países bajos

Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

Leer más

¿Favoritos o sorpresas? ¿Qué países ganaron el Mundial cumpliendo con los pronósticos?

En el momento en el que estas líneas salen a la luz se están a dirimir las últimas plazas mundialistas. Ayer, en Bérgamo, Italia derrotó a Irlanda del Norte en el primero de los dos partidos de repesca necesarios para acudir al Mundial. La tetracampeona del mundo lleva dos citas (2018 y 2022) sin acudir a la fiesta grande del fútbol. De no hacerlo por tercera vez consecutiva sería la vez primera que un campeón mundial se ausenta ¡12! años (que serían ¡16! en el 2030) del torneo de referencia. Sería una catástrofe para Italia con el agravante de que para esta edición se ha ampliado a 48 el número de participantes.

A quien no le ha hecho falta jugar repesca es a España. Desde 1978 no ha faltado a la cita del fútbol universal. En el caso de Argentina la racha hubo de comenzar en 1974 y ya supera el medio siglo de éxito. Con todo, tal día como hoy, 27 de marzo de 2026, se iba a disputar un partido entre España y Argentina en Qatar. Se le dio en llamar Finalísima como un enfrentamiento intercontinental entre los vigentes campeones de América y de Europa. El estallido de la Guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán y la negativa de los argentinos de disputar el partido en territorio europeo, al ser imposible de celebrar en Qatar, ha hecho cancelar el encuentro. Lo cierto es que, millones al margen, había ciertos recelos para un enfrentamiento entre las máximas favoritas a menos de cien días para que empiece el Mundial. ¿Quién sería capaz de levantarse de una dura derrota a tres meses de desafiarse en una hipotética final? En este momento es España (6 euros por euro jugado) el preferido en las casas de apuestas seguida por Argentina y Francia (8 euros por euro apostado). Una victoria o una derrota en la Finalísima hubiese significado el fortalecimiento de uno y un jarro de agua fría para el perdedor.

Finalísima cancelada

Hay constancia de que en la Antigua Grecia ya se hacían apuestas deportivas en los Juegos Olímpicos. Los romanos lanzaron un órdago sobre el asunto y apostaban por todo. Desde carreras de cuadrigas a muertos en la arena. Las apuestas eran un negocio en sí mismo. No obstante, hay que esperar a finales del siglo XVIII para que la costumbre se vuelva a retomar en Gran Bretaña alrededor de las carreras de caballos y de galgos.

En 1923, Littlewoods estableció su base en Liverpool, y se convirtió en la primera casa de apuestas en permitir pronósticos combinados. Menos de una década después nacía William Hill, la casa de apuestas más popular del mundo que gestó su imperio de forma semiilegal al no blindar por ley las apuestas de bajo importe lo que, al mismo tiempo, permitía que todo tipo de público accediese al mundo del juego. En la actualidad se estima que el mercado mundial de apuestas deportivas supera los 150.000 millones de dólares anuales de los cuales un 70% se realiza de forma online. El fútbol es el deporte que más dinero mueve en este mercado. Se estima que 1/6 parte de esos 150.000 millones provienen del fútbol. El beisbol es el segundo deporte más demandado por los apostantes.

Así que cuando se celebró en 1930 el primer Mundial de fútbol de la historia había favoritos y aspirantes. Había apuestas dobles y sencillas, algún afortunado y muchos fracasados. Cojamos la máquina del tiempo y analicemos las apuestas deportivas del pasado. ¿Quién o quiénes eran los favoritos para ganar el Mundial de 1930, el de 1954 o el de 1998? ¿Se cumplieron los pronósticos? ¿Hubo sorpresas? Comprobaremos que campeones que hoy nos parecen obvios no lo eran entonces y también reafirmaremos que hay casos donde el favorito no deja lugar alguno a la sorpresa. Para ello bucearemos en la base de datos de William Hill y veremos cual ha sido la tasa de éxito.

URUGUAY 1930

Favorito: Uruguay. Uruguay había ganado con suficiencia la competición de fútbol en los dos anteriores Juegos Olímpicos. Tal éxito hizo que la FIFA crease el Mundial de fútbol cada cuatro años (siempre alternos con las Olimpiadas) y otorgó a los charrúas la organización como muestra de respeto. Hubo desbandada europea. Y algo más. Inglaterra no aceptaría jugar un Mundial hasta 1950 en una muestra de soberbia y suficiencia. Sólo Argentina, vigente vencedor de la Copa América, parecía poder hacer frente a los uruguayos.

Campeón: Uruguay. Argentinos y uruguayos arrasaron como era de esperar. Ambos ganaron sus respectivas semifinales por 6-1. En la final se jugaría media parte con un balón propiedad de la federación uruguaya y la otra con un esférico propiedad argentina. La primera mitad, con pelota argentina, se la anotarían los visitantes por 1-2. En el segundo periodo, con balón charrúa, Uruguay anotaba tres tantos para vencer por 4-2, hacer buenos los pronósticos y convertirse en el primer país campeón mundial.

Veredicto: Acierto.

Uruguay 30

ITALIA 1934

Favorito: Austria. Los uruguayos decidieron aplicar la ley de talión. El boicot de cuatro años atrás se repetía ahora a la inversa. Sin Uruguay, la indiscutible favorita era Austria. El Wunderteam (equipo maravilla) sumaba 14 partidos invicto con sonoras goleadas a Escocia (5-0), Alemania (5-0) o Hungría (8-2) por el camino. Dirigidos por Hugo Meisl y liderados en el campo por Matthias Sindelar, conocido como Mozart del fútbol, nadie dudaba de la victoria austriaca. Su juego de movilidad posicional en el que Sindelar abandonaba su puesto de delantero centro para organizar el juego desde el centro del campo era algo tan poco frecuente como indefendible.

Campeón: Italia. Benito Mussolini puso todo su empeño para que el Mundial fuese perfecto. Construyó estadios, arregló carreteras, agasajó a periodistas extranjeros, metió a disidentes en la cárcel y nacionalizó a varios futbolistas argentinos (alguno de ellos subcampeones mundiales) buscándoles padres y abuelos italianos. Con todo, su influencia fue más notoria en dos aspectos; motivar a los integrantes de la selección italiana diciéndoles que la victoria era cuestión de vida o muerte (literalmente) y pagando bajo cuerda a los árbitros para obtener un beneficio arbitral. Así logró Italia superar a España en cuartos de final tras un partido tan escandaloso que la FIFA decidió prohibir arbitrar de por vida al suizo que se prestó a dirigir aquel choque. En semifinales Italia jugó contra Austria. Los transalpinos anotaron tras falta no señalada al poco de iniciar, pero en los siguientes 80 minutos de partido el trencilla no tuvo culpa de la derrota austriaca. Italia demostró que no tenía la calidad en las piernas de su adversario, pero si una solidaridad y una fortaleza colectiva que se convertirá en su seña de identidad perpetua. Austria perdería también en el partido por el tercer puesto e Italia se proclamará campeón al vencer en la final a Checoslovaquia por 2-1.

Veredicto: Error.

Italia: Vencer o morir

FRANCIA 1938

Favorito: Italia y Austria. Las casas de apuestas daban favorita a Austria. Aunque envejecido, el Wunderteam seguía siendo formidable. Ocurrió que con el sorteo del Mundial ya celebrado, las tropas alemanas ocuparon territorio austriaco y lo anexionaron al III Reich por orden de Adolf Hitler. El partido de octavos de final que debía celebrarse en Lyon entre Suecia y Austria jamás tendría lugar. Se les ofreció a los austriacos ingresar en las filas de la selección alemana pero la mayoría de ellos declinó la invitación, incluido un Matthias Sindelar que aparecerá muerto en su apartamento meses después en circunstancias nunca aclaradas. Sin Austria el favorito indiscutible era Italia, vigente campeón mundial y olímpico, escuadra que ya no contaba con nacionalizados en su once ideal. Había ganado en automatismos y jugaba un fútbol más alegre.

Campeón: Italia. En un ambiente hostil (una Francia gobernada por el Frente Popular) y sin ninguna ayuda arbitral por el camino, Italia se reconcilió con el planeta fútbol y se convirtió en bicampeón mundial. Liderados por el fantástico Giuseppe Meazza vencieron a Noruega y aplastaron a Francia antes de enfrentarse a Brasil en semifinales, en la que fue la final anticipada. Meazza contra Leónidas. Un duelo en el que vencieron con autoridad los europeos quienes acabarían siendo despedidos por aplausos por un público que hora y media antes los había recibido con una sonora pitada. En la final Italia venció por 4-2 a Hungría, los cuales se habían beneficiado de no tener a Austria por su lado del cuadro.

Veredicto: Acierto.

Giuseppe Meazza

BRASIL 1950

Favorito: Brasil. El año anterior los brasileños habían ganado la Copa América anotando en un año natural 48 goles a favor por tan sólo 7 en contra. Contaban con Zizinho y Ademir y habían construido un descomunal estadio en el que entraban unas 150.000 almas que era conocido como Maracaná. Jugaban en casa y eran archifavoritos. Italia había perdido a 10 de sus 11 titulares en la tragedia aérea de Superga del año anterior e Inglaterra era una incógnita dispuesta a participar en su primer Mundial.

Campeón: Uruguay. La FIFA tuvo la estúpida idea (nunca jamás repetida y esperemos que nunca jamás rescatada) de sustituir la final por una liguilla semifinal de cuatro equipos en formato todos contra todos. A esa liguilla llegaron Suecia, Uruguay, España y Brasil. Inglaterra había caído humillada ante Estados Unidos e Italia no tenía ni fútbol ni moral. Brasil venció a Suecia (7-1) y luego a España (6-1). Uruguay sufrió ante Suecia (3-2) y empató ante España (2-2). A Brasil le valía el empate, aunque se contaba con ganar. En siete de los últimos nueve enfrentamientos entre Brasil y Uruguay los brasileños habían resultado vencedores. Jules Rimet, presidente de la FIFA, tenía en el bolsillo de su chaqueta escrito el discurso que tendría que dar en la fiesta posterior preparada para Brasil, el más que seguro ganador. No fue así. Brasil se adelantó, pero Uruguay remontó con goles de Schiaffino y Ghiggia. “Sólo Sinatra, el Papa y yo hemos conseguido silenciar Maracaná”, diría años más tarde Alcides Ghiggia. Fue la sorpresa del siglo. Si por entonces se pudiesen hacer apuestas minuto a minuto algún valiente se habría hecho de oro apostando por Uruguay cuando caía por 1-0 mediada la segunda parte.

Veredicto: Error.

Gol de Ghiggia: Maracanazo

SUIZA 1954

Favorito: Hungría. Si el Wunderteam era favorito en 1934 que decir del Aranycsapat (Equipo de oro) húngaro en 1954. Nunca ha habido tan claro favorito en un Mundial como en la edición de 1954. Hungría sumaba 32 partidos consecutivos sin perder, había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1952 y había asombrado a medio mundo al vencer por 3-6 en Wembley para luego machacar por 7-1 a Inglaterra en Budapest. Kocsis, Hidegkuti, Czibor y Ferenc Puskás representaban una revolución futbolística. El fútbol total antes del fútbol total. Movimiento continuo con y sin balón. Tan sólo Uruguay, vigente campeón, rivalizaba con los húngaros. No se consideraba a nadie más por el título.

Campeón: Alemania. Uruguay y Hungría se enfrentaron en semifinales. Fue catalogado como el mejor partido en los primeros 25 años de Mundiales. Vencieron los húngaros por 4-2 con dos tantos de Kocsis en la prórroga. Para llegar a ese momento Hungría había vencido a Brasil (4-2), Corea del Sur (9-0) y Alemania (8-3). En aquel partido de la primera fase los germanos habían jugado con suplentes sabedores de que iban a perder de cualquier manera. Los alemanes habían vencido a Austria en semifinales (por entonces una sorpresa) y se presentaban como víctimas en la final. Hungría se adelantó por 2-0 a los ocho minutos bajo un manto de lluvia. Ocurre que los alemanes estrenaban unas botas de tacos extraíbles inventadas por Adidas que se adaptaban a los campos encharcados. Los alemanes danzaban y los húngaros resbalaban. Del 2-0 se pasó al 2-3 con un tanto de Helmut Rahn a falta de seis minutos para el final. Puskás, que jugó todo el partido visiblemente cojo por un esguince de tobillo, empataría con el tiempo cumplido. El gol sería anulado por fuera de juego. Hungría nunca más volverá a estar en condiciones de jugar una final y Alemania recuperará el orgullo perdido tras la caída de la II Guerra Mundial e iniciará un idilio con los dioses del fútbol basado en la fiabilidad y la invencibilidad.

Veredicto: Error.

El milagro alemán

SUECIA 1958

Favorito: Alemania. Como vigentes campeones los teutones eran los favoritos. Con todo, sus estrellas estaban envejecidas, por lo que asomaban dos aspirantes. Uno era la Unión Soviética del portero Lev Yashin. Los soviéticos afrontaban su primera participación mundialista tras décadas haciendo de menos un deporte que consideraban capitalista. Sin embargo, desde que acudieron por vez primera a los Juegos Olímpicos en 1952, habían apostado por la competición deportiva como una forma de vencer en el discurso ideológico de la Guerra Fría. El otro outsider era Yugoslavia que había arrasado en la fase clasificatoria a Italia (6-1) e Inglaterra (5-0).

Campeón: Brasil. Alemania despachó en cuartos a una Yugoslavia que decepcionó durante el torneo. En semifinales Alemania caería sorprendentemente ante los anfitriones, quienes disponían de un buen equipo comandado por Gren, Liedholm y Hamrin, todos ellos con fructíferas carreras en la Serie A italiana. Los suecos, por cierto, habían derrotado a la Unión Soviética en cuartos de final en un partido que dominaron con autoridad. El otro lado del cuadro estaba mucho más abierto. El choque entre Gales y Brasil iba camino del empate sin goles hasta que el técnico brasileño metió en el partido a Garrincha (24 años) y a Pelé (17 años), quién anotó el gol de la victoria. En semifinales, con los dos chicos en el campo ante la insistencia del vestuario y a pesar de la negativa de Feola (así se llamaba el entrenador), Brasil venció por 5-2 a Francia en una de las mayores exhibiciones de fútbol ofensivo en la casi centenaria historia del Mundial de fútbol. En la final Brasil repitió resultado ante Suecia (5-2) en la que fue la coronación de un adolescente como O Rei del fútbol. Brasil lograba su primera corona y desde esa edición en adelante, Pelé y sus sucesores siempre pasarán a estar entre los favoritos al triunfo.

Veredicto: Error.

O Rei

CHILE 1962

Favorito: Brasil. La canarinha sumaba 14 partidos seguidos con victoria cuando arribó a Santiago de Chile. Pelé era el mejor jugador del planeta a años de luz de los demás. Brasil era, pues, indiscutible favorito. La Unión Soviética, vigente campeona europea, y Yugoslavia volvían a aparecer como aspirantes.

Campeón: Brasil. Ocurrió que, en el segundo partido, un empate sin goles ante Checoslovaquia, Pelé es cazado con una brutal entrada y se marchará cojeando del campo. No volverá a jugar en lo que resta de Mundial. En su lugar emergió el suplente Amarildo (tres goles en el torneo) y, esencialmente, Garrincha. El ángel de las piernas torcidas hará un torneo descomunal, una exhibición legendaria antes de que el alcohol y las mujeres le hagan abandonar prematuramente su carrera. Garrincha bailará a Inglaterra en cuartos (3-1) y a Chile (4-2) en semifinales. Chile había eliminado sorprendentemente a la URSS en cuartos con arbitraje favorable y fallo inesperado de Yashin. Una ronda más aguantará Yugoslavia, que perderá ante Checoslovaquia en semifinales. En la final, y aunque Masopust (Balón de Oro) adelante a los europeos, Brasil remontará con facilidad para proclamarse bicampeón mundial.

Veredicto: Acierto.

Garrincha en movimiento

INGLATERRA 1966

Favorito: Brasil. No podía ser de otra manera que Pelé y Brasil repitiesen como favoritos en las casas de apuestas. O Rei tenía ganas de resarcirse del Mundial anterior. Como alternativas se tenía fe en Inglaterra, por el hecho de ser anfitriona, y de Portugal. Los lusos, con Eusebio de referente y con la base del Benfica que sumaba dos entorchados europeos y dos subcampeonatos en el lustro anterior, habían eliminado a Checoslovaquia, vigente subcampeón, en la fase clasificatoria.

Campeón: Inglaterra. A Pelé volvieron a cazarlo como animal en campo abierto. En este caso Brasil no tuvo forma de levantarse del golpe. Hungría venció a Brasil en fase de grupos, por lo que el último partido de dicha ronda era en la práctica un octavo de final entre Brasil y Portugal. Pelé marchó llorando del campo y dos años después la FIFA implantará las tarjetas para intentar frenar el juego violento tan habitual durante los años 60. El caso es que un imperial Eusebio lidera a Portugal (3-1) y elimina a los favoritos en primera ronda. Portugal camina hasta las semifinales donde, con un Wembley a rebosar, Inglaterra vence (2-1) en duelo entre Bobby Charlton y Eusebio. En el otro lado del cuadro la Alemania de Uwe Seeler y de un joven Beckenbauer despacha a la URSS en semifinales (2-1) para acceder a la final. El duelo, tan sólo 20 años después del fin de la II Guerra Mundial, es mucho más que fútbol. Ingleses y germanos empatan en los 90 minutos de juego y será en la prórroga cuando Inglaterra venza (4-2) con gol polémico de Hurst tras balón que golpea en el larguero y bota en la línea de meta. No fue gol, y no lo pareció, pero el árbitro, a instancias del linier, lo daría por bueno. Según se dice Tofik Bakhramov, el juez de línea soviético culpable del asunto, en su lecho de muerte susurró al oído de su nieto; “Stalingrado” cuando le preguntó si aquel gol concedido a los ingleses fue o no fue real. El caso es que entonces no había VAR y los ingleses festejaron el que, hasta la fecha, es su único entorchado mundial.

Veredicto: Error.

Los inventores del fútbol

MEXICO 1970

Favorito: Brasil e Inglaterra. Inglaterra contaba con un combinado incluso mejor que el que se había proclamado vencedor cuatro años antes. Italia sumaba dos años invicto tras vencer en la Eurocopa de 1968 gracias a Facchetti, Rivera, Mazzola y Riva. Alemania rebosaba talento y era clara aspirante al título. Las tres selecciones estaban muy bien valoradas, pero por encima de todos volvía a estar Brasil. Gerson, Tostao, Jairzinho, Rivelino y Pelé. Cinco ‘10’ de primerísimo nivel. La única duda era si un balón sería suficiente para todos ellos.

Campeón: Brasil. Inglaterra y Brasil coincidieron en la primera fase. El vencedor tendría un recorrido más favorable camino de la final. Fue un duelo de poder a poder que fue solventado por Brasil el día de la famosa parada de Gordon Banks a cabezazo de Pelé. En cuartos, sin Banks por una gastroenteritis, Inglaterra vencía a Alemania por 2-0 en el minuto 70 cuando Alf Ramsey decidió sustituir a Bobby Charlton para darle descanso. Los germanos forzaron la prórroga y doblegaron a los ingleses en el añadido. En semis, en el llamado partido del siglo, Italia fue quien venció a Alemania en la prórroga por 4-3 tras un empate a un tanto en los primeros 90 minutos. Brasil, pues, tuvo el camino más favorable al vencer a Perú y a Uruguay. La final no tuvo color y Brasil pasó por encima de Italia (4-1) en la que fue la última obra de arte de Pelé, quién sumaba su tercer Mundial (récord inigualado) con apenas 29 años.

Veredicto: Acierto.

Brasil del 70

ALEMANIA 1974

Favorito: Alemania. En los últimos cinco torneos los germanos encadenaban victoria, semifinales, cuartos, final y semifinales. Eran vigentes campeones de Europa y jugaban en casa. Beckenbauer, Netzer, Müller y Maier eran archifavoritos. Brasil, envejecida y sin Pelé, iniciaba un duro proceso de transición. Como alternativa en las casas de apuestas aparecía Holanda, primeriza en un Mundial y que había sufrido para lograr clasificarse. Los holandeses eran una apuesta arriesgada a pesar de sumar sonoros triunfos (9-0 a Noruega y 4-1 a Argentina) meses antes de iniciarse el Mundial.

Campeón: Alemania. La final fue la esperada. Alemania vs Holanda. El camino, no obstante, no tuvo nada de esperado. Alemania había maravillado en la Eurocopa de 1972. En 1974 Alemania era un transatlántico encallado. Pasó la primera fase sufriendo tras perder contra sus vecinos de la RDA, y luego vencieron a Suecia y a Polonia sin merecer el triunfo en ninguno de los dos partidos. Por su parte, Holanda fue una bocanada de aire fresco pocas veces antes disfrutada. El fútbol total, con diez jugadores presionando por todo el campo y alternando sus posiciones, maravilló a espectadores y a televidentes. Holanda destrozó a las naciones sudamericanas que se orgullecían de ser las garantes del espectáculo frente a la rigidez europea. Países Bajos humilló a Uruguay (2-0), Argentina (4-0) y en semifinales despachó a Brasil (2-0) en la que seguramente es la mayor diferencia de nivel que se ha visto en un partido de poder a poder en un Mundial. El resultado no refleja la impotencia de unos brasileños que acabaron desquiciados corriendo tras un balón que apenas tocaron. En la final, Cruyff se escapó de cuanto defensor tuvo y provocó un penalti que ponía a Holanda por delante antes del minuto de juego. Holanda lo tenía en la mano, pero entró en pánico. Beckenbauer y compañía pusieron a funcionar el rodillo, dieron la vuelta al encuentro y Holanda clamará para siempre que nadie se acordará del ganador y sí del vencido.

Veredicto: Acierto.

Cruyff y Beckenbauer

ARGENTINA 1978

Favorito: Alemania. Los actuales campeones del mundo volvían a ejercer de favoritos en las casas de apuestas. Era un equipo más industrial ya sin Netzer, Müller ni Beckenbauer, pero contaban con Karl-Heinz Rummenigge y ese colmillo asesino de las grandes ocasiones. Dado que nunca un país europeo había vitoreado en Mundial jugado en América también contaba en los pronósticos como aspirante Brasil, que mantenía a Rivelino y contaba con el extraordinario Zico. La que estaba a años luz en los pronósticos era Argentina que no había superado los cuartos de final de un Mundial desde 1930, llevaba dos décadas sin ganar la Copa América y no había conseguido vencer en ninguno de los cuatro amistosos disputados antes del Mundial.

Campeón: Argentina. Liderada por un central de apenas 174 centímetros llamado Daniel Passarella, los argentinos arañaron un empate ante Brasil a golpe de raza, coraje y alguna mala arte que les daba la llave para llegar a la final siempre y cuando venciesen a Perú por cuatro goles de diferencia. Con un arbitraje casero y una actitud escasamente interesada de los peruanos, la sombra del amaño por parte de la dictadura militar argentina siempre planeará sobre dicho encuentro. Cierto o no, Argentina venció a Perú (6-0) y se clasificó pasmosamente para la final. En el otro lado del cuadro, Holanda (sin Cruyff) sorprendió a Italia, mientras que Alemania caía con estrépito ante la Austria de Krankl dejando que los tulipanes repitiesen final cuando nadie contaba con ellos. En el duelo definitivo, un partido malo y lleno de nervios, se llegaría a la prórroga. Emergió entonces Mario Alberto Kempes (dos goles en la final y seis en el torneo) para darle la victoria a Argentina cuando pocos contaban con ella.

Veredicto: Error.

Argentina 78

ESPAÑA 1982

Favorito: Brasil. A España 82 acudió Brasil con un equipo que recordaba al fabuloso de 1970. Zico era el Pelé blanco y Falcao, Sócrates y Toninho Cerezo acompañaban al director de orquesta. Brasil sumaba 20 partidos sin perder incluyendo victorias en Londres ante Inglaterra, en Paris ante Francia y ante Alemania en Stuttgart. Como aspirantes estaban la Francia de Platini y la Alemania de Rummenigge, vigente campeona europea. Con todo, aquello que no fuese una victoria brasileña sería considerada una sorpresa. 

Campeón: Italia. Brasil pasó como elefante en una cacharrería por delante de Escocia y la Unión Soviética antes de ganar con facilidad a la Argentina de Maradona. En un simulacro de cuartos de final (realmente era un grupo de segunda fase) le tocó Italia. Los europeos habían pasado la primera fase de carambola tras empatar sus tres partidos y antes del Mundial habían perdido con Suiza, Dinamarca y la RDA. Ya era un milagro que se hubiesen clasificado. Paolo Rossi, su delantero centro, estuvo dos años sancionado por un escándalo de apuestas deportivas y por entonces sumaba cuatro partidos y cero goles. El caso es que, en una preciosa tarde veraniega en Barcelona, Claudio Gentile secó a Zico y Paolo Rossi revivió con un hat-trick. Brasil abandonaría para siempre el jogo bonito e Italia, tras deshacerse de Polonia en semifinales, se clasificaba para el partido decisivo. En el otro lado del cuadro era Francia la que enamoraba, pero será Alemania la que se lleve el gato al agua. En otro memorable partido, en este caso bajo la noche estrellada de Sevilla, hasta cuatro goles en la prórroga llevarán el partido a los penaltis donde los teutones se mostrarán más acertados. En la final, una Alemania fundida tras 120 minutos a casi 40 grados en Andalucía no tendrá opción ante una hipermotivada Italia que sumará su tercer título cuando nadie lo esperaba.

Veredicto: Error.

Paolo Rossi

MEXICO 1986

Favorito: Brasil. Tocaba Mundial en América y todos los favoritos provenían del Nuevo Continente como mandaba la tradición. Junior, Falcão, Sócrates y Zico ya superaban la treintena y estaban ante su última oportunidad. Tele Santana seguía de seleccionador, pero había cambiado de táctica y apostaba por un 3-5-2 mucho más conservador que el 4-2-2-2 con laterales ultraofensivos de cuatro años atrás. Como outsider aparecía Uruguay, vigente campeona americana, y que había reverdecido viejos laureles gracias a Enzo Francescoli. Muy por detrás asomaban Francia, Alemania y una Argentina que contaba con Maradona, pero que acumulaba resultados pobres tanto en los amistosos previos como en la fase de clasificación.

Campeón: Argentina. Los brasileños avanzaron hasta cuartos de final de forma inmaculada sin brillar, pero también sin encajar un tanto. Tocó entonces encuentro ante Francia. Fue el mejor partido de aquel Mundial. Un choque de poder a poder entre Zico y Platini que se decantó del lado europeo en la tanda de penaltis. En semifinales los galos eran favoritos ante Alemania, que nuevamente sacó el rodillo cuando hacía falta tras haber sufrido, y mucho, en las rondas previas ante Escocia, Marruecos o México. En el otro lado del cuadro Uruguay decepcionaría al caer en octavos ante Argentina. Emilio Butragueño, delantero español, declararía que cualquier clasificada para octavos que hubiese contado en su plantilla con Maradona se hubiese proclamado campeón del Mundial. Lo cierto que es el Pelusa hizo cuatro partidos seguidos pluscuamperfectos que le darían a Argentina el triunfo con un equipo mediocre en muchas de sus posiciones. Maradona dirigió la victoria ante Uruguay, luego se convirtió en un dios ante Inglaterra (al cielo siendo un barrilete cósmico y al infierno con una mano divina), más tarde aplastó a Bélgica con su pie izquierdo y en la final dirigió la orquesta albiceleste ante los fieros alemanes. Argentina venció a Alemania por 3-2 ganando su segunda corona y haciendo que Rummenigge se despidiese del fútbol con dos derrotas consecutivas en la final del Mundial.

Veredicto: Error.

D10S

ITALIA 1990

Favorito: Italia. La Nazionale tenía un equipazo. Su línea defensiva era imponente con Ferri, Baresi, Bergomi y Maldini y Walter Zenga en la portería. Llegaron al Mundial con ocho partidos sin recibir un gol en contra. Arriba tenían a Giannini, Vialli y al magnífico Roberto Baggio. Jugaban en casa y eran indiscutibles favoritos. Como alternativa en las casas de apuestas estaban Holanda y Alemania. Los tulipanes eran vigentes campeones europeos y tenían a Koeman, Gullit, Rijkaard y Van Basten. Los germanos acababan de reunificarse y estaban en plena efervescencia nacional. Quizás no contaban con un equipo tan redondo como el de ediciones anteriores, pero la unificación parecía llevar en volandas a toda la nación.

Campeón: Alemania. Italia fue el ciclón que todos esperaban. Sumó otros cinco partidos sin encajar un gol antes de plantarse en semifinales. Cierto es que el camino no fue sumamente complicado, pero cumplieron con el objetivo. Quien no cumplió con su cometido fue Países Bajos que, tras empates con Egipto e Irlanda, pasó con la soga al cuello a octavos. Así pues, tocó enfrentamiento prematuro Alemania-Países Bajos en octavos de final. Frank Rijkaard fue expulsado por escupir en la cara a Rudi Völler y Alemania pasó con justicia a cuartos. En su semifinal Alemania fue inferior a Inglaterra que, liderada por Gascoigne, hizo su mejor fútbol en años. Ocurre que, fiel a la tradición, fueron los alemanes los que se clasificaron para su tercera final consecutiva tras vencer en la tanda de penaltis. En la otra semifinal, en un partido terriblemente aburrido, Italia encajaba su primer gol (1-1) y también perdía en los penaltis en este caso ante Argentina. La final comenzó precedida por una sonora pitada a Maradona, verdugo italiano, quien en semifinales había pedido a su público napolitano que apoyase a su dios en vez de a la Nazionale. Como era de esperar los espectadores fueron con Italia y no con Argentina y aquello hizo que Maradona cavase su propia tumba al llamar hijos de puta a los napolitanos. Así pues, con 75.000 romanos animando a Alemania, en otro partido terriblemente malo, Lotthar Matthaüs y sus compañeros superaron a los argentinos para lograr la victoria mundialista.

Veredicto: Error.

Alemania unificada

ESTADOS UNIDOS 1994

Favorito: Brasil y Alemania. Las casas de apuestas daban un empate técnico entre el eterno favorito y el vigente campeón. Brasil contaba con una dupla de ataque con los fabulosos Romario y Bebeto y con ellos como finalizadores se había formado un bloque compacto y sólido que, si bien no enamoraba como los de antaño, era más que fiable. Sin embargo, en el ambiente flotaba la sensación de que por vez primera una selección europea sería capaz de conquistar América. Esa era Alemania, siempre favorita y que desde la unificación era considerada invencible. Como tercer aspirante quedaba Italia que mantenía el bloque de 1990 con Arrigo Sacchi a los mandos y un Roberto Baggio en el mejor momento de su carrera.

Campeón: Brasil. Hubo dos gigantescas sorpresas en el Mundial de Estados Unidos. Una fue Bulgaria. Un 10 de julio de 1994 en Nueva York los de Hristo Stoichkov eliminaban a Alemania en cuartos de final. Aquello fue una bomba que sería desactivada por Italia al conseguir superar a los búlgaros en semifinales, tras haber echado previamente en octavos a Nigeria y en cuartos a España. La otra sorpresa la dio Suecia que consiguió meterse en semis con un calendario favorable. Allí fue eliminada por un gol de Romario, pero la verdadera prueba de fuego de los brasileños había tenido lugar una eliminatoria antes cuando en un precioso choque lograron superar a Holanda por 3-2 el día que Bebeto patentó la celebración acunando a un bebé imaginario para conmemorar el nacimiento de su hijo. La final enfrentó a Brasil y a Italia en busca de ser el primer país en sumar cuatro títulos mundialistas. Fue la primera final de la historia que acabó sin goles, lo que irremediablemente llevó el partido a los penaltis. Allí, Franco Baresi falló su lanzamiento y Roberto Baggio mandó el suyo a las nubes para felicidad de un Brasil que ganó el Mundial siendo menos brasileño de lo que nunca antes había sido.

Veredicto: Acierto.

Mazinho, Bebeto y Romario

FRANCIA 1998

Favorito: Brasil. No había discusión alguna. Brasil era favorita por mayoría aplastante. Era un equipo compacto que había añadido como arma ofensiva a un chico de 21 años que esa temporada sumó 50 goles. Se trataba de un Ronaldo Nazario que opositaba para ser uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. No existía alternativa alguna al dominio brasileño. Alemania tenía el peor equipo en años, Inglaterra e Italia no eran gran cosa y Argentina contaba con un buen equipo, pero era sabido que a la hora de la verdad solía fallar. Hasta España se asomaba por el retrovisor al sumar 31 partidos sin conocer la derrota. La opción más aceptada para el otro puesto de finalista era Francia, pero más por ser anfitriona que por creer de verdad en sus posibilidades. Los galos eran tremendamente irregulares y había un run-run constante entre la titularidad de Zidane o bien de Djorkaeff en la mediapunta.

Campeón: Francia. Como era de esperar España decepcionó. Incluso más de lo habitual dado que feneció en la primera fase. Inglaterra caería en octavos ante Argentina y Argentina hizo lo propio en cuartos ante Holanda. Para Alemania la derrota fue aún más dura. Tras caer ante la advenediza Bulgaria en 1994 en esta ocasión hubo de soportar un humillante 0-3 ante Croacia, entonces en su primera participación en un Mundial. Así pues, la final esperada por anfitriones y aficionados parecía lista para hacerse realidad. Brasil tumbó a Chile (4-1), Dinamarca (3-2) y a Holanda en los penaltis (1-1) con un Ronaldo imperial para llegar a la final. Francia perdió a Zidane por una estúpida expulsión y sudó sangre para echar a Paraguay (1-0) en octavos. Ya con Zidane, volvió a sufrir ante Italia (0-0 y penaltis) para voltear un 0-1 ante Croacia y ganar por 2-1 con dos tantos de Thuram, sus dos únicos goles en 142 partidos internacionales, en semifinales. Horas antes de la final Ronaldo sufrió un ataque epiléptico y, aunque estuvo presente en cuerpo, su mente y su alma no jugaron la final del Mundial. Si lo hizo Zidane, quién se convirtió en héroe nacional (marsellés de padres magrebís) al anotar dos cabezazos que, junto al gol de Petit, le dieron el triunfo a Francia (3-0) y su primer entorchado mundial.

Veredicto: Error.

Francia multicolor

COREA Y JAPÓN 2002

Favorito: Argentina y Francia. La Francia de Zidane era una máquina arrolladora. Vigente campeona mundial y europea tenía mejor equipo que en 1998 dado que había incorporado a la delantera a un Thierry Henry en el mejor momento de su carrera. Con todo compartía favoritismo con Argentina que había ganado la fase clasificatoria sudamericana con 12 puntos de ventaja sobre el segundo. Justo antes del Mundial, Argentina salió victorioso de un amistoso ante Italia en Roma y de otro ante Alemania en Stuttgart. Zanetti, Simeone, Verón, Aimar, Hernán Crespo o Batistuta. Más atrás en los pronósticos estaba Brasil, con un Ronaldo mermado que venía de jugar una decena de partidos en dos años y medio víctima de dos devastadoras lesiones de rodilla.

Campeón: Brasil. El primer Mundial en Asia estuvo lleno de cataclismos. Francia perdió con Senegal y Dinamarca y se fue para casa en la fase de grupos. Lo mismo le ocurrió a Argentina, aunque de forma mucho más cruel tras empatar a puntos con Suecia y tener peor diferencia de goles. Hubo más. Corea del Sur llegó a semifinales tras echar a Italia y a España con arbitrajes caseros. Allí fueron frenados por una Alemania de entretiempo que se benefició de las escabechinas francesa y argentina. Por el otro lado del cuadro el momento estrella tuvo lugar en cuartos con el duelo entre Brasil e Inglaterra. Por entonces ya se sabía que Ronaldo quizás no tenía las rodillas de antes, pero seguía siendo igual de extraordinario como lo era antes. La tripleta Ronaldinho-Ronaldo-Rivaldo fue demasiado para un más que decente conjunto inglés. En semis Ronaldo ajustició a Turquía y en la final se disputó el primer Brasil-Alemania en 72 años de Copa del Mundo. Vencieron los brasileños (2-0) en parte gracias a una pifia de Oliver Kahn, quién con sus paradas había sostenido a los alemanes durante todo el torneo, pero que emborronó su trayectoria con un tachón en el día decisorio.

Veredicto: Error.

La resurrección de Ronaldo

ALEMANIA 2006

Favorito: Brasil. Otra vez Brasil era favorito. Y otra vez lo hacía como indiscutible favorito. Ronaldinho era Balón de Oro, un Ronaldo pasado de peso seguía goleando y el sitio de Rivaldo era ocupado por el sensacional Kaká. Por si fuera poco, en el banquillo aguardaban Robinho y Adriano, siendo este último una versión 2.0 del Ronaldo antes de la lesión de rodilla. Todo lo que no fuera un triunfo de la verdeamarela era una sorpresa. Como aspirante asomaba Alemania, no tanto por su capacidad futbolística, sino por su competitividad y por el hecho de jugar como anfitriona. Bastante más atrás en las apuestas aparecían Inglaterra y Portugal, con un formidable cuarteto atacante formado por Cristiano Ronaldo, Deco, Figo y Pauleta.

Campeón: Italia. Ocurrió que en la primera fase Suiza superó a Francia. Eso tuvo dos efectos colaterales. Por un lado del cuadro permitió que Italia tuviera un camino favorable (aunque, fiel a su estilo, sufrió ante Australia) hasta semifinales. Allí se encontró con una Alemania que antes había superado a Argentina en un duelo memorable. Igual de memorable fue esta semifinal que se resolvería en la prórroga y que llevó a Italia al partido decisivo con un gol en el minuto 119 y otro en el 120. Por el otro lado del cuadro, la derrota de Francia le llevó a enfrentarse con primmas donnas en las que siempre partía como víctima. En octavos tocó España. Los hispanos eran jóvenes y los galos unos viejos. Zidane, quien se retiraba al finalizar el Mundial, hizo magia y Francia venció a España (3-1). En cuartos tocaba Francia-Brasil. Ronaldinho nunca llegó a carburar en ese Mundial y ni Ronaldo ni Kaká dieron ni la mitad de su valor. Dos veteranos Zidane y Henry sí que dieron lo mejor de sí mismos y Francia pasó de ronda sorpresivamente. En semis Francia fue inferior a Portugal, pero tiraría de oficio, veteranía y alguna decisión arbitral polémica para colarse en la final. Allí, Zidane adelantó a Francia con un penalti a lo Panenka y luego Materazzi empató de cabeza. Precisamente una cabezada de Zidane a Materazzi tras una provocación verbal del central italiano acabó con Zidane expulsado el día de su último partido. Zizou tuvo que sufrir desde los vestuarios una tanda de penaltis que le dio a Italia su cuarto título mundialista.

Veredicto: Error.

¡Qué tiempos! ¡Cuándo Italia ganaba!

SUDAFRICA 2010

Favorito: España. Sumó entonces la selección española 35 partidos sin conocer la derrota incluyendo la victoria en la Eurocopa 2008. Realizaba un juego fabuloso de combinación que se dio a bautizar como tiki-taka. Contaba con Casillas, Puyol, Ramos, Xavi e Iniesta seguramente los mejores del mundo en sus correspondientes puestos. Por vez primera España iba de favorita a un Mundial y no se vislumbraba respuesta alguna a su reinado. En un segundo escalón, pero muy lejos en las apuestas, aparecía una Brasil que asustaba más por sus cinco estrellas en el pecho que por su plantilla, la Argentina de Leo Messi en el campo y los bemoles de Maradona desde el banquillo e Inglaterra. Era la última oportunidad de una brillante generación capitaneada por Beckham y en la que maravillaban Terry, Ferdinand, Gerrard, Lampard y Rooney.

Campeón: España. Con más de un 70% de posesión España avasalló a Suiza, pero un contraataque aislado les daría el triunfo a los helvéticos. El pánico se apoderó de la opinión pública, sin embargo, los pilares de la selección eran sólidos y dieron pronta vuelta a la situación. Se ganó con solvencia a Chile, Portugal y Paraguay, aunque siempre por la mínima al no ser capaces de trasladar en goles un dominio insultante. En semifinales un gol de cabeza de Carles Puyol tumbó a una Alemania que venía de jubilar a Beckham en octavos (4-1) y de invalidar el carnet de entrenador de Maradona en cuartos (4-0). En el otro lado del cuadro Holanda superó a Brasil antes de deshacerse de la mejor Uruguay en medio siglo (Forlán, Cavani y Luis Suárez) por 3-2. En la final Holanda fue del todo menos fiel a su memoria. Se dedicó a encerrarse atrás y salir al contraataque cediéndole el balón a España. Una milagrosa parada de Casillas en un mano a mano ante Robben y un gol de Iniesta en la prórroga le otorgó el primer Mundial a España en la que fue la primera Copa del Mundo disputada en África.

Veredicto: Acierto.

Tiki-taka

BRASIL 2014

Favorito: Argentina y Brasil. Brasil jugaba en casa y contaba con la mejor línea defensiva que había producido en su larga historia; Alves, David Luiz, Thiago Silva y Marcelo. En la delantera contaban con Neymar, pero tenían graves problemas a la hora de crear juego en el centro del campo. Con todo ello; ¿quién podría dudar de Brasil? Argentina tenía un equipo de ensueño con Agüero, Di María, Higuain y Leo Messi. La Pulga estaba en el mejor momento de su vida anotando 60 goles y dando 30 asistencias por temporada. Era evidente que el Mundial, de una forma u otra, tendría que quedarse en Sudamérica. La única opción real de victoria procedente de Europa era la selección española que encadenaba victoria en Eurocopa-Mundial-Eurocopa.

Campeón: Alemania. España cayó con estrépito en la primera fase incluyendo un 1-5 ante Países Bajos. También Italia e Inglaterra fueron incapaces de meterse en octavos. Quien se metió en las rondas eliminatorias como un ciclón fue Argentina, aunque la gasolina se le acabó al pasar a octavos de final. Prevaleció por la mínima ante Bélgica, necesitó de una prórroga ante Suiza y superó en los penaltis a Holanda en semifinales, en la que fue la despedida internacional de Sneijder, Van Persie y Robben. En el otro lado del cuadro Neymar bailó a México y a Camerún, pero un golpe ante Chile lo dejó fuera del Mundial a la altura de cuartos de final. Sin su faro ofensivo, Brasil sufrió para vencer a Colombia y fue un pelele en manos de una Alemania que vencía por 0-5 a la media hora del inicio de la semifinal. Aquello acabó con un 1-7 y pasó a ser conocido como Mineirazo, tragedia nacional que una década después sigue sin ser superada. Antes de soberana paliza, los alemanes ya había dado cuenta de Portugal (4-0) o Francia (1-0) con un imperial Manuel Neuer bajo palos, un Philip Lahm haciendo de todo campista y una dupla perfecta formada por Miroslav Klose y Thomas Müller. Ocurrió que fue, Mario Götze, habitual suplente, el que dio el triunfo en la final a los alemanes con un gol en la prórroga tras varios errores groseros de los argentinos comandados por una tarde aciaga de Gonzalo Higuain.

Veredicto: Error.

Primer europeo que conquista América

RUSIA 2018

Favorito: Alemania y Brasil. Alemania había ganado la Copa Confederaciones del año anterior con una plantilla de 23 jugadores alternativa formada en su mayoría por sub-21 ¡Qué no iba a hacer con su equipo titular! Se contaba con un paseo militar germano. La alternativa venía del otro lado del Atlántico. A pesar del bochorno del Mineirazo, Brasil seguía contando con una línea defensiva fortísima, tenía portero (Allison), ahora también un mediocentro (Casemiro) y Neymar era mejor jugador que cuatro años atrás. Tite, el seleccionador, jugaba a la defensiva y les iba bien. Arrasaron en la fase de clasificación. Como outsiders las apuestas hablaban de Argentina (con Messi, pero con peor equipo que en 2014), Francia (con un equipazo enclaustrado en el corsé de su entrenador) y Bélgica, que encandilaba con su fútbol ofensivo comandado por el tridente Hazard, De Bruyne y Lukaku.

Campeón: Francia. Alemania se convirtió en el tercer campeón vigente en caer en una fase de grupos. El descalzaperros germano perdió ante México y Corea del Sur. A Brasil le fue bien hasta que en cuartos de final le tocó enfrentarse a Bélgica. Los europeos demostraron que, independiente de las modas, un centro del campo técnico siempre debe primar sobre el físico y se llevaron el duelo por 2-1. El camino de la sorprendente Bélgica se frenó en seco ante Francia en semifinales. Antes, en octavos, un explosivo Francia-Argentina (4-3) parecía encumbrar a Mbappé y jubilar a Leo Messi. En el otro lado del cuadro, los ingleses se beneficiaban de la caída alemana para abrirse paso hasta las semifinales. Su rival, una Croacia que venía de ganar en los penaltis a Dinamarca y a Rusia. En este caso Inglaterra perdió su enésima oportunidad al caer en la prórroga ante Croacia (1-2) gracias a un gol decisivo de Mandzukic. La epopeya croata liderada por Luka Modric (Balón de Oro) finalizó en el duelo definitivo al perder ante la Francia de Pogba, Griezmann y Mbappé por 2-4. El gallo sumaba su segundo kikiriki mundialista.

Veredicto: Error.

Mbappé y compañía

QATAR 2022

Favorito: Francia. Las casas de apuestas daban como favorito a Francia, vigente campeón mundial. El equipo era fortísimo y Mbappé era un jugador maduro y mucho más completo que cuatro años atrás. Había problemas por la exclusión de Benzema del equipo nacional, pero pocos podían competir en técnica y en fortaleza física con los galos. Por vez primera la Inteligencia Artificial hizo un pronóstico y el suyo fue que Brasil seria la selección vencedora. Parecía poco probable, especialmente por la falta de un delantero de tronío, pero la realidad es que los brasileños sumaban victoria tras victoria antes del Mundial. Como alternativas estaban España, dirigida por el polémico Luis Enrique, e Inglaterra, reciente subcampeona europea y con una joven generación ilusionante. Mucho más detrás estaba la Argentina de un Leo Messi que se había borrado los últimos meses de sus responsabilidades en el PSG en su última oportunidad para ganar el Mundial.

Campeón: Argentina. Aquel raro Mundial que se disputó en diciembre lo hizo con Alemania, Bélgica y Uruguay cayendo en la primera fase. En octavos se despidió España tras perder en los penaltis ante Marruecos. Los africanos doblegarán en cuartos a Portugal y a un lloroso Cristiano Ronaldo. El sueño magrebí feneció en semifinales al perder ante Francia (0-2), que antes se había cepillado a Inglaterra en un precioso partido de cuartos de final sentenciado por el infatigable Oliver Giroud. Por el otro lado del cuadro, Brasil venció a Corea (verdugo de Uruguay) pero tropezó con una Croacia que volvió a aferrarse a los penaltis para plantarse por segunda edición consecutiva en las semifinales. Ahí ya Messi olía sangre. Tapando sus carencias físicas propias de los años y atrasando su posición para ser organizador, Messi dirigió la orquesta argentina que sufrió ante Holanda (2-2 y penaltis) pero que apabulló a Croacia (3-0). En la final, la más hermosa en medio siglo, los franceses remontaron un 2-0 para llevar el partido a la prórroga. Un tanto más de Messi y otro de Mbappé (tres en la final) firmaron un 3-3 en el que el semidesconocido arquero Emiliano Martínez le regaló a Messi un Mundial para, quizás, darle el trono de mejor futbolista de todos los tiempos.

Veredicto: Error.

¿El más grande?

NORTEAMERICA 2026

Favorito: España y Argentina. Vigente campeona europea, España parte en la primera posición entre los favoritos. Los españoles suman 30 partidos invictos, tienen dos jugadores intercambiables por posición y cuentan con Lamine Yamal, una rutilante estrella que aún no ha cumplido los 20 años de edad. Argentina va al Mundial como vigente campeona. Scaloni ha dotado al grupo de una moral de hierro. Messi ejerce como organizador escoltado por De Paul y McAllister y arriba la dupla formada por Lautaro Martínez y Julián Álvarez es formidable. Como outsiders están la Portugal del incasable Cristiano Ronaldo y un poco más atrás se espera que en algún momento explote la fantástica generación de jóvenes de Inglaterra o que Carlo Ancelotti resucite a Brasil de sus cenizas.

Campeón: En unos meses lo sabremos.

Otras historias relacionadas

La sorpresa croata (la hija aventajada de Yugoslavia)

¡Ohne worte! (el sorprendente K.O. de Alemania en 2018)

De la gloria al ridículo (grandes países que se quedaron sin clasificarse para el Mundial)

Cuando Corea del Norte fue noticia (Corea vs Italia en 1966)

La semana mágica de Paolo Rossi (el milagro italiano en el estadio de Sarriá)

El milagro de Berna (la histórica victoria de Alemania ante la Hungría de Puskás)

Cuando Roger Milla pasó de nadar con delfines a ser la estrella del Mundial (la epopeya de Camerún en el Mundial de Italia 90)

Leer más

Los mejores partidos de la historia: Las 10 mejores palizas en partidos de selecciones de todos los tiempos

No son frecuentes las goleadas entre las selecciones de primerísimo nivel. La igualdad es manifiesta y la tensión intrínseca a los encuentros de grandes campeonatos hacen que las precauciones defensivas se sitúen por encima de las cualidades ofensivas. Con todo ello, hay resultados escandalosos que hicieron sonrojar a equipos de tronío y causaron profundo pesar en el país derrotado. Otros resultados no son tan llamativos al ser leídos, pero supusieron un baile futbolístico de tal calibre que la exhibición ha traspasado los umbrales del tiempo para permanecer perpetuamente y con letras de oro en la historia del fútbol.

Para clasificarse para la Eurocopa de 1984 la selección española debía ganar por once goles de diferencia a Malta y así superar en la diferencia de tantos a Holanda, país con el que estaba empatado a puntos. Fue un 12-1 total, un 9-0 tras el descanso. Aquel frío día navideño en Sevilla está en la memoria de cualquier español y sólo las victorias europeas y mundialistas del siglo XXI le han restado importancia. Pero eso no es una paliza. Al menos no es el tipo de paliza que buscamos. Los aquí presentes son aquellos duelos de poder a poder, de igual a igual, que sorprendentemente acabaron decantándose de manera clara y notoria por uno de los dos contendientes. Muchos de estos partidos significan el inicio de una dinastía gloriosa o el cénit de esa misma dinastía en caso de los vencedores. Para los perdedores es el principio del fin o la fecha de defunción de lo que hasta entonces era una trayectoria gloriosa.

Entre los partidos descartados encontramos un encuentro amistoso del que sólo nos quedan relatos y fotografías. Ocurrió en 1932 y enfrentó a Austria contra Hungría. Los magiares eran entonces el mejor equipo de Europa. Los austriacos eran los aspirantes. Fue el nacimiento del llamado Wunderteam (equipo maravilla) liderado por Matthias Sindelar. El denominado Mozart del fútbol anotó un hat-trick y lideró a su equipo tras un legendario baile de futbol ofensivo que acabó con un 8-2. Sólo los nazis pudieron acabar con aquella sinfonía ofensiva al anexionar Austria al III Reich un lustro más tarde. Aquello fue el inicio del Wunderteam. Lo que sucedió en 2008 fue el punto y final de la escuela soviética de juego solidario, robotizado y efectivo. A la URSS de 1960, o al Dinamo de Kiev de 1986 le sucedió la Rusia de 2008. Aquel equipo perdería en semifinales de la Eurocopa 2008 ante España para diluirse para siempre en la historia. Antes había bailado a Países Bajos (3-1) en cuartos. El choque se resolvería en la prórroga tras un empate a un tanto, pero durante los 120 minutos del duelo el dominio fue total por parte rusa. Un fútbol rápido y desenfadado liderado por Andrey Arshavin.

Nos quedaran otros dos choques en el tintero y con los mismos protagonistas, aunque con los papeles cambiados. En 1972 Inglaterra y Alemania se enfrentaron en Wembley en cuartos de la Eurocopa. Los teutones vencieron por 1-3 en el que es considerado el mejor encuentro que Beckenbauer y compañía firmaron en aquella década dorada. A su rigor táctico y a su fortaleza física añadieron un juego de combinación exquisito liderado por un Netzer, quien realizó el mejor partido de su vida. Tres décadas más tarde, en 2001, Inglaterra asaltó Múnich en partido clasificatorio para el Mundial 2002, al vencer a Alemania por 1-5. Los británicos manejaron el partido con autoridad insultante y a varias velocidades; con posesión elaborada y paciencia por un lado y al contraataque cuando le interesaba hacerlo. Michael Owen anotó tres goles aquella noche y se aseguró ganar un Balón de Oro que muchos siguen clamando para Raúl.

El día grande de Owen

Vamos pues con las 10 grandes palizas entre selecciones de todos los tiempos. Resultados llamativos y apabullante juego frente a un adversario que antes del choque era considerado un igual a igual.

10 Australia 31-0 Samoa (clasificación Mundial 2002): Vale. Estoy de acuerdo. Este partido no tendría que aparecer en esta lista. No tiene el pedigrí suficiente. Pero es la madre de todas las palizas. La mayor goleada jamás registrada en un partido oficial. Un gol cada 180 segundos. No solo eso. El discreto delantero Archie Thompson anotó 13 tantos, por supuesto, también récord no igualado e inigualable. Ese 31-0 cambió el fútbol. Al menos lo cambió al otro lado del globo, aunque en la vieja Europa no fuésemos conscientes de ello. El abuso de los aussies fue tal que la Federación Australiana de Fútbol renunció a formar parte de la Confederación de Oceanía y desde entonces forma parte de la AFC (Confederación Asiática de Fútbol) disputando las fases de clasificación para el Mundial frente a Japón o Irán y la Copa de Asia contra Corea, Arabia Saudí o China. Todos salieron ganando. Australia ha mejorado notablemente su nivel, Nueva Zelanda tiene ahora muchísimas más opciones de jugar un Mundial (como ocurrirá en 2026) y la historia de los samoanos saltó en 2023 al celuloide con el título Next goal wins (El peor equipo del mundo).

31 goles encajados…

9 Brasil 5-2 Francia (semifinal Mundial 1958): Just Fontaine respondió en el minuto nueve al gol anotado por Vavá al poco de empezar el encuentro. Era la final anticipada. Francia contaba con Jonquet en el centro de la zaga, Piantoni hilando el juego y una dupla terrible formada por Fontaine y Kopá. Brasil había sufrido al inicio del torneo, pero en cuartos de final el seleccionador Feola dio su brazo a torcer y ante el clamor popular colocó como titulares a Garrincha (24 años) y a Pelé (17 años). Entonces todo cambió. En aquella semifinal fueron treinta minutos de igualdad. En el minuto 39 un zambombazo de Didí, la estrella de Brasil (con permiso del imberbe Pelé), ponía por delante a la canarinha. Desde ese instante sólo hubo un equipo sobre el campo. La segunda parte fue un baile de Brasil dirigido por Pelé. Aquel niño bajaba a recibir el balón al centro del campo, corría la banda, filtraba un pase y aparecía en el punto de penalti para armar la pierna. Y todo lo hacía con elegancia. Y todo lo hacía con alegría. Fue un hat-trick de un adolescente que al acabar el partido ya será O Rei. Luego Piantoni maquilló el resultado final dejándolo en un 5-2. Brasil pasará a la final y repetirá resultado ante Suecia. 5-2. Pelé anotó dos tantos, uno de ellos de una plasticidad inigualable. Control con el pecho tras centro, sombrero al defensor y remate con la derecha sin dejarla caer al palo corto del portero. El jogo bonito venía para quedarse.

El nacimiento de O Rei

8 Alemania 3-0 URSS (final Eurocopa 1972): Entre 1972 y 1976 la República Federal Alemana fue un torbellino. Selección compacta, fiable, de tremenda exuberancia física y con una pegada bestial. No dominaban ni era bellos, pero eran ganadores. Así fue en el Mundial 1974, pero no fue el caso de la Eurocopa 1972. Ese año Alemania fue todo eso y además una máquina preciosista en el juego. Tras una exhibición ante Inglaterra en Wembley, Alemania echó a Bélgica en semifinales y se plantó en la final ante la temida Unión Soviética (tres finales de cuatro posibles en Eurocopa). Alemania dominó de principio a fin. Fueron tres goles, pero pudieron ser el doble o el triple. Hasta cuatro lanzamientos teutones acabaron en los postes. Maier fue un espectador más en un estadio de Heysel abarrotado por los miles y miles de alemanes que afrontaron la cercanía con Bruselas. Beckenbauer armaba desde atrás y Heynckes y Müller (que anotó un doblete en la final) ajusticiaban en el ataque. Pero la diferencia entre esa Alemania y la de dos años después radicaba en el centro del campo. El partido ante la URSS encumbró a Günter Netzer como el mejor mediocentro del mundo. Barría el balón, pasaba en corto o en largo y marcaba el tempo del partido. Netzer sufrió marcaje doble y hasta triple en algún momento del choque, por lo que el entonces jugador del Gladbach retrasó inteligentemente su posición para sacar de sitio natural a sus marcadores y darle total libertad a Wimmer, el otro mediocentro teutón. Ese año Beckenbauer, Müller y Netzer ocuparían por este orden los tres primeros puestos en la ceremonia del Balón de Oro.

Perfección germana

7 España 3-0 Rusia (semifinal Eurocopa 2008): Si entre 1972 y 1976 Alemania fue un torbellino, la selección española entre 2008 y 2012 fue un huracán. Y si los rusos cayeron por 3-0 el día del encumbramiento de Netzer, otra vez los rusos cayeron por 3-0 en este caso para el encumbramiento de Xavi Hernández. La segunda parte de aquel partido fue un rondo perfecto liderado por el metrónomo catalán. A aquella forma de jugar sobando el balón hasta gastarlo en un continuo movimiento por el campo a base de triangulaciones y primer toque se le dio en llamar tiki-taka. Su promotor fue el comentarista deportivo Andrés Montes. Aficionados y compañeros de profesión renegaron en primera instancia de tal ocurrencia, pero finalmente ha pasado a definir una forma de jugar en el que la posesión es innegable y la defensa siempre se hace con el balón. Lástima que Montes falleciese antes de que su ingenio se hiciese universal. El caso es que Luis Aragonés había apostado en darle el poder a Xavi y acompañarlo de unos locos bajitos que respondían al nombre de Andrés Iniesta y David Silva. España, que siempre había basculado entre ser toro o torero, finalmente decidía ser torero. Luis Aragonés había detectado con sabiduría que en su equipo abundaban los artistas y creó una obra de arte. En la primera parte la lesión de Villa y algún fogonazo de Arshavin hicieron que el marcador no pasase del empate a cero. La bestia se desató tras el descanso. La sinfonía fue interpretada en la segunda mitad gracias a los tantos de Xavi, Güiza y Silva, todos ellos tras jugadas bordadas con cariño y esmero.

Y Xavi dirigió la orquesta

6 Argentina 0-5 Colombia (clasificación Mundial 1994): Argentina acababa de ganar la Copa América de 1993 a la que sumó el triunfo de 1991. Llegó a sumar 33 partidos consecutivos sin perder. Colombia no llegaba a semejante racha, pero sumaba doce meses sin conocer la derrota. Maradona no estaba (acusado de drogadicto), pero sí Ruggeri, Redondo, Simeone y un colosal Batistuta. Colombia no contaba con René Higuita (acusado de camello), pero sí con Valderrama, Rincón, Valencia y Asprilla. A Colombia le bastaba el empate para clasificarse para el Mundial. Argentina necesitaba el triunfo. El perdedor tendría que jugar un repechaje en la otra punta del mundo. El encuentro se celebra en el Monumental de Buenos Aires. Argentina llevaba seis años invicta en casa. Fue un baile. Una cumbia colombiana. 0-5. Freddy Rincón anotó el 0-1 al filo del descanso gracias a una asistencia de Valderrama. En la reanudación los argentinos se lanzaron al ataque sin demasiada precisión y Colombia desparramó sus encantos basados en la precisión técnica y una excelsa velocidad para lograr una victoria histórica. Freddy Rincón anotaría otro tanto más y Faustino Asprilla firmaría un doblete de ensueño con un gol tras burlar al portero y un segundo tras una vaselina inolvidable. Pero sería el quinto el que quedaría en la retina de todos los colombianos. El balón paso de uno a otro jugador cafetero siempre bajo las órdenes de Valderrama hasta que Asprilla le dé un pase filtrado a Adolfo Valencia quien bate con suma ligereza a Sergio Goycoechea. Fue la primera derrota en casa de Argentina en una eliminatoria de clasificación para el Mundial. Nunca más Colombia ha vuelto a ganar un partido en territorio albiceleste. Valderrama y compañía regalaron una obra de arte a una nación destrozada por la violencia y donde apenas tres meses después sería abatido el narcotraficante Pablo Escobar. Luego, tras el Mundial de 1994, el cártel de la droga asesinaría al defensa Andrés Escobar por meter un gol en propia puerta ante Estados Unidos.

Once héroes cafeteros

5 Inglaterra 3-6 Hungría (amistoso 1953): El PARTIDO. Así. Con mayúsculas. Fue la primera derrota inglesa en Wembley ante un equipo no británico. Es difícil de comprender en la actualidad, pero aquello marcaba un fin ya intuido y aquella noche confirmado. Los inventores del fútbol ya no eran los dueños del juego. Inglaterra había renunciado a jugar el Mundial hasta 1950 y allí cayó ante Estados Unidos y frente a España. Quedaba claro que algo sucedía, pero se le echó la culpa a lo pesado del viaje y a cierta relajación. Hungría, por su parte, era el gran equipo del momento. Una máquina de juego ofensivo, posiciones cambiantes y victorias estruendosas (20 victorias y 3 empates en sus últimos 23 partidos) lideradas por Ferenc Puskás. Así que, en 1953, para conmemorar el 90 aniversario del nacimiento del fútbol, se programó un Inglaterra-Hungría en Wembley. Inglaterra jugaba un rígido 3-2-5 popular en la época. Hungría no. Hungría era vanguardista. Hidegkuti era un nueve que bajaba a ofrecerse al centro del campo mientras que Budai y Czibor eran dos extremos que se convertían en laterales en posición defensiva. Arriba, tanto Kocsis como Puskás eran del todo menos inmóviles. Hidegkuti anotó al minuto de juego, los ingleses empataron, pero a la media hora del duelo el marcador ya era de 1-4 con dos tantos de Puskás. Recortó Inglaterra antes del descanso, sin embargo, el público ya era consciente de estar viendo algo diferente y despidieron a Hungría con una sonora ovación. En el minuto 55 el resultado era de 2-6. Pero no era el resultado. Era la forma de jugar. Algo diferente. El fútbol total antes del fútbol total. Uno de los tantos de Puskás se produjo tras un control tras pase largo al primer toque, finta para dejar sentado al capitán inglés Billy Wright y disparo seco al poste de la meta inglesa. Aquel control y aquella finta, grabada por la BBC en un tiempo donde la televisión era muy incipiente, quedó para la posteridad como el primer frame de un gesto técnico diferente. Claro que antes había habido regates, recortes y delicatessen varias, pero aquello se podía ver y no solo leer y escuchar. ¡Y era en Wembley y frente a Inglaterra! No sólo eso. Puskás anotaría un gol olímpico lanzando el córner con el exterior de su pie izquierdo. Los ingleses no daban crédito. Al final el resultado fue de 3-6. Y gracias. Inglaterra tiró a puerta cinco veces y anotó tres goles. Hungría lanzó 35 veces (21 a portería) para sumar seis tantos. Aquello fue un estruendo mundial. Meses después Inglaterra devolvería visita en Budapest y caerá por 7-1. Luego perdería el Wolverhampton (campeón inglés) frente al Honved (campeón húngaro). Inmediatamente se creó la Copa de Europa de clubes. Y cuando en 1958 Inglaterra se clasifique para el Mundial nadie la contará ya entre los favoritos al título.

El partido del siglo

4 Brasil 4-1 Italia (final Mundial 1970): México Distrito Federal. 110.000 almas. Brasil-Italia. Dos selecciones luchando por ser el primer país con tres títulos del Mundial. Italia llegó a la final tras una extenuante semifinal ante Alemania. Fachetti, Riva, Mazzola y compañía llegaban al último partido fieles a su estilo, de menos a más y con una fe defensiva granítica. A los transalpinos les encomendaron seguir a ‘los cinco dieces’ hasta a los vestuarios si fuese necesario. Catenaccio a muerte. Comenzaron fuertes y tuvieron dos buenas ocasiones en el primer cuarto de hora, hasta que un mal centro de Rivelino es convertido en gol de cabeza por Pelé. Burgnich, que era el hombre que estaba con O Rei en esa jugada, lo explicó así: “Saltamos juntos, pero cuando yo estaba en la tierra, él seguía en el aire. Yo había pensado para darme ánimo; Pelé es de carne y hueso, como yo. Estaba equivocado”. Pelé cayó del cielo para batir a Albertosi y poner el 1-0. Poco después Clodoaldo hace una frivolidad en el centro del campo, pierde el esférico y Boninsegna empata el partido. Quedaba toda la segunda mitad, pero a Italia se le había acabado la gasolina. Los 45 minutos finales fueron una exhibición canarinha. Las marcas se aflojaron y el primero que quedó libre fue Gerson. De los cinco genios era el menos temido por los transalpinos, por lo que Gerson jugó la segunda parte a placer dando pases milimétricos a diestra y siniestra. Con un precioso tiro desde fuera del área puso el 2-1 en la final. Luego, ya con Brasil jugando a placer, vendría el 3-1 por parte de Jairzinho. Y quedaba el fin de fiesta del 4-1. Un gol que era puro jogo bonito. Una hermosa jugada colectiva que se inició en defensa y en la que sólo faltó que el balón fuese acariciado por un jugador de banquillo. Tras tocar y tocar el balón, el cuero le llegó a Pelé que paró el tiempo y deslizó el esférico a su derecha. La imagen queda en pausa. Uno, dos, tres. A los tres segundos aparece una estampida por el carril derecho que tras un derechazo descomunal ponía el 4-1 definitivo. Era el gol de Carlos Alberto, un gol legendario que culminaba una actuación legendaria. El Brasil del 70 jugó un fútbol digno de las ganas de fiesta de su gente para lisonjear al primer Mundial en color de la historia. Los ‘cinco dieces’ del Brasil del 70 perforaron las redes rivales. Jairzinho fue el máximo goleador del Mundial con siete tantos, Pelé metió cuatro, Rivelino conquistó tres, Tostao hizo dos goles y Gerson anotó uno. Todos brillaron, pero el astro más resplandeciente del firmamento fue Pelé. Todos eran dieces en sus equipos, pero todos revolotearon por el campo cual artistas para goce y disfrute del pasar del tiempo.  

Y gol de Carlos Alberto

3 Brasil 1-7 Alemania (semifinal Mundial 2014): La tarjeta de visita no indica lo que ocurrió aquella noche en Belo Horizonte, Brasil lanzó 18 veces (8 a puerta) por las 14 de Alemania (10 a puerta). La posesión fue 53-47 a favor de los teutones y en pases, regates, saques de esquina y demás variables del Big Data la igualdad era lo imperante. Pero el fútbol es mucho más que números. Son sensaciones. Y lo que sucedió en Belo Horizonte, lo que se dio en llamar Mineirazo, fue un cataclismo psicológico pocas veces visto. A la media hora de juego el marcador era de 0-5 (Müller, Khedira, Klose y dos tantos de Kroos). Brasil había comenzado presionando y generando ocasiones, pero un despiste defensivo tras un saque de esquina originó el primer tanto a los diez minutos de juego. Al poco Klose anotó el tanto que le convertía en el máximo goleador de la historia del Mundial y a partir de entonces lo que se sucedieron fueron una suerte de errores groseros acompañados del silencio y de los lloros del público brasileño allí presente. En la segunda parte Alemania bajó descaradamente el ritmo y aun así en el minuto 69 el marcador era de 0-7. Un tanto de Óscar al poco del final dejaba el resultado en un histórico 1-7. La probabilidad de que Alemania ganara a Brasil por más de seis goles de diferencia era de un 0,025%. El encuentro significó la peor derrota de la selección de Brasil en su historia futbolística. Y tuvo que ser en casa. Y en las semifinales de un Mundial. De su Mundial. Sólo dos de los 23 seleccionados brasileños para el Mundial fueron convocados para la Copa América del año siguiente. Desde entonces los brasileños no han parado de producir porteros y defensas y en todas las grandes competiciones en las que han competido el miedo ha hecho mella en los planteamientos de los partidos, todos excesivamente conservadores para lo que el jogo bonito significó para el fútbol en el siglo XX. Desde 2014 Brasil nunca ha vuelto a ser Brasil.

O Mineirazo

2 España 4-0 Italia (final Eurocopa 2012): Durante un lustro inolvidable España se convirtió en el rey del fútbol Mundial. Los Casillas, Xavi, Iniesta, Villa y compañía confirmaron una realidad inexorable; España detenta la hegemonía del balompié en el siglo XXI. El caso es que toda esa superioridad nunca se vio reflejada en el marcador. Es conocido que el tiki-taka logró con brillo vitorear en Sudáfrica, pero todo a base de 1-0. Así que la final de la Eurocopa de 2012 es considerado el partido más redondo de esa generación dado que al dominio aplastante y a la belleza del juego se le sumó la efectividad frente al arco rival. Aquella España jugaba con dos laterales abiertos que, cuando eran poseedores del balón, se convertían en centrocampistas. Esto hacía de España de un equipo insuperable. Arbeloa y Jordi Alba apoyaban a Busquets en primera fase y dejaban total libertad para armar y crear a Xavi y a Xabi Alonso. España renunciaba a las bandas conscientemente, ya que sabían que nadie sería capaz de quitarles la pelota. Ellos dos junto a Silva, Cesc e Iniesta deleitaban con un rondo inmortal que acabó desquiciando a Italia. La imagen de Iniesta haciendo su icónica croqueta rodeado de cinco italianos forma parte de la esencia de este bendito deporte. España no necesitó de delanteros para marcar cuatro goles. En realidad, el 4-0 refleja lo que fue el partido. Alonso, Xavi, Iniesta y Silva frente a Andrea Pirlo. La batalla estaba decidida antes de empezar. Al descanso el resultado era de 2-0. Si en la primera mitad los transalpinos aun tuvieron algo de vergüenza torera, en el segundo tiempo fueron un pelele. Visiblemente agotados de correr tras el balón no tuvieron capacidad de asustar a un invisible Casillas. Con el partido controlado, los minutos fueron pasando en la segunda parte hasta llegar la sentencia en dos arreones finales. Silva, Jordi Alba, Fernando Torres y Mata fueron los firmantes de un encuentro que le daba a España su tercera Eurocopa enlazando victorias europeas en 2008 y 2012 junto al Mundial de 2010.

La final perfecta

1 Países Bajos 2-0 Brasil (semifinal Mundial 1974): No es el resultado. Es el simbolismo. Brasil era dueña del fútbol. Tanto en resultados como en juego. Holanda era una advenediza. Era su primer Mundial. Eran dos concepciones similares y a la vez diferentes. Brasil proponía un juego vistoso y de toque y Holanda rizaba el rizo al proponer lo mismo, pero a través del orden y el cambio posicional. Aun contaba Brasil con dos de los cinco dieces del mágico México 1970. A Rivelino y a Jairzinho se les había unido Dirceu. Por la banda izquierda se mostraba el excepcional Marinho Chagas. En Holanda, también por la izquierda avanzaba de cuando en cuando Ruud Krol, en el medio dirigía Neeskens, arriba amenazaba Resenbrinck y como jefe de todo estaba Johan Cruyff. Con esos mimbres Holanda ya había avasallado a Argentina (4-0). Roberto Perfumo, capitán albiceleste, dejaría una frase para la posteridad: “Nunca he sentido tanta impotencia. La única forma de parar a los holandeses es con una pistola”. Con todo Brasil seguía siendo favorito. Lo que ocurrió cambió para siempre la forma de ver el fútbol de los brasileños. Holanda dominó de principio a fin. Sus jugadores de ataque cambiaban de posición constantemente y los defensores neerlandeses aparecían de tanto en tanto cerca del área rival. Brasil tuvo que echarse atrás y jugar al contraataque. Lo nunca visto. A pesar de las numerosas ocasiones el marcador no registró goles hasta el minuto 50 cuando Neeskens finiquitaba un excepcional pase de Cruyff. Los siguientes cuarenta minutos están catalogados por muchos periodistas y aficionados como el mejor fútbol practicado por una selección en un Mundial. Tras salida de balón parado una masa de jugadores neerlandeses iba cual hienas en busca del rival con balón. Las jugadas al primer toque de los oranges se sucedieron una tras otra y, aunque únicamente lograron anotar un tanto más (Cruyff a pase de Krol), el daño infligido era mucho mayor que el que irradiaba el electrónico. Brasil tiró la toalla y se conformó con no sufrir una goleada. Brasil dejó de ostentar la hegemonía de la vanguardia en el fútbol y comenzó, aun con muchas reticencias, a defender, a tener miedo. Tardó dos décadas en ganar otro Mundial y lo hizo con muchísimas precauciones defensivas. Holanda perdió la final ante Alemania, pero dio igual. Holanda portaría desde entonces la bandera de la creatividad y del juego ofensivo, bandera que mantiene, a pesar de que la han mancillado en numerosas ocasiones.

Baile neerlandés

Otros partidos históricos

Las 10 mejores palizas en partidos de clubes de todos los tiempos (de humillaciones futbolísticas con las que nadie contaba)

Los 10 mejores partidos épicos de clubes de todos los tiempos (de remontadas imposibles y victorias europeas inolvidables)

Los 10 mejores partidos épicos de selecciones de todos los tiempos (del Maracanazo a la final messianica del Mundial 2022)

Leer más

Los mejores partidos de la historia: Los 10 mejores partidos épicos de selecciones de todos los tiempos

¿Qué es un partido épico? Aquel con resultado incierto hasta el final, con multitud de goles y ocasiones y aquel en que ambos equipos mostraron un juego excelso tanto en ataque como en defensa. Son aquellos partidos en los que tanto el vencedor como el derrotado son recordados y son aquellos que elevan al fútbol a la categoría de arte y donde tanto la razón como el corazón hacen acto de aparición.

Sin ningún género de dudas es en este listado donde más partidos he tenido que dejar fuera de la lista con todo el dolor de mi corazón. Tras mucho seleccionar me quedé con una categorización de 23 encuentros de selecciones épicos y ha sido harto difícil considerar tan sólo una decena de ellos. De hecho, dado que soy yo quien escribe y quien dictamina las reglas podría haber seleccionado los 23. Pero, en fin, quedémonos con 10 de ellos.

¿Cuáles se han quedado fuera? Son tantos que vayamos por orden cronológico. A los albores del juego nos tenemos que ir para encontrar el Escocia 0-0 Inglaterra de 1872. Fue el primer partido entre selecciones de la historia y por ello es épico. El encuentro acabó sin goles y eso que el dibujo táctico de ambos contendientes era un 1-1-8. Una prueba como tantas otras de que hay que ver más allá de los números. Donde hubo goles fue en el Suiza 5-7 Austria de cuartos de final del Mundial de 1954. La mayor orgía de goles jamás vista en una Copa del Mundo. Los helvéticos llegaron a ir ganando por 3-0, aunque al descanso ya perdían 3-5. El partido, disputado a más de 40 grados de temperatura, dio el pase a Austria a semifinales del Mundial.

Ese mismo año, en una de las semifinales, Hungría venció por 4-2 a Uruguay tras una prórroga en el que fue catalogado como el mejor partido de los primeros 25 años de la historia del Mundial. Hidegkuti, Czibor o Kocsis frente a Andrade o Schiaffino. Fue la primera derrota charrúa en la Copa del Mundo y certificó la coronación de Hungría como mejor equipo del planeta gracias a un juego de pases y movilidad nunca antes visto que sumó treinta encuentros imbatidos. Hungría perdió ese Mundial jugando como los ángeles al igual que Holanda lo perdió ante Alemania (1-2) en 1974 en un partido en el que tuvieron múltiples ocasiones. Salieron dominando la final, ocurrió que se confiaron en exceso ante una escuadra teutona que supo mantener la calma con Maier en portería, Beckenbauer de mariscal y Müller en ataque para darle la vuelta al choque.

Gerd Müller fue el hombre de aquella final al igual que Kylian Mbappé fue el hombre del partido en el 4-3 de Francia ante Argentina en octavos de final del Mundial 2018. Aquel correcalles coronado con un estratosférico gol de Pavard encumbró al imberbe Mbappé ante el que por entonces parecía acabado Leo Messi. Los franceses también se llevaron la gloria en otro épico encuentro de cuartos de Mundial ante Brasil (1-1) en 1986 con Platini y Zico danzando como cisnes por el terreno de juego antes de que los penaltis dictasen sentencia. Francia resultó vencedora como también lo fue en las semifinales de la Eurocopa 2000 ante Portugal (1-0) en el que fue el mejor partido en el mejor torneo que jamás jugó el excepcional Zinedine Zidane. Antes, en 1984, en la misma ronda (semifinales) y ante el mismo rival, Michel Platini había dictado sentencia. El 1-1 dio paso a una prórroga donde Portugal se puso por delante. A falta de siete minutos para cumplir los 120 de juego, el galo Domergue empató y con el tiempo añadido Platini anotaba el tanto de la victoria que clasificaba a Francia (3-2) rumbo a su primer título continental.

Sigamos con la Eurocopa y volvamos a la edición de 2000. Alemania e Inglaterra se estrellaron en la primera fase ante una superlativa Portugal. Los lusos vencieron a los ingleses (3-2) al remontar un 0-2 en contra gracias a un excepcional Luis Figo quien anotó uno de los mejores goles jamás vistos en competición continental. Cuatro años más tarde volveríamos a ver otra remontada de un 0-2. Esa era la ventaja de Holanda frente a Chequia a los veinte minutos de juego. Entonces el seleccionador checo decidió quitar a un central para meter a un delantero. Aquello fue una orgía de fútbol ofensivo comandada por Pavel Nedved y Tomas Rosicky que acabó con 3-2 para los centroeuropeos en esa primera fase de 2004. Y antes, allá por 1988, los dioses del fútbol se redimían y daban a Holanda su primer y único título oficial. Holanda venció por 2-0 a la Unión Soviética en la final de la Euro en una exhibición coral de dos equipos ofensivos y que hacían del pase la exaltación del juego. Y, aun con todo, lo que queda del choque es una perla individual, un escorzo inverosímil de Marco Van Basten para la posteridad.

Dos perlitas más para acabar. La agónica semifinal del Mundial de 2006 entre Alemania e Italia (0-2) donde los transalpinos demostraron que también podían jugar al ataque y que acabó con dos tantos seguidos en el último minuto de la prórroga. Y por último la gran victoria del fútbol africano. Fue la de Nigeria ante Argentina (3-2) en los Juegos Olímpicos de 1996. Los africanos remontaron por dos veces el marcador antes de llevar el duelo a la prórroga. Tras una falta lateral Amunike daba la victoria al continente negro tras haber eliminado en semifinales al Brasil de Roberto Carlos, Bebeto, Ronaldo y Rivaldo y en la final a la Argentina de Ayala, Zanetti, Simeone o Crespo. Casi nada al aparato.

Las águilas nigerianas

Vamos pues con los 10 mejores partidos épicos de selecciones de todos los tiempos. No es más que un listado. No es nada. Y a la vez lo es todo. Diez instantes igual de mágicos y emocionantes que son recordados por los aficionados al fútbol con independencia de sus filias y sus fobias.

10 Uruguay 1-1 Ghana (cuartos Mundial 2010): El que más me ha costado introducir en la clasificación. A fin de cuentas, no es más que un cuarto de final de un Mundial. Pero fue el lloro de África. El único hasta la fecha (y tiene pinta que el único en mucho tiempo) en el más pobre de los continentes. Y es que sí. Marruecos alcanzó las semifinales en 2022. Pero el Magreb no es el África negra. El África profunda. Y Ghana lo tuvo en la mano. Lo rozó con los dedos. Arrancó eléctrico el partido con claro dominio uruguayo que se fue nivelando poco a poco hasta que Muntari fusiló a Muslera y puso el 0-1 a favor de los africanos. Forlán respondería de falta en la segunda parte y lo que siguió fue un maravilloso correcalles que duró prórroga incluida. Entonces, abocados a los penaltis, en el minuto 120, un remate de cabeza de Ass a puerta vacía encontró la mano de Luis Suárez, quien en vez de delantero ejercía de portero. Era gol. Sería penalti y roja directa para el entonces delantero del Ajax. 85.000 espectadores sudafricanos empujaban a Asamoah Gyan para que anotase el penalti y llevase a África por vez primera a las semifinales de un Mundial. El disparo, seco y fuerte, se estrelló en el travesaño. Habría penaltis y ahí Gyan, valiente, lanzará y anotará el primero, pero dos compañeros suyos no conseguirán batir a Muslera. Sebastián Abreu, a lo Panenka, anotará el quinto y definitivo para dar carpetazo a un encuentro legendario.

El Loco Abreu tumbó a África

9 Checoslovaquia 2-2 Alemania (final Eurocopa 1976): Lo del penalti a lo Panenka nació precisamente en esta final de la Eurocopa. Antonín era el nombre de este checoslovaco irreverente. Aquella Eurocopa estaba destinada a un postrero duelo entre Cruyff y Beckenbauer. Sería la última oportunidad del genio neerlandés y de muchos de su grupo de locos melenudos de convertir en un título su fastuoso fútbol total. Para la RFA, con sus mitos superando la treintena, era el fin de fiesta a un ciclo que los había coronado como campeones mundiales un par de años antes. Los naranjas contaban con hacer lo mismo, pero cayeron en la prórroga ante Checoslovaquia en semifinales. La sorpresa fue mayúscula. Quiso el destino que la final tuviese un guion parecido al de la semifinal. Checoslovaquia se adelantó pronto y, aunque Alemania recortó al descanso, los checos vencían por 2-1. Como de costumbre los teutones iban a trompicones y como siempre pusieron el rodillo a funcionar doblegando a Ivo Viktor tras innumerables intentos gracias a un gol en el último minuto. Hubo prórroga y luego penaltis. Hoeness lo mandó al limbo y Panenka tenía en sus manos darle la victoria a Checoslovaquia. El silbato suena. Pequeña carrerilla. Antonín avanza. Maier dobla las rodillas hacía su izquierda. Panenka acaricia el balón. Su bota atrapa el esférico como cuchara en plato de sopa. En lugar de sacar un cañonazo de sus botas, Panenka orientó su cuerpo hacia la derecha y lanzó un balón bombeado por el centro de la portería. Con un ligero toque el esférico realizó una parábola que se dirigía lentamente al centro de la portería. Maier, tirado en el césped, observaba incrédulo lo fácil que habría sido pararla. El balón no había llegado a la red cuando Antonín levantó los brazos. Sabía que sería gol. Lo sabía mucho antes de haber lanzado. Había pasado a la historia.

El Panenka original

8 Italia 3-2 Brasil (cuartos de final Mundial 1982): A Brasil le faltaba un goleador. Tampoco le hacía falta. Sócrates, Falcao y Zico se bastaban. Aquello era un espectáculo. Fútbol ofensivo sin red. No tenían portero. Eso sí. Italia daba pena. Enfrentados a la prensa, los italianos habían pasado de carambola la primera fase sin haber ganado ningún partido. Su delantero titular había estado dos años sancionado por un escándalo de apuestas deportivas y aun no se había estrenado en el Mundial. Aquella tórrida tarde barcelonesa anotaría tres tantos. Italia jugó un partido valiente, ofensivo, algo que nadie se esperaba. Fue un partido precioso. Los italianos se adelantaron por dos veces y por dos veces empataron los brasileños. Luego, en el minuto 74, Paolo Rossi marcaba el tercero personal y el tercero para Italia. El partido, como dije, fue precioso e igualado. El colorido y la pasión de las gradas, el encanto de Barcelona y la demolición del estadio de Sarriá, han convertido el partido en mítico. En los últimos minutos Italia anotó un cuarto gol que fue anulado, pero ahí sí que el dominio fue íntegramente brasileño. Los transalpinos pusieron el autobús y defendieron como ellos sólo saben. Zico, Falcao y, especialmente, Serginho en un mano a mano que falló ante Dino Zoff pudieron darle la vuelta al marcador. Italia pasó a semifinales y luego ganaría la final a Alemania para llevarse un Mundial con el que nadie contaba. Para Brasil fue tal la decepción (a tragédia do Sarriá) que dio carpetazo para siempre al jogo bonito. Desde 1982 los porteros, los centrales y los mediocentros defensivos forman parte del ideario brasileño tal y como lo forman en el ideario futbolero del resto del mundo.

Y Paolo Rossi resucitó en Sarriá

7 Alemania 3-2 Hungría (final Mundial 1954): En la primera fase ambas escuadras se habían enfrentado. 3-8 ganó Hungría. Los magiares eran el mejor equipo del mundo. Sumaban 33 partidos consecutivos sin perder. No sólo eran los triunfos. Era la manera de lograrlos. A través de un 4-2-4 con continuos movimientos, Hungría tenía un portero que jugaba el balón al pie, defensas que armaban y barrían y delanteros que bajaban a recibir el balón al medio campo. Era el fútbol total antes de que existiese el fútbol total. Hidegkuti organizaba una bacanal ofensiva que remataba Puskás. Ocurrió que en la final llovió. Y llovió mucho. Y Alemania contaba con unas botas Adidas de tacos regulables, una innovación de la época. Los húngaros se resbalaban y cuantiosas eran las caídas. Y Puskás, lesionado en el tobillo, era incapaz de correr. Los alemanes, además, contaban con Fritz Walter, un excepcional centrocampista que rendía bien en los días lluviosos, ya que una malaria contraída en tiempos de la II Guerra Mundial le impedía rendir bien cuando el sol abrasaba. Al principio nada de eso se notó. A los diez minutos el marcador ya era 0-2 para los magiares. Aquello estaba visto para sentencia. Tenía pinta de masacre. Pero no sería así. Antes del descanso los alemanes empataban. En la segunda mitad el agua golpeaba con fuerza los cuerpos de los jugadores y el balón se asemejaba a una roca. Hungría salió con todo tras el descanso a sabiendas que el depósito de gasolina estaba quedándose seco. Un lanzamiento al poste de Kocsis, un paradón de Turek a tiro de Puskás, otro lanzamiento al poste de Hidegukti y otro paradón de Turek a cabezazo de Kocsis.  A base de ganas, orgullo y algo de suerte Alemania sobrevive y se mantiene en pie. Por entonces el campo es un barrizal. Es el minuto 84 de la final cuando Rahm lanza un latigazo con la zurda que bate a un Grosics que resbala cuando va a atajar el balón. Un Puskás cojo aun conseguiría empatar el encuentro, pero el gol era anulado por fuera de juego. Hungría perdió la final y se diluyó como un azucarillo en los anales de la historia. Para Alemania fue la primera vez que se cantaba el himno con orgullo desde tiempos del III Reich y el inicio un carácter indomable y una fortaleza de hierro que los hará grandes en el fútbol mundial.

El nacimiento de la Alemania invencible

6 Inglaterra 4-2 Alemania (final Mundial 1966): Alemania se aventajó al poco de comenzar e inmediatamente Hurst puso el empate en el marcador. A doce minutos del final los ingleses se adelantaron y, cuando ya se veían celebrando su primer Mundial, el teutón Weber empató el encuentro en el minuto 89. Prórroga. El partido lo tenía todo. Apenas dos décadas atrás ingleses y alemanes estaban matándose en el campo de batalla. Quien más y quien menos tenía padres que habían ido a la guerra, tanto los que estaban sobre el césped como los que veían el choque desde las gradas. Lo que vino después es celebérrimo. Alan Ball pone un balón franco para Hurst que dispara con fiereza. El esférico golpea ferozmente en el larguero y en el rebote el balón botó sobre la línea de portería. No parece que la haya traspasado. O sí. O no. El árbitro da el gol por válido. 3-2. Los alemanes montan en cólera. Los ingleses lo celebran eufóricos. El colegiado era suizo, pero el culpable de la validez del tanto fue un juez de línea soviético que respondía al nombre de Tofiq Bahramov. Luego vino la leyenda. Se dijo que tras el partido la Reina Isabel II le regaló a Bahramov un silbato de oro por sus servicios. Y la cosa tomó tintes míticos en octubre de 1993. Estando Bahramov en su lecho de muerte fue preguntado cómo pudo saber si el balón había traspasado o no la línea de gol. Al parecer, el ex colegiado respondió: “Stalingrado”. El caso es que sin VAR no había mucho más que hacer. Aún le daría a Geoff Hurst tiempo a meter otro gol en el minuto 120, firmar el primer hattrick que se ha logrado en la final de un Mundial y convertir a la orgullosa Inglaterra, aunque fuese por una única ocasión, en rey del planeta.

El ¿gol? de Hurst

5 Argentina 3-3 Francia (final Mundial 2022): Fue un Mundial tan extraño que comenzó con una derrota de Argentina frente a Arabía Saudí. Era diciembre. Y era en Qatar. Y aun con todo, Argentina se plantó en la final. Leo Messi tenía que haber salido campeón en 2010 o en 2018. Y lo tuvo en su mano en 2014. Era su año. Nadie contaba con 2022, pero el destino lo quiso así. Un Messi crepuscular, más organizador que finalizador, pero que manejó los partidos a su antojo con su clarividencia habitual y con una fiereza nunca antes vista. En la final tocaba enfrentarse con la ultrafísica Francia dirigida por el talento de Mbappé. Argentina se trabajó la tercera estrella en la pechera. Durante 80 minutos impecables sumó dos tantos y mostró una superioridad absoluta. El segundo de Di María, tras jugada colectiva, fue un tanto maravilloso. Pero fue que a diez minutos del final Kylian Mbappé anotó de penalti. 95 segundos después el mismo protagonista puso el empate, en esta ocasión tras una volea perfecta. 2-2. Entonces los europeos crecieron y tuvieron varias para llevarse el Mundial antes de la prórroga, pero tocaba media hora más de espectáculo. El tiempo extra fue precioso. Inolvidable. Lautaro Martínez tuvo un par de ellas y en la tercera despejada por el meta Lloris anotó tras rechace para adelantar otra vez a Argentina. Otros 100 segundos tardó Francia. Penalti clarísimo que anota Mbappé. 3-3. Tres goles de Mbappé que empataba a tantos en una final con el inglés Hurst. Kolo Muani tendría un mano a mano en el último instante, pero tocaba penaltis. Apareció entonces en escena un tal Emiliano Martínez, un portero semidesconocido con pinta de soldador que había jugado en ocho equipos distintos en los anteriores ocho años. Atajó un lanzamiento, Tchouamení mandaba otro fuera y Leo Messi adelantaba por la derecha a Diego Maradona.

Éxtasis Messianico

4 Alemania 3-3 Francia (semifinal Mundial 1982): Se puede catalogar como la mejor prórroga que jamás se ha jugado. Preciosa. Un duelo sin red al ataque. El culmen de un partido épico cuyo momento álgido no fue ningún gol, sino un golpe. Sevilla. Sánchez Pizjuán. Era el minuto 62. Alemania había dominado el encuentro que, de todos modos, se mantenía igualado (1-1). Platini recibe el balón y envía al espacio para la carrera de Battiston. Frontal del área. Toni Schumacher, meta alemán, sale con todo a despejar, se olvida del balón e impacta de lleno contra Battiston. La cadera de uno impacta contra la cabeza del otro. Battiston cae el suelo inconsciente. No hay roja. Ni penalti. Y Battiston no se levanta. Sale en camilla del campo sin recuperar la consciencia. Platini sale de la mano con él. Y, mientras, Schumacher ni se inmuta, masca chicle y juguetea con el balón en su área. Luego dirá que tuvo miedo de acercarse a preguntar. Para todo el mundo será siempre el villano de Sevilla. El caso es que los franceses, que hasta entonces no habían tenido la iniciativa, le meten una marcha más al partido. Tendrán varias ocasiones, la más clara un remate al larguero de Amorós. Prórroga. En el segundo minuto se adelanta Francia con una volea de Tresor y luego Giresse anota el 1-3. Alemania está desbordada. Todo parece decidido. Pero no. Rummenigge, quien acaba de entrar al campo a la desesperada dado que estaba lesionado, recorta distancia con un escorzo. Descanso. Y en la segunda mitad de la prórroga el rodillo teutón coloca el 3-3 final. En los penaltis todos anotan hasta que Stielike lanza al muñeco. Francia lo vuelve a tener en su mano, pero Schumacher detiene el penalti lanzado por Didier Six. Luego el villano de Sevilla aun pararía otro más. Alemania había alcanzado la final gracias a las paradas de Toni Schumacher, el villano de Sevilla.

Battiston y Platini

3 Argentina 2-1 Inglaterra (cuartos de final Mundial 1986): Sin lugar a dudas el partido del que más se ha escrito en la historia. La literatura sobre este duelo es soberbia, tanto en castellano como en inglés. El contexto era inmejorable. Cuatro años antes los argentinos habían ocupado las Malvinas, un archipiélago insignificante en la costa argentina, pero de soberanía inglesa. En apenas un mes los ingleses barrieron la ocupación sudamericana. La derrota hizo caer a la dictadura militar y en 1983 se celebraron elecciones libres en Argentina. Para 1986 la herida aun sangraba. Y Maradona estaba presente. Maradona era el potrero. El niño sonriente, pícaro, el gambeteador que creía en la ley de la calle. Un cara sucia. Un irrespetuoso del poder. Y no existe más rectitud y más poder que el anglosajón. Así que aquello no era un partido más. El encuentro fueron dos instantes. ¡Qué dos instantes! Valdano no logró controlar un pase y el balón atrás de un defensa inglés iba a ser despejado por Shilton cuando Maradona se levantó de un salto y golpeó el balón con su mano izquierda simulando que le había dado con la cabeza. “Lo hice con la cabeza de Maradona, pero con la mano de Dios”, diría Diego Armando. Seis minutos después el Barrilete Cósmico cogió un balón en el centro del campo, hizo un giro sobre sí mismo y comenzó una carrera prodigiosa con el balón pegado en su pie izquierdo en el que se llevó por delante a cinco defensores ingleses y al arquero Peter Shilton. Fue la esencia del fútbol. El fútbol como juego, como un pasatiempo azaroso en el que gana el más fuerte o el más listo y donde el resultado es imprescindible. La belleza de la trampa y el arte hecho carne. El fútbol de la infancia. Un fútbol que hoy ya no existe…Volvamos al juego. Bobby Robson realizó un par de cambios ofensivos y los ingleses tomaron el control del choque hasta que a diez minutos del final Gary Lineker, un delantero excepcional pulcro y académico antítesis de Maradona, recortaba distancias. Inglaterra siguió presionando y atacando y los argentinos pusieron en marcha otra treta callejera perdiendo tiempo y simulando calambres. Final. 2-1. Maradona daba otro paso hacia el Olimpo. ¡Malvinas argentinas! se cantaba en el vestuario albiceleste tras la victoria.

La mano de Dios

2 Brasil 1-2 Uruguay (final Mundial 1950): La FIFA tuvo la estúpida y terrible idea de suprimir la final del Mundial. En su lugar programó un cuadrangular final con los cuatro semifinalistas en formato de liguilla. Pero quiso el destino que el último partido enfrentase a Brasil y a Uruguay. No era una final, pero se le asemejaba. Si Brasil ganaba o empataba era campeón. A los charrúas sólo les valía la victoria. Más de 200.000 espectadores en Maracaná, cifra jamás igualada en un campo de fútbol. Se habían vendido más de medio millón de camisetas felicitando al campeón brasileño y todos los actos oficiales de celebración estaban programados. Había banda de música en el campo y se habían acuñado monedas con el rostro de los futbolistas brasileños. Jules Rimet, presidente de la FIFA, llevaba en el bolsillo de su americana un papel con un discurso en portugués en honor a Brasil. Antes del partido el embajador uruguayo se acercó al vestuario charrúa y exhortó a sus compatriotas a sufrir una derrota digna. Ese era el panorama. Brasil dominó el choque y a los dos minutos del segundo tiempo se adelantó en el marcador. La explosión de júbilo fue estruendosa. Obdulio Varela, capitán uruguayo, cogió el balón con las manos y se acercó al árbitro a reclamar un fuera de juego del todo inexistente. El negro Varela, un mestizo de madre gallega y padre africano, sabía de sobra que no había sido fuera de juego, pero su intención eran ralentizar al máximo el partido y no volver a poner el balón en el centro del campo hasta que público y jugadores se calmasen. Con inteligencia logró su objetivo y lejos de desmoronarse Uruguay tomó las riendas del encuentro. Un cuarto de hora después un remate de Schiaffino firmaba el 1-1. Con ese resultado Brasil era campeón, pero el miedo recorrió las entrañas de todos los brasileños allí presentes. Paralizados los cariocas, Uruguay empezó a acumular ocasiones hasta que en el minuto 79 un remate de Ghiggia al palo corto del arquero brasileño puso el 1-2 definitivo. Aquello pasaría a ser conocido como Maracanazo. 200.000 presentes lloraban a lágrima viva y Jules Rimet tuvo que darle la copa de campeón a Obdulio Varela a escondidas. Brasil abandonó para siempre su camiseta blanca y la cambió por la verdeamarela. Barbosa, portero brasileño, se acercó, ya anciano, un día de 1993 a presenciar un entrenamiento de la selección brasileña. Se le fue negada la entrada porque creían que les daría mala suerte. “La pena máxima en Brasil por un delito son treinta años, pero yo he cumplido condena durante toda mi vida”, declararía a los medios.

Y 200.000 brasileños lloraron

1 Italia 4-3 Alemania (semifinal Mundial 1970): El partido del siglo. Y punto. Alemania (la RFA para ser más exactos) combinaba en su selección la clase, el talento y el esfuerzo de varias generaciones, a pesar de que su Liga no tenía tal poder. Tenía un equipo descomunal línea por línea, empezando por Maier en la portería, Vogts en defensa, Beckenbauer o Overath en el centro del campo y una dupla increíble en punta formada por Uwe Seeler y Gerd ‘Der bomber’ (Torpedo) Müller. En 1970 Italia tenía un equipo fabuloso. Lideraba la defensa el capitán Giacinto Fachetti, y contaban con dos extraordinarios mediapuntas, Sandro Mazzola (ídolo del Inter de Milan) y Gianni Rivera (ídolo del AC Milan). En cualquier otro país ambos podrían jugar juntos. En Italia eso era imposible. Es más, en la punta del ataque estaba Luigi Riva, un delantero con una zurda descomunal, pero que a menudo acababa desesperado ante la ausencia de pases dignos de ser convertidos en gol. El choque fue un partido lleno de giros imprevistos. Un combate extenuante, sembrado de rachas de buen juego, errores clamorosos, lesiones, jugadas polémicas y un esfuerzo descomunal ante un calor abrasador. La fatiga provocó un desenlace en la prórroga que se tornó en inolvidable. Durante la primera parte el encuentro se ajustó al guion previsto. Alemania dominaba y tenía varias ocasiones de peligro, mientras que Italia esperaba agazapada. Fruto de la legendaria paciencia azzurra, al filo del descanso Boninsegna cargó con velocidad y adelantó a Italia en el marcador con un fulgurante disparo desde 30 metros. Inmediatamente los transalpinos se echaron aún más atrás si cabe esperando el fin del encuentro. Recibieron entonces un bombardeo con infinidad de ocasiones desperdiciadas, hasta que en el tiempo de descuento Alemania hizo gala de su fama y Schnellinger marcaba. 1-1. Su primer gol en 47 partidos internacionales. Prórroga. No hay cambios. Ya se habían agotado. 40 grados de temperatura. Beckenbauer juega el tiempo extra con una clavícula rota y brazo en cabestrillo tras ser derribado minutos antes. Es la imagen del partido. En el minuto 95 del choque (5’ de la prórroga), Gerd Müller adelanta a Alemania tras un fallo defensivo transalpino. Los italianos dejaron las precauciones defensivas para otro momento y en tan sólo cuatro minutos firmaban el 2-2. Poco después el cazagoles Riva bajaba el balón dentro del área, se libraba de Schulz con un precioso regate y con un zurdazo cruzado batía a Maier y ponía por delante a Italia. 3-2. Segunda parte de la prórroga. Italia empezó a perder tiempo de forma descarada, en una mezcla de lesiones simuladas y exhausto cansancio. Pero Alemania no estaba muerta. En un saque de esquina Seeler cabecea en primera instancia y luego Müller volvió a anotar. 3-3. En ese momento parecía que el partido iba a acabar en tablas. Ello implicaba otro extenuante partido al cabo de dos días, ya que por aquel entonces no estaba todavía implantado el sistema de penaltis. Sin embargo, en el minuto 116 la elegancia de Rivera surgió cerca del área para, con un precioso disparo con el interior, batir a Sepp Maier. Italia se clasificaba para la final tras un majestuoso partido en el que se anotaron siete goles, cinco de ellos durante la prórroga, tiempo extra al que se había llegado tras un gol alemán en el minuto 93. Colosal. Inolvidable.

Échenle un ojo en Youtube…
…es el partido del siglo

Los mejores partidos de la historia

Los 10 mejores partidos épicos de clubes de todos los tiempos (la primera selección de los 40 mejores encuentros futbolísticos de siempre)

Leer más

Cuando Cruyff jugó en el Feyenoord

Para 1983 Johan Cruyff era un futbolista en desuso. A los 37 años seguía dirigiendo a sus camaradas como guardia de tráfico y golpeaba el balón con delicadeza e inteligencia de un lado al otro del campo. Su ingenio seguía tan vivo como de costumbre. Hasta le dio por inventar una nueva forma de lanzar un penalti al pasárselo a un compañero en vez de disparar a puerta en una secuencia que se mantiene fresca y viva a pesar del paso del tiempo.

Pero Cruyff había perdido totalmente su punta de velocidad. No hacía cambios de ritmo, era incapaz de presionar y su rendimiento en las segundas partes era paupérrimo. Se perdía muchos partidos aquejado de dolores invisibles para los galenos y de migrañas que sospechosamente iban y venían con el transcurrir de los partidos. Había abandonado la delantera de tal forma que llegó a ocupar hasta el puesto de líbero para vivir cómodamente alejado de las obligaciones físicas que se les suponen a los hombres de ataque.

Todo esto era irrelevante para los aficionados del Ajax que en el último partido de la temporada 1982/83 despidieron a Cruyff con honores mientras increpaban al palco en la espectacular victoria por 6-5 del Ajax ante el Fortuna Sittard. La directiva tuvo que escapar del palco protegida por la policía mientras Cruyff se despedía de la afición del De Meer bañado en un mar de lágrimas.

En realidad, no era la primera vez que Cruyff dejaba el Ajax ni tampoco la primera en la que se iba enfrentado con la directiva. El ’14’ se ganó infinidad de multas desde adolescente por negarse a jugar si no le aumentaban el sueldo. Cruyff fue el primer futbolista que se atrevió a exigir a una federación el pago por acudir a una convocatoria nacional y también fue el primero que pidió un traspaso amenazando con no renovar su contrato en caso de que no se aceptaran sus exigencias. Pudo hacer esto y mucho más, porque pocos futbolistas modificaron tanto las leyes del juego como Cruyff y menos aún dotaron al fútbol de tanta belleza. Por eso, cuando Cruyff dejó el Ajax por el FC Barcelona o cuando volvió al Ajax con el rabo entre las piernas tras su aventura estadounidense, siempre supo que hiciese lo que hiciese tendría a las masas a su favor.

Pero en 1983 y con 37 años su poder de convicción estaba en horas bajas. Muchos de sus compañeros de vestuario que antes le adoraban veían ahora en Cruyff un viejo cascarrabias que no paraba de gritar y de dar órdenes. La directiva tampoco veía la necesidad de hipotecarse cuando tras un lustro de sin sabores habían aparecido en el primer equipo talentos como Frank Rijkaard y, especialmente, un chico de 17 años llamado Marco Van Basten del que muchos decían que era mejor que el propio Cruyff, y que, sobre todo, poseía un carácter mucho más dócil.

Así que no fue sorprendente que el Ajax no renovase el contrato de Cruyff aquella primavera de 1983. Sin embargo, Cruyff no tenía intención alguna de colgar las botas. Y mucho menos de dejarlo cuando le mandasen. Su ego no se lo permitiría. Él tenía que decidir cuándo dejarlo. Y quien conociese un poco al personaje y el rencor que le recorría por el largo y ancho de su cuerpo tendría clara cuál iba a ser su decisión.

Para la temporada 1983/84, la que sería su última campaña en activo, Johan Cruyff, el niño cuya madre trabajaba en los servicios de limpieza del Ajax y que creció en una casa situada a escasos metros del estadio De Meer, fichaba por el Feyenoord de Rotterdam, el odiado rival.

El Flaco con el Feyenoord

Ejercía de entrenador dentro y fuera del campo, exigía desmarques, cambios de juego y continuos cambios de posición. Desacreditaba al entrenador siempre que podía y mandaba a los demás que corriesen cuando él jamás lo hacía. Pero el problema es que el Feyenoord no era el Ajax. El juego ofensivo y coral de los de Ámsterdam era sustituido por un juego directo en formación 4-4-2 que no encajaba en los ideales de Cruyff. El Feyenoord llevaba diez años sin ganar una liga y veía como el PSV era ahora el que rivalizaba con el Ajax. Eso era lo de menos. Lo fundamental era que el Feyenoord, a diferencia de la mayoría de clubes neerlandeses, defendía un tipo de juego distinto al de toque y posesión, principalmente con el objetivo de diferenciarse de su odiado rival de Ámsterdam.

Así que cuando apenas un par de meses después del inicio del campeonato el Ajax de Olsen, Rijkaard, Vanenburg y Van Basten le meta un ¡8-2! al Feyenoord parecía que solo faltaba poner los clavos para cerrar el ataúd de Cruyff.

Por suerte para Cruyff, su relación con el presidente del Feyenoord era excelente y no hubo problema alguno cuando Johan pidió un cambio de rumbo y exigió como segundo entrenador a van Hanegem, una antigua leyenda del Feyenoord y amigo de Cruyff en la selección. Así, cuando Cruyff desacreditaba al entrenador, van Hanegem soltaba un comentario jocoso que templaba los ánimos. Del mismo modo, van Hanegem supo convencer a Cruyff de que dejase de ser tan exigente y renunciase a su fútbol ofensivo en pos del triunfo. Cruyff, que lo que más ansiaba era ganar la liga para vengarse del Ajax, acabó claudicando, pero tan solo porque van Hanegem fue capaz de darle el jabón suficiente para mantenerlo en vereda.

De este modo, Cruyff aceptó el esquema 4-4-2 siempre y cuando el equipo se encontrase en continuo movimiento y nadie pidiese el balón al pie. Mientras hubiese dinamismo y la gente escuchase sus indicaciones sería capaz de aceptar jugar a la defensiva o buscar el contraataque.

Sin practicar un juego brillante y con Cruyff como mediocentro dando espectaculares pases con el exterior de 30 metros para que los delanteros le ganasen la espalda a las defensas contrarias, el Feyenoord cambió el rumbo. Además, si el Ajax contaba con Van Basten en Rotterdam babeaban con Ruud Gullit, una fuerza de la naturaleza de 20 años. Victoria tras victoria llego el partido de la segunda vuelta contra el Ajax que dejaba la liga sentenciada para el Feyenoord. Fue un 4-1 para los de Rotterdam en una exhibición de Cruyff en la que no escatimo alegrías tras marcar el segundo gol del partido.

En mayo de 1984 a Cruyff lo subían a hombros por última vez en su carrera tras lograr el doblete con el Feyenoord, justo doce meses después de haberlo hecho con el Ajax. A pesar de que tenía carta blanca para hacer lo que quisiera y para quedarse en Rotterdam las temporadas que le viniese en gana, Cruyff estaba satisfecho. Había cumplido con su venganza y, en el fondo, él sabía que su corazón estaba con el Ajax.

En la primavera de 1984, a los 37 años, Johan Cruyff colgaba las botas tras doce temporadas en el Ajax, cinco en el FC Barcelona y una última campaña, tan gloriosa como vengativa, en el Feyenoord de Rotterdam. Tres meses después, a inicios de agosto, ejercía de entrenador del Ajax sin haberse sacado el título. Le dijeron que antes de que acabase esa temporada tendría que sacárselo o sino nunca más podría sentarse en un banquillo.

Ejercería de entrenador en Ámsterdam y en Barcelona durante once temporadas y moriría siendo considerado uno de los mejores técnicos de todos los tiempos.

Jamás se sacó el título.

Ese era Johan Cruyff.

Otras historias relacionadas

Cuando Jopie conoció a Gento (el día que Cruyff conoció a su ídolo de la infancia)

El padre del fútbol (como Jimmy Hogan ha influido en todos los grandes técnicos de la historia del fútbol)

Una de entrenadores (nacimiento, explosión y agotamiento de un entrenador de fútbol)

Desglosando al mejor de la historia (¿Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona o Messi?)

Leer más

Amstel Gold Race. Guía de viaje

Son 17 millones los habitantes de los Países Bajos y son 23 los millones de bicicletas que pululan por sus calles y caminos. Son 1’3 bicicletas por habitante, por los 0’8 de Dinamarca y los, más que respetables pero inferiores, 0’6 de Japón. Ámsterdam es el paraíso de los ciclistas. Cuentan con aparcamientos de varias alturas para hacer dormitar a la burra. En las carreteras la preferencia es para la bicicleta. La cultura ciclista ya era existente antes de la II Guerra Mundial, aunque su cristalización se dio tras la crisis del petróleo de 1973 que trajo consigo un fuerte impulso público para el fomento del ciclismo.

Países Bajos, que geográficamente supera por poco el nivel del mar y cuyo punto más alto rebasa con dificultad los 300 metros, es un país loco por el ciclismo. Pero no contaba con una carrera de renombre. No es un país de gran extensión como Francia, Italia o España, los tres tenores del ciclismo, pero tampoco cuenta con la literatura y la épica de Bélgica, su mal avenida vecina. Hasta Suiza presumía de pruebas más respetadas en la historia del ciclismo.

En 1966 hubo ganas de cambiar con eso para siempre.

La Amstel Gold Race no tiene la dureza de la Lieja-Bastogne-Lieja, ni la mística del Tour de Flandes, ni es desgarradora como la Paris-Roubaix. No. La Amstel Gold Race es la menos esplendorosa del triodo de clásicas de las Ardenas, y, sin embargo, es al mismo tiempo la más bella. La Amstel Gold Race es la mayor carrera ciclista de Europa. Cerca de 20.000 cicloturistas compiten el día anterior por las mismas calzadas que serán invadidas por los profesionales al día siguiente. Son cerca de 260 kilómetros, 17 muros y 3.500 metros de desnivel asaltados por deportistas de todos los rincones del continente. Y con ese mismo entusiasmo, y con cerveza en mano, todos ellos se unirán a transeúntes, vecinos y nativos para, a golpe de cuneta, rendir pleitesía a los esforzados de la ruta. No existe prueba de un día con un ambiente tan perfecto como el de la Amstel, donde todo ocurre en una circunferencia de 40 kilómetros de diámetro. No existen los atascos, profesionales y aficionados conviven codo con codo y fiesta y pedaleo permanecen unidos e indivisibles para siempre.

Amstel Gold Race: Recorrido y equipos - Ciclo21
Amstel 2023

Fue Herman Kroft el que ideó la carrera. Kroft era el director del equipo ciclista Amstel, la cerveza que toma su nombre del río que discurre por la bella Ámsterdam. Hoy propiedad de Heineken, en su día Amstel fue la primera cerveza en usar la lata con envase o la primera que utilizó una botella sin abridor. El caso es que Kroft tenía entre ceja y ceja la creación de una carrera ciclista de corte internacional en los Países Bajos. Convenció a Amstel de la idea y la marca cervecera abandonó el patrocinio de un equipo ciclista para dar su nombre a una prueba de un día con salida en Maastricht. Era 1966.

Porque es entre Maastricht y Valkenburg donde se disputa la Amstel Gold Race. Un paseo por Limburgo, la región más meridional de los Países Bajos, una lengua de tierra encajonada entre Bélgica al oeste y Alemania al este. Se trata de un cumulo de curvas y continúas subidas y bajadas donde es ejercicio complicado encontrar una recta camino del horizonte. La Amstel es la primera del tríptico de las Ardenas. La antesala de la Flecha Valona y de la fiesta final de la Lieja-Bastogne-Lieja.

La carrera nace en Maastricht, centro de Europa, ciudad que forma un hinterland propio junto a Lieja y Aquisgrán. Tres países distintos a treinta kilómetros de distancia. Así Maastricht no es neerlandesa. Es la ciudad menos nórdica de los Países Bajos. La buena cocina y la moda salpican las esquinas de sus calles de realengo. Es Maastricht ciudad fundada por los romanos y cuenta con el puente y la iglesia más antigua del país. La Basílica de San Servando es venerada por la cristiandad por estar allí sepultado el hombre que convirtió a los germanos. Es Maastricht también Mastrique, la ciudad saqueada e incendiada por Alejandro de Farnesio, cuando aquellas tierras nombraban a Dios para sostener guerras en las que primaba el dinero. Y es Maastricht la ciudad donde una bala de mosquete desgarró la garganta del conde D’Artagnan, teniente de mosqueteros de Luis XIV y que luego fue mitificado por Alejandro Dumas, aquel hijo de una costurera negra que consiguió tener a la élite francesa a sus pies.

Maastricht coge su nombre del río Maas, Mosa en castellano. El trazado cabalga hacia el norte siempre bordeando el Mosa, la arteria comercial más importante de la Edad Media. Por el camino está Meersen, donde los hijos de Carlomagno dividieron el reino de su padre en tres partes creando formalmente Francia y Alemania. En el medio de los dos colosos quedó el heredero más débil y su legado ha sumido a Europa en guerras y disputas hasta que en 1992 se firmó el Tratado de Maastricht que unió a los europeos a fuerza de billetes. Es en el Mosa, en Maastricht o en Eisloo, donde está la frontera del Sacro Imperio Romano Germánico y donde los alemanes lloran en su himno la perdida de Alsacia y Lorena tras la Paz de Westfalia de 1648.

Siempre bordeando el Mosa, y tras cruzar el puerto interior de Stein, se da por finalizado el desafío a Bélgica y se llega a Sittard, donde se gira bruscamente hacia el sureste. A partir de ahí toca disfrutar de Limburgo. Los cien primeros kilómetros son tramos de fácil pedaleo. Tiempo de fotos por la campiña neerlandesa siempre y cuando el agua no haga acto de presencia. Bellas colinas, sorprendentes aldeas, granjas de entramado de madera, ermitas campestres y castillos medievales. Paisaje verde, salpicado de arroyos y milenarios depósitos de carbón. No olvidemos que estamos en uno de los lugares donde se inició la Revolución Industrial.

Poco a poco el camino se vuelve más complejo. Siempre sin grandes desniveles, pero nunca con descanso. En Simpelveld se encuentra la iglesia de San Remigio, obra culmen del catolicismo de perfecta piedra blanca. Justo después está Nijswiller, cuyo castillo era lugar de descanso para los católicos antes de adentrarse en tierras protestantes. Estamos llegando al centro de Europa y, aunque no cruzaremos la frontera alemana, sobre nuestras cabezas siempre se proyectará la sombra de Aquisgrán, desde cuya catedral la tumba de Carlomagno vigila nuestras pedaladas.

El trazado está acicalado por diferentes cotas que varían edición tras edición, aunque muchas de ellas son de obligado cumplimiento. Está Cauberg (1.200 metros al 6%), Kruisberg (700 metros al 7%) o Bemelerberg (1.000 metros al 4,4%) está ultima, más llevadera, a un paso de la línea de meta en las últimas ediciones. Tradicionalmente la carrera se decidía tras el ascenso a Cauberg y llegada a destino, aunque en los últimos años la línea de meta espera tras descenso de la misma. Sin embargo, la rampa más dura de la Amstel Gold Race es Keutenberg donde se llega al 22% de desnivel.

Pero no adelantemos acontecimientos. Con unos 170 kilómetros sobre las piernas llegaremos al lugar donde se unen la frontera de Bélgica, Países Bajos y Alemania. Vaalserberg es una colina de 321 metros de altitud que domina los tres países. ‘Drielandenpunt’ en neerlandés. A partir de entonces comienza la traca final.

Drielandenpunt – a craziest walk – Internationales Volunteersprojekt EVKKDO
Vaalserberg

Luego la carrera puede adentrarse hacia el sur o dirigirse directamente hacia el oeste buscando Valkenburg. Según el año la idea de la organización es diferente. Lo que nunca cambia es el paisaje. Castillos, granjas de vacas frisonas y casas de madera. Bucólico, Limburgo ofrece reposo, descanso y buena cocina a escasas dos horas para los habitantes de las ajetreadas Ámsterdam, Rotterdam o Eindhoven. Limburgo se conoce en los Países Bajos por ser la meca de la buena vida. Cervezas artesanas, espárragos, estofado de carne de caballo y el ‘Limburgse vlaai’, una tarta rellena de manzana, cerezas o albaricoque.

A 20 kilómetros, ya enfilada la recta final de la prueba, aparece Eys, conocida como la Toscana de Limburgo, y en cuya colina (1.100 metros al 8%) los ciclistas lanzan sus ataques cada mes de abril mientras que al llegar el verano los lugareños intentan hacer lo mismo con un saco de 100 kilos de arena sobre los hombros. Así es desde 1956 y el ganador es el rey de las fiestas del pueblo. Los falsos llanos post Keutenberg (22%, la colina más empinada de los Países Bajos) permiten llegar a Valkenburg antes de afrontar la llegada a Cauberg. Por entonces no existe bar en la zona cuyos aledaños no estén repleto de aficionados colmados de cerveza.

Valkenburg es una pequeña ciudad de vacaciones. Lugar de descanso desde que en el siglo XIX apareció en su vida el tren, cuenta con cuevas prehistóricas, hoteles neoclásicos, teatros al aire libre y catacumbas como las romanas. Molinos de agua, casas señoriales o modernos parques de atracciones la convierten en ideal para el verano, aunque su día grande es en primavera. Es en Valkenburg donde se decide la Amstel Gold Race y son las ruinas de su castillo las que dan la bienvenida al ganador de la carrera de la cerveza.

Pero antes de afrontar el kilómetro y medio a toda velocidad por las calles de Valkenburg tras 260 kilómetros de esfuerzo, los ciclistas deben desafiar la subida al cementerio de la ciudad, situado en el alto ya referido de Cauberg (1.200 metros al 6 %). Es en Cauberg donde en los últimos años los ciclistas dan el golpe de efecto, aunque Jan Raas solía hacerlo mucho antes. Raas se convirtió en uno de los clasicómanos más laureados y temidos del pelotón mundial a caballo entre los 70 y los 80 venciendo consecutivamente en tres ediciones de la Amstel Gold Race, que ya entonces se conocía como Amstel Gold Raas. Fueron cinco entorchados en total a lo que añadió una victoria en el Mundial de 1982 con final en su, para él conocidísimo, Valkenburg.

CapoVelo.com - Looking Back When Jan Raas Dominated the Amstel Gold Race
Jan Raas

Fue sin embargo Eddy Merckx, cómo no, el que le dio renombre a la prueba. Hasta entonces la Amstel Gold Race no tenía sitio fijo en el calendario y cambiaba continuamente su lugar de salida y llegada. Los organizadores prometieron una cifra desorbitada al Caníbal si vencía en la Amstel. Era 1973. Lo hizo con tres minutos de ventaja sobre el segundo y repitió triunfo en 1975. Aquello puso en el mapa a una carrera que tras Jan Raas tiene al belga Philippe Gilbert (4) como el ciclista más laureado. A día de hoy ningún español ha salido triunfante de la Amstel Gold Race, incluido Alejandro Valverde, quien ganó cinco veces la Flecha Valona y cuatro veces en Lieja, pero fue incapaz de vitorear en tierras neerlandesas.

Otras guías de viaje ciclistas

Propuesta de un Tour por Europa (una vuelta de norte a sur por el Viejo Continente a lomos de una bicicleta)

Milán-Turín (un viaje remontando el río Po camino de la esplendorosa Turín)

Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en ‘La Classicissima’)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)

Leer más

El padre del fútbol

Por el antiguo testamento el partido duraba noventa minutos según el reloj del árbitro, que sólo lo detenía por causas visibles y aceptadas por todos. Cuando había una interrupción extraordinaria el árbitro paraba el reloj y lo reactivaba al resolverse el problema. El tiempo real de juego venía a ser de algo menos que una hora (..) Aquello era sencillo, pero eran otras circunstancias. No había cambios, salvo el del portero en caso de lesión y en la Copa de Europa ni eso. Llegaron los cambios y fueron subiendo: dos, tres, cinco por la pandemia que ya quedaron, uno más en la prórroga… Apareció la moda de echar el balón fuera cada vez que uno se cae o se tira. Vino el cuarto árbitro y trajo las broncas con los banquillos. Más el VAR, con las pelmazas reflexiones de sus sexadores de pollos en la sala brumosa. Y las pausas para hidratación, que camuflan tiempos muertos para los entrenadores (..) No me olvido del árbitro advirtiendo en todos y cada uno de los córners a los jugadores de que no pueden, cosa que ya saben desde pequeñitos (…) Todas esas adherencias en mayoría absurdas con que se ha ido cargando el fútbol desbordan la capacidad del árbitro. Y el final es difuso. Por el antiguo testamento, el tiempo terminaba en la muñeca del árbitro (…) La vieja sencillez del fútbol ha sido batida por muchos flancos en un proceso de autolesión continua (…) De un tiempo acá el fútbol viene tomando muchas cosas del baloncesto y otros deportes americanos: cambios, números fijos en las camisetas, proliferación de árbitros, estadísticas, revisión tecnológica, entrenador de pie dando gritos, volatilidad de las plantillas, bloqueos, sobeteo continuo de reglas… Lo siguiente será la medición del tiempo”. Alfredo Relaño, director del Diario AS (1996-2019).

Al principio de los tiempos el fútbol obedecía a su origen rural. Se juega en hierba, el objetivo está en el horizonte y un árbitro (una suerte de cura o juez de paz) dicta las normas. El partido dura lo que dura, hasta que alguien meta pongamos diez goles. Si, fueron los hijos de Eton, Harrow o Winchester los que crearon las reglas, pero fueron esos campesinos convertidos en obreros que buscaban una identidad grupal los que hicieron del fútbol una religión. Aquellos campesinos que formaban comunidades fuertes fundadas gracias a lazos familiares se convirtieron en individuos anónimos bajo el control de la ciudad y el Estado. El fútbol sirvió como argamasa para construir una nueva identidad asociativa.

El fútbol era rural. El baloncesto es urbanita. Se juega en espacio menor y suelo artificial, el objetivo está arriba, como los edificios, lo controla una tropilla de burócratas, con sistemas de alta tecnología, en lugar del viejo reloj del viejo árbitro de fútbol. Los jugadores entran y salen frenéticamente, registrados en una estricta contabilidad estadística.

Pues el fútbol esta yendo a eso. Esta perdiendo irremediable y tristemente su esencia. Sus reglas, inmutables desde 1925, que eran tan impasibles como los 10 mandamientos de Moisés se retocan año a año con novedades que dicen resolver problemas de los que no teníamos constancia. Decía Relaño en el fin del texto al que hago referencia al inicio de este artículo que no es de los que piensan que el pasado fue mejor, salvo en el caso de la fruta. Pero lo cierto es que aunque los balones, las botas, la tele en la que vemos el fútbol o los propios futbolistas sean mejores todos los cambios en el reglamento están destrozando una religión que se mantenía fuerte e inalterable.

Historia de las Reglas del Fútbol - El fútbol y más allá
Los origenes

Sir Frederick Wall era el secretario de la FA (Football Association – Federación Inglesa -). Había sido un notable jugador amateur en los albores del balompié y su rango abolengo le hacía ser desdeñoso ante los jóvenes advenedizos que se lucraban jugando al fútbol. Al finalizar la I Guerra Mundial decidió poner en marcha una iniciativa solidaria para ayudar con 200 libras a futbolistas y exfutbolistas que hubiesen sufrido penurias durante la contienda. Fue tal el caso de Frederick Pentland, quien pasó cuatro años en un campo de prisioneros en Alemania y que años después se convertiría en Míster Pentland, el afamado técnico con el que el Athletic ganó 2 ligas y 5 copas antes de la Guerra Civil.

Pero Wall odiaba a los pusilánimes. Y en su opinión Jimmy Hogan era un pusilánime. Hogan residía en Austria cuando comenzó la guerra. Era 1914. Tenía entonces 32 años. Al igual que Pentland, Hogan fue encarcelado, pero pasaría pocos días en prisión. Llegó a un acuerdo con sus carceleros para entrenar al MTK Budapest durante los años de conflicto llevando una existencia cuanto menos plácida. Al finalizar la guerra, hablamos de 1918, Hogan volvió a Inglaterra, pidió cita con Wall y solicitó la ayuda de 200 libras. Es cierto que no había estado en primera línea de combate ni había sido víctima de alemanes o austrohúngaros, pero también lo era que estaba en la miseria. Ante su solicitud, Wall se levantó de su asiento, abrió un cajón y sacó un par de calcetines de color caqui. “Para ti. Es lo mismo que enviábamos a los muchachos en el frente y ellos estaban agradecidos”.

Hogan fue considerado un traidor y tuvo que volver a buscar cobijo en Austria.

La historia del fútbol estaba a punto de cambiar.

Sir Frederick Wall, secretary of the FA (Photos Prints, Framed, Posters,  Cards,...) #23150498
Sir Frederick Wall

Antes, mucho antes, de la transición defensiva, de la profundidad ofensiva, del marcaje en zona, del bloque bajo o de la presión alta, estaba Jimmy Hogan. Antes, mucho antes, de Guardiola, Ferguson, Cruyff o Sacchi también estaba Jimmy Hogan. Y antes, mucho antes, de la España del 2010, de la Francia champagne de los 80, de la Naranja mecánica o del Brasil del 70, estaba Jimmy Hogan.

Y es que Jimmy Hogan es el apóstol que sacó una veta madre de una isla y desparramó su esencia por todo el globo.

Ya bien avanzado el siglo XIX, el fútbol tenía dos concepciones ideológicas; la inglesa y la escocesa. Los primeros se decantaban por el ‘kick and run’ (patear y correr) y los segundos por el ‘passing game’ (juego de pases). Quiso el destino que triunfase la concepción inglesa ya que desde 1888 el fútbol pasó a ser un deporte profesional en el que los resultados se convirtieron en más importantes que el buen juego. Por contra, fue el sistema escocés de juego socializado y colectivo fundamentado en la asociación a través del balón lo que convirtió al fútbol en el deporte de más éxito a nivel mundial. Fueron los marinos escoceses, militares y empresarios mercantes, los que llevaron el ‘passing game’ por toda Europa y por Sudamérica remontando el Río de la Plata. La gambeta argentina jamás hubiese existido si no fuese por sus padres escoceses.

Jimmy Hogan estaba cerca de la treintena cuando apuraba sus últimos años de profesional como centrocampista del Bolton Wanderers. Había nacido en Inglaterra, pero de padres irlandeses y criado futbolísticamente en Escocia, su concepción del fútbol se basaba en el ‘passing game’. En el verano de 1910 el Bolton Wanderers iba a disputar una serie de partidos amistosos en los Países Bajos como una forma de dar a conocer el progreso del fútbol por el Viejo Continente. Hogan no era un futbolista muy reconocido, y, de hecho, su forma de entender el fútbol no era aceptada en Inglaterra. Por ello aprovechó el viaje para ofrecerse a la selección neerlandesa, colgar las botas y ejercer de entrenador.

Por aquel entonces que un inglés se ofreciese a dirigir tu selección era como si un alto cargo de Inditex se ofreciese a pilotar tu empresa. Así que Hogan tenía carta blanca para hacer lo que le viniese en gana. Se olvidó de la fuerza y de la resistencia y empezó a moldear la técnica individual de los futbolistas a través de los ejercicios con balón. Los pases y la movilidad pasaron a ser vitales en las pizarras de cualquier entrenamiento.

En los Países Bajos permanecerá apenas un par de temporadas, en las que la diminuta y desconocida Holanda acabará derrotando por vez primera a Alemania. La estancia de Jimmy Hogan fue breve, pero al marchar recomendó para el puesto a un amigo suyo llamado Jack Reynolds. Éste pasaría a ser tras la I Guerra Mundial técnico de un club judío de Ámsterdam conocido como AFC Ajax y ostentaría el cargo hasta finales de los años 40. En su última temporada dirigiría a un delantero centro llamado Rinus Michels, el ideólogo del ‘fútbol total’ comandado por Johan Cruyff.

Todo encaja.

AFC Ajax on Twitter: "Already 15 years without one of the greatest coaches  ever… Rinus Michels. ♥️💫 https://t.co/sKwsiqevvc" / Twitter
Michels (Mr. Mármol)

Pero volvamos a Jimmy Hogan. Tras ese par de años de voluntario exilio vuelve a Inglaterra con la intención de encontrar un puesto de entrenador en un equipo de la Premier. No tendrá éxito. En la cuna del fútbol el estilo de pase largo y dominio físico del partido es aún innegociable. Entonces Hogan se pone en contacto con Hugo Meisl, presidente de la OFB (Asociación Austriaca de Fútbol), visionario y padre de la Copa Mitropa, embrión de la futura Copa de Europa.

Y es aceptado. En 1913 Jimmy Hogan pasa a tener el control total del fútbol austríaco, desde los profesionales hasta los conjuntos infantiles. Y lo hace con pasión. Todos los equipos bajo sus órdenes pasan a tener el pase y la pared como elementos básicos del juego. Los problemas comienzan a resolverse a través del regate y la ocupación de espacios, desechando la fuerza física y el juego duro. El control al primer toque se convierte en innegociable para todos y cada uno de los integrantes de la plantilla.

Pero cuando aún no se había asentado en su puesto, la I Guerra Mundial estalla y Jimmy Hogan pasa a ser un enemigo. Gran Bretaña y el Imperio Austrohúngaro están en guerra y la presencia de un inglés en Viena no es bien recibida. Hogan es encarcelado, pero su buena fama hace que pronto sea dado en libertad y enviado a Hungría. Allí, es puesto al mando del MTK de Budapest, y en medio de la guerra se encargó de hacer entender a los futbolistas húngaros la importancia de la creatividad y el fin lúdico y estético del fútbol.

Al igual que había pasado en los Países Bajos, la estancia de Hogan en Hungría se limitó a un par de temporadas, pero al igual que había sucedido con la selección Orange no se puede entender el éxito de los magiares mágicos sin Jimmy Hogan. “Jimmy nos enseñó todo lo que sabemos”, contó Sandor Barcsl presidente de la MLSZ (Federación Húngara de Fútbol) cuando Hungría infrinja a los ingleses la primera derrota en casa de su historia, un doloroso 3-6 en Wembley en 1953. Aquel equipo conocido como el ‘equipo de oro’ estaba dirigido por Gusztav Sebes, el técnico inventor del llamado ‘fútbol socialista’, un sistema colectivo de pases que encumbró a Puskás y compañía.

Nuevamente todo encaja.

Equipo de oro - Wikipedia, la enciclopedia libre
La fabulosa Hungría de los 50

Una vez terminada la guerra, siendo un proscrito en su país y un extranjero en Budapest, Hogan cogió nuevamente las maletas y puso rumbo a la neutral suiza. Allí impartió cátedra durante un par de años llevando a Suiza a la medalla de plata en los JJ.OO. de 1924, un hecho que se antoja irrepetible para la pequeña selección helvética. La huella de Hogan en Suiza no parece profunda teniendo en cuenta la trayectoria de los clubes suizos y de su selección a lo largo de la historia, pero quizás si lo es si nos fijamos en quien era el segundo entrenador de Hogan en aquellos Juegos Olímpicos.

Su segundo era un amigo húngaro llamado Dori Kurschner. Éste, ejerció de entrenador del Grasshoppers hasta que en 1937 decidió cruzar el charco y probar fortuna primero en el Flamengo y luego en el Botafogo. Kurschner llevó a Brasil las ideas de Hogan, germen de lo que hoy es el ‘jogo bonito’. De hecho, fue él quien introdujo en el país la táctica WM (3-2-3-2) y el hombre que impulsó la explosión de los delanteros negros en la selección para que luego pudiesen surgir los Ademir, Didí, Garrincha o Pelé.

Todo encaja. Por enésima vez.

Jimmy Hogan, el primer romántico del fútbol - La Opinión de Málaga
Jimmy Hogan

Volvamos al bueno de Jimmy Hogan. Tras triunfar en Suiza fue llamado nuevamente por el MTK de Budapest, antes de ser contratado por la DFB (Federación Alemana de Fútbol) para dar charlas y seminarios por todo el país. Y es que Alemania, por increíble que parezca hoy en día, era insignificante cuando de fútbol se trataba. Allí no dirigió a ningún equipo, pero se encargó de explicar tácticas a jóvenes entrenadores y explorar las esencias del juego con adolescentes que pretendían ser grandes futbolistas. Uno de aquellos chicos fue Helmut Schön, seleccionador alemán en los 60 y 70, que tras alzarse victorioso en el Mundial de 1974 le dedicó el triunfo a Jimmy Hogan al que llamó “padre del fútbol moderno”.

Es inevitable repetirse. Todo encaja.

Pero la Alemania de inicios de los 30 pasaba por momentos convulsos, así que cuando Meisl llamó a la puerta de Hogan para volver a Viena, no se lo pensó ni dos veces, y más sabiendo que contaba con una generación de oro, el llamado ‘Wunderteam’.

Un adelantado a su tiempo - Panenka
Hogan y el Wunderteam

Aquella selección austriaca estaba conformada por una serie de exquisitos jugadores coronados por un incomprendido que respondía al nombre de Matthias Sindelar. Era un delantero frágil, pero con un endiablado cambio de ritmo, una exquisita técnica y, sustancialmente, una gran conducción del balón y una bellísima estética. Sindelar fue conocido como ‘Der Papierene’ (el hombre de papel) y se convertiría en el primer delantero centro que cambió la ortodoxia y bajaba al centro del campo para ayudar a construir el juego y echar un capote al generar situaciones de desequilibrio en la ofensiva.

La llamada ‘Escuela del Danubio’ que Jimmy Hogan había sembrado entre Viena y Budapest tendría su culmen con un equipo que sería conocido como el ‘Wunderteam’ (equipo maravilla) y que durante tres años se mantendría invicto salvo por una derrota en Stamford Bridge ante los poderosos y profesionales ingleses. Pero más allá de los triunfos, aquel equipo maravillaba por su querencia a jugar a ras de césped y por el ensalzamiento de la colectivización del juego frente a las acciones individuales.

Austria se presentó como gran favorita para ganar el Mundial de 1934 de Italia, pero cayó ante los anfitriones en semifinales tras un encuentro bronco en el que los transalpinos dispusieron de enormes ayudas arbitrales. El palo fue duro para los austriacos que aun así siguieron maravillando durante un par de años hasta que en la final de los Juegos Olímpicos de 1936 volvieron a caer ante los italianos y, esta vez sí, de manera justa.

Fue el canto del cisne de un equipo y del estilo de juego de Hogan. No había ganado, pero aquel equipo pasaría a la historia por su influencia en el enriquecimiento del fútbol y las nuevas alternativas que había aportado. Quizás por vez primera en la historia, el fútbol pasaba a ser algo más que un juego y la derrota era considerada como bella. Cuando un par de años después la Alemania de Hitler se anexione Austria, el ‘Wunderteam’ quedará desmantelado y su recuerdo perecerá ante la ausencia de imágenes televisivas.

Pero quedará su impronta. El logro final es lo más importante, pero también el camino para recorrido para alcanzarlo.

Jimmy Hogan volvió a Inglaterra y, esta vez sí, logró acomodo en un club. Era 1936 y sus éxitos con la selección austriaca le fueron reconocidos en las Islas Británicas. Firmó por el Aston Villa, y tras la II Guerra Mundial se convirtió en el entrenador de su fútbol base. Por primera vez un club inglés instauraba la idea del pase-movimiento-pase e introducía el juego con balón en los entrenamientos. Su interrelación con la pelota influiría en una generación de futbolistas ingleses que a finales de los 60 desterraría –aunque sólo en parte- la idea prehistórica de la concepción del juego que se defendía en Inglaterra. Su alumno más aventajado en el Aston Villa fue Ron Atkinson quien nunca llegó a debutar con el primer equipo de los villanos, pero que se convirtió en un respetado técnico de longeva trayectoria, de escaso éxito, pero siempre considerado el entrenador con el libreto más atractivo de toda Gran Bretaña.

Salvó en Argentina y en Uruguay donde fueron los empresarios, soldados y marinos escoceses de entre siglos los que llevaron el regate y el juego de pase al fútbol sudamericano (Alexander Watson Hutton, sería el Hogan del Río de la Plata), todos los demás países le deben a Jimmy Hogan la autoría de un nuevo tipo de fútbol. E incluso al otro lado del Atlántico le deben mucho a Hogan, ya que Imre Hirschl, un grande en los banquillos de River Plate o Peñarol de Montevideo, era un húngaro que había sido discípulo de Hogan.

Como siempre. Todo encaja.

Brian Little on Twitter: "A visit to Burnley today .. where a new Headstone  was Unveiled for Former Aston Villa Manager, Burnley Player and Legendary  Hungarian Coach..Jimmy Hogan.. https://t.co/gqeB7oSS4k" / Twitter
Jimmy Hogan (1882-1974)

El caso es que, de una forma u otra, todos los equipos que han perdurado en la memoria por una innovación táctica ofensiva y por un tipo de fútbol que ha trascendido más allá del resultado le deben su origen a Jimmy Hogan.

De Países Bajos a España: Jimmy Hogan, Jack Reynolds, Rinus Michels, Johan Cruyff, Pep Guardiola. Del fútbol total al ‘tiki-taka’.

De Hungría a Brasil: Jimmy Hogan, Dori Kurschner, Gustav Sebes, Vicente Feola, Bela Guttmann. Del equipo de oro al ‘jogo bonito’.

Alemania: Jimmy Hogan, Helmut Schön, Hennes Weismeller.

Inglaterra: Jimmy Hogan, Ron Atkinson.

Austria: Jimmy Hogan, Hugo Meisl.

Argentina y Uruguay: Jimmy Hogan, Imre Hirschl.

“Estaba viendo el partido, pero no en el palco, sino en las gradas rodeado de los juveniles del Aston Villa. Inglaterra tuvo que reflexionar sobre la complejidad del ataque-defensa. Habíamos dejado atrás el talante presuntuoso y triunfamos con un fútbol comunicativo”. Jimmy Hogan, ya anciano, hablando con orgullo sobre la victoria inglesa en el Mundial de 1966.

Otras reflexiones sobre la evolución del fútbol

Como escoger el nombre de un equipo de fútbol (de sportings, spartaks y rápidos)

A propósito del VAR (el invento que acabó con la tradición en el fútbol)

Fútbol postnacional (relaciones culturales e identidades grupales a través de un balón)

Expresiones del lenguaje deportivo (golpes bajos, farolillos rojos o ganar sin bajarse del autobús)

El fútbol en el futuro (una ojeada al fútbol allá por 2050)

La España vacía (el fútbol como la única forma de salir del anonimato en el interior de España)

Una historia del catenaccio (idea, evolución y éxito de la corriente defensiva)

El aficionado al fútbol (una ojeada distinta sobre aquellos que mantienen en pie la pasión por el balón)

¿Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista? (¿ganaba más Di Stéfano o Leo Messi?

Cuando los goles fuera de casa tenían valor doble (una historia sobre los desempates con goles en campo contrario)

De los tres puntos por victoria (la idea de Jimmy Hill para favorecer a los atacantes)

Leer más

Cuando Jopie conoció a Gento

“Gento era el jugador que ponía en pie al Bernabéu. Sus carreras, locas y descontroladas en un primer año en el que llegó a ser martirizado con burlas, terminaron por ser la delicia del estadio y el terror de los rivales. Di Stéfano le salvó ante Bernabéu, que al final de la primera temporada lo quería devolver al Racing de Santander (…) Fue arrollador. No era un estilista, pero su velocidad y potencia de tiro le mantuvieron por encima (…) Deja en su palmarés 23 títulos. De ellos, 12 son de Liga y 6 de Copa de Europa, récords impresionantes. Jugó el solemne partido Inglaterra-Resto del Mundo, celebración Centenario del fútbol. Dos veces mundialista. Si quieren ver una jugada que le defina, busquen en ‘google’ su carrera ante México en Chile-62; lástima que lleva el ‘9’ y no su ’11’ (…) En su tiempo fue un trueno, en el campo y fuera de él. Con razón se le apodó ‘La Galerna del Cantábrico’”. Alfredo Relaño, Diario AS.

Jopie trabajaba en una tienda de deportes. Apenas los pelos comenzaban a asomar por su cuerpo. El dinero no sobraba en casa. A papá se lo había llevado la muerte. Mamá limpiaba retretes y fregaba suelos a destajo. Jopie no era muy habitual de los libros. Aquel chaval flacucho y respondón era amigo de saltarse las clases y pasar el día en los billares o jugando con el balón.

A Jopie le aburría su trabajo. Cargar y desembalar cajas, poner etiquetas a los artículos u ordenar ropa en los estantes. Pero el dueño de la tienda era un antiguo jugador de fútbol y Jopie aprovechaba para hacerle toda clase de preguntas. Porque si algo caracterizaba a Jopie era su lengua afilada. Siempre quería hablar con gente mayor que él para aprender cosas nuevas. Nunca se cansaba de hacer preguntas. Se sabía en un estrato superior a la gente de su edad y sólo mostraba respeto por aquellos que consideraba mejores que él.

Los cuales eran la excepción.

Leo, que así se llamaba el dueño de la tienda, acudía los sábados a suministrar material nuevo a su antiguo club de fútbol. O a limpiar alguna que otra cosa. O a arreglar cualquier otra. Pronto Jopie se convertiría en el encargado de dicha tarea. Gracias a su lengua viperina, aquello rapidamente se convertiría en una oportunidad fantástica para preguntar, charlar y debatir de forma insolente con aquellos hombres hechos y derechos que se ganaban la vida pateando un balón de fútbol.

Por entonces Jopie tenía 14 años. Su talento no pasaba desapercibido y hubo de falsificar su fecha de nacimiento para ser aceptado en un equipo juvenil que sólo permitía acceso a los 16 años. Era éste un tema trascendental, porque tener ficha juvenil implicaba recibir un pequeño sueldo que, combinado con el trabajo en la tienda de deportes, le permitiría convencer a su madre de dejar de forma definitiva los estudios.

Las posibilidades de que Jopie pudiese vivir del fútbol eran ínfimas. No por su talento, descomunal para su edad, sino por las condiciones del fútbol en su país. El profesionalismo apenas había sido aprobado cinco años atrás y la selección se conformaba con ganar a Luxemburgo y buscar el milagro del empate ante los gigantes europeos. Abe Lenstra, un referente para Jopie y para todos los niños del país, tuvo que compaginar el fútbol con su trabajo como funcionario del ayuntamiento.

Pronto se vería que Jopie era diferente. Jugando con chicos que le superaban en dos años de edad apresuradamente se convirtió en el mejor jugador juvenil del momento. Una vez metió 17 goles en un partido de 40 minutos de juego. Destacaba por un regate y un cambio de ritmo nunca vistos. Con un simple giro de tobillo era capaz de parar el juego. También era veloz. Muy veloz. Al ser tan escuálido había aprendido a correr con el balón pasándoselo indistintamente de un pie a otro para evitar las patadas de los rivales.

Pero lo más sorprendente era su confianza. No paraba de gritar y ordenar a sus compañeros donde colocarse. Otras veces se acercaba a la banda para discutir la táctica a seguir con el entrenador. Era inaguantable. Deliciosamente inaguantable. Con 17 años firmará su primer contrato profesional y cambiará la vida de su equipo y del fútbol de su país para siempre.

Pero antes, apenas una semana después de que Jopie cumpliese los 15 años, un suceso iba a convencerlo definitivamente de que había nacido para jugar al fútbol.

A Jopie le encantaba acercarse a De Meer los domingos por la tarde para ver que hacían los profesionales. También acudía al Estadio Olímpico de vez en cuando para presenciar algún encuentro de la selección neerlandesa. Analizaba lo que sucedía en el campo, pero no se sentía satisfecho. De hecho, en De Meer jugaba el AFC Ajax. Ese era su equipo. El equipo de origen judío al que los sábados suministraba material y en el que los domingos se calzaba las botas para defender los intereses del juvenil. Era también el club cuyas estancias eran limpiadas y acicaladas día tras día por su abnegada madre, trabajadora del servicio de limpieza. Pero era un mal equipo. En ocasiones hasta era superado por el DWS Amsterdam, la otra escuadra de la ciudad.

Pero el caso es que el 2 de mayo de 1962 el Estadio Olímpico de Ámsterdam sería la sede de la final de la Copa de Europa que iba a enfrentar a Real Madrid y SL Benfica. Para un neerlandés era lo nunca visto. Di Stéfano contra Eusebio. El equipo de las cinco coronas frente a su heredero en el trono europeo.

Era fútbol de altísima calidad al que Jopie iba a acceder por vez primera.

Y le costó lo suyo. El Ajax jugaba en De Meer, un modesto estadio con capacidad para 19.000 espectadores, mientras que el DWS o el FC Amsterdam jugaban en el Olímpico con sus 65.000 plazas disponibles. Así que los recogepelotas de estos dos últimos equipos serían los afortunados de escoltar a las rutilantes estrellas merengues y encarnadas al círculo central. Tras dimes y diretes al Ajax le permitieron llevar a dos chavales y, uno de ellos, evidentemente, tenía que ser Jopie.

Jopie tenía claro con quien querría posar cuando sonasen los himnos. Su ídolo era el número 11 que vestía de blanco. Se trataba de un extremo zurdo de tremenda velocidad y elasticidad. Un huracán. Un vendaval. Era capaz de coger el balón en campo propio, cosérselo a la bota y pararse en seco para retornar inmediatamente la carrera. Era eso lo que más le llamaba la atención de Jopie. La parada en seco. Iba a practicarla una y otra vez hasta conseguir para el tiempo.

Para el flacucho Jopie aquel número 11 era un gigante. Y eso que Francisco Gento no era muy alto. Pero todo lo que Jopie había leído sobre Gento y todas las filmaciones que había podido ver de él lo tenían hipnotizado. Ese despliegue físico y ese ritmo endiablado lo tenían cautivado. Veía en Gento un reflejo del futbolista que quería ser él. De cómo a través de la velocidad y los desplazamientos en diagonal cara a la portería se podía sortear a rivales más grandes y fuertes.

Así que allí estaba Jopie con su sudadera de entrenamiento del AFC Ajax acompañando al legendario extremo cántabro mientras sonaban los himnos. Luego se acomodaría detrás de la portería donde se anotarían seis de los ocho goles de aquella final que el SL Benfica se llevaría por 5-3. Desde allí Jopie vio a Gento, pero también al maravilloso Puskas que anotó tres tantos, uno de ellos exquisito tras cazar un rechace, sortear a un rival y ajustar a la base del poste. Y también vio al joven Eusebio, apenas cinco años mayor que él, emerger por el ancho de la zona de ataque y soltar latigazos con su pierna derecha desde cualquier lugar del campo.

Y por supuesto vio a Alfredo Di Stefano. Pasado de kilos, y ya con 35 años, Di Stéfano seguía dirigiendo la orquesta merengue. Jopie se fijaba en como mandaba y en cómo se colocaba en el campo. Y es que mientras la mayoría adoraba al Di Stéfano goleador, Jopie se propuso analizar lo que hacía cuando no tenía el balón.

Así que Jopie lo tenía claro. Una vez acabase el partido tendría que preguntarles a esos ases como lo hacían. En 1962 el fútbol seguía siendo familiar. El partido finalizó y el público neerlandés invadió el campo de forma pacífica. A Eusebio lo llevaron a hombros al vestuario mientras agarraba como un tesoro la ‘9’ merengue de Don Alfredo.

Así que Jopie aprovechó el tumulto para colarse en los vestuarios. Por todos era conocido, a todos conocía y la pillería hizo el resto. Allí estaban todos. Santamaría, Del Sol, Puskas y, sobre todo, Alfredo Di Stéfano y Paco Gento.

Quiso Jopie hablar con ‘La Saeta’ pero le fue imposible. Un gruñido de lo más profundo de la pampa salió de la boca de Di Stéfano, que estaba tratando de digerir la que él sabía era su última oportunidad de conquistar otra Copa de Europa. Entonces los ojos sagaces de Jopie se fijaron en Gento, el cual contestó al chaval con una franca sonrisa.

Embelesado y desconocedor del castellano, Jopie trató de preguntarle a Gento como hacía para frenar en seco. Aquel huracán embravecido, aquella galerna del Cantábrico, se encogió de hombros en una respuesta con doble significado. Ni entendía lo que le preguntaban ni sabía desvelar cual era la pócima de su secreto.

Real Madrid: el mítico exfutbolista Paco Gento falleció a los 88 años de  edad | LaLiga | España | Copas de Europa | NCZD | FUTBOL-INTERNACIONAL |  DEPOR
Mr. Champions

Para Jopie aquel fue el mejor partido que vio en su vida. No muchos años después Jopie se convertirá en Johan Cruyff y se encargará de que otros chavales sueñen con ser profesionales de igual forma que el soñó el día que vio volar a ras de césped a Paco Gento.

Johan Cruyff acabará superando a Gento. No tendrá nunca la velocidad del extremo cántabro, pero mejorará tanto su capacidad de desborde como su regate con ambas piernas. De hecho, será una versión mejorada de Di Stéfano, con su misma capacidad de mando, su entendimiento del juego y con el punto de maldad necesario para emerger en los instantes decisivos de los partidos. La comparación entre Di Stéfano y Cruyff será constante, pero no será otro sino Gento el que hizo posibles los sueños de Jopie.

Algo tendría aquel alocado extremo cuando Cruyff lo convirtió en su ídolo y Di Stéfano lo catalogó como su mejor compañero.

“Tiene velocidad y le pega al balón como un cañón. Sigue, arranca y frena durante todo el partido en carreras de 50 metros. Sabe correr, pero lo más importante es que sabe interpretar el fútbol. Yo, los balones todos a Gento”. Alfredo Di Stéfano; compañero en el Real Madrid durante más de una década.

“Gento corría tan rápido que no podías cogerle nunca en fuera de juego. Técnica con velocidad, la más rápida que nunca he visto”. Bobby Charlton, ex jugador del Manchester United y Balón de Oro.

Otras historias sobre el fútbol de los años 60 del pasado siglo

El caso Di Stéfano (verdades y mentiras sobre el fichaje de Di Stéfano por el Real Madrid en dos partes)

El griego de la camiseta de Iribar (cuando Iribar jugó una final de Copa de Europa con el Panathinaikos)

Benfica 2-5 Santos (oda al fútbol entre Eusebio y Pelé)

La quinta Copa de Europa del Real Madrid (la obra culmen del Madrid de Di Stéfano)

La maldición de Bela Guttmann (cuando el Benfica dejó de ganar Copas de Europa)

Día de la Hispanidad 1969 (fútbol y política a los pies de Gibraltar)

Cuando la Intercontinental era una carnicería (patadas, ausencias y disturbios entre América y Europa)

Leer más

Cuando Santa Claus se hizo hincha de los New York Knicks

De familia más que acomodada, Nicolás tenía a su alcance todo aquello que fuese deseo terrenal para su imaginación. Pronto su inmaculada infancia se vio privada tras la muerte de sus padres a causa de la peste. Apesadumbrado, decidió ordenarse sacerdote y dar su vida a la oración, por lo que no dudo en regalar todos sus bienes y todas las propiedades de sus progenitores a aquellos que más lo necesitaban.

Nicolás acabaría siendo obispo en Mira, una ciudad, hoy desaparecida, situada en la moderna Turquía. Su querencia por hacer el bien atendía con efusividad a los niños. Se cuentan decenas de historias sobre pequeños a los que hacía regalos. Pero la más conocida no está relacionada con pequeños, sino con tres muchachas a punto de casarse. Se dice que existían unas hermanas que iban camino de la soltería al no disponer de dote para encontrar marido. Al parecer, enterado del asunto, Nicolás entró en secreto por la ventana del domicilio y colocó unas monedas de oro en los calcetines de las tres hermanas.

Siglos más tarde los restos del obispo Nicolás fueron trasladados a la italiana Bari, donde sus reliquias son veneradas. A San Nicolás de Bari se le rinde pleitesía en múltiples templos y es patrono en países tan dispares como Grecia o Turquía.

Por una serie de mezclas de tradiciones paganas y rituales cristianos, de una forma u otra, la leyenda de San Nicolás fue tomando forma. Uno de esos lugares fueron los Países Bajos. Allí, la noche del 5 al 6 de diciembre, San Nicolás (Sint-Nicolaas o Sinterklaas) entregaba a los niños sus regalos. Dado que San Nicolás era de Bari, por entonces dominio español del reino de Nápoles, se decía, y aun se dice, que viene de España, del mismo modo que los españoles dicen que los Reyes Magos vienen de Oriente. ‘Sinterklaas’ cuenta con un ayudante, un chico español llamado Pedrito el negro (Zwarte Piot) que es quien desciende por las chimeneas y se cuela en los salones de los niños que se han portado bien. Al que se portaba mal, Pedro se lo llevaría consigo a Alicante, lugar desde el que decían partía el barco que llevaba a San Nicolás desde España todos los 5 de diciembre.

Con el paso del tiempo Sinterklaas pasaría a ser Santa Claus, de igual modo que Nueva Ámsterdam pasó a ser Nueva York. Aquellos emigrantes neerlandeses que se asentaron a orillas del río Hudson en el siglo XVII llevaron consigo la tradición de la festividad de San Nicolás. Cuando los colonos ingleses y sus hijos estadounidenses conviertan aquella ciénaga en Nueva York, Santa Claus pasará a convertirse en el gran icono navideño al otro lado del Atlántico. Realmente los yanquis hicieron con Santa Claus lo mismo que con Halloween o con el Día de Acción de Gracias. Absorber, asimilar y transformar. Santa Claus era neerlandés, Halloween irlandés y Acción de Gracias español. Todos acabaron siendo estadounidenses.

Aquel Santa Claus fue medrando en el tiempo hasta que a finales del siglo XIX hizo el camino inverso y regreso a Europa. En Francia le dieron por llamar ‘Bonhomme Noël’, y con el cambio de siglo, a Papa Noel se le dio por mudarse al Polo Norte y comprarse un trineo tirado por unos renos para que le facilitasen el viaje. Mientras en los Países Bajos la fiesta siguió adscrita al 5 de diciembre, en el resto del mundo se estableció para la noche del 24 para honrar al niño más famoso en la historia de la Humanidad. Luego vendría el afamado anuncio de Coca-Cola y el color rojo…

San Nicolás - ACI Prensa
San Nicolás

Pero todo esto fue un proceso lento, muy lento. Desde que San Nicolás pasó a ser Santa Claus hubieron de pasar cerca de dos siglos. No conocemos la existencia del moderno Santa Claus hasta el 6 de diciembre de 1809. Concretamente en un libro llamado ‘Historia de Nueva York’ firmado por un tal Diedrich Knickerbocker.

El libro contaba la historia de la ciudad desde la llegada de los primeros emigrantes neerlandeses hasta entonces. El ensayo no hubiese tenido relevancia alguna si no fuese porque su autor se desvaneció sin dejar rastro. La prensa informó de la desaparición del tal Knickerbocker, descrito como un caballero menudo, entrado en años, con pantalones bombachos, sombrero de tres puntas y un viejo abrigo negro. Al parecer una noche no había vuelto al hotel en el que se hospedaba y se solicitaba la búsqueda ciudadana para dar con él.

Ante la ausencia de novedades sobre el paradero del historiador neerlandés, un mes después se informa de que en la habitación del señor Knickerbocker se ha encontrado un libro no publicado llamado ‘Historia de la ciudad de Nueva York’ y que de inmediato se iba a imprimir y poner a la venta con el objetivo de saldar las deudas impagadas del señor Knickerbocker con el hotel. Aquel 6 de diciembre de 1809, festividad de San Nicolás, las librerías de la ciudad inundan sus escaparates con la novedad editorial.

El morbo y la expectación de los neoyorkinos va en aumento y, como era de suponer, el libro es un éxito de ventas. Lo será no sólo por el morbo, sino porque el libro parece ser una interesante obra de dos volúmenes amena, divertida y con menudos detalles sobre las costumbres políticas y sociales de aquellos primeros neerlandeses. Era una oda a una generación que puso los cimientos para lo que ya entonces era una de las ciudades más importantes del mundo. El libro se convirtió en un ‘best-seller’, porque además rastreaba los orígenes de algunas de las empresas y ciudadanos más notables del momento cuando, para ser un verdadero neoyorkino, era importantísimo contar con antepasados de origen neerlandés.

Fue así como Diedrich Knickerbocker pasó a convertirse en una leyenda. Y fue así como San Nicolás pasó de ser una pequeña tradición familiar a colarse en las casas de todo niño neoyorkino. Más adelante penetrará en el salón de cada niño estadounidense con el nombre de Santa Claus. El pasaje en el que se habla sobre la hermosa tradición de la festividad de San Nicolás fue de los más aplaudidos por los lectores. Fue ese libro lo que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

Lo curioso es que Diedrich Knickerbocker jamás apareció. Nunca dieron con su paradero.

De hecho, nunca existió.

Fue todo obra de la mente del célebre escritor estadounidense Washington Irving (de origen escocés, por cierto) en una de las primeras grandes operaciones publicitarias conocidas. Su editorial se inventó la desaparición de un desconocido escritor neerlandés dejando tras de sí un manuscrito en la habitación de un hotel. Con el beneplácito del dueño del hospedaje y un suculento contrato de colaboración con el ‘Evening Post’, la maquinaria se puso en marcha con un resultado fastuoso.

Cuando se supo toda la verdad dio exactamente igual. El libro era tan bueno y había calado de tal manera en el subconsciente de aquellos neoyorkinos que ‘Historia de Nueva York’ pasó a formar parte de la idiosincrasia de la Gran Manzana. Tal fue el éxito de la invención de Irving que, a los oriundos de Nueva York, a aquellos considerados genuinamente neoyorkinos, comenzó a llamárseles knickerbockers. Hoy se sigue aplicando a todos los habitantes de Nueva York, sean de donde sean, pero siguen siendo aquellos que habitan en Manhattan (la isla donde se asentó Nueva Ámsterdam) los que son auténticos knickerbockers.

Mucho más tarde, cuando Santa Claus campaba a sus anchas por medio mundo con su gorda barriga embutida en un traje rojo, un tal Ned Irish decidió fundar una franquicia de baloncesto para que compitiese en la recién creada NBA (National Basketball Association). Esa franquicia es una de las tres (junto a Celtics y Warriors) que 75 años después se mantienen en pie. Para decidir el nombre, Ned Irish reunió a sus hombres de confianza y les pidió que pensasen en un apodo.

Tras un sorteo la elegida fue ‘Knickerbockers’.

Habían nacido los New York Knickerbockers.

Habían nacido los New York Knicks.

Durante sus primeras dos décadas de vida la mascota de los Knicks fue un señor vestido con unos pantalones bombachos típicos de los primeros emigrantes neerlandeses y sombrero de tres puntas. Era conocido como ‘Father Knickerbocker’.

‘Father Knickerbocker’. Aquel escritor que jamás escribió nada. Aquel escritor que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

New York Knicks Logo - Significado, História e PNG
New York Knickerbockers

Otras historias y especiales navideños

El regalo de Reyes de Pierre (el viaje imposible de Pierre a través de la historia de los Juegos Olímpicos)

Un cuento de Navidad (cuando un partido de fútbol paralizó la I Guerra Mundial)

Entrevista a Franco (un tête a tête navideño con el Generalísimo)

Entrevista a Nerón (una felicitación de las fiestas con el emperador romano más deportista)

Entrevista a Churchill (los ácidos comentarios del dueño del 10 de Downing Street por Navidad)

Entrevista a Lenin (celebrando el Año Nuevo con la ejecutor del sueño comunista)

Leer más

Cuando Geesink humilló al judo japonés

Cuando Tokio organizó en 1964 los Juegos Olímpicos, el mundo fue consciente de primera mano de lo que se dio en llamar ‘el milagro japonés’. Arrasado tras la II Guerra Mundial y ocupado por el ejército estadounidense, el gobierno nipón transformó su industria pesada de guerra en industria tecnológica y utilizó mano de obra barata que escapaba de países comunistas del entorno como China o Corea en su propio beneficio. En época de los JJ.OO, Japón crecía anualmente más de un 5% y estaba a punto de superar a todas las potencias europeas. (Querido lector, sí has leído mis dos últimos artículos ya estarás al tanto de ello).

Japón se preparaba para una fiesta. Y la fiesta iba a tener de todo. Como gesto de aprecio a la ciudad anfitriona, el COI permite añadir al programa olímpico un deporte con fuerte arraigo en la comunidad. Algunos no pasan de esa edición (por ejemplo el hockey a patines en Barcelona 92) y otros debutan para no marcharse (taekwondo en Seúl 88). Éste último caso fue el del judo, que apareció por primera vez en Tokio y que ahora es un clásico olímpico.

El judo, cuyo significado se puede traducir como ‘camino de la flexibilidad’, fue creado por un maestro japonés a finales del siglo XIX. ‘Grosso modo’ consiste en la traslación de técnicas medievales de combate cuerpo a cuerpo al ejercicio deportivo. Para los nipones es una disciplina cuasi sagrada. Es una muestra de respeto y de equilibrio entre mente y cuerpo. Es una filosofía de vida y una representación de los valores educativos del pueblo japonés.

El gobierno japonés diseñó un fastuoso pabellón para 15.000 espectadores conocido como ‘Nippon Budokan’. No hubo otras disciplinas que mancillasen el lugar. Se bosquejó únicamente para las competiciones de judo y sólo se ha permitido que otros deportes de contacto como el karate tengan cabida en sus instalaciones. Incluso, con el transcurrir de las décadas, se ha utilizado para conciertos, eso sí, con la protesta de los tradicionalistas y hasta con amenaza de bombas incluidas.

Nippon Budokan (日本武道館) | 3D Warehouse
Nippon Budokan

Pero volvamos a 1964. A la competición de judo. Había cuatro categorías diferentes; 68 kilos, 80 kilos, más de 80 y la categoría abierta, la reina de la competición, sin limitaciones. Por entonces sólo había competición masculina, así que eran cuatro las medallas de oro en juego. Japón contaba con ellas. Con todas ellas. Consiguió las tres primeras y faltaba la traca final. La categoría reina. El encargado de defender el orgullo nacional y subir al alto del pódium era Akio Kaminaga.

Akio Kaminaga Imagens e fotografias de stock - Getty Images
Akio Kaminaga

Kaminaga nació en la costera ciudad de Sendai tres años antes del inicio de la II Guerra Mundial. Privado de infancia, no comenzaría hasta la adolescencia tardía a practicar judo. Con celeridad se convirtió en un gran atleta y ganó tres campeonatos nacionales, algo que nunca antes se había hecho. Era el elegido para ganar la primera medalla áurea olímpica en la historia del judo.

Pero, como las cosas no suelen salir como están programadas, Kaminaga sufrió una lesión en el ligamento de su rodilla derecha poco antes de comenzar los JJ.OO. Kaminaga no estaba dispuesto a renunciar a los Juegos y ocultó sus molestias tanto como le fue posible. Su talento le permitió alcanzar la final olímpica yendo de menos a más. En semifinales venció a su oponente en apenas cuatro segundos, una victoria tan rápida que se grabaría en el libro de los récords durante tres décadas.

Parecía pan comido. Pero minutos antes, en la otra semifinal, el otro clasificado había vencido a su contrincante con un ippon en la nada desdeñable cifra de 12 segundos. El rival de Kaminaga sería Anton Geesink.

El neerlandés Anton Geesink era un veterano judoka que por aquel entonces acumulaba 21 medallas de oro en campeonatos europeos. Sobre el papel un rival formidable. Para la afición y los medios nipones un don nadie. Europa era al judo como el agua al aceite. ¿Cómo iba a perder un japonés una medalla de oro en judo?

En realidad Geesink había ganado el primer campeonato del mundo de la disciplina celebrado un par de años antes, pero los japoneses no se lo tomaron en serio. Al igual que hicieron los ingleses con el fútbol durante décadas, los nipones despreciaban los torneos mundiales. Se consideraban garantes de la pureza del judo y no veían interés en participar en torneos con otros países.

Los JJ.OO iban a servir para demostrar la hegemonía de Japón. Aquel 23 de octubre de 1964 se suspendió la actividad en el Parlamento, se paralizó la jornada en las fábricas y aquellos que no tenían aparato de televisión se agolparon en los escaparates de los comercios para ver el espectáculo.

Geesink era un armario empotrado de 111 kilos, frente a los 107 de Kaminaga. Además el tulipán le sacaba un palmo de cabeza al crisantemo. Geesink era una bestia en el suelo. Grande, musculado pero ágil, si te cazaba era implacable. Kaminaga era un relámpago, un dolor de muelas continuo con una técnica exquisita. El combate duró algo más de nueve minutos, hasta que Geesink inmovilizó con una llave a Kaminaga durante más de 30 segundos. Según las reglas si después de medio minuto el judoka no se da zafado de su rival se le da el combate por perdido.

Hubo un silencio sepulcral. Geesink reaccionó con prontitud y desde el suelo indicó a su equipo, extendiendo su mano derecha, que no saltaran al tatami para celebrar la victoria. El público se dio cuenta del detalle de respeto y los más de 15.000 espectadores se pusieron de pie para aplaudir al neerlandés. Fue una ovación emotiva, de profundo reconocimiento, pero irremediablemente breve. Y es que inmediatamente el público se sentó y las lágrimas hicieron su aparición en el pabellón. Los llantos y la pena invadieron el ‘Nippon Budokan’.

Kaminaga.
Respeto

Apesadumbrados por la vergüenza, Kaminaga y los suyos se retiraron a los vestuarios a llorar la derrota. Los cronistas olímpicos que presenciaron el histórico momento comentaron que nunca se ha celebrado ni se celebrará una ceremonia de entrega de medallas tan triste, y, a la vez, tan respetuosa.

Geesink se convirtió en un ídolo en Japón a la altura de las estrellas futbolísticas de hoy en día. Por su parte Kaminaga fue expulsado del equipo nacional y fue repudiado por sus compatriotas. Durante un tiempo se rumoreó que se había hecho el harakiri por vergüenza al haber fallado al emperador y al pueblo japonés. El cuchicheo desapareció unos años más tarde cuando fue rehabilitado por el Gobierno y fue designado el entrenador del equipo olímpico japonés para los Juegos Olímpicos de 1972.

No obstante sí que hubo un suicidio relacionado con esta historia. Por aquel entonces sólo podía ir a los JJ.OO un atleta de cada país en función de cada categoría. Kaminaga fue el elegido para la categoría abierta por delante de Isao Inokuma, un judoka que estaba en mejor forma, pero que pesaba unos 25 kilos menos que su compatriota. La frustración de Inokuma fue tal que se preparó concienzudamente para derrotar a Geesink en el mundial del año siguiente. Dicho enfrentamiento no llegó nunca a producirse, porque el neerlandés, conquistado el oro olímpico, estaba satisfecho con su carrera y anunció su retirada.

Dicen que Inomura siguió entrenándose año tras año con la esperanza de poder combatir algún día contra Geesink y devolver el honor a su emperador. Su tortura derivó en locura, hasta que en 2001 se hizo el harakiri y se quitó la vida.

Archivo:Akio Kaminaga, Anton Geesink, Ted Boronovskis, Klaus Glahn 1964.jpg  - Wikipedia, la enciclopedia libre
Geesink recibiendo el oro

“¿Qué siento al ver a toda esa gente llorando? Soy muy feliz. El judo ha salido de Japón y se va a extender por todo el mundo”. Anton Geesink.

Otros héroes olímpicos

El relámpago humano (Usain Bolt y sus récords sobrehumanos)

El ama de casa voladora (la heroína del atletismo mundial)

Frank Shorter (el hombre que hizo que el mundo corriese)

Vitaly Scherbo (alcohol, extorsión, secuestros, enfermedad y gloria olímpica)

La princesa de los pies descalzos (Guerra Fría, racismo y envidias en Los Ángeles 84)

Un camino iluminado por un gran relámpago (vida y obra de Jim Thorpe)

Black Power (John Carlos y Tommie Smith alzando el puño en México 68)

El rey de la milla (como El Guerrouj se citó con Alá para lograr el oro olímpico)

Tokio 64 (los JJ.OO de Geesink y Kaminaga en dos artículos)

Leer más