Un periodista le preguntó a Iverson por haber faltado a un entrenamiento y la contestación del escolta pasa a formar parte de los momentos más extraordinarios jamás escuchados en una rueda de prensa. Se encaró con el plumilla mientras repetía indignado la palabra practice (entrenamiento) una y otra vez. Una y otra vez. “¿Soy el jugador franquicia de este equipo y quieres hablar de entrenamientos? ¿A quién le importan los entrenamientos?”.

Aquella rueda de prensa se convertiría en un fenómeno viral antes de que existiese el concepto. Será su meme, su lema y su condena.

¿A quién le importan los entrenamientos?

Iverson no volvería nunca más a ni siquiera acercarse a la posibilidad de ganar un título. Por entonces Michael Jordan anunciaba su segunda retirada y la NBA veía como sus audiencias bajaban más de un 30%. Stern entró en pánico. Volvió a introducir el código de vestimenta y excluyó la cultura hip-hop de la competición. Se llegó al punto de eliminar digitalmente los tatuajes de Iverson en las fotos oficiales de la NBA.

La fama entre los jóvenes de Iverson seguía intacta, pero su impacto en la cancha se resentía. Pasaba a ser un satélite externo dentro del universo NBA. Larry Brown dimitía como técnico de Philadelphia y se culpaba a Iverson de los malos resultados del equipo. Por el camino Iverson será acusado de malos tratos por su esposa y se verá involucrado en un tiroteo entre bandas. Aparecerán después las lesiones. The Answer llega a la treintena y los excesos empiezan a hacer presencia en un cuerpo que ha sido maltratado tanto dentro como fuera de la cancha en la durante la última década.

Fracasará junto al resto de componentes de la selección estadounidense en los Juegos de Atenas de 2004 y dos años después será traspasado a Denver. Jugará también en Memphis y en Detroit, así como cobrará una millonada por hacer una bomba de humo en Turquía antes de volver a Philadelphia, su casa, para retirarse. Por entonces es un highlight andante. Un jugador de apariciones fugaces que enamoran al público, pero que no aportan nada al colectivo.

Retirado en 2011 gastará su fortuna en casinos y en alcohol hasta que recibe el perdón de su esposa, aquella adolescente que se enamoró de él cuando aún era Bubba Chuck. Hoy se declara abstemio tras dejar el alcohol apoyado por una profunda creencia en Jesucristo. Actualmente trabaja junto a Shaquille O’Neal como imagen y consejero de Reebok y sus camisetas y zapatillas siguen entre las más vendidas no solo en el mundo del baloncesto, sino en el de cultura del hip-hop y de los subsuelos de las grandes ciudades, aquellos barrios olvidados a los que él contribuyó a darles visibilidad.

Catorce temporadas en la NBA y MVP del año 2001, Allen Iverson fue uno de los mejores bases de su tiempo, lo que ya anunciaba en 1996 cuando fue número uno del Draft seleccionado por los Philadelphia 76ers. Ocurre que también fue alguien que revolucionó la estética en el baloncesto rompiendo pautas que hasta entonces se consideraban inamovibles. Allen Iverson fue el primero en convertir su piel en un lienzo público, el primero en usar ropa ancha, cadenas de oro y abalorios varios y en taparse la cabeza con gorras en las ruedas de prensa. Abrió una puerta que estaba cerrada y que permitió que muchos jóvenes pudiesen ser auténticos.

“Iverson era veloz, tenía un manejo de balón perfecto y era todo voluntad. Su deseo de ganar y su valentía por atacar a cualquiera lo hacía especial…Todos fuimos afortunados de que no midiese 1’98 en vez de 1’83”. Kobe Bryant, cinco veces ganador de la NBA y rival de Allen Iverson.

Otras historias de la NBA de tiempos de Iverson

The Answer (primera parte del presente artículo)

El experimento Nowitzki (el europeo de siete pies que triunfó en América)

Los años de Jordan en Washington (cuando Air decidió darse un homenaje)

Kobe (la carrera de Bryant en dos artículos)

Los años negros de Estados Unidos (catástrofe de la selección USA entre 2002 y 2006)

Origen, evolución y explosión del lanzamiento exterior (el éxito del triple en dos artículos)

Gasol(la carrera NBA de Pau Gasol)

El draft de Kobe Bryant (¿Es el draft de 1996 el mejor de la historia?)

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The Answer (1ª parte)

No lo tuvo nada fácil Ann. Nada fácil. A los 15 años tuvo a su primer hijo. Era madre soltera. El otro culpable puso pies en polvorosa al enterarse de que allí había un bombo. Ann vivía de lo que podía. Se apoyaba en su madre. Sobrevivía a base de contratos esporádicos. Robaba joyas y luego las revendía. Vivía en una vivienda de protección social. En un barrio complicado. Cuchillos, pistolas y cocaína. Vivía en el gueto. Vivía en Hampton, una ciudad de la bahía de Chesapeake, en el estado de Virginia, en el corazón del Estados Unidos confederado.

A su hijo le puso de nombre Allen, aunque todo el mundo lo conocía como Bubba Chuck. Con dificultades, Ann comenzó a trabajar en los astilleros y allí conoció a Michael Freeman. Se enamoraron. Y Michael aceptó hacerse cargo del paquete entero. Se convertiría en padre de Allen a tiempo completo. Un día, cuando Allen tenía diez años y su hermana menor contaba con siete, padre y padrastro se pegaron delante de los niños. El padre biológico perdió la pelea y nunca más volvió por Hampton.

Allen era un niño ultra competitivo. Sus tíos jugaban al baloncesto y allí aparecía aquel canijo para retarlos. Sus tíos jugaban al fútbol americano y allí aparecía él para desafiarlos. Allen se juntaba con malas compañías y su madre, desesperada, le obligaba a que practicase deporte. Y progresaba. Progresaba con celeridad. Tenía un deseo incasable por lograr la victoria y retorcía las normas a su favor para proclamarse vencedor. Era hábil y veloz y sentía que su mejora era constante. No sólo eso. Su palabra era palabra de Dios. Si decía que iba a hacer una cosa, no cesaba en el empeño hasta que la cumplía.

Era un niño flaco, no excesivamente alto, pero fuerte y con un torbellino por piernas. Se proclamaría campeón estatal tanto en fútbol americano como en baloncesto. Compaginaba ambos deportes y apenas dormía. Al principio no quería dedicarse al básquet dado que lo consideraba un deporte de blandos, pero todo cambió cuando alguien le dijo que al ser tan bajo nunca podría dedicarse al baloncesto. Allen, 183 centímetros de adulto, decidió que le daría en las narices a aquel bocachanclas.

Aquel David con mentalidad de Goliat había conocido a su novia durante el instituto. Se llamaba Tawanna y se convertiría en su pareja de por vida. Al baile de graduación Allen tuvo que llevar unos zapatos de su padre de la talla 42 a pesar de calzar un 44 dado que no tenía dinero para comprarse unos nuevos. En aquel momento la situación era extremadamente difícil, dado que su hermana pequeña necesitaba ayuda médica. Con todo, el futuro de Allen era esplendoroso. Elegido mejor jugador de instituto de Estados Unidos, tanto en baloncesto como en fútbol americano, tenía la posibilidad de obtener una beca deportiva en cualquier universidad del país.

Era la primavera de 1993.

El futuro de Allen Iverson era esplendoroso.

Meses antes del acto de graduación, Allen Iverson y varios colegas salieron a jugar a los bolos. Era el 14 de febrero de 1993. En un momento de la noche el alcohol y las drogas hicieron su aparición y se inició una pelea que enfrentó a una banda de negros con otra de blancos. Allen escapó a casa, pero por el camino detuvieron a tres de sus amigos. Rápidamente Allen, conocido por todos, fue incriminado por tenencia ilegal de armas, posesión de estupefacientes y agresión. Imputado, la noticia estalló justo antes de que se iniciase el verano.

El caso saltó a los noticiarios estatales. El jugador adolescente más famoso de todo Estados Unidos estaba imputado. Desde el comienzo dio la sensación de que el asunto tenía una connotación racista. Una grabación demostraría que Iverson fue de los primeros en escapar de la bolera. Dio igual. La fiscalía quería dar un escarmiento y la figura de Iverson era esencial para lograr su objetivo. Esperaron ocho meses para que cumpliese la mayoría de edad y poder juzgarlo como un adulto.

Le cayeron cinco años de cárcel y diez de inhabilitación deportiva.

Allen Iverson había tirado su futuro por el retrete y luego había tirado de la cadena.

Allen Iverson

Ann Iverson movilizó Roma con Santiago para defender a su hijo. Organizó boicots y manifestaciones y pidió entrevistas por tierra, mar y aire. A fin de cuentas, madre e hijo habían crecido juntos. Habían sido insultantemente jóvenes para todo. Hubo amenazas de muerte, cartas de odio y hasta acoso carcelario. Iverson trabajaba en la cocina y en la lavandería de la prisión, además de recibir continuos regalos de admiradores desde el exterior, lo que provocaba continuos celos y chantajes de otros presos para obtener prevendas.

Por el camino quedaba el futuro deportivo de Allen Iverson. Aun entonces podía decidir si optar por una beca universitaria de fútbol o por otra de baloncesto. La decisión fue fácil. Una vez se conoció la sentencia, ningún equipo de fútbol americano decidió apostar por Iverson. En baloncesto pasó más de lo mismo.

Salvo por un valiente.

El entrenador John Thompson.

John Thompson era desde 1975 el entrenador de la Universidad de Georgetown. Sumará un total de 24 presencias consecutivas en los playoffs por el título, récord aún vigente. Ocurre que Thompson era mucho más que eso. Era un negro de 208 centímetros con una disciplina que rozaba lo militar. No existía el éxito en el baloncesto sino existía el éxito en los estudios y no existía el éxito en los estudios sino existía el éxito como ser humano. Donde todos se echaron para atrás, John Thompson dio un paso hacia adelante. Thompson se reunió con Ann Iverson y le lanzó un salvavidas. Thompson confiaba en la inocencia de su hijo y le prometió a Ann que lo esperaría. Eso sí. Sería inflexible. A la mínima ruptura del código de honor, a la mínima torpeza, a la mínima salida de tono, sería expulsado de Georgetown y las puertas del baloncesto estarían cerradas para Allen Iverson de por vida.

Ann Iverson cogió a John Thompson del brazo, echó unas lágrimas y gritó:

¡Edúquelo!

John Thompson

Seis meses después de entrar en prisión llegaría el indulto. Después, ya iniciado 1995, la Corte de Apelación del Estado de Virginia revocaría la condena al demostrarse que Iverson no estaba en la bolera cuando la pelea se fue de madre. Sucedía que Iverson no había completado sus exámenes finales. Al entrar en prisión no había obtenido el título de bachillerato. Tuvo que ponerse a estudiar y lo hizo de la mano de una profesora que se prestó voluntaria a ayudarlo.

El asunto empezó mal. Muy mal. El primer día no se presentó a las clases particulares. Iverson se había ido con su pandilla a recuperar el tiempo perdido. El segundo día sucedió más de lo mismo. La profesora contactó con Ann y ambas se fueron en busca de Allen. Lo encontraron fumando marihuana y bebiendo cerveza. Ann se acercó a su hijo de 18 años y le propinó un par de puñetazos delante de todos sus amigos.

Al día siguiente Allen Iverson fue al instituto. Al acabar las clases se marchó a casa en virtud al toque de queda decretado por el juez a la espera de revocar su condena.

Acabaría graduándose con una media de notable alto.

Allen y Ann Iverson

Con un año de retraso Allen Iverson iniciaba su periplo en la Universidad de Georgetown. En su primer partido el público le gritaba jailbird (delicuente) cada vez que botaba el balón. Dio igual. El primer paso de Iverson era increíble casi tanto como su velocidad y su ansia por lograr la victoria. En su primer encuentro sumaría 40 puntos, el récord de siempre en un debut universitario. No fue ninguna sorpresa que fuese elegido el mejor novato de la temporada. Al año siguiente fue escogido como mejor defensor y MVP del campeonato. Sólo necesitó dos campañas para ser el máximo anotador de la historia de Georgetown.

Era el mejor tanto técnica como mentalmente. Jugaba con tobillos vendados, golpes en las costillas o heridas que a otros les habrían supuesto semanas de baja. Estaba siempre disponible, siempre liderando. Con el tiempo su cuerpo se tomaría cumplida venganza, mientras tanto el orgullo podía con todas las crudezas que apareciesen en su vida.

Por entonces nadie trabajaba en casa y la hermana de Allen estaba gravemente enferma. Iverson contaba con una oferta de patrocinio de Reebok si daba el salto a la NBA y su familia necesitaba imperiosamente el dinero. Pero Allen había dado su palabra al entrenador Thompson. Y su palabra era sagrada. Nunca antes ningún jugador había abandonado el ciclo universitario para irse a la NBA con John Thompson como entrenador. Iverson era consciente de ello y por mucho que su familia estuviese sufriendo sabía que no podía pedirle eso a su mentor.

No haría falta. Fue John Thompson el que organizó la rueda de prensa para que Allen Iverson marchase a la NBA a triunfar como jugador y a ganar el dinero que su familia necesitaba.

Allen Iverson fue elegido como número 1 del draft de la NBA por los Philadelphia 76rs. Por detrás de Iverson serían seleccionados Marcus Camby, Stephon Marbury, Ray Allen, Kobe Bryant, Peja Stojakovic o Jermaine O’Neal.

Con 183 centímetros de altura Allen Iverson era el jugador más bajo en la historia de la NBA en ser seleccionado en primera posición del draft. De pronto las dudas surgieron. ¿Sería capaz de mantener en la NBA el nivel mostrado en Georgetown? ¿Conseguiría el pequeño Iverson imponerse en el juego ultra físico de la NBA de finales de los 90?

Reebok, una empresa de ropa deportiva inglesa con no excesiva influencia en América, decidió apostar por Iverson. Fue presentado en una campaña publicitaria como pájaro que sale de una jaula.

¿Sería capaz Iverson de triunfar en la NBA?

Lo sería. Sería Iverson el encargado de responder a la pregunta.

Iverson sería la respuesta.

La Respuesta.

The Answer.

Ese será su apodo como jugador. El apodo con el que hará fortuna.

Continuará…

1º del Draft 1996

Otras historias de la NBA en tiempos de Iverson

El experimento Nowitzki (el europeo de siete pies que triunfó en América)

Los años de Jordan en Washington (cuando Air decidió darse un homenaje)

Kobe (la carrera de Bryant en dos artículos)

Los años negros de Estados Unidos (catástrofe de la selección USA entre 2002 y 2006)

Origen, evolución y explosión del lanzamiento exterior (el éxito del triple en dos artículos)

Gasol (la carrera NBA de Pau Gasol)

El draft de Kobe Bryant (¿Es el draft de 1996 el mejor de la historia?)

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Las zapatillas de Jordan

La cita tendría lugar una agradable mañana de agosto en Portland. Un audaz responsable de marketing llamado Rob Strasser haría de guía. Las sencillas instalaciones de Nike serían escrutadas tanto por Michael Jordan como por su agente, antes de que el trío decidiese tomar un refresco y centrarse en los detalles de la oferta. Strasser le propuso a Mike (por entonces Michael era Mike) crear una línea propia de calzado con su imagen, las Nike Jordan, y el jugador tendría un porcentaje de las ventas que se estimaba en 250.000 dólares de la época. Si la cosa iba bien, de la línea propia de calzado se pasaría a una línea de ropa deportiva, incluyendo camisetas, sudaderas y accesorios.

La idea era novedosa y la cifra era todo un fortunón para un jugador, que por excelente que fuese, aún no había disputado ni un partido en la NBA. Pero Jordan no estaba impresionado. Al contrario, era puro escepticismo. El sueño de adolescente de Michael era firmar con Adidas, por lo que miró a los ojos a Strasser y se tiró un farol: “Muy bien, ahora me voy a ver a los de Converse y luego a Alemania a la sede de Adidas”.

Por entonces todo el mundo usaba las Converse All-Star. Creadas hace más de un siglo, la fama de las Converse se las dio un ex jugador metido a empresario llamado Chuck Taylor, quien fue el ideólogo de su famoso acabado y de su estrella lateral. Hasta bien finalizada la década de 1960 raro era ver un deportista norteamericano sin sus Converse. Y hasta todo soldado del ejército estadounidense llevaba un par de ellas para cuando estaban de permiso.

Michael Jordan usaba las zapatillas Converse de rigor. Las mismas que usaban todos y cada uno de los jugadores de la NBA, incluidos sus dos grandes iconos; Magic Johnson y Larry Bird. Converse era la marca del baloncesto y era la casa comercial de las zapatillas de Jordan cuando empezaba a deslumbrar vistiendo la camiseta de la Universidad de North Carolina.

Así que todo el mundo usaba las mismas zapas blancas con la estrella en negro o su alternativa opuesta. La única variedad radicaba en la citada estrella. Por ejemplo, en las de Jordan y sus compañeros de North Carolina la estrella era celeste haciendo honor a los colores del equipo. Aun así, la tradicional y elitista Converse se dio cuenta de que debía de cambiar si no quería quedarse atrás, por lo que en los 80 se permitió un par de cambios. Unas All-Star amarillas y moradas y otras verdes y blancas. Las de Magic Johnson y las de Larry Bird. Curiosamente fue en la grabación de ese spot publicitario donde dos enemigos como Magic y Bird se conocieron y se hicieron grandes amigos. Pero esa es otra historia.

A Michael Jordan jamás le gustaron las Converse. Jamás. Años más tarde, cuando su nombre estaba ya asociado per secula seculorum con Nike, confesaría que su sueño era vestir unas zapatillas Adidas. Para un hombre místico, serio y disciplinado como él, la marca de las tres rallas alineadas parecería la opción perfecta.

Pero Jordan nunca vistió Adidas.

La temporada comenzaba en noviembre, pero en el verano Jordan lideró a un extraordinario conjunto universitario a la victoria de Estados Unidos en los JJ.OO. de Los Ángeles 1984. Díaz Miguel, entrenador español y rival de los norteamericanos en la final, llegaría a declarar que cambiaría a todos sus pupilos por tener la opción de dirigir a Michael Jordan. De esta forma, y antes de dar el salto a la NBA, a la rutilante estrella que ya estaba en boca de todos le esperaba un verano lleno de ofertas y compromisos publicitarios.

Días después de ganar el oro, David Falk, agente de Jordan, recibió una invitación para acudir a Portland, ciudad sede de la firma deportiva Nike. La hoy colosal multinacional distaba entonces de serlo. Se había convertido en un icono contracultural y había logrado un hueco entre los urbanitas estadounidenses a través del atletismo y de la cultura del running, pero la prematura muerte de Steve Prefontaine dio un hachazo a sus aspiraciones. Prefontaine, plusmarquista estadounidense en siete distancias distintas del medio fondo, falleció a los 24 años víctima de un accidente automovilístico. Nike necesitaba un nuevo icono y unos nuevos objetivos.

Como hemos visto, por muy jugosa que fuese la oferta, Jordan no estaba por la labor de calzarse unas Nike. La realidad es que Falk trató de usar su diplomacia para convencer a su representado de la bondad de la oferta de Nike, pero Jordan era todo terquedad. Converse le había hecho la misma oferta estándar que presentaba a todos los novatos, muy por debajo de lo prometido por Nike. Y Adidas, que no hubiese tenido que ofrecer gran cosa para convencer a Jordan, ni estaba ni se le esperaba. Por entonces el baloncesto y la NBA era terreno inexplorado por la marca alemana.

Total, que Falk tuvo que llamar a mamá Jordan para que hiciese entrar al chico en razón. No se sabe la cantidad de gritos e improperios que esa buena mujer soltaría a su vástago, pero el caso es que Jordan agachó las orejas, llamó a Strasser y el acuerdo se cerró a los pocos días.

El resto es historia.

Air

El matrimonio de Nike con Jordan fue como cuando al jamón ibérico se le ocurrió juntarse con el tomate y el aceite de oliva. Nike se decidió a romper todos los códigos establecidos y fabricar unas botas rojas y negras, bastante horteras, pero muy aceptadas en la cultura urbana, que impactaron en la juventud blanca y negra y que desbancaron para siempre a los zapatos como prenda cotidiana para el americano medio.

Las Air Jordan I fueron un shock. Jordan osaba equipararse a Bird y a Magic al tener sus propias zapatillas. Eran rojas y el código de vestimenta de la NBA exigía que fuesen blancas o negras. Rápidamente llegaron las multas. Primero fueron 1.000 dólares por partido, después 3.000 y en el siguiente 5.000. Nike daba palmas con las orejas. Para tener un impacto similar tendrían que haber gastado millones de dólares en campañas de promoción. Que hablen de ti, aunque hablen mal, reza el dicho.

Converse contraatacó y pidió su prohibición. Se decía que eran ilegales, que tenían una cámara de aire que hacía que Jordan saltase más. El efecto fue contraproducente. Michael Jordan fue a partir de entonces Air Jordan, un jugador con un salto sobrenatural y una estética perfecta que hizo que durante unos segundos pensásemos que el hombre podía volar. Las Air Jordan I siguen fabricándose en la actualidad y continúan siendo las zapatillas más vendidas de la historia.

Air Jordan I

Las ventas se dispararon y Nike pasó a convertirse en el gigante que es en la actualidad. Michael Jordan transitó de jugador de baloncesto a mito, y a medida que el mito crecía también lo hacía su propia industria, lo que podríamos llamar Jordan S.A. Fue el negocio del siglo, y el momento exacto en el que el deporte pasó a ser un business profesional y una verdadera industria capitalista del entretenimiento. Al año siguiente la NBA permitió que cada equipo llevase las Converse con los colores correspondientes a su equipo. Daba igual. Converse jugaba con las cartas marcadas. Su suerte estaba echada.

Jordan empieza a rodar anuncios televisivos con Nike que son prohibidos por la NBA y que no hacen más que aumentar las ventas. Se investiga si la famosa cámara de aire es motivo de doping tecnológico y eso no hace más que avivar el fuego. Las Air Jordan III rompen con todos los cimientos habidos y por haber. Son las zapatillas del famoso concurso de mates. Las de la saga icónica de Jordan saltando. Las de Jordan en movimiento. El jumpman desde la línea de tiros libres.

Fue el movimiento y la televisión lo que multiplicó exponencialmente esa realidad. Una vez que la NBA se dio cuenta del filón que era Michael Jordan inmediatamente del enfado se pasó al beneplácito. Nike se hinchó a grabar anuncios que se escuchaban y se movían. Contrató para ello a Spike Lee, un cineasta negro estampa de la cultura urbana neoyorkina. La publicidad alcanzó un nuevo estándar, mientras Jordan ganaba concursos de mates y volaba en las canchas.

No son anuncios. Es cine.

En total son 35 las Air Jordan que han salido al mercado. Además de las citadas, conviene destacar las Air Jordan VI (el primer anillo, últimas con referencia a Nike y con lengüeta reflectante), las Air Jordan VII (las de Barcelona 92, las primeras globales), las Air Jordan XI (las únicas azules, las que llevó junto a Bugs Bunny en Space Jam, las de las 72 victorias y, según los frikis, las más bonitas de todas), las Air Jordan XIII (las que parecían un Ferrari -personalmente mis favoritas- totalmente negras con el jumpman en rojo y que fueron las calzadas en su último tiro ante los Utah Jazz), las Air Jordan XVIII (las de su última temporada en Washington y que venían con un CD y un maletín para guardarlas) y las Air Jordan XXXIII (las primeras sin cordones).

Air Jordan XIII

Aquellos 250.000 dólares acabaron convirtiéndose rápidamente en más de 30 millones anuales, y, aún hoy, Jordan sigue facturando gracias a Nike. Se estima que Michael lleva ganado más de 1.000 millones de dólares gracias a la firma de Oregón, con diferencia el mayor ingreso de patrocinio deportivo de la historia. De hecho, ni siquiera sumando sus ingresos como jugador y el resto de sus contratos publicitarios se llegaría a igualar la indecente cifra que ha cobrado gracias a Nike.

Michael Jordan lo cambió todo. Si antes todos llevaban pantalones ceñidos, Jordan impuso la tendencia de llevarlos largos y más holgados hasta las rodillas. Al cabo de un lustro ya no quedaba un mísero pantalón ajustado. Mas adelante la cabeza afeitada de Jordan tuvo un impacto planetario. Cuando la alopecia comenzó a afectarle, se afeitó lo que le quedaba de pelo y empezó a darse cera en la calva (una cúpula aerodinámica que parecía futurista, dijo su biógrafo). Logró lo impensable, que ser calvo fuese algo guay.

Hoy Jordan tiene su propia marca, Jordan Brand, que se ha desligado de su matriz. En cifras pre pandemia facturaba más de 3.000 millones de dólares anuales. Antes de que fuese traspasado a los Lakers, le habían hecho una oferta descomunal a Luka Doncic, el nuevo prodigio del baloncesto, a razón de 20 millones anuales y la promesa de una línea propia de calzado y ropa en función de ciertos parámetros deportivos. No es el primero al que se le ofrecen ni será el último. Da lo mismo. Haga lo que haga jamás hará saltar el mercado por los aires como un día de 1984 hicieron Nike y Michael Jordan.

Otras historias sobre Michael Jordan

Los años de Jordan en Washington (el bienio en el que Jordan pasó de ser un dios a ser humano)

Bullying a Toni Kukoc (el recibimiento poco amigable que Jordan y Pippen dieron a Kukoc en los Chicago Bulls a través de dos artículos)

La perturbadora vida de un gusano (a través de dos partes la vida y carrera de Dennis Rodman)

Kobe (en dos artículos la carrera del jugador que más se ha acercado al dios Jordan)

La camiseta número 12 (cuando a Jordan le quitaron su archifamoso número 23)

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El Tour de Trump

A ver. Lo de las bicicletas es una cosa de wokes, ecologistas y comunistas-sandías, ya saben, peludos verdes por fuera y rojos por dentro. En América, en el país más poderoso del mundo, se va en coche. Y en coche grande. Por supuesto. Así que lo del ciclismo y el Tour de Francia y todas esas chorradas, pues va a ser que no. El caso es que sólo en la populosa y soleada California gusta aquello de las bicicletas. Por aquello de darse un paseo cerca de la playa y tal. Para 1984 la ciudad de Los Ángeles acogerá los Juegos Olímpicos por segunda vez en su historia. Si existe lugar ligado al deporte en Estados Unidos es el antiguo pueblo lleno de polvo fundado por misioneros españoles.

Desde los orígenes de los Juegos Olímpicos, allá por 1896, nunca jamás un ciclista estadounidense hubo ganado medalla olímpica ninguna. Ni oro, ni plata, ni bronce. Y eso para el país más poderoso del planeta era una afrenta. Así pues, en 1981, tres años antes de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, se crea un equipo ciclista bajo el patrocinio de 7-eleven, un conocido hipermercado. Su ciclista más destacado es Eric Heiden. ¿Quién es Heiden? Una leyenda. Patinador olímpico que en los Juegos de Invierno de 1980 logra cinco medallas de oro con cinco récords olímpicos. Tras ser considerado el patinador más completo de la historia le da por cambiarse al ciclismo. Se convertirá en campeón estadounidense en 1985 y en 1986 correrá con el 7-eleven el Tour de Francia. aunque deberá abandonar a falta de tres etapas para el final. Ese año se retirará de toda práctica deportiva profesional y terminará sus estudios de medicina para ejercer de cirujano ortopédico y más tarde acceder al cargo de los servicios médicos de los Sacramento Kings de la NBA. Todo un personaje.

Volvamos al asunto. El mejor ciclista de Estados Unidos es un antiguo campeón de patinaje, lo que da una idea del nivel de la iniciativa. Pero el caso es que se producirá el milagro y un integrante del equipo, de nombre Alexi Grewal, conseguirá vencer en la prueba en ruta y colgarse la medalla de oro. Al año siguiente el 7-eleven será un equipo profesional y participará en carreras por toda Europa. En 1986 se convertirá en el primer equipo estadounidense en disputar el Tour de Francia.

La estructura del 7-eleven permanecerá viva cuando el hipermercado abandone el ciclismo y en 1990 el equipo pase a estar financiado por Motorola. Luego se convertirá en US Postal y más adelante en Discovery Channel. Con esa base y esa estructura se formará y triunfará Lance Armstrong, siete veces ganador del Tour de Francia, al que luego le retiraron todos sus triunfos al haber confesado que se había dopado en todas y cada una de sus participaciones.

Pero esa es otra historia ya contada.

Volvamos a 1985.

Es el año en el que el 7-eleven disputa por vez primera el Giro de Italia. Sin que nadie lo espere ganan una etapa y lo hacen con un tal Andrew Hampsten. Al año siguiente compiten en el Tour y el tal Hampsten firmará una muy notable cuarta posición. Ese año gana el Tour el también estadounidense Greg Lemond, quien presumirá de ser el primer norteamericano en vencer en la mayor prueba ciclista por etapas. Lemond se había criado deportivamente en Europa, pero seguía siendo un extraño. La aparición del 7-eleven y sus éxitos hicieron que el deporte de las dos ruedas a pedales se convirtiese en éxito al otro lado del Atlántico. Ese año, 1986, el Tour de Francia se televisó en directo por vez primera en Estados Unidos a cargo de la NBC.

Y fue la NBC la que tuvo la idea. ¿Por qué no llevar el Tour de Francia a Estados Unidos?

La idea era aprovechar el tirón de Greg Lemond, sin embargo, quiso el destino que en una partida de caza su cuñado le endosase unos perdigonazos en la boca del estómago. Lemond se pasó año y medio en blanco y no volvió a la competición hasta finales de 1988. Ese año Andrew Hampsten gana el Giro de Italia con el equipo Motorola. Es el momento indicado para ponerse en marcha.

La NBC necesita una empresa que apueste por el ciclismo. Se busca y se encuentra. La idea nació del periodista de la NBC John Tesh, quien le presentó el proyecto de organizar una gran carrera en Estados Unidos al empresario de baloncesto Billy Packer. Éste último movió la idea entre sus contactos del empresariado de Nueva York.

Y lo encontró.

Es un empresario neoyorkino hijo de escocesa y nieto de alemanes. No le gusta el ciclismo, pero sí que conoce de que va ese deporte y es consciente de la oportunidad de negocio. Acaba de rebasar la cuarentena y cuenta con una trayectoria empresarial sólida tras heredar la empresa familiar que agenciaba su padre. Es especialista en construir, renovar y gestionar torres de oficinas, hoteles, casinos y campos de golf. Es un millonario. Es un yuppie. Un empresario de éxito. La viva imagen del capitalismo.

Su nombre es Donald John Trump.

Trump ochentero

A inicios de 1989 Trump tiene su primer gran revés empresarial. El año anterior había adquirido una serie de casinos en una decisión que se tornó en fatal. Para poder acometer su pago emitió bonos basura y pronto sus contables le advirtieron que tendría que afrontar una suspensión de pagos. Ante la amenaza de caer en la bancarrota, Donald Trump decidió apostar por el deporte. Y como empresario de éxito, vio en el ciclismo una oportunidad sin explotar. Una vía de ingresos infinita que en Estados Unidos aún era desconocida.

Así que, melena en viento y corbata roja bajo el traje, a Donald Trump se le encarga financiar y diseñar una carrera ciclista que rivalizase con el mismísimo Tour de Francia. Sería una carrera épica, a lo grande, donde obligatoriamente tendrían que estar Lemond y Hampsten y donde esperaba contar con la presencia de alguna que otra estrella extranjera.

Trump invirtió diez millones de dólares en el asunto, cifra considerable en la época, y montó una promoción del evento que entonces fue vista como estrafalaria en Europa. Todo un espectáculo con fuegos de artificio, animadoras y buena comida al estilo Las Vegas. Se disputaría entre el 5 y el 14 de mayo (10 etapas y 1347 kilómetros) de 1989 en plenas fechas de la Vuelta a España y justo antes del inicio del Giro de Italia. Como reclamo para sacar a las vedettes de Europa y llevarlas a Estados Unidos habría una recompensa económica de 250.000 dólares en premios y 50.000 para el ganador, cifra sólo entonces superada por el vencedor en los Campos Elíseos de París.

La primera etapa salió de Albany (Nueva York) y la última fue en Atlantic City (Nueva Jersey) donde Trump contaba con varios casinos. La idea era atravesar las trece colonias originales de Estados Unidos, lugares donde se concentraba la mayoría de población con ascendentes europeos, los únicos con cierta cultura ciclista. Era ese el objetivo primigenio. A medio plazo se contaba con recorrer Norteamérica de una punta a otra. Las banderas, pancartas y demás patrocinios eran minoría frente a los carteles ‘Trump’ con los que se jalonaba todo el recorrido. Los corredores dormían siempre en hoteles de cuatro o cinco estrellas, algo inimaginable en el Viejo Continente. Entre los equipos había primeras espadas caso de Lotto, PDM o Panasonic y también modestos como el Saunas Diana, equipo patrocinado por la mayor cadena de burdeles de Países Bajos.

¿Por qué Tour de Trump? Sobre ello hay dos versiones contrapuestas. La primera es que fueron John Tesh y Billy Parker los que sugirieron a Trump que la prueba llevase su apellido porque eso le daría más publicidad. Se cuenta que Trump se niega y que considera que aquello será llevado en su contra por la prensa, que lo tildará de ególatra y narcisista. Al final, ante la insistencia de los dos colegas, Donald Trump acabará cediendo.

La segunda versión es la preferida por todos. Más que nada, porque conociendo al personaje, es la más creíble. La conversación, entre Billy Parker y Donald Trump sucedió de la siguiente manera, según contaron después varios periodistas.

Parker: La llamaremos Tour de Jersey y luego, al expandirnos, será Tour de Estados Unidos.

Trump: ¿Tour de Jersey? ¿Queremos que acabe siendo la mejor carrera del mundo?

Parker: Sí.

Trump: Entonces no puede llamarse de otra forma que Trump. Podríamos llamarla de otra forma, pero tendríamos menos éxito.

Juzguen ustedes mismos.

Donald Trump proclamó que el maillot amarillo de su carrera no tardaría en ser más importante que el del Tour de Francia. La prensa de la época, que entonces tenía a Trump en el pedestal del éxito capitalista, no dudaba en afirmar con admiración que si al que le gusta el ciclismo se compra una bicicleta, Trump directamente se compra una carrera.

 

Tour de Trump 1989

La organización fue un caos. En una de las etapas se olvidaron de cortar el tráfico, por lo que los ciclistas se encontraron con infinidad de vehículos a su paso. Aun con todo, la carrera fue un éxito y el noruego Dag-Otto Lauritzen (ganador de etapa en el Tour y en la Vuelta) se llevó el triunfo y los 50.000 dólares de la época. Por cierto, Trump presentó una querella a una modesta prueba ciclista de Colorado llamada Tour de Rump. Era una prueba humilde, prácticamente una reunión de amigos, pero Trump exigió un cambio de nombre por lo que él consideraba plagio. Su demanda fue desestimada.

Una anécdota mucho más deliciosa tuvo lugar en la etapa contrarreloj. Greg Lemond fue doblado por un desconocido ciclista que llevaba un manillar de triatleta. Lemond quedó impresionado por las prestaciones de ese ciclista y comenzó a interesarse y a hacer preguntas. Apenas dos meses más tarde Greg Lemond le arrebataría el Tour de Francia a Laurent Fignon por únicamente ocho segundos al vencerle en la contrarreloj final de Paris montando un aerodinámico manillar de triatleta en su bicicleta contrarreloj.

Algo nunca antes visto…en Europa.

El manillar de Lemond

Al año siguiente el Tour de Trump finalizaría en Boston y, aunque el glamour seguía presente, el dinero comenzaba a escasear. Donald Trump ya estaba oficialmente en crisis y el presupuesto de la carrera se vio altamente reducido. El mexicano Raúl Alcalá ganó esta edición y Trump le entregó un cheque de 15.000 dólares, cifra ostensiblemente menor que la del año anterior, pero lo compensó agraciando al vencedor con un coche y una motocicleta. Todo era pura fachada. No tardaron muchos meses antes de que Trump se declarase oficialmente en bancarrota y se largase antes de que el barco se hundiera.

Fue entonces cuando salió al paso la multinacional química DuPont que se haría cargo del evento desde 1991 renombrándola Tour de DuPont. La carrera funcionaria explotando el éxito de Lemond y la aparición de jóvenes figuras como Lance Armstrong. Hasta 1996 los dos ya citados ganadores del Tour, así como el neerlandés Erik Breukink (subcampeón del Giro y tercero en el Tour) y el ruso Vlatcheslav Ekimov (dos oros olímpicos) vitorearon en el Tour de Dupont. Hasta ahí duró la fiesta. En ese año 1996 John DuPont, el dueño de la empresa, disparaba y mataba a un hombre tras un ataque psicótico. Fin de la partida.

Lance Armstrong, por cierto, además de sus dos triunfos suma diez victorias parciales de etapa, récord de la prueba. Estas victorias en el Tour DuPont son de las pocas que figuran en el palmarés de Armstrong después de que se le anulasen todos sus resultados desde el año 1999, incluidos sus siete Tour de Francia, tras su confesión pública de dopaje.

Los tiempos de Lemond, Hampsten y Armstrong pasaron para nunca volver. Hoy en día el ciclismo estadounidense ya no organiza ninguna gran carrera. Se canceló en 2019 el Tour de California y anteriormente ya habían sido cerrados el Tour de Colorado o la Clásica de Philadelphia. Quien ha vuelto, y hasta en dos ocasiones, es Donald John Trump, cuadragésimo quinto y cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos.

“Cuando sea presidente pararé el programa de Irán para fabricar armas nucleares, y no lo haré usando a un hombre como John Kerry. Además de negociar mal, se arriesga a montar en bici con 72 años, se cae y se rompe una pierna. Prometo que yo nunca iré en bici ni pondré en peligro a mi país”. Donald Trump en un mitin antes de las elecciones de 2016 refiriéndose a John Kerry, vicepresidente de Estados Unidos con Barack Obama.

Otras historias ciclistas fuera de la vieja Europa

Gran Premio de Montreal (una clásica en tierras canadienses)

La carrera de la paz (el Tour de Francia de los comunistas)

De patrocinadores y ciclistas (sobre los nombres de los equipos en ciclismo)

Lance Armstrong (el fraude de un campeón en dos artículos)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (la locura que los italianos llevaron al corazón de África)

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El inventor de los números (2ª parte)

La maravillosa creación de Herbert Chapman tuvo recorrido hasta 1993. Ese año la Football Association (FA) tuvo la ocurrencia de hacer permanentes los números de las camisetas. Así pues, un futbolista, independientemente de ser o no ser titular, conservaría la misma cifra toda la campaña. El portero ya no era el ‘1’ ni el extremo derecho el ‘7’. Ahora el ‘8’ podría no jugar en todo el año y el ‘17’ ser el jugador estrella del equipo. No fue casualidad que la FA escogiese un encuentro de copa entre el Arsenal FC y el Sheffield Wednesday como el primer partido con la nueva numeración. Se trataba del mismo encuentro disputado el 25 de agosto de 1928, sesenta y cinco años atrás, cuando la idea de Chapman de numerar a los futbolistas del 1 al 11 se hacía convertido en realidad.

En los siguientes cinco años las ligas de todo el mundo adoptaron el nuevo sistema a lo que inmediatamente se le añadió el nombre en la parte de atrás de la zamarra. Los 90 culminaron con el cambio anual en el diseño de la camiseta por parte del suministrador deportivo y la aparición de una segunda y hasta una tercera equipación donde los colores habituales del club pasaron a mejor vida. Los números y los colores ya no están pensados para el que va al campo. De hecho, hay combinaciones tan asquerosas que dañan la vista del más avispado. Los números hoy se diseñan para vender y para ser visibles por televisión. Lo vimos con el Covid o con el Mundial de Qatar. El respeto a las camisetas deja lugar al negocio. El aficionado que va al campo ha dejado lugar al forofo a distancia.

Aquel desastre del Athletic…

Volvamos atrás en el tiempo. Aunque en los 90 los números dejaron de ser sagrados desde 1954 ya habían dejado de serlo cada cuatro años. En el Mundial de Suiza 1954 la FIFA estableció que cada selección eligiese un número fijado entre el 1 y el 22 a cada uno de los seleccionados de forma inamovible. Por entonces no existía el marketing y las situaciones que la historia nos ha dejado pueden ser calificadas, al menos, como curiosas.

En 1958 la selección brasileña se olvidó de enviar la lista numerada de los jugadores a la FIFA en tiempo. Esto hizo que se escogiesen los números al azar desde la sede del máximo organismo. En la Brasil campeona en Suecia estaba el portero Gilmar ‘3’, Garrincha jugó con el ‘11’ en vez de con su clásico ‘7’ y Pelé fue el ‘10’ por una simple cuestión de azar, dado que, antes del Mundial, era un chico de 17 años muy conocido en Brasil, pero desconocido en el resto del mundo. No hay que olvidar que empezó el campeonato como suplente.

Más surrealista fue la decisión tomada por Argentina. En 1966 decidieron colocar sus tres primeros números a los porteros para luego seguir con el mismo orden con defensas, medios y delanteros. El arquero Hugo Gatti llevaba el ‘3’, el lateral zurdo Silvio Marzolini el ‘7’, el pivote defensivo Antonio Rattin el ‘10’ y el goleador Luis Artime el ‘19’. Si la decisión tomada en 1966 fue surrealista la escogida para las siguientes ediciones fue igual de racional que de rocambolesca. Desde 1974 a 1986, la época gloriosa de Argentina que incluyo dos victorias del Mundial, los jugadores fueron ordenados alfabéticamente. Los centrocampistas Beto Alonso y Osvaldo Ardiles fueron campeones mundiales en 1978 portando el ‘1’ y el ‘2’ respectivamente. El portero Ubaldo Fillol llevó el ‘5’ y el capitán y defensa central Daniel Passarella lució el ‘19’. Al igual que había sucedido con Pelé, quiso la casualidad que el delantero del Valencia CF y estrella de la selección Mario Alberto Kempes portase el número ‘10’.

La AFA (Asociación del Fútbol Argentino) no quiso volver a tentar a la suerte y aunque siguió usando el orden alfabético en los siguientes campeonatos mundiales decidió hacer una excepción. A Diego Armando Maradona se le dio el número ‘10’ por decreto. Eso suscitó envidias. A Daniel Passarella, el hombre que levantó la copa de 1978, se le permitió llevar su querido número ‘6’ y a Jorge Valdano, un futbolista menor, pero con gran ascendencia sobre el grupo, se le otorgó lucir el ‘11’. Aun así, en el Mundial victorioso de 1986 el delantero Sergio Almirón era el ‘1’, el mediapunta Ricardo Bochini el ‘3’, el lateral izquierdo José Cuciuffo el ‘9’ y el guardameta Nery Pumpido el ‘18’.

Retornando a 1978 se dio la curiosidad de que la final del Mundial fue la más estrafalaria en cuanto a numerología se refiere. Las manías argentinas derivan del fracaso de no clasificarse para el Mundial 1958. Tras eso, la AFA decidió dar un volantazo en su metodología que incluía lo de pasarse de rosca eligiendo los números. Lo de Países Bajos no tenía razón de ser. En 1974 jugaron su primer Mundial. Fuese por lo voluble de la época o por un afán de rebeldía se optó por numerar a los jugadores en función de un sorteo. El delantero Ruud Geels lució el ‘1’, el mediocentro Ari Haan fue el ‘2’, el centrocampista Van Hanegem el ‘3’, el portero Jan Jongbloed el ‘8’ o el delantero Johnny Rep el ‘16’. Por supuesto Johan Cruyff escogió el ‘14’ y punto. El caso es que en 1978 se descartó el estrambótico método, pero, dado que en 1974 los neerlandeses llegaron a la final, muchos jugadores decidieron repetir método para 1978. Así en la final entre Argentina y Países Bajos de 1978 además de Ardiles con el ‘2’ también estaban el mediocentro Arie Haan con el ‘9’, el delantero Rob Resenbrink con el ‘12’ o el volante Johan Neeskens con el ‘13’.

Para el Mundial de 1990 tuvo lugar la última estrafalaria ocurrencia de una selección. Italia, que ejercía de anfitriona, copió la idea de los argentinos en 1966 con la salvedad de darle el 1, 12 y 22 a los porteros. La FIFA ya andaba con la mosca detrás de la oreja y años después declararía obligatorio que el ‘1’ fuese designado obligatoriamente a un cancerbero. El caso es que hubo sus cositas. Los defensas Paolo Maldini y Pietro Vierchowod llevaron el ‘7’ y el ‘8’ respectivamente, el centrocampista Carlo Ancelotti el ‘9’, el mediapunta Roberto Baggio el ‘15’ y el delantero Gianluca Vialli el ‘21’. La gota que colma el vaso en ese Mundial es la de Escocia. Exceptuando al portero y número ‘1’ Jim Leighton, los escoceses decidieron ordenar a los futbolistas en función del número de veces que habían sido internacionales. La rareza salió más o menos bien porque quiso la casualidad que los tres futbolistas con más participaciones fuesen defensas y a los delanteros titulares les tocase el ‘7’ y el ‘9’. En todo caso el central del Liverpool FC Gary Gillespie portó el número ‘11’.

Maldini….empezó siendo el ‘7’.

En el futbol los números retirados escasean. En las selecciones directamente no existen. En 2001 la AFA quiso retirar el ‘10’ de Maradona. La FIFA prohibió tal medida y, aunque Argentina envió una lista de 23 jugadores del 1 al 24 omitiendo el número ‘23’ para el Mundial de 2002, la FIFA no hizo caso a la propuesta y exigió un cambio en la lista. Finalmente, Ariel Ortega luciría el ‘10’ y la prohibición de la FIFA permitirá que en 2022 Argentina vuelva a proclamarse vencedor mundial con Lionel Messi de capitán y luciendo el icónico número ‘10’.

Como vemos lo de llevar números superiores al ‘11’ es una costumbre en el Mundial desde hace tres cuartos de siglo. Sin embargo, hay una limitación más allá del ‘23’. No ocurre lo mismo en el fútbol de clubes. Desde que se dio carta libre a los futbolistas para abandonar la numerología tradicional se les autorizó llevar cualquier cifra entre el 1 al 99. Dicho número, por cierto, no puede ser cambiado a lo largo de una temporada con la salvedad de cambio de club por traspaso o cesión.

Uno de los más estrambóticos es el del lateral Alexander-Arnold. Luce el ‘66’ porque fue ese el número con el que debutó. En el Liverpool FC a los canteranos se les da números muy altos al debutar con el primer equipo para que tengan la motivación de progresar y conseguir un número mejor. No es el caso Alexander-Arnold feliz y titularísimo con su ‘66’. Anteriormente John Terry tuvo una carrera legendaria de dos décadas con el Chelsea FC con el ‘26’ por la misma razón. Los hay aún más curiosos. El chileno Iván Zamorano se encontró con la imposibilidad de llevar el ‘9’ al fichar por el Internazionale por lo que decidió lucir un ‘18’ al que añadió entre ambas cifras un +. Jamás se ha vuelto a ver algo parecido salvo en el caso del colombiano Freddy Rincón que usó un ‘35’ con un + en el Santos FC al no poder llevar su clásico ’8’.

Igual Zamorano tuvo esa idea porque en Chile la normativa es más laxa. Porteros como Vitor Baia o Gianluigi Donnarumma lucen el ‘99’, pero es que en Chile se puede ir más allá. Sergio Vargas llevó el ‘188’ y el delantero Marco Olea, al ver que el titular Marcelo Salas portaba el ‘11’, no se cortó y solicitó el ‘111’. También inusual es el ‘01’ que lució el portero brasileño Rogerio Ceni , el ‘3’ del cancerbero argentino Roberto Vilar o el ‘9’ del mexicano Jorge Campos.

Zamorano 1+8

Lo que es más común es lo de escoger como número tu fecha de nacimiento. Bixente Lizarazu (69) o Angelo Peruzzi (70) iniciaron la moda. En el AC Milan lo hicieron Andrei Shevchenko (76), Ronaldinho (80) o Flamini (84). Ronaldinho subió la apuesta al portar el ‘49’ en el Atlético Mineiro conmemorando el año de nacimiento de su madre. El también brasileño Ronaldo llevó el ‘99’ en sus años en Milán al no estar libre el ‘9’ y el italiano Antonio Cassano también lo lució en varios equipos en su caso porque 9+9 son 18 y el ’18’ era su número fetiche. También hay delanteros que han lucido el ‘2’. Unos cuantos en España. Gaizka Toquero, Aruna Koné o Borja Mayoral lo han portado. Diego Forlán fue el ‘5’ en el Villarreal FC. Falcao llevó el ‘3’ en el Rayo Vallecano en honor a su padre.

Cuando Mesut Özil decidió fichar por el Fenerbahce apostó por el ‘67’. ¿Motivo? Es el número que en Turquía se le asigna a la matrícula de los coches de donde son originarios sus padres. El ‘0’ fue portado por el marroquí Hicham Zerouali que militaba en el club escocés del Aberdeen. Fue el primero y el último en hacerlo porque la FIFA prohibió el uso de la cifra que por sí misma no es nada. Y por último nos quedamos con Gianluigi Buffon, candidato a mejor portero de todos los tiempos. Su longeva carrera está ligada al número ‘1’ pero también lució el ‘99’ con el que debutó en la Serie A. En cierta temporada quiso sorprender al público y optó por el ‘88’ pero se armó un fuerte revuelo dado que es el número simbólico del nazismo. La octava letra del alfabeto es la h. Y el 88 se asocia a HH (Heil Hitler). Visto el revuelo decidió sustituirlo por el ‘77’ que, según dijo, le recordaba a las piernas de una mujer.

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El inventor de los números (1ª parte)

Se supone que en las cavernas a alguien le dio por contar el número de lobos, osos, rinocerontes o hipopótamos. Usarían los dedos. Supongo. O conchas. O piedras. O palos de madera. Suponemos. Pero el caso es que fueron los babilonios los que dejaron registro en tablillas de arcilla de unos símbolos que podríamos llamar números. Casi al mismo tiempo un pueblo próspero y comerciante necesitaba algo más que eso para plasmar las grandes transacciones que realizaban. Eran los egipcios. Y necesitaban escribir millones. Agruparon sus símbolos en base a diez y permitieron hacer grandes operaciones.

El tema es que tanto los egipcios, como luego los chinos, los griegos y los romanos usaban símbolos. Habían conseguido agrupar grandes cantidades, pero el sistema era complejo y farragoso. El método romano, aún usado hoy, se mantuvo en primacía en el mundo occidental para la contabilidad de las empresas hasta el siglo XVIII. Era simple y efectivo para sumas y restas, pero inabarcable para grandes operaciones con multiplicaciones o divisiones. Todos estos sistemas mantenían, eso sí, un símbolo común; el 1. Todas las civilizaciones representaron el 1 con un palo, pictograma universal. Pero, como comentaba, el fallo radicaba en que era un sistema farragoso para grandes operaciones. Y de ahí derivaba otro problema. La inexistencia del 0. Sin este número no existirían las operaciones algebraicas. Y no era lo único. Al colocarse el 0 a la derecha de la cantidad aumenta su valor sin tener que aumentar los grafismos.

Lo del 0 fue cosa de los hindúes. Allá por el siglo VII a los matemáticos de aquellas tierras les dio por utilizar el cero no sólo como cantidad nula sino como sumando de números positivos y negativos. Los árabes adquirieron el conocimiento y gracias a la yihad lo expandieron por los tres continentes. De este modo cuando Al-Juarismi (Alghoritmi en latín) lo introdujo en Europa a través de Al-Andalus en el siglo IX, los números, tal y como los conocemos en la actualidad, pasarán a llamarse arábigos. No obstante, tal y como señalé antes, los romanos mantuvieron su hegemonía hasta tres siglos más tarde. Fue entonces cuando Gerardo de Cremona tradujo al latín el libro matemático de Al-Juarismi y los números arábigos adquieren notoriedad. Y aun con todo, habría que esperar hasta la invención de la imprenta para que los números romanos claudicasen.

¡A contar!

El fútbol reglamentado, cuya fecha de nacimiento data de 1863, sufrió en la década de 1920 el que seguramente haya sido su cambio más trascendental. La regla del fuera de juego fue modificada pasando de ser tres los futbolistas que tenían que estar entre el atacante y la línea de fondo para señalar el fuera de juego a ser únicamente dos. Al ser uno de esos dos el portero en la práctica dejaba en uno contra uno el pitar o no pitar la infracción. La regla fue modificada para contrarrestar un juego que se había vuelto tedioso al pitarse decenas de fueras de juego por partido. Tan sólo uno de los defensores tenía que adelantarse para que el delantero cayera en la infracción.

Con la nueva regla el defensor tenía que pensarse muy y mucho en anticiparse dado que, si fallase, aunque sólo fuera por una décima de segundo, el delantero rival quedaría en un mano a mano contra el portero. La idea inicial de la FA (Football Association) era impulsar el juego ofensivo. En un primer momento lo consiguió aumentándose el número de goles por encuentro. No obstante, la alegría ofensiva tuvo su reverso tenebroso. Ante el pánico de encajar goles, varios técnicos decidieron retrasar a un mediocampista a posiciones defensivas. Por vez primera en la historia del fútbol se pasaba de luchar por la victoria a luchar por no perder. El cambio en la regla del fuera de juego le dio al balompié años de fútbol ofensivo (de 1925 a 1955 se incrementaron año a año el número de goles por partido) pero por otra parte impulsó la creación de sistemas defensivos, líberos, carrileros donde antes había extremos y cerrojazos que ya nunca nos abandonarán como teoría táctica.

El primer gran teórico defensivo que el fútbol parió fue Herbert Chapman. Hasta entonces no existían entrenadores. Eran ex futbolistas que funcionaban como preparadores físicos y que se limitaban a dar la alineación. Los jugadores eran autosuficientes y su objetivo era marcar el mayor número de goles posibles. Herbert Chapman era uno de esos ex jugadores, pero su mentalidad era distinta. Tras el fin de la I Guerra Mundial se convirtió en técnico del Huddersfield Town y pronto llamó la atención por sus innovadoras ideas que entonces eran consideradas estrafalarias. Propuso la instalación de luz artificial en los campos, se mostró a favor de que la radio entrara en los estadios de fútbol, programó partidos amistosos contra equipos europeos superando el aislacionismo inglés, introdujo los masajes en los entrenamientos y obligó a que el segundo equipo jugase con el mismo sistema táctico que el primer equipo.

Y fue lo del sistema táctico lo que cambió todo lo antes establecido. Fue el primero que dotó al fútbol de musculatura estratégica. Chapman detecta el agujero creado por el cambio en la táctica del fuera de juego y retrasa a un centrocampista pasando del 2-3-5 universal usado por todos los equipos a un 3-2-5. El sistema pasará a ser conocido como WM y cambiará de forma radical la manera de entender el fútbol. Aunque en la práctica es ofensivo, el 3-2-5 se convierte en un 3-4-3 en juego posicional y hasta en un 5-2-3 en fase defensiva. El sistema se caracterizaba por la incrustación de un central en la defensa para detener al delantero contrario, ampliando el espacio de actuación de los laterales, que podrían contener a los extremos rivales. Chapman advirtió la importancia de los espacios libres a la espalda y ensayó con la ocupación de los laterales en el mediocampo en fase de ataque y con jugar con los extremos a pierna cambiada para aprovechar los lanzamientos desde fuera del área.

La WM era rompedora, pero a ojos actuales era profundamente estática. Cada jugador ocupaba una zona determinada del terreno de juego y no podía actuar libremente fuera de ella. Por tal motivo, en Sudamérica rechazarán a la WM para primar el juego de regates y filigranas. Por ello Alfredo DI Stefano cambiará con lo conocido en gran parte de Europa al salir de su posición de delantero centro a cualquier parte del campo haciendo estallar en mil pedazos a la WM. Antes lo habían hecho austriacos o húngaros, pero con el altavoz de la Copa de Europa, Di Stéfano lo hará universal y firmará el acta de defunción de la WM.

Chapman (al centro)

Chapman gana dos ligas con el modesto Huddersfield antes de ser contratado por una millonada por el Arsenal FC en 1925. En el club londinense perfecciona sus ideas y da pábulo a alguna otras. Impulsa la instalación de un marcador en el estadio de Highbury, la dotación de megafonía en el campo o la creación de las distintivas mangas blancas que luce el Arsenal en su camiseta. Chapman consideraba que la gran mayoría de clubes jugaba de rojo (lo cual es cierto), por lo que quiso dotar al Arsenal de algo característico que los diferenciase de todos sus rivales.

Y Chapman hizo algo más. Una genialidad. Solicitó por activa y por pasiva serigrafiar números en las camisetas de los jugadores. Chapman consideraba que poner números en el dorso de las zamarras era una manera práctica y sencilla de que el espectador que acudiese al campo distinguiese a los jugadores fácilmente. Chapman se basaba en la facilidad de su sistema (sistema que ya todos imitaban desde que firmara por el Arsenal) para colocar a los jugadores en el campo. Los defensores tenían los números del 2 al 4 (central derecho, central izquierdo y defensa central), los centrocampistas el 5 y el 6 (centrocampista defensivo derecho e izquierdo) y los delanteros del 7 al 11 (extremo derecho, interior derecho, delantero centro, interior izquierdo, extremo izquierdo). El portero, lógicamente, llevaba el 1.

La FA dio su brazo a torcer para la temporada 1928/29. El 25 de agosto de 1928 el Arsenal FC se enfrentó al Sheffield Wednesday con los números bordados en la parte trasera de sus camisetas. Esa misma jornada, también en Londres, el choque entre el Chelsea FC y el Swansea City también contó con la misma innovación. Fue un éxito tremebundo. «Me imagino que la idea ha llegado para quedarse. Todo lo que se requería era un pionero y Londres lo ha suministrado”, se podía leer en el Daily Mail. En la temporada siguiente todos los clubes de la liga inglesa contaban con números en sus camisetas.

En honor a la verdad hay que hablar de otros pioneros. La primera vez que se tiene constancia del uso de los números en las camisetas de fútbol fue en un partido jugado en 1914 en un encuentro amistoso entre English Wanderers contra el Corinthians londinense. Después hay referencias de otro uso de los números en la selección argentina en un amigable en 1923 y en encuentros de una liga de Estados Unidos en 1924.

Todos ellos fuegos de artificio, banco de pruebas. Pero la revolución iba a ocurrir de manos de Chapman. Para 1930 era obligatorio en toda Inglaterra, aunque aún tardaría varios años en imponerse en el resto del mundo. En diciembre de 1932 el seleccionador Hugo Meisl rechazó portar números en un amistoso que Austria iba a jugar frente a Inglaterra en Wembley. Aquello fue visto como una descortesía en la Gran Bretaña. La FIFA recomendó el uso de números, aunque no lo haría obligatorio hasta años después. En el Mundial 1954 instauró la obligatoriedad de llevar un número fijo durante todo el torneo a los 22 seleccionados por cada equipo.

El hombre de las mil ideas aun tendría otra idea más. Entonces no existían los ojeadores. Los encuentros ante rivales se hacían muchas veces a ciegas, especialmente cuando el rival era foráneo. La mejor manera de saber cómo se organizaba tu rival era fijarte en los números. El que portaba el número 11 tenía que ser un zurdo rápido y habilidoso y el que llevaba el 2 un defensa diestro fuerte y que iba bien de cabeza. Así que Chapman decide cambiar el orden de los números de cuando en cuando para despistar al rival. Le da el 5 a un central y el 4 a un centrocampista o el 6 a un interior y el 8 a un centrocampista defensivo. De inmediato otros clubes ingleses como Everton FC y Manchester City adoptaron dicha estrategia e incluso, y en más tardías fechas, se verá hacer lo mismo al primer gran Real Madrid o a la selección de Brasil.

Los vestigios del sistema permanecen hasta el día de hoy. La formación 4-4-2, que tras la WM es la más repetida en la historia del balompié, generalmente enumera a los jugadores siguiendo el sistema estándar de derecha a izquierda. Sin embargo, mientras que en países como España, Italia o Alemania el 4 y el 5 obedecen al central en Inglaterra el 6 sustituye al 5 en la posición de central, rastro de las ideas de Chapman. Del mismo modo el 10 suele ser para uno de los delanteros, mientras que en la mayor parte de Europa el 10 es centrocampista y el delantero es el número 11.  

A partir de esa base cada país tiene sus particularidades. En Brasil triunfó el sistema 4-2-4 que acabará evolucionando en 4-3-3. El 6 en Brasil tradicionalmente es usado por un lateral izquierdo y el 3 por un defensa central. En Argentina el 4 es el centrocampista organizador. Lo que fue común a cada país fue el dar el número 12 al primer sustituto y el 13 al segundo. Esta excepción se da en los países católicos donde se considera maldito (el número de Judas) y el 13 le toca al portero suplente. Ese pobrecillo que nunca salta al campo.

Ballack…un 13 protestante

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La torre más alta del mundo (Torre Eiffel)

Caminada por millones de pies y gastada por miles de ruedas surge tras un enjambre de edificios perfectamente alienados la única batalla donde la luna saca bandera blanca y se retira desconsolada. Lugar de bulevares tan sublimes como crédulos, de museos fastuosos y restaurantes obscenos, de bosques magníficos y museos aparatosos, de colinas bohemias y puentes dispendiosos, de actores presuntuosos y de enmascarados sublimes, de piedra bañada en perfume y poetas que guardan guillotinas, de monárquicos republicanos y de ciudadanos del mundo de divino chovinismo.

Allí, donde el poeta dijo que todos tendríamos que ser enterrados porque es fiesta, allí, donde Enrique IV consideró que bien valía una misa, allí, donde los ojos café de Bogard nos aseguraron que siempre nos quedará, allí, donde la playa brotaba debajo de los adoquines, allí, donde quien no la visita nunca podrá ser considerado elegante. Allí es Paris. Dicen del que nace en Viena qué lo hace para vivir en Paris. Hay quien osa decir que morir de hambre en una calle de Paris es un arte. Y los hay, al otro lado del Atlántico, quienes sostienen que un buen estadounidense resucitará de entre los muertos para vivir en Paris.

Añádele tres letras y tienes paraíso, dijo Jules Renard.

Paris 2024

Paris era un universo dentro de un país. Sin embargo, era hueco, sucio y esquivo. Napoleón lo dotó de sueños, derechos y universalidad. Su sobrino era tan liberal como romántico, tan socialista como tradicionalista y tan ambicioso como incapaz. Y lo que su sobrino Napoleón III era, sin ningún género de duda, peor emperador que su tío. En cambio, fue mejor alcalde. Apoyado en el urbanista George Haussmann dotó a Paris de edificios altos y perfectos, iglesias mágicas y grandes alamedas que acabaron con las angostas, sinuosas e inmutables calles medievales.

Todo fue abrazado por unas gentes volátiles y complacidas que disfrutaban de su recién estrenada libertad en las galerías, en los teatros y en los cafés dando luz al genio, a la filosofía, a la frivolidad, al arte y, ¿por qué no?, también a la santidad y a la guerra. Todo el mundo fuera de esta realidad se hundía en la oscuridad y quería acercarse a ella, porque todo Paris era bueno, era bello y era esencial.

Los árboles majestuosos se afeitaban y se acicalaban para proteger con sus ramas a unas calles en las que los desamparados y los descarriados guardaban sus esperanzas en las aguas ensangrentadas y sudorosas del Sena. En Paris la conciencia era igual de corazón que de razón. Era Paris el lugar elegido por Dios para bajar a la Tierra. “Sus libros, sus periódicos, su teatro, su industria, su arte, su ciencia, sus modas, lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Todo Paris agita a las naciones del mundo y las guía”, dirá Víctor Hugo cuando el plan urbanístico de la ville lumière termine en 1867 y escriba la que es considerada primera guía moderna de la ciudad.

Y fue entonces cuando apareció ella.

Para 1889 Paris iba a albergar la Exposición Universal y de paso celebrar el centenario de la Revolución Francesa. Hoy suceso menor, entonces se trataba de un acontecimiento extraordinario en el que se presentaban inventos, nuevos materiales y nuevas ideas desde un marco incomparable. En apenas unos kilómetros cuadrados se concentraban algunas de las mentes más brillantes del planeta en una época en la que los grandes desplazamientos seguían siendo una quimera.

En la Exposición de Paris 1889 más de 30 millones de visitantes en seis meses contemplaron maravillados los progresos en el campo de la electricidad y de las comunicaciones. También observaron con curiosidad la nueva cerveza de la casa neerlandesa Heineken, al temido Buffalo Bill convertido en una atracción de circo con indígenas, frutas exóticas como la piña y hasta música hawaiana, la cual cautivaría a un Claude Debussy quien semanas después compone Claro de Luna.

No obstante, la Expo de 1889 es la exposición del ferrocarril. Las locomotoras diseñadas en Gran Bretaña hacen las delicias de los visitantes, pero Francia guarda un as bajo la manga. Francia quiere demostrarle a los británicos que está preparada para rivalizar con ellos por el mando del mundo. Se crean galerías coronadas con cúpulas monumentales y pabellones dispersos por los jardines de todo Paris. La joya de la corona es la Galería de las Máquinas, con una extensión de 420 metros por 110 metros sin ningún punto de apoyo y que entonces es el edificio más grande del mundo.

Mas eso no era suficiente. El Gobierno francés quería algo majestuoso para conmemorar el centenario. En aquellos días los avances industriales y científicos son acelerados. Es lo que se dará en llamar la Segunda Revolución Industrial. Se desarrolla el capitalismo, se acepta el darwinismo, surgen los barcos de vapor, aparece la organización del tiempo del trabajo, los fertilizantes multiplican el rendimiento del campo y el acero y el aluminio cambiarán el sistema de producción. Semejantes avances hacen que el ser humano comience a cuestionar la existencia de un dios y pasa a creerse por sí mismo un dios propio. Y no hay mejor formar que conmemorar el progreso y mostrar tu divinidad que llegar a los cielos.

Y eso es lo que Francia se propone hacer para la Exposición de 1889.

No olvidemos que Julio Verne ya había ido a la Luna, recorrido 20.000 leguas en submarino y había dado la vuelta al mundo en 80 días. No había escritor más leído en el mundo en aquel momento y sus fantasías pseudocientíficas fascinaban de igual manera a los hombres que pisaban moqueta que a aquellos que pasaban hambre. Todos los países industrializados soñaban con construir un edificio de 1.000 pies, una frontera que se consideraba inabarcable para el ser humano. Esos 1.000 pies (300 metros) era el reto que Francia iba a presentar al mundo.

Se presentaron dos proyectos tan costosos como dificultosos. El primero era una torre de granito de 1.000 pies de forma circular y que en su cima tendría unos focos gigantescos que servirían para iluminar de noche buena parte de Paris a través de un sistema de espejos. Edison acaba de presentar un sistema de iluminación eléctrico que sustituía al gas y a las velas de las calles neoyorkinas. Era, pues, una idea con todos los visos de victoria. Era útil, arquitectónicamente perfecta, pero se tenían ciertas dudas sobre su viabilidad.

El otro proyecto consideraba una torre de hierro forjado de tres niveles con la posibilidad de crear dos terrazas a distintas alturas para que los visitantes pudiesen contemplar Paris a vista de pájaro. Para salvar la altura del segundo al tercer nivel se construirían un grupo de ascensores, invención presentada por Elisha Otis, y que permitía por vez primera hacer viable la construcción de rascacielos. Esta idea fue presentada por el ingeniero civil Gustave Eiffel y era de una perfección técnica envidiable. El problema es que era inútil y costosa.

Y fea.

El hierro era visto como un material de construcción. En las construcciones se usaba en vigas y se escondía para no dañar a la vista. Su uso ornamental era inexistente. Todos los intelectuales de Paris criticaban la construcción de una torre que haría minúsculo Notre Dame o el Arco del Triunfo y que destrozaba la estética clásica que Haussmann le había dado a Paris. Eiffel tiene todas las de perder, pero el Gobierno francés no quiere gastar miles de millones de francos en un proyecto del que no tiene la seguridad de que funcione, así que descarta la torre de granito y decide negociar con Eiffel.

La construcción

Eiffel recibirá un crédito que tendrá que devolver en un plazo de diez años. A cambio Gustave Eiffel tendrá el total control de los beneficios de explotación en los siguientes 25 años. No podrá construir la torre en el Campo de Marte para no dañar la estética parisina, por lo que tendrá que ensamblar las piezas en su taller de las afueras de Paris y trasladarlas de cuanto en cuanto a lo largo de dos años y gracias a la ayuda de 250 obreros. Un contratiempo que hará aumentar los costes. Por último, le imponen al arquitecto Charles Garnier, un firme opositor de la Torre Eiffel, para que ejerza de mano derecha y asesore a los ingenieros en términos de hermosura.

Con 330 metros la Torre Eiffel es inaugurada en marzo de 1889. Fue durante cuatro décadas el edificio más alto del mundo hasta que en 1930 se construyó el Edificio Chrysler de Nueva York. En tres años Gustave Eiffel recuperó el dinero invertido gracias al éxito obtenido. Un día se registraron más de 400.000 visitantes. Para entender la magnitud de la cifra basta recordar que en la actualidad el número medio de afluencia es de 25.000 por jornada.

La Torre Eiffel le permitió al hierro formar parte de la vida urbana, no sólo como material de construcción, sino también de ornamento. Mas no fue fácil. Poco antes de acabar la concesión se daba por hecho que se desmantelaría. Fue entonces cuando un alto mando del Ejército Francés se puso en contacto con Eiffel para instalar en lo alto un sistema de radio que permitiese salvar amplias distancias y poner en contacto inmediato a Paris con los cuarteles militares de la frontera francogermana. Eiffel aceptó de buen grado, corrió él con los gastos y la Torre siguió en pie. A partir de la década de 1960 recuperó el brillo de antaño resistiendo a los efectos de la corrosión y se convertirá en un éxito masivo y constante para el turismo además del símbolo universal de Francia tan bello como cualquiera de los bulevares y de los edificios diseñados por el Barón Housemann.

Ohh la lá!

El resplandor de Paris no necesita del deporte. Entonces tampoco necesita del fútbol. Por lo menos no lo ha necesitado hasta ahora.

Ha habido 23 equipos que han ganado la Copa de Europa de fútbol representando a un total de 21 ciudades diferentes (Milán y Mánchester tienen dos equipos campeones). Si nos detenemos a examinar a estas urbes observaremos tres tipos distintos de localidades. Ciudades provinciales con fuerte desarrollo industrial (Turín, Liverpool, Mánchester, Birmingham, Nottingham, Hamburgo, Dortmund, Rotterdam, Eindhoven y Marsella), ciudades provinciales que funcionan como segunda capital por motivos económicos, históricos o culturales (Milán, Glasgow, Barcelona, Ámsterdam, Múnich y Oporto) y capitales de países que necesitaron del deporte para reafirmarse durante una dictadura (Madrid, Lisboa, Bucarest y Belgrado).

La excepción a la regla es Londres (Chelsea FC) y no lo fue hasta 2012 por el empeño de un magnate ruso de los hidrocarburos llamado Roman Abramovich. Es decir, por causas externas. Exceptuando Londres (la segunda), las otras tres capitales más grandes de Europa no tienen representación en este listado. Moscú, Paris y Berlín. La quinta en la clasificación es Madrid, quince veces victoriosa. Pero la sexta, Roma, tampoco ha ganado nunca la Copa de Europa de fútbol. Y si seguimos bajando en la escala nos encontramos a Viena, otra ciudad huérfana de éxitos con el balompié. Ninguna de estas magníficas ciudades ha tenido la necesidad de enfatizar su relevancia a través de un club de fútbol. Todo lo que Víctor Hugo aplicaba a París puede ser aprovechado a todas ellas. Roma es igual al Coliseo; Moscú a la Plaza Roja; Berlín a la Puerta de Brandemburgo y Londres al Big Ben.

Dortmund es el Borussia, Eindhoven el PSV, Mánchester es (o era) el United y Turín es la Juventus.

Alguien exclamará, ¡pero el Chelsea ha ganado la Copa de Europa para Londres! ¡Y dos veces! Cierto. Ahí es a donde quería llegar. La victoria del Chelsea no es el esfuerzo de una ciudad, ni es fruto del desarrollo histórico de un club de fútbol. Ni siquiera el Chelsea es el gran equipo londinense, honor que ostenta el Arsenal o en su defecto el Tottenham. El triunfo del Chelsea es el reflejo de como el fútbol se ha convertido en el pasatiempo primordial de nuestro tiempo y en el principal motor económico de la cultura de ocio. El Chelsea es hoy una gran escuadra porque un acaudalado ruso decidió invertir una fortuna en comprar el equipo. En el siglo XIX, cuando Hausemann diseñaba buhardillas, apartamentos y palacetes, mandabas construir una piscina de oro en tu mansión, encargabas alfombras persas e invitabas a tus conocidos para regodearte. Hoy, si eres millonario, compras un club de fútbol y haces lo mismo que se hacía en los palacetes en el palco VIP de tu estadio.

Los parisinos nunca han tenido la necesidad de poseer un gran club de fútbol. Un parisino es ciudadano de la capital del mundo. Un parisino crea la Copa de Europa y observa como el resto del mundo lucha por conseguir el trofeo. Un parisino crea los Juegos Olímpicos para demostrar que la civilización griega y la francesa son el corazón y el alma del progreso. Un parisino organiza exposiciones universales porque su ciudad es el jardín de Occidente.

El Paris Saint Germain es un club relativamente joven. Fue creado en 1970 tras la fusión del Paris Football Club y el Stade Saint Germanois. Cuatro años después de su fusión alcanzaron la primera categoría del fútbol galo. En su escudo aparecen representados la Torre Eiffel y la flor de Lis de la monarquía borbónica, debido a que la corte de Luis XIV fue la que proporcionó notoriedad al arrabal parisino de Saint Germain. El club no ganó ningún título liguero hasta 1986 y no tuvo su primera época de esplendor hasta la década de 1990 cuando fue comprado por Canal +. La corporación mediática fue la primera en intuir que la globalización del fútbol iba a hacer de Paris un mercado muy apetecible e infinitamente superior al de ciudades de provincia como Burdeos, Nantes o Lille. Luego, con el PSG asentado como grande de Francia, vendrían Pauleta o Ronaldinho.

El gran cambio se producirá en 2011 tras la compra del club por parte de Qatar Investement Authority. Primero desbandarán a sus contrincantes franceses adquiriendo a las estrellas de otros equipos y luego asaltarán el mercado mundial a base de petrodólares. Pero no funciona. La máquina gripa. El PSG juega en el Parque de los Príncipes, una coqueta instalación insertada en el Bosque de Boulogne y cerca de las pistas de Roland Garros. Todo es très chic. No existe estadio que al ser imaginado evoque menos pasión y sudor. Todo lo contrario. Parece que vamos a acudir a ver una ópera o una obra de teatro y que bajando las escaleras del palco brotaran las pelucas, los tacones y los vestidos de vuelo. El Parque de los Príncipes. Es curioso. No hay nada más glamuroso y más monárquico que París, la capital de la democracia republicana.

El Paris Saint Germain va a ganar la Copa de Europa. ¿Cuándo? No se sabe. Igual que la ganó el Chelsea. E igual que la ganará la Roma o el Hertha de Berlín si algún magnate decide invertir su fortuna en el fútbol. Pero, por muchos trofeos que levante el PSG, para los parisinos y para el resto de los mortales (los turistas), Paris seguirá siendo la Torre Eiffel, Notre Dame, los Campos Elíseos y el Sena, pero nunca, nunca, nunca será un club de fútbol.

¿Quién quiere fútbol?

Por eso en Paris 2024 la Ceremonia de Inauguración no tuvo lugar en un estadio olímpico. No. Transcurrió en Paris. En sus calles. Bordeando el Sena. Paris no tiene que crear grandes instalaciones deportivas, ni rehabilitar barrios deprimidos ni engalanar sus aceras. No hace falta. Sólo tiene que decidir si hoy viste de Givenchy, mañana de Dior y el domingo de Chanel. Por eso el mejor escenario de los Juegos está en la calle.

Y no existe mejor lugar que a los pies de la Torre Eiffel.

El Campo de Marte es uno de los espacios verdes más reconocidos en todo el mundo. Encajonado entre la Escuela Militar al sur y la Torre Eiffel y el Sena al norte, esta explanada verde fue utilizada durante siglos como terrenos de entrenamiento y marcha por el ejército francés y hoy es lugar de sándwiches y refrescos para parisinos de diario y parisinos de vuelos baratos.

Todos los años se aprovecha el lugar para celebrar una competición de hípica, aunque curiosamente la vieja dama de hierro no vera caballos bajo sus pies. En el Campo de Marte se edificó un recinto temporal de 10.000 metros cuadrados que albergó las competiciones de judo y de lucha libre. Mientras, la arena cubrió el césped para darle a los competidores en vóley-playa las mejores vistas de todos los Juegos.

La playa de Paris

La Torre Eiffel gana a los lejos y pierde de cerca como una vieja dama bien arreglada. Lo que es inalterable al asombro humano es su fastuosa altura. Desde los orígenes ha sido escenario de múltiples hazañas deportivas. En 1905 tuvo lugar la primera competición que premiaba a aquel que subiese en menor tiempo los 674 peldaños de la Torre. Luego dejarán subir los 1665 completos. Los casi 1.000 de diferencia están cerrados al gran público y sólo se pueden salvar vía ascensores. Antes ya se había circundado la Torre Eiffel a base de dirigibles y motocicletas y después se hará con aviones y automóviles.

La Torre Eiffel también ha sido escenario de competiciones paracaidistas y de descensos y ascensos en bicicleta. En 1964, para celebrar su 75 aniversario, dos montañeros franceses treparon por sus remaches de hierro y años después se permitirán hazañas de equilibrismo desde la Vieja Dama. No pasará lo mismo con el puénting, que es penado por ley. Sin embargo, sí que se han organizado cursos de buceo en piscinas instaladas en la planta baja de la Torre o se han celebrado competiciones de patinaje en el mismo lugar.

En el año 2015 se da una vuelta de tuerca con la celebración de La Verticale, una carrera que se disputa subiendo a pie las escaleras de la torre hasta la cima. Fue un éxito y su crecimiento es exponencial año tras año. La Verticale invita a los aspirantes a subir los escalones del monumento hasta el tercer piso, donde se encuentra la línea de llegada, tras trepar 1665 escalones para llegar a su cima y sobrepasar los cerca de 300 metros de desnivel. Los candidatos al trofeo superan la centena y se enfrentan al reto por turnos siguiendo un orden establecido por la organización. La carrera se celebra en marzo y su salida se programa a las 20.00 horas cuando la noche ya le gana al día y termina más de dos horas después coronando al rey de la Torre Eiffel.

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Cuando el Badajoz ganaba la UEFA y Mendizorroza era tan grande como el Camp Nou (la leyenda de PC Fútbol) 2ª parte

PC Fútbol lo cambió todo. También en el fútbol profesional. Era el juego favorito de las concentraciones. La forma de romper el hielo entre novatos y veteranos era preguntarles que media tenían en PC Fútbol. Si eras de los que jugabas los partidos lo fundamental era fichar futbolistas con una media de velocidad altísima. Savio Bortolini o Kanchelskis eran dos balas que una vez con el balón podían recorrer el campo de una punta a otra. No era el caso de Víctor Sánchez del Amo. El centrocampista de Real Madrid o RC Deportivo contaba con una buena media, pero con escasa velocidad. Víctor no dudó en quejarse de ello en una visita a las instalaciones de PC Fútbol.

Solo ello ya vale para explicar el impacto de PC Fútbol.

Ese impacto se hizo internacional con la edición 5.0 de la temporada 1996/97. Aquel reto humilde se convirtió en un proyecto infinito. El juego lo tenía todo. 80 equipos (incluía Segunda B) con una base de datos completísima y un simulador de juego que da un salto cualitativo en gráficos y jugabilidad, donde incluso había narración de Chus del Río (luego Carlos Martínez) y los comentarios técnicos de Michael Robinson. Por tener tiene hasta un simulador para hacer quinielas. El juego, ayudado por la revolución de Windows 95 (no sólo para el usuario sino también para el programador por la cantidad de herramientas y la interfaz amigable), deja el MS-DOS y da el salto al CD. Introduce una banda sonora que aumenta la inversión con el jugador. Las tarjetas de sonido y vídeo hacen que la carga de trabajo del estudio sea enorme y el juego no pueda salir al mercado hasta enero de 1997 con la temporada mediada. El ejército de periodistas se pasará días y más días llamando a presidentes, entrenadores y hasta aficionados de equipos de Segunda B para que le hablen de tal o cual jugador y poder establecer los parámetros de los futbolistas.  

El PC Fútbol 5.0 son palabras mayores. De repente el juego se convierte en indispensable para las secretarías técnicas. Raúl Martínez era un futbolista del Valencia B que fue fichado por el Yeclano CF, equipo que admitiría que únicamente lo firmaron porque era el futbolista de Segunda B con la media más alta de PC Fútbol. Raúl Martínez se convirtió en jugador fetiche en la ficción ya que, le pusieras la cláusula que le pusieras, siempre era fichado por un club extranjero, con lo cual te sacabas un buen pellizco.

Jon Usandi era un desconocido jugador de la Real Sociedad B que con minutos y entrenamientos acababa siendo Ronaldo. Y es que otra novedad de PC Fútbol 5.0 era que los futbolistas sufrían el paso del tiempo, por lo que era vital apostar por la cantera para rejuvenecer el equipo. El juego era tan real que jóvenes entrenadores como Rafa Benítez utilizarán su software para apostar por las métricas y las estadísticas tanto en los entrenamientos como en el trabajo de ojeo. Eso no era ápice para que el juego (que al final era un juego) tuviese sus brindis al sol como colocar a un belga llamado Wilout de tres años o a un albanés de cuatro años en la base de datos que, evidentemente, con mucha paciencia y muchísimas horas de juego, podrías convertir en Balón de Oro una vez llegado a la adolescencia.

El PC Fútbol 5.0 ofrece entretenimiento sin límites. Sólo jugar, entrenar o presidir. O todo junto. Al ampliar la base de datos a Segunda B permite vivir una aventura con el equipo de tu comarca. Ganar la Liga con el CD Lalín o la Copa de Europa con el Badajoz CF. Todo ello con los mejores jugadores del mundo, porque la llegada del 5.0 coincide con la aplicación de la Ley Bosman. El pegamento social del PC Fútbol 5.0 sale al mercado el 4 de enero de 1997 y en dos días aquellos Reyes Magos compran 170.000 copias.

PC Fútbol 5.0

Ninguno de aquellos locos con ordenador de inicios de los 80 podría haberse imaginado que el PC Fútbol 6.0 (1997/98) pasaría de las 300.000 copias vendidas. Era un suceso rentable en lo humano y lo económico. Dinamic Multimedia usa todos sus recursos para ello. Se crea PC Calcio, PC Premier y PC Apertura y Clausura. En Inglaterra no engancha, pero en Italia y en Argentina las ventas son asombrosas. La locura llega hasta el punto de que podrás ofrecerle casa y coche al jugador de tus sueños. Se dará el caso de que un argentino llamado Hernán Montero se aficionará al CD Leganés jugando al PC Fútbol. Será tal el embrujo que acabará viajando desde Argentina a España para hacer un saque de honor en un partido del Lega.

Hay casos de todo tipo. Kanchelskis, Babangida, Tulio o Blomquist eran futbolistas tremendos en PC Fútbol y no tanto en la vida real. Fetiche era Jorge Díaz, un futbolista del chileno O’Higgins que deslumbró a Maldini y Gaby Ruiz viendo uno de esos raros encuentros que sintonizaba ese particular dúo. De repente la gente se preguntaba quien narices era el tal Jorge Díaz hasta tal punto que Maldini recibió la llamada de Díaz para que lo colocase en un equipo europeo a cambio de un porcentaje.

El último gran salto fue el PC Fútbol 7.0 (1998/99) en el que se une la ambición con la tecnología. Se crea el modo Eurománager, que permite jugar con cinco ligas distintas, incluyendo la cuarta división inglesa. A través de actualizaciones compradas a través del incipiente Internet se puede acceder a resúmenes de cada jornada de Liga con el análisis de Michael Robinson. Es el juego más perfecto y se crea en un ambiente de trabajo que pasa a ser esclavizante. En apenas tres meses, con jornadas de trabajo de 48 horas seguidas y con semanas en las que la dieta es la pizza y los ganchitos y el cambio de ropa es una mera quimera, se monta un juego que sale a la venta en enero de 1999 y pronto alcanza las 330.000 copias.

PC Fútbol había cumplido el sueño de dirigir a un equipo de fútbol sin salir de tu habitación. Y de repente murió de éxito.

PC Fútbol 7.0

Meses antes de que el PC Fútbol 7.0 saliese a la venta, allá por mayo de 1998, la editorial alemana Axel Springel (dueña de Bild) compra Hobby Press a Centurión, Aquella empresa fundada en una terraza de su casa facturaba entonces diez millones de euros anuales. Lo único que le queda a Centurión es Dinamic Multimedia. Entonces decide tomar un cambio de rumbo. Centurión, que siempre había dejado el mando a los hermanos Ruiz, decide tomar el control de Dinamic haciendo valer su 70%. El choque de posturas antagónicas se zanja en marzo de 1999, con el PC Fútbol 7.0 vendiéndose como rosquillas, con la compra de Centurión del 30% de los hermanos Ruiz y haciéndose con la totalidad de la empresa.

Centurión resuelve pues hacer valer el contrato firmado en su origen. Aquel que apostaba por hacer un simulador de varios deportes. Contrata a otros programadores y apuesta por PC Atletismo y por EuroCycling Manager restando recursos a PC Fútbol. La única franquicia de la saga que llevaba años funcionado a excepción de la futbolera era PC Basket, aunque con un simulador mucho más rudimentario que daba síntomas de agotamiento.

Aquella decisión empresarial fue funesta para Dinamic. La siguiente versión, bautizada como PC Fútbol 2000 para distinguirse de sus antecesoras, fue un fracaso comercial. El margen para ofrecer mejoras ya era muy justo y apostaron por funciones insulsas y difusas como el catering en los estadios o el patrocinio. El siguiente año deciden introducir ligas como la belga, la escocesa o la portuguesa y, esencialmente, la Tercera División, lo cual permite ampliar el calado social del juego. Es buena idea, pero lo hacen a costa de fallos de programación y de restar dinero en el simulador, que irremediablemente queda anticuado ante bestias gigantescas como Pro Evolution Soccer o FIFA. PC Fútbol 2000 no había dado beneficios y PC Futbol 2001 deja a DInamic Multimedia en bancarrota.

PC Fútbol 2001

Ya no hay más PC Fútbol. Dinamic Multimedia quiebra y José Ignacio Gómez Centurión acabará entrando en una profunda depresión que lo llevará al suicidio. PC Fútbol murió en silencio en una escueta página de la revista Micromanía que anunciaba su fin. Desde entonces la saga tuvo varios intentos de resurrección. El más importante el comandado por los hermanos Ruiz con el sello FX Interactive, pero fracasaron al no contar con las licencias oficiales de equipos y jugadores, una de las grandes bazas que tuvo PC Fútbol durante toda su existencia.

Es el mismo inconveniente al que se enfrenta PC Fútbol 8.0 que saldrá a la venta en abril de 2024. Apostará por la sencillez, pero lo hará sin licencias. Un debe que hace dudar de su éxito. Lo más cercano que ha existido estos años al PC Fútbol son las actualizaciones de las versiones 5.0 y 7.0 que fanáticos del juego han ido parcheando a través de comunidades de usuarios agrupadas en una web llamada la PC Futbolería.

A diferencia de la mayoría de los otros simuladores de fútbol de la época, el juego (desde 2.0) permitía adoptar un enfoque de jugador (apodado arcade) y otro único de gestión del juego. Esa fórmula mixta no se usó en los videojuegos convencionales hasta que Total Club Manager 2004 permitió a los propietarios de FIFA 2004 poder ser jugador, entrenador y presidente al mismo tiempo. Hoy Football Manager (si lo que gusta es la gestión) o EA Sports FC (si lo que gusta es jugar) son tan perfectos, profundos y complejos que abruman al que se acerca a ellos. PC Fútbol era igual de profundo y perfecto, pero era de una manejabilidad tan simple y sencilla que sigue siendo añorado por aquellos que alguna vez lograron que Zidane, Ronaldo y Rivaldo conformaran la delantera del CD Ourense.

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A mediados de los 80 una pulga apareció de la nada. La industria del videojuego llevaba una década cambiando los gustos de los niños y de los no tan niños y nadie se imaginaba que de un pequeño país a medio industrializar surgiese todo un conglomerado de empresarios de los bits. Adolescentes que aún no habían alcanzado la mayoría de edad idearon videojuegos en garajes o entre clase y clase de instituto al estilo Steve Jobs. En el plazo de cuatro años alguna de esas empresas llegó a venderse por más de 100 millones de euros. La mayoría se diluyeron como azucarillos.

Entre 1983 y 1992 España fue el segundo país de Europa en producción de software de videojuegos tras Reino Unido. Todo empezó con el Amstrad y se diluyó cuando los 8 bits dieron paso a los 16 bits. Los motivos técnicos de este fin son ajenos a mi persona. Ni es objeto de este artículo ni es materia que domine. Lo interesante para el caso es que en esos años empresas como Indescomp, Topo Soft o Made in Spain tenían gran peso en el mercado de los videojuegos. Juegos como La Pulga, Livingstone Supongo o Navy Moves son más que conocidos para aquellos afortunados con ordenador en la década de 1980.

A comienzos de los 90 todo esto era cosa del pasado. Las consolas de 16 bits habían sustituido al Amstrad como plataforma de juegos. Hubo entonces una crisis en la industria, ya que no se tenía claro el siguiente paso a dar. Las consolas quedaron en cierto punto arrinconadas hasta que Sony lance Play Station en 1994, pero seguían teniendo la hegemonía. Era mucho más barato producir un videojuego para consola, por lo que el ordenador tenía que ofrecer algo alternativo. El PC se iba asentando en las casas como material de trabajo o de estudio, pero su jugabilidad, basada en el engorroso sistema MS-DOS, era muy limitada.

La única empresa española que se mantuvo en pie a inicios de esa nueva década fue Dinamic que compitió con dos tipos de juegos. En primer lugar, con las aventuras gráficas. Juegos donde el ingenio y el ratón son indispensables, imbatibles para la videoconsola.

Y en segundo lugar con el deporte.

Eran juegos sencillos, cuasi rudimentarios, pero que apostaban por el patrocinio para triunfar. Fernando Martín Basket, Aspar GP o Michel Fútbol Master hacen las delicias de los que quieren ver pixelados a sus ídolos deportivos.

Y luego está el PC Fútbol. Droga de altísima calidad.

El inicio de todo

Todo comenzó en 1988 con el juego Michel Fútbol Master. Se trataba de un sencillo juego donde tenías que intentar conquistar la Eurocopa con alguna de las ocho selecciones disponibles. Para ello Michel, entonces estrella del Real Madrid, te ofrecía varios retos en forma de disparos, regates o pases. La idea de es un niño de Boadilla del Monte, del pequeño de cuatro hermanos. Se trata de Gaby Ruiz. A muchos les sonorá su nombre porque durante más de veinte años fue comentarista de las retransmisiones de fútbol internacional de Canal Plus. Hace una década dejo el periodismo para convertirse en director deportivo en diferentes clubes españoles e ingleses.

Y todo gracias a PC Fútbol.

El caso es que Víctor, Nacho y Pablo Ruiz eran tres hermanos que en los ochenta habían creado una empresa de videojuegos desde su propia casa con un Amstrad Spectrum. Locos de la informática, tenían un hermano pequeño, de nombre Gabriel, que vivía obsesionado por el fútbol. En uno de los frecuentes viajes que los tres hermanos mayores realizaban a Inglaterra le trajeron al pequeño un videojuego llamado Football Manager de gestión deportiva. Cada vez que le dejaban el ordenador el pequeño Gaby se afanaba por jugar a aquel rudimentario entretenimiento y el resto del tiempo se afanaba en darle la matraca a sus hermanos para que crearan un juego parecido a ese tal Football Manager. Así pues, viendo la insistencia de Gaby, el resto de los hermanos Ruiz contactaron con Michel que, entre alagado y sorprendido, dio el visto bueno a la creación del Michel Fútbol Master.

La idea funcionó y tuvo éxito. Así que mientras Gaby iniciaba sus estudios de periodismo seguía insistiéndole a sus hermanos sobre la idea de crear un simulador de gestión deportiva. Los Ruiz contactan con un programador llamado Carlos Abril para crear en 1992 el Simulador Profesional de Fútbol que permite seguir una Liga de 38 jornadas de principio a fin. No es un mal producto, pero se venden apenas 7.000 copias del título y Dinamic, auspiciada por las deudas, se enfrenta a una situación de quiebra técnica.

Es entonces cuando aparece en escena José Ignacio Gómez Centurión. Se trata de un veterano periodista con recorrido en Ya y Arriba, dos periódicos afines al Franquismo que fueron clausurados al proclamarse la democracia en España. Con la indemnización conseguida tras su despido cierra la terraza de su chalet y monta allí una pequeña empresa que denomina Hobby Press. Crea pues una revista con temas que versan desde coches radiocontrol al aeromodelismo, aficiones muy en boga en la década de 1980 y de las que Centurión es un auténtico devoto. Crea más adelante Micromanía, la primera revista dedicada a la informática y que es un éxito inmediato al vender más de 100.000 copias semanales en cerca de 35.000 quioscos. Los hermanos Ruíz son fieles lectores del semanario y de hecho mantienen contacto con Centurión de forma asidua desde que crearan Michel Fútbol Master.

Viendo el éxito y la pujanza de los videojuegos Centurión decide crear una nueva revista dedicada en exclusiva al mundo del entretenimiento virtual que denominará Hobby Consolas. Detecta pues los problemas económicos de los hermanos Ruiz y apuesta por hacerles una oferta. Decide comprar el 70% de la empresa que pasará a refundarse como Dinamic Multimedia. Los Ruiz mantienen el 30% del control y la iniciativa creativa, pero Centurión pasará a dirigir la empresa y a establecer la estrategia comercial.

Gaby Ruiz

El plan estratégico pasa por realizar videojuegos deportivos que deberían salir al mercado anualmente. Se apuesta por tres deportes y los títulos no dejan lugar a dudas sobre las intenciones. PC Atletismo, PC Basket y PC Fútbol. Eso es lo que dicta el contrato entre las dos partes. La primera prueba de fuego será el PC Basket que saldrá en 1993 con la posibilidad de disputar los playoffs de la Liga ACB 1992/93. Pero la aparición de ese juego es una mera anécdota ante el que será el buque insignia de la franquicia. Se trata de una nueva versión del simulador de fútbol que saldrá a la venta para la temporada 1993/94. Como es una evolución de la primera saga será bautizado como PC Fútbol 2.0 y cuenta, para delicia de los usuarios, con las licencias de jugadores y equipos.

El as en la manga de los hermanos Ruiz es Carlos Abril. Éste contaba con una herramienta que había creado para una editorial como una forma rápida y eficiente de buscar un libro. A través de esa herramienta se adapta el sistema para el PC Fútbol como base de datos para crear una especie de enciclopedia de jugadores, clubes y estadios.

El PC Fútbol 2.0 (1993/94) ofrece algo totalmente nuevo. Resolución en pantalla 640×480 con 16 colores y la posibilidad de gestionar alineación, tácticas y finanzas. Y todo ello con una base de datos que era consultada en las redacciones periodísticas de todo el país. No solo eso. Podías actualizar las plantillas a través de disquetes que conseguías en quioscos o a través de una suscripción a domicilio. Hoy parece el paleolítico. Antaño era el futuro.

Lo de los quioscos fue la clave de todo. Centurión era consciente de que había muchos más quioscos que tiendas de informática y era junto al periódico deportivo y a los álbumes de cromos donde tenía que estar PC Fútbol. Había además un motivo más para cambiar la estrategia. El IVA a los productos digitales era del 18% mientras que el de libros y revistas se mantenía en el 4%. PC Fútbol se vendía por 2.995 pesetas, un precio modesto para lo habitual entre los videojuegos. La clave residía en que junto a los disquetes o el CD-Rom del juego se entrega la revista PC Fútbol, con lo cual se podía disfrazar el videojuego como bien cultural y abaratar costes. El negocio estaba asegurado y cada edición de PC Fútbol doblaría en ventas al anterior.

PC Fútbol 2.0

La siguiente edición (3.0) experimenta ciertos cambios como un aumento de la resolución y de los colores y la posibilidad de realizar fichajes internacionales, pero en definitiva sigue el mismo patrón que la edición inaugural y su crecimiento sigue imparable. Todo se alió para que el PC Fútbol triunfase. Mediados de los 90. El PC se asienta como opción preferencial de sobremesa ayudado por los disquetes y el sistema operativo de Microsoft Windows. Al mismo tiempo los clubes se convirtieron, salvo contadas excepciones, en sociedades anónimas en 1992 por lo que pasaron a ser gestionados como empresas con sus respectivos balances. Y, por último, pero no menos importante, las retransmisiones televisivas de Canal Plus convirtieron al fútbol en una experiencia próxima al cine cautivando incluso a los menos futboleros. Todo este caldo de cultivo hizo que todo niño y adolescente (niñas por entonces pocas) deseasen gestionar un club de futbol. No solo jugar al fútbol. Sino fichar jugadores o construir estadios. Una experiencia nunca antes vista. El deporte rey con una base de datos descomunal. Una base de datos creada por periodistas que en vez de dar noticias se dedicaban a valorar parámetros de futbolistas de medio mundo.

Y es que, visto el éxito, el asunto se hizo más complejo. PC Fútbol era un juego relativamente sencillo de 38 jornadas en el que se buscaba que el usuario sacase el entrenador que todos llevamos dentro. Los hermanos Ruiz ordenaron un estudio de mercado y se descubrió que lo que le gustaba a la gente era hacer fichajes y construir un equipo desde la nada. Cuando el equipo gráfico esperaba dedicar horas y dinero a mejorar la jugabilidad del simulador resulta que descubrieron que eran las medias numéricas de cada jugador (energía, velocidad, regate, moral, defensa, remate, calidad), la base de datos, las finanzas o la remodelación del estadio lo que hacía que la gente se enganchase a PC Fútbol.

Todo ello hace que se refuerce la plantilla de programadores y se cree una plantilla de periodistas. Junto a Gaby Ruiz el cerebro en la base de datos de PC Fútbol es el también periodista de Canal Plus Julio Maldonado, conocido por todos como Maldini. Tanto Ruiz como Maldini hacen continuos viajes por Europa, bien por trabajo o bien por placer, y aprovechan para comprar libros, anuarios y revistas de estadísticas deportivas. Durante todo el verano graban en VHS partidos amistosos intercambiando cintas de vídeo con otros fanáticos del fútbol para conocer fichajes y jugadores de todo el planeta. Así se crea una base de datos monstruosa que luego es pulida por los informáticos. Éstos últimos diseñan escudos o campos de fútbol y se afanan en explicarle a los periodistas que poner ciertos números en código en un blog en blanco permitirá crear al futbolista de sus sueños.

El cóctel es explosivo y con PC Fútbol 4.0 (1995/96) el juego pasa a un siguiente nivel. Se añade la opción Promanager, en la que en vez de que el usuario escoja al equipo que quiera tendrá que empezar desde lo más bajo y ganarse el pan para poder dirigir a todo un Madrid o un Barça. Por vez primera la espada de Damocles está tras el PC y en caso de malos resultados deportivos o bancarrota económica el juego no te permitirá continuar. Se añaden también por vez primera los torneos europeos, así como la influencia de la moral en el juego del equipo en función de su posición liguera.

Es ya entonces PC Fútbol un juego que conocen profanos y mundanos. Ayuda también la figura de Michael Robinson, un simpático ex jugador inglés del CA Osasuna metido a estrella televisiva. Robinson se explicaba como los ángeles aun no sabiendo castellano y pronto se convirtió en figura mediática gracias a las retransmisiones de Canal Plus y al programa deportivo El Día Después, un exitazo que acertadamente Canal Plus decidió emitir en abierto. Además de ser la imagen en la portada del juego y en anuncios televisivos, Michael Robinson era el vivo retrato del carisma, la humildad y el buen rollo.

4.0 Y Robinson

Era 1995 y PC Fútbol estaba a punto de dar el gran salto. El salto definitivo que lo convertiría en boom mundial. Los que tenían PC lo disfrutaban. Los que aún no teníamos ordenador nos afanábamos para allanar la habitación de un buen amigo que dispusiera de tan preciado tesoro. Allí apagábamos la luz y nos dejábamos iluminar con aquel brillo futurista atenuado por un protector ocular que, según decían nuestros padres, nos protegía de la radiación cancerígena. Allí uno empezaba su aventura con el Villarreal buscando una plaza en semifinales de la Copa de la UEFA mientras el otro aguardaba turno con el Alavés sopesando la ampliación de un tercer anillo de gradas para Mendizorroza.

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Como escoger el nombre de un equipo de fútbol (spartaks, sportings y torpedos)

Cláusula de rescisión (historia de la estratagema para retener a los futbolistas)

Expresiones del lenguaje deportivo (como el deporte es llevado al día a día de la calle)

El aficionado al fútbol (¿de verdad no es importante que no haya gente en los estadios?)

Evasión o victoria (Stallone, Caine y Pelé en dos partes)

La decadencia de Europa (un primer comentario sobre la Superliga)

Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista (¿cobraba más Di Stéfano o Messi?)

El escándalo Qatar (los tejemanejes para llevar el Mundial al medio del desierto)

Sobre el racismo (y no va a gustar)

El cromo de Bustingorri (cuando Bustingorri fichó por el Real Madrid pero sólo en la ficción)

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