Estados Unidos 1994 (1ª parte)
La cosa resultó de tal forma. Desde que en 1930 la FIFA decidiese poner en marcha el primer Mundial todas y cada una de las ediciones tuvieron lugar en un país de fuerte tradición futbolera. Quizás Suiza fuese la decisión más rechinante entre el conglomerado de países. Sucedió que en la Europa de 1954 aun había países hechos girones tras la II Guerra Mundial. El caso es que Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y España habían organizado el Mundial, al igual que Argentina y Brasil. Incluso lo habían hecho países como Uruguay, Chile o Suecia, que hoy no tienen estadios, ni hoteles, ni infraestructura suficiente para albergar un bicharraco de 48 países, decenas de miles de aficionados y cientos de medios de comunicación, pero que por entonces podían ser dignos y capaces anfitriones de un evento de manejable tamaño.
Resultó que en los años 80 el fútbol empezaba a ser global. La televisión a color estaba implantada por todo el orbe, las fronteras cada vez eran más permeables y el dinero inundaba todos y cada uno de los poros de tan bello deporte. Resultó que había un jugoso mercado de más de 300 millones de personas que estaba sin explotar. Y no era un mercado cualquiera. Era el mercado más esplendoroso del planeta. En Estados Unidos nadie se interesaba por el soccer. Y es que allí el fútbol era, y es, el fútbol americano. El soccer (abreviatura de association football) era un deporte europeo y sudamericano que apenas era seguido y practicado en crepúsculos aislados de las grandes ciudades. En 1968 se había puesto en marcha la primera liga profesional del país (NASL) en la que se invirtieron millones de dólares. Empresas como Warner Bros o AG y multimillonarios del incipiente Silicon Valley o de la tradicional industria del petróleo crearon equipos de la nada que apenas consiguieron atraer público a los estadios. Y eso que se apostó fuerte. Johan Neeskens, Eusebio, Carlos Alberto, Hugo Sánchez, Bobby Moore, Gerd Müller, Teófilo Cubillas, Trevor Francis, Elías Figueroa, Gordon Banks, Johan Cruyff o Franz Beckenbauer jugaron en la NASL. Y por supuesto Pelé. Únicamente O Rei movilizaba multitudes con su NY Cosmos, lo que hizo que el equipo neoyorkino fuese de los pocos en ser rentables. Al final el inventó feneció en 1984 cuando los inversores pusieron pies en polvorosa antes de quedar totalmente arruinados.
“Aquí el fútbol es el deporte del futuro y siempre lo será”, sentenciará en un famoso editorial el Washington Post. Pero la semilla estaba plantada y la FIFA estaba decidida a echar el resto. La idea era llevar el Mundial de fútbol al país más rico del mundo y así se estableció en el Congreso de la FIFA de 1986. Aquello no gustó demasiado. Ni gustó en Sudamérica ni en Europa. A los primeros no les gustó dado que consideraban que la edición de 1994 tendría que tener lugar en tierra del hemisferio sur. En 1986 el Mundial había ido a México y en 1990 tocaba Italia. Se apostaba por Chile, el país más rico de Sudamérica, como candidatura de 1994. A la UEFA (Europa) simplemente no le gustaba el asunto porque todo lo que rompa con la tradición nunca es bien visto en primera instancia por el establishment del Viejo Continente.
Sucedió que Chile se retiró de la carrera meses antes de la meta, en medio de un referéndum por una nueva constitución que puso el primer clavo a la dictadura de Augusto Pinochet. A contrapié y a destiempo entró en la carrera Brasil, con el hándicap de que apenas tres décadas antes ya había organizado el Mundial. Con Brasil fuera de juego, el duelo estaba definido entre Estados Unidos y Marruecos. Los magrebís ofertaban buenas instalaciones, la posibilidad de ser el primer estado africano en organizar un Mundial e intentaron ganarse a los europeos apelando a la proximidad (hecho clave para los derechos televisivos, dado que los partidos se jugarían en horario de máxima audiencia de Europa Occidental).
La votación tendría lugar en diciembre de 1988. Brasil sumó dos votos, Marruecos siete votos y Estados Unidos logró diez papeletas. Finalmente se apostó por la seguridad económica y empresarial de los americanos. El fútbol caminaba hacia lo desconocido.
Fútbol y dinero se darían un abrazo que nunca jamás se rompería.

Había miedo. Mucho miedo. ¿Quién irá a los estadios? Y, antes de nada; ¿Habría estadios? Y es que no había estadios. Había instalaciones de fútbol americano. Y no eran estatales. Eran de franquicias. De empresas. ¿Querrían cederlos para adecuarlos al soccer y ser sede del Mundial? Hubo que poner dinero. Hubo que invertir. Millones y millones en publicidad. Cuando comenzó el Mundial menos del 25% de los estadounidenses sabían que se iba a celebrar en su país. La FIFA lanzó un órdago. En caso de salir bien habría millones para todos. En caso de salir mal, tocaba la ruina absoluta.
Aconteció que todo encajó a su debido tiempo. Dos años después, en 1996, tendrían que celebrarse los Juegos Olímpicos. Eran los del centenario tras la reaparición de la fiesta del olimpismo en 1896. Atenas los pidió y se afanó por conseguirlos. No obstante, dado que en 1992 se habían celebrado en Barcelona, no parecía muy probable que los griegos venciesen debido a la norma no escrita de la rotación de continentes. Hubo cinco votaciones y en las tres primeras Atenas iba en primera posición, pero, finalmente, la estadounidense Atlanta logró la victoria absoluta en el quinto intento. Tras México (1968 y 1970) y Alemania (1972 y 1974), era la tercera ocasión en la que un país albergaba en un plazo de 24 meses los dos eventos deportivos más importantes del planeta.
Dada la magnitud del territorio estadounidense sería la primera vez en la que todos los desplazamientos de las diferentes selecciones se realizarían por vía aérea. Se llegó a un acuerdo con las instituciones para desplazar a los jugadores en vuelos regulares, demostrando la infinita capacidad aérea de un país que no vio necesario reclutar vuelos chárteres. Hubo nueve sedes tan dispares como lo es el conjunto de los Estados Unidos. Desde la frescura oceánica de Boston al clima mediterráneo de San Francisco. Pero, sobre todo, hubo calor y humedad. En Nueva York o en Washington se jugaba a las 12.30 del mediodía para que los europeos se sentaran delante del televisor a media tarde. Aquello fue duro, pero lo sería mucho más cuando toque jugar debajo de una niebla de contaminación en Los Ángeles, bajo el tórrido sol de Dallas o en la tropical Orlando. En la megalópolis de Chicago se alcanzarán los 41º grados con fútbol a las tres de la tarde hora local.
Fue la última Copa Mundial que contó con 24 selecciones participantes, lo que permitía la clasificación para octavos de final de los cuatro mejores terceros de la fase de grupos. Se llegó a un frutífero acuerdo con las franquicias de la NFL y las nueve sedes lucieron espectaculares. La FIFA tiró el precio de las entradas y los hijos y nietos de europeos y la numerosísima comunidad latina acudió en masa a los estadios. Los estadios no tendrían vallas ni fosos y todos los asistentes lo harían sentados en su asiento, algo nunca visto antes. La media de espectadores por encuentro rozó las 70.000 almas, cifra que tiene pinta de no ser superada, dado que no hay lugar en el planeta con tal cantidad de coliseos de tan magna cantidad como Estados Unidos.
Se reservó el Soldier Field de Chicago para los partidos de Alemania en la primera fase debido a la numerosa colonia de origen germano que hay en Illinois. Situado en un parque de Chicago a escasa distancia del Lago Michigan, el Soldier Field es un hermoso estadio para 61.500 espectadores inaugurado en 1922. El estadio honraba a los caídos en la I Guerra Mundial (campo del soldado) y no tenía un uso definido hasta que en los años 70 se convirtió en el hogar de los Chicago Bears campeones de la NFL en nueve ocasiones. El recinto tiene una característica forma ovalada que recuerda a una bala y durante muchos años contó con hierba sintética en una época donde se pensaba que aquello era progreso y futuro. Lo más característico del Soldier Field era su fachada, una conjunción de columnas grecorromanas que se elevaban por encima de las gradas. Esto hizo que con el tiempo el estadio fuese declarado patrimonio nacional, pero una profunda reforma acometida en 2003 hizo que se le fuese retirado el título.
Justo lo contrario ocurre con el Sanford Stadium de San Francisco. Cuando se levantó, allá por 1927, el arquitecto hizo firmar un documento por el que si en el futuro se realizaban remodelaciones en el recinto sería de obligado cumplimiento mantener la estructura original. Y así ha sido. En el espacio de un siglo se han puesto luces, se han levantado nuevas gradas, se han creado palcos de prensa y se añadieron tribunas de lujo hasta dejar el aforo actual en 92.000 almas. Y todo manteniendo la característica estructura original con un fondo abierto a la ciudad y al famoso Silicon Valley. Se reservó para los partidos iniciales de Brasil.
Sin duda el más llamativo de los nueve recintos fue el Silverdome de Detroit. Fue el primer estadio en albergar bajo cubierta un partido del Mundial. Hubo que cambiar el césped artificial por el natural para que la FIFA diese el visto bueno. Antes de albergar el Mundial, en sus 75.000 asientos se había disfrutado del último gran concierto de Elvis Pressley o de un partido de la NBA entre los Boston Celtics y los Detroit Pistons que sigue marcando el récord de espectadores en la competición.
Pero las joyas de la corona estaban en otras latitudes. En Nueva York el Giants Stadium albergaría una de las semifinales. Integrado dentro de un complejo deportivo hoy ya demolido, se trataba de un estadio muy abierto, donde el público no se apilaba y las gradas eran sumamente verticales. 80.000 personas podían entonces acudir a ver los partidos de la NFL, como antes lo habían hecho para ver al NY Cosmos de Pelé.
La final se jugaría en la otra punta del país. En el Rose Bowl de Pasadena, en las afueras de Los Ángeles. Siglos atrás Pasadena era uno de esos lugares donde los misioneros españoles levantaron templos para cultivar la fe católica. Hoy Pasadena ha sido engullida como ciudad satélite de la gigantesca Los Ángeles. Pues allí, un medio de un parque, se proyectó el Rose Bowl con la finalidad de celebrar anualmente un partido que enfrentase a los lideres de fútbol americano del este y el oeste del país para determinar al campeón nacional. El estadio, y así mismo el torneo, pasó a llamarse coloquialmente como Bowl (tazón), dado que el recinto tenía dicha forma. De ahí que todos los torneos finales de fútbol americano desde entonces se llamen ‘Bowl’, incluido el hoy archiconocido torneo final de la Superbowl de la NFL. El Rose Bowl no solo alberga partidos de fútbol americano, sino que ha sido sede de las pruebas de ciclismo en pista en los JJ. OO de 1932 o del torneo de fútbol en los JJ. OO de 1984.
Fue proyectado en 1922 para 40.000 espectadores y con forma de herradura, pero pronto se hizo pequeño y en 1928 fue cerrado para darle su luego icónica forma de tazón. Actualmente son 88.000 almas las que pueden presenciar los partidos de los Bruins de la Universidad de UCLA, aunque para la final del Mundial pudieron acudir 95.000 espectadores. Hoy el camino de entrada está rodeado de rosas de diversos colores que alegran la llegada de los aficionados. Pero el problema es que el camino puede ser odioso, dado que el Rose Bowl solo tiene una carretera de acceso, por lo que se pueden llegar a tardar más de dos horas en cubrir el escaso kilómetro que hay desde la salida de la autopista de Los Ángeles hasta la entrada del estadio.

La maquinaría económica de Estados Unidos decidió convertir 1994 en un éxito como prólogo a los Juegos de 1996. Los estudios de animación de Warner Bros crearon una mascota futbolera a la que vistieron con la bandera de las barras y estrellas. Se trataba de un perro al que llamaron Striker (delantero). Fue un pelotazo en todo el país. Adidas creó el balón Questra envuelto en espuma de poliestireno que lo hacía mucho más ligero. Fue un pelotazo en medio mundo. Televisivamente aquello fue un desmadre. Cámaras superlentas, planos desde helicópteros y la novedosa cámara escorpio la cual, montada sobre un brazo hidráulico, podría moverse bajo cualquier dirección bajo control remoto. Por vez primera los árbitros dejaban de ser funerarios y vistieron de colores. A rayas blancas y negras o rojas o amarillas, al más puro estilo americano. Las entradas por detrás serían sancionadas con tarjeta roja y se prohibió que el portero cogiese el balón con las manos tras cesión para agilizar el espectáculo. La FIFA dio una indicación a los trencillas que se tornó en trascendental. En caso de duda no señalar fuera de juego y en caso de contacto dentro del área, por pequeño que fuese, señalar penalti. “Es necesario que haya más goles”, declaró Joseph Blatter, secretario general de la FIFA.
Hubo de crearse una nueva liga. Y es que Estados Unidos organizó un Mundial sin contar con una liga profesional. Se firmó un acuerdo para que en la campaña 1994/95 se celebrase la primera temporada de la MLS (Major League Soccer). En esa nueva liga habría tres cambios por equipo y tres puntos por victoria. Los jugadores llevarían número fijo y nombre detrás de la espalda, todos los futbolistas lesionados tendrían que salir del campo en una camilla motorizada y todos los estadios contarían con videomarcadores para ver la repetición de los goles. Todas esas innovaciones de la MLS tuvieron su primera implantación en el Mundial de Estados Unidos.

Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debe a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte es eje trascendental.
Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.
Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Alemania derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.
Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.

Luego, en el mismo grupo, Corea del Sur daba el primer pelotazo del Mundial al arañar un empate (2-2) ante la España de Javier Clemente. Nadie en Estados Unidos hizo caso de tal asunto. OJ Simpson, un famoso jugador de fútbol americano, protagonizaba una persecución policial retransmitida minuto a minuto en televisión tras ser acusado del asesinato de su ex esposa.
La cosa pintaba mal. Pero al día siguiente debutaba Estados Unidos. Empató ante Suiza frente a 70.000 espectadores. Nadie contaba con ello. Luego jugó y convenció Brasil y más tarde Maradona resucitaba de entre los muertos en una exhibición de Argentina. Y cuatro días después Estados Unidos sorprendía a la Colombia de Valderrama, Rincón y Asprilla y sumaba un inesperado triunfo por 2-1 que hizo que el soccer se colase en las casas de todos los estadounidenses.
Pues sí. Aquella arriesgada apuesta se iba a convertir en un pelotazo.
Continuará.
“El fútbol es un juego que los estadounidenses enseñamos a nuestros niños hasta que son suficientemente mayores para hacer algo interesante”. Dicho popular estadounidense.
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