croacia

Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

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Fratelli d’Italia

Lo primero antes que nada es explicar lo que es el irredentismo. En España, desde donde escribo, es un concepto en desuso. El nacionalismo lo abarca todo. Pero el irredentismo existe. El reclamo de Gibraltar como parte de España es irredentismo. Lo es también la proclama por unos Países Catalanes desde Barcelona. Del mismo modo irredentismo es cuando desde Euskadi se solicita la anexión de Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa (Navarra). El irredentismo es, en definitiva, la corriente política que propugna la anexión a un territorio considerado como nación de otros territorios que se consideran propios de aquel por motivos culturales, históricos, lingüísticos o raciales. Irredento significa ‘no liberado’. Por lo tanto, hace referencia a aquellos territorios que deberían formar parte de la nación o estado reclamante.

Argentina (Malvinas), Bolivia (corredor de Atacama), China (Taiwán), Israel (Palestina), India (Cachemira) o Rusia (Crimea), son algunos de los movimientos irredentistas más conocidos a nivel global. Sin embargo, es en la Europa continental donde esto es común a cualquier nación. La implosión del Imperio Austro-Húngaro en 1918 y, anteriormente, el surgimiento del movimiento nacionalista vinculado al Estado-Nación en el siglo XIX, convirtió a Europa en una suerte de reino de taifas. Fue en ese siglo XIX cuando se fundaron dos entes esenciales en la historia europea que hasta entonces no conformaron una unión sólida. Se trata de Alemania e Italia, y ambas, curiosamente, cerraron fronteras reconocidas en 1871. Desde ese mismo año, desde el primer minuto de la unificación, Alemania reclamaba territorios en otros lugares. Fue el germen de una deriva que llevaría al nazismo a reclamar lo que se dio en llamar ‘Espacio Vital’. Hoy, mutilada, Alemania tendría motivos para contar con un fuerte movimiento irredentista, pero al ser una ideología ligada al nazismo no tiene apoyo alguno ni entre las elites dirigentes ni entre la sociedad.

Donde fue acuñado el termino irredentismo fue en Italia. Ligado al Risorgimento (Renacimiento) tiene hasta un museo en Turín, primera capital del nuevo Estado. Allí, en el majestuoso Palacio Carignano, donde se ubicó el primer parlamento italiano, un toro con los colores de la bandera italiana recibe a los visitantes que quieran enfrascarse en la historia del país de la bota. La reunificación italiana consiguió unir en un solo reino a territorios repartidos por dinastías extranjeras como los Habsburgo o los Borbones así como los Estados Pontificios. Pero había algo más. Algo que no se logró conseguir. Los territorios irredentos. Lugares donde los italianos eran mayoría. Trentino, Fiume y Dalmacia, provincias que entonces pertenecían al Imperio Austrohúngaro.

Italia unificada (1871) y sus reclamaciones irredentas

Antes de que Italia fuese una, la Península Itálica estaba divida en múltiples entidades territoriales. Uno de ellos era la Serenissima República de Venecia. Fundada sobre una laguna por ciudadanos romanos que escapaban de las invasiones de hunos y godos cuando el Imperio Romano tocaba a su fin, Venecia fue creciendo hasta convertirse en una pujante Ciudad-Estado durante la Edad Media. En el siglo XVI, en su época de máxima expansión, ocupaba Chipre, Creta, Líbano, Montenegro, múltiples islas del Mediterráneo y buena parte de lo que hoy conforma Grecia.

Eran esos territorios que podríamos tildar de coloniales. Extraterritoriales. Pero controlaba también las montañas del Trentino, la llanura del Fiume y la costa de Dalmacia (hoy Croacia). Todos lugares considerados geográficamente italianos y todos con fortísima presencia en la psique del pueblo italiano al ser parte esencial del Imperio Romano. Las dos costas del Mar Adriático, lo que hoy es Italia en una ribera y la ex Yugoslavia en la otra, construían para Italia un territorio propio.

Y no era para menos. Cuando la I Guerra Mundial estalla en 1914 se estima que en el Fiume habitan más de un 75% de italianos, mientras que en Dalmacia el porcentaje es de un 25%. En Split, por citar un ejemplo, existen dos equipos de fútbol. El Hajduk, fundado por nacionalistas croatas, y el Calcio Splato, fundado por nacionalistas italianos. Y esto es significativo de una realidad. Los tres territorios irredentos reclamados pertenecían al Imperio Austrohúngaro, Imperio que estaba a punto de estallar en mil pedazos.

Tras cuatro sangrientos años de contienda el Imperio Austrohúngaro desaparece. Italia, en el bando de los vencedores, recibe como compensación territorial el Trentino (capital en Trento). Sin embargo, el Fiume (Rijeka para los croatas) y la Dalmacia (Dubrovnik para los croatas y Ragusa para los italianos) pasó a formar parte del recién formado reino de Yugoslavia. Aquello es una afrenta para los irredentos italianos. Habían ganado la guerra, pero se sentían olvidados por Francia y Gran Bretaña, los dominadores del cotarro.

Será ese el germen del movimiento fascista liderado por Benito Mussolini.

¡El Adriático es italiano!

Es 1919. Época de afanosísimas convicciones nacionalistas de patria y honor. Doloroso es especialmente el caso del Fiume. Los leones venecianos de San Marcos adornan la entrada de ciudades como Zadar o Split. Ciudades que son yugoslavas (croatas) cuando tendrían que ser italianas. Fiume era una daga en el corazón de los italianos. No en vano, en 1919, meses después del término de la IGM, hubo un referéndum en Fiume cuyos resultados convertían la provincia en territorio italiano. No obstante, los efectos de la consulta no fueron vinculantes y Yugoslavia, con el apoyo de la Sociedad de Naciones (antecesor de la ONU), se mantuvo firme y conservó el territorio como propio.

Es entonces cuando aparece en escena Gabriele D’Annunzio. Duque, poeta, sex-symbol y militar, D’Annunzio sobrevoló Viena con su caza durante la I Guerra Mundial. Perdió un ojo durante una contienda en la que se convirtió en uno de esos héroes caballerescos, uno de esos ases del motor que al mando de su escuadrón eran venerados por militares y civiles a partes iguales. Amante de la tecnología, futurista, D’Annunzio fue uno de los primeros seres humanos que lanzó torpedos desde un avión. Tras la guerra se convirtió en parlamentario y en articulista destacado de ‘Il Popolo d’Italia’, el periódico dirigido por un tal Benito Mussolini. Con esos ideales no era de extrañar que en 1920 el comandante D’Annunzio, liderando a miles de militares, ocupase el Fiume y lo declarase provincia italiana. Aquello no estaba bien. No se podía permitir. El gobierno italiano, por entonces democrático, acabaría bombardeando (a regañadientes, porque en su fuero interno no querían hacerlo) en las navidades de ese año el Fiume, por lo que D’Annunzio se desdijo de lo dicho y proclamó la independencia del territorio como Estado Libre del Fiume. Luego, en 1924, ya con Mussolini y el fascismo en el poder, Italia se anexionaba el Fiume con el beneplácito de D’Annunzio y sus hombres. Yugoslavia, por cierto, dejó hacer. Bastante tenía con mantener la paz y el orden dentro de sus fronteras.

D’Annunzio

Esos cuatro años de mandato del ‘Duce’ D’Annunzio en el Fiume fueron cuanto menos curiosos. Prohibió la presencia de piratas o contrabandistas en sus costas bajo pena de muerte, anuló los divorcios y eliminó las drogas, fuesen blandas o duras, de las calles. Pero fundamentalmente lo que intentó fue italianizar al máximo posible la región.

Una de los métodos elegidos fue celebrar partidos de fútbol internacionales. Oficiosos, obviamente. Escogió como color de la camiseta del Estado Libre del Fiume el azul de la selección italiana, como no podía ser de otra manera. Por aquel entonces Italia vestía con una camiseta en cuyo pecho llevaba en escudo sobre fondo rojo con cruz blanca en representación de la Casa de Saboya, la casa reinante en Italia desde 1861. Pero claro, el Fiume era una cosa e Italia era otra. D’Annunzio no podía utilizar dicho escudo. Hubo de cambiar de idea. Decidió montar sobre el pecho una escarapela tricolor de franjas horizontales. Verde, blanca y roja. Los colores de la bandera italiana.

A eso se le llamó ‘Scudetto’.

La idea gustó. Y gustó mucho. Cuando en 1924 el Fiume pase a formar parte de Italia, la FIGC (Federación Italiana de Fútbol) decide adoptar el ‘Scudetto’ como propio. El 10 de octubre de 1924 se establece que el vigente vencedor de la liga italiana (Serie A) lleve en el pecho el distintivo del ‘Scudetto’ como símbolo honorífico del trofeo conquistado. Tras la II Guerra Mundial y la deposición de la monarquía, el ‘Scudetto’ también sustituirá al escudo de la casa de Saboya de la camiseta de la selección ‘Azurra’.

Como explicaba en el párrafo anterior, la idea D’Annunzio gustó, y gustó mucho. Para Italia, como nación de nuevo cuño, es imprescindible que los méritos se sepan y se reconozcan. Además, la simbología castrense era complementaria al nuevo ideario fascista. La escarapela no es más que un trozo de tela, pero su simbología es fascinante. Se emplea desde la Antigüedad como complemento del uniforme militar. La posibilidad de fabricarlo a gran escala en color resultaba ideal durante el siglo XIX en plena efervescencia de banderas nacionalistas. Lo que antes se colocaba en una bandera, gorra o sombrero, pasó a llevarse en la solapa o en la manga del uniforme castrense. En la Francia de la Revolución o en la Sudamérica independentista ya había hecho fortuna entre civiles como símbolo de libertad.

Scudetto

Fue el Génova FC el primer club que lució el ‘Scudetto’ en 1924 como vigente campeón nacional. Con el paso de los años gustó la idea de hacer lo mismo con el campeón copero. Sería en 1958 con la creación de la Recopa de Europa. La FIGC consideró que el representante italiano tendría que lucir una escarapela que lo distinguiera como campeón copero por el Viejo Continente. Nacía entonces la ‘Coccarda’, un distintivo circular formado por tres circunferencias siendo la exterior, y más grande, roja, la del medio blanca, y la interior, y más pequeña, verde.

Aún hubo algo más. En ese mismo 1958 la Juventus FC turinesa lograba su décimo título de la Serie A. Umberto Agnelli, presidente de la Juve, consideró que la efeméride debía ser recordada, por lo que solicitó a la FIGC un distintivo representativo. Tras un mes de deliberaciones se otorgó a la Juve la opción de colocar una estrella dorada de cinco puntas encima de su escudo. Hoy se otorga una estrella a cada club que consigue alzarse con una decena de títulos de la Serie A. La idea pronto fue copiada por otros países e incluso la FIFA la adoptó para las selecciones nacionales en reconocimiento a sus títulos en el Mundial de fútbol.

Juve (18/19). Scudetto, coccarda y estrella dorada

¿Y el Fiume?

Volviendo a la irredenta región del Fiume, en aquellos agitados años 20 se fundaron dos equipos. La Unione Sportive Fiumana, con los colores rojo, amarillo y azul del Fiume, llegó a competir en la Serie A en 1929 aunque, exceptuando ese año, militó en la Serie B hasta que en 1943 la liga hubo de suspenderse por culpa de la II Guerra Mundial. El otro club existente era el NK Rijeka, fundado en 1906 por nacionalistas croatas, y que pasó por diferentes vicisitudes hasta que en 1945 fue refundado por comunistas y pasó a integrar la liga yugoslava. En 2017 ganó su primera liga croata.

Desde 1945 el Fiume (Rijeka) formó parte de Yugoslavia y, tras la Guerra de los Balcanes iniciada en 1991, forma parte de Croacia. Hoy, anualmente, el estadio Marmi de Roma acoge un triangular irredento (triangolare del ricordo) que cuenta con la notable presencia de 5.000 o 6.000 espectadores. Son los hijos, nietos y hasta bisnietos, de aquellos italianos que hubieron de marcharse de los territorios irredentos. Compiten la Union Sportive Fiumana (Fiume-Rijeka), el Dalmacia Calcio (Zara-Zadar) y el Giovanni Grion Pola (Pola-Pula), todos conjuntos croatas con fuertes raíces italianas.

Otras historias sobre el fútbol italiano

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