La de su última victoria con aquel tiro en suspensión ante los Utah Jazz fue vendida por más de diez millones de dólares marcando un récord aun no superado. En 2020, cerca de dos décadas después de su segunda y última retirada, la réplica de su camiseta roja de los Chicago Bulls seguía siendo el producto de la NBA más vendido por Amazon. No existe ni existirá deportista más relacionado con una elástica que Michael Jordan. El 23 de los Bulls. Su número 23. Conocido por aficionados y por profanos del baloncesto.
Lo curioso es que a Jordan no le gustaba el número 23. Su número favorito era el 45, dígito que portaba su hermano Larry. Un año mayor que Michael, Larry destacaba en el equipo de baloncesto del instituto de Wilmington. Cuando Michael se unió al equipo en su primer año de college Michael decide que, ya que no puede lucir el 45 en honor a su compañero de equipo e idolatrado hermano, partirá la cifra por la mitad. El resultado de 22’5 será irrealizable por lo que redondeará al alza y se quedará con el 23.
Ese 23 lo llevará a la eternidad. La feroz competencia con su hermano acabará diluyéndose cuando el mayor de los Jordan no consiga pasar de los 172 centímetros y tenga que conformarse con un futuro como administrativo y el pequeño ascienda hasta los 198 y se convierta en el deportista más famoso de todos los tiempos.
Michael Jordan es un icono entre otras razones porque fue el primero en hacer decenas de cosas. Entre ellas en portar el número 23. Bill Russell y Julius Erving eran el 6, Wilt Chamberlain el 13, Magic Johnson el 32, Abdul-Jabbar y Larry Bird el 33 y Jerry West el 44. David Thompson, la estrella de la Universidad de Carolina del Norte de la que era fanático Jordan, lucía el número 33. Michael Jordan inauguró el mito del 23 que continúa en la actualidad Lebron James.
El número 23
Sin embargo, a pesar de que el 23 es el número mítico del mito, Michael Jordan ha lucido varios números más. Con la selección norteamericana portó el 9 que le dio el oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y en los de Barcelona 1992. También lució su tan querido 45. Fue tras su primera retirada. Era 1993. Aquel verano su padre fue asesinado tras una trifulca por culpa de un robo. Destrozado, Jordan decidió dejar las pistas de baloncesto e intentarlo como jugador de béisbol, el deporte favorito de su progenitor. Aquellos meses de asueto demostraron que Jordan era un ser humano de carne y hueso portando el 45 de los Birmingham Barons y de paso nos dejaron un tete à tete con Bugs Bunny en Space Jam.
Michael Jordan regresa a las pistas de la NBA ya muy avanzada la temporada 1994-95, veinte meses después de su último partido. No lo puede hacer con el número 23 ya que la camiseta había sido elevada a los altares del United Center, la casa de los Chicago Bulls. Decide hacerlo con el 45 en la espalda en una temporada que acabará en fracaso al caer en las eliminatorias por el título. Para el inicio de la siguiente campaña Michael Jordan retornará su icónico 23 con el que ganará tres títulos consecutivos incluyendo el último en 1998 tras una victoria conseguida con una canasta suya en los últimos segundos antes del fin del partido ante los Utah Jazz.
El partido de la camiseta de los 10,1 millones de dólares.
Lo que es de desconocimiento público es lo ocurrió un 14 de febrero de 1990. Aquel día los Chicago Bulls viajaban a Florida para jugar un partido ante los Orlando Magic. Los Bulls contaban con un balance de 29 victorias y 19 derrotas. Jordan iba camino de su cuarto título consecutivo de máximo anotador, pero aún no había conseguido elevar a los Bulls a los altares. Ese año los Detroit Pistons acabarían con Jordan y compañía en las finales de la Conferencia Este. Por su parte los Magic malvivían en el fondo de la clasificación con un raquítico balance de 14-33.
El caso es que la expedición de los Bulls se instaló en el pabellón con sus pertenencias. Llegaron al vestuario, se quitaron la ropa de calle, se pusieron la ropa deportiva y se dispusieron a hacer breves ejercicios de tiro en la cancha de juego. Tras unos minutos desentumeciendo los músculos los miembros de los Bulls regresaron al vestuario. Jordan abrió su bolsa de deportes, se acercó a la parte del banco que le había sido asignada por su utillero y se dispuso a ponerse su camiseta de juego.
Pero no.
La camiseta no aparecía por ningún lado.
El 23 no estaba. Había sido robada. Los gritos pronto sustituyeron al asombro. Los compañeros de Jordan volvieron a la pista para el inicio del partido mientras Michael esperaba sentado en el vestuario con el torso desnudo. De repente comenzó una búsqueda del tesoro a cámara rápida. El servicio de seguridad se dedicó a interrogar a todos los empleados del pabellón mientras el circuito cerrado de televisión hacía un escrutinio asiento por asiento buscando a algún aficionado que portase el 23 de los Bulls que pudiese prestarle al ídolo. Lo cierto es que había unos cuantos miembros del Orlando Arena que portaban el 23 de los Bulls, pero ninguno que cupiese en un cuerpo moldeado a base de músculos de 198 centímetros.
Los minutos pasaban y el partido iba a comenzar. Michael tuvo que saltar a la pista para el momento de presentación de los equipos. El speaker del Orlando Arena comenzó a desgranar el quinteto titular de los Chicago Bulls. Con el 10 BJ Armstrong, con el 24 Bill Cartwright, con el 54 Horace Grant, con el 33 Scottie Pippen y con el 12… Michael Jordan.
La incredulidad en el pabellón tan sólo fue igualada por la incredulidad de todos aquellos que veían el partido por televisión desde el sofá de sus casas. No se dio ninguna explicación. Simple y llanamente no la había. El utillero de los Bulls había encontrado una camiseta con el 12 en el fondo de una bolsa. Por supuesto no estaba serigrafiada. Sencillamente era una zamarra de los Bulls en la que cabía Jordan.
Orlando venció a Chicago por 135-129 tras una prórroga. Jordan estuvo en pista 47 minutos de los 52 posibles y anotó 49 puntos. Hizo un excelso partido, pero su malestar fue visible tanto dentro de la pista como al finalizar el encuentro. La derrota tuvo mucho que ver, pero el cabreo se había visto triplicado por culpa del desconocido número 12. Maniático hasta lo enfermizo, aquel cambio de planes no había gustado nada a Air Jordan.
Y con el 12….Michael Jordan
A día de hoy sigue sin saberse nada de aquella camiseta 23 de los Chicago Bulls que fue sustraída de los vestuarios del Orlando Arena un 14 de febrero de 1990. ¿Cuál sería su valor si apareciese? Incalculable. La única certeza es que la camiseta fue sustraída en algún momento del día del partido entre la sesión de tiro y el salto inicial. Un rumor sostiene que fue escondida en el falso techo del vestuario rival y que, una vez cerrado el pabellón, el ladrón la cogió y se llevó el tesoro consigo. Lo único cierto es que nunca nadie la ha devuelto y seguimos sin conocer el misterio de una camiseta con muchos ceros detrás de ella.
Trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, cuarto y último en morir asesinado, y el más joven en ocupar el cargo presidencial al llegar al mismo con 43 años. John Fitzgerald Kennedy pertenecía a la cuarta generación norteamericana de la familia irlandesa Kennedy que, con sus riquezas, su status y su glamour es conocida como La Familia Real de América. Alto, musculoso, elegante, eternamente bronceado y juvenil, de sonrisa perenne y dentadura perfecta, JFK fue el hombre que cedió a su orgullo para evitar una guerra nuclear, que se empeñó en llevar a la humanidad a la Luna, que se declaró berlinés, que puso los cimientos para igualar de derechos a negros y blancos, pero también fue el presidente que inició una costosa y larga guerra en Vietnam. JFK nos recibe en su espacioso y bien decorado despacho para iniciar esta entrevista.
Más guapo que Perrosanxe
Misterdato (P): Antes de nada, felices fiestas. Imagino que para un católico practicante como usted serán unas fechas señaladas.
John Fitzgerald Kennedy (R): Déjeme a mí también felicitar las fiestas a todos sus lectores. Y sí, efectivamente y como usted indica, para mí la Navidad es una época especial y me congratulo con que Estados Unidos vuelve a tener un presidente católico por segunda vez en su larga historia. Aun así, no se engañe, tanto yo como el presidente Biden velamos por el interés de todos y cada uno de nuestros conciudadanos independientemente de su credo, su sexo y su color de piel. Un presidente de Estados Unidos no adquiere esa responsabilidad para servir intereses de grupo o clase sino a la Constitución, al pueblo todo.
P: ¿Ha tenido tiempo en el otro mundo de charlar con Lee Harvey Oswald o es tema que le provoque dolor de cabeza?
John Fitzgerald Kennedy (R): …
P: Discúlpeme si le ha incomodado la pregunta. Me habían dicho que usted tenía un excelente sentido del humor.
John Fitzgerald Kennedy (R):Y lo tengo, pero en las distancias cortas y en la intimidad de mi casa o de mi despacho.
P: Retiro la pregunta. Usted se convirtió en presidente al derrotar en el primer debate televisivo, nunca antes jamás realizado, a Richard Nixon. Inauguró el poder de la imagen. Y, todo hay que decirlo, es usted bien parecido. Su mujer Jacqueline también lo era y, si me permite decírselo, su amante Marilyn Monroe también lo era.
John Fitzgerald Kennedy (R): Jackie fue el amor de mi vida, una víctima necesaria de mis ambiciones y mis deseos que veía y callaba. Marilyn era puro fuego, pero era inestable.
P: ¿Hubo que acabar con ella?
John Fitzgerald Kennedy (R): Al igual que hubo que acabar conmigo…pero la gente se centra siempre en Marilyn, ¡mis conquistas abarcan todo el planeta!
P: Vaya, pensé que no le gustaba bromear en público, que quería mantener un perfil presidencial.
John Fitzgerald Kennedy (R): ¡Pero esto es sexo! (ríe a carcajadas) ¡Bromee todo lo que quiera! ¿Sabe cuánto tarde en tirarme a mi primera empleada en la Casa Blanca? Cuatro días ¡Y perdí una apuesta con mi hermano Bobby por tardar demasiado! Luego pocas quedaron en pie. Entre usted y yo, aquellas que eran gordas y viejas.
P: Pues tengo entendido que una de esas viejas, como usted dice, no quedó muy satisfecha con su rendimiento.
John Fitzgerald Kennedy (R): ¿Esta me la tenía guardada por lo de Oswald?
P: Pues sí.
John Fitzgerald Kennedy (R):Bien jugado. ¿Quiere dedicarse a la política?
P: Si supiera cual es el que va a ganar…pero no me esquive la pregunta.
John Fitzgerald Kennedy (R): No se preocupe. Usted habla de Marlene Dietrich, la actriz alemana. Tenía unos quince años más que yo y ya había sido amante de mi padre. Dijo aquello de que yo no duraba mucho en la cama y que mi padre era mucho mejor amante. ¿Qué quiere que le diga? Acabo despechada al cambiarla por una más joven.
P: Vamos al tema, que en nuestro caso es el deporte. Usted ha sido un deportista consumado, según tengo entendido como toda su familia.
John Fitzgerald Kennedy (R): Tanto yo como mis otros tres hermanos jugamos al fútbol americano en la Universidad de Harvard. Yo llegue a formar parte del equipo en mis dos primeros años universitarios, aunque sin demasiado éxito. Ya desde adolescente tuve problemas en las lumbares. Aunque lo mejor de la universidad no es el deporte, son los estudios. No lo olvide nunca; un niño mal educado es un niño perdido.
P: De sus problemas lumbares viene su gusto por la natación.
John Fitzgerald Kennedy (R): Correcto. En el instituto comencé a practicar la natación porque un médico me comentó que era el mejor deporte para los dolores de espalda. Después abandoné el equipo de fútbol americano en Harvard para pasarme al equipo de natación y también me dediqué a practicar golf y tenis. La verdad es que durante mis años universitarios mi actividad deportiva fue frenética. Recuerde que cuando fui escogido presidente escribí un artículo en Sports Illustrated donde decía aquello de que mi objetivo no era que nuestros hijos fuesen una generación de espectadores, sino practicantes de una vida vigorosa. El deporte activo tiene que formar parte de la vida de todos y cada uno de los norteamericanos.
P: Tengo entendido que sus dotes de nadador ayudaron a salvar vidas durante la II Guerra Mundial.
John Fitzgerald Kennedy (R): El triunfo tiene muchos padres y a la derrota nadie la quiere. Aquello salió bien, como podía haber salido mal. Fue el 2 de agosto de 1943. Fuimos abordados por un destructor japonés mientras participamos en una misión nocturna en las Islas Salomón. Caímos de la lancha y ayudé a otros diez compañeros a ponerse a salvo en tierra. Mis años en la Marina son aquellos de los que me siento más orgulloso.
P: Aquel día se agravó aún más su lesión de espalda. Lo cierto es que ha cultivado una imagen de sex-symbol, fuerte, guapo, joven, hasta le crearon el sobrenombre JFK, algo modernísimo cuando nadie usaba iniciales. Y luego uno ve el parte médico, a la tierna edad de 40 años, y asusta. Úlcera de estómago, úlcera de colón, escarlatina, tosferina, una leucemia benigna, problemas crónicos de espalda…de hecho fue rechazado como voluntario en el ejército en 1940. Sólo pudo entrar en la Marina a finales de 1941 cuando Estados Unidos declaró la guerra a Japón y a Alemania.
John Fitzgerald Kennedy (R): Todas las madres quieren que sus hijos crezcan para ser presidentes, pero no quieren que se conviertan en políticos en el proceso, ¿verdad? Yo no estaba bien, y el cargo no ayudaba. Tenga en cuenta que durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt (1933-1945) la mayoría de los estadounidenses apenas sabían que estaba postrado en una silla de ruedas a causa de la poliomielitis; cuando lo llevaban con dificultad al estrado. Entonces la prensa no se metía en asuntos privados y se ocultaban este tipo de cosas. Ningún norteamericano conocía mis dolencias y para eso ayudaba mucho el deporte. Fotos mías jugando al fútbol, navegando por la bahía de Boston o cabalgando en la finca de Jackie en Virginia contribuían a silenciar mis dolencias.
P: Realmente no cabalgaba.
John Fitzgerald Kennedy (R): Un hombre inteligente es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar a gente más inteligente que él. Me rodee de los mejores, también en el asunto de la imagen. El doctor Jacobson me recetaba a diario anfetaminas, vitaminas, cortisona y tranquilizantes…. no me quedaba otra, me debía a mi país. Ya sabe usted; no se pregunte lo que su país puede hacer por usted, sino lo que usted puede hacer por su país.
P: Si tengo entendido que practicaba tenis.
John Fitzgerald Kennedy (R): Mi hermano Bobby era muy bueno, yo lo intentaba, pero la espalda me mataba. Como aficionado el tenis siempre me gustó al igual que el béisbol. Siempre fui fan de los Boston Red Sox, amaba el golf, la vela… en general valoraba el esfuerzo. Recuerdo una vez que critique en público al equipo nacional de hockey hielo por recibir una paliza en el Mundial. Si un buen marine puede recorrer 50 millas en 20 horas, ¿no se puede jugar duro a un deporte? El que no esté preparado es una nenaza.
P: Hoy no podría decir algo así, señor presidente. Su sex-appeal dejaría de funcionar.
John Fitzgerald Kennedy (R): Y lo respeto y me parece maravilloso. Fíjese lo que cambió América en los tres años que fui presidente. El cambio es la ley de la vida, y aquellos que solo miran al pasado o al presente seguramente perderán el futuro. Nuestro progreso como nación no puede ser más rápido que nuestro progreso en educación. La mente humana es nuestro recurso fundamental. Recuerde que el ser humano sigue siendo la computadora más extraordinaria de todas.
P: Volviendo al tema deportivo, creo que su madre era una excelente tenista.
John Fitzgerald Kennedy (R):Mi madre tenía un carácter fuertísimo y el tenis le ayudaba a relajarse. En nuestra mansión familiar teníamos una pista reglamentaria y allí aprendimos todos a jugar. Yo tenía un buen nivel en golf, pero no en tenis, no obstante, pronto me di cuenta de que el tenis era el deporte del futuro en Estados Unidos. Toda urbanización de los 50 contaba con su pista de tenis y sabía que era una herramienta económica fundamental. He cerrado muchos acuerdos tras un partido de tenis. La que era una fenomenal jugadora era mi esposa Jackie que me hizo contratarle un entrenador personal y crear un torneo anual para los funcionarios y trabajadores de la Casa Blanca.
P: Imagino que querrá volver con su familia y disfrutar de estas fechas. No le robo más tiempo. Han pasado sesenta años y sigue siendo un placer hablar con usted. Sigue siendo uno de los presidentes más valorados y sigue siendo el presidente que soñó en pisar la Luna.
John Fitzgerald Kennedy (R): Elegimos ir a la Luna antes de que finalizara la década de 1960 no porque fuese fácil, sino porque era difícil. La tecnología que ustedes tienen hoy es fascinante. El mundo es muy diferente ahora. Porque el hombre tiene en sus manos mortales el poder de abolir todas las formas de pobreza humana y todas las formas de vida humana. Necesitamos personas que puedan soñar con cosas que nunca han existido. Y debemos unirnos todos, ser todos uno. Como hombres libres, donde quiera que vivamos.
P: Ich bin ein Berliner.
John Fitzgerald Kennedy (R): Ich bin ein Berliner.
Shaquille O’Neal. Más de una década después de su retirada su nombre es de sobra conocido, también para los profanos en baloncesto. O’Neal se asocia a alguien grande, gigante, a una especie de ogro bueno. Un Shrek con pelota naranja. El último gran pívot que ha habido. No uno de esos chicos ágiles y móviles de hoy en día que tiran triples y suben el balón. No. O’Neal fue el mejor recibiendo de espaldas al aro y usar sus kilos para hundir a su rival y machacar el aro. Así ganó tres títulos con los Lakers y así se convirtió en uno de los mejores jugadores de siempre. La fama de O’Neal también se debe a su lengua viperina, su sonrisa perenne, sus bromas, unas al prójimo y otras en contra de su propio cuerpo, y a un aura de niño mimado o de adulto sin cerebro, lo que el lector prefiera. Entre sus joyas está su afirmación de que la Tierra es plana. El caso es que no se le presupone un exceso de neuronas.
Y sin embargo el respeto y la educación por los niños y los mayores siempre han sido parte de su ser. Cuando en el año 2005 un tal George Mikan fallezca a los 86 años víctima de las complicaciones de una diabetes, Shaquille O’Neal correrá en búsqueda de los medios para declarar con un rictus serio impropio de su figura: “Sin el número 99 yo no hubiese existido. Sé quién era él y sé lo que hizo. Era un gran hombre y tuvimos muchas conversaciones. Lo respeto muchísimo”. O’Neal correrá a cubrir los gastos del entierro al conocer los problemas económicos que dejaba a su familia George Mikan.
¿Quién era George Mikan? El primer gran hombre. La primera gran estrella de la NBA. Un jugadorazo desconocido y olvidado a partes iguales. Campeón universitario, cinco veces ganador de la NBA (siete si se cuenta su antecesora), tres veces máximo anotador de la NBA y elegido el mejor jugador de la primera mitad del siglo XX. Cuando en 1996 Shaquille O’Neal firme por los Lakers la revista Sport Illustrated juntará a los cuatro grandes pívots de los Lakers y, con permiso de Bill Russell, de la historia de la NBA; Mikan, Chamberlain (ausente), Abdul-Jabbar y O’Neal. Nada sabía entonces el bueno de Shaq de aquel gigante blanco con gafas que se movía en silla de ruedas. De ahí nacerá una entrañable conexión que duraría hasta el día del fallecimiento de Mikan.
Abdul-Jabbar, O’Neal y Mikan
Alto, rubio y fortísimo, George era hijo de croatas que crecería en un suburbio de Chicago. Pasaba las tardes jugando al baloncesto con sus hermanos en la parte de atrás de la cervecería que regentaban sus padres. Habían hecho el aro con el fondo de un barril de cerveza, pero George no podría disfrutar mucho del invento. Una tonta caída le hizo fracturarse una rodilla. Pasó más de un año postrado en una cama. Era la década de 1930. Tampoco ayudaba que una astilla manipulada por uno de sus hermanos acabase en uno de sus ojos agravando su ya notable miopía. Durante los meses de soledad y aburrimiento George decidió acercarse a Dios y hacerse sacerdote.
Pero es que George tenía que dedicarse al baloncesto. Sus 208 centímetros y 110 kilos de peso eran una razón de peso, valga la redundancia. Era grande, pero mucho más para la época, donde eran escasas las personas que rebasaban los dos metros. Y además era móvil, algo absolutamente inusual. Entonces los jugadores altos se colocaban debajo de la canasta e intentaban aprovechar su altura para anotar. Eran torpes y apenas sabían botar y lanzar. Mikan no era así. Jugaba al tenis y al béisbol y también le gustaba bailar. Era insultantemente ágil para su altura.
No fue pues raro que la Universidad de DePaul de Chicago le diese una beca universitaria. Bien sabía Mikan que entonces uno no se podía ganar la vida con un balón y menos en medio de la II Guerra Mundial, por lo que abrazó con fuerza la posibilidad de conseguir un título universitario. Mas su destino estaba más que escrito. No era raro el partido en el que se acercaba o sobrepasaba los 50 puntos en una época donde las anotaciones eran mucho más bajas que en la actualidad. Y era normal, porque Mikan además de grande, era listo y aplicado. Cumplía con todo lo que le decía su entrenador y comenzó a practicar boxeo con el fin de aprender a soportar los agarrones, codazos y puñetazos con los que era obsequiado en cada partido. Su técnico también le incitó a saltar a la comba, a aprender a tocar el piano para agilizar los dedos y a sacar a bailar a chicas cuanto más bajas posibles para dificultarle los pasos y así ganar en destreza.
Patentó el llamado Mikan Drill (Taladro Mikan) un sistema de entrenamiento que aún se usa en la actualidad. Consiste en lanzar una bandeja con la mano derecha, recoger el balón debajo del aro con la izquierda para elevarlo nuevamente ante el tablero y anotar canasta. Esa facilidad en el tiro unido a su lanzamiento de gancho y a su certeza en los tiros libres con cerca del 80%, cuando los jugadores altos rara vez pasaban del 60%, lo hicieron indefendible. Cuando en 1945 George Mikan anote 53 puntos en la final de la NCAA la liga universitaria dijo basta.
Tocaba un cambio de rumbo.
Mikan no solo dominaba en ataque, también lo hacía en defensa. Se colocaba debajo del aro y frustraba con tapones los intentos de sus rivales. En el verano de 1945 la NCAA pasó a considerarse ilegal los tapones a lanzamientos que se encontraran en trayectoria descendiente en el momento del contacto con el defensor. Es decir, si la parábola del balón inició su descenso y el defensor realiza el tapón la canasta se considerará válida entre o no entre la pelota en el aro. Es una regla Anti-Mikan.
En 1946 George Mikan da el salto al profesionalismo. Lo hace en la NBL una de las antecesoras de la NBA. Los Chicago American Gears le hacen un contrato multianual millonario que nunca se hará efectivo. Jamás le pagarán. Pero a Mikan le da para jugar siete partidos, ser el máximo anotador de la competición y ganar el título. Al año siguiente firmará nuevo título, ya con los Minneapolis Lakers con los que iniciará la costumbre de firmar año a año para evitar sinsabores pasados. George Mikan se incorporó a los angelinos en el quinto partido de la temporada, y ahí nace otra imagen icónica con una buena intrahistoria. Los Lakers no tenían un uniforme para él, así que le dieron la camiseta más grande que encontraron. Por eso, su primer partido con los Lakers lo jugó con el dorsal 21 en lugar de su habitual 99. Y aunque el detalle no se aprecie en el blanco y negro, los pantalones que llevó eran de los Chicago Gears, porque tampoco había ninguno de su talla.
El dominio de Mikan entre los profesionales es tal que cuando en 1948 se crea la NBA inmediatamente se establece la prohibición del tapón en descenso al igual que se había hecho en la liga universitaria para intentar evitar el efecto Mikan. La NBA nace de la fusión de la NBL, que tenía a los mejores jugadores, y la BAA, que tenía a las mejores franquicias (Nueva York, Boston o Philadelphia). Es entonces cuando Mikan pasa de jugar en teatros y gimnasios a hacerlo en grandes pabellones. Celebre es la anécdota de una noche que los Lakers viajan a Nueva York para enfrentarse a los Knicks. En el luminoso del Madison Square Garden se anunciaban con grandes letras de imprenta: Wed basketball Geo Mikan vs Knicks (miércoles, baloncesto, George Mikan vs Knicks)”. Cuando Mikan entró en el vestuario sus compañeros le estaban esperando con ropa de calle y, bromeando, le indicaron que ya que era él el único que iba a jugar contra los Knicks ellos se quedarían tranquilamente descansando en el vestuario.
Mikan viajaba en ocasiones antes que el resto del equipo para esas sesiones publicitarias. El partido anterior, el plato fuerte, era baloncesto universitario (NCAA), porque en aquella época aún tenía mucho más éxito que el profesional. Si en Nueva York la NBA se disputaba en el icónico Garden era exclusivamente por culpa de Mikan. De lo contrario, habría sido en una nave de las instalaciones deportivas que el ejército tenía a las afueras de Nueva York alejada de la mano de Dios.
Tonight: George Mikan
Mikan explotó definitivamente. El hecho de jugar sus partidos en casa en el Minneapolis Auditorium también influyó en ello, ya que el parqué era un par de metros más estrecho que el de otras canchas, lo que favorecía su juego interior. Pero era mucho más que eso. Se instaló en cerca de los 30 puntos y 13 rebotes por partido y se convirtió también en el máximo asistente de los Lakers. En las finales de la NBA de 1949 jugó los tres últimos partidos por el título con la muñeca rota y aun así logró el campeonato promediando 30’3 puntos por choque.
Los Lakers, llamados así por los miles de lagos que hay en Minnesota (hasta 1962 no se mudarán a la soleada Los Ángeles en California) ganaron los siguientes campeonatos basándose en ataques estáticos y lentos esperando a que Mikan se incorporase al ataque. Llegaron a jugar una eliminatoria a siete partidos con los Harlem Globetrotters, por entonces no un equipo de circo sino el mejor equipo negro del mundo, dado que a los jugadores de color se les había vetado la presencia en la NBA. Ganaron los Lakers con Mikan como estrella y ese fue uno de los motivos por el cual los blancos perdieron el miedo y permitieron la aparición de negros en la NBA.
El dominio era tal que se producían situaciones esperpénticas. En un partido de la temporada 1950-51 los Pistons se pusieron por delante y decidieron retener el balón en sus manos para ganar por un ridículo 19-18. Entonces no había reloj de posesión y se podía hacer semejantes barbaridades. Mikan acabó con 15 puntos de los 18 de su equipo, casi todos ellos a través de tiros libres. Aquel año no llegó a jugar los playoffs al lesionarse la rodilla que se había fracturado de niño, pero volvió con fuerza para competir al año siguiente.
Tocó un nuevo cambio de paradigma. Una nueva reinvención.
La NBA reaccionó para evitar que Mikan siguiese devorando a los rivales cerca del aro y acabara con la competición. De hecho, se llamó Mikan Rule (la regla Mikan) a la ampliación de la zona en la que solo se podía estar tres segundos, que pasó en 1951 de situarse a 1’8 metros a ampliarse a 3’6 del aro (algo que se movería años más tardes a 4’9, de nuevo, por culpa de un gigante, en este caso Wilt Chamberlain). Era el primer intento de separar a un gran pívot dominante, aunque tosco y rudimentario para nuestros estándares, de su zona de influencia.
Los porcentajes de acierto de Mikan descendieron del 43 al 38%, pero no fue suficiente. Lo tenía más difícil, pero también lo tenían los demás. Los defensores igualmente hubieron de alejarse de la zona y colocarse más distantes entre sí. Era más difícil que Mikan sufriese un 2 contra 1 en defensa y, de hecho, la Mikan rule, inauguró de facto el baloncesto de 1 contra 1 en el juego interior. Por vez primera Mikan no fue el máximo anotador del año, pero volvió a llevarse el título al derrotar los Lakers a los Knicks en el séptimo y decisivo duelo de la final por 82-65 con 32 puntos de George Mikan.
Para intentar neutralizarlo, la NBA llegó a probar en un partido con subir la canasta 60 centímetros, pero suspendieron la idea al darse cuenta de que lo único que hacían era favorecer, precisamente, a los más altos.
Aún le daría a Mikan a ganar un par de títulos más. Los años pasaban y por vez primera bajó de los 20 puntos por temporada, pero seguía imponiendo su ley en el rebote. En 1954 llevaba siete títulos (cinco de la NBA) y tocaba otro cambio de rumbo.
Otra vuelta de tuerca al reglamento.
El reloj de posesión también llegó por Mikan
En 1954 la NBA adoptó el cambio que pondría patas arriba el baloncesto. El establecimiento del reloj de posesión de 24 segundos (de 30 segundos en la FIBA) supuso la línea divisoria entre el baloncesto primitivo y el baloncesto moderno. Mikan llevaba a los Lakers a la victoria a través de un ritmo muy bajo para poder operar por la pista con comodidad. Los rivales comprendieron que la única forma de pararlo era alargar al máximo las posesiones si conseguían ponerse por delante. Aquello, aunque no llegase al nivel enfermizo de los Pistons, provocaba partidos soporíferos, por lo que la NBA reaccionó e introdujo el reloj para transformar el ritmo y la intensidad.
Pero Mikan ya no estaba. En 1954 decidió retirarse. Siempre fue un caballero y nunca alzó la voz, pero los agarrones, las cargas, los golpes y los placajes habían hecho mella en su cuerpo. Ed Macauley, uno de sus enconados rivales en Celtics y Hawks, bromeaba que cuando chocaba despistado con una columna fuese en un hotel o un aeropuerto siempre pedía perdón por el tropezón al señor Mikan. El caso es que George había perdido frescura y, además, de aquella el baloncesto no permitía vivir de rentas, por lo que tocaba salir al mercado laboral.
Las críticas fueron feroces y lo fueron aún más cuando tras un año de ausencia Mikan decida volver a la NBA. Fue una temporada muy dura en la que, aun firmando unos números decentes, se vio desarbolado por la rapidez que entonces se le había imprimido al juego gracias al reloj de posesión.
Mikan. 1950
George Mikan fue un gigante, una superestrella. Shaquille O’Neal con medio siglo de antelación. Pero es desconocido. Olvidado hasta por aquellos que viven de la canasta. Jamás fue estético (jugaba con gafas), las fotos que tenemos de él son en blanco y negro y apenas hay imágenes en movimiento. En 1954 se estableció una línea. Lo de antes no importa. Lo de antes es primitivo. Lo de antes es George Mikan. Pero conviene recordar que lo que vino después de 1954 no hubiese existido si la tiranía de George Mikan no hubiese obligado a cambiar unas cuantas reglas.
Fue la primera estrella del baloncesto profesional, un pívot cuyo dominio cambió las reglas de este deporte. Y no fue una vez, sino hasta tres las veces que se cambió el reglamento para intentar pararlo. Sobre sus hombros empezó a levantarse la dinastía de los Lakers, aunque la franquicia, que vive de espaldas a todo lo anterior a su mudanza a Los Ángeles, no quiso retirar su número hasta hace apenas unos años.
«No habría tenido ese gancho si no hubiera aprendido los fundamentos de Mikan», dijo Abdul-Jabbar. Todos los grandes pívots jugaron en los Lakers. Wilt Chamberlain promedió 30’1 puntos y 22’9 rebotes para dos títulos, Kareem Abdul-Jabbar 24’6 y 11’2 para seis campeonatos y Shaquille O’Neal 23’7 y 10’9 para cuatro títulos. George Mikan 23’1 y 13’4 para siete entorchados (cinco de ellos de la NBA).
Otras historias sobre tiempos pasados en la NBA
Jo Jo White (el mejor en el mejor partido que jamás se ha jugado nunca en la historia de la NBA)
El partido prohibido (negros contra blancos rompiendo las reglas de los Estados Unidos de los 40)
«No voy a hacer ninguna rueda de prensa durante Roland Garros. He pensado muchas veces que la gente no tiene consideración con nuestra salud mental. He visto muchos vídeos de deportistas viniéndose abajo en una sala de prensa tras perder un partido, algo que también me ha pasado a mí». Naomi Osaka, la por entonces número 2 del mundo en la clasificación de la Women’s Tennis Association (WTA), renunciaba a competir en el Grand Slam parisino aquejada de uno de los males de nuestro tiempo; la depresión. Ante la negativa de la organización a aceptar su renuncia a presentarse ante los medios y a los eventos programados por el torneo parisino, Osaka decidió retirarse tras la disputa de su partido de primera ronda.
Solitaria e introvertida, aquello fue el punto de inicio de una ansiedad social que ha paralizado la hasta entonces excepcional trayectoria de Osaka. Acto seguido no ha vuelto a alcanzar las rondas finales de un Grand Slam, hasta que en 2023 decidió paralizar en seco su carrera para ser madre. Antes de aquel abrupto portazo en Paris la tenista nipona, hija de haitiano y japonesa y residente en Estados Unidos desde los tres años de edad, se había convertido en la mejor tenista del planeta tras vitorear en Australia (2019 y 2021) y en Estados Unidos (2018 y 2020). Fue precisamente en Nueva York, en el US Open de 2018, cuando logró su primer gran triunfo, momento, sin saberlo, en el que la mente de Osaka inició su caída por un precipicio.
Su rival en aquella final del US Open de 2018 era Serena Williams. Era Serena el referente de Naomi. El suyo y el de tantas otras. Serena es el tótem del tenis. Es referente por su juego, por su tenacidad, por sus triunfos y también por el color de su piel y por sus declaraciones en defensa de las mujeres y de las minorías. Al igual que Serena, Osaka también es negra y mujer, pero hasta ahí estriban los parecidos. Todo lo agresiva que Osaka era dentro de la pista se transmutaba en timidez fuera de ella. Serena era, y es, persona totalmente opuesta. Igual de volcánica empuñando la raqueta que sacando la lengua a pacer.
En 2018 Serena perseguía a su sombra. Sumaba 23 Grand Slams y solo tendría que ganar uno más para igualar a la australiana Margaret Court, plusmarquista mundial. Icono de Nike y del empoderamiento de la mujer negra, su imagen estaba presente en cada una de las esquinas de la ciudad de Nueva York. La atmósfera era acogedora y se tornaba en expectante sabedores todos de que un hecho histórico estaba a punto de suceder. Estados Unidos ama a Serena. Nueva York ama a Serena.
Serena era consciente de que se estaba gestando su última oportunidad. Tras ganar en Australia en enero del año anterior los achaques de la edad estaban haciendo mella en su vigoroso cuerpo que ya contaba con 36 años. Tras casi un año en blanco había rozado la victoria en Wimbledon meses atrás y, ahora, en casa, en el Open USA, sabía que estaba ante la última oportunidad antes de que el paso del tiempo acabase con ella.
La oponente en aquella histórica final en las pistas de Flushing Meadows iba a ser Naomi Osaka. Alta, tímida, orgullo nipón y representante de una sociedad diversa en lo racial y en lo cultural, hacia acto de presencia en su primera final de un grande con 20 años. Enfrente su ídolo, una tenista físicamente pareja y con la que compartía desprecios de juventud por culpa de raza y físico.
Naomi Osaka
Los murmullos de descontento se escucharon por primera vez cuando Serena Williams, quien había perdido el primer set por un contundente 2-6, fue imputada con una violación del código con 2-1 a favor en el segundo parcial. El árbitro, el portugués Carlos Ramos, había dictaminado que el entrenador de Serena estaba indicándole tácticas desde las gradas, lo cual no está permitido. Serena, frustrada ante un mal partido en el que se mostraba incapaz de entrar en ritmo y tremendamente errática con su servicio, incapaz de digerir como el triunfo se le escapaba entre las yemas de los dedos, saltó a la yugular del colegiado. “¡Yo no hago trampas para ganar, prefiero perder!”, vocifero con ansia mientras el respetable se sumía en un profundo silencio para luego aplaudir efusivamente a su ídolo.
Serena fue amonestada, dado que recibir instrucciones (coaching en el argot) de un técnico no está permitido en el tenis. Momentos después, visiblemente afectada, Williams perdió su saque y lanzó con furia la raqueta al suelo rompiéndola con un golpe seco. En ese instante, Ramos, apelando al reglamento, amonestó por segunda vez a Serena. Fuera de sí, Williams se acercó a Ramos y le volvió a espetar a grito pelado: “¡Me debes una disculpa, yo no hago trampas! El juez de silla aguantaba estoicamente, hasta que Serena volvió a la carga: “Atacas mi personalidad, eres un mentiroso, no volverás a subirte a otra silla. Di lo siento y no me hables porque también eres un ladrón, me has robado un punto”.
Todo esto sucedía mientras Osaka aguantaba impertérrita al otro lado de la red jugueteando con su raqueta y bajando la cabeza al suelo. Minutos después el partido se puso en marcha y la atmósfera cambió por completo. El público, ya por si volcado con Serena, la tomó con Naomi, quien que a partir de entonces comenzó a ejecutar errores con golpes fáciles. Durante el cuarto juego de ese segundo set perdió por vez primera en el partido su saque ante el estallido de júbilo neoyorquino.
Pero si Osaka estaba tocada, no lo estaba menos Williams. Serena también estaba realizando malos golpes y pronto perdió su saque, por lo que Osaka recuperó la ventaja. A partir de entonces la japonesa recuperó el mando (4-3) mientras que Serena seguía escupiendo sapos y culebras ante Ramos entre punto y punto. Tras una doble falta, Serena volvió a perder los estribos y llamaba mentiroso a Ramos mientras gritaba: “Yo soy madre y nunca he hecho trampas”. Fue entonces cuando Ramos levanto la mano, se acercó al micrófono y amonestó a Serena con un punto menos en el partido por abuso verbal del juego. Del 4-3 para Osaka, al 5-3 para la japonesa. Sin más dilación, con dedo índice hacia el infinito, Serena volvió a gritarle al juez de silla portugués: “Me hacen esto porque soy una mujer, entiendo las reglas, pero esto no es justo. Muchos hombres dicen cosas a los jueces y no pasa nada. ¿Me va a quitar el juego por ser una mujer?”.
Con 5-4 para Osaka y punto de partido para la japonesa, Serena explotó definitivamente y unas lágrimas asomaron por sus mejillas mientras volvía a llamar mentiroso a Ramos. Impasible, el juez de línea volvió a amonestar a Serena ante la incredulidad y los abucheos del respetable. Completamente ida, Serena exigió que se presentase el máximo responsable de la WTA mientras los abucheos del público se tornaban en amenazas veladas.
Al mismo tiempo Osaka esperaba. Se giraba de espaldas y con la cabeza agachada aguardaba acontecimientos.
No se sabe bien como, el partido se reanudó y Osaka puso el sello a su victoria final que le daba su primer título de Grand Slam por 6-2 y 6-4.
«Cuando abracé a Serena me sentí como una niña pequeña otra vez», dijo Osaka, tras recibir el abrazo de la más grande y recibir su trofeo como campeona.
Bonitas palabras para la posteridad. Nada más lejos de la realidad.
Los abucheos a Osaka no cesaron desde el fin del partido. La ceremonia de entrega de trofeos se realizó con vítores a Serena y sonora pitada a la japonesa. Fue entonces cuando Osaka explotó. Toda la tensión acumulada hizo su aparición y comenzó a llorar como una magdalena.
Desgarrada por el dolor y consciente de que su comportamiento había perjudicado a quien no tenía culpa, Serena decidió intervenir y salir en defensa de su oponente: “¡No más abucheos, por favor! ¡Felicitaciones para Naomi!”, exclamó desde el centro de la pista. Llorando, Osaka veía como los abucheos poco a poco se tornaban en aplausos.
Osaka y Williams
Ese fue el inicio del fin. Aquella frustrante victoria dejo tocada a Naomi de por vida y ella misma ha confesado que el inicio de sus problemas de salud mental comenzaron esa tarde en Nueva York. Serena nunca pudo ganar su vigesimotercer Grand Slam y, aun hoy, retirada, defiende que fue víctima de un juez de silla sexista.
Lo cierto es que multitud de tenistas y comentaristas defendieron a Serena. Si bien es cierto que Ramos cumplió a rajatabla con el reglamento y que el portugués está considerado uno de los árbitros más estrictos del circuito profesional, también lo es que los improperios y las salidas de tono en los partidos masculinos suelen pasarse más por alto que en el circuito femenino. No obstante, aun dando la razón a Williams, esos mismos expertos consideran que todo fue fruto de la frustración de Serena al ver que no tenía opción de derrotar a Naomi. Frustración, que, sin ella esperarlo, tuvo unos daños colaterales que aún no han sido solucionados.
“Ha hecho que gente que nunca había oído hablar del tenis entre en este deporte. Creo que soy un producto de lo que ella ha hecho”. Naomi Osaka sobre Serena Williams.
“Lo siento por Naomi. No todos somos iguales, yo soy gorda, otras personas son delgadas. Todos son diferentes y todos manejan las cosas de manera diferente. Solo tienes que dejar que lo maneje de la manera que quiera y de la mejor manera que ella piense. Ella puede. Eso es lo único que puedo decir. Soy su mayor fan”. Serena Williams sobre Naomi Osaka.
Verano de 1996. East Rutherford. Quincuagésima cuarta edición del Draft de la NBA. Con el fin de garantizar una liga competitiva, evitando grandes desequilibrios entre los equipos participantes, en 1947 se introdujo en la NBA el sistema de draft. Cada verano, los equipos, en orden de peor a mejor clasificación (con ciertos matices que no vienen al caso), elegirían a los jugadores interesados en entrar en la NBA. La tradición dicta que los designados procedan del sistema universitario norteamericano, pero, desde finales de los 90 el draft, progresivamente, se ha abierto al mercado internacional.
Ese año el mejor jugador elegible en el draft era un chico de 17 años. Su nombre era Kobe Bean Bryant.
La norma dictaba que todo jugador que se presentase al draft debía haber acudido a la universidad o haber contado con contrato profesional fuera de Estados Unidos. Mas en 1995 se abolió esa norma permitiendo que las estrellas de instituto saltasen directamente al draft de la NBA. Minnesotta Timberwolves había apostado por un tal Kevin Garnett en el puesto número 5 y el resultado había sido discreto, pero también prometedor. Solo en el tramo final de esa primera temporada se llegó a vislumbrar lo que Garnett podía llegar a ser.
Así que el dictamen de los expertos era claro. Esos chicos eran potenciales estrellas, pero tardarían años en desarrollar ese potencial. Los dueños de los clubes tenían miedo de elegir a un jugador tan joven solo para dedicarle años de maduración y cuidados con el riesgo de que se marchara después, en cuanto fuera agente libre y justo cuando estuviera alcanzando su primer pico de máximo rendimiento. Eran hipotecas a medio y largo plazo. Y en el deporte profesional solo existe el corto plazo. La NBA era lugar para hombres curtidos, formados y musculosos. Y mucho más en los 90 donde el baloncesto ultradefensivo era el predominante. No. No era lugar para chavales que aún no tienen permiso para beber una cerveza.
Kobe Bryant era fantástico. Un extraordinario escolta con un irrefrenable deseo de ganar. Pero era un saco de huesos con muelles en los pies. Si alguna franquicia quisiese apostar por un ‘wonder boy’ lo haría por uno alto y engreído, capaz de hacerse fuerte en la zona y dominarla con su cuerpo. Garnett cumplía de largo con esa definición. Moses Malone lo había hecho ganando tres MVP de la NBA. Malone, una fuerza de la naturaleza de 206 centímetros, había renunciado a ir a la universidad en 1974 y, tras dos años de profesional en la ABA, había entrado en la NBA por la puerta grande en 1976 erigiéndose en buque insignia de los Houston Rockets. Pero Malone, al igual que Kevin Garnett, eran pívots. Y Kobe era un escolta.
En ese torbellino habitual de juegos psicológicos que es el draft todos los ojeadores admitían que el mejor era Bryant. Y no sólo era el talento. Había algo más. Para acceder a la División I de la NCAA se requerían unas notas de elegibilidad académica que muchos no tenían. Es cierto que se hacían trampas, pero ni las universidades más permisivas podían ocultar lo imposible. Así que muchos jugadores se iban a Europa durante un año a ganar dinero antes de presentarse al draft de la NBA. Garnett, horripilante estudiante, había roto con ese modelo de acción y no le había ido del todo mal.
No era el caso de Bryant. Kobe era un estudiante modélico, pero no quería ir a la universidad. Sencillamente su objetivo, su único objetivo, era la NBA. No sólo era un voraz anotador, Kobe era inteligente y competitivo, con soberana capacidad de concentración, con la expresa idea de ser el mejor, un ego desmedido y, en tiempos de ropas anchas y cadenas de oro, vestía siempre con traje y corbata. No sólo impresionó a los ojeadores, también a los psicólogos.
Pero tenía 17 años. 17 malditos años. Todas las franquicias admiran sus condiciones, no obstante tan sólo tres están interesadas en contratarlo.
Bryant a los 17
La primera es Philadelphia 76rs. Kobe Bryant es de Philadelphia. Había abandonado el instituto Lower Merion como el máximo anotador de su historia superando a Wilt Chamberlain y había sido escogido en el quinteto ideal sub-18 de Estados Unidos. Además, Joe Bryant, padre de Kobe, había tenido una sólida carrera como suplente en los 76rs. Kobe era el ídolo local y la elección se tornaba en lógica. Sin embargo, los 76rs contaban con la primera elección del draft y sería un suicidio dársela a un chaval de 17 años. La elección lógica era la de Allen Iverson, estrella de la Universidad de Georgetown, capaz de masacrar al rival a golpe de fintas y canastas o de sofocarlo con defensas extenuantes. Era un proyecto hecho y derecho.
El siguiente en la lista son los New Jersey Nets. Tienen la elección número 8 y buscan un jugador exterior. Kobe Bryant encaja con el modelo. Además, los Nets pertenecen al gran mercado de la ciudad de Nueva York, la cual es urbe relativamente cerca de Philadelphia, por lo que los padres de Bryant aplauden con las orejas la idea. Sin embargo, los Nets cuentan con nuevo entrenador. Se trata de John Calipari, afamado técnico universitario, que afronta su primera aventura profesional en la NBA. A Calipari le gusta Bryant, pero sabe que tiene que ganar desde el primer día. Tiene dudas sobre el tiempo que necesitará para que Kobe pase al siguiente nivel.
El otro equipo interesado es Los Ángeles Lakers. Su director deportivo entonces es Jerry West, logo de la liga y quizás el mejor escolta de la historia de la NBA hasta la aparición de Michael Jordan. West decide montar un entrenamiento secreto en Los Ángeles para Bryant. Será un uno contra uno. Cita a Michael Cooper, fenomenal defensor ya retirado de los Lakers que acaba de cumplir 40 años. Bryant lo humilla y West lo tiene claro. “Es mejor jugador que cualquiera de los que tenemos actualmente en la plantilla”. Los Lakers irán a por Kobe Bryant.
El problema es que los Lakers no tienen una elección alta en el draft. No escogen hasta el puesto 24º y es harto complicado que Bryant caiga a cifra tan baja. Es seguro que los Nets (8º) lo escogerán, pero si los de New Jersey se echasen atrás, había más candidatos. Los Sacramento Kings (14º) y los Phoenix Suns (15º) buscan jugadores exteriores y no tienen urgencia por ganar. Si Bryant está a tiro, lo escogerán. Y mucho más cuando escuchen que el gran Jerry West apuesta por Kobe. Las dudas de los Nets y de Calipari desaparecerán cuando el gran tótem de los Lakers de su visto bueno al prometedor adolescente.
Para enrevesar más el asunto, Kobe Bryant necesitaba imperiosamente ser seleccionado entre los quince primeros del draft de la NBA. Arn Tellem, su agente deportivo, había negociado un fabuloso acuerdo de patrocinio de un millón de dólares con Adidas que sólo se haría válido si Bryant estaba entre los quince mejores. Joe y Kobe Bryant se habían lanzado a un precipicio sin red. Al padre le habían ofrecido el cargo de entrenador asistente de la Universidad de La Salle sólo para captar a su hijo. Rechazarlo significaba también perder su puesto de trabajo. Duke, North Carolina o UCLA también cortejaron a Kobe, pero fue en vano. No habría carrera universitaria. Pero el plan, el atajo para ir a la NBA, dependía de ser elegido entre los quince primeros.
Si los Lakers quieren a Kobe Bryant tendrán que hacer magia.
West y Bryant en 2010
Llega así la noche del draft. El talento presente es tremendo. No en vano el paso del tiempo lo dictará como uno de los mejores drafts de la historia. Como está cantado en el primer puesto Philadelphia escoge a Allen Iverson. Los siguientes puestos también son secretos a voces y son para jugadores que acabaran siendo campeones de la NBA (Ray Allen y Antoine Walker), All-Stars (Stephon Marbury y Abdur-Rahim) y también un mejor defensor de la temporada (Marcus Camby).
La séptima posición del draft es para Los Ángeles Clippers, el segundo equipo de la ciudad californiana.
Los Ángeles. Y aquí conviene hacer un inciso.
Arn Tellem, el agente del joven Bryant, tiene un acuerdo con Sonny Vaccaro. ¿Quién es Vaccaro? El hombre que en nombre de Nike había convertido a Michael Jordan en una mina de oro. Vaccaro acababa de lanzarle un órdago a Nike en forma de subida de sueldo y, rechazado, se había ofrecido a Adidas. Y Vaccaro sabía que su Jordan era Kobe. El Jordan de Adidas. Vaccaro era consciente de que no bastaba con meter canastas, había que vender, vender y vender. Y no existe mejor mercado para el capitalismo que California. Tellem y Vaccaro lo tienen claro. Kobe Bryant tiene que irse a Los Ángeles.
Pero no. Los Clippers prefieren ir a lo seguro. Son el eterno perdedor de la NBA y la mofa del resto de equipos. Podrían echarle bemoles y romper el mercado, pero el miedo es mucho mayor. No van a elegir a un chaval de 17 años y convertirse en el hazmerreír del mundillo. Y Kobe opina lo mismo. Él es un ganador y no piensa irse a un equipo perdedor.
Así que los Clippers seleccionan a Lorenzo Wright, un correcto pívot de 2’11 que hará una consistente pero discreta carrera en la NBA.
Llega la elección número 8.
El draft de la NBA tiene su aquel. En las primeras elecciones, entre una y la otra, hay un receso de tiempo. Y mientras hay llamadas. Muchas llamadas. Que yo te cambio mi puesto por esto y lo otro. Que yo te vendo a fulanito si tú me dejas elegir a menganito. Es en el último momento cuando el director deportivo del equipo llama al comisionado de la NBA para decirle el nombre del escogido. Hasta entonces muchas cosas pueden suceder.
La mañana del draft tiene lugar una última sesión de contacto con los jugadores. Unas postreras impresiones. Esa mañana Kobe Bryant rechazó reunirse con los representantes de los New Jersey Nets. También con los de Sacramento Kings y con los de Charlotte Hornets. Esa mañana Sonny Vaccaro llamó a Calipari y la amenaza fue clara: “Tengo un acuerdo con los Lakers, si tú y tu equipo lo estropeáis, lo lamentaréis”.
Kerry Kittles
Y hubo algo más. Arn Tellem y David Falk eran los representantes del momento. ¿Quién era David Falk? El representante de más de 100 jugadores…entre ellos Michael Jordan. Falk llevaba los asuntos de Kerry Kittles, un escolta de la universidad de Villanova, área cercana a Nueva Jersey, y donde Kittles quería jugar a toda costa. Kittles era un gran escolta, mejor en esos momentos que Bryant (luego, años después, diría que había compartido entrenamientos con Kobe aquel verano y que si él hubiese sido el dueño de una franquicia habría apostado por Bryant sin dudarlo) por lo que era una buena elección. Falk usó su poder de convicción (o sus dotes de mafioso, como ustedes prefieran enfocarlo) para advertir a los Nets de que, en caso de no escoger a Kittles, se olvidasen de seguir haciendo asuntos con sus negociados.
Llegamos entonces al momento de la elección. Se produce entonces una llamada. Los Lakers ofrecen el traspaso de Vlade Divac, su entonces pívot titular, a cambio de los derechos de la elección de los Nets. Los Nets rechazan el acuerdo. No se van a desprender de su número 8. Ellos necesitan un escolta. Pero todas las tácticas intimidatorias surten efecto.
Los New Jersey Nets escogen a Kerry Kittles con el número 8 del draft de la NBA de 1996. Será titular en las dos finales de la NBA que los Nets jugarán y perderán en 2002 y 2003. Una de ellas contra los Lakers. En aquella final Kittles promedió 12’1 puntos. Kobe Bryant 26’6 dianas. Kittles se retiró en 2005. El año de su retirada Bryant anotó 27’6 puntos por partido. Aun jugaría once campañas más.
Llega entonces el momento de tomar decisiones erróneas. Las siguientes franquicias solo buscan pívots. Y lo que hay no es gran cosa. Samaki Walker, Erick Dampier, Todd Fuller y Vitaly Potapenko. Cuatro jugadores prescindibles de la mente de cualquier persona sea o no sea aficionado al baloncesto. Llegamos pues a la elección número 13. Pertenece a Charlotte Hornets.
Los Hornets también quieren un pívot. Y no hay mucho donde escoger. Y ahí es donde Jerry West debe hacer magia. Hace el mismo ofrecimiento que le había hecho a los Nets. Sacrifica a su pívot titular a cambio de la elección número 13. Su objetivo es evitar que se llegue a la siguiente elección, la número 14, la de los Sacramento Kings, porque los Kings sí que quieren a Kobe Bryant.
Los Hornets aceptan. Y no es mala decisión. Divac forma parte del estrellato de la NBA. Es uno de los primeros jugadores europeos en triunfar al otro lado del Atlántico. Los Hornets pasarán de no clasificarse para playoffs a sumar 54 victorias y plantarle cara a Knicks y Bulls en la lucha por el título. Pero eso se sabrá después. Divac amenazará con volver a Europa si se consuma su traspaso a los Hornets, aunque al final acabará dando su brazo a torcer. En 1998 firmará por los Kings donde se convertirá en leyenda junto a su compatriota Peja Stojakovic, escolta escogido en el puesto 14, justo después de Kobe Bryant, en el draft de 1996.
Así pues, los Charlotte Hornets seleccionan a Kobe Bryant con el número 13 del draft de la NBA de 1996. Bryant se hace la foto con la gorra de los Hornets e inmediatamente después se venden sus derechos y se convierte en jugador de Los Ángeles Lakers.
Bryant 13ª Charlotte Hornets
Como Ray Allen o Antoine Walker, Peja Stojakovic también fue campeón de la NBA. Steve Nash (dos veces MVP), Jermaine O’Neal o Zydrunas Ilgauskas fueron los otros jugadores que fueron All-Stars. Junto a los de 1984 y 2003, el draft de 1996 forma parte del pódium de las mejores camadas de baloncestistas de todos los tiempos. Todos los citados fueron grandes jugadores, pero ninguno alcanzó ni por asomo los éxitos y el legado de Kobe Bryant, campeón de la NBA cinco veces con los Lakers, MVP de la NBA y 18 veces All-Star.
“No te lo vas a creer, Jerry, pero te he conseguido al mejor jugador de este draft”. Jerry West en conversación con Jerry Buss (propietario de los Lakers) tras hacerse con los derechos de Kobe Bryant.
Cuando la primavera muere y el verano acecha los playoffs de la NBA alcanzan su esplendor. Los playoffs son una figura deportiva intrínseca a la mentalidad norteamericana y, aunque para nosotros está asociada al baloncesto, los encontramos en cualquier otro acontecimiento deportivo con sello estadounidense. Sea fútbol americano, béisbol o hockey, las eliminatorias para decidir al campeón otorgan drama a un espectáculo ya de por si agonístico.
La existencia de los playoffs se remonta al inicio del deporte. La vasta extensión de Estados Unidos y Canadá hizo obligatorio dividir por territorios a los distintos equipos profesionales de ambos países. Las divisiones comarcales no permitían establecer un campeón nacional y se antojaba imposible instaurar una liga que cubriese semana tras semana los más de 4.000 kilómetros de distancia entre la Costa Este y la Costa Oeste de Norteamérica.
La solución consistió en dividir Estados Unidos por divisiones geográficas. Cada división en la NBA (hoy son seis) contaría con unas franquicias (hoy son cinco) que se enfrentarían entre ellas para lograr un primer puesto que les permitiese disputar unos playoffs por el título contra otros campeones de división. Al hacer esto se reducen los costes de los viajes y se gana en intensidad y dramatismo.
Choca esto con la mentalidad del Viejo Continente. El deporte europeo se basa en tres tipos de resultados: victoria local, empate y victoria visitante. De igual modo, cuando existe un torneo de eliminatoria directa se establece un sorteo. Dicho sorteo funcionaba como una lotería donde el azar hacía su aparición. Solo en tiempos modernos e, influido por la tendencia estadounidense, se establecieron los condicionantes y los cabezas de serie. En el Nuevo Continente toda liga sirve como un proceso de selección natural en el que los mejores se clasifican para un torneo final eliminatorio donde los cabezas de serie se eligen por el porcentaje de victorias.
En la opinión del que escribe esta diferencia radica en el concepto de justicia. Para un europeo el resultado de una liga regular demuestra quien ha sido el mejor a lo largo de un recorrido, quien ha sido el más fuerte a lo largo de una temporada. Esto implica que los mejores ganarán, pero, por un sentido de justicia y caridad, deben existir otros torneos donde el débil tenga su oportunidad. En las eliminatorias (copas) el azar sirve como balanza de la justicia que demuestra que, aparentemente, todos somos iguales. Es como el pan de los pobres que mantiene la ilusión de la felicidad.
Para un estadounidense no existe sentido de la justicia que pueda hacer creer que los últimos clasificados de una liga merezcan tener alguna opción de victoria. Sin embargo, crean ligas que irremediablemente cuentan con ‘playoffs’ por el título para demostrar que la justicia es igual para todos. Los mejores siempre parten con ventaja, pero deben demostrarlo, tanto a la larga como en las distancias cortas. Aquí el que manda juega con las cartas marcadas, pero siempre tiene que jugar. La justicia es igual para todos. La incertidumbre del resultado, y he aquí el quid de la cuestión, es mayor en el deporte norteamericano, aunque la sensación para el aficionado es que es mayor en el deporte europeo.
Al principio las series de playoffs estaban reservadas a cuatro equipos. El meollo del deporte norteamericano se concentraba en las 13 colonias originales y se extendía más allá de los Apalaches hasta los Grandes Lagos. Por el medio la nada, pero a lo lejos, muy a lo lejos, quedaba el interesantísimo mercado de California. La pujanza de ciudades como San Francisco y Los Ángeles y la expansión de los vuelos comerciales obligaron a crear la Conferencia Este y la Conferencia Oeste y dividir el pastel en dos mitades.
De este modo, los equipos de una misma división juegan cuatro veces entre ellos, entre tres o cuatro veces contra otras divisiones de una misma conferencia y dos veces al año contra los de otra conferencia para completar un total de 82 partidos de liga regular de la NBA. Por poner un ejemplo, los Boston Celtics juegan cuatro veces por temporada contra los New York Knicks (350 km de distancia), tres o cuatro contra los Chicago Bulls (1.500 km de distancia) y dos veces frente a Los Ángeles Lakers (4.800 km de distancia). Dado que los Celtics optan a enfrentarse a Knicks o Bulls en playoffs, el número de desafíos puede llegar hasta la decena en una temporada. Mientras, Celtics y Lakers sólo podrían ampliar sus duelos en una hipotética final de la NBA. Este sistema fomenta las rivalidades regionales y hace mucho más interesantes y especiales los duelos contra equipos de otras latitudes.
Si bien la división geográfica ha variado con el paso del tiempo, lo que nunca lo ha hecho es el número de partidos para decidir el campeón. Son más de 75 temporadas desde del nacimiento de la NBA y son los mismos años del alumbramiento del ‘game seven’, las dos palabras más hermosas del deporte norteamericano. Si bien las primeras rondas llegaron a jugarse al mejor de tres o de cinco encuentros, el choque decisivo por el título siempre se ha decidido al mejor de siete partidos.
Desde 2003 las cuatro rondas (primera ronda, semifinales de conferencia, finales de conferencia y finales de la NBA) se juegan al mejor de siete, por lo que cada año tenemos hasta 15 opciones diferentes de llegar a un séptimo partido. Todas las franquicias de la NBA han jugado un ‘game seven’ y los Celtics, como no, tienen el récord de triunfos en el instante decisivo. Michael Jordan sólo jugó tres ‘game seven’ y ninguno de ellos en las finales de la NBA. Lebron James se llevó el título en 2016 tras remontar un 1-3 por vez primera en la historia tras un agónico séptimo partido. Y Bill Russell jugó diez y ganó los diez, incluyendo el séptimo partido de la final de 1957 que los Celtics ganaron a los Hawks tras dos prórrogas, hecho inaudito hasta la fecha.
Russell, el señor de los anillos
Las rondas de playoffs al mejor de siete encuentros se juegan en formato 2-2-1-1-1 siendo los dos primeros partidos en casa del mejor clasificado y el último, si fuese necesario, también. Entre 1984 y 2013 el formato de las finales NBA cambió a 2-3-2 emulando el usado en la NHL (hockey sobre hielo), para luego recuperar el tradicional. Se dice que ganar el tercero es clave y que el que se pone 3-2 a favor en el quinto es virtual campeón. La estadística también confirma que un 2-0 o un 3-1 es definitivo, aunque el deporte vive de la épica. Y la épica nace al quebrar lo cotidiano.
Nunca un equipo ha remontado un 0-3 en contra. Existen un par de casos en la NHL, pero ninguno en la NBA. Tan solo existen tres casos de un 0-3 que se convirtió en un 3-3 para acabar muriendo en el séptimo decisivo. Una serie entre Jazz y Nuggets en 1994, otra entre Mavericks y Blazers en 2003 y la final de la NBA de 1951 cuando los Knicks remontaron a los Rochester Royals (hoy Sacramento Kings) para claudicar en un doliente ‘game seven’.
Aquella de 1951 fue la primera final de la NBA decidida en un ‘game seven’. Hasta la fecha, 19 campeones se han decidido en el definitivo ‘win or go home’. Icónica fue la victoria de los Knicks con un Willis Reed a lo Cid Campeador en 1970, la victoria de Bird contra Magic en 1984 o el último Lakers-Celtics en 2010. Pero nada igual como la ya comentada remontada de los Cavaliers de Lebron en 2016 ante Golden State Warriors que aquel año había logrado el récord de victorias en temporada regular (73-9).
Aunque a Europa le costó en un principio, los playoffs pronto se convirtieron en norma en el baloncesto FIBA. No sólo en el baloncesto, sino también para el béisbol o el hockey sobre hielo, éste último con abundantes seguidores en Europa del Este. Para los deportes creados en la vieja Europa los playoffs no son una opción. Alguna liga de fútbol menor como la belga los usa sin demasiado éxito y en las ligas mayores ni se plantea. Hubo un intento a mediados de los 80 en España que acabó con la paciencia de hasta los más calmados y que posee materia para un largo artículo.
Sin embargo, el problema de las distancias no es ajeno a Europa. Las primeras competiciones deportivas (pongamos por caso el fútbol) se disputaban en torneo de copa ante la imposibilidad de cubrir grandes distancias semanales para implantar una liga. Inglaterra, pequeña e industrializada, pronto lo solucionó gracias al ferrocarril, pero países como España o Italia tardarían décadas en remediarlo. Incluso la avanzada Alemania tuvo que esperar a los años 60 para implantar una liga nacional tras la barbarie de la II Guerra Mundial y las diferentes disputas regionales de los länders.
A diferencia de los playoffs donde el vencedor lo es tras ganar un número determinado de partidos (hay ligas de baloncesto como la turca que juegan al mejor de siete pero lo normal en Europa es jugar al mejor de cinco y en algunos casos al mejor de tres), la solución europea fue implantar el sistema de ‘knockout’. El formato copero de ida y vuelta garantiza beneficios de taquilla en cada estadio y minimiza al máximo los gastos de desplazamiento. En competiciones europeas se sigue utilizando el mismo formato ya bien andado el siglo XXI.
El problema es que si bien en un sistema de playoffs la victoria o la derrota de un equipo es igual de válida sea en el último segundo o se consume una paliza de proporciones bíblicas, en el ‘knockout’ una amplia victoria en el partido de ida deja en la intrascendencia el de vuelta. Para ello se inventó la final en campo neutral, en una suerte de ‘game seven’ decisivo. Y aquí fue Estados Unidos quien copió a Europa creando para el fútbol americano, su deporte estrella, la Super Bowl, un binomio que, como el ‘game seven’, está lleno de encanto, presión, ardor, épica y héroes que nacen e historias que mueren.
Bobby Jones tenía entonces 19 años. Era la primera vez que estaba en Saint Andrews, camino de las Tierras Altas de Escocia. Iba a participar en el British Amateur, uno de los cuatro grandes. En esa época había una clara distinción entre golfistas amateurs y profesionales. Los dos grandes torneos eran el US Open y el British Open. Eran torneos abiertos donde podían competir los que se tomaban el golf como diversión y los que lo usaban como medio de vida. Los otros dos grandes en tiempos de Bobby Jones eran el British Amateur y el US Amateur. Jones ganó los cuatro en 1930. Sigue siendo el único golfista de la historia capaz de completar el Grand Slam en el mismo año. Después estos dos torneos amateurs, aun en funcionamiento, fueron sustituidos en la cúpula del golf por el PGA Tournament y por el Masters de Augusta. Éstos dos últimos, junto al US Open y al British Open, forman en la era profesional el Grand Slam. Pero esa es otra historia.
Volvamos a 1921.
Decía que Robert ‘Bobby’ Tire Jones contaba entonces con 19 años. Jones había encandilado al público durante las dos primeras vueltas. Era la primera vez que el georgiano cruzaba el charco, pero su fama le precedía. Con 14 años había llegado a liderar el US Amateur, aunque los nervios le traicionaron en los hoyos finales dejando el triunfo para un futuro no muy alejado en el tiempo. Aquel día estaba en el campo un tal Grantland Rice, uno de los primeros mandamases del periodismo deportivo, que calificó a aquel niño como ‘potro desbocado’ capaz de obtener lo que quisiera si controlaba sus nervios. Pero Jones, tan genial como insensato, no solo tenía clase, sino que enamoraba al público. Sonreía a diestro y siniestro, se paraba a tomar un refresco u ofrecía chicle a sus descolocados rivales, patidifusos ante un comportamiento tan impropio de un deporte tan rígido como el golf.
El caso es que en 1921 Bobby Jones ya era un hombre hecho y derecho. Tenía el British Amateur a sus pies, pero un vendaval de aire propio de Escocia lo sumió en el fango y hubo que abandonar el liderato de la prueba. Pese a que Jones aún optaba al título, la serie de catastróficas desdichas prosiguió en el hoyo 10, de donde salió con un aparatoso doble bogey (es decir, dos golpes por encima del par del hoyo), y continuó en el hoyo 11, donde la bola se fue a la arena. Cuatro veces lo intentó y las cuatro veces la pelota, terca, volvió hasta su ser. Explotó entonces Bobby Jones. Cogió la bola, la guardó en el bolsillo, rompió la tarjeta de juego donde apuntaba sus golpes y la tiró al río para que la corriente del Mar del Norte hiciese el resto del trabajo. Los escoceses no daban crédito. Nadie abandonaba nunca un torneo de golf, y muchos menos en Saint Andrews. Era como escupirle a tu madre en la cara. Lo de potro desbocado fue lo más bello que le llamaron. Fue como Jesucristo en la cruz. Humillación tras humillación. El escarnio al que fue sometido Jones fue diabólico.
Nunca más volvería a pasar.
Bobby Jones se iba a convertir en el epitome de la caballerosidad, la educación y el buen comportamiento. Bobby Jones iba a ser el mejor jugador tanto dentro como fuera de un campo de golf. Iba a establecer una forma de ser imitada y venerada con el paso del tiempo.
Bobby Jones
Bobby Jones nunca llegó a jugar de forma profesional porque nunca quiso. Se retiró a los 28 años. Ganó el British Amateur (1930), el US Amateur (1924, 1925, 1927, 1928 y 1930), el US Open (1923, 1926 y 1930) y el British Open (1926, 1927 y 1930). Luego, tras ese año 1930 perfecto, se retiró. Tras librar una batalla contra sus impulsos, Bobby Jones encarnó la perfección. Todas sus victorias fueron exquisitas. Todas sus derrotas fueron legendarias. Se cuentan por varias las veces que renunció al triunfo por considerar que no se había comportado de forma correcta. “El golf competitivo se juega en un campo de unos quince centímetros. El espacio que separa tus orejas”, diría en cierta ocasión. Era un caballero, y los caballeros no cobran por jugar. Así que decidió poner fin a su exitosa pero corta carrera.
Y decidió dedicarse a otra cosa.
Bobby había sido un niño enfermizo. A su padre, un reputado abogado de Atlanta, le recomendaron que su hijo practicase deporte para fortalecerse. Así nació la pasión de Bobby por el golf. Con seis años ganó su primer torneo y de adolescente jugaba partidos de exhibición para recaudar fondos para las tropas norteamericanas que combatían en los campos de Europa durante la I Guerra Mundial. Luego, entre victoria y victoria, tuvo tiempo de sacarse dos carreras; una en ingeniería mecánica, otra en literatura inglesa, además de hacer un máster en derecho para unirse al bufete de abogados de su padre.
Cuento todo ello porque Bobby Jones, además de gran deportista, era inteligente y aplicado. Y vivía bien. Muy bien. Por ello no quiso hacerse profesional. Por eso entendía el golf como un pasatiempo. Pero era un pasatiempo caro. Costoso y elitista.
Y Bobby Jones estaba decidido a hacerlo democrático.
En septiembre de 1930, un mes después de su última victoria, Bobby Jones se hizo profesional. Mas su intención no era competir, sino diseñar. Lo primero que hizo fue entablar conversaciones con la empresa de material deportivo Spalding. Les presentó el diseño de unos palos de golf con varillas de acero emparejadas. Hasta entonces los palos eran de madera y aquello era revolucionario. Tuvo tal éxito que aquel juego de palos se mantuvo como el favorito de los profesionales hasta bien entrada la década de 1970.
Su siguiente objetivo fue convertir al golf en una causa popular. Y comprendió con tino como hacerlo. Era entonces la era dorada de Hollywood. Los actores eran nuevos ricos deseosos de obtener estatus social, pero también eran iconos sociales de renombre. A diferencia de empresarios, políticos o gente de alta alcurnia, los actores eran millonarios bien vistos por la sociedad. Gente sencilla a la que admirar e imitar. Jones supo ver más allá y comprender que convertir Hollywood en un campo de golf aumentaría en miles de personas los aficionados de un deporte considerado elitista.
Asociado con Warner Brothers, Bobby Jones apareció en un total de 18 cortos y largometrajes de carácter instructivo en los que tenían protagonismo algunos de los actores y actrices más famosos del momento. Los cortos se emitían en los cines justo antes de la emisión de otros largometrajes de la Warner bajo un sencillo y efectivo eslogan: “Los posibles golfistas del país pueden recibir las instrucciones de Jones por el precio de una entrada de cine”.
Pero la gran obra de Jones iba a ser otra. Durante años buscó una propiedad hasta que su amigo Clifford Roberts dio con ella. Se trataba de una plantación de añil situada en Augusta, Georgia, de donde era su suegra. Donde antiguamente se recogía flor para el tinte de ropa ahora yacía abandonada una inmensidad de tonos verdes. Bobby Jones puso 70.000 dólares para comprar la propiedad y convertirla en un campo de golf. Era 1933.
Un año después nació el Masters de Augusta. Con el tiempo el mejor torneo de golf del planeta.
Jones, conjuntamente con Roberts, concibió innovaciones que pronto fueron imitadas por el resto de torneos. Apostó cuerdas para controlar el flujo de multitudes y separar a golfistas de público. Instaló marcadores en todos los puntos clave del campo a los que añadió colores rojos y verdes para indicar puntajes por encima y por debajo del par. Creó un sistema de invitaciones internacionales para traer al torneo a golfistas de otras partes del planeta y se ofreció gratuitamente a las incipientes televisiones para darle cobertura al evento. Instituyó también el patrocinio y los pases VIP con los jugadores para obtener mayores ingresos.
Jones y Roberts
El campo es único. Todas sus distancias son milimétricas y se miden de cero a cinco. El recorrido es siempre el mismo, algo nada habitual en los torneos donde se hacen cambios en los green o reformas en los hoyos. Aquí no. Aquí los 18 hoyos son inalterables. Los hoyos están todos engalanados con numerosas flores que esperan pacientemente su turno en invernaderos y que son retiradas una vez fenece el torneo. Se dice que es un homenaje de Jones al antiguo valor que tenía aquella plantación. Las flores también rodean los búnkeres, los cuales no son de arena, sino partículas de cuarzo procedentes de las minas de Georgia.
En el Masters de Augusta no se puede correr, ni tomar el sol, ni sentarte en la hierba (hay bancos para ello). Tampoco se puede llevar la gorra del revés, ni dar propinas, ni enseñar la marca de tu ropa de manera visible ni llevar tu propia bebida. Son todo normas anacrónicas, pero son todo normas que casan con la idea de caballerosidad, elegancia y estilo que implantó Bobby Jones allá por 1934.
Augusta
Pero si hay algo que distingue al Masters de Augusta es su chaqueta verde. Su túnica sagrada. Los socios del Augusta National Golf Club ascienden a 300. Ni uno más ni uno menos. Solo cuando fallece uno puede acceder otro. A estos hay que añadir a los ganadores del torneo, que automáticamente forman parte del club y pueden jugar allí siempre que lo deseen. Jones y Roberts decidieron que los socios vistiesen una chaqueta verde como símbolo de distinción. Inicialmente la idea era que los socios pudieran ser claramente identificados durante la celebración del Masters cuando, en sus primeras ediciones, recibían exclusivamente un público selecto, de este modo, si alguien necesitaba orientación o asistencia, sabía a quien tenía que dirigirse. La idea fue copiada por Bobby Jones del Royal Liverpool Club Golf cuando asistió a una cena donde los capitanes de campo llevaban americanas a juego, para ser fácilmente identificables por los demás asistentes.
Así la chaqueta verde fue acumulando valor hasta que, en 1949, década y media después de la fundación del Masters de Augusta, Bobby Jones decidiese entregar una chaqueta verde al vencedor anual. Fue Jones quien adjudicó esa primera chaqueta y desde entonces es el vencedor destronado el responsable del acto de entrega al nuevo ganador. Hoy la ceremonia, televisada, se realiza dentro de las instalaciones del torneo y luego al aire libre frente a patrocinadores y público asistente.
La chaqueta solo puede ser usada dentro de las instalaciones del Masters, por lo que nadie puede llevársela como souvenir o como trofeo. La excepción se da entre aquellos que cuentan con más de una chaqueta, caso del español Severiano Ballesteros, pero siempre conservándola de forma privada y jamás vistiéndola o luciéndola en público.
Jack Nicklaus, 6 chaquetas verdes
Bobby Jones aparece siempre en la lista de los mejores golfistas de todos los tiempos. Pero su legado va más allá. Democratizó el juego, lo hizo popular y creó el torneo de golf más conocido y respetado de todo el planeta. Solo una mancha se cernía sobre él cuando falleció en 1971 a los 69 años de edad. Ningún negro había pisado hasta entonces los terrenos del Masters. No sería hasta tres años más tarde, en 1974, cuando Lee Elder se convirtió en el primer afroamericano en competir en Augusta.
Pero esa es otra historia.
“El golf es el juego más parecido de eso que llamamos vida. Usted obtiene mala suerte de buenos golpes y obtiene buenas oportunidades de tiros malos; pero hay que jugar la pelota tal y como te la encuentras”, Bobby Jones.
¿Qué es un estadio? No es sólo un simple marco; es un evento deportivo, histórico y arquitectónico en sí. Es baluarte inexpugnable, símbolo de un club, reflejo de una cultura y protagonista de una ciudad. Son ejemplos de elegancia estética y soluciones técnicas y también de innovaciones tipológicas y tecnológicas. A menudo comparamos los estadios con el Anfiteatro Flavio, conocido por todos como el Coliseo de Roma. Realmente los estadios se asemejan a los prototipos del teatro griego, adaptados a unos desniveles naturales y abiertos al territorio circundante. Del anfiteatro romano adquieren la estructura cerrada y edificada.
La palabra estadio procede del latín ‘stadium’. Hablamos de un terreno plano rodeado por gradas de espectadores que cada vez en mayor medida son cerradas. De hecho, en Sudamérica se les suelen llamar canchas, vocablo que proviene del quechua ‘kancha’ que significa recinto cerrado. El estadio más antiguo del mundo del que se tiene constancia es el estadio de Olimpia (776 a.C) en Grecia. Sabemos que en el mundo griego cada cuatro años se celebraba una competición deportiva para conmemorar la paz, por lo que se concedía una tregua en todas las guerras en disputa.
Si alguno de los que ha llegado hasta aquí me lee regularmente será consciente de conocer ya estas palabras. Estos mismos párrafos adornaban unos artículos que a finales de 2017 escribí y que titulé ‘templos del fútbol’. Fue en los albores de este blog. Más de 300 artículos atrás en el tiempo. A través de cuatro reportajes hablaba de los estadios de fútbol más reseñables, tanto del ayer como del hoy. Al final del presente articulo tenéis los enlaces correspondientes por si apetece leerlos o releerlos.
El caso es que aquellos cuatro artículos eran todos centrados en el deporte rey. Y fueron asumidos con una visión eurocéntrica. Lo cierto es que es indudable que hay templos deportivos en todos los continentes y dedicados a deportes irrelevantes bajo el prisma europeo como el fútbol americano, el béisbol o el criquet. Incluso hay estadios dedicados en exclusiva a la práctica del rugby y vetados al fútbol, siendo el rugby un deporte de tronío en buena parte de Europa Occidental.
Ergo hablamos de estadios y no de pabellones. Estos últimos son recintos polideportivos y multiusos que no podemos adscribir concretamente con el hecho deportivo. El fastuoso Madison Square Garden de Nueva York sirve tanto para presenciar partidos de baloncesto como homilías del Papa, conciertos de Beyoncé o mítines de Donald Trump. Un estadio funciona como templo del deporte, aunque esporádicamente sirva para otros eventos. Es cierto que existen pabellones donde se practica el baloncesto de forma regular como los fantásticos recintos de la Universidad de Syracuse o de la de Kentucky o el Arena de Belgrado en Europa, pero no son estadios en sentido estricto. Los estadios son por definición recintos abiertos (aunque ahora se techen), puros, genuinos, en comunión con la naturaleza. De hecho, y aunque ahora se haya perdido, la etimología correcta sería la de campo (recinto de hierba con gradas), estadio (recinto de hierba con gradas y pista de atletismo) y pabellón o arena (recinto polideportivo con gradas y cubierto).
Así entonces haré dos clasificaciones de diez estadios a través dos artículos diferentes. Es tal el volumen de recintos significativos que hay en Estados Unidos que me he visto obligado a dedicar un listado entero a los templos del deporte norteamericano. Como toda lista tendrá un matiz subjetivo, pero intentaré darle una serie de parámetros para que prime la objetividad.
Al hacerlo renunciaré a darle preponderancia a estadios de gran significado deportivo, pero que no son lugares regulares de práctica deportiva. El Olímpico de Montreal puede presumir de haber sido sede de unos Juegos Olímpicos o de estar adornado por la torre inclinada más alta del mundo, pero adolece como una mole inerte dado que ningún club ocupa sus instalaciones domingo tras domingo. Del mismo modo el Estadio Nacional de Pekín, aquel impresionante nido de pájaro que nos fascinó en 2008, sólo ha sido sede de otros cinco eventos 15 años después de su inauguración.
Quedarán fuera de la lista verdaderas maravillas arquitectónicas, pero de exigua importancia deportiva. Por ejemplo, el increíble Marina Bay de Singapur, cuyo terreno de juego está sobre el mar, el estadio de fútbol americano de los Jaguars de Jacksonville, donde se puede seguir el encuentro mientras disfrutas de un baño en una piscina, o el Fisht de Sochi, cuyas gradas parecen montañas nevadas. Tampoco el número de asientos ha sido la referencia, quedando excluidos recintos como el Beaver Stadium (106.500 espectadores), el Ohio Stadium (105.000), el Bryant Denny Stadium (101.000) o el Memorial de Nebraska (97.000), espacios colosales pero adscritos al deporte universitario de fuerte tradición en Estados Unidos, pero de escasa proyección internacional.
Lo que se ha tomado como eje principal de esta clasificación es el peso y tradición de los equipos que lo representan, así como el valor arquitectónico del recinto por sí mismo y su preponderancia en el barrio y en la ciudad donde se ha edificado. No se ha olvidado la majestuosidad de templos de reciente construcción, pero, es incuestionable, que ante caso de duda el valor histórico existente prima sobre el hipotético valor histórico de futuro. Así el fantástico Metlife Stadium (2011) donde juegan los New York Giants, el Empower Field (2001) de los Denver Broncos, el Gillette Stadium (2002) casa de los New England Patriots o el ATT Stadium (2009) de los Cowboys han sido descartados, no por su importancia o su magnificencia, sino por su escaso peso histórico.
Del mismo modo creo que es obligado hacer referencia a una serie de estadios que, demolidos, no ocupan el presente, pero que adornaron páginas gloriosas del pasado como el Giants Stadium (1976-2010) en el área metropolitana de Nueva York, el Foxboro Stadium (1971-2001) en el cinturón de Boston y el astronómico Kingdome (1972-2000) de Seattle.
Giants Stadium
— TEMPLOS DEL DEPORTE DE ESTADOS UNIDOS —
Vayamos entonces con los diez templos del deporte de Estados Unidos y nos guardaremos una sorpresa para el final. Siete de los recintos escogidos serán espacios donde habitualmente se juega al fútbol americano y tres serán hogar del béisbol. Considero que es una lista ecuánime al gusto de los estadounidenses. Hay 26 estados donde la liga más seguida es la NFL (fútbol), 13 donde es la MLB (béisbol), 10 donde domina la NBA (baloncesto) y en sólo uno la liga más seguida es la NHL (hockey sobre hielo) En todo caso veremos cómo los recintos dedicados al béisbol ocupan plazas de privilegio en mi lista por su singularidad y por su respeto hacia la tradición:
10. MICHIGAN STADIUM (fútbol americano): Ubicado en Ann Arbor, una pequeña ciudad universitaria situada a unos 70 kilómetros de Detroit, el Michigan Stadium es la casa de los Wolverines de la Universidad de Michigan. Inaugurado en 1927, el Michigan Stadium tiene una capacidad de 107.000 espectadores todos sentados en bancos corridos que lo convierten en el recinto de mayor capacidad de Estados Unidos. De hecho, cuatro de cada cinco habitantes censados en la ciudad cabrían en el estadio que acumula lleno tras lleno partido tras partido. No obstante, su extraordinario tamaño no es apreciable desde el exterior dado que la mayoría de los asientos están por debajo del nivel del suelo. El equipo ha ganado 11 títulos universitarios de fútbol y entre las leyendas que tienen su camiseta retirada está el número 48 del ex presidente Gerald Ford. Por entonces ninguna mujer podría ver las evoluciones del que en 1974 se convertiría en presidente, dado que hasta 1968 estaba prohibida la entrada al Michigan Stadium tanto a las mujeres como a los niños.
Michigan Stadium
9. SOLDIER FIELD (fútbol americano): Situado en un parque de Chicago a escasa distancia del Lago Michigan, el Soldier Field es un hermoso estadio para 61.500 espectadores inaugurado en 1922. El estadio honraba a los caídos en la I Guerra Mundial (campo del soldado) y no tenía un uso definido hasta que en los años 70 se convirtió en el hogar de los Chicago Bears campeones de la NFL en nueve ocasiones. El recinto tiene una característica forma ovalada que recuerda a una bala y durante muchos años contó con hierba sintética en una época donde se pensaba que aquello era progreso y futuro. Lo más característico del Soldier Field era su fachada, una conjunción de columnas grecorromanas que se elevaban por encima de las gradas. Esto hizo que con el tiempo el estadio fuese declarado patrimonio nacional, pero una profunda reforma acometida en 2003 hizo que se le fuese retirado el título.
Soldier Field
8. SANFORD STADIUM (fútbol americano): Justo lo contrario ocurre con el Sanford Stadium. Cuando se levantó, allá por 1927, el arquitecto hizo firmar un documento por el que si en el futuro se realizaban remodelaciones en el recinto sería de obligado cumplimiento mantener la estructura original. Y así ha sido. En el espacio de un siglo se han puesto luces, se han levantado nuevas gradas, se han creado palcos de prensa y se añadieron tribunas de lujo hasta dejar el aforo actual en 92.000 almas. Y todo manteniendo la característica estructura original con un fondo abierto a la ciudad de este recinto de Atenas (Georgia) donde juegan los Bulldogs, quienes han logrado tres títulos universitarios de fútbol americano, el último en 2021.
Sanford Stadium
7. TIGER STADIUM (fútbol americano): El valle de la muerte. Ese es el nombre popular del estadio de la LSU, la Universidad Estatal de Louisiana, considerado el recinto deportivo más ruidoso de Estados Unidos. Numerosas remodelaciones han dejado su capacidad en 102.000 almas, diez veces más que cuando fue inaugurado en 1924. El espacio tenía forma de herradura y se encontró con la imposibilidad legislativa de ser cerrado al tener que gastarse los fondos necesarios para ello en una residencia de estudiantes. Se sorteó la prohibición construyendo la residencia en un anillo inferior debajo de los asientos del estadio. El Tiger Stadium, situado en Baton Rouge la capital del estado, también tiene la particularidad de ser uno de los poquísimos campos que mantiene las porterías con dos palos propias del rugby europeo y erradicadas por los postes en forma de Y típicos del fútbol americano.
Tiger Stadium
6. DODGER STADIUM (béisbol): Los Dodgers nacieron como equipo de béisbol de Brooklyn, un barrio de Nueva York. Allí cosecharon numerosos éxitos hasta que en 1958 decidieron trasladarse a la otra punta del país donde vieron una oportunidad única para expandirse. Nacían así Los Ángeles Dodgers y con ello nació también su nuevo estadio. Se trataba entonces de uno de los pocos recintos financiado enteramente con capital privado. Se proyectó un inmenso recinto con capacidad para 56.000 espectadores que aun hoy sigue siendo el estadio de béisbol de mayor aforo. La construcción fue polémica ya que se hizo en un barranco del centro de la ciudad donde malvivían inmigrantes mexicanos que fueron expulsados de sus casas. Hoy, el Dodger Stadium se encuentra en el corazón de Los Ángeles y puede presumir de un récord de 856 de partidos de la MLB sin ser suspendidos por culpa de la lluvia desde abril de 1988 al mismo mes de 1999. En todo caso el Dodger Stadium fue el primer recinto para béisbol en tener gradas cubiertas (para el sol californiano, lógicamente). En abril, concretamente el día 15, en todo Estados Unidos se conmemora el día de Jackie Robinson, el histórico número 42 de los Dodgers quien fue el primer afroamericano en jugar en la MLB.
Dodger Stadium
5. WRIGLEY FIELD (béisbol): Lo que antes era un barrio obrero al norte de Chicago hoy es un animado lugar cercano al lago donde rezuma el ambiente de la buena música y los buenos restaurantes. Allí, en el barrio del mismo nombre, se inauguró el Wrigley Field en 1916. El característico triángulo de los estadios de beisbol está rodeado por viviendas unifamiliares o edificios de un par de plantas alineados perfectamente, mientras al sur se ven los majestuosos rascacielos de la ciudad del viento. Con capacidad para 42.000 espectadores, es hogar de los Chicago Cubs ganadores tres veces de las Series Mundiales de la MLB (1907, 1908 y 2016). El Wrigley Field destaca por su fachada de ladrillo vista cubierta por hiedras y por su icónica marquesina de color rojo con el marcador hecho a mano. La MLB obligó a acolchar todas las paredes de sus recintos deportivos por seguridad, pero la hiedra hizo que Wrigley Field se librara de ello. Cuando la temporada comienza solo se ven enredaderas, pero la hiedra crece conforme avanza la temporada hasta cambiar a color rojo cuando llega el otoño. Todo en Wrigley Field suena a ancestral, incluyendo la posibilidad de ver un partido desde la terraza de uno de los edificios aledaños sin tener que pagar entrada. Desde 2020 Wrigley Field es patrimonio nacional de los Estados Unidos.
Wrigley Field
4. LAMBEAU FIELD (fútbol americano): Green Bay es una pequeña ciudad de Wisconsin. Con poco más de 100.000 espectadores es la ciudad más pequeña en tener un equipo profesional deportivo de cualquiera de las cuatro grandes ligas. No solo eso, sino que los Green Bay Packers han ganado 13 títulos de la NFL y la franquicia es la única de todo el país en la que no hay un dueño y los propietarios son los socios. Desde 1957 los Packers juegan en Lambeau Field un recinto con capacidad para 81.000 espectadores y que honra a Curty Lambeau ex jugador y ex entrenador de los Packers. El estadio es conocido como el santuario del fútbol americano o la tundra congelada dado que hasta que en 2013 se instaló un sistema de calefacción subterránea lo habitual era bajar de los 10 grados bajo cero en la temporada invernal. A pesar de la inmensidad de su tamaño para lo pequeña de la ciudad, hay lista de espera de más de 25 años para conseguir asiento y es el recinto con más llenos consecutivos y el primero dedicado en exclusiva al fútbol americano en la historia de la NFL.
Lambeau Field
3. ROSE BOWL (fútbol americano): Siglos atrás Pasadena era uno de esos lugares donde los misioneros españoles levantaron templos para cultivar la fe católica. Hoy Pasadena ha sido engullida como ciudad satélite de la gigantesca Los Ángeles. Pues allí, un medio de un parque, se proyectó el Rose Bowl con la finalidad de celebrar anualmente un partido que enfrentase a los lideres de fútbol americano del este y el oeste del país para determinar al campeón nacional. El estadio, y así mismo el torneo, pasó a llamarse coloquialmente como Bowl (tazón) dado que el recinto tenía dicha forma. De ahí que todos los torneos finales de fútbol americano desde entonces se llamen ‘Bowl’, incluido el hoy archiconocido torneo final de la Superbowl de la NFL. El Rose Bowl no solo alberga partidos de fútbol americano, sino que ha sido sede de las pruebas de ciclismo en pista en los JJ. OO de 1932 o del torneo de fútbol en los JJ. OO de 1984. También fue sede de la final del Mundial de fútbol de 1994 que enfrentó a Brasil e Italia con victoria de la canarinha.
Fue proyectado en 1922 para 40.000 espectadores y con forma de herradura, pero pronto se hizo pequeño y en 1928 fue cerrado para darle su luego icónica forma de tazón. Actualmente son 88.000 almas las que pueden presenciar los partidos de los Bruins de la Universidad de UCLA, aunque para el Rose Bowl universitario se pueden proyectar gradas móviles para alcanzar los 120.000 espectadores. Hoy el camino de entrada está rodeado de rosas de diversos colores que alegran la llegada de los aficionados. Pero el problema es que el camino puede ser odioso, dado que el Rose Bowl solo tiene una carretera de acceso, por lo que se pueden llegar a tardar más de dos horas en cubrir el escaso kilómetro que hay desde la salida de la autopista de Los Ángeles hasta la entrada del estadio.
Rose Bowl
2. FENWAY PARK (béisbol): Apenas suma 37.000 asientos siendo uno de los campos más pequeños de toda la MLB, es incómodo para el espectador, de difícil acceso y está enclaustrado en un parque que sobrevive fagocitado por el centro de Boston, pero no existe cancha de béisbol más icónica que Fenway Park. En 1912 se inauguró el estadio de los Boston Red Sox, un recinto asimétrico que se ha mantenido en esencia desde entonces. En 1999 miles de manifestantes se congregaron por las calles de la ciudad para impedir el derrumbe del recinto y la construcción de un nuevo estadio. Al igual que en Wrigley Field, aquí hay asientos con vista obstruida por culpa de las columnas (con tickets más baratos) y cuenta con mayor capacidad en los juegos nocturnos que en los diurnos, dado que por el día hay que colocar una lona negra en los asientos que están justo enfrente del bateador para que no pierda visibilidad por el sol. Todos los asientos de Fenway Park son verdes, salvo uno situado a 153 metros a donde fue parar una bola que cayó en la cabeza de un espectador en un partido de 1946. El hombre, indignado, protestó y preguntó a viva voz a que distancia se tendría uno que poner para estar a salvo de los golpes de una bola perdida. Desde entonces aquel asiento en rojo marca la distancia mínima recomendada para los que no quieren sustos innecesarios. Son algunas de las características de este templo. Pero hay más. En la pared izquierda se encuentra el llamado ‘Green monster’, un muro pintado de verde mucho más cerca de la pista de lo normal y que favorece a los bateadores diestros.
La rivalidad entre los Boston Red Sox y los New York Yankees es una de las más feroces del deporte estadounidense. La rivalidad se inicia en 1919 cuando los Red Sox traspasan a Babe Ruth a los Yankees en el que está considerado la peor decisión tomada en el mundo del béisbol. Nacía entonces ‘La maldición del Bambino’. Los Red Sox habían ganado tres títulos seguidos hasta la venta de Ruth y a partir de entonces encadenaron 86 años de sinsabores hasta que lograron las Series Mundiales en 2004. Una vez roto el maleficio han conseguido tres títulos más coronándose como el mejor club de lo que va de siglo XXI.
Fenway Park
1. LOS ANGELES MEMORIAL COLISEUM (fútbol americano): Al igual que el Rose Bowl, el Los Ángeles Memorial Coliseum también es patrimonio nacional de Estados Unidos. Fueron construidos en la misma época, pero mientras el Rose Bowl se instaló en Pasadena, al norte de la ciudad, el Memorial Coliseum fue proyectado al sur, dentro del casco urbano de Los Ángeles. Apodado ‘The Grand Old Lady’ será el único estadio de la historia en albergar tres Juegos Olímpicos cuando sea sede de la edición de 2028 al igual que antes lo había sido en las de 1932 y 1984. Allí entraban 15.000 espectadores cuando fue inaugurado en 1923, aunque para los primeros Juegos Olímpicos la cifra ya se elevó a 100.000 almas. Hoy 78.000 espectadores siguen desde el coliseo los partidos de fútbol americano de los Trojans de la USC, al igual que fue sede durante muchos años de los encuentros de Los Ángeles Rams de la NFL, de la primera Super Bowl de la historia en 1967 y de numerosas finales de la Liga de Campeones de fútbol de la Concacaf.
La característica más llamativa es un arco en la entrada de la que cuelga el pebetero olímpico. Allí lleva desde 1932 y en 1984 se le añadieron un par de estatuas, una femenina y otra masculina, que representan a los atletas olímpicos. La configuración en forma de cuenco fue imitada del cercano Rose Bowl, aunque sin tanta profundidad. El Memorial Coliseum debe su nombre a que en su primigenie fue proyectado como un monumento a los caídos en la I Guerra Mundial. Pocos podrían pensar que en 2019 habría allí el palco de prensa más grande del país, asientos retráctiles o pasillos cubiertos con pantallas LED para ver lo que pasa a ras de césped.
LA Memorial Coliseum
BONUS: YANKEE STADIUM (béisbol): Cabe hacer una mención especial a uno de esos estadios desaparecidos pero que deben estar presentes en nuestras oraciones. El campo más icónico de Estados Unidos. Babe Ruth, aquel chico que marchó de Boston rumbo a Nueva York, se convertiría en un mito en la Gran Manzana. ‘La casa que Babe Ruth construyó’. Así era conocido el Yankee Stadium, el recinto inaugurado en 1923 para poder dar cabida a los miles y miles de hinchas que querían ver a Ruth. Ubicado en el barrio de Bronx, en la catedral del béisbol cabían 58.000 personas, aunque hubo épocas en las que hasta 80.000 personas se agolpaban en el recinto, una cantidad monstruosa para un estadio de béisbol. En 2009 se tiró el estadio y se construyó uno en una parcela adyacente. Pero no es lo mismo. Los Yankees son el Real Madrid del béisbol y Babe Ruth su Alfredo di Stéfano. Entre 1923 y la demolición de 2009 ganaron 27 títulos. Desde entonces, desde que están en su nueva casa, no saben lo que es el triunfo.
Pensilvania es un rectángulo casi perfecto. Uno de esos estados tirados con escuadra y cartabón producto del funcionalismo de los padres fundadores de los Estados Unidos. Fue William Penn el que tomó posesión de esas tierras en nombre del rey de Inglaterra y fue en Pensilvania, concretamente en su capital Philadelphia, donde los descendientes de aquel cuáquero inglés firmaron la Declaración de la Independencia y constituyeron los Estados Unidos de América.
Pensilvania era lugar de profundos bosques (Penn + selva) y generosos pastos. Pero con los años Pensilvania se convertiría en uno de los ejes del rápido crecimiento del país gracias a su industria pesada. La ciudad del acero por excelencia era Pittsburg, urbe situada al oeste del estado. Ahora sin humos, revela un paisaje de fábricas abandonadas de cristal y acero. Pittsburgh era la más conocida de esas ciudades que comenzaron brillando con el siglo XX y acabaron en la penumbra en el XXI. Otra de ellas era Bethlehem (Belén), situada en la otra punta de Pensilvania y lugar donde se asentaba la acería más grande de Norteamérica. Allí, en su época de esplendor, llegaron a censarse ciudadanos de más de ochenta países diferentes, todos emigrados en busca de un futuro mejor.
Entre esos miles y miles de extranjeros los había españoles. Uno de ellos era de Riaño, León, pueblito a los pies de los Picos de Europa. Pronto encontró trabajo en la acería. Había centenares de trabajadores españoles en Bethlehem y estaban muy bien valorados porque no protestaban (quizás también porque no sabían el idioma) y la mayoría tenían experiencia en los altos hornos vizcaínos o en las minas asturianas. De hecho, aquel leonés se había casado con una salmantina cuando trabajaba en los Altos Hornos de Bilbao.
Al poco la citada pareja tuvo un hijo. Le pusieron Pedro José y su apellido era Carrillo. Era 1930. Empezó la escuela chapurreando inglés y deseando acabar las clases para echar una partida a la brisca con su padre y jugar al fútbol con los otros niños españoles del barrio. Pero Pedro estaba mucho tiempo solo. Su padre trabajaba de sol a sol y a la pobre de su madre la perdió el mismo día que vino al mundo su hermana pequeña. Así que con tanto tiempo libre cultivó otras aficiones. Lo que más le gustaba era coger el autobús y acercarse a la cercana Philadelphia a ver los partidos del equipo de baloncesto de la Universidad de Pensilvania. Lo que más le llenaba de la experiencia era decirles a sus amigos que ‘The Palestra’, que así era como se llamaba el histórico pabellón aun en pie, había sido construido con acero fabricado por su padre.
The Palestra
Pronto Pedro dejó el soccer y se pasó al baloncesto. No era alto, apenas media 170 centímetros, pero le encantaba aprender y era extremadamente listo. Destacó en el instituto, aunque el básquet universitario ya fue demasiado corte para un chico tan bajo. No obstante, llamó la atención de su técnico, un tal Butch van Breda Kolff. El que con los años acabaría siendo entrenador de Pistons o Lakers entrenaba entonces a la Universidad de Princeton, y antes de salir rumbo a la NBA, dejó un recado en la afamada institución académica: “Conozco al mejor entrenador del mundo, aunque no lo vais a contratar porque es medio calvo, tiene las orejas grandes y viste muy mal. Se llama Pedro”.
Era 1967. Pedro Carrillo iba a dirigir el equipo de baloncesto de Princeton, una universidad de reconocido prestigio en el ámbito académico, pero de nulo éxito en los ambientes deportivos. Princeton forma parte de la Ivy League, la división de la National Collegiate Athletic Association (NCAA) que engloba a universidades de la categoría de Yale, Harvard o Columbia, donde los jugadores no son elegidos en base a sus méritos deportivos sino en relación a sus aptitudes académicas. Un campeón de la Ivy League, sea la universidad que sea, es objeto de derrota cuando se enfrenta a cualquier otro equipo de la NCAA.
Así pues, Pedro Carrillo iba a tener que darle a la mollera si quería sacar rendimiento de aquel equipo. Lo primero que hizo fue convertirse en Pete Carril. Era 1967. No estaban de moda los latinos, ni la multiculturalidad, y un tipo rechoncho llamado Pedro Carrillo nunca obtendría el respeto de sus jugadores.
Pedro Carrillo
Fueron 29 las temporadas que Pete Carril dirigió al equipo de baloncesto de la universidad de Princeton. Y lo hizo con notable éxito, perfeccionando y modificando una forma de atacar que se daría a conocer como ‘ataque Princeton’ y que le granjeó un respeto y una fama que jamás podría haber ni imaginado cuando Pete simplemente era Pedro.
Entendió que con lo limitado que era su equipo debería explotar el juego colectivo a través de una rápida circulación del balón. En el ‘ataque Princeton’ existe el movimiento continuo, con y sin balón, lo que enmascara las debilidades técnicas y físicas de cada individuo. Con esa forma de jugar, Princeton se ganó una merecida fama de matagigantes. Por entonces hasta se pensaba en descalificar a los miembros de la Ivy League de la primera división de la NCAA por su escaso rendimiento, pero todo cambió cuando los bajitos de Princeton aguantaron en pie hasta el último segundo de un recordado partido frente a la temible Georgetown de Dikembe Mutombo (2,18 m) y Patrick Ewing (2,13 m). Antes de aquel histórico partido Newell puso a sus asistentes a defender con escobas en el calentamiento para acostumbrar a sus jugadores a luchar contra gigantes.
“¿De qué sirve ser español si no puedes perseguir molinos?”, dijo Newell en la rueda de prensa de su última victoria como entrenador universitario cuando Princeton venció por dos puntos a la poderosísima UCLA. Un triunfo de David contra Goliat, titularía la prensa norteamericana. Era 1996 y a los 66 años a Carril le llegaba la oportunidad de la NBA.
El sueño de Pedro era jugar como los Boston Celtics de Red Auerbach. Dirigir a un equipo de defensa feroz, transiciones veloces y certero al contraataque. Pero nunca pudo. La limitación de sus plantillas en Princeton le obligó a jugar un baloncesto pausado en el que se llevaba al límite el reloj de posesión. Tenía que ser lento por necesidad y a través del juego colectivo armarse de paciencia para dar con el momento exacto con el que tirar a canasta.
Pero en 1996 a Pete Carril se le abrió el cielo. Tendría el enorme talento de una plantilla de la NBA a su disposición y un entrenador que confiaba en su inteligencia. Porque Carril no sería primer entrenador, simplemente formaría parte del organigrama de Rick Adelman. Pero éste era sabedor de la inteligencia de aquel hijo de españoles y le encargó diseñar las jugadas de ataque y convertir el ‘ataque Princeton’ en la seña de identidad de los Sacramento Kings.
Aquel equipo dirigido por Vlade Divac y Chris Webber, dos hombres altos con mentalidad de bases, se convirtió en una de las escuadras más atractivas de la NBA y solo los Lakers de O’Neal y Kobe Bryant les impidieron convertirse en campeones. Los Sacramento Kings, hasta entonces un equipo sin rumbo, fueron durante un lustro una perfecta combinación de egos donde el pase extra y la solidaridad imperaban sobre todo lo demás y el juego bonito gobernaba por encima de los resultados. A sus 70 años Pete Carril había logrado la perfección con su querido ‘ataque Princeton’.
Pete Carril
La idea de que si la pelota y el jugador no dejan de circular el balón finalmente encuentra su destino, estuvo y estará presente en cualquier cancha de baloncesto. Pero fue aquel hijo de un leonés el primero que, agobiado por la necesidad, diseñó un quinteto con cinco exteriores sin presencia de pívots tan en boga en la actualidad. Mucho antes de que Golden State Warriors ganase cuatro anillos de la NBA con Draymond Green haciendo de pívot sin llegar a los dos metros, los Tigers de Pedro Carrillo ya hacían lo mismo desde la neoyorkina universidad de Princeton.
“Cualquier aficionado al baloncesto poco sofisticado podía admirar y entender a un equipo de Pete Carril a primera vista. También el adicto a los aros más devoto podía ser hechizado por un equipo de Carril en movimiento. Era baloncesto, no de talento, sino de equipo. Puede que no sea la forma en que todo el mundo debería jugar, pero era la forma en que todo el mundo solía intentar jugar». ‘The New York Times’ tras el fallecimiento de Pedro Carrillo (Pete Carril).
193 centímetros. 95 kilos. Demasiado liviano. Eso decían. No era rápido. Tampoco fuerte. Sí, tampoco fuerte. Hablamos de fútbol americano. De bestias físicas. Ni siquiera tenía un lanzamiento especial y era tosco en los movimientos. Esos eran los debes de Tom Brady. Lo que todos los ojeadores decían de él. Había apuntes positivos en las notas de los analistas. Tenía una tremenda tranquilidad en el pocket, esa área dentro del campo donde el quarterback es protegido durante unos segundos para que lance el balón al lugar adecuado. Contaba también con una ética de trabajo intachable y era una de esas personas a las que todo el mundo sigue y a las que todo el mundo tiene fe. No un jefe, pero si un líder. Un hombre con intangibles. Esas cosas que no miden las bases de datos pero que sirven para ganar partidos.
Tom Brady creció como fan de los San Francisco 49ers de Joe Montana, el gran equipo y el gran jugador de los 80. No podía ser de otro modo. Montana fue la inspiración para un chico que nació a escasos kilómetros de San Francisco y que vestía con devoción la casaca roja de los 49ers. Pero Brady no era Montana. Comenzó su periplo en el instituto como un don nadie, sin apenas minutos, y acabó su trayectoria como un buen jugador. Nada más que eso. Que nadie espere una historia de patito feo que aletea con fuerza hasta que se convierte en cisne. Cuando Brady acabó el instituto era uno más. Uno entre tantos. Bueno, nunca excelente.
El único que se fijó en él fue Gary Moeller, técnico de los Wolverines de Michigan, prestigiosa universidad situada en Ann Arbor, cerca de Detroit, en la otra punta del país. La idea de Moeller era utilizar a Brady como primer quarterback, pero, poco antes del inicio de la temporada, fue arrestado por un altercado en un restaurante en el que acabó a mamporros con varios de los allí presentes en claro estado de embriaguez. Obligado a dimitir, Brady perdió antes de comenzar al hombre que había apostado por su talento. Sin su valedor, pasó a ser un secundario. Comenzaría su primer año en la universidad como séptimo quarterback del equipo.
Brady en Michigan
Son 11 los jugadores que se baten en un campo de fútbol americano, aunque suman hasta 45 los que forman una plantilla profesional. Se trata de un deporte eminentemente físico donde la táctica es exhausta. Hay diferentes equipos en la ofensiva y en la defensiva y todos son dirigidos en el campo por el quarterback. Es éste el ‘10’ del equipo, el cerebro, el mariscal de campo, el que da sentido al ataque. En la ofensiva se sitúa detrás del centro y decide la jugada a realizar. Es la estrella y debe resolver en fracciones de segundo si jugar a la corta o a la larga. El quarterback es el káiser. Es la prima donna.
En el fútbol americano los cambios entre los jugadores son constantes para evitar la fatiga provocada por el derroche físico, por lo que es más que habitual que las posiciones se dupliquen, tripliquen, cuatripliquen o quintupliquen. Golpes y lesiones están al orden del día. No ocurre lo mismo con el cerebro del equipo. El quarterback está protegido por las alas defensivas, quienes se encargan de bloquear a los rivales que tratan de tumbar a la estrella rival. No son necesarios más de, a lo sumo, tres quarterbacks. Por lo que si eres nombrado séptimo quarterback de un equipo tu futuro no es nada halagüeño.
El primer año de Tom Brady se cerró en blanco. Hubo de acudir a un psicólogo. En el segundo año ascendió a tercer quarterback y en el tercero, era 1998, fue nombrado capitán del equipo. Y no era titular. Su ascendencia sobre el grupo trascendía fuera del campo. Tan sólo en 1999, en su cuarto y último año como universitario, logró hacerse con la titularidad y liderar a los Wolverines tanto fuera como dentro del rectángulo de juego.
Y ni siquiera entonces era una estrella. El ídolo de la afición y su rival para el puesto más preciado del fútbol americano era Drew Henson. Éste era un colosal deportista que competía a partes iguales tanto en béisbol como en fútbol americano y que acabaría siendo profesional en ambos deportes. Pero Brady fue poco a poco comiéndole la tostada hasta convertirse en referencia en el tramo final de la temporada. Se especializó como jugador de últimos minutos, donde mostraba un aplomo y una tranquilidad exultantes liderando a los Wolverines a remontadas apoteósicas.
Se llega así al año 2000. Draft de la National Football League (NFL). La selección de jugadores es larguísima. Las tres primeras rondas se eligen el sábado y las cuatro siguientes se celebran el domingo. Son siete en total. En la NBA, quizás el draft más conocido internacionalmente, son dos las rondas para un total de 60 deportistas. En la NFL son siete rondas para un total de 262 deportistas.
Brady no era el mejor atleta, no había ganado un campeonato universitario, no tenía excelsa mecánica ni el brazo más fuerte. No lanzaba en profundidad y se dudaba de la longevidad de su carrera por culpa de su físico. Tampoco contaba con los mejores números estadísticos y no era el mejor valorado. Tenía liderazgo, calma, inteligencia. No tenía miedo a nada y estaba dispuesto a aprender. Tenía intangibles. Pero como dijo Brian Billick, entrenador de los Baltimore Ravens, “cuando decimos que un jugador tiene intangibles, es un eufemismo para decir que no tenemos ni idea de lo que buscamos”. Lo único que parecía jugar a favor de Brady es que el año 2000 no era un buen año para los quarterbacks. La camada de cerebros era limitada y Brady contaba con poder encaramarse a los puestos altos del draft. En 1999 las tres primeras elecciones del draft habían sido quarterbacks y para el año 2000 solo se contaba con Chad Pennington en primera ronda. No había más quarterbacks que se pudiesen considerar titulares en una franquicia de la NFL.
Lo normal es que Brady fuese un jugador de rotación y no pasase de tres o cuatro temporadas en la NFL. Antes del draft tuvo lugar la ‘combine’. Se trata de una serie de pruebas físicas que ayudan a que los ojeadores tomen su decisión final. Brady corrió las 40 yardas en 5’28 segundos. Su marca combinada de salto vertical y de carrera fue la peor desde 1978. La peor entre 576 deportistas. Aquello hizo bajar aún más las expectativas. No era capaz de enviar el balón en campo abierto y se le veía como un jugador muy expuesto si se le sacaba del ‘pocket’. Inmóvil, lento y delgado.
Se había dictado sentencia.
Tom Brady se sienta en el sofá de la casa familiar junto a su padre, su madre y sus hermanas a ver la retransmisión del draft de la NFL que tiene lugar en el Madison Square Garden de Nueva York. Allí están los elegidos. Entre ellos Chad Pennington, quien es elegido en el puesto decimoctavo. No se vuelve a elegir a un quarterback hasta la tercera ronda. Es el puesto 65. El equipo que elige son los 49ers de San Francisco. Brady cuenta con ese puesto. Él y toda su familia. Todos ellos son socios de los 49ers. Brady es un chico de la casa.
Los San Francisco 49ers escogen a Giovanni Carmazzi.
Brady apaga la televisión y sale a lanzar unas bolas junto a su padre al jardín de la casa familiar.
En el puesto 75 se escoge a un tal Chris Redman, quien es el último seleccionado en ese primer día del draft.
Brady no duerme nada esperando a que llegue el domingo. Al segundo y último día del draft. Donde queda la morralla. Aquellos que no pasarán de jugadores de refresco. Solo Bill Rees, ojeador de los Chicago Bears, da un análisis positivo del defenestrado Brady: “Es bastante duro y preciso. Es un buen jugador reserva que con el tiempo pasará a titular”. Nadie olvida que sus compañeros en Michigan lo preferían a él como titular y que su deseo de ganar y liderazgo era intachable. Pero las pruebas físicas habían acabado con el poco crédito con el que contaba.
El nombre de Tom Brady tendría que salir rápido. No fue así. El domingo comenzó con la cuarta ronda. No se escogió a ningún quarterback. En la quinta hubo que esperar al puesto 163. Tampoco fue Brady el designado. Como había hecho el día anterior, volvió a apagar la televisión, cogió el bate de beisbol y se propuso lanzar la bola tan lejos como fuese posible. El 168 y el 183, ambos de la sexta ronda, también fueron números ocupados por quarterbacks.
Y en el puesto 199, en la sexta ronda, los New England Patriots seleccionaban a Tom Brady.
Brady, el ’12’ de los Patriots
Los Patriots no lo habían escogido antes porque no necesitaban un quarterback en su plantilla. Tenían muchos y buenos. Pero habían valorado seleccionarlo si quedaba libre. Bill Belichick, técnico de los Patriots, consideraba que Brady tenía mentalidad ganadora. Tampoco se mostraba preocupado por el cuerpo de Tom porque sabía que se podía entrenar. Luego confesaría que estuvo a punto de no seleccionarlo porque al ver que caía tan bajo pensó que realmente no valdría la pena. Brady era como la chica que te gusta pero que tus amigos llaman fea. Al ver que los demás dudan acabas pensando que estás equivocado.
Días más tarde Tom Brady puso rumbo a Boston, se subió a un jeep amarillo y tuvo su primera conservación con Robert Kraft, propietario de los Patriots. Brady se cuadró ante el gran jefe, le miró a los ojos y le dijo que haberlo fichado había sido la mejor decisión que había tomado en su vida.
El primer año apenas jugó unos minutos. Era el cuarto quarterback del equipo. Pero su lenguaje corporal, su concentración, la alegría de sus ojos y su sonrisa en el vestuario lo hicieron ser indispensable para el bien del grupo. En su segundo año Drew Bledsoe, el quarterback titular del equipo, se lesionó y Brady alcanzó el puesto de titular.
Bajo el liderazgo de Tom Brady los New England Patriots lograron el título de la SuperBowl. Era 2001. Su segundo año como profesional.
Tom Brady fue elegido tres veces MVP de la temporada (2007, 2010 y 2017), ha ganado siete Superbowls (2001, 2003, 2004, 2014, 2016, 2018 y 2020), fue escogido en cinco ocasiones mejor jugador de la final (2001, 2003, 2014, 2016 y 2020), es el jugador con más partidos disputados en la historia de la NFL y tiene el mayor número de victorias tanto en total como en porcentaje de un quarterback en la historia de la liga. Para muchos analistas y aficionados, Tom Brady es el mejor jugador de fútbol americano de todos los tiempos.
Con 45 años aun jugaba en los Tampa Bay Buccaneers de la NFL. En 2019, a los 41 años, corrió las 40 yardas en 5,17 segundos. Once segundos más rápido que en aquella ‘combine’ previa al draft de 2000, cuando tenía 22 primaveras.
“Si volviésemos atrás en el tiempo y me dijeses que se iba a convertir en lo que se ha convertido te diría que no me tomases el pelo, como te hubiésemos dicho cualquiera de los que estábamos en ese equipo”. Drew Bledsoe, compañero de Brady en los New England Patriots.