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La chaqueta verde de Bobby Jones

Bobby Jones tenía entonces 19 años. Era la primera vez que estaba en Saint Andrews, camino de las Tierras Altas de Escocia. Iba a participar en el British Amateur, uno de los cuatro grandes. En esa época había una clara distinción entre golfistas amateurs y profesionales. Los dos grandes torneos eran el US Open y el British Open. Eran torneos abiertos donde podían competir los que se tomaban el golf como diversión y los que lo usaban como medio de vida. Los otros dos grandes en tiempos de Bobby Jones eran el British Amateur y el US Amateur. Jones ganó los cuatro en 1930. Sigue siendo el único golfista de la historia capaz de completar el Grand Slam en el mismo año. Después estos dos torneos amateurs, aun en funcionamiento, fueron sustituidos en la cúpula del golf por el PGA Tournament y por el Masters de Augusta. Éstos dos últimos, junto al US Open y al British Open, forman en la era profesional el Grand Slam. Pero esa es otra historia.

Volvamos a 1921.

Decía que Robert ‘Bobby’ Tire Jones contaba entonces con 19 años. Jones había encandilado al público durante las dos primeras vueltas. Era la primera vez que el georgiano cruzaba el charco, pero su fama le precedía. Con 14 años había llegado a liderar el US Amateur, aunque los nervios le traicionaron en los hoyos finales dejando el triunfo para un futuro no muy alejado en el tiempo. Aquel día estaba en el campo un tal Grantland Rice, uno de los primeros mandamases del periodismo deportivo, que calificó a aquel niño como ‘potro desbocado’ capaz de obtener lo que quisiera si controlaba sus nervios. Pero Jones, tan genial como insensato, no solo tenía clase, sino que enamoraba al público. Sonreía a diestro y siniestro, se paraba a tomar un refresco u ofrecía chicle a sus descolocados rivales, patidifusos ante un comportamiento tan impropio de un deporte tan rígido como el golf.

El caso es que en 1921 Bobby Jones ya era un hombre hecho y derecho. Tenía el British Amateur a sus pies, pero un vendaval de aire propio de Escocia lo sumió en el fango y hubo que abandonar el liderato de la prueba. Pese a que Jones aún optaba al título, la serie de catastróficas desdichas prosiguió en el hoyo 10, de donde salió con un aparatoso doble bogey (es decir, dos golpes por encima del par del hoyo), y continuó en el hoyo 11, donde la bola se fue a la arena. Cuatro veces lo intentó y las cuatro veces la pelota, terca, volvió hasta su ser. Explotó entonces Bobby Jones. Cogió la bola, la guardó en el bolsillo, rompió la tarjeta de juego donde apuntaba sus golpes y la tiró al río para que la corriente del Mar del Norte hiciese el resto del trabajo. Los escoceses no daban crédito. Nadie abandonaba nunca un torneo de golf, y muchos menos en Saint Andrews. Era como escupirle a tu madre en la cara. Lo de potro desbocado fue lo más bello que le llamaron. Fue como Jesucristo en la cruz. Humillación tras humillación. El escarnio al que fue sometido Jones fue diabólico.

Nunca más volvería a pasar.

Bobby Jones se iba a convertir en el epitome de la caballerosidad, la educación y el buen comportamiento. Bobby Jones iba a ser el mejor jugador tanto dentro como fuera de un campo de golf. Iba a establecer una forma de ser imitada y venerada con el paso del tiempo.

Uncovering Bobby Jones' ideal 18-hole golf course | Courses | Golf Digest
Bobby Jones

Bobby Jones nunca llegó a jugar de forma profesional porque nunca quiso. Se retiró a los 28 años. Ganó el British Amateur (1930), el US Amateur (1924, 1925, 1927, 1928 y 1930), el US Open (1923, 1926 y 1930) y el British Open (1926, 1927 y 1930). Luego, tras ese año 1930 perfecto, se retiró. Tras librar una batalla contra sus impulsos, Bobby Jones encarnó la perfección. Todas sus victorias fueron exquisitas. Todas sus derrotas fueron legendarias. Se cuentan por varias las veces que renunció al triunfo por considerar que no se había comportado de forma correcta. “El golf competitivo se juega en un campo de unos quince centímetros. El espacio que separa tus orejas”, diría en cierta ocasión. Era un caballero, y los caballeros no cobran por jugar. Así que decidió poner fin a su exitosa pero corta carrera.

Y decidió dedicarse a otra cosa.

Bobby había sido un niño enfermizo. A su padre, un reputado abogado de Atlanta, le recomendaron que su hijo practicase deporte para fortalecerse. Así nació la pasión de Bobby por el golf. Con seis años ganó su primer torneo y de adolescente jugaba partidos de exhibición para recaudar fondos para las tropas norteamericanas que combatían en los campos de Europa durante la I Guerra Mundial. Luego, entre victoria y victoria, tuvo tiempo de sacarse dos carreras; una en ingeniería mecánica, otra en literatura inglesa, además de hacer un máster en derecho para unirse al bufete de abogados de su padre.

Cuento todo ello porque Bobby Jones, además de gran deportista, era inteligente y aplicado. Y vivía bien. Muy bien. Por ello no quiso hacerse profesional. Por eso entendía el golf como un pasatiempo. Pero era un pasatiempo caro. Costoso y elitista.

Y Bobby Jones estaba decidido a hacerlo democrático.

En septiembre de 1930, un mes después de su última victoria, Bobby Jones se hizo profesional. Mas su intención no era competir, sino diseñar. Lo primero que hizo fue entablar conversaciones con la empresa de material deportivo Spalding. Les presentó el diseño de unos palos de golf con varillas de acero emparejadas. Hasta entonces los palos eran de madera y aquello era revolucionario. Tuvo tal éxito que aquel juego de palos se mantuvo como el favorito de los profesionales hasta bien entrada la década de 1970.

Su siguiente objetivo fue convertir al golf en una causa popular. Y comprendió con tino como hacerlo. Era entonces la era dorada de Hollywood. Los actores eran nuevos ricos deseosos de obtener estatus social, pero también eran iconos sociales de renombre. A diferencia de empresarios, políticos o gente de alta alcurnia, los actores eran millonarios bien vistos por la sociedad. Gente sencilla a la que admirar e imitar. Jones supo ver más allá y comprender que convertir Hollywood en un campo de golf aumentaría en miles de personas los aficionados de un deporte considerado elitista.

Asociado con Warner Brothers, Bobby Jones apareció en un total de 18 cortos y largometrajes de carácter instructivo en los que tenían protagonismo algunos de los actores y actrices más famosos del momento. Los cortos se emitían en los cines justo antes de la emisión de otros largometrajes de la Warner bajo un sencillo y efectivo eslogan: “Los posibles golfistas del país pueden recibir las instrucciones de Jones por el precio de una entrada de cine”.

Pero la gran obra de Jones iba a ser otra. Durante años buscó una propiedad hasta que su amigo Clifford Roberts dio con ella. Se trataba de una plantación de añil situada en Augusta, Georgia, de donde era su suegra. Donde antiguamente se recogía flor para el tinte de ropa ahora yacía abandonada una inmensidad de tonos verdes. Bobby Jones puso 70.000 dólares para comprar la propiedad y convertirla en un campo de golf. Era 1933.

Un año después nació el Masters de Augusta. Con el tiempo el mejor torneo de golf del planeta.

Jones, conjuntamente con Roberts, concibió innovaciones que pronto fueron imitadas por el resto de torneos. Apostó cuerdas para controlar el flujo de multitudes y separar a golfistas de público. Instaló marcadores en todos los puntos clave del campo a los que añadió colores rojos y verdes para indicar puntajes por encima y por debajo del par. Creó un sistema de invitaciones internacionales para traer al torneo a golfistas de otras partes del planeta y se ofreció gratuitamente a las incipientes televisiones para darle cobertura al evento. Instituyó también el patrocinio y los pases VIP con los jugadores para obtener mayores ingresos.

La obra de una vida - Faro de Vigo
Jones y Roberts

El campo es único. Todas sus distancias son milimétricas y se miden de cero a cinco. El recorrido es siempre el mismo, algo nada habitual en los torneos donde se hacen cambios en los green o reformas en los hoyos. Aquí no. Aquí los 18 hoyos son inalterables. Los hoyos están todos engalanados con numerosas flores que esperan pacientemente su turno en invernaderos y que son retiradas una vez fenece el torneo. Se dice que es un homenaje de Jones al antiguo valor que tenía aquella plantación. Las flores también rodean los búnkeres, los cuales no son de arena, sino partículas de cuarzo procedentes de las minas de Georgia.

En el Masters de Augusta no se puede correr, ni tomar el sol, ni sentarte en la hierba (hay bancos para ello). Tampoco se puede llevar la gorra del revés, ni dar propinas, ni enseñar la marca de tu ropa de manera visible ni llevar tu propia bebida. Son todo normas anacrónicas, pero son todo normas que casan con la idea de caballerosidad, elegancia y estilo que implantó Bobby Jones allá por 1934.

Masters de Augusta, gran impacto millonario
Augusta

Pero si hay algo que distingue al Masters de Augusta es su chaqueta verde. Su túnica sagrada. Los socios del Augusta National Golf Club ascienden a 300. Ni uno más ni uno menos. Solo cuando fallece uno puede acceder otro. A estos hay que añadir a los ganadores del torneo, que automáticamente forman parte del club y pueden jugar allí siempre que lo deseen. Jones y Roberts decidieron que los socios vistiesen una chaqueta verde como símbolo de distinción. Inicialmente la idea era que los socios pudieran ser claramente identificados durante la celebración del Masters cuando, en sus primeras ediciones, recibían exclusivamente un público selecto, de este modo, si alguien necesitaba orientación o asistencia, sabía a quien tenía que dirigirse. La idea fue copiada por Bobby Jones del Royal Liverpool Club Golf cuando asistió a una cena donde los capitanes de campo llevaban americanas a juego, para ser fácilmente identificables por los demás asistentes.

Así la chaqueta verde fue acumulando valor hasta que, en 1949, década y media después de la fundación del Masters de Augusta, Bobby Jones decidiese entregar una chaqueta verde al vencedor anual. Fue Jones quien adjudicó esa primera chaqueta y desde entonces es el vencedor destronado el responsable del acto de entrega al nuevo ganador. Hoy la ceremonia, televisada, se realiza dentro de las instalaciones del torneo y luego al aire libre frente a patrocinadores y público asistente.

La chaqueta solo puede ser usada dentro de las instalaciones del Masters, por lo que nadie puede llevársela como souvenir o como trofeo. La excepción se da entre aquellos que cuentan con más de una chaqueta, caso del español Severiano Ballesteros, pero siempre conservándola de forma privada y jamás vistiéndola o luciéndola en público.

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Bobby Jones aparece siempre en la lista de los mejores golfistas de todos los tiempos. Pero su legado va más allá. Democratizó el juego, lo hizo popular y creó el torneo de golf más conocido y respetado de todo el planeta. Solo una mancha se cernía sobre él cuando falleció en 1971 a los 69 años de edad. Ningún negro había pisado hasta entonces los terrenos del Masters. No sería hasta tres años más tarde, en 1974, cuando Lee Elder se convirtió en el primer afroamericano en competir en Augusta.

Pero esa es otra historia.

“El golf es el juego más parecido de eso que llamamos vida. Usted obtiene mala suerte de buenos golpes y obtiene buenas oportunidades de tiros malos; pero hay que jugar la pelota tal y como te la encuentras”, Bobby Jones.

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Red Bull te da alas

Dietrich Mateschitz estaba a miles de kilómetros de casa. En otro de esos cargantes viajes de negocios. Suerte que entre reunión y reunión siempre se podía sacar unas horas de asueto. Acabada la jornada decidió probar las aguas del Índico. Disfrutar de una de las playas paradisiacas de Tailandia. Allí, con los pies besando la arena, probó una bebida desconcertante. Se llamaba Krating Daeng. Era refrescante, pero sobre todo adictiva. Y, es más. Era mucho mejor que el café. Era ideal para superar el jet-lag de vuelta a casa. Una vez probó la primera, Dietrich ya no pudo parar. Preguntó, indagó, se informó y acabó consiguiendo una cita con un tal Chaleo Yoovidhya, el padre de la criatura. Pronto llegaron a un acuerdo. Yoovidhya vendió su receta a Mateschitz, quien únicamente añadió el dióxido de carbono a la composición original para hacerla más agria. Era 1987.

Acababa de nacer el Red Bull. La bebida energética por excelencia.

Apenas un cuarto de siglo después de aquello a Mateschitz le dio por enviar un hombre al espacio. Félix Baumgartner fue el primer ser humano en romper la barrera del sonido al tirarse en caída libre saltando a unos 40.000 metros de altura. Hubo tal cantidad de gente que vio el acontecimiento que los servidores de Youtube estuvieron a punto de romperse. El evento fue seguido por una audiencia quince veces mayor que la de unos Juegos Olímpicos y llevó a Red Bull a la cima de su fama. Aquella mezcla entra gesta y espectáculo fue el origen de la transmisión remota y móvil en las retransmisiones deportivas.

Quizás ese fue el cenit de Red Bull.

Pero, ¿cuál es el origen?

Antes de ese viaje a Tailandia Dietrich Mateschitz trabajaba para una empresa de cosméticos. Licenciado en marketing, se dedicaba a diseñar campañas publicitarias y era ampliamente reconocido en su mundo laboral. Cuando vuelve de Asia decide dejarlo todo e invertir sus ahorros para comercializar su nueva bebida. Su primera misión es conquistar el mercado de su Austria natal y para ello decide regalar el Red Bull como forma de darlo a conocer. Resuelve suministrarlo en las puertas de universidades e institutos y lo hace con rápido éxito. Dietrich no bebe alcohol y sabe que el Red Bull funcionará en un entorno estresante como el de los estudios. Lo considera ideal para mantenerse despierto en noches de exámenes o en madrugadas de fiesta, tanto para aquellos que beben alcohol como para quienes lo rehúsan.

Una vez conseguido el conocimiento entre los jóvenes lo siguiente es asociar el Red Bull con el riesgo, el vigor y la velocidad, ecuación perfecta para aquellos que rondan la veintena. Ahora ya se puede vender el Red Bull en discotecas, restaurantes y supermercados, pero hace falta un gancho que haga que la genta decida invertir su dinero en esa nueva bebida. Lo primero que hizo Mateschitz fue basarse en el guion habitual. Aquí no hubo improvisación, sino determinación. Decidió invertir una buena suma en Gerhard Berger, por entonces piloto austriaco de Fórmula 1 de la escudería Ferrari. Desde ese primer momento, velocidad y Red Bull harían un binomio inseparable. Las alas del toro rojo se incorporarán al casco de Berger y años después lo harán en el chasis de la escudería Sauber. Berger será la cara que hará al Red Bull popular primero en Austria y rápidamente en el resto de Centroeuropa.

El siguiente paso fue comprar una escudería. Se trataba de un camino mucho más ambicioso, pero Mateschitz, como buen hombre de negocios, sabia cuadrar con perfección el riesgo con el beneficio. En 2004 Ford decidió deshacerse de Jaguar ante una tremenda crisis de ventas. Hubo que despedir a miles de trabajadores de Estados Unidos y deshacerse del equipo de Fórmula 1 en tiempo récord. Mateschitz se hizo cargo de las deudas y compró la plaza de Jaguar por un simbólico e insignificante dólar. Inmediatamente bautizó al equipo como Red Bull y adquirió a mayores la escudería italiana Minardi para convertirla en Toro Rosso (Red Bull) y ser usada como captación de talentos y banco de pruebas. Con motores Ferrari alcanzaría la cima logrando cuatro títulos consecutivos con Sebastián Vettel y dos más con Max Verstappen, el último de ellos con motor propio fabricado en Austria, el último paso del ambicioso proyecto de la escudería de la bebida energética.

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Red Bull F1 2022

Pero antes de eso hubo mucho más. Para expandirse y salir de las fronteras austriacas Red Bull necesitaba algo más cuantioso que un piloto de Fórmula 1. Por entonces, hablamos de mediados de los 90, el dinero gastado en Berger había vaciado las arcas del departamento de publicidad. Por lo que cumplía cambiar de estrategia. Así que Mateschitz decidió apostar por deportes minoritarios, baratos, en los que no habría que inyectar mucho dinero. La ecuación a seguir fue la misma: riesgo + juventud + velocidad. Se apuesta por deportes urbanos como el skateboard, el parkour o por el ciclismo de montaña del BMX, el windsurf o el snowboard. Red Bull se introduce también en el automovilismo de velocidad o en pruebas de parapente. El lema ‘Red Bull te da alas’ da la vuelta al mundo y es sinónimo de desenfado y juventud. La imagen pública es que Red Bull es algo guay, genial, ‘cool’. Luego se decide patrocinar eventos de lo más descabellados que pretenden ser récord Guinness y donde la velocidad, siempre, debe estar presente. En un momento donde se hace efectiva la prohibición de anunciar bebidas de alta graduación y la inmensa mayoría de países impiden el alcohol en la conducción de vehículos a motor, Red Bull es un soplo de aire fresco que tiene el éxito garantizado.

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Red Bull te da alas

Se había logrado la internacionalización y estabilización del producto. Pero faltaba la caza mayor. El fútbol.

Como siempre Dietrich decidió empezar por casa para abrirse al mundo. Mateschitz es de Salzburgo y de pequeño animaba al SV Salzburgo, un modesto club austriaco que desde los 80 era patrocinado por la cadena de supermercados Casino. Desde entonces el Casino Salzburgo creció a nivel local y en 1994 llegó a la final de la Copa de la UEFA que perdió ante el Inter milanés. Era un pequeño éxito, pero mucho más lo será cuando en 2005 Red Bull compre el equipo. Fiel a su ideario, Mateschitz no se contentará con patrocinarlo, sino que al adquirirlo cambia la historia de un club fundado en 1933 que es finiquitado y rebautizado como Red Bull Salzburgo. Se renombra el estadio (Red Bull Arena), se modifica el escudo (dos toros rojos) y se cambian los colores del equipo, pasándose al rojo y blanco corporativos. A pesar de las discrepancias iniciales la ciudad se vuelca con su mecenas y su nuevo club que, desde entonces, ha ganado 13 de 16 ligas posibles y se ha convertido en un habitual de la fase de grupos de la Liga de Campeones.

El mismo año que se fundaba el Red Bull Salzburgo se ponía en marcha en Estados Unidos el Red Bull New York, el cual no ha tenido tanto éxito deportivo, pero es lo de menos. Lo que se buscaba al otro lado del Atlántico, abrazados por la ciudad más famosa del mundo, era conseguir respeto y resonancia para abrirse al mercado más goloso del planeta.

Ese era el primer paso. Pero, como siempre, era el preludio del siguiente. Mateschitz pone sus ojos en Alemania, donde por idioma y cultura, está el mercado más importante al que debe acceder un austriaco. Es Leipzig ciudad de tronío. Cuna de la imprenta y junto con Dresde el núcleo más importante de Alemania del Este. Allí estaba el Dinamo Dresde, imponente club en la época comunista y desde finales de los 90 escuadra que deambula entre la segunda y la tercera categoría. Cuando el Zentralstadion acoja varios partidos del Mundial 2006 el club más representativo de la ciudad era el FC Sachsen Leipzig, por entonces en la cuarta categoría del fútbol teutón. Aquel gigante de cemento con capacidad para 45.000 espectadores apenas conseguía, con suerte, ocupar una quinta parte de sus asientos.

Hasta que en mayo de 2009 se fundaba el Rasen Ball Sport Leipzig. Contrariamente a lo que se pueda pensar la R y la B no son las iniciales de Red Bull, aunque la intencionalidad está fuera de toda duda. El significado del nombre es “deporte de pelota y césped” y venía a sortear la normativa alemana que impide asociar un club con una casa comercial. Mateschitz adquirió la plaza del SSV Markranstädt, un club del extrarradio de Leipzig, y comenzó a competir en la quinta categoría alemana. Meses después le compró al ayuntamiento la propiedad del Zentralstation y lo renombró como Red Bull Arena. Tras cinco ascensos consecutivos el Red Bull Leipzig llegaba a la Bundesliga en 2016. Era el cuarto equipo de Alemania Oriental que lograba tal hazaña.

Desde ese año ha sido el tercer equipo que más ha invertido en fichajes tras el Bayern y el Dortmund y en 2022 consiguió su primer título al vencer en la final de copa al SC Friburgo. Ni aun así ha logrado la aceptación popular, ya que raras veces el estadio se llena para ver al Red Bull. El Dinamo Dresde sigue superando en abonados a un club que es visto con inquina tanto en la ciudad como en el resto de Alemania, al incumplir la norma no escrita de que la propiedad del club debe ser de los socios.

Hoy además del RB Salzburgo, New York y Leipzig también existe el Red Bull Bragantino, con el objetivo de captar a los jóvenes talentos del fútbol brasileño. No en vano, de la academia de fútbol de Red Bull han salido futbolistas de primer nivel como Lukas Klostermann, Dayot Upamecano, Naby Keita, Timo Werner, Joshua Kimmich, Sadio Mané y, especialmente, Erling Haaland.

El ultimo sueño de Dietrich Mateschitz fue conquistar la Copa América de vela. Puso a disposición toda la maquinaria de su equipo de Fórmula 1 para alinearse con el Alinghi suizo y formar el equipo Red Bull de vela con más de 100 personas a pleno rendimiento. Eso sería en 2024. Pero Mateschitz falleció víctima de un infarto antes de ver cumplido el objetivo. Hoy Red Bull cuenta con más de 13.000 trabajadores por todo el orbe y suma más de 8.000 millones anuales en ingresos. Su crecimiento y consolidación está ligado a una revolucionaria iniciativa de expansión comercial a través del patrocinio deportivo. Junto a las motos KTM y la joyería de Swarowski, en la actualidad no existe empresa austriaca más reconocida a nivel mundial que Red Bull.

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Es relativamente habitual que cuando un licenciado estadounidense acabe su carrera cruce el charco y haga una tournée por Europa. Algunos visitan Londres, muchos Roma y todos Paris. Hablamos de gente de cierto nivel intelectual, cultural e incluso económico. Gente que admira el estado de bienestar europeo y ese gusto por trabajar por vivir y no el vivir por el trabajar tan propio de Estados Unidos. Ven Europa con ojos románticos, como una suerte de club de países pequeños con PIB extraordinarios. Un paraíso para disfrutar de una jubilación que se antoja de las más longevas y satisfactorias del planeta.

Y, sin embargo, todos esos jóvenes bien alimentados y bien educados que critican la venta de armas en Estados Unidos y admiran los hospitales públicos europeos, se echan las manos a la cabeza cuando ven que nadie tiene secadora.

Algo propio del tercer mundo.

El 90% de los habitantes de Estados Unidos tienen secadora. Así como casas más grandes, armas en el salón y multitud de problemas cardiacos. Dicen que eso sucede porque el alcohol protege de los problemas de corazón y como los europeos están siempre borrachos bebiendo vino en las comidas…Que un norteamericano tenga una secadora no es una cuestión geográfica, sino cultural. Tanto la tiene el habitante invernal de Wisconsin como el del verano perpetuo de Florida. Tender la ropa al viento es de pobres. Antiguamente era cosa de negros. Los blancos, los blancos más humildes y de casas húmedas del interior de Chicago, tendían la ropa al lado de la caldera. Desde que en los 50 la secadora se hizo accesible y popular a nadie, independientemente de su nivel de renta, se le ocurriría tender la ropa al viento.

En Europa no es así. La ratio de ventas de secadoras es de 1/9 en relación a la de las lavadoras. Sólo en las grandes ciudades, en pisos de metros cuadrados escasos, se le ocurre a alguien montar una secadora. Y no es una cuestión geográfica. Puede que en el sur de Europa el sol abunde, pero de los Pirineos para arriba el astro rey suele desaparecer con prontitud. La construcción de patios de luces, los recovecos de un ático o un sencillo sótano o trastero son válidos para tender la ropa. Incluso se puede colgar al aire libre en pleno invierno. En Manchester o en Oslo a las camisetas se les da la vuelta en el radiador como de un filete se tratase. Es, simplemente, una cuestión cultural. Incluso medioambiental en las zonas más progres del Viejo Continente.

Aunque a menudo Occidente se considera como un todo, la evolución histórica, geográfica y sociopolítica de sus diferentes lugares ha dado lugar a notables diferencias culturales. La amplia extensión de ambos mundos hace que cada región tenga sus particularidades. Con todo, la cohesión de Estados Unidos como única nación hace más fácil la homogeneidad que en Europa. Así un irlandés o un polaco tiende a parecerse más al prototipo americano que a buena parte de los europeos. Peso a lo cual, las secadoras escasean tanto en Dublín como en Varsovia.

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Secado Made in Europe

Escasean las secadoras al igual que las distancias y el tiempo permanecen en dimensiones distintas. Si una iglesia del siglo XIX es moderna para un europeo es antigua para un estadounidense. Si una ciudad está de la playa a unos 100 kilómetros es lejos para un europeo, pero cerca para un estadounidense. Lo haremos en un coche manual y pequeño, frente a los automáticos y grandes de un norteamericano, los cuales no tendrán problema para aparcar en los parkings gigantes que abundan por Estados Unidos. Nuestra semana empieza el lunes, mes y año. La de ellos es mes, domingo y año. Sus colegios son de pago y nadie tiene la obligatoriedad de aprender otro idioma, cuando aquí en el sistema público chapurreas, al menos, tres hablas. Nuestras calles están llenas de historia y las suyas de números, al igual que sus nombres de pila suelen ser también apellidos y sus políticos han de servir en el ejército antes de dar el salto a la política.

Y el deporte. En Europa la historia deportiva se ha cimentado sobre el fútbol. A su alrededor pivotan multitud de disciplinas, pero ninguna de ellas forma parte del tronco central del deporte estadounidense. Tan solo el baloncesto ha conseguido penetrar en el acervo colectivo de ambos continentes. Pero fútbol americano, béisbol y hockey sobre hielo son elementos extraños para el común de los europeos.

Empero, no es la diferencia de gustos lo que separa a europeos y a estadounidenses. La diferencia radica en la forma de concebir que es el deporte. Podemos identificar hasta tres diferencias fundamentales en torno a dicha concepción: a) aficionados; b) sistema de competición; c) objetivos de los clubes.

A) Aficionados:

En Europa las simpatías tienen una dimensión cultural y geográfica. De lo local a lo nacional y de lo nacional a lo internacional. El conglomerado de ligas regionales, nacionales y europeas certifica y pone en valor los sentimientos de cada forofo. Esta distinción es irreal para un estadounidense. Para ellos el campeón de la NFL, la NBA, o la NHL o la MLB es el campeón del mundo. Solo los Juegos Olímpicos son considerados para los estadounidenses un verdadero test internacional en el que enarbolar la bandera nacional.

La densidad de población de Europa Occidental es enorme lo que unido a un número considerable de países hace fácil el desplazamiento de aficionados para ver a su equipo. Esto convierte un partido fuera de casa en una aventura y crea una identidad cultural social entre los aficionados y su equipo. La inmensidad de Estados Unidos (donde caben hasta 18 Francias) limita al televisor el seguimiento del deporte, por lo que hace poco permeable la identificación con los colores.

B) Sistema de competición:

El deporte europeo se basa en tres tipos de resultados: victoria local, empate y victoria visitante. De igual modo, cuando existe un torneo de eliminatoria directa se establece un sorteo. Dicho sorteo funcionaba como una lotería donde el azar hacía su aparición. Solo en tiempos modernos e, influido por la tendencia estadounidense, se establecieron los condicionantes y los cabezas de serie. Al otro lado del Atlántico toda liga sirve como un proceso de selección natural en el que los mejores se clasifican para un torneo final eliminatorio en el que los cabezas de serie se eligen por el porcentaje de victorias.

En la opinión del que escribe está diferencia radica en el concepto de justicia. Para un europeo el resultado de una liga regular demuestra quien ha sido el mejor a lo largo de un recorrido, Quien ha sido el más fuerte a lo largo de una temporada. Esto implica que los mejores ganarán, pero, por un sentido de justicia y caridad, deben existir otros torneos donde el débil tenga su oportunidad. En las eliminatorias (copas) el azar sirve como balanza de la justicia que demuestra que, aparentemente, todos somos iguales. Es como el pan de los pobres que mantiene la ilusión de la felicidad.

Para un estadounidense no existe sentido de la justicia que pueda hacer creer que los últimos clasificados de una liga merezcan tener alguna opción de victoria. Sin embargo, crean ligas que irremediablemente cuentan con ‘playoffs’ por el título para demostrar que la justicia es igual para todos. Los mejores siempre parten con ventaja, pero deben demostrarlo, tanto a la larga como en las distancias cortas. Aquí el que manda juega con las cartas marcadas, pero siempre tiene que jugar. La justicia es igual para todos. La incertidumbre del resultado, y he aquí el quid de la cuestión, es mayor en el deporte norteamericano, aunque la sensación para el aficionado es que es mayor en el deporte europeo.

C) Objetivos de los clubes:

El objetivo de cualquier club es lograr el éxito. En Europa existe un sistema de ascensos y descensos en el que los fondos económicos se distribuyen en función de la categoría y de forma solidaria entre clubes a través de entes nacionales e internacionales. Trepar en el escalafón, sea como sea, es el objetivo para lograr el éxito deportivo. En Estados Unidos un club es una franquicia, donde un propietario, a través de su dinero, mantiene a su equipo en una liga independientemente de sus resultados deportivos. Todo se basa en la solvencia y en el crecimiento económico, y solo a través de la financiación correcta se puede alcanzar el objetivo deportivo.

Este sistema repercute directamente en los deportistas. En Europa sus sueldos dependen de las vicisitudes de su equipo y son altamente variables. En Estados Unidos dependen de sus méritos deportivos y son intocables tanto a la baja como al alza hasta que vencen sus compromisos contractuales.

Esto lleva directamente a una forma frontalmente distinta de entender la captación del talento.

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Fiesta universitaria

— ¿POR QUE LOS DODGERS NO SON EL MADRID NI MESSI ES LEBRON? —

Pocos conocerán a Randy Livingston. Normal. En doce años de carrera profesional jugó en infinidad de equipos. Concretamente en catorce equipos. En alguno de ellos de manera testimonial. Fueron dos los partidos que jugó con los Golden State Warriors y cinco en los que defendió la camiseta de los Chicago Bulls. En los Idaho Stampede de la liga de desarrollo de la NBA llegó a militar en cinco diferentes ocasiones en un espacio de ocho años. Y sin embargo Randy Livingston es un jugador de baloncesto venerado allí donde nació.

Porque en Nueva Orleans, en el estado de Louisiana, Randy Livingston es una leyenda viva. Asistió al instituto Newman de su ciudad natal con cuyo equipo de baloncesto logró el título de mejor jugador de secundaria de Estados Unidos en 1992 y 1993. Después logró una beca deportiva que le permitía ir a cualquier universidad del país. Decidió quedarse en casa y estudiar en la LSU, la Universidad Estatal de Louisiana. Que luego una lesión de rodilla cerciorase su carrera fue del todo inoperante. Randy Livingston es un icono de su comunidad.

Historia parecida es la de Herschel Walker. Nacido en Wrightswille, en el estado de Georgia, Walker compitió en el instituto de su pequeño pueblo donde logró la hazaña de guiar a su colegio a ganar el campeonato estatal de secundaria de fútbol americano en 1979. Al igual que Livingston, Herschel Walker decidió quedarse en casa y apostar por la Universidad de Georgia, donde también fue elegido mejor jugador del país y en 1981 ganó el campeonato universitario de Estados Unidos. Pero a diferencia de Livingston, Walker tuvo una carrera profesional fructífera que le llevó de Nueva Jersey a Dallas y de Dallas a Minneapolis, aunque jamás alcanzó los éxitos que logró como amateur en Georgia. Hoy Walker lucha por ser senador republicano por su Georgia natal.

Viajemos a Europa. Zlatan Ibrahimovic nació en Malmö, la ciudad más meridional de Suecia. De padre bosnio y madre croata, apenas jugó 40 partidos con el club sueco antes de firmar por el Ajax de Ámsterdam. Ahí inició una carrera antológica que le ha llevado a anotar más de 500 goles y a ganar títulos con algunos de los clubes más importantes del mundo, caso del FC Barcelona, el Manchester United, el PSG o las tres grandes escuadras italianas (Inter, Milan y Juve). Ibra es un dios del fútbol. Su carrera profesional es infinitamente superior a la de Walker o Livingston. Pero Ibra no es un dios en Suecia. Nunca ha tenido una actuación relevante con su selección. Es más. Ha renunciado sistemáticamente a defender la camiseta nacional y ha solicitado regresar cuando le ha convenido. Ni siquiera en Malmö es un ídolo. A la estatua de Ibrahimovic que daba la bienvenida a la ciudad de Malmö le fue amputada la nariz y fue tirada al suelo cuando Zlatan decidió entrar en el accionariado del Hammarby IF, club de Estocolmo y tradicional rival del equipo de Malmö. No, definitivamente Ibrahimovic no es un referente para su comunidad.

En Estados Unidos no existen las subvenciones estatales deportivas. Tan solo aportes económicos de la administración local. La economía del país obedece a la ley de la oferta y la demanda, y así funciona su sistema deportivo. Son los colegios los que tratan de captar talento en función de la disciplina, la productividad, el trabajo y el control. No se busca el modelo europeo de ‘fair play’ sino el modelo de excelencia. Ganar por encima de todo. A través de donaciones, publicidad y eventos financian los colegios su estructura académica. Del colegio se pasa al instituto (high school), donde se crea un vínculo con la sociedad. Esos deportistas llevan el nombre del instituto a lo largo del estado (o del país) y dan notoriedad a los mecenas que han llevado a esa institución al éxito.

Esos deportistas son captados por universidades que ofrecen becas deportivas para completar unos estudios que son prohibitivos para buena parte de los estadounidenses. A cambio, la universidad podrá obtener ingentes beneficios gracias a los ingresos televisivos, venta de mercadotecnia o control de derechos de imagen. Hay que tener en cuenta que los partidos universitarios reúnen a miles de espectadores en directo y a millones por televisión. Un entrenador universitario de fútbol americano o de baloncesto gana más dinero que el rector de la universidad.

Los más exitosos de estos atletas pasarán a la rueda del deporte profesional, mientras que la mayoría de ellos acabarán sus licenciaturas y entrarán en el mercado de trabajo. Suceda lo que suceda habrán formado parte de una comunidad. Quizás Michael Jordan sea el deportista más grande de todos los tiempos. Y lo es por sus hazañas con los Chicago Bulls, pero Jordan lo que es, es un ‘Tar Heel’ de la universidad de Carolina del Norte. Allí se formó como persona y como deportista. Fue allí donde decidió vivir una vez retirado y fue allí donde decidió invertir millones de dólares para comprar una franquicia de la NBA y no en el Chicago donde se convirtió en el hombre más famoso del mundo.

No sucede lo mismo en Europa. Aquí el deporte es diversión y formación. Está tutelado por los entes públicos, los cuales construyen los recintos deportivos. La idea es crear buenos hábitos, fomentar el compañerismo y desarrollar las capacidades psicomotrices de los niños. Salvo casos extraordinarios, solo cuando el niño se convierte en adolescente se empieza a pensar en su carrera profesional como deportista.

Y aquí estriba la gran diferencia. Ibrahimovic no jugó para un instituto ni para una universidad. Fue captado por un club privado quien lo formó en sus categorías inferiores y lo convirtió en profesional cuando consideró que estuvo preparado. No existió red de seguridad. Tuvo que escoger entre estudiar o dedicarse al fútbol. En Europa nadie es recordado por los goles que metió en la universidad. Simplemente porque esa opción no existe para el deportista de élite. Tomas el control de tu vida joven, seguramente excesivamente joven, y a cambio eres libre de decidir donde y para quien jugar. Quizás construyas un vínculo con una ciudad y su club de fútbol, pero lo normal es que no eches raíces ni edifiques vínculos e intentes labrarte una carrera de éxito por ti mismo sin tener en cuenta a tu comunidad.

Herschel Walker says he's been transparent about past violence - has he?
Herschel Walker

Lionel Messi nació en la ciudad argentina de Rosario y se formó en las categorías inferiores de Newell’s Old Boys. Allí estuvo hasta los doce años, por lo que pocos tienen recuerdo de él. Es así porque las categorías inferiores fuera de Estados Unidos son objeto de divertimiento y recuerdo y solo en épocas recientes los datos y las estadísticas han tenido una razón de ser. Es el salto al profesionalismo lo que marca la diferencia en Europa. Es así que Messi se convirtió en profesional con el FC Barcelona a los 16 años. Es en Barcelona donde ha cosechado sus éxitos por todos conocidos y es en la Ciudad Condal donde se ha convertido en una figura imperecedera que traspasa los límites del deporte. Messi es argentino de corazón y de sentimiento y anhela ganar el Mundial con su país para sentirse querido y reconocido por los que lo vieron nacer. Pero por mucho que quiera y por mucho que lo desee Messi jamás será rosarino. Nunca será Maradona. Messi ha sido criado, modelado y tutelado por Can Barça. Messi es patrimonio catalán, a pesar de que nunca ha hablado catalán.

Lebron James nació en un barrio marginal de Akron, suburbio al sur de Cleveland. Estudió en el instituto católico de Saint Vicent y Saint Mary donde sus estadísticas fueron contabilizadas al milímetro y se convirtió en campeón nacional y mejor jugador del país. Declinó declinar formarse en una universidad y dio el salto al profesionalismo a través de los Cleveland Cavaliers. De inmediato se convirtió en el hombre del momento, aunque tuvo que marcharse a Miami para ganar su primer anillo de la NBA. En aquel instante se convirtió en un Judas, pero con el tiempo regresó a Cleveland para hacer campeones por vez primera a los Cavaliers. Hoy Lebron James es una de las pocas figuras deportivas que pueden hacer sombra a Leo Messi a nivel global, pero su impacto a nivel local es inimaginable para el bueno de Leo. Ha construido escuelas, orfanatos o museos en su ciudad natal y, sobre todo, se ha convertido en ejemplo y referente para la comunidad de Akron y de Cleveland, a la que siempre hace referencia en cada una de sus intervenciones públicas.

Al igual que en el caso de Lebron, es habitual que el deportista estadounidense devuelva parte de lo que le fue otorgado por su comunidad. Obviamente el sistema de bienestar europeo hace impensable que sea un mecenas quien tenga que construir una residencia de ancianos o una biblioteca. No solo eso. La existencia de un mecenas es criticable por cierta parte de la sociedad. La necesidad del mecenas en Estados Unidos es reflejo de un sistema social y económico opuesto. Pero en el caso que nos ocupa, la figura del mecenas deportista en Europa es difícil de ver debido a esa inexistencia de vínculos primigenios con la comunidad formativa.

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Lebron King Caridad

El Real Madrid fue fundado en 1902. Camino de los 125 años de historia posee el palmarés más exitoso del fútbol mundial y en sus filas han militado alguno de los jugadores más famosos de todos los tiempos. Pero el Real Madrid podría estar un siglo sin ganar título alguno y su fama se mantendría inquebrantable. Su estadio es un museo en movimiento que se mantiene en el corazón de la ciudad desde tiempos pasados y su escudo y su camiseta apenas han sufrido pequeños cambios inapreciables para el aficionado medio. El club, aun profesionalizado y convertido en una empresa multinacional, sigue siendo propiedad de unos socios que con sus críticas y reproches pueden hacer cambiar el devenir de la entidad de una semana para otra. El Real Madrid es un club global, español, pero, sobre todo, es un club madrileño. No se entiende la ciudad de Madrid sin su Real.

Los Ángeles Dodgers son junto a los Yankees de Nueva York el club de béisbol más valioso del mundo. Son el buque insignia de una ciudad de cerca de cuatro millones de habitantes y un área metropolitana de 20 millones. Han ganado siete veces las Series Mundiales y su estadio es el de mayor capacidad del país. Pero los Dodgers no son de Los Ángeles. No lo son porque no son un club, son una franquicia. Los Dodgers nacieron en 1883 en la otra punta del país, concretamente en el barrio neoyorkino de Brooklyn. Allí estuvieron hasta 1957, cuando el propietario decidió trasladar al equipo a California. Por el camino hay títulos en Brooklyn como en Los Ángeles, al igual que los Lakers de la NBA poseen entorchados en Minneapolis como en Los Ángeles. Nadie duda que los Dodgers son el equipo de L.A, pero ni su historia ni si cultura ni, quizás, su futuro, están en la ciudad que vio nacer a Hollywood.

La emoción es una pauta filogénicamente aprendida que se desencadena por un suceso intenso. La pertenencia, la identidad y la identificación con unos valores agravan ese sentimiento. En Europa ser de un club de fútbol es sinónimo de ser habitante de esa ciudad. Las rivalidades entre clubes crean resentimientos entre ciudades, aunque los odios solo ocupen el plano deportivo. Pertenecer a un equipo de fútbol es pertenecer a una secta religiosa con tradiciones centenarias. Implica formar parte de una tradición y un legado en el que por lo general el árbol genealógico ha tomado parte.

Descubre las peñas del Real Madrid | Real Madrid C.F.
De padres a hijos

“En Estados Unidos todo el mundo es de la opinión de que no tiene superiores sociales, ya que todos los hombres son iguales, pero no admitir que tiene inferiores sociales, ya que la doctrina de que todos los hombres son iguales sólo se aplica hacia arriba, y no hacia abajo”. Bertrand Russell.

“El ejemplo de Estados Unidos es absurdo. Si Estados Unidos estuviese en el centro de Europa no resistiría ni dos años la presión del resto de las monarquías”. Napoleón Bonaparte.

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El miedo escénico (90 minuti en el Bernabéu son molto longos)

Como el caballo de Atila. Así se puede resumir la historia del Real Madrid de Di Stéfano. La historia del Madrid de las cinco Copas de Europa. Aquel huracán blanco arrasó a sus rivales. Sí, hubo eliminatorias igualadas contra el Rapid Viena o el Manchester United y hasta un partido de desempate frente al Atlético de Madrid, pero la sensación de superioridad era manifiesta. Es cierto que en tanto en la primera como en la quinta hubo de remontar goles iniciales del Stade de Reims y del Eintracht respectivamente, empero, salvo en la final de 1957 frente al AC Milan (3-2 en la prórroga), no existió nunca la sensación de que el Real Madrid podía ser batido.

Fueron los años en los que se formó la leyenda del Real Madrid. Una leyenda creada por dos hombres a cada cual con más carácter y más autoridad; Santiago Bernabéu y Alfredo di Stéfano. El primero había sido jugador, entrenador y secretario técnico del Real Madrid cuando el club merengue no podría ni concebir lo que es en la actualidad. Fue Bernabéu el que firmó a Samitier del FC Barcelona (una suerte de Luis Figo) y a Ricardo Zamora, una de las estrellas más rutilantes del mundo en tiempos pretéritos. Tras el fin de la Guerra Civil se empeñó en construir un estadio descomunal en el extrarradio madrileño para la modesta masa social que entonces tenía el conjunto blanco. Mas pronto que tarde ese estadio se bautizará como Santiago Bernabéu y pronto el Real Madrid se convertirá en el club más legendario de Europa.

Alfredo di Stéfano aterrizó en España en 1953. Por entonces el Real Madrid sumaba dos ligas en dos décadas. Con ‘La Saeta Rubia’ sumó ocho en un decenio amen de las cinco primeras Copas de Europa. Es ahí cuando nace el mito del Madrid. Ganar, ganar y volver a ganar, como bien explicó Luis Aragonés, un símbolo, pero un símbolo de la otra parte de Madrid. Ganar por encima de todo, pero siempre con señorío. ¿Y qué es el señorío? El señorío es actuar como Di Stéfano. Correr, encimar, protestar, defender y gritar durante 90 minutos. Ser igual de genio como de perro en el campo. Ser igual de admirado que odiado, pero, al finalizar el encuentro, ni regocijarse por la victoria ni mostrar rencor por la derrota.

Esas han sido las líneas maestras del Real Madrid desde entonces y con ellas se ha hecho grande y respetado hasta la saciedad. Pero la historia del Madrid no ha sido siempre una historia de éxito. Fueron 32 años sin ganar la Copa de Europa. Si el Madrid no llega a sumar la séptima un 20 de mayo de 1998 es probable que no fuese elegido por la FIFA como el mejor club del siglo XX. No hacía mucho que el Spartak de Moscú (1-3) o el desconocido Odense (0-2) habían eliminado al Madrid de Europa en el Bernabéu.

El caso es que hubo un tiempo en el que el Madrid acumulaba fracaso en Europa año tras año. Eso incluye también mancillar el sagrado coliseo de la Avenida de la Castellana. Desde que en 1962 el Real Madrid perdió por primera vez un partido en casa en Copa de Europa (fue ante la Juventus por 0-1) han sido muchos más. Y no hay que retrotraerse demasiado en el tiempo para ver actuaciones desconcertantes y humillantes. Ni siquiera hay que rememorar la década ominosa (2003-2013) en la que el Real Madrid caía una vez y otra vez en octavos de final. En los gloriosos años recientes el Madrid ha perdido en casa ante el Spartak Moscú (0-3), el AFC Ajax (1-4), y esta misma temporada ante el todopoderosísimo Sheriff Tiraspol (1-2).

Así pues, ni el Santiago Bernabéu es intocable ni su leyenda está ligada al Real Madrid victorioso de Alfredo Di Stéfano.

¿De dónde viene entonces la leyenda del Santiago Bernabéu?

Nostalgia Futbolera ® on Twitter: "Estadio Santiago Bernabéu, Real Madrid.  Entre 1970-diciembre 1972. https://t.co/9rrrGkoT1M" / Twitter
Santiago Bernabéu. Año 1970.

En esa longa noite de pedra que vivió el Real Madrid durante más de tres décadas hubo momentos mejores y peores. A los blancos les tocó de cuando en cuando abandonar su tan querida Copa de Europa y arrastrarse por la segunda competición continental, la por entonces Copa de la UEFA. A decir verdad, la UEFA no tendría el prestigio ni la pomposidad de la Copa de Europa, pero su nivel era ciertamente superior. Si a la ‘Champions’ iban solo los campeones ligueros a la UEFA iban el segundo, tercero y cuarto de las ligas más potentes del continente.

Durante dos campañas consecutivas (84/85 y 85/86) el Real Madrid logró alzarse con la Copa de la UEFA. Hoy son dos títulos arrinconados en la sala de trofeos de la Castellana. Por entonces fueron un balón de oxígeno para un club que había perdido el respeto de Europa.

Fue entonces cuando se creó el mito de la indestructibilidad del viejo Chamartín. Cualquier derrota fuera de casa era levantada en el Bernabéu por un pandemónium inexplicable a través de unos futbolistas que, además de manosear con belleza a la pelota, corrían, encimaban, protestaban, defendían y gritaban en comunión con un estadio y con el apoyo y el patrocinio de una camiseta y un escudo predestinado.  

Todo empezó con el RSC Anderlecht. Atlético de Madrid, Real Betis, Real Valladolid y Real Madrid. Esos eran los cuatro participantes españoles en la Copa de la UEFA 1984/85. A dieciseisavos de final solo llegaron los merengues. Su rival era el conjunto belga, que contaba con Morten Olsen, Scifo o Vercauteren en sus filas. En ida ganaron con claridad (3-0) y parecía imposible que remontaran. El público acudió escéptico al campo, pero en quince minutos ya iban dos goles y al descanso el Madrid ganaba por 4-0 (Valdano (2), Sanchís y Butragueño). Por entonces el Bernabéu ya era una olla a presión y luego sería un festival cuando el Buitre anote otros dos tantos en la segunda parte para un choque que acabó 6-1.

El nombre de Butragueño había sido coreado por vez primera en el Bernabéu en la eliminatoria anterior. El HNK Rijeka, hoy croata entonces yugoslavo, había vencido por 3-1 en la ida. En la vuelta el marcador al descanso era 0-0. Fue entonces cuando entró al campo Butragueño, por entonces un meritorio suplente de Santillana y Valdano. El madrileño fue el revulsivo para la remontada (3-0), empequeñecida por la que semanas después se perpetró ante el Anderlecht.

‘Revista de Occidente’ es la publicación de divulgación cultural más antigua editada en España. Fundada por Ortega y Gasset, en 2023 cumplirá un siglo de vida, tan solo apagada en las primeras décadas del Franquismo. Es ‘Revista de Occidente’ lugar de filósofos, ensayistas y eruditos, y fue un punto de encuentro político durante la Transición. Bajo ese paraguas académico llegará a escribir un artículo Jorge Valdano. Además de fenomenal delantero (gol incluido en la final de un Mundial), Valdano era, y es, un filósofo del balón. Tras colgar las botas, ha escrito varios libros y ha sido galardonado por sus artículos y su trabajo periodístico. Así entonces, que un futbolista de 31 años escribiese un artículo en ‘Revista de Occidente’ titulado ‘Miedo escénico’ era una rareza en el mundo del fútbol, pero que se torna en corriente conociendo al personaje.

Valdano cogió prestado el término ‘miedo escénico’ acuñado por el escritor colombiano García Márquez en un artículo escrito años atrás hablando sobre los diferentes miedos del ser humano. Márquez consideraba el escénico (hablar en público, relacionarse con los demás, encajar) como el mayor de los miedos. Para Valdano, lo que el Anderlecht había padecido en el Bernabéu era miedo escénico, y lo describía de la siguiente manera: «Cada miércoles europeo, un carnaval a destiempo, ruidoso y orgullosamente disfrazado de blanco, nos espera en nuestro feudo con una confianza casi irresponsable en nuestras posibilidades. Resultados escandalosamente desfavorables fueron superados frente a gloriosos representantes gracias a actuaciones poco menos que milagrosas, pero que son enteramente explicables apelando a elementos que van más allá de lo estrictamente futbolístico. Las razones técnicas, tácticas e incluso físicas que dan a un equipo su fisonomía, que hacen su estilo, responden, en primer lugar, a las peculiaridades de cada jugador y, en segundo término, a las pretensiones del entrenador (…) Pero un equipo es, sobre todo, un estado de ánimo, y el Real Madrid ha sabido cuajar un carácter tan peculiar y cimentado que ha terminado por convertirse marca registrada que el público exige, obligando al jugador, y que se va perpetuando en el tiempo. Así pues, aun entendiendo que los grandes equipos se hacen a partir de grandes jugadores, hay aspectos puramente emocionales de importancia trascendental en el desarrollo de un encuentro futbolístico. Sabemos que el escudo del Real Madrid no tiene el poder de las hadas para hacer ganar sin esfuerzo, capacidad y organización (…) Sacrificio, orden y un. equipo en tecnicolor son atributos indiscutibles de un grupo preparado para las grandes exigencias, que valora y utiliza la confianza de 90.000 entusiasmados deseos que, al mismo tiempo, cuelgan en cada jugador adversario una mochila cargada de inseguridad, timidez y miedo”.

Plano Deportivo Jorge Valdano, elegido para el Salón de la Fama del Futbol
El poeta del balón

El artículo fue acogido con entusiasmo en los mentideros del fútbol. Se había creado el sustrato que iba a sostener como parte del Madrid la magia del Bernabéu y el espíritu de las remontadas. Aún habría algo más. En cuartos el rival era el Tottenham. Aquí la ida tocó en casa. 1-0. Para la vuelta se esperaba una derrota. Se acusaba al Madrid de blandito. Contaba con veteranos como Camacho, Santillana o Stielike, pero también como imberbes como Sanchís o el citado Butragueño. El Tottenham salió a muerte en White Hart Lane. Al descanso el resultado era 0-0, pero era cuestión de tiempo que llegase el gol inglés. No fue así. En el intermedio Amancio, entonces técnico madridista, no dijo nada. Únicamente se bajó los pantalones y enseñó a sus jugadores las cicatrices y marcas de guerra de sus gloriosos años como futbolista.

Nadie se achantó. El Madrid aguantó el 0-0 y se clasificó para semifinales. Eso también es la grandeza del Madrid.

En semis tocaba el Inter. Los italianos eran muy favoritos. En la ida jugada en Italia hay un 2-0 en un horripilante partido madridista. Pero lo peor no fue la derrota. Butragueño acabó tocado y Amancio se acercó a la habitación del Buitre para ver cómo estaba. No había nadie. Pero escuchó jaleo en otra habitación. La sorpresa del técnico coruñés fue mayúscula al ver a Butragueño leyendo un libro mientras Juanito y Lozano intimaban con dos italianas. Habría sanción económica a los dos conquistadores por el escándalo y la injusta destitución de Amancio como técnico merengue. La realidad es que el equipo marchaba mal en la Liga y el núcleo duro (Salguero, Miguel Ángel, Juanito, Stielike, Camacho) lo culpaba de favorecer a los jóvenes.

Se le da las riendas a Luis Molowny, habitual apagafuegos. Toca otra machada. A diferencia del día del RSC Anderlecht ahora el Bernabéu si cree en la remontada. Hay pancartas que hablan del miedo escénico. Era un Bernabéu distinto al actual. Ya tenía la marquesina cubierta instalada un par de años antes con motivo del Mundial de 1982 y había reducido su aforo de los 120.000 espectadores originales a 90.000 para dotar de asientos al estadio. Pero era un Bernabéu donde las calvas eran habituales. Muchas familias se habían alejado del campo por culpa de la televisión (en color -un bombazo-) y por la creciente presencia de ultras detrás de la portería. Además, la instalación de vallas preventivas creaba una barrera de separación entre jugadores y aficionados que no favorecía la comunión del estadio.

Ese día no. Chamartín estaba a rebosar. El Bernabéu amedrentó a los italianos. Santillana en el 12 tras un rechace y luego antes del descanso con otro de sus cabezazos eternos igualaba la eliminatoria. El éxtasis llego al poco de iniciarse la segunda parte cuando un tiro cruzado de Michel bata a Walter Zenga. El público, en pie, gritaba ¡Así, así, así gana el Madrid! Al acabar el choque Collovati atiende a los medios y dice comprender como al Anderlecht le pudieron caer seis.

La final a ida y vuelta fue un paseo ante el Videoton húngaro que sorpresivamente había derrotado en los penaltis al Manchester United. Carlos Santillana ejercía como capitán y levantaba un trofeo tras años de sin sabores en Europa.

1984/85: Madrid awake from European slumber | UEFA Europa League | UEFA.com
UEFA 84/85

A decir verdad, la primera hazaña del Real Madrid en Europa se había producido años atrás. Aun no estaban ni Valdano ni Juanito, pero si Camacho o Santillana. Eran los octavos de final de la Copa de Europa de 1976. El rival el Derby County. Por entonces el favoritismo no era lo abrumador que sería en la actualidad. Al contrario. El Derby County había vencido en la ida por 4-1 con una autoridad aplastante. Jamás el Madrid había remontado hasta entonces una diferencia de tres goles en Europa. Roberto Martínez anotó al poco de empezar a pase de Santillana, pero hubo que esperar a la segunda parte ver un 3-0. El Derby anotó un gol más y en un arreón final Pirri marcó el 4-1 de penalti llevando el partido a la prórroga, donde Santillana hizo el 5-1 que clasificaba al Madrid. Fue el éxtasis, pero fue efímero. El FC Bayern pasó por encima del Madrid en el que fue el último partido europeo de Amancio.

Para la temporada 1985/86 el Real Madrid repetía participación en la UEFA. El Barça había ganado la Liga y jugaría la Copa de Europa. Es un Madrid más fuerte. Ramón Mendoza es el nuevo presidente y firma a Maceda, Gordillo y Hugo Sánchez. Santillana y Juanito pasan a ser suplentes habituales y la ‘Quinta del Buitre’ da el paso definitivo hacia el estrellato. Esa será la primera de las cinco ligas consecutivas que ganará el Madrid. En la UEFA se plantará en octavos junto al Athletic Club que caerá ante el Sporting de Portugal. Al Real Madrid en octavos le toca jugar ante el Borussia Mönchengladbach. Será el primero de otro camino lleno de sobresaltos como visitante y de heroicidades como local.

Se pierde 5-1 en Alemania y el ‘miedo escénico’ debe hacer de nuevo su aparición en el Bernabéu. Un gol de Carlos Santillana en el último minuto desde el suelo y tras infinidad de rechaces, resume la fe, el corazón y los bemoles que dan cuerpo a las remontadas blancas. Antes de eso tocó arrebato y nueva clase magistral de pandemónium. Hay decenas de ataques en oleadas con Maceda ejerciendo de todocampista y con balones de área a área dejando inerte el centro del campo. En el minuto 19 Valdano ya había colocado el 2-0, pero no sería hasta los diez minutos finales cuando Santillana apelase a la épica para firmar el 4-0 definitivo.

Por entonces el ‘miedo escénico’ había calado en el madridismo, pero falta un aquel que llegara al corazón de los madridistas. Era una suerte de evangelio basado en las entrañas de la religión, pero su redacción había estado a cargo de un erudito. No solo Valdano tenía de todo menos pinta de futbolista. Había muchos chicos buenos y hasta a unos cuantos de ellos les dio por sacarse una carrera. Pero en el vestuario también los había de pelo en pecho, de esos que hablaban tanto con el estómago como con la lengua. Estaban Camacho, Maceda o Hugo Sánchez. Y para que el ‘miedo escénico’ llegase a las masas y se quedara en el acervo colectivo del madridismo hacía falta algo más.

Hacía falta que hablara Juanito.

Como Raúl, Juanito pasó por la cantera del Atlético de Madrid antes de convertirse en ‘pope’ blanco. Juan Gómez era un talentoso mediapunta de fuertísimo carácter y profundamente temperamental. Alguien dejó escrito que tenía el demonio de los extremos y, siendo diestro, la sensibilidad de un zurdo. Era un buen futbolista, pero palidecería en el vestuario del Real Madrid actual. Sin embargo, pocos podrán superar a Juanito en amor y lealtad merengue. Nadie representa como él a aquellos que ven en la camiseta del Real Madrid una segunda piel.

Juan Gómez González "Juanito". - Mundo Real Madrid
El ‘7’ maravilla

En semifinales vuelve a tocar el Inter. En San Siro ganan los italianos por 3-1. Al acabar el choque Juanito se retira con una sonrisa camino de los vestuarios y lanza una boutade para que sea escuchada al mismo tiempo por sus rivales y por la prensa, para que los plumillas se encarguen de difundirla a los cuatro vientos: “90 minuti en el Bernabéu son molto longo”.

Juanito sabía de italiano tanto como yo de arameo. Nada. Cero. Pero la frase resonó como un trueno durante la semana siguiente. Si Valdano había sido el erudito, Juanito había traducido su relato para que fuese entendido por la masa. El ‘miedo escénico’ pasó a ser ‘el espíritu de las remontadas’. Y cuando años más tarde un coche se lleve por delante al genio de Fuengirola, ‘el espíritu de las remontadas’ pasará a ser ‘el espíritu de Juanito’.

El partido fue de escándalo. Al descanso se llegó con 1-0 con gol de Hugo. Luego anotó Gordillo y recortó Brady, hasta que Hugo de penalti puso el 3-1. En la prórroga fue Santillana, suplente casi todo el año, el que anotó dos cabezazos poniendo el 5-1 definitivo y recordando porque años atrás era el mejor rematador de cabeza del mundo.

90 minutos en el Bernabéu habían sido ‘molto longos’, pero en la final la ida tocaba en casa. Fue un vendaval de juego. Una completa exhibición, quizás el mejor encuentro en dos años. Aquí no hubo testosterona, sino clase y calidad. Y hasta hubo remontada porque el FC Colonia se adelantó por medio de Klaus Allofs. Acabaría ganando el Madrid por 5-1 haciendo bueno el 2-0 de la vuelta donde Schumacher, Littbarski y compañía apretaron, pero un par de paradas formidables de Agustín cerraron el partido dándole al Real Madrid su segunda Copa de la UEFA consecutiva.

Madrid-Inter, un duelo 'vintage' - AS.com
Siempre gol de Santillana

La temporada siguiente el Real Madrid volvía a la Copa de Europa. Se remontó al Young Boys en dieciseisavos (1-0 en Suiza y 5-0 en España) y al Estrella Roja en cuartos (4-2 en Belgrado y 2-0 en Madrid) pero en semifinales el FC Bayern ejerció de bestia negra y humilló al Madrid con el famoso pisotón de Juanito a Matthäus incluido.

Sería el último choque de Juanito en Europa y sería también el fin de la mística. Habría alguna que otra remontada, especialmente golosa una ante el FC Bayern en tiempos de Raúl, pero ni rastro de la magia del Bernabéu salvó a cuentagotas. No sería hasta esta temporada cuando las animaladas perpetradas por Benzema y compañía ante PSG, Chelsea y Manchester City hagan retraernos a los tiempos del ‘miedo escénico’ y a los del ’90 minuti en el Bernabéu son molto longos’.

Otras historias sobre el Real Madrid

Cuando Puyol secó a Figo (una traición aun no superada y un marcaje que encumbró a un canterano)

El caso Di Stéfano (a través de dos artículos la intrahistoria del fichaje que cambió la historia del Madrid -y del Barça -)

Mourinho en la prehistoria (los inicios del ‘Special One’)

La quinta Copa de Europa del Real Madrid (la obra maestra del Madrid de Di Stéfano)

Y el Madrid lo ha vuelto a hacer (como el Bernabéu consiguió albergar una final de la Copa Libertadores)

De la final de las botellas al caso Guruceta (catalanismo, españolismo, botellas, almohadillas y malos arbitrajes en la España de los 60 – en dos artículos -)

La mandíbula alargada de Robert Prosinecki (el fracaso del hombre que iba a devolver la grandeza al Madrid en la década de los 90)

Cuando Jopie conoció a Gento (como un ídolo y un alumno que acabaría superándolo se conocieron en una final de la Copa de Europa)

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¿Por qué Lev Yashin es tan famoso?

Allá por diciembre de 2020, cuando el otoño fenecía y el invierno reclamaba su lugar, ‘France Football’ escogió el mejor once de la historia que haya parido el fútbol. Entre los elegidos estaban Beckenbauer, Messi, Maradona o Pelé. No hubo discusión. Si la hubo entre los que vieron con malos ojos que Matthaüs residiese en ese once, que Cruyff o Di Stéfano no lo estuviesen, o que Platini quedase relegado al tercer mejor equipo mientras Rijkaard ocupaba una posición de privilegio en el segundo. Para gustos colores. Todos, desde Garrincha a Cristiano Ronaldo, nos han dejado momentos para el recuerdo. Algunos más y otros menos, pero de todos hay testimonio audiovisual que atestigua sus logros.

El jurado de ‘France Football’ puso como punto de partida precisamente eso; el testimonio audiovisual. Un fútbol moderno que nació tras la II Guerra Mundial con el Mundial de Brasil y el inicio de la Copa de Europa. Quedaron en el camino Scarone, Andrade, Meazza, Sindelar o Josef Bican. Y, sin embargo, y aunque hay filmaciones que atestiguan su grandeza, resulta fascinante que uno de los 33 escogidos sea un completo desconocido para el gran público.

Ni siquiera es uno más entre los 33 escogidos. Forma parte del once ideal y, a pesar de la existencia de Buffon, Neuer, Casillas, Kahn, Banks, Zoff o Maier, su inclusión en ese equipo de leyenda fue prácticamente aceptada por unanimidad. Todos los componentes de estos tres onces históricos o bien han ganado el Mundial o bien la Copa de Europa. O mejor aún; ganaron ambos títulos. Tan sólo hay una excepción. Un futbolista que no pasó de un cuarto puesto en un Mundial. Un hombre que nunca disputó un partido de Copa de Europa. Un deportista que nunca jugó ni en una gran liga ni en un gran equipo. Un futbolista del que apenas se conservan partidos completos con su presencia, salvo los que disputó con su selección en cuatro Mundiales diferentes.

Y con todo, además de ser incluido en el ‘Ballon d’Or Dream Team’ por ‘France Football’, es considerado por la FIFA el mejor portero del siglo XX y es el único guardameta en la historia que ha sido galardonado con el Balón de Oro.

Es Lev Yashin. ‘La Araña Negra’.

Una leyenda.

Pero, ¿por qué es una leyenda? ¿Por qué Lev Yashin es tan famoso?

Como toda gran leyenda, Lev Yashin murió y resucitó en repetidas veces. En Chile, allá por 1962, Yashin acumuló pifia tras pifia. Acudía a aquel Mundial la Unión Soviética como gran ‘vedette’ tras haber salido victoriosa de la primera Eurocopa de la historia, pero la actuación de su gran portero fue más que modesta. En la primera fase un desconocido colombiano le clavó un gol olímpico. No fue lo peor. La URSS quedó eliminada en cuartos ante Chile con dos goles encajados desde fuera del área en los que dio la sensación de que Yashin pudiese haber hecho bastante más.

Los medios soviéticos culparon a Yashin de la debacle y pronto fue acusado de traición a la patria, una ligereza muy común dentro de las murallas del Kremlin. Las críticas traspasaban el Telón de Acero. ‘L’Equipé’ declaró que estaba acabado y en Inglaterra comentaban que la exageración de su fama era producto de la propaganda comunista. Presionado por las críticas, el camarada Yashin volvió de Chile decidido a retirarse. Se encontró con un grupo de aficionados que tiraban piedras contra su apartamento. Contaba con 32 años.

“Los goles sufridos acechan, siempre. Uno no recuerda los que salvó, sino los que le metieron. El guardameta que no tenga ese tormento interno, no tiene futuro”, diría Yashin en cierta ocasión.

Pasaron las semanas hasta que un día, aburrido en su casa de campo, se acercó el parque Petrovsky, al noroeste de Moscú, donde se encontraba el estadio del Dinamo. Saludó a sus compañeros, se puso los guantes y empezó el entrenamiento.

Al año siguiente Lev Yashin era elegido por ‘France Football’ el mejor futbolista del mundo por los mismos periodistas que el año anterior le habían dado por acabado. Ese mismo año ganó la Liga soviética, fue elegido mejor jugador de la URSS y, con el tiempo, los camaradas le harán entrega de la Orden de Lenin. Como colofón, fue seleccionado para formar parte del combinado mundial que se enfrentó a Inglaterra con motivo del centenario del nacimiento del fútbol.

Estaba muerto, pero resucitó. Aquella temporada disputó 37 partidos en los que únicamente encajó seis goles. ¡6 goles!

Fue esa la última ocasión en la que Yashin hubo de resucitar. Pero antes fueron muchas otras.

AS Historia on Twitter: "Lev Yashin, "La Araña Negra", es el único portero  agraciado con el Balón de Oro, fue en 1963. #FotografiAS  https://t.co/eZ9vWr599Z" / Twitter
Balón de Oro 1963

Yashin era ‘La Araña Negra’, un apodo que ejemplifica la sintonía que mantenía con el arco. Vestido de negro, de brazos infinitos, parecía un ser mitológico con seis extremidades superiores. Yashin era un personaje majestuoso que logró ser archivado en las memorias y en los libros como el primero, el mejor y el más singular e independiente. Lev Yashin no sólo paraba balones a ras de su portería, sino que definió biológicamente al portero ideal. Era grande, sobrio, sereno, ágil, potente y flexible. Un biotipo entonces poco común y que desde entonces es el canon del arquero perfecto.

Y además infundía respeto. Un gigante vestido de negro de manos enormes y elástico como un conejo que siempre tenía una sonrisa en la cara y felicitaba al atacante cuando le marcaba un fastuoso gol. Cuando el gran Eusebio, el delantero del momento, bata a Yashin en el Mundial de 1966, correrá presto a pedir disculpas al gigante soviético. Meterle un gol a Yashin será motivo de orgullo, pero también de dolor por mancillar la memoria de una leyenda. Gerd Müller, el cañonero de los 600 goles, nunca consiguió batir a Yashin. Lo decía con rabia, pero también con el alivio de no haber cometido un sacrilegio.

Durante una gira amistosa en el Cáucaso en 1950, sufrió un gol desgraciado del Traktor Volgogrado. Era su primer partido con el Dinamo Moscú después de destacar en la estructura juvenil. Tenía 21 años recién cumplidos. En una salida mal calibrada, colisionó con un defensa de su equipo, y la pelota le castigó al pasarle por un lado. Yashin soportó las bromas de sus compañeros Konstantin Beskov y Vasily Kartsev, los dos jerarcas de la plantilla. Pocas semanas después, debutó en partido oficial contra el Spartak Moscú y sufrió otra desdicha idéntica. Volvió a chocar con un compañero al salir a un centro, se tragó el balón y otro ridículo hizo su aparición. Después, un general de la NKVD, la policía secreta, entró en el vestuario y explotó: “Hay que borrar del equipo a este idiota”. Cuatro goles encajados en diez minutos en su siguiente partido, jugado a los tres meses, contra el Dinamo Tbilisi clavaron la daga definitiva en el alma de Yashin.

Yashin estaba muerto, pero se preparaba para su segunda resurrección.

Su actuación había sido tan lamentable que no es que lo mandasen al banquillo, es que directamente lo invitaron a dedicarse a otra cosa. Lev cambió los guantes por el stick y pasó a integrar la nómina del Dinamo en su modalidad de hockey sobre hielo. Pronto se labró una fama como excelente portero y tres años más tarde ganaba la liga soviética y era reclamado nuevamente para el equipo de fútbol. Lev obedeció y, de pronto, el Dinamo contaba con un portero de fútbol con una capacidad de reacción y de reflejos nunca antes vista. Habilidades motrices. Gracias al hockey agudizó la percepción del ojo, ganando una velocidad de reflejos que luego trasladó al fútbol. Con el hockey, pulió también su técnica, su cobertura de ángulos estrechos y se convirtió en un gigante de 190 centímetros de agilidad felina.

Lev Yashin, la leyenda de la "Araña Negra"
Una araña sobre el hielo

Pero la leyenda de Yashin no se basaba solo en unas condiciones físicas portentosas. Yashin comprendía y leía el juego. Ordenaba a sus compañeros donde y como colocarse en unos tiempos donde el portero era atrezo e incluso los entrenadores raramente salían del banquillo durante los partidos. Yashin añadió a sus condiciones innatas una reinterpretación de la labor del portero. Custodiaba los espacios, salía fuera del área y lanzaba contraataques antes de que ningún defensa pensase siquiera que existía esa posibilidad. Célebres eran sus despejes de cabeza fuera del área que primero aglutinaban murmullo del respetable y luego acalorados aplausos cuando Yashin se atusaba el pelo y se volvía a colocar la gorra.

Era un arquero diferente. Mientras la mayoría rechazaban los disparos, él fue pionero al empezar a atajar los balones cuando nadie lo hacía, cobijándolos entre sus brazos y denegando la opción al rebote. En aquella época los metas temían alejarse de su jaula y Yashin entendió que desligarse de aquellos tres postes reducía espacios y tiempo para pensar al delantero. Como también fue el primer valiente en atreverse a salir por alto a los balones aéreos y despejarlos con los puños, algo nada habitual por entonces. Y a todo eso, por si fuera poco, se le suma su condición de parapenaltis.

Hay autores que consideran que una figura como Yashin solo podría haberse dado en la Unión Soviética. El portero es alguien para el que lo más importante es la victoria del equipo. Es una figura anticapitalista que se sacrifica por los demás. Lo cierto es que todos los equipos soviéticos de cualquier deporte evitaban la búsqueda de estrellas y construían el juego en base a un orden milimétrico y automatizado que llevase a la victoria a través de la socialización de todos sus componentes. El portero es ese mito que siendo único e individual sólo tiene éxito si a través de su discreción es capaz de salvar al equipo. No es extraño que la URSS pariese grandes porteros (Yashin, Rudakov, Dassaev -todos ellos rusos-) y ningún gran ‘9’, el jugador egoísta por excelencia. Los grandes atacantes que hubo (Blokhin y Belanov) eran, y no casualmente, ucranianos.

En una sociedad tan uniforme, el portero era una de las escasas expresiones posibles y el objetivo era eliminarlo. Existía una canción, aun hoy cantada en muchos campos rusos, que decía: “Portero, prepárate para la batalla, detrás de ti esta nuestra frontera”. Es el último baluarte ante el extranjero. Como el as de la aviación o el astronauta, el portero es un ser individual al servicio de un todo. “La sensación de ver a Gagarin volar por el espacio solo es superada por parar un penalti”, diría Yashin en la cima de su éxito.

Porque ‘La Araña Negra’ es un hijo del comunismo. Nacido en 1929, huérfano de madre a los seis años, su infancia transcurrió entre las locuras sádicas de Stalin y la penumbra de la Gran Guerra Patriótica contra los nazis. Ahí Lev Ivanovich Yashin iba a experimentar su primera resurrección. Desde niño trabajó en una fábrica aeronáutica y sobrevivió a base de cigarrillos mostrándose como un adolescente trabajador y educado. Fumador empedernido lo será toda la vida (incluso en los descansos de los partidos) y defenderá el uso de la nicotina hasta su muerte, porque fue el tabaco lo que le salvó de morir de hambre cuando era pequeño. Aquellos diez cigarros diarios se complementaban con unos buenos vasos de vodka. Así se entiende que aquel niño acabase siendo un adulto con problemas de acidez que resolvía el bicarbonato y que falleciese con apenas 60 años por culpa de un cáncer de estómago.

Conoció el fútbol en la fábrica, jugando como delantero. Pero su imponente altura, sus largos brazos y su elasticidad en el salto sedujeron a los jefes de la planta y le impusieron la portería. En 1949, después del servicio militar, fue reclutado por el Dinamo Moscú. Nunca se quitaría esa camiseta, ni siquiera, en numerosas ocasiones, ni para jugar con la Unión Soviética, pues muchos partidos con la selección los disputó con la letra ‘D’ bordada en su imborrable jersey oscuro. Ese otoño, solo unos meses antes del salto a la escuadra principal, el nombre de Yashin se abrió hueco en el fútbol de la capital soviética cuando en su primera exhibición impulsó la victoria del juvenil sobre el primer equipo en las semifinales de la Copa Moscú.

Luego vino su caída y su exitoso paso por el hockey. Llegó a estar seleccionado para disputar el Mundial de la especialidad en 1954, pero renunció porque su intención era triunfar en el fútbol. Tenía cerca de los 25 años cuando a Yashin le permitieron volver a defender la portería del Dinamo en su versión 11 contra 11. Tardó solo unos meses en alcanzar la selección, en seducir a todo un país y en asimilarse como el rostro de una institución como el Dinamo Moscú. Jugó allí 22 temporadas; ganó las ligas de 1954, 1955, 1957, 1959 y 1963; levantó las copas de 1953, 1967 y 1970; fue internacional soviético 73 veces; ejerció de figura clave en el oro olímpico de Melbourne 1956 y en la Eurocopa de 1960; disputó los Mundiales de 1958, 1962, 1966 y con 41 años aún fue tercer portero de la URSS en el de 1970. Con el Dinamo dejó la portería a cero en el 48% de sus partidos. En más de 200 partidos. En total, una carrera de 813 encuentros (dos con la selección FIFA) y 150 penaltis parados.

Son sus portentosas actuaciones con la Unión Soviética lo que le convirtieron en un icono. Se dio a conocer al mundo en los Juegos de Melbourne de 1956 y dos años después ya era referencia en el Mundial de Suecia. Desde ese 1958 a 1961 Yashin vivió un trienio mágico coronado por la consecución de la Eurocopa de 1960 donde emergió como figura indiscutible de un equipo de orden mecánico. La final ante Yugoslavia junto al duelo de cuartos frente a Hungría en el Mundial 1966 perviven como sus dos mejores actuaciones internacionales. Por el camino su traspiés en 1962 y su tercera resurrección incluyendo un subcampeonato europeo en 1964. Por cierto, en aquella cruzada ideológica entre franquistas y comunistas de 1964 Lev Yashin saltó al campo con una sudadera que portaba el escudo de su tan querido Dinamo moscovita.

Lev Yashin, guantes para un Balón de Oro - Blogs - Fútbol Emotion
La Araña Negro a color

Para crear el mito Yashin ayudaron sus éxitos en la Eurocopa, pero en especial su gran actuación en el Mundial de 1966, el primero filmado a color. La URSS quizás no se dio cuenta de ello, pero Yashin era un subproducto capitalista tan potente como el Sputnik o los rifles Kalashnikov. En plena Guerra Fría Lev Yashin era conocido por la prensa occidental como “la cara sonriente del comunismo”.

Era “la cara sonriente del comunismo”, pero era, esencialmente, ‘La Araña Negra’. El negro galvanizó su postura y creó un estándar repetido hasta la saciedad, hasta que las marcas comerciales empezaron a introducir el color en la vestimenta del guardameta. Iribar o Zoff serían clones de Yashin, tanto por planta y elasticidad como por estética. La leyenda dice que jugó durante dos décadas de negro y que sólo usó un puñado de jerséis en su carrera. Lo cierto es que Yashin usaba los tonos oscuros porque consideraba que eran más efectivos ante los atacantes, pero no siempre eran negros. Uso el azul oscuro en múltiples ocasiones, pero tanto las fotos como las filmaciones en blanco y negro, se encargarían de oscurecer todos los recuerdos. Yashin es un uniforme oscuro invisible para el rival.

Quizá para que Occidente comprenda la grandeza de Yashin es necesario relatar una anécdota. Santiago Bernabéu quedó prendado de muchos de los futbolistas integrantes de la selección soviética, pero, sobre todo, del hombre encargado de evitar los goles rivales. En la celebración del título por la Eurocopa 1960, en un restaurante cercano a la Torre Eiffel, Bernabéu ofreció un cheque en blanco al gigante soviético. Para el pope merengue Lev Yashin no tenía precio. La oferta acabó en papel mojado, ya que en aquellos tiempos ver a un soviético traspasando el Telón de Acero para jugar en otro país era más complicado que llegar a la Luna.

Yashin era querido y amado. Todo lo que tenía de grande lo tenía de bonachón. Era accesible, desprovisto de arrogancia o altivez y no había niño al que no le firmase un autógrafo. Cuando le preguntaban si era el mejor siempre negaba con la cabeza y daba el nombre de Beara, guardameta de la selección yugoslava. También tenía palabras de cariño para Grosics o Sokolov, dos pioneros en las salidas fuera del área de los porteros (como Carrizo en Argentina). En sus días libres solía acercarse a charlar con los arqueros juveniles del Dinamo y les daba consejos siempre que le preguntaban.

Como decía falleció joven. Era 1990. Mas tarde vendrá su estatua de bronce, antes la Orden de Lenin o el bautizo con su nombre al estadio del Dinamo. Hasta será la imagen en los posters oficiales del Mundial de Rusia de 2018, fiel reflejo de la importancia del mito en el patrimonio de una nación. Contaba su viuda que cuando ganó el Balón de Oro un chef francés le obsequió con un balón de chocolate. Mandó conservarlo y allí se mantiene, sereno e imperecedero, como la leyenda del portero más famoso de todos los tiempos.

“El portero es un jugador, no un tercer poste”. Lev Yashin.

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De familia más que acomodada, Nicolás tenía a su alcance todo aquello que fuese deseo terrenal para su imaginación. Pronto su inmaculada infancia se vio privada tras la muerte de sus padres a causa de la peste. Apesadumbrado, decidió ordenarse sacerdote y dar su vida a la oración, por lo que no dudo en regalar todos sus bienes y todas las propiedades de sus progenitores a aquellos que más lo necesitaban.

Nicolás acabaría siendo obispo en Mira, una ciudad, hoy desaparecida, situada en la moderna Turquía. Su querencia por hacer el bien atendía con efusividad a los niños. Se cuentan decenas de historias sobre pequeños a los que hacía regalos. Pero la más conocida no está relacionada con pequeños, sino con tres muchachas a punto de casarse. Se dice que existían unas hermanas que iban camino de la soltería al no disponer de dote para encontrar marido. Al parecer, enterado del asunto, Nicolás entró en secreto por la ventana del domicilio y colocó unas monedas de oro en los calcetines de las tres hermanas.

Siglos más tarde los restos del obispo Nicolás fueron trasladados a la italiana Bari, donde sus reliquias son veneradas. A San Nicolás de Bari se le rinde pleitesía en múltiples templos y es patrono en países tan dispares como Grecia o Turquía.

Por una serie de mezclas de tradiciones paganas y rituales cristianos, de una forma u otra, la leyenda de San Nicolás fue tomando forma. Uno de esos lugares fueron los Países Bajos. Allí, la noche del 5 al 6 de diciembre, San Nicolás (Sint-Nicolaas o Sinterklaas) entregaba a los niños sus regalos. Dado que San Nicolás era de Bari, por entonces dominio español del reino de Nápoles, se decía, y aun se dice, que viene de España, del mismo modo que los españoles dicen que los Reyes Magos vienen de Oriente. ‘Sinterklaas’ cuenta con un ayudante, un chico español llamado Pedrito el negro (Zwarte Piot) que es quien desciende por las chimeneas y se cuela en los salones de los niños que se han portado bien. Al que se portaba mal, Pedro se lo llevaría consigo a Alicante, lugar desde el que decían partía el barco que llevaba a San Nicolás desde España todos los 5 de diciembre.

Con el paso del tiempo Sinterklaas pasaría a ser Santa Claus, de igual modo que Nueva Ámsterdam pasó a ser Nueva York. Aquellos emigrantes neerlandeses que se asentaron a orillas del río Hudson en el siglo XVII llevaron consigo la tradición de la festividad de San Nicolás. Cuando los colonos ingleses y sus hijos estadounidenses conviertan aquella ciénaga en Nueva York, Santa Claus pasará a convertirse en el gran icono navideño al otro lado del Atlántico. Realmente los yanquis hicieron con Santa Claus lo mismo que con Halloween o con el Día de Acción de Gracias. Absorber, asimilar y transformar. Santa Claus era neerlandés, Halloween irlandés y Acción de Gracias español. Todos acabaron siendo estadounidenses.

Aquel Santa Claus fue medrando en el tiempo hasta que a finales del siglo XIX hizo el camino inverso y regreso a Europa. En Francia le dieron por llamar ‘Bonhomme Noël’, y con el cambio de siglo, a Papa Noel se le dio por mudarse al Polo Norte y comprarse un trineo tirado por unos renos para que le facilitasen el viaje. Mientras en los Países Bajos la fiesta siguió adscrita al 5 de diciembre, en el resto del mundo se estableció para la noche del 24 para honrar al niño más famoso en la historia de la Humanidad. Luego vendría el afamado anuncio de Coca-Cola y el color rojo…

San Nicolás - ACI Prensa
San Nicolás

Pero todo esto fue un proceso lento, muy lento. Desde que San Nicolás pasó a ser Santa Claus hubieron de pasar cerca de dos siglos. No conocemos la existencia del moderno Santa Claus hasta el 6 de diciembre de 1809. Concretamente en un libro llamado ‘Historia de Nueva York’ firmado por un tal Diedrich Knickerbocker.

El libro contaba la historia de la ciudad desde la llegada de los primeros emigrantes neerlandeses hasta entonces. El ensayo no hubiese tenido relevancia alguna si no fuese porque su autor se desvaneció sin dejar rastro. La prensa informó de la desaparición del tal Knickerbocker, descrito como un caballero menudo, entrado en años, con pantalones bombachos, sombrero de tres puntas y un viejo abrigo negro. Al parecer una noche no había vuelto al hotel en el que se hospedaba y se solicitaba la búsqueda ciudadana para dar con él.

Ante la ausencia de novedades sobre el paradero del historiador neerlandés, un mes después se informa de que en la habitación del señor Knickerbocker se ha encontrado un libro no publicado llamado ‘Historia de la ciudad de Nueva York’ y que de inmediato se iba a imprimir y poner a la venta con el objetivo de saldar las deudas impagadas del señor Knickerbocker con el hotel. Aquel 6 de diciembre de 1809, festividad de San Nicolás, las librerías de la ciudad inundan sus escaparates con la novedad editorial.

El morbo y la expectación de los neoyorkinos va en aumento y, como era de suponer, el libro es un éxito de ventas. Lo será no sólo por el morbo, sino porque el libro parece ser una interesante obra de dos volúmenes amena, divertida y con menudos detalles sobre las costumbres políticas y sociales de aquellos primeros neerlandeses. Era una oda a una generación que puso los cimientos para lo que ya entonces era una de las ciudades más importantes del mundo. El libro se convirtió en un ‘best-seller’, porque además rastreaba los orígenes de algunas de las empresas y ciudadanos más notables del momento cuando, para ser un verdadero neoyorkino, era importantísimo contar con antepasados de origen neerlandés.

Fue así como Diedrich Knickerbocker pasó a convertirse en una leyenda. Y fue así como San Nicolás pasó de ser una pequeña tradición familiar a colarse en las casas de todo niño neoyorkino. Más adelante penetrará en el salón de cada niño estadounidense con el nombre de Santa Claus. El pasaje en el que se habla sobre la hermosa tradición de la festividad de San Nicolás fue de los más aplaudidos por los lectores. Fue ese libro lo que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

Lo curioso es que Diedrich Knickerbocker jamás apareció. Nunca dieron con su paradero.

De hecho, nunca existió.

Fue todo obra de la mente del célebre escritor estadounidense Washington Irving (de origen escocés, por cierto) en una de las primeras grandes operaciones publicitarias conocidas. Su editorial se inventó la desaparición de un desconocido escritor neerlandés dejando tras de sí un manuscrito en la habitación de un hotel. Con el beneplácito del dueño del hospedaje y un suculento contrato de colaboración con el ‘Evening Post’, la maquinaria se puso en marcha con un resultado fastuoso.

Cuando se supo toda la verdad dio exactamente igual. El libro era tan bueno y había calado de tal manera en el subconsciente de aquellos neoyorkinos que ‘Historia de Nueva York’ pasó a formar parte de la idiosincrasia de la Gran Manzana. Tal fue el éxito de la invención de Irving que, a los oriundos de Nueva York, a aquellos considerados genuinamente neoyorkinos, comenzó a llamárseles knickerbockers. Hoy se sigue aplicando a todos los habitantes de Nueva York, sean de donde sean, pero siguen siendo aquellos que habitan en Manhattan (la isla donde se asentó Nueva Ámsterdam) los que son auténticos knickerbockers.

Mucho más tarde, cuando Santa Claus campaba a sus anchas por medio mundo con su gorda barriga embutida en un traje rojo, un tal Ned Irish decidió fundar una franquicia de baloncesto para que compitiese en la recién creada NBA (National Basketball Association). Esa franquicia es una de las tres (junto a Celtics y Warriors) que 75 años después se mantienen en pie. Para decidir el nombre, Ned Irish reunió a sus hombres de confianza y les pidió que pensasen en un apodo.

Tras un sorteo la elegida fue ‘Knickerbockers’.

Habían nacido los New York Knickerbockers.

Habían nacido los New York Knicks.

Durante sus primeras dos décadas de vida la mascota de los Knicks fue un señor vestido con unos pantalones bombachos típicos de los primeros emigrantes neerlandeses y sombrero de tres puntas. Era conocido como ‘Father Knickerbocker’.

‘Father Knickerbocker’. Aquel escritor que jamás escribió nada. Aquel escritor que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

New York Knicks Logo - Significado, História e PNG
New York Knickerbockers

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¿Camisetas sagradas? No tanto como pensamos

Con el capitalismo democrático como gran triunfador, atrás quedaron los tiempos donde las ideas eran defendidas con la vida. Quizás es mejor dejar de un lado el concepto derecha/izquierda y abrazar definitivamente el de conservador/progresista. Para los conservadores las respuestas suelen estar en el pasado. Todo aquello susceptible de cambio debe respetar la tradición y, antes de afrontar un nuevo proyecto, primero hay que probar a arreglar el ya existente. Para los progresistas no existe más allá que el futuro. Toda mejora está por venir y, romper con lo que no ha funcionado, se tiene como lo lógico.

El fútbol siempre ha estado en manos de los tradicionalistas. Hasta hoy. Las reglas básicas y todo lo que rodea al fútbol, desde las comunicaciones hasta la forma de entrenar o el diseño de los balones, se mantuvieron prácticamente inalterables hasta hace un par de décadas. El cataclismo al que se está enfrentando el fútbol para adaptarse al galopante avance tecnológico y a una nueva forma de ocio juvenil está removiendo sus cimientos.

Los conservadores mal se adaptan a estos cambios. Especialmente gravantes son las permutas en las indumentarias y en los escudos de los equipos. Ambos representan la identidad, la memoria y el sentido de pertenencia de la comunidad. Son el símbolo de una pasión. El escudo desempolva hechos del pasado para ponerlos en valor. Las nuevas formas de comunicar cambian la imagen para buscar distintas sensaciones impregnadas de modernidad.

Juventus | El revolucionario escudo de la Juventus ya es todo un éxito -  AS.com
Juventus FC (1897-)

Pero donde el insulto se convierte en sacrilegio es cuando se hace un cambio de diseño en la equipación. A fin de cuentas, es el club el que decide modificar el escudo, pero es una ambiciosa casa comercial la que decide cambiar el diseño de la camiseta.

Sacrilegio, ¿verdad? Mas, quizás, esos colores que tanto amamos igual no lo son tanto.

Cuando en 1872 Inglaterra y Escocia disputen el primer partido internacional de la historia lo harán con camisa de manga larga y pantalones por debajo de la rodilla. Las botas de cuero eran, por supuesto, negras, se llevaban calcetines largos y los guardametas solían usar gorra con independencia de que el día fuese soleado. Muchos futbolistas llevaban también una cinta a modo de protector en la frente para los remates de cabeza.

A principio del siglo XX las camisetas ya empezaron a asemejarse a las actuales. Se implantó el pantalón corto con las medias, ya eran más comunes las botas con tacos y las espinilleras sustituyeron a los calcetines largos como forma de protección. Durante esta primera mitad del siglo XX muchos equipos comenzaron a usar ropa con rayas y con variedad de colores. También se generalizaron los escudos en las camisetas y más adelante la serigrafía numérica para identificar a cada futbolista. Los porteros empezaron a abandonar la gorra, pero no una prenda de lana que les llegaba a las rodillas conocida como zamarra.

Tanto las zamarras como el resto de uniformes pesaban mucho y eran molestas. Las camisetas solían tener cierre de cuerdas o botones en los cuellos, hasta que en los 70 se produjo el gran cambio. Aparecieron las telas sintéticas y se empezaron a generalizar los cuellos de pico y los redondos. La mayoría de los clubes y de las selecciones adoptaron sus colores y diseños definitivos durante esa época.

Así que era normal que a inicios de los 80 las marcas deportivas decidiesen implantar su firma en la camiseta y, de paso, empresas ajenas al fútbol decidiesen utilizar a los jugadores como anuncios móviles. A partir de los 90 aparecerán los estampados y con el siglo XXI tecnologías textiles que absorben la humedad, protegen de los rayos ultravioletas, mejoran la comprensión de los músculos, y todo ello hecho con material reciclado. Se ha llegado al punto de que los jugadores del FC Barcelona visten esta temporada camisetas personalizadas, adaptadas personalmente a sus figuras tras realizar escáneres 3D a sus cuerpos.

La nueva equipación del Barça se inspira en el escudo y rompe moldes
Al gusto del consumidor

—CAMISETAS NO TAN SAGRADAS—

Al principio, por cuestiones de diseño, de logística y de sentido común, las camisetas solían ser blancas. No hay elástica color nieve más famosa que la del Real Madrid. La elección de dicho color obedece a la admiración de los madrileños por el Corinthian FC, quizás el club amateur inglés más famoso del siglo XIX (de ahí el nombre y los colores del Corinthians brasileño). Más de medio siglo después, Don Revie se hizo cargo del Leeds United y ordenó cambiar el azul y amarillo tradicional por el blanco para honrar al gran Madrid de Di Stéfano. Lo cierto es que el cambio fue para bien, porque de blanco llegaría la era dorada de la entidad de Yorkshire.

Igual de sorprendente es conocer que el Sevilla FC vestía en su origen de rojiblanco. Fue el retraso en un pedido lo que les obligaría a usar una camiseta totalmente blanca. Pero para sorprendente de verdad lo del Barça. Es de todos conocidos que el FC Barcelona viste con los colores del cantón de Ginebra por obra y gracia de Hans Gamper, su primer presidente. Lo que no es tan sabido es que hasta los años 60 la segunda zamarra era de blanco impoluto con la cruz de Sant Jordi en el pecho. No sería hasta bien avanzado el Franquismo cuando la inquina a todo lo níveo se extienda como un virus por toda Cataluña y el amarillo con tonos azulgranas sean los colores habituales para la segunda indumentaria.

De azulgrana juegan dos modestos españoles. Uno es la SD Huesca, en su caso por simple admiración hacia el gigante catalán. Más interesante es el porqué del azulgrana en la zamarra de la SD Éibar. Cuando en 1940 el cuadro vasco se fundó, recibieron por cortesía unas camisetas del Barça. El utillero decidió quitarles el escudo y coserles el de la SD Éibar. Por increíble que parezca la tradición duró hasta tan tardía fecha como 1987.

Sin marcharnos de la Ciudad Condal nos encontramos con el RCD Espanyol, que viste de blanquiazul en honor a los colores del blasón de Roger de Lauria, Gran Almirante de la Corona de Aragón. Lo que muchos periquitos desconocen es que durante su primer decenio de vida el RCD Espanyol vistió de amarillo. Caso inverso al del Villarreal CF, que se pasó al amarillo en 1946 tras tres décadas vistiendo con camiseta blanca y pantalón negro.

De rojiblanco viste el Athletic y el Atlético (en sus orígenes sucursal de los bilbaínos) por un malentendido. El Athletic vestía a cuadros blanquiazules como el Blackburn Rovers, pero en un pedido realizado a Inglaterra para la temporada de 1909 se encontraron con que no quedaban. Decidieron solicitar una remesa al Southampton FC que vestía de rojiblanco. Y es que el influjo británico es trascendental para buscar significado a los colores de los equipos españoles. Es el caso del Real Betis que sustituyó el azul por el verdiblanco cuando Manuel Ramos, capitán bético, viajó a Glasgow y se enamoró del Celtic FC.

La camiseta del Athletic Club a lo largo de la historia
Athletic Club (1898-1909)

Quizás los dos casos más estrambóticos sobre los orígenes de unos colores sean los del Rayo Vallecano y los del Granada CF. En sus inicios el Rayo era un modestísimo club que vestía totalmente de blanco. En 1948 ascendió a Tercera División y solicitó la cesión de varios futbolistas al Atlético de Madrid. A cambio los colchoneros pidieron al Rayo algún detalle rojo para que ese blanco impoluto no se pareciese tanto al Real Madrid. Había nacido la franja más famosa del fútbol español.

En el momento de su fundación la camiseta del Granada CF constaba de rayas verticales azules y blancas. Al finalizar la Guerra Civil, al no encontrar los colores originales del club, compraron unas camisetas rojas y blancas, pasando a ser estos los colores del club andaluz. Pero el caso es que, en 1973, ante la mala clasificación del club y para diferenciarse de la mayoría de equipos, Cándido Gómez, presidente nazarí, decidió pasarse a las rayas horizontales. Se formó un pollo considerable y las rayas horizontales aparecieron y desaparecieron como el Guadiana, hasta que en el año 2005 los estatutos reflejaron la horizontalidad de las elásticas ‘per saecula saeculorum’.

—CAMISETAS NO TAN SAGRADAS, UNA VUELTA POR EL MUNDO—

Si alguien bucea por Internet y encuentra un club llamado Everton Athletic que viste de azul y blanco y juega en Anfield, le disculparemos si lo identifica con el actual Everton FC. Lo cierto es que se trata del Liverpool FC, club fundado por una disputa sobre la propiedad del estadio de Anfield. Para evitar confusiones el Liverpool FC dejó de llamarse Everton Athletic y de paso se pasó a la camiseta roja y al pantalón blanco, hasta que en 1964 el rojo se extendió también a medias y pantalones.

Si bien no son los ‘Reds’, al Manchester United se le conoce como ‘Red Devils’. No obstante, durante su primer cuarto de siglo de vida el United vistió con camiseta amarilla y verde dividida en dos mitades iguales. Lo cierto es que el club tampoco se llamaba así sino Newton Heard Lancashire and Yorkshire Railway FC.

Newton – Camiseta de Heath 1892 firmado por 24 leyendas del Manchester  United : Amazon.es: Deportes y aire libre
Manchester United (1872-1902)

De burdeos viste el Girondins por razones obvias. También lo hace el modesto Burnley FC que cambió su tradicional blanquiazul por el burdeos como homenaje al Aston Villa, por entonces el club más laureado de los campos ingleses. También como homenaje al Aston Villa viste de tinto el londinense West Ham. Inicialmente aquel equipo fundado por trabajadores del metal lucía el azul oscuro y pretendían combinarlo con el burdeos. La dificultad de entonces para mezclar ambos tonos hizo que se pasasen directamente al tinto en su totalidad. Y ya nos referimos antes al Leeds United que se pasó al blanco en 1960 para ensalzar al Real Madrid.

El Arsenal FC es otro de esos equipos que copió sus colores para honrar a otra institución, en este caso el Nottingham Forest. Sin embargo, hacia 1930, los londinenses decidieron eliminar el rojo de las mangas y convertirlas en blanco como un signo diferencial que permanece inalterable con el paso del tiempo. Más adelante el Sporting de Braga imitará al Arsenal FC e introducirá las mangas blancas en su camiseta. Por cierto, las estadísticas dicen que el rojo es el color más ganador y el azul el más usado entre los clubes de fútbol.

En Nottingham debemos parar si queremos encontrar el porqué de los colores de la Juventus de Turín. En este caso en Notts County, un modestísimo club inglés. La Juve lucía una llamativa camiseta rosa con una estrecha franja negra a modo de corbata. El caso es que el rosa se desteñía con facilidad. Resultó que solicitaron a una fábrica de Nottingham una nueva remesa (todas las camisetas entonces se pedían a Inglaterra) y el comerciante, al ver el original, pensó que era blanco desteñido. Envió a Turín unas camisetas de rayas blancas y negras como las que lucía el Notts County, que fueron rechazadas nada más llegar a Italia. Pero como la Juve tenía un compromiso inmediato y, no había con que vestir a sus jugadores, se aceptó aquella camiseta blanquinegra. Y hasta hoy.

El AC Milan siempre ha vestido de rojinegro, colores escogidos para infundir miedo entre sus oponentes por representar al diablo. No es el caso del Internazionale, que abandonó el azul y negro por el blanco con una cruz roja en honor a San Ambrosio, patrón de la ciudad, entre 1928 y 1945. De burdeos juega el Torino FC que suele utilizar como segunda equipación una zamarra similar a la de River Plate, en agradecimiento al partido homenaje que los argentinos disputaron para recordar a las víctimas de la tragedia de Superga de 1949. Del mismo modo la segunda de River suele ser color burdeos, mientras que la famosa franja de su camiseta titular es una honra al pasado genovés de la ciudad.

Más caótica es la historia de los colores de Boca Juniors. Empezaron de rosa, se pasaron al celeste y luego al blanquinegro hasta que, dice la leyenda, un barco con bandera sueca atracó en el barrio de Boca y el azul y amarillo quedó establecido para siempre. Seis años más tarde se instituyó la característica franja horizontal de los xeneizes (genoveses). Es tal la fuerza del azul y amarillo que en La Bombonera es uno de los escasos lugares del mundo donde ‘Coca-Cola’ debe renunciar al rojo (los colores de River) y buscar otras tonalidades.

El Santos FC de Pelé es asociado al blanco, por lo cierto es que sus colores originales imitaban las rayas blanquinegras de la Juve. El Olympique de Marsella combina el azul de múltiples formas cuando en sus estatutos de fundación pregonaban el blanco tanto en la camiseta como en el pantalón para imitar la pureza olímpica del Barón de Coubertin. De igual modo el Borussia Dortmund es asociado al amarillo y al negro, los colores del mono que llevaban los mineros de la zona, cuando lo cierto es que el azul y el blanco eran sus colores originales.

Pero si hay una indumentaria caótica por excelencia esa es la del FC Bayern. Los tonos originales de los muniqueses eran el azul y el blanco (los colores de Baviera). Por un fallo en un pedido se pasaron a la camiseta blanca y el pantalón negro. Tras absorber a un pequeño club de barrio que vestía de rojo, introdujeron esa tonalidad al pantalón y más tarde a la camiseta, que pasó a ser roja con rayas azules o blancas. Cuando Beckenbauer ganó su primera Copa de Europa el Bayern iba con rayas rojiblancas. Tres años después vestía de rojo. Desde entonces el rojo se ha impuesto, pero las rayas blancas (horizontales o verticales) e incluso el azul hacen su aparición de vez en cuando.

50 años del primer doblete
1970. El primer gran FC Bayern

Hablando de alemanes, ¿se han fijado que la selección teutona viste de blanco a pesar de ser un color que no luce en su bandera? Viste de blanco y negro, los colores de Prusia. De igual modo Italia (casa de Saboya) o Países Bajos (casa de Orange) hacen ascos a su bandera nacional para honrar los colores de sus respectivas casas reales. Japón (azul), Venezuela (burdeos) o Australia (amarillo), son otras selecciones que no respetan los tonos de sus banderas.

“De jugador no cambiaba la camiseta del Atleti. Me tenían que dar dos, la mía valía más”. Diego Pablo Simeone.

“No sé si lo entendéis; lleváis en la camiseta el escudo del Real Madrid”. Santiago Bernabéu.

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Las camisetas de fútbol más bonitas de la historia

El primer club de fútbol que decidió vender una réplica de su camiseta de juego fue el Leeds United en 1973. Lo hizo por ocho euros de la época y abrió una ventana a lo que hasta entonces consistía en comprar una camiseta con los colores de tu equipo y decirle a tu abuela que te cosiese un escudo a mano. En la actualidad una réplica oficial ronda de media los 80 euros, con picos que llegan a los 130 euros cuando en el verano de turno los grandes clubes presentan sus nuevos diseños.

Sobre la segunda camiseta poco que decir. Consistía en no coincidir con el equipo que jugaba como local. Si uno tenía rayas, el otro no. Si uno vestía de azul, pues el otro de blanco. Ni siquiera se molestaban en trastocar los pantalones o las medias. Todo cambió cuando la televisión a color se hizo popular en medio mundo a mediados de los 70. Tocaba distinguir, pero distinguir con todas las de la ley. Para inicios de los 80 la segunda equipación era un producto de marketing de igual valor que la primera. Luego llegaron los 90 y la tercera camiseta, hasta que en la actualidad la cosa se ha desmadrado. Hay camisetas edición especial, conmemorativas y hasta se puede jugar ante tu afición con una cuarta indumentaria.

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¿¿¿El Inter de Milán???

Conjuntamente las camisetas retro están en continuo auge. En un principio eran producidas por tiendas que hacían réplicas exactas, pero en las que no podía figurar ni la publicidad impresa ni la marca comercial por culpa de los derechos de imagen. Ahora son las propias marcas y los propios clubes los que sacan ediciones especiales calcadas rememorando sus grandes éxitos. Y todo ello a precios cercanos a los 150 euros. Y es que el enorme aumento del patrocinio de las camisetas conlleva, para refinanciarlo, que suban los precios de las réplicas para aficionados.

Tiempo ha, los equipos recibían la ropa deportiva gratuitamente para promocionarla. Los clubes más pequeños directamente tenían que pagarla, tal y como hacemos cada uno de nosotros. A partir de la explosión del marketing los patrocinadores solían comprar derechos para patrocinarlo todo, desde estadios hasta medias. Actualmente la mayoría de los acuerdos se centran en ceder al patrocinador el derecho a usar la propiedad intelectual del club, y, a través del club, los derechos de imagen de los jugadores. Así, el fabricante de las camisetas puede establecer el precio de las réplicas y su rediseño anual para obtener un retorno concreto de su inversión. Se trata de una estrategia distinta a calcular exclusivamente lo que obtendrían por algo tan difícil de cuantificar como el valor de la marca o la fidelidad del consumidor.

Lo que en un principio eran camisetas pensadas para el joven forofo se han convertido en ropa informal para jóvenes y adultos de todas las edades. Por ello muchos diseños apelan a la nostalgia y muchas camisetas sirven como complemento ideal para una tarde veraniega de entre semana.

Hay quien se pregunta si la fastuosa cantidad de dinero que las firmas comerciales gastan en los clubes se acaba recuperando. De hecho, es más que sabido que las plataformas audiovisuales suelen perder dinero con sus contratos televisivos. En el caso de las marcas deportivas se estima, por ejemplo, que Nike obtiene en un cuatrimestre el retorno de su inversión anual en sus principales equipos de fútbol en Europa. La distribución del precio de una camiseta suele clasificarse en un 59% para los costes de marketing, la distribución y el IVA, un 22% para el minorista, un 11% de beneficio para el fabricante, un 5% como coste de fabricación y un 3% de ingresos para el club.

Hasta aquí la teoría. Ahora viene la práctica.

Llevar la camiseta de un equipo de fútbol se ha normalizado. A nadie le chirría ver a un tipo de rojo Liverpool pavoneándose como si fuera el dandi del barrio. O visitar la Sagrada Familia con una camiseta de Neymar. O ver a una chica salir de una tienda de Inditex con una camiseta del Real Madrid (¿¡rosa!?). O vislumbrar a un musculitos embutido en una camiseta de la Juve con unos vaqueros Levi’s y un Tissot en la muñeca camino de una cita romántica en un restaurante italiano. Seguramente no es lo ideal. “Está bien que la moda baje a la calle, no que venga de ahí”, dijo Coco Chanel. Nadie dice que sea muy decoroso. Igual hasta es hortera. Pero es la realidad.

No se sabe muy bien cuándo empezó todo esto. Quizá podamos situar el arranque en la Inglaterra de los 80, cuando tras el desarraigo de la desindustrialización thatcheriana los chicos de barrio se entregaron al único símbolo de socialización que quedó en pie. Erradicada la fábrica, la socialización tenía lugar en el estadio. El resto de Europa asistiría al fenómeno a remolque. Uno de los primeros personajes públicos en tener la osadía de ponerse una camiseta de fútbol en un contexto civil fue Platini, en un palco, durante la final del Mundial del 98. ¡Y se la puso debajo de un traje! Nadie debería imitar nunca nada que haya hecho Michel Platini desde que abandonó los terrenos de juego.

Los críticos apuntan, y no les falta razón, que si da vergüenza llevar camisetas o gorras de propaganda es incongruente que aceptemos vestir una zamarra elástica llena de publicidad de casas de apuestas o de páginas web chinas. Es cierto que somos hombres-anuncio, como también lo es que lo que parece hermoso en seres humanos jóvenes y musculados resulta espantoso cuando las canas asoman y el cuerpo se vuelve flácido.

Quizás por ello las camisetas de baloncesto son ahora con mangas.

—LAS CAMISETAS DE FÚTBOL MÁS BONITAS DE LA HISTORIA—

Y aun sabiendo que están sobrevaloradas y que son un atentado contra la moda, a mí, personalmente, me encantan. Por ello va un listado, subjetivo, de las que son las 10 camisetas más bonitas que el mundo del fútbol ha parido:

10. TSV Múnich 1860 (2012/13): Para seleccionar estas 10 camisetas he tenido en cuenta su belleza, pero también su relevancia histórica en forma de grandes éxitos deportivos. Así, en esta lista no están la camiseta de Dinamarca en el 86, la del Hull City, la camiseta sin mangas de Camerún, la de Colombia de 1990 o la del Vasco da Gama, por citar unas cuantas. Para honrar a todas ellas he escogido la del TSV Múnich 1860, el segundo club de la capital de Baviera. Se trata de una camiseta celeste con la particularidad de un juego de cuadros y un cuello polo. Con estilo propio, está considerada una de las camisetas más elegantes jamás diseñadas.

Original: camiseta del München 1860 en homenaje a la Oktoberfest - Marca de  Gol
TSV München 1860

9. Celtic de Glasgow (2012/13): También han sido descartadas en esta clasificación las segundas equipaciones y las camisetas conmemorativas. Obras de arte como la camiseta de la Ambrosiana del Inter, la de los centenarios de la Juve o del Arsenal, las zamarras con los colores propios de Cataluña o el País Vasco en Barça o Athletic, la blanca impoluta de los 100 años del Madrid o la del siglo cumplido por el AC Milan… De todas ellas me quedó con la camiseta conmemorativa del 125 aniversario del Celtic de Glasgow. Deja de lado las rayas blancas y verdes para honrar el blanco con un escudo celta de color verde a la altura del corazón.

Celtic 125 year anniversary Kit - Just Football
The Celtic FC

8. París Saint Germain (2019/20): Desde su fundación en 1970 el PSG ha hecho gala de representar a la ciudad del glamour a través de sus camisetas. A eso ayuda la combinación de rojo, azul y blanco, los colores escogidos para crear la bandera francesa y que luego han sido base de múltiples jirones. Inspirados por el Ajax que campeaba por Europa por aquel entonces, el diseño consiste en un tono azul adornado por una franja central roja con ribetes blancos. El precioso proyecto de la temporada 19/20 se coronó con el título liguero y su primera final de la Copa de Europa.

Milanuncios - Camiseta psg final champions 2020
Paris Saint-Germain FC

7. River Plate (2014/15): Las franjas diagonales siempre le han dado un toque fastuoso a las camisetas. Como el fajín de un general o las bandas de la realeza, la distinción es elegante y refinada. River Plate es quizás el club más prestigioso en lo que a franjas diagonales se refiere. Camiseta blanca y banda roja, la zamarra de la temporada 14/15 -con victoria en la Copa Libertadores incluida- es de las más hermosas. Incluso la publicidad de BBVA queda perfectamente insertada en el ancho de la camiseta.

Camiseta Local River Plate 2014-15
Club Atlético River Plate

6. Juventus FC (1984/85): Poca gente sabe que la Juve comenzó vistiendo una zamarra de color rosa, hasta que por culpa de un error en un pedido cambió el rosa por unas franjas verticales negras y blancas. Hay camisetas preciosas de la ‘Vecchia Signora’, a lo que siempre ayuda la escarapela con el escudo de Italia que puede lucir el vigente campeón de la Serie A. La indumentaria de 1985 con cuello de pico es de las más recordadas. Entre otras cosas porque fue el año en el que la Juve ganó su primera Copa de Europa mientras decenas de personas morían en Heysel.

Camiseta retro Juventus Michel Platini 1984-85 | Retrofootball®
Juventus FC

5. Países Bajos (1974): Muy pocos conjuntos visten de naranja. El Galatasaray en parte y el Shakhtar Donetsk en su totalidad y la selección de Costa de Marfil entre los equipos nacionales. Pero el naranja es por excelencia el color de la selección neerlandesa. El color de la naranja mecánica. A priori no parece una tonalidad muy apropiada para lucir, pero Países Bajos la ha hecho propia. La camiseta de Holanda en el 74, cuando Cruyff y compañía asombraron al mundo, es de las más lúcidas. Naranja intenso adornado por las tres rayas negras de Adidas en los laterales y el escudo de la realeza neerlandesa en el pecho.

Valeria Rodríguez on Twitter: "⚽️ Cruyff y la camiseta de dos rayas en el  mundial de Alemania 1974. El capitán de la selección holandesa, Johan Cruyff,  vistió una camiseta distinta a la
Nederland 1974

4. Sao Paulo (1991/92): La alegría del fútbol brasileño queda fielmente representada en sus camisetas. Colores vivos y combinaciones estrambóticas lucen en muchos de sus equipos siendo, quizás, la más llamativa la atrevida combinación de verde y rojo de Fluminense. El Sao Paulo es más regio, con una preciosa camiseta blanca adornada por una franja horizontal que semeja la bandera de Egipto. Esa zamarra y el ‘10’ de Raí finiquitaron al todopoderoso Barça en la Copa Intercontinental de 1992.

1992 Sao Paulo Home Camisa # 10 L
Sao Paulo FC

3. UC Sampdoria (1991/92): Confieso que esta camiseta es mi debilidad. Gusto de apreciar las líneas rectas y el orden visual. Similar a la del Sao Paulo, la camiseta de la Sampdoria de Génova luce un azul intenso adornado por una franja horizontal blanca, roja y negra. El club es fruto de la unión del Andrea Doria, que lucía camiseta azul adornada con la cruz de San Jorge, y la Sampierdarenese, que vestía de blanco, rojo y negro. La combinación resulta exquisita e incluso más en la segunda equipación, cuando el azul se invierte por el blanco. La cima de la ‘Samp’ tuvo lugar con el título de la Serie A en 1991 y la final de la Copa de Europa de 1992.

Camiseta Local Sampdoria 1992-93
Unione Calcio Sampdoria

2. Francia (1984): Azul, blanco y rojo. La combinación de la libertad. De la Revolución Francesa. Siempre triunfante, dichos colores se mezclan perennemente con acierto y mucho más cuando hablamos de la camiseta de la selección gala. Adidas diseñó una obra de arte con motivo de la Eurocopa de 1984 que Platini y compañía ganaron con solvencia en el Parque de los Príncipes. Se trata de una camiseta azul con cuatro finas rayas blancas horizontales combinadas con una más ancha en un vivo rojo. Sobre ésta última aparece el símbolo de la marca alemana y un gallo dorado emblema de la orgullosa Francia. El diseño ha sido repetido hasta la saciedad, incluida la victoria gala en el Mundial de 1998, pero el original sigue sin ser superado.

Top 10 reediciones de camisetas de selecciones - Marca de Gol
France 1984 / France 1998

1. Alemania (1990): Aquí no hay subjetividad que valga. Todas las publicaciones futbolísticas y las diferentes webs especializadas en ropa deportiva lo tienen claro. No existe camiseta más bonita que la que los alemanes portaron durante la consecución del título mundial en 1990. Fue el torneo de la unificación. El primero de Alemania como una única nación en medio siglo. Adidas apostó por el clásico blanco de Alemania aportando una franja quebrada con los colores de la bandera teutona. Simbolizaba la caída de un muro y la unión de un pueblo. Tanto la camiseta como la sudadera a juego se vendieron, y se venden, como churros. La geometría perfecta de la ‘Mannschaft’ coronó a una máquina primorosa a la que el mismo Helmut Kohl calificó de indispensable para reunificar al país.

Las 10 camisetas de fútbol más bonitas de la historia
Deutschland 1990

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Entrenadores. La regla de los 10 años (nacimiento, crecimiento y declive del entrenador de fútbol)

A propósito del VAR (un odio acusado a un invento que incrementará las polémicas)

Expresiones del lenguaje deportivo (de como el deporte impregna el vocabulario cotidiano)

¡No! Los ingleses no inventaron el fútbol (como los ingleses se apropiaron de un invento escocés)

Fútbol postnacional (crisis de identidad y de pertenencia en el fútbol globalizado)

El fútbol en el futuro (una visión sobre el fútbol en 2050)

La España vacía (la temporada perfecta del CD Ourense)

El aficionado al fútbol (sobre la pandemia, los estadios vacíos y la importancia del forofo)

¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? (como los ‘apelidos’ son más importantes que los nombres en el día a día de un brasileño)

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The Rumble in the Jungle (2ª parte)

“Float like a butterfly, sting like a bee. His hands can’t hit, what his eyes can’t see. Now you see me, now you don’t. George thinks he will, but I know he won’t”. Esta declaración de intenciones de Muhammad Alí ha pasado a la historia por la doble metáfora inicial, poética y directa. Ahora me ves, ahora no me ves. Vuelo como una mariposa y pico como una avispa. Tus ojos no pueden verme, tus manos no pueden tocarme. Adelante y atrás. Una danza, un juego de pies, tan rápido y tan coordinado que aún no ha sido igualado.

La frase ya había sido enunciada por Alí tiempo atrás, pero en esta ocasión su corolario estaba dedicado a George Foreman, el hombre al que tenía la intención de arrebatarle el título de campeón del mundo de los pesados. Foreman era el rey invicto. Un joven pegador imbatido (40-0) que había noqueado a Joe Frazier y a Ken Norton en dos asaltos. Muhammad Alí, siete años mayor, había sufrido lo indecible para tumbar a los citados. La inmensa mayoría de los críticos le otorgaban el cartel de víctima a Alí en su pugna ante Foreman.

El Acorazado Cinéfilo - Le Cuirassé Cinéphile: Muhammad Ali. Films -  Francisco Huertas Hernández. Alicante (Spain)
Alí (i) y Foreman (d)

Muhammad Alí se había ganado a pulso luchar por lo que era suyo. Combatir por el título de campeón del mundo de los pesos pesados. Tras derrotar a Joe Frazier, debía vencer a George Foreman para recobrar la corona que el Gobierno de Estados Unidos le había arrebatado en 1966. Habían pasado ocho años. Alí continúa siendo un atrevido fanfarrón, pero comienza a acusar la edad, el cansancio y las heridas físicas y emocionales. Seguía siendo arrogante, pero, las posibilidades de que no fuese capaz de hacer efectivas sus amenazas sobre el ring eran considerables.

El duelo entre Alí y Foreman no era un combate cualquiera. Muhammad Alí era entonces un semidiós. Su carácter seco y atrevido y su estilo excéntrico habían alcanzado unas cotas que rozaban la locura. Llegaría a combatir contra Supermán en un cómic, combate que, por cierto, ganará el púgil de carne y hueso. Su desmesurado afán por ser el centro de las miradas le había llevado a ser vilipendiado, pero el Estados Unidos de 1974 no tenía nada que ver con el de 1966. Alí había pasado de ser un villano a ser un héroe americano.

George Foreman era el gran favorito. Contaba con 27 años, por los 34 de Alí, y meses atrás había demostrado una pegada descomunal que había dejado seco a Joe Frazier. Era granito con piernas y, aun así, era la antítesis de lo que es un púgil de los pesos pesados. Foreman era querido. Era un buenazo. Un bonachón que una vez retirado acabaría haciéndose reverendo y vendiendo barbacoas a padres de familia a través de la teletienda.

Los ingredientes estaban dispuestos y solo faltaba alguien que los cocinase. Quien sacó el colmillo y vio la oportunidad que allí se presentaba fue un joven afroamericano llamado Don King. Mucho antes de teñir de blanco un mechón de pelo y de ser parodiado en ‘Los Simpsons’, King era un ambicioso promotor que se haría famoso por explotar hasta la extenuación a los boxeadores a cambio de ingentes sumas de dinero.

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Don King

King no era, para nada, el favorito para organizar el evento pugilístico del siglo, pero se le ocurrió una idea tan descabellada como lucrativa. Se reunió con Alí y con Foreman y les prometió a ambos una bolsa de cinco millones de dólares por cabeza. Nunca jamás se había juntado cifra tan desorbitada por un combate. Ambos aceptaron de inmediato. Ahora sólo tocaba saber de dónde sacaría King diez millones de dólares.

Iba a crear “The Rumble in the Jungle” (Un Estruendo en la Jungla). Don King iba a llevar el combate al corazón de África.

Don King tuvo una idea. Y ya se sabe que lo más difícil es tenerla. Pensó. Si Muhammad Ali abandonó su nombre de esclavo (Cassius Clay) para volver a sus raíces y ser el guía moral de los afroamericanos, ¿por qué no llevar a Alí a la tierra natal de todos ellos? ¿Por qué no llevar el combate a África? La idea era magnífica. Pero para llevarla a cabo necesitaba de alguien que invirtiese diez millones de dólares en su plan.

Ese hombre iba a ser Mobutu Sese Seko.

Entonces en Zaire, hoy República Democrática del Congo y anteriormente el Congo belga, gobernaba Mobutu Sese Seko, uno de estos militares apoyados por la CIA que a cambio de engordar una cuenta personal en Suiza acaban liquidando un país. Cuando en 1997 los zaireños le den una patada, la riqueza personal del mariscal será mayor que la deuda externa del país centroafricano.

Con el apoyo estadounidense, temerosos de que el comunismo se expandiese por África, Mobutu Sese Seko acababa de presentar ante las Naciones Unidas lo que él llamo su plan de “autenticidad”. Renombro ciudades y lugares para africanizar el país, prohibió el cristianismo y la vestimenta originaría de Europa y, aquí está el quid de la cuestión, creó una beatificación a su persona y confiscó las empresas extranjeras para dárselas a sus familiares.

Ante tal panorama, Mobutu necesitaba un lavado de cara que, además, fomentase la africanización de su país. Que mejor que invitar a Zaire a Alí, el hombre que renegó de su pasado de esclavo y que se erigió como defensor de los derechos civiles de los negros. Don King supo ver la oportunidad y cerró el acuerdo. ‘The Rumble in the Jungle’ ya era una realidad.

Rumble in the jungle - Canarias3puntocero
Mobutu Sese Seko (i) y Alí (d)

—THE RUMBLE IN THE JUNGLE—

El combate quedó fijado para finales del mes de septiembre. Era 1974. Sin embargo, Foreman se cortó una ceja en un entrenamiento, por lo que hubo que posponer la pelea hasta el 30 de octubre. Y esas semanas de retraso fueron esenciales para convertir a Alí en mito viviente.

Mientras Foreman se encerraba en un gimnasio de Kinshasa, Alí se dedicaba a trotar por las calles y barrios más humildes de la ciudad. Se pasó el mes de octubre juntándose con los niños, visitando a los mayores, y, en definitiva, inhalando sus raíces. Mientras Foreman representaba al ‘Tío Tom’, al esclavo bueno que se ganaba su libertad siendo fiel a su amo, Alí era el hombre que daba dignidad al oprimido. Cuando en el acto de presentación del combate los miles de zaireños allí presentes se unan al grito de ‘¡Alí bomayé! (¡Alí mátalo!) la suerte de Foreman ya estaba echada.

En ‘The Rumble in the Jungle’ Alí iba a demostrar que podía aparcar su condición de estilista y encajar todos los golpes emulando la fortaleza de Foreman. La víspera del combate Alí pidió a los trabajadores del estadio donde se iba a celebrar el combate que con una llave inglesa aflojaran la tensión de las cuerdas del cuadrilátero. “Vas a bailar, Muhammad, esta noche vas a bailar”, cuentan que le dijo su entrenador. La idea era dejarse dominar por Foreman mientras apoyaba la espalda en las cuerdas y aguantaba las embestidas a derecha e izquierda. En el momento justo del impacto, Alí tendría que bailar un paso atrás para amortiguar el golpe y subyugarlo a través de las cuerdas. Al ser más elásticas absorberían la potencia de Foreman a la espera de que éste se cansase y Alí pudiese lanzar su contraataque.

Volar como una mariposa para picar como una abeja.

La pelea comenzó a las 04:00 horas de la madrugada de Kinshasa, para que el combate se viera en horario de máxima audiencia en Estados Unidos. Curiosamente en Zaire no fue retransmitido por ninguna cadena. Menos mal que hasta 60.000 zaireños se apelotonaron en el estadio 20 de mayo (antes Rey Balduino, después Tata Räphael) para desgañitarse animando a Muhammad Alí. 

The Rumble in the Jungle (1974) - IMDb
The Rumble in the Jungle

El combate y todo el contexto político, social y cultural en el que se desarrolló el evento fueron legendarios. Antes del evento hubo un megaconcierto con B.B King, Celia Cruz o James Brown, que cautivó a todos con ‘Say it loud. I’m black and I’m proud’ (‘Dilo alto. Soy negro y estoy orgulloso’). Norman Mailer, ganador de dos premios Pullitzer, decidió coger la pluma y escribir in situ sobre aquel combate. Ya había un ganador antes del inicio. Ese era Don King.

Tras el gong, Alí se mantuvo tranquilo y fanfarrón durante los primeros asaltos. Encajaba golpe tras golpe contra las cuerdas y le hablaba a Foreman al oído. “Me decepcionas, no me estás pegando fuerte”, soltaba Alí, a lo que Foreman respondía sacudiendo enloquecido. Todos los presentes querían la victoria de Alí, pero todos contaban con el triunfo de Foreman.

El plan de Muhammad Alí estaba dando el resultado esperado. En el quinto asalto Foreman comenzó a dar síntomas de fatiga. Alí se había dejado golpear por una mula, pero seguía intacto. Foreman descargó una batería de golpes que hubiesen tumbado a un rinoceronte, pero Alí se mantenía en pie. Se las arregló para que le golpease los brazos y el cuerpo, pero siempre evitando que el puño de Foreman se acercase a su cabeza. “No puedes hacerme daño. No pensé que fueses tan malo”, contestó con una sonrisa el rey del ‘trash-talking’.

En el séptimo asalto Foreman al fin logró impactar contra la mandíbula de Alí. Fue un golpe seco. Terrible. Alí se tambaleó durante unos segundos y cayó a los brazos de Foreman. “¿Eso es todo lo que tienes, George?”, le dijo Alí con una sonrisa, como el que recibe una caricia. Aquel hombre acababa de ser atropellado por un tren de mercancías y seguía intacto. Se dice que fue entonces cuando a un joven italoamericano que estaba viendo el combate por televisión a miles de kilómetros de distancia se le encendió una luz. Al día siguiente comenzó a escribir un guion que le permitiese dejar de un lado un aciago pasado como actor porno para poder brillar en Hollywood.

Era Sylvester Stallone.

Con Foreman exhausto y psicológicamente destrozado, en el octavo asalto Alí decidió salir de la cueva e irse al ataque con las fuerzas que le quedaban. Alí, enrollado entre las cuerdas, no tendría gas para más que un par de asaltos, por lo que tendría que acertar de primeras. A Foreman comenzaron a lloverle derechazos desde el cielo de Kinshasa. Dos relámpagos salieron de los puños de Alí, y tras varios ganchos consiguió arrinconar a Foreman contra las cuerdas. A veinte segundos del final del asalto, Foreman, falto de velocidad por el cansancio, erró su gancho y en una brutal combinación izquierda-derecha, Alí enviaba a la lona al campeón. ¡Alí, bomayé! rugían los 60.000 zaireños como una manada mientras el árbitro comenzaba la cuenta atrás. Foreman llegó a ponerse en pie mientras el colegiado gastaba el último número de la cuenta atrás. Pero el campeón no llegó a tiempo.

Había un nuevo campeón.

Muhammad Alí recuperaba, siete años más tarde, el título de campeón del mundo de los pesos pesados. ¡Alí, bomayé! ¡Alí bomayé! No hubo la danza que había pronosticado Alí, pero sí un dominio táctico y psicológico que pasaría a la historia. Alí recuperaba un cinturón de campeón del mundo que siempre debió ser suyo tras diez segundos apoteósicos. Un contraataque de seis picaduras de avispa que tumbaron a un oso.

George Foreman necesitaría ayuda psicológica para superar la derrota y sumaría dos años sin volver a pelear. La mañana siguiente al combate, aún sin dormir, Muhammad Alí paseaba por las calles de Kinshasa saludando a la gente y hablando de la unión entre los negros de África y de Estados Unidos. Ambos, Foreman y Alí, subirán abrazados a recoger el premio Oscar en 1996 cuando un documental sobre la pelea gane el premio de la academia hollywoodiense.

A Don King le salió bien la jugada porque el evento tuvo tanto éxito que recaudó más de 100 millones de dólares. Diez veces más de lo prometido a los dos púgiles. La televisión lo convirtió en uno de los primeros éxitos a nivel global. Así que para el año siguiente Don King decidió repetir la jugada. Para 1975 Muhammad Alí tendría que defender su corona ante Joe Frazier en Manila, bajo la atenta mirada de Ferdinand Marcos, otro sátrapa derrochador de dinero público.

El evento ’Thrilla in Manila’ (Gorila en Manila) fue otro éxito rotundo. Alí volvería a generar emoción e interés y, de paso, desgaste en su oponente (lo de gorila iba dedicado a Joe Frazier) pero no llegaría a alcanzar el clímax de ‘The Rumble in the Jungle’. En Filipinas hubo que parar el combate a falta de un asalto porque el entrenador de Frazier temía por la vida de su pupilo. Muhammad Alí retendría un título que conservaría durante un trienio, pero jamás volvería a alcanzar en ningún otro combate la mística de aquella legendaria pelea en el corazón de África. La mística de ‘The Rumble in the Jungle’. 

“Luché contra un lagarto. Peleé contra una ballena. Sólo la semana pasada asesiné a una roca, lesioné a una piedra y hospitalicé a un ladrillo. Soy tan malo que hago enfermar a los medicamentos (…) Soy tan rápido que ayer a la noche apagué la luz de la habitación de mi hotel y ya estaba en la cama antes de que el cuarto se pusiese oscuro. Hay dos cosas que son difíciles de ver; una es un fantasma y otra es Muhammad Alí”.

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A inicios de 1967 Muhammad Alí era el indiscutible campeón mundial de los pesos pesados. Eran tiempos convulsos. Estados Unidos se había embarcado en la que iba a ser una larga y costosa guerra en Vietnam. Alí se negó a alistarse cuando fue llamado a filas y el Gobierno americano abrió un proceso público contra él que acabó con una multa de 100.000 dólares, su encarcelamiento y la desposesión de su título de campeón del mundo. Tenía 25 años y, de pronto, había perdido sus mejores años como boxeador.

No volvió a competir hasta finales de 1970.

Antes de eso Cassius Clay había sido un joven y lenguaraz boxeador que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma antes de dar el salto al profesionalismo. Combate a combate fue ganando respetabilidad, hasta que en 1964 tuvo la oportunidad de luchar por el título de campeón de los pesados ante Sonny Liston. Ganó. Pero lo relevante es como ganó. Clay recurrió a la provocación llamando vago, oso y feo a su oponente, un bigardo de ancha nariz y pobladas cejas. Escribió un poema en el que decía que lo tumbaría en el octavo asalto. Su conducta escapaba de todo control y fue multado por ello. Dejó también una frase que se convertiría en parte de su existencia: “Flotaré como una mariposa y picaré como una abeja”. Clay ganó y al día siguiente de su victoria decidió cambiar su nombre de esclavo y convertirse al islamismo.

Había nacido Muhammad Alí (El amado de Dios).

Alí se apodó a sí mismo como ‘The greatest’ no sólo por su genio en el cuadrilátero, sino por su ingenio al bajarse del ring. Vinculado a la cultura afroamericana, el ‘trash-talking’ es la utilización del lenguaje para minusvalorar al oponente, para destrozarlo psicológicamente, algo sensacional en una cultura ultra competitiva e individualista como la estadounidense. Alí supo usar sus declaraciones incendiarias para fundirse con la sociedad del momento. Su vida, con sus idas y venidas, explica que significa ser americano y ayuda a comprender como los desgarros sociales de los 60 llegaron a parir un presidente afroamericano en 2008.

Para el mundo eurocéntrico la audacia comunicativa de Alí tiene continuación en el baloncesto, un deporte mucho más popular. Curiosamente fue un blanco, Larry Bird, el más aplicado alumno del ‘trash-talking’ (algo así como lenguaje basura), una práctica hoy en desuso por la fiebre de lo políticamente correcto. Atenazados por el miedo a la ofensa de un chiste, una palabra o una idea, lo que antes era banal y divertido hoy será visto en el mejor de los casos como prepotente y despectivo y, en el peor, como racista o misógino.

Muhammad Alí era un genio en el uso de los adjetivos. Burlón, grosero en exceso, hiperbólico, estúpido, capaz. Arrogante, odioso y creativo, sus palabras brotaban para hacer crecer el interés de la audiencia, multiplicar el dinero, y. sobre todo, desestabilizar al oponente. Alí tenía la imperiosa necesidad de llevar a la lona al contrincante a golpe de diccionario. Era capaz de ganar un combate mediante la palabra, al tener la habilidad de introducirse en la cabeza de aquel al que tenía que sacudirle una hondonada de ostias.

Esa insolencia lo hacía igual de querido que de odiado. La indiferencia no era aplicable a Alí. Tuvo que pelear una segunda vez contra Liston para obtener el título de campeón de los pesados, porque la WBA (World Boxing Association) vio irregularidades en su pelea. La realidad era otra. Nadie quería como campeón a un seguidor de Malcolm X que escupía sapos y culebras por la boca. Dio igual. Alí noqueó a Liston en un segundo combate en apenas trece segundos. La instantánea de la victoria, es, quizás, la fotografía deportiva más conocida de todos los tiempos.

 

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K.O. en trece segundos

Alí se convirtió en un icono atemporal. Un altavoz de los rupturistas y desenfadados años 60. Era atractivo para los medios de comunicación, alzaba la voz contra el sistema, defendía la lucha por los derechos sociales de los negros y se mostraba abiertamente hostil ante la tropelía bélica de Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Como comentaba, Muhammad Alí fue llamado a filas para combatir en Vietnam. Presentó sucesivos requerimientos para aplazar la llamada y, dado que era personaje público, si hubiese estado callado Alí hubiese pasado el servicio militar entrenando y tomando unas cervezas con algún teniente coronel. Pero el caso es que Alí alegó razones de conciencia y motivos religiosos para no incorporarse al ejército. “No tengo problemas con los vietcongs. Ellos nunca me llamaron negrata”, diría.

Alí se convirtió de facto en la persona más odiada, al menos, por la mitad del país. Le retiraron su título de campeón del mundo y le imposibilitaron volver a pelear. Jamás acudió a los requerimientos judiciales que lo citaron como Cassius Clay y dedicó su tiempo a dar charlas en universidades de todo Estados Unidos. Cuando las cosas se torcieron en Vietnam y la opinión pública se puso de espaldas ante la guerra, la figura de Alí fue reivindicada y la sanción revocada.

De pronto Muhammad Alí pasaba a ser algo más que un púgil soberbio y bocazas para convertirse en una figura capaz de enfrentarse al país más poderoso del mundo y poner frente al espejo a una sociedad profundamente racista.

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El tiempo pasó. Era septiembre de 1970. Habían transcurrido cerca de cuatro años. Alí salió de la cárcel. Ya no era campeón del mundo, pero estaba dispuesto a recuperar lo que en verdad era suyo.

Durante esos cuarenta meses de obligada ausencia, Joe Frazier y George Foreman se disputaron el título de campeón del mundo. Ambos eran dos pegadores con una contundencia descomunal en cada golpe. Ambos eran, además, dos negros queridos por el ‘establishment’. Alí se distinguía por su agilidad, su juego de pies y un combate a distancia a la espera del momento oportuno para conectar un golpe preciso y contundente. Era un estilista. Y era un estilista con labia. Volvió con un discurso ideológico radicalizado. “Me echaron los políticos blancos”, decía. Alí pasó a ser un sujeto perturbador por lo que decía y por como lo decía. Ahora no solo los negros lo adoraban, sino multitud de blancos lo apoyaban. Pasó a ser un icono para los desfavorecidos. Pasó a ser un símbolo del pacifismo.

“Odié cada minuto de entrenamiento, pero no paraba de repetirme; no renuncies, sufre ahora y el resto de tu vida vivirás como un campeón”. Alí volvió más grande, más rápido, más borde, más prepotente y más irreverente que nunca. “Si alguna vez sueñas con vencerme, es mejor que despiertes y me pidas disculpas”, así le espetó a Joe Frazier cuando en 1971 se retaron por el título mundial. El combate fue durísimo y Frazier retuvo el título de los pesados tras los doce asaltos por decisión de los jueces. En este caso no hubo polémica alguna. Tan sólo eran dos mulas dándose estacazos. Por supuesto Alí no estaba de acuerdo con la decisión del jurado. Sacó la lengua a pacer y lo tuvo claro. El único campeón era él.

Tras el combate Alí tuvo que pasar 24 horas en observación en un hospital.

Frazier estaría más de dos semanas ingresado.

El estilista Alí y el fajador Frazier volvieron a enfrentarse a inicios de 1974. El veterano Alí se llevó la victoria tras otro terrible combate resuelto por los jueces tras los doce asaltos. Pero en este caso el premio no era la corona mundial, sino poder retar a George Foreman, por entonces dueño del cinturón de campeón del mundo. Siete años más joven, Foreman lucía un récord de 40-0, incluyendo una eléctrica victoria ante Frazier en tan sólo dos asaltos.

George Foreman era el indiscutible favorito. Muhammad Alí tendría que usar todas sus artimañas para obtener el título. El 30 de octubre de 1974 dos bestias dejarían el ring para pelearse en la selva…

“Imposible solo es una palabra que usan los hombres débiles para vivir fácilmente en el mundo que se les dio sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un reto. Imposible no es nada”. Muhammad Alí.

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