corea del sur

Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

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El ciego que le daba al centro de la diana

El poder, para reafirmarse, contaba con elementales redes de comunicación y reducidos comandos militares centralizados. El soberano, cuando deseaba mostrarse como rey, asignaba tierras muy alejadas de su corte a sus mejores guerreros exigiendo lealtad y protección militar cuando fuese necesario. Esa fue la base del feudalismo. Con esos mimbres derivó la idea de que para ser soldado se debía pertenecer a la alta sociedad.

Ser un caballero medieval.

El caballero era una persona lo bastante acaudalada como para construir un castillo para él y su familia, comprar y mantener caballos para su personal auxiliar y poseer tierras que alquilar a campesinos a los que poder reclutar en nombre de Dios y del Rey. La iconografía clásica de las batallas medievales se reduce a contingentes minúsculos formados por caballeros bien pertrechados y donde la armadura y las armas son mejores en cuanto más fluye el dinero. Así fue durante lo que damos en conocer la Edad Media. Si en la Edad Antigua las grandes formaciones de infantería camparon a sus anchas, es el medievo el tiempo de la caballería.

Ocurre que a partir del siglo XIII en Europa se fueron formando pequeñas ciudades por motivos que aquí no vienen al caso. En ellas surgen profesiones liberales. Son burgueses. Con el tiempo ciudadanos. Gentes que no son adineradas, pero que tienen cierta libertad. Gentes que ven al rey como máxima autoridad, lo que es utilizado por el monarca para no depender de los nobles y conseguir de este modo el poder absoluto. El problema para el rey es que si prescinde de los caballeros, debe volver a optar por la infantería. Y a la infantería hay que armarla.

Un caballero necesitaba un equipo completo y dos monturas, dado que una de ellas hacía de animal de carga y acompañaba a sus sirvientes. La parte más pesada e incómoda era el yelmo del que había que desprenderse en el combate cuerpo a cuerpo para optar a mayor movilidad. Con el tiempo, lo que era un escudo y una espada, se convirtieron en unos treinta kilos de peso dispuestos al combate.

Será entonces cuando resurgen del olvido las ballestas o los arcos y se crean las alabardas. Son débiles, pero los caballeros se han armado tanto y han perfeccionado tanto su armadura que son pesados. Muy pesados. Y los caballos no pueden con tanto peso. Poco a poco, de forma casi imperceptible con el paso de los años, se han vuelto inexpugnables, pero también lentos. Lentísimos.

Y llegamos así a 1415.

El arco no había sido modificado en miles de años de historia. Era un instrumento pobre y fácil de producir en comparación a una espada. No obstante, los ingleses, en algún momento del siglo XIII, crearon un arco largo de dimensiones superiores a la altura del arquero. Era un arco menos potente, que requería cuidados cuando no estaba en uso, pero que, como ventaja, permitía la carga y el disparo de flechas a mayor velocidad. Los arcos largos eran capaces de atravesar una cota de malla a 200 metros de distancia.

En 1415 los ingleses desembarcaron en Francia. Comenzaba el momento decisivo en la larguísima contienda entre ingleses y franceses que se dio en conocer como Guerra de los Cien Años. Antes de llegar a Calais, se encontraron con un cuello de botella en un aldea ubicada entre dos frondosos bosques llamada Azincourt, donde se encontraba el grueso del ejército francés. El 25 de octubre de 1415 lo mejor del ejército francés recibiría a los invasores. Los franceses cuadriplicaban en número a los bretones. No sólo eso. Francia había dispuesto a 12.000 caballeros y los ingleses no contaban ni con un millar. Por el contrario, había unos 5.000 arqueros ingleses sobre el terreno, mientras que los franceses habían prescindido completamente de ellos.

La formación inglesa se puso en movimiento al alba, se situaron a unos 250 metros del enemigo, plantaron una estaca en el suelo con la punta afilada para protegerse del cuerpo a cuerpo e iniciaron una lluvia de flechas hacia el cielo para que los proyectiles describiesen un arco infinito. Los franceses intentaron contestar cargando con la caballería, pero las estacas, el suelo embarrado y la lentitud frente a la lluvia de flechas, impidieron un contraataque efectivo.

Morirían más de 10.000 franceses frente a apenas 1.500 ingleses. Carlos VI de Francia hubo de ceder el trono de Francia a Enrique V de Inglaterra. Comenzó entonces una guerra civil que aún se alargaría un par de décadas más.

Pero ya por entonces la caballería había dado un paso al lado. Azincourt fue el fin del medievo militar. Los arqueros eran ahora los admirados y se iniciaba una nueva era comandada por la infantería.

Azincourt. 1415

Y así se nos ha contado la Historia. Al menos a este lado del planeta. En Oriente la Historia es otra. En Oriente el arco nunca perdió su importancia. Es cierto que las hordas esteparias tenían en la caballería su razón de existencia, no obstante, poderosos imperios se mantuvieron en pie gracias a los arqueros. Ese es el caso de Corea. Los coreanos crearon murallas y torres vigías en la que instalaron a arqueros profesionales para defenderse de los mongoles. Lo hicieron con éxito. No sólo eso. Sus nobles sustituyeron el yelmo y la coraza por el arco y las flechas y se convirtieron en expertos arqueros a caballo. Así se defendieron desde que hay registros y a finales del siglo XIV, antes de Azincourt, Taejo de Joseon, un tirador de élite de tiro con arco, se convertía en rey de Corea.

Luego los japoneses invadieron Corea. De una forma u otra gobernaron Corea en los siguientes siglos hasta el fin de la II Guerra Mundial. Los japoneses lograron la hegemonía a través de su superioridad naval y numérica y con el uso maestro de la espada. De esta forma, el arco con flechas, símbolo coreano, quedó arrinconado y luego olvidado con la proliferación de la pólvora.

— IM DONG-HYUN — 

Pero el tiro con arco volvió. Y volvió con los Juegos Olímpicos. Su primera aparición tuvo lugar en 1900 coincidiendo en el tiempo con los incipientes movimientos independentistas en Corea. Estuvo en vigor en las siguientes tres ediciones para volver definitivamente en 1972. Desde entonces Corea (del Sur para ser más exactos) es la completa dominadora de la disciplina. Cuando se nombre a Seúl como sede olímpica de 1988 se preparará un programa de captación infantil con jornadas de 14 horas diarias de entrenamiento para lograr la excelencia entre la excelencia. No es de extrañar pues que Corea del Sur lidere el medallero histórico olimpico en tiro con arco doblando en metales a Estados Unidos y sextuplicando a rivales asiáticos como China o sus odiados vecinos japoneses. Entre sus leyendas está Kim Woo-Jin ganador de cinco medallas de oro entre los Juegos de 2016 y 2024 y que espera ampliar palmarés en 2028.

No es de extrañar que las pruebas clasificatorias para los Juegos Olímpicos sean al menos tan duras como la propia competición olímpica. Al igual que ocurre con los velocistas jamaicanos o estadounidenses, los arqueros coreanos deben pasar por unas rondas clasificatorias durísimas en las que corren el riesgo de quedarse sin sueño olímpico. Es normal, dado que igual hay cinco o seis arqueros entre los diez mejores del mundo, pero únicamente tres de ellos pueden acudir a los Juegos dado que hay cupo limitado por nacionalidades.

Y entre todos estos fenómenos tenemos a Im Dong-Hyun.

Nacido en 1986, apenas un par de años antes de los Juegos Olímpicos de Seúl, empezó a practicar tiro con arco a los diez años de edad. Su progresión fue meteórica y con 18 años ya era olímpico y lograba una medalla de oro por equipos. Era Atenas 2004. Después, en Pekín 2008, logaría otro oro y en Londres 2012 se retiraba de la competición olímpica con un bronce. Por el camino se proclamó campeón mundial en 2007 y en 2017 justo antes de abandonar el deporte profesional.

Un palmarés extraordinario. Y mucho más cuando consideramos que Im Dong-Hyun es prácticamente ciego. Concretamente cuenta con el 10% de visión en su ojo izquierdo y el 20% en su ojo derecho. Comenzó a perder la vista de niño por culpa de una enfermedad rara y a los 15 fue declarado oficialmente ciego.

Im Dong-Hyun es incapaz de leer a media distancia, no distingue las letras del ordenador salvo que clave los ojos en el teclado y no se le está permitido sacar el carnet de conducir. Im Dong-Hyun debería competir en los Juegos Paralímpicos y sin embargo fue campeón olímpico ante la incredulidad general.

En la competición de tiro con arco la diana está situada a unos 70 metros del arquero. Para hacernos una idea representa unas tres cuartas partes de un campo de futbol, algo así como desde tu portería hasta el inicio del área rival. La diana tiene un diámetro de 122 centímetros y el centro, el círculo donde se obtiene una puntuación máxima si se acierta de pleno, cuenta con un diámetro de 12’2 centímetros. Volvamos al símil del campo del fútbol. Es como si en el vértice del área grande del campo rival colocamos una diana e intentamos impactar en el centro que tiene el mismo diámetro que un plato de postre. Es decir, darle con una flecha a un plato de postre situado a 70 metros de distancia.

Im Dong-Hyun no usa la vista. Usa el instinto. Y el pulso. El pulso lo tiene intacto. No distingue los números y mucho menos los números que separan la diana. Percibe colores “como una masa diluida en el agua”, según sus propias palabras. Ocurre que esencialmente distingue el amarillo, el cual resulta ser el color del centro de la diana, el color de la puntuación máxima. Dong-Hyun hace del defecto una virtud, y enfoca su escasa visión al único color que es capaz de distinguir, buscando siempre el amarillo y con ello yendo siempre en busca de la matrícula de honor.

En su día los federativos le ofrecieron un perro lazarillo. Se negó en rotundo. Luego intentó competir con unas gafas de dioptrías exorbitadas. Lo intentó, pero le resultaban incómodas. Acabó aceptando usarlas de cuando en cuando para su vida diaria, pero jamás para competir.

Cuando a Im Dong-Hyun le preguntan como lo hace recuerda a su padre. Y recuerda las palabras que su progenitor le dedicó el mismo día que un papel gubernamental lo declaró ciego en plena adolescencia:

“Llevas practicando desde los diez años. Has sido arquero durante cinco años y eso es mucho tiempo en la vida de una persona como para abandonarlo todo ahora. Intenta recordar lo que sentiste la primera vez que disparaste una flecha con un arco y vuelve a disfrutar. El tiempo es demasiado valioso como para darse por vencido.”

Im Dong-Hyun

Kim Woo-Jin, el ídolo nacional de los cinco oros olímpicos antes citado, tiene el récord del mundo en el mundial de tiro en lanzamiento de 72 flechas con 700 puntos sobre 720 posibles. Le quitó el récord a Im Dong-Hyun quien contaba con 699 puntos, o lo que es lo mismo, un 97% de eficacia en el lanzamiento.

En el reino de los ciegos, el arquero fue el rey.

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Cuando Heung-min Son se libró de hacer la mili (la estrella del fútbol que a punto estuvo de poner fin a su carrera para servir a su país)

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Cuando Heung-min Son se libró de hacer la mili

Contaba 16 años cuando Heung-min hizo las maletas y cruzó medio mundo para irse a vivir a Hamburgo. No fue casual la elección. Desde que tenía 12 años todo lo que veía a través de la televisión era en alemán. Sabía que la Bundesliga era la puerta tradicional de entrada de los futbolistas asiáticos a Europa y él lo que quería era ser futbolista profesional. No fue pues extraño que aquel coreano sobresaliese de inmediato. A pesar de estar a más de 8.000 kilómetros de casa y de proceder de una cultura tan diferente, con 18 años Heung-min ya tenía un puesto asegurado en todo un campeón europeo como el Hamburgo SV.

Heung-min Son era uno de los excelentes frutos cosechados en Corea del Sur por una apuesta decidida por el fútbol. En la década de los 90, una vez conocido que Corea sería sede del Mundial 2002, ingentes sumas de dinero invertidas en escuelas, campos de entrenamiento y técnicos extranjeros harán alumbrar una excelente cantera de jugadores. Son es uno de ellos. Tras fichar por el Bayer Leverkusen, en 2015 firma por el Tottenham Hotspur donde se ha convertido en un mito y donde incluso ha logrado ser el máximo goleador de la todopoderosa Premier League.

Y pudo no haber sido así.

Corea del Sur es un país en guerra. Entre 1950 y 1953 más de tres millones de personas perecieron en una guerra que se cerró en falso. Históricamente Corea sólo había conocido dos realidades; unida u ocupada. Lo de la ocupación principalmente fue cosa de los japoneses, quienes forzosamente hubieron de retirarse tras el fin de la II Guerra Mundial. La península coreana fue liberada por los comunistas en su mitad norte y por los estadounidenses en su mitad sur. La separación se daba en el paralelo 38. La guerra no resolvió el dilema y nadie quería usar armas nucleares (¿les suena Ucrania?). Así que se firmó un armisticio, nunca la paz.

Por eso Corea sigue en guerra. En el norte se encuentra el país más hermético del mundo, una paranoica dictadura comunista donde el Estado incluso controla el peinado que debe llevar la población. En el sur un país que se entregó al capitalismo sin escrúpulos con una dictadura conservadora hasta que en 1987 se permitieron elecciones libres. Desde entonces, ese capitalismo agresivo ha sido regulado (nunca controlado) y Corea del Sur se ha convertido en una democracia ejemplar (con jornadas laborales de 50 horas) y en la vanguardia tecnológica.

Pero Corea sigue en guerra. De vez en cuando hay escaramuzas en el paralelo 38. Un avión sobrevuela territorio enemigo o un barco nuclear hace maniobras sospechosas. Los jóvenes surcoreanos no quieren saber nada de ello. Se han entregado a los tiktokers, a los deportistas de élite, a los cantantes de K-Pop y a los actores de cine. Lo mismo que han hecho los del resto del mundo. En la otra Corea se supone que también quieren. El caso es que no les dejan.

Los chicos surcoreanos no sólo quieren imitar a sus ídolos por la fama o el dinero. No. Hay algo más. Una prebenda de ser famoso es poder evitar el servicio militar. En Corea del Sur es obligatorio realizar un servicio militar de 21 meses en todos aquellos mayores de edad. Por motivos de estudios o de trabajo se puede postergar hasta los 28 años. De no presentarse antes de esa fecha al objetor se le retira la nacionalidad y puede ser expulsado del país. Tan sólo las personas que acrediten que gracias a su trabajo “mejoren el estatus cultural del país o impulsen su economía” están exentas del servicio militar. Y aún en estos casos son mirados con suspicacia por sus compatriotas, por lo que es habitual que muchos de ellos accedan a cumplir con una mili reducida de unas semanas y adecuada a su fama para no sufrir represalias sociales. Incluso el cantante del grupo BTS, los cuales llegaron a ser número 1 en Estados Unidos, fue duramente criticado en Corea al no haber vestido ni un solo día el uniforme militar.

Heung-min Son

El fútbol siempre fue un deporte con enorme aceptación en Corea. Corea del Sur acudió en 1954 al Mundial tras derrotar a Japón. Los dos partidos clasificatorios se disputaron en suelo nipón dado que la junta militar coreana se negó a que la bandera japonesa penetrase en territorio coreano. En 1966 Corea del Norte llegó a cuartos del Mundial tras eliminar en fase de grupos a Italia. Hasta 1978 no se enfrentaron las dos Coreas y, por supuesto, en ciudad neutral. Por entonces el nivel era parejo, hasta que en 1984 Corea del Sur creó una liga profesional. Luego vinieron los 90 y el Mundial 2002 y el nivel de los surcoreanos se disparó por completo.

Dado que durante dos años los futbolistas debían cumplir, al igual que cualquier hijo de vecino, con el servicio militar, el gran problema de los clubes de fútbol era tener que pagarle la ficha a un deportista inhábil durante más de veinte meses. Se creó entonces el Sangmu FC. Traducido. Club Atlético de las Fuerzas Armadas Coreanas. Todo jugador en servicio militar jugaría cedido en el Sangmu FC (o en su segundo equipo si el futbolista en cuestión no daba el nivel) mientras fuesen reclutas a cambio de un modestísimo sueldo. Al ser un club de paso y poder contar únicamente con futbolistas cedidos, al Sangmu FC no se le permiten disputar competiciones internacionales independientemente de sus éxitos en clave nacional.

Los afortunados residen durante esos veinte meses en unas instalaciones deportivas. Y digo bien los afortunados, porque los que no tienen suficiente nivel futbolístico acabaran acuartelados limpiando letrinas. Aunque no es obligatorio, la tradición dictamina que aquel que meta un gol vistiendo los colores del Sangmu FC debe hacer el saludo militar. Así lo hizo Keun-ho Lee. Elegido mejor jugador de la Champions League asiática en 2013 no tenía el nivel suficiente para destacar en Europa, por lo que ante la perspectiva de un futuro incierto decidió quedarse en Corea y hacer el servicio militar jugando en el Sangmu FC. Cuando le marcó un gol a Rusia durante el Mundial 2014 lo celebró, como no podía ser de otra forma, con la mano derecha abierta hacia la sien.

La perspectiva no es mala. No obstante, es insuficiente para los grandes jugadores. El primero de ellos, Cha Bum-kun, hubo de pasar tres años de servicio militar. Eran finales de los 70. Para quien no sepa quién es hablamos del primer jugador coreano y asiático con carrera europea. Goleador de potente disparo, ganó la Copa de la UEFA con el Eintracht de Frankfurt en 1980 y con el Bayer Leverkusen en 1988 en una increíble final ante el RCD Espanyol. Eran otros tiempos. Park Ji-Sung pasó por PSV Eindhoven y Manchester United a inicio del siglo XXI. Ganó títulos y millones. Muchos títulos y muchos millones y por nada del mundo iba a volver a Corea a realizar el servicio militar. No hizo falta. En 2002 Corea del Sur alcanzó las semifinales del Mundial. Fue librado de sus obligaciones por “mejorar el estatus cultural del país”. Ni siquiera se dignó en acudir unas semanas al cuartel para cumplir con lo mínimo. Directamente decidió pasar de todo.

Y en esas estaba Son Heung-min. El mejor jugador coreano de todos los tiempos y quizás también de toda Asia, no en vano es el único triple ganador del Balón de Oro asiático. Con esas credenciales parece imposible que Son Heung-min no se pudiese librar del reclutamiento. Pues no fue así. Son enfilaba los 28 años sin perspectiva alguna de no tener que dejar su maravillosa vida en Londres y volver a Corea para jugar temporada y media con el equipo del ejército coreano.

Y es que Son nunca había ganado nada.

En 2011 Corea del Sur con un joven Son Heung-min obtuvo el tercer puesto en la Copa de Asia. Insuficiente. Para 2014 Son jugó su primer Mundial. Clasificarse para octavos podría significar un pasaporte para librarse del servicio militar. No lo consiguieron. Corea quedó eliminada en fase de grupos superada por Argelia o Rusia, algo que no entraba en los planes de los asiáticos. En 2015 Son lo volvió a intentar en la Copa de Asia, pero Corea perdió la final ante Australia.

Enfilaba Son Heung-min el Mundial 2018 como la última oportunidad para lograr un puesto meritorio con su selección y evitar el reclutamiento. Son hizo un Mundial extraordinario. Marcó dos goles en tres encuentros y guio a Corea en una histórica victoria ante Alemania. Fue en vano. Corea cayó ante Suecia y frente a México y quedo eliminada, nuevamente, en primera ronda. Estaba perdido. Y se agarró un clavo ardiendo.

En 2018 también se celebraban los Juegos Asiáticos. Una competición menor para una estrella como Son. Pero en 2014 los coreanos que ganaron la medalla de bronce en la competición futbolística fueron exentos de realizar el servicio militar. Son, quien no estaba convocado, pidió públicamente acudir a los Juegos. Si el Mundial había finalizado en julio los Juegos Asiáticos terminarían el primer día de septiembre. Una auténtica locura. Son pidió entre lágrimas a la Federación Coreana ser aceptado. Lo logró. Luego tuvo que convencer al Tottenham. Ahí lo tuvo fácil. Para el club inglés era mejor perder a Son durante un mes que estar sin él durante casi dos años.

Son jugó aquel torneo como le fuese la vida en ello. En la final Corea del Sur se enfrentó a Japón. El partido fue dominado por los nipones, pero se llegó a la prórroga sin ningún gol en el marcador. En la prórroga Corea logró dos goles, ambos gracias a asistencias de Son. Lograría Japón acortar distancias a falta de cinco minutos para el final, pero no se consumó la remontada y Corea del Sur consiguió la medalla de oro.

Heung-min Son lloraba de alegría. No tanto por el triunfo sino por librarse del reclutamiento.

Lágrimas de alegría

A inicios del 2020, aprovechando la pandemia del coronavirus, Son decidió realizar el servicio militar de cinco semanas reservado para aquellos que mejoran el estatus cultural del país. Son acabaría recibiendo una condecoración por su puntería, después de hacer el ejercicio práctico de disparo sin un solo fallo y siendo el mejor de su promoción. Al parecer su destreza con el balón era igual de digna que la que demostró con la bayoneta, el fusil o el combate individual.

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