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One club man

El Athletic Club de Bilbao es un club especial. No es un club cualquiera. Cada uno de nosotros podríamos decir lo mismo del equipo de nuestros amores, pero estaríamos faltando a la verdad. El Athletic cuenta con una filosofía propia que trasciende más allá del rectángulo de juego. No por admirada es querida. El Athletic cuenta con unas cuantas legiones de rechazo a lo largo de los cuatro puntos cardinales de la geografía española. Son vascos. Y ya se sabe que lo vasco tiene más detractores que admiradores. Pero los odios también se ciñen a las fronteras de lo que ellos dan en llamar Euskalherria. El Athletic es un león que devora piezas menores y esquilma a base de talonario las canteras de los demás equipos vascos.

Las propias limitaciones del modelo hacen indispensable el dinero para mantenerlo en pie. El Athletic sobrepaga a sus jugadores con la única finalidad de retenerlos. Salvo Barça, Madrid o Atlético nadie paga tanto como el Athletic. Un suplente bilbaíno gana con facilidad el doble que cualquier chupabanquillos de otro conjunto de Primera. Sí, por el contrario, el Athletic decide fichar a un jugador conoce que debe pagar un sobrecoste extra a sabiendas de que su demanda es muy elevada y su oferta limitada. Muchos de esos gastos son sufragados con dinero público vasco, hecho que incita recelos y protestas de sus vecinos de San Sebastián y del resto de equipos de Euskadi.

Esa política, tan suicida como racista y tan valiente como romántica, hace del Athletic un club especial. A nadie le importa ganar un título con once futbolistas de origen más allá de los Pirineos y a nadie le importa que se equipo consiga ascender a Primera con once deportistas del otro lado del Atlántico. A nadie. Pero si tu sino es ver pasar los domingos con la única aspiración de entrar en Europa de tanto en cuando, de lograr la permanencia un año tras otro o de pasar una insulsa vida en Segunda per saecula saeculorum, siempre es mejor hacerlo con chicos de la casa. Con chavales que sabes que fueron criados en tu barrio, en tu ciudad o en tu comarca y que comparten un sentimiento de apego hacia el club al que con fervor sigues desde tu infancia.

Es digno de elogio lo que hace el Athletic y mucho más desde que a mediados de los 90 el fútbol abrió fronteras y se eliminaron las restricciones para la compra venta de jugadores. A pesar de que el Athletic paga generosos sueldos fuera de mercado es incapaz de retener a sus mejores futbolistas, en especial si son de corte ofensivo, los más demandados por los grandes equipos. Si antes Barça (Garay, Zubizarreta, Salinas, Alexanko, Goicoetxea, Iñigo Martínez…) y en menor medida Madrid (Alkorta o Karanka) echaban sus redes en Bilbao, ahora la pesca es de altura. Javi Martínez (FC Bayern), Ander Herrera (Manchester United), Fernando Llorente (Juventus), Kepa (Chelsea FC) y Laporte (Manchester City) son ejemplos de ello.

Dado que el Athletic no puede competir ni en sueldos ni en palmarés con semejantes transatlánticos, debe entonces apelar a los sentimientos. El Athletic hace mucho que ha dejado de ser un grande. Sí hoy, 5 de abril de 2024, me están leyendo sabrán que los leones llevan cuatro décadas sin sacar la gabarra. Sí me leen dentro de un par de días es muy probable que estén celebrando un título. Sería suceso extraordinario, porque el Athletic elogia un sentimiento y poco más que eso.

Por todo esto a la directiva del Athletic Club se le ocurrió en 2015 una feliz idea. Dado que solo pueden apelar a los sentimientos para que sus jugadores decidan hacer carrera en Bilbao se inventaron el One Club Man. Se trata de un premio que está cogiendo una cierta notoriedad a nivel internacional por innovador y por su carga simbólica. Anualmente se recompensa a un futbolista (masculino y femenino) ya retirado cuya longeva carrera siempre haya trascurrido en el mismo equipo.

El ganador recibe un homenaje, con entrevistas incluidas, durante un fin de semana y la entrega del premio se realiza en el descanso de un partido que el Athletic dispute en San Mamés. Ese día se invita al campo a todos los jugadores del Athletic, desde los del primer equipo, quienes ya están en el estadio, como a todos los integrantes de las categorías inferiores cuyos compromisos les permitan acudir. La idea es homenajear a esa estrella internacional que con su presencia da renombre al premio, pero, al mismo tiempo, la intención es que esos futbolistas comprendan que se puede tener una larga, feliz y exitosa carrera defendiendo únicamente al club de tus amores.

José Ángel Iribar, el futbolista que más partidos ha disputado con la camiseta del Athletic, y el niño más joven que forme parte de la cantera de Lezama, acompañan al homenajeado al centro del campo para hacerle entrega de su trofeo. A Iribar, por cierto, nunca le han dado el trofeo porque los futbolistas del Athletic están excluidos del mismo.

One Club Man Award

Futbolistas que hayan jugado en un mismo club toda su carrera no hay muchos. Según la Wikipedia su número ronda los 300. Y esa cifra tiene algunos matices. En primer lugar, muchos de esos jugadores son semiprofesionales y pertenecen a ligas menores que pueden ir desde Guatemala a Japón o a una categoría secundaria de una liga potente. Y en segundo, y más relevante lugar, muchos de esos futbolistas son de inicios del siglo XX cuando cambiar de equipo era una quimera. De esos los hay a patadas.

El Athletic cuenta con un buen ramillete de ellos. De esos de los que poco sabemos, pero retumban en nuestra memoria. Rafael Moreno ‘Pichichi’, José María Belauste (el de ¡A mí Sabino, que los arrollo!) o Piru Gainza son los más destacados. Sagi-Barba del Barça o Santiago Bernabéu, el tiempo después factótum blanco, pasaron su vida futbolística con la misma escuadra. Guillermo Eizaguirre, el segundo de Ricardo Zamora en la selección, pasó su carrera en el Sevilla FC y Antonio Emery, el abuelo del afamado entrenador, defendió toda su vida la elástica del Real Unión de Irún. Ya tras la II Guerra Mundial, contemporáneo a Gainza, Antonio Puchades pasó su carrera en el Valencia CF y José María Zárraga ganó cinco Copas de Europa con el Real Madrid. En el ámbito internacional Gianpiero Boniperti defenderá en más de 450 ocasiones la zamarra de la Juventus, Antonio Rattin sumará cerca de 400 partidos con Boca Juniors y Lev Yashin tendrá una larguísima carrera que inicia en 1949 para finalizar en 1971 a los 42 años protegido por el escudo del Dinamo de Moscú. Incluso podríamos destacar a Bob Paisley, leyenda de los banquillos con tres Copas de Europa con el Liverpool FC, pero antes de esos logros fue futbolista red entre 1939 y 1954.

Hay unos cuantos más de esos cuya grandeza ha sido magnificada por relatos heroicos en tiempos donde la pluma y el papel enaltecían hazañas y derribaban hombres. Jugadores como José Piendibene (Peñarol), Gyula Birö (MTK Budapest), Giampero Combi (Juventus), Frantisek Planicka (Slavia Praga), Angelo Schiavio (Bolonia FC), Fernando Peyroteo (Sporting Lisboa), Billy Wright (Wolverhampton), Jozsef Bozsik (Hònved), Bill Foulkes (Manchester United) o Max Morlock (FC Nuremberg) forman parte de la mitología. Si hay alguno de estos nombres que les suenen de oídas me daré por satisfecho. Eso querrá decir que han leído y han prestado atención a alguno de los artículos que llevo escribiendo desde el año 2017.

Lev Yashin (Dinamo de Moscú)

Si nos vamos a los tiempos modernos, considerando modernos el inicio de la década de 1960 cuando la televisión ya está asentada y las competiciones continentales de clubes recién creadas empiezan a volar, el número de futbolistas de un solo club es más limitado. Aun así seguimos encontrando fieles a un mismo escudo. En la cuna del fútbol hallamos un par de ejemplos que coinciden con los años gloriosos de los equipos cuyos colores defienden. Jack Charlton (1952-73) en el Leeds United o Billy McNeill (1957-75) en el Celtic de Glasgow. Lo mismo sucede más allá del Telón de Acero con Eduard Streitsov (1954-70) en el Torpedo de Moscú, el ganador del Balón de Oro Florian Albert (1958-74) en el Ferencvaros o con el héroe de la Alemania comunista Jürgen Sparwasser (1966-79) en el FC Magdeburgo.

Alemán, de los autodenominados buenos, fue Uwe Seeler (1953-72) leyenda del Hamburgo SV que goleó en cuatro mundiales, pero no ganó ninguno. Si triunfaron con Alemania el defensa del Borussia Mönchengladbach​ Berti Vogts (1965-79), el extremo del Eintracht Frankfurt Jürgen Grabowski (1965-70) y los futbolistas del gran Bayern tricampeón europeo Sepp Maier (1966-79) y Hans-Georg Schwarzenbeck (1966-80).

Tricampeón europeo también fue el Ajax neerlandés gracias a jugadores como Sjaak Swart (1956-73) o Piet Keizer (1960-75). Bicampeón fue el Inter milanés de Sandro Mazzola (1960-77) y Giancinto Facchetti (1961-78). Décadas más tarde también cumplió toda una vida en el Inter Giuseppe Bergomi (1979-99) al igual que su contemporáneo Franco Baresi (1977-97) lo hizo en el AC Milan. Por cierto, tanto Facchetti como Baresi fueron además de jugadores, directivos y presidentes, al estilo Santiago Bernabéu. Otros como Manuel Pellegrini (1973-86) hicieron carrera como jugador y entrenador en su club de siempre (Universidad de Chile), aunque alcanzaron la fama en otras latitudes.

En clave española encontramos jugadores que forman parte de la mejor época de sus equipos, sean éstos modestos o con pedigrí. Tonono (1962-75) y Joaquín (1976-92) formaron parte de la UD Las Palmas y del Sporting Gijón respectivamente. Pepe Claramunt (1966-78) ganó una Liga con el Valencia CF e Iribar (1962-80) y Txetxu Rojo (1965-82) vivieron los penúltimos coletazos de grandeza del Athletic. Mención especial merece la Real Sociedad campeona de Liga en 1979 y 1980. Su éxito se fomentó en un grupo de canteranos que permanecieron fieles al club durante más de una década. Su fidelidad es digna de admiración. Kortaberría (1971-85), Satústregui (1973-86), Zamora (1974-89), Gájate (1977-92), Górriz (1979-93), Larrañaga (1979-94) y el gran capitán y fenomenal guardameta Luis Arconada (1974-89).

Aquella Real gobernó el ámbito doméstico, pero fue incapaz de alcanzar el éxito internacional. Si lo hizo Ricardo Bochini (1972-91) con Independiente de Avellaneda, Jôao Pinto (1981-97) en el FC Porto, Michael Zorc (1981-98) con el Borussia Dortmund o Marcos Bode (1989-02) con el Werder Bremen. No lo consiguió Nené (1967-86), sucesor de Eusebio en el SL Benfica, ni Klaus Augenthaler (75-91) con el FC Bayern. Charly Rexach (1964-81) se tuvo que conformar con una Recopa con el FC Barcelona. A Chendo (1982-98) le dio para ganar al límite una Copa de Europa con el Real Madrid, mientras que Manolo Sanchís (1983-01) levantó un par de ellas en el descuento de su carrera.

Manolo Sanchís (Real Madrid)

Los especímenes más especiales son aquellos que han conseguido ser fieles a un mismo club en el siglo XXI, cuando es prácticamente imposible resistirse a los cantos de sirena de la globalización y del poder de persuasión del dinero. Cierto es que hay alguno de ellos cuyo nivel futbolístico estaba más que exigido. Desde Aitor Larrazábal (1990-04) o Carlos Gurpegui (2002-16) en el Athletic, a Xabi Prieto (2003-18) en la Real Sociedad, Paco Soler (1990-04) en el RCD Mallorca, Juanma López (1990-01) en el Atlético de Madrid, Bruno Soriano (2006-20) en el Villarreal FC, Lars Ricken (1993-09) o Marcel Schmelzer (2008-22) en el Borussia Dortmund, Ledley King (1999-12) en el Tottenham Hotspur o Igor Malafeev (1999-16) en el Zenit. Mención especial merece el teutón Thomas Schaaf (1978-95), quien tras ser futbolista en el Werder Bremen fue entrenador hasta 2013. Más de tres décadas ligado al Werder sumando tres de las cuatro ligas y cinco de las seis copas que tiene el club fundado en la ribera del río Weser.

Luego hay otro tipo de futbolistas que fueron fieles a unos mismos colores desoyendo cantos de sirena. El más emblemático es Matthew Le Tissier (1986-02) que vivió una cómoda vida en el Southampton FC ya que despreciaba el estrés de pertenecer a un gran club. Le Tissier no ganó nada en su carrera al igual que Julen Guerrero (1992-06) no ganó nada con el Athletic. La diferencia es que Guerrero tuvo pie y medio fuera de Bilbao, pero fue regado con una lluvia de millones para permanecer fiel a la causa. Lo mismo le pasó a Fran (1987-05) en el RC Deportivo o a Francesco Totti (1993-2017), aunque ambos lograron títulos con el club de sus amores. Totti incluso ganó un Mundial y si no fue Balón de Oro fue porque la AS Roma no es club de campanillas.

Por último, están aquellos que no podían haber estado en mejor sitio que en el que estaban. ¿Para qué cambiar de equipo si es el de mis amores y además es uno de los mejores del mundo? Eso fue lo que le sucedió a Tony Adams (1984-02) en el Arsenal FC o a Jamie Carragher (1997-13) en el Liverpool FC. Si aún encima tu carrera en el club de tus amores coincide con el dominio mundial de tu equipo, el éxtasis debe estar asegurado. Eso fue lo que le tuvo que ocurrir a Ryan Giggs (1991-14), Gary Neville (1992-12) y Paul Scholes (1993-13) en el Manchester United, a Carles Puyol (1999-14) en el FC Barcelona y, especialmente, a Paolo Maldini (1985-09) toda una vida de victorias en el intimidante AC Milan ganador de cinco Copas de Europa.

Paolo Maldini (AC Milan)

La lista irá agrandándose con el paso del tiempo, aunque las vicisitudes del fútbol actual harán cada vez más difícil sumar adeptos a la lista. A las puertas de ser One Club Man están, en el momento de escribir estas líneas, el barcelonista Sergi Roberto (improbable), el madridista Nacho Fernández (posible) o el castellonense Manu Trigueros (previsible). En el teatro europeo acabarán siendo One Club Man Igor Akinfeev con el CSKA de Moscú y, a menos que los cantos de sirena de algún país emergente no le hagan sucumbir, también formara parte del listado el mediapunta del FC Bayern Thomas Müller.

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Un apunte sobre los colores nacionales

Formalmente los Estado-Nación se formaron tras la Paz de Westfalia que dio por finalizada la Guerra de los Treinta Años en 1648. Se ponía entonces coto al poder feudal y se daba paso a organizaciones territoriales fundamentadas en un gobierno que reconocía sus límites y su poder. En la práctica esta teoría no sería realidad hasta la Revolución Francesa de 1789 en la que el gobierno dejaba de estar integrado únicamente por el rey y los nobles para otorgar legitimidad al pueblo. En un Estado-Nación no hay periferias conquistadas ni subordinadas (como en el Imperio), abarca a un extenso grupo de ciudades (no es una Ciudad-Estado como las polis de la Antigua Grecia) y no es una liga confederada de Estados (como la Unión Europea). Tradicionalmente un Estado-Nación estaba dominado por una etnia concreta supuesto que, con el multiculturalismo actual, está en entredicho. No es extraño que sea ese el motivo principal de la actual decadencia de esta forma de gobierno.

El Estado-Nación tuvo que adoptar una ideología y un simbolismo. Ya no era el rey, aunque muchos estados han mantenido a la monarquía como fuente de legitimidad, sino un conjunto de reglas acordadas entre iguales las que fomentaban la unión. El traje, la comida, la moneda, la fiesta nacional, el idioma o hasta la mitología de una batalla fundacional forman parte del acervo cultural, de la argamasa que une a la sociedad.

Con todo ello, son tres los símbolos esenciales en los que se fundamenta el Estado-Nación. Importantes en la actualidad y trascendentales en el pasado cuando los niveles de analfabetismo rallaban lo obsceno. Se trata del himno, del escudo y de la bandera. Para el fútbol, instrumento notable de socialización y construcción del Estado-Nación, estos tres elementos son básicos en la simbología de sus selecciones nacionales. Si bien el himno sólo hace su marcial aparición al inicio de los encuentros internacionales, tanto el escudo como la bandera son intrínsecos a los colores con los que identificamos a ese país cuyas hazañas bélicas dieron paso a las deportivas, las cuales serán más banales, pero también menos sangrientas.

Como tantos otros equipos Italia comenzó vistiendo de blanco, simplemente por motivos económicos. Así ocurrió en el primer partido de Italia, una victoria por 6-2 ante Francia en Milán. El color nevado sigue siendo el identificativo de su segunda equipación. Pero el color representativo de la selección italiana es el azul, a pesar de que la bandera transalpina obvia el color del cielo en cada una de sus tres franjas. El motivo de tal elección es que el azul es el color identificativo de la familia real de Saboya, casa gobernante desde la unificación del país en 1870.

Es por ello que a Italia se le conoce como Azurra, aunque en realidad el color de la camiseta fue celeste hasta que en 1934 pasó a tener ese azul oscuro que hoy reconocemos con celeridad. En aquellos años, se cambió el blanco de la segunda equipación por el negro fascista por deseo de Mussolini. Habría más cambios con la camiseta suplente. En los años 50 se mudó el blanco por el verde en las categorías inferiores. La idea era que el verde (de tono aguamarina) era un color de transición antes de llegar al azul. De juvenil serás verde antes de convertirte en azzurro. Esa era la idea. Tal color es usado en la actualidad para alguna tercera equipación. Y el azul, el azul de los Saboya, sigue siendo el color de Italia a pesar de que desde 1945 los monarcas ni están ni se les espera.

Italia 38. Saboya + fasces

Motivos reales también son los que llevaron a Países Bajos a adoptar el naranja como el color de su selección a pesar de lucir una bandera roja, blanca y azul. Su primera camiseta fue blanca con una franja en diagonal con los colores de la bandera. Eso duró poco. Pronto se pasó al naranja. El origen se remonta a 1648 cuando los neerlandeses declararon su independencia tras derrotar a los Austrias españoles. El líder de la revolución fue Guillermo de Orange-Nassau y su casa la gobernante en la monarquía del país. La bandera de los Orange-Nassau está formada por dos franjas naranjas y una azul, de ahí que la primera equipación de los neerlandeses sea la naranja y la suplente sea, tradicionalmente, azul.

Otra legendaria selección traicionera con los colores de su bandera es la alemana. El rojo, negro y amarillo es cambiado por el blanco. Su camiseta color albo y pantalón negro es representativa del reino de Prusia, cuna de la patria alemana. La indumentaria alternativa está, como todas, sujeta a cambios mercadotécnicos, pero tradicionalmente es de color verde. El motivo es que la primera selección que se dignó a jugar contra Alemania tras la II Guerra Mundial fue la irlandesa, por lo que los germanos adoptaron el verde como agradecimiento en un momento en el que estaban excluidos de todo tipo de evento internacional. Desde que se adoptó, hace más de 70 años, las equipaciones han sido suministradas por la también alemana Adidas, en una relación que será rota en 2027 al claudicar ante los dólares de Nike.

En ocasiones no hay que complicarse tanto. Muchas otras selecciones nacionales simplemente adoptaron el color de la bandera y del escudo nacional. Es el caso de Irlanda, Austria, Turquía o Suiza. Otras no. Verde es el color que luce la elástica de Eslovenia y de Eslovaquia, aunque en este caso los motivos son mucho más frugales. Son ambos países de etnia eslava (de ahí la raíz de su nombre), lograron la independencia en tiempos recientes, de idiomas parecidos y con una extensión kilométrica y una geografía física similar. Ambos países lucen en sus banderas franjas horizontales con los colores azul, blanco y rojo (los de Rusia, el gran país eslavo) pero ambas han adoptado el verde en su camiseta nacional. ¿El motivo? Amor por la naturaleza. Nada representa más a ambos países que el verde de sus montañas, sus bosques y sus prados.

Tras la desintegración de la Unión Soviética los rusos adoptaron el color blanco con detalles en azul y rojo propios de su bandera. No son otros que los colores del Imperio Ruso establecidos siglos atrás por Pedro I en San Petersburgo. Sin embargo, los 90 fueron duros para los rusos, y no sólo en el ámbito futbolístico, por lo que en 2008 se decidió volver al rojo como primera equipación como una de las múltiples operaciones de vuelta a la grandeza impulsadas por Vladimir Putin. El impacto en resultados no ha mejorado, pero el rojo se ha quedado para no marchar.

España jugó su primer partido en los Juegos Olímpicos de 1920 con medias negras, pantalón blanco y camiseta roja. En el pecho lucía un león rampante de tonos amarillos. Se pasaría luego al blanco en la camiseta para volver definitivamente al rojo. Tras la Guerra Civil se adoptó el azul falangista. Desde 1947 La Roja siempre ha sido roja, aunque el desvarío ha tenido lugar con los pantalones. Blancos, azules, negros y rojos. La tradición dicta que sean azules, al igual que la segunda equipación, una reminiscencia del Franquismo, dado que el azul no forma parte de la bandera nacional.

Vamos ahora con los Estados por antonomasia de Europa. El republicano y el monárquico. Francia siempre ha jugado con su hermosa combinación de colores. En su primer partido internacional contra Bélgica en 1904 la camiseta era blanca, el pantalón azul y las medias rojas. Las medias han permanecido inalterables, pero en 1920 se tornaron los colores de camiseta y pantalón y así siguen hasta el presente. El escudo siempre ha estado adornado por un gallo, de lo cual se aprovechó durante muchos años la empresa suministradora de material deportivo Le Coq Sportif. Aunque no es símbolo oficial, el gallo galo es una raza de gallina salvaje que desde tiempos antiguos puebla el hexágono francés. No en vano los romanos llamaban a aquellas tierras Galia, por la cantidad de gallos y por el orgullo que mostraban tanto los animales como sus dueños.

En Inglaterra no hay mucho que contar. Es de las escasísimas selecciones que se ha mantenido inalterable con el paso del tiempo. Camiseta blanca desde 1872 con la única variación del calzón entre blanco y azul. Igualmente imvariable es el rojo de la camiseta suplente (el otro color de la bandera que conforma la Cruz de San Jorge). Lo más llamativo de la zamarra inglesa es lo que esconde su escudo. Tres leones como distintivo de Ricardo III (icono de caballería, monarquía y grandeza) rodeados de diez rosas de la Casa Tudor (para distinguirse del cricket que únicamente usa una) cada una de ellas en representación de una división regional del futbol inglés. Encima del escudo debería verse una estrella dorada en conmemoración del Mundial ganado en 1966. Sin embargo, no es así. La flema inglesa es de tal calibre que prefieren ocultar la estrella, ya que consideran que aquel Mundial no fue ganado en buena lid. Cabe recordar que Inglaterra venció a Alemania en la prórroga con un gol fantasma que no debió subir al marcador. Sólo los ingleses son capaces de resultar iguales de insoportables restregando un triunfo que ocultándolo.

Inglaterra…sin estrella

Como en el caso de Italia, la selección brasileña eligió el blanco por una cuestión económica. Al blanco se le añadió el azul para el pantalón, aunque el uniforme sería completamente blanco cuando Uruguay asalte Maracaná en 1950 y les quite el título mundial a los brasileños contra todo pronóstico. Fue tal el impacto del Maracanazo que se decidió eliminar para siempre el blanco de la camiseta. No sólo eso. Tal era el miedo a repetir todo lo hecho anteriormente que se decidió que el número de las camisetas para cada jugador fuese establecido por sorteo.

Se estableció un concurso público en el que el único requisito era que la camiseta tendría que combinar los colores de la bandera brasileña. Curiosamente el diseñador ganador del concurso era…un uruguayo…Su diseño fue azul y blanco para la segunda equipación y el verde y el amarillo para la primera. Desde entonces la Verdeamarela o Canarinha ha ganado cinco campeonatos mundiales. En el primero de ellos, en 1958, el portero Gilmar llevó el número ‘3’ y Pelé fue el ‘10’ por puro azar. Afortunadamente el amarillo sigue siendo el color de Brasil, pero lo de los números acabó desterrándose al poco tiempo.

Para los mexicanos el color rojo guinda de su primera camiseta era una forma de homenajear los orígenes españoles del país. Así jugaron hasta que a mediados de los 50 decidieron usar una camiseta verde más acorde con la bandera nacional. La Tricolor, como se conoce a los aztecas, no adoptarían el pantalón blanco y las medias rojas tan características hasta el Mundial 1986 en el que fueron anfitriones.

A Venezuela se le conoce como la Vinotinto, caso extraño en un país cuya bandera porta amarillo, azul y rojo. Esos eran los colores de la Gran Colombia surgida tras la Independencia de Sudamérica y que englobaba a las actuales Venezuela, Colombia y Ecuador. Estos tres países comparten colores nacionales, por lo que los dirigentes venezolanos decidieron modificar el amarillo de la camiseta por el vinotinto simplemente para diferenciarse, y con éxito, de sus vecinos.

Aunque a decir verdad Colombia no fue siempre amarilla. Antes de usar camiseta color pollo, con calzas azules y medias rojas, las primeras camisetas del país cafetero fueron azules con la bandera colombiana en el pecho. Pasó más tarde a ser blanca, dado que la base para el primer equipo que fue a una Copa América (1945) venía del Júnior de Barranquilla. Luego, en los años 70, usó un uniforme naranja con pantalones blancos porque la federación colombiana, en plena reconstrucción, quedó maravillada por el futbol total de la Naranja Mecánica. No fue hasta 1985 cuando se adoptaron los colores actuales y aun así sigue siendo de esos países que cada dos por tres le da una vuelta sinsentido a su uniforme.

Sigamos. Si las camisetas fueran fieles al diseño de la bandera, Argentina tendría una camiseta con más azul celeste, mientras que Uruguay jugaría con rayas blancas y azules. ¿Por qué es al revés?

Argentina y Uruguay tienen una de las rivalidades más enconadas en el panorama internacional. Quizás la más agreste. Son dos países separados por el Rio de Plata y la Banda Oriental del Uruguay no es un más que un bosquejo de lo que antaño había sido la Gran Argentina. Si solera tiene el enfrentamiento entre Inglaterra y Escocia no lo es menos el de uruguayos frente a argentinos. El primer torneo internacional que acuñaron fue la Copa Lipton, un torneo anual entre estos dos países que se inició en 1905.

Ni unos ni otros tenían entonces camiseta oficial. Solía usarse la del club que cedía el estadio para la disputa del partido. En la edición de 1910 celebrada en Montevideo se dio por usar las camisetas de rayas rojas y blancas del River Plate FC uruguayo (no confundir con su afamado tocayo argentino) y las también rojiblancas del Alumni Athletic argentino. Como ambos equipos usaban la misma camiseta, los argentinos les pidieron a los uruguayos que usaran otro color. El color de la camiseta alternativa era celeste con pantalón negro. Así pues, Uruguay jugó de celeste y ganó la Copa Lipton. Tal fue el éxito que se adoptaron dichos colores. El Alumni, abochornado por no haberse dado cuenta de la confusión, decidió salomónicamente cambiar las rayas rojas y blancas por azules y blancas. El Alumni, ganador de 10 ligas de 11 posibles, era entonces el club de referencia en el país, por lo que se tornó lógico que al año siguiente Argentina adoptase la camiseta albiceleste como la oficial.

Así es como tendría que ser Uruguay…

Demos para finalizar una breve vuelta por otros lugares del planeta. En el país más poblado del mundo el fútbol importa más bien poco. No así el criquet. Hubo entonces que escoger un color nacional. Pensaron pues en la bandera de la nación. Naranja (azafrán como es denominado), blanco y verde. Pasaba que los dos principales partidos políticos usan el azafrán por lo que decidieron descartarlo. El blanco simplemente no gustó y el verde era el color usado por Pakistán, país contra el que India tiene varios litigios fronterizos abiertos. Se decidió entonces usar una camiseta azul que representase tanto el cielo como el mar. Cuando la selección de fútbol de India hubo de escoger sus colores decidió imitar lo ya decidido por sus paisanos del criquet.

En África no existen cortapisas a la hora de usar los colores. Si llamativas son las banderas, también lo serán las camisetas. Existen un par de excepciones. Tanto Senegal como Ghana juegan con camiseta blanca a pesar de que ese color no forma parte de sus respectivas banderas nacionales. Camerún juega de verde, pantalón rojo y medias amarillas, siendo totalmente fiel a los colores de su bandera. Hace un par de décadas fue la primera selección en apostar por una camiseta de mangas de estilo baloncestístico. La FIFA decretó su prohibición ya que según argumentó no había espacio suficiente para que se viese el logo del máximo organismo del fútbol mundial.

Australia, con bandera británica y fondo azul, quiso olvidar su pasado colonial y apostó por los colores amarillos y verdes tan característicos de sus desiertos y de sus bosques. Japón, ya para concluir, podría parecer una fácil elección. Círculo rojo sobre fondo blanco dictamina su bandera. Rojiblanco. Rojo y de pantalón blanco. Estaría bien. No obstante, los nipones visten de azul tanto de camiseta como de pantalón. El motivo radica en que es el azul el color sobre el que más destaca su bandera, la cual lucen en el pecho. De todos modos, a finales de los 80 los nipones cambiaron su tradicional azul por un rojo intenso buscando clasificarse para su primer Mundial. Visto que los resultados fueron igual de mediocres que antaño volvieron a lo ya conocido y así siguen de azul impoluto.

Japón. Años 80

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La camiseta número 12 de Michael Jordan

La de su última victoria con aquel tiro en suspensión ante los Utah Jazz fue vendida por más de diez millones de dólares marcando un récord aun no superado. En 2020, cerca de dos décadas después de su segunda y última retirada, la réplica de su camiseta roja de los Chicago Bulls seguía siendo el producto de la NBA más vendido por Amazon. No existe ni existirá deportista más relacionado con una elástica que Michael Jordan. El 23 de los Bulls. Su número 23. Conocido por aficionados y por profanos del baloncesto.

Lo curioso es que a Jordan no le gustaba el número 23. Su número favorito era el 45, dígito que portaba su hermano Larry. Un año mayor que Michael, Larry destacaba en el equipo de baloncesto del instituto de Wilmington. Cuando Michael se unió al equipo en su primer año de college Michael decide que, ya que no puede lucir el 45 en honor a su compañero de equipo e idolatrado hermano, partirá la cifra por la mitad. El resultado de 22’5 será irrealizable por lo que redondeará al alza y se quedará con el 23.

Ese 23 lo llevará a la eternidad. La feroz competencia con su hermano acabará diluyéndose cuando el mayor de los Jordan no consiga pasar de los 172 centímetros y tenga que conformarse con un futuro como administrativo y el pequeño ascienda hasta los 198 y se convierta en el deportista más famoso de todos los tiempos.

Michael Jordan es un icono entre otras razones porque fue el primero en hacer decenas de cosas. Entre ellas en portar el número 23. Bill Russell y Julius Erving eran el 6, Wilt Chamberlain el 13, Magic Johnson el 32, Abdul-Jabbar y Larry Bird el 33 y Jerry West el 44. David Thompson, la estrella de la Universidad de Carolina del Norte de la que era fanático Jordan, lucía el número 33. Michael Jordan inauguró el mito del 23 que continúa en la actualidad Lebron James.

El número 23

Sin embargo, a pesar de que el 23 es el número mítico del mito, Michael Jordan ha lucido varios números más. Con la selección norteamericana portó el 9 que le dio el oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y en los de Barcelona 1992. También lució su tan querido 45. Fue tras su primera retirada. Era 1993. Aquel verano su padre fue asesinado tras una trifulca por culpa de un robo. Destrozado, Jordan decidió dejar las pistas de baloncesto e intentarlo como jugador de béisbol, el deporte favorito de su progenitor. Aquellos meses de asueto demostraron que Jordan era un ser humano de carne y hueso portando el 45 de los Birmingham Barons y de paso nos dejaron un tete à tete con Bugs Bunny en Space Jam.

Michael Jordan regresa a las pistas de la NBA ya muy avanzada la temporada 1994-95, veinte meses después de su último partido. No lo puede hacer con el número 23 ya que la camiseta había sido elevada a los altares del United Center, la casa de los Chicago Bulls. Decide hacerlo con el 45 en la espalda en una temporada que acabará en fracaso al caer en las eliminatorias por el título. Para el inicio de la siguiente campaña Michael Jordan retornará su icónico 23 con el que ganará tres títulos consecutivos incluyendo el último en 1998 tras una victoria conseguida con una canasta suya en los últimos segundos antes del fin del partido ante los Utah Jazz.

El partido de la camiseta de los 10,1 millones de dólares.

Lo que es de desconocimiento público es lo ocurrió un 14 de febrero de 1990. Aquel día los Chicago Bulls viajaban a Florida para jugar un partido ante los Orlando Magic. Los Bulls contaban con un balance de 29 victorias y 19 derrotas. Jordan iba camino de su cuarto título consecutivo de máximo anotador, pero aún no había conseguido elevar a los Bulls a los altares. Ese año los Detroit Pistons acabarían con Jordan y compañía en las finales de la Conferencia Este. Por su parte los Magic malvivían en el fondo de la clasificación con un raquítico balance de 14-33.

El caso es que la expedición de los Bulls se instaló en el pabellón con sus pertenencias. Llegaron al vestuario, se quitaron la ropa de calle, se pusieron la ropa deportiva y se dispusieron a hacer breves ejercicios de tiro en la cancha de juego. Tras unos minutos desentumeciendo los músculos los miembros de los Bulls regresaron al vestuario. Jordan abrió su bolsa de deportes, se acercó a la parte del banco que le había sido asignada por su utillero y se dispuso a ponerse su camiseta de juego.

Pero no.

La camiseta no aparecía por ningún lado.

El 23 no estaba. Había sido robada. Los gritos pronto sustituyeron al asombro. Los compañeros de Jordan volvieron a la pista para el inicio del partido mientras Michael esperaba sentado en el vestuario con el torso desnudo. De repente comenzó una búsqueda del tesoro a cámara rápida. El servicio de seguridad se dedicó a interrogar a todos los empleados del pabellón mientras el circuito cerrado de televisión hacía un escrutinio asiento por asiento buscando a algún aficionado que portase el 23 de los Bulls que pudiese prestarle al ídolo. Lo cierto es que había unos cuantos miembros del Orlando Arena que portaban el 23 de los Bulls, pero ninguno que cupiese en un cuerpo moldeado a base de músculos de 198 centímetros.

Los minutos pasaban y el partido iba a comenzar. Michael tuvo que saltar a la pista para el momento de presentación de los equipos. El speaker del Orlando Arena comenzó a desgranar el quinteto titular de los Chicago Bulls. Con el 10 BJ Armstrong, con el 24 Bill Cartwright, con el 54 Horace Grant, con el 33 Scottie Pippen y con el 12… Michael Jordan.

La incredulidad en el pabellón tan sólo fue igualada por la incredulidad de todos aquellos que veían el partido por televisión desde el sofá de sus casas. No se dio ninguna explicación. Simple y llanamente no la había. El utillero de los Bulls había encontrado una camiseta con el 12 en el fondo de una bolsa. Por supuesto no estaba serigrafiada. Sencillamente era una zamarra de los Bulls en la que cabía Jordan.

Orlando venció a Chicago por 135-129 tras una prórroga. Jordan estuvo en pista 47 minutos de los 52 posibles y anotó 49 puntos. Hizo un excelso partido, pero su malestar fue visible tanto dentro de la pista como al finalizar el encuentro. La derrota tuvo mucho que ver, pero el cabreo se había visto triplicado por culpa del desconocido número 12. Maniático hasta lo enfermizo, aquel cambio de planes no había gustado nada a Air Jordan.

Y con el 12….Michael Jordan

A día de hoy sigue sin saberse nada de aquella camiseta 23 de los Chicago Bulls que fue sustraída de los vestuarios del Orlando Arena un 14 de febrero de 1990. ¿Cuál sería su valor si apareciese? Incalculable. La única certeza es que la camiseta fue sustraída en algún momento del día del partido entre la sesión de tiro y el salto inicial. Un rumor sostiene que fue escondida en el falso techo del vestuario rival y que, una vez cerrado el pabellón, el ladrón la cogió y se llevó el tesoro consigo. Lo único cierto es que nunca nadie la ha devuelto y seguimos sin conocer el misterio de una camiseta con muchos ceros detrás de ella.

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Caín y Abel calzándose unas zapatillas (2ª parte)

Tras el exitazo del Mundial de 1954 Adidas se había convertido en la marca deportiva por excelencia. A Adi ya lo acompaña su hijo Horst, el cual decide ampliar el negocio fabricando balones de fútbol. Y en 1969 lo más de lo más. Adi y Horst ponen en marcha las Adidas Superstar, zapatillas conocidas como de pezuña de camello (camel toe) por su peculiar punta y que, a día de hoy, siguen siendo el calzado deportivo más vendido de todos los tiempos.

Adidas Superstar

La irrupción del nazismo, la guerra y la posguerra habían provocado una brecha insalvable entre los hermanos Dassler. Justo antes de la disputa del tan cacareado Mundial de 1954 Rudolf había decidido abandonar a su hermano y fundar su propia marca de zapatillas deportivas. La bautizó como Ruda, que era el apodo con el que era conocido entre sus amigos cuando era pequeño.

Cumple recordar que Adi era el cerebro, mientras que Rudolf era el relaciones públicas. Y Rudolf decide apostar a escalera de color. Se presenta ante Sepp Herberger, director técnico de la selección alemana, y le ofrece la posibilidad de que sus chicos porten unas Ruda durante el Mundial. Según dicen una diferencia de 100 marcos de la época hacen que Herberger rechace la oferta y la selección alemana calce zapatillas Adidas. Luego vendrá la histórica victoria ante Hungría, el llamado milagro de Berna, gracias a los famosos tacos extraíbles patentados por Adidas. El resto es historia.

Así que Adi era el triunfador y Rudolf era el perdedor. En Herzogenaurach, a un lado del rio Aurach, estaba la imponente y gigantesca fábrica de Adidas en continuo crecimiento. Al otro lado del río, a apenas 500 metros, estaba la modestísima sede de Ruma.

Herzogenaurach

Pero Rudolf no se iba a rendir. Llevaba años soñando con una venganza ante su hermano. En 1968 decide cambiar el nombre de la fábrica y rebautizarla como Puma. No es algo insustancial. El puma es un felino salvaje, feroz, veloz y fuerte. Es exótico, y su elección fomenta la imagen con la que Rudolf quería que fuese conocida la marca. Hablamos de finales de los 60. Época de revolución juvenil. Época de profundos cambios. La idea de Rudolf es que si Adidas es la marca del establishment Puma sea la marca de los rebeldes.

Adi ve el peligro y utiliza todas sus influencias para vetar la presencia de Puma en los Juegos Olímpicos de México 1968. Unta al Comité Olímpico Internacional y a los dirigentes mexicanos para que la marca de su hermano no tenga repercusión global. Aquello supondrá un antes y un después. Tras el suceso ambos hermanos se reúnen y deciden verbalizar un pacto de no agresión por el que ninguno de los dos entraría a competir en el mercado del otro. Nunca más volverían a verse las caras.

Evidentemente no era un pacto de iguales. Adidas era un tiburón y Puma un caballito de mar.

Pero que Rudolf hubiese aceptado no quiere decir que fuese a respetar el acuerdo.

El siguiente gran evento internacional era el Mundial de fútbol de 1970. México 70. El primer Mundial con televisión en satélite a todo color. Si querías ser alguien, tenías que estar ahí. Y Puma estaría ahí.

Edson Arantes do Nascimento era el jugador más destacado del mundo del fútbol. A sus 29 años Pelé era O Rei, aunque sólo en el campo de fútbol. Lo de los negocios y el patrocinio no llego hasta los 70 (en buena parte gracias a Cruyff) cuando Pelé se aproximaba a la retirada. Así pues, Pelé se presentó en México calzando unas botas de fútbol de la modestísima marca inglesa Stylo, que le reporta exiguos beneficios.

Con sus Stylo, Pelé dio recital tras recital hasta comandar a Brasil a una histórica final ante Italia que dirimiría que selección se proclamaría campeona del mundo por tercera ocasión. Fue entonces cuando Rudolf Dassler hizo un viaje relámpago a Ciudad de México para reunirse con Hans Henningsen, representante del astro brasileño. Rudolf le dio lo que no tenía. 24.000 euros por la final y 100.000 para los siguientes cuatro años. Tuvo que pedir un par de créditos. Era el todo o la nada. Hoy parece poco. Entonces eran cifras escandalosas.

Llegó la final. La del gol de cabeza de Pelé elevándose por encima de las nubes. La del pase al vacío para el tanto de Carlos Alberto. “Antes del partido, me dije a mí mismo que era de carne y hueso como todo el mundo, pero ero estaba equivocado», diría el defensa italiano Tarcisio Burgnich. Pelé fue dios aquel día sobre el campo. Y lo hizo con unas Puma en los pies. Y bien que se encargó de recordarlo. La cámara captó perfectamente como, en un momento dado, Pelé se agachaba y se ataba los cordones con parsimonia para que el logo de Puma fuese bien visto en los hogares de todo el planeta. Era una táctica pactada antes de la final con Rudolf Dassler.

Las Puma de Pelé

Desde entonces Puma creció y, si bien nunca ha alcanzado el volumen de ventas de Adidas, forma parte del olimpo junto a Nike, Reebok o Converse. Aquel día de calor mexicano de 1970 supuso también el fin de la ya entonces deteriorada relación entre Adi y Rudolf. Rudolf falleció en 1974. Adidas ni se dignó a emitir un comunicado sobre su muerte y Adi no se presentará al entierro de su hermano. Enviará a su hija como representante familiar. Cuando Adi fallezca en 1978 se mantendrá el desprecio, en este caso por parte de la familia de Rudolf. Adi será enterrado en una lápida situada justo en el extremo opuesto donde reposan los restos de su hermano Rudolf. Si alguien quiere visitar a ambos en el cementerio de Herzogenaurach tendrá que pegarse una pequeña caminata.

A Adi lo sucedería su hijo Horst, quien amplió el negocio y convirtió a Adidas en el mayor fabricante de artículos deportivos del mundo. Además, en 1973, ya había creado la compañía de fabricación de artículos para la natación Arena. Pero lo más señalado de su dirección fue cuando en la década de 1980 decida invertir en patrocinio para controlar el deporte internacional. A finales del siglo pasado Adidas manejaba entre bambalinas los mayores eventos deportivos del planeta, especialmente el Mundial de fútbol, relación cultivada a base de amistad y buenas dosis de dinero con el entonces presidente de la FIFA Joâo Havelange.

A Rudolf lo sucedió su hijo Armin, el cual cambió completamente el enfoque de Puma. Creó zapatillas a bajo coste, menos duraderas, pero donde el diseño rompedor captó la esencia del desenfado de la juventud. Se centró en el atletismo como banco de pruebas, pero decidió dejar la costosísima carrera de competir por los grandes eventos deportivos. Puma es agresividad, velocidad y transgresión. Y es, básicamente, la antítesis de Adidas.

Puma

A Herzogenaurach se le conoce como la ciudad de los cuellos doblados ya que lo primero que se hace cuando te encuentras con alguien es bajar la cabeza para ver que zapatillas calza. En los años más crudos de la rivalidad el matrimonio entre empleados de distintas fábricas estaba terminantemente prohibido. Los logos de ambas marcas se pueden ver hasta en las alcantarillas de la ciudad, diferenciando perfectamente en qué lado del río estás y con quien estás.

Hoy la sede de ambas multinacionales se ha trasladado a las afueras de la ciudad, pero unas marcas rojas en el suelo recuerdan donde estaban las fábricas originales y que barrios de Herzogenaurach (25.000 habitantes a unos 20 kilómetros de Nuremberg que supera el medio millón) pertenecían a cada bando. Al norte del río Aurach estaba Adidas y al sur de la corriente se localizaba Puma. Dado que el equipo del fútbol de la ciudad tenía su campo de juego al sur del río siempre ha sido patrocinado por Puma, quien le otorga todo tipo de material de forma gratuita. Adidas decidió entonces inyectar dinero en un club de colegio de la zona norte para potenciarlo y que rivalizase con su equivalente de la zona sur. Y, como no, el alcalde de Herzogenaurach no viste traje y corbata sino ropa deportiva. Tiene la obligación de alternar Adidas y Puma en sus labores diarias y, ha habido ocasiones, donde al alcalde de turno se le ha visto con una zapatilla Adidas en su pie derecho y una Puma en su pie izquierdo.

Como eran Adi y Rudolf. Como Caín y Abel. Como Adidas y Puma.

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Caín y Abel calzándose unas zapatillas (1ª parte)

Herzogenaurach, Baviera. A unos 200 kilómetros de Múnich. Adi Dassler era el diseñador. Cauto, inteligente y tímido. Rudolf Dassler era el relaciones públicas. Carismático, sonrisa perenne y bueno con los números. Eran como el agua y el aceite. Como el ying y el yang. Pero se querían ¡Claro que se querían! Eran hermanos. Adi (1900) era el pequeño y Rudolf (1898) era el mayor. Los dos eran amantes del deporte. Y los dos vieron una oportunidad de negocio. Fundaron Gebrüder Dassler Schuhfabrik (Fabrica de Zapatos de los Hermanos Dassler) en 1924.

No parece un año propicio para fundar una empresa. Entonces Alemania vivía sumida en la hiperinflación. En enero de 1923 una barra de pan valía 250 marcos. Nueve meses más tarde costaba 200 millones. Tampoco es que le fuera mucho mejor al resto del planeta. En 1929 los países avanzados se verían superados por el caos económico del crack de la Bolsa de Nueva York de 1929. En los siguientes meses las economías del mundo civilizado recibieron una hostia de realidad y la peste pronto se extendería entre los países menos favorecidos.

No fue así en Alemania. La década de 1930 es una década de esplendor para Germania. Trabajo para todos, bienes de consumo para un populacho que años atrás sufría horas de cola para obtener un mendrugo de pan. Pero no era sólo comer. Era alegría de vivir. Una sensación de pertenencia, de comunidad y un orgullo nacional que jamás ha sido igualado.

Claro. Si eras ario y no hacías muchas preguntas. Si fueses homosexual, gitano, judío, religioso, mujer o si simplemente estabas en contra del discurso oficial, la cosa cambiaba. Porque Herzogenaurach estaba en Baviera. Y Baviera pertenece a Alemania. Y en Alemania, en los años 30, gobierna el nacionalsocialismo. Los nazis.

Total, que la empresa empieza a rodar y marcha bien. Muy bien. La economía experimenta un fuerte crecimiento y la prosperidad lleva a los alemanes a gastar dinero en el deporte. Porque aún no le he dicho, pero los hermanos Dassler confeccionaban zapatillas y pantuflas sin marca adquirida, y también calzado con clavos para deportistas. Esa era la idea inicial, aunque en los primeros años se dedican al calzado convencional. Pero resulta que en 1931 el Comité Olímpico Internacional (COI) designa a Berlín como sede para los Juegos Olímpicos de 1936. Toca una carrera vertiginosa para calzar a todos aquellos alemanes que disfrutarán con los JJ. OO de la muestra más palpable del progreso de los nuevos tiempos. Toca hacer bambas, tenis, playeras.

Toca hacer zapatillas deportivas.

La fábrica original

Resultó entonces que Rudolf, el relaciones públicas, tiene una idea. El deporte es vigor, acción, peligro, juventud…velocidad. No existe prueba atlética que aúne todos estos conceptos con mayor exactitud que los 100 metros lisos. El recordman mundial era un chico negro, estadounidense, llamado Jesee Owens. Lo de que su raza no fuese blanca caucásica quizás no fuera del agrado de Hitler y sus secuaces. Así que, aunque Owens era el objetivo, Rudolf decide ofrecer sus zapatillas de forma gratuitas a todos los atletas que compitan en pruebas atléticas como cortina de humo para su verdadero objetivo. Calzar a Jesee Owens. Así la artimaña estaría fuera de toda duda.

Y Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro. Y se ganó el corazón de todos los alemanes. Hasta el de unos cuantos nazis, los cuales siempre aborrecieron más a los eslavos y a los polacos que a los negros. Y Owens se enamoró de Alemania. «Sentí más racismo en mi vuelta a Estados Unidos que compitiendo en Alemania», diría el hombre que en la cena de celebración en Nueva York tras su éxito tuvo que entrar al restaurante por la puerta del personal de servicio.

El caso es que Owens triunfó y lo hizo con las zapatillas de los hermanos Dassler. Unas preciosas zapatillas negras de clavos con tres franjas oblicuas de color blanco. Unas zapatillas Adidas que aún no eran Adidas.

Las Adidas de Jesse Owens

Fue un boom. En los siguientes meses las zapatillas de los hermanos Dassler se vendieron como churros. Recordemos que no eran Adidas. Eran Gebrüder Dassler Schuhfabrik, nombre tan bávaro como poco comercial. Todo iba como la seda hasta que en 1939 da comienzo la II Guerra Mundial. Al principio las ventas no se resienten, pero pronto las zapatillas darán paso a los zapatos. Al cabo de un par de años los zapatos se cambiarán por botas militares. La empresa es requisada y transformada por los nazis en beneficio de la economía de guerra.

Lo peor viene después.

Viene después porque la guerra va mal. Va mal para los nazis, claro. La empresa deja las botas militares y comienza a fabricar panzerfaust, un lanzagranadas antitanque de fácil uso y que pronto se convirtirá en el arma portátil más icónica de la guerra.

Pasa algo más. Rudolf es movilizado y enviado al frente. Adi no. Adi se mantiene dirigiendo la fábrica.

Rudolf sobrevive a la guerra, pero jamás volverá a confiar en su hermano. Indaga, pregunta, observa e intuye lo que ha pasado. Adi ha negociado. El callado, el vergonzoso, es más listo de lo que parece. Y es imprescindible. Diseña los panzerfaust y vende su alma a los nazis a cambio de seguir con su vida civil y mantenerse como director de la fábrica. Y vende a su hermano. Rudolf, el relaciones públicas, el cual es fácilmente sustituible.

Total, que la guerra acaba y la fábrica está destruida. La fábrica, o mejor dicho lo que queda de ella, es requisada por los norteamericanos, dado que Baviera está en manos estadounidenses. Alemania es repartida en cuatro mitades por los vencedores con la feliz idea de colocar un bozal en el perro alemán para no dejarlo morder nunca más. Mas resultó que el lobo alemán daba menos miedo que el oso soviético y los estadounidenses decidieron rearmar (económicamente) a Alemania para convertirla en locomotora capitalista de Europa en su lucha contra el comunismo.

Y como resulta que los americanos eran y son unos fanáticos del deporte concedieron a los hermanos Dassler créditos a coste ínfimo para levantar una empresa que les fue devuelta y que, nuevamente, se dedicaría a fabricar zapatillas deportivas.

Y así es como en 1949 nacía una nueva empresa con nombre nuevo. Nacía Adidas.

Adi (izq) y Rudolf (dch) Dassler

El nombre de la marca de las tres rayas horizontales proviene del juego de palabras entre Adi (nombre del creador) y Das (del apellido Dassler). Porque sí, los dos hermanos eran los dueños de la empresa antes de la II Guerra Mundial, pero los americanos sólo se dignaron a hablar con el bueno de Adi. Rudolf ya no era nadie. Donde antes había una empresa de iguales, ahora había dos hermanos claramente diferenciados.

Y no sólo eso. Como cualquier pareja de hermanos que nace de una misma semilla, germinada y crecida, cada brote siguió su camino. Adi se casó y tuvo hijos, hijos a los que pensaba dejarles una empresa. Rudolf hizo lo propio. Cada cual miraba por sus intereses.

En esa estamos cuando llegó el Mundial de fútbol de 1954. A Alemania, por su pasado nazi, se le había prohibido competir en cualquier evento deportivo de corte internacional. El Mundial de Suiza de 1954 iba a significar la primera oportunidad de la Alemania democrática de brillar en la escena internacional. Sorpresivamente los teutones llegaron a la final donde se enfrentarían a la archifavorita Hungría de Hidegkuti, Kocsis y Puskás que llevaba dos años sin perder un partido y que en la fase de grupos había vapuleado a los teutones por 8-3.

El milagro de Berna, que daría para un artículo por sí mismo, acabó con victoria alemana por 3-2 tras remontar un 0-2 en contra. El choque se decidió gracias a las botas con tacos extraíbles. Así, tras comprobar que el césped del estadio Wankdorf de Berna se iba encharcando con el paso del tiempo, los alemanes jugaron la segunda parte con tacos más largos, más apropiados para ese tipo de terreno resbaladizo y embarrado. El portero húngaro resbaló en el momento del 3-2 final y Alemania ganó el Mundial.

Aquellas botas de tacos convirtieron a Adi Dassler y a Adidas en fenómeno global y catapultó de inmediato a Adidas en la marca deportiva por excelencia.

Por entonces Rudolf ya había abandonado el barco. Se preparaba para una dulce venganza.

Esa será otra historia. El viernes que viene…

Adidas

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La investidura del Rey

Machacado. Aporreado. A Pelé le habían cosido a patadas en el Mundial de 1966. Primero el búlgaro Zhechev y después el portugués Morais, en el caso del luso con dos entradas que hoy equivaldrían a cadena perpetua. Entonces pasaron por alto. Al acabar ese Mundial la FIFA decidió introducir las tarjetas para reducir el juego violento. Para la edición de México 1970 por primera vez se protegería a las estrellas. Pelé resurgía para volver a coronarse como rey del fútbol.

Lo de 1970 pocos lo esperaban. El Santos FC había ganado su último título en 1968. Coutinho, Pepe o Zito ya no formaban parte de la época dorada del club paulista. Pelé seguía siendo un atractivo imán como vedette, pero su desempeño se asemejaba más a un payaso de circo que a una estrella del balompié. Pasó de meter 64 goles en partidos oficiales en 1965 a 69 entre 1966 y 1968. Prácticamente la misma cifra en tres temporadas que en una sola. Lo paradójico es que, si en 1965 había jugado 21 partidos amistosos, en 1968 la ya de por si escandalosa cifra se elevaba a 32. El guarismo rozará lo indecoroso en 1972 cuando alcance la cuarentena de encuentros amigables.

El circo del Santos se puso en marcha en 1969 con unos partidos en el Congo y otros en Nigeria. Fue entonces cuando el famoso partido en Biafra en el que la guerra civil nigeriana se paralizó durante un par de días para disfrutar de las andanzas de Pelé. Luego vuelta a Brasil a razón de un partido cada tres o cuatro días. Entre medias una prestigiosa victoria de la canarinha ante Inglaterra, entonces vigente campeón mundial, y otra del Santos ante el Internazionale para dar la victoria en la Supercopa Intercontinental, trofeo de breve existencia que pasó sin pena ni gloria por el historial del fútbol.

El caso es que entre finales del verano e inicios del otoño Edson Arantes do Nascimento iba camino del gol 1.000 desde que en 1956 había jugado su primer partido. La cuenta sumaba partidos oficiales y amistosos. Pero eso era lo de menos. Nunca antes nadie había llegado a semejante cifra. Hoy se sabe que hubo un puñado de ellos antes que Pelé, aunque ni las fuentes ni los números son del todo fiables. El más fabuloso de todos es el austriaco Josef Bican, quien entre la década de 1930 y 1940 acumuló 806 tantos en partidos oficiales (Pelé anotó 770) y pasó con holgura del millar contando amigables. Hoy también sabemos que Cristiano Ronaldo es el máximo goleador de todos los tiempos y acabará su carrera superando los 900 tantos en encuentros oficiales.

Pero ninguno de ellos era o es Pelé.

Y eso es lo más importante.

En el otoño de 1969 no se hablaba de otra cosa. Hordas de periodistas internacionales comenzaron a cubrir cada encuentro del Santos. En octubre Pelé anotó cuatro tantos ante la Portuguesa FC para alcanzar los 993 goles. Luego vinieron dos tantos ante el Coritiba FC, un encuentro sin mojar y otro chicarro ante el CR Flamengo. Iban 996.

Era ya noviembre cuando Pelé anote dos goles ante Santa Cruz de Pernambuco. Quedaban dos. El feliz acontecimiento se podía dar ante el modesto Botafogo de Joao Pessoa (no confundir con el Botafogo FR de Río de Janeiro). Miles de personas esperaban en el aeropuerto la llegada de Pelé. Había quienes afirmaban que cuando anotase el gol 1.000 se volvería inmortal y ascendería a los cielos. Varios políticos de la zona fueron departir con Pelé para felicitarle por algo que aún no se había producido. El Santos ganaba por 0-2 con suma facilidad cuando el árbitro pitó un penalti a favor de los paulistas. Pelé no había anotado ninguno de los dos tantos iniciales y el público empezó a corear su nombre. El encargado de tirar los penaltis era el legendario Carlos Alberto quien, ante el tumulto ocasionado, se acercó a Pelé para darle el balón y que fuese él el que lanzase la pena máxima. Pelé lanzó y anotó. Gol. 999.

Entonces ocurrió algo totalmente inesperado. El guardameta del Santos cayó desplomado en el suelo y hubo de abandonar el terreno de juego. Por entonces no había cambios y un jugador de campo tendría que ponerse bajo palos. El escogido fue Pelé, quien era el teórico portero suplente del Santos. No hay que olvidar que Pelé soñaba de joven con ser guardameta y que en los entrenamientos de la selección brasileña y en las giras mundiales del Santos solía ponerse los guantes.

La decepción en Joao Pessoa fue terrible. El circo se trasladó entonces a Bahía. Estadio Fonte Nova. Allí se programó un desfile de carnaval excepcional para recibir a Pelé y se celebraron varias homilías pidiendo al Altísimo poder presenciar el gol milenario de O Rei. Tuvo Pelé varias oportunidades, todas ellas marradas y en todas ellas la afición la tomó con el club local por impedir que Pelé anotase el tanto. En la más clara el 10 del Santos hace una jugada maravillosa regateando a varios rivales y al propio portero. Sin embargo, al disparar a puerta, uno de los defensores salva el gol bajo palos. El sujeto se llamaba Nildo. Pelé se le acercó y le comentó al oído: “Eres un tío con personalidad”. Nildo tuvo que salir del estadio a escondidas. La situación surrealista se coronó con una sonora pitada al Bahía por sus propios seguidores tras haber ganado el partido.

Quiso pues el destino que el siguiente partido se jugase en el estadio de Maracaná. El marco era inmejorable. El templo del futbol brasileño. El partido liguero iba a enfrentar al Santos con el Vasco da Gama. Allí no cabía ni un alfiler. 140.000 almas según cifras oficiales. Unos cuantos más en cifras extraoficiales. Era el 19 de noviembre de 1969. Día Nacional de la Bandera de Brasil. Banda militar en el campo. Himno nacional y suelta de globos.

Pelé tuvo una buena ocasión. Un remate de cabeza que salvó un defensa de Vasco ante la línea de gol. Poco después el astro brasileño se internó en el área como una ráfaga que no toca el suelo y fue derribado. Penalti. En realidad, el derribo no lo fue tanto. Manuel Amaro, el colegiado, confesaría años después que estaba deseando pasar a la posteridad como el árbitro que había facilitado el gol 1.000 de Pelé. Pero eso era lo de menos. Penalti. Y está vez nadie tuvo que decirle nada. Pelé cogió el balón y se acercó a los once metros.

Por vez primera en toda su carrera se sintió nervioso. No en la final de un Mundial. Sí el día del gol milenario. Al menos eso fue lo que dijo y quedó para la posteridad. En la meta un argentino, un tal Andrada. No estaba por la labor. No tenía especial aprecio por Pelé. Los compañeros del Santos se alejaron de la escena y se plantaron cerca del círculo central para presenciar el feliz suceso. Nadie esperaba un rechace. Todos esperaban acontecimientos.

Eran las 23.11 horas del 19 de noviembre de 1969. Era cerca del minuto 40 de la segunda mitad. Nadie respiraba en el bullicioso Maracaná.

Pelé se acercó al balón. Lo hizo en cámara lenta.

Paradinha. Balón al palo derecho de Edgardo Andrada.

Andrada roza el esférico.

Gol.

La multitud volvió a respirar.

Pelé corrió hacia la portería, cogió el balón del fondo de las mallas y finalmente lo besó mientras un par de lágrimas caían por su rostro. De repente sus compañeros aparecieron encima de él. Luego los flashes, los micrófonos, las cámaras. Más tarde los globos, los petardos y los fuegos artificiales. Extasiado, Pelé dedicó el gol a los niños de Brasil, en otra muestra más de su ser reflexivo y políticamente correcto. Varios aficionados saltaron de las gradas y le dieron a Pelé una camiseta con el número 1.000 serigrafiado. El presidente del Vasco da Gama le hizo entrega de una placa conmemorativa que ya tenía preparada de antemano. Hubo quien le entregaría después una corona.

El partido hubo de pararse durante cerca de media hora. Pelé fue manteado por propios y extraños y luego tuvo que dar una vuelta de honor mientras saludaba a todo el respetable. Pelé había metido muchísimos goles en Maracaná, incluido uno en 1961 donde cogió el balón en su propia área, recorrió todo el campo regateando a siete rivales antes de sentar al portero y depositar el balón en la red rival.

Pero ninguno podría igualar al gol milenario. La noche del gol 1.000 de Pelé.

Fue la investidura de O Rei.

“Un penalti es una manera cobarde marcar un gol”. Pelé, quien irónicamente marcó su gol número 1.000 de tal forma.

O milésimo

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Queda en las nebulosas del olvido, pero Raymond fue el primero. Mbappé, Zidane, Platini y Kopa. Mismo talento, orden inverso. Raymond Kopa fue futbolista grande, imponente, de los de mando en plaza. El primer gran futbolista francés, un país de bicicletas y balones ovalados que sólo ha ido abrazando el fútbol rendido a la evidencia de lo inevitable.

Raymond Kopaszewski era hijo de emigrantes polacos que se instalaron en el norte de Francia buscando una mejor vida. Kopa perdió el dedo índice de su mano izquierda trabajando en una mina de carbón en tiempos de la II Guerra Mundial. Tenía 14 años cuando acabó la contienda y dos decenas cuando firmó como futbolista profesional con el Stade de Reims. Es Reims una ciudad magistral. Capital del champán, a una jornada de trayecto de Paris, destaca por sus cuidados viñedos, sus bodegas elitistas y por una majestuosa catedral gótica bautismal de los reyes de Francia. Bombardeaba por los alemanes durante la I Guerra Mundial, la catedral fue rápidamente reconstruida por los franceses quienes conforman el país más monárquico con corte republicana.

Raymond Kopa - Perfil del jugador | Transfermarkt
Raymond Kopa

Kopa era pequeño, hábil, fuerte y escurridizo al mismo tiempo. Su versatilidad le hacía destacar como mediapunta o incluso como delantero centro. Y ahí radicaba el problema. Aquel puesto estaba reservado en el Real Madrid a Alfredo Di Stéfano. Hubo de ubicarse como extremo derecho a regañadientes. Era habilidoso, aunque carente de velocidad. Antes había convertido al Stade de Reims en un gigante europeo y en el club de referencia en Francia. Formó equipo con Michel Hidalgo y aun le daría tiempo a compartir un año con Just Fontaine antes de que una lesión de rodilla acabase con la formidable trayectoria del goleador magrebí. Kopa era el buque insignia de un Stade de Reims que en 1956 perdió en Paris la primera final de la Copa de Europa ante el Real Madrid.

Al año siguiente era Kopa el que levantaba el trofeo portando la camiseta merengue. Será el primero de tres títulos consecutivos en los que Raymond se erige como pieza fundamental. Aun hoy sigue siendo el futbolista que más asistencias de gol ha dado en finales de Copa de Europa. Por el camino también hubo un Balón de Oro y unas semifinales de Mundial con Francia en 1958, un Everest para el balompié galo de entonces.

Kopa era feliz en el Madrid. Las reticencias iniciales por su posición en el campo pronto se acabaron y trabó franca amistad con Di Stéfano. “Jugar con él era como llevar paracaídas cuando viajas en avión”, diría sobre ‘La Saeta’. Kopa comprendió que por muy bueno que fuese, el ‘capo’ y el mejor sobre el campo era Di Stéfano.

Sin embargo, había un pequeño agujero en la vida de Kopa que día tras día se agrandaba hasta convertirse en un cráter. Se trataba de Christiane, la esposa de Raymond. No le gustaba Madrid y no se adaptaba a la vida en España. Aquella capital gris bajo los auspicios de una dictadura en poco se parecía a la tranquila y provinciana Reims. Su deseo era volver a casa junto a su familia y sus amistades. Si la balanza estaba igualada un hecho terrible la inclinó del lado de Christiane de forma definitiva. El matrimonio Kopa hubo de convivir esos años con la fatídica noticia del diagnóstico de un cáncer en uno de sus hijos. Por aquel entonces la enfermedad derivó en muerte sumiendo en un oscuro agujero negro al matrimonio y al resto de la familia.

Santiago Bernabéu dio el visto bueno y tras tres años de ensueño en lo deportivo Kopa decidió volver a casa. El problema es que el Stade de Reims no tenía forma de pagarle a Raymond lo que demandaba. Bastante tenían ya el conjunto francés con mantener a Fontaine en el equipo. Aunque tanto el Madrid como el jugador fuesen magnánimos, en ese trienio el caché de Kopa había subido tanto que su vuelta a Francia se tornaba en imposible. Italia era entonces la cuna de oro del fútbol mundial y el lugar al que el futuro de Kopa parecía predestinado.

Pero apareció entonces un empresario de Angers que le propuso darle su nombre a una bebida refrescante, agua con gas, de gran éxito en el país galo. Cuajó, pero fue la espita para algo más grande. Un empresario textil le propuso a Kopa venderse a sí mismo. Ejercer de hombre anuncio. Crear la marca ‘Kopa’. ‘Kopa Brand’. Camisetas ‘Kopa’. Botas ‘Kopa’. Era algo inaudito. Si, ya en 1934 el brasileño Leónidas había sido imagen para una marca de chocolates o más recientemente Di Stéfano había sido el icono de una casa de medias (sí, han leído bien), pero aquello era desconcertante. Una muestra radicalmente distinta.

Kopa no hacía anuncios. Kopa era su propio anuncio. Controlaba el mensaje. Era anuncio y anunciante al mismo tiempo. Aquello se llamaba derechos de imagen. Era un ‘brand’, una marca. Estaba controlando su propio destino.

Y la cosa no fue bien. El Stade de Reims volvió a ganar la liga con Kopa pero veía como la brecha con españoles, británicos, italianos y hasta portugueses se agrandaba. Y la gente, tan tradicional en lo que a fútbol se refiere, la tomó con el bueno de Raymond. En cada partido del Reims había sonido de viento cuando el crack francés se equivocaba en un pase o fallaba una ocasión clara de gol. Si es tan importante como para tener su propia marca, si está por encima de los demás, que lo demuestre en el campo, era el sentir general.

Así que Kopa se dijo a sí mismo que era más que suficiente y decidió dejar Reims con el beneplácito de su esposa. Pero no le era posible. Existía entonces el derecho de retención por el cual un jugador no podía abandonar un club si no había consentimiento previo. Los clubes eran los propietarios de la ficha del futbolista y tan sólo tenían la obligación de aumentar un 10 % el salario de un futbolista anualmente para mantenerlo en nómina per secula seculare aunque fuese en contra de su voluntad. Dado que el Reims no tenía intención de traspasarlo, y menos tras la prematura retirada de Fontaine por culpa de las lesiones, Kopa no podría salir de Francia por mucho que lo desease.

Así que, en 1963, a los 32 años, Kopa dio una entrevista a ‘France Dimanche’. Fue duro. Había sido minero en su juventud. Era un inmigrante hijo y nieto de mineros. Era un hombre de tiempos bravos. Y no se cortó ni un pelo. Habló de explotación laboral. Era 1963. Época de cambios sociales, pero quizás Kopa se adelantó un lustro o una década a lo que la sociedad demandaba. El caso es que tanto el Reims como la Federación Francesa de Fútbol reaccionaron furiosos y se sancionó a Kopa con seis meses sin jugar. Kopa intentó acudir a la justicia ordinaria, pero fue en vano, dado que entonces los trapos sucios del deporte se lavaban en la intimidad.

Kopa volvería a jugar, mas nada volvería a ser lo mismo. El Reims pagó cara esa ausencia de seis meses y bajó a Segunda. Ascendería de nuevo, pero Kopa era un bicho raro, una mosca cojonera en un panel de miel. Pleiteó con tesón, aunque tuvo que esperar para estar retirado para que la justicia le diese la razón. A él no le valdría de nada, pero trajo justicia a los que le sucedieron. Era 1968 y el mundo además de playa debajo de los adoquines convertía a los futbolistas en trabajadores con derechos sociales.

A partir de ahí vino todo lo demás. Pocos años después Cruyff firma un gran contrato con Puma. Resultó que la selección holandesa contrató con Adidas y suministró la ropa con las consabidas tres rayas en las mangas. Cruyff se negaba a ponérsela porque hacerlo contravenía su acuerdo con Puma. Tras un largo tira y afloja, se la puso, pero quitando una de las tres tiras. Aquella foto fue célebre. Y no paso nada. Los derechos de imagen eran una realidad. Con el tiempo se olvidó y Florentino Pérez usó esa estratagema para llenar el Madrid de galácticos, pero pronto los futbolistas (y sus representantes) se dieron cuenta de que ahí residía el negocio. A Kylian Mbappé le disuadieron en 2022 de fichar por el Real Madrid por 225 millones de euros a razón de tres temporadas…y 125 a mayores de compromisos publicitarios organizados por el Paris Saint Germain. Mbappe se ha negado más de una vez a cumplir con alguno de esos compromisos que estaban en conflicto con otros de la selección francesa más otros que el mismo ha adquirido a título personal.

Hoy Raymond Kopa es un mito del fútbol francés y europeo. Da nombre al trofeo del mejor jugador sub-21 del planeta y está considerado el pionero del sindicalismo y el hombre que permitió que los futbolistas fuesen los dueños de su propio destino. Pero antes de todo eso Kopa lo pasó mal. Gastó mucho dinero en abogados y tuvo que vender su Balón de Oro acusado por las deudas. Después se rehízo y su marca ‘Kopa’ diseñó la línea deportiva de Adidas que vistió a Uruguay, Chile, Suecia y Yugoslavia en el Mundial de 1974. Hoy ‘Kopa’ ya no existe, pero en 1998 unos chicos neerlandeses fundaron una marca de camisetas de fútbol vintage de preciosos diseños y de éxito mundial. No le pudieron poner ‘Kopa’ por derechos de imagen. Pero no dudaron en bautizarla como ‘Copa’.

SportMob – Raymond Kopa Biography
Kopa

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El draft de Kobe Bryant

Verano de 1996. East Rutherford. Quincuagésima cuarta edición del Draft de la NBA. Con el fin de garantizar una liga competitiva, evitando grandes desequilibrios entre los equipos participantes, en 1947 se introdujo en la NBA el sistema de draft. Cada verano, los equipos, en orden de peor a mejor clasificación (con ciertos matices que no vienen al caso), elegirían a los jugadores interesados en entrar en la NBA. La tradición dicta que los designados procedan del sistema universitario norteamericano, pero, desde finales de los 90 el draft, progresivamente, se ha abierto al mercado internacional.

Ese año el mejor jugador elegible en el draft era un chico de 17 años. Su nombre era Kobe Bean Bryant.

La norma dictaba que todo jugador que se presentase al draft debía haber acudido a la universidad o haber contado con contrato profesional fuera de Estados Unidos. Mas en 1995 se abolió esa norma permitiendo que las estrellas de instituto saltasen directamente al draft de la NBA. Minnesotta Timberwolves había apostado por un tal Kevin Garnett en el puesto número 5 y el resultado había sido discreto, pero también prometedor. Solo en el tramo final de esa primera temporada se llegó a vislumbrar lo que Garnett podía llegar a ser.

Así que el dictamen de los expertos era claro. Esos chicos eran potenciales estrellas, pero tardarían años en desarrollar ese potencial. Los dueños de los clubes tenían miedo de elegir a un jugador tan joven solo para dedicarle años de maduración y cuidados con el riesgo de que se marchara después, en cuanto fuera agente libre y justo cuando estuviera alcanzando su primer pico de máximo rendimiento. Eran hipotecas a medio y largo plazo. Y en el deporte profesional solo existe el corto plazo. La NBA era lugar para hombres curtidos, formados y musculosos. Y mucho más en los 90 donde el baloncesto ultradefensivo era el predominante. No. No era lugar para chavales que aún no tienen permiso para beber una cerveza.

Kobe Bryant era fantástico. Un extraordinario escolta con un irrefrenable deseo de ganar. Pero era un saco de huesos con muelles en los pies. Si alguna franquicia quisiese apostar por un ‘wonder boy’ lo haría por uno alto y engreído, capaz de hacerse fuerte en la zona y dominarla con su cuerpo. Garnett cumplía de largo con esa definición. Moses Malone lo había hecho ganando tres MVP de la NBA. Malone, una fuerza de la naturaleza de 206 centímetros, había renunciado a ir a la universidad en 1974 y, tras dos años de profesional en la ABA, había entrado en la NBA por la puerta grande en 1976 erigiéndose en buque insignia de los Houston Rockets. Pero Malone, al igual que Kevin Garnett, eran pívots. Y Kobe era un escolta.

En ese torbellino habitual de juegos psicológicos que es el draft todos los ojeadores admitían que el mejor era Bryant. Y no sólo era el talento. Había algo más. Para acceder a la División I de la NCAA se requerían unas notas de elegibilidad académica que muchos no tenían. Es cierto que se hacían trampas, pero ni las universidades más permisivas podían ocultar lo imposible. Así que muchos jugadores se iban a Europa durante un año a ganar dinero antes de presentarse al draft de la NBA. Garnett, horripilante estudiante, había roto con ese modelo de acción y no le había ido del todo mal.

No era el caso de Bryant. Kobe era un estudiante modélico, pero no quería ir a la universidad. Sencillamente su objetivo, su único objetivo, era la NBA. No sólo era un voraz anotador, Kobe era inteligente y competitivo, con soberana capacidad de concentración, con la expresa idea de ser el mejor, un ego desmedido y, en tiempos de ropas anchas y cadenas de oro, vestía siempre con traje y corbata. No sólo impresionó a los ojeadores, también a los psicólogos.

Pero tenía 17 años. 17 malditos años. Todas las franquicias admiran sus condiciones, no obstante tan sólo tres están interesadas en contratarlo.

Kobe Bryant: las leyendas son eternas
Bryant a los 17

La primera es Philadelphia 76rs. Kobe Bryant es de Philadelphia. Había abandonado el instituto Lower Merion como el máximo anotador de su historia superando a Wilt Chamberlain y había sido escogido en el quinteto ideal sub-18 de Estados Unidos. Además, Joe Bryant, padre de Kobe, había tenido una sólida carrera como suplente en los 76rs. Kobe era el ídolo local y la elección se tornaba en lógica. Sin embargo, los 76rs contaban con la primera elección del draft y sería un suicidio dársela a un chaval de 17 años. La elección lógica era la de Allen Iverson, estrella de la Universidad de Georgetown, capaz de masacrar al rival a golpe de fintas y canastas o de sofocarlo con defensas extenuantes. Era un proyecto hecho y derecho.

El siguiente en la lista son los New Jersey Nets. Tienen la elección número 8 y buscan un jugador exterior. Kobe Bryant encaja con el modelo. Además, los Nets pertenecen al gran mercado de la ciudad de Nueva York, la cual es urbe relativamente cerca de Philadelphia, por lo que los padres de Bryant aplauden con las orejas la idea. Sin embargo, los Nets cuentan con nuevo entrenador. Se trata de John Calipari, afamado técnico universitario, que afronta su primera aventura profesional en la NBA. A Calipari le gusta Bryant, pero sabe que tiene que ganar desde el primer día. Tiene dudas sobre el tiempo que necesitará para que Kobe pase al siguiente nivel.

El otro equipo interesado es Los Ángeles Lakers. Su director deportivo entonces es Jerry West, logo de la liga y quizás el mejor escolta de la historia de la NBA hasta la aparición de Michael Jordan. West decide montar un entrenamiento secreto en Los Ángeles para Bryant. Será un uno contra uno. Cita a Michael Cooper, fenomenal defensor ya retirado de los Lakers que acaba de cumplir 40 años. Bryant lo humilla y West lo tiene claro. “Es mejor jugador que cualquiera de los que tenemos actualmente en la plantilla”. Los Lakers irán a por Kobe Bryant.

El problema es que los Lakers no tienen una elección alta en el draft. No escogen hasta el puesto 24º y es harto complicado que Bryant caiga a cifra tan baja. Es seguro que los Nets (8º) lo escogerán, pero si los de New Jersey se echasen atrás, había más candidatos. Los Sacramento Kings (14º) y los Phoenix Suns (15º) buscan jugadores exteriores y no tienen urgencia por ganar. Si Bryant está a tiro, lo escogerán. Y mucho más cuando escuchen que el gran Jerry West apuesta por Kobe. Las dudas de los Nets y de Calipari desaparecerán cuando el gran tótem de los Lakers de su visto bueno al prometedor adolescente.

Para enrevesar más el asunto, Kobe Bryant necesitaba imperiosamente ser seleccionado entre los quince primeros del draft de la NBA. Arn Tellem, su agente deportivo, había negociado un fabuloso acuerdo de patrocinio de un millón de dólares con Adidas que sólo se haría válido si Bryant estaba entre los quince mejores. Joe y Kobe Bryant se habían lanzado a un precipicio sin red. Al padre le habían ofrecido el cargo de entrenador asistente de la Universidad de La Salle sólo para captar a su hijo. Rechazarlo significaba también perder su puesto de trabajo. Duke, North Carolina o UCLA también cortejaron a Kobe, pero fue en vano. No habría carrera universitaria. Pero el plan, el atajo para ir a la NBA, dependía de ser elegido entre los quince primeros.

Si los Lakers quieren a Kobe Bryant tendrán que hacer magia.

Jerry West still can't believe no one else drafted Kobe Bryant in 1996 |  Sporting News
West y Bryant en 2010

Llega así la noche del draft. El talento presente es tremendo. No en vano el paso del tiempo lo dictará como uno de los mejores drafts de la historia. Como está cantado en el primer puesto Philadelphia escoge a Allen Iverson. Los siguientes puestos también son secretos a voces y son para jugadores que acabaran siendo campeones de la NBA (Ray Allen y Antoine Walker), All-Stars (Stephon Marbury y Abdur-Rahim) y también un mejor defensor de la temporada (Marcus Camby).

La séptima posición del draft es para Los Ángeles Clippers, el segundo equipo de la ciudad californiana.

Los Ángeles. Y aquí conviene hacer un inciso.

Arn Tellem, el agente del joven Bryant, tiene un acuerdo con Sonny Vaccaro. ¿Quién es Vaccaro? El hombre que en nombre de Nike había convertido a Michael Jordan en una mina de oro. Vaccaro acababa de lanzarle un órdago a Nike en forma de subida de sueldo y, rechazado, se había ofrecido a Adidas. Y Vaccaro sabía que su Jordan era Kobe. El Jordan de Adidas. Vaccaro era consciente de que no bastaba con meter canastas, había que vender, vender y vender. Y no existe mejor mercado para el capitalismo que California. Tellem y Vaccaro lo tienen claro. Kobe Bryant tiene que irse a Los Ángeles.

Pero no. Los Clippers prefieren ir a lo seguro. Son el eterno perdedor de la NBA y la mofa del resto de equipos. Podrían echarle bemoles y romper el mercado, pero el miedo es mucho mayor. No van a elegir a un chaval de 17 años y convertirse en el hazmerreír del mundillo. Y Kobe opina lo mismo. Él es un ganador y no piensa irse a un equipo perdedor.

Así que los Clippers seleccionan a Lorenzo Wright, un correcto pívot de 2’11 que hará una consistente pero discreta carrera en la NBA.

Llega la elección número 8.

El draft de la NBA tiene su aquel. En las primeras elecciones, entre una y la otra, hay un receso de tiempo. Y mientras hay llamadas. Muchas llamadas. Que yo te cambio mi puesto por esto y lo otro. Que yo te vendo a fulanito si tú me dejas elegir a menganito. Es en el último momento cuando el director deportivo del equipo llama al comisionado de la NBA para decirle el nombre del escogido. Hasta entonces muchas cosas pueden suceder.

La mañana del draft tiene lugar una última sesión de contacto con los jugadores. Unas postreras impresiones. Esa mañana Kobe Bryant rechazó reunirse con los representantes de los New Jersey Nets. También con los de Sacramento Kings y con los de Charlotte Hornets. Esa mañana Sonny Vaccaro llamó a Calipari y la amenaza fue clara: “Tengo un acuerdo con los Lakers, si tú y tu equipo lo estropeáis, lo lamentaréis”.

Kerry Kittles Photo Gallery | NBA.com
Kerry Kittles

Y hubo algo más. Arn Tellem y David Falk eran los representantes del momento. ¿Quién era David Falk? El representante de más de 100 jugadores…entre ellos Michael Jordan. Falk llevaba los asuntos de Kerry Kittles, un escolta de la universidad de Villanova, área cercana a Nueva Jersey, y donde Kittles quería jugar a toda costa. Kittles era un gran escolta, mejor en esos momentos que Bryant (luego, años después, diría que había compartido entrenamientos con Kobe aquel verano y que si él hubiese sido el dueño de una franquicia habría apostado por Bryant sin dudarlo) por lo que era una buena elección. Falk usó su poder de convicción (o sus dotes de mafioso, como ustedes prefieran enfocarlo) para advertir a los Nets de que, en caso de no escoger a Kittles, se olvidasen de seguir haciendo asuntos con sus negociados.

Llegamos entonces al momento de la elección. Se produce entonces una llamada. Los Lakers ofrecen el traspaso de Vlade Divac, su entonces pívot titular, a cambio de los derechos de la elección de los Nets. Los Nets rechazan el acuerdo. No se van a desprender de su número 8. Ellos necesitan un escolta. Pero todas las tácticas intimidatorias surten efecto.

Los New Jersey Nets escogen a Kerry Kittles con el número 8 del draft de la NBA de 1996. Será titular en las dos finales de la NBA que los Nets jugarán y perderán en 2002 y 2003. Una de ellas contra los Lakers. En aquella final Kittles promedió 12’1 puntos. Kobe Bryant 26’6 dianas. Kittles se retiró en 2005. El año de su retirada Bryant anotó 27’6 puntos por partido. Aun jugaría once campañas más.

Llega entonces el momento de tomar decisiones erróneas. Las siguientes franquicias solo buscan pívots. Y lo que hay no es gran cosa. Samaki Walker, Erick Dampier, Todd Fuller y Vitaly Potapenko. Cuatro jugadores prescindibles de la mente de cualquier persona sea o no sea aficionado al baloncesto. Llegamos pues a la elección número 13. Pertenece a Charlotte Hornets.

Los Hornets también quieren un pívot. Y no hay mucho donde escoger. Y ahí es donde Jerry West debe hacer magia. Hace el mismo ofrecimiento que le había hecho a los Nets. Sacrifica a su pívot titular a cambio de la elección número 13. Su objetivo es evitar que se llegue a la siguiente elección, la número 14, la de los Sacramento Kings, porque los Kings sí que quieren a Kobe Bryant.

Los Hornets aceptan. Y no es mala decisión. Divac forma parte del estrellato de la NBA. Es uno de los primeros jugadores europeos en triunfar al otro lado del Atlántico. Los Hornets pasarán de no clasificarse para playoffs a sumar 54 victorias y plantarle cara a Knicks y Bulls en la lucha por el título. Pero eso se sabrá después. Divac amenazará con volver a Europa si se consuma su traspaso a los Hornets, aunque al final acabará dando su brazo a torcer. En 1998 firmará por los Kings donde se convertirá en leyenda junto a su compatriota Peja Stojakovic, escolta escogido en el puesto 14, justo después de Kobe Bryant, en el draft de 1996.

Así pues, los Charlotte Hornets seleccionan a Kobe Bryant con el número 13 del draft de la NBA de 1996. Bryant se hace la foto con la gorra de los Hornets e inmediatamente después se venden sus derechos y se convierte en jugador de Los Ángeles Lakers.

Abejorro por unos instantes - foto 28 - MARCA.com
Bryant 13ª Charlotte Hornets

Como Ray Allen o Antoine Walker, Peja Stojakovic también fue campeón de la NBA. Steve Nash (dos veces MVP), Jermaine O’Neal o Zydrunas Ilgauskas fueron los otros jugadores que fueron All-Stars. Junto a los de 1984 y 2003, el draft de 1996 forma parte del pódium de las mejores camadas de baloncestistas de todos los tiempos. Todos los citados fueron grandes jugadores, pero ninguno alcanzó ni por asomo los éxitos y el legado de Kobe Bryant, campeón de la NBA cinco veces con los Lakers, MVP de la NBA y 18 veces All-Star.

“No te lo vas a creer, Jerry, pero te he conseguido al mejor jugador de este draft”. Jerry West en conversación con Jerry Buss (propietario de los Lakers) tras hacerse con los derechos de Kobe Bryant.

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Sobre el racismo (y no va a gustar)

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha trazado una nueva normativa para optar a los Óscar a partir de la edición de 2024. Más allá de que cumplan con requisitos artísticos suficientes para llevarse la tan preciada estatuilla, las películas candidatas deben formalizar ciertas vicisitudes; A) Al menos uno de los actores o actrices principales o de reparto deben pertenecer a un grupo étnico infrarrepresentado (traducido: no blanco caucásico), B) Al menos el 30% de los actores secundarios deben ser mujeres, grupo étnico infrarrepresentado, colectivo LGTBI+ y/o personas con diversidad; C) La historia principal del tema tiene que representar a algún compuesto de los anteriores citados. De estos tres requisitos hay que cumplir obligatoriamente con uno (no hay que ser un lince para saber que al cumplir con uno implícitamente ya efectúas los otros dos). Y esto, que es lo que se ve de cara al público, también se tiene que cumplir detrás de las cámaras (guionistas, productores, compañía de distribución, equipo técnico…).

Porque, claro, directores LGTBI+, con diversidad o que sean mujeres no hay demasiad@s. Tampoco los hay en puestos claves tanto en la empresa pública como en la privada. El techo de cristal en término acuñado por el feminismo. Cupos para mujeres en política. Mujeres que acceden a dirección de empresas por el hecho de ser mujeres. Patton, El padrino, Rocky, Carros de fuego, Amadeus, El último emperador, Sin perdón, Gladiator, Infiltrados, El discurso del rey o Argo. Películas que nunca hubiesen ganado los Óscar con las nuevas reglas.

¿Justo? Claro que no. Como tampoco era justo que hace una centuria, medio siglo, diez años o, escasamente un puñado de días, una mujer fuese excluida de un puesto de dirección por el simple hecho de tener vulva. Como no fue justo que una mujer negra no se llevase un Óscar hasta que en 2002 lo hiciese Halle Berry.

Que lo de antes no fuese justo no quiere decirse que lo de ahora lo sea. Lo de ahora es reparador. Lo de ahora es necesario. Es imprescindible. Pero no es justo. Es algo que como sociedad nos debemos. Algo que nos merecemos. Que nos hace crecer y avanzar. Pero no es justo. Es discriminación positiva. Pero es discriminación. No es igualdad. La máxima revolucionaria es que todos somos distintos, pero la ley nos iguala. Aquí la ley discrimina. Positivamente, pero discrimina.

Como en cualquier época de transición las tensiones, las dudas y los disensos son inevitables. En el paso de dos generaciones el estándar ha pasado de hombre blanco con trabajo estable, mujer-sirvienta en casa, hijo e hija ejemplares a familia disfuncional con padres divorciados, madre con novia, hije con problemas de salud mental (o perro que se considere hijo) e hija blanca con novio africano. El cambio es colosal. El terremoto conceptual sobrepasa la escala Richter. Los cambios se hacen con brocha gorda y lo que queda se avecina tremebundo.

El cambio debe venir desde la educación. Y la educación desde 1789, con sus altos y sus bajos, es cosa de papá Estado. Es necesario que con normas y leyes todos los colectivos que durante centurias han sido discriminados sean ahora beneficiados. La discriminación positiva no es equitativa, pero es imprescindible. El paso de los años y el arduo trabajo educacional harán que esa discriminación desaparezca, la igualdad sea real y así vivir en un mundo donde lo diferente sea lo cotidiano.

¿No?

Supongo que no hay negros que linchen a blancos que se acerquen a su barrio. Tampoco hay gitanos que maten a palos al payo que se enamore de una gitana. Desconozco si hay castellanos parlantes que se rían de los paletos que hablen gallego. O catalanistas que insulten a los que charlan en castellano. Imagino que no habrá latinos que denigren por estrechas a chicas blancas. O a chicas negras. Porque imagino que tampoco hay criollos que insulten a personas de tez negra. Ni gente que señale con el dedo a musulmanes por la calle. Ni musulmanes que griten y tiren piedras a católicos que entren en una iglesia.

Porque las minorías, de cuando en cuando, son mayorías. Y su respuesta es la misma. “La rebelión sentimental de las masas es el odio a los mejores”, decía Ortega Gasset. La masa es voluble. Los judíos eran los mismos en 1945 y en 1948. En 1945 eran una minoría masacrada. En 1948 una mayoría que masacraba.

Vinicius Junior representa a una minoría. La minoría negra. No. Vamos, sí. Pero, no. Vinicius Junior representa a una amplísima minoría. A la minoría adolescente millonaria de éxito deportivo planetario. Vinicius Junior es el mejor jugador del mejor club del deporte con más aficionados del mundo. Vinicius Junior es la minoría de la minoría.

Y a Vinicius Junior le faltan un par de bujías.

Cuando uno llama mono o negro de mierda a Vinicius lo hace para desestabilizarle. Para acabar con él. Para vencerle. Por odio. Pero no por odio racista. O sí. Pero no es eso. Es otra cosa. Es odio, pero fundamentalmente es impotencia. Porque el tipo es mejor que tú. Y además lo sabe. No se cansa de demostrarlo. El Real Madrid juega habitualmente con cinco jugadores negros en su once inicial. 5 de 11. No es moco de pavo. Alaba, Militao, Camavinga, Vinicius y Rodrygo. También juegan muchos minutos Rüdiger, Mendy o Tchouameni. Un ramillete. Pero el único que recibe insultos, amenazas y provocaciones es Vinicius. El único de todos ellos capaz de desestabilizarse cuando la masa escupe mierda por la boca.

Vinicius acaba expulsado en Mestalla tras protagonizar una nueva polémica  por insultos racistas
La víctima

Hay racismo. Mucho racismo. Y lo seguirá habiendo. Pero lo de Vinicius no es racismo. O sí. Es racismo. Pero hay algo más que eso. O mucho más que eso.

Hay capitalismo.

Y me explico.

(Y déjenme que me explique antes de que me llaman racista).

Recuerden que no por pensar diferente somos todos nazis o machistas.

Simplemente expongo una teoría. Y sino gusta, se puede rebatir. Por supuesto. Eso es así, con sus altos y sus bajos, desde 1789.

Todo esto existe por el capitalismo. Desde el ábaco a las bases de datos. Esto te lo dice hasta el que tiene el himno de la Internacional Comunista en su lista de reproducción del Spotify. El capitalismo genera capital, y el capital genera progreso y riqueza. El problema es que el capital también genera explotación y desigualdad. Mucha desigualdad. Pero si no es por el capitalismo no hubiésemos avanzado. ¡Sin capitalismo no habría marxismo!

Para que el capitalismo funcione se debe enfatizar al individualismo. Resaltar los objetivos y la autosuficiencia propia para que el individuo de lo máximo de sí. A través de esa autonomía y de ese afán de superación, el capitalismo le otorgará al individuo el premio que busque. Si todos los individuos actúan de la misma manera el conjunto de la sociedad se beneficiará y obtendrá réditos infinitos (en la teoría no se dice nada de los que se quedan por el camino).

Pero esto es lo que hay. Para bien y para mal. Y esto empieza desde muy pronto. Desde el mismo día en el que naces.

Tienes que ser el bebé más guapo. El más bueno. El que come de todo. El que obedece siempre. El que duerme toda la noche. El que va mejor vestido. El primero en hablar. El primero en andar. El que aprendió los números en inglés. El que ve los dibujos en francés.

Vas al cole. Tienes que hacer amigos. Muchos amigos. Pero los amigos listos. Los guapos. Los que tienen padres chulos. El primero en sumar. El primero en restar. El que canta en la función escolar. El que recita en la fiesta fin de curso. El niño en el bautizo y el muerto en el entierro.

El capitán del equipo de fútbol. El líder del coro del colegio. El que gana el premio de pintura de la provincia. El que fue seleccionado para el equipo de debate. El que gusta a los chicos. El que gusta a las chicas. El que va a ir a la universidad. El que va a estudiar la carrera que quiera. El que no sale. El que sale, pero no bebe. El que bebe, pero no se emborracha. El que se emborracha, pero porque le obligan. El que lo hizo una vez, pero no lo hará nunca más.

El responsable. El de la novia ideal. El del novio genial. El del trabajo ideal. El del trabajo genial. El que estuvo con su abuelo cuando murió. El que estuvo con su padre cuando enfermó. El que calla ante su madre para no preocuparle. El que odia su trabajo, pero es el primero de la empresa. Porque es el mejor. Siempre es el mejor. Y siempre lo será. Cuando tenga hijos dejará de ser el mejor. Porque sus hijos serán los mejores. Y si no tiene hijos, seguirá siendo el mejor. El mejor entre sus amigos, el mejor en su trabajo. El más filántropo. El que más viaja. El que más seguidores tiene en redes sociales. El que va a mejores restaurantes. El que tiene mejor piso. El que tiene mejor coche. El que fue al mejor sitio posible de vacaciones. El más enrollado a los 60. El más simpático del hospital. El más activo de la residencia de ancianos.

El mejor hasta al fallecer. Eso es el capitalismo. Ese es el mundo en el que vivimos.

Si, el mejor hasta en la muerte. ¿O acaso alguien ha escogido alguna vez el féretro más barato? Cuando toque el día y tengas que escoger la caja de pino de ese ser querido te darán tres opciones; la barata, la normal y la cara.

La barata no la escoge nadie.

Uno no se muere en pijama. Se afeita, se maquilla y se pone el traje. Y te escogen la caja. O la urna. O lo que sea. Y no te eligen la barata.

La normal puede. La barata nunca.

Eso es el mundo capitalista. El mundo en el que vivimos. Pero no todos podemos ser los mejores. De hecho, la inmensa minoría somos los peores. Los mejores son los pocos. Por eso hay que hacer otras cosas.

Cosas políticamente incorrectas.

No eres el bebé más guapo, pero ¡ay! tienes un pelazo. No como de todo, pero soy más feliz que tú. ¿La ropa? Qué más da. Eso es irrelevante. Sino hablo, ya hablaré. Si no sé inglés, ya aprenderé. Voy al cole y no tengo muchos amigos. Ni soy el más guapo ni el más listo, pero si el más espabilado. ¿No destaco? Pues me meteré con fulano. Seré el divertido, el rebelde, el guasón, el matón, el descocado. Copiaré en el examen. Haré la pelota al profesor. Diré que estoy enfermo para evitar un examen. Haré falta cuando alguien quiera meter un gol. Moveré los labios cuando esté en el coro. Diré una frase fuera de guion cuando haga de árbol en la función escolar y todo el mundo se descojonará conmigo.

Seré el estajanovista de mi equipo de balonmano. No gustaré a las chicas, pero les gustaré porque soy un echado para adelante. Le levantaré el novio a mi amiga. Le mentiré a mi mejor amigo para poder ligarme a la rubia que no me hace caso. Iré a la universidad tras copiar en el examen de acceso. Estudiaré poco, beberé mucho y dejaré la carrera. Enchufaré mi toma de luz a la comunitaria. Le mentiré a mis padres para conseguir dinero e ir a un concierto. No tendré dinero para pagar un alquiler, pero buscaré la forma de pagarlo. Haré otra cosa. Nunca seré el mejor, pero tendré trabajo. Lo conseguiré con una buena recomendación. Pasaré por encima de quien haga falta.

Sisaré dinero a mis viejos. Viviré de mis padres hasta que pueda vivir de mis hijos. Trabajaré lo justo y lo necesario. Disimularé lo suficiente para que los que trabajen sean otros pero el mérito sea el mío. Diré que soy filántropo, pero nunca lo seré. Presumiré de vida ideal, de coche ideal, de casa ideal, de familia ideal, y por dentro tendré mierda hasta debajo de las alfombras. Seré el más insoportable del hospital y conseguiré lo que quiera por puro agotamiento del personal. Seré el más cascarrabias de la residencia y lograré que me lleven en palmitas. Pondré cara de pena delante de mi familia, harán de tripas corazón y tendrán que aguantarme por compasión.

Y alguien morirá. Y compraré el ataúd más barato. Porque no tengo dinero. Porque la herencia es muy golosa.

Aunque cuando yo muera espero que compren el ataúd más caro. Por supuesto.

La Comisión contra el Racismo publica informes sobre Dinamarca, Mónaco y  Estonia - Portal
Stop racismo

¿A dónde pretendo llegar? A que no se puede ser el mejor. Pero dedicamos la vida a ser los mejores. Cuando de niños practicamos un deporte lo hacemos como acto lúdico y social, no por carácter competitivo. Sin embargo, la propia competición es intrínseca al acto. Desde el mismo momento en el que tu madre o tu padre te aplauden por darle patadas a una pelota en un pasillo y gritan y celebran con efusividad cuando la metes por un agujerito están premiando la competitividad.

Este factor competitivo se agrava con la masa. Lo que al individuo fascina, a la masa asombra. Jugar en equipo multiplica los efectos competitivos. Cumple destacar como individuo para brillar dentro del grupo. Y ese grupo (ese equipo) compite con otros equipos. Equipos peores y equipos mejores. Mucho mejores. Equipos a los que no podrás ganar.

Y tienes que intentar ganar. Es tu obligación.

¿Cómo lo harás?

Con faltas. Haciendo el campo más pequeño. Abusando de fuerza física. Agarrando camisetas mientras se lanza un córner. Zancadilleando en el centro del campo. Pisando el césped donde se marca el punto de penalti. Adelantándote un par de pasos cuando se forma una barrera. Moviéndote de arriba a abajo a la espera de que te lancen un penalti. Tirándote al suelo para perder tiempo. Simulando que te duele una rodilla cuando te llamen para hacer un cambio. Alargando tu salida de vestuarios para empezar la segunda parte mientras el equipo contrario se cala de frío hasta los huesos por culpa de la lluvia…

…e insultando.

Gordo, cuatro ojos, maricón, hijo de puta, cabrón, gilipollas, subnormal…y negro, negro de mierda. Por supuesto. El insulto pretende desarmar al contrario. Hacerlo débil. El insulto puede ir en contra del que está aislado (bullying) y sus consecuencias son terribles. Pero también funciona contra el que es mejor y parece fuerte. Cuando no puedes vencer en buena lid, debes vencer de otro modo. Cuando el Valencia CF se enfrenta al Real Madrid con el descenso de categoría en juego tiene que buscar formas de ganar. Y con el fútbol no lo conseguirá. Necesita otras cosas. Sea por convicción o sea por frustración, el insulto es un arma recurrente. Fácil de usar y fácil de ocultar. Abrigado por la masa, el que insulta se siente impune para despotricar barbaridades. Porque no fueron unos pocos los que llamaron mono a Vinicius. No. No es un caso aislado. Fueron muchos. Miles. No fue una grada. Fue un estadio. Miles lo insultaron y otros miles callaron. Alguno sonrío. Ninguno se indignó.

Ninguno. El fin justifica los medios.

Frase que por cierto nunca dijo Maquiavelo. El diplomático florentino lo que dejó escrito para la posteridad fue: “Cum finis est licitus, etiam media sunt licita”. Es decir; “Cuando el fin es lícito, también lo son los medios”.

Una sutil diferencia. Pero lava muchas más conciencias decir que el fin justifica los medios.

El tema, y perdón por si divago, es que lo de Vinicius es un caso de racismo y son las instituciones públicas a través de un compendio de sanciones y educación quien deben poner coto al asunto. Pero por otro lado no es racismo. Si fuese Ronaldo la rutilante estrella del Madrid se le llamaría gordo a grito pelado. Si fuese el guapo de Guti se le llamaría maricón. A Cristiano le decían gitano y le gritaban «ese portugués, hijo puta es». Y a Courtois, el celebérrimo portero blanco, hubo una época en la que le hicieron bullying partido tras partido porque compartió cuernos y novias con su compañero de selección Kevin de Bruyne. Todo ello intenta desestabilizar al rival. Pero todo ello pasa desapercibido para el ahora ofendido.

En Estados Unidos a esto le llaman ‘trash-talking’. Consiste en desestabilizar al rival a través del desprecio. Normalmente es menospreciando cualidades deportivas, aunque el tono puede aumentar y pasar al desprecio. Las novias y las madres suelen tener eje principal en un lenguaje hipersexualizado y masculinizado. Es propio de los negros, que lo practican indiscriminadamente entre sí, aunque muchos blancos también lo ejercen. Uno de los maestros del ‘trash-talking’ era Larry Bird, legendario jugador de raza blanca de la NBA de los 80. Antes de anotar una canasta solía lanzar pullas a su defensor. Se pueden encontrar decenas de declaraciones de jugadores, periodistas o aficionados en las que consideran a Bird un jugador sobrevalorado y con mucha buena prensa por el hecho de ser blanco. No encontrareis nunca una declaración en la que se le tilde de racista.

Es la NBA un deporte de negros donde antes fue de blancos. Hubo un tiempo de transición en el que era un deporte de negros, pero de aficionados blancos. Hoy también los aficionados ya son negros. Son consumidores. Como también son las mujeres. O la comunidad LGTBI+ o las personas con diversidad. Antes no. Antes una persona con diversidad se ocultaba en el anonimato. Ahora, afortunadamente, forma parte de la comunidad. Trabaja, sale y consume. Consume. Y esa es la clave. Donde antes había minorías silenciadas ahora hay minorías que consumen.

Hoy las mayorías imitan los actos de las minorías, porque las minorías se han integrado en el mercado. ¿Cómo no perseguir el racismo en el fútbol si la minoría negra es ahora mayoría? ¿Cómo no perseguirlo si los jugadores más imitados y más queridos por los niños son los exóticos? ¿Cómo no acabar con la discriminación si las gradas de los estadios están llenas de mujeres? Es puro capitalismo. Para el capitalismo antes el negro no contaba. La mujer no contaba. Quien consumía fútbol era un hombre caucásico. Hoy el consumidor de fútbol es tan diverso como el que lo practica.

Vinicius no es un chico negro indefenso al que la sociedad repudia. Vinicius es la estrella (negra) de un equipo inabordable para la mayoría de los mortales. Insultarle es una forma (rastrera) de intentar doblegarle.

Defender el fútbol ante el racismo es defender el producto. Todo el cirio que se ha montado por lo de Vinicius no ha sido por culpa del racismo. Todo ha sido por miedo a dañar el producto.

Y, créanme, lo que importa es el producto.

FIFA 22 se une a la lucha contra el racismo con una equipación temática  para La Liga | Hobby Consolas
Diversidad

En 1948 se creó una carrera ciclista. Circulaba por Polonia y Checoslovaquia y pretendía ser un canto a la paz del ideal comunista. No había premios para el vencedor, ni maillot de líder. Tan sólo se corría por el simple hecho de gozar. Sólo podían participar ciclistas del bloque comunista u occidentales amateurs. Al año siguiente se rebautizó como Carrera de la Paz y se añadió al recorrido un paso por la Alemania Oriental con fin en Berlín. Era una forma de firmar el perdón con los antaño agresores alemanes.

Tres años después los soviéticos participaron por vez primera. Lo hicieron formando un bloque compacto, con mecánicos y masajistas propios, se implantó el maillot de líder y los premios económicos bajo cuerda. El objetivo era ganar. Una década más tarde la Alemania Oriental diseñaba un plan de dopaje estatal para convertir a sus deportistas en puras sangres. Los rusos pronto se sumaron al juego. La Carrera de la Paz se convirtió en una especie de Tour soviético donde se buscaba ganar por la gloria del individuo y la gloria del país.

Ni los comunistas pueden dejar de ser capitalistas.

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El cromo de Bustingorri

El más conocido fue Zoco. Nacido en la montaña navarra, jugó tres temporadas en el Club Atlético Osasuna antes de hacer carrera en el Real Madrid donde lograría siete ligas y la sexta Copa de Europa de la entidad merengue. Alto, bregador, fuerte, jugaba de central o de mediocentro con el mismo acierto. Compañeros de Zoco en el éxito continental fueron Pachín o Serena, quienes también vistieron la camiseta rojilla. Andrés Sabido, duro defensa a caballo entre los 70 y los 80, y los delanteros Javier Portillo o Roberto Soldado, ya en el siglo XXI, también jugaron como locales tanto en el Santiago Bernabéu como en El Sadar.

Si el más conocido fue Zoco, el más mediático fue Pedrag Spasic. Serbio, entonces yugoslavo, había destacado en el Mundial de 1990 secando a Julio Salinas en un choque de octavos de final que finalizó con eliminación española. Ramón Mendoza, yuppie metido a presidente, lo fichó a regañadientes para el Real Madrid. ¿El motivo? Spasic era feo y calvo. Contaba con 25 años, pero aparentaba muchos más, su dentadura era descuidada y llevaba siempre una gabardina gris que lo hacía parecer un agente de la Stasi. Hoy sería carne de memes. El caso es que al agente Spasic le iba todo bien hasta que una noche de enero de 1991 le dio por meter un golazo en el Camp Nou…en propia puerta. Se convirtió en ídolo culé y en mofa recurrente en todos los campos de España. Tocado, entró en barrena. No era buena época. Koeman, Laudrup y Stoichkov eran los extranjeros en Can Barça. Spasic, Hagi y un Hugo Sánchez de 33 años eran los merengues. Había diferencia. Hubo que mal vender a Spasic en el siguiente verano y el yugoslavo firmó tres temporadas decentes en Pamplona. Hoy sobrevive en Belgrado gracias a una pensión que le fue otorgada por la Asociación de Veteranos del Real Madrid.

Pedrag Spasic compartió equipo con el protagonista del presente artículo; Eugenio Bustingorri. Lateral zurdo, pero también extremo o mediocentro. Futbolista polivalente, de los que corren por dos y jamás protestan ni tienen una mala cara. Navarro de pura cepa y capitán y leyenda del Osasuna donde militó durante doce temporadas. ‘Busti’ regenta hoy un bar en el centro de Pamplona donde despacha bocatas como antes despachaba pases y entradas.

Pero antes de todo ello Eugenio Bustingorri jugó en el Real Madrid.

¿O no?

Viajamos a la temporada 1989-1990. Se acaba de retirar José Antonio Camacho y el Madrid busca un sustituto en el lateral izquierdo que compita para el puesto con el veterano Rafa Gordillo. El elegido es Bustingorri, quien concluye una temporada estupenda con el Osasuna. Las negociaciones se inician con el jugador, el cual acepta de buen grado con el considerablemente aumento de sueldo adjunto, y finalizan con el acuerdo verbal entre presidentes de ambas entidades.

No obstante, al mismo tiempo que Bustingorri negocia su fichaje por el Real Madrid aparece en escena Sebastián Losada. Era Losada un delantero espigado de apenas 19 años forjado en el Castilla que el año anterior había estado cedido en el RCD Espanyol. Allí había explotado anotando 11 goles en Liga y dos de los tres tantos que los periquitos habían convertido en el partido de ida final de la Copa de la UEFA que los enfrentó al Bayer Leverkusen. Lástima que, en la vuelta jugada en Alemania, el Leverkusen igualase el tanteo de la ida (3-0) y en los penaltis Losada mandase a las nubes el penalti que hacía campeón a los germanos y subcampeones a los catalanes.

El caso es que el Madrid cuenta con recuperar a Losada para la nueva temporada en la que se tienen puestas grandes esperanzas en su desempeño. Es entonces cuando el Atlético de Madrid decide tomar parte del entuerto. Jesús Gil acaba de firmar como entrenador a Javier Clemente, quien el año anterior había sido técnico espanyolista. Clemente solicita una serie de fichajes y entre ellos está el de Sebastián Losada. Gil sabe que no tiene nada que hacer si pretende negociar con Mendoza por lo que decide tirar por la calle de en medio. Abonará la cláusula de rescisión.

Losada acepta y su futuro se encamina a la ribera del Manzanares pero, en un giro del destino, Ramón Mendoza corre a visitar al chaval a su casa. Lo convence de que está cometiendo un error y de que su futuro está en el Madrid. Tendrá oportunidades. Butragueño y Hugo Sánchez están por delante, pero la temporada es muy larga y el futuro es suyo. Losada da marcha atrás, llama a Gil y rechaza la oferta del Atlético de Madrid.

Y Gil y Gil monta en cólera.

Ojo por ojo y diente por diente. Gil se pone en contacto con Bustingorri y le dobla la oferta sin saber siquiera cual es la oferta. No le interesa para nada el navarro. Simplemente quiere dar por culo al Madrid. Convence a Fermín Ezcurra, el histórico presidente del Osasuna, para que acepte la propuesta colchonera. Ezcurra amablemente le dará largas al Madrid. Es un visto y no visto. Un frenesí de apenas 24 horas.

Eugenio Bustingorri jugará en el Atlético de Madrid.

Fue tal la celeridad de la operación que cuando la temporada esté a punto de rodar y las colecciones de cromos hagan su aparición, Eugenio Bustingorri no aparecerá en las páginas del Atlético de Madrid.

Tampoco en las del Club Atlético Osasuna.

Eugenio Bustingorri será jugador del Real Madrid.

Cromo Bustingorri. La verdadera historia del famoso cromo de Bustingorri  con la camiset...
Bustingorri merengue

Era tal el secreto a voces, estaba tan aceptado el fichaje de Bustingorri por el club de la Castelllana, que Ediciones Este decidió adelantarse a Panini, su principal competidor, y sacar un cromo de Bustingorri de blanco. Hoy la tecnología nos permite simulaciones realistas de todo tipo. Entonces la edición era artesanal. Se cogía una fotografía del jugador y se pintaba a mano la camiseta de su nuevo equipo. Bastante chusco, pero efectivo para la época. Luego, semanas después, se realizaba una foto, ahora real, vestido con su nueva equipación y paulatinamente se iba sustituyendo el cromo falso por el verdadero a medida que los niños y no tan niños iban gastando sus pesetas en los ‘sipis’ y en los ‘noes’.

El caso es que Ediciones Este sacó a la venta el cromo de Bustingorri antes de que el fichaje se formalizara. Durante unos breves días formó parte de la colección de unos cuantos niños que tenían en sus manos una suerte de incunable. Hoy el cromo de Bustingorri es objeto de coleccionistas. Lo he visto a la venta por internet por 80 euros. El de Maradona en el Barça, por ejemplo, lo encuentras por 15 euros.

Fiel a su fama a Gil no le duró mucho Clemente. Al vasco le sustituyó Briones y a este último Joaquín Peiró. Con ninguno de los tres tuvo excesiva suerte Bustingorri, quien apenas jugó 12 partidos como colchonero. Al finalizar la temporada regresó a las filas del Osasuna donde volvería como capitán. Peor suerte tendría incluso Sebastián Losada. El canterano tuvo pocas oportunidades en el Bernabéu y finalmente acabaría fichando por el Atlético de Madrid en 1991. Tuvo un mal año con los colchoneros para luego jugar en Sevilla FC y Celta de Vigo retirándose con apenas 27 años asqueado del fútbol profesional e iniciando una fructífera carrera como abogado.

En esos 12 choques a Bustingorri le dio por anotar un gol. Fue de falta directa. Y fue contra el Real Madrid.

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