japón

Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

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El síndrome de Marfan (Flo Hyman)

A Plutarco le dio por escribir en la antigüedad una serie de libros biográficos sobre la Antigua Grecia. En uno de ellos habla del espartano Licurgo y nos cuenta una práctica que él puso en marcha en Esparta y que fue bautizada como infanticidio. Al parecer los espartanos tenían como aceptado y normalizado el abandono de los recién nacidos con deformidades, quienes suponían un lastre tanto para su familia como para su ciudad. Miles de años después, a la altura de 1930, en la progresista y cívica Suecia, aún se asesinaba a los bebés nacidos con malformaciones bajo el consentimiento de sus padres.

Fue Stalin quien dijo aquello de que “un muerto es una desgracia mientras que un millón es estadística”. Así es en las guerras y en las tragedias. No así en la medicina. Aquellas enfermedades que afectan a miles, a millones de personas, reciben el afecto y el cariño de la sociedad. ¿Quién no ha sufrido un cáncer en carne propia o en su círculo de confianza? Quien no lo haya vivido lo acabará viviendo. Eso suma billones de recursos públicos y privados en busca del pronto diagnóstico y de un acertado tratamiento. En cambio, quienes sufren una enfermedad rara, aquella en la que solo hay un predestinado entre miles de supervivientes, ni es aceptada ni entendida, ni recibe recursos ni apoyos, ni tiene presente ni futuro.

Flora ‘Flo’ Hyman nació en Los Ángeles cierto día del verano de 1954. Era la segunda de una familia de ocho hermanos afroamericanos. No es que sus hermanos fuesen de estatura baja (su padre medía 1’84 y su madre 1’80) pero la diferencia con Flo era abismal. Pronto apodaron a Flo como Gigante verde. Le costó asimilarlo. Negra y esbelta cual jirafa, atendía a las llamadas de quienes le rodeaban cuando lo que buscaba era escapar en el anonimato. Sus padres le animaron a ver una oportunidad donde ella veía una adversidad. Sus imponentes 196 centímetros le tenían que servir para progresar en la vida.

Probó con el baloncesto, pero no le gustó. Así que comenzó a practicar el vóley-playa en las arenas que bañan la costa de Los Ángeles. Con 16 años se convirtió en jugadora de voleibol en pista y su buen hacer le valió para recibir una beca de estudios de la Universidad de Houston. No era poca cosa. Se convirtió en la primera mujer en acceder a Houston gracias a una beca deportiva. Allí tomó una decisión hoy habitual y entonces radical. Tras tres años de carrera universitaria decidió dar el salto al profesionalismo sin haber acabado sus estudios. Aquello era un sinsentido. Quería dedicarse al poco lucrativo voleibol profesional y, por si fuera poco, Flo era una mujer. No se entendió tal decisión, a lo que Hyman replicaba que si quería jugar al voleibol lo tenía que hacer a los 20 años y que si quisiese estudiar lo podría hacer a los 60. Y hubo algo más. Hyman decidió repartir el dinero que le correspondía de último año de beca entre sus compañeras de equipo, para que pudiesen acabar sus estudios con un plus de tranquilidad.

Flo Hyman

El voleibol femenino era entonces un deporte que de profesional tenía poco o nada. Las dominadoras mundiales eran la Unión Soviética y Japón, lugar donde el voleibol era respetado y masas de espectadores acudían a los pabellones. Otros países comunistas caso de Cuba, Checoslovaquia o China también destacaban, así como Corea del Sur. Para comprender el escaso interés del voleibol en Estados Unidos basta señalar que cuando Flo Hyman se unió a la selección en 1974 ni siquiera tenían entrenador. La selección norteamericana no lograría clasificarse para los Juegos Olímpicos de 1976.

El buen hacer de Hyman logrará revertir esos malos resultados. En 1982 Estados Unidos conseguirá el tercer lugar en el Mundial y en 1984 (sin participantes del bloque soviético debido a un boicot) firmará la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles tras perder la final ante China. Por entonces Hyman era la jugadora más veterana del equipo y estaba considerada la mejor jugadora del planeta. Lo era para los entendidos, aunque para los profanos era dificilísimo de apreciar dado que su juego era siempre altruista. Era alta, tenía técnica y era extremadamente veloz. Su especialidad era un vertiginoso remate tras salto capaz de alcanzar los 180 km/h. Se le llamó Flying clutchman (agarre de la voladora).

Tras su éxito olímpico Hyman decidió salir del anonimato y pasar a ser una estrella en Japón. Allí pasó a convertirse en una jugadora respetada y admirada. No sólo era su juego en la pista, sino que era requerida con asiduidad para ejercer de modelo o de actriz. Era feliz. Y acabó sus estudios. Logró graduarse en matemáticas. Además, se convierte en una abnegada activista. Es voz pública en la lucha por la discriminación de la mujer deportista y en la dotación de fondos deportivos en lugares donde la violencia y la criminalidad son acusadas. Flo no es solo una gran deportista. Tiene carisma y una fuerte personalidad.

Todo iba sobre ruedas en su vida hasta que un día de enero de 1986 se desplomó sobre el banquillo tras ser sustituida en un partido liguero disputado en Japón. Desplomada sobre el parqué, les dijo a sus compañeras que siguiesen jugando, que se encontraba bien.

Horas más tarde fallecía en un hospital de la ciudad de Matsue. Contaba con 31 años.

Flo Hyman 1954-1986

Al principio se pensó que la causa del fallecimiento había sido un ataque cardíaco. Al no aceptar plenamente el diagnóstico, su familia solicitó que se le realizara una autopsia en Estados Unidos. Se descubrió entonces que Flo tenía un corazón muy sano y, en cambio, se determinó que sufría otra patología no antes diagnosticada.

Aparte de su altura, miopía, brazos muy largos y manos grandes, mostró pocos otros síntomas físicos que señalasen el problema. El forense determinó que Hyman se encontraba físicamente en excelentes condiciones excepto por un único defecto fatal; un punto débil del tamaño de una moneda de diez céntimos en la aorta. Ese pequeño punto, a menos de un centímetro por encima de su corazón, había estado allí desde su nacimiento, y la arteria había estallado en ese punto mientras estaba sentada aquel día en Matsue. Se estimó que el coágulo que provocó el desgarro en la pared de la aorta había ocurrido unas tres semanas antes del fallecimiento.

El síndrome de Marfan es un trastorno genético que hace que las personas tengan brazos, piernas y dedos inusualmente largos. Es posible que el médico quiera medirte la distancia de ambos brazos extendidos si cree que puedes padecer este trastorno.

Más tarde, los médicos descubrieron que uno de los hermanos de Flo tenía el mismo problema que ella. Fue operado por precaución. Los médicos no lograban explicarse como Flo pudo haber sobrevivido tantos ellos sometida al exigente esfuerzo físico del voleibol.

Entonces nadie sabía el motivo por el que Flo Hyman había fallecido. Hoy sí. Y tiene nombre. Es conocido como Síndrome de Marfán.

El Síndrome de Marfan lleva el nombre de Antoine Marfan, el médico francés que en 1896 puso nombre a una enfermedad rara del tejido conectivo, que afecta a distintas estructuras. Se caracteriza por un aumento inusual de la longitud de las extremidades y anormalidades de los vasos sanguíneos y corazón. La miopía infantil, la curvatura de la columna vertebral y los dedos largos también son signos a tener en cuenta. Afecta a una de cada 10.000 personas y, a diferencia de otros problemas genéticos, no perturba a la inteligencia.

El fallecimiento de Flo Hyman sirvió para salvar muchas vidas. Porque fue una muerte trágica y dolorosa, pero también evitable. Y puso el foco sobre la patología, permitiendo un aumento considerable del conocimiento sobre la misma. En la actualidad las pruebas médicas realizadas a los recién nacidos determinan si sufren o pueden sufrir el Síndrome de Marfan. Tratados y operados por prevención, pueden disfrutar de una vida plena e incluso de una carrera deportiva profesional. Julio César, Abraham Lincoln o Osama Bin Laden están considerados como pacientes archiconocidos. También Michael Phelps, el deportista olímpico más laureado de todos los tiempos con 28 preseas, 23 de ellas de oro.

Gracias a Flo el diagnóstico de Marfan en pruebas a recién nacidos se hizo rutinario en el mundo occidental. En todos los menores (o no menores) en los que se sospeche que hay un Marfan se debe realizar un ecocardiograma y una revisión ocular. Es fundamental examinar la historia familiar buscando una sospecha de Marfan para que el cardiólogo valore los riesgos. Los resultados han sido alentadores. Cuando Flo Hyman falleció en 1986 la esperanza de vida para los enfermos de Marfan era de 40 años. En la actualidad ronda los 75 años.

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El salto al vacío de Yago Lamela

Fue al amanecer. No era tiempo de smartphone. Fue al encender la radio. O al hojear el periódico de la mañana. 8’56 cm. Esa era la marca. Eran palabras mayores entonces y son palabras mayores ahora. Había ocurrido de madrugada en una ciudad japonesa que obedecía al nombre de Maebashi. Sucedió un 7 de marzo de 1999. Hace ahora un cuarto de siglo.

Un semidesconocido avilesino de 21 años de edad aparecía como fuerza desestabilizadora del orden atlético mundial. En la final de salto de longitud del Campeonato Mundial de Atletismo en pista cubierta había saltado 8’10 en el primer intento y voló hasta los 8’29 cm en el segundo, lo que significaba romper el récord de España que llevaba vigente desde 1980. La proeza se consumó en el tercer salto donde la marca registrada fueron 8’42.

Su rival para conseguir la medalla de oro era el cubano Iván Pedroso, uno de los mejores saltadores de longitud de todos los tiempos. Pedroso es el único ser humano que ha conseguido sobrepasar los nueve metros, aunque la marca le fue invalidada por saltar con el viento a favor. Era el archifavorito y el vigente campeón mundial, pero al llegar al sexto y último salto todos los pronósticos estaban a punto de estallar en mil pedazos. En el último vuelo Yago Lamela alcanza los 8’56 cm. Su cara al abandonar la arena reflejaba la emoción y la sorpresa por lo logrado. Sus manos en rezo denostaban inconsciencia, registro para el que su mente no estaba preparada. 8’56 era nuevo récord de Europa y virtualmente le daban el título de campeón del mundo.

Tuvo entonces el sexto y último salto Iván Pedroso. Un campeón lo es por sus títulos y sus marcas, pero esencialmente por saber competir en los grandes momentos. Pedroso realizó el mejor salto de la tarde y lograba 8’62. El cubano sería medalla de oro y el asturiano se conformaba con una espectacular presea de plata.

El recibimiento en Barajas fue apoteósico y los honores en Asturias se sucedieron semana tras semana. Yago Lamela pasó de ser un desconocido a un fenómeno popular. Es 1999. No hay Nadal, ni Alonso, ni Gasol. Induráin hace un par de años que está retirado y la selección española de fútbol sigue cayendo en cuartos de final. Lo de Yago es un logro espectacular. Nadie esperaba esa marca. Él tampoco. Es una disciplina con escasa tradición en España y tradicionalmente dominada por atletas de raza negra.

Ayuda además la imagen de Yago. Joven, fresca, siempre sonriendo. Es hijo de gente humilde, tiene carisma y luce una preciosa melena. Es un tío guapo. Empieza a aparecer en eventos, hace moda. Se convierte en el centro de atención. Algo que no le gusta. Confía en que sea suceso pasajero. No será así. El boom Lamela viene para quedarse.

Llega el verano. La pista cubierta deja paso a la pista al aire libre. Campeonato Mundial de Atletismo al aire libre de 1999. En Sevilla. La Cartuja. Aquel estadio que se había construido con la irreal pretensión de organizar unos Juegos Olímpicos hacía méritos para tener sentido de vida. Aquello fue una locura. Lamela era una de las escasísimas oportunidades que tenía España de lograr una medalla de oro. La expectación era terrible. Yago tuvo que acudir al estadio olímpico camuflado en un coche policial para que la horda de seguidores no lo reconociesen. En La Cartuja 70.000 personas golpeaban con sus manos sus asientos animando a Lamela cada vez que iniciaba la carrera hacia el salto.

Atenazado por los nervios, los dos primeros vuelos se saldaron con dos nulos. En el tercero se fue a los 8’40. Buena marca, pero no igualaba los registros logrados en Japón. Pedroso se iba hasta los 8’55 cm y con eso ya le daba para repetir triunfo mundial.

El balance era magnífico. Lamela tenía el futuro garantizado. Con 21 años era la única alternativa real de Pedroso, el cual enfilaba ya la treintena. Aquella bomba de energía que entrenaba saltando en la playa de Avilés, que sumaba marca personal año a año y que con 15 primaveras ya había sido campeón asturiano absoluto, iba camino del estrellato. Fortísimo, con cada pisada suya levantaba el tartán.

Pedroso y Lamela. 1999

El año 2000 era año olímpico. Sídney. Australia. La progresión es excelente. Se huele el oro. Pero semanas antes de viajar a las antípodas Yago se rompe al iniciar la carrera para un salto. No es nada grave. Lesión muscular en los isquiotibiales. Pero da por culo. Cualquier molestia es mortal para un saltador. Llega a Sídney con problemas, lejos de su mejor forma y no alcanza a superar los 7’98. Ni siquiera llega a clasificarse entre los ocho primeros y queda lejos de la final.

Al volver a España decide dar un cambio radical en su vida. Se marcha de Asturias rumbo a Madrid. Es incapaz de adaptarse. La gran ciudad no es para Yago. Sus resultados son pobres y resuelve dar otra vuelta de tuerca y establecerse en Valencia. Allí se pone en las manos de Rafa Blanquer, un antiguo saltador que entonces era considerado el mejor entrenador de España. Comienzan exhaustas dobles jornadas de entrenamiento y una cuidadosa y escrupulosa dieta diseñada para volver a llevar a Lamela a la élite. Los resultados vuelven a aparecer. En 2002 medallas europeas con registros modestos, pero en 2003 el gran Yago aparece. Se proclama subcampeón del mundo y firma un registro de 8’53 que lo acerca a su mejor marca.

Así pues, todos esperan que los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 sean los de Lamela. El propio Yago también lo aguarda. Así tendría que haber sido, pero el infortunio no entiende a razones. Meses antes de los Juegos Yago se lesiona el tendón de Aquiles. Volverá a acudir renqueante a una cita olímpica y nuevamente firma un insuficiente 7’98 que lo coloca en un triste undécimo puesto lejísimos de la medalla de oro firmada por el británico Dwight Phillips con 8’59.

Con miedo al ir a tabla, con el pie doliente, Yago decide marcharse a operarse a Finlandia, donde reside uno de los mejores especialistas en la materia. 2005 será un año en blanco que se agravará a finales del mismo cuando un accidente de tráfico corte su recuperación. Es entonces cuando Lamela decide volver a su Avilés natal y refugiarse en los suyos para intentar una epopeya en los Juegos de Pekín 2008.

Oficialmente Yago no está retirado, pero es como si lo estuviese. Lejos están las portadas de revistas y los campeonatos internacionales. Una lesión del tendón de Aquiles es letal para un saltador. Lamela es una sombra de lo que había sido. Alterna las idas y las venidas y es incapaz de superar los ocho metros. Es incapaz de conseguir la marca mínima necesaria para acudir a Pekín y en 2009, con apenas 31 años, anuncia su retirada. Retirada que ya era efectiva desde cuatro años antes.

Desamparado, Lamela comienza a abusar de la medicación que tiempo atrás le habían recetado para superar sus dolores en el tendón de Aquiles. Necesita apoyo psiquiátrico. Pasará una semana internado en un psiquiátrico de Oviedo. Esto se sabrá después. Entonces es tabú. Lo de la salud mental seguía siendo asunto de Estado. Sale medicado pero apto, pero con una fuerte advertencia de los médicos. La medicación es incompatible con el ejercicio físico. Aquello lo mata. No puede correr por la playa ni acercarse a su gimnasio de cabecera en Avilés.

Decide entonces retomar sus estudios de informática, aquellos que iniciara en Estados Unidos con una beca deportiva de la Universidad de Iowa cuando era un joven prometedor. Lo intenta, pero es incapaz de concentrarse e hincar los codos. Resuelve luego sacarse el título de piloto de helicópteros, algo incompatible con su historial médico. Desorientado, sus amigos le animan a que se convierta en entrenador. Que viaje a Madrid a sacarse el título nacional y que se dedique a buscar el potencial de jóvenes talentos.

En eso estaba. Decidido a viajar a Madrid. No llegó a subirse al coche. El 8 de mayo de 2014 Yago Lamela aparecía muerto en su casa de Avilés. Contaba con 36 años. La autopsia confirmó un infarto de miocardio por intoxicación medicinal.

Yago Lamela fue un atleta elegante y de una fiereza descomunal. Un deportista con luz propia. El mejor saltador español de siempre y uno de los dos o tres mejores saltadores de raza blanca del último medio siglo. Lo fue con apenas un par de años de brillo. El resto fue de total oscuridad. Con aquella marca de 8’56 lograda en Japón hace un cuarto de siglo Yago Lamela hubiese sido campeón olímpico en cinco de los últimos seis Juegos Olímpicos.

Una vida en la arena

“Pudo haber sido esto, pudo haber sido aquello, pero se le ama y se le odia por lo que es”. Rudyard Kipling.

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Como la ira de Serena se convirtió en la depresión de Naomi

«No voy a hacer ninguna rueda de prensa durante Roland Garros. He pensado muchas veces que la gente no tiene consideración con nuestra salud mental. He visto muchos vídeos de deportistas viniéndose abajo en una sala de prensa tras perder un partido, algo que también me ha pasado a mí». Naomi Osaka, la por entonces número 2 del mundo en la clasificación de la Women’s Tennis Association (WTA), renunciaba a competir en el Grand Slam parisino aquejada de uno de los males de nuestro tiempo; la depresión. Ante la negativa de la organización a aceptar su renuncia a presentarse ante los medios y a los eventos programados por el torneo parisino, Osaka decidió retirarse tras la disputa de su partido de primera ronda.

Solitaria e introvertida, aquello fue el punto de inicio de una ansiedad social que ha paralizado la hasta entonces excepcional trayectoria de Osaka. Acto seguido no ha vuelto a alcanzar las rondas finales de un Grand Slam, hasta que en 2023 decidió paralizar en seco su carrera para ser madre. Antes de aquel abrupto portazo en Paris la tenista nipona, hija de haitiano y japonesa y residente en Estados Unidos desde los tres años de edad, se había convertido en la mejor tenista del planeta tras vitorear en Australia (2019 y 2021) y en Estados Unidos (2018 y 2020). Fue precisamente en Nueva York, en el US Open de 2018, cuando logró su primer gran triunfo, momento, sin saberlo, en el que la mente de Osaka inició su caída por un precipicio.

Su rival en aquella final del US Open de 2018 era Serena Williams. Era Serena el referente de Naomi. El suyo y el de tantas otras. Serena es el tótem del tenis. Es referente por su juego, por su tenacidad, por sus triunfos y también por el color de su piel y por sus declaraciones en defensa de las mujeres y de las minorías. Al igual que Serena, Osaka también es negra y mujer, pero hasta ahí estriban los parecidos. Todo lo agresiva que Osaka era dentro de la pista se transmutaba en timidez fuera de ella. Serena era, y es, persona totalmente opuesta. Igual de volcánica empuñando la raqueta que sacando la lengua a pacer.

En 2018 Serena perseguía a su sombra. Sumaba 23 Grand Slams y solo tendría que ganar uno más para igualar a la australiana Margaret Court, plusmarquista mundial. Icono de Nike y del empoderamiento de la mujer negra, su imagen estaba presente en cada una de las esquinas de la ciudad de Nueva York. La atmósfera era acogedora y se tornaba en expectante sabedores todos de que un hecho histórico estaba a punto de suceder. Estados Unidos ama a Serena. Nueva York ama a Serena.

Serena era consciente de que se estaba gestando su última oportunidad. Tras ganar en Australia en enero del año anterior los achaques de la edad estaban haciendo mella en su vigoroso cuerpo que ya contaba con 36 años. Tras casi un año en blanco había rozado la victoria en Wimbledon meses atrás y, ahora, en casa, en el Open USA, sabía que estaba ante la última oportunidad antes de que el paso del tiempo acabase con ella.

La oponente en aquella histórica final en las pistas de Flushing Meadows iba a ser Naomi Osaka. Alta, tímida, orgullo nipón y representante de una sociedad diversa en lo racial y en lo cultural, hacia acto de presencia en su primera final de un grande con 20 años. Enfrente su ídolo, una tenista físicamente pareja y con la que compartía desprecios de juventud por culpa de raza y físico.

Naomi Osaka defeats Serena Williams in dramatic final - Official Site of  the 2023 US Open Tennis Championships - A USTA Event
Naomi Osaka

Los murmullos de descontento se escucharon por primera vez cuando Serena Williams, quien había perdido el primer set por un contundente 2-6, fue imputada con una violación del código con 2-1 a favor en el segundo parcial. El árbitro, el portugués Carlos Ramos, había dictaminado que el entrenador de Serena estaba indicándole tácticas desde las gradas, lo cual no está permitido. Serena, frustrada ante un mal partido en el que se mostraba incapaz de entrar en ritmo y tremendamente errática con su servicio, incapaz de digerir como el triunfo se le escapaba entre las yemas de los dedos, saltó a la yugular del colegiado. “¡Yo no hago trampas para ganar, prefiero perder!”, vocifero con ansia mientras el respetable se sumía en un profundo silencio para luego aplaudir efusivamente a su ídolo.

Serena fue amonestada, dado que recibir instrucciones (coaching en el argot) de un técnico no está permitido en el tenis. Momentos después, visiblemente afectada, Williams perdió su saque y lanzó con furia la raqueta al suelo rompiéndola con un golpe seco. En ese instante, Ramos, apelando al reglamento, amonestó por segunda vez a Serena. Fuera de sí, Williams se acercó a Ramos y le volvió a espetar a grito pelado: “¡Me debes una disculpa, yo no hago trampas! El juez de silla aguantaba estoicamente, hasta que Serena volvió a la carga: “Atacas mi personalidad, eres un mentiroso, no volverás a subirte a otra silla. Di lo siento y no me hables porque también eres un ladrón, me has robado un punto”.

Todo esto sucedía mientras Osaka aguantaba impertérrita al otro lado de la red jugueteando con su raqueta y bajando la cabeza al suelo. Minutos después el partido se puso en marcha y la atmósfera cambió por completo. El público, ya por si volcado con Serena, la tomó con Naomi, quien que a partir de entonces comenzó a ejecutar errores con golpes fáciles. Durante el cuarto juego de ese segundo set perdió por vez primera en el partido su saque ante el estallido de júbilo neoyorquino.

Pero si Osaka estaba tocada, no lo estaba menos Williams. Serena también estaba realizando malos golpes y pronto perdió su saque, por lo que Osaka recuperó la ventaja. A partir de entonces la japonesa recuperó el mando (4-3) mientras que Serena seguía escupiendo sapos y culebras ante Ramos entre punto y punto. Tras una doble falta, Serena volvió a perder los estribos y llamaba mentiroso a Ramos mientras gritaba: “Yo soy madre y nunca he hecho trampas”. Fue entonces cuando Ramos levanto la mano, se acercó al micrófono y amonestó a Serena con un punto menos en el partido por abuso verbal del juego. Del 4-3 para Osaka, al 5-3 para la japonesa. Sin más dilación, con dedo índice hacia el infinito, Serena volvió a gritarle al juez de silla portugués: “Me hacen esto porque soy una mujer, entiendo las reglas, pero esto no es justo. Muchos hombres dicen cosas a los jueces y no pasa nada. ¿Me va a quitar el juego por ser una mujer?”.

Con 5-4 para Osaka y punto de partido para la japonesa, Serena explotó definitivamente y unas lágrimas asomaron por sus mejillas mientras volvía a llamar mentiroso a Ramos. Impasible, el juez de línea volvió a amonestar a Serena ante la incredulidad y los abucheos del respetable. Completamente ida, Serena exigió que se presentase el máximo responsable de la WTA mientras los abucheos del público se tornaban en amenazas veladas.

Al mismo tiempo Osaka esperaba. Se giraba de espaldas y con la cabeza agachada aguardaba acontecimientos.

No se sabe bien como, el partido se reanudó y Osaka puso el sello a su victoria final que le daba su primer título de Grand Slam por 6-2 y 6-4.

«Cuando abracé a Serena me sentí como una niña pequeña otra vez», dijo Osaka, tras recibir el abrazo de la más grande y recibir su trofeo como campeona.

Bonitas palabras para la posteridad. Nada más lejos de la realidad.

Los abucheos a Osaka no cesaron desde el fin del partido. La ceremonia de entrega de trofeos se realizó con vítores a Serena y sonora pitada a la japonesa. Fue entonces cuando Osaka explotó. Toda la tensión acumulada hizo su aparición y comenzó a llorar como una magdalena.

Desgarrada por el dolor y consciente de que su comportamiento había perjudicado a quien no tenía culpa, Serena decidió intervenir y salir en defensa de su oponente: “¡No más abucheos, por favor! ¡Felicitaciones para Naomi!”, exclamó desde el centro de la pista. Llorando, Osaka veía como los abucheos poco a poco se tornaban en aplausos.

US Open 2018 - Naomi Osaka was denied her magic moment - ESPN
Osaka y Williams

Ese fue el inicio del fin. Aquella frustrante victoria dejo tocada a Naomi de por vida y ella misma ha confesado que el inicio de sus problemas de salud mental comenzaron esa tarde en Nueva York. Serena nunca pudo ganar su vigesimotercer Grand Slam y, aun hoy, retirada, defiende que fue víctima de un juez de silla sexista.

Lo cierto es que multitud de tenistas y comentaristas defendieron a Serena. Si bien es cierto que Ramos cumplió a rajatabla con el reglamento y que el portugués está considerado uno de los árbitros más estrictos del circuito profesional, también lo es que los improperios y las salidas de tono en los partidos masculinos suelen pasarse más por alto que en el circuito femenino. No obstante, aun dando la razón a Williams, esos mismos expertos consideran que todo fue fruto de la frustración de Serena al ver que no tenía opción de derrotar a Naomi. Frustración, que, sin ella esperarlo, tuvo unos daños colaterales que aún no han sido solucionados.

“Ha hecho que gente que nunca había oído hablar del tenis entre en este deporte. Creo que soy un producto de lo que ella ha hecho”. Naomi Osaka sobre Serena Williams.

“Lo siento por Naomi. No todos somos iguales, yo soy gorda, otras personas son delgadas. Todos son diferentes y todos manejan las cosas de manera diferente. Solo tienes que dejar que lo maneje de la manera que quiera y de la mejor manera que ella piense. Ella puede. Eso es lo único que puedo decir. Soy su mayor fan”. Serena Williams sobre Naomi Osaka.

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Tokio 2020. Balance

En Rusia se prohíbe enseñar un idioma extranjero en los colegios públicos ante el escándalo de una Unión Europea que permite que varios de sus miembros legislen con tintes homófobos. El Reino Unido celebra el brexit y proclama como día de la libertad el fin de las restricciones por Covid mientras baten récord veraniego de infectados. En España lo que se baten son récords de precariedad laboral, descrédito económico y pesimismo generalizado y aun así la calle solo arde para amparar la libertad de un rapero de pésimo gusto.

En Lyon se realiza el primer trasplante de hombros y brazos al mismo tiempo que un cacharro con cuatro ruedas se da un paseo por Marte. En Cuba siguen instalados en 1959 y siguen imaginando, como imaginó John Lennon hace ahora medio siglo. En Canadá mueren más de 700 personas por una ola de calor que supera los 50 grados mientras que en Alemania más de 200 fallecen por culpa de unas riadas en pleno mes de julio.

Media América celebra el bicentenario del fin del dominio español cuestionando la democracia, mientras la democracia más antigua del planeta echa democráticamente a un loco del sillón presidencial que alentó el asalto del Capitolio de Estados Unidos por un grupo de tarados.

Joe Biden, un anciano de 78 años, es elegido el hombre más poderoso del mundo. Putin tiene 69, Xi Jiping 68 y el desconocido presidente de India 76 primaveras. En Europa cuanto más joven e inexperto, mucho mejor. El drama de la belleza efímera ataca a Miss Universo por pasarse con los retoques virtuales. Virtuales son los youtubers, los blogueros, los instagramers y los bitcoins, que llegaron a cotizarse a 50.000 dólares al mismo tiempo que una empresa centenaria como Hertz se iba al carajo incapaz de menear sus más de 200.000 coches por culpa de la pandemia.

Fallece Larry King y Albert Roux, el hombre que convirtió el comer en un placer. Placenteras eran las caderas de Raffaella Carra que durante años demostró que para menearse había que viajar al sur. Mucho más lejos viajó Michael Collins, el desafortunado al que le tocó hacer de conductor mientras sus compañeros borrachos se pegaban un fiestón gravitando por la Luna. También falleció Felipe de Edimburgo. Lástima. Pero ese no era el que tenía que marcharse al otro mundo. El príncipe Carlos ya suma 69 años esperando para ser coronado Rey de Inglaterra.

Fueron los Juegos de la XXXII Olimpiada. Se iban celebrar en 2020 pero al final se pospusieron a 2021 coincidiendo con el 150 aniversario de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna celebrados en Atenas. Fueron los Juegos del silencio. Japón quería erradicar, no mitigar el coronavirus. Pudieron ser los Juegos de la quiebra financiera. El gobierno nipón admitió que de cancelarlos no tendría forma de devolver el dinero ingresado por los derechos televisivos. Sin alcohol en los bares solo la borrachera de oros japonesa hizo fluir tickets de metro gratuitos para que la fiesta de la villa olímpica se trasladase a la noche de Tokio.

Quisieron ser los Juegos de la igualdad, desde Suecia a Arabia Saudí a pesar de que Brunei no pudiese llevar a una abanderada porque solo contaba con machos en su delegación. Hubo luces, drones y fuegos artificiales para disfrute del consumidor televisivo mientras los atletas saludan al vacío.

Fueron los Juegos de deportes sospechosos de considerarse como tales caso de la escalada (en rocódromo), el baloncesto (3×3) o el skate, gobernado por niños que gritan y ríen a ritmo de Foo Fighters o Pennywise cuando no tienen edad para estrenar las camas antisexo de la villa olímpica. Lo curioso es que para aquellos que consideran sospechoso el skate no lo es que un señor de 62 años gane una medalla de oro por subirse a lomos de un caballo.

Y es que el mundo está en continuo cambio. En Alemania se manifiestan contra el sacrificio de un caballo olímpico tras los servicios prestados. Gavin Hubbard, antes Laurel, se convierte en el primer transexual de los JJ.OO. La namibia Christine Mboma compite como mujer ante la duda de sus tasas de testosterona. El equipo germano de gimnasia estrena una equipación asexual para su concurso cuando las adolescentes de medio mundo se pasan el día en leggins y leotardos. Una lanzadora de peso estadounidense obtiene la plata, pero gana la medalla de platino por su peinado, sus mascarillas y sus declaraciones a favor del movimiento LGTBI. Una japonesa de tez oscura enciende el pebetero olímpico.

Tokyo 2020: Naomi Osaka fue la encargada de encender el pebetero olímpico -  Los Pleyers
Empieza la fiesta

‘The New York Times’ y la ‘NBC’ cambian el orden tradicional del medallero para que Estados Unidos supere a China y vuelven al original en la última jornada cuando los americanos dan el ‘sorpasso’ gracias a un último oro. Las parejas chinas de dobles mixtos de tenis de mesa y la masculina de bádminton tienen que pedir perdón públicamente por perder el oro ante los odiados taiwaneses y japoneses respectivamente. La orgía de oros de Japón hace dudar de la importancia del público para el anfitrión. Australia domina en la piscina, Italia es un cohete y Kosovo gana el doble de medallas de oro que la India con 1.000 veces menos habitantes. Rusia se convierte en el Comité Olímpico Ruso y cambia su himno por el concierto para piano número uno de Tchaikowsky.

Un atleta iraní gana la medalla de oro en tiro y Estados Unidos pide que se la retiren por estar en su lista de terroristas más buscados. Aditi Ashok gana la medalla de chocolate en golf tras cambiar a su padre por su madre buscando un caddie que no le gritase tanto. García Bragado compite en sus octavos JJ.OO en la misma prueba donde un español se pasa 49 kilómetros y 850 metros saboreando la plata para en los últimos 150 metros acabar fuera del podio. Se considera una oda al olimpismo que un italiano y un qatarí compartan medalla de oro en salto de altura y nadie se pregunta porque no compartieron la de plata.

Ninguno de los fondistas, velocistas o saltadores de Estados Unidos gana la medalla de oro en Tokio. Desaparecida Rusia, el atletismo ha recuperado a Europa para la causa tras décadas abandonado por la audiencia ante la ausencia de repercusión de sus atletas. Más de la mitad de los finalistas del 1.500 son europeos por vez primera desde tiempos inmemorables, y aunque muchos son hijos de africanos, parece que la Europa multiétnica le ha vuelto a coger el gusto al correr.

Italoestadounidense es Marcell Jacobs, el italiano que se convirtió en el primer europeo campeón de los 100 metros desde Barcelona 92. De origen etíope es Sifan Hassan la neerlandesa que logró doblete en 5.000 y 10.000 metros. Rubios y arios son Ingebrigtsen y Warholm, este último bajando de 46 segundos en los 400 vallas cuando reducir los 47 se consideraba ciencia ficción. De otro planeta también es el récord de Yulimar Rojas en longitud. Allyson Félix sumó 11 medallas en cinco Juegos superando la decena del Hijo del Viento.

La preparación y las suelas de fibra de carbono con tecnología Mercedes han ayudado a obtener buenas marcas y a batir unos cuantos récords con la proporción adecuada para que su excepcionalidad siga siendo su gran valor. No sucedía así con la piscina, donde en la época del poliuterano las marcas eran una fiesta y ha habido que esperar a Tokio para batir aquellos tiempos mentirosos.

Caeleb Dressel sucedió a Phelps con cinco oros en la piscina, pero su falta de magnetismo le impidió ser el rey de los Juegos. La reina abdicó por culpa de unos demonios que entraron en su cabeza y aunque Elaine Thompson, Sifan Hassan o Katie Ledecky reclamaron su trono atufan a republicanismo.

Jamaica sigue humillando a Estados Unidos en la velocidad y Kenia y Etiopía deben ponerse las pilas sino quieren perder la hegemonía del fondo en África. Un tifón aplaza la competición de vela para alegría de los surferos. El calor, la humedad y las cigarras hacen que una tenista tenga que volver a la villa olímpica en silla de ruedas. Djokovic lo hace en taxi tras dejar en la estacada a su compañera de dobles mixtos. Pau Gasol se va de sus últimos Juegos sin medalla en la enésima fiesta del baloncesto NBA.

Fueron los Juegos de las babas, de los test diarios de saliva. Los Juegos de las camas de poliéster 100 x 100% recicladas. De los platos de cartón y los vasos de papel reciclados. De los podios hechos con impresoras 3D fabricados con desechos plásticos. Fueron los Juegos de los coches eléctricos y de las medallas hechas con desechos de teléfonos móviles inservibles.

Fueron, en definitiva, los mejores Juegos de la historia. Los de 2020 celebrados en 2021. Hasta que dentro de tres años, en Paris, volvamos a tener los mejores Juegos de la historia.

Las mejores imágenes de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos -  Infobae
Arigato

Otros balances y reflexiones grandilocuentes:

Desglosando al mejor futbolista de la historia (Di Stefáno, Pelé, Cruyff, Maradona o Messi)

Escogiendo al mejor ciclista de la historia (De Coppi a Froome con permiso de Merckx)

Escollendo ao mellor deportista de Galicia (os 10 mellores da nosa terra)

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PSG vs Bayern (nuevos ricos contra ricos de toda la vida en una final en año de pandemia)

Los nuevos yuppies (Chelsea vs Manchester City en la final de la Copa de Europa de 2021)




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Cuando Geesink humilló al judo japonés

Cuando Tokio organizó en 1964 los Juegos Olímpicos, el mundo fue consciente de primera mano de lo que se dio en llamar ‘el milagro japonés’. Arrasado tras la II Guerra Mundial y ocupado por el ejército estadounidense, el gobierno nipón transformó su industria pesada de guerra en industria tecnológica y utilizó mano de obra barata que escapaba de países comunistas del entorno como China o Corea en su propio beneficio. En época de los JJ.OO, Japón crecía anualmente más de un 5% y estaba a punto de superar a todas las potencias europeas. (Querido lector, sí has leído mis dos últimos artículos ya estarás al tanto de ello).

Japón se preparaba para una fiesta. Y la fiesta iba a tener de todo. Como gesto de aprecio a la ciudad anfitriona, el COI permite añadir al programa olímpico un deporte con fuerte arraigo en la comunidad. Algunos no pasan de esa edición (por ejemplo el hockey a patines en Barcelona 92) y otros debutan para no marcharse (taekwondo en Seúl 88). Éste último caso fue el del judo, que apareció por primera vez en Tokio y que ahora es un clásico olímpico.

El judo, cuyo significado se puede traducir como ‘camino de la flexibilidad’, fue creado por un maestro japonés a finales del siglo XIX. ‘Grosso modo’ consiste en la traslación de técnicas medievales de combate cuerpo a cuerpo al ejercicio deportivo. Para los nipones es una disciplina cuasi sagrada. Es una muestra de respeto y de equilibrio entre mente y cuerpo. Es una filosofía de vida y una representación de los valores educativos del pueblo japonés.

El gobierno japonés diseñó un fastuoso pabellón para 15.000 espectadores conocido como ‘Nippon Budokan’. No hubo otras disciplinas que mancillasen el lugar. Se bosquejó únicamente para las competiciones de judo y sólo se ha permitido que otros deportes de contacto como el karate tengan cabida en sus instalaciones. Incluso, con el transcurrir de las décadas, se ha utilizado para conciertos, eso sí, con la protesta de los tradicionalistas y hasta con amenaza de bombas incluidas.

Nippon Budokan (日本武道館) | 3D Warehouse
Nippon Budokan

Pero volvamos a 1964. A la competición de judo. Había cuatro categorías diferentes; 68 kilos, 80 kilos, más de 80 y la categoría abierta, la reina de la competición, sin limitaciones. Por entonces sólo había competición masculina, así que eran cuatro las medallas de oro en juego. Japón contaba con ellas. Con todas ellas. Consiguió las tres primeras y faltaba la traca final. La categoría reina. El encargado de defender el orgullo nacional y subir al alto del pódium era Akio Kaminaga.

Akio Kaminaga Imagens e fotografias de stock - Getty Images
Akio Kaminaga

Kaminaga nació en la costera ciudad de Sendai tres años antes del inicio de la II Guerra Mundial. Privado de infancia, no comenzaría hasta la adolescencia tardía a practicar judo. Con celeridad se convirtió en un gran atleta y ganó tres campeonatos nacionales, algo que nunca antes se había hecho. Era el elegido para ganar la primera medalla áurea olímpica en la historia del judo.

Pero, como las cosas no suelen salir como están programadas, Kaminaga sufrió una lesión en el ligamento de su rodilla derecha poco antes de comenzar los JJ.OO. Kaminaga no estaba dispuesto a renunciar a los Juegos y ocultó sus molestias tanto como le fue posible. Su talento le permitió alcanzar la final olímpica yendo de menos a más. En semifinales venció a su oponente en apenas cuatro segundos, una victoria tan rápida que se grabaría en el libro de los récords durante tres décadas.

Parecía pan comido. Pero minutos antes, en la otra semifinal, el otro clasificado había vencido a su contrincante con un ippon en la nada desdeñable cifra de 12 segundos. El rival de Kaminaga sería Anton Geesink.

El neerlandés Anton Geesink era un veterano judoka que por aquel entonces acumulaba 21 medallas de oro en campeonatos europeos. Sobre el papel un rival formidable. Para la afición y los medios nipones un don nadie. Europa era al judo como el agua al aceite. ¿Cómo iba a perder un japonés una medalla de oro en judo?

En realidad Geesink había ganado el primer campeonato del mundo de la disciplina celebrado un par de años antes, pero los japoneses no se lo tomaron en serio. Al igual que hicieron los ingleses con el fútbol durante décadas, los nipones despreciaban los torneos mundiales. Se consideraban garantes de la pureza del judo y no veían interés en participar en torneos con otros países.

Los JJ.OO iban a servir para demostrar la hegemonía de Japón. Aquel 23 de octubre de 1964 se suspendió la actividad en el Parlamento, se paralizó la jornada en las fábricas y aquellos que no tenían aparato de televisión se agolparon en los escaparates de los comercios para ver el espectáculo.

Geesink era un armario empotrado de 111 kilos, frente a los 107 de Kaminaga. Además el tulipán le sacaba un palmo de cabeza al crisantemo. Geesink era una bestia en el suelo. Grande, musculado pero ágil, si te cazaba era implacable. Kaminaga era un relámpago, un dolor de muelas continuo con una técnica exquisita. El combate duró algo más de nueve minutos, hasta que Geesink inmovilizó con una llave a Kaminaga durante más de 30 segundos. Según las reglas si después de medio minuto el judoka no se da zafado de su rival se le da el combate por perdido.

Hubo un silencio sepulcral. Geesink reaccionó con prontitud y desde el suelo indicó a su equipo, extendiendo su mano derecha, que no saltaran al tatami para celebrar la victoria. El público se dio cuenta del detalle de respeto y los más de 15.000 espectadores se pusieron de pie para aplaudir al neerlandés. Fue una ovación emotiva, de profundo reconocimiento, pero irremediablemente breve. Y es que inmediatamente el público se sentó y las lágrimas hicieron su aparición en el pabellón. Los llantos y la pena invadieron el ‘Nippon Budokan’.

Kaminaga.
Respeto

Apesadumbrados por la vergüenza, Kaminaga y los suyos se retiraron a los vestuarios a llorar la derrota. Los cronistas olímpicos que presenciaron el histórico momento comentaron que nunca se ha celebrado ni se celebrará una ceremonia de entrega de medallas tan triste, y, a la vez, tan respetuosa.

Geesink se convirtió en un ídolo en Japón a la altura de las estrellas futbolísticas de hoy en día. Por su parte Kaminaga fue expulsado del equipo nacional y fue repudiado por sus compatriotas. Durante un tiempo se rumoreó que se había hecho el harakiri por vergüenza al haber fallado al emperador y al pueblo japonés. El cuchicheo desapareció unos años más tarde cuando fue rehabilitado por el Gobierno y fue designado el entrenador del equipo olímpico japonés para los Juegos Olímpicos de 1972.

No obstante sí que hubo un suicidio relacionado con esta historia. Por aquel entonces sólo podía ir a los JJ.OO un atleta de cada país en función de cada categoría. Kaminaga fue el elegido para la categoría abierta por delante de Isao Inokuma, un judoka que estaba en mejor forma, pero que pesaba unos 25 kilos menos que su compatriota. La frustración de Inokuma fue tal que se preparó concienzudamente para derrotar a Geesink en el mundial del año siguiente. Dicho enfrentamiento no llegó nunca a producirse, porque el neerlandés, conquistado el oro olímpico, estaba satisfecho con su carrera y anunció su retirada.

Dicen que Inomura siguió entrenándose año tras año con la esperanza de poder combatir algún día contra Geesink y devolver el honor a su emperador. Su tortura derivó en locura, hasta que en 2001 se hizo el harakiri y se quitó la vida.

Archivo:Akio Kaminaga, Anton Geesink, Ted Boronovskis, Klaus Glahn 1964.jpg  - Wikipedia, la enciclopedia libre
Geesink recibiendo el oro

“¿Qué siento al ver a toda esa gente llorando? Soy muy feliz. El judo ha salido de Japón y se va a extender por todo el mundo”. Anton Geesink.

Otros héroes olímpicos

El relámpago humano (Usain Bolt y sus récords sobrehumanos)

El ama de casa voladora (la heroína del atletismo mundial)

Frank Shorter (el hombre que hizo que el mundo corriese)

Vitaly Scherbo (alcohol, extorsión, secuestros, enfermedad y gloria olímpica)

La princesa de los pies descalzos (Guerra Fría, racismo y envidias en Los Ángeles 84)

Un camino iluminado por un gran relámpago (vida y obra de Jim Thorpe)

Black Power (John Carlos y Tommie Smith alzando el puño en México 68)

El rey de la milla (como El Guerrouj se citó con Alá para lograr el oro olímpico)

Tokio 64 (los JJ.OO de Geesink y Kaminaga en dos artículos)

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Tokio 64. Los Juegos Olímpicos de la ciencia ficción (2ª parte)

Los Juegos de Tokio de 1964 se recuerdan por ser los primeros emitidos en color y por las retransmisiones vía satélite por todo el mundo. Al menos por el mundo que sabía lo que era una transmisión televisiva. Fueron conocidos como los Juegos de la ciencia ficción en una época donde nada parecía imposible y el ser humano se disponía a asaltar el espacio. Quizás el recuerdo más vivido de aquellos Juegos sean las líneas futuristas del ‘Nippon Budokan’, donde por primera vez en la historia olímpica se celebraría la competición del judo, deporte nacional japonés.

Fueron también los Juegos de la descolonización. Hasta diez países de nueva aparición desfilaron por tierras japonesas y las banderas de naciones como Senegal, Níger o Malí fueron reconocidas en los cinco continentes. Fueron también los primeros Juegos en los que se vetó la presencia de Sudáfrica por culpa del régimen del ‘apartheid’. No sería hasta Barcelona 92, ya con Mandela en libertad, cuando los sudafricanos volviesen a tener representantes olímpicos.

Y aunque no lo parezca hubo deporte, mucho deporte. Fueron los Juegos de Don Schollander y de Larissa Latinina. El estadounidense se convirtió en el primer nadador en lograr cuatro medallas de oro en los mismos Juegos Olímpicos. La ucraniana (entonces soviética) sumó dos nuevas medallas en gimnasia haciendo el total de 18 en tres ediciones diferentes. Es la mujer más laureada de la historia olímpica (nueve oros, cinco platas y cuatro bronces) y su elegancia y su técnica la convertirían en el referente para las gimnastas que más allá del Telón de Acero dominaron esta disciplina durante décadas.

Las Mujeres del Olimpo: Larissa Latynina
Latinina. La reina de la gimnasia

Fue también la primera vez del voleibol. Inventado en Estados Unidos como un deporte veraniego, como todo lo que venía de Estados Unidos (otra sorpresa) fue aceptado con entusiasmo por los japoneses. La selección femenina, liderada por Masae Kanai, derrotó en la final a la selección soviética que llevaba una década sin perder un encuentro. Miles de personas se agolparon en los escaparates de los comercios para animar a aquel equipo que cautivó a los nipones. Compaginaban sus entrenamientos de 10 horas diarias con sus trabajos o sus estudios.

También destacó la actuación de Osamu Watanabe en lucha libre, que fue oro tras una trayectoria impoluta en la que acumuló triunfo tras triunfo. Takehide Nakatani también hizo historia convirtiéndose en el primer ganador de una presea dorada en judo en unos Juegos Olímpicos. Aquellos que siguieron los Juegos también recordarán al maratoniano Abebe Bikila que revalidó la medalla de oro de Roma 1960, esta vez con zapatillas, o al americano Billy Mills, que, a pesar de que no le gustaba correr, consiguió la primera y hasta la fecha única presea de Estados Unidos en 10.000 metros en unos Juegos Olímpicos. La historia de Mills es fascinante porque era un sioux que experimentó con el suicidio tras quedar huérfano y ser enviado a una reserva india. Diabético desde niño y discriminado durante su infancia, llegó a convertirse en un portento físico que acabó descollando en campeón olímpico.

Fueron también los Juegos de Ann Packer, primera británica en ganar un oro en los 800 metros y de Bob Hayes que firmó un 8’60’’ en su relevo del 4×100, una marca estratosférica que ni Usain Bolt logró alcanzar. Y fueron los Juegos de Tamara e Irina Press, dos hermanas soviéticas que fueron campeonas olímpicas en Japón. Tamara lo fue en lanzamiento de peso y de disco e Irina en pentatlón.

Sobre la actuación española poco que contar. A Japón viajaron 53 deportistas y no se logró medalla alguna. Uno de esos olímpicos fue Valentín Lorén, un chico zaragozano olímpico en boxeo en la categoría de peso pluma. En su segundo combate fue derrotado por un chino que respondía al nombre de Hen-Huang por doble amonestación. Ni corto ni perezoso, a Valentín le pareció tal injusticia la descalificación que le pegó un derechazo al árbitro del combate propinándolo un sonoro K.O. Lorén fue expulsado de la Villa Olímpica y vetado de perpetuidad en cualquier competición internacional.

— DICK ROTH —

Pero la historia más emotiva de los Juegos fue la protagonizada por Dick Roth. Era este un nadador estadounidense de rasgos marcados y amplia espalda que con 17 años iba a intentar subirse al cajón en los 400 metros estilos. Tras la ceremonia de inauguración Roth se encaminó a la Villa Olímpica para descansar, ya que al día siguiente tendría lugar la ronda clasificatoria de los 400 estilos.

Poco antes de acostarse comenzó a experimentar un fuerte dolor en el estómago. Arqueado con el malestar solicitó ayuda médica y al momento fue enviado al Hospital Militar de Estados Unidos, el cual estaba a una hora de distancia de la Villa Olímpica. Allí le fue diagnosticada una apendicitis aguda y el médico le instó a que se operarse inmediatamente.

Viendo que su sueño olímpico se desvanecía, Roth se negaba en ser operado. Al ser menor de edad hubo que localizar a sus padres. La suerte es que ambos estaban  instalados en un hotel de Tokio ya que se habían desplazado a Japón para animar a su hijo y de paso para disfrutar de sus primeras vacaciones en 20 años. Los padres, asustados, no dudaron en mandar a Dick operarse, pero el chico se mantenía en sus trece. Hubo de llorar y suplicar en una mezcla de dolor y desesperación para que sus padres le permitiesen evitar la operación.

Dick había salvado el primer escollo, pero su participación en la final de los 400 metros seguía siendo una utopía. Le suministraron analgésicos en tropel, pero el dolor seguía presente. Sin pegar ojo se presentó en la piscina olímpica para disputar las semifinales. En el hospital contaban con él al terminar ya que nadie esperaba que lograse clasificarse. Roth sacó fuerzas sabe dios de donde y logró clasificarse con el último tiempo para la final. Su marca empeoró en 15 segundos su mejor registro. Pero había sido suficiente.

Lo primero, pero no lo más difícil, estaba conseguido. Ahora tendría que aguantar 48 horas más el dolor para poder competir en la final. Los médicos le exigieron que estuviese en cama esos dos días y que no entrenase bajo ningún concepto. Además, un par de veces al día le hacían análisis de sangre y los calmantes seguían formando parte de su dieta diaria. Roth se propuso aguantar un par de días más antes de la gran final.

La fuerza mental tendría que ser mayor que el dolor físico si Roth pretendía conseguir una medalla. Antes de la inflamación del apéndice los pronósticos le daban la medalla de bronce por detrás de su compatriota Roy Saari y del alemán Gerhard Hetz. Ahora nadie contaba con que superase la última plaza entre los finalistas.

Roth comenzó a ritmo lento, manteniéndose heroicamente en torno al tercer y cuarto puesto en las vueltas a la piscina con estilo mariposa y con espalda. Después aumentó la velocidad en la tercera posta, cuando toca el estilo braza. La sorpresa vino en la última vuelta cuando en el estilo libre Roth imprimió un ritmo brutal que le llevó a la victoria marcando un tiempo de 4:45’4’’ logrando la medalla de oro y batiendo el récord mundial vigente.

The Pain and Joy of Pain: Dick Roth and the Gold that Almost Wasn't – The  Olympians
Oro y quirófano en el mismo día

Roth salió de la piscina, alzó los brazos y se hizo las fotos de rigor con la bandera estadounidense. Abrazó a su entrenador, saludó a sus compañeros y besó a sus padres. Después esperó pacientemente a la ceremonia de entrega de las medallas. Escuchó con mano en el pecho ‘The Star-Spangled Banner’ y agachó la cabeza para recibir su galardón en forma de esfera dorada.

Dos horas más tarde a Dick Roth le extirpaban el apéndice en quirófano. El apéndice ya no estaba inflamado. Ahora estaba roto. Roth tardaría una semana en volver a casa.

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Tokio 64. Los Juegos Olímpicos de la ciencia ficción (1ª parte)

En la mañana del 2 de septiembre de 1945 varios representantes del Imperio Japonés accedían al USS Missouri, un portaviones anclado en la bahía de Tokio. Allí les esperaba el Comandante Supremo Aliado Douglas McArthur para firmar la rendición incondicional y poner fin a la II Guerra Mundial. El emperador japonés dejaba de ser un dios. Quedaba prohibido ondear la bandera nipona durante el siguiente trienio. Se establecía una constitución diseñada a imagen y semejanza de la estadounidense. Japón tuvo que renunciar a su ejército y fue obligado a formar parte del libre comercio para mercadear con Estados Unidos. 350.000 soldados norteamericanos ocuparían durante una década un país desolado y arrasado, con más de dos millones de muertos a sus espaldas, con decenas de miles de personas sin hogar, con una reducción del 44 % del PIB y con seis millones de refugiados. Moralmente destrozados, los japoneses fueron catalogados, con justicia, como culpables de provocar una guerra en la que acabarían siendo arrasados inhumanamente por dos bombas nucleares.

Menos de 14 años después, exactamente el 26 de mayo de 1959, el Comité Olímpico Internacional (COI) seleccionaba a Tokio por delante de Detroit, Viena y Bruselas como ciudad organizadora de los Juegos Olímpicos de 1964.

¿Cómo narices fue posible?

Toda la disciplina japonesa y el poder de una industria bélica que llevó a un país diminuto y sin recursos naturales a desafiar a Estados Unidos y al Imperio Británico, fue reorganizada para el bien del país. La Guerra de Corea (1950-1953) permitió que Japón volviese a fabricar armas o misiles y, también, a reconstruir bases navales, en este caso, a beneficio de Estados Unidos. A finales de los 50 Japón pasó de depender comercialmente de los norteamericanos a invadirlos con productos mejorados y más económicos. Y había una cosa más. Llegada la década de los 60 más de la mitad de la población de Japón – y también de Alemania, la otra potencia agresora – comprendía de los 15 hasta los 50 años. El llamado milagro japonés hizo que en 1964, cuando los Juegos tuvieron lugar, Japón superase puntualmente a Estados Unidos en PIB mundial y se asentase plácidamente en una segunda plaza que tan sólo Alemania Federal osaba disputar.

Pero días antes de que los Juegos se iniciasen el mundo no tenía ni idea de lo que ocurría en Japón. A excepción de la gente de negocios estadounidense y de algún que otro académico europeo nadie sabía nada acerca de los nipones. Era un pequeño país asiático extraño y con un pasado terrible y belicoso. Muy pocos podían esperar la sorpresa con la que Japón obsequió al mundo.

Los Juegos de la ciencia ficción, como fueron bautizados por un periodista inglés, tuvieron lugar en 1964, pero en ciertas cosas fueron los últimos del siglo XX. Los primeros que anunciaron una nueva era tecnológica. Los primeros que rompieron con el mundo que existía antes de la II Guerra Mundial. Los Juegos que anunciaban una nueva era. Los Juegos que anunciaban el poder de la juventud.

El estadio olímpico no representó ninguna hazaña significativa ya que fue levantado en el Parque Meiji, en el mismo lugar donde tendría que haberlo hecho en 1940. Y es que Japón hubiese organizado los Juegos dos décadas antes si la guerra no lo hubiese evitado. El estadio es más conocido por los futboleros por ser el lugar donde se disputaba la Copa Intercontinental antes de ser derruido. Se trataba de un recinto ovalado con vistas a los rascacielos de la ciudad y con una única tribuna cubierta. Allí, más de 10.000 crisantemos, cientos de fuegos artificiales y cinco aviones, con sus estelas dibujando los aros olímpicos, dieron la bienvenida a los Juegos Olímpicos.

Si el estadio olímpico no representó ninguna hazaña, no sería este el caso del ‘Nippon Budokan’ (Estadio de artes marciales de Japón) una de las construcciones más bellas que nos ha dejado la arquitectura olímpica. Con una forma octogonal y con un techo que recuerda al monte Fuji, cuenta en sus instalaciones con su propia universidad y con una escuela de caligrafía japonesa. Es la casa del judo japonés (ahí se disputará también la competición de 2021 así como la de karate) y es un recinto casi sagrado en el que en todas sus estancias debe ondear una bandera nipona.

Los JJ.OO de Tokio 64 fueron los de la retransmisión en satélite a todo color (allá donde el color llegase). La NASA y el gobierno nipón lanzaron un satélite de comunicaciones al espacio pensado única y exclusivamente para llevar los Juegos a un tercio del planeta (básicamente al tercio que tenía aparato televisivo). Los Juegos tecnológicos aceleraron la ampliación de la línea de metro de la ciudad, así como la construcción de hoteles, parques y un sistema nuevo de alcantarillado. Fueron también los del monorraíl y los de los trenes balas que llevaban a público y atletas con precisión milimétrica a todos los puntos de la ciudad. No se conoció tren que sumase más de cinco segundos de retraso sobre su horario previsto.

Fueron los JJ.OO de las repeticiones a cámara lenta y de los micrófonos a pie de pista, que por vez primera permitieron acercar las sensaciones del deportista a todos y cada uno de los aficionados sin necesidad de la intervención del periodista. Fueron los JJ.OO de la informática, que consintió mostrar el tiempo de los atletas sobreimpresionado en pantallas que entonces eran futuristas. Se pudieron contabilizar las marcas en centésimas de segundo y se logró vincular el reloj de cuarzo a la pistola de salida en las pruebas atléticas de velocidad.

Tokio 1964 también fueron los Juegos del diseño gráfico. Se introdujeron los pictogramas que hoy son un elemento imprescindible para seguir la agenda olímpica de cada jornada. De hecho, Tokio 2020 ha llevado este legado aún más lejos al crear los primeros pictogramas deportivos cinéticos para los Juegos Paralímpicos.

Los pictogramas deportivos de las Olimpiadas desde Tokio 1964 a Río 2016 |  Creativos Online
Pictogramas Tokio 64

La combinación de modernidad y tradición resultó prodigiosa mezclando grafismos rupturistas con objetos cotidianos como el abanico o las camisetas. La simpleza y la vanguardia de los carteles oficiales recibieron infinidad de premios al combinar el blanco y el rojo presentes en la bandera japonesa con el cielo y el sol. La medalla olímpica diseñada para Japón estaría en vigencia durante casi cuatro décadas debido a su belleza y harmonía.

Una belleza y harmonía que fue otoñal, porque los Juegos se celebraron en otoño. La caravana olímpica se acercó por vez primera a Asia durante una quincena de octubre. Pero nunca otoño fue tan primaveral. Para Japón los Juegos de Tokio 1964 fueron el renacer. Como lo serían para Alemania en el 72 o para España en el 92. Pero Japón no sólo resucitó, sino que sorprendió. La antorcha fue diseñada en el entonces poco usado aluminio. Para elevarla a los altares se seleccionó a un chaval que respondía al nombre de Yoshinori Sakai, conocido como ‘el niño de Hiroshima’ por venir a este mundo el mismo día que la humanidad tocaba fondo y lanzaba la primera bomba atómica de la historia. El silencio del momento fue tan desgarrador que forma parte de la memoria colectiva japonesa.

Un Ceremonia de Apertura para los libros de historia
De Hiroshima al cielo

Tokio mostró un Japón nuevo y moderno y abrió a sus propios ciudadanos al mundo. Unos nativos que apenas un par de décadas antes consideraban a su familia real divina y que formaban (y aún forman) una de las civilizaciones más herméticas y más homogéneas étnicamente del mundo. Se compraron más de dos millones de entradas para los eventos, una cifra bestial en la época. Hubo que realizar cuatro recorridos diferentes con la antorcha olímpica ante la aclamación de las gentes del país del sol naciente hasta su llegada final a los pies del Palacio Imperial, donde fue recibida por el Emperador.

Japón proyectaba confianza, cultura y liderazgo tecnológico. Pero también éxitos deportivos. Japón logró 16 medallas de oro y quedó tercero en el medallero tan sólo por detrás de Estados Unidos y la Unión Soviética. Fueron 12 preseas doradas más que las logradas cuatro años atrás.

En 1964 Tokio fue sede de sus primeros Juegos Olímpicos. Supusieron un punto de inflexión para un país devastado y humillado apenas dos décadas antes. Desde entonces la comunidad internacional ve a Japón como un país pacifista, una potencia industrial global y un exportador de bienes tecnológicos de alta calidad. Para 2021 Japón buscará un nuevo renacimiento, esta vez de orden mundial, que de por zanjado año y medio de tristeza y que olvide para siempre la pesadilla del coronavirus. Casi 60 años después palabras como renacimiento y resiliencia vuelven a ser importantes.

Pero antes de ver y disfrutar de las hazañas de Tokio 2020 (en 2021) esperaremos a la semana que viene para hablar de las hazañas deportivas de Tokio 1964.

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La princesa de los pies descalzos (Guerra Fría, racismo y envidias en Los Ángeles 84)

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Juegos Olímpicos cancelados. De Tokio a Londres pasando por Helsinki (1940-1944)

En 1936, durante la disputa de los Juegos Olímpicos de Berlín (aquellos que tendrían que haberse celebrado en 1916) el Comité Olímpico Internacional (COI) determinó que los Juegos de la XII Olimpiada se programaran para Tokio. Hito histórico, porque por vez primera los Juegos salían de Europa y de Estados Unidos para aproximarse al Lejano Oriente.

Fue en 1932 cuando los japoneses presentaron su candidatura. Al mismo tiempo que Tokio hubo tres contendientes europeos; Roma, Helsinki y Barcelona. Los catalanes habían quedado por detrás de Berlín cuando el año anterior se había escogido a la ciudad organizadora para 1936, por lo que ahora eran los favoritos para organizar los Juegos Olímpicos de 1940. El mundo era entonces eurocéntrico, y aún no existía esa regla no escrita de rotación continental por cada edición olímpica.

La elección de Tokio fue una rotunda sorpresa. El país nipón, gobernado por un régimen castrense, comenzó los años 30 del siglo pasado ocupando militarmente Manchuria. Al avanzar la década una guerra contra China era más que evidente para la sociedad internacional. Pero la caída de Barcelona representó una oportunidad para Tokio. Apenas un par de semanas antes de la elección de la sede olímpica, la Guerra Civil española estallaba y con ella se sepultaban las aspiraciones olímpicas catalanas.

Muestra de la sorpresa nipona por la elección, y del escaso interés por la misma, es que no se construyó ningún estadio olímpico. Se embelleció y preparó el ‘Meiji Jingu’, un estadio de beisbol, y se planeó trasladar el resto de instalaciones al parque de Kinuta, hoy un área de esparcimiento protegida, que es famosa por sus cerezos y sus instalaciones golfistas.

Todo iba en orden, aunque sin demasiado entusiasmo, hasta que en julio de 1937 estalló la esperada guerra entre Japón y China. Los nipones creían que la guerra sería rápida. Además los combates se ceñían al territorio chino, por lo que aun a comienzos de 1938 los japoneses aseguraban al COI que no habría ningún problema en celebrar los Juegos Olímpicos. El COI aceptó la espera, pero cuando la delegación nipona fue a contar la buena nueva al gobierno los militares exigieron el fin de los JJ.OO para centrar todo el esfuerzo del país en la guerra. Así, en julio de 1938, los japoneses renunciaron oficialmente a su candidatura.

El COI debía buscar con rapidez un candidato alternativo. Con Barcelona y Roma en guerra (los italianos habían ocupado Albania y participaban activamente en la guerra civil española) la única ciudad disponible era Helsinki.

Los finlandeses estaban sobradamente preparados. Por entonces Finlandia era una potencia deportiva de primerísimo nivel. Y finés era Paavo Nurmi, el atleta más laureado del momento. En 1934 habían iniciado la construcción de un estadio olímpico futurista coronado con una espectacular torre de maratón con vistas sobre la ciudad que se eleva hasta los 72,71 metros de altura, exactamente la distancia a la que Matti Järvinen envió su jabalina cuando ganó la medalla de oro en Los Ángeles 1932. Para 1938 el estadio estaba listo para ser sede olímpica.

Cuadernos de Finlandia - El estadio olímpico de Helsinki
Helsinki. La torre más icónica del atletismo.

El único problema era el alojamiento. Helsinki no era una metrópoli y estaba escasa de plazas hoteleras, por lo que la organización diseñó un conjunto de apartamentos en un bosque a las afueras de la ciudad, que una vez finalizada la competición se podrían a la venta pública. Los fineses también acometieron el desafío tecnológico de retransmitir en directo a través de la radio los Juegos Olímpicos para todo el mundo (para quien tuviese receptor, lógicamente).

Pero el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadía Polonia y daba comienzo la II Guerra Mundial. A diferencia de otros conflictos bélicos, cuando un par de días después Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a los alemanes se daba por seguro que la contienda iba a ser larga y cruenta. No habría lugar para los Juegos Olímpicos. Y mucho menos cuando en noviembre de ese mismo año la Unión Soviética invadía el territorio finlandés. Si había alguna ligera esperanza de que se celebrasen los JJ.OO ahora quedaba totalmente sepultada.

Al final no hubo Juegos ni en Tokio ni en Helsinki. Los nipones tuvieron que esperar a 1964 (y a 2021 coronavirus mediante) y los fineses a 1952. Y un detalle más. La cancelación de los JJ.OO de 1940 nos privó de una de las iniciativas más audaces de relevo de la antorcha olímpica.

Fue Carl Diem el que inventó el relevo de la antorcha olímpica para Berlín 1936. La idea era encender un fuego en los restos arqueológicos de Olimpia, donde se celebraban los Juegos en la Antigüedad. Desde ahí, y a través del relevo de la antorcha por voluntarios, la llama tendría que llegar a la ciudad anfitriona, en este caso Berlín, y con esa llama encender el pebetero instalado en el estadio olímpico.

Para 1940 la llama tendría que viajar de Olimpia a Tokio recorriendo 10.000 kilómetros y pasando por infinidad de países donde ni siquiera se intuía que era eso del espíritu olímpico. La primera idea era llevar la llama por medio de jinetes a través de la Ruta de la Seda, pero fue descartada por su peligrosidad. La segunda propuesta vino de Alemania. Consistía en llevar la llama en un Messserschmitt 261, el primer avión del mundo capaz de superar los 10.000 kilómetros sin repostar. La idea era magnífica, pero desvirtuaba el espíritu de confraternización. Al final los nipones aceptaron la sugerencia alemana, pero exigieron que se hiciese a través de un Mitsubishi fabricado en Japón. Como no tenía tanto alcance como el aeroplano alemán, el Mitsubishi tendría que aterrizar en algún punto del sur de Asia para luego la llama subirse a un barco de guerra japonés y alcanzar Tokio.

Los finlandeses lo tuvieron más fácil. Su idea era repetir ‘grosso modo’ el recorrido de Berlín en 1936, para luego atravesar el estrecho que separa Dinamarca y Escandinavia a través de un bote de remos. Al final habría que esperar a Londres 1948 para ver por primera vez la llama olímpica en el mar. Pero curiosamente fue en Helsinki, pero en 1952, cuando la llama viajaría por vez primera en el aire. Salió de Olimpia en un vuelo que haría escala en Munich y Düsseldorf antes de aterrizar en la ciudad danesa de Aalborg, para seguir por mar y tierra su viaje final a la capital finlandesa.

—LONDRES 1944—

En junio de 1939 los gerifaltes del COI se reunieron en Lausana para decidir cuál sería la ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos de 1944. En junio de 1939 Helsinki preparaba con celeridad la Olimpiada de 1940. En junio de 1939 el mundo aún estaba en paz. Se presentaron Londres, Roma, Lausana, Atenas, Budapest, Montreal, Detroit….y Helsinki. Los ingleses ganaron por abrumadora mayoría en la primera votación superando a Roma y se dispusieron a preparar los Juegos de la XIII Olimpiada.

Y ya está. No hay mucho más que contar. Ese verano el gobierno británico, viendo que la guerra era inevitable, decidió aumentar más del 50% su gasto militar, incremento que sería mucho más acusado cuando en septiembre la II Guerra Mundial daba comienzo.

Si en 1940 la guerra aún escapaba a algún lugar del globo terráqueo, en 1944, ya fuese directa o indirectamente, era total.

1944 era el año en el que el COI celebraba su quincuagésimo aniversario. Y a pesar de que Europa estaba arrasada por la guerra, Carl Diem organizó en la neutral Lausana diferentes actos de celebraciones a pesar de la ausencia de los Juegos Olímpicos. Hubo izada de la bandera de los cinco aros, un canto a la paz y a la harmonía del deporte y unos cuantos discursos. Pero no hubo competiciones.

Londres buscó de nuevo la oportunidad tras el cese de las hostilidades y el retorno de la paz. En mayo de 1946, apenas ocho meses después del fin de la II Guerra Mundial, los miembros del COI votaron por correo y dieron de forma unánime los JJ.OO a Londres, en este caso para el verano de 1948. A pesar de que la suiza Lausana y las estadounidenses Baltimore, Minneapolis, Los Ángeles y Philadelphia presentaron candidatura, el COI decidió premiar el esfuerzo inglés, aún a sabiendas de que Londres no estaba en condiciones de organizar unos Juegos Olímpicos.

Londres 1948 pasaría a la historia como ‘Los Juegos de la Austeridad’. Los ingleses decidieron no invertir en nuevas instalaciones. Al estadio de Wembley se le añadió una pista de atletismo, se aprovechó el Támesis para las pruebas náuticas y los atletas durmieron en los barracones militares levantados durante la II Guerra Mundial. La escasez de alojamiento, comida y equipamiento no iba a impedir recuperar el espíritu olímpico.

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