Tour de Francia

Cabeza de chorlito

Si hay algún boomer que se pase por estas páginas reconocerá, conocerá y, quizás, usará la expresión cabeza de chorlito. Los que, como yo, somos de la generación millenial la reconocemos, aunque no la usamos. A los de la generación Z lo de cabeza de chorlito les sonará a chino (aunque la generación Z no usa expresiones políticamente incorrectas y con sesgo racista como la que acabo de emplear).

En francés se dice tète de linotte. Y digo lo del francés, porque chorlitos en España no hay muchos. Entiéndaseme bien. Cazurros en España los hay a patadas, pero el chorlito es un ave. De ahí viene la expresión. En Europa, se crían en alta montaña, en los Alpes o en los Pirineos, por lo que es más fácil que hable en francés a que lo haga en castellano. Eso sí, en época de migración, como buen espécimen de la Europa rica, gusta de buscar humedales y zonas costeras de la Península Ibérica.

Al parecer el chorlito, un ave de bonito plumaje, es un calzonazos. Se dedica a cuidar de la progenie y atender al nido mientras se incuban los huevos. La hembra, mientras, se aparea con otros machos. El chorlito, pues, es manso y confiado. Tan tontiño es que muchas veces colocan sus nidos en el suelo, sin protección, lo que unido a su tosco andar y a su pequeña cabeza, hicieron triunfar a la expresión cabeza de chorlito como sinónimo de persona despreocupada, tonta y de pocas luces.

Chorlito (pluvialis dominica)

Resulta que finalizada la II Guerra Mundial despunta un pequeño ciclista francés. Es bajito, apenas roza el 1’60 de estatura, y no es muy agraciado a la vista. De piernas largas, amplia frente, pequeños ojos y gran cabeza, a todo ello suma que no es el más listo de su clase. Alguno diría que la falta una primavera, otros, viendo la descomunal circunferencia que asoma por su cuello y la cantidad de serrín que hay dentro de ese cerebro, decide llamarle cabeza de chorlito.

Aquel pequeño bretón tuvo un costalazo de cuidado en una tarde veraniega de 1945. Tropezó con los raíles de un tranvía, cayó, se rehízo y concluyó la etapa. Al día siguiente, al examinar las radiografías, el médico comprobó con asombró que cabeza de chorlito se había fracturado el cráneo. Cabeza de chorlito decidió entonces ponerse un casco de cuero de por vida en una época donde ningún ciclista llevaba protección en la cabeza. Las risas no se hicieron esperar y el apodo de cabeza de cuero complementó para siempre al de cabeza de chorlito.

Jean Robic, nombre de nuestro cabeza de cuero o de chorlito, se presentó a la edición del Tour de Francia de 1947 con aires de grandeza. Se había casado dos días antes diciéndole a su mujer que no tenía nada que ofrecerle, pero que en tres semanas tendría dinero y sería famoso. El Tour volvía a ponerse en marcha siete años después, tras haber estado parado por culpa de la II Guerra Mundial. Era una Francia devastada, con grandes socavones en las carreteras y en la que, aun por encima, iba a coincidir un mes de julio terriblemente lluvioso. Muchos corredores estaban desnutridos y acabarán llorando al pie de las montañas.

Desaparecido el periódico L’Autó se fundará en 1946 el diario L’Equipé que cogerá el relevo como organizador del Tour. La prueba emprenderá en Paris y contará únicamente con 79 ciclistas que durante 22 etapas recorrerán Francia en el sentido de las agujas del reloj. Se compite por selecciones nacionales (Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Suiza e Italia), mientras que los franceses compiten con un equipo nacional y varios regionales. Entre los favoritos está el escalador italiano Pierre Brambilla y el francés René Vietto, quien había sido segundo en el último Tour antes de que la guerra partiese en dos partes su carrera profesional. Jean Robic formaba parte de uno de los equipos regionales y no estaba entre los favoritos.

Vietto se pondrá líder en los Alpes y mantendrá una dura lucha con Brambilla en los Pirineos, pero el italiano le arrebatará el liderato a falta de dos jornadas para el final en una larguísima contrarreloj de ¡139! Kilómetros. Fueron casi cuatro horas sobre la burra con diferencias de quince minutos entre los favoritos. Otros tiempos. Por el camino, Jean Robic se encuentra en la tercera posición de la general con tres victorias de etapa en parciales.

Se llega pues a la última etapa. 257 kilómetros desde Caen hasta Paris. Tradicionalmente un paseo, en antaño la llegada a Paris era una etapa abierta como cualquier otra. Pasa el pelotón por la tachuela de Bonsecours (2 km al 6%) y ataca Jean Robic. A su rueda va Brambilla y más atrás un tal Edouard Fachleitner. Los dos gallos paran, el pelotón parece que se reagrupa…y Fachleitner vuelve a tirar hacia adelante seguido por Jean Robic. Se van los dos. Italiano y francés. Quedan cien kilómetros de llano. No van a ningún lado.

Pero hay acuerdo. Robic le ofrece a Fachleitner 100.000 francos (dos años de sueldo tipo de entonces) a cambio de que le de relevos. Si cabeza de chorlito gana el Tour, habrá acuerdo. Fachleitner acepta. Por detrás un caos. Los italianos le quieren dejar la tostada a los franceses de Vietto y no tiran. Los gabachos no saben si apostar por Vietto (francés de primera) o por Robic (francés de segunda). El caso es que nadie tira en el pelotón y cuando la parejita llega a meta lo hace con catorce minutos de ventaja. Vietto queda fuera de un pódium copado por Fachleitner, Brambilla y por Jean Robic en primer lugar.

Aquella locura de etapa está considerada la mejor etapa llana de la historia del Tour de Francia. Camino de los 125 años, sólo en cuatro ocasiones ha habido cambio de líder en el día final. Jean Robic se vistió de amarillo aquella tarde en Paris. Ganó el Tour el único día en toda su carrera en que lucio la túnica sagrada.

Jean Robic

Jean Robic era como una señora mayor con gafas y pañuelo, pero era el hombre más famoso de toda Francia. Vencedor del Tour de 1947. Ganaría seis etapas más en años venideros, pero nunca más conseguirá subirse al pódium. En 1950 se proclamó campeón del mundo de ciclocrós en la que fue se primera edición. Sigue siendo el único ciclista que ha logrado tan dispar doblete.

Con todo, lo mejor de Robic era aquello que salía de aquella cabecita llena de serrín cuando se bajaba de la burra. En el Tour de 1949 (acabó cuarto) le preguntaron si se veía inferior a Fausto Coppi en la montaña. Su respuesta es legendaria. “Soy mejor que él. Si engancho un remolque a mi bicicleta y subo a mi suegra seguro que llegó a la cima antes que Coppi”. En esa edición ganó una etapa tras bajar el Tourmalet con un bidón lleno de plomo de diez kilos para descender más rápido y mantener su centro de gravedad bajo. En una París-Roubaix se rieron de él por correr con el casco de tiras de cuero. Enfadado, Robic pidió un martillo a un paisano y se golpeó la cabeza con fuerza para demostrar que aquel casco salvaba vidas. “¿Lo veis? Nunca se rompe”, le dijo a sus compañeros, mientras caía desplomado al suelo bajo un reguero de sangre sobre su cara.

¡Guapo!

Socarrón e ignorante a partes iguales llegó a decir que tenía mejores piernas que Gino Bartali y que Fausto Coppi juntos y sería capaz de retar a Poulidor y a Anquetil cuando ya contaba con cerca de 50 primaveras. Los dos monstruos aceptaron el reto en bici de ciclocrós y obviamente Robic perdió la apuesta. Lo achacó a que estaba resfriado. En el Tour de 1969, con casi 60 tacos, llegó a presentarse en la salida de una etapa para provocar a Eddy Merckx quién, con fortuna, decidió tomarse el asunto como una broma.

A Robic le costó adaptarse a una vida normal cuando terminó su carrera. Dirigió el café familiar, pero fracasó, al igual que lo hizo su matrimonio. Cayó en una depresión. Quedó sin trabajo. Probó suerte haciendo acrobacias. También fue árbitro de combates de lucha libre profesional, donde su baja estatura animaba a los luchadores a echarlo del ring. “Si alguien nos hubiera dicho que aquel chico flacucho, con orejas lo suficientemente grandes como para ayudarnos con el viento a favor, era un futuro ganador del Tour de Francia, nos habríamos reído”, diría de él Jacques Goddet, patrón del Tour y director de L’Equipé.

Dicen que, retirado, Robic entraba en los restaurantes y esperaba a que lo mirasen y lo reconociesen, antes de acercarse a las mesas a firmar autógrafos sin que nadie se lo solicitase. Tras una cena con exciclistas, cogió la bicicleta para volver a casa. Iba borracho, era de noche e iba zigzagueando por la carretera. Un conductor acabó con su vida. Jean Robic contaba con 59 años.

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La caída de Eddy Merckx (A los 50 años del Tour de Thévenet) 2ª parte

En el primer día pirenaico del Tour de 1975 toca llegada a Saint Lary Soulan tras previo paso por Aspin y Tourmalet. Eddy Merckx era el maillot amarillo. En la jornada del día anterior había ganado la etapa contrarreloj. Tenía a Gimondi y a Thévenet con unos dos minutos de ventaja. Al resto de los favoritos los había aniquilado. Según había manifestado meses antes su mentalidad había cambiado. Con treinta primaveras y tras años de destrucción de rivales y del cuerpo propio a partes iguales, tocaba tomarse las carreras con más calma.

Ni de coña.

Al poco de iniciarse el Tourmalet manda a su tropa del Molteni poner un ritmo infernal. Tan brutal es el ritmo que Merckx se queda sin compañeros. Un sin sentido. Uno de tantos en la vida del Caníbal. A unos kilómetros de coronar la ascensión, Merckx, con el maillot amarillo, tira de un grupeto de favoritos. Entonces Zoetemelk ataca. Ataca para ganar la etapa, dado que en la general se encuentra a una minutada. Pero Merckx responde. Es incapaz de evitarlo. Su voracidad no conoce límites. Y es entonces cuando se le ven las costuras. Cuando por vez primera flojea. Zoetemelk aprieta y a Merckx le cuesta. No las ve todas consigo.

Entonces aparece Bernard Thévenet.

Se levanta de la bici y pasa por delante del Caníbal. Y Merckx no va. Thévenet vuela. Vuela hacia la meta y se lleva a Zoetemelk. Para el neerlandés la etapa y para Thévenet la gloria. Se coloca a 1’31’’ segundos de Merckx. Gimondi pierde más de cinco minutos. Zoetemelk, Van Impe y Ocaña se van más allá de los cinco minutos en la general.

Merckx sigue líder, pero hay partido. Y vaya si lo hay. Merckx vs Thévenet.

Tres días más tarde toca subir el Puy de Dôme. Ya no está Ocaña, quien ha abandonado. La lucha entre Merckx, Thévenet, Van Impe y Zoetemelk es excelsa. A cuatro kilómetros de la llegada ataca Thévenet, quien se lleva a su rueda a Van Impe. Merckx y Zoetemelk no les pueden seguir. A falta de mil metros para coronar, Van Impe deja a Thévenet y se hace con la etapa. El francés llega a 15”. Lo que no saben es que, a 150 metros de la meta, Eddy Merckx sufre una agresión provocada por un aficionado. Un desalmado le propina un fuerte puñetazo, duro, seco y preciso, en el hígado que le hace caer al suelo. No sólo eso. Unos metros después una mujer le habrá propinado otro guantazo al Caníbal que le hizo bambalearse sobre la burra (del que hay imágenes). Tras tambalearse, Merckx se recompuso como pudo para alcanzar la meta entre intentos de vómito. Con todo, solo fue medio minuto de pérdida, por lo que mantiene el amarillo con 58 segundos de ventaja sobre Bernard Thévenet.

Al día siguiente toca día de descanso en Niza. Merckx no podrá pegar ojo víctima del dolor.

Decimoquinta etapa. 14 julio. Fiesta nacional en Francia. Niza-Pra Loup. 217 kilómetros. Cima inédita en el Tour. Pra Loup no es un coloso (6’3 kilómetros al 6’7%) pero hasta llegar a la cima hay que superar 5.800 metros de desnivel positivo en una de las jornadas más duras en la historia del Tour.

Merckx tiene en Pra Loup su Waterloo. Su derrota. Nunca su rendición suprema. Vestido de amarillo y escapado delante de todos. Imperial. Después de atacar a diestro y siniestro. Si hay que morir se muere atacando. En el antepenúltimo puerto, el Col du Champs (2.200 metros de altitud) pide un calmante, siendo obvio que no está del todo recuperado del puñetazo. Thévenet intenta agitar el árbol, pero obtiene un no por respuesta. Luego toca el Col de Allos (2.250 metros de altitud). Calma tensa. Al coronar Eddy Merckx ataca.

Ataca de amarillo. Sin necesidad alguna de hacerlo. A lo Eddy Merckx. A lo Caníbal. La bajada es terrorífica. Se caen varios ciclistas y un coche del Bianchi derrapa dando vueltas de campana bajo un sol abrasador que convierte el asfalto en brea. Merckx es cabeza de carrera destacada cuando el llano aparece. Tiene algo más de un minuto de ventaja sobre el resto de favoritos. Solamente toca subir Pra Loup. Un puerto de segunda categoría para asestar el golpe definitivo al Tour de Francia 1975.

A su sexto Tour de Francia.

A cinco kilómetros del final sus hombros empiezan a moverse más, su pecho se acerca al manillar de la bicicleta, sus rodillas se abren imperceptiblemente. Y el Caníbal se ciega, los ojos muertos de quien lleva matándose poco a poco durante años y entiende, en una fracción de segundo, que al fin la muerte lo alcanzó. Sus rivales lo van pasando, lentamente, quizá temerosos ante la figura que arrastra su corpachón agotado por esas pendientes de los Alpes. El primero es Gimondi. El segundo es Thévenet.

Bernard observa entre incrédulo y cauto. Su director se desgañita para que apriete. Y entonces Bernard vuela. Mirada al frente. A la carretera. Al infinito. Devora los kilómetros que le quedan por delante. Y el público francés se lo lleva en volandas. Bernard Thévenet gana la etapa y se pone líder del Tour de Francia. Cuenta con 58 segundos sobre Eddy Merckx.

Merckx perderá el maillot amarillo esa tarde y nunca más volverá a recuperarlo.

Thevénet es el nuevo el dorado

Aquel puñetazo de unos días atrás le había provocado un hematoma en la zona dorsal lo que provocó la expulsión de bilis en forma de vómito. No era la primera vez que sufría una agresión en carrera. Como cualquier coloso, sus continuas victorias provocaban rabia y admiración a partes iguales. Pero Merckx era Merckx y jamás buscaba excusas. A Pra Loup llegó roto. Encorvado y resignado.

Solo tuvo palabras de felicitación para Thévenet.

Al día siguiente tocaba una etapa corta camino de Serre Chevalier. Bajando el Col de Vars el Caníbal vuelve a atacar. Se lleva a su rueda a Zoetemelk, al español Galdós y al francés Mariano Martínez, hijo de republicano español exiliado. Tienen casi un minuto de ventaja sobre Thévenet, pero nadie quiere colaborar. Todos se ponen a rueda de Merckx esperando la caída del gigante. Y el gigante caerá. Al poco de iniciar el ascenso del Izoard, el grupo de favoritos conecta con los escapados y Thévenet suelta el látigo para dejar definitivamente hundido a Merckx. Son dos minutos más de ventaja para un total de 3’20’’ en la general.

C’est fini.

Tocaba entonces otra burrada de etapa. 225 kilómetros con el Galibier, Madelaine y el Telegraphé. Al poco de iniciarse la jornada Merckx sufre un enganchón con Ole Ritter, un ciclista danés, se va al suelo y se fractura la mandíbula, a lo que añade una hemorragia nasal. No puede masticar ni abrir la boca. En la siguiente semana apenas comerá más que papillas de arroz. Por entonces nadie lo sabe. No dice nada y hay quien piensa que todo es cuento. El caso es que no ataca. Está a cola de pelotón, pero aún le da para un sprint final con el que le quita dos irrisorios segundos a un Thévenet que se sube por las paredes.

Quedaban cinco etapas. Una cronoescalada de 40 kilómetros, dos etapas llanas y una de media montaña. No había terreno alguno para darle la vuelta al resultado. Así pues, se tornaba lógico que los doctores implorasen a Eddy que abandonase. Tenía una infección de garganta, sólo podía ingerir líquidos por culpa de la mandíbula destrozada, respiraba con dificultad por la nariz y seguía con el hematoma en la zona dorsal del estómago. ¿Para qué quería Eddy Merckx acabar segundo?

Para honrar a Bernard Thévenet. Esa fue su contestación. Sabía que Ocaña (enemigos en un principio y amigos con el tiempo) jamás le perdonó que no acudiese al Tour de 1971 donde el conquense se coronó. No pensaba hacerle lo mismo a Thévenet. Quería que su victoria fuese sin asteriscos.

Se llegaba a la última crono de aquel Tour de Francia, pero como habíamos apuntado al inicio de esta crónica, se había añadido una cota en medio del recorrido. Eso hizo que Van Impe, gran escalador, se llevase la etapa. Merckx solo pudo recortar quince segundos sobre Thévenet. El pódium quedaba definido con el francés como campeón y Merckx y Van Impe ocupando el resto de las plazas del cajón.

Aquel fue el peor día como ciclista de Merckx. Tuvo que usar un maillot de algodón durante la contrarreloj dado que su maillot de seda le había sido robado de su habitación del hotel. Acabaría tan agotado tras el esfuerzo que se tiró en una cama, inconsciente y en posición fetal. En palabras de los allí presentes parecía un muerto en vida. Necesitaría más de una hora para sacar fuerzas, levantarse y poder darse una ducha.

La caída del mito

La ventaja final de Bernard Thévenet fue de 2’47’’, y es que Merckx aun daría un par de picotazos camino de Paris buscando un imposible. Aquel fue el primer Tour donde los Campos Elíseos ejercieron como telón de fondo. Lo harán certificando el crepúsculo de un dios y la coronación de un nuevo rey de sangre francesa. “Jamás despertó tantas simpatías en Francia como cuando fue vencido por vez primera”, escribirá L’Equipé sobre Merckx hace ahora medio siglo.

Eddy Merckx correría el Giro de 1976 aquejado de unos forúnculos que le impedían apoyar el culo correctamente en el sillín. Debería haber abandonado, pero, fiel a su estilo, no lo hizo. Aquella decisión le impidió disputar el Tour de Francia de ese año. Cuando lo vuelva a intentar por última vez en 1977 apenas podrá acabar sexto antes de concluir su excelsa carrera. Luego, años después, se lamentó de no haberse retirado en 1975 y ahorrarse aquellas dos agónicas temporadas.

Bernard Thévenet llegó corto de forma a la defensa del Tour de 1976 y acabaría abandonando. Aquel año siguiente, en 1977, en el que fue el último de Merckx, volvía a vestirse de amarillo y pasaba a formar parte del selecto grupo de elegidos capaz de vencer al menos dos veces en el Tour de Francia. Fue su última gran victoria. Se retiraría cuatro años después sin sumar ningún otro triunfo de relevancia en su palmarés.

Fue un gran ciclista. Ocurre que únicamente será recordado como la persona que hizo caer al gran Eddy Merckx.

Lo cual no es moco de pavo.

“No hay excusas. Lo intenté todo y no funcionó. Siempre gana el más fuerte, y el más fuerte ha sido Thévenet”. Eddy Merckx.

“¿Quién quedó segundo? Pues ya sabes cuál es el valor de mi victoria”. Bernard Thévenet.

El fin de una era. 1975.

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La caída de Eddy Merckx (A los 50 años del Tour de Thévenet) 1ª parte

No ha existido jamás tal dictadura. Al menos en un deporte generalista. Venció en todos los lugares. Venció en todas las condiciones. Venció y arrasó. Venció y convenció. Todos sus triunfos están agarrados a la épica. Pura tiranía. Ni Alí, ni Nadal, ni Messi, ni Babe Ruth ni nadie que se le venga a uno a la cabeza. No ha existido jamás tal opresión deportiva como la establecida por Édouard Louis Joseph Merckx. Eddy Merckx.

Una anécdota recogida por Guillaume Michiels, masajista personal de Merckx, describe perfectamente la mentalidad del campeón. Navidad de 1973. Merckx lo ha ganado todo ese año. Lieja-Bastogne-Lieja, Amstel Gold Race, Paris-Roubaix, Vuelta a España (y seis etapas) y Giro de Italia (y seis etapas). El Tour no lo ganó porque no quiso participar. Hizo el doblete Vuelta-Giro con ¡cinco días! de descanso entre ambas y el cuerpo le pidió parar al llegar julio. El caso es que está tranquilamente en el salón de su casa y lee en un periódico, en una de esas noticias que sirven de resumen anual, que Roger de Vlaeminck supera a Merckx como el ciclista con más victorias del año por un único triunfo. De repente las venas del coloso se hinchan. Coge el teléfono para llamar a su representante. Le exige que le encuentre una carrera a la que pueda inscribirse esa misma tarde. El otro balbucea que eso es imposible, a lo que Merckx contesta con un berrido y le da media hora para resolver el problema.

“La carrera del pavo”, le dice el manager. Se trata de una carrera festiva para aficionados en un pueblo belga, país, importante el apunte, donde el ciclismo es deporte nacional. Una vez conocida la ubicación Merckx cuelga el teléfono, monta su bici en el coche y coje su maillot de ciclista mientras le dice a su esposa que en un par de horas estará de regreso en casa. La gente, entre borracha de champán o empachada de mejillones con patatas fritas de la noche anterior, no da crédito a lo que ve. Eddy Merckx gana sin apenas sudar una carrera que no podríamos ni tildar de competición.

Pero ya era el ciclista con más victorias de 1973.

La vida en amarillo

De 1968 a 1974 fueron siete años de dominación absoluta. Lo ganó todo. Grandes vueltas, carreras de una semana y clásicas de un día. Todos los terrenos. Montaña, llano y contrarreloj. El caníbal se le dio en llamar. Su voracidad era tal que, en la Vuelta a España de 1973, la única en la que participó, llegó a esprintar bajo una pancarta del entonces clandestino Partido Comunista dado que pensaba que era una Meta Volante. Y con todo ello lo que hace de Merckx aún más grande es que fue extraterrestre y humano al mismo tiempo. Venció como tirano y también sufrió como perro. Contra Ocaña en el Tour, contra Fuente en el Giro o contra De Vlaeminck en las clásicas. Todos someterán a Merckx en algún momento determinado.

Merckx tenía tanto de ganador como de frágil. A diferencia de los héroes ciclistas de entonces, Merckx ni fue un niño de campo ni vivió rallando la miseria. Fue un chico de ciudad que escogió la bicicleta porque quiso. La ironía es que por ello tuvo que hacer más. Al no necesitar del sacrificio para salir adelante en la vida tuvo que sudar el doble encima de la bicicleta para ser querido y respetado por aquellos que lo veían como un intruso en un club cerrado.

Merckx ganaba con claridad, pero sufriendo. Sin órdenes de equipo, con pájaras, con esfuerzo y con dolor. El ABC de una prueba de tres semanas es minimizar los riesgos y aprovechar las debilidades del rival. Merckx no ganó ninguna de sus más de 500 carreras de ese modo. Siempre iba a tumba abierta. Podías ver la rabia y el esfuerzo en su cara. Por eso es el más grande.

Todos querían ser como Merckx. Y aceptaron el reto. Eran machos alfas y todos engrandecieron las victorias de Merckx, dado que no admitieron la derrota como norma. Los más sádicos, los más irreverentes; los españoles. Ocaña y Fuente. Merckx llegará a llamar a Fuente loco. Caníbal y loco frente a frente.

El Loco y el Caníbal

Este no era el caso de Bernard Thévenet. Apodado Nanar, se trataba de un ciclista sencillo, con modos y maneras muy apreciadas tanto dentro como fuera del pelotón. Educado, humilde hijo de granjeros de un pueblecito de la Borgoña, en 1971, en su segunda participación en el Tour, había hecho un cuarto puesto y en 1973 firmará un segundo lugar tras Luis Ocaña y un tercero en la Vuelta tras Merckx y el propio Ocaña. Gran escalador, en 1974 no participó en el Tour por una enfermedad vírica y contaba con volver a pisar cajón en la edición de 1975.

Antes, en 1974, Eddy Merckx había ganado el quinto Tour. Se había ausentado voluntariamente para correr la Vuelta a España del año anterior y había quien pensaba que para el 74 el asunto sería nuevamente para Ocaña. Nada más lejos de la realidad. Ocaña volvió a echar las cartas y como de costumbre tocó fatalidad y desventura. Merckx se puso líder el primer día, ganó ocho etapas y le metió una minutada a Poulidor, segundo en la general a sus 38 años.

Y había comenzado su decadencia.

Y es que sí. Ganó Giro, Tour y se proclamó campeón del mundo. ¿Decadencia? Hombre, no lo parece. Pero hay que rascar un poco más. Fue el primer año en el que no ganó una clásica y decidió no correr muchas pruebas para poder descansar. Por vez primera el Caníbal dejaba de sacar colmillo y decidía seleccionar objetivos. ¿Decadencia? No. Pero con la perspectiva del tiempo se ve que algo estaba cambiando en ese cuerpo de superhombre.

Llegó 1975 y Merckx decidió volver a ser un caníbal. Su primavera fue arrolladora. San Remo, Flandes, Amstel Gold Race y Lieja. En Roubaix fue segundo tras pinchar un millón de veces. Nunca se había visto a un Merckx tan abusador en la primera parte de la temporada. Al igual que el Miguel Induráin de 1996 nunca antes había llegado el capo de la carrera con más vitola de favorito de la salida al Tour como en esta ocasión. Si en 1974 a Merckx hubo quien le vio las costuras, para 1975 no había lugar alguno a la duda de que la victoria sería nuevamente suya.

Y sin embargo algo había cambiado. Aquel año Merckx participó en la Paris-Niza, y con todo por vez primera se le vio no exprimirse al máximo. Acabó segundo por inercia y fue claro al ser preguntado por los periodistas. “No voy a atacar por atacar. Estoy harto de llevar el peso de la carrera y que los demás me ataquen cuando estoy agotado. He cambiado”. Aquello era inconcebible para la mentalidad del Caníbal.

No obstante, Merckx se presentó a la salida del Tour de Francia de 1975 como el único e indiscutible favorito. Lo hizo sin estar en plenitud de condiciones en la salida por culpa de una amigdalitis, pero nada que le impidiese volver a vestir de amarillo. La única duda venía de semanas atrás cuando Thévenet lo había aniquilado en los Alpes marítimos en la Dauphiné Liberé. A pesar de ello, con un Merckx que públicamente había manifestado su voluntad de tomarse las cosas con más calma, la situación no se tornaba preocupante.

Era Thévenet el outsider de aquel Tour. La gran esperanza francesa. Al igual que Poulidor, la humildad y el perfil bajo de Thévenet lo hacían ser amado por cualquier aficionado con ojos neutrales. “Sólo con estar cerca de Merckx ya te llenabas de orgullo. Era como estar al lado de una estrella de cine. La primera vez que lo vi ni tan siquiera me atreví a hablarle. Sólo con rodar a su rueda era feliz”, declararía Thévenet en una entrevista muchos años después de su retiro. Nanar no era elegante, ni tenía estilo ni era un loco. Era lento en las bajadas y no especialmente rápido. Pero Thévenet era duro como una roca, y era igual de decidido y pertinaz en el pedaleo que Merckx. Tres años más joven, también era un escalador efectivo con un ritmo inaguantable e inquebrantable al desaliento. Y, quizás, era el único capaz de seguirle el juego psicológico a Merckx. Ocaña también podría competir mentalmente con Merckx, ocurría que su volatilidad era tan grande que tan pronto ascendía al cielo como descendía a los infiernos.

Thévenet y Merckx

Nadie había ganado a Eddy Merckx en una gran vuelta desde el Giro de 1967 y Jacques Goddet, patrón del Tour, diseñó un recorrido infernal para que Merckx no ganase su sexto Tour. Cinco finales en alto y una cronoescalada final. Merckx era bueno en todos los terrenos, pero a estas alturas de su vida (30 años) se mostraba más cómodo en las cronos que en la alta montaña. La organización decidió también eliminar las bonificaciones por victoria de etapa para torpedear más si cabe el buen hacer de Merckx. Thévenet tenía como objetivo llegar a los Pirineos (once etapas después) con menos de tres minutos perdidos sobre Merckx para intentar lograr la machada en las etapas de montaña. Tras Merckx se contaba que lucharan por el pódium el citado Thévenet, el holandés Joop Zoetemelk, el español Luis Ocaña, el italiano Felice Gimondi y el veteranísimo Raymond Poulidor.

Merckx hizo segundo en el prólogo celebrado en Bélgica tras Francesco Moser. Al día siguiente, en una insulsa etapa llana, Merckx volvió a hacer de Merckx. Lo de tomarse las cosas con calma, dijese lo que dijese, no iba con él. Con un ataque a golpe de riñones deshizo el pelotón en mil pedazos y descartó a Poulidor para la victoria final. También le metió una minutada a Zoetemelk. En la sexta etapa se puso líder tras meterle a Thévenet 52 segundos de diferencia en una contrarreloj de apenas 16 kilómetros.

Cuatro días después Eddy Merckx vuelve a ganar una nueva contrarreloj, en este caso de 52 kilómetros, a pesar de sufrir un pinchazo que le impediría marcar grandes diferencias. La general estaba encabezada por el belga seguido de Gimondi y con Thévenet a 2’35’’ de Merckx. No había más candidatos al triunfo final.

Nadie lo sabía entonces. Aquel triunfo contrarreloj fue la última victoria de etapa de Eddy Merckx en el Tour de Francia.

Al día siguiente tocaban Pirineos.

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A ver. Lo de las bicicletas es una cosa de wokes, ecologistas y comunistas-sandías, ya saben, peludos verdes por fuera y rojos por dentro. En América, en el país más poderoso del mundo, se va en coche. Y en coche grande. Por supuesto. Así que lo del ciclismo y el Tour de Francia y todas esas chorradas, pues va a ser que no. El caso es que sólo en la populosa y soleada California gusta aquello de las bicicletas. Por aquello de darse un paseo cerca de la playa y tal. Para 1984 la ciudad de Los Ángeles acogerá los Juegos Olímpicos por segunda vez en su historia. Si existe lugar ligado al deporte en Estados Unidos es el antiguo pueblo lleno de polvo fundado por misioneros españoles.

Desde los orígenes de los Juegos Olímpicos, allá por 1896, nunca jamás un ciclista estadounidense hubo ganado medalla olímpica ninguna. Ni oro, ni plata, ni bronce. Y eso para el país más poderoso del planeta era una afrenta. Así pues, en 1981, tres años antes de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, se crea un equipo ciclista bajo el patrocinio de 7-eleven, un conocido hipermercado. Su ciclista más destacado es Eric Heiden. ¿Quién es Heiden? Una leyenda. Patinador olímpico que en los Juegos de Invierno de 1980 logra cinco medallas de oro con cinco récords olímpicos. Tras ser considerado el patinador más completo de la historia le da por cambiarse al ciclismo. Se convertirá en campeón estadounidense en 1985 y en 1986 correrá con el 7-eleven el Tour de Francia. aunque deberá abandonar a falta de tres etapas para el final. Ese año se retirará de toda práctica deportiva profesional y terminará sus estudios de medicina para ejercer de cirujano ortopédico y más tarde acceder al cargo de los servicios médicos de los Sacramento Kings de la NBA. Todo un personaje.

Volvamos al asunto. El mejor ciclista de Estados Unidos es un antiguo campeón de patinaje, lo que da una idea del nivel de la iniciativa. Pero el caso es que se producirá el milagro y un integrante del equipo, de nombre Alexi Grewal, conseguirá vencer en la prueba en ruta y colgarse la medalla de oro. Al año siguiente el 7-eleven será un equipo profesional y participará en carreras por toda Europa. En 1986 se convertirá en el primer equipo estadounidense en disputar el Tour de Francia.

La estructura del 7-eleven permanecerá viva cuando el hipermercado abandone el ciclismo y en 1990 el equipo pase a estar financiado por Motorola. Luego se convertirá en US Postal y más adelante en Discovery Channel. Con esa base y esa estructura se formará y triunfará Lance Armstrong, siete veces ganador del Tour de Francia, al que luego le retiraron todos sus triunfos al haber confesado que se había dopado en todas y cada una de sus participaciones.

Pero esa es otra historia ya contada.

Volvamos a 1985.

Es el año en el que el 7-eleven disputa por vez primera el Giro de Italia. Sin que nadie lo espere ganan una etapa y lo hacen con un tal Andrew Hampsten. Al año siguiente compiten en el Tour y el tal Hampsten firmará una muy notable cuarta posición. Ese año gana el Tour el también estadounidense Greg Lemond, quien presumirá de ser el primer norteamericano en vencer en la mayor prueba ciclista por etapas. Lemond se había criado deportivamente en Europa, pero seguía siendo un extraño. La aparición del 7-eleven y sus éxitos hicieron que el deporte de las dos ruedas a pedales se convirtiese en éxito al otro lado del Atlántico. Ese año, 1986, el Tour de Francia se televisó en directo por vez primera en Estados Unidos a cargo de la NBC.

Y fue la NBC la que tuvo la idea. ¿Por qué no llevar el Tour de Francia a Estados Unidos?

La idea era aprovechar el tirón de Greg Lemond, sin embargo, quiso el destino que en una partida de caza su cuñado le endosase unos perdigonazos en la boca del estómago. Lemond se pasó año y medio en blanco y no volvió a la competición hasta finales de 1988. Ese año Andrew Hampsten gana el Giro de Italia con el equipo Motorola. Es el momento indicado para ponerse en marcha.

La NBC necesita una empresa que apueste por el ciclismo. Se busca y se encuentra. La idea nació del periodista de la NBC John Tesh, quien le presentó el proyecto de organizar una gran carrera en Estados Unidos al empresario de baloncesto Billy Packer. Éste último movió la idea entre sus contactos del empresariado de Nueva York.

Y lo encontró.

Es un empresario neoyorkino hijo de escocesa y nieto de alemanes. No le gusta el ciclismo, pero sí que conoce de que va ese deporte y es consciente de la oportunidad de negocio. Acaba de rebasar la cuarentena y cuenta con una trayectoria empresarial sólida tras heredar la empresa familiar que agenciaba su padre. Es especialista en construir, renovar y gestionar torres de oficinas, hoteles, casinos y campos de golf. Es un millonario. Es un yuppie. Un empresario de éxito. La viva imagen del capitalismo.

Su nombre es Donald John Trump.

Trump ochentero

A inicios de 1989 Trump tiene su primer gran revés empresarial. El año anterior había adquirido una serie de casinos en una decisión que se tornó en fatal. Para poder acometer su pago emitió bonos basura y pronto sus contables le advirtieron que tendría que afrontar una suspensión de pagos. Ante la amenaza de caer en la bancarrota, Donald Trump decidió apostar por el deporte. Y como empresario de éxito, vio en el ciclismo una oportunidad sin explotar. Una vía de ingresos infinita que en Estados Unidos aún era desconocida.

Así que, melena en viento y corbata roja bajo el traje, a Donald Trump se le encarga financiar y diseñar una carrera ciclista que rivalizase con el mismísimo Tour de Francia. Sería una carrera épica, a lo grande, donde obligatoriamente tendrían que estar Lemond y Hampsten y donde esperaba contar con la presencia de alguna que otra estrella extranjera.

Trump invirtió diez millones de dólares en el asunto, cifra considerable en la época, y montó una promoción del evento que entonces fue vista como estrafalaria en Europa. Todo un espectáculo con fuegos de artificio, animadoras y buena comida al estilo Las Vegas. Se disputaría entre el 5 y el 14 de mayo (10 etapas y 1347 kilómetros) de 1989 en plenas fechas de la Vuelta a España y justo antes del inicio del Giro de Italia. Como reclamo para sacar a las vedettes de Europa y llevarlas a Estados Unidos habría una recompensa económica de 250.000 dólares en premios y 50.000 para el ganador, cifra sólo entonces superada por el vencedor en los Campos Elíseos de París.

La primera etapa salió de Albany (Nueva York) y la última fue en Atlantic City (Nueva Jersey) donde Trump contaba con varios casinos. La idea era atravesar las trece colonias originales de Estados Unidos, lugares donde se concentraba la mayoría de población con ascendentes europeos, los únicos con cierta cultura ciclista. Era ese el objetivo primigenio. A medio plazo se contaba con recorrer Norteamérica de una punta a otra. Las banderas, pancartas y demás patrocinios eran minoría frente a los carteles ‘Trump’ con los que se jalonaba todo el recorrido. Los corredores dormían siempre en hoteles de cuatro o cinco estrellas, algo inimaginable en el Viejo Continente. Entre los equipos había primeras espadas caso de Lotto, PDM o Panasonic y también modestos como el Saunas Diana, equipo patrocinado por la mayor cadena de burdeles de Países Bajos.

¿Por qué Tour de Trump? Sobre ello hay dos versiones contrapuestas. La primera es que fueron John Tesh y Billy Parker los que sugirieron a Trump que la prueba llevase su apellido porque eso le daría más publicidad. Se cuenta que Trump se niega y que considera que aquello será llevado en su contra por la prensa, que lo tildará de ególatra y narcisista. Al final, ante la insistencia de los dos colegas, Donald Trump acabará cediendo.

La segunda versión es la preferida por todos. Más que nada, porque conociendo al personaje, es la más creíble. La conversación, entre Billy Parker y Donald Trump sucedió de la siguiente manera, según contaron después varios periodistas.

Parker: La llamaremos Tour de Jersey y luego, al expandirnos, será Tour de Estados Unidos.

Trump: ¿Tour de Jersey? ¿Queremos que acabe siendo la mejor carrera del mundo?

Parker: Sí.

Trump: Entonces no puede llamarse de otra forma que Trump. Podríamos llamarla de otra forma, pero tendríamos menos éxito.

Juzguen ustedes mismos.

Donald Trump proclamó que el maillot amarillo de su carrera no tardaría en ser más importante que el del Tour de Francia. La prensa de la época, que entonces tenía a Trump en el pedestal del éxito capitalista, no dudaba en afirmar con admiración que si al que le gusta el ciclismo se compra una bicicleta, Trump directamente se compra una carrera.

 

Tour de Trump 1989

La organización fue un caos. En una de las etapas se olvidaron de cortar el tráfico, por lo que los ciclistas se encontraron con infinidad de vehículos a su paso. Aun con todo, la carrera fue un éxito y el noruego Dag-Otto Lauritzen (ganador de etapa en el Tour y en la Vuelta) se llevó el triunfo y los 50.000 dólares de la época. Por cierto, Trump presentó una querella a una modesta prueba ciclista de Colorado llamada Tour de Rump. Era una prueba humilde, prácticamente una reunión de amigos, pero Trump exigió un cambio de nombre por lo que él consideraba plagio. Su demanda fue desestimada.

Una anécdota mucho más deliciosa tuvo lugar en la etapa contrarreloj. Greg Lemond fue doblado por un desconocido ciclista que llevaba un manillar de triatleta. Lemond quedó impresionado por las prestaciones de ese ciclista y comenzó a interesarse y a hacer preguntas. Apenas dos meses más tarde Greg Lemond le arrebataría el Tour de Francia a Laurent Fignon por únicamente ocho segundos al vencerle en la contrarreloj final de Paris montando un aerodinámico manillar de triatleta en su bicicleta contrarreloj.

Algo nunca antes visto…en Europa.

El manillar de Lemond

Al año siguiente el Tour de Trump finalizaría en Boston y, aunque el glamour seguía presente, el dinero comenzaba a escasear. Donald Trump ya estaba oficialmente en crisis y el presupuesto de la carrera se vio altamente reducido. El mexicano Raúl Alcalá ganó esta edición y Trump le entregó un cheque de 15.000 dólares, cifra ostensiblemente menor que la del año anterior, pero lo compensó agraciando al vencedor con un coche y una motocicleta. Todo era pura fachada. No tardaron muchos meses antes de que Trump se declarase oficialmente en bancarrota y se largase antes de que el barco se hundiera.

Fue entonces cuando salió al paso la multinacional química DuPont que se haría cargo del evento desde 1991 renombrándola Tour de DuPont. La carrera funcionaria explotando el éxito de Lemond y la aparición de jóvenes figuras como Lance Armstrong. Hasta 1996 los dos ya citados ganadores del Tour, así como el neerlandés Erik Breukink (subcampeón del Giro y tercero en el Tour) y el ruso Vlatcheslav Ekimov (dos oros olímpicos) vitorearon en el Tour de Dupont. Hasta ahí duró la fiesta. En ese año 1996 John DuPont, el dueño de la empresa, disparaba y mataba a un hombre tras un ataque psicótico. Fin de la partida.

Lance Armstrong, por cierto, además de sus dos triunfos suma diez victorias parciales de etapa, récord de la prueba. Estas victorias en el Tour DuPont son de las pocas que figuran en el palmarés de Armstrong después de que se le anulasen todos sus resultados desde el año 1999, incluidos sus siete Tour de Francia, tras su confesión pública de dopaje.

Los tiempos de Lemond, Hampsten y Armstrong pasaron para nunca volver. Hoy en día el ciclismo estadounidense ya no organiza ninguna gran carrera. Se canceló en 2019 el Tour de California y anteriormente ya habían sido cerrados el Tour de Colorado o la Clásica de Philadelphia. Quien ha vuelto, y hasta en dos ocasiones, es Donald John Trump, cuadragésimo quinto y cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos.

“Cuando sea presidente pararé el programa de Irán para fabricar armas nucleares, y no lo haré usando a un hombre como John Kerry. Además de negociar mal, se arriesga a montar en bici con 72 años, se cae y se rompe una pierna. Prometo que yo nunca iré en bici ni pondré en peligro a mi país”. Donald Trump en un mitin antes de las elecciones de 2016 refiriéndose a John Kerry, vicepresidente de Estados Unidos con Barack Obama.

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Bahamontes (2ª parte)

Mi anécdota favorita sobre Bahamontes ocurrió en su último Tour. Julio de 1965. En la primera etapa de los Pirineos se deja 50 minutos con Julio Jiménez, vencedor del parcial, y está a punto de llegar fuera de control. El siguiente día, camino del Port d’Aspet, Bahamontes ataca de salida antes de alcanzar siquiera el primer kilómetro de la ruta. En la tercera curva pronunciada se coló entre unos matorrales por no apearse y abandonar a la vista de todos. Un fotógrafo lo cazó, pero Bahamontes lo mandó callar y el pelotón estuvo 20 o 30 kilómetros persiguiendo su sombra, pensando que el bueno de Fede se había escapado. Hubo de pasar cerca de media hora hasta que fue corriendo la noticia de su abandono, primero un rumor, dado que la mayoría pensaba que era un truco del astuto de Fede.

Es esa mi anécdota favorita porque no era entonces Bahamontes un crío. Contaba con 37 castañas, pero seguía comportándose como un lazarillo. La gracia de Bahamontes es que era impredecible. El caos en movimiento. Después de una gesta tocaba una vergüenza. Tras tocar fondo subía a los altares. Siempre con la queja. Siempre con el lloro. Valía más que todos sus compañeros juntos, pero no sabía pedir ayuda. No sabía lo que significaba el verbo compartir, ni conocía lo que quería decir el verbo dar.

Bahamontes era un águila en los ascensos. Un alma libre. Un verso suelto. Era un ciclista, pero desconocía como había que competir. No tenía táctica. Los primeros años de su carrera, aquellos en los que el físico era extraordinario, los perdió en batallas inútiles en el llano, naufragando en las bajadas y perdiendo minutadas en las contrarrelojes. Tras la primera semana del Tour, siete días de kilométricas etapas llanas, Bahamontes ya acumulaba media hora de retraso frente a los favoritos. Luego llegaba la montaña y Fede se exhibía coronando puerto tras puerto y saltando puestos en la clasificación general de diez en diez, ganaba una etapa, la clasificación de la montaña y ahí quedaba la cosa. No era suficiente para batir a Anquetil o a Poulidor, mucho más completos y mucho más eficientes.

Llegó entonces 1959. Semanas atrás, en diciembre de 1958, Bahamontes invitó a Fausto Coppi a una cacería con galgos en una finca toledana. Habían trabado amistad años atrás. Coppi había sido el último gran escalador, aunque ahora ya estaba retirado. Cinco Giros de Italia y dos Tours de Francia ensalzaban a Coppi quien, además de as de las cumbres, dominaba todas las artes del ciclismo y poseía un colmillo depredador del que carecía Bahamontes. El caso es que el piamontés y el manchego almorzaron migas, fueron de caza y se comieron un buen cocido. En los postres Coppi le pidió que fichase por su equipo, la escuadra de la que era director. La Tricofilina (productos capilares). Le permitió hacerse con Campillo y San Emeterio, los dos únicos gregarios en todo el pelotón que tenían afinidad para con Fede. Coppi le convenció de que podía ganar el Tour. Le prometió protección del equipo en el llano y un entrenamiento específico para la contrarreloj. A cambio solo le pidió una cosa; compromiso y mentalización. Autoconvencerse de que podía ganar el Tour.

Las célebres locuras de Fede, las del capricho de pasar el primero todos los puertos de los Pirineos para luego dejarse ir, debían quedar para mejor vida. Tenía 30 años. Era un ahora o nunca. La cosa va bien. Gana en Suiza y hasta finaliza segundo en los campeonatos de España contrarreloj. Pero hay un problema. Por entonces el Tour se corre por selecciones nacionales, por mucha tricofilina que lleves en el maillot. Dalmacio Langarica, seleccionador nacional, decide que Antonio Suárez, vigente vencedor de la Vuelta, sea el líder de la selección en el Tour. Bahamontes quedará como número dos y Loroño como gregario. Jesús Loroño, mucho más querido entre compañeros y aficionados, se rebela y exige ir como líder. No habrá cambio de planes. Loroño se queda en casa y Bahamontes irá a Francia con galones, aunque sin el apoyo de ningún compañero de equipo.

El Tour arranca en Mulhouse, cerca de la frontera con Alemania, y se corre en el sentido contrario a las agujas del reloj. Las nueve primeras etapas son llanas. Fede cumple. En la crono Jacques Anquetil le dobla pero, en vez de dejarse ir, Bahamontes aprieta los dientes y aguanta a su rueda. Cuando llegan los Pirineos está a seis minutos del líder, distancia muy asumible para El Águila de Toledo. Y lo más importante. Antonio Suárez está por detrás en la general. Bahamontes pasa a ser el jefe de filas del combinado español.

Fede

Llegan los Pirineos. Y dan calor. Al gusto de Bahamontes. Se espera toque de corneta de Fede. No lo hay. Coppi le dice que use la cabeza. Bahamontes entra en los Pirineos en decimoséptima posición de la general y sale el cuarto y líder de la clasificación de la montaña, no obstante, no hay chaladuras ni cabalgadas sin ton ni son. Pero elimina rivales tanto externos como internos. Charly Gaul, vigente ganador del Tour, pierde diez minutos. Suárez llega fuera de control en una etapa y se ve obligado a abandonar. El viernes 10 de julio hay una cronoescalada al Puy de Dôme. Son apenas 12’5 kilómetros. Con una bici de 13 kilos y sólo cinco marchas. Lo que hace Bahamontes vale tanto o más que alguna de sus locuras, como aquella del día que se sentó a comer un helado. Le mete 1’26’’ a Gaul, el mejor escalador del momento junto al toledano, 3’ a Anglade, 3’37’’ a Riviere y 3’44’´ a Anquetil. Fede se coloca líder virtual, segundo real, a cuatro segundos de un belga intrascendente que se había colocado días atrás en una escapada.

En los Alpes llueve. A Bahamontes no le gusta el agua. A Gaul sí. Llegan a un pacto. El luxemburgués se lleva la etapa y el español se viste de amarillo con cuatro minutos sobre el ogro Anquetil. Cuando salga de los Alpes serán más de nueve minutos sobre Anquetil, quien le recortará la mitad de la renta en la crono final de 70 kilómetros. Será insuficiente. Habrá paseo triunfante en Paris y eso que Bahamontes, siempre desconfiado, dormirá la noche anterior al paseo parisino con la bici al lado de la cama por miedo a que alguien, amigo o enemigo, le quiera montar una desfeita.

Es 18 de julio, fecha muy esperada entonces, no tanto por ser aniversario del Alzamiento Nacional, sino porque ese día se cobraba la paga extra del verano. Bahamontes sonríe en los Campos Elíseos. En España la gente se coloca un pañuelo amarillo en el bolsillo de la chaqueta. Federico Martin Bahamontes había ganado el Tour de Francia. Lo había hecho sin ser él mismo. Sin sus locuras. Pero había ganado el Tour. Había aprendido a correr. Era tarde. Llegó a quedar segundo y tercero en un par de ocasiones más camino de los 35 años. La pena es que no hubiese usado el cerebro siendo más joven.

Cierto. Como cierto es que, si lo hubiese hecho, no hubiese sido Bahamontes.

Camino del Puy de Dôme

“Si no me buscas en la montaña, no me encontraras nunca. Nadie de los que hay en la actualidad podría seguirme en la montaña. Yo era el mejor subiendo, pero además me echaba agua en las zapatillas por el calor, arreglaba el sillín a martillazos, me metía con 6 o 7 en una bañera después de una etapa y en los avituallamientos comía uvas pasas y pasteles de higos. Hoy el ciclismo ha cambiado para el bien del ciclismo, pero para mal del espectáculo”. Bahamontes en 2015.

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Bahamontes (1ª parte)

Al poco de fallecer, hace ahora un año, se sucedieron los homenajes, afloraron los recuerdos y brotaron los artículos periodísticos. Leídos tiempo atrás alguno siempre queda guardado en la memoria. Por bien escrito, por ameno, por saciar una necesidad cultural. Otros pueden ser divertidos. Chascarrillos. Y esos, rara vez se olvidan. Recuerdo que un periodista, si mi memoria no me falla de ‘El Mundo’, sostenía que en cierta ocasión esperaba a Fede para una entrevista en la sede principal del rotativo. Fede llegó en su Mercedes y lo aparcó en un descampado que había a escasos metros del edificio. Una vez descendió del automóvil, Fede se bajó la bragueta y se puso a miccionar en una esquina. De nada sirvió que el plumilla le incitase a entrar al calor de las oficinas y así acceder de inmediato a un urinario.

No.

Federico Martín Bahamontes mea donde le de la real gana.

La figura de Fede es tan compleja, tan poliédrica, que es difícil enclaustrarla tras unas palabras. Ni siquiera se llamaba Federico, sino Alejandro, pero comenzaron a llamarle Fede en honor a un tío suyo. Tal decisión, adoptar el nombre que le vino en gana, resume su carisma. Hizo durante toda su vida lo que salió de sus mismísimos. Corredor caótico, orgulloso, chulo, personaje irrepetible. Tuvo pocos amigos, pocos compañeros y jamás le importó lo más mínimo.

Su vida está llena de medias verdades. Caso de su amada Fermina. Matrimonio rocoso, duro como el pedernal, de los de antes, irrompible. El héroe y la amada que espera enamorada en casa. Mas al menos dos gemelas reconoció como hijas el bueno de Federico. ¿Quién podría pensar que esa soberbia con la lengua no iba a ser replicada debajo de los pantalones? Medias verdades. Como el día que se comió un helado tras coronar en solitario un puerto. Sucedió en 1954. Primer Tour de Fede. Acabará coronado como rey de la Montaña. Col de la Romeyère. En los Alpes, cerca de Grenoble. Bahamontes ataca y le saca tres minutos al pelotón. Una salvajada. Se baja de la burra y busca un pequeño bar que hay allí en el alto. Se aproxima al vendedor y exclama ¡deux boules! (¡dos bolas!). De vainilla, le dice en castellano. Y allí espera Fede a que llegue el pelotón cucurucho en mano. El pelotón llegará, bajarán juntos el col de la Romeyère y en el siguiente puerto Fede volverá a escaparse. Luego lo pagará con una pájara monumental y, por supuesto, no ganará la etapa. Ni esa ni ninguna. Acabará vigesimoquinto ese Tour. Dio igual. Su chulería, su aureola de excéntrico, su gesto deliberado de superioridad, quedará grabado para la historia.

La realidad es otra. Entonces la tierra y la gravilla son comunes a las carreteras de montaña. En medio de la subida a la Romeyère unas piedras impactan con la rueda delantera de Fede rompiéndose varios radios. Para poder mantener el ritmo, Bahamontes hubo de destensar el freno, por lo que, una vez coronado el puerto, hubiese sido una locura que Fede iniciase el descenso sin radios y sin freno delantero. Tuvo que esperar a que el coche de apoyo del equipo español apareciese con su nueva rueda. Y ahí sí, mientras esperaba, decidió tomarse deux boules de vainilla. Los periodistas inmortalizaron el momento y ni a la prensa, ni por supuesto al ego de Fede, les interesaba desmentir tan jugosa historia.

Deux boules

En Toledo no era dios. Era Padre, Hijo y Espíritu Santo. Fue ‘L’Equipé’ el que le puso el apodo del Águila de Toledo tras un reportaje que le hicieron en la capital manchega. Vieron el águila bicéfala que adornaba una de las puertas que daban entrada a las murallas de la ciudad y el símil estaba hecho. A sus 90 y pico años aun cabalgaba Bahamontes por la ciudad de las tres culturas, donde era reconocido y saludado por ancianos y niños. Siendo él chiquillo colocó una caja en una bicicleta para vender fruta y verdura que previamente robaba de carros y camiones junto a otros truhanes. Otros pillastres esperaban agazapados en un cruce, en un puente, en una empinada cuesta y era Fede el que corría calle arriba o calle abajo moldeando unas piernas que años después someterían a los Pirineos. La fruta y verdura se convertirá en metal, en metralla procedente de bombas perdidas de la Guerra Civil. Bahamontes sobrevivirá a todos, fuerte, duro, alto como roble, espigado como el trigo y siempre esquivando el infortunio. Solo una vez hubo de ser cazado. Escondido en un humedal sorteando a la Guardia Civil a punto estuvo el tifus en llevárselo por delante. Por supuesto Fede consiguió el triunfo.

Pasaba también de los noventa cuando en Toledo se le descubrió una estatua. Por supuesto la figura de bronce simula ascender una cuesta y como no podía ser de otra forma Bahamontes escogió el lugar de Toledo donde quería que fuese ubicada. Está en un mirador, en lo alto de la ciudad. Ese día Bahamontes dio un discurso largo, lleno de anécdotas y chascarrillos porque como él mismo decía “es lo que quiere la gente”. Ese era Fede, al que invitaban a uno y mil saraos. Allí estaba, con traje y corbata, y con decenas de fotos suyas en el interior de la chaqueta dispuestas a ser autografiadas. Daba igual que se la pidieses o no, porque Fede te la iba a dar independientemente de que la quisieses o no la quisieses. Y si la querías, si sabias quien era Bahamontes, si pedias su autógrafo y le recordabas alguna batallita, entonces Fede se señalaba en la foto y luego señalaba al que pedaleaba detrás suya, Gaul, Anquetil, Loroño, el que fuese, para luego añadir: “¿Ves? Yo siempre iba delante subiendo, los demás iban detrás”, para luego soltar una carcajada.

Fede para la posteridad

Bahamontes ganó el Tour de 1959 y fue rey de la Montaña tanto en el Giro como en la Vuelta como en el Tour. En Francia, en la madre de todas las carreras, el de Toledo se coronó como mejor grimpeur hasta en seis ocasiones. Cuando el Tour celebró su centenario en 2013 la organización designó a Bahamontes como el mejor escalador en la historia de tan magna prueba. En su época Bahamontes rivalizó con el luxemburgués Charly Gaul, más regular que Fede, pero sin el punto de magia del toledano. Gaul ya no estaba vivo en 2013, pero si el belga Lucien Van Impe, quien en los 70 también vitoreó seis veces en la montaña y logró ganar un Tour. El belga idolatraba a Bahamontes. Eran otros tiempos. Épocas en los que los grandes se daban guantazos para ganar la clasificación de la montaña. Luego Richard Virenque superó a ambos y logró siete entorchados cuando solo los escapados y las medianías luchaban por el maillot de lunares. Aquello indignaba por igual a Van Impe que a Bahamontes.

Bahamontes decía que el hambre le hacía volar. Como cuando robaba fruta para venderla de estraperlo. Fue un niño del hambre. Nació en 1928. Su primera bici no tenía cambios. Era un medio de transporte, pero un día se apuntó una carrera y la ganó. Vio que eso le daba de comer y se dedicó a recorrer España en bici (literalmente) para ganarse unos cuartos. Subiendo no había quien le tosiera. Tenía un latigazo, un cambio de ritmo endemoniado al que nadie podía seguir. Era listo, pillo, y vio que eso le daba fama y repercusión. Atacaba en cada puerto y pronto comprobó que su popularidad se convertía en portadas de periódicos.

Tuvo muchos rivales. Bobet, Anquetil, Poulidor. Todos mejores que él. Mejores ciclistas. Más completos. Con cabeza. Bahamontes era pollo sin ella. Ni contrarelojeaba ni llaneaba. No tenía táctica. No tenía plan. Pero en la montaña solo Charly Gaul, El Ángel de las Montañas, era capaz de seguirle, especialmente bajo el agua. Y con todo el gran rival de Fede fue uno mucho más mundano, el vasco Jesús Loroño. Loroño es cálido y amable. Bahamontes es solitario y tacaño. En la Vuelta de 1956 Loroño había perdido la carrera contra un semidesconocido italiano por 13 segundos. En la etapa decisiva había conseguido dejarlo, pero Bahamontes, quien era compañero de equipo de Loroño, se puso a perseguirlo llevándose al italiano a su rueda. En su defensa dijo que lo único que buscaba era la victoria de etapa, pero aquello no tenía ni pies de cabeza.

Así que en el 57 Bahamontes corre solo. Le hacen el vacío, pero Fede es libra por libra mejor que Loroño. Ataca en Pajares, gana y se pone de líder, pero nadie quiere que gane, En Tortosa, en una etapa insulsa y llana, Loroño ataca junto a un compañero. Bahamontes salta tras él, pero Luis Puig, seleccionador nacional (entonces se corría por países) se pone con su coche delante de Fede impidiéndole el paso. No solo eso, sus compañeros toman partido por Loroño y amenazan a Fede con tirarlo al suelo si decide perseguirlo. Bahamontes perderá la Vuelta y romperá a llorar al llegar a meta. Loroño, más alto y más fuerte, lo cogerá por la pechera mientras lo amenaza con partirle la cara si sigue llorando. Fede escapará corriendo al hotel mientras sus compañeros, que son los mismos que los de Loroño, no paran de partirse el culo de risa ante lo sucedido.

Loroño siempre lo hizo mejor en la Vuelta que Bahamontes, pero siempre fracasó cuando tocaba dar la vuelta por Francia allá en el mes de julio.

Bahamontes fue un inspirador, el espejo de tantos ciclistas españoles. Fue referente de la España del hambre, de héroes hechos a sí mismos que cruzaban los Pirineos como quien antes intentaba cruzar el Atlántico. Dicharachero con sus ocurrencias, su facilidad de palabra adornaba sus hazañas, hazañas que, por supuesto, eran siempre exageradas.

Bahamontes no tenía gregarios. Era un ave solitaria. Contaba con San Emeterio y Campillo. Los demás no podían ni verle delante. Siempre se quejaba. Siempre lloraba. A veces con razón y a veces sin razón. En el 64 camino de Toulouse. Tour. El día anterior hubo jornada de descanso. Jacques Anquetil, líder de la carrera, se había pegado una mariscada de padre y muy señor mío. Bahamontes arranca nada más empezar el puerto andorrano de Envalira. Corona con varios minutos de ventaja. Pone el Tour patas arriba. Pero Anquetil tiene amigos y Bahamontes no. El pelotón tira fuerte para acercar a Jacques. Los coches de la organización hacen de pantalla para parar el viento. Llegaron todos juntos a Toulouse ante la rabia de Fede.

Fede se queja, pero no guarda rencor. Tenía una agenda telefónica con los contactos de Coppi, Anquetil, Bobet… gente fallecida hace mucho tiempo atrás. Es nostalgia. También fanfarronería. Yo conocí a tal. Yo le gane a cuál. Yo soy amigo de éste.

A Bahamontes lo nombró el Tour el mejor escalador de la historia. “Charly Gaul iba como una rana bajo la lluvia, casi subía tanto como yo”, decía siempre con una sonrisa socarrona. Bahamontes, como Gaul, como Anquetil, se dopaba. Pero no con pastillas. Eso no se llevaba. Lo de Fede era café cargado a tazas y coñac con agua del Carmen en el bidón. Bahamontes también fue el primero que dio una vuelta de honor al Bernabéu subido a una bici y eso que siempre fue seguidor del Barça.

Bahamontes, en fin, era único y su historia bien merece capítulo aparte.

Continuará.

El Águila de Toledo

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Los demonios de Ocaña (2ª parte)

Compró por entonces Luis Ocaña un pastor alemán. La vida le sonreía. Tenía casa propia. A la finca le había puesto de nombre Orcieres-Merlette en honor a aquella calurosa tarde de julio de 1971. Tenía un hogar, una familia y, ahora también, un perro como mascota. No lo dudó. Le puso de nombre Merckx. Lo tenía clarísimo. Le gritaba a todas horas. ¡Ven a mis pies! ¡Merckx soy tu dueño! ¡Merckx túmbate! Hoy diríamos que Ocaña tenía un TOC. Estaba obsesionado. Estaba trastornado. Estaba encantado. Podía mandar en Merckx y Merckx le obedecía.

Para 1973 Eddy Merckx decide no correr el Tour. Quiere ganar la Vuelta a España. Es la única de las tres grandes que no tiene, más que nada, porque nunca la ha corrido. Por entonces Giro y Vuelta se solapaban en primavera y el prestigio de la ronda italiana era infinitamente superior a la de la carrera hispana. Merckx decide correr (y ganar, porque Merckx no corre para ser segundo) la Vuelta y el Giro. Entre la finalización de una y el inicio de la otra hay tan sólo cinco días de diferencia. Una locura.

Para asegurarse la presencia de ‘El Caníbal’, la organización de la Vuelta decide hacer un recorrido amable y así Merckx se anime a acudir. La idea es que regule sus fuerzas y pueda asaltar el Giro en plenitud de facultades. Se introducen muchos sprints bonificables, donde la punta de velocidad de Merckx y el buen hacer del equipo Molteni le facilitaran las cosas. Ganará la Vuelta con 3’46’’ sobre Ocaña, siendo mucho más conservador que de costumbre. Fue la única vez en la historia de la Vuelta en la que ha habido tres ganadores del Tour en el pódium (Merckx, Ocaña y Thevénet).

Ocaña lanzó sapos y culebras por la boca. Si su exhibición en Orcieres-Merlette y su posterior caída en Menté le habían colocado en el santoral de los españoles, de repente tras esa Vuelta volverá a ser considerado francés. Ocaña. Español en Francia y francés en España. Despotrica contra la organización por apoyar con el trazado a Merckx y a los aficionados por animar al belga. “La carrera está preparada para Merckx. Sin cuestas y con bonificaciones. Solo falta que le pongan segundos a la puerta del hotel”. Eddy contesta. “Los sprints están para todos, sólo tiene que aprovecharlos”. En el pódium de San Sebastián (si, San Sebastián, entonces no se acababa en Madrid) la cara avinagrada de Ocaña es de las que quedan en el recuerdo. Años atrás en una Paris-Niza, Merckx pasa silbando al lado de Ocaña. “Silba, silba, que un día silbaré yo”, dicen que dijo por lo bajo el de Cuenca.

El caso es que, tras ganar la Vuelta, Eddy Merckx gana el Giro del 73 en otra hercúlea exhibición y, aunque recibe muchas presiones externas, decide tomarse el mes de julio como descanso. No correrá el Tour.

Es la oportunidad de Luis Ocaña.

En la primera etapa un perro se cruza delante del pelotón. Y Luis Ocaña se cae. Pero esta vez no. Esta vez no. Se viste de amarillo en la séptima etapa camino de los Alpes. No soltará la sagrada prensa. Su mujer lo acompaña día tras día preparándole tisanas para sus recurrentes problemas respiratorios. Pero es otro Ocaña. Sin Merckx, corre más relajado. Su pedaleo resulta hermoso, bello. Su victoria es exuberante. Gana seis etapas y deja a Bernard Thevénet, segundo clasificado, a más de quince minutos. Ocaña arrasa. Ocaña gana a lo Merckx.

Les Orres, Tour 1973: El gran choque de Ocaña y Fuente - Ciclo21
Fuente (i), Thevénet (c) y Ocaña (d)

En aquel Tour, en su Tour, ese del que ahora se cumple medio siglo, sólo se dio un capricho. Moutiers-Les Orres. 237 kilómetros. Telégraphe, Galibier, Izoard y Les Orres. Se van José Manuel Fuente ‘Tarangu’ y Ocaña. Si el conquense era terco, el asturiano era, si cabe, aún más tozudo. Ocaña le propone un acuerdo. La etapa para ti, la general para mí y si tu equipo me echa una mano en el llano yo os dejo ganar todas las etapas que queráis. El Tarangu dice que no. Al loco ni agua. Porque Fuente llamaba loco a Ocaña. El novelista Marcos Pereda dejó escrito que eso era tan irracional como que Miliki llamase payaso a Fofó. El caso es que los dos locos no se ponen de acuerdo. Quedan 150 para meta. Fuente ataca veintiuna veces. ¡21 veces! En todas respondió Ocaña. A la vigesimosegunda el niño del hambre, el niño de mirada taciturna, puso en marcha la burra. Luis Ocaña se fue sólo. Fuente llegó a un minuto, Thevénet a siete, Zoetemelk, sexto en la etapa, a más de 20 minutos. Es un exterminio. Ocaña acaba tan cansado que llega al hotel y se queda dormido con el maillot amarillo con el que es investido en el pódium.

Pero Ocaña no es feliz. Ocaña no está eufórico. Puede que haya ganado el Tour de 1973, pero su Tour era el de 1971. Meses después de su victoria, en julio del 73, tiene lugar el Campeonato del Mundo de Ciclismo en Barcelona. Ocaña es bronce. Irradia felicidad. Mas que en el Tour. Se gana la plaza en el pódium por delante de Merckx al que supera en el sprint y quien finaliza cuarto. El oro es para Gimondi. El italiano aprovechó mucho mejor sus oportunidades y su currículo brilla más que el español. No es así en el corazón de los aficionados. “Siempre salgo a ganar, no estoy satisfecho”, dice a la prensa. Pero sus palabras no acompañan a sus gestos. Es una derrota dulce.

La temporada acaba y toca correr un critérium en Bélgica. En el avión, camino de Bruselas, Merckx y Ocaña comparten asientos. Hablan. Hacen las paces. Nunca fueron íntimos, pero si enterraron el hacha de guerra. Al llegar a tierra se van de copas. Al día siguiente había carrera. Ganó Merckx, quien si no. Pero por la noche no. Por la noche ganó Ocaña. “Siempre me ganó en la carretera, pero nunca me ganó tomando copas”, diría una vez retirado Ocaña sobre Merckx. Y es que Luis Ocaña tuvo una inmensa suerte y una enorme desgracia. Eddy Merckx. Merckx le privó de la gloria, pero sin Merckx jamás hubiese exprimido su talento.

Aquellas peleas de Merckx y Ocaña: sobre Orduña, Torrelavega y la Vuelta de  1973
Ocaña ataca a Merckx. Vuelta 73

Llegamos así a 1974. El año de la verdad. Ocaña contra Merckx. Los dos últimos ganadores del Tour frente a frente. Pero no fue así. Ocaña corre la Vuelta con sus eternos problemas respiratorios. Tose. Hace frío. Va a peor. Debe abandonar. Pero no abandona. Queda cuarto. Y queda tocado. No corre ninguna carrera hasta que reaparece a escasas semanas del Tour. Y entonces se cae. Ocaña siempre se cae. No correrá el Tour. Merckx gana el quinto. Se puso líder el primer día y le metió una minutada a Raymond Poulidor, segundo en la general a sus 38 años.

Y ese fue el fin. El Bic prescindió de Ocaña cansado de pagarle a un corredor que siempre estaba enfermo o lesionado. Ocaña vuelve a España y firma por el modesto SuperSer. Le dio para hacer otro pódium en la Vuelta y fin de la historia. Abandonó en el Tour del 75 y en el 76 quedó decimocuarto. Ese año brilló por última vez. En una etapa de los Pirineos decide tirar de orgullo y hacerle decenas de kilómetros a Lucien Van Impe mientras el belga va camino de ganar el Tour. ¿Por qué? Porque así le hacía la puñeta al otro aspirante, a Joop Zoetemelk, aquel neerlandés chuparuedas que se había caído encima de Ocaña en aquella cerrada curva de izquierdas bajando el Col de Menté.

Genio y figura.

El ocaso de Ocaña es aceleradísimo. Con 32 años está retirado. Está jubilado y tiene toda la vida por delante. Compra unos terrenos en Caupanne. Son 60 hectáreas. Instala una piscina en la finca y levanta los azulejos con sus propias manos acabando con un corte atroz que lo lleva a urgencias. Le dicen que contrate a unos profesionales y se niega en redondo. ¿Qué pensaría su padre? Dicen los que lo conocen que es más feliz que un niño con zapatos nuevos. Es el triunfo de su vida. Tiene casa y tierras. Ha conseguido lo que siempre había soñado. Lo que nunca había logrado su padre. Pero todo es un paripé. Luis no es feliz. Luis nunca es feliz.

Decide dedicarse al armagnac. Todos le dicen que está loco. Que el tiempo del cognac y del armagnac ha pasado. Que son bebidas que no interesan a los jóvenes. No hace caso. Se mantiene rebelde. Como siempre había sido y como siempre será. Llama a Merckx. Le pide ayuda para importar armagnac gracias a su nombre en Bélgica. Eddy acepta. Pero ni Eddy puede levantar un imposible.

Un temporal arrasa con las viñas. Durante tres años no se podrá cultivar. Y no tiene seguro. Luis no había asegurado las viñas. ¿Luis Ocaña con un seguro? No, gracias. Debe volver. Lo hace como director deportivo. Fracaso absoluto. Lo hace como comentarista radiofónico. Clarividente, pero demasiado sincero. Despotrica sin ton ni son. Se gana enemigos en cada esquina. Habla de Franco y asegura que el futuro de Francia es Le Pen.

Y luego está Merckx. La sombra de Merckx. “Nunca te perdonaré que no corrieras el Tour del 73”, le suelta cada vez que coincide con él. “Le doy más valor a lo que hice en el 71 que a la victoria del 73”, dice, melancólico, micrófono en mano. Merckx. Merckx. Siempre Merckx.

Tristón, mustio y abatido, Luis se consume por dentro. Tiene un accidente de coche. Tiene que ser hospitalizado. No pasa de susto, pero durante el susto le hacen una transfusión de sangre. Problema. Hepatitis C. Ocaña se hunde. Su mujer no lo reconoce. Es incapaz de animarlo. Los ataques de ansiedad son constantes.

Una mañana uno de esos ataques zozobra su existencia. Su mujer tiene miedo. Viene su médico de cabecera y también un par de agentes. Porque es un intento de suicidio. Y si es suicidio tiene que acudir la gendarmería. Lo tranquilizan. Su mujer pide internarlo. El médico le dice que no ha sido nada.

Dos días después, la mañana del 19 de mayo de 1994, a Luis Ocaña le da otro ataque de ansiedad. “Yo no pienso pasar mis últimos días sufriendo como mi padre”, cuentan que le dijo a su mujer. Su padre y Merckx. Merckx y su padre. Los demonios de su vida. Su mujer consigue tranquilizarla. Su mujer aprovecha para llamar al médico, pero Luis ha cortado el cable del teléfono. No hay móvil. Estamos en 1994. Pero hay una línea fija inalámbrica. Josiane, que así se llamaba la esposa de Luis, convence a su marido para que se retire a descansar a su despacho. Mientras, corre en búsqueda del inalámbrico. Llama al médico, pero llega tarde. Todo ha sido una artimaña de Luis. Como aquella vez que atacó a Merckx cuando pinchó una rueda. Ocaña lo tenía todo preparado. Aprovechó la ausencia de su mujer para descerrajarse un tiro en la sien.

Luis Ocaña, el español de Mont de Marsan, se suicidaba en el despacho de su casa antes de llegar al medio siglo de vida.

Luis Ocaña fue español en Francia y francés en España. Fue un incomprendido. Un ciclista incontenible y una persona insatisfecha. Ocaña era un orgullo desmedido incapaz de aceptar sumisión alguna. Nunca quiso que lo reconocieran como vencedor, sino como luchador. Esa obsesión fue su grandeza, pero también su condena.

CapoVelo.com - Luis Ocaña
Puro ciclismo

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1968 era el primer año como profesional de Luis. Aquel verano se dio a conocer logrando la victoria en el Campeonato de España. Obteniendo el jersey con la rojigualda, Luis volvió a cruzar los Pirineos y se encaminó a Mont de Marsan. Allí, equidistante de San Sebastián como de Burdeos, se consumía el señor Ocaña, el padre de Luis. Un cáncer lo absorbía, pero antes de hacerlo su hijo le puso en el regazo aquel maillot con la bandera española. Llorando, Luis recibió de su padre un simple gesto de afirmación con la cabeza. Era un gracias, un orgullo y una felicidad a partes iguales. Días después el padre de Luis Ocaña fallecía.

Luis Ocaña fue francés en España y español en Francia. Aquello le desquició de por vida. Había sido descubierto por Pierre Cescutti, un ex ciclista y un tipo con vida de novela. Cescutti formaba parte del batallón que entró en el Nido del Águila de Hitler escasos días antes del fin de la II Guerra Mundial. Cescutti no puso su vida en peligro, ni pegó un tiro, ni intentó quedarse para el recuerdo con algún enser del Führer. Cescutti se atrincheró en la bodega de la casita de Berchtesgaden y se pilló una cogorza de campeonato mientras los demás jugaban a ser héroes. El caso es que Cescutti habló con su amigo Antonin Magne, doble vencedor del Tour y entonces director del equipo Mercier, para meter en sus filas a Ocaña. Magne le dijo que vale, que sería gregario de Raymond Poulidor y que habría que nacionalizarlo francés. Ocaña dijo que naranjas de la china. Él no iba a ser el segundo de nadie y ni de coña se iba a nacionalizar francés. Sus otros tres hermanos acabarían haciéndolo con el tiempo. A Luis jamás se le pasó por la cabeza.

“Soy más español que Franco”, diría en cierta ocasión.

Luis Ocaña había nacido en Priego, un pueblecito del norte de Cuenca, en 1945. Tiempo de miseria y hambre. A los seis años a su padre le dan un trabajo en una central hidroeléctrica en el valle de Arán y allí se van los seis miembros de la familia. Era republicano. Y lo putearon todo lo que pudieron. Todos eran pobres, pero los Ocaña incluso eran un poco más pobres. Contaba Luis que no supo lo que era una merienda hasta que tuvo doce años, momento en el que sus padres decidieron cruzar la frontera por el puerto del Portillón y buscar una vida mejor. Luis lo cruzó con la cabeza gacha, tímida, y la mirada perdida en busca de las estrellas. Esa mirada acompañó a Luis Ocaña toda su vida. La mirada del desgraciado, del que avergonzado pide perdón allá por donde pasa. Morenísimo, su cuello era propenso a las collejas. Con los años aquella cara de lelo acabará siendo ocultada por unas soberanas patillas.

A los catorce Luis entra como aprendiz de ebanista en Mont de Marsan donde se instala la familia. Es entonces cuando dos días a la semana pasa a entrenar con una bicicleta que le compra Cescutti admirado por el talento del chaval de Priego. A Cescutti le cuesta horrores convencer a su padre para que le permita ser ciclista. Todo se definirá cuando Luis le tire un hacha a la cabeza al capataz de la carpintería al negarse a aceptar una orden. Severo, su padre jamás se lo perdonó. Ocaña nunca acató la autoridad. Ni la de sus jefes ni la de su padre. Con su progenitor nunca tuvo buena relación, aunque siempre lo admiró por su tenacidad. Lástima que el padre no viviese lo suficiente para ver que su hijo tenía el mismo par de huevos que su progenitor.

Porque Luis Ocaña no iba a aceptar la autoridad de nadie. Tampoco la de Eddy Merckx.

Tour de Francia: Victoria de Ocaña en Puy de Dome | RTVE Play
Ocaña (rojo) y Merckx (amarillo)

Luis Ocaña se hizo profesional con el equipo español Fagor. Lo hizo por razones sentimentales, pero también entendía que tenía más opciones de destacar y de progresar en el mercado hispano. En 1969 corrió su primer Tour, hecho que también haría Eddy Merckx. Como finalizó ese Tour marca lo que será una constante en la carrera de dos genios de la bicicleta. Ballon de Alsacia. Merckx ataca y se pone de líder. Primera de muchas. Ocaña se va al suelo durante el descenso, su barbilla choca contra el asfalto y su rostro sangra abundantemente. Es invitado por su director a abandonar. Se niega. Acaba haciendo unos cuantos kilómetros remolcado por sus compañeros. Inconsciente, cruza la línea de meta vomitando. Es entonces cuando cae maduro al suelo y es trasladado al hospital. Solo entonces Luis Ocaña decide abandonar. Merckx lo alaba ante la prensa. A Ocaña eso no le vale para nada.

Y Eddy sigue a lo suyo. Merckx lo que hace es ganar el Tour tal cual ganaba Atila sus batallas. Domina de principio a fin, vence en seis etapas y gana todas las clasificaciones complementarias de aquel 1969, algo que jamás se volverá a repetir. El ogro belga refrenda exhibición en 1970, donde Ocaña (que había firmado por el BIC francés) se desfonda en los Alpes y pierde sus opciones en la general, aunque logra ganar una etapa parcial en los Pirineos.

Eddy Merckx es el gran dictador del ciclismo. No es que gane, es que arrasa. Ya sean clásicas, carreras de una semana o grandes vueltas de veintiún días. Camina hacia su tercer Tour de Francia consecutivo y Luis Ocaña aparece otra vez como aspirante. El respeto hacia ‘El Caníbal’ es inmenso, pero el pelotón es consciente de que contra el crono Ocaña y Merckx son parejos, más en la montaña el español es ligeramente superior. La gran diferencia radicaba en que Eddy era un martillo pilón incasable al desaliento y Luis era al mismo tiempo genio como sumaba pájaras e infortunios de proporciones bíblicas.

Tour 1971. Tras unas etapas de fogueo por el norte de Francia se llega a la séptima jornada con Merckx de amarillo y 52’’ de ventaja sobre Ocaña. Ese día se sube el Puy de Dôme y el de Priego le saca 15’’ al bruselense tras un latigazo. Es exigua renta, pero es la primera vez en tres años que alguien logra aventajar a Merckx en una gran vuelta. Dos días después, rumbo a Grenoble, Merckx pincha, y en ese momento Ocaña aprovecha para atacar. Llegará a la meta junto a Thevenet y Zoetemelk, quien será el que se lleve el premio gordo del liderato, mientras que Merckx se dejará 1’40’’ en la meta.

Llegó entonces el 8 de julio. 134 kilómetros. Salida desde Grenoble y llegada a la estación alpina de Orcieres-Merlette.

“O yo entierro a Merckx o él me entierra a mí”, diría Ocaña.

Nadie cuenta con Zoetemelk que sale de líder. Luis Ocaña está a un segundo. Merckx es cuarto en la general a cerca de un minuto.

Era una etapa corta, cortísima para la época. Apenas dos puertos sin excesiva ostentación al poco de iniciar el día, antes de llegar a Orcieres. En la primera cota, alto de Laffrey, Ocaña ataca y se lleva con él a Van Impe, Agostinho y Zoetemelk. El que no está es Merckx. Ocaña huele la sangre y tira como un poseso. Nadie le da relevos. Tampoco los admite. En el col de Noyer se va solo. Irresistible. Camina o revienta. Quedan 60 para meta. 117 en total de escapada. Entonces no hay pinganillos, sino pizarras llevadas por motoristas que anuncian con tiza donde está el enemigo. Y el enemigo estaba lejos. Muy lejos. Merckx tiraba solo. Estaba sin equipo y nadie le ayudaba. Tanta tiranía tenía al fin cumplida venganza. Cuando la ventaja iba por los seis minutos el director de Ocaña le mandó contemporizar. “¿Por qué?”, cuentan que dijo Luis. “Si son seis, serán siete”, replicó.

Luis Ocaña dio una de las mayores exhibiciones jamás dadas en la larga y brillante historia del Tour de Francia. Con un sol abrasador, gana y se pone el maillot de líder con 8’43’’ sobre Zoetemelk. Merckx era cuarto a cerca de diez minutos. El Tour estaba sentenciado. “El más increíble alarde de poder visto. El emperador (Merckx) fusilado”, título ‘L’Equipé’. “Nos ha matado como El Cordobés mata a los toros”, diría Eddy sobre Luis. En Francia lo adoran. Es uno de los suyos.

Los seis días de Luis Ocaña, emperador del Tour de Francia
El Cordobés en bicicleta

Pero Merckx era Merckx. Y moriría matando. Al día siguiente 251 kilómetros aburridos rumbo a Marsella. Etapa llana. Ocaña firma autógrafos y atiende en la prensa a cola de pelotón, justo cuando se va a dar la salida. Se corta la cinta…y ataca Merckx. El Caníbal no olvida la afrenta de Ocaña cuando había pinchado. Fue una lucha sin cuartel en el llano y dos minutos recortados por el belga. El pelotón llego con horas de adelanto a Marsella. Fue tal el enfado que el alcalde juró que jamás volvería el Tour a tierras provenzanas. Hubo que esperar hasta 1989, justo un año después del fallecimiento del regidor marsellés. Luego viaje en avión rumbo a Albi para una contrarreloj. La organización coloca a Merckx y a Ocaña en asientos contiguos. No se hablan. Ni se miran. Merckx reduce en once lacónicos segundos la distancia.

Y se llega así al 12 de julio de 1971. Primera etapa de montaña de los Pirineos. Desde Revel a Luchon. Se sube el Aspet. Merckx ataca. El cielo es azul. Ocaña va a su estela. Se corona el puerto. Calma tensa. Toca ascender el Col de Menté. Merckx suelta otro latigazo. El cielo es gris. Ocaña se pega a su rueda. Le dicen que lo deje ir. Que queda mucho. Que la ventaja es amplia. Ocaña dice que no con la cabeza. Tiene una misión y no es el amarillo. Su misión es derrotar al hombre perfecto.

Al rebasar la cima del puerto el cielo gris se convierte en una fuerte tormenta de verano. El paraíso se torna en negro. Granizo, relámpagos y barro. Las carreteras no tienen buen asfalto. Cuando besan la cuneta pasan de pastizales a pistas de patinaje. Eddy baja jugándose la vida. Luis no iba a ser menos. Tumbados sobre la burra con los dedos pegados en las palancas de los frenos. Al poco una curva fortísima de izquierdas. Merckx pierde el equilibrio y aterriza sobre la hierba embarrada. Ocaña cae, pero lo hace sobre una piedra. Merckx se levanta y sigue la marcha. Ocaña lo intenta.

Pero entonces llega Joop Zoetemelk.

A Zoetemelk no le van los frenos y cae encima de Ocaña. Tras el neerlandés vienen en tropel Agostinho y después López Carril. Ocaña no puede mover el brazo derecho.

Saldrá del Tour en camilla y lo hará sobrevolando en helicóptero el alto del Portillón.

Precisamente el Col de Portillón.

Porque en aquella etapa camino de Luchon se subía el Portillón y se cruzaba a tierras españoles antes de volver a Francia para finalizar la jornada. Había cuarenta kilómetros de recorrido entre Menté y las primeras estribaciones del Portillón. Lo lógico era que Ocaña dejase marchar a Merckx y fuese precavido bajando por aquella pista de patinaje. Pero para Ocaña el maillot amarillo era lo secundario, lo importante era ganarle a Merckx. Demostrarle que era mejor que él.

Para Ocaña cruzar de amarillo el Portillón por delante de Merckx era enterrar sus recuerdos de la infancia. Demostrarle al Luis niño que su tormento había finalizado. Cruzar el Portillón y ser aclamado por cientos de españoles era indicarle a su padre que los tenía más grandes que él. “Merckx y yo habíamos decidido atacarnos en cada metro de la carrera. Sabíamos que uno de los dos no terminaría el Tour”, diría en la cama del hospital. Pero era mucho más que eso. Cruzar el Portillón en cabeza no era ciclismo. Era un exorcismo.

Era su vida.

Tour Look Back: Luis Ocaña - PezCycling News
C’est fini

José Manuel Fuente ‘El Tarangu’ ganó la etapa y Merckx dio un recital que le valió para recuperar el liderato. El belga recibió insultos y escupitajos subiendo el Portillón y al día siguiente decidió no vestir el maillot amarillo por respeto a Ocaña. “Yo no he ganado el Tour, lo ha perdido él”, diría a la prensa. “Yo quiero que se lo ponga”, contestará el conquense. Dos días después el Tour pasa por Mont de Marsan y Merckx es incitado por los medios para acercarse a casa de Ocaña y saludarlo. Se dan un apretón de manos y sonríen delante de los plumillas y los fotógrafos, pero ni se hablan. El odio mutuo es atroz.

Luis Ocaña fue un gran desafortunado. Como Sísifo empujaba la piedra cuesta arriba en la montaña para llegar a la cima y verla rodar hacia abajo. En 1972 da una exhibición en la Dauphiné Liberé, pero acaba enfermo. Se presenta en el Tour con una bronquitis, recuerdo de una infancia paupérrima en cuidados médicos. Aquel año llegaron primero los Pirineos antes de los Alpes. En el alto de Soulor Ocaña pincha y Merckx ataca. Recuerdos del pasado. Merckx jamás olvidaba los desagravios. Encorajinado, Ocaña inicia una feroz persecución y los riesgos hacen que en la bajada del Gran Cucheron su cuerpo se estampe contra el asfalto. Pierde dos minutos, tiene margen de mejora, pero en la primera etapa de los Alpes decide abandonar. Volverá a casa en coche conduciendo durante horas y tendrá que dar marcha atrás al darse cuenta de se ha dejado las llaves de su hogar en el hotel donde había dormido la noche anterior. Ocaña siempre genio y figura.

Porque Ocaña no se resigna a su rol secundario. Otros sí, otros limitan pérdidas, esperan que Merckx falle, aprovechan ausencias o descansos. Raymond Poulidor aguanta mecha, Bernard Thevénet tendrá el honor de tumbar al Caníbal en su ocaso y Felice Gimondi será el gran rival generacional de Merckx. Gimondi aprovechará las ausencias de Merckx para lograr un palmarés majestuoso, mucho más glorioso que el de Ocaña, pero menos brillante a la hora de juzgar con el corazón. Ocala lo intenta siempre. Siempre. Pase lo que pase.

Son cuatro Tours entre 1969 y 1972. Eddy Merckx los ha ganado todos. Luis Ocaña sólo ha logrado llegar a Paris en una ocasión de cuatro posibles.

Ocaña era un fatalista.

Y lo seguirá siendo también en la victoria.

Continuará.

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Pantani; una vida sin paracaídas (2ª parte)

A Pantani primero se le conoció como ‘Elefantino’. Era un sobrenombre que odiaba. Le recordaba a su niñez, cuando se metían con él por esas enormes orejas que al subir a la bici ejercían de acordeón frente al viento. Maduro, alguien le puso el mote de ‘Pollo’, porque esas interminables y atléticas piernas se coronaban por una cabeza que las más de las veces tan solo servía como investidura del cuerpo. Ese transitar sin sentido, esos ataques sin paracaídas, le hicieron ser conocido como ‘il pollo Pantani’.

Pero en 1999 Marco Pantani era ‘Il Pirata’. Era un ciclista colosal. Sus ataques sin sentido eran ahora alabados por arriesgados y valientes. El carácter guerrero de Pantani y esa estética de pelo rapado, bandana en la cabeza, perilla y pendientes le convertían en un auténtico pirata. Un corsario que luchaba contra las carabelas del ciclismo, dispuesto a cambiar el status quo establecido.

El Giro de Italia de 1999 recibió al entonces doble vencedor de Giro y Tour (1998) con un recorrido diseñado para vanagloriarle. Era un Giro repleto de alta montaña que rompía con la tendencia de la carrera en la última década. Pero este era un Pantani tan excepcional que ya desde principios de temporada había demostrado un progreso inaudito en las cronos y había puesto patas arriba la Milán-San Remo manteniendo un pulso en el llano frente a un pelotón lleno de rodadores.

Es tal la alfombra roja que se le pone a Pantani que hasta se le prepara un sprint en Cesanatico, donde Marco nació, para que ‘Il Pirata’ se dé un baño de multitudes. Pantani se había puesto líder muy pronto, en la octava etapa, tras 253 kilómetros que acabaron en el Gran Sasso. Mas tarde, en el Santuario de Oropa, salta a pie de puerto y por el camino se le sale la cadena. Es adelantado por el grupo de elegidos y, con una fuerza sobrehumana, sin bandana ni gafas, suelta a los compañeros que acudieron a arroparle, atrapa a los demás y acaba con Laurent Jalabert, quien le había quitado efímeramente el liderato en la contrarreloj impidiendo que su familia y sus amigos de Cesanatico lo hubiesen visto con la maglia rosa. “Tuve que apartarme para que no me arrollara”, comentaría el ciclista francés sobre el adelantamiento de Pantani.

A partir de ahí Pantani da un show y gana en la jornada con final en Madonna di Campiglio, vigilia de la última etapa de enjundia con paso por el Mortirolo. ‘Il Pirata’ lo hará con una amplísima renta sobre sus perseguidores a solo tres días de la llegada a Milán. Había demostrado una extraordinaria suficiencia. Concentrado, apenas saludaba a nadie al bajarse de la bicicleta. “Si veis que no os saludo no os lo toméis a mal, simplemente es que estoy compitiendo”, le había dicho a su guardia pretoriana antes de iniciar el Giro.

Tras dormir en uno de los hoteles de Madonna di Campiglio, en la jornada siguiente el Giro saldría desde la afamada estación de esquí rumbo a Aprica. Era primerísima hora del amanecer cuando un par de tipos aporrearon la puerta de la habitación donde descansaba Pantani. Eran dos ‘vampiros’. ‘Il Pirata’ hubo de levantarse de la cama medio adormecido, balbuceó un par de palabras inconexas y se dirigió al baño para llenar de orina un tubo que se le fue proporcionado.

Era un proceso más que extraño. Pantani ya había pasado dos controles antidopaje en lo que iba de Giro. De hecho, siempre se anunciaba con horas de antelación a quien le tocaba pasar revista. Ese día estaban citados los diez primeros de la general…pero ese día al acabar la etapa, no esa madrugada. En el fondo, en ese Giro hubo graves contradicciones a la hora de realizar los controles. La UCI (Unión Ciclista Internacional) abogaba por unos procesos más laxos. Era sabiduría popular que tomando salinas u aspirinas se lograba bajar los niveles de hematocrito antes de echar la meada. Pero tras el ‘escándalo Festina’ del Tour anterior, la AMA (Agencia Mundial Antidopaje) inició una cruzada antidopaje de la que en la actualidad ha salido victorioso. Por entonces tenía las de perder, aunque contaba con el apoyo del CONI (Comité Olímpico Italiano).

El caso es que Pantani, además de capo en carrera era también capo del pelotón. Como representante de los ciclistas se opuso a los designios decretados por el CONI y la AMA en el asunto de los controles. Los ciclistas veían en esas redadas nocturnas una acusación sin pruebas y un trato despectivo sobre lo que sucedía en otras disciplinas deportivas. Consideraban que eran acusados de criminales, aunque el fondo de la cuestión era que esas redadas hacían saltar por los aires años de omertá.  

El resultado llegó rápido. La tasa de hematocrito de Marco en sangre era del 52%. Superaba en dos puntos el valor permitido. En otras palabras, había consumido EPO para mejorar su nivel de glóbulos rojos y así poder alargar en el tiempo su pico de esfuerzo. La noticia le llegó ‘aex aquo’ por boca de Martinelli y Zomegnan. Ambos, tanto el director del Mercatone Uno como el director del Giro, pudieron ver la incredulidad de Pantani al conocer la noticia y sus ojos desorbitados cuando con un puñetazo reviente de rabia el espejo de la habitación. Pero es en el momento en el que Paolo Pantani, padre de Marco, entre en la habitación cuando el silencio haga su aparición. Paolo no abre la boca. La cara de decepción de su progenitor adentró a Marco en un mundo de lágrimas del que tardará días en salir.

Zomegnan sugirió a Pantani salir del hotel por la salida de emergencia. Pantani se negó. Era inocente y no tenía nada que ocultar. Fue al baño, se limpió las lágrimas, se duchó, se vistió y salió por la puerta principal para contestar a las preguntas de la prensa que allí se agolpaba.

Fue una masacre.

Aunque más lo sería al día siguiente. No existía la presunción de inocencia, era Pantani quien debía demostrar que era no culpable. No habría forma de hacerlo. Era un caso visto para sentencia. No ayudó a Marco que días después saliese a la luz que cuando en el invierno de 1996 fue operado de la fractura de tibia y peroné un análisis de sangre revelara que su nivel de hematocrito estuviese en un exagerado 60%.

Fue propuesto a un año de sanción sin competir.

La Camorra falseó el hematocrito de Pantani | Marca.com
Juicio popular

No había dudas. Era ‘vox populi’ que el dopaje estaba más que extendido entre el pelotón. Apostar por la inocencia de Pantani era un acto de fe. Pero había muchos interrogantes en el asunto. El control fue totalmente ilegal. No se avisó al ciclista con antelación ni estuvo presente el médico del equipo. Además, el contranálisis fue hecho por el mismo laboratorio, cuando debía cotejarse el resultado con otro laboratorio. Hubo también quien dijo que pudo haber un cambio brusco de temperatura o una mala conservación del recipiente, o, simplemente, que Pantani no se había hidratado suficientemente. Todas teorías posibles, pero de rocambolesca probabilidad. Todo semejaba un intento desesperado de defender lo indefendible.

El caso es que la mala praxis en el control sí que era fehacientemente probada, por lo que la sanción de un año sin competir fue revocada. Daba igual. El daño estaba hecho. A Pantani lo sacaron del Giro cuando sumaba cuatro victorias de etapa y tenía el triunfo guardado bajo llave. Le dijeron de competir en el Tour. Ni ganas. Pantani se echó un par de semanas encerrado en su casa de Cesanatico llorando hora tras hora. Entró en una depresión de la que ya no podría escapar. Su credibilidad había saltado por los aires. Competir no tendría sentido para él.

Buscaba refugio.

Y lo encontraría en la cocaína.

Fue Felice Gimondi quien convenció a Pantani para volver a subirse a la burra. Gimondi era la gran leyenda viva del ciclismo italiano, el hombre que logró desafiar y hasta vencer a Anquetil y a Merckx. También el ‘Canibal’ había tenido una mancha con el dopaje, pero a base de victorias había dejado en el olvido aquel incidente. Solo con victorias podrás sacarte el estigma de encima, le había dicho Gimondi a ‘Il Pirata’.

Pero Pantani no era Merckx. Era débil. Un pollo sin cabeza. Vuelve para la temporada siguiente. Se arrastra en el Giro, donde se le niega ser líder de su equipo, y va al Tour del año 2000 como un muerto viviente. Físicamente era el mismo, pero moralmente era otra persona. Se dejó ir en las etapas llanas hasta que llegó el día del Mont Ventoux. Allí, en la montaña lunar, Pantani resucitó. Sacó su golpe de pedal y balanceó la bici como en sus mejores tiempos. Fue dejando atrás a uno tras otro para cabalgar a la cima de la sagrada montaña. Solo Lance Armstrong logró aguantar su rueda. El norteamericano era el dueño y señor de la carrera y lo quiso demostrar. Se ponía por delante de Pantani y abría unos metros de distancia. Frenaba. Se ponía al lado de ‘Il Pirata’ y volvía a adelantarse. Le estaba esperando para dejarle ganar. Aquello era humillante. Induráin había dejado ganar a muchos en sus años de reinado. Se ponía a rueda y se dejaba ir. Lo que hacía Armstrong era egocéntrico. Le enseñaba al mundo que podía, pero que no quería. No era solidaridad, era caridad. Y lo sería mucho más cuando en la línea de meta se pare para que Pantani gane.

Marco explotó. No era un cualquiera, un don nadie que necesitara migajas. Despotricó contra Armstrong. Y el texano no se iba a achantar. Usó a los medios como altavoz para llamar ‘Elefantino’ a Pantani, el mote que tanto odiaba.

Encendido, Pantani lanza un durísimo ataque en la etapa que acaba en Courchevel y que pasa el temible Izoard. Es el Pantani de los buenos tiempos. Poesía en movimiento. Armstrong se pega a su rueda, pero acabará cediendo a falta de tres kilómetros para la cima. Marco Pantani vuelve a ser un grande. Un dios sobre dos ruedas.

Sería el canto del cisne.

Mont Ventoux ⛰️ La trágica y épica montaña del Tour - Ciclismo Épico
Armstrong y Pantani

Al día siguiente a Pantani le da una voutada y ataca a 130 kilómetros de la meta. Lo acabarán cogiendo y se dejará una minutada en la línea de meta. Decide abandonar y no terminar el Tour.

Un sin sentido.

Ni otro Tour ni otro Giro, ni ninguna otra gran carrera. Pantani acumuló desde entonces abandono tras abandono. Siguió entrenando e inyectando cocaína a su cuerpo a partes iguales. Llevo su ser a un masoquismo autodestructivo. Se alejó de su familia y su novia se vio obligada a consumir para que lo aceptase a su lado. Siguió firmando autógrafos y sacando fotos con esos fans que le perdonaban todo porque les había hecho vivir alguno de los mejores momentos de su vida. Eran fotos en blanco y negro donde las sonrisas eran sueños del pasado.

El día de San Valentín de 2004 Marco Pantani se encontraba en un hotel de Rimini, una bella ciudad a orillas del Adriático, bulliciosa en verano y solitaria en invierno. Allí, en un decrépito hotel, Marco Pantani atrancó la puerta de su habitación con una cómoda y con una mezcla de antidepresivos y cocaína espero que su cuerpo fuese capaz de ascender de nuevo el Galibier.

No fue así.

Falleció por un paro cardíaco provocado por un edema pulmonar y cerebral. Dejó tras sí una suerte de testamento en el que se juntaban frases inconexas.

Desde aquella madrugada en Madonna di Campiglio hasta aquella otra madrugada de San Valentín de 2004 Marco Pantani no volvió a dar positivo. Curioso ante un hombre que se pasó el último lustro de su vida enganchado a la cocaína. De hecho, en su última exhibición, en su victoria en Courchevel (donde vibramos) lo hizo a pesar de la cocaína polvo. Solo por lo que hizo en Courchevel habría que poner a Pantani en el mismo pedestal en el que se encuentra Maradona. Lo que hizo Pantani fue grandioso, no gracias a la cocaína, sino a pesar de ella.

Apenas tenía 34 años. Eran ya cinco de penurias. Su novia confirmó que su primera raya de coca fue en octubre de 1999. Cuatro meses después del positivo de Madonna di Campiglio. Aquello rompió el corazón de muchos. Semanas atrás se había marchado José María Jiménez, otro ángel de la las montañas sin el tronío del italiano. La cocaína también se había llevado por delante al ‘Chava’ con 32 años.

Miles de aficionados al ciclismo despiden a Marco Pantani en Cesenatico, su  localidad natal | Deportes | EL PAÍS
El último adiós

Luego vino el perdón. En 2014 se reabrió la investigación sobre la muerte de Marco Pantani. Dos años después se demostró que la muestra del positivo de Madonna di Campiglio había sido manipulada por la mafia siciliana. Al parecer había ingentes sumas de dinero apostadas a la derrota de última hora de Marco en el Giro de 1999. También se supo que aquel día de San Valentín de 2004 Marco Pantani había sido golpeado y obligado bajo coacción a beber cocaína diluida en agua.

Marco era grandioso.

Pero estaba muerto.

Hoy, un coqueto museo rinde homenaje a ‘Il Pirata’ en Cesenatico, no muy lejos de aquel hotel que lo vio marchar. Pero es en el Galibier, en el punto exacto donde Pantani pegó una dentellada a Ullrich durante un aguacero caído en la decimoquinta etapa del Tour de Francia, en donde una estatua se alza para honrar el recuerdo imperecedero de un escalador de tronío. El último pirata de las montañas.

“Su problema es que escala con las piernas y no con la cabeza” Lucien Van Impe, ganador del Tour de Francia y hexacampeón del maillot de la montaña.

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Nueve días antes habíamos perdido la inocencia. Un tráiler del equipo Festina había sido parado en un control aduanero y lo que era un vehículo pesado de dos ruedas se convirtió en una farmacia en movimiento. Docenas de cajas de testosterona y de hormonas de crecimiento y más de 200 ampollas de Eritropoyetina (mundialmente conocida como EPO) trasmutaron a los ciclistas de héroes sacrificados en yonkis consentidos. Herido de muerte, el Tour de Francia de aquel año acabaría con diez ciclistas detenidos (entre ellos Richard Virenque, héroe nacional francés) y con siete equipos que abandonaron la carrera por solidaridad con los detenidos. Entre ellos estaban los cuatro conjuntos españoles (Banesto, ONCE, Kelme y Vitalicio Seguros), decisión, que, con el paso del tiempo, no deja en buen lugar a ninguno de ellos.

El caso es que, en medio de semejante panorama desolador, nueve días después de aquello, el Tour iba a presenciar una de sus jornadas más legendarias. Quizás, la mayor hazaña del último cuarto de siglo. Era la decimoquinta etapa del Tour 1998 y se recorrían 189 kilómetros entre Grenoble, capital de los Alpes franceses, y la cima de Les Deux Alpes tras transitar por la Croix de Fer y por el temible Galibier, este último a 50 kilómetros de la línea de meta.

Dossier – Recorridos históricos de las GV – 1995-2007 | Plataforma  Recorridos Ciclistas
Grenoble-Les Deux Alpes

Jan Ullrich había cogido el amarillo en la octava etapa tras ganar la contrarreloj de Correze. Era Ullrich una locomotora de impresionante pedalada y anchas espaldas que estaba llamado a ser el sucesor de Miguel Induráin. Era el vigente ganador del Tour y contaba con apenas 24 años. La magnificencia con la que había ganado el Tour el año anterior hacía sonrojar cualquier victoria del gigante navarro. Ullrich tenía igualmente controlada la edición de 1998. A la altura de esa decimoquinta jornada, el coloso alemán contaba ya con cinco minutos de ventaja sobre Marco Pantani, un irregular y excelente escalador que meses antes había salido triunfante del Giro de Italia.

Antes, en los Pirineos, primero en la etapa con final en Luchon y luego en la de Plateau de Beille, Pantani llegó a recortar minuto y medio ante un Ullrich que se limitaba a controlar el grupo principal y permitir márgenes poco preocupantes. Llegaron así los Alpes, y con ellos un radical cambio climatológico. Del sol de los Pirineos se pasó a la lluvia, al frío y a un ocasional y doloroso granizo.

Con las piedras de granizo cayendo de costado al pie del Galibier, Fernando Escartín lanzó dos latigazos. Ambos fueron contestados por Ullrich sin cambiar el rictus de su rostro. Al tercer intento Ullrich dejó marchar al pequeño escalador aragonés mientras mandaba a sus compañeros de equipo mantener un ritmo sosegado. Como en los tiempos de Miguel, nadie se atrevía a cuestionar al capo de la carrera, pero, al igual que a Induráin, a Ullrich le hacía mucho daño el frío. Donde otros vieron condescendencia, Pantani vio debilidad. ‘Il Pirata’ cambió de piñón, agarró la parte baja del manillar, dio un golpe seco y soltó un demarraje brutal. Ullrich se fue tras Pantani, pero reventó al poco de ponerse en pie. La pájara fue de época. En la cima del Galibier, a 2.642 metros de altitud, Marco Pantani aventaja a Jan Ullrich en 2’49’’. Por el camino fueron quedando Escartín y un grupo de valientes que marchaban escapados.

Fue un ataque sin sentido, una demostración de fuerza sobrehumana. Pantani era un lobo acosando a un rebaño. Una fiera desbocada demasiado endeble para vencer a la climatología. Solo aquel que alguna vez haya subido un puerto sabrá de la potencia que hay que imprimir para subir una montaña de pie con las manos bajas.

La bajada es de traca. Niebla, frío, dolor y cansancio. Pantani es un papel al que se lo lleva el viento, pero posee una determinación enfermiza. Al llegar a la falda de Deux Alpes no sólo ha conseguido mantener la ventaja, sino que ha logrado aumentarla hasta los cuatro minutos a pesar de los esfuerzos de los compañeros de Ullrich.

Comienza entonces una ascensión apoteósica. Cada golpe de pedal de Pantani es enfermizo. Favorecido por el aguacero, Pantani realiza uno de los ascensos más plásticos jamás filmados. Pedalada a pedalada asalta un golpe en el corazón de Ullrich que se deja en la meta 8’56’’. En la general la ventaja es de 5’56’’ a favor del italiano. Increíble. Al día siguiente, en la etapa de la Madelaine, Ullrich lo intentó todo, desesperado, pero no consiguió sacar a Pantani de su rueda. Llegaría a recortarle un par de minutos en la contrarreloj final, tiempo insuficiente para sacar a Marco de lo alto del pódium.

Jan Ullrich nunca sería el nuevo Induráin. Marco Pantani era el nuevo Coppi. Se convertía en el primer italiano en casi medio siglo en ganar el mismo año el Giro de Italia y el Tour de Francia. Tan sólo Fausto Coppi (1949 y 1952), Jacques Anquetil (1964), Eddy Merckx (1970 y 1972), Bernard Hinault (1982 y 1985), Miguel Induráin (1992 y 1993) y Marco Pantani (1998) han logrado semejante proeza.

McQuaid avisa: “Podríamos quitarle el Tour a Pantani” - AS.com
Tour 1998

Marco Pantani había nacido para volar. Su perfil cumplía el canon del escalador. Enjuto, frágil y delgado, uno de esos seres al que sólo la bicicleta le da el empaque suficiente para ser considerado un hombre. En la burra Pantani era un depredador, un pirata con carisma. Fuera de ella era un pollito asustado, pero honrado y sincero. Marco era de esas personas auténticas que no necesitaba papeles para certificar lo dicho. Llegaba con una mirada a los ojos y un sincero apretón de manos para justificar unas palabras.

Pantani había nacido ciclísticamente en el Giro de 1994. En una de esas etapas terroríficas que han pasado a mejor vida. Cinco colosos que ascender y 240 kilómetros sobre las piernas. Un trueno de apenas 24 años decidió apelar a la épica y lanzarse al vacío obteniendo una prestigiosa victoria. Al día siguiente tocaba subir el Stelvio y el Mortirolo antes de llegar a Aprica. Pantani pegó un hachazo en el Mortirolo y acabaría ganando una etapa que lo consagró como estrella, sucediendo en el corazón de los tifosi a Chiappucci el mismo día que Induráin dijo adiós a una grande por única vez en un lustro maravilloso.

Acabaría segundo aquel Giro por detrás de Eugeni Berzin y por delante de Induráin. Solo dos meses después el gigante de Villava corregía ese error y lograba su cuarto Tour consecutivo. Pantani no lograba esta vez ganar ninguna etapa, pero volvió a hacer la delicia de los aficionados. Con ataques imposibles lograba un meritorio tercer lugar en el cajón del Tour confirmándose como la gran promesa del ciclismo mundial.

Era ese un Pantani muy distinto al de años después. No había bandana en su frente. En su lugar una gorra calada en la cabeza o la frente despejada peleando con las inclemencias del tiempo. Marco intentaba luchar con su galopante alopecia peinando los escasos pelos que circulaban por su cabeza y no había visos de barba que adornaran su rostro. Por supuesto no había pendientes ni tatuajes. Solo su interminable sonrisa dotaba de juventud a un rostro que ya hacía tiempo había dejado la adolescencia.

The World of Cycling on Twitter: "Marco Pantani had his first victory as a  pro on Saturday 4 June 1994 stage 14 of the Giro d Italia.  https://t.co/gGSRuvn3Hf" / Twitter
Pantani. Giro 1994

Para 1995 era la alternativa. Era su año. Lo fue a medias. Un coche se lo llevó por delante en un entrenamiento. Se perdió el Giro. Llegó al Tour justo de forma. Ganó dos etapas, pero no brilló en la general. Dio una exhibición en Alpe d’Huez atacando a pie de puerto, cazando a Jalabert, Virenque y Escartín que marchaban escapados y metiéndole minuto y medio a Induráin en un abrir y cerrar de ojos. Pero días después su amigo Fabio Casartelli se caía descendiendo el Col de Aspet y se dejaba la vida. Pantani, hundido, desconecta y pierde una minutada. Meses después reaparece en el Mundial y logra la medalla de bronce tras Olano e Induráin tras otra portentosa exhibición montaña arriba y montaña abajo.

Con el bronce en el cuello Pantani se va a dar un baño de multitudes a Italia para acabar la temporada. Decide correr la Milán-Turín, una clásica que hoy se disputa en marzo, pero entonces tenía lugar en octubre. Tras salir de una curva, un todoterreno hace una aparición en la carretera y se lleva por delante a ‘Il Pirata’. Se trata de una fractura abierta de tibia y peroné de su pierna izquierda. El coche había surgido de un camino comunal y había atravesado la carretera sin que la organización hubiese previsto el desastre.

Eran cinco meses de baja. Fue más de un año. En el 96 no compite. El Carrera (textil) no renueva su contrato y deja el ciclismo. Se forma el Mercatone Uno (supermercados), un conjunto modesto que apuesta por Pantani como buque insignia jugándoselo todo a una carta. Unos 50 trabajadores dependen de que esa pierna izquierda vuelva a funcionar. Con la presión sobre sus hombros por primera vez en su vida, Marco comienza el Giro de 1997 de menos a más, pero en una etapa de transición un gato negro se cruza delante del pelotón y acaba besando el asfalto. Dolorido, se tiene que bajar de la burra.

No quiere correr el Tour, pero el patrocinador le obliga. Marcha a trompicones, un constipado le hace pensar en dejarlo, pero otra vez el Alpe d’Huez se convierte en su talismán. Realiza otra portentosa ascensión, se convierte en el cuarto ciclista de la historia en ganar dos veces en la montaña mágica y se llena de moral para acabar el Tour en tercera posición y volver a formar parte de la élite del ciclismo mundial.

Archivo:Marco Pantani, 1997.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Alpe d’Huez 1997

Y ese debía ser el techo de Pantani. Por entonces era inconcebible que un escalador pudiese ganar una vuelta de tres semanas. Había interminables etapas contrarreloj que levantaban un muro infranqueable para aquellos especímenes ligeros y soñadores que surcaban las montañas. El Giro o el Tour estaban diseñados para todoterrenos o para rodadores que sabían defenderse en las montañas. Lejos estaban los tiempos de Coppi, Bahamontes o Charly Gaul, escaladores con mayúsculas victoriosos en los años 50. Tan solo Pedro Delgado, vencedor en el Tour de 1988, podría ser considerado uno de esos aventureros. Era la excepción que confirmaba una regla que llevaba vigente un par de décadas.

Mas de 80 kilómetros contrarreloj y escasas etapas de montaña hacen que Marco Pantani estalle contra la organización del Giro 1998. En la primera crono ‘Il Pirata’ es doblado por Alex Zülle y adelantado por Pavel Tonkov. Otra vez a contracorriente y otra vez a ganar etapas de alta montaña que le permitan soñar con el pódium. Pero este Pantani es distinto. Se ha puesto un pendiente, se ha dejado perilla y definitivamente se ha rapado la cabeza. Aun no lleva la bandana en la cabeza, eso será una innovación que se vislumbrará en el Tour, pero ya es un pirata en toda regla.

Se sube entonces la Marmolada, uno de esos puertos dolomíticos donde el retroceso de los glaciares abre hojas de la historia. Era la primera vez que Marco asciende esos 2.050 metros. Jugando con los pedales le pregunta a un compañero de equipo cuando empieza lo más duro, a lo que éste contesta, incrédulo, que ya están en la parte más exigente. Pantani acelera el paso, arranca la moto y se escapa a 50 kilómetros de la meta. Se pone líder por vez primera en su vida. Es la maglia rosa. Dos días después vuelve a reventar la carrera y aumenta su ventaja en otra etapa dolomítica donde se quita el pendiente en medio de la ascensión para aligerar el peso, en otra icónica imagen que quedará en la retina de los aficionados.

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Maglia rosa

Llegaba Pantani a la crono final de 34 kilómetros con 1’28’’ sobre Pavel Tonkov. Insuficiente para aficionados, periodistas y ciclistas. No será así. Pantani no solo mantiene la ventaja, sino que la aumenta en un puñado de segundos. ‘Pantani è Dio’.  Es una celebridad al ancho y al alto de la bota italiana. Se le exige, se le suplica, que acuda al Tour a reeditar la hazaña lograda en tierras transalpinas. Pero Pantani no lo ve claro. Hay dos cronos de más de 50 kilómetros y las etapas que acaban en alto, aunque son durísimas, son escasas. Al final fue, y lo que allí sucedió, como ya contamos, es historia y poesía en movimiento.

‘Il Pirata’ cerraba el año 1998 con ese asombroso doblete Giro-Tour. Su reputación era planetaria. Acudía a saraos de todo tipo y se convertía en efigie de numerosas marcas publicitarias. Su imagen rebelde con perilla, bandana, pendiente y gafas de sol, lo convertían en imán para los adolescentes. Para celebrar el Tour se había teñido la perilla de amarillo, moda que muchos deportistas imitarán en los siguientes años para loar una victoria.

Marco Pantani se presentaba al Giro de 1999 como una estrella mediática. Como el hombre a batir. Y, sobre todo, como el patrón indiscutible del ciclismo de aventuras, del ciclismo espectáculo, que, esta vez sí, estaba sustentado con victorias.

Aquel 1999 se prometía feliz. Pero fue el año en el que Marco Pantani cayó a los infiernos.

Pero esa será otra historia.

Será el próximo viernes.

“Disfruto creando el vacío a mi espalda”. Marco Pantani.

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