Daniel Norris

Daniel Norris

Cuando se habla de deportistas de élite, la imagen que suele prevalecer es la de personas rodeadas de lujos, mansiones, coches de alta gama y una vida social llena de fiestas exclusivas. Y va a más. La distancia entre deportistas y aficionados se multiplica a pasos agigantados. Hay que rascar, y mucho, para encontrar a gente con los pies en el suelo. Pero como las meigas, haylas.

Daniel Norris nació en Michigan y desde joven destacó en el béisbol. Seleccionado en la primera ronda del draft del 2011 por los Toronto Blue Jays, su ascenso en las Grandes Ligas fue constante y prometedor. Juega como pitcher zurdo. Para los que no son profanos en la materia, incluido el que escribe, es el jugador que lanza la pelota desde el montículo en dirección al receptor con el objetivo de sacar al bateador de su base e impedirle anotar carreras, En el argot es el número 1 del equipo. El caso es que Norris tiene talento. Rápido y versátil, jugó con éxito en los Blue Jays antes de pasar por los Detroit Tigers y en los Cleveland Guardians, para un total de doce temporadas de profesional.

El abuelo de Norris poseía una tienda de bicicletas que más tarde heredaría su padre. Allí correteaba Daniel cuando era pequeño y allí se crio con humildad y sencillez. Arregló pinchazos y se doctoró en parches para los neumáticos. Nació en una familia de clase media y se comportó como tal. Su infancia la pasó jugando en la calle y haciendo senderismo con sus dos hermanas mayores. Vivía una vida como la inmensa mayoría de la gente. Como la inmensa mayoría de los deportistas. La diferencia es que Daniel seguirá fiel a esos principios cuando la fortuna llame a su puerta. Poco antes de ser elegido en el draft, y pasar a cobrar un sueldo de siete cifras, Daniel adquirió una Volkswagen Westfalia de 1978, a la que bautizó como Shaggy, en homenaje al personaje de la serie de dibujos animados Scooby-Doo.

Norris & Shaggy

Mientras muchos compañeros aprovechaban sus contratos millonarios para acumular propiedades ostentosas, joyas estrafalarias y demás símbolos de estatus, Daniel Norris optó por algo diferente. Su deseo era vivir en una autocaravana, lo que le permitía estar cercano a la naturaleza y mantener un ritmo de vida sencillo, casi nómada. Daniel prefiere la tranquilidad, la lectura, y el compromiso con causas medioambientales y sociales. Esta forma de vida, poco común en la élite deportiva, ha generado admiración y respeto. Sin ostentación, Norris construye una identidad auténtica, señalando que el éxito no requiere de la opulencia para validarse.

No es postureo. Su primer sueldo rozaba los dos millones de dólares anuales. Lo celebró comprándose una camiseta que tenía entre ceja y ceja y cuyo precio no llegaba a los 20 euros. Ordenó a su representante que limitase a 700 dólares la cantidad mensual a ingresar en cuenta tras firmar su primer contrato. Eso fue en 2011. Desde entonces ha ido subiendo el límite en función del coste de la vida, pero siempre dentro de unos términos modestos y coherentes. “Es como el yin y el yang. Puede ser poco convencional, pero me siento bien con mi estilo de vida. En realidad, estoy más cómodo siendo pobre», confesó en una entrevista.

Su Shaggy, su casa, su caravana, costó 9.200 euros. Tiene cama de levante, salón-comedor y una cocina portátil donde puede hacerse huevos fritos antes de ponerse a unos escalofriantes 90 km/h. Daniel va con ella a hacer senderismo, otras veces a surfear y otras simplemente escribe poemas mientras saborea los huevos fritos. “¿Dónde se puede ser tan libre como en medio de la nada?, dejó en otra memorable sentencia de una entrevista a la ESPN que conmocionó a buena parte de Estados Unidos.

En el circuito profesional pronto se ganó el apodo de Van Man (hombre caravana). Sus críticos lo tildan de surfista indigente o de vagabundo espiritual. Se le ha grabado un vídeo haciendo flexiones en el parking de un supermercado apoyando las manos en un par de carros de la compra. Alguien lo definió como pobre por convicción y millonario por casualidad. Es ecologista, por supuesto, pero para nada es hippie. Nunca ha probado ni alcohol, ni drogas blandas ni drogas duras. No tuvo novia formal hasta que acabó conociendo a una surfista profesional con la que ha tenido un hijo y, a regañadientes, aceptó comprar un piso para mayor comodidad de la criatura mientras da sus primeros pasos por este mundo.

En las concentraciones le obligaban a dormir en hoteles de lujo junto al resto de la plantilla. Aceptaba. Sin embargo, a los entrenamientos iba en su Shaggy de forma inalterable. La camioneta, por cierto, cuenta con un crucifijo. Y es que Norris es cristiano. Se considera un hombre afortunado. «¿Quién soy yo para merecer esto? ¿Qué he hecho realmente para que me paguen tanto dinero”, comentó en la citada entrevista. Hubo también cientos de miles de mensajes de ánimo cuando anunció que se le había diagnosticado un tumor maligno de tiroides. Se le extirpó con éxito tras un par de meses sin competir. Volvió a contestar con humildad. Ni era un ser extraordinario ni había hecho nada que mereciese el cariño de la gente.

“El hombre que no se contenta con poco, no se contenta con nada”. Epicuro de Samos

“No es lo que tenemos, sino lo que disfrutamos, lo que constituye nuestra abundancia”. Epicuro, filósofo griego, padre del concepto de austeridad.

El surfista indigente

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