canadá

Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

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Stanley Cup 1987

Desde 1971 no se llegaba al séptimo partido en las finales de la National Hockey League (NHL). En juego la Copa Stanley. El voluminoso trofeo lleva el nombre de Lord Stanley, Gobernador general de Canadá, quien donó la copa en 1892 para el campeón de la liga profesional de hockey sobre hielo de Estados Unidos y Canadá. Hoy equipos tan veraniegos como los Florida Panthers ganan la NHL, pero antes, cuando el deporte era deporte, la cosa era canadiense. Los Montreal Canadiens cuentan con 24 títulos y son los mandamases históricos de la competición. En la década de 1980 el tema estaba entre ellos, entre los también canadienses Edmonton Oilers y Calgary Flames y entre los estadounidenses New York Islanders y Philadelphia Flyers.

Decía que había séptimo partido. Seven game. Las dos palabras más bonitas del deporte norteamericano. Es 1987. El primer finalista proviene de Canadá. Es el gran favorito. Son los Edmonton Oilers. Son los dioses del hielo. Habían sido campeones en 1984 y 1985. Cuentan con Wayne Gretzky, considerado el mejor de todos los tiempos. Gretzky es un ajedrecista que juega al hockey. No cuenta con fuerza, ni tiene potencia, pero si un conocimiento del juego que le permite ver el pase antes que los demás. Es un prodigio desde la niñez, ya que con poco más de dos años ya patinaba cuatro horas al día.

Al mítico número ‘99’ lo acompañaba un equipo que se define a sí mismo como hermandad. Deportistas desconocidos para el profano y mitos para los seguidores de la NHL. Son Jari Kurri, Paul Coffey, el anotador Glenn Anderson y el portero Grant Fuhr, de fuerte personalidad y que daba el tono emocional al equipo. Como acompañante predilecto del gran Gretzky está Mark Messier, una bestia robusta y agresiva que cubría las espaldas del ‘99’.

El año anterior habían caído en las Finales de Conferencia ante Calgary por un autogol de Steve Smith, un habitual suplente. Se habían confiado. Se sabían los mejores. Para la temporada 1986/87 se habían conjurado para lograr el triunfo.

Gretzky con la Stanley Cup del 85

El rival en la final son los Philadelphia Flyers. Son una sorpresa. Habían perdido la final de 1985 ante los Oilers por un claro 4-1 y nadie contaba con verlos llegar nuevamente al momento decisivo. De hecho, necesitaron un séptimo choque para eliminar a los Islanders y poder acceder a la final. Se contaba con una victoria fácil de los Oilers y el 4-0 era el resultado más votado en las casas de apuestas.

En los dos primeros partidos los Oilers ganaron en casa con relativa suficiencia. En el tercer choque los canadienses lograron ponerse con un 0-3 a favor que virtualmente los hacía campeones. Los Oilers volaban. Triangulaban pases a velocidad de vértigo y su preciosismo era un imán para las cámaras. Los Flyers no estaban en lo alto de la montaña, sino al fondo del valle. Entendieron que había que bajar el ritmo e ir a degüello. Tocaron a rebato y con el apoyo de 19.000 almas enfervorizadas dieron la vuelta al choque a base de pundonor y malas artes para ganar por 5-3 el partido. Todo volvió a su cauce en el cuarto con victoria de los Oilers (3-1 en el parcial) que los dejaba con pie y medio como campeones.

La eliminatoria vuelve entonces a Edmonton, en donde una victoria local da la Stanley Cup. Se habla de desfile de la victoria. Al poco de finalizar los canadienses ganan 3-1 a los estadounidenses. Ocurre que los de Philadelphia vuelven a remontar, acaban venciendo por 3-4 y suman su segundo triunfo en la eliminatoria. Hubo que volver a Philadelphia para el sexto encuentro, en donde a falta de 86 segundos para el final el marcador es de 2-2. Entonces el local JJ Daigneault metió el disco en la portería derecha de los Oilers para dar la victoria a Philadelphia y lograr el 3-3 en la eliminatoria. El gol de Daigneault hizo temblar al Spectrum, el pabellón de Philadelphia, y aun hoy, cuarenta años después, sigue siendo el mayor registro de decibelios jamás registrado en un rectángulo de juego.

Oilers vs Flyers

Nos vamos así al séptimo partido. El primero en 17 años de finales. Las dos palabras más bonitas del deporte. Séptimo partido. Seven game. Si no sabes lo que eso significa es que estás muerto o estás en coma.

Los Oilers juegan el séptimo en casa. Pero tienen miedo. Mucho miedo. Recuerdan el fracaso del año anterior. Jugaban el séptimo de las Finales de Conferencia en casa. Y perdieron. Por un gol en propia puerta, pero, realmente, por un ejercicio de prepotencia y superioridad. Dominaban el choque y en vez de ir a por el rival dejaron pasar el tiempo hasta que cometieron un error fatal en un pase que acabó en una derrota que fueron incapaces de levantar.

Así pues, en Edmonton hay miedo. Mucho miedo. Y habrá más cuando Philadelphia se ponga por delante (0-1) en el primer periodo. Era la primera vez en toda la eliminatoria que Philadelphia anotaba un tanto en la primera de las tres partes con las que cuenta un partido de hockey. Por tanto, era la primera vez que los Oilers comenzaban un encuentro en desventaja.

Los Oilers responden. No lo harán con preciosismo. Lo harán con fuerza. Acusados de perder el quinto y el sexto partido por jugar como nenazas (expresiones de otros tiempos), apuestan por la lucha física y por enormes mensajes de fuerza. Aquello acaba como el rosario de la aurora y con dos jugadores excluidos temporalmente del partido. Comprenden entonces que deben jugar como saben y al poco de finalizar el primer periodo una pared entre Gretzky y Messier acaba con gol de este último (1-1).

Para el segundo período los Oilers son un vendaval. Una perfecta combinación de tamaño, velocidad, técnica y conocimientos. Son una sinfonía en movimiento. Y aun así no logran ponerse por delante. Una y otra vez disparan a puerta y una y otra vez todo acaba en nada.

La culpa la tiene un tal Ron Hexall.

Volvamos a 1985. Los Philadelphia Flyers son un equipo durísimo, ultradefensivo y el más odiado en toda la liga. Son también el equipo más joven. Pierden la final ante los Oilers. No obstante, su futuro es prometedor. El tótem del equipo es el sueco Pelle Lindbergh, el mejor portero del campeonato. La posición de guardameta es la más importante en el hockey, no solo por su impacto en el juego, sino por su impacto mental. Lindbergh lo tiene todo. Es el alma del equipo y es el último en su extirpe en jugar sin una máscara de fibra de video para proteger su cara de los impactos. El caso es que, tras el subcampeonato de 1985, Lindbergh tiene un accidente de coche por culpa de un exceso de alcohol en sangre y fallecerá a causa de muerte cerebral. Llegó a estar vivo gracias a la respiración artificial durante unos meses antes de dejar este mundo provocando un vacío inmenso en el vestuario y en la afición de los Flyers.

Fue entonces cuando accede a la portería de los Flyers un novato de 22 años llamado Ron Hexall. No era el mejor y no fue bien recibido, pero decidió recoger el legado de Lindbergh y unir en la desgracia a ese equipo. Hexall era un camorrista, un tipo que no se callaba nunca y que siempre buscaba pelea. Y era un excelente portero. Quizás no era el que tenía más reflejos, pero sí que era el que realizaba las salidas más arriesgadas y no rehusaba nunca la pelea. Pronto se convirtió en el favorito y pronto consiguió que Philadelphia renovase la ilusión.

Hexall ya había sido el héroe en la agónica victoria en el sexto encuentro, pero lo que iba a realizar en el séptimo superó todo lo conocido. Firmó un total de 40 paradas, cifra groseramente elevada. La intensidad del encuentro era tal que se podía tocar. Los dos equipos eran mejores que en el 85. Mucho mejores. Cada uno en la faceta del juego que dominaban. Uno en ataque y otro en defensa.

Sin embargo, el nivel de precisión y la velocidad de los Oilers se estaba haciendo inabarcable. Philadelphia le ponía pasión y trataba de bajar revoluciones a base de peleas y empujones, pero aquello tenía que partir en algún momento. El toma y daca acabaría con el 2-1 para los Oilers cuando el segundo período languidecía.

El tercer periodo fue una sinfonía de los Oilers coronada por una retahíla de paradas milagrosas de Hexall. Los que entienden de hockey dicen que fue el mejor periodo del mejor partido de la mejor final de la historia de la NHL. Hexall devolvía todos los golpes, sangre incluida, como cucaracha que se revuelve en mesa de domingo. A 2:35 del final llegó el 3-1 definitivo y el titulo se quedaba en Edmonton (4-3 en el global).

Gretzky vs Hexall (seven game)

En palabras de los protagonistas fue una final devastadora, tanto en lo físico como en lo mental. Los Edmonton Oilers repetirían título la siguiente temporada. Entre 1984 y 1990 consiguieron cinco trofeos en cinco finales disputadas. Cuentan con el mejor promedio goleador en la historia de la NHL y para los entendidos es el mejor equipo que ha existido en el hockey sobre hielo.

Los Flyers volvieron a Philadelphia y fueron recibidos como héroes. Ron Hexall lo hizo con el trofeo de MVP (Most Valuable Player) bajo el brazo. Uno de los contadísimos casos en los que se le da el premio al mejor jugador de una final a alguien que no se ha proclamado campeón. Nunca ganó un título con los Flyers, pero Hexall sigue siendo el jugador con más partidos disputados y el más querido en Philadelphia.

El tiempo pasa, pero los recuerdos permanecen.

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