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De patrocinadores y ciclistas

En un deporte donde la monetización de derechos audiovisuales y el taquillaje es nula para los equipos, la presencia de los patrocinadores es indispensable para la supervivencia del ciclismo. El patrocinador principal suele aportar el 70% de la cantidad total de un equipo. Se estima que la inversión de la empresa patrocinadora puede reportar hasta un 30% en el volumen de crecimiento del mercado y multiplicar en hasta tres veces el reconocimiento de la marca en diferentes áreas geográficas. Como todo, los resultados deportivos tienen que acompañar, pero la inversión suele ser rentable.

No solo para las empresas. Turismo de Galicia estima que las visitas al Mirador del Ézaro han subido más de un 50% desde que las administraciones ponen dinero para que sea final de etapa en la Vuelta a España. Sea como fuere, el caso es que el ciclismo es un deporte único porque fue, es, y seguirá siendo, gratuito para el aficionado.

El ciclismo sobrevive sin cobrar entradas. Vive de los medios, de la sinergia y de la dependencia con ellos. Es un deporte que busca al periodista. Primero fue la prensa escrita la que a través de crónicas agraciadísimas elevó a los altares las miserias del ciclista. Luego la radio les daría exaltación y entusiasmo inusitado a situaciones anodinas. Después la televisión nos mostraría la belleza y la sincronía del movimiento acompasado.

En las carreras menores se ha llegado a pagar al medio de comunicación de turno para que retransmita las pruebas. El ciclismo necesita ser emitido en televisión en abierto para que llegue al mayor número posible de espectadores. No hay escudos, ni equipos. Solo bellos parajes, esforzados deportistas y la continua e inexorable visión de unos maillots que segundo a segundo se introducen en nuestro subconsciente.

Tour de Francia: la más grande de las vueltas
La serpiente multicolor

La bicicleta nació como un medio de locomoción. Antes de la motocicleta, del coche o del avión, ya existía la bici. No sería hasta después de la II Guerra Mundial cuando los transportes de motor se democratizasen. A inicios del siglo XX la bici era el medio individual más común para desplazarse. No es de extrañar que las grandes empresas de neumáticos, cuadros o componentes, quisiesen publicitarse para vender el mayor número de velocípedos posibles.

‘La Française Diamant’ (1901-1955) con sede en París era uno de estos fabricantes de bicicletas. Sus colores fueron defendidos por Alfredo Binda, el primer hombre que ganó cinco Giros, o por Jacques Anquetil, el primero que triunfó en cinco Tours. El segundo patrocinador era ‘Dunlop’, marca de neumáticos con sede en el Reino Unido. ‘Alcycon’, fabricante francés de bicis, motos y coches, fue otro clásico de la primera mitad de siglo hasta que fue absorbido por ‘Peugeot’, tanto deportiva como comercialmente. En estos tres equipos militaron todos los grandes ciclistas del primer tercio del siglo XX.

Durante tres décadas, entre 1930 y 1960, el Tour decidió eliminar los patrocinadores y competir por escuadras nacionales. Eso no era óbice para que en las diferentes pruebas del calendario las casas comerciales cumpliesen su función. En España la gran marca de bicicletas era la guipuzcoana ‘BH’ (Beistegui Hermanos). Con ese equipo el gallego Álvaro Pino ganó la Vuelta a España en los 80 al igual que el belga Gustaaf Deloor hiciese lo propio en la primera edición de 1935. Hoy ‘BH’ sigue en pie al formar parte del equipo ‘Burgos-BH’. En Bélgica destacó entre los 50 y los 70 ‘Flandria’, que si bien era un fabricante de dos ruedas de origen francés contaba con las estrellas belgas Roger De Vlaeminck y Rik Van Looy.

En Italia existía ‘Atala-Dunlop’, un fabricante de bicis que empezó sus patrocinios en 1908 y que de un modo u otro aguantó hasta 1989, aunque sin ciclistas de relumbrón. Italia es ‘Legnano’ el equipo de Baldini o de Gino Bartali, pero sobre todo es ‘Bianchi’. Con sede en Milán, ‘Bianchi’ cambió el concepto de bicicleta al dotarlas de belleza. No sólo eran duras, sino también hermosas. El legendario Fausto Coppi vistió el icónico maillot celeste y blanco que también portaría Jan Ullrich en pleno siglo XXI.

Fausto Coppi Portrait by James McLean on Dribbble
Glamour

La primera marca externa al mundo del ciclismo que patrocinó a un equipo fue ‘Saint Raphäel’ (1954-1965), famosísima marca francesa de agua con gas. Sucesor de ‘Dunlop’, en sus filas se mantenía Anquetil. Montaban bicicletas ‘Gitane’, un fabricante de bicis del oeste de Francia que más adelante fue absorbido por ‘Renault’. En el equipo ‘Renault-Gitane’ primero y ‘Renault-Elf’ después triunfaría Bernard Hinault hasta 1983. Al año siguiente Hinault y Lemond, primero su lugarteniente y luego su odiado rival, marcharán a ‘La vie claire’ (alimentación biológica) que acabará siendo ‘Toshiba’ (empresa electrónica japonesa). ‘Renault’ (donde también ganó el Tour Laurent Fignon), pasaría a ser ‘Super U’ (supermercados) y la estructura tendría un final en los 90 bajo el nombre de ‘Castorama’ (bricolaje y jardinería).

Además de ‘Saint-Raphäel’ existieron otros equipos financiados por bebidas. En ‘La Casera’ militó unos años Federico Martín Bahamontes. Pero el más famoso es el ‘KAS’ vitoriano que entre 1960 y 1970 formó unos de los bloques más compactos del mundo con Francisco Galdós, López Carril y José Manuel Fuente, y más adelante en los 80 con Sean Kelly.

Los 80 fueron una edad de oro para el ciclismo en España con multitud de equipos de lo más variopinto. Estaba ‘Hueso’ (Antes ‘Huesitos’, empresa de chocolates que hoy es ‘Chocolates Valor’), ‘Zahor-Lotus’ (una empresa de chocolates y otra de relojes), que acabaría siendo el andorrano ‘Festina’ de Richard Virenque o Ángel Casero, chivo expiatorio del escándalo de dopaje en el Tour 1998. También existía el ‘Teka’ (electrodomésticos) de Marino Lejarreta, el ‘Zor’ (encendedores -sí, amigos ‘millennials’, en los 80 aún era mayoría la leña y el butano-) o el ‘Amaya seguros’ de Lale Cubino.

Aseguradoras ha habido unas cuentas. ‘Ag2r’ es la aseguradora francesa que patrocinaba a Romain Bardet, igual que antes lo hizo ‘Groupama’ con Thibaut Pinot. La más legendaria es ‘Gan’ aseguradora que sustituyó a ‘Mercier’ (fábrica de bicis) con su mítico maillot púrpura que defendió durante más de una década Raymond Poulidor. ‘Gan’ compartió patrocinio con ‘Fagor’ (electrodomésticos vascos) o ‘Miko’ (helados franceses creados por un español). Después ‘Gan’ pasaría a ser ‘Z’ (marca de ropa) para acabar siendo la entidad bancaria ‘Credit Agricolé’.

Pero si hay un banco famoso en el ciclismo ese es ‘Banesto’. Miguel Indurain ganó sus cinco Tours con la hoy desaparecida entidad bancaria que antes con Perico Delgado fuera ‘Reynolds’ (empresa de aluminios) y hoy con Enric Mas o Alejandro Valverde es ‘Movistar’ (telecomunicaciones). El danés ‘Saxo Bank’ de Carlos Sastre o el neerlandés ‘Rabobank’ que hoy es el ‘Jumbo Visma’ de Primoz Roglic también han sido equipos importantes de raíces financieras.

1991 – Banesto | Movistar Team
Perico y Miguelón

‘Jumbo’ es la lotería neerlandesa al igual que ‘FDJ’ es la francesa y ‘Lotto’ es la belga. El ‘US Postal’ del proscrito Lance Armstrong estaba financiado por el servicio de correos de Estados Unidos al igual que ‘Café de Colombia’ contaba con erario estatal. Son estos patrocinios públicos escondidos. Los hay a cara descubierta como el gallego ‘Xacobeo-Galicia’, el vasco ‘Euskaltel-Euskadi’, el kazajo ‘Astana’ (Contador o Níbali), o el ‘Israel Star-Up’ (Froome). También está el ‘UAE’ (Pogacar) que antes de servir a los Emiratos era el ‘Polti’ (pequeños electrodomésticos) o el ‘Bahrein’, anteriormente financiado por ‘Lampre’ (producción de acero).

Y es que el ciclismo da para todo tipo de patrocinios. Eddy Merckx corría en el italiano ‘Faema’, un fabricante de máquinas de café. Después se convertiría en ‘Molteni’, una empresa de productos charcuteros con sede en las cercanías de Milán. Contaba con un maillot marrón poco agraciado, con el descargo de ser defendido por el más grande de todos los tiempos. Uno de los contendientes de Merckx, el italiano Felice Gimondi, competía con el ‘Salverani’ (cocinas y encimeras). Luis Ocaña, otro de sus rivales, lo hacía en el francés ‘Bic’ (productos desechables de plástico). Antes estuvo el ‘Ignis’ (electrodomésticos), quizás más conocido por su equipo de baloncesto con sede en Varese. Más recientes son el ‘Mercatone Uno’ (productos del hogar) de Pantani y Cipollini, que luego fue ‘Saeco’ (cafeteras). En la actualidad contamos con ‘Bora-Hansgrohe’ (campanas extractoras y sanitarios), ‘TREK-Segafredo’ (bicis y máquinas de café) y el clásico ‘Deceuninck-Quick Step’ (sistemas de PVC y tarimas) de Boonen, Alaphilippe o Evenepoel.

Molteni, E.Merckx | Fotos ciclismo, Ciclismo, Bicicletas retro
A Merckx le faltó glamour

El francés ‘Cofidis’ (entidad crediticia) es desde 1997 el veterano del pelotón. Clásicos también fueron el ‘Kelme’ (material deportivo) de Heras o Escartín, los italianos ‘Mapei’ (materiales de construcción) de Rominger o Bettini, ‘Carrera’ (ropa y complementos) de Chiappucci y Pantani o el alemán ‘Telekom’ (telecomunicaciones) de Rijs y Ullrich, que con el tiempo pasó a ser ‘HTC’ (también telecomunicaciones pero estadounidense). Pero para clásico el ‘ONCE’, la organización de ciegos española, que durante los 90 se convirtió en vanguardia del ciclismo mundial. Su maillot amarillo se convertía en rosa cuando en el mes de julio surcaba tierras francesas. Su estructura fue heredada en el siglo XXI por los kazajos de ‘Astana’.

Donde antes las escuadras extravagantes eran angloholandesas como el ‘Ti-Raleigh’ (fabricante de bicicletas) en la que triunfó (Zoetemelk), suizas como ‘Phonak’ (productos auditivos) de Óscar Pereiro o alemanas como ‘Sunweb’ (agencia de viajes) de Dumoulin, ahora el ciclismo ha traspasado la vieja Europa. En Rusia destacó el ‘Katusha-Alpecin’ (holding empresarial y productos capilares) de Joaquim Rodríguez, en Estados Unidos el fabricante de bicis ‘BMC’ de Cadel Evans, que luego fue el polaco ‘CCC’ (zapatos y bolsos) y en Australia el ‘Mitchelton Scott’ (cadena de hoteles y casa de vinos). Destacado es el caso del sudafricano ‘Dimension Data’ (telecomunicaciones) que ahora es el ‘Qhubeka Assos’ con el objetivo de difundir la pasión por el ciclismo en África.

Pero quizá nada más extraño que la química británica ‘Ineos’ que patrocina al equipo ciclista más potente de todos los tiempos. Se presupuesto es más de un 30% superior al de la siguiente escuadra y dobla a todos los demás miembros del UCI-Pro Tour. El precedente podría ser el neerlandés ‘PDM’ una industria química de capital estadounidense que en los 80 tuvo en sus filas a Pedro Delgado, Greg Lemond o Erik Breukink. El proyecto de ‘Ineos’ nació en 2010 bajo el nombre de ‘Sky’ (telecomunicaciones) y desde entonces ha ganado el Tour con Bradley Wiggins, Chris Froome, Geraint Thomas y Egan Bernal, además de Giro y Vuelta y demás pruebas del calendario mundial.

Egan Bernal habla sobre su función en el Ineos - Ciclismo - Deportes -  ELTIEMPO.COM
Bernal

Otras historias sobre ciclismo más allá de la carretera

Propuesta de un Tour por Europa (De Oslo a Lisboa a golpe de pedal)

100 años del maillot amarillo (historia de la túnica sagrada)

Expresiones del lenguaje deportivo (sobre el pelotón, el farolillo rojo y otras locuciones del día a día)

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Las cuatro primas de Jacques Anquetil (sobre como Anquetil ganó una carrera en cuatro ocasiones a golpe de picaresca)

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Tokio 64. Los Juegos Olímpicos de la ciencia ficción (2ª parte)

Los Juegos de Tokio de 1964 se recuerdan por ser los primeros emitidos en color y por las retransmisiones vía satélite por todo el mundo. Al menos por el mundo que sabía lo que era una transmisión televisiva. Fueron conocidos como los Juegos de la ciencia ficción en una época donde nada parecía imposible y el ser humano se disponía a asaltar el espacio. Quizás el recuerdo más vivido de aquellos Juegos sean las líneas futuristas del ‘Nippon Budokan’, donde por primera vez en la historia olímpica se celebraría la competición del judo, deporte nacional japonés.

Fueron también los Juegos de la descolonización. Hasta diez países de nueva aparición desfilaron por tierras japonesas y las banderas de naciones como Senegal, Níger o Malí fueron reconocidas en los cinco continentes. Fueron también los primeros Juegos en los que se vetó la presencia de Sudáfrica por culpa del régimen del ‘apartheid’. No sería hasta Barcelona 92, ya con Mandela en libertad, cuando los sudafricanos volviesen a tener representantes olímpicos.

Y aunque no lo parezca hubo deporte, mucho deporte. Fueron los Juegos de Don Schollander y de Larissa Latinina. El estadounidense se convirtió en el primer nadador en lograr cuatro medallas de oro en los mismos Juegos Olímpicos. La ucraniana (entonces soviética) sumó dos nuevas medallas en gimnasia haciendo el total de 18 en tres ediciones diferentes. Es la mujer más laureada de la historia olímpica (nueve oros, cinco platas y cuatro bronces) y su elegancia y su técnica la convertirían en el referente para las gimnastas que más allá del Telón de Acero dominaron esta disciplina durante décadas.

Las Mujeres del Olimpo: Larissa Latynina
Latinina. La reina de la gimnasia

Fue también la primera vez del voleibol. Inventado en Estados Unidos como un deporte veraniego, como todo lo que venía de Estados Unidos (otra sorpresa) fue aceptado con entusiasmo por los japoneses. La selección femenina, liderada por Masae Kanai, derrotó en la final a la selección soviética que llevaba una década sin perder un encuentro. Miles de personas se agolparon en los escaparates de los comercios para animar a aquel equipo que cautivó a los nipones. Compaginaban sus entrenamientos de 10 horas diarias con sus trabajos o sus estudios.

También destacó la actuación de Osamu Watanabe en lucha libre, que fue oro tras una trayectoria impoluta en la que acumuló triunfo tras triunfo. Takehide Nakatani también hizo historia convirtiéndose en el primer ganador de una presea dorada en judo en unos Juegos Olímpicos. Aquellos que siguieron los Juegos también recordarán al maratoniano Abebe Bikila que revalidó la medalla de oro de Roma 1960, esta vez con zapatillas, o al americano Billy Mills, que, a pesar de que no le gustaba correr, consiguió la primera y hasta la fecha única presea de Estados Unidos en 10.000 metros en unos Juegos Olímpicos. La historia de Mills es fascinante porque era un sioux que experimentó con el suicidio tras quedar huérfano y ser enviado a una reserva india. Diabético desde niño y discriminado durante su infancia, llegó a convertirse en un portento físico que acabó descollando en campeón olímpico.

Fueron también los Juegos de Ann Packer, primera británica en ganar un oro en los 800 metros y de Bob Hayes que firmó un 8’60’’ en su relevo del 4×100, una marca estratosférica que ni Usain Bolt logró alcanzar. Y fueron los Juegos de Tamara e Irina Press, dos hermanas soviéticas que fueron campeonas olímpicas en Japón. Tamara lo fue en lanzamiento de peso y de disco e Irina en pentatlón.

Sobre la actuación española poco que contar. A Japón viajaron 53 deportistas y no se logró medalla alguna. Uno de esos olímpicos fue Valentín Lorén, un chico zaragozano olímpico en boxeo en la categoría de peso pluma. En su segundo combate fue derrotado por un chino que respondía al nombre de Hen-Huang por doble amonestación. Ni corto ni perezoso, a Valentín le pareció tal injusticia la descalificación que le pegó un derechazo al árbitro del combate propinándolo un sonoro K.O. Lorén fue expulsado de la Villa Olímpica y vetado de perpetuidad en cualquier competición internacional.

— DICK ROTH —

Pero la historia más emotiva de los Juegos fue la protagonizada por Dick Roth. Era este un nadador estadounidense de rasgos marcados y amplia espalda que con 17 años iba a intentar subirse al cajón en los 400 metros estilos. Tras la ceremonia de inauguración Roth se encaminó a la Villa Olímpica para descansar, ya que al día siguiente tendría lugar la ronda clasificatoria de los 400 estilos.

Poco antes de acostarse comenzó a experimentar un fuerte dolor en el estómago. Arqueado con el malestar solicitó ayuda médica y al momento fue enviado al Hospital Militar de Estados Unidos, el cual estaba a una hora de distancia de la Villa Olímpica. Allí le fue diagnosticada una apendicitis aguda y el médico le instó a que se operarse inmediatamente.

Viendo que su sueño olímpico se desvanecía, Roth se negaba en ser operado. Al ser menor de edad hubo que localizar a sus padres. La suerte es que ambos estaban  instalados en un hotel de Tokio ya que se habían desplazado a Japón para animar a su hijo y de paso para disfrutar de sus primeras vacaciones en 20 años. Los padres, asustados, no dudaron en mandar a Dick operarse, pero el chico se mantenía en sus trece. Hubo de llorar y suplicar en una mezcla de dolor y desesperación para que sus padres le permitiesen evitar la operación.

Dick había salvado el primer escollo, pero su participación en la final de los 400 metros seguía siendo una utopía. Le suministraron analgésicos en tropel, pero el dolor seguía presente. Sin pegar ojo se presentó en la piscina olímpica para disputar las semifinales. En el hospital contaban con él al terminar ya que nadie esperaba que lograse clasificarse. Roth sacó fuerzas sabe dios de donde y logró clasificarse con el último tiempo para la final. Su marca empeoró en 15 segundos su mejor registro. Pero había sido suficiente.

Lo primero, pero no lo más difícil, estaba conseguido. Ahora tendría que aguantar 48 horas más el dolor para poder competir en la final. Los médicos le exigieron que estuviese en cama esos dos días y que no entrenase bajo ningún concepto. Además, un par de veces al día le hacían análisis de sangre y los calmantes seguían formando parte de su dieta diaria. Roth se propuso aguantar un par de días más antes de la gran final.

La fuerza mental tendría que ser mayor que el dolor físico si Roth pretendía conseguir una medalla. Antes de la inflamación del apéndice los pronósticos le daban la medalla de bronce por detrás de su compatriota Roy Saari y del alemán Gerhard Hetz. Ahora nadie contaba con que superase la última plaza entre los finalistas.

Roth comenzó a ritmo lento, manteniéndose heroicamente en torno al tercer y cuarto puesto en las vueltas a la piscina con estilo mariposa y con espalda. Después aumentó la velocidad en la tercera posta, cuando toca el estilo braza. La sorpresa vino en la última vuelta cuando en el estilo libre Roth imprimió un ritmo brutal que le llevó a la victoria marcando un tiempo de 4:45’4’’ logrando la medalla de oro y batiendo el récord mundial vigente.

The Pain and Joy of Pain: Dick Roth and the Gold that Almost Wasn't – The  Olympians
Oro y quirófano en el mismo día

Roth salió de la piscina, alzó los brazos y se hizo las fotos de rigor con la bandera estadounidense. Abrazó a su entrenador, saludó a sus compañeros y besó a sus padres. Después esperó pacientemente a la ceremonia de entrega de las medallas. Escuchó con mano en el pecho ‘The Star-Spangled Banner’ y agachó la cabeza para recibir su galardón en forma de esfera dorada.

Dos horas más tarde a Dick Roth le extirpaban el apéndice en quirófano. El apéndice ya no estaba inflamado. Ahora estaba roto. Roth tardaría una semana en volver a casa.

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Tokio 64. Los Juegos de la ciencia ficción (primera parte del artículo)

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Tokio 64. Los Juegos Olímpicos de la ciencia ficción (1ª parte)

En la mañana del 2 de septiembre de 1945 varios representantes del Imperio Japonés accedían al USS Missouri, un portaviones anclado en la bahía de Tokio. Allí les esperaba el Comandante Supremo Aliado Douglas McArthur para firmar la rendición incondicional y poner fin a la II Guerra Mundial. El emperador japonés dejaba de ser un dios. Quedaba prohibido ondear la bandera nipona durante el siguiente trienio. Se establecía una constitución diseñada a imagen y semejanza de la estadounidense. Japón tuvo que renunciar a su ejército y fue obligado a formar parte del libre comercio para mercadear con Estados Unidos. 350.000 soldados norteamericanos ocuparían durante una década un país desolado y arrasado, con más de dos millones de muertos a sus espaldas, con decenas de miles de personas sin hogar, con una reducción del 44 % del PIB y con seis millones de refugiados. Moralmente destrozados, los japoneses fueron catalogados, con justicia, como culpables de provocar una guerra en la que acabarían siendo arrasados inhumanamente por dos bombas nucleares.

Menos de 14 años después, exactamente el 26 de mayo de 1959, el Comité Olímpico Internacional (COI) seleccionaba a Tokio por delante de Detroit, Viena y Bruselas como ciudad organizadora de los Juegos Olímpicos de 1964.

¿Cómo narices fue posible?

Toda la disciplina japonesa y el poder de una industria bélica que llevó a un país diminuto y sin recursos naturales a desafiar a Estados Unidos y al Imperio Británico, fue reorganizada para el bien del país. La Guerra de Corea (1950-1953) permitió que Japón volviese a fabricar armas o misiles y, también, a reconstruir bases navales, en este caso, a beneficio de Estados Unidos. A finales de los 50 Japón pasó de depender comercialmente de los norteamericanos a invadirlos con productos mejorados y más económicos. Y había una cosa más. Llegada la década de los 60 más de la mitad de la población de Japón – y también de Alemania, la otra potencia agresora – comprendía de los 15 hasta los 50 años. El llamado milagro japonés hizo que en 1964, cuando los Juegos tuvieron lugar, Japón superase puntualmente a Estados Unidos en PIB mundial y se asentase plácidamente en una segunda plaza que tan sólo Alemania Federal osaba disputar.

Pero días antes de que los Juegos se iniciasen el mundo no tenía ni idea de lo que ocurría en Japón. A excepción de la gente de negocios estadounidense y de algún que otro académico europeo nadie sabía nada acerca de los nipones. Era un pequeño país asiático extraño y con un pasado terrible y belicoso. Muy pocos podían esperar la sorpresa con la que Japón obsequió al mundo.

Los Juegos de la ciencia ficción, como fueron bautizados por un periodista inglés, tuvieron lugar en 1964, pero en ciertas cosas fueron los últimos del siglo XX. Los primeros que anunciaron una nueva era tecnológica. Los primeros que rompieron con el mundo que existía antes de la II Guerra Mundial. Los Juegos que anunciaban una nueva era. Los Juegos que anunciaban el poder de la juventud.

El estadio olímpico no representó ninguna hazaña significativa ya que fue levantado en el Parque Meiji, en el mismo lugar donde tendría que haberlo hecho en 1940. Y es que Japón hubiese organizado los Juegos dos décadas antes si la guerra no lo hubiese evitado. El estadio es más conocido por los futboleros por ser el lugar donde se disputaba la Copa Intercontinental antes de ser derruido. Se trataba de un recinto ovalado con vistas a los rascacielos de la ciudad y con una única tribuna cubierta. Allí, más de 10.000 crisantemos, cientos de fuegos artificiales y cinco aviones, con sus estelas dibujando los aros olímpicos, dieron la bienvenida a los Juegos Olímpicos.

Si el estadio olímpico no representó ninguna hazaña, no sería este el caso del ‘Nippon Budokan’ (Estadio de artes marciales de Japón) una de las construcciones más bellas que nos ha dejado la arquitectura olímpica. Con una forma octogonal y con un techo que recuerda al monte Fuji, cuenta en sus instalaciones con su propia universidad y con una escuela de caligrafía japonesa. Es la casa del judo japonés (ahí se disputará también la competición de 2021 así como la de karate) y es un recinto casi sagrado en el que en todas sus estancias debe ondear una bandera nipona.

Los JJ.OO de Tokio 64 fueron los de la retransmisión en satélite a todo color (allá donde el color llegase). La NASA y el gobierno nipón lanzaron un satélite de comunicaciones al espacio pensado única y exclusivamente para llevar los Juegos a un tercio del planeta (básicamente al tercio que tenía aparato televisivo). Los Juegos tecnológicos aceleraron la ampliación de la línea de metro de la ciudad, así como la construcción de hoteles, parques y un sistema nuevo de alcantarillado. Fueron también los del monorraíl y los de los trenes balas que llevaban a público y atletas con precisión milimétrica a todos los puntos de la ciudad. No se conoció tren que sumase más de cinco segundos de retraso sobre su horario previsto.

Fueron los JJ.OO de las repeticiones a cámara lenta y de los micrófonos a pie de pista, que por vez primera permitieron acercar las sensaciones del deportista a todos y cada uno de los aficionados sin necesidad de la intervención del periodista. Fueron los JJ.OO de la informática, que consintió mostrar el tiempo de los atletas sobreimpresionado en pantallas que entonces eran futuristas. Se pudieron contabilizar las marcas en centésimas de segundo y se logró vincular el reloj de cuarzo a la pistola de salida en las pruebas atléticas de velocidad.

Tokio 1964 también fueron los Juegos del diseño gráfico. Se introdujeron los pictogramas que hoy son un elemento imprescindible para seguir la agenda olímpica de cada jornada. De hecho, Tokio 2020 ha llevado este legado aún más lejos al crear los primeros pictogramas deportivos cinéticos para los Juegos Paralímpicos.

Los pictogramas deportivos de las Olimpiadas desde Tokio 1964 a Río 2016 |  Creativos Online
Pictogramas Tokio 64

La combinación de modernidad y tradición resultó prodigiosa mezclando grafismos rupturistas con objetos cotidianos como el abanico o las camisetas. La simpleza y la vanguardia de los carteles oficiales recibieron infinidad de premios al combinar el blanco y el rojo presentes en la bandera japonesa con el cielo y el sol. La medalla olímpica diseñada para Japón estaría en vigencia durante casi cuatro décadas debido a su belleza y harmonía.

Una belleza y harmonía que fue otoñal, porque los Juegos se celebraron en otoño. La caravana olímpica se acercó por vez primera a Asia durante una quincena de octubre. Pero nunca otoño fue tan primaveral. Para Japón los Juegos de Tokio 1964 fueron el renacer. Como lo serían para Alemania en el 72 o para España en el 92. Pero Japón no sólo resucitó, sino que sorprendió. La antorcha fue diseñada en el entonces poco usado aluminio. Para elevarla a los altares se seleccionó a un chaval que respondía al nombre de Yoshinori Sakai, conocido como ‘el niño de Hiroshima’ por venir a este mundo el mismo día que la humanidad tocaba fondo y lanzaba la primera bomba atómica de la historia. El silencio del momento fue tan desgarrador que forma parte de la memoria colectiva japonesa.

Un Ceremonia de Apertura para los libros de historia
De Hiroshima al cielo

Tokio mostró un Japón nuevo y moderno y abrió a sus propios ciudadanos al mundo. Unos nativos que apenas un par de décadas antes consideraban a su familia real divina y que formaban (y aún forman) una de las civilizaciones más herméticas y más homogéneas étnicamente del mundo. Se compraron más de dos millones de entradas para los eventos, una cifra bestial en la época. Hubo que realizar cuatro recorridos diferentes con la antorcha olímpica ante la aclamación de las gentes del país del sol naciente hasta su llegada final a los pies del Palacio Imperial, donde fue recibida por el Emperador.

Japón proyectaba confianza, cultura y liderazgo tecnológico. Pero también éxitos deportivos. Japón logró 16 medallas de oro y quedó tercero en el medallero tan sólo por detrás de Estados Unidos y la Unión Soviética. Fueron 12 preseas doradas más que las logradas cuatro años atrás.

En 1964 Tokio fue sede de sus primeros Juegos Olímpicos. Supusieron un punto de inflexión para un país devastado y humillado apenas dos décadas antes. Desde entonces la comunidad internacional ve a Japón como un país pacifista, una potencia industrial global y un exportador de bienes tecnológicos de alta calidad. Para 2021 Japón buscará un nuevo renacimiento, esta vez de orden mundial, que de por zanjado año y medio de tristeza y que olvide para siempre la pesadilla del coronavirus. Casi 60 años después palabras como renacimiento y resiliencia vuelven a ser importantes.

Pero antes de ver y disfrutar de las hazañas de Tokio 2020 (en 2021) esperaremos a la semana que viene para hablar de las hazañas deportivas de Tokio 1964.

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La mandíbula alargada de Robert Prosinecki

Desde que Eden Hazard firmó un suculento contrato con el Real Madrid en el verano de 2019, el conjunto blanco ha disputado 96 partidos oficiales de los cuales el mediapunta belga apenas ha sumado 36 (la mayoría como suplente). Los motivos son los siguientes. Rotura muscular en el muslo izquierdo, fractura del tobillo derecho, fisura en el peroné, traumatismos varios, problemas musculares desconocidos y hasta coronavirus. Sin olvidarnos de unos supuestos kilos de más. La clase de Hazard es incuestionable e igual da un puñetazo en la mesa en el próximo partido, pero cada día que pasa su caso recuerda más a Kaká. Ya saben, un fichaje excepcional que con el tiempo se volvió cochambroso por culpa del pubis y del menisco. Como decía, a Hazard se le está poniendo cara de Kaká. El problema para él, y para el madridismo, es que la cosa vaya a peor y acabe poniéndosele cara de Robert Prosinecki. 

En el verano de 2006, coincidiendo con la celebración del Mundial de fútbol, la firma francesa de coches Renault lanzaba una campaña de anuncios en televisión. Era un ‘spot’ cuanto menos curioso. No había vehículo. Renault lanzaba un nuevo modelo de ‘Kangoo’, típica furgoneta pequeña, combi, habitual de autónomos y pequeñas empresas. Pero de coche en pantalla nada de nada. La idea del anuncio era fidelizar al cliente diciéndole que, por descabellada que fuese su nueva empresa, Renault siempre le apoyaría. Para ello contrataron como empresario ficticio a Robert Prosinecki. El ex futbolista croata era el dueño de una empresa de muñecos infantiles. Estos tenían la particularidad de que se iban de fiesta, se lesionaban, se tiraban muertos de cansancio sobre el césped y tenían su propio jacuzzi (rodeado de Barbies).

El muñeco en cuestión era conocido como ‘Prosikito’. Se trataba del alter ego de Robert Prosinecki.

Que una persona sea capaz de reírse de sí misma siempre es digno de elogio. Pero aquello fue el súmmum.

Robert Prosinecki era el unicornio blanco. Un futbolista elegante, recio, con una planta espectacular y una depurada técnica. A los 18 años fue elegido el mejor jugador del Mundial sub-20 en el que lideró a una generación yugoslava irrepetible. A los 20 fue escogido el mejor jugador sub-21 de Europa. Con 21 primaveras ya era campeón de Europa con el Estrella Roja y fue elegido el quinto mejor jugador del mundo antes de firmar por una cantidad indecente de dinero por el Real Madrid.

Y ahí se acabó todo.

Como muchos antes y muchos después, Prosinecki fue descartado por el club de sus amores. Hubo de dejar el Dinamo de Zagreb para probar fortuna en el Estrella Roja, en la rival y vecina capital de Serbia. Por entonces el Estrella Roja estaba formando un conjunto imponente con chavales que antes eran yugoslavos y después fueron serbios (Savicevic, Jugovic o Mihajlovic) pero en el que el jefe en la sala de máquinas era Prosinecki, un croata que ya había fascinado en el citado Mundial sub-20 junto a otros compatriotas como Suker o Boban.

Liderados por Prosinecki, acumularon cuatro campeonatos ligueros consecutivos antes de ganar la Copa de Europa de 1991 derrotando al proyecto millonario del Olympique de Marsella. Lo hicieron tras eliminar al Dinamo de Dresde, al Glasgow Rangers y, esencialmente, al FC Bayern en una épica semifinal.

Prosinecki, el paquete rubio- Odio Eterno Al Fútbol Moderno
‘Prosikito’, Rey de Europa

Cuatro de aquellos campeones fueron elegidos entre los diez primeros en la clasificación del Balón de Oro de aquel año. Belodedici (8º), un aseado defensa que acabaría firmando por el Valencia, Pancev (3º), un goleador que no pudo mantener en el Calcio los registros que atesoraba, y, con más relieve, Dejan Savicevic (2º) y Robert Prosinecki (5º), con diferencia los jugadores con más talento de esa generación.

Estos dos últimos contaban con los mismos pretendientes; Real Madrid y AC Milan. Los merengues acababan de perder la hegemonía en España frente al Barça de Cruyff. Ante la evidente cuesta debajo de Hugo Sánchez, el Madrid buscaba un acompañante para Butragueño. La opción obvia era Savicevic, que si bien no era un goleador, era tan buen facilitador como rematador. Mientras, el AC Milan, que contaba con Van Basten aún sano, se inclinaba más por fichar a un creador de juego como Prosinecki para reforzar su centro del campo.

La disyuntiva, sin embargo, se resolvió en la citada semifinal ante el FC Bayern. En el encuentro de ida disputado en Múnich, Robert Prosinecki bailó a los bávaros con un recital de dirección y clase que ya había demostrado en anteriores ocasiones, pero nunca antes en un escenario tan majestuoso. Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, presenció el encuentro desde las gradas y lo tuvo claro. Su idea era firmar a Savicevic, pero cambió de caballo a mitad de carrera. Quizás Savicevic tenía más instinto asesino que Prosinecki, pero la clase del croata era inigualable. El Madrid iría a por Prosinecki.

Pero Silvio Berlusconi también había visto el partido desde el salón de su casa. El AC Milan también iría a por Prosinecki.

Los lombardos eran por entonces el equipo en boga. Habían hecho doblete en la Copa de Europa (1989 y 1990), contaban con Arrigo Sacchi, el entrenador del momento, y con una pléyade de estrellas lideradas por Maldini, Baresi, Gullit y Van Basten, seguramente cuatro de los diez mejores futbolistas del momento. Así que cuando a Prosinecki se le acercaron los mandatarios ‘rossoneros’ lo tuvo claro. Ficharía por el AC Milan.

Según se supo después, el croata se trasladó a Italia en secreto para pasar un reconocimiento médico. El acuerdo entre el Estrella Roja y el AC Milan aún estaba muy verde. Entonces los futbolistas de los países comunistas necesitaban el visto bueno de su gobierno para salir del país. Aunque con el paso del tiempo se fue ablandando la normativa permitiendo que cada vez se pudiese dejar el país a edad más temprana, que un joven de 21 años lo hiciese resultaba por entonces inconcebible.

Mientras la burocracia hacia su papel, Prosinecki llega a Milán. Y allí se revela la verdad. Tiene la mandíbula alargada y los incisivos salidos (podría pasar por Borbón) y prácticamente todos sus dientes cuentan con una muesca de caries. Los galenos italianos lo tienen claro; es candidato a continuos problemas musculares y de espalda. Se reúnen con Berlusconi y dan su veredicto. Fichar a Prosinecki es fichar a un futbolista propenso a las lesiones.

El fichaje se cancela.

Todo esto sucede sin que el Madrid lo sepa, por lo que Mendoza sigue con su propósito de firmar al croata. Antes de ser presidente blanco, Mendoza se había convertido en uno de los empresarios más influyentes de España y en uno de los pocos con excelentes relaciones más allá del Telón de Acero. Mendoza tiró de contactos y don de gentes, se aprovechó de que Yugoslavia estaba a punto de estallar en mil pedazos, y firma un acuerdo que oscila entre los 1.000 millones y los 1.500 millones de pesetas, según diversas fuentes. O lo que es lo mismo, tras un arduo tira y afloja, el Madrid tuvo que pagar entre 7 y 10 millones de euros. En 2021 equivaldría a más de 100 kilos.

Sólo tiene que convencer al jugador, pero es pan comido. Prosinecki está loco por la música. Todo lo ocurrido en Milán se mantiene en estricto secreto.

Es el fichaje del año. Pero saldrá rana.

Robert Prosinecki es presentado en el Bernabéu en el verano de 1991. No hay fichaje de mayor relumbrón en todo el planeta fútbol. Es el hombre que tiene que acabar con el nuevo Barça de Cruyff. El futbolista que tiene que devolver la exquisitez técnica al Bernabéu. La estrella que debe darle a la Quinta del Buitre su última oportunidad de ganar la Copa de Europa. Aquel rubio de pelo ensortijado, mirada perdida y mandíbula alargada tiró de guión y dijo sentirse radiante “por firmar por el club más grande del mundo”. El Real Madrid acababa de contratar al jugador que se suponía que iba a dominar el fútbol europeo y mundial en la década de 1990.

Únicamente jugó tres partidos en su primera temporada. 1991/92.

En total fueron tres campañas, y fue la última la mejor de todas ellas, donde las lesiones aún le permitieron disputar 23 partidos y anotar 6 goles. Fueron años negros para los blancos. Quizás, si aquellas ligas perdidas en el último partido ante el Tenerife hubiesen sido distintas, ni Cruyff sería el Mesías en Barcelona ni Hagi y Prosinecki (curiosamente los dos acabarían en el Barça) hubiesen salido del Madrid por la puerta de atrás. Quién sabe.

Pero la realidad es que la huella que dejó Prosinecki en Madrid y en la Liga española es la de una serie de motes que harían las delicias en la era del Whatsapp y el Tik tok. El más utilizado era ‘Lesionecki’, pero el que tenía más arte era ‘Marlboro, el paquete rubio más caro’. Y es que el rubio mediapunta croata era un fumador empedernido, y, porque no decirlo, no hacía afán alguno por ocultarlo. Fumaba un par de cajetillas al día y cuentan que en sus años de declive se fumaba un pitillo en el descanso ante el asombro y el beneplácito de sus compañeros.

Conviene ponerse las gafas de la historia y ver las cosas con perspectiva. Es cierto que desde finales de los 80 empezaron a profesionalizarse los entrenamientos y las comidas, pero aún entonces era bastante habitual ver a un futbolista fumando. Lo de beber, aún sigue sucediendo, pero a escondidas. Antes, era la normalidad. “La cerveza viene bien después del entrenamiento porque repones líquidos”, era una coletilla habitual de la época. “El 50% de los futbolistas fuman, pero no lo reconocen. A mí me relaja y nadie vive 100 años. Porque deje de fumar no voy a correr más. Mira a Romario en qué forma está. ¿Es que él no sale por las noches?”, comentaba el bueno de Prosinecki en una entrevista en su última temporada vestido de blanco.

Lo curioso es que aunque fue apodado ‘Marlboro’, Prosinecki era un despiadado fumador de ‘Chester’.

Prosinecki - La Galerna
‘Lesionecki’

Prosinecki acumuló en su primera temporada hasta cinco lesiones musculares diferentes en nueve meses. Un récord que hasta el bueno de Hazard está lejos de igualar. Tras una de esas roturas, allá por el mes de enero, los servicios médicos del Madrid decidieron someter a Prosinecki a una intervención quirúrgica, y ¡voilà!, fue entonces cuando descubrieron aquello por lo que los galenos del AC Milan descartaron el fichaje. Tenía la boca llena de caries y una grave periodontitis. Lo enviaron de inmediato a un dentista.

Pero tampoco es que los médicos blancos fuesen unos incompetentes. Cuando Prosinecki llegó a Madrid sí que descubrieron que tenía las piernas hechas un cromo. Una colección de golpes y pinchazos. Pocos jugadores habían recibido tantos porrazos como él. Sus extremidades inferiores se asemejaban a los de un futbolista próximo a la retirada y no a uno que aún estaba empezando a forjar su carrera.

Se descubrió que el Estrella Roja llevaba un par de años explotando a Prosinecki. Jugaba partido si y partido también infiltrado. Tenía no sólo destrozados los cuádriceps o los tobillos, también se descubrieron infiltraciones en la rodilla. Aquella Europa del Este buscaba reconocimiento internacional destrozando a sus estrellas. Al acabar la temporada 1992/93, a los 24 años de edad, Robert Prosinecki acumulaba un total de dos decenas de lesiones musculares. Nunca pasó por el quirófano hasta llegar a España. En Yugoslavia acumuló infiltración tras infiltración.

Pero aun había un problema a mayores. El psicológico. Prosinecki llegó a Madrid mientras que muchos de sus familiares y de sus amigos sobrevivían a la guerra que estaba destrozando Yugoslavia. Como otros jugadores de la época, pasó por un torbellino de emociones. Mientras él lidiaba con una nueva vida acomodada, muchos de sus conocidos pasaban hambre o luchaban en el campo de batalla.

Y aunque psicológicamente estaba tocado y físicamente destrozado, de puertas para fuera Prosinecki era la alegría personificada. Quienes lo conocen dicen que era simpatiquísimo y que siempre tenía una palabra agradable o una sonrisa para cualquiera que se acercase a él. Podía echar horas en la cafetería de la ciudad deportiva del Real Madrid hablando con aficionados o con periodistas, mientras invitaba a cerveza y fumaba unos cuantos cigarros. Solo pedía una cosa. Que nadie le hiciese fotos.

El caso es que, tras tres temporadas catastróficas, el Madrid empaqueta el paquete de Marlboro y lo envía a Oviedo. El conjunto carballón estaba dirigido por el serbio Radomir Antic, que le obliga a cambiar de hábitos alimenticios a cambio de darle manga ancha con el tabaco y permitirle un par de noches locas al mes. Y Prosinecki se sale. Hace una temporada tremenda y lleva a los asturianos a la parte alta de la clasificación, incluyendo una victoria en casa ante el Madrid en la que Prosinecki da un recital.

Fue tan buena la conexión que, cuando al año siguiente Antic firme como entrenador del Atlético, intentará llevarse con él al croata. Pero en estas pasa por el medio Cruyff y Prosinecki decide fichar por el Barça, que lo compra por un tercio de lo que el Madrid había pagado por él. “Si hubiera ido al Atlético, no hubiesen ganado el doblete. Resultó mejor para Antic que fuera Milinko Pantic y yo me marchara al Barcelona», recordaba años después rememorando el fichaje frustrado y la victoria de los colchoneros en la Liga y la Copa de la temporada 1995/96.

El rubio contaba ya con 26 años y en el Barça iba a demostrar porque era el centrocampista con más talento de Europa. Tenía un regate en el que amagaba un tiro, hacía una finta y la pisaba. Siempre volvía loco al defensa. Sabías que venía, sabías que lo haría, pero era imparable. Y así fue durante 19 partidos… hasta que otra vez las lesiones dijeron basta. Fueron dos campañas en Can Barça y el resultado fue igual de catastrófico que en Madrid, tanto en lo personal como en lo colectivo. Y ya no volverá a resurgir. Tras un breve paso por Sevilla, vuelve a Croacia para jugar en el Dinamo de Zagreb. Tiene 28 años y está acabado. Alargará su carrera hasta los 35 jugando en ligas menores que le permitirán demostrar su increíble capacidad técnica escondiendo sus carencias físicas.

En 11 de sus 18 temporadas como profesional jugó menos de 30 partidos, contando encuentros ligueros, coperos y europeos. Y aun así, como la fortuna suele ser caprichosa, durante unas cuantas semanas del verano de 1998 Robert Prosinecki dio un clase magistral de como dirigir y organizar en equipo de fútbol.

En el Mundial de 1998 Robert Prosinecki fue el encargado de manejar la sala de máquinas de la selección croata. Visiblemente pasado de peso y olvidado en el Dinamo de Zagreb, el seleccionador dálmata lo llamó para la causa en la que fue la primera participación en un Mundial del recién creado país. Prosinecki marcó un par de goles (es el único jugador de la historia que ha marcado con dos selecciones – Yugoslavia en 1990 y Croacia en 1998- en un Mundial), pero sobretodo mostró como de clase iba sobrado.

Fue el coletazo final del arquetipo de futbolista bajo la exclamación de lo que pudo haber sido. Hoy Prosinecki es un entrenador obeso de escaso éxito que se ríe de sí mismo y que es igual de venerado como de querido en su Croacia natal.

Prosinecki: "Fumaba cuando era futbolista, si un jugador mío fuma... ¿qué  le voy a decir?" | MARCA Claro México
Antes (d) y después (i)

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Cuando Abdón Porte decidió suicidarse

“El día que no esté en condiciones de jugar para Nacional me pegó un tiro”. No fue una, sino varias, las veces que Abdón Porte dijo tal afirmación años antes de morir. Nunca nadie se lo tomó en serio. Para Porte no existía hecho mayor en la vida que jugar al fútbol. A medida que los años pasaban y el cuerpo se desgastaba, Porte percibía que su existencia no tenía sentido si no podía disfrutar de su más loca pasión. Abdón Porte avisó. No hizo más que cumplir con sus amenazas.

Pivote aguerrido, comprometido y fabuloso en el juego aéreo, Abdón Porte fichó por el Nacional de Montevideo en 1911 a los 18 años de edad. Pronto se afianzó como líder de los tricolores ayudándolos a ganar por vez primera tres títulos ligueros consecutivos en 1915, 1916 y 1917. Abdón Porte no sólo era el líder en la cancha, con su carisma y su entrega se convirtió en el favorito de la hinchada. Abdón Porte era el ídolo de Nacional.

Tenaz y combativo en un fútbol donde no se preguntaba antes de soltar la pierna, pronto comenzó su declive al no responder su físico a lo que pretendía su mente. Varias lesiones habían minado su despliegue. Para 1918 la directiva de Nacional ficha a Alfredo Zibechi, un centrocampista que actuaba en su misma posición y que poseía la misma garra pero mayor calidad técnica y que, a mayores, era titular indiscutible en la selección nacional. El presidente de Nacional se reunió con Porte y le explicó la situación. Le agradeció los servicios prestados y le conminó a buscarse un nuevo equipo. Era joven, apenas tenía 25 años, y mucho fútbol por delante. También le propusieron quedarse en Nacional, pero a sabiendas que sus oportunidades serían escasas.

Abdón Porte, la leyenda que se suicidó en el centro del campo - BeSoccer
Abdón Porte (1893-1918)

A Abdón Porte le dio igual. Nadie le iba a decir lo que tenía que hacer. Decidió quedarse en Nacional. Incluso comenzó la temporada de titular, aunque al poco dejó su sitio en el once a Zibechi. En una época donde no existían los cambios ser suplente era la nada. Aun así la situación no era tan mala como se esperaba y a Porte se le veía feliz. Tan feliz como siempre.

El 4 de marzo, tras una victoria por 3-1 ante Charley FC en la que Abdon Porte jugó como titular, la plantilla se reunió para comentar el triunfo rodeados de algunas bebidas. La cita se prolongó hasta avanzada la noche. Pocos se percataron de que Abdon Porte fue uno de los primeros que se marchó para tomar un tranvía que lo llevaría hasta su trágico final.

Se dirigió hasta el estadio Gran Parque Central (aun hoy en pie y sede de los partidos de Nacional) con dos cartas en un bolsillo y un revólver en el otro. Una vez bajó del autobús se aventuró a entrar en el estadio. Tenía una copia de las llaves de la verja principal. Se aproximó al círculo central y sólo Dios y sus pensamientos saben lo que le pasó por la cabeza para sacarse el arma de la chaqueta y pegarse un tiro a la altura del corazón.

A la mañana siguiente un operario del club encontró el cuerpo sin vida de Abdon Porte junto a las dos misivas guardadas debajo de un sombrero de paja. Una de ellas estaba dirigida tanto a su madre como a su novia, con la que apenas un mes más tarde pretendía casarse y nunca nadie supo de su contenido. La otra era para José María Delgado, presidente del Club Atlético Nacional de Montevideo.

Decía lo siguiente:

“Querido Doctor José María Delgado. Le pido a usted y demás compañeros que hagan por mí como yo hice por ustedes: hagan por mi familia y por mi querida madre. Adiós querido amigo de la vida (…) Nacional aunque en polvo convertido y en polvo siempre amante. No olvidaré un instante lo mucho que te he querido. Adiós para siempre”. Abdón Porte solicitaba en dicha carta ser enterrado junto a Carlos y Bolívar Céspedes, dos hermanos que habían fallecido con la misma edad que Porte años atrás víctimas de la viruela, y que también habían sido futbolistas de Nacional.

La conmoción en Uruguay fue brutal, en especial cuando los compañeros de Porte explicaban que en numerosas ocasiones había amenazado con suicidarse el día que dejase de jugar al fútbol. Ante la perspectiva de ser eliminado del equipo, optó por auto eliminarse. El entierro fue multitudinario y la directiva de Nacional decidió renombrar la tribuna principal del estadio Gran Parque Central con el nombre de Abdón Porte. Ya bien entrado el siglo XXI en cada partido que juega Nacional aún se puede ver una pancarta en la grada con un claro mensaje a sus jugadores: `Por la sangre de Abdón’.

De Abdón a Polti: historia de un mártir - Panenka
Gloria o muerte

No solo la afición de Nacional, sino buena parte de los uruguayos exaltan la figura de Abdón Porte como quintaesencia de la garra charrúa. Cuando se cumplieron los cien años de su muerte se presentó una camiseta conmemorativa de color sangre que causó admiración y repugnancia a partes iguales. Para unos es lamentable y preocupante semejante exaltación del suicidio. Para otros lo que hizo Abdón Porte es una estupidez, pero una estupidez sublime e inolvidable que lo convirtió en leyenda.

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Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista

El debate no es cuánto gana Leo Messi. No parece probable que los mandamases del FC Barcelona sean propensos al suicidio. Se supone que el sueldo de Messi está acorde a los beneficios que le genera al Barça (otra cosa es que el coronavirus haya puesto todo patas arriba). Un segundo motivo de discusión es saber cómo de lícito es ocultar un contrato cuando el Barça no es una sociedad anónima y sigue, aunque de soslayo, siendo propiedad de sus asociados. Al no haber público en el Camp Nou nos hemos quedado sin saber la opinión del respetable, aunque me aventuro a pensar que los aplausos ganarían en clara ventaja a los silbidos. Puestos a culpar a alguien por el cráter económico del Barça me da que el socio echaría más en cuenta excesos llamados Philippe Coutinho o Ousmane Dembelé que otros que obedecen al nombre de Leo Messi.

Lo que el diario ‘El Mundo’ aireó con clarines y timbales (con mucha diferencia la mejor redacción de investigación periodística de España, a pesar de cierto tufo a amarillismo) no fue el sueldo de Messi en sí (70 millones fijos anuales), sino unas disparatadas cláusulas que pueden hacer que el astro alcance los 140 kilos por temporada. Entre las más insólitas están los 39 millones que cobrará por fidelidad el día que se vaya del Barça (¿?), la posibilidad de quedar libre si Cataluña declarase la independencia o un bono por partidos jugados en el que se contabilizan aquellos que Messi no puede disputar por lesión (¿?).

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Solo faltan los céntimos

Decía que el debate no es cuánto gana Messi. Se supone que obedeciendo a la ley de la oferta y la demanda si llega a ganar 140 kilos al año es que al menos genera otros 140 al Barça. La pregunta y el debate es cuánto de obsceno es el sueldo de Messi. Y la respuesta es obvia. Es muy obsceno. Incontable e ilimitadamente obsceno.

Pero, ¿cuánto de obsceno?

Cuando en 1928 nace en España la Liga de Fútbol Profesional el sueldo medio de aquellos primeros asalariados rondaba los 40 euros (de la época) por temporada. Son los tiempos de Ricardo Zamora, la primera gran estrella del fútbol en España y el mejor portero del mundo en los años 30, por el que el Real Madrid pagó 900 euros al RCD Espanyol por su traspaso. Zamora firmó un contrato que le reportaba 215 euros al año.

Dada la relevancia futbolística, mediática y económica del Real Madrid, no existe mejor paño para apreciar la evolución del sueldo de los futbolistas. Entre la Guerra Civil, la inflación y la aguda crisis económica, la ficha de Zamora no fue superada hasta que en 1953 Alfredo Di Stéfano llegó a España. ‘La Saeta Rubia’ fue la comidilla en todo el país por un fichaje que se disputaron Barça y Madrid en el que finalmente los blancos salieron ganadores. Hubo desidia por parte azulgrana, pero también tráfico de influencias. El caso es que el Gobierno hubo de autorizar al Madrid a pagar la entonces escandalosa cifra de 4.000 euros anuales a beneficio de Di Stéfano. Para el año 1962 obtendría un contrato récord de 25.000 euros anuales, a lo que habría que añadir las correspondientes primas.

¿Eso era mucho? Pues sí. Di Stéfano cobraba 200 salarios mínimos anuales por temporada. Kubala, estrella azulgrana, cobraba menos que ‘La Saeta Rubia’, pero aun así  era un total de unos 150 salarios mínimos al año. Como veremos, aunque inmensas, son cifras ridículas si las comparamos con los sueldos millonarios de la actualidad.

Aunque Kopa, Puskás o Amancio superaron con amplitud los 10.000 euros por temporada, nadie se acercó al sueldo de Di Stéfano hasta que en los 70 el mercado internacional se volvió a abrir de par en par. Cruyff aterrizó en Barcelona con un traspaso que fue récord mundial y el Madrid contraatacó firmando a Gunter Netzer a razón de 115.000 euros anuales.

En 1979 Laurie Cunningham se convertía, además del primer negro en ser internacional con Inglaterra, en el fichaje más caro del momento. El Real Madrid le hizo un contrato de 78.000 euros anuales. Dicha cifra representaba un total de 48 sueldos mínimos anuales. Era mucho, pero era menos que en época de Di Stéfano.

Hubo que esperar a los 80 para el siguiente gran salto. En 1985 Emilio Butragueño fue el primer madridista en firmar un contrato de 100 millones de pesetas al año (600.000 euros) que llegaría a ser de 2 millones de euros tras diferentes renovaciones, misma cantidad que cobraba el croata Robert Prosinecki o el montenegrino Pedja Mijatovic.

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El Buitre. A 100 kilos de pesetas al año

—LA LEY BOSMAN—

En 1996 la llamada Ley Bosman permitió la libre circulación de jugadores europeos, por lo que el fútbol entró de lleno en el libre mercado de la oferta y demanda. Los clubes más poderosos aumentaron sus ofertas y los futbolistas vieron como su capacidad negociadora para obtener mejores contratos se ensanchaba exponencialmente. La Ley coincidió en el tiempo con la aparición del fútbol en emisión bajo pago y el desarrollo de internet. Ambos hechos llevaron a que las mejores ligas europeas formasen parte de la vida cotidiana en todos los rincones del planeta. La globalización es el motivo principal por el que cada vez más firmas comerciales centran hoy en día sus objetivos hacia las grandes estrellas futbolísticas como íconos de una juventud que, en buena parte, han dejado a un lado a los ídolos del cine y de la música (chicas incluidas).

Tras la aprobación de la Ley Bosman los sueldos se dispararon. Raúl fue el primer jugador merengue que firmó un contrato de 1.000 millones de pesetas por temporada (6 millones de euros), cifra igualada y luego superada (ya se sabe que las renovaciones siempre son al alza) por Figo, Zidane o Ronaldo. Kaká sería el primero en firmar por 10 millones de euros al año, misma cifra de un Cristiano Ronaldo que paso a paso llegó a cobrar 30 kilos antes de marcharse a Italia.

Florentino tuvo suerte de largarlo antes de que el coronavirus hiciese su aparición. O quizás no. Quizás mejor haberlos invertido en Cristiano que en Jovic, Militao, Mendy, Rodrigo y hasta Hazard, que inesperadamente oposita a Prosinecki.

La influencia y la locura que la Ley Bosman generó en el fútbol de cambio de siglo se puede observar en el precio de las contrataciones de los futbolistas. Desde que en 1893 el Aston Villa pagase unos 80 euros al WBA por el fichaje del escocés Willie Greaves, la progresión en aumento ha sido un fiel reflejo de la economía mundial. De Inglaterra se pasó a Italia previo paso por Argentina. Fue un argentino, Bernabe Ferreyra, el que mantuvo el récord de traspaso durante más tiempo, un total de 17 años entre 1932 y 1949 fiel reflejo de las vicisitudes de la II Guerra Mundial. Después, tan sólo el Barça con Cruyff y Maradona osó discutir el trono de los fichajes galácticos a Italia hasta la entrada de la Ley Bosman en 1996.

A partir de entonces un récord que solía durar unos años pasó a ser roto verano tras verano. Shearer (Newcastle) en el 96, Ronaldo (FC Barcelona) en el 97, Denilson (Real Betis) en el 98, Vieri (Inter Milan) en el 99, Figo (Real Madrid) y Hernán Crespo (SS Lazio) ambos en el año 2000, hasta que el Madrid rompió la banca fichando a Zidane en 2001 por 77 millones de euros. Otros lo superarían después, pero teniendo en cuenta la inflación, la contratación de Zidane fue el fichaje más caro de la historia hasta que el PSG pagó 222 millones por Neymar en el verano de 2017.

La burbuja estalló con la crisis financiera del 2008. A inicios del siglo XXI los sueldos estaban tan inflados que había futbolistas de Tercera División con salarios que les permitían vivir con holgura, y en Primera Autonómica se llegaban a pagar 1.000 euros mensuales. En la actualidad, hasta en Tercera División, hay jugadores que únicamente cobran bonos en función de los resultados y de los desplazamientos.

En la década de 2010 los salarios de los futbolistas volvieron a aumentar. Antes de la pandemia el sueldo bruto de un futbolista de Primera División se estimaba en 4 millones de euros anuales. Sólo entre 2013 y 2018 los sueldos de los jugadores habían crecido un 20% y representaban entre el 50% y el 70% del presupuesto de un club de fútbol. El salario mínimo de un futbolista profesional prepandemia era de 155.000 anuales por los 10.300 que representaban el salario mínimo de un trabajador. No es necesario señalar que en ninguna otra profesión ve aumentar sus ingresos fijos un 20% en un lustro. La pandemia ha roto con esa progresión. Siempre hubo y habrá cracks, pero para el futbolista medio, haber debutado en 1996 y retirarse en 2008 significa haberse hecho inmensamente millonario.

En los últimos 40 años mientras que el salario mínimo apenas ha aumentado un 10% el sueldo de los futbolistas se ha multiplicado cerca de un 200%. Netzer o Cruyff vivían muy bien, pero lo que ocurre en la actualidad es demencial. Contaba que Di Stéfano tenía 200 salarios mínimos anuales. Mucho, ¿verdad? Pues ni siquiera hablemos de Messi o de Cristiano, los Di Stéfano del momento. Se estima que Sergio Ramos, quizás el buque insignia del Madrid actual, cobra 15 millones de euros al año. Dicha cifra representa 1190 salarios mínimos anuales…y habría que añadir los contratos publicitarios.

Lo cierto es que la desigualdad entre los más ricos y los más pobres no deja de aumentar en todo el mundo. El directivo medio en Estados Unidos gana 104 veces lo que su trabajador, cuando esa diferencia era de 25 veces en los años 70 según ‘The New York Times’. Poco puede hacer el currante para que esto cambie. Pero cuando ese trabajador paga 300 euros para ir al Camp Nou o al Bernabéu está ratificando el sueldo de los 22 multimillonarios a los que luego critica por acaudalados cuando no juegan como a él le gusta.

Hoy en día Messi cobra unas 30 o 40 veces más que Di Stéfano en su época. Pero es que Messi cobra más que ningún otro deportista (según ‘Forbes’ solo es superado por Roger Federer, pero únicamente si se cuentan los ingresos por publicidad). Es normal. Es el mejor en el deporte más seguido. Leo Messi es producto de la globalización del fútbol. Ni siquiera los ídolos de la NBA llegan a establecerse por todas las esquinas del globo terráqueo como lo hacen los astros del balompié. Messi vende el 85% de las camisetas del Barça y es un filón turístico para Barcelona y Cataluña.

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Rey Midas

Pero para el forofo no existe la mercadotecnia ni las giras millonarias por Asia. Para el trabajador lo que gana Messi es obsceno, aunque los directivos del Barça digan que es rentable. Y es obsceno, ilimitadamente obsceno, porque aunque Lebron James sea archimillonario lo es por ejercer su trabajo en la nación más poderosa del mundo. Que Messi sea el deportista mejor pagado del mundo ejerciendo su trabajo en un país que no está entre los 15 más ricos del planeta y que pelea con Grecia por tener la tasa de paro más alta de la Unión Europea es obsceno. Irremediablemente obsceno.

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El sueño americano (by Vince Papale)

El sueño americano. ‘The American Dream’. Quizás la epopeya más grande del mundo contemporáneo. El sueño americano sirvió, y aún sirve, para unir a decenas de miles de personas de distintas procedencias en tiempos de crisis social. Estados Unidos era tierra de abundancia, de oportunidades y de destino. El sueño americano garantiza a través de la libertad la posibilidad de tener éxito y prosperidad en la escala social. El sueño americano era justicia social en una Europa de reyes y nobles.

Fue el capitalismo salvaje el que convirtió el sueño americano en una quimera. Con el tiempo el sueño pasó a ser el de conseguir infinitas riquezas y dejó a un lado la democracia social. Pero el sueño americano pervive en la conciencia de medio mundo y no parece que haya lugar mejor que Estados Unidos para que gracias al duro trabajo o a una habilidad especial obtengas la oportunidad que te permita progresar en la vida. La historia de Estados Unidos está llena de pequeñas microhistorias que de cuando en cuando nos recuerdan la existencia del sueño. La realidad es que pocos llegaran al éxito, pero el ideal americano estará mientras creamos que el sueño es alcanzable.

Vince Papale es una de esas elegidas personas que dan forma al ‘American Dream’. Su historia es fascinante, por insospechada, grandilocuente y llamativa. Como en toda buena historia la industria hollywoodiense tuvo la feliz idea de convertirla en película, y como en toda gran epopeya que vanagloria el sueño americano, fue la Disney quien se encargó de producirla. ‘Invencible’ (2006) es un largometraje mediocre, pero dio a conocer a este lado del Atlántico la historia del fichaje de Vince Papale por los Philadelphia Eagles de la NFL.

Los Philadelphia Eagles son uno de los equipos más relevantes de la liga de fútbol americano. Labraron su fama en la década de 1940 y reverdecieron laureles en 2018 al alzarse con el título de la Super Bowl, uno de los espectáculos más excesivos que el mundo ha parido. No obstante entre 1962 y 1976 los Philadelphia Eagles acumularon una única temporada con balance positivo, amontonando decenas de derrotas año tras año.

Para la temporada 1976/77 los Eagles, frustrados y exasperados, deciden dar un cambio de rumbo y contratar a Dick Vermeil como nuevo entrenador. Se trata de la primera experiencia en el banquillo profesional de un joven técnico que no cuenta con la devoción de los fanáticos. Ante el pesimismo generalizado y la moral decaída tanto de directiva como de aficionados, Vermeil decide dar un golpe de efecto que lleve a los Eagles a las portadas de los periódicos de todo el país.

En una llamativa rueda de prensa Vermeil anuncia que todos los ciudadanos de Philadelphia que lo deseen pueden presentarse en las instalaciones del club para realizar una prueba con los Eagles. En caso de que el resultado resulte satisfactorio pasaran a pertenecer a la disciplina de los Eagles de la NFL.

Era algo jamás visto en el deporte profesional. El sueño de todo deportista de sofá. Hacer una prueba con el equipo de tus amores. La riada de gente no se hizo esperar y miles de personas acudieron a la llamada de los Eagles.

Uno de esas personas que sangraba y sudaba por los Eagles era Vince Papale. Acumulaba algo más de una década como socio y jamás se perdía un partido de su equipo a pesar de los malos resultados acumulados temporada tras temporada. Tenía entonces 30 años y vivía ejerciendo de camarero entre semana y de portero de discoteca los sábados y domingos.

Papale sólo había jugado al fútbol americano de manera federada en el instituto. Obtuvo una beca deportiva en atletismo para cursar estudios universitarios y se convirtió en un especialista en salto con pértiga. No brillo en demasía, por lo que se centró en sacar su licenciatura en ADE. Sin embargo no lograba encontrar un trabajo estable y permanecía ahogado por las deudas.

Animado por sus colegas, Vince Papale acude a la llamada de los Eagles. A pesar de que se citan cientos de ex jugadores de fútbol universitarios, y aunque en un principio Vermeil se tomaba la convocatoria como una manera de aumentar la moral de la ciudad y nada más, Papale poco a poco va pasando los cortes ante la incredulidad general y finalmente consigue una plaza como jugador profesional.

Papale sigue siendo el único jugador novato de la historia de la NFL con más de 30 años, y por supuesto, el primero sin ninguna experiencia universitaria en el fútbol americano. Ahí radicaba toda la magia en torno al receptor de los Eagles. Todos los aficionados pasaron a ser Papale, uno de los suyos, la viva encarnación del sueño americano.

Aquel camarero, que sólo había jugado de manera federada al fútbol americano durante su época en el instituto, formaría parte de la plantilla de los Eagles durante tres temporadas. Nunca fue un jugador destacado (41 partidos en un trienio) y en la mayoría de los encuentros disponía de pocos minutos, pero todos sus compañeros siempre lo señalaron como el culpable de que los Eagles volviesen a los playoffs tras muchos años de ausencia y acumulasen tres campañas seguidas en la postemporada. Contaban que no había persona más implicada en los entrenamientos. Su ascendencia fue tal que lo escogieron capitán de los equipos especiales, una especie de jefe de los suplentes.

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Nº 83. Cromo codiciado

Con el tiempo Papale fue elegido dentro del equipo ideal en la historia de los Eagles. Obviamente no por sus aptitudes, pero si por su actitud. La expresión ‘American Dream’ se usa a menudo y muchas veces sin sentido. En este caso son las palabras exactas para definir una historia que ni el mejor guionista de la Disney hubiera creado.

Vince Papale es hoy una leyenda en Philadelphia a la altura de Rocky (de hecho a Papale le suelen llamar el Rocky de verdad) y lo es también para cualquier aficionado al fútbol americano que sueña con jugar alguna vez con el equipo de sus sueños. Hoy Papale trabaja como comentarista de los Eagles en una emisora de radio y es un fiero activista contra el cáncer tras superar un tumor en el colón. Se estima que el número de colonoscopias realizadas en Philadelphia aumentó cerca de un 20% tras una campaña en la que Papale abogaba por acudir con prontitud al médico.

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Philip Boit: El esquiador que nunca había visto nevar

Como todo hijo del altiplano keniata, Philip Boit estaba predeterminado para correr. Desde niño lo hizo. El deber de hacerlo para ir al colegio o a la tienda o para acompañar a las vacas al verde, acabó transfigurándose en placer. El paso del tiempo hizo que esas piernas fortalecidas y endurecidas evolucionasen en las extremidades inferiores de un posible atleta olímpico. En uno de esos corredores de fondo que cada cuatro años convierten a Kenia en el centro del universo durante unos minutos.

Hijo de agricultores, Boit nació en Eldoret en 1971. Eldoret es una ciudad del oeste de Kenia de clima agradable y centro agropecuario de una extensa comunidad que se sitúa en el valle del Rift. En dicha comarca, un lugar de naturaleza fastuosa que supera los 2.000 metros de altitud, han nacido algunos de los mejores atletas de la historia como Kipchoge Keino, Bernard Lagat o Eliud Kipchogue.

Philip Boit corrió y compartió andanzas y rutinas con Henry Bitok, otro hijo de Kenia que buscaba en el atletismo el camino para salir del anonimato. Pero por mucho que corriesen y por mucho que lo intentasen, ambos amigos no pasaban de ser dos buenos atletas en un país donde sólo se premia a la excelencia. Philip llegó a sellar una muy respetable marca personal de 1:46.06 en los 800 metros. Con un registro sólo superado por cinco centésimas su tío Mike había ganado la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1972. Pero a mediados de los 90 esa marca no era suficiente para desbancar a los tótems del atletismo africano.

El azar llamó a la puerta de Boit en 1996 cuando estaba camino de los 26 años. Por entonces Nike estaba en plena campaña mundial de su eslogan ‘Just do it’ (solo hazlo). La frase, una de las más icónicas en la historia del marketing, había sido creada a finales de los 80 en Estados Unidos tomando prestada la historia de un asesino que enfrentado a su pelotón de fusilamiento no dudó en soltarla antes de ser cosido a balazos. El caso es que a mediados de los 90 el ‘Just do it’ competía con el ‘Impossible is nothing’ (nada es imposible) de Adidas para hacerse con la hegemonía del ego adolescente en todo el planeta.

Así que comenzaron las aventuras imposibles y los patrocinios más extravagantes. Y uno de ellos iba a estar relacionado con Boit y con Bitok. Nike envió a un emisario a Kenia y escogió a aquellos dos jóvenes atletas como ratas de laboratorio para uno de sus experimentos deportivos más singulares. Iban a ser llevados a Finlandia para someterse a un duro entrenamiento de dos años para hacer de ellos esquiadores olímpicos.

El objetivo de Nike era convertirlos en los primeros africanos en competir en unos Juegos Olímpicos invernales. Ya en 1984 el senegalés Lamine Gueye había participado defendiendo la bandera de Senegal, pero Gueye llevaba desde los cuatro años viviendo en Suiza. La hazaña a la que Boit se iba a enfrentar era sobresaliente. Después vinieron unos cuantos afortunados de Zimbabwe, Togo, Etiopía, Madagascar o Camerún, pero en el instante en el que Boit se colocó los esquís, que un africano fuese a unos JJ.OO de invierno era ciencia ficción.

Nike puso un entrenador personal a tiempo completo a disposición de Boit y de Bitok. En un primer momento empezaron el experimento entrenando por las llanuras de Kenia usando esquís sobre ruedas. Tras ver que la extravagancia no daba resultado, Nike mandó a los dos keniatas a Finlandia para que conocieran la nieve. La idea era que compitieran en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo aprovechando sus innatas y extraordinarias condiciones para la resistencia. No se trasladarían de manera definitiva a Europa hasta bien avanzado 1996. Disfrutaban de poco más de un año para estar listos para los Juegos Olímpicos de Nagano que tendrían lugar en febrero de 1998.

Al principio no sabían ni ponerse las fijaciones de los esquís y las caídas se convirtieron en cotidianas. El primer día que Boit llegó a Helsinki el termómetro alcanzó los 17° bajo cero. En Eldoret, a pesar de estar a 2.000 metros de altitud, es asombroso bajar de los 10 grados positivos. Era un desafío inhumano. Además, la amistad y el buen rollo pronto se convirtieron en una lucha de egos. Kenia tenía una sola plaza de acceso a la prueba de esquí de fondo, por lo que sólo uno de los dos podría cumplir el sueño olímpico.

Del dúo, Philip fue el más rápido y consiguió el billete olímpico. Boit iba a viajar a Japón con poco más de doce meses de experiencia encima de la nieve, pero con más ilusión que el resto de competidores juntos.

—JUEGOS OLÍMPICOS DE NAGANO—

Como el único representante de Kenia, Boit fue el agraciado atleta que como abanderado lució la bandera de su país en el estadio olímpico, recibiendo la entusiasta ovación del público japonés. Sería la primera, pero habría más. Unos días más tarde 97 atletas iban a participar en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo. Y por supuesto Boit llevaría el número 97 amarrado a su espalda. Nadie esperaba que su puesto no fuese ese mismo.

La noche antes de la carrera Philip fue incapaz de pegar ojo. Pero no por culpa de los nervios. Cuando el día se apagaba empezó a llover con fuerza, y las nubes siguieron rociando agua al amanecer de la siguiente jornada. Boit nunca había esquiado bajo la lluvia. No sabía lo que era ponerse los esquís sobre nieve húmeda. La lluvia hace que la nieve se vuelva fango y el caminar se hace más lento y pesado. Más difícil todavía. La dificultad de la prueba pasaba a ser hercúlea.

La carrera comenzó y pronto Boit dejó de emerger en las pantallas televisivas. Empezó de último y acabaría de último. Por el camino se cayó en innumerables ocasiones. El caos fue el común denominador de la carrera. “Cuando iba cuesta arriba me sentía como si me hubiesen puesto tacones”, manifestó Boit al finalizar el recorrido. Tardó más de 47 minutos en transitar los 10 kilómetros cuando Bjorn Daehlie, ganador de la medalla de oro, tardó veinte minutos menos.

NAGANO 1998 10 km klassisch 12.02.98, Philip BOIT OLYMPISCHE... News Photo  - Getty Images
Orgullo africano. Experimento norteamericano

Lo maravilloso iba a llegar ahora.

Los Juegos Olímpicos de invierno no son el mastodonte de deportistas, patrocinadores y periodistas que abruman a su hermano veraniego. Hasta el torneo de los cuatro trampolines mueve tanta gente como la cita olímpica de la nieve. Siguen siendo manejables y la parafernalia es mucho menor que la que rodea a los de verano. No se tardan muchos minutos entre el fin de cada prueba y la entrega de medallas. Es todo más liviano.

Bjorn Daehlie se dispuso a recibir la medalla de oro (por entonces su sexta presea dorada en los Juegos Olímpicos) por su victoria en los 10 kilómetros de esquí de fondo cuando Boit aún no había finalizado la prueba. De repente la multitud comenzó a rugir y Daehlie se dio cuenta que no era por él. La ovación iba dedicada a Boit.

Boit estaba entrando en el recinto olímpico y se disponía a acometer los últimos metros de la prueba. Daehlie no lo dudó. Abandonó el pódium, ordenó paralizar la ceremonia y se acercó a la línea de meta para esperar la llegada de Boit.

En latitudes meridionales el nombre de Bjorn Daehlie no significa nada, pero al norte de Europa es un semidiós con esquís. Daehlie es el esquiador de fondo más laureado de la historia pasando con holgura de las 20 medallas acumuladas entre Juegos Olímpicos y Mundiales. En su Noruega natal es reverenciado con tal aprecio que dejaría en evidencia a las más grandes estrellas futboleras. Retirado hace ya un par de décadas, Daehlie es ahora un referente cultural con su propia marca de ropa y con continuas apariciones en el papel cuché y en la televisión al más puro estilo David Beckham.

Sí Bjorn Daehlie manda paralizar una ceremonia de medallas, se paraliza.

“Todos habíamos oído hablar de aquel chico. Escuché por el sistema de megafonía que casi había llegado al estadio y me impresionó que pudiera terminar la carrera en estas condiciones tan adversas. Quería esperarlo, ver a este valiente atleta africano terminar la carrera”, comentó a la prensa el fondista noruego. Boit apretó los dientes y encaró la recta final de meta ayudado por una atronadora multitud japonesa al grito de ¡Kenya go! y ¡Philip go! y con el mejor fondista de la historia esperándolo tras la línea de meta para fundirse con él en un sentido abrazo.

Boit había quedado el último. Pero la eternidad era suya.

Philip Boit, un Kényan aux Jeux Olympiques d'hiver de Nagano
Daehlie (i) y Boit (d)

¿Sabías quién era Bjorn Daehlie? Esa fue la primera pregunta de la prensa noruega. Y no era tan descabellada. “Mi entrenador me había hablado sobre él y lo había visto en la televisión. Es un honor que el mejor esquiador de fondo del mundo me haya felicitado”, dijo Boit. Fue el inicio de una buena amistad. Boit retó entre risas a Daehlie para los siguientes Juegos Olímpicos y cuando meses después tenga a su primer hijo le pondrá el nombre de Bjorn Boit en homenaje al fondista noruego. 

Días después Philip Boit regresó a Kenia como un héroe. Una multitud le esperaba en el aeropuerto de Nairobi y le acompañó cantando y bailando caminó de su casa familiar. Había llegado el último, pero había sido el primero. No había necesitado ganar medalla alguna para convertirse en una celebridad.

Todo eran flores, aplausos y felicitaciones y el patrocinio de Nike parecía no tener fin. La marca estadounidense había conquistado primero el mundo del atletismo, luego el del baloncesto y ahora iban a dar el salto a los deportes de invierno. Al año siguiente se celebró en Austria el Mundial de Esquí y tanto Boit como Nike querían ver que lo que el año anterior había sido una anécdota ahora era un buen resultado. No fue así. Boit se esforzó como nunca pero los progresos fueron ínfimos. Volvió a quedar el último. Lo que el año anterior eran abrazos y congratulaciones pasaron ahora al más crudo silencio.

Boit ya no era un experimento y Nike decidió romper el contrato. Se habían acabado los recursos económicos, pero ahora su ilusión se había multiplicado. Boit se creía fondista, se creía esquiador. Sin dinero, tuvo que abandonar definitivamente la opulenta Europa y tomar un billete de vuelta a Kenia. Se presentó en Eldoret y pidió ayuda a su familia. Exigió a su padre su parte de la herencia y vendió todas sus tierras y sus vacas para poder seguir financiando su carrera. Montó una pista de esquí sobre tierra y siguió entrenando sobre seco.

Boit consiguió competir en dos ediciones más de los Juegos Olímpicos, siendo en ambas ocasiones el abanderado, ya que nuevamente fue el único representante de Kenia en la competición. En Salt Lake City 2002 consiguió escalar hasta la posición 64º dejando a tres participantes por detrás. En Turín 2006 participó en la prueba de fondo de 15 kilómetros batiendo su propia marca al conseguir quedar por delante de cinco esquiadores.

Kenya's Philip Boit overjoyed to pass torch to Simader
Abanderado y solitario

Boit tenía la idea de retirarse disputando sus cuartos Juegos Olímpicos en 2010. Pero no logró clasificarse. Tenía entonces 39 años. Decidió alargar un año más su sueño y disputar el Mundial de 2011 en Oslo, pero, aunque logró clasificarse, no pudo disputar la final de los 15 kilómetros de fondo al quedar eliminado en la calificación.

En todo caso aquel viaje a Oslo no fue en vano. A la capital Noruega viajó con sus cuatro hijos, incluido Bjorn Boit que pudo conocer entonces a su ‘padrino’ Bjorn Daehlie. Ambos fondistas no pudieron coincidir ni en 2002 ni en 2006 porque el noruego ya se había retirado. Fue la primera aparición pública de los dos ídolos de Nagano que desde entonces habían mantenido el contacto y que hoy en día participan juntos en diversos actos caritativos relacionados con los deportes invernales.

Philip Boit disfruta hoy de una tranquila jubilación. El esquiador que nunca había visto nevar es ahora miembro del Comité Olímpico de Kenia y es director de la única escuela de esquí que existe en su país. Posee además una tranquila hacienda con vacas. Mantiene la amistad con Bjorn Daehlie, aunque aún no ha conseguido que lo vaya a visitar a Kenia porque el noruego le tiene fobia a las serpientes. Cuando se lo dice Boit se echa a reír y le recuerda que él también le tiene pánico a la nieve.

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