Estados Unidos

Kobe (1ª parte): Odio

Quizás cuando el odio a Kobe Bryant alcanzase su punto álgido fuese en el verano de 2003. Una chica de 19 años acudió a un pequeño pueblo del estado de Colorado para presentar una denuncia ante el escolta de Los Ángeles Lakers por agresión sexual. Bryant fue puesto en libertad bajo fianza y acabaría admitiendo la relación extramatrimonial, pero jamás la violación. Cuando apenas unos meses más tarde tenía lugar el inicio del juicio varias cadenas de televisión por cable se encargaron de retransmitirlo. En esos momentos Kobe Bryant era el villano número 1 de Estados Unidos.

La temporada 2003-2004 fue el fin del inicio y el inicio del fin para Kobe. Había ganado tres anillos consecutivos con los Lakers (2000, 2001 y 2002) pero él sabía que había sido Robin en una epopeya donde Batman había sido Shaquille O’Neal. Tras caer humillados ante San Antonio al año siguiente para la campaña 03-04 los Lakers ficharon a los veteranos Gary Payton y Karl Malone. Aquel equipo fue conocido como los ‘Fantastic Four’. Los cuatro fantásticos, coetáneos de los galácticos del Real Madrid e igual de odiados que las estrellas blancas.

El asunto acabó como suele en estos casos, con una disculpa pública del denunciado, con una lluvia de millones para la denunciante y con promesas de perdón para la esposa humillada (en el caso de Vanessa Bryant a razón de un pedrusco de cuatro millones de dólares). Pero lo extraordinario fueron las exhibiciones semanales del señor Bryant. En casa era un cordero que buscaba el perdón de su familia. En la pista era una serpiente venenosa. Una mamba negra, apodo que, caso insólito, él mismo acuñó para sí y que era digno del mejor redactor deportivo del país.

El nombre había sido usado en la película de culto ‘Kill Bill’ para referirse a Uma Thurman, la protagonista, la anti heroína que clama venganza y que debe asesinar a todo el que se interpone en su camino. Eso es lo que hizo Kobe. Todos los días saltaba a la pista para demostrar que el juicio no influía en su juego. Su trabajo era destruir a todo aquel que tenía enfrente. Todos sus rivales iban a lamentarlo. Durante toda la temporada 2003-2004 Kobe Bryant tuvo que volar prácticamente cada semana a Colorado para declarar en el juicio de su presunta violación. Nunca tomó un día libre. A menudo llegaba a los partidos con ellos empezados, pero eso no apaciguaba su rendimiento. Dio la vuelta a varios encuentros él sólo. Otros días acumulaba fallos cual escopeta de feria. Entonces llegaban las críticas, y al siguiente encuentro decidía dimitir y no tirar a canasta repartiendo asistencias a sus compañeros o simplemente aplicándose en defensa para desaparecer en ataque. En un partido ante Orlando anotó un mísero punto en la primera parte para acabar el choque con 38, incluidos 24 en el último cuarto. La tensión en el vestuario era inaguantable.

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Lo más extraordinario llegó durante los playoffs. Los Lakers acabaron la temporada como un ciclón sumando 11 victorias consecutivas. En el quinto partido de la primera ronda tocaba ir a los juzgados. Durmió durante el vuelo entre Colorado y California, continuó en brazos de Morfeo en el posterior trayecto en taxi desde el aeropuerto hasta el Staples Center y con el partido empezado llegó a la pista y anotó 31 puntos para batir a los Rockets. En segunda ronda, y con los Spurs por delante (2-1), llegó al pabellón con los Lakers perdiendo de 10 puntos. El equipo angelino acabaría ganando por 8 de ventaja con 42 puntos de Kobe Bryant. Aún tendría tiempo de anotar un triple milagroso en la final ante los Pistons, pero Kobe acabó evaporándose ante los de Detroit – 17% en triples y casi más pérdidas (18) que asistencias (22) – y los Lakers, a pesar de todos los esfuerzos, perderían aquella final dando por concluida una época.

Pocas derrotas fueron tan celebradas en el mundo del baloncesto. Los vanidosos cuatro fantásticos habían caído y con ellos Kobe Bryant, el más odiado de todos ellos.

Pero el odio había empezado mucho antes. Cuando con 17 años Kobe llamó a la puerta de la NBA saltando directamente desde el instituto. Michael Cooper, por entonces en el ocaso de su carrera y en los 80 uno de los mejores defensores de la NBA, había estado entrenando con él semanas antes de presentarse al draft de la NBA. “Es mejor que cualquiera de nosotros”, espetó a los ojeadores de los Lakers. Kobe era un talento ya conocido, pero sobretodo tenía unos fundamentos desorbitados para un adolescente de 17 años.

Chico callado y frugal en su vida personal en contraste con lo descarado y arrollador que era en la cancha, Bryant no era un adolescente negro al uso. Había pasado su infancia en Italia donde su padre había sido una estrella del basket europeo. Chapurreaba italiano, tenía un acervo cultural exquisito, era un apasionado del fútbol y disfrutaba de la buena comida europea. Era un chico solitario y reservado que en su infancia se destrozaba los ojos analizando VHS de sus jugadores favoritos. Desde niño decidió concentrarse en el baloncesto sin permitirse ningún tipo de distracción externa. Era la perfecta simbiosis entre un padre loco por el baloncesto que le puso a su hijo el nombre de Kobe en honor a su plato favorito del restaurante asiático que frecuentaba, y a una madre que no dio su brazo a torcer hasta que estudió la historia de Japón, el significado del nombre y la importancia que aquel filete tenía en la cultura nipona.

Era un tipo tan inusual que desde un principio fue visto como antipático, como un bicho raro. Al poco de llegar la pedía a su entrenador que diseñara jugadas para él. “No sale, no va a clubs, no tunea su coche. Es un chico muy sofisticado. Creo que demasiado maduro para su edad”, declaraba Shaquille O’Neal cuando le preguntaban por su joven compañero. Apenas un par de partidos después de su debut, el debut de un niño, los Lakers jugaron ante los Rockets. Otoño de 1996. Fueron apenas cinco minutos y una canasta para Bryant. Llegó al hotel infladísimo y vio en la tele como Allen Iverson metía 35 puntos a los Knicks. Tiró las sillas y la mesa al suelo y destrozó a patadas la televisión del hotel. Dormía solo. Como los genios. Y como los genios no quería compañía. En marzo se enfrentaron a los Sixers de Iverson que se salió con 41 puntos. La comparación era odiosa. Iverson era el otro prodigio. El que había ido a la universidad y estaba destacando. Bryant era el niño mimado del instituto que se había equivocado y que estaba fracasando. Vio mil y un partidos de Iverson aquel verano. Leyó artículos, entrevistas. Buscó debilidades. Se armó de paciencia. Tardaría años en aprender que los tiburones blancos cazan a las focas a base de esperar. Pero lo acabaría consiguiendo. Unos años más tarde Bryant dejaría a Iverson sin anotar en toda una mitad.

Pero si por algo Bryant fue odiado al principio de su carrera, la del número 8 a la espalda, es por su descaro a la hora de compararse con Michael Jordan.

Como el Jordan joven, el Kobe joven era un derroche de explosividad y plasticidad. Como Jordan, Kobe ganó un concurso de mates. Por aclamación popular fue elegido como titular para el All-Star de 1998. Tenía 18 años y ni siquiera era titular en los Lakers. La primera vez que se habían enfrentado, Jordan cogió el balón en la línea de fondo y con un ligero movimiento se escabulló de Bryant. Kobe quedó hechizado y comprendió que primero tocaba trabajar. El partido fue ganado por la Conferencia Este y Jordan fue elegido el MVP gracias a sus 23 puntos. Bryant defendió durante muchos minutos a su ídolo y acabó con 18 puntos. Lanzó más veces a canasta que dos vacas sagradas como Malone y O’Neal juntas. Por supuesto eso no gustó. Y por supuesto eso generó más odio y más rencor. Pero lo cierto es que Kobe crecía a pasos agigantados. Unas semanas más tarde los Bulls y los Lakers se enfrentaron con victoria de los primeros con 36 puntos de Jordan y derrota de los segundos con 33 de Bryant saliendo desde el banquillo. Era su mejor anotación en la NBA hasta ese momento.

Pero aun siendo odiado a Kobe Bryant nunca pareció importarle. Su fe en sí mismo iba más allá del sentido común. Su objetivo era ser él mismo. Como a su ídolo, a Kobe le gustaban los desafíos. Hacer sentir al rival incómodo. Retarlo para buscar lo mejor de sí mismo. En eso, al menos, igualó al maestro. En el amor por el juego. Buscar las fortalezas del rival y analizar cuáles eran sus debilidades. Sus dudas. Tocar el nervio correcto de cada compañero para que diera más de sí. Despertar su mentalidad asesina. Ejercer de concepción dominante. Demostrar liderazgo. Usar las emociones de los demás para hacerlos crecer. Aprender del fracaso y nunca del éxito, porque el halago debilita. Utilizar ese fracaso como combustible para encender el fuego competitivo.

Como Michael Jordan, Kobe Bryant lo sabía todo sobre el juego. Conocía la historia de la NBA, sus récords, los grandes jugadores, los grandes momentos, los fundamentos y el respeto por el legado. Y a diferencia de Jordan sentía un profundo respeto por el baloncesto del resto del mundo y por los grandes jugadores del basket europeo gracias a sus años de vivencia en Italia.

Jordan tuvo que ganar su primer anillo para ser respetado. Bryant tenía tres campeonatos con apenas 24 años, pero era una simple copia del original. Para pasar del odio al respeto necesitaba ser distinto. Tenía las condiciones, pero sobretodo tenía el hambre. Abundan los jugadores con grandes condiciones físicas. Abundan los baloncestistas inteligentes. Pero Bryant, como Jordan, tenía no sólo una plasticidad y una exuberancia juvenil, sino un exacerbado deseo competitivo unido a un gran sentido del juego. Kobe tenía la virtud de hacer lo necesario en cada momento. De intervenir con un triple, un pase, una penetración o un robo en el momento necesario. Hay muy pocos deportistas capaces de controlar el juego. Y Kobe lo hacía mejor que nadie.

Pero para eso necesitó paciencia. Para eso habría que esperar al Kobe de la segunda etapa.

“Si tuviese el poder de viajar en el tiempo jamás lo usaría. Entonces cada momento que viviste pasa a ser absolutamente nada. Podrías volver a hacerlo de nuevo, pero perdería su sabor, su belleza. Las cosas tienen un final. Revivir esos momentos es una tontería para mí.” Kobe Bryant.

“Me siento igual que creo que se debe sentir toda la ciudad de Los Ángeles. Donde pensamos que había una gran y sólida pared, ahora hay un enorme agujero (…) Mi asiento me quedaba justo detrás de él cuando tiraba desde su lado izquierdo. Sólo con verle levantarse ya sabía si el tiro iba a ir dentro.” Jack Nicholson, actor ganador de 3 premios Óscar y asiduo a los partidos de los Lakers desde hace cerca de medio siglo.

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Jim Thorpe: Un camino iluminado por un gran relámpago

Tras lograr las medallas de oro en las pruebas de decatlón y de pentatlón con unas marcas cósmicas en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, Jim Thorpe se preparó para recibir sendas distinciones olímpicas de manos del rey Gustavo V de Suecia. El monarca, admirado por unos registros que perdurarían durante casi dos décadas, se acercó a aquel piel roja mientras le daba la presea y le espetó: “Usted, señor, es el atleta más grande del mundo”. En 1912 un rey era un rey, pero a Jim Thorpe pareció no importarle en demasía. Se encogió de hombros y contestó con un lacónico “gracias rey”. Cuando un par de semanas después un desfile de miles de personas recorra la Quinta Avenida de Nueva York y Broadway para honrarle, Jim Thorpe sólo acertará a señalar, sin darle la menor importancia al hecho; “Oí a la gente gritar mi nombre y no podía entender cómo una sola persona podía tener tantos amigos”.

Aquel hombre, a la vez tan admirado y tan sencillo, acabaría sus días en la indigencia y feneciendo en el más absoluto olvido.

Jacobus Franciscus ‘Jim’ Thorpe nació en 1888 en una reserva india del estado de Oklahoma. Su raíces serían motivo de escarnio para Donald Trump. Su padre era hijo de un irlandés y de un piel roja. Su madre era hija de un francés y de un indio potawatomi. Aunque le inculcaron la fe católica, Jim fue obligado a cursar sus estudios en la Carlisle School, un programa escolar creado por el Senado norteamericano para ‘civilizar’ a la nación india y que estuvo en funcionamiento hasta 1918. Allí el niño Thorpe era conocido como ‘Wa-tho-huk’, que podríamos traducir como ‘un camino iluminado por un gran relámpago’.

Y un relámpago es lo que era Jim Thorpe. Pasó su niñez pescando, cazando y cultivando con sus propias manos y cuando llegó a la adolescencia era un fornido chaval capaz de destacar en cualquier deporte. Huérfano de padre y madre antes de llegar a la veintena, probó con éxito en el beisbol y en el fútbol americano, hasta que se decantó por el atletismo. Así, con 24 años, adquirirá la gloria olímpica en Suecia. Y apenas unas semanas después de su fastuoso recibimiento en Nueva York se casará con Iva Millar, su amor de juventud.

Todo marchaba sobre ruedas, pero al poco de comenzar 1913 una investigación periodística descubre que Thorpe había cobrado un sueldo por jugar una liga de verano con un club de béisbol. Por entonces los atletas que acudían a los JJ.OO debían de ser amateurs, con lo que estaba penalizado el cobro de cualquier cantidad económica por hacer deporte. En la práctica la gran mayoría de atletas cobraban, ya fuese falsificando su nombre o bien aceptando un trabajo como mera formalidad con el que poder justificar los ingresos percibidos bajo cuerda. Jim Thorpe, un hombre casi analfabeto, pecó de ignorante y ni supo ni quiso defenderse de tales acusaciones. El Comité Olímpico Internacional le retiró sus medallas y la prensa estadounidense tiro de racismo para enfangar su legado.

Tocado, pero no hundido, Jim decidió dedicarse profesionalmente al fútbol americano y aparcar sus sueños olímpicos. Jugó en los New York Giants donde acumuló honores y grandes sumas de dinero que malgastó en tres matrimonios y múltiples desgracias familiares. Como hombre era un despojo, pero el reconocimiento de sus colegas de profesión permanecía intacto. Sus dos medallas de oro permanecieron recluidas en una caja fuerte en la sede central del COI de Lausana porque Ferdinand Bie y Hugo Wieslander, los segundos clasificados en Estocolmo, se negaron a aceptar aquellas preseas ante el fuerte respeto que sentían hacía Jim Thorpe.

En sus últimos años en los Giants apenas jugará víctima de sus abusos con el alcohol y cuando en 1926 se retire lo hará con una gran cantidad de deudas a sus espaldas. Sin el salvavidas del deporte la vida de Jim se hundirá por completo. Hacía años que su vida personal estaba rota. Desde que su hijo mayor falleciese al poco de nacer, Jim se había convertido en un alcohólico empedernido. Se divorcia de su primera esposa que le acusará de abandono del hogar y se casará en segundas nupcias con una mujer que le dilapidará todo su dinero.

Los pocos ahorros que le quedaban se esfumarán por culpa del crack bursátil de 1929 y a partir de ahí Jim Thorpe tendrá que malvivir para sostener a tres mujeres (reincidirá y volverá a pasar por la vicaría) y a siete hijos. Trabajó como albañil, estibador, portero de discoteca, guardia de seguridad y hasta de indio en varias películas de Hollywood. Pero es inútil. Los trabajos duran poco y el dinero se esfuma día tras día tras la barra de un bar.

Olvidado por el gran público, en 1950 salta la noticia de su hospitalización por culpa de un cáncer. Se descubre que vive con su tercera mujer en una caravana, deambulando de un lado a otro de Estados Unidos y presumiendo de ser un jefe indio. Al año siguiente Burt Lancaster protagonizará ‘Jim Thorpe. All-American’, una película que arrasará en taquilla pero por la que Jim no percibe ningún dólar. En 1931 había sido engatusado por un directivo de la Metro para que le cediera los derechos de su vida para el cine, por lo que no obtuvo beneficio alguno del éxito de la película. Cuando se corre la voz de su desgracia comienza una campaña pública para su socorro y afloran las donaciones públicas para ayudar al bueno de Jim. Recauda el dinero necesario para la operación, tiene un golpe de suerte y logra tumbar al cáncer pero el calor del público se desvanece y Thorpe retoma sus costumbres ebrias. Rodeado de sus siete hijos y de su tercera esposa instala su caravana en California donde, entre golpe y golpe de whisky, fallecerá en 1953 víctima de un ataque cardiaco.

No sería hasta 1982 cuando el COI restituya el honor de Jim Thorpe y Juan Antonio Samaranch haga entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron birladas. Años más tarde, en 1999, serían los Estados Unidos los que devolverían el honor a Thorpe y a los piel rojas al considerarlo el tercer mejor deportista de la historia del país, tan sólo por detrás de Babe Ruth y de Michael Jordan. Pocos se acordaban entonces que ya había sido elegido el mejor deportista americano del primer cuarto de siglo y en 1950 el mejor de la primera mitad de la centuria.

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El día que Carl Lewis se pasó de listo

La Santísima Trinidad de la velocidad está compuesta por Jesee Owens, Carl Lewis y Usain Bolt. El paso del tiempo ha convertido a Owens en emblema de la lucha del mundo libre frente al racismo y la represión nazi. La realidad es que después de ganar cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín, Owens regresó a un Estados Unidos segregacionista que lo ignoró hasta su muerte. Bolt personifica la ruptura de los convencionalismos, el poder de la imagen y de las relaciones públicas en el deporte actual y un cambio de paradigma entre las condiciones biomecánicas y el entrenamiento personal.

Carl Lewis se sitúa cronológicamente entre ambos. A diferencia de Owens y al igual que Bolt, fue capaz de exprimir su carrera durante una década, algo infrecuente en un atleta explosivo. Cálido y sonriente ante los medios, ha mostrado siempre facilidad de palabra y ha gozado y goza de buena prensa. Sin embargo, ‘El hijo del viento’ (como es conocido) está considerado un egocéntrico, un arrogante y un sobrado. Apenas cuenta con amigos en el mundillo del atletismo. Ben Johnson, su némesis en los 80, sigue siendo querido y admirado por los atletas de antes y de ahora a pesar de que varios de sus logros han sido invalidados por culpa del dopaje.

Owens fue el primer velocista en ganar cuatro medallas de oro en unos JJ.OO, hazaña que repitió Lewis en 1984. Bolt se tuvo que conformar con tres, eso sí, logrados en dos citas de forma consecutiva (Londres 2012 y Río 2016). Pero hay algo que diferencia a estas tres bestias en zapatillas. Jesse Owens fue poseedor de los récords de 100, 200 (no oficiales) y de salto de longitud al mismo tiempo. Usain Bolt lleva una década presumiendo de ser el ser humano más rápido en los 100 y los 200 metros lisos.

Carl Lewis sólo poseyó el récord del mundo de los 100 metros lisos durante tres míseros años.

Y a pesar de ganar una decena de medallas mundiales y olímpicas en salto de longitud y en los 200 metros lisos, jamás logró batir ningún récord mundial en ninguna de esas disciplinas.

Tuvo una ocasión para conseguirlo. Pero no le dio la gana. Se pasó de listo. Fue un vago. Fue de sobrado. Se pasó de arrogante.

En 1983, con 21 años, y meses antes de arrasar en los JJ.OO de Los Ángeles, Carl Lewis era la gran estrella en los campeonatos nacionales de atletismo de Estados Unidos. De hecho salió victorioso en las tres pruebas en las que decidió competir (100, 200 y longitud). Ni siquiera Owens había logrado una hazaña que no se repetía desde ¡1886! Las marcas que logró Lewis fueron extraordinarias, pero podrían haberlo sido mucho más.

En salto de longitud el récord del mundo era dominio de Bob Beamon con 8’90 metros. Se consideraba una marca inigualable porque había sido lograda en los JJ.OO de México. La capital azteca, a unos 2.200 metros de altura, fue una bicoca para los velocistas. Con la altura el aire es más liviano por lo que las pruebas anaeróbicas (velocidad y saltos) se ven favorecidas por la escasa concentración de oxígeno en el aire. Además, la resistencia del aire es menor por lo que los humanos podemos desplazarnos más rápido o más lejos. Por el contrario, en las pruebas de resistencia (fondo y medio fondo), que son aeróbicas, esa falta de oxígeno hace mella en los atletas que necesitan competir a baja altura para lograr sus mejores marcas.

Así pues, cuando Lewis realiza su primer salto y marca unos increíbles 8’79 metros batiendo con creces todo lo habido y quedando a escasos 11 centímetros de la estratosférica marca de Beamon la incredulidad se apodera del estadio. Para más inri, los campeonatos se celebraban en Indianápolis, ciudad cercana al nivel del mar, por lo que Lewis era moralmente el récord mundial. Sus 8’79 a ras de suelo eran más meritorios que los 8’90 de Beamon a más de 2.000 metros de altitud.

La sensación era que el récord iba a caer, pero en el segundo salto Lewis retrocedió varios centímetros en su marca. El cielo estaba encapotado y comenzaron a escucharse algunos truenos en la distancia. Con la victoria asegurada, Lewis decidió renunciar a los cuatro saltos que le quedaban y cerrar el concurso para descansar antes de la prueba de los 200 metros lisos.

Según contó después la revista ‘Sport Illustrated’, en el foso de la pista de longitud había un fotógrafo italiano que había estado presente en México cuando Beamon había roto todos los registros. Cuando vio que Carl Lewis renunciaba a seguir saltando fue corriendo hasta él, y al ser ignorado, se propuso parlotear con Bill Lewis, padre de la criatura. El fotógrafo le imploró que su hijo siguiese saltando ya que, según le explicó, las condiciones ambientales y la cantidad de energía electroestática que causaba la tormenta favorecía el salto. Bill Lewis se encogió de hombros y sólo acertó a decir que su hijo era joven y que ya batiría el récord en los JJ.OO del año siguiente. El fotógrafo no se dio por vencido y le reiteró la importancia de las condiciones meteorológicas que eran similares a las que tuvo Beamon cuando saltó. Minutos después el cielo se abrió y ya no pudo volver a saltar con la misma potencia.

Fue en vano. El padre no entró en razón y el hijo ni hizo caso. Preferían conseguir el récord en los Juegos Olímpicos.

Por la tarde tuvo lugar la final de los 200 metros. Efectivamente el fotógrafo tenía buen conocimiento, el cielo se abrió y la tormenta se alejó. Pero con nubes o sin ellas, Lewis lo que gozaba era de buenas piernas. Arrancó la final de los 200 con tal fuerza que al llegar a la curva ya tenía la prueba ganada. Parecía que el record se iba a batir, y así lo interpretó la grada poniéndose de pie, pero, en los últimos 25 metros Lewis se dedicó a sonreír, saludar y levantar los brazos para celebrar su triunfo.

Carl Lewis había corrido los 200 metros en 19’75’’, la segunda mejor marca de todos los tiempos, pero que no superaba los 19’72’’ del italiano Pietro Menea logrados también en la altitud mexicana. Nuevamente Lewis era el recordman de facto, pero nuevamente había dejado pasar la oportunidad de serlo realmente.

La única prueba que Lewis corrió con toda su alma fueron los 100 metros lisos. En las gradas, viendo atentamente el campeonato, estaba un varón negro de mediana edad y con cierto sobrepeso. Se trataba de Jim Hines, poseedor del récord mundial de los 100 metros con un registro de 9’95’’ y que, como no podía ser de otra forma, había sido registrado en 1968 en Ciudad de México.

Carl Lewis hizo una salida perfecta y corrió con toda su alma y con un ligero, y dentro del reglamento, viento a favor. Alguien le dijo en la grada a Hines que su récord había pasado a mejor vida. Este alzó la vista, bajó su sombrero, sonrió con sorna y señaló al marcador. 9’96’’. Por una centésima Carl Lewis no había batido el récord mundial.

Lewis era el primer triple campeón nacional estadounidense de atletismo del siglo XX pero no había logrado ningún récord. La atmósfera de aquella tarde parecía irrepetible y el paso de los años no hizo sino más que confirmar las sensaciones que se vivieron. “Ojalá no hubiese levantado los brazos. Pero no pasa nada. No puede decir que lo sienta. Estoy a 0,01 del récord mundial de los 100 y a 0,03 del récord de los 200. Estoy a 10 centímetros del récord de salto de longitud, así que esta incertidumbre me resulta fascinante. Hace que competir siga siendo divertido”, soltó al concluir los campeonatos.

Al año siguiente Lewis arrasaría en los JJ.OO de Los Ángeles pero no consiguió batir los tres récords, como era su objetivo. En los 100 metros ganó con unos discretos 9’99’’, en los 200 firmó 19’80’’ y en salto de longitud hizo unos mundanos 8’54 metros.

A Lewis nadie le quitará su colección de medallas. Los triunfos son eternos y los récords son efímeros. Pero un campeón egocéntrico como él sabe que su obra no fue completa, como si lo fueron las de Owens y las de Bolt. Quizás ‘El hijo del viento’ siga pensando que de no haber sido tan arrogante y si no se hubiese pasado de listo, aquel viento bien podría haber sido una tempestad.

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