fútbol

Cuando el Badajoz ganaba la UEFA y Mendizorroza era tan grande como el Camp Nou (la leyenda de PC Fútbol) 1ª parte

A mediados de los 80 una pulga apareció de la nada. La industria del videojuego llevaba una década cambiando los gustos de los niños y de los no tan niños y nadie se imaginaba que de un pequeño país a medio industrializar surgiese todo un conglomerado de empresarios de los bits. Adolescentes que aún no habían alcanzado la mayoría de edad idearon videojuegos en garajes o entre clase y clase de instituto al estilo Steve Jobs. En el plazo de cuatro años alguna de esas empresas llegó a venderse por más de 100 millones de euros. La mayoría se diluyeron como azucarillos.

Entre 1983 y 1992 España fue el segundo país de Europa en producción de software de videojuegos tras Reino Unido. Todo empezó con el Amstrad y se diluyó cuando los 8 bits dieron paso a los 16 bits. Los motivos técnicos de este fin son ajenos a mi persona. Ni es objeto de este artículo ni es materia que domine. Lo interesante para el caso es que en esos años empresas como Indescomp, Topo Soft o Made in Spain tenían gran peso en el mercado de los videojuegos. Juegos como La Pulga, Livingstone Supongo o Navy Moves son más que conocidos para aquellos afortunados con ordenador en la década de 1980.

A comienzos de los 90 todo esto era cosa del pasado. Las consolas de 16 bits habían sustituido al Amstrad como plataforma de juegos. Hubo entonces una crisis en la industria, ya que no se tenía claro el siguiente paso a dar. Las consolas quedaron en cierto punto arrinconadas hasta que Sony lance Play Station en 1994, pero seguían teniendo la hegemonía. Era mucho más barato producir un videojuego para consola, por lo que el ordenador tenía que ofrecer algo alternativo. El PC se iba asentando en las casas como material de trabajo o de estudio, pero su jugabilidad, basada en el engorroso sistema MS-DOS, era muy limitada.

La única empresa española que se mantuvo en pie a inicios de esa nueva década fue Dinamic que compitió con dos tipos de juegos. En primer lugar, con las aventuras gráficas. Juegos donde el ingenio y el ratón son indispensables, imbatibles para la videoconsola.

Y en segundo lugar con el deporte.

Eran juegos sencillos, cuasi rudimentarios, pero que apostaban por el patrocinio para triunfar. Fernando Martín Basket, Aspar GP o Michel Fútbol Master hacen las delicias de los que quieren ver pixelados a sus ídolos deportivos.

Y luego está el PC Fútbol. Droga de altísima calidad.

El inicio de todo

Todo comenzó en 1988 con el juego Michel Fútbol Master. Se trataba de un sencillo juego donde tenías que intentar conquistar la Eurocopa con alguna de las ocho selecciones disponibles. Para ello Michel, entonces estrella del Real Madrid, te ofrecía varios retos en forma de disparos, regates o pases. La idea de es un niño de Boadilla del Monte, del pequeño de cuatro hermanos. Se trata de Gaby Ruiz. A muchos les sonorá su nombre porque durante más de veinte años fue comentarista de las retransmisiones de fútbol internacional de Canal Plus. Hace una década dejo el periodismo para convertirse en director deportivo en diferentes clubes españoles e ingleses.

Y todo gracias a PC Fútbol.

El caso es que Víctor, Nacho y Pablo Ruiz eran tres hermanos que en los ochenta habían creado una empresa de videojuegos desde su propia casa con un Amstrad Spectrum. Locos de la informática, tenían un hermano pequeño, de nombre Gabriel, que vivía obsesionado por el fútbol. En uno de los frecuentes viajes que los tres hermanos mayores realizaban a Inglaterra le trajeron al pequeño un videojuego llamado Football Manager de gestión deportiva. Cada vez que le dejaban el ordenador el pequeño Gaby se afanaba por jugar a aquel rudimentario entretenimiento y el resto del tiempo se afanaba en darle la matraca a sus hermanos para que crearan un juego parecido a ese tal Football Manager. Así pues, viendo la insistencia de Gaby, el resto de los hermanos Ruiz contactaron con Michel que, entre alagado y sorprendido, dio el visto bueno a la creación del Michel Fútbol Master.

La idea funcionó y tuvo éxito. Así que mientras Gaby iniciaba sus estudios de periodismo seguía insistiéndole a sus hermanos sobre la idea de crear un simulador de gestión deportiva. Los Ruiz contactan con un programador llamado Carlos Abril para crear en 1992 el Simulador Profesional de Fútbol que permite seguir una Liga de 38 jornadas de principio a fin. No es un mal producto, pero se venden apenas 7.000 copias del título y Dinamic, auspiciada por las deudas, se enfrenta a una situación de quiebra técnica.

Es entonces cuando aparece en escena José Ignacio Gómez Centurión. Se trata de un veterano periodista con recorrido en Ya y Arriba, dos periódicos afines al Franquismo que fueron clausurados al proclamarse la democracia en España. Con la indemnización conseguida tras su despido cierra la terraza de su chalet y monta allí una pequeña empresa que denomina Hobby Press. Crea pues una revista con temas que versan desde coches radiocontrol al aeromodelismo, aficiones muy en boga en la década de 1980 y de las que Centurión es un auténtico devoto. Crea más adelante Micromanía, la primera revista dedicada a la informática y que es un éxito inmediato al vender más de 100.000 copias semanales en cerca de 35.000 quioscos. Los hermanos Ruíz son fieles lectores del semanario y de hecho mantienen contacto con Centurión de forma asidua desde que crearan Michel Fútbol Master.

Viendo el éxito y la pujanza de los videojuegos Centurión decide crear una nueva revista dedicada en exclusiva al mundo del entretenimiento virtual que denominará Hobby Consolas. Detecta pues los problemas económicos de los hermanos Ruiz y apuesta por hacerles una oferta. Decide comprar el 70% de la empresa que pasará a refundarse como Dinamic Multimedia. Los Ruiz mantienen el 30% del control y la iniciativa creativa, pero Centurión pasará a dirigir la empresa y a establecer la estrategia comercial.

Gaby Ruiz

El plan estratégico pasa por realizar videojuegos deportivos que deberían salir al mercado anualmente. Se apuesta por tres deportes y los títulos no dejan lugar a dudas sobre las intenciones. PC Atletismo, PC Basket y PC Fútbol. Eso es lo que dicta el contrato entre las dos partes. La primera prueba de fuego será el PC Basket que saldrá en 1993 con la posibilidad de disputar los playoffs de la Liga ACB 1992/93. Pero la aparición de ese juego es una mera anécdota ante el que será el buque insignia de la franquicia. Se trata de una nueva versión del simulador de fútbol que saldrá a la venta para la temporada 1993/94. Como es una evolución de la primera saga será bautizado como PC Fútbol 2.0 y cuenta, para delicia de los usuarios, con las licencias de jugadores y equipos.

El as en la manga de los hermanos Ruiz es Carlos Abril. Éste contaba con una herramienta que había creado para una editorial como una forma rápida y eficiente de buscar un libro. A través de esa herramienta se adapta el sistema para el PC Fútbol como base de datos para crear una especie de enciclopedia de jugadores, clubes y estadios.

El PC Fútbol 2.0 (1993/94) ofrece algo totalmente nuevo. Resolución en pantalla 640×480 con 16 colores y la posibilidad de gestionar alineación, tácticas y finanzas. Y todo ello con una base de datos que era consultada en las redacciones periodísticas de todo el país. No solo eso. Podías actualizar las plantillas a través de disquetes que conseguías en quioscos o a través de una suscripción a domicilio. Hoy parece el paleolítico. Antaño era el futuro.

Lo de los quioscos fue la clave de todo. Centurión era consciente de que había muchos más quioscos que tiendas de informática y era junto al periódico deportivo y a los álbumes de cromos donde tenía que estar PC Fútbol. Había además un motivo más para cambiar la estrategia. El IVA a los productos digitales era del 18% mientras que el de libros y revistas se mantenía en el 4%. PC Fútbol se vendía por 2.995 pesetas, un precio modesto para lo habitual entre los videojuegos. La clave residía en que junto a los disquetes o el CD-Rom del juego se entrega la revista PC Fútbol, con lo cual se podía disfrazar el videojuego como bien cultural y abaratar costes. El negocio estaba asegurado y cada edición de PC Fútbol doblaría en ventas al anterior.

PC Fútbol 2.0

La siguiente edición (3.0) experimenta ciertos cambios como un aumento de la resolución y de los colores y la posibilidad de realizar fichajes internacionales, pero en definitiva sigue el mismo patrón que la edición inaugural y su crecimiento sigue imparable. Todo se alió para que el PC Fútbol triunfase. Mediados de los 90. El PC se asienta como opción preferencial de sobremesa ayudado por los disquetes y el sistema operativo de Microsoft Windows. Al mismo tiempo los clubes se convirtieron, salvo contadas excepciones, en sociedades anónimas en 1992 por lo que pasaron a ser gestionados como empresas con sus respectivos balances. Y, por último, pero no menos importante, las retransmisiones televisivas de Canal Plus convirtieron al fútbol en una experiencia próxima al cine cautivando incluso a los menos futboleros. Todo este caldo de cultivo hizo que todo niño y adolescente (niñas por entonces pocas) deseasen gestionar un club de futbol. No solo jugar al fútbol. Sino fichar jugadores o construir estadios. Una experiencia nunca antes vista. El deporte rey con una base de datos descomunal. Una base de datos creada por periodistas que en vez de dar noticias se dedicaban a valorar parámetros de futbolistas de medio mundo.

Y es que, visto el éxito, el asunto se hizo más complejo. PC Fútbol era un juego relativamente sencillo de 38 jornadas en el que se buscaba que el usuario sacase el entrenador que todos llevamos dentro. Los hermanos Ruiz ordenaron un estudio de mercado y se descubrió que lo que le gustaba a la gente era hacer fichajes y construir un equipo desde la nada. Cuando el equipo gráfico esperaba dedicar horas y dinero a mejorar la jugabilidad del simulador resulta que descubrieron que eran las medias numéricas de cada jugador (energía, velocidad, regate, moral, defensa, remate, calidad), la base de datos, las finanzas o la remodelación del estadio lo que hacía que la gente se enganchase a PC Fútbol.

Todo ello hace que se refuerce la plantilla de programadores y se cree una plantilla de periodistas. Junto a Gaby Ruiz el cerebro en la base de datos de PC Fútbol es el también periodista de Canal Plus Julio Maldonado, conocido por todos como Maldini. Tanto Ruiz como Maldini hacen continuos viajes por Europa, bien por trabajo o bien por placer, y aprovechan para comprar libros, anuarios y revistas de estadísticas deportivas. Durante todo el verano graban en VHS partidos amistosos intercambiando cintas de vídeo con otros fanáticos del fútbol para conocer fichajes y jugadores de todo el planeta. Así se crea una base de datos monstruosa que luego es pulida por los informáticos. Éstos últimos diseñan escudos o campos de fútbol y se afanan en explicarle a los periodistas que poner ciertos números en código en un blog en blanco permitirá crear al futbolista de sus sueños.

El cóctel es explosivo y con PC Fútbol 4.0 (1995/96) el juego pasa a un siguiente nivel. Se añade la opción Promanager, en la que en vez de que el usuario escoja al equipo que quiera tendrá que empezar desde lo más bajo y ganarse el pan para poder dirigir a todo un Madrid o un Barça. Por vez primera la espada de Damocles está tras el PC y en caso de malos resultados deportivos o bancarrota económica el juego no te permitirá continuar. Se añaden también por vez primera los torneos europeos, así como la influencia de la moral en el juego del equipo en función de su posición liguera.

Es ya entonces PC Fútbol un juego que conocen profanos y mundanos. Ayuda también la figura de Michael Robinson, un simpático ex jugador inglés del CA Osasuna metido a estrella televisiva. Robinson se explicaba como los ángeles aun no sabiendo castellano y pronto se convirtió en figura mediática gracias a las retransmisiones de Canal Plus y al programa deportivo El Día Después, un exitazo que acertadamente Canal Plus decidió emitir en abierto. Además de ser la imagen en la portada del juego y en anuncios televisivos, Michael Robinson era el vivo retrato del carisma, la humildad y el buen rollo.

4.0 Y Robinson

Era 1995 y PC Fútbol estaba a punto de dar el gran salto. El salto definitivo que lo convertiría en boom mundial. Los que tenían PC lo disfrutaban. Los que aún no teníamos ordenador nos afanábamos para allanar la habitación de un buen amigo que dispusiera de tan preciado tesoro. Allí apagábamos la luz y nos dejábamos iluminar con aquel brillo futurista atenuado por un protector ocular que, según decían nuestros padres, nos protegía de la radiación cancerígena. Allí uno empezaba su aventura con el Villarreal buscando una plaza en semifinales de la Copa de la UEFA mientras el otro aguardaba turno con el Alavés sopesando la ampliación de un tercer anillo de gradas para Mendizorroza.

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One club man

El Athletic Club de Bilbao es un club especial. No es un club cualquiera. Cada uno de nosotros podríamos decir lo mismo del equipo de nuestros amores, pero estaríamos faltando a la verdad. El Athletic cuenta con una filosofía propia que trasciende más allá del rectángulo de juego. No por admirada es querida. El Athletic cuenta con unas cuantas legiones de rechazo a lo largo de los cuatro puntos cardinales de la geografía española. Son vascos. Y ya se sabe que lo vasco tiene más detractores que admiradores. Pero los odios también se ciñen a las fronteras de lo que ellos dan en llamar Euskalherria. El Athletic es un león que devora piezas menores y esquilma a base de talonario las canteras de los demás equipos vascos.

Las propias limitaciones del modelo hacen indispensable el dinero para mantenerlo en pie. El Athletic sobrepaga a sus jugadores con la única finalidad de retenerlos. Salvo Barça, Madrid o Atlético nadie paga tanto como el Athletic. Un suplente bilbaíno gana con facilidad el doble que cualquier chupabanquillos de otro conjunto de Primera. Sí, por el contrario, el Athletic decide fichar a un jugador conoce que debe pagar un sobrecoste extra a sabiendas de que su demanda es muy elevada y su oferta limitada. Muchos de esos gastos son sufragados con dinero público vasco, hecho que incita recelos y protestas de sus vecinos de San Sebastián y del resto de equipos de Euskadi.

Esa política, tan suicida como racista y tan valiente como romántica, hace del Athletic un club especial. A nadie le importa ganar un título con once futbolistas de origen más allá de los Pirineos y a nadie le importa que se equipo consiga ascender a Primera con once deportistas del otro lado del Atlántico. A nadie. Pero si tu sino es ver pasar los domingos con la única aspiración de entrar en Europa de tanto en cuando, de lograr la permanencia un año tras otro o de pasar una insulsa vida en Segunda per saecula saeculorum, siempre es mejor hacerlo con chicos de la casa. Con chavales que sabes que fueron criados en tu barrio, en tu ciudad o en tu comarca y que comparten un sentimiento de apego hacia el club al que con fervor sigues desde tu infancia.

Es digno de elogio lo que hace el Athletic y mucho más desde que a mediados de los 90 el fútbol abrió fronteras y se eliminaron las restricciones para la compra venta de jugadores. A pesar de que el Athletic paga generosos sueldos fuera de mercado es incapaz de retener a sus mejores futbolistas, en especial si son de corte ofensivo, los más demandados por los grandes equipos. Si antes Barça (Garay, Zubizarreta, Salinas, Alexanko, Goicoetxea, Iñigo Martínez…) y en menor medida Madrid (Alkorta o Karanka) echaban sus redes en Bilbao, ahora la pesca es de altura. Javi Martínez (FC Bayern), Ander Herrera (Manchester United), Fernando Llorente (Juventus), Kepa (Chelsea FC) y Laporte (Manchester City) son ejemplos de ello.

Dado que el Athletic no puede competir ni en sueldos ni en palmarés con semejantes transatlánticos, debe entonces apelar a los sentimientos. El Athletic hace mucho que ha dejado de ser un grande. Sí hoy, 5 de abril de 2024, me están leyendo sabrán que los leones llevan cuatro décadas sin sacar la gabarra. Sí me leen dentro de un par de días es muy probable que estén celebrando un título. Sería suceso extraordinario, porque el Athletic elogia un sentimiento y poco más que eso.

Por todo esto a la directiva del Athletic Club se le ocurrió en 2015 una feliz idea. Dado que solo pueden apelar a los sentimientos para que sus jugadores decidan hacer carrera en Bilbao se inventaron el One Club Man. Se trata de un premio que está cogiendo una cierta notoriedad a nivel internacional por innovador y por su carga simbólica. Anualmente se recompensa a un futbolista (masculino y femenino) ya retirado cuya longeva carrera siempre haya trascurrido en el mismo equipo.

El ganador recibe un homenaje, con entrevistas incluidas, durante un fin de semana y la entrega del premio se realiza en el descanso de un partido que el Athletic dispute en San Mamés. Ese día se invita al campo a todos los jugadores del Athletic, desde los del primer equipo, quienes ya están en el estadio, como a todos los integrantes de las categorías inferiores cuyos compromisos les permitan acudir. La idea es homenajear a esa estrella internacional que con su presencia da renombre al premio, pero, al mismo tiempo, la intención es que esos futbolistas comprendan que se puede tener una larga, feliz y exitosa carrera defendiendo únicamente al club de tus amores.

José Ángel Iribar, el futbolista que más partidos ha disputado con la camiseta del Athletic, y el niño más joven que forme parte de la cantera de Lezama, acompañan al homenajeado al centro del campo para hacerle entrega de su trofeo. A Iribar, por cierto, nunca le han dado el trofeo porque los futbolistas del Athletic están excluidos del mismo.

One Club Man Award

Futbolistas que hayan jugado en un mismo club toda su carrera no hay muchos. Según la Wikipedia su número ronda los 300. Y esa cifra tiene algunos matices. En primer lugar, muchos de esos jugadores son semiprofesionales y pertenecen a ligas menores que pueden ir desde Guatemala a Japón o a una categoría secundaria de una liga potente. Y en segundo, y más relevante lugar, muchos de esos futbolistas son de inicios del siglo XX cuando cambiar de equipo era una quimera. De esos los hay a patadas.

El Athletic cuenta con un buen ramillete de ellos. De esos de los que poco sabemos, pero retumban en nuestra memoria. Rafael Moreno ‘Pichichi’, José María Belauste (el de ¡A mí Sabino, que los arrollo!) o Piru Gainza son los más destacados. Sagi-Barba del Barça o Santiago Bernabéu, el tiempo después factótum blanco, pasaron su vida futbolística con la misma escuadra. Guillermo Eizaguirre, el segundo de Ricardo Zamora en la selección, pasó su carrera en el Sevilla FC y Antonio Emery, el abuelo del afamado entrenador, defendió toda su vida la elástica del Real Unión de Irún. Ya tras la II Guerra Mundial, contemporáneo a Gainza, Antonio Puchades pasó su carrera en el Valencia CF y José María Zárraga ganó cinco Copas de Europa con el Real Madrid. En el ámbito internacional Gianpiero Boniperti defenderá en más de 450 ocasiones la zamarra de la Juventus, Antonio Rattin sumará cerca de 400 partidos con Boca Juniors y Lev Yashin tendrá una larguísima carrera que inicia en 1949 para finalizar en 1971 a los 42 años protegido por el escudo del Dinamo de Moscú. Incluso podríamos destacar a Bob Paisley, leyenda de los banquillos con tres Copas de Europa con el Liverpool FC, pero antes de esos logros fue futbolista red entre 1939 y 1954.

Hay unos cuantos más de esos cuya grandeza ha sido magnificada por relatos heroicos en tiempos donde la pluma y el papel enaltecían hazañas y derribaban hombres. Jugadores como José Piendibene (Peñarol), Gyula Birö (MTK Budapest), Giampero Combi (Juventus), Frantisek Planicka (Slavia Praga), Angelo Schiavio (Bolonia FC), Fernando Peyroteo (Sporting Lisboa), Billy Wright (Wolverhampton), Jozsef Bozsik (Hònved), Bill Foulkes (Manchester United) o Max Morlock (FC Nuremberg) forman parte de la mitología. Si hay alguno de estos nombres que les suenen de oídas me daré por satisfecho. Eso querrá decir que han leído y han prestado atención a alguno de los artículos que llevo escribiendo desde el año 2017.

Lev Yashin (Dinamo de Moscú)

Si nos vamos a los tiempos modernos, considerando modernos el inicio de la década de 1960 cuando la televisión ya está asentada y las competiciones continentales de clubes recién creadas empiezan a volar, el número de futbolistas de un solo club es más limitado. Aun así seguimos encontrando fieles a un mismo escudo. En la cuna del fútbol hallamos un par de ejemplos que coinciden con los años gloriosos de los equipos cuyos colores defienden. Jack Charlton (1952-73) en el Leeds United o Billy McNeill (1957-75) en el Celtic de Glasgow. Lo mismo sucede más allá del Telón de Acero con Eduard Streitsov (1954-70) en el Torpedo de Moscú, el ganador del Balón de Oro Florian Albert (1958-74) en el Ferencvaros o con el héroe de la Alemania comunista Jürgen Sparwasser (1966-79) en el FC Magdeburgo.

Alemán, de los autodenominados buenos, fue Uwe Seeler (1953-72) leyenda del Hamburgo SV que goleó en cuatro mundiales, pero no ganó ninguno. Si triunfaron con Alemania el defensa del Borussia Mönchengladbach​ Berti Vogts (1965-79), el extremo del Eintracht Frankfurt Jürgen Grabowski (1965-70) y los futbolistas del gran Bayern tricampeón europeo Sepp Maier (1966-79) y Hans-Georg Schwarzenbeck (1966-80).

Tricampeón europeo también fue el Ajax neerlandés gracias a jugadores como Sjaak Swart (1956-73) o Piet Keizer (1960-75). Bicampeón fue el Inter milanés de Sandro Mazzola (1960-77) y Giancinto Facchetti (1961-78). Décadas más tarde también cumplió toda una vida en el Inter Giuseppe Bergomi (1979-99) al igual que su contemporáneo Franco Baresi (1977-97) lo hizo en el AC Milan. Por cierto, tanto Facchetti como Baresi fueron además de jugadores, directivos y presidentes, al estilo Santiago Bernabéu. Otros como Manuel Pellegrini (1973-86) hicieron carrera como jugador y entrenador en su club de siempre (Universidad de Chile), aunque alcanzaron la fama en otras latitudes.

En clave española encontramos jugadores que forman parte de la mejor época de sus equipos, sean éstos modestos o con pedigrí. Tonono (1962-75) y Joaquín (1976-92) formaron parte de la UD Las Palmas y del Sporting Gijón respectivamente. Pepe Claramunt (1966-78) ganó una Liga con el Valencia CF e Iribar (1962-80) y Txetxu Rojo (1965-82) vivieron los penúltimos coletazos de grandeza del Athletic. Mención especial merece la Real Sociedad campeona de Liga en 1979 y 1980. Su éxito se fomentó en un grupo de canteranos que permanecieron fieles al club durante más de una década. Su fidelidad es digna de admiración. Kortaberría (1971-85), Satústregui (1973-86), Zamora (1974-89), Gájate (1977-92), Górriz (1979-93), Larrañaga (1979-94) y el gran capitán y fenomenal guardameta Luis Arconada (1974-89).

Aquella Real gobernó el ámbito doméstico, pero fue incapaz de alcanzar el éxito internacional. Si lo hizo Ricardo Bochini (1972-91) con Independiente de Avellaneda, Jôao Pinto (1981-97) en el FC Porto, Michael Zorc (1981-98) con el Borussia Dortmund o Marcos Bode (1989-02) con el Werder Bremen. No lo consiguió Nené (1967-86), sucesor de Eusebio en el SL Benfica, ni Klaus Augenthaler (75-91) con el FC Bayern. Charly Rexach (1964-81) se tuvo que conformar con una Recopa con el FC Barcelona. A Chendo (1982-98) le dio para ganar al límite una Copa de Europa con el Real Madrid, mientras que Manolo Sanchís (1983-01) levantó un par de ellas en el descuento de su carrera.

Manolo Sanchís (Real Madrid)

Los especímenes más especiales son aquellos que han conseguido ser fieles a un mismo club en el siglo XXI, cuando es prácticamente imposible resistirse a los cantos de sirena de la globalización y del poder de persuasión del dinero. Cierto es que hay alguno de ellos cuyo nivel futbolístico estaba más que exigido. Desde Aitor Larrazábal (1990-04) o Carlos Gurpegui (2002-16) en el Athletic, a Xabi Prieto (2003-18) en la Real Sociedad, Paco Soler (1990-04) en el RCD Mallorca, Juanma López (1990-01) en el Atlético de Madrid, Bruno Soriano (2006-20) en el Villarreal FC, Lars Ricken (1993-09) o Marcel Schmelzer (2008-22) en el Borussia Dortmund, Ledley King (1999-12) en el Tottenham Hotspur o Igor Malafeev (1999-16) en el Zenit. Mención especial merece el teutón Thomas Schaaf (1978-95), quien tras ser futbolista en el Werder Bremen fue entrenador hasta 2013. Más de tres décadas ligado al Werder sumando tres de las cuatro ligas y cinco de las seis copas que tiene el club fundado en la ribera del río Weser.

Luego hay otro tipo de futbolistas que fueron fieles a unos mismos colores desoyendo cantos de sirena. El más emblemático es Matthew Le Tissier (1986-02) que vivió una cómoda vida en el Southampton FC ya que despreciaba el estrés de pertenecer a un gran club. Le Tissier no ganó nada en su carrera al igual que Julen Guerrero (1992-06) no ganó nada con el Athletic. La diferencia es que Guerrero tuvo pie y medio fuera de Bilbao, pero fue regado con una lluvia de millones para permanecer fiel a la causa. Lo mismo le pasó a Fran (1987-05) en el RC Deportivo o a Francesco Totti (1993-2017), aunque ambos lograron títulos con el club de sus amores. Totti incluso ganó un Mundial y si no fue Balón de Oro fue porque la AS Roma no es club de campanillas.

Por último, están aquellos que no podían haber estado en mejor sitio que en el que estaban. ¿Para qué cambiar de equipo si es el de mis amores y además es uno de los mejores del mundo? Eso fue lo que le sucedió a Tony Adams (1984-02) en el Arsenal FC o a Jamie Carragher (1997-13) en el Liverpool FC. Si aún encima tu carrera en el club de tus amores coincide con el dominio mundial de tu equipo, el éxtasis debe estar asegurado. Eso fue lo que le tuvo que ocurrir a Ryan Giggs (1991-14), Gary Neville (1992-12) y Paul Scholes (1993-13) en el Manchester United, a Carles Puyol (1999-14) en el FC Barcelona y, especialmente, a Paolo Maldini (1985-09) toda una vida de victorias en el intimidante AC Milan ganador de cinco Copas de Europa.

Paolo Maldini (AC Milan)

La lista irá agrandándose con el paso del tiempo, aunque las vicisitudes del fútbol actual harán cada vez más difícil sumar adeptos a la lista. A las puertas de ser One Club Man están, en el momento de escribir estas líneas, el barcelonista Sergi Roberto (improbable), el madridista Nacho Fernández (posible) o el castellonense Manu Trigueros (previsible). En el teatro europeo acabarán siendo One Club Man Igor Akinfeev con el CSKA de Moscú y, a menos que los cantos de sirena de algún país emergente no le hagan sucumbir, también formara parte del listado el mediapunta del FC Bayern Thomas Müller.

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Un apunte sobre los colores nacionales

Formalmente los Estado-Nación se formaron tras la Paz de Westfalia que dio por finalizada la Guerra de los Treinta Años en 1648. Se ponía entonces coto al poder feudal y se daba paso a organizaciones territoriales fundamentadas en un gobierno que reconocía sus límites y su poder. En la práctica esta teoría no sería realidad hasta la Revolución Francesa de 1789 en la que el gobierno dejaba de estar integrado únicamente por el rey y los nobles para otorgar legitimidad al pueblo. En un Estado-Nación no hay periferias conquistadas ni subordinadas (como en el Imperio), abarca a un extenso grupo de ciudades (no es una Ciudad-Estado como las polis de la Antigua Grecia) y no es una liga confederada de Estados (como la Unión Europea). Tradicionalmente un Estado-Nación estaba dominado por una etnia concreta supuesto que, con el multiculturalismo actual, está en entredicho. No es extraño que sea ese el motivo principal de la actual decadencia de esta forma de gobierno.

El Estado-Nación tuvo que adoptar una ideología y un simbolismo. Ya no era el rey, aunque muchos estados han mantenido a la monarquía como fuente de legitimidad, sino un conjunto de reglas acordadas entre iguales las que fomentaban la unión. El traje, la comida, la moneda, la fiesta nacional, el idioma o hasta la mitología de una batalla fundacional forman parte del acervo cultural, de la argamasa que une a la sociedad.

Con todo ello, son tres los símbolos esenciales en los que se fundamenta el Estado-Nación. Importantes en la actualidad y trascendentales en el pasado cuando los niveles de analfabetismo rallaban lo obsceno. Se trata del himno, del escudo y de la bandera. Para el fútbol, instrumento notable de socialización y construcción del Estado-Nación, estos tres elementos son básicos en la simbología de sus selecciones nacionales. Si bien el himno sólo hace su marcial aparición al inicio de los encuentros internacionales, tanto el escudo como la bandera son intrínsecos a los colores con los que identificamos a ese país cuyas hazañas bélicas dieron paso a las deportivas, las cuales serán más banales, pero también menos sangrientas.

Como tantos otros equipos Italia comenzó vistiendo de blanco, simplemente por motivos económicos. Así ocurrió en el primer partido de Italia, una victoria por 6-2 ante Francia en Milán. El color nevado sigue siendo el identificativo de su segunda equipación. Pero el color representativo de la selección italiana es el azul, a pesar de que la bandera transalpina obvia el color del cielo en cada una de sus tres franjas. El motivo de tal elección es que el azul es el color identificativo de la familia real de Saboya, casa gobernante desde la unificación del país en 1870.

Es por ello que a Italia se le conoce como Azurra, aunque en realidad el color de la camiseta fue celeste hasta que en 1934 pasó a tener ese azul oscuro que hoy reconocemos con celeridad. En aquellos años, se cambió el blanco de la segunda equipación por el negro fascista por deseo de Mussolini. Habría más cambios con la camiseta suplente. En los años 50 se mudó el blanco por el verde en las categorías inferiores. La idea era que el verde (de tono aguamarina) era un color de transición antes de llegar al azul. De juvenil serás verde antes de convertirte en azzurro. Esa era la idea. Tal color es usado en la actualidad para alguna tercera equipación. Y el azul, el azul de los Saboya, sigue siendo el color de Italia a pesar de que desde 1945 los monarcas ni están ni se les espera.

Italia 38. Saboya + fasces

Motivos reales también son los que llevaron a Países Bajos a adoptar el naranja como el color de su selección a pesar de lucir una bandera roja, blanca y azul. Su primera camiseta fue blanca con una franja en diagonal con los colores de la bandera. Eso duró poco. Pronto se pasó al naranja. El origen se remonta a 1648 cuando los neerlandeses declararon su independencia tras derrotar a los Austrias españoles. El líder de la revolución fue Guillermo de Orange-Nassau y su casa la gobernante en la monarquía del país. La bandera de los Orange-Nassau está formada por dos franjas naranjas y una azul, de ahí que la primera equipación de los neerlandeses sea la naranja y la suplente sea, tradicionalmente, azul.

Otra legendaria selección traicionera con los colores de su bandera es la alemana. El rojo, negro y amarillo es cambiado por el blanco. Su camiseta color albo y pantalón negro es representativa del reino de Prusia, cuna de la patria alemana. La indumentaria alternativa está, como todas, sujeta a cambios mercadotécnicos, pero tradicionalmente es de color verde. El motivo es que la primera selección que se dignó a jugar contra Alemania tras la II Guerra Mundial fue la irlandesa, por lo que los germanos adoptaron el verde como agradecimiento en un momento en el que estaban excluidos de todo tipo de evento internacional. Desde que se adoptó, hace más de 70 años, las equipaciones han sido suministradas por la también alemana Adidas, en una relación que será rota en 2027 al claudicar ante los dólares de Nike.

En ocasiones no hay que complicarse tanto. Muchas otras selecciones nacionales simplemente adoptaron el color de la bandera y del escudo nacional. Es el caso de Irlanda, Austria, Turquía o Suiza. Otras no. Verde es el color que luce la elástica de Eslovenia y de Eslovaquia, aunque en este caso los motivos son mucho más frugales. Son ambos países de etnia eslava (de ahí la raíz de su nombre), lograron la independencia en tiempos recientes, de idiomas parecidos y con una extensión kilométrica y una geografía física similar. Ambos países lucen en sus banderas franjas horizontales con los colores azul, blanco y rojo (los de Rusia, el gran país eslavo) pero ambas han adoptado el verde en su camiseta nacional. ¿El motivo? Amor por la naturaleza. Nada representa más a ambos países que el verde de sus montañas, sus bosques y sus prados.

Tras la desintegración de la Unión Soviética los rusos adoptaron el color blanco con detalles en azul y rojo propios de su bandera. No son otros que los colores del Imperio Ruso establecidos siglos atrás por Pedro I en San Petersburgo. Sin embargo, los 90 fueron duros para los rusos, y no sólo en el ámbito futbolístico, por lo que en 2008 se decidió volver al rojo como primera equipación como una de las múltiples operaciones de vuelta a la grandeza impulsadas por Vladimir Putin. El impacto en resultados no ha mejorado, pero el rojo se ha quedado para no marchar.

España jugó su primer partido en los Juegos Olímpicos de 1920 con medias negras, pantalón blanco y camiseta roja. En el pecho lucía un león rampante de tonos amarillos. Se pasaría luego al blanco en la camiseta para volver definitivamente al rojo. Tras la Guerra Civil se adoptó el azul falangista. Desde 1947 La Roja siempre ha sido roja, aunque el desvarío ha tenido lugar con los pantalones. Blancos, azules, negros y rojos. La tradición dicta que sean azules, al igual que la segunda equipación, una reminiscencia del Franquismo, dado que el azul no forma parte de la bandera nacional.

Vamos ahora con los Estados por antonomasia de Europa. El republicano y el monárquico. Francia siempre ha jugado con su hermosa combinación de colores. En su primer partido internacional contra Bélgica en 1904 la camiseta era blanca, el pantalón azul y las medias rojas. Las medias han permanecido inalterables, pero en 1920 se tornaron los colores de camiseta y pantalón y así siguen hasta el presente. El escudo siempre ha estado adornado por un gallo, de lo cual se aprovechó durante muchos años la empresa suministradora de material deportivo Le Coq Sportif. Aunque no es símbolo oficial, el gallo galo es una raza de gallina salvaje que desde tiempos antiguos puebla el hexágono francés. No en vano los romanos llamaban a aquellas tierras Galia, por la cantidad de gallos y por el orgullo que mostraban tanto los animales como sus dueños.

En Inglaterra no hay mucho que contar. Es de las escasísimas selecciones que se ha mantenido inalterable con el paso del tiempo. Camiseta blanca desde 1872 con la única variación del calzón entre blanco y azul. Igualmente imvariable es el rojo de la camiseta suplente (el otro color de la bandera que conforma la Cruz de San Jorge). Lo más llamativo de la zamarra inglesa es lo que esconde su escudo. Tres leones como distintivo de Ricardo III (icono de caballería, monarquía y grandeza) rodeados de diez rosas de la Casa Tudor (para distinguirse del cricket que únicamente usa una) cada una de ellas en representación de una división regional del futbol inglés. Encima del escudo debería verse una estrella dorada en conmemoración del Mundial ganado en 1966. Sin embargo, no es así. La flema inglesa es de tal calibre que prefieren ocultar la estrella, ya que consideran que aquel Mundial no fue ganado en buena lid. Cabe recordar que Inglaterra venció a Alemania en la prórroga con un gol fantasma que no debió subir al marcador. Sólo los ingleses son capaces de resultar iguales de insoportables restregando un triunfo que ocultándolo.

Inglaterra…sin estrella

Como en el caso de Italia, la selección brasileña eligió el blanco por una cuestión económica. Al blanco se le añadió el azul para el pantalón, aunque el uniforme sería completamente blanco cuando Uruguay asalte Maracaná en 1950 y les quite el título mundial a los brasileños contra todo pronóstico. Fue tal el impacto del Maracanazo que se decidió eliminar para siempre el blanco de la camiseta. No sólo eso. Tal era el miedo a repetir todo lo hecho anteriormente que se decidió que el número de las camisetas para cada jugador fuese establecido por sorteo.

Se estableció un concurso público en el que el único requisito era que la camiseta tendría que combinar los colores de la bandera brasileña. Curiosamente el diseñador ganador del concurso era…un uruguayo…Su diseño fue azul y blanco para la segunda equipación y el verde y el amarillo para la primera. Desde entonces la Verdeamarela o Canarinha ha ganado cinco campeonatos mundiales. En el primero de ellos, en 1958, el portero Gilmar llevó el número ‘3’ y Pelé fue el ‘10’ por puro azar. Afortunadamente el amarillo sigue siendo el color de Brasil, pero lo de los números acabó desterrándose al poco tiempo.

Para los mexicanos el color rojo guinda de su primera camiseta era una forma de homenajear los orígenes españoles del país. Así jugaron hasta que a mediados de los 50 decidieron usar una camiseta verde más acorde con la bandera nacional. La Tricolor, como se conoce a los aztecas, no adoptarían el pantalón blanco y las medias rojas tan características hasta el Mundial 1986 en el que fueron anfitriones.

A Venezuela se le conoce como la Vinotinto, caso extraño en un país cuya bandera porta amarillo, azul y rojo. Esos eran los colores de la Gran Colombia surgida tras la Independencia de Sudamérica y que englobaba a las actuales Venezuela, Colombia y Ecuador. Estos tres países comparten colores nacionales, por lo que los dirigentes venezolanos decidieron modificar el amarillo de la camiseta por el vinotinto simplemente para diferenciarse, y con éxito, de sus vecinos.

Aunque a decir verdad Colombia no fue siempre amarilla. Antes de usar camiseta color pollo, con calzas azules y medias rojas, las primeras camisetas del país cafetero fueron azules con la bandera colombiana en el pecho. Pasó más tarde a ser blanca, dado que la base para el primer equipo que fue a una Copa América (1945) venía del Júnior de Barranquilla. Luego, en los años 70, usó un uniforme naranja con pantalones blancos porque la federación colombiana, en plena reconstrucción, quedó maravillada por el futbol total de la Naranja Mecánica. No fue hasta 1985 cuando se adoptaron los colores actuales y aun así sigue siendo de esos países que cada dos por tres le da una vuelta sinsentido a su uniforme.

Sigamos. Si las camisetas fueran fieles al diseño de la bandera, Argentina tendría una camiseta con más azul celeste, mientras que Uruguay jugaría con rayas blancas y azules. ¿Por qué es al revés?

Argentina y Uruguay tienen una de las rivalidades más enconadas en el panorama internacional. Quizás la más agreste. Son dos países separados por el Rio de Plata y la Banda Oriental del Uruguay no es un más que un bosquejo de lo que antaño había sido la Gran Argentina. Si solera tiene el enfrentamiento entre Inglaterra y Escocia no lo es menos el de uruguayos frente a argentinos. El primer torneo internacional que acuñaron fue la Copa Lipton, un torneo anual entre estos dos países que se inició en 1905.

Ni unos ni otros tenían entonces camiseta oficial. Solía usarse la del club que cedía el estadio para la disputa del partido. En la edición de 1910 celebrada en Montevideo se dio por usar las camisetas de rayas rojas y blancas del River Plate FC uruguayo (no confundir con su afamado tocayo argentino) y las también rojiblancas del Alumni Athletic argentino. Como ambos equipos usaban la misma camiseta, los argentinos les pidieron a los uruguayos que usaran otro color. El color de la camiseta alternativa era celeste con pantalón negro. Así pues, Uruguay jugó de celeste y ganó la Copa Lipton. Tal fue el éxito que se adoptaron dichos colores. El Alumni, abochornado por no haberse dado cuenta de la confusión, decidió salomónicamente cambiar las rayas rojas y blancas por azules y blancas. El Alumni, ganador de 10 ligas de 11 posibles, era entonces el club de referencia en el país, por lo que se tornó lógico que al año siguiente Argentina adoptase la camiseta albiceleste como la oficial.

Así es como tendría que ser Uruguay…

Demos para finalizar una breve vuelta por otros lugares del planeta. En el país más poblado del mundo el fútbol importa más bien poco. No así el criquet. Hubo entonces que escoger un color nacional. Pensaron pues en la bandera de la nación. Naranja (azafrán como es denominado), blanco y verde. Pasaba que los dos principales partidos políticos usan el azafrán por lo que decidieron descartarlo. El blanco simplemente no gustó y el verde era el color usado por Pakistán, país contra el que India tiene varios litigios fronterizos abiertos. Se decidió entonces usar una camiseta azul que representase tanto el cielo como el mar. Cuando la selección de fútbol de India hubo de escoger sus colores decidió imitar lo ya decidido por sus paisanos del criquet.

En África no existen cortapisas a la hora de usar los colores. Si llamativas son las banderas, también lo serán las camisetas. Existen un par de excepciones. Tanto Senegal como Ghana juegan con camiseta blanca a pesar de que ese color no forma parte de sus respectivas banderas nacionales. Camerún juega de verde, pantalón rojo y medias amarillas, siendo totalmente fiel a los colores de su bandera. Hace un par de décadas fue la primera selección en apostar por una camiseta de mangas de estilo baloncestístico. La FIFA decretó su prohibición ya que según argumentó no había espacio suficiente para que se viese el logo del máximo organismo del fútbol mundial.

Australia, con bandera británica y fondo azul, quiso olvidar su pasado colonial y apostó por los colores amarillos y verdes tan característicos de sus desiertos y de sus bosques. Japón, ya para concluir, podría parecer una fácil elección. Círculo rojo sobre fondo blanco dictamina su bandera. Rojiblanco. Rojo y de pantalón blanco. Estaría bien. No obstante, los nipones visten de azul tanto de camiseta como de pantalón. El motivo radica en que es el azul el color sobre el que más destaca su bandera, la cual lucen en el pecho. De todos modos, a finales de los 80 los nipones cambiaron su tradicional azul por un rojo intenso buscando clasificarse para su primer Mundial. Visto que los resultados fueron igual de mediocres que antaño volvieron a lo ya conocido y así siguen de azul impoluto.

Japón. Años 80

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Ben Barek

Nació en 1914. O en 1915. O en 1916. O en 1917. No se sabe a ciencia cierta. El mito procede en parte de la nebulosa sobre sus orígenes. El caso es que nació en Francia. En Casablanca. Y es que Casablanca era entonces protectorado francés. Abd-al-Qadir Larbi Ben Barek jugaba descalzo en la calle, en campos de tierra. De la calle pasó al US Moracaine, donde ganó una liga, igualmente descalzo e igualmente en campos de tierra.

El paso natural era coger el barco y atracar en la metrópoli. Y no hay puerto más multicultural que el de Marsella. Hoy sólo uno de cada diez nacidos en las bocas del Ródano son hijos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero en tiempos de la romana Massilia ya era ciudad de namibios, egipcios, fenicios y gente de todo tipo y condición.

La perla negra acaba en el Velodróme. Juega una temporada en el Olympique de Marsella y estalla la II Guerra Mundial. Vuelve a casa. Al Wydad Casablanca, club fundado en ese instante. Allí echa seis años. Son oscuros, alejados de tono honor y toda gloria. Es Casablanca lugar de intrigas, miedos y espías. De Bogart y Bergman. La perla negra pierde los mejores años de su vida. Cuando tendría que estar sentando cátedra en los mejores estadios de Europa está jugando descalzo en campos de tierra lejos de los focos del fútbol mundial. Ben Barek es un falso autónomo. No tiene sueldo y tan sólo cobra por partido jugado y ganado. A tiempo parcial también trabaja en una gasolinera.

Durante la guerra jugó muchos partidos defendiendo los intereses de Marruecos. Y es que Ben Barek fue internacional marroquí, pero de aquella manera. Marruecos no era un Estado. Tan sólo se le permitían disputar partidos amigables. Uno de ellos tiene lugar en 1945, semanas antes de que concluya la guerra. El rival es un combinado de prisioneros italianos con pasado futbolístico.

Es entonces cuando Helenio aparece en escena. Argentino criado en Marruecos, futbolista de carrera en Francia, Helenio Herrera acaba de colgar las botas y su encuentra en Casablanca haciendo un curso de la FIFA para iniciar su carrera como entrenador. Pasado el verano irá a dirigir al Stade Français en su primer reto como técnico. Se trata de un reputado club parisino de rugby con una modesta sección futbolística que milita en la segunda categoría gala.

Herrera sabe de sobra quien es Ben Barek. Coincidió con él en los ásperos campos marroquís y es consciente de sus posibilidades. Sin dudar se lo lleva de vuelta a Francia. A la segunda categoría. El primer año ascienden y en el segundo se quedan a las puertas de ganar la Copa de Francia.

Herrera (izq) y Ben Barek (dch)

Por entonces Ben Barek tiene 34 años. O 33. O 32. O 31 años. El Stade Français juega un amistoso en el Metropolitano (en el de verdad, no en el Wanda-Civitas) y deslumbra. Técnicamente es un escándalo, le pega con las dos piernas y dispara fuerte, seco y duro desde fuera del área. Tira los penaltis como los ángeles. Le pega con el exterior del pie derecho hacia el lado izquierdo del portero mientras gira su cuerpo al lado contrario. “¡Al negro! ¡Al negro! ¡Hay que fichar al negro!”, berrea desde el palco Cesáreo Galíndez, presidente del Atlético de Madrid. Pagará 17 millones de francos por su fichaje. Una pasta en la época. Al poco firma también a Helenio Herrera para el banquillo colchonero.

Y el negro se quedó en el Atlético durante seis temporadas. Hasta los 40 años si nació en 1914. Hasta los 37 años si nació en 1917. Ganó dos ligas, jugó 114 partidos y marcó 58 goles. Junto a Perez Payá, Juncosa, Carlsson y Escudero formó la llamada Delantera de Seda bautizada así por lo delicado y transparente de su juego. En un fútbol de cinco delanteros se abarrotaban los estadios para verlos. A Ben Barek y a los otros cuatro. Por este orden.

Luego, a la edad que fuese, volvió a Marsella y lo hicieron internacional de nuevo. Aun hoy sigue siendo el hombre con mayor longevidad en la historia de la tricolor francesa. Pasaron 15 años y 10 meses desde su debut en 1938 hasta su último entorchado en 1954. En el 38 jugó en Nápoles. Italia vs Francia. Fascismo vs democracia. Preludio de la guerra. Hay dos negros sobre el campo. Ben Barek y el francés de origen senegalés Diagne. La pitada es monumental. Gana Italia 1-0, pero la imagen del partido es la de Ben Barek con las venas marcadas en el cuello entonando la Marsellesa.

Al tiempo Marruecos se independizó. Era 1956. Larbi Ben Barek vuelve a casa. Juega tres temporadas en el nuevo país y se convierte en el primer seleccionador marroquí. El primer partido fue una fabulosa victoria por 2-3 en Paris a una selección B francesa. Pero no tuvo éxito. Esas piernas de ébano no tuvieron continuidad detrás de una pizarra. Cuando vestía de corto le podía haber ido mucho mejor, pero se topó con la guerra. El resto de la vida le fue mal. Nació pobre y murió más pobre aún. Sus dos esposas y sus hijos se fueron todos antes que él. Murió sólo. Cuando se encontró su cadáver una mañana de 1992 olía a podre. Llevaba varios días fallecido. Nadie reparó en su ausencia. Los homenajes llegaron después. La FIFA le otorgó la Orden del Mérito a título póstumo y el remozado estadio de Casablanca lleva su nombre.

Ben Barek hoy no es nadie. En Marruecos no se le perdonan sus 19 partidos internacionales con Francia y esas venas marcadas entonando la Marsellesa. En Francia no se le perdona su compromiso por la independencia de Marruecos. Luego vino la guerra de Argelia y acabó de rematarlo todo. En Francia no toleraron su apoyo a los argelinos y en Marruecos fue igualmente visto como el demonio con patas. Sólo en Madrid, al menos en la parte rojiblanca de la ciudad, se ganó el cariño de la gente. Pero sus hazañas, privadas de imágenes, solo son defendibles con palabras. Y las palabras, como el honor y la sinceridad, cada vez tienen menos poder entre la gente.

https://www.youtube.com/watch?v=bee4HgLrpGQ

“Si yo soy el rey del fútbol, Ben Barek es el dios del fútbol”. Pelé.

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Cuando Cruyff jugó en el Feyenoord

Para 1983 Johan Cruyff era un futbolista en desuso. A los 37 años seguía dirigiendo a sus camaradas como guardia de tráfico y golpeaba el balón con delicadeza e inteligencia de un lado al otro del campo. Su ingenio seguía tan vivo como de costumbre. Hasta le dio por inventar una nueva forma de lanzar un penalti al pasárselo a un compañero en vez de disparar a puerta en una secuencia que se mantiene fresca y viva a pesar del paso del tiempo.

Pero Cruyff había perdido totalmente su punta de velocidad. No hacía cambios de ritmo, era incapaz de presionar y su rendimiento en las segundas partes era paupérrimo. Se perdía muchos partidos aquejado de dolores invisibles para los galenos y de migrañas que sospechosamente iban y venían con el transcurrir de los partidos. Había abandonado la delantera de tal forma que llegó a ocupar hasta el puesto de líbero para vivir cómodamente alejado de las obligaciones físicas que se les suponen a los hombres de ataque.

Todo esto era irrelevante para los aficionados del Ajax que en el último partido de la temporada 1982/83 despidieron a Cruyff con honores mientras increpaban al palco en la espectacular victoria por 6-5 del Ajax ante el Fortuna Sittard. La directiva tuvo que escapar del palco protegida por la policía mientras Cruyff se despedía de la afición del De Meer bañado en un mar de lágrimas.

En realidad, no era la primera vez que Cruyff dejaba el Ajax ni tampoco la primera en la que se iba enfrentado con la directiva. El ’14’ se ganó infinidad de multas desde adolescente por negarse a jugar si no le aumentaban el sueldo. Cruyff fue el primer futbolista que se atrevió a exigir a una federación el pago por acudir a una convocatoria nacional y también fue el primero que pidió un traspaso amenazando con no renovar su contrato en caso de que no se aceptaran sus exigencias. Pudo hacer esto y mucho más, porque pocos futbolistas modificaron tanto las leyes del juego como Cruyff y menos aún dotaron al fútbol de tanta belleza. Por eso, cuando Cruyff dejó el Ajax por el FC Barcelona o cuando volvió al Ajax con el rabo entre las piernas tras su aventura estadounidense, siempre supo que hiciese lo que hiciese tendría a las masas a su favor.

Pero en 1983 y con 37 años su poder de convicción estaba en horas bajas. Muchos de sus compañeros de vestuario que antes le adoraban veían ahora en Cruyff un viejo cascarrabias que no paraba de gritar y de dar órdenes. La directiva tampoco veía la necesidad de hipotecarse cuando tras un lustro de sin sabores habían aparecido en el primer equipo talentos como Frank Rijkaard y, especialmente, un chico de 17 años llamado Marco Van Basten del que muchos decían que era mejor que el propio Cruyff, y que, sobre todo, poseía un carácter mucho más dócil.

Así que no fue sorprendente que el Ajax no renovase el contrato de Cruyff aquella primavera de 1983. Sin embargo, Cruyff no tenía intención alguna de colgar las botas. Y mucho menos de dejarlo cuando le mandasen. Su ego no se lo permitiría. Él tenía que decidir cuándo dejarlo. Y quien conociese un poco al personaje y el rencor que le recorría por el largo y ancho de su cuerpo tendría clara cuál iba a ser su decisión.

Para la temporada 1983/84, la que sería su última campaña en activo, Johan Cruyff, el niño cuya madre trabajaba en los servicios de limpieza del Ajax y que creció en una casa situada a escasos metros del estadio De Meer, fichaba por el Feyenoord de Rotterdam, el odiado rival.

El Flaco con el Feyenoord

Ejercía de entrenador dentro y fuera del campo, exigía desmarques, cambios de juego y continuos cambios de posición. Desacreditaba al entrenador siempre que podía y mandaba a los demás que corriesen cuando él jamás lo hacía. Pero el problema es que el Feyenoord no era el Ajax. El juego ofensivo y coral de los de Ámsterdam era sustituido por un juego directo en formación 4-4-2 que no encajaba en los ideales de Cruyff. El Feyenoord llevaba diez años sin ganar una liga y veía como el PSV era ahora el que rivalizaba con el Ajax. Eso era lo de menos. Lo fundamental era que el Feyenoord, a diferencia de la mayoría de clubes neerlandeses, defendía un tipo de juego distinto al de toque y posesión, principalmente con el objetivo de diferenciarse de su odiado rival de Ámsterdam.

Así que cuando apenas un par de meses después del inicio del campeonato el Ajax de Olsen, Rijkaard, Vanenburg y Van Basten le meta un ¡8-2! al Feyenoord parecía que solo faltaba poner los clavos para cerrar el ataúd de Cruyff.

Por suerte para Cruyff, su relación con el presidente del Feyenoord era excelente y no hubo problema alguno cuando Johan pidió un cambio de rumbo y exigió como segundo entrenador a van Hanegem, una antigua leyenda del Feyenoord y amigo de Cruyff en la selección. Así, cuando Cruyff desacreditaba al entrenador, van Hanegem soltaba un comentario jocoso que templaba los ánimos. Del mismo modo, van Hanegem supo convencer a Cruyff de que dejase de ser tan exigente y renunciase a su fútbol ofensivo en pos del triunfo. Cruyff, que lo que más ansiaba era ganar la liga para vengarse del Ajax, acabó claudicando, pero tan solo porque van Hanegem fue capaz de darle el jabón suficiente para mantenerlo en vereda.

De este modo, Cruyff aceptó el esquema 4-4-2 siempre y cuando el equipo se encontrase en continuo movimiento y nadie pidiese el balón al pie. Mientras hubiese dinamismo y la gente escuchase sus indicaciones sería capaz de aceptar jugar a la defensiva o buscar el contraataque.

Sin practicar un juego brillante y con Cruyff como mediocentro dando espectaculares pases con el exterior de 30 metros para que los delanteros le ganasen la espalda a las defensas contrarias, el Feyenoord cambió el rumbo. Además, si el Ajax contaba con Van Basten en Rotterdam babeaban con Ruud Gullit, una fuerza de la naturaleza de 20 años. Victoria tras victoria llego el partido de la segunda vuelta contra el Ajax que dejaba la liga sentenciada para el Feyenoord. Fue un 4-1 para los de Rotterdam en una exhibición de Cruyff en la que no escatimo alegrías tras marcar el segundo gol del partido.

En mayo de 1984 a Cruyff lo subían a hombros por última vez en su carrera tras lograr el doblete con el Feyenoord, justo doce meses después de haberlo hecho con el Ajax. A pesar de que tenía carta blanca para hacer lo que quisiera y para quedarse en Rotterdam las temporadas que le viniese en gana, Cruyff estaba satisfecho. Había cumplido con su venganza y, en el fondo, él sabía que su corazón estaba con el Ajax.

En la primavera de 1984, a los 37 años, Johan Cruyff colgaba las botas tras doce temporadas en el Ajax, cinco en el FC Barcelona y una última campaña, tan gloriosa como vengativa, en el Feyenoord de Rotterdam. Tres meses después, a inicios de agosto, ejercía de entrenador del Ajax sin haberse sacado el título. Le dijeron que antes de que acabase esa temporada tendría que sacárselo o sino nunca más podría sentarse en un banquillo.

Ejercería de entrenador en Ámsterdam y en Barcelona durante once temporadas y moriría siendo considerado uno de los mejores técnicos de todos los tiempos.

Jamás se sacó el título.

Ese era Johan Cruyff.

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El puto amo

Si. Lo sé. Cualquiera que me conozca o cualquiera que me lea estará en estos momentos arqueando las cejas. Menudo titular. No le pega nada. Si éste es como un boy scout y se lava la lengua con jabón a cada escupitajo que suelta. La verdad es que me ha costado decidirme por el titular, pero tiene un porqué que será desvelado. El caso es que podía resultar conservador, pero anda que no se habrán repetido por activa y por pasiva los titulares convencionales esta semana. El obvio es el de Káiser. Corría el año 1971. El FC Bayern jugaba un amistoso de pretemporada ante el Austria de Viena. Por entonces Beckenbauer, de 26 años, ya era la cara visible de un equipo respetable. Un elegante central, siempre con la cabeza alta y con una precisión milimétrica en el pase a 40 o 50 metros. Un fotógrafo le propuso hacerle una instantánea junto a una estatua del káiser Francisco José en el palacio Hofburg vienés. El artículo posterior comparó al káiser de la realeza con el káiser del fútbol. Si Pelé era el rey, Beckenbauer será el emperador. Será Der Káiser.

También podía haber titulado con un sencillo Beckenbauer. Era brillante, invencible. Jugaba con simpleza, buscando el dominio del partido e indagando en el pase perfecto. Su fama trascendió los límites habituales del futbol. En su época compartía fama con Emerson Fitipaldi, un excelente piloto de F1. Pronto se puso de moda entre sus contemporáneos tildar de Fitipaldi a aquel que corría en demasía por la carretera. Con el tiempo, una nueva generación vio las hazañas de Fernando Alonso y donde antes los padres insultaban a los Fitipaldi los hijos pasaron a increpar a los Alonsos. Con Beckenbauer no ha sido así. Baresi, Maldini, Puyol o Ramos. Sergio Ramos, de largo el mejor central de las últimas dos décadas, con un altavoz mediático gigantesco ha sido incapaz de tumbar al mito Beckenbauer. Y es que Beckenbauer sigue siendo a día de hoy sinónimo de fiabilidad y de organización, tanto dentro como fuera del terreno de juego. Ser un Beckenbauer aun hoy es un adjetivo usado en partidos de alevines cuando un niño corta una jugada sin dar una patada y levanta la cabeza para dar un pase al pie.

Otro titular más que aceptable habría sido el de Franz. El niño Franz. El niño que nació en un Múnich famélico nueve días después del fin de la II Guerra Mundial. Su juego era la calle. Su juguete un balón. Su sueño jugar en el TSV 1860 Múnich, el gran equipo de la ciudad. Tuvo una prueba con 13 años. El equipo cadete de azul del 1860 frente a once chicos de la calle muniqueses vestidos con peto. En medio del partido Beckenbauer le hizo un caño a uno del 1860 y éste se revolvió y le propinó una bofetada. Nadie del 1860 le reprochó al chaval el incidente y el niño Franz lo tuvo claro. Jugaría de rojo. Jugaría en el FC Bayern. Y aun así nunca pudo olvidar su infancia azul. En 2011 llegaría a ser imagen del TSC 1860 solicitando fondos para evitar la bancarrota del, ahora, segundo club de Múnich. Que Beckenbauer fuese imagen del rival ciudadano del Bayern ilustra la semejanza del personaje. Del puto amo.

Der Káiser

Pero no tendría que haber sido chabacano. Había más titulares. El hombre que inventó el puesto de líbero, podría haber escrito. El Mundial 1966 vio la puesta de largo en televisión por satélite de aquel veinteañero elegante que parecía llevar traje y pajarita sobre el césped. Contaba con las medidas perfectas para jugar al fútbol (1’82 y 77 kilos). Era apuesto, activo, tenía presencia, restaba con acierto, distribuía con destreza y llegaba al área rival con pericia. Jugaba de organizador y en aquel nuevo mundo de la televisión acaparaba todas las miradas y todos los minutos al estar presente tanto en defensa como en ataque. Marcó un par de goles de tirazos descomunales.

Cuatro años después Beckenbauer estaba en México. El hombre que admiraba a Di Stéfano y a Charlton, aunque quien más le impresionaba era Pelé, dio un paso atrás. Beckenbauer se convirtió en el defensa por antonomasia. Se convirtió en el líbero, pero no resguardado en defensa de cinco componentes. No. Beckenbauer jugaba de líbero con Alemania y en el Bayern sin red, en defensa de cuatro. Barria y luego marcaba el ritmo de la salida fuese en corto o en largo. Su desplazamiento era perfecto. Y no tenía dos que lo guardaran. Solo uno. Una elegancia y un trato del balón que alguien definió como empalagoso. En México jugo el partido del siglo. Alemania vs Italia. Brazo en cabestrillo. 40 grados de temperatura. No se quejó. No sudó. Nunca sudaba. Siempre estaba despeinado porque nunca se peinaba. Lo suyo era jugar y punto, aun cuando en los 70 la imagen ya importaba. Sin artificios. Era pura seda. El Bayern no jugaba bonito. Pero era bello desde la efectividad. Beckenbauer dotó de distinción la secuencia despejar, levantar la cabeza y pasar en largo. Ser defensa era sucio y feo. Bebía de los ecos del catenaccio. Beckenbauer le dio prestigio y lo convirtió en arte. Jugó de una manera que sólo se hizo común décadas más tarde como un hombre del futuro, solo que con balones y botas pesadas en campos encharcados.

Otra opción habría sido escribir Beckenbauer: míster Bayern. Y es que Franz es el Bayern. Junto a Gerd Müller y Sepp Maier convirtió a los muniqueses en un gigante. Cuando debutó los bávaros militaban en segunda. Se fue con tres Copas de Europa y convirtió al FC Bayern en el único equipo capaz de rivalizar en estatus de grandeza con el Real Madrid. Su impacto en el Bayern fue absoluto y abarca todas las facetas. En 1969 ganó su primera Bundesliga. Desde entonces el Múnich 1860 no ha ganado ninguna. El FC Bayern supera la treintena. No sólo inventó el puesto de defensa central elegante. Hoy el FC Bayern infunde respeto. Hoy Alemania infunde respeto. Los germanos son más grandes, más fuertes, más técnicos y ganan siempre. Desde Beckenbauer. Antes no era así.

Había más opciones. Suprema elegancia sería un titular literario. Beckenbauer era un jugador ofensivo que jugaba de defensa. De hecho, es su legado, pero también es su pero. Su paso atrás. ¿Por qué un jugador de su clase se refugió en la defensa? Tendría que haber sido castigado por ello. ¡Pero cómo castigarlo! Si los Peles hacen del engaño un arte, Beckenbauer hizo de la prevención del engaño una maestría. No existe futbolista con mayor colección de antelaciones ante ataques, regates y fintas. Su sentido de la anticipación eliminaba las tretas e interrumpía las embestidas rivales. Le bastaba una mirada, a veces angelical otras furtiva, para ordenar un avance o cuatro zancadas para vaciar la defensa y asomarse al mediocampo. Con un golpe seco y certero cortaba el centro del campo y unía su área con el área rival. Dicen que durante un partido de Bundesliga Franz le grito a Müller que ayudase a defender, a lo que el Torpedo respondió que lo haría cuando Franz metiese los goles. Un par de jugadas después Franz disparó un obús de 30 metros. No fue gol, pegó en el larguero. Müller echó una sonrisa, pegó un par de carreras hacia atrás para no contradecir al jefe y cinco minutos después recibió un pase de 40 metros al pie que convirtió en gol. Todos contentos.

Beckenbauer ganó en elegancia hasta el día del cabestrillo. Jamás se le vio una mueca desagradable. Ejecutaba sus jugadas gracias a un físico y una ética de trabajo intachable. Se movía al compás de la música que su cerebro diseñaba y hacia mover a sus compañeros de equipo como el ilusionista que mueve sus marionetas. “No daba patadas”, dijo de él Di Stéfano admirado ante un central que puso su talento y su imaginación al servicio de la contención. Siempre receptivo, durante el lustro que va de 1971 a 1976 convirtió en un desfile las victorias del Bayern y en una fuerza imparable las exhibiciones alemanas.

Die Mannschaft

Podía haber titulado también con un simple y sencillo el mejor defensa de la historia. Un defensa que lanzaba faltas con el exterior del pie, tan bello como funcional. Como un buen Mercedes. Contundente y técnico. No hacía amigos en el campo, muchos, muchísimos fuera del mismo. Un placer para la vista en sus movimientos. Era rápido con balón y lento sin él. Dominaba los tiempos y gobernaba los espacios. Su alter ego fue Johan Cruyff. “Johan era mejor, pero el campeón fui yo”, declaraba cuando habla de la icónica final del Mundial 74. Ajax y Bayern. Holanda y Alemania. Ideas enfrentadas, aunque ambas adelantadas en la concepción de que cada parte del juego estaba entrelazada entre sí.

En cualquier clasificación Franz Beckenbauer forma parte de los diez mejores jugadores de todos los tiempos. Sube más puestos si juntas elegancia, estética y eficacia. Es, sin discusión alguna, el mejor central de la historia. Pero es algo más que eso…y es por eso que es el puto amo.

Nadie influyo más en el futbol europeo en el medio siglo que va de 1960 a 2010. Cincuenta años de omnipresencia. Refundó el FC Bayern y fue símbolo de la reconstrucción y el poderío de la Alemania de posguerra, de la Alemania unificada y de la Alemania multicultural del siglo XXI. Campeón del mundo como jugador y capitán, campeón del mundo como entrenador y seleccionador y organizador del, hasta la fecha, único Mundial que se ha celebrado en Europa en el presente siglo (Putin mediante). Ningún futbolista ha traspasado más niveles ni en el plano deportivo, ni en el social ni en el político.

Es cierto que los pioneros ejercieron todas las facetas posibles en el mundo del futbol. Santiago Bernabéu fue futbolista, directivo, presidente y organizador de competiciones. Y como Bernabéu hubo muchos más a caballo entre el siglo XIX y el XX, pero lo de Beckenbauer sucedió en la época moderna y con un éxito extraordinario. Tras colgar las botas fue columnista del Bild en el Mundial de 1982. Sus acertados artículos lo auparon al cargo de seleccionador nacional en 1986. Al igual que Zidane, su ascendencia ante los jugadores era tal que importaba más su mano izquierda que sus conceptos tácticos. Y los hubo. Convirtió a la Alemania unificada en un conjunto prosaico, funcional y defensivo, pero los aficionados y los jugadores lo adoraban. Sacó a Lotthar Matthäus del centro del campo y lo convirtió en un ‘10’ que jugaba de líbero. Lo convirtió en un káiser cuando al káiser no le llegaba ni a la altura de los botines.

Fue así campeón de corto y tras la línea de cal. Sólo Zagallo y Deschamps pueden decir lo mismo y ambos son futbolistas menores en comparación con Beckenbauer. Sólo Cruyff puede tutear al Káiser tanto en palmarés como en influencia tanto dentro como fuera del terreno de juego. Si Cruyff dejó un legado de belleza que traspasó fronteras, Beckenbauer lo haría proyectando una imagen de superioridad, arrogancia y fiabilidad que ha acompañado al Bayern y a la selección alemana desde entonces hasta la actualidad. Una supremacía que genera odios y envidias, pero también la seguridad de sus compañeros y el orgullo de sus compatriotas. Y digo bien compatriotas y no aficionados, porque lo que hizo Beckenbauer por los alemanes va más allá del terreno de juego. Beckenbauer forma parte de la primera generación alemana inocente. La primera nacida tras la derrota. La primera desnazificada. Y la primera que hizo que Alemania se abriese al mundo.

Pero aún hay más. Y por eso Beckenbauer es el puto amo.

En 1991 es subcampeón de la Copa de Europa con el Olympique de Marsella. Falta dar el último paso, pero recibe una llamada. Es la DFB (Federación Alemana de Fútbol). Alemania es un país nuevo. Unificado. Pero no es feliz. Sangrantes diferencias económicas entre este y oeste. Desmantelamiento de empresas. Bolsas de emigración. La DFB pretende organizar un Mundial que unifique al país como hizo el de 1974. El de 1998 será en Francia por lo que hay que esperar a 2006 para que el Mundial vuelva a Europa. Beckenbauer acepta, pero antes tiene otro reto por delante. Necesita experiencia como gestor. Entra en la directiva del FC Bayern y de vez en cuando baja a los banquillos para hacer de apagafuegos. Gana la Copa de la UEFA de 1996. Primer título europeo en dos décadas. Y da el salto a la presidencia. El Bayern, cuyos años 90 son tortuosos, recupera el esplendor y con Beckenbauer de presidente gana en 2001 su cuarta Copa de Europa tras las tres ganadas en los 70 con el Káiser vestido de corto. Luego se centró en el Mundial y a base de carisma consiguió que Alemania organizase el de 2006. Un exitazo. Cuatro años después dejó la presidencia del Bayern y se convirtió en presidente honorario hasta su fallecimiento en enero de 2024.

Triunfador como jugador, entrenador, presidente y organizador de eventos deportivos. Cambió el destino del FC Bayern y dotó a la selección alemana de unas cualidades futbolísticas victoriosas que permanecen inalterables al paso del tiempo. Juntando todas las facetas, mezclando todo lo que ha hecho tanto dentro como fuera del campo y su influencia en las instituciones a las que perteneció, no existe futbolista más trascendental que Franz Anton Beckenbauer.

Der Káiser. El puto amo.

“Franz sabía exactamente cuándo podía pasar el balón con el interior o cuándo tenía que mandarlo a las gradas. Para ello, la cabeza tiene que dar la orden correcta. La de Franz era una cabeza que siempre dio la orden correcta”, Johan Cruyff, rival y coetáneo de Beckenbauer.

“Parecía caminar sobre las aguas”. Sepp Maier, compañero en el FC Bayern y en la selección alemana.

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Una historia del ranking UEFA

A punto ya de finalizar el año 2023 es bueno recordar que es el último donde la Copa de Europa mantiene el formato tradicional que hasta ahora hemos conocido. Desde que en 1956 esta fascinante competición comenzase a andar mantuvo unas señas de identidad propias. Bien es cierto, me diréis, que cuando en 1992 pasó de ser Copa de Europa a Liga de Campeones se dio un tajo a su historia al introducir una fase de grupos antes de las eliminatorias. Viraje más fuerte se produjo en 1997 cuando se permitió el acceso a los subcampeones de las grandes ligas y, más aún, en 1999 cuando ese cupo se amplió a los cuatro primeros clasificados de las ligas top ampliando el número de participantes hasta un total de 32. Así ha sido desde entonces la Liga de Campeones hasta esta edición final vigente de la campaña 2023-24.

No obstante, la idea siempre ha sido la misma. Enfrentarse a los mejores en formato eliminatorio de todos contra todos sin ningún tipo de condicionante más allá del azar y de las vicisitudes geográficas. Todo cambiará en el verano de 2024 (Superliga mediante). Tras una ronda preliminar tendrá lugar una liga de ocho jornadas con 36 equipos, en la cual los enfrentamientos no serán los de todos contra todos. A través de un sorteo, condicionado por el coeficiente UEFA, se establecerán los enfrentamientos (ocho) de esta fase que clasificarán para jugar los octavos de final. Los 36 clubes se dividirán en cuatro bombos en función del coeficiente UEFA. Es lo que se da en llamar sistema suizo.

Para ampliar el número de participantes de los 32 habituales a los 36 del nuevo formato se tomaron varias decisiones. Se reservó una plaza para un campeón nacional de una liga menor y las tres restantes serán dadas en función del coeficiente UEFA de las ligas más potentes. Para ello se valora el rendimiento colectivo en Europa de los clubes de una determinada federación dividiendo los puntos obtenidos entre el número de clubes participantes.

Viene ahora la gran pregunta. ¿Qué es el ranking UEFA? ¿Cómo se calcula el coeficiente por federación?

El ranking de coeficientes de clubes por federación se basa en los resultados de los clubes de cada federación en las cinco ediciones anteriores de la UEFA Champions League y de la UEFA Europa League. El ranking determina el número de plazas asignadas a cada federación en las ediciones futuras de las competiciones de clubes de la UEFA.

Según la página de la Union des Associations Européennes de Football (UEFA) el sistema de puntos se determina de la siguiente manera:

4 pts – Bonus por participación en la fase de grupos (Liga de Campeones)

4 pts – Bonus por participación en los octavos de final (Liga de Campeones)

4 pts – Ganador de grupo (Liga de Campeones)

2 pts – Segundo de grupo (Liga de Campeones)

2 pts – Victorias de la fase de grupos (Liga de Campeones)

2 pts – Victorias a partir de octavos de final (Liga de Campeones)

1 pt – Empates a partir de octavos de final (Liga de Campeones)

4 pts – Campeón de la fase de grupos (Europa League)

2 pts – Subcampeón de la fase de grupos (Europa League)

2 pts – Victorias a partir de octavos de final (Europa League)

1 pt – Empates a partir de octavos de final (Europa League)

2 pts – Campeón de la fase de grupos (Conference League)

1 pt – Subcampeón de la fase de grupos (Conference League)

1 pt – Participación en semifinal y final (+1) (Conference League)

A grandes rasgos (hay algún punto más en liza por otros factores) es la forma que tiene la UEFA de clasificar a los clubes y la forma que tiene de condicionar el sorteo.

Este mismo sistema es el usado para las competiciones de selecciones nacionales y para formular sorteos también en el fútbol sala, dependiente del máximo organismo del fútbol continental. El sistema tiene ya un cuarto de siglo de vida cuando, ante la necesidad de favorecer a las ligas más potentes, se crea una fórmula que evite que los grandes transatlánticos se enfrenten entre sí y tengan el camino más despejado hacia las rondas finales favoreciendo al mismo tiempo al espectáculo y al negocio.

Las tres competiciones UEFA

Las cuatro grandes ligas europeas son Inglaterra, España, Italia y Alemania. Esto ha sido así desde que en 1995 se dictaminó que ningún jugador de la Unión Europea sería extracomunitario, propiciando de esta manera que los grandes mercados llenasen sus ligas de futbolistas extranjeros. El orden ha ido cambiando con los tiempos, siendo los 90 y el inicio del siglo XXI italianos, luego la balanza se inclinó del lado español y desde hace unos años la hegemonía es inglesa. Hay incluso quien considera que si Alemania es la cuarta grande lo es por economía, población e infraestructura, no así por el nivel de su fútbol de clubes. Francia o Portugal intentan acercarse a ese pódium en el que, hace ya muchas décadas, solían aparecer los Países Bajos.

Pero, ¿cuál era la liga más fuerte antes de que se crease el coeficiente UEFA? He decidido realizar un ejercicio introspectivo, echar la vista atrás y determinar cuál ha sido la liga más fuerte de Europa año tras año desde la temporada 1955/56. Fue esa la campaña en la que el Real Madrid se coronó por vez primera como campeón de Europa. Dos años más tarde se puso en marcha la Copa de Ferias (Copa de la UEFA) y en 1960 la Recopa de Europa.

Para simplificar mi labor he decidido eliminar el puntaje de la primera ronda y de las fases de grupos que no nacerían hasta finales del siglo pasado. El puntaje será el siguiente:

Campeón de la Copa de Europa: 10 puntos

Finalista de la Copa de Europa: 8 puntos

Semifinalista de la Copa de Europa: 6 puntos

Cuartofinalista de la Copa de Europa: 4 puntos

Octavofinalista de la Copa de Europa: 2 puntos

Campeón de la Copa de Ferias /UEFA/Europa League/Recopa: 7 puntos

Finalista de la Copa de Ferias /UEFA/Europa League/Recopa: 5 puntos

Semifinalista de la Copa de Ferias /UEFA/Europa League: 3 puntos

Cuartofinalista de la Copa de Ferias /UEFA/Europa League: 1 puntos

En caso de empate a puntos entre varias federaciones he considerado que la vencedora sea aquella cuyos clubes hayan ganado más títulos. Para el puntaje se ha igualado los puntos dados a la Copa de la UEFA con los de la Recopa de Europa, cuya última edición fue en 1999. Respecto a la muy reciente Conference League, únicamente se ha considerado dar 2 puntos al vencedor y 1 al finalista.

¿Y cuál era la mejor liga europea antes de 1956? La hegemonía inglesa es indiscutible hasta 1930. Si en las Islas Británicas el profesionalismo nace en 1888 en el resto del continente será una realidad que tardará mucho más en producirse. En España o Italia una liga profesional no comenzará a disputarse hasta 1929, en 1932 será el turno de Francia y en Alemania existió un sistema de ligas regionales con eliminatorias coperas para decidir al campeón nacional hasta la creación de la Bundesliga en 1963. Portugal no alumbró su Liga hasta 1934 y en los Países Bajos el fútbol no fue profesional hasta 1956.

Tras 1930 se produjo el primer cambio. Ese fue el año de la creación del primer Mundial de fútbol de selecciones. Tres años atrás, en 1927, se había creado la Copa Mitropa, una competición de clubes que juntaba a campeones y subcampeones ligueros de Hungría. Austria, Italia, Checoslovaquia y más adelante Yugoslavia, Suiza y Rumanía. Era más que evidente que el epicentro del fútbol europeo se había trasladado a Centroeuropa, al igual que tras la II Guerra Mundial se trasladó a la Europa sureña. De 1948 a 1957 se celebró la Copa Latina que enfrentaba a los campeones ligueros de Portugal, España, Francia e Italia. Son los italianos, por cuestiones geográficas, los clubes más adelantados al poder competir en ambos frentes.

Atendiendo a los resultados de estos campeonatos podemos considerar como modo introductorio:

Campeones de la Copa Mitropa (1927-1939):

Austria 4 (Austria Viena (2), Rapid Viena, y First Vienna)

Hungría 4 (Ferencvaros (2) y Ujpest (2)

Checoslovaquia 3 (Sparta Praga (2) y Slavia Praga)

Italia 2 (Bolonia FC)

Campeones de la Copa Latina (1949-1957):

España 4 (FC Barcelona (2) y Real Madrid (2)

Italia 2 (AC Milan (2)

Francia 1 (Stade de Reims)

Portugal 1 (SL Benfica)

Esto nos permite tener una referencia de cuáles eran las ligas más potentes de Europa antes de que las competiciones internacionales que abarquen todo el continente determinen una realidad más palpable.

Copa Latina

Vayamos pues con las mejores ligas de Europa año tras año. Entre paréntesis vendrá referenciado el club de ese campeonato que logró un título europeo (en caso de que lo lograse):

1955/56 España 10 (Real Madrid)

1956/57 España 14 (Real Madrid)

1957/58 España 21 (Real Madrid y FC Barcelona)

1958/59 España 16 (Real Madrid)

1959/60 España 25 (Real Madrid y FC Barcelona)

1960/61 Italia 17 (AS Roma y AF Fiorentina)

1961/62 España 28 (Atlético Madrid y Valencia CF)

1962/63 España 14 (Valencia CF)

1963/64 España 20 (Real Zaragoza)

1964/65 Italia 18 (Internazionale)

1965/66 España 24 (Real Madrid y FC Barcelona)

1966/67 Escocia 18 (Celtic Glasgow)

1967/68 Inglaterra 17 (Manchester United y Leeds United)

1968/69 Inglaterra 15 (Newcastle United)

1969/70 Inglaterra 21 (Manchester City y Arsenal FC)

1970/71 Inglaterra 25 (Chelsea FC y Leeds United)

1971/72 Inglaterra 17 (Tottenham Hotspur)

1972/73 Inglaterra 21 (Liverpool FC)

1973/74 Alemania 17 (FC Bayern)

1974/75 Alemania 23 (FC Bayern y Borussia Gladbach)

1975/76 Alemania 20 (FC Bayern)

1976/77 Alemania 19 (Hamburgo SV)

1977/78 Bélgica 18 (RSC Anderlecht)

1978/79 Alemania 22 (Borussia Gladbach)

1979/80 Alemania 27 (Eintracht Frankfurt)

1980/81 Inglaterra 18 (Liverpool FC e Ipswich Town)

1981/82 Inglaterra 17 (Aston Villa)

1982/83 España 13 (—)

1983/84 Inglaterra 23 (Liverpool FC y Tottenham Hotspur)

1984/85 Inglaterra 17 (Everton FC)

1985/86 España 20 (Real Madrid)

1986/87 Portugal 11 (FC Porto)

1987/88 Países Bajos 15 (PSV Eindhoven)

1988/89 Italia 23 (AC Milan y SS Nápoles)

1989/90 Italia 29 (AC Milan, Juventus FC, UC Sampdoria)

1990/91 Italia 22 (Internazionale)

1991/92 Italia 17 (—)

1992/93 Italia 23 (Juventus FC y Parma FC)

1993/94 Italia 25 (AC Milan e Internazionale)

1994/95 Italia 24 (Parma FC)

1995/96 Francia 18 (PSG)

1996/97 Alemania 17 (Borussia Dortmund y Schalke 04)

1997/98 Italia 23 (Internazionale)

La temporada 1998/99 es la última de la Recopa de Europa, nace la Liga de Campeones con cuatro equipos en las ligas más potentes y la UEFA establece su coeficiente por federaciones nacionales:

1998/99 Italia (SS Lazio y Parma FC)

1999/00 España (Real Madrid)

2000/01 España (—)

2001/02 España (Real Madrid)

2002/03 Italia (AC Milan)

2003/04 España (Valencia CF)

2004/05 Inglaterra (Liverpool FC)

2005/06 España (FC Barcelona y Sevilla FC)

2006/07 España (Sevilla FC)

2007/08 Inglaterra (Manchester United)

2008/09 Inglaterra (—)

2009/10 Alemania (—)

2010/11 Portugal (FC Porto)

2011/12 España (Atlético Madrid)

2012/13 Alemania (FC Bayern)

2013/14 España (Real Madrid y Sevilla FC)

2014/15 España (FC Barcelona y Sevilla FC)

2015/16 España (Real Madrid y Sevilla FC)

2016/17 España (Real Madrid)

2017/18 España (Real Madrid y Atlético Madrid)

2018/19 Inglaterra (Liverpool FC y Chelsea FC)

2019/20 España (Sevilla FC)

2020/21 Inglaterra (Chelsea FC)

2021/22 Inglaterra (—)

2022/23 Italia (—)

El resultado sería el siguiente (1956-2023):

1. España 21 ocasiones

2. Inglaterra 16 ocasiones

3. Italia 13 ocasiones

4. Alemania 9 ocasiones

5. Portugal 2 ocasiones

6. Francia 1 ocasión

6. Países Bajos 1 ocasión

6. Escocia 1 ocasión

6. Bélgica 1 ocasión

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¿Se juegan más partidos hoy que antes?

Tras la rotura del ligamento cruzado sufrida por Gavi en un partido amistoso disputado el pasado mes de noviembre por la selección española en Valladolid ríos de tinta han corrido sobre la explotación de los jugadores y la presión del calendario. El FC Barcelona está de uñas con Luis de la Fuente, seleccionador nacional, por incluir a Gavi en dos partidos sin demasiada trascendencia con apenas tres días de diferencia. No es diferente el enfado del Barça al del Real Madrid respecto a Brasil con Vinicius o a Francia con Camavinga. Tampoco estaban muy contentos en las oficinas del Villarreal CF (Mandi), Real Sociedad (Oyarzábal) o Real Mallorca (Muriqi).

La culpa es del Virus FIFA dicen. ¿Qué sentido tiene jugar un Francia-Gibraltar que acaba con un 14-0 a favor de los galos? Poco sentido. Aunque quizás algo más que jugar un partido amistoso en Corea del Sur ante el Jeonbuk Motors cinco días antes de debutar en Liga ante el Lorient. Aquel día de agosto el PSG no pasó del empate en casa. Hay quien se olvida que Courtois, Militao o De Bruyne llevan lesionados desde el pasado verano, y no por culpa del Virus FIFA, sino por estúpidas, aunque lucrativas giras, alrededor del planeta. También los hay quienes silencian que Yeremy Pino también se rompió el ligamento cruzado al igual que Gavi, pero fue en un simple entrenamiento con el Villarreal. Lo de Gavi no fue muscular. No fue culpa de la sobrecarga de partidos. Al menos estrictamente. Al menos en causa-efecto. Al lesionarse De Bruyne, su técnico, Pep Guardiola, clamó contra el sinsentido del calendario. Un sinsentido que es queja habitual de entrenadores y jugadores, pero aún no se ha dado el caso de que uno de ellos decida tomar posición de fuerza y plantarse ante los organismos rectores.

La pela es la pela.

Y digo lo de la pela es la pela como topicazo catalán porque lo de Gavi ha dolido y mucho en la Ciudad Condal. Han salido informaciones varias que señalaban a Gavi como el futbolista que más partidos ha jugado con 19 años en la historia del fútbol. 136 suma en esa lista. Jude Bellingham, la juvenil estrella del Real Madrid, sumaba cuando se hizo esa lista 134. El también barcelonista Pedri agregaba 116, por los 91 de Raúl o Fernando Torres. Andrés Iniesta, con 19 castañas, tan sólo firmaba 12 partidos en la élite.

Lo cierto es que Gavi ha sido exprimido. En primer lugar, por Xavi, quien falto de estrellas decidió (con acierto) tirar de cantera cuando accedió al banquillo azulgrana. Gavi tan sólo jugó un par de partidos en el Barça B antes de estrenarse en Primera. Después debutó imberbe en la selección, culpa de Luis Enrique y su obsesiva idea de llamar a juveniles capaces de seguir pies juntillas su discurso. Mas tan evidente como que Gavi llegó a la selección absoluta antes de acumular méritos para merecerlo, también lo es que pocos partidos necesitó sobre el césped para convertirse en imprescindible.

Gavi

Para entender la acumulación de partidos del andaluz del Barça tomemos en consideración a los cinco grandes. Con 19 primaveras Leo Messi sumaba 43 partidos en la élite, exactamente los mismos que Johan Cruyff. Alfredo Di Stéfano, estrella de carburación diésel, tan sólo había jugado un partido con el primer equipo de River Plate. Casos diametralmente opuestos eran Maradona y Pelé. El Pelusa llevaba tantos encuentros como Gavi y O Rei firmaba 145 (a lo que hay que añadir una porrea de amistosos) y un Mundial ganado a sus espaldas.

Hay más. Ronaldo Nazario, el Balón de Oro más joven de la historia, sumaba 93 encuentros a los 19 años. El otro Ronaldo, Cristiano, no llegaba a la cuarentena. Jóvenes prodigios como George Best (97) o Michael Owen (58) tampoco llegaban a las tres cifras. Y las dos bestias llamadas a dominar el fútbol mundial en los próximos años tampoco igualaban los números de Gavi a su edad. Erling Haaland acababa de fichar por el Dortmund con 73 encuentros a sus espaldas y Mbappé por el PSG con 114 partidos oficiales en las piernas.

Es por tanto el caso Gavi (o el de Bellingham) excepcional, pero no por ello común. Es propio de los tiempos que corren, no obstante, igual de propio que era en otros tiempos. Empero, la corriente de opinión nos indica que cada vez los calendarios son más apretados y los futbolistas están más expuestos a más riesgos en su salud tanto física como mental.

¿Es eso cierto?

Veamos pues el ejemplo de la temporada 2022-23. El Mundial se llevó al mes de diciembre por vez primera por obra y gracias de Qatar. Los encuentros ligueros y coperos se comprimieron iniciando su andanza en el verano europeo. En el caso del FC Barcelona fueron 53 partidos oficiales y 8 amistosos.

Los futbolistas de la actualidad son superatletas. Cada detalle de su preparación física, alimentación y descanso está cuidado al máximo. Sin embargo, siguen siendo humanos y su cuerpo tiene un límite. De los 53 oficiales el más utilizado fue Ansu Fati que sumó 51 partidos. Si el Barça hubiese llegado a la ronda final de la Copa de Europa y de la Copa del Rey podría haber disputado un máximo de 62 partidos. Si España hubiese llegado a la final del Mundial habrían sido 14 partidos internacionales que Ansu Fati podría haber jugado. Por lo tanto, lo máximo que podría haber jugado un futbolista de élite azulgrana serían 76 partidos (y 8 amistosos con el Barça).

Retrocedamos en el tiempo. Temporada 1985-86. Aquel año el Barça se proclamó subcampeón de Europa al perder el partido final ante el Steaua y al llegar el verano hubo Mundial en México. Por entonces el FC Barcelona sumó un total de ocho partidos amistosos y 60 partidos oficiales. Alexanco jugó 53 de esos 60 encuentros. Fueron los máximos que podría haber disputado porque ganó la Copa del Rey y llegó a la final de la Copa de Europa. Mientras, la selección española jugó esa temporada 11 encuentros, los cuales hubiesen sido como máximo 13 de haber llegado la selección a la final del Mundial. Por lo tanto, lo máximo que podría haber jugado un internacional del Barça hubiesen sido 73 partidos (y 8 amistosos con el Barça).

Hagamos una última comparativa con tiempos más recientes. Temporada 2005/06. La de la Copa de Europa de Ronaldinho. Fueron 57 partidos oficiales y 7 amistosos. Carles Puyol disputó 52 de esos encuentros. Si el Barça hubiese llegado a la final de la Copa del Rey habrían sido un total de 60 encuentros oficiales. La selección española sumó 16 encuentros que hubiesen sido un sumatorio de 19 en caso de que hubiese llegado a la final del Mundial de Alemania. Lo máximo que Puyol podría haber disputado serían 79 encuentros.

Un máximo de 73 partidos en 1986, 79 encuentros en 2006 y 76 choques en 2023.

Para la campaña 2024/25 con la nueva Copa de Europa de 36 equipos y el Mundial de Clubes de 32 escuadras (que es cada cuatro años y que nunca coincidirá con un Mundial de selecciones), un futbolista de élite del FC Barcelona podría llegar a los 80 encuentros contando su presencia en la selección nacional.

La diferencia es inapreciable.

Puyol (593 partidos con el Barça y 100 con España)

Con la carga de partidos es habitual que aparezcan lesiones. Contracturas y desgarros musculares son los más frecuentes. El sobreesfuerzo y la repetición de movimientos agravan las dolencias de futbolistas que promedian un partido cada cinco días durante unos cuantos años. Jugar con dolor, con fibras desgarradas, es más habitual de lo que se cree y los antiinflamatorios, la cortisona y las inyecciones están a la orden del día en un deporte donde los controles antidopaje tienen vara alta.

Los huesos y las articulaciones también sufren la cantidad de partidos de los futbolistas. El esfuerzo constante puede sobrepasar la capacidad de regeneración de los tejidos óseos, de modo que se produce una fractura por estrés que obliga a una baja que se aproxima a los dos meses como regla general. El estrés también provoca cansancio, agotamiento para la mente, depresión y todo ello también facilita que haya una lesión muscular. En definitiva, nada que no ocurra en cualquier otro trabajo de ritmo elevado.

Antes de ser entrenador, Javier Clemente era un fino interior zurdo llamado a portar el ‘10’ del Athletic durante más de una década. Llevaba como titular desde los 18 años, pero una dura entrada de Marañón acabó con una de sus rodillas a los 19 años. Mal operado, pasó a romperse la tibia. Fueron cinco operaciones antes de retirarse definitivamente a los 24 tras un par de temporadas sin tocar balón. Era 1969 cuando se lesionó.

Hoy no es así. David Villa, el máximo goleador de la historia de la selección, rompió tibia y peroné antes de ganar el Mundial. A Gavi le estiman una recuperación de nueve meses. Volverá. Y debería ser jugador de élite en el Barça. Si no llega a ese nivel de excelencia, si su rodilla no vuelve a ser la misma, se refugiará en un equipo menor y tendrá una buena carrera profesional. En tiempos de Clemente no había alternativa. O el todo o la nada.

Hay más. Hasta cinco cambios se permiten en la actualidad. Eran tres hasta hace nada y dos mirando atrás en el tiempo. En época de Di Stéfano o de Pelé directamente no existían. Los más de 50 partidos de Ansu Fati están plagados de encuentros donde ha jugado 20, 30 o 40 minutos. Los más de 50 partidos de Migueli en la temporada 1985-86 son encuentros de 90 minutos.

Entonces, ¿hay tantos excesos de partidos como decimos? ¿Están explotados los futbolistas de hoy en comparación con los de antaño?

No. Realmente están mejor tratados.

La diferencia radica en dos conceptos diferentes. La exigencia y oda por la juventud y la longevidad del deportista.

Recientemente visualicé un documental sobre David Beckham. Viene al caso porque se comentaba la trayectoria del United cuando ganó la Copa de Europa en la temporada 1998/99. En el partido de ida de cuartos de final jugado en Old Trafford ante el Internazionale, David Beckham era el futbolista más joven sobre el campo con 23 años. Me dio por comparar con los 22 presentes en el FC Barcelona-Real Madrid de Liga jugado hace dos meses. En Montjuic había hasta ocho jugadores menores de 23 años en el once inicial que saltó al césped. Gavi, Fermín, Balde y Ferran Torres por parte azulgrana y Tchouameni, Rodrygo, Bellingham y Vinicius del lado merengue.

La cultura de la juventud impregna todos los ámbitos sociales. Donde antes tener años era sinónimo de sabiduría ahora lo es de decadencia. Los niños aceleran su infancia para ser adolescentes y los adultos frenan su ocaso para volver a ser jóvenes. No es ajeno el fútbol a este movimiento. Las estrellas van y vienen con una velocidad pasmosa. A golpe de tuit se cambia a un ídolo por otro. Las plantillas varían año tras año y los fichajes y las caras nuevas son exigibles aun cuando los éxitos acompañen al equipo. Donde antes una plantilla se componía de jugadores en torno a los 27-30 años, ahora se busca a adolescentes que ronden la veintena. Es un proceso común a cualquier otra disciplina y viene ayudado también por la mejora en la nutrición y el entrenamiento físico que permite formar a adolescentes y prepararlos para el deporte de élite aun estando su cuerpo en formación.

Esa búsqueda de la eterna juventud y esa necesidad de convertir en oro unas piernas frescas llevan a la sobreexposición. Los amistosos son los mismos hoy que hace medio siglo. Pero donde antes estaban el Ramón de Carranza, el Teresa Herrera o el partido de pretemporada ante un equipo de tu provincia ahora están exigentes amistosos ante campeones de Europa jugados en Japón, Singapur y Estados Unidos. Nadie se quiere perder un Madrid-Barça o un Juve-Inter aunque se disputen a finales de julio. Donde antes una Supercopa se jugaba tras un cómodo viaje en tren o en avión dentro de tus fronteras, ahora se disputa a miles de kilómetros de tu hogar tras horas y horas de vuelo. Y donde antes había 18 o 19 jugadores nacionales en una plantilla de 25 ahora apenas se llega a la decena. Donde antes un jugador sudamericano o africano jugando en Europa era la excepción, ahora es lo común. Y con ello hay interminables vuelos transoceánicos para disputar encuentros internacionales que machacan sine die al futbolista.

Los partidos son los mismos, los cambios son mayores y las plantillas más profundas. Pero las horas de exposición al riesgo son mucho mayores. El aumento de las distancias, las horas de viaje y los compromisos publicitarios reducen los entrenamientos. Los partidos no han variado, pero se entrena menos y peor. Los encuentros se alargan más allá de los 100 minutos, la intensidad y el ritmo son infinitamente más elevados. Cuando un equipo de Tercera se enfrenta a un Primera en Copa es capaz de aguantar una parte. Lo que marca la diferencia no es tanto la calidad, sino la intensidad, que se vuelve insoportable para el equipo pequeño al transcurrir los minutos. Gento, Puskás y Di Stéfano eran al menos igual de buenos que Bale, Benzema o Cristiano, pero serían incapaces de aguantar los 90 minutos de un partido con el ritmo y la intensidad de la actualidad.

Puskás (720 partidos y 709 goles -barriga incluida-)

La oda a la juventud y el acortamiento de plazos antes de llegar a la élite marcan una diferenciación fundamental entre el fútbol de antaño y el actual. Pero la gran diferencia es otra. La gran diferencia radica en la longevidad del futbolista.

Hace unos cuantos años leí en un artículo médico que un futbolista de élite puede jugar 450 partidos al máximo nivel, es decir, 45 por temporada en una carrera de una década. Es evidente que con los avances en alimentación y entrenamiento este margen se ha ampliado. Solo hay que ver la longevidad en la élite de Messi o de Cristiano Ronaldo. Pero se debe tener en cuenta que, aunque un futbolista de élite juegue en la actualidad en torno a 70 partidos al año, no quiere decir que los dispute al máximo nivel. Cuando Mbappé compite contra el Valenciennes FC, el Anderlecht o la selección de San Marino, no lo hace exprimiendo su cuerpo.

En el deporte, como en cualquier otra disciplina que requiere esfuerzo físico o mental, el tiempo máximo de excelencia está determinado. Esta plenitud se sustenta en una horquilla que oscila entre los 10 y los 15 años. En todas las disciplinas de la cultura contemporánea vemos como los más laureados o bien constriñeron su obra en un espacio corto de años o bien han alargado su obra durante décadas. Pero en este último caso, por mucho que el artista sea longevo, se puede comprobar como su plenitud y el legado que dejará para la posteridad está concentrado temporalmente.

En todos los rankings y listas elaborados por expertos musicales aparecen grupos tan variopintos y diferentes como The Beatles (1960-1970), Nirvana (1987-1994), The Doors (1965-1973) o ABBA (1972-1982). En estos grupos advertimos como la regla de los diez años también se cumple. Ya fuese por decisión propia o por causa de fallecimiento dejaron su legado en apenas una década. Otros como The Rolling Stones, AC/DC o U2 superan con creces las dos décadas sobre los escenarios, pero sus grandes éxitos están ligados a un periodo muy concreto de tiempo. Si cambiamos de registro y hablamos de cantantes en solitario tipo Julio Iglesias, Frank Sinatra o Raphael nos sucede lo mismo. Los números 1 de que encumbraron a Julio Iglesias (La vida sigue igual, Gwendolyne, Un canto a Galicia, Me olvide de vivir, Soy un truhan…) fueron compuestos en un plazo de 10-15 años.

En el cine, donde los directores pueden alargar sus carreras incluso más allá de medio siglo, sucede tres cuartas partes de lo mismo. Orson Welles dirigió Ciudadano Kane y La dama de Shanghai en espacio de cinco años. Francis Ford Coppola nunca superará sus obras de los 70 comandadas por El Padrino y Appocalypsis Now. Alfred Hitchcock, a pesar de su basta y maravillosa filmografía, realizó en el plazo de siete años obras maestras como Psicosis, Los pájaros, El hombre que sabía demasiado y Vértigo. Algo parecido le pasa a Steven Spielberg, que, aunque sigue fabricando películas por doquier, nunca igualará el binomio bélico de La lista de Schindler (1993) y Salvar al soldado Ryan (1997). Si nos vamos a la comedia, repetimos escenario. Billy Wilder triunfó en los 50 y 60, y del gran Charles Chaplin siempre gozaremos de su aptitud como director y actor entre 1925 y 1940, desde La quimera del oro a El gran dictador.

Pero es que si cambiamos de registro y si se me permite la comparación (sacrílega para muchos) entre deporte y pintura (lo cual será corriente en el futuro, de igual manera que hoy el cine se considera arte) todos los estudiosos consideran que Velázquez pintó sus obras cumbres en su última década de vida. Goya concentró en 15 años obras como La familia de Carlos IV, La Maja desnuda o Los fusilamientos del 2 de mayo. Y hasta Pablo Picasso, inventor o perfeccionista de múltiples estilos pictóricos en más de 90 años de vida, concentra sus obras maestras en algo menos de dos décadas (Maternidad, Arlequín, Las señoritas de Avignon…). La única excepción; Guernica.

Lo excepcional es tener una vida plagada de éxitos. Lo corriente es tener unos años dorados por los que ser recordado.

Pues bien, en el fútbol esa horquilla se ha ampliado. Y de una manera escandalosamente generosa. Cristiano y Messi son los ejemplos más palpables. Es cierto que ambos se han refugiado en un fútbol menor, pero siguen siendo referencia de sus selecciones nacionales. Su éxito supera los quince años y se aproxima a los veinte. Una auténtica locura. Sergio Ramos cumple 20 años en la élite, al igual que Modric o el portugués Pepe. Lewandowski va camino de su decimocuarta temporada metiendo al menos 25 goles al año entre Alemania y España. Antes ya goleaba en la modesta competición polaca. Ibrahimovic, Dani Alves, Buffon o Ribery son otros ejemplos de futbolistas recién retirados.

Vamos a Balones de Oro. Siempre jugando en elite, nada de ligas menores (Pepe ha bajado el nivel, pero sigue compitiendo en Champions anualmente como titular en el Oporto). Nos centramos en aquellos que ya comentamos, aquellos que despuntaron como jóvenes. Las carreras de Maradona y Cruyff superan por poco la decena de años (en la élite, reitero). Lo mismo le sucedió a Best, Van Basten, Owen, Beckenbauer, Ronaldo o Platini. Ejemplos de longevidad en la élite fueron Pelé o Di Stéfano con quince años a pleno rendimiento como faros del fútbol mundial. Pero eran excepciones. Lo de Messi o Cristiano es hoy norma. No son los únicos. Ellos dos son superestrellas, pero futbolistas como Claudio Bravo, Álvaro Negredo, Jesús Navas, Raúl Albiol, Radamel Falcao, Christian Stuani, Iago Aspas o Ivan Rakitic siguen jugando al máximo nivel camino de la cuarentena, un fenómeno inexplicable hace apenas un par de décadas.

Jesús Navas. Internacional con 38 años

Así luego la diferencia no radica en el calendario ni en el número de partidos. No ha habido grandes cambios. La diferencia radica en la longevidad. El que antes se rompía el cruzado, la tibia o el peroné debía olvidarse de volver a su nivel. Hoy significa un paréntesis en una carrera. El que antes debutaba en Primera a los 18 se retiraba con treinta y pocos. Hoy debuta con 18 y alarga su carrera hasta cerca de los cuarenta.

Lo que ha cambiado no es la exigencia. Lo que ha cambiado es nuestro cuerpo. En 1960 la esperanza de vida estaba en 71 años, hoy lo está en los 83 y en el futuro superará fácilmente los 90. Si antes un futbolista estaba mental y físicamente acabado a los 30, hoy lo está a los 37. El día de mañana habrá decenas de jugadores que conseguirán alargar sus carreras acercándose a los 45 años.

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La investidura del Rey

Machacado. Aporreado. A Pelé le habían cosido a patadas en el Mundial de 1966. Primero el búlgaro Zhechev y después el portugués Morais, en el caso del luso con dos entradas que hoy equivaldrían a cadena perpetua. Entonces pasaron por alto. Al acabar ese Mundial la FIFA decidió introducir las tarjetas para reducir el juego violento. Para la edición de México 1970 por primera vez se protegería a las estrellas. Pelé resurgía para volver a coronarse como rey del fútbol.

Lo de 1970 pocos lo esperaban. El Santos FC había ganado su último título en 1968. Coutinho, Pepe o Zito ya no formaban parte de la época dorada del club paulista. Pelé seguía siendo un atractivo imán como vedette, pero su desempeño se asemejaba más a un payaso de circo que a una estrella del balompié. Pasó de meter 64 goles en partidos oficiales en 1965 a 69 entre 1966 y 1968. Prácticamente la misma cifra en tres temporadas que en una sola. Lo paradójico es que, si en 1965 había jugado 21 partidos amistosos, en 1968 la ya de por si escandalosa cifra se elevaba a 32. El guarismo rozará lo indecoroso en 1972 cuando alcance la cuarentena de encuentros amigables.

El circo del Santos se puso en marcha en 1969 con unos partidos en el Congo y otros en Nigeria. Fue entonces cuando el famoso partido en Biafra en el que la guerra civil nigeriana se paralizó durante un par de días para disfrutar de las andanzas de Pelé. Luego vuelta a Brasil a razón de un partido cada tres o cuatro días. Entre medias una prestigiosa victoria de la canarinha ante Inglaterra, entonces vigente campeón mundial, y otra del Santos ante el Internazionale para dar la victoria en la Supercopa Intercontinental, trofeo de breve existencia que pasó sin pena ni gloria por el historial del fútbol.

El caso es que entre finales del verano e inicios del otoño Edson Arantes do Nascimento iba camino del gol 1.000 desde que en 1956 había jugado su primer partido. La cuenta sumaba partidos oficiales y amistosos. Pero eso era lo de menos. Nunca antes nadie había llegado a semejante cifra. Hoy se sabe que hubo un puñado de ellos antes que Pelé, aunque ni las fuentes ni los números son del todo fiables. El más fabuloso de todos es el austriaco Josef Bican, quien entre la década de 1930 y 1940 acumuló 806 tantos en partidos oficiales (Pelé anotó 770) y pasó con holgura del millar contando amigables. Hoy también sabemos que Cristiano Ronaldo es el máximo goleador de todos los tiempos y acabará su carrera superando los 900 tantos en encuentros oficiales.

Pero ninguno de ellos era o es Pelé.

Y eso es lo más importante.

En el otoño de 1969 no se hablaba de otra cosa. Hordas de periodistas internacionales comenzaron a cubrir cada encuentro del Santos. En octubre Pelé anotó cuatro tantos ante la Portuguesa FC para alcanzar los 993 goles. Luego vinieron dos tantos ante el Coritiba FC, un encuentro sin mojar y otro chicarro ante el CR Flamengo. Iban 996.

Era ya noviembre cuando Pelé anote dos goles ante Santa Cruz de Pernambuco. Quedaban dos. El feliz acontecimiento se podía dar ante el modesto Botafogo de Joao Pessoa (no confundir con el Botafogo FR de Río de Janeiro). Miles de personas esperaban en el aeropuerto la llegada de Pelé. Había quienes afirmaban que cuando anotase el gol 1.000 se volvería inmortal y ascendería a los cielos. Varios políticos de la zona fueron departir con Pelé para felicitarle por algo que aún no se había producido. El Santos ganaba por 0-2 con suma facilidad cuando el árbitro pitó un penalti a favor de los paulistas. Pelé no había anotado ninguno de los dos tantos iniciales y el público empezó a corear su nombre. El encargado de tirar los penaltis era el legendario Carlos Alberto quien, ante el tumulto ocasionado, se acercó a Pelé para darle el balón y que fuese él el que lanzase la pena máxima. Pelé lanzó y anotó. Gol. 999.

Entonces ocurrió algo totalmente inesperado. El guardameta del Santos cayó desplomado en el suelo y hubo de abandonar el terreno de juego. Por entonces no había cambios y un jugador de campo tendría que ponerse bajo palos. El escogido fue Pelé, quien era el teórico portero suplente del Santos. No hay que olvidar que Pelé soñaba de joven con ser guardameta y que en los entrenamientos de la selección brasileña y en las giras mundiales del Santos solía ponerse los guantes.

La decepción en Joao Pessoa fue terrible. El circo se trasladó entonces a Bahía. Estadio Fonte Nova. Allí se programó un desfile de carnaval excepcional para recibir a Pelé y se celebraron varias homilías pidiendo al Altísimo poder presenciar el gol milenario de O Rei. Tuvo Pelé varias oportunidades, todas ellas marradas y en todas ellas la afición la tomó con el club local por impedir que Pelé anotase el tanto. En la más clara el 10 del Santos hace una jugada maravillosa regateando a varios rivales y al propio portero. Sin embargo, al disparar a puerta, uno de los defensores salva el gol bajo palos. El sujeto se llamaba Nildo. Pelé se le acercó y le comentó al oído: “Eres un tío con personalidad”. Nildo tuvo que salir del estadio a escondidas. La situación surrealista se coronó con una sonora pitada al Bahía por sus propios seguidores tras haber ganado el partido.

Quiso pues el destino que el siguiente partido se jugase en el estadio de Maracaná. El marco era inmejorable. El templo del futbol brasileño. El partido liguero iba a enfrentar al Santos con el Vasco da Gama. Allí no cabía ni un alfiler. 140.000 almas según cifras oficiales. Unos cuantos más en cifras extraoficiales. Era el 19 de noviembre de 1969. Día Nacional de la Bandera de Brasil. Banda militar en el campo. Himno nacional y suelta de globos.

Pelé tuvo una buena ocasión. Un remate de cabeza que salvó un defensa de Vasco ante la línea de gol. Poco después el astro brasileño se internó en el área como una ráfaga que no toca el suelo y fue derribado. Penalti. En realidad, el derribo no lo fue tanto. Manuel Amaro, el colegiado, confesaría años después que estaba deseando pasar a la posteridad como el árbitro que había facilitado el gol 1.000 de Pelé. Pero eso era lo de menos. Penalti. Y está vez nadie tuvo que decirle nada. Pelé cogió el balón y se acercó a los once metros.

Por vez primera en toda su carrera se sintió nervioso. No en la final de un Mundial. Sí el día del gol milenario. Al menos eso fue lo que dijo y quedó para la posteridad. En la meta un argentino, un tal Andrada. No estaba por la labor. No tenía especial aprecio por Pelé. Los compañeros del Santos se alejaron de la escena y se plantaron cerca del círculo central para presenciar el feliz suceso. Nadie esperaba un rechace. Todos esperaban acontecimientos.

Eran las 23.11 horas del 19 de noviembre de 1969. Era cerca del minuto 40 de la segunda mitad. Nadie respiraba en el bullicioso Maracaná.

Pelé se acercó al balón. Lo hizo en cámara lenta.

Paradinha. Balón al palo derecho de Edgardo Andrada.

Andrada roza el esférico.

Gol.

La multitud volvió a respirar.

Pelé corrió hacia la portería, cogió el balón del fondo de las mallas y finalmente lo besó mientras un par de lágrimas caían por su rostro. De repente sus compañeros aparecieron encima de él. Luego los flashes, los micrófonos, las cámaras. Más tarde los globos, los petardos y los fuegos artificiales. Extasiado, Pelé dedicó el gol a los niños de Brasil, en otra muestra más de su ser reflexivo y políticamente correcto. Varios aficionados saltaron de las gradas y le dieron a Pelé una camiseta con el número 1.000 serigrafiado. El presidente del Vasco da Gama le hizo entrega de una placa conmemorativa que ya tenía preparada de antemano. Hubo quien le entregaría después una corona.

El partido hubo de pararse durante cerca de media hora. Pelé fue manteado por propios y extraños y luego tuvo que dar una vuelta de honor mientras saludaba a todo el respetable. Pelé había metido muchísimos goles en Maracaná, incluido uno en 1961 donde cogió el balón en su propia área, recorrió todo el campo regateando a siete rivales antes de sentar al portero y depositar el balón en la red rival.

Pero ninguno podría igualar al gol milenario. La noche del gol 1.000 de Pelé.

Fue la investidura de O Rei.

“Un penalti es una manera cobarde marcar un gol”. Pelé, quien irónicamente marcó su gol número 1.000 de tal forma.

O milésimo

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Cuando la trampa del fuera de juego cambió el fútbol para siempre (2ª parte)

¡Cómo había cambiado el juego! Aquella carga ligera de caballería se estaba convirtiendo en un interesante juego colectivo. La brutalización daba paso a la sofisticación. Si antes el portero despejaba de puños porque si cogía el balón lo podían matar (literalmente), en 1912 el guardameta era intocable y sólo podía tocar el balón con las manos dentro de su propia área.

Con el 2-3-5 todo cambió, pero pronto hubo quien detectó que ese tercer mediocentro, con sus subidas y bajadas, iba dejando huecos en el centro del campo. Los más avispados, y los más avispados eran los futbolistas del Río de la Plata, comprendieron que moviendo posicionalmente a los cinco atacantes y acercando a alguno de ellos al centro del campo se originaba una superioridad que se tornaba en decisiva. El ataque en línea se convierte en ataque en abanico, donde los extremos retroceden o el delantero centro se cristaliza en mediapunta.

Es pues cuando los equipos, alarmados por ese agujero en el centro del campo, deciden reforzar su parcela defensiva. Para ello se valen de la táctica del fuera de juego. Recordemos que por entonces si tres defensores (dos zagueros y el portero) están por detrás del delantero rival ya hay fuera de juego. No era difícil que a alguien se le ocurriese levantar la mano para avisar al compañero, dar un paso al frente y usar el fuera de juego a su favor.

El inductor y referente del uso de la trampa de fuera de juego fue un norirlandés llamado Billy McCracken. Durante veinte años (1904-1924) fue el líder del Newcastle United y elemento estructural del centro de la zaga con sus más de 180 centímetros y sus 85 kilos de peso, medidas muy consideradas en la época.

Cuando observaba que el delantero rival iniciaba el desmarque, McCracken lanzaba un grito y corría en dirección al círculo central mientras su compañero en el centro de la defensa levantaba la mano para reclamar al árbitro (a imagen y semejanza de lo que muchas décadas después hará Baresi en el AC Milan) el fuera de juego. Dado que entonces los pases eran cortos y lentos y los jugadores no se podían mover de su zona asignada, no había profundidad, únicamente horizontalidad, por lo que no había forma de romper la trampa del fuera de juego. Cuando en un partido McCracken consiga que el árbitro sancione más de cuarenta fueras de juego en un mismo partido todo estallará. Al reanudarse las competiciones tras la I Guerra Mundial todos los clubes utilizarán la misma táctica, el número de goles se reducirá (2,95 por partido en 1908 a 2,43 en 1924), se culpará a McCracken de acabar con el fútbol y el número de aficionados en los estadios descenderá drásticamente.

Billy McCracken

El problema crecía como bola de nieve y no se atisbaba solución. El juego era monótono y los delanteros centros, grandes y lentos, caían sin remedio en la trampa. Y en Inglaterra entró el pánico. Y entraría mucho más cuando Uruguay gane los Juegos Olímpicos de 1924 arrasando a todos sus rivales (los británicos se autoexcluían de las competiciones internacionales). José Nasazzi, capitán uruguayo, observa que los europeos abusan del fuera de juego y decide instalarse en el centro del campo (2-4-4), descartando el juego directo y apostando por el pase para llegar a la portería rival. El fuera de juego de los rivales naufraga y Uruguay gana de forma bella con un estilo que se prolongará en el tiempo.

Así que la Football Association (FA) atisbó dos soluciones. La primera consistía en pintar una línea a 36 metros de la portería que marcase a partir de donde se establecía el fuera de juego (como en las categorías inferiores de la actualidad). La segunda consistía en limitar el fuera de juego a dos defensores (el portero más un zaguero) facilitándole así las cosas al delantero falto de calidad técnica. Se realizó una prueba en un partido en Highbury. Primera parte tirando la línea de 36 metros y segunda mitad reduciendo a dos el número de defensores para marcar el fuera de juego. Quizás fuese demasiado precipitado, pero la solución requería urgencia.

Gustará la segunda idea. A partir de entonces un futbolista estaría en posición de fuera de juego si está más cerca de la línea de meta contraria que el balón y el penúltimo adversario a menos que se encuentre dentro de su propio campo. Era abril de 1925.

El fútbol iba a cambiar para siempre.

Al cabo de una temporada el promedio de goles en la liga inglesa pasó de menos de 3 por partido a 4,5. La falta de profundidad de la línea de cinco quedaba descartada y los McCracken de turno, al no tener un compañero en defensa, se lo tendrían que pensar muy mucho antes de adelantarse y levantar la mano para reclamar el fuera de juego. Al ligero error dejaban a su portero vendido en un mano a mano frente al delantero rival.

Lo que en abril era una realidad en las Islas Británicas el 13 de junio de 1925 se cristalizó en cierto en el resto del mundo. La FIFA puso en marcha un tren que revolucionaría para siempre la forma de jugar y en la que, por vez primera, tendría más importancia la táctica que los jugadores.

Nacía la era de los entrenadores.

Y aunque nadie lo sabía entonces, nacía la parte defensiva del juego. Defender para ganar.

Y es que los árboles no dejaron ver el bosque. En las siguientes tres décadas el fútbol ofensivo campó a sus anchas por el orbe. Los goles aumentaron de forma radical. En el Mundial de 1954 se llegó a la cima de la excelencia ofensiva con 5,4 goles por partido, hasta que en los 60 arribó el boom defensivo que intentará ser contrarrestado con los cambios para oxigenar el centro del campo y las tarjetas para proteger a los delanteros. Pero el caso es que, sin que nadie se diese cuenta ni lo advirtiese, en ese 1925 estaba naciendo una forma de jugar que primaba lo defensivo antes que lo ofensivo.

Ante el pánico de dejar a un solo defensa ante el delantero rival, el pavor hace su aparición y hay una serie de entrenadores que deciden fortificar la defensa. Es importante resaltar que son entrenadores. Hasta entonces los equipos cuentan con un preparador físico, pero no existe la táctica. Las plantillas con cortas (a lo sumo 13 o 14 futbolistas) y las alineaciones son decididas por el capitán que las consensa con los compañeros. A partir de entonces los entrenadores (siempre ex jugadores) determinarán el estilo de juego y quienes deben saltar al campo. Uno de estos primeros gurús fue el inglés Herbert Chapman. Dirigiendo al Huddersfield Town decidió retrasar a uno de los medios para fortalecer la defensa. El 2-3-5 pasaba a ser 3-2-5. El sistema fue afiliado cuando en los años 30 Chapman pasó a dirigir con éxito al Arsenal FC. Era la WM de Chapman, el sistema imperante en el mundo desde entonces hasta finales de la década de 1950.

La WM permitía movilidad dentro de la limitación del juego zonal de entonces. Aunque sobre el papel el dibujo WM con los extremos super adelantados parezca ofensivo, la realidad es que se asemejaba más a un 3-4-3 o a un 5-2-3 en defensa. Los goles aumentaron, sí, pero porque aumentó el juego directo. Chapman hizo hincapié en el pase largo y el control del balón. Que un extremo controlase el balón de primeras tras un pase de treinta o cuarenta metros era un gol asegurado. Pero se hizo acosta de aumentar la precaución defensiva y el abandono del centro del campo. Ahora había dos trincheras. Una en defensa y otra en ataque. El centro del campo era yermo. Será tras la II Guerra Mundial cuando algún avispado acuñe la expresión zona ancha para referirse a ese centro del campo que quedaba desocupado.

La WM de Herbert Chapman

El concepto cambia. Hasta entonces el objetivo era marcar un gol más que tu rival, no obstante, ahora el objetivo era defender para no encajar goles, No es que antes no hubiese equipos defensivos. Sin echar la vista muy atrás en los ya citados JJ. OO de 1924 Uruguay solo tuvo dificultades en el partido de semifinales ante Países Bajos (2-1), Según las crónicas, viendo que sus opciones de vencer eran ficticias, los neerlandeses desplegaron un 5-5-0 sin intención alguna de ganar. La diferencia radicaba en que antes de la modificación de la regla del fuera de juego el acumular jugadores en defensa eran acciones coyunturales y tras la modificación de la regla se convertirán en estructurales.

Lo que era un estigma, una deshonra, un gesto de cobardía (recordemos que el fútbol nació como un deporte de caballeros) se convirtió en aceptable. Si en origen el fútbol funcionaba como carga ligera de caballería, ahora se aceptaba que los soldados cavasen una trinchera a la espera de una oportunidad. Un dato. Hasta 1925 el balance entre Escocia e Inglaterra en partidos internacionales era ligeramente favorable a los primeros. Tras la modificación de la regla del fuera de juego los escoceses abandonaron su tradicional juego de pases y aceptaron el juego directo y la WM masivamente. Desde entonces cayeron en picado ante los ingleses. Era la contrarrevolución.

Lo curioso es que fueron los ingleses victoriosos los que abrazaron con fuerza la modificación de la regla del fuera de juego y el establecimiento de la WM como patrón de juego. El resto del mundo exploró una vía alternativa, una que rompiese con el juego acartonado de usos y costumbres tan británico y que diese pábulo a las filigranas ofensivas para romper con el fuera de juego.

Así si la WM es la solución defensiva a la modificación de la regla del fuera de juego, la solución ofensiva pasará porqué los delanteros usen el cerebro. Si para contrarrestar la amenaza los clubes británicos transformaron un mediocentro en defensa con la instrucción de perseguir al delantero centro sustituyendo el marcaje zonal por el individual, en el resto del mundo hubo técnicos que decidieron mover a los atacantes. El italiano Vittorio Pozzo fue pionero al establecer cuatro líneas en el campo en vez de las tres tradicionales. En determinadas ocasiones usaba la figura del líbero (a semejanza de los uruguayos) para tener un defensor libre de cargas, pero fundamentalmente lo que hizo fue retrasar a los extremos obligándoles a regatear hacia dentro buscando el disparo en vez de pegarse siempre a la banda. Así los interiores, liberados de su función ofensiva, podían bajar al centro del campo para distribuir el balón. El 2-3-2-3 de Pozzo (3-4-2-1 sin balón) le dio a Italia dos Mundiales (1934 y 1938) desactivando por completo el problema del fuera de juego.

Los sudamericanos decidieron mejorar el juego al primer toque y el control con la idea de aumentar la velocidad del juego. Comprendieron que, si jugaban como siempre, pero a mayor ritmo, la lentitud de los defensas rivales sería impedimento total para que pudiesen poner en práctica la táctica del fuera de juego. Así, y al menos hasta finales de los 40, Uruguay, Argentina o la Escuela Danubiana (Checoslovaquia, Hungría o Austria eran los mejores países europeos hasta la II Guerra Mundial en parte gracias a las enseñanzas del inglés Jimmy Hogan – véase artículo escrito en este blog -) decidieron expresarse con el pase y el regate reforzando el centro del campo a costa de un delantero y siempre manteniendo los dos defensores. El 2-3-5 peleó por sobrevivir ante la WM importada desde las Islas Británicas.

La Italia bicampeona (34 y 38) de Pozzo

Tras la II Guerra Mundial la WM ya será el esquema habitual en todo el mundo. Para entonces el fútbol ya había cambiado para siempre. Había dejado de ser inglés. Los british eran todo piernas y pulmones y nada de cabeza. Cuando en 1950 caigan derrotados ante Estados Unidos el mito acabará por romperse. El resto del mundo, aun aceptando la WM, comprendió que la esencia del fútbol se basa en que la pelota corra y el rival tras ella.

Pero lo que había llegado para no marchar era la corriente defensiva del juego, quizás porque el fútbol hacía mucho que había dejado de ser un juego. Desde que en 1925 se modificó la regla del fuera juego el fútbol se dividió entre los que decidieron protegerse de la amenaza retrasando a un defensor y los que apostaron por potenciar el juego de pases para desde el mediocampo llegar hasta la portería rival.

Donde antes sólo había una forma de entender el fútbol, la ofensiva, ahora había dos. La ofensiva y la defensiva. Y todo había sido provocado por la modificación de la regla del fuera de juego.

¿Cómo ganar? Pocos pases a gran velocidad para llegar al arco contrario en el menor tiempo posible. El regate está en desuso. La pelota siempre viaja más rápido sin un jugador detrás de ella”. Helenio Herrera, factótum del Catenaccio.

“Al fútbol siempre ha de jugarse de manera atractiva y de manera ofensiva”. Johan Cruyff, factótum del Fútbol Total.

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Una historia del catenaccio (origen, expansión y apogeo del noble arte de la defensa)

Sobre el racismo (una mirada políticamente incorrecta al caso Vinicius)

La mujer del César no solo debe ser honesta (Enríquez Negreira y los tejemanejes del Barça)

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