Estados Unidos

Stanley Cup 1987

Desde 1971 no se llegaba al séptimo partido en las finales de la National Hockey League (NHL). En juego la Copa Stanley. El voluminoso trofeo lleva el nombre de Lord Stanley, Gobernador general de Canadá, quien donó la copa en 1892 para el campeón de la liga profesional de hockey sobre hielo de Estados Unidos y Canadá. Hoy equipos tan veraniegos como los Florida Panthers ganan la NHL, pero antes, cuando el deporte era deporte, la cosa era canadiense. Los Montreal Canadiens cuentan con 24 títulos y son los mandamases históricos de la competición. En la década de 1980 el tema estaba entre ellos, entre los también canadienses Edmonton Oilers y Calgary Flames y entre los estadounidenses New York Islanders y Philadelphia Flyers.

Decía que había séptimo partido. Seven game. Las dos palabras más bonitas del deporte norteamericano. Es 1987. El primer finalista proviene de Canadá. Es el gran favorito. Son los Edmonton Oilers. Son los dioses del hielo. Habían sido campeones en 1984 y 1985. Cuentan con Wayne Gretzky, considerado el mejor de todos los tiempos. Gretzky es un ajedrecista que juega al hockey. No cuenta con fuerza, ni tiene potencia, pero si un conocimiento del juego que le permite ver el pase antes que los demás. Es un prodigio desde la niñez, ya que con poco más de dos años ya patinaba cuatro horas al día.

Al mítico número ‘99’ lo acompañaba un equipo que se define a sí mismo como hermandad. Deportistas desconocidos para el profano y mitos para los seguidores de la NHL. Son Jari Kurri, Paul Coffey, el anotador Glenn Anderson y el portero Grant Fuhr, de fuerte personalidad y que daba el tono emocional al equipo. Como acompañante predilecto del gran Gretzky está Mark Messier, una bestia robusta y agresiva que cubría las espaldas del ‘99’.

El año anterior habían caído en las Finales de Conferencia ante Calgary por un autogol de Steve Smith, un habitual suplente. Se habían confiado. Se sabían los mejores. Para la temporada 1986/87 se habían conjurado para lograr el triunfo.

Gretzky con la Stanley Cup del 85

El rival en la final son los Philadelphia Flyers. Son una sorpresa. Habían perdido la final de 1985 ante los Oilers por un claro 4-1 y nadie contaba con verlos llegar nuevamente al momento decisivo. De hecho, necesitaron un séptimo choque para eliminar a los Islanders y poder acceder a la final. Se contaba con una victoria fácil de los Oilers y el 4-0 era el resultado más votado en las casas de apuestas.

En los dos primeros partidos los Oilers ganaron en casa con relativa suficiencia. En el tercer choque los canadienses lograron ponerse con un 0-3 a favor que virtualmente los hacía campeones. Los Oilers volaban. Triangulaban pases a velocidad de vértigo y su preciosismo era un imán para las cámaras. Los Flyers no estaban en lo alto de la montaña, sino al fondo del valle. Entendieron que había que bajar el ritmo e ir a degüello. Tocaron a rebato y con el apoyo de 19.000 almas enfervorizadas dieron la vuelta al choque a base de pundonor y malas artes para ganar por 5-3 el partido. Todo volvió a su cauce en el cuarto con victoria de los Oilers (3-1 en el parcial) que los dejaba con pie y medio como campeones.

La eliminatoria vuelve entonces a Edmonton, en donde una victoria local da la Stanley Cup. Se habla de desfile de la victoria. Al poco de finalizar los canadienses ganan 3-1 a los estadounidenses. Ocurre que los de Philadelphia vuelven a remontar, acaban venciendo por 3-4 y suman su segundo triunfo en la eliminatoria. Hubo que volver a Philadelphia para el sexto encuentro, en donde a falta de 86 segundos para el final el marcador es de 2-2. Entonces el local JJ Daigneault metió el disco en la portería derecha de los Oilers para dar la victoria a Philadelphia y lograr el 3-3 en la eliminatoria. El gol de Daigneault hizo temblar al Spectrum, el pabellón de Philadelphia, y aun hoy, cuarenta años después, sigue siendo el mayor registro de decibelios jamás registrado en un rectángulo de juego.

Oilers vs Flyers

Nos vamos así al séptimo partido. El primero en 17 años de finales. Las dos palabras más bonitas del deporte. Séptimo partido. Seven game. Si no sabes lo que eso significa es que estás muerto o estás en coma.

Los Oilers juegan el séptimo en casa. Pero tienen miedo. Mucho miedo. Recuerdan el fracaso del año anterior. Jugaban el séptimo de las Finales de Conferencia en casa. Y perdieron. Por un gol en propia puerta, pero, realmente, por un ejercicio de prepotencia y superioridad. Dominaban el choque y en vez de ir a por el rival dejaron pasar el tiempo hasta que cometieron un error fatal en un pase que acabó en una derrota que fueron incapaces de levantar.

Así pues, en Edmonton hay miedo. Mucho miedo. Y habrá más cuando Philadelphia se ponga por delante (0-1) en el primer periodo. Era la primera vez en toda la eliminatoria que Philadelphia anotaba un tanto en la primera de las tres partes con las que cuenta un partido de hockey. Por tanto, era la primera vez que los Oilers comenzaban un encuentro en desventaja.

Los Oilers responden. No lo harán con preciosismo. Lo harán con fuerza. Acusados de perder el quinto y el sexto partido por jugar como nenazas (expresiones de otros tiempos), apuestan por la lucha física y por enormes mensajes de fuerza. Aquello acaba como el rosario de la aurora y con dos jugadores excluidos temporalmente del partido. Comprenden entonces que deben jugar como saben y al poco de finalizar el primer periodo una pared entre Gretzky y Messier acaba con gol de este último (1-1).

Para el segundo período los Oilers son un vendaval. Una perfecta combinación de tamaño, velocidad, técnica y conocimientos. Son una sinfonía en movimiento. Y aun así no logran ponerse por delante. Una y otra vez disparan a puerta y una y otra vez todo acaba en nada.

La culpa la tiene un tal Ron Hexall.

Volvamos a 1985. Los Philadelphia Flyers son un equipo durísimo, ultradefensivo y el más odiado en toda la liga. Son también el equipo más joven. Pierden la final ante los Oilers. No obstante, su futuro es prometedor. El tótem del equipo es el sueco Pelle Lindbergh, el mejor portero del campeonato. La posición de guardameta es la más importante en el hockey, no solo por su impacto en el juego, sino por su impacto mental. Lindbergh lo tiene todo. Es el alma del equipo y es el último en su extirpe en jugar sin una máscara de fibra de video para proteger su cara de los impactos. El caso es que, tras el subcampeonato de 1985, Lindbergh tiene un accidente de coche por culpa de un exceso de alcohol en sangre y fallecerá a causa de muerte cerebral. Llegó a estar vivo gracias a la respiración artificial durante unos meses antes de dejar este mundo provocando un vacío inmenso en el vestuario y en la afición de los Flyers.

Fue entonces cuando accede a la portería de los Flyers un novato de 22 años llamado Ron Hexall. No era el mejor y no fue bien recibido, pero decidió recoger el legado de Lindbergh y unir en la desgracia a ese equipo. Hexall era un camorrista, un tipo que no se callaba nunca y que siempre buscaba pelea. Y era un excelente portero. Quizás no era el que tenía más reflejos, pero sí que era el que realizaba las salidas más arriesgadas y no rehusaba nunca la pelea. Pronto se convirtió en el favorito y pronto consiguió que Philadelphia renovase la ilusión.

Hexall ya había sido el héroe en la agónica victoria en el sexto encuentro, pero lo que iba a realizar en el séptimo superó todo lo conocido. Firmó un total de 40 paradas, cifra groseramente elevada. La intensidad del encuentro era tal que se podía tocar. Los dos equipos eran mejores que en el 85. Mucho mejores. Cada uno en la faceta del juego que dominaban. Uno en ataque y otro en defensa.

Sin embargo, el nivel de precisión y la velocidad de los Oilers se estaba haciendo inabarcable. Philadelphia le ponía pasión y trataba de bajar revoluciones a base de peleas y empujones, pero aquello tenía que partir en algún momento. El toma y daca acabaría con el 2-1 para los Oilers cuando el segundo período languidecía.

El tercer periodo fue una sinfonía de los Oilers coronada por una retahíla de paradas milagrosas de Hexall. Los que entienden de hockey dicen que fue el mejor periodo del mejor partido de la mejor final de la historia de la NHL. Hexall devolvía todos los golpes, sangre incluida, como cucaracha que se revuelve en mesa de domingo. A 2:35 del final llegó el 3-1 definitivo y el titulo se quedaba en Edmonton (4-3 en el global).

Gretzky vs Hexall (seven game)

En palabras de los protagonistas fue una final devastadora, tanto en lo físico como en lo mental. Los Edmonton Oilers repetirían título la siguiente temporada. Entre 1984 y 1990 consiguieron cinco trofeos en cinco finales disputadas. Cuentan con el mejor promedio goleador en la historia de la NHL y para los entendidos es el mejor equipo que ha existido en el hockey sobre hielo.

Los Flyers volvieron a Philadelphia y fueron recibidos como héroes. Ron Hexall lo hizo con el trofeo de MVP (Most Valuable Player) bajo el brazo. Uno de los contadísimos casos en los que se le da el premio al mejor jugador de una final a alguien que no se ha proclamado campeón. Nunca ganó un título con los Flyers, pero Hexall sigue siendo el jugador con más partidos disputados y el más querido en Philadelphia.

El tiempo pasa, pero los recuerdos permanecen.

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La asquerosamente maravillosa vida de un perfecto desconocido

El culo. Dícese trasero porque lleva sirvientes a todos los miembros del cuerpo delante de sí y tiene sobre ellos particular señorío. Francisco Quevedo decía que el culo se provee a sí mismo y que el ojo del culo es más provechoso que los dos de la cara. Desafiante, crítico y con un uso y abuso del léxico desmesurado, Quevedo escribió un total de diecisiete desgracias del ojo del culo en honor a una tal Doña Juana a la que calificaba de montón de carne por arrobas. Podemos vivir sin los dos ojos de la cara, ¿pero podríamos vivir sin el ojo del culo?, se preguntaba un genio de las letras que en los tiempos que corren viviría amortajado por culpa de su lengua viperina.

Quevedo escandalizó a propios y extraños ya que nada hay más indigno que el ojo del culo. Montón de basura, feo y asqueroso, es improcedente hablar de él. Y sin embargo se habla. Al mundo venimos en paños menores y del mundo nos vamos en esos mismos paños. En Francia a los recién nacidos se les rodeaba la cuna de medallas de la Virgen, de ahí que aún se mantenga la expresión avoir le cul bordé de médailles (tener el culo rodeado de medallas) para referirse a la buena suerte. Che culo Della Madonna! (¡Qué culo de la Virgen!) exclaman los italianos ante un golpe de fortuna. Schwein gehabt (tener cerdo) comentan los alemanes, refiriéndose a lo gordas y grasosas que son nuestras posaderas. ¡Pero, qué culo!, gritan en Argentina. En tierras españolas era costumbre plantar alguna flor hermosa en medio de los huertos para tener suerte con la cosecha. Como no podía ser de otro modo, el abono era estiércol y el estiércol, mis queridos lectores urbanitas, es mierda. Así pues; ¿Qué hay más opuesto a la mierda? Una bella flor. De ahí que tener una flor en el culo sea sinónimo de buena suerte.

Quevedo. Mr. Culo

Ganar un anillo de la NBA es tremendamente complicado. Compiten treinta equipos a razón de un mínimo de 82 partidos y un máximo de 110 para lograr el triunfo. A diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta aquí no hay premios menores a razón de copas nacionales o torneos internacionales secundarios. En la NBA o eres un ganador o eres un perdedor. Karl Malone, Charles Barkley, Elgin Baylor, John Stockton, Chris Paul, Steve Nash, Pat Ewing, Allen Iverson, James Harden, Reggie Miller o Russell Westbrook pertenecen a la categoría de superestrellas que no lograron un campeonato. Steve Nash, elegido en dos ocasiones MVP de la temporada, ni siquiera llego a disputar una final de la NBA.

Son carreras legendarias, pero nunca formarán parte del Olimpo porque falta el culmen de sus sueños. El ansiado anillo de campeón.

Y luego están los tipos que tienen una flor en el culo.

Joe Kleine es uno de esos.

Kleine nació en Colorado Springs un día invernal de 1962. Bonito lugar para crecer. Cerca de las Montañas Rocosas, de esplendorosa naturaleza y ciudad puntera en tecnología por ser sede de la Academia de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Kleine es un bigardo de dimensiones considerables. Mide 2’11 metros y es un tío guapo. No es un guaperas. Es guapo. Facciones marcadas y pelo con raya al lado. Si midiese treinta centímetros menos sería un excelente ejecutivo. Con 211 centímetros tocaba jugar al baloncesto. Y Kleine lo hace aceptablemente bien. Juega para la Universidad de Arkansas donde destaca especialmente en un partido contra la Universidad de Carolina del Norte consiguiendo 20 puntos y 10 rebotes. En Carolina del Norte jugaba un tal Michael Jordan. Es un buen día, pero no es la norma. La Universidad de Arkansas es menor y Kleine patina cuando se enfrenta contra los mejores. En esos años destaca otro joven pívot llamado Hakeem Olajuwon a quien pronto se le apoda como The Dream (El Sueño) por su excelso juego de piernas.

A Joe Kleine los periodistas lo apodaron The Nightmare (La Pesadilla).

Pero era alto. Y era blanco. Y en el baloncesto estadounidense es una combinación muy apreciada porque la demanda permanece inalterable mientras que la oferta desciende de forma alarmante. Así que Joe Kleine fue convocado para disputar el Mundial de baloncesto de 1982. Era una escuadra norteamericana de segunda fila, pero aun así lograron el subcampeonato tras perder la final ante la Unión Soviética. Joe Kleine no llegó a vestirse de corto en la final. Ocurre que, recibió una medalla de plata igualmente.

De más enjundia fue su segunda y última convocatoria para defender la camiseta nacional. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Ahí iban a estar todas las estrellas universitarias del momento. Patrick Ewing, Chris Mullin, Sam Perkins, Alvin Robertson…y Michael Jordan. Estados Unidos pasó por encima de todos sus rivales y se llevó la medalla de oro, incluido un Joe Kleine que ponía bloqueos y cogía rebotes como pocos. No fue titular y apenas amasó tres puntitos por partido, pero estuvo en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Con esas credenciales a Joe lo escogieron los Sacramento Kings en la sexta posición del draft de la NBA de 1985. Palabras mayores. Aunque tiene truco. Fue el sexto en la lista, pero el cuarto si sólo consideramos pívots. Dicho de otro modo. Lo seleccionaron porque era alto. Sin más. Si Kleine capturaba rebotes y ayudaba a sus compañeros a base de codazos en ataque cuando aún era un universitario, esas peculiares cualidades se tornaron en inútiles tras su salto a la NBA. Incapaz de anotar bajo oposición, incapaz de saltar con potencia e irremediablemente lento, Kleine pasó de ser una promesa a un jugador de banquillo. Los Kings eran un equipo menor, ideal para que Kleine se foguease y se hiciese un nombre en la NBA y sin embargo acabo siendo el suplente de un tal Lasalle Thompson, un completo desconocido sin oficio ni beneficio.

Así pues, Joe Kleine finalizó su contrato de tres temporadas y debía pelear por conseguir un modesto lugar en alguna plantilla de la NBA. O eso, o hacer las maletas rumbo a Europa.

Y entonces a Joe Kleine le volvió a salir una flor en el culo.

Joe Kleine

Los Boston Celtics se fijaron en Kleine para ejercer de pívot suplente del veterano Robert Parish. Era 1988. Era un sueño. Los Celtics de Bird habían iniciado su declive, pero seguían formando parte de la aristocracia de la canasta. Kleine se las arregló para aguantar cinco temporadas en Boston donde saltaba a la pista para disputar un puñado de minutos, capturar tres o cuatro rebotes y, con suerte, anotar un par de canastas y cometer unas cuentas faltas. Su labor era residual, pero siempre necesaria en cualquier equipo. Tras el obligado retiro de Bird por sus problemas lumbares tocó hacer tabla rasa y Joe Kleine fue traspasado a Phoenix en 1993. Habían sido cinco temporadas en la franquicia más laureada de la historia de la NBA.

Phoenix no era tampoco mal destino. Los Suns acababan de perder la final de la NBA ante los Bulls. Eran un candidato al anillo y Kleine volvió a hacer lo que le pedían. Ser fuerte en los entrenamientos, poner bloqueos, hacer unas cuantas faltas y coger unos cuantos rebotes al saltar a la pista. Es lo que siempre había hecho, pero con el inconveniente de que la edad hacia sus efectos. Son tres añitos en Arizona. Al ser traspasado a los Lakers en 1996 pasará prácticamente la temporada en blanco. Tiene 35 años cuando a mitad de esa misma campaña vuelve a hacer las maletas desde Los Ángeles rumbo a Nueva Jersey.

Y entonces otro golpe de suerte. Otra flor en el culo.

Vuelve a ser agente libre y sopesa la retirada. Pero recibe una llamada de última hora para completar el fondo del banquillo de los Chicago Bulls. Será el suplente del pívot suplente de los Bulls. Luc Longley es el titular, Bill Wennington el suplente…y luego está Joe Kleine. Pero son los Bulls. ¡Los Chicago Bulls de Michael Jordan! Kleine promedia ocho minutos por partido en un total de 46 partidos sobre 82 posibles. Básicamente juega los minutos de la basura. Y en playoffs ni siquiera llega a vestirse de corto. Es lo mismo. Los Chicago Bulls ganan la NBA. Joe Kleine gana la NBA. Las cámaras lo captarán llorando a moco tendido celebrando el triunfo. En un momento dado, Michael Jordan se acerca a él y le recriminará sus lágrimas.

“¿Por qué lloras? Yo gané este campeonato por ti”, le espetará His Airness.

El anillo de campeón lo recibirá en Phoenix a donde volvió la temporada siguiente, antes de acabar su carrera con 38 años en las filas de Portland Trail Blazers promediando unos míseros 4’8 puntos y 4’1 rebotes en sus dieciséis temporadas en la NBA.

Una larga carrera en la que ganó la medalla de oro olímpica en Los Ángeles 84 y el anillo de la NBA con los Chicago Bulls en 1998.

Kleine y Jordan

Bien, ¿no?

Indaguemos un poco más en el currículo.

No existe mayor honor para un jugador (también entrenador, árbitro o directivo) que incluyan tu nombre en el Naismith Basketball Hall of Fame (Salón de la Fama del Baloncesto). Es tal la dificultad de formar parte de ese club que valga como ejemplo que tan solo hay tres españoles contenidos camino del siglo de historia; los entrenadores Pedro Ferrándiz y Antonio Díaz-Miguel y el jugador Pau Gasol. Indudablemente Joe Kleine nunca formará parte de este selecto club. Pero Joe Kleine tiene otro título.

Joe Kleine es el jugador que ha compartido su carrera con mayor número de Hall of Famers.

Nadie puede presumir de haber compartido vestuario con más superestrellas.

Comencemos con el verano olímpico de 1984. Kleine saltaba a la pista junto a Pat Ewing, Michael Jordan, Chris Mullin y Alvin Robertson, éste último más desconocido por culpa de sus problemas extradeportivos, pero entonces un jugador de renombre en el concierto internacional. Una vez convertido en profesional, y tras un discreto paso por Sacramento, Joe Kleine compartirá aventuras en Boston junto a Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson y Danny Ainge, el mítico quinteto ganador de los Celtics en los 80. Ya veterano firma por Phoenix Suns donde jugó junto a Charles Barkley, del que se hará íntimo amigo, Kevin Johnson y A.C. Green.

Tal y como señalé anteriormente en ese momento Joe Kleine estuvo al borde de la retirada, pero disfrutará de un breve paso en Los Ángeles Lakers junto a Nick Van Exel, Eddie Jones, Robert Horry, Byron Scott, Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. Luego logró el título de la NBA con los Bulls. En Chicago compartiría duchas con Toni Kukoc, Ron Harper, Steve Kerr, Dennis Rodman, Scottie Pippen y Michael Jordan. Y aún le daría para volver a Phoenix junto a Steve Nash y Jason Kidd y retirarse en Portland con Detlef Schrempf, Damon Stoudamire, Rasheed Wallace o Arvydas Sabonis.

Como quien se acerque a este blog no tiene por qué ser ducho en baloncesto y mucho menos conocer a estos jugadores de antaño, vamos a poner en consideración la afirmación de que Joe Kleine es el jugador de la NBA con la flor en el culo más grande que jamás ha existido.

Además de decenas de buenos jugadores, Joe Kleine compartió vestuario con un total de 16 Hall of Fame de la NBA en el siguiente orden cronológico:

1. Pat Ewing: 11 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

2. Chris Mullin: 5 veces All-Star y un oro olímpico.

3. Larry Bird: 3 veces elegido MVP de la NBA, 3 veces campeón de la NBA, 12 veces All-Star y un oro olímpico.

4. Kevin McHale: 3 veces campeón de la NBA y 7 veces All-Star.

5. Robert Parish: 4 veces campeón de la NBA, 9 veces All-Star y jugador que más partidos ha disputado en la historia de la NBA.

6. Dennis Johnson: 3 veces campeón de la NBA y 5 veces All-Star.

7. Charles Barkley: 1 vez elegido MVP de la NBA, 11 veces All-Star y oro olímpico.

8. Steve Nash: 2 veces elegido MVP de la NBA y 8 veces All-Star.

9. Jason Kidd: 1 vez campeón de la NBA, 10 veces All-Star y oro olímpico.

10.Kobe Bryant: 1 vez elegido MVP de la NBA, 5 veces campeón de la NBA, 18 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

11. Shaquille O’Neal: 1 vez elegido MVP de la NBA, 4 veces campeón de la NBA, 15 veces All-Star y oro olímpico.

12. Michael Jordan: 5 veces elegido MVP de la NBA, 6 veces campeón de la NBA, 14 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

13. Scottie Pippen: 6 veces campeón de la NBA, 7 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

14. Dennis Rodman: 5 veces campeón de la NBA, una vez elegido Mejor Defensor y 2 veces All-Star.

15. Toni Kukoc: 3 veces campeón de la NBA, 3 veces campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y dos veces campeón europeo de selecciones.

16. Arvydas Sabonis: Un oro olímpico, una vez campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y una vez campeón europeo de selecciones.

Patrick Ewing, Chris Mullin, Charles Barkley, Steve Nash y Arvydas Sabonis nunca ganaron un anillo de la NBA.

Joe Kleine sí.

Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson, Steve Nash, Dennis Rodman y Toni Kukoc no tienen un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Steve Nash no tiene ni un anillo de campeón ni un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Charles Barkley y Joe Kleine en 2025

“La buena suerte es como el humo; no puedes atraparla con las manos, pero puede rodearte”. Anónimo.

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Team Hoyt

El 10 de enero de 1962 fue miércoles. Un día como otro cualquiera. No para Dick. Ese mismo día nació Rick. Fue el mayor de tres hermanos. El primer hijo de Dick. El padre de todos ellos. El apellido era Hoyt. El caso es que el nacimiento de Rick Hoyt fue del todo menos fácil. Llegó al mundo con el cordón umbilical enrollado al cuello.

El oxígeno no pudo llegar al cerebro del pequeño.

Rick Hoyt nacía con una severa e irreversible lesión cerebral.

Viviría en estado vegetativo el resto de sus días.

Sus padres se negaron a aceptar lo inevitable y volcaron todo su amor, tiempo y dedicación en su hijo mayor. Fue duro. Durísimo. Con los años pudieron advertir que su hijo los seguía con la mirada. No era poco para un ser humano en estado vegetal. Y, por supuesto, ningún médico pensó que pudiese llegar a hacerlo.

Ningún médico animó ni apoyó a los padres de Rick.

Fueron considerados unos locos.

Con 11 años Rick Hoyt ya reaccionaba a las bromas con una mueca de satisfacción y, tras una larga lucha y una notable cantidad de dinero, lograron que unos ingenieros de la Universidad de Tufts (Massachusetts) crearan una especie de ordenador como el que luego haría famoso el celebérrimo Stephen Hawking. La primera palabra de Rick fue ‘¡Go Bruins!’, el grito de guerra de los Boston Bruins, el equipo de hockey de la capital de Massachusetts.

De esta forma Rick pudo comunicarse con el mundo y matricularse en la universidad con el paso de los años. Una vez licenciado se convirtió en un hombre de mediana edad que ejercía como profesor y que, aún con ayuda, vivía en casa propia.

Sólo esto que acabo de contar está al alcance de unos pocos seres humanos.

Unos poquísimos seres humanos.

Pero hay más.

Mucho más.

Rick (silla) y Dick (padre)

Cuando Rick contaba con quince años un compañero suyo de instituto sufrió un accidente que lo dejaría paralítico. Se celebró entonces una carrera benéfica para recaudar fondos en esa escuela y en otras de la contorna para ayudar al chico y a su familia. Rick sintió que era necesario que él también participase en la carrera para demostrar que la vida podía ser igual de satisfactoria aun viviéndola en una silla de ruedas.

Es entonces cuando Dick, el abnegado padre, entra en escena. A estas alturas es bueno apuntar que Dick era un teniente coronel del Ejército de Estados Unidos. Caminaba cerca de los 40 años, pero su condición física era extraordinaria. Así que no lo dudó ni un instante. Cogió a su hijo, lo subió a una silla de ruedas y juntos corrieron la carrera benéfica. Fueron ocho kilómetros en los que Dick no paró de sonreír y donde descubrió que paso a paso su deficiencia desaparecía.

Acaba de nacer el Team Hoyt.

Desde 1977 hasta 2005 el Team Hoyt participó en un total de 911 eventos, incluyendo 206 triatlones (6 de los cuales fueron competiciones Ironman) y 64 maratones, incluyendo 24 Maratones de Boston consecutivas. Dick ha empujado y tirado de su hijo por todo Estados Unidos, pasando por cientos de líneas de meta. Cuando Dick corre, Rick está en una silla de ruedas que Dick va empujando. Cuando Dick va en bicicleta, Rick está en un asiento especial sujeto al frente de la misma. Cuando Dick nada, Rick está en una pequeña balsa, estabilizada firmemente, que es empujada por Dick. En cierta ocasión, en 1992, el Team Hoyt corrió más de 4.000 kilómetros en bicicleta durante mes y medio.

Durante más de tres décadas, Dick, desde los cuarenta hasta pasados los setenta, empujó y tiró de su hijo por todo el país.

Y Dick no se había subido a una bicicleta desde que tenía seis años. Y Dick nadaba al estilo perrito. En su época no era obligatorio saber nadar para entrar en el Ejército de Tierra.

Empezó de cero. Empezó de la nada.

Al inicio los demás atletas le hacían el vacío al Team Hoyt. Con el tiempo no había corredor que no se acercase a hacerse una foto con los miembros del Team Hoyt. El gran cambio se dio cuando compitieron en 1981 en su primera maratón de Boston. Creada en 1897 y disputada siempre el tercer lunes de abril, los 42’195 kilómetros de Boston son la competición de larga distancia más antigua del planeta llegándose a correr ininterrumpidamente a pesar de la I Guerra y la II Guerra Mundial y sólo cancelada en 2020 por culpa del Covid. El caso es que a inicios de los 70 se había creado una carrera paralela para personas en silla de ruedas. En 1981 los Hoyt se negaron a participar en ella y exigieron competir en la abierta a todo tipo de personas. Todos los miraban, todos cuchicheaban, pero el Team Hoyt no sólo acabó la carrera, sino que quedó entre los 5.000 primeros en una prueba en la que se superan las 25.000 inscripciones.

Team Hoyt

Dick Hoyt falleció a los 80 años de edad en 2021. Su hijo Rick lo hizo dos años más tarde a los 61 años. El caso, es que, en 2005, cuando dejaron de competir, lo hicieron porque a Dick le había dado un infarto leve durante un maratón. Los médicos descubrieron que una de las arterías de Dick estaba completamente obstruida e inutilizada. Le comentaron a Dick que de no haber estado en tan buena forma probablemente hubiese fallecido una o dos décadas más atrás.

Así que se puede decir que el padre salvó al hijo.

Y también que el hijo salvó al padre.

“Cuando Rick tenía ocho meses, los doctores nos dijeron que deberíamos sacrificarlo, que estaría en estado vegetal toda su vida, ese tipo de cosas. Bueno, esos doctores ya no están vivos ahora, me gustaría que pudieran ver a Rick en este mismo momento”. Dick Hoyt en 2005 tras su última competición.

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Las zapatillas de Jordan

La cita tendría lugar una agradable mañana de agosto en Portland. Un audaz responsable de marketing llamado Rob Strasser haría de guía. Las sencillas instalaciones de Nike serían escrutadas tanto por Michael Jordan como por su agente, antes de que el trío decidiese tomar un refresco y centrarse en los detalles de la oferta. Strasser le propuso a Mike (por entonces Michael era Mike) crear una línea propia de calzado con su imagen, las Nike Jordan, y el jugador tendría un porcentaje de las ventas que se estimaba en 250.000 dólares de la época. Si la cosa iba bien, de la línea propia de calzado se pasaría a una línea de ropa deportiva, incluyendo camisetas, sudaderas y accesorios.

La idea era novedosa y la cifra era todo un fortunón para un jugador, que por excelente que fuese, aún no había disputado ni un partido en la NBA. Pero Jordan no estaba impresionado. Al contrario, era puro escepticismo. El sueño de adolescente de Michael era firmar con Adidas, por lo que miró a los ojos a Strasser y se tiró un farol: “Muy bien, ahora me voy a ver a los de Converse y luego a Alemania a la sede de Adidas”.

Por entonces todo el mundo usaba las Converse All-Star. Creadas hace más de un siglo, la fama de las Converse se las dio un ex jugador metido a empresario llamado Chuck Taylor, quien fue el ideólogo de su famoso acabado y de su estrella lateral. Hasta bien finalizada la década de 1960 raro era ver un deportista norteamericano sin sus Converse. Y hasta todo soldado del ejército estadounidense llevaba un par de ellas para cuando estaban de permiso.

Michael Jordan usaba las zapatillas Converse de rigor. Las mismas que usaban todos y cada uno de los jugadores de la NBA, incluidos sus dos grandes iconos; Magic Johnson y Larry Bird. Converse era la marca del baloncesto y era la casa comercial de las zapatillas de Jordan cuando empezaba a deslumbrar vistiendo la camiseta de la Universidad de North Carolina.

Así que todo el mundo usaba las mismas zapas blancas con la estrella en negro o su alternativa opuesta. La única variedad radicaba en la citada estrella. Por ejemplo, en las de Jordan y sus compañeros de North Carolina la estrella era celeste haciendo honor a los colores del equipo. Aun así, la tradicional y elitista Converse se dio cuenta de que debía de cambiar si no quería quedarse atrás, por lo que en los 80 se permitió un par de cambios. Unas All-Star amarillas y moradas y otras verdes y blancas. Las de Magic Johnson y las de Larry Bird. Curiosamente fue en la grabación de ese spot publicitario donde dos enemigos como Magic y Bird se conocieron y se hicieron grandes amigos. Pero esa es otra historia.

A Michael Jordan jamás le gustaron las Converse. Jamás. Años más tarde, cuando su nombre estaba ya asociado per secula seculorum con Nike, confesaría que su sueño era vestir unas zapatillas Adidas. Para un hombre místico, serio y disciplinado como él, la marca de las tres rallas alineadas parecería la opción perfecta.

Pero Jordan nunca vistió Adidas.

La temporada comenzaba en noviembre, pero en el verano Jordan lideró a un extraordinario conjunto universitario a la victoria de Estados Unidos en los JJ.OO. de Los Ángeles 1984. Díaz Miguel, entrenador español y rival de los norteamericanos en la final, llegaría a declarar que cambiaría a todos sus pupilos por tener la opción de dirigir a Michael Jordan. De esta forma, y antes de dar el salto a la NBA, a la rutilante estrella que ya estaba en boca de todos le esperaba un verano lleno de ofertas y compromisos publicitarios.

Días después de ganar el oro, David Falk, agente de Jordan, recibió una invitación para acudir a Portland, ciudad sede de la firma deportiva Nike. La hoy colosal multinacional distaba entonces de serlo. Se había convertido en un icono contracultural y había logrado un hueco entre los urbanitas estadounidenses a través del atletismo y de la cultura del running, pero la prematura muerte de Steve Prefontaine dio un hachazo a sus aspiraciones. Prefontaine, plusmarquista estadounidense en siete distancias distintas del medio fondo, falleció a los 24 años víctima de un accidente automovilístico. Nike necesitaba un nuevo icono y unos nuevos objetivos.

Como hemos visto, por muy jugosa que fuese la oferta, Jordan no estaba por la labor de calzarse unas Nike. La realidad es que Falk trató de usar su diplomacia para convencer a su representado de la bondad de la oferta de Nike, pero Jordan era todo terquedad. Converse le había hecho la misma oferta estándar que presentaba a todos los novatos, muy por debajo de lo prometido por Nike. Y Adidas, que no hubiese tenido que ofrecer gran cosa para convencer a Jordan, ni estaba ni se le esperaba. Por entonces el baloncesto y la NBA era terreno inexplorado por la marca alemana.

Total, que Falk tuvo que llamar a mamá Jordan para que hiciese entrar al chico en razón. No se sabe la cantidad de gritos e improperios que esa buena mujer soltaría a su vástago, pero el caso es que Jordan agachó las orejas, llamó a Strasser y el acuerdo se cerró a los pocos días.

El resto es historia.

Air

El matrimonio de Nike con Jordan fue como cuando al jamón ibérico se le ocurrió juntarse con el tomate y el aceite de oliva. Nike se decidió a romper todos los códigos establecidos y fabricar unas botas rojas y negras, bastante horteras, pero muy aceptadas en la cultura urbana, que impactaron en la juventud blanca y negra y que desbancaron para siempre a los zapatos como prenda cotidiana para el americano medio.

Las Air Jordan I fueron un shock. Jordan osaba equipararse a Bird y a Magic al tener sus propias zapatillas. Eran rojas y el código de vestimenta de la NBA exigía que fuesen blancas o negras. Rápidamente llegaron las multas. Primero fueron 1.000 dólares por partido, después 3.000 y en el siguiente 5.000. Nike daba palmas con las orejas. Para tener un impacto similar tendrían que haber gastado millones de dólares en campañas de promoción. Que hablen de ti, aunque hablen mal, reza el dicho.

Converse contraatacó y pidió su prohibición. Se decía que eran ilegales, que tenían una cámara de aire que hacía que Jordan saltase más. El efecto fue contraproducente. Michael Jordan fue a partir de entonces Air Jordan, un jugador con un salto sobrenatural y una estética perfecta que hizo que durante unos segundos pensásemos que el hombre podía volar. Las Air Jordan I siguen fabricándose en la actualidad y continúan siendo las zapatillas más vendidas de la historia.

Air Jordan I

Las ventas se dispararon y Nike pasó a convertirse en el gigante que es en la actualidad. Michael Jordan transitó de jugador de baloncesto a mito, y a medida que el mito crecía también lo hacía su propia industria, lo que podríamos llamar Jordan S.A. Fue el negocio del siglo, y el momento exacto en el que el deporte pasó a ser un business profesional y una verdadera industria capitalista del entretenimiento. Al año siguiente la NBA permitió que cada equipo llevase las Converse con los colores correspondientes a su equipo. Daba igual. Converse jugaba con las cartas marcadas. Su suerte estaba echada.

Jordan empieza a rodar anuncios televisivos con Nike que son prohibidos por la NBA y que no hacen más que aumentar las ventas. Se investiga si la famosa cámara de aire es motivo de doping tecnológico y eso no hace más que avivar el fuego. Las Air Jordan III rompen con todos los cimientos habidos y por haber. Son las zapatillas del famoso concurso de mates. Las de la saga icónica de Jordan saltando. Las de Jordan en movimiento. El jumpman desde la línea de tiros libres.

Fue el movimiento y la televisión lo que multiplicó exponencialmente esa realidad. Una vez que la NBA se dio cuenta del filón que era Michael Jordan inmediatamente del enfado se pasó al beneplácito. Nike se hinchó a grabar anuncios que se escuchaban y se movían. Contrató para ello a Spike Lee, un cineasta negro estampa de la cultura urbana neoyorkina. La publicidad alcanzó un nuevo estándar, mientras Jordan ganaba concursos de mates y volaba en las canchas.

No son anuncios. Es cine.

En total son 35 las Air Jordan que han salido al mercado. Además de las citadas, conviene destacar las Air Jordan VI (el primer anillo, últimas con referencia a Nike y con lengüeta reflectante), las Air Jordan VII (las de Barcelona 92, las primeras globales), las Air Jordan XI (las únicas azules, las que llevó junto a Bugs Bunny en Space Jam, las de las 72 victorias y, según los frikis, las más bonitas de todas), las Air Jordan XIII (las que parecían un Ferrari -personalmente mis favoritas- totalmente negras con el jumpman en rojo y que fueron las calzadas en su último tiro ante los Utah Jazz), las Air Jordan XVIII (las de su última temporada en Washington y que venían con un CD y un maletín para guardarlas) y las Air Jordan XXXIII (las primeras sin cordones).

Air Jordan XIII

Aquellos 250.000 dólares acabaron convirtiéndose rápidamente en más de 30 millones anuales, y, aún hoy, Jordan sigue facturando gracias a Nike. Se estima que Michael lleva ganado más de 1.000 millones de dólares gracias a la firma de Oregón, con diferencia el mayor ingreso de patrocinio deportivo de la historia. De hecho, ni siquiera sumando sus ingresos como jugador y el resto de sus contratos publicitarios se llegaría a igualar la indecente cifra que ha cobrado gracias a Nike.

Michael Jordan lo cambió todo. Si antes todos llevaban pantalones ceñidos, Jordan impuso la tendencia de llevarlos largos y más holgados hasta las rodillas. Al cabo de un lustro ya no quedaba un mísero pantalón ajustado. Mas adelante la cabeza afeitada de Jordan tuvo un impacto planetario. Cuando la alopecia comenzó a afectarle, se afeitó lo que le quedaba de pelo y empezó a darse cera en la calva (una cúpula aerodinámica que parecía futurista, dijo su biógrafo). Logró lo impensable, que ser calvo fuese algo guay.

Hoy Jordan tiene su propia marca, Jordan Brand, que se ha desligado de su matriz. En cifras pre pandemia facturaba más de 3.000 millones de dólares anuales. Antes de que fuese traspasado a los Lakers, le habían hecho una oferta descomunal a Luka Doncic, el nuevo prodigio del baloncesto, a razón de 20 millones anuales y la promesa de una línea propia de calzado y ropa en función de ciertos parámetros deportivos. No es el primero al que se le ofrecen ni será el último. Da lo mismo. Haga lo que haga jamás hará saltar el mercado por los aires como un día de 1984 hicieron Nike y Michael Jordan.

Otras historias sobre Michael Jordan

Los años de Jordan en Washington (el bienio en el que Jordan pasó de ser un dios a ser humano)

Bullying a Toni Kukoc (el recibimiento poco amigable que Jordan y Pippen dieron a Kukoc en los Chicago Bulls a través de dos artículos)

La perturbadora vida de un gusano (a través de dos partes la vida y carrera de Dennis Rodman)

Kobe (en dos artículos la carrera del jugador que más se ha acercado al dios Jordan)

La camiseta número 12 (cuando a Jordan le quitaron su archifamoso número 23)

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El Tour de Trump

A ver. Lo de las bicicletas es una cosa de wokes, ecologistas y comunistas-sandías, ya saben, peludos verdes por fuera y rojos por dentro. En América, en el país más poderoso del mundo, se va en coche. Y en coche grande. Por supuesto. Así que lo del ciclismo y el Tour de Francia y todas esas chorradas, pues va a ser que no. El caso es que sólo en la populosa y soleada California gusta aquello de las bicicletas. Por aquello de darse un paseo cerca de la playa y tal. Para 1984 la ciudad de Los Ángeles acogerá los Juegos Olímpicos por segunda vez en su historia. Si existe lugar ligado al deporte en Estados Unidos es el antiguo pueblo lleno de polvo fundado por misioneros españoles.

Desde los orígenes de los Juegos Olímpicos, allá por 1896, nunca jamás un ciclista estadounidense hubo ganado medalla olímpica ninguna. Ni oro, ni plata, ni bronce. Y eso para el país más poderoso del planeta era una afrenta. Así pues, en 1981, tres años antes de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, se crea un equipo ciclista bajo el patrocinio de 7-eleven, un conocido hipermercado. Su ciclista más destacado es Eric Heiden. ¿Quién es Heiden? Una leyenda. Patinador olímpico que en los Juegos de Invierno de 1980 logra cinco medallas de oro con cinco récords olímpicos. Tras ser considerado el patinador más completo de la historia le da por cambiarse al ciclismo. Se convertirá en campeón estadounidense en 1985 y en 1986 correrá con el 7-eleven el Tour de Francia. aunque deberá abandonar a falta de tres etapas para el final. Ese año se retirará de toda práctica deportiva profesional y terminará sus estudios de medicina para ejercer de cirujano ortopédico y más tarde acceder al cargo de los servicios médicos de los Sacramento Kings de la NBA. Todo un personaje.

Volvamos al asunto. El mejor ciclista de Estados Unidos es un antiguo campeón de patinaje, lo que da una idea del nivel de la iniciativa. Pero el caso es que se producirá el milagro y un integrante del equipo, de nombre Alexi Grewal, conseguirá vencer en la prueba en ruta y colgarse la medalla de oro. Al año siguiente el 7-eleven será un equipo profesional y participará en carreras por toda Europa. En 1986 se convertirá en el primer equipo estadounidense en disputar el Tour de Francia.

La estructura del 7-eleven permanecerá viva cuando el hipermercado abandone el ciclismo y en 1990 el equipo pase a estar financiado por Motorola. Luego se convertirá en US Postal y más adelante en Discovery Channel. Con esa base y esa estructura se formará y triunfará Lance Armstrong, siete veces ganador del Tour de Francia, al que luego le retiraron todos sus triunfos al haber confesado que se había dopado en todas y cada una de sus participaciones.

Pero esa es otra historia ya contada.

Volvamos a 1985.

Es el año en el que el 7-eleven disputa por vez primera el Giro de Italia. Sin que nadie lo espere ganan una etapa y lo hacen con un tal Andrew Hampsten. Al año siguiente compiten en el Tour y el tal Hampsten firmará una muy notable cuarta posición. Ese año gana el Tour el también estadounidense Greg Lemond, quien presumirá de ser el primer norteamericano en vencer en la mayor prueba ciclista por etapas. Lemond se había criado deportivamente en Europa, pero seguía siendo un extraño. La aparición del 7-eleven y sus éxitos hicieron que el deporte de las dos ruedas a pedales se convirtiese en éxito al otro lado del Atlántico. Ese año, 1986, el Tour de Francia se televisó en directo por vez primera en Estados Unidos a cargo de la NBC.

Y fue la NBC la que tuvo la idea. ¿Por qué no llevar el Tour de Francia a Estados Unidos?

La idea era aprovechar el tirón de Greg Lemond, sin embargo, quiso el destino que en una partida de caza su cuñado le endosase unos perdigonazos en la boca del estómago. Lemond se pasó año y medio en blanco y no volvió a la competición hasta finales de 1988. Ese año Andrew Hampsten gana el Giro de Italia con el equipo Motorola. Es el momento indicado para ponerse en marcha.

La NBC necesita una empresa que apueste por el ciclismo. Se busca y se encuentra. La idea nació del periodista de la NBC John Tesh, quien le presentó el proyecto de organizar una gran carrera en Estados Unidos al empresario de baloncesto Billy Packer. Éste último movió la idea entre sus contactos del empresariado de Nueva York.

Y lo encontró.

Es un empresario neoyorkino hijo de escocesa y nieto de alemanes. No le gusta el ciclismo, pero sí que conoce de que va ese deporte y es consciente de la oportunidad de negocio. Acaba de rebasar la cuarentena y cuenta con una trayectoria empresarial sólida tras heredar la empresa familiar que agenciaba su padre. Es especialista en construir, renovar y gestionar torres de oficinas, hoteles, casinos y campos de golf. Es un millonario. Es un yuppie. Un empresario de éxito. La viva imagen del capitalismo.

Su nombre es Donald John Trump.

Trump ochentero

A inicios de 1989 Trump tiene su primer gran revés empresarial. El año anterior había adquirido una serie de casinos en una decisión que se tornó en fatal. Para poder acometer su pago emitió bonos basura y pronto sus contables le advirtieron que tendría que afrontar una suspensión de pagos. Ante la amenaza de caer en la bancarrota, Donald Trump decidió apostar por el deporte. Y como empresario de éxito, vio en el ciclismo una oportunidad sin explotar. Una vía de ingresos infinita que en Estados Unidos aún era desconocida.

Así que, melena en viento y corbata roja bajo el traje, a Donald Trump se le encarga financiar y diseñar una carrera ciclista que rivalizase con el mismísimo Tour de Francia. Sería una carrera épica, a lo grande, donde obligatoriamente tendrían que estar Lemond y Hampsten y donde esperaba contar con la presencia de alguna que otra estrella extranjera.

Trump invirtió diez millones de dólares en el asunto, cifra considerable en la época, y montó una promoción del evento que entonces fue vista como estrafalaria en Europa. Todo un espectáculo con fuegos de artificio, animadoras y buena comida al estilo Las Vegas. Se disputaría entre el 5 y el 14 de mayo (10 etapas y 1347 kilómetros) de 1989 en plenas fechas de la Vuelta a España y justo antes del inicio del Giro de Italia. Como reclamo para sacar a las vedettes de Europa y llevarlas a Estados Unidos habría una recompensa económica de 250.000 dólares en premios y 50.000 para el ganador, cifra sólo entonces superada por el vencedor en los Campos Elíseos de París.

La primera etapa salió de Albany (Nueva York) y la última fue en Atlantic City (Nueva Jersey) donde Trump contaba con varios casinos. La idea era atravesar las trece colonias originales de Estados Unidos, lugares donde se concentraba la mayoría de población con ascendentes europeos, los únicos con cierta cultura ciclista. Era ese el objetivo primigenio. A medio plazo se contaba con recorrer Norteamérica de una punta a otra. Las banderas, pancartas y demás patrocinios eran minoría frente a los carteles ‘Trump’ con los que se jalonaba todo el recorrido. Los corredores dormían siempre en hoteles de cuatro o cinco estrellas, algo inimaginable en el Viejo Continente. Entre los equipos había primeras espadas caso de Lotto, PDM o Panasonic y también modestos como el Saunas Diana, equipo patrocinado por la mayor cadena de burdeles de Países Bajos.

¿Por qué Tour de Trump? Sobre ello hay dos versiones contrapuestas. La primera es que fueron John Tesh y Billy Parker los que sugirieron a Trump que la prueba llevase su apellido porque eso le daría más publicidad. Se cuenta que Trump se niega y que considera que aquello será llevado en su contra por la prensa, que lo tildará de ególatra y narcisista. Al final, ante la insistencia de los dos colegas, Donald Trump acabará cediendo.

La segunda versión es la preferida por todos. Más que nada, porque conociendo al personaje, es la más creíble. La conversación, entre Billy Parker y Donald Trump sucedió de la siguiente manera, según contaron después varios periodistas.

Parker: La llamaremos Tour de Jersey y luego, al expandirnos, será Tour de Estados Unidos.

Trump: ¿Tour de Jersey? ¿Queremos que acabe siendo la mejor carrera del mundo?

Parker: Sí.

Trump: Entonces no puede llamarse de otra forma que Trump. Podríamos llamarla de otra forma, pero tendríamos menos éxito.

Juzguen ustedes mismos.

Donald Trump proclamó que el maillot amarillo de su carrera no tardaría en ser más importante que el del Tour de Francia. La prensa de la época, que entonces tenía a Trump en el pedestal del éxito capitalista, no dudaba en afirmar con admiración que si al que le gusta el ciclismo se compra una bicicleta, Trump directamente se compra una carrera.

 

Tour de Trump 1989

La organización fue un caos. En una de las etapas se olvidaron de cortar el tráfico, por lo que los ciclistas se encontraron con infinidad de vehículos a su paso. Aun con todo, la carrera fue un éxito y el noruego Dag-Otto Lauritzen (ganador de etapa en el Tour y en la Vuelta) se llevó el triunfo y los 50.000 dólares de la época. Por cierto, Trump presentó una querella a una modesta prueba ciclista de Colorado llamada Tour de Rump. Era una prueba humilde, prácticamente una reunión de amigos, pero Trump exigió un cambio de nombre por lo que él consideraba plagio. Su demanda fue desestimada.

Una anécdota mucho más deliciosa tuvo lugar en la etapa contrarreloj. Greg Lemond fue doblado por un desconocido ciclista que llevaba un manillar de triatleta. Lemond quedó impresionado por las prestaciones de ese ciclista y comenzó a interesarse y a hacer preguntas. Apenas dos meses más tarde Greg Lemond le arrebataría el Tour de Francia a Laurent Fignon por únicamente ocho segundos al vencerle en la contrarreloj final de Paris montando un aerodinámico manillar de triatleta en su bicicleta contrarreloj.

Algo nunca antes visto…en Europa.

El manillar de Lemond

Al año siguiente el Tour de Trump finalizaría en Boston y, aunque el glamour seguía presente, el dinero comenzaba a escasear. Donald Trump ya estaba oficialmente en crisis y el presupuesto de la carrera se vio altamente reducido. El mexicano Raúl Alcalá ganó esta edición y Trump le entregó un cheque de 15.000 dólares, cifra ostensiblemente menor que la del año anterior, pero lo compensó agraciando al vencedor con un coche y una motocicleta. Todo era pura fachada. No tardaron muchos meses antes de que Trump se declarase oficialmente en bancarrota y se largase antes de que el barco se hundiera.

Fue entonces cuando salió al paso la multinacional química DuPont que se haría cargo del evento desde 1991 renombrándola Tour de DuPont. La carrera funcionaria explotando el éxito de Lemond y la aparición de jóvenes figuras como Lance Armstrong. Hasta 1996 los dos ya citados ganadores del Tour, así como el neerlandés Erik Breukink (subcampeón del Giro y tercero en el Tour) y el ruso Vlatcheslav Ekimov (dos oros olímpicos) vitorearon en el Tour de Dupont. Hasta ahí duró la fiesta. En ese año 1996 John DuPont, el dueño de la empresa, disparaba y mataba a un hombre tras un ataque psicótico. Fin de la partida.

Lance Armstrong, por cierto, además de sus dos triunfos suma diez victorias parciales de etapa, récord de la prueba. Estas victorias en el Tour DuPont son de las pocas que figuran en el palmarés de Armstrong después de que se le anulasen todos sus resultados desde el año 1999, incluidos sus siete Tour de Francia, tras su confesión pública de dopaje.

Los tiempos de Lemond, Hampsten y Armstrong pasaron para nunca volver. Hoy en día el ciclismo estadounidense ya no organiza ninguna gran carrera. Se canceló en 2019 el Tour de California y anteriormente ya habían sido cerrados el Tour de Colorado o la Clásica de Philadelphia. Quien ha vuelto, y hasta en dos ocasiones, es Donald John Trump, cuadragésimo quinto y cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos.

“Cuando sea presidente pararé el programa de Irán para fabricar armas nucleares, y no lo haré usando a un hombre como John Kerry. Además de negociar mal, se arriesga a montar en bici con 72 años, se cae y se rompe una pierna. Prometo que yo nunca iré en bici ni pondré en peligro a mi país”. Donald Trump en un mitin antes de las elecciones de 2016 refiriéndose a John Kerry, vicepresidente de Estados Unidos con Barack Obama.

Otras historias ciclistas fuera de la vieja Europa

Gran Premio de Montreal (una clásica en tierras canadienses)

La carrera de la paz (el Tour de Francia de los comunistas)

De patrocinadores y ciclistas (sobre los nombres de los equipos en ciclismo)

Lance Armstrong (el fraude de un campeón en dos artículos)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (la locura que los italianos llevaron al corazón de África)

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Especial Navidad: Entrevista a Schwarzenegger

Fue campeón de culturismo, héroe de acción, gobernador de California y camino de los 80 años se ha convertido en activista contra el cambio climático. A Arnold Alois Schwarzenegger le acaban de poner un marcapasos tras someterse a tres cirugías de corazón abierto. Porque es humano. Arnold es humano. El tipo que encarnó a Conan a El último gran héroe y quien fue Depredador y Terminator es humano. No lo parece al contemplar sus 188 centímetros de altura y sus 110 kilos de músculo. Solo con estrechar su mano con la tuya convierte tu autoestima en un valor que oscila entre el cero y la nada. Pero después Arnold tira de sonrisa y te desarma con la mirada. Así nos recibe en su despacho de su mansión a las afueras de Los Ángeles.

Arnold

Mister Dato (P): ¡Felices Fiestas!

Arnold Schwarzenegger (R): ¡Igualmente para ti y todos tus lectores!

P: Me siento sobrecogido. Temo que si le hago alguna pregunta incómoda me pegue un guantazo que me obligue a pasar las fiestas con mi dentista.

Schwarzenegger (R): (Ríe). No te preocupes. De hecho, es una pregunta que me molesta, pero no pienso matarte a hostias. Puedes quedarte tranquilo.

P: ¿Por qué le molesta?

Schwarzenegger (R): Es que no soy un tipo duro. Soy un tipo fuerte. ¿Recuerdas mis películas? ¿Cuándo hago de malo?

P: En Terminator…pero luego Terminator es bueno.

Schwarzenegger (R): Exacto. Fui Hércules, Conan o Terminator. Bestias físicas de noble corazón. ¿Y Mentiras arriesgadas? Un marido abnegado. Y seguro que recuerdas cuando hacía comedias tronchantes con Danny De Vito. Soy fuerte, pero no soy malo. Hice una de Navidad en la que tenía que ir hasta el Polo Norte a buscarle un regalo a mi hijo.

P: Oído cocina. ¿Sabe qué? Es la primera persona que entrevisto en estos especiales navideños que está viva. Siempre me voy al otro mundo para buscar al entrevistado, pero con usted he hecho una excepción.

Schwarzenegger (R): ¡Poco ha faltado! He sobrevivido a tres cirugías a corazón abierto. En todo caso lo que me acabas de decir no sé si tomarlo como un honor. Te diré algo. La muerte no me intimida. Lo que apesta definitivamente es la vejez. Y creo que, tal vez, estoy sufriendo por eso más que nadie, porque me miro en el espejo y recuerdo que fui alguien que hacía flexiones de banca con 500 kilos de peso sobre mis hombros.

P: ¡Si está usted hecho un chaval! ¡Con el dedo meñique podría tumbarme a mí al suelo y me dobla en la edad!

Schwarzenegger (R): Es muy sencillo, si se sacude, es grasa. Y a ti se te sacude.

P: ¡Hombre, gracias!

Schwarzenegger (R): Es la verdad. Yo estoy viejo y tú eres joven y no estás en forma. Lo cierto es que de repente llegas a una edad en la que ves que tu cuerpo ya no tiene esa forma, aunque tal vez esté mejor que otras personas de mí misma edad. ¿Y qué? Eso me afecta aún más porque sabía lo que podía hacer antes. Todos los días entreno aferrándome a eso, pero también sé que cuando se produce menos testosterona en el cuerpo masculino se engendra menos músculo y, por lo tanto, se necesita mucho más esfuerzo y te lesionas con facilidad. Cuando envejeces, de repente, tienes pequeños problemas de salud y mi vulnerabilidad siempre ha sido el corazón. Lo tengo que vigilar con mucho cuidado. Sin embargo, me siento afortunado de estar en forma y de poder hacer ejercicio todos los días. Me encanta montar en bicicleta todas las mañanas.

P: ¿Por qué sigue machacándose en el gimnasio? Entiendo que quiera estar en forma, pero los tiempos de Míster Olympia ya pasaron. Además, su última operación de corazón ha sido hace apenas unos meses.

Schwarzenegger (R): ¿Por qué he desayunando hoy? Desayuné hoy, desayuné hace diez años, ¿por qué sigo desayunando? ¿Por qué sigo durmiendo? Dormí hace veinte años, dormí hace diez años. Todavía duermo todos los días y todas las noches. El entrenamiento es una parte muy importante de mi vida. Es así de simple. Nada cambiará hasta que muera.

P: ¿No tiene debilidades?

Schwarzenegger (R): Todos los días escucho a alguien decir que está gordo pero que no es capaz de adelgazar. Me odiaría a mí mismo si yo tuviera ese tipo de actitud, si yo fuese tan débil. Sólo se triunfa en la vida con constante esfuerzo.

P: Me han dicho que fuma un puro al día. Eso es una debilidad.

Schwarzenegger (R): No lo considero una debilidad. Será malo para mi salud, nunca para mis músculos. Me gusta el dulce, pero tampoco lo considero una debilidad. ¡Soy austríaco! Helado, strudel de manzana, galletas, chocolate negro con nueces crujientes… Si viene alguien de visita y me trae dulces, estoy en el cielo (ríe).

P: Nacido en Austria, pero asentado en Estados Unidos. No se puede ni imaginar la de veces que he tenido que rectificar al escribir su apellido.

Schwarzenegger (R): Nací en un pueblecito austriaco. Fui un niño pobre. Mi padre era policía, pero durante la guerra había servido a los nazis. Tenía problemas mentales. Supongo que una mezcla de lo que le hicieron pasar y lo que él le hizo pasar a otros. El favorito era mi hermano mayor porque además siempre hubo dudas de si yo era hijo legítimo. El caso es que tanto mi padre como mi hermano eran alcohólicos enfermizos y ambos murieron jóvenes. No teníamos nada. Recuerdo la alegría de mi madre cuando compramos nuestro primer frigorífico. Yo tuve claro mi destino desde siempre. Quería una vida diferente. Tenía ambición y no quería respirar ese ambiente nocivo el resto de mi vida. ¡Quería ser rico! Y para eso hay que ir a Estados Unidos.

P: Sin embargo, fue su exigente padre el que le convino a hacer deporte. Deseaba que siguiera sus pasos y se formase para militar o policía.

Schwarzenegger (R): Mi madre quería que estudiase, pero seguí el consejo de mi padre. El ejercicio se convirtió en una obsesión, al punto de sentir que me enfermaría si me perdía un entrenamiento. Pero no te engañes. Mi padre quería que jugara al fútbol. Cuando vio lo de las pesas frunció el ceño. Pensaba que era asunto de homosexuales.

P: ¿Iba para futbolista?

Schwarzenegger (R): Soy austriaco. A mí no me hables de fútbol americano o de béisbol. Nunca he acabado de entender cómo funciona el fútbol americano. De joven practiqué curling y fútbol. No se me daba mal, pero cuando contaba con quince años mi entrenador me dijo que tenía las condiciones idóneas para fortalecerme en el gimnasio. Fue entrar y descubrir las pesas y sentí que ese era el camino que me iba a llevar a América. Había entonces culturistas que triunfaban en Hollywood haciendo películas de romanos y de aventuras. Mi objetivo era convertirme en el hombre más fuerte del mundo y así poder llegar a ese mundo.

P: Debutó en el cine haciendo de Hércules y fue Míster Olympia siete veces seguidas en los años 70. Hizo que el fisiculturismo fuese reconocido y hoy el Arnold Classic que usted promociona es un evento planetario. ¿Cómo le explicaría a un mundano que es eso del culturismo?

Schwarzenegger (R): El culturismo es como cualquier otro deporte. Para tener éxito, debes dedicarte cien por cien al entrenamiento físico, mental y a la dieta. Las últimas tres o cuatro repeticiones son las que hacen que el músculo crezca. Esa área del dolor divide el campeón de alguien que no es un campeón. Eso es lo que la mayoría de las personas no tienen, las agallas para seguir adelante y decir que van a pasar por el dolor sin importar lo que pase.

P: Y la fortaleza mental.

Schwarzenegger (R): Claro. Tu mente es el límite. Mientras que la mente puede imaginar el hecho de que puedes hacer algo, lo puedes hacer, siempre y cuando realmente lo creas. La fuerza no viene de ganar. Cuando pasas por dificultades y decides no rendirte, eso es la fuerza. Lo peor que puedo ser es lo mismo que los demás. Lo odio.

P: Parece usted un manual de autoayuda. Aprovechando esto último que me acaba de decir me viene al pelo para hablar de su carrera política. Es usted un ferviente liberal y un luchador implacable contra el socialismo y, sin embargo, es abierto en cuestiones sociales y un activista contra el cambio climático.

Schwarzenegger (R): Fui gobernador de California y sólo el haber nacido en Austria me ha impedido ser presidente estadounidense. Antes, la gente se burlaba de mi acento y ahora es mi marca registrada; no tienen que verme para saber que soy yo quien habla. Pero recuerdo mis inicios en los que todo el mundo se burlaba de mí por ser austriaco. ¡Y fíjese ahora! Tengo una fortuna de 450 millones de dólares ¡Eso sólo se consigue en Estados Unidos! ¡Adoro este país! Me gustaría asegurarme de que un niño negro que vive en Atlanta o un latino de Baltimore pueda tener las mismas oportunidades que yo tuve cuando vine a este país. Yo disfruté de un gran sistema educativo, pude obtener un préstamo, comprar un apartamento y echar raíces.

P: No parece el discurso del líder de su partido, el señor Donald Trump.

Schwarzenegger (R): Soy un hombre hecho a mí mismo y eso es un cumplido. Pero a la vez quiero dejar claro que ser un hombre hecho a sí mismo no quiere decir que nadie me ayudase. Mis padres me ayudaron. Mis maestros me ayudaron. Mis entrenadores me ayudaron. Cuando llegué a Estados Unidos me dejaron dinero y un piso, también me ayudaron los agentes y los productores con los que me introduje en el mundo del cine y también me ayudaron los casi seis millones de votantes que me convirtieron en Gobernador de California. ¿Cómo podría decir que me hice Gobernador yo solo? Esto no es una dictadura.

P: Reitero. Parece usted demócrata y no republicano.

Schwarzenegger (R): Lo más importante del liderazgo es tener una visión muy clara de hacia dónde quieres llegar. Esto lo experimenté de primera mano en el fisiculturismo; siempre tuve una visión muy clara de la competencia, los premios y como aumentar el respeto por los culturistas. Y lo mismo se aplica en la política. La clave es dejarle claro a la gente lo que sientes y lo que te apasiona. Trump es sólo una persona. El Partido Republicano tiene un problema de liderazgo. Si yo me pudiese presentar mi liderazgo sería claro. Liberalismo económico a ultranza, respeto a las minorías y luchar contra el cambio climático.

P: Usted es aficionado al Sturm Graz, un modesto club austriaco. Rebautizaron el estadio con su nombre en 1997, pero apenas nueve años más tarde le retiraron el honor. Creo que la política tuvo algo que ver con ello.

Schwarzenegger (R): Las ideas socialistas tan comunes en Europa. Eso fue lo que pasó. El asunto es que en California tenemos pena de muerte y en 2005 tuvimos que ejecutar a un preso. Me tildaron de bárbaro en una campaña contra mi persona liderada por los comunistas. Ellos lo quisieron así. Cuanto más inteligentes nos volvemos, más tontos nos sentimos. Hay algunas personas que se quejan de la privacidad cuando se vuelven famosas, pero yo nunca me he sentido incómodo. Mucha gente se muere de ganas por tener atención. Yo estoy recibiendo toda la atención del mundo sin necesidad de ir al psiquiatra para ello.

P: Siguiendo con el tema fútbol. Me han dicho que simpatiza con el Barça, pero que su jugador favorito es Cristiano Ronaldo.

Schwarzenegger (R): Jugué a fútbol hasta los 15 años, de portero, de centrocampista y de defensa. No sé hasta dónde habría llegado, pero por muy bueno que sea un futbolista necesita apuntalar los músculos de su espalda o de sus piernas. Cristiano Ronaldo es el Terminator del fútbol. Tiene un cuerpo perfecto y una musculación que le permitiría practicar cualquier deporte. Pero sí, amo a la ciudad de Barcelona, sus playas y el Camp Nou.

P: Lo suyo no es el baloncesto, pero en Conan compartió escenas con Wilt Chamberlain, el afamado ex jugador de la NBA. Tengo entendido que nunca antes se había sentido tan pequeño.

Schwarzenegger (R): ¡Ya lo creo! Era 1984. Chamberlain medía más de 2’10. Era un hombre de gimnasio. No me podía creer que tuviera casi 50 años. Tenía tanta fuerza que jugueteaba con la espada como quien juega con un cuchillo.

P: ¿Cómo era su entrenamiento entonces? Ya sé que ahora sigue yendo al gimnasio, pero como era el día a día de Arnold Schwarzenegger cuando tenía 30 años y era el hombre más fuerte del mundo.

Schwarzenegger (R): Cinco horas de entrenamiento diario, practicar las poses y aprender sobre nutrición. Creo que la fuerza física no me viene a la mente cuando pienso en mí. Es más bien un producto secundario de haber sido levantador de pesas y fisiculturista. Pienso que todo lo que he logrado se debe al poder de mi voluntad y a mi capacidad de visualizar los objetivos con mucha claridad y luego ir tras ellos sin descanso. Ahora es distinto. No tengo que seguir una rutina inamovible. La única ventaja de envejecer es que te vuelves más amable y menos egoísta. Cuando uno es joven siempre piensa en su propio mundo y luego, de repente, empieza a pensar en los demás. Te aseguras de que otras personas también puedan mejorar sus vidas.

P: La nutrición es ahora un mantra. Cuando usted comenzó no era así.

Schwarzenegger (R): Para nada. En mi época todo consistía en comer filetes y huevos. Buscar una ingente cantidad de proteínas. Yo lo cambié todo. Quemaba miles y miles de calorías por lo que no importaba tanto si comía comida basura. Luego descubrí que era crucial. Estuve una vez en una granja de cocodrilos en Louisiana y me dijeron que les daban comida de calidad porque así los animales eran más mansos, no se peleaban entre ellos y no se rascaban la piel. Fue entonces cuando descubrí que lo que comemos tiene un impacto tremendo en nuestra vida.

P: Una última antes de despedirnos. Algo de lo que arrepentirse ahora que estamos en época de perdón y buenas voluntades.

Schwarzenegger (R): Sí. En primer lugar, serle infiel a mi mujer. En segundo haber tomado esteroides. En mi época de culturista no estaban prohibidos. Conozco a compañeros que fallecieron por culpa de ellos. Yo siempre lo hice bajo supervisión médica, pero me alegra que ahora se considere dopaje y animo a todos los que hagan deporte a que nunca usen las drogas. Es el camino fácil.

P: Sayonara, baby.

Schwarzenegger (R): Hasta la vista, baby.

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El síndrome de Marfan (Flo Hyman)

A Plutarco le dio por escribir en la antigüedad una serie de libros biográficos sobre la Antigua Grecia. En uno de ellos habla del espartano Licurgo y nos cuenta una práctica que él puso en marcha en Esparta y que fue bautizada como infanticidio. Al parecer los espartanos tenían como aceptado y normalizado el abandono de los recién nacidos con deformidades, quienes suponían un lastre tanto para su familia como para su ciudad. Miles de años después, a la altura de 1930, en la progresista y cívica Suecia, aún se asesinaba a los bebés nacidos con malformaciones bajo el consentimiento de sus padres.

Fue Stalin quien dijo aquello de que “un muerto es una desgracia mientras que un millón es estadística”. Así es en las guerras y en las tragedias. No así en la medicina. Aquellas enfermedades que afectan a miles, a millones de personas, reciben el afecto y el cariño de la sociedad. ¿Quién no ha sufrido un cáncer en carne propia o en su círculo de confianza? Quien no lo haya vivido lo acabará viviendo. Eso suma billones de recursos públicos y privados en busca del pronto diagnóstico y de un acertado tratamiento. En cambio, quienes sufren una enfermedad rara, aquella en la que solo hay un predestinado entre miles de supervivientes, ni es aceptada ni entendida, ni recibe recursos ni apoyos, ni tiene presente ni futuro.

Flora ‘Flo’ Hyman nació en Los Ángeles cierto día del verano de 1954. Era la segunda de una familia de ocho hermanos afroamericanos. No es que sus hermanos fuesen de estatura baja (su padre medía 1’84 y su madre 1’80) pero la diferencia con Flo era abismal. Pronto apodaron a Flo como Gigante verde. Le costó asimilarlo. Negra y esbelta cual jirafa, atendía a las llamadas de quienes le rodeaban cuando lo que buscaba era escapar en el anonimato. Sus padres le animaron a ver una oportunidad donde ella veía una adversidad. Sus imponentes 196 centímetros le tenían que servir para progresar en la vida.

Probó con el baloncesto, pero no le gustó. Así que comenzó a practicar el vóley-playa en las arenas que bañan la costa de Los Ángeles. Con 16 años se convirtió en jugadora de voleibol en pista y su buen hacer le valió para recibir una beca de estudios de la Universidad de Houston. No era poca cosa. Se convirtió en la primera mujer en acceder a Houston gracias a una beca deportiva. Allí tomó una decisión hoy habitual y entonces radical. Tras tres años de carrera universitaria decidió dar el salto al profesionalismo sin haber acabado sus estudios. Aquello era un sinsentido. Quería dedicarse al poco lucrativo voleibol profesional y, por si fuera poco, Flo era una mujer. No se entendió tal decisión, a lo que Hyman replicaba que si quería jugar al voleibol lo tenía que hacer a los 20 años y que si quisiese estudiar lo podría hacer a los 60. Y hubo algo más. Hyman decidió repartir el dinero que le correspondía de último año de beca entre sus compañeras de equipo, para que pudiesen acabar sus estudios con un plus de tranquilidad.

Flo Hyman

El voleibol femenino era entonces un deporte que de profesional tenía poco o nada. Las dominadoras mundiales eran la Unión Soviética y Japón, lugar donde el voleibol era respetado y masas de espectadores acudían a los pabellones. Otros países comunistas caso de Cuba, Checoslovaquia o China también destacaban, así como Corea del Sur. Para comprender el escaso interés del voleibol en Estados Unidos basta señalar que cuando Flo Hyman se unió a la selección en 1974 ni siquiera tenían entrenador. La selección norteamericana no lograría clasificarse para los Juegos Olímpicos de 1976.

El buen hacer de Hyman logrará revertir esos malos resultados. En 1982 Estados Unidos conseguirá el tercer lugar en el Mundial y en 1984 (sin participantes del bloque soviético debido a un boicot) firmará la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles tras perder la final ante China. Por entonces Hyman era la jugadora más veterana del equipo y estaba considerada la mejor jugadora del planeta. Lo era para los entendidos, aunque para los profanos era dificilísimo de apreciar dado que su juego era siempre altruista. Era alta, tenía técnica y era extremadamente veloz. Su especialidad era un vertiginoso remate tras salto capaz de alcanzar los 180 km/h. Se le llamó Flying clutchman (agarre de la voladora).

Tras su éxito olímpico Hyman decidió salir del anonimato y pasar a ser una estrella en Japón. Allí pasó a convertirse en una jugadora respetada y admirada. No sólo era su juego en la pista, sino que era requerida con asiduidad para ejercer de modelo o de actriz. Era feliz. Y acabó sus estudios. Logró graduarse en matemáticas. Además, se convierte en una abnegada activista. Es voz pública en la lucha por la discriminación de la mujer deportista y en la dotación de fondos deportivos en lugares donde la violencia y la criminalidad son acusadas. Flo no es solo una gran deportista. Tiene carisma y una fuerte personalidad.

Todo iba sobre ruedas en su vida hasta que un día de enero de 1986 se desplomó sobre el banquillo tras ser sustituida en un partido liguero disputado en Japón. Desplomada sobre el parqué, les dijo a sus compañeras que siguiesen jugando, que se encontraba bien.

Horas más tarde fallecía en un hospital de la ciudad de Matsue. Contaba con 31 años.

Flo Hyman 1954-1986

Al principio se pensó que la causa del fallecimiento había sido un ataque cardíaco. Al no aceptar plenamente el diagnóstico, su familia solicitó que se le realizara una autopsia en Estados Unidos. Se descubrió entonces que Flo tenía un corazón muy sano y, en cambio, se determinó que sufría otra patología no antes diagnosticada.

Aparte de su altura, miopía, brazos muy largos y manos grandes, mostró pocos otros síntomas físicos que señalasen el problema. El forense determinó que Hyman se encontraba físicamente en excelentes condiciones excepto por un único defecto fatal; un punto débil del tamaño de una moneda de diez céntimos en la aorta. Ese pequeño punto, a menos de un centímetro por encima de su corazón, había estado allí desde su nacimiento, y la arteria había estallado en ese punto mientras estaba sentada aquel día en Matsue. Se estimó que el coágulo que provocó el desgarro en la pared de la aorta había ocurrido unas tres semanas antes del fallecimiento.

El síndrome de Marfan es un trastorno genético que hace que las personas tengan brazos, piernas y dedos inusualmente largos. Es posible que el médico quiera medirte la distancia de ambos brazos extendidos si cree que puedes padecer este trastorno.

Más tarde, los médicos descubrieron que uno de los hermanos de Flo tenía el mismo problema que ella. Fue operado por precaución. Los médicos no lograban explicarse como Flo pudo haber sobrevivido tantos ellos sometida al exigente esfuerzo físico del voleibol.

Entonces nadie sabía el motivo por el que Flo Hyman había fallecido. Hoy sí. Y tiene nombre. Es conocido como Síndrome de Marfán.

El Síndrome de Marfan lleva el nombre de Antoine Marfan, el médico francés que en 1896 puso nombre a una enfermedad rara del tejido conectivo, que afecta a distintas estructuras. Se caracteriza por un aumento inusual de la longitud de las extremidades y anormalidades de los vasos sanguíneos y corazón. La miopía infantil, la curvatura de la columna vertebral y los dedos largos también son signos a tener en cuenta. Afecta a una de cada 10.000 personas y, a diferencia de otros problemas genéticos, no perturba a la inteligencia.

El fallecimiento de Flo Hyman sirvió para salvar muchas vidas. Porque fue una muerte trágica y dolorosa, pero también evitable. Y puso el foco sobre la patología, permitiendo un aumento considerable del conocimiento sobre la misma. En la actualidad las pruebas médicas realizadas a los recién nacidos determinan si sufren o pueden sufrir el Síndrome de Marfan. Tratados y operados por prevención, pueden disfrutar de una vida plena e incluso de una carrera deportiva profesional. Julio César, Abraham Lincoln o Osama Bin Laden están considerados como pacientes archiconocidos. También Michael Phelps, el deportista olímpico más laureado de todos los tiempos con 28 preseas, 23 de ellas de oro.

Gracias a Flo el diagnóstico de Marfan en pruebas a recién nacidos se hizo rutinario en el mundo occidental. En todos los menores (o no menores) en los que se sospeche que hay un Marfan se debe realizar un ecocardiograma y una revisión ocular. Es fundamental examinar la historia familiar buscando una sospecha de Marfan para que el cardiólogo valore los riesgos. Los resultados han sido alentadores. Cuando Flo Hyman falleció en 1986 la esperanza de vida para los enfermos de Marfan era de 40 años. En la actualidad ronda los 75 años.

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La regata del siglo

Al comenzar la primera manga el Australia II salió como una centella. La tradición decía que el velero que sortease en primer lugar la boya inicial se proclamaría campeón de la Copa América. Y esa era la primera vez que un retador pasaba por delante de un defensor. El Australia II superaba en el giro al Liberty y se disponía a cobrar franca ventaja cuando una explosión sonó en el barco. Se había roto el timón. De repente todo cambia. El Liberty estadounidense sobrepasa al varado Australia II como un ciclón y gana la primera manga por incomparecencia. Dos días después tendría lugar la segunda manga. Otra vez ventaja australiana y otra vez una rotura. Esta vez en el enganche de la driza, el cabo que une la base del mástil y su punto más alto. Estados Unidos gana por un claro 2-0. El sueño australiano de vencer en la Copa América de vela se torna en imposible. Estamos en 1983.

USA vs Australia 1983

Vencer en la Copa América de vela era un reto. Un reto tecnológico, económico y psicológico. Era una lucha contra el país más poderoso del mundo. Desde que en 1851 se puso en marcha la competición de veleros más prestigiosa del planeta se habían celebrado 25 ediciones con victoria estadounidense. Eran 132 años de hegemonía cuatrienal solo cancelada por la I y la II Guerra Mundial. Aquella primera edición se hubo de pelear en Londres, pero la victoria había sido para un velero estadounidense patrocinado por el Club Náutico de Nueva York. Es por ello que desde entonces la competición se celebraba en las aguas de Newport, Rhode Island, dado que el defensor del título escogía aguas y el retador se debía adaptar a ellas. Dado que el triunfo siempre era estadounidense, Newport era de facto el hogar de la Copa América.

Cada tres o cuatro años había una guerra sin disparos. País contra país. Barco contra barco. El título se celebra al mejor de siete mangas. Pero el defensor espera pacientemente. Mientras, los meses anteriores, hay eliminatorias hasta que solo un velero queda en pie. Tradicionalmente el retador era un velero británico, pero desde inicios de los 70 el eterno subcampeón es australiano. No gustan. No gustan nada. El Club Náutico de Nueva York apesta a Vanderbilt, Rockefeller y Morgan. Ricos asquerosos con aura de invencibilidad. Salones de lujo con ventanas que imitan barcos del siglo XVIII. Los australianos son plebe. Ni siquiera son respetados como los ingleses. Y son machacados. Por tres veces consecutivas. En 1974, 1977 y 1980.

Para 1983 el patrón australiano John Bertrand se propone acabar con esa maléfica racha. Fallecido su padre al poco de nacer, Bertrand había sido criado por su bisabuelo constructor de barcos y por su abuelo marinero. Vive por y para el mar y decide hacer de su vida ganar la Copa América. Es por ello que resuelve coger el toro por los cuernos. Tras perder en 1980 consigue matricularse en el MIT de Boston, la universidad tecnológica de referencia de Estados Unidos, donde hará su doctorado en arquitectura naval. Su tesis titulada “Angulo de ataque óptimo para ganar la Copa América” es toda una declaración de intenciones.

Pero para ganar la Copa América hace falta mucho más. Concretamente mucho más dinero. La Copa América es una competición deportiva donde la tecnología es preponderante. El único requisito es que el barco debe ser construido y financiado por el mismo país y tripulado por el mismo club náutico. Se dará así la paradoja en el futuro de que un país inmensamente rico, pero sin mar como Suiza, gane la Copa América. Y tenga que defender título en Valencia, dado que la Sociedad Náutica de Ginebra puede tener un bonito lago, pero anda escaso de mar. Pero esa es otra historia. Decía que John Bertrand podría ser un gran patrón, pero sin dinero no podría hacer nada. Necesitaba 100 millones de dólares. Y su casa, el Real Club de Yates de Perth, no contaba con ese presupuesto.

John Bertrand (centro con bigote)

Aparece entonces Alan Bond. ¿Quién es? Un promotor inmobiliario australiano con ganas de expandirse a Estados Unidos y ser aceptado en las altas esferas. Bond acepta y financia el reto. Y Bertrand comienza el desafío. Contrata a ingenieros y a regatistas y a todos los somete a un test de 14 páginas. Solo los acepta si el resultado del test psicológico demuestra que cuentan con un ego desmesurado. Les dice que hay que matar por el objetivo. Que solo creyéndose los mejores serán capaces de derrotar a los mejores.

Y con todo ello los recursos de Australia son limitados. Si en Estados Unidos hay treinta diseñadores del velero de competición, en Australia la tarea recala en un solo hombre, un tal Ben Lexcen. Lexcen no ha tenido estudios universitarios y se dedica al arte. Es uno de esos seres humanos que no acepta las reglas, que no encaja entre la gente, un genio incomprendido socialmente. Pero es el jefe. El ingeniero jefe. Un hombre extraño que siempre va descalzo, medio loco, y en el que Bertrand deposita todas sus esperanzas.

Lexcen viaja a los Países Bajos y comienza a probar diseños en los túneles del viento que los holandeses tienen en los canales. Con el tiempo llama a Bertrand y le dice que ya lo tiene. Se trata de una quilla revolucionaria. Una quilla que está del revés. Una quilla con alas. En siglo de regatas de veleros de doce metros nunca se ha visto nada así. Es como poner las ruedas de un coche en el techo. Es algo radical y se necesita la aprobación de Bond. La aceptación del que pone el dinero. Se le dice que la ganancia es de 20 minutos, aunque la realidad es que es de 20 segundos. Bond pica el anzuelo y acepta.

Algo radical estaba a punto de comenzar.

Las eliminatorias comienzan y el Australia II (como es bautizado el velero) arrasa. Machaca a Italia y a Canadá en los cuartos y en las semifinales. Ganan 47 mangas de 52 posibles. Jamás un barco retador ha contado con semejante récord en los parciales. La tripulación entrena diariamente al aire libre desde las seis de la mañana solo para infundir miedo a sus rivales. Y mientras todo esto sucede los estadounidenses no saben cómo es la quilla mágica. Una lona tapa la quilla en el trayecto que va desde que el velero es remolcado en el puerto hasta que es lanzado en mar abierto. Los australianos contratan seguridad privada durante las 24 horas del día para que nadie ose saber nada de su secreto.

Viendo que el espionaje industrial es posible, los australianos deciden crear una artimaña. Lexcen dibuja un boceto falso de la quilla y lo deja olvidado intencionalmente en una tienda de Newport. Al poco los estadounidenses intentan descifrar esa quilla misteriosa, pero no le encuentran sentido. Y hay miedo. Mucho miedo. Para Newport la Copa América es la gallina de los huevos de oro. Millones y millones en repercusión y turismo. Y turismo del bueno. Si gana Australia, la siguiente edición será en Oceanía. Para el Club Náutico de Nueva York es mucho peor. De perder, el testigo será cogido por otro club náutico del país rompiendo una tradición de siglo y medio.

Así que la guerra se recrudece. Se acusa a los australianos de hacer trampa. Se dice que es imposible que un iletrado como Lexcen sea capaz de hacer un barco así. Se manda a una delegación a Ámsterdam para destapar el fraude. Y lo que se destapa es el bochorno. Un ingeniero naval neerlandés afirma que dos hombres neoyorkinos le incitaron a firmar un documento en el que afirme ser el creador del Australia II a cambio de una fuerte suma de dinero.

Estados Unidos está tocado. Y con un pie bajo el agua.

Volvamos al inicio de este relato.

Ben Lexcen

Con 2-0 a favor de Estados Unidos parece que el asunto de la quilla está más que olvidado. Tiene lugar la tercera manga. La noche anterior John Bertrand escupe sapos y culebras por la boca y exige una revisión minuciosa del velero para que ninguna avería técnica sea causa de la derrota. El Australia II es un ciclón. Fueron cuatro horas de carrera electrizantes donde la quilla voladora hizo estragos ante un mar embravecido por el viento. El parcial era 2-1 para el USA Team. Pero la manga ganada por los australianos era la victoria con mayor ventaja de la historia de la competición.

Los nervios vuelven a ser estadounidenses. A Dennis Conner, patrón del Liberty, lo incitan a dar lo mejor de sí. Y lo hace. Da una clase maestra de movimientos estratégicos y de curvas perfectas junto a la boya para ganar el siguiente parcial y ponerse 3-1 con ventaja. En Newport se celebra la victoria. Solo un triunfo parcial más y la Copa América se quedará en casa por enésima ocasión.

Fue entonces cuando sale en escena Bob Hawke, primer ministro de Australia. Llama a Bertrand y le da las gracias por lo que están haciendo por el país, tanto por el orgullo nacional como por la gesta deportiva como por el desarrollo tecnológico. Y deja una frase para el recuerdo cuando dice en televisión que ningún empleado será despedido por su empresa si falta al trabajo por ver las regatas de la Copa América. Envalentonados, para la quinta manga Bertrand cuelga una bandera con un canguro boxeando del mástil del Australia II. Luego entonan el himno nacional mientras van camino del mar antes de que un destructor lance un cañonazo que de por iniciada la manga. El Australia II gana claramente y también derrota al Liberty en la sexta. El resultado es 3-3. Quien gane la séptima manga será el vencedor de la Copa América.

El canguro boxeador

Totalmente desesperados, Conner y sus hombres modifican la quilla del Liberty la noche antes de la séptima manga. Era algo totalmente ilegal. Pero nadie en Newport iba a decir nada. Aquellos hombres poderosos, podían tener buenos modales, pero sobre todo tenían ego y ansias de victoria. Cuando un destructor de la marina estadounidense dé el cañonazo de salida, el Australia II saldrá como un tiro y gira primero en la boya, pero un error de Bertrand hizo que el Liberty se colocara de primero. No se sabe lo que habían hecho los estadounidenses en la quilla, pero el velero claramente era más rápido. Después de la cuarta y penúltima boya la ventaja era de 55 segundos.

Fue entonces cuando el viento cambió de dirección y comenzó a azotar con fuerza. Bertrand decidió arriesgarse y navegar a babor, justo lo contrario a lo que estaba haciendo Conner. Era una medida desesperada. Pero funcionó. La quilla volaba a favor de viento como un águila con las alas desplegadas. El Australia II superaba al Liberty poco antes de la última boya y segundos después se alzaba con la victoria.

Australia era la vencedora de la Copa América. 3-4 en el total. Estados Unidos perdía por vez primera en 132 años.

¡132 años!

Cuatro años después Estados Unidos recuperaba el título al ganar en aguas australianas a los anfitriones por un claro 0-4. Pero desde entonces la Copa América ha viajado también a Nueva Zelanda o a Suiza (vía Valencia). Incluso ha habido finales en las que ni siquiera han estado presentes los estadounidenses, como en la que en 2021 enfrentó a Nueva Zelanda contra Italia. Aquel año los dos veleros finalistas presentaban una quilla al revés, una quilla voladora, una quilla que surca las olas y desafía a la aerodinámica, evolución de aquella que le dio la victoria a Australia en 1983 y que hoy es la usada por todos los veleros de competición.

La quilla voladora

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El 68 de Arthur Ashe

Actualmente formamos parte de lo que los historiadores dieron en llamar Historia Contemporánea. Hay quien argumenta que, en tiempos futuros, 1989 marcará el fin de esa etapa para darle paso a una nueva que está por nombrar. La caída del Muro de Berlín es la pauta a marcar para el común de los mortales. Pero hay algo más. En 1989 Tim Berners-Lee comenzó a desarrollar la página web que haría realidad en 1991, el mismo año en el que la bandera de la hoz y el martillo dejó de ondear en el Kremlin. Sólo el futuro nos dirá si 1989-1991 marcará una nueva era. No obstante, hay historiadores que van más allá. Según sus teorías el mundo futuro (nuestro presente) comenzó en 1968. Ese año, por vez primera en la Historia de la Humanidad, los jóvenes pasaron a tomar el control de la sociedad substituyendo a la experiencia y al respeto de los más ancianos a los que siempre se les había considerado como garantes de sabiduría.

La mujer arrinconada en su casa dio un salto triple mortal hacia la libertad. Y el hombre por vez primera se rebeló ante la guerra. Todas las generaciones de varones debían afrontar la posibilidad de morir en el campo de batalla. Aquellos nacidos en la década de 1940 se rebelaron contra el futuro establecido. En 1968 los jóvenes occidentales desaprobaron al sistema, rechazaron a la autoridad y renegaron del mundo que había sido construido. La tradición, la religión y la familia dieron paso, y para quedarse para siempre jamás, al ocio, a la libertad individual y a lo que se daría en llamar disfrutar de la vida.

Arthur Ashe es una de esas personas a las que 1968 les cambió la vida.

Arthur Robert Ashe fue un niño del sur. Nacido y criado en Richmond, capital de Virginia. O lo que es lo mismo. Capital de los Estados Confederados de América. De la América del algodón y de la esclavitud. Su padre trabajaba como chapuzas para un reputado médico…reputado médico blanco. Ashe y su padre eran negros. El señor Ashe era humilde, pero se afanó por ofrecerle a su hijo una educación exquisita. Ante todo, le mostró que podría conseguir lo que desease mientras se manifestase sereno. Si era inteligente, si tenía un comportamiento impecable y si usaba el cerebro y nunca los puños, lograría prosperar.

Arthur Ashe se aplicaría a rajatabla las enseñanzas de su padre. En la vida y en el tenis. Y es que Arthur comenzó a practicar en el jardín de la casa del doctor Johnson. Sus progresos fueron extraordinarios. Jugaba vestido de blanco, con una pelota blanca, con líneas blancas y rodeado de blancos. Y era el mejor entre todos ellos. Y se reían de él, y le insultaban y le escupían. Y Arthur contestaba con una sonrisa.

Si se mostraba sereno podría conseguir lo que querría. Lo tenía grabado a fuego.

Era un Tío Tom.

El Tío Tom es el personaje de una célebre novela del siglo XIX que cuenta la historia de un esclavo y su familia, quienes a pesar de las múltiples desgracias que les acontecen, aceptan su destino y su situación con respecto a los blancos. Malcolm X llamaba Tío Tom a Martín Luther King.

Los negros estadounidenses llaman Tío Tom a aquellos otros negros que consideran sumisos con los blancos o, simplemente, poco reivindicativos.

Arthur Ashe era un Tío Tom de manual.

Arthur Ashe

Lo que es seguro que era Arthur era un tenista extraordinario y mejor persona. Como tenista tenía una derecha descomunal. Era rápido y agresivo. Delgado, desgarbado y con un gran revés y un mejor saque. Pudo saltar al mundo profesional, pero recibió varias becas deportivas y decidió matricularse en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA). Allí estudió economía y aprovechó su tiempo libre para viajar. Se echó una novia blanca y aprovechó la libertad y el anonimato que le daba California para convertirse en ciudadano del mundo.

Arthur era in intelectual. Jugaba al tenis con gafas de pasta. Le gustaba vestir bien y llevar ropa de marca. Frecuentaba los clubes elitistas de la América blanca. No era para nada el estereotipo del afroamericano. Los blancos cumplían con el cupo y los negros no entendían que hacía rodeado de blanquitos. Arthur el Cagón le llamaban. Había dudas y desprecio. Pero él no apreciaba nada de ello. Su padre no sabía leer y le había inculcado una obsesión por la disciplina y por el respeto hacia los blancos. Si él lo tenía hacía ellos, ellos lo tendrían hacía él.

Había guerra en Vietnam. Los negros renegaban de ella. Era una guerra de blancos. Si en Estados Unidos no había libertad no iban a ir ellos a luchar para defenderla en un remoto rincón de Asia. Ashe no pensaba así. Renunció nuevamente a su carrera profesional, cambió de universidad y se matriculó en la Academia Militar de West Point. Su hermano estaba en Vietnam. Desde el fin de la II Guerra Mundial se estableció que dos hermanos no podrían combatir en la misma guerra. A Arthur le dio igual. Se alistó en los marines y allí estuvo. Es cierto que no fue un recluta al uso. Fue tratado en palmitas y no estuvo nunca en primera línea de combate. Pero allí estuvo.

Muhammad Ali perdió su título de los pesados y fue encarcelado por negarse a ir a Vietnam. Arthur Ashe hizo todo lo contrario.

Arthur era un Tío Tom.

Fue vilipendiado por sus hermanos negros.

Era 1968. Y entonces mataron a Luther King. El hombre que creía en la reconciliación entre razas. Fue un golpe para Ashe. Por vez primera sintió la necesidad de dar un paso adelante. Dio un discurso en una marcha en Washington DC.

Meses después mataron a Bobby Kennedy. El pequeño del clan era candidato a la presidencia. Era un rico blanco de la Ivy League, pero creía en la igualdad de razas. Aquello supuso un golpe total para Ashe. Todos sus ideales estallaron en mil pedazos.

Y fue asaltado.

Y fue presionado.

Tenía que dar un paso al frente.

Tenía que convertirse en activista.

Era tiempo del US Open. Su primer US Open. Su primer gran torneo como profesional.

“Todos quieren que hable. Será la raqueta la que hablará por mí”.

Fueron las únicas palabras de Ashe en todo el torneo.

Ashe fue el único negro participante en todo el torneo. El único entre 128 candidatos. Venció en la final al neerlandés Tom Okker en cinco sets. Al día siguiente, un lunes lluvioso en Nueva York, decenas de ciudades estadounidenses registraron disturbios raciales que se saldaron con varios muertos. Ashe dio su primera entrevista en semanas. Habló de tenis y por vez primera habló de lo que estaba sucediendo en Estados Unidos. Nuevamente fue ambiguo. Fue calmado. Fue el Luther King de la raqueta. No gustó ni a unos ni a otros. “Soy un campeón negro. Se me escuchará y utilizaré las palancas del poder para hablar. Pero lo haré a mi manera, no a la manera que quieren los demás. Yo no me reprimo. Yo interiorizo las cosas”.

Ashe comenzó a frecuentar programas de radio y de televisión y a conceder entrevistas a periódicos y revistas influyentes. Lo hacía siempre sin levantar la voz, con una calma pasmosa. Iba bien vestido y se mostraba afable a la vez que beligerante. Usaba siempre gafas de pasta de distintos colores que lo hacían agradable a la cámara. Comenzó a cartearse con Nelson Mandela, quien desde una cárcel sudafricana propugnaba el perdón entre negros y blancos en lugar de la venganza. Ashe renunció a jugar la Copa Davis o a ganar dinero en grandes torneos para poder competir en Sudáfrica, un lugar donde los negros tenían prohibido empuñar una raqueta. Le negaron por tres veces el visado hasta que a la cuarta logró entrar en el país. Se dedicó a visitar barrios negros, jugar al tenis con niños pobres o regalar material deportivo a cualquiera que se lo pidiese. Después jugó el torneo de Johannesburgo ante miles de espectadores blancos. Él era el único negro presente en el recinto. Perdió frente a su compatriota Jimmy Connors, la genuina expresión del blanco rico y arrogante.

En Estados Unidos fue criticado. Su derrota era una vergüenza para los negros. Su exposición en Sudáfrica era un sinsentido para los blancos. No era querido ni por unos ni por otros. Pero Ashe estaba haciendo algo distinto. Algo que poco a poco iba a calar entre la sociedad estadounidense. Arthur Ashe fue la primera persona pública que hizo comprender a los negros que la ortodoxia negra no era sustituta del racismo blanco institucionalizado. No es negros contra blancos. No es venganza. Se trata de que la gente tenga libertad para tomar sus propias decisiones. Ese es el objetivo.

Ashe en Sudáfrica

Los años pasan y la figura de Ashe es cada vez más respetada. Ashe lleva tiempo lejos de su mejor nivel. La raqueta ya no es su prioridad. Estamos en 1975. Wimbledon. Jimmy Connors es el gran favorito. No pierde set alguno hasta plantarse en la final. Connors había demandado a Ashe años atrás, cuando lo de Sudáfrica, por antipatriota al renunciar a jugar la Copa Davis. No pierde set alguno. Ashe, ya con 32 años, había vencido contra pronóstico a Björn Borg anteriormente.

En la final Ashe cambia se habitual juego directo y agresivo por uno de ritmo lento donde usa y abusa de los globos. La idea es bajar el ritmo para que Connors no se muestre cómodo. Arthur utiliza la cabeza y no los músculos, tal y como le hubo inculcado su padre. Vencería por 6-1, 6-1, 5-7 y 6-4 poniendo un colofón majestuoso a su carrera.

Wimbledon 1975

Una vez retirado Arthur Ashe se convertiría en capitán estadounidense de la Copa Davis. No le tembló el pulso para meter en vereda a John McEnroe por sus desplantes e hizo las paces con Jimmy Connors por el bien del equipo. Cuando Ashe se cuadraba ante el himno nacional todos callaban. Por entonces ya era un hombre reverenciado por negros y por blancos a lo ancho y largo de Estados Unidos. Se casó con una fotógrafa negra y siempre se jactó de anteponer la carrera profesional de su mujer por encima de todo lo demás. También luchó para incrementar los premios en los torneos femeninos para igualarlos al de los hombres.

En 1983 sufrió un ataque al corazón y en 1988 se hizo público que era portador de Sida. Su hija de cinco años se enteró a través del USA Today que filtró la noticia con un gusto deplorable. Fiel a su estilo, Ashe cerró la boca e invitó a su hija a un helado. Nunca más volvería a dar una entrevista a ese diario, pero de su boca tampoco salió jamás palabra malsonante alguna. Viviría cinco años más y aun tendría tiempo, visiblemente enfermo, para viajar a Sudáfrica y darle un abrazo a Nelson Mandela cuando éste salió de la cárcel.

«Sé que nunca me habría perdonado si hubiera elegido vivir sin un propósito humano, sin tratar de ayudar a los pobres y desafortunados, sin reconocer que, quizás, el goce puro de la vida viene al tratar de ayudar a otros». Arthur Ashe.

“Demasiados negros sueñan con ser deportistas y pocos sueñan con ser médicos, abogados, ingenieros, periodistas o profesores”. Arthur Ashe.

“En el mundo 50.000.000 de chicos comienzan a jugar al tenis, 5.000.000 aprenden a jugarlo, 500.000 aprenden tenis profesional, 50.000 entran al circuito, 5.000 alcanzan jugar un Grand Slam, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales, 2 a la final. Cuando estaba levantando el trofeo en Wimbledon nunca le pregunté a Dios; ¿Por qué a mí? Y hoy con el Sida, tampoco le debería preguntarle; ¿Por qué a mí?”. Arthur Ashe.

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A finales de los 70 había dos fuerzas extraordinarias en el circuito femenino. Una era Chris Evert. Tenista brillante por su juego de pies desde el fondo de la pista con un potente golpeo en carrera que le permitió ser la reina de la tierra batida. La otra era Martina Navratilova. Jugadora de ataque con un revés a una mano infalible que le permitió dominar el circuito durante una década. Cuando Navratilova restaba al fondo contaba con un revés liftado precioso y si subía a la red utilizaba el revés cortado para cambiar el ritmo de juego. Eran tan antagonistas en el juego como en su vida. Evert era guapísima. Sonrisa perenne, cuerpo perfecto, rubia de bote. Casada con otro tenista de cuerpo escultural. La novia de América. Navratilova no era mal parecida, pero no se ayudaba. De largas piernas, pero de rictus serio, desaliñada y corte de pelo desfavorecedor. Navratilova era checoslovaca. Del otro lado del Telón de Acero.

Sus grandes batallas tendrían lugar entrados los años 80. Antes de eso ya se habían visto las caras en incontables ocasiones. Fueron hasta cuatro finales de Grand Slam con un balance de tres victorias para Martina y una para Chris (al final de sus carreras serán 14 finales con diez triunfos para Navratilova y cuatro para Evert). El tema es que cuando Chris ganaba eran todo elogios y aplausos y cuando perdía también recibía la misma recompensa. Navratilova era la mala de la película. Pero no por mala, sino por fría. Aún por encima el guaperas de marido del novio de Evert le puso los cuernos y el público, que ya adoraba a la novia de América, pasó a amarla.

Navratilova (i) y Evert (d)

El caso es que, tras unos excelentes resultados en los años anteriores, la temporada de 1980 fue mala para Martina. No se le ve disfrutar en la pista y su actitud se torna agria en las ruedas de prensa. Se filtra que su mal juego y su mal humor se deben a las presiones del régimen comunista checo que le impiden conseguir la nacionalidad estadounidense. Martina había nacido como Subertova en 1956. Tres años después sus padres se divorciaron y en 1962 su madre se volvió a casar. Martina adoptó el apellido Navratilova del que sería su padrastro, quien también se convirtió en su primer entrenador de tenis. Miroslav, como se llamaba el interfecto, era un gran entrenador y también un acérrimo comunista. Cuando en 1975 Martina viaje por vez primera a Estados Unidos para disputar un torneo decidirá coger un avión sin billete de vuelta. Decide solicitar asilo político y dejar atrás a su madre y al resto de su familia.

Martina llevaba entonces cinco años pinchando en hueso. Debería ser más fácil conseguir la nacionalidad y más para una deportista reconocida como ella, pero desde Checoslovaquia no se lo iban a facilitar. Así que su carácter agrio y sus malos resultados parecían tener causa concreta.

Pero había algo más.

Algo más trascendental.

Martina iba camino de los 25 y no se le conocía pareja alguna. Ni oficial ni extraoficial. Era un ciborg diseñado por los soviets que únicamente se dedicaba al tenis. Hasta que estalló la bomba.

Y menuda bomba.

A inicios de 1981 Martina consiguió finalmente la nacionalidad estadounidense. Para celebrarlo le concedió una entrevista al New York Daily News donde confesó que era lesbiana y que tenía una relación con una mujer. Sin embargo, Martina acordó con el periodista no publicar el artículo hasta que hablase con su pareja y hasta que acabase la gira europea. Entonces, Martina estaba enfrascada en la disputa de Roland Garros y Wimbledon y su idea era que la entrevista saliese a la luz en agosto, antes de la disputa del Open USA.

Fuese por el motivo que fuese el periodista no respetó los tiempos y el mundo descubrió que Martina Navratilova era lesbiana mientras se celebraba el torneo de Wimbledon de 1981.

Fue un shock.

Recordemos que la homosexualidad estuvo penada en Gran Bretaña hasta 1967. Apenas catorce años atrás.

En España se despenalizó en 1978. Tres años antes.

En Estados Unidos hubo que esperar a una ley federal aprobada en 2003.

Faltaban casi veinte años.

En su autobiografía Martina confiesa que de joven sentía atracción por ambos sexos pero que fue al cumplir los 18 años cuando mantuvo su primera relación íntima con una mujer descubriendo que su orientación sexual era lésbica. Confesaría también que había decidido mantenerlo en secreto, ya que pensaba que de saberse eso le habría imposibilitado obtener la nacionalidad estadounidense. De ahí que decidiese salir del armario una vez conseguido el pasaporte.

Inmediatamente hubo reacciones desde Checoslovaquia. Sus padres se sintieron perturbados al descubrir la orientación sexual de su hija. Su padre (padrastro) lo calificó de enfermedad y sostuvo que hubiese preferido que Martina hubiese sido prostituta. Visiblemente afectada, Martina respondió a esas palabras comentando que en Checoslovaquia a los gais se les enviaba a manicomios y a las lesbianas ni se les daba esa posibilidad, porque ninguna lesbiana sería capaz de confesar públicamente sus sentimientos. Se descubría también que la huida de Martina de Checoslovaquia se debía más a temas personales que a políticos.

Así, una tocada Martina se clasifica para las semifinales de Wimbledon. En la final ya espera Chris Evert, quien ha apabullado a todas sus rivales en las rondas previas. Ironías de la vida, Martina se enfrenta en semifinales ante la checa Hana Mandalikova. Pierde el primer set por 5-7 y gana el segundo por 6-4. Comienza el tercero y definitivo y Martina pierde su servicio. Desde ese momento su juego se torna en errático con fallos groseros en cada resto. Su rostro compungido nunca antes había sido mostrado. Otro error le da la victoria a Mandalikova por 1-6.

Es entonces cuando Martina Navratilova se echa a llorar. Lo nunca visto.

Todos los presentes en el All England Club de Wimbledon su pusieron a aplaudir mientras vitoreaban a Martina. Nadie hacia el menor caso a la vencedora. La protagonista era aquella hermética chica. Había asumido el papel de mala ante Chris Evert a pesar de sus numerosos triunfos y ahora una derrota la convertía en querida y amada por el público. Los vítores poco tenían que ver con el tenis. Eran aplausos de aceptación, de respeto, incluso de cariño. Martina nunca había sentido algo así en su vida. Le estaban animando como persona, no como tenista. Nunca se había sentido tan querida.

Las lágrimas de Martina

Semanas más tarde Martina llegó a la final del Open de Estados Unidos. Perdería contra la local Tracy Austin y las escenas de Londres se repitieron en Nueva York. El público ni prestó atención a las dobles faltas de saque que cometió Navratilova durante el choque. No estaban animando a Martina la tenista, ni a la perdedora, ni a la checa, ni a la desertora. Animaban a la persona, a la valiente, a aquella que había decidido abandonar sus miedos y abrirse al mundo. Otra vez hubo lloros y, nuevamente, los aplausos y los vítores a la perdedora superaron con creces a los de la vencedora cuando tuvo lugar la entrega de trofeos.

En los siguientes seis años, de 1982 a 1987, Martina Navratilova ganó un total de 14 Grand Slams de 20 posibles. Sumó 6/6 en Wimbledon, 4/6 en el Open USA y 2/6 y 2/6 en el Open de Australia y en Roland Garros. Se convirtió en la favorita del público tanto dentro como fuera de la pista. Tanto en Estados Unidos como en su Checoslovaquia natal, a donde volvió por vez primera en 1990 tras la caída del comunismo y el restablecimiento de la democracia. Lo hizo como heroína deportiva e icono lésbico.

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